Population Ageing in Latin America Oxford Institute of Population Ageing Issue Number 5, January 2026
ISSN 2754-0049
Sostén relacional: una propuesta comprensiva sobre la dinámica entre redes de soporte social y bienestar en la vejez Relational holding: a comprehensive proposal on the dynamics between social support networks and well-being in old age Sustentação relacional: uma proposta compreensiva sobre a dinâmica entre redes de suporte social e bem-estar na velhice
David Osorio García Universidad de Caldas Doctorante en Ciencias Sociales y Humanas Pontificia Universidad Javeriana david.osorio@ucaldas.edu.co
Resumen Este artículo propone un encuadre teórico para comprender la contribución de las redes de soporte social al bienestar en la vejez. Se plantea un desplazamiento analítico desde la visión funcional del soporte hacia la propuesta conceptual del sostén relacional. Articulando la sociología relacional y la psicología vincular, se define la vejez como un tránsito psicosocial entre la angustia de la noasignación y la renovación de la promesa vital. Se argumenta que, mediante una reconfiguración selectiva, la red activa mecanismos de anclaje y reconocimiento que preservan la cohesión identitaria frente a la des-inserción. Finalmente, se integran los males relacionales para evitar la idealización del vínculo. Se concluye que el bienestar depende de la capacidad de la red para configurarse como una estructura de anclaje ontológico.
Palabras clave: Vejez; Redes de soporte social; Bienestar; Sostén relacional; Sociología relacional.
Abstract This article proposes a theoretical framework to understand the contribution of social support networks to well-being in old age. An analytical shift is proposed from the functional view of support towards the conceptual proposal of relational holding. Articulating relational sociology and linking
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psychology, old age is defined as a psychosocial transit between the anguish of non-assignment and the renewal of the vital promise. It is argued that, through selective reconfiguration, the network activates mechanisms of anchoring and recognition that preserve identity cohesion against disengagement. Finally, relational evils are integrated to avoid idealizing the bond. It is concluded that well-being depends on the network's capacity to configure itself as a structure of ontological anchoring.
Keywords: Old age; Social support networks; Well-being; Relational holding; Relational sociology.
Resumo Este artigo propõe um enquadramento teórico para compreender a contribuição das redes de suporte social para o bem-estar na velhice. Propõe-se um deslocamento analítico da visão funcional do suporte para a proposta conceitual da sustentação relacional. Articulando a sociologia relacional e a psicologia vincular, define-se a velhice como um trânsito psicossocial entre a angústia da nãoatribuição e a renovação da promessa vital. Argumenta-se que, através de uma reconfiguração seletiva, a rede ativa mecanismos de ancoragem e reconhecimento que preservam a coesão identitária face à desinserção. Finalmente, integram-se os males relacionais para evitar a idealização do vínculo. Conclui-se que o bem-estar depende da capacidade da rede de configurar-se como uma estrutura de ancoragem ontológica.
Palavras-chave: Velhice; Redes de suporte social; Bem-estar; Sustentação relacional; Sociologia relacional.
Introducción Este artículo propone un encuadre teórico para analizar la contribución de las redes de soporte social al bienestar en la vejez. La tesis central plantea la necesidad de un desplazamiento analítico: transitar desde la visión funcional del soporte hacia la conceptualización del sostén relacional. Para fundamentar este giro, la argumentación se estructura en tres niveles. El primero establece las bases ontológicas y sociológicas, definiendo al ser humano desde la interdependencia y la necesidad de apego, y hallando en la sociología relacional su correlato. Esta convergencia otorga coherencia al marco propuesto y posibilita la articulación conceptual entre la psicología vincular y la sociología.
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El segundo nivel delimita conceptualmente los fenómenos centrales. Se distingue el envejecimiento, entendido como una mutación del horizonte biográfico, de la vejez, definida como un tránsito psicosocial entre la angustia de la des-inserción y la renovación de la promesa. Asimismo, se conceptualizan las redes de soporte social mediante una definición que integra sus dimensiones estructurales, funcionales y sustantivas, superando la habitual atomización del concepto. Finalmente, el bienestar se aborda desde la articulación de la calidad de vida (dimensión objetiva) y la satisfacción con la vida (dimensión subjetiva) en una experiencia imbricada.
El tercer nivel, núcleo del trabajo, desarrolla la propuesta comprensiva. Se postula el concepto de sostén relacional como el proceso psicosocial que instituye a la red como condición de posibilidad para el bienestar. Este mecanismo se examina en su doble dimensión: su manifestación sociológica en la reconfiguración selectiva de la red y su operación psíquica de anclaje y reconocimiento, comprendida mediante el concepto de apuntalamiento (étayage). Para abordar la complejidad del vínculo, el análisis integra los males relacionales, definidos como la dinámica que obstruye el sostén. En conjunto, esta construcción ofrece un modelo heurístico para comprender la contribución de los vínculos al revigorizamiento de lo humano en la vejez.
Fundamento ontológico: interdependencia y relación El análisis parte de un posicionamiento crítico frente al supuesto del individuo autónomo del liberalismo clásico, al considerar que dicha figura invisibiliza la realidad constitutiva de la vida humana. En contraposición, se asume la premisa ontológica de que el ser humano es inherentemente relacional; condición que implica la necesidad ineludible de establecer vínculos para su constitución y subsistencia psíquica.
Esta concepción se sustenta en la necesidad de apego como condición estructural. Siguiendo a John Bowlby (1969), el apego constituye un imperativo biológico y psicológico que persiste a lo largo del ciclo vital, proveyendo una base de seguridad indispensable. Esta perspectiva se articula con el modelo de Kahn y Antonucci (1980), quienes postulan que el sujeto transita su existencia acompañado por una "caravana" de soporte social: una estructura dinámica de vínculos protectores cuya continuidad y función resultan determinantes para la adaptación y el bienestar. Para el abordaje de esta realidad desde las ciencias sociales, se adopta la sociología relacional. Esta perspectiva reorienta el análisis, transitando desde la figura del individuo aislado hacia la consideración de las personas y sus relaciones. A partir de los aportes de Georg Simmel (1955), la sociedad se concibe como el tejido emergente de la interacción recíproca (Wechselwirkung),
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entendida como un proceso de co-determinación mediante el cual los sujetos y los fenómenos sociales se constituyen y modifican mutuamente. Este marco integra las corrientes de asociación y disociación inherentes a la interacción, estableciendo a la relación social como la unidad de análisis fundamental. En esta línea, la propuesta de Pierpaolo Donati (2021) aborda la relación como una realidad sui generis. Su descomposición analítica distingue entre el refero, entendido como la referencia simbólica de sentido, y el religo, definido como la conexión estructural. Esta distinción establece que la agencia individual y la estructura social operan como dimensiones co-constitutivas. La articulación de ambos componentes configura la molécula social (Donati, 2021), categoría que sirve de base para el análisis de las redes en la vejez.
Conceptualización de los fenómenos centrales Este apartado establece la estructura conceptual del estudio. Se delimitan los términos centrales a partir de los debates disciplinares vigentes para articular un modelo teórico coherente.
El envejecimiento y la vejez La conceptualización del envejecimiento contemporáneo retoma el análisis de Alejandro Klein (2013) sobre la mutación del horizonte biográfico, definida por el tránsito de la muerte inminente a la muerte desplazada. Esta transformación modifica el significado social de la temporalidad frente al modelo tradicional, el cual anticipaba el fin inmediato y fijaba el límite de la subjetividad (Klein, 2015). La extensión actual del curso vital inaugura una etapa inédita caracterizada por la flexibilidad de las fronteras cronológicas. Esto configura una vivencia transetaria, donde envejecer opera como un campo de redefinición abierto, situado más allá del destino biológico.
En el contexto de esta mutación, la vejez se define como una dinámica de tránsito psicosocial que oscila entre dos polos. Por un lado, persiste el polo de la pérdida, caracterizado por la angustia ante la desinserción de los roles tradicionales. Siguiendo a Klein (2013) y Feixa (1996), esta experiencia configura la entrada en estatus vacíos de roles, donde la edad cronológica opera como un marcador social de finitud que señala la ausencia de lugar en el entramado productivo. Simultáneamente, se manifiesta el polo de la oportunidad, conceptualizado por Klein (2013) como la renovación de la promesa. Esta dimensión articula la respuesta agencial frente a la indefinición social. Para la figura del viejo-no viejo, la vejez se configura como un campo de posibilidades donde el sujeto vislumbra vida y proyectos inéditos. De este modo, esta etapa se comprende como el tránsito
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psicosocial desde la experiencia de des-asignación hacia la construcción de nuevos sentidos, en un proceso de constante redefinición identitaria.
Las redes de soporte social La comprensión del entorno donde se despliega este tránsito requiere conceptualizar las redes de soporte social desde una perspectiva que integre sus distintas dimensiones. En un nivel morfológico, la red se define como un conjunto de vínculos entre actores delimitados (Song & Zhang, 2024); desde la óptica individual, constituye la totalidad de las relaciones percibidas como significativas (Sluzki, 1996). El análisis de esta estructura abarca propiedades como el tamaño, la densidad y la composición, configurando el mapa de las posibilidades relacionales.
Esta estructura se dinamiza a través de su dimensión funcional: el soporte social. Definido como las transacciones interpersonales que implican ayuda, afecto y afirmación (Salinas et al., 2008), este soporte se clasifica habitualmente en emocional, instrumental e informacional, constituyendo la red en acción como mecanismo de respuesta ante necesidades específicas. No obstante, restringir el análisis al mero intercambio de recursos resulta insuficiente.
En consecuencia, se integra una dimensión sustantiva: los bienes relacionales. Para trascender el formalismo que limita los vínculos a canales de flujo (Azarian, 2010), se adopta la perspectiva de Donati (2019), quien define estos bienes como realidades inmateriales inherentes a la relación, tales como la confianza y la reciprocidad, las cuales solo pueden producirse y disfrutarse conjuntamente. De manera complementaria, se integran los bienes de las relaciones personales (Gheaus, 2022), concepto que remite a la sustancia afectiva y moral del vínculo, enfatizando la atención como el esfuerzo por reconocer la realidad del otro (Murdoch, 1970). De este modo, la red se conceptualiza como una estructura de religación generadora de sentido.
El bienestar El abordaje teórico del bienestar exige superar la dispersión conceptual mediante la revisión de sus dos tradiciones fundamentales. La perspectiva hedónica define el bienestar en términos de placer y ausencia de dolor, priorizando la felicidad subjetiva (Crisp, 2025). En su formulación psicológica contemporánea, este enfoque evalúa el sentirse bien a través del balance de afectos positivos y negativos (Rodríguez Sáchez & Sifre Gallego, 2012). En contraste, la tradición eudaimónica, fundamentada en la filosofía aristotélica, postula que el bienestar no constituye un estado pasajero, sino una actividad orientada a la excelencia y la realización del potencial humano (Vittersø, 2016).
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Según distingue Zelenski (2020), mientras la vertiente hedónica se ocupa del placer, la eudaimónica se centra en el funcionamiento óptimo y el sentido de propósito.
Para este análisis, se evita la dicotomía entre tradiciones en favor de una conceptualización que articule las condiciones materiales con la valoración subjetiva. En esta lógica, la dimensión objetiva del bienestar se concreta en el concepto de calidad de vida. Según Rojo-Pérez y Fernández-Mayoralas (2021), este constructo multidimensional evalúa las condiciones externas y funcionales del individuo, abarcando dominios como la salud física, la seguridad material, el entorno y la capacidad funcional. Asociada a la dignidad de las condiciones de existencia (Maharaj & Roberts, 2021), esta dimensión constituye el sustrato material que posibilita la acción y el desarrollo del sujeto en la vejez. La segunda dimensión, de carácter subjetivo, corresponde a la satisfacción con la vida. A diferencia de los estados emocionales transitorios, Diener y Seligman (2004) la definen como un juicio cognitivo global sobre la propia existencia. Consiste en una evaluación reflexiva mediante la cual el individuo coteja sus circunstancias actuales con sus estándares y expectativas. Esta dimensión legitima la perspectiva del sujeto para determinar, independientemente de las condiciones materiales, la valoración de su vida como plena.
En consecuencia, la relación entre la calidad de vida (objetiva) y la satisfacción con la vida (subjetiva) no es lineal ni automática. Se observan paradojas donde condiciones materiales óptimas coexisten con la insatisfacción, o donde la precariedad física no impide la valoración positiva de la existencia. Se sostiene que el elemento articulador entre ambas dimensiones es la inserción relacional. La pertenencia a una red de soporte significativa otorga sentido a las condiciones objetivas y valida la experiencia subjetiva, integrando el sustrato material en una vivencia de bienestar.
Propuesta comprensiva: el sostén relacional Tras la delimitación conceptual, se precisa una articulación teórica que integre la dinámica de estos fenómenos. En este sentido, se formula la propuesta central del estudio: el sostén relacional.
La problematización: la angustia de no-asignación El tránsito hacia la vejez expone al sujeto a una crisis psicosocial específica: la angustia de noasignación (Kaës, 2005). Este estado emerge cuando el sujeto carece de un lugar o función definidos al interior de un conjunto intersubjetivo. Constituye una experiencia de desubicación radical, donde el individuo pierde las coordenadas que anteriormente organizaban su posición frente a los otros.
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Dicha crisis radica en el debilitamiento de los contratos intersubjetivos que sostenían la inserción del sujeto. Kaës (2000) emplea este concepto para designar los acuerdos implícitos que garantizaban la identidad y la pertenencia, vinculados a procesos como la jubilación o los referentes identificatorios. El desmantelamiento de estos marcos precipita una experiencia de des-inserción que compromete la estabilidad psíquica, al suprimir el soporte estructural otorgado por los roles previos. Frente a la des-inserción, la red de soporte social abandona su latencia. La imposibilidad de habitar pasivamente las relaciones impulsa al sujeto a realizar lo que Bernard (1996) conceptualiza como un trabajo de apropiación. Este proceso exige una intervención sobre la propia trama vincular para adecuarla a la realidad presente, con el fin de evitar que la pérdida de roles derive en una desconexión total.
Este trabajo de apropiación opera mediante un doble movimiento psíquico y relacional. En primera instancia, el sujeto debe decatectizar o desligar aquellos vínculos que, por estar anclados en roles pretéritos, han perdido pertinencia. Simultáneamente, debe recatectizar la red, un proceso de rearticulación que supone la reinversión afectiva de los lazos con un sentido renovado (Kaës, 2000). Este despliegue agencial materializa la renovación de la promesa, reconfigurando la red como una estructura congruente con el proyecto vital presente.
La reconfiguración selectiva de la red como respuesta sociológica El trabajo de apropiación se manifiesta sociológicamente en la reducción del tamaño de la red durante la vejez. Si bien el paradigma del déficit interpretó históricamente este fenómeno como una desvinculación pasiva, la Teoría de la Selectividad Socioemocional permite comprenderlo como un ejercicio de agencia. Desde esta óptica, la contracción de la red responde a una redistribución estratégica de los recursos relacionales, superando la lectura determinista de la incapacidad social. El motor de este cambio radica en la gestión del tiempo. Según Carstensen (2021), la clave reside en el acercamiento de los finales, concepto que no se limita a la edad biológica, sino que abarca cualquier cierre vital percibido. Esta distinción vincula el mecanismo a la percepción subjetiva de la temporalidad, desligándolo de determinismos biológicos. La conciencia de finitud en el horizonte temporal precipita un cambio motivacional: el interés por la acumulación de información y la expansión social cede paso a la priorización de metas emocionalmente significativas. Bajo esta orientación motivacional, las personas mayores seleccionan estratégicamente sus vínculos (Arias, 2009). Este proceso supone la depuración intencional de relaciones periféricas para concentrar la inversión afectiva en lazos de mayor densidad y validación identitaria. Esta dinámica constituye
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una optimización estratégica de los bienes relacionales. El sujeto prioriza la experiencia gratificante en el presente, prescindiendo de aquellos vínculos que carecen de relevancia sustantiva para el proyecto vital en curso.
Como resultado de esta selección, la red opera como un mecanismo de regulación emocional (Löckenhoff & Carstensen, 2004). La contracción estructural favorece la profundidad funcional y otorga primacía a la interacción íntima, definida por cualidades como la escucha, la tranquilidad y la comprensión (Barrera & Ainlay, 1983), frente a la amplitud de los vínculos. Esta configuración acotada y de alta densidad afectiva responde eficazmente a la necesidad de sostén ante la incertidumbre del tránsito vital.
El sostén relacional: anclaje y reconocimiento La reconfiguración selectiva de la red establece las condiciones para el despliegue de una función psicosocial específica. En esta estructura consolidada se inscribe el concepto de sostén relacional. Este constructo designa la cualidad ontológica que adquiere la red al trascender la transacción instrumental para constituirse en un entorno intersubjetivo de cohesión ante la crisis de la vejez. El concepto plantea un desplazamiento analítico donde la red, más allá de su carácter de entorno externo, opera como una condición de posibilidad interna para la identidad.
Esta dinámica se actualiza mediante dos mecanismos psicosociales de apuntalamiento (étayage) (Kaës, 2005). El primero corresponde a la función de anclaje estructural. Frente a la erosión de los roles institucionales que definían la posición social, la red opera como un apuntalamiento complementario (Edelman & Kordon, 1996). La estabilidad de los vínculos provee un trasfondo de seguridad (Espada Vadillo, 2019) que contiene la experiencia de desamparo. Así, la red constituye una estructura auxiliar garante de la seguridad ontológica necesaria para transitar la incertidumbre sin fragmentación.
Simultáneamente, opera la función de reconocimiento simbólico. Este mecanismo valida la existencia del sujeto en su nueva condición. Mediante la función porta-palabra (Kaës, 2005), la red se configura como el espacio intersubjetivo donde se aloja y legitima la narrativa derivada de la renovación de la promesa. Ante la invisibilización de la vejez, el vínculo íntimo permite historicizar la experiencia, integrando pérdidas y cambios en una biografía coherente que impide la fragmentación identitaria. En síntesis, se propone el sostén relacional como el proceso que posibilita el advenimiento del Yo (Kaës, 2005), restituyendo al sujeto su capacidad de agencia y proyección. El bienestar radica en la aptitud del entramado para configurarse como un espacio de anclaje y reconocimiento, donde la
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cualidad del vínculo prevalece sobre la densidad numérica de los contactos. Así, el sostén se establece como la dinámica fundamental que convierte el tránsito por la vejez en una experiencia de redefinición vital sostenida en el lazo con el otro.
Los males relacionales como obstáculo El análisis incorpora la ambivalencia inherente al vínculo. La necesidad de apego, motor de la búsqueda de sostén, expone simultáneamente al sujeto a la adversidad vincular. En este marco, se integran los males relacionales (Donati, 2018), definidos como dinámicas perjudiciales emergentes de la relación, entre las que destacan el conflicto, la dominación o la negligencia. Esta categoría distingue el fenómeno de la simple carencia de apoyo, configurándolo como una interacción activa que produce malestar subjetivo e invierte la lógica generativa de los bienes relacionales. La crisis de no-asignación propicia la perpetuación de estas dinámicas. El imperativo de preservar el anclaje social induce al mantenimiento de vínculos marcados por asimetrías de poder o coerción frente a la amenaza del desamparo radical. En consecuencia, estos fenómenos operan como un obstáculo para el despliegue de los mecanismos del sostén relacional. Estas dinámicas erosionan el anclaje estructural, en tanto el conflicto crónico conmociona el trasfondo de seguridad (Espada Vadillo, 2019) y configura la red como una fuente de incertidumbre. Simultáneamente, obstruyen el reconocimiento simbólico mediante prácticas de invalidación o silenciamiento que inhiben la función porta-palabra. La carencia de resonancia para la narrativa subjetiva impide la resignificación identitaria y profundiza la fragmentación. La evidencia empírica corrobora la correlación entre estos procesos y una menor satisfacción vital (Espinosa-Herrera et al., 2016). Por consiguiente, el bienestar queda supeditado a la prevalencia de la lógica del sostén sobre la adversidad vincular.
Conclusiones El marco teórico expuesto reorienta el análisis sobre la relación entre las redes de soporte social y el bienestar en la vejez. Esta propuesta se distancia de las lecturas estáticas, centradas en el declive biológico o la pérdida de roles, para situar el envejecimiento como una mutación del horizonte biográfico y la vejez como un tránsito psicosocial dinámico. En convergencia, la integración de la sociología relacional desplaza el foco desde los agregados individuales hacia las estructuras generadoras de bienes relacionales, estableciéndolas como condiciones constitutivas de la subjetividad.
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La contribución central de este estudio radica en la propuesta del sostén relacional, categoría teórica que redimensiona la noción tradicional de soporte social. Mientras que el soporte designa la dimensión funcional de las transacciones de ayuda, el concepto de sostén define la cualidad de la red como una estructura de anclaje ontológico. Este desplazamiento analítico desde lo instrumental hacia lo existencial establece que la función primordial del vínculo consiste en preservar la cohesión del Yo frente a la amenaza de fragmentación identitaria derivada de la des-inserción social. Este modelo explicita los mecanismos psicosociales operantes en dicha cohesión. Mediante la reconfiguración selectiva de los vínculos, se activan procesos de apuntalamiento que proveen seguridad a través del anclaje y validación mediante el reconocimiento. Esta dinámica articula las condiciones objetivas de vida con la satisfacción subjetiva, integrando el sustrato material en una experiencia de integridad personal. En consecuencia, el bienestar se configura como un logro intersubjetivo, dependiente de la capacidad del entorno para alojar la nueva narrativa del sujeto. Finalmente, la incorporación de los males relacionales problematiza la función de las redes de soporte al integrar la ambivalencia del vínculo. Dado que la necesidad de apego puede perpetuar relaciones que obstruyen el anclaje, este marco habilita una comprensión compleja de la interdependencia en la vejez. En última instancia, se concluye que la red constituye la condición de posibilidad para vivenciar esta etapa como una renovación de la promesa vital, siempre que dicha estructura logre configurarse como un espacio de anclaje ante la incertidumbre, concretando así el desplazamiento desde el soporte social hacia el sostén relacional.
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Cita: Osorio-Garcia, David (2026), Sostén relacional: Una propuesta comprensiva sobre la dinámica entre redes de soporte social y bienestar en la vejez, Universidad de Caldas, p. N. https://repositorio.ucaldas.edu.co/handle/ucaldas/26581