Autoras Fabiana Marín Mejía Elizeth Marín Mejía Manizales., Colombia
2026
La Fuerza Que Nos Parió
La fuerza que nos parió © 2026, Fabiana Marín Mejía Elizeth Marín Mejía Primera edición:
Manizales, Colombia, 2026 ISBN: 978-628-02-3051-1 (Impreso)
ISBN: 978-628-95912-2-4 (PDF)
Autoras:
Fabiana Marín Mejía Universidad de Caldas Elizeth Marín Mejía Acompañamiento Editorial Periplo Corporación–Escuela de Pensamiento Situado Grupo de investigación: Pensar, sentir y habitar www.periplocorporacion.com Diagramación, diseño de portada e ilustraciones Camilo Almonacid– ARCHIKAM Tratamiento y adecuación gráfica de las fotografías Camilo Almonacid– ARCHIKAM Corrección de estilo: Lorena Castro Fotografías Archivo de álbum familiar Archivo familiar Marín Mejía Las imágenes reproducidas en esta obra cuentan con autorización expresa de las personas retratadas o de sus familiares directos. Impresión Impreso en Colombia La Fuerza Que Nos Parió
Nota sobre el origen académico de la obra Esta obra es resultado de un proceso de escritura narrativa, reconstrucción genealógica y sistematización de memorias familiares, desarrollado en diálogo con trayectorias de formación académica e investigación social de sus autoras.
El libro se reconoce como producto académico derivado de procesos de formación universitaria, vinculados a enfoques de memoria, historia de vida y genealogía social, desarrollados en el contexto de la Universidad de Caldas, institución que aportó a la formación académica y al fortalecimiento de capacidades investigativas asociadas al proceso de escritura.
La Universidad de Caldas no asume autoría, coautoría ni responsabilidad editorial sobre los contenidos de esta obra.
Nota editorial En el proceso de elaboración de esta obra se emplearon, de manera ética y consciente, herramientas de inteligencia artificial como apoyo técnico en dos aspectos puntuales. Por una parte, se utilizaron para la reconstrucción visual referencial de algunos rostros de familiares del pasado que no contaban con registro fotográfico, a partir de descripciones orales y relatos familiares, con fines narrativos y de memoria y con el consentimiento de la familia. Por otra parte, se recurrió a estas herramientas para algunos ajustes gramaticales, sin modificar su contenido ni la voz autoral. Derechos Todos los derechos reservados.
Se permite la reproducción parcial de fragmentos con fines académicos, investigativos y de formación, siempre que se cite la fuente y no se altere el sentido de los textos.
Contenido Introducción..................................................................................................................11 Primera Parte: Dos Raíces, Un Origen...............................................18 Antes del primer grito: los abuelos, las historias que tejieron el origen........19 Luz Alba su infancia, adolescencia y adultez........................................................27 José Fabio: Un protagonista sin protagonismos.................................................. 33 Cuando el amor nació: enamoramiento, pasión, deseo y sueños.................. 39 Segunda Parte: Los Hijos Que Parió La Fuerza ............................44 Los hijos de Luz y Fabio: nacimientos y carácter................................................. 45 Tercera Parte: Un Corazón Abierto A Los Retos Del Amor..........82 Infidelidades, ausencias y los silencios de papá...................................................83 Cuando papá partió y el mundo se hizo distinto.................................................91 Los hijos elegidos por el corazón: William y Sebastián....................................107 Cuarta Parte: Otros Vínculos Que Completan Su Historia........ 114 Ellos, los que también sostienen: cuñadas, yernos y esa familia que se elige.................................................................................................................................115 El mundo contado por las tías: sabiduría femenina y relatos familiares....133 Las amigas de Luz Alba: confidentes, consejeras y testigos de vida.............. 137 Las mascotas de la familia: ángeles y compañeros de vida..............................141 Quinta Parte: La Fuerza Que Se Hizo Luz....................................... 148 La mujer que no se rindió: Luz Alba hoy, su mirada sobre el pasado y el presente........................................................................................................................149 Bibliografía................................................................................................................. 169
DEDICATORIA
Este libro está dedicado a nuestra madre, quien generosamente nos abrió su corazón y nos dio el consentimiento para narrar su historia y hacerla pública. Agradecemos su acompañamiento constante, desde las primeras palabras registradas, pasando por la recreación de los retratos hablados de nuestros ancestros, hasta la aprobación de las imágenes visuales que hoy conforman la obra.
Cada detalle de este libro contiene algo de ella, y haber compartido este proceso a su lado ha sido un verdadero honor. Nos sentimos afortunadas de haber recorrido juntas este camino de sanación personal y expansión espiritual, que nos permitió conocerla con una profundidad mayor a la que imaginábamos.
Fabiana y Elizeth La vida Actual de Luz Alba Mejía
AGRADECIMIENTOS
A las generaciones que antecedieron a nuestros padres, por la transmisión genética, emocional y cultural que sustenta la comprensión de nuestra historia familiar. A nuestros padres, por habernos dado la vida y por permitir que sus historias fueran compartidas.
Un reconocimiento especial a nuestra hermana mayor Edit por su acompañamiento constante, por creer en nosotras desde el primer día y por brindarnos aliento y apoyo a lo largo de estos cinco años de trabajo. Y a Luis Fernando Gutiérrez por su presencia activa en este proyecto, sus aportes académicos y por ser el polo a tierra en los momentos de mayor emocionalidad.
A nuestros hermanos, cuñadas, cuñados, sobrinos y la familia extendida que dio su visto bueno para que las narraciones de nuestra madre cobraran vida en esta obra. A todas las personas que nutrieron este proyecto, ya fuera desde la escucha atenta, su lectura o mediante su intervención en algunas de las anécdotas aquí narradas. A la Periplo Corporación y su Escuela de Pensamiento Situado, por convertirse en un par en la estructuración integral de la obra, a Lorena González y Camilo Almonacid, por haberse involucrado con todos los sentidos en un proyecto profundamente personal.
A la Universidad de Caldas por contribuir a nuestro desarrollo académico, profesional y humano.
Introducción L a fuerza que nos parió recoge y analiza las historias de vida de Luz Alba Mejía Buitrago, nuestra madre, una mujer colombiana cuya experiencia se inscribe en las dinámicas sociales y familiares que han marcado la vida de muchas mujeres latinoamericanas: asumir el rol de madre cabeza de hogar, enfrentar largas jornadas laborales diarias con esfuerzo y disciplina, y sacar adelante a sus hijos, con el respaldo de una red de apoyo limitada.
Junto a nuestro padre, José Fabio Marín Ramírez, conformó una familia numerosa: nueve hijos —Juana, José Albeiro, José Jesús, Luis Alberto, José Nulben, Abimael, Edit, Elizeth y Fabiana —, seis nueras, tres yernos, once nietos y seis bisnietos. Como era común en las familias de su época y de su contexto sociocultural, la amplitud del núcleo familiar dio origen a una red compleja de relaciones, vínculos y experiencias. Estas interacciones han dejado huellas que se proyectan en las gene raciones actuales y encuentran lugar en las reflexiones que nutren esta obra.
La historia de nuestra familia articula elementos provenientes de las líneas materna y paterna, expresados en logros, conflictos y aprendi zajes transmitidos a lo largo del tiempo. Más allá de lo visible, subsisten patrones que nos conectan como miembros de este sistema familiar, los cuales influyen en nuestras trayectorias individuales y colectivas. Como en todo árbol genealógico, hay hojas nuevas, otras fractura das, algunas secas y muchas que ya cayeron. Sin embargo, todas, sin excepción, comparten una misma raíz.
La construcción de este libro fue el resultado de un proceso riguroso que se extendió por más de cuatro años, e implicó etapas de inves tigación, recopilación de información, transcripción y redacción. Las primeras palabras surgieron como un ejercicio espontáneo de sana ción a través de la escritura, motivado por la necesidad de comprender ciertas dinámicas relacionales entre mamá y yo (Fabiana) así como algunas de sus creencias más arraigadas, su particular forma de ser y su manera única de interpretar el mundo.
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Posteriormente, se sumó Elizeth, cuya formación académica y sensi bilidad hacia los vínculos familiares enriquecieron la comprensión de las relaciones de nuestro clan, lo que permitió una interpretación más detallada de nuestras historias y sus imperfecciones. Desde el inicio, nuestra madre asumió con valentía el reto de narrar su vida. Revivió recuerdos, contó anécdotas y compartió su verdad entre cafés, lágrimas, risas y largas conversaciones. Esos relatos fueron grabados, transcritos y transformados en el corazón de este libro. Luego, se invitó a cada hijo e hija a complementar su capítulo, desde su propia mirada y su vínculo particular con nuestros padres. Adicionalmente, fue necesario construir el árbol genealógico en compañía de nuestra madre, recrear las imágenes de nuestros ances tros e ir enlazando cada una de sus historias, para luego convertirlas en materia prima para la comprensión de las memorias que lograron darle significado y sentido a este proyecto.
Si bien el relato se estructura en torno a la experiencia vital de nuestra madre, se reconoce la influencia de nuestro padre como figura central en los primeros años de la familia y se evidencia su presencia y su impacto en la configuración de este clan. A partir de los recuerdos de nuestra madre y de las vivencias compartidas con él, se identifican elementos estructurales y relacionales que contribuyeron a la confor mación de vínculos, normas y dinámicas que han tenido continuidad en el tiempo.
En estas páginas se narran orígenes, temperamentos, crisis, naci mientos, muertes y una serie de historias que le dan voz a quienes cargaron con el peso de la exclusión, el abuso o el estigma. Así mismo, se reconoce a quienes se ocultaron tras silencios heredados y se les da lugar a los hijos no nacidos y a aquellas verdades que alguna vez fueron disfrazadas de mentiras o silenciadas en nombre del bienestar de la familia y de su imagen.
Como autoras, lo escrito nos enseñó a celebrar la vida que llevamos en esta época y a comprender la diversidad de la que venimos; así, esta mezcla de sangre, adn y memorias amplía la comprensión de la familia. Somos tantos y tan diversos: algunos son de piel blanca y otros mestizos, hay distintas realidades económicas, trayectorias intelec tuales, orientaciones espirituales y sexuales. Dentro de los integran tes de nuestra familia, hay cerebros analíticos, oradores elocuentes, sensibilidades artísticas, destrezas sociales, cuerpos que bailan como si flotaran y espíritus con una fuerza casi mística. En los talentos, las
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contradicciones y las singularidades que nos atraviesan, se hacen visi bles los anhelos no cumplidos, los duelos no resueltos y los sueños heredados de abuelos, abuelas, madres, padres, tíos y tías que, con sus silencios o luchas, allanaron el camino que hoy transitamos. En esas cualidades habita la voz de los que callaron; de las mujeres que no pudieron llorar sus abusos, de los hombres reprimidos; de nues tra madre, que soñó con estudiar y quedó atrapada en los mandatos culturales y las creencias de nuestros abuelos; de nuestro padre, que tuvo una mente brillante digna de ser aplaudida y reconocida pero que quedó apagada bajo la dominancia y los maltratos de su madre. A través de quienes hoy nos aventuramos a romper estos ciclos, ellos se sanan.
Esta familia representa también la expresión de los sueños no realiza dos de nuestros antecesores. Somos varias las generaciones que, en la actualidad, nos atrevemos a narrar nuestra propia historia. Aunque mamá tuvo una capacidad limitada para decidir sobre su destino, nuestra generación cuenta con la posibilidad de elegir cómo vivir, cómo vincularse afectivamente y cómo sanar, sin someterse al juicio externo. Representamos una pequeña muestra de la tensión entre lo individual y lo colectivo, con ataduras heredadas que hoy comenzamos a cuestionar y con una necesidad genuina de avanzar. Las manifestaciones descritas a lo largo de este libro no representan únicamente una realidad del presente; son también expresiones vivas de las huellas emocionales, culturales y simbólicas que se han trans mitido de generación en generación. Este proyecto, sin lugar a dudas, parte de un ejercicio consciente de análisis del árbol genealógico de la familia Marín Mejía.
Por otro lado, reconocemos la influencia de las teorías de Sui Mei Chung1, quien invita a explorar los vínculos familiares desde una mirada libre de juicios o críticas, con el único propósito de comprender las programaciones emocionales heredadas, para así evolucionar, sanar y soltar. Esta perspectiva nos recuerda que no habitamos únicamente nuestras propias historias, sino también aquellas de quienes nos precedieron. Comprender esa complejidad no solo permite reconci liarnos con nuestro origen, sino que también nos brinda la posibilidad
1 Chung, Tus ancestros…
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de elegir, con mayor conciencia, qué legados decidimos continuar y cuáles transformar. En esa elección habita nuestra verdadera libertad, y también, la posibilidad de sanar.
Sin embargo, este proceso no estuvo exento de tensiones. Para algunos que han hecho una lectura previa, las páginas de este libro ofrecieron una revelación; para otros, se convirtieron en motivo de incomodidad. Como bien señala Nazareth Castellanos: “No vemos las cosas como son, sino como somos”2. Y eso también está bien, cada lectura expone, inevitablemente, lo que cada quien lleva dentro. Durante el camino surgieron verdades ocultas, emociones silenciadas y creencias que nunca habían sido cuestionadas. Pero en medio de esa conmoción también se abrió espacio para el respeto, la escucha y la aceptación de la mirada del otro. Esta escritura, más allá de ser un homenaje a nuestra madre, constituye un acto de autoconocimiento colectivo, un viaje íntimo hacia el corazón de nuestras propias raíces. La psicóloga Judith Rich Harris lo expresa con claridad: “Todos tuvimos a los mismos padres, pero cada uno estableció con ellos una rela ción diferente. Nuestras redes neuronales son distintas; también lo es la manera en que valoramos lo vivido. Aunque el paisaje haya sido el mismo, el camino no fue igual para todos”3. Esa comprensión de lo múltiple y lo diverso es la que da forma a esta obra, tejida con distintas voces y perspectivas, unidas por un hilo conductor común: la memoria viva de mamá.
La fuerza que nos parió es, entonces, una invitación a mirar más allá de ese pequeño universo que cada integrante habita, para entender el panorama completo; la historia común que se atreve a convocar a sus protagonistas a mirarse de frente, sin pretensiones de perfección, pero con la honestidad suficiente para reconocer las heridas. No busca cerrarlas, pero sí nombrarlas. Ojalá que, al recorrer estas páginas, cada lector encuentre un espejo, una pregunta o una señal que lo acerque a su propia historia, y que este relato familiar sea también una invitación a contar la suya.
Las autoras 2 Castellanos, “La conexión…”.
3 Rich Harris, No hay dos iguales…
José Fabio Marín Ramírez
1938
Emilia Ramírez De Marín
1918
Carlina Buitrago
1922
José Marín Toro
1915
José Jesús Mejía Correa
1917
Justo Marín
1895
Desconocido Manuel Ramírez
1898
José Jesús Marín Mejía
1962
José Nulben Marín Mejía
1965
Edith Marín Mejía
1969
Juana Marín Mejía
1961
Manuel Mejía
1921
Maura Toro
1900
Eva Buitrago
1907
Cristina Tabares
1903
Luis Alberto Marín Mejía
1963
Abimael Marín Mejía
1967
Elizeth Marín Mejía
1971
José Albeiro Marín Mejía
1961
Mónica Serna Grisales Salomé Marín Serna
2004
Juan José Marín Gómez
2000
Andrés Felipe 1986 Karen Tatiana 1989 Maria Alejandra 1993 Marin Ceballos María Jose Marín 2016 Matías Marín 2021 Sara Gutierrez Marín 2016 Luis Esteban Gutierrez Marín2024 Juan José Gaviria Marín 2014 Salvatore Quesada Marín 2023 Kenny Santiago 1995 Sergio 2006 Cuacialpud Marín Joav Sebastian Marín Torres
1994
Elizabeth Marín
2015
Valeria Marín Prado
2002
Maria Fernanda 1997 Isabella 2001 Marin Gutierrez Lida Clarena Gómez Calvo Luz Elena Ceballos Maria Paula Andrea Prado Olga Cecilia Gutierrez Carlos A. Cuacialpud C Andrés Varela Luis Fernando Gutierrez M Fabiana Marín Mejía
1974
Juana María Correa
1927
Luz Alba Mejía Buitrago
1943
Árbol Genealógico Familia Marín Mejía
Primera Parte:
Antes del primer grito: los abuelos, las historias que tejieron el origen A ntes de que el primer llanto marcara el inicio de una vida, ya existían historias no sabidas, decisiones, carencias y heridas no resueltas que tejían el destino de quienes estaban por venir. Luz Alba y José Fabio, nuestros padres, no llegaron al mundo como hojas en blanco; nacieron dentro de sistemas familiares marcados por la desigualdad, el esfuerzo silencioso, el amor condicionado y la lucha por la supervivencia.
No fueron hijos del azar. Su manera de sentir, amar y de enfrentar o huir de los conflictos, de criar y de callar, tiene raíces que se hunden mucho más atrás. En los gestos repetidos de sus padres y los silencios heredados de sus abuelos, habitan los orígenes de muchos patrones que con el tiempo intentaron ser comprendidos y transformados. Algunos antepasados ofrecieron afecto; otros, abandono. Unos educa ron con ternura; otros, desde el miedo. Pero todos dejaron una huella imborrable. Este capítulo se adentra en sus vidas, no para juzgarlas ni idealizarlas, sino para comprenderlas. Porque mirar de frente a los abuelos es también asomarse a los secretos que moldean la identidad familiar. En ellos comenzaron a trazarse historias de amor, dolor, deber y deseo, así como las heridas calladas que luego se transmitirían sin nombre.
Carlina Buitrago y José Jesús Mejía Correa. Ascendencia materna.
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Comprender sus vidas permite entender los traumas de nuestros padres, así como las contradicciones y las decisiones que tomaron como pareja. También deja ver cómo las experiencias del pasado influ yen en la realidad actual. Este es el punto de partida. El territorio donde todo comenzó, incluso antes de que ellos pudieran contarlo. Las raíces de Luz Alba: una herencia compleja y valiente Los primeros hilos de la vida de mamá se tejen en las memorias de su linaje materno y paterno. Una historia marcada por tensiones reales: mujeres fuertes y solas, hombres generosos y autodestructivos, secretos familiares, ausencias persistentes y relaciones complejas. Lo que queda, al final, es una voluntad clara de seguir adelante, pese a las circunstancias.
Juana María Correa y Manuel Mejía fueron los abuelos paternos de mamá. Juana era una mujer negra, elegante y de carácter imponente. Llevaba siempre joyas, se vestía con esmero y caminaba por la vida con una dignidad que no dejaba espacio a la duda. Según lo explica mamá, de ella, Fabiana heredó su temple altivo. Se cuenta que Juana se casó cinco veces y que de cada matrimonio tuvo hijos; con una vida marcada por lo extraordinario en una época que condenaba el atrevimiento femenino, quizás fue una mujer de este siglo atrapada en una época pasada. Pertenecía a una familia de alto estatus social, pero su historia no estuvo exenta de desafíos.
Su esposo, Manuel Mejía, murió joven a causa de una enfermedad respi ratoria. De él se sabe poco; su figura se diluye en los relatos, apenas una sombra detrás del fulgor de Juana. Fruto de esa unión, nació José Jesús Mejía Correa, padre de Luz Alba. Era un hombre bueno, guapo, campesino de origen y corazón. Aunque poseía tierras y riqueza, el alcohol lo fue despojando de todo, hasta que no quedó más que la nostalgia de lo que pudo haber sido. Mamá lo adoraba: él sabía cómo hablarle y cómo hacerla sentir querida. Compartían la pasión por los caballos, y en su recuerdo habita todavía la calidez de su relación. Murió en 1976, de un infarto al miocardio, pero para Luz Alba su recuerdo sigue vivo, es como si aún fuera un refugio emocional en sus momentos de silencio.
De los abuelos maternos de mamá se sabe muy poco. La abuela se llamaba Eva Buitrago. Fue una mujer delgada, solitaria, empobrecida, fumadora empedernida de tabaco y de pasado enigmático. Tuvo tres
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hijos: Jesús, Carlina y Diocelina, a quienes abandonó o entregó, no se sabe con certeza. Jamás habló del padre de sus hijos, y arrastró por años una enfermedad mental que la aisló aún más del mundo. Vivió un tiempo con su hija Carlina, ya casada, y su muerte ocurrió en silencio, como vivió, ligada al deterioro de la vejez.
Carlina Buitrago, madre de Luz Alba, tuvo dieciocho hijos. Tres de ellos murieron el mismo día en la infancia por un cuadro de diarrea y vómito, agravado por la falta de atención médica. Otros murieron de formas diversas: uno en circunstancias violentas, otro de cáncer, uno más de infarto; hubo también un aborto espontáneo y muertes de las que apenas se recuerda la causa. Su vida fue una sucesión ininterrumpida de partos, lactancias y pérdidas.
Aunque Carlina fue la abuela más cercana a los hijos de Luz Alba y José Fabio, los recuerdos de Luz Alba con su madre están marcados por el dolor. Su infancia no fue un lugar seguro. Los castigos eran extre mos, las palabras duras, el amor lleno de culpa y represión. Luz Alba la recuerda como una mujer grosera, maliciosa, profundamente religiosa y entregada a una fe que a veces parecía más castigo que consuelo. Aún sobreviven en ella emociones de frustración y resentimiento hacia Carlina.
Carlina se casó con José Jesús porque él se lo propuso. En aquella época, el amor no era un requisito para el matrimonio. De hecho, José Jesús no fue un hombre especialmente afectuoso; cumplió su rol de proveedor y padre, pero su presencia no alcanzó para transformar la dureza del hogar. En esa unión, más funcional que afectiva, se gestó gran parte del carácter con el que Luz Alba enfrentó la vida. En la historia familiar de mamá, los patrones negativos se repiten con claridad: el alcoholismo como presencia constante, la violencia de género causada por esta adicción, la sumisión femenina y el machismo como normas. Pero también hay luces en medio del dolor: la capacidad inquebrantable de trabajo, el impulso de sostener la vida a pesar de todo y una voluntad casi obstinada por no rendirse. Las raíces de José Fabio: huellas de silencio y voluntad Cristina Tabares y Manuel Ramírez fueron los abuelos maternos de José Fabio Marín Ramírez, nuestro padre y esposo de Luz Alba. Provenientes de un estrato medio, ambos eran personas de una belleza notable y
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corazones generosos. Fueron descritos por quienes los conocieron como nobles, amables y profundamente humanos. De su unión nacie ron nueve hijos, entre ellos Emilia Ramírez, la madre de José Fabio. Emilia se destacó por su orgullo y su vanidad, atributos que se alimen taban de los privilegios con los que contaba. Tenía los recursos sufi cientes para satisfacer sus necesidades y sus gustos, y se esmeró por mantener en buenas condiciones sus bienes materiales. No obstante, en el ámbito afectivo, dejó profundas heridas. Con sus diez hijos prac ticó un claro favoritismo: papá no fue uno de los elegidos. Fue ignorado y marginado por su madre, al punto de serle negada la comida. Mamá recuerda con pesar que su suegra ni siquiera asistió al sepelio de su propio hijo. Las razones de sus conductas con papá aún siguen siendo un misterio.
Como suegra, Emilia mantuvo una relación distante con nuestra Luz. Nunca fue especialmente cercana ni cálida, aunque siempre fue respe tuosa. Como abuela, tampoco fue tierna. Solo un nieto, Chepe, logró conquistar sus miradas y atenciones, dejando al resto en la periferia de su atención.
Por otro lado, los abuelos paternos de papá, Justo Marín y Maura Toro, tuvieron una historia distinta. Eran conocidos por el amor que compar tían, una pareja que inspiraba envidia por la solidez de su vínculo. De ese amor nacieron seis hijos, entre ellos José Marín Toro, el padre de José Fabio. José Marín Toro fue un hombre reservado, proveedor incan sable y entregado a satisfacer los caprichos de Emilia. Pero su vida con ella no fue fácil. Las hermanas de papá relatan con tristeza cómo Emilia lo menospreciaba, le robaba dinero, lo maltrataba emocionalmente y le “tiraba al alma”, como ellas mismas lo describen. Él falleció en 1976, víctima de una enfermedad respiratoria.
Con el tiempo, el destino pareció ajustar cuentas. La abuela envejeció en medio de la soledad, la distancia y el olvido. De sus diez hijos, solo dos la acompañaron hasta el final. Murió en una profunda introspec ción, sumida en la depresión.
Las historias familiares de nuestro padre fueron una sorpresa en esta recopilación. Entre los patrones negativos que marcaron su linaje están el maltrato, la violencia intrafamiliar, el abuso sexual encubierto, la exclusión, el favoritismo, la cleptomanía, la desconexión emocional y el suicidio. Uno de los testimonios más duros evoca cómo, en la familia, se llegó a normalizar la violación dentro del propio núcleo familiar, una agresión escondida por generaciones.
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Sin embargo, entre las sombras, también había luces. La calidez social de algunos integrantes de la familia, el carisma, el sentido de la respon sabilidad y la capacidad de proveer hacen parte de las fortalezas. El amor de pareja basado en el respeto entre Justo y Maura, así como la voluntad de resignificar lo vivido hacen parte de las luces de estos ancestros.
Recordar estas historias es una forma de reconectar con las raíces familiares. Cada relato, aunque difícil de entender, arrojó cierta clari dad sobre secretos del pasado y ayudó a comprender el presente. La vida de nuestros padres no estuvo exenta de dolor, pero su vínculo fue una elección consciente de cambio. Juntos decidieron romper ciclos, ofrecer compañía donde antes hubo abandono y sembrar afecto donde no abundaban las manifestaciones de amor.
Aunque las herencias familiares narradas tienen contradicciones, también se logran destacar momentos de compasión, cuidado y decisiones que marcaron una diferencia. Narrar estas historias sin adornos, con honestidad, es un ejercicio de reparación, una forma de cerrar ciclos de maltrato, romper el silencio y abrir caminos distintos para quienes vienen después. Porque la familia no es solo un grupo de personas vinculadas por un parentesco, ni la fachada que se presenta hacia el exterior, familia es el complejo de relaciones construidas y de hechos ocurridos que siguen presentes a pesar del paso del tiempo; y depende de las generaciones presentes y futuras transformar esa herencia en conciencia, y el dolor, en posibilidad.
Emilia Ramírez y José Marín Toro. Ascendencia paterna
Luz Alba su infancia, adolescencia y adultez E lla es Luz y su nombre no podría describirla mejor. Quienes han tenido la fortuna de conocerla saben que su risa contagiosa, su energía vibrante y sus dichos llenos de humor han iluminado más de una vida. Desde pequeña mostró una sensibilidad especial por la natu raleza, el juego y los caballos, y aunque adoraba pasar tiempo con su padre, sus recuerdos infantiles están también marcados por el dolor de una relación difícil con su madre.
Mamá fue la mayor de los 18 hijos de Carlina, lo que significó asumir desde muy temprano el cuidado de sus hermanos y múltiples respon sabilidades en la finca donde vivían. No tenía muchos amigos, no por falta de deseo, sino porque su madre, víctima de una enfermedad mental evidente y de sus extremas creencias religiosas, le prohibía relacionarse con otros, a causa del temor que le inspiraban situaciones que solo existían en su mente. Luz Alba recuerda los castigos físicos y verbales que sufrían, ella y sus hermanos mayores. Ella cuenta que la abuela solía amarrarlos a las patas de la cama durante horas o les daba pelas por pequeñas faltas. Cuando Carlina amanecía cantando, sabían que ese día estaría cargado de tensión.
A pesar de estas circunstancias, encontraba gozo en diferentes acti vidades. Disfrutaba tejer, coser, cocinar con lo poco que le permitían y soñaba con estudiar, aunque los abuelos solo le permitieron cursar hasta el segundo grado de escuela. A sus quince años, el “regalo” fue una dolorosa visita a la dentista programada para sacarle todos los dientes, situación muy común en aquella época. Nunca estrenó ropa, pero aprendió a disfrutar de lo simple. Le encantaba balancearse en un columpio bajo los árboles y cantar.
En la adolescencia, comprendió que su única salida era casarse. Así empezó a tomar decisiones con firmeza, sin temer a las consecuen cias. Siempre fue proactiva, entusiasta y sumamente inteligente.
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Quienes la conocen no dudan de que, con más oportunidades, habría alcanzado cualquier meta. No se conservan fotos de esa etapa, pero es fácil imaginar su belleza y su carácter empoderado. En su juventud y adultez se dedicó a formar y criar a la familiar, aquí se hace este salto en su vida como madre, ya que la narración de los nacimientos de todos sus hijos, ocuparán la segunda parte de este manuscrito. Para dar más claridad sobre la mujer que existe en mamá, se describen a continuación algunos de sus rasgos de personalidad que la han definido en el trascurso del tiempo.
Nuestra madre durante los años ochenta, disfrutaba la música de antaño en discos de vinilo mientras hacía las labores del hogar, entre sus cantantes favoritos estaban Helenita Vargas “la Ronca de Oro”, Julio Jaramillo, Los Visconti y Claudia de Colombia, entre otros. Su canción favorita de la época era En una cruz de palo.
En la adultez, esta bella señora se consolidó como una mujer arro lladora, creativa, alegre, soñadora, chistosa, extrovertida y siempre ocupada. Aunque también terca, negativa a veces, y muy reactiva. Cuando Luz Alba descubre un remedio, alimento o creencia benefi ciosa, lo comparte sin reservas. Su insistencia puede incomodar, pero su interés en el bienestar de todos a quienes conoce es su prioridad. Con el paso de los años, el alcoholismo y las tensiones familiares fueron reduciendo sus momentos de paz. Fue entonces cuando halló consuelo en la Iglesia cristiana. La efusiva mujer de antes dio paso a una Luz Alba más introspectiva, dogmática y entregada con fervor a las enseñanzas del evangelio. Sus momentos de alegría se volvieron más íntimos, reservados a espacios de conexión interior. Su tolerancia frente a quienes cuestionan su fe ha disminuido y se evita tocar ciertos temas para no opacar su brillo. Sin embargo, su amor por la familia permanece intacto. Retirada de su labor como comer ciante, mamá sigue dedicada a coser, tejer, leer, cuidar de su jardín y de quienes ama. A veces olvida apagar las luces, las hornillas de la estufa o cerrar puertas, y su salud exige atenciones especiales que sus cuidadores procuran brindar y atender. A nivel social sigue siendo activa, en la medida de lo posible, pues ya depende de otros para salir y trasladarse fuera de su casa. Ella tiene pocos amigos cercanos, pero muchos conocidos.
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Abimael, el hijo menor entre los varones, quiso ampliar esta historia. Con profunda admiración, reconoce en mamá un ejemplo de resiliencia y valentía. “Campesina caldense”, quedó viuda a los 30 años cuando su esposo, José Fabio Marín Ramírez, falleció a los 33 años. Con ocho hijos pequeños y en medio de la pobreza, Luz Alba alzó la mirada al cielo, oró y con una determinación admirable decidió que saldría adelante. En el barrio Fátima, en Manizales, enseñó con el ejemplo: lavaba ropa, freía papas, hacía buñuelos y vendía dulces para que sus hijos pudieran estudiar. Jamás permitió que pidieran limosna. Gracias a su esfuerzo, la mayoría logró terminar su educación superior. Incluso montó su propio negocio universitario vendiendo mercancía, con lo que demostró que no hacen falta teorías sofisticadas para ser una gran vendedora ni una gran madre.
Aunque no sabía de neurociencia ni marketing, mamá aplicaba la peda gogía del amor. Creaba juegos para motivar, convertía sus ventas en discursos inspiradores y ponía el alma en cada acto cotidiano. Hoy, casi todos sus hijos somos profesionales, y ella, a sus 83 años, agradece a Dios por cada jornada, sus caminatas, sus nietos y su inseparable Biblia.
En palabras de Abimael:
Es difícil escribir sobre mamá sin que las lágrimas llenen mis ojos. No hay título ni logro que iguale la deuda que siento por todo lo que hizo por nosotros. Gracias a su amor y sacrificio, soy quien soy y el tiempo que le he dedicado es nada en comparación con su entrega incondicional. Ella es un espejismo, ese ser mágico que jamás se dio por vencido y que aún hoy me inspira. Al recordarla lavando ropa o ayudándonos en cada paso, me sobrecoge una gratitud inmensa. Gracias, mamá. Te amo profundamente.
Sus colores favoritos son el amarillo y los tonos intensos; le gustan las rosas, la música cristiana, las matas, ama a Lupita, su gata, conversa todo el día con sus perritos Nala y Brandy, le encanta la mazamo rra, el plátano maduro asado con aguapanela, el granizado de café,
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los buñuelos recién hechos, los fríjoles con sidra o con coles y el mondongo. Ama estar en familia, hablar con su hija mayor por horas por teléfono y recibir las llamadas de sus hijos y nietos. Esta dedicatoria es más que un homenaje, es una invitación para todos sus familiares a aceptar el pasado, sanarlo y soltarlo, a entender que hay cura para las heridas y que podemos vivir en gratitud porque ella está bien. Hoy aún tenemos tiempo de disfrutarla, llevarla a conocer sitios, tomarnos un café en su compañía y hacerla vibrar con nuestra presencia activa; porque está entera, con algunos dolores propios de la edad, pero con toda la energía para seguir viviendo con la intensidad y el amor que merece. Como bien dice Abimael, Dios nos regaló una madre extraordinaria, el reflejo de su luz y la promesa de nunca ignorar su fuerza, su energía y sus enseñanzas son para él su guía.
El rostro jóven de José Fabio Marín Ramírez
José Fabio: Un protagonista sin protagonismos N uestro padre no vivió muchos años, pero su paso por la vida dejó marcada una huella de alto valor para la familia. Nueve hijos nacieron del amor entre él y mamá, y en cada uno quedó grabado su ejemplo, algunos lo hemos experimentado como una fuerza interior y hemos llegado a percibir cómo su energía nos sigue acompañando desde otro plano de la existencia.
Los recuerdos de él sobreviven como fragmentos dispersos. Para los hermanos mayores, son escenas completas; para los menores, apenas una presencia que se intuye más de lo que se narra. Pero si algo es unánime es la certeza de que aquel hombre, de manos firmes y alma callada enseñó, con su forma de estar en el mundo, que la vida es para andársela y que se puede pasar por esta existencia desde la sencillez y sin tanto reconocimiento.
Nuestra madre fue su compañera, su espejo y su refugio. Y cuando él partió, fue su voz la que lo mantuvo vivo en la memoria de todos nosotros. Gran parte de este relato ha sido construido gracias a mamá, porque ella aún pronuncia su nombre con respeto y amor, y su ausencia pesa como si todavía caminara entre nosotros.
Y así comienza esta historia...
Mamá recuerda a nuestro padre como un ser tranquilo y discreto, pero de carácter fuerte y definido. Quienes lo conocieron de cerca sabían que detrás de su mirada serena habitaba un hombre lleno de coraje. No era de sonrisas bullosas ni de tantas palabras, pero su presencia tenía peso. Buen ser humano, solidario, cercano a la naturaleza, tenía el don de aparecer cuando alguien lo necesitaba, como si su brújula interior estuviera siempre orientada hacia la ayuda. Su temperamento, similar al de su hijo José Nulben, era calmado y servicial, combinaba una especial sensibilidad con un carácter firme y decidido.
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Era mocho, le faltaban los dedos pulgar e índice de la mano derecha, que perdió trabajando con pólvora antes de casarse con mamá; su comida preferida era el picado de hígado y el guiso de cebolla y tomate con arepa.
Fue un hombre andariego: vivir en el mismo pueblo le resultaba tedioso. Junto a mamá recorrió diversos lugares: Engativá, Victoria, Bogotá, Marquetalia, Honda, Ciénaga, Manizales… Y en cada lugar nacía una nueva historia, en la mayoría de las veces, también un nuevo hijo. Eran tiempos de andar sin rumbo fijo pero con propósito, buscando esta bilidad sin perder la capacidad de soñar. En cada trasteo, él cargaba a su familia, las esterillas para dormir, algo de ropa y más responsabili dades, pero también más sed de descubrir nuevos territorios. Zapatero, polvorero, comerciante, guaquero, alquimista casero de fórmulas como el jabón de romero y quinua, o el temido matamalezas. No había oficio que no intentara dominar, no por ambición, sino por ese impulso vital de proveer, de sostener. A pesar de las carencias, nunca faltó un plato de comida sobre la mesa de la familia y siempre estuvo para mamá.
Tenía compasión por su madre Emilia, aunque ella lo había herido con el desamor, la marginación y el rechazo no le impidieron sentir piedad por su manera de ser. Nuestro padre no hablaba mucho de sus dolores, pero cargaba con ellos en reserva. Mamá cuenta que él fue su mentor, el que le enseñó a ser mujer, y eso, viniendo de ella, lo dice todo. Su presentación personal era siempre impecable, vestía con senci llez pero cuidaba de los detalles. Le gustaban las moliendas, montar a caballo, observar los árboles, las montañas y los atardeceres. Mamá recuerda que cantaba con una voz muy bonita y suave, como si cada nota escondiera un sentimiento. Escribió poemas, algunos dedicados a su amada, tenía un carácter romántico y se recuerda que se colgaba un radio Sony como un manos libres en el hombro, mientras escuchaba la emisora Ondas del Nevado. Solía estar pendiente de las canciones que seguían por presentar, y una vez las tenía identificadas, llamaba a mamá para dedicárselas como si fueran una serenata; de hecho la canción Rondalla le trae a mamá esos recuerdos inolvidables de sus demostraciones de afecto y amor.
No fue un hombre de excesos: comía poco, bebía de vez en cuando y fumaba a escondidas, como si no quisiera molestar a nadie. Sus demostraciones de afecto eran discretas, su expresividad, reser vada y su tristeza, profunda. Pero en su aparente quietud latía un alma
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inquieta, creativa y sensible. Fue un hombre valiente, emprendedor, proveedor y silencioso. De esos que no buscan ser reconocidos, pero cuya ausencia deja un vacío imposible de llenar. En la relación con mamá fue celoso y controlador, y hay que entenderlo, pues la belleza de esa mujer supera cualquier estándar.
Según cuenta mamá, él era un hombre inteligente, muy guapo, todo un caballero, aventurero y con una firmeza que se reflejaba tanto en su carácter como en la manera de criar a sus hijos. Para él, la crianza debía basarse en la disciplina, combinando una mano firme pero amorosa. Como padre, fue una figura autoritaria, convencido de mantener el control y la unidad familiar, rasgo muy característico de aquellos años sesenta. Su objetivo era formar individuos útiles para el mundo, capaces de sostener y proteger a sus familias. Con sus hijos varones, se mostró firme y exigente, incluso implacable. No solía demostrar les afecto ni ofrecer halagos, pero sus gestos de disciplina siempre tuvieron un propósito. Buscaba inculcarles temple, responsabilidad y la misma fuerza que él había forjado en su vida en el campo. Su forma de amar era directa, pero sincera. Nos enseñó con su ejemplo a preservar la dignidad, a esforzarse para conseguir lo que se necesita en la vida y a mis hermanos les demostró cómo un hombre no abandona nunca a su familia, incluso después de la muerte. Quería que pudieran enfrentar la vida con la misma determinación con la que él se levantaba cada mañana a trabajar.
La percepción de mis hermanos varones sobre papá, sin embargo, varió considerablemente de la narrada por mamá. El primer hijo, Albeiro, lo recuerda como alguien que le enseñó a trabajar desde pequeño, tratándolo con rigor y asignándole responsabilidades que, para un niño, eran considerablemente grandes. No obstante, en aquella época, era completamente normal que los niños trabajaran. Mis demás herma nos tienen recuerdos más vagos, pero sí vienen a sus memorias los castigos y su fuerte crianza.
La relación con nosotras las mujeres estuvo marcada por un vínculo más afectivo, que en algunos casos es difícil de recordar. Cuando murió éramos muy pequeñas, solo Edit, la hermana mayor, conserva un recuerdo claro: “Los ojos de papá brillaban cuando me miraba y la sensación de ser cargada sobre sus hombros mientras caminábamos por la calle juntos es inolvidable”. Nosotras, las menores, no tenemos recuerdos físicos, pero sí la constante sensación de su presencia.
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Ambas, a nuestra manera, hemos sentido su energía acompañándo nos, como si él, desde algún lugar invisible, continuara velando por nuestros proyectos y nuestro ser.
No existen cartas ni grabaciones de él y en los álbumes familiares hay solo dos fotografías: una es la imagen tradicional de su matrimonio, en la que mamá y papá parecen más una figura dibujada que personas reales; la otra, mucho más cruda, lo muestra en su puesto de dulces, delgado y frágil, a los 32 años, cuando ya enfrentaba el diagnóstico de cáncer. Pocas son las imágenes, pero las huellas que dejó en quienes lo amamos son innumerables.
Papá fue polvorero y, debido a la muerte de un señor manipulando pólvora, estuvo en la cárcel durante un año. Por fortuna, le asignaron un abogado de oficio que logró demostrar su inocencia. Durante ese año nuestra madre tuvo que asumir la crianza de sus tres primeros hijos sola y empezó a lavar la ropa del hospital de Victoria (Caldas) para poder sostener el hogar.
Luego de volver a su libertad, la familia siguió creciendo, nacieron otros cuatro hijos, José Nulben, Abimael, Edit y Elizeth; y justo antes de pensar en tener a la última, es decir, a mí, Fabiana, a nuestro padre le dio ictericia y finalmente tuvo un diagnóstico de cáncer. Mamá no tiene tan claro si fue de esófago o hígado, pero lo cierto es que la enfermedad ganó la batalla y a los siete meses de mi nacimiento su vida se apagó.
Cuando nuestra madre supo que la enfermedad comenzaba a avanzar y que su muerte era inminente, comenzó a ahorrar en una alcancía de guadua el dinero para cubrir los gastos de su entierro. Cada moneda guardada era una forma de enfrentar lo inevitable. El día que papá murió, ella destapó la alcancía, y allí estaba, justo, el monto exacto para cubrir sus exequias. Algunos vecinos se acercaron a ofrecer ayuda, atentos a lo que hiciera falta. Pero, fiel a su carácter y su mente adelantada, mamá ya lo tenía todo dispuesto, incluso había guardado lo necesa rio para atender a los familiares que viajaron desde otros pueblos a despedirlo. Fue su manera de honrar a su amado, con cuidado, con previsión y un amor incondicional, tal como él lo habría hecho por ella.
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Nuestro padre murió joven y su partida dejó más preguntas que respuestas. Pero quienes lo amaron saben que su vida no fue en vano, fue un hombre de actos simples pero significativos. Sus recuerdos no están en monumentos ni discursos, pero sus huellas permanecen en la memoria de quienes caminaron a su lado, porque hay hombres, como él, que no necesitan llamar la atención para hacerse eternos.
El rostro jóven de Luz Alba Mejía Buitrago
Cuando el amor nació:
enamoramiento, pasión, deseo y sueños L a historia de amor de nuestros padres comienza en los linderos de las fincas donde vivían sus familias. Lo que inicialmente parecía una relación simple, con el paso del tiempo fue convirtiéndose en una particular amistad en la que no había conversaciones, solo mensajes escritos, condición muy común para la época.
Mamá narra que ella nunca imaginó que su vida daría un giro tan inesperado:
Fabio era solo mi vecino, y fue gracias a mis cuñadas, Elia y Dora, que nuestras vidas empezaron a cruzarse. A escondidas y con mucho temor, Fabio y yo nos hicimos amigos y desafiamos las estrictas reglas de mi mamá. Las notas que me enviaba se convirtieron en nuestra forma de comunicarnos.
En esa época, las mujeres tenían prohibido hablar libremente con los hombres, pero papá encontró una forma creativa de romper el silen cio con mi madre y desarrolló un sistema de códigos numéricos para enviarle mensajes escondidos en frunas a través de sus hermanas. Mamá, con paciencia e intuición, logró descifrar esos números que expresaban frases sencillas, pero emotivas: “Te amo”, “Te extraño mucho”, “Eres mi mujer predilecta”. Aunque al inicio mamá no compartía los mismos sentimientos por papá, este lenguaje secreto le ofrecía una vía de escape frente al control de mi abuela y, poco a poco, fue despertando su interés en él.
Cada domingo, cuando la abuela salía al pueblo, las tías Elia y Dora aprovechaban para visitar a mi mamá y entregarle los mensajes de su amado, sin embargo, la situación no pasó desapercibida para el tío
La foto tradicional de matrimonio de Luz Alba y Fabio
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Orlando, quien, tras cinco meses de perseguirla, interceptó una de las notas y se la entregó a la abuela Carlina. Mamá recuerda con claridad aquel momento:
Ella se molestó mucho y me pegó, diciendo que Fabio era un ladrón. Le respondí que no me importaba, que él no era mala persona. Él se enteró de lo que había pasado y me mandó otra nota preguntando si aceptaba su propuesta de matrimonio. Le dije inmediatamente que sí, aunque estaba castigada.
La decisión de casarse no fue del todo meditada por mamá; más bien surgió como una respuesta instintiva para escapar de los abusos y el encierro en el que vivía. La reacción de la abuela ante la noticia era de esperarse: ese día mamá recibió otro castigo físico y verbal, y le fue negado el permiso para formalizar la relación con mi padre. Sin embargo, mamá sostuvo su postura y continuó adelante con sus planes.
Lejos de intimidarse, papá persistió en su intención de formalizar el compromiso. Comenzó a enviar notas pidiendo autorización para asis tir al cursillo prematrimonial y aunque la abuela se negó a acompañar a mamá a la iglesia para todos los trámites, una vecina, doña Elizenia, se ofreció a ayudar, y fue con ella con quien mamá logró ir a hablar con el sacerdote. Papá, por su parte, envió el dinero necesario para comprar la ropa de la boda. En ese tiempo, las novias se casaban vestidas de negro, con chaqueta y falda, y más adelante se cambiaban al tradicio nal vestido blanco, y él cumplió con todos los requisitos para que aquel momento fuera especial para mamá.
Nuestros padres se casaron la noche de un 28 de diciembre, sin la bendición de sus madres. Mamá recuerda con claridad las lágrimas de su padre, quien, en un último intento por disuadirla, le ofreció que la dejaría continuar con sus estudios si cancelaba la boda. Pero la deci sión ya estaba tomada, aunque él no asistió a la ceremonia, insistió en que Carlina la acompañara, quien finalmente asistió presionada por el abuelo.
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Tras el matrimonio, papá asumió los gastos de la noche de bodas y organizó una breve luna de miel en Mariquita. Para mamá, todo era nuevo. Llegaba al matrimonio sin experiencia ni expectativas claras, pero encontró en su hombre a un ser humano paciente y considerado: “No sabía nada de sexo, pero él fue muy amable conmigo y eso me hizo enamorarme. Era detallista, atento, me celebraba los cumpleaños con cosas sencillas, pero siempre me hacía sentir especial”. Con el paso de los días, el cariño entre ambos creció. Su trato gentil y constante fue desarmando poco a poco las reservas con las que ella había llegado al matrimonio. Aunque vivían con modestia, papá tenía la capacidad de conquistarla con gestos únicos e inesperados. Durante los dos primeros años, llevaron una vida andariega. Nuestro padre tenía un espíritu nómada, siempre buscando nuevas oportunida des y experiencias. Vivieron primero en una finca y luego se traslada ron por distintos lugares. Para mamá, esa movilidad no fue una carga. Después de una adolescencia controlada y rígida, lo que más valoraba era la sensación de libertad.
Ella cuenta: “Me casé a los 16 años y tuve a Albeiro a los 18. En esos dos años anduvimos de aquí para allá, pero no me importaba. Lo único que quería era salir de mi casa. Con Fabio nunca me sentí maltratada”. El embarazo de sus primeros hijos, un par de gemelos, marcó un punto de inflexión en su historia compartida. Ese amor que había nacido entre notas clandestinas y la necesidad de huir se transformó en un vínculo más profundo, respaldado por el respeto mutuo y una creciente complicidad.
Al recordar aquellos años, mamá siente una mezcla de nostalgia y gratitud. Aunque papá ya no está, su imagen sigue viva en su memoria y en la vida de todos nosotros. Su ausencia aún duele, pero también se ha vuelto esa compañía espiritual. Mamá lo siente en sus recuerdos, en las sonrisas de todos los hijos y en cada decisión que toma con la fortaleza que él le ayudó a cultivar. Fue ese amor el que le permitió a ella dejar atrás un pasado marcado por la represión y el maltrato, para abrirse a un futuro más tranquilo y digno.
Hoy mamá sigue adelante y reconoce a papá como el amor de su vida, su compañero, amigo y sostén.
Segunda Parte:
Los Hijos Que Parió La Fuerza
Los hijos de Luz y Fabio:
nacimientos y carácter Los años que siguieron transcurrieron entre viajes, embarazos, tras teos y un sinfín de historias propias de una pareja colombiana, aunque, ciertamente, no tan típica. A continuación, se presentan las historias relacionadas con los nacimientos y la niñez de los nueve hijos, narradas desde la perspectiva de nuestra madre. Todos los relatos se presen tan en su versión original y fueron transcritos lo más fielmente posi ble a los recuerdos de mamá y de algunos de sus coprotagonistas. Adicionalmente, se incluyen apartados de carácter analítico y con un toque profesional complementario, escritos por Elizeth, que como ya se había mencionado, tiene formación profesional en dinámicas psico sociales familiares y conflictos asociados a la herencia emocional y las conductas adictivas.
Esta recopilación constituye una radiografía de una familia unida por lazos de sangre y apellidos, pero que, como es natural, está integrada por individuos completamente opuestos y singulares. Todos ellos forman parte del rompecabezas genético de los Marín Mejía. Antes de iniciar, y para darle el lugar que le pertenece en la familia, nuestro primer hermano medio nació por fuera del núcleo familiar antes de la unión de nuestros padres. Papá le confesó a mamá, previo a la boda, que ya tenía un hijo, para que pensara bien su decisión, pues no quería que ella se enterara por otra persona. Hacia el sexto año de matrimonio, mamá conoció al niño y era muy parecido físicamente a Albeiro, luego nunca se supo nada de él, ni siquiera su nombre, pero
Los 9 hijos, la descendencia Marín Mejía
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hoy se reconoce a esa alma como parte del tejido familiar. Ahora si nos sumergimos en las historias de los hijos nacidos y no nacidos de esta pareja.
Juana Juana fue la acompañante de útero de Albeiro en el primer embarazo de nuestra madre, aunque su vida fue breve, fue un vínculo cercano a su hermano de vientre y, por supuesto, al de mamá. Durante los primeros meses de gestación, su desarrollo transcurrió con aparente normali dad. Al sexto mes de embarazo mamá supo que venían dos bebés en camino. La noticia fue sorpresiva, pero fue bien recibida por nuestros padres; ambos celebraron emocionados la llegada de gemelos como padres primerizos.
Mamá narra lo vivido así:
Después de dos años de matrimonio, quedé embarazada por primera vez, y la experiencia fue muy difícil. Me enfermé mucho, ocho días antes del parto, comencé a sentir un malestar persistente, dolor abdominal, sensación constante de dilatación, pesadez, dolor de cabeza y un decaimiento generalizado. En mi barriga, llevaba dos bebés, una niña que no logró vivir y mi hijo que pudo llegar al mundo. Fue un momento difícil de aceptar y procesar. Antes del nacimiento mamá consultó al médico, pero le aseguraron que aún no estaba en trabajo de parto y que todo parecía estar en orden. En aquel enton ces, los controles prenatales eran limitados y no incluían ecografías de seguimiento ni exámenes diagnósticos exhaustivos. Así, el malestar se prolongó durante más de una semana sin una evaluación precisa. El día del parto, lo único que ella recuerda es que le dio diarrea, vómito y un dolor insoportable que envolvía su vientre antes de perder el cono cimiento. Al despertar, le informaron que uno de los bebés no había
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sobrevivido. Su estado de salud se agravó notablemente y, en medio de la confusión y el silencio médico, nunca se supo qué ocurrió con el cuerpo de Juana ni dónde fue sepultada.
Muchos años después, en el proceso de reconstrucción de nuestra historia familiar y la escritura de este libro, se logró reconocer a Juana como nuestra primera hermana. Y aunque en la familia siempre se supo de su existencia, no se hablaba mucho del tema. Hoy, mamá le da su lugar como hija, integrándola amorosamente a la memoria emocional de nuestra familia y cerrando, en parte, un duelo que durante décadas permaneció silenciado.
Cuándo le preguntamos sobre su nombre, ella reconoció que nunca pensó en ello, y en una de sus conversaciones con nuestra hermana mayor decidió llamarla Juana en honor a su abuela. José Albeiro La historia de José Albeiro comienza junto a la de su hermana gemela, Juana. En su relato, mamá describe el embarazo y el parto como una fuerte experiencia personal. “Con una hospitalización de 10 días y muy enferma, el niño nació; mi esposo estaba muy feliz de tenerlo en brazos. Yo me enfermé gravemente, por lo que no supe quién enterró a la bebé fallecida”, recuerda. En ese entonces, las limitaciones del sistema de salud y las precarias condiciones del parto no solo pusieron en riesgo su vida, sino que también dificultaron la vivencia del duelo y el cuidado inmediato de sus hijos.
José Albeiro fue un niño amado desde el principio, pero su parto fue complicado. Nació con la ayuda de fórceps, su cara estaba morada, su cabeza quedó muy golpeada y sus pies torcidos. Mamá recuerda que, luego de su nacimiento, utilizaba dos tablas para inmovilizarlo después de cada baño y, para enderezar su pie, usaba cabuya, cordones y cartones, todo lo que tenía a su alcance. Fue un proceso doloroso para los dos, pero ella nunca dejó de masajear, ni entablillar sus pies; a José Albeiro este momento parecía gustarle. A los cuatro meses, lo enyesaron y, después de retirar el yeso, mejoró un poco, aunque su pie aún estaba torcido, afortunadamente no necesitó cirugía.
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Con recursos económicos limitados para atender su condición médica, mamá recurrió a las recetas de las abuelas y con su sabiduría ances tral, le envolvía los pies en una manta apretada y poco a poco, su pie fue enderezándose.
José Albeiro era un niño extrovertido, tierno y juguetón, además de ser un buen estudiante. Mamá recuerda que, a pesar de su fuerte carácter, era demasiado noble. Como todo hermano mayor, cuando alguno de sus hermanos pequeños hacía una travesura, él era quien recibía la atención de nuestros padres y, por supuesto, el castigo. Desde muy joven, creció bajo una constante exigencia; solía acom pañar a papá en todos los oficios y reconoce haber aprendido mucho de él. José Albeiro recuerda que empezó a trabajar a los cinco años y en donde estaba papá, ahí debía estar él. Juntos desempeñaron numerosos oficios: fueron polvoreros, trabajaron en minas de carbón, elaboraron jabón de romero y quinua, entre otras actividades. De estos esfuerzos, Albeiro recuerda con orgullo que logró comprarse unos zapatos nuevos, una pequeña pero significativa recompensa en medio de esa dura infancia.
Nuestro hermano evoca con humor que, cuando papá le delegaba la responsabilidad de llevar a todos a la iglesia pentecostal de San José, terminaba desviándose hacia el cine. Allí todos disfrutaban de pelí culas como Kalimán, Arandú, Capulina y otras series populares de la época. Estos momentos de escapismo eran un respiro en medio de las responsabilidades que solía tener a cargo.
Con profunda tristeza, él rememora el día que murió nuestro padre. Estaba en el coliseo, jugando un partido de tenis de mesa, cuando reci bió la terrible noticia. Días después, cuenta que vio su alma al lado de la cama, observando a todos en silencio. Aquella experiencia lo dejó sin palabras y profundamente conmovido; esta fue la última conversación que tuvo con papá, momento en el que encargó la responsabilidad de la familia. Su imagen y sus palabras nunca se borraron de su memoria. La confianza que papá depositó en él era enorme y José Albeiro ha cumplido fielmente con ese mandato. Sin embargo, ese peso lo marcó emocionalmente y las responsabilidades económicas que asumió le forzaron a madurar antes de tiempo, lo que dejó huellas que aún no se han borrado.
Algunas personas lo conocieron como Bomba, apodo que se originó de su labor de vender bombas, unos pasteles de panadería, para ayudar económicamente en casa. Así comenzó el viaje de José Albeiro hacia
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la vida adulta siendo todavía un niño. Con el tiempo, logró vincularse laboralmente en una empresa, lo que le otorgó mayor estabilidad y le permitió contribuir de manera más directa a la economía del hogar, además de ayudar a mamá al asumir un rol paternal. A partir de allí se convirtió en un guía y un maestro para todos nosotros, sus hermanos. Su carácter protector, especialmente hacia las mujeres de la familia, lo llevó a cuidarnos y exigirnos en cuanto a nuestros estudios y labo res domésticas, manteniendo un patrón machista heredado de papá. Asumir el rol de figura paterna representó para José Albeiro un desafío importante. Aunque su manera de ejercer autoridad fue, en ocasiones, estricta, detrás de ese carácter firme había una intención genuina de orientar y proteger, marcada por el legado paterno. A lo largo de su vida adulta, José Albeiro ha enfrentado desafíos personales profundos, entre ellos una lucha persistente contra el alcoholismo. En sus periodos más críticos, ha demostrado una firme determinación por salir adelante. El hecho de ser una figura central dentro del núcleo familiar lo ha obligado, en más de una ocasión, a recuperar la sobriedad con una lucidez que ha devuelto algo de espe ranza a quienes lo rodean. Sin embargo, esa recuperación no ha sido lineal. Recurrentemente, se ve atrapado nuevamente por su adicción y se sume en profundos momentos de silencio que revelan la carga emocional que aún no logra liberar. Aunque vive atrapado entre ciclos de avances y recaídas, José Albeiro es un ser humano profundamente valioso, la familia reconoce su coraje y voluntad, y no pierde la espe ranza de que siga intentando vivir en sobriedad por el resto de sus días. Se casó a los 41 años, en un estado evidente de alicoramiento. A pesar de ese inicio, formó una familia junto a Mónica, una enfermera de carácter fuerte y comprometido, que se ha convertido en un apoyo constante a lo largo de su vida. Juntos han atravesado múltiples difi cultades y retos personales. Con el nacimiento de su hija Salomé, José Albeiro asumió plenamente el rol de padre y así enfrentó nuevos desa fíos que lo llevaron a replantearse sus límites y sus capacidades. Sin embargo, a pesar de centrarse en su nueva familia, sigue cumpliendo la promesa hecha a su padre: cuidar de sus hermanos. En especial, ha mantenido una relación de fuerte compromiso con José Nulben, a quien trata como si fuera su propio hijo. Esta entrega le ha generado frustraciones y desilusiones, especialmente cuando sus esfuerzos no se ven correspondidos. Aunque nosotras, las mujeres de la casa, le hemos insistido en que ya cumplió con creces las responsabilidades
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heredadas, él permanece fiel a su palabra, manteniendo ese compro miso como un acto de lealtad y sentido del deber que no se atreve a soltar.
Hoy, a sus 65 años, sigue destacándose por ser una persona generosa, noble y siempre dispuesta a ayudar a los demás. El paso del tiempo y las experiencias vividas han moldeado en él a un hombre más reflexivo y comprensivo. Su vínculo con mamá es especialmente estrecho: más que un hijo, se ha convertido en su principal apoyo emocional y en un respaldo constante en su efectiva. A lo largo de los años, Albeiro mantiene firme en mantener unida a la familia, a pesar de los retos que esto supone.
Es mucho más que un hermano mayor o un hijo responsable. Quienes lo conocemos sabemos que él es un hombre atravesado por dolores antiguos que no se ha decidido a soltar y aún sigue dando más que recibiendo. Desde afuera, es inevitable admirar su fuerza, aunque también conmueve la tristeza que a veces deja ver en su mirada en sus momentos de ebriedad. Aun luchando con sus sombras, sigue siendo el primero en aparecer cuando alguien necesita apoyo, el que calla su cansancio por cuidar de los otros, el que carga culpas que no le pertenecen. José Albeiro heredó responsabilidades, y esa elección, a veces le pesa, pero él sigue estando ahí, incluso dejando de lado su propio bienestar.
A lo largo de los años él sigue siendo un referente para la familia, no por sus logros materiales, sino por la lealtad y el amor con los que nos ha acompañado a cada uno de nosotros en nuestros caminos. José Jesús José Jesús o Chepe es el tercer hijo en la serie de nacimientos después de Albeiro y Juana. Es físicamente atractivo, disciplinado en las labores del hogar, inteligente y, sobre todo, una persona respetuosa. Tiene un fuerte carácter, le gustan los temas políticos y hablar de sus desafíos laborales.
Nuestra madre cuenta que Chepe fue concebido poco después del parto de Albeiro, y fue recibido con mucho amor. Nació en una finca en El Porvenir, en Marquetalia, asistido por una partera. Su llegada al mundo fue complicada; los dolores de mamá fueron intensos y estuvo a punto de no tener un buen final. En sus propias palabras, “al nacer, no
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teníamos nada preparado para él, así que tuve que envolverlo en sába nas e improvisar lo que necesitaba”. Posteriormente, nuestros padres se mudaron a Bogotá, específicamente a Fontibón, allí conocieron a un amable polvorero y a su esposa, quienes les ofrecieron hospedaje. Esta pareja se encariñó con Chepe y decidió brindarle todo lo necesario; cuna, toldillo, teteros, leche, baberos, escarpines, mitones, cobijas y colchonetas. Chepe se convirtió en su ahijado, lo que mejoró signifi cativamente su calidad de vida. Además, papá comenzó a trabajar para ellos y así recibió un buen salario.
El día de su bautizo, Chepe tuvo una celebración especial con ropa nueva, especial para nuestros padres, que no contaban con los recur sos económicos suficientes para este tipo de lujos. Una de las anécdo tas más llamativas de su infancia ocurrió en el hospital de Victoria, un pueblito de Caldas, donde trabajaba mamá; allí fue raptado durante una semana por el doctor Cataño, quien, según ella, se encariñó profunda mente con el niño. De hecho, Chepe fue un bebé muy admirado por su belleza. Meses después, hubo un segundo intento de rapto en el barrio Minitas, en Manizales. Unos desconocidos lo subieron a una camio neta, pero los gritos desesperados y decididos de mamá alertaron a las personas cercanas y permitieron que la policía interviniera y lograra que el niño regresara sano y salvo a los brazos de mamá. Era el único nieto consentido de su abuela paterna, Emilia, a quien no se le recuerda por ser especialmente amorosa y dulce con ninguno de sus demás nietos, solo con él. Su temperamento desde pequeño fue diferencial; en palabras de mamá ,“era un niño reflexivo, aunque a menudo se mostraba fastidioso y creído, como si perteneciera a una familia superior a la nuestra, conducta que se asemejaba a la de su abuela”. A pesar de su corta edad, exhibía un orgullo desmedido, no era tímido y tenía la costumbre de hacer berrinches. En ocasiones, para calmar sus rabietas, mamá tenía que sumergirlo en el tanque de agua fría del lavadero.
En su juventud era serio y muy juicioso con sus artículos personales, era el único de los cinco hombres al que se le veía lavando su ropa sucia, particular en esta familia de machistas. Las peleas entre hermanos no se hacían esperar, pero Chepe solo intervenía cuando era nece sario defender a alguna de las niñas de la casa. Sus novias, siempre impecables y muy bonitas, estaban acordes al nivel que él se proponía alcanzar.
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Se le recuerda en su etapa universitaria como un asiduo lector, escu chaba música protesta, trotaba a las 6 p. m. y era amante de los perros. Su trabajo como encargado del puesto de dulces en la Universidad Nacional contribuyó significativamente a mejorar los ingresos del hogar. El recordado “Puesto de Chepe” permanece en la memoria de las generaciones de estudiantes de los años noventa, muchos de los cuales aún lo reconocen y lo saludan en la calle con especial afecto. Era el inteligente de la familia, motivo por el cual se le delegaba ayudar nos con las tareas del colegio a nosotras, sus hermanas menores. Su lenguaje era fuerte y provocador, pero logró motivarnos a mejorar nuestro desempeño en el colegio. Su manera de enseñarnos no era la más amable, pero su apoyo contribuyó a construir en nosotras la dedi cación y el cumplimiento con las tareas, exigencias que fortalecieron a regañadientes nuestra disciplina para no tener que solicitarle su ayuda y evitar regaños o reproches.
Chepe es el fiel reflejo de que la diferencia también aporta, su silencio y su distancia, en ocasiones, brindan sabiduría y tenacidad. Aunque su faceta de hermano puede parecer distante, al entrar en su corazón se puede encontrar un ser sensible y reservado.
Junto con Clarena, su esposa, creó un hogar muy especial, Juan José, su único hijo, es la luz de sus ojos, y los tres tienen una relación muy cercana y firme, llena de amor, comprensión y mucha empatía. Clarena ha sido una presencia fundamental, no solo como compañera de vida, sino también por el estrecho lazo que ha cultivado con mamá, convir tiéndose en su confidente y en un apoyo emocional constante. Su disposición para acompañarla desde el afecto ha sido evidente tanto en los momentos difíciles como en las celebraciones familiares. Se suele decir que detrás de cada hombre hay una gran mujer, y en el caso de Chepe, Clarena es un claro ejemplo de ello. Aunque él a veces tiene dificultad para expresar su afecto abiertamente, es a través de ella que aflora su lado más tierno y amoroso, y se revela la sensibilidad que lo habita.
Hoy, a sus 64 años, ha comenzado un proceso significativo; se percibe en él un renovado interés por acercarse a mamá, está pendiente de sus necesidades, la apoya cuando su cuidadora no está disponible y la acompaña en momentos de soledad. Sus gestos reflejan el deseo de reconstruir un vínculo y de estar presente, como una forma de acortar la distancia que en otros tiempos marcó su relación.
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Hoy en día Chepe ha demostrado que el afecto también puede expre sarse de forma tranquila, sin necesidad de grandes demostraciones. Su presencia atenta en la vida de mamá refleja un compromiso que, aunque no es expresado en palabras, se manifiesta en sus acciones cotidianas.
Luis Alberto Según cuenta mamá, “el tercer embarazo fue tranquilo y el niño fue concebido con mucho amor. En ese momento, vivíamos en Bogotá y Alberto nació en condiciones favorables, en un parto sin mucho dolor. Toda la ropa de bebé de Chepe fue heredada para él”. Nuestro padre, con su carisma, conoció a otra pareja de bogotanos que, una vez más, aseguraron que al niño nunca le faltaría nada.
La infancia de los tres pequeños fue intensa; juntos eran candela pura y no faltaban los conflictos. En particular, Luis Alberto sobresalía por su temperamento fuerte, era un niño extrovertido, con tendencia a discutir con sus amiguitos, de carácter irritable, directo y, en ocasio nes, malhumorado.
Mamá siempre destacó su carácter trabajador y el sentido de respon sabilidad con el que asumió todos sus compromisos. Se distinguía por ser un excelente bailarín, alegre, amable y servicial con quienes lo rodeaban. Y, por supuesto, tenía un encanto especial con las mujeres, porque, en palabras de mamá, “mi Mono es muy lindo”. Durante su etapa escolar se ganó el apodo de Pastel porque vendía pasteles en la escuela Atanasio Girardot para ayudar con la econo mía de la casa. Siempre estuvo interesado en sus estudios, tanto que durante el colegio se enfocó en el área de ciencias y matemáticas. Cuando terminó el bachillerato, Luis Alberto le informó a mamá: “Me voy a graduar y quiero irme a trabajar al puesto de dulces de la Universidad Nacional”, a lo que nuestra madre respondió con firmeza, que primero debía pagar el servicio militar porque era muy grosero y necesitaba que afinara ese temperamento. Él negoció con ella, que, si le hacía una fiesta e invitaba a todos sus amigos, él se iría. Mamá asumió el desafío, y finalmente, le hizo su fiesta con muchos invitados y el trago que quisiera. Alberto cumplió con lo pactado y se fue a pagar el servicio a un batallón en Armenia.
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Durante esa época era evidente la tristeza de mamá por haber impuesto a su Mono que debía irse como soldado, temía constantemente por su vida y se sentía muy culpable. Todos fuimos testigos de su llanto y su dolor, esa agonía que solo quienes son madres comprenden, es como un dilema entre “te educo y corrijo” o “te sobreprotejo y malcrío”. Mi madre lo visitaba de manera cumplida al batallón, y él viajaba con cierta frecuencia con costalados de ropa sucia para que ella se la lavara. Tras su regreso del servicio militar, Luis Alberto se presentó a los exámenes de admisión universitaria y fue aceptado en la carrera de Medicina. No obstante, decidió postergar su ingreso, argumentando el deseo de trabajar antes de iniciar sus estudios, sin embargo, ella intuía que lo que quería era ahorrar dinero para casarse con su novia, Luz Elena. Frente a esta decisión, nuestra madre accedió con la condi ción de que lo hiciera únicamente durante un semestre y le permitió colaborar en el conocido “Puesto de Chepe”.
Cumplido ese periodo, Alberto dejó el trabajo. Mamá cuenta que “Los
21 años de mi hijo fueron los más difíciles de nuestra relación”. Los
cambios en su comportamiento, sus estados de humor y su rebeldía llevaron a mamá a despertar su intuición sobre algo que estaba por venir. Nuestra Luz, atenta a las actitudes de Luis Alberto y con ese sexto sentido que desarrollan las madres, percibió que algo pasaba. Una noche llegó borracho y, mientras comían, le dijo que tenía una noticia para ella: se casaba el siguiente sábado. Le pidió que no lo dejara solo en la boda, la invitó y ella lloró hasta el día del matrimonio, que coincidía con su cumpleaños, un detalle que, lejos de ser menor, permanece en su mente como un recuerdo doloroso. A pesar de las circunstancias nuestra madre, apoyada por sus amigas, asistió a la boda, un evento que rememora como un momento caótico por lo ines perado de la decisión. El vestido que usó ese día se lo regaló Marta Gonzales, una de sus mejores amigas de la época, y fue ella quien más la apoyó en esos instantes de duelo. Mamá no entiende cómo logró celebrar con un dolor tan profundo en su corazón. Ese mismo día, Luis Alberto le informó que se trasladarían a vivir a otra ciudad, una noticia que le resultó aún más difícil de asimilar. Justo el día de la madre, nuestro hermano empacó su vida y la subió a un camión rumbo a Cali; mamá no lo podía creer y cuenta, con cierta nostalgia, que le costó mucho aceptar esa realidad.
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En aquel momento, nuestra madre atravesaba el periodo de la peri menopausia, una etapa marcada por una alta sensibilidad emocional, irritabilidad y niveles elevados de estrés. Es posible que esta condición amplificara el impacto de lo ocurrido, lo que convirtió esa experiencia en un momento especialmente complejo. La partida de su primer hijo del hogar, su exclusión de los preparativos de la boda y el giro inespe rado que tomó la vida de Luis Alberto, se entrelazaron con un cúmulo de emociones y síntomas que aún hoy asocia con agonía, confusión y un insostenible sentimiento de pérdida.
Así, Luis Alberto salió tempranamente de la casa, sin embargo, mante nía el vínculo con mamá y solía visitarla cada año en Navidad, acom pañado de toda su familia. Son inolvidables aquellas largas reuniones con hermanos y amigos, marcadas por la alegría, las conversaciones animadas y el aguardiente y el ron infaltables que acompañaban las celebraciones.
Para nuestro hermano, mamá es su influencia formativa más impor tante, pues la presencia de ella en su vida siempre estuvo relacio nada con su desarrollo personal y profesional. Él relata que, desde su infancia, las enseñanzas de responsabilidad, honestidad y servicio de mamá lo guiaron en su vida y se reflejaron en su trayectoria laboral, especialmente en el ámbito del comercio. Cuando Luis Alberto escribe sobre mamá, es claro que ella representa un importante ejemplo en su vida; hoy, al mirar hacia atrás en su carrera de cerca de 54 años en ventas, resalta el profundo impacto que ella ha tenido en la obtención de sus objetivos laborales; en sus propias palabras, “cada logro, cada cliente satisfecho, lleva su influencia y su amor. A través de su ejemplo, aprendí el valor de la perseverancia, la importancia de la ética en los negocios y el poder transformador de las relaciones humanas”. Felipe, Karen y Alejandra son los hijos de Luis Alberto y Luz Elena, todos se han convertido en un motivo de alegría para mamá. Su rostro se ilumina al hablar de sus nietos y bisnietos, y la estrecha relación que ha forjado con Karen es un claro ejemplo de esa conexión. Compartir momentos con su último bisnieto les devuelve un brillo especial a sus ojos, un brillo que solo el amor familiar puede generar. Aunque Aleja y Felipe, debido a sus responsabilidades, tienen poco tiempo para estar con mamá, cuando logran hacerlo, traen consigo instantes de felicidad que enriquecen su vida. A través de los hijos de Luis Alberto, nuestra madre encuentra nuevas razones para sonreír y
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disfrutar cada día. Con gran orgullo habla de sus seis bisnietos, expre sando un amor profundo que refleja cómo su vida se extiende a través de las generaciones.
Para nuestra madre, Luz Alba, ver a Luis Alberto crecer, tomar rumbo y formar una familia ha sido motivo de orgullo, pero también de emocio nes complejas que con el tiempo ha logrado sanar y aceptar, otro peldaño más hacia su crecimiento espiritual.
José Nulben José Nulben ocupa el quinto lugar en el orden de nacimiento y, sin duda, es un alma que llegó a romper patrones y a generar desafíos de evolu ción para nuestra madre y para toda la familia. Desde sus primeros años, su presencia desafió las dinámicas establecidas, lo que impulsó procesos de cambio y grandes retos que lo han llevado a vivir múlti ples circunstancias que han moldeado su camino. En su relato, nuestra madre ofrece una mirada íntima y honesta sobre su hijo, recorriendo con sensibilidad las distintas etapas de su vida: una infancia tranquila, una agitada adolescencia y una compleja adultez.
Ella así lo cuenta: “Mi hijo vino al mundo en Victoria, Caldas, un puerto más de estancia elegido por mi esposo en su camino de vida. El cuarto embarazo fue normal, y aunque el parto fue doloroso, no hubo compli caciones mayores”. Cuenta que desde pequeño fue un bebé tranquilo y afectuoso, con un carácter noble que contrastaba con el tempera mento fuerte que desarrolló más tarde. En su niñez sufrió un accidente jugando en el barrio que le hizo perder un dedo y le valió el apodo de Mocho.
Mochito nunca mostró mucho interés por la escuela y la vida de reglas que es común en cualquier proceso de crianza: se escapaba del cole gio, se subía a dormir al techo de la casa mientras pasaba la jornada académica, no era muy amante del baño diario y le gustaba estar en la calle con sus amigos. En la adolescencia las malas compañías del barrio lo encaminaron hacia hábitos poco saludables, como el alco holismo y tomar como suyas las cosas ajenas. Mamá cuenta que no podía controlarlo tan bien como lo hacía mi papá, y tras su muerte, la situación empeoró. No obstante, siempre fue cariñoso y atento con sus hermanas, y demostró una ternura propia en él con las mujeres que hicieron parte de su vida.
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Mocho fue un joven con una inteligencia social y corporal increíble, fue sumamente sensible, pero con un carácter rebelde y desafiante. Mientras los demás hermanos cumplían con las responsabilidades escolares y del hogar, él optaba por tomar su propio camino, fuera de las expectativas familiares. Durante su juventud, tomó la decisión de abandonar el colegio para dedicarse al trabajo, impulsado por un fuerte deseo de autonomía económica. En ese momento, nuestra madre depositó en él una gran confianza y le encargó la administración del negocio familiar ubicado en la Universidad Nacional. José Nulben asumió esa responsabilidad con compromiso y dedicación; disfru taba sinceramente de su vida laboral y se destacaba por su carisma y entrega. Desde entonces, comenzó a aportar económicamente al sostenimiento del hogar, apoyando tanto a Albeiro como a mamá, quie nes se encargaban de manejar las finanzas familiares. Además de su interés por el trabajo, otra de las grandes pasiones de José Nulben fue el fútbol, realmente logró destacarse y tuvo la opor tunidad de participar en las divisiones inferiores del Once Caldas, el equipo de fútbol más cotizado de la ciudad. No obstante, su falta de constancia y compromiso lo llevó a ser retirado del equipo, truncando así una prometedora carrera deportiva. Años más tarde, retomó su vínculo con el fútbol desde otro rol: se formó como árbitro y comenzó a alternar su tiempo entre el deporte y las labores en el negocio familiar. Más adelante, en los pasillos de la Universidad Nacional, conoció a María, su primera esposa. Con ella vivió un vínculo intenso y conflictivo, y formó una familia. De esa relación nació Sebastián, un niño de piel morena, ojos grandes, hermoso y afectuoso, que se convirtió en el amor de la vida en nietos de nuestra madre. Sin embargo, las dificul tades no tardaron en aparecer. La dependencia de Mocho al alcohol y una cadena de decisiones equivocadas terminaron por desestabilizar su vida, lo que lo llevó a perder gran parte de lo que con tanto esfuerzo había construido.
Con el paso de los años, José Nulben se separó de María y volvió a enamorarse, formó una segunda familia junto a Paula, una compañera especial con quien logró construir un hogar más sereno y estable. De esa unión nació Valeria, una niña tierna, de ojos saltones y juguetones, que trajo un aire de esperanza a la familia. Para muchos, ella represen taba la posibilidad de un nuevo comienzo, una razón poderosa para que José Nulben asumiera con mayor conciencia el camino hacia la sobriedad.
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No obstante, los patrones del pasado volvieron a imponerse. Su persis tente cercanía al alcohol terminó por desmoronar nuevamente lo que había edificado con tanto esfuerzo. Una vez más, se enfrentó a las devastadoras consecuencias de sus propias decisiones. Perdió el vínculo con su núcleo familiar y su estabilidad emocional, financiera y laboral, quedando de nuevo atrapado en un ciclo de pérdidas y soledad. En los últimos años, José Nulben se ha establecido en Cali, ciudad que ha sido testigo de nuevas historias, pérdidas y otros desafíos. Entre ellas, la más devastadora ha sido la trágica muerte de su hijo Sebitas, sumada al distanciamiento definitivo de su familia, que, tras años de altibajos, terminó emocionalmente agotada y sin fuerzas para seguir acompañándolo en sus constantes recaídas. A esto se sumó la muerte de Diva, su tercera compañera, una mujer de 80 años que compartió con él sus últimos tres años de vida, y que también sufrió las consecuencias de su alcoholismo. Entre el afecto y el desgaste de su dependencia, Diva murió agotada y angustiada por el bienestar de su último amor.
Esta cadena de acontecimientos profundizó su estado de abatimiento, por lo que incrementó su consumo de alcohol hasta que se convirtió en una adicción severa. Dependencia que no solo ha intensificado su sufrimiento emocional, sino que también ha desencadenado nuevas pérdidas en distintos ámbitos de su vida. El alcoholismo ha deteriorado de manera alarmante su salud física, su estabilidad mental y sus rela ciones sociales, disminuyendo su capacidad para afrontar los desafíos más básicos de la existencia.
Como era de esperarse, nuestra madre ha llevado consigo el peso de cada recaída, cada pérdida y cada desilusión. Solo Dios conoce la magnitud del dolor que ha soportado intentando conservar la espe ranza y la lucidez en medio del sufrimiento.
La vida de José Nulben parece estar definida por la palabra trascender, un término que encapsula con precisión su difícil recorrido. Mocho se encuentra en un punto crucial de su existencia, luchando diariamente contra su adicción al alcohol. Es una batalla constante que consume tanto su cuerpo como su espíritu y lo deja a la deriva, en un claro estado de incertidumbre.
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Durante gran parte de esta etapa, nuestros hermanos le han brindado apoyo económico, intentando sostenerlo en sus momentos más críti cos. Sin embargo, con el tiempo se hizo evidente que lo que realmente necesitaba no era ayuda material, sino un acompañamiento terapéu tico profundo y sostenido.
Su hija Valeria intentó asumir ese rol durante un año, al hacerse cargo de su proceso de rehabilitación. No obstante, una vez José Nulben salió de la institución y recayó nuevamente. Esta situación llevó a Valeria a tomar la difícil decisión de alejarse de forma definitiva, tanto de su vida como de la de nuestra madre. Una decisión dolorosa, pero respetable. A pesar de estar rodeado de personas que lo aman y que desean verlo recuperar su camino, las decisiones que ha tomado a lo largo del tiempo han erosionado la confianza que alguna vez se le tuvo. Familiares y amigos lo observan con tristeza, queriendo ayudarlo, pero sin saber cómo, mientras él se debate entre el deseo genuino de cambiar y el poder implacable de su deseo de consumir.
Mocho vive en una lucha constante, buscando redimirse, pero enfren tando día a día el peso de su adicción y las sombras persistentes de su pasado. Hace poco, en medio de la soledad y el dolor, tomó la lamen table decisión de poner fin a su vida. Cansado y sin fuerzas, sintió que ya no podía seguir adelante. Sin pensarlo dos veces, intentó terminar con su vida, dejando un mensaje para algunos hermanos y conocidos. Al recibir el mensaje, sus hermanos, con el corazón en la garganta, emprendieron una búsqueda desesperada que los llevó a una clínica en Cali, donde fue reportado en un estado de salud crítico después de haberse tirado a un bus de transporte mio.
La noticia se difundió rápidamente entre sus seres queridos, lo que provocó una ola de emociones intensas y contradictorias. Como hermanos, intentamos proteger a nuestra madre del impacto inme diato de la situación, mientras cada uno expresaba a su manera el desconcierto y el dolor. Hubo quienes reaccionaron con escepticismo, otros con enojo, y algunos desde un profundo amor y preocupación. Cada uno, desde su vivencia, buscaba comprender y asimilar la magni tud de lo ocurrido, ejerciendo el derecho legítimo de sentir, reflexionar y preguntar.
Trascender, en su caso, no es solo una cuestión de superar sus límites personales; es un tema que marca una línea muy delgada entre vivir o morir. Cada día representa una nueva oportunidad para encontrar un norte, para aferrarse a una pequeña chispa de esperanza en medio
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de la oscuridad. La lucha no es solo contra el alcohol, sino también contra los demonios internos que lo empujan hacia él y en contra de la desesperanza que amenaza con ahogarlo.
Su vida es, sin duda, sin igual, se sale del molde familiar, pero segura mente obedece a patrones familiares heredados de nuestros ante pasados. Una historia de luchas, con pequeñas victorias como sutiles pasos hacia la redención; y cada recaída, cada vez más cerca al abismo. Mocho se ha enfrentado a la vida con una fuerza que muchos no logran ver, pero que es inmensa en su propia forma. En su búsqueda interna, lucha no solo por sí mismo, sino también por aquellos que aún creen en su capacidad de renacer de las cenizas, de encontrar un nuevo camino y de construir un futuro libre de las cadenas que lo atan al pasado. En medio de este torbellino de emociones, nuestra madre se aferra con fuerza a la esperanza de que Mochito pueda, una vez más, encontrar la voluntad para superar su adicción. Tal vez no dimensiona del todo lo complejo que es este camino, largo, incierto y lleno de tropiezos. Sin embargo, su fe permanece intacta. Ruega a Dios por una pequeña victoria, por un momento de lucidez que le permita a su hijo recuperar el rumbo.
Y, de alguna manera, sus súplicas han comenzado a dar fruto. Hoy, Mocho ha tomado la decisión de hacerse cargo de sí mismo. Consiguió trabajo como conductor de taxi y, con su salario, logra cubrir sus nece sidades básicas. Nuestro hermano mayor, Albeiro, y Carlitos, el cuñado, continúan brindándole apoyo en algunos aspectos, pero lo hacen de manera consciente, limitando su intervención para permitirle asumir, al fin, la responsabilidad sobre su vida.
No obstante, a pesar de sus intermitentes mejorías, la familia sabe que, a través de sus expresiones de enojo y tristeza, salen a la luz esas sensaciones de dolor y deuda emocional. En las últimas llamadas a los hermanos con los que se comunica, reclama atención, compañía y hace juicios abiertos a su actual situación. La preocupación de todos los hermanos sobre cómo acompañarlo sin caer en la sobreprotección o en la permisividad genera tensión constante. Aunque hay un reco nocimiento general de que Mocho padece una enfermedad compleja, también existe la convicción de que solo él puede tomar las decisiones fundamentales para su recuperación.
Esta verdad plantea un desafío profundo: ¿cómo encontrar el equilibrio entre brindar apoyo y evitar fomentar una dependencia que perpetúe el daño? Sería un alivio, y también un acto de amor poder mirarlo desde
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una perspectiva más compasiva, reconociendo sus fragilidades, vali dando su sufrimiento, y comprendiendo, en lo más hondo, su necesidad de compañía y contención.
Ante esta realidad, es inevitable preguntarse cómo acompañar sin invadir, cómo apoyar sin cargar, cómo amar sin anular. La familia ha hecho lo que ha estado a su alcance: brindó apoyo económico, afec tivo, espiritual; ofreció oportunidades, tendió puentes, sostuvo espe ranzas. Pero también ha aprendido, a veces con dolor, que hay batallas que no se pueden pelear por otro, y que el amor, por más profundo que sea, no siempre es suficiente para rescatar a quien no desea ser rescatado.
Aceptar esa verdad ha sido, tal vez, uno de los aprendizajes más duros como familia. Porque Mocho es parte de una historia común, las heren cias de adicción de nuestros abuelos y tíos, sin duda están entreteji das de manera directa con la suya, y permea indirectamente la historia de todos. De ahí que su sufrimiento no sea ajeno, sino propio, como una herida abierta que ha sido instalada en el plano más sensible de nuestra existencia.
Y, sin embargo, también permanece en todos la necesidad de conser var su humanidad, de no reducirlo a su enfermedad ni a sus errores. Mocho es también un joven inquieto que soñaba con ser futbolista, el hermano que sabía proteger a las mujeres y acompañarlas en sus desafíos y aciertos; aquel buen bailarín que utilizaba su cuerpo como camino para atraer a las mujeres; un chico cariñoso que sabía reír y abrazar; el hombre que alguna vez luchó por sostener un hogar y el padre que, a su manera, quiso amar. Reconocerlo en su complejidad es también una forma de resistir ante la desesperanza. Hoy su vida sigue siendo una encrucijada. Nadie puede predecir si habrá un giro, una recuperación o un nuevo derrumbe. Pero lo cierto es que este ser humano, también es digno de compasión y de verdad.
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Y esa, quizá, sea la tarea más profunda de quienes lo rodeamos: no salvarlo, sino respetarlo y mirarlo con los ojos del alma, aun cuando el dolor y el cansancio quieran cerrarnos la vista.
Abimael Nuestra madre relata el nacimiento de Abimael, su último hijo varón, que llegó al mundo un mes antes de lo previsto: “Vivíamos en Ciénaga, Magdalena, cuando nació este monito. Fue un parto rápido y sin compli caciones que tuvo lugar en un hospital de la zona a las 12:30 p. m. Luego del nacimiento una señora que conocimos llamada Fabiana nos acogió en su casa, fue muy generosa y amable”. Desde pequeño el niño fue risueño, juguetón y travieso. En su infancia desarrolló un sentido del humor único, y entre bromas, chistes y chanzas, lograba subir el ánimo en el hogar y disminuir la tensión de mamá cuando nos castigaba. Era cuentero y se le ocurrían cualquier tipo de ocurrencias para captar la atención. Con esa personalidad y su gracia natural, creó instantes sin iguales que se volvieron inolvidables.
Uno de los recuerdos más vívidos es el día en que, tras una larga jornada de trabajo, mamá llegó agotada y, al oír el ruido que hacíamos las tres hermanas menores y Abimael jugando, quiso reprenderlo. Mientras nos amenazaba con darnos con una chancla, él salió a la calle y se asomó por la ventana y desde allí empezó a decir bromas, hasta el punto de hacernos reír a todos con sus ocurrencias, provocándole risas inter minables a mamá y una evidente frustración por el simulacro fallido de castigo.
Físicamente, es atractivo, de cabello rubio, ojos claros, una piel no tan blanca y de estatura media. En la adolescencia mantuvo su personali dad extrovertida, sociable y recochera, aunque le gustaba armar plei tos y era polémico. Su pasión por el deporte lo definía: en su juventud, Aby se preocupó por tener un cuerpo sano y atlético, era el “chacho” de la época, su aspecto lograba llamar la atención de las niñas y en su círculo de amigos lo conocían como Gringo.
Mamá cuenta que Gringo era dedicado en el trabajo y de buen rendi miento académico, pero como muchos jóvenes, también vivió una etapa de rebeldía. Menciona que, un mes antes de graduarse del cole gio, intentó irse de la casa con unos venezolanos de baja reputación, pero nuestra madre sacó su posición firme y lo castigó, le dijo que si se iba nunca, podría volver a la casa. Esta situación fue realmente difícil
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para él, y desde ese momento su luz se fue opacando, su tempera mento fue cambiando: armaba problemas de manera inesperada, tenía conductas impulsivas y dañaba lo que se le atravesaba en su camino para desahogar su rabia contenida.
Poco a poco fue buscando la manera de irse de la casa. A sus 18 años salió con sus cosas para donde una tía de su primera novia y, entre ires y venires, fue persiguiendo la independencia y la libertad que tanto anhelaba.
En aquellos años, Abimael también hizo suegra muchas veces a mamá. Su atractivo físico, su personalidad magnética y su confianza natural lo convirtieron en un imán para las mujeres. Sin lugar a dudas, fue un mujeriego: su vida amorosa estuvo marcada por múltiples relaciones, algunas intensas, otras pasajeras, todas vividas con la pasión carac terística de su juventud.
En la época universitaria se entregó a sus labores académicas y repar tía su tiempo entre el trabajo, el estudio en el campo de la Educación Física y las novias. Los pasillos de la universidad fueron testigos de sus posiciones controvertidas, reflexivas y provocadoras. Fue allí en donde conoció a Olguita, su esposa. Con ella formó una familia que lo llevó a convertirse en padre comprometido. Junto a Olguita Aby ha criado a sus hijas, Isabela y María Fernanda, en un hogar sólido, lleno de normas y valores, pero que ha tenido que pasar por duras pruebas, como cualquier familia.
A lo largo de su vida, Abimael ha explorado diversos caminos profesio nales: empezó como profesor de gimnasio y de educación física, fue comerciante, instructor de tenis, administrador de hoteles, docente en el sena, y más tarde se convirtió en coach, escritor e influencer. También ha ocupado cargos públicos en el sector educativo. Hoy en día, es reconocido no solo por su crecimiento personal y espiritual, sino también por ser uno de los hermanos más solidarios de los ocho Marines.
Le gusta la visibilidad y disfruta ser reconocido por lo que hace; no teme mostrarse ante los demás ni destacar en los espacios que habita. La fama, cuando llega, la recibe con naturalidad y agrado, consciente de que su presencia genera impacto y le abre puertas a nuevas oportuni dades. Esta inclinación por mostrarse con orgullo y estilo es, sin duda, un rasgo heredado de nuestra madre, quien también ha sabido disfru tar del reconocimiento y de dejar huella con su carácter arrasador y su presencia luminosa. A ella le gusta contar cómo alcanzó sus logros,
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explicar con detalle cómo se hacen bien las cosas y compartir con entusiasmo los beneficios de remedios, tratamientos o comidas que ya ha probado, con la firme intención de enseñar y ayudar. En resumen, ambos son chicaneros.
Sin embargo, esta faceta de Abimael, centrada en el reconocimiento y la proyección pública, no siempre ha sido bien recibida por algunos de sus hermanos, quienes perciben en ello una forma de vanidad o prota gonismo que contrasta con otras formas de entender el valor familiar y la humildad. A pesar de ello, Abimael se mantiene fiel a sus elecciones de vida y a la manera en que ha decidido construir su camino. Lo que menos le interesa es obtener la aprobación de quienes no compren den su forma de vivir ni su visión del mundo; para él, la coherencia consigo mismo vale más que cualquier mirada ajena. Actualmente, Abimael es el puente de comunicación entre sus herma nos. Su esfuerzo por mantener unida a la familia es invaluable. Tiene el don de la palabra y persiste en alentar y estar presente para quien tiene afinidad con sus principios de vida. Respetado por algunos y no muy amado por otros, entrega generosamente lo que tiene para dar y así lo demuestra con nuestra madre, a quien apoya emocional y económicamente de manera incondicional. Se destaca por querer ayudar a todo el mundo y se ve enfrentado a los desafíos propios de la vida familiar.
Gringo se esfuerza por hacer entender a los demás sus principios de comportamiento, aspecto que, en algunas ocasiones, hace que las personas rechacen sus opiniones. Como en todo ser humano existen rasgos de la personalidad que denota claridad o sombras, éstas últi mas se hacen presentes cuando, de manera polémica, defiende su posición frente a diferentes temas que generan rechazo y escozor en quienes no comparten sus ideas. En el ámbito familiar queda en medio de dos bandos, las mujeres que defienden su necesidad de respeto por la diferencia y reclaman sus espacios de descanso e intimidad; y los hombres, que se han visto frustrados por no poder recuperar un pasado de reuniones mediadas por el alcohol y la parranda. Abimael ha intentado generar un punto de encuentro en común entre estos dos polos en la familia, con la ilusión de recuperar la unión familiar que alguna vez fue percibida.
Como dice mamá: “Hoy, a mis 83 años, veo en Abimael un hijo que me brinda compañía, apoyo y consuelo en muchos aspectos de mi vida. Tenerlo cerca es un regalo. Hermoso mi hijo”. Sus palabras reflejan
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el profundo amor y gratitud que siente hacia él. Además, agradece haberle dado dos regalos hechas humanos, Mafe e Isa, las nietas más cercanas a la abuela. Y, por supuesto, vale la pena mencionar a Olguita, su esposa, quien invita con su serenidad y tranquilidad a escu char prudentemente y hacer parte de la familia desde el respeto y el silencio.
Edit Edit es la séptima hija que llegó a la familia: nuestros padres habían esperado el momento de tener una bebé por años y, luego de concebir solo hombres, llega esta muñequita al mundo. Nuestra madre siempre recuerda su nacimiento con un tinte especial:
Su parto fue prolongado y doloroso, pero fue muy bonito, al igual que su carita. A partir de su llegada, entendí que los dolores de nacimiento de una niña son diferentes a los de un niño. Después de mis cinco varones, la inesperada llegada de Edit fue una sorpresa que nos llenó a Fabio y a mí de mucha felicidad. Ese papá no podía contener la dicha; lloró tanto de alegría, que la escena aún no se me borra de la mente. Como no habían preparativos para una niña, Edit fue vestida con la ropa de sus hermanos y poco después, comencé a coser sus propios vestidos. Desde su infancia esta muchachita fue hermosa, de temperamento travieso, caprichoso, fuerte, sociable y activo. Era una ponepleitos y, aunque no era la más amable con los varones en su niñez, mamá cuenta que nuestros hermanos la adoraban y siempre la protegían. De pequeña, tenía los dientes torcidos y los aprendió a utilizar para defenderse de quien la intentaba agredir. Por esos dientes pasaron compañeros de clase, nuestros hermanos y el odontólogo, a quien llegó a morder en señal de protesta.
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La vida de Edit dio un giro definitivo cuando papá falleció. Tenía apenas seis años cuando tuvo que enfrentarse a su ausencia, una separa ción temprana que dejó una herida profunda en su historia personal. Ella recuerda haberlo amado con una intensidad difícil de describir. Rememora con ternura cómo la llevaba a la escuela cada día, cómo se quedaba dormida sobre su pecho y la cargaba en sus hombros, siempre mirándola con ojos brillantes llenos de amor. Su partida la hizo sentir sola y triste, una pérdida que marcó su existencia y la obligó a enfrentar el mundo sin su protector. Edit siempre destaca que jamás la maltrató y que los últimos días de papá internado fueron especialmente doloro sos. Todavía tiene grabada la imagen de él mirándola desde la ventana de su habitación en el hospital, con lágrimas en los ojos, como nunca antes lo había visto. La relación entre ellos fue tan profunda que, para Edit, su vida cambió radicalmente con su ausencia: perdió no solo a su padre, sino a su ángel guardián, su todo.
Con el tiempo, esa experiencia temprana de duelo no solo moldeó su sensibilidad y su forma de relacionarse con los demás, sino que también reforzó su empatía hacia quienes atraviesan el dolor. En el relato de Edit, la figura de papá no se ha desvanecido, él permanece vivo en su mente; ella cuenta que aún lo siente y percibe su fuerza de protección.
La adolescencia y la juventud fueron etapas complejas para ella. Las condiciones económicas del hogar eran limitadas y, como hija mayor, asumió responsabilidades en la casa para ayudar a nuestra madre. Se encargaba de las tareas domésticas: cocinaba, lavaba y planchaba la ropa de todos, mientras nuestros hermanos, por el solo hecho de ser hombres, no compartían esas obligaciones. A pesar de sus esfuerzos por mantener el equilibrio en casa, fue objeto de maltratos verba les y, en algunas ocasiones, físicos por parte de algunos de ellos. El machismo que atravesaba la estructura familiar de la época la llevó a tolerar situaciones que hoy resultan inaceptables, pero que en el contexto de las décadas de los ochenta y noventa eran tristemente naturalizadas en muchas familias colombianas. Estas vivencias forja ron en ella una fortaleza interior notable, así como una actitud crítica y rebelde que aún la identifican.
De manera sorprendente, su historia guarda una profunda similitud con la vida de nuestra madre. Ambas comparten no solo el lugar de hijas mayores, sino también el temperamento, la manera de caminar, de hablar y de cocinar. Así mismo, se han hecho cargo de personas y han
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asumido diferentes responsabilidades desde edades muy tempranas. Ellas son tan parecidas que da miedo: las “dobles” repitieron patrones de sacrificio, entrega y lucha bajo estructuras familiares parecidas, han silenciado sus voces para no ser vistas y no aturdir a la familia con tanto caos, y tienen un patrón de conducta frente a las adversidades increíblemente similar. Este libro nos permitió reconocer la fuerte conexión entre ellas y, por ello, nos ha llevado a identificar un patrón, del cual Edit es consciente y hoy está trabajando para transformarlo. Con esa toma de conciencia, se está abriendo a la posibilidad de que las nuevas generaciones de mujeres de esta descendencia vivan con menos cargas, al exigir respeto, tener la libertad de decidir sobre sus vidas y reclamar con la frente en alto su dignidad. Y aunque el peso de los patrones heredados fue evidente, Edit supo rebelarse contra ellos con la determinación de entenderlos y modi ficarlos. Ella se ha resistido con firmeza a las experiencias forzadas vividas por abuelas, tías y por mamá, buscando abrir el camino para una vida más libre, aunque muchas veces a costa del conflicto o el sacrificio.
En su juventud, Edit siempre destacó por su belleza. Sus ojos verdes, su piel clara y su cabello ondulado atraían miradas. Con el tiempo, su atractivo no pasó desapercibido para los chicos del barrio, lo que generaba más tensiones con nuestros hermanos, quienes intenta ban limitar su libertad en un esfuerzo por protegerla. Sin embargo, su espíritu indomable siempre prevalecía y defendía su derecho a ser ella misma.
Durante su juventud, era una figura popular en el colegio, admirada no solo por su apariencia, sino también por su carisma. El amor de su vida llegó de forma inesperada, mientras su pretendiente Luigi le enviaba cartas a través de su amigo Carlos, un joven estudiante de arquitectura que vivía frente a la casa, fue este quien empezó a robar su corazón. Carlos y Edit se volvieron novios y tuvieron una larga y melcochuda relación. A temprana edad, y quizás como una forma de escapar del ambiente restrictivo de nuestro hogar, decidieron casarse en secreto por lo civil. Este acto impulsivo, apoyado por sus amigas, reveló tanto la intensidad de sus sentimientos como su firme decisión de construir su propio camino.
Después de terminar el colegio, se inscribió en la universidad para estu diar artes plásticas. Su pasión por el arte y el deseo de afirmarse como mujer y como artista la llevaron a mantener en secreto su matrimonio
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con Carlos, con quien años después habría terminado. Mamá terminó por descubrir su matrimonio y la presionó para que se casara por la iglesia o se separara de Carlos. Ella optó por renovar sus votos y abrir así un nuevo capítulo en su vida.
Edit es de sensibilidad artística: sus tallas en madera no solo expre san sus gustos y sus deseos, sino que también revelan las huellas de su historia emocional. Cada obra suya parece hablar en silencio, mostrando lo que no siempre pudo decir con palabras. Amante de la moda y del buen gusto, siempre se ha distinguido por su estilo impeca ble, así como por su tono de voz fuerte, su temperamento vibrante, su decidido andar y una belleza singular que la han acompañado a lo largo de los años. Ella ha sabido convertir sus frustraciones en expresión creativa y transformar las dificultades en herramientas de crecimiento personal. Así, ha sabido cómo conquistar el amor de su doble, su mamá. A lo largo de los años, su trayectoria ha estado marcada por un fuerte compromiso con los roles de cuidadora, esposa y madre. Asumió responsabilidades familiares con dedicación, aun cuando ello implicó relegar algunos de sus intereses personales. Es, en esencia, un alma libre atrapada en una vida que no eligió del todo, pero que supo asumir con responsabilidad y convicción.
Hoy, enfrenta una etapa de transición. Su hijo mayor, Santiago, ha dejado el hogar en busca de nuevas oportunidades, mientras que Sergio, el menor, atraviesa la adolescencia y la juventud, con las complejidades propias de esta fase. Aunque estos cambios eran esperados, adap tarse a la nueva dinámica familiar no ha sido sencillo. La transforma ción del rol materno, sumada a los ajustes del día a día, la ha llevado a repensar sus prioridades y a encontrar nuevas formas de acompañar sin dejar de cuidar su propio bienestar. En este proceso, Carlos conti núa siendo su compañero incondicional, brindándole apoyo y conten ción en los momentos de incertidumbre.
En esta etapa de su vida, Edit ha aprendido a valorar la tranquilidad, a cuidar de su espacio emocional y a construir relaciones más selectivas y significativas. La experiencia le ha permitido reconocer con mayor claridad qué aspectos desea conservar y cuáles prefiere transfor mar. La cocina, por ejemplo, se ha convertido no solo en una habilidad perfeccionada, sino también en una forma de expresión personal y de cuidado hacia los demás. Asimismo, su presencia constante y
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afectuosa en la vida de nuestra madre refleja una empatía emocional construida a lo largo del tiempo y fortalecida por el vínculo profundo entre ambas.
A pesar de los logros alcanzados, hay aspectos internos que siguen en proceso. Algunas experiencias del pasado aún hacen ruido en su mente, y aunque no definen su presente, sí forman parte de su histo ria y algunas veces la interrumpen en forma de pensamientos. Edit ha aprendido a convivir con esas huellas, a reconocerlas, pero aún le queda un camino por recorrer para no permitir que limiten su creci miento. Hoy más sabia e introspectiva, se ha dejado crecer las canas y su belleza madura la hace una mujer imposible de ignorar. Elizeth la cigüeña decidió completar esta secuencia de nacimientos con una camada de mujeres. Elizeth, la octava hija, nació en 1971 en el hospital de Victoria (Caldas) en un parto doloroso y largo, dos días de males tar y variados síntomas se tomó esta niña para nacer. Su lento naci miento parece haber definido su carácter tranquilo y pausado. Nació muy pequeña y no tenía mucha ropa, pero mamá se las ingenió para organizarle las prendas heredadas de Edit. Nuestra madre relata que papá estaba loco de amor, pues otra bebé se unía al clan, así que se dedicó a consentir a la recién nacida, sin dejar de disfrutar a su monita, Edit. Él realmente fue feliz cada segundo de vida compartido con sus dos pequeñas.
Se dice que Ely fue una niña resabiada, de difícil comer, malhumorada, desconfiada y que prefería estar sola. Con el paso del tiempo apren dió a dejarse influenciar por su hermana mayor, Edit. Ambas vivieron muchas aventuras juntas: Edit era frentera, juguetona y arriesgada, pero Ely siempre fue miedosa y demorada para tomar decisiones; como Edit lo cuenta, ella era morronga y ponequejas. Al parecer no le gustaba bañarse y debían persuadirla con promesas de paseos o comidas, era propensa a tener rabietas, pataletas y a conmover a los hombres de la casa con su tierno llanto. En aquella época mamá tuvo que recurrir a la ayuda de nuestra tía Odila para colaborarle con las responsabilidades de la casa. La tía se encargó de cuidar a Ely en una parte de su infancia y ella cuenta que la niña era juiciosa, hacía caso pero le daba rabia hacer oficio.
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Nuestros hermanos la adoraban y la protegían y ella, de manera hábil, aprendió a manipularlos para que le dieran helados o para acceder a sus caprichos. Le encantaban las galletas Rondalla, y Albeiro solía comprarlas y esconderlas para que nadie más se las comiera. En su época escolar solía desmayarse y mamá, con el poco tiempo que le quedaba, salía corriendo a recogerla cada que la llamaban. El remedio que le daba era caldo de ajo, preparación que hasta el día de hoy le genera deseos de vomitar.
En la adolescencia se ganó el apodo de Zuca, por el nombre de la prota gonista de una novela del momento que se parecía mucho físicamente a ella. Siempre fue muy bonita, pero no tan vanidosa como su hermana mayor. Se preocupó mucho por cultivar su intelecto, desarrolló un pensamiento reflexivo, su lado romántico afloró y disfrutaba de escri bir poemas, leer por largas horas y escuchar música protesta. Fue una adolescente atípica, se destacó por ser disciplinada, dedicada a sus estudios y con una inteligencia emocional particular. Era complicada con la comida, no le gustaba el atún, las salchichas, las fresas, y solía comer muy poco. Eso sí, amaba las galletas Ducales con café. A medida que fue creciendo, su carácter se volvió más introvertido y melancólico, le costaba relacionarse en reuniones familiares y salir de la casa con otras personas, aunque dentro de la familia su relación siempre fue fluida. No le gustaba que en el colegio los profesores se dieran cuenta de que Edit era su hermana, pues las diferencias en el temperamento de ambas le complicaban su mente y sus relaciones porque solían compararlas constantemente.
En la juventud Ely se encargaba de ayudar a moler el maíz para las arepas, era impecable con el oficio y siempre estaba desesperada con el orden y la limpieza. Tuvo muchos admiradores, pero pocos novios, desde pequeña soñaba tener dos hijos, Michele y Liss, pero el destino tenía otros planes para ella: rescatar perros y gatos, y velar por conseguirles hogar. En la universidad se dedicó a estudiar, ayudar con la crianza de Sebastián y Santiago, nuestros sobrinos más cercanos, y siempre estuvo al lado de nuestra madre, apoyándola emocionalmente en los momentos más difíciles de su historia como mamá. Salió de la casa a ejercer su profesión muy joven, estudió trabajo social y siempre fue sensible a todo tipo de conflictos individuales y familia res en los que tenía que intervenir de manera profesional, es pasada de solidaria y siempre está atenta a ayudar hasta con sus propios recursos.
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En el amor siempre fue extremadamente prudente y reservada, en palabras de Edit, morronga: no se sabe mucho de sus amoríos, aunque se conoce una larga relación de la que salió con frustración y dolor. Rehizo su vida, años más tarde, con su esposo Andrés, con el que mantiene una relación distante de la familia. Ella siempre está muy cercana y pendiente de todos, pero mantiene su vínculo con Andrés en una estricta reserva. Ambos tienen a su cargo tres gatitos adoptados, que son su adoración.
En su etapa de adulta, reconoce haber sido sobreprotegida, y aunque fue concebida con amor, sabe que en su crianza la hicieron sentir dependiente y vulnerable. Sin embargo, hoy, es una persona madura e independiente, sensible y emotiva, pero también fuerte y valiente. Ella suele ser introspectiva, se encuentra a sí misma a través de la lectura y la meditación, espacios que le proporcionan una profunda conexión interior y reflexión. A través de la escritura de este libro, ha logrado un proceso de catarsis que se refleja en la profundidad y el cuidado de cada uno de sus textos. Sus aportes le dan un toque poético y trascen dental a este proyecto que revelan sensibilidad y profesionalismo para interpretar la vida en el contexto familiar. La figura de nuestra madre en este proceso ha sido su fuente de inspiración. Finalmente, Elizeth ha hecho la tarea con mamá, la ha cuidado en la vejez, apoya a su cuidadora en periodos en el que se requieren cuida dos permanentes, ha entendido que sanar la relación con mamá hace parte de su camino espiritual, logró identificar algunos patrones de sobreprotección e invisibilización en el proceso y ha sabido mirar a nuestra madre a los ojos para exigirle respeto y amor pero siempre desde la compasión y el perdón.
Y luego de leer su historia, concluye con el siguiente relato: Al reflexionar sobre las palabras contadas por mi madre, siento que algo ha cambiado dentro de mí. He despertado a una nueva realidad, el deseo de estar más presente en la vida de mi “viejita”. He redescubierto una parte de mí misma y comprendido que dejar atrás lo que no me hacía feliz es esencial en este viaje de vida. No ha sido fácil; ha implicado lágrimas, enfrentamientos
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y una profunda introspección. Sin embargo, recordar es revivir, y volver a mi infancia a través de los ojos de mi madre ha sido una experiencia enriquecedora. Fabiana Con la menor de los nueve hijos, se cierra este apartado. Mamá relata que papá ya había sido diagnosticado con cáncer cuando se supo de este último embarazo. Así lo cuenta:
Esa noticia fue como una bendición que le devolvió las ganas de vivir. El embarazo transcurrió de forma tranquila, pero al final del sexto mes estábamos en plena época de invierno y vivíamos en los bajos de una casa en la que hacía mucho frío y solía entrar el agua cuando llovía. El día del parto cayó un fuerte aguacero y Fabio y yo habíamos salido a trabajar, al volver, encontramos a Edit y Elizeth solas encima de la cama con la casa inundada al nivel de nuestras piernas estando de pie. Pasamos toda la noche sacando agua y terminamos hacia la 1 a. m. Poco después, rompí la fuente y me llevaron al hospital, estuve internada durante cuatro días. Fabiana nació y fue un parto largo y doloroso; como prematura, fue ingresada en una incubadora, allí vivió por
35 días, llegué a pensar que no iba a sobrevivir. Yo quedé
muy enferma, la hemorragia no paraba y fui estabilizada al tercer día. Me dieron el alta y pude despedirme de mi hija a través de una ventana de pasillo; la niña no había terminado de desarrollar sus pulmoncitos y estaba
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aún con la piel arrugada y débil. El siguiente mes no pasó ni un día sin preguntar por ella, solo me dejaron verla tres veces y a lo lejos, nunca pude amamantarla, pero Albeiro se encargó fielmente de comprar los tarros de leche especializada para su alimentación. Cuando me la entregaron la vi tan pequeña, midió 20 cm y pesó solo dos libras y media, recuerdo que, cuando la llevé a casa, la vestí con un mameluco rosado y sentí mucha tristeza al verla tan arrugada y frágil. Sus primeros cuidados requerían de muchos detalles, le daba el tetero sentada, la metía en mi pecho como una mamá canguro, y en la cama me tocaba acostarla medio sentada para que no se ahogara, ella se broncoaspiraba con cualquier cosa y se mantenía muy fría. Su papá, aún hospitalizado, la conoció una semana después de haber vuelto a casa y se emocionó tanto que lloró, él no creía que era tan pequeñita y siempre me rogó que la cuidara bien porque ya sentía cerca su muerte. Recuerdo que la mantuve encerrada durante siete meses antes de dejarla ver de las vecinas, no quería que me la juzgaran. Con Fabio en el hospital y ella prematura, me tocó acudir a la ayuda de mi hermana Odila para poder trabajar y estar pendiente de su salud y la de la bebé. Mi vecina Marleny se ofreció a apadrinar a la niña, y su hermana Edit ayudó mucho a su tía para sacarla adelante. Así logré conseguir una red de mujeres que me apoyaron en esta dura etapa de mi vida”.
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Ocho días antes de que papá muriera, y con cuidados en casa, mamá cuenta que me cargó sobre su pecho y llorando se despidió de mí. Decía: “Mi niña preciosa, no te voy a poder conocer”. Mamá cuenta con su voz quebrada que ese mismo día lo hospitalizaron y no volvió a dormir a su lado.
Un día martes, tres días antes de la muerte de papá, mamá nos llevó a todos hasta el hospital, y como no nos dejaban ingresar, nos dejó ubicados en la calle en un punto en donde él podría vernos desde adentro. Subió a su habitación en el cuarto piso, lo levantó con gran dificultad, y lo ayudó a acercarse a la ventana para darnos su último adiós en medio de lágrimas y un dolor tan profundo que solo un padre en agonía puede entender.
Sigue relatando mamá:
A medida que Fabiana empezó a crecer yo la llevaba conmigo al puesto de dulces de la universidad y la guardaba en una caja de cartón mientras pasaba el día de trabajo. Una señora de la alcaldía nos ayudó dándole ropa y muchas cosas que necesitábamos.
Desde su infancia la negra mostró un carácter fuerte e independiente. Recuerdo que, cuando tenía 4 o 5 años, me tocaba dejar a las tres niñas al cuidado de las amigas del barrio. En la cuadra era común verla durmiendo en las escaleras externas de las casas vecinas. Escuchar a mamá narrar mi historia me da escalofríos, qué valentía poder resistir tanto. En contraste, mi infancia estuvo marcada por la actividad constante, el juego, la danza y la vida social. Fui muy activa, traviesa y amiguera. Cómo olvidar a Claudia, Luis Eduardo y Hugo, mis amiguitos de la cuadra y compinches de aventuras. Con ellos compartí momentos alegres y creativos, que hoy recuerdo con gratitud. En casa solía ser la encargada de la embetunada de los zapatos, era el control remoto de la época, la de las razones y los mandados. Desde pequeña fui consciente de las dificultades económicas que tuvo que
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atravesar mamá, en especial durante los periodos de receso laboral en la universidad. Recuerdo cómo se endeudaba en la tienda del barrio “la de Nolberto” para cubrir los gastos de la comida del día, justo cuando las visitas navideñas empezaban a llegar.
Al llegar la adolescencia, esa energía se transformó. No es una etapa que recuerde con especial afecto: los cambios propios de la edad me volvieron más distante de mamá, aunque el vínculo con ella nunca se rompió. Mantuve mis amistades más firmes, y Tavo, Lily y Nené lo compin ches del barrio que se convirtieron en mi familia elegida. Mamá, por su parte, tuvo que aprender a convivir con mi espíritu rumbero y callejero, aunque siempre cumplí con mis responsabilidades académicas. Al llegar a la juventud, según relata Ely, demostré una particular capa cidad para dirigir mi vida:
Ella era firme, persistente y disciplinada, cualidades que siempre la caracterizaron. Su forma de ser honesta, reservada y directa, se consolidó con el tiempo, marcando tanto su crecimiento personal como profesional. Si bien esta autenticidad a veces generó tensiones en su forma de comunicarse con los demás, también fue clave en su desarrollo.
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Ely señala que la influencia de la tía Odila durante mis primeros años de vida pudo haber dejado huella en ciertos rasgos de mi carácter: Odila, una mujer casi inexpresiva, de humor seco y poco afectiva, le transmitió a Fabiana una sinceridad extrema, su inclinación por no tener hijos y una forma directa de relacionarse. Desde entonces, ella no permite que otros tomen decisiones por ella. Desde siempre, Fabiana ha sido una hermana de posición fuerte, selectiva y de trato amable. No obstante, lo que más destaca en su carácter es la responsabilidad y el cuidado con los que ha acompañado a nuestra madre en gran parte de su vida. Ella ha asumido el rol de cuidadora con disciplina y constancia, procurando atender cada una de sus necesidades, tanto físicas como emocionales. Su presencia continua representa una fuente de estabilidad para mamá, quien ha contado con su apoyo de manera permanente. Resulta curioso leer tu vida narrada desde la mirada de otro. Sin duda, mi hermana Ely me quiere mucho, pues su percepción sobre mí es más generosa que la imagen que suele predominar en el entorno familiar. Durante la etapa de adultez de mamá, he intentado construir un hogar que, si bien se enlaza con el suyo, responde a una manera de vivir y planificar distinta, que no siempre ha coincidido con la forma en que ella venía gestionando las dinámicas familiares. Hoy vivimos juntas en mi casa, acompañadas de Fernando, mi esposo y mis mascotas, en el hogar hay una muy buena vibra y buenas relacio nes; pero decidí protegerlo de situaciones que consideraba insoste nibles, incluyendo los excesos con el consumo de alcohol en fechas especiales; además de las reuniones familiares que terminaban en
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grandes faenas para los que estaban en modo rumba, pero que eran una pesadilla para quienes estábamos sobrios y debíamos atenuar los efectos de sus peleas y sus discusiones en casa y en el barrio. Con el tiempo se han hecho evidentes los efectos positivos de estas decisiones. Hoy se respira en mi hogar una atmósfera de mayor tran quilidad y respeto. Los diciembres no tienen tanto protagonismo, nos invitamos a almorzar, a tomar un café, y disfrutamos de manera simple las fiestas. Hay respeto por quienes aún contemplan reunirse en torno al alcohol y la rumba en sus propias casas y se valora profundamente la tranquilidad de quienes desean hacerlo de manera diferente. Considero completamente válido el concepto de límite, que bien lo explica la neurocientífica Nazareth Castellanos como: “Tener paz inte rior dentro de mis fronteras. Yo te comprendo, pero no dejo de ser yo”4. Este es el lema que hoy orienta mi vida y me permite estar tranquila y libre del estrés familiar. Soy consciente de la incomodidad que este principio de vida causa en aquellos que son más sociables, pero me reconozco como mi prioridad, aspecto que puede ser malinterpretado por algunas personas como egoísmo o grosería. Aun así, he aprendido a sostenerme en esa elección sin culpa, porque es desde ese lugar de cuidado propio donde mejor puedo vincularme con los demás, sin perderme en el intento.
Justamente desde esa estabilidad interna he podido construir vínculos más sanos y auténticos, como el que tengo con mi esposo. Mi mundo emocional y amoroso fue poco conocido hasta su llegada a mi vida. Él no solo ha sido mi punto de equilibrio, sino también una persona profundamente cercana a mi madre, a quien considera una de sus grandes amigas. Su cariño y su dedicación se manifiestan en cada gesto cotidiano: la escucha, la comprende y la apoya, especialmente en aquellos momentos de tensión entre nosotras; todas las mañanas va a saludarla a la cama y a constatar que amaneció bien. Además, la orienta y le brinda respaldo emocional en sus decisiones. A él, infinitas gracias por amar a mi mamá tanto.
4 Citada en Liñeiro, “189 Tu imagen…”.
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Elizeth finaliza este capítulo muy a su estilo: Al reflexionar sobre la vida de Fabiana, es imposible no ver la conexión profunda que tiene con la memoria de nuestro padre. Su fortaleza y amor sigue presente en ella, quien encarna los valores que él transmitió a la familia. Su nombre, que significa “cultivadora”, refleja su capacidad de nutrir y proteger a nuestra familia, especialmente a nuestra madre. Por su lado el nombre José Fabio, significa “Dios añadirá”, que evoca esperanza y abundancia, y esa misma esperanza la vemos reflejada en Fabiana. Ella ha afrontado la vida con tesón y cierta dureza inquebrantable, honrando a papá en cada uno de sus gestos. A través de su dedicación y su cuidado hacia mamá, se siente que el espíritu de él sigue vivo, guiando y fortaleciendo los lazos que nos unen como familia.
Paseo de domingo. La típica foto en el Banco Cafetero en los años 80’s
Tercera Parte:
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Infidelidades, ausencias y los silencios de papá E n todas las familias existen acontecimientos que se callan, bien porque forman parte de temas tabú que la sociedad nos enseñó a negar o a esconder, o porque comprometen el buen nombre de las familias. Sin embargo, esas historias no contadas pueden ayudarnos a comprender los patrones que heredamos. Por ejemplo, algunas conductas de las personas que no tienen explicación, temperamentos o maneras de ser que no encajan en lo enseñado por nuestros padres, incluso rasgos físicos o enfermedades a los que no les encontramos ninguna lógica desde la herencia conocida. La infidelidad, la traición, las ausencias físicas o emocionales y los secretos no compartidos, lejos de desaparecer, se integran como parte de la memoria afectiva del sistema familiar.
Como autoras, creemos firmemente que estamos más conectadas a nuestros ancestros de lo que imaginábamos. Ambas hemos encontrado respuestas a muchos cuestionamientos existenciales a través de la comprensión de nuestro árbol genealógico y lo hemos venido consi derando como una red de raíces conectadas que siguen creciendo y generando impacto en nuestras vidas actuales. De hecho, esos temas silenciados, siguen ahí, haciendo ruido en la mente de algunos de los coprotagonistas de La fuerza que nos parió, esos recuerdos o pensa mientos se proyectan en forma de energía y se expresan como cargas emocionales que hoy se dan el permiso de ser revelados. En este ejercicio, nuestra madre nos ha permitido contar algunos de sus secretos; en concreto, ella nos habla de las infidelidades de nues tro padre. Aunque su relato estuvo lleno de risas y recuerdos curiosos, también expresó sus sentimientos y dejó salir el dolor y la agonía que en su momento experimentó. Ella nunca nos habló mal de papá y se encargó de cultivar siempre sus mejores recuerdos, pero guardó en silencio esas verdades y le dio prioridad al equilibrio de la familia por encima de sus más íntimas emociones.
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Su relato, sin embargo, está lejos de ser una queja; más bien, es una muestra de su transformación. En su narración deja claro que logró seguir adelante a pesar de sus heridas, aunque también reconoce que, en su momento, se sintió profundamente decepcionada, con rabia, dolor y una sensación de miseria que marcó un periodo difícil de su existencia. Al traer su testimonio al presente, no solo reconocemos su valentía y su capacidad de perdón, sino que también abrimos un espacio para comprender cómo esas emociones pudieron permear nuestras propias historias, relaciones y formas de amar. Las siguientes palabras nacieron en una tarde de café, en la que varias mujeres de la familia conversábamos de manera espontánea, ligera y divertida. Sin buscarlo, el momento se tornó revelador y salieron a la luz algunos de los secretos mejor guardados de mamá. Bastó una pregunta aparentemente inocente “Madre, ¿Papá fue infiel?” en medio de risas, suspiros y gestos corporales de tensión, aparecieron las heri das del pasado.
Este fragmento se escribe en formato de relato para mantener la estructura original de aquella conversación y conservar el tono con el que se compartieron los hechos: directo, sencillo, chistoso y abierto, tal como fue en ese momento.
Fabiana:¿Papá fue infiel?
Luz Alba: Una vez lo encontré pichando.
Cuando le preguntamos con quién, ella simplemente se rio y dijo: Luz Alba: Yo no sé.
Fabiana: ¿Y en dónde?
Luz Alba: En Bogotá. Él necesitaba una palomita5*. Fabiana: ¿Y la mujer, de dónde salió? ¿Dónde lo vio usted, en la casa?
Luz Alba: Él estaba trabajando en unas enramadas y 5 *“Palomita”: término coloquial utilizado en la jerga local de Caldas, Colombia; para aludir a una infidelidad ocasional o desliz dentro de una relación estable.
En la puerta de la casa de infancia. El territorio de Luz Alba y sus hijos
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yo fui a llevarle algo... y lo encontré tomándose el algo con ella.
Fabiana: ¿Pero, entonces, cuál fue su actitud? Luz Alba: No recuerdo bien, me puse brava, pero él no dejaba de pedir perdón.
Fabiana: ¿Y cómo fue la reconciliación? (risas). Luz Alba: De esa reconciliación nació Alberto. Después, como si ya hubiera abierto una compuerta emocional, mamá continuó, entre risas:
No, mijas, después fue lo peor, eso fue mucho después. Cuando estábamos viviendo en Victoria, un día llegó una modista que vivía cerca. Yo no era muy amiga de ella, pero fui a preguntarle algo de costura porque yo me las pillaba. Entonces, me preguntó: “¿Usted es la hermana mayor de Fabio?”. Yo la miré y le dije: “¿Hermana mayor?”. Ella respondió: “Sí.” Y yo le dije: “No, soy la esposa de Fabio Marín. ¿Cómo así?”. Y la señora me soltó: “Él se casa el sábado, yo le estoy cosiendo el vestido de matrimonio a la novia”. Las hijas soltaron carcajadas, incrédulas. Clarena: ¿Cuántos hijos tenía ya, doña Luz Alba? Luz Alba: Tenía tres. Yo le pedí a la señora que me mostrara el vestido de matrimonio. No podía creerlo. Le pregunté: “¿Usted sabe quién soy yo?”. Y ella dijo que no tenía ni la menor idea. Yo nunca seguí a mi marido, no fui de esas viejas cansonas.
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El relato siguió con una naturalidad que parecía ensayada, aunque en realidad estaba rompiendo con años de silencio. Me fui para la casa y no le conté a nadie. Por la noche llegó todo lambón, diciéndome: “Venga, mija.” Y yo: “No, eche pa’ allá” (risas). Él decía: “¿Qué, mija?, yo sé qué pasa”. Y yo le solté: “Mire, señor, yo no soy su hija y mucho menos su hermana mayor”. Se puso rojo. Le pregunté: “¿Por qué se pone rojo? ¿No me va a invitar al matrimonio?”. Yo estaba tranquila. Él me decía que no sabía de qué hablaba y yo: “Deje de hacerse el idiota”. Le arruiné el matrimonio. Él decía que no pasaba nada. Al día siguiente, mamá no esperó más:
Luz Alba: Me fui para la casa cural y hablé con el cura. Le dije: “Soy la esposa de José Fabio Marín y me dicen que se va a casar mañana”. El cura confirmó todo. Nunca conocí a la novia. A mí me llamaron y me preguntaron quién me lo había dicho. Citaron a la modista. Ella se lo sostuvo en la cara, dijo que de verdad pensaba que yo era la hermana. Clarena: ¿Y él qué dijo?
Luz Alba: Ese hombre no sabía ni qué decir, ni dónde meterse. No sé en qué terminó eso. Eso fue hace muchos años, pero fue verdad.
Fabiana: Así que hasta ahí llevamos dos infidelidades. ¿Hubo alguna más?
Luz Alba: No que yo sepa.
Fabiana: ¿No había un cuento de que mi papá tenía un
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hijo?
Luz Alba: Ah, pero eso fue antes de mí. Fue un desliz. Nadie sabe nada de él. Yo lo conocí. Muy parecido a Albeiro, como si fueran gemelos. Pero él nunca le ayudó. Solo fue papá, pero no más. Me di cuenta como seis años después de casada. La mujer llegó a la casa preguntando por él. Ya teníamos a Albeiro. Los dos muchachos se pararon juntos y se parecían tanto que él no podía decir “Ese no es mi hijo”. Le llevaba a Albeiro como unos cuatro años. A pesar de todo, mamá no habla desde la amargura. Luz Alba: Fabio era una buena persona. Yo a él le aprendí todo lo que soy y se lo agradezco. Yo salí muy marginada de la casa. Él me enseñó a ser independiente y a trabajar. No todo es malo en el matrimonio. Uno vive cosas malas, porque nada es perfecto. Como su papá no era feo… era chiquito, pero conquistador. Fabiana: ¿Papá era bien parecido físicamente? Luz Alba: Mi marido era pobre y todo, pero era bien gustador, un matador. Buen conversador, atractivo en su forma de ser. Su papá lo tenía todo. Era un berraco. Y entonces, entre sorbo y sorbo, mamá soltó la confesión más inespe rada: “Yo me casé sin quererlo. Pero no me demoré en enamorarme de él. Yo estaba embobada y su forma de cuidarme fue increíble”. A lo que Clarena y Fabiana respondieron entre risas: “Pues siquiera se enamoró”. Al final de la conversación, quedaron sobre la mesa algunas verda des que se constituyen en heridas de traición. No se trata de juzgar a nuestros padres, los miramos de frente para entenderlos y para
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comprender que sus vacíos emocionales son suyos, que en su histo ria hubo perdón, pero que la reparación nos corresponde a nosotros. Mamá no se presentó como víctima ni como heroína, sino como una mujer que vivió lo que le tocó, que enfrentó traiciones, sostuvo a su familia y aprendió a seguir adelante sin dramatismos pero con fisuras en su alma que solo ella sabrá cómo sanar.
Este capítulo deja constancia de lo que pasó y hace una invitación a observar nuestras historias personales con principio de realidad. Lo no dicho se transmite y continúa sucediendo hasta que alguien lo nombra. Nuestra madre hoy nos hace el regalo de contar sus experiencias, su relato representa un acto de conciencia que contribuye a interrumpir un patrón transgeneracional de infidelidades y sufrimientos que han marcado la historia de las mujeres en nuestra línea materna. A través de su voz, se reconoce el dolor de quienes la precedieron y se abre un camino hacia la reparación simbólica; a través de mamá, hoy todas nos sanamos.
José Fabio en el negocio familiar
Cuando papá partió y el mundo se hizo distinto C uando el cáncer de esófago irrumpió en la vida de papá, todo cambió. Primero fue la ictericia, luego la dificultad para tragar; después, cada día se convirtió en una batalla silenciosa por aferrarse a la vida. Nuestra madre recuerda cómo, a pesar de las restricciones del hospital, encontraba formas de entrar y estar a su lado. A veces incluso se colaba a escondidas, decidida a no abandonarlo. En aquellos momentos de fragilidad, papá le pedía que no dejara solas a las niñas, que las cuidara y se quedara para verlas crecer a través de ella. Su muerte fue devastadora, pero a mamá solo le quedaba orar y seguir adelante. “Vi morir a mi esposo”, dice con voz serena, “pero sus últimas palabras se quedaron para siempre en mi corazón”. Mamá lo recuerda como un hombre trabajador, dedicado a su familia y de espíritu guerrero. Sus recuerdos con papá siguen vivos. El amor que le tuvo no ha disminuido con los años, habla de él con una mezcla de amor y nostalgia, como si su presencia aún habitara en la casa. Ese amor se transformó en fuerza, en guía y en la certeza de que su energía le sigue vibrando muy cerca, no solo en los recuerdos, sino también en la manera en que seguimos siendo su familia.
La muerte de papá también hace parte de los recuerdos de algunos de mis hermanos. Albeiro, poco antes de su partida, tuvo una conver sación con él, en la que le pidió que cuidara de sus hermanos meno res y de su amada Luz, y que no los dejara solos. Nuestro hermano ha honrado esa promesa con una fidelidad admirable, incluso más allá de lo que sería razonable exigirle a una sola persona. Hoy, a sus 65 años, las mujeres de la familia hemos intentado hacerle ver que ha cumplido con creces esa misión. Que entregó todo de sí, que sostuvo a los suyos con entereza, pero que también merece soltar esa carga, recuperar su libertad, reencontrarse con la calma y cerrar el ciclo de esas lealtades heredadas que ya no le corresponden sostener en sole dad. Hoy como adultos que somos, todos contamos con los recursos
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personales y emocionales para hacernos cargo de nuestras propias vidas. La responsabilidad de sostener al grupo ya no debe recaer en una sola persona.
Mochito, por su parte, recuerda que, a pesar del carácter exigente de papá, tenía gestos ocasionales de cercanía, como llevarlos al cine los domingos en Cine Colombia. Eran momentos puntuales que, por su rareza, permanecen en su memoria. Abimael relata un episodio particular ocurrido un año después del fallecimiento de papá, durante un periodo de dificultad económica. Mientras mamá participaba en una reunión de la junta de acción comunal, para hablar sobre vivienda por autoconstrucción, él tuvo un sueño en el que papá le indicó que buscara al señor Arturo Inestrosa para reclamar un dinero que le quedó debiendo. Tras la insistencia del niño, mamá contactó al mencionado señor, quien, en efecto, le entregó una suma de dinero con el cuál pudo comprarse una máquina de coser Singer, que más adelante sería de gran utilidad para el sustento familiar.
Edit también cuenta que era muy pequeña cuando papá falleció. Sin embargo, conserva recuerdos nítidos de aquellos días en el hospital, especialmente la imagen de él saludándola con la mano, a lo lejos, desde la ventana de su habitación. Esa escena, aparentemente simple, quedó grabada con fuerza en ella y se convirtió en un símbolo de despedida no verbal que marcó su infancia. La ausencia paterna en una etapa tan temprana dejó en ella una tristeza persistente, una forma de melancolía que la ha acompañado en su proceso vital y que evidencia cómo las experiencias tempranas, incluso fragmentadas, pueden tener un impacto emocional duradero.
En contraste, los demás hermanos suelen hablar poco de papá. Tal vez porque su ausencia dio lugar a un silencio denso, en aquella época los temas relacionados con las emociones no hacían parte de las conversaciones familiares. Los recuerdos que se han expresado de él son fragmentarios, como piezas sueltas de un rompecabezas que solo ahora comienza a tomar forma. En las escasas ocasiones en que hablan sobre él, los hermanos varones tienden a recordarlo como un hombre autoritario y exigente, mientras que las mujeres, especialmente mamá y Edit, lo traen al presente con una imagen muy positiva y cercana. Mamá trae a su memoria que, durante su última etapa de hospitaliza ción, lloraba desconsolado por no poder ver crecer a sus hijas y ver hacer varones a sus muchachos. También sufría porque su madre, Emilia, no lo había ido a visitar. Movida por la preocupación y el deseo
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de aliviar ese dolor, mamá decidió contactarla. Con esfuerzo, consi guió unas monedas para hacer una llamada y logró comunicarse con Hernando, hermano de papá. Le pidió que convenciera a su madre de viajar a Manizales, de visitarlo y despedirse. Sin embargo, la respuesta fue tajante y dolorosa: “Él ya está muerto, nada tengo que ir a hacer allá”. Eso en serio sí dolió, qué momento tan desafortunado para nues tros padres.
Este episodio reveló la distancia afectiva que vivió papá con la abuela en sus últimos días, su silencio frente a la muerte de su propio hijo es algo que nunca vamos a terminar de entender, lo que sí es evidente es la aversión que sentía nuestra madre por su suegra; esa experiencia tan traumática se quedó grabada en el inconsciente de todos noso tros. Lo más desconcertante fue lo que ocurrió después, tan solo un mes después de la muerte de papá: nuestra abuela Emilia llegó con sus maletas, dispuesta a quedarse a vivir con nosotros. La indignación fue inevitable. Mamá, aunque dolida y contrariada, la acogió por un tiempo, quizás por respeto o por no quebrantar aún más el entorno familiar. Pero la tensión se hizo insostenible. Un día, incapaz de continuar, la enfrentó con franqueza: “Necesito que se vaya porque no la soporto”, le dijo sin rodeos.
A pesar de su carácter autoritario, la abuela terminó sus días mudán dose de casa en casa entre sus hijos, sin un lugar propio ni un vínculo afectivo sólido con nuestra familia. Mamá reconoce que fue una suegra difícil, pero también admite que sus hijos, nuestros tíos, la querían y se ocuparon de ella a su manera en su vejez. Lo que sigue sin perdonar es el abandono de papá, el hecho de que haya sido excluido por su propia familia en un momento tan vulnerable. Para mamá, esa falta de lealtad y acompañamiento no tiene justificación.
Nuestra madre enfrentó su viudez con altura y tesón. Con ocho hijos pequeños, sin dinero ni apoyo, tuvo que reinventarse desde el dolor. Empezó vendiendo dulces en la Universidad de Caldas y, con el tiempo, logró establecerse en la cafetería de la Universidad Nacional. Aquella rutina la mantenía fuera de casa gran parte del día y fueron los hijos mayores quienes asumieron el cuidado de los menores. Así aprendi mos, entre todos, a sobrevivir y a protegernos mutuamente. Con el paso del tiempo, llegamos a comprender que la partida de papá, aunque dolorosa, también abrió el camino a nuevas posibilida des. Cada uno de nosotros desarrolló habilidades que nos permitieron salir adelante y asumir con responsabilidad el rumbo de nuestras vidas.
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Mamá, por su parte, pudo poner en práctica todo su conocimiento, capacidad e inteligencia, lo que quizás no habría sido posible si él hubiese estado presente, dado que pertenecía a una generación en la que no se concebía que la mujer trabajara fuera del hogar. Sin duda, la herencia más valiosa que nos dejó nuestro padre fue la inspiración para desarrollar nuestro propio potencial. A través de sus actos, aprendimos a ser mejores personas, a luchar por nuestros sueños y a cuidar de mamá. Hoy honramos su memoria y lo traemos al presente a través de estas letras. Él entregó su adn, su esfuerzo y su voluntad para darnos la vida. Por eso, gracias, papá. Para nosotras, las menores, que no alcanzamos a construir recuerdos tangibles de papá, su energía sigue siendo una presencia intuitiva y constante. En espacios de meditación, en momentos de recogimiento y silencio interior, hemos encontrado consuelo frente a su ausencia física. Lo percibimos como una fuerza sutil, como una compañía invisi ble que orienta nuestros pasos. Hoy lo percibimos como una guía que nos fortalece en los caminos que cada una ha elegido recorrer. Aunque no pudimos disfrutarlo en vida, su amor ha llegado a nosotras de otras formas, en conexiones profundas, en sueños reveladores, a través de colibríes que paran a observarnos o en la calma de las montañas o atardeceres que también solía admirar. A veces, en medio del silencio, sentimos que nos susurra desde otros planos de la conciencia. Así, hemos logrado sentir ese afecto que no alcanzó a expresarnos en el plano físico. Y en esas manifestaciones, papá sigue vivo. La crianza que nos hizo fuertes: reconstruir la vida sin papá La muerte de papá representó un punto de quiebre para nuestra fami lia. A partir de ese momento, todos nos vimos forzados a madurar de manera prematura y a enfrentar la vida con el respaldo de la red de apoyo que nuestra madre supo construir para guiarnos y formarnos. La crianza que nos dio nuestra madre no pudo ser tan consciente ni estructurada como se planea en las familias de hoy. Ella dedicó todo su tiempo a sostener el hogar, a brindar lo que estaba a su alcance, sin excesos y con ausencias inevitables. Faltó a reuniones escolares y,
Luz Alba con Ermida, su compañera de trabajo en el puesto de la universidad
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en ocasiones, desconoció nuestros logros o dificultades académicas y emocionales. Sin embargo, su entrega fue total. Nos ofreció lo más valioso que tenía, su amor puro de madre.
Producto del esfuerzo de mamá y del compromiso asumido por cada uno de nosotros, fuimos tejiendo nuestros propios caminos. Con el tiempo, la familia se dispersó entre Manizales y varios municipios del Valle del Cauca, mientras cada uno tomaba decisiones conforme a sus intereses y sus circunstancias. Como árbol familiar que somos, compartimos la misma raíz, sin embargo, como ramas independien tes, nos fuimos extendiendo en direcciones distintas, moviéndonos al ritmo de nuestros propios talentos y aspiraciones. Algunos optaron por el camino del emprendimiento; otros, por el trabajo asalariado. Unos se vincularon al ámbito académico y otros hallaron en el hogar su espacio de realización.
Aunque con evidentes diferencias, como hijos de nuestra Luz Alba, compartimos temperamentos, afinidades, pero también desencuen tros y creencias. Como ocurre en toda familia, hemos procurado sostener el vínculo fraterno, a pesar de las tensiones propias de la convivencia y el paso del tiempo. A través de ese delgado hilo genético que nos une, las memorias de la infancia toman su lugar en la historia colectiva del clan. Cada hijo ha asumido la responsabilidad de su histo ria a su manera, algunos se han involucrado más activamente en los asuntos y las decisiones relacionados con nuestra madre; otros han sabido tomar distancia, pero todos, a su manera, conservan el interés y el afecto por ella. Y aunque los caminos recorridos han sido diversos, esta familia ha logrado mantenerse vigente, resistiendo las pruebas del tiempo, las distancias y las diferencias.
Hoy, al observar con perspectiva el camino recorrido, reconocemos que nuestra historia familiar ha estado marcada por la adaptación, la responsabilidad individual y la continuidad de los lazos fundamentales. Más allá de nuestras diferencias, hemos logrado consolidar una iden tidad común que, sin necesidad de uniformidad, nos permite recono cernos como parte de un mismo hilo genético. La estructura familiar que surgió tras la pérdida de papá no fue perfecta, pero sí funcional en
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su contexto y ha dado lugar a trayectorias diversas que, en conjunto, reflejan la solidez de una herencia construida con esfuerzo, sentido práctico y compromiso.
El vínculo con las hijas y la infancia de las tres niñas Al recordar nuestra infancia, aparecen imágenes como un mosaico de recuerdos que, con el paso del tiempo, se han convertido en la base de nuestra identidad. En esos años, las risas, travesuras y aprendizajes contribuyeron a construir vínculos sólidos entre nosotras, forjando lazos profundos e irrompibles que aún permanecen adheridos a la piel, al corazón y a la mente. En este relato, nuestras voces ofrecen un recorrido que invita a explorar, desde distintas perspectivas, los episodios que marcaron nuestra etapa infantil.
Edit, Elizeth y Fabiana, nosotras las hijas menores de Luz Alba, crecimos en un hogar en el que hubo escasez económica, pero abundancia de creatividad e imaginación. Cada rincón de nuestro entorno se convirtió en un escenario para crear aventuras. Las escaleras, el patio, las calles del barrio, la escuela, los callejones; todo hizo parte de nuestro terri torio. La ausencia de recursos materiales no impidió el desarrollo de nuestras capacidades ni limitó nuestras posibilidades de crecimiento. Por el contrario, la adaptación a ese entorno contribuyó al fortaleci miento de competencias creativas y relacionales que han sido funda mentales en nuestras trayectorias personales.
A través de nuestras memorias compartidas, se configura un retrato dinámico de la infancia y del vínculo significativo que nos une con nuestra madre. Cada una de nosotras desarrolló una sensibilidad parti cular hacia las expresiones artísticas y culturales. Edit, por ejemplo, manifestó habilidades manuales que, con el tiempo, se tradujeron en auténticas piezas de arte talladas en madera, elaboradas con preci sión y cuidado. Elizeth, con su mirada melancólica y romántica de la vida, expresó siempre sus sentimientos a través de la escritura de poemas, que le sirvió para ordenar el caos emocional de su entorno. Por mi parte, he cultivado una profunda fascinación por comprender y transmitir ideas a través del lenguaje corporal y la danza. En cada uno de estos recorridos personales, la figura de nuestra madre ha sido la gran fuente de inspiración que aún hoy nos acompaña.
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Ella está en el centro de nuestra existencia, su ejemplo y sus innumera bles talentos son dignos de imitar. Mamá sabe hacer de todo, es reco nocida por su trabajo en frivolité, la confección de tejidos y delantales, así como por sus proyectos de patchwork, todos caracterizados por su sello original. Además, domina técnicas de crochet y resuelve, con creatividad y precisión, todo tipo de asuntos domésticos y familiares, desde ajustes simples en prendas hasta transformaciones completas de diseño, al punto de que sus creaciones han sido denominadas Luz Alba’s Fashion. Su jardín, meticulosamente cuidado, constituye otra expresión de su aprecio por la belleza natural. La sensibilidad artística que hoy nos caracteriza, sin duda, tiene sus raíces en la creatividad y el ingenio que ella nos transmitió.
Los vínculos que nuestra madre ha construido con cada una de noso tras han sido el resultado de un proceso sostenido a lo largo del tiempo, marcado por dinámicas particulares y roles diferenciados. Si bien compartimos una misma relación filial, cada una ha establecido con ella una conexión singular, con funciones claramente definidas. Edit es su amiga y confidente, y se ha convertido en su soporte emocional; su reflejo, su doble exacta. Elizeth, en cambio, ha sido una figura orien tadora frente a los desafíos que representa, para mamá, el manejo de situaciones complejas como el consumo de alcohol por parte de algunos de nuestros hermanos. Por mi parte, he asumido un rol más centrado en el cuidado cotidiano, brindándole apoyo en la gestión de su salud y fomentando su autonomía e independencia. Las tres, con una conciencia clara de lo que implica el acompañamiento en la vejez, hemos optado por estar presentes en esta etapa de su vida, reco nociendo en ella no solo el paso del tiempo, sino también una fuente constante de aprendizaje. Cada una, desde nuestro propio estilo y forma de transitar la vida y la naturaleza de su vínculo, ha encontrado su manera única de estar allí para ella.
Anécdotas de infancia Durante una conversación con mamá, abordamos preguntas que surgieron a partir de algunos recuerdos no tan precisos de nuestra infancia. Mamá nos cuenta que, en aquellos tiempos, había dificultades que hoy en día difícilmente son vividas por las nuevas generaciones.
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Dichas experiencias finalmente nos ayudaron a las generaciones de los años sesenta, setenta y ochenta a valorar lo que teníamos y a evolu cionar como seres humanos.
Mamá recuerda que, durante nuestra niñez, no contábamos con sufi cientes camas para dormir cómodamente. Solo una ofrecía cierto nivel de confort para algunos, mientras los demás descansaban sobre esteras ubicadas bajo la única cama disponible. También relata que, en su jornada laboral, dejaba a las hijas menores al cuidado de veci nas, quienes se encargaban de atender sus necesidades básicas. Ella nos solía coser la ropa a mano, o las modificaba a partir de prendas donadas para darles un nuevo uso. Eso sí, nunca permitió que ninguno pasara hambre y se mantuvo atenta a las necesidades de cada uno. Nuestra madre dormía muy poco. Su jornada comenzaba hacia las 4 a. m., momento en el que preparaba el almuerzo antes de salir a trabajar. Regresaba al mediodía para repartir la comida y luego volvía a la univer sidad, terminando el día con las tareas domésticas pendientes. En este esfuerzo diario, contó con el apoyo constante de los hijos mayores, Albeiro y Edit.
Los fines de semana estaban destinados a las labores más exigentes del hogar. Mamá se ocupaba de lavar la ropa, limpiar los baños, realizar el aseo general, hacer mercado y preparar los alimentos. Es común entre todos nosotros recordar cómo retiraba las sábanas y las cobijas de las camas aun cuando seguíamos acostados, para lavar todo en una sola jornada. También acostumbraba a bañarnos en el lavadero con estropajo y, en las zonas de los codos, tobillos y rodillas, frotaba con más fuerza para, según ella, quitarnos la roña.
Edit recuerda con humor un accidente de infancia: Mamá traía la leche en frascos dentro de unos cajones plásticos. Elizeth y yo, siempre inquietas, enjabonamos los cajones y la escalera del patio para deslizarnos por ellos. La escalera era de madera, con un palo grueso ya podrido y algunas puntillas sobresaliendo. En uno de esos juegos, Elizeth quedó engarzada y se hizo una herida muy grande. Ella insistía en que no le contáramos a mamá porque nos mataría, pero yo le dije: “No, Elizeth,
“La foto de los parientes pobres”: Título tomado de una novela de la época, que recrea las condiciones socio económicas de la familia
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hay que contarle”. Tratamos de contener la sangre con una toalla llena de café, pero fue inútil. Al final, cuando le contamos a mamá, ella llorando preguntó: “¿Qué pasó?” y Elizeth, sin dudarlo, exclamó: “Edit me tiró por las escaleras”. Me agarraron del pelo y me dejaron hecha un nazareno. Se la llevaron al hospital, la cosieron y desde entonces me convertí en su esclava personal, porque a la niña había que cuidarla. Mamá siempre decía: “Ella es menor que usted”, aunque fue Elizeth quien me convenció de tirarnos por las escaleras. Edit relata que los juegos y las travesuras eran parte de nuestra rutina diaria y así lo cuenta:
No teníamos juguetes, así que nuestras manos y pies eran nuestra mejor diversión. A Elizeth le encantaba correr, era rápida y competitiva. Un día, mientras vivíamos donde don Manuel, me desafió a una carrera: “Usted por este andén y yo por el otro”. Siempre la seguía en sus ideas. Corrimos con entusiasmo, pero al llegar a la bajada por donde doña Rosita, Elizeth tropezó y cayó de frente. Yo, en el otro andén, veía cómo lloraba con los dientes salidos. El castigo no tardó en llegar y, como siempre, yo terminé recibiendo la pela. Intenté huir, trepando un poste para evitar el castigo, pero otra vez terminamos en el hospital. Al recopilar la información para este apartado, las risas, las lágrimas y la nostalgia estuvieron presentes. Recordar nuestra infancia junto a mamá convirtió ese ejercicio en un momento muy especial. Cada anécdota compartida reafirmó que la relación entre nosotras se ha construido desde la infancia y se ha fortalecido con el tiempo. Las tres
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comprendimos que, al estar juntas, nuestra fortaleza se multiplica, como las tres mosqueteras. Nuestro vínculo es tan fuerte que ha sido capaz de desafiar algunas lealtades inconscientes transmitidas por las generaciones anteriores. Hemos intentado ir más allá de los límites tradicionales de la familia y nos hemos atrevido a romper con patrones que, con la generación de mamá, comenzaron a desvanecerse y con la de nosotras esperamos que se acelere su desaparición. Hoy, además de hermanas, somos amigas, cómplices y confidentes. Esta relación, que nació en la infancia y se ha consolidado con los años, también se ha proyectado hacia el presente con un propósito común: acompañar a nuestra madre en esta etapa de su vida, compartir con ella su vejez, hacerla feliz y construir los mejores recuerdos posibles hasta el último segundo de su vida. Cada una, desde su propia expe riencia y sensibilidad, ha buscado formas de contribuir a su bienestar. Edit, sin duda, es quien mantiene un lazo emocional más estrecho con mamá; la acompaña con frecuencia, ya sea a través de videollamadas o en persona. Entre ellas existe una afinidad evidente, no solo en el carácter —alegres, efusivas, emocionales, exageradas, juguetonas, de voz fuerte, generosas al extremo y profundamente sociales— sino también en lo físico. Ambas comparten una herencia familiar muy parti cular, una cabellera de canas hermosas y, con humor reconocido por todas, la cola más grande de la familia.
Por su parte, Elizeth acompaña a mamá con una presencia discreta pero constante. A lo largo del año, me ayuda con su cuidado y en ese vínculo se activan tanto su fortaleza como su ternura. Es Ely quien le arregla las uñas, le prepara el café de la tarde y filtra aquellas noticias familiares que podrían alterarla. No busca protagonismo ni espera reconocimien tos; prefiere actuar desde la quietud, tratando de mantener la armonía entre nuestros hermanos con gestos sutiles, casi imperceptibles. Tal vez ni ella misma dimensiona el papel que cumple como cuidadora emocional dentro de la familia.
Finalmente, yo, en mi rol de cuidadora, he podido construir un vínculo estrecho con mamá. He tenido el privilegio de acompañarla en su proceso de envejecimiento, una experiencia que ha sido una escuela de vida para mí. Como profesional de la salud, he hecho lo posible para que mamá tenga conductas saludables, tanto física como mental mente. A lo largo de los años, mamá ha logrado cambios significativos en su estilo de vida, lo que ha mejorado su salud actual en compara ción con hace una década atrás. Mamá me ha enseñado a cocinar,
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a perdonar, a seguir adelante, a escuchar y a ser independiente. Su legado es inmenso y me siento muy afortunada de haberla elegido como mi madre en esta vida. Sin duda, ella ha sido la mejor madre que podría haber tenido, una bendición inigualable. Dentro de los episodios más destacados que comparten todos los hijos, hay escenas que, aunque duras o curiosas, hoy se recuerdan con humor y cariño.
* Las advertencias de mamá cuando alguien
se portaba mal, era el regaño en el que casi siempre terminaba con la amenaza de que, “si siguen así, los llevo a la casa de menores”.
* Cuando mamá enviaba a una de nosotras a pedirle
prestada la correa de castigos a doña Marina, la vecina. Aquella correa tenía fama propia, estaba enterrada en el patio y tenía unos huequitos redon dos que dejaban marcas visibles en la piel.
* Siempre supimos quién era el niño Dios.
* Cuando no había plata para el regalo de diciem
bre, mamá nos llevaba a comer Chococono a Chipre, hay una foto que así lo registra.
* La existencia del famoso bolso rojo donde se guardaban
los documentos esenciales: registros civiles, partida de matrimonio y el seguro exequial. Aquel bolso tenía la parti cularidad de desaparecer cada vez que se necesitaba y se convirtió en un clásico de las búsquedas familiares,
* Y, por supuesto, está la Navidad de la monareta.
Mamá nos sorprendió en Navidad con una sola bicicleta, que en teoría era para todos. Las peleas por el turno para usarla se convirtieron en una de las anécdotas más recordadas y contadas a lo largo de los años.
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* Las reuniones de padres en el colegio eran motivo
de ansiedad, ya que mamá nunca podía asistir. Las consecuencias solían ser castigos escolares que consistían en hacer el aseo de las zonas comunes; nosotras solíamos tener patio propio para barrer.
* Los lunes, después de llegar de la universidad,
había que moler 20 kilos de maíz para preparar las arepas de la semana. Era una tarea exigente, Edit y yo nos hacíamos las sordas, Ely siempre termi naba la tarea, con rabia, pero la terminaba.
* En materia de salud, mamá recurría a los remedios
caseros, convencida de sus beneficios. Uno de los más recordados era la toma diaria de aguasal con ajo, infaliblemente seguida por la inevitable vomitada.
* Uno de nuestros recuerdos más vívidos es que debíamos
correr tras ella, cuadra arriba, cuando salía a trabajar, para peinarla, acomodar su ropa y dejarla presentable. La verdad es que nunca le dio demasiada importancia a su aparien cia. Su vida estaba tan llena de tantas tareas que, con el tiempo, terminó renunciando a sus propias necesidades.
* El desayuno no ofrecía tregua, un choco
late hirviendo que debía beberse sin protestas, aunque eso implicara llegar tarde al colegio.
* Y cómo olvidar las sesiones de eliminación de piojos en
su regazo. Durante ese ritual, si alguien tocaba a la puerta, tanto mamá como la “piojosa” de turno se reacomodaban rápidamente, fingiendo una escena de total normalidad, como si allí no estuviera ocurriendo nada fuera de lo común.
* Cuando Edit se casó, mamá se emborrachó mucho y
llorando, terminó vomitando y manchando los zapatos Gambinelli del hermano del novio. La escena, aunque dramática en su momento, hoy se recuerda con humor.
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* Algunos encargos domésticos exigían persistencia,
como cuando enviaba a buscar cilantro, limones o cual quier encargo y no se podía volver sin él, aunque hubiera que caminar hasta el sector de la Bolivariana o Palermo. Y si no era mamá quien daba la orden, era Albeiro.
* Chepe, por su parte, al llegar al final de la tarde a
casa, se hacía notar con reclamos inmediatos: “Mamá, llegué hace rato y no han dado ni café, ni aguapanela, ni jugo de pobre”. Era la señal para que mamá pidiera expli caciones y alguien terminara recibiendo un regaño.
* Seguramente mamá nunca imaginó que su forma
de criarnos, algunas veces ruda, otras cómicas, y casi siempre caótica, sembraría entre nosotros el sentido de responsabilidad y perseverancia. Hoy, más que nunca, sabemos que tenerla viva a nuestro lado es un privilegio.
Los hijos elegidos por el corazón:
William y Sebastián William William es un hijo del alma para nuestra madre. Aunque el lazo sanguí neo entre ellos es el de tía y sobrino, desde niño existió una profunda cercanía. Mamá vio en él a un niño inteligente y sintió el impulso de brindarle oportunidades que le permitieran salir adelante. Proveniente de una familia campesina, al igual que sus ancestros, William creció en un entorno sin referentes que lo impulsaran hacia aspiraciones académicas o desafíos intelectuales. Las limitaciones económicas y la tradición familiar de dedicarse al campo moldearon su infancia. Esta no es una crítica, sino la descripción de un contexto en el que soñar con una carrera profesional parecía lejano, incluso inalcanzable.
Sin embargo, el destino tenía otros planes, y esos planes llevaban el nombre de Luz Alba Mejía. Su reconocida obstinación la llevó a propo nerse que su sobrino, al igual que siete de sus ocho hijos, también se convirtiera en profesional. A este objetivo se entregó con la dedica ción y el sacrificio comparables a los que ha puesto en cada uno de sus proyectos.
Ni siquiera la indiferencia de William logró disuadirla. Aunque él se mostraba apático ante la idea de inscribirse en la universidad y mudarse a Manizales, mamá no se rindió. En su falta de visión, William creía que su mejor opción era quedarse en el pueblo, trabajando en oficios esporádicos y resignándose a ingresos modestos. Su falta de ambición era comprensible, nunca había sido educado con una visión de futuro ni alentado a desarrollar aspiraciones intelectuales. Probablemente pensaba que esas metas no estaban hechas para él. Fiel a su carácter perseverante, mamá logró convencerlo y se encargó de brindarle todo lo necesario: techo, comida, pasajes, e incluso un trabajo con José Nulben. Gracias a su empeño incansable y a los
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valores humanos con los que nos formó, toda la familia se volcó a apoyar a William y contribuyó para que su transición a la adultez fuera posible y exitosa.
Durante la época universitaria, el vínculo entre mamá y William se profundizó. Él, reservado y concentrado en sus estudios, encontró en ella una figura de respeto y apoyo. Con el tiempo, aprendió a reco nocer el amor materno detrás de sus silenciosas acciones. Así, su relación trascendió lo académico y se transformó en un lazo familiar inquebrantable.
La familia lo apodó Williamsartán, en una de las etapas más delica das en la vida de mamá; cuando fue hospitalizada, su sola presencia aliviaba su espíritu y mejoraba por unas horas su estado de salud. Su compañía es, literalmente, medicina para ella.
William también ha conocido el dolor. La pérdida más fuerte fue la de su madre, a quien cuidó con gran dedicación hasta el final, cuando el cáncer los separó. Ese duelo lo marcó profundamente y estrechó aún más su lazo con nuestra madre, quien se convirtió en un pilar emocio nal en su vida.
El amor que este hijo adoptado siente por mamá se expresa en cada visita, sus largas conversaciones y la paciencia que tiene para escu char sus historias; él la lleva de viaje, a compartir un café, en las fechas especiales siempre está pendiente de ella y en cada experiencia vivida a su lado se nota su amor. Ha estado presente incluso en los momen tos más difíciles, brindándole apoyo constante. De hecho, ha asumido muchas de las responsabilidades que suele llevar un hijo, convirtién dose en una fuente permanente de consuelo y compañía. Cuando mamá habla de William, se percibe en ella el orgullo, la ternura y la admiración que le tiene. Para ella, él es un hijo más. El apodo Williamsartán se lo ganó a pulso y con una espontánea dedicación, hoy en día Willy logra apaciguar las preocupaciones de mamá, aspecto muy valorado por quienes conocemos a nuestra Luz. Así como él ha sido una bendición para mamá, ella ha sido esencial en su vida. William es quien es hoy gracias a su guía firme, su visión clara y su voluntad inquebrantable. Esas cualidades le han trazado un camino de aciertos y bendiciones.
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Aunque existen numerosas anécdotas relacionadas con Williamsartán, ninguna sobresale por ser especialmente dolorosa o excepcional mente alegre. William representa una parte concreta del legado que ella ha construido desde el amor, porque en el corazón de esa señora cabemos todos.
Sebastián Sebastián, siempre estarás con nosotros, en cada risa, en cada lágrima y en cada acto de amor.
Tu luz sigue brillando, guiándonos a todos hacia la certeza de que el amor es lo que realmente importa.
Elizabeth Marín Mejía Entre sus nietos, Sebastián fue el amor de la vida de mamá. Su historia fue bien particular y dejó una marca emocional que siempre habitará en nuestros recuerdos. Murió en época de postpandemia practicando lo que más le gustaba, correr en su motocicleta. Sebas sigue presente en la memoria de quienes hicimos una conexión con su ser y ocupa un lugar privilegiado en la lista de personas favoritas de nuestra madre. A través de estas palabras, le damos su lugar en esta historia y recono cemos las enseñanzas que nos dejó.
Hijo de José Nulben y María, Sebastián llegó al mundo como un ser especial, un niño lleno de amor cuya presencia se apagó de forma ines perada. Su historia comienza con el intenso y atípico vínculo entre sus padres, un amor a veces posesivo y tóxico, del cual nació él. Tenía ojos grandes y expresivos, piel oscura, figura delgada y una ternura espe cial. Aunque parecía tenerlo todo, su infancia estuvo llena de ausen cias y momentos traumáticos que influyeron de manera importante en su personalidad.
Desde sus primeros años, mamá estableció un vínculo muy especial con Sebitas, al punto de acogerlo en su hogar durante buena parte de su infancia. Como sucede en muchas familias, la abuela asumió un rol central en su crianza, especialmente ante la ausencia de sus padres, quienes por motivos laborales no pudieron estar presentes de forma constante desde que él era muy pequeño. Sebitas tendía a resguar dar sus emociones en largos silencios que a menudo desconcerta ban. Era un niño tranquilo y obediente, aunque también expresaba sus
Homenaje a Joav Sebastián Marín Torres. El amor de la vida en nietos de Luz Alba
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frustraciones a través de berrinches que, con el tiempo, fueron mejor comprendidos. Mamá suele recordar con cariño algunas anécdotas de esa etapa:
El niño era de mal comer y escondía el desayuno debajo del sofá; cuando se hacía el aseo general, la comida aparecía cubierta de hongos y con mal olor. No le gustaba bañarse por las mañanas, abría la llave de la ducha, pero ni siquiera se mojaba. Sin embargo, cada Día de la Madre llegaba con una flor para mí. No le gustaba hacer tareas y tenía dificultades para concentrarse, pero era supremamente cariñoso y cercano a mí.
Él siempre fue un niño muy amado, aunque muchas veces incompren dido. Como suele suceder, las dificultades de los adultos impidieron ver con claridad lo que él atravesaba. Aun así, encontró en su abuelita un refugio incondicional, una presencia constante que lo acompañó en cada etapa de su vida; ella siempre fue su lugar seguro. La familia materna también formó parte de la red afectiva que intentó compensar los vacíos dejados por la compleja relación con sus padres. Sin embargo, las dificultades de su padre, José Nulben, por el consumo desmedido de alcohol, la culpa y su lucha interna, terminaron por alejarlos. Mocho combatía sus propios demonios, intentando, a su manera, reconciliarse con Sebitas y consigo mismo. A pesar de todo, Sebas fue un joven bondadoso, lleno de vida y con una energía desbordante. Se le recuerda con ternura por detalles como aquel en el que sorprendía a sus tías con una rosa y un abrazo inespe rado. Aunque su vida estuvo llena de desafíos, también supo superar muchos de ellos. Contra todo pronóstico, logró terminar su carrera en la marina, demostrando disciplina, dedicación y una voluntad firme; ese logro llenó de orgullo a toda la familia, especialmente a su madre y a su abuela, quienes irradiaban felicidad cada vez que Sebastián alcanzaba un logro personal y aún más cuando mencionaba a Elizabeth, su hija. En la última etapa de su vida, el nacimiento de su bebé fue un rayo de luz
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en su vida, Elizabeth representa la continuidad genética y emocional de Sebastián, una nueva esperanza que le dio sentido al amor que tanto entregó.
El día que llegó la noticia de su muerte fue devastador. La familia se enteró un sábado, a través de una publicación en redes sociales. Desde ese instante, nuestra percepción de la muerte cambió: ¿cómo podía ser posible que un ser tan joven y vivaz perdiera su vida de manera tan prematura? Sebastián no fue solo el sobrino y el nieto más cercano a nosotras; fue lo más parecido a un hijo que hemos tenido, nos enseñó a aceptar el dolor de la pérdida, a elaborar un duelo, a acercarnos a esa fuerza superior en la que cada uno cree y agradecer la vida. Su partida dejó un vacío inmenso, especialmente en el corazón de nuestra madre, quien atravesaba un momento delicado de salud y se mantenía alejada de las visitas, pues aún era época de postpandemia. Fue el momento en el que sentimos la necesidad de unirnos por él, por honrar su vida y por darle consuelo a nuestra Luz.
Cuarta Parte:
Otros Vínculos Que Completan Su Historia
Ellos, los que también sostienen:
cuñadas, yernos y esa familia que se elige E xisten lazos que se construyen con personas que llegan a nues tras vidas de forma espontánea; vínculos que elegimos o que el destino se encarga de poner en nuestro camino. Para las cuñadas, esposos y todas aquellas personas que, aunque no nacieron bajo el mismo techo, terminaron compartiendo con nosotros historias, retos y alegrías con nuestra madre, también hay un lugar en este libro. Mamá ha sido una suegra querida y respetada por todos. Ella ha sido testigo de cómo nuestras relaciones amorosas, no solo transformaron nuestras propias vidas, sino también enriquecieron la suya. A través de sus palabras, se revela un retrato sincero de su visión sobre quienes, por amor, por elección o por las circunstancias, se han convertido en parte integral de nuestra historia familiar.
El siguiente apartado conserva los relatos de mamá, sus reflexiones y su manera de interpretar el vínculo que tiene con sus nueras y sus yernos. Este capítulo recoge recuerdos, impresiones y aprendizajes compartidos con quienes llegaron a nuestras vidas para quedarse, y que hoy forman parte de las raíces de nuestros propios árboles, ese entramado afectivo que nos sostiene y nos acompaña. Las nueras y yernos de Luz Alba Mónica Mónica llegó a la familia cuando mamá vendía Yanbal y Ebel, en los años noventa. Desde el inicio, mamá la consideró una pareja adecuada para su hijo Albeiro, juiciosa, trabajadora, paciente y con un particu lar sentido del servicio. Mónica ha enfrentado circunstancias difíci les, especialmente en relación con la convivencia con una persona que tiene problemas de alcoholismo, una situación que no todas las mujeres estarían dispuestas a sobrellevar. Su afiliación a Ebel fue casi
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un gesto de bienvenida, que reflejaba la confianza inicial en nuestra madre. Juntas se han acompañado y apoyado en los momentos de mayor tensión, y nuestra madre, fiel a sus principios, siempre ha estado de su lado. También comparten el gusto por la jardinería y la costura. Actualmente, mamá la respeta, la estima y reconoce en ella su forta leza para mantenerse junto a su hijo a lo largo de los 23 años que llevan de casados.
Luz Elena Mamá conoció a Nena o Nenorris, como ella la llama, desde que era una niña; vivía a solo media cuadra de la casa y, desde temprana edad, inició una relación con Luis Alberto. En el álbum familiar, hay una foto grafía de ellos dos siendo aún muy pequeños, una imagen que mamá aún mira con algo de nostalgia en su corazón.
Desde el principio, Nena fue muy noble y atenta con ella. Más tarde, cuando Luis Alberto se trasladó a Barranquilla, mamá recuerda haberle sugerido a Nena que lo sorprendiera y se fuera con él; relata que fue ella misma quien le facilitó el pasaje para mudarse. Mamá destaca en ella una capacidad particular para cuidar de los suyos, una entrega que, según sus propias palabras, va más allá de sus propias fuerzas, siempre dispuesta a brindar lo que tiene. Su dedi cación como esposa, madre y abuela ha sido evidente, y aunque la distancia geográfica ha limitado el contacto frecuente con mamá, el vínculo entre ambas se mantiene firme y se caracteriza por el aprecio mutuo.
Clarena Mamá recuerda con una sonrisa: “A Clarena la conocí por casualidad, y fue un accidente precioso. Llegó a casa acompañando a un mucha cho que se estaba graduando, Amórtegui, y les preparé fríjoles. Días después, regresó con Chepe y así supe que aquella muchacha elegante terminaría formando parte de nuestra familia”.
Desde el primer momento, Clarena destacaba por su presencia impe cable, siempre bien presentada, con vestidos que parecían sacados de una revista. En un comienzo, algunos en la familia la percibieron
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como alguien de otro nivel, quizás un tanto distante. Sin embargo, con el tiempo, quedó claro que detrás de esa apariencia había uno de los corazones más nobles que mamá ha conocido.
“Le encantaban las arepas que yo hacía”, cuenta mamá entre risas. “Y yo, que nunca perdía oportunidad, la convencí de comprar Yanbal. Claro, como a las nueras les da pena decirle que no a la suegra, el negocio fue más rentable de lo que pensaba”.
Clarena no solo se ganó el afecto de mamá; con el tiempo, ha llegado a ocupar un lugar en su vida comparable al de una hija. A través de gestos constantes y discretos, construyó una relación genuina basada en el afecto y la cercanía. En los últimos años, Clare se ha convertido en confidente y amiga, en esa presencia que sabe cuándo llegar para rescatar a mamá de una crisis o simplemente para escucharla sin juicios.
Ella ha estado a su lado en los momentos más difíciles, la ha cuidado durante sus hospitalizaciones, la ha bañado cuando la fuerza le ha faltado y tiene el don de intuir, sin necesidad de palabras, cuándo nuestra madre necesita compañía. Más que una nuera, Clarena se ha vuelto su refugio de amor incondicional.
Olga “Olguita… ay, esa sí que dio lora”, recuerda mamá con una sonrisa. La conoció cuando aún era estudiante universitaria, respetuosa, reser vada y muy recatada. “¡Y esas lentejas que cocinaba me sabían a gloria!”, añade con entusiasmo.
Durante aquellos años, Olguita convivió con Abimael en plena etapa universitaria, sin que su madre, doña Pina, lo supiera. Mamá evoca con humor una anécdota: una tarde, Pina llegó de visita sin previo aviso y Olguita, en medio del apuro, corrió a guardar toda la ropa de Abimael en nuestra casa, intentando evitar que su madre descubriera que ya compartían su vida.
“Desde el primer día”, dice mamá, “Olguita me cayó muy bien. La quise de inmediato”.
Como educadora, ha sido una madre ejemplar. Tiene la capacidad de establecer límites claros y hacerlos cumplir, una habilidad que no todos logran ejercer con firmeza en las nuevas generaciones. Su
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personalidad refleja equilibrio y sensatez, es detallista, respetuosa y prudente al hablar, pero cuando lo hace, sus palabras reflejan una sabiduría profunda y sin pretensiones.
Hoy, mamá la valora y la admira sinceramente, tanto por su carácter sereno como por su capacidad de construir, de manera discreta y constante, un hogar sustentado en el amor, el orden y la firmeza. María María fue la primera esposa de José Nulben, era una mujer morena, de cabello crespo, atractiva, de ojos grandes y con una voz prodigiosa para el canto lírico. Mamá recuerda que María llegó a la casa como si hubiera pertenecido desde siempre. Sobre su llegada relata: María apareció un fin de semana sin previo aviso. Yo estaba en un seminario fuera de la ciudad y cuando regresé, ya estaba instalada con Mocho. Eso no me gustó, así que le dije a mi hijo que, si iba a vivir en unión libre con ella, debía buscar casa y trabajo. No me gustaba cómo lo trataba; él era muy noble.
María se destacó por ser una trabajadora incansable, al punto de la obsesión. Su disciplina con el dinero y su organización la convirtie ron en la figura dominante del hogar. Gracias a su empuje, contribuyó significativamente a que José Nulben saliera adelante. Sin embargo, con el tiempo, la relación de pareja comenzó a deteriorarse. Ambos presentaban conductas conflictivas que terminaron por desgastar su vínculo de forma irreversible.
Tras la separación, José Nulben se desvinculó completamente de la crianza de su hijo Sebastián, una actitud que mamá nunca logró perdo narle. María quedó sola a cargo del niño, y aunque su estilo de crianza tenía particularidades que generaban tensiones, fue finalmente la abuela quien asumió gran parte del cuidado de Sebastián durante su
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infancia. Sebitas falleció a los 25 años. Desde entonces, no se volvió a tener noticias de María. Su vínculo con la familia se rompió de forma definitiva.
Paula Paulita, o la cuñis, como la llamamos con cariño, fue la segunda esposa de José Nulben. Cayó rendida ante ese encanto peculiar que parecía acompañar siempre a Mocho y no pasó mucho tiempo antes de que se fuera a vivir con él. Rubia, menuda, de sonrisa luminosa y espíritu gene roso, Paula era, y sigue siendo, una excelente madre y una persona de gran calidad humana.
Sin embargo, pocos meses después de iniciar la relación, Mocho empezó a beber con mucha frecuencia y la relación, que había nacido entre risas y promesas, se volvió dolorosa. El día en que Paula se graduó de la universidad, Mocho no estuvo a su lado. Fue un silencio que marcó un antes y un después.
De su unión nació Valeria, una niña inteligente, disciplinada, tranquila y reservada, cuya infancia quedó marcada por el comienzo de la etapa más oscura de su padre. Paula, con una fuerza callada, trabajó y luchó con amor para sostener la relación. Se trasladaron a Cali en busca de nuevos comienzos, pero Mocho tomó decisiones que le trajeron serias consecuencias. Perdió a su familia, sus amistades, su trabajo y, finalmente, el rumbo.
Mamá siempre sintió un gran afecto por Paula. Admiraba su entrega, su paciencia, su manera de cuidar a Valeria. A lo largo de los años, Paula mantuvo el contacto con mamá, pero las situaciones difíciles provocadas por José Nulben terminaron afectando la relación con su nieta. Con el tiempo, tanto Paula como Valeria se alejaron de manera
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definitiva de la familia. En mamá persiste el respeto por aquella mujer que lo dio todo y también una tristeza por una nieta que, con el paso del tiempo, dejó de mirar hacia atrás.
Los yernos Carlos Carlos o el Negrito, como mamá lo llama con cariño, es el esposo de Edit. De ascendencia indígena del sur del país, llegó para conquistar el corazón de su hija y, con el tiempo, también el de su suegra. Mamá lo recuerda de una forma muy particular: “Cuando lo conocí, no me gustó. Era un poco borrachito y medio loco; no tenía buen aspecto ni presentación. Se parecía a Pedro el Escamoso por su motilado. Pero me trataba tan bien que eso me desarmaba”. Se ganó más rápido a la suegra que a la novia. “Cada vez que se enfermaba, venía a pedirme remedios caseros; le encantaban el boje y mis desayunos”. A mamá no le agradó enterarse de que Edit era su novia. “Ella salía con otro muchacho muy bonito, atento y respetuoso”, recuerda. “Y de pronto aparece este Carlos, besuqueándola delante de mí como si nada. Era muy autoritario, le traía la ropa sucia para que ella la lavara a mano y ¡eso me daba una rabia!”.
La relación avanzó de forma discreta hasta que se volvió toda una rela ción con responsabilidades incluidas. Carlos y Edit se casaron por lo civil en secreto y años más tarde, terminaron casándose por la iglesia. Desde entonces, han compartido una vida llena de desafíos, dificulta des y aprendizajes, pero también han construido una relación sólida, especialmente en su rol como padres.
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Hoy, Carlitos mantiene un vínculo muy cercano con mamá. Ama profun damente a su Mona y a sus hijos. Dentro de la familia, muchos lo consi deran uno de los mejores seres humanos del clan. Siempre dispuesto a ayudar, ha sido un apoyo constante para José Nulben, algo que mamá aprecia y valora profundamente.
Fernando Fernando, o Ferchito, como mamá lo llama con cariño, es el esposo de Fabiana. Su llegada a la familia fue discreta, ya que el inicio de su relación tardó en formalizarse; en un principio, se suponía que eran solo amigos. Mamá recuerda:
Al principio no me caía bien, no por nada en particular, simplemente no me inspiraba confianza. Pero llegó con una actitud tranquila, sin alardes y poco a poco se fue ganando su lugar. Fabiana nunca lo presentó como su novio, decía que eran solo un parche. Pero ya llevaban un buen tiempo juntos cuando conocí a Dora, su mamá. En aquella época, mamá tenía un almacén y, fiel a su estilo formal y detallista, decidió obsequiarle un pantalón a Dora. Durante una conver sación espontánea, Dora le preguntó qué tan seria era la relación entre sus hijos. “Le dije: ‘Dora, ellos son novios’. Y ella no tuvo problema con eso. Sabía que Fernando venía seguido a la casa, que siempre tenía comida, atención y que era bien recibido”.
Después de su matrimonio, mamá aceptó continuar viviendo con ellos, Fernando y Fabiana. Como hija menor, ella ha asumido con compro miso el rol de cuidadora y Ferchito ha estado firme a su lado en esa tarea. Siempre ha mostrado respeto, afecto y un compromiso sincero con mamá. Como en toda convivencia, han surgido roces menores, propios de la cotidianidad, pero nada que haya alterado la solidez de su relación.
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Para mamá, Ferchito no es solo un yerno, es otro hijo. “Lo que él ha hecho por mí, no tiene comparación”, confiesa. “Cuando me caí en el baño, fue él quien me levantó, quien me cargó durante la incapacidad, sin una queja, con total entrega”.
Cada mañana, él pasa por su habitación a saludarla, preguntarle cómo durmió y desearle un buen día. Si salen juntos, no falta el gesto afec tuoso: “Suegrita, vamos”, le dice, tomándola del brazo. Siempre está pendiente de ella. Y mamá lo ama como se ama a un hijo nacido del corazón.
Andrés Andrés, la pareja de Elizeth, llegó a la familia de manera inesperada. Llevaban ya varios meses saliendo e incluso conviviendo, cuando Ely decidió compartir que estaba en una relación. Él es un hombre bien puesto, alto, de manos grandes, siempre impecablemente organizado. De su historia personal se sabe poco, hoy se desempeña en el ámbito legal. Desde el comienzo, Andrés optó por mantener cierta distancia con la familia y con el tiempo, esa elección se consolidó. No asisten a reuniones familiares ni comparten detalles de su vida como pareja; viven su amor en voz baja y con las puertas entrecerradas. Entre mamá y Andrés nunca hubo una conexión profunda, fue una rela ción neutra. Mamá lo expresa con honestidad y sabiduría: “Agradecí que mi hija estuviera acompañada. Él es reservado y alejado pero mi hija es feliz con él y con eso me basta. Me hubiera gustado tener una relación más cercana con él, compartir una charla larga, una broma, algo más… pero entendí que su cariño se manifiesta distinto”. Cuando Andrés se comunica, lo hace de forma directa, sin rodeos ni adornos. Su carácter ha enseñado a sus cuñados a respetar su forma de ser. La distancia ha sido una elección consciente, una manera de cuidar su espacio.
A pesar de esa distancia consciente, Elizeth ha mantenido un lazo profundo y constante con la familia, especialmente con mamá. Con los años, Andrés ha sabido aceptar con madurez y respeto que Ely dedique semanas, incluso meses enteros, al bienestar de mamá. La apoya con
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serenidad y comprensión, sin exigirle otra forma de amar. En su hogar comparten además otra forma de amor, ellos son una familia gatuna: Lluvia, Ojitos y Ángel son sus tres gatos.
Los nietos Con todos nosotros, Luz aprendió a ser mamá, pero con sus nietos, aprendió a amar desde nuevos lugares. Con la llegada de cada uno de ellos mamá volvió a celebrar la vida; fue la segunda oportunidad para volver a tener niños en su vida, ahora sin el peso de las obligaciones de la maternidad. Cada nieto representa una nueva rama en el árbol familiar, distintos en forma, color y carácter, pero todos alimentados por las mismas raíces.
Esos afortunados niños tienen una abuela que vale oro. Algunos crecie ron a su lado, compartiendo sus historias, su comida y sus expresiones bruscas de cariño; otros, desde lejos, lograron estar cerca de ella a través de llamadas y visitas. Pero todos, sin excepción, han sido testi gos de sus carcajadas, estrujadas y consejos.
Este capítulo es un recorrido por esos vínculos intergeneracionales. Un homenaje a las nuevas generaciones que, con formas distintas de pensar, sentir y habitar el mundo, representan la continuidad viva de nuestros padres. A través de un formato íntimo y sencillo, en una entre vista breve con preguntas cerradas, mamá entrega a cada uno de sus nietos una visión general de lo que admira en ellos, cómo los recuerda y cómo quisiera que fuera su futuro cercano. Las respuestas no fueron planeadas ni ensayadas. Surgieron de manera espontánea, tranquila y ofrecen una mirada directa de su experiencia como abuela. Salomé: Hija de José Albeiro Marín y Mónica Serna ¿Qué le gusta de ella?: Baila bonito y es muy inteligente. ¿Qué le diría?: Que mejore el trato con sus papás. Una anécdota: Era algo berrinchuda… pero así la quiero. ¿Cómo se la imagina en 10 años?:
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Viajando, como le gusta, viviendo sola y asumiendo con responsabilidad su vida.
Juan José: Hijo de José Jesús Marín y Lida Clarena Gómez ¿Qué le gusta de él?: Su manera de hablar y de expresarse tan bien.
¿Qué le diría?: Que me siento orgullosa de sus logros académicos y que espero que en el futuro vea los frutos de su esfuerzo.
Una anécdota: Cuando era pequeño y venía de visita, le mostraba el reloj a Clarena y le decía hasta qué hora se podía quedar.
¿Cómo se lo imagina en 10 años?: Lo veo en un puesto alto del gobierno, disfrutando de su presente. Felipe: Hijos de Luis Alberto Marín y Luz Elena Ceballos Felipe es el mayor de los nietos:
¿Qué es lo que más le gusta de él?: Su personalidad y manera de ser, porque es atento conmigo y con la familia. ¿Qué le diría si lo tuviera enfrente?: Que le dé un buen ejemplo a sus hijos y les dedique más tiempo. Una anécdota: Le gustaba que le fritaran montañas de papas a la francesa y siempre invitaba a un montón de amiguitos a robarse las chocolaticas que guardaba en la casa.
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¿Cómo se lo imagina en 10 años?: Siendo un papá modelo, que instruye a sus hijos con respeto y autoridad. Karen: Hijos de Luis Alberto Marín y Luz Elena Ceballos ¿Qué le gusta de ella?: Su manera de ver la vida, de proyectarse hacia el futuro; es una buena mamá, hija y esposa. Me gusta cómo me trata, se nota que me quiere. ¿Qué le diría?: La admiro, le deseo mucho éxito y quiero seguir viéndola con el paso de los años. Una anécdota: Llegaba de vacaciones a bailar y mostrar las coreografías que le enseñaban en el colegio. Era muy bella, mi muchacha.
¿Cómo se la imagina en 10 años?: Una profesional exitosa, con buena salud, llena de valores y con sus hijos bien preparados. Alejandra: Hijos de Luis Alberto Marín y Luz Elena Ceballos ¿Qué le gusta de ella?: Me trata bonito y es trabajadora.
¿Qué le diría?: Que les dedique más tiempo a sus hijos y se explore más como mamá.
Una anécdota: No tengo una especial, pero me gustaría que cuando hablemos, podamos tocar temas en los que yo le pueda enseñar algo.
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¿Cómo se la imagina en 10 años?: Con mucha plata, viajando y disfrutando de lo que le gusta. Sebastián: Hijo de José Nulben Marín con María ¿Qué le gustaba de él?: Su carácter, su ternura, lo detallista y especial que era conmigo. ¿Qué le diría hoy?: Que siempre valoré mucho su esfuerzo por salir adelante, que lo extraño y que no he superado su pérdida.
Una anécdota: Un día me llegó con un ramito de flores que mandó a hacer solo para mí. Y verlo vestido de militar me llenaba de orgullo. Lo amé.
Si hubiera vivido 10 años más, ¿cómo se lo imagina?: Sería un militar exitoso, muy amoroso con su hija y disfrutando de la vida. Valeria: Hija de José Nulben Marín con Paula Andrea Prado ¿Qué le gusta de ella?: Su compromiso consigo misma, con su mamá y con su papá. Esa disciplina para seguir con sus estudios, aunque no me invitó a su grado, me siento muy orgullosa de ella.
¿Qué le diría?: Me gustaría volver a tener una relación con ella, aunque se haya alejado.”
Una anécdota: Recuerdo su niñez. Siento que fue descuidada por mi hijo, y me hubiera gustado que eso fuera diferente. Cuando la operaron de los pies, él estuvo distante.
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Eso me dolió.
¿Cómo se la imagina en 10 años?: Una mujer exitosa, con un buen empleo, estudiando y con una familia que la haga feliz.
Isabela: Hija de Abimael Marín y Olga Cecilia Gutiérrez ¿Qué le gusta de ella?: Desde pequeña ha tenido una comunicación abierta y sincera conmigo. Todos los días me demuestra cuánto me adora.
¿Qué le diría?: Que siga sus metas, que se valore, y que entienda lo especial que es.
Una anécdota: Las cartas que me escribía de niña. Las amo. Aún las guardo.
¿Cómo se la imagina en 10 años?: La veo llena de valores, con sueños cumplidos y siendo una profesional. María Fernanda: Hija de Abimael Marín y Olga Cecilia Gutiérrez ¿Qué le gusta de ella?: Su personalidad vibrante, el buen trato con sus alumnos, su familia y conmigo. Eso me encanta.
¿Qué le diría?: Que no confíe demasiado en la fama y que nunca se aleje de Dios.
Una anécdota: Me encanta cuando desfila la ropa que le hago. Y cuando dirige juegos en las reuniones familiares.
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¿Cómo se la imagina en 10 años?: Alcanzando todos sus sueños. La veo en el mundo de la televisión. Kenny Santiago: Hijo de Edit Marín y Carlos Arturo Cuacialpud ¿Qué le gusta de él?: Su compromiso con los estudios y el trabajo. Es muy cariñoso conmigo.
¿Qué le diría?: Que lo amo y que me gustaría verlo progresar, que lo acepto como el bello ser humano que es. Una anécdota: Cuando era pequeño, le encantaban los caballos, como a mí.
¿Cómo se lo imagina en 10 años?: Más saludable, disfrutando de su profesión y haciéndose más feliz a sí mismo y a su mamá.
Sergio: Hijos de Edit Marín y Carlos Arturo Cuacialpud ¿Qué le gusta de él?: Me gusta cómo es cuando está conmigo y cuando es tierno con su mamá. ¿Qué le diría?: Que cambie ese carácter tan brusco y estudie más para que tenga un mejor futuro. Una anécdota: Una vez en una rabieta, Edit lo metió a la ducha con agua fría para que se calmara. ¿Cómo se lo imagina en 10 años?: Profesional, con un cambio positivo, lleno de sueños y valores (porque los tiene). La historia familiar continúa su curso con la llegada de los bisnietos, quienes representan la prolongación natural de las generaciones anteriores. Para mamá, esta etapa ha significado una forma distinta
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de alegría, más serena y contemplativa. En estos nuevos integrantes reconoce rasgos, gestos y vínculos que unen a hijos y nietos. Aunque aún están en sus primeros años, anuncian con su presencia que la familia sigue en crecimiento. Juan José, María José, Matías, Salbatore, Sarita, Esteban y Elizabeth conforman esta última generación. Ellos son, también, la fuerza que nos parió.
Reuniones familiares de encuentros familiares de los Marín Mejía, descendientes y vínculos afectivos
El mundo contado por las tías: sabiduría femenina y relatos familiares E ste capítulo recoge los testimonios de las tías maternas y paternas, mujeres que ocuparon roles muchas veces margina les dentro de la estructura familiar, pero cuyas experiencias resultan fundamentales para comprender el entramado afectivo y social que ha dado forma a esta historia. A partir de grabaciones orales transcritas con fidelidad, se presenta una visión alterna y complementaria de los hechos, filtrada por la memoria y la perspectiva de quienes vivieron los acontecimientos desde otro lugar.
Lejos de ser simples recuerdos, sus relatos ofrecen elementos que amplían y, en algunos casos, cuestionan las versiones ya conocidas. Aportan nuevos datos sobre las relaciones entre hermanos, las dinámi cas con los padres y la forma en que los cambios sociales y culturales impactaron en sus vidas. Su contribución en esta narración permite observar con mayor profundidad las tensiones y las maneras de resol ver o reproducir los conflictos dentro de la familia. Más allá de la recopilación testimonial, el propósito de este capítulo es otorgar legitimidad a estas voces. En la tradición oral familiar, la palabra de las tías solía quedar subordinada o ignorada. Este espacio les da un lugar activo como fuentes de información, memoria y análisis, reconociendo su capacidad para interpretar, desde su experiencia, los procesos que marcaron a varias generaciones.
Durante una visita imprevista a mamá, algunas de las tías por parte de papá compartieron de manera espontánea y relajada algunos datos curiosos que completan la historia del árbol familiar, incluso afloraron asuntos que durante años se habían mantenido reservados. Se habló de papá, a quien describieron como celoso y conocido por su historial de infidelidades. Entre risas y confidencias, también recordaron los inicios de su relación con mamá y su intermediación para hacer posible los encuentros en su etapa de noviazgo.
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A medida que avanzaba la conversación, surgieron hechos más sensi bles. Fueron relatadas experiencias de violencia intrafamiliar, alco holismo, abandono emocional y relaciones forzadas. Mencionaron un caso de suicidio vinculado al maltrato y al desamor, así como situacio nes de control extremo por parte de sus parejas. También se mencionó a la abuela Emilia, quien mantuvo una relación distante con papá por razones que aún no se entienden.
Por parte de la familia materna, las tías compartieron sus recuerdos sobre la abuela Carlina. Hablaron de su carácter impredecible, de sus episodios frecuentes de falta de control emocional y agresividad y de cómo descargaba sus frustraciones con ellas. Al mismo tiempo, reco nocieron que la abuela fue víctima de agresiones físicas y verbales en su niñez, lo que da cuenta de una cadena de maltrato intergeneracio nal que marcó profundamente a las mujeres que nos precedieron. Todas recuerdan con amargura los años de su adolescencia, marcados por un trato particularmente severo; mamá como hija mayor, cargaba con gran parte de las responsabilidades del hogar. En una familia numerosa de dieciséis hijos, ella cuidaba a sus hermanos menores, cocinaba, lavaba y hacía casi todas las tareas domésticas bajo una lógica de ahorro extremo impuesta por la abuela, para que el abuelo no gastara más de lo estrictamente necesario.
El lavado de la ropa, por ejemplo, se hacía con una mezcla de ceniza de carbón y agua que debía reposar durante la noche. Esta solución servía como detergente y era complementada con una hierba que dejaba un tono azulado en las prendas. Todo esto formaba parte de una rutina exigente y meticulosa, aprendida a la fuerza y con una presión constante.
Uno de los episodios que mamá conserva con mayor claridad ocurrió el día de su cumpleaños número quince. La abuela amaneció enferma ese día, le pidió cuentas por el jabón que había utilizado. Al saber que ya había sido empleado para el lavado, la golpeó con un palo y luego la ató, como solía hacerlo en momentos de castigo. La dejó así durante horas. Cuando el abuelo llegó, la encontró amarrada y preguntó por la razón del castigo. Al enterarse de lo sucedido, la reacción de la abuela fue aún más dura, la insultó, la llamó “solterona” y “dientona” y le dijo que nadie se fijaría en ella.
Mamá, entonces adolescente, se sentó sola en el corredor de la casa y, con lágrimas en los ojos, respondió: “No se preocupe, mamá. Si el primero que aparece es viejo, mueco o cojo, me voy con él”. Y así fue.
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En ese tiempo, papá ya mostraba interés por ella. Aunque la distancia no le permitía intervenir, era consciente de la situación. Poco tiempo después, se casaron y ella por fin logró salir de su casa. Odila, una de las tías con mayor cercanía a mamá, también compartió su testimonio. Se casó a los 37 años por temor a quedarse sola tras la eventual muerte de la abuela, de quien dependía económicamente, a ella no le gustaban muchos los niños, pero terminó siendo madre y tuvo un hijo, Diego, que hoy es su cuidador principal y el amor de su vida. También se contaron otras historias relacionadas con exceso en el consumo de alcohol y todas las relaciones que esta conducta logró romper o impactar de manera negativa en ellas; abuso sexual dentro del matrimonio, que en aquel entonces era considerado parte del deber conyugal de las mujeres y que hoy se identifican como violencia; y el efecto que tuvo el dogmatismo, o como dice mamá “la camandu lería” de la abuela, que logró distanciarla de las creencias católicas de manera definitiva. Finalmente, entre risas y en medio de la charla, las tías cuentan que la abuela las obligaba a rezar el rosario todas las noches, de rodillas y con las manos en oración; lo divertido era el ataque de risa que salía espontáneo y terminaba en regaños y pellizcos en los brazos que son imposibles de olvidar.
Esta información deja claro que, las mujeres de las dos familias que precedieron a la generación actual, experimentaron distintos tipos de abuso y subordinación, lo que pone en contexto sentimientos de frus tración, rabia e impotencia expresados por ellas, y deja de manifiesto la urgencia de cuestionar y desarticular esas lealtades heredadas que han perpetuado dinámicas de sufrimiento. La memoria de las tías y de mamá no puede considerarse solamente como anecdótica ni secun daria; en realidad, representa una fuente esencial para comprender la estructura emocional y social de la que venimos. Sus testimonios no solo amplían la narrativa dominante, sino que además la desafían, la reordenan y buscan, de manera inconsciente, corregirla. Incorporar sus voces en este libro responde a un propósito doble, aportar pers pectiva y ejercer un acto de reparación histórica.
Las amigas de Luz Alba: confidentes, consejeras y testigos de vida E n medio de tantas batallas, cuando la vida le puso pruebas difíci les y le quitó más de lo que le dio, mamá no estuvo sola. Aunque no tuvo estudios ni tiempo para ella misma y muchas veces se sintió olvidada por el mundo, encontró en un grupo de mujeres lo que no halló en otras partes: apoyo, afecto sincero y una compañía que solo se entiende entre quienes han vivido lo mismo. Unas vecinas, otras comadres, compinches y algunas simplemente buenas personas que se cruzaron en su camino, la sostuvieron en los días más duros, compartieron también buenas experiencias y la ayudaron a seguir adelante cuando todo parecía cuesta arriba.
Muchas de esas mujeres ya no están. Algunas partieron, otras toma ron rumbos distintos, pero ellas también hacen parte de esta historia. Sólo con doña Marleny, la madrina de Fabiana, mamá conserva algo de contacto hasta hoy. Las demás, aunque ausentes, siguen vivas en sus relatos, y las lleva en su corazón con la misma fuerza con la que vivió aquellos años.
Este es su testimonio sobre su amistad:
Su papá era evangélico y asistía a la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia. Tras su fallecimiento, yo dejé de asistir a la iglesia cristiana y a la católica porque no me quedaba tiempo para nada; eran ocho hijos y dos puestos de trabajo que atender. Pasé tres años en los que solo dormía una hora al día, lo que me llevó a tener un cansancio permanente y a enfermarme. En ese periodo, también
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criticaba a Dios. Sin embargo, cuando me entregaron la casa, no podía dejar de darle las gracias justo a Él. Doña Marleny hizo parte de este importante momento, ella fue la que me informó que José Jota, el político del barrio, organizaba reuniones con la comunidad, y al darse cuenta de mi difícil situación con los niños, ayudó a recoger dinero para ayudarme a través del comité de vivienda. Por fin íbamos a poder tener un techo propio en donde dormir. Cuando nos mudamos a la casa, no tenía puertas ni ventanas, y nuestra perra Gitana era la que nos cuidaba. Pusimos cada bloque entre todos, fue una época de mucho esfuerzo y trabajo duro, lanzando pala. Yo también me involucré en esta causa. Posteriormente, gané la lotería y los muchachos me sugirieron comprar un taxi, pero decidí construir un apartamento para arrendar. Doña Marleny era una gran amiga y quería ser la madrina de Fabiana; acepté su ofrecimiento y aún hay un vínculo importante entre ellas. Agradezco por haberme dado la mano en esa época tan difícil. También fue una figura importante en la vida de mamá su vecina doña Marina, con quien sostuvo una relación marcada por el apoyo mutuo y la amistad. Se ayudaban en lo que estuviera a su alcance, compartían mercado, se prestaban electrodomésticos, la correa de los castigos o simplemente se acompañaban. En algunas ocasiones, se daban una escapada a Dos Tiempos, una fonda del barrio dedicada a la música de antaño, donde disfrutaban juntas entre boleros y canciones de la época.
De los años ochenta y noventa quedaron amistades duraderas. Muchos de aquellos jóvenes a quienes mamá alimentó en su época universi taria, hoy convertidos en profesionales, recuerdan a la viejita con gratitud y cariño. Ella misma lo dice con una sonrisa: “Cómo olvidar a
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Madeliyne González, Diana Fabiola Barrero, Eduardo de los Ríos, el Loco Fernando, Aylton, los Cuacialpud y Jhon Jairo Díaz. Algunos de ellos incluso, llegaron a tener vínculos afectivos con mis hijos”. Martha González fue una de las amigas más cercanas de mamá. Aunque pertenecía a una de las familias acomodadas del barrio, siempre se mostró sencilla, alegre y generosa. Con ella, mamá compartió paseos, fiestas, largas conversaciones y momentos inolvidables. Carmenza Espitia fue otra amiga muy cercana y fue quien le presentó la palabra de Dios a mamá. También encontraba refugio en las casas de otras mujeres del vecindario como doña Margoth, Franciedit, doña Cecilia, doña Tulia, doña Oliva, doña Teresa y Berta, su prima donde el descanso venía acompañado de una taza de café y una charla cálida. Con el paso de los años, nuevas compañeras de viaje fueron llegando al corazón de nuestra madre. Entre ellas, doña Mireya, con quien compar tió su entusiasmo por Amway y aún se saludan con llamadas en fechas especiales; Yeimi, una profesora de portugués que iba al puesto de dulces de mamá durante su etapa universitaria y que, ya adulta, logró crear un vínculo fuerte de amistad con ella; junto a su madre, doña Beatriz, ocupan un lugar muy especial en la familia. También María Eugenia y Marta Medina, a quienes conoció en el barrio La Enea, han entrado en la vida de mamá como amigas del alma. María Eugenia comparte con ella la pasión por la costura, la comida y las confidencias profundas sobre los desafíos propios de ser madres. Finalmente, doña Mariela, una jubilada del magisterio con quien comparte el amor por las matas y por la arepa de chócolo. Algunas veces se encuentran en el jardín de la calle para compartir un café y una buena charla.
Con el paso del tiempo, mamá ha tejido una red de amistades que va más allá de los lazos de sangre. Con cada amiga, vecina o inquilino que compartió con ella un tramo del camino, se han escrito historias y vivencias inolvidables. Nuestra casa no solo fue refugio, también fue una escuela de vida con la mesa abierta y un rincón de confidencias. Hoy, muchas de esas personas siguen regresando, aunque sea con el pensamiento, al recuerdo de esta mujer de 83 años que brindó con su presencia compañía, consejos, apoyo y complicidad. Porque si algo ha caracterizado a mamá a lo largo de los años ha sido su capacidad de estar, de construir sentido de pertenencia y de forjar vínculos genui nos y duraderos.
Las mascotas de la familia:
ángeles y compañeros de vida En nuestra casa, las mascotas siempre fueron parte de la familia. En La fuerza que nos parió, son reconocidas como integrantes funda mentales de nuestra historia. Este apartado reúne varios recuerdos sobre aquellas mascotas que estuvieron presentes de forma cons tante, acompañándonos en algunas de las etapas más significativas de nuestras vidas. Nos vieron crecer, estudiar, casarnos, cambiarnos de casa y presenciaron nuestras victorias y derrotas. Nuestra madre nunca tuvo una relación tan cercana con los animales como la que nosotros desarrollamos, aunque jamás se opuso a que vivieran en nuestra casa. En distintos momentos de nuestra historia, perros y gatos llegaron al hogar, algunos fueron elegidos con intención, otros aparecieron de forma espontánea y se quedaron; solo uno de ellos fue comprado.
La primera mascota de la familia fue Gitana. Llegó a nuestras vidas durante la infancia, en una época en la que no había abundancia económica. A pesar de las condiciones del momento a Gitana no le faltó la comida, era territorial y protectora. En un intento por reducir gastos, mamá decidió llevarla una mañana a una finca para regalarla. Pero al día siguiente, Gitana regresó sola, con las patitas peladas y extremadamente cansada. Flaca y con la mirada triste, retomó su lugar junto a nosotras, reafirmando su lealtad hacia la familia. En aquellos días, Albeiro nos hacía reír bromeando sobre comerse a Gitana en un sancocho, pero la defendíamos con todas nuestras fuerzas. Su muerte, ya en la vejez, dejó un vacío muy grande en la familia, especialmente para nosotras, las más pequeñas. Mamá recuerda a Gitana con espe cial afecto.
Muchos años después, durante nuestra juventud, llegó Muñeco, un poodle negro que nos fue dado en adopción por una estudiante de veterinaria muy cercana a la familia. Era un perro de espíritu rebelde, hiperactivo y grosero. Mamá nunca logró encariñarse con él; apenas lo toleraba. Sin embargo, el vínculo que creó con nosotras fue profundo. Era tan posesivo que no podíamos alejarnos sin que rompiera en llanto
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y ladridos desesperados. Muñeco estuvo con nosotros hasta sus 14 años. El día de su muerte fue muy triste; falleció debajo de la cama de la abuela en las horas de la tarde sin la presencia de sus mamás humanas. En la noche, después del trabajo, lo enterramos en familia, detrás de la escuela que quedaba cerca a la casa.
Después llegó Mechas, una perrita maltés de temperamento tierno y tranquilo. Era hija de una estudiante universitaria que no podía tenerla en las residencias donde vivía, así que durante la semana se quedaba en nuestra casa y los fines de semana regresaba con su dueña. Elegante y de estilo refinado, esta maltés sí se robó el corazón de mamá. Todos la adorábamos, en especial Chepe, Ely y Fabiana, los más apasionados por los perros en la familia.
Al caminar, Mechas movía la cadera con el porte de una modelo en pasarela. Le gustaba comer arroz con huevo, y Chepe la llevaba de paseo, le compraba Chococono y pan, y se sentaba en el andén de la tienda junto a ella a disfrutar de su postre. Amaba dormir a nuestro lado, que la peinaran y que le sacaran pulgas; era, sin duda, toda una princesa. Cuando su dueña terminó sus estudios universitarios, debió regresar a Cali y se la llevó. Fue la primera tusa importante en nuestras vidas. Mechas es recordada como la más diva de todos los perros que hemos tenido.
En gratitud por haber cuidado a Mechas durante cinco años, su dueña nos regaló a uno de sus cachorros, Moffy; quien fue adoptado por Edit. Él era un perrito especial, paciente y juicioso. Cuando Edit tomó la decisión de irse a vivir a Cali, Moffy viajó con ella, dejándonos a los demás huérfanos de perro por un tiempo. Lo amamos profundamente y su partida, ya en la vejez, ocurrió en paz, acompañado por su núcleo familiar.
De la segunda camada de Mechas nació Beethoven, ese bello maltés fue el amor de la vida de Fabiana en perros. Era un ser lleno de luz, muy bonito, deslumbraba por su pelo largo, sus pasos elegantes y por sus ojos perfectamente demarcados por una línea negra. Era cariñoso, le encantaba dormir en la cama en la mitad de las dos almohadas de nosotros y fue muy consentido por toda la familia. Mamá solía enta blar largas conversaciones con él, ella le hablaba y él le respondía con ladridos y gruñidos mimados.
Fabiana no puede olvidar las noches a su lado, él sabía cuándo estaba triste o cansada y tenía un ritual que incluía dormir en sus piernas o con la cabeza en su hombro. Le encantaba ir al Bosque Popular el Prado
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a correr. Beethoven nos regaló 18 años de felicidad acompañada de grandes lecciones de comprensión y de entrega. Todos los perros son únicos, pero este maltés hizo la diferencia. Su partida fue devasta dora, en especial para Fabiana; su conexión aún existe, tiene su propia canción y aún se conservan sus mejores fotos exhibidas en el mejor lugar de la casa. Al morir, fue cremado y sus cenizas se depositaron bajo un árbol de guayacán como decisión familiar. Sin duda es su ángel y sabemos que nos espera para volver a encontrarnos en otro plano de la consciencia.
Durante esos años, Beethoven compartió su vida con Tango, un golden retriever que eligió a Fernando como su compañero de alma. Tanguito, como lo llamábamos con cariño, era amable, sabio y expresivo; su respiración misma parecía un lenguaje. Fue el sostén emocional de Fercho en los momentos más difíciles. Solía acompañar a mamá en sus caminatas matutinas y, con el tiempo, ella también le tomó un profundo afecto, creando un vínculo que duró hasta el final. Con una habilidad propia de su raza, este macho buen mozo fue un perro de terapia, especial para niños con autismo. Su personalidad era tan linda, era tranquilo, tierno, amoroso, les robaba la comida a sus hermanos y tenía una forma increíble de comunicarse con su mirada. Tanguito enfermó de manera repentina, su hígado perdió funcionalidad y rápidamente partió. Fernando lo despidió en medio de un dolor tan agónico que permaneció por un gran tiempo en su corazón. Su despe dida fue inolvidable, en el Bosque Popular el Prado se lo entregamos a la naturaleza, comió helado, jugó con su pelota favorita y se despidió de la familia completa en una celebración que se apagó cuando sus ojitos se cerraron.
Los gatos también han formado parte de nuestra familia. Piky fue una gatita que llegó a casa en una lluviosa mañana, abandonada dentro de una bolsa, que botaron para que el camión de la basura se la llevara. Mamá, mientras sacaba los residuos, notó que algo se movía dentro y, al abrirla, hizo conexión inmediata con aquella pequeña criatura. Desde entonces, Piky se convirtió en la muñeca que mamá siempre había querido y compartió con nosotros 18 años de vida, tiempo en el que nos enseñó sobre independencia, empoderamiento y elegancia. No le agradaban las personas ruidosas, ni que la cargaran o la tocaran en exceso. Era una rebelde sin causa que, con los años, fue moderando su temperamento. Nunca se volvió una gata demasiado amorosa, pero sí extremadamente consentida y sensible. Tenía alma de exploradora,
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escapista por naturaleza, amaba la calle, descubrir el bosque y enfren tarse a pequeñas aventuras, cazando lombrices, insectos y todo bicho que se cruzara en su camino.
Con el tiempo, su energía se volvió más serena. Le gustaba dormir junto a la ventana, donde el sol la acariciaba cada mañana, y ronronear al lado de mamá, su compañera inseparable. Su partida fue profunda mente dolorosa. Piky era la niña de la casa y la fiel amiga de nuestra Luz. Entre ellas existía un vínculo especial, único, que hizo que el día de su despedida mamá llorara como nunca antes lo había hecho por una mascota. Afortunadamente, también con ella pudimos acompañar el proceso de despedida con el amor y la dignidad que se merecía. Las despedidas de Beethoven, Tango y Piky representaron grandes duelos para mamá y nosotros; ellos nos enseñaron a llorar sus ausen cias sin escondernos y prepararon a nuestras almas para enfrentar las futuras pérdidas que nos esperan por vivir.
El siguiente en llegar a la familia fue Brandy, un cocker spaniel resca tado del maltrato en Ibagué. Su primera dueña, tras quedar con una discapacidad, no pudo seguir cuidándolo. Después de pasar por tres hogares en los que sufrió maltrato y abuso, finalmente encontró un lugar seguro y amoroso en esta familia. Brandy compartió su vida con Piky; aunque nunca fueron muy cercanos, con el tiempo aprendieron a respetarse. Es un perro atractivo, de melena larga, ojos grandes y paso elegante. Su carácter es fuerte: gruñón, terco y malgeniado, pero también noble y afectuoso con nosotros. Tiende a ser posesivo y celoso, cuida la casa con obsesión y ladra sin parar ante la llegada de cualquier visita. Aunque tiene una personalidad difícil y no se lleva del todo bien con mamá, ella ha aprendido a aceptarlo y, con el tiempo, le ha tomado cariño. Brandy, con todas sus manías, es muy amado por quienes lo conocen. Hoy tiene una artritis en su cuerpito, su luz se ha empezado a apagar, mamá ya lo adora y solo le recibe comida a ella; su vínculo se ha fortalecido en esta etapa de sus vidas, su vejez. Luego llegó Mono, un french poodle heredado de la abuela de Fercho que ya no lo podía cuidar. Sufrió las inclemencias del clima de La Dorada (Caldas) y el hambre de la calle. Mono llegó débil, su salud no era la mejor pero poco a poco se recuperó y llegó a convertirse en un ser único para la familia, en especial para Fabiana. Era muy bello física mente, cojineto, usaba zapatitos para evitar arrastrar sus uñitas y sacarse sangre. Era de caminar pausado pero ladraba con la energía de un perro gigante. Brandy y Mono nunca lograron llevarse bien, tuvieron
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algunos enfrentamientos que, con el tiempo, derivaron en una convi vencia basada en el respeto y la tolerancia. Su partida fue repentina y muy dolorosa. Fabiana lo amó profundamente hasta su último aliento. Luego llegó Lupita, una gata, la consentida de mamá y, sin duda, su mascota más querida. Entre ellas hay una conexión profunda, como si fueran almas gemelas. Su llegada a la familia fue todo menos tran quila: fue rescatada por los bomberos del capó y el motor de un carro, deshidratada y al borde de un golpe de calor, en una escena digna de película. A pesar del trauma inicial, Lupe logró adaptarse con rapidez y se ganó el cariño de todos.
Tierna y dócil, se deja cargar, cortar las uñas, medicar y abrazar sin dificultad. Su carácter afable la ha convertido en la mejor compañera de mamá. Tiene una debilidad especial por los churus para gatos, su mecato favorito, y cada día se ubica junto al comedor esperando su porción. Glotona y comelona, acompaña a mamá mientras cose, cuida el jardín o lee.
Últimamente, incluso le da masajes, se acuesta en su regazo, le ronro nea y se soba suavemente contra ella y duermen juntas toda la noche. También la acompaña cuando se despierta en la madrugada, va tras ella hasta el baño y vigila cada uno de sus pasos. Cuando mamá está de viaje, Lupe cae en una especie de tristeza, se deprime y la espera por horas. Son grandes compañeras de viaje, de casa y de vida. Finalmente llegó Nala, una cachorra criollita que apareció en el barrio, asustada, corriendo por cuadras y parques. Después de tres días de perseguirla, la pudimos atrapar. Su adaptación no ha sido fácil y mamá no ha estado muy feliz con esta última adopción. Solo Dios sabe la cantidad de travesuras y daños que le hemos ocultado a mamá para que no le tenga más bronca. Después de 12 meses con ella, hoy esta mos empezando a disfrutar de su presencia en la familia. Ella es muy mimada, noble y dulce. Tiene un nivel muy alto de energía y ama dormir a nuestro lado. Mamá pasa ratos jugando a las escondidas con ella y su relación ha empezado a mejorar. Larga vida para Nala y Lupe a nuestro lado; espero que sean las últimas mascotas que nos acompañen hasta nuestra vejez.
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A lo largo del tiempo, mamá fue construyendo, casi sin proponérselo, un vínculo profundo con cada uno de estos compañeros de cuatro patas. Ellos, con sus personalidades únicas, la eligieron como refugio y como centro del hogar. Y aunque al principio parecía que no les tenía tanto afecto, terminaron por ocupar un lugar cálido e innegociable en su vida cotidiana.
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La mujer que no se rindió: Luz Alba hoy, su mirada sobre el pasado y el presente H oy, mamá vive más despacio. Ya no corre para alcanzar al mundo ni para sostener a otros. Camina a su ritmo, cose sin prisa, riega sus plantas con atención y escucha las noticias como quien intenta descifrar un país que cambia lento. Su hogar huele a café, a tela recién planchada, a arepas de soya y a recuerdos. Los testimonios de YouTube acompañan sus tardes y los cantos cristianos aún llenan sus días de sentido.
Pero dentro de ella habita una mujer que, aunque no se nombra escri tora, ha contado su historia una y mil veces, a su manera. Una mujer que no se rinde, aunque la memoria le juegue trampas, aunque el cuerpo le pese, aunque extrañe más de lo que se atreve a decir. Mamá mira hacia atrás con una mezcla de orgullo, nostalgia y, a veces, dolor. No se arrepiente de lo vivido, aunque reconoce sus errores. Si pudiera volver atrás, quizás habría estudiado, hablaría más de sus sentimientos, lloraría menos en silencio, exigiría lo que merecía, se quitaría de encima la culpa y habría permitido que la cuidaran un poco más. Pero también sabe, con la sabiduría que dan los años, que todo lo vivido la hizo fuerte. Que cada caída la preparó para sostener a los suyos cuando se vinieron abajo.
Nuestra madre, con su belleza intacta, resistió la pérdida, enfrentó el abandono, el maltrato, el machismo y el dolor. La enfermedad mental de la abuela y la ausencia emocional de papá marcaron algunos de sus momentos más oscuros. Y aun así, nos sacó adelante. Enterró a su compañero sin saber cómo continuar, y encontró en Dios un refugio que no había hallado en ningún otro lugar. Se levantó cada vez que la vida la tumbó y lo hizo con una dignidad y entereza que hoy nos sigue enseñando.
Mamá no se identifica con discursos feministas, pero ha vivido, sin tanta consciencia, muchas de las luchas que estos promueven: sobrevivir siendo mujer trabajadora en un mundo que no la quiso libre, donde no pudo elegir su maternidad, su educación, ni su cuerpo. Pero
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encontró formas de resistir, marchó con los estudiantes de la univer sidad, gritó arengas, preparó meriendas para quienes trasnochaban en cambuches improvisados y nos educó desde el ejemplo, sin hacer alarde de ello. A su manera, sembró hijas más fuertes y empáticas, e hijos trabajadores e independientes.
En la actualidad ella suele escuchar música religiosa, testimonios cris tianos, le encanta ver MasterChef y se refugia en las noticias pesadas del día a día. Se involucra profundamente en las penas ajenas, como los conflictos en Venezuela, los discursos de Petro, la situación del país; los desastres naturales y los problemas de sus hijos y nietos le afectan como si fueran propios, al punto generar malestar emocional por tantas preocupaciones.
Cuando reflexiona sobre su presente, mamá agradece: a Dios, a la vida, a las amigas que no la soltaron, a los hijos que la han cuidado, a las nietas que la han escuchado, a las mascotas que la han acompañado y a esos recuerdos que ya no duelen como antes. No necesita grandes cosas. Le basta con que la visiten sin prisa, la escuchen con atención, le ofrezcan un café caliente y, sobre todo, le pregunten cómo está... de verdad.
Al terminar de leer parcialmente su historia en este libro, mamá sonrió. Lloró un poco. Recordó mucho. “Parece que sí valió la pena todo esto” dijo. Y sí, valió la pena, porque no solo crio hijos, sanó generaciones, no solo vivió, ella transformó parte de nuestro mundo. Mamá es la mujer que no se rindió y hoy tenemos el privilegio de rendirle un homenaje en vida, reconociendo sus herencias y su fortaleza. Este libro es para ella y por ella, La fuerza que nos parió, porque cada palabra fue escrita desde sus relatos, y es ella quien hoy le da vida con su memoria, su voz y su presencia.
Su voz de Luz vive en dichos y refranes Y entre tantas historias, no sobra seguir encontrando la voz de mamá entre dichos y frases muy particulares, todos aparecieron de manera espontánea en medio de conversaciones, discusiones, reflexiones o bromas. Cada uno de ellos se ha instalado en nuestras memorias y recrea la voz viva de nuestra madre dentro de este libro. Los siguientes son algunos que logramos atrapar antes de que se desvanecieran y que todavía nos acompañan.
La adulta mayor siendo Luz
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* Al mal que no tiene cura, hágale la cara dura.
* La persistencia hace la permanencia.
* Es que no tiene cara de nada.
* Una mentira repetida se convierte en una verdad.
* La necesidad no dice adiós sino hasta luego.
* En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso.
* El que da un beso da eso.
* Principio tiene las cosas.
* De granito en granito, llena la gallina el buchecito.
* Parece un parche donde no es el dolor.
Cartas, frases y fragmentos para Luz: una historia que no se cierra La fuerza que nos parió no es solo el título de este libro: es la expre sión que resume lo que muchas mujeres como mamá vivieron. Son ellas quienes refuerzan su historia Esa fuerza no ha desaparecido. Permanece viva en cada nieto que pregunta de dónde viene. En cada hija que decide criar con otras herramientas. En cada gesto que trans forma el dolor heredado en comprensión. Porque la historia de nuestra madre no es solo personal, es también colectiva. Y contarla sin ador nos ni ocultamientos es un acto de reparación. Agradecemos a nuestra madre por permitir que su historia fuera compartida. Su trayectoria ha representado un punto de referencia en medio de distintos momentos de cambio. Al finalizar este recorrido de cinco años, se abre un espacio para las voces de quienes han compartido su camino: sus hijos e hijas, que crecimos bajo su guía; nietos y nietas, que reconocen en ella parte de su herencia; nueras y yernos, que hoy la consideran como una mamá del alma; amistades que encontraron en su compañía un apoyo constante; y mujeres que
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la identifican como un referente valioso y firme. Lo que sigue son pala bras sencillas cartas, recuerdos y frases, que buscan acompañar su historia con respeto. Son expresiones de su familia de sangre y alma, escritas desde el corazón.
Elizeth “Gracias, mamá, por enseñarnos que el amor no siempre es suave, pero sí persistente. Por habernos defendido incluso de nosotros mismos. Hoy entendemos muchas cosas que antes dolían. Y eso también es amor”. Fabiana Madre, escribir este libro me enseñó a no juzgarte, a amarte más de lo que ya lo hacía, trabajé en sanar gran parte de las heridas que me motivaron a escribir tu historia. Recuerda que vivir a tu lado y verte envejecer es el regalo más grande que me ha dado el universo. Eres mi persona favorita. Te amo mamá Edit A ti, mamá, gracias por siempre estar ahí para mí, por tus consejos y oraciones, por tus palabras sabias y tu amor incondicional, por devolverme el brillo en la mirada cuando me sientes triste y por disfrutar de mis momentos de locura
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y los 365 días del año, 24 horas sin descanso. A ti, mamá, gracias por darme la vida. Te amo, madrecita linda. José Albeiro Madre mía: Hoy quiero darte las gracias por haber sido la persona que fuiste en nuestras vidas, al lado de un ser tan valioso como lo fue nuestro padre, Fabio, a quien recuerdo con amor y cariño. A quien, en silencio, amaste —y me consta—. Pero una vez la vida nos lo arrebata, quedamos solos y comprometidos a enfrentarnos a las adversidades de una nueva vida. Sin embargo, había un secreto que siempre guardé, y fue el legado que me dejó: El de cuidarte y protegerte, en compañía de mis hermanos. Una labor que creo haber cumplido dentro de mis capacidades y defectos. Pero hubo alguien en especial a quien él me encomendó, pues se fue cuando ella aún era muy pequeña: mi amada Pitufa, a quien siempre protegí con amor y cariño. Ahora bien, para terminar, quiero darle gracias a Dios, porque gracias a tu tenacidad, madre mía, hoy somos quienes somos: seres íntegros, enamorados de la vida y en especial de un ser tan maravilloso que ha marcado nuestras vidas y la de mucha gente. Por eso, solo hoy le pido a Dios que te conceda una larga vida, recordándote que cada día de mi existencia te llevo en mi corazón. Estas palabras las escribe un ser mundano, imperfecto y lleno de defectos, pero también un ser humano con sentimientos que siempre luchó de sol a sol, sin renunciar
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cuando estamos juntas, gracias porque cuando necesito tu abrazo aún en la distancia lo recibo, siempre está. Gracias por devolverme la esperanza en mis momentos más oscuros y el ánimo en mis momentos más bajos. Por estar conmigo, por tu amor incondicional, por mostrarme que si le sonrío al espejo, la vida me devuelve la sonrisa. Que es cierto que la actitud puede serlo todo. Que las penas compartidas duelen menos y que las alegrías valen el doble si tienes con quien vivirlas. Y yo, gracias a Dios, te tengo a ti. A ti, mamá, por hacer verdad aquello que dicen de que hay amores que son eternos. Y para mí siempre lo será. Mis hermanas siempre dicen que tú y yo somos iguales, y yo pienso: “ojalá yo fuera siquiera la mitad de lo fuerte, valiente, tenaz, buena madre, luchadora , ingeniosa y sabia que tú”. Mi querida madre porque, además, siempre he pensado que las cosas se dicen y el cariño se demuestra antes de que sea tarde. Que hay abrazos que son refugio y miradas que son caricias. Gracias por ayudarme cuando otros daban un paso atrás, por hacerme sentir afortunada de tenerte. A ti, mamá, gracias por estar para mí en todo momento, gracias por tu compañía y comprensión, gracias por nuestras charlas al mediodía que me hacen infinitamente feliz, por serlo hoy
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ni un solo día, por tener a la familia de la cual hoy formo parte. Una familia que no existiría de no ser por un ser tan maravilloso como mi amada madre. Abimael Mamá, mi alma tiembla al pensar en todo lo que has hecho por mí. Eres la luz que disipa las sombras de mis miedos, el alba que anuncia la esperanza cuando la vida parece oscura. Eres amor puro, entrega infinita, la ternura que acoge mis caídas y una fuerza que me impulsa a levantarme. Te admiro con el corazón desnudo, te respeto con la reverencia de quien sabe que ha sido bendecido con lo más sagrado. Y te amo... ¡te amo con una intensidad que desborda las palabras, porque no hay lenguaje que alcance a describir lo que significas para mí! Gracias, mamá, por tus desvelos, por tus sacrificios silenciados, por tu mano siempre extendida, por tus miradas que todo lo entienden. Hoy, mientras escribo estas palabras, mis lágrimas brotan no de tristeza, sino de gratitud profunda, de respeto
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infinito, de amor absoluto. Gracias, Dios, por el milagro de haberme escogido como su hijo. Abimael o Gringo Felipe, Karen, Alejandra, Luis Alberto y Luz Elena Cordial saludo, doña Luz Alba:
Doña Luz Alba, gracias por estar siempre en nuestras vidas, por tanto amor y enseñanza que le ha dado a sus nietos y a sus bisnietos, por ese amor incondicional y por ser esa mujer valiente y soñadora que nos da la fuerza para seguir adelante. Te amamos, Andrés F., Karen T., María A., Alberto y Nena.
Gracias, gracias, gracias Luis Alberto Madre: Hoy; después de todos estos años de vida, soy consciente de que tengo más pasado que futuro, no tengo nada más que decir, pues faltan palabras para agradecerte por ser esa madre incondicional para conmigo y un gran referente para mi descendencia. Su amor pulcro, nítido y de transparencia diáfana son y serán, a través de los tiempos, un ejemplo para mi hermosa familia, la cual has tenido presente en cada momento de tu vida como líder innata. Has sido una gran madre,
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suegra incondicional, abuela y bisabuela consentidora y, en todo caso, un ejemplo para quienes te conocemos. En algún lado leí que “cada quien escoge a su madre desde antes de nacer” y si así es, yo escogí la mejor. Eres la mejor. Dios te siga bendiciendo. Alberto.
Paula Doña Luz, hoy quiero recordarle el gran cariño que siento por usted, aunque sea la persona más ingrata del mundo y esté muy perdida. Sí tengo algo claro y es que te quise y te sigo queriendo desde un lugar tranquilo del alma. Fuiste para mí mucho más que la mamá del Mocho. Me diste tu afecto sin pedir nada a cambio, me abriste tu casa y tu corazón en momentos importantes y aunque la vida nos llevó por caminos distintos, te sigo recordando con respeto y aprecio. Doña Luz, gracias por todo lo que me diste, incluso cuando yo no supe cómo valorarlo en su momento. Me acogiste como una hija cuando no tenías por qué hacerlo. Gracias por tus detalles, por las veces que estuviste sin que yo lo notara o lo agradeciera lo suficiente. Hoy, con todo mi cariño y desde la distancia, puedo decirlo: fuiste una gran suegra. Por eso siempre
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estarás en un rincón especial de mi memoria y de mi corazón. Toda la gratitud para usted, doña Luz. Con todo mi amor y cariño, Paula Andrea Olga Mi suegrita linda:
No existen palabras suficientes para decirle cuánto la quiero, la admiro y la valoro. Desde el primer día en que la conocí, sentí una conexión muy especial con usted. Ver su fuerza, su dedicación, su espíritu luchador y ese corazón tan noble fue para mí una inspiración inmensa. Y en ese momento supe que su familia era un reflejo de todo lo bonito que hay en usted. Usted me abrió su corazón sin reservas, me abrazó como a una hija más y me hizo sentir parte de su familia desde el primer instante. Su cariño, su apoyo incondicional, sus palabras de aliento y esa forma tan bonita que tiene de estar presente en los momentos difíciles, me han marcado profundamente. Gracias por ser esa luz que guía, por sus consejos llenos de sabiduría y por enseñarnos a tener siempre a Dios en el centro de nuestras vidas. Usted no solo ha sido una madre maravillosa para
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sus hijos, sino también una bendición para todos los que tenemos la suerte de escucharla y aprender de usted. Suegrita linda, la admiro con el alma. Me encantaría tener, aunque sea un poquito de esa fuerza, fe y sabiduría que usted siempre irradia. La llevo en mi corazón con un amor inmenso. Gracias por ser como es. Gracias por ser esa mujer maravillosa y gracias por ser mi suegrita linda. Con todo mi cariño y mi corazón, Olga Cecilia Isabela Abuelita:
Siempre que pienso en ti solo siento admiración… Tu forma de pensar, tu forma de ver la vida, tu actuar ante la adversidad es inigualable. Yo solo pienso: ¡quiero ser como ella! quisiera aprender de ella! Y es que de tu boca solo sale sabiduría, de tu mirada, ternura, de tu ser, amor. Eres mi inspiración, porque cuando tienes mil razones para llorar, tu alma elige reír, agradecer, sentir regocijo en el corazón. Gracias por tus consejos, por tus abrazos bruscos, por tus empujones al demostrarme amor, por ser tú sin importar nada, por amar de esa manera tan extraña pero tan hermosa. Y como siempre te digo:
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gracias por ser la luz y el alba que me iluminan al empezar mis días. ¡te amo para siempre! Isabela Marín Valeria Abuela:
Hace tiempo que no hablamos ni nos vemos, pero quiero que sepas que te recuerdo con mucho cariño y estás siempre presente en mis oraciones. Aunque la vida y las circunstancias nos hayan alejado un poco, aún te siento muy cerca de mí. No hay día que no te lleve en mi corazón, con gratitud por todo lo que has sido y lo que representas en nuestra familia. Quiero que sepas que las puertas de mi corazón y de mi vida están siempre abiertas para ti. Aquí tienes un lugar especial, lleno de gratitud, de amor y de admiración por la mujer increíble que eres. Eres un ejemplo de mujer, de fortaleza, de entrega y de fe. Para mí, y sé que también para todos los que te conocemos, eres una inspiración. Hemos visto la huella que dejaste en quienes criaste: tu esfuerzo, tu amor, tu firmeza y tu paciencia. Aunque algunos hayan tomado caminos difíciles, sabemos que en lo más profundo de sus corazones hay una semilla hermosa que tú sembraste y que tarde o temprano dará fruto. También quiero agradecerte porque tú has sido el lazo que ha mantenido unida a esta familia. En medio de tantas dificultades, tú has sido la raíz firme que los ha sostenido
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juntos. Gracias por no rendirte, por seguir orando, por ser el corazón que late en medio de todos nosotros, incluso cuando no lo vemos o apreciamos. Estoy convencida de que, sin ti, muchas cosas se habrían perdido. Aunque no haya palabras de por medio, siento tu presencia en mi vida. Tu amor y tus oraciones me alcanzan en la distancia, dándome fuerzas y acercándome un poquito más al cielo. Y así como tú has orado tantas veces por mí, hoy también yo oro por ti, pidiéndole a Dios que te colme de paz, salud y amor. Espero de corazón que podamos vernos pronto. Me encantaría abrazarte y decirte en persona todo esto que hoy te escribo. Hasta entonces, te llevo conmigo, con cariño, con esperanza y con un profundo agradecimiento por ser tú. Con amor, Valeria Karen Abuela querida:
Para mí es muy sencillo expresarme cuando se trata de una mujer que genera tanta admiración y sabiduría como tú. Amo escuchar tu cálida voz y tus sabios consejos. Siempre te llevo en mi corazón. Quiero que sepas cuánto te admiro. Siempre he sentido un profundo respeto por ti, por la mujer fuerte y valiente que fuiste al sacar adelante a tus hijos con tanto esfuerzo.
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Para mí, tenerte es una bendición inmensa. Y me da mucha felicidad que hayas conocido a tus bisnietos. Aunque no tuvimos mucha relación cuando yo era más pequeña, con el tiempo te convertiste en una figura muy importante en mi vida. Cada mes espero tu llamada con ilusión, porque tus consejos me llenan el alma y tus ocurrencias me hacen reír como nadie. Recuerdo con tanto cariño cuando me bañabas en el lavadero de la casa con mi hermano a coquitas, o cuando me sacabas los piojos con manteca de la cocina en la escalera, sin siquiera mirar mi cabeza tenías una habilidad especial para encontrarlo con las uñas. Y cómo olvidarme de cuando llegabas de visita, nos tomabas la cara y nos apretabas los cachetes con ese amor tan tuyo y ese sonido yo tooo tooo tooo totototo. Nunca voy a olvidar el famoso consejo del caucho para mis calzones para que no se me caigan, ese que me hizo reír sin parar. Es gracioso, pero ahora cada que me los coloco me acuerdo de ti y de que tu mamá te los hacía así. Eres una mujer fuerte de verdad. A pesar de haber atravesado condiciones médicas que muchas personas no soportarían, tú sigues entera, llena de vida, con una energía que parece la de una niña. Amo tu vena artística, tus creaciones hermosas: colchas para cama, fundas, baberos bordados… todo hecho con amor y
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dedicación. Me inspira tu iniciativa para vender todo lo que puedas, siempre con las ganas de salir adelante. A pesar de los golpes de la vida, nunca te quedas quieta. Eres movimiento, eres fuerza, eres amor. Y yo te amo con todo mi corazón.
Con todo mi cariño, Karen Mireya Palacio “Mi querida y siempre presente amiga, eres un ángel en mi vida. Gracias por estar siempre ahí, por apoyarme, por escucharme, por ser esa amiga incondicional que siempre está dispuesta a dar una palabra de aliento. Te quiero más de lo que las palabras puedan expresar. Un abrazo inmenso, muchas bendiciones y salud. William “Mi tía Luz ha sido la gran gestora de mi vida, no solo por su amor y apoyo incondicional sino por su confianza en mi y mis capacidades, una confianza que ella tuvo desde el principio y que yo me demoré mucho en lograr. Este texto además de un homenaje es una reflexión sobre mi vida, sobre detenerme a reconocer y a agradecer los factores determinantes que han definido donde estoy y quien soy. Conjuntamente con mi mamá Dignorita, para mí siempre han sido los seres en quien pienso cuando me
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siento abrumado o derrotado o angustiado y lo que pienso es que ellas nunca decaen, nunca se sienten vencidas, son rocas ante la lluvia y palmeras ante el viento fuerte. Agradezco tener esta oportunidad de dejar este mensaje hacia la tía luz en el que le digo lo mucho que la amo, lo mucho que le agradezco y el gran ejemplo que ha sido y sigue siendo para mí y mi vida. Te amo tía.”
Fernando Alguna vez leí —no recuerdo cuándo, tampoco dónde— que, para no sucumbir ante las inclemencias de un fuerte viento o para no caer vencido por la atracción de la tierra, un cuerpo debía fijarse a tres puntos. Esa idea se quedó conmigo, no solo como principio físico, sino como metáfora de vida. También recuerdo que, para desplazarse incólume, el cuerpo podía soltar un soporte si al menos había tocado ya un cuarto punto de fijación; solo entonces podía liberar el anterior y avanzar, con elegancia, con gracia, sin miedo a caer. Esa imagen siempre trae a colación tu influencia en mi caminar. Porque fueron tres recuerdos, tres soportes firmes que me diste, los que evitaron mi duda. Cada
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uno vino acompañado de una frase que aún guardo con celo y me repito cuando tambalea el paso. Una de esas frases reza: “Principio tienen las cosas”. La dijiste cuando te contaba con ansias y algo de incertidumbre qué venía, qué me esperaba. En tus palabras había firmeza y consuelo: todo empieza y eso es ya una promesa. Otra vez dijiste: “Recuerdo cuando empezó con las esencias” y con esa frase no solo rememoraste el inicio de este viaje, sino que me hiciste ver cuánto había avanzado. Y la última, y quizás la más poderosa: “Dios le dio esos dones”. Esa afirmación selló la confianza en mí mismo, porque tú sí veías algo, incluso antes de que yo lo reconociera. Esos tres momentos, tus tres frases, fueron mis tres puntos de apoyo. Me permitieron moverme hacia adelante sin quedarme anclado, sin perder el equilibrio frente a los obstáculos diarios. Por eso, hoy, te agradezco. Te agradezco por ver siempre lo que no era evidente, por rescatar la esperanza, por encender la confianza cuando apenas era una chispa. Gracias por tu ejemplo de superación, por enseñarme que la
vida, con sus vaivenes, también puede recorrerse con dignidad, con fe y con resolución. Vale la pena compartir cada día el mejor momento de tu vida, porque en ese gesto también nosotros, los que te miramos con admiración, encontramos un nuevo punto de apoyo. Que Dios te bendiga y te tenga entre nosotros hasta el ocaso. Luis Fernando Gutiérrez Mosquera fin
Tejedoras de historias: Luz Alba y sus hijas celebrando la vida y los momentos compartidos
Bibliografía Castellanos, Nazareth. “La conexión que nos une como humanidad”, entrevista, 20 de febrero de 2025, https://aprendemosjuntos.bbva. com/especial/si-el-cerebro-fuera-una-orquesta-la-respiracion-se ria-el-director-nazareth-castellanos/ Chung, Sui Mei. Tus ancestros quieren que sanes. Santiago de Chile: Editorial Mi Tierra, 2021.
Liñeiro, Noeh. “189 Tu imagen pone límites”. Consultorio de imagen, 30 de enero de 2025, https://go.ivoox.com/rf/139002251 Rich Harris, Judith. No hay dos iguales. Individualidad humana y natu raleza humana. Madrid: Editorial Funambulista, 2015.
El cuerpo de texto de La Fuerza que nos Parió está compuesto en tipos Epilogue, Gloock y Allison.
Esta obra se imprimió en los talleres de: sKala Digital & Imagen Diseño Creativo
Universidad de Caldas Manizales, Colombia, 2026
Cita: Marín Mejía, Fabiana, Marín Mejía, Elizeth (2026), La fuerza que nos parió, Universidad de Caldas, p. N. https://repositorio.ucaldas.edu.co/handle/ucaldas/26895