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Apuntes antropológicos al proceso de violencia en Colombia

Carlos Alfonso Osorno Agudelo

Trabajo de grado presentado para optar al título de Antropólogo

Tutor Franz Rolando Flórez Fuya, Magíster (MSc) en Semiótica

Universidad de Antioquia Facultad de Ciencias Sociales y Humanas Antropología Medellín, Antioquia, Colombia

2023

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Cita (Osorno Agudelo, 2023) Referencia

Estilo APA 7 (2020) Osorno Agudelo, C. (2023). Apuntes antropológicos al proceso de violencia en Colombia [Trabajo de grado profesional]. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

CRAI María Teresa Uribe (Facultad de Ciencias Sociales y Humanas)

Repositorio Institucional: http://bibliotecadigital.udea.edu.co

Universidad de Antioquia - www.udea.edu.co

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión de los autores y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor y conexos.

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Agradecimientos

Mi sincera gratitud a la Universidad de Antioquia, y en ella al Departamento de Antropología, sus directivos y docentes.

Mis agradecimientos a mi colega y amigo Hernán Morales González y al profesor Fabio Calle Correa, sociólogo, quien orientó estos apuntes para beneficio de quienes deseen participar de la literatura colombiana, donde la “violencia” es un escenario y la Antropología debe estar presente.

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Tabla de contenido Resumen ........................................................................................................................................... 5 Abstract ............................................................................................................................................ 6 Introducción ..................................................................................................................................... 7 1 Justificación ................................................................................................................................. 11 2 Objetivos ..................................................................................................................................... 12 3 El contexto histórico .................................................................................................................... 13 4 Basamentos teóricos y conceptuales ........................................................................................... 21 5 Teorías sobre el conflicto ............................................................................................................ 38 5.1 Conflicto y crisis desde la mirada exterior ........................................................................... 44 6 Hurgando en la literatura colombiana sobre la violencia política ............................................... 48 7 Propuesta para una mirada antropológica desde la violencia política ......................................... 56 8 Conclusiones ............................................................................................................................... 58 Referencias ..................................................................................................................................... 61

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Resumen

Este ejercicio parte de la consideración que a la Antropología no le es extraña –al menos no debería serle- ninguna expresión o manifestación de la cultura. Ello en el entendido que el hombre vive en, por y para ella, y mutatis mutandi, también se muere de cultura, y no solo de clase social. Un largo y luctuoso período de la historia de Colombia fue el escenario en el que muchas vidas fueron sacrificadas por asuntos que ignoraban tanto víctimas como victimarios, o como quien dice, mataron unos y murieron otros, en medio de la más oscura ignorancia. Pero, de cuando en cuando las paradojas se materializan, se evidencian: con las mismas armas con las que un día se derramó la sangre del hermano, al siguiente se levanta un monumento, una obra de arte, una obra de la más fina sensibilidad estética. Pareciera ser que el hombre tiene el prurito de erigir una estatua, una obra estética, allí donde ultimó al enemigo, donde sepultó al hermano; hace del “residuo” una “derivación”1, convierte en algo sublime lo que ayer fuera su mezquindad. Esto mismo ocurre con la obra literaria, al embellecer con palabras los regueros de sangre y escombros. Esa es la razón por la que este trabajo atisba en la obra literaria, en la novela, la poesía y el ensayo aquellos “testimonios” de lo acontecido en la designada por los historiadores como “Violencia Política” en Colombia. Se trata de un ejercicio de investigar el acontecimiento histórico en la literatura.

Palabras clave: Antropología de la Violencia, Problema Social, Conflicto Armado, Violencia Política, Literatura Colombiana.

1 Conceptos o categorías de Pareto

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Abstract

This exercise is based on the consideration that Anthropology is not strange – at least it should not be – any expression or manifestation of culture. This in the understanding that man lives in, by and for her, and mutatis mutandi, he also dies of culture, and not only of social class. A long and mournful period in the history of Colombia was the scene in which many lives were sacrificed for issues that both victims and perpetrators ignored, or as they say, they killed some and died others, in the midst of the darkest ignorance. But, from time to time the paradoxes materialize, they become evident: with the same weapons with which one day the brother's blood was shed, the next a monument, a work of art, a work of the finest aesthetic sensibility is raised. It seems that man has the itch to erect a statue, an aesthetic work, there where he killed the enemy, where he buried his brother; it makes the “residue” a “derivation”2, it turns into something sublime what yesterday was its pettiness. The same happens with the literary work, by embellishing the trails of blood and rubble with words. That is the reason why this work glimpses in the literary work, in the novel, the poetry and the essay those "testimonies" of what happened in what historians designate as "Political Violence" in Colombia. It is an exercise of investigating the historical event in the literary.

Keywords: Anthropology of Violence, Social Problem, Armed Conflict, Political Violence, Colombian Literature.

2Pareto concepts

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Introducción

Jacob Bronoswski (1979) enuncia que: “El hombre es único, no por su obra científica, es único no por su obra artística, sino porque tanto la ciencia como el arte son expresiones de su prodigiosa plasticidad mental.” (p. 174). ¿A qué viene esto? Precisamente a esa “plasticidad mental”, que permite acerca de una misma realidad, la realidad humana, distintas expresiones o manifestaciones, y por ende distintos acercamientos y “miradas”, que a unas se les dice ciencia y a otras arte. Y es el mismo autor quien plantea que entre estas expresiones o manifestaciones existe más proximidad o afinidad de la que la ortodoxia suele darles. Esto así visto, también lo ha planteado Wallerstein (1996) en Abrir las Ciencias Sociales, donde invita a romper con esas perspectivas ortodoxas, cerradas, que han tenido los científicos, específicamente los de estas disciplinas, que, bajo el pretexto de mantener un mal concebido rigor, se cierran a otras manifestaciones de la complejidad humana. Y es que se ha mantenido la errónea idea –quizás heredada del positivismo decimonónico-según la cual es conocimiento científico solo aquel que sea verificable, replicable, matematizable, y, cualquiera otro que no se ajuste a este paradigma, resulta ser conocimiento absurdo y metafísico.

Entonces, acerca de fenómenos tan complejos como el de la Violencia en Colombia se halla diversas expresiones. Así, ha habido un acercamiento “objetivo”, científico acerca del acontecimiento, y también miradas más “subjetivas” del asunto y cuyas expresiones se categorizan como “artísticas”. Estas últimas no se reputan con la seriedad y el rigor que suele conferírsele a las primeras, aunque algo muy distinto pensarían Nietzsche y Heidegger para quienes el arte sería una nueva forma de pensar, una nueva forma de acercarse a la comprensión e intelección del mundo, y en él de la condición humana o bien del comportamiento humano tan complejo y tan difícil de asir3.

A todas esas expresiones, díganse materiales o no materiales, incluidas allí en esas manifestaciones, las conductas, comportamientos, los usos, los rituales, las ceremonias, las prácticas cotidianas, las formas de organizarse para roturar la tierra, para cosechar, para festejar,

3 Es Hannah Arendt quien refiriéndose al hombre dice que es un indefinible.

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etc., se las designa con el nombre de cultura, que constituye todo aquello donde el hombre habita, todo aquello por lo que el hombre es, todo aquello en virtud de lo cual el hombre existe y se relaciona con los otros y con la misma naturaleza. Es también la cultura aquello que se va haciendo concreto, que se va materializando gracias a las interacciones con los demás hombres de su grupo, de su comunidad, pero, a la vez, es también lo que permite o propicia dichas interacciones, se trata de una circularidad interactiva mediada por la cultura. La cultura, en fin, es esa trama, ese tejido que, al tiempo que se constituye en el trasfondo de los intercambios y los posibilita, es también el producto o resultado de las mismas interacciones, así como lo dibuja Calvino en Ersilia (Calvino, 2022).

Ahora, esta se ha constituido en el amplio y complejo “objeto” de estudio, de reflexión, de investigación de un conjunto de disciplinas o ciencias, entre las que se encuentran la Antropología, la Economía, la Sociología, la Historia, la Psicología, la Etnología, la Lingüística, y tantas otras. Ellas han venido configurando ese campo que el filósofo alemán Dilthey (1949) designara como ‘Ciencias del Espíritu’ o ‘ciencias de la cultura’. Un vasto campo que tiene relación con todo lo humano, con lo que el hombre es y con lo que hace, con sus obras, con todo aquello que produce para resolver problemas, para satisfacer sus necesidades, para responder a los imperativos de su medio y de los otros, para cumplir con sus expectativas, sus intereses, sus sueños y esperanzas, en fin, para adaptarse a sus circunstancias y para disponer el medio a sí mismo.

Acerca de la complejidad de la condición humana, lo dicen también sus obras. Es decir, que, si se habla de lo inasible de lo humano, también habría que decirlo de sus expresiones, de sus manifestaciones, de sus hechuras, que son, al fin y al cabo, manifestaciones de esa intrincada condición o naturaleza; y lo mismo habría que decir acerca de las relaciones que establece con la naturaleza y con sus semejantes. Puede pensarse que la cantidad de concepciones teóricas acerca del hombre, acerca de la cultura, acerca de las interrelaciones, son prueba o constatación de que efectivamente se está frente a la más compleja de las realidades, la humana.

Y es partiendo de estas presunciones que se propone un trabajo de indagar en fuentes literarias, en obras escritas, en obras testimoniales, en memorias de carácter literario (¿No será

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cierta la presunción de que todo es escritura, que todo –incluido el discurso científico- es cultura?), específicamente en la narrativa colombiana, algunos signos (indicios, huellas, rastros) de elementos para desde ellos hacer una suerte de registro de elementos o aspectos con los cuales trabaja el antropólogo, tales como costumbres, ceremonias, prácticas sociales, ritos, creencias, objetos-símbolo, expresiones, de los cuales está física y literalmente inundada la narrativa colombiana.

Esta sería, pues una propuesta de buscar, identificar y hallar en algunas obras de la literatura colombiana, en ese aluvión de papel (Incluido el género epistolar) de la época de la violencia política colombiana, elementos que desde la Antropología den cuenta del ethos de grupos y personas de la época; elementos que le permitan al antropólogo reconstruir la idiosincrasia del pueblo colombiano, y de aquellos elementos del trasfondo cultural que permitan explicar-comprender las conductas violentas y agresivas durante una época luctuosa de la historia de Colombia, que bajo especies culturales4 distintas, se mantiene, tal como lo dice un escritor nacional: “Colombia cambia, pero sigue igual, son nuevas caras de un viejo desastre” (Vallejo, 2006, p. 12).

(Vallejo, 2001, pág. 12).

El itinerario a recorrer en el trabajo será el siguiente: inicialmente con el apoyo de algunos estudiosos del fenómeno, se tratará de construir un contexto histórico relacionado con el tema de este trabajo. Seguidamente se elaborará un marco teórico y conceptual que permita al lector ubicarse en relación con conceptos que, como el de la cultura, cultura de la violencia y sus distintos componentes (expresiones lingüísticas, símbolos, rituales, etc.). Provistos de este “arsenal” de herramientas, se procederá a rescatar, tanto de la narrativa colombiana alusiva al asunto que ocupa este trabajo, como de textos objetivos-ensayísticos (presuntamente científicos). Un capítulo importante es el que se refiere a la propuesta de investigación propiamente, en la cual se invita a otros estudiosos para que se interesen por una especie de antropología literaria y

4Insumos culturales no necesariamente literarios: pinturas que plasman la caótica y trágica jornada de muerte y revueltas tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, entre ellas, obras de Débora Arango, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Alipio Jaramillo, Luis Ángel Rengifo y Marco Ospina. Francisco Norden, por su parte, llevó a la pantalla grande la novela del escritor Gustavo Álvarez Gardeazabal, Cóndores no entierran todos los días, que narra la vida de León María Lozano, jefe del terror político en el Valle del Cauca

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artística (por ejemplo, a través de la “lectura” (interpretación) de otras manifestaciones o expresiones humanas como la pintura, la escultura y la música. El trabajo termina derivando algunas conclusiones y recomendaciones para los futuros antropólogos.

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1 Justificación

La cultura es todo; es el mundo que el ser humano ha construido y continúa construyendo, para habitarlo y para que continúe haciéndolo. Nada hay en el hombre que no sea cultural. Su relación con el otro, con su alter, está necesariamente mediada por la cultura, sin ella no es pensable la interacción, la relación intersubjetiva, y en esta, se comprende una amplísima gama de ellas: cooperaciones, relaciones afectivas, conflictos, etc. La Antropología, ciencia social que se ocupa en la reflexión e investigación en torno a la cultura, no puede dejar al margen ninguna manifestación o expresión de la cultura, y entre estas hay una de un muy amplio espectro, como es el arte: la pintura, la escultura, la música, la arquitectura, la literatura. Hay en este vasto campo de la expresión humana una rica cantera para investigar, de la mano de otras disciplinas del campo de lo social: Lingüística, Etnología, Semiología, Política, entre otras. Ello porque el devenir social de la nación colombiana es preciso míralo como un todo, en el que las manifestaciones artísticas constituyen un importante aspecto desde el cual puede ser “leída” esa realidad. Esto es lo que ha pretendido realizar el presente.

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2 Objetivos

2.1 Objetivo general

Sugerir a futuros investigadores de la Antropología en Colombia, el que puede llegar a convertirse en un fructífero campo de investigación de la cultura, como lo es el del arte, y muy específicamente el de la producción literaria, indagando en estas producciones, a modo de una arqueología, aquellas pistas y signos que propicien la reconstrucción del devenir nacional.

2.2 Objetivos específicos

• Iniciar un atisbo a algunas obras de la literatura sobre la violencia política en Colombia,

en busca de aspectos o elementos distintivos que permitan una reconstrucción de los acontecimientos

• Definir especificidades el “objeto” violencia política en Colombia a partir de las

elaboraciones o derivaciones literarias

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3 El contexto histórico

La historia de Colombia solo es comprensible en el marco de la modernidad, entendida como unas determinadas maneras de ver, pensar, actuar y sentir, como una determinada cosmovisión originada en el occidente de Europa, y desconocida hasta entonces en el resto del planeta. Una cosmovisión androcéntrica, eurocéntrica, excluyente. De un “plumazo” se escamoteó lo que pudiera haber de tradición y de memoria de pueblos que vivieron en el territorio americano, antes de la llegada de los europeos. Estos, en cabeza de españoles (el pueblo más confesional y con la historia más rezagada de Europa occidental), incursionaron en muy buena parte del territorio e impusieron durante trecientos años de coloniaje, y a “sangre y fuego” esa cosmovisión, esa cultura. Aquellas élites que luego hicieron la “independencia”, quedaron encargadas del proyecto blanqueador, homogenizante, civilizatorio y, sobre todo, excluyente, de extender esa cosmovisión por el resto del territorio al que no había podido penetrar el europeo.

Liévano Aguirre (1996) habla de las enconadas luchas que protagonizaron los mismos españoles por apropiarse de las tierras de encomiendas, y por esclavizar a los nativos y ponerlos a trabajar y a tributar para ellos, haciendo caso omiso de las órdenes de la corona española y obedeciendo solo a sus ambiciones. Se trató de épocas violentas y muy sangrientas; el genocidio fue primero y a él siguió el renegar de la propia cultura (Paz, 1981)

Digámoslo de entrada: de violencias está imbuida la modernidad; de violencias están edificados el continente americano5 y el país: ha pasado de una violencia política a otras en las que los protagonistas han sido, ora los bandoleros –“Chispas”, “Sangrenegra”, “Desquite”, “Tirofijo”, “Zarpazo”, Efraín González y tantos otros, a la vez víctimas y victimarios, que azotaron distintas regiones del suelo colombiano y que fueron tema para la literatura, como en Cóndores no entierran todos los días (Álvarez Gardeazabal, 1985) o La mala hora (García Márquez, 1969) y en varios de los trabajos adelantados por estudiosos colombianos, como Lo sacro y lo violento: aspectos problemáticos del desarollo en Colombia (Fals Borda, 1985); la Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social (Guzmán et al., 1980), y Conflicto, paz e

5 Cómo pasar por alto la lectura de Pedro Páramo de Juan Rulfo, si lo que se pretende es conocer de qué está regado el suelo americano; quién mejor que este escritor para dar cuenta de procesos de exclusión en América.

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intervención internacional (Molano, 2000) – ora una violencia guerrillera, pasando por aquella en la que el factor “detonante” ha sido el narcotráfico, que estuvo asociada con el sicariato y que ha penetrado todos los intersticios de la vida nacional; sin descontar la que ha producido el mismo Estado (Terrorismo de Estado) aliado con USA, para combatir al “enemigo interno”, el paramilitarismo y más recientemente con bandas criminales y con disidencias de grupos armados con los que se han adelantado conversaciones y procesos para y por la paz. Ha sido tal el devenir del fenómeno, que pareciera se tornó “paisaje” en muchas regiones de Colombia, que se enclavó en las culturas de muchos pueblos y grupos étnicos: Departamentos del Cauca, Santander, Nariño, entre otros, en los cuales ya dejó de ser noticia, a fuer de estar reiterando en lo mismo. Es decir, una violencia multicolor y pluripinta.

Como conviene a un arqueólogo y a un etnógrafo, se procederá a ubicar inicialmente ese “territorio”, ese “campo” en el cual objetivamente reposa el material del cual el trabajo se ocupará. En este amplio y complejo campo (Guerra, 2010) se identificará ese material con el que trabaja el antropólogo. Ese se extraerá concretamente de la narrativa, pero ante todo es necesario “acordonar” el período y los acontecimientos que se dieron durante el mismo. En relación con el período hay que decir que se inició, como suele ocurrir, mucho tiempo atrás en la historia. El Período conocido por los historiógrafos como “Violencia política” se inició en los albores de la década del 30, exactamente con el ascenso al poder del partido Liberal y con la serie de reformas modernizantes, mismas que acentuaron diferencias políticas partidistas. Estas se ahondaron y se tornaron francamente antagónicas para el período 1948-1953, que es el que acá interesa, pero al que también algunos prelados, declarados enemigos de procesos de secularización, del socialismo y del Liberalismo, particularmente, el colombiano (Figueroa, 2016). Mucha de la narrativa colombiana toma estos acontecimientos del periodo referido, como material para sus relatos, aunque en muchos de los textos literarios no se especifique lo del período, que es lo que hace distinto al texto narrativo (ahistórico) del escrito o ensayo científico (por definición, delimitado históricamente).

Al respecto del período en mención, es necesario dejar de lado lo que pudiera parecer cierto escrúpulo “epistemológico” y proceder a separar lo presuntamente objetivo y científico de lo narrativo, el conocimiento “hard” del conocimiento “soft”; es necesario hallar una

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complementariedad al respecto. Lo que plantean investigadores sociales respecto a procesos que se han producido históricamente, que se siguen produciendo en relación con el asunto central de este trabajo, como es el de la “violencia” que se ha perpetrado a lo largo de la historia en el país, y que ha afectado, por vía de descomposición, estilos de vida en las comunidades rurales (Caballero, 1964; G. Gaitán, 1985; Gilhodés, 1985) que ha afectado sus formas de organización, de trabajo, de vínculos comunitarios, de prácticas ancestrales, de creencias, de costumbres, en fin, de las culturas con las cuales se han sostenido y que han sido los referentes identitarios de las mismas.

Con todo y lo que se ha sostenido hasta acá en relación con las modalidades de violencia que han transitado por el territorio colombiano, este trabajo solo se ocupará de la llamada Violencia política de mediados del siglo XX. Una violencia partidista en la que, algunos escritores han plasmado en algunas de sus obras literarias. De estas, se tratará de abstraer algunos de esos elementos y aspectos de los que suele ocuparse la Antropología, que esta disciplina ha definido como su “objeto” de interés para la investigación, para su estudio. Allí están, tanto en obras y escritos “serios” (productos de investigación), y allí en la narrativa literaria, se pueden identificar igualmente. Podríamos decir que idénticos elementos se encuentran en la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal, de Eduardo Caballero Calderón y en los trabajos de Germán Guzmán y de Orlando Fals Borda.

En este contexto histórico, el complejo de factores, de variables, es amplio, unos con mayor importancia que otros, unos más influyentes que otros, pero conjunto al fin complejo, en el que abstraer uno le restaría sentido al asunto en cuestión. De esos factores los hay económicos, también los hay políticos, sociales y culturales. Dentro de estos últimos, es de importancia significativa el factor religioso (Al que se designará, con Mircea Eliade (1981), como “lo sagrado”). Cómo no acudir a la estructura rural-urbana que existía para la época, en la que la mayoría de la sociedad colombiana estaba localizada en el agro, sobre la cual se habrían de producir reformas importantes adelantadas por políticas liberales (como las de Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos). Políticas que significaron reformas radicales en lo atinente a la tenencia de la tierra. Sin estas transformaciones sería ininteligible lo que los historiadores han llamado el “bandolerismo”. Las prácticas y rituales que ejercían estos grupos tales como:

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decapitar; practicar diversidad de amputaciones o cortes como el “corte de franela”; sembrar la tierra del enemigo con sal; colocar los genitales en la boca del occiso; colgar sacerdotes de los genitales, quemar las sotanas, arrastrarlos por el parque del pueblo, ultrajar aquello que la comunidad estima como sacro, ingresando a los espacios sagrados (templos) montados a caballo y que estos bebieran en la “pila” del agua bendita, y tantísimos otros actos “bárbaros” no podrían entenderse sin: 1. La “debilidad” cultural del campesinado colombiano, su ortodoxia religiosa, el fanatismo religioso, etc. 2. Los intereses de latifundistas, en alianza con políticos. 3. La Injerencia de potencias extranjeras y sus políticas para estos territorios. Acerca de esto, mírese el siguiente fragmento:

[…] Es el día 22 de octubre de 1949, fecha en la que León María Lozano se opuso con tres hombres armados con carabinas sin munición, un taco de dinamita que llevaba en la mano y una noción de poder que nunca más la volvió a perder, a que la turba incendiara el colegio de los salesianos e hiciera con los curas lo mismo que en las otras ciudades hicieron ese día: que los colgaran de sus partes nobles, les echaran candela a sus sotanas o les hicieran salir desnudos por las calles (Álvarez Gardeazabal, 1985, p. 13).

Este es un fragmento de una obra que los ortodoxos de la ciencia dirían de “baja estirpe” o soft, comparado con el discurso científico. Se trata de un testimonio, solo que bajo la especie de narrativa literaria. Que no podría comprenderse sin referencia a otro texto más antiguo, pero que dirían objetivo. Veamos lo que su autor dice respecto a la idea que desde el siglo XIX y durante buena parte del siglo XX se tenía acerca del concepto de liberalismo. Al respecto durante esa época se tenía el concepto y de los liberales una idea negativa, casi demoníaca, pues se sostenía que quienes lo practicaran no merecían ni iban al cielo:

Invocada por unos con orgullo y aborrecida por otros como padrón de ignominia; llevada y traída por los púlpitos, por los confesionarios, por las tribunas y por los periódicos, a merced de todas las ignorancias y de todas las pasiones; lugar común y vulgar indefectible de predicadores más fogosos que discretos, para despacharse a su gusto (…) han llegado a rodearla de tal confusión y a defenderla o rechazarla con tal encarnizamiento, que ya es difícil escuchar sobre ella la voz de la razón (Uribe Uribe, 1912, p. 6)

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Ahora, para sustentar lo planteado, véase un fragmento de una mirada relativamente reciente acerca de esas prácticas y rituales que se hacían durante la época en cuestión, es decir, durante aquella época que los historiadores han llamado época de la Violencia política. El lector podrá ver cómo la literatura, la narrativa que se escribe durante la época o a propósito de ella, no comporta el naturalismo y morbosidad que expone un texto objetivo, ensayístico, de estirpe presuntamente científica:

El cuerpo del adversario era un objetivo privilegiado y el fin mismo de la lucha. Se cortaban los dedos y los pulgares, los miembros, los órganos genitales; se levantaba la piel para dejar morir las víctimas al sol; se hacían pequeños cortes superficiales para dejar sangrar las víctimas lentamente hasta el final. El número de orejas recogidas era la manera de contar el número de muertos y el medio para tener éxito en ser promovido en los escalones militares.6 La lengua debía ser cortada para impedir que las gentes siguieran gritando vivas a sus partidos. Los crímenes se prolongaban en el tiempo: eran cometidos lentamente para hacer sufrir la víctima, que debía ser consciente hasta el último momento de su propio despedazamiento y el de sus próximos.

Para impedir la reproducción de la "especie política" cuya extinción era el objetivo de la lucha, la mujer del partido opuesto era especialmente perseguida. Todo lo que fuera símbolo de su sexo o de su función en la maternidad era especialmente perseguido en la lucha: los senos, el vientre, los órganos genitales. Los niños eran partidos en pedazos frente a la madre. Muy a menudo los fetos eran arrancados a los vientres y substituidos por un gallo. Según rezaban las consignas de la lucha se trataba de "no dejar ni la semilla", es decir, matar a los niños. Las mujeres eran violadas por las tropas, y después amarradas a los árboles y quemadas frente a sus maridos a los que se les había cortado previamente los órganos genitales. Todo ello bajo la idea de hacer homogéneo políticamente el país (Valencia, 2001, p. 2).

6 El mismo “desastre” con caras y protagonistas distintos. Hoy se los viste con uniformes militares para que pasen por guerrillas o terroristas.

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Mírese cómo abunda, cómo está pletórico este texto de rituales simbólicos, y cómo en plena época presuntamente moderna, y precisamente a raíz de procesos de modernización, se dan en Colombia prácticas que podrían muy bien atribuirse a pueblos o sociedades primitivas, a estadios bárbaros de desarrollo de un pueblo. No habría que acudir a comunidades primitivas indígenas para observar lo que se daba en este país durante esa época: cualquier observador desprevenido, extraño a esta nacionalidad y a este ethos nacional durante esa época, muy seguramente, se llevaría impresiones como la de que la cultura es apenas un leve barniz, una muy delgada capa detrás de la que se ocultan realidades inverosímiles, conductas aberrantes, psicóticas7.

Sembrar la tierra de sal para que en ella no pelechara ningún fruto, se extiende a la mujer, porque se la reconoce inicialmente como símbolo de fertilidad, de reproductividad; su vientre se identifica con la tierra8, y para conjurar el riesgo de que otros “frutos” indeseados crezcan allí, se procede a extirparlos, eliminando las “semillas”.

Acerca de ese contexto histórico mucho habría que decir y en torno al fenómeno en cuestión. Cualquier atisbo al mismo siempre se quedará corto. No obstante, se destacan en ese amplio y complejo escenario nacional de la época, algunos aspectos que no se pueden soslayar:

1. Muy especialmente se ve afectado el sector rural, como quiera que para esa época aún

la mayoría de la población, 60% o más, habitaba en el campo, dedicados a actividades agrarias. Muy especialmente en lo que atañe a la región andina (Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, norte del Tolima y norte del Valle –epicentros de las más crudas

7 De la complejidad del asunto, de sus múltiples aristas no puede la Antropología dar cuenta por sí sola. Aquí se precisa el concurso de la multidisciplinatiedad. Lacan ha estudiado el fenómeno de los militares que violan a las mujeres delante a sus mayores, esposos o progenitores. Como puede apreciarse la semiótica y el psicoanálisis acuden en apoyo a la comprensión de estas prácticas rituales.

8 Pedro Páramo, la obra del mexicano Juan Rulfo. Obra que no solo hace referencia a México, sino que trasciende ese país, alude a esa misma angustia que vive la gente del campo en Colombia, que vive ‘Siervo’ en la obra de Caballero Calderón. La de Rulfo sí que es pletórica de símbolos, como aquel de la “tierrita” de la que suele apropiarse a aprovecharse el patrón.

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manifestaciones de la violencia política) y Santander, dedicados al cultivo y beneficio del café.

2. El campesinado constituido por personas sencillas, humildes y trabajadoras; en un

estadio de desarrollo que A. Comte y otros pensadores sociales dirían primitivo, teológico, estadio “infantil” de desarrollo, poco críticos y muy “creyentes” (Piadosos rayando en el fanatismo). Esta circunstancia los hace altamente propensos y vulnerables a los discursos de curas y políticos. Discursos que hacen que los hombres se odien a muerte, que no se puedan ver, que los de un lugar, de un pueblo, no puedan pasar a otro pueblo, porque se vuelven “objetivos” de la intolerancia, como ocurría en la época con los habitantes de La Celia y Balboa, por diferencias que ni ellos mismos entendían (Castro Caycedo, 2016)

3. El ascendiente religioso que sobre esa población campesina tenía el clero. Muchos de

estos sacerdotes católicos hicieron de sus púlpitos tribunas políticas, casi que aleccionando al pueblo a defender las instituciones religiosas y en ellas los símbolos cristianos, casi que, dándole el espaldarazo a las huestes de un partido, haciendo de ellos verdaderos cruzados y defensores de las instituciones como la familia y la iglesia contra aquellos a quienes hacían ver como enemigos de la Fe, como las huestes de Satanás.

4. El despojo de tierras y los procesos de descomposición de la cultura campesina

introducidos por normativas reformistas como la Ley 200 de 1936, y otras, que logran que se desplace población agraria, que nazcan grupos M.L, aleccionados por ideólogos socialistas y comunistas, y se inicie la persecución de unos de un partido político hacia otros del partido rival.

5. Las enconadas rivalidades políticas de los líderes políticos, de un lado “J.E. Gaitán,

para algunos como su propia hija de inclinación socialista, para otros solo un líder populista, quien con sus arengas y peroratas en la plaza pública enardecía las pasiones

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de ese pueblo en estado de “inmadurez política” (G. Gaitán, 1985),9 por otro lado los partidos tradicionales, liberal y conservador, que a la sazón mantenían el poder, a los que peyorativamente se refería J.E. Gaitán con el apelativo de “oligarquías”.

Es, grosso modo, un contexto complejo, pero sin el cual sería complicado –por no decir imposible – la comprensión del fenómeno; sin este contexto, el sentido de estos hechos, se escamotearía. Sin ese contexto, los excesos de esa violencia, justificados o legitimados para muchos de sus protagonistas, no se entenderían.

9 Se trata de Gloria Gaitán, hija del asesinado caudillo.

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4 Basamentos teóricos y conceptuales

La Antropología es una disciplina que permite adaptar conocimientos en el marco de las Ciencias Sociales y que constituye el eje principal de este escrito. En este sentido se la considera una disciplina que aporta herramientas conceptuales, metodologías básicas para la explicacióncomprensión crítica del contexto socio-histórico, cultural y político en el que se desarrolla este trabajo; además, con una perspectiva más amplia, el escrito está pensado para despertar el interés, que pueda generar la lectura en todo el ámbito general de la población.

Con respecto a la tesis que abarca el texto, este se ha apoyado en bibliografía que generalmente orienta a los lectores a comprender el asunto, desde el contexto social. De tal manera, desde la introducción, pasando por los temas sobre la desigualdad, el poder y la cultura, los prejuicios y el género, el texto expone una “mirada” de la Antropología, con una especificidad, cual es la de la violencia en la narrativa colombiana. En ese orden de ideas, y habida cuenta que se busca la comprensión del devenir del fenómeno de la violencia en Colombia, se recurrirá, dentro de la bibliografía mencionada, a escritos de estudiosos e investigadores de ciencias sociales afines, como la Sociología y, eventualmente a la literatura que al respecto es abundante en el país. De esta última, con todo y que el discurso cientificista la considera de menor “estirpe”, la Antropología no puede desentenderse, dado que es una “Cantera” de información, de percepciones, de “miradas”, en fin, de un cuantioso y muy valioso depósito (pocas veces explorado) de material para la ciencia

En relación con el concepto mencionado, y que constituye el núcleo temático de este escrito - la Violencia-, ya se ha mencionado su pluridimensionalidad; se ha dicho que se trata de un concepto que, como todo concepto, es complejo, rico en significados, tiene carácter social e histórico, lo que quiere decir que responde a múltiples determinaciones, y que, en modo alguno, se agota en la voz o término mismo. A esto, sin duda, obedece la impresión que alguna investigadora colombiana tiene al respecto, cuando afirma que: “ […] a la violencia como “mito” del origen10, trabajada por antropólogos en las fuentes de la antropología política […]” (Blair,

10 Cursivas de la autora

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2009, p. 12), los autores no llegaban a dar una definición precisa o a ponerse de acuerdo sobre el concepto. Y agrega que con él se nombran fenómenos muy diferentes -lo cual dice más acerca de- la dificultad de su conceptualización. (Blair, 2009)

La investigadora ante la deficiencia de conceptualización en Colombia –con alguna que otra muy contada excepción- acude a definiciones que pensadores franceses han producido acerca del concepto. Por ejemplo, cita a Jean Claude Chesnais, quien afirma al respecto que “…con frecuencia, la violencia haya llegado a designar todo choque, toda tensión, toda relación de fuerza, toda desigualdad, toda jerarquía, es decir, un poco cualquier cosa” (Chesnais, citado en Blair, 2009, p. 12). El mismo autor citado por la investigadora, sostiene que:

…la única violencia medible e incontestable es la violencia física. Es el ataque directo, corporal contra las personas. Ella reviste un triple carácter: brutal, exterior y doloroso. Lo que la define es el uso material de la fuerza, la rudeza voluntariamente cometida en detrimento de alguien (Chesnais, citado en Blair, 2009, p. 13)

No obstante, la violencia que durante la época de vivió en Colombia, si bien reviste todos los anteriores rasgos, también estuvo aunada a la violencia psicológica por los efectos que dejaba en las personas que directa o indirectamente la padecían; esa violencia estuvo aunada a prácticas como el boleteo11 que terminaba por socavar el psiquismo colectivo, desplazar la población, descomponer los referentes identitarios (la cultura) y terminaba por minar la autoestima de los individuos y de las comunidades. De modo que, aunque tal definición se ajusta a la violencia que se vivió en Colombia durante la época, también puede decirse que ella no agota el fenómeno que el país padeció durante esa época.

Refiriéndose al fenómeno en Colombia, la autora parece ser de la idea que aquí se parte de un a-priori conceptual de aquel fenómeno, al que todos pareciera que conocen, que dan por conocido, y que por ello no se ocupan de definirla, sino de describirla como tal, como fenómeno o acontecimiento histórico sin más. Así, afirma que:

11 Práctica mencionada reiteradamente por el padre Germán Guzmán y otros en La Violencia en Colombia

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[…] lo que hemos hecho en Colombia, más que definirla, es describir su presencia como fenómeno. La mayoría de trabajos sobre el tema en el país no dicen qué es la violencia, sino cómo se manifiesta y, sobre todo, qué podría explicarla (Blair, 2009, p. 13) Y en este sentido, la expresión narrativa de ella tiene en común con el trabajo de violentólogos, esa presunción o, si se quiere, esa omisión de la definición del hecho.

A esta altura de la reflexión, sería pertinente tratar de mirar una de las posibles “bondades” de esa carencia de definición, constatación que conviene a lo que se está trabajando. La misma investigadora se apoya en el antropólogo Santiago Villaveces, quien en una perspectiva mucho más atrevida cuestiona el lenguaje utilizado en el análisis del caso colombiano y dice que la conceptualización de la violencia, borra en sí misma el hecho violento (ya que) en las conceptualizaciones de la violencia no existe la cara humana, no se presenta el sufrimiento real; por eso se generan discursos que tratan de envolver el hecho violento que, en sí mismo, se les escapa (Villaveces, citado en Blair, 2009)

Para apuntalar mejor este “atrevimiento” del antropólogo referido, acude la investigadora a un pensamiento de Octavio Paz para quien:

Estos discursos terminan configurando aparatos que difieren y disocian el hecho de su explicación, hasta el punto de que termina primando la explicación sobre el hecho para concluir que lo que está por debajo de la imposibilidad de los discursos de reflejar el sufrimiento real es que hay fenómenos y realidades sociales y culturales que tienen tanto exceso de significado que no se pueden aprehender por un discurso (Blair, 2009, p. 24)

Y entonces es a esta altura cuando conviene invitar a Martin Heidegger para que nos diga la plenitud del fenómeno la tiene el artista, que solo a él le es dada la perspectiva holística, plena, completa, del fenómeno, en tanto acontecimiento experiencial, en tanto fenómeno vital. Es donde la verdad de la ciencia o del conocimiento por vía discursiva cede a la intuición, donde la verdad cede ante el desvelamiento (alétheia) (Molina, 2010); la verdad, entonces, acerca del fenómeno complejo, vital, experiencial sobre la violencia no es enunciativa, no depende de definiciones

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conceptuales, sino que es más un asunto de desvelamiento, de hacerse patente a aquel que, como el escritor, o el pintor, han logrado vivenciarla.

Lo anterior coloca el asunto en otra visión o perspectiva de la ciencia, precisamente aquella que, en su más amplio significado, alude al saber, al conocimiento. Como se ha expresado antes, una visión poco convencional u ortodoxa del concepto de ciencia. No de aquella que se dice “universal” y “objetiva”, sino de aquella más próxima al psiquismo colectivo, de aquella más cercana al modo de ser, pensar y sentir de los hombres en contexto o circunstancias históricas concretas, más próxima a la experiencia vital, en fin, de los hombres y sus “mundos de la vida” (Lebenswelt) como diría E. Husserl (Herrera, 2010), filósofo en quien se diluye esa línea que demarca la ciencia de la vida.

La Antropología es una ciencia Social que se entiende –y que no puede desentenderse decon ese “mundo de la vida” de los hombres de carne y hueso, de los hombres en su realidad más vital y experiencial; una ciencia que se ocupa de la conducta y de la vida12 de las comunidades, del ethos de los pueblos, de sus costumbres, de sus hábitos, ceremonias, rituales y mitos; de sus prácticas cotidianas, en fin, de todo aquello que se designa como cultura. La Antropología es pues, ciencia de la cultura. En este sentido es conocimiento de cuanto hace el hombre y que, al tiempo, hace al hombre 13 La Antropología es disciplina social que tiene estrechos vínculos con otras del “campo”, tales como la Etnografía, la Etnología, la Lingüística, la Historia, la Política, la Sociología, pero también con la Biología. En ese campo hay un tópico, un “lugar común” que algunas de estas se dedican a estudiar. Ese es el de la Cultura, “lugar común” del que pueden hallarse bastantes definiciones. Hay de estas muchas que son descriptivas y otras más comprensivas. Uno de los iniciadores o pioneros de esta disciplina, Malinowski (1976), define así la cultura “[…] el conjunto integral constituido por los utensilios y bienes de los consumidores, por el cuerpo de normas que rige los diversos grupos sociales, por las ideas y artesanías, creencias y costumbres” (p. 49). Franz Boas (1964), otro antropólogo, la conceptúa diciendo que es:

12 De esa cotidianidad en la que actúan los hombres, en la que se despliega su existencia.

13 Es la idea de Fabio Calle C., quien estuvo asesorándome en este trabajo

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[…] la totalidad de las reacciones y actividades mentales y físicas que caracterizan la conducta de los individuos componentes de un grupo social, colectiva e individualmente, en relación a su ambiente natural, a otros grupos, a miembros del mismo grupo y de cada individuo hacia sí mismo. También incluye los productos de estas actividades y su función en la vida de los grupos. La simple enumeración de estos varios aspectos de la vida no constituye, la cultura. Es más que todo esto, pues sus elementos no son independientes, poseen una estructura" configurada en forma de sistema (p. 164).

Por otro lado, con Edward Burnett Tylor (1993) considera respecto a la cultura, que:

La Cultura o Civilización, tomada en un amplio sentido etnográfico, es ese complejo conjunto que incluye el conocimiento, las creencias, las artes, la moral, las leyes, las costumbres y cualesquiera otras aptitudes y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad. La situación de la cultura entre las diversas sociedades de la humanidad, en la medida en que es susceptible de ser investigada según unos principios generales, es una materia adecuada para el estudio de las leyes del pensamiento y de la condición humana. Por una parte, la uniformidad que tan ampliamente caracteriza la civilización puede atribuirse, en gran medida, a la uniforme acción de causas uniformes: mientras por otra parte, sus diversos grados pueden considerarse como fases del desarrollo o evolución, cada uno de ellos como resultado de una historia anterior, y dispuesto a desempeñar su propio papel en la configuración de la historia (p. 61).

La cantidad de definiciones que se han dado acerca del concepto de cultura es abundante, y no solo desde la Antropología, sino también desde otras disciplinas sociales como la Sociología, la Etnología, etc. Para no sobresaturar el texto con definiciones de este importante concepto, sumemos una más para proceder luego a abstraer aquellos aspectos o elementos constitutivos del mismo. Es decir, para proceder a una definición extensiva. Marvin Harris (1999) opina que una cultura es el modo socialmente aprendido de vida que se encuentra en las sociedades humanas y que abarca todos los aspectos de la vida social, incluidos el pensamiento y el comportamiento de estas personas.

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Ahora, de cuantas definiciones se han dado, pueden destacarse algunos aspectos que, luego, se irán relacionando con el asunto que acá se trabaja, la violencia política en Colombia vista desde una de esas expresiones de la Cultura, cual es la literatura, en tanto forma de comunicación de la historia y de la vida de comunidades, en tanto forma históricamente determinada de narrar acontecimientos que se vivieron en una época y en un territorio, y solo en ellos. De cuantas defunciones se expusieron puede decirse que la cultura hace parte de la vida, de cuanto un pueblo entiende por ella, pero también de la muerte; que se trata de prácticas, de costumbres, de comportamientos, de conductas que caracterizan a ese pueblo o comunidad, y que afectan intersubjetivamente a todos ellos; que esa cultura está integrada por aspectos materiales, como los objetos y artefactos, los cuales no se agotan en su simple materialidad, pues también significan, es decir, se trata de objetos y artefactos que significan, que son símbolos, que los miembros del grupo cargan semánticamente, que cargan de afectividad, de emociones, de pasiones. Son, en fin, hechuras humanas en un amplio sentido de la palabra. Por ejemplo, los colores azul y rojo, durante la época en cuestión se constituyeron en símbolos de afectos para unos, pero también de odios para otros; se constituyeron en símbolos afines a creencias religiosas inclusive, ya que lo azul se asociaba con el catolicismo y con quienes lo profesaban. Pero la cultura también tiene un aspecto no material, es la cultura inmaterial, aquella que se expresa a través de costumbres, de imágenes que se tienen acerca del otro, las ideas, las creencias, los prejuicios, de ritos y de mitos, en fin, de cuanto sirve de soporte a la vida de un pueblo, pero también de cuanto fundamenta la cultura material. Así entonces, se llega a la idea de que la cultura es un todo sistémico, una totalidad dinámica y que se transmite o comunica entre los miembros del colectivo social, totalidad sobre la que se suspende la vida de esa comunidad; es, en fin, esa cosmovisión (Weltanschauung) desde la cual puede interpretarse y comprenderse la conducta del grupo.

Una Antropología que elija como su objeto de estudio la violencia que se produjo en Colombia durante el período de 1948-1953 (Período que se inició mucho antes y que se prolonga a la actualidad), tiene indefetiblemnte que coceptuar la Violencia, ha de establecer primero qué se entiende por este concepto, y todavía ir más allá: Violencias, en lugar de La Violencia colombiana duranre la mitad del siglo XX se han dado en todo el planeta, durante todas las

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épocas. En la antiguedad existieron en los imperios; los procesos de conquista de unos pueblos a otros; al interior de los pueblo ha habido guerras cruentas y sangrientas; en los pueblos precolombinos de mesoamérica las hubo y en ellos estaban investidas con rasgos religiosos y de rituales; violencia bajo todas sus especies o modalidades trajeron los pueblos europeos en los albores de aquella época que los historiadores han llamado modernidad; violencia ejercieron los ingleses contra los pueblos aborígenes de norteamérica, y también la ejercieron los españoles en América. Sistemáticamente se ejerció en América y se ejerció a nombre de la civilización, a nombre de credos religiosos; adelante iban los arcabuces y las espadas, y atrás venían los crucifijos legitimando el genocidio. Violencias de todos los géneros, de todas la especies; violencias por y para una amplia gama de motivos, lo cierto es que acompaña el paso y la permanencia del hombre por la tierra. Cultura que no se diga nutrida por violencias, por sacrificios a los dioses para ganar sus favores, para aplacar sus iras; violencias ceremoniales en las que las ofrendas humanas de doncellas, de niños para mantener vínculos con las fuerzas superiores; por mitos, a modo de rituales y ceremonias, no es posible hallar en ningún pueblo primitivo ni moderno; violencias a nombre de la libertad y de la paz, pero por apropiarse de los “graneros” del pueblo contrario, para ejercer la soberanía de unos estados sobre otros, En fin, violencia es la historia humana. Pero, en Colombia durante la mitad del siglo XX se produjo una violencia sui generis, es decir que siendo o comportando rasgos de todas las violencias, exhibió, no obstante, rasgos que le confieren ese carácter sui generis. Los historiadores la designan como La Violencia, pero con este término es más lo que se oculta que lo que se dice, es más lo que permanece oculto y opaco que lo que se aclara. Una de las cosas que se oculta es que no puede decirse en propiedad política ni partidista, pues un color y una palabra (liberal o conservador) bastaron para alentar pasiones, para enardecer sensibilidades, para aleccionar turbas, que no partidos políticos. Motivaciones como la que hace aquel bandido de Bogotá, apodado El Chueco:

[...] Pero hoy viernes 9 de abril, el día más funesto de lo que va corrido del siglo, se trata de otra cosa. Si Dios no existe todo está permitido, dijo el ruso. Y yo digo: si mataron a Gaitán todo está permitido. El charco de sangre se va a agrandar porque hay que derramar mucha sangre en las calles. Lo hemos decidido por consenso. Los once hemos decidido

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salir a la calle a matar o a que nos maten, sin lástimas ni consideraciones con nadie ni con nosotros mismos (Torres, 2012, p. 122)14.

Ese, y los días y años que siguieron fue la hecatombe, el caos, las persecuciones, el “baño de sangre”, el sacrificio que, a nombre de un caudillo asesinado, se hizo en Colombia. Aunque como se ha dicho, el asunto inició mucho tiempo atrás, este día se considera que dio comienzo a una “Cultura” del exterminio, a una cultura15 de la muerte y del crimen, una cultura de actos, conductas y prácticas salvajes que pareciera solo buscan extirpar una “mala hierba” del suelo patrio, y todo ello aleccionado por las palabras que desde las tribunas políticas o desde los púlpitos decían políticos y curas, y que iban a pelechar en el suelo propicio de la ignorancia y de las pasiones de un pueblo que solo sabía de las faenas del campo (Corcuera, 2007).

El asesinato de un caudillo hace que en su nombre, y como si se tratara de una vendetta propia de otras culturas, aquí en Colombia, y especialmente en la capital, las turbas armadas, deciden (Es solo una manera de expresarlo, pues lo que aquí está escamoteado es la libertad, la potestad de decidir) hacer piras de los edificios del gobierno, de los templos y, en general, de cuanto se asocie con lo sacro, con las sotanas16. Pero también es el momento del saqueo y del crimen. Una escena del momento y que se va a reeditar durante las décadas siguientes es esta, solo que con distintos personajes y en otros escenarios y altares17 es esta:

Han incendiado el Instituto de La Salle (…) hombres y mujeres rompen puertas y ventanas, saquean y destruyen joyerías, estancos, cigarrerías, almacenes, forman corrillos en las aceras y beben, mientras se oyen silbar las balas, algunos caen heridos o muertos (…) unos y otros son sombras que se mueven o se desvanecen entre el humo y la lluvia, como fantasmas (Torres, 2012, p. 201).

14 El autor, Miguel Torres, presenta, entre muchos otros, el testimonio de Mauricio Umaña Arciniegas, apodado el Chueco, un “intelectual” cabecilla de una banda de delincuentes. La “motivación” de esta modalidad de violencia que se dio el 9 de abril fue el asesinato del líder Gaitán. No obstante, la banda no requería esa motivación porque estaban dedicados al crimen organizado.

15 Soy de la idea que la cultura tiene relación más con la vida, su enaltecimiento, su dignificación, su culto. Incluso ceremonias a los muertos o a la muerte, los mexicanos las celebran con dulce y fiesta.

16 Como símbolo de lo clerical

17 Con lo cual se quiere hacer alusión al sacrificio, al lugar donde se hace una ofrenda

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Estas son solo algunos cuadros de las violencias que se juntaron en la que se ha dado en llamar la Violencia partidista en Colombia. Pero, a todas estas es necesario hablar de la violencia como categoría o concepto, asunto que aún no se ha definido. Se trata de conductas que implican interacciones o relaciones intersubjetivas en las que se le provoca un daño físico, psíquico o moral a otro u otros.

Si esta es una forma particular de interacción entre grupos y personas en entornos específicos, determinada por una intención de herir al otro, es posible que dicha interacción esté relacionada con ciertos elementos de índole cultural y la organización social de una sociedad. (Jimeno, 1998, citada en Vera, 2015)

Pero hay un fenómeno cultural, una práctica cultural, un complejo de acontecimientos que involucran creencias, imágenes del otro, una práctica o complejo de acciones que, en toda sociedad, en todo pueblo o comunidad se han dado y que afecta lo humano. Ese fenómeno, indudablemente cultural, es el de la violencia. De aquella que se ha vivido en Colombia durante un período determinado, que sin ser la única, ha incidido fuertemente en la historia del país.

El concepto de Violencia en Colombia, también designado como La Violencia o como período de la violencia política o partidista, constituye una generalización un tanto abusiva, dado que esconde una amplia gama de acontecimientos violentos de distinta clase, dado que es un concepto genérico para aludir a hechos diversos que se produjeron en algunas regiones de Colombia, más no en todas; dado que se trató de fenómenos dispersos que revistieron características muy diversas en distintas regiones y más que todo entre campesinos. Uno de ellos al que se suele designar como la Violencia Política de mediados del siglo XX, que también opaca cosas, pues lo han hecho ver como el enfrentamiento de facciones o turbas liberales y conservadoras. Ello, no evidencia lo que ha habido detrás como ha sido el proceso de expulsión, de saqueo, de expropiación y desplazamiento que desde antes de 1948 de venía produciendo en Colombia. Eso ayer, y hoy continúa bajo modalidades distintas.

El proceso de desplazamiento ha ido de la mano con el despojo de bienes. Ha escalado paralelamente con la concentración de la propiedad de la tierra, pues en Colombia se desplaza para expropiar: se calcula que se han usurpado millones de hectáreas que estaban en manos de los

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campesinos. El desplazamiento forzado está de hecho “abriendo estas regiones de enormes riquezas naturales” a la expansión de la economía moderna: a la agroindustria de palma africana, chontaduro, caña, entre otros. Margarita Serje brinda otra perspectiva en este sentido:

El desarrollo del ecoturismo es particularmente diciente. Estas regiones selváticas comienzan a ser conocidas por los colombianos urbanos gracias al auge de programas de pesca deportiva, de canopy y rafting en los ríos de la selva, excursiones de aventura y alojamiento en hoteles exóticos, la gran mayoría de las veces “protegidos” por ejércitos privados y grupos paramilitares. (Serje, 2006, p. 24)

Ahora, dado que anteriormente, la disciplina antropológica se había encargado de hacer investigaciones acerca de las comunidades y pueblos considerados como primitivos. El afán de los antropólogos era dedicar sus esfuerzos a indagar por los orígenes del hombre y de sus instituciones, vistas como hechuras humanas. En tal sentido, esta disciplina social en su proceso de formación como ciencia, ha experimentado un cambio en el cual se ha reinventado y resignificado en su aprendizaje, tanto teórico como práctico, y que permite aplicarlo a estudios sobre el cambio cultural, al igual que sobre aquellos factores, fenómenos o acontecimientos que han incidido en esos cambios.18 Como resultado se encuentra un nuevo discurso desde el cual se desarrolla el escrito. Así, los acontecimientos que ocupan este trabajo han producido en Colombia unas profundas transformaciones de tal magnitud que el Estado se vio obligado a contratar los servicios de una misión francesa (Misión Lebret) para que analizara los efectos sociales de esos acontecimientos, al tiempo que hiciera propuestas para mitigarlos. Entre esos cambios generados por la “violencia”, se cuenta el éxodo masivo hacia las ciudades, lo que re direcciona el enfoque de la disciplina. Este cambio, es preciso entenderlo así, no es un simple cambio locativo, un acontecimiento de simple movilidad espacial, sino que con mucho trasciende eso: se trata de un cambio de mentalidad, un cambio que exige o demanda energía psíquica que permita el proceso de adaptación a las ciudades (Movilidad psíquica), un cambio de cultura, de formas de actuar, de pensar, de sentir, pletórico de formas o expresiones de violencia. Y también ha estado ampliamente narrado, ampliamente interpretado desde las narrativas, como la de Fernando Soto

18 Una película de “cartelera” que muestra el impacto que un envase de Coca-Cola lanzado desde una aeronave produce en la cultura de una comunidad nómada del desierto, se llama “Los dioses deben estar locos”

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Aparicio, La rebelión de las ratas, novela que bien leída narra los procesos de descomposición de la cultura campesina, de la ruptura de los vínculos familiares, de la explotación del campesinado.

No obstante, desde la óptica de Zygmunt Bauman (2005) estos son acontecimientos que imbrican en la cultura de la modernidad que produce por cantidades “residuos” humanos, población superflua, al tiempo que vacía territorios; una fuerza descomunal e irresistible que lleva a la posmodernidad: una dicotomía a la que subyace la lógica inclusión-exclusión, y que se ha manifestado social y culturalmente en integrados o marginados, civilizados y “salvajes”, entre “blanqueados” y “arrochelados de todos los colores…”que viven sin dios y sin ley” (González, 2009, p. 72) que ha dividido los pueblos en guetos voluntarios y en los guetos involuntarios19. Todo esto induce una cultura llamada "posmoderna", para extraer de ellos los desafíos más apremiantes que el contexto sociocultural de nuestro tiempo plantea a la sociedad actual. De modo que:

[…] En Colombia la propiedad vive hoy conflictos idénticos a los que caracterizaban las tropelías de los conquistadores del siglo XVI. Millones de pequeños propietarios han vuelto a ser despojados a finales del siglo XX y a comienzos del XXI, como lo habían sido las poblaciones de pequeños propietarios campesinos en la violencia de los años cincuenta…expulsados para siempre de sus tierras (Ospina, 2013, p. 13).

Marx, designaría este proceso como Acumulación Originaria de Capital, y que no es otra cosa que un origen que se repite, que se reitera necesariamente en el marco de la sociedad moderna y capitalista: el divorcio o la separación violenta del productor directo, del campesino, respecto de sus condiciones de subsistencia, al tiempo que se genera (se da origen) el trabajador moderno, urbano, industrial, el “trabajador desnudo” (Marx, 2011, p. 90). Ese origen, esa Acumulación primitiva de capital, típica de la modernidad capitalista puede ser identificada, visibilizada en muy buena parte de la obra narrativa colombiana de la época de la violencia.

19 Concepto de Bauman en su obra Tiempos Líquidos

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Sucede pues, que, en la modernidad, la violencia se manifiesta en la obligatoriedad de adaptación al sistema impuesto, desde las leyes federales del Estado de Nueva York, por ejemplo, hasta las de las castas de la India, pasando por el proyecto homogeneizador y civilizatorio de las élites centrales de Colombia. Aquí es interesante el concepto de Microfísica del Poder de Michel Foucault, que hace referencia a la disciplina a través de la cual el poder anula las voluntades y conciencias individuales, disolviendo las individuales en una masa sencilla de manejar con un reducido repertorio de órdenes aceptadas por todo el mundo (Foucault, 1979)

De este modo, en la posmodernidad se utiliza el poder para reprimir aquellos seres humanos que han llegado tarde al banquete de los recursos o sobre aquellos otros que vienen a abrirlo para repartir entre sus hermanos los manjares de una despensa cuya llave sólo tienen unos pocos20. No se comparte la idea de que el hombre puede ser violento por naturaleza, ni que sea bueno o pacífico, y que sea la sociedad la que lo corrompe, sino algo intermedio, que llama paz neutra. Sabemos que el ser humano tiene unas necesidades humanas básicas a nivel biológico, psicológico, social y cultural que son universales y que tiene que satisfacer todos los días. Por ello, la Antropología es ante todo un análisis crítico de los etnocentrismos culturales y locales o, dicho de otro modo, que su principal objetivo, su foco, es la tensión entre sentido y libertad (sentido social y libertad individual), tensión de la que proceden todos los modelos de organización social.

La compilación o “recorrido” teórico y conceptual que se presenta en este documento tiene como objetivo general reconocer los aportes de la Antropología a la comprensión de la que se ha denominado la Violencia partidista en Colombia, identificando para el efecto percepciones que se tienen acerca de esta disciplina, tanto a nivel nacional como supranacional.

Para el desarrollo de este escrito se ha realizado una compilación teórica e histórica del conflicto armado que se ha vivido en Colombia. Uno de esos textos pioneros al respecto es el del sacerdote Germán Guzmán, La violencia en Colombia (Mismo que se escribió a instancias de Orlando Fals Borda, Diego Umaña y Camilo Torres Restrepo fundadores de la facultad de

20 Al respecto vale la pena leer en Bauman la idea que Roosevelt tenía acerca la necesidad histórica que los hombres blancos civilizados de origen europeo tenían respecto de los indígenas que habitaban el territorio de Estados Unidos.

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Sociología de la Universidad Nacional), en el que se exponen prácticas, rituales, símbolos, costumbres relacionadas con procesos de violencia política en el país durante mediados del siglo XX, que les confieren a estos un carácter bastante sui géneris (Véase al respecto, el llamado “corte de franela”) y que define y reproduce una cultura de la violencia a partir de él; habría que decir también, que se pretende elaborar un marco teórico, con el fin de generar nuevas luces desde la Antropología, teniendo en cuenta lo social y comunitario, que integre hechos reales y objetivos, como hechos construidos a partir de la interacción con las personas del entorno social.

No obstante, y para que no se distorsione el concepto, es necesario aclarar que al hablar de la violencia en Colombia: 1. No se trata de un concepto uniforme o unívoco; 2. Por ello no es posible uniformar u homogenizar el concepto, porque es plurívoco y pluripinto en el país, aunque sea posible hallar denominadores comunes, por ejemplo entre las que se practican entre wayuu en la Guajira (Guerra, 2002) entre familias y por asuntos de honor, y aquellas que se vivieron al sur del Tolima durante la llamada violencia política y, en fin, las que se vivieron durante las épocas de las bonanzas marimbera y coquera, sin descontar aquellas que se han producido en los contextos de los barrios populares, las que perpetran las barras de equipos de fútbol, e incluso aquellas que se practican en las prisiones colombianas y de las cuales Alfredo Molano (2004) llegó a hacer narraciones asombrosas. Cada una de esas violencias ameritaría estudios e investigaciones profundas, cada cual con métodos y combinaciones de métodos que demandarían ingenio y creatividad. Una pequeña panorámica acerca de lo que se está diciendo es esto que a continuación me permito transcribir:

Aunque en la vida cotidiana, en las representaciones y percepciones de la ciudad, esta situación se denomina simplemente violencia, es en realidad el resultado de una suma y superposición de varias violencias, desde las agenciadas por actores del conflicto armado (guerrillas, paramilitares, sectores de la fuerza pública), por actores del crimen organizado (narcotraficantes, bandas, combos) hasta la violencia común, intrafamiliar, callejera y vecinal (Centro Nacional de Memoria histórica [CNMH] et al., 2017, p. 112).

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Al respecto de este concepto, y sin perder la mira de que no nos referiremos en este trabajo a esa amplia gama de violencias sino a aquella que se origina en la década de 194021 y que pareciera ser el origen del resto de ellas, puede decirse que el autor antes citado (Molano, 2000), y tantos otros hoy, han acudido a métodos etnográficos a efecto de re-construir esa memoria de los acontecimientos. Con estos métodos, triangulados con documentos fotográficos, con documentos epistolares, etc. Se han logrado significativos avances en el conocimiento de las diversas y muy complejas formas de violencia. Lo significativo es que la violencia mirada de más cerca, deviene en violencias.

En efecto, y de acuerdo con lo dicho, la cultura y el desarrollo que caracterizan la historia colombiana han sido marcadas o estigmatizadas por procesos de violencias, los cuales han sido artífices decisivos, tanto en la sociedad como en la organización y estructuración del Estado y de la sociedad, lo que ha permeado toda su población y contribuido a degradar, a deteriorar y agrietar su estabilidad, desarrollo y convivencia sociales, con gran impacto destructivo en casi todo el ámbito nacional, principalmente en los comunidades más vulnerables, que se han visto sometidas a un proceso permanente de estas violencias, desconociendo sus derechos fundamentales, en aras de una concentración ilegítima de poder por parte de múltiples actores como son los grupos armados: narcoterroristas, autodefensas, guerrilla, guerra sucia estatal y delincuencia común.

Ahora bien, el impacto que tiene y ha tenido la continua cultura de la violencia en Colombia ha provocado situaciones como: desarraigo social y diásporas forzadas: efectos de la violencia sobre los procesos de socialización o enculturación de comunidades, familias y personas individuales que se ven obligadas a abandonar sus entornos, prácticas culturales y recursos para la supervivencia, de igual modo se ven inmersos en nuevos estilos de vida, ocupando nuevos roles sociales y laborales que provocan indefensión aprendida, miedos a nuevos territorios sociales, adquisición de nuevas costumbres y responsabilidades (CNMH et al., 2017). Estos desarraigos, expulsiones y desplazamientos que datan de mucho tiempo atrás tienen hoy sus efectos a nivel citadino, lo que hace que la Antropología que quiera dedicarse a estudiar estos

21 Que también son muchas y variadas

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fenómenos, no le queda otra sino cambiar de norte y dedicarse a ver los efectos y los nexos que esa violencia de mediados del siglo XX tiene con las que se registran hoy en las grandes ciudades colombianas. Esto significa también que, mal que bien, conocidos esos “orígenes” (que sin duda tienen que ver en Colombia con procesos de tenencia de la tierra), le corresponde ahora desplazarse a las ciudades a mirar otras expresiones de esa cultura de la violencia, que ha encontrado en ellas (las ciudades) un suelo propicio para arraigar y pelechar (Villa et al., 2003)

La Antropología cuenta hoy pues, a la manera de la punta del iceberg, con una abundantísima cantidad de material, con los resultados de aquellos procesos forzados que han provocado una amplísima fractura en el tejido social; que han provocado una muy extendida descomposición cultural, y en relación con ello, sentimientos de desprotección, de auto marginación social, de rechazo, de estigma social, debilitamiento de las familias y comunidades sociales, desestructuración familiar como desaparición de familiares, procesos continuados de duelo y rupturas, todos ellos vinculados al desarrollo de dificultades en la socialización y en la forma de relacionarse con las personas (CNMH et al., 2017). De acuerdo con la construcción de identidad y pertenencia (Mercado, 2010) es el proceso a través del cual se hace una transición de lo vivido con una elaboración de imaginarios, maneras de relacionarse y valores que favorecen la pertenencia a lugares, espacios, personas, actividades, actos en la vida civil y modos de participación. De allí que, para desarrollar este tema, la investigadora Francy Parra (2015) en su tesis doctoral, hizo una reconstrucción del tejido social, a través del estar y la convivencia con diferentes grupos, como excombatientes reinsertados y no reinsertados, excombatientes que se encuentran en la cárcel, familias desplazadas por la violencia, además con víctimas del conflicto colombiano, refugiados en otros países.

Ahora que los conflictos entre seres humanos parecieran ser connaturales a ellos. No obstante, hay en la modernidad, múltiples factores desencadenantes, que van desde las mismas diferencias que existen entre ellos, como la edad, el género, la raza, las adscripciones o filiaciones políticas y religiosas, la nacionalidad, la relación con la riqueza, con los que Marx llamaba como medios de producción, y un sinfín de muchos otros factores. En la modernidad capitalista que hoy adquirió dimensiones globales, Marx hablaba del cercamiento, proceso concomitante con lo que él mismo llamaba Acumulación Primitiva de Capital, que no es otra cosa que un proceso de

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desarraigo, de expulsión sistemática, de descomposición de estilos de vida y de violencia contra el trabajador agrario y contra el artesanado, por tratarse de formas antieconómicas y anti técnicas de estar en la sociedad moderna. Como se aprecia, la modernidad y sus procesos modernizantes, implican violencia y conflictos de intereses. Por eso es necesario enmarcar el concepto, a modo de especie, dentro de otro más comprensivo que es el del conflicto. En el territorio nacional, y solo para hacer alusión a la historia llamada republicana, los procesos de violencia que se han vivido desde la época de la independencia hasta mediados del siglo XIX y podría decirse que también la casi totalidad del siglo XX, han sido protagonizados por los centralistas y federalistas, bolivarianos y santandereanos, comerciantes y artesanos, librecambistas y proteccionistas, liberales y conservadores. Se incluye la explicación del por qué se desarrolla este tema en el presente documento.

Finalmente, antes de iniciar con el concepto de Conflicto, necesario para la comprensión del asunto, es preciso aclarar que este escrito se compone de una compilación de materiales, tal como aquel que se refiere a procesos de restitución de tierras y que se puede hallar en Los Invisibles, cine documental de Médicos sin Fronteras, una producción de Javier Bardem, y la dirección de Mariano Barroso y otros. Mismo que ha de servir para conocer el resultado con el cual se conforman y mueven estos grupos y entender el porqué del proceder del grupo en general y de sus miembros. Por otra parte, está dedicado al análisis de la situación económica que ha vivido Colombia desde la época de la violencia teniendo en cuenta temas como el problema de la tierra con sus consecuentes cuestiones agrarias, la situación de la población desplazada por la violencia, el narcotráfico y su incidencia en los diferentes actores involucrados en el conflicto armado, la desigualdad y las clases sociales que es uno de los temas centrales que utilizan los grupos alzados en armas como motivación para su lucha. Además, da cuenta de la violencia en Colombia desde la perspectiva de género y la manera como se maneja este tema desde los diferentes ámbitos donde tiene cabida el conflicto armado, como por ejemplo al interior de los grupos armados, en los procesos de reinserción, en situaciones de desplazamiento y marginación social; realizado con base en un análisis documental. Todo esto con el propósito de crear un documento que recoja aspectos cruciales para la comprensión de la situación actual de los excombatientes y su proceder luego de haber pertenecido a un grupo insurgente, con las opciones de reinsertarse en la sociedad o reincorporarse de nuevo al grupo del cual provenía o a otro que le

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convenga y le convenza más. Al igual que la inserción social de la población que ha sido víctima del desplazamiento forzoso, con una serie de incertidumbres que los acechan día tras día, planteándose la manera de poder insertarse en la sociedad y de qué manera hacerlo. La cuestión es exponer lo que le hace falta a la antropología para contribuir a entender el conflicto en Colombia; percepciones que se tienen acerca de esta disciplina y, por otro lado, ¿cómo se perciben desde las posiciones y miradas del exterior?

De manera que, el conflicto no se ha de concebir en términos estrictamente políticos o bélicos. Es algo existencial que atañe a la vida humana de cada cual. Es algo que nos acompaña irremediablemente como seres humanos en nuestro devenir circunstancial.

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5 Teorías sobre el conflicto

Todo proceso cognitivo inicia por interrogantes, y aquí no se tendrá una excepción. Por eso, algunos de los que convienen para este, bien podrían ser ¿qué secuelas sociales y culturales produjo la mal llamada violencia política de mediados del siglo XX en Colombia? ¿Qué relación existe entre esa violencia y la amplia gama de las que hoy se registran en los más importantes centros urbanos del país? ¿Qué expresiones a nivel de la literatura y, en general, del arte tuvo y sigue teniendo ese acontecimiento-eje de la historia de Colombia? ¿Cómo ha sido percibido por los hombres de letras en Colombia? La Antropología tiene en toda expresión cultural una fuente de información valiosa, dado que el hombre vive su vida en y a través de sus expresiones, en y a través de formas o manifestaciones de ella. Es decir, la vida humana no puede dejar de expresarse, de contar su paso por esta tierra, lo hicieron los hombres que habitaban las cavernas y lo hacen quienes habitan en las grandes urbes.

Lo anterior porque la antropología es una ciencia social cuya curiosidad e interés por el ser humano es infinita, que abarca desde sus orígenes hasta la actualidad, y que se ocupa de indagar por todas las culturas en todos los tiempos y espacios, siendo la diversidad humana y sus expresiones, su objeto de estudio. Los antropólogos son científicos que insisten en investigar la diversidad humana en todas las épocas y todos los territorios del mundo, para comparar y concretar sus conocimientos al respecto. Esta ciencia, tiende a un conocimiento global del hombre, abarcándolo en sus dimensiones históricas y geográficas, observando tanto a las sociedades en las grandes capitales del mundo contemporáneo de elevado avance tecnocientífico; tanto de los pueblos evolucionados y desarrollados, como aquellas que viven en medios rurales o naturales, en pequeñas tribus (las llamadas sociedades primitivas) (Jiménez Bautista, 2019).

De conformidad con lo dicho, la antropología estudia los pueblos o sociedades humanas, indagando en ellas por sus características físicas, sociales, biológicas, culturales, etc., sin límites espaciales y a través del tiempo (la aparición del hombre y su evolución a todos los niveles). Se basa en el estudio, análisis y diagnóstico desde la inter y transdisciplinariedad de la vida del hombre y esto constituye su característica más destacable ya que tiene una visión holística y comparativa que se nutre de otras disciplinas (Sociología, Lingüística, Etnografía, Etnología,

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Psicología, Biología, Historia, Geografía, Economía, Filosofía, entre otras.) y que viene a cubrir todas las perspectivas de la vida humana desde una visión transcultural. Esto en línea con lo planteado por Ortega y Gasset, para quien la ciencia demanda la colaboración de distintos puntos de vista de los investigadores de ayer y de hoy, lo que hace de esta una tarea fructífera (Ortega y Gasset, 1983)

Destaca el autor en muchos puntos de su obra la necesidad de ayuda mutua en que se encuentran las distintas especialidades científicas. El saber de uno se debiera articular en el hueco que es la ignorancia del otro. Así se obtendría un saber compacto, sin agujeros. Saber compacto e integral absolutamente necesario en un mundo global que demanda para su completa comprensión altas dosis de interdisciplinariedad. Muchos de los fenómenos y/o acontecimientos sociales, situaciones particulares o locales que interesan y que acontecen en el mundo actual se han de comprender en clave interdisciplinar, así como atendiendo, siempre que sea posible, a su significación a nivel global. Es lo que desde el campo de la antropología se entiende como globalidad.

Lo que es parte sólo puede entenderse si lo referimos al todo de que ello es parte22 (Ortega y Gasset, 1984) sólo en relación con ese todo es lo que es y tiene su verdadero sentido. La parte es así un órgano de un organismo. Si la parte sólo tiene sentido cuando vemos su puesto en el todo a que pertenece, quiere decirse que, por sí y aislada, carece de sentido precisamente porque es sólo parte, por tanto, algo incompleto, puro fragmento. De donde resulta que sólo tiene por sí mismo sentido, significación algo cuando no es fragmento, sino, por el contrario, realidad completa y genuina todo

En este sentido se comprende que la singularidad fundamental de la disciplina antropológica es su carácter holístico (global y sistémico) y comparativo, añadiendo y relacionando diferentes segmentos de la experiencia humana, en las distintas épocas de desarrollo cultural. La antropología ofrece unas perspectivas de estudio multidimensionales con otras disciplinas: biología, arqueología, lingüística, artísticas, sociología, geografía, historia, y

22 La obra de Ortega y Gasset, titulada Meditaciones del Quijote, está dedicada en buena parte a la reflexión entre los árboles y el bosque, entre la parte y el todo

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especialmente lo referido a la cultura, todo ello le confiere una universalidad especial, que le permite definir qué es y qué caracteriza a la naturaleza humana. Lo dicho puede evidenciarse a través de algunas definiciones acerca de la disciplina, tales como la de Marvin Harris (1999), quien sostiene que la Antropología…es el estudio de la humanidad, de los pueblos antiguos y modernos y de sus estilos de vida. Las diferentes ramas de la antropología se centran en distintos aspectos de la experiencia humana. Una perspectiva más amplia de la ciencia y su objeto, podemos hallarla en un artículo de la revista Poligramas de F. Osorio (1998), en la que se dice que la Antropología es el registro de los modos de vida del ser humano (el cual) ha sido uno de los objetivos clásicos de la disciplina, siendo tal vez el más conocido fuera del ámbito académico. Como estas, muchísimas son las definiciones de Antropología, de las cuales se puede colegir que la ciencia se ha ocupado de conocer, por vía de la observación, descripción, análisis, explicacióninterpretación-comprensión las culturas humanas y su transformación como mecanismos de adaptación a las exigencias de sus condiciones de existencia.

En este marco amplio no sería conveniente soslayar uno de los rasgos culturales, uno de los fenómenos propios del hombre doquiera este se encuentre; lugar común de todos los escenarios donde se localice el hombre, y es el que tiene relación con el conflicto. Parece connatural al hombre este fenómeno, pues se lo halla allí donde existan diferencias entre generaciones, entre adultos y jóvenes, entre hombres y mujeres, entre quienes mandan o gobiernan y quienes están o son subordinados, entre quienes han concentrado riquezas y quienes son o están privadas de ellos, entre consumidores y productores, entre quienes tienen unas ideas y los que tienen otras distintas u opuestas, entre quienes profesan un credo y los que profesan otro distinto, entre unos y otros pueblos; en fin, conflictos o tensiones entre culturas. Esto es connatural a la especie, solo que reviste formas y manifestaciones distintas al paso del tiempo y en cada pueblo, sociedad o comunidad. Las violencias son una de esas modalidades de expresión.

Desde esa amplia panorámica, el tratar de comprender la naturaleza humana es lo que la conecta de forma directa al propósito de explicar los conflictos, las violencias y los distintos connatos para superarlas y que se vienen dando en territorios colombianos. Esto significa que esas expresiones o manifestaciones de las diversas conductas violentas en el contexto de la nación, han hecho parte durante muy buena parte del siglo XX y lo que va de este, de la cultura

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nacional. Ha dado pie a que se la registre, se la describa, se la estudie y se la exprese a través de distintas manifestaciones que van desde estudios científicos hasta expresiones artísticas (Pintura, literatura, poesía, cine, grafitis, música, etc.). Como quien dice, la violencia ha transversalisado todo cuanto distingue la cultura nacional. La vida social es conflictiva, por lo menos en la misma medida en que es consensual. Así mismo para Payo de Lucas (2009), citando a Giner de los Ríos:

...el conflicto es una de las categorías más vastas de la vida social. Toda ella es conflicto o integración: las más de las veces, ambas cosas a la vez. Frente a la acción social integradora o funcional, basada en un mayor o menor grado de cooperación, se alza la otra gran categoría de la conducta humana, la actividad positiva o conflictiva (p. 56)

En otro orden de ideas, la esencia y eterna longevidad del conocimiento, moriría de estupor si estuviera por completo satisfecho. No otra cosa es esto que su miseria y esplendor. Las diferentes disciplinas que conforman el mundo del saber humano deberían, aunque queden circunscritas a su propio campo de acción, donde son legítimamente soberanas, dialogar entre sí y complementarse para lograr un conocimiento más cargado de sentido y si se quiere, más cercano a la realidad de los hechos. No otra cosa se persigue que lograr una perspectiva más integral y, de este modo, privilegiada sobre cualquier tema que les sea común. Finalidad consustancial a los estudios antropológicos que tradicionalmente han venido persiguiendo la complementariedad interdisciplinar o una visión integral de la realidad. Son, por fortuna, cada vez más los campos científicos que dotan, hasta hoy, de cierto barniz antropológico sus estudios disciplinarios más específicos, como asimismo exige el espíritu de los tiempos que insta a evitar lo que el filósofo español José Ortega y Gasset denominaba en 1930 en su obra más importante, La rebelión de las masas. Podemos traer a colación un fragmento de la obra de Ortega y Gasset para ilustrar lo que aquí venimos defendiendo.

Sobre la base de esta breve compilación y la necesidad del enfoque antropológico en cualquier estudio de la vida social, que aquí se lee a la luz de la perspectiva del conflicto social en sentido amplio, en el siguiente apartado se entenderá la idea de conflicto y crisis desde la globalidad (nombre altisonante para designar al capitalismo en la más salvaje y aplastante de sus versiones), es decir, mencionando algunos, e ilustrativos, ejemplos. En otro párrafo, se reflexiona

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sobre la conflictividad en una sociedad global que ha renunciado radicalmente al modelo razonable de encuentro de las diferencias para una buena vida23 comunitaria, altamente socializador y comunitario que inauguró hace muchos siglos atrás, nada menos que en la clásica Antigüedad el filósofo naturalista Aristóteles, y que se ha acogido con fuerza -en realidad se comenzó a acoger al mismo desde los comienzos de la primigenia Modernidad, que es cuando aquella sociedad comenzó a caminar- a un modelo dicotómico, cerrado y conflictivista e individualista -denominado en el ámbito intelectual, y por muchos teóricos-, como hobbesiano.

Este último modelo no sería, por tanto, solamente característico -o privativo- de un, por otro lado, hipotético, estado natural anárquico o sin ley ni orden, al que por cierto se refería Thomas Hobbes en su clásica obra de filosofía política titulada El Leviatán (Hobbes, 1984). El individualismo como ideología –como Weltanschauung-, gobierna el conjunto de la vida social de casi la totalidad de la humanidad, inmersa en un mundo global. Como estilo de vida, que responde a un sistema ideológico o de pensamiento, el individualismo, y el cual queda en evidencia en la mayoría de, por no decir en todas, nuestras acciones y/o comportamientos. Vertebra nuestro mundo capitalista, competitivo y consumista que domina prácticamente la vida social a escala mundial y que nos permite hablar hasta cierto punto de una guerra de todos contra todos y casi consecuentemente del hombre como un lobo para el hombre.

Aunque esta célebre expresión no deja de ser una gran metáfora, para algunos autores es poco cierta. Es el caso de Erich Fromm (2004), uno de los principales teóricos del conflicto, quien traduciendo este último en términos especialmente de agresividad y/o destructividad, parte de la consideración de que el hombre es mucho más destructivo y cruel que el animal: “El animal no es sádico, no es hostil a la vida, pero la historia humana es un documento de la inimaginable crueldad y la extraordinaria destructividad del hombre” (Fromm, 2004, p. 60). Con respecto a la afirmación de Erich Fromm, si la humanidad tuviera el monto de agresividad que muestran los chimpancés, no deberíamos preocuparnos en absoluto por la guerra y la agresión. Lo mismo se observa en el caso de los lobos. Los lobos entre sí no son en absoluto agresivos, sino muy amistosos. Por lo tanto, parece injustificado describir la agresividad entre los hombres

23 El concepto es aristotélico

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comparándola con la de los lobos cuando se dice: un hombre se comporta respecto del otro como un lobo respecto del otro (homo homini lupus) (Fromm, 2004)

Esta fórmula, que tiene bastante de metáfora y también mucho de verdad, acá se emplea como recurso. Lo que acá interesa destacar, en relación con Erich Fromm, como estudioso del conflicto, es que este autor ubica las raíces de la agresividad, no en la animalidad del hombre, sino que al ser la agresividad humana mayor que la de los animales, “la primera debe originarse en las condiciones específicas de la existencia humana” (Fromm, 2004, p. 58)

Consideraciones que actualmente suscitan una mayor agresividad, conflicto o destrucción en el individuo en su relación con los demás, que para Fromm preexiste biológicamente en éste como disposición o posibilidad: “La agresividad es una posibilidad que reside en el hombre, en todos nosotros, y que se manifiesta cuando uno no se ha desarrollado de una manera más adaptada y madura” (Fromm, 2004, p. 60)

En su ensayo Anatomía de la destructividad humana, Fromm (2004) afirma que existen dos tipos de agresión en el hombre: una maligna o destructiva y otra benigna y defensiva, filogenéticamente programada y biológicamente adaptativa, al servicio de la supervivencia del individuo y de la especie, y que el hombre comparte con el resto de los animales. Interesándose en la naturaleza y condiciones de la primera forma de agresión, la más dañina, establece la que para él es una de las principales diferencias entre el hombre y el animal. El hombre, dice el autor precitado:

Difiere del animal por el hecho de ser el único primate que mata y tortura a miembros de su propia especie sin razón alguna, biológica ni económica, y siente satisfacción al hacerlo. Es esta agresión maligna, biológicamente no adaptativa y no programada filogenéticamente, la que constituye el verdadero problema y el peligro para la existencia del hombre como especie (Fromm, 2004, p. 45)

De igual forma, la antropología aporta interesantes datos para intentar resolver o entender importantes conflictos que existe en la actualidad en el planeta tierra. Problemas que generan

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crisis como: la pobreza, el sexismo, el subdesarrollo, la esclavitud, la explotación, la violencia, el racismo, la xenofobia, las migraciones, los conflictos intertidales, el nacionalismo exaltado, las causas de las guerras, el consumo y el afán de acaparar, el papel del dinero, entre otros.

Los conocimientos antropológicos son también muy necesarios y útiles para alcanzar objetivos humanitarios en el ámbito de las misiones o en los programas de asistencia humanitaria o de desarrollo social (económico, político y cultural), en el Tercer Mundo. El perfecto conocimiento de la antropología de los países y gentes visitados y atendidos garantiza que no se ofenda, que no se colonice, que no se impongan modelos a otros seres humanos. El estudio y análisis de los métodos agropecuarios indígenas, de sus artesanías, de sus recursos medicinales y sanitarios, de sus relaciones familiares, se considera vital para no cometer errores de apreciación, interpretación e intervención en conflictos de muchas poblaciones del mundo, ya que con ello se pueden garantizar espacios neutrales de paz. En definitiva, la antropología permite, por añadidura, una mejor comprensión de los seres humanos, ya que ofrece un conocimiento bastante preciso de los comportamientos y conflictos más comunes de la especie.

Sin ser todos los teóricos del conflicto, pues desde la antigüedad pueden identificarse pensadores que la realidad y sus cambios o transformaciones las veían originarse en la guerra (Conflicto), tales como Heráclito de Éfeso, hasta pensadores modernos como Hegel, Marx, Pareto, por mencionar solo algunos, aquí se han mencionado con propósitos de sustentar teóricamente el asunto, solo algunos de ellos, que bien pueden servir de “muestra”

5.1 Conflicto y crisis desde la mirada exterior

Definición etimológica del concepto ‘conflicto’. El diccionario de la Real Academia [RAE] define el término como “Combate, lucha, pelea" procede de la voz latina conflictus que es un compuesto del verbo flígere, flicum, de donde deriva afflígêre, afflictus e infligêre, inflictus, afligir, infligir: Significa chocar. Ya se ve en esta definición nominal como se encierra en esta palabra el concepto de choque, de encuentro violento 'no amistoso' entre dos o más personas, grupos o instituciones. Otras definiciones, en la misma línea añaden, además: “pelear, combatir, discutir” (Dic. Larousse p. 237). Definición general. La palabra conflicto puede entenderse de dos maneras: la primera, hace referencia a los dilemas intrapersonales con los que cada individuo

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se enfrenta a lo largo de su vida (p.e. la elección de un trabajo ante dos alternativas deseables). La segunda manera de entender el conflicto tiene que ver con el tipo de problemas que se presentan entre dos o más partes, las cuales pueden ser individuos, grupos, organizaciones, credos, etc.

El presente trabajo está centrado en esta última definición, delimitándola a aquellos conflictos y crisis que se dan en un determinado territorio. Siguiendo entonces en esta línea, podemos definir conflicto como el proceso que empieza cuando una parte percibe que otra ha afectado negativamente o está a punto de afectar negativamente algo que es importante para ella. Ahora bien, a nosotros nos interesa el conflicto que se da entre culturas.

En relación con este tema es desde el horizonte epistemológico de lo global interdisciplinar donde hay que comprender los diferentes conflictos y crisis que en todas sus dimensiones (política, económica, social, cultural) afectan a buena parte de la población, aunque posiblemente habría que decir en muchos sentidos, a toda la humanidad, aun cuando naturalmente la significatividad y/o el impacto de esos fenómenos conflictivos y de crisis -léase en sus diferentes versiones- sea en términos generales sensiblemente desigual según la zona o territorio del planeta que nos ocupemos de analizar o estudiar.

Cualquier ciudadano medio de nuestro mundo occidental, con plena conciencia de la realidad, lo que supone entre otras cosas situarse más allá de la que Ortega y Gasset designaba como formas de hemiplejía moral (Ortega y Gasset, 2010) que supone ser, de manera absolutamente radical, de izquierdas, centro o de derechas, es decir, más allá de toda concepción o visión política integral, intentar comprender el auténtico sentido de nuestra realidad más inmediata o circunstancial en toda su complejidad, y sobre todo con un mínimo de sensibilidad respecto de las malversas circunstancias que a todos, aunque en diferente medida, acechan a nivel "mundial", difícilmente puede ignorar, más sí cabe en estos gravemente convulsos momentos de comienzos del siglo XXI el cada vez más preocupante panorama mundial -del que es responsable en varios puntos el mundo occidental- en distintos frentes o ámbitos (económico -laboral-, ecológico o medio ambiental, ideológico-político, étnico-religioso y/o intercultural).

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Dentro de este marco, son numerosos los conflictos que subyacen a esos entornos mencionados. Contextos que destacan, al menos gran parte de ellos, por su interdependencia como es lógico en un mundo bañado de globalidad. El trato dispensado al Otro, no necesariamente al inmigrante, los enconados enfrentamientos, conflictos o choques entre países entre civilizaciones diría Huntington (1998) grupos étnicos y/o culturales, la atroz explotación de los países oprimidos y de los desheredados víctimas de este "globalizado" sistema capitalista (hoy en crisis) que cada vez destruye más empleo, la desertización y la destrucción a través la mayoría de las veces de nuestra capacidad de acción -sobre todo abuso-tecnológica, del medio ambiente, aunque también podemos mencionar en relación con nuestro poderío técnico-científico (biomédico), la clonación, la manipulación/alteración genética descontrolada, la eugenesia, el empleo de elementos nucleares bacteriológicos con fines destructivos para la humanidad, la selección genética o "cría selectiva" llevadas osadamente al límite, la experimentación con humanos, entre otros.

Desde una perspectiva más general, todos ellos son ejemplos más que significativos y generadores de distintos conflictos: culturales, políticos o morales, entre otros. Un tema bastante controversial y debatido por múltiples actores y/o agentes sociales, y que suscita una gran cantidad de conflictos, a tenor también de la importancia dada en las últimas décadas al cambio climático, es la contaminación del medio ambiente que afecta sensiblemente a los países pobres y a los más pobres y a algunos de los menos desarrollados y avanzados, debido sobre todo a que los más ricos son también los de mayor nivel de consumo y, por ende, los que más demandan energía y recursos a nivel mundial, al tiempo que son los más generadores de desechos y basuras.

En este sentido se comprende la lucha por los recursos naturales escasos a nivel mundial y que conduce a situaciones de conflictividad política y social. Son las potencias más poderosas las que generalmente se acaban imponiendo en el sistema-mundo24 en detrimento de las más débiles que, terminan explotadas, son también las que acaban sufriendo las consecuencias (medioambientales, sociales) de la vorágine consumista de los países ricos.

24 Concepto de Immanuel Wallerstein, en Abrir las Ciencias Sociales

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Así que esta lucha por los recursos escasos entre países y sus consecuencias, que se definen aquí como generadora de conflictividad político-social, ha sido destacada por Lewis A. Coser en su trabajo: The Functions of Social confict, Dice aquél: “Cierto es también que el conflicto generalmente cohesiona a nivel interno a los grupos, colectividades o países oponentes o en pugna.” (Coser, 1970, p. 48). Aspecto este último destacado también por el sociólogo y filósofo alemán Georg Simmel. Éste, en vez de centrar su atención sobre los aspectos disfuncionales y destructivos del conflicto, se ocupó de los efectos que podríamos llamar positivos, las funciones integrativas del conflicto a nivel interno de grupo.

En el sentido previamente anotado, George Simmel (1955) vio en el conflicto una de las fuerzas integrativas más potentes con que un grupo pueda contar, pues, entre otras cosas, aumenta la solidaridad interna. Aún cuando somos conscientes de la dimensión positiva del conflicto, en este trabajo, nos interesa reflexionar sobre la faz negativa o más peyorativa del mismo que, como antes se ha dicho, puede, entre muchas otras causas, suscitar la lucha por los recursos escasos entre países o Estados. Vinculado estrechamente con este tema de lucha por los recursos del planeta, se encuentra el conjunto de riesgos anexo al uso desmedido de la tecnología que, aunque ha facilitado la vida, también ha remarcado más las diferencias en un mundo que se ufana de estar globalizado, además de que está produciendo verdaderos estragos en el medio: hábitat naturales destruidos, especies amenazadas y extintas, suelos degradados, altos niveles de polución y -la ya aludida- contaminación ambiental, calentamiento mundial y pérdida de biodiversidad, entre otros.

Parece un “lugar común” lo relacionado con el conflicto, el cual, ayer y hoy, aquí en cualquiera otra latitud, se hace recurrente. En su obra El Malestar en la globalización, Joseph E. Stiglitz (2002) expone fundamentalmente las deficiencias de la globalización en su dimensión económica, advirtiendo, sin embargo, de su impacto social. Este autor en escritos posteriores, artículos de opinión, conferencias y entrevistas, ha atendido a la globalizada y prolongada crisis económica. Es ésta, como él también entiende, motivo de una enorme conflictividad y pesimismo social.

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6 Hurgando en la literatura colombiana sobre la violencia política

Dice Ospina que “…tuvo que llegar la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, para que en las tres últimas décadas del siglo la gente supiera donde ubicar este país inquietante y paradójico en el mapa físico y (…) espiritual del planeta.”. Lo que sugiere que no es tan insignificante y deleznable el papel de la literatura en relación con el conocimiento de acontecimientos. Aunque otras expresiones literarias y artísticas no hayan tenido la resonancia y la trascendencia de la novela del Premio Nobel, lo cierto es que se trata de expresiones culturales a través de las cuales también puede conocerse y de hecho se ha conocido ese acontecimiento, y ha permitido que “(…) algunos se pregunten por fin que es lo que pasa en este punto ciego del continente, que es lo que pasa que la tragedia de cincuenta millones de habitantes no conmueva” (Ospina, 2013, p. 8).

Es preciso sentar uno presupuestos para poder continuar: Al hablar acá de literatura colombiana, no se limita el término a la poesía, a la novela o a los cuentos, sino que se extiende también al género ensayístico, e incluso al material fílmico. Esto quiere decir que, aunque abundante el material al respecto, el trabajo solo se aplicará a algunos escritos de connotados literatos y periodistas, también se hará referencia a guiones de películas. No se trata de saturar el trabajo de estos, sino de destacar algunos aspectos pertinentes y, a partir de ellos, evidenciar el fenómeno. Lo significativo es que se está haciendo desde otro tipo de fuentes, que no se limitan a describir y a tratar de explicar el fenómeno, sino que pareciera que lo intuyen en su dimensión más universal, holística y vital, en una dimensión que trasciende aquel trabajo que hacen los violentólogos, los sociólogos e historiadores. Así, la lectura de Siervo sin tierra, de Eduardo Calderón, de El Cristo de Espaldas del mismo autor, de La tierra éramos nosotros, de Manuel Mejía Vallejo, entre tantas otras, anticipan el trabajo de los científicos, y surten:

Versiones de la realidad con las que se pueda reconstruir la memoria. (Ya que) En el escritor, el contador de historias o el poeta, encontramos una vocación de memorar, de dejar constancia de lo que ha visto, de lo que ha escuchado, de lo que le han contado otros. Registro que solo consigue elaborar a través de la palabra poética (Urrego, 2016, p.

92).

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A manera de ejemplo de lo que se pretende hacer con este trabajo, con la propuesta de trabajo que se está configurando, y que no es otra que indagar (Hurgar, en sentido más coloquial) a partir del arte, de la literatura, aspectos o rasgos de la cultura colombiana de la violencia, que desde la mirada antropológica se puedan identificar en esta cantera del arte, y con los cuales se adelante un trabajo de reflexión. Véase pues:

Es que uno ve a muchas mujeres que lloran por su memoria. Y lo ven a uno como un luchador de esas épocas. Y entre ellas se preguntan: “¿Estaremos aquí el próximo año? ¿Nos volveremos a ver aquí?”. Y si uno les pregunta: “¿Por qué vienen o qué las trae?”, contestan: “Recordar al Jefe” (Alape, 2016, p. 38) Yo creo que hasta la misma hora de la muerte nosotros, los sinceros gaitanistas, no dejaremos de estar cada 9 de abril recordando esa fecha tan trágica. Gaitán era una esperanza, muerto él se truncó esa aspiración que todavía hoy añora uno (Alape, 2016, p.

36).

El 9 de abril fue el fin de un caudillo, allí se vertió la sangre de quien, a manera de un salvador, se había constituido en la esperanza de un amplio segmento de la población colombiana. El 9 de abril se constituye también en el origen de un mito moderno; a esa fecha se le levanta un altar al que, año tras año, asistían (¿asistirán aún?) los fieles o devotos gaitanistas a realizar el ritual, la ceremonia de escuchar la Voz y al hacerlo, evocar el origen y verter lágrimas.

Acerca del tema en cuestión, se ha podido establecer que ya existe material investigativo (Ó. Osorio, 2006). Que Gustavo Álvarez Gardeazábal, cuya novela Cóndores no entierran todos los días que será importante referente de este trabajo, no solo lo es por esta obra narrativa, sino que también ha producido estudios al respecto como su monografía titulada La novelística de la violencia en Colombia, escrita para optar al título de Licenciado en Letras de la U. del Valle. (Ó. Osorio, 2006). Y hay también otros estudiosos en el país que han tomado el asunto como objeto de estudio y de investigación. Véase al respecto que plantea una de estas investigadoras y que viene en nuestro apoyo por la elección que se ha hecho: La Violencia ha sido, tradicionalmente, uno de los momentos históricos que más interés ha despertado en la academia y las artes.

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Prueba de lo anterior es la gran cantidad de estudios realizados al respecto, así como la abundancia de representaciones artísticas que, desde la música, la pintura, la escultura y la literatura, se han preocupado por plasmar y recordar dicho conflicto (Nieves, 2014). Así mismo lo ha visto Jimeno cuando refiriéndose a manifestaciones artísticas sobre el fenómeno, dice: “Representar La Violencia continúa siendo tema predilecto de nuestros intelectuales y artistas en la medida en que todavía azota a la sociedad colombiana. ¿Qué nos dice la profusión de novelas creadas entre 1946 y 1966 y cómo narraron los sucesos?” (Jimeno, 2019, p. 279). La misma autora alude a la cantidad de escritores que han narrado al respecto del acontecimiento, lo cual, desde el punto de vista de las ciencias sociales, y en particular de la Antropología constituye un aspecto significativo, un material testimonial importante, que amerita trabajos de estudio e investigación del mismo desde el arte narrativo. Al respecto menciona que a los “emprendedores de la memoria pertenecen los más de setenta novelistas del final la década de 1940 y mitad de la de 1960, pues se dieron a la tarea de construir memoria a través de la novela testimonial.” (Jimeno, 2019, p. 281).

Para muchos, el asunto empieza por acá. “Por fin le dieron a ese negro hijueputa. Ya era hora” Expresión de Milciades Delgado. Instructor de una academia de automovilismo. Parque España (Torres, 2012). Ese fue un acontecimiento detonante, ocurrido el 9 de abril de 1948. Pero no fue una de los tantas muertes, sino la de un líder político, la de un caudillo que para el momento se había constituido en la esperanza para amplios sectores de la población colombiana, que partir de ese momento y hasta le fecha, ha devenido en un culto, y ha hecho que se repita una ceremonia año tras año en la que aquellas personas que ayer conocieron a J. E. Gaitán, se reúnen a escuchar su voz, a escuchar la que para ellos es la VOZ, a evocar la imagen del líder, la imagen y los recuerdos “yo le digo que puede ser fanatismo religioso de no querer perder ni su imagen ni el eco de su Voz” (Alape, 2016, p. 40). Para otros en cambio, era la encarnación de lo demoníaco, de lo satánico; es el origen de todo lo malo que desde entonces ha ocurrido en Colombia, de toda la violencia y de los ríos de sangre que han anegado el suelo patrio, cual si se tratara de un sacrificio colectivo perpetrado contra una secta (los liberales) y para aplacar las fuerzas demoniacas y las calamidades que arrastran. Las huestes del partido católico o partido conservador, cual si se tratara de auténticos cruzados arremetían contra quienes se dijeran “liberales” y procedían a asesinarlos, sin consideración a criterios como el género o la edad. Al

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respecto, Fernando Vallejo dirige una película producida en México, llamada En la Tormenta,

en la que un grupo de personas viaja de Cajamarca a Calarcá. En el Alto de la Línea son interceptados por un grupo de personas que viajan a caballo. Los asesinan a todos, incluidos los niños, pero previamente la pregunta que les hacen es:

¿A qué partido pertenecen? (Como si les hubieran querido pregunta: ¿A qué secta pertenecen? ¿Cuál es el culto que profesan?) Quienes los asesinan lo hacen legitimados por el partido conservador y porque a sí mismos se consideran defensores de la Fe, y porque han sido aleccionados por prelados; son genuinos cruzados, solo que con ruana y machete. Por eso es que un escritor colombiano, señala culpabilidades, (…) es grande la responsabilidad de la iglesia en la persecución y satanización del ´pensamiento liberal […] Así contribuyeron las sotanas y las bayonetas a la perpetuación en Colombia de una Edad Media más tenebrosa que en cualquier otro lugar del continente (Ospina, 2013, p.

25).

Lo sagrado y lo profano (Eliade, 1981) para leer el sangriento conflicto colombiano de mediados del siglo XX, que entre muchas otras cosas desde el siglo XIX, las sotanas25 veían amenazados sus espacios sagrados (Sus propiedades) por los liberales.

El país acentúa la división y polarización que desde tiempo atrás, desde el siglo XIX y mucho más atrás, desde que España incursionó en estas tierras, se ha venido dando, manteniendo y perpetuando, solo que revistiendo formas y modalidades distintas. Pareciera ser que las guerras de reconquista que se libraron en la península contra moros, judíos e infieles, se extendieron a estas tierras. Solo que, si pareciera que se mantiene un elemento, cual es el del fanatismo, el de una ceguera política26 y religiosa, de una precariedad y debilidad cultural, aprovechada y potenciada por quienes quieren mantener su poder y privilegios. Así que, en esta polarización que rinde frutos a sectores de las élites nacionales, mucho han contribuido la política y la religión:

25 Para hacer alusión al clero

26 Aunque en el documental de Los Invisibles, específicamente en el segmento dedicado a Colombia y que allí de denomina” La voz de las piedras” se escucha a un campesino decir …solo sabemos de cultivar la tierra; nosotros nada sabemos de política

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[…] si la lengua modulada en los púlpitos había sido el instrumento para aletargar al pueblo, si la forma espasmódica de las tribunas le había dado forma más tarde al relato de la república, también la lengua vino a darle al pueblo otra idea de sus posibilidades […] (Ospina, 2013, p. 109).

Laura Restrepo (1985) acude a la novela colombiana de la época de la violencia, a efecto de desmitificar el fenómeno, a efecto de rastrear en la narrativa rasgos características de dicho fenómeno. Para su propósito, de da a la tarea de examinar varias novelas, empezando por Viento Seco. Obra de 1954, del escritor Daniel Caicedo, y a la que considera una especie de hito entre las que se han escrito al respecto. El Escenario que en la obra ubica la violencia es la localidad de Ceylán, Valle del Cauca. Allí ocurre una masacre de campesinos liberales refugiados en el pueblo y que venían huyendo de la persecución conservadora. Allí, se confunden los papeles de víctimas y victimarios. La crudeza de la narración, en una presunta exposición de objetividad, describe escenas apenas propias de épocas o estadios bárbaros de desarrollo humano, que ni siquiera se ven entre fieras salvajes, El viejo José gallardo había sido cegado y otro enorme tajo dejaba salir los intestinos. Los peones habían sido castrados y de sus bocas arrancadas sus lenguas le extrajeron la lengua, le enucleó los ojos y a tiras, en lonchas de grasa, músculos y nervios, le quitó la piel. Obsérvese en el glosario de la obra, Viento Seco, la definición que hacen del término Chulavita. Este apelativo se les daba en la época a individuos procedentes de una región colombiana, particularmente conocida por sus inclinaciones fanáticas y violentas, y que fueron empleados durante esa época como asesinos al servicio de intereses políticos

Si la obra es de 1953, es fácil colegir que la dictadura a la que se alude es la de Laureano Gómez, y que quienes tienen la orden de eliminar sin piedad son policías y detectives del régimen, que las órdenes son impartidas por un gobernante de filiación conservadora. También lo era León María Lozano, el vendedor de quesos en la galería de Tuluá, y quien se ganó el honroso título de Cóndor (Álvarez Gardeazabal, 1985) por los servicios prestados a esa colectividad política (Para el caso, secta de fanáticos) y al frente de un ejército de pájaros. Este último término era usado en el Valle del Cauca para designar al ejército de policías y detectives, liberados de las cárceles para engrosar las filas de los defensores de la fe en contra de las huestes liberales a las que se definían como ejército de Satanás.

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Otra de las obras que examina se Titula Zarpazo: otra cara de la violencia, del escritor Evelio Buitrago (1968), quien vivió directamente los acontecimientos, pues siendo militar logró infiltrarse en la banda del conocido como zarpazo. La autora ubica la obra durante la segunda violencia, que se produjo durante el gobierno dictatorial de Gustavo Rojas Pinilla, y cuando este gobernante había amnistiado a muchos de los llamados bandoleros. El asesinato de su padre, es el motivo inicial que lo lleva perseguir a criminales, inicialmente como venganza, pero luego vistiendo las prendas del ejército. Difícil saber si su conducta como suboficial mantiene ese afán de retaliación o si, por el contrario, lo hace en nombre de la patria y de los valores que considera más sagrados. “cómo envidiaba entonces los pistoleros buenos y malos por la rapidez con que manejaban sus revólveres en la pantalla. Si todo lo que el cine mostraba era pura ficción, yo estaba dispuesto a hacerlo realidad (Buitrago, 1968). Expresión esta que demanda un examen de parte de los estudiosos del psiquismo humano, ya que, al parecer, el autor permaneció en una etapa infantil de desarrollo (en un estadio primitivo, propio de personas mitómanas, empeliculadas, les dicen hoy). Luego el militar exhibe estas otras palabras, “estudiando por mi propia cuenta la vida de los vaqueros del oeste de los Estados Unidos, leyendo hasta el amanecer las novelas del FBI, y todo lo relacionado con asuntos policíacos…extraje enseñanzas valiosísimas para mis futuras actuaciones de orden público” (Buitrago, 1968, p. 42). Lo cierto es que al empuñar las armas oficiales, y aplicar todo lo aprendido en estas ficciones, en estos imaginarios, lo hace sin reparar en ninguna otra consideración de orden social. Esta tarea expresamente se la deja a los sociólogos.

Otra de las novelas de la época es Siervo sin tierra, de Eduardo Caballero Calderón (1964). Importante escrito por lo que dice relación con el problema agrario en Colombia, con la estructura y tenencia de tierras, con el que es preciso relacionar el fenómeno en cuestión. Otra de las novelas mencionadas por la escritora y la cual se debe constituir en lectura obligada si se pretende comprender la violencia en Colombia, es La Mala Hora del premio nobel Gabriel García Márquez, esta obra tiene un carácter universal, como quiera que no se circunscribe a una región específica, sino que bien transcurre en un pueblo indeterminado (Restrepo, 1985). También menciona la autora que El gran Burundún Burundá ha muerto, y El sueño de las Escalinatas de Jorge Zalamea, calificados por la autora como de género híbrido, porque no solo se trata de narrativa sino también de poesía. También con una mira bastante universal, aunque

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hacen alusión al período en el que gobernó Laureano Gómez, y “durante el cual la cruz gamada volteó en el espacio y (…) se trocó en ídolo devorador en la tierra colombiana” (Restrepo, 1985).

Otro trabajo acerca de la narrativa colombiana sobre la violencia es el que escribió Laura Milena Nieves Gonzales, escrito con el propósito de optar al título de Politólogo de la Facultad de Ciencia Política y Gobierno de la Universidad Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Trabajo titulado Novela de la Violencia: Una herramienta para la construcción de memoria histórica en Colombia. 1946-1959. Allí la autora del trabajo vuelve con el análisis de Viento seco, pero agrega otra obra de Eduardo Caballero Calderón, titulada El Cristo de Espaldas. Obra significativa para la pesquisa antropológica, porque alude a una combinación o fusión de rasgos importantes para la antropología, lo sacro y lo profano, la religión y la política, rasgos bastante significativos durante el acontecimiento. Así lo sintetiza la autora:

El Cristo de Espaldas, publicado por primera vez en 1952, narra la historia de un joven sacerdote al que le es asignada una parroquia ubicada en un pueblo perdido entre uno de los páramos colombianos. Una vez en el pueblo, cuyo nombre nunca se menciona, el joven cura se ve inmiscuido en un conflicto generado por el asesinato del gamonal conservador del pueblo: Roque Piragua. Se acusa a su hijo Anacleto, quien por ser liberal es el principal sospechoso de lo que las autoridades consideran un “crimen político”. Sin embargo, el joven sacerdote no está convencido de la culpabilidad del muchacho y hace todo lo posible por salvarle la vida a él y a algunos liberales campesinos, que son reprendidos como consecuencia del crimen (Nieves, 2014, p. 44).

Una pieza cinematográfica que se refiere a lo que ocurre con tres personas un día después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, muestra la situación de Bogotá en medio del caos. Un hombre (Santiago) le lleva a su vecina (Laura) y por encargo de su cónyuge (Josefina), una torta con motivo del cumpleaños de aquella. La situación es tan turbulenta que Santiago debe permanecer en la residencia de su vecina, quien aprovecha para que Santiago le repare un grifo. Lo cierto es que el daño se sale de las manos del hombre y la habitación se llena de agua. Santiago, mientras secan sus pantalones que se han mojado, debe colocarse una falda. Y ambos se dedican a conversar cosas intrascendentes en la cocina. Mírese la importancia del

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acontecimiento político que, mientras la ciudad27 arde, Santiago y Laura trivializan, ya que mientras la ciudad es destruida y saqueada, Laura y Santiago, en un ambiente de cocina, conversan acerca de asuntos personales que carecen de valor (J. Osorio, 1991, 42’22). El momento aquí referido se encuentra en Confesiones a Laura, película colombiana cuyo director fue Jaime Osorio Gómez (1991), escrita por Alexandra Cardona Restrepo:

En este sentido y como contraste a la escena de Confesiones a Laura, se puede evocar la escena narrada en Cóndores no entierran todos los días, cuando Álvarez Gardeazabal (1985) relata:

[…] de ese viernes nueve de abril, Tuluá no quiso grabarse ningún acto de depravación ni las caras de quienes encabezaban la turba, pero si elogió y convirtió en una leyenda la descabellada acción de León María Lozano cuando se opuso con tres hombres armados con carabinas sin munición, un taco de dinamita que llevaba en la mano y una noción de poder que nunca más la volvió a perder, a que la turba incendiara el colegio de los Salesianos e hiciera con los curas lo mismo que en las otras ciudades y poblados hicieron ese día: que los colgaran de sus partes nobles, les echaran candela a sus sotanas o los hicieran salir desnudos por las calles… (p. 19).

27 Presuntamente el escenario donde se hace la política, y el escenario de encuentro de los ciudadanos (Aristóteles, Hannah Arendt)

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7 Propuesta para una mirada antropológica desde la violencia política

Como se enunció al principio, la propuesta se define en términos de buscar, identificar y hallar en algunas obras y documentos de la narrativa colombiana (Incluido el género epistolar) de la época de la violencia política colombiana, sin descontar ninguna otra manifestación cultural y artística (Poesía, escultura, música, danza, pintura, cine arquitectura, grafitis), elementos que desde la Antropología permitan una lectura interpretativa y comprensiva del modo de ser, de la idiosincrasia del pueblo colombiano, de grupos y personas que vivieron durante la época; elementos que permitan al científico social, particularmente al antropólogo un proceso de intelección de ese fenómeno tan significativo en la historia de la nación, y de aquellos elementos del trasfondo cultural que permitan explicar-comprender las conductas violentas y agresivas durante una época luctuosa de la historia de Colombia, que bajo especies distintas se mantiene, tal como lo dice un escritor nacional, “Colombia cambia, pero sigue igual, son nuevas caras de un viejo desastre” (Vallejo, 2006, p. 12).

El investigador social, particularmente el antropólogo (arqueólogo, etnógrafo) deberá hacerse experto en indagar, con la ayuda de otras disciplinas sociales (como la lingüística, la Semiótica, etc.) distintas fuentes que le brinden datos o información que a la mayoría de las personas nada les dicen, nada les significan; detalles que poco o nada significan para ellos, pero que el investigador social de la Antropología deberá tomar muy en serio, como quiera que son expresiones humanas, por ende, expresiones culturales. Si a esto se le agrega que la cultura como un todo es expresión humana en contextos sociales e históricos determinados, deberá aprender a interpretar o leer esas manifestaciones como lo que son: manifestaciones del hombre, de sus ideas, de sus sentimientos, de su sentir, de su cosmovisión, en lugares y momentos determinados.

Si los pueblos primitivos pintaron o grabaron en cavernas, en rocas, etc., gran parte de su vida, de sus relaciones con la naturaleza, de sus cultos, ritos y ceremonias, de la muerte, de la maternidad, de sus relaciones con lo sagrado, con lo divino, de sus actividades cotidianas, de sus organizaciones, amén de todas sus manifestaciones o expresiones de su vida cotidiana, también el hombre moderno lo hace (Barthes, 1999) también el hombre moderno y contemporáneo vive en,

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por y para la cultura, no pudiendo separarse o abstraerse de ella, dado que el mismo es cultura. Aquello que esculpía en su estatuaria, aquello que pintaba en las paredes de los hipogeos, aquellos grabados con los que ilustraba los mausoleos, así como las narraciones que transmitía oralmente a las nuevas generaciones, que se considera Arte (Rupestre, por ejemplo), constituye una de sus manifestaciones más encomiadas por todas las épocas, una de sus expresiones más sublimes. Ahora es igual. Y así, sin temor a incurrir en equivocaciones, pude afirmarse que toda expresión artística es cultura y, por ello, puede devenir objeto de estudio, puede pasar al campo esas positividades (Foucault,1968).

De acuerdo con lo anterior, mi propuesta es que se estudien fenómenos importantes y significativos de la historia nacional a partir del arte y de sus distintas expresiones: pintura, escultura, literatura, música, la danza (la corraleja y el fandango), el cine, la arquitectura. Que se haga una especie de “arqueología” de esas manifestaciones artísticas, y que con ellas y desde ellas se rescaten sentidos del devenir histórico nacional. Una mirada al ethos nacional y regional desde la música arrojaría seguramente importantes resultados al respecto. Las letras y las músicas de las canciones de épocas turbulentas y tormentosas por las que ha pasado el pueblo colombiano en épocas recientes, tomadas como expresiones culturales, dirían seguro mucho más de los que suelen hacerlo otros estudios que se dicen más objetivos. La pintura y la escultura dicen mucho más de lo que parecen decir, solo que demandan el trabajo de mentes inquietas. No es necesario que se le extrañen a quienes han vivido sus vidas en presencia de estas expresiones artísticas, no es necesario que se llenen del polvo y de la telaraña de los años, para que se demande la presencia del arqueólogo.

Como propuesta, esta constituye un llamado a los investigadores del comportamiento humano para que se definan líneas de investigación a partir del arte, que no haya que esperar que el mochuelo de Atenea levante el vuelo, para iniciar estas pesquisas. Es ahora mismo, que se precisa el trabajo de investigación, antes que empiece a pensarse que dichas manifestaciones artísticas poco o nada estaban relacionadas con ese devenir nacional.

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8 Conclusiones

Dice Fernando Vásquez (2004) que “la cultura es un texto que se deja leer” (p. 22). Como tal texto, está cargado de signos que, aunque no son todos lingüísticos, si significan, si dicen o expresan algo. Allí en ese amplio y complejo texto es posible hallar otros como los objetos simbólicos, las prácticas, las conductas, los paralenguajes, entre muchos otros. Piénsese nada más en conductas como las que se mencionan en algunas obras literarias y que para el común de las personas se agotan en el hecho simple y llano, pero que para el antropólogo deberán significar, el caso de la quema de sotanas, práctica común en muchos pueblos colombianos durante esa época. Al prelado se lo asociaba con el partido opuesto, el conservador; y esta colectividad lo identificaba con lo sagrado. De modo que aquí es dable entender que unos y otros vivían y actuaban en función de lo sagrado y lo profano, de los símbolos religiosos y de su profanación. Lo mismo hacían con otros objetos símbolo tales como los templos, los altares, los ornamentos religiosos, las instituciones educativas religiosas; pero también habrá que leer (interpretar con miras a su comprensión) otras atrocidades, muchas de las cuales no lo eran para quienes las practicaban, quienes incluso se percibían legitimados para hacerlas, tales como aquellas relacionadas con la maternidad, con la fecundidad, y en las que asesinaban mujeres en embarazo, les extraían los fetos y, en su lugar, colocaban en el vientre animales, o sembrando la tierra (Símbolo de fertilidad por excelencia) de sal, a fin de que no volviera a producir frutos. Como estos, muchísimos más, como usar el fuego, encender las viviendas y las fincas para purificar lo que presumiblemente era considerado impuro. El escritor usa signos lingüísticos para referirse a otros de que no lo son, pero que como los primeros también significan. Entonces, al científico social de la Antropología le corresponde el trabajo de identificarlos, examinarlos e interpretarlos en el amplio marco del texto que se llama cultura.

Este trabajo del antropólogo no puede desentenderse ni soslayar la memoria de quienes han narrado los acontecimientos a través de sus escritos, dado que se trata de una memoria –hoy tan sonada- no solo más próxima (así se tilde de menos objetiva, menos científica) sino más comprensiva, más holística, más cercana a lo humano y vital de los acontecimientos que ocurrieron durante el período conocido como el de la Violencia Política de mediados del siglo XX.

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Como puede verse entonces, el punto de partida es el que asume que allí, en la literatura colombiana de la época, está expresada la vida colectiva y el psiquismo social de una época de conductas por muchos reputadas como salvajes y bárbaras, de manifestaciones de cultura violenta y de la muerte. Por ello, constituyen la obras de arte, específicamente de la narrativa de escritores-poetas-cineastas colombianos unos auténticos testimonios de la vida del pueblo, solo que bajo la especie de sublimaciones artísticas.

Y no solo por lo anterior, sino también porque ese:

[…] aluvión de representaciones de La Violencia, trasluce una necesidad social profunda: mostrar, contar una y mil veces, contar con estilo depurado o de forma desmañada, en forma tosca y cruda o delicada; en prosa, en poesía o en imágenes, pero en fin de cuentas relatar lo ocurrido en Colombia durante los años de La Violencia. Y creo que el efecto social de contarlo y recontarlo desde ciertos énfasis particulares produjo una narrativa que es una versión compartida desde la cual se interpreta y se le da sentido a sucesos que, por ser extremos, desafían la manera habitual de entender y ordenar la vida social (Jimeno, 2019, p, 280)

Y más aún, porque ese material de representaciones narrativas cumple con una función terapéutica, tanto social como individual, que como diría Barthes (2007), permiten aliviar esa enfermedad neurótica, ya que en su concepto el escritor se cura o bien escribiendo o bien leyendo, ya que loco no podría ni una cosa ni la otra, solo siendo neurótico puede hacerlo, y esa neurosis se cura en el proceso. De modo que, los escritores (novelistas, cuentistas, ensayistas) han tenido en la literatura una forma de curarse a sí mismos, ya que ese mal menor (la neurosis producida por los acontecimientos de esa época), solo se cura escribiendo o leyendo.

El trabajo del antropólogo tal como está definida la propuesta, debe hacerse de la mano, no solo del etnógrafo y con sus métodos, sino también con el del historiador, con el del lingüista, con el del semiólogo. En otras palabras, no puede ser sino un trabajo interdisciplinario, ya que el

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asunto por complejo, demanda una multi-mirada para apreciar holísticamente, en su compleja plenitud el acontecimiento; para también evitar miradas parciales y, por ende, sesgos.

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Cita: Osorno Agudelo, Carlos Alfonso (2023), Apuntes antropológicos al proceso de violencia en Colombia, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/34096