La Cultura de la cancelación en el Aula de clase
Autor David Alejandro Castaño Giraldo Director Camilo Agudelo Vergara
Universidad Tecnológica de Pereira Licenciatura en Tecnología con Énfasis en Comunicación Facultad de Ciencias de la Educación Pereira, Risaralda
19 de Junio del 2025
La Cultura De La Cancelación En El Aula De Clase
Autor David Alejandro Castaño Giraldo
Director Camilo Agudelo Vergara
Universidad Tecnológica de Pereira Licenciatura en Tecnología con Énfasis en Comunicación Facultad de Ciencias de la Educación Pereira, Risaralda
19 de Junio del 2025
Agradecimientos En agradecimiento a Dios y a todas las personas que aportaron directa e indirectamente a este grandioso proceso, sus palabras de aliento fueron la parte humana y, sus acciones fueron la motivación para el continuo desarrollo de esta investigación, muchas gracias por todo y perdón por tan poco.
Gracias a Mamá, Papá, Natalia, a mi profesor Camilo Agudelo, a las profesoras Teresita Vasquez y Rosa Elena Torres, al señor rector Carlos Abraham Villalba y a los chicos de grado 11B
Dedicatoria En dedicatoria para la mujer que nunca me dijo que mi trabajo era excelente, que era bueno, pero podía ser mejor, y si, siempre puede ser mejor, Mamá
Tabla de contenido Introducción
6
Resumen
7
Capítulo 1: La cultura de la cancelación dentro de un aula de clase
13
Situación problemática
13
Justificación
18
Objetivo general
20
Objetivos específicos
21
Capítulo 2: Marco referencial
22
Estado del arte
22
Marco teórico
27
Cultura
28
Discursos de Odio
30
Cultura de la cancelación
33
Capítulo 3: Diseño metodológico
37
Investigación Cualitativa
37
Investigación Cuantitativa
38
Tipo de investigación: Cualitativa
38
1. Analiza un fenómeno social complejo (la cultura de la cancelación)
39
2. Se enfoca en un grupo específico en un contexto natural (el aula)
39
3. Pretende comprender significados desde las voces de los actores (estudiantes)
39
Objeto de estudio y acercamiento cualitativo
39
Métodos cualitativos: Grupos Focales, Fenomenología y Análisis del Discurso
40
Introducción
40
Método seleccionado
41
Grupos Focales
41
Técnicas de recolección de datos: Observación y Entrevistas
42
Observación
42
Entrevista
45
Los instrumentos de las técnicas de recolección de datos
46
Elementos o conceptos clave del instrumento de entrevista
46
Guión de preguntas
47
Experiencias de exclusión o silenciamiento
47
Percepciones sobre el ambiente escolar
47
Reacciones personales y grupales
48
Diseño y aplicación del instrumento de observación no participante
48
Articulación e Interacción del Instrumento de Análisis
50
Capítulo 4: Articulación de los datos con las teorías
53
Fase 1
53
Fase 2
59
Cruce de categorías e información
Capítulo 5: Hallazgos preliminares
62
Capítulo 6: Hallazgos significativos y conclusiones
79
Cierre final
82
Anexos
84
Referencias
Introducción Resumen Todo nace de una situación en la que fui cancelado. Fuí objeto de burla y acoso por parte de una persona anónima la cual me tomaba fotografías en algunos espacios de la universidad y por consiguiente utilizó algunas de mis publicaciones en la red social Instagram para exponerme públicamente por una página. En esas publicaciones emitieron ciertos calificativos que no eran parte de mi personalidad, lo que llevó a convertirme en objeto de burla por las personas que comentaron esa publicación y, al expresarme por ese medio, todos mis comentarios fueron eliminados, la publicación a día de hoy sigue vigente, pero yo no puedo comentar en ella para defenderme.
No fue hasta que ví un vídeo en el que hablaban de la Cultura de la Cancelación, definida como una práctica social en la que se establecen ciertas narrativas que conducen a la censura y al silenciamiento en redes sociales. Según lo visto, la opinión que emitas no es válida e incluso puede tener potencial para ser sometida a un escarnio público sin defensa alguna. No importa quién fueras, actor, político, docente, influencer…etc, si no sigues la línea o las reglas de dichas narrativas, te sucede lo que se ha denominado como cancelación. Poco tiempo después, al empezar la práctica docente en la Licenciatura en Tecnología, en la que debía orientar ciertas clases en el grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, nació una inquietud que me recordaba la experiencia de cancelación antes vivida. Observé cómo ciertos estudiantes se silenciaban, se retraían o simplemente dejaban de participar, como si algo invisible les quitara la voz. El contexto era claro: una institución pública ubicada en el barrio Cuba de Pereira, donde convergen estudiantes de estratos 1, 2 y 3, cargados de historias personales, tensiones sociales y realidades económicas complejas. En medio de ese entorno, comencé a notar que ciertos comentarios, gustos o errores se convertían en motivo suficiente para ser excluidos, ridiculizados o etiquetados. Y sospeché que la cultura de la cancelación desbordaba los medios de comunicación y también se instalaba en escenarios presenciales como las aulas de clase. Así que comencé a plantearme ¿Puede haber cultura de la cancelación en el aula? ¿Cómo se desarrolla? ¿Cómo se distingue de la cultura de la cancelación en redes? ¿Tiene, estas prácticas, implicaciones en el proceso formativo de los estudiantes?
De tal manera que la pregunta problemática de la que parte este trabajo fue la siguiente: ¿De qué forma se desarrolla la cultura de la cancelación en el aula de clases de grado 11B en la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez y qué implicaciones tiene en la normalización de los discursos de odio en los contextos educativos? Nuestro objetivo era más que claro, lo principal era analizar cómo se desarrollan los mecanismos de cancelación y censura entre los estudiantes del grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, teniendo presente 3 objetivos específicos: a saber, el primero era describir las diferentes dinámicas y mecanismos de cancelación y censura empleados por los estudiantes; para así, como segundo objetivo, identificar las consecuencias sociales, culturales y psicológicas que se desarrollan en un estudiante cancelado o censurado y, por último, explicar cómo este tipo patrones utilizados social y culturalmente para cancelar han normalizado los discursos de odio en la educación.
Todo fue más allá de describir un fenómeno; quería entender cómo esos mecanismos de cancelación, que parecían propios de redes sociales o figuras públicas, se filtraban y manifestaban dentro del aula, con consecuencias reales sobre la vida emocional, social y académica de los estudiantes. Tenía que apoyarme en la pregunta de investigación para obtener unas categorías conceptuales las cuales fueron la cultura de la cancelación, los discursos de odio y el concepto general de cultura. El papel protagónico se lo llevarían los discursos de odio porque era el elemento o mecanismo clave que proliferaba una autocensura profunda y daba vida a la cancelación.
Para ello, me apoyé en autores como Clifford Geertz (1973), desde la antropología simbólica, para entender la categoría de cultura y asociar así los lenguajes en el aula como prácticas cargadas de sentido que reafirman patrones y legitiman discursos violentos como si ese fuera el deber ser dentro del aula. Por otro lado, tomé a Jorge Correcher Mira (2020), que nos habla del chilling effect y cómo la cancelación genera autocensura profunda con base en los discursos de odio que se emanan en un espacio de comunicación. También tomé a Edixela Burgos y Gustavo Hernández Díaz (2021), quienes analizan el autoritarismo horizontal de las comunidades escolares, y a Costanza Rizzacasa (2023), quien evidencia cómo el “safetyism” (esa sobreprotección emocional) puede llegar a infantilizar el aprendizaje, estos autores nos permiten comprender las jerarquías establecidas en grupos sociales y las formas en que se limita el pensamiento crítico para, con esas condiciones, dejar camino libre a que se produzca con mucha facilidad la cultura de la cancelación.
Para ello, se emprendió un camino metodológico cualitativo, sustentado principalmente en la observación no participante desde el trabajo con grupos focales. Al trabajar específicamente en el grado 11B, esta técnica de focalizar el trabajo de campo en el grupo mismo y ver sus dinámicas sociales, era la más efectiva para lo más importante metodológicamente: a saber, la recopilación de la información y la construcción de datos cualitativos.
En ese orden de ideas, fue un trabajo de carácter interpretativo: observaba, apuntaba, escuchaba en silencio... y luego volvía a las categorías teóricas para dar sentido a lo que pasaba frente a mis ojos. De esas categorías principales, cultura, discursos de odio y cultura de la cancelación, emergieron subcategorías sutiles pero reveladoras: el juicio simbólico, la autocensura, la vigilancia simbólica, el silenciamiento por afinidades culturales (como en el caso del estudiante otaku), entre otras.
Con todo esto, se evidenció que en el aula del grupo 11B, habían estudiantes que eran objeto de burlas cuando hacían ciertas preguntas relativas al contenido de clase u otro asunto trivial. También se evidenció la deslegimitación de lo diferente, en tanto gustos y posturas, de forma pública y violenta. Además de esto, me di cuenta que el silencio posterior a estas gestualidades era, simbólica y emocionalmente, más significativo para la posterior censura, como tipo bola de nieve, e incluso para prácticas individuales de autocensura y desmotivación. Los estudiantes ya no querían hablar, perdían el interés por actividades como debates, foros y todo tipo de acciones didácticas que impliquen la comunicación y el discurso del estudiante. Pareciera como si la desmotivación fuese el nuevo uniforme. La investigación no fue un camino fácil. De hecho, en el diseño metodológico, se había propuesto hacer entrevistas, pero estas no se pudieron realizar por cancelaciones de clases de último momento debido a diferentes asuntos administrativos de la institución. Sin embargo, eso no impidió que, desde la observación sistemática, muy rigurosamente aplicada, se evidenciara la cultura de la cancelación en el aula y sus dinámicas y lógicas propias que la legitiman de un modo muy diferente a como se desarrolla este tipo de cultura en medios y redes sociales.
Al no tener anonimato de por medio, como sí se tiene en redes sociales por ejemplo, la confrontación directa entre los estudiantes evidenciaba cómo la cultura de la cancelación funcionaba por medio de patrones, gestos, frases, silencios y reacciones que hablaban por sí solos. Se generaba, al interior del aula, una especie de plaza pública simbólica donde el error
se castigaba sin piedad, y donde muchos preferían callar antes que arriesgarse a ser cancelados.
De ahí nacieron los hallazgos preliminares que luego cruzamos con nuestras categorías. Nos dimos cuenta de que la cancelación no solo existe en lo digital: en el aula, esta cultura se materializa en la indiferencia, en el señalamiento simbólico, y en la perpetuación de discursos de odio disfrazados de corrección política o bromas de mal gusto en el que abunda la burla, la complicidad y, finalmente, el silencio. Descubrimos que esta dinámica golpea especialmente a los más vulnerables: a saber, aquellos estudiantes sin capital cultural y/o económico, poca capacidad de comunicación, e incluso el desprestigio al ser un estudiante extranjero, todo esto bajo la premisa de que no tienen herramientas para defenderse.
Y, finalmente, en un umbral de comprensión más abstracto, se pudo hacer una definición aproximada de este tipo de cultura en contextos educativos: la cultura de la cancelación en la educación es un sistema de reglas sociales que condicionan el ambiente escolar; son reglas que no se firman en un contrato ni tampoco son la letra pequeña que aparece como términos y condiciones al ingresar a un aula de clase. Estas reglas se basan en unos estereotipos que se construyeron históricamente más allá del entorno educativo. Estos estereotipos, basados en la región de origen, el color de piel, el estrato socioeconómico, el género, la apariencia física y el nivel cognitivo y comunicativo, se convierten en la base moral de estas reglas que abren el escenario propicio para la fácil producción de discursos de odio y lenguajes de cancelación. Estas reglas, que ahora se llevan a cabo en el aula, producen además unas jerarquías sociales internas que condicionan la comunicación, la colaboración, el debate y la argumentación. Estas reglas, por lo tanto, inciden de manera significativa en el propósito mismo de la educación.
Ahora bien, dichas jerarquías sociales imponen un espacio en el que ya no se debate, no se reflexiona, y donde el error, que debería ser el motor del aprendizaje, se convierte en una condena. Pero también concluimos que esto se puede transformar: si la cancelación nace desde unas dinámicas sociales, es necesario analizar precisamente qué reglas de comunicación se establecen, bajo qué roles se concibe la interacción y desde qué estereotipos se mira al otro. Desde una pedagogía crítica, pero sobre todo dialógica, y desde la escucha y el reconocimiento, desde el valor pedagógico del error, entre otros puntos de reflexión docente, se puede trabajar funcionalmente en desmontar tales jerarquías y desnormalizar los
discursos de odio que establecen, con el tiempo, la cultura de la cancelación en los entornos educativos.
Por eso, para hacerle frente a la cultura de la cancelación, no basta con promover discursos tibios sobre “la importancia de la diversidad”. Hace falta una pedagogía más focalizada en confrontar, directamente y sin eufemismos, las tensiones comunicativas que se producen en las relaciones sociales entre estudiantes y entre estudiantes con docentes. Hace falta devolverle al aula su carácter profundamente humano y horizontal: esto es, donde esas jerarquías sean eliminadas para que sea más propicio respetar el derecho al desacierto y promover la escucha del otro distinto. Este estudio no solo ofrece una mirada teórica sobre un fenómeno contemporáneo; es un llamado urgente a repensar el aula como un espacio ético y democrático, donde todas las voces puedan ser escuchadas, porque allí es donde realmente empieza la educación.
Es cierto que la cultura de la cancelación es una problemática que se da de forma constante en medios y redes sociales. Sin embargo, desde el punto de vista pedagógico, nos hemos dado cuenta que tratar dicha problemática desde el aula, como se investiga en este trabajo, es también una estrategia adecuada para adquirir herramientas conceptuales, pedagógicas y epistemológicas, que permitan una mejor formación de ciudadanos críticos, solidarios y comunicativos para que luego sean capaces de mediar y afrontar asertivamente los conflictos que se producen en medios y redes sociales sin llegar a prácticas de cancelación. En pocas palabras, el aula es también un laboratorio social que tiene, a la postre, implicaciones importantes en los contextos digitales y mediáticos. Por lo tanto, trabajar con grupos focales presenciales y en entornos educativos institucionales, es también una estrategia para hacer frente a este fenómeno generalizado en otros contextos comunicativos como los mediático-tecnológicos.
Para todo aquel futuro Licenciado en Tecnología, más importante aún si tiene énfasis en comunicación, es importante investigar, analizar y comprender todos estos elementos y mecanismos de cancelación para tener claro que en un aula de clase no solo se desarrollan narrativas basadas en los contenidos sino otras de tipo social, político y cultural. El aula no es solo un espacio donde se orienta el plan de trabajo diario, sino también un lugar político donde se establecen las bases principales del ser social, donde se forma ciudadanía. Así que sí repensamos y rediseñamos este escenario en toda su complejidad, teniendo en cuenta la importancia de una comunicación humana, crítica y horizontal, nos aproximaremos a una
formación de jóvenes más integrales que no le temen al error, que escuchan y que sean escuchados, que sean la voz de aquellos que no pueden hablar.
Como futuro licenciado, y gracias a este ejercicio investigativo, me queda la reflexión de que, al ser docentes, soñamos con dejar nuestra marca en el mundo, daremos nuestras vidas en conflictos que nadie escribirá en los libros de historia, que lo que hacemos y lo que somos empieza en nosotros mismos y terminará en cada uno de esos extraordinarios mundos a los cuales llamamos estudiantes.
Capítulo 1: La cultura de la cancelación dentro de un aula de clase Situación problemática En el contexto educativo, la cultura de la cancelación se ha convertido en un fenómeno que afecta la libertad de expresión, el pensamiento crítico y la dinámica de enseñanza-aprendizaje dentro del aula. Tanto docentes como estudiantes pueden ser excluidos o censurados por sus opiniones, metodologías o posturas, lo que impacta negativamente el ambiente académico. A su vez, la cultura de la cancelación se presenta como una herramienta para responsabilizar individuos o figuras públicas que hayan realizado comentarios o acciones ofensivas consideradas inapropiadas, que si bien se puede ver como una manifestación cultural de indignación. la posibilidad de juicios públicos apresurados y la falta de espacio para la comunicación lleva a que el relieve entre el lenguaje y la sociedad instale un modus operandi que bloquea el libre pensamiento, la diversidad, la elección, entre otros aspectos que, irónicamente, dicen promover, a partir de una pretenciosa justicia social ya que la cultura de la cancelación a menudo busca corregir errores o castigar comportamientos ofensivos apelando a valores de justicia social como la inclusión, la igualdad y el respeto por las minorías. Sin embargo, muchas veces lo hace sin seguir un proceso justo o equilibrado, sustituyendo el diálogo por la condena pública. En este sentido, se vuelve pretenciosa porque más que buscar un cambio auténtico, algunas personas cancelan para demostrar que están "del lado correcto" o ganar capital simbólico, no necesariamente por convicción. Desde una mirada de justicia social, se supone que toda persona tiene derecho a la educación, el diálogo y la posibilidad de transformación. Cancelar, en cambio, implica esencializar a la persona por su error, como si no pudiera cambiar ni aportar nada más. Es decir, se aplica una justicia excluyente, que castiga sin rehabilitar, contradiciendo los ideales de justicia restaurativa.
La cultura de la cancelación puede ser una pretenciosa justicia social porque adopta las formas del activismo y la defensa de derechos, pero muchas veces lo hace sin profundidad, sin justicia real y sin generar transformación.
Ahora bien, estos acontecimientos se presentan y se difunden en mayor medida cuando se habla en sociedad, porque existe el riesgo de que cancelar la cultura pueda conducir a la censura. Si las personas tienen miedo de expresar sus puntos de vista por temor a ser cancelados, podría conducir a una situación en la que solo se permitan expresar ciertas perspectivas. Esto limitaría la libertad de expresión y, en última instancia, podría conducir a la supresión de ideas, al ser un tema relevante a nivel social en cualquier parte del mundo, las formas y métodos de censura han evolucionado, la lucha por la libertad de expresión continúa.
Con el auge del movimiento #MeToo, el término “cancel culture” (cultura de la cancelación) entra de lleno en el discurso mediático. Se intensifica la idea de responsabilizar públicamente a figuras públicas por comportamientos considerados inmorales, discriminatorios o abusivos. Del 2020 en adelante el término se expande a otros países y se empieza a usar tanto en contextos de justicia social como en debates sobre la libertad de expresión, especialmente en redes sociales y espacios educativos. En medios y círculos académicos, comienza un análisis más crítico del concepto.
La cultura de la cancelación y la censura comparten un punto en común: ambas buscan silenciar ciertos discursos, opiniones o comportamientos. Sin embargo, difieren en su naturaleza y sus agentes de ejecución. La censura tradicional es ejercida desde instituciones con poder formal (como gobiernos, medios o religiones), y se basa en una prohibición explícita del contenido por razones ideológicas, políticas o morales. Mientras que la cultura de la cancelación, es un fenómeno más contemporáneo, horizontal y social, donde la sanción no proviene de una autoridad oficial, sino de la colectividad que actúa en redes o en comunidades cerradas, como el aula.
Lo novedoso de la cultura de la cancelación frente a la censura tradicional es que se ejecuta de manera descentralizada y viral: no hay un censor oficial, sino una masa conectada que actúa rápidamente a través de redes sociales, foros escolares o espacios digitales. No solo se censura contenido, sino personas: el foco está en quien emite el discurso, no sólo en lo dicho. Así, el sujeto se vuelve “no válido” o “no digno de voz”. Y por último se asocia a valores éticos contemporáneos: equidad, justicia social, inclusión. Esto le da un rostro moralmente atractivo, aunque pueda ocultar mecanismos represivos.
¿Cómo se visualizan los casos de cultura de la cancelación en una institución educativa y cómo afecta a los estudiantes?
El concepto primordial de la cultura de la cancelación son las “etiquetas” pues estas no solamente informan u ordenan la colectividad en torno a la “intención” social, sino que funcionan como medio para promover impunemente la censura. Las etiquetas son, en la mayoría de los casos, el disparador actual para movilizar, conmover e intimidar quizá con el ánimo de forzar la voluntad o la conducta en determinado contexto, convirtiendo las redes sociales en estrados o si del entorno educativo se hablara, un aula de clase sería una plaza pública de justicia donde no se manifieste el diálogo, el cancelar y ser cancelado puede llevar a un conflicto psicológico donde un estudiante se predisponga o intérprete que todo lo que pueda expresar sea motivo de burla, por lo cual se autocensura al no querer expresarse para evitar problemas.
La institución educativa Alfonso Jaramillo Gutierrez de Pereira es un colegio público que tiene como sede principal la sede Corales ubicada en el barrio Cuba, al ser aledaño con diferentes barrios o comunas de estrato 1, 2 y 3 el contexto social que se presenta lo vuelve un espacio potencialmente vulnerable a casos de cultura de la cancelación. El estrato social entendido como la ubicación de una persona dentro de una jerarquía económica, educativa y cultural condiciona el acceso a recursos simbólicos y materiales que permiten afrontar o resistir una cancelación pública.
Una persona de estrato alto al enfrentarse a un caso de cultura de la cancelación puede tener mayor formación académica y dominio del lenguaje, lo que les permite explicarse mejor o argumentar a su favor. Otro punto a tener en cuenta son los contactos con diferentes medios, abogados e influenciadores, por último está el capital económico el cual sirve para tener acceso a asesorías legales, control de daños o incluso reubicación social o profesional. En cambio una persona de estrato bajo puede no saber cómo responder a una acusación pública, tiene menos posibilidades de controlar la narrativa y por último puede quedar excluido social o laboralmente sin posibilidad de redención ni defensa justa. La cultura de la cancelación suele estar muy vinculada al uso de un lenguaje políticamente correcto que no siempre está al alcance de todas las personas, especialmente de quienes no
han tenido acceso a una formación que les enseñe los códigos actuales del discurso inclusivo o decolonial.
Así, personas de estratos bajos pueden cometer errores por desconocimiento, no por mala intención, y aun así ser castigadas de forma desproporcionada, lo que refleja una forma de discriminación simbólica.
En el aula de clase de grado 11 de una institución educativa pública de la ciudad de Pereira se presenta mucho situaciones de ridiculización y presión social en algunos estudiantes cuando realizan preguntas “obvias” o que tienen respuesta simple luego de que un tema haya sido explicado, incluso, posteriormente de que se explica otra parte del tema, estos estudiantes realizan aportes bastante interesantes, pero es tanta la presión e indiferencia que los demás compañeros demuestran con ellos por su equivocación anteriormente presentada que tratan de censurarlos gritandoles, diciendo que se callen, que sus aportes no sirven de nada, y por ejemplo uno de ellos que tiene afinidad con el contenido virtual japones o denominado otaku le han expresado que su opinión no importa al tener relación con este contenido. Los estudiantes son afectados limitando su capacidad de expresarse libremente, esto ha generado un ambiente donde los alumnos temen compartir sus opiniones por miedo a ser rechazados o expuestos en las diferentes aulas de clase, o incluso la institución, a pesar de que en el aula de tecnología se ha estado trabajando desde estas problemáticas e incluso tomando como ejemplo estas situaciones para que los demás estudiantes sean conscientes del daño que están ocasionando, al tener la oportunidad de volver a cometer estos actos en otras aulas de clase no es desaprovechada ya que los compañeros afectados siguen expresando su inconformidad.
Además de eso la desmotivación que se está presentando puede afectar su desarrollo personal y académico porque ya no participan de actividades como debates o foros de expresión en diferentes temas, incluso la institución cuenta con un programa piloto tipo de Modelo de Naciones Unidas donde los estudiantes toman el papel de un representante de cada país y se genera un debate por diferentes situaciones a nivel global, es tanta la desmotivación que ya no les interesa participar en estas actividades tan importantes que han sido insignia de la institución, se ha presentado también problemas por la inclusión de temas y autores considerados controvertidos en algunos aspectos, por ejemplo hay autores de libros o artículos que no se han podido trabajar porque en su momento realizaron declaraciones que
no van de la mano con algunas ideologías representadas en algunos estudiantes y esto restringe el debate en el aula, impidiendo la exploración de ideas complejas y reduciendo la diversidad de pensamiento.
Como consecuencia, la educación pierde su capacidad de fomentar el pensamiento crítico, ya que los debates y discusiones se evitan para prevenir conflictos o represalias, se está generando un aprendizaje basado en la conformidad de no dar ideas, de no tomar un rol, de tomar una representación porque sí y no darle importancia como debe de ser, se está dejando de lado la reflexión y el análisis.
En este sentido, la normalización de los discursos de odio y el poco interés de los estudiantes que no hacen parte de las dinámicas o actividades que representan el uso de los diferentes mecanismos para, molestar o censurar a sus compañeros y que aún al ver esta situación en el aula, no notifican, no se expresan, no advierten o en mayor medida no denuncian la situación a las autoridades educativas pertinentes se les considera actores pasivos y al serlo están afectando la enseñanza y la libertad de expresión, sino que también están limitando el crecimiento intelectual de los estudiantes, debilitando el propósito fundamental de la educación: formar ciudadanos capaces de argumentar, cuestionar y comprender distintas perspectivas en un entorno de respeto y apertura.
A modo de conclusión, en el aula de clase de grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, la cultura de la cancelación se manifiesta como un fenómeno que, aunque nace con la intención de promover justicia social, termina por limitar la libertad de expresión, generar autocensura y debilitar el pensamiento crítico entre los estudiantes. Esta dinámica se desarrolla a través de etiquetas sociales, burlas, exclusión simbólica y censura informal, muchas veces motivadas por diferencias ideológicas, errores de lenguaje o intereses culturales específicos, afectando especialmente a estudiantes de estratos bajos, quienes carecen de los recursos simbólicos y materiales para defenderse. En este contexto educativo, la cultura de la cancelación adquiere formas similares a la censura tradicional, pero con un carácter descentralizado y viral, donde los juicios sociales sustituyen el diálogo y el disenso por la condena. Esto ha generado un ambiente en el que se normalizan discursos de odio disfrazados de corrección moral, se restringen debates importantes, se desmotiva la participación en espacios formativos clave como debates, foros o modelos de Naciones Unidas, y se bloquea el acceso a autores o temas considerados controversiales. La falta de acción de quienes observan estas situaciones, sumado al temor de ser cancelados, convierte a
algunos estudiantes en actores pasivos, lo cual no solo perpetúa la problemática, sino que debilita gravemente el objetivo fundamental de la educación: formar sujetos reflexivos, capaces de construir conocimiento desde la diferencia, la argumentación y el respeto. ¿De qué forma se desarrolla la cultura de la cancelación en el aula de clases de grado 11B en la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutierrez y qué implicaciones tiene en la normalización de los discursos de odio en los contextos educativos? Justificación Hay muchos casos de estudiantes o jóvenes desmotivados a la hora de estudiar, es necesario descubrir las causas o razones por las que este tipo de situaciones se siguen presentando constantemente, porque no es que un joven tome la decisión de dejar de estudiar y ya, hay que comprender que existe un contexto familiar, social, cultural y económico en el que están inmersos y no les dejarían tomar esta decisión tan fácilmente.
Entonces es bastante importante identificar estos patrones de comportamiento, porque ante la poca participación, la falta de motivación de un estudiante afectado es importante entrar a identificar, describir y explicar las causas para poder comprender los mecanismos que se están desarrollando y sus posibles consecuencias, porque si bien una cancelación no deja de ser algo negativo, cada mecanismo de cancelación puede llevar a situaciones graves en mayor medida o situaciones normales en menor medida.
Se están presentando graves consecuencias en la salud emocional y psicológica de los estudiantes que son víctimas de cancelación ya que pueden experimentar ansiedad, depresión o problemas de autoestima, es necesario, nuevamente, conocer y comprender los diferentes mecanismos que se están empleando para que ocurran estas situaciones y poder intervenir a tiempo ya sea con programas o acompañamiento por parte de docentes o personal de la salud para así evitar afectar el rendimiento académico y su bienestar dentro del entorno escolar. Culturalmente es necesario trabajar y analizar para poder obtener una amplia comprensión de realidad social y cultural de los diferentes entornos en los que el estudiante se encuentra inmerso, puede ser familiar, personal, intrapersonal y así mismo tener presente como ese contexto está afectando el entorno educativo del estudiante.
Ya que la educación no ocurre de forma aislada, sino en constante diálogo con las realidades sociales, familiares, personales e intrapersonales que conforman su vida cotidiana. Comprender esta complejidad permite no sólo contextualizar sus comportamientos, actitudes y formas de aprendizaje, sino también identificar las dinámicas de exclusión, presión social o autocensura que puedan estar afectando su desarrollo académico y personal. Cada estudiante llega al aula con una carga simbólica y emocional que ha sido moldeada por su entorno: los valores familiares, las condiciones económicas, la influencia de los medios, las redes sociales, sus vivencias personales e incluso su propia percepción de sí mismo. Por ejemplo, un estudiante que vive en un contexto de violencia intrafamiliar, precariedad económica o estigmatización cultural, probablemente enfrente mayores barreras para participar activamente en clase, expresar su opinión o sentirse validado en su identidad. De igual forma, si su entorno promueve ideas intolerantes, prejuiciosas o excluyentes, esto puede reflejarse en sus interacciones escolares, convirtiendo al aula en un espacio conflictivo si no se aborda con una mirada crítica y formativa.
Desde esta perspectiva, el contexto social del estudiante no puede ser visto como un dato externo, sino como un factor estructural que incide directamente en su desempeño, su motivación y su integración en la vida escolar. Por ello, los procesos pedagógicos deben incluir estrategias de análisis cultural y de acompañamiento psicosocial que ayuden a los docentes a reconocer esas realidades múltiples y actuar en consecuencia, con empatía, conciencia social y responsabilidad pedagógica.
Comprender cómo estos contextos afectan el entorno educativo es esencial para construir espacios inclusivos, seguros y transformadores, donde el estudiante no solo aprenda contenidos académicos, sino que también pueda resignificar sus experiencias, fortalecer su autoestima y proyectarse como sujeto activo dentro de su comunidad. Solo a través de una educación sensible al contexto, que articule lo personal con lo colectivo y lo individual con lo estructural, será posible formar ciudadanos críticos, capaces de comprender y transformar las realidades que los rodean.
También es importante tener presente que los mecanismos pueden cambiar con el paso del tiempo, por lo cual es necesario estar a la vanguardia para poder contrarrestar estas situaciones negativas.
En un mundo cada vez más interconectado y dinámico, los mecanismos de control social, como la cultura de la cancelación, evolucionan constantemente. Lo que antes era una crítica o un señalamiento individual, hoy puede convertirse en una oleada colectiva de rechazo público, amplificada por las redes sociales y replicada incluso en espacios educativos. Por esta razón, es fundamental que tanto docentes como instituciones estén a la vanguardia de estos nuevos mecanismos, no solo para reconocerlos a tiempo, sino también para desarrollar estrategias pedagógicas que permitan contrarrestar sus efectos negativos y proteger el proceso formativo de los estudiantes.
Estar a la vanguardia implica comprender que la cultura de la cancelación no es estática: se adapta a los lenguajes, códigos y plataformas digitales que dominan la comunicación juvenil. Surgen nuevas formas de exclusión simbólica, desde etiquetas virales hasta linchamientos digitales disfrazados de activismo, que muchas veces escapan del radar de los adultos o del protocolo institucional tradicional. Si el sistema educativo no actualiza su mirada, corre el riesgo de quedar rezagado frente a estas dinámicas, permitiendo que la censura, la humillación o el silenciamiento se naturalizan dentro del aula.
Así mismo, anticiparse a estos cambios permite generar ambientes de aprendizaje donde se fomente la reflexión ética, el diálogo respetuoso y la gestión emocional, en lugar de la condena inmediata. Los docentes, al estar informados y actualizados, pueden guiar a los estudiantes en la identificación crítica de estas prácticas, promoviendo una cultura del respeto que no renuncie a la responsabilidad ni al disenso, pero que lo haga desde el reconocimiento de la dignidad del otro.
Por tanto, estar a la vanguardia no significa solamente conocer las nuevas formas que toma la cancelación, sino también formar ciudadanía digital, ética comunicativa y pensamiento crítico. Esto permitirá que el aula se transforme en un espacio seguro donde el error no sea motivo de exclusión, y donde la diversidad de pensamiento sea vista como una oportunidad para crecer, no como una amenaza a silenciar.
Objetivo general Analizar cómo se desarrollan los mecanismos de cancelación y censura entre los estudiantes del grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, con el fin de comprender sus dinámicas internas, sus consecuencias sociales, culturales y psicológicas, y
su relación con la normalización de los discursos de odio en el contexto educativo colombiano.
Objetivos específicos 1. Describir las diferentes dinámicas y mecanismos de cancelación y censura empleados por los estudiantes en el aula de clase 11B de la institución educativa Alfonso Jaramillo Gutierrez 2. Identificar las consecuencias sociales, culturales y psicológicas que se desarrollan en un estudiante cancelado o censurado en el aula de clase 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutierrez 3. Explicar cómo este tipo patrones utilizados social y culturalmente para cancelar han normalizado los discursos de odio en la educación
Capítulo 2: Marco referencial Estado del arte La cultura de la cancelación apareció en las esferas sociales como una herramienta para responsabilizar individuos o figuras públicas que realizaban comentarios disfrazados de discursos de odio, pero desafortunadamente ha tenido una transformación negativa que la ha convertido en un mecanismo para crear juicios públicos apresurados, censurar y bloquear todos aquellos espacios que fomenten el libre pensamiento, la diversidad cultural y la elección de puntos de vista, bajo la pretenciosa justicia social de hacer lo políticamente correcto.
Analizarla requiere un enfoque multidisciplinario que articule reflexiones éticas, filosóficas, jurídicas, comunicacionales y sociológicas para que en cierto punto se comprenda que efectos puede generar en la educación, por ejemplo. La cultura digital, mediada por redes sociales, actúa como un amplificador de estas conductas y mecanismos trascendiendo el ámbito virtual e insertándose en las relaciones cara a cara en el aula, que en cierto punto es lo que más está afectando cuando se ven estudiantes teniendo un montón de conflictos por un simple comentario en redes sociales, comprender el fenómeno de la cultura de la cancelación y su impacto en el aula de clase no es nada sencillo ya que es necesario describir, las dinámicas y mecanismos de cancelación y censura empleados en el aula de clase, así mismo identificar las consecuencias éticas, culturales y psicológicas para finalmente explicar explicar cómo estos patrones han normalizado los discursos de odio.
Complementariamente, el artículo de Edixela Burgos y Gustavo Hernández Díaz La cultura de la cancelación ¿Autoritarismo de las comunidades de usuario? (2021) en la revista Comunicación (Nº 193) interpreta la cultura de la cancelación como una forma de autoritarismo horizontal, surgido en las comunidades digitales, pero que se traslada a otros espacios como el aula. Esta perspectiva refuerza la idea de que los propios estudiantes ejercen vigilancia simbólica entre sí, filtrando lo que se puede o no decir, lo que resulta en la eliminación de voces disonantes y la imposición de estudiantes que permiten normalizar los discursos de odio como medio de comunicación e interacción.
Así mismo la columna del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación “Estás cancelado”. La cultura de la cancelación y sus implicaciones sociales (2020) añade un enfoque comunicativo y psicosocial, subrayando que el castigo social inmediato que se
emplea en las aulas de clase, sin mediación, sin posibilidad de redención, genera consecuencias emocionales significativas hasta el punto de que estudiantes se autocensuran cuando tienen pensado realizar una participación lo que reproduce una lógica punitiva que afecta la formación moral de los jóvenes.
Con base a lo anterior, en una línea crítica, Breve pedagogía crítica contra la cultura de la cancelación, la columna de El Liberal (2020) plantea la necesidad de una pedagogía crítica contra la cultura de la cancelación, defendiendo la distinción entre equivocarse y ser culpable, y llamando a restaurar los valores del diálogo, la tolerancia y el error como parte natural del aprendizaje. Esta visión contribuye a pensar una educación ética basada en la apertura al disenso y la comprensión de la diversidad ideológica.
También es necesario tener presente que si la cultura de la cancelación se trabaja desde los enfoques mencionados anteriormente, es importante analizarlo de manera jurídica, comunicacional y sociológica ya que al ser una forma de censura informal por lo que Jorge Correcher Mira en su texto Discurso del odio y minorías: redefiniendo la libertad de expresión (2020) ofrece un enfoque jurídico-filosófico que permite problematizar la cancelación como un efecto desaliento (chilling effect) y el efecto silenciador en los sujetos vulnerados de libertad de expresión y cancelados por lo que estas categorías son esenciales para comprender cómo los estudiantes, frente al riesgo de ser excluidos, optan por el silencio o la conformidad, perdiendo oportunidades para construir pensamiento crítico. La obra de Costanza Rizzacasa La cultura de la cancelación en Estados Unidos (2023) ofrece un panorama crítico sobre el auge de la cultura de la cancelación en Estados Unidos, especialmente en contextos educativos, literarios y culturales. La autora evidencia cómo, bajo la bandera de la justicia social, se han implementado mecanismos que buscan reescribir los cánones culturales a partir de criterios actuales de corrección política. Sin embargo, esto ha conducido a una censura simbólica generalizada que no distingue entre intenciones ofensivas y errores contextuales, trasladando el enfoque del contenido al emisor. Esta tendencia, iniciada desde movimientos como #MeToo y Black Lives Matter, se ha desbordado hacia una lógica punitiva que sustituye el diálogo por el juicio inmediato. Este fenómeno se conecta directamente con lo que se describe en la investigación: una transformación de la cultura escolar donde la cancelación, lejos de construir espacios seguros para la expresión, termina generando exclusión y autocensura. Al igual que en el contexto
estadounidense, en el aula del grado 11B los estudiantes cancelados son víctimas de etiquetas, ridiculización y silenciamiento, no por transgresiones graves, sino por diferencias ideológicas, culturales o errores de expresión. El aula, en lugar de ser un espacio para el pensamiento crítico, se convierte en una "plaza pública" donde la corrección moral es más importante que el aprendizaje y el disenso.
Rizzacasa también problematiza el "safetyism", esa necesidad excesiva de proteger emocionalmente a los estudiantes, lo que termina infantilizándolos y evitando su exposición a la complejidad del mundo. En la investigación se observa un fenómeno similar: el miedo al error lleva a muchos estudiantes a evitar la participación, temiendo represalias sociales o simbólicas. Así como en el caso de los libros prohibidos en Estados Unidos por incluir temas incómodos, en tu institución se han evitado autores o textos por su carga ideológica, restringiendo la posibilidad de debate y diversidad de pensamiento. Otra conexión clave es la idea de que la cancelación no siempre protege a los vulnerables. En ambos contextos, quienes sufren las mayores consecuencias son precisamente aquellos con menos recursos simbólicos o sociales para defenderse. Como señala (Rizzacasa, 2023) en el caso de jóvenes cancelados por errores de lenguaje o contexto, tú también evidencias cómo estudiantes de estratos bajos, sin dominio del discurso políticamente correcto o sin redes de apoyo, terminan excluidos y estigmatizados. Así, una supuesta herramienta de inclusión se convierte en una nueva forma de discriminación simbólica.
Finalmente, tanto la tesis como el libro coinciden en advertir que la cancelación, al operar como un mecanismo de vigilancia simbólica, está debilitando el propósito fundamental de la educación: formar ciudadanos críticos, empáticos y capaces de comprender la diferencia. La cancelación no solo afecta emocionalmente a los estudiantes, sino que transforma el aula en un espacio de conformidad, miedo y silencio. En ambos casos, se propone como alternativa una pedagogía crítica que recupere el valor del diálogo, el error y la pluralidad como fundamentos del aprendizaje y la convivencia democrática.
Finalmente, la editorial de Johana Rojas Sierra, La cultura de la cancelación o la tiranía de la censura (2022) publicada en la Revista Filosofía UIS, conceptualiza la cancelación como una “tiranía de la censura” que, lejos de construir justicia, debilita el tejido democrático y bloquea la pluralidad discursiva. Algo que en el aula de clase se ha perdido a lo largo de los años, menos estudiantes interesados en el debate abierto, en el interés de participar en programas
educativos que puedan potenciar su discurso, discurso que en el transcurso de la vida puede formar su personalidad y su pensamiento crítico a la hora de ver la vida. Su aporte resalta la urgencia de recuperar el aula como un espacio de formación ciudadana, donde el pensamiento crítico pueda desarrollarse sin miedo a la exclusión moral.
Para concluir de manera reflexiva es necesario comprender y situar la cultura de la cancelación como un fenómeno social complejo que reconfigura las relaciones de poder y expresión dentro del aula, las distintas miradas que se puedan tener, ya sea como periodistas, investigadores, docentes, directivos…etc. Todas deben coincidir con un punto primordial y es que la cancelación, si no se comprende críticamente, pone en riesgo el principio pedagógico del diálogo y convierte la educación en un espacio de silenciamiento y temor. Con base a lo anteriormente presentado por los diferentes autores en este estado del arte se puede apreciar una necesidad de ver la cultura de la cancelación como una problemática que va más allá del nivel social y afecta completamente lo educativo. Abordar la cultura de la cancelación en el ámbito educativo no es solo pertinente, sino urgente, debido a las profundas implicaciones que este fenómeno tiene sobre los procesos formativos, la libertad de expresión y el desarrollo del pensamiento crítico en las aulas. Aunque la cultura de la cancelación se originó en escenarios digitales y sociales más amplios, hoy en día se ha trasladado a espacios educativos donde adquiere nuevas formas y consecuencias. El aula, lejos de mantenerse como un entorno seguro para el aprendizaje y el disenso, puede transformarse en un espacio de vigilancia simbólica, sanción moral y exclusión ideológica. En este sentido, el sistema educativo no puede mantenerse al margen de una problemática que afecta la forma en que los estudiantes participan, se expresan, se relacionan y construyen conocimiento.
La cultura de la cancelación interfiere en la dinámica pedagógica al instalar mecanismos de censura informal que no provienen de una autoridad central, sino de las interacciones entre pares. Así, los estudiantes dejan de expresarse libremente por miedo a ser ridiculizados, etiquetados o excluidos, lo que genera una autocensura silenciosa pero poderosa. Esta situación socava los principios fundamentales de la educación democrática, como el derecho al error, el respeto por la diferencia y la posibilidad de construir ciudadanía crítica a través del diálogo y el debate. Además, al operar bajo la apariencia de justicia social, la cultura de la cancelación puede encubrir mecanismos discriminatorios que afectan con mayor intensidad a
estudiantes de contextos socioeconómicos vulnerables, quienes carecen de recursos simbólicos para defenderse y quedan expuestos a una violencia simbólica que debilita su desarrollo académico y emocional.
Desde esta perspectiva, el trabajo de investigación desarrollado en torno a la cultura de la cancelación en el aula de grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez representa un aporte significativo a la construcción de un estado del arte más robusto sobre este fenómeno en el contexto educativo. Este estudio no solo documenta experiencias concretas de cancelación en el ámbito escolar, sino que también propone una lectura crítica y situada que articula elementos sociológicos, comunicacionales, pedagógicos y culturales. A través del análisis de casos reales, se visibiliza cómo operan las dinámicas de exclusión simbólica, qué mecanismos las sostienen y cuáles son sus consecuencias tanto individuales como colectivas.
En un campo de estudio aún en consolidación, este texto contribuye a ampliar el enfoque sobre la cancelación más allá del activismo mediático o la cultura digital, ubicándola en la cotidianeidad de las relaciones escolares. Al hacerlo, invita a otros investigadores a explorar cómo se configuran los discursos de odio disfrazados de corrección política, cómo se normalizan las prácticas de silenciamiento, y cómo se pueden construir propuestas pedagógicas que recuperen el aula como espacio de formación ética, ciudadana y crítica. Este trabajo permite además establecer vínculos con autores clave como Jorge Correcher Mira, Edixela Burgos, Gustavo Hernández Díaz y Clifford Geertz, cuya inclusión fortalece teóricamente el análisis y abre nuevas rutas metodológicas y conceptuales. Para complementar, esta investigación no solo responde a una problemática urgente, sino que también inaugura un campo de reflexión necesario para pensar la educación en tiempos de hiperconectividad, justicia performativa y sensibilidad moral extrema. Abordar la cultura de la cancelación en la escuela es indispensable para garantizar una educación verdaderamente transformadora, donde todos los estudiantes puedan ser escuchados, reconocidos y formados en el valor del disenso, la empatía y el respeto por la pluralidad. Si en nuestro rol como docente no dimensionamos profundamente esta problemática el aula de clase se convertiría en una plaza de linchamiento publico y no como debería ser principalmente defendida, como un lugar de encuentro, error, discusión y crecimiento.
Vínculo Marco teórico La selección de las categorías Cultura, Discursos de odio y Cultura de la cancelación en el presente trabajo de investigación no es aleatoria, sino resultado de una reflexión progresiva que parte de la necesidad de comprender cómo ciertas dinámicas simbólicas y discursivas están reconfigurando las relaciones interpersonales y pedagógicas dentro del aula. En el caso específico del grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, se evidencian fenómenos de exclusión, silenciamiento y juicio colectivo que no pueden entenderse únicamente como conflictos entre estudiantes, sino como expresiones de un fenómeno sociocultural más amplio.
En primer lugar, la categoría Cultura se hace indispensable para interpretar el aula no solo como un espacio físico o académico, sino como un escenario simbólico donde se producen, negocian y disputan significados. Desde una perspectiva interpretativa como la de (Clifford Geertz, 1973) se entiende que las prácticas escolares están cargadas de sentidos que reflejan normas sociales, jerarquías y formas de pertenencia o exclusión. Esta mirada permite abordar las acciones de los estudiantes desde una burla hasta una etiqueta como actos cargados de simbolismo, que expresan y refuerzan lo que el grupo considera aceptable o condenable. En segundo lugar, la categoría Discursos de odio se incorpora para dar cuenta de cómo ciertas formas de comunicación que aparentan corrección o justicia pueden encubrir prácticas de violencia simbólica. El discurso de odio no siempre se manifiesta de forma explícita, sino que esta cubierto en mecanismos informales como la cancelación, generando consecuencias que restringen la libertad de expresión y desincentivan la participación. (Correcher Mira, 2020) En el entorno escolar, este tipo de discurso se reproduce cuando los estudiantes ridiculizan, excluyen o castigan a sus pares por tener opiniones distintas, intereses no normativos o por cometer errores discursivos, generando un clima de temor y conformidad. Por último, la categoría central de esta investigación: la Cultura de la cancelación, se presenta como un fenómeno que articula las dimensiones culturales y discursivas ya mencionadas. Nacida en entornos digitales como mecanismo de justicia simbólica, la cancelación ha trascendido el espacio virtual para instalarse en contextos cotidianos como el aula. Lejos de promover un diálogo formativo, se convierte en una práctica de vigilancia horizontal donde se penaliza el disenso, se refuerzan jerarquías morales y se restringe la pluralidad ideológica.
En este proceso, los estudiantes internalizan criterios de corrección moral que muchas veces excluyen a quienes no se ajustan a lo políticamente aceptado.
La convergencia de estas tres categorías permite construir una lectura crítica y compleja del fenómeno observado. Cultura explica el trasfondo simbólico; Discursos de odio ilumina las formas de exclusión encubierta; y Cultura de la cancelación permite comprender la práctica concreta que articula ambos niveles. Juntas ofrecen un marco conceptual robusto para analizar cómo se están configurando nuevas formas de censura simbólica que, bajo la apariencia de justicia, erosionan los principios de diálogo, aprendizaje y ciudadanía en el ámbito educativo.
Cultura Desde la perspectiva interpretativa de (Clifford Geertz 1973), la cultura puede entenderse como un conjunto de normas externas que regulan la conducta y como un sistema de significados compartidos que los seres humanos utilizan para dar sentido a su experiencia social… En este sentido, cuando un estudiante es cancelado por sus opiniones, no estamos ante una simple sanción social, sino frente a una reconfiguración del significado de lo aceptable, lo correcto y lo legítimo dentro del grupo. La cultura de la cancelación, entonces, opera como una narrativa colectiva que redefine los límites de la participación, estableciendo qué voces merecen ser escuchadas y cuáles deben ser silenciadas, basándose en un consenso tácito que rara vez se cuestiona.
En el aula, esta dinámica cultural puede producir un ambiente en el que el miedo al juicio del grupo lleva a los estudiantes a adoptar posturas que no necesariamente representan sus ideas reales, sino aquellas que se ajustan a los significados dominantes. Así, el espacio educativo deja de ser un escenario de exploración y construcción de sentido compartido para convertirse en una vitrina de validación social, donde el valor de una intervención depende más de su sintonía con lo “aceptable” que de su contenido reflexivo. Este fenómeno empobrece el diálogo pedagógico y refuerza estructuras de exclusión simbólica, debilitando la posibilidad de formar ciudadanos críticos capaces de convivir con la diferencia. La interpretación cultural de (Geertz, 1973) nos invita, entonces, a repensar la educación no como la imposición de una única verdad, sino como un proceso de negociación de significados donde todas las voces puedan tener lugar.
Principalmente podríamos sostener que la cultura es un “texto” que puede leerse, descifrarse y analizarse, en tanto que las acciones humanas están cargadas de simbolismo y sentido (Geertz, 1973). Bajo esta premisa, el aula de clase se convierte en un escenario donde los estudiantes no solo aprenden contenidos académicos, sino que también producen, reproducen y negocian sentidos culturales en sus interacciones cotidianas.
Aplicar esta visión a la problemática de la cultura de la cancelación en el aula permite entender que los actos de censura, ridiculización o silenciamiento no son simples comportamientos aislados, sino expresiones simbólicas profundamente enraizadas en el entramado cultural del grupo. Cómo podríamos decir que las prácticas sociales deben interpretarse como “actos significativos” que reflejan sistemas de valores, temores y jerarquías. (Geertz,1973) Así, cuando un estudiante es etiquetado, marginado o silenciado por sus opiniones, gustos personales o errores, se está poniendo en juego un lenguaje cultural que define quién tiene derecho a hablar, quién puede equivocarse y quién merece ser escuchado.
En ese sentido, el fenómeno de la cancelación escolar se inscribe en una lógica simbólica que organiza el poder dentro del aula. Tal como evidencian las dinámicas observadas en grado 11B, los estudiantes han internalizado ciertos esquemas de valoración cultural —relacionados con lo "correcto", lo "aceptable" o lo "digno de ser oído"— que reproducen formas de exclusión. El “discurso cancelador” se convierte así en un ritual simbólico mediante el cual se refuerzan identidades dominantes y se minimizan aquellas que se desvían del canon normativo. Esta práctica no solo limita la expresión individual, sino que configura un campo de significación donde el miedo, la autocensura y el conformismo se normalizan como estrategias de supervivencia cultural.
(Geertz, 1973) advierte que para comprender la cultura no basta con observar lo que la gente hace, sino que es necesario interpretar lo que esos actos significan para quienes los realizan. De allí que el uso de etiquetas, el señalamiento moral o la burla reiterada no deban verse simplemente como actos de “intolerancia juvenil”, sino como gestos cargados de sentido que permiten a los estudiantes posicionarse dentro del grupo, establecer jerarquías simbólicas y definir los límites del discurso legítimo. Esta mirada permite entender por qué la cultura de la cancelación no solo afecta emocionalmente a quienes son objeto de ella, sino que moldea la estructura misma del aula como espacio simbólico, limitando su potencial democrático y formativo.
Finalmente, interpretar el aula desde la antropología simbólica de Geertz revela que los discursos de odio que se normalizan a través de la cancelación no son accidentes comunicativos, sino síntomas de una cultura más amplia que prioriza el juicio sobre el diálogo, la sanción sobre la comprensión y la corrección política sobre la reflexión crítica. En este contexto, repensar la educación implica también desentrañar los símbolos que estructuran nuestras interacciones cotidianas y devolver al aula su carácter abierto, diverso y profundamente humano.
Discursos de Odio En esta línea, profundizar en que las implicaciones simbólicas y sociales de la cultura de la cancelación, operan como un mecanismo informal de censura que genera lo que denomina efecto desaliento o chilling effect (Correcher Mira 2020) que básicamente es el miedo a expresarse libremente por temor a represalias simbólicas. Esta forma de intervención cultural, aunque inicialmente motivada por discursos políticamente correctos, tiende a transformarse en una forma de violencia simbólica, especialmente cuando se aplica sin ofrecer espacios de defensa ni criterios contextuales. El juicio público reemplaza al diálogo racional, debilitando la posibilidad de una verdadera deliberación pedagógica.
El discurso de odio puede entenderse, a modo de reflexión, como una manifestación simbólica de violencia que va más allá de las ofensas directas o explícitas. Se enmascara muchas veces en acciones aparentemente legítimas —como la cultura de la cancelación— que, aunque parten de una intención ética, terminan por limitar la libertad de expresión. Este tipo de discurso no sólo excluye, sino que también silencia, imponiendo un miedo latente a opinar o disentir por temor a represalias sociales. Cuando el juicio colectivo sustituye el diálogo razonado, se pierde el sentido pedagógico del debate, y en su lugar emerge una forma sutil pero poderosa de coacción, que margina y castiga sin permitir defensa ni contexto. Así, el discurso de odio se revela no sólo en lo que se dice, sino también en lo que no se permite decir.
Cuando estas dinámicas se trasladan al aula, el fenómeno adquiere una dimensión a considerar. El espacio escolar, concebido como lugar de formación, se transforma en una “plaza pública de justicia” donde los estudiantes se autocensuran, inhibidos por el miedo a ser marginados. Esta presión social deteriora el clima educativo y normaliza discursos de odio encubiertos, dirigidos hacia aquellos considerados “diferentes” por sus opiniones,
características personales o posturas ideológicas. Así, el odio no se expresa necesariamente de forma explícita, sino que se manifiesta a través de la exclusión, la burla o la deslegitimación.
Esto se refleja en el aula de clase cuando hay estudiantes que expresan a diferentes docentes o administrativos sentirse excluidos de los diferentes espacios de opinión, o incluso llegando a alejarse de ellos porque consideran que su voz no será escuchada. Otro punto importante a considerar es “la normalización de la violencia simbólica: A través de burlas, deslegitimación o silencio cómplice, se perpetúan formas encubiertas de discriminación”, muchas veces dirigidas a quienes se consideran "diferentes" por sus ideas, género, religión, orientación sexual, origen étnico u otras características personales. La falta de desarrollo en habilidades socioemocionales es evidente cuando hay estudiantes a los cuales se les dirige la palabra y no tienen la capacidad de expresarse correctamente, evaden las diferentes preguntas, expresan no querer participar y lo más preocupante cuando incluso llegan a tener ataques de pánico, ataques de ansiedad etc… A esto se suma lo que se denomina efecto silenciador, en el que los estudiantes cancelados pierden su voz y su identidad en los espacios de participación académica y ciudadana (Correcher Mira, 2020). La cultura de la cancelación, al operar desde una lógica punitiva más que formativa, limita, según el autor, el ejercicio de la ciudadanía escolar, priva a los estudiantes de experiencias deliberativas y refuerza estructuras de exclusión. Como resultado, la educación pierde su carácter democrático y transformador, convirtiéndose en un espacio donde solo se valida la adhesión al consenso dominante, en lugar de promover la diversidad de pensamiento.
El aula en vez de ser un espacio de formación, se convierte en un terreno punitivo donde los estudiantes que expresan opiniones divergentes son etiquetados, marginados o directamente ignorados. Estos alumnos, al ser “cancelados”, pierden progresivamente su voz en los espacios de participación académica y ciudadana, viéndose privados de ejercer su derecho a opinar, disentir y construir conocimiento de forma activa.
La lógica que prima no es la del diálogo ni la del aprendizaje desde la diferencia, sino una lógica sancionadora que desincentiva la reflexión crítica y limita el desarrollo de una ciudadanía escolar plena. Lejos de generar una cultura del respeto y la comprensión, se
refuerzan estructuras de exclusión simbólica que replican, muchas veces sin ser percibidas, las mismas desigualdades sociales que la escuela debería transformar. De esta forma, la educación pierde su esencia democrática y su potencial emancipador. El aula deja de ser un espacio donde todas las voces tienen valor para convertirse en un escenario donde solo es válida la conformidad con el pensamiento dominante. La pluralidad es percibida como una amenaza y no como una riqueza, y los procesos formativos se empobrecen al reducirse a la repetición del consenso y no a la construcción colectiva del saber.
En consecuencia, urge recuperar la escuela como un lugar de encuentro, donde el disenso no sea castigado, sino valorado como una oportunidad para crecer, aprender y ejercer una ciudadanía crítica y activa.
Es necesario comprender que en todo el transcurso de esta investigación se hace un llamado urgente para repensar el fenómeno de la cancelación en clave pedagógica, ética y jurídica, reconociendo que sus efectos no solo comprometen la libertad de expresión, sino también el derecho a equivocarse, a disentir y a ser escuchado. Recuperar el valor del diálogo, la tolerancia y la pluralidad en el aula no es solo una tarea educativa, sino un acto político y cultural necesario para resistir los discursos de odio y restituir el sentido profundo de la educación como práctica de libertad.
Recuperar el valor del diálogo, la tolerancia y la pluralidad en el aula implica reconocer que la educación no es un acto neutral, sino profundamente político. En un contexto donde los discursos de odio amenazan con instalarse como formas válidas de interacción, defender el aula como un espacio de encuentro entre diferencias se convierte en una apuesta por lo democrático. Educar, entonces, es ejercer ciudadanía, es formar sujetos capaces de convivir con el disenso sin anular al otro. Es en este cruce entre lo político, lo democrático y lo educativo donde la escuela reafirma su papel transformador: no como reproductora de verdades únicas, sino como garante de voces múltiples que dialogan, se confrontan y se enriquecen mutuamente.
Cultura de la cancelación La cultura de la cancelación ha surgido como un fenómeno contemporánea de sanción simbólica, mediante la cual se desacredita o excluye socialmente a individuos cuyas
opiniones o comportamientos son considerados ofensivos o contrarios a los valores dominantes de un grupo. Aunque este fenómeno se origina en entornos digitales, pronto se ha proyectado hacia otros espacios sociales, especialmente el educativo, donde comienzan a replicarse sus lógicas de exclusión, vigilancia y corrección moral. Su expansión plantea interrogantes sobre los límites de la libertad de expresión y los riesgos de una participación social basada en el castigo y no en el diálogo.
En este sentido, hay autores que proponen una mirada crítica que redefine la cancelación como un tipo de autoritarismo horizontal, el cual tiene como concepto que esta se ejerce no desde instituciones, sino desde comunidades de usuarios interconectadas como puede suceder en aula de clase (Burgos y Hernández Díaz, 2021). Estos actores, actuando como jueces simbólicos, imponen límites a lo que puede o no decirse, dando lugar a lo que los autores denominan “filtros de señales”: mecanismos que silencian o neutralizan expresiones disonantes, heréticas o incómodas. Esta forma de control simbólico se traslada fácilmente al aula, donde los estudiantes comienzan a replicar estas dinámicas, etiquetando o ridiculizando a sus compañeros por pensar distinto o por asociarse con identidades no normativas. Así, lo que podría parecer un ejercicio de justicia social se transforma en una práctica de vigilancia entre pares, que genera un ambiente de autocensura y adhesión ideológica, donde el miedo al rechazo inhibe la participación auténtica. Esta dimensión emocional y simbólica que si la retomamos tomando como ejemplo el texto de (Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación, 2021), podríamos advertir que la cancelación se convierte en una forma de violencia simbólica, al exponer a quienes son “cancelados” a dinámicas de odio público que afectan su autoestima, generan ansiedad y deterioran su integración social. En el contexto escolar, estos efectos se profundizan al obstaculizar la interacción respetuosa y el desarrollo del pensamiento crítico, esenciales para una formación ciudadana efectiva. Frente a este panorama, algunos enfoques pedagógicos invitan a reflexionar sobre el papel de la educación en la contención de estos fenómenos. La columna “Breve pedagogía crítica contra la cultura de la cancelación” (El Liberal, 2020) nos puede llevar a comprender que es importante subrayar los peligros de convertir el error en motivo de condena moral, especialmente cuando los estudiantes están en proceso de formación. Cancelar a un compañero por sus ideas o equivocaciones refuerza una cultura del miedo, en la que se privilegia el silencio sobre el aprendizaje, y se penaliza la diferencia en lugar de promover la
comprensión mutua. Este escenario limita las posibilidades de diálogo, inhibe el pensamiento reflexivo y perpetúa una visión rígida del juicio moral.
De manera complementaria, utilizando la (Revista Filosofía UIS, 2022) como ejemplo, podemos señalar que esta cultura punitiva puede derivar en una auténtica “tiranía moral”, que impide disentir, bloquea la deliberación y sustituye el intercambio crítico por el señalamiento y la exclusión. En el aula, esto se traduce en la transformación del espacio educativo en un entorno de vigilancia simbólica, donde los estudiantes temen expresarse por temor a ser sancionados socialmente. Ante esta realidad, se hace urgente recuperar el valor del disenso, del error como oportunidad de aprendizaje, y del diálogo como herramienta para la convivencia democrática.
Todos los autores anteriormente mencionados coinciden en que la cultura de la cancelación es problemática, sobre todo en el ámbito educativo, donde se inhibe el pensamiento crítico y la participación estudiantil. Existe consenso en que este fenómeno se origina en la esfera digital pero se extiende al entorno escolar, afectando las dinámicas de convivencia, el diálogo y la formación ciudadana.
La obra (La cultura de la cancelación en Estados Unidos de Costanza Rizzacasa d’Orsogna 2022) resulta especialmente pertinente para comprender lo anterior y los orígenes, proyecciones internacionales del fenómeno que aquí se analiza. Desde su perspectiva crítica, la autora desentraña cómo la cultura de la cancelación, nacida en los márgenes de luchas sociales legítimas como el movimiento #MeToo o Black Lives Matter, ha evolucionado hacia una forma de censura simbólica que impone nuevas normas morales sin espacio para el disenso, el contexto o el aprendizaje. Esta dinámica se manifiesta particularmente en entornos educativos, donde el juicio social ha sustituido al diálogo, afectando la libertad académica y el pensamiento crítico.
Porque en el ámbito escolar estadounidense, esta cultura se expresa con la eliminación de textos clásicos del currículo, la creación de listas de libros “sospechosos” y la exclusión de autores por razones ideológicas o identitarias. Este tipo de prácticas refleja lo que la autora denomina “safetyism”, un modelo pedagógico centrado en evitar cualquier forma de incomodidad emocional, que si bien busca proteger, termina por debilitar la resiliencia y la capacidad de confrontar ideas complejas. Esta lógica encuentra eco en el aula de grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, donde el miedo a equivocarse o a ser
ridiculizado genera autocensura y desmotivación entre los estudiantes, afectando su participación activa en procesos formativos como debates o modelos de Naciones Unidas. La obra también pone en evidencia que quienes sufren más intensamente las consecuencias de esta cultura son aquellos que no dominan los códigos del discurso correcto o carecen de capital cultural para defenderse. Así como en Estados Unidos los jóvenes de contextos menos favorecidos son cancelados por errores de lenguaje sin intención ofensiva, en la institución educativa de estudio los estudiantes de estratos bajos enfrentan barreras similares: no solo se ven excluidos por sus opiniones o intereses personales, sino que también son etiquetados o deslegitimados simbólicamente, reforzando formas de discriminación que contradicen los valores de justicia social que supuestamente se quieren promover. Por otra parte, el texto anteriormente mencionado nos lleva a reforzar la idea de que la cultura de la cancelación no es exclusiva de una ideología. Diferentes sectores políticos y sociales la han instrumentalizado para imponer sus propias agendas (Rizzacasa, 2023) prohibiendo contenidos o voces que resultan incómodas a sus perspectivas. En la tesis, esta idea se materializa en el hecho de que algunos temas, autores o debates han sido restringidos en el aula por considerarse controvertidos, impidiendo así la pluralidad ideológica y limitando el alcance formativo de la educación. Como advierte la autora, el riesgo de este fenómeno es que se pierda de vista la sustancia del diálogo, privilegiando las formas sobre el contenido y la sanción sobre la comprensión.
En conclusión, la cultura de la cancelación descrita permite ampliar el análisis local hacia una perspectiva global, mostrando que este fenómeno responde a una transformación cultural más amplia que afecta las formas de interacción, expresión y convivencia en las aulas (Rizzacasa, 2023). Su obra nos puede llevar a confirmar que, lejos de ser una anécdota digital, la cancelación constituye una práctica de vigilancia simbólica que, si no se aborda críticamente desde la pedagogía, puede erosionar los pilares mismos de la educación democrática: el derecho a equivocarse, a disentir y a aprender desde el diálogo.
Hay una visión compartida de que, aunque se presenta como una forma de justicia social, en la práctica suele convertirse en censura, señalamiento moral y exclusión.
La postura en esta investigación es que la cultura de la cancelación, al trasladarse al ámbito escolar, deja de ser una simple reacción en redes sociales para convertirse en un fenómeno que impacta de manera directa el sentido ético y formativo de la educación. Comprenderla críticamente permite reconocer que no se trata de un problema individual o anecdótico, sino de una transformación cultural más amplia, donde la presión social, amplificada por las tecnologías digitales, redefine las formas de participación, expresión y construcción de ciudadanía dentro del aula.
Capítulo 3: Diseño metodológico La metodología de la investigación es el conjunto de procedimientos lógicos a través de los cuales se desarrolla el proceso científico, permitiendo alcanzar los objetivos propuestos en un proyecto de investigación. Se trata de un camino ordenado que vincula el problema de investigación con sus posibles soluciones, estableciendo técnicas, estrategias y enfoques adecuados para recolectar, analizar e interpretar datos. En este sentido, la metodología define tanto la ruta a seguir como los instrumentos para obtener un conocimiento riguroso, válido y confiable sobre un fenómeno de estudio.
Para Ruiz Olabuenaga podríamos decir que la metodología de la investigación no es simplemente un conjunto de técnicas, sino un proceso reflexivo que implica una relación entre teoría, realidad e interpretación. Es una forma de aproximarse al conocimiento social desde una mirada estructurada pero abierta al dinamismo del fenómeno estudiado, la metodología no se limita al uso de instrumentos, sino que constituye una actitud, una postura, una idea frente a la investigación (Olabuenaga, 1996) Dentro del campo académico, la metodología cumple una función esencial: garantizar que las conclusiones alcanzadas no sean producto del azar o de apreciaciones subjetivas, sino de un proceso sistemático que pueda ser explicado, replicado y validado. Cada metodología responde a una visión específica de la realidad y del conocimiento, por lo que elegir una implica también una postura epistemológica respecto al objeto de estudio. Así, en investigaciones sociales, la metodología no solo organiza el trabajo del investigador, sino que también interpreta las complejidades de los fenómenos humanos desde distintas perspectivas, ya sea explorando significados subjetivos o buscando patrones generalizables. Investigación Cualitativa La investigación cualitativa es un enfoque metodológico que busca comprender fenómenos sociales y culturales desde la perspectiva de los propios actores involucrados. Su interés se centra en explorar significados, experiencias, narrativas y construcciones simbólicas, más que en medir o cuantificar variables. Este tipo de investigación se caracteriza por su flexibilidad, su atención al contexto y su apuesta por métodos abiertos como entrevistas, grupos focales, observaciones o análisis de discursos. El objetivo principal es interpretar cómo las personas viven, sienten y dan sentido a su realidad, es comprender el sentido de las acciones humanas
en sus contextos naturales permitiendo así una comprensión profunda de procesos sociales complejos. (Olabuenaga, 1996) La cualitativa no busca generalizar los resultados a poblaciones amplias, sino más bien obtener un conocimiento rico y matizado de fenómenos específicos en situaciones particulares a lo cual Ruiz llamaría marco de referencia que se utiliza para definir sus acciones.
Investigación Cuantitativa Por otro lado, la investigación cuantitativa se orienta al estudio de fenómenos mediante la recolección y el análisis de datos numéricos. Parte de hipótesis específicas que busca probar o refutar a través de instrumentos estandarizados como encuestas, experimentos o análisis estadísticos. La finalidad es identificar patrones, establecer relaciones entre variables y formular leyes o principios generales. El enfoque cuantitativo se basa en la objetividad, la replicabilidad y la posibilidad de generalizar los resultados a una población más amplia. Mientras la cualitativa indaga en significados y experiencias, la cuantitativa se centra en medir frecuencias, intensidades y correlaciones, empleando métodos estadísticos rigurosos para garantizar la validez y confiabilidad de los hallazgos.
Tipo de investigación: Cualitativa En el caso de esta tesis, el tipo de investigación es cualitativa. Esto se debe a que el objetivo no es medir estadísticamente la cultura de la cancelación en el aula, sino comprender cómo se desarrolla este fenómeno, qué significados tiene para los estudiantes, cómo afecta sus emociones, sus relaciones sociales y sus procesos de aprendizaje. La investigación busca interpretar las dinámicas simbólicas, los discursos y las vivencias que emergen en el contexto del grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, desde la propia perspectiva de los actores involucrados. Por lo tanto, la mirada cualitativa resulta la más adecuada, ya que permite capturar la complejidad de los fenómenos sociales en su riqueza y profundidad.
Esto concuerda con lo que se considera investigación cualitativa porque la investigación cualitativa busca significados, comprensiones e interpretaciones en contextos sociales determinados. (Ruiz Olabuenaga, 2012)
1. Analiza un fenómeno social complejo (la cultura de la cancelación)
La cultura de la cancelación es un fenómeno sociocultural que implica dinámicas de juicio, exclusión simbólica y construcción de sentido colectivo sobre lo que se considera aceptable o no en términos morales o ideológicos. Este tipo de fenómeno no puede ser reducido a cifras, ya que involucra dimensiones subjetivas como la percepción, la emoción y la interpretación. Por eso, se requiere un enfoque cualitativo que permita comprender las significaciones que los sujetos construyen en torno a este fenómeno, en sus propias palabras y vivencias.
2. Se enfoca en un grupo específico en un contexto natural (el aula)
La investigación está delimitada a estudiantes de grado 11B de una institución educativa concreta, lo cual permite realizar una inmersión en su contexto real. Tomando como ejemplo el enfoque cualitativo puede partir del principio de contextualización porque los fenómenos deben ser comprendidos en el marco de su propia lógica y realidad. (Ruiz Olabuenaga, 2012) En este caso, el aula no es solo el lugar físico, sino el escenario donde se tejen relaciones, discursos y tensiones sociales que son necesarias interpretar desde dentro.
3. Pretende comprender significados desde las voces de los actores (estudiantes)
El propósito no es medir cuántos estudiantes cancelan o son cancelados, sino cómo entienden, viven o reproducen ese proceso. La intención de captar los sentidos subjetivos que los actores le dan a sus propias acciones es lo que define esencialmente una investigación cualitativa. Como señala Ruiz: “La comprensión del significado de las acciones sociales desde el punto de vista de los actores es el núcleo de la investigación cualitativa” (Olabuénaga, 2012, 331p).
Esto implica que el conocimiento no se impone desde el exterior, sino que se co-construye desde las voces, narrativas y experiencias de quienes participan en la investigación. Objeto de estudio y acercamiento cualitativo El objeto de estudio es la manifestación de la cultura de la cancelación en el aula de clase del grado 11B, particularmente en relación con las dinámicas de censura simbólica, exclusión y silenciamiento que afectan a los estudiantes. El acercamiento cualitativo a este objeto implica escuchar atentamente las voces de los jóvenes, interpretar sus relatos, comprender sus emociones y reconstruir los sentidos que le otorgan a las experiencias de cancelación. No se
trata sólo de describir hechos externos, sino de adentrarse en el tejido simbólico de la vida escolar para comprender cómo opera la cancelación como fenómeno social y cultural. Este enfoque permitirá captar las tensiones, ambigüedades y contradicciones que atraviesan el aula como espacio de conflicto y construcción simbólica Métodos cualitativos: Grupos Focales, Fenomenología y Análisis del Discurso Introducción En el desarrollo de una investigación de corte cualitativo, como lo es el presente estudio sobre la cultura de la cancelación en el aula de clase, es fundamental considerar los diversos métodos que pueden contribuir a una comprensión profunda, contextualizada y significativa del fenómeno. Cada enfoque metodológico ofrece herramientas particulares para captar las múltiples dimensiones de la experiencia humana, especialmente en contextos educativos donde los discursos, las emociones y las relaciones sociales juegan un papel central. La elección de los métodos no debe ser arbitraria, sino coherente con los objetivos del estudio, el enfoque interpretativo y la naturaleza del objeto de investigación. Por esta razón, a continuación se presentan y analizan algunos métodos cualitativos especialmente pertinentes para este trabajo, los cuales permiten acceder a las voces, vivencias y representaciones de los estudiantes, así como interpretar las formas en que se construyen y reproducen prácticas discursivas asociadas a la cancelación.
Por su parte, los grupos focales ofrecen la oportunidad de generar un espacio de diálogo entre los estudiantes donde puedan debatir y reflexionar colectivamente sobre sus posturas frente a la cultura de la cancelación. Este método facilita la interacción y permite observar cómo se construyen consensos, disensos y discursos colectivos, aspectos fundamentales en el estudio sobre dinámicas discursivas en el aula. La riqueza del grupo focal reside en que no solo recoge opiniones individuales, sino cómo estas se configuran y transforman en la conversación grupal.
La etnografía y la fenomenología se complementan al buscar una comprensión profunda de la experiencia vivida en el contexto real. La etnografía te permitiría una inmersión en el aula para observar las relaciones sociales, normas y comportamientos que configuran la cultura de la cancelación desde dentro. En cambio, la fenomenología se centra en comprender cómo los estudiantes experimentan dicho fenómeno, accediendo a la "esencia" de esa vivencia. Ambas
metodologías valoran la perspectiva de los sujetos y permiten interpretar las prácticas en su propio contexto.
Finalmente, métodos como la teoría fundamentada, el análisis del discurso y la semiótica-semiología son útiles para el tratamiento y análisis de los datos recogidos. La teoría fundamentada permite construir categorías interpretativas emergentes a partir de los discursos estudiantiles, sin imponer marcos teóricos previos. El análisis del discurso examina cómo el lenguaje utilizado por los estudiantes refleja relaciones de poder, juicios morales y mecanismos de exclusión. Por su parte, la semiología permite analizar los signos, símbolos o gestos presentes en la comunicación dentro del aula o incluso en plataformas digitales, si tu estudio incluye ese componente. Estas herramientas refuerzan tu enfoque cualitativo, interpretativo y centrado en la construcción de significados.
Método seleccionado Grupos Focales El método de grupos focales constituye una técnica cualitativa clave para el estudio de fenómenos sociales, especialmente cuando se busca comprender las percepciones, valores, actitudes y discursos de un grupo en torno a un tema específico. En el caso de esta investigación, centrada en la comprensión de la cultura de la cancelación en el aula de clase, los grupos focales se presentan como una herramienta idónea para explorar las dinámicas colectivas que emergen entre los estudiantes de grado 11B frente a situaciones de juicio, exclusión o sanción simbólica.
La riqueza de esta técnica radica en que no se limita a recoger opiniones individuales, sino que promueve la interacción entre los participantes, lo que permite observar cómo se construyen los significados de manera compartida. Este componente interactivo es fundamental en una investigación que busca interpretar cómo los jóvenes comprenden, reproducen o critican los mecanismos propios de la cultura de la cancelación. Tal como lo señala José Ignacio Ruiz Olabuenaga, los grupos focales permiten “captar significados compartidos y las dinámicas de interacción entre sujetos dentro de contextos naturales de comunicación” (Ruiz Olabuenaga, Metodología de la investigación cualitativa, 2012, p. 105).
Además, los grupos focales son particularmente útiles en estudios donde el fenómeno a investigar está cargado de componentes éticos, emocionales o simbólicos, como ocurre con la cancelación. A través de esta metodología, es posible captar los matices del lenguaje, las emociones expresadas, los silencios, los consensos tácitos o explícitos y las tensiones discursivas que se generan cuando los estudiantes abordan temas sensibles o polémicos. Esto no solo enriquece la interpretación de los datos, sino que también permite comprender mejor cómo se gestan procesos de exclusión o resistencia en espacios educativos. Finalmente, el uso de grupos focales está alineado con el enfoque hermenéutico de la investigación, ya que parte de la premisa de que los significados no están dados de antemano, sino que se construyen en la interacción. A través de sesiones cuidadosamente diseñadas y facilitadas, este método te permitirá recoger discursos auténticos y espontáneos que iluminen las formas en que los estudiantes entienden y se posicionan frente a los mecanismos de cancelación que circulan en su entorno escolar.
Técnicas de recolección de datos: Observación y Entrevistas Observación La observación es una técnica cualitativa esencial dentro de la investigación social, ya que permite registrar de forma directa y sistemática los comportamientos, interacciones, gestos y dinámicas que se desarrollan en el contexto natural del fenómeno estudiado. Según José Ignacio Ruiz Olabuenaga, la observación cualitativa se caracteriza por su enfoque abierto, flexible y contextual, lo cual la hace especialmente adecuada cuando se busca "la aprehensión significativa de las realidades humanas en sus propios escenarios vitales" (Metodología de la investigación cualitativa, 2012, p. 123). En el caso de esta investigación, que aborda la cultura de la cancelación en el aula de grado 11B, la observación resulta una herramienta valiosa para captar formas sutiles de exclusión, silenciamiento, gestos de desaprobación o comentarios que, aunque breves o implícitos, revelan actitudes vinculadas al fenómeno investigado.
Existen principalmente dos tipos de observación cualitativa: la observación participante y la observación no participante. En la observación participante, el investigador se involucra activamente en el contexto observado, interactuando de alguna manera con los sujetos, lo cual le permite obtener una comprensión más empática y desde dentro de las dinámicas sociales. Esta modalidad es útil cuando se pretende comprender los significados compartidos
por el grupo y las reglas no escritas que regulan su conducta. Por otro lado, la observación no participante implica que el investigador adopta una posición externa al grupo observado, limitándose a registrar los hechos sin intervenir directamente. Esta estrategia busca mantener una distancia analítica que evite alterar el comportamiento de los sujetos, lo cual puede ser útil cuando se desea una mirada más objetiva o cuando la participación directa podría influir negativamente en el entorno observado.
En el marco de esta investigación, que busca interpretar las formas en que los estudiantes ejercen, experimentan o rechazan la cultura de la cancelación, se considera más pertinente la observación no participante, ya que permite al investigador integrarse parcialmente al contexto escolar sin perder la capacidad analítica. Este tipo de observación facilitará el reconocimiento de matices expresivos como miradas, silencios prolongados, cambios en el tono de voz o microgestos que, aunque no siempre verbalizados, son altamente significativos en interacciones marcadas por tensiones sociales y simbólicas. Además, al establecer cierta familiaridad con el grupo, se incrementan las posibilidades de captar comportamientos naturales, disminuyendo el efecto de la presencia del observador como figura externa. La observación, al ser aplicada de manera reflexiva y sistemática, permitirá enriquecer los hallazgos obtenidos a través de otras técnicas como los grupos focales o las narrativas, aportando una mirada directa sobre las prácticas cotidianas que configuran la cultura de la cancelación en el aula. Su valor reside en que no se limita a lo dicho, sino que se adentra en lo actuado, lo implícito y lo gestual, permitiendo una interpretación más integral del fenómeno.
La técnica de observación y la metodología de grupos focales no solo son compatibles dentro de un diseño cualitativo, sino que se potencian mutuamente cuando se aplican de forma articulada. Mientras que los grupos focales permiten acceder al discurso explícito de los estudiantes sus opiniones, experiencias y argumentos frente a la cultura de la cancelación, la observación ofrece una vía para captar aquellos elementos no verbales, implícitos o incluso contradictorios que pueden emerger durante la dinámica grupal. Es decir, permite observar cómo se dicen las cosas, quién lidera o guarda silencio, qué gestos acompañan ciertas intervenciones y cómo se configuran las relaciones de poder simbólico dentro del grupo. De este modo, la observación funciona como un instrumento complementario que profundiza la interpretación de los grupos focales, proporcionando una capa adicional de análisis que va
más allá del contenido verbal. Según Ruiz Olabuenaga, en la investigación cualitativa “todo dato se convierte en significativo en la medida en que el investigador sabe interpretarlo dentro del contexto de la interacción humana” (Metodología de la investigación cualitativa, 2012, p. 108). Así, observar el comportamiento de los estudiantes durante los grupos focales su disposición corporal, reacciones emocionales, interrupciones o actitudes evasivas permite revelar tensiones internas, zonas de incomodidad o dinámicas de dominación que quizá no afloran en las palabras, pero sí en la manera en que se produce la interacción. Además, la observación aporta una mirada más situada y holística, ya que ayuda a comprender cómo se producen los discursos en relación con el contexto físico, social y emocional del aula. Por ejemplo, permite advertir si hay estudiantes que son sistemáticamente ignorados, si ciertos temas generan risas nerviosas, silencios prolongados o cambios en la postura corporal. Todos estos indicios enriquecen la comprensión del fenómeno de la cancelación desde una perspectiva crítica, sensible y profundamente contextualizada. En síntesis, combinar la observación con los grupos focales no solo refuerza la validez interpretativa del estudio, sino que ofrece una mirada más integral del fenómeno investigado, coherente con la naturaleza compleja, relacional y simbólica de la cultura de la cancelación en el aula.
En una investigación cualitativa como la que aquí se desarrolla, la observación no participante también cumple un papel esencial para captar las dinámicas simbólicas, gestuales y discursivas que no siempre se expresan de manera explícita. Al no intervenir directamente en el contexto observado, el investigador asume un rol de observador externo que registra con atención las conductas, interacciones, reacciones y climas emocionales presentes en el aula. Para que este registro sea riguroso, sistemático y analíticamente útil, es indispensable el uso de un instrumento de apoyo como la lista de observación.
Este instrumento permite organizar, estructurar y dar sentido al proceso de observación, evitando que los datos queden dispersos o fragmentados. La lista de observación, por ejemplo, ayuda al investigador a identificar previamente los comportamientos o categorías clave que se quieren registrar, tales como gestos de desaprobación, silencios, interrupciones, expresiones de burla o actitudes de exclusión. Este formato guía la atención del observador hacia elementos significativos, alineados con los objetivos y categorías teóricas del estudio (como cultura, discursos de odio o cancelación simbólica).
Por otra parte, la complementación de esta estructura permite un registro más libre, reflexivo y contextual. En él no sólo se documentan los hechos observados, sino también las impresiones, emociones, intuiciones e interpretaciones preliminares del investigador, lo que resulta fundamental en un enfoque cualitativo que reconoce la subjetividad como parte del proceso investigativo. Además, posibilita anotar cambios en el ambiente, tensiones no verbalizadas o detalles no previstos inicialmente que podrían emerger como hallazgos relevantes.
Entrevista En el enfoque cualitativo que guía esta investigación, la entrevista representa una herramienta clave para acceder a las experiencias, significados y percepciones subjetivas de los estudiantes frente al fenómeno de la cultura de la cancelación en el aula. Para garantizar que la información recogida sea relevante, coherente con los objetivos del estudio y suficientemente profunda, es necesario contar con un instrumento metodológico que oriente el proceso: el guión con preguntas semiestructuradas.
Este tipo de guión cumple múltiples funciones. En primer lugar, proporciona una estructura básica que permite al investigador abordar los temas centrales previamente definidos —como cultura, discursos de odio, mecanismos de exclusión o vivencias de censura simbólica—, asegurando que la conversación se mantenga enfocada sin convertirse en una charla desorganizada. Las preguntas semiestructuradas están formuladas con antelación, pero su redacción abierta permite que el entrevistado responda con libertad, desde su experiencia personal, sin sentirse limitado por respuestas cerradas o dirigidas. En segundo lugar, el guión semiestructurado facilita la flexibilidad, lo que es esencial en investigaciones como esta, donde las emociones, las narrativas y los contextos particulares de cada estudiante enriquecen el análisis. El entrevistador puede adaptar las preguntas, profundizar en temas emergentes o reformular en función del tono, disposición y respuestas del entrevistado, lo que contribuye a obtener información más auténtica y significativa. Además, el guión asegura la coherencia metodológica entre entrevistas: permite comparar las respuestas de diferentes participantes sin perder la riqueza de sus particularidades. Al mantener una guía común, el investigador puede identificar patrones, contrastes o coincidencias en los discursos, lo que fortalece el análisis interpretativo posterior.
En el caso de esta investigación, en la que se indagan experiencias sensibles como el silenciamiento, la ridiculización o la desmotivación provocada por dinámicas de cancelación, el guión también cumple una función ética: organiza la conversación de manera respetuosa, cuidando el bienestar emocional del estudiante entrevistado. Al tener claridad sobre los temas a tratar y un orden aproximado, el investigador puede generar un ambiente de confianza y contención que favorezca la apertura sin vulnerar al participante. En resumen, el uso de un guión con preguntas semiestructuradas en la técnica de entrevista permite articular el rigor metodológico con la flexibilidad interpretativa. Es una herramienta que asegura la recolección profunda, coherente y respetuosa de información, alineada con los objetivos de la investigación y con la necesidad de comprender, desde las voces estudiantiles, cómo se vive y se reproduce la cultura de la cancelación en el contexto escolar. Los instrumentos de las técnicas de recolección de datos Preámbulo. Situación inesperada en el campo:
De las dos técnicas escogidas y mencionadas en el capítulo anterior, solo se pudo desarrollar con éxito la observación no participante. De la entrevista se había desarrollado un instrumento el cual contenía una serie de preguntas relacionadas a las experiencias, las percepciones y las reacciones que se presentaban en el aula, bajo este contexto no se pudo poner en práctica el instrumento por diferentes acontecimientos, la mayoría de ellos fue la desproporcionada asistencia de los docentes encargados por incapacidades, lo que llevó a que los estudiantes no tuvieran clase por varios días Elementos o conceptos clave del instrumento de entrevista La inclusión de entrevistas dentro del diseño metodológico de esta investigación responde a la necesidad de acceder a la dimensión subjetiva del fenómeno estudiado. Mientras la observación no participante permite registrar de manera directa y contextual las dinámicas simbólicas del aula —tales como gestos, silencios, interacciones o expresiones de exclusión—, la entrevista aporta una comprensión introspectiva de esas mismas dinámicas, al recoger las experiencias, percepciones y significados que los propios estudiantes construyen sobre ellas. Esta técnica resulta especialmente útil para establecer una relación directa entre los datos empíricos y las categorías teóricas del estudio, como cultura de la cancelación, discurso de odio, juicio colectivo, violencia simbólica, vigilancia simbólica y autocensura. A
través del relato del entrevistado, estas categorías no solo se confirman, sino que se enriquecen con matices emocionales, interpretativos y biográficos que no siempre son evidentes en la observación.
Además, la entrevista permite completar y profundizar ideas teóricas que, desde la observación, pueden resultar insuficientes o limitadas. Por ejemplo, si bien es posible observar comportamientos de retraimiento, solo mediante el testimonio del estudiante es posible comprender las razones subjetivas detrás de esa conducta, los sentimientos de miedo, vergüenza o desmotivación asociados, y cómo esos factores se conectan con experiencias pasadas de cancelación o juicio colectivo. Asimismo, conceptos como supervivencia cultural o filtro de señales se manifiestan de manera más clara en el discurso del estudiante, quien puede explicar cómo ha tenido que modificar su forma de hablar, sus intereses o sus participaciones para no ser blanco de burlas o exclusiones. En este sentido, la entrevista actúa como una herramienta de triangulación metodológica que fortalece la validez del estudio, al contrastar lo observado con lo narrado, y al permitir una interpretación más rica, coherente y profunda del fenómeno. Esta articulación entre técnica e interpretación favorece una comprensión integral del modo en que se desarrolla la cultura de la cancelación en el aula y de sus implicaciones en la normalización de los discursos de odio en el contexto educativo. Guión de preguntas Experiencias de exclusión o silenciamiento 1. ¿Has visto o vivido situaciones en las que un compañero fue juzgado o criticado por lo que dijo o pensaba?
2. ¿Qué crees que lleva a algunos estudiantes a burlarse, rechazar o cancelar a otros por sus opiniones, gustos o forma de ser?
Percepciones sobre el ambiente escolar 1. ¿Sientes que en tu curso todos los estudiantes tienen la misma libertad para expresar lo que piensan?
2. ¿Alguna vez has sentido que tus ideas no fueron bien recibidas por el grupo? ¿Qué pasó?
Reacciones personales y grupales 1. ¿Qué haces tú cuando ves que alguien es interrumpido, burlado o ignorado por sus ideas?
2. ¿Alguna vez has sentido que es mejor quedarse callado para no tener problemas con los demás?
Las preguntas sobre experiencias de exclusión o silenciamiento permiten explorar la percepción del estudiante sobre la libertad de expresión en el aula y las dinámicas de aceptación o rechazo, conectadas con las subcategorías como miedo a la expresión, efecto silenciador y vigilancia simbólica. Mientras que las de percepciones sobre el ambiente escolar se enfocan en recoger experiencias concretas de exclusión, burla o cancelación, tanto vividas como observadas, y buscan revelar cómo se normalizan los juicios colectivos o la censura simbólica en el grupo. Estas se relacionan con subcategorías como juicio colectivo, plaza pública de justicia, autocensura y filtros de señales.
Por último están las de reacciones personales y grupales que indagan sobre las reacciones individuales y el posicionamiento ético de los estudiantes frente a situaciones de exclusión. Diseño y aplicación del instrumento de observación no participante La observación se empleará como técnica principal para registrar de manera sistemática las dinámicas que se dan dentro del aula de grado 11B en la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez. Para ello, se diseñará una guía de observación que permita identificar y anotar comportamientos relacionados.
La observación será no participante, es decir, el investigador no intervendrá en las dinámicas del grupo, sino que se limitará a observar y tomar registros de campo de manera discreta. Esto permitirá captar comportamientos espontáneos y naturales, fundamentales para comprender cómo se manifiesta la cultura de la cancelación en el aula. Las observaciones se realizarán durante clases habituales y actividades de debate o discusión académica, momentos en los cuales suelen emerger con mayor fuerza las dinámicas de aceptación, exclusión o censura. Los registros de campo estarán organizados en notas descriptivas y analíticas que posteriormente serán sistematizadas y codificadas para su análisis.
La elección de la observación no participante responde a la necesidad de registrar de forma natural, espontánea y objetiva las dinámicas sociales que configuran la cultura de la cancelación en el aula sin alterar el comportamiento de los estudiantes. Este tipo de observación: Evita la interferencia del investigador, permitiendo que los estudiantes actúen sin sentir que están siendo evaluados o guiados, lo que facilita identificar microgestos, silencios, expresiones corporales, formas de exclusión o censura que no siempre son verbalizadas, pero que son significativas para comprender el fenómeno. Se alinea con el enfoque cualitativo de la investigación, donde el contexto y las relaciones sociales son esenciales para la interpretación.
Teniendo en cuenta lo anterior, en los registros de campo se incluyen tres dimensiones clave que es lo que se observa: gestos, posturas, interacción entre compañeros, reacciones físicas frente a una intervención o comentario. Esto permite documentar conductas visibles asociadas al rechazo o aprobación simbólica. Lo que se escucha: frases, burlas, interrupciones, tono de voz, palabras clave que puedan reflejar juicios, etiquetas o formas de silenciamiento. Este nivel capta el discurso explícito de los estudiantes.
Lo que se percibe: ambiente emocional, tensiones en el grupo, climas de hostilidad o solidaridad, incluso aquellas impresiones sensoriales o actitudinales que no se pueden cuantificar pero sí interpretar desde lo simbólico y emocional. Esto es coherente con el valor que se le da a la experiencia vivida en contexto y da sentido a los actos no solo como hechos, sino como expresiones cargadas de significado cultural. Ahora bien, con el objetivo de recolectar información pertinente y significativa sobre la manifestación de la cultura de la cancelación en el aula de grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez, se diseñó un instrumento de observación no participante que permitiera registrar, interpretar y analizar los comportamientos, discursos y emociones que emergen en el contexto educativo. Este instrumento fue estructurado en forma de tabla con cuatro campos: Información, Idea significativa emergente, Opinión del investigador y Conceptos teóricos.
Articulación e Interacción del Instrumento de Análisis El instrumento de observación utilizado en esta investigación no se organiza de forma lineal, sino como un proceso dinámico y circular en el que interactúan cuatro elementos fundamentales: Información, Opinión del investigador, Conceptos teóricos e Idea significativa emergente. Esta estructura permite transformar una observación puntual en una interpretación crítica, profunda y contextualizada, coherente con el enfoque cualitativo de la investigación.
Información (registro literal de lo observado): Este componente es fundamental porque permite documentar de manera objetiva, detallada y sin interpretaciones inmediatas los hechos tal y como suceden en el aula. Incluye comportamientos, expresiones verbales, gestos, silencios, interacciones y reacciones observadas durante la clase o en momentos clave. Su valor radica en que ofrece una base empírica concreta, indispensable para cualquier análisis posterior. Registrar la información tal como ocurre garantiza la fidelidad del dato y permite volver a la fuente para hacer interpretaciones más rigurosas, evitando suposiciones o distorsiones. Es el “qué ocurrió” de la observación.
Opinión del investigador (dimensión reflexiva): Este elemento permite integrar la mirada subjetiva y crítica del investigador frente a lo que ha observado. En el enfoque cualitativo, no se busca eliminar la subjetividad, sino reconocerla y utilizarla como una herramienta de análisis. Aquí el investigador puede expresar lo que sintió, pensó o asoció a partir de lo observado, en relación con su experiencia en el campo y el proceso investigativo. Esta dimensión aporta profundidad interpretativa y muestra cómo el conocimiento se va construyendo no solo desde los datos, sino también desde la reflexión personal y el vínculo con el contexto. Es el “qué me sugiere o cómo lo interpreto” del fenómeno.
Conceptos teóricos (relación entre lo empírico y lo conceptual): Este campo permite vincular los hechos observados con el marco teórico de la investigación. Es aquí donde la información recogida se analiza a la luz de categorías como cultura de la cancelación, discursos de odio, violencia simbólica, efecto silenciador, entre otras. Esta
relación es indispensable para dar sentido académico a los datos, construir una interpretación fundamentada y responder de manera coherente a la pregunta de investigación. Sin este paso, los datos quedarían aislados y perderían fuerza explicativa. Es el “qué significa esto dentro del enfoque teórico del estudio”.
Idea significativa emergente (primer nivel de interpretación): Este componente permite construir una síntesis interpretativa inicial a partir del cruce entre lo observado, la opinión del investigador y los conceptos teóricos. Se trata de identificar patrones, tensiones, contradicciones o hallazgos clave que emergen del episodio observado. Esta idea no es una conclusión definitiva, sino una hipótesis interpretativa que orienta la reflexión y puede ser contrastada con otros datos. Su importancia radica en que favorece la construcción progresiva del análisis, permite detectar temas recurrentes y contribuye a generar categorías emergentes en la investigación cualitativa. Es el “qué significado posible tiene esto en el contexto del fenómeno estudiado”.
Este proceso se caracteriza por su retroalimentación cíclica, ya que cada nueva observación permite contrastar, confirmar o enriquecer las interpretaciones previas. Así, el instrumento no solo describe lo que ocurre en el aula, sino que contribuye a comprender su significado pedagógico, emocional y cultural. En conjunto, esta herramienta analítica permite dar respuestas sólidas a la pregunta de investigación y construir una interpretación crítica y situada del fenómeno de la cultura de la cancelación escolar.
La combinación de estos cuatro campos permite un abordaje integral del fenómeno investigado. Mientras el primer campo ofrece una base concreta y observable, los tres siguientes abren camino a la interpretación, la reflexión personal y el análisis conceptual. Esta estructura metodológica, coherente con un enfoque cualitativo, resulta especialmente adecuada para captar la complejidad simbólica, emocional y discursiva que rodea a la cultura de la cancelación en el contexto educativo.
El diseño del instrumento de observación no participante en esta investigación responde a la necesidad de recoger datos pertinentes y significativos que permitan evidenciar cómo se manifiestan, en la cotidianidad del aula, los mecanismos propios de la cultura de la cancelación. Al estructurarse en cuatro campos de información literal, idea significativa emergente, opinión del investigador y conceptos teóricos, el instrumento no solo registra hechos visibles, como gestos, burlas o silencios, sino que también posibilita la interpretación
de estos comportamientos desde una perspectiva crítica y contextualizada. Este enfoque resulta clave para responder a la pregunta de investigación, ya que permite analizar de forma sistemática las dinámicas de exclusión simbólica, censura informal y silenciamiento que ocurren en el aula de grado 11B y que constituyen la base operativa de la cancelación escolar. Los datos recogidos a través de este instrumento ofrecen una visión integral del fenómeno, articulando lo observable con lo simbólico y lo emocional. Por ejemplo, registrar expresiones verbales como interrupciones constantes o frases descalificadoras, junto con posturas corporales evasivas o gestos de desaprobación, permite identificar patrones recurrentes de cancelación entre pares. Estos indicios, interpretados a la luz de categorías como discursos de odio, justicia social o cultura escolar, revelan cómo ciertos estudiantes son silenciados o etiquetados por pensar diferente, tener gustos no normativos o cometer errores en público. De esta manera, el instrumento se convierte en una herramienta clave para vincular la evidencia empírica con el objetivo de la investigación: comprender cómo estas prácticas contribuyen a la normalización de discursos de odio en el entorno educativo y cómo afectan el desarrollo del pensamiento crítico, la libertad de expresión y la convivencia escolar. El diseño del instrumento de observación se fundamenta en los principios del enfoque cualitativo interpretativo, que reconoce la complejidad simbólica de los actos sociales (Geertz, 1973), la importancia de registrar diferentes niveles de experiencia (Hammersley & Atkinson, 2007) y la necesidad de integrar la reflexividad del investigador como parte del análisis (Schratz & Walker, 1995). Además, la relación entre observación empírica y teoría se sustenta en los planteamientos de Strauss y Corbin (1998), quienes destacan la relevancia de conectar los datos con conceptos para generar interpretaciones profundas del fenómeno estudiado.
Capítulo 4: Articulación de los datos con las teorías Fase 1 El diseño del instrumento de observación utilizado en esta investigación no solo responde a un enfoque cualitativo, sino que también se fundamenta en una sólida base teórica que orienta la interpretación del fenómeno analizado: la cultura de la cancelación en el aula de grado 11B de la Institución Educativa Alfonso Jaramillo Gutiérrez. En este sentido, los conceptos teóricos empleados como categorías de análisis dentro del instrumento no fueron seleccionados arbitrariamente, sino que emergen directamente del marco teórico y se articulan con los tres ejes fundamentales que estructuran la investigación: los discursos de odio, la cultura, y la cultura de la cancelación.
En primer lugar, desde el eje de los discursos de odio, se incorporaron subcategorías como mecanismo informal de censura, miedo a la expresión, juicio colectivo, violencia simbólica, efecto silenciador, silencio cómplice, xenofobia y plaza pública de justicia. Estas subcategorías fueron esenciales en el análisis de los registros de campo porque permiten identificar cómo operan formas sutiles pero efectivas de exclusión dentro del aula. Por ejemplo, el miedo a la expresión y el efecto silenciador fueron claves para interpretar las actitudes de estudiantes que, tras experiencias previas de burla o desaprobación, optaban por callar o retraerse de la participación. Así mismo, la subcategoría de juicio colectivo permitió analizar cómo la desaprobación grupal se impone como una forma de censura simbólica, transformando el aula en una plaza pública de justicia, donde los errores o disidencias no son comprendidos pedagógicamente, sino castigados socialmente.
Asimismo, subcategorías como violencia simbólica y silencio cómplice posibilitaron reconocer tanto los actos de exclusión activa como las omisiones de aquellos estudiantes que, al presenciar situaciones de cancelación, optaban por no intervenir, reforzando así dinámicas de poder y discriminación. La xenofobia, por su parte, se interpretó en un sentido amplio, no solo referido a lo étnico o nacional, sino también aplicado al rechazo de identidades culturales distintas, como los gustos personales, las formas de hablar o los intereses no normativos, lo cual se evidenció, por ejemplo, en la estigmatización de un estudiante por su afinidad con la cultura “otaku”.
Desde la categoría de la cultura, se incluyeron subcategorías como significados dominantes, expresiones simbólicas, actos significativos, sistema de jerarquías, identidades dominantes y supervivencia cultural. Estas subcategorías, inspiradas en la antropología interpretativa de (Clifford Geertz, 1973) fueron fundamentales para entender que las prácticas observadas no son hechos aislados, sino expresiones simbólicas cargadas de sentido dentro de un sistema cultural escolar. La observación permitió evidenciar cómo ciertos significados dominantes, como lo que se considera “correcto”, “maduro” o “válido”,condicionan quién puede hablar, quién es escuchado y quién es ignorado. Las expresiones simbólicas (miradas, gestos, silencios) fueron claves para reconocer prácticas de exclusión no verbalizadas, pero claramente presentes.
Asimismo, los actos significativos, como interrumpir o ridiculizar a un compañero por su participación, fueron interpretados como rituales de reafirmación de identidades dominantes y de consolidación de un sistema de jerarquías simbólicas dentro del grupo. En este contexto, algunos estudiantes adoptaron estrategias de supervivencia cultural, ajustando su forma de hablar o evitando ciertos temas con el fin de no ser etiquetados o cancelados, lo cual refuerza la idea de que el aula funciona como un espacio cultural en el que se negocia constantemente la aceptación o el rechazo simbólico.
Por último, desde la categoría de la cultura de la cancelación, se utilizaron subcategorías como autoritarismo horizontal, filtro de señales, condena moral, vigilancia simbólica y autocensura. Estas subcategorías permitieron comprender cómo la lógica de la cancelación se manifiesta en las relaciones entre pares, no como una imposición desde la autoridad institucional, sino como una forma de autoritarismo horizontal, en la que los mismos estudiantes se encargan de “vigilar” y sancionar el comportamiento de sus compañeros. La noción de filtro de señales fue útil para analizar cómo ciertos discursos o temas son inmediatamente rechazados por el grupo, sin espacio para el diálogo o la contextualización. La condena moral observada en muchas de las interacciones fue señal de que las equivocaciones ya no son vistas como parte del proceso formativo, sino como razones para excluir o silenciar. La vigilancia simbólica se expresa en las miradas, los gestos y la presión social constante que genera comportamientos de autocensura, afectando profundamente la participación, la confianza y la autoestima de los estudiantes. En todos estos casos, la observación reveló que estos conceptos no solo describen lo que ocurre, sino que permiten interpretarlo críticamente, desde una perspectiva ética y pedagógica.
En conclusión, los conceptos teóricos integrados en el instrumento de observación no solo reflejan la estructura del marco teórico de la investigación, sino que han sido esenciales para interpretar con profundidad los datos recogidos. Su uso permite comprender la cultura de la cancelación no como una suma de hechos individuales, sino como un fenómeno social complejo, cargado de sentido simbólico, vinculado a sistemas de poder, dinámicas culturales y procesos de exclusión que afectan directamente la experiencia educativa. Esta articulación teórica refuerza la coherencia metodológica del estudio y aporta solidez interpretativa al análisis de los hallazgos Cada una de estas subcategorías se convierten, en el campo, en una herramienta clave para decodificar lo que sucede más allá de las palabras. Su observación permite comprender no solo lo que se dice, sino también lo que se calla, lo que se teme y lo que se impone socialmente. Por ello, integrar estas categorías en la observación no participante fortalece el análisis del fenómeno y permite responder con mayor profundidad a la pregunta de investigación.
Anexo 1 Vamos a exponer la importancia de cada subcategoría para el trabajo: Mecanismo informal de censura correspondiente a la categoría de discursos de odio es fundamental porque explica cómo se silencian voces dentro del aula sin recurrir a normas institucionales explícitas. Tal como lo plantea (Correcher Mira, 2020) la cancelación funciona como una forma de censura que no proviene de una autoridad, sino del propio grupo, generando un efecto desaliento que inhibe la participación. En el contexto de la investigación, este mecanismo se refleja en las burlas o interrupciones que impiden que ciertos estudiantes se expresen libremente, afectando su derecho a participar y a construir pensamiento crítico. Juicio colectivo correspondiente a la categoría de discursos de odio se refiere a la evaluación moral que realiza el grupo sobre las opiniones o comportamientos de un individuo. Su importancia en tu investigación radica en mostrar cómo los estudiantes actúan como jueces simbólicos, transformando el aula en una “plaza pública de justicia”, donde lo socialmente aceptado sustituye la reflexión pedagógica. Esta categoría articula bien con el concepto de autoritarismo horizontal planteado por (Burgos y Hernández, 2021) y con las ideas de (Geertz, 1973) sobre cómo los significados culturales se imponen en lo cotidiano.
Violencia Simbólica correspondiente a la categoría de discursos de odio, se refiere a las formas de dominación invisibles pero efectivas que operan a través del lenguaje, los gestos y las normas sociales tácitas. En la investigación, la violencia simbólica aparece cuando ciertos estudiantes son sistemáticamente deslegitimados por sus gustos, errores o formas de expresarse, lo que impacta su autoestima y su deseo de participar. Es una herramienta clave para comprender por qué la cultura de la cancelación no es solo una cuestión de opinión, sino de poder.
Efecto silenciador y miedo a la expresión correspondiente a la categoría de discursos de odio se enfoca en observar estudiantes que deciden no participar, que bajan la mirada o que muestran incomodidad al ser llamados a intervenir, es clave para identificar la presencia del efecto silenciador. Esta subcategoría permite detectar que el silencio en el aula no siempre es neutral o voluntario, sino que puede ser producto del temor a ser juzgado o ridiculizado. Reconocer este patrón en el campo ayuda a evidenciar que el aula no es un espacio seguro para todos por igual, y que hay estudiantes que se autocensuran por haber vivido experiencias previas de rechazo.
Silencio cómplice correspondiente a la categoría de discursos de odio señala la pasividad de quienes, aunque no participan directamente en la cancelación, tampoco intervienen para frenarla. Esto refuerza las dinámicas de exclusión y normaliza la cultura del miedo al error. En términos del marco teórico, se vincula con la vigilancia simbólica y con el debilitamiento del sentido democrático del aula, donde el miedo al rechazo lleva a adoptar posturas conformistas y a permitir la perpetuación del daño sin resistencia. Xenofobia correspondiente a la categoría de discursos de odio y aunque usualmente asociada con el rechazo a lo extranjero, en la investigación la xenofobia se reinterpreta como el rechazo a identidades culturales distintas (como el caso del estudiante afín al contenido “otaku”). Esto amplía el concepto a una forma de discriminación simbólica (Rizzacasa, 2023), donde se excluye al otro por no encajar en las normas culturales dominantes del grupo. Su presencia muestra cómo la cancelación puede tomar formas sutiles de odio y exclusión, incluso en contextos donde se supone que se promueve la diversidad.
Plaza pública de justicia correspondiente a la categoría de discursos de odio representa una metáfora potente para describir cómo el aula deja de ser un espacio educativo y se convierte en un tribunal moral. Aquí los errores no se comprenden como parte del proceso formativo, sino como faltas imperdonables que ameritan castigo. (Rizzacasa, 2023) y (Correcher, 2020) lo abordan como una expresión del safetyism o moralismo punitivo que sustituye el diálogo por la corrección pública. En la investigación, esta categoría es esencial para entender el ambiente de hostilidad simbólica que reduce el aprendizaje al miedo de “decir lo incorrecto”. Significados dominantes correspondiente a la categoría de cultura y retomando a (Geertz, 1973) esta subcategoría alude a las narrativas culturales que definen qué es válido, correcto o digno dentro del grupo. En la investigación, estos significados condicionan quién tiene derecho a hablar, qué temas se pueden tocar y qué discursos son cancelados. Analizar estos significados permite entender cómo la cultura del aula no es neutra, sino que reproduce estructuras de poder que determinan lo que se considera “normal” o “desviación”. Expresiones simbólicas correspondiente a la categoría de cultura permite abordar los gestos, miradas, silencios y actitudes como elementos cargados de significado que configuran las dinámicas de inclusión o exclusión. Tal como propone (Geertz, 1973) toda acción humana puede leerse como un “texto” simbólico. En el trabajo, registrar estas expresiones es crucial para evidenciar cómo se ejerce la cancelación más allá de lo verbal, por medio de formas sutiles pero efectivas de deslegitimación o aprobación simbólica. Actos significativos correspondiente a la categoría de cultura permite vincular acciones concretas (interrumpir, burlarse, ignorar) con sus implicaciones culturales y emocionales. Cada acto observado tiene valor analítico porque expresa las reglas no escritas del grupo. En el marco conceptual de la investigación, estos actos son la unidad básica para comprender cómo se reproduce la cultura de la cancelación en lo cotidiano y cómo estas prácticas modelan la conducta de los estudiantes, impactando directamente en su participación, motivación y sentido de pertenencia.
Identidades dominantes correspondiente a la categoría de cultura es crucial para comprender cómo, dentro del aula, se configuran jerarquías simbólicas que determinan qué formas de ser, pensar y expresarse gozan de aceptación y legitimidad, y cuáles son marginadas o rechazadas. Inspirada en la antropología interpretativa de (Geertz, 1973) las identidades dominantes se manifiestan no solo en lo que se valora explícitamente (como la
fluidez verbal o la actitud burlona), sino también en lo que se castiga simbólicamente: los gustos no convencionales, las posturas reflexivas, la sensibilidad emocional o las ideas que cuestionan lo establecido. Reconocer esta subcategoría permite evidenciar cómo la cultura de la cancelación se sustenta en un sistema implícito de validación de identidades, donde quienes se alejan del molde dominante corren el riesgo de ser silenciados, etiquetados o excluidos. Esto resulta clave para entender que no se cancela solo una idea, sino a la persona que la representa, y que esta práctica limita la diversidad, empobrece el diálogo y afecta la formación ética y crítica de los estudiantes.
Vigilancia simbólica y autoritarismo horizontal pertenecientes al concepto de Cultura de la cancelación la cual es observar cómo los propios estudiantes vigilan lo que dicen sus compañeros, los corrigen moralmente, los ridiculizan por sus gustos o desacreditan sus opiniones, permite visualizar el autoritarismo horizontal. Esta subcategoría es importante porque revela que la cultura de la cancelación no necesita una autoridad formal para operar, sino que surge desde las relaciones entre pares. En el campo, se evidencia cuando el grupo funciona como “tribunal simbólico” que define qué se puede decir y qué no, y quién tiene o no derecho a hablar.
Autocensura y filtros de señales pertenecientes al concepto de Cultura de la cancelación. Estas subcategorías ayudan a interpretar por qué ciertos temas, ideas o autores no se abordan en el aula, o por qué algunos estudiantes omiten hablar de sus intereses o identidad. En la observación, esto se puede identificar cuando un estudiante duda antes de opinar, cambia de tema abruptamente o evita responder por temor a ser malinterpretado o cancelado. Visualizar estas conductas en la realidad escolar evidencia cómo los filtros de señales funcionan como barreras invisibles que restringen el diálogo y empobrecen el aprendizaje. Supervivencia cultural y sistema de jerarquías pertenecientes al concepto de Cultura. Estas subcategorías permiten comprender cómo algunos estudiantes modifican su forma de ser o de expresarse para no ser excluidos del grupo. En el aula, puede observarse cuando un estudiante cambia su forma de hablar para parecer más “aceptable”, evita mencionar sus gustos personales (como aficiones no populares) o incluso repite ideas dominantes aunque no esté de acuerdo. Estas acciones reflejan una lucha por encajar dentro del sistema de jerarquías que domina el grupo, y son clave para entender cómo se reproduce la cultura de la cancelación.
Tanto con los datos recogidos, los campos explicados y las subcategorías de las categorías del marco teórico sustentadas, se expone en el Anexo 2 el instrumento diligenciado en su totalidad.
A lo anterior, el proceso continúa con el cruce conceptual de los cuatro campos del instrumento antes mencionado. El propósito de este paso consiste en construir algunas conclusiones significativas que permitan visualizar hallazgos respecto a la cultura de la cancelación en el aula. En pocas palabras, es cruzar la información con los elementos teóricos para lograr construir un conocimiento relacionado con la cultura de la cancelación en la educación.
Fase 2 Cruce de categorías e información Para realizar la interpretación de la información recolectada con el instrumento de observación se realizaron unos procedimientos los cuales pueden identificarse en la siguiente imagen pero para tener más claridad de manera textual se redactará el paso a paso. Primero se empieza con la información descrita, después pasamos a la opinión del investigador ya que esta nos presenta un abrebocas de la relación que puede existir entre los conceptos teóricos o subcategorías y la información, luego como paso importante destacamos los diferentes conceptos teóricos o subcategorías para así poder conectar todos los pasos y obtener una idea general de lo que sería, valga la redundancia una idea significativa.
Este cruce no es mecánico, sino interpretativo. El paso de un campo a otro implica preguntarse constantemente: ¿Qué relación hay entre lo observado y las categorías teóricas? ¿Qué revela la opinión del investigador sobre las dinámicas invisibles del aula? ¿Qué tensiones o patrones se repiten? Al responder estas preguntas, se genera una interpretación rica, situada y crítica del fenómeno investigado.
Si tomáramos como ejemplo las situación de Alejandro y realizaramos el cruce completo de todos los campos obtendremos un hallazgo significativo que logre articular toda la información, el desarrollo es:
- “La escena convierte el aula en una plaza pública de justicia, donde la sanción es inmediata, colectiva y sin posibilidad de defensa. Alejandro no fue corregido, fue ‘cancelado’, y el mensaje implícito es claro para todos: quien no se ajuste a las normas de ‘lo divertido’ o ‘lo popular’ será objeto de burla y exclusión. Lo más significativo es que este acto ocurre en presencia de
compañeros que no intervinieron, reafirmando un silencio cómplice que refuerza el orden simbólico de exclusión Este ejemplo ilustra cómo el cruce de los cuatro campos permite no solo describir un hecho, sino comprenderlo en profundidad como una expresión de una cultura más amplia: la de la cultura de la cancelación escolar, para finalizar, en el capítulo siguiente se van a desarrollar todas las ideas significativas en detalle, lo cual nos dará un panorama más amplio de toda la riqueza comunicativa, social y cultural que se desarrolla en el aula que en ciertos momentos se cree que solo se da un aprendizaje y una transmisión de conocimiento, el resultado de toda esta información es para tener presente que se dan unos procesos relacionales culturales que hay que tener en cuenta frente a los acontecimientos sociales y de conducta.
Capítulo 5: Hallazgos preliminares Como decíamos anteriormente, en este capítulo se hará el proceso de interpretación a partir de la información …..
Alejandro y la cancelación El día 06 de Mayo de 2025 se realizó una actividad propuesta por el docente en la que los estudiantes debían sostener una conversación corta con la bibliotecaria todo esto ante la evidencia de los demás compañeros, cada uno de los estudiantes a los que el profesor llamara o aquellos que en su autonomía decidieron hacerlo por convicción propia para demostrar habilidades de comunicación efectiva.
La primer persona fue Alejandro quien se acercó con evidente disposición; luego de 1 minuto empezó a ser interrumpido por parte de sus compañeros con comentarios cargados de burla, tales como “Que aburrido”, “Que bobo” y un comentario despectivo “Por pajero” lo que generó risas disimuladas pero lo suficientemente hirientes para evitar la continuidad de su participación lo que llevó a que algunos compañeros lo miraran con superioridad alimentando un clima de complicidad.
Este hecho pone en evidencia varias subcategorías teóricas clave dentro del análisis de la cultura de la cancelación en el aula. En primer lugar, se manifiesta un claro mecanismo informal de censura, ejercido no desde una autoridad institucional, sino desde la presión simbólica del grupo, que determina quién merece hablar y quién no. Los calificativos empleados no son inocentes: califican a Alejandro como incapaz de sostener una interacción valiosa, y lo convierten en objeto de juicio colectivo. Esto conecta directamente con la subcategoría de ‘juicio colectivo’, que actúa aquí como un filtro moral donde lo diferente o lo poco hábil es inmediatamente desautorizado por el grupo. (Correcher Mira, 2020) A su vez, se identifica violencia simbólica, ya que los insultos no representan una crítica racional de su desempeño, sino que buscan desacreditarlo como sujeto válido dentro del aula. El uso del insulto “pajero”, además, introduce una carga sexualizada y misógina que refuerza patrones de masculinidad tóxica, desvalorizando emocionalmente a quien no responde a los códigos dominantes de interacción.
Finalmente, la escena completa convierte el aula en una plaza pública de justicia, donde la sanción es inmediata, colectiva y sin posibilidad de defensa. Alejandro no fue corregido, fue “cancelado”, y el mensaje implícito es claro para todos los presentes: quien no se ajuste a las normas de “lo divertido” o “lo popular” será objeto de burla y exclusión. Lo más significativo es que este acto ocurre en presencia de otros compañeros que no intervinieron, reafirmando un silencio cómplice que refuerza el orden simbólico de exclusión. Este fragmento observado y analizado desde estas categorías permite comprender cómo las dinámicas de la cultura de la cancelación se insertan incluso en ejercicios pedagógicos, neutralizando el propósito formativo y consolidando jerarquías simbólicas de poder, aprobación y pertenencia.
Santiago y la venganza simbólica Después de la participación de Alejandro es el momento de Santiago quien sufre el mismo trato de sus compañeros con denominaciones como “Lámpara” y “Visajoso” Lo sucedido revela una compleja dinámica de poder simbólico en la que se invierten momentáneamente los papeles. A diferencia de otros casos donde la víctima es alguien pasivo o marginado, Santiago representa a uno de los estudiantes con mayor poder simbólico en el aula: es quien suele burlarse, interrumpe y marca lo que es “divertido” o “aceptable”. Sin embargo, en esta ocasión se convirtió en blanco del mismo juicio colectivo que usualmente él dirige. Sus compañeros lo atacaron con una especie de justicia simbólica, no por fallar en la actividad, sino como una forma de venganza simbólica. Este acto pone en evidencia la categoría de plaza pública de justicia, donde los errores o excesos del pasado no son corregidos por mediación pedagógica, sino por exposición y humillación pública. Asimismo, aparecen otras subcategorías como expresiones simbólicas y violencia simbólica. Los insultos “lámpara” y “visajoso” no solo critican la forma de participar de Santiago, sino que lo castigan por “excederse” en confianza, por querer destacar. Son formas simbólicas de regular el comportamiento desde códigos no explícitos del grupo, lo que también conecta con la subcategoría de significados dominantes: hay una forma “aceptable” de participar, y cuando alguien (incluso el más dominante) se sale del molde, es sancionado. Aun cuando pueda parecer una simple burla entre amigos, lo que ocurre aquí es la confirmación de que la cultura de la cancelación no responde únicamente a estructuras fijas,
sino que es mutable, estratégica y horizontal. Cualquier estudiante puede convertirse en objeto de cancelación si transgrede los límites simbólicos del grupo. La aparente justicia del acto no elimina su carga de exclusión: más bien la confirma como parte de un mecanismo informal de sanción donde el error no se transforma en aprendizaje, sino en vergüenza pública.
Edwin y el juicio simbólico anticipado Era el turno de Edwin quien fue retirado rápidamente por parte de la bibliotecaria por ser pequeño, la justificación del hecho por parte de ella es que las personas pequeñas son aburridas, el aula a pesar de reírse se notaba que era una risa incómoda lo que hizo que Edwin regresara a su puesto sin que nadie lo defendiera ni cuestionara lo ocurrido. Este hecho, aparentemente trivial, es un ejemplo contundente de violencia simbólica ejercida desde una figura adulta en este caso, la bibliotecaria que reproduce prejuicios culturales interiorizados: asociar la estatura, un rasgo físico, con la incapacidad de entretener, seducir o comunicar. La frase “las personas pequeñas son aburridas” no solo excluye a Edwin, sino que refuerza un estereotipo que jerarquiza simbólicamente los cuerpos en función de su apariencia. Esta situación activa también la subcategoría de xenofobia, entendida aquí no en términos étnicos o nacionales, sino como rechazo a lo diferente, a lo que no encaja en el estándar físico dominante de “presencia” o “atractivo”.
Asimismo, el hecho de que la cancelación venga desde la figura adulta da lugar a una inversión de roles: no es el grupo quien impone el juicio colectivo, sino una autoridad simbólica que, sin intención explícita de agredir, legitima un tipo de exclusión que los estudiantes podrían después replicar entre sí. La reacción del grupo la risa y el silencio refuerza la categoría de silencio cómplice, donde el resto valida pasivamente una forma de discriminación simbólica al no intervenir ni cuestionar lo dicho. El acto, además, se convierte en un acto significativo dentro del sistema simbólico del aula: marca públicamente quién puede participar y quién no, quién merece atención y quién debe volver al margen. Finalmente, esta situación deja al descubierto uno de los pilares de la cultura de la cancelación escolar: no se trata únicamente de castigar errores, sino de excluir de entrada a quienes no cumplen con las expectativas simbólicas del entorno. Edwin fue descalificado antes de hablar, no por lo que dijo, sino por lo que es, o por cómo luce. Esa desautorización
previa se convierte en un poderoso mensaje para el resto: en el aula, la validez comunicativa no siempre depende del contenido, sino del cuerpo que lo expresa. Luis y la xenofobia a flor de piel Era el turno de Luis quien es un estudiante extranjero, específicamente de Venezuela y antes de empezar a comunicarse con la bibliotecaria los comentarios por parte de sus compañeros no se hicieron esperar ya que se burlaban de el y lo tildaban de “Veneko” y decirle que no tiene posibilidad de nada ya que los venezolanos no tienen derecho a nada. Este episodio revela con fuerza una de las expresiones más crudas de la xenofobia en el aula. No se trata solo del uso del término “Veneko”, ya de por sí peyorativo y cargado de desprecio social, sino del mensaje implícito de que su nacionalidad venezolana lo invalida como sujeto con derecho a participar, ser escuchado o reconocido. La burla no se dirige a su desempeño, sino a su origen, lo que transforma el acto en una forma directa de discurso de odio escolar, aunque se presente bajo el disfraz de humor. En ese sentido, mi reflexión como investigador es que aunque el comentario surgió en clave cómica, no deja de ser profundamente violento, ya que refleja la normalización de estereotipos xenofóbicos promovidos por los discursos mediáticos y replicados en las redes sociales. Aquí se valida socialmente una idea de exclusión amparada en el chiste, lo que la hace aún más peligrosa. Además, se evidencia claramente el mecanismo informal de censura: antes de que Luis siquiera intentara comunicarse, su identidad ya había sido desacreditada. Se le niega simbólicamente el derecho a participar, en un acto que combina juicio colectivo con una fuerte carga de violencia simbólica. En este caso, la agresión no es física ni directa, pero sí profundamente estructural: reafirma que hay ciertos cuerpos y voces que valen menos, que deben mantenerse al margen del protagonismo escolar.
La reacción del grupo, con risas compartidas y ausencia de intervención, reafirma también la presencia de silencio cómplice: aquellos que no estuvieron de acuerdo callaron, y en ese silencio, validaron. Esta escena no solo vulnera a Luis, sino que envía un mensaje al resto del grupo sobre lo que se puede o no se puede ser dentro del aula. En palabras de cultura, esto es un acto simbólicamente cargado, un “texto cultural” que delimita los márgenes de lo aceptable. (Geertz, 1973)
En suma, este episodio permite identificar con claridad cómo los discursos de odio penetran el espacio educativo disfrazados de humor, y cómo la cultura de la cancelación opera incluso antes de que se dé la posibilidad de una acción: cancela por pertenencia, por prejuicio, por estigma. Y en ese proceso, afecta la convivencia, la confianza y el sentido de comunidad que debería primar en el aula.
Santiago y Luis, una sentencia simbólica En este punto ocurre una situación que no pertenece a la actividad pero sí es importante trabajarla ya que Santiago llega a tener un conflicto con Luis ya que él fue uno de los que más le recriminó su poca capacidad de comunicación con la bibliotecaria por lo que un gesto con los puños y un traspaso por la garganta era sinónimo de un conflicto que debía solucionarse.
Este episodio revela con fuerza la convergencia de varias subcategorías teóricas fundamentales para comprender cómo opera la cultura de la cancelación en el contexto escolar. Por un lado, se evidencia claramente el juicio colectivo, ya que Santiago es interpelado no solo por Luis, sino por la presión implícita del grupo que lo observaba. Rechazar el conflicto habría significado exponerse nuevamente al escarnio público, a la pérdida simbólica de su estatus. Así, aceptar la pelea se convierte en una forma de supervivencia cultural, donde el estudiante se adapta al código dominante del grupo: la violencia como única forma válida de resolución de tensiones.
Por otro lado, se manifiesta la subcategoría de violencia simbólica, no solo en el gesto del dedo por la garganta, un signo socialmente cargado de amenaza, sino también en el uso del cuerpo como instrumento de reafirmación identitaria. Aquí el conflicto no es sólo personal: es un acto significativo, una puesta en escena simbólica donde se redefine quién manda, quién calla, y quién se somete. La agresión no ocurre aún, pero el símbolo de la agresión lo dice todo: el aula no es un refugio del conflicto, sino su escenario más evidente. La interpretación como investigador resalta un punto crucial: la frustración acumulada y no canalizada de Luis encuentra en la pelea una salida emocional y simbólica. En un entorno donde no hay herramientas institucionales o pedagógicas para tramitar el conflicto, la agresión se instala como único lenguaje posible. La plaza pública de justicia se activa una vez más: Santiago debe defender su “honor” frente a una audiencia que espera una respuesta viril, firme, sin matices.
Este momento también invita a pensar en los límites de la expresión emocional permitida en el aula. Ni el diálogo ni la mediación tienen cabida. El cuerpo habla por sí solo, en un contexto donde la emocionalidad está regulada por códigos de masculinidad, dominio y fuerza. Todo esto evidencia que la cultura de la cancelación no solo silencia ideas, sino que impone formas específicas de resolver el desacuerdo, muchas veces ligadas a patrones de violencia simbólica y física profundamente arraigados en la cultura escolar. Ximena y un mensaje cargado de cancelación Curiosamente se tuvo la participación de la estudiante Ximena, bastante inusual ya que rompe los parámetros de la actividad y se debía hacer el esfuerzo necesario para ser lo más objetivo posible al observar la participación de la estudiante aunque se arrepintió de la decisión por los comentarios de sus compañeros que le expresaron no ser lo suficientemente atractiva llevó a no terminar el normal desarrollo de la actividad y se logró reflejar la frustración y la reducción de esa actitud positiva cuando quiso participar.
Este episodio es una muestra clara de cómo la cultura de la cancelación puede operar desde una lógica de género y estética, reforzando significados dominantes asociados al valor del cuerpo y la apariencia física como condiciones para participar o destacar. La frase “no sos lo suficientemente atractiva” no es solo una broma cruel, sino una sentencia simbólica que determina quién tiene o no derecho a ocupar el espacio público del aula. Aquí se activa una forma de mecanismo informal de censura, en la que el grupo, sin necesidad de gritar o castigar, logra disuadir a Ximena de participar, simplemente invalidando su presencia con base en una norma cultural implícita: sólo lo bello, lo deseable, lo llamativo merece visibilidad.
La observación como investigador es clave: aunque Ximena se toma el comentario “a la ligera”, su gesto de aburrimiento y su negativa a continuar son expresiones simbólicas de frustración, y evidencian cómo una disposición positiva puede desvanecerse por efecto de las microagresiones. Este hecho se enmarca también dentro de la subcategoría de violencia simbólica, porque el daño no es físico ni explícito, pero sí profundo, pues actúa sobre su autoestima, silencia su deseo de participar y refuerza los límites de quién puede y quién no puede destacar en el aula.
A la vez, se hace presente el silencio cómplice del entorno: nadie corrigió el comentario, nadie intervino, nadie le dijo que sí valía la pena participar. Esa omisión colectiva refuerza el mensaje de exclusión y legitima la práctica discriminatoria como parte del tejido cotidiano del aula. La actividad pierde así su carácter pedagógico y se convierte en un espacio de juicio estético, donde las jerarquías simbólicas se imponen incluso antes de que se pronuncie una palabra.
Este momento nos permite ver que la cultura de la cancelación no siempre se presenta como una sanción directa. A veces es un susurro, una risa, un comentario envuelto en humor que opera con fuerza devastadora sobre el deseo de expresarse. Y en ese silencio impuesto, no solo se cancela una voz: se cancela una oportunidad de reconocerse capaz, válida y visible en el espacio escolar.
Manuela y la humillación silenciosa Producto de la participación de Ximena, otra estudiante llamada Manuela se animó a participar, la actividad se desarrolló en total normalidad, no fue hasta que un compañero la interrumpe comentandole que después de haber tenido un buen desarrollo se da cuenta de lo que es capaz y así “deja de rehabilitar vagabundos.
Aunque la situación pueda interpretarse en clave cómica o anecdótica, como yo mismo señalo desde mi postura investigativa, el comentario constituye un acto de violencia simbólica que ataca directamente los gustos personales y el pasado afectivo de Manuela. Hacer referencia a su pareja o a alguien vinculado con el consumo de drogas no sólo desautoriza su voz, sino que la expone y la convierte en objeto de juicio moral frente al grupo. Aquí se activa con claridad la subcategoría de juicio colectivo, en tanto la burla no se dirige a su desempeño en la actividad, sino a su vida privada, a sus elecciones emocionales, reduciéndolas a un objeto de escarnio público.
Además, se articula la subcategoría de significados dominantes, ya que el comentario remite a una noción socialmente impuesta sobre qué tipo de persona “merece” ser pareja, y cuáles son los límites de lo aceptable en términos afectivos y estéticos. Al referirse a su vínculo con alguien estigmatizado por su apariencia o su contexto de consumo, se construye un mensaje de exclusión simbólica: amar o defender lo marginal es motivo de burla, no de respeto. En este sentido, el aula se transforma nuevamente en una plaza pública de justicia, donde incluso los vínculos emocionales se exponen, se evalúan y se sancionan mediante el humor.
La apreciación como investigador destaca algo fundamental: el daño puede no estar en la agresión explícita, sino en el gesto que transforma una experiencia positiva en una humillación silenciosa. La burla que busca deslegitimar los gustos o vínculos afectivos de Manuela no solo la afecta emocionalmente, sino que también refuerza el mensaje de que en el aula no todo gusto o afecto es digno de ser validado. La cultura de la cancelación opera aquí como una red de vigilancia simbólica que marca lo que se puede o no se puede sentir, decir o amar.
En suma, este episodio visibiliza cómo la exclusión no se limita a las opiniones académicas o participativas, sino que también alcanza la esfera íntima, afectiva y estética del sujeto. Y es allí donde se vuelve más peligrosa: cuando intenta definir lo que vale o no vale como ser humano, bajo el disfraz de una risa.
Matthew y la cancelación a lo Otaku Para concluir la actividad la última persona llamada por el docente fue Matthew quien automáticamente rechazó la invitación ya que expresó no sentirse cómodo porque lleva una chaqueta del anime Naruto y que según él no tenía ninguna oportunidad por la mala primera impresión que le dió a la bibliotecaria por ser alguien que expresaba mucha afinidad a la cultura “Otaku” Este hecho, aunque podría parecer anecdótico o incluso “cómico”, como se señala desde el rol de investigador, revela una profunda preocupación simbólica sobre cómo lo diferente aquello que escapa a los códigos dominantes del grupo puede convertirse en motivo de autoexclusión. Matthew, al reconocerse como alguien que no encaja con los estándares estéticos o simbólicos del aula, renuncia anticipadamente a participar, asumiendo que su apariencia ligada al anime es incompatible con lo que se espera en una actividad de comunicación. Esto conecta directamente con la subcategoría de significados dominantes, ya que en el aula se ha construido una idea implícita de qué es lo “aceptable” o “atractivo”, y cualquier desviación de ese molde es rápidamente percibida como algo problemático o ridículo.
La situación también activa la subcategoría de autocensura y filtro de señales. Matthew internaliza los códigos de exclusión antes de que alguien lo ataque verbalmente. Su negativa a participar no nace de una burla explícita, sino del temor anticipado al juicio colectivo, lo
que demuestra cómo los mecanismos simbólicos de la cultura de la cancelación operan incluso sin necesidad de agresión directa. El estudiante no se siente autorizado a ocupar el espacio de participación porque sabe o intuye que su identidad visual y cultural no será validada por el grupo.
Además, el gesto de Matthew evidencia una forma de supervivencia cultural, en tanto decide silenciarse para evitar una posible humillación. Prefiere no exponerse, aunque esto signifique resignar su derecho a expresarse. Como investigador, identificas que este tipo de situaciones revela que ser “expresivo” o “vistoso” puede ser leído en el aula como un riesgo, como algo que pone en tensión el equilibrio de una cultura grupal basada en la uniformidad, en el control simbólico del cuerpo y la estética. En este sentido, el aula actúa como una plaza pública de justicia estética, donde lo alternativo es juzgado antes de ser escuchado. Este caso permite comprender que la cultura de la cancelación no opera únicamente a través del castigo directo, sino también mediante la interiorización de la mirada del otro. Y eso es, precisamente, lo más preocupante: que los estudiantes ya saben sin que nadie lo diga, que hay cosas que no deben ser mostradas, dichas o vestidas si quieren evitar ser cancelados. "Valientes en línea, callados en el aula, la cancelación desde el miedo al juicio" El practicante de la UTP expresó la falta de comunicación directa, lo que fue evidenciado en la clase anterior y a su vez los denominó como hombres “cagados” ya que dicen hacer un montón de cosas cuando entablan una charla con una mujer por medio de Whatsapp pero que en persona se asustan y nunca llegan hacer nada en persona.
Este momento, captado a través de la observación participante, revela una dinámica simbólica densa en significados culturales. En primer lugar, se hace evidente una fisura comunicativa entre géneros, donde los hombres particularmente adolescentes en etapa de construcción identitaria exhiben una parálisis emocional y expresiva frente a situaciones de interacción directa. La crítica del practicante apunta al desfase entre el “yo digital” desinhibido y valiente en redes o chats y el “yo presencial” tímido, cohibido, ausente, lo que expone un fenómeno de masculinidades frágiles, moldeadas por códigos de interacción virtual pero ineficaces en contextos reales de comunicación.
Desde el concepto de la cultura, esta situación puede leerse como un acto cargado de simbolismo: la ausencia de expresión verbal masculina no es un hecho anecdótico, sino una
práctica aprendida, normalizada y ritualizada que opera dentro del aula como un lenguaje compartido. El silencio se vuelve una forma de evitar la exposición, de no arriesgarse al error, a la burla o al juicio. En este sentido, la falta de participación de los varones se inscribe también en una lógica de autocensura que está íntimamente relacionada con los mecanismos de cancelación simbólica que circulan entre pares . (Geertz, 1973) El comentario del practicante, por más coloquial que suene, funciona como un acto performativo que pone en evidencia y al mismo tiempo reproduce la cultura de la cancelación en su forma más sutil: el silencio impuesto por el miedo a la desaprobación. En efecto, muchos estudiantes prefieren no hablar, no intervenir, no “exponerse”, por temor a ser etiquetados como débiles, ignorantes o ridículos. El aula, como se ha dicho a lo largo de esta investigación, se convierte en una plaza pública simbólica donde toda palabra es potencialmente juzgada.
Como investigador, considero que esta escena es profundamente reveladora. No solo por su tono anecdótico, sino porque sintetiza una problemática estructural: la incapacidad comunicativa entre géneros no nace de la simple timidez, sino de un contexto cultural cargado de reglas tácitas sobre lo que se espera o se penaliza cuando un hombre habla, siente o se equivoca. Es decir, el aula está operando como un espacio de vigilancia simbólica donde los estudiantes internalizan que hablar puede ser peligroso, y que en el equilibrio entre callar o ser cancelado, siempre será más seguro el silencio. Este hallazgo coincide con lo planteado anteriormente por uno de los aportes teóricos de un autor en relación con el “efecto silenciador” , donde el miedo a ser excluido reemplaza al derecho a la participación. (Correcher Mira, 2020) En suma, esta escena, aunque aparentemente casual, condensa múltiples capas de análisis: las tensiones de género en la comunicación escolar, la internalización del miedo al juicio, la cultura del silencio como forma de protección simbólica, y el papel paradójico del educador como quien denuncia y refuerza, al mismo tiempo, las normas culturales de interacción. Esta evidencia concreta, recogida mediante observación participante, confirma que la cultura de la cancelación no se manifiesta únicamente en grandes confrontaciones o actos explícitos de censura, sino también en gestos mínimos, silencios prolongados y miradas evasivas que revelan el peso simbólico de la participación en el aula.
"Humor algorítmico y xenofobia disfrazada, cuando el meme normaliza el desprecio"
En medio del desarrollo de la actividad propuesta sobre cultura de la cancelación y xenofobia, Santiago, uno de los estudiantes más participativos del grupo focal rompe el hielo recordando un meme que había visto recientemente en Instagram. Con una sonrisa algo cómplice, describe la escena: un fragmento de la serie animada "Invencible", donde el protagonista, dotado de poderes sobrenaturales, destruye ciudades. En el meme, el texto superpuesto indicaba que si el espectador de dicho contenido obtuviera poderes, no los usaría para hacer el bien, sino para destruir Venezuela, Perú y Bolivia. El investigador, presente en la sesión y familiarizado con ese mismo contenido por haberlo visto en su propio algoritmo, no puede evitar reconocer la dimensión ambigua de este tipo de humor. En apariencia, se trata de un recurso cómico, viral, replicado por jóvenes en redes sociales y adaptado al lenguaje de la inmediatez digital. Sin embargo, tras la risa colectiva que desató en el aula, emergió una tensión no menor: la facilidad con la que la xenofobia puede disfrazarse de entretenimiento en un entorno educativo.
Este momento evidencia cómo los discursos de odio se filtran bajo códigos socialmente aceptados como el humor gráfico y los memes, siendo incorporados sin resistencia por los estudiantes. Tal como se plantea la idea de el efecto silenciador , ya que no sólo actúa sobre quienes se reprimen por miedo, sino también sobre aquellos que reproducen estos discursos sin considerar su carga simbólica. La viralidad del meme lo convierte en un artefacto cultural poderoso: ya no es solo una imagen, sino una declaración tácita sobre quién es “digno de existir” y quién puede ser objeto de burla, violencia o aniquilación simbólica. (Correcher Mira, 2020) Desde una mirada interpretativa de la cultura, este hecho no es anecdótico. Es un acto cargado de sentido: el aula como escenario de validación de ciertos discursos que, aunque humorísticos en forma, legitiman prejuicios profundos. La elección de países específicos (Venezuela, Perú, Bolivia) no es azarosa: evoca una construcción jerárquica del valor humano, usualmente anclada en estereotipos raciales, económicos o culturales. (Geertz, 1973) El meme, por tanto, no solo circula como chiste, sino como agente reproductor de exclusión simbólica.
Como investigador, reconozco que el meme mencionado puede resultar cómico incluso dentro de mi propio algoritmo personal. Esta coincidencia con los intereses mediáticos de los jóvenes demuestra que no estamos exentos ni siquiera como docentes o investigadores del
ecosistema digital que moldea el pensamiento y las emociones. Sin embargo, aunque el meme pueda provocar una risa inmediata, no deja de ser una pieza que reproduce un desprecio tácito hacia ciertas identidades nacionales. La risa que genera se convierte en un escudo que impide la reflexión crítica y facilita la normalización de discursos de odio. En suma, esta escena muestra con claridad cómo la cultura de la cancelación opera también por omisión: nadie interrumpió a Santiago, nadie cuestionó el contenido del meme, y todos rieron. El humor fue la coartada perfecta para evitar la discusión, para esquivar el análisis crítico, para dejar intacto un mensaje simbólicamente violento. Así, el meme no fue cancelado, ni siquiera debatido: fue consumido con naturalidad, como un reflejo más del algoritmo compartido entre estudiantes y docentes.
"La burla nacionalista, cuando el humor degrada la idea de comunidad" Durante el desarrollo de la actividad, uno de los momentos más tensos, aunque revestido de humor, emergió de un comentario lanzado por Manuel. Con tono sarcástico y en medio de risas del grupo, expresó: “Menos mal no existe la Gran Colombia, así no tendría que llamar ‘compatriota’ a personas como Luis”, haciendo alusión directa al hecho de que su compañero es venezolano. En ese instante, el aula osciló entre la risa, la incomodidad y la indiferencia, sin que nadie, ni siquiera el aludido reaccionara con una confrontación explícita. El comentario, aunque presentado como un chiste, encierra un acto simbólicamente violento que ilustra con crudeza la manera en que los discursos de odio pueden enmascararse tras el humor. Esta escena pone de relieve una forma particular de cancelación simbólica: el uso del sarcasmo nacionalista como mecanismo de exclusión identitaria. En vez de establecer un vínculo de solidaridad regional o cultural, el estudiante emplea el meme y la referencia histórica para rechazar la posibilidad misma de compartir un sentido de comunidad. Desde la categoría de discursos de odio, este tipo de expresión no necesita de una agresión directa para operar como violencia simbólica. Basta con instalar el mensaje: “no eres como yo”, “no perteneces”, “tu existencia aquí es un error histórico”. Esta forma de exclusión, al ser revestida de humor, se vuelve doblemente peligrosa, pues neutraliza la posibilidad de crítica al presentarse como “solo una broma”, apelando a la complicidad colectiva y reforzando jerarquías simbólicas que deshumanizan. (Correcher, 2020)
A la luz de la categoría cultura, el sentido de este acto no puede leerse únicamente como una ocurrencia individual. Es parte de un sistema de significados compartidos que definen lo que es aceptable o no en un grupo social. La risa de los demás estudiantes no sólo valida el comentario, sino que lo integra al repertorio cultural del aula: una comunidad simbólica que se afirma negando al otro. En ese gesto, el aula deja de ser un espacio de formación plural para convertirse en un escenario de vigilancia moral, donde los signos de pertenencia se definen por la nacionalidad, y el extranjero aunque compañero es convertido en objeto de burla. (Geertz,1973) Como investigador, aunque entiendo que el comentario circula bajo el código del meme esa forma de comunicación fragmentaria, irónica y popular no puedo evitar reconocer que, pese a su tono aparentemente inofensivo, es profundamente cruel. No solo porque apunta directamente a una persona presente, sino porque reproduce una lógica de exclusión que atraviesa históricamente nuestras relaciones latinoamericanas. Cancelar la posibilidad de llamarse “compatriotas” es, en última instancia, cancelar la posibilidad de reconocerse en el otro. Es negar el lazo que la historia compartida intenta proponer y, en su lugar, afirmar una frontera simbólica.
Esta escena evidencia, una vez más, cómo en el aula los mecanismos de cancelación no siempre son explícitos. A veces se encarnan en bromas fugaces, en frases sarcásticas, en referencias históricas deformadas que sirven como excusa para ridiculizar y marcar la diferencia. La cultura de la cancelación, en este caso, se manifiesta en el intento de borrar la noción de comunidad y sustituirla por una afirmación de superioridad simbólica. A través del humor, el juicio se cuela sin filtro, y con él, la reproducción de una xenofobia naturalizada que se disfraza de entretenimiento.
"Reír desde la sombra, el racismo digital” Alejandro muestra un meme el cual habla sobre el racismo que se encuentra en las redes sociales y el personaje es un hombre sonriendo, aquella sonrisa y el que Alejandro tenga el meme guardado representa que quizá en un ambiente digital el comparte contenido racista. Esta escena pone en evidencia uno de los mecanismos más sutiles y peligrosos de la cultura de la cancelación y los discursos de odio: la risa como estrategia de evasión crítica y el meme como artefacto de identidad simbólica. Alejandro no necesita decir explícitamente “yo soy racista”; basta con compartir, guardar y validar el contenido en su archivo digital para
participar de esa comunidad simbólica en la que el racismo se vuelve parte del humor cotidiano.
Desde la categoría discursos de odio, este tipo de expresiones no requieren agresión directa. El meme no insulta a nadie de forma abierta, pero insinúa —y lo hace con efectividad— que ser racista puede ser motivo de risa, incluso de pertenencia. El rostro sonriente en la imagen actúa como espejo: quien se ríe con él, quien lo guarda, quizá lo hace porque se reconoce en esa ironía. (Correcher, 2020) Así, el discurso de odio no solo se reproduce: se internaliza, se normaliza y se convierte en marca de identidad juvenil, sobre todo en el universo digital, donde la validación social opera a través de reacciones, compartidos y colecciones privadas. Desde la perspectiva de la cultura, este acto es profundamente simbólico. Lo que parece una simple muestra de humor revela un entramado complejo de significados: guardar un meme no es un gesto neutro. Es un acto de selección, de reconocimiento, de validación. El aula se transforma entonces en un escenario donde se negocian públicamente los límites de lo aceptable. Lo preocupante no es solo que el meme circule, sino que su circulación no cause incomodidad, no detona ningún tipo de cuestionamiento colectivo. El contenido se comparte con liviandad, y en ese gesto se evidencia una cultura que ha aprendido a reír para no pensar. Como investigador, reconozco que la escena tiene una carga cómica evidente. Resulta incluso irónico que un meme usado para señalar la presencia de racismo en internet sea compartido con una sonrisa, como si el estudiante dijera: “Sí, estoy ahí, y me da gracia”. Sin embargo, ese mismo tono humorístico que inicialmente puede parecer inofensivo, encierra una verdad preocupante: el estudiante no solo reproduce un discurso de odio disfrazado de humor, sino que lo archiva, lo guarda, lo hace parte de su identidad digital. Y aunque esto no lo convierte directamente en racista, sí indica que existe una afinidad, una comodidad simbólica con esos mensajes que, al ser presentados en clave de broma, evaden la crítica ética. Esta situación confirma que la cultura de la cancelación y los discursos de odio operan, muchas veces, desde las sombras: en la risa colectiva, en lo que se guarda en silencio, en lo que se muestra sin decir nada. Alejandro no insulta a nadie, pero su acto comunica mucho. Guarda, sonríe, comparte: reproduce. Y eso, en el contexto educativo, debería ser suficiente para abrir una conversación crítica que no siempre se da, especialmente cuando el aula aún no ha sido entrenada para identificar la violencia simbólica que se esconde tras el humor cotidiano.
"Entre la risa y el rechazo, xenofobia ligera”:
Este episodio, a pesar de estar envuelto en una aparente ligereza humorística, revela la normalización de expresiones xenófobas dentro del lenguaje cotidiano del aula. Aunque no hay una mención explícita de odio o rechazo directo, el mensaje del meme apunta a una desvalorización de todo un país. Presentar a Perú como un lugar al que no se debe ir no es solo una ocurrencia aislada: es la cristalización de un prejuicio cultural que ha sido simplificado en una imagen viral, rápida, fácil de compartir, pero cargada de contenido simbólicamente excluyente.
Desde la perspectiva de los discursos de odio, este tipo de representaciones forman parte de lo que (Correcher, 2020) identifica como mecanismos sutiles de silenciamiento. No hacen parte de un ataque frontal, pero sí comunican un mensaje claro: ese país (y, por extensión, sus ciudadanos) no merece ser visitado, conocido, ni valorado. El humor opera aquí como un escudo protector que impide una lectura crítica: como provoca risa, el contenido pasa inadvertido o, peor aún, se vuelve aceptable.
La cultura, entendida en términos de un sistema simbólico compartido, se manifiesta en esta escena a través de la risa cómplice y la aceptación generalizada del chiste. El aula no reacciona con incomodidad ni con cuestionamiento; por el contrario, adopta el meme como un código interno que refuerza jerarquías implícitas. Lo que parece una broma “ligera” es, en realidad, un acto que ayuda a reforzar estereotipos negativos y a excluir simbólicamente a quienes podrían sentirse identificados con la nacionalidad objeto del chiste. (Geertz, 1973) Como investigador, reconozco que el meme provoca gracia. Su estructura es ingeniosa, y su impacto inmediato está pensado para ser compartido y consumido en la lógica del algoritmo digital. Incluso yo, al observarlo, no puedo negar que tiene un efecto cómico. Sin embargo, también es evidente que esta comicidad encierra una forma de xenofobia “ligera”, que por ser sutil, se vuelve más peligrosa: no genera rechazo, sino aceptación. Es ahí donde radica su capacidad de reproducir discursos de exclusión sin ser detectados como tales. Esta escena, como las anteriores, refuerza la idea de que el aula no solo es un espacio de enseñanza formal, sino también un escenario donde se negocian constantemente los significados sociales que los estudiantes traen desde sus entornos digitales. El meme se
convierte en un acto performativo que dice más de lo que aparenta. “No ir a Perú” no es solo un chiste: es un juicio que, repetido, archivado y celebrado, termina por insertarse en el imaginario juvenil como una verdad tácita. Así, el humor no sólo disfraza la violencia simbólica, sino que la convierte en hábito.
"De la diplomacia al desprecio” Santiago comentó que este tipo de actividades serían más notorias cuando se realice el modelo de AJMUN ya que los países tercermundistas son más fáciles de desestimar su opinión.
Lejos de ser un comentario ingenuo, la afirmación de Santiago representa una manifestación explícita de exclusión simbólica basada en jerarquías geopolíticas internalizadas por los propios estudiantes. Al proponer que los países considerados “tercermundistas” sean objeto de burla en un espacio diseñado para el debate, la representación y el pensamiento crítico global, se está desvirtuando por completo el espíritu del evento. AJMUN que en esencia debe promover la empatía, el análisis contextual y la comprensión de realidades distintas— se ve reducido a un escenario para ejercer la cancelación simbólica desde el privilegio, la burla y el desprecio.
Desde la categoría de cultura, y en particular bajo el enfoque de esta situación, logra convertirse en una acción profundamente simbólica que refleja el sentido compartido del grupo frente a la alteridad. Aquí, representar a un país con dificultades económicas, sociales o políticas no se asume como un reto diplomático o intelectual, sino como una oportunidad para humillar, reírse y fortalecer las jerarquías simbólicas dentro del aula. El evento educativo pierde su valor formativo para convertirse en un teatro de validación del estatus. (Geertz,
1973)
Desde los discursos de odio, aunque el comentario de Santiago no se presenta con violencia directa, se inscribe dentro de una lógica de desprecio estructural. Lo que nuevamente se denomina “efecto silenciador” también se manifiesta aquí: los estudiantes que representan naciones empobrecidas pueden llegar a sentir vergüenza, inferioridad o desmotivación, inhibiendo su participación por miedo a convertirse en blanco de burlas. Lo que se naturaliza como “coger de parche” es, en realidad, una forma de exclusión simbólica que opera de manera estructural bajo la fachada del humor escolar. (Correcher, 2020)
Como investigador, considero que esta escena evidencia uno de los riesgos más preocupantes de la cultura de la cancelación cuando se naturaliza en contextos educativos: la pérdida del valor de los espacios formativos. AJMUN, que ha sido históricamente un espacio de prestigio institucional, se ve trivializado cuando se transforma en escenario de burla, clasismo y desprecio simbólico. El comentario de Santiago, aunque gracioso para algunos, es revelador: no solo se reproduce una jerarquización entre países, sino que se degrada el rol pedagógico del evento, que deja de ser un espacio de aprendizaje para convertirse en un concurso de ridiculización simbólica.
Este episodio sintetiza cómo la cultura de la cancelación no solo afecta a individuos dentro del aula, sino también a las instituciones simbólicas que la escuela promueve. El desprecio por lo “tercermundista” aunque dicho en broma anula la posibilidad de construir pensamiento crítico sobre la geopolítica, la historia y la desigualdad. En su lugar, impone una lógica de burla, reforzada por la risa grupal y el silencio cómplice de quienes, pudiendo confrontar, eligen callar.
Capítulo 6: Hallazgos significativos y conclusiones Se confirma que la cultura de la cancelación en el aula de grado 11B no es un fenómeno aislado, sino una práctica cotidiana sostenida por dinámicas de vigilancia simbólica, discursos de odio disfrazados de humor y exclusiones normalizadas. Casos como la burla por origen nacional (Luis), la autocensura estética (Ximena), la violencia simbólica afectiva (Manuela), o el desprecio geopolítico (Santiago en AJMUN), refuerzan la idea de que el aula opera como una plaza pública de justicia, donde el juicio colectivo sustituye el diálogo pedagógico, generando miedo al error, autocensura y desmotivación Lo que impacta mucho los procesos de enseñar y aprender, también los sentimientos͏ y la ciudadanía de los jóvenes. No se trata ͏de un método justo para arreglar problemas sociales, sino que algunos grupos de estudiantes lo usan como herramienta controladora, de penalización y silenciamiento dónde l͏a moral política y el acuerdo entre todos ͏son͏ filtros para d͏ecidir qué comentarios pueden est͏a͏r en la cl͏a͏se y cuáles hay͏ qu͏e cancelar. En este sentido, los actos vistos en el salón, como las risas, la burla por preferencias personales o fallos al hablar, el callar ideas distintas y dejar fuera autores vistos como “problemáticos” muestran no sólo como funciona una cultura que cancela, sino también la inquietante aceptación de mensajes negativos que actúan bajo una apariencia de bien. Este tipo de mensajes, como se ha mencionado de manera particular, no siempre son agresivos ni obvios; sino que se ocultan de diferentes formas, como dejar fuera ͏la opción de analizar si͏ las ideas ͏ son correctas o sencillamente callar de manera colectiva, produciendo͏ así efectos silenciosos profundos que frenan la libertad par͏a ha͏blar, el derecho a errar y el crear un pensamiento crítico. (Correcher, 2020) En general, los hallazgos aquí presentados revelan un aula cada vez más marcada por el miedo a hablar, la autocensura y el retraimiento. En la medida en que los estudiantes sienten que sus opiniones, identidades culturales o preferencias personales están siendo juzgadas, optan por el silencio, desmotivándose y abandonando espacios de participación de la mayor relevancia, tal como debates y simulaciones académicas. Ello, por supuesto, no solo pone en riesgo el desarrollo emocional de los jóvenes, sino que compromete la posibilidad misma de la educación democrática, en la medida que la misma se supone forma individuos capacitados para argumentar, disentir y convivir con la diferencia.
Caracterizar este fenómeno en el terreno educativo como hace el análisis del que parte este texto no es un gesto académico más. Es un acto ético. Porque mientras sigamos llamando “justicia” a lo que muchas veces es venganza simbólica, estaremos profundizando desigualdades en lugar de combatirlas. Y, sobre todo, estaremos privando a las nuevas generaciones de algo más valioso que la corrección: la posibilidad de aprender desde el desacuerdo.
Resulta urgente, entonces, desarmar los mecanismos de la llamada cultura de la cancelación que se infiltran en la escuela con sutileza. Porque no, el aula no es una plaza pública de justicia. Es un campo simbólico en el que se disputan sentidos, se forjan identidades y se ejercen a veces sin quererlo, otras con entusiasmo y formas de poder más eficaces que el castigo formal: la mirada que juzga, el silencio que aísla, la burla que desactiva. La cancelación en la escuela no es un simple reflejo de las redes. Es, más bien, el síntoma de una pedagogía que ha perdido el nervio del disenso. Una pedagogía domesticada, más interesada en producir sujetos correctos que en acompañar trayectorias complejas. Y si la escuela renuncia a ser el espacio donde el error se transforma en conocimiento, ¿quién quedará para enseñarnos a pensar?
Es así cómo podemos representar que la Cultura de la Cancelación es un sistema de reglas que condicionan el ambiente escolar en un aula de clase, son reglas que no se firman en un contrato ni tampoco son la letra pequeña que aparece como términos y condiciones al ingresar a un aula de clase.
Son reglas basadas en la violencia, violencia que ha sido construida por los diferentes discursos de odio que se presentan en el aula de clase, a los que compañeros e incluso docentes llamamos bromas de mal gusto, aquellas que silencian, autocensuran, desmotivan y hieren la lógica, la identidad pero sobre todo el pensamiento crítico de las mentes extraordinarios que hay en un aula de clase. Esas mentes que cada día se enfrentan en un entorno violento, culpa de la construcción histórica de ciertos estereotipos que se han normalizado en nuestra sociedad, donde la belleza del cuerpo puede suprimir una cultura donde el conocimiento sea la materia prima y que irónicamente esa belleza también puede ser víctima de la violencia simbólica centrada en la exclusión si aquella belleza no cumple con los diferentes estándares que se han pactado, al final esta corre con el riesgo de ser cancelada sin corrección alguna
En un aula de clase la cultura de la cancelación no distingue entre raza, sexo, autoridad, credibilidad y nacionalidad, cualquiera puede ser cancelado, incluso aquel que haya sido arquitecto de esas jerarquías sociales que se expresan en el aula, jerarquías que se han mantenido bajo la falsa idea de justicia de que todo lo que se diga sino está acorde con esas reglas que venimos mencionando, puede ser usado en su contra.
Como si de una audiencia o plaza pública se tratase, la Cultura de la Cancelación cuenta con una regla principal en este espacio, regla que actúa como juez o jueza que no tiene miedo de sentenciar la destrucción o destitución de esa idea de que un aula de clase es un espacio donde se involucran diferentes contextos sociales, culturales, económicos etc… Esa regla llamada lógica punitiva que ha servido para dictar control completo en aquellas relaciones sociales que pueden surgir entre compañeros y además de eso ha hecho que inconscientemente los estudiantes normalicen la exclusión de aquello que si no se alinea con esa estructura reglamentada de la lógica punitiva, sencillamente no vale la pena ver o escuchar.
Esta lógica punitiva no viene solo de arriba. No son los docentes los únicos que ejercen autoridad: también los estudiantes vigilan, etiquetan, sancionan. Y lo hacen entre sí. Como si el aula fuese un espacio donde se sentencian los acontecimientos de las redes sociales, pero sin la distancia del anonimato. Aquí, el castigo es presencial y el exilio simbólico se lleva en la mochila, entre el cuaderno y la vergüenza .
La Cultura de la cancelación como la entendemos en el ámbito socioeducativo teniendo como base este texto no suele llegar con carteleras ni hashtags. Opera bajo el silencio cómplice de un murmullo de un pasillo o el emoji burlón que sentencia en un grupo de WhatsApp. Se disfraza de corrección política, pero huele a exclusión moral. A veces, quienes más la padecen son los estudiantes que no manejan con soltura el abecedario del discurso inclusivo, o que simplemente no han tenido la suerte de nacer en hogares donde la diversidad sea un acto comunicativo. Ironías de la justicia: se cancela, muchas veces, en nombre de la inclusión, un ejemplo de esto es el caso de Alejandro quien a pesar de su notable disposición frente a la actividad, y que en el transcurso del periodo académico ha sido alguien que va en contra de todas estas reglas que se presentan en el aula, aquella situación fue el momento perfecto para que el fuera objeto de cancelación.
Por eso, frente a la cultura de la cancelación, no basta con discursos tibios sobre “la importancia de la diversidad”. Hace falta una pedagogía valiente, que se atreva a tensionar consensos, enfrentar esas reglas y a defender el derecho al desacierto. Hace falta devolverle al aula su carácter profundamente humano: donde esas jerarquías sean eliminadas y donde nadie es cancelado por hablar, pero todos aprenden a escuchar.
Porque al final, educar no debería ser sinónimo de domesticar, sino de abrir el mundo. Y para eso, a veces, hay que aprender a hablar con quien incomoda.
Lo paradójico es que esta cultura, nacida del impulso por denunciar injusticias reales, termina operando como un sofisticado dispositivo de control. No promueve el pensamiento crítico, sino la autocensura; no diversifica las voces, las uniforma. Como si la educación ya no consistiera en pensar juntos, sino en no incomodar. Casos como el de Santiago en el que la solución para detener sus expresiones burlescas, xenófobas, etc… No fue una comunicación asertiva en que la juntos pudiesen llegar a una solución, si no que el fin justificado fue cancelarlo por medio de una venganza simbólica no por lo que hizo, sino por lo que ha venido haciendo.
Cierre final Estos episodios concretos permiten ilustrar con claridad cómo los significados dominantes, las jerarquías simbólicas y el efecto silenciador se insertan en las relaciones cotidianas del grupo, afectando especialmente a quienes no se ajustan a los códigos hegemónicos: estudiantes con intereses alternativos, con estéticas distintas o provenientes de contextos socioeconómicos vulnerables. En todos los casos, la participación no se juzga por su contenido, sino por su adecuación simbólica a lo considerado aceptable, evidenciando que la cancelación se ejerce como un mecanismo de control cultural más que como una herramienta crítica. Por lo tanto, el trabajo pedagógico que debería hacerse en las aulas podría enfocarse y desarticular dichos mecanismos.
Así, estos hallazgos dan respuesta directa a la pregunta de investigación al mostrar que la cultura de la cancelación en el aula se desarrolla como un sistema de reglas basados en la práctica sistemática de exclusión simbólica, donde los discursos de odio no siempre son explícitos, sino que se ocultan tras la risa, el meme, el silencio o el desprecio “ligero”. Esta normalización erosiona la posibilidad de una educación plural, crítica y democrática, convirtiendo el aula en un escenario de reproducción de desigualdades y censura simbólica.
En consecuencia, se hace evidente la urgencia de una intervención pedagógica que desactive estos mecanismos y restituya el aula como un espacio de expresión, respeto y construcción colectiva. Los episodios analizados no solo revelan cómo opera la cancelación, sino que ofrecen un mapa de advertencia sobre sus consecuencias éticas y formativas. Frente a esta realidad, recuperar el valor del error, el diálogo y la diversidad no es solo una tarea educativa, sino una responsabilidad ética para resistir la expansión silenciosa de los discursos de odio en contextos escolares.
Anexos Anexo 1 - Categorías Conceptuales Anexo 2 - Instrumento de Observación
Referencias Burgos, E., & Hernández Díaz, G. (2021). La cultura de la cancelación ¿Autoritarismo de las comunidades de usuario? Revista Comunicación, (193), [pp.].
Correcher Mira, J. (2020). Discurso del odio y minorías: redefiniendo la libertad de expresión. [Artículo académico]. https://doi.org/10.36151/td.2020.016 El Liberal. (2020). Breve pedagogía crítica contra la cultura de la cancelación. [Columna de opinión].
Geertz, C. (1973). La interpretación de las culturas. Gedisa.
Instituto para el Futuro de la Educación. (2020). “Estás cancelado”: La cultura de la cancelación y sus implicaciones sociales. Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación. https://observatorio.tec.mx/cultura-de-la-cancelacion/ Rizzacasa d’Orsogna, C. (2023). La cultura de la cancelación en Estados Unidos. [Edición actualizada o reimpresión].
Rojas Sierra, J. (2022). La cultura de la cancelación o la tiranía de la censura. Revista Filosofía UIS. https://revistas.uis.edu.co/index.php/revistafilosofiauis/article/view/13415 Ruiz Olabuenaga, J. I. (2012). Metodología de la investigación cualitativa. (Ed. actualizada). Universidad de Deusto.
Cita: Castaño Giraldo, David Alejandro (2025), La cultura de la cancelación en el aula de clase, Universidad Tecnológica de Pereira, p. N. https://hdl.handle.net/11059/16143