Sporala red del conocimiento
Página 1 de 63El suicidio como concepto liberador para la vida en Emil Cioran
p. 1

EL SUICIDIO COMO CONCEPTO

LIBERADOR PARA LA VIDA EN

EMIL CIORAN

Presentado por:

JOHANNA GIL PAREJA

NATALIA MARÍN RAMÍREZ

Director:

ALFREDO ANDRÉS ABAD TORRES

Proyecto de grado para el título de: Licenciadas en filosofía

Universidad Tecnológica de Pereira Facultad de Bellas Artes y Humanidades Licenciatura en Filosofía Pereira Mayo 2026

p. 2

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

El suicidio como condena desde la perspectiva religiosa y filosófica

a. El suicidio como condena post mortem en el judaísmo

b. El suicidio como condena absoluta dentro del cristianismo

c. El suicidio como condena moral en Kant

d. El suicidio como condena absurda en Camus

CAPÍTULO II

Perspectiva del suicidio antes de Cioran

a. La noción de muerte como sinónimo de libertad en Sócrates

b. El suicidio como posibilidad vital en el estoicismo

c. Kierkegaard, Cioran y la desesperación como origen del deseo suicida

d. Mainländer, Nietzsche, Cioran y el suicidio como idea vital

CAPÍTILO III

Suicidio como concepto de liberación en Emil Cioran

a. Caída e inicio del malestar existencial.

b. La lucidez como modo de vida auténtico.

c. Una soberanía mínima

d. Vitalismo negativo como tensión

e. Escritura aforística como herramienta catártica

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

p. 3

INTRODUCCIÓN

"Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera:

Sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado."

Emil Cioran

A lo largo de la historia del pensamiento humano, pocas cuestiones han suscitado tanta incomodidad, controversia y reflexión filosófica como el suicidio. Se trata de un fenómeno que no solo interpela la dimensión individual del sufrimiento, sino que también cuestiona los fundamentos religiosos, éticos y ontológicos sobre los cuales se ha construido la comprensión de la vida humana. Sin embargo, el pensamiento contemporáneo, especialmente en el contexto de la crisis de la modernidad y del agotamiento de las grandes narrativas metafísicas, se ha abierto un espacio para reconsiderar este tema desde otra perspectiva, no solo como un acto consumado sino como una posibilidad conceptual. Pensar en el suicidio no es simplemente abordar un acto extremo, es enfrentarse a la pregunta radical por el sentido de la existencia, por los límites de la libertad y por la soberanía que tenemos sobre nuestra propia vida. En la tradición occidental, el suicidio ha sido mayoritariamente concebido como una transgresión. Varias religiones lo han interpretado como una negación de la voluntad divina sobre la vida, mientras que diversas corrientes filosóficas lo han entendido como una falta moral o como una renuncia indebida al deber de existir. Sin embargo, esta visión condenatoria no ha sido unánime ni absoluta; paralelamente han surgido posturas que, sin necesariamente promover el acto, han logrado darle la capacidad de entenderlo como una expresión de liberación, dignidad o de lucidez.

p. 4

Por lo tanto, el objetivo principal de nuestro trabajo es analizar el suicidio como concepto, desde la contemplación, no como un acto ni como una práctica tratada desde el sentido clínico o sociológico, sino como una cuestión filosófica compleja vista principalmente desde la filosofía del pensador rumano-francés Emil Cioran, preguntándonos ¿en qué medida el concepto de suicidio es una liberación? Además, en particular, el trabajo busca también contrastar las concepciones que entienden el suicidio como condena (ya sea religiosa, moral o existencial) con aquellas que lo interpretan como una posible forma de liberación frente al peso de la existencia. Esta cuestión requiere abandonar una lectura literal moralizante del término para explorar su dimensión ontológica y existencial.

El punto de articulación de nuestro trabajo se basa principalmente en la obra de Cioran Breviario de podredumbre, en ella, el autor propone una concepción del suicidio que se distancia tanto de la condena religiosa como del rechazo moral categórico. Para Cioran, la sola idea del suicidio puede convertirse en un recurso de resistencia frente al sinsentido, un consuelo ante la desesperación y una afirmación paradójica de liberación individual de la pesadumbre de la vida. Esta percepción obliga a replantear los fundamentos tradicionales desde los cuales se ha evaluado el concepto de quitarse la vida.

No obstante, antes de adentrarnos en la propuesta cioraniana, resulta indispensable examinar las posturas que históricamente han rechazado el suicidio. En este sentido, el primer capítulo, aborda su concepción negativa desde el judaísmo y el cristianismo, así como también desde la filosofía moral de Kant y el existencialismo absurdista de Camus. En el judaísmo, el suicidio es visto como un juicio sobre la familia de quien comete el acto y como una negación de la voluntad divina de la vida. En el cristianismo, especialmente desde el pensamiento de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, el suicidio se condena como un grave pecado que se castiga con el no poder acceder a la eterna salvación del alma.

p. 5

Este recorrido inicial no tiene como propósito desacreditar tales posturas, sino comprender la solidez interna de sus argumentos y reconocer el peso cultural que han tenido en la configuración del imaginario occidental. La condena del suicidio no surge de la nada, sino que se sostiene sobre fuertes concepciones acerca del valor de la vida, la responsabilidad moral y la relación entre el individuo y quienes lo rodean.

En el segundo capítulo, analizaremos las posturas de varios pensadores a lo largo de la historia, como Sócrates, Mainländer y Nietzsche que, contrario a la religión, nos permiten ver la muerte como una liberación al sufrimiento de la existencia. Es también en este contexto que el pensamiento de Cioran aparece dando un matiz singular a todo el discurso que habíamos visto sobre el suicidio, pues a diferencia de quienes lo defienden como acto liberador o como consecuencia de la desesperación, Cioran se mueve en el terreno de la ambigüedad, pues su pensamiento no promueve llevar el suicidio a la práctica, sino que lo sitúa en el plano de la posibilidad permanente, la cual permite, paradójicamente que el suicidio se convierta en un motivo para seguir viviendo, por lo que este pensamiento no consiste en ejecutar la muerte propia, sino en saber que ésta permanece al alcance.

En el tercer capítulo, se abordaron tres ejes fundamentales, primero la noción de soberanía mínima, entendida como ese minúsculo espacio de autonomía que se manifiesta en la capacidad de negar la propia existencia. Segundo, la propuesta hermenéutica del vitalismo negativo, una categoría interpretativa que ayuda a comprender la tensión estructural entre el deseo de vivir y la tentación de morir. Finalmente, analizamos la escritura aforística como herramienta catártica y como forma de contención simbólica donde el suicidio se lleva a cabo discursivamente sin pasar al plano empírico.

Lejos de constituir una ética de la muerte, el pensamiento de Cioran presenta una paradoja donde la idea de suicidio puede intensificar la vida, en lugar de conducir necesariamente a la destrucción, así la posibilidad de abandonar la existencia la convierte en una experiencia

p. 6

elegida. Es una afirmación negativa de permanencia sostenida, no por ilusiones, sino por la lucidez que acepta el absurdo sin disfrazarlo.

De este modo, la investigación propone mostrar que el debate sobre el suicidio no puede reducirse a una oposición simplista entre aprobación y condena, en realidad se trata de un problema que revela distintas comprensiones de la autonomía, la dignidad, el sufrimiento, y el sinsentido, analizar estas concepciones implica adentrarse en la estructura misma de la condición humana ya que, somos seres conscientes de nuestra temporalidad, capaces de reflexionar sobre nuestra muerte y darle significados que trascienden el mero instinto de conservación.

Metodológicamente, en nuestra investigación, adoptamos un enfoque comparativo, a través del análisis textual de obras filosóficas y religiosas fundamentales que ponen en contraste los diferentes puntos de vista del concepto de suicidio, para así entender desde diferentes perspectivas cómo acoger e interpretar el punto central de este trabajo, sin pretender persuadir a la idea de la muerte, sino esclarecer desde las tensiones conceptuales que lo atraviesan y evidenciar cómo cada postura responde a una determinada concepción del ser humano, contexto y lugar en el mundo.

Finalmente, esta monografía parte de la convicción de que no pretendemos romantizar el sufrimiento, ni que pensar en el suicidio equivale a justificarlo o a trivializarlo, sino que, por el contrario, abordarlo filosóficamente implica reconocer su gravedad y su complejidad. El silencio o la simplificación no hacen justicia a un fenómeno que toca el núcleo de la existencia y en este horizonte, el pensamiento de Cioran nos ofrece, desde la concepción del suicidio, una oportunidad para sentirnos dueños de nuestra propia vida, sabiendo que, a pesar del sufrimiento o desesperación, por fuertes que éstas sean, la muerte está siempre ahí como una salida de emergencia ante la fragilidad de la vida y peso de la existencia, viéndola siempre desde la distancia, como un plan que constantemente se va a aplazar, que jamás se va a ejecutar y es ahí

p. 7

donde radicará el carácter de soporte y triunfo de elegir la vida sobre la muerte, pues el suicidio en Cioran no es un mandato ni una propuesta normativa, sino un horizonte desde el gesto discursivo, representando una forma de emancipación existencial porque devuelve al individuo la experiencia de pertenencia sobre su vida. Esta liberación no elimina el dolor ni otorga sentido trascendente a la existencia, pero desmantela la idea de la vida como un deber ineludible. Comprenderlo de esta manera, permite rescatar su dimensión liberadora sin caer en apologías.

Así, el recorrido desarrollado a lo largo de esta monografía busca mostrar que el suicidio conceptual en Cioran no clausura la existencia, sino que la intensifica mediante la conciencia de su fragilidad y contingencia. La liberación no se expresa en la muerte real, sino en la elección constante de continuar viviendo a pesar de que nada garantice el sentido de hacerlo.

CAPÍTULO I

El suicidio como condena desde la perspectiva religiosa y filosófica. Nuestro primer capítulo abordará aquellas corrientes filosóficas y religiosas que no estarían de acuerdo con los planteamientos de Cioran. Decimos esto porque quienes no convergen con los pensamientos del filósofo rumano no necesariamente fundamentaron argumentos en contra de sus proposiciones, sino que, simplemente tienen teorías incompatibles con lo expuesto por el pensador. Con esto dicho, también hay que aclarar que, estos argumentos que están en contra del comportamiento suicida son objeciones necesarias para que nuestra perspectiva no esté sesgada por una única opinión. Hablaremos desde los puntos de vista morales y éticos de las religiones que tradicionalmente han tenido mayor peso en la historia reciente de la humanidad,

p. 8

como lo son el judaísmo desde su perspectiva rabínica y el cristianismo desde lo estipulado por San Agustín, Santo Tomás de Aquino y el Papa Juan Pablo II. Luego de este recorrido, continuaremos con dos filósofos modernos que no apoyan una conducta suicida como lo son Emmanuel Kant desde su perspectiva moral y Albert Camus desde su panorama existencialista.

a. El suicidio como condena post mortem en el judaísmo:

Para muchas tradiciones religiosas, la acción de darse muerte por mano propia ha sido vista como un acto aberrante e injustificado que no tiene razón de ser, despertando un rechazo colectivo tanto en la familia del fallecido como en la comunidad de este. En muchas religiones no necesariamente occidentales ya se veía al suicidio como un acontecimiento contrario a la divinidad y por qué no, opuesto a los valores éticos y morales de una sociedad. Por esta razón el suicidio autónomo, es decir el que se ejecuta desde el planteamiento de que somos dueños de nuestra propia existencia, es el tipo de auto aniquilación que se rechaza dentro de muchas comunidades religiosas, como es el caso del judaísmo. Si bien en el judaísmo no hay un acuerdo unánime sobre si existe un infierno o no o si los suicidas van a este o no, lo que sí existe es una condena post mortem con la cual gran parte de la comunidad más ortodoxa sí está de acuerdo.

Es necesario aclarar que, para los practicantes activos de la religión judía, desde tiempos relativamente modernos existe una distinción dentro del comportamiento suicida y clasifican dicha conducta de dos formas distintas, el suicidio voluntario y el suicidio involuntario. El primero es el que se ejecuta dentro del pleno uso de las facultades racionales, mediante una decisión que no ha sido tomada bajo la influencia de ningún agente externo, sino que por el contrario se ha realizado bajo completa y demostrable cordura. El segundo tipo de suicidio es el involuntario que se vincula a la aniquilación de la vida por culpa de una enfermedad mental, extremo dolor o tortura, la posesión de un espíritu maligno o el tipo de suicidio que se comete

p. 9

por defender la providencia divina como sucedió con Shadrakh, Meshakh y Abed-Nego (Ketuvim, Daniel 3: 19-30). Quienes eligieron ir al fuego del horno en lugar de rechazar a Elohim como su dios verdadero. Según esta cita del texto El suicidio en la tradición judía:

“el razonamiento es claro. El suicidio no se permite porque es una negación de la Providencia de Dios, sin embargo, cuando uno enfrenta la posibilidad del martirio, parece no haber mayor forma de testimoniar la soberanía de Dios” (Siegel, 1979).

Este último es el tipo de suicidio más justificable dado que quien lo lleva a cabo, puede ser elevado a la condición de mártir, puesto que elige quitarse la vida con tal de no renunciar a su credo, es decir, se elige morir no por motivos personales, sino por la santificación del nombre de Dios. En este sentido es el suicidio voluntario el que representa la condena social, religiosa y ritual.

La disyuntiva de si la vida merece la pena vivirse o no, es un dilema que ha existido siempre, pero eso no quiere decir que todas las personas deban tomar acción y quitarse la vida. Para la comunidad judía la vida debe preservarse a toda costa, aunque los momentos no sean los más alegres. Si tomamos algunos apartados de los tres libros de la Tanaj y lo que explica el rabino Seymour Siegel, la autonomía del ser humano efectivamente existe, pero no es tan amplia como para creernos con el derecho de acabar con nuestra propia vida, puesto que para los judíos la vida es un regalo divino que, sólo quien la ha otorgado tiene el derecho soberano de quitarla, para ellos auto extinguirse deliberadamente y bajo ningún efecto que nuble la razón es un acto de rebeldía contra Dios, ya que, es una negación contundente de la procedencia divina y su soberanía.

Para muchos judíos que no están de acuerdo con la división anterior, la muerte no debe apresurarse, aunque se esté en agonía, para este sector está prohibido el suicidio en cualquier

p. 10

circunstancia, pues hay que aceptar la muerte sólo sí es el destino elegido por Dios. Según la afirmación anterior, suicidarse porque se sufre implica huir de la muerte o profanar el nombre de Dios porque es una muestra de que no confían en Elohim para ser salvados. Para los judíos, quien se suicida renuncia a todos los rituales póstumos y a los honores del duelo. Según esto sólo se cataloga al fallecido como suicida voluntario si hubo testigos que verifiquen antecedentes de una conducta deliberada y es éste, quien recibirá la condena social, moral y religiosa. Añadido a ello, su familia recibirá señalamientos por parte de la comunidad porque para ellos quitarse la vida es sinónimo de pecado y vergüenza familiar. Así pues, quien se auto extingue en esas circunstancias pierde el derecho de ser enterrado en un cementerio judío y renuncia a recibir el año de duelo al que tendría derecho alguien que no murió por elección. Desde la comunidad judía se entiende que “para un suicida no debe observarse ninguna clase de ritos”. Rabí Ishmael dice: “puede lamentarse. ¡Ay del descarriado tonto! (…) ¡Abandónalo al olvido. ¡No lo bendigas ni lo maldigas!” (Siegel, 1979). Lo que significa que el fallecido por suicidio no puede recibir por parte de la comunidad los cánticos mortuorios, ni ningún tipo de honra dirigida hacia su cuerpo.

Según un artículo de la BBC, denominado Los judíos ortodoxos quieren romper el silencio del suicidio, esta situación es tan complicada que muchas veces para evitar ese rechazo, obligan a la familia del suicida a ocultar que la muerte fue por suicidio, lo que según muchas familias que han sufrido este desafortunado acontecimiento, hace más difícil lidiar con el dolor de la pérdida porque se les está obligando a mentir sobre un suceso que ya en sí mismo es supremamente doloroso. Todo este rechazo viene de la convicción de que la vida es sagrada, por lo que se le da un inmenso valor, es tan así que hasta es permitido violar el Sabbat si es preciso para salvar una vida. Dicho todo esto podemos entender que la condena para el suicida y sus allegados dentro del judaísmo no es una condena divina que hará que quien comete dicho

p. 11

acto arda en el infierno, sino que es una condena relacionada con perder el vínculo con su propia comunidad.

b. El suicidio como condena absoluta dentro del cristianismo.

Para muchas personas es bien sabido que dentro de la religión cristiana la peor consecuencia del pecado es la muerte en sí misma. Dios despojó a la humanidad de la vida eterna debido a que sus dos primeras creaciones 1desobedecieron su mandato de no comer del fruto prohibido. A partir de tal relato la muerte comenzó a verse de manera negativa dentro del cristianismo, pues se comenzó a interpretar como aquello que hace que los creyentes tengan que buscar una vida eterna después de la muerte. Esta vida eterna se consigue teniendo una vida terrenal totalmente dispuesta a actuar conforme a las leyes construidas y entendidas por el cristianismo desde la interpretación de aquello que está descrito en la Biblia. Cabe resaltar que quien tiene este tipo de vida regida por las normas y las restricciones del cristianismo, al morir no asciende directamente al Cielo, sino que su cuerpo debe reposar en su tumba hasta la llegada del juicio final (hebreos, 9:27).

Dicho lo anterior, es claro que, si la consecuencia del pecado es la muerte, o sea, la pérdida de la eternidad, la consecuencia de no vivir conforme a los parámetros estipulados por esta religión es que después de la muerte, en lugar de ir al cielo a regocijarse a la diestra de Padre, las personas van al infierno (Malaquías, 4:1-3). Esto no es todo y tampoco es tan simple, pues según la religión cristiana es preferible sufrir cualquier tipo de vejamen en vida, bien sea una enfermedad agonizante y larga o una tortura dolorosa y humillante que cometer algún acto que se considere pecado o desobedecer deliberadamente a Dios, es decir, cualquier sufrimiento en vida es inferior a lo doloroso y escalofriante que sería arder en el infierno (Mateo 5:30). En pocas palabras, los buenos cristianos deben soportar y aceptar los sufrimientos (cualquiera que

1 Adán y Eva (Génesis 2:7 y Génesis 2: 21-23)

p. 12

estos sean), ya que estos son pruebas de fe que Dios pone para que se demuestre la fidelidad de sus creyentes como por ejemplo sucedió con Job, Lot o Abraham. Se entiende entonces que la vida debe ser vivida sin importar más nada, sólo adorar a Dios conforme a sus designios para que cuando suenen las siete trompetas que anuncian el apocalipsis, estos buenos cristianos se levanten de sus tumbas y que, en lugar de sucumbir en las llamas del infierno, se regocijen en el paraíso celestial.

Ahora bien, podemos entender con lo anterior que desear la muerte propia no es aceptable porque si la muerte en sí es tratada como un acontecimiento despreciable dentro del cristianismo, el suicidio viene siendo peor porque se está eligiendo aquello que, para Dios es maldición por sobre una vida dedicada a adorarle a él. Dentro de la biblia se describen seis suicidios (se sobrentiende que estos son consecuencia del pecado y la desobediencia hacia Dios) el de Abimelec, el de Saúl, el de Sansón, el del escudero de Saúl, el de Judas, el de Ahitofel y el de Zimri. Según la biblia estas personas estaban alejadas de Dios e hicieron cosas despreciables en vida y tal motivo los llevó a elegir morir. Según la biblia, suicidarse implica despreciar los mandatos divinos de respetar y santificar la vida. Necesitamos profundizar en este aspecto para comprenderlo, con lo cual debemos hablar desde las perspectivas de dos pilares fundamentales del cristianismo San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino. Renunciar a la vida voluntariamente es para San Agustín un acto totalmente condenatorio y blasfemo porque implica romper el mandamiento más importante de todos “no matarás” (Éxodo 20:13), para el autor aunque en la biblia no se estipule textualmente que cometer este acto contra sí mismo sea pecado, no es necesario explicarlo, ya que es claro con el mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, pues aquí se nos abre la puerta a interpretar que los anteriores mandamientos mencionados también deben cumplirse consigo mismo. Es decir, que ningún ser humano, ni siquiera quien posee la vida propia debe asesinar o asesinarse, porque para el autor se entiende que ninguna persona se exceptúa de cumplir dicho mandamiento. Es

p. 13

decir que, “cuánto más se debe entender que no es licito al hombre el matarse a sí mismo, pues donde dice la escritura “no matarás”, aunque después no añada otra particularidad, se entiende que ninguno se exceptúa, ni aún al mismo a quien se lo manda” (San Agustín, libro I, cap. XX,

p. 41).

El suicidio es una acción enteramente malvada porque implica desobediencia y negación de la divinidad. Inclusive se nos dice que una persona pecadora no debe de auto extinguirse, porque sería querer pagar un pecado con otro. Para Agustín la persona que ha obrado mal no debe suicidarse porque quien lo hace no tiene tiempo u oportunidad de arrepentirse de su accionar, mucho menos aprueba que alguien que durante su vida no ha cometido ningún acto dañino, se cause la muerte, ni siquiera si la persona percibe que le sucederá algo malo o que cometerá algún acto injusto (San Agustín, libro I, cap. XXV, p. 45). Según lo establecido en La ciudad de Dios: “si dado caso que domine en nuestros corazones con tanto despotismo la maldad, que no escojamos ni echemos mano de la inocencia, sino de los pecados, ¿no será mejor el adulterio incierto futuro que el homicidio cierto de presente?, ¿no sería menos culpable cometer un pecado que se pueda restaurar con la penitencia que cometer otro en que no se deja tiempo para hacerla” (San Agustín, libro I, cap. XXV, P,45). Esto implica que es más condenatorio suicidarse que pecar en vida, puesto que estando vivos se tiene el espacio y el tiempo para resarcir el error. Significa pues, que quien comete dicho acto comete homicidio hacia sí mismo y la consecuencia de esto es perder la oportunidad del arrepentimiento y la redención, con lo cual, la condena eterna es inminente debido a la desaparición de la oportunidad de pedirle perdón a Dios por el acto cometido.

Santo Tomás de Aquino nos presenta una postura similar a la de San Agustín, lo que implica que sobre el suicidio nos diga que es ilícito suicidarse y para defender su postura nos expone tres razones: primero, todo ser debe amarse a sí mismo por naturaleza, con lo cual suicidarse es un acto en contra natura porque denota desprecio hacia sí mismo, segundo porque los

p. 14

humanos pertenecen a una totalidad, siendo cada uno de nosotros parte de una comunidad, con lo cual lastimarse a sí mismo es dañar a la sociedad, tercero porque la vida es un don divino, cuya extinción o continuidad depende enteramente de la divinidad que la otorgó, lo que implica que autodestruirse es atentar contra Dios mismo y su voluntad.

Para Santo Tomás, si bien somos dueños de nosotros mismos, esta posesión debe ser pacifica, no se trata de que por ser dueños de nuestro cuerpo podemos destruirlo. La implicación que trae consigo mancillar el propio cuerpo es la de no entrar al reino de los cielos y de manera implícita, condenarse eternamente. Textualmente en la Suma Teológica se nos establece: “El hombre se constituye en señor de sí mismo por el libre albedrío y, por tanto, puede lícitamente disponer de sí mismo en lo que pertenece a esta vida, la cual se rige por el libre albedrío del hombre. Pero el tránsito de esta vida a otra más feliz no está sujeto al libre albedrío del hombre, sino a la potestad divina; y por esta razón no es lícito al hombre darse muerte para pasar a otra vida más dichosa” (STh, parte II- IIae - Cuestión 64).

Aquí se nos sugiere que sólo quien otorga la vida puede quitarla y con esto en mente, podemos decir que para Santo Tomás arrebatarse la vida es tratar de tomar aquello que le pertenece a Dios y no sólo eso, al autodestruirnos, estaríamos violando tres relaciones fundamentales para el ser humano, la relación consigo mismo, la relación con la comunidad y la relación con Dios, o sea que suicidarse es condenarse al fuego eterno y a no participar nunca más de la adoración a Dios.

Actualmente, la iglesia católica respalda las afirmaciones de los anteriores pensadores y eso lo dejó bien en claro el papa Juan Pablo II en su encíclica llamada Evangelium Vitae de 1995, donde se establece que el suicidio es equiparable al homicidio, con lo cual siempre será moralmente inaceptable para la iglesia porque contradice la afirmación de que la vida debe de ser primordial y rechaza que tengamos como deber amarnos a nosotros mismos además, hoy

p. 15

en día se sigue creyendo fervientemente que quitarse la vida es rechazar la soberanía total que tiene Dios sobre la vida de cada uno de nosotros y nuestra muerte, con lo cual, la iglesia también es reacia a aceptar acciones como el aborto, la eutanasia o el suicidio asistido. Según la iglesia ese tipo de conductas son reprochables y abominables, pues al igual que sucede en el judaísmo, el ser humano tiene autonomía, pero esta no es tan amplia como para que creamos que podemos disponer de la vida cómo y cuándo queramos, o más bien: “El Creador ha confiado la vida del hombre a su cuidado responsable, no para que disponga de ella de modo arbitrario, sino para que la custodie con sabiduría y la administre con amorosa fidelidad” (Papa Juan Pablo II, 1995). Con lo anterior, podemos ver entonces el rechazo rotundo por parte de la iglesia hacia el suicidio.

c. El suicidio cómo condena moral en Kant.

Como hemos logrado observar a lo largo de este capítulo, es de conocimiento colectivo que la problemática del suicidio ha sido pensada y deliberada durante siglos y desde tiempos remotos, sabemos también que no fue sino hasta el siglo XVII que se le adjudicó la palabra suicidio2 a la acción de darse muerte por mano propia. Con esta claridad establecida, es momento de hablar de los fundamentos morales que hay dentro de la temática del suicidio desde la perspectiva Kantiana, por eso se nos hace necesario que en primera instancia tengamos en cuenta dos de sus imperativos fundamentales: “obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse por tu voluntad, ley universal” (Kant, 1998, p. 40) y “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio” (Kant, 1998, p. 44). El primer imperativo mencionado tiene la implicación de que el ser humano debe realizar sus acciones con el pensamiento de que

2 Del latín sui que significa sí mismo y cidium que significa matar.

p. 16

podrán cumplirse y repetirse por cualquier otra persona. El segundo imperativo nos quiere decir que actuemos sin tratar a las personas como medios para determinados fines que, en su mayoría son egoístas y que por el contrario entendamos que debemos ejecutar acciones que nos permitan reconocer al otro como un fin en sí mismo. A la luz de las anteriores afirmaciones podemos interpretar inicialmente que el filósofo alemán no tiene una postura a favor del suicidio, ya que este no puede tomarse como un universal que debería ser repetido por otros una y otra vez, pues se trata de la extinción radical e irreversible de la vida. Tampoco puede decirse que quien se suicida se está tomando a sí mismo como un fin, porque este fundamento parte de que todo ser humano sea tratado con dignidad y propinarse la muerte es contrario a este principio. Para Kant todos los seres humanos somos dueños de nuestro propio cuerpo y si queremos podemos disponer de él, siempre y cuando este trato tenga como fundamento la auto preservación. Es claro que para Kant el suicidio es un acto negativo puesto a que contradice completamente el principio de conservación, esto implica que auto eliminarse viola este fundamento esencial “el disponer de nuestro cuerpo es algo que se halla supeditado a la conservación de nuestra persona; pero quien se arrebata la vida está disponiendo de su persona y no de su estado. Esto es lo más opuesto al supremo deber para con uno mismo, ya que elimina la condición de todos los restantes deberes” (Kant, 1988, p. 189). Según la filosofía moral de Kant, el suicidio no es permitido en ninguna circunstancia, se debe seguir viviendo sin importar si se vive indignamente o si se sufre algún dolor emocional o físico. Según el pensamiento kantiano, la vida debe ser lo más preciado y aún más si se trata de la vida singular, proteger la propia vida resulta ser un imperativo, lo que implica que el ser humano no es equivalente a un objeto inanimado, un vegetal o una bestia salvaje, sus capacidades (según Kant) como razonar y pensar, en consonancia con el libre albedrío, lo separan de tales clasificaciones y lo posicionan en un lugar privilegiado dentro de los diferentes reinos de la naturaleza. Según las palabras del pensador alemán, se considera que:

p. 17

“Todo se halla sometido al hombre salvo él mismo, a quien no le es licito eliminar. Sería imposible que un ser necesario se autodestruyese; un ser necesario ve su vida como condición de cualquier otra cosa (…)” (Kant, 1988, p. 180).

Considerando lo anterior, podemos decir que para el pensador, una persona suicida, al no respetarse a sí misma, no respeta a la humanidad en lo absoluto, auto convirtiéndose en un mero objeto más del mundo y esto hace que, según Kant pierda el privilegio de ser respetado por los demás porque sus ganas de morir implican renunciar a su humanidad, en palabras del pensador: “el suicida ha dejado de ser humano y puede ser adiestrado como un caballo o un perro; al convertirse a sí mismo en una cosa, no debe exigir que otros deban respetar en él su condición de ser humano, ese estatus que él mismo ha desdeñado” (Kant, p. 183) por lo que podemos ver que Kant considera que el suicidio es la mayor de las inmoralidades que el ser humano puede llegar a cometer, según él, quien tenga comportamientos suicidas, está permitiendo que entren a su vida todo tipo de vejámenes, como justificar que se le lastime a otro o se le asesine.

En síntesis, no hay nada peor que atentar contra uno mismo, considerarlo sería posicionarse por debajo de los animales, despojarse de la dignidad humana, o como se establece en el texto Lecciones de ética: “quien llegue tan lejos como para considerarse dueño de su propia vida, también se creerá dueño de la vida ajena, abriendo así las puertas a todos los vicios, pues al estar dispuesto a abandonar el mundo, no le importa mucho ser atrapado cometiendo las peores atrocidades (…)” (p. 195). De esta manera, Kant expresa que estar pasando por situaciones difíciles no es razón suficiente para quitarse la vida, pues para él la felicidad no es el fin último del hombre, lo que significa que no ser feliz no es una excusa apropiada para justificar el ataque contra uno mismo. Para Kant, los momentos placenteros no deben representar lo más importante de la existencia, pues el deber que en este caso sería la autoconservación es más

p. 18

importante que cualquier inclinación que nos indique que debemos rendirnos ante el deseo de morir. El autor alemán lo expresa así:

“El suicidio encuentra su caldo de cultivo entre quienes todo lo basan en la felicidad. Pues quien ha degustado primorosamente el placer, al verse privado de él, suele ser presa de la aflicción y de la melancolía” (Kant, 1988, p. 208).

d. El suicidio como condena absurda desde Camus.

El existencialismo también tiene su interpretación del fenómeno del suicidio, pero no estamos hablando de un existencialismo a secas, sino del absurdista. Aquí se plantean unas proposiciones, no desde la universalidad del deber ser, sino desde la asimilación de la particularidad de la existencia humana. Desde este enfoque, explicaremos por qué el suicidio no es aceptable por Albert Camus en su texto El mito de Sísifo y las implicaciones que este rechazo trae consigo.

Albert Camus inicia el mencionado texto con una afirmación ya muy conocida por muchos:

“no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.” (Camus, 1985, p. 5), Dándole así una enorme relevancia a este asunto.

Camus cree que el suicidio es absurdo, pues es un defensor de la existencia, aún si las experiencias vitales son adversas, es decir que sin importar nada, la vida merece vivirse. Esta afirmación es más profunda de lo que se cree y para entenderla, hay que explicar lo que es el absurdo. El absurdo es un sentimiento abrumador y cualquier ser humano, en cualquier momento de su vida o a lo largo de ella, puede sentirlo, es una sensación de carencia, de vacío, es la percepción de que emocionalmente algo nos falta, pero no es una sensación que aparece

p. 19

porque sí, sino que surge a partir del cuestionamiento del porqué estamos aquí viviendo, de preguntarse cuál es la razón de apersonarse de una vida cargada sacrificios, procesos y actividades que, aparentan ser obligatorias, pero que si las pensamos concienzudamente, entendemos que son en absoluto irrelevantes.

Cabe resaltar que somos seres racionales que buscamos el sentido de nuestra existencia dentro de un mundo que es irracional e incomprensible, es decir, somos seres pensantes inmersos en un cosmos que lleva siglos y milenios existiendo, nos ubicamos dentro de un universo en eterna y continua expansión, un planeta que no necesita comprenderse a sí mismo ni ser interpretado por nosotros para seguir orbitando, en una civilización que no necesita ni ha necesitado de nosotros para seguir su curso. Entender esto y en paralelo asumir lo intrascendente que es nuestra existencia particular y todas las actividades que la rodean cotidianamente como el comer, dormir, hacer el quehacer, trabajar, levantarse todos los días a la misma hora, etc., pueden causar una frustración y un vacío abismal dentro del ser humano. Dicho de otra manera, el hombre a lo largo de la historia ha buscado una verdad que lo saque de la incertidumbre de vivir una existencia absurda, para ello se ha servido de las religiones, las filosofías y las ciencias, queriendo conocer cada suceso de la naturaleza, es decir que ha intentado racionalizar el mundo y sus fenómenos, fracasando rotundamente, solamente descubriendo verdades inexactas y muchas veces incoherentes que nos permiten reconocernos ante el universo como extraños. En palabras de Camus: “Todo lo que se puede decir es que este mundo, en sí mismo, no es razonable. Pero lo que resulta absurdo es la confrontación de ese irracional y ese deseo desenfrenado de claridad cuyo llamamiento resuena en lo más profundo del hombre. Lo absurdo depende tanto del hombre como del mundo. Es por el momento su único lazo. Une el uno al otro como sólo el odio puede unir a los seres” (Camus, 1985, p. 13).

p. 20

Todo lo anteriormente mencionado puede animarnos a hacer dos cosas: suicidarnos o afrontar esa realidad con aceptación y dicha. Según Camus existen dos tipos de suicido que él asume como negativos, el primero es el que se traduce como propiciarse la muerte por mano propia y el segundo el suicidio filosófico. Con la primera acepción el autor está en desacuerdo porque es una especie de condena que refuerza el absurdo, es como dejarlo ganar (al absurdo) nuestra batalla por buscar el sentido vital, ya que, equivale a admitir que la vida nos ha superado con creces, implica no haber entendido a la existencia porque no hemos encontrado una respuesta personal que nos dé razón de vivir. El suicidio es contradictorio porque elegimos marcharnos de este mundo por el absurdo, pero ejecutar tal acción es resignarse totalmente al absurdo, lo que implica el absurdo en sí.

Como dijimos, Camus interpreta que suicidarse es admitir que la vida no tiene sentido, que no hay una razón verdaderamente profunda para seguir en este plano terrenal, y que por tal motivo es ridículo padecer las agitaciones, las preocupaciones y el sufrimiento cotidiano, puesto que no hay un motivo esencial para padecer tales cosas, es a palabras del autor, inútil. Es decir que, para Camus: “. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia, por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento” (Camus, 1985, p. 6). Entonces, es cierto, la vida no tiene sentido, el origen bilógico de la existencia y su explicación, no contienen en sí mismas una lógica que nos dote

de la motivación suficiente para que vivamos y muchas veces entender aquel absurdísimo

causa una angustia indescriptible, sin embargo y pese a todo lo anterior, Camus estipula que no hay por qué quitarse la vida, pues aunque no existan verdades irrevocables, podemos buscar nuestra propia verdad dentro de lo descabellado que es vivir, entendiendo así que el absurdo no tiene que imponer muerte.

p. 21

El segundo tipo de suicidio es el filosófico, el cual implica que busquemos el sentido de la vida dentro de la espiritualidad religiosa, dejando en manos de divinidades el sentido de la vida para no ocupar nuestras mentes en la búsqueda de una respuesta personal. Es buscar trascender el absurdo mediante la fe, es escapar de la racionalidad sometiéndonos a una abstracción que niega por completo la existencia del absurdo, porque empezamos a creer que todo sucede por algo y que la consecuencia de cada suceso es una decisión divina, o sea que se está renunciando al absurdo como si este no fuese a seguir ahí sólo por negarlo, según Camus “La más patética de esas maneras de proceder es de esencia religiosa; se ilustra en el tema de lo irracional.” (Camus, p. 23).

Lo que queda para Camus es la aceptación, para el autor, el absurdo no tiene porqué forzosamente hacernos atentar contra nosotros mismos, por el contrario, debería ser tomado con resignación dichosa porque asimilarlo (el absurdo) implica que nos estamos enfrentado a él, es decir que, pese a que no tenga sentido la vida biológica, hay que seguir viviendo porque es un error conceptual interpretar que por la razón anterior haya que eliminarse, para el autor una cosa no tiene que ver con la otra, el absurdo es para Camus una reafirmación de la vida, significa que: “No en vano se ha jugado hasta ahora con las palabras y se ha fingido creer que negar un sentido a la vida lleva forzosamente a declarar que no vale la pena de vivirla. En verdad, no hay equivalencia forzosa alguna entre ambos juicios. Lo único que hay que hacer es no dejarse desviar por las confusiones, los divorcios y las inconsecuencias que venimos señalando” (Camus, 1985, p.7).

En síntesis, ningún tipo de suicidio resuelve el problema de lo absurdo que sustenta la vida humana porque se limita a extinguir la humanidad sin resolver la pregunta por la existencia. La aceptación implica enfrentarse cara a cara con la existencia no desde el piloto automático que no piensa su realidad, sino desde la asimilación del absurdo como parte inevitable de la vida, en conjunto con la concepción de que nuestro destino nos pertenece, aunque no haya una razón

p. 22

universal para existir y que por ende podemos elegir realizar nuestras acciones con alegría e imaginarnos al igual que Camus “a Sísifo dichoso” (Camus, p. 61). Después de haber explicado las cuatro concepciones anteriores, podemos continuar con Cioran y sus interpretaciones sobre el suicidio.

CAPÍTULO II

Perspectiva del suicidio antes a Cioran

a. La noción de muerte como sinónimo de libertad en Sócrates.

Para iniciar con este capítulo, encontramos razonable aclarar que la liberación de la que vamos a hablar se centrará en la concepción de la idea de terminar con el sinsentido que podría ser la vida, no específicamente al acto, especialmente desde la visión de Emil Cioran y de cómo el anhelo de la muerte podría resultar en un alivio del peso de la existencia. Contrario a lo que pudimos analizar en el capítulo anterior, en donde el suicidio es concebido como una idea que a nivel colectivo y cultural es tomada como un acto aberrante y antinatural, para Cioran es siempre una opción para aliviar la carga que puede significar la existencia en algunos momentos.

Para explicar un poco mejor esta idea, es importante tener en cuenta la concepción que tenía Cioran sobre la existencia misma, pues vivir con la idea del propio fin, sería una consecuencia de una total insatisfacción con la vida, ya que sería lógico suponer que quien goza su existencia, es poco probable que desee su muerte. Así pues, desde una perspectiva de la vida en la que ésta es una total imposición carente de sentido, llena de fantasías a las que las grandes mayorías se apegan y toman como convicciones para poder dar sentido a sus días, la realidad, resultaría siendo mucho más cruel, ya que deja al descubierto que el camino que recorremos desde el nacimiento hasta la muerte está lleno de momentos de angustia, desesperación, miedo o

p. 23

simplemente podríamos estar con una sensación de cansancio, desinterés o fatiga de vernos obligados a enfrentar una vida en las condiciones que se nos da, ya que, sin haberlo pedido, tenemos que soportar una lucha diaria entre todas aquellas acciones que requieren la supervivencia, como el tener que trabajar para tener el dinero que garantice el cubrimiento de todas nuestras necesidades básicas como el alimento o la vivienda y además, tener que lidiar con el hecho de existir en un mundo abarrotado de ideales que nos quieren indicar modos “correctos” de vivir como los que imparten las religiones, las distintas corrientes políticas, las diferentes e innumerables absurdas ideas de alcanzar la felicidad, etc., que dan como resultado el tener que vivir la existencia como si ésta fuese una prisión en la que la idea de libertad total es solamente una concepción humana bastante alejada de la realidad que vivimos y a la que nos terminamos apegando gracias a una idea de libre albedrío que se nos ha dado a lo largo de la historia pero que al final se ve muy limitada, tanto por la sociedad vista en conjunto, como por las ideas que en nuestro recorrido nos son impuestas, creando en cada humano, unas especies de cárceles mentales que condicionan las conductas individuales mutilando la posibilidad de que el ser humano mantenga su naturaleza y viva de acuerdo a ella.

Un ejemplo muy claro de lo anteriormente mencionado, tiene que ver con todo lo relacionado a la muerte, ya que, para Cioran, el tener que lidiar diariamente con todo lo que implica vivir, puede llevar al ser humano a una desdicha constante que es maquillada con todas aquellas verdades que pretenden ser absolutas y que, quitan la posibilidad de aceptar la vida tal y como es, lidiando naturalmente con la crudeza que implica vivir en diferentes momentos y en los cuales la muerte podría ser la única manifestación de liberación a la que puede aspirar el ser humano, sin necesidad de dar el paso al acto de desvivirse, solamente contemplando la muerte propia como una opción para acabar con todo el peso de la vida, tal y como podemos ver en palabras de Cioran:

p. 24

“Nacidos en una prisión, con fardos sobre nuestras espaldas y nuestros pensamientos, no podríamos alcanzar el término de un solo día si la posibilidad de acabar no nos incitara a comenzar al día siguiente... Los grilletes y el aire irrespirable de este mundo nos lo quitan todo salvo la libertad de matarnos; y esta libertad nos insufla una fuerza y un orgullo tales que triunfan sobre los pesos que nos aplastan. (Cioran, Breviarios de Podredumbre, 1945. P, 25)” Aquí podemos evidenciar que, la idea de la propia muerte da la posibilidad de alcanzar la liberación del peso de la vida a través de la contemplación imaginaria, liberación a la cual el ser humano difícilmente accede en el mundo real.

En este sentido, Cioran no fue el único en ver la muerte como quizás la única forma de emancipación total del ser humano, pues esta idea en la que el hombre elige su propia muerte, ha sido tratada desde la antigüedad y ha sido una cuestión filosófica recurrente en la historia de la humanidad y cuya censura tomó fuerza con el poder que tomó el cristianismo en occidente desde finales del siglo IV d. C, pues antes la propia muerte no era condenada tan radicalmente como se hace desde las religiones tradicionales. Un ejemplo de esto es el caso de Sócrates, quien eligió su muerte al preferir beber la cicuta porque tenía la convicción de que así su alma sería libre de los grilletes del cuerpo, los cuales no le permiten al hombre conseguir la sabiduría o como se lo explicaba Sócrates a Simmias en El Fedón:

“Con que, en realidad. Tenemos demostrado que, si alguna vez vamos a saber algo limpiamente, hay que separarse de él y hay que observar los objetos reales en sí con el alma por sí misma. Y entonces. Según parece, obtendremos lo que deseamos y de lo que decimos que somos amantes, la sabiduría, una vez que hayamos muerto, según indica nuestro razonamiento, pero no mientras vivimos. Pues si no es posible por

p. 25

medio del cuerpo conocer nada limpiamente, una de dos: o no es posible adquirir nunca el saber. O sólo muertos. Porque entonces el alma estará consigo misma separada del cuerpo, pero antes no. y mientras vivimos. Como ahora, según parece, estaremos más cerca del saber en la medida en que no tratemos ni nos asociemos con el cuerpo, a ser en la estricta necesidad. Y no nos contaminemos de la naturaleza suya, sino que nos purifiquemos de él. Hasta que la divinidad misma nos libere. Y así. Cuando nos desprendamos de la insensatez del cuerpo, según probable estaremos en compañía de lo semejante y conoceremos por nosotros mismos todo lo puro, que eso es seguramente lo verdadero. Pues al que no esté puro me temo que no le es lícito captar lo puro”. (Fedón 66d – 67ª)

Sócrates creía en la inmortalidad del alma, cómo dijimos, consideraba que el cuerpo era la cárcel de esta. Recordemos que, para Sócrates, el alma se encontraba en el mundo de las ideas, allí tenía acceso al conocimiento verdadero, privilegio que se pierde cuando ésta se vincula al cuerpo y es arrojada al mundo terrenal. Esta desvinculación del mundo de las ideas obliga al ser humano a buscar el conocimiento genuino incitando al alma a recordar a través de un proceso que se llama anamnesis (Fedón 72e-73ª).

Que el cuerpo sea visto como una prisión, es un impedimento para que el alma recuerde con plenitud todas las ideas primigenias de las cosas y no sólo de ellas, sino también de conceptos abstractos como la justicia, el bien, el amor, etc. Liberarse para Sócrates implicaba que el alma no esté atada a los grilletes del cuerpo. A lo largo de diálogos platónicos como lo son la Apología, el Fedón y el Critón, se deja bastante claro que Sócrates eligió morir y bajo su concepción, con esta decisión el alma quedaría libre del cuerpo y podría ésta convivir con los seres más sabios del Hades (Fedón, 63c), interactuar con las ideas fundamentales como la justicia o el bien (Fedón, 65c a 66ª) sin que el cuerpo o los insensatos que se dejan enceguecer

p. 26

por éste, fuesen impedimentos para ello. Sócrates acepta su sentencia sin protestar, primero (según el diálogo el Critón, 49c-d) por su pensamiento de que las leyes, pese a ser injustas, debían ser aceptadas como deber ciudadano, aún si esto implica morir. Considerando que rebelarse contra las leyes, aunque sean inadecuadas, llevaría a la polis a la inminente destrucción. Segundo, porque no le temía a la muerte por considerarla provechosa ya que, esta le permite al alma alcanzar un estado más cercano a la verdad. Añadido a ello, Sócrates reconocía no saber qué había después de la muerte, encontrando en ese misterio la consideración de que existe la posibilidad que haya algo bueno (Apología, 29ª-b). Sócrates eligió morir porque lo vio como una forma de ser fiel a sus principios filosóficos, viendo a la muerte como lo más benévolo que le puede pasar al hombre. El pensador no recurre al llanto, no recurre a la desesperación, es más, ni siquiera desea que sus cercanos sufran por su partida, todo el tiempo durante su estadía en el calabozo, mitiga los sollozos de sus amigos diciendo que morir es bueno, que morir lo va a liberar y que por ende está contento y gozoso, porque sabe que se alejará de todo aquello que le impide dedicarse a la filosofía de manera libre, o como se expresa en esta cita “el verdadero filósofo se ejercita para morir y estar muerto (…) El cuerpo es un obstáculo para el alma en su búsqueda (…) por tanto, si el alma se libera del cuerpo tras su muerte, podrá alcanzar la sabiduría pura” (Fedón, 64ª-65b).

Según lo anterior, se entiende que después de morir, los sufrimientos del cuerpo no le atormentarán porque este ya no lo alejará de la verdad con sus engaños. Él hubiese podido huir, pero bajo su criterio no era lo correcto. Sócrates no se rindió por creer que esa situación lo sobrepasaría, solamente se sujetó a la muerte de manera voluntaria, porque así su cuerpo no sería más un obstáculo para conocer aquellas ideas fundamentales, muriendo bajo sus propios términos creyendo que el amor a la sabiduría y su propia alma eran más importantes que

p. 27

cualquier miedo, porque para el pensador aquellos que practican la filosofía de manera auténtica se están ejercitando para morir y no les mortifican las supuestas consecuencias de estar muertos (Fedón, 67e).

Vemos pues que, aunque en el caso de Sócrates la libertad que da la muerte tiene que ver con alcanzar el conocimiento y la cercanía a la divinidad por medio de la liberación del alma, es interesante saber que, a lo largo de la existencia humana, se ha pensado la vida como una condena que termina con la muerte y que podría ser la única manifestación de libertad a la que podría acceder cualquier ser vivo.

b. El suicidio como posibilidad vital en el estoicismo.

Hemos hablado ya de muchos pensadores y sus perspectivas filosóficas, quedándonos claro que la preocupación por la muerte propia es un tema infinitamente humano que no escapa de nuestra especie por más que parezca un tema tabú para la sociedad. Una representación tajante de aquello es el pensamiento estoico sobre la muerte propia. Autores como Marco Aurelio o Seneca se han encargado de mostrarnos que, elegir morir es una decisión respetable. Es importante denotar que los estoicos no dicen que se debe elegir morir de manera metafórica como Cioran, ellos afirman tal cosa de manera literal. Sin embargo, tomamos sus discursos con el afán de ilustrar que nuestra temática ha sido relevante durante mucho tiempo. No es que los estoicos glorificaran la muerte auto infligida, pero tampoco la veían como un acto despreciable, más bien su apreciación sobre quitarse la vida tenía que ver con que ésta puede ser, en ciertas circunstancias, un acto lógico y legítimo bajo circunstancias estrictas que se escapan de los dogmatismos morales griegos de la antigüedad, donde quitarse la vida era visto como un atentado en contra del Estado, el cosmos y los dioses. Los estoicos no tenían esa postura por ser amorales, la tenían porque su visión de mundo dictaminaba que morir así era un acto de libertad que tenía que ver con la vida virtuosa. ¿A qué nos referimos con esto? nos

p. 28

referimos a dos cosas: que el suicidio podía ser visto como aquello que busca la dignidad frente a la tiranía, es decir, hacía parte de la aceptación de que lo valioso no es simplemente existir, sino el cómo se existe. Analicemos esta frase de Seneca:

“por tanto, ni se puede generalizar en la decisión entre anticiparnos a la muerte cuando hay un poder superior que nos amenaza con quitárnosla, o esperar a que actúe, pues hay mucho por tener en cuenta que podría inclinarnos hacia un lado u otro. Si una de las muertes incluye tortura, y la otra es fácil y sencilla ¿por qué no escoger la segunda? Así como escojo en qué barco ir cuando voy a viajar, o en qué casa vivir cuando me voy a mudar, igual escojo mi muerte cuando voy a dejar la vida” (Seneca, pg. 90).

Esta cita nos permite ver que, la muerte para los estoicos no es un acontecer que genere miedo, preocupación o rechazo, pues para ellos morir forma parte del orden natural y racional del mundo debido a que puede considerarse como salida honorable dependiendo de las circunstancias, preservando la libertad individual. Esto implica que si se corre peligro externo bien sea de ser esclavizado, torturado o se nos amenaza con arrebatarnos la vida violentamente, si se posee la sabiduría de la propia muerte se puede preservar un ápice de autonomía. La cita anterior representa muy bien lo que el estoicismo considera sobre la autoeliminación, si tomamos en cuenta la parte de la frase que expresa que elegir morir es como elegir en qué barco viajar o en qué casa vivir, notamos desde Seneca que elegir la muerte es un acto que se decide con cabeza fría, racionalizando cuál acto traería consecuencias más dignas. No solo se podía ver a la muerte como salida de torturas impuestas por otros, la elección de morir también podía tomarse si se estaba llegando a la vejez, se padecía una enfermedad o se reconocía que se estaba perdiendo la cordura, no sólo eso, podía decidirse morir si se sufría de pobreza, miseria y hambruna, implicando que es una decisión que debe de tomarse cuando aún nos pertenecemos

p. 29

a nosotros mismos. Seneca lo dice de esta manera: “algo que sí sabemos con certeza es que para muchos la muerte es conveniente; a cuántos nos libera de torturas, carencias, enfermedades, sufrimientos y tedio. No estamos bajo el poder de nada, mientras que la muerte está en nuestro poder” (Seneca, pg. 120). El suicidio para los estoicos es un camino posible si se tiene genuina sabiduría, con lo cual este acto no puede derivarse de un momento pasional o de la cobardía de no enfrentar las consecuencias de nuestros actos, sino que debe de ser un acto prudencial, es decir que solamente un sujeto que se ve impedido para ejercer su virtud y racionalidad le conviene quitarse la vida, este sujeto sabio comprende plenamente que debemos procurar el buen vivir.

Los pensadores estoicos no le temían a la muerte, no la veían como una fatalidad, la veían como algo natural que representa un descanso inminente de los infortunios, desventuras y vejámenes que pueden obstaculizar una existencia tranquila y digna, de ninguna manera estaban diciendo que había que matarse por cualquier tipo de sufrimiento, su postura debía ejecutarse en circunstancias extremas, por ejemplo, como lo hizo Seneca, quien prefirió morir antes que ser asesinado por acusaciones de traición hacia el emperador Nerón.

El estoicismo no decía que debíamos eliminarnos por cosas fútiles como dejar de disfrutar de los placeres o la pérdida de tesoros materiales, decía que debíamos decidirlo si nos estábamos perdiendo a nosotros mismos de algún modo, fuese por un motivo propio o ajeno, como lo sería padecer una enfermedad o vivir en un estado tiránico donde se nos maltrate o como lo hace notar Marco Aurelio en la siguiente cita: “la muerte es el descanso de la impronta sensitiva, del impulso instintivo que nos mueve como títeres, de la evolución del pensamiento, del tributo que nos impone la carne.” (Marco Aurelio, pg.120).

La idea de suicidio que repasamos del estoicismo dista de Cioran en un aspecto importante: mientras que para los estoicos elegir morir es una decisión excepcionalmente valerosa, racional y ejecutable que se toma sólo cuando se está perdiendo la virtud, para Cioran la autoeliminación

p. 30

es un pensamiento recurrente ligado a la experiencia cotidiana del vacío que le permite encontrar las fuerzas para seguir viviendo en un mundo que no le ofrece ningún sustento moral

o filosófico es decir, una mera idea que no se lleva a cabo. Sin embargo, aunque exista esta

contrariedad en las dos maneras de contemplar el suicidio, notaremos también que ambas posturas se derivan de la reflexión de que una pequeña chispa de libertad yace en la noción de que podemos elegir cuándo morir. Nótese en estas dos citas: “lo único que se impone para retrasar nuestra muerte es la voluntad” (Seneca, pg. 93). Y “la idea de que existe el suicidio me ha permitido soportar la vida y sentirme libre. No he vivido como un esclavo, sino como un hombre libre” (Conversaciones, Cioran, pg. 17, 1995). Las posturas son similares en el sentido de que debe ser un acto libre, pero se alejan de una manera crucial cuando nos damos cuenta de que si bien para los estoicos la elección de morir era un acto netamente ético donde se busca preservar la virtud (virtud que consistía en elegir racionalmente lo que estaba en nuestras manos, actuar conforme el logos, ser coherente por dentro sin que interesen las circunstancias externas, etc.).

c. Kierkegaard, Cioran y la desesperación como origen del deseo suicida.

Para Cioran, la desesperación de la que habla Sören Kierkegaard y de cómo ella nos puede hacer desear la muerte, nos puede servir para comprender mejor el pensamiento cioraniano y su concepto de suicidio. Para asimilar el aspecto kierkegaardiano de este tema, tendremos como referente el texto denominado Tratado de la desesperación, pues consideramos pertinente esclarecer tal condición, ya que, al avivarse la desesperación como enfermedad fatal se promueve internamente el deseo de la propia muerte. Tal aflicción se expone en la siguiente cita:

“El hombre que desespera tiene un sujeto de desesperación, y es lo que se cree un momento y no más; pues ya surge la verdadera desesperación, la verdadera figura

p. 31

de la desesperación. Desesperando de algo, en el fondo se desesperaba de sí mismo y, ahora, pretende librarse de su yo.” (Kierkegaard, 2008, p.21).

Cuando hablamos de suicidio, hablamos de una postura metafísica que no implica arremeter contra sí mismos, es decir que no se trata de una instrucción, sino que es una reflexión profunda que nos ayuda a no matarnos. Para Cioran el suicidio es una puerta sin candado que evita que la existencia nos aplaste por completo, haciendo que esta no sea obligatoria sino elegida, permitiéndonos ver que así la vida es opcional y es menos dolorosa. Como expresa esta cita del texto La supresión de sí como actitud nihilista en Mainländer y Cioran: “en vez de colocar el poder de disponer de la propia vida en un Dios trascendente, pone ese poder y esa libertad en cada uno. Cada cual es dueño de su vida, puede pensar en su suicidio tanto como guste” (p,

105).

Complementando lo anterior, podemos decir que, Sören Kierkegaard es un antecesor de Cioran sin que necesariamente estos autores hayan compartido contexto histórico y esto lo decimos porque Kierkegaard nos habló de desesperación mucho antes de que Cioran lo hiciera en su escrito En la cimas de la desesperación. Ambos pensadores tocan el tema de la desesperación, considerándola el germen de la infelicidad existencial. El uno viéndola como una condición destructiva para el ser (Kierkegaard, 2008. P, 17) y el otro como causante de la miseria3 (Cioran, p. 75). Conectemos la cita anterior del autor danés con la siguiente frase de Cioran: “en la desesperación, la ansiedad es inmanente a la existencia; no se trata en ella en absoluto de problemas, sino de convulsiones y de llamas interiores que torturan (En las Cimas de la Desesperación, Cioran, 1996. P, 30).” Ahora bien, ¿en qué se parecen ambos planteamientos? Iniciemos diciendo que la desesperación va más allá de un sentimiento que emerge en las personas, según Kierkegaard surge a raíz del rechazo de nuestra naturaleza finita y la nula

3 Cioran.

p. 32

aceptación de la eternidad, buscando desvincularnos tanto de la libertad que aquello acarrea como de la responsabilidad que trae consigo. Desde esta perspectiva, la desesperación puede ser entendida como no querer ser sí mismos negando la existencia y la relación de esta con la espiritualidad (rechazando la dialéctica del yo finito e infinito, el cuerpo y el espíritu) sin que sea necesario ejecutar algún acto de aniquilamiento como tal o como expresa esta cita: “desespera con todo de que no pueda devorarse a sí mismo, de que no pueda deshacerse de sí mismo y quedar reducido a la nada” (Guerrero, L. p, 8. (L’Orante XVI, pp. 203-204)).

Para comprender lo anterior es importante saber que para el autor danés existen tres formas de desesperación que se relacionan con la negación del yo auténtico. Primero, la inconsciente que implica no saber que se tiene un yo. Segundo, la consciente donde se sabe que hay un yo, pero no se quiere ser ese yo. Y tercero, la desesperación por querer ser uno mismo sin Dios. Los dos autores coinciden en que esta sensación implica una consciencia de la existencia, no hallarse en las propias carnes, y en ambos casos se hace más probable que contemplemos la opción de acabar con todo, o dicho de otro modo “(…) así como en la agonía el moribundo se debate con la muerte sin poder morir. Así, estar enfermo de muerte es no poder morirse” (Kierkegaard, p. 23). El individuo que ha despertado la conciencia de sí mismo y desespera, contempla la muerte como opción, viéndola como salida para que no se desespere nunca más. Sin embargo, aunque esto se piense, Kierkegaard considera que el suplicio proviene de no poder morir radicalmente, ya que por más que muera el cuerpo, el espíritu no lo hará. Lo que se traduce de la siguiente manera: “para que se muera de desesperación como de una enfermedad, lo que hay de eterno en nosotros, en el yo, debería poder morir, como hace el cuerpo de enfermedad. ¡Quimera! En la desesperación el morir transfórmese continuamente en vivir. Quien desespera no puede morir” (Kierkegaard. P, 23) con lo cual, el planteamiento de suicidarse es inútil, pues la muerte física no trae alivio, porque el origen de la crisis es espiritual. Si bien la similitud entre ambos

p. 33

autores se refiere a que la desesperación es el origen de la agonía existencial, Cioran no habla de una dualidad del yo como algo divisible entre cuerpo y espíritu, finito e infinito o eterno y temporal. A la par de esto, Cioran habla del suicidio como una afirmación de la vida (Cioran, 1996, p. 43), mientras que Kierkegaard no lo ve como opción, (aunque sí entienda que la muerte se contemple por los demás como una idea adecuada para dejar de desesperar4) debido a la existencia del espíritu.

Para ambos la desesperación es fuente de tormentos porque representa una crisis del ser, pero la diferencia más radical aparece cuando dilucidamos que para Kierkegaard es un sentir negativo porque implica una ruptura con la divinidad, y para Cioran es todo lo contrario porque la ve como una situación inherente a la vida que nos lleva a ser más auténticos, es decir que, en ese estado tumultuoso somos nosotros mismos o como se resalta en la siguiente frase: “sólo los verdaderos enfermos son capaces de una seriedad auténtica. Los demás están dispuestos a renunciar, en lo más íntimo a sí mismos, a las revelaciones metafísicas procedentes de la desesperación y de la agonía a cambio de un amor cándido o una voluptuosa inconciencia” (Cioran, 1996, p. 20). Si bien ambos pensadores pueden concluir que esta (la desesperación) deriva en muerte, y que su aparición tiene que ver con estar plenamente consciente de la existencia (Cioran) o del yo (Kierkegaard), algo que los diferencia es que para Cioran la desesperación no se supera con la fe en Dios, muy por el contario, para este pensador la desesperación es una condición necesaria para que el ser humano se vincule con su vitalidad, entendiendo que aquella, pese a ser hiriente, también puede ser fructífera, viéndola como “el estado natural del mundo” (Cioran. P, 17). En ambos, la desesperación es la clave de aquellos que quieren morir, para Kierkegaard está mal concluir aquello (morir) y por ende hay que buscar un vínculo espiritual con Dios para evitarlo. Cioran no, él ve a la desesperación como

4 “el suicidio es su primer riesgo. El común de los hombres no tiene naturalmente la menor sospecha de lo que puede hacer sufrir semejante hermetismo; quedarían se estupefactos si lo supiesen.” (K, p. 131)

p. 34

algo dotado de lucidez y algo necesario que permite afirmar la existencia desde el reconocimiento de la intrascendencia del ser dentro de la misma absurdez de esta existencia, con lo cual, no se busca trascendencia metafísica o redención. En pocas palabras, Kierkegaard alienta a buscar una salida de esa sensación, mientras que Cioran no busca escapar de ahí, implicando que, con la desesperación como punto de partida, Cioran no vea al suicidio como un acto trágico, sino como posibilidad latente que puede dar sentido a la existencia (explicaremos esta afirmación a fondo en el tercer capítulo), claro está, sin idealizarlo, pero tampoco demonizándolo, o como se expresa en esta cita: “no es el sufrimiento lo que vuelve insoportable la vida, sino el hecho de que el sufrimiento no tenga sentido. La idea de suicidio es un consuelo; ayuda a soportar más de una mala noche” (Cioran. P, 34). En esta cita, Cioran conecta tanto la ausencia de sentido que es generador de la desesperación con el deseo de auto eliminarse. Kierkegaard por su parte, ve al suicidio como la expresión máxima de la desesperación, que aparece como consecuencia de no desear relacionarse con Dios. El suicidio en Kierkegaard es un acto orgulloso y desesperanzador que, denota una ruptura total con Dios, viendo al suicidio como un pecado. Podemos concluir aquí que para los dos autores, el suicidio se liga a la desesperación pero con diferencias ontológicas marcadas. Para uno, pensar en el suicidio en un consuelo ante lo absurdo de la existencia, para el otro denota desconexión espiritual de carácter abismal.

d. Mainländer, Nietzsche, Cioran y el suicidio como idea vital.

De una manera más precisa, existen dos autores que presentan una gran afinidad con Cioran, (más allá de hablar de términos similares, como fue el caso de Kierkegaard). Hablamos de Philip Mainländer y Nietzsche cuya proximidad conceptual es más arraigada. Partamos de este aforismo: “el pensamiento del suicidio es un poderoso medio de consuelo: con él se logra soportar más de una mala noche.” (Nietzsche, 1886). Esta cita del texto Más allá del bien y del

p. 35

mal, nos manifiesta dos cosas fundamentales para Cioran, la primera: ver al suicidio como mera idea y la segunda: ver a este mismo como aliciente ante el dolor de la existencia cotidiana. Este aforismo no apareció de la nada, pues resuena tremendamente con la tesis principal de Philip Mainländer, que indica “la única causa final que debe admitir el filósofo inmanente es la nada; sin embargo, determina expresamente que esta única causa final sólo puede ser establecida y utilizada de manera regulativa (Mainländer, 2019. P, 35)”. Con esta afirmación, Mainländer nos está indicando que el fin hacia el que tiende todo el universo, y también los humanos por pertenecer a este, es la nada, sin que esta se entienda como la simple aniquilación del sin sentido o la desaparición del absurdo de la existencia. Sino, más bien esa tendencia a la nada se traduce como la liberación del ser al elegir desligarse del sufrimiento para retornar a su estado más auténtico, viendo esta tendencia como principio regulador de la existencia filosófica y ética. Con esto dicho, podemos afirmar que ambas frases denotan un reconocimiento de que la contemplación del suicidio como posibilidad es una afirmación impregnada de lucidez porque para ambos autores representa tanto una respuesta coherente ante el sufrimiento cotidiano, como una idea que puede acompañar la vida, sin que necesariamente haya que destruirla de manera inmediata. Mientras que para uno (Nietzsche) el suicidio es un consuelo que potencia la existencia, para el otro (Mainländer), representa la dirección genuina a la que debe tender toda existencia: la nada.

Todo lo anterior tiene un inicio, para Mainländer, la tendencia a la nada deviene de una putrefacción originaria, es decir, de la autoextinción de Dios. Dicho de una manera más profunda, para el autor alemán al principio hubo una unidad que se transformó en multiplicidad. Con lo cual, el origen de todo devine de un suicido cósmico, es decir que, Mainländer considera que todo lo que se cree comúnmente que es obra de una creación bondadosa, en realidad no es más que una descomposición hacia la nada “marcando y creando de esta forma al universo, con

p. 36

una imborrable tendencia hacia el no ser” (p. 126). Lo que implica que sea coherente que tendamos hacia el vacío, debido a que nuestra existencia no es más que la continuación de la descomposición divina de un ser supremo que se suicidó hace mucho tiempo. Esa es la ontología mainländeriana, pero más allá de esto tenemos que hablar de la muerte como la manifestación radical de la redención, que no es más que percibir al suicidio como liberación. Mainländer no ve la muerte auto infligida como negativa, la ve como la opción más viable para evitar el sufrimiento en general. Cualquier tipo de no existencia es superior a la vida misma para anular la posibilidad del surgimiento de cualquier clase de dolor en uno o en los demás, por eso este pensador avala no sólo a la muerte, sino también al suicidio y la virginidad. No solamente es eso, quien entiende lo anterior, acepta su tendencia a la nada desde un nihilismo activo donde se asimila que no existe trascendencia ni castigo ni salvación, sin que esto sea negativo porque se asume que en el vacío hallamos la posibilidad de radical libertad que hay dentro de la renuncia a responsabilizarse de una vida que no se pidió vivir o citando a Mainländer en Filosofía de la redención:

“Quien haya superado el miedo a la muerte –él y sólo él– puede cultivar la flor más exquisita y fragante en su espíritu: incontestabilidad, impasibilidad, confianza incondicional. Pues, del modo que sea: ¿qué podría aún afligir a un hombre tal en este mundo? ¿Miseria? Él no tiene miedo de morirse de inanición. ¿Enemigos? Ellos pueden, a lo sumo, matarlo, y la muerte ya no significa espanto para él” (Mainländer, 2019. P, 101).

Philip Mainländer culminó su planteamiento filosófico quitándose la vida. Se considera que fue muy consecuente con sus planteamientos, pues sus acciones correspondieron fielmente a sus afirmaciones. Desde esta óptica, Mainländer alcanzó la redención absoluta debido a que se conservó virgen y se suicidó, como una muestra de su congruencia (Jaña, 2021. P, 131).

p. 37

Por otro lado y además del aforismo anterior, tenemos a Nietzsche quien nos habla del suicidio en Así habló Zaratustra desde la creencia de que existe un tipo de anulación denominado la muerte a tiempo y esta se traduce como aquella desaparición atribuida a la libertad de elegir el cuándo y el cómo se muere, sin que sean las circunstancias, la edad o alguna enfermedad quienes elijan por nosotros el momento de nuestra extinción, o como lo afirma el autor en boca de Zaratustra: “Mi muerte, te alabo, la muerte voluntaria, que me llega porque la quiero” (Así Habló Zaratustra, 1883, p. 61). Implica esto que, este tiempo es elegido por cada persona, dependiendo sus experiencias de vida, elecciones y apreciaciones de la misma. Nietzsche en ningún momento está estableciendo una norma rigurosa y universal que cada uno tiene que seguir para desaparecer. Lo que sí contempla es que esa manera de ver la muerte dependerá enteramente de cómo se halla vivido, es decir que, alguien que no supo vivir a tiempo, no sabrá reconocer su tiempo de morir y podrá erradicarse del mundo pensando erróneamente que fue su debido tiempo. Nietzsche admite que por tal motivo habrá personas que culminen su existencia de manera prematura o demasiado tarde. Nietzsche hace una analogía donde compara los tipos de muerte con frutos de un árbol donde establece que hay manzanas ácidas que tienen como destino esperar al último día de otoño para volverse maduras, amarillas y marchitas, otras manzanas no se endulzan y sólo se pudren, siendo la cobardía la que evita que estas se desprendan de su rama (N, 1883, p. 62). Esta metáfora es bastante ilustrativa, pues nos muestra que al vivir nuestras vidas llenas de temor, no vivimos ni dejamos que otros lo hagan, aferrándonos a la vida pese a estar en decadencia (bien sea de índole física o mental). Pueden asimilarse tales palabras como duras, pero no se trata de recomendar el suicidio, pues aquellas también pueden tomarse como una declaración que busca la dignificación de la vida, donde la calidad de la misma es de suma importancia o como se condensa en la siguiente frase:

p. 38

“el suicidio, en estos casos, es entonces comprendido por Nietzsche como una consecuencia del afán de partir con mayor honorabilidad, antes de ver y sentir las propias fuerzas agotarse hasta la extinción y marchitar la vitalidad que se había alcanzado. La muerte voluntaria es una manera de afrontar con dignidad la última gran dificultad que depara la vida, siempre y cuando este sea efectuado a su debido tiempo y con plena racionalidad” (Jaña, 2021. P, 137).

Vemos en la cita anterior una clara perspectiva en la que se comprende que Nietzsche ve a la muerte como una oportunidad de revindicar que somos dueños de nosotros mismos, de decidir sobre nuestro propio fin cuando lo sintamos racionalmente y teniendo en cuenta nuestro estado vital. Podemos tomar como ejemplo la eutanasia, donde se busca fundamentalmente dignificar a un ser humano que se encuentra en estado de agonía corporal (profundizaremos en esto en el tercer capítulo).

Contrastando con todo lo que dijimos anteriormente, Emil Cioran tiene una manera muy interesante de unificar las perspectivas de suicidio tanto de Mainländer como de Nietzsche, y lo hace de la siguiente manera: Iniciemos esta parte diciendo que para Cioran, el suicidio es “el nirvana por la violencia” (Cioran, 1969, p. 22), esta frase paradójica implica la liberación de todo deseo, atadura o dolor. Es un acontecimiento donde se alcanza la completa paz, pero utilizando la violencia como medio para alcanzar tal plenitud. En otras palabras, la autoextinción es un modo de alcanzar el nirvana no por medio de la iluminación como lo hacen los budistas, sino por medio de la exterminación. No olvidemos que tal suicidio se sitúa dentro del marco contemplativo. Cioran no busca glorificar el suicidio, pero sí verlo como opción de escape del sufrimiento. Cioran más que tomar una posición igual a la de Mainländer, donde el suicidio traspasa el plano de la idea para convertirse en acción, nos permite ver que la sola contemplación de la posibilidad de morir nos otorga una especie de poder psicológico por

p. 39

brindarnos la noción de que poseemos la máxima autoridad sobre la propia vida. Véase en la siguiente cita: “El hecho tan sencillo de mirar un cuchillo y de comprender que sólo depende de ti hacer cierto uso de él, da una sensación de soberanía que deriva en megalomanía” (Aciago Demiurgo, Cioran, 1969, p. 22). En esta frase, el filósofo rumano-francés utiliza el simbolismo del cuchillo porque es un instrumento sencillo que está al alcance de la mayoría de las personas y que a la par es potencialmente fatal. El cuchillo representa muy bien la idea de suicidio, ya que su posibilidad puede estar al alcance de muchos. O sea, tanto tener el cuchillo en la mano, como pensar en morir, implican el poder absoluto sobre sí mismo porque se despierta una sensación de control, una especie de libertad suprema impregnada de soberanía individual en la que no dependemos de nada ni de nadie, llegando a desarrollar un delirio de grandeza por sentirnos superiores, como un dios que puede decidir sobre nuestro destino con una sola acción. En concordancia con los dos autores anteriores, Cioran considera que los sujetos que poseen una ávida lucidez sobre el mundo son quienes verán nuevas perspectivas sobre la existencia humana, observando su entorno y realidad con el prisma de la muerte. Con esto nos referimos a que “(…) la mera idea, el simple pensamiento del propio suicidio, es suficiente para soportarlo todo, este antídoto provee de las herramientas para soportar la lucidez (…) resistir la amarga y desengañada visión de la vida” (Jaña, 2021. P, 144-145). Con lo cual, Cioran no nos está presentando al suicidio como el mero acto físico de aniquilarse, sino que nos lo está proponiendo como un planteamiento filosófico de que pese a que la existencia esté inmersa en la contingencia, el absurdísimo y el sufrimiento, podemos utilizar aquel concepto para darle valor a la vida desde el enfoque de que sólo cuando se sabe que esta puede ser abandonada, se puede elegir de manera consciente continuar en ella, escapando así de la obligación moral de asumirla. En otras palabras, contemplar el suicido es un acto de resistencia contra el mandato de vivir cuando la vida misma se torna insufrible, o como lo relata líricamente Cioran: “Sin su socorro, sin la esperanza que dispensa, el paraíso me parecería el peor de los suplicios. ¡Cuántas

p. 40

veces no me habré dicho que, sin la idea del suicidio, se mataría uno de inmediato! El espíritu del que ella se apodera la mima, la idolatra, espera milagros de ella. Tal como un hombre a punto de ahogarse que se agarrase a la idea de naufragio” (AD, Cioran, 1969, p. 23). Esta cita es concluyente y nos deja en claro que la posibilidad de escapar de la vida es una caricia mental para quien se lo plantea, brindándole un consuelo que le permite tolerar la desesperación que se activa cuando sé es cociente de la existencia.

CAPÍTULO III

Suicidio como concepto de liberación en Emil Cioran Después de haber realizado el anterior recorrido contextual es menester responder de manera concisa nuestra pregunta inicial, recordémosla: ¿En qué medida el concepto de suicidio es una liberación?

La respuesta parcial que proponemos es la siguiente: En la línea de pensamiento de Emil Cioran, la idea de suicidio constituye una forma de liberación en tanto es la culminación del proceso de desarticulación a la que llega el ser humano mediante la lucidez. En este punto límite, el individuo ya no necesita de ninguna justificación ideológica externa para vivir su vida. Sin embargo, lo que hemos dicho requiere una explicación profunda. Para sostenerla, es

importante tener en cuenta que nuestro análisis del ser humano, viene desde la interpretación

de que este en lugar de ser un milagro, es un error ontológico.

Teniendo en cuenta lo anterior, la lucidez aunque sea dolorosa, se convierte en el modo de vida auténtico que permite asumir la fractura sin tratar de ocultarla con ilusiones consoladoras. Es precisamente la lucidez la que nos ayuda a entender el tipo de liberación desprendida del pensamiento cioraniano: no se trata de una liberación llena de optimismo esperanzador, sino de una soberanía interior frente al sinsentido de la existencia.

p. 41

Finalmente, para ahondar en la anterior interpretación, haremos un contraste entre lo anterior y tres criterios que para nosotros son fundamentales: la noción de soberanía, el vitalismo negativo y la escritura aforística como método de contención.

a. Caída e inicio del malestar existencial:

En este apartado hablaremos de aquello que según Cioran es la génesis de la miserableza humana y por ende el origen de la insatisfacción cotidiana, para ello es importante traer a colación el texto de Cioran denominado la caída del tiempo, en su capítulo el libro de la vida. Los seres humanos vivíamos en el paraíso, en el cual éramos felices. Pero por alguna razón y sin haberlo pedido, Dios crea el árbol del conocimiento del bien y del mal, el cual da un fruto que por mandato divino, le está prohibido al hombre comer. El ser humano desobedece tal prohibición desatando la ira de Dios, quien por tal motivo nos castiga con el exilio,

arrojándonos en el tiempo. Es decir, que, Dios nos destierra lanzándonos a un mundo con

aparente pasado, presente y futuro; un mundo lleno de desigualdad, entropía, odios, miedos, maldad y un sin número de cuestiones que pueden despertar en el sujeto gran amargura. Antes de esto no teníamos preocupaciones, sentido del deber u ocupaciones obligatorias para la subsistencia como trabajar o realizar el quehacer. Cabe aclarar que el uso de las palabras paraíso y árbol de la vida son una manera metafórica que utiliza el filósofo rumano para referirse a la perdida de la inocencia, con lo cual al decir que morder del fruto prohibido nos condenó a ser desterrados del paraíso, estamos diciendo que al nacer, salimos de la plenitud del útero para empezar a valernos por nuestros propios medios, descubriendo en el proceso a nuestra conciencia, la cual, a medida que se desarrolla nos hace percatarnos de todo el sufrimiento que nos rodea y de la inevitabilidad del mismo5. La inocencia infantil poco a poco decrece, a la a

5 “Mientras más se agudiza la conciencia merced a nuestros malestares, más libres deberíamos sentirnos. Pero no ocurre así. A medida que nuestros achaques se acumulan, caemos en manos de nuestro cuerpo cuyos arrebatos equivalen a otras tantas treguas.” (La caída del tiempo, p. 90)

p. 42

par que eso sucede, la capacidad de asombro también y si estas dos cosas se empiezan a extinguir, el pesimismo, la negatividad y la tristeza se nos presentan como una muerte lenta que nos detona desde dentro. No solamente es eso, buscamos el sentido de estar vivos y nunca lo hallamos, tal situación nos aviva el deseo de retornar a esa plenitud uterina o a esa felicidad paradisiaca, pues al perder todo lo anterior lo único que nos queda es la añoranza de un pasado carente de conciencia de la realidad terrenal. Nadie pidió nacer, es más que obvio, pero sólo algunos poseen esa experiencia de aprender a vivir con esa conciencia y esto para nada es envidiable porque al tener los ojos así de abiertos, nos arriesgamos a que sea más fácil que se nos llenen de lágrimas. La conciencia a la cual nos referimos es aquella que rechaza todo dogmatismo que busque mostrarnos al mundo como no es, desligando al ser humano de cualquier búsqueda del sentido de la vida o propósito de esa caída. Esto es una negación que puede ser reconocida como un desdén hacia Dios y hacia todo aquello que busque impulsar la vida desde una perspectiva más optimista. No se trata de una doctrina o una fase a superar, se trata más de una condición interior donde se reconoce que no hay algo necesario realmente, dejando a la nada como el trasfondo original de todo6. Es un modo de habitar el mundo sin promesas futuras sobre un Cielo o un mundo utópico, por eso Cioran no creyó en nuevos dioses, o creó nuevos valores que le dieran sentido a la existencia, ni siquiera cree que debamos agradecer a nuestros padres por habernos traído al mundo7 porque precisamente ve a la vida humana como un error ontológico que nunca debió ser. El reproche Cioraniano surge a partir de que nos hayan separado de la plenitud de la inocencia y esto se hace evidente en un aforismo del Inconveniente de haber nacido donde menciona que: “Nunca estoy a gusto en lo inmediato, sólo me seduce lo que me precede, lo que me aleja de aquí, los innúmeros instantes en que yo no fui: lo no–nato, en suma.” (1981, p. 5). Esta cita nos muestra que Cioran rechaza todo lo

6 “Por otro lado, el ser mismo no es más que una pretensión de la Nada”. (B de P, p. 32)

7 El Inconveniente de Haber Nacido.

p. 43

que tenga que ver con la estancia en la tierra, que no se identifica con ningún valor que le haga considerar lo contrario y que lo mejor que se puede contemplar es el no haber nacido.

b. La lucidez como modo de vida auténtico

Para Emil Cioran, la lucidez parte del desencanto que despierta a partir de la renuncia a cualquier tipo de ilusión, se trata de una experiencia angustiante que paradójicamente acerca al hombre su liberación, pues es lo que inicialmente lo desengaña, haciéndolo poner sus pies sobre la tierra. Aquí la vida se presenta crudamente como es: sufrimiento. En palabras de Savater: “El lúcido está amenazado por la fatiga del vacío; sin más plenitud que la ausencia de todo contenido, daría su vida por una ilusión convincente” (Ensayo sobre Cioran, p.28). Podemos interpretar que la lucidez es esta manera de contemplar la realidad desde su vacuidad, este proceso es doloroso, inevitable y no hay mentira que valga para eludirlo. La lucidez genera desesperación debido a que su función por así decirlo es desenmascarar la realidad. Desde esta perspectiva el individuo debe dedicarse a existir de la “mejor” manera posible, es decir, al borde del precipicio sin temor a la caída.8 Dentro de este orden de ideas, la autenticidad aparece como esa existencia que acepta a la lucidez como su compañía incondicional empezando a vivir a través de su mirada, sin tratar de regresar a esas viejas perspectivas que pudiesen de nuevo engañar con sus falsos consuelos. No estamos hablando de una realización personal, sino de no traicionar a esa conciencia que observa la realidad del mundo. La autenticidad requiere no mentirse sobre la condición humana, lo que implica que ser auténtico es aceptar la degradación reveladora de la lucidez, expresándolo de otra manera: “el pensamiento cioraniano deriva toda praxis hacia una imposibilidad o una impostura que no puede redimirse en

8 “En el apogeo de la desesperación, sólo la pasión por lo absurdo orna aún el caos con un resplandor demoníaco. Cuando todos los ideales corrientes, sean morales, estéticos, religiosos, sociales o de cualquier otra clase, no logran imprimir a la vida una dirección y una finalidad, ¿cómo preservarla del vacío? La única manera de lograrlo consiste en aferrarse a lo absurdo y a la inutilidad absoluta, a esa nada fundamentalmente inconsistente cuya ficción es susceptible sin embargo de crear la ilusión de la vida.” (En las cimas de la desesperación, 1934, p. 9)

p. 44

absoluto” (Lucidez y Paradoja, Abad, p. 109). O sea que, estamos hablando de un tipo de praxis donde no se trata de vivir más bellamente, se trata de vivir sin justificar a cada momento el por qué estamos acá (en el plano terrenal), reconociendo que podemos existir sólo porque sí. No es una afirmación en sí, es una desnudez del ser donde “la lucidez es el único vicio que hace al hombre libre: libre en un desierto” (Del Inconveniente de Haber Nacido, p.15). Lo anterior no

habla de una libertad que no nos llevará de vuelta al paraíso, sino de una situación que nos

guía a un espacio árido donde las ilusiones han desaparecido por completo: La herida de la lucidez se nos presenta como incurable y sin embargo es la única afirmación que nos permite pertenecernos medianamente.

Este pensamiento se hace más radical cuando Cioran anuncia que todo alumbramiento es sospechoso, denotando que nacer no tendría por qué vincularse a ninguna dicha, porque ningún alumbramiento sucede por elección personal, sino por imposición. Implica esto que cuando entendemos que nacer y crecer trae como resultado la pérdida de la inocencia, y se nos revela que realmente no éramos felices, sino que simplemente desconocíamos la realidad que nos rodeaba, es cuando ya la lucidez nos ha alcanzado totalmente. O como se expresa en esta cita del artículo Lucidez y Paradoja: “el hombre capitula ante la voluntad y restituye su orientación a través de la lucidez” (Abad, p. 109). Implica esto que el ser humano mediante la lucidez reorienta su mirada para reinterpretar su existencia desde el reconocimiento del sinsentido como parte de su día a día.

De este modo, la lucidez como modo de vida auténtico implica el reconocimiento de que no

existe propósito de ninguna índole. En El aciago demiurgo, el demiurgo funciona como una metáfora de la imperfección del mundo: no como creador benevolente, sino como uno torpe y quizá avergonzado de sus creaciones. No, no se trata de una afirmación teológica, sino un mero simbolismo de que el universo surge como error original. Esta conciencia no nos hace más dignos, al contrario, es una evidencia de que el ser humano no debería estar pisando este

p. 45

planeta. En concordancia con lo anterior, cuando Cioran establece que “no es fácil figurarnos que el aciago demiurgo, convencido de la insuficiencia o de la nocividad de su obra, quiera un día hacerla perecer e incluso se las arregle para desaparecer con ella (Aciago demiurgo, p. 6)”. Sugiere que la humanidad no representa un orgullo en tanto creación, sino un lastre, un despropósito. A partir de este panorama el despertar de la lucidez implica reconocer que fracasamos estrepitosamente al querer comprender el sinsentido de la vida, y que por eso es natural vernos como seres que no pertenecen a ningún lado. Cioran lo dirá del siguiente modo: “una inspiración original de la que no se puede no ser consiente. Quien está llamado a matarse, no pertenece más que por accidente a este mundo; no depende en el fondo de ningún mundo” (Aciago demiurgo, p. 21). Esta frase nos muestra que el hombre entre más lúcido, más entiende que esta radicalmente desligado del mundo.

c. Una soberanía mínima.

Para hablar de suicidio desde la perspectiva cioraniana es importante hacer una diferenciación discursiva muy específica porque si la comprendiéramos sólo como una acción irreversible, estaríamos incurriendo en un error de comprensión y no sólo eso, en el delito de incitar a la auto-desaparición. Cioran nos presenta un cambio de paradigma9 conforme a lo que convencionalmente se ha entendido como suicidio, pues alejándose de tradiciones filosóficas y religiosas que consideran que el suicidio es la finalización de la existencia por nuestra propia mano, nos establece que este es solamente posibilidad, dentro de lo cual (bajo nuestro criterio) el concepto de suicidio es un dispositivo discursivo que cumple la función de evidenciar la decisión cotidiana de existir que cada individuo posee, es decir que: “el universo comienza y

9 “¿Por qué habría de considerarse un “teórico del suicidio”? volviendo quizás a la diferencia entre contemplación y acción aristotélica, Cioran es un teórico del suicidio en el sentido que sólo se limita a pensarlo.” (Tópicos, núm. 45, e0048, 2023)

p. 46

acaba con cada individuo, sea Shakespeare o sea Don Nadie, pues cada individuo es en lo absoluto su mérito o su nulidad” (B de P, p, 161). Esto implica que, dentro de la ontología de la lucidez, hablamos de un pensamiento derivado del despertar de la conciencia, dentro del reconocimiento de la absurdez de la misma. Teniendo en cuenta el contexto en que se encuentra la obra de Cioran, podemos entender que su elocuencia suicido-discursiva no se desarrolla porque sí, ya que parte de una crisis de la modernidad, pues el hombre se ha quedado sin suelo, y esto al parecer lo ha dejado a merced de la contingencia radical. Partiendo del reconocimiento Nietzscheano de que Dios ha muerto, seguido del agotamiento de las diferentes ideologías filosóficas y el despertar de la sospecha frente a la conciencia ilustrada10, se abonó el terreno para que nuestra temática elegida empiece a ser analizada como problemática filosófica esencial, pues si no hay sentido dado desde afuera, ¿por qué vivir? Esta pregunta al habitar únicamente el terreno de la duda, no representa un delito contra Dios o contra la sociedad.

La presencia constante de la temática suicido-conceptual en el Breviario de la Podredumbre tiene mucho que ver con aquella crisis de identidad (por así decirlo) que, desde una lectura superficial pueden confundirse tales reflexiones con la defensa de una exhortación final. Sin embargo, una lectura aguda permite notar que tales aseveraciones son una delimitación que revela la estructura extrema de la libertad que cada hombre posee en su interior. En este orden de ideas el pensamiento del suicidio como posibilidad nos permite ver que la vida no es una condena en su totalidad porque está abierta la opción de negarla, es una especie de juego mental que nos hace sentir que, en medio del sinsentido cotidiano, mínimamente nos pertenecemos ya que elegimos constantemente el quedarnos en este plano. Es paradójico, claro que sí, pues se

10 “Camus había señalado que se trata de la única cuestión metafísica que merece la pena de considerarse hoy en día, es decir, tras la muerte de Dios, lo mismo que prevaleció también en el paganismo tardío. En cualquier caso, hablar del suicidio después de haberlo hecho del amor no es arbitrario ni rebuscado: ambos temas tienen conexiones indudables, que Cioran ha señalado con agudeza.” (Savater, p. 84)

p. 47

quiere vivir y a la vez no y dentro de esta dicotomía nunca nos suicidamos, sólo se introduce una salida posible que convierte la permanencia en la existencia en una elección individual, librándonos de imposiciones de diferente índole (sociales, culturales, religiosas, filosóficas, etc.). Esto es de vital importancia, pues se reconoce que la liberación no implica auto-extinción, sino que reside en el poder que se nos otorga, en la soberanía individual que nos invade dentro de la posibilidad de hacerlo (morir), reivindicando la vida con un sentido de pertenencia propio. El suicidio es a este modo de ver un horizonte, donde la elección al ser ley suprema disuelve la perspectiva de la vida como una obligación. Visceralmente hablando, lo que está logrando Cioran es ir en contra de la corriente, está haciendo una declaración subversiva: está contrariando la moral religiosa que sacraliza la vida, está contradiciendo la ética convencional que convierte a la vida en un deber y está dándole la espalda a las doctrinas filosóficas que le designan un propósito a la vida. En otras palabras, Cioran se está desarticulando de todo tipo de normatividades que excluyen al individuo de su propia experiencia con el sinsentido.

Ciertamente, aquí ya estamos haciendo una pequeña referencia al vitalismo negativo, ya que se está diciendo que el suicidio no se presenta para destruir la vida, sino para intensificarla con la elección cotidiana de vivir. O sea que, pensar en la muerte propia permite soportar una vida despojada de cualquier tipo de ilusión. Esto no implica una nueva esperanza o una aceptación de que la vida es un carnaval, implica una resistencia lúcida, donde se puede vivir porque sí y con el pleno discernimiento de que la realidad no es color de rosa ni es impermeable al dolor. No estamos hablando de una ética suicida, hablamos de un estatuto filosófico existencial: se trata de un ápice de soberanía frente al encierro ontológico (el ser atrapado en la existencia), donde en lugar de matarnos (actuando en nuestra contra), contemplamos el morir sin ningún tipo de pretensión.

p. 48

d. Vitalismo negativo como tensión

Partamos de una importante aclaración, lo que desarrollaremos en este apartado claramente no es una concepción explícitamente cioraniana, pues se trata de una propuesta hermenéutica que nos funcionará para comprender mejor la tensión estructural observada en sus proposiciones. Tengamos en cuenta la siguiente cita del texto Cioran ensayos críticos: “en las antípodas de la simpatía, Cioran invierte todo el vitalismo bergsoniano: el odio se revela como el otro nombre del instinto de conservación y su vitalismo negativo puede invertirse y obrar contra sí. El odio de sí no designa otra cosa que la conciencia de sí” (p.140). Este señalamiento es esencial.

Según Bergson, el vitalismo se trata de un impulso creativo que atraviesa toda la materia, donde la realidad es un movimiento dinámico y la vida se afirma excesivamente11. Esto contrasta fuertemente con Cioran, pues él se posiciona del lado contario porque no ve a la vida como impulso creativo que se expande, sino como una tensión desgarradora donde no hay armonía sino conflicto. El yo se afirma desde el odio como impulso contrario. O sea que, entre más vayamos despertando nuestra conciencia con respecto al mundo que nos rodea, más rechazo desarrollamos hacia la vida propia. Al contrario de lo que pareciera, este denominado odio no representa un destino de muerte, sino que muestra una forma contradictoria de querer sobrevivir, donde se permanece en este mundo por mera terquedad.

Luego de explorar el origen de nuestra idea, expliquemos ¿por qué la tensión que notamos en el párrafo anterior es Vitalismo negativo? Desde Cioran, la vida no representa gozo alguno12,

11 “En realidad la vida es un movimiento, la materialidad es el movimiento inverso, y cada uno de estos dos movimientos es simple, siendo la materia que forma al mundo, un flujo también indiviso viene a ser la vida que la atraviesa y que la recorta en ella los seres vivos” (La Evolución Creadora, Bergson, p. 241).

12 “En relación a cualquier acto de la vida, el espíritu tiene el papel de aguafiestas” (Del Inconveniente de Haber Nacido, p. 52).

p. 49

pues implica que el individuo esté en constante pugna con su instinto de conservación y sus ganas de morir. En palabras más simples, desde Cioran se permanece en dos estados de manera constante: querer vivir pese a saber que este deseo carece de sentido. Para tener mayor claridad, tomemos en cuenta lo que Cioran expresa en el Breviario de Podredumbre (p, 15): “si la razón desautoriza el apetito de vivir, la nada que hace prolongar los actos es sin embargo de una fuerza superior a todos los absolutos; explica la coalición táctica de los mortales contra la muerte; no sólo es símbolo de la existencia, sino la existencia misma; es el todo. Y esa nada, ese todo no puede dar sentido a la vida, pero la hace al menos preservar en lo que es: un estado de no-suicidio”. Expliquemos claramente; esta cita ilustra la tensión vital en Emil Cioran y la conecta con el vitalismo negativo, pues se muestra el choque interior entre la razón que percibe a la vida como absurda y que comprende que no merece la pena vivir, con el latente apetito de vivir. En este sentido, la nada no es simple vacío, sino que paradójicamente es aquello que moviliza al individuo a continuar en este plano terrenal (dentro de todo no se quiere dejar de respirar). La existencia no recibe sentido ni justificación y aun así se elige quedarse en ella, esta tensión evita que se actúe en favor de la autodestrucción.

Notemos que la cita referencia que esa fricción es un acto de no-suicidio, implicando que es en esa dicotomía donde surge el suicidio como posibilidad, pues es cómo se manifiesta la lucha interna donde se elige la vida por sobre la muerte. Para llegar a esto es necesario ya no tener convicción alguna, haber entendido lo decepcionante que es el mundo debido a su carácter contingente, entrópico y por qué no, hasta inconveniente. Podemos definir a este tipo de vitalismo como habitar contantemente ideas opuestas: el querer morir como incitación de vivir. No es una afirmación de que la vida sea un don maravilloso que deba tomarse con

p. 50

agradecimiento, sino que es un reconocimiento de que esta produce un agotamiento crónico que se sobrelleva cotidianamente13.

Para nosotras el vitalismo negativo se conecta con el suicidio como posibilidad, debido a que este hace a la tensión pronunciable y al hacerla pronunciable la hace elegible, como lo expresa esta cita: “la sola idea les basta, tan solo imaginarlo, saber que se tiene la libertad de dejar este mundo, con todas las calamidades y sufrimientos, en el momento en que se decida oportuno, hace más soportable la vida tal y como es” (Jaña, p, 100).

A partir de lo anterior, concebimos que la opción de morir logra convivir con la vida, sin que la una evite a la otra. Con este vitalismo negativo, peleamos en contra de ese abismo revelado por la lucidez para que el vacío no nos consuma totalmente, Savater dirá: “quien logra sobrevivir al extremo riesgo del proceso de desengaño hallará finalmente la plenitud negativa que le sustentará” (p, 39). Con esto no estamos hablando de algún tipo de heroísmo, sino la aceptación de la realidad.

El vitalismo negativo nos deja mostrar que la filosofía de Cioran no termina en una ética de la muerte como es el caso de Mainländer, pues en dicha tensión la vida siempre se elige. Si hay liberación, la hay porque el individuo participa en la decisión cotidiana suscitada por aquella fricción. La ejecución de un acto irreversible no es la única manera de validar esa elección constante, es suficiente con que pueda pensarse sin culpas. En concordancia con esto, en Conversaciones, Cioran manifiesta que: “Que la vida es soportable tan sólo con la idea de que podemos abandonarla cuando queramos. Depende de nuestra voluntad. Ese pensamiento, en lugar de ser des-vitalizador, deprimente, es un pensamiento exaltante” (p. 50).

13 Esta cita nos muestra que esta situación es interior y que no es favorable, es existencialmente angustiante: “Sin actuar, sentís la fiebre de las hazañas; sin enemigo, libráis un combate agotador... Es la tensión gratuita de la neurosis, que daría hasta a un tendero escalofríos de general derrotado.” (Silogismos de Amargura, p. 112)

p. 51

El vitalismo negativo es una contradicción, sin que esto sea necesariamente perjudicial en sí mismo, pues según la cita anterior, nos otorga una forma de afirmación existencial dentro de la negación conceptual de la misma, dejándonos actuar con soberanía sobre nosotros. No estamos hablando de un optimismo disfrazado, ni de una romantización del sufrimiento o una negación del nihilismo; estamos hablando de que vivir sin sentido garantizado no tiene por qué ser una condena final que, pese a que no existan promesas futuras, ni esperanzas metafísicas, ni deberes de ningún tipo, podemos seguir habitando la tierra sin pedir permiso.

e. Escritura aforística herramienta catártica

Cioran siempre se expresa de manera muy lirica en sus escritos, la escritura aforística de este pensador más que una decisión de estilo es una parte fundamental de su filosofía. Esta forma de redacción carece de un desarrollo concreto pues no hay acumulación de ideas que busquen construir un argumento sólido para defender determinado planteamiento. Si lo conectamos con el suicidio, hablamos de una forma de morir muchas veces, sin morir totalmente, como una medicina que se toma a pequeños sorbos. A palabras del mismo Cioran: “Iré más lejos, si no hubiese escrito, hubiera podido convertirme en un asesino. La expresión es una liberación.” (Conversaciones, p. 10), es decir que el suicidio es conceptual pues al plasmar en el papel aquello que corroe el cerebro, solamente las obsesiones son disipadas mientras el cuerpo queda ileso. Cada vez que Cioran tomó una pluma, la acercó a una hoja y comenzó a trazar sus letras, estaba posponiendo su suicidio como si meditar con su prosa lirica fuese suficiente para sentir alivio14. En concordancia con esto, el suicidio

14 “el suicidio al estar relacionado con lo posible y lo inminente es un veneno que amenaza la vida en lo inmediato, mientras que la idea del suicidio es un antídoto contra el suicidio, pues supone una suspensión de la acción a favor de la reflexión.” (Muerte y suicidio en la obra de Emil Cioran, 2023, p. 9)

p. 52

en tanto idea se le presenta a Cioran como algo más poderoso que el acto en sí mismo y exponerse a eso mediante la escritura, le permite reflexionar sobre su posición en este plano terrenal, haciéndole pensar que vivir no es más una decisión coaccionada. La escritura aforística mantiene abierta la opción de morir y la legitima en el papel, posponiendo la resolución física. Esto permite que la experiencia del absurdo se atraviese con más calma, encontrando la liberación dentro de la interrogación. Hablando con más ahínco, si Cioran escribe para no suicidarse entonces escribe aforismos porque esa forma fragmentaria y disruptiva es la única forma compatible con el modo de vida de alguien que vive al borde del acantilado, muriendo simbólicamente para poder seguir viviendo15. En este orden de ideas, lo que acabamos de decir tiene aplicabilidad en la vida cotidiana (con su cuidado correspondiente) y esto lo decimos porque en la escritura aforística se puede desahogar el pecho, permitiéndonos soltarnos de manera expresiva y sin censura, escribiendo cualquier pensamiento sin tapujo alguno. Para Cioran nunca se trató de publicar algo o convertirse en bestseller (aunque si recibió sus premios) o ser estudiado en clubs de lectura, lo único que quiso fue vaciar su veneno, es decir, reconocer el sentir y su ser en el mundo sin tener que fingir sobre ello. No se escribe para la búsqueda de una solución, la intención ha de ser nombrar el malestar existencial que nos aqueja para crear una distancia entre nosotros como individuos y el mismo, quiere decir que, la angustia puede ser encapsulada 16en una frase para quitarle peso y sentir que no nos oprime el cráneo. Cioran no se suicidó porque su escritura contuvo la impulsividad de las acciones, que si las hubiese decidido sin la meditación lirica

15La escritura en Cioran surge a partir de una herida profunda. No se trata de un acto intelectual, sino de una forma de supervivencia: “Quizá se pregunte: ¿Por qué seguir? ¿Cuánto juego puede dar aún la desesperanza? Cioran responde que «un libro es un suicidio diferido»: remite así al más hondo meandro de la angustia, al venero en donde nace el permanente misterio de la escritura.” (Savater, p. 86)

16 “Los aforismos de Cioran son capsulas de pensamiento saturadas de un sentido denso que él mismo compara con la sentencia que se pronuncia al condenado a muerte” (Malishev, p. 125)

p. 53

hubiesen podido ser irreversibles. Su impulso fue pausado y al perder fuerza no llego a la acción, evidentemente esto no elimina el dolor existencial o su causa, pero si lo apacigua17.

La escritura aforística al ser fragmentaria se desliga de todo compromiso argumental, Cioran es esencialmente lacónico y sus frases contundentes presentan una intensidad momentánea que sacuden al lector porque le deja en claro las consecuencias filosóficas de su lirica: ser disruptivo en su discurso. Cioran más allá de querer una coherencia estructurada, quiere desahogarse de la existencia y del absurdo, por eso utiliza este tipo de escritura porque le permite lo anterior librándose de que se le exija un hilo conductor dentro de su pensamiento, aunque hemos de

reconocer que sí existe una cohesión elemental que nos permite notar la intención no

apologética dentro de su filosofía: No defiende el suicidio, encuentra en este concepto motivación para vivir, escribe sobre ello dejando en claro que la redacción es el catalizador de sus obsesiones, permitiéndose vivir con un poco más de tranquilidad, con lo cual, nunca se suicidó, de hecho vivió bastante.

La escritura aforística cioraniana es apasionada, provocadora y hasta hiperbólica, con lo cual sus sentencias sobre el suicidio en textos como Breviario de podredumbre, no están por fuera de lo mencionado, notoriamente es una exageración performática para denotar el punto cúspide de su liberación, de su desarticulación del sistema que justifica la existencia18, o sea que: “But for Cioran, this fictional self is a rhetorical, theatrical gesture, by which he hopes to save his real self. By casting himself in this character, Cioran commits suicide metaphorically while managing to survive the call of death by releasing through his invented character the surplus

17 Hay que tener en cuenta que tal actividad no sustituye un proceso psicoterapéutico si hay ideación suicida, la escritura puede usarse meramente como herramienta complementaria.

18 “El suicidio es uno de los caracteres distintivos del hombre, uno de sus descubrimientos; ningún animal es capaz de él y los ángeles apenas lo han adivinado; sin él, la realidad humana sería menos curiosa y menos pintoresca: le faltaría un clima extraño y una serie de posibilidades funestas, que tienen su valor estético, aunque no sea más que por introducir en la tragedia soluciones nuevas y una variedad de desenlaces.” (B de P, p. 26)

p. 54

of lyrical energy he felt surging through him” (Johnston, p. 77)19. Es decir que, su propuesta nada tiene que ver con argumentos normativos, más bien es un tipo de salvación teatral, donde el dolor se encarna en la palabra y se disipa en la vida empírica; con lo cual el aforismo es un choque que pone a tambalear cualquier certeza sin que sus abordajes se conviertan en una doctrina ética.

Podemos hablar más bien de una función ontológica debido a que hace referencia a la experiencia humana con el absurdo, o sea que, si la realidad es contingente, entrópica e infundamentada, la escritura aforística al ser fragmentaria tiene más relación con el individuo que una escritura sistemáticamente estructurada porque se vincula más a esa tendencia desordenada de la vida, en otras palabras: “sus paradojas aterrizan nuestra imaginación, alarman nuestras almas y, penetrando en los rincones más escondidos de nuestro ser, sorprenden el sentido enigmático de nuestro existir” (Malishev, p. 135). Esto hace que, los pensamientos suicidas del filósofo rumano-francés sean para nosotros como un chispazo que consuela, pues tienen una conexión más cercana con el individuo.

La escritura aforística refuerza la dimensión discursiva del suicidio, convirtiéndolo en un gesto verbal, que confronta al lector con el extremo de la lucidez sin que le dé instrucciones sobre cómo morir. La interpretación filosófica que hemos desarrollado nos permite sustentar coherentemente que el suicidio en Emil Cioran conforma una liberación a nivel discursivo, que cumple la función de categoría y no de norma. Operando meramente como ese límite que devela la soberanía del hombre frente a las distintas imposiciones religiosas, sociales, metafísicas, etc.

19 Traducción: “Pero para Cioran, este yo ficticio es un gesto retórico y teatral mediante el cual espera salvar a su yo real. Al encarnarse en este personaje, Cioran comete un suicidio metafórico, al tiempo que logra sobrevivir al llamado de la muerte liberando, a través de su personaje inventado, el excedente de energía lírica que sentía surgir en su interior.” (Johnston, p. 77)

p. 55

Para el pensador rumano, el suicidio va más allá de un acto físico, se trata de un concepto y de una posibilidad que nos permite percibirnos como libres. Por medio del vitalismo negativo, la vida puede habitarse como una interminable tensión entre la denominada lucidez y la resistencia: reflexionar sobre la propia muerte nos permite aguantar la estadía en la tierra sin ilusiones o fantasías, mostrando que vivir, aunque sea inevitable puede ser una acción libre.

La escritura aforística le da continuidad a la tensión. Las frases de Cioran al ser fragmentarias y liricas habilitan la posibilidad de morir conceptualmente sin hacerlo de manera empírica, transformando a la desesperación y al impulso de muerte en expresión literaria. Cada aforismo encapsula al suicidio, manteniendo al cuerpo a salvo y al pensamiento en reflexión constante, transformando a esa negación en liberación. La interpretación de soberanía mínima completa esta perspectiva: el conocimiento de que se puede renunciar a la existencia transforma la estadía en la vida en una elección consciente, liberando al hombre de reglas externas, preservando su autonomía.

Conjuntamente estamos hablando del concepto de suicidio como liberación porque intensifica la vida, permite habitar el mundo con lucidez y le brinda al individuo soberanía. La libertad no consiste en morir, sino en nuestra capacidad de elegir seguir con vida, aun con la posibilidad no hacerlo.

CONCLUSIONES

A partir de nuestra investigación, podemos concluir que, en la historia de la humanidad, el suicidio siempre se ha visto desde diferentes perspectivas según el contexto histórico, cultural, moral o ideológico. A lo largo de nuestro trabajo, hemos podido examinar esas distintas

p. 56

perspectivas, teniendo como eje central la filosofía de Emil Cioran, en la cual nos hemos basado para esta investigación. Sin embargo, hemos podido analizar posturas profundamente divergentes, que van desde la concepción negativa desde el punto de vista religioso, moral y filosófico de darle fin a la propia vida, hasta profundizar en el sentimiento de liberación del peso de la existencia que puede ofrecer la idea del suicidio, a partir de diferentes pensadores que han concebido esta idea.

Desde lo anterior, en el primer capítulo nos encontramos con todo el panorama desde la tradición religiosa y moral tanto en el cristianismo, como en el judaísmo que, condenan la idea de suicidio al verlo como algo que transgrede la voluntad de Dios que, según sus ideales, es quien nos otorga la vida y desde el judaísmo específicamente, también se ve como un acto que violenta la dignidad familiar, ya que mantiene la condena y los juicios hacia quienes tienen cualquier filiación con el suicida, lo que deja en evidencia que el suicidio es algo que afecta a una comunidad entera lo cual deja entrever que el suicidio no es un acto con consecuencias meramente individuales. El cristianismo también evidencia que el castigo del suicidio es la condena absoluta de imposibilitar el arrepentimiento y la vida eterna, pues desde las formulaciones de San Agustín, Santo Tomás de Aquino y el Papa Juan Pablo II, se está rechazando la voluntad del creador, desobedeciendo las sagradas escrituras y cometiendo el pecado del homicidio, incluso cuando es acabar con la vida propia.

Desde la filosofía moral kantiana, el rechazo no se fundamenta en la soberanía divina, sino en la dignidad racional del ser humano. Para Kant, quien comete el acto del suicidio, está contradiciendo el imperativo categórico, pues no puede universalizarse sin destruir la condición misma de la moral, además de que esto implica que se está deshumanizando al arrebatarse la dignidad acabando con su propia vida, pues está yendo en contra de la auto-preservación.

p. 57

Por su parte, Albert Camus, lejos de la moral religiosa, también rechaza el suicidio, pero lo hace desde su lógica del absurdo. Para este pensador, quitarse la vida no es una solución al sinsentido, sino una forma de aceptar que la vida no merece ser vivida, cuando precisamente la respuesta auténtica al absurdo es la rebelión consciente y la afirmación de la existencia a pesar de su falta de sentido trascendente. Camus propone que, en vez de huir, deberíamos aceptar de manera lúcida nuestro recorrido por la vida.

Todas estas posturas tienen algo en común y es que, nos revelan que la vida tiene un valor, que excede la experiencia individual del sufrimiento o el sinsentido, ya sea por mandato divino, por deber moral o por afirmación existencial, ya que el suicidio es visto como una renuncia indebida a la condición humana. Sin embargo, estas perspectivas ignoran la posibilidad de que el ser humano pueda sentir su vida como propia, incluso en cuanto a la muerte de refiere.

Es en este punto donde con el segundo capítulo, introducimos el punto de vista contrario: la idea de liberación, presente de manera preliminar en Sócrates y desarrollada posteriormente a partir del pensamiento de Emil Cioran, Mainländer o Nietzsche, los cuales traen una serie de ideas disruptivas respecto al discurso condenatorio tradicional religioso. En el caso socrático, la muerte es una elección coherente con una concepción del alma como algo superior a la experiencia sensible del cuerpo. Beber la cicuta para él fue la liberación para poder alcanzar su ideal de sabiduría.

Esta noción se acerca, aunque con matices diferentes a la interpretación cioraniana del suicidio como acto liberador. Para Emil Cioran, la vida puede sentirse como una imposición carente de sentido, una carga que se soporta gracias a la conciencia de que existe una salida que depende de nuestra propia voluntad. La idea del suicidio, más que el acto en sí funciona como un recurso

p. 58

mental que nos otorga una paradójica sensación de libertad, entendiéndolo también como una expresión radical de autonomía ante un mundo en el que no se eligió existir y el cual se puede volver intolerable habitar, también impulsado por el sentimiento de la desesperación que pudimos analizar desde la postura de Kierkegaard.

No obstante, como lo hemos expresado en varias ocasiones a lo largo de nuestra investigación, la postura cioraniana frente al suicidio, no debe interpretarse como una apología al suicidio en términos prácticos, ya que a lo largo de su obra hemos podido ver que la simple contemplación del acto ya cumple una función de catarsis, por lo que la idea de poder morir es lo que permite seguir viviendo. Así el suicidio como idea se convierte en una forma de resistencia frente al sufrimiento, no en su acción, como sí lo interpretó Mainländer, quien fiel a su idea de que la muerte era una liberación al sufrimiento de la existencia, lo llevó a la práctica.

Así entonces, podemos ver la soberanía mínima como el núcleo de esta interpretación. Pensar en el suicidio implica reconocer que la vida no es una obligación metafísica indiscutible. La mera posibilidad de negarla transforma la permanencia en elección. Este cambio conceptual es fundamental, pues no trata de afirmar la muerte, sino de afirmar la autonomía. La existencia deja de ser condena cuando el individuo se da cuenta de que podría abandonarla y, sin embargo, decide permanecer.

De esta manera, la categoría hermenéutica del vitalismo negativo nos permitió comprender la claridad que se puede encontrar en la contrariedad de la filosofía cioraniana, pues a diferencia del vitalismo afirmativo que ve la vida como un impulso creador, aquí la vida se sostiene entre una tensión constante entre lucidez y resistencia, ya que, la razón puede desautorizar el deseo de vivir, pero existe una fuerza que le mantiene al individuo la decisión de permanecer en la

p. 59

vida. Esta tensión no se resuelve, se habita y es en esta contradicción que radica la liberación, no se vive porque la vida tenga sentido, sino porque a pesar del absurdo, se elige continuar.

Además, pudimos evidenciar que la escritura aforística tiene un papel decisivo dentro de esta dinámica, su carácter fragmentario, lírico y disruptivo del aforismo, no es un simple estilo, sino que es un mecanismo de retención, cada frase nos brinda una muerte simbólica que evita la muerte real, su expresión escrita permite alcanzar el impulso destructivo a través de las palabras, desactivándolo en el plano físico, de esta manera, el suicidio se lleva a cabo metafóricamente en el discurso, pero preservando la vida concreta.

Este hallazgo es crucial para evitar interpretaciones simplistas que atribuyan a Cioran una ética de la autodestrucción, porque lejos de promover la muerte, su pensamiento sugiere que la idea del suicidio puede ser vitalizante, ya que, la conciencia de que se puede abandonar la existencia produce un efecto paradójicamente exaltante, dado que, intensifica la experiencia de estar vivo. Así pues, la liberación no consiste en desaparecer, sino en permanecer sin sentirse atrapado.

En este contexto la investigación confirma que el suicidio conceptual actúa como una herramienta que otorga el sentimiento de liberación, pues al desarticular las normas religiosas, sociales y morales, que convierten la vida en un deber, Cioran concede al individuo la experiencia de pertenencia sobre su propia existencia. Esta soberanía no elimina el sufrimiento, pero permite habitar el mundo con una lucidez no coaccionada.

Finalmente, podemos afirmar que el suicidio como liberación no implica una apología al acto irreversible, sino una reinterpretación ontológica de su posibilidad, ya que, la vida, despojada de toda garantía absoluta, puede seguir siendo elegida, dado que en el vitalismo negativo no se

p. 60

celebra la existencia como un don maravilloso y divino, pero tampoco la niega, más bien, la sostiene en una constante tensión que da como resultado la manifestación de la liberación sabiendo que se puede morir y aun así, se decide vivir.

De esta manera, nuestra intención con este trabajo y conclusión general es demostrar que el concepto de suicidio en Cioran intensifica la vida al convertirla en una opción consciente, pues la liberación no radica en la muerte, sino en la capacidad de elegir permanecer, justo ahí donde el sentido no se encuentra, la soberanía mínima se convierte en el último refugio del individuo. Este análisis nos obliga a pensar los límites de la autonomía humana y el peso del sufrimiento en la configuración de nuestras decisiones. Entre la obediencia a un orden superior divino, el cumplimiento del deber moral, la rebelión ante el absurdo, el conjunto de ideas que nos son dadas a partir de nuestro contexto social, cultural, familiar y personal, el peso de las cargas que el ser humano lleva consigo inherentes a la supervivencia, la corporalidad, las relaciones, las experiencias, las emociones y todo aquello que implica ser humanos y consientes de la vida misma, poder tener claro que en nuestra voluntad e imaginación, podemos contemplar una salida que solamente depende de nosotros mismos y que se convierte en una poderosa herramienta como lo es pensar y reflexionar sobre la propia muerte tal y como lo expresó Cioran, tal y como lo vimos desde el vitalismo negativo, en donde el sentirnos dueños de nuestra vida nos da la libertad y dignidad para pensar y contemplar nuestra propia muerte de manera consciente, dándonos también esa misma libertad y dignidad para que, a partir de esa contemplación y desde nuestra soberanía, finalmente sigamos prefiriendo elegir la vida, la existencia y seguir nuestro camino en este mundo. Pensar en el suicidio entonces, no clausura la existencia, la hace propia.

p. 61

BIBLIOGRAFÍA

-

Cioran. E. M. (1949) Breviario de podredumbre. Trad. Fernando Savater. Taurus. Edición Digital.

-

Cioran E. M. (1934) En las cimas de la desesperación. Trad. Rafael Panizo. Tusquets Editores. Edición Digital.

-

Cioran. E. M. (1964) La caída en el tiempo. Trad. Carlos Manzano. Titivillus. Edición Digital.

-

Cioran, E. M. (2010). Conversaciones. Barcelona: Tusquets.

-

Cioran. E. M. La tentación de existir. Trad. Fernando Savater. Madrid: Santillana,

2002.

-

Platón. Diálogos III. Fedón, Banquete, Fedro. Trad. Carlos García Gual. Madrid: Gredos, 1988.

-

Kierkegaard, S. (2008). Tratado de la desesperación. Leviatán, Argentina.

-

Reina Valera (2014) Scholastic’s. (Trabajo original publicado en 1969).

-

Aquino, S. (2001). Suma teología. Biblioteca de autores cristianos, España.

-

https://majshavot.org/index.php?/revistas/ver/65

-

Siegel, S. (1979). El suicidio en la tradición judía. Revista MAJ’SHAVOT, 18(4), 23-

30. https://majshavot.org/index.php?/revistas/ver/65

-

Kremer, W. (2015). Los judíos ortodoxos que quieren romper el silencio del suicidio.

BBC

News.

https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/11/150807_finde_suicidio_silencio_judio s_ortodoxos_ac

-

Ketuvim. Editor, Rabí Moshe Yosef Koniuchowsky. Editorial, Sus Brazos A Yisrael

(2010).

-

Hipona, A. (1893). La ciudad de Dios. Librería de la viuda de Hernando, Madrid.

p. 62

-

Papa Juan Pablo II.

(1995).

Evangelium Vitae.

Versión en español.

https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jpii_enc_25031995_evangelium-vitae.html

-

Kant, E. (1988). Lecciones sobre ética. Grupo editorial Grijalbo, Barcelona.

-

Camus, A. (1985). El mito de Sísifo. Alianza editorial, Madrid.

-

Mainländer, P. (2019). Filosofía de la redención. Perro Calato ediciones, Perú.

-

Nietzsche, F. (1886). Más allá del bien y del mal. Elejandría ediciones, México.

-

Casado, J. (1987). Vivir con la idea de suicidio es estimulante. El país. https://elpais.com/diario/1987/11/28/cultura/565052411_850215.html

-

Nietzsche, F. (1883). Así habló Zaratustra. Elenjendría ediciones, México.

-

Gajardo, P. (2018). La supresión de sí como actitud nihilista en Mainländer y Cioran. (Tesis para optar al grado de licenciado en filosofía). Universidad de Chile. Garzón, F. (2023). Muerte y suicidio en la obra de Emil Cioran. Tópicos, nº45, 1-9. DOI: 10.14409/tópicos.2023.45.e0048.

-

Guerrero, Luis. (1992). Reflexiones de Kierkegaard sobre la obstinación de la conciencia hermética. Tópicos revista de filosofía. Vol.2 (Núm. 1), p. 113-126. https://revistas.up.edu.mx/topicos/article/view/562

-

Savater, F. (1974) Ensayo sobre Cioran. Ed. Titivillus, España.

-

Cioran, E. (1997) Silogismos de amargura. Tusquets editores. Barcelona.

-

Cioran, E. (1998) El inconveniente de haber nacido. Ed. Taurus. Madrid.

-

Herrera, L. Abad A. (2008) Cioran Ensayos Críticos. Ediciones académicas Universidad Tecnológica de Pereira. Perera-Colombia.

-

Johnston, I. (2009) Searching for Cioran. Ed. Indiana university Press. Estados Unidos.

-

Malishev, M. (2001). Emil Cioran: un escéptico, apasionado por la lucidez. Δαίμων, Revista de filosofía. (Núm. 23), p. 123-135

-

Bergson, H. (1963). La evolución creadora. Ed. Aguilar, Madrid.

p. 63

-

Abad, A. (2020). Cioran. Lucidez y paradoja. Revista Universidad De Antioquia, (340), 104–109.

Recuperado a partir de https://revistas.udea.edu.co/index.php/revistaudea/article/view/343731

Cita: Gil Pareja, Johanna, Marín Ramírez, Natalia (2026), El suicidio como concepto liberador para la vida en Emil Cioran, Universidad Tecnológica de Pereira, p. N. https://hdl.handle.net/11059/16805