Pensar desde la orilla: sujetos que re-existen y territorios sensibles en tres novelas del Pacífico colombiano. Un análisis de La Perra, Esta herida llena de peces e Irimó
Manuela Castro Henao
Trabajo de grado para otorgar al título de licenciada en Literatura y Lengua Castellana
Director PhD en literatura. Gleiber Sepúlveda
Universidad Tecnológica de Pereira Facultad de Ciencias de la Educación Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana Pereira
2025
Agradecimientos A todo aquel que ha sido fiel compañero en este proceso. A mis padres por su inagotable apoyo A mis hermanos por ser guías en los momentos de desasosiego A mi abuela por su inmensa ternura A mis amigos por creer A mi Mar por su presencia esperanzadora y A Dante, por recordarme cada día que el amor y la espera solo se recibe de quienes pueden amar de verdad.
Dedicatoria Para mi madre que me mantiene a bordo y para mi Mar, que su marea siempre me acompañe.
Tabla de contenido Resumen .................................................................................................................................... 6 Abstract ..................................................................................................................................... 6 Capítulo 1. La obra literaria como universo autónomo: sujetos ficcionales y territorios descentralizados ....................................................................................................................... 7
1.1.
Introducción: Goldmann (1975) y Lukács (1979). ............................................... 7
1.2.
Sujetos ficcionales y territorios sensibles, Parra (2018) y Bachelard (1957). ..... 9
1.3.
Campo literario, tensiones y luchas simbólicas, Bourdieu (1989). .................... 14
1.4.
Pensar desde la periferia, Mignolo (2015) ........................................................... 16
1.5.
Escritoras del Pacífico colombiano y antecedentes de investigación ................. 18 Capítulo 2. Análisis de los sujetos y espacios ficcionales en las obras de: Pilar Quintana, Lorena Salazar Masso y Estela Estrada .............................................................................. 25 2.1. Introducción al análisis ............................................................................................... 25 2.2. Maternidades descentralizadas: Damaris, La mamá del niño y Aura. .................. 27 2.3. Masculinidades en silencio: Rogelio, El padre que no tuvo el niño y Andrés. ....... 35
2.4. El principio de un nuevo orden epistemológico: la figura del niño en las obras
Está herida llena de peces e Irimó ...................................................................................... 38
2.5. Territorialidades líquidas en las novelas: La perra, Esta herida llena de peces e
Irimó..................................................................................................................................... 42
2.6. Espacios en tránsito: la canoa y el bus en La perra, Esta herida llena de peces e
Irimó..................................................................................................................................... 48 2.7. La casa grande: la ciudad y la selva. ......................................................................... 52
Capítulo 3: Conclusiones ....................................................................................................... 57 3.1. Sujetos que sienten, hablan y re-nombran. ............................................................... 59
3.2. Espacios que sienten, habitan y re-existen: territorialidades sensibles del Pacífico
colombiano .......................................................................................................................... 61 3.2. Relaciones inquebrantables: sujetos y espacio. ........................................................ 63 Referencias.............................................................................................................................. 65
Resumen Esta investigación analiza las configuraciones del sujeto literario y las construcciones de los territorios que estos habitan en tres novelas del Pacífico colombiano: La perra de Pilar Quintana, Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso e Irimó de Estela Estrada. El análisis se centra en la exploración de cada universo literario con el fin de renombrar la existencia de los sujetos y sus territorialidades desde una filosofía de la periferia; es decir, desde una perspectiva que se aleja de los discursos hegemónicos y de poder establecidos históricamente por el centro. De esta manera, las obras, como creaciones autónomas de su realidad, edifican un constructo identitario descentralizado.
Abstract This research analyzes the configurations of the literary subject and the constructions of the territories they inhabit in three novels from the Colombian Pacific region: La perra by Pilar Quintana, Esta herida llena de peces by Lorena Salazar Masso, and Irimó by Estela Estrada. The analysis focuses on exploring each literary universe in order to rename the existence of the subjects and their territorialities from a philosophy of the periphery; that is, from a perspective that distances itself from the hegemonic and historically centralized discourses of power. In this way, the works, understood as creations autonomous from their immediate reality, construct a decentralized identity framework.
Capítulo 1. La obra literaria como universo autónomo: sujetos ficcionales y territorios descentralizados
1.1.
Introducción: Goldmann (1975) y Lukács (1979).
Dentro de la presente investigación se propone explorar las construcciones de sujeto a partir de tres novelas colombianas contemporáneas: La perra de Pilar Quintana (Cali, Valle del Cauca), Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso (Medellín, Antioquia) e Irimó de Stella Estrada (Tumaco, Nariño). Estas obras configuran universos narrativos donde se despliega la existencia de diferentes sujetos ficcionales, los cuales constituyen la principal fuente de análisis. Su importancia radica en la posibilidad que ofrecen para imaginar, repensar y reflexionar sobre la experiencia de lo que significa habitar en el Pacífico colombiano. Si bien la mirada se posiciona en los sujetos que existen dentro de las obras, es fundamental tener en cuenta que el universo literario que los circunda se convierte en la realidad tangible para el lector y en este caso para la investigación en curso. En este sentido, la obra literaria en sí misma representa un universo. Goldmann (1975) propone que: La obra literaria no es el simple reflejo de una conciencia colectiva real y dada, sino el resultado, a un nivel de coherencia muy elevado, de las tendencias propias de la conciencia de tal o cual grupo, conciencia que es preciso concebir como una realidad dinámica, orientada hacia un cierto estado de equilibrio (p. 27) De este modo, Goldmann (1975) plantea una mediación entre el mundo social y la creación literaria, lo que permite comprender la obra más allá de la representación, más bien como un producto que potencia el proceso de desarrollar una conciencia social y colectiva. En correspondencia con esto, cabe mencionar que el interés de esta investigación no radica en entender las novelas como reflejos o reproducciones de una realidad social, sino en analizarlas como construcciones discursivas que la interpelan, e incluso como productoras de
mundos simbólico capaces de expresar tensiones entre el contexto sociocultural próximo y el mundo ficcional. Dichas producciones pueden ser interpretadas como símbolos de la realidad, pero no como dependientes de la misma, ya que no es posible reducir su impacto a una imitación fidedigna del contexto. La novela puede integrar la realidad dentro de su narración, transformarla y convertirla en un aparato estético. Según Luckás (1979), la realidad es un sustrato para la obra literaria, que en sí misma ya representa una totalidad. Ambas sostienen una relación de dependencia a través de las mediaciones que se desarrollan alrededor del acto creativo y del resultado literario; sin embargo, esta relación de dependencia no es totalitaria, pues la obra conserva su autonomía estética.
Es decir, la obra literaria toma la realidad y la transforma en una experiencia simbólica, abierta a la interpretación y a la constante resignificación. Desde esta perspectiva, las novelas de Quintana, Salazar Masso y Estrada constituyen escenarios estéticos que, al construir sujetos, espacios y relaciones, cuestionan tanto a los lectores como al contexto cultural del que emergen.
En este sentido, se busca explorar la obra literaria y su contexto sociocultural, en este caso, el Pacífico colombiano, desde un nuevo pacto relacional. En él convergen dos interpretaciones: la primera, vinculada con la relación de dependencia e independencia que plantea Lukács (1979), permite analizar la obra sin desvincularla de su autonomía ni de su realidad inmediata; la segunda se relaciona con la capacidad de conciencia que, según Goldmann (1975), posibilita concebir la realidad como un proceso dinámico y transformar los espacios enunciativos en lugares de alta variabilidad semántica. Ambas interpretaciones, permiten ubicar el valor de las creaciones literarias en su capacidad para ampliar los principios de conciencia, así la realidad inmediata se puede nombrar desde nuevos cimientos de interpretación que, en su mayoría se encuentran mediados por la sensibilidad, por consiguiente, el mundo en el que se encuentra inscrito el objeto literario puede ser repensado.
A partir de este nuevo pacto relacional, el objetivo es explorar específicamente las configuraciones del sujeto literario dentro las tres obras seleccionadas, con el fin de analizar de qué manera los personajes y las voces narrativas producen nuevos sentidos de interpretación sobre lo que significa “ser del Pacífico”, a partir de los mundos simbólicos creados por las escritoras ya mencionadas. La relación con la selva, el río, el mar, la maternidad, el desplazamiento, la violencia, se reconfiguran en el marco de este nuevo universo literario, de ahí que sea posible entender desde nuevas aristas conceptuales, dichos espacios.
Es fundamental tener en cuenta que el análisis se concentrará en los territorios evocados dentro de las obras: las zonas costeras del Pacífico colombiano, particularmente los municipios de Buenaventura, Juradó, Bahía Solano, Nuquí, Quibdó y la costa de Tumaco; lugares que aparecen en las narraciones y que, más que funcionar como escenarios de representación o imitación de la realidad, se configuran como espacios estéticos, atravesados por una poética de lo húmedo, lo selvático, lo femenino y lo marginal.
1.2.
Sujetos ficcionales y territorios sensibles, Parra (2018) y Bachelard
(1957).
Bajo esta nueva configuración, la novedad no radica únicamente en reconocer la autonomía de la obra literaria frente a la realidad, sino en proponer una lectura que entiende dicha autonomía como un espacio de producción de conocimiento. Las novelas La perra, Esta herida llena de peces e Irimó, entablan un nuevo pacto relacional entre las creaciones estéticas y la experiencia, que permiten generar nuevas formas de territorialidad e identidad. En cuanto a los sujetos de interés, cabe resaltar que estos son diferentes a los que ya están posicionados dentro del espacio físico, es decir, toman distancia de la realidad, pero no la rechazan, posibilitan identificar una descentralización del discurso predominante gracias a las
nuevas configuraciones de sentido, mediadas, claramente, por el ejercicio literario. En este punto, resulta clave diferenciar el sujeto ficcional que emerge en las novelas del sujeto histórico descrito por Mosquera (2000). El autor caracteriza al habitante del Pacífico colombiano desde su marginalidad estructural, producto de un prolongado abandono estatal: El pacífico colombiano es uno de los territorios más ricos en biodiversidad en el mundo, y uno de los pocos pulmones verdes productores de oxígeno que aún quedan en el planeta; posee enormes recursos de flora y fauna; pesqueros, madereros, hidrológicos y mineros. Sin embargo, su mayor riqueza es su población, las Comunidades Negras e Indígenas, sus dueños ancestrales, que han vivido sumergidos en la más absoluta pobreza, ignorancia y marginalización (p.13) Bajo estos argumentos, se relaciona al sujeto del pacifico colombiano desde dos posturas diferentes: la primera abarca una dimensión espacial, que será resaltada posteriormente. El Pacífico colombiano cuenta con una vasta riqueza en recursos naturales, es uno de los lugares más biodiversos del planeta, gracias a su diversidad hidrográfica y a la alta presencia de especies de fauna y flora. Por otro lado, se encuentra la dimensión socio política, el sujeto histórico, las Comunidades Negras e indígenas, son reconocidas a partir del desamparo sistemático del estado, se encuentran marginalizadas. Mosquera (2020) afirma según la sentencia T/422 de 1996, que:
La historia colombiana se ha fraguado tristemente a partir de la violenta sustracción de tierras a los indígenas y de la expatriación obligada de los Negros del África, que fueron arrancados de su suelo para laborar en tierras ajenas.
Esta condición de marginalidad, con la que se reconoce a los sujetos del pacifico colombiano, no es una observación arbitraria ni descalificadora; por el contrario, se deriva de las dinámicas socioculturales que han configurado a la región desde la América colonial.
Ahora bien, dichos procesos históricos han llevado a las Comunidades Negras e Indígenas a narrar su realidad a partir de mecanismos descentralizados, como la oralidad, la música, la gastronomía, las prácticas espirituales, la poesía y la literatura. Estos dispositivos posibilitan nuevas formas de conciencia que permiten reinterpretar la realidad, en relación con lo que proponen Goldmann (1975) y Lukács (1979). Por esto mismo, las obras de Quintana, Salazar Masso y Estrada desplazan esa mirada histórica: no niegan el contexto de marginalidad, pero lo reelaboran desde la experiencia simbólica. Los personajes que habitan sus relatos no sólo padecen la periferia, sino que la transforman, la vuelven a nombrar desde dimensiones diferentes a las establecidas, desde la sensibilidad y el lenguaje literario. Por esto, la diferencia no radica en la existencia de realidades inmediatas distintas, sino que, a partir de esas realidades ficcionales que aparecen en las novelas, los sujetos que allí habitan adquieren la capacidad de otorgar nuevas características a sus entornos, de establecer nuevas formas de relación y de erigir cimientos representativos propios. Así, puede sostenerse que “ser del Pacífico” no constituye una definición cerrada, sino una pregunta que se reactiva a través de los sujetos ficcionales. Son ellos quienes, desde la experiencia que encarnan, invitan a pensar el Pacífico desde múltiples dimensiones afectivas, simbólicas y culturales, y a reconocer que dichas dimensiones se manifiestan como artefactos estéticos capaces de inscribirse en el plano cultural y transformarlo.
De este modo, las obras La perra, Esta herida llena de peces e Irimó no sólo indagan ese universo, sino que propician nuevas relaciones de interpretación entre el lector, el investigador y los propios sujetos que habitan sus relatos. En ellas, el acto de narrar y el acto de leer se entrelazan como formas de reconstruir y reimaginar lo que significa habitar el Pacífico.
Ahora bien, la dimensión espacial antes mencionada, además de ubicar demográficamente al Pacífico colombiano, posibilita construir una relación de co-pertenencia
entre el espacio y el sujeto; el espacio le pertenece al sujeto, pero el sujeto también pertenece a su espacio, dicha relación no puede pasarse por alto en el universo simbólico creado; por eso, si los sujetos ficcionales se configuran desde nuevas formas de enunciación, los espacios también se transformarán al mismo tiempo.
Los espacios dentro de las novelas citadas, además de ser escenarios, son lugares de evocación y enunciación. Según (Parra, 2018), esto:
implica una reflexión sobre la sensibilidad, es decir, sobre la estesia (aisthesis) que integra en un campo vibracional consecuencias de tipo sensorial-físico como emocional– simbólico. El problema del espacio es un problema estético que va más allá de juicios críticos acerca del gusto por lo bello, es un problema cuyo campo problemático es la exterioridad como tono de una melodía interior (p, 75-76).
Sustentado en lo propuesto por Parra (2018), el espacio deja de reducirse a una localización física, para movilizarse en torno a una exploración sensible. La aisthesis se refiere a la capacidad de alcanzar cualquier conocimiento por medio de los sentidos; en otras palabras, el cuerpo se implica sensorialmente con su espacio, el cual se reviste de una fuerza capaz de atravesar los cuerpos localizados físicamente mediante el despliegue sensorial. En estos sujetos del pacifico colombiano se resaltan características como: lo húmedo, los sonidos, los olores, el calor, las texturas, la brisa, que pretenden extender la experiencia de habitar el espacio sin sentirlo físicamente, a través de una nueva formulación de significados que surge con las siguientes relaciones: sensorial-físico: lo que se siente desde el cuerpo (el calor, el agua, el ruido de la selva ) y lo Emocional-simbólico: lo que eso significa desde ese universo ficcional (el mar como libertad o amenaza, la selva como refugio o aislamiento). Por esto, el problema del espacio pasa a ser una discusión estética, porque se integra a la sensibilidad y a la creación; conforme se siente el mundo, se enriquece el conocimiento para comprenderlo.
Asimismo, este proceso implica a los actores que interpelan la obra literaria, si se entiende el espacio como un territorio sensorial, acceder a la experiencia de este estará mediada por los sentidos, por lo que integra dentro del relato tanto al sujeto interno (ficcional) como al sujeto externo (el lector).
En este mismo sentido, Bachelard (1957) resalta que: “El espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación” (p.22). De nuevo, el espacio aparece como una entidad dinámica y sensible, desde la imaginación poética, sin dicha imaginación las reflexiones sobre el espacio serían geómetras, basadas en: distancia, forma y proporción; lugares de interpretación racionales, físicos, estáticos, e indiferentes porque no promueven ningún tipo de afecto. Dentro de la obra literaria el espacio imaginado es el espacio vivido, en las novelas del Pacífico, los espacios son territorios vivos que no solo son interpelados por el personaje, sino que en la medida en la que se nombra dentro del universo literario el lector reconstruye los paisajes desde la emoción y la memoria.
El espacio se reviste de una dimensión identitaria, pues dentro de las novelas citadas del Pacífico colombiano el territorio no es únicamente un escenario donde se desarrolla la acción, sino una extensión sensible del sujeto que lo habita. Al evocar ese territorio imaginado, separar al sujeto del espacio se vuelve imposible: ambos coexisten en una relación de reciprocidad donde el ser y el lugar se constituyen mutuamente. Esta reconfiguración ontológica transforma la manera en que se concibe la experiencia de habitar, ya que el espacio deja de ser una localización física para convertirse en un componente esencial de procesos subjetivos relacionados con la conciencia, la memoria, el cuerpo y los sentidos.
Por otro lado, existe una relación que no puede pasar desapercibida: anteriormente se resaltó que la realidad funciona como sustrato para la creación literaria, el desarrollo de los sujetos dentro de las obras va a estar transversalizado entonces por la resignificación de esos sujetos históricos próximos, como el sujeto marginal del pacifico colombiano. Es cierto que los sujetos ficcionales no imitan ni dependen de la realidad, pero sí la transforman desde el universo autónomo en el que se posicionan. Esta observación es igual de importante para el espacio. Ya se ha mencionado, desde Parra (2018), que el espacio se moviliza sobre la idea de una exploración sensible que reactiva la relación entre el cuerpo y el contexto, lo que despliega la idea de que el espacio no es solo una ubicación, o en palabras de Bachelard (1957), la imaginación poética convierte los espacios en espacios de intimidad, como: la casa o la ciudad, al ser espacios íntimos pueden estar en una constante metamorfosis, porque son dinámicos y no basados en las medidas útiles de una razón progresiva e instrumentalizada.
1.3.
Campo literario, tensiones y luchas simbólicas, Bourdieu (1989).
Dichas visiones acortan las distancias que existen entre el sujeto y el espacio, se convierte en un aparato sensorial, mucho más próximo para quien lo interpela. Sin embargo, además de todo este aparataje sensible, se debe tener en cuenta que el contexto físico, político y social, aunque se transforma sigue estando vigente para los otros actores que cohabitan con las obras literarias, en este caso con las novelas. (Bourdieu, 1989) lo llama el campo literario. Ese campo (literario, artístico, filosófico, etc.) no es ni un «medio» en el sentido vago de «contexto» o de «social background» (en contraste con el sentido fuerte, newtoniano, que la noción de campo reactiva), ni siquiera lo que comúnmente se entiende por «medio literario» o «artístico», es decir, un universo de relaciones personales entre los artistas o los escritores (p,2)
Para entender el campo literario, Bourdieu, (1989) resalta que las fuerzas que actúan dentro de él afectan a todos los que ingresan a ese espacio dependiendo de las posiciones que ocupan allí, “(sea, para tomar puntos muy distantes entre sí, la del autor de piezas de éxito o la del poeta de vanguardia), a la vez que un campo de luchas que procuran transformar ese campo de fuerzas” (p,2). Entonces, el campo literario puede entenderse como un espacio donde las obras, los autores, las instituciones se relacionan por medio de una fuerza simbólica. Allí se disputan el reconocimiento: unos, desde posiciones de autoridad, el “autor de piezas de éxito”; y otros, desde el margen o la descentralización conceptual que es el “poeta de vanguardia”. Esta disputa está motivada por la obtención de legitimidad cultural. Es dentro de esta lucha simbólica que aparecen las dinámicas sociales, históricas, culturales, políticas que no solo actúan como condicionantes externos, sino que reconfiguran el mismo campo, apartando a las posiciones antes mencionadas del orden jerárquico y de las posibilidades de enunciación. Así, el campo literario no sólo refleja las estructuras sociales, sino que también las reinterpreta y tensiona mediante la producción cultural. El Pacífico colombiano se encuentra en el margen de la producción literaria nacional, no desde la desvirtualización de sus creaciones, sino desde las punciones sociales que se evidencian dentro del campo literario que funcionan como órdenes jerárquicos externos, no pertenecientes al espacio íntimo del Chocó, sino a otras regiones con mayor poder simbólico otorgado por las dimensiones sociales señaladas, todo esto lleva a promover un ejercicio centralizado que subordina las demás producciones culturales que no orbitan cerca del epicentro del ejercicio.
Así las configuraciones estéticas que surgen dentro del pacífico colombiano se ven desplazadas por factores indiferentes a ellas, constituidos como dispositivos económicos, geográficos y raciales que definen qué voces y territorios son legitimados. No obstante, esas luchas simbólicas dentro del campo literario del Pacifico, se entenderán como una disputa
constante entre el espacio no hegemonizado que corresponde al ficcional desde la sensibilidad, la evocación de la imaginación poética en relación con el espacio centralizado y nombrado por autoridades externas; donde las condiciones socioeconómicas determinan las posiciones jerárquicas de la región frente a otras regiones. A su vez, el sujeto ficcional del Pacífico colombiano encarna las voces no legitimadas y la obra se convierte en el dispositivo que moviliza dichas voces hacia un escenario de representación capaz de transformar las tensiones existentes en el campo literario al inscribir en él una sensibilidad periférica que reclama su lugar en la producción cultural.
En este punto, resulta necesario ampliar la discusión hacia una perspectiva geopolítica del conocimiento, pues las tensiones que atraviesan el campo literario del Pacífico no se limitan al ámbito estético o simbólico, sino que responden a una estructura histórica más profunda de desigualdad en la producción y validación de saberes.
1.4.
Pensar desde la periferia, Mignolo (2015) Es precisamente aquí donde el pensamiento de Mignolo permite comprender que las jerarquías presentes en el campo literario son también jerarquías epistémicas: la literatura del Pacífico no solo lucha por ser leída, sino por ser reconocida como forma legítima de conocimiento. Mignolo, (2015) propone los conceptos de centro y periferia. El centro se configura como un espacio de legitimidad para los saberes, las producciones simbólicas y culturales predominantes. En cambio, las experiencias localizadas en los márgenes del mismo centro, se reconocen como periferia; espacios históricamente subordinados y silenciados. En el caso del Pacífico colombiano, esta subordinación se materializa en las prácticas extractivistas, en la invisibilización de las comunidades afrodescendientes e indígenas y en la marginación de sus producciones simbólicas, literarias y artísticas, que rara vez son legitimadas por los circuitos centrales del poder cultural.
La región del Pacífico se encuentra alineada con las distribuciones de poder que dictamina el mundo contemporáneo, en donde la separación entre “centro y periferia” es el resultado de un cúmulo de procesos históricos sistemáticos, como la colonización la cual posteriormente, conlleva a la implementación del capitalismo como modelo económico, se encuentra la distribución desigual del capital, que consolidó jerarquías epistémicas y culturales. Este planteamiento conlleva a una tensión, pues mientras el centro ha sido legitimado como el espacio de producción y validación del conocimiento, la frontera, en paralelo, ha desarrollado sus propias formas de creación y representación simbólica, las cuales son validadas por la experiencia situada; es decir, por los habitantes de la frontera. Las producciones culturales que se desarrollan en el margen, se integran en una lucha epistémica en contra de las situadas históricamente como ejercicios virtuosos del conocimiento. Por ende, el ejercicio de descentralizar y descolonizar el conocimiento no es únicamente un mecanismo para reclamar la identidad territorial, sino que también es una forma estructurada del pensamiento, Mignolo, (2015) lo nombra de la siguiente manera: “De esa tensión en la frontera surge la epistemología fronteriza y la opción decolonial, que es la idea en base a la cual se organiza lo que pienso y cómo lo pienso” (p, 82). De esta forma, esa nueva estructura de pensamiento reorganiza los principios ontológicos dentro de lo que significa habitar la frontera, entendida como el espacio donde se gestan nuevas formas de pensamiento y de existencia.
Mignolo, (2015) también resalta “En suma: nuestro destino se juega en las fronteras. Es allí donde se hace necesario plantar cara a la colonialidad, donde se forma nuestra doble conciencia y cobra consistencia una manera de pensar distinta” (p, 12). Es en la frontera donde se resiste a la colonialidad, el margen o la periferia se convierte en un espacio de resistencia, de lucha identitaria y de potenciación de las producciones simbólicas, culturales y epistemológicas.
Este planteamiento permite direccionar la mirada hacia los sujetos ficcionales del Pacífico colombiano, porque estos encarnan esa condición fronteriza: habitan entre tensiones culturales, históricas y simbólicas que posibilitan la creación de otros modos de nombrar, sentir y pensar la realidad, desde las obras literarias que serán citadas, La perra, Esta herida llena de peces e Irimó. En palabras de Mignolo (2015) "la distinción de centro y periferias, introducida por Wallerstein, ayudó a tomar conciencia de que las periferias son también centro”(p. 122). De esta manera, las nuevas construcciones del espacio del Pacífico colombiano que proporcionan las escritoras que serán analizadas, se hace prudente otorgar un nombre a quienes han contribuido a la producción cultural, con el fin de revitalizar un espacio que ha sido históricamente subordinado. El ejercicio de nombrar a las siguientes escritoras tiene como objetivo ofrecer un tratamiento dignificante a quienes han sostenido una lucha simbólica, aunque las escritoras que serán analizadas como corpus de esta investigación son: Pilar Quintana, Estela Estrada y Salazar Maso, ellas servirán de referentes en la construcción de un universo literario que pretende resignificar el plano de la realidad tácita.
1.5.
Escritoras del Pacífico colombiano y antecedentes de investigación En este sentido, se hace necesario resaltar las siguientes producciones literarias acompañadas de sus escritoras, mujeres que al igual que Pilar Quintana, Lorena Salazar Maso y Estela Estrada se han propuesto construir universos autónomos que permiten leer el Pacífico colombiano desde posturas descentralizadas: Toques de Son Colorá y Que me busquen en el río de Adelaida Fernandéz Ochoa (Cali, Valle del Cauca), La muñeca negra y otras antologías de Mary Grueso Romero (Guapí, Cauca), Vean Vé, Mis Nanas Negras de Amalia Lucía Posso Figueroa (Quibdó, Chocó), Los perros prefieren el sol y otros cuentos de Sonia Nadezhda Truque (Buenaventura, Valle del Cauca) y Antología de mujeres afrocolombianas de Luz Colombia Zarkanchenko de González (Istmina Chocó), aunque sus
obras no se explorarán dentro de la presente investigación, se reconocen desde su fuerza de enunciación para renombrar al Pacífico colombiano desde sus cuentos, novelas, poemas y narraciones orales, lo que quiere decir que no se trabajará sobre un territorio desértico en
cuanto a creación literaria, de hecho, ha sido un espacio lleno de amalgamas de colores que
ha adelantado procesos para recuperar la memoria histórica y entender lo que significa ser del pacifico desde las creaciones estéticas propuestas por cada una de ellas. No obstante, como se ha mencionado hasta esté punto, el campo literario permite entender la realidad histórica como una punción inherente en el ejercicio de producción literaria. Por esto, en el plano de lo histórico, el panorama no es igual de fructífero, las escritoras aquí mencionadas, constituyen voces de resistencia que desafían los órdenes sociales, económicos y políticos ya establecidos. Según (Pardo, 2004) el vacío investigativo se debe concebir como una especie de conflicto histórico debido a “la juventud” del tema negro en la exploración académica:
El reconocimiento de la relativa juventud del tema del negro y de lo negro para la disciplina histórica en el país, a que hemos hecho referencia, no hace más fácil la evaluación de los contenidos y avatares de estas construcciones; tampoco debe entenderse lo embrionario de tal proyecto académico como si en la empresa se hubiese partido de un punto cero (Pardo, et al, 2004, p. 31).
De esta manera, aunque el campo ya ha sido explorado, porque ya han existido a lo largo de la historia sujetos que han nombrado al Pacífico colombiano desde la creación literaria, como las escritoras que se explorarán en esta investigación. En lo social el panorama no es tan alentador, la realidad histórica de esta región se encuentra marcada por la falta de acercamientos teóricos y académicos sobre el tema negro, lo que sustenta las tensiones anteriormente nombradas por Bourdieu (1990), que son representadas en las luchas
simbólicas de las producciones culturales, para nuestro caso: las novelas de las escritoras colombianas Pilar Quintana, Lorena Salazar Maso y Estela Estrada. Teniendo en cuenta lo anterior, se ha planteado un escenario amplio para entender las dinámicas históricas y sociales como un conjunto de consecuencias que se ven reflejadas en las obras literarias. En este punto, es primordial centrar la atención en las investigaciones que se acercan específicamente al tema de análisis propuesto: los sujetos ficcionales periféricos y los espacios que habitan dichos personajes en las novelas La perra, Esta herida llena de peces e Irimó, con el fin de vincular al eje investigativo las reflexiones académicas que se han llevado a cabo, por consiguiente se expondrán los siguientes artículos de investigación sobre dos de las obras seleccionadas La perra y Esta herida llena de peces, los cuales son: Pacífico agravio y ellas: Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso de González (2023), Maternidades proscritas, mandatos sociales y violencia en la novela La perra de Pilar Quintana de Leonardo (2020), devenir mujer, devenir animal: A propósito de las materialidades presentes en las obras literarias La perra de Pilar Quintana de García (2022). Territorio e identidad en la novela Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso de Calderón, Pérez y Rodríguez (2023). Por último, Entre cantos y trenzas: El acompañamiento femenino en el duelo y la maternidad para resistir la violencia en Esta herida llena de peces de Espíndola (2024).
En cuanto a la escritora Estela Estrada, no se logró encontrar ninguna investigación académica que tomara como corpus la novela Irimó. Agregado a esto, tampoco fue posible acceder a reflexiones académicas basadas en alguna de sus otras obras, como, por ejemplo: El doctor sin letra. Dado que, sus novelas contienen una riqueza simbólica en relación con los espacios sensibles y los sujetos ficcionales del Pacífico colombiano, el objetivo es recuperar su voz al posicionar la novela Irimó como corpus de análisis para esta investigación.
Ahora bien, González (2023), examina la novela Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso, centrándose en los constructos de maternidad, la experiencia femenina y el territorio del Pacífico colombiano. Tiene como objetivo poner en tensión dialogante a la obra literaria con las condiciones históricas, culturales, concepciones de género y cómo la región pacífica se inscribe como espacio de memoria, violencia y resistencia, permite repensar el Pacífico colombiano desde un nuevo horizonte de interpretación, en este caso es la obra de Salazar Maso. González (2023) resalta que:
En efecto, la novela es una resistencia a la muerte y una balada a aquel río que “huele a pescado en sal, naranja y madera mojada” (Salazar 10) y en cuyo paso convergen múltiples grietas y constantes resignificaciones afectivas y culturales con relación a la parentalidad y a la tragedia. (p, 35-36).
Dichas “constantes resignificaciones afectivas” dejan entrever cómo el autor concibe la novela como un dispositivo capaz de generar nuevos constructos epistémicos que a su vez amplían la producción cultural del sujeto y el espacio del Pacífico colombiano. “De este modo, atravesados por las condiciones geográficas y enmarcados por la identidad racial de los personajes, el Chocó y el Pacífico colombiano son nudos por los que se desliza el relato” (González, 2023, p. 46). Entonces, se puede evidenciar que las fuerzas socioeconómicas y sociales son poderes vigentes que no se desvanecen porque enmarcan posiciones jerárquicas dentro del sistema de pensamiento colectivo. El relato o la obra en cuestión irrumpen dentro del orden establecido para generar nuevas concepciones que son vitales para que el sujeto que habita en la frontera o en el margen pueda recuperar sus memorias. Calderón, et al. (2023), por su parte, posiciona el río como un espacio fundamental para las comunidades chocoanas: “el río está cargado de historias de vida que se enmarcan en la realidad de un país, donde es el mismo río aquel que produce beneficio o desdicha teniendo en cuenta que a toda los toca de manera diferente” (p. 17). El río transversaliza la experiencia
de vida para todos los sujetos que lo rodean, se puede evidenciar una mirada más íntima de un espacio conceptualizado históricamente como externo, es decir, como un lugar de no relevancia para el desarrollo personal de los sujetos, Está herida llena de peces pone en tensión dicha perspectiva y Calderón, et al., lo desarrollan en su trabajo académico. Para la investigación en curso el artículo de investigación presenta un punto de encuentro en el espacio analizado, porque se integra desde un eje temático extenso, el río deja de ser un posicionamiento geográfico y se convierte en un vaso identitario para la región Pacífica del Chocó.
Salazar, en Esta herida llena de peces realiza una construcción de identidad sobre un territorio que no se limita a lo geográfico y que, si bien hace mención del Chocó, va más allá, siendo así un territorio simbólico, metafórico y emotivo, en el que tanto la maternidad como la oralidad, la figura del río y hasta la violencia toman un papel protagónico (Calderón, et al.,
p. 19)
Esta investigación enriquece la dimensión simbólica de la obra de Lorena Salazar Maso, al estudiar la figura del río, la oralidad, la violencia y la maternidad como fuentes primarias de enunciación en la novela. Por otro lado, Espíndola (2024) resalta que la maternidad y el duelo figuran como principal fuente de análisis:
en la novela, podemos visibilizar la maternidad y el duelo como prácticas que buscan reintegrar la comunidad, y esto se convierte en una manera alternativa y novedosa de representar la violencia: desde vivencias cotidianas que se rehúsan a ser reducidas al marco de la violencia (Espíndola, 2024, p. 81).
Ambos conceptos, la maternidad y el duelo, se transforman en mecanismos para entender un concepto más amplio que afecta a las comunidades del chocó: la violencia, Así, el desarrollo de ambos, se vuelven integradores de una narración en específico, la violencia que se cuela incluso en los ejercicios más íntimos de la vida humana. Espíndola (2024),
también presenta el constante miedo que recae sobre La mamá del niño por no cumplir con la normatividad de la maternidad, para contrarrestar dicha visión, se establece una relación con el cuidado capaz de resistir a dinámicas históricas que han sido avaladas por lo largo de los años: “resaltamos la importancia de la novela al visibilizar herramientas comunitarias para resistir, sobrevivir a la violencia, como son dos prácticas de cuidado mencionadas: el duelo y la maternidad” (Espíndola, 2024, p. 96). La forma en la que se presentan el duelo y la maternidad promueve una nueva configuración simbólica de ambos.
Por el lado del artículo de investigación de Leonardo (2020) permite visualizar la forma en la que los entes externos presentan relevancia sobre el constructo narrativo del sujeto ficcional, por ejemplo: “En La perra, obra que aborda el tema de la maternidad, pone en evidencia los efectos posibles que se pueden generar a raíz de los mandatos sociales a los que están sometidas las mujeres cuando desean ser madres” (Leonardo, 2020, p. 156) Así, se crea todo un discurso enfocado en la condición moralizante de lo bueno o lo malo, heredada de los roles sociales y de género que ya han sido patentados socialmente por el uso histórico de los mismos, por eso esto, la maternidad deja de ser un tema íntimo a ser un tema de debate externo, pudiéndose evidenciar en la Novela La perra y en la experiencia estética que esta demanda para quienes interpelan la obra. Bajo una perspectiva diferente, se encuentra García (2022), su estudio parte de una relación fundamental que se crea dentro de la obra entre el cuerpo femenino y la animalidad, en relación con la maternidad que se incorpora en la novela “como un agente activo, que da cuenta de asuntos que interpelan lo que significa ser mujeres: la maternidad, las pérdidas y el concebirse desde su ser salvaje, es decir, su devenir animal” un desarrollo que va enfocado en la exploración de unos cuerpos que resisten y viven desde la necesidad de entenderse como un ecosistema vivo y dinámico.
A partir de lo expuesto, puede sostenerse que los estudios que han sido explorados se inscriben en la búsqueda de una conciencia colectiva que se fortalece con el reconocimiento
de nuevos epicentros de enunciación, desde los cuales se procura resignificar, renombrar y recuperar las memorias, los territorios y la identidad. Este ejercicio de producción simbólica posibilita la creación de dispositivos discursivos orientados a descentrar los marcos hegemónicos del conocimiento, dando lugar a una estética y a una racionalidad fronteriza que se aparta de las dinámicas ortodoxas.
Capítulo 2. Análisis de los sujetos y espacios ficcionales en las obras de: Pilar Quintana, Lorena Salazar Masso y Estela Estrada
2.1. Introducción al análisis
Anteriormente se establecieron los presupuestos bajo los cuales se analizarán las obras: La perra de Pilar Quintana, Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso e Irimó de Estela Estrada. El objetivo principal se basa en involucrar la sociología de la literatura; fundamentada desde Goldman y Lukács, cuyos conceptos ya han sido explorados al principio de la investigación, con el fin de reconocer el universo estético, autónomo e independiente que ha sido construido en cada una de las novelas. Teniendo en cuenta que la realidad funciona como sustrato para el escritor cuando se enfrenta al proceso creativo, la presencia de la misma también pone sobre el plano de interpretación una serie de tensiones y luchas, tal como lo indica Bourdieu en el concepto de campo literario, entre los diferentes actores que interpelan las obras, ya que cada uno de ellos asume implícitamente “posiciones jerárquicas” impuestas por los modelos históricos, culturales y políticos predominantes. Al tener en cuenta ambos presupuestos: la autonomía de la obra y la exploración de la realidad dentro del campo literario, se abordarán los sujetos ficcionales que existen dentro de las obras de las escritoras colombianas, con el fin de acercarse hacia lo que significa ser del Pacífico desde una mirada descentralizada, desde el margen, la periferia o la frontera, términos acuñados por Mignolo. Agregado a esto, dichos sujetos se encuentran instaurados en espacios específicos que orbitan dentro de la experiencia de ser y habitar el pacífico, así se hace necesario establecer nuevos constructos epistémicos sobre ellos, para entender el espacio desde nuevas dimensiones antes no concebidos. Parra (2018) propone el concepto de Estereograma; sentir el espacio y Bachelard, resalta la imaginación poética. Al juntar los fundamentos teóricos con el análisis de las obras literarias se pretende reintegrar al discurso
predominante las cosmovisiones de los sujetos y los espacios del Pacifico colombiano, desplegados dentro de las tres novelas citadas.
Ahora bien, el análisis, se llevará a cabo de la siguiente manera: en la primera parte se analizarán los sujetos, quienes se dividen en tres ejes temáticos: El primero es el sujeto femenino narrado desde la maternidad: Damaris- La perra, la madre del niño - Esta herida llena de peces, y Aura - Irimó. El segundo es el sujeto masculino: el padre y la representación del silencio: Rogelio - La perra, los padres que no tuvo el niño - Esta herida llena de peces, y Andrés - Irimó. Por último, se analizará la figura de la niñez: Chirli - La perra, el niño- Esta herida llena de peces, y Pedrito- Irimó. Cada grupo presupone un eje de análisis, por ende los sujetos serán analizados en conjunto, se entiende que cada uno recoge la experiencia estética de su universo literario y así se podrá acceder a una diversidad de formas para vivir el Pacífico que pueden complementarse, distanciarse o permitir crear argumentos identitarios entre cada una de las novelas.
Por último, se analizarán los espacios que rodean a los sujetos antes mencionados, el análisis será primordialmente comparativo, dado que existen diferencias narratológicas dentro de las novelas:
El primero es el río, propuesto en Esta herida llena de peces En relación con el mar, propuesto en La perra e Irimó. El segundo es la canoa, lancha o bote propuesto en La perra y Esta herida llena de peces en relación con el bus propuesto en Irimó y Por último, se analizará la selva propuesta en La perra y Esta herida llena de peces en relación con la ciudad propuesta en Irimó Dichas relaciones permitirán entender si los espacios mencionados se distancian o presentan una nueva dinámica de diferenciación e interrelación.
2.2. Maternidades descentralizadas: Damaris, La mamá del niño y Aura. Dentro de las tres novelas, se desarrollan varios sujetos femeninos que se integran dentro la narración. Sin embargo, para este análisis, la atención se centrará en los personajes que tienen una relación directa con la maternidad: Damaris en La perra y la madre que no tiene nombre de Esta herida llena de peces, el hecho de que la madre no posee un nombre la imagen individual de la misma se convierte en una figura colectiva, puede representar el conjunto de mujeres que como ella experimentan la maternidad de una forma no tradicional, con el propósito de ubicar favorablemente al personaje, será nombrada como La mamá del niño, y por último se encuentra Aura, de Irimó.
Bourdieu (1989) señala que la lucha simbólica dentro del campo literario constituye por esencia un espacio donde se tensiona la realidad tácita por medio de las posiciones simbólicas, por ejemplo: los personajes de las novelas se convierten en nodos estéticos dentro del universo literario construido y despliegan un aparato discursivo que traduce las tensiones sociales y las reinterpreta. En este caso, los personajes femeninos como: Damaris, La mamá del niño y Aura tensionan los discursos predominantes sobre la maternidad hegemónica; cada una encarna una posible maternidad descentralizada.
Por un lado, Damaris es la mujer que no ha podido tener hijos:
Llorando, le contó la historia de la mujer de treinta y ocho, de las veces que había llorado en silencio, de lo horrible que era que todo el mundo pudiera tener hijos y ella no, de las cuchilladas que sentía en el alma cada vez que veía a una mujer preñada, un recién nacido o una pareja con un niño, del suplicio que era vivir ansiando un ser pequeñito para acunarlo en su pecho y que todos los meses le llegara la regla (Quintana, 2017, p. 13). Este anhelo de maternidad, se convierte en un deseo incitado por los agentes externos, se añora lo que no se puede conseguir y se transforma en un vacío de referenciación social: “de lo horrible que era que todo el mundo pudiera tener hijos y ella no”. La maternidad se
desplaza, deja de ser una decisión personal y se convierte en un requerimiento social; una mujer que no puede relacionarse con la maternidad es una mujer que no cumple con los cánones culturales de lo que significa vivir como mujer. Incluso la sexualidad se ve implicada, no se puede concebir como un ejercicio de deseo íntimo, se suprime, si el cuerpo no es gestante, esto imposibilita que se movilice por un deseo direccionado al goce. Damaris lo menciona de la siguiente manera: “Dejaron de tenerlas (las relaciones sexuales), al principio tal vez solo para descansar, y ella se sintió liberada, pero al mismo tiempo derrotada e inútil, una vergüenza como mujer, una piltrafa de la naturaleza” (Quintana, 2017, p. 14). De esta manera, el encuentro sexual se configura como una tarea que debe ser realizada en búsqueda del objeto añorado, en este caso la maternidad. (Rich, 2019), comprende esta dinámica dentro de lo que denomina la institución de la maternidad, es decir, “es la maternidad bajo el patriarcado: el conjunto de suposiciones y normas, de reglamentos y controles que secuestra la experiencia, la ordena de acuerdo a un poder ajeno y doméstica esa parcela de las vidas de millones de mujeres” (p.18). Así, la maternidad deviene en un conjunto de normas, reglas y dictámenes que proporcionan una especie de reglamento explícito de cómo debe sentir, desear o relacionarse la mujer con el ejercicio de ser madre. La institución secuestra la experiencia y descalifica las condiciones o realidades que se alejan de dicho reglamento.
Damaris no logró concretar ser madre, por lo mismo, el deseo la llevó a experimentarlo de una forma diferente: “Como no tenía dónde meter a la perra, se la puso contra el pecho. Le cabía en las manos, olía a leche y le hacía sentir unas ganas muy grandes de abrazarla fuerte y llorar” (Quintana, 2017, p. 7). La relación inmediata con la perra, se efectúa por la corporeidad, la lleva a su pecho, ejercicio que replican las madres cuando dan a luz a sus hijos; con el propósito de territorializar un espacio intangible, los reciben en sus pechos, símbolo de protección y lactancia.
Damaris establece una relación con Chirli, la perra, mediada por el deseo de ser madre. Dicha relación se pone en cuestionamiento por los personajes que sí han sido madres, porque ellas representan la fuerza de la institución, por ejemplo: su hermana A la perra se le sanaron las heridas y engordó, pero Damaris la siguió tratando como si estuviera débil y ya no tuvo cuidado en llamarla Chirli ni en mimarla delante de nadie, ni siquiera de Luzmila cuando vino para celebrar el día de la madre (Quintana, 2017, p. 40). Nombrar a la perra es un ejercicio restablecedor, presupone identidad, sin embargo, cuando se hace frente a una mujer que sí ha podido ser madre biológica y la cual en este escenario encarna una especie de autoridad, permite entrever las punciones sociales en las que Damaris está imbuida. Por lo que, con el objetivo de enfrentar las dinámicas presentadas, Damaris se volcará a la experiencia liberadora del sentir. Esto se puede visualizar en: “ya no tuvo cuidado en llamarla Chirli ni en mimarla delante de nadie”, y también en el sentir desbordado que experimenta cuando la perra se aleja del seno materno “Damaris no lloró más por la perra, pero su ausencia le dolía en el pecho como si fuera una piedra. La echaba de menos a todas horas” (Quintana, 2017, p. 37). La experiencia del sentir permite que Damaris se involucre en una nueva configuración de maternidad, alejada de la norma: “El universo de la experiencia, una vez que se abre, no contiene lo que la institución esperaba” (Rich, 2019, p.19). En este sentido, la experiencia desafía porque es plural, impredecible y abierta; en ella se encuentra la posibilidad de resistir a los procesos de hegemonización cultural. Cabe señalar que, en su intento por desafiar la institución de la maternidad, Damaris establece una relación con la perra que parte de una afirmación del ejercicio materno: al no poder concretarlo biológicamente, dirige su deseo hacia el animal, que funciona como la figura simbólica de la hija no obtenida. Por ello, cuando la perra se escapa una y otra vez, Damaris se enfrenta a un conflicto interno que debe mediar; ha perdido el control sobre la perra, y esa pérdida simboliza algo más que la imposibilidad de dominar al animal.
Representa, nuevamente, la frustración de no poder materializar la maternidad. Así, todo el proceso que había forjado, en el cual sustituyó los patrones hegemónicos de conducta asociados al rol materno, se fragmenta. Damaris termina por entregarse a la idea de no poder ser madre; de hecho, la aniquila, y la muerte de la perra precisa dicha renuncia. De ahí que la figura de Damaris permita concebir una maternidad situada en los márgenes del campo literario, una experiencia que re-configura las estructuras de poder ya establecidas y cuestiona los dictámenes sobre el rol materno. Desde esa periferia simbólica, la narración abre la posibilidad de pensar otras formas de maternidad. Mientras Damaris encarna la imposibilidad del vínculo biológico, la mamá del niño en Esta herida llena de peces representa una maternidad no biológica que reclama su legitimidad afectiva y desafía los límites de lo que culturalmente se reconoce como “ser madre”. “No me nació a mí, pero soy su mamá. Lo digo para mí cada noche, una oración al desapego” (Salazar, 2021, p. 14). La mamá del niño representa una maternidad que reclama el nombre de “madre” desde la experiencia propia del ejercicio, desde la convicción del afecto. Un rol que debe asumir sin cumplir con el orden biológico. Se concreta como un pacto relacional que no se disputa, no se debate, se adquiere implícitamente mediante la relación sensible entre un niño que ha sido abandonado en brazos y una mujer que recibe sin miramientos: “Le doy una madre al niño todos los días. Se la entrego envuelta en los vestidos que me pongo para ir al mercado” (Salazar, 2021, p. 101). La acción de entrega puede analizarse como un acto performativo, ella se pone las vestiduras de una madre, aunque no lo sea, se prepara y modifica sus conductas alrededor del niño. El proceso es diferente, porque no lo parió, eso la convierte en una mujer que sigue siendo mujer sin abandonarse a la idea de ser únicamente mamá, lo que le permitirá relacionarse de forma diferente con su vínculo materno:
Parir amarga y cierra a las mujeres, las convierte en madres egoístas, cangrejos impenetrables que se esconden en un exoesqueleto desde el que atacan con tenazas afiladas. Madre o mujer; a ninguna madre se le perdona que quiera ser mujer después de un hijo: arreglarse, ir a bailar a una caseta, pintarse la boca está prohibido: «Vela ve, ¿a dónde vas tan arreglada? Pa estregar el patio no hay que pintarse, comadre» (Salazar, 2021, p. 115). Esa es la diferencia entre ella, una mujer que ha aprendido a ser madre y una madre biológica, el vínculo que establece con el niño es gentil, paciente y amoroso, es diferente, los vínculos mamá e hijo se establecen primordialmente desde el cansancio y la falta de paciencia: “Parir amarga y cierra a las mujeres, las convierte en madres egoístas”. Esto sucede porque la “institución de la maternidad” es tan feroz que se cuela entre los sujetos femeninos instaurados dentro del plano de la realidad, obligadas a suprimir la idea de que su cuerpo ya no les pertenece. La mamá del niño pone en tensión dicha realidad, se puede evidenciar en el viaje que tiene con el niño por el río Atrato para encontrarse con Gina, la mamá biológica del niño.
Gina, una mujer que había sido vecina mía en Bellavista, tocó a la puerta y entró a mi casa llorando con un bebé en brazos. Lo acostó en mi cama, dijo que no podía cuidarlo, que ya tenía tres y no le alcanzaba la comida. Me dejó al niño (Salazar, 2021, p. 36). Las vicisitudes sociales y económicas llevan a la madre biológica a abandonar al niño. En esencia, ella es la madre, lo parió, salió de sus entrañas, pero la experiencia dictamina algo diferente “soy la mamá: yo le canté, le di de comer, le limpié los oídos. También le enseñé a ser un buen niño. Quizás lo único que he hecho todo este tiempo es prepararlo para que perdone a su madre” (Salazar, 2021, p. 103). En Esta herida llena de peces, el discurso predominante sobre la asociación natural de la figura de la madre al deber biológico, se bifurca. Si se retoma a Bourdieu (1989), la mamá del niño puede entenderse como una toma de posición simbólica dentro del campo literario que confronta el arquetipo de madre
biológica dentro del imaginario colectivo, todo esto mediante una estética del afecto, la sensibilidad y el cuidado “Una madre teme perder a su hijo en cualquier momento y yo temo el doble porque no es mío. Si Gina quisiera quedarse con él, tendría que llevarme a mí: soy del niño” (Salazar, 2021, p. 103). Ella personaliza una entrega inmaculada a la maternidad, dentro de la construcción narrativa del personaje no hay un índice capaz de testificar que La mamá del niño reniega de su ejercicio, es más, ella se reconoce a partir de él, de lo que le enseña y de lo que aprende, el vínculo es tan íntimo que separarlos sería transgredir la identidad de ella, que se edifica en razón del niño. “Me dirá que soy joven y puedo tener mi propio niño. No quiero otro, quiero este capaz de encontrar las orejas de las flores. ¿Un niño igual a mí? No quiero eso” (Salazar, 2021, p. 111). La mamá del niño, opera desde la idea de una maternidad no convencional, el afecto y el cuidado rigen su ejercicio. Ella adquiere autoridad con la experiencia, al entregarle “al niño una madre todos los días” permite evidenciar todo un desarrollo del aparataje consciente, una decisión que aborda todos los planos de su vida. La mamá del niño es una madre por decisión y convicción, lo reafirma cada día como una forma de hacerle frente a los discursos hegemónicos, su decisión también es una manera de resistir al orden biológico instaurado.
No obstante, existe otra tensión que se puede evidenciar desde el vínculo mamá e hijo: la diferencia racial. El niño es negro como su madre biológica y ella es blanca. Una diferencia latente que se ubica como una lucha constante por demostrar la legitimidad de su maternidad “A diferencia de en nuestros viajes en avión, ni ella ni su ayudante, un joven que acaba de saltar a la canoa, se sorprenden de que mi hijo sea negro y yo blanca” (Salazar, 2021, p. 14), las preguntas que debe responder o los comentarios que se desprenden cuando los observan e identifican su diferencia racial, es un recordatorio constante de que su maternidad se puede ver deslegitimada por no haber concretado el deber biológico. Mignolo (2015) propone el concepto de desobediencia epistémica, el cual implica una forma de re-
existir en la frontera y en ese proceso de volver a pensar la existencia, se debe crear nuevos constructos epistémicos que generan una nueva relación ontológica. En este sentido, La mamá del niño condensa resistencia hacia los discursos hegemónicos, pues su experiencia se erige en contraposición fremte a las categorías impuestas por el centro: las condiciones biológicas y la diferencia racial.
De este modo, La mamá del niño redefine el vínculo materno desde la diferencia y afecto. En cambio, Aura, en Irimó, vive la maternidad desde la pérdida, una madre que sí ha cumplido con el deber biológico, pero que éste no ha sido garante para salvaguardar que el ejercicio pudiese cumplirse acorde con los cánones sociales “Mi hija se llamaba Azucena y está perdida en algún lugar ignoto que mi mente no puede imaginar” (Estrada, 2023, p.62). Azucena es la imagen del vacío socio-afectivo al que se debe enfrentar Aura por haber perdido a su hija, “murió lentamente; no sé si ahogada en su propia sangre o en la desesperanza” (Estrada, 2023, p62-63). Su muerte deja en evidencia una realidad punzante: la migración forzada hacia otros países en búsqueda de estabilidad social, política y económica. Azucena muere cruzando el río Bravo en la frontera con Estados Unidos; en ese instante, Aura no solo pierde a su hija, sino que hereda la maternidad de la misma. A partir de entonces, debe transformar el vínculo con el nieto, dejando de ser abuela para convertirse en madre sustituta del hijo de la hija muerta. Esta nueva maternidad, aunque distinta a la de Damaris o a la de La mamá del niño, también se sitúa fuera del canon. Aura se entrega al niño con ternura y vocación cotidiana: “La tarta de zapallo que Aura había preparado iría acompañada de chocolate caliente y de la señal que Pedrito dejaba con su dedo meñique” (Estrada, 2023, p. 58) Aura experimenta la maternidad como un espacio para la memoria. El arte de cocinar y el encuentro con su hijo-nieto a través de la alimentación revive constantemente su ritual materno “Entonces Aura se levantó, recogió los vaso, la jarra vacía, los frasquitos de purgante y, con cara de pasmada, salió dejando al resto de la concurrencia
sumida en el más absoluto desconcierto ante la estocada que Pedrito acababa de darle a las matemáticas” (Estrada, 2023, p. 49). Alrededor de la mesa, de la comida, de la hospitalidad, siempre está Pedrito como un símbolo constante de esa maternidad que perdió con Azucena pero resignifica con su nieto.
Las maternidades de Damaris, La mamá del niño y Aura configuran un entramado que descentraliza la “institución de la maternidad”, desplaza el deber hegemónico, social y político. Cada una, desde sus subjetividades, se resisten a los requerimientos patriarcales sobre lo que significa habitar un cuerpo femenino maternal. Dentro de las novelas citadas, estas permiten ubicar al sujeto ficcional femenino, en el campo literario delimitado por las autoras colombianas, como una fuerza simbólica y estética que narra la experiencia femenina del pacífico desde el margen y la divergencia.
En cada caso, la maternidad se configura como un proceso dinámico que irrumpe la cotidianidad y transforma la experiencia de vida en todas las esferas sociales y personales de las mujeres que decidieron asumir la maternidad, como Damaris, La mamá del niño y Aura. Sus ejercicios desbordan los límites de la filiación biológica y se traduce en gestos, afectos, silencios y dinámicas capaces de modificar día a día los constructos de sus personalidades en consonancia con los demás sujetos que las circundan, de eso se trata las maternidades que encarnan cada una, de una forma que edifica a cada una en razón de un sola acción: ser madre. Damaris encarna la maternidad desde la carencia y el deseo, su vínculo con la perra expresa la búsqueda de una forma posible de cuidado; La mamá del niño reconstruye la maternidad a partir de la adopción emocional, y Aura la revive desde la memoria y la pérdida. Estas experiencias, atravesadas por el abandono y la resiliencia, muestran que la maternidad, más que un rol, es una práctica que reconfigura la vida y la identidad femenina, una forma de resistencia frente a los modelos impuestos por el orden patriarcal.
2.3. Masculinidades en silencio: Rogelio, El padre que no tuvo el niño y Andrés. Tras abordar las configuraciones femeninas desde el afecto y la sensibilidad maternal, se hace preciso indagar en las figuras masculinas que están directamente relacionadas con ellas, con el fin de encontrar las. Así, se indagará cuáles son las posturas del sujeto ficcional masculino. En el caso de Rogelio en La perra, será abordado desde el despliegue de su masculinidad, ya que este no explora la paternidad. En cuanto a El padre que no tuvo el niño de Esta herida llena peces, y Andrés de Irimó, ambos se relacionan con el ejercicio de padre. Para desarrollar el análisis de los tres personajes, es primordial ubicar características que serán comunes dentro del perfil narrativo de cada uno, estos expresarán su masculinidad mediante el silencio, la ausencia y la rigidez afectiva. Segato (2018) propone que el patriarcado funciona como una pedagogía del poder, si se hablara en términos de Bourdieu (1989), los sujetos masculinos estarían ubicados en los discursos predominantes, diferente a la forma de enunciación femenina que se descentraliza. En este sentido, al reconocer el patriarcado como una fuente de educación social para hombres y mujeres, inmediatamente se reconoce una predominancia de género. En otras palabras, dicha pedagogía enseña a los hombres a dominar, a controlar, a no sentir, a mostrarse fuertes y distantes; aprenden a ejercer poder mediante la crueldad y la indiferencia.
Dentro de las novelas, esto se verá reflejado en dinámicas similares. Por un lado, se encuentra Rogelio, quien es el esposo de Damaris “Rogelio era un negro grande y musculoso, con cara de estar enojado todo el tiempo” (Quintana, 2017, p. 9), su descripción física habilita la interpretación de que es un hombre con conductas fuertes, sus condiciones físicas lo hacen dueño de una masculinidad establecida. Esto indica una separación entre él y Damaris: “Lo agarró por la punta de la cola, alzó su machete y, antes de que Damaris pudiera entender lo que haría, se la cortó de tajo. Aullando, Mosco salió a correr y Damaris miró a Rogelio horrorizada” (Quintana, 2017, p. 11), lo mencionado por Segato (2018), en la pedagogía del
poder, se hace evidente cuando se analizan las actuaciones de Rogelio motivadas por la crueldad y la indiferencia: “se la cortó de tajo”, al cortarle la cola a Mosco sin ningún síntoma de arrepentimiento. Aunque el objetivo haya sido salvarlo de una posible muerte por su enfermedad, este hecho deja entrever un razonamiento previo que no busca mediar con el sentir o con una exploración profunda del cuidado, sino en responder al arquetipo del deber ser masculino, decidido, fuerte y autoritario.
Más adelante, cuando Damaris adopta a Chirlii, la perra que simboliza su deseo materno, el miedo a Rogelio se posiciona en sus pensamientos y teme por las represalias que puede llegar a ejercer en contra de la perra: “Damaris tenía un poco de temor de la reacción de Rogelio cuando viera a la perra. A él no le gustaban los perros, y si los criaba era solamente para que ladraran y cuidaran la propiedad” (Quintana, 2017, p. 11) El temor reafirma la distancia afectiva: Rogelio representa el orden patriarcal dentro del universo literario planteado por Pilar Quintana, quien ocupa una posición simbólica alineada con el discurso predominante, su presencia expresada constantemente en el silencio reafirma esas masculinidades enmarcadas dentro de la obra. Rogelio encarna a un hombre que ha tenido que adherirse a las dinámicas que le solicita su entorno, sin embargo, también se desarrolla a razón de Damaris. Si bien el silencio es el resultado de una pedagogía del poder, intenta salirse del dictamen; esto se puede observarse en los cuidados que le hace a la perra cuando Damaris ya no desea cuidarla o en la búsqueda de la perra cuando se escapa y se pierde en el bosque. La compañía de Rogelio es una forma de afecto, se puede leer como una contra pedagogía de la crueldad Por otro lado, se encuentran dos figuras, aunque aisladas por su trama narrativa y porque pertenecen a un universo narrativo diferente, ambas se posicionan en el silencio efectuado en torno a la paternidad, ellos son El padre que no tuvo el niño y Andrés, se puede evidenciar por las narraciones de las figuras femeninas que sirven de contrapeso ante el vacío
de su ausencia, la dinámica predominante de llenar la paternidad de un silencio inexplicables. Como ocurre cuando La mamá del niño explica que:
Me duele, no me quejo ante ella. Aprieto los dientes y respondo que la única opción de padre que tuvo el niño se desvaneció, se fue como el alcanfor, quizá porque nunca estuvo en mis planes compartirlo con nadie más (Salazar, 2021, p. 36).
Si bien, ese posible padre no se encontraba vinculado bajo ninguna responsabilidad afectiva ni biológica, la no respuesta es un recuerdo punzante hacia lo que pudo haber sucedido pero no sucedió. Así mismo, la herida puede leerse en doble vía, la primera es el abandono al sujeto femenino que se encuentra inesperadamente con la maternidad y decide asumirla, aunque el abandono bajo este marco de interpretación no se direcciona específicamente a la paternidad, sí está implícito de alguna manera, porque La mamá del niño es un sujeto completo madre-mujer, de manera que, si este sujeto decide abandonar una arista, inmediatamente se estaría abandonando la otra.
La segunda, es el abandono del padre biológico: “¿Y el papá del niño? —No lo quiso, eso dijo la madre” (Salazar, 2021, p. 35). Este abandono sí está dirigido particularmente al niño, no se conocen las razones ni las circunstancias, la escritora no enfatiza en la experiencia del padre ausente, lo que permite interpretar que el silencio es el predominante cuando el ejercicio de la paternidad debe efectuarse.
En Irimó, con la figura de Andrés, sucede una situación similar “¡Andrés! - volvió a gritar. Aunque su grito salió más con intención que con fruición, él se alejó y en su dorso Dolores bosquejó un sendero eterno y solitario, de huida, de traición” (Estrada, 2023, p.70), Andrés abandona a Azucena antes de llegar al altar, cuando ella se encuentra embarazada de Pedrito. Las voces que recogen el relato, no provienen de él, sino de los testimonios de otros personajes que evidencian la huida de Andrés: “La posibilidad certera del amor que no fue otra que el pequeño Pedrito. Para cuando las hermanas de Andrés se enteraron de la noticia,
decidieron que el chico debía partir. Y partió, sin más” (Estrada, 2023, p. 75). El “sin más” que emplea la narradora, sintetiza la idea de Segato (2018), cuando describe los elementos distintivos de la pedagogía de la crueldad, allí aparece el distanciamiento y el desarraigo. Los hombres deciden huir del vínculo socio afectivo, porque la masculinidad se erige sobre estos cimientos que son determinados por un orden patriarcal.
Andrés y El padre que no tuvo el niño son la encarnación de esa evasión hacia el cuidado y la afectividad, su silencio no es arbitrario es un resultado estructural e histórico que responde a un proceso de legitimación del abandono y la ausencia del ejercicio paterno, transfiriendo todo el peso simbólico hacia la figura femenina.
2.4. El principio de un nuevo orden epistemológico: la figura del niño en las
obras Está herida llena de peces e Irimó Hasta este punto se ha hecho un recorrido por dos sujetos ficcionales que son fundamentales para entender los conceptos de maternidad y paternidad que se construyen dentro de los universos literarios propuestos por las escritoras Pilar Quintana, Lorena Salazar Masso y Estela Estrada. Además, ha sido posible entender las tensiones que se construyen dentro del campo literario y se constatan por medio de luchas simbólicas. En este caso, los sujetos se posicionan como creaciones estéticas que resisten o reinterpretan la realidad tácita en la que se encuentra instaurada la obra.
Al hacer el recorrido entre estos dos actores sólo queda la posibilidad de indagar en la niñez, sujeto que será concebido como una figura simbólica y política. Mignolo (2015) resalta que el concepto de desobediencia epistemológica se entiende como una acción consciente que implica un proceso de racionalización integrado a las dinámicas propias de un adulto que se encuentra en proceso de deconstrucción. Sin embargo, al tratarse de la figura de un niño, este orden epistemológico será desarrollado como una metáfora, una forma de
integrar al devenir de la niñez, la desobediencia pierde el carácter de acto racional, es una forma de pensamiento no domesticado que pone en tensión las luchas jerárquicas por el simple hecho de habitar el mundo como niños. El niño de Esta herida llena de peces y Pedrito de Irimó encarnan una figura política que no se tiene en cuenta como tal, sino como entes dependientes. Para analizar este sujeto, no se tendrá en cuenta la obra La perra porque en ella no es posible ubicar la niñez. De esta manera, el niño, en esencia, representa un sujeto que desafía constantemente las figuras de autoridad y que piensa el mundo bajo parámetros que no se asocian a ningún discurso predominante. La imaginación, la creatividad, los cuestionamientos constantes pueden llegar a ser para un adulto procesos que implican una estructura de pensamiento muy elaborada; en cambio, para el niño son las formas básicas de relacionamiento con el mundo y con sus pares.
Tener un hijo es buscar, todo el tiempo, formas de explicar el mundo. Poner en palabras cosas terribles, milagros, presentimientos. Hablar de dinosaurios sin tener idea. A mi niño, si la historia no le convence, tranquilamente dice: «Ma, no te creo». A veces la niña soy yo y es él quien me enseña a hablar (Salazar, 2021, p. 98).
El niño de Esta herida llena de peces representa la niñez, no tiene nombre, pero sí identidad. Bajo la fuerza que le proporciona ser un niño, cuestiona a la madre que funge como figura de poder «Ma, no te creo», esa simple oración, obliga a el adulto a modificar todo el aparataje epistemológico en relación al niño, no al revés “A veces la niña soy yo y es él quien me enseña a hablar”. La figura del niño es una forma de resistencia, una respuesta a la predominancia política, social y económica, puede crear sus propios espacios y anclarse a la realidad “El niño es niño en todas partes, no se cohíbe, no siente vergüenza, no huele el peligro. Sólo el sueño o la comida le roban espacio al juego. El niño arma una casita a dondequiera que va” (Salazar, 2021, p. 34). La exploración y el juego permiten que el niño habite sus espacios con sensibilidad, inquietud y propiedad. Para un niño la diferenciación
entre periferia y centro no se encuentra establecida en su sistema de pensamientos, aún no es partícipe de lo señalado por Mignolo (2015) de la herencia colonial que ha desplazado hacia el margen cualquier posición geográfica, filosófica o cultural que confronta lo históricamente avalado.
Los sujetos que rodean al niño, sin quererlo, deben asumir unas estructuras sociales estáticas e inamovibles, pueden luchar contra ellas, renombrarlas y tratar de re-existir, como se evidenció anteriormente con el despliegue de las maternidades descentralizadas, pero por más que lo hagan, no se compara con el pacto relacional que construyen los niños entre ellos y su entorno. El niño de Esta herida llena de peces es la prueba de esto: “Envidio la mirada del niño, la misma que tuve hace tiempo y murió con los años desvelando una más cruda, real” (Salazar, 2021, p. 120). Quien observa la niñez, también se sumerge en un ejercicio del recuerdo, añora el punto de partida donde era posible imprimir en el mundo y en los esquemas sociales nuevas relaciones de significado. El niño aún no ha sido sometido a los discursos del poder, por ende, los adultos al observarlo añoran regresar a ese estado. Si se habla de pensar y sentir como niños, en Esta herida llena de peces la simbología se emplea explícitamente: “El pueblo amanece con la ilusión de un niño que abre un libro por primera vez, ilusión que mengua cuando el sol llega a su punto más alto y comienza a descender hacia la selva” (Salazar, 2021, p. 13). Se vincula la infancia con la esperanza y la posibilidad de pensar en un nuevo comienzo, los conceptos empleados: “amanece”, “ilusión” y “niño” funcionan como simbología, la cual se contrapone a otro tipo de ilusión: “ilusión que mengua cuando el sol llega a su punto más alto”, para que esto pase, el tiempo debe transcurrir y con el paso del tiempo la pérdida de la niñez. De este modo, la figura del niño no solo representa una etapa vital, sino que se convierte en una metáfora del pensamiento descentralizado: una forma de desafiar las estructuras rígidas e imaginar otros modos de habitar y narrar el mundo.
Dentro de estas peripecias, El niño es también un sujeto sin reglamentos que deba cumplir: “Mi niño, y cualquier niño, nunca se lanzan una sola vez. No tienen miedo, viven en el suelo, de rodillas. Caerse es un juego que incluye lágrimas y raspones que los enorgullecen” (Salazar, 2021, p. 95). El niño resiste y en un proceso de racionalización que socialmente no le pertenecen por ser niño, desafía las experiencias que lo orbitan, aprende con el cuerpo, con el juego, mediante el fallo y sin desprenderse de su estado de niño. Por otro lado, se encuentra Pedrito de Irimó, quien también personifica una dinámica de aprendizaje basada en el cuestionamiento y las preguntas constantes: “La curiosidad de Pedrito no llenaba espacios y por eso le enseñó a contar los meses, días y horas que le quedaban para llegar a su mágico número” (Estrada, 2023, p.35). La curiosidad de Pedrito que “no llenaba espacios” despliega la idea de que su forma para relacionarse con su entorno no se enmarca en las estructuras rigurosas del conocimiento, sino que las expande con su condición de niño. Incluso para hablar de los temas que le corresponde a los adultos, como la muerte, Pedrito también los abarca desde su ingenuidad de niño: “- creí que era la eternidad,
abuelita. -¿La que? -La Eternidad. Creí que venía a llevarme con ella” (Estrada, 2023, p.66).
Así, la curiosidad supera la frontera de ser una condición netamente infantil, para convertirse en un esquema de pensamiento que reinterpreta las condiciones en el ejercicio de acercarse al conocimiento.
Por último, todo esto se encuentra amenazado dentro del aparataje social que está amenazado y en las obras se traduce de la manera en la que ya se ha señalado: el deseo de volver a la niñez, las simbologías sobre la infancia, las dinámicas de aprendizaje que se alejan de los procesos de racionalización, son el resultado de la necesidad de retornar al punto de partida, para así actuar desde la curiosidad, la ilusión, la desobediencia, el cuestionamiento, las dudas o en términos más específicos, actuar como niños.
Sin embargo, en Esta herida llena de peces esa amenaza supera el límite de lo epistemológico, se convierte en una realidad cuando el niño es asesinado dentro de la iglesia por una explosión en manos de la violencia que se enmarca en la novela: Siento que me arrancaron la piel de un tirón. Me meto bajo la banca, mi niño nomás con un brazo y una pierna, un niño sin cabeza. Eso no es mi hijo es una desgracia, una mentira, por favor, dónde está mi niño. Me levanto temblorosa, agarro la pierna suelta y la pongo junto al resto. Me apoyo en un pedazo de pared o de techo, no sé lo que es, todo en pedazos (Salazar, 2021, p. 127).
La muerte del niño es la extirpación de ese conocimiento no colonizado, a nivel simbólico y físico. Si se observa desde lo formulado por Mignolo (2015), la muerte del niño simboliza el triunfo momentáneo del orden social histórico, porque se ha eliminado el sujeto que puede sostener un proceso de descolonización al no estar sometido todavía a los discursos del poder y al orden hegemónico. Sin embargo, dentro de las novelas, las configuraciones de El niño y Pedrito inmortalizan como memoria viva una forma de pensar y sentir, las escritoras permiten que los personajes se sostengan en las letras y de ahí que la fuerza política afectiva de estos, en la capacidad de afectar y ser afectados trascienda en la idea de repensar el Pacífico colombiano.
2.5. Territorialidades líquidas en las novelas: La perra, Esta herida llena de peces
e Irimó.
Los espacios que serán analizados a continuación, son insignias de la región del Pacífico colombiano: el río Atrato desde Esta herida llena de peces y el Mar Pacífico en Irimó y La perra, antes de desglosar las ideas extraídas de cada una de las novelas, se retomarán los conceptos antes mencionados. Por un lado, se encuentra Parra (2018), con su propuesta de Estetograma que es una forma de inscripción estética de la memoria, una
especie de huella simbólica que queda grabada en el sujeto y en el espacio. En otras palabras, es la unión entre estética (forma, sensación, arte) y memoria (recuerdo, tiempo vivido). La memoria para Parra (2028), no es solo mental y abstracta, sino también sensorial y corpórea, por eso los recuerdos están atados a “espacios individuantes” que son lugares que forman parte de la identidad de los sujetos que los habitan.
En otro sentido, se encuentra Bachelard (1957), con su posicionamiento teórico se podrán observar los espacios desde la imaginación poética y la intimidad, se reducirá la idea de que los espacios deben observarse con un fin práctico: únicamente como una localización física o desde el ejercicio utilitario. Esa visión será reemplazada por un devenir de la imaginación sobre los mismos espacios, por ejemplo: la casa además de ser refugio (sentido práctico), será también seguridad, intimidad y retorno (simbología del espacio). A partir de esto, se puede indagar en el concepto de los “espacios de posesión”, lugares en donde el sujeto se reconoce y se reafirma como habitante del mismo a través del ejercicio de posesión y también se encuentran los “espacios amados” donde se establece una relación afectiva y la imaginación imprime en ellos memorias de deseo, apego, cuidado.
El río y el mar no son espacios domésticos, no son una casa, un cuarto ni un sótano, son lugares amplios que pueden convertirse en íntimos. En Irimó, el mar aparece constantemente en las narraciones de sus personajes, como un recuerdo vivo, una memoria del afecto:
“Imagine al Mar Pacífico introduciendo sus perezosas aguas en los recodos de una isla. La reja negra salpicada de cristales blancos tan endebles, que se adhieren a la piel de quien las contempla con la misma candidez con que el Mar lleva” (Estrada, 2023, p. 15) Al ser una novela donde sus personajes se desplazan hacia el centro (las ciudades capitalinas), el mar se sitúa como un punto de retorno, un espacio embrionario. La conexión que los sujetos tienen con él va más allá de una mirada paisajista: “Abandonar Buraco les
suponía dejar sus raíces, todo su pasado, que se centraba en ese confinado pueblo donde no había hambre, ya que el mar, los árboles y la tierra bordeaban las casas.” (Estrada, 2023, p.18). El mar es portador de vida y de una especie de abundancia que solo le pertenece a Buraco, un pueblo costero en el que el mar es uno de los espacios más característicos. El mar reafirma la pertenencia al lugar, es como una huella en el cuerpo que no se puede borrar, no actúa solo, todos los elementos que lo rodean ingresan a ese mismo espacio sensorial, se puedo observar en la siguiente cita:
Pero la arena de Buraco es de otra especie. De otra órbita. Como si las aguas de ese mar Pacífico en su constante andadura, la fuera moldeando a su imagen y semejanza. Y cuando usted camine sobre ella, ella se adherirá de tal forma a sus talones que, aunque intente quitarla con la misma agua de mar, éste la rechazará visceralmente (Estrada, 2023, p.15). El mar y la arena forman una relación inseparable, se puede evidenciar claramente lo que decía Bachelard (1957), deja de ser un espacio geométrico condensado en medidas, densidades y localizaciones, para convertirse en un espacio vivo y sensible, se humaniza porque es capaz de rechazar, adherir y moldear los otros elementos que orbitan con él en esa experiencia vivida.
Ese espacio contiene otras características orientadas al sentir y la corporeidad, en La perra, el mar se percibe bajo una dimensión diferente: “Damaris trató de impedirlo, le explicó que era peligroso, le dijo que en ese lugar las peñas eran resbalosas y el mar traicionero” (Quintana, 2017, p. 18) y “El mar seguía tranquilo como una piscina infinita, pero Damaris no se dejó engañar” (Quintana, 2017, p. 60). La relación que teje Damaris con el mar es ambivalente. Por un lado, se presenta como espacio seguro y por otro como un lugar de pérdida, es más sombrío, diferente a la relación de afecto y memoria en Irimó. Asimismo, Damaris abstrae el espacio a un nivel próximo, es decir, lo personifica con ayuda de las
percepciones que tiene de él, como si fuese una materia viva capaz de bifurcar las realidades a las que ella se enfrenta: “pero Damaris no se dejó engañar”.
Esa materia viva, también es portadora los cuerpos que han sucumbido al encontrarse con su fuerza natural: “Habían pasado treinta y cuatro días, el mayor tiempo que el mar se había demorado en devolver un cuerpo” (Quintana, 2017, p. 20). En esta escena, el mar adquiere una condición antropomórfica al ser un ente dotado de voluntad, esa agencia parece originarse de unos esquemas normativos que trascienden los esquemas humanos, Damaris sitúa sobre él una fuerza que excede lo natural al convertirlo en un reflejo sensible de sus emociones.
Entonces, se establecen tipos de relaciones diferentes. En Irimó, recordar el mar es volver al espacio embrionario, al hogar, a la vida, al territorio. En cambio, en La perra, vivir la experiencia del mar es sentir la fuerza que supera las barreras de las condiciones físicas del espacio geolocaliza, el espacio se convierte en un agente, capaz de tensionar y movilizar a los sujetos, porque él mismo representa una conciencia única, la conciencia de la fuerza natural del mar.
Al desglosar las ideas sobre el mar, se hace el traslado hacia un espacio que parece indicar similitudes de forma, el río. No obstante, aunque pueden sostener algunos puntos de encuentro, en Esta herida llena de peces, el río es un espacio más íntimo; se diferencian en longitud y en la característica misteriosa que posee el mar y que parece indicar un despliegue de conciencia propio de su fuerza natural. “El Atrato une mercados y separa personas. El río lava la ropa, da de comer, sostiene niños, baña mujeres, esconde muertos. Cura los lamentos de los ancianos. El río no discrimina: bendice y ahoga” (Salazar, 2021, p. 70) . Si se hablase de distancias o cercanías, todo pareciera indicar que es un espacio más próximo o en palabras de Bachelard (1957), “espacio de posesión” o “espacios amados”. A diferencia del mar, éste también se habita desde las dos aristas, aunque la forma es completamente diferente. En la
dinámica siempre aparecerá la fuerza inagotable del mismo indicando un respeto inmaculado del sujeto que lo circunda. Para el río, el lazo es un conducto que viene de la corriente y se posiciona en el hogar:
Al final de la calle se ve la línea de un río. Antes de partir a Quibdó, la abuela le dijo a mi mamá que cuando llovía mucho el río inundaba las casas, que a la gente se le mojaban los muebles, las camas y la ropa. Y que, en Bellavista, a donde iremos después de pasar unos días aquí, el río se sube hasta la iglesia (Salazar, 2021, p. 32). Como si se tratase de un habitante más, el río no se encuentra muy lejos de las casas y de los espacios que transitan los habitantes de Chocó, es un visitante que espera su temporada para retomar los cauces que ha pérdido.
Señoras que viven al lado del río, en casas con patios grandes, con veraneras que cuelgan del techo, hijos que lloran en las cocinas. Cuidan el río, creo que le rezan. Atrás quedan siluetas de calzones enormes colgados en patios y el solar de la casa cural (Salazar, 2021, p. 15).
El río, la casa, la cotidianidad conforman un cuadro de identidad, Chocó no puede concebirse sin la presencia de su río Atrato. En Esta herida llena de peces, se percibe esa experiencia inagotable de la vida y el río como una comunión inseparable “Es el río en sus primeros años; viene del Carmen de Atrato y muere en el Caribe. Los habitantes del pueblo viven de él: pescan, lo navegan cantando, le rezan. Un brazo ancho de tierra negra” (Salazar, 2021, p. 12). Navegar el río es sentir la experiencia de lo que significa ser del Pacífico desde las cosmovisiones chocoanas, una actividad tan propia que no dispone un ejercicio de concientización muy profundo, es casi como aprender a hablar, una actividad íntima que recupera los orígenes de los pueblos aledaños al Atrato. Es un “brazo ancho de tierra negra”, una territorialidad líquida: “El pueblo nace en la margen derecha del río” (Salazar, 2021, p. 12). Como si no se pudiese pensar la existencia del pueblo sin la presencia del río Atrato, él
edifica las comunidades, las alimenta, las guía, les proporciona el sustento y reactiva la memoria: “El río es testigo de llantos y sangre, nacimientos y muertes, salidas y llegadas. Los ríos del Chocó, otra forma de habitar la tierra” (Salazar, 2021, p. 74). Así, las ideas de una territorialidad específica se diluyen, no se puede pensar en el río como un espacio aislado ni en el pueblo a su orilla como si no dependiera de las fuerzas de su agua. El río también adquiere particularidades propias de un sujeto vivo: “—Tranquila, seño, soy amigo del río”(Salazar, 2021, p. 53) , y se permite pensar como una entidad que resguarda a los pueblos de sus orillas “Juan Paulino nos da la bendición del río, eso dice” (Salazar, 2021, p. 61) , además es el punto de encuentro de una identidad colectiva “Quiero que seamos familia de río” (Salazar, 2021, p. 100). Todo podría indicar que dentro del universo literario creado por Salazar Maso, el río se habita, se siente, se recuerda, existe y agrupa a sus hijos “El río Atrato es una mujer negra alimentando a sus hijos” (Salazar, 2021,
p. 105). El río es una figura de autoridad evocada desde la maternidad, acompaña y cuida con
el afecto que emplearía una madre. Es por esto que no es posible separar dicho espacio de los sujetos, se debe entender como una fuerza que se encuentra anidada dentro de ellos desde la raíz.
Para finalizar, al hablar de la figura femenina, se puede decir que el mar y el río se convierten en espacios íntimos para los personajes femeninos antes explorados. Damaris sostiene una relación con el mar una poco sombría, en ella abstrae su sentir y lo ubica en la magnitud incontenible del mar, como un cuerpo vivo, él es testigo de su sufrimiento; por no ser madre, por las muertes que la rodean. En Irimó, el mar es un recuerdo constante de las raíces del territorio de origen, como una herida abierta que añora el espacio propio. Así sucede también con Aura, quien recuerda la imagen de su hija Azucena y la revitaliza con la existencia de Pedrito; el mar como la maternidad son recuerdos del espacio sensible. En Esta herida llena de peces, La mamá del niño se encuentra con el río para navegarlo, conocerlo y
recordar, una forma de sentir el hogar desde una territorialidad que no es fija ni estática, estas ideas van ligadas a la idea de aesthesis que propone Parra (2018) en su concepto de Esteteograma, una forma de vincularse con el conocimiento a través de la exploración de los sentidos y el cuerpo. De esta manera, el cuerpo es el primero en experimentar el espacio, a partir de esa exploración se establecen vinculaciones entre el sentir y el espacio que renombran los lugares de acuerdo al ejercicio anterior. Situación que se denota en la relación ya mencionada entre los sujetos femeninos y el mar o río.
2.6. Espacios en tránsito: la canoa y el bus en La perra, Esta herida llena de peces
e Irimó.
A diferencia del mar y el río, la canoa y el bus no enraizan la memoria, están predispuestos al movimiento y al tránsito constante. Dentro de las novelas, los sujetos se relacionan con ellos mediante acciones específicas determinadas por el orden social. Sin embargo, bajo el marco teórico con el que se está rigiendo la investigación, estos espacios también pueden ser, como lo indica Parra (2018), un conjunto de campos relacionales de tiempos no continuos, portadores del pasado, el presente y el futuro; dimensiones que atraviesan al cuerpo en diálogo con esas territorialidades en alternancia. Para concebir la canoa y el bus, esos tiempos no continuos se revelarán con los viajes constantes y el estado nómada del espacio.
En un primer momento, el análisis se enfocará en la canoa de Esta herida llena de peces en contraste con la lancha o el bote presentes en La perra. Por ejemplo, en el universo de Salazar Maso: “las canoas también son casas, puestos de trabajo y escondites” (Salazar, 2021, p. 74-75). Espacios que pueden hacer brotar la intimidad aunque el constante movimiento no le permite anidarse, esta visión puede surgir de lo que evoca el río para cada habitante, si el río es el territorio de origen, la canoa navegara por ese territorio líquido como
una especie de articulación directa con la memoria, o más bien con la reactivación de ella. Porque el viaje propone eso:
Los árboles, el color del río y la canoa, me recuerdan las entregas que tengo pendientes: una foto muy grande de una mujer muy embarazada, la pintura de tres aves del paraíso en un jarrón demasiado pequeño para ellas, un bordado en punto de cruz con la imagen de un caballo (Salazar, 2021, p. 42).
En la novela, la canoa es un espacio dispuesto para la reflexión, ella se encuentra en movimiento, pero el sujeto que ha emprendido un viaje en ella, no. Éste para y visualiza la posibilidad de recordar el pasado, pensar en el presente y suponer sobre el futuro. El tiempo pasa, y lo que pasa en el exterior, pasa en la canoa solo bajo las órdenes de la misma, La mamá del niño lo entiende: “En esta canoa junto a mi niño son las tres de la tarde” (Salazar, 2021, p. 71). El tiempo interno se rige por el tiempo de la canoa, lo que pasa dentro de ella será el tiempo íntimo, el exterior está en movimiento pero los pasajeros en su interior, se encuentran en una quietud experiencial y determinada.
La canoa al estar tan ligada con la idea del hogar, también moviliza posiciones que se asumen como constructos sociales de la identidad de los pueblos al borde del río Atrato
“Amarra la canoa como si fuera un caballo de pueblo” (Salazar, 2021, p. 45). Un recuerdo
constante de tierra firme que se moviliza para lograr conectar los saberes de su lugar de origen con los sujetos que se encuentran en constante movimiento y añoran su espacio de retorno. Claramente, la condición de transporte no se puede reemplazar: “El malecón empieza a llenarse de viajeros, nos preparamos para embarcarnos en la canoa más barata. El niño no entiende muy bien a dónde vamos” (Salazar, 2021, p. 13). La única diferencia, sería que no solo se verá como un objeto útil para el desarrollo óptimo de las actividades humanas, sino como una forma de sustento, de estabilidad social y económica, la canoa es el reflejo de
un espacio comprometido con deber ser social de sus habitantes como hijos del río Atrato, gracias a la pesca .
Con ayuda de la novela La perra, se presenta un espacio con importancia social y enconómica, la canoa deja de ser canoa y se convierte en bote y lancha, lo que va en concordancia con las demandas del mar; una canoa es un medio de transporte más artesanal, está fabricada de madera porque el río Atrato no requiere de una indumentaria más elaborada, diferente a la lancha o bote que están hechos de materiales mucho más resistentes que soportan la fuerza implacable del mar, asimismo, cumplen con una función social de movilizar a los ciudadanos entre la isla y la ciudad y para los turistas que llegan a las zonas costeras como Buenaventura: “Ese día comenzaba la temporada alta de mitad de año y quería evitarse las hordas de turistas que desembarcarían en el muelle e irían al otro pueblo, donde estaban los mejores hoteles” (Quintana, 2017, p. 26). Las lanchas, en la obra La perra funcionan como dispositivos esenciales para la movilidad y la integración entre los sujetos y los territorios aledaños al mar.
Aunque implícito, la lancha es el intermediario para los turistas, el puente que comunica el centro (las ciudades capitalinas) con las márgenes (las islas y las zonas costeras), Damaris es la prueba de esto: “La única ciudad que conocía era Buenaventura, que quedaba a una hora en lancha y no tenía grandes edificios” (Quintana, 2017, p. 22) , por eso, la lancha es un espacio fundamental que concreta los encuentros entre los sujetos y los territorios. Además de su función económica y social, la lancha adquiere un valor político y simbólico: es el medio que garantiza el tránsito de lo necesario: de víveres, comida, medicina y de personas, como Damaris. En este sentido, la lancha también moviliza objetos que permiten la continuidad de las dinámicas personales: “El Gusantrex llegó en la última lancha, y los días que siguieron Damaris los dedicó a cubrirle las heridas a la perra con el ungüento, alimentarla con caldos y consentirla” (Quintana, 2017, p. 39). El medicamento para la perra
es un reflejo de ese tránsito de la supervivencia. Su desplazamiento encarna una condición socio-cultural que erige entre sus territorialidades líquidas (río y mar) y los espacios que conviven directamente con esos lugares y al hacerlo se transforman en espacios de producción social y de memorias temporales discontinuas.
En Irimó, el espacio de tránsito es diferente, la novela se sustenta en la idea de migrar hacia las ciudades grandes en búsqueda de nuevas formas de vida, por eso la canoa y la lancha no aparecen en el universo creado por Estrada. El bus será el mecanismo de relación entre Buraco y la ciudad capitalina, Cali.
Por eso al leer el anuncio de la fábrica de confeccionar vaqueros, pensó que ese podría ser un buen comienzo para romper con esa nefasta tradición. –Y aquí me tienes, en el autobús de una ilusión. (Estrada, 2023, p. 22) Los personajes que se dirigen a Cali, se transportan con el fin de buscar trabajo en la multinacional Americana de vaqueros, un símbolo de desarrollo económico e industrial. Los personajes reconocen el bus como “el autobús de una ilusión”, no es un medio de transporte común, es el símbolo de la esperanza, la distancia que separa a los personajes del destino se difumina gracias al bus, porque transporta sueños, visiones del futuro y el anhelo de plantar raíces en un nuevo lugar. No es en vano, que “en el autobús no iban niños ni viejos”(Estrada, 2023, p. 18), una forma de reafirmar esa inclinación hacia el futuro, porque la juventud representa desde su espíritu el ánimo de pensar un orden social diferente. En esa medida, el bus, al igual que la lancha y la canoa, no sol|o son espacios de tránsito sino de sentidos, de memorias, son espacios temporales discontinuos, término que propone Parra (2018), porque permite que sus pasajeros paren y piensen en el devenir de sus vidas. Condensan las tensiones entre el centro y la periferia. Su trayecto materializa una geografía del tránsito, en la que la movilidad se convierte en condición de existencia para el sujeto del Pacífico colombiano.
2.7. La casa grande: la ciudad y la selva.
Para finalizar el análisis de los espacios creados por las escritoras Pilar Quintana, Lorena Salazar Maso y Estela Estrada, se propone hablar de la selva y la ciudad. El recorrido se ha definido con el propósito de identificar espacios que pretenden identidad para los sujetos del Pacífico colombiano, el río y el mar son territorialidades líquidas que marcan a sus personajes como un vaso comunicante entre ellos y el espacio vivido. La canoa, la lancha y el bus son espacios de tránsito que movilizan más que personas; son estructuras de orden social fijas de una comunidad en específico: el Pacífico colombiano. Si se habla de Pacífico es imposible no indagar en su majestuosa selva, llena de misterios y de riquezas que se escapan de las cosmovisiones sociales que se desprenden del discurso hegemónico. Por eso, al tener dos espacios que se separan ontológicamente entre sí (la selva y la ciudad), se analizarán en función de buscar las diferencias que plantea cada uno. Para esto, Mignolo (2015), se hace presente con su división de centro y periferia, la ciudad encarna el centro y la selva por construcciones históricas es un “elemento” del margen, no constituye un espacio fundamental para el desarrollo útil de las ciudades, asume la función de un espacio necesario para la producción o la extracción sin tener en cuenta toda la riqueza inmaterial que reposa en ese territorio.
En Esta herida llena de peces, la selva se hace presente como un verde que inunda todas las esferas de la condición humana:
El verde es el color más grande. En este patio hay verde cilantro, verde cebolla, verde albahaca, verde toronjil, verde hierba mala, verde quemado, verde palmera, verde hoja de plátano y verde plátano, verde asoleado, verde llantén, verde sauco para quitar el guayabo, verde amaranto, verde para los caballos, verde hoja de papaya, verde que pica, verde gusano, verde mata-ratón, verde eucalipto, verde musgo que abraza los árboles llenos de hojas verdes (Salazar, 2021, p. 93).
La relación entre verde y selva no es arbitraria, ciudades como Quibdó y Bellavista se componen de un paisaje de colores, la selva es eso, un verde más grande que todos los verdes, capaz de abrazar los demás espacios que la rodean, una forma de afirmar una posesión de la territorialidad que se escapa de las facultades humanas “Ya no veo casas, los árboles son reemplazados por otros, manchas verdes que ponen límite al río” (Salazar, 2021, p. 17). El río y la selva son como una unidad que se reconoce y se vincula en razón de un espacio sensible, uno que atesora recuerdos y memorias, las casas dejan de ser un objeto trascendental cuando el espacio verde reclama su legítima posesión: “fue hermosa, lo es: una belleza contundente, marcada, nada sutil. Salvaje. La corteza de un árbol que tiene años de vivir entre la selva y conoce los secretos” (Salazar, 2021, p. 129). Su posicionamiento histórico deja entrever un origen de la espacialidad, un lugar que no puede ser ignorado porque su existencia es ancestral, como la fuerza de sus raíces y de la cantidad de vida que la componen. Los recuerdos que le cuento a Carmen Emilia se enredan en los mangles, flores y frutos que no se ven ni se pueden comer, que están allí junto a las historias que guarda la selva y los cantos de los pájaros saltarines (Salazar, 2021, p. 103). El espacio verde de la selva es para los sujetos de la novela, un lugar de eterno retorno, es un espacio que puede llenarse de vitalidad, casi como un sujeto más, un espacio vivo que resiste con la identidad de sus habitantes, al igual que el río que presencia la vida de cada uno de ellos. Entender la selva a la luz de una cosmovisión sensible, pone en tensión el discurso de poder que el centro ha posicionado y del que habla tanto Mignolo (2015), en su obra Habitar la frontera. Devolver a la selva características singulares de una existencia propia hace que para entender la periferia sea necesario entender espacios históricamente subyugados e invadidos. No importa si es la selva de la región pacífica o de la amazonia, el espacio en sí mismo es un espacio relegado al margen, las producciones estéticas de las escritoras aquí citadas, resignifican esas ideas desde sus producciones culturales.
Los sujetos de las novelas, al habitar con los espacios nombrados, permiten pensar en la re-existencia de ellos, por ejemplo, El niño de Esta herida llena de peces, sostiene una relación estrecha con el verde: “Las pegamos en la pared del cuarto, luego intenta dibujarlas con verde en su cuaderno. Dibujó hojas antes que casitas o familias bajo el sol” (Salazar, 2021, p. 93). El niño entiende cuál es el espacio vital de su territorio “ Dibujó hojas antes que casitas o familias” reafirma la predominancia del espacio con su forma de sentir el mundo. Si se habla del nuevo orden epistemológico que popone Mignolo (2015), El niño entiende a la perfección toda la filosofía de la periferia, pero como un constructo natural, basado en las relaciones básicas de existencia: “Moviendo las manos me pidió que le comprara una caja de veinticuatro colores, que traía muchos tonos de verde. Me valió cuarenta amapolas” (Salazar, 2021, p. 95). El cuestionamiento y la indagación median con las ideas de repensar un espacio, el niño lo hace y no difiere de un aparataje filosófico, el hecho de nacer en un espacio que limita con la selva y el río ya lo hacen dueño simbólico de las raíces de su territorio. El niño también es verde, es selva. Cuando es asesinado por el cilindro de gas en manos de los paramilitares, se asesina también la idea de existir en conjunto con el espacio histórico fundamental:
¿Mi niño? No. Este no puede ser el pie de mi niño ni su zapato. Es su zapato y su pierna. No, no, no es verdad. A la izquierda, bajo una banca: el tronco de mi niño con su camiseta verde, verde sangre. (Salazar, 2021, p. 127).
El niño ya no es más verde selva, es verde sangre. Sangre que se entiende como la predominancia de la violencia, el discurso del poder que se cuela en las entrañas del surgimiento de una nueva posibilidad para inscribir en el imaginario colectivo ese pacto relacional que el niño posee. La violencia se instaura y con ella las ideas del “centro”. Para Damaris, personaje de La perra, la forma en la que siente la selva es diferente:
Soñaba con ruidos y sombras, que estaba despierta en su cama, que no podía moverse, que algo la atacaba, que era la selva que se había metido en la cabaña y la estaba envolviendo, que la cubría de lama y le llenaba los oídos con el ruido insoportable de los bichos hasta que ella se convertía en selva, en tronco, en musgo, en barro, todo al mismo tiempo, y ahí se encontraba con la perra, que le lamía la cara para saludarla (Quintana, 2017,
p. 32).
La selva representa una magnitud que para ella no se puede contener, contiene sus miedos, es un espacio que se abstrae hasta ella como lo hace el mar. La selva se posiciona en los sueños de Damaris como una manera de desplegarse en todo un aparataje mental, una apropiación de los espacios intangibles: de los miedos, de la memoria y del inconsciente: “Frente a ella solo quedó la selva, tranquila como una bestia que acabara de tragarse a su presa” (Quintana, 2017, p. 31). La selva también puede ser un sujeto, vive con las personas, el espacio es compartido, pertenece todo a sus límites geográficos y en el universo literario de La perra, el respeto hacia su territorialidad indica que los invasores son los habitantes que viven a los límites de la selva:
El calor era baboso, lo sentía pegado en su piel como si fuera lama, y le parecía que la bulla de las ranas y los grillos, insoportable como la música en la discoteca del otro pueblo, no estaba en la selva sino dentro de su cabeza (Quintana, 2017, p. 32). Un espacio que no para de reclamar su territorio, la selva en La perra demuestra que no es solo un sustrato, una herramienta o un fin, es un ente vivo que solicita su poderío, como el verde selva que se filtra en todos los escenarios de interpretación, en El niño, en La mamá del niño y en todos los personajes de Esta herida llena de peces, que facilita la idea de lo que significa ser del Pacífico, vivir entre espacios que sienten, que reposan las memorias ancestrales y que enraizan a todos sus habitantes en un imaginario colectivo.
En cambio, en Irimó, la ciudad no es un punto de referencia, es un vacío constante “A medida que se introducían en la ciudad, tenía la sensación de orfandad; miraba a un lado, a otro, sintiéndose agraviada por los edificios con tantos orificios y sin un atisbo de humanidad" (Estrada, 2023, p. 26). La ciudad no es un espacio vivo, es un espacio rígido, inerte, estático: “sin un atisbo de humanidad”, para quienes han crecido en un lugar selvático, lleno de colores y de formas de vida; la ciudad representa el desarraigo de sus raíces “que cuatro perfectos desconocidos estuvieran allí sentados, casi sin esperanza, en medio de una plaza donde todo era de todos y de nadie”(Estrada, 2023, p. 41). Es el recordatorio constante de que no pertenecerán ahí, porque ese espacio no es suyo, posiblemente no sea de nadie, está diseñado para la funcionalidad, no para el despliegue de las memorias o la identidad. Como si fuera una fuerza inevitable, la ciudad pareciera absorberlos con el fin de adherirlos en sus dinámicas: “ La ciudad puede tragarlas en menos que canta un gallo” (Estrada, 2023, p. 26) y “Pensé que las había tragado el viento -El viento y la ciudad” (Estrada, 2023, p. 43). La fuerza de la ciudad es diferente a la de la selva. En la ciudad, el sentimiento de pérdida es inagotable porque no hay una raíz que sostenga la historia de sus habitantes, los sujetos no pueden volver a ella como se vuelve al espacio embrionario (la selva y el mar), puede ser transitada y experimentada, pero no vivida. Por esto, los personajes de Irimó siempre se encuentran en un estado de nostalgia, se extraña la selva y el mar como esos simbólicos del hogar, de la casa grande que aunque no pueden contener, les atesora sus memorias, sus ancestros, sus legados: “Salió al jardín y desde allí contempló el cielo acoplado a un cuadrado sobre su cabeza. Pensó en su padre, en el atardecer de Buraco, su casa de madera con vistas al inmenso cañaveral” (Estrada, 2023, p. 33). Solo queda resguardarse en los espacios que mínimamente evocan a esos lugares, como el jardín, un epicentro que puede reactivar la memoria hacia el lugar de origen, Buraco.
Capítulo 3: Conclusiones Las novelas La perra de Pilar Quintana, Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso e Irimó de Estela Estrada construyen, cada una a su manera, un universo literario donde el Pacífico colombiano se convierte en materia estética y simbólica. A través de sus personajes y espacios, estas obras revelan una sensibilidad que permite repensar la realidad desde las producciones estéticas. En ese sentido, se reconocen las obras como un universo literario independiente, en el que la realidad funciona como un sustrato para las creaciones simbólicas, como lo proponen Goldmann (1975) y Lukács (1979) en su sociología de la literatura.
Este reconocimiento permite desglosar una configuración estética particular, si bien las novelas no dependen de la realidad, sí se inscriben a ella desde otros parámetros diferentes, como los nombra Bourdieu (1990), en su noción de campo literario donde se despliegan las tensiones entre los agentes que interpelan la obra literaria y en estas tensiones aparecen unas posiciones jerárquicas proporcionadas por la realidad. Es decir, el campo literario, por excelencia, es un espacio de luchas simbólicas que se materializan en las producciones culturales, en este caso: las obras literarias aquí propuestas. De esta manera, las obras literarias pueden modificarse dentro del aparataje social según las disposiciones históricas, políticas y económicas que representan esas posiciones jerarquías propuestas por Bourdieu (1990). Asimismo, en el campo social, las creaciones estéticas se distribuyen según órdenes de poder ya dispuestos, los cuales tipifican simbólicamente las producciones culturales según líneas de importancia que son avaladas por los sujetos que se integran, por ejemplo, en el campo literario (escritor y lector). Es por esto, que una novela que ha sido escrita por una voz de autoridad histórica sostiene diferencias sobre una novela desarrollada por un escritor emergente o de la vanguardia,sin embargo, dichos pactos de relevancia se pueden modificar desde un proceso de descolonización.
Mignolo (2015) enfatiza en dicho concepto, para él lo primordial es apuntar a un nuevo orden epistemológico basado en una filosofía del margen. Una filosofía que busca posicionar los discursos planteados en el margen o periferia, que han sido desplazados hacía ese lugar simbólico por los discursos del centro, que indican orden, hegemonía y peso histórico. Bajo este panorama, se ubican las tres novelas: La perra, Esta herida llena de peces e Irimó. Todas ellas cuentan con un punto de partida fundamental y es que en su universo literario se puede identificar un espacio específico, este es el Pacífico colombiano, con La perra se puede acceder al panorama de Buenaventura y a sus territorios aledaños, aunque no se nombran cuáles son, gracias al despliegue de los recursos literarios y a las condiciones que en él se desarrollan, es posible ubicar el espacio dentro de un plano geográfico específico. En Esta herida llena de peces, el territorio narrado es el Chocó, principalmente Quibdó, Bellavista y todos los pueblos que son bañados por el río Atrato y en el caso de Irimó, el espacio se ubica en el pacífico colombiano, pero la escritora no enfatiza en qué lugar fijo se encuentra su novela, no obstante, gracias a las indicaciones que la misma otorga al inicio de la obra, se considera Irimó como perteneciente a un universo literario creado por ella en el que participan varias obras, como: El doctor sin letra, y ambas obras en conjunto tienen una amplia inspiración Tumaco, la ciudad de orígen de la escritora Estela Estrada. En este sentido, los hallazgos del análisis permiten entender que el Pacífico colombiano es un espacio que debe concebirse más allá de la marginalidad que propone Mosquera (2002) o del término periferia o margen propuesto por Mignolo (2015). Las novelas aquí citadas, toman esos conceptos porque se encuentran dentro de un campo literario transversalizado por ellos. La diferencia se ubica en que al tomarlos, se inicia un proceso de renombrar los espacios y los sujetos; al enunciar las experiencias vividas en ese Pacífico colombiano desde sus configuraciones estéticas y simbólicas, es posible que el lector entienda dicho espacio desde nuevas aristas de interpretación. Además, las obras
implementan de manera implícita esa filosofía del margen que propone Mignolo (2015), se genera una re-existencia que se alinea con la idea de lo que es en realidad ser del Pacífico, a partir de posturas sensibles, afectivas, conscientes, sociales y profundamente políticas. En otras palabras, la producción literaria de las tres escritoras colombianas permite acceder a una forma de vida independiente que desafía el discurso hegemónico histórico. 3.1. Sujetos que sienten, hablan y re-nombran.
En el análisis que se ha mencionado, se estudiaron los siguientes sujetos: Damaris, La mamá del niño y Aura, quienes encarnan sujetos femeninos; quienes asumen la maternidad dentro de ese universo literario planteado en el Pacífico colombiano por las tres escritoras. Sus maternidades son descentralizadas, no cumplen con los órdenes sociales dictaminados por la institución de la maternidad, término acuñado por Rich (1986), que explora todas las dinámicas que se heredan del patriarcado sobre el cuerpo femenino: la maternidad desliga el concepto de feminidad del cuerpo, porque éste se convierte en un portador biológico de vida. Las madres en las tres novelas, desafían dichas ideas. En sus acciones son madres pero sin el peso biológico, Damaris no ha sido madre y se relaciona con el ejercicio desde el afecto hacia su perra, sin embargo, se encuentra en tensión constante con los observadores externos que fungen como recordatorios de la institucionalidad, así que Damaris personifica esa lucha simbólica del campo literario. La mamá del niño, aunque no es madre biológica, desarrolla una nueva forma de maternidad basada en la sensibilidad y el cariño, con ella se recrea una experiencia de vida que transgrede la institucionalidad, es mujer y madre. Por otro lado, Aura, es mamá de su nieto, el desarrollo de su ejercicio se transversaliza por la memoria y el recuerdo, su hija ha muerto y es Pedrito, su nieto, quien reactiva su maternidad. Las maternidades en el Pacífico colombiano enunciadas por estas escritoras, representan unas maternidades descentralizadas que se enfrentan a las tensiones de la
institucionalidad, que responden al abandono desde la afectividad y el sentir y que luchan por restablecer una memoria colectiva que se ha visto en la obligación de desplazarse y en la acción de desplazamiento han perdido las sus orígenes. Son madres que resisten y desafían los conceptos heredados desde el centro, así se construye la figura femenina del pacífico colombiano.
En cuanto a los sujetos masculinos, se presentan en las obras como: Masculinidades en silencio, representadas por Rogelio, El padre que no tuvo el niño y Andrés. El punto de encuentro de estos personajes es claro: sus silencios llenan los espacios de la experiencia. En cuanto a Rogelio, su masculinidad se ve marcada por el desarrollo de sus características alineadas con los requerimientos sociales: autoritario, fuerte y sin expresiones de sensibilidad; no obstante, éste personifica, en su mismo actuar, una contra pedagogía de la crueldad al integrarse con el cuidado y el afecto hacia Damaris y la perra, el silencio no se cuela en todas las aristas de Rogelio, algunas acciones son la respuesta hacia la institucionalización histórica del desarrollo de una personalidad patriarcal. Andrés y El padre que no tuvo el niño, se encuentran enmarcados en lo que propone Segato (2018). En su libro Contra-pedagogías de la crueldad, en él se evidencia que existe una pedagogía del poder promovida por el patriarcado, en el que los hombres se ven inmiscuidos en ella desde la fuerza social y política. Ellos también son víctimas del orden social predominante, la pedagogía de la crueldad permite que las paternidades se rijan por el desplazamiento del cuidado hacia el silencio histórico y estructural, un abandono que puede leerse en dos sentidos: en el abandono estatal de los entes predominantes hacia los sujetos ubicados en la periferia y en el vacío social que viven los sujetos masculinos en la región del Pacífico colombiano.
Por otro lado, al analizar las figuras de los niños de las obras Irimó y Esta herida llena de peces: Pedrito, quien es el nieto de Aura, y El niño, quien no posee un nombre porque
hace parte de un recurso estético empleado por Lorena Salazar para representar una figura más amplia, la figura de la niñez.
En las novelas, los niños encarnan la posibilidad de pensar en un nuevo sujeto político que aún no se encuentra colonizado, desde su condición de niños, pueden re interpretan el mundo bajo sus propios acercamientos con el conocimiento: la experimentación, el juego, la inquietud, la duda, la imaginación, son características que permiten contemplar una existencia que no ha sido alterada por el poder situado. Los niños representan el sujeto que se encuentra en formación, una posible mirada hacia el futuro y en ese futuro una amalgama de posibilidades epistemológicas, es por esto que las novelas Esta herida llena de peces e Irimó, se encuentran en la niñez, una forma de pensar en el Pacífico colombiano desde la esperanza de la niñez en desarrollo. Aunque la muerte de El niño de Esta herida llena de peces proporciona un panorama desalentador para pensar en que es posible construir un futuro diferente, la escritora Lorena Salazar inmortaliza la niñez como una forma de memoria que resiste.
3.2. Espacios que sienten, habitan y re-existen: territorialidades sensibles del
Pacífico colombiano En el universo literario de La perra, Esta herida llena de peces e Irimó, los espacios dejan de ser escenarios que enmarcan la acción para convertirse en cuerpos sensibles, entidades vivas que dialogan con los personajes y los transforman. Cada territorio: el río, el mar, la selva, la ciudad, la canoa o el bus configuran una experiencia estética que articula memoria, identidad y afecto. En este sentido, la espacialidad que emerge en las tres obras se puede comprender desde lo que Parra (2018) denomina Estetograma: una inscripción estética de la memoria que deja huellas tanto en el sujeto como en el territorio. Los personajes habitan los espacios, pero los espacios también los habitan a ellos; cada gesto, cada desplazamiento,
imprime una marca que da cuenta de su paso y de su sentir. Además, el concepto de aesthesis que también propone este autor, ubica en un primer lugar el cuerpo como un escenario para la integración del conocimiento, por ende, los personajes que dialogan con los espacios que aquí se analizaron, no solo los habitan sino que también los sienten, los recuerdan y los vuelven lugares necesarios para las construcciones de su identidad y aún más importante, como escenarios de retorno, territorios líquidos, espacios en tránsito y lugares embrionarios que sostienen los orígenes de una región en específico: el Pacífico colombiano. Para Bachelard (1957), los espacios son lugares íntimos que resguardan las emociones y los recuerdos, es decir, son espacios de la imaginación poética, donde el sujeto reconoce su propio ser a través del acto de habitar. Las novelas analizadas dan cuenta de esto: el mar y el río no son solo cuerpos de agua, son memorias líquidas donde la vida fluye y retorna; la canoa y el bus son espacios de tránsito que condensan la temporalidad discontinua del viaje, una quietud reflexiva en medio del movimiento; la selva y la ciudad, por su parte, son los polos de una tensión constante entre el origen y el desarraigo. Así, cada territorio no se define por su utilidad ni por su geografía, sino por la sensibilidad de quien lo experimenta, por la forma en que el sujeto lo siente, lo imagina y lo recuerda.
En las tres novelas, el espacio se vuelve agente de sentido, un interlocutor que participa de las emociones humanas. Damaris percibe el mar como un espejo de su angustia y su deseo; La mamá del niño recorre el río Atrato como una manera de recordar, sanar y resistir; Aura y Pedrito evocan el mar como una memoria de hogar y de pertenencia; mientras que en Irimó, la ciudad se presenta como el lugar del desarraigo, el vacío funcional que sustituye la vitalidad de la selva. De esta manera, el espacio en las narraciones del Pacífico colombiano no es pasivo, sino que actúa, siente y conserva. Es una memoria viva que guarda las huellas de los cuerpos y las historias que lo atraviesan.
En términos de Mignolo (2015), estos espacios literarios son también lugares de desobediencia epistémica: territorios que piensan y se piensan desde el margen. El mar, el río o la selva proponen una forma distinta de conocimiento, una epistemología de la experiencia y del cuerpo que resiste las lógicas del centro y sus discursos de dominación. Habitar estos espacios, desde la escritura, equivale a habitar la frontera, a construir pensamiento desde la periferia.
Por eso, los espacios en las obras del Pacífico colombiano son territorialidades sensibles que condensan historia, memoria y afecto; son parte del sujeto y lo constituyen. La literatura se convierte así en un acto de re-existencia: los personajes viven, sienten y se piensan desde sus territorios, y esos territorios, a su vez, narran la historia de quienes los habitan. En conjunto, el espacio y el cuerpo se confunden, y el acto de habitar se transforma en una forma de resistir, de cuidar y de recordar.
3.2. Relaciones inquebrantables: sujetos y espacio.
Para finalizar, interesa resaltar que el análisis en su totalidad se direcciona a la necesidad de entender una relación inquebrantable entre los sujetos: Damaris, La mamá del niño, Aura, Rogelio, El padre que no tuvo el niño, Andrés, El niño y Pedrito, con sus espacios: el río, el mar, la canoa, el bus, la selva y la casa. Una relación que dirige la mirada hacia la dimensión que se ha tratado de responder a lo largo de la investigación, lo que significa “ser el Pacífico”, gracias a las configuraciones estéticas de las escritoras Pilar Quintana, Lorena Salazar Maso y Estela Estrada, se edifica un universo donde el Pacífico colombiano es el centro de interpretación y de las reflexiones.
Los sujetos y los espacios se convierten en un ente, no se distancian, sino que se complementan, se experimentan y se resignifican los unos con los otros. No se puede entender al sujeto del Pacífico colombiano sin el río Atrato, sin los conocimientos ancestrales
que navegan por él. El río es más que una forma de transitar las orillas de los pueblos chocoanos, se encuentra en cada una de las esferas de sus vidas: los alimenta, atesora sus memorias, se cuela en sus casas y resuena como una melodía negra que no deja de ser escuchada. El mar, por consiguiente, es un espacio amplio que guarda las raíces de los sujetos del Pacífico colombiano de Buenaventura (La perra) y Tumaco (Iirmó). A él se vuelve cuando la ciudad con sus dinámicas de producción absorbe la calidez humana, el mar también es fuerza, es impredecible, toda una forma de entender unos sujetos que cohabitan con su existencia, sujetos que resisten incluso a sus espacios íntimos.
Los espacios de tránsito representan un constante movimiento, una región que se ha visto en la obligación de desplazarse constantemente, como se evidencia en Irimó, con el bus de la ilusión. Pero, el movimiento no siempre se genera en razón de la necesidad de una construcción utilitaria o productiva de la vida. En Esta herida llena de peces, el espacio de tránsito permite pensar, recordar, nombrar lugares, estados y memorias, una forma de sentir el territorio desde el constante movimiento, además, así como expresan tránsito, también son refugios o elementos indispensables para el desarrollo humano, son lugares de trabajo, formas de sustento y distribuidores de calidad de vida, con los medicamentos, víveres y enseres. Por último, se encuentra la casa grande, los sujetos necesitan de un espacio íntimo que les recuerde siempre su hogar, la selva es eso. Para las tres novelas, la selva se posiciona como un espacio inalterable, un espacio vivo que se expande por todo el territorio, si no se siente y se experimenta se recuerda y se trata de imitar constantemente. La selva para el sujeto del Pacífico colombiano es un lugar de sentires y de raíces que van más allá de locaciones, una forma de entender que quien habita en el Pacífico colombiano, se compone de un verde extenso que no puede ser olvidado.
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Cita: Castro Henao, Manuela (2025), Pensar desde la orilla: sujetos que re-existen y territorios sensibles en tres novelas del Pacífico colombiano. Un análisis de La Perra, Esta herida llena de peces e Irimó, Universidad Tecnológica de Pereira, p. N. https://hdl.handle.net/11059/16577