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CUADERNOS DE CONFINAMIENTO

Un antes y un durante Alberto Antonio Berón Ospina Facultad de Ciencias de la Educación Colección Ensayos Colección Ensayos

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Ensayista, poeta y cronista. Se doctoró en Historia de América Latina por la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, España. Diplomado en Estudios avanzados (DEA) por la UNED de Madrid. Profesional en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas de Manizales. Profesor titular de la Universidad Tecnológica de Pereira en la Facultad de Ciencias de la Educación. Director del grupo de investigación Filosofía y Memoria.

Entre sus libros publicados se destacan Paisaje urbano del siglo que amanece (1999); Walter Benjamin pensador de la ciudad. Usos y recepciones en América Latina (2005); Filosofía y memoria. El regreso de los espectros (2007); Víctimas y memorias: relato testimonial en Colombia (2011); Caminar y detenerse (2018) y, en coautoría, Entre cerros y montañas. Memorias de resistencias en Quinchía, Colombia (2020). Ha participado de libros colectivos: Memoria-política-justicia En diálogo con Reyes Mate (2010) y Claves de la justicia desde América Latina. Vol 6 (2019) alveos@utp.edu.co.

Alberto Antonio Berón Ospina (Pereira, Risaralda, Colombia, 1965).

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Cuadernos de confinamiento Un antes y un durante Alberto Antonio Berón Ospina Facultad de Ciencias de la Educación Colección Ensayos

2021

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Berón Ospina, Alberto Antonio Cuadernos de confinamiento : un antes y un durante / Alberto Antonio Berón Ospina. -- Pereira : Universidad Tecnológica de Pereira, 2021.

156 páginas. – (Colección Ensayos)

e-ISBN:

1. Epidemias – Aspectos sociales 2. Educación – Efecto de las

innovaciones tecnológicas 3. Tecnología educativa 4. Paradigmas educativos 5. Administración y organización escolar 6. Docentes - Tecnología de la información 7. Pandemia del COVID-19 – Aspectos sociales

CDD. 371.2

©Cuadernos de confinamiento Un antes y un durante © Alberto Antonio Berón Ospina © Universidad Tecnológica de Pereira, Vicerrectoría de Investigaciones, Innovación y Extensión © Editorial Universidad Tecnológica de Pereira Primera edición, 2021 Imagen de cubierta: Isabel Cristina Castillo Q Libro ganador de la Convocatoria 2021, Modalidad Ensayo eISBN: 978-958-722-570-9 ISBN: 978-958-722-569-3 Vicerrectoría de Investigaciones, Innovación y Extensión Editorial Universidad Tecnológica de Pereira Pereira, Colombia Coordinador editorial: Luis Miguel Vargas Valencia luismvargas@utp.edu.co Teléfono (6) 313 7381 Edificio 9, Biblioteca Central “Jorge Roa Martinez“ Cra. 27 No. 10-02 Los Álamos, Pereira, Colombia www.utp.edu.co Impresión y acabados Reservados todos los derechos

978-958-722-570-9 ISBN: 978-958-722-569-3

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A Ricardo Forster Para mi amigo Ricardo Forster, hermeneuta infatigable, quien me insta al disfrute de las palabras filosóficas bajo el cielo del cono sur.

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ÍNDICE

Lecturas en tiempos de pandemia

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Ordenando cuadernos en confinamiento

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La maleta perdida

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Derribando estatuas

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Sin salir a la calle

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Gabinete de lector: Giorgio Agamben

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Cuando no se tienen ventanas

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El bozal de los humanos

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El desplome del viajero

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La resurrección de los libros

65

En los campos del terror: el papel de la palabra

75

Sueños y catástrofes de una cultura

91

Llavería entre economistas y filósofos

105

¿De qué “otro” hablamos?

113

Ladridos en pandemia

123

Sin censura de género: Liliana Herrera

133

Juan Marsé: Aprendiz de joyero

139

Morir en pandemia si eres Maradona

145

Epílogo

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Bibliografía

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Alberto Antonio Beron Ospina Lecturas en tiempos de pandemia El presente texto reconoce que la pandemia produjo en la humanidad un exilio hacia el espacio privado; por ejemplo, la vida de los docentes se transformó de la presencialidad a la virtualidad dando como resultado que la relación con la biblioteca personal se fortaleciera tornándose más intensa. Esta interacción prolongada originó los presentes textos, que tienen por objeto la construcción de diálogos entre pensadores afines a la teoría crítica y temas que metodológicamente oscilan entre la crónica y el ensayo.

La acción de ocultarse no fue motivada por la violencia directa, sino que emergió en el 2020 por el riesgo de encontrarnos expuestos a un contagio invisible, modificando acciones como pasear, viajar, comprar, frecuentar amigos y lugares públicos. El exilio ha sido interpretado como el escape a otros lugares, según algunos intelectuales. En ese aspecto podríamos

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retomar la frase de Bertolt Brecht: “la emigración es la mejor escuela de la dialéctica” en su libro Diálogo de refugiados. Los líderes y los autores más cercanos a la Escuela de Frankfurt: Max Horkheimer, Leo Lowenthal, Friedrich Pollock, Theodor Adorno, Erich Fromm, Herbert Marcurse, hicieron del exilio el lugar desde el cual se acercan a lo impensado de su tiempo. En su visión del mundo, abordan el desencanto por el llamado socialismo realmente existente practicado en la URSS, así como la desilusión por aquellas doctrinas que privilegiaron el extremo individualismo que cruza indiferente por encima de lo social. No obstante, el presente texto aspira a una opción que no sea la totalitaria y mucho menos la individualista. El orden y edición de estos trabajos ha sido realizado en tiempos de pandemia. El método tiene que ver con la reapertura de libros que llevaban una larga temporada arrumados en un estante, así como el desempolvar las libretas de apuntes donde se deposita la base constitutiva del trabajo escritural. En esta forma de aislamiento, la voz de los filósofos y los escritores viajeros resulta un ejercicio alentador. De allí que es la nostalgia del viaje, el sentimiento de libertad que proporciona, lo que orienta el texto.

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Alberto Antonio Beron Ospina Benjamin representa a diversos pensadores e intelectuales que experimentaron la condición del exiliado, el viajero internacional, el paseante de la ciudad y el coleccionista. Su método histórico le permite acercarse a un pasado cuyos vestigios son las estatuas y los monumentos representativos de esperanzas utópicas. El filósofo reconoce que los cambios epocales tienen que ver con el ascenso y la caída de estatuas. También guarda celosamente sus apuntes en las libretas, siempre a la espera que estos materiales se integren a la constitución de un determinado escrito, tal como lo muestra el filósofo Giorgio Agamben con cada una de sus moleskine que van cumpliendo la tarea de documentos de archivo.

Mientras el escritor habita el adentro en el confinamiento, pasear, viajar, coleccionar, son acciones que se transforman. En su entorno, los más jóvenes se aglomeran en las calles y protestan, se derriban estatuas levantando muros y apareciendo nuevos campos de internamiento y de violencia. ¿Hacia dónde dirigir la mirada en tiempos de confinamiento? Algunos sueños parecen haber quedado petrificados como los viajes mientras muchas lecturas son recuperadas del olvido.

¿Cómo se constituye una biblioteca personal? Tal vez es en los estantes poblados con el paso de los años donde se instalan

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algunas respuestas que ofrece este ensayo. Los autores y las lecturas tratan de la opción por un pensamiento caracterizado por la crisis de la filosofía racionalista. No se trata de un pensar ontológico, al contrario, tiene que ver con pensar la contingencia de la existencia. En este sentido Walter Benjamin cumple un papel de campo gravitacional, que irradia pensar lo discontinuo, lo múltiple y sobre todo el olvido. En la ruta propuesta por Walter Benjamin se generan planteamientos de autores contemporáneos como Giorgio Agamben, Jacques Derrida, Jacques Rancière, Alan Badiou, quienes comparten a través del lenguaje una propuesta radical en política y estética, que reconoce en el acontecimiento un potencial transformador. Esos acontecimientos los he abordado en unos textos breves, que aspiran a interpretar a manera de ensayos la experiencia del viaje, el exilio, la protesta social, el recorrido por una exposición de arte, la cotidianidad en medio de la pandemia y el significado de la muerte.

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Alberto Antonio Beron Ospina Ordenando cuadernos en confinamiento Una manera de definir la expresión memoria es el culto por objetos en los cuales se considera están depositados los vestigios y los restos de un acontecimiento o de un sujeto. Muchos o pocos, los objetos ofrecen la idea de que algo nos pertenece y nos acompañan de una manera irrestricta. Un ser humano en absoluto nos pertenece y mucho menos las mascotas, ya que en ellos sobrevive el instinto que los separa de sus amos. Por el contrario, las cosas están para ser compradas, admiradas o desechadas, a nuestro servicio, admiración y olvido. Nos aferramos a ellas como si contuvieran alguna noción de alma. Vivimos en universos de mercancías personales, por esto, cada quien se aferra a sus objetos, los acaricia convirtiéndolos en lugares a través de los cuales transita como si la invisible noción de “yo” necesitara del genio del diseñador, la dedicación del artesano y la estrategia del mercadeo. De esa manera entre el “yo” de las personas y la arquitectura del reloj o la belleza

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minimalista de una libreta de apuntes, ordenador o automóvil, se constituye el re-diseño de cada uno de nosotros. Escritores como Roland Barthes, Walter Benjamin, Villoro o Baudrillard saben que los objetos son la parafernalia gracias a la cual esa noción abstracta denominada como Sociedad de Consumo se ofrece en las superficies publicitarias de cada ciudad. El escritor pone su pie en la calle, en el mercado y los cafés en la búsqueda de objetos que le den sentido. Benjamin asoció el universo de los objetos con los fantasmas de las mercancías que semejante a las prostitutas se venden en los escaparates, mientras que Barthes vio signos y significantes que navegan en la imaginación de los ciudadanos. O Villoro reordena la casa que es su ciudad con aquellos enceres domésticos que necesita para sobrevivir ¿Pero cuáles son esos enceres y objetos a los que el mortal de las ciudades contemporáneas accede para reinventar una relación con las cosas?

En particular puedo escribir acerca de mis objetos, los que me son fieles y considero propios. Uno de ellos mi libreta de apuntes fue amor a primera vista, descubierta exhibiendo su lomo negro en una librería del casco antiguo de la Sevilla andaluza. El amor subió de grados cuando leí el mito que la respalda: una libreta de viajes secreto escritural y artístico de Chatwin y Picasso

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Alberto Antonio Beron Ospina ¡La libreta de los escritores! Medite su compra durante semanas, pues su valor excedía el presupuesto de estudiante colombiano de doctorado en Europa, pensé sobre el sentido de adquirir un objeto de papel con un valor exagerado. Una y otra vez tras recorrer la estantería de libros llegaba hasta donde la Moleskine, negra, pequeña, compacta, de un suave papel. Pero lo que más avivaba mi imaginación era que estaba dedicada a la Praga de Kafka un verdadero mapa literario de la ciudad. Durante días construí en mi cabeza el deseo por la pequeña libreta negra que solía venderse a principios de siglo XX en una oculta papelería de la Rue de París en los años 30, desapareció y se extinguió hasta regresar a finales de los años noventa de la mano de unos diseñadores italianos.

¿Quién, con sensibilidad literaria no sucumbe a ese relato? El día que desperté a comprar mi primera Moleskine mi corazón latía presurosamente en una fría mañana de invierno sevillano. Todavía en el año 2004 las libretas alcanzaban a ser fabricadas en Milano capital del diseño europeo. Luego, cuando la producción de libretas de un pequeño proyecto editorial, se convirtió en una exitosa empresa global, la mano de obra se trasladó a China, pero Moleskine tenía ya un lugar asegurado en la historia de los productos de diseño. El mito literario fue el principio

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fundador de uno de los más boyantes proyectos de objetos de escritura de la inestable economía italiana. Ahora sí, el romanticismo de la Belle époque estaba sobre mi mesa dispuesto a que escribiera mis apuntes literarios.

Con el tiempo comprendí, que todo aquello acerca de los escritores que usaban el cuaderno era una estrategia de ventas, pero ya estaba en mis gustos y confieso que, a pesar de observar y adquirir libretas personales, regreso siempre a esa en especial. La libreta se legitima desde una idea de memoria de la Europa anterior a la II Guerra. Lo interesante de este objeto radica en haber enganchado a muchos que en el mundo utilicen para escribir un objeto parecido y siempre nos observamos como parte de una misma tribu.

El “Yo” de nuestro tiempo adquiere en este caso, forma de cuaderno de apuntes y gracias al mito literario el objeto se vuelve símbolo de memoria. Cuando regresé a Latinoamérica después de terminar el doctorado, confieso que mi particular miedo era no poder acceder nunca más al objeto de mi deseo; pero el tiempo demostró que las mejores promesas de la globalización estaban cumplidas: una tarde cualquiera alguien me dijo que un almacén de diseño de la Avenida Circunvalar las ofrecía. Mi corazón de nuevo marchó más rápido y partí hacia allí, dispuesto

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Alberto Antonio Beron Ospina a iniciar una nueva aventura amorosa latinoamericana con la libreta de los nómadas urbanos. Cuando se releen en tiempo de confinamiento y restricción los temas que poblaron sus hojas se agolpan, son restos de un mundo cambiante y riesgoso, próximo y lejano que hace parte del orden de lo global. Por esto me detuve a pensar: ¿Cómo ordenar mis textos de modo que respondan a una mirada múltiple?

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Alberto Antonio Beron Ospina La maleta perdida La memoria se expresa en el culto por ciertos objetos en los cuales se considera están depositados los vestigios y los restos de un acontecimiento o sujeto. Es en el silencio íntimo del confinamiento donde cobra sentido esta afirmación. En el caso del filósofo y escritor judío alemán Walter Benjamin (1892-1940) se trata de sus gafas, reloj de bolsillo, pipa, pasaporte, pero sobre todo la maleta negra de cuero, la cual fue retenida por las autoridades españolas luego de su suicidio en el pequeño poblado español de Portbou en la frontera con Francia, tal como lo cuenta Bruno Tackels en la biografía Walter Benjamin. Se narra que, después de su suicidio un puñado de judíos que viajaban junto a él desde Francia y que habían ascendido un día antes por las empinadas cuestas de los Pirineos pudieron entrar a España rumbo a Portugal y de allí escapar a los Estados Unidos.

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Lo paradójico de un caso como el de Walter Benjamin es que sus viajes de Berlín a París o Ibiza fueran adoptados y convertidos en un símbolo de moda de la cultura nómada y viajera del siglo XXI. Benjamin es por excelencia El paseante de la ciudad, El Flaneur de “los pasajes”. En él encontramos al representante de la memoria de las víctimas del fascismo europeo. Los objetos personales que le acompañaron, a excepción de la maleta perdida, han sido inspiración para escribir relatos y guiones cinematográficos que se encuentran en innumerables páginas de Internet y también justifican kilómetros de tinta en el mundo literario. A diferencia del manejo de mercado que hace la “cultura nómada” del turismo y que reduce el viaje a un pequeño mundo idealizado y desposeído de contradicciones, donde al turista se le vende un pequeño relato mientras dure su viaje. El periplo de Benjamin está marcado por la precariedad, por la soledad, por la búsqueda de un amor y de un trabajo en el caso de su viaje a Moscú, o la solidaridad de amigos como Brecht, Scholem y Adorno que le asistieron en sus recorridos europeos. En el viaje de huida hacia los Estados Unidos, y que postergó hasta último momento, prácticamente fue un viaje obligado, motivado por el ascenso de Hitler al poder.

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Alberto Antonio Beron Ospina En Benjamin, se confunden las fronteras entre el escritor paseante, viajero, exiliado y coleccionista. Cualquiera de esas cuatro dimensiones, lleva implícito el desplazamiento del hombre su viaje a lugares añorados o desconocidos. Esas dimensiones del viaje se realizan en la ciudad, y se expresan en una serie de relatos como son Crónicas de Berlín o ese viaje a la ciudad imaginada del siglo XIX que es El París del II Imperio. En el caso del escritor viajero nos encontramos con sus reflexiones reunidas bajo el nombre de El Diario de Moscú, mientras que, en el caso del escritor refugiado, está ese extraño documento conocido como las Tesis acerca del concepto de Historia. En cualquiera de los cuatro casos: paseante, viajero, refugiado, coleccionista, Walter Benjamin ha incursionado en la historia, con las pocas y significativas pertenencias que le fueron encontradas, se trata de objetos livianos que, junto a la maleta, su único objeto de peso, nos plantean el tema de la condición nómada del hombre del siglo XX y XXI. Pero esa condición nómada se encuentra influenciada por motivaciones concretas: la búsqueda de experiencias vitales fuertes, el viaje es una de ellas y la guerra como síntesis terrible de la violencia. En Marsella, Walter Benjamin adquirió 50 piezas de morfina presuntamente aquellas que sirvieron de cicuta. En esa misma

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ciudad había estado años atrás, allí escribió textos inspirados en el verano, experiencias con las drogas, en todo caso relatos menos amargos si les comparamos con la realidad en ruinas que tenía frente a sus ojos y que reconoció en sus Tesis acerca del concepto de historia. La vida no suele ser ni prístina, ni justa y menos para un filósofo que contempla la catástrofe me atrevo expresar que esto lo pensó Walter Benjamin en el momento que decidió poner fin a su vida.

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Alberto Antonio Beron Ospina Derribando estatuas Walter Benjamin escribió sobre las imágenes, los monumentos, el aura de los objetos. A propósito de los ochenta años de su muerte (1940-2020) propongo una reflexión acerca de las estatuas que bien se adapta a los tiempos de iconoclastia y derribo de monumentos: No consigo pensar en una estatua que le esté dedicada a un hombre de mérito sin imaginarla derribada y destruida a causa de las guerras del futuro (Rendueles, C. Useros, A. 2015). En su ámbito teórico, las estatuas fueron erigidas para dar valor de perennidad al vencedor quien alcanzaba el merecimiento de ser fundido en bronce o mármol. La estatuaria griega y romana, rindió culto en el pasado al ego del héroe guerrero: generador de crucificados, osamentas humanas bajo el suelo, nativos empalados, mujeres violadas, padres e hijos degollados por quienes a la postre figuran como los símbolos nacionales. Contrariamente el

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vencido carece de monumentos, ni su vida los demanda y mucho menos lo amerita.

La versión de la historia que trae Benjamin desvela la injusticia de ese tipo de pasado, por eso su cobro de cuentas lo realiza recurriendo al futuro convertido en un huracán lo suficientemente devastador como el contemplado por el ángel de la historia en la IX tesis: Mientras los seres humanos observamos el futuro como una cadena de acontecimientos, el Ángel de la historia “ve la catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándola sin cesar”. Es en la relación entre historia y monumento que el futuro se encargará de convertir en trizas aquellas obras dedicadas a prolongar el recuerdo de los poderosos. Toda esa inversión de energía que en su momento significó destinar recursos y esfuerzos para rendir homenaje a los grandes hombres, se concluye arrojada al suelo en pedazos, bajo las acusaciones del tribunal de la historia venidero. Como resultado la valoración de la estatua cambia. Hoy en Europa sería imposible una calle que evoque a Hitler, los restos del general Francisco Franco debieron salir discretamente del monumento en el Valle de los Caídos, como signo de deshonra. En estos tiempos mediáticos se multiplican los espectadores hambrientos por suplir vacíos experienciales, con imágenes

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Alberto Antonio Beron Ospina exaltadas de jóvenes destruyendo y derribando estatuas de esclavistas y colonizadores. Disfrutando del reality protagonizado por enfebrecidos activistas, que corren bajo la acción de la adrenalina que genera destruir la figura de quien pasó de ser civilizador a opresor. Por lo anterior, como lo señala Enzo Traverso, la tentación de derribar estatuas conduce a escrutar con mayor agudeza en el pasado y el presente de quienes son exaltados a la dimensión monumental; los exitosos pasan bajo el foco de los cambios de época a ser denunciados y exhibido por sus víctimas o sus herederos. ¿Será que cuando la multitud la emprende contra un monumento, tienen conciencia de todo lo que allí se juega en el plano de la historia o simplemente es un estallido de las furias a las que se refiere Esquilo en La Orestíada? Portbou sería el lugar donde Walter Benjamin pasó su última noche de vida. Precisamente, ese lugar cruzaba la historia de Europa para quienes escapaban de España o de quienes llegaban de Francia. A los pocos años de haber sido sepultado en el cementerio local, sus restos desaparecieron y se confundieron con los restos de víctimas y victimarios de la guerra civil. Debido a Benjamin, Portbou se convirtió en lugar de peregrinación donde se erigió una tumba simbólica con un monumento enquistado en la roca, como recordación de todo lo contrario a la narrativa

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de los vencedores: refugiados de ayer y de hoy mezclados en un lugar cuyo centro son los anónimos y residuales de una historia opresora. A ellos rara vez, sus méritos les son reconocidos.

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Fotografía: Isabel Cristina Castillo Q.

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Alberto Antonio Beron Ospina Sin salir a la calle El pueblo no existe. Lo que existe son figuras diversas Jacques Rancière Los filósofos han utilizado diferentes palabras para enunciar los encuentros multitudinarios de personas que se toman las calles por asalto, movidas por la búsqueda de una justicia social. Carlos Marx, Walter Benjamin o Antonio Gramsci fueron capaces de interpretar y participar de las emociones y los temores propios de estos levantamientos descritos por el filósofo francés Rancière, con la tensión entre la temible aleación de una capacidad potencial de recoger un gran número de participante y una incapacidad, por la ignorancia que se atribuye a ese gran número.

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La globalización favorece que las multitudes descubran algo simple: haciéndose más evidente las desigualdades, pues nos dividimos entre quienes poseen demasiados privilegios y los que carecen de estos, reproduciéndose en escala de lo macro a lo micro, convirtiéndose en un inmenso ejercito que solamente tiene su cuerpo para ofrecerse en el mercado.

Las multitudes en las calles pueden generar emociones tales como la esperanza:

Quizá los cuerpos que actúan impulsados por reivindicar formas de igualdad y crear otros lazos entre unos y otros sean cuerpos que se exponen también a su fragilidad y a su dependencia, para recusar las condiciones de su precariedad y así también contestar sus efectos incapacitantes, desde demandas que tienen que ver en primer lugar, con exigir condiciones que, en los términos de Judith Butler, hacen vivible una vida en su relacionalidad y su dependencia complejas: dependencia de los otros, del cuidado mutuo. (Quintana, 2020, p. 46) Ejemplos de lo antes mencionado se evidencia en acontecimientos como el “Mayo del 68” en Europa, el Paro Cívico nacional de 1977 en Colombia, incluso la caída del “Muro de Berlín”

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Alberto Antonio Beron Ospina en Alemania. La ilusión por algo jamás experimentado, el ahora o nunca, como si destruyeran estruendosamente las grandes ilusiones que han sostenido el poder instituido. Contrario a esto, emerge el sentimiento de miedo que marchita esas esperanzas transformándolas en desasosiego. Fue el caso en Bogotá durante la conferencia panamericana de 1948 donde se especuló acerca de la presencia apocalíptica de extranjeros pro-soviéticos, que supuestamente promovían una gran conspiración. ¿Quiénes son las multitudes que motivan miedo o esperanza? La multitud es el pueblo. Jacques Rancière considera al pueblo como sustancia no existente. Simplemente hay formas de representación, entre ellas el pueblo-manada y el falso pueblo. El primero según Jacques Rancière, protegido por buenos pastores (lideres) quienes no tienen ninguna competencia en particular para gobernar amparados por una dudosa democracia. En ese mismo sentido Alan Badiou describe al falso pueblo, compuesto por quienes se entregan sin cuestionamiento alguno a quienes no se consideran pueblo, pero pretenden representarlo. El panorama actual, muestra que las consideraciones anteriores aún persisten con un elemento adicional, el espectáculo de la crisis protagonizado por el poder de los políticos, originado por los pueblos que perciben las fisuras de la democracia,

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representadas en la ausencia de una justicia social que genera más y más desigualdades y violencias. Una inmensa mayoría parece redescubrir en diversas regiones del mundo ese simulacro. En todo este panorama, no es clara la presencia de quienes son invisibles al sistema. Aquellas personas que han ocupado las calles, semáforos, esquinas, huecos, como invasores mendicantes en condición de barricada que nunca han formado ni formarán parte de una democracia. Ellos son quienes se pelean permanentemente por los restos, que los pastores mantienen en condición de homo-sacer entre la vida y la muerte, activados solo por el deseo inmediato (las sustancias o drogas) de manera que puedan servir como carne de cañón, cuerpos-laboratorio, máquinas de guerra o ejércitos privados.

Podríamos imaginar una invitación a movilizaciones sociales futuras, que cuestionen las falencias democráticas y reclamen por la constitución de nuevos mandatos, capaces de incluir personas presentes, ausentes, sobrevivientes y víctimas con las cuales se sigue estando en deuda.

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Alberto Antonio Beron Ospina Gabinete de lector: Giorgio Agamben Con su trilogía Homo Sacer Giorgio Agamben (1942) se ha convertido en uno de los pensadores más influyentes del siglo XXI por preocuparse de temas como las víctimas y la democracia. Sus reflexiones relativas a los campos de concentración en tiempos de la globalización y de la guerra mundial contra el terrorismo, le convirtieron luego de 2001, en un pensador político polémico. Ejemplo de esto, fue su postura frente al tema de los inmigrantes donde defiende no haber firmado un manifiesto escrito por diversos activistas y defensores de los derechos humanos que consistía en la solicitud de ciudadanía italiana para

500 niños extranjeros en el año 2017. De igual forma, se conoce

que al inicio de la pandemia del covid-19 sus posturas fueron desafiantes preguntándose asuntos como: ¿qué pasará con la libertad del sujeto, luego de los confinamientos decretados por los gobiernos a nombre de la salud pública?

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Su texto autobiográfico lo emparenta con páginas de filósofos judío alemanes exiliados como Karl Löwith y Walter Benjamin. La obra referenciada de Agamben aborda experiencias personales del pensador, sus encuentros en la década de los años sesenta con Martin Heidegger, el papel de la biblioteca personal y la amistad. El libro de Agamben Autorretrato en el estudio, estuvo antecedido por textos como Mi vida en Alemania antes y después de 1933 Un testimonio de Karl Lowith. Allí el autor judío alemán, expatriado por el nazismo, reflexionaba sobre cómo “la memoria tuvo el poder de cambiar incluso lo más amargo” (Lowith,

1992 p.19), a diferencia de Karl Lowith (1897-1973) la memoria

de Agamben nace de la postguerra y establece con el tema judío y las consecuencias del nazismo, una conexión que tiene entre sus más fértiles aportes, las categorías de Homo Sacer y de Nuda vida.

La concepción de la nuda vida planteada por él ha sido aplicada críticamente en la economía de mercado actual, representada en un ser humano reducido a fuerza productiva, como fue señalado en mi libro Caminar y detenerse. Para el autor italiano, el control de las fronteras territoriales de los Estados nacionales se constituye en una ideología de la pertenencia adscrita a unos relatos imaginarios de identidad, con prácticas restrictivas, reforzadas en

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Alberto Antonio Beron Ospina la pandemia mundial durante el 2020, cerrando pasos nacionales y locales. Estas amenazas constantes de fuerzas estatales o mercenarios con armas que apuntan contra cuerpos de civiles se han registrado antes y durante la pandemia.

De la lectura de su autobiografía filosófica, derivamos algunas preguntas: ¿Qué subsiste? ¿Qué permanece de todo el acumulado de años vividos por un ser humano? ¿Qué resta, si algo resta? Del ego parece quedar poco, lo cual no inhabilita a que algo bueno subsista a través de la poesía y el arte. Eso que sobrevive, se haya en un vértice entre la necesidad y la casualidad, que se deposita, según Agamben en lecturas, encuentros y lugares inolvidables, donde el lenguaje cumple la tarea de trascender las condiciones de la naturaleza biológica. Cada encuentro con intelectuales resulta de un potencial evocativo. Al interior del libro, Agamben inserta fotos suyas representativas: una de ellas en su juventud junto a Martin Heidegger en Provenza en 1966, donde participaron del seminario de Le Thor, que con el tiempo adquiere un gran significado para su vocación filosófica, al reflejar una relación que no es la sujeción maestro-alumno, sino el ágape de amigos. Otro pasaje refiere el

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encuentro con Guy Debord, autor de la Sociedad del Espectáculo en un café del local 18 de la calle de San Ambroise. Además, evoca una fotografía que busca describir la concepción de experiencia trasmitida y cristalizada de una generación a otra: donde aparece el joven pensador –Giorgio Agamben- que escucha admirado y atento al veterano exiliado José Bergamín en su casa de Madrid. La foto refleja la relevancia de atender a los mayores, resultando ejemplar para un tiempo como el actual dónde se acrecienta el temor y la repugnancia por la muerte; mientras que los jóvenes parecen apartarse cada vez más de los adultos, como si estos les fueran a contagiar del paso de los años, situación ineluctable para toda existencia signada por la contingencia.

La memoria muestra su papel de guía en el ejercicio escritural de Agamben. Reconociendo en Benjamin un pensador de la memoria de la década de los años treinta que lo precede quien afirma: “el recuerdo no debe avanzar de modo narrativo, ni menos aún informativo, sino ensayar épica y rapsódicamente su prospección de tanteo en lugares siempre nuevos” (Benjamin, Escritos autobiográficos, p.211) El carácter rapsódico del pensamiento, se inscribe en las corrientes discontinuas del pasado por medio de objetos, lugares e imágenes. No existe en el

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Alberto Antonio Beron Ospina pasado ninguna pizca de inocencia cuando este se evalúa desde el presente de quien rememora tal como lo sugiere Benjamin. Por esto, el texto de Giorgio Agamben es la verificación de que la cita con el recuerdo no se produce de manera aislada o inocente. El filósofo de Portbou decía que existe una cita secreta entre el futuro y todo aquello que fue,donde se revelan los motivos que hay a la base del Homo sacer y los pliegues del ejercicio autobiográfico que guarda remanentes del autorretrato donde el pintor se ve a sí mismo.

Agamben, valora en Benjamin la disposición de revestir los propios textos con los giros de otros autores que evocan harapos y retazos que reemplazan la ansiedad del futuro por un “gesto que interrumpe la pretendida continuidad de la historia” (Agamben, p.85) Ese gesto tiene el potencial de burlar lo trascendental y de servir más que de influencia, de una presencia amiga con la cual establecer diálogos con futuros lectores. De allí, la atracción por la obra de Walter Benjamin quien fue “una estrella con la que hablo en voz baja” (Agamben, p.86). Este hizo parte de una generación de intelectuales que vivió una cultura alemana inspirada en Stefan George, cuyo hilo mágico era la poesía y la lengua. Tan trascendental resulta esa afirmación de Agamben sobre la pretendida continuidad de la historia, que

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mientras Hitler y sus secuaces cimentaban las bases justificativas del mal, autores como Benjamin, Franz Rozensweig y Martín Buber traducían la Torá generando un pensamiento al margen del sionismo, pero al servicio de la resistencia. Respecto a los objetos y los lugares evocados, Agamben exhibe la intimidad de sus espacios y lugares: su estudio, las fotografías, las pinturas, sus libros y anaqueles donde reposan los cuadernos. No es la biblioteca del antiguo monasterio medieval dirigida a un pequeño y selecto grupo de lectores, tampoco la biblioteca creada por los Estados modernos, para uso público, sino la biblioteca privada de un lector contemporáneo. ¿Cómo se constituye una biblioteca personal? Resulta de la escogencia minuciosa de los intereses propios del lector que cohabita con ellos como parte de su más grande intimidad. A diferencia, no es posible vivir con los libros de la biblioteca pública, como tampoco compartimos nuestra intimidad con muchas personas, solamente a algunos les permitimos hacer parte de nuestro universo privado. Si las bibliotecas públicas resultan un lugar por excelencia de la actitud investigativa, es la biblioteca privada el lugar por excelencia de la creación.

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Alberto Antonio Beron Ospina La experiencia a la que nos remite Giorgio Agamben es sentida y pensante, se cristaliza en la fusión entre filosofía y poesía donde en cada página consigna meticulosamente sus afinidades por autores como Primo Levi, Joseph Ratzinger, Aristóteles entre muchos más. Coincidir con Agamben para quien escribe es un ejercicio de lectura, encuentro y cita donde el gabinete privado del lector podría asemejarse al laboratorio del científico o al taller de la memoria. En este se resignifican los apuntes reunidos artesanalmente durante años, con trozos de papel y libretas que se convierten en libros. De estos emergen los secretos mejor guardados “en el espacio en blanco que separa a la libreta del libro” (Agamben, p.62) Concluyo esta reflexión, sugiriendo la existencia de libros escritos para ser disfrutados en una zona muy íntima de la conciencia. Así como hay libros de poesía que alcanzan a conmover a quien no lee poesía, existen libros filosóficos atravesados por el aliento de la poesía. Autorretrato en el estudio contradice la solemnidad del canon, sin despreciar el valor de verdad que pueden contener las palabras, expresando la capacidad del pensador de arrancar al pasado aquello que más le importa, para “…volver a darle vida y hacerlo obrar en el presente” (Agamben, p.83) Paradójicamente, el momento actual, nos aleja

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de la posibilidad de deambular libremente por las ciudades, impidiendo encuentros en lugares como cafés o bares y el disfrute de los gestos. Quizá en un momento como hoy sería imposible elaborar un libro como este.

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Alberto Antonio Beron Ospina Cuando no se tienen ventanas A Gustavo Mejía, uno de los héroes de esta pandemia y que gusta de la vista de mi ventana El protagonista de la película La Ventana Indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock observa lo que pasa en su vecindario desde una ventana. Jeff es un fotógrafo -James Stewart- sometido al confinamiento debido a un yeso en su pierna, contempla el discurrir del día desde su habitación. Se distrae viendo un gato que se desplaza como un acróbata por las cornisas, las palomas que abrevan en los techos, una mujer que toma el sol en el balcón, un padre de familia que organiza su corbata. La convalecencia le permite no perder de vista los desplazamientos de los otros: un vecino que se afeita y enciende la radio, la joven rubia

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que realiza contorsiones mientras prepara el desayuno. La vida de los apartamentos vecinos se convierte para Jeff en un micro mundo desplegado ante sus ojos.

Como el personaje de la cinta, hemos tenido con la pandemia planetaria una experiencia, que permitió detenernos y contemplar la vida de los otros, por ejemplo, en mi barrio un hombre corpulento, que, ante la imposibilidad de asistir al gimnasio, ha convertido un pequeño trozo de andén en lugar de ejercicios. La mujer que aprovecha la luz de la mañana para salir con una silla a tomar el sol en el parqueadero de otra residencia próxima. La pensionada que seca su cabello y observa el mundo a la hora que paso a mi balcón. Hace ya muchos días ha desaparecido el fenomenal embotellamiento de automóviles a las cinco de la tarde en las dos estrechas calles del barrio, los vecinos que puntualmente a las 20 horas, emergen a las ventanas y aplauden al personal médico. Todo parece haber regresado cuatro décadas atrás: el aire se torna más limpio, se captan nuevamente los sonidos de pájaros y hasta el canto de las ranas. La diferencia estaría que los adolescentes que ocupaban en 1980 esas calles ya no están afuera escuchando la música de Urubamba o Led Zeppelin, sino adentro aislados, contemplando esas mismas dos calles con sus familias, a la espera finalmente de la quietud.

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Alberto Antonio Beron Ospina En tiempos de pandemia la norma nos confina en la casa, pero ¿de qué casas hablamos? Algunas tienen grandes ventanales, la fortuna de un balcón, o una terraza con la posibilidad de cuidar algunas flores y hasta de subir a sus techos. Otras cuentan con pequeñas ventanas que filtran la luz del sol, la redirigen y enfocan muros donde no hay nada más allá de una pintura diluida en una pared que se quiebra por la humedad, en ese caso, incluso, la alternativa de ver una imagen decadente resulta consoladora. Pero también existen viviendas sin ventanas. En toda la ciudad hay familias que habitan lugares adaptados como residencia: “bajos”, “palomeras”, divididas en sub-apartamento subterráneos, inquilinatos, habitaciones y lugares reducidos, en los que se dificulta permanecer largo tiempo. Muchos ni siquiera cuentan con una ventana, una claraboya es su única iluminación.

¿Qué clase de aislamiento tiene un humano cuya vivienda no cuenta con una ventana al exterior? Se dice que la primera preocupación de cuando se está confinado es el alimento; pero ¿quién le puede solucionar a millares de seres humanos la falta de ventana? Allí viven tres, cuatro, cinco, diez vidas, compartiendo sonidos, olores, texturas, humedades, goteras, alergias o temperaturas. Se trata de viviendas urbanas, casas patrimoniales

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convertidas con el paso del tiempo en turbios lugares de encierro, estrechos y húmedos, cuyos olores son fuertes, aunque al pasar de los minutos gracias al sentido de la adaptación, el olfato los convierte en costumbre. Son espacios ocupados por familias que vivieron tragedias naturales, desplazamientos, guerras, emigraciones. En zonas como estas la distancia es casi imposible, aislarse es un privilegio. Si la epidemia nos ha obligado a vivir en medio de la distancia, el mundo del futuro deberá luchar por destruir las desigualdades que niegan a muchos, la posibilidad de una ventana, un balcón donde volver a sentir el aire y no el desespero de sentirse enclaustrado. ¿Cómo aislarse bajo esas condiciones?

Pero estos lugares también pueden ser resignificados. Como si fuera un presagio de lo vivido, la última película a la que asistimos antes del confinamiento JoJo Rabbit (2019) muestra la utilidad del encierro para una niña judía, en el clandestino hueco de una casa. Si desea salvar su vida no debería salir de ahí, asemejándose a las condiciones de muchos: oscuridad, calor, estrechez, ausencia de paisaje. Derrotado finalmente el nazismo en Berlín, las calles se fueron de nuevo poblando por quienes permanecieron ocultos durante años en esas grietas, añorando un

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Alberto Antonio Beron Ospina poco de sol , la caminata y el contacto con los otros. La ausencia de ventanas ayudó a salvar sus vidas.

En este momento, con ventanas o sin ellas, la certidumbre de sobrevivir se encuentra en la capacidad de ocultamiento de estos ejércitos de micropartículas, aprendiendo de quienes han resistido bajo condiciones límite. Siendo así, nuevamente la lección nos llega gracias al recuerdo de quienes pasaron por situaciones extremas, que no muchos hubiésemos podido soportar.

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Alberto Antonio Beron Ospina El bozal de los humanos Federico Nietzsche, en las postrimerías del siglo XIX, se asumió como un médico de la cultura que denunciaba la enfermedad padecida por la civilización, cuyos síntomas han sido la decadencia de los instintos vitales y el desprecio por la vida. Todos contribuimos en apurar la enfermedad que agota al mundo moderno, entregando nuestro esfuerzo: borrando horizontes con homogéneas construcciones que alinean la necesidad de vivienda, exterminando el mundo marino, pretendiendo aislar la tierra de la amenaza de un sol calcinante. La etapa actual de este viaje, evidencia que hacemos un trayecto a través de una nada infinita y que inevitablemente el sueño, el cansancio, la noche, llegan para la civilización que erigió una torre de babel. Hemos hecho un tránsito por siglos, en medio de una aceleración que cubre cada resquicio de la vida humana. El corolario

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social de esta idea fue el progreso, espejismo sobre el cual justificamos el dominio del mundo por medio de la técnica. Esta noción se remonta a los tiempos del motor a vapor hasta llegar a los días de la revolución digital, incorporada al psiquismo humano. Súbitamente y tal como lo denunciaron movimientos ambientalistas, grupos políticos y comunidades étnicas, el progreso tiene unos costos muy altos. Producto de la pandemia, de la aceleración se pasó a una detención que afecta aquello por lo cual ha luchado el ser humano: sobrevivencia, viajes, turismo, moda y placer.

Un ejemplo de lo anterior, lo representan las tiendas de ropa desde donde nos escriben a correos y redes, invitando a realizar compras online, ofreciendo descuentos casi nunca antes vistos. La magia de la religión del capitalismo es hacer presencia en el centro comercial como parte del ritual profano que consiste en escarbar los roperos, medirse innumerables prendas, buscar los mejores precios y finalmente la cúspide del ritual, consistente en “estrenar” la última adquisición que sedujo nuestra vanidad. En las condiciones actuales, el misterio de la compra es vaciado, en la medida que cada objeto nuevo se encuentra bajo sospecha de ser un mensajero del virus. En nombre de la salud se sacrifica

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Alberto Antonio Beron Ospina el glamour consumista y se modifica por una tendencia higiénica, que nos aleje del germen biológico.

Bajo esta circunstancia se imponen productos que protegen y transforman la estética corporal. Es el caso del tapabocas que, en otros momentos de la historia, pertenecía a dos ámbitos: el vestuario de los médicos en los hospitales y el ámbito de la clandestinidad, evocación de un “Llanero solitario” como imagen cinematográfica. Acciones como cubrirse el rostro para realizar una fechoría o protegerse de ser señalado y asesinado por reclamar derechos, denunciar injusticias, gritar lo que a muchos les molesta escuchar. ¡Quién lo diría! En los años previos a la pandemia, los sectores más reactivos hacia la protesta social han exigido la supresión de las capuchas y de las máscaras en las vías públicas, pero, hoy, como una extraña paradoja la necesidad de cubrirnos el rostro se ha reivindicado. Con la actual pandemia, el tapabocas salta al escenario de las calles de manera obligatoria, como una última trinchera de combate. Podemos ser multados por no llevarlo puesto. Su aparición masiva ha mutilado la expresión de los rostros. Quedando ocultos al público los labios rosados y carnosos de una mujer hermosa, el movimiento provocador de una lengua pasando por ellos, la vanidad invertida en la estética dental. La boca como uno de

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los instrumentos comunicativos del pervertido, los labios que se muerden por las palabras no dichas. Queda encubierta la mueca del estudiante frente a sus compañeros, la sonrisa amable, el beso que se envía a distancia en la calle. Expresiones afectivas a las que se acostumbró la sociedad moderna en occidente. Los labios habían sido los protagonistas en la “Era de la Selfi” en los escenarios públicos. Pero esa pose auto fotográfica no podrá ser tomada de la misma manera en espacios exteriores, incluso las fotos de grupo han entrado en suspensión y sobreviven solo como evocación en el mundo de las redes sociales. El virus, literalmente, afecta las raíces del capital, sus arterias comunicativas, pone en interdicción lo importante y subsidiario de la existencia humana. Mientras el daño ocurre, gobiernos y financistas corren desesperados, buscando poner fin a la hecatombe. En todo este panorama han sido los llamados trabajadores esenciales quienes han sostenido y sostendrán hasta el final de las cuarentenas, al capital económico herido. ¿Y quiénes son esos trabajadores esenciales? Transportadores de alimentos, aseadores, vigilantes, distribuidores de mercancía, mensajeros, policías y enfermeros. Incluso han llegado a tener gran protagonismo el sector de los trabajadores funerarios, solo por citar algunos ejemplos de aquellos empleos que realizan

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Alberto Antonio Beron Ospina una producción material de la vida, sometidos históricamente a la clásica plusvalía. Contrariamente la especulación financiera no está experimentando las repercusiones que tenía antes de la pandemia.

Finalmente, no son buenos tiempos para el paseante. El tapabocas que modifica la parte más expresiva del rostro, las caretas de vidrio sobre los ojos deberán ser entendidas como la prueba del fracaso de un modelo acumulador, ventajoso, egoísta, que se acentuó en los últimos cuarenta años y que hoy está herido; no sabemos si de muerte. Quienes habitamos el planeta hoy, tenemos la responsabilidad de contribuir a la reducción de tanta sangre y horror ¿De qué manera? Si existiera un progreso certero este tendría que ubicar al ser humano por encima de la tecnología, de quien depende en el trecho actual, parte de la sobrevivencia del individuo y la sociedad. Frente a la detención en tierra de los aviones y la cultura de la prevención ante las multitudes humanas, dependerá nuestra posibilidad de seguir caminando por la historia. No se debe olvidar que este desastre debe superarse con la desinfección de los gérmenes de la desigualdad entre naciones, personas, géneros, etnias y territorios.

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Alberto Antonio Beron Ospina El desplome del viajero “La nostalgia no es solamente la añoranza de un tiempo y un hogar perdidos, sino también de los amigos que los habitaron, y que en la actualidad se encuentran dispersos por el mundo”. Esa definición de la palabra nostalgia realizada por la ensayista rusa Svetlana Boym (1966-2015) en su libro El futuro de la nostalgia, nos permite valorar en toda su intensidad lo experimentado por la humanidad en tiempos convulsionados de violencia, guerras o pandemias. La añoranza respecto a un mundo que de súbito pareciera desplomarse aceleradamente, donde todo aquello que era costumbre se suspende: paseos, viajes, encuentros en los parques y caminatas de amigos.

Ante una excepcionalidad de este tipo nos preguntamos ¿qué pensaría uno de esos viajeros europeos, pioneros de los viajes del siglo XIX, ávidos de mundos por descubrir, si les dijeran que ciento cincuenta años después, la posibilidad de un peregrinaje

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prolongado, de caminar, pasear, quedarían suspendidos en gran parte del planeta? Es de recordar, que toda una serie de escritores europeos entre los años de postguerra y la década de los ochenta del siglo XX, hicieron del viaje, un legado que ilusionó y signó a las futuras generaciones. Basta evocar el legado de páginas inolvidables acerca de cómo moverse por las calles de Lisboa en tardes de otoño en las novelas de Antonio Tabuchi (1943-2012) quien de joven encontrara en una estación de tren de París, el manuscrito del poema Tabaccaria de Fernando Pessoa (1888-1935), convirtiendo a las calles o rúas de Lisboa como su escenario de poesía de la mano tutelar del fantasma de Fernando Pessoa: «Me asomo a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta. Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan, veo los entes vivos vestidos que se cruzan, veo los perros que también existen».

Las observaciones de Lawrence Durrell (1912-1990) en su Cuarteto de Alejandría, acerca de una ciudad que respira junto al mediterráneo con luz marina “…en Alejandría, las bocanadas del mar nos salvan del peso inmutable de la nada del verano, trepan por encima de la barra, entre los barcos de guerra, y agitan los toldos rayados de los cafés en la Grande Corniche …” La ciudad, a medias imaginada (y sin embargo absolutamente real)

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Alberto Antonio Beron Ospina empieza y termina en nosotros, tiene sus raíces plantadas en nuestra memoria.

Otros ejemplos de lecturas recuperadas en medio del confinamiento despliegan sus riquezas en la mesa del lector: El cielo protector de Túnez y Marruecos, depositado en las páginas de Paul Bowles (1910-1999); los escritos de viajeros trotamundos en los cuadernos Moleskine del narrador inglés Bruce Chatwin (1940-1989); la imagen de México que Malcolm Lowry (1909- 1957), dejo en su novela Bajo el volcán, ebrio hasta la muerte por amor. La París del refugiado judío Walter Benjamin (1892- 1940), paseando por calles literarias, entre una arquitectura de hierro y vidrio. Estos escritores, entre otros perfilaron el modelo de un creador sin ataduras: el viajero culto moderno, usuario de trenes internacionales y barcos transatlánticos, sin restricciones de visado, protegido por su condición de descendiente de las potencias coloniales.

Después de la experiencia del escritor culto viajero, la aventura existencial del hombre contemporáneo occidental se convirtió progresiva y masivamente en la excursión programada del turista. Viajar nunca fue tan fácil para la humanidad como a finales del siglo XX y principios del siglo XXI, una experiencia accesible a cuotas para millones de seres humanos. A tal punto

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que la generación ”millennial” hizo del anhelo por viajar el imperativo más importante de nuestra época, incluso, superior a la idea de estabilidad.

Con una velocidad avasalladora, todos los lugares de la tierra se han poblado de más y más turistas caracterizados por un afán compulsivo de registrar paisajes exóticos como África, Asia y América Latina, convertidos en depredadores del equilibrio de territorios y ciudades. Turistas que han sido recibidos por los lugareños como paliativo económico para la situación desigual de muchos de los lugares escogidos en sus rutas. Millones de seres humanos que en primavera y verano recorrían el mundo, calificados por las compañías de aviación como «viajeros frecuentes», hacen parte, ahora, de un universo suspendido en espera de una vacuna, como en una nueva era del hielo. En este momento las redes sociales, como Facebook e Instagram, conservan la nostalgia que ilustra el desplome de una ilusión. La virtualidad retiene el pasado de miles de rostros entusiastas en los lugares de peregrinación del siglo XX

– La Torre Eiffel, Machu Pichu, Disneyland–Se ha convertido

en el único espacio posible de viaje, matizado por los sentimientos de riesgo y prohibición. El súbito drama de los viajeros propagadores no intencionales del virus se iguala a la larga

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Alberto Antonio Beron Ospina historia de los refugiados y emigrantes. En todos esos cuerpos humanos provistos de ilusiones y esperanzas, pareciera habitar oculta, una sensación de terror que desafía con letalidad al mundo.

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Fotografía: Isabel Cristina Castillo Q.

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Alberto Antonio Beron Ospina La resurrección de los libros Para Pablo y Adrián de la Librería Roma Cada librería tiene un alma, una especie de neuma en sentido griego que la anima. Esa animación tiene que ver con la fuerza de tanto muerto ilustre, culturas y civilizaciones enterradas que reviven, cuando un lector retorna y abre la página del libro olvidado.

Conocí en Sevilla, en el sur de España, en una estrecha calle de espaldas al soberbio Alcázar de la ciudad, una librería cuyo precioso y antiguo nombre era Al-Andaluz, que limita con la venerable y antigua judería. El nombre es un homenaje al legendario andaluz español, que extendió su reino por ciudades de belleza inagotable como Granada, Córdoba y la misma Sevilla. No pude descubrirla sino muchas semanas después de estar en la ciudad, previamente consideré erróneamente, haber

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identificado cada una de sus librerías. Qué sorpresa fue para mí haberla descubierto, al mismo tiempo en que aprendí a convivir con los estrechos pasajes de esta metrópoli, que se corta en fachadas sublimes donde en verano asoman a los ojos de sus ventanas, los azahares y las azaleas como lágrimas coloridas. En Sevilla se aprende a reconocer que la ciudad es un escenario para el teatro de la vida y los libros son los conductores de esa representación.

En el centro de Pereira semejante en bullicio y comercio se encuentra una librería cuyo cartel en la puerta la denomina la Librería Roma, poblado en su interior de habitaciones con multitud de libros usados, cada uno de ellos con una historia distinta, una procedencia individual que se lee en sus subrayados, en los comentarios sobre las páginas, en las portadas que han estado expuestas a toda clase de manos: amantes, ladrones de libros, allanamientos, aguaceros o incendios. La casa donde estuvo la librería, fue un trozo de la ciudad que perteneció a mi infancia: con una mezcla de bahareque y de madera que ha ido siendo eliminada sistemáticamente de las construcciones y que pareciera solo existir en las fotografías o en los sueños de madrugada, cuando la memoria involuntaria se mezcla con la libertad total de las imágenes que el sueño activa.

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Alberto Antonio Beron Ospina Ha sido en la convivencia y en el contacto prolongado con el objeto llamado libro: al apretarle su lomo, acariciar sus solapas, palpar con mis dedos el papel, que se entiende como ese cuerpo producido por la cultura va acumulando huellas. Testimonio de amores prolongados, la firma o la dedicatoria es una sobre escritura que cuenta de un envío personalizado. Porque si el autor le remite un mensaje a otro sin rostro definido, quien obsequia un libro personaliza, singulariza el envío, coloca en el fluir en el tiempo la marca de una fecha, los límites de un lugar, el nombre de la estación del año.

Ninguna de las dos librerías que mencioné tienen nada que ver con las casas del libro que son fruto de la globalización: esos fabulosos dispensarios de autores al orden del día, que por un designio del mercado entran y salen de circulación cada vez con mayor premura, pues sus anaqueles y el espacio no dan abasto para los nuevos títulos salidos de las imprentas, inaugurando una perspectiva de la temporalidad del rápido flujo, de la obsolescencia que dibuja el perfil de nuestra época. En Madrid la Casa del Libro, ubicada sobre la Gran Vía, está repleta de compradores desde la mañana hasta el prolongado atardecer del verano. Resulta allí difícil solazarse en ese acto fisgón de quien fuera de ser lector es coleccionista de libros, y

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de aquel que más allá de poseerlos gusta hojearlos y viajar por alguna de sus páginas en el espacio mismo de la librería. Pues el lector tiene un tiempo del que no dispone quien compra música o se mide modas y tallas en un almacén. El tiempo del lector es todavía la temporalidad del renacimiento, de la imprenta y de la modernidad, del renglón saboreado como el vino, de la página recorrida como quien marcha a caballo por el bosque o de quien pasea junto al río. En las grandes librerías de las ciudades del primer mundo la presencia del otro puede resultar una amenaza al acto solitario de leer solapas y de leer primeras páginas, de hojear libros que posiblemente no se adquieran. Pocas son las librerías de París que conservan todavía la soledad de las imágenes del fotógrafo Atget y la ambientación de aquellas donde Jonn Dos Passos, Joyce y Benjamin deshicieron su tiempo. Las que se mantienen están en el gran casco patrimonial de la ciudad destinado apenas a los turistas inocentes, buscadores de mitos y árabes que en las noches recorren sus bulevares con sus pequeños negocios abiertos. Oscuras, depositarias de las formas que la torre Eiffel y el teatro de la ópera, dejaron en el gran libro de la ciudad de Proust o de Balzac, son apenas sobrevivientes de un siglo XIX pujante y revolucionario que debido a la aceleración de la vida y la expansión del

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Alberto Antonio Beron Ospina presente se nos aparece ya distante, más cercano a una antigüedad reciente, como los zapatos más famosos de la modernidad: pintados por Vincent Van Gogh y los exhibidos por el vagabundo de Charles Chaplin.

Pero las librerías de Lisboa son las que tienen una mejor panorámica de toda Europa. Ubicadas en el barrio alto de la ciudad, se llega hasta ellas por tranvía y resultan no ser tan pobladas como las de Barcelona, ni lúgubres como las de París; tienen algo de pequeño pueblo, de jolgorio comercial y uno sigue presintiendo que los ilustres fantasmas de Fernando Pessoa o de Mario de Sacarneiro emergerán de la calle vecina para meterse a leer contigo, mientras que por los ventanales se puede contemplar el Río Tajo y se presiente la melancolía subyugadora de una ciudad donde nació el genéro musical abrumador para el Corazón denominado Fado.

Pero solamente en las librerías de usado la figura del lector, del libro y del librero conquistan esa hermandad de criaturas a la deriva. El encanto de unas es que parecieran ir en modesta batalla contra el imperio de la digitalización, agrietadas, dolidas ante la indiferencia, como una muy tradicional librería de Popayán, herida por la desconfianza frente a ese ejército de muchachos duchos en altas tecnologías y desconocedores completos del

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universo del libro. Otras, como ese gran San Andresito de libros de “El Temel” en el centro de Bogotá, descubren el valor de los viejos textos.

Ese que fuimos, veinte o veinticinco años atrás, pareciera perdido, sobreviviente únicamente en el papel fotográfico, imposible de rescatar del fluir y del despojo al que nos abocan la sucesión de días. Pero es en los libros que llegan al negocio del usado, donde el conflicto entre el olvido y la memoria protagoniza una de sus grandes batallas. Eso lo he palpado en toda la producción de libros que el sistema socialista legó a la memoria y al olvido, pues el llamado “socialismo real” no fue solo un modelo económico y político, fue un léxico, una manera de escribir, de interpretar el pasado y el futuro. Tras de este se empeñó la imaginación de cientos de escritores, y sus crisis fueron también la crisis de esos mismos libros. Si el capital de Marx fue vendido por su peso en una feria de libro a principio de la década de los noventa, cuál no sería la suerte de sus prosélitos, de sus críticos, sus comentaristas y hasta los narradores que profesaron esa esperanza, esa utopía o como se llame. Imagino las toneladas de literatura marxista buena, regular o mala a que fue reducida la producción ensayística o literaria en el mundo entero, difícil de

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Alberto Antonio Beron Ospina valorar ya por su peso cualitativo, aparentemente obsoleto, sino solo impuesto por la taza de su cantidad o de su peso. Creo que fue la literatura marxista, un primer movimiento cultural propio de la Ilustración moderna, que de una manera racional, casi que programada por decisión de los Estados Nacionales, entró en bancarrota y se deshizo, pero que con su caída arrastró también de las estanterías a millares de ejemplares que de Marx, de Lenin o de Lukács, y tras de ellos a otros más esotéricos o farragosos como Rosa Luxemburgo, a Godelier, a Althusser, al mismo Eduardo Galeano; autores que durante los años sesenta y setenta ocupaban como príncipes, la parte superior de las estanterías, para ser de súbito despojados de allí, como si las cartas de amor y de política de Antonio Gramsci estorbaran, no pudieran ya compartir lugar con los nuevos y no tan nuevos que entraban con toda fuerza: los postmodernos deslumbrando con sus ingenios verbales y explosivas frases contra los grandes relatos, el joven Fukuyama ideólogo de la era Reagan anunciando como ángel de las sociedades capitalistas ricas, que la historia llegaba a su fin, con la caída de la economía planificada, augurando que las trompetas del futuro sonarían exclusivamente para la economía de libre mercado. Y fueron las librerías quienes registraron ese impacto, las que compraron

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muchos de aquellos ejemplares, de esas ediciones, para venderlas al precio de una novela por entregas de la revista Vanidades, como si al pasar de la parte más visible de la biblioteca a la región más escondida, registraran en el simple cambio de lugar, la profunda transformación en la sociedad. Como si de súbito aquel lenguaje materialista histórico de los economistas y de los filósofos marxistas, diera la impresión de quedar obsoletos – el imperialismo norteamericano pasó a llamarse el estilo de vida mundial, la explotación capitalista se convirtió en la competencia que probaba a los más capaces. Comparo ese momento que sucedió hace por lo menos un cuarto de siglo, con el momento en que las iglesias de occidente, luego de centurias de rituales, de teologías, de templos y de producción impresa, declararan obsoleto a Dios.

Fue en las librerías de viejo, donde se encarnizó la postrer batalla de esa cultura: ediciones obsoletas que terminaron convirtiéndose en curiosidad de eruditos excéntricos y las nuevas producción literaria con sus autores sonrientes, interpelándonos con su tiraje, con sus ventas, un envidiable aire de triunfo y de complacencia con la sociedad del bienestar y del consumo, tejiendo su relato desde los anaqueles donde se ofrece la auto

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Alberto Antonio Beron Ospina superación, el esoterismo, los negocios y el fin de la historia de los grandes conflictos.

Los empleados de estas librerías terminan transformándose en los garantes de tiempos clausurados. Ellos reciben el peso de bibliotecas completas, compradas a quienes asistieron al desenlace de creencias, dogmas, esperanzas que tuvieron como objetivo y motivación acumular un sin número de conocimientos. Por motivos de fallecimientos o crisis económica, fueron estos anaqueles expulsados con el propósito eliminar ese pasado al que le dedicó tantos años, repitiendo los pasos del converso medieval, abjuró entonces de sus antiguas lecturas, se hizo “marrano” judío y prefirió venderlas. Los libreros, llegan entonces hasta esas casas, como especies de funcionarios de pompas fúnebres, de recicladores y de arqueólogos expertos en tazar la mercancía, movidos más por la intuición, frente a la dificultad de poder ofrecer un valor real ante lo que resulta intangible y simbólico. Con su carga de historias de Asia, de gruesas novelas rusas y alemanas, de testimonios sobre el esclavismo en África o Mario Vargas Vila y su anticlericalismo, recorren carreteras serpenteantes del Tolima o de Antioquia para llegar finalmente a una librería donde su llegada será anunciada entre los clientes, coleccionistas y devotos de la librería que esperan inquietos y

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que como aves hambrientas merodean alrededor de la biblioteca, ese gran lugar de sacrificio, que como un único cuerpo, fue arrancado de algún lugar, para ser desmembrado, sometido a un nuevo destino, en otras manos, ante otros ojos de lectores, en otra biblioteca. Algunos ejemplares, los que se encuentran en más mal estado, serán recuperados allí mismo, sobre una mesa, como si fueran cachorros malheridos de un accidente y volverán a la estantería con la idea de que alguien, un buen samaritano, los querrá.

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Alberto Antonio Beron Ospina En los campos del terror:

el papel de la palabra Nada más parecido a un campo de concentración que una pandemia, siendo esta otra forma de guerra en el planeta. Paralelo al confinamiento fuimos testigos de cómo los grupos que ejercen el terror en diferentes lugares del mundo involucran tanto a ciudadanos del común como al civil desarmado, convirtiéndolos en objetivo militar. La guerra se ha vuelto más mediática, dejando de ser la lucha clásica entre ejércitos adscritos a Estados Nacionales y ha implicado como en los tiempos bárbaros, a los habitantes inermes, sometidos a esa voluntad violenta de los grupos en pugna. ¿Qué se pretende tras esa constante apelación al terror? ¿Solamente se trata de sembrar el caos como dicen los gobiernos?

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Tras de la expresión terrorista, emerge la palabra nihilista que vino a llenar antes de tiempo el lugar que después ocupó terrorista, convirtiéndose por tanto en sinónimo de anarquista. Porque los anarquistas serían aquellos seres que carecen de principio, de arché, que rechazan la autoridad, contestan el poder y niegan los valores morales. Exactamente como los nihilistas. (di Çesare.2017

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Es precisamente en la literatura rusa donde se identifica el surgimiento de la figura del terrorista como campo experimental de un sentimiento que luego estallaría en las diferentes plazas del planeta. Pasando de la palabra a la acción, Serguéi Necháyev (1847-1882) proyecta en su Catecismo del revolucionario lo que será una propuesta inspirada en varios de los planteamientos de Bakunin: negación de la existencia de un Dios real, abolición de las religiones estatales, eliminación de rangos sociales, garantía para todos los seres humanos de educación, entretenimiento, vestido y alimentación.

Por su parte Necháyev radicalizó el ideario anarquista de Bakunin, legitimando la violencia contra aquellos que deberían morir sin demora, por sus acciones de maldad contra el pueblo,

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Alberto Antonio Beron Ospina separándolos de aquellos que, al aplazar su eliminación, servirán a la sublevación del mismo pueblo.

El sentimiento de terror pareciera inminente, desde allí se instalan los medios masivos de comunicación, reiterando permanentemente en sus publicaciones, que esta afirmación es la que mejor se acomoda a la situación del siglo XXI, quizás por el ánimo de captar más público en sus ratings. Ellos poseen una gran capacidad tecnológica que acerca a los ciudadanos a innumerables eventos, tanto lejanos en el espacio (la guerra de Irak o un ataque terrorista) como próximos a sus realidades simultáneas, ejemplos de esto se identifica en las protestas en Chile y el Paro Nacional del 28 de abril de 2021 en Colombia. El planeta ha contado en otros momentos con amenazantes atmósferas de miedo, algunos de las cuales han tenido dimensiones geográficas lo bastante amplias y potentes. Lo que hoy es miedo al terrorismo y lucha contra los terroristas, tuvo durante la Edad Media otros rostros como el musulmán, el judío, el hereje, los brujos, los siniestros cultos del nuevo mundo. Contra todos ellos Occidente (Delumeau, 2002 p.617) orientó sus fuerzas hasta reducirlos y eliminarlos. Una fuerte campaña de adoctrinamiento desde las iglesias, que fueron los principales medios de divulgación contra aquellos enemigos de la fe que sirvieron

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de antesala a las posteriores avanzadas guerreras que expulsaron de España y Portugal las poblaciones moras y judías, llevando a las hogueras a numerosos hombres y mujeres acusados de ser enemigos de Dios. ¿Con el tiempo qué se descubrió sobre el origen de estas guerras? Que los enemigos no eran tan enemigos y peligrosos. Que, tras las supuestas conspiraciones y herejías, latía el afán de ciertos grupos por mantener o acrecentar el control ideológico y económico, de esta manera, generaban una reversa en los fenómenos crecientes de laicización y modernidad. El control ideológico implica una manera determinada de disciplinar sectores de la población que no se acomodan a una situación y que manifiestan ese descontento a través de prácticas culturales particulares. Eliminar esas disonancias por parte de los gobernantes cristianos obligó a una “lucha despiadada contra enemigos claramente identificados”1 o “contra todo un conjunto de comportamientos considerados como reprensibles, sospechosos o inquietantes.” (Delumeau, 2002, p, 617) En la versión fílmica del 2005, de la ya clásica historia de Orson Welles: La guerra de los mundos uno de los personajes, aterrado en medio de la destrucción de su ciudad, solo atina a interrogar a sus padres y así conocer si fueron los terroristas 1 Delumeau, Jean. (2002).El miedo en Occidente. Taurus.

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Alberto Antonio Beron Ospina quienes causaron aquella devastación. A pesar de que los responsables sean las malévolas y monstruosas fuerzas de otro lugar de la galaxia, hoy sabemos que estas no se encuentran demasiado lejos y que su arsenal destructivo ha reposado por siglos bajo nuestros pies, en el fondo de la tierra esperando a ser usado el día que ellos lo precisen.

¿Esto tendría alguna relación hoy, con las fuerzas que asolaron en la Edad Media a los poderes de Occidente? ¿Cumplen los grandes medios masivos de comunicación el papel de socialización y adoctrinamiento que realizó en aquellos siglos la iglesia respecto al adoctrinamiento y el convencimiento de un Occidente supuestamente unificado y libre de detractores? Pensemos en palabras populares y pavorosas de hace ochocientos años como fueron hereje, peste negra, anticristo, juicio final, hoguera, lepra, Santa Inquisición. ¿No tenemos hoy un nuevo repertorio que nos habla de la transformación en la manera de nombrar ese miedo?

Volviendo a la película de La guerra de los mundos digamos que el malévolo extraterrestre puede tener piel morena, barba, orar en árabe, ser joven, pero continuar perteneciendo a las antípodas de la compresión del hombre occidental. Aprendió a sacar provecho funcional de todo el arsenal destructivo que

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estuvo por siglos vedado a la gente del cotidiano y que hoy pareciera encontrarse al alcance de quienes deseen fabricar una bomba.

La globalización de las comunicaciones nos ha aproximado a un tipo de experiencia que ha estado cerca de la humanidad y que ha sido usada por los poderosos en la imagen de la experiencia del miedo. Esta experiencia reactualizada, arroja hoy en el camino de los ciudadanos expresiones misteriosas y desconocidas para muchos como campo de concentración, “campo de refugiados”, “terrorismo atmosférico y biológico”, “vigilancia total” o “tanato-política”. Con estas expresiones se produce un inestimable dolor; frente a esto, lo mínimo es la postulación de una reflexión filosófica, que permita nombrar y caminar por las sendas de aquello que un libro titula La filosofía en una época de terror2 Podríamos preguntarnos si el 11 de septiembre marca una ruptura en la historia o si es una coyuntura, un acto accidental, que se puede repetir, pero sin la fuerza suficiente para alterar la imagen del planeta. Hoy percibimos del mundo una imagen más completa, más distinta y ampliada gracias a la Ilustración, 2 Borradori Giovanna. La filosofía en una época de terror. Diálogos con Jurguen Haberlas y Jacques Derrida.

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Alberto Antonio Beron Ospina la ciencia y las comunicaciones. Los eventos repercuten de un lado a otro y los ojos de los individuos recorren con velocidad las imágenes de un mundo que se nos presenta vía mediática en su totalidad, en regiones más inéditas, al cambiar de un canal a otro con el control de nuestro televisor. A este tipo de cultura y de sociedad, se le conoce como la Sociedad de la Información o del Conocimiento.

El modelo funcionalista que, a principios del siglo XX, fue desarrollado por Wiener y Shannon, sirvió a los estados para tener un mayor control sobre los gobernados. La Información entendida como un valor social, cultural y económico en circulación, puso a orbitar alrededor suyo, gobiernos, organismos de seguridad y capital económico.

La disposición misma que adquieren las ciudades ha obligado a que las barreras culturales y sociales sean reducidas, de modo que circulen democráticamente las nuevas mercancías. No siendo casual que en estas ciudades más avanzadas tecnológicamente sean blanco de la Guerra del Terror contemporánea. Foucault nos habló de la ciudad como un panóptico donde los poderes abstractos por medio de dispositivos nos vigilan. Bauman recoge la concepción del sinóptico, donde los simples ciudadanos, conectados al mundo por monitores, cables, móviles, redes

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asisten a la contemplación extasiada de las acciones de los poderosos. Tanto el uno como el otro, perciben al ciudadano del común con un gran déficit de actuar e intervenir. En esa cascada global de imágenes y de mensajes emergen mundos completamente diversos al de la pequeña aldea o el reducido territorio local al que adscribieron nuestros abuelos, padres o nosotros mismos, con todas las costumbres ancestrales posibles y que eran formas de construir una identidad con el espacio de la localidad o del país. Hoy, identidades culturales, religiosas, étnicas, preferencias múltiples, variedad de lenguas, desigualdades sociales extremas, conforman un “buffet” que se presenta atractivamente al consumidor de imágenes globales que es en potencia o en acto, cada uno de nosotros.

Auspiciado por Occidente llegó a nosotros el ideal ilustrado del progreso como lo plantea Oscar Godoy Arcaya3 que no ha cesado de expandirse, imponiendo sus paradigmas culturales, científicos, tecnológicos y políticos en todo el orbe. Durante gran parte de ese periodo el colonialismo ejerció la función política de vehicularlo, bajo una forma civilizatoria, imponiendo el ideal 3 Tomado de: https://www.cepchile.cl/cep/site/docs/20160304/20160304092831/rev84_godoy. pdf

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Alberto Antonio Beron Ospina de la racionalidad occidental y de los beneficios materiales de la modernización. (Arcaya, 2016) De igual forma, en lugares como África, Asia y América fue el colonialismo iniciado en el siglo XVI, donde el proyecto filosófico de la modernidad da origen a altas aspiraciones de mejoramiento humano, contrario a esto otros lugares de la tierra distintos a la región de occidente, se interiorizó con resultados complejos y en muchas ocasiones catastróficos. Francis Fukuyama señaló a principios de la década de los años noventa que la historia como conflicto por lo material había llegado a su fin para los países que optaron por la ciencia, la democracia y la economía de libre mercado. Para quien por entonces era el joven filósofo de la administración de Ronald Reagan, resultaba prioritario negar apoyo a regímenes y regiones donde se estimulara la discriminación de género o se limitara el libre desarrollo para el individuo. Según Fukuyama, el terrorismo y el narcotráfico eran males menores que no llegarían a afectar sustancialmente la vida de los ciudadanos de aquellos países que como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, se habían puesto del otro lado de la historia.

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Pero al inicio del nuevo milenio la Guerra contra las drogas y el terrorismo afectan el orden mundial, de tal suerte que lo planteado por Fukuyama es puesto en duda. Las llamas de las Torres Gemelas ascienden a lo más alto, encandilando los ojos de quienes observan aquellas imágenes, dando como resultado que innumerables dirigentes en el mundo proclamen a menudo la urgencia de enfrentar al mismo enemigo, percatándose de que ese enemigo no era tan débil y coyuntural como antes se creía: la amenaza terrorista. Nueva tarea para la filosofía Más que un título literario se podría pensar en una nueva tarea para la filosofía: pensar sobre y en confrontación con el horror. Recordemos acá la pregunta de Adorno acerca de la posibilidad de reflexionar luego de la atroz realidad de los campos de concentración. Si para el filósofo, el fin de su disciplina estaba anticipado por la autonomía y el crecimiento exponencial del saber científico, entendemos que ese saber de apariencia autónomo, contiene numerosas desventajas y que por lo tanto requiere de la crítica filosófica para pensarse en términos morales y políticos.

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Alberto Antonio Beron Ospina Si el terrorismo continúa siendo el trauma inaugural del nuevo milenio nos encontramos aquí en la misma línea de fenómenos históricos trascendentales como el colonialismo, el totalitarismo y el Holocausto (Borradori, 2003 p.24). En estas etapas nombradas renglón atrás, el terrorismo fue instrumento de reivindicación de algún Estado–Nación; en la actualidad asistimos a una especie de autonomía del terrorismo, a la liberación de su inscripción a un campo territorial y estatal; que a su vez vincula pequeños grupos que se valen del instrumental tecnológico moderno, para golpear indistintamente tanto al Estado como a la sociedad civil.

Peter Sloterdijk postula como en el presente, dos fenómenos ocupan la agenda mediática de intereses: el terrorismo y la posible manipulación del mapa genético de los seres vivos. No trataré en este momento la posible relación entre las dos, pero si quisiera mostrar el análisis que esté hace sobre el origen del terrorismo.4 Para Sloterdijk el siglo XX se presentó como un tiempo donde la guerra no consiste ya en disparar a un cuerpo humano, sino en afectar el medio ambiente o la atmósfera de este. La idea de una guerra cuerpo a cuerpo se extingue, a la par del ideal de mundo burgués moderno, centrado en el alto valor 4 Temblores de Aire. En las fuentes del terror.

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del individuo. Esta nueva guerra se inicia el 22 de abril de 1915, cuando un pelotón de alemanes arrojó botellas cargadas de un cloro letal contra las posiciones francesas. De manera silenciosa, incolora, un Estado introducía la guerra en la atmósfera. Podemos afirmar que, en el siglo XX, se sustrae la concepción de la guerra de los campos de batalla y las tropas nacionales, conduciéndola y arrojándosela a la gente del común. Imagen que se patentizó en los genocidios del nazismo con los judíos, gitanos, polacos y el genocidio estalinista del campesinado ruso, así como con la destrucción con bombas atómicas de dos ciudades japonesas por parte de los Estados Unidos. Esto pone en evidencia la inclusión de inocentes en medio de la guerra. De esta manera, se demuestra como los derechos humanos, proclamados por la Ilustración, fueron transgredidos por el siglo XX. El término biopolítica se remonta a Michel Foucault. Con Foucault nos preguntaremos por el sujeto que emerge de las relaciones de sometimiento a la ley fruto de la política moderna. En ella los dos principales protagonistas son individuo y sociedad, mientras en la biopolítica aparece uno nuevo: la Población, la cual no es solamente un asunto biológico, cifrado en estadísticas de natalidad, envejecimiento, recursos y decesos para una nación, sino que corresponde a un asunto de poder. La

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Alberto Antonio Beron Ospina biopolítica se centrará en todos aquellos eventos colectivos, con efecto económicos o políticos que generan consecuencias en la sociedad: un ejemplo actual mundial es el asunto de las vacunas para combatir la pandemia del Covid-19.

El campo de concentración Un segundo aspecto presente en el concepto de biopolítica es la idea de raza. Y es precisamente en el concepto de racismo, que se constituye la base del liderazgo de unos estados modernos sobre otros. Consecuencia de esto, se asume una superioridad histórica: ser los líderes del mundo o en su extremo más aberrante con el derecho a exterminar a quienes se atraviesan y entorpecen su avance. La materialización más temible del derecho a suspender la ley y fragmentar a una cultura por medio del argumento racial, fue el largo camino del exterminio Nazi.

Según Agamben los campos de concentración pueden tener su origen en aquellos creados en 1896 por los españoles en Cuba, para mantener reprimida la insurrección de los habitantes de la isla. De estos, a los temibles lagers del Nazismo, media la suspensión sin límite que del derecho humano y civil de los judíos realizó el nazismo. Para Agamben los campos de concentración se

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normalizan cuando el Estado de Excepción o la suspensión del derecho para el ciudadano, se convierte en la regla. En el campo de concentración el individuo no tiene derecho sobre su vida y su pasado. De esta manera, el individuo es sometido a lo que Agamben llama una “vida desnuda” despojada de derecho y sobre la cual el Estado es por completo su único dueño, tanto para la vida como para la muerte.

El campo de concentración aparece como la metáfora que se traduce en esos espacios donde, la libertad individual pregonada por la democracia y el capitalismo queda suspendida en las zonas de migración de los aeropuertos, pequeñas guerras en las calles y en los barrios marginales de las ciudades y las zonas de conflicto del mundo. Son estas las márgenes, donde tanto el control y el terror del Estado, se trenzan en su guerra. Pero los campos de concentración parecen haber dejado de estar sujetos a un territorio determinado. Experimentaron también el proceso paralelo de crisis o fractura entre el Estado Nación y el territorio. Las reglas jurídicas que desde el nacimiento hasta la muerte adscribían una persona a un lugar determinado, han cambiado bajo los efectos modernos o más recientes del llamado “Nuevo Orden Mundial”. ¿Qué determina mi adscripción a un determinado orden local, nacional, religioso, político o social?

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Alberto Antonio Beron Ospina ¿Quién limita o reduce las posibilidades de ese cambio? Para Agamben, un estado que se descubre endeble, en términos de consenso, se presenta más fuerte en términos militares, llegando hasta el extremo de asumir el derecho de decidir quiénes son buenos o quiénes malos. Defender esa posición obliga a plantear una detención histórica en el camino y hacer cambios radicales, así también puede significar el fortalecimiento de los controles más severos sobre las libertades individuales.

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Alberto Antonio Beron Ospina Sueños y catástrofes de una cultura En medio del silencio de las semanas del aislamiento, evoco una visita realizada al Museo Guggenheim en el centro de Bilbao, su forma arquitectónica se asemeja a una serie de globos plateados insertos en el corazón del casco antiguo de la ciudad, en frente de la universidad de Deusto. Mi cuerpo recuerda la fatiga producida de aquel viaje en bus desde Madrid hasta el País Vasco, recorrido nocturno en pos de esa exhibición mundial calificada como una muestra única en Europa occidental luego del fin de la Guerra Fría. El deseo era confirmar con mis propios ojos, si aquella publicidad de la industria cultural obedecía al exceso retórico o era una verdadera promesa guardada tras sus paredes.

En las afueras del museo, rondan quienes han vivido en la noche un festival de Rock. La vida nocturna de Bilbao pareciera intensa, pero íntima. Las chicas caminan pasadas de trago,

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mientras que sus jóvenes acompañantes exhiben al viento su última cerveza. El negro de las ropas contrasta con el florido de “Puppy” que es un hermoso cachorro de cuatro metros de altura: un Highland Terrier levantado en una estructura de acero inoxidable y cubierto de flores, como si esta fuera la mascota del museo.

Con el fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética, hemos empezado a asistir a la recuperación de la memoria estética que se acumuló por décadas en el universo socialista. Esa recuperación llegó en el año 2006 a uno de sus puntos más elevados en España a través de exposiciones y de libros. Las exposiciones en el Thyssen de Madrid y la más potente “Rusia” colgada durante buena parte del 2006 en Bilbao. En lo literario, el libro de Susan Buck Morss Mundo soñado y catástrofe (2004), la autora logra registrar, gracias a sus continuas visitas al Instituto de Filosofía de Moscú en los años claves del desasimiento de la URSS y de la consecuente crisis de la Europa del Este, lo que fue la caída de un gigantesco mito: el socialismo real.

El libro y la exposición se conectan en tiempos de globalización, pues testimonian y explican el triunfo y el ocaso de una manera total, aparentemente poderosa y contundente de “estar en el mundo”: me refiero al socialismo europeo. La periodización

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Alberto Antonio Beron Ospina por épocas, desde los tiempos de la iconografía ortodoxa hasta el arte contemporáneo que se realizaron en Rusia, la Unión Soviética o la Federación Rusa, permiten seguir lo que es una cultura tan inmensa, compleja, definitiva, pero desconocida, especialmente cuando luego de Gorbachov y de la disolución de la Unión Soviética, Rusia pasó de ser una superpotencia con el ideal de una cultura socialista igualitaria, a fragmentarse en una serie de pueblos con sus propias diversidades y conflictos. Pasó a ser un modelo de economía capitalista, más cercana según algunos críticos, al modelo brasileño que al de la sociedad del Bienestar Sueca o Noruega.

La dificultad de testimoniar siglos de arte Frente a los ojos del visitante desfilan los grandes símbolos de la memoria cultural rusa: la iglesia ortodoxa con sus iconos y sus rituales, los zares con todo su poder omnímodo, el sofisticado culto a su personalidad, patentado de manera sofisticada en la pintura. El mar Báltico, traicionero y violento, la miseria de la servidumbre campesina, el retrato de Tolstoi que, como inmortal figura literaria, reúne lo místico, político y poético de la sociedad rusa. De ahí en adelante, este viaje por la historia del arte,

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habrá de colocarnos en contacto con tendencias más complejas que van del nacionalismo eslavo, el romanticismo nacionalista o un feroz experimentalismo, fruto de unas vanguardias que no solo se incubaron y florecieron en París, sino que de manera más austera florecieron en Moscú y San Petersburgo en medio de la “Revolución de Octubre”. En resumen: una versión de la modernidad en otra escala.

Pero ya en el siglo XIX y concretamente en la pintura, brota la crítica al sistema. Aparecen los siervos ancianos y jóvenes con variedad de rostros arrastrando su pobreza por las playas, saliendo y poblando las calles de regiones disímiles de la misma cultura: Moscú y San Petersburgo. Mientras que Moscú ha mantenido por siglos el aura de la capital religiosa y política, con sus nobles, popes, monjes alucinados y las purgas. En San Petersburgo la construcción de su nueva competidora a las orillas del río Nevá, bajo la decisión radical de Pedro el Grande, hizo de este lugar un proyecto urbanístico sin precedentes que costó el exilio y la vida de miles de hombres obligados por su condición de siervos a llegar a esos pantanos y trabajar en pro de la construcción de la ciudad que, según el sueño despótico de Pedro el Grande, sería la puerta a Occidente. La tensión entre ambas ciudades obligó a la nobleza a pasar largas temporadas

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Alberto Antonio Beron Ospina en la recién inventada ciudad. A esta promesa de progreso llegaron arquitectos, filósofos, artistas bajo el mecenazgo de Catalina la Grande, estos nuevos habitantes favorecieron el legado de una vida urbana que propició nuevas mitologías literarias acerca de los hombres del subsuelo, oficiales con poderes omnímodos, toda una pesadilla del poder totalitario, esto bajo la belleza aplastante de una arquitectura que exalta lo minúsculo del hombre de a pie, frente al poder gigantesco del Estado. Paradójicamente, de esa misma época surge un arte que refleja las contradicciones: la estatuaria que inmortaliza a sus príncipes y la pintura que empieza a expresar la vida cotidiana en el campo y en la urbe de siervos y de funcionarios.

De ahí, pareciera inevitable el contacto con las radicales políticas del siglo XX, es aquí donde se ingresa en un nuevo tramo de la historia o del fin de la historia donde las imágenes de Lenin y Stalin son motivos protagónicos para los pintores. Lenin en su estudio leyendo la lógica de Hegel o queriendo aplicar a través de sus escritos el mundo de las ideas filosóficas al drama de una realidad social agresiva y llena de contrastes. Lenin ante los soviets, como una especie de sol nórdico que ilumina tenuemente a esas etnias eslavas, asiáticas que aparecen ordenadas y heroicas, como esas masas compactas y políticas que

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caracteriza el filósofo alemán Peter Sloterdijk, al reflexionar sobre las narraciones revolucionarias de la primera mitad del siglo

XX. De igual forma Lenin, proyecta una estética y una cultura

que identificará una nación, que hace parte de la historia de ciudades como París de Napoleón III, la Florencia de los Médicis o la Atenas de Pericles.

Esa pretensión de equilibrio entre el fondo y la forma tuvo su apoteosis en el “realismo socialista”, una escuela que, a la luz de una exposición como esta, presentaba la concreción de una estética que camina paralelo a los ideales políticos. Nuevamente las masas son una presencia activa, apoteósica, férrea y ordenada; es una vanguardia de la revolución de la que escribiera Lenin y que adquiere los tintes de una escuela o corriente estética que se irradió por todo el mundo y que interpeló, acerca de los valores culturales de una modernidad que hoy nos parece enterrada. En las masas surgen héroes de la modernidad, siendo el trabajador industrial protagonista y el dirigente político del partido de izquierda como faro de una teología política que funda una narrativa de supuestos hombres libres. Nada más lejano de un mundo como el nuestro, donde las masas compactas de la primera mitad del siglo XX pasaron a ser masas atomizadas, movidas por el ritmo de las estrellas de la música en los conciertos

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Alberto Antonio Beron Ospina o de los jugadores de los clubes, en los estadios. El panorama es otro.

¿Cómo entender el video arte que presenta en una primera secuencia a Lenin en su ataúd, luego a Lenin levantándose de este y abandonándolo? Así repetidamente, como si ni la muerte del gran mito de octubre, su momificación y el proyecto trunco de desmomificarlo hubiesen podido cancelar la fantasmagoría de su presencia, como si los arcángeles de la ortodoxia, o la vanidad del zar Alejandro o Stalin descalzo, contemplándose frente a un espejo, tuvieran una continuidad sobrecogedora e hicieran parte de la misma red donde la palabra arte en su acepción moderna, no de oficio sino de creación o poética se ofreciera a la posteridad, como una manera que tienen los discursos ideológicos, para ensartar la lucha de comentarios.

Ya en los años cincuenta recién muerto Stalin, los artistas rusos inician un proceso de reflexión sobre sus posibilidades estéticas, de su memoria política y cultural. Temas como la censura radical de ciertos aspectos de la existencia, el avasallante culto a la personalidad de los dirigentes del partido, la presencia apabullante de la policía del partido en todos los escenarios de la vida cotidiana, el gris masificado de la existencia diaria, son

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expresados con técnicas que hablan de una sensibilidad semejante a la de los artistas occidentales que incursionan en el arte “Pop” Stalin en su intimidad, frente al espejo y con los pies por completo desnudos mirándose en su propia mismidad. ¿Cuándo el ambicioso muchacho se convirtió en uno de los seres más poderosos y temidos de la historia? Pero también ¡cuántos le veneraban, lo admiraban lloraban de emoción cuando le veían!, según aparece en las pinturas, al hacer su entrada en el Teatro Bolshói, donde en la silletería aparecen representadas, las etnias del estado soviético. Stalin, detenido en sucesivos afiches publicitarios empotrados en las lámparas públicas de alguna autopista moderna de una ciudad rusa, mientras las gentes del común pasan a su lado sin verlo, rumbo a la cotidianidad del trabajo. Las ciudades rusas, como pasión de escritores El despliegue de este recorrido acerca de la Revolución rusa y su entorno cultural, favorece andar y desandar lo que otros escritores conocieron en sus inicios: me refiero a Walter Benjamín, quien en Diario de Moscú cuenta su experiencia de testigo, cuando la revolución rusa representaba una promesa para la humanidad, el filósofo judío alemán, pasó allí tres meses, llevado por

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Alberto Antonio Beron Ospina su deseo de conquistar a la artista letona Asja Lascis, en el frío invierno de la década de los veinte en medio de una actividad teatral diaria y gratuita.

Acerca de la Revolución de Octubre, el profesor norteamericano Marshall Berman (1940-2013) escribió en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, un extenso capítulo dedicado a San Petersburgo, a la manera de postales literarias de la ciudad, describiéndola desde su fundación, pasando por el príncipe Alejandro o la reina Catalina, y por supuesto, sus escritores: Tolstoi y Dostoievski, descripciones del Río Nevá, oficiales y burócratas empequeñecidos por el poder, en un mundo kafkiano.

En la sociedad rusa, el “arte culto” tuvo un papel fundamental para la construcción de la modernidad socialista. Solo es pensar en la ciudad de San Petersburgo poblada de arquitectura, esculturas, literatos. Luego de la revolución rusa, es difícil pensar en un proyecto político liderado desde el estado socialista, si no se incluye la estética de la revolución influenciada desde el mismo momento que los bolcheviques llegan al poder.

Cinematografistas como Eisenstein, la poesía de Maiakovski, la pintura del “realismo socialista” son apenas las puntas finales de una proyección en que el humanismo y las bellas artes tenían

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un lugar privilegiado. En el capítulo II del libro de Buck Morss, se muestra como iniciando el proceso revolucionario, Lenin tuvo la idea de ataviar la plaza de Moscú con las figuras de los grandes revolucionarios de la historia. A diferencia de los monumentos del siglo XIX que celebraban la creación de los Estados nacionales, el propósito de Lenin fue una cultura internacional proletaria-revolucionaria que incluyera no solo a Chopin y Heine, sino también a muchos de los más peligrosos enemigos del antiguo régimen nobiliario: Danton o Marat. Eran esos los albores de una cultura revolucionaria internacional, pero también los últimos días de las vanguardias y sus experimentos. Del potencial de aquellas vanguardias se nutre todavía la “alta cultura” a pesar de que, en el mundo contemporáneo, sean el arte de masas y la sensibilidad desechable quienes marquen el gusto.

Estatuas y momias La Rusia de los zares hasta la Unión Soviética bolchevique, practicaron el ejercicio de erigir estatuas en bronce alusivas al poder de sus señores; efigies que hablan de la dimensión sobrehumana de los fundadores de sus estados, sean estos Pedro I,

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Alberto Antonio Beron Ospina Lenin o José Stalin ¿Qué une a estos timoneles de la colectivización y del Estado, con el culto y devoción por los zares, el universo religioso de la iconoclastia con sus figuras planas de ángeles, cristos, vírgenes y apóstoles cuando Rusia era apenas una nación en formación entre Asia y Europa?

Pero mientras el Estado del “hombre nuevo” auspiciaba las estatuas de revolucionarios, los científicos rusos llegaron a convertirse en los más avanzados y conocedores de la práctica de la momificación. Momificaron a Lenin y al caer el sistema, ofrecieron a los gobernantes de las economías de mercado triunfantes, su conocimiento en ese particular arte de conservar a los muertos que se remonta a los egipcios. Un arte conectado a la esperanza de que esos mismos ilustres cadáveres, pudieran conocer, bajo una especie de Apocalipsis tecnológico, la posibilidad de resucitar y volver a gobernar.

La disolución de lo sólido A partir de la lectura de un texto como “Mundo soñado y catástrofe” y de la revisión del arte ruso, el observador llega a preguntarse, si ese rasgo de cambio que tiene la cultura rusa aparece como quien sale de un cascaron o sufre una metamorfosis, siendo

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una constante propia de ese pueblo, o si acaso puede suceder también en el mundo occidental. No es casual que la otra parte del libro de Buck Morss se llame “La desaparición de la utopía de masas en el Este y el Oeste”; lo anterior quiere decir, que las seguridades en que reposa el mundo capitalista-democrático pueden encontrarse bastante endebles.

El historiador cultural Andreas Huyssen ha advertido acerca de la tentación y de los riesgos que implica hacer de la cultura y de la memoria un museo, sobre todo en tiempos de globalización. El mercado de la memoria posibilita la salida del olvido, mundos que como en el caso de Rusia, estuvieron mediados por las lecturas ideológicas y reduccionistas de la “Guerra fría”, la dogmática oficial del partido comunista ruso o del silencio que propugnaron los sectores más conservadores de los Estados Unidos. Difícilmente se asiste a la extinción de una sociedad y al resurgimiento de otra, de la manera que ha pasado en esta región del mundo. Las revoluciones o las disoluciones de una cultura son fenómenos que ocurren de vez en vez, al menos eso fue lo que nos hicieron pensar las imágenes y las declaraciones que presentaban la caída de los antiguos monumentos del panteón comunista o del muro de Berlín, donde se presentaba a los jóvenes encaramados en los muros con restos de estos entre las manos. Por años

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Alberto Antonio Beron Ospina se traficó con ellos, fueron vendidos y falsificados, como curiosidad al turista. Pero lo que se encuentra en el universo cultural y político ruso, es cómo al cambio de una sociedad por otra, de un modelo económico y político por otro, llegando a su vez una nueva constitución estética, una simbología donde se inscriben las catástrofes y los sueños de una cultura.

Para Svetlana Boym, se trata de examinar “las sombras que aparecen en los márgenes y los callejones que se encuentran fuera del camino recto del progreso” (Boym, 2016 p.17) La nostalgia como estrategia que da sentido a la imposibilidad de regreso que tienen los sujetos desplazados de su hogar. El método de la nostalgia es una manera de cuestionar la moda de la reminiscencia presente en la cultura de la globalización. remplazándola por una visión histórica desecha, donde las ideas de revolución y de progreso son dos ejemplos que forman parte de lo que se transformará en el mundo del arte luego de la pandemia.

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Alberto Antonio Beron Ospina Llavería entre economistas y filósofos Para leer la crisis civilizatoria mundial de la pandemia, se requiere entender que se trata de un resquebrajamiento en la economía de libre mercado y la emergencia de una economía apalancada en lo cultural, ecológico y social. Este fenómeno se encuentra asociado a otras situaciones inesperadas anteriores como fueron la caída del Muro de Berlín (1989), el “11S” (2001), la crisis financiera de 2007, etc.

La crisis actual afecta los ideales de progreso5 acumulativo que dominaron la historia del capitalismo durante el siglo XX y que alcanzaron su más elevado momento con la extinción del mundo socialista y la imposición del lenguaje y la práctica del llamado 5 Para una critica a la idea de progreso se aconseja leer a Benjamin, en especial su Tesis de la historia y otros fragmentos.

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“capitalismo de corte postkeynesiano”. En su tesis XIII6, Walter Benjamin presenta lo que considera su visión del progreso consistente en una relación entre política y progreso ofrecida por el Partido Socialdemócrata alemán, quien en su práctica consideraba la posibilidad de realización efectiva de dicha teoría. Según Walter Benjamin lo que progresaba no eran las destrezas y los conocimientos de la humanidad, sino la humanidad misma en cuanto especie. Este progreso no tenía límites por lo tanto no se podía detener, sino que se orientaba hacia una perfección infinita. Benjamin descree de esta postura. Para el pensador judío-alemán, a la base de la teoría del progreso subyace un tipo de representación frente a la cual nos ha confrontado en su trabajo: la idea de un tiempo homogéneo y vació. De esa noción de tiempo emerge el individuo propicio al modelo simbólico neoliberal: el hombre-solo, competitivo y egoísta, quien hoy también padece las inciertas evidencias de la historia.

Son múltiples las imágenes que resumen tres décadas trans-

curridas entre 1989 y 2021 entre ellas: la caída del Muro de Berlín, los atentados suicidas del 11 de septiembre de 2001, la crisis económica mundial de 2009 y la pandemia del Covid-19 declarada en el año 2020. Las cuatro imágenes expresan motivaciones

6 Benjamin Walter, Ibidem, p.26-27

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Alberto Antonio Beron Ospina dominantes: la ideológica, la religiosa, la económica y la de salud pública.

En el caso del Muro de Berlín nos preguntamos por el sentido que tuvieron aquellas vidas sacrificadas a nombre de una idea redentora de política y de justicia. Se trata de los estragos causados por los discursos ideológicos y su capacidad de someter millones de vidas a un camino exclusivo y verdadero para el futuro, a través de los derroteros históricos del marxismo-leninismo-estalinismo. Si nos remontamos al año de 1989 afloran de ese pasado reciente las imágenes que atañen a la caída del “Muro de Berlín” como promesa de un mundo sin fronteras ideológicas. Turistas que recogen pedazos de piedra en la Berlín reunificada para guardarlas como joyas de un milagro portentoso. Además, el retorno a la unificación de dos órdenes ideológicos, de hacer Estado, sociedad y economía.

¿Qué idea de mundo sería constituida luego de la caída del muro? La idea que estaba en la cabeza de los pensadores neoliberales como Hayek y Fukuyama, que consideran al Estado como estorbo para un mercado dueño de una “racionalidad superior” capaz de ordenar al mundo de los hombres y sus relaciones. Dicho de otra manera: la vida en sociedad como una constante transacción de intereses. Al contrario, lo encontrado

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es un levantamiento de nuevos y dispendiosos muros de dolor y de horror en el seno de un mundo occidental signado por el convencimiento de que la razón, está de parte de la economía de libre mercado, como es el caso del muro a medio construir entre Estados Unidos y México, liderado en su momento por el gobierno de Donald Trump (2017-2021).

El 11S por su parte, nos planteó la aparición después del supuesto naufragio del “socialismo real” de una postura religiosa7 de corte fundamentalista que respondió al grito desesperado del Oriente despreciado, humillado y supuestamente negado por Occidente. Los pensadores Habermas y Derrida señalan a un Oriente radical de extremos, que sin pudor se estrelló contra los iconos del mundo capitalista norteamericano representado por las torres gemelas. El 11S puede entenderse como el sumo hastío, la rebelión monstruosa de los oprimidos contra ese capitalismo planetario, que se erigió en Occidente con los gobiernos de Reagan y Thatcher, que posteriormente desplegó toda su capacidad de acción con George W Bush.

7 La filosofía en una época de terror.

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Alberto Antonio Beron Ospina A esto se suma la desconfianza y el desencanto que se experimenta en el planeta por el discurso político ilustrado, dominante en los campos socialista, liberal y comunista de Occidente. Como respuesta, emergen discursos que no son político- seculares como los conocidos bajo la llamada tradición ilustrada de Occidente.

El tercer momento estalló en el corazón mismo de Occidente a raíz de la crisis de las hipotecas “suprime” (2007) que afectaron amplios circuitos del sistema financiero. Los clientes confiados pasaron a convertirse en los deudores y las víctimas de una economía que prometió el paraíso al costo de comprometer salarios. Esta tercera escena contó con un subtítulo que diagnostica: a la guerra fría entre ideologías, la reemplaza una guerra económica que tiene distintos actores y diversos niveles: países ricos y países pobres, concentración escandalosa de riqueza al lado de una miseria por completo pornográfica. Esta escena la protagonizan hombres de una tez más oscura o de acento eslavo, descendientes indígenas de los andes peruanos, árabes que solo saben trabajar con sus manos, colombianos dispuestos a “lo que sea” para enviar dinero a sus familias. Son ellos los protagonistas, las víctimas del orden económico que emerge del desasimiento del orden ideológico.

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Todos estos eventos tuvieron la característica de ocurrir en lo que Hegel llamó el teatro de la historia protagonizado por Europa y los Estados Unidos. No obstante, en otras regiones del mundo, se ha aprendido a vivir en la “crisis” ganando un dólar durante el día. Si la crisis resulta un fenómeno mayor para un nuevo campo de terror imaginario, algo mucho más real que una ficción de los poderosos utilizada por los mass media, ¿Cuál sería su significado cultural?, ¿Qué lectura practicar desde una sociedad como la colombiana que pasó de producir migrantes a recibir la tumultuosa migración venezolana?

En Pereira, durante los años noventa, se produjo la partida de una porción notoria de sus habitantes hacia los Estados Unidos y España. Quienes en sus regiones de origen esperaban la llegada de remesas se encontraron que la frecuencia y la cantidad de los envíos decaía. En las casas de populosos sectores de esta ciudad las cuentas parecían no ofrecer un rendimiento suficiente entrando en pugna el pago del colegio privado con los alimentos de la quincena. Estos emigrantes erigieron sus viviendas en la distancia, ladrillo a ladrillo desempeñándose en todo tipo de trabajos. Con la crisis de la pandemia los emigrantes se transformaron en “chivos expiatorios” de una llamada catástrofe que disminuyó pagos, acentuó despidos masivos lo que generó que las políticas

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Alberto Antonio Beron Ospina migratorias presionaran para que los extranjeros desalojaran estos países en medio de un panorama que parece perentoriamente oscuro a ojos de las naciones industriales.

De allí que, en estos tiempos, donde tiemblan diversas instancias económicas mundiales, resulte vital desmitificar esa impostura de que “lo natural” son las relaciones de propiedad que el capitalismo ha justificado. En ese sentido es importante regresar a la lectura de un autor como Cornelius Castoriadis8 quien negó la pretendida racionalidad del sistema capitalista. A diferencia de otros modelos económicos que han existido, el capitalismo se legitima como la lógica más apropiada a las ambiciones humanas. La lógica de la razón se convierte con el capitalismo, en su legitimación y verdad.

¿Será que la idea del capitalismo agoniza entre el hedonismo material de pequeños y ricos sectores privilegiados del planeta? Si muere este viejo sistema megalómano ¿lo hará convencido de su éxito? Si una tercera parte del planeta ha logrado disfrutar de los carritos rebosantes de chucherías en los supermercados, de unas vacaciones pagadas o de una casa soñada, esto no se ha cumplido para la mayor parte del planeta.

8 Figuras de lo pensable, Las encrucijadas del laberinto

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A las naciones tercermundistas parece corresponderles el terrorismo, las pandemias y el desempleo crónico como el costo por su falta de espíritu, la presencia de corruptos tiranos y caudillos, estructuras económicas completamente inequitativas, hombres y mujeres conformistas, ausencia de ciudadanos conscientes y números reducidos de consumidores satisfechos. De súbito la historia cambió en esa bruma de apariencia lejana de 1989, 2001, 2009, fechas donde los viejos fantasmas de la pobreza llegaron a derribar las puertas de apariencia fortificada del capitalismo.

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Alberto Antonio Beron Ospina ¿De qué “otro” hablamos?

Para pensar en el “otro”, debemos ubicarnos en una reflexión por el origen de este término, su magnitud, el campo donde se piensa, y los riesgos que acaecen en su uso. Se le puede abordar de varias formas: en una, el concepto del otro resulta altamente excluyente; en la segunda se refiere al otro con una carga semántica que excede manifestaciones del lenguaje, lo vuelven extraterritorial y al hacerlo lo despojan por defecto y ausencia de sus derechos. El otro de hoy, en nuestro mundo es el pobre, que fuera de ser realmente pobre en términos de vivienda, educación, alimentación, es también pobre gracias a la denominación por parte de un externo que a su vez contribuye a su condición de pobre, al rotularlo.

Nos apoyaremos en un pensador como Bauman, quien plantea el termino vidas desperdiciadas, en sentido que Occidente

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produce una alta cantidad de desperdicios tóxicos que no alcanzan a ser biodegradados, absorbidos por los otros de las regiones del mundo que se vuelven en depósitos y recicladores de desperdicios. Hablamos entonces de zonas sobrantes, de países descartados por la guerra y por esa otra forma de violencia como es la deuda externa. Así mismo son desperdiciadas las vidas en los países del tercer mundo.

En universidades norteamericanas algunos economistas, plantean la existencia de países inviables, refiriéndose a gran parte de los denominados países que, por sus conflictos internos, y por la deuda externa tienen una proyección de estados nacionales fallidos. Las vidas desperdiciadas a las que se refiere Zygmunt Bauman, prefiguran un conflicto, no de clases al interior de los países, sino global entre regiones del mundo. La guerra de civilizaciones a la que se refiere Samuel Huntington, es el conflicto entre esas zonas por fuera de la idea del progreso y las franjas ricas. Las zonas ricas integran el territorio, las pobres el extraterritorio. En el primero, habitan los “verdaderos terrigenas”, en el segundo, los “extra-terrestres”. A estos últimos, se les exige documentaciones que avalen su ingreso para constatar la ausencia de marcas de la barbarie; seguido a esto se procede a ser, desinfectados, vigilados y escoltados.

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Alberto Antonio Beron Ospina Existe una coincidencia entre el “otro”, el “emigrante” y el “pobre”. La guerra de civilizaciones de Huntington se enmarca a través del conflicto de un Occidente democrático y cristiano, frente a un Oriente teocrático. Esta guerra entre geografías del consumo y del hambre corresponde a zonas de la inclusión y de la exclusión. A estos círculos de la exclusión corresponde la deuda externa, el asistencialismo y el garrote, o también las tres de manera simultánea sugiere Bauman. La guerra contra el “extranjero” es la manera como se “animaliza”, “bestializa” y convierte al “otro” en pobre; despojándole de su posibilidad de rebelión. Esa posibilidad se reemplaza por asistencias que ganan el apoyo de los más pobres, subsidios que poco cambiarán sus condiciones de existencia.

El pobre es una definición general. Hay distintos niveles y tipos de pobreza. Pero los pobres de hoy, los pobres de la globalización son los otros. Tras el pobre se encuentra el indígena, afrodescendiente, mujer, anciana, emigrante, indigente, latinoamericanos, africanos, campesino desplazado o asiáticos que buscan los centros poderosos del mundo, para recibir un mejor salario. Existe una coincidencia entre los países que fueron imperio en el siglo XIX y los países convertidos en colonias; estos últimos son prefiguración de las “bestias” de la modernidad, que las políticas

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democráticas y de libre mercado deben reducir en territorios de exclusión.

Hasta la Edad Media europea, la otredad era el mundo supraterrenal, pero con el descubrimiento de América y el proceso de colonización, fue el mundo exterior al europeo el escenario de la otredad. Nosotros somos fruto de esa exterioridad, siendo tan fuerte, que no percibimos que somos también los otros. Al otro “descubierto” por la expansión renacentista, se le dio un trato de menor de edad, alguien que debería ser reeducado, bajo la concepción europea del mundo. El otro fue el árabe y el judío; contra ellos se orientaron cruzadas y “progromos”. El otro del renacimiento y la ilustración europea, surge sobre el despojo de los pueblos indígenas y la mercantilización de la etnia negra. En las ciencias sociales fueron los antropólogos quienes más propugnan la idea del “otro”. Luego de los procesos de expansión colonial los estudiosos europeos se preguntan por las características de ese habitante de regiones que fueron de dominio europeo; nace entonces una ciencia etnográfica del otro, que Derrida examinó al estudiar a Lévi-Strauss.

En sus polémicas acerca de la cuestión judía, Bruno Bauer y Carlos Marx se preguntan ¿Qué deben hacer los judíos para dejar de ser excluidos de la sociedad? Marx considera que un

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Alberto Antonio Beron Ospina pueblo para ser aceptado como nación moderna debería renunciar a muchas de sus creencias y prácticas más arraigadas y así ingresar al círculo de aquellos que no los aceptaban y miraban con desconfianza. Con este planteamiento se puede clarificar aún más la idea del “otro”.

Jean Paúl Sartre en su introducción a Los marginados de la tierra del filósofo Franz Fanon, considera que el mundo se encuentra compuesto por quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de nativos. Hoy hablamos de más de tres mil millones de personas que padecen de hambre, de malos salarios, de ausencia de salud o de posibilidades de educación. En su mayoría ubicados en los extraterritorios. De esas regiones, salen los “emigrantes”, reproduciendo el fenómeno del “otro” en las zonas demarcadas por el progreso. Son los emigrantes los que entran a realizar las actividades que la sociedad industrial necesita para su mantenimiento y reproducción. Las sociedades centradas alrededor de la propiedad privada excluyen marginan o subordinan a esos otros por razón de raza, de género, de orientación sexual, discapacidad, edad, religióndice Nussbaum. En nuestro caso se hace referencia a la exclusión generada por la pobreza, la aporofobia o miedo al pobre. El otro tiene rostros, colores, género, educación, procedencias

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territoriales que parecen amenazantes. Se puede decir que el otro es una construcción lingüística que sirve para encubrir los crecientes abismos sociales. Cuando se enuncia al otro, se propone una distancia, una diferencia. El “otro” en cuanto pobre es quien tiene limitaciones extremas en el disfrute de las oportunidades económicas, sociales, culturales y posee rasgos como la invisibilidad, el estigma, en este caso la discriminación es el impedimento para realizar un ejercicio de la ciudadanía. El “otro” es el indigente, la prostituta, el desplazado o el indígena que llegan a las calles y por medio de la designación “el otro” les ubicamos distintos de nosotros.

Hoy asistimos a la polución de las políticas de “los otros”. Pareciéramos vivir un desbordamiento de los muros, las empalizadas que se suman a los límites que se construyeron contra los “otros”. Hoy están en todas partes y entre nosotros hay los “otros” de los “otros” ¿Qué prevalece a la hora de llegar al otro? ¿Nuestros criterios o los suyos? Más que ofrecer respuestas se trata de permitir que el otro hable, en cuanto que su testimonio tiene gran valor cultural; a pesar de esto la prisa, impide tomar sobre él las decisiones que ya han sido diseñadas. ¿Es la otredad el lugar del otro? Esta palabra que usamos con igual atrevimiento tiene también sus orígenes en el orden de lo metafísico secularizado.

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Alberto Antonio Beron Ospina Consideremos, finalmente, remplazar el término “otro” por “semejante” y de esta manera hacernos responsables por lo que suceda con ese “otro”, al reconocer la semejanza con ese otro.

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Fotografía: Isabel Cristina Castillo Q.

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Alberto Antonio Beron Ospina Ladridos en pandemia Los perros al igual que los filósofos son los que hacen el mayor bien y obtienen la menor cantidad de recompensas. Diógenes ¿Cuántos nuevos animales se han incorporado a las vidas humanas producto del confinamiento? La relación de los perros con los filósofos ha sido bastante antigua. Entre sus antecedentes, se encuentra el Cinosargo griego ubicado en los extramuros de la ciudad y lugar preferido de reunión por los denominados pensadores cínicos. Cinosargo – del griego Kynos que significa perro y Argos, atributo del color blanco- fue un gimnasio abandonado entre los límites de los cementerios y las zonas donde habitaban los esclavos, los hijos de los marginados, los forajidos y otros tantos habitantes de la noche, no considerados como ciudadanos de Atenas. Cuenta la mitología que en este lugar se

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levantó un pequeño templo en homenaje a un perro, que fue capaz de robar un pedazo de carne a Dídimo, un practicante del culto a Hércules. Por designio del oráculo se dice que allí se erigió un templo en reverencia a ese perro ladrón, emblema y expresión de libertad.

En la tradición de los cínicos estuvo Diógenes (400-323 A.C) quien fuera un desterrado de su ciudad Sinope, y que habitó voluntariamente en un tonel, adelantándose así, a los tristemente calificados “indigentes” de las urbes contemporáneas. Vivió en las calles, alimentándose de sobras y encontró en los perros la mejor compañía, como bien lo representa Jean León- Gerome en su pintura Diógenes sentado en su tinaja (1860). Para este, los perros eran una muestra de sencillez y autenticidad, algo que buscó seguir en su filosofía.

Diógenes consideraba al perro como un amante del aprender, mientras para Platón era un guardián del conocimiento. Platón comparó la labor del filósofo con la del perro, pues lo encontraba manso con sus cercanos y hostil hacia los desconocidos. En el siglo XVIII las descripciones del botánico Carlos Linneo (1707- 1778) acerca del perro, le describen como una criatura de hocico húmedo, en extremo fiel, capaz de encontrar objetos extraviados y de vigilar. Walter Benjamin en sus relatos trasmitidos por

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Alberto Antonio Beron Ospina Radio Berlín durante los años 30 acoge en “Historias verídicas de perros” la crónica de Medor, un perro famoso en su tiempo, que participó en la Revolución de París de 1831. Su amo, un anónimo combatiente revolucionario que murió en la toma del lugar. Esta amistad entre humano y animal dio origen a narraciones que ubicaron al canino como símbolo de la revolución y que fueron recuperadas por el poeta Ludwig Börne, quien cuenta como se le mostraba compungido al lado de la fosa común, donde había sido enterrado su amigo y cómo con el paso de los días, se terminó convirtiendo en una verdadera leyenda de las personas que le mostraban cuidado, le alimentaba o querían acariciarlo. Michel Onfray (2002) entiende al perro como un símbolo donde se combina la entrega y la rapiña, refiriéndose a la costumbre de morder en los tobillos a los distraídos, amigos y enemigos por igual y son capaces de ladrar a los ídolos más adulados por la mayoría. Entre las razas que generan tal incomodidad se destacan: los mastines, dogos, pitbulls que representan este espíritu. Mientras que los yorkshires kantianos, pekineses tomistas y falderos hegelianos, representan a quienes han encubierto la filosofía de quimeras, cuando de lo que se trata es desnudarnos de las mismas.

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El filósofo se parece a un perro libre, desprovisto de cadenas que desarrolla el olfato para experimentar el mundo y reconocer el peligro en sus enemigos. Pero el perro que cuenta con un amo se desplaza de manera diferente, es próximo al poder, capaz de observarlo, tomar distancia, va o permanece junto a quien le produce más confianza.

A finales de los años noventa del siglo veinte, un perrito de origen “plebeyo” habría sido expulsado de muchos lugares públicos si osaba asomar su hocico, ascender al escenario donde se realizaba una actividad pública. De allí proviene la expresión: “le fue más mal que a perro en misa”. Pero, en la segunda mitad del siglo XX, los perros comunes y corrientes, han escalado altas posiciones junto a sus amos. Un ejemplo es Winnie llamado así por el reincorporado Rodrigo Londoño, quien se desempeñó como comandante de las desmovilizadas FARC, que define a Winnie como una mascota reincorporada. En el año 2014 este pequeño perro, tembloroso como un pinscher, con el carácter independiente de un dogo criollo, vino al mundo en las montañas colombianas, en medio de los pantanos, los caminos escarpados, los sonidos de ametralladora, la incertidumbre y vigilancia constante que forman parte de la guerra. Durante todo el proceso de construcción de los “Acuerdos de paz” se desplazó de

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Alberto Antonio Beron Ospina un lado a otro en los teatros y salas donde su “papá humano” recrea su nueva vida civil, movilizándose sin collar, en completa libertad, se le observa, echándose sobre las piernas del antiguo combatiente y de súbito motivado por inquietudes que mueven la vida de los perros, cambia de interés y se acerca a alguno de los detractores de la guerrilla, saltando a sus regazos, poniéndolos en una posición tal vez de incomodidad que aceptan por cortesía o por temor a la furia de los animalistas, sin una opción distinta que aceptar la proximidad del cuerpo del peludo. En fenomenología existe un concepto denominado aparición, referido al lugar que tiene el sujeto en un mundo donde las mascotas pierden sus más antiguas potencialidades animales para que cobren mayor énfasis otros comportamientos de concordancia con las sociedades urbanas. Por el contrario, Winnie conserva su humilde origen, muy a pesar de toda esa corriente de animalistas y defensores de los derechos animales que buscan “humanizar” al perro, conserva los rasgos esenciales descritos por Aristóteles y Linneo: olfatear, levantar la oreja para escuchar de manera atenta, rascarse las pulgas, mover la cola, gruñir, ladrar, saltar, para pedir alimento, la confianza o la desconfianza. Winnie simboliza la posibilidad que tenemos de alterar las circunstancias de la historia. Perros de origen humilde que

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terminaron ocupando un lugar que otros nunca pudieron alcanzar. La mascota hace de mediadora entre el insurgente desmovilizado de la guerra y aquellos que le odian. El perro de “Timo” tiene la licencia de romper el protocolo, subir, bajar y pasear por los escenarios de la paz.

La postura de los pensadores perros como Antístenes o Diógenes causa escándalo en esta modernidad extensa, dónde hemos hecho de los perros una extensión y modelo de nuestros egos humanos. Por eso los perros pasaron de sencillos compañeros de hogar, alimentados con las sobras de la mesa, a suplir las ausencias de una sociedad caracterizada por la desconfianza y la liquidez.

En el libro Caminar y detenerse (2018) planteó que los individuos hemos perdido paulatinamente contacto con la experiencia, remplazándola por “simulacros”, falsas experiencias, convirtiendo a los perros en mascotas que ingieren alimento que no son comida, portando en sus cuerpos prótesis extrañas como chaquetas y sombreros, les enviamos a escuelas para que aprendan gramáticas civilizatorias. Por eso como los perros, un filósofo auténtico en el sentido de los antiguos cínicos es aquel que se resiste a perder su relación con la experiencia. Los perros tienen su propia manera de mostrarse (ser ahí) y su manera de

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Alberto Antonio Beron Ospina comunicarse (ser del lenguaje). A pesar de la humanización a que han sido sometidos, continuar viviendo en su ley, significa deambular, olfatear, rascarse, sacudirse, subirse, sin necesidad verdadera de cadenas, escuelas, comidas especiales; simplemente con la posibilidad de ser un perro más.

El perro del antiguo alias “Timochenco”, en su ascenso a los escenarios, fue un presagio de lo porvenir: aquellos caninos que en medio de la “nueva normalidad”, husmean el mundo sin bozal, mientras sus amos deben mostrarse con “tapa-bocas” en los encuentros públicos. En conclusión: los perros han caminado al lado de los filósofos y ahora deambulan en medio de una pandemia.

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Fotografía: José Fernando Marín H.

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Alberto Antonio Beron Ospina Sin censura de género: Liliana Herrera La poesía nace simultáneamente con la oración, el canto y los rituales en los que aquellos transcurren y se cumplen. Liliana Herrera La pandemia también me motiva a detenerme en aquellos que han partido antes que quienes lean este texto; aquellos que quizás nunca imaginaron un confinamiento y un detenernos más allá que en la ficción de nuestras mentes. Su partida significó un acontecimiento que sacudió a quienes fueron marcados por la existencia de esta filósofa. Con Liliana Herrera la academia de Pereira y de Colombia perdieron tempranamente a una de sus más auténticas intelectuales mujeres. En un mundo filosófico y académico caracterizado por el “patriarcado filosófico”, esta pensadora, fue capaz de hacer presencia a principios de la década de los años ochenta en medio de voces masculinas

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que disertaban en las aulas de filosofía, acerca de Carlos Marx, Federico Nietzsche o Sigmund Freud. Sus maestros de aquella época la valoraron por su singular sensibilidad e inteligencia como fueron los filósofos: Carlos Emilio García, Rubén Sierra Mejía, Rubén Jaramillo Vélez y Guillermo Hoyos.

De la mano de un pensador outsider, más cercano al pensamiento reaccionario que a la revolución, como fue Emil Cioran, esta mujer se hizo presente en el mundo de los filósofos colombianos, pequeña, delgada y de voz suave. Estudió filosofía en la Universidad de Caldas de Manizales. Fue amiga y compañera generacional del periodista asesinado Orlando Sierra, (1952-2002) quien fuera director del diario La Patria de Manizales, haciendo parte, de toda una serie de intelectuales caldenses que fallecieron prematuramente, pero que dejaron una impronta de modernidad regional, como el crítico literario Roberto Vélez Correa o el agudo lector José Fernando Calle.

En 1984 sus textos poéticos se hicieron escuchar en el programa nacional “un país que sueña viaje a la literatura colombiana” que lideraba el Banco de la República. Su escritura generó una profunda admiración en el escritor pereirano Eduardo López Jaramillo, quien frente a ella depuso su proverbial soberbia. El poeta Héctor Escobar también le dedicó varios de sus sonetos.

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Alberto Antonio Beron Ospina En un mundo donde todavía no existía la Internet, Emil Cioran y Fernando Savater intercambiaron epístolas, con esa joven que aún no cumplía los veinticinco años. La revista Pereira cultural No 4 de 1984, publicó las conclusiones de su capítulo final de tesis acerca del pensador húngaro. (Pereira Cultural, p.101-120) En ellas manifiesta los retos que tuvo para Cioran la actividad filosófica, pues se ha perdido la misión esencial, se ha separado de la ortodoxia, se ha transformado en una actividad vital del sujeto. La filosofía se ha invertido, ha dejado se ser un sistema para convertirse en práctica de la desfascinación, para pasar a ser conciencia del desengaño.

Se le recuerda en el año de 1983, recién graduada como filósofa, compartiendo lecturas de Constantino Cavafis, Fernando Pessoa- en una pequeña y entrañable guardilla de la casa de sus padres en el Barrio San Luís de Pereira, mientras en el reproductor de casetes se escuchaban las canciones de Camilo Sesto y José José. Muchos de quienes experimentamos en esos años el gusto por la balada, luego de escuchar las argumentaciones filosóficas acerca del género musical elaboradas por Liliana Herrera, salimos del silencio vergonzoso a dar un lugar al género de José José y Camilo Sesto, al lado del Rock o de la música salsa.

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Caminar con Liliana Herrera solía ser un desafío, porque esa joven contaba con voz propia y pensar propio acerca de la ciudad de Pereira. Entre las maneras de conjurar esa ciudad de lluvias repentinas y calores picantes se inventaron lugares de encuentro en el centro de la ciudad, como el “Autoservicio fantasía” donde se llegaron a realizar recitales poéticos, o el “Rincón antillano” sitio en el cual una pequeña muestra de la generación de los años ochenta, aprendió de ritmos caribeños y poesía, en el local de madera y bahareque de la calle 21 entre carreras 11 y

12 que como muchas imágenes de Pereira, solamente existe en

el recuerdo, pues luego sería devorado por incendios, terremotos y cambios urbanos.

Estudió el mundo masculino de los filósofos a quienes amó sin censura de género. Quienes la trataron siempre la respetaron y admiraron como pensadora y escritora. Logró empezar su carrera de profesora de hora cátedra en las universidades de Manizales y Autónoma, luego realizó su maestría en la Universidad Javeriana. A inicios de la década de los años noventa ganó concurso en la recién creada Escuela de Filosofía de la Universidad Tecnológica de Pereira; fue prácticamente la primera mujer filósofa allí. Hizo su doctorado sobre Emil Cioran y produjo su tesis titulada Lo voluptuoso, lo insoluble. En la Revista de Ciencias Humanas de

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Alberto Antonio Beron Ospina la universidad Tecnológica de Pereira y en los magazines de El Espectador se encuentran varias de sus contribuciones como testimonio historiográfico. Público textos sobre la balada que, junto a la poesía y la filosofía, fueron su más inmensa pasión. Lideró eventos internacionales acerca de Emil Cioran, de los cuales nacieron compilaciones como Cioran ensayos críticos, Cioran en perspectiva editados por la Universidad Tecnológica de Pereira. Cuando una estudiante mujer estaba a punto de abandonar la carrera por alguna dificultad ella tenía un consejo: no la abandone, para nosotras siempre es más difícil todo. Liliana Herrera puede representar para las generaciones actuales, un ejemplo de persistencia y de lucha que una sociedad debería reconocer. En nuestro medio, donde suele escucharse con reverencia a políticos y negociantes, corresponde a la academia y la cultura mantener viva la memoria de quienes tuvieron el valor de pensar el mundo y contribuir al ensanchamiento filosófico de la universidad y la región. Puede contar con un lugar en nuestra historia de las ideas, por su capacidad de introducir al pensador rumano en el país siempre y cuando haya instituciones e investigadores que quieran valorar su legado. Sus ensayos acerca del género romántico de la balada y sus reflexiones sobre Pereira harán parte de un legado cultural que se debe arrancar

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de las páginas de revistas o los libros de primera y única edición. Me pregunto, ¿Qué habrías escrito en tus cuadernos, Liliana, de haber vivido esta experiencia que nos trajo la pandemia?

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Alberto Antonio Beron Ospina Juan Marsé: aprendiz de joyero

A la memoria de Juan Marsé (1933-2020) Cuántos de nosotros nos vimos frente a frente con una pared en blanco que como proyector avivó los recuerdos de libros, experiencias, angustias, alegrías, desilusiones etc. Partieron en medio de ella, escritores que han signado la vida de muchos lectores. Es el caso de Juan Marsé. Me detengo en un recorte de prensa guardado en uno de mis cuadernos. En su mirada, a través de los años, aún persiste el desprecio frente a la fama y el reconocimiento; aunque de ambas disfrutó luego de publicar Últimas tardes con Teresa (1966), una novela extraordinaria de las letras españolas del siglo XX, como bien lo afirma el novelista español Javier Cercas. Aprendiz de joyero y apenas bachiller, estuvo históricamente vinculado a un grupo literario de intelectuales catalanes, vanguardistas de “alta cuna”, como Carlos Barral o Jaime

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Gil de Biedma, quienes supieron reconocer en él, un compañero de generación, proveniente de la entraña popular e inigualable creatividad de novelista.

Marsé fue hijo biológico de un taxista, quien tras la muerte de su esposa entrega aquel niño en adopción a una pareja que políticamente, resultó más próxima a la II República derrotada, que a los vencedores franquistas. La extrañeza y la distancia con la clase de los vencedores, continuará presente medio siglo después, cuando es observado y rodeado en Madrid, durante el año 2008 al recibir el premio Cervantes. Se revela en él, un gran nerviosismo e incomodidad al ofrecer su discurso oficial y perplejidad cuando reconoce su imagen en la exposición fotográfica acerca de su vida, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Barcelona ha sido asociada a los nombres de dos contadores de historias, el uno cantor y el otro narrador, ambos tan catalanes como Las ramblas: Juan Manuel Serrat y Juan Marsé. Las canciones del uno, así como las letras del novelista, cuentan historias de vencidos, pero sin exaltaciones resentidas o pendencieras; por el contrario, motivadas por la certeza estética, que la existencia de los perdedores resulta más sublime que el devenir de quienes han alcanzado la cúspide del triunfo.

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Alberto Antonio Beron Ospina En 1987, Joan Manuel Serrat hizo de “Los fantasmas del Roxy”, un tema musical, inspirado en un relato de Marsé que reconstruía la memoria urbana de cómo tiempo después de su demolición y haber sido reemplazado un cine de barrio por el Banco Central, un vigilante nocturno juraba haber visto un trasatlántico cruzar la sala de clientes, reconocer los fantasmas de Clark Gable, Glenn Ford, rubias platinos, Humphrey Bogart, toda la mitología de Hollywood. El Roxy fue un viejo teatro, donde se proyectaban “amores imposibles y pasiones desatadas y violentas”. Un local de medio pelo con “gallinero” incorporado, como los que sobreviven en los barrios antiguos de las ciudades. Tres grandes temas definen su lenguaje: el anarquismo, el sarcasmo y el folletín. Cuatro son los fenómenos ideológicos que subyacen como objetivos de desmitificación de sus novelas: la Guerra Civil, el marxismo, las luchas reivindicativas de los estudiantes universitarios y el peso de la moral católica utilizada por el franquismo. Sus escenarios lo componen barrios emplazados en las periferias y extramuros de la ciudad habitados por modestos empleados y obreros, confrontados a los barrios de los ricos. Sus novelas Encerrados con un solo juguete, Si te dicen que caí, Un día volveré contienen las memorias de aquellos años de luchas encarnizadas por motivaciones ideológicas, proyectos

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políticos fracasados, conspiraciones, clandestinidad y amores fallidos. Todos estos, estructurados en un lenguaje poético y experimental que le separa del realismo social de la generación anterior de escritores.

En una novela como Últimas tardes con Teresa, conviven recordando un comentario de Vargas Llosa, el sucio ambiente del barrio y los sitios de veraneo de una burguesía catalana hipócrita, egoísta y prejuiciosa, según frases de Marsé. Su gran personaje: el pijoaparte Manolo Reyes, llegó de la pobre región de Murcia, al sur de España con escasos 14 años; convirtiéndose con el paso del tiempo en un hábil y vulgar ladrón de motos. El ambiente proletario de Manolo Reyes contrasta con el entorno burgués de la líder estudiantil Teresa Serrat, su novio y amigos. La familia de Teresa pertenece a una sociedad acomodada que a mediados de los años cincuenta experimentó una enérgica reactivación económica beneficiada por el aislamiento político y social del franquismo.

Uno de los planteamientos recurrentes en la obra de Marsé, considera que el único paraíso del cual no podemos ser expulsados por voluntad es la memoria; fruto de años de plomo, de dictadura, de resentimiento y humillación; poblada por memorias expurgadas y saqueadas. En este sentido, una de sus últimas novelas Esa

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Alberto Antonio Beron Ospina puta tan distinguida (2016), aborda de manera directa el tema. Es el año de 1982, momento trascendental para España que regresa a la democracia, donde el narrador se permite indagar sobre el crimen de una muchacha al interior del cine Delicias, en tiempos de la dictadura.

Las memorias a las que se refiere corresponden a los derrotados de aquella Guerra civil, a sus ideales revolucionarios extraviados entre la represión del fascismo y la renuncia a ideales altruistas, tal vez porque no existían en quienes lo pregonaban o porque prefirieron limpiar su pasado políticamente incorrecto o simplemente porqué se cansaron prefiriendo apostar al juego de quienes marchaban en la carroza de los triunfadores. Es así como “La memoria no suele ser fiel, tiene vida propia y se mueve”, lo afirma en la novela. Al poder le molestan recuerdos incómodos, prefiere intervenirlos y transformarlos convirtiéndolos en propiedad de quienes mandan. Finalmente, la experiencia de leer y releer a Juan Marsé en tiempos de confinamiento, nos acerca a nuestros propios territorios vedados, poblados de familias desmembradas, carentes de imagen patriarcal. Caminar al lado de sus personajes arquetípicos como Manolo Reyes el pijoaparte, ese rufián apuesto, es ir de la mano de quien rompe el velo de las imposturas

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intelectuales y las apariencias que proporciona la comodidad. El ejercicio literario del novelista Marsé, nos recuerda que la memoria se hunde en las aguas espesas del lenguaje; puede ser una puta que se acomoda y reproduce los intereses al mejor postor, la flor que envenene a quienes frecuentan su olor, pero también resulta un antídoto creativo contra los olvidos impuestos, los silencios provocados, las historias elaboradas a la medida de quienes se enriquecen siempre con las guerras.

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Alberto Antonio Beron Ospina Morir en pandemia si eres Maradona ¿Qué derecho se tiene para escribir acerca de un mito, sino se lo concibe como tal? Para creer en el dios, en el fútbol, en la justicia social, se debe tener el convencimiento total de quien abraza una causa incierta. En lo personal, la proximidad al mito “Maradona”, fue el partido que jugó con el equipo local de mi ciudad, en el estadio de la Villa Olímpica, con su club de origen: “Argentino junior” el año de 1982.

En esa ocasión, el joven Maradona, como los cantantes argentinos Leonardo Fabio o Jerónimo, pudo probar el café del Bar Art Deco, del “Gran Hotel” de Pereira, semejante a las estrellas de la balada argentina que circulaban por la ciudad. Este “dios plebeyo” sacado de alguna página del historiador inglés Edward Thompson, levantó la mirada con curiosidad hacia los mangos de la Plaza de Bolívar. En ese tiempo no era todavía el símbolo que las generaciones posteriores conocerían, sino un “pibe” que,

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como muchos otros argentinos y latinoamericanos, pretendía esquivarle un poco a la pobreza de su barrio con toda la potencia de sus pies.

Diego Maradona pudo haber sido el vecino, el amigo o ese chico molesto del balón que vivía en la calle próxima. Como escribiría Federico Nietzsche fue humano demasiado humano. El ídolo Maradona llegó tiempo después. El triunfo sobre la selección de Inglaterra tuvo la capacidad de recordarle al mundo que la religión del libre mercado, impuesta a sangre y fuego bajo el liderazgo de la señora Thatcher y Ronald Reagan, no era tan impenetrable. Fue ese el momento que la estrella se transfiguró en leyenda. Como suele pasar con las estrellas, la gloria implicó compromisos, responsabilidades.

La “mano de Dios”, había elegido a un hijo del pueblo, para redimir los sueños individuales de los latinoamericanos que no pudieron contar con una mejor existencia, triturados por una maquinaria económica necesitada de mitos juveniles que ojalá nacieran y murieran pronto, mientras hacían girar una y otra vez la tómbola de la mercancía.

El futbolista incursionó en el Rock, la balada, el tango. Su éxito se fijó entre los años ochenta y la década de los noventa en

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Alberto Antonio Beron Ospina un tiempo dónde un muchacho de barrio podía preguntarse: ¿Si Maradona pudo alcanzar el brillo, por qué no podría también ser alcanzado por los pobres? Lo anterior, a través de las economías ilegales, gracias a una gigantesca cadena productiva de la que participaba la ambición que como refiriéndose a la vida de Maradona, escribiera en una canción el músico francés de José Manuel Arturo Tomas Chao Ortega, “Manu-chao”. El resto de su vida, fue la transformación del futbolista en héroe del fútbol. Parecido a los héroes de la mitología griega, pasó del Olimpo al más siniestro de los inframundos. Sacudido por la fortuna, vivió al límite mientras sus piernas le producían renta al gran negocio del capitalismo. Lamentablemente, cuando la maquinaria del cuerpo disminuyó su empuje, algunos de quienes le ensalzaron y aprovecharon su talento pasaron a condenarlo. El héroe de los años noventa cruzó el lago de los muertos, disfrutó del capitalismo en su miseria y grandeza. La gráfica registrada en Italia de un Maradona detenido por las autoridades saliendo de un hotel, resulta un testimonio de la caída. Luego llegó la canonización del héroe convertido en dios, de la mano de una religión maradoniana, que contaba con su propia feligresía y le distinguía con poderes redentores. El país de ídolos poderosos como Carlos Gardel, Evita Perón, el mismo

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Jorge Luis Borges se permitía el exceso de otorgarle un lugar en su santoral laico. Años después aparece para él la tentación de la política de la mano de Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales. El mensaje de “otro mundo es posible” que se levantaba como consigna en distintos lugares de la tierra en los inicios del año 2000, arrastrando a Maradona y convirtiéndolo en referente simbólico de la izquierda. En estos escenarios de deidad revolucionaria buscó encontrar un sentido a la vida, no queriendo renunciar a ser una estrella. El documental de Emir Kusturica muestra al ídolo de masas y al amigo con rasgos profundamente humanos de quien se convirtió en marca visual del mundo, al lado de Ernesto “Che” Guevara.

Su partida en medio de la pandemia dejó el desconsuelo entre las barras de aficionados, quienes no pudieron soportar esta orfandad. La humanidad estaba sola en medio del virus el día que Maradona partió. Pareciera que Jesús acabara de morir, entre las cumbias estridentes que se levantaban como lamentos mortuorios en los barrios populares. Mientras tanto en la calle “Constitución” una pareja se abrazaba desconsolada. Rápidamente se extendió la noticia entre los seguidores, que su cuerpo había desaparecido. Fue por este motivo, que los fanáticos se interrogaron ¿Dónde estaba su cuerpo para constatar esa

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Alberto Antonio Beron Ospina muerte? Alguien lo ha robado, se dijo. Algunos acusaron del hecho a la iglesia de Maradona, otros plantearon la posibilidad de una conspiración de la izquierda del siglo XXI; algunos, presos de la euforia y la tristeza, llegaron a sugerir la idea alucinante de haber visto a unos ángeles elevarse con su cuerpo. Pero a diferencia de los seguidores de Jesús, los seguidores de Maradona llegaron a enfrentarse con los piquetes “antidisturbios” del gobierno. Los unos fueron apresados, golpeados y esposados. El pueblo le reconocía como caudillo hijo “descamisado” de Evita Perón. Contradiciendo así a quienes afirmaron que la religión de Maradona era un mito.

Nos surge la pregunta ¿Qué hacer con un cuerpo cuyos adeptos han deseado contemplar al menos un instante? Tal vez convertirlo en símbolo, para realizar con su memoria una gran conspiración, con las cabecitas plebeyas lo siguen, cuyo propósito más sublime fue contemplar su cuerpo; toda una generación que ni siquiera había nacido cuando él era una leyenda. Finalmente, podríamos aseverar que Maradona no escogió ser dios; fueron sus seguidores quienes erigieron en el viejo estadio de Buenos Aires la primera piedra de su memoria. Eso explica el “performance” teatral público en que termino convirtiéndose sus exequias. La chica que llevaba y exhibía el cartel “Maradona

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es Dios”, no pretendía desafiar con la frase ni los sentimientos religiosos, ni los feminismos; solo era la expresión de un principio estético de fe. Pensándolo bien, la muerte es el último partido de fútbol que nunca ganaremos.

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Alberto Antonio Beron Ospina Epílogo Este texto fue producto del cruce de estados de ánimo, cargados de temáticas presentes y pasadas que acaecieron a los seres humanos en tiempos complejos, convulsos, de gran incertidumbre como es la pandemia que inició en 2020.

Este fenómeno global posibilitó la detención ante lo que somos, fuimos y seremos, quizás permita la elaboración de nuevos horizontes o deconstrucciones de aquello que ha venido anclado a las seguridades humanas.

Es posible que quienes salimos de este encierro, no seamos ya los mismos que en otros momentos vivimos una supuesta libertad. Pero también es posible, que afiancemos quienes somos, producto de habernos pensado desde nuestra intimidad. Los textos pueden pasar de la desesperanza a la esperanza, teniendo en cuenta que transitan por mundos poblados de la

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incertidumbre, algo que nos hace profundamente humanos. La incertidumbre también puede ser el arco iris que nos rescata al final de la pesadilla.

Lo vivido en el 2020 y 2021 requiere la superación del nihilismo, avanzando a otras formas de experiencia. La soledad en la cual nos hemos adentrado ha favorecido la conquista de nuevos paradigmas, entre ellos la quietud, permitiendo disfrutar todo aquello que no valorábamos.

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Alberto Antonio Beron Ospina Bibliografía Agamben, G. (2018). Autorretrato de estudio. Adriana Idalgo editores Benjamin, W. (1996). Escritos autobiográficos. Alianza universidad. Benjamin, W. (2015). Radio Benjamin. Akal Berón, A. (2018). Caminar y detenerse. Expresión viva Borradori, G. (2003). La filosofía en una época de terror. Taurus. Boym, S.(2015) El futuro de la nostalgia. Antonio Machado, Brecht, B. (1994). Diálogo de refugiados. Alianza Editorial. Castoriadis, C. (2002). Figuras de lo pensable. Las encrucijadas del laberinto. Fondo de Cultura Económica.

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Delumeau, J. (2002). El miedo en Occidente. Taurus. Di Cesare, D. (2017). Terrorismo, una guerra global. Gedisa. Durrell, L. (1987). El cuarteto de Alejandría. Edhasa. García, C. (2014). Vida de los filósofos cínicos. Alianza Editorial. Godoy, Ó. (2016). Arcaya. Terrorismo e historia. tomado de: https://www. cepchile.cl/cep/site/docs/20160304/20160304092831/rev84_godoy.pdf Hegel, G. (1953). Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal. Revista occidente Löwith, K. (1992). Mi vida en Alemania antes y después de 1933. Un testimonio. Visor.

Onfray, M. (2002). Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros. Paidós Quintana, L. (2020). Políticas de los cuerpos. Emancipación desde y más allá de Jacques Rancière. Herder.

Rancière, J. (2019). Disenso. Ensayos sobre estética y política. Fondo de Cultura Económica.

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Alberto Antonio Beron Ospina Rendueles, C. Useros, A. (2015). Atlas Walter Benjamin. Constelaciones. Editorial Círculo de Bellas Artes. Madrid.

Sloterdijk, P. (2003). Temblores de Aire. En las fuentes del terror. Pre-Textos.

Tackel, B. (2012). Walter Benjamin. Universitat de Valencia.

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Fotografía: Laidy Johana Vargas L.

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Este libro terminó de imprimirse en noviembre del 2021, en los talleres gráficos de Gráficas Olímpica, bajo el cuidado de sus autores. Pereira, Risaralda, Colombia.

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eISBN: 978-958-722-570-9 Universidad Tecnológica de Pereira Hemos hecho un tránsito por siglos, en medio de una aceleración que cubre cada resquicio de la vida humana. El corolario social de esta idea fue el progreso, espejismo sobre el cual justificamos el dominio del mundo por medio de la técnica. Esta noción se remonta a los tiempos del motor a vapor hasta llegar a los días de la revolución digital, incorporada al psiquismo humano. Súbitamente y tal como lo denunciaron movimientos ambientalistas, grupos políticos y comunidades étnicas, el progreso tiene unos costos muy altos. Producto de la pandemia, de la aceleración se pasó a una detención que afecta aquello por lo cual ha luchado el ser humano: sobrevivencia, viajes, turismo, moda y placer.

En estos tiempo mediáticos se multiplican los espectadores hambrientos por suplir vacíos experienciales, con imágenes exaltadas de jóvenes destruyendo y derribando estatuas de esclavistas y colonizadores. Disfrutando del reality protagonizado por enfebrecidos activistas, que corren bajo la acción de la adrenalina que genera destruir la figura de quien pasó de ser civilizador a opresor. Por lo anterior, como lo señala Enzo Traverso, la tentación de derribar estatuas conduce a escrutar con mayor agudeza en el pasado y el presente de quienes son exaltados a la dimensión monumental; los exitosos pasan bajo el foco de los cambios de época a ser denunciados y exhibidos por sus víctimas o sus herederos. Será que cuando la multitud la emprende contra un monumento, tienen conciencia de todo lo que allí se juega en el plano de la historia o simplemente es un estallido de las furias a las que se refiere Esquilo en la Orestiada.

Cita: Berón Ospina, Alberto Antonio (2021), Cuadernos de confinamiento : un antes y un durante, Universidad Tecnológica de Pereira, p. N. https://hdl.handle.net/11059/13930