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La Gurría

Por: Andrés Urrego

Idea: La historia de Gabriel, un cafetero que apeló a su capacidad natural de emprendimiento e innovación para sacar adelante su finca y empresa, sorteando con éxito las dificultades que la vida le ha presentado.

Desarrollo de la historia:

Entre los municipios de Salgar y Concordia, suroeste antioqueño, tierra de arrieros, café e ilustres para la patria en el arte y la política, como Salvo Ruiz y Ñito Restrepo (Antonio José Restrepo), creadores de la trova paisa, y éste último congresista y político reconocido de principios del siglo pasado; Regina Betancourt, conocida como Regina 11, política esotérica ex candidata presidencial de mucha actividad por la década de los 80 y en donde el expresidente Álvaro Uribe Vélez pasó sus primeros años de niñez estudiando en la escuela rural del corregimiento La Margarita, del municipio de Salgar, donde además queda enclavada, entre tonos de verde, bosques y cafetales, la finca La Gurría, una hacienda cafetera de vieja data que llegó a manos de la familia Mesa Restrepo en el año 1962.

Su adquisición cambiaría la suerte económica de la familia y sería el lugar en donde Gabriel Mesa Restrepo, hijo de Miguel y Margarita, asumiría las riendas de ella y los negocios familiares, utilizando una visión de manejo empresarial que permitió mejorar su calidad de vida y la de los suyos. Con el tiempo, la capacidad de observación, la búsqueda permanente por hacer las cosas de forma diferente, de ensayar sin miedo al fracaso, de incluir a los demás en sus decisiones y de ver más allá de su entorno inmediato, le permitieron (a Gabriel) forjar una empresa sostenible, próspera e innovadora en

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un sector primario de la economía, que se ha convertido en el ejemplo de muchos.

Pero el desarrollo de sus habilidades no fue al azar. Su padre, su madre, la vida que llevaron y su entorno, fortalecieron desde la niñez las habilidades y competencias necesarias para convertirlo en una persona emprendedora e innovadora de manera natural. Porque allí radica el éxito de Gabriel. En la naturalidad con la que hace las cosas. En la intuición, la amplitud perceptual desarrollada a través de su vida, pero en especial la capacidad de tener claridad en las metas a conseguir y cumplirlas, tomar decisiones acertadas en el momento indicado, trabajar en equipo sin discriminar a nadie, porque todas las personas son importantes en la labor, pero, sobre todo, en su habilidad para actuar.

Es lo que diferencia a un emprendedor natural de quien no lo es. La acción.

La acción soportada en el desarrollo de una combinación de habilidades que lo llevarán a un nivel superior -como ha ocurrido con Gabriel- manifestadas en mirar más allá de su contexto, en el cuestionamiento permanente por hacer las cosas mejores; por hacer uso de lo que hoy llaman la inteligencia contextual, para lograr, con base en ella, asociar y combinar cosas que de otra manera no tendría sentido hacerlo.

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Parte #1

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Muchos años después, sentado en la sala de espera del aeropuerto José María Córdova de la ciudad de Medellín (Colombia), huyendo con parte de su familia de las garras de un conflicto que no era el suyo, Gabriel recordaría con claridad el día que, montado en una mula, llegaba con su padre Miguel Mesa a la finca La Gurría, la nueva adquisición de la familia.

Una tierra de 170 hectáreas de extensión ubicada en el suroeste antioqueño que habían obtenido en cambalache1 y que terminaría dando el sustento familiar a otras dos generaciones más, gracias al cultivo eficiente de 50 hectáreas de café. Corría el año 1962 para entonces y la decisión sería el final de una seguidilla de desaciertos que habían tenido con un par de fincas ganaderas adquiridas con anterioridad, dejadas como consecuencia de la violencia del país, el hambre de un tigre y el de un socio tumbador2 que quería dejarlos sin nada. Fue entonces cuando apareció Cinforiano Vélez, un tipo dispuesto a cambiar la finca San Matías, la última de orientación ganadera, por una finca cafetera situada en el municipio de Salgar, a pura palabra.

Gabriel tenía 22 años por la época cuando su padre cerró el negocio que cambiaría la suerte de la familia.

11 Según RAE: Cambio, permuta que se hace bajo condiciones poco claras o de poco valor

2 Según RAE, Tumbar hace referencia a: Tomar para sí o hurtar.

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No fue sino llegar al lugar para comenzar a trabajar de sol a sol.

La finca ofrecía potencial, pero debían ocuparse de ella con tesón y entrega para alcanzarlo, y no había tiempo que perder.

Recuperaron la tierra llenando los espacios de buen café y ganado, cuidando de mantener el rastrojo, el monte y en especial las fuentes de agua, pues harían parte del desarrollo futuro de la finca.

Ya lo preveía Gabriel visionando lo que se venía en términos de hacer buen uso de los recursos desde aquella época.

Y es que desde siempre para los negocios sus ojos miraron diferente. Y no lo digo desde el punto de vista físico. Su visión iba más allá del común, buscando aprovechar cualquier oportunidad que ofreciera el medio para sacar provecho y hacer unos pesos de más. “Ahí está la utilidad de un negocio como estos, tan demandante de recursos”, anota.

La construcción del negocio cafetero no tuvo días de descanso, ni consideraciones para celebraciones especiales. Todo giraba en sacar la hacienda adelante, optimizar el recurso y alcanzar el potencial previsto con rapidez. Ni siquiera el día de su matrimonio se salvó de eso.

Todo comenzó un domingo cualquiera, día de trabajo, cuando Gabriel notó que hacía falta una res3 en uno de los potreros. Sin mediar reclamo se puso las botas, llamó a un par de ayudantes y salieron en busca del semoviente. Recorrieron la finca buscando con afanado detalle en los demás potreros y nada. Salieron de sus límites, fueron a otras fincas, visitaron casas vecinas, pero nadie parecía dar cuenta del animal.

3 Según RAE: Animal cuadrúpedo de ciertas especies domésticas, como el ganado vacuno, lanar, etc.

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Cansados de buscar sin resultado, seguro con el sol justo a punto de perderse entre la cordillera, decidieron ingresar a una última de las casas de la vereda, cuando la vio.

El flechazo fue inmediato.

Su corazón latió más rápido de lo normal y la emoción le recorrió el cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies.

Era Nubia. La hija del finquero quien seguro sintió lo mismo pues al poco, poquísimo tiempo, se juraron amor eterno y estar juntos hasta que la muerte los separe.

Corría el mismo año de su llegada a la Gurría, 1962, y como no había tiempo para celebraciones y fiestas, al otro día estaba con el sol en su frente trabajando la tierra como si nada, postergando su viaje de luna de miel durante 25 años. El matrimonio con Nubia ha sido de humana felicidad. Su mujer resultó ser tan hacendosa y recursiva como su madre, y una compañera incondicional e inseparable. Coequipera de su ardua labor, el trabajo de Nubia fue vital para el desarrollo del negocio familiar, lo que le permitió a Gabriel dedicarse con un mayor nivel de concentración y foco a los asuntos propios de la empresa cafetera.

Antes de avanzar y meternos en otros temas, les cuento a modo de chisme que la luna de miel de Gabriel y Nubia fue en la isla de San Andrés, ya nacidos sus hijos Jorge, Juan y Gabriel, quienes, hasta el último momento, rogaron para que los llevaran a disfrutar del paseo en la preciosa isla caribeña.

“Fueron épocas de trabajo duro”, recuerda con orgullo Gabriel. “Pero recuerden que todo tiene su momento y al principio estábamos, de manera literal, sembrando nuestro futuro”.

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Y es que la concentración de Miguel y Gabriel, padre e hijo, estaba en el negocio:

sembrando, produciendo, buscando opciones de mejora, crecimiento y sostenibilidad para sacar un mejor café. Por esa razón la optimización de los recursos, la búsqueda incansable de producir más y mejor a menor costo cumpliendo con los estándares del mercado exigidos por la Federación Nacional de Cafeteros (FNC) era una prioridad para ellos.

Gabriel viajaba con regularidad para capacitarse, conocer tendencias, relacionarse con otros cafeteros, pero, sobre todo, para conocer mejor formas de gestión, producción y comercialización del grano. Viajes que parecían interminables pues duraban horas montados en el Land Rover que había costado $20 mil de la época, atravesando las montañas que surcan el suroeste antioqueño para llegar a Medellín o a cualquier otro municipio de la zona. Fue así como en un viaje que realizó a la granja Esteban Jaramillo de la FNC, ubicada en el municipio de Venecia, Antioquia, escuchó acerca de una nueva variedad de la planta que iba a arrasar con todo:

“El Caturro”, le dijo el práctico cafetero4. “Ofrece un mejor fruto y optimiza el espacio del cultivo. Además, es el café del futuro”, le aseguró el experto, por lo que Gabriel no dudó en ver una nueva oportunidad, analizarla y tomar la decisión de sembrar y ensayar el nuevo producto, sin miedo a perder. Corría 1966 y el cambio de producto se convertía en una estrategia de desarrollo empresarial que daría frutos tarde que temprano.

Como en los viejos tiempos, algo por dentro le había dicho a Gabriel que lo hiciera. Así que aprendió sobre el manejo del cultivo de la nueva variedad del grano de café, y destinó un área dentro de la finca para su siembra e iniciando con 2 kilos de la preciada semilla regalados por la Federación, convirtiéndolo en uno de los pioneros del producto en el suroeste antioqueño, tierra de café por

4 Experto que promueve las buenas prácticas agrícolas en el cultivo del café

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excelencia, y recibiendo los frutos económicos de la decisión cuando la bonanza cafetera llegara a sus tierras en el año 1972.

¿Suerte?

Muchos dirían que sí.

Pero Gabriel no había hecho nada diferente de lo que hacía en su vida normal: observar. Ver más allá. Arriesgar. Buscar con ahínco y tesón diferenciarse en un sector que con dificultad ofrece posibilidades de hacerlo. Virtudes propias de quien tiene la habilidad para emprender, tal y como lo había hecho desde niño, cuando viviendo en el municipio de Jardín fabricaba cometas, trompos, globos, todo para vender entre la población y aprovechar las temporadas de viento, decembrinas y las de vacaciones para hacerse un dinero extra y mejorar su condición económica.

“Siempre me gustó el dinero… El dinero honrado”, aclara Gabriel al mencionar la cantidad de emprendimientos en los que estuvo involucrado desde niño, buscando un peso de más: Desde arrear y encerrar el ganado, ordeñar vacas, llevar mensajes de la compañía de teléfonos (para la época el pueblo solo tenía una línea telefónica para todos), desyerbar las calles empedradas del municipio de Jardín, hasta rescatar objetos pesados en el escusado (invitamos al lector a que consulte lo que estos eran).

“Diario voy detrás del peso porque no he visto un peso detrás de mí”, resalta con orgullo. “Además, ser el octavo entre 13 hijos no me hacía la cosa fácil.

Tenía que ser ingenioso y arriesgado para obtener más de lo que me daban”, recuerda, como dejando una reflexión en torno a que la vida siempre se las puso difícil con el tema de la competencia, preparándolo para enfrentar con éxito el mundo de los negocios en un sector en donde el común denominador todavía cree que no hay mucho por hacer, y que la innovación y el emprendimiento son cosas de otros.

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La vida en La Gurría llevaba los afanes y dificultades propios de un negocio que buscaba a toda costa consolidarse. Nubia continuaba a cargo de los menesteres de la casa, cuidando con preciado cuidado a sus hijos; Miguel trabajando de sol a sol sembrando el nuevo producto y la cabeza de Gabriel era un polvorín de ideas que rondaban en la búsqueda de mejorar los procesos del cultivo e ingresos de la finca.

El caturro continuaba tomándose con lentitud los terrenos de la hacienda y todo parecía ir muy bien, cuando en una fría noche de zona cafetera, sentando en un escritorio de madera de comino lleno de papeles y cuentas, Gabriel descubrió algo que llamó su atención: como toda decisión empresarial, los cambios traen su propio riesgo y la de sembrar caturro no era la excepción. Las cuentas decían que, de continuar sustituyendo las viejas plantas cafeteras, podrían quedarse sin ingresos muy pronto. “Si las cambiamos todas nos vamos a la quiebra”, le dijo a su padre en tono de inquietud.

Habla Gabriel Mesa: Cuando llegó el caturro todo era felicidad y esperanza. La tentación de cortar las viejas plantas cafeteras con el ánimo de asegurar mayores ingresos se tomó a los caficultores, así que me puse a pensar en el asunto y lo vi muy riesgoso, pues íbamos a perder la posibilidad de mantener los ingresos de la finca mientras llegaban lo de la nueva planta. Entonces le dije a papá que se me había ocurrido una idea. Que era mejor que no cortáramos todas las plantas para reemplazarlas con caturro. Que, en vez de eso, entregáramos el mantenimiento y cuidado de ellas a comisión, ofreciendo al recolector a cambio el 50% de los granos recogidos para ellos y la otra mitad para nosotros.

La acción tuvo consecuencias positivas en el manejo de la finca: mejoraron las finanzas, la confianza de los campesinos, se optimizó un espacio que se volvería improductivo, pero en especial, la acción les dio un respiro para prepararse y

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atender la demanda inesperada del grano que habría de llegar como resultado de las heladas cafeteras en el Brasil y que puso en ventaja al caficultor de caturro cuando el precio de venta de la carga pasó de USD 91,16 a USD 364,63 de la época, cuando el dólar se cotizaba en promedio a USD 21,945 Corría el año 1972 cuando la bonanza llegó; diez años después de adquirir la finca, seis de sembrar las primeras semillas de caturro, cinco de haber cumplido con una obligación financiera que les cayó como roya y que casi los deja en la calle cuando recién instalados en La Gurría, les llegó una notificación legal de parte del señor Miguel Ángel Ochoa, ex socio del padre de Gabriel en la última finca ganadera, reclamando el pago de $275 mil de la época6 que según él habían quedado debiendo, so pena de rematar el predio y dejarlos en la calle. La reacción de Miguel, el padre, fue entrar en pleito legal para defender lo suyo, pues el cobro era injusto y de mala intención. Sin embargo, Gabriel, frío y calculador cuando había problemas, vio una oportunidad para asumir las riendas de la finca y dijo: “Papá, a partir de ahora, yo manejo esto. Vamos a pagar esa obligación en cinco años. Es mejor llegar a un mal arreglo, que llevar un buen pleito”, agregó, pensando en las que se podían meter sosteniendo una pelea de la que no estaban muy seguros de ganar.

Así fue entonces que firmaron un pagaré para cumplir con el nuevo deber, el cual saldaron en 1967, justo cuando la idea del caturro iba a toda marcha hacia el éxito.

Pero retomo diciendo que su idea era la de aprovechar el problema como una oportunidad que iba más allá.

Cansado de ver a su padre lleno de deudas, de pasar noches de insomnio agobiado por las cuotas del Banco Agrario, Gabriel decidió no tener más pasivos para sostener el negocio familiar y dijo a todos: “a partir de hoy cero deudas. Vamos paso a paso y a no comprar si no hay plata”, enfatizó, dejando un legado

5 http://dolar1.wilkinsonpc.com.co/dolar-historico/dolar-historico-1972.html

6 Cerca de COP 250 millones de hoy. Cálculos elaborados por el autor sobre información en

https://www.dineroeneltiempo.com/peso-colombiano/de-1971-a-valor-presente?valor=275000

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que ha recalcado de manera insistente a través del tiempo, dejándolo como política financiera de la finca y de herencia para sus hijos y nietos, lo que según él, los puso en otro nivel cuando la bonanza cafetera llegó, pues como lo sostiene: “fue la que nos sacó adelante desde el punto de vista económico”. ¿Suerte?

Muchos dirían que sí.

Gabriel argumentaría: “estábamos preparados para aprovechar la oportunidad en el momento que llegara”.

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En uno de los corredores de la vieja casona que sirve como casa principal de La Gurría y cuya construcción data del siglo 19, Gabriel miraba el atardecer del paisaje cafetero.

Recordaba con añoranza a su señora madre Margarita Restrepo Peláez.

Una matrona paisa que aprovechaba al máximo todo lo que había a su alrededor para mejorar la economía familiar: suero y quesito de la leche de las vacas, dulces de frutas cogidas de los árboles de la finca, parva fresca (productos de panadería) elaborado con los huevos del gallinero, eran algunos de los que componían el portafolio de productos de su madre.

Margarita también enseñó a sus hijos, cuando eran niños, las labores propias del que hacer cafetero: coger, lavar, despulpar y empacar el café, cuando vivían en la finca San José.

“Mamá también nos enseñó a soñar”, recuerda nostálgico. “En las noches nos leía historias que nos cautivaban y nos transportaban a mundos que construíamos en nuestras mentes”, añade; algo que seguro permitió desarrollar en él las competencias emprendedoras que tiene, y “hacer las labores cuando es el momento indicado”.

Y es que Gabriel heredó de ella su alta capacidad de observación y la manía por optimizar el recurso y ser más productivo. Más en un negocio lleno de restricciones por donde quiera que se le mire, obligando al caficultor hacer lo mejor con lo que tiene, partiendo del resultado esperado. Fue así como Gabriel comprendió que su tarea estaba en buscar el ahorro, mejorar el proceso productivo o la forma de gestión para garantizar la sostenibilidad de la finca. Por eso recorría el terreno observando, analizando, asociando cosas que le permitieran cumplir con el objetivo; o pasaba noches enteras estudiando cifras, cuentas, formas diferentes para gestionar la finca y ser más productivos.

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Hasta que un día lo logró.

Observando con detalle, documentando la experiencia adquirida con el cultivo del caturro y combinando la información de las cifras arrojadas, Gabriel vio una oportunidad de cambio en el proceso de producción de la planta que podía generar ahorros cercanos al 60% del costo de la semilla, un mejor control del cultivo y producir cerca de la zona de siembra.

“Sembraremos nuestras propias almacigueras”, le dijo a su padre. “Producir nuestras propias plantas nos permitirá tener un mejor control de la calidad de ellas.

Además, ahorramos los costos de comercialización de la semilla y los gastos de su transporte para traerlas”, concretó, decisión que repercutiría en una mejora notable del flujo de caja del negocio cafetero.

Pero todo no terminó allí.

Entre otras cosas, y con el paso del tiempo, indagando aquí y allá, haciendo pruebas de ensayo y error, pero con el rendimiento de la finca en la cabeza, Gabriel encontró otra forma de mejorar los costos de producción. Utilizar la pulpa del café, material mucilaginoso que resulta durante el procesamiento del grano, como abono para el cultivo. “Es rico en fósforo y otros minerales que mejoran la capacidad del terreno”, sostuvo. “Además, nos ganamos unos pesos de ahorro en la compra de fertilizantes”, agregó ante lo oportuno de la decisión, que fue celebrada por su padre y hermanos con orgullo.

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Era una madrugada de esas frías de zona cafetera. La hora azul estaba por comenzar y la niebla cubría las pocas luces que alcanzaban a verse en la distancia. El ajetreo de sangreros y arrieros7 hacían concluir que el día había comenzado.

El sonido de la recua de mulas aglomeradas con sus cabezas metidas en canecas llenas de yerba y melaza se confundía con el de sus cascos rayando el piso y los chorros de orín y boñiga caer al suelo.

Los aparejos de lías, cinchas, muleras, enjalmas listos para ser colocados, e iniciar la labor de recolección del corte de los cosecheros. A las órdenes de un arriero vestido con su mulera, carriel y machete, Gabriel y sus dos hijos mayores, Jorge Hernán y Gabriel Jaime, quienes hacían las veces de sangreros, esperaban con emoción y ansiedad el grito que daba inicio al recorrido.

El reloj marcaba casi las 10:00 a.m. cuando el “Arre mula... Hijueuta…” se escuchaba en la montaña. Los animales se movían a la voz del arriero y sus sangreros, cuyos gritos se iban perdiendo entre los cafetales y el eco de la montaña, a medida que se alejaban de la finca principal. Si había suerte, la mulada regresaría de la faena cargada de café hasta los lomos, a eso de las 8:00 u 9:00 p.m.

Era una postal verla partir. Un regalo para alguien que quisiera conocer mejor las entrañas de la cultura cafetera y los temas de arriería, pero un dolor de cabeza en costos para hacerla funcionar. Y no era que Gabriel fuera un tipo avaro o algo parecido. Había comprendido que ante la restricción que tenía frente al precio de venta y la calidad del grano, que era definidas por la Federación, la

7 Según diccionario de la RAE: Persona que trajina con bestias de carga.

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mejora de cualquier parte del proceso o de la gestión repercutiría en ganancias para la finca y su sostenibilidad.

Por eso fue que, paso a paso, después de analizar y comparar varios modelos de transporte y generar consciencia entre su padre y colaboradores, tomó la decisión de reemplazar la mulada con la compra de una camioneta que les iba a permitir recoger más café. De hecho, pasaron de recolectar 1.500 kilos a 2.500 kilos en menos tiempo, ya que recogían entre 2:00 p.m. y 7:00 p.m. Además, lograban transportar a los recolectores de la fruta hacia el sitio de trabajo sin ningún costo adicional. Mejora en costos de transporte, distribución del producto y por ende, del flujo de caja.

Nada extraño, dirá usted amigo lector, pero todas aquellas acciones, aunque simples, han repercutido en el ofrecimiento de un mejor producto a los compradores y en el desempeño de la finca, requisitos básicos para determinar una acción de innovación, producto de la capacidad de gestión de Gabriel. Y es que la innovación debe ser vista así:

Como algo simple, sencillo, cotidiano.

Dudo que Gabriel haya realizado su trabajo pensando en ser reconocido como un emprendedor o innovador ejemplar. Dudo con el respeto que se merece, que esas palabras hicieran parte del argot del mundo cafetero durante los años 60 y enfocaran sus esfuerzos hacia ellas.

En la simpleza del comentario, él solo actuó. Buscó por sus propios medios; estudiando, analizando y observando la mejor forma de hacer de la finca La Gurría algo sostenible en el tiempo.

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La violencia del país ha seguido la vida de Gabriel.

El primer acercamiento inició el viernes 9 de abril de 1948, cuando el político bogotano Jorge Eliécer Gaitán cayó muerto a manos de un tal Juan Roa Sierra, albañil que lo esperaba en la entrada del Hotel Continental de la ciudad de Bogotá, proporcionándole un disparo fatal al caudillo. El hecho levantó una horda de violencia sin precedentes en el país de la que no fue ajena la familia Mesa Restrepo cuando vivía en el municipio de Jardín, Antioquia. La amenaza la recibió Miguel, su padre, un día que caminaba por el marco del parque del pueblo. Abordado por un miembro del grupo Los Pájaros8, fue acusado de ser liberal y ateo en un pueblo conservador, por lo que sus días en él estaban contados.

Buscando proteger su vida y la de su familia, Miguel salió en franca huida del lugar abandonando la finca La Valdivia, de orientación cafetera, hacia el norte del departamento, en donde la ganadería y otros quehaceres le esperaban para marcar un nuevo destino en sus vidas.

Eran los finales de los años cuarenta del siglo pasado.

8 Grupo armado ilegal de afiliación conservadora, de la época de la violencia en Colombia.

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Se fueron a vivir al municipio de Cáceres, bajo Cauca antioqueño. La finca se llamaba La Aduana y tendrían que hacerle honor a su nombre para sobrevivir en la zona. Asediados por los primeros grupos guerrilleros que acechaban a finqueros y comerciantes, Miguel pagaba a modo de “impuesto” con una res de su ganado para cubrir los costos que, según ellos, generaba la guerra. Eso redujo las posibilidades de éxito y crecimiento del negocio, por lo que tuvieron que salir de allí de afán para buscar mejor fortuna en otro lugar. Habían pasado casi diez años desde que habían llegado a la zona huyendo de la amenaza de los pájaros.

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Luego, 48 años después, cuando las dificultades propias de un negocio naciente habían sido superadas, la vida de Gabriel corrió más peligro que nunca. En pleno auge de las operaciones guerrilleras en el país, producto de la mala estrategia militar ejecutada por el gobierno central, La Gurría no fue ajena a sus acciones. Un par de ellas pudieron terminar con un desenlace fatal, de no ser por la habilidad de Gabriel de manejarlas con prudencia y decisión. Una fue cuando una cuadrilla de insurgentes llegó a la finca a pedir dinero en forma de vacuna9, y a la que Gabriel encaró con decisión diciéndoles que no iba a dar un peso por lo que él había construido con sudor y sacrificio. La otra, cuando una fría noche de sábado que caminaba por el parque del pueblo, un amigo recolector se le acercó para prevenirlo diciéndole que, si iba a la finca el día siguiente, la guerrilla lo iba a secuestrar.

Ante la noticia, Gabriel sintió miedo de verdad. Pensó en Nubia, en Jorge Hernán, Juan Carlos y Gabriel Jaime. En sus nietos. En el poder de la familia. Y decidió irse con parte de ellos para un país de cultura ajena mientras pasaba la tormenta.

Sentado en la sala de espera del aeropuerto José María Córdova de la ciudad de Medellín, nostálgico, con los pensamientos en tiempos pasados, esperando el llamado para abordar el vuelo, recordaría con claridad y nostalgia el día que, montado en una mula, llegaba con su padre a la finca La Gurría buscando nuevos horizontes para su familia.

9 En Colombia, pago de extorsión cobrada por grupos al margen de la ley.

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Cuatro años duró la hecatombe de abandono de la finca. Cuatro años que, aunque bien atendidos, estuvieron alejados de la familia, de sus raíces, costumbres, amigos; de su pueblo. De sus cultivos del alma que tanto le habían dado, por los que suspiraba y buscaba lo mejor, ayudando además a muchos a tener una vida alejada de la pobreza y la miseria, y que, por culpa de la violencia, había tenido que abandonar.

Pero ya lo dice el dicho: “no hay mal que dure cien años (…)” por lo que nuevos tiempos llegaron y la influencia de la guerrilla en la zona cedió terreno. Un nuevo gobierno había subido al poder y la luz de la esperanza nacía en el país. Entonces, Jorge, hijo que había decidido permanecer en el país cuidando lo propio, dio las buenas nuevas por lo que Gabriel y Nubia decidieron regresar y retomar lo que era suyo.

Gabriel Jaime y Juan Carlos permanecerían un tiempo más por fuera del país, construyendo su propio futuro.

Al llegar encontró las consecuencias del abandono de la finca ante sus ojos.

Su ausencia había retrasado el progreso de la finca, que, aunque atendida por un recomendado de confianza, no tenía la visión emprendedora y de mejora bajo la que él manejaba el negocio familiar. “Al ojo del amo engorda el caballo”, decía refiriéndose a que las cosas bajo la vigilancia del dueño funcionan mejor. No perdió tiempo para iniciar la recuperación de La Gurría.

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Las historias de violencia pasaron y la vida se tornó más tranquila. Retomó su preocupación hacia la productividad y la cabeza de Gabriel, por lo menos en términos empresariales, estaba allí.

Había una razón fundamental para ello.

El negocio cafetero, lleno de restricciones, obliga a mirar al interior de la cadena de producción, ante la imposibilidad de modificar el precio de venta a su conveniencia, tener que cumplir con especificaciones técnicas exigidas por los compradores, enmarcadas por la Federación Nacional de Cafeteros. Uno de esos temas está en el manejo de la mano de obra. Por eso La Gurría, como muy pocas fincas, ofrece trabajo para los recolectores y campesinos todo el año, además de un trato justo y humano. “Hay que hacerle labor social al dinero. Mantener la gente en el campo evita problemas sociales”, reflexiona Gabriel cuando se le pregunta por el manejo del personal. Con toda seguridad eso fue lo que llamó la atención de Domingo Cascue, un indígena de los Uitoto proveniente del departamento del Cauca, que llegaba a la zona por la época de recolección para conseguir el sustento familiar.

Cascue, preocupado por asegurar el trabajo, tomó aire hasta marearse, se encomendó a Mooma, el padre creador, y le pidió que le enviara un buen camello para él y su comunidad. Fue así como caminando por la plaza de Concordia, los dioses respondieron y le pusieron a Gabriel en su camino. A Gabriel Mesa, no al Arcángel, para no confundir el asunto, quien de inmediato indagó por sus referencias: “por ahora vivo donde don Alirio”, respondió el indígena dando datos sobre su hospedaje y de un nombre que generaba confianza en el finquero. Tomaron café en una de las cafeterías del marco de la plaza.

Gabriel observó las buenas intenciones de Domingo y le dijo que podían trabajar juntos. Pero Cascue fue más allá del asunto.

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“Patrón, para la próxima cosecha puedo traer cerca de una centena de miembros de mi comunidad, recolectores con experiencia, todos bajo mi control y la ley indígena...” le propuso.

Al escuchar la oferta el caficultor visualizó lo que podía hacer con ellos y aprovechar las 12 casas que tenía subutilizadas para agregados10 e instalar en ellas a los visitantes.

Hizo una oferta: “les ofrezco vivienda y servicios públicos”, convinieron al inicio. Cascue leyó que el trato era justo para él y los suyos, por lo que no dudó en aceptar las condiciones y preparar a su gente para la próxima temporada. Al acercarse la fecha y el viaje era inminente, acordaron el pago de recolección: “$450 por kilo recogido, abonos semanales parciales para comprar la manutención del grupo, y saldo final al terminar la temporada, justo al momento de irse”. Entre $10-12 millones alcanzaron a llevarse entre sus bolsillos el año

2019.

Un trato hecho de palabra concretó el negocio.

Fue así como Cascue atravesó casi medio país en bus, en un viaje de casi 20 horas con su familia y 90 indígenas más, con el sueño de un futuro mejor para todos.

Se instalaron en las casas de agregados asignadas, encontrando allí la comodidad que ningún otro lugar podría ofrecerles: buen trato, limpieza, seguridad y para completar el paquete, señal internacional de televisión gratuita para todos.

¿Qué más podían pedir? Gracias Mooma, dijo entre su mente mirando el horizonte.

Gabriel, por su parte, había logrado optimizar el uso del espacio disponible de la finca; conocer mejor a sus trabajadores pues los tenía al lado, y mantener un mejor control sobre ellos en manos de Cascue.

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Pero ganó más: una reducción adicional en el costo de la mano de obra de 30% frente a lo que pedían los andariegos11, referentes del costo en el mercado y que actuaban como si fueran mercenarios trabajando para el mejor postor. las relaciones con los indígenas han trascendido de lo laboral. Gabriel se ha convertido en un verdadero arcángel para ellos; acuden a él cuando tienen apuros económicos, con el compromiso de pagar cuando llega la cosecha. Lo salido de lo normal del préstamo es que ellos, cuando lo solicitan, se encuentran en sus tierras, al sur del país. Lejos, muy lejos de La Gurría. Un acto de confianza, de concepto de trabajo en equipo y solidaridad que se convierte en el pagaré de la transacción, cuyo aval es un trato hecho de palabra.

10 Según RAE: Persona que ocupa una casa o propiedad ajena, generalmente rural, a cambio de pequeños trabajo.

11 Persona que recoge cosecha de café, vendiendo sus servicios a quien mejor le ofrezca pago.

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Dicen las noticias que el agua del mundo se va a acabar. Algunos incluso ponen fechas para la escasez y no dan un minuto más allá del año 2050. A otros el tema les resbala, les parece una tontería y dicen que es un chisme para promover otros negocios como los bonos de carbono y la venta de aire a ONG’s que hablan del tema.

Resalto que, para la época de la decisión, el cambio climático no era una preocupación mundial, solo se veía en películas de corte post apocalíptico y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) promovidos por la ONU no estaban en ninguna carpeta de pendientes. Bueno, existían los acuerdos del Club de Roma, pero puedo asegurar por lo más sagrado que el tema no era del interés de un caficultor promedio, por lo que lo hecho por Gabriel ha sido meritorio y adelantado para sus tiempos.

Como se ha mencionado aquí, la optimización de los recursos y mejorar la productividad han sido una obsesión para él. Pero el agua tiene un capítulo especial, pues “el cultivo cafetero es gran demandante del líquido vital”, sostiene con un halo de preocupación.

Algún día, muchos años atrás, cuando los tratados ambientales no existían, Gabriel recorría sus terrenos con vigorosa actitud. Respiraba el aire emanado de montañas atiborradas de plantas de café, algo de ganado, rila y boñiga, origen del sustento familiar.

Observaba con detenimiento como buscando aguja en un pajar, el inventario natural de lo que tenía allí. Vio la calidad de las plantas, de las reses, del suelo. El potencial que ofrecía la fauna y flora de su propiedad: enjambres llenos de abejas que producían miel; culebras azotadoras y controladores de roedores; animales salvajes como el zorro o el perro. Pero como guiado por un acto divino iluminado por su tocayo el arcángel, concientizó ante sus ojos la riqueza hídrica que tenía y dictaminó: “vamos a sembrar agua”.

Al principio no fue claro el mensaje enviado cuando comunicó su decisión al equipo de trabajo. Pero su padre confiaba en lo que le proponía, así que le dio

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visto bueno a la acción casi de inmediato. Luego comenzó a cuidar los nacimientos, montes y bosques mediante la siembra de árboles, evitando su tala o la recolección de leña, garantizando con ello el suministro del líquido para el riego de sus cultivos, los procesos de limpieza y despulpado y beneficiando además con la decisión, a otras tres veredas llenas de caficultores, unas 150 familias que las habitan, garantizando no solo su suministro, sino dejando un beneficio para el medio ambiente.

Además del riego, el acceso al agua también fue importante para que La Gurría tuviera agua propia y una central hidroeléctrica casera para suplir sus necesidades de energía, la cual se mantiene hasta hoy en día en una máquina Pelton que espera con ansias a que la pongan a trabajar cada vez que la empresa de servicios públicos falla en el suministro, logrando con ello mantener el proceso productivo sin detenerse ante la situación.

El sol también ha sido un aliado importante para La Gurria. Aprovechando que los días de verano se han hecho más seguidos como consecuencia de cambio climático, Gabriel realiza parte del secado del café con su energía, dejando la secadora de carbón y de energía para los días fríos y lluviosos, logrando a pesos del 2019, ahorros cercanos a las $3 - 4 millones mensuales, un verdadero logro propio de un enfoque de innovación en el proceso de enfoque frugal, del que invito al lector consultar, para comprender mejor la dimensión de lo aquí descrito.

Un acierto más de su capacidad de experimentar, asociar, focalizar las oportunidades, interrogarse constantemente y trabajar en equipo, habilidades propias del ADN del innovador que lleva Gabriel dentro de sí.

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Parte #13

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En EAFIT existen un concepto clave para designar a alguien atrevido, arriesgado e inteligente con capacidades de emprendimiento: AUDAZ.

Si fuésemos a definir a Gabriel desde el punto de vista del concepto, sería Gabriel el Audaz.

Dice él: “a mi madre Margarita le aprendí el ser recursivo, aprovechar los recursos; ser emprendedor. A mi padre Miguel, la malicia para los negocios”, pero no se refiere a la malicia de maldad, sino a la de sagacidad y audacia. Porque eso ha sido Gabriel, una persona sagaz para construir la empresa familiar que está en proceso de relevo para la tercera generación. ¿Cuántos pueden contar la misma historia?

Muy pocos.

¿Suerte?

Muchos dirían que sí.

Gabriel diría que ha sabido combinar lo clásico y tradicional con lo vanguardista e innovador para manejar un negocio considerado commoditie, lleno de angustias y apretones para convertirlo en algo sostenible y rentable. Un ejemplo para muchos del mismo sector económico y, en una acción de benchmarking, para empresarios de otros gremios.

Y es que muchas veces no son las formas las que marcan la diferencia o las que hacen la innovación. Son las consecuencias las que lo hacen diferente y mucho más cuando la diferencia representa mejorar la utilidad y, con ella, la supervivencia, el crecimiento o el desarrollo de la empresa. Acciones tan simples como comprar la materia prima (fertilizantes, herramientas, insumos) por adelantado, en un sector en donde todo se deja para lo último. Mantener firme la política del cero endeudamiento, cuando la competencia adquiere todo a crédito; buscar la mejor forma de optimizar los recursos propios como el agua, la tierra, los bienes muebles, cuando los demás tumban y reutilizan sin sentido, son al final del día acciones que logran hacer de un negocio malo o mediocre, uno productivo, sostenible y rentable para todos.

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Gabriel Mesa descansa hoy con la tranquilidad de la tarea realizada y asesora de manera permanente a los hijos y nietos que se han encargado de manejar el negocio familiar. Como lo hizo con él su padre Miguel Mesa Mejía, 3M, un campesino real de quien aprendió todo y quien con sus aciertos y desaciertos le enseñó que lo que uno no haga en la vida, nadie lo va a hacer por uno. Si a Margarita, su madre, le debe la capacidad de emprendimiento, Gabriel le debe a su padre esa visión de “malicia” para ver más allá de lo que pasa en el entorno inmediato y ser un adelantado en los negocios.

Sigue siendo un ejemplo de vida.

De contradicciones tal vez en el sentido de tener la capacidad de combinar lo actual con lo viejo, de ser visionario innovador, pero práctico conservador. De rápida adaptación y calibrada asociación para encontrar la solución a sus necesidades, pero con la vista puesta en el mercado, ya que lo que haga o deje se hacer se verá reflejado en la calidad de un grano de café. Quedo con la vista puesta sobre la pantalla del computador queriendo abrazar al viejo Gabriel cuando se acaba la sesión. Seis horas inolvidables de entrevista que me dejan una profunda reflexión sobre la vida, sobre la forma de encararla y hacer negocios.

Sobre lo sencillo que es emprender y ser innovador.

Que es algo personal. Del interior de cada uno.

Pues los métodos y herramientas son secundarias y pasan con rapidez. Pero lo de adentro, del Ser, es para toda la vida. Y ese es el gran ejemplo que me deja el viejo Gabriel, el “cucho”, como le dice alguno de sus hijos; un hombre que, nacido en 1940, no se arrugó cuando le dijeron que la entrevista sería por Microsoft Teams.

Cita: Mesa Cano, Jorge Hernán, Urrego, Andrés Felipe (2023), La Gurria Case, Universidad EAFIT, p. N. https://hdl.handle.net/10784/34380