Sporala red del conocimiento
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Cuentos Virales para leer con tapabocas

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Cuentos Virales para leer con tapabocas

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Institución Universitaria Politécnico Grancolombiano Calle 61 No. 7 - 66 Tel: 7455555, Ext. 1516 Bogotá, Colombia © Derechos reservados Primera edición, mayo de 2022 Cuentos Virales para leer con tapabocas ISBN impreso: 978-628-7534-42-1 ISBN digital: 978-628-7534-43-8 Editoras Carmen Mercedes Romero Bracho Director Sistema Nacional de Bibliotecas Magda Zulena Trujillo Rodríguez Escuela de Educación e Innovación Equipo editorial Líder de Publicaciones Eduardo Norman Acevedo Analista de producción editorial Guillermo A. González T.

Corrección de estilo Raul Cera Diseño y diagramación Nelson Rocha

¿Cómo citar este libro?

Romero-Bracho, C.M. y Trujillo Rodríguez , M.Z. (2022). Cuentos Virales para leer con tapaboca.

p. 52. Institución Universitaria Politécnico

Grancolombiano.

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Cuentos virales para leer con tapabocas / Carlos Arturo Amaya Ángel; Leonardo Zúñiga Martín; Thomas Reyes Salgado; Iván Julián Rey Téllez; Masly Astrid Botón Jiménez; Angie Stephania Sánchez Moreno; Thomas Reyes Salgado; Iván Julián Rey Téllez; Nidia Andrea Galvis; Ariana Camila Martínez Troncoso. Bogotá D.C.: Editorial Politécnico Grancolombiano., 2022. 48 p. : il. col ; 20 cm.

ISBN 978-628-7534-42-1

EISBN 978-628-7534-43-8

1. Cuentos 2. Pandemia 3. Concurso literario 4. Narrativa

I. Institución Universitaria Politécnico Grancolombiano II. Tít. SCDD 863.01 C965 Co-BoIUP

Sistema Nacional de Bibliotecas - SISNAB Institución Universitaria Politécnico Grancolombiano.

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Tabla de contenido Prólogo..................................................................................................................5 Presentación..........................................................................................................11 N95.........................................................................................................................14 Arthur y la utopía de la felicidad...........................................................................18 Un día al derecho...................................................................................................22 La huida triunfal....................................................................................................26 Coexistencia..........................................................................................................30 Más tiempo, más conocimiento............................................................................32 La cálida compañía de la fría soledad...................................................................34 El ábaco.................................................................................................................38 ¡Quédate ausente..................................................................................................40 Conviviendo con mi amigo el virus........................................................................44

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Prólogo

Encuentros y cuentos:

una forma de vivir dentro y fuera de la pandemia Magda Zulena Trujillo Rodríguez

Y, si salimos de aquí, o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las públicas leyes condenó al exilio porque oyeron que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y con descompensado ímpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra ciudad, enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes, acusándonos de nuestros males con deshonestas canciones. (Boccaccio, Decamerón) En el siglo XII, el escritor italiano Giovanni Boccaccio produjo una de las obras de la literatura universal más importantes de la humanidad: el Decamerón. Dicha obra teje su trama alrededor de diez jóvenes (siete mujeres y tres hombres), que se reúnen en una villa a las afueras de la ciudad de Florencia, para resguardarse de la peste bubónica o peste negra y pasar el tiempo, mientras la muerte merma.

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Pasar el tiempo para estos diez personajes significó contar cien relatos durante diez días. Sin duda, resguardarse del miedo a la muerte y del tedio de las horas de encierro a través de las historias que la sociedad hipócrita de la Florencia de la época escondía tras las puertas de palacios, iglesias y villas fue la mejor estrategia para sobrevivir a una peste que se instaló en varios sentidos en la cotidianidad de los seres humanos.

Ahora bien, no es lo mismo leer a Boccaccio hace veinte años, cuando estudiaba literatura moderna en un salón de clases de la universidad, que después de haber sobrevivido a una pandemia. Las interpretaciones sobre las intenciones del autor al escribir su obra se revisten de un sentido, que no logré captar sino hasta este momento, donde me pude declarar sobreviviente del encierro, del temor a que mis familiares y amigos fallecieran a causa del Covid 19 y del virus mismo. En tiempos de pandemia, dentro de ese refugio que fue mi hogar, no tuve oportunidad de compartir con muchas personas de forma presencial, sobre todo en los primeros meses en los que las medidas fueron tan rígidas y el miedo a ser contagiada se reproducía a través de periódicos digitales y canales de televisión. No se puede negar que los medios de comunicación, sobre todo el internet, fueron los protagonistas de nuestra pandemia: a través de ellos, sobrealimentamos la imaginación de una manera tan desorbitada, que ni los personajes de Boccaccio llegaron a tejer historias tan siniestras de lo que podía pasar si llegáramos salir a la calle. Puedo decir entonces que los medios de comunicación fueron, en muchas oportunidades, una ventana para asomarse al mundo con tapabocas, guantes y extrañas ropas antifluido.

No obstante, el encierro, el miedo, el aburrimiento y un medio tan poderoso como el internet tienen su cara y tienen su envés. La pulsión de vida que encierra nuestra siquis puede arrojarnos a esos otros lugares, menos hostiles, donde podemos acercarnos, compartir y sobrevivir física y mentalmente. También, las tecnologías y la red pueden ofrecernos oportunidades para crear encuentros más apacibles y entrañables. Gracias a las tecnologías pude compartir palabras para sobrevivir a las horas de tedio, de soledad y al exceso de información sobre cómo el Covid podía acabar con mi vida y la de mis allegados. Días después de declarada oficialmente la pandemia en nuestro país y de que salieran los primeros decretos de aislamiento obligatorio, las invitaciones a encuentros alrededor de la literatura comenzaron a llegar.

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La primera provino de un grupo de exalumnas que me invitaron a crear videos de lectura en voz alta de obras literarias para la infancia, los cuales compartimos por una buena temporada en un grupo de literatura infantil que tenemos en Facebook. La respuesta a esta iniciativa fue un éxito: pronto se nos unieron promotores de lectura de Bogotá y de varias regiones del país, que también compartían en nuestro grupo lecturas de obras con las que entretuvimos por varios meses a niños, niñas y adultos. Recibí una y otra invitación a muchos espacios para compartir palabras, dar charlas sobre literatura, jugar al Jam literario, leer poemas en recitales y contar historias en talleres. Todo esto a través de las redes sociales. Los amantes de la literatura (no fuimos diez, sin duda, fuimos cientos), de las historias y de la poesía tuvimos nuestra propia villa en la virtualidad, para acompañarnos, resguardarnos y sobrevivir al tiempo de encierro.

La literatura, al igual que en el Decamerón, a través de distintos grupos y clubes de lectura en línea, fue para algunos la mejor forma sostenernos en tiempos de incertidumbre. A propósito, la antropóloga de la lectura Michel Petit (2009), menciona en su libro El arte de la lectura en tiempos de crisis, que la lectura literaria puede contribuir a soportar el dolor, la incertidumbre y a restablecer la pulsión de vida en contextos de profunda crisis y desesperanza. La anterior afirmación no es una suposición a priori, sino el resultado de varios estudios sobre procesos de lectura en lugares donde hay una pérdida del sentido: debido a eventos traumáticos como el desplazamiento, la guerra o la enfermedad. Petit sugiere que “Los libros leídos ayudan a veces a soportar el dolor o el miedo a la distancia, a transformar las penas e ideas y a recuperar la alegría: en estos contextos difíciles, he conocido a lectores felices” (2009, p. 29). El año pasado recibí otra invitación que se consolidó en el plano de lo virtual; fui llamada a participar como jurado en un concurso de cuento organizado por el SISNAB del Politécnico Grancolombiano, en el marco de la fiesta de la palabra llevada a cabo en el mes de abril. Con gusto acepté esta provocación a la palabra, que convocaba a estudiantes, profesores y trabajadores de la institución a escribir relatos sobre la pandemia.

Durante la lectura de los cuentos, me sorprendió encontrar una marca continua de humor, que reforzaba el intento de fuga mental a un territorio menos hostil y más amable. El humor se hizo presente a través de ironías situacionales que, como menciona Jonathan Tiller (1990), presentan una circunstancia

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incongruente o contraria o lo que sucedería inicialmente. Estas nuevas situaciones, al ser absurdas o inesperadas, producen la risa del lector.

También llamó mi atención leer cómo los personajes de algunos cuentos construían una nueva cotidianidad en este escenario de vida hostil y en crisis. De inmediato pensé en Ágnes Héller (1987), cuando afirma que los seres humanos tenemos una impresionante capacidad de adaptación, que nos lleva a construir una nueva cotidianidad en las circunstancias menos pensadas como en la guerra o las revoluciones sociales; aunque, nos dirá la autora que los eventos de la vida se ven trastocados en un flujo mínimo de tiempo, porque un nuevo modo de vida se impone y sigue sin reparos. En términos generales, me llenó de emoción que muchas personas se volcaran a la escritura creativa, para hablar sobre historias que se movían entre la realidad y la ficción de este nuevo modo de vida. No se puede negar que el tiempo de encierro abrió la puerta a actividades que antes las personas no realizaban con frecuencia, pero que emergieron por la necesidad de comunicar y de exteriorizar sentires, percepciones y pensamientos sobre lo ocurrido en la nueva cotidianidad del encierro y la pandemia. Siguiendo a Díaz Facio Lince (2019), “La exteriorización y la comunicabilidad, por medio del lenguaje articulado, tienen el efecto de elevar una parte intangible de la vida al logos del discurso” (p.45). Escribir, en este sentido, implica pensar en un propósito y en un interlocutor (lector), por lo que el discurso se organiza de una forma particular, con el ánimo de ser comprendido e interpretado. Si bien, lo anterior aplica para cualquier género discursivo, la escritura literaria tiene sus pliegues sobre esta afirmación, pues los textos de este orden siempre utilizarán recursos para abrir las posibilidades de lectura e interpretación. Un buen texto literario será por excelencia ambiguo y polisémico: no revelará verdades, sino que abrirá el espectro de ellas.

Sin duda, todos estos elementos fueron puestos a consideración cuando se pensó en un libro que recogiera relatos ficcionales (pueden ser en cierta medida) sobre la pandemia. Son diez los relatos escogidos, los de en un día de entretención y distraimiento en esa apartada Villa de Florencia, que bien supo imaginar y crear Boccaccio. Tal vez nos tardemos un día en leerlos, tal vez diez; ya sabemos que el tiempo en la vida cotidiana después de salir a la calle deja menos oportunidades para la lectura y para el encuentro con la palabra del otro.

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Ojalá en una próxima crisis nos acordemos de la lectura y la escritura literaria, para poner a salvo nuestra siquis y para expresar de forma creativa esos sentires y temores que se engendran cuando la brújula no apunta a ningún lado.

Referencias bibliográficas

Díaz Facio Lince, V. E. (2019). La escritura del duelo. Universidad de los Andes- Universidad Eafit. Heller, A. (1987). Sociología de la vida cotidiana. Península.

Petit, M. (2009). El arte de la lectura en tiempos de crisis. Océano.

Tiller, J. (1990). Ironía narrativa en la novela hispanoamericana contemporánea. Banco de la república.

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Presentación “En tiempos de cuarentena” Carmen Mercedes Romero Bracho

El pasado 21 de abril de 2021, se llevó a cabo la premiación del concurso de cuento “En tiempos de cuarentena”; en el marco de la décima tercera Fiesta de la Palabra, evento organizado por el Sistema Nacional de Bibliotecas -SISNAB-. Como en versiones anteriores, se conmemoró el día del idioma y resaltó la importancia de las letras, la narrativa y la apropiación de la palabra como elemento esencial en la comunicación humana y en el proceso de formación de nuestra comunidad Grancolombiana. Las anécdotas, aventuras, vivencias e historias experimentadas durante la cuarentena fueron los temas centrales del concurso, que contó con 34 participantes entre estudiantes de las distintas áreas, graduados, docentes y personal administrativo.

El jurado compuesto por Carmen Mercedes Romero Bracho, directora del SISNAB, Magda Zulena Trujillo Rodríguez, docente de la Escuela de Educación e innovación y Eduardo Norma Acevedo, director de la Editorial Universitaria; tuvo en cuenta criterios de evaluación tales como ortografía, estructura narrativa (inicio, nudo, desenlace), tratamiento de la temática (pandemia, Covid, confinamiento), el desarrollo, la creación de personajes y por supuesto, la creatividad.

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Del total de participantes, fueron preseleccionados las siguientes postulaciones: Conviviendo con mi amigo el virus Ariana Camila Martínez Troncoso - Técnico Profesional Judicial Un día al derecho y con pie derecho Thomas Reyes Salgado - Comunicación Social – Periodismo N95 Carlos Arturo Amaya Ángel - Periodismo Virtual ¡Quédate ausente!

Nidia Andrea Galvis - Administración de Empresas Más tiempo más conocimiento Angie Stephania Sánchez Moreno - Ingeniería Industrial Coexistencia Masly Astrid Botón Jiménez - Especialización en Gerencia de Proyectos en Inteligencia de Negocios El Ábaco Iván Rey Téllez - Docente de Idiomas La huida triunfal Iván Rey Téllez - Docente de Idiomas Arthur y la utopía de la felicidad Leonardo Zúñiga Martín - Coordinador Académico de Prácticas FSCC.+ Luego de una intensa y difícil deliberación, se otorgaron los siguientes premios:

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Mención de honor:

Ariana Camila Martínez Troncoso. “Conviviendo con mi amigo el virus” Nidia Andrea Galvis. “¡Quédate ausente!” Iván Rey Téllez “El Ábaco” Angie Stephania Sánchez Moreno. “Más tiempo más conocimiento”.

Cuarto puesto Masly Astrid Botón Jiménez. “Coexistencia”

Tercer puesto Iván Rey Téllez. “La huida triunfal”

Segundo puesto Thomas Reyes Salgado. “Un día al derecho y con pie derecho”

Primer puesto Carlos Arturo Amaya Ángel. “N95”.

Leonardo Zúñiga Martín. “Arthur y la utopía de la felicidad”.

Estos últimos se destacaron y obtuvieron la mayor calificación por parte de los miembros del jurado, quienes determinaron que se debía reconocer la creatividad y capacidad narrativa de los dos galardonados. Vale la pena resaltar que, gracias al apoyo del Comité Editorial, además de los premios otorgados a los autores, los cuentos ganadores hacen parte de este libro que hoy presentamos Cuentos virales para leer con tapabocas, editado por el Politécnico Grancolombiano. Desde el SISNAB, expresamos el agradecimiento a todos los participantes y reiteramos la cordial invitación a toda la comunidad universitaria, para que se integre y haga parte de los concursos literarios; así como de las diferentes actividades culturales programadas cada semestre; las cuales pretenden propiciar la visión humanística, la creatividad, las habilidades narrativas y las capacidades artísticas de los Grancolombianos.

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Ilustración:

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N95 Carlos Arturo Amaya Ángel Margarita siempre se había sentido apenada de su nariz. Hay quienes se ufanan de sus ojos, de su boca o de cualquier parte de su anatomía; pero este no sería el caso de Margarita, quien había nacido para avergonzarse de su nariz. Era su pena y su fetiche. Verla caminar por la calle, encorvada e insegura de sí misma, era todo un espectáculo. Había desarrollado una relación simbiótica con su nariz, tanto que Margarita la trataba, no como esa parte esencial para respira; sino, como una enemiga, alguien con la cual compartir su vida y las penas del mundo que la rodeaba.

Y si, Margarita trataba a su nariz como si esta tuviese vida propia. Le hablaba, la criticaba y discutía con ella temas de su diario vivir. Inclusive, hasta había tenido problemas por ese motivo. Algunos, haciendo gala de la más infinita mala educación, la habían tratado de loca. ¡Hágame el favor, loca! Así y todo, su vida continuaba de la manera más normal posible. Eso sí, no había producto de belleza que Margarita no comprara para aplicar a su no muy querida nariz. Le disgustaba tanto, que hasta aprendió a tejer en crochet con el fin de tenerle saquitos para dormir y no verla. En fin, Margarita aborrecía a su nariz y era infeliz con ella. Nada podía perturbar su trágica relación. Nada. El problema es que nada, en ocasiones nada, es para siempre. Y cuando se presenta el infortunio, este llega acompañado de toda la tragedia posible.

Un día cualquiera, un jueves para más señas, Margarita como al descuido se compró una fracción de la lotería; con tan buena fortuna, que le apuntó al mayor y se ganó sus buenos millones de pesos. ¿Y qué fue lo primero que hizo con ese dinero? Exacto. Una rinoplastia. La más cara, con el mejor cirujano estético del país. Costosa, pero valió la pena.

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Margarita cambió del cielo a la tierra. Ya no caminaba encorvada, no señor; hasta se compró un ropero nuevo y se convirtió en la nueva Margarita. Ya no le decían loca, ahora eran piropos más bonitos. Y todo gracias a su nueva nariz.

Fueron seis meses de plena luna de miel de Margarita con su nariz y el mundo. Un día cualquiera de marzo de 2020, el país amaneció en cuarentena. El mundo era atacado por un virus invisible pero letal, conocido por el nombre de Covid-19. De la noche a la mañana, todos los habitantes del mundo pasaron a vivir enjaulados en sus respectivos hogares, sin poder salir, sino por minutos a la calle a conseguir productos de primera necesidad. Apareció un enemigo terrible, la cuarentena. Pero para Margarita eso no fue lo más terrible. Lo realmente terrible llegó de la mano; mejor, de los elásticos de algo llamado tapabocas. Salir de su casa para dirigirse a la tienda del barrio, o a su trabajo, se le convirtieron de la noche a la mañana en la más terrible, difícil y aburrida experiencia. ¿Cómo poder salir al mundo teniendo que ocultar a su nariz? Día a día sentía que su mundo se derrumbaba a pedacitos. En las noches solitarias en su alcoba, el sueño la sorprendía después de haber llorado por varias horas. Y para colmo, al mirarse en el espejo al día siguiente, descubrió un par de ojos rojos y una nariz en medio, mucho más colorada aún.

Su alegría se extinguió. Una mañana, al despertar, notó que al respirar, su nariz emitía algo parecido a un pitido. Presa del pánico, saltó de la cama y corrió hacia el baño. El grito, dicen los que fueron testigos de ese momento, se pudo escuchar por casi todo el barrio. Su nariz, su querida nariz, su apreciada, invaluable, su tesoro, su nariz, ya no era la respingada de siempre; ahora era una nariz vulgar, o mejor, una vulgar nariz, abultada de forma grosera, rojiza y llena de poros abiertos. La piel que la recubría se asemejaba a la tela rústica de un tapabocas, resultado directo de una operación en una clínica de garaje. Desde ese mismo momento, a Margarita se le fue la alegría. Las ganas de sonreír se le extraviaron. Ahora es una usuaria más de los tapabocas; los usa de a dos y camina algo encorvada por las calles cuando sale para el trabajo o para hacer el mercado. Su nariz, su preciosa nariz, ahora duerme el sueño de los justos, arropada por una doble capa de tapabocas N95.

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Ilustración: Gabriela García

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Arthur y la utopía de la felicidad Leonardo Zúñiga Martín No lo despertó el punzante y escalofriante sonido monótono que provocaban los coletazos del viejo tren, ni los gritos ahogados y desesperados del guía maestre anunciando la próxima parada. Lo despertó la luz caliente del astro rey, que cegó sus ojos de un intenso amarillo, recordándole el comienzo de otra eternidad sumergida en el tiempo: una jornada nueva. Para Leonard, la existencia en ese punto era realidad ficticia, razón aparente, desazón y espanto: un agujero negro en el Universo de lo cotidiano. Con un rápido movimiento de su cabeza, intentó espantar el motivo absurdo que lo había llevado hasta ese recóndito pueblo de sur de Francia: enterrar al hijo de su mejor amigo. Los esfuerzos por escapar de la trampa de la memoria fueron en vano; el ronroneo metálico del tren trajo a su memoria de forma lúcida el campaneo del viejo teléfono en la posada donde vivía, nueve años y tres meses atrás, en la Rue de Écoles, muy cerca de la Sorbona, donde adelantaba estudios de posgrado; recordó el instante preciso cuando corrió apresurado desde la ducha y, semidesnudo, atendió la llamada de su amigo, que estaba por esa época viviendo en la costera Boulogne, al norte del país: “- ¿Hola?”- Dijo presuroso mientras veía en el sucio espejo del corredor su cuerpo gotear -.. - “¡Arthur nació sano y hermoso!”, - gritaba entre emocionados sollozos Sebástian desde el otro lado del teléfono.

“!Debes conocerlo enseguida Leonard¡, deberías verlo¡”, seguía balbuceando agitado su viejo y feliz amigo. Una extraña cepa de un virus mortal que se originó en el 2020 se llevó al pequeño Arthur, sin razón y sin aviso; dejando una brecha temporal en el aire que, aún hoy, resulta incomprensible para todos quienes lo conocieron desde que nació casi una década atrás.

Hoy, en aquel tren, Leonard evocaba lo particularmente vivaz, inteligente y hermoso que era Arthur. Tenía ese aire de pequeño intelectual que parecía conocerlo todo, sin pretensiones de erudito; pero con

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una comprensión del mundo que lo hacía ver como un longevo sabio aprisionado en el cuerpo de un pequeño, que poseía también un halo de melancolía y realismo que contradecía cualquier convicción que se tuviera del mundo. Solo algo había en él fuera de lo común: nunca sonreía y esbozaba constantemente discursos de lo utópico de la felicidad, cuyas reflexiones hacían que las audiencias – por pequeñas que fueran -, se tornaran absortas y pensativas.

Leonard hizo otro esfuerzo para no enceguecer ante la luz del sol que no menguaba, sosteniendo en su regazo el abrigo color de luto que lo acompañó en el lúgubre funeral, impregnado aún del fuerte aroma a lirios y azucenas recién cortados.

Solo lo distrajo el fuerte olor a absenta que suelen ofrecer a esa altura del recorrido en el tren, para la clase de primer nivel en la que viajaba. “Como si hubiese diferencia” pensó Leonard. Viró su cabeza sin esfuerzo mientras observaba los coordinados y obedientes movimientos de una ayudante y se concentró en la delicadeza de sus manos, en la danza de sus dedos. La escudriñó con tal intensidad que ella dibujó una mueca de estupor. – “No se espante señora”, - dijo en una frase áspera, sin acento, solo interrumpida por el agitar de la loza sacudida suavemente por el tren. –“Solo tenía la remota esperanza que me ofreciera usted una bebida letal que no me dejase despertar jamás”. Pero entonces recordó que Arthur, según parte del reporte médico que días atrás le contó su amigo, murió con una sonrisa en sus labios. La última. La única.

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Ilustración: Valentina Añez Ferrer

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Un día al derecho y con pie derecho Thomas Reyes Salgado

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“¡Vaya día soleado!”, creí. Desayuné y con una actitud muy optimista dije: “pensándolo bien, hace mucho no salgo, aprovecharé para salir a comprar unas cosas que necesito”. “Veamos entonces. Billetera, llaves, celular. ¡Vamos!” ¿Sabes?, cuando hace mucho no sales, salir se convierte en un ritual, algo mágico. Te sientes distinto, lo ves diferente, especial. Por eso salí, me sentí conectado con el exterior, sentí que era una oportunidad, sentí que debía valorar mucho más cada segundo que me brindara el exterior y podía sentir también energía corriendo por mis venas. Algo me decía que este sería un día inigualable, como ninguno.

Salí entonces y lo primero que pensé fue: “Maldita sea, ¿por qué cuando intento ponerle buena cara al día, todo me empieza a salir mal? Primero, ninguna buseta me quiere parar; además, ¿por qué todos me miran?, ya sé que estoy guapo, pero de hecho, hoy ni me peiné. Mieeeeerd&… Pues claro, todos llevan tapabocas menos yo. ¿Qué buseta me va a parar huev#n?, ¡agh, ya me cogió la tarde!”. Me devolví dichoso, por el envidiable y magnífico día que estaba teniendo y solamente me cercioré de lo primordial. “Bueno, tapabocas, ¡tapabocas!, casi no dejo nada, solo el tapabocas. Dejaré la cabeza un día de estos”. Estando preparado salí. Aún creía que sería un día excelso y me dije, “Si no me va de maravilla, que me vaya del cul# entonces”.

Después, analizándolo bien, me di cuenta de que no les caía mal a los conductores de los buses.

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La demora fue ponerme el tapabocas y a lo que hice la parada, venían dos buses que me servían. ¡Esos tipos casi se bajan a matarse a puños por definir quién me recogería!

Eso me hizo sentir muy especial… Realmente estaba creyendo que no me querían llevar por algo personal. Que películas tan locas que uno se inventa.

En fin, me subí al bus y me demoré media hora en llegar al supermercado. Llegué y tan inocente yo, diciendo dizque: “Ve, pero yo había entrado por esta entrada qué días, ¿será que la cambiaron?” y después de darle tres vueltas al almacén, me di cuenta que, en efecto, estaba cerrado. “¿Pero cómo?, No puede ser posible, son las doce del mediodía”. Habían programado cuarentena y el almacén no podía abrir. P*ta suerte la mía, pero bueno, “ya qué” dije, busqué uno que estuviera abierto en Google y me fui, esta vez más lejos y otra vez a pagar pasaje.

Llego y digo, “Uy claro, que dicha, este sí está abierto”. Me dispongo a entrar y el celador me dice: –“Cédula”.

–“Ay, no me joda”.

Bueno gente, no pude comprar nada porque tenía pico y cédula. Me estaba devolviendo con el cul# entre las patas y un agente de policía me notó como muy triste, según él, por lo que me hizo un comparendo de $1´000.000 por estar en la calle “sin motivos”, para alegrarme el día. ¿Tan comedido no? Que vaya y coma mierd# la pandemia mejor.

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Ilustración: Laura Sofía Cubillos

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La huida triunfal Iván Julián Rey Téllez La noche anterior a “la huida magistral” protagonicé “la escondida perfecta”, una película en la que no deseo volver a participar; definitivamente, no tan divertida como cualquier noche de expiación observada bajo las cobijas y mucho más tenebrosa al temor del arrullo de aquellas voces distorsionadas anticipando la entrada invasiva al conjunto.

¡Un momento, yo no vivo en un conjunto!, pero la horizontalidad de mi torre no impidió el espectáculo de formación de zombis con bates en pijama, en la espesa nubla de la madrugada. Aunque con vergüenza debo reconocer que el genético gen-chisme no me despegó de la ventana, a mi favor puedo argumentar y cabe aclarar que no llevaba rulos y que nadie se percató de mis chancletas de tienda barata, ni de la cafetera olvidada, ni del café servido … A la mañana siguiente, gris y silenciosa como es habitual, arrullado ahora por el murmullo de mis hambrientas entrañas, cansadas de cocteles de cafeína y trozos de almendra, me encontraba repetitivamente atrapado en la otrora apacible madriguera musical aleatoria. Con poco más que una tarta dura que aún quedaba y que ahora ignoraba mi ultraconsentido gato, contemplaba yo sobre la mesa el olvido de la última bebida oscura caliente de la noche anterior; ahora fría y distante, aunque alguna vez burbujeante y apetecible. Me dispuse a planear la huida… ¿Cómo te puedes sentir culpable inmerso en la más vulnerable inocencia que clama libertad? ¿Cómo esconder el deseo de perpetrar una huida triunfal lejos de las prohibiciones de un mundo que ya no existe?

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Cansado de la retórica y la divagación, de los monólogos imaginarios, de las respuestas no compartidas y de los excesivos aumentos de la factura energética, tal vez ocasionados por las nuevas y extensas duchas (que no por el abuso legendario y de costumbre nacional) me dispuse a pecar. Con uno de mis mejores disfraces y como siempre teniendo en cuenta nunca alterar la combinación ideal por aquello de la armonía cromática, me dispuse a escabullirme en medio de la soledad de las calles, extrañamente vestido y aún con mi sabueso olfato intacto. Caminé a gatas entre la hermosa impunidad de otros canes, esculcando la riqueza de nuestros desechos evolucionados y contemplé el arte abstracto sobre aquellas fachadas en las que antes existieron vecinos amables intentando sobrevivir bajo la excusa de venderme cualquier cosa útil o inútil. ¿Cómo no recordar la apacible normalidad de los gritos que te despiertan y ofrecen un bien a tu puerta; esa alarma que no programaste, esa ganga que dejas pasar? A pocos metros de la meta, el apacible silencio se interrumpió con la aparición terrorífica de una manada de lobos, no tan inocentes como los peludos vagabundos hocicones que acababa de alimentar con mi ex tarta. Aunque pudiera entender el hambre que los acosaba, ellos no podían entender mi natural y capitalista intención de adquirir nuevos enseres. De repente, un espíritu deportivo que nunca me había poseído entró en mí, la carrera comenzó y con la velocidad de un guepardo que persigue la presa yo huía de mi misión y de un alterno trágico destino.

Al regresar a la madriguera, con el corazón acelerado y no por los reclamos injustos de estudiantes fantasmas que aparecen el último día exigiendo justicia, cerré la puerta tras de mí y valoré como nunca el ronroneo tradicional de bienvenida. Ese que ahora anhelaba grabar para añadir a mi lista de reproducción anecdótica de huidas exitosas de ambientes salvajes, que día a día nos arriesgamos a enfrentar en la mal llamada jungla de cemento, que ahora no es más que un circuito de hermosas guaridas interconectadas por la rutina y a veces por el sonido unísono de cacerolas apachurradas e inconformes.

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Ilustración: Luisa María Agudelo

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Coexistencia Masly Astrid Botón Jiménez Un martes 17 de marzo de 2020, devolvieron a mi esposo de la empresa para iniciar trabajo desde casa, devolvieron a mi hija del colegio e iniciaron las clases virtuales. Estas últimas pasaron de una jornada de cinco horas a solo una hora en línea con su profe y un video de diez minutos en class room que mi hija nunca quiso ver; yo pasé a ser una desempleada más en casa deseando madrugar para ir a trabajar. Así desaparecieron mis quejas por las madrugadas, por el tráfico, por los conflictos laborales, por los minutos tratando de despertar a mi hija para alistarla para el colegio, por los minutos despertando a mi esposo para que no llegue tarde a su trabajo. Con el inicio de la pandemia todo pasó a un segundo plano, llegaron los tapabocas y se volvieron solo urgentes las salidas de casa.

Antes ninguno en casa, ahora todos en casa, todo el día, todos los días, todo el año y contando; antes mi hija en el colegio, mi esposo en su trabajo, mis suegros en casa y yo en mi trabajo; hoy mi hija en casa, mi esposo en casa, mis suegros a una hora y media en un lugar donde se sienten seguros respirando aire puro y yo, yo en casa, siendo ama de casa.

Un año después aún estamos en cuarentena acogidos en casa, recordando con gran nostalgia a los familiares que se han ido; mi hija no deja de repetir que quiere regresar a su colegio, mi esposo es el hombre más feliz, ya que le encanta estar en casa y gracias a las compras en línea se ha disfrutado cada día sin queja alguna. Por mi parte francamente creo que varias veces he sentido enloquecer haciendo lo mismo cada día, siendo maestra, madre, esposa, estudiante y conejillo de indias para las compras semanales; viendo el temor en los ojos de mis vecinos cuando nos cruzamos en la calle mientras contengo algún estornudo, sonriendo; porque a pesar de todo lo que ha pasado aún tengo la fortuna de poder verlos, mientras sonrío bajo mi tapabocas limitándome a saludar de lejos a otros familiares, por lo que solo me queda regresar pronto a casa a cambiarme de ropa, a revisar tareas, a atender a mi familia, a postularme a algunas ofertas de empleo o tal vez inicie de nuevo el conteo de veintiún días a ver si por fin adapto el ejercicio como un hábito nuevo, mañana.

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Ilustración: Angie López

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Más tiempo, más conocimiento Angie Stephania Sánchez Moreno Cuando me desperté Iron Man estaba desayunando. Por lo general, él sale temprano a salvar el mundo, él es mi héroe pues mi papá trabaja enseñando a otros jóvenes y niños. También está mi mamá, mi persona favorita en el mundo; ella tiene su propio negocio y eso le permite llevarme al colegio a las 7 a.m., pero esta vez tengo permiso de estar en casa, pues según me explica mi mamá hay un virus con corona que nos puede enfermar si tenemos contacto con él, por eso mejor nos quedamos en casa. Me gusta estar en casa y compartir con ellos, pero extraño compartir con mis amigos del colegio y es más fácil entender matemáticas cuando la profesora Beltrán me explica, ya que por internet es más difícil entender las guías; lo bueno es que mi mamá y papá me ayudan con las tareas y con el inglés me ayuda mi hermano Juan. Algunas tareas son muy interesantes y divertidas, la semana pasada nos pidieron hacer un animal con materiales reciclables, así que utilizamos el cartón de las cubetas de huevo y los rollos desocupados del papel higiénico, porque eso sí, Iron Man se encargó de comprar mucho papel higiénico antes de empezar la cuarentena; así que nos animamos y de paso le construimos una casita de cartón a nuestra gata Pacha, a ella le encantó, es su sitio favorito para la siesta y para jugar a las escondidas.

Y aunque quisiera repetir todo el tiempo la saga de mi superhéroe favorito Iron Man, la verdad es que mis padres me inscribieron a un nuevo curso de inglés online; pues como dicen ellos, la clave del éxito es el conocimiento y aprovechar el tiempo, justo como estamos haciendo ahora. Como dice mi mamá no sabemos cuándo termine el encierro, pero esta es nuestra nueva realidad y debemos adaptarnos a ella aprendiendo y desarrollando nuevas habilidades.

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Ilustración: Paula Tatiana Chaparro

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La cálida compañía de la fría soledad Thomas Reyes Salgado Así que tomo el encendedor, la noche susurraba a los oídos de mis manos, que no paraban de temblar tras cada penetrante palabra suya. Quiero prender mi cigarrillo, pero cuando la chispa dio fuego, mi piel se apegó inmediatamente a su calor, el cual no era corporal; sino que era más bien, ese calor humano que me habían arrebatado los cuervos de la muerte, que posan en la cúspide del rumbo de la humanidad; decidiendo quién los acompañará al valle de la turbia, difusa y acongojante penumbra, tan confusa y abstracta como la nada, tan real y palpable como el todo.

Fue tan efímero, pero tan infinito a la vez, que en la mínima fracción de milésima de segundo, me mostró en aquel pequeño y endeble esfuerzo por mantener una llama constante, todo lo que había perdido; aquello que hoy anhelo tras recuerdos. Recuerdos que solo clavan puntillas en mi mente, diciéndome: “Obsérvalo, dime que sentiste, dime que olor evoca ese momento, retrata aquella sonrisa que era tan tuya, tan natural. ¡Ahora vuelve a la realidad, son solo recuerdos!” Y de nuevo aquí estoy, anhelando que cada día pase tan rápido como muere un cigarrillo, mientras me mato yo con uno, tan solo para conservar la ilusión de recuperar mi aliento de vida. Así solo viva en mi imaginación como un deseo tan cercano, que me mantiene en pie, pero tan lejano, que es perfecto, como solo la utopía podría serlo.

“Aquí estás, hoy las nubes no disponen ser tu coartada, hoy no me dirás que saldrás a medias, porque ya te vi lucir el brillo único de las perlas en tu rostro. ¿Sabes?, te he estado siguiendo esta noche, ¿estás más coqueta o soy yo quien cae cautivado en tus ojos, los únicos que me acompañan cada silenciosa y profundamente oscura noche? Dime luna, dime ¿Por qué nunca me dijiste que andaría por

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estos senderos con la única compañía del lobo solitario?”. Sé que miraba fijamente mis pupilas, que se dilataban y brillaban viéndola. Solo cerré los ojos y dejé que cada vez que aspiraba el humo y me arrebataba mi vida, evocara un recuerdo lleno de vida para mí. Es difícil, no quiero morir, pero aquello que me mata es lo único que me inspira a vivir.

Lleno de cuestionamientos, opté por dejarlos todos atrás y solo disfrutar el maldito momento. Sentía esa emoción de vivir por un par de segundos. Era mi dopamina. Pasaron tantos recuerdos, que tan solo pude pintar una sonrisa en mi rostro y aquí iba de nuevo. Abrí mis ojos y sentí caer al vacío lleno de vértigo. Mi alma y mi conciencia despertaron del buen sueño que perturba mi diaria pesadilla. Valoro estos cinco minutos de alegría, por ahora volveré a las monótonas e iguales y cuadriculadas 23 horas y 55 minutos de cada día, que se acumula con el peso de algo tan grande, que ocupa todo mi esfuerzo físico y mental, pero tan pequeño que lo puedo llevar conmigo donde sea.

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El ábaco Iván Julián Rey Téllez Martes 13 (aún no hay zombies) Mis amigos decían que pronto pasaría, pero ninguno acertó que para siempre todo cambiaría. En todo caso les cuento y no para pasar un mal rato, que ya van cuatro personas diciendo conocer a por lo menos un vato. Pero yo conozco además un par de escépticos, de los que incluso ya han presentado al menos tres signos de alarma real, seis paranoides, pero ninguno es leal. Existen algunos que consideran vivir una especie de séptima profecía, una plaga de un hombre barbudo que según una ya señora costeña ¿o catalana?, al octavo día cansado ya de tanto trabajar, yo agregaría orondo y rabioso se fue a descansar… Sin embargo, en tan solo nueve días de encierro muchos optaron por no ponerse más la “10” y han preferido cambiar una cerveza en la terraza por beber en casa incluso en taza. Ya son las 23 horas y yo aún no salgo de mi cama y ya voy por la onceava temporada de una serie que no me atrapa, de la que todos hablan y que curiosamente finjo disfrutar; mientras que la adelanto intentando descifrar, ya saben, para tener algo nuevo de qué hablar… Ahora son las catorce horas cualesquiera de un día igual a todos los demás, ya no hay fiestas de quince y nadie celebra sus dulces dieciséis, ya no hay plata; pero no faltan rollos de papel, ya de nada sirve cumplir dieciocho. ¿Qué más da si el registrado papelito de fruta madura que vive de la quincena ya no da para entrar a exhibirte ni al mercadillo actual de Doña Cuarentena?

Olvidé mencionar un poco de mí, aunque poco importa, que vivo en el 37 y que solía vivir por la 39 y que por suerte (o no) superé con creces la crisis de los 30s. Soy más que inhábil jugando a veintiuna, admiro profundamente al club de los 27; especialmente a Amy y Cobain, y aunque a mis 35 parecía de 28, la mitomanía me llevó a fingir 26. Que a la edad de Jesús ya convertía el agua en vino, pero a mis 34 sufrí por alguien de 24 que calzaba 38 y pensaba como alguien de 32.

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Ilustración: Valentina Nossa

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Diciembre 31 (los nuevos zombies ya no bailan cinco pa’ las doce) A estas alturas ya perdí la cuenta de mi cordura, me parece que son siglos e igual nadie perdura, pero ya sé que confundido olvidé y/o repetí algún número; así que con suerte este matemático encierro me lleve de nuevo a un brillante resurgir, en el que no aprendo nada, no leo un libro y no aprendo otro fucking language pero iluso anhelo vivir unos nuevos 20s… En cuanto a la abstinencia en la confusión perpleja de mi decadencia, déjenme contarles que ya llevo 36 y que paradójicamente ya poco impresionan mis anteriormente promediados mal contados 19. 40 y 20 eran todas mentiras, José José bien lo sabía. Que ya no tengo muchas vivencias, ni ustedes tampoco tanta inocencia; pero que es la suma de mi juventud y mi vasta experiencia quienes me hicieron recordar que hace un año era yo quien no sabía, y negativamente creía que algún día escribiría unos versos de lo que creían era efímero, pero que siempre supe sería duradero y de alguna manera incluso yo con suerte ganaría…

6 de abril (o 33)

¡ACHÍS!

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Ilustración: Sara Romero

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¡Quédate ausente!

Nidia Andrea Galvis Quédate en el infinito de tu ausencia, una vez más solo en mis pensamientos. Te recuerdo hoy más que ayer y así continuo sin sentido. Tú, ocupando espacios en mi memoria que no mereces. Cuanto te extraño, cuan triste es tu partida; recuerdo tu voz y tiemblo, es como si en mi mente replicaran tus palabras una y otra vez.

Atacas mi cordura con tu ausencia, pero por favor, quédate ausente. No pienses que sueño con tu regreso, porque no es así. Como pensar que mi conciencia añora tu presencia. Aquella que significa tristeza y tantos inconvenientes La sombra de tus pasos me acompaña, se ocupa de recordarme que no estás; ni estarás más. Al mismo tiempo me dice ¡Es lo mejor que pudo pasar! No imaginas la paz que hay en mi vida con tu partida, puedo respirar verdad. Puedo estar en calma una vez más, ahora veo cuantas veces fracturaste mis días; cuantos momentos de frustración me permití por ti, ahora veo con claridad. Lamento lo ciega que estuve.

Como pude ver en ti un ser humano maravilloso, solo eres aún peor que igual. Deja de estar en mi mente ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! Mal recuerdo, ¡Vete de una vez! y no regreses; ya nada tienes por hacer en mi memoria.

Al fin mi corazón lo entendió, vio la sombra de tus palabras, vio lo triste de tus sentimientos falsos y convenientes. Vio tus acciones cuando ya no fui más útil para ti y ahí en ese instante vi la realidad. Te vi tan al desnudo como nunca te había visto.

Y sí, me disculpo por creer y crear un falso ser, ninguna de tus bondades era cierta; ni un solo momento sincero, ni un solo beso real.

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Cómo pudiste elegir estar lejos por dinero, que triste es pensarlo y que tonto sentirlo. Sí no estás, ¿Por qué esperarte? Sí no te quedaste, ¿Por qué guardar el lugar para ti? Sí está claro que no quieres ese lugar. Siempre teniendo la llave y jamás la usaste; ahora la cerradura se cambió y tu llave ya no funciona.

No diré que lo lamento, porque lamentarlo es muy diferente a la tristeza que siento. No lo lamento, respeto tu decisión. Y ahora pienso: Una cerradura nueva para una nueva llave a mí corazón, no puede ser entregada al mismo y absurdo propietario que no la usa como debe ser. En ese mismo instante me preguntó ¿Qué significa realmente el dolor? En el castillo en el que todos suponen esta mí vida y ahí, solo ahí; me doy cuenta de que el dolor es lo que se siente cuando vez a alguien después de una larga ausencia y no puedes darle un abrazo, cuándo en compañía del silencio le observas, te reconforta su regreso, pero no lo dices. Dolor es cuando sientes tal simpatía, pero no mueves ni un dedo para que él lo sepa.

Dolor es cuando sabes que poco y nada significas para él y sin embargo aún se queda en la ausencia de tu mente.

Tonto caballero: ¿Qué te hizo pensar que seguirías dominando mi vida desde tu ausencia? Ahora en este crudo instante que regresas, al verte; recordé una vez más, no hay felicidad sin que las dos partes se esfuercen. Lo lamento, no justificaré una vez más tus desplantes. Ya no pasarás por encima de mi cortesía y menos por encima de mi corazón. Al quedarte ausente en mis pensamientos por fin comprendí que no había nada por hacer, más que decir: ¡Adiós y buena suerte!

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Ilustración: Nahomi Fajardo

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Conviviendo con mi amigo el virus Ariana Camila Martínez Troncoso Había una vez un conejito que vivía en la gran ciudad de “El bosque floral”, él se llamaba Simo, le gustaba jugar con sus amigos por las tardes cuando terminaba sus deberes y mamá coneja le daba permiso. Al día siguiente, Simo se despertó súper entusiasmado para ir a su primer día de universidad, pero de la nada mamá coneja le informa de que hoy no podrá ir. Simo muy triste y confundido no sabía por qué su mamá no quería que fuera. ¡Simo se le ocurrió una fantástica idea! prendió la radio y escuchó las ultimas noticias, entonces se dio cuenta que estaban en cuarentena estricta ¡noooo! -exclamó Simo. Mamá coneja le dijo: ¡No te preocupes son solo tres semanas, se pasarán volando! Simo decidió tranquilizarse; así fue, pasó volando y el conejito pensó que ya podría ir a la universidad, pero nuevamente de la nada mamá coneja de nuevo le dice que no, alagaron la cuarentena por unas tres zanahorias más.

¡Rayos!, ¿Qué voy a hacer en tres zanahorias? - Pensó Simo preocupado, voy a aprender a hablar gatuno o mejor empiezo hacer recetas de cocina o me termino ese libro de la tortuga que nunca terminé, me siento muy entusiasta ¡Y ya verás Señor virus, que gracias a ti voy a ser un conejo con muchas cualidades!

Pasaron tres zanahorias y Simo no cumplió con la mitad de su cometido, es más, se dedicó hacer otras actividades como ver videos, series de televisión y jugar videojuegos. Un día Simo salió temprano de su casa, pero resulta que a él no le tocaba pico y cédula. Más tarde, como a eso del medio día, Simo decidió tomarse un capuchino, cuando de repente ¡taazz! Choca con una coneja que estaba en la fila,

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su nombre era Charon ¡Discúlpame, discúlpame! – exclamó Simo; la invitó un café y charlaron por un buen rato, intercambiaron números y regresaron a casa.

Charon vivía en una ciudad diferente, así que para comunicarse con Simo lo tenía que hacer siempre por teléfono por vía Wthatzanahori.

Luego de noches y noches de intercambio de risas y sentimientos, Simo y Charon formalizan por fin la relación ¡a distancia y en plena pandemia!

Simo se ve enfrentado a varias situaciones en su familia, economía, relación, universidad, entre otras. Todo esto gracias al Covid-19, pero luego de un par de días Simo aprendió a valorar el tiempo y respetar la vida de los demás. Y, colorín colorado, Simo aprendió a vivir feliz con su nuevo estilo de vida y nuevo amigo el Señor virus.

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El pasado 21 de abril de 2021, se llevó a cabo la premiación del concurso de cuento “En tiempos de cuarentena”; en el marco de la décima tercera Fiesta de la Palabra, evento organizado por el Sistema Nacional de Bibliotecas -SISNAB-. Como en versiones anteriores, se conmemoró el día del idioma y resaltó la importancia de las letras, la narrativa y la apropiación de la palabra como elemento esencial en la comunicación humana y en el proceso de formación de nuestra comunidad Grancolombiana.

Las anécdotas, aventuras, vivencias e historias experimentadas durante la cuarentena fueron los temas centrales del concurso, que contó con 34 participantes entre estudiantes de las distintas áreas, graduados, docentes y personal administrativo. El jurado compuesto por Carmen Mercedes Romero Bracho, directora del SISNAB, Magda Zulena Trujillo Rodríguez, docente de la Escuela de Educación e innovación y Eduardo Norma Acevedo, director de la Editorial Universitaria; tuvo en cuenta criterios de evaluación tales como ortografía, estructura narrativa (inicio, nudo, desenlace), tratamiento de la temática (pandemia, Covid, confinamiento), el desarrollo, la creación de personajes y por supuesto, la creatividad.

Cuentos Virales para leer con tapabocas

Cita: Romero Bracho, Carmen Mercedes, Trujillo Rodríguez, Magda Zulena (2022), Cuentos virales para leer con tapabocas, Politécnico Grancolombiano, p. N. http://hdl.handle.net/10823/6552