Competencias del terapeuta cognitivo conductual que promueven el empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica con adolescentes.1
Cognitive behavioral therapist competencies that promotes collaborative empiricism within the framework of the therapeutic alliance with adolescents.
Andrez Maurizio Kaiser Cornwall2 María Claudia Martínez Arboleda3 Resumen Objetivo: caracterizar las competencias que el psicoterapeuta con enfoque cognitivo-conductual debe desarrollar para promover el empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica con población adolescente. Método: se realizó una revisión sistemática de 32 artículos de investigación científica. Resultados: una de las contribuciones más importante de esta revisión fue la caracterización de aquellas competencias que un terapeuta cognitivo conductual debe dominar para así favorecer los resultados de su intervención; la confianza básica, el rapport y la colaboración terapéutica, entre otros. Conclusión: la aceptación, la autenticidad, la empatía y el manejo de creencias irracionales, se consideran características intrínsecas de la relación terapéutica, asimismo se consideran particularidades esenciales que poseen los terapeutas experimentados, incluso en la intervención psicoterapéutica con adolescentes.
1 Artículo de revisión que aborda las competencias del terapeuta cognitivo conductual y el empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica con adolescentes. Junio del 2021.
2 Psicólogo de la Pontificia Universidad Javeriana - Cali. Estudiante aspirante a grado de la Especialización en Psicología Clínica énfasis en psicoterapia con niños y adolescentes, en la ciudad de Cali. mauriziourbe@hotmail.com 3 Directora. Magister en Desarrollo Infantil de la Universidad de Manizales. Especialista en Psicología Clínica de la Universidad Católica de Pereira; Docente de la Facultad de Ciencias Humanas, Sociales y de la Educación, en la ciudad de Pereira. maria1.martinez@ucp.edu.co
Palabras Clave: alianza terapéutica, competencias del terapeuta cognitivo conductual, empirismo colaborativo y adolescencia.
Abstract Purpose: to characterize the competences that the psychotherapist with a cognitive-behavioral approach must develop to promote collaborative empiricism within the framework of the therapeutic alliance with the adolescent population. Method: a systematic review of 32 scientific articles. Results: one of the most important contributions of this review was the characterization of those competences that a cognitive behavioral therapist must take in order to promote better results on their interventions; basic trust, rapport and therapeutic collaboration, among others. Conclusion: acceptance, authenticity, empathy and the management of irrational beliefs are considered intrinsic characteristics of the therapeutic relationship, they are also considered essential characteristics that experienced therapists have, even in psychotherapeutic intervention with adolescents.
Keywords: therapeutic alliance, cognitive-behavioral therapist competencies, collaborative empiricism and adolescence.
En el área de intervención, y especialmente para los psicólogos con enfoque cognitivo conductual, así como para los psicoterapeutas en general, ha sido de suma importancia el tener en cuenta las características y fenómenos que se dan en la relación terapéutica con el consultante, debido a las implicaciones y factores predictores de éxito o fracaso del proceso de atención psicológica que estas puedan conllevar.
Si bien la corriente conductual en sus inicios no dio un papel trascendental a las características del terapeuta, algunos autores de otras corrientes encontraron posteriormente variables inespecíficas que condujeron a un replanteamiento de dicha posición. Carrasco (2002), por ejemplo, señaló tres grupos diferentes de habilidades o estrategias que pueden influir en el proceso terapéutico: las habilidades centradas en las estrategias terapéuticas, las centradas en el proceso terapéutico, y las centradas en la relación terapéutica; esta última es importante ya que, según el autor mencionado anteriormente, las variables inespecíficas encontradas, constituyen el 45% de éxito en una terapia.
Cada vez con más frecuencia se están llevando a cabo investigaciones que estudian e identifican variables que influyen en el desarrollo de una terapia psicológica; los comportamientos y características del terapeuta, del paciente y de la relación que establecen entre ellos ciertamente han generado un gran interés en el ámbito de la intervención (Rodríguez y Salinas, 2011). Lo cual implica no solo un mayor conocimiento al respecto sino una mejor preparación en la formación profesional.
Explorar y conocer las habilidades centradas en la relación terapéutica, ha permitido que se tenga en cuenta una amplia gama de habilidades y características del terapeuta y del consultante, así como de la alianza terapéutica y los procesos implicados en dicha relación; esto de acuerdo con Carrasco (2002) citado por Rodríguez y Salinas (2011), quienes retoman y reafirman el papel que juegan estas variables en el proceso psicoterapéutico. Como se hará referencia más adelante, los aportes de Bachelor y Horovat (1999) en Corbella et al. (2009), de Dunkle y Friedlander (1996) y Crowley (2001) en Corbella y Botella (2003), mencionan algunas características particulares del terapeuta que posibilitarían establecer una adecuada Alianza Terapéutica.
Sumando a lo anterior, con respecto al paciente, autores como Gómez (2010) resaltan la percepción de unas variables específicas, por parte del paciente, que resultaron buenos predictores a nivel terapéutico, señalando una vez más la importancia de dichas variables y la importancia de que funcionen en doble vía en los procesos de intervención. Ahora bien, desde el punto de vista de las habilidades del terapeuta, diversas investigaciones como las mencionadas en Rodríguez y Salinas (2011) por Brammer (1979); Ruiz y Villalobos (1994) y Ruiz (1998), identifican algunas capacidades que pueden tener gran incidencia para que se lleve a cabo el desarrollo adecuado de una terapia, además, teniendo en cuenta la importancia que tiene el papel activo del consultante con relación a la resolución de sus propios conflictos, se encuentra que la relación entre terapeuta y consultante se convierte en un factor predictor del éxito del proceso terapéutico, dando paso así al Empirismo Colaborativo (EC), el cual supone un modelo de colaboración entre las partes implicadas en un proceso terapéutico, que apuntan a una mejora de la situación tratada, esto según Rodríguez y Salinas (2011) en su artículo Entrenamiento en Habilidades Terapéuticas.
Autores como Street y Herts (2005) resaltan la falta de estudios de corte cualitativo en población infanto-juvenil respecto a las características de la relación terapéutica y las competencias con las que cuenta o debe desarrollar un terapeuta para abordar asertivamente un proceso, de modo que los estudios que se aproximan a explorar cuales son las competencias del terapeuta cognitivo conductual en torno al empirismo colaborativo enmarcado en la relación terapéutica, resaltan diversidad de competencias por parte de los terapeutas sin un consenso claro de cuales son más importantes en el momento del desarrollo de una intervención con niños, niñas y adolescentes.
Por otro lado, cabe recordar lo dicho por Mellado et al. (2018) en cuanto a que generalmente los niños y los adolescentes no suelen ir a terapia por voluntad propia, sino que son motivados por los padres, acudientes o el colegio a asistir o iniciar una psicoterapia, que además habitualmente va ligada a la resolución de problemas comportamentales. Es así como se ha identificado la importancia de ahondar cada vez más en aspectos relevantes de la relación terapéutica, entre otros de carácter motivacional, que promuevan la adherencia en población infanto-juvenil, y en consecuencia la movilización de mayores herramientas de afrontamiento a niños y adolescentes con el fin de evitar el desarrollo de patologías en la adultez (Fernández et al., 2016).
Teniendo en cuenta lo mencionado anteriormente, el presente estudio pretende abordar aspectos relativos a la alianza terapéutica (AT); revisando su evolución de acuerdo a los diferentes momentos históricos y perspectivas teóricas identificadas hasta el momento, pasando por estudios acerca del empirismo colaborativo (EC), aspecto importante a la hora de precisar de manera puntual sobre los fenómenos que interfieren en la adecuada vinculación entre el terapeuta y el consultante, generando finalmente una reflexión derivada de lo encontrado en la literatura e investigaciones al respecto.
Lo anterior, teniendo como base de indagación 45 artículos relativos al tema encontrados en revistas indexadas, donde 32 de ellos sirvieron finalmente como referentes significativos. Las bases de datos consultadas como Redalyc, Scielo y Dialnet permitieron obtener artículos actualizados con relación a lo pretendido en esta revisión, sin dejar de lado las fuentes directas y los libros clásicos de la literatura que brindaron mayor soporte a lo tratado así como las revistas latinoamericanas de psicología que sustentan igualmente la importancia de este tipo de estudios.
Así pues, el presente artículo de revisión tiene como objetivo principal caracterizar las competencias que el psicoterapeuta con enfoque cognitivo-conductual debe desarrollar para promover el empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica con población adolescente; basándose en la revisión sistemática de literatura y con pretensión de dar cuenta de insumos respondientes al siguiente cuestionamiento: ¿Cuáles son las competencias que un terapeuta cognitivo conductual debe desarrollar para promover el empirismo colaborativo, en el marco de la alianza terapéutica con población adolescente?.
Para efectos de lo anterior, es conveniente identificar precisamente si hay similitudes o diferencias significativas a las competencias propuestas por otros enfoques psicológicos en el marco de la intervención, por lo que los objetivos específicos del presente artículo se definen de la siguiente manera; primero, describir las competencias que a nivel general los psicoterapeutas utilizan en sus procesos de atención psicológica que derivan en resultados exitosos. Segundo, identificar qué relación existe entre el empirismo colaborativo (EC) y la Alianza Terapéutica (AT) en el marco de la atención psicológica. Y tercero, describir las competencias que desde la psicología cognitivo conductual, se proponen como indicadores fundamentales en el quehacer del psicólogo clínico en el marco de la alianza terapéutica.
De las competencias del terapeuta: un vértice de la triada Antes de iniciar una explicación acerca de las herramientas que un terapeuta debe tener para llevar con éxito un proceso de alianza terapéutica, se hace necesario dar cuenta de lo que se entenderá por Competencias y por Habilidades.
Al igual que la creencia de la mayoría de las personas, Grau y Agut (2001) citando a Woodall y Winstanley (1998), refieren que las Competencias son un término que se ha impuesto de forma generalizada para hacer referencia a la gestión de los recursos humanos, utilizado con
más frecuencia en la psicología organizacional y del trabajo, sin embargo, debido a las múltiples propuestas de las diversas orientaciones aún no es muy clara su delimitación con relación a lo que compete el término Habilidad y otros de usos similares.
Para lo anterior, es importante tener en cuenta lo que menciona un referente obligado con relación precisamente al uso del lenguaje, Noam Chomsky (1965), quien en su libro Aspects of the Theory of Syntax hace una diferencia entre Competencia y Desempeño/Rendimiento, donde considera que la primera es más una capacidad idealizada que se ubica como una propiedad o función psicológica o mental y la segunda, como la producción de enunciados reales. En otras palabras, la competencia implicaría conocer/saber algo y el desempeño o rendimiento estaría más relacionado con el hacer algo. La dificultad percibida con este constructo, radica en que posiblemente se tornaría más compleja la evaluación de la competencia, sin evaluar el desempeño.
Claude Lévy-leboyer (2002) en su libro Gestión de las Competencias: cómo analizarlas, cómo evaluarlas y cómo desarrollarlas, recuerda el concepto propuesto en 1997, aún vigente hoy en día, como:
Una lista de comportamientos que ciertas personas poseen en mayor medida que otras y que las transforman en más eficaces para una situación dada. (…) Las competencias representan un rasgo de unión entre las características individuales y las cualidades requeridas para conducir las misiones profesionales prefijadas. (p.58) Campos y Jaimes (2014) en su estudio sobre el Perfil de Competencias Profesionales del Psicólogo, mencionan algunos autores clásicos del tema, retomando a Chomsky (1965) y sus teorías sobre el lenguaje para intentar brindar una mayor claridad del concepto, precisando que el
autor en referencia hizo alusión al término de competencias para referirse a los aspectos ligados a la capacidad y disposición para el desempeño y para la interpretación, conceptos ampliamente aplicados hoy en día en procesos de selección de personal.
Además, los autores señalan que Ortiz (2001) reúne de forma mucho más holística el concepto de competencia en su trabajo sobre competencias y valores profesionales, donde afirma que las competencias pueden ser consideradas como aquellas cualidades de la personalidad que permiten la autorregulación de la conducta del sujeto, a partir de la integración de los conocimientos científicos, las habilidades y las capacidades vinculadas con el ejercicio de una profesión, así como de los motivos, sentimientos, necesidades y valores asociados a ella que permiten, facilitan y promueven un desempeño profesional eficaz y eficiente dentro de un contexto social determinado.
Asimismo, autores como Grau y Agut (2001) intentaron profundizar en la conceptualización de competencias, revisando lo formulado por otros autores quienes señalan que éstas “Indican formas de comportarse o pensar, que se generalizan a través de situaciones y perduran durante un periodo razonable de tiempo” (Spenser y Spenser, 1993, p. 9). Los autores mencionan que la competencia permite saber quién hace algo bien o mal, medido a través de un criterio específico o estándar. Igualmente considera 5 elementos importantes a tener en cuenta: motivos, rasgos, autoconcepto, conocimientos y habilidades.
Ahora, en cuanto al término Habilidades, Grau y Agut (2001) citando a McGehee y Thayer (1961) y Goldstein (1986, 1991 y 1993) lo definen como la capacidad para desempeñar las operaciones del puesto con facilidad y precisión, agregan igualmente que las Habilidades suelen ser de tipo psicomotor. Otra definición un tanto general propone Peiró (1999), considerando a la Habilidad como la mera capacidad de realizar algo, diferente a lo propuesto
por Murphy (1988) quien de manera mucho más elaborada, hace una importante diferenciación entre habilidad y aptitud, resaltando que las primeras se aprenden en un periodo corto de tiempo, están dirigidas a una meta, generalmente refiere desempeño físico o motriz y son específicas para una tarea (Grau y Agut, 2001), no así las segundas.
En el campo de la psicología como tal, Charria, Sarsosa, Uribe, López, y Arenas (2011) recurren a Lévy-Leboyer (1997) para recordar que la noción de competencias comenzó a ser utilizada en la práctica clínica debido a las dificultades observadas en pacientes para alcanzar sus objetivos terapéuticos, es decir, empezó a ser de un uso más frecuente en la medida en que se requirió agrupar aquellas habilidades y estrategias del paciente para afrontar la realidad de su cotidianidad o el conflicto en el que se encontraba en ese momento.
Teniendo en cuenta lo mencionado hasta este punto, se podría decir entonces que al hacer referencia al término de Competencias en el presente artículo, se estará haciendo alusión al conocimiento, características individuales y el poder desempeñar con éxito tareas específicas propias de un puesto de una actividad. Se incluirá igualmente como competencias a aquellas consideradas como Habilidades, ya que, si bien se ha entendido hasta el momento, hacen alusión a la capacidad de llevar a cabo conductas y rutinas previamente consideradas en un sentido más amplio, para efectos del presente artículo se tomarán ambas, guardando las proporciones, como características fundamentales de la relación terapéutica.
Avanzando en la conceptualización y aclaración de los términos empleados, conviene ahora referirse a López-Ruiz y Deus-Yela (2014) que en su artículo Alianza terapéutica, sintomatología y personalidad según la teoría de Cloninger citan a Corbella y Botella (2003) para mencionar algunas variables que podrían ser factores determinantes al interior de un
proceso terapéutico, los autores se valen de investigaciones como la de Bachelor y Horvat (1999) donde logran identificar a la empatía y la calidez durante las intervenciones como un facilitador importante, o los estudios de Dunkle y Friedlander (1996) que ven en la experiencia, un aspecto fundamental de desarrollo de la Alianza Terapéutica.
Finalmente, citan a Crowley (2001) para hacer referencia al factor de las habilidades sociales como aspecto fundamental en esta relación. Respecto al consultante, Watson y Geller (2005), señalaron como importante la percepción de empatía, aceptación, consideración positiva y congruencia para desarrollar una buena alianza terapéutica dentro del proceso de intervención. Hay autores como Marshall et al., (2003); Ackerman y Hilsenroth (2003); Hilsenroth y Cromer (2007); Harper, Meyer, Johnson y Penn (2013); Parpottas y Draghi-Lorenz (2015); Jung, Wiesjahn, Rief y Lincoln (2015) citados por De la Fuente y Cruz del Castillo (2017) que apoyaron la idea de que la personalidad del terapeuta tiene un impacto sobre la fuerza de la alianza terapéutica, impidiendo o facilitando de alguna forma la resolución de una situación puntual.
Durante la revisión de literatura se encontró que existe una relación entre la alianza terapéutica, y la formación y experiencia del terapeuta, en investigaciones realizadas por Mallinckrodt y Nelson (1991); Raytek, McCrady, Epstein y Hirsch (1999); Meier, Donmall, McEldu, Barrowclugh y Heller (2005); Hilsenroth y Cromer (2007), Weerman y Arntz (2007) y Jung et al. (2015) citados por De la Fuente y Cruz del Castillo (2017) se pueden encontrar en más detalle estos hallazgos. Si bien la formación brinda seguridad al consultante sobre el conocimiento que posee su terapeuta respecto a su dolencia, será una combinación entre dicha preparación y su experiencia las que reflejarán competencias tales que sintonizarán durante el proceso favoreciendo su desarrollo concluyen los autores.
De la Fuente y Cruz del Castillo (2017), también mencionan al compromiso y la reflexión por parte del terapeuta como aspectos que están asociados de manera positiva con la alianza terapéutica, los estudios que sustentan dicha afirmación fueron los concluidos por Robbins y Jolkovski (1987); Hilsenroth et al. (1996) y Ackerman (2004). En la misma revisión se puede encontrar que Ackerman y Hilsenroth (2003), mencionan al interés y la atención a la experiencia del paciente como factores que contribuyen positivamente con la alianza y por ende con el proceso de intervención. Así mismo, Garay et al. (2008) citados por Etchevers et al. (2012) pudieron observar en una importante muestra de profesionales, psicólogos clínicos y médicos psiquiatras de la Ciudad de Buenos Aires, que los factores interpersonales eran considerados como los principales responsables del éxito terapéutico.
Gimeno, Barrio y Álvarez (2018) en su artículo Psicoterapia: marca registrada hacen una aclaración referente a mantener una actitud flexible y no apegarse en exceso a los modelos sagrados, como lo describe Sprenkle y Blow (2004) refiriéndose a las posturas rígidas de algunos enfoques de intervención, llevando a que el usuario se acomode a la terapia en lugar de ajustar la terapia a las necesidades específicas del consultante.
Apoyando la idea anterior, se encuentra la práctica basada en evidencia, donde estudios como los de Hatcher (2015) también llegan a la conclusión de que una lealtad excesiva al manual, empeora los resultados del tratamiento. Igualmente, el aporte de Phares (1997) citado por Rodríguez y Salinas (2011) en este sentido, giraría en torno a que considera que el poseer una orientación teórica o terapéutica específica no contrarresta el papel de la personalidad, la calidez o la sensibilidad, sostiene además que la personalidad del terapeuta no actúa por sí sola en el éxito de la terapia, sino que lo hace junto a otros factores que la conforman.
Rodríguez y Salinas (2011) también hacen referencia a investigadores como Brammer (1979), que menciona que tener habilidades que correspondan a la capacidad de entender, escuchar, guiar, reflejar, confrontar, interpretar, informar y resumir, favorecerán la interacción durante el proceso terapéutico. Además de los estudios de Ruiz y Villalobos (1994) donde enuncian algunos requisitos que consideran necesarios para llevar a cabo una buena alianza terapéutica: interés genuino por las personas y su bienestar, conocimiento de uno mismo o autoconocimiento, compromiso ético y actitudes que favorecen la relación terapéutica tales como; la calidez, la cordialidad, la autenticidad, el respeto, la empatía y la aceptación positiva incondicional.
Al mismo tiempo, se puede entender que Ruiz (1998) citado por Rodríguez y Salinas (2011) concibe las habilidades terapéuticas como distintas aptitudes y actitudes que debe tener en cuenta un terapeuta para dedicarse a la práctica clínica; las que están centradas en su persona y son independientes de su postura teórica. Teniendo en cuenta lo anterior, autores como Safran y Sega (1994) y Phares (1997), citados por Rodríguez y Salinas (2011), han recomendado que el terapeuta posea ciertas habilidades para aprovechar los efectos de dicha alianza en pro de los objetivos terapéuticos, bajo un análisis riguroso y crítico de sí mismo y/o su formación epistemológica con relación a las necesidades y características del consultante. En un estudio cuantitativo de corte transversal, no-experimental y explicativo llevado a cabo por De la Fuente y Cruz del Castillo (2017), se predijo de manera significativa el nivel de alianza de los terapeutas teniendo en cuenta las variables de experiencia y formación, y de personalidad, intelecto/ imaginación. Si bien la muestra de 50 psicoterapeutas con formación en psicología clínica, de entre los 24 y 63 años de edad no es representativa para proponer generalidades, los resultados si parecieran ser coherentes con lo identificado hasta el momento en
la literatura. Un mayor nivel de experiencia y formación de los terapeutas está asociado con un mayor nivel de alianza terapéutica.
Los hallazgos de Norcross (2001) citado por De la Fuente y Cruz del Castillo (2017), indican que los terapeutas experimentados son capaces de trascender su estado de ánimo, tienen habilidades de autorregulación más fuertes y repertorios más flexibles que los terapeutas no experimentados, una mayor atención en el cliente y una orientación más adaptada a sus necesidades.
Durante la revisión documental se encontró que la escuela Rogeriana enfatiza en que la relación terapéutica es la que genera los cambios, más allá de los procedimientos de intervención específicos, diferente a la postura conductual imperante del momento (50´s y 60’s) la cual consideraba que el éxito terapéutico era un resultado que dependía más de las técnicas empleadas que de la relación terapéutica, por lo que las características personales del terapeuta no fueron tan relevantes. Esto con el tiempo ha ido evolucionando hasta el punto en que actualmente, la perspectiva cognitivo-conductual, ha subrayado que la relación terapéutica conlleva un conjunto de variables y factores que pueden facilitar o impedir el buen desarrollo del proceso terapéutico, denotándose una evolución en su percepción del paciente según refieren Rodríguez y Salinas
(2011).
Desde una perspectiva meramente cognitiva Beck, Rush, Shaw y Emery (2010) consideran como necesarias pero no suficientes tres competencias relacionales: la aceptación, la autenticidad y la empatía, concibiéndose esta última más como un reforzador social que aumenta las probabilidades de que el consultante siga las indicaciones de su terapeuta. Igualmente, postulan tres factores básicos para ayudar a mantener la relación terapéutica iniciada: la confianza básica, que hace referencia a la percepción del paciente; el rapport, que tiene que ver
con el acuerdo de metas, objetivos y procedimientos terapéuticos entre el paciente y el terapeuta, y, por último, la colaboración terapéutica o el empirismo colaborativo, que comprende la formación de un equipo terapeuta- cliente, de una alianza, para detectar el problema y trabajar en su modificación.
Autores como Albert Ellis y Russell Grieger (1990) que si bien coincidieron al igual que Beck et al. (2010) en unas competencias relacionales, consideran también importante tener en cuenta otros factores, recomiendan por ejemplo no mostrar una excesiva cordialidad hacia el paciente porque ello reforzaría sus creencias irracionales de aprobación, dependencia y baja tolerancia a la frustración. Sugieren que el terapeuta debe tener una inclinación filosófica y cognitiva personal para aplicar la terapia de manera más congruente. Suponen que el terapeuta debe ser capaz de manejar sus creencias irracionales de aprobación, éxito y autovaloraciones respecto a las manifestaciones del paciente.
El humor, para estos investigadores resultó ser también una característica muy deseable al igual que la flexibilidad con la propia terapia para adecuarla a cada caso. Ya desde una perspectiva cognitivo conductual, cualidades como la autenticidad, la calidez, la aceptación incondicional, la congruencia y particularmente la empatía, se conciben como reforzadores sociales que aumentan la probabilidad de que el paciente lleve a cabo las indicaciones dadas en la terapia. Del conjunto de habilidades que se han estudiado y propuesto para caracterizar a un buen terapeuta, la empatía ocupa un lugar muy importante en este repertorio. Aunque suene muy repetitivo, empatizar con las necesidades del otro va a facilitar el rol activo del consultante en la terapia, y al no sentirse juzgado permitirá mayor apertura a su experiencia de vida, a su mundo de significados; al sentirse comprendido tendrá más valor para expresar aquello que genuinamente siente o piensa.
Así como hay aspectos que facilitan una experiencia terapéutica, como se mencionaba anteriormente, hay elementos que obstaculizan un buen proceso de intervención, como lo sugirieron Ruiz y Cano (1999) y Norcross y Wampold (2011) citados por Gimeno et al. (2018) donde anotan algunos factores como; la falta de contacto visual, la incapacidad para escuchar, la falta de comprensión y una relación fría y distante.
Los mencionados autores también coincidieron en que existe una serie de elementos de la relación que son ineficaces y que incluso pueden ser dañinos para los pacientes que consultan por un servicio de psicoterapia; las confrontaciones, los procesos negativos (comentarios y conductas de rechazo, hostiles, peyorativas, críticas o culpabilizadoras), las suposiciones (intuir o asumir la satisfacción del cliente y el éxito del tratamiento sin consultarlo con este), el terapeutacentrismo (privilegiar la perspectiva del terapeuta sobre la del cliente), la rigidez (tratamientos inflexibles y excesivamente estructurados; adhesión dogmática a una teoría o método terapéutico), y el “Lecho de Procusto” el cual se refiere a hacer que el paciente se ajuste a las características del tratamiento, en lugar de lo contrario.
Gimeno et al. (2018) también citan a Rogers (1951) y Martínez (1999) para indicar además a la falta de interés, la simpatía exagerada, el castigo, la expresión de sentimientos desagradables hacia el paciente, las actitudes de superioridad y una manifiesta incomprensión de los sentimientos que el paciente trata de comunicar, como obstáculos en el proceso terapéutico. La actitud terapéutica debe estar caracterizada por autenticidad, calidez, aceptación incondicional, congruencia, y fundamentalmente empatía, manifestó Carl Rogers a inicio de los años 50.
Según Corbella et al. (2009) citando a Fernández-Álvarez (1998), en el desempeño de cualquier evento psicoterapéutico, el terapeuta debe cumplir con una serie de acciones y
funciones de la siguiente manera: fluctuar entre rígidos y flexibles, fluctuar entre activos y receptivos, fluctuar entre próximos y distantes, fluctuar entre pautados (reglados, directivos) y espontáneos (intuitivos, no directivos), fluctuar entre estimuladores (dirigidos al resultado) y críticos (dirigidos a la comprensión) y fluctuar entre muy comprometidos y poco comprometidos. Estos autores consideraron además que tres variables contribuyen principalmente a la formación del estilo personal del terapeuta:
La posición socio-profesional.
La situación vital, la personalidad, la actitud y los posicionamientos. Los modos dominantes de comunicación que utiliza.
Corbella et al. (2009) también hace referencia a Epperson y Bushway (1983); Kokotovic y Tracey (1987); Mc-Neill y Lee (1987), quienes consideran que una percepción negativa del terapeuta, es decir, una percepción poco confiable, de poco experto, poco atractivo o poco hábil, está asociada a mayores índices de deserción, lo que se traduciría en otras palabras en un fracaso terapéutico. Los autores en este sentido, refieren a Botella (2005); Corbella y Botella (2003); Corbella y Botella (2004b) para afirmar que la calidad de la relación terapéutica resulta ser un aspecto determinante para la eficacia de la terapia.
Llegados a este punto, y teniendo en cuenta el objetivo de la presente revisión, resulta pertinente recordar unas declaraciones de Phares (1997) y Carrasco (2002) citados por Rodríguez y Salinas (2011) respecto a que las habilidades o características del terapeuta nada tenían que ver con una orientación teórica en particular.
Del empirismo colaborativo y su influencia en el fomento de la alianza terapéutica El Psicoanalista Sigmund Freud, al interior de sus estudios sobre la vinculación existente entre consultante y analista (1912 - 1915), identificó un aspecto que le llamó la atención que fue
la relación inicial que se establece entre aquel que está siendo analizado y su analizante, por lo que se interesó por las características de la relación involucradas en su consecución, acuñando el concepto “transferencia” con el fin de denominar a aquellos aspectos positivos que servían como motor del tratamiento, o negativos que funcionaban como obstáculos del mismo. Más adelante, Zetzel (1956) citada por Etchevers et al. (2012) profundiza un poco sobre el concepto trabajado por Freud, dando cuenta que, tanto la neurosis de transferencia como la alianza terapéutica son fenómenos en el fondo transferenciales, la alianza se apoya en las funciones autónomas del Yo remitiéndose a las primeras relaciones de objeto del niño, es decir depende en gran medida de la capacidad que haya tenido el infante para aliarse con su madre y trabajar juntos en la misma dirección.
En este sentido, la alianza terapéutica para Zetzel (1956) como lo mencionan Etchevers et al. (2012) sería entonces un fenómeno diádico que se expresaría en la capacidad que tiene el paciente para establecer una relación de confianza con el terapeuta. La autora, en este sentido hace una distinción entre transferencia y alianza terapéutica señalando que ésta última es la parte no neurótica de la relación entre terapeuta y paciente que posibilita el insight y el uso de las interpretaciones del terapeuta para distinguir entre las experiencias relacionales del pasado y la relación real con el terapeuta.
También, Zetzel y Meissner (1974) citados por Fossa (2012) redefinen el concepto de transferencia, considerándolo ahora como una relación positiva y estable entre el analista y el paciente, que les permite llevar a cabo de manera productiva el proceso de intervención. Lo anterior implicó que aquellos bordes que delimitaban lo que abarcaba la transferencia y la alianza terapéutica se hicieran cada vez más difusos.
Strupp (1973) citado por Etchevers et al. (2012), volcó parte de sus estudios al análisis de la transferencia en consulta, consideró que la alianza no sólo es decisiva en el marco de la terapia con enfoque psicoanalítico, sino que la describe como un constructo panteórico que influye en la efectividad de las intervenciones técnicas de cualquier tipo (interpretativa, de modificación de conducta, Gestalt, etc), brindando una perspectiva de alcance mucho más amplia que la considerada por Freud en esta materia. Luborsky (1976) citado por Andrade (2005) señala dos tipos de alianza según la fase o etapa de la terapia; alianza tipo 1, la cual hace referencia a la que se da en el inicio de la terapia y alude a la sensación del paciente de contar con el apoyo del terapeuta, y alianza tipo 2, la que se desarrolla en fases posteriores y consiste en la sensación de trabajo conjunto.
Si bien los autores hasta el momento describen cómo se da esa relación aún no hay una comprensión total de los diferentes impactos y alcances de dicha relación para la vida del individuo que está siendo tratado.
Por otro lado, Bordin (1979) consideró a la Alianza Terapéutica (AT) como un constructo multidimensional en el cual existen tres componentes: acuerdo en las tareas, vínculo positivo y acuerdo en los objetivos del tratamiento, este autor, trascendiendo con sus investigaciones se dio a la tarea de describir unos componentes que formarían y afectarían el establecimiento de dicha alianza permitiendo mayor claridad a los estudiosos del comportamiento humano. Así como para Horvath y Greenberg (1989), Horvat (1994) y para Corbella y Botella (2003) también citados por Andrade (2005), el concepto construido por Bordin (1979) hizo posible que las principales escuelas psicoterapéuticas percibieran cómodo un concepto que resulta común a todas ellas, se le debe a este autor también el aumentó en la trascendencia que se
le dio al constructo de alianza terapéutica y el haber facilitado que este consiguiera un carácter trans-teórico atravesando las distintas posiciones teóricas.
Bordin (1979) ofrece elementos interesantes en su artículo The Generalizability of the Psychoanalytic Concept of the Working Alliance, sobre alianza de trabajo, en la medida en que diferenciaba entre las proyecciones inconscientes del paciente y la unión positiva entre éste y su terapeuta (alianza), considerado como un componente de la relación terapéutica que proporciona un contexto que hace posible que el paciente acepte y siga el tratamiento, es decir, que permite y facilita la puesta en marcha de técnicas y estrategias psicoterapéuticas específicas, y que interactúa con ellas.
Ya para 1985, Hartley citado por Andrade (2005) define la AT como una relación compuesta por la relación real y la alianza de trabajo donde la primera hace referencia al vínculo entre el paciente y el terapeuta mientras que la segunda apunta a la capacidad de ambos para trabajar en conjunto teniendo en cuenta unos objetivos ya preestablecidos, concepto muy aproximado al de Empirismo Colaborativo trabajado por la corriente cognitivo conductual. Para Andrade (2005) no existe una definición homogénea de la alianza terapéutica, las diferentes pruebas desarrolladas para medirla (las Escalas Penn, los instrumentos Vanderbilt, las Escalas de Alianza Terapéutica de California, la Escala de Alianza Psicoterapéutica Integradora, entre otras) han hecho que ésta sea definida en buena medida en función de la prueba utilizada, contribuyendo esta instrumentación a la definición del constructo.
Zukerfeld (2001) citado por Etchevers et al. (2012) estudió las relaciones entre alianza terapéutica, percepción de cambio o mejoría, frecuencia de sesiones y estilo de intervención analítica, encontrando que el grado de alianza percibido está vinculado a la mejoría pero no a la frecuencia de sesiones ni a la modalidad de las intervenciones. Otros estudios refuerzan estos
hallazgos; Barber, Connolly, Crits-Christoph, Gladis y Siqueland, (2000); Corbella et al. (2009); Strunk, Brotman y DeRubeis (2010) citados por López-Ruiz y Deus-Yela (2014), quedando demostrada ampliamente la correlación significativa entre la AT y el nivel de mejora de la sintomatología en pacientes con diversas patologías.
Desde el psicoanálisis, Gelso y Carter (1985) citados por Corbella y Botella, (2003) comentan que la transferencia del paciente facilita o dificulta el trabajo de la alianza, mientras que otros autores más recientes son partidarios de no diferenciar entre alianza y transferencia, como se mencionó anteriormente en los estudios de Zetzel y Meissner (1974) citados por Fosa (2012), dado que la relación entre el terapeuta y el paciente es la manifestación de la transferencia neurótica del paciente, por lo que separar un concepto del otro reduciría la importancia de uno de los principios básicos de la teoría psicoanalítica como es la interpretación de la transferencia.
Marcolino e Iacoponi (2003) citados por Etchevers et al. (2012) por otro lado, estudiaron el impacto de la alianza terapéutica en la psicoterapia psicodinámica breve, encontrando que aquellos pacientes que percibieron a los terapeutas con mejor capacidad para entender e involucrarse en sus tareas obtuvieron mejores resultados en la reducción de síntomas depresivos de sus pacientes, y que aquellos pacientes con mayor capacidad para construir AT alcanzaron los mejores resultados psicoterapéuticos. Lo anterior pone de relieve la importancia de las competencias necesarias para llevar a cabo con éxito un proceso de Empirismo Colaborativo en el marco de la AT.
La mayoría de los autores que se han explorado hasta este punto sostienen que un factor del éxito terapéutico es el logro de una buena AT, que recree una relación de aceptación incondicional, ofreciéndole al consultante una actitud de disponibilidad absoluta y preocupación
genuina. Igualmente, es importante mencionar que existen investigaciones como las de Safran y Muran (1996) citados por Etchevers et al. (2012) focalizadas en los factores que permiten comprender los momentos de ruptura y resolución de la alianza que si bien la mayoría de los estudios refleja distintas conceptualizaciones teóricas y metodológicas, los resultados indican que los momentos de ruptura y resolución son mecanismos esenciales que contribuyen al desarrollo y mantenimiento de la alianza a lo largo de la terapia, independientemente del modelo terapéutico.
Ahora bien, en cuanto al Empirismo Colaborativo (EC), la teoría cognitiva considera que “el terapeuta estructura la terapia según un diseño específico que requiere la participación y colaboración del paciente” (Beck et al., 2010, p. 16), hace una invitación a revisar precisamente qué pasa en esa dinámica relacional y con qué herramientas debe contar un psicoterapeuta al momento de abordar un paciente teniendo en cuenta sus diferencias y sus características de vida. Las actitudes que se asumen frente al consultante pueden en alguna medida influir sobre la percepción que el consultante tiene sobre los hechos que está narrando, una expresión o un gesto podrían indicarle a la persona a quien se intenta ayudar, una idea errada de la situación. El trabajo en doble vía o empirismo colaborativo resulta ser entonces uno de los aspectos que más importancia ha tenido ya que invita al mismo paciente a participar activamente del proceso terapéutico para la resolución de sus propios conflictos, mediante un trabajo constante terapeuta-paciente como un equipo.
Del psicólogo con enfoque cognitivo conductual: un quehacer clínico que no desliga el fundamento teórico de la praxis sujeta a las habilidades terapéuticas en la intervención con adolescentes.
Haciendo énfasis en el abordaje de la relación terapéutica desde el enfoque cognitivo conductual, según Raue y Goldfried (1994) citados por Etchevers et al. (2012), una de las principales diferencias con otras orientaciones del quehacer psicológico, es que el enfoque cognitivo cada vez más enfatiza en mayor grado el trabajo en equipo y la colaboración entre el paciente y el terapeuta particularmente a partir del empirismo colaborativo, el cual sugiere que el paciente y el terapeuta trabajen juntos en identificar problemas centrales y posibles soluciones. En su artículo Estudios empíricos desde diferentes perspectivas Etchevers et al. (2012), citando a Castonguay et al. (2010), manifiestan puntualmente que el propósito de la relación terapéutica es generar las condiciones para que puedan aplicarse técnicas específicas que producen el cambio, mas no para que genere cambio por sí misma, muy acorde a lo concluido por Wolpe y Lazarus (1966) en su libro Técnicas de Terapia Comportamental (Behaviour Therapy Technique).
Se pueden encontrar incluso, estudios como los de Martínez-Taboas, 1988; Martínez- Taboas y Francia, 1992 citados por Rodríguez y Salinas, 2011 que sugieren que las terapias concentradas en la relación, como las humanistas y las psicodinámicas, brindan efectos inferiores al placebo en relación con las cognitivas conductuales, o con las sistémicas, sin embargo, no hay evidencia suficiente como para generalizar dichos hallazgos.
Dicho lo anterior, Rodríguez y Salinas (2011) traen a colación unas conclusiones de Frank (1982) quien ya venía sosteniendo que hay algunos elementos comunes en todas las psicoterapias: el establecimiento y mantenimiento de una relación significativa entre consultante
y terapeuta, la provisión de una importante cuota de confianza y la esperanza para aliviar el sufrimiento, acceso a nuevos datos de información, y facilidades para generar nuevas posibilidades de aprendizaje, facilitación de la activación emocional, aumento de las sensaciones de dominio y autoeficacia, e incremento de las oportunidades para verificar los cambios y los logros en la práctica.
Existen investigaciones en esa misma línea que abordan el análisis de la alianza terapéutica teniendo en cuenta diferentes patologías, Etchevers et al. (2012) refieren algunas; tratamiento del alcoholismo (Dundon, et al., 2008). Pacientes con VIH o tuberculosis (Álvarez- Gordillo, Dorantes-Jiménez, y Halperin-Frisch, 2000), asma (López Viña, 2005), hipertensión arterial (Martín Alfonso, Bayarre Vea y Grau Abalo, 2008), entre otros, encontrando una fuerte relación entre la calidad de la alianza y el compromiso de las personas con sus respectivos procesos.
Lo mencionado por Etchevers et al. (2012) en su revisión de estudios empíricos podría llevar a pensar que dicha relación entre terapeuta y consultante no fue considerada por las corrientes onductuales como el factor principal para el éxito de una terapia, sin embargo Lineham (1993) citado nuevamente por Etchevers et al. (2012), exponente de amplia trayectoria, ya había observado que no es posible lograr demasiados resultados en la terapia hasta que no se construya una relación terapéutica sólida y positiva, hallazgo que permite cuestionarse acerca de la importancia que se le está dando a esos fenómenos relacionales durante los procesos de intervención y la idoneidad de investigaciones al respecto que brinden mayor claridad sobre el particular.
Wilson y Evans (1977) citados por Etchevers et al. (2012) teniendo en cuenta este mismo enfoque teórico, buscaron identificar los elementos constitutivos del constructo de la relación
terapéutica, llegando a la conclusión de que dicha relación no representa un efecto difuso como se creía, sino que representa una combinación de factores endémicos de la Teoría del Aprendizaje Social.
La relación terapéutica ha sido considerada de tal relevancia por la terapia cognitiva de Beck, que éste ha sugerido a los terapeutas clínicos una serie de guías con el fin de fortalecer la misma y lograr mayor claridad al respecto (Kirschenbaum y Jourdan, 2005, citados en Etchevers et al., 2012). Hay que recordar que estudios sobre cómo los pacientes significan su proceso de cambio terapéutico son abordados apenas durante estas últimas década por diversos autores, que entre los más recientes se encuentran Mendes et al. (2010) y Osorio (2012) citados en Cortés et al. (2018) por lo que se hace de suma importancia continuar alimentando la comprensión sobre este tipo de fenómenos que se ven implicados en los procesos de intervención con un enfoque de investigación sólido y válido.
Con respecto a la población atendida, si bien para la intervención con adultos se espera un mínimo de compromiso, autonomía y responsabilidad con el proceso, no se da de la misma manera cuando se aborda población mucho más joven, que por características relativas a su ciclo vital y momento evolutivo, dan un vuelco a la manera de comprender sus distintas formas de interacción y de comprensión.
Las investigaciones muestran que un elemento importante para la construcción de una alianza positiva es la capacidad del terapeuta para mostrar empatía (Liddle et al., 2001, citados por Valdés et al., 2018) y para vincular al consultante al proceso, se ha observado que, cuando no se involucra al adolescente en aquello que ocurre durante la sesión se termina afectando negativamente el vínculo y la colaboración entre ambos.
Stallard (2007) con su manual práctico de terapia cognitivo-conductual para niños y adolescentes Pensar bien - Sentirse bien, si bien es material para abordar población infantojuvenil, con relación al EC menciona que como característica de la terapia cognitivo conductual es un elemento idóneo en términos de que es sustentado en modelos experimentalmente contrastables, basado en un modelo de colaboración entre niño (o adolescente) y terapeuta. Midgley et al. (2015) citados por Cortés et al. (2018) mencionan que en los procesos de psicoterapia de niños y adolescentes no solo es importante considerar la perspectiva del paciente, sino tener en cuenta también la opinión de los otros terapeutas que acompañan el proceso así como la perspectiva de los padres, de igual forma manifiestan como fundamental comparar las evaluaciones de cambio cuantitativo, utilizando métodos mixtos de investigación. Según Semerari (2002) el significado profundo del empirismo colaborativo consiste en regular la marcha de la terapia de forma tal que asegure que el paciente comparta la conceptualización del problema y considere sensatas y razonables las técnicas propuestas. Si esto no sucede, el terapeuta deberá reconsiderar, en función de los motivos del paciente, la conceptualización del caso y adaptar la intervención o técnica derivada. En el Empirismo colaborativo es indispensable que el paciente se comprometa verdaderamente en la aplicación de las técnicas pactadas (Semerari, 2002), el autor afirma que no se puede llevar a cabo una intervención eficaz si no hay confianza en las posibilidades del tratamiento y si no se comparten los objetivos con el paciente. La percepción de un acuerdo sobre los objetivos que se deben alcanzar y de una colaboración reciproca para su consecución es uno de los elementos principales de la relación terapéutica, la cual se concibe como el aspecto no transferencial de la relación que comprende 3 elementos: acuerdo de objetivos, acuerdo de las
tareas específicas y el desarrollo de una unión interpersonal, compuesta por sentimientos positivos recíprocos.
Establecer una adecuada relación terapéutica con población infanto-juvenil vendría siendo un factor de suma importancia ya que la mayoría de los desórdenes y trastornos que se presentan en la adultez inician a una edad muy temprana de acuerdo a la planteado por Russell (2008) citado por España (2019), por lo que en este sentido, prima la calidad de la vinculación con el niño o adolescente en pro de prevenir la consolidación de psicopatologías a futuro.
Discusión Durante las últimas tres décadas el abordaje del empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica, ha venido cobrando relevancia tanto en la aplicación empírica como en investigación por parte de los psicólogos cognitivos-conductuales, llegando a ser considerado hoy en día un aspecto fundamental para pronosticar el posible éxito de una terapia, aunque como ya se ha podido observar a lo largo de este escrito, solo es mayor la posibilidad en conjunto con otras variables que obedecen a distintos momentos o condiciones del/ los encuentros de terapia. Con la intención de tener mayor claridad sobre las características más relevantes del psicoterapeuta, se ha propuesto una reflexión continua desde los diferentes enfoques de la psicología sobre las competencias que debe tener un psicoterapeuta durante la interacción con sus pacientes. Es importante señalar este fenómeno ya que como bien se encontró en la literatura revisada, este factor ha sido fundamental para determinar el éxito o fracaso de un proceso de intervención, generando así una necesidad en la formación de los futuros psicólogos clínicos en competencias que van más allá del saber hacer, es decir las competencias referidas al saber ser.
Reconocer que el psicólogo cognitivo-conductual está llamado a profundizar en la formación de competencias del saber ser para la intervención clínica, es uno de los factores que sitúa el proceso psicoterapéutico como un proceso dinámico en el que dos personas tienen la necesidad de generar un vínculo asertivo para alcanzar resultados. Desde esta perspectiva, se podría decir entonces que los psicoterapeutas pueden establecer una relación colaborativa en la que aspectos como la definición de las prioridades del proceso de intervención se establezca en conjunto con el paciente, teniendo en cuenta sus necesidades e intereses, generando así un proceso participativo y bidireccional.
Puesto que el abordaje del empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica es un área de la que se conoce poco en el contexto de infancia y adolescencia, es válido cuestionarse hasta qué punto las competencias del saber ser y sus características son importantes como factor determinante para el éxito o fracaso de los procesos psicoterapéuticos. Los hallazgos más importantes de la presente revisión documental resaltan las competencias del psicoterapeuta propuestas desde las distintas miradas de la psicología, convergiendo en algunos caso como los sugeridos desde la teoría humanista con Rogers en los 50´s y su Terapia Centrada en el Cliente, con los postulados que guiaban el trabajo de Aaron Beck a inicios de los 80’s los cuales respondían a bases cognitivo conductuales, donde en este caso, al parecer no distaban de su objeto de interés el cual era orientado por cuestiones relativas a ¿qué de la relación favorece el proceso?.
Si bien la corriente humanista (tercera fuerza) trajo consigo una visión un poco más positiva del ser humano resaltando aspectos como la autenticidad, la calidez, la aceptación incondicional, la congruencia y la empatía al momento de establecer contacto e intentar construir una relación terapéutica (Rogers, 1951), resulta oportuno mencionar que también Brammer
(1979) consideraba que las habilidades necesarias para ser un buen terapeuta comprenden no sólo la capacidad para entender sino para escuchar, guiar, reflejar, confrontar, interpretar, informar y resumir aquellos fenómenos que suceden al interior de la intervención. En cierto modo, lo anterior guarda similitud a la propuesta de Ruiz y Villalobos (1994) puesto que si bien hacen una distinción entre el interés genuino por las personas y su bienestar, el autoconocimiento, el comportamiento ético, y las actitudes que favorecen la relación terapéutica, es en esta última donde podemos encontrar elementos considerados también por Brammer (1979) como la calidez, la cordialidad, la autenticidad, el respeto, la empatía y la aceptación positiva incondicional como elementos relacionales fundamentales que permitirá un provechoso empirismo colaborativo.
Resulta interesante ver como las actitudes que favorecen la relación terapéutica sugeridas por Ruiz y Villalobos (1994) son coherentes con las habilidades centradas en la relación terapéutica descritas por Carrasco (2002), las cuales según datos de la literatura encontrada, incluye el 45% de las variables inespecíficas que constituye el éxito en una terapia, porcentaje bastante alto si se consideran la gama de posibilidades.
Autores como Aaron T. Beck, John Rush, Brian Shaw and Gary Emery reunieron sus aportes en un libro titulado Cognitive Therapy Of Depression (Terapia Cognitiva de la Depresión) publicado por primera vez en 1983, y consultada su versión en español número 19 del año 2010 para el presente artículo, donde consideran como un aspecto necesario pero no suficiente, tres competencias relacionales las cuales tendrán bastante repercusión para investigaciones en el futuro: la aceptación, la empatía y la autenticidad al momento de iniciar una intervención.
También los autores mencionados anteriormente postularon tres factores básicos que ayudarían a mantener la relación terapéutica iniciada, encontrándose a la confianza básica, el rapport y la colaboración terapéutica o empirismo colaborativo si así se prefiere como elementos representativos en la intervención. A esto se le suman los aportes de Raue y Goldfried (1994) quienes enfatizan en mayor medida el trabajo en equipo durante sus intervenciones y la colaboración que se da o debería dar entre quien consulta y el terapeuta. Como se puede observar hasta el momento, ya se puede evidenciar como diferentes ponentes de la psicología convergen en algunos aspectos como importantes: los relacionales y los referentes a la calidad de esa relación.
Las coincidencias entre Ellis y Grieger (1990) y Beck et al. (2010) en cuanto a que también consideran al humor en la terapia y la flexibilidad en la estructura de la misma como elementos importantes para fortalecer la alianza terapéutica, son también hallazgos importantes a considerar si se tiene en cuenta el respaldo que han adquirido estos factores en tiempos más recientes como lo señalan Gimeno et al. (2018), quienes también le apuntan a la flexibilidad en la intervención como un elemento trascendental para fortalecer el sentido de colaboración durante el proceso. Con las reflexiones de estos autores también se puede dar cuenta del malestar que algunos, tanto terapeutas como consultantes, tienen sobre la tendencia de ciertos profesionales a acomodar al consultante a la terapia y no ajustan la terapia a las posibilidades del consultante, constituyéndose al final más como una barrera y no como una oportunidad de mejora. Ante esto, Hatcher (2015) también había lanzado una fuerte crítica por guardar, en muchos casos, una lealtad excesiva a los manuales y guías ya que en lugar de permitir tener un mejor pronóstico, podría llevar a empeorarlo yendo en contravía al principio de beneficencia que rige el quehacer del psicólogo. Por otro lado, y teniendo claro lo estructurado del enfoque
cognitivo conductual a la hora de organizar sus intervenciones, es importante señalar unas sugerencias particulares que han hecho tanto Ellis y Grieger (1990) como Beck et al. (2010), y es con respecto a tener una inclinación filosófica y cognitiva propia para ejecutar las intervenciones de manera mucho más congruente con el caso a intervenir, además, se considera más que necesario, imperativo, que el terapeuta deba estar en la capacidad de manejar sus creencias irracionales ya sean de aprobación, de éxito o de autovaloraciones respecto a las manifestaciones del paciente, por respeto, por profesionalismo, por evitar cualquier daño posible. Mallinckrodt y Nelson (1991), Hilsenroth y Cromer (2007), Jung et al. (2015), entre otros, lograron identificar también que sí hay una relación entre alianza terapéutica, formación y experiencia, de modo que cuando se tienen juntas parecieran favorecer el proceso de intervención en marcha alivianando en gran medida el malestar experimentado por el paciente. Marshall et al. (2003) señalarían que es la personalidad la que tiene un impacto profundo en los procesos de alianza terapéutica, y ante dicha afirmación, se encuentra la posición de Phares (1997) de hace algunos años atrás, donde fue clara al manifestar que la personalidad por sí sola no actúa sino que requiere de otros factores para verdaderamente tener un efecto significativo en la vinculación, también fue puntual en señalar que el hecho de poseer o estar inscrito en una orientación teórica particular, no negaba ni opacaba aspectos de su personalidad adquiridos a lo largo de la experiencia particular, aspectos que aun hoy en día no están muy claros debido a su complejidad, y que los estudiosos y dedicados a la intervención e investigación arduamente se esfuerzan por precisar.
Siguiendo esta misma línea Fernández-Álvarez (1998) consideró 3 variables que contribuían a la formación del estilo propio del terapeuta; primero la posición socio-profesional, segundo, la situación vital, la personalidad, la actitud y los posicionamientos, y tercero, resaltó el
papel que juegan los modos dominantes de comunicación utilizados durante las interacciones. Para el año 2001, Zukerfeld halló una correlación entre alianza terapéutica y el nivel de mejora de la sintomatología en diferentes pacientes con diversas patologías, concluyendo además que el grado de alianza percibido estaría estrechamente vinculado a la mejoría de la queja pero no a la frecuencia de las sesiones ni a la modalidad de las intervenciones, aclarándose cada vez más nuevos detalles sobre el particular.
Para 1998, Norcross había logrado identificar lo que para él eran habilidades que solo los terapeutas experimentados competentes poseían: trascender el estado de ánimo, habilidades de autorregulación más fuertes que las del común de las personas, repertorios de intervención más flexibles, el autor observó que estos terapeutas prestaban mayor atención y estaban más orientados hacia las necesidades de su consultante.
Dunkle y Friedlander (1996) al igual que Mallinckrodt y Nelson (1991) reforzaban la idea de que la experiencia sería la que facilitaría ese proceso teniendo en cuenta todos los componentes aprendidos que jugarían a su favor. Crowly (2001) por otro lado, y más acorde a lo sugerido más adelante por Garay et al. (2008) en cuanto a las habilidades sociales, consideraría a los factores interpersonales como los responsables de los principales éxitos en una terapia. Como se puede observar hasta el momento, las características propuestas revisadas parecieran en algún punto encontrarse y estar hablando de aspectos, sino similares al menos relacionados, la mayoría pareciera apuntar a un especial interés y atención de la experiencia del paciente, y es aquí donde cobra también mucho más sentido, lo manifestado por otros autores como Bachelor y Horovat (1999) quienes sostenían que la empatía y la calidez son habilidades clave que un terapeuta debe poseer para realizar, en pocas palabras, adecuadamente su trabajo.
De la fuente y Cruz del Castillo (2017) señalan al compromiso y la actitud reflexiva de parte del terapeuta como elementos generadores de un ambiente colaborativo al igual que Etchevers et al. (2012), que encontraron una fuerte relación entre la calidad de la alianza y el compromiso de las personas con sus respectivos procesos. En este punto resultaría importante señalar la evolución tan importante que ha tenido el enfoque cognitivo conductual en términos de flexibilizarse en pro de las necesidades de quien le consulta, intervención que en muchos casos suele ser percibida como rígida e inflexible cuando no se tienen claros los principios considerados dentro del enfoque actual. Castonguay et al. (2010) hacen ese reconocimiento al evaluar cómo ahora la relación terapéutica es considerada como un factor de cambio importante en el proceso de terapia.
Recogiendo un poco lo discutido hasta el momento y con fines aclaratorios al lector se presenta la Tabla 1.
Aportes que facilitan el empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica Autor (es) Factores propuestos Rogers – 1951.
Autenticidad – Calidez – Aceptación Incondicional – Congruencia – Empatía.
Brammer – 1979.
Entender – Escuchar – Guiar – Reflejar – Confrontar – Interpretar – Informar – Resumir.
Beck, Rush, Shaw y Emery – 1983 – 2010. Aceptación – Autenticidad – Empatía – Manejo de creencias irracionales.
Ellis y Grieger – 1990.
Humor y Flexibilidad.
Mallinckrodt y Nelson – 1991.
Formación y Experiencia.
Ruiz y Villalobos – 1994.
Interés genuino por las personas y su bienestar – Autoconocimiento – Compromiso Ético – Calidez – Cordialidad
– Autenticidad – Respeto – Empatía –
Aceptación Positiva Incondicional. Dunkle y Friedlander – 1996. Experiencia.
Phares – 1997.
Personalidad.
Ruiz – 1998.
Aptitudes y Actitudes centradas en su persona independientes de su postura teórica.
Bachelor y Horovat – 1999.
Empatía y Calidez.
Crowly – 2001.
Habilidades Sociales.
Norcross – 2001.
Capacidad de trascender su estado del ánimo – Autorregulación más fuerte – Repertorios más flexibles – Atención centrada en el cliente – Orientación a las necesidades del consultante. Carrasco – 2002.
Habilidades centradas en la relación terapéutica.
Akerman y Hilsenrodt – 2003. Interés y Atención.
Marshall et al. – 2003.
Personalidad.
Garay et al. – 2008.
Factores interpersonales.
De la fuente y Cruz del Castillo – 2017. Experiencia más Formación – Personalidad
– Intelecto – Imaginación – Compromiso –
Reflexión.
Gimeno, Barrio y Álvarez – 2018. Actitud Flexible.
Tabla 1. Competencias, habilidades, actitudes y capacidades identificadas por los diferentes autores revisados que brindan claridad sobre las características que debe poseer un buen terapeuta.
Conclusiones Revisando los hallazgos identificados por los autores explorados para el presente ejercicio, una afirmación que se refuerza es la manifestada por Phares (1997) y Carrasco (2002) quienes consideraron que la orientación teórica del profesional no implicaba directamente ser competente en el ejercicio de facilitar un trabajo colaborativo en intervención y por ende en el
establecimiento de una relación productiva y bidireccional. También quedó claro que si bien se posee una orientación teórica particular o específica, esta tampoco es garantía de modificar aspectos básicos de la personalidad que podrían intervenir tanto positiva como negativamente el proceso de Alianza Terapéutica.
Se encontró que aspectos centrados en la relación y ligados a la calidad de la misma y el implicar actitudes como la empatía, la calidez, el respeto, la aceptación incondicional así como demostrar conocimiento sobre la dolencia manifestada, experiencia y flexibilidad en el tratamiento, resultaron como competencias fundamentales, para el establecimiento de un empirismo colaborativo eficaz y exitoso, que todo terapeuta debe consolidar en su quehacer en pro de la relación terapéutica. Lo anterior en concordancia con lo sugerido por Beck et al., 2010, quienes proponen 3 aspectos a tener en cuenta por los psicólogos con orientación cognitiva conductual en su práctica clínica; la confianza básica, el rapport y la colaboración terapéutica, de igual forma enuncian 3 competencias relacionales fundamentales que deberían ser consideradas en la vinculación terapéutica como cruciales para su consolidación: la aceptación, la autenticidad, la empatía y el manejo de creencias irracionales Las propuestas revisadas permiten divisar, en mayor medida, elementos que convergen más no diferenciales entre los exponentes de los diferentes enfoques. Se puede incluso concluir a partir de esta breve revisión, que las competencias que debe tener un psicólogo cognitivo conductual para llevar a cabo con éxito sus intervenciones no difieren en gran medida de las consideradas desde otros enfoques de la psicología. Con la revisión llevada a cabo se reconoce la evolución y el desarrollo en cuanto a los estudios e investigaciones acerca de la Alianza Terapéutica y el Empirismo Colaborativo, y su influencia en los procesos de intervención exitosos. Sobresalen algunas competencias, habilidades, actitudes y aptitudes que fortalecen la
relación terapéutica y por ende la probabilidad de éxito terapéutico, sin embargo, estas características por sí solas no son garantía de conseguir dicho éxito, según lo revisado, también hay aspectos y características del contexto, del otro, que también pueden influir y hacer la diferencia al momento de llevar a cabo una atención psicológica.
Finalmente, un aspecto importante a resaltar fue la falta de investigaciones que relacionaran las categorías aquí consideradas con población infanto-juvenil en el contexto colombiano; la alianza terapéutica, el empirismo colaborativo y las habilidades del terapeuta con enfoque cognitivo conductual. Las investigadoras Cathy Street y Barbara Hers (2005), con sus hallazgos durante una investigación en Inglaterra, con jóvenes que asisten al servicio de salud mental, ya habían puntualizado en esta percepción, y con la revisión aquí realizada, se observa que es en las década más recientes donde mayor atención se le ha dado a esta población, considerando los tratados y acuerdos internacionales y nacionales que se han implementado con respecto a la protección de la infancia y adolescencia, así como las investigaciones que apuntan a brindar mayores y mejores herramientas, y estrategias de afrontamiento a niños y adolescentes con el fin de evitar el desarrollo de patologías en la vida adulta (Russell, 2008). Proceder con esta revisión ha permitido generar una reflexión en cuanto a la educación y formación de los profesionales en psicología, de modo que se hace necesario emitir un llamado a las universidades del país para que profundicen más en la formación de competencias que tienen que ver más con el saber ser y no solo las que corresponden al saber hacer. Teniendo en cuenta el impacto del quehacer de un psicólogo clínico en la salud mental de una sociedad, se percibe imperativo aplicar las competencias, habilidades, actitudes y capacidades descritas en el presente artículo, en los contextos de intervención clínica, así como apoyar las investigaciones en el contexto nacional con población infantil y adolescente para poder evidenciar y medir el impacto
que se tiene cuando un psicólogo clínico se forma en aspectos como la empatía y la escucha activa. Básicamente adoptando actitudes que favorezcan la relación terapéutica, enriqueciendo además el conocimiento al respecto, que indudablemente tendrá repercusiones directas en la formación de los nuevos profesionales de la psicología.
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Cita: Kaiser Cornwall, Andrez Maurizio (2021), Competencias del terapeuta cognitivo conductual que promueven el empirismo colaborativo en el marco de la alianza terapéutica con adolescentes, Universidad Católica de Pereira, p. N. http://hdl.handle.net/10785/8243