MOTETE
Velia Vidal Bahía Solano
«…Historias de desaparecidos Mitología Sueño Luz de velas prendidas en las noches (Los negros en cumbiambas) Un horizonte de naufragios la esperanza en todas partes “Si pudiéramos irnos, buscar más horizontes” “Si la vida nos fuera menos inclemente” Frases desmadejadas pequeñas historias situaciones domésticas Había tantas cosas junto al mar Objetos rescatados de su muerte para nuestros simples juegos de muchachos…» Óscar Collazos
Las tablas de madera de los corredores de la casona crujen, como cosas vivas, cuando sale el sol y la frescura de la noche pacífica da la bienvenida al sol. La Bahía despierta y el exuberante bosque a espaldas de la casa vibra con los vientos, dejando caer el rocío del follaje a un suelo cargado de humedad. Los animales nocturnos vuelven a sus madrigueras y los diurnos despiertan ante el sol. El mar pacífico acompaña todo el ritual con un rugido suave, de abuelo viejo. El abuelo de Velia salió temprano a trabajar en su bote, dejando una estela en el agua que la abuela mira desaparecer mientras espera que esté listo el pan. Disfruta del olor que va recorriendo la casa despacio y que, eventualmente, despertará al grupo de muchachos que duermen plácidamente en las habitaciones. Hijos y nietos, todos por igual, familia. Una hora más tarde, toda la calma de la mañana, incluso el rumor del mar, se pierde entre la gritería casi musical de los niños. Diez, de todas las edades, llenos de energía y fuego en sus entrañas, de sangre caliente y alegre; diez, o doce, o veinte, por momentos, todos los niños juntos del Chocó, por momentos solo ellos, en ese caserón de madera y olor a pan.
Velia es la más pequeña, tiene tres años y medio, pero juega con su tía, que solo es cinco años mayor, a ir por los huevos de las gallinas. Le ayuda a espantar el gallo que a veces picotea, con una varita de madera, mientras su tía recoge en un canasto de fibras naturales tejidas los huevos para el desayuno. Para Velia es un juego ayudar en casa, un juego de hermanas. Como salir a mojarse cuando llueve o lavar los trastos, cuando toca. Su tía le entrega el motete con los huevos a la abuela y van a ver qué hacen los hermanos mayores al otro lado de la casa, mirando al mar. La vida es tranquila frente al Pacífico, ese abuelo a veces tranquilo y viejo, otras furioso, rugiente, poderoso. La pequeña no lo sabe, pero esos primeros años en Bahía Solano serán su “lugar seguro” siempre. Cuando vaya a Quibdó, a Cali, a Medellín, esa
cuerda tejida durante esos años, durante todos los años que su familia ha habitado las costas de la Bahía, serán su cordón umbilical a un vientre que clama por ella cada cierto tiempo, que la obliga a volver, a no olvidar sus raíces. Que lentamente y sin que se diera cuenta, la acercará de nuevo, y definitivamente, a su origen, muchos años después.
El día se desenvuelve en ese mismo ritmo. Algunos de los niños mayores salen a ciertas horas y vuelven cansados con leña para cocinar, quizá después de ayudar a recoger la red de un vecino, o a levantar una cerca. Los más pequeños solo le dan tregua al corredor de madera, que traquetea con sus pies rápidos de juego infantil cuando van al mar o a la casa de un vecino que tiene marranos o a un árbol lleno de mangos. La vida es tranquila, y ella, con solo tres años, no se da cuenta de las carencias que tienen. El Chocó es un departamento de inmensa riqueza natural, pero solo el 20% de la población tiene acceso a un acueducto, muy pocos excepto en Quibdó- pueden ir a un hospital de primer nivel, o a un colegio o universidad de calidad. Mientras busca entre la arena madrigueras de cangrejos con una vara de madera, no sabe que nació mujer y afro en el Chocó colombiano. No sabe lo que eso implica, simplemente es feliz, entre carencias, pero feliz. Además, en la noche, si está de suerte, sus tíos, el abuelo, o algún vecino, los reúne y les cuenta historias. Quizá canten también.
Esa fue la Bahía de su infancia. Muchos años después, cada vez que estaba frente al pelotón de fusilamiento, Velia recordaba esos días.
Quibdó
«Atrato viajero que el Señor creó Atrato viajero que mi alma llevó».
Jairo Varela
Hija —le dijo su mamá un día cualquiera— nos vamos para Quibdó. Ella, de cinco años, apretó con sus manos la falda de su vestido rojo. No tenía idea qué podía significar eso, pero sí sabía que no quería dejar a los abuelos ni a los tíos, ni al mar. No había mar en Quibdó, se dio cuenta pronto. Pero sí había río. Un río grande y caudaloso, un río que, como el Baudó y el San Juan, une la existencia de las gentes del Chocó a un fluir de aguas abundantes y generosas. Aguas que son caminos, donde los caminos son olvido estatal. Ella, como toda niña de cinco años, se adapta fácil. Su madre trabaja y estudia, no puede tenerla mucho tiempo, pero no tarda en conseguir un grupo de amigos en el barrio.
Un día, después de la escuela, mientras jugaban trompo en la calle, vieron llegar un personaje brillante. Brillante su piel blanquísima, su pelo canoso, su ropa blanca, un elemento verdaderamente extraño en ese barrio quibdoseño. Más raro aún, era que llevaba una maleta
grande de la que tras llamarlos y reunirlos a su lado, sacó las partes de un tablero y las ensambló con calma. Cuando terminó el montaje, comenzó a contarles la historia de Jonás. Mientras les narraba la historia bíblica, iba sacando de la maleta grande los personajes, se los mostraba y los ponía en el tablero. Ellos, sorprendidos, no entendían cómo, pero los muñecos no se resbalaban, se quedaban suspendidos en esa superficie lisa. El hombre los movía de un lado a otro, para animar el relato, y no se caían. Al final, guardó todo, les dio la bendición y se fue, caminando, como había llegado. En la noche, Velia les cuenta a sus papás sobre ese personaje tan extraño y su magia. Ellos intentan convencerla de que lo más seguro es que haya alguna explicación, pero ella está segura, ella sabe lo que vio ese día. Conoció la historia de un hombre al que se lo traga una ballena y un señor blanco de acento extraño hizo magia.
A la casa de Quibdó los libros llegaban periódicamente en sobres de correos. Ella los veía fascinada. No eran libros infantiles, ni siquiera de literatura, pero eran libros nuevos, impecables. Para ella se volvieron importantes y, ese día, cuando tocaron a la puerta y gritaron “correo”, ella corrió más rápido que todos para abrir. Llámale a tu mamá, niña —dijo el hombre—. No, yo le puedo recibir —respondió ella, atrevida—. El hombre, indeciso, la miró, y con una sonrisa, le entregó el sobre. Velia, de siete años, corrió a su habitación ignorando la pregunta de su madre: ¿Quién era?, y abrió el paquete con entusiasmo. Biología 1, Fundamentos de la enseñanza. Un par de libros nuevos, relucientes, de carátulas duras. Los tomó con cuidado y pasó hoja por hoja hasta terminarlos. El de biología tenía ilustraciones a color. La célula, leyó al pie de la imagen que más le gustó. Su madre se había inscrito al Círculo de Lectores, porque necesitaba algunos textos para seguir sus estudios en licenciatura y Velia, sin saberlo, se había enamorado —perdidamente y sin remedio— de los libros.
Cali Ají
«No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» Antoine de Saint-Exupéry
Otra tarde, la madre le dijo que ahora se irían a Cali, la capital del Valle del Cauca. Velia, que ahora entendía mejor todo, volvió a pensar en lo que dejaba atrás: sus amigos, el colegio, el Atrato. Se alejaban cada vez más de Bahía Solano. Esta vez no se quedó callada, le preguntó a su mamá que por qué se tenían que mudar de nuevo. Ella, paciente, le explicó que la tía Ludis estaba en Cali, que había mejores colegios, más trabajo, que Cali era Cali y lo demás era loma. Velia no entendía, pero su destino, como el de todos los niños, estaba ligado al rumbo y decisiones de sus padres.
Se instalaron pronto, su madre comenzó a trabajar como maestra en un colegio público y Velia, a estudiar. Una tarde, vio que la mamá llegó con un paquete de libros decomisados a sus alumnos. Uno de ellos era azul, pequeño, y tenía un niño rubio con un vestido extraño en
la portada, que decía El Principito. En cuanto terminaron de comer, Velia se dirigió al escritorio de su mamá y cogió sigilosamente el tomo que le había llamado la atención y se lo llevó al cuarto. Hasta mañana —dijo—, cuando pasó frente al cuarto de sus padres. Ya encerrada, encendió una lamparita que tenía para sus noches de insomnio, se cubrió con la cobija y comenzó un viaje del que nunca se iba a olvidar. Fue el primer libro que leyó completo, casi de un tirón, entre desvelada y emocionada por la hermosura que le regalaba la lectura. Fascinada con lo que había escrito un francés hacía muchos años, ella, una niña de Bahía Solano, debajo de sus sábanas en la ciudad de Cali, Colombia, de la mano del Principito de Saint-Exupéry, en un viaje fantástico.
La capital del Valle del Cauca era una ciudad más grande que Quibdó. Eso lo notó desde el primer día. Notó también que había muchas más personas de piel blanca, como el viejo de las historias bíblicas, aunque no todos fueran tan amables. El racismo. Darse cuenta de que se es negro. En Bahía, era una niña, en Quibdó, una niña, aunque tenía amigos blancos, ellos no la veían diferente, como en Cali. En Cali era una niña negra, o como le dijeron una vez en la calle, cuando se tropezó con un señor que tenía prisa, una negra hijueputa. Ellos, los racistas, seguramente no leyeron a Saint-Exupéry, seguramente no leyeron a nadie que valiera la pena. El Valle del Cauca, aunque tiene una gran población negra, tiene una tradición terriblemente racista, derivada quizás de las épocas del esclavismo, o consecuencia del menosprecio de la sociedad y de la falta de oportunidades por causa del abandono estatal. En el colegio, donde vivió el racismo por primera vez, lo aprendió y lo sufrió; también conoció a Juan David, con quien creó el primer periódico estudiantil de la institución y escribió sus primeros artículos periodísticos. Juntos emprendieron lecturas que los marcarían para siempre. Acompañaron juntos a Florentino Ariza hasta conseguir el amor de Fermina Daza, en una de las novelas más bellas de la literatura latinoamericana: El amor en los tiempos de cólera. La leyeron cada uno, pero juntos, como tantos libros de los que hablaban en la cancha y la biblioteca, sus lugares preferidos del colegio. Estuvieron con Julio Verne dando la vuelta al mundo en ochenta días y bucearon para recorrer veinte mil leguas de viaje submarino, los libros, sospechó Velia, la acompañarían siempre.
Medayork
«Somos el golpe que estalló como el grito de los dioses con tambores africanos Suramérica en la voces los herederos latinos con kilos de sabor y toneladas del estilo la maravilla del siglo representa las calles, la cultura, buenos ritmos.
Es medayork, es swing y sin blin blin nos la guerreamos hasta el fin».
Crew peligrosos
Al graduarse del colegio, con esa angustia, ese afán de los jóvenes colombianos por escoger su carrera, se presentó a Administración Pública en Cali. Tenía clara su vocación de servicio y cierta vena política en su familia, que admiraba mucho. Su tía abuela fue la fundadora de la casa de la cultura de Bahía Solano, por ejemplo. También tenía una ascendencia artística muy marcada, tíos poetas, cantores, contadores de historias, además de su amor por los libros, pero decidió que estudiaría algo más “práctica”. El día de la inscripción, Velia tomó un bus y llegó a la universidad entusiasmada. Le fascinó la belleza del campus, la energía de la gente, su ropa, sus caras alegres. Caminó, dudando un poco, perdida en ese espacio tan amplio y finalmente llegó frente a un edificio con un letrero enorme que decía ADMISIONES. Decidida, entró y buscó en una cartelera en nombre de su carrera. Recorrió la pared donde estaban las hojas con los nombres de todos los programas, bacteriología, odontología, agronomía, administración de empresas… pero no, no encontró Administración Pública. No estaba. Tímida, preguntó en una ventanilla vacía, por qué no estaba su carrera, una señora de gafas de extremos afilados hacia arriba, le contó: —Este año no van a abrir el programa, mija, muy poquita gente se inscribió, con lo bastante que hace falta—. Devolvió sus pasos, desencantada, y llegó a su casa triste, necesitaba un plan B. Le habían hablado de otra carrera, en la Universidad Nacional de Medellín, una carrera que según decían, era muy apetecida por los reclutadores de las empresas, una carrera completa y práctica, que, ante la caída de su plan A, le pareció una buena opción.
Pasó cuatro semestres estudiando Ingeniería Administrativa en Medellín. Durante esos dos años, se mudó varias veces. De donde unos primos, que la recibieron al comienzo, a varias habitaciones, o “piezas”, con cocina y baño compartidos. La gente de la Universidad Nacional, y en general la de Medellín, le cayó bien a la joven Velia, pero las exigentes ciencias básicas de la Ingeniería la obligaron a conseguir un profesor particular y a esforzarse mucho más de lo que nunca había tenido que hacerlo, fue tenaz, luchó y logró llegar al cuarto semestre. No quería fallarle a nadie, pero sabía, desde el primer momento, ella, sus amigos y profesoras, que lo suyo era otra cosa. Se lo decían cuando la oían hablar articuladamente y con una claridad que los demás no podían lograr. Cuando leían lo que escribía, cuando exponía en las materias de humanidades.
Cualquier día, mientras caminaba con un grupo de amigos, pasaron por una de esas ferias que armaban para los muchachos de bachillerato donde les mostraban las carreras de las universidades de la ciudad. Ella, sin saber muy bien por qué, quizá por los comentarios de sus amigos, terminó en el stand de Comunicación Social y Periodismo, de la Universidad de Antioquia. Se dio cuenta, hablando con la persona encargada, que no necesariamente se trataba de ser periodista, que había muchos campos de acción, entre ellos, las relaciones públicas de las organizaciones, la gestión de la comunicación y, que varios de sus egresados se desempeñaban en el sector público. Ella, una mujer ya para ese momento decidida, con buena
autoestima, alejada de las inseguridades de cuando llegó a Cali o a Medellín, concluyó que lo mejor era aceptar esa otra vena de su familia, la de los contadores de historias y poetas, la de los administradores de lo público, de lo social, y veían en ese pensum de la U. de A., grandes oportunidades. No se equivocó.
Medellín, ¡listo!
Para Manrique en general ¡Listo! Campo Valdés se va alegrar ¡Listo! Pa' Villa hermosa pa' Guayabal ¡Listo! Todo el conjunto quiere bailar ¡Listo! Y el grupo Niche le va tocar ¡Listo! A Bello a Copacabana ¡Listo! Barrio Antioquia a la Castellana ¡Listo! Aranjuéz y San Javier ¡Listo! A la Floresta me voy de fiesta ¡Listo! Pa' Envigado y pa' Itaguí Jairo Varela
Los escritores son, en su mayoría, gente tranquila. Pero cada año hay uno o dos que les sacan canas. Liliana Echavarría y Velia Vidal, directoras de la fiesta del libro de Medellín, se ven, por esos días, como en cámara rápida. Deben dejar todo listo y perfecto para uno de los eventos más importantes en el calendario cultural de la ciudad. Para Velia, es la oportunidad de volver a encontrarse con esos objetos mágicos que tanto ha amado toda su vida, los libros. Ella es la anfitriona, una de las directoras. La niña de Bahía Solano. La carpa de las editoriales independientes no ha llegado, no se ha definido quién está autorizado para vender café en el sector de las grandes editoriales, la gente del ITM necesita un espacio más grande, que el tiquete de avión de el escritor español quedó con un error en el nombre. Ella coordina y soluciona. Todo debe ser perfecto, como siempre. Varios años de experiencia en el sector público le han mostrado caminos, maneras de hacer las cosas y han desarrollado en ella una gran capacidad para gestionar ordenadamente todo. Es una excelente administradora pública. El día de la inauguración del evento, llega a su casa feliz. Vive ahora en un apartamento en el sector del estadio, un barrio tranquilo y agradable, junto a su esposo. Las piezas en las que tuvo que vivir cuando estudiaba, son ahora un recuerdo lejano. Él, su esposo, la recibe con un plato de comida y un vaso con agua. Hablan un rato, se abrazan. Al final, él le dice algo que ella ya sabe: —Te falta mar, ¿cierto? —, ella solo asiente. Se van a la cama. Unos meses después, desempaca sus cosas en Bahía Solano, cada cierto tiempo, la llaman su selva y su mar.
Su carrera profesional fue ascendente. De una práctica en el departamento de comunicaciones de la alcaldía de Sergio Fajardo, a ser directora de la Fiesta del Libro, o coordinadora del programa de televisión 125 Ideas, de Teleantioquia, en el que tuvo la oportunidad de conocer 123 de los 125 municipios de Antioquia, pasando por presentadora
oficial del alcalde de Medellín. También fue directora del Plan para el Desarrollo de Urabá durante la administración de Federico Gutiérrez. De todos esos puestos, ganados por méritos y a pulso, lo que más disfrutó fue ser directora de la Fiesta del Libro. Pensó por un momento que se iba a dedicar a eso toda su vida, y bueno, aunque después tuvo varios trabajos en otras áreas, iba sin saberlo, hacia ese inevitable destino suyo, unido al mar, al Atrato y a la literatura.
El detonante fue un diagnóstico médico. Tenía una enfermedad autoinmune, y ahí, a pensar. Esa sensación, esa incomodidad que le atacaba ciertas tardes de soledad, noches de domingo, que se venían haciendo más asidua, más repetitiva, y que ella curaba con visitas a su “lugar seguro”, junto al mar Pacífico, se acentuó con el diagnóstico. ¿Qué historias son las que yo les quiero contar a mis nietos? ¿Realmente estoy haciendo lo que me hace feliz? ¿Estoy donde debo estar? El cordón umbilical se recogía, la arrastraba, con más fuerza que nunca. Su esposo y ella tenían el plan de vivir en Bahía Solano en el futuro cercano. Uno de esos planes que se dilatan, que se quedan en la memoria hasta que se acepta que no van a hacerse realidad. Fueron días complejos, de mucho pensamiento. El apartamento, con ese jardín tan hermoso. El barrio, sus logros, sus oportunidades, dejar todo atrás. Días de muchas conversaciones con Rogelio Ortiz, su esposo, que la apoyaba totalmente, que también amaba Bahía Solano, que la conocía desde la universidad, pero que no podía dejar todo de lado de un tirón, para irse. Pero la conclusión estaba ahí, a plena vista, desde el comienzo, y por más que hablaran, por más que pensara, estaba claro. Restaban por responder muchas otras preguntas, pero al menos ya sabía una respuesta: Chocó.
Somos Pacífico
Este es pacífico colombiano una raza, un sector, lleno de hermanas y hermanos.
Con nuestra bámbara y con el caché venga y lo ve usted mismo pa' vé como es, y ¡eh!
Chocquibtown
Velia se fue adelante. Llegó a Quibdó a conseguir donde vivir, y comenzó a verse con amigos sus amigos de infancia. No tenía un plan claro, pero confiaba en que, haciendo una cosa a la vez, solucionando cosas prácticas, lograría encontrar soluciones a todas las preguntas que se trajo con ella de Medellín. Lo que no trajo con ella fueron sus cosas. Solo cuando consiguió donde vivir, le dijo a Rogelio que le enviara el trasteo. El día en que llegó todo, se dedicó con juicio a ordenar. Caja por caja, bolsa por bolsa, cosa por cosa. Al final, ya en la noche, abrió una caja con libros. Había regalado casi todos, pero esa caja estaba cuidadosamente escogida, tesoros de los que no quería desprenderse. Fue poniendo uno a uno, los libros sobre una estantería y, en el fondo, encontró uno pequeñito de la Cooperativa
Confiar que recordaba perfectamente porque allí estaba el discurso que tantas veces había leído. Lo abrió y volvió sobre las letras de Federico García Lorca y su discurso Dime qué lees y te diré quién eres, pronunciado por el español el día en que inauguraron la biblioteca de su pueblo. Mientras leía, en su pecho se abría el plumaje de un pavo real, sentía que estaba en medio de una revelación. Cada vez que encontraba el nombre Fuente Vaqueros -el nombre del pueblo de García Lorca- ella veía allí la palabra Chocó. Decidió terminar de ordenar las cosas y se fue dormir pensando en ese hermoso discurso que resumía tan claramente lo que creía, lo que quería: su pueblo chocoano necesitaba arte, cultura, libros.
El nombre, afortunadamente, no iba a ser un problema. Lo tenía claro hacía tiempo. Su proyecto, de lo que fuera, se llamaría Motete. Lo tuvo claro desde que estuvo pasando un tiempo con una tribu indígena en Juradó donde tenían canastos tejidos en fibras naturales para todo. Canastos para los huevos, para meter las frutas que recogían en el bosque, canastos grandes, pequeños, casi planos como un plato, altos y largos. La belleza de las piezas y del nombre, le encantaban: Motete, los llamaban. Muchos años después, alguien le dijo que era también una pieza musical francesa que inaugura la armonía. Tejido, artesanía, canasto, armonía. Ese era el nombre de un hijo que aún no terminaba de parir.
Sentada en un bar, esperando que les trajeran su cerveza, frente a tres de sus amigos de infancia, Velia analiza un poco lo que ve. Hace calor, la humedad, para quien no esté acostumbrado, es insoportable. Un par de tipos con camisas identificadas con el logo del Ministerio de Cultura, sudan copiosamente y se forman en sus axilas las marcas de unos mapas enormes de humedad. Tienen pinta, acento y sudan como gentes del interior. Seguramente están allí con viáticos y todo pago, porque en el ministerio creen que no hay chocoanos capaces de hacer alguna tarea. Pero ellos toman cerveza, sudando, y no hacen nada. Claramente no hacen nada, pero al llegar entregarán un informe detallando tareas donde no mencionarán las cervezas. Uno de sus amigos la descubre ida, y le pregunta que si se acuerda. ¿De qué?, responde ella. Del viejo, replica él. ¿Cuál viejo?, ella. El viejo del tablero mágico. Claro que se acordaba. Lo que nunca imaginó fue que todos ellos también. Todos decían que lo recordaban con un cariño enorme, todos sentían que les había tocado fibras infantiles hermosas. Así, entre frases, ideas y libros, ella iba encontrando su propósito.
El Futuro
Sus credenciales profesionales resultaron muy interesantes para los directores de la Cámara de Comercio del Chocó y fue allí donde comenzó a trabajar cuando llegó a Quibdó. Nada mal para conocer el ecosistema empresarial de la región, concentrado en actividades de comercio y extracción de recursos naturales. Las entidades culturales o sin ánimo de lucro, eran, según pudo ver, pocas, y, además, solo buscaban ser depositarias de ayudas o estímulos,
no buscaban ser auto sostenibles. Tuvo relación también con el Banco de la República y, pensando en su idea de promover la lectura en la región, se acercó a ellos para pedirles ser voluntaria. La respuesta fue que el Banco no tenía voluntariado en el Chocó. Ella, punzante e insistente, como son todos los emprendedores, con el tiempo y después de varios correos donde les expuso la necesidad de usar la biblioteca de la institución —la más grande del Chocó— para actividades más allá de las arquitectónicas de entrar, tomar los libros, consultarlos y salir, logró que le aceptaran la creación de un grupo con maestros interesados en la promoción de lectura. Ella fue la coordinadora de ese primer grupo que, después, llevó a las aulas de los colegios públicos de Quibdó esa semilla para sembrarla en cada uno de los niños.
También comenzó un grupo de promoción de lectura en la Universidad Tecnológica del Chocó, y por eso, unas semanas después, estaba sentada en una silla plástica, en la biblioteca de esa universidad, esperando a los niños. El primero llegó diez minutos antes del evento, de la mano de su papá, un hombre grande, de manos seguramente experimentadas en la búsqueda del oro. El segundo, el tercero y el cuarto niños, llegaron casi cinco minutos antes de la hora. Ella saludaba a los papás y mamás, que respondían al saludo y salían tímidamente. Después les daba la bienvenida a los chicos, que se sentaban en las sillas, con las piernitas colgando, aun sin alcanzar el suelo. Juiciosos, con las pintas domingueras, camisas de botones coloridas, vestidos con boleros. Todos recién bañados y peinados, listos para una cita importante. Ella esperaba 10, máximo 15 niños, pero llegaron 35; el último, casi veinte minutos tarde. Sus ojos brillaron. Ya había tenido una experiencia en el barrio El Futuro 2, donde citó, junto a La Red de Mujeres Chocoanas, con las que ya tenía orto grupo de lectura, a una reunión. El día pactado, las mujeres del barrio no asistieron, no se interesaron. Pero llegaron 4 niñas. Velia se puso en cuclillas, para hablarles a la cara, feliz de que ellas estuvieran allí, y les dijo que había venido a otra cosa, y por eso no había traído sus libros, pero que la próxima semana, a la misma hora, las iba a visitar para leerles historias maravillosas y que, si querían, les podían contar a los demás niños del barrio. Las niñas, sonrientes, le dijeron que claro, que ellas se encargaban.
Dos años después, el grupo de lectura del barrio El Futuro 2, se reúne. No hay sede fija porque es uno de los sectores más pobres de Quibdó, donde llegan, en su mayoría, desplazados por la violencia. Pero eso no ha sido obstáculo. El interés de los muchachos del barrio no ha menguado. Ya no es Velia quien va cada ocho días, como al comienzo, con su Motete lleno de libros. Pero sí es ella quien hace el programa de lecturas, quien consigue los recursos para cubrir los costos del proyecto SELVA DE LETRAS y hace toda la gestión para que Motete tenga el impacto que tiene ahora. Pero esto es el futuro, no el barrio, sino el tiempo. Hay que volver a la llegada de Rogelio a Chocó. —¿Qué nos ponemos a hacer? — Era la pregunta de los dos. Aunque Velia tenía el trabajo en la Cámara de Comercio, eso no era
precisamente lo que quería hacer, de lo contrario, se hubiera quedado en Medellín, en el camino de lo público.
Unas semanas después de llegar a Quibdó, mientras comían, Rogelio le dijo a Velia algo que había notado desde el primer momento: —Amor, ¿por qué no te dedicas a tus proyectos de promoción de lectura solamente? —. Él había visto la pasión y la alegría con la que su esposa salía los sábados para el taller de la Universidad, los domingos al del barrio El Futuro 2, al de los profes, al de la Red de Mujeres. Además, notaba cómo dedicaba casi todo su tiempo y sus recursos, a definir los temas, las lecturas, los materiales. Él sabía que, aunque necesitaban ingresos, no se podían quedar quietos ante la búsqueda de lo realmente importante. Tenían algunos ahorros y si iban a dar el salto por sus sueños, pues debían confiar en el paracaídas.
Café Cultural
Decidieron invitar a sus amigos a la casa para una sesión creativa. ¿Qué necesita el Chocó? Pues salir del olvido estatal, que se pague la deuda histórica con educación, salud de calidad, vías de comunicación, reparación a las víctimas, desarrollo sostenible. Sí, claro. Eso. Pero ellos, desde un grupo de amigos, no iban a lograr nada de eso. Al menos no en el corto plazo. Lo que sí podían lograr, concluyeron, era desarrollar pensamiento crítico entre los niños de las nuevas generaciones. Ideas, arte, literatura, poesía. El pensamiento puede cambiar los problemas estructurales de la región, al menos en parte. Una población sensible, con pensamiento crítico, puede hacer la diferencia. Decidieron, entonces, y así resolvían dos problemas en uno, conseguir un local para montar un Café Cultural que sirviera para ese tipo de encuentros, que sostuviera la fundación y que le sirviera, a su vez, de sede. Pensaban que la gastronomía era una vía para lograr arraigo y orgullo sobre su región, y que, desde el café, podrían también desarrollar una propuesta en ese sentido.
La música fue primero. Un concierto de un grupo local, que no había encontrado resonancia en la zona rosa de Quibdó, se presentaba y llenaba con marimba y percusión, todo el espacio. En la cocina, Velia y Rogelio intentaban sacar varios pedidos represados. En las mesas, la gente hablaba, tomaba café, comía o leía. Habían pasado tres meses desde que abrieron y el espacio estaba vivo, saltaba a la vista que Quibdó merecía un lugar como este, de encuentro y arte. Después de la música, el teatro. Un grupo de uno de los barrios de la ciudad, presentaba su última exploración artística. Había también en el café conversaciones llamadas “Minga de Saberes”, encuentros que tenían magia propia, fecundas charlas que terminaban a veces en proyectos, a veces en ideas, en semillas por germinar en las mentes ávidas de cultura de la ciudad. El espacio estaba abierto, siempre abierto, a encuentros de mujeres, de entidades culturales, hasta para asociaciones de desmovilizados de las guerrillas que acababan de firmar
el acuerdo de paz. Con el tiempo, el café se convirtió también en una biblioteca gratuita. Amigos, dueños de editoriales y donantes anónimos, ayudaron a que hubiera hasta 5.000 volúmenes y que esos libros pudieran ser consultados por quien quisiera, sin carné, sin suscripción, nada. Una relación de confianza, simplemente. Del establecimiento salían también rumbo a los talleres de lectura. Era allí donde tenían el centro principal, el río que regaba sus aguas sobre afluentes más pequeños, allí el motete se llenaba de imaginación y volvía habiendo descargado sobre las hambrientas mentes de los niños, las historias y lecturas perfectamente planeadas de acuerdo a cada grupo. Sin embargo, la realidad golpeó, y fuerte. Llegaron los paros.
Y no es que no estuvieran de acuerdo con los reclamos, la rabia contenida, las demandas del paro. No, no era eso. De hecho, apoyaban las iniciativas de Comité́ Cívico por la Salvación y la Dignidad del Chocó. Pero es que los servicios seguían llegando, los sueldos no se pagaban solos, ni los impuestos y la movilización social no estaba haciendo la tarea sencilla para ellos. Ese fue un golpe anímico complejo. ¿Cómo apoyar el paro y a la vez sobrevivir como empresa? En el mejor momento, el café llegó a tener diez empleados. Eso, cualquiera que haya emprendido lo sabe y cualquiera que vaya a emprender lo va a aprender, es una obligación enorme. Además de Sayco y Acimpro, de la Cámara de Comercio, de los impuestos, todo eso hace que sea una odisea generar empleo y que el empresario despierte angustiado en las noches, pensando en ese flujo de caja muchas veces insuficiente para tantos gastos. Pero ellos remaron contra corriente. Catering, que un almuerzo para estas personas, que tantos refrigerios. Soluciones creativas a problemas complejos. El otro dilema que les generaba el café era que a los eventos culturales y a la biblioteca asistían muchas personas de Quibdó, pero a consumir, en general, no. Quienes consumían en el café eran empleados públicos que venían del centro del país, turistas, vendedores viajeros, empleados de empresas del interior. El Quibdoseño no podía pagar lo que ellos necesitaban cobrar por sus productos para pagarles bien a sus empleados y cumplir las obligaciones de un negocio. En 2019, después de un par de meses en que los ingresos no alcanzan ni el 60% de los gastos, muy a su pesar, cerraron el café para concentrarse de lleno en las iniciativas de promoción de lectura.
Oportunidades
El café cultural había quedado atrás y Velia sentía el vacío que dejaba ese espacio tan valioso que habían logrado construir. Sin embargo, quizá por la visibilidad que obtuvieron gracias a los años en los que duró, y a su trabajo social, fueron contactados por la administración local para manejar la biblioteca del Megacolegio Mía. Como casi todas las obras en Chocó, este colegio había tenido que ver con todas las “ías”, procuraduría, contraloría, hasta fiscalía. Los contratistas, como una enfermedad crónica que afecta el departamento, tienen la costumbre de robarse el dinero de las obras. Este es un problema grave en el departamento,
incluso en el país. Pero en el caso del Megacolegio Mía, la administración logró que el contratista entregara y, ese día, Velia llegaba a mirar la fachada colorida de rectángulos metálicos del edificio. Entraba a sus espacios amplios y dignos para el estudio, a la cancha de baloncesto y microfútbol y, finalmente, a una biblioteca amplia, muy bien iluminada y fresca. Una biblioteca sin libros, porque era ella la encargada de gestionarla y administrarla. Era una oportunidad para seguir teniendo impacto y no perder el impulso que les había dado el café cultural.
El objetivo fue siempre que Motete fuera auto sostenible. No quería ser una entidad más de las que ella sabía y tenía muy buen conocimiento, se creaban para acaparar recursos del Estado, sin ejecutarlos. No querían que su fundación fuera una más. Por eso montaron el café cultural, por eso la lucha. También por eso, y después del cierre del café y de entender que aunque la idea inicial era ser auto sostenibles, en realidad no podían pagar ellos solos un servicio que las personas para quienes iba dirigido, no podían pagar en absoluto. Eso les llevó un tiempo comprenderlo, pero les generó gran tranquilidad aceptarlo por fin y les marcó un nuevo rumbo. Se presentaron a las convocatorias que podían. Sobre todo, si eran de carácter privado.
Velia se acostaba tarde, algunas veces pasada la media noche, terminando propuestas y justificando detalladamente presupuestos. Talleres de lectura para 125 niños en Quibdó, era la propuesta que iba a presentar a la Fundación Sura, perteneciente a la aseguradora del mismo nombre. Quería dejar todo perfectamente planteado, casi sin espacio para las preguntas, clarísimo. Se tomó dos días para leer y releer, necesitaba conseguirles el presupuesto a esos niños. Finalmente, después de adjuntar el archivo y escribir con mucha formalidad el cuerpo del correo electrónico, pulsó el avioncito de papel que da la orden de enviar. El correo viajó a la velocidad de los correos electrónicos, quizá como un haz de luz, o más bien un pulso eléctrico, y llegó al buzón deseado en forma de letras negrillas: “De: Velia Vidal” “Asunto: Propuesta Chocó”. El destinatario no lo abrió ese día. Ni siquiera revisó su buzón. Al siguiente día, por la mañana, respondió varios correos, pero dejó para un momento de más calma el de Velia, que seguía allí, con las letricas en negrilla de los correos no leídos. En la noche, después de hacer las tareas de la casa, se acordó que tenía que leer la propuesta de Velia, sacó el computador de su estuche negro y comenzó a leer, con entusiasmo, una propuesta que, casi desde el primer momento, supo que era exactamente lo que buscaban financiar.
Al día siguiente, Velia se levantó temprano, cogió el celular y vio el indicador de nuevo correo encendido. Abrió, pensando que sería publicidad de algún almacén y vio, en la lista de recibidos, un correo de respuesta del suyo enviado a la Fundación Sura. Nerviosa, dio un dedazo firme sobre la pantalla para abrir rápidamente y se encontró la noticia que esperaba, había valido la pena el esfuerzo, tenía la financiación para su proyecto.
El convenio con la fundación SURA lo hicieron a través de la Corporación Educativa y Cultural Motete, sin ánimo de lucro. Después de una asesoría empresarial que recibieron gracias a una de las convocatorias a las que se habían presentado en Medellín, concluyeron que Motete, a pesar de ser una sola marca, necesitaba dos razones sociales, o jurídicas: una, sin ánimo de lucro, para acceder a convocatorias gubernamentales, o fundaciones como SURA, así como el convenio con el colegio Mía. Otra, una S.A.S. llamada Café Cultural Motete ZOMAC (Zonas más afectadas por el conflicto armado colombiano) Con la que pueden comercializar productos gastronómicos, vender sus servicios en educación y, como ese día, presentarse a convocatorias como las del Fondo Emprender. La conclusión fue que no podían cerrar ninguna puerta, ni siquiera las ventanas, debían estar listos para cualquiera que quisiera ayudarles con su sueño. Ese mismo año, el del despegue, ganaron ese concurso. El café tuvo que cerrar, pero gracias al Fondo Emprender y a ese proyecto ganador, esperan reabrir sus puertas muy pronto.
Día a día.
Hicieron un par de musas paradisíacas más. Ese día vendría un grupo de presidencia a la inauguración de la ampliación del aeropuerto y Café Cultural Motete ZOMAC fue contratado para preparar la famosa torta musa paradisíaca, mezcla de plátano y borojó, una de las delicias más vendidas de la época del café y una receta que cautiva a quien puede probarla. Kelly espera hasta que finalmente alguien la invita a tomar una de las porciones de más y, antes de salir, se la come en uno de los escritorios de la sede de Motete. Al terminar, bota la servilleta en la basura adecuada y revisa de nuevo el canasto que llevará al barrio El Futuro. Todo listo. Selva de Letras es ahora un programa robusto, con 5 años y corriendo. Kelly es la coordinadora de los promotores de lectura y hace también visitas a los barrios. Ya tienen, también, 5 promotores de lectura para cubrir todos los talleres. Kelly toma el casco de su moto y sale, despidiéndose de todos, para esa cita especial, la cita con los niños. Atraviesa la ciudad, de tráfico complejo y caótico, esquivando huecos y esperando en los semáforos del centro. Pasa por el malecón para dejar un paquete que le encargaron, mira hacia el Atrato viajero, ahora sujeto de derechos, de acuerdo a la sentencia T-622, y continúa su camino hacia afuera, porque El Futuro es lejos, es el barrio de llegada de los desplazados. Si Quibdó es una ciudad en la que la riqueza no es la regla, El Futuro es el barrio donde no asoma. La riqueza monetaria, en todo caso. Porque Kelly lleva en su motete un tesoro inmenso, un libro de Emilio Salgari con el que espera poder enseñarles a los niños el género de la literatura de aventuras en la literatura.
Parquea su moto en la casa de una de las madres de los niños, que ya están listos, debajo de un árbol de sombra generosa. El día está nublado, pero no llueve. Sus ojos se demoran un poco en acomodarse a la falta de luz debajo del árbol, pero las sonrisas de los
niños, brillantes y sonoras, le iluminan el día. La sesión dura cuarenta minutos. Viajan juntos a lugares sorprendentes, se elevan, ven, cada uno con su imaginación particular, paisajes literarios, animales desconocidos, personajes curiosos, y al terminar, se van hablando de los viajes que harán, de qué pasaría si se enfrentaran un tigre del Asia con un jaguar de las selvas del Chocó. Kelly vuelve donde la doña, se despide y sale de nuevo con su moto para la sede, tiene que explicarle a uno de los promotores del grupo de maestros dos cambios que hubo en el programa.
Mientras tanto, ese mismo día, Velia se apoya en Rogelio para que todo salga bien con lo de los postres. Ya envió la factura, el RUT y la papelería que le piden siempre que hacen un trabajo para la gobernación. Ese día tiene una teleconferencia en la mañana con la coordinadora del Programa Nacional de Concertación Cultural. Espera que el internet responda porque en Chocó ningún servicio público funciona perfectamente. Más tarde, aprovechará para reunirse con alguien de presidencia, que la contactó vía correo electrónico, y dice estar interesado en ayudarles. Ella no tiene mucha confianza en ese tipo de citas, pero no deja pasar ninguna oportunidad. En la tarde espera poder dedicar unas horas a seguir escribiendo su novela. El tiempo de entrega está cerca y no puede fallarle a su editora. En la noche, van a comer con amigos. Espera acostarse temprano porque al día siguiente tiene una reunión virtual con alguien en Alemania que quiere conocer más de Motete y piensa que puede conseguir donantes. Así, todos los días, Velia se encarga de gestionar, liderar, conseguir recursos y oportunidades para su emprendimiento, siempre pensando en el paso siguiente. Además, está lista para lanzarse al mundo de los libros, no ya como lectora, sino como autora. En 2021, participó de la Feria del Libro de Madrid con su novela Aguas de Estuario publicada por la editorial independiente Laguna Libros, donde narra de manera más hermosa y personal esta historia que, temerariamente, el autor de este texto intenta contar resumidamente para acompañar las sesiones de clase de creación empresarial.
Efe de Flecho y de Atrato Fest
«Atrato viajero que el Señor creó Atrato viajero que mi alma llevó».
Jairo Varela
Saca la maleta, breve, como sus poemas, del maletero, cuando su compañero de asiento le ofrece una oportunidad de salir al pasillo del avión recién aterrizado en el Aeropuerto El Caraño, de Quibdó. El poeta siente, desde antes de bajarse y ver por primera vez el Chocó, la humedad del ambiente, el calor. Todos avanzan, con esos pasos de pingüino de los corredores de los aviones, hasta que por fin salen a la pista, mojada por las lluvias que casi les impiden el aterrizaje. Varios rostros que conocía de las escenas culturales de Medellín
lo acompañaban en ese avión y ahora esperan las maletas, que no llegan por la banda transportadora que gira y gira, vacía. El poeta, en cambio, sale con su maleta breve, como sus poemas, a la zona de espera, donde lo espera alguien con una hoja carta impresa con su nombre. Se presenta, y el otro le regala una sonrisa grande y se ofrece para cargar la maleta. No, gracias, dice el poeta, es muy pequeña, y me da pena con usted. No se preocupe, señor, para eso estamos, responde el otro, señalando un taxi aparcado afuera, camine, para que descanse un rato en el hotel. ¿Primera vez en Quibdó?, pregunta el conductor después de que suben al carro. Sí, primera vez, responde el poeta. Seguro se amaña. Aquí no hay mar, pero tenemos el Atrato. “El río más caudaloso del mundo”, piensa el forastero, al oír el nombre. Le sorprende lo poco que sabe del Chocó. Lo lejano que se siente de la tierra que ahora atraviesa en un taxi que se detiene mucho, casi en cada esquina, en un semáforo o esquivando los huecos de una malla vial muy deteriorada. A su alrededor, Quibdó. Gente, tejas de zinc, algo de desorden, quizá mucho desorden. Huecos llenos de agua café, muchas motos, muchas. Gente muy joven. Restaurantes, ferreterías, letreros que anuncian la venta de longanizas. Sí, claro, son famosas, respondió el chofer a la pregunta del poeta sobre el embutido. Aquí en Quibdó somos fanáticos de las longanizas, si quiere cuando termine el evento lo llevo a comer, me avisa. Mire a la derecha, que ya casi llegamos. Aquí la iglesia, allá el malecón. Más allá, el río. Párele bolas.
En el hotel, mientras descansaba un rato bajo el aire acondicionado de la habitación, el poeta pensaba en lo que acababa de ver. Nació y creció en Medellín. En su colegio solo había dos alumnos negros, uno de ellos fue su amigo en tercero o cuarto, pero nada más. Se sintió contento de haber salido de su apartamento en Prado Centro, de ver más allá de las montañas que en Medellín encierran todo. Espera conocer pronto a Velia, estar en contacto con lo afro más allá de los clichés. Se queda dormido un rato y sueña que va en una canoa de madera larga bajando por el Atrato y no le parece tan caudaloso. De repente, y después de un recodo, el río se angosta y la velocidad aumenta, el rumor del cuerpo de agua se vuelve más fuerte, la embarcación más inestable, él va solo y no sabe cómo maniobrar, adelante ve rocas, espuma. Rápidos. Sabe que está perdido.
Cuando la canoa va a chocar contra las piedras, despierta sobresaltado y decide salir un rato. Toma una moto taxi al malecón, camina. Ve canoas como las del sueño entrar al muelle, salir del muelle. Algunas van esforzadas, en contra de la corriente, otras, se deslizan sobre el agua café con leche, aprovechando la fuerza del río. La gente se baja de las barcas de madera con agilidad, incluso los más viejos, o algún obeso, se ve que están acostumbrados a viajar por el río. Él, en cambio, a duras penas puede sostenerse de pie en el bus que toma a la biblioteca donde trabaja. Sigue caminando y entra a la catedral, una edificación de ladrillos grises, grande, que corona el malecón con imponencia. Se detiene a mirar las imágenes religiosas, las baldosas, el techo, y después de un rato, sale a la calle, para dar vueltas sin rumbo
fijo alrededor de tiendas formales e informales. Compra una botella de agua y mira el reloj, será mejor que vaya al hotel porque el chofer le debe recoger pronto. Toma otra moto taxi y, al llegar, se sienta en el lobby a esperar.
Está sudando, es la humedad, no hace tanto calor. La humedad y los nervios, que se intensifican al ver el pendón que anuncia su nombre y la palabra “poeta”, debajo, y en la esquina superior derecha, el logo de la Fiesta de la Lectura y la Escritura del Chocó, FLECHO. ¿Qué son esos breves retazos, observaciones, que desde pequeño se siente casi obligado a escribir? ¿poemas?, ¿sí valen tanto?, ¿valen? En fin, es la vida que escogió después de ver que alegraban o sorprendían a sus primeros lectores, compañeros de la facultad de Filosofía y Letras de la universidad y después a la editora que lo buscó para publicar los dos libros suyos que hasta el momento han pasado por la imprenta. Al bajarse del taxi, Velia lo recibe sonriente. No la conocía personalmente, pero habían cruzado varios correos y llamadas. Ella estaba detrás de todo el evento y había pensado en él, quizá porque sus libros tenían buenas críticas, quizá porque escribía sobre la naturaleza y la belleza. En la noche, mientras él se tomaba unos tragos de viche y ella un vino tinto, le dijo que era por todo lo anterior y porque sus poemas, breves como la mochila que llevó a Quibdó, fueron leídos en uno de los talleres con los maestros y les habían fascinado. Eso lo hizo muy feliz. Tan feliz como cuando, después de la charla, hubo aplausos y una sesión de preguntas inteligentes y diferentes a las de las otras sesiones similares que había tenido.
Se sumergía en la fiesta chocoana, ahora con unos viches, que lo marearon rápidamente, acostumbrado a un par de cervezas nada más. Decidió caminar al hotel, medio escapando de la organización, que le tenía listo el transporte. Dijo que iba para el baño y salió sin dar aviso a la noche fresca. Sabía que estaba a unas quince cuadras del hotel y quería caminar frente al Atrato un rato. Se sentó en una de las graderías del malecón, que en el día son coloridas y con la luz de la luna, apenas aparecen grises, y vio un grupo de jóvenes que bailaba, al parecer ensayando una coreografía, con las notas musicales de un parlante de baterías. El río se movía lento y se veía imponente a la luz de la luna. Algo sentía que no podía explicar al ver los cuerpos danzantes de los jóvenes y el agua de las entrañas del Chocó fluir, los cuerpos rápidos, precisos, rítmicos, el río tranquilo, solemne. Sacó una libreta que tenía siempre en el bolsillo de atrás del pantalón y escribió un poema de un solo tirón. El efecto de los tragos pasó y decidió que era mejor tomar un taxi al hotel. Al otro día vio en el teléfono varias llamadas perdidas. En recepción le informaron que estuvieron muy preocupados por él anoche, pero que ellos les habían contado a los organizadores que había llegado cuando entró. Sintió vergüenza con tanta amabilidad y desayunó la tan famosa longaniza del Chocó.
Velia, preocupada, descansó cuando el recepcionista del hotel le envió un mensaje al WhatsApp diciendo que el poeta ya había llegado. Se tomó dos Dolex y se acostó con los pies
hinchados, ya tranquila, porque todo había salido muy bien. Antes de dormirse y, cansada, pero sin poder dormir, pensó en lo bonito que había sido todo, en lo bonito de la música, de la gente interactuando con los autores, de las charlas, de las editoriales que habían querido acompañarlos. Lo bonito de esa experiencia en la que la cultura llega a Quibdó cada año. En unos meses tiene que retomar la organización del ATRATO FEST, un festival enmarcado en la sentencia T-622 que reconoce el río como sujeto de derechos, y que promueve actividades académicas, lúdicas, artísticas y conversatorios en el malecón de Quibdó y en distintas comunidades alrededor de la cuenca, liderados por los guardianes y distintos actores culturales comprometidos con la defensa del territorio. Piensa, muy tranquila, en la vida que escogió, ese momento en que el río que la llevaba lejos de su tierra se bifurcó y le ofreció una salida a un afluente del Atrato, una vertiente que le dio la oportunidad de volver a su casa, de luchar por ella, de ser todo lo que quería contarles a sus nietos. Se siente orgullosa de lo que ha logrado, pero sabe que faltan muchas metas más por alcanzar. Impactar todo el departamento, el Urabá.
Seguir remando.
Cita: Mesa Cano, Jorge Hernán, Vidal, Velia (2023), Motete case, Universidad EAFIT, p. N. https://hdl.handle.net/10784/34386