Sporala red del conocimiento
Página 5 de 80Textos para la reflexión : enseñar, saber y aprender desde el alma
p. 5

Textos para la reflexión Enseñar, saber y aprender desde el Alma.

Universidad de Antioquia John Jairo Arboleda Céspedes Rector Elvia María González Agudelo Vicerrectora de Docencia Luis Hernando Lopera Lopera Director del Sistema de Bibliotecas Mayo de 2023 Edición:

María Stella Girón López Diego Leandro Garzón Agudelo José Luis Arboleda Elizabeth Cañas Rodríguez

Diseño, fotografías e ilustraciones: Jenny Duque Valencia, con base en registros de flora y fauna tomados directamente en Ciudad Universitaria en 2023. Los juicios y contenidos expresados en los textos de esta publicación son responsabilidad de sus autores y autoras y no representan la opinión de la Universidad de Antioquia.

Edición con fines educativos, culturales y divulgativos. Se publica el material con base en el artículo 32 de la Ley de 1982, modificada el 12 de julio de 2018 por la Ley 1915, dado el carácter académico y la divulgación gratuita del presente texto.

p. 6

Textos para la reflexión sobre Enseñar, saber y aprender desde el Alma

10

Elvia María González Agudelo Vicerrectora de Docencia ¿Mito o logos? Primera encrucijada del espíritu

12

Carlos Gaviria Díaz (1937-2015) Acusa la hidropesía de mucha ciencia, que teme inútil, aun para saber, y nociva para vivir

14

Sor Juana Inés de La Cruz (1648 -1695)

Soneto a la ciencia

18

Edgar Allan Poe (1809-1849) El hombre y la ciencia

19

La ciencia

20

Rafael Pombo (1833-1912) A Carlos Darwin

21

Emilio Antonio Escobar (¿1860?-1885) Denso, denso

22

Miguel de Unamuno (1864-1936) La enseñanza

23

Jalil Gibrán (1883-1931) Me alucinan los búhos

24

León de Greiff (1895-1976) Nodriza

25

Aurelio Arturo (1906-1974) A veces

26

Antepasados

28

Manuel Mejía Vallejo (1923-1998)

Índice

p. 7

La educación

33

Carlos Castro Saavedra (1924-1987) Realismo trágico

34

Rogelio Echavarría (1926-2017)

A Guillermo Valencia

36

Jaime Jaramillo Escobar (1932-2021)

Libro

40

Olga Elena Mattei (1933-) Este día es igual a otros mil

41

Mario Rivero (1935-2009) Solamente en el resto de la palabra

42

Darío Ruiz Gómez (1936-) Lección

43

José Manuel Arango (1937-2002) El pensamiento

45

Jaime Jaramillo Panesso (1937-2020) La escuela tenía […]

46

Chamanismo

48

Elkin Restrepo (1942-) Constructor

50

Armando Romero (1944-) VI Ciencias, unidad y diversidad

52

Alonso Sepúlveda (1945-2020) Evangelista Quintana

54

Marga López Díaz (1946-) Del Führer y otras ternuras

56

Juan Manuel Roca Vidales (1946-)

p. 8

Tábula tardía de Hermes Trismegisto

57

Darío Jaramillo Agudelo (1947-) Teoría del conocimiento

58

Escuela

59

Jaime Alberto Vélez (1950-2003) Quemadura

60

Piedad Bonnett (1951-) Lo que enseña la filosofía

62

Carlos Vásquez (1953-) Con tres heridas: la de la muerte, la de la vida, la del amor

64

Paloma Pérez Sastre (1957-) Maestros/maestras

68

Luis Germán Sierra Jaramillo (1957-) El maestro de literatura

70

Luis Fernando Macías (1957-) Traslación

71

Lid

72

(Sin título)

73

Gloria Posada (1967-) Heredamos

75

¿Cuándo aprendemos?

76

Elvia María González Agudelo Vicerrectora de Docencia

p. 9

(página sin texto)

p. 10

La educación es, también, una celebración de la palabra hablada, escrita, señada, gestualizada. Nos formamos y formamos a partir de las palabras nuestras y las palabras que han existido, incluso, antes que nosotros. La clase es una fiesta de palabras y esperamos con ansia la palabra del otro que pregunta, crea y propone.

En esta ocasión celebramos la docencia en la Universidad con una selección de textos de distintas formas que inspiren la labor de la docencia y que permitan pensar, con belleza, las múltiples maneras como aprendemos, como enseñamos, como construimos una idea del mundo, como nos hacemos seres humanos. Queremos que, al tomar esta selección de textos, las lectoras y lectores puedan encontrar un motivo para dar sentido a nuestro común amor por el aprendizaje, por los saberes, por el conocimiento. Porque si algo caracteriza la labor docente es el incesante deseo de aprender.

Los textos aquí reunidos provienen de distintas épocas, autores y autoras, estilos, géneros, unos más referenciales, otros desde un universo simbólico. Respetamos las ortografías originales y hacemos un juicioso trabajo de Textos para la reflexión

p. 11

curaduría, particularmente con la poesía. En algunos casos se encuentran destacados versos, palabras o frases con especial significado para nosotros, como una señal, una huella, que dejamos al compañero para que dialogue con nosotros. La escritura y la literatura son, como la Universidad, espacios para la libertad. Queremos dotar las palabras de colores y enriquecerlas con imágenes como una propuesta de hacerlas nuestras.

¿Qué esperar de este volumen? Tienen ante ustedes un conjunto de piezas escritas, incompleto como toda selección, que pretende ser compañía, aliento, reconocimiento, saber para la vida desde el Alma. Creemos que las posibilidades para dar más sentido a nuestra labor son inagotables y que el espíritu universitario puede alimentarse con esta publicación. Con aprecio, Elvia María González Agudelo Vicerrectora de Docencia Universidad de Antioquia

2023

p. 12

I.

La pregunta es el signo mediante el cual el espíritu se anuncia. La perplejidad ante el mundo delata al sujeto consciente, portador de una necesidad insólita: reconocer su entorno, diferenciarse de él, asumir una actitud frente a su circunstancia, entender por qué está allí, por qué tienen lugar los hechos que percibe, qué es lo que ha de hacer frente a ellos, quién gobierna sus actos, a qué finalidad apuntan, cuál es su sentido. En una palabra, la urgencia espiritual originaria es una demanda de explicación (y de comprensión, agregaría Dilthey).

La fuerza genitora de ese asombroso impulso singulariza al hombre, lo hace quizás “mejor”, pero más solo, pues con ninguna otra criatura comparte el estremecimiento que nace de convertir los hechos desnudos en enigmas. Y como el descifrarlos no se le presenta, al menos al comienzo, como una actividad lúdica sino como una tarea apremiante y dolorosa, el hombre, en tanto que sujeto del espíritu, se revela como la criatura condenada a saber.

Pero que el hombre necesite saber no significa que se halle siempre en posesión de los instrumentos adecuados para lograrlo o que no poseyéndolos renuncie entonces a la gratificación de su deseo. “Es una triste realidad que los seres humanos tienden a dar respuestas aun cuando no tengan los medios de alcanzar las respuestas correctas”, observa Hans ¿Mito o logos? Primera encrucijada del espíritu Carlos Gaviria Díaz (1937-2015)

p. 13

Reichenbach1. Que sea o no triste esa realidad, es cosa que cada uno valora a su modo; pero que sea una realidad es algo que parece indiscutible, y no sólo en los estadios más tempranos del espíritu, sino incluso en los más avanzados. Renunciar al desvelamiento de lo inefable es una penosa decisión para el hombre aun en su más esplendorosa madurez. Y reconocer con certeza los caminos que conducen al desvelamiento de lo cognoscible (es decir, al verdadero conocimiento), distinguiéndolos celosamente de los rumbos engañosos, casi siempre más tentadores, bordeados de alucinantes espejismos, es el reto que debe enfrentar el espíritu desde sus inicios y al que difícilmente puede responder de modo satisfactorio incluso en sus fases de plena lucidez. ¿O acaso alguien puede preciarse, de manera sensata desde luego, de tener en su poder la clave epistemológica definitiva y conclusa? Dos fuerzas opuestas pugnan en el hombre por imprimir dirección y sentido a la gratificación de su apremiante necesidad: una de ellas lo empuja a un reino sin límites donde podrá instalarse como amo absoluto, y la otra lo retiene, lo llama a la mesura y lo invita a aceptar un ámbito más modesto pero más seguro, donde los sueños y las ilusiones no sean sino eso. “El hombre es un rey cuando sueña y un esclavo cuando piensa”, escribió hermosamente Hölderlin; y a menudo la tentación de ser amo hace que el hombre abdique de la razón en beneficio de la fantasía. Fantasía y razón: he ahí los extremos opuestos de un movimiento pendular que signa la actitud humana en el proceso cognoscitivo. Pero no siempre el movimiento es pendular ni la razón y la fantasía constituyen polos opuestos. A menudo se hallan equitativamente fusionadas y las más de las veces muy próximas con prevalencia indistinta de la una o la otra. Gaviria Díaz, C. (2013). “¿Mito o logos? Primera encrucijada del espíritu”. En ¿Mito o logos? Hacia La República de Platón. Luna Libros-Editorial Universidad del Rosario, pp. 15-17. 1 Reichenbach, Hans. (1953). La filosofía científica. Fondo de Cultura Económica, p. 18.

p. 14

Finjamos que soy feliz, triste pensamiento, un rato; quizá podréis persuadirme, aunque yo sé lo contrario.

Qué pues sólo en la aprehensión dicen que estriban los daños, si os imagináis dichoso no seréis tan desdichado.

Sírvame el entendimiento alguna vez de descanso y no siempre esté el ingenio con el provecho encontrado.

Todo el mundo es opiniones, de pareceres tan varios, que lo que el uno, que es negro, el otro prueba que es blanco.

A uno sirve de atractivo lo que otro concibe enfado, y lo que éste por alivio áquel tiene por trabajo. El que está triste censura al alegre de liviano y el que está alegre se burla de ver al triste penando.

Los dos filósofos griegos bien esta verdad probaron; pues lo que en el uno risa, causaba en el otro llanto.

Célebre su oposición ha sido por siglos tantos, sin que cuál acertó esté hasta ahora averiguado.

Antes, en sus dos banderas el mundo todo alistado, conforme el humor le dicta sigue cada cual el bando.

Uno dice que de risa sólo es digno el mundo vario, y otro que sus infortunios son sólo para llorados.

Para todo se haya prueba y razón en que fundarlo; y no hay razón para nada, de haber razón para tanto. Acusa la hidropesía de mucha ciencia, que teme inútil, aun para saber, y nociva para vivir Sor Juana Inés de La Cruz (1648-1695)

p. 15

Todos son iguales jueces, y siendo iguales y varios, no hay quien pueda decidir cuál es lo más acertado.

Pues si no hay quien lo sentencie ¿por qué pensáis vos, errado, que os sometió Dios a vos la decisión de los casos?

¿O por qué, contra vos mismo severamente inhumano, entre lo amargo y lo dulce queréis elegir lo amargo?

Si es mío mi entendimiento ¿por qué siempre he de encontrarlo tan torpe para el alivio, tan agudo para el daño?

El discurso es un acero que sirve por ambos cabos; de dar muerte, por la punta; por el pomo, de resguardo.

Si vos, sabiendo el peligro, queréis por la punta usarlo ¿qué culpa tiene el acero del mal uso de la mano?

No es saber, saber hacer discursos sutiles vanos; que el saber consiste sólo en elegir lo más sano. Especular las desdichas y examinar los presagios sólo sirve de que el mal crezca con anticiparlo.

En los trabajos futuros la atención sutilizando más formidable que el riesgo suele fingir el amago.

¡Qué feliz es la ignorancia del que indoctamente sabio halla, de lo que padece, en lo que ignora, sagrado!

No siempre suben seguros vuelos del ingenio osados, que buscan trono en el fuego y hallan sepulcro en el llanto. También es vicio el saber; que si no se va atajando, cuanto menos se conoce es más nocivo el estrago.

Y si el vuelo no le abaten, en sutilezas cebado, por cuidar de lo curioso olvida lo necesario.

p. 16

Si culta mano no impide crecer al árbol copado, quitan la sustancia al fruto la locura de los ramos.

Si andar a nave ligera no estorba lastre pesado, sirve el vuelo de que sea el precipicio más alto.

En amenidad inútil ¿qué importa al florido campo, Si no halla fruto el otoño que ostente flores el mayo?

¿De qué le sirve al ingenio el producir muchos partos, si a la multitud se sigue el malogro de abortarlos?

Y a esta desdicha por fuerza ha de seguirse el fracaso de quedar el que produce, si no muerto, lastimado.

El ingenio es como el fuego, que, con la materia ingrato, tanto la consume más cuanto él se ostenta más claro. Es de su propio señor tan rebelado vasallo, que convierte en sus ofensas las armas de su resguardo.

Este pésimo ejercicio, este duro afán pesado, a los hijos de los hombres dio Dios para ejercitarlos.

¿Qué loca ambición nos lleva, de nosotros olvidados? Si es para vivir tan poco, ¿de qué sirve saber tanto?

¡Oh, si como hay de saber hubiera algún seminario o escuela donde a ignorar se enseñaran los trabajos!

¡Qué felizmente viviera el que flojamente cauto burlara las amenazas del influjo de los astros!

Aprendamos a ignorar, pensamiento, pues hallamos que cuanto añado al discurso tanto le usurpo a los años. De la Cruz, J. I. (1976). Acusa la hidropesía de mucha ciencia, que teme inútil, aun para saber, y nociva para vivir. En Montes de Oca, F. Poesía mexicana. Editorial Porrúa, pp. 23-27.

p. 17

(página sin texto)

p. 18

Oh, Ciencia, hija del Tiempo! Como él, en las edades, Tus ojos fríos todo lo transforman. Respeta, Respeta el encendido corazón del poeta, ¡Oh buitre cuyas alas son turbias Realidades! Cómo pudiera amarte, ni hallar sabiduría Profunda en ti, que privas a la intuición en vuelo De enriquecer las almas con diamantes del cielo, Aunque capaz y espléndida, tienda el ala bravía? No arrebataste a Diana de su carro? La fronda No te vio a la Hamadriada perseguir, por que fuera Su mansión, desde entonces, un astro más risueño? A la Náyade límpida no vedaste su onda, y al Silfo su pradera, y a mí que persiguiera Debajo del tamarindo, el primaveral ensueño? Soneto a la ciencia Edgar Allan Poe (1809-1849) Poe, E. A. (1999). Soneto a la ciencia. En El cuervo y otros poemas. Editorial Planeta, pp. 42-43.

p. 19

Vaso de humores, basta de bacterias Y mineral, que instante por instante Se van mudando, en tráfago incesante De digestión, respiración y arterias;

Pasadizo voraz de mil materias, De dueños mil; —¿un vórtex semejante Será este yo, de identidad constante, Consciente de uno en glorias y miserias?

¡Ciencia soberbia! no eres tú el artista Sino el humilde obrero, el que alquitara El barro, el forro, el accidente, el nombre.

Tu eterno fiasco es tu mejor conquista: Ese hasta aquí con que te burla y pára La esencia, el ser, el amo, el yo del hombre.

Abril 20 de 1897 El hombre y la ciencia Rafael Pombo (1833-1912) Pombo, R. (1970). La ciencia y el hombre. En Orjuela, H. H. Poesía inédita y olvidada. Instituto Caro y Cuervo, p. 107.

p. 20

Sientes tu culto, ¡Oh Ciencia! tan augusto, Tanto a sus dioses reales perteneces Que es yacer a sus pies cuanto apeteces: Y cada cual es dueño de su gusto.

Mas los que aquí, en un lecho de Procusto, Ansiamos dar un estirón (chocheces Que estimas humo, irrealidad, sandeces)… De aguardarnos aquí nos da gran susto.

Morimos de hambre, ardemos de avaricia De un mundo en que soltando esta librea Huelgue el prensado espíritu en franquicia,

Y nos llena de horror la sola idea De que la fe que llamas estulticia Más real y sabia que tu luz no sea. Abril 20 de 1897 La ciencia Rafael Pombo (1833-1912) Pombo, R. (1970). La ciencia. En Orjuela, H. H. Poesía inédita y olvidada. Instituto Caro y Cuervo, p. 106.

p. 21

GIGANTE de la ciencia redentora, Atleta del humano pensamiento, Oh Darwin ¡tú que con robusto aliento Del hombre escribes la primera hora! Ya el Adán mitológico no llora Del Paraíso el triste alejamiento; Y fuerte el hombre y de verdad sediento Mira el Edén en el futuro ahora. Nuevo Moisés, tu génesis bendito Es de una ley revelación sagrada, Que en sus obras sin fin Natura ha escrito. Ruede en el polvo el religioso mito: El progreso es el fin de la jornada Del átomo impalpable á lo Infinito! Octubre de 1883 A Carlos Darwin1 Emilio Antonio Escobar (¿1860?-1885)2

1 Nota de edición: se conservan las mayúsculas de inicios de versos siguiendo los criterios editoriales del Instituto

Caro y Cuervo.

2 Nota de edición: se acoge la fecha de muerte del autor propuesta por Isidoro Laverde Amaya en Fisonomías literarias de colombianos. (1890) A. Bethencourt e Hijos, Editores, p. 169. La fecha de nacimiento de Emilio Antonio Escobar se agrega atendiendo la información de Laverde, quien afirma que Escobar murió a la edad de 25 años. Escobar, E. A. (1993). A Carlos Darwin. En Rivas Groot, J. M. La Lira Nueva. Instituto Caro y Cuervo, pp. 49-50.

p. 22

Mira, amigo, cuando libres al mundo tu pensamiento, cuida que sea ante todo denso, denso.

Y cuando sueltes la espita que cierra tu sentimiento, que en tus cantos éste mane denso, denso.

Y el vaso en que nos escancies de tu sentir los anhelos, de tu pesar los cuidados, denso, denso.

De Unamuno, M. (1990). Denso, denso. En Montes de Oca, F. Ocho siglos de poesía en lengua española. Editorial Porrúa, p. 341. Denso, denso Miguel de Unamuno (1864-1936) Mira que es largo el camino y corto, muy corto, el tiempo; parar en cada posada no podemos.

Dinos en pocas palabras, y sin dejar el sendero, lo que más decir se pueda, denso, denso.

Con la hebra recia del ritmo hebrosos queden tus versos, sin grasa, con carne prieta, denso, denso.

p. 23

ENTONCES, dijo un maestro:

Háblanos de la Enseñanza.

Y él dijo:

Ningún hombre puede reverlaros nada distinto de lo que, a medio dormir, reposa en el aura de vuestro conocimiento. El maestro que en medio de sus seguidores se pasea a la sombra del templo, no da de su sabiduría, sino más bien de su fe y de sus sueños.

Y si es en verdad un sabio, él no os convidará a la casa de su sabiduría, sino que os conducirá, más bien, al umbral de vuestro propio pensamiento.

El astrónomo puede hablaros de su conocimiento del espacio, pero no puede daros su manera de entender.

El músico puede cantaros las cadencias que hay en todo el espacio, pero no puede daros oídos que retengan esas cadencias, ni la voz que la modulen.

Y el sabio versado en la ciencia de los números, puede hablaros de los mundos de las pesas y las medidas, más no podrá conduciros a esos mundos.

Porque la visión de un hombre no presta sus alas a otro hombre. Y, así, como cada uno de vosotros es un caso aislado en el conocimiento que tiene Dios de vosotros, así, también, cada uno de vosotros tiene que ser un caso aislado en su manera de conocer a Dios, y de entender al mundo.

La enseñanza Jalil Gibrán (1883-1931) Gibrán, J. (1997). “La enseñanza”. En El profeta; El loco y páginas escogidas. Panamericana Editorial, p. 59.

p. 24

¡Me alucinan los búhos! Los búhos que me dicen cánticos ignorados, diabólicos, ocultos; los búhos que me cuentan leyendas empolvadas y crímenes hirsutos:

los búhos que me narran dolores suprahumanos y masochistas cultos; los búhos que me cantan absurdas letanías y místicos absurdos; los búhos que me llevan por sendas inquietantes, por inhollados rumbos, De Greiff, L. (1980). Me alucinan los búhos. En Obras completas León de Greiff. Ediciones Tercer Mundo, pp. 5-6. Me alucinan los búhos León de Greiff (1895-1976) a yermos arenales de ennubecidos cielos y horizontes oscuros . . . ¡Me alucinan los búhos! Los búhos que me inician en sistemas abstractos que conciben un mundo matemático y recto, limitado y exacto como un fúnebre túmulo, o cual una avenida correcta, calculada según el plano insulso . . . ¡Oh búhos mis hermanos!: yo os adoro y venero . . . y aguardo, —en un futuro que no será lejano— dormir glabro e irónico con los hermanos búhos!

p. 25

Mi nodriza era negra y como estrellas de plata le brillaban los ojos húmedos en la sombra: su saliva melodiosa y sus manos palomas mágicas. ¿O era ella la noche, con su par de lunas moradas? ¿Por qué ya no me arrullas, oh noche mía amorosa, en el valle de yerbas tibias de tu regazo? En mi silencio a veces aflora fugitiva una palabra tuya, húmeda de tu aliento, y cantan las primaveras y su fiebre dormida quema mi corazón en ese solo pétalo. Una noche lejana se llegó hasta mi lecho, una silueta hermosa, esbelta, y en la frente me besó largamente, como tú; ¿o era acaso una brisa furtiva que desde tus relatos venía en puntas de pie y entre sedas ardientes? … … … … … … … … … … … … … …… … … … ¿Tú que hiciste a mi lado un trecho de la vía, te acuerdas de ese viento lento, dulce aura, de canciones y rosas en un país de aromas, te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas? Nodriza Aurelio Arturo (1906-1974) Arturo, A. (1986). Nodriza. En Morada al sur y otros poemas. Procultura, p. 32.

p. 26

A veces quisiera ser el niño que fui, tomarlo de la mano y enseñarle la vida sin decirle qué opinan de la vida. Contarle el cuento que corrí, pedazos de ese cuento que no parezcan otra mentira más. Señalarme y decirle:

—“A esto llegarás, tal vez aún sea tiempo”. El habrá de entender, cuando suelte la mano, que se puede vivir como un recuerdo. A veces Manuel Mejía Vallejo (1923-1998) Mejía Vallejo, M. (1999). A veces. Poesía. Editorial Marín Vieco, p. 259.

p. 27

(página sin texto)

p. 28

Los contados viajeros que atraviesan el páramo hablan de un pueblo fantasma. Entre largos silencios, frente al fuego que da calor a su fatiga y su asombro, tratan de hilar una historia de sueño y pesadilla. Al narrar, ellos mismos parecen habitantes de aquel pueblo fantasma.

—Hacía tanto frío, que era necesario recordar intensamente un buen tiempo de calor para contrarrestar las heladas.

Si llamaban:

—¡Sol!, a palabra sol apenas alumbraba un trecho del camino más cercano a la voz y nunca llegaba a producir sombra ni tibieza. Porque no había calor. El calor era nostalgia de un sol que, según la leyenda callada, existió un tiempo sobre los eriales ateridos.

—Había tanta deshabitación, que sus habitantes, alejados, tenían que concentrarse en el recuerdo de otros seres para no morir de soledad.

Antepasados Manuel Mejía Vallejo (1923-1998)

p. 29

Si llamaban:

—¡Roberto!, la palabra no lograba traer claramente la figura. De cuando en cuando una silueta borrada era la sola respuesta. Porque no había presencias, y el llamado invocaba únicamente vacíos: Enel sueño, en el recuerdo de lo jamás sucedido, el eco dormido de la propia voz.

Había tan pocas alas en el aire, que alguna se atrevía contra el viento, los suyos eran de protesta.

Si llamaban:

—¡Pájaro!, moría un silbo en las vertientes apeñuscadas, en forma de despedida. Porque no había pájaros.

Sólo en sus recuerdos cruzaban dos o tres, grises y torpes, incómodo el vuelo en esos recuerdos desesperados. —Había tal escasez de agua, que debían calmar sus sedes en la evocación de arroyos distantes.

Si llamaban:

—¡Arroyo!,

p. 30

la palabra se iba humedeciendo en un camino de bruma y arena. Allí acababan las sílabas, sin llegar nunca a ser lo que nombraban. Porque el agua era presencia de la sed, rumor de corrientes ajenas sobre rocas de espera inútil. Algunas ausencias de peces saltaban con chapoteos de aire seco. —Había tanto silencio , que trataban de inventar canciones traídas por la memoria. Pero nadie sabía cantar, porque su voz se hizo para el silencio.

Si llamaban:

—¡Canción!, apenas sí un leve llanto escondido parecía temblar entre los chamizales. Porque tampoco había voces . Callar fue otra manera de hablar a voz en cuello, sin posibilidad de silenciosos respondedores.

—No había árboles. El viento y las arenas volantes convirtieron en muñones lo que pudo ser ramazones al cielo. Si llamaban:

¡Árbol!, caían de ninguna parte hojas secas, sabedoras únicamente del vuelo de su caída.

—No había flores. Cada botón era fracaso último de últimos ensayos por florecer. Cada hoja tenía fuerza suficiente para alargar su agonía.

p. 31

Si llamaban:

—¡Flor!, un rubor de insinuaba al extremo de un tallo nacido para morir, porque el viento arenoso desteñía la posibilidad de cáliz o pétalo. Así, poco a poco los habitantes fueron desapareciendo de frío, de soledad, de sed, de silencio, y las palabras se confundían, desamparadas en el paisaje.

Sólo un sobreviviente alcanzó a experimentar las primeras sensaciones de calor, de compañía, de aguas abundantes, de pájaros, de voces y baladas amigas.

Al morir supo que en adelante existiría esa región creada por la angustia, por el recuerdo apretado, por la sed y la muerte. Sobre su roca hizo desgonzar una esperanza última al entrever un sitio amable fabricado a lo largo de tantas invocaciones desgarradas. Alcanzó a escuchar la fuga del silencio, el sonar de un arroyo que brotaba entre las rocas del páramo, la suave caída de un sol que entibiaba silbos recién llegados y grupos de jóvenes cantando canciones primeras.

Así se informó aquel extraño lugar. Los contados viajeros que lograban atravesar el páramo hablan de sombras y luces y árboles y personas y animales soñados por una gran desesperanza.

Mejía Vallejo, M. (1994). “Antepasados”. Las noches de la vigilia. Talleres Editoriales de Universidad Pontificia Bolivariana, pp. 52-54.

p. 32

(página sin texto)

p. 33

Educar es hacer el porvenir, preparar a las nuevas generaciones para que habiten el futuro.

La educación no es un negocio, en manera alguna, sino un modo de servir al país, de pulir sus costumbres y aumentar sus riquezas espirituales.

Se trata de educar en todos los sentidos, de enseñar a leer, a escribir, a cantar y al mismo tiempo a manejar tornos y garlopas. No basta con decir en las escuelas: Bolívar es el padre de la patria. Es necesario agregar: hacen falta caminos —todos los días más largos— y hombres laboriosos y honrados. Todos podemos y debemos educar, en una y otra forma: el maestro con sus lecciones diarias, el profesor con sus conferencias, el albañil con su plomada y el lustrabotas con el brillo que saca a los zapatos.

Que enseñe el carpintero a cortar la madera, el sastre a coser los vestidos, el santo a rezar, el héroe a combatir y el agua a calmar la sed.

Sin el fundamento de la educación es imposible rehacer un país, devolver la esperanza a sus habitantes y lograr la unidad de los mismos en torno de grandes ideales. La educación que de verdad educa y fortalece el espíritu, no es la rutinaria y convencional que todos conocemos, sino la que se confunde con la vida misma y permite a los hombres recobrar su condición de tales y su sonido universal. Todos los esfuerzos que se hagan, en la ciudad y el campo, para educar a los colombianos, serán recompensados por la presencia, lenta pero segura, de una Colombia nueva y generosa. La educación Carlos Castro Saavedra (1924-1987) Castro Saavedra, C. (1970). La educación. En Cartilla popular. Editorial Bedout, pp. 19-21.

p. 34

El hambre ronda por las calles. Come papel, come excrementos en infinito reciclaje. (En boca llena no hay lamentos). Corre tras el pan, tras la leche —que son nube o eucaristía—, quiere beber sangre de vida... (¿qué se hace la sangre del muerto?) Cobran el verdugo, el agente, la celestina, el congresista, paga con su vida el que debe y el que no debe con su muerte. La empresa secuestra el trabajo, el Seguro quita la salud y el saludo quita el amigo porque ya no paga virtud. Todos se exilian en su casa o en la del embajador y se llevan tiras de patria porque pierden su cobertor. Echavarría R. (1992). Realismo trágico. En El transeúnte y otros poemas. Ediciones Autores Antioqueños, pp.

94-95.

El secuestrado, muerto en vida, le perdona a su plagiador. ¿Quién peca menos: el que mata por la paga? ¿el que paga más? La letra con sangre entra en la escuela de la comuna. ¿Qué clase de muerte sin vida asegura el que matricula? ¿Cómo es posible que esta tierra, que estaba seca, en un instante de sangre y lodo esté anegada y hunda al paisano y al viandante? Sancho se ensancha y Don Quijote muere lanzado. Hamlet llora: ser o no ser ya no es dilema, pues nos llegó la última hora. Se oyen disparos en la noche ¡Oh patria muda y temblorosa! ¿Dónde su helado huevo pone la muerte artera y esclerosa? El crimen ronda en las callejas. (En boca muerta ya no hay quejas). Realismo trágico Rogelio Echavarría (1926-2017)

p. 35

(página sin texto)

p. 36

Para Gonzalo Arango, E. S. T. (En su Tumba) ¡Oh Insigne, oh Venerado, oh Maestro! Tan bueno que es decir ¡Oh! Se siente uno en el Parnaso. Contigo se iniciaban y se terminaban todas las colecciones y las antologías, Tu nombre encabezaba la lista de los poetas, Pero hoy me he levantado a las seis de la mañana para repudiarte, Antes de que se abran las escuelas y las universidades. En 1943 tenía yo once años, terminaba la escuela primaria en una aldea de Antioquia, Te sabía de memoria y te admiraba, porque es fácil impresionar a un poetica de once años, Cuando ocurrió aquella desgracia de tu muerte, que ha dado origen a tantas celebraciones.

Recuerdo que a las siete de la mañana don Gabriel Caro Urrego, un verdadero maestro que me enseñó a leer, Le dio la infausta noticia a toda la escuela pulidamente formada, estrictamente limpia e inocente. Nos dijo: “Queridos niños: acaba de morir Guillermo Valencia. (Pausa). Les pido un día de silencio y toda una vida de meditación alrededor de este gran poeta en cuya memoria, y para cumplir con el decreto del gobierno, tendremos de ahora en adelante un sillón vacío en un aula vacía, a donde podrán llegar cuando lo deseen para recordar y rendir homenaje al primero de los poetas colombianos”.

A Guillermo Valencia Jaime Jaramillo Escobar (1932-2021)

p. 37

Era mucho discurso para unos niños en una perdida aldea. ¿No lo creen ustedes?

Bajo un pino que estorbaba en nuestro patio de recreo pasaron lentamente, aquella lúgubre mañana, camellos, centauros, cigüeñas y toda esa procesión extranjera con que nos tuviste invadidos tanto tiempo. A decir verdad, hasta los cincuenta años no vine a conocer un camello, y eso un camello todo desbaratado en un circo pobre. De las cigüeñas líbreme Dios y centauros ni los vea porque caigo muerto.

A los pocos días el director mandó por la silla, porque se necesitaba; meses después hubo que utilizar el aula, más tarde alguien quitó tu retrato, y así fue como empezó a desmantelarse tu monumento de símbolos y fuiste entrando en ese olvido en que queda la casa después de un trasteo.

Nos pasamos a vivir en la poesía de Porfirio Barba-Jacob, porque en la tuya se sufría mucho la falta de calefacción. Tanto mármol y alabastro, tanto desierto, tanto animal raro, tantos personajes teatrales, francamente no nos sentíamos cómodos.

Hablabas como un cantante de ópera, y la ópera es un lenguaje ajeno que en nada nos identifica.

Más fácil me fue convivir con las guacamayas blancas que nos trajiste prestadas, porque en mi pueblo había “pavos irreales” blancos que a pesar de su casta seráfica comían maíz con las gallinas en el patio de la casa. Bajo tu lámpara blanca como el jazmín repulías tus versos tantas veces que quedaban sabiendo a limadura de oro. La frágil y perecedera perfección fue tu pasión despiadada y obtuviste con el triunfo la agonía, comparación que espero te sea grata.

p. 38

De todos modos nos enseñaste el cuidado del verso, aunque después cambiáramos de idea, Y el respeto por la poesía, ¡pucha que lo tenemos!, no para que se conserve momia, sino para que renazca todos los días como ese pájaro que te gustaba tanto. Debo considerar, sin embargo, para poner un solo ejemplo, que en 1935 muere Fernando Pessoa y nosotros todavía en el parnasianismo, es decir, en la pre-historia. Por eso tuvimos que dar la batalla definitiva contra ti en el 58, Puesto que tu fantasma seguía asustando a los piedracielistas y a los cuadernícolas y a muchos otros. Los talleres de lapidación del verso funcionaban día y noche y no se oía sino la monótona rotación de los abrasivos. Ahora que ya estamos seguros de que no resucitarás, vengo a reconocer tu bravura. Homenaje al vencido y que se guarde su culto entre los muertos.

Fuiste noble en la lid, valeroso y altivo, y, a fin de cuentas un artesano como nosotros, reconocimiento que te sabrá a limón, pero el limón es el mejor compañero para la eternidad.

Toda la rima, todo el cálculo, todo el precio- Sismo y el mito, en nada de nada quedó todo. En un rapto inspirado nuestro talante recio Rompió el cristal del verso con un golpe sonoro. Jaramillo Escobar, J. (1991). A Guillermo Valencia. En Sombrero de ahogado. Poemas de tierra caliente. Editorial Lealon-El propio bolsillo, pp.160-162.

p. 39

(página sin texto)

p. 40

Toma este libro y ponte su sábana en las piernas… deja correr tus ojos por las confusas letras; que tus labios descifren lo que ocultan o dicen y tus latidos adivinen lo que callo.

Si un día se te queda un pensamiento o un recuerdo de mi voz, enredado, no lo sacudas, déjalo cantar a tu costado.

Abre de nuevo el único regalo que te hago y otra vez lee el verso que te haya sugerido alguna duda, o algún eco, o algo de tu futuro, o algo de tu pasado.

Y comulga conmigo si algo que yo haya dicho también te ha conmovido. Que el estro de belleza que trasciende el espíritu y conjura tristezas o alegrías, que depura la pasión alza al amor y expresa las facetas ocultas, de toda percepción, alcance en este rito llamado poesía su máxima oración.

Y que mañana tengas un eco en tus oídos que se parezca a un himno, o que amanezcas creando tu propio canto.

Libro Olga Elena Mattei (1933-) Mattei, O. E. (1994). Libro. Regiones del más acá. Ediciones Autores Antioqueños, pp. 221-222.

p. 41

Este día es igual a otros mil Mario Rivero (1935-2009) Este día es igual a otros mil.

Con la mañana recomienza la esperanza, el coraje, que la noche nos había derrumbado porque cada mañana hay que aprender la vida como se aprende la tarea en una oficina burocrática, y recomponer la carne con pobres rituales. Cada mañana hay que poner en orden los relojes que cuentan las horas: las del amor, de la locura, del cansancio, las de este sueño imposible de algún mar, o de una ciudad para estrenar.

Otra ciudad bajo los pies, para pisar vagando por los bares, como algún hombre nuevo, con la posibilidad de una emoción, de algo qué esperar. Una ciudad distinta a ésta por cuyas calles uno ha rodado como un perro aturdido, ¡sin conocer la suerte, durante años y años! Rivero, M. (1995). Este día es igual a otros mil. En Mis asuntos. Antología poética 1960-1994. Poesía. Arango Editores, p. 49.

p. 42

solamente en el resto de la palabra Solamente en el borde del pensamiento Únicamente en el umbral de la locura o en el envés ácido de la congoja Nada nutre el pensamiento: la noche ha creado el resplandor de los astros y éstos son espejismos de un cielo anterior a la palabra Sobre la superficie de la conjetura camina el gusano de la idea Moribundo en su margen el verbo enuncia el único terror: se abre la vida El vacío de la muerte rompe los bordes de la aurora Donde los ojos contemplan el humo lastimero de la última batalla Gómez Ruiz, D. (1979). Solamente en el resto de la palabra. En Acuarimántima. 23, p. 20. Solamente en el resto de la palabra Darío Ruiz Gómez (1936-)

p. 43

Y nos mostró en la palma un huesecillo de pájaro como si en él hubiera alguna lección Lección José Manuel Arango (1937-2002) Arango, J. M. (2003). Lección. En Poesía Completa. Editorial Universidad de Antioquia, p. 248.

p. 44

(página sin texto)

p. 45

Dicen que vuela, pero no vuela. La que salta y corre, pinta y remonta es la imaginación. El pensamiento está ahí, quieto en su pozo de reflexión, cocina las ideas, licúa los problemas, localiza los obstáculos agudos que impiden acertar.

El pensamiento está diseminado por todo el surtidor luminoso del cerebro sin leña prendida ni carbón que deja cenizas. El pensamiento es luz de imán sin lamparilla, y fuerza de saberes tranquilos. Por eso el hombre que piensa hace un alto en el camino, se aleja por un momento de la trilla, apaga el computador, y cierra la puerta del hogar y del cobertizo para verse a sí mismo. O no verse.

El pensamiento Jaime Jaramillo Panesso (1937-2020) Jaramillo Panesso, J. (2016). El pensamiento. En Poemas selectos. Ediciones UNAULA, p. 73.

p. 46

La escuela tenía campos de fútbol donde a veces la lluvia hacía de las suyas, un pequeño salón-teatro sofocante, una escalera sombreada por las voces que subían a esa especie de galería de segundo piso, cada mañana, sin reparo del cejijunto profesor que cuidaba de las paredes limpias, de pie junto a la primera puerta que para los alumnos era línea de meta entre lo permitido y el espacioso infierno donde todos cabían, apiñados como tomates en un estante, atentos a la menor orden, al ruido de los zapatos del profesor en el piso de madera donde a veces se veía el brillo de un bicho o el rastro de una saliva.

Lejos de toda realidad a mano, el alumno repetía cosas como en un sueño demasiado oscuro o bajaba al patio, una vez en la mañana, como una agua sucia que empozaba en la tierra pisada donde quedaban marcadas las llantas del auto del director.

Una organización religiosa limaba las aspiraciones La escuela tenía […]

Elkin Restrepo (1942-)

p. 47

de un puñado de muchachos enclenques, hechos a imagen de sus padres, que semanalmente recolectaban fondos para atender a físicas incursiones en el alma de los indios o a inevitables circunstancias de ornato y buen nombre.

Del frío de la tarde, en ocasiones surgían historias encantadas, como de un regimiento maltrecho rodeando al final de una fogata o el catafalco de un general muerto. Allí se nos quiso hacer hombres, patriotas, hijos de Dios, seres de un mundo nebuloso y lleno de significado como una sombra de trastienda, fatalmente todos correspondían a un plan hecho de antemano, a una luz vigilada como un reflector y se nos decomisaba revistas y fotografías, escritos que debilitaban nuestra moral cristiana.

Sólo la vida pudo salvar a unos cuantos, el aire de fuera refrescó nuestros sueños, y los que ahora son comerciantes, profesionales, pájaros agotados por la muerte, buenos ciudadanos que viven de la renta, se saludan entre sí con una leve inclinación de cabeza cuando se ven al cabo de los años. Restrepo, E. (1982). La escuela tenía […]. En La palabra sin reino. Editorial A B C, pp. 87-89.

p. 48

En memoria de Luis Fernando Vélez V.

Hasta no ir hasta mí mismo, equivoqué el camino. Hasta no oír en mi voz la voz de mis ancestros, nadie fui. Hasta no contar en mis sueños sus sueños, poco supe. En el monte el rastro de la coral fue mi guía, y por el sendero de la guagua y el venado, llegué al centro. Allí, practicando con el jaibaná, volé luminoso sobre árboles y ríos y encontré razón en lo desconocido.

Allí, en un momento de la ceremonia, pinté mi cara. Chamanismo Con hojas de palma y palos construí mi casa, allí, donde el viaje

me trajo y, pronto, comencé una convivencia con animales y astros y canté cosas al embrujo de árboles y ríos. En la oscuridad, mientras sorbía el bebedizo, dejé a los espíritus

que hablaran y me trancé con ellos en una lucha que a la vez dañó y curó mi alma. Chamanismo Elkin Restrepo (1942-)

p. 49

Después, sin temores ni angustias, fui nadie y, más tarde, para

guardarlo en secreto, cóndor y liebre, lagartija y perro, boa y asno, amigo y enemigo,

cuanta cosa existe.

Luego, cuando fue suficiente, volví a ser el que soy y encontré el

mundo lleno de luz.

Encontré que a mi casa la custodiaba el poder de una deidad

venturosa.

Chamanismo Entre los árboles del monte hay uno señalado para mí y un animal entre los bellos animales que esconde la espesura y un río entre los muchos ríos que bajan al mar De todos los lugares hay uno para que pueda levantar yo mi casa y una estera donde sentarme a charlar con los vivos y los muertos y una totuma con bebedizo para compartir el mundo de dioses

y antepasados Entre mis sueños hay uno (salvaje y protector) que cumpliré Entre mis sueños que tienen por forma el Jaguar. Restrepo, E. (2000). Chamanismo. En Primer Congreso de poesía escrita en lengua española desde la perspectiva del siglo XXI Memorias. Tomo II. Antología poética. Unesco-Ministerio de Educación Nacional-Instituto Caro y Cuervo, pp. 186-187.

p. 50

A Jaime García Maffla Es necesario que diga cómo construí el mundo. Con la tijera mi madre había ido cortando esas trizas de verde que yo plantaba: árboles de una selva que la suerte podía desflorar de un manotazo. Hacer una cascada no era el problema sino el brillo que la consumía. Como ríos navegaba el papel de estaño de los cigarrillos y con el cartón de las cajas se levantaban cerros que el dedo hurgaba en busca de cavernas para las hormigas. Las casas tenían manos como banderas desde las ventanas. Había puesto musgo y epífitas como borrones de tinta entre los campos, y en el cielo ese sol que era el bombillo de la sala. Así construí el mundo que podía recorrer de un solo paso, acariciar con la mirada desde mi cuarto. Así pude vencer el estremecimiento y dar aviso de lobo a los pastores que lo poblaban con sus ovejas de palo.

Constructor Armando Romero (1944-) Romero, A. (1997). Constructor. En Echavarría, R. (Selec.). Antología de la poesía colombiana. Ministerio de Cultura-El Áncora Editores, pp. 533-534.

p. 51

(página sin texto)

p. 52

Lo dicho hasta ahora resulta revelador, pues insinúa que es necesario invocar la idea de unidad. Las ciencias específicas son compartimentos que conviene aislar con propósitos prácticos o de investigación, pero no en su fondo, ya que hay una ambición que anima el pensamiento científico: una que busca lo uno en lo múltiple, que busca ideas que unifiquen la aparente, tal vez ilusoria, diversidad del acontecer. Volviendo al comienzo, ¿y de la matemática, qué? Hemos de decir, corroborando una sugerencia anterior, que la matemática no es una ciencia natural, sino una ciencia precisa sobre el pensar. Suena extraño, pero es una especie de filosofía exacta que vuelve concreto el ideal filosófico de deducir desde los principios. Con toda su autonomía, lanza también su luz sobre el mundo natural, pues hace posible filosofar con precisión sobre sus fenómenos.

Ha de reconocerse que el pensamiento moderno sobre el mundo natural es matemático. Hay que ver la última física, dominada por la más sugestiva matematización nunca vista, que pretende el hallazgo de simples y bellas estructuras como abstracta del mundo, fundamentada en grandes y hermosos principios que, desde las simetrías, aspiran a instaurar la alta estética de lo natural. Lo matemático hace parte del proyecto de fondo de las ciencias naturales, pues alberga, en unión con la conceptualización de la física, la posibilidad de generar una visión armónica de la naturaleza. Pensar el mundo VI Ciencias, unidad y diversidad Alonso Sepúlveda (1945-2020)

p. 53

Sepúlveda, A. (2010). “IV. Ciencias, unidad y diversidad”. En Un viaje en el espacio y el tiempo. Imprenta Universidad de Antioquia, pp. 31-32. matemáticamente es aspirar a entrar en el plan y el placer de develar una especie de propósito secreto, de generar una perspectiva grácil -territorio de imaginación- que quiere encontrar lo uno en lo diverso, lo diverso en la unidad. El pensamiento matemático es organizador, totaliza la inteligencia, la libera de lo superfluo. El proyecto científico es un intento, enteramente humano, provisional en sus logros y persistente en su empeño de adivinar el orden del mundo. Por todo esto debería asegurarse, parafraseando a Bachelard, que la ciencia es la estética de la inteligencia. Así pues, ciencia es también un proyecto estético, no es solo una sabia instrumentación del mundo. Es creadora de armonía. Una aventura que, trascendiendo el mundo natural y el sentido utilitario del conocimiento, quiere ver lo concreto en lo abstracto. Sin duda su desarrollo está atravesado por lo político, pero sobrevive a los momentos difíciles de los pueblos, marcando su devenir de una manera tan profunda como el arte, con el que mantiene alianzas indisolubles. El propósito de entender el universo, con la dosis de tragedia que lo anima, es también una forma de arte.

p. 54

El enano bebe

ave ala ola

mi mamá me mima bala —la oveja bala—

bala oveja nido

“Cual bandada de palomas que regresan al vergel… Ay mi cuaderno Cómo lo quiero es el amigo más verdadero guardo en sus hojas toda mi vida…” La maestra dibuja los racimos y el niño repasa la punta del color. La uva morada se come directa de la hoja.

Para aprender la aventura de la u la uva.

La mamá se escribe seguida en la plana de

las emes del sonido del mundo.

Evangelista Quintana Marga López Díaz (1946-) Una oropéndola que jamás se ve deja su nido colgado en la página ocho. La o alza una ola hasta el ojo —lágrima dormida— La a Abre el almario que guarda la ala alargada onda del libro en el vuelo. Lola y Lalo lelos en la maravilla de la letra ele la lana lía lunas alelíes lulos y almejas.

Amparada en la v pequeñita la pavita vola al olivo. Para ondular la e Elena destapa la tina Elvira me pregunta que si a ó e —amigas o enemigas— y aparece azulada tras el aire la ninfa Eco.

p. 55

El niño dibuja la casa transparente Con una bombilla y un cordón del techo la cerca se acaba en la vaca y el ave comienza en la nube. Siempre hay un sol muy grande pintado de amarillo sonrïente que alcanza tres renglones de niño. Ay mi recuerdo cómo lo quiero es el amigo más verdadero guarda en visiones toda mi vida… El enano bebe y danza y por la noche se coloca el penacho del indio que mira en la hoja siguiente. Onda de libro en el vuelo la ala alargada abre el almario que guarda la a.

Una i retrasada alista su sombrero al final de la fila.

Aovillada la o entre la uva y el ala duerme.

Un halo de lilas y lunas alaba Y celebra la infancia.

1992

López Díaz, M. (2005). Evangelista Quintana. En Murumsama. Antología del Nuevo Milenio, pp. 71-73.

p. 56

Cuando el odio fue a la escuela solo jugaba con su sombra: comía pastelitos de manzana en

el recreo y pisoteaba hormigueros con sus zapatillas blancas. Sus compañeros lo invitaban

a jugar pero el odio seguía en lo suyo: pasaba horas regando tinta en un cuaderno en el que trazaba mapas a su antojo.

Cuando el odio cambió de voz y empezó a sombrearle en el labio superior un esbozo de bigote, arrojó su corazón a una cesta y se puso a planear ciudadelas de miedo en la noche de Europa. Del Führer y otras ternuras Juan Manuel Roca Vidales (1946-) Cuando el odio se hizo adulto repartió puerta a puerta un cargamento de cuchillos de niebla y nombró heraldo de sus tropas a la muerte. La condecoró con una cruz de plomo y un monóculo de yeso. De haberlo sabido, a lo mejor el viejo profesor de urbanidad le hubiera enseñado a Hitler que no es de buen tono, de buena educación, ir por la vida aplastando cabezas, izando un estandarte como mortaja. Roca, J. M. (2018). Del Führer y otras ternuras. En Ocho estaciones. Antología personal. Editorial Universidad de Antioquia, pp. 141-142.

p. 57

No te permitas ser frívolo con esto: la nitidez de tus visiones es un castigo por no saber usar las manos. Respeta lo inescrutable y no permitas que tu palabra lo profane, no provoques la envidia o el recelo por hablar de la alquimia: esto es cuestión de ayunos y vigilias, de eliminar los deseos que te encubren para escuchar, si hay un milagro, la voz vacía que te dicta la clave de la cábala. Cada acto tuyo modifica la plana y no existe prescripción irrevocable del destino: será mejor que renuncies a tu nombre, que te escondas en un oficio anónimo y que tu motivo único y secreto sea alumbrar con claridad tu abismo, sobrellevar tu dudad hasta mañana. No cedas a la investidura, a la medalla y aprovecha las oportunidades de callarte que tengas. Esta es la única ciencia: da igual todo. Tu carta es el mutismo.

Donde diga mercurio se leerá otra palabra misteriosa. Todo indica que vamos del agua hacia la luz. Y esto traduce que podemos ir en cualquier rumbo: las certezas son móviles y la única santidad posible es el silencio. Tábula tardía de Hermes Trismegisto Darío Jaramillo Agudelo (1947-) Jaramillo Agudelo, D. (1999). Tábula tardía de Hermes Trismegisto. En 127 poemas. Editorial Universidad de Antioquia, p. 195.

p. 58

Una mañana, en el fondo del aula, mi voz cesó de entonar la monótona lección de filosofía para que, en adelante, mis silenciosos pasos sobre el corredor expresaran que la verdad no necesita del lenguaje. Retirado del colegio y traído hasta este lugar de reposo, ningún argumento en mi contra servirá ahora cuando, sin palabras, lo he visto todo con nitidez absoluta. Vuelve la vista hacia los árboles, afuera. Mira: ¡Insectos suspendidos en el aire, extasiados frente al reino de la luz! Teoría del conocimiento Jaime Alberto Vélez (1950-2003) Vélez, J. A. (1982). Teoría del conocimiento. En Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia 1981. Biografías. Talleres de la Editorial Universidad de Antioquia, p. 53.

p. 59

Vélez, J. A. (1999). Escuela. En Un coro de ranas. Editorial Universidad de Antioquia, p. 77. Una rana que croaba una retahíla incompresible llegó a despertar cierta curiosidad en la comarca. Al principio la rodearon con timidez algunos curiosos que, poco a poco, se aficionaron aquella actividad, y terminaron luego por formar un grupo cerrado que reglamentó la asistencia de los curiosos. Para escuchar a aquella rana, los interesados debían someterse a una estricta y costosa preparación, dictada por el grupo de discípulos.

—Quien espera entender algo aquí —repetían a diario como lema— debe preparase para no entender nada.

Y de ahí, por tanto, el éxito de aquella reputada escuela. Escuela Jaime Alberto Vélez (1950-2003)

p. 60

La ceguera lo hace todo tan claro Henrik Nordbrandt Hice una lista de preguntas y con ellas iba tocando puertas Algunos las cerraban en mi nariz con impaciencia Otros me servían café o me pasaban un pañuelo Cómo no mirar a esa mujer con desconfianza A quién se le puede ocurrir preguntar esas cosas Cuántas preguntas en mis libretas llenas de tachaduras y de lágrimas Buscaba una lucecita en lo oscuro que nos había sido dado Buscaba la entraña de la piedra que nos había herido A veces iba al pasado y examinaba su cola lustrosa. A veces veía el futuro como una estrella destellando en su frente A veces el presente era sólo silencio sobre nuestras cabezas Fue entonces cuando el rayo partió la casa en dos, como un juguete, y escribió en el vacío su respuesta.

Quemadura Piedad Bonnett (1951-) Bonnett, P. (2017). Quemadura. En Los habitados. XIX Premio de Poesía Generación del

27. Visor Libros Colombia, pp. 45-46.

p. 61

(página sin texto)

p. 62

CREO QUE LA FILOSOFÍA no se puede enseñar.

¿Será acaso que puede enseñarse su amor?

Como sabemos, la filosofía es el amor a la sabiduría. Intentar comunicarla equivaldría a enseñar el amor de ese amor. Pero el amor no se transmite, se comparte. Por eso, son tan escasos los buenos profesores de filosofía: muchos de ellos enseñan algo, pero no trasvasan el amor por lo que enseñan. Amor a la sabiduría: esta palabra se ha vuelto engañosa. Cuando en realidad apunta a saber lo que importa. Y ante lo que vale la pena, la indagación tiene que ser apasionada, comprometida, incondicional.

¿Sabiduría de qué? No puede ser de algo que esté por fuera de uno. Al creer que es así, se desvirtúa ese apego, se lo vuelve una frívola inquietud, un neutro interés en esto o aquello. Ese saber lo incumbe a uno, apunta hacia uno. Lo conjuga a uno con los otros, que es lo que pasa cuando el verbo ser actúa como cópula: de nuestro pensar y nuestro hacer, de nuestro querer y decidir.

Entre tanto, ¿qué es lo que realmente importa? Los filósofos lo han definido como aquello que despierta nuestro asombro: lo que es, el que las cosas sean, el hecho palpable de la simple existencia. Dicho con una fórmula más justa, lo que asombra es, como pensaba Leibniz, que haya ser y no más bien nada. En el filo de esa disyuntiva se pone a prueba aquel amor. Por esa línea se mueve lo que nos toca: el nacer y el morir; el bien y también el mal, lo terrible y también la belleza.

Pero uno se pregunta si esa fórmula que ha guiado el quehacer de los filósofos no esconde aquella otra, más urgente, y quizá por ello Lo que enseña la filosofía Carlos Vásquez (1953-)

p. 63

más cierta. La plantea con entera contundencia Lévinas: cómo puede existir el bien en un mundo tan inhumano.

Amor a nuestra condición abismal, es eso lo que nos pide la filosofía. Es debido a ello, creo yo, que es la más arrojada de las ciencias. Sabiduría que pastorea al hombre por el risco del dolor. Y que lo empuja al bien, el nombre más alto. Porque más allá del ser está la bondad.

La filosofía es la sabiduría de la fraternidad en medio de lo intolerable. Presentimos que en algún momento, en la noche del mal, habrá un destello. Y que ese destello surge siempre de la sangre que la sevicia riega.

La filosofía recoge esa sangre en el cuenco de una palabra justa. Entonces su decir libera a las víctimas de la mordaza. Siempre es así, esperamos que sea así, a lo mejor muy pocas veces ha sido así, por desgracia la filosofía ha estado con frecuencia comprometida con un logos mortífero.

Para el mencionado Lévinas la filosofía ha sido en su raíz responsabilidad por el otro. Política de la amistad y de la solidaridad. Para que llegue a ser así, debe atreverse a hablar en tiempos aciagos. Ese saber es de los más escasos. Nuestro lenguaje está invadido por el poder e incuba violencia.

Como parapeto a la irracionalidad y la muerte, la filosofía anuda su palabra.

El amor a la sabiduría lleva a su máxima tensión el socrático sólo sé que nada sé. En la exigencia de ese no saber, corazón de la indagación filosófica, resuena la lúcida inversión propuesta por Lévinas: La filosofía es la sabiduría del amor.

Vásquez, C. (2014). “Lo que enseña la filosofía”. En Bondad dice él. L. Vieco, pp. 99-101.

p. 64

Con tres heridas: la de la muerte, la de la vida, la del amor1 Paloma Pérez Sastre (1957-) A Miguel Hernández ¿Qué relación puede tener una profesora de lengua materna que pasa sus días de tablero en tablero, en reuniones o frente a un computador, con una realidad tan espantosa como las minas antipersona? ¿Qué sensación distinta al escalofrío puedo sentir al saber que hay quienes se visten por la mañana para salir a matar, y que usan su capacidad mental para imaginar la trampa, la sofisticación del camuflaje, la forma y magnitud del estallido, el daño más letal, la sobrevivencia más infecciosa? Sé que son tan humanos el amor y el arte como la crueldad y la guerra, y hasta entiendo que en Colombia haya razones para el odio. ¿Lo sé? ¿Lo entiendo? Un día vino a mi oficina una estudiante del último año de Medicina, quien, por alguna razón, no había tomado la materia de escritura que dicto en los primeros niveles. Ella necesitaba cumplir el requisito para graduarse y teníamos poco tiempo. Le pedí entonces que escribiera un diario de su cotidianidad como médica interna. Suponía que estaría experimentando muchas cosas por primera vez y vi ahí una oportunidad para que apresara en palabras todas esas vivencias y emociones que quizás no volverían a repetirse. Por último, le recomendé poner el foco en los pacientes y en su manera de comunicarse con ellos.

1 Nota de la autora: este texto fue publicado por primera vez en la Revista Universidad de Antioquia en 2012. Posteriormente, apareció en el libro Oficios afines (2016).

p. 65

Una semana después vino a decirme que no había sido capaz de escribir nada. Ella rotaba por el servicio de ortopedia del Hospital Pablo Tobón Uribe, centro de remisión de las Fuerzas Militares de Colombia, adonde constantemente llegan helicópteros con soldados víctimas de “accidentes” —¿cómo pueden usar ese sustantivo para nombrar una agresión premeditada?— con minas antipersona. Decía que el paciente no le hablaba, que ni siquiera advertía su presencia, y lo peor: que volvía su cara hacia la pared. La insté a seguir yendo todos los días, quedarse un rato largo en la habitación y tomar nota. El paciente nunca le habló, pero en el silencio ella empezó a oír otra voz dentro de sí, y de ahí surgió la escritura.

Por el diario supe que se trataba de John Fredy, un soldado regular de veintidós años, de origen campesino, natural del Chocó, a quien, a causa del estallido, le amputaron la extremidad inferior derecha. Sufrió también lesiones que lo dejaron ciego y con una severa hipoacusia que le dificultaba penosamente la comunicación. Permaneció varias semanas en la Unidad de Cuidados Intensivos, y estaba casi afónico por la lesión que le produjo en las cuerdas vocales el tubo por el cual lo oxigenaban. Además, después de dos meses y medio de hospitalización, la infección se ensañaba en el muñón. En tanto, John Fredy reclamaba la presencia de su papá. No habían querido contarle que mientras él perdía una pierna en el quirófano, al padre un infarto le amputaba la vida.

Este fue el primer paciente con el que quise iniciar el diario, pero al primer contacto fuera de la relación médico paciente, titubeé tanto para preguntarle siquiera el nombre, que no pude continuar, pues al conocer de antemano su trágica historia no pude evitar sentirme tan mal que me tuve que retirar de la habitación.

p. 66

Así que, en lugar de pedirle un trabajo inofensivo a mi estudiante, yo había resultado complicándole la vida. Podía imaginarla adolorida y desconcertada ante tamaño estropicio humano, pero me sorprendía que en el llamado a la escritura ella hubiera identificado un elemento con el que no había contado y que se salía de lo que hasta entonces entendía por “relación médico-paciente”. Otros soldados vinieron a ocupar el lugar de John Fredy, ninguno mayor de veinticuatro años:

…comenzar a hablar con ellos no como médica, sino como una persona interesada en sus vivencias, lo cual fue todo un fracaso [sic], porque al leer como médica una historia clínica me concentro en la patología, los medicamentos que recibe actualmente, los resultados de los últimos paraclínicos y la fecha de la última cirugía o lavado de su extremidad; pero al hacerlo como una persona del común interesada en la vida de esta persona me involucro más de lo planeado con sentimientos y temores propios reflejados en la experiencia vivida por ese paciente.

Se da por sentado que la universidad es el lugar del conocimiento; sin embargo, ¿qué valor tiene el conocimiento si nos abandona frente a la vida? ¿En qué momento de la formación de los médicos llega el mensaje de un “deber ser” sordo? ¿Quién lo emite? ¿Con qué gestos o palabras?

A veces me era imposible separar el dolor ajeno del propio. Se supone que eso es lo que debe hacer un médico, y quizás por ello a veces nos volvemos seres tan fríos y déspotas, tratando simplemente de protegernos de todos esos miedos y sentimientos abrumadores reflejados en nuestros pacientes.

p. 67

El paciente y la médica novel frente a frente: un hombre talado, desgarrado en cuerpo y espíritu, y una mujer investida de ciencia. Silencio. Ella duda, se sale del guion y surge otra de la que por fin brota la palabra; la propia, arrancada de sí, adherida a jirones de piel y astillas de hueso:

Hoy estuve en una cirugía de amputación. Nunca pensé impresionarme tanto con ello […] algo en mí se negaba intensamente, no quería cortarle la pierna a alguien […] Al salir de aquel acto, quedé devastada, como si hubiera dejado todas mis energías en aquella pierna amputada con una simple sierra eléctrica. La verdad no quisiera hablar más al respecto.

¿Cómo pensar ahora su trabajo y el mío? ¿Será posible recortar, remendar y pulir seres destrozados sin escuchar e interrumpir algunos silencios para zurcir palabras? Tenía razón Wislawa Szymborska cuando escribió: Después de cada guerra alguien tiene que limpiar.

No se van a ordenar solas las cosas, digo yo.

Pérez Sastre, P. (2016). “Con tres heridas: la de la muerte, la de la vida, la del amor”. En Oficios afines. Editorial Universidad de Antioquia, pp. 96-99.

p. 68

En las definiciones del diccionario las palabras maestro/maestra y profesor/profesora significan prácticamente lo mismo: quienes enseñan una ciencia, un arte o un oficio. Y quienes tienen, naturalmente, una verdadera capacidad para hacerlo. Es decir, además de unas habilidades y conocimientos, a la vez adquiridos con antelación y que los ha hecho expertos en determinadas disciplinas, deben tener, al igual, una vocación. Amor hacia las disciplinas que imparten y hacia quienes reciben sus instrucciones, sus enseñanzas. Dicha vocación debe incluir el respeto por su materia específicamente, lo cual incluye un estudio permanente, y por sus alumnos y alumnas. Inmiscuirse en sus vidas personales lo menos posible es parte indisoluble de esa vocación, y no tomar, jamás, sus cuerpos como parte de mezquinas negociaciones que involucren la relación maestro/maestra-alumno/ alumna. Esos cuerpos nunca pueden ser cotos de caza para quienes tienen el deber absoluto de la enseñanza.

La amistad serena, estricta y sabia deberá ser el único sentimiento que admita la bella relación maestro/maestra-alumno/ alumna.

***** Jorge Luis Borges, escritor argentino, decía que no se enseña la literatura, sino el amor hacia la literatura. Y Eduardo Mendoza, novelista español, dice que el amor por la literatura no se enseña, sino que se contagia.

Estas dos concepciones de la enseñanza de la literatura podrían extenderse a cualquier disciplina: química, física, sociología, derecho, ingeniería, medicina, etc. El calificativo de maestro/maestra se gana mediante el amor hacia la materia que se imparte y su contagio del entusiasmo que dicha materia despierta. Hacer que en los alumnos/ Maestros/maestras Luis Germán Sierra Jaramillo (1957-)

p. 69

alumnas se despierte ese mismo amor hacia la clase se logra solo mediante el ejemplo de pasión, querencia y rigor que ellos y ellas vean y sientan.

Al hilo de lo anterior, en una de las visitas de J. L. Borges a Medellín, cuando alguien lo llamaba reiteradamente “maestro” ante una sala repleta de público, para obtener del escritor alguna respuesta, este le señaló en un momento determinado: “No me diga más “maestro”, llámeme, Borges”.

Humildad es la otra gran característica de los maestros/ maestras.

***** Enseñar es un gusto, un placer destinado a no muchos. Ser maestro/ maestra es, también, un orgullo que llevan quienes se dedican a servir a los demás. Con la humildad que da el conocimiento (por más que sepamos, nunca lo sabremos todo). Eso, y solo eso, hace posible que se dispongan a aprender de los alumnos/alumnas porque, es seguro, solo con esa disposición se puede saber y aprovechar lo que ellos y ellas saben. Reciprocidad en enseñar y aprender, solo eso hace sabios y amigos de verdad.

“Cuando encontraba ese brillo que le producía un hormigueo en la espalda, su entusiasmo iba mucho más allá de lo académico, convirtiéndose entonces Nabokov en un maestro inspirado y, sin duda, capaz de inspirar a quien ante él se encontrara”. Este aparte sobre Nabokov, el escritor ruso autor de Lolita, entre otras grandes novelas y profesor de literatura europea en Estados Unidos, nos muestra claramente a un verdadero maestro. Ese hormigueo en la espalda es la emoción de disfrutar, la emoción que produce decir lo que se sabe, pero sintiéndolo en el cuerpo, sabiendo interiormente que enseña y aprende al mismo tiempo. No de otra manera se puede producir tanto sinceramiento con el otro, con quien escucha, con quien aprende.

Sierra Jaramillo, L. G. (2023). Maestros/maestras. Inédito.

p. 70

El maestro de literatura es ahora un hombre cuyo dolor de alma asume la apariencia de un dolor en las rodillas. Este dolor empezó hace más de cuarenta años cuando todavía era un niño de ocho y se abandonó a la lectura de Julio Verne, de Charles Dickens, de Víctor Hugo, de Alejandro Dumas… En un principio se manifestó en la forma de una serie de largas obras de teatro y novelas inconclusas en una adolescencia solitaria.

Después fue una sucesión de amores furtivos que terminaban a un paso del abismo existencial, pero eran cada vez nuevos como niños y limpios como el agua de los páramos. También llegó al reinado de las clases de literatura, donde tenía la apariencia de un torrente de palabras y asociaciones en el trono de una memoria prodigiosa. En ese reinado, sus discípulos lo veíamos frágil como un personaje de Dickens o terrible como uno de Dostoievski o hermoso como un héroe romántico de Pushkin, pero nunca mezquino como los emperadores de Robert Graves. Muchas veces lo arrastró la gravedad de los abismos y, desde allí, su dolor halló la forma del poema puro, único, como el único maestro de literatura que nos ha dado la ciudad en muchos años.

El maestro de literatura Luis Fernando Macías (1957-) Macías Zuluaga, L. F. (2000). El maestro de literatura. En Los cantos de Isabel. Editorial Lealon, pp. 9-10.

A Hernán Botero Restrepo

p. 71

(página sin texto)

p. 72

Palabras penetran cuerpos atraviesan espacios regresan al pensamiento Como la semilla se introduce en la tierra o la luz cruza el horizonte hasta llegar a lo profundo del agua Traslación Gloria Posada (1967-) Posada, G. (2006). Traslación. En Naturalezas. Ediciones Sin Nombre, p. 17.

p. 73

La letra con sangre entra con lágrimas con un peregrinaje por desiertos y soledades Hay un lenguaje para decir nuestras ausencias un alfabeto de todos y de nadie que nunca te expropiarán pero por él puedes perderlo todo Lid Gloria Posada (1967-) Posada, G. (2013). Lid. En Una nube rota (1985-1997). Bajo el cielo. Antología Poética 2011-1985, Universidad Veracruzana, p. 304.

p. 74

(Sin título) Gloria Posada (1967-) Nacemos para aprender el universo nombrado Pronunciar repetir señalar crear mentir ¿Cuándo comienza el verbo y dónde termina?

Resonancias de la voz espectros del pensamiento y el acto Cuerpos atravesados por el lenguaje Cada palabra construye un destino Música, grito Oración, ciencia Vida, muerte Entre principio y fin Una verdad revelada ruina erigida A veces cercados por ecos nada puede ser dicho Posada, G. (2013). (Poema sin título). En Enunciaciones (1985-1992). Bajo el cielo. Antología Poética 2011-1985, Universidad Veracruzana, pp. 349-350.

p. 76

La UdeA es nuestra escuela, nuestra casa de estudios.

Un espacio que se convierte en morada para abrigar y cuidar a los que aquí habitamos. Nuestra UdeA custodia las ideas, vela por la libertad de pensamiento. Es un espacio protector de la vida misma, de las diversidades, de la inclusión. Es un espacio para conversar, que se extiende, coliga con otros lugares que lo rodean. Se constituye en un paisaje que nos acerca, es donde residimos. Donde el ambiente es de aprendizaje, toda ella. Sus salones, sus laboratorios, sus corredores, sus rincones, sus bibliotecas, sus canchas, sus museos, su teatro. Sus muros convertidos en arte… Ambientes de aprendizaje que se sienten para ser. Ser libres.

Libres para enseñar, libres para aprender, libres para vivir. Elvia María González Agudelo Vicerrectora de Docencia

p. 77

Heredamos Heredamos una cultura milenaria, un pensamiento originario, una cosmogonía donde todo fluye en equilibrio desde nuestra madre tierra portadora, toda ella, de vida. Somos una unidad con la naturaleza en armonía, con el espacio que nos alberga, con el tiempo que nos hace históricos, con la energía que nos invade placenteramente para ser, todo está interrelacionado. Es el saber ancestral, nuestra filosofía, la filosofía de la madre tierra impregnada de vida y se proyecta en una literatura propia: el realismo mágico, donde lo imposible se narra como prodigioso y se va constituyendo en unas epistemologías del sur que confluyen en una pedagogía del buen vivir. Lo tenemos todo, todo es uno y uno es todo, nuestra raíz, nuestra identidad, una forma de vida, que antecede a la llegada de Occidente; somos bioecocentristas, insertamos en la cultura el dialogo de saberes, la interculturalidad, el territorio que vive en su esplendor y nos resguarda; es nuestro mestizaje, es nuestra vida en libertad, libertad para pensar, libertar para ser, libertar para permanecer. Somos un espacio para la libertad y un tiempo para la eternidad.

Elvia María González Agudelo Vicerrectora de Docencia

p. 78

¿Cuándo aprendemos?

¿Cuándo aprendemos?

Aprendemos cuando forjamos nuestro propio pensamiento nuestra singular forma de ser y estar en el mundo. No cuando estandarizamos la vida misma. Aprendemos cuando participamos, interactuamos y colaboramos. Vivimos en comunidad y actuamos en sociedad. No cuando competimos para hacernos únicos. Aprendemos cuando tomamos conciencia de nuestro ser, de nuestra leve condición de ser humanos. No cuando levitamos sobre los demás. Aprendemos cuando reflexionamos, analizamos, comprendemos y creamos algo, una nueva existencia para el mundo. No cuando repetimos conocimientos sin cesar. Aprendemos cuando resolvemos problemas. Cooperamos, somos sensibles y mejores personas. Aprendemos, autónomamente, cuando alcanzamos la libertad. ¿ Y tú, qué has aprendido para toda tu vida? Elvia María González Agudelo Vicerrectora de Docencia

Cita: González Agudelo, Elvia María, Gaviria Díaz, Carlos, de La Cruz, Sor Juana Inés, Poe, Edgar Allan, Pombo, Rafael, Escobar, Emilio Antonio, Unamuno, Miguel de, Gibrán, Jalil, de Greiff, León, Arturo, Aurelio, Mejía Vallejo, Manuel, Castro Saavedra, Carlos, Echavarría, Rogelio, Jaramillo Escobar, Jaime, Mattei, Olga Elena, Rivero, Mario, Ruiz Gómez, Darío, Arango, José Manuel, Jaramillo Panesso, Jaime, Restrepo, Elkin, Romero, Armando, Sepúlveda, Alonso, López Díaz, Marga, Roca Vidales, Juan Manuel, Jaramillo Agudelo, Darío, Vélez, Jaime Alberto, Bonnett, Piedad, Vásquez, Carlos, Sierra Jaramillo, Luis Germán, Macías, Luis Fernando, Posada, Gloria (2023), Textos para la reflexión : enseñar, saber y aprender desde el alma, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/34944