COL
Universidad Icesi Departamento de Artes y Humanidades Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Calle 18 No. 122 - 35 Cali – Colombia papel de colgadura es una publicación de la Universidad Icesi de Cali. Los artículos contenidos en la revista son responsabilidad exclusiva de los autores y no necesariamente reflejan la opinión de las directivas de la revista o de la Universidad, ni generan responsabilidad frente a terceros en caso de omisiones o errores La reproducción total o parcial de la revista es posible con previa autorización de los autores o de la revista. www.icesi.edu.co/papeldecolgadura papel de colgadura vademécum gráfico y cultural Universidad Icesi Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Rector Francisco Piedrahita Plata Decano Facultad Derecho y Ciencias Sociales Jerónimo Botero Marino Director Académico José Hernando Bahamón Lozano Secretaria General María Cristina Navia Klemperer Asistente de Sello Editorial Adolfo A. Abadía Vigésima edición, mayo de 2021 © Derechos Reservados Dirigida por Margarita Cuéllar Barona Diseño, Diagramación e Ilustración Natalia Ayala Pacini (nataliaayalapb@gmail.com) Comité Editorial Invitado Catalina Villa Daniel Molina Mauricio Guerrero Impreso en Cali – Colombia A.A. 25608 Unicentro Tel. 555 23 34 Ext. 8820 / 8823 Fax: 555 17 06 E-mail: papeldecolgadura@u.icesi.edu.co Cali, Colombia
ISSN 2011-9763
En una de sus más emblemáticas frases, Juan Villoro reveló la razón por la cual el fútbol es uno de los temas más resonantes en su escritura: “Lo que sucede es que busco cumplir a través de la palabra lo que no logré en la cancha”. Con esto, el autor mejicano intentaba darle sentido —y también voz— a esa unión que hoy nos convoca en PDC: la de la literatura con el balón. A veces pareciera que esa fusión es una especie de equipo sin técnico y sin una formación fija, en donde pueden entrar, sin necesidad de ser llamadas, todas esas personas que tienen una o varias historias relacionadas con el balón y las alegrías —y estragos— que este ha causado en sus vidas. Porque querámoslo o no, una victoria o una derrota de nuestro equipo amado, termina afectando un espacio enorme de lo que conocemos como cotidianidad. El primer autor en experimentar esta relación entre las letras y el fútbol fue el emblemático y atormentado cuentista uruguayo Horacio Quiroga, conocido por tratar en sus textos temas como el amor, la locura y la muerte. En ‘Juan Polti half-back’, relato escrito en 1918, Quiroga cuenta la historia de un futbolista del Nacional de Montevideo que se quita la vida al verse al borde del retiro, sintiendo que ya no le podía aportar nada más a su club.
Otro referente histórico es el filósofo, escritor y Premio Nobel de Literatura francés Albert Camus, quien no pocas veces dejó ver su amor por el fútbol a través de su potente prosa. Cuenta la historia que Camus en sus tiempos de infancia y adolescencia tenía una fuerte inclinación por jugar como delantero, pero a causa de la dura situación económica de su familia, empezó a ser arquero para así no gastar la suela de sus zapatos. De sus escritos y reflexiones quedaron frases para la eternidad, como: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Bajo esa influencia, quienes amamos la posibilidad de poder jugar partidos en medio de párrafos, también nos hemos deleitado con textos que nos han regalado genios de la pluma un poco más contemporáneos. El escritor chileno Roberto Bolaño, por ejemplo, nos cuenta en su relato ‘Buba’ la sorprendente historia de un jugador africano que tenía un ritual secreto para salir figura en todos los partidos; mientras que el uruguayo Eduardo Galeano, en su libro ‘El fútbol a sol y sombra’, nos Sobre papel
pdc • 20 catalina villa daniel molina mauricio guerrero regala oraciones que se puedan leer como un pase de primera intención: “Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo”, dijo.
También tendríamos que hablar de los argentinos Osvaldo Soriano con ‘El penalti más largo de la historia’; Martín Caparrós con su libro ‘Boquita’ y otros textos exquisitos, y Eduardo Sacheri y su antología de cuentos, en donde resalta una conmovedora carta escrita a Diego Armando Maradona titulada ‘Me van a tener que disculpar’. Ellos han sido pioneros en reforzar la idea de que el fútbol es mucho más que un deporte y que un campeonato, en realidad, nunca inicia o se acaba del todo con el silbatazo del árbitro, porque sus obras trascienden los límites de los estadios y muestran el lado más humano de la pelota, ese lugar cotidiano y muchas veces poco explorado en el que los protagonistas son gente del común que goza o sufre lejos de los flashes de las cámaras. Porque después de los goles, las gambetas, las atajadas, los abrazos, los titulares de prensa y los resúmenes de los noticieros, la literatura queda como esa alternativa para que podamos jugarnos en cada página un ‘tercer tiempo’, ese en el que tenemos la posibilidad de ser los protagonistas de nuestros propios partidos, esos en los que sufrimos como nunca, pero en los que, eventualmente, hemos podido festejar pequeños triunfos. En esta edición de Papel de Colgadura y la Especialización en Escrituras Creativas de la Universidad Icesi, se convocó la participación de quienes quisieran escribir de fútbol desde su tribuna particular, aquella donde la realidad es incierta y el marcador final termina siendo una anécdota de la que se pueden desprender un gran número de historias.
Como resultado, contamos con la participación no solo de escritores en formación del programa mencionado anteriormente, sino también de periodistas, politólogos, publicistas y docentes que en sus relatos enriquecen la narrativa existente alrededor de uno de los temas más apasionantes del planeta.
Un protagonista que sueña con ser el mejor arquero pese a sus manos pequeñas, un abuelo con Alzheimer que se resiste a olvidar su pasión futbolera y un equipo fantasma que no quiere ser olvidado hacen parte de esta colección de relatos.
Siguiendo la recomendación de Villoro, nos jugamos la posibilidad de conquistarlos con esta selección de textos que conforman nuestro propio equipo, uno que está ansioso por saltar a la cancha cuando usted, estimado lector, se decida a dar el puntapié inicial.
ÍND
P.12
GOLAFO
Mauricio Henao Trujillo P.40 EL FI Julián Hernández P.18
L’AMOUR
ET LA HAINE
Gustavo Caicedo Hinojos P.36
EL INCONMESURABLE
AMOR
Catalina Barona Pereira P.22
LA MALA
SUERTE
Nicolás Grajales Ortiz P.44
EL RECUERDO
QUE EN MÍ VIVIRÁ
Gerardo Quintero
BALÓN, HINCHAS, SUPLENTES, TÉCNICOS Y ARQUEROS
LA DEFENSA
P.26
QUINTO B
INTERNACIONAL
Héctor Fabio Peña Soto P.32
TUFO
Daniel Molina
ICE
P.30
EDUARDO SACHERI
P.39
LILIANA HEKER
P.50
LUISA VALENZUELA
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
P.56
ALBERT CAMUS
EDUARDO GALEANO
P.68
ROBERTO BOLAÑO
P.84
JUAN VILLORO
P.10
CLAUDIA PIÑEIRO
ROBERTO FONTANARROSA
P.52
A DOCE PASOS
Juan David Gómez Zúñiga P.72
LIBERTADORES
DE SUEÑOS
Sara Otálora P.78
EL PASEO DE
LA MUERTE
Jose Arquímedes Trujillo Arce P.57
LOS NIÑOS
INVISIBLES
Daniela Becerra P.81
EL ASCENSO
Andrés Peña Romero
DELANTEROS
VOLANTES DE CREACIÓN
VOLANTES DE MARCA
FRASES DE TÉNICOS
P.70
LA ELEGÍA DE UN
HARAGÁN O LA
DIATRIBA DE UN
RODILLÓN
Jorge Acero
“A mí el fútbol me sirve para acordarme de fechas. Porque soy un desastre para eso. Por ejemplo, sé que mi viejo murió en el 71, pero no sé en qué día, o en qué mes. Entonces me guío por los Mundiales”.
~ROBERTO FONTANARROSA
“Siempre que, además de este deporte, la historia encierre un conflicto, personajes con carnadura, un tono singular, un lenguaje a explorar, habrá cuento de fútbol para ser contado”.
~CLAUDIA PIÑEIRO
FRASES EDTÉCNICOS
pdc • 20
BALÓN
HINCHAS
TÉCNICOS
SUPLENTES
Y ARQUEROS
P.22
LA MALA
SUERTE
NICOLÁS GRAJALES ORTIZ
P.18
L’AMOUR
ET LA HAINE
GUSTAVO CAICEDO HINOJOS
P.12
GOLAFO
MAURICIO HENAO TRUJILLO
P.26
QUINTO B
INTERNACIO-
NAL
HÉCTOR FABIO PEÑA SOTO
Mauricio Henao Trujillo Golafo
01
Estudiante de la Especialización en Escrituras Creativas
pdc • 20 E rnesto era el más alto de su clase, aunque apenas estaba próximo a cumplir sus primeros diez años de edad. Tenía la cola larguísima y su cuerpo era tan extenso y verde como la piel de una montaña. Era tímido para hablar y sonreír, pero no para soñar e imaginar. Las pocas veces que se animaba a hablar, la “S” se le escuchaba como una “F” porque los dientes superiores los tenía mucho más adelante que los inferiores.
—¿Qué quieres de regalo de cumpleaños, Erny?
—Le preguntó su mamá mientras le servía el almuerzo.
Aunque lo tenía claro, Ernesto prefirió guardar silencio y seguir concentrado en su plato de verduras. Su sueño era ser un arquero de fútbol y atajar en la selección de su país, pero hasta ese momento no conocía a nadie de su especie que hubiera llegado a convertirse en uno, sin embargo, él quería ser el primero en lograrlo. —¿Erny? —Insistió la mamá ante el silencio de su hijo.
Ernesto encogió los hombros y agachando la cabeza respondió. —Quiero unof guantef.
—¿Guantes? ¿Guantes para qué? —Preguntó la mamá, angustiada.
—Guantef de arquero, quiero unof guantef de arquero de fútbol. — Añadió Ernesto apretando los párpados muy fuerte.
La mamá angustiada, pues sabía muy bien la dificultad que ese regalo podría traer para su hijo, trató de hacerle cambiar de opinión, pero Ernesto tenía tan claro lo que quería que fue imposible convencerlo.
Al cumpleaños de Ernesto asistieron todos sus amigos del barrio, primos y compañeros de escuela. Hubo pasabocas, refrescos de manzana y, por supuesto, torta de chocolate, que era la preferida del cumpleañero. La sala de la casa estaba adornada con bombas blancas con hexágonos negros que simulaban balones, la piñata tenía la forma de una cancha y el pastel estaba adornado con un arco de una portería de fútbol en la parte superior; ese era el detalle que más le agradaba
a Ernesto. Todos llevaban gorros de cartón en forma de cono con imágenes de jugadores del equipo preferido del homenajeado, sujetados a la cabeza con apretados resortes blancos que se reventaban con facilidad.
Por fin llegó el momento más esperado de la fiesta. Después de repartir las sorpresas a todos los invitados, Ernesto comenzó a destapar los regalos que había recibido. Uno a uno los fue abriendo hasta llegar al más anhelado; el de sus papás: “Para: Erny,” sabía que era ese, porque solo ellos lo llamaban así. Sus pequeñas manos le temblaban como cuando tenía que exponer la tarea en la escuela. Rompió el empaque con sigilo, al ver el contenido, sus redondos ojos comenzaron a brillar como vidrios húmedos, sus dientes superiores que no le permitían unir los dos labios, se vieron más grandes que nunca.
Eran los guantes más pequeños que la mamá había logrado conseguir, sin embargo, en uno solo podrían caber sin problema las dos manos de Ernesto. Su papá se los ayudó a poner, pero tuvo que darles varias vueltas a los sujetadores alrededor de las muñecas para que los guantes se quedaran unidos a las manos.
—Grafiaf, mamá y papá, ahora podré tapar en el equipo de la efcuela y nadie podrá anotarme ni un folo gol.
Al domingo siguiente, Ernesto se levantó más temprano de lo habitual, esta vez no se quedó en la cama viendo dibujos animados en el televisor, y no era para menos, era su primera práctica en el equipo de fútbol de la escuela. Desde antes de salir de su casa se puso su regalo, salió con los codos flexionados y las manos hacia arriba para evitar que se le resbalaran y así llegó hasta la cancha, cuarenta minutos antes de que iniciara el entrenamiento. Esperó de manera paciente a que el resto del equipo llegara.
Estaba muy ansioso, sus pequeñas manos le sudaban debajo de los gigantescos guantes. El entrenador conformó dos equipos; uno con los jugadores titulares y otros con los nuevos aspirantes entre los que se encontraba Ernesto, que no era el único arquero, así que tuvo que esperar un rato más, antes de poder debutar.
—Es tu turno —le indicó el entrenador.
—Fi, profefor.
Estaba muy ansioso, sus pequeñas manos le sudaban debajo de los gigantescos guantes
pdc • 20 Ernesto brincó de inmediato de la silla y corrió muy rápido hasta la portería. Se ubicó en la mitad y se puso en posición de guardia.
Al poco tiempo el mejor jugador del equipo titular disparó hacia el arco del equipo de los aspirantes. Ernesto cerró los ojos y con todas sus fuerzas voló intentado atajar el balón, pero sus cortas manos, con los dedos bien estirados, no le llegaban ni a la cabeza. Fue un gol contundente.
Hubo varios disparos más hacia el arco, todos terminaron en gol. Aunque se esforzaba, Ernesto no lograba agarrar ninguno de los balones. Sus manos eran tan cortas que apenas lograba mantenerlas a la altura del pecho. Entonces, comenzaron las burlas y Ernesto se sintió muy triste. Siempre había soñado dulcemente con ese momento que ahora se convertía en una pesadilla. Sus ojos se llenaron de lágrimas y, abatido, dejó caer sus manos. Los guantes se fueron al suelo y, en un intento por liberar su impotencia, pateó con ahínco la pelota que había salido de la portería que cuidaba, después de rebotar contra la malla templada. Todos miraron con pasmo como la bola viajaba con la velocidad de un meteorito y se colaba en el ángulo superior derecho del marco contrario. El otro guardameta apenas tuvo tiempo de acomodarse para verla pasar. Antes de que los demás jugadores pudieran reaccionar ante el golazo, Ernesto salió corriendo hacia su casa a toda velocidad, sin percatarse de la hazaña que había acabado de lograr. Sus compañeros salieron detrás de él para animarlo y felicitarlo por la anotación, pero nadie logró alcanzarlo, ni siquiera el más rápido del equipo de los titulares que antes de jugar fútbol, había ganado una medalla en una carrera de atletismo. Todos lo llamaban de forma inútil, pues les había cogido una gran ventaja en pocos segundos. El entrenador también corrió sorprendido, pues nunca había visto a alguien golpear tan fuerte un balón y, además, correr tan rápido.
Cuando Ernesto llegó llorando a la casa, su mamá entendió lo que le pasaba. Desde el día en que él le dijo que quería unos guantes de arquero, ella temió por lo que podía suceder. —No llores, Erny, todo va a estar bien. —Le dijo la mamá tratando de consolarlo.
Lo abrazó fuerte por un largo rato, mientras que poco a poco él se fue quedando dormido en su regazo. Todos miraron con pasmo como la bola viajaba con la velocidad de un meteorito y se colaba en el ángulo superior derecho del marco contrario
Mucho tiempo después llegaron sus compañeros a la casa. Tocaron la puerta. La madre de Ernesto les abrió, procurando no despertarlo, y les recriminó por las burlas que injustamente le habían hecho a su hijo. —Señora, tiene usted toda la razón, el comportamiento de todo el equipo ha sido inaceptable y en nombre de todos le ofrezco disculpas. —Respondió el entrenador casi sin poder respirar, doblado por el cansancio y con las manos apoyadas en las rodillas—. Hemos salido corriendo detrás de Ernesto casi desde el momento en el que él arrancó a correr, para pedirle disculpas y felicitarlo por su golazo, pero rápidamente lo perdimos de vista… Créame, corrimos muy rápido, pero nunca en mi vida vi a alguien tan veloz. —Terminó el profesor mientras recuperaba algo de aliento y trataba de erguirse. Todos los demás que venían con él le dieron la razón.
—¿Golazo? Pero si Erny estaba probando para ser arquero—Preguntó la mamá sin entender.
—Sí, su hijo tiene una zurda prodigiosa. Ha marcado el mejor gol que he visto de cancha a cancha. —Respondió uno de los compañeros del equipo.
—Por favor dígale que tiene la titularidad asegurada como delantero del equipo, y que además es el chico más veloz de toda la escuela, nunca había visto a ningún futbolista Hemos salido corriendo detrás de Ernesto casi desde el momento en el que él arrancó a correr, para pedirle disculpas y felicitarlo por su golazo
pdc • 20 patear el balón con esa maestría —agregó el entrenador, esta vez menos agitado.
Los ojos de Ernesto, que estaban siguiendo la acción desde una ventana, volvieron a brillar de alegría. En su cara los dientes se hicieron otra vez evidentes y tímidamente salió al encuentro con sus compañeros y el entrenador para aceptar sus disculpas. Todo volvió, en parte, a ser como lo había soñado. Experimentó de nuevo la felicidad, pues creía haber descubierto, de una manera un tanto extraña, su verdadero talento. Al domingo siguiente, todos estaban ansiosos por la llegada del nuevo delantero a la cancha de entrenamiento. Ernesto estuvo puntual y se sentó en la banca de los suplentes. El portero titular, que le había guardado los guantes, se acercó a él para entregárselos. Él le agradeció, pero no los recibió argumentando que ya no los necesitaba. Cuando inició el entrenamiento, el profesor le indicó que formaría con el equipo principal. Todos lo agasajaron y le dieron la bienvenida. En poco tiempo comenzó a regarse, por las otras escuelas, la fama de Ernesto para correr y chutar el balón, de forma efectiva, desde cualquier lugar de la cancha. Gracias a su talento, sus compañeros terminaron por apodarlo «el meteorito», apodo que lo acompañó, incluso, cuando se convirtió en jugador profesional y sus goles se volvieron una marca registrada; ya no eran simplemente los goles de Ernesto sino «Golafos», como los comenzaron a llamar jocosamente sus hinchas, haciendo alusión a la manera particular que tenía el delantero para pronunciar la «S» y la «Z». «El partido quedó dos golafos por cero», solían decir sus seguidores.
Con el tiempo, Ernesto terminó por convertirse en el mayor anotador de toda la historia del fútbol mundial, pero quizá el logro más importante para él fue poder convertirse en el primer dinosaurio en jugar en la selección de fútbol de su país. ● ... ya no eran simplemente los goles de Ernesto sino «Golafos», como los comenzaron a llamar jocosamente sus hinchas
Gustavo Caicedo Hinojos L’amour et la haine
pdc • 20 P oderosa diosa del destino y la incertidumbre, fuerza de brutal empuñadura que ha de venir a juzgar a fieles e infieles, bestia de salvaje agasajo que burla fronteras y gobiernos, vigilante en perpetuo asedio que sentencia a débiles y a poderosos. De sus caprichos y sus burlas penden las almas de los desdichados de todo el globo, y una sola rabieta bastará para que se corte el aliento de sus gentes. ¿Para dónde voy? El mundo observa en vilo, ¿entró a gol? Un pueblo completo contiene su respiración, ¿doy en el palo? He traído la tragedia a medio país.
Ningún objeto en la historia de la humanidad ha tenido tanta adoración y reverencia como el balón de fútbol. Quienes han sido elegidos por la Providencia para dominarlo, lo serán también para llevar las banderas y las consignas de su pueblo. Los creacionistas sostienen que el fútbol nació justo cuando Adán pateó el fruto prohibido —tiro a puerta de gol y expulsión del paraíso, sin camiseta — mientras los evolucionistas por su parte aseguran que el eslabón perdido se encuentra justo allí, entre el mono que camina y el mono que gambe- En la pena he de encontrar mi destino En la gloria he de hallar tu camino Nunca he estado tan lejos de tu delirio Siempre he estado atado a tu capricho Qué decida pues por mí tu emocionante cariño.
tea. Se puede cuestionar a Darwin o a Juan el Bautista, pero, eso sí, gol es gol, finta es finta.
La cuestión filosófica y el dilema existencial estriban en el control de la pecosa —la paro en el pecho, luego existo—. Indómita diva de cabaret, la redonda elige sin ninguna secuencia predecible a víctimas y a verdugos. De convertir un gol en una final de Copa Libertadores dependerá la alegría del anotador el resto de sus días; de errarlo dependerá la tranquilidad de sus futuras generaciones —¿no leyeron la letra menuda?, la gloria se disfruta, pero la pena se hereda—. Ni mencionemos ya las alabanzas y guillotinas que ocurren después de la final de una Copa del Mundo.
Bola que rueda entre la épica y la tragedia, hará sobrar fama y oro en la victoria, pero —y es que la pelota es bondadosa y cruel a la vez— quitará tranquilidad y regocijo en la derrota. La redonda se da este, y otros placeres mundanos, pues en torno a su belleza gira, no solo el deporte más popular del mundo, sino también, y por consecuencia, los torneos, campeonatos, clubes, selecciones nacionales, organismos federativos, patrocinadores, directivos, entrenadores y deportistas, así como el delirio de hinchas en las dos centenas de naciones que pueblan la tierra.
Suerte la que han tenido los griegos al no haber señalado a la redonda para sus epopeyas. Pequeñas habrían quedado las peripecias de Ulises y la cólera de Aquiles. Mala la hora en la que los romanos escogieron la uva y el olivo, y no el balompié, como los límites naturales de su imperio. Inútiles habrían parecido unas Cruzadas ordenadas por Papas de quienes no conocemos su filiación futbolística —el de hoy al menos hincha por San Lorenzo; algo ha cambiado—.
Imaginad el tiempo en barco que se hubiese ahorrado Colón, si en vez de una cruz y tres pestes, hubiese traído una pelota. Los habríamos conquistado nosotros a ellos, y no a la inversa como finalmente sucedió, aunque esa potencia fue erguida bajo el mágico poder de Pelé y Maradona poco tiempo después. Ni hablemos ya de la montura de Napoleón, quien con un partido en la estepa, se habría asegurado media República y un Waterloo sin mediar una gota de sangre o de traición.
Asistimos pues al advenimiento de una nueva ley natural, potente máxima que desafía las revelaciones de la astrofísica y la mecánica cuántica. Poco servirán la llegada a la Luna y el descubrimiento de nuevos sistemas solares, si todavía se nos escapa la comprensión de esta increíble esfera de aire. Cuán ínfima ha quedado la labor de la NASA, si en su búsqueda de vida en el espacio no ha sido capaz de percibir la ascendencia extraterrestre de un Lionel Messi, o un Cristiano Ronaldo. Compuesta en una noche de libertad y rebeldía, la pelota también ha permitido al vasallo vencer al amo, al negro vencer al blanco, al pardo vencer al casto. Canción de redención enour et
pdc • 20 tonada en los puertos ferroviarios y en los tugurios del sur, el balón ha servido para que los humildes demuestren su valía ante los acomodados del norte. Desdichada y perenne, la redonda escoge sin ciencia, y cual tango, a su amante de turno. Amancillará nigromancia encontrándose con la mano de Diego, el nuevo David (1986), o esquivará alguna estirada de Oliver, el nuevo Goliat (2002).
La pelota se nos presenta como un todo, como fuego y ceniza, como memoria y culto. Es el penal que no entra, el fatídico autogol en el último minuto, el gol de camerino, el remate de medio campo; es la vida que transcurre entre las lágrimas de lo que fue, y las sonrisas de lo que pudo haber sido. Es el balón que entra, el que no entra, la nostalgia de la copa que se escapó en el alargue y la euforia del clásico que empatamos sobre la hora. Es, sobre todo, la circunferencia que nos somete a sus excentricidades y estragos, que nos mantiene creyentes en tiempos de incredulidad, y delirantes en tiempos de parsimonia.
A ella, y al trillón de almas contenidas a su antojo entre el amor y el odio, he decidido dedicarles estas líneas. ● L’amo hainne la
LA MALA
SUERTE
03
Nicolás Grajales Ortiz Estudiante de la Especialización en Escrituras Creativas
pdc • 20 S i existió un día de mala suerte, este resumen es todo lo que recuerdo hasta el momento de hoy, antes de ver las noticias deportivas de la noche. Lo sucedido, relatado así, es inusual; pero no debe —sin una detenida evaluación de los hechos— considerarse como un evento fantástico. Todo fue real —al menos para mí—. Sea como haya pasado, esta historia, aunque lejos de ser la más increíble, es tal vez el evento más extraño de mi vida y de la historia del fútbol, del cual haya noticia.
Era el partido de cuartos de final y pocos minutos antes había finalizado. El Club Independiente Deportivo, mi equipo, no acostumbraba llegar tan lejos en el campeonato. Acababa de ganar con una diferencia tranquila y si había alguien con quien compartir esta victoria, era con Marcela. Vivíamos cerca uno del otro, en los alrededores del estadio. Más de una vez, había sido ella quien me enjugara esas lágrimas disimuladas de rabia y frustración que arranca este deporte; pero ese día era distinto, el Independiente Deportivo había ganado un partido importante; fue un día de suerte. Sin embargo, a Marcela, de buen sentido del humor, lo único que le faltaba —yo, siempre obsesionado tratando de perfeccionar la vida ajena, mientras ignoro las fallas propias— era ser hincha del mismo equipo que yo.
Estuvimos saliendo varios meses, pero ella empezó a insistirme que aclaráramos la relación, que fuéramos novios. Y en su insistente petición, me di cuenta que le evadía la propuesta con gambetas espectaculares porque la verdad no me veía siendo su pareja. Entonces esa noche, animado por la victoria del equipo, le dije que quizá podíamos empezar a salir con otras personas. Fue necesario. Ya se habían acabado los “buenos tiempos”, y quería empezar a buscar una novia afín a mis gustos futbolísticos.
Un día con suerte a veces pasa sin gran importancia, pero díganme, ¿no han observado alguna vez los resultados de una terrible decisión? Porque yo fui castigado por esa jugada apresurada y tuve que vivir los síntomas de la mala fortuna.
En la mañana del día del primer partido de las semifinales, me sucedieron múltiples y raros acontecimientos. La mala suerte me siguió por todas partes, husmeándome, pero sin decidirse a lastimarme, porque desde temprano fui fugitivo de cuantos accidentes y calamidades se puedan imaginar, pero increíblemente me salvé de todas.
Por lo demás, lo que sucedió después fue cuando aún no tenía noción alguna de que vería la peor noticia de mi vida. Pues bien, presten atención: poco antes del inicio del juego, estaba yo sentado en la sala de mi casa mirando la previa del partido. Tal vez estoy exagerando, pero en la televisión salió un hombre regordete, de cara cuadrada, piel color de rosa y bigote oscuro y tupido, y debajo de su imagen se leía la frase: ¡increíble: ningún jugador
del Club Independiente Deportivo se encuentra en condiciones para jugar! Al momento, el presentador empezó un reportaje que nunca se me va a olvidar. Dijo:
— El goleador parece estar estragado por una dolencia tenaz en el aductor derecho. El volante diez, la figura, sufrió un esguince en el tobillo de su prodigioso pie izquierdo.
Ambos volantes ofensivos tienen roturas de menisco. Los mediocampistas de contención están sentados por contracciones musculares. Los centrales y carrileros, lesiones de isquio y gemelo, respectivamente. Y para rematar, el arquero sufrió una luxación en los dedos. Todo antes de empezar el partido—.
Pensé entonces que, irremediablemente, todos esos accidentes de los que me había salvado les habían caído a los jugadores de mi Independiente Deportivo.
Me quedé pálido frente a la pantalla del televisor. Por evidentes razones el partido tuvo que ser aplazado. Al mismo tiempo, experimenté una confusión muy honda, pero me era imposible encontrar las causas de lo que estaba pasando. Nada, ni un mínimo detalle estaba presente en mi mente. Desesperado me esforcé en escudriñar lo que recordaba, buscando alguna pista del evento que dio origen a esa mala suerte que me acompañaba. Estuve a punto de dejarme arrastrar por la idea de que estaba exagerando y que no existía tal cosa como el azar, pero reaccioné al seguir el hilo de los acontecimientos: todo había empezado desde que rompí la relación con Marcela.
Salí de mi casa y corrí por las calles que ya conocía y daban el camino hasta la puerta donde tantas veces la había ido a recoger. Oí que bajaba por la escalera, pero no me acerqué. Luego vi a través de las ventanillas delgadas de la puerta, su blusa roja –color que tanto odio– y ella finalmente salió. La rapidez de sus movimientos, el rubor en sus mejillas y la agitación con que actuaba, me asustaron. ¿A dónde iba?, ¿con quién se iba a encontrar? Pero no tardé en comprenderlo todo, iba al estadio –valiéndose de mi ausencia en su vida– para ver a su equipo preferido; el rival de patio. En tal caso, ¡qué importaba! También yo iría. La seguí tratando de que no me viera, y me encontré, señores, con lo siguiente: en el lado occidental del estadio, entre los desabridos y ladrones hinchas de ese detestable equipo, estaba un miserable de esos esperando a Marcela.
Al mirar que se le acercaba, él parecía como resplandecer de una
pdc • 20 manera pretenciosa. Y ella, como si la llevaran empujada, iba hacia él nerviosa, moviendo apenas las piernas y respirando con dificultad. Todo aparentaba que era la primera vez que se veían.
Acabaron por juntarse. Durante unos instantes se miraron sin decir nada, como sin querer arruinar el momento. Luego, cierta fuerza empujó a Marcela por la espalda, y ella puso las manos en los hombros de aquel despreciable hombre y se le acercó a la cabeza. Con la viveza que caracteriza a los hinchas de ese equipucho de fútbol, el hombre tomó con ambas manos su rostro. Pero la suerte, señores, es algo maravilloso. A la izquierda de ellos, había un mostrador con cigarrillos y dulces donde generalmente las personas se parchaban antes de entrar al partido. Ahí pasó un señor que distraído empujó a otro que fumaba un cigarrillo. A su vez, este tropezó tirando al suelo el mostrador de dulces. El dueño, enojado, tomó su silla y la tiró intentando golpear al culpable del accidente. La silla cayó sobre otra mujer, que nada tenía que ver en la discusión, pero ella se lanzó sobre otra persona culpándola por el golpe; y sin más, se desató una batalla campal. Claramente, quien acompañaba a Marcela terminó frente contra frente con otro hincha, sin demasiadas ganas de pelear, pero motivado por la energizante trifulca. Típico de los hinchas de ese –ya dije despreciable– equipo. Aproveché la situación, dejé la cautela y corrí hacia ella. Atrás, una batalla violenta, pero aquí, una escena aún más visceral, tener que pedir perdón. Marce —le dije— sabrás que te amo y no te amo. Tengo dos cosas para amar. Por eso ya no te quiero, es cierto, pero tal vez te quiero. Cuando veo un partido de fútbol, lo disfruto estando solo, pero esa soledad se siente más inmensa sin ti. Pensar que no estás conmigo, duele más que perder un clásico en casa. Por eso te amo, aun cuando eres hincha del equipo rival. Después de lo que le dije, comprendí que todo esto era un disparate. Con un sentimiento de vergüenza que no sabría explicar, salí de ahí sin esperar su respuesta. Por una parte, por mi cara se deslizaba una sonrisa triunfal por haber interrumpido su cita. Por otra, pensaba que Marcela ya me había superado y debía resignarme a ver los partidos sin ella.
Al día siguiente, todo volvió a quedar como antes: ya mi vida no corría peligro por accidentes relacionados a la mala suerte, excepto que Marcela no me había dicho nada hasta el momento. De nada sirvió ir a disculparme, porque los jugadores del Club Independiente Deportivo seguían lesionados. O eso pensaba hasta ahora que veo las noticias deportivas. En el televisor, de nuevo el presentador regordete, de cara cuadrada, piel color de rosa y bigote tupido, enérgico presenta su reportaje. En la parte inferior dice: ¡Increíble: todo un equipo de fútbol se recupera de forma milagrosa! Ahora tocan a la puerta.
Solo espero que seas tú. ●
Héctor Fabio Peña Soto
04
QUINTO B
INTERNa
CIONAL
pdc • 20 P ocos saben de esto y los actores de la comedia no lo recuerdan mucho porque casi no les importó. Fue una recocha más de las de nuestra costumbre colegial, en la hoy cancha muerta de los bavarios. Pero a mí jamás se me olvidará. Doy la vida y tres brincos por el fútbol; respiro, como dicen en este tiempo, veinticuatrosiete por el rey de los deportes. —¡Ah!, este muchachito cómo patea—, dizque solía decir mi ruca madre en el proceso de mi vida intrauterina.
En el arco, Leyenda. El cuarteto defensivo lo encabezaba Oliver, el impasable, acompañado de Platanote Holguín, todo grandote y repartidor de leña… una mamacita. Los laterales eran Gratis y Rafael, poco dúctiles pero efectivos para cortar y contragolpear. Salían como flechas por sus puntas y dejaban unos cráteres atrás que obligaban a doblarse para cumplirlos. —Tenemos derecho a hacer goles, no jodan—, decían. Y ninguno discutía esa evidencia.
La creación estaba a cargo de este pechito que, aunque flaco, daba guerra y proyectaba goles. Me acompañaba Cetusa, que, aunque inclinado a la marca era un Gerson para bombear (…) Toma la pelota Marzolini, tira un mediocentro para allá, allí la recibe Sanfilipo, tira un mediocentro para acá, Pando la consigue y hace un dribling, luego la coloca por detrás, toma nuevamente Sanfilipo y ¡goool! (…) La Pachanga del Fútbol
la pecosa “a la cueva, a la olla, a la pelea”, para ese par de saetas rojas que teníamos adelante. Corrían los cien metros en once cero seis cuando el récord nacional estaba en diez siete y el mundial en casi nueve ocho. Eran Orlando y Yotoco.
También jugaban en el medio el indiecito Gerardo, capaz de clavar en charcos de medio metro de profundidad cuando íbamos al río y no al fútbol. Con facilidad se infiltraba en las líneas enemigas para abrir huecos y buscar la llegada del Ñato Villegas, excelente dominador, clasudo pero con poco interés para jugar. A veces era más diez que nueve y yo asumía su sector y a ambos nos iba bien así. — ¡Pa´onde vas, ve! —, me gritaba la abuela desde el lavadero que quedaba en la mitad del inmenso patio, hogar de pellares, iguanas, patos, torcazas, gallinas con familia, y un níspero que se dejaba trepar para comerme su fruto dulce. Era también mi patio, mi ancho mundo compartido con mis víctimas de las carreras tras la pelota.
— Vení pa´acá —. Y claro, había que obedecer porque si no, quién me defendería de la reprimenda de mi papá por dañar los pinreles.
Hasta cuando una tarde oí la canción de Marzolini, Pando y Sanfilipo. Esa fue la punta del iceberg que me dañó la cabeza para definir que más grande sería futbolista.
Tenía once años, jugaba en infantil en el equipo de mi escuela. Nos entrenaba el director, al que le dio por conformar un grupito de esa categoría para jugar el campeonato municipal. Todavía escucho el grito que me partió el sueño:
—¡Ve, Soto, a vos te falta calor en las güevas para jugar esto!
¡Vos no servís!—.
Pero no nos desviemos del tema... Mi cuento iba en que fuimos el primer y único equipo de Buga que jugó un La creación estaba a cargo de este pechito que, aunque flaco, daba guerra y proyectaba goles
pdc • 20 partido de balompié con un conjunto internacional. Con esquema de recocha, sin árbitro, ni cancha demarcada visiblemente, ni reglas claras: prácticamente ganaba el que hiciera el gol. —Ustedes juegan aquí siempre, ¿siempre? — nos preguntaron ellos.
—Sí, todos los jueves, entre dos y cuatro de la tarde.
—Es que nosotros queremos jugar. Nos gusta para mantener el estado físico-atlético bien. Somos algunos mexicanos, otros ecuatorianos, peruanos, chilenos y claro, colombianos. Por aceptar el reto en la portería del Hotel Mesón España les dejamos algo.
—Bueno, así quedamos.
En esos términos quedó firmado el compromiso. Íbamos a enfrentarnos a una selección del resto del mundo. Alguno de nosotros dijo que menos mal no había brasileños ni argentinos. Llegado el día planteamos el partido como siempre, como una recocha más, aunque con emoción y culillo. No le dijimos nada a nadie.
Después de tantos años que vuelvo a repasar la experiencia, entiendo por qué nuestros rivales se retiraron cuando apenas iban como cincuenta y cinco minutos.
Un leñazo de uno de ellos en plena área terminó en penal para nosotros. Después de un gran alegato al fin nos dejaron cobrar. Les juro que Oliver nunca fallaba y ese día no podía ser la excepción. Disparó fuerte, arriba, buscando la araña del rincón derecho. Pero allá llegó el bendito arquero de ellos con una inverosímil acrobacia y atrapó la pelota. ¡Increíble! Eso nos dejó verracos.
La esférica rodó de nuevo y yo recibí un pase en profundidad de nuestro Gerson. Recibí la pelota de espalda, la paré en el pecho e intenté una chilena, pero mi guayo rozó la cabeza de uno de sus defensas, que cayó haciendo una vuelta canela. Después de eso dieron por terminado el partido y se fueron de la cancha así no más, sin decir nada y sin cobrar la falta.
De todas maneras, fuimos a la portería del hotel, donde descubrimos que nos habían dejado trece boletas de entrada al circo Real Alegría. A las seis estábamos frente a la entrada. Ingresamos justo cuando iniciaban la música del desfile. Había trapecistas, payasos, domadores, contorsionistas, el anunciador, el mago. Allí estaban, justo ahí frente a nuestra incredulidad y sorpresa, los rivales del partido. En su única y real escena, en la que nunca los derrotaríamos, porque eran las estrellas del circo. ●
“Me parece que lo que tienen en común el fútbol y la literatura es, entre otras cosas, que se trata de dos ámbitos de juego. Dos mundos dentro del mundo más básico y prosaico que habitamos. Cuando te ponés a jugar un partido de fútbol, el mundo exterior verdaderamente desaparece. Del mismo modo, cuando leés un libro o cuando lo escribís, el mundo exterior a esa historia desaparece y el todo queda reducido a eso que hay dentro: esos personajes, esa tragedia o ese drama”.
~EDUARDO SACHERI
FRASES EDTÉCNICOS
pdc • 20LADEFENSIA P.40 EL FI
JULIÁN HERNÁNDEZ
P.44
EL RECUERDO
QUE EN MÍ VIVIRÁ
GERARDO QUINTERO
P.36
EL INCONMESU-
RABLE AMOR
CATALINA BARONA PEREIRA
P.32
TUFO
DANIEL MOLINA
Daniel Molina Estudiante de la Especialización en Escrituras Creativas
pdc • 20 A Tufo no podíamos decirle que el Cali jugaba una final, y menos el día de su cumpleaños. La última vez fue un desastre. Salió de su habitación pasadas las seis de la tarde, pero en casa nadie escuchó cuando arrastró sus pantuflas verdes y bajó las gradas hasta llegar a la sala. Seguro no se va a acordar, pensamos. El abuelo a duras penas sabe que es un abuelo. Pero, terco, el viejo fue y prendió el televisor. Ya cuando la abuela se dio cuenta no había mucho por hacer.
Recuerdo que Tufo me llevó al Pascual por primera vez la noche del
19 de febrero del 2003. Jugábamos
la Libertadores contra el River Plate. Uf, ¡lo que era San Fernando ese día! Salimos de la casa y con el pasar de las cuadras empezamos a sentir el retumbar de los tambores por las calles. El barullo nos condujo al Parque de las Banderas, donde cientos de camisetas verdiblancas iban y venían apresuradas, como almas a punto de quedarse por fuera de la tierra prometida. Algunas estaban desesperadas por una boleta, pero no había caso: la caseta La María se había quedado en blanco. El olor del chorizo santarrosano y eje viento jabroso de las seis de la tarde nos acompañaron mientras hacíamos una filota para entrar. Mientras avanzaba el tumulto, Tufo hizo gala de esa biblioteca futbolera que guardaba en su cerebro para contarme historias de cuando les dábamos sopa y seco a esos argentinos.
— Mirá, Pitufito— me dijo luego de su habitual carraspeo antes de disparar un dato. —Le ganamos acá a River en el 99 con un gol de penal del Gallero Zapata. También los arreglamos allá en el 81, cuando Willington se sacó a Fillol en el Monumental. Vamos a hacer sancocho hoy con esas gallinas—.
Muchos años después de esa noche inolvidable, fue cuando el abuelo empezó a tener algunos desórdenes tácticos.
—¿Qué hace el Pibe Valderrama en mi casa? — preguntó un día.
—Abue, es Gloria, tu hija mayor— le contesté.
Primero fueron esos detalles familiares, luego vinieron los más dolorosos: una tarde, cuando la enfermedad ya le había gambeteado la cabeza, me preguntó por qué el Cali no había vuelto a jugar.
—Tufo, América nos goleó ayer— le dije con una voz gacha.
El viejo se puso mal y dejó tirada la Chuleta del Bochinche que le había traído para el almuerzo.
Pero todo empeoró hace dos años, cuando el abuelo bajó hasta el primer piso haciendo el milagro de no tropezarse con las materas de la abuela, llegó a la sala, prendió el televisor y descubrió algo aterrador: el Cali estaba perdiendo una final 5-1 contra Nacional. Cuando la abuela lo vio, Tufo
lloraba enroscado en el sofá de cuadritos, su favorito. El viejo pasó cuatro días sin querer salir de su cuarto. La abuela, con ese geniecito que se manda, nos reclamó a todos. Que el Cali llega a una final y nadie se acuerda de cuidar al abuelo, que cuando eso pasa necesita vigilancia, que no es justo que la familia deje que el viejo vea las finales de un equipo experto en perderlas.
Por eso, este año, justo en el día de su cumpleaños 82, la decisión de todos fue tajante: a Tufo no podíamos decirle que el Cali jugaba una final. Había que organizarle una gran celebración, dejando al fútbol en fuera de lugar.
La abuela puso las reglas con su mirada fulminante y su voz de pito arbitral: tarjeta roja para el que haga comentarios futboleros o trate de seguir el partido por radio o celular. Pese a todo, el día de la fiesta pensé que la casa parecía la entrada del estadio, con la abuela requisando los bolsillos de todos y metiendo los celulares en una chuspa con sus manos delgadas y frías como un bolillo.
Pero lo más difícil fue decidir qué hacer para que el televisor, efectivamente, se mantuviera apagado durante la fiesta.
La abuela, siempre drástica, opinó que lo mejor era botar el control y luego comprar uno nuevo, pero eso le pareció una exageración a la tía Gloria, que siempre pensaba en el bienestar de las finanzas de la familia. —Tampoco estamos para andar botando las cosas— dijo.
Después de mucho discutirlo, ganó la idea del tío Wilson, que siempre tiene esa habilidad de simplificar los problemas. —No nos compliquemos, pues si no podemos botar el control, escondámoslo en el cuarto de chécheres del segundo piso— propuso, y ninguno tuvo una objeción. Cuando llegó el momento de la fiesta y todos estábamos sentados alrededor de Tufo en el comedor, a muchos nos comenzó la ansiedad por saber qué pasaba con el partido. Queríamos comernos los codos. Mientras tanto, él se rascaba su barba blanca absorto, como uno de esos jugadores que siempre se quedan en el banco de suplentes sin entender por qué. La abuela empezó primero con su discurso. Que era una fecha especial, que la familia lo quería mucho por ser un esposo, papá y abuelo ejemplar, que ojalá hubiera más Tufos en el mundo. Luego la tía Gloria empezó con su chocholeo y a decirle que era su viejito hermoso mientras el primo Jeison y yo repartíamos los vasos de Coca Cola. Después se escucharon las palmadas del tío Wilson reclamando que ya, que mucho tilín tilín y que era hora de cantar, como él decía, el japi birday tuyú. Todos estábamos animados. Todos, menos Tufo, que veía fijamente la torta de capa roja que le habían comprado.
Pero cuando íbamos a empezar a chocar las palmas para cantar, en la casa de al frente comenzó a sonar una canción:
pdc • 20 Pues sí señores esta es la verdad, que hay un señor de talento y razón. Inteligente, despierto y gentil, que rinde culto siempre al corazón. Un frío me recorrió la espalda. Nos quedamos sin reacción. La música seguía sonando.
Quién es, quién es, ya lo voy a decir, quién es, quién es. La abuela entró en pánico y vociferó que iba a salir a callar esa bullaranga. La tía Gloria dijo que no le hiciéramos caso a esa música tan fea y corrió a la cocina para traer la grabadora y poner salsa o cualquier otra cosa y el tío Wilson empezó a alegarle diciéndole que mejor cantáramos el cumpleaños rápido porque se iban a enfriar las empanadas.
No se entendía nada y, de repente, el primo Jeison dijo que lo mejor era ponernos a jugar parqués. — ¡A ver, cállense ya! — gritó Tufo, que nunca le gritaba a nadie.
En la mesa nadie más se atrevió a decir algo.
— ¿Están mal de eja cabeza o qué?— dijo bajando el tono de voz.
El desconcierto nuestro se mantenía. — Carmen— miró a la abuela—, ¿60 años de casados y me comprás una torta roja de cumpleaños?
El pito de la abuela se quedó sin aire. — Qué cuentos de empanadas ni qué ocho cuartos. ¿Ninguno se acuerda que hoy es la final? — dijo el abuelo antes de abandonar la mesa y enfilarse hacia la sala para prender el televisor. Todos nos mirábamos sin saber qué hacer.
—El control, dónde está el control—, dijo Tufo, alterado, mientras todos veíamos cómo volaban los cojines de los sillones mientras el abuelo buscaba el aparato.
—Es que lo escondimos, Pá—, le contestó el tío Wilson, mientras la abuela y la tía Gloria lo querían fusilar con la mirada.
—Entonces me voy pa’ onde los vecinos— dijo Tufo, quien se dirigió con determinación hacia la puerta cerrándola con tal fuerza que el ruido nos hizo temblar las orejas. Avergonzados, volvimos a mirarnos las caras sin saber qué hacer, hasta que, tras unos segundos, escuchamos su voz, poderosa como esa noche de febrero del 2003, gritando hasta el cansancio:
Catalina Barona Pereira
pdc • 20 E n mi caso no fue una opción, mi papá decidió por mí dos cosas antes de nacer: la primera, mi nombre; la segunda: que sería hincha del América de Cali. Mi infancia estuvo marcada por sus historias sobre el fútbol, crecí escuchando recuerdos de Julio César Falcioni, Juan Manuel Battaglia, Roberto Cabañas y Anthoy De Ávila, por nombrar algunos.
C recí sabiendo quién era el Doctor Gabriel Ochoa Uribe, me sabía la nómina campeona de 1979 y se la recitaba mientras él me miraba entre risas. Desde pequeña saqué pecho por el Pentacampeonato y supe que no podría hacerle fuerza nunca a Peñarol ni a River, porque eso contrariaba lo que eran mis códigos.
É l era un hombre que sabía muchísimo de fútbol, yo más bien, una enloquecida por él. Sus conversaciones sobre técnica y capacidades de los jugadores me embelesaban durante los desayunos de los fines de semana. Hoy, sigo queriendo hablar de fútbol como él.
C omencé a ir al estadio muy pequeña, íbamos a oriental segundo piso, con un grupito de señores que siempre me parecieron una maravillosa compañía. De ellos, más que de mi papá, aprendí a gritar en el estadio, siempre apoyando al equipo como era su filosofía. L os goles del Rojo abrazada a la cintura de mi papá eran los relevos constantes del mejor momento de mi vida. Comencé a comprender que estaba en frente de un equipo que se paseaba por una copa muy importante, pero me enfadaba que no me llevaran a los juegos entre semana porque debía ir a dormir temprano y me enojaba más porque tampoco los podía ver y debía esperar hasta el otro día que mi papá me dijera el resultado. C uando cumplí nueve años, la vida me cambió. Mi papá tuvo que irse del país y con él, se fueron mis domingos, mis mañanas hablando de fútbol y por supuesto, mis idas al estadio. A sí pasaron 10 años. Durante sus vacaciones coincidimos en algunos partidos solamente. Pero nos llamábamos cada noche para hablar de la fecha del fin de semana y discutir cómo se veía América. Viví sin él épocas duras del equipo, pero lo tuve siempre a la vuelta de una videollamada por ‘Messenger’ para que me ayudara a entender lo que mi fanatismo no comprendía.
P erdí la cuenta de cuántos partidos le narré por chat, luego, volví a ir al estadio con uno de mis primos y pese al cambio de horario, me esperaba despierto hasta que lo llamara y le confirmara si lo que había visto por televisión era lo mismo que había sucedido en el Pascual.
E n marzo de 2008, veríamos nuestro primer partido juntos en años y también nuestro último partido de la vida. Justamente el 22 nos medíamos frente al equipo de mis abuelos, el rival de patio al que ya mirábamos por el retrovisor, pero que siempre ha sabido complicarnos la vida cuando nos lo encontramos de frente. E se día, solo pedía que se me permitiera vivir una alegría con él. Llegamos a oriental segundo piso, nos
ubicamos y yo me uní a los cantos a favor de América que hacían pensar que era el local, mientras me apoyaba en la baranda y él me miraba entre la gracia y la angustia de verme tan enceguecida en vivo y en directo. A quel día le ganamos por 4 goles a
0 al Deportivo Cali. Luego de esos
4 abrazos que no olvidaré nunca, me
dijo —este año completamos las 13 estrellas, ponele la firma—. Ese día mi papá llegó a casa diciendo entre risas que no volvería conmigo al estadio porque yo gritaba sin pensar a quién tenía al lado, un vaticinio. V imos al América perder la final del primer semestre con Chicó y yo ahogada en lágrimas solo escuchaba al otro lado del teléfono su voz serena diciéndome “falta otro, en diciembre salimos campeones y lo veremos juntos”. Cuánto habría querido que se cumpliera esta profecía y no la primera. M i papá murió de forma inesperada en agosto de ese año. Pero nunca dudó de América. Tuve que vivir el campeonato frente a Medellín sin él en el estadio y en el teléfono. Simplemente ya no estaba, y esa aterradora sensación de vacío se apoderó de mi celebración. En cuatro meses y nunca como ese día, me sentí sola, caí arrodillada en aquel Pascual a reventar y volví a ahogarme en llanto, un llanto que contrastaba con la alegría de los otros cuarenta mil. Lo extrañé como todos los días juntos y elevados a la ene potencia, lo extrañé sumando los días que me quedaban por extrañarlo. L uego, entramos en aquel bache tan profético. El resultado no pudo ser otro, descendimos. Ese día, le hablé antes de dormir y le dije que era la única vez que me había alegrado que no estuviera a mi derecha en el estadio. F ueron cinco años de resistencia, años sin faltar al estadio y pensar en que en ese cuadradito de al lado estaría él con su serenidad, diciéndome que en algún punto todo estaría bien. Jugando en canchas vergonzosas, contra equipos que jamás había escuchado, jugando mal. Ilusionándonos con volver y pegando pedazos del corazón cada que no se podía.
A scendimos y sentí alivio. Pero fueron de nuevo años de ver cómo el equipo no lograba consolidar un proyecto prometedor, lo que me hacía empeñarme en no olvidar su voz diciéndome que todo estaría bien en algún momento.
E se momento llegó el 7 de diciembre de 2019. Ese América, con honor y fútbol, se coronó campeón por decimocuarta vez. Ese día, de nuevo, lo extrañé con mi alma. Lloré de nostalgia desde la tribuna norte del Pascual, rodeada de los abrazos de quienes entienden estas pérdidas porque las han vivido. E se día, las lágrimas también fueron de alegría y de orgullo porque el corazón por fin se encajó en su lugar, porque regresamos al lugar que nos pertenece, porque mientras el estadio se caía de júbilo, yo miraba su foto y le agradecía por tan inconmensurable amor.
“Le miré el perfil al viejo; por primera vez en esa tarde me pareció que sonreía. De alguna casa llegó una ovación; el eco, en la calle, pareció extenderse. El griterío de los chicos del otro lado de la tapia se hizo más intenso, más pasional, como si ahora ya no se tratara de una representación sino de algo en lo que tal vez se jugaban el destino”.
~LILIANA HEKER
FRASES EDTÉCNICOS
Julián Hernández
pdc • 20 E l Fi se llama César, pero le digo Fi.
Fi se escribe “Fi”, pero se pronuncia “Fai”.
El Fi fue mi papá y mi hermano durante mucho tiempo.
El hermano que nunca tuve, y el papá que tuve, pero que perdí.
El Fi me enseñó a jugar fútbol y me hizo hincha de mi equipo.
El Fi me llevaba al estadio desde que yo tenía seis años.
El Fi me llevó a mi primer entrenamiento y casi siempre me recogía después de los partidos.
El Fi tenía un equipo de rodillones que siempre llegaba a la final en todos los torneos. Jugaban con un uniforme original de entrenamiento de la Selección Colombia cuando era patrocinada por Umbro. Ni idea cómo lo consiguieron. Yo iba a ver todos los partidos y el Fi siempre era la figura. Es el mejor delantero que vi en mi vida. El Fi me presentaba como su hermano y yo era muy feliz de que él me considerara como tal. Siempre ha sido raro definir nuestro vínculo: su mamá es como mi mamá, pero no es mi mamá; y él es como mi hermano, pero no lo es. Es la unión de todo lo bueno que tiene un padre, un hermano y un primo: eso es el Fi para mí.
Yo dormía en mi casa, me iba para el colegio, llegaba donde el Fi y allá almorzaba, luego me iba para mi casa a cambiarme para ir a entrenar, iba a entrenar, del entreno llegaba donde el Fi, comía —lo que para algunos es “cenar”—, de ahí volvía a mi casa y dormía. Así era de lunes a viernes. Los fines de semana cambiaba un poquito la rutina, pero en esencia era igual: almorzaba y comía siempre donde el Fi. La casa del Fi quedaba a la vuelta de mi casa. Yo llegaba y desde afuera de la reja gritaba “¡Ábranme!” y Martica o Socorro —la mamá del Fi que es como si fuera mi mamá también— decían “llegó el niño” o “llegó muñequito” y me abrían. Yo de una me iba para el cuarto del Fi y le decía “háblame, Fi”. Ahí me ponía a ver televisión y esperaba que me sirvieran el almuerzo. Yo recogía el plato en la cocina y me iba a comer a la cama del Fi. Comía sentado en la cama del Fi. A veces regaba algún arroz y en la noche eso estaba lleno de hormigas. El Fi al otro día me contaba que se había tenido que despertar a media noche porque sentía hormigas por todo el cuerpo. Me lo contaba como diciéndome que tuviera más cuidado, pero no me regañaba ni se enojaba.
En esa casa aprendí a jugar, ver, sentir y amar el fútbol. Primero aprendí a patear un balón y después aprendí a caminar —obvio no es verdad, pero me gusta pensar que así fue—. A los seis años me metieron a la Academia del Cali y ahí me formé como jugador. Pero yo ya jugaba fútbol desde antes con el Fi. En el antejardín de la casa
entrenábamos tiros al arco. Él me tiraba la pelota y yo le pegaba de primera. A veces me tiraba el balón a media altura para que le pegara sin dejarla caer. También jugábamos en la calle. Al frente de la casa del Fi había un taller mecánico y utilizábamos la puerta del taller —que era grande, por supuesto, para que cupieran los carros— como porterías de fútbol. Jugábamos mete gol, campeonatos o simplemente tiros al arco, muchas veces salían otros pelados de ahí de la cuadra y se nos unían.
Al lado del taller vivía una viejita cascarrabias que siempre salía a alegar porque nosotros jugábamos ahí. La pelota no se nos podía ir para la casa de la vieja porque nos pinchaba los balones. Se llamaba Alba. Socorro no podía escuchar que nos decía algo la vieja porque de una salía a defendernos y a insultarla.
Al Fi le decían que se hiciera ver por alguien del fútbol, que se probara en el Cali, en la Sarmiento, en Boca o incluso en el América. Era un gran delantero: pelota que tenía, pelota que metía. Tenía velocidad, gambeta y gol. También tenía liderazgo y hacía calentar a los rivales. Les ganaba con las piernas, y también les ganaba de boquilla. Es el tipo de jugador que todos quieren tener en sus equipos.
Yo solo tuve Play Station 1 y ahí jugaba únicamente fútbol. En Winning Eleven uno podía crear sus propios jugadores para su equipo en la Master. Yo, por supuesto, creé el jugador del Fi. También creé mi propio jugador y ambos éramos los delanteros de mi equipo —fue la única manera de poner a Roberto Carlos en su posición original, de lateral izquierdo—. Pocas veces jugamos un partido “oficial” juntos. Oficial en el sentido de estar en el mismo equipo en un partido medianamente competitivo. Con el equipo de rodillones que tenía el Fi yo no podía jugar porque por esa época yo ya jugaba “competitivamente” en lo que en ese tiempo se denominaban las “divisiones menores” del equipo del que somos hinchas. Además, yo era mucho menor que ellos: tenía 13 años y el Fi 24.
De los pocos partidos que jugamos juntos recuerdo con especial alegría el del equipo de los paisas. Fue un domingo por la tarde en el Club Tequendama. No me acuerdo cómo se llamaba el equipo rival, pero sí recuerdo que era nuestro clásico. Yo ya había dejado de jugar en las divisiones menores del equipo del que soy hincha, ya estaba estudiando en la universidad y jugaba fútbol con muchos equipos por ahí. Ese día invité a jugar al Fi, previamente le había preguntado al Paisa que si podía llevar a alguien y me dijo que sí. Y allá llegamos. Yo jugaba de creación o delantero y era titular indiscutido en ese equipo. Pero el Fi era tan buen jugador que apenas lo vieron lo metieron de titular a él y a mí me pusieron a chupar banca. Tenía el Fi unos 30 años y yo apenas 19.
pdc • 20 En una de las primeras jugadas del partido el Fi se llevó al defensa por la banda derecha y cuando llegó a la línea de fondo mandó un centro tan preciso que Darío —un tío paisa de mi amigo el Paisa— solo tuvo que poner la cabeza para cambiarle la dirección al balón y hacer que entrara a la red. 1-0 íbamos ganando.
Antes de acabarse el primer tiempo nos empataron. En el descanso sacaron a Darío y me metieron a mí. El segundo tiempo empezó y el Fi y yo éramos la pareja de delanteros. El partido estaba duro, era de esos juegos donde se mete la pata duro, pero sin que se caliente la cosa. Ambos equipos eran muy buenos.
Faltaban 15 minutos y eso seguía empatado. Le dan el balón al Fi cerca del área rival, él lo controla y aguanta la marca, yo le corro por detrás para hacer la diagonal y llevarme la marca. Él decide darme el pase al espacio vacío, yo corro hacia el balón y le meto un zapatazo cruzado al segundo palo del arquero. Y gol.
Voy a abrazar al Fi. No le digo nada, solo lo abrazo. Todo el equipo viene y se nos une en el abrazo. Ganamos 2-1. Yo hice el segundo, pero la figura fue el Fi. La figura siempre era el Fi. Estoy seguro que el Fi hubiera podido hacer ese gol. Yo ya me había llevado la marca, él solo tenía que enganchar al central que quedaba y disparar al arco. Pero prefirió dármelo a mí. Prefirió ser generoso y permitir que yo fuera el protagonista. Eso ha hecho siempre dentro y fuera de la cancha. El Fi me hacía grande. Las pocas veces que jugué con él ese tipo de partidos sentía que yo jugaba mejor. El Fi me hacía un mejor jugador y una mejor persona. Gran parte de lo que soy como jugador y como persona es gracias al Fi.
Quisiera devolver el tiempo y volver a vivir ese partido.
Quisiera devolver el tiempo y volver a marcar ese gol.
Quisiera estar en mi casa de Santa Helena y decirle a mi mamá “ya vengo, voy donde Socorro”.
Quisiera llegar donde Socorro y gritar “¡Ábranme!”.
Escuchar a Martica —o a Socorro— decir “llegó el niño”.
Ir a tu cuarto y decirte “háblame, Fi”. Esperar el almuerzo y sentarme a comer en tu cama mientras veo televisión. ●
...EL FI ERA TAN BUEN
JUGADOR QUE APENAS
LO VIERON LO METIERON
DE TITULAR A ÉL Y A MÍ
ME PUSIERON A CHUPAR
BANCA
Gerardo Quintero Tello
pdc • 20 H ay hechos en la vida de cada uno de nosotros que nunca se olvidan, sobre todo aquellos recuerdos de la niñez, felices o desafortunados que quedan como una huella indeleble en el alma de cada persona. Para aquellos que amamos el fútbol, la primera vez que fuimos a un estadio se convierte en uno de esos hitos que nunca olvidaremos. Tenía seis años y terminaba la década de los setenta cuando mi tía María Eugenia, mi Nana, mi querida Nana, decidió que era hora de presentarme el Pascual Guerrero. Oriental segundo piso era nuestro destino y, desde esa altura, yo contemplaba por primera vez un escenario que me parecía gigantesco, como un dinosaurio que amenazaba con tragarme. Ahora que lo pienso, solo puedo comparar aquella ansiedad, esa emoción y la expectativa que sentí aquel día con los nacimientos de mis cuatro hijos, los mejores goles de mi vida, sin duda. Con el feliz arribo de cada uno de ellos, siempre advertía unas sensaciones que se repitieron: desde la alegría desbordante por el presente, hasta aquella zozobra por no saber qué nos iba a deparar el futuro, pero en suma, un único amor descomunal atrapado en no más de 55 centímetros. Era ‘La mecha’, el equipo rojo, el que solo había visto en las páginas deportivas del recordado periódico El Pueblo. La misma escuadra de la que eran hinchas mis abuelos (que antes habían sido seguidores del Boca caleño y que trasladaron sus amores a ese otro equipo del pueblo que eran los escarlatas), mis tíos y mi mamá, pero no mi tía Nana, que se había marchado a la vecindad de enfrente y por eso el gran valor de que ella, justamente, fuera quien me hubiese llevado al Pascual aquella tarde dominguera. Mi viejo había muerto unos meses antes y mi tía, como tantas otras veces, ‘se puso la diez’ y entendió que el chiquillo que armaba partidos imaginarios en el patio de la casa había que llevarlo al estadio. Ella, que me enseñó a leer, a escribir, y que me trazó el camino para conducirme a un buen libro, también me condujo a aquella cancha que sería como mi segunda casa. Era el equipo de Constantino en el arco, Pascuttini en la zaga, el motorcito Cervantes en el medio y el gran ‘Pinino’ Más en la delantera. Los diablos enfrentaban a Bucaramanga y si mi memorioso recuerdo no me traiciona, el juego terminó como todo en aquella época para el América, en un lánguido empate 1-1. Sin embargo, para mí el resultado fue lo de menos. Embelesado por la enormidad de la cancha, el sol de la tarde caleña que se acostaba sobre la tribuna y la extraña complicidad que se manifestaba entre gente des-
conocida que se abrazaba y sonreía, comprendí esa tarde que el rito del que ahora hacía parte era más que un partido de fútbol, que aquí se sembraba la semilla de una pasión que no tendría descanso.
Puedo decir, como lo advirtió el gran escritor Premio Nobel de Literatura, Albert Camus, que “todo lo que sé de moral y obligaciones del hombre se lo debo al fútbol”. Este intelectual, que a través de las letras engrandeció el deporte de las multitudes, se fajó unas frases de esas que quedan invictas a lo largo de la historia: “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”.
Cómo no amar a ese hombre y cómo no amar el fútbol. A diferencia de las relaciones de pareja en la que no pocas veces resulté lesionando corazones y en otras también padecí la pierna fuerte de un amor escurridizo, el fútbol siempre fue leal. Sincero hasta en las dolorosas derrotas. Pude disfrutar del mejor América de todos los tiempos, aquellos años ochenta, década dorada en la que poco importaba de dónde procedieran los recursos porque disfrutábamos de una gloria jamás alcanzada. La cascada de títulos nos hizo grandes y la pasión aumentaba al ritmo que llegaban aquellos ídolos como Bataglia, González Aquino, Falcioni, Gareca, Cabañas y el gran Willington Ortiz. Y fue el año 1979 el punto de quiebre de aquella ‘Mechita’ que todos veían con cariño, pero sin respeto porque su historia era de derrotas y sed de triunfos. Ese miércoles
19 de diciembre quedó grabado en mi
memoria de infante. Una vez llegó ese pitazo final que confirmó el triunfo por 2-0 ante Unión Magdalena, nos fuimos con mi mamá y mi hermana a la Carrera Primera a presenciar ese desfile único de automóviles, buses, banderas y camisetas rojas que jamás volví a ver posteriormente. También en ese momento no entendía por qué en cada casa de mi barrio tronaba un disco en las viejas radiolas que en mi ingenuidad me preguntaba cómo habían hecho para componerlo tan pronto, América quedó campeón por primera vez. Pero aunque luego supe la verdad, nadie pudo quitarme la idea de que Alberto Beltrán fue un vidente que llegó para revelarnos un secreto y decirnos suavemente al oído: “Oye, lo que quiero decirte, fechas hay en la vida que nunca podemos jamás olvidar Esa, lo sabes alma mía, la llevaré prendida en mi ser como ayer Aquel 19 será el recuerdo que en mí vivirá, ese día que feliz, tan feliz,
pdc • 20 Esa, lo sabes alma mía, la llevaré prendida en mi ser como ayer…”
UNA FIERA QUE SE DEVORABA
EL PASCUAL
Mi primer gran ídolo del fútbol fue el indio Jorge Ramón ‘La Fiera’ Cáceres. Después de llegar de la escuela Manuela Beltrán, mi ritual era dirigirme hacia un amarillento recorte de periódico, con la imagen de una fiera sudorosa en primer plano, que había pegado con cinta en el cuarto de mi tío Jorge, otro americano irremediable. En 1980, ya con la primera estrella cosida en la franela escarlata, tuve uno de los domingos más felices y recordados de mi entonces corta vida. Con Lekson Maquilón, un amigo del barrio Santander, populoso fortín rojo cercano al Obrero, nos colamos en el camerino sur y mientras a él lo atrapaba la ‘guardia pretoriana’ que evitaba el contacto con los jugadores, yo logré flanquear la férrea custodia y agarré fuerte la mano del goleador, sin decirle nada, mientras él sorprendido miraba al ‘pibe’ que lo apretaba sin ganas de soltarse y que no era capaz de decirle una palabra.
La paradoja fue que tres décadas más tarde saldé una deuda personal y lo entrevisté para el noticiero en el que ahora trabajo como periodista. Pero debo confesarles algo… Como el delantero que despilfarra una segunda oportunidad debajo del arco, esta vez tampoco fui capaz de recordarle que un domingo yo había sido el niño que alguna vez lo tomó de la mano, no le dirigió la palabra, pero que conversaba imaginariamente con él contándole que en unos años sería el otro goleador de raza de los Diablos.
Por supuesto nunca pude coronar la ilusión, a pesar de los buenos augurios de todos aquellos que me veían driblar, hacer un caño, amagar por derecha y salir por izquierda o tirar un sombrero en las canchas de ‘Siete Cueros’, La Isla o la ‘Chontadurera’, allá en el barrio Popular. Era una época en la que anhelaba con hacer realidad ese ‘sueño del Pibe’, el tango que escuchaba mi abuelo Liborio y que inmortalizó el gran Enrique Campos, con una interpretación que parece grabada en el mismísimo potrero.
Pero mientras el sueño de jugar en el Pascual se desvanecía con el paso de los años, la afición por los rojos no decrecía. Y es que como dice el escritor inglés Nick Hornby, “me enamoré del fútbol igual que más tarde me enamoré de las mujeres: de repente, inexplicablemente, sin crítica, sin pensar en el dolor o los trastornos que traería consigo”.
El ‘Annus horribilis’, esa expresión latina traducible como el año terrible, vendría en el 2011. Fue el año del descenso y yo estaba en el estadio, con mi compadre, el periodista deportivo César Polanía. Mientras veíamos como América bajaba al verdadero infierno, el estadio parecía un ‘pande-
balón. No fue extraño, entonces, que Camila poco tiempo después integrara la plantilla del equipo femenino de la Escuela Carlos Sarmiento Lora y paseara su talento por todas las canchas de fútbol aficionado de Cali y del Valle del Cauca. Con la Sarmiento ganó todos los títulos imaginados, regionales y nacionales. Por eso cuando América conformó el primer equipo femenino y se fijó en la potencia de esa lateral, le dije sin dudarlo: “Es tu equipo, es tu destino, es todo lo que yo hubiera querido, amor, dale, vete de cabeza”. La primera vez que la vi en competencia profesional fue en Palmira, jugando contra Orsomarso. El calor era agobiante y me acompañaba una sensación que conocía muy bien. Esa misma que hace que tu corazón corra más rápido que tus pensamientos, mientras sientes que cada 30 segundos resbala una gota de sudor más grande que la anterior. La paradoja es que, al mismo tiempo, tus manos de manera inexplicable están frías como si acabaras de recoger nieve y tu cabeza juega un partido aparte en el que sentencias el duelo con un gol que sale de tus botines. Sí, sé qué están pensando, esa sensación que solo la puede percibir quien está a punto de jugar el partido más importante de la vida, ya sea en la sagrada cancha de cemento del barrio, en el Pascual Guerrero o en el estadio Rivera Escobar, de Palmira. Y allí estaba yo, junto con mi otra hija Laura, el 18 de febrero del 2017, con toda esa adrenalina brotando, moviendo mis piernas y tenso, como si ya fuera a mónium’ donde reinaba la confusión, el ruido y el griterío. El estadio era como una gigantesca sala de velación, en la que en vez de color negro la gente iba vestida de rojo. No había un lugar hacia donde se fijara la mirada en el que no se viera a alguien derramando lágrimas, escondiendo el rostro, maldiciendo o denotando un trágico gesto de dolor que solo puede provenir de un corazón destrozado.
LA RESURRECCIÓN
Y cuando ya creía que no había esperanza, la resurrección llegó de la mano de mi hija. Sí, mi hija, porque ella fue la que me devolvió la alegría por el fútbol. María Camila, mi consentida mayor, hizo todo lo que yo soñé realizar alguna vez. De buen porte, aguerrida, veloz, de tranco largo, vertical, talentosa, fuerte como un camión, con una zurda potente, Camila coronó lo que siempre anhelé. Se puso la camiseta
15 del primer equipo profesional del
América, jugó todos los partidos de aquella primera liga femenina y quedó para siempre fijada en la historia de los Diablos Rojos. Desde los tres años era quien me acompañaba a todos los torneos empresariales que disputé con el ‘dream team’ de El País, mi querida casa periodística. Cuando descubrí que era zurda natural, le ponía el balón más pesado para que fortaleciera su pierna izquierda. Trotábamos juntos, veíamos los partidos internacionales, me acompañaba al estadio, se convirtió en mi sombra y en mi cómplice del
pdc • 20 salir a ese gramado verde que invitaba a una tarde de buen fútbol. Pero la gran diferencia era que quien jugaba el partido era mi hija y no yo. Hinchado de orgullo miraba a la tribuna que alentaba a las futbolistas y cuando se asomó ese número 15 a la gramilla fue inevitable que no pudiera contenerme más, abrazara a mi hija Laura y dejara escapar esas lágrimas que rodaban mientras intentaba unos gritos de apoyo que se desvanecían por la emoción. Y ese mismo día en que veía a mi hija vestida de escarlata, volví a regresar a mi niñez, a la primera vez que me llevó mi tía al Pascual. Pero en esta oportunidad ya no necesitaba imaginar que era ‘La Fiera’ Cáceres o el ‘Pinino’ Más, ahora era claro que yo tenía puesta la camiseta número 15 en la espalda, era zurdo natural, le pegaba a la pelota con un fierro, siempre llegaba al cruce perfecto y jugaba para mi equipo de alma… Ahora contemplo a mis pequeños Jacobo y Matías, y entiendo que el ritual debe volver a comenzar. Como aquella vez que mi querida Nana me llevó al templo de San Fernando, esta vez soy yo el que sueña con llevar a mis hijos de la mano y presentarles la que será, también, su nueva casa. Y esta vez, otra vez, será el momento de soñar con que los hermanos Quintero se pondrán la roja y sellarán con sus goles algún campeonato escarlata. Tal vez, al final, todo sea como lo advirtió Sir Walter Scott, el escritor escocés autor del clásico Ivanhoe, que “la vida en sí misma no es más que un partido de fútbol”. ● Fotografía: Henry Martinez. Fuente: latirdeportivo
“Y junto con los periodistas zarpo yo, feliz, la única mujer, sospecho, que dio o dará la vuelta olímpica en la Bombonera. Sintiéndome un bombón por ende, saludando a las masas, bien colocada el alma y encarando el arco”. “A alguien a quien verdaderamente le gusta el fútbol nada le importa quién gana o quién pierde, porque solo el verlo jugar es un gran y bello espectáculo”.
~GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
~LUISA VALENZUELA
FRASES EDTÉCNICOS
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DELANTERIOS
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A DOCE PASOS
JUAN DAVID GÓMEZ ZÚÑIGA
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LOS NIÑOS
INVISIBLES
DANIELA BECERRA
C on cada paso que daba, Santiago sentía que no iba a ser capaz de contarle a nadie lo que había pasado. Aquello no lo había experimentado nunca en su vida. Era viernes, pero el fin de semana ya estaba arruinado y él caminaba cabizbajo por las calles del barrio.
Entonces, en una de las esquinas avanzó justo en frente de la tienda del señor Fabio, uno de los más antiguos vendedores del sector. Cuando lo vio, el tendero le lanzó, casi burlándose, un comentario que recibió como una patada en la espinilla: “Por la cara que traes, las cosas salieron muy mal”.
Santiago se detuvo, pero no contestó. Antes de mirar al tendero, echó un vistazo hacia sus lados como asegurándose de que nadie hubiese escuchado el comentario. Pensó también en devolverse y continuar el camino hacia casa por una ruta distinta. En momentos como ese, lo que menos quería era contestarle algo a alguien; y mucho menos tener que darle explicaciones al señor Fabio. Entonces intentó darse vuelta y tomar otro camino fuera de su vista, pero un nuevo comentario fue más rápido que su decisión de cambiar el rumbo: “El que gana es el que goza. Ley universal, Santi”.
Ya acorralado, el muchacho solo pudo hacer un temeroso contacto visual con el vendedor y le respondió, con un tono de voz igual de retraído al de su mirada, que nada de lo sucedido había sido por mala intención. El tendero soltó una carcajada, pero luego hizo un gesto que indicaba solidaridad hacia el jovencito. Y no dijo nada más. Después de todo, Santiago era apenas un muchachito de
13 años y en sus ojos avergonzados había reconocido su
propio pasado: el de su infancia transcurrida en ese mismo barrio, pues más de una vez también había regresado de la escuela con un rostro igual de desencajado como ese que tenía en frente.
Santiago, acongojado y desalentado, continuó caminando con un rumbo distinto. Lo que más deseaba era que ese día, el mes y hasta el año escolar completo terminase lo más pronto posible. No quería regresar a la escuela nunca más Juan David Gómez Zúñiga
A DOCE PASOS
pdc • 20 en su vida. El solo hecho de pensar en el lunes de la semana siguiente le producía sudoración en las manos. ¿Con qué cara iba a mirar a sus compañeros de clase, que además eran sus amigos, después de lo que había pasado?
Entonces, luego de alejarse algunas cuadras de casa, encontró un parque solitario ideal para pensar en todo lo sucedido. Se sentó sobre uno de los juegos infantiles y secándose algunas lágrimas sobre su cara, deseó profundamente, como nunca antes, que nadie jamás hubiese inventado el fútbol.
Y volvió a recordarlo todo:
Lo primero en aparecer fue la imagen de los profesores, reunidos alrededor de la cancha principal de la escuela, segundos antes de que empezara el juego. Luego llegó la imagen de los estudiantes de los demás cursos que también habían llegado hasta el campo con golosinas y bebidas para ver el partido. Recordó también los uniformes de sus compañeros cuidadosamente lavados y sus guayos limpios, perfectos para la competencia. Por último, zumbó en su memoria la imagen de las mallas de ambas porterías completamente blancas, nuevas, mandadas a comprar por el rector de la escuela especialmente para ese día de la final del torneo interclases entre los grados noveno y décimo.
“Solo es un partido de fútbol”, le dijo su mamá esa mañana al despedirlo mientras observaba su mirada nerviosa y terminaba de cerrar su maleta escolar. Junto a ella, la sonrisa cómplice de su padre le confirmaba que lo de ese día era mucho más que un partido de fútbol. Con cada recuerdo, Santiago empezaba a balancearse sobre uno de los columpios del parque, mientras aumentaba el ruidoso sonido de sus cadenas cada vez que las bases de hierro rozaban ante el movimiento. El parque seguía solitario, en medio de un solazo de mediodía que solo era contenido, justo en la zona de juegos, por la sombra de un árbol enorme. Entonces empezó a recordar también las imágenes siguientes, la de los guayos sucios y el olor espeso de los uniformes sudados. Cuando el grado décimo anotó el primer gol, recién empezando el partido, todos pensaron que los mayores iban a ganar por goleada. Pero no fue así. El profesor de educación física de la escuela pitó el final de la primera parte: 1-0 el marcador. Los más grandes se miraron unos a otros como desconcertados, y no se dijeron casi nada en el entretiempo. Al otro lado, los de noveno se reunieron rápidamente detrás de uno de los
arcos de la cancha y se sentaron todos en el suelo, menos uno: Santiago. Era el capitán del equipo y uno de los mejores jugadores. Por eso pidió la palabra. “Alguna vamos a tener”, fue lo único que dijo. El columpio del parque que soportaba el balanceo de Santiago se movía cada vez más rápido y las bases de hierro oxidadas hacían mucho más ruido. Los recuerdos del juego continuaban en la mente del jovencito, uno tras otro, tan dolorosos como puntapiés en los tobillos o rodillazos en los muslos. Lo siguiente que llegó a su mente fue el final de todo. Faltaba poco más de un minuto para que el partido acabara. Ninguno de los equipos había anotado más goles y las palabras de Santiago en el entretiempo hacia sus compañeros parecían cumplirse. Hubo un tiro de esquina a favor de noveno. Casi todos, en manada, subieron a buscar el centro que venía desde el córner. Los dos centrales, los volantes de primera línea, el creativo, los extremos, el delantero de área y Santiago, todos estaban atentos esperando la llegada aérea del esférico. El balón, finalmente, fue bastante mal lanzado y no pasó cerca de ninguno de los jugadores, pero en medio del trayecto hacia la zona lateral del campo el sonido del pito del árbitro lo cambió todo: agarrón evidente mientras el balón viajaba por el aire y el profesor de educación física lo había visto todo. Penalti a favor de noveno faltando apenas algunos segundos para el pitazo final.
Entre los alegatos del equipo rival transcurrieron algunos minutos, de manera que el cobro del penalti iba a ser la última jugada del partido. Mientras tanto, por el parque donde se encontraba el muchachito pasó un perro callejero, miró a Santiago y siguió de largo asustado por el sonido chillón que expulsaba el columpio.
En ese momento recordó haber agarrado el balón para llevarlo hasta el punto de cobro, a doce pasos del arco. “Alguna vamos a tener”, recordó. Sudoroso y con la respiración apresurada, se paró frente al balón y miró al portero rival. Tuvo algunos segundos para pensar. Los pocos penaltis que había cobrado en su vida, los había pateado abajo, a la mano izquierda del portero. Pero el arquero de décimo era hábil para llegar a esa esquina del arco y ya lo había demostrado en un par de partidos anteriores. Eso lo hizo dudar. El árbitro dio la orden para el cobro: Santiago emprendió carrera hacia el balón. Al fondo, los gritos ensordecedores de los asistentes habían cesado de momento y todo el ambiente se reducía “«Solo es un partido de fútbol», le dijo
pdc • 20 su mamá esa mañana al despedirlo” a un murmullo tenso y al sonido espantoso de aquel columpio en ese parque solitario.
El disparo salió con potencia hacia el arco. El arquero rival, contrario al diagnóstico que había hecho, se la jugó hacia su mano derecha. Los pocos murmullos habían desaparecido por completo. Ahora todo era silencio. Santiago apretó los dientes, como haciendo fuerza para que el balón no siguiera elevándose hacia el travesaño. Fueron pocos segundos, pero el trayecto de la bola se hizo demasiado largo. El columpio en el que reposaba estaba llegando a su punto máximo de resistencia. El óxido le estaba pasando factura a las bases de hierro, pero el recuerdo de ese momento en la cancha de fútbol parecía hacerle ignorar el peligro. En medio del silencio de la cancha y del ruido en el parque, de la tensión de todos alrededor del campo y de la soledad pasmosa de los juegos infantiles, de la expectativa de los jugadores de ambos equipos y del sonido aturdidor del columpio, hubo dos ruidos simultáneos: ¡CLANC!, se escuchó en el parque y en el recuerdo de Santiago. Algunas palomas sostenidas sobre las ramas del enorme árbol cercano volaron despavoridas, como también volaron las que reposaban esa mañana en los árboles cercanos a la cancha de fútbol de la escuela. El balón se había estrellado contra el palo horizontal del arco y el columpio se había roto por completo, aventando el cuerpo de Santiago con violencia contra la tierra.
En ese momento, el muchachito pensó, antes de regresar cojeando a casa, que los dolores del alma son peores que los del cuerpo y que un penalti errado en el minuto 89 es mucho más doloroso que cualquier hueso roto. ●
“Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al final del partido”.
~EDUARDO GALEANO
“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.
~ALBERT CAMUS
FRASES EDTÉCNICOS
Daniela Becerra L a rabia le recorría las venas, corroyéndolas como ácido y envenenándole la mente con un sinfín de groserías para sus compañeros de equipo, pero sobre todo para el técnico. Apretó los puños hundiendo las uñas contra su piel en pequeñas medias lunas. Lo único que podía concluir de la charla que había tenido con el entrenador Martínez, era que todo esto era una completa estupidez. —Soy el mejor de todos—, pensó con irritación, avanzando a pasos apresurados hacia la cancha de fútbol del colegio. —Sin mí no habrían llegado a las finales. Son unos imbéciles—. Cuando Martínez lo había llamado para hablar con él, Joaquín había estado esperando que lo nombraran capitán del equipo. Había sangrado, sudado y llorado para llegar a ese logro. Pero en lugar de eso, su entrenador le dijo que no sabía jugar en conjunto y que por eso estaría en la banca en el próximo partido. En su afán de confrontarlo, había dejado su maleta en las graderías. El latón de los escalones hizo resonar sus pisadas fuertes y llenas de rabia. El viento le acarició la piel y jugueteó con sus crespos mientras el sol empezaba a perder intensidad y las sombras se alargaban por la grama de la cancha, lentamente apoderándose de todo a su alrededor. —Ya quisiera López ser tan rápido como yo— masculló. —Pff y ni hablar del bruto de Oscar, ni sé cómo sigue en el equipo. Pero no, ahora resulta que el problema soy yo—.
La ira lo consumía por completo, casi con la misma velocidad con la que las nubes oscuras empezaban a tapar el sol. Tomó su maleta del suelo con un jalón violento y escuchó unas risillas agudas resonando a sus espaldas. Dio un respingo y volteó rápidamente; sus ojos buscaron entre las escaleras para encontrar el origen del ruido. —Esteban, no tengo tiempo para tus juegos estúpidos—, dijo, entrecerrando los ojos y esperando a que su compañero de equipo saliera de su escondite. —Debes estar feliz de que me dejaran en el banco—. Pero antes de poder terminar la acusación, las risas se escucharon a
LOS NIÑOS INVISIBLES
Estudiante de la Especialización en Escrituras Creativas
su lado izquierdo, esta vez acompañadas de rápidas y fugaces pisadas que hicieron sonar el latón de las graderías. Giró sobre sus talones y el corazón le dio un brinco hasta la garganta. No había nadie más con él en las gradas, pero estaba seguro de haber escuchado algo. La respiración se le aceleró.
—Oigan, nada de esto es chistoso, no estoy para sus juegos— continuó. El resto de las palabras murieron en su boca al sentir que algo le rozaba la espalda. El movimiento fue leve, pero lo suficientemente significativo para que lo sintiera. Se dio la vuelta, uno de sus tobillos se dobló dolorosamente y antes de entender lo que sucedía, se precipitó escaleras abajo mientras se cubría la cara con los brazos.
Rebotó una, dos y tres veces antes de llegar al fondo de las gradas y el último golpe lo sintió contra su hombro y la parte de atrás de su cabeza. Joaquín quedó tendido en el piso frío de metal, los párpados se le movieron unas cuantas veces, su cerebro trató de enfocar lo que había a su alrededor, pero el golpe aún le silbaba en el cráneo. Finalmente, la oscuridad se adueñó de su ser y todo se desintegró a su alrededor.
No tenía idea de cuánto tiempo había pasado cuando por fin abrió los ojos con dificultad. El color naranja y amarillento del atardecer los recibió cálidamente, pero volvió a cerrar los ojos, el dolor de cabeza le apretaba hasta los pensamientos.
—¿Estás bien?— la pregunta vino acompañada del suave toque de una manito fría contra su cara.
Joaquín abrió los ojos de un tiro. Las imágenes a su alrededor tardaron unos segundos en adquirir sus formas una vez más, pero al hacerlo distinguió la figura de un niño pequeño acuclillado a su lado. —¿Quién eres tú?— preguntó. Tenía la garganta seca.
pdc • 20 —Creo que está bien— dijo el niño, mirando sobre su hombro hacia atrás. Joaquín se incorporó con velocidad sobre sus codos y siguió la mirada del pequeño. Para su sorpresa había un grupo de niños de pie a unos cuantos metros de él; todos llevaban un uniforme negro de fútbol. —¿Qué están haciendo aquí?— preguntó. —Está muy tarde para que estén solos—.
En lugar de responderle, una ola de comentarios se desató entre los niños: —Mario, pregúntale— dijo uno de ellos. —Sí, Mario, pregúntale— era la voz aguda de otro.
—Apúrate— rogó otro de los niños. El temblor en su voz hizo que Joaquín frunciera el ceño.
—Mario, rápido que ya casi viene— aquella última voz parecía al borde del llanto. Sacudió la cabeza. Las plegarias de los niños sonaban cada vez más preocupantes.
—¿Preguntarme qué?— dijo. El golpe que se había dado le hizo sentir una descarga de dolor. Hizo una mueca y continuó. —Está muy tarde, es peligroso que estén solos aquí. Tienen que irse—. —No podemos— dijo el primer niño, Mario. —¿Cómo qué no?— contestó, llevándose una mano a la cabeza. — Miren, no sé a qué juegan, pero yo ya me tengo que ir—, Se puso de pie con dificultad.
—¡No! ¡Por favor no!— chilló un niño de tez oscura, dando un paso hacia adelante. —Ayúdanos.
—¿De qué carajo están hablando? ¿Están perdidos?— reviró. La paciencia iba desapareciendo.
—No— contestó Mario, sacudiendo la cabeza. —Pero él no nos deja ir—. Las palabras y la mirada asustada del niño, hicieron que a Joaquín se le congelara la sangre. Miró a Mario y luego a los otros niños porque algo en ellos se veía fuera de lugar: la forma en la que hablaban, el uniforme que usaban.
—¿Quién no los deja ir?
Los niños se miraron entre ellos, algunos bajaron la mirada. Mario los observó sobre su hombro y luego volvió a enfocarse en Joaquín. —El entrenador Sánchez— susurró Mario. —No nos deja irnos. —Bueno, pues no los puede obligar a quedarse. Tienen que volver a sus casas.
—Esta es nuestra casa—respondió el niño, encogiendo los hombros. —Al menos desde el accidente.
—¿Qué accidente? — preguntó Joaquín, sintiéndose como un idiota frente a un montón de niños.
El silencio que cayó entre ellos le puso los pelos de punta. Paseó la mirada entre todos ellos, se veían bastante pálidos a pesar de que era una noche cálida. Fue entonces cuando notó que los niños llevaban puesto un uniforme de fútbol viejo del colegio, pero sobre todo en sus camisetas se leía el nombre Las Liebres. El aire en su pecho se petrificó, haciéndole imposible respirar mientras trastabillaba hacia atrás. —¿De dónde sacaste ese uniforme?— le preguntó a Mario. Ninguno de los equipos se llama así desde… —El accidente— dijo el niño de la piel oscura.
El corazón de Joaquín se aceleró con pánico en su pecho. Las Liebres habían sido uno de los equipos de fútbol infantil de su colegio hace muchos años, pero camino a un partido en otro departamento, el avión había tenido una falla y todos habían fallecido. —No sé qué juego enfermo están jugando pero… —Manada de imbéciles, ¿qué están haciendo ahí?
La voz ronca le dio fin a su conversación con los niños, pero intensificó la incomodidad y el miedo que ya sentía. —¿Qué está pasando? —, “Fue entonces cuando notó que los niños llevaban
pdc • 20 puesto un uniforme de fútbol viejo del colegio” pensó. Los niños se volvieron hacía la voz y sus expresiones de ansiedad se transformaron en miedo. Incluso Mario pareció encogerse ante la nueva presencia.
—Les dije que empezaran a calentar, pero veo que siguen siendo unos perezosos.
Volvió la mirada hacia la cancha, por donde una figura alta y fornida caminaba hacia ellos; los moribundos rayos de sol parecían atravesarle la piel. —Vayan a la cancha, a ver si algún día logran el objetivo que les puse—. El hombre se detuvo frente a las gradas y miró a Joaquín. —¿Tú quién eres? —, le preguntó.
—Nadie— dijo Mario apresurado. —Solo vino a vernos. —¿A verlos a ustedes? Pero si son pésimos jugadores, ¿quién va a querer perder el tiempo viendo jugar a unos ineptos? Joaquín no podía moverse y el corazón le latía con tanta fuerza que amenazaba con estallarle dentro del pecho. En innumerables ocasiones había visto fotos del entrenador Sánchez y también había oído decir que era tosco y agresivo, pero eso no era ni el comienzo de lo que este hombre, no, esta cosa, le inspiraba.
Los niños caminaron a su alrededor con sus cabezas bajas y pies ligeros. De las risillas que lo habían asustado ya no quedaba ni un rastro. Sánchez permaneció inmóvil, observándolo y haciendo que Joaquín se estremeciera y bajara la mirada. Tenía que salir de ahí, no tenía ni idea de lo que estaba pasando, todo podía ser producto del golpe que recibió su cabeza, pero lo que tenía claro era aquella voz en el fondo de su cerebro que le gritaba que se fuera a su casa.
El entrenador se dio la vuelta, se olvidó de su presencia y se dirigió a su equipo. Joaquín aprovechó y tomó su maleta casi corriendo para salir de la cancha cuanto antes. —Nada de esto es real—, se dijo. Pero a pesar de sus pasos firmes y rápidos, se detuvo cuando escuchó al entrenador gritando otra vez.
—¡Eres un fracasado, Lucas! ¡Deja de lloriquear!
Se quedó de pie con la espalda hacia los niños y apretando la maleta con fuerza.
—¡Eres tan estúpido que no sé cómo te soporto!— continuó gritando.
Joaquín se dio la vuelta. Desde donde se encontraba, podía ver cómo los niños corrían, pasándose la pelota entre ellos, una pelota que al igual que el equipo, se había materializado del aire mismo, de las sombras que ya se adueñaban del lugar. Vio como el chico de piel morena hacía saltar el balón con una facilidad que a él había tomado años perfeccionar. Mario corría como una gacela, esquivó a dos de sus compañeros. Sus movimientos eran casi líquidos, fluían con la facilidad que solo se adquiere después de conocer a su equipo a la perfección, tras años de confianza, de creer que juntos eran más fuertes que uno solo, algo que él sabía que le faltaba por aprender.
—¡Mario no puedo creer que sigas siendo tan lento!— gritó Sánchez. El pequeño se detuvo. —¡Ven acá, estúpido!—. Nadie se movió.
—¡Qué vengas imbécil!
Mario dejó caer la cabeza y se dirigió hasta el entrenador con aire de derrota. Joaquín siguió sus movimientos con la mirada. El niño flaco, pálido y de pelo oscuro se detuvo frente a su técnico, encogió los hombros y ante la mirada y el espanto de los otros, Sánchez agarró su nuca con fuerza y le dio una sacudida, lanzándolo al suelo. La maleta de Joaquín cayó al piso y sus piernas lo propulsaron por la cancha. Un grito lleno de rabia salió de sus labios: –¡Déjelo! ¡No lo toque!
Mario alzó la mirada sorprendido. El resto de los niños contuvo un fantasmagórico aliento y una mirada de desconcierto cruzó la cara aplastada del entrenador.
—¿Qué le pasa?— acusó Joaquín, señalándolo. —Es un niño, ¿no ve? ¡No tiene por qué hablarles así! ¡Ni por qué pegarles! ¿Qué le pasa?
Por un instante Sánchez se sintió fuera de lugar, pero recuperó el control y su cara se contrajo en una mueca de ira. Joaquín no retrocedió. —Mira, idiota— empezó Sánchez.
—¡No!— le gritó Joaquín. Un eco de sorpresa salió del grupo de niños que se acercaba a ellos. —No voy a dejar que les hable así, ¿me oye? “ Desde donde se encontraba, podía ver cómo
pdc • 20 los niños corrían, pasándose la pelota entre ellos” —¿Y tú quién te crees que eres, mierdecilla?— gruñó y dio un paso hacia adelante.
Con cada palabra se veía más aterrador, su aspecto normal ahora se llenaba de las heridas que su cara había recibido cuando el avión se estrelló contra la tierra.
—Yo— dudó un instante, pero su mente corría a una velocidad inexplicable. —Yo soy el que los va a sacar de aquí. Los voy a llevar a casa. —¿Ah, sí?— respondió el técnico, con una risa ronca y sin gracia y llena de odio que retumbó por la cancha. Uno de los niños se tapó los ojos para evitar que lo viese llorar. —¿Y cómo vas a hacer eso? —Lo reto a que los deje ir— Joaquín no supo de donde salieron aquellas palabras pero ya no podía echarse para atrás, un sentimiento de protección lo embriagó y lo impulsó a continuar. —Lo reto a unos penales, imbécil, y cuando yo gane, me va a dejar irme con los niños. Sánchez alzó las cejas con diversión. —Qué valiente— se burló. —Pero si gano yo, te tienes que quedar con nosotros.
Joaquín se tensionó. Bajó la mirada a Mario, que seguía tirado en el piso y el niño negó con la cabeza: no vale la pena, decían sus ojos, vete, no te preocupes por nosotros. Pero si se iba ahora, solo confirmaría lo que su propio entrenador le había dicho esa misma tarde, lo que su equipo y él mismo sabían: que era un egoísta, que solo pensaba en su propia gloria y comodidad. —Por eso no te quieren en el equipo—, pensó. Apretó la mandíbula, una corriente de adrenalina le recorrió la espalda y alzó la mirada hacía Sánchez.
—Yo nunca pierdo.
Esas eran las palabras que lo habían llevado a ese preciso momento, a estar en la cancha con la portería a solo unos metros de él con el balón a sus pies. La ansiedad le recorría las venas, un sudor frío le bajaba por la nuca y se le escurría por la espalda y sus ojos permanecían fijos sobre Sánchez, que se encontraba de pie en la mitad de la portería. —He hecho esto mil veces— susurró Joaquín. —Respira— se dijo. A pesar de que los penales eran una de sus especialidades, esta vez había algo en juego mucho más importante que solo perder o ganar un partido: esta vez se trataba de su vida. Cerró los ojos, tomó aire por la boca y se dijo una última vez: Respira.
El primer gol lo marcó con un coro de sorpresa por parte de los niños. El cuerpo de Joaquín estaba inundado de adrenalina, una corriente eléctrica que lo motivó. Asintió con una sonrisa y le dio paso a Sánchez para que tratara de vencerlo. Sin embargo, sintió el primer gol del técnico como una mano helada que le apretó el corazón, pero no podía darles paso a los pensamientos negativos, el partido debía continuar. —Esto no se acaba hasta el último lanzamiento— se dijo, dándose ánimos mientras se posicionaba en la portería.
Después de varios disparos, solo quedaba un último tiro, el que definiría el futuro de él y de los niños, porque aventajaba por un penal a Sánchez. Si lograba evitar que el balón entrara en la portería, podría irse a casa: era ahora o nunca.
—¡Apúrate!— Grito Sánchez. —No tengo toda la noche para esperarte, imbécil, ve el arco.
Imbécil, la palabra resonó con fuerza en los pensamientos de Joaquín. Imbécil, inepto, perdedores, estúpidos y llorones; el sinfín de groserías que ese tipo lanzaba contra los niños alimentó su rabia como gasolina al fuego.
Joaquín les dirigió una mirada a los niños, que con la luz de la luna se veían aún más pálidos que cuando los conoció y parecía atravesar sus cuerpos, aquellos cuerpos etéreos y eternamente infantiles. Ellos le sonrieron, no querían esperanzarse, pero sus caritas fantasmales estaban llenas de orgullo, alivio y agradecimiento por lo que él estaba haciendo por ellos.
—Yo nunca pierdo— volvió a decir Joaquín.
Uno de los niños hizo sonar el silbato y Sánchez golpeó la pelota con todas las fuerzas de su cuerpo.
Un silencio se apoderó de la cancha y el aire se cargó de una intensidad eléctrica y arrolladora. Joaquín contenía su aliento con la boca semi abierta, pero antes de que pudiera empezar a comprender lo que había sucedido, un grito colectivo se elevó por el aire. Los niños saltaron de sus puestos gritando de emoción, unos se abrazaron y a otro le caían lágrimas de sus ojos oscuros. Todos empezaron a correr hacia Joaquín, que todavía se encontraba tumbado en el piso, abrazando el balón contra su pecho. “... solo quedaba un último tiro, el que i
pdc • 20 definiría el futuro de él y de los niños” —Lo logré— susurró. Alzó la mirada a Sánchez, que lo observaba inmóvil desde su puesto. El joven soltó el balón y se puso de pie mientras los niños corrían hacia él. —¡Lo logré!— le gritó a su rival. El frío lo envolvió cuando los niños llegaron a su lado y lo abrazaron. Se le erizó la piel, pero aún así se dejó embriagar por el sentimiento de triunfo y abrazó a los más cercanos a su cuerpo. Pero la pequeña celebración no duró mucho, un grito de rabia de Sánchez los sacó de su victoria e hizo que todos se encogieran alrededor de Joaquín.
—¡Déjenlo, vengan para acá!— avanzó hacia ellos con determinación y un aire de violencia que los hizo temblar a todos. —Me deben todo a mí, estúpidos, no crean que voy a dejar que se vayan—. Sus gritos salían de su cuerpo con potencia sobrehumana y las heridas del accidente marcaban su cara una vez más. —No hay nadie esperándolos, son unos inútiles, me pertenecen a mí… —¡Cállese!— grito Joaquín. —Usted perdió, cumpla lo que debe. —Ellos me pertenecen— dijo Sánchez, se dio un golpe en el pecho. —Ellos no son su propiedad— escupió Joaquín, empujando a los niños un poco hacia atrás, escondiéndolos con su cuerpo. —Son su equipo, usted debería cuidarlos y protegerlos pero es un patán. Un abusivo. Ellos no se van a quedar aquí con usted. —Tú no vas a impedirme nada— bramó Sánchez. Las heridas habían desaparecido. —Ellos se quedan aquí… —¡NO!— la voz provenía del niño de tez oscura, que Joaquín después descubriría se llamaba Ángel.
—¿Qué dijiste, estúpido?— Sánchez dio un paso hacia adelante, pero él bloqueó su avance con su propio cuerpo. El frío empezaba a hacerse insoportable.
—¡NO!— gritó Ángel una vez más y algo en la cara del entrenador cambió. —¡NO!— lanzó Mario también.
—¡NO!— disparó el chico de los bucles dorados.
Las heridas del accidente marcaron la cara de Sánchez nuevamente, sus ojos se oscurecieron y aquella potencia que exudaba empezó a menguar. Joaquín se quedó mirándolo unos segundos antes de gritar: —¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡NO!
Los gritos ascendieron y cada voz que se sumaba a la de Joaquín, Ángel y Mario, provocaba que las heridas de Sánchez se pronunciaran más. El entrenador trataba de gritar sobre las voces de su equipo, pero ellos no le dieron chance. Las Liebres habían recuperado la confianza y también encontrado a un nuevo amigo. En Joaquín estaba la protección, era ya un miembro más del equipo.
El entrenador dio un paso vacilante hacia el grupo que gritaba, pero Joaquín estiró los brazos y le dio un fuerte empujón. —¡Aléjese de ellos!— gritó mientras el coro de NO continuaba tras él. Sánchez cayó hacia atrás, las heridas se veían putrefactas y grotescas. Abrió la boca, pero una ráfaga de viento los envolvió a todos y el ogro subnormal que era ese entrenador se despedazó ante ellos. Los niños miraban impactados el lugar donde antes había estado el entrenador. Joaquín se dio la vuelta hacia ellos y se quedaron mirándose entre todos. —¿Y ahora qué?— preguntó Lucas.
—Se van— respondió Joaquín encogiendo los hombros. —Pero nunca hemos estado sin él— explicó Mario. —Ni siquiera podíamos salir de la cancha desde el accidente.
—No importa— les contestó. No necesitan a nadie, ustedes son el equipo. Pueden ir a donde quieran.
Los niños se miraron entre ellos y luego dulcemente dijeron: —Gracias—. Y fueron desapareciendo lentamente.
Joaquín se quedó de pie en la cancha vacía. El frío había sido reemplazado por un caluroso viento. Miró a su alrededor esperando escuchar las risillas pero no hubo ningún sonido excepto el de los grillos y las cigarras. El silencio fue tan abrumador que por un instante hubiera podido jurar que nada había pasado, que todo había sido parte de su imaginación y que aún se encontraba tendido en el piso de las graderías. “Las Liebres habían recuperado la confianza y
pdc • 20 también encontrado en su nuevo amigo” *** Joaquín abrió el casillero de los vestidores. El resto de su equipo ya estaba en el calentamiento. Habían pasado tres semanas desde el encuentro con Las Liebres y Sánchez. Había investigado un poco sobre lo que les había pasado e incluso había regresado algunas noches para asegurarse de que no seguían ahí con aquel monstruo. No los había vuelto a ver y por ello sentía una especie de alivio, pero también decepción. Desde el encuentro con los niños, se había empeñado en demostrar que podía jugar en equipo y era un cambio que siempre le agradecería a Las Liebres.
—Al menos ya no están con él— susurró y se puso de pie tras ponerse los guayos verdes.
De repente el eco de unas risillas resonó a sus espaldas. Joaquín se dio la vuelta sobre sus talones con rapidez, sus ojos buscaron en el vestidor, pero no había nadie más que él.
—¿Hola?— dijo, pero no hubo respuesta, solo el sonido de varios pies corriendo por el piso de cerámica.
Una sonrisa se extendió sobre los labios de Joaquín. —Hola— dijo. Un balón salió rodando por entre una de las filas de los casilleros y llegó hasta sus pies. Levantó una ceja y se agachó a recoger la pelota blanca y negra.
—Ok—, dijo. —Puedo jugar un rato después del entreno. Las risas se hicieron más fuertes. Joaquín sonrió y salió hacia la cancha. Había pasado de no pertenecer a ningún equipo a ser considerado miembro de dos, eso le dejó claro que el partido nunca termina. ●
“A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol, salvo si uno se llama Pelé, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia”
~ROBERTO BOLAÑO
FRASES EDTÉCNICOS
pdc • 20
VOLANTESDE
CREACIÓN
P.72
LIBERTADORES
DE SUEÑOS
SARA FERNÁNDEZ
P.70
LA ELEGÍA DE
UN HARAGÁN O
LA DIATRIBA DE
UN RODILLÓN
JORGE ACERO
Jorge Acero La elegía d e
u n
h a r a g á n
o la diatrib a de un rodillón
pdc • 20 ¿S abés qué? Con el tiempo he llegado a la conclusión de que soy un haragán brillante y a veces un brillante haragán, que no es lo mismo. Lo digo porque tengo apenas dos verdaderas aficiones. Una es el fútbol y la otra es la literatura. Fijate que hablo de aficiones y no de pasiones. Mi calidad de haragán no me permite entregarme en cuerpo y alma a nada ni a nadie. Pero no soy un mediocre. Más bien es la pereza el signo detrás de todos mis gestos. Después de todo, también soy brillante. Es como si en mí habitaran un Maradona y un Roberto Bolaño en potencia, pero siempre con resaca.
Vos sos testigo de mis hazañas en el potrero. ¿Te acordás aquella vez en que íbamos 3-0 abajo en las semis de la universidad? No la veíamos por ningún lado. Entonces empecé una jugada por izquierda, mandé un túnel y te tiré una pared. Me la centraste y la bajé de pecho. Quedé de espaldas al arco y con la marca encima. Amagué a girar hacia un lado y salí por el otro. Me quedó para la zurda (sabés que soy diestro) e igual mandé el zapatazo. El arquero, que había salido a achicar el área, vio cómo el balón se elevaba suavemente… Fueron dos segundos en los que la danza cósmica se detuvo y el balón flotaba en medio del silencioso universo hasta depositarse en la red. De ahí en adelante se vino una remontada de ensueño... ¿te acordás? Te consta que nunca busqué la gloria más allá de algún domingo en que un partido era cuestión de vida o muerte, esto es, un partido en el que se definía quién pagaría la cerveza del tercer tiempo. Y en cuanto al campo literario, me queda la satisfacción de haber escrito una novela cuando tenía veintitrés. No fue gran cosa, aunque en aquella época me parecía que tenía algo importante que decir. Pasaron muchos años y me di cuenta de lo contrario. Sin embargo, me parece que tengo buen oído para la prosa. Vos me enseñaste que un escritor puede ser ciego, pero no sordo. Allí tenés a Homero, Milton, Joyce, Mármol, Groussac y Borges. ¿Pero qué hacés con un buen oído si no tenés nada que decir? Esa es mi tragedia o mi excusa a falta de una mentira mejor.
Sí, soy un haragán en los dos únicos asuntos que me importan. Soy un rodillón que compone elegías para el diez que nunca llegó a ser, diatribas para aquel olvidadizo que mezcla títulos, autores, números y jugadores. Da igual, pues todo es parte del mismo juego: ¿fue Riquelme quien escribió Ulises? ¿Fue Bulgkov quien ganó el mundial de clubes con Boca? Esas distinciones me importan bastante poco. Vos sabés que mi indiferencia proviene de la convicción de que la literatura es una metáfora del fútbol y unas pocas veces viceversa. Y esta es quizá la única cosa que valga la pena entender sobre la vida.●
Sara Fernández Otálora L i b e r t a d o r e s
d e sueños Foto tomada de: https://twitter.com/eldoctorpelaez/ (enviada por un tuitero)
pdc • 20 T enía que pensar en el titular de esa nota, pero aún no lo tenía. Había perseguido escribirla durante toda su vida y aun así nunca se le ocurrió probar cómo llamarla. “Isabel, rápido, la crónica para la web”, le escribían desde el grupo de WhatsApp de la redacción mientras intentaba asimilar que su equipo iba a alzar la Copa Libertadores de América. “Exceso de copas”, probó, pero lo descartó porque un campeonato nunca está de más, aunque hubieran ganado cinco en los últimos tres años. “Conquista libertadora”, muy repetido; un simple “¡Campeón!” ... no, demasiado simple para la hazaña. ¿Cómo llamar al momento más glorioso de su existencia?
Su celular zumbaba, pero ella no respondía. No quería pensar en que tenía que nombrar ese instante. Enfrente, el estadio Centenario de Montevideo esperaba el sublime momento que todos los fanáticos anhelan: esa copa, la de la cruz en medio de una esfera, alzándose victoriosa en las manos del capitán de tu escuadra. “No me morí sin vivirlo”, pensó. Era su mayor miedo y lo había vencido. Lo que alguna vez sintió antes de esa tarde de noviembre no existió. Esto era el nacimiento de sus emociones, porque hasta ese momento, a sus 36 años, no había experimentado la verdadera dicha.
—¿Necesitai ayuda?—, le preguntó un locutor de radio chileno, interrumpiendo la introspección que hacía mientras miraba a los jugadores abrazarse tan eufóricos como cansados por proteger ese 1-0 a partir del minuto 55. —No, tranquilo. Estoy bien. —Pero estai llorando arrodillada. No se había enterado, pero llevaba, desde que pitó el juez, cinco minutos con las rodillas en el suelo, las manos en su pecho justo en el escudo que llevaba bajo el abrigo y la cara inundada de un llanto perpetuo. ¿Por qué lloraba si era su mejor día? “Por lo que pasamos antes de llegar aquí”, se respondió y revivió en su mente el mediodía del 8 de febrero de 2018, cuando en la sala de cuidados paliativos de una clínica al sur del Cali le prometió a su abuelo convertir en filosofía lo que él había multiplicado en ella. “El equipo nos va a mantener unidos aunque no estés, viejito. Te lo juro”, le dijo tomada de la mano de ese cuerpo que no la miraba y que veinte minutos después cesaría toda actividad.
No era muy cercana a su abuelo. Contaba sin pena que solo hablaban si el tema era su club. Había sido el tiempo necesario para heredar el amor y el criterio de exigir siempre un plantel a la altura de su historia. “En este equipo jugaron ‘El Pibe’, ‘El Tigre’, ‘Gallegol’, Redín, Zape, Miguel Escobar, ‘El Tola’... ¿por qué se conforman con esos muchachitos de ahora?” le repetía cada que tenía oportunidad. Ella solo atinaba a mover la cabeza de arriba abajo, dándole la razón.
Fueron juntos a la cancha una sola vez por iniciativa de Isabel. Fue la mejor noche que pasaron, y la única. Nada los unía como el fútbol y ella lo sabía, por eso en esa tarde la victoria los había encontrado de nuevo, aunque solo fuera en recuerdos. A la memoria la detuvo un mensaje en su celular de Enrique, su compañero y amigo, que sabía por qué Isabel llevaba cinco minutos sin enviar un adelanto del trabajo para el que había sido enviada a Uruguay. “Voy a decir que ya me mandaste la nota para la web y que en media hora enviás la del impreso. Que llegue en ese tiempo, por favor”, decía.
No quería fallarle a Molino, como le decía por su apellido Molina. Él había sido su cómplice en los últimos tres meses intensos que vivió cubriendo a su equipo en la Libertadores. La hazaña en Avellaneda al remontar la serie cuando perdieron de locales 2-1 contra Independiente en octavos de final, el Mineirao con un justo 1-0 en cuartos ante Cruzeiro y el pase a la final por penales logrado en casa ante el mejor Olimpia de Paraguay que el continente había visto, había podido vivirlos desde el periodismo gracias a él, que hincha del rival de patio, le repetía “yo quisiera que vos hicieras lo mismo por mí” cuando ella le recalcaba la pena que le daba que se doblara en trabajo mientras vivía esta locura. —Lo estoy intentando, Molino, pero no sé escribir, le contestó —Pero si me estás escribiendo jajaja, sé que querés irte a festejar, pero acordate que ese fue el trato—, replicó Enrique.
—Sí, sí sé poner letras juntas, Moli, pero de todo lo que aprendí nada me enseñó cómo se redacta la absoluta felicidad.
En cancha los jugadores seguían festejando entre ellos mientras la organización montaba el escenario para entregar la Copa. Presentadores continuaban el cubrimiento, fotógrafos captaban cada instante, las radios seguían alabando la letal delantera hecha en la cantera que los había sacado campeones y ella intentaba poner una sola letra, la primera que le daría apertura al texto por el que alguna vez se inscribió en la Facultad de Periodismo.
—Yo voy a escribir ahí el campeonato del Cali en Libertadores, papá—, le decía a su viejo cada domingo, cuando él leía el diario de la ciudad junto a ella. “Entonces ese día no lo compro”, le respondía bromeando.
Esa tarde lo recordaba más que nunca. No iba a tener que comprarlo,
pdc • 20 porque ella le pagaba la suscripción. Era una especie de redención por haber invertido cada centavo en su educación y, en medio de la carrera, haber aguantado tantas críticas de toda la familia -sobre todo de su esposa- por su permisiva forma de actuar frente a la rebeldía de Isabel con su naciente, pero exponencial pasión por viajar detrás de su equipo.
—Es buena estudiante, no la molestés, Piedad—, argüía cuando la Señora -como la llamaba- intentaba contar con su ayuda para reprenderla porque se había escapado un par de días a algún estadio del país. “Al mundo le falta salirse un poco de las reglas para ser feliz, seño”, le respondía sumido en su particular tranquilidad cuando le cuestionaba si tener las mejores calificaciones era argumento para ser tan desobediente. Bancaba a su hija como a nadie, porque él hubiese querido ser todo eso. Isabel lo sabía y por eso, seis mañanas antes de la final en Montevideo, Juan Carlos encontró en el periódico del día dos boletas a la final y un corto mensaje: “no vas a comprar el periódico al otro día, porque nadie te lo tiene que contar. Lo vas a vivir”. Viajaron tres: ella, el viejo y su primo inseparable, con el que vivió los últimos 200 partidos del club. A Isabel no le gustaba ir a la cancha acompañada, solo lo hacía si iba con Daniel o con Juan Carlos. Ahí, en la tribuna suroccidental, le había contado sus penas y secretos, lo había escuchado y regañado muchas veces, “Nada los u n í a
c o m o
e l
f ú t b o l
y ella lo sabía, por eso en esa tarde la vic t o r i a
l o s
h a b í a
e n c o ntrado de nuevo”
pero sobre todo le había confesado los sueños guajiros que tenía desde que se enamoró del Cali. Por eso no dudó en llevarlo, habían soñado ese día en cada jornada que compartieron.
—¿Vos te imaginás ser campeones de la Libertadores?—, imaginó en voz alta en una noche de octubre de 2013. — No, Isabel, con el Chucho Arrieta de delantero no me lo imagino —, respondía Daniel mientras perdían 3-0 contra el Huila en una campaña en la que casi tocan el descenso. —Yo no me puedo morir sin vivirlo, parce—, fue al primero que le confesó su miedo.
— No, y yo menos, pero tenemos que ser conscientes de que es lo más probable que nos pase. Somos vos y yo, lo más mala suertudo que existe—, él le recordaba entre risas siempre que tenían esa charla.
Y no mentía, porque les había ido mal en el amor, el dinero y hasta en el trabajo, pero ahora quedaba claro que, al menos en el fútbol, tuvieron revancha y eso era suficiente para sentir que la vida había valido cada desgracia. —No nos morimos—, le leía en los labios cuando lo encontró junto a su papá en la tribuna que quedaba abajo de la zona de prensa. Estaban tan extasiados como ella. —Y ya no necesitamos vivir más—, le respondió Isabel entre señas.
La interrumpió un nuevo mensaje en el celular. —¿Listo?—, Enrique de nuevo. Nada estaba listo, pero esos diez minutos de recuerdos le habían servido para tener al menos una idea: las intimidaciones en la oficina del director intentando convencerlo de que este partido había que cubrirlo, la pelea con la Señora por la hipertensión del viejo que podría empeorar por lo que iba a vivir en Montevideo, la esposa de Daniel a punto de dar a luz y enloquecida porque él se iba justo en la semana del parto, la abuela llorando de nuevo después de revivir los recuerdos cuando le fue a pedir la camiseta que el abuelo utilizaba para los partidos importantes... Eso era la Copa Libertadores: la gente y lo que hace por verla y vivirla.
Empezó a redactar. Eso sí, lejos de lo que fuese una crónica de un periódico imparcial y mucho más cercana a un diario íntimo: “Hoy no es el día más feliz de mi vida. Es el primero. Hoy supe qué es vivir...” fueron las primeras palabras de una nota que, por primera vez, y única, le dejaron firmar como Isabel Hurtado, enviada especial e hincha incansable del Deportivo Cali, y a la que tituló ‘Libertadores de sueños’. ●
pdc • 20VOLANTES DE P.78
EL PASEO
DE LA
MUERTE
JOSÉ ARQUÍMEDES
TRUJILLO ARCE
P.81 EL
ASCENSO
ANDRÉS PEÑA ROMERO
MARCA
EL PASEO
MUERTE
DE LA
«ENTRE 1976 Y DICIEMBRE DE 1983 LA
DICTADURA MILITAR EN LA ARGENTINA
SECUESTRÓ Y EJECUTÓ A MILES DE
PERSONAS QUE FUERON ENTERRADAS
COMO NN EN CEMENTERIOS Y TUMBAS
CLANDESTINAS».
~ EL RASTRO DE LOS HUESOS
LEILA GUERRIERO
José Arquímedes Trujillo Arce
D omingo, el último de junio, —lo sabía—, porque tallaba los días en la pared. No nos dieron desayuno. Hacía frío en Buenos Aires. Me llevaron a un partido al Monumental. Querían ver si alguien me conocía para secuestrarlo. Por suerte nadie se me acercaba. Sudaba frío, rogaba porque algún compañero del colegio no fuera a caer en la trampa donde yo era el señuelo de las artimañas de la dictadura que quería legitimarse con la euforia de los goles que retumbaban en los estadios. Esa tarde «Kempes», de guapo como siempre, se puso gallito con la defensa holandesa—«rompiendo el celofán»—. Su olfato de alta precisión, siempre lo colocaba en el lugar correcto y su zurda no perdonaba cuando tenía frente el arco, esa tarde levantando los brazos y su melena al viento, lo colocaban en el pedestal de los dioses. Los ecos de sus goles alcanzaban a llegar al campo de Concentración Argentino, —que quedaba a diez cuadras del estadio—. Es tan poderoso el grito de un gol, que callaban los gritos de terror de los desaparecidos. —El balón estaba manchado con sangre—. Muchos ex jugadores con muchos calendarios encima —reconocerían que habían sido marionetas del dictador—. Mi padre nunca volvería al monumental. El director de la cárcel tuvo un gesto tan humano que instaló dos televisores, uno en el sótano del comedor a pocos metros del anfiteatro para que las tibias y fémures, vértebras y pedazos de costillas todos perforados de balas dejaran de ser restos de infamia y se calentaran con la euforia que despertaban los gritos que salían del televisor. Un día me desperté gritando, bañado de sudor veía cómo un enjambre de abuelas —magulladas por el dolor— buscaban a sus hijos en el cementerio de Avellaneda, que se había vuelto un exhumadero colectivo. Comprendí entonces que ya todos estábamos muertos. Solamente éramos reciclaje de huesos triturados. —Eso nos pasó por meternos a redentores—. Colocaron otro televisor en la parte de arriba conocida como «La pecera». Nos negaban todos los derechos, —inclusive el de una letrina—; pero no el que nos gustara o no el fútbol. Era lo mismo que pensaban los manoseados directivos de la FIFA, con su mensaje hipócrita y comprado por la dictadura: «Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de Argentina»—. «João Havelange», había mandado la postal perfecta al mundo. Mientras Videla los condecoraba.
79
pdc • 20
Me habían tapado las cicatrices con un vestido de paño, que me quedaba nadando, ya era solo un montón de huesos. Mi cara era un lienzo de dolor. El día del partido inaugural un enviado especial de la televisión holandesa cambió el Monumental por la Plaza de Mayo, donde las Madres cada jueves marchaban en ronda reclamando a sus vástagos. —¡Dios mío!—, Jorge, el compañero con que habíamos marchado contra la dictadura desde lejos levantó la cabeza, me había reconocido. A pesar que su padre trabajaba como empleado público el pibe, le había salido revolucionario. —¡No… Por Dios!—, se abría campo esquivando a las personas, venía directo a la trampa, a las mandíbulas de los perros; pero gracias a DIOS, faltando escasos metros de quedar atrapado en la telaraña con la que me tenían cercado, se dio cuenta que estaba rodeado de la policía secreta que por más que se habían vestido de hinchas, no podían tapar su sarna y su hediondo sudor que olía a muertos. De pronto como si hubiese sufrido una epifanía sintió el peligro y habilidosamente disimuló y siguió derecho ignorándonos. No tuvimos ni la oportunidad de mirarnos, todos eran sospechosos, enemigos de la máquina que trituraba huesos. La esperanza volvió. Por lo menos alguien fuera de las mazmorras era una esperanza para que otras manos levantaran «los lápices». —«Queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos»—. El grito de batalla de las madres, que ni la dictadura ni el fútbol podían callar. En la pizzería se gritaban «¡el que no salte es holandés!». Igual que saltaba el dictador Jorge Rafael Videla, cuando en ese inolvidable 25 de junio de
1978 Argentina venció a Holanda y
levantaba la copa. Muchos estudiantes de la escuela Normal Número 3 de la Plata, aprendimos a saltar; pero para evitar las balas. Muchas familias se preocupaban porque sus hijos no fueran a ser amigos de algún fulanito que lo fuera a comprometer y terminara metido en la mazmorra de la muerte de La escuela Superior de Mecánica de La Armada.
En un momento con vergüenza y morbo me alcancé a alegrar cuando el equipo de César Luis Menotti, levantaba las manos en señal de triunfo avivando a los miles de empleados públicos; becarios del presupuesto público, asalariados dóciles que la dictadura minuciosamente había metido a los estadios. A los demás nos tenían secuestrados o desaparecidos. Cuando terminó el partido, —que terminó en alargue— igual que mi vida. Me llevaron de nuevo al calabozo. Se había terminado el paseo de la muerte. Por lo menos esta vez no me subieron a un avión y me desaparecieron en el mar. Me volvieron a poner los grilletes en los pies y cadenas en las manos y todo volvió a ser oscuro.
~ JATA 2019
EL A ES NC SO E l balón es solo un lunar redondo en medio de un tapete verde que se extiende entre dos porterías. Su viaje describe una línea recta, templada, paralela al césped cuyo dibujo geométrico se asemeja a un cuadro del Maestro Rayo.
La esférica viaja a media altura hacia el blanco situado a más de cincuenta metros en el extremo opuesto de donde estoy. Estamos en pleno Andrés Peña Romero Estudiante de la Especialización en Escrituras Creativas
Volteo a mirar al otro equipo y está abatido. Uno sabe cuando el agua helada cae sin esperarla, sin dar respuesta a la reacción. Cabeza gacha, brazos en la cintura como jarras, y la mirada perdida en el verde mar buscando una explicación a lo incomprensible: un gol en la última jugada.
Todo esto apenas va a ocurrir. Yo todavía no lo sé. Así me lo imagino mientras estoy en el camerino a punto de disputar la final del campeonato. En el locker está la foto de mi mamá. La agarro y la beso con devoción como si fuera la estampilla de una santa. —Mamá, esto es por vos—, le digo mientras la dejo en su sitio. Descargo el porta guayos y me siento. Alguien prende un parlante. Algunos compañeros prefieren la algarabía, distraerse con música. Yo no soy capaz. Desde ya estoy jugando el partido. En mi mente estoy disputando cada pelota y estoy haciendo pases de todos los estilos. Esa es mi función en el medio campo, entregar el balón para que los demás metan el gol. —Ajá, Peluca, deja el estrés que eso lo ganamo—, me dice Arrieta, sacándome momentáneamente del tran-
ce. —Más bien sabes qué, cuando
ganemo, nos metemos full rumba pa celebrá, ¿va pa esa?—.
—No Arrieta, ¡NO! No celebremos nada, no nos conviene salir a rumbear. El trago y la euforia son un cóctel peligroso que nos llevará a hacer cosas de las cuales nos arrepentirecontragolpe, cuyo éxito radica en la rapidez de la transición de estar defendiendo a estar atacando, por eso el pase que elegí, largo, debe ser exacto. Y así fue.
Arrieta, un delantero veloz y técnicamente de buenas maneras es mi elegido. Mi cerebro debe calcular en fracción de segundos la fuerza, la velocidad y el tino para que el pase llegue donde debe llegar mientras él va corriendo a toda velocidad hacia
la portería. Ya lo lancé. Siento como
si entregara un pedazo de mi cuerpo para el bien del equipo. Un profe me enseñó que por el equipo hasta los güevos hay que dar. Pues comencemos por ellos, no, mejor por mi médula, aquella estructura central que inerva mis músculos. Es la jugada que define el partido. Es crucial, es determinante. Es la columna vertebral.
Arrieta hace un control dirigido y queda mano a mano con el portero. Gambeta larga al arquero como dice el manual y segundos después estamos todos reunidos en el banderín del tiro de esquina, apilados, eufóricos celebrando el gol que nos va a dar el campeonato.
El árbitro arrima y nos dice algo que no entendemos por la adrenalina, el cansancio y el bullicio del estadio. Suponemos por medio de las manos que hablan como las de una azafata, que no nos tardemos. Volvemos todos, con maña, caminando despacio, tomando agua, arreglándonos las medias. No haciéndole caso.
mos. Esa noche no nos acostaremos con el triunfo sino con la tragedia—. Manejarás el carro que te compraste con tu primer sueldo. Vamos emparejados, borrachos los cuatro. Ellas se han quedado dormidas y ponés en el estéreo uno de esos vallenatos malos que te gustan. Lo cantas a todo pulmón y te empujas un trago de güisqui directo de la botella. “eche, no joda, despierten”, les gritás. Afuera hay rumor de desgracia. La carretera larga como una serpiente estirada parece suspendida en densa oscuridad como una noche sin constelaciones.
—Oye, Pelao, ¿sabes a qué velocidá me tocó corré pa meter ese gol? Pilla no má— me dirás mientras aceleras. El tacómetro digital brillará formando el número doscientos. —Erda, ni Bolt ha corrido tan rápido— dirás mientras sueltas una carcajada larga. Pero dije sí, Arrieta, va pa esa. Y sonreí.
Lo que sigue después de la carcajada se lo llevó la noche. Cuando desperté ya estaba en el hospital con tanto dolor que no sabía de dónde provenía porque yo era dolor.
Como pude intenté gritar pero lo que salió fue un especie de gemido gutural alertando a mi mamá, que estaba recostada en el sillón de la habitación. La última sonrisa me quedó como sello del accidente. El trauma craneoencefálico dejó un recuerdo imborrable que llevo estampado en mi rostro como un defecto.
Mi lado derecho es el que se contrae. El izquierdo prefiero ignorarlo; como si pudiera. Verme en el espejo es monstruoso. No logro reconocerme. Además de la hinchazón, el ojo izquierdo no logra cerrarse y permanece abierto como una ventana de una casa vacía por donde no se asoma nadie. En ocasiones me pongo un parche e imagino un pirata con pata de palo y garfio. Pero hasta con pata de palo ellos pueden caminar, yo ando, que digo ando, ruedo en una silla. Cuando pregunto por Arrieta mi mamá me embolata con la respuesta diciéndome que me enfoque en la rehabilitación, que él está bien donde está. Las enfermeras evaden la respuesta en un disimulado silencio que confirma mis sospechas. Después lo corroboro en la prensa en un titular a media página, casi inferior:
“ACCIDENTE DE PROME-
SAS DEL FÚTBOL. Las dos figuras del equipo recién ascendido a primera sufren aparatoso accidente donde Juan Esteban Arrieta, de 20 años, murió al instante. Carlos Paz fue llevado al hospital, donde se recupera satisfactoriamente”.
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pdc • 20
“Cumplir a través de la palabra lo que no logré en la cancha. Fui un esforzado extremo derecho y terminé mis días en la hierba como un lateral de relativa torpeza. Pero la literatura existe para asignarte vidas posibles y ahí le puedes anotar a Brasil en Maracaná, en el último minuto del partido, en claro off-side, y salirte con la tuya”.
~JUAN VILLORO
FRASES EDTÉCNICOS
DIRECCIÓN
MARGARITA Cuéllar Barona
COMITÉ EDITORIAL INVITADO
papeldecolgadura
VOL. 20
www.icesi.edu.co/papeldecolgadura
DISEÑO, DIAGRAMACIÓN
E ILUSTRACIÓN
NATALIA Ayala Pacini nataliaayalapb@gmail.com CATALINA Villa DANIEL Molina MAURICIO Guerrero
P A P E L
Cita: Henao Trujillo, Mauricio, Caicedo Hinojos, Gustavo, Grajales Ortiz, Nicolás, Peña Soto, Héctor Fabio, Molina, Daniel, Barona Pereira, Catalina, Hernández, Julián, Quintero, Gerardo, Gómez Zúñiga, Juan David, Becerra, Daniela, Acero, Jorge, Otálora, Sara, Trujillo Arce, Jose Arquímedes, Peña Romero, Andrés (2021), Papel de Colgadura, Volumen 20, Universidad ICESI, p. N. http://hdl.handle.net/10906/91419