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Universidad de Caldas

Profesional en Filosofía y Letras · 2026

Diálogos ecológicos y marxista desde el Sur: síntesis culturales y materialistas sobre la crisis ecológica

Daza Calderón, Jorge AlejandroAsesor: Ramirez Agudelo, sergio

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Resumen

Hay épocas que colapsan no con un estruendo, sino con el silencio de los bosques talados y el murmullo tóxico de los ríos muertos. La nuestra —tan orgullosa de su progreso— parece haber llegado a ese punto. La crisis ecológica global ya no es una metáfora ni una advertencia apocalíptica: es una realidad civilizatoria que se despliega en la pérdida acelerada de la biodiversidad, en la desigualdad que separa a quienes contaminan de quienes mueren contaminados y en un extractivismo voraz que convierte los cuerpos y los territorios en mercancías de un mercado sin alma. No estamos ante una simple falla de gestión ambiental, sino ante una crisis de sentido, una fractura entre la lógica expansiva del capital y la finitud material que sostiene la vida misma. El marxismo ecológico —o ecomarxismo, como se le conoce en los círculos contemporáneos— ha levantado desde hace décadas una bandera incómoda: la destrucción de la naturaleza no es un accidente, sino una consecuencia inevitable de un sistema económico que subordina la vida a la ganancia. Marx ya lo había intuido al hablar de la «ruptura metabólica» entre sociedad y naturaleza, esa herida abierta que separa al ser humano de su «cuerpo inorgánico». Desde entonces, el capitalismo ha perfeccionado la técnica de esa separación: transforma los bosques en cifras, las montañas en acciones bursátiles, los océanos en vertederos útiles. No es la ciencia la culpable, ni la tecnología: es el modo civilizatorio que las ha puesto al servicio de un apetito sin límite. Pero la catástrofe ambiental no se explica solo en los términos de la economía política. Limitarla al conflicto entre capital y trabajo sería ignorar otras violencias igual de decisivas: la que impone una epistemología occidental sobre los saberes ancestrales, la que subordina cuerpos y cuidados al orden patriarcal o la que, bajo el manto del desarrollo, perpetúa jerarquías coloniales de raza, territorio y conocimiento. En América Latina, estos planos se entrelazan hasta la asfixia: los conflictos ambientales son también luchas culturales, espirituales y geopolíticas. No se libra solo la defensa de la tierra, sino la defensa de un modo de estar en el mundo. De ahí la relevancia de la filosofía ambiental colombiana, un pensamiento nacido del Sur que, en la voz de Augusto Ángel Maya y Ana Patricia Noguera de Echeverri, diagnostica la crisis como el resultado de un fracaso civilizatorio. La modernidad —dicen— ha roto el espejo que unía a la humanidad y la naturaleza, ha cosificado la vida y ha convertido el planeta en un campo de extracción. Frente a esta ruina su propuesta no es técnica ni reformista, es ética y poética: una invitación a construir una cultura del cuidado, una relación amorosa con la Tierra, donde la racionalidad ceda su trono a la relacionalidad. En ese contexto, las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes emergen como guardianas de la vida. No solo resisten al despojo, re-existen. Su experiencia encarna lo que el discurso académico tantas veces olvida: la defensa del territorio es también la defensa del cuerpo, de la memoria y del alma. Desde sus luchas la ecología se vuelve política, espiritual y profundamente humana. Sin embargo, el ecomarxismo y la filosofía ambiental colombiana han transitado caminos paralelos. El primero, con su lupa en la economía; la segunda, en la cultura y la ética. Entre ambos, un abismo aparente: ¿qué debe cambiar primero, la estructura material o el imaginario civilizatorio que la sostiene? ¿Quién protagoniza la transformación, el proletariado universal o las comunidades-territorio que resisten desde lo local? ¿Se puede cuidar la Tierra sin cuestionar la propiedad privada que la fragmenta? Esta pregunta compuesta guía la investigación que sigue: ¿hasta qué punto el diálogo crítico entre el ecomarxismo y la filosofía ambiental colombiana puede ofrecer una comprensión más integral de la crisis ecológica y abrir horizontes de transformación civilizatoria? El desafío es teórico, sí, pero también vital. En un país como Colombia —donde el extractivismo se mezcla con la guerra y la violencia se escribe sobre la piel de los ecosistemas— pensar la crisis ecológica es pensar la vida misma. Esta investigación propone que la transformación necesaria ha de ser socialista en lo económico, decolonial en lo epistémico y feminista en lo corporal, un tríptico de lucha que apunte a un mismo fin: preservar la posibilidad de habitar el mundo.