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Página 1 de 54Marvel Moreno en la memoria. De reina de carnaval a escritora de culto
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Marvel Moreno en la memoria De reina de carnaval a escritora de culto Marcela Sánchez Peñata Trabajo de grado para optar el título de Periodista Asesor Ramón Pineda Cardona Universidad de Antioquia Facultad de Comunicaciones Periodismo Medellín

2023

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Cita (Sánchez, 2023) Referencia Estilo APA 7 (2020) Sánchez, M. (2023). Marvel Moreno en la memoria. De reina de carnaval a escritora de culto. [Trabajo de grado profesional]. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

Repositorio Institucional: http://bibliotecadigital.udea.edu.co Universidad de Antioquia - www.udea.edu.co El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión de los autores y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor y conexos.

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Este proyecto recibió dineros del Fondo para Apoyar los Trabajos de Grado de pregrado, financiado por la Facultad de Comunicaciones y Filología y por el Comité para el Desarrollo de la Investigación de la Universidad de Antioquia.

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A mis abuelas, quienes me enseñaron a leer, ser curiosa y entregada a la vida. Sus historias retumban en las mujeres narradas por Marvel.

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Agradecimientos A todas las personas que me apoyaron en esta búsqueda, compartiendo información, aceptando entrevistas y especialmente, escuchándome hablar por horas del tema. A Jacques Gilard por el trabajo extenso que abordó sobre la vida de Marvel, sin él muchas partes de este trabajo hubieran quedado inconclusas. A Fabio Rodríguez Amaya, Freddy Téllez, Eduardo García Aguilar, Julio Olaciregui, Miguel Fálquez, Liz Abello, Ariel Castillo, Alexander Ortega y demás personas que estuvieron dispuestas a compartir recuerdos, responder inquietudes personales y me adentraron en lecturas que me acercaron a Marvel. A Rafael Ospino, su esposa e hijo, por hospedarme en su casa durante mi visita a Barranquilla, por ser cuidadores y guías en esta travesía.

A Ramón Pineda Cardona, periodista y asesor de este trabajo de grado, por su paciencia, sus comentarios y su mano editora que me permitió descubrir mi estilo narrativo. A mi familia por su amor incondicional, aún cuando no entienden mucho de las aventuras literarias en las que me adentro.

A mis amistades, que han sido otro tipo de amor incondicional. A Ana Sofía por la edición y corrección dedicada. A Naren por las conversaciones sobre las formas periodísticas y literarias. A Jose, Alejandra, Laura y Valentina.

A Ana María por ser amor y sostén de apoyo, por creer en la luz que tendría este proyecto y sobre todo, por creer en mis palabras.

A Marvel, por su vida y obra.

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Tabla de contenido Resumen ...……………………………………………………………………………………7 Introducción …..……………………………………………………………………...………8 Primera parte …...…….….……………………………………..………………….….……10 Segunda parte ….…………….…………………………….…………………….…………19 Tercera parte ....…………………………………………………………………………..…27 Cuarta parte …..……………….………….…………………………………………...……36 Epílogo…….…………………………………………………………………………………45 Obra completa de Marvel Moreno ...…………………………………………...…………48 Referencias bibliográficas .…………………..….………………………………………….51 Referencias imágenes…………………………………………………………….…………54

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Resumen Marvel Moreno (1939-1995) fue una escritora colombiana que perteneció a una clase social en la que se imponían estándares sociales a las mujeres, pero su rebeldía intelectual la llevó a buscar en la escritura un oficio para toda la vida. Escribió pocos cuentos en Barranquilla, su ciudad natal, porque a sus 29 años se exilió en París. Allí, desarrolló gran parte de su obra rodeada de hombres intelectuales que conformaban los grupos literarios más importantes. Sin embargo, no tuvo la misma repercusión que sus amigos y conocidos.

Por lo que en este proyecto se realiza una reconstrucción de su vida, un recorrido desde sus vivencias en Barranquilla hasta su fallecimiento en París, con especial énfasis en su formación como escritora y el desarrollo que tuvo para la publicación de sus obras. Esto gracias a la investigación documental -en su mayoría académica-, las entrevistas realizadas a sus amigos, familiares y críticos literarios; así como el paso por lugares que fueron importantes en su vida.

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Introducción La escritora barranquillera Marvel Moreno vivió durante su juventud en Barranquilla, allí cultivó su intelectualidad mientras alternaba sus días en el reconocido Country Club, dada la clase económica a la que perteneció. Su oficio como escritora ocurre después de tener 30 años, durante su exilio en París, una acción recurrente en los escritores de la época para abrirse al mercado editorial. Su vida estuvo atravesada por círculos artísticos y literarios, la sociedad conservadora de la que provenía e inquietudes constantes por el universo femenino que la rodeaba -y que recreó en sus obras-.

Este proyecto nació de la inquietud por narrar la vida de una escritora que compartía espacios literarios con autores reconocidos, entender las contradicciones que atravesó por su condición de mujer, entre las ideologías que surgieron en el siglo pasado y su oficio como autora. La sociología de la literatura permite preguntarse por las condiciones sociales en las que un autor desarrolla su obra, sea para relacionarlo o para entender más aspectos de su escritura. Así se pueden tener luces que conduzcan a las problemáticas que atravesó para la divulgación literaria y los porqués de su tardío reconocimiento.

Con Marvel el proceso empezó por un interés literario y personal que pasó a ser una investigación periodística, donde la reportería fue clave para la reconstrucción. Al ser ambas mujeres costeñas crecimos rodeadas de un universo femenino en el espacio privado, pero en sociedades establecidas bajo el poder y control de los hombres. Aquello me llevó a analizar sus historias escritas en el siglo pasado pero que siguen vigentes en la actualidad. Como la autora ha sido estudiada -mayoritariamente- desde la academia se hizo una recopilación documental de los artículos y libros que pudieran brindar información sobre su vida, muchos de ellos lo hacían en relación con su obra. Luego de esto, se tuvieron entrevistas y conversaciones con críticos literarios, amigos de la autora -varios residentes en países europeos- y familiares. Además, se realizó un viaje a la ciudad de Barranquilla donde se estuvo tras sus huellas, con un recorrido por los lugares que marcaron su obra y vida. Todo esto llevó a una reconstrucción periodística, que utilizó cuatro técnicas de reportería y narración: revisión documental, que incluyó la lectura minuciosa de sus dos novelas y sus dos libros de cuentos y de las investigaciones académicas que se hicieron sobre ella; entrevistas

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con familiares, amigos, albaceas y estudiosos de su obra; el ir a Barranquilla a recorrer las huellas que ella dejó en el barrio El Prado, en el bar La Cueva, en las calles del carnaval y en la que fue su casa; una revisión de sus fotografías entendidas como testimonio de lo que ella fue para luego reconstruir con palabras momentos concretos de su existir. Dada la poca investigación sobre su vida había vacíos y fue la utilización de la crónica como un género periodístico que está hermanado con la literatura lo que permitió crear unos ambientes, unos diálogos, unos paisajes que permitieron trazar un mapa de su vida. Para darle vida a Marvel se tuvo en cuenta las trampas, las brumas de la memoria: las personas que entrevisté la conocieron hace más de 20 años, sus respuestas, sus recuerdos, necesariamente no son una verdad absoluta, son simplemente sus recuerdos atravesados por el tiempo, el olvido, el afecto, las subjetividades. Así que el proceso de unión de momentos se hizo con cuidado, respetando lo que cada persona contó y ubicándolo en el contexto adecuado...es Marvel Moreno en la memoria encarnada de memorias.

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Primera parte Marvel Luz, eres tu mi inspiración, Marvel Luz, es tu risa una canción.

Macumba de Lucho Bermúdez en honor a la reina del Carnaval de Barranquilla de 1959.

Fue en 1973 cuando un par de médicos la atendieron en el Hospital Saint-Louis de París. Parecía una habitante de calle, no tenía con qué pagar. Aún así la examinaron. El diagnóstico, una enfermedad terminal e incurable que le apresuraría la escritura y la mantendría en soledad durante sus años bienaventurosos.

Marvel Moreno llevaba más de dos años conviviendo con preocupaciones: dificultades económicas, la obligación de cuidar a sus dos hijas Carla y Camila, una ansiedad por escribir historias que le daban vueltas en su cabeza y fuertes dolores en sus articulaciones. El lupus que afectaba su sistema inmune la sentenció a dos años de vida. Pero no, viviría 22 años más. Han pasado casi tres décadas desde su deceso y yo he decidido buscarla, como quien lo hace con alguien que se le ha perdido sin preguntarle si quiere ser encontrado, unir sus fragmentos en el rebusque de recuerdos, de los suyos, de los lejanos, de los que imagino. La estoy buscando, en presente y en gerundio, como una acción que se mantiene en el tiempo, que no cesa así no aparezca.

*** Está encima de una carroza que atraviesa el bulevar Olaya Herrera, lleva un vestido largo y pomposo que alguna modista hizo con el mayor de sus cuidados, lo mueve a su antojo, lo pisa y jala para extenderse ante el barullo de gente acercándose hacia ella; corresponde a los saludos y gritos de quienes vociferan su nombre desde las aceras. Es una celebridad, lanza besos reales que enamoran a los hombres más inquietos y asombran a las mujeres más dóciles. Marvel Luz Moreno es la reina del Carnaval de Barranquilla de 1959. Así lo ordenó la Junta Directiva, conformada por seis hombres que ingresaron en su casa del barrio El Prado.

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Fotografía

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Junta directiva del Carnaval de Barranquilla con Marvel Luz Moreno. Año 1959.

Aquel nueve de enero lleva un vestido negro ceñido, un collar de perlas que cae por su torso y el cabello en rizos esponjados -el mismo que había llevado durante sus 20 años de vida- con la ausencia de una capul que le daría años después un toque jovial. Está en la mitad, tiene la mano en su pecho como quien acaba de recibir un cumplido, que acepta con modestia para no verse descortés. No está incómoda, sonríe mientras que uno de los hombres parece contarle un chiste. Las miradas están sobre él y los demás -de traje y corbata, con pañuelo en bolsillo y brazos atrás- sonríen ante su declaración. Todos sobrepasan la edad de ella en unos 20 o 30 años. Es el inicio del reinado de Marvel Luz I.

*** El Carnaval de Barranquilla es una fiesta cultural, folclórica y tradicional en el que las calles se vuelven pasarelas de grupos de danza que llevan meses en preparación. Los habitantes se disfrazan con trajes de colores chillones, acompañados de máscaras con ojos grandes y narices que sobresalen. Cada persona se dedica por cinco días a celebrar, teniendo en cuenta un significado histórico o deshaciéndose de él, entregados por completo a los tambores resonando en las tiendas de barrio o, en el mejor de los casos, en las grandes fiestas del Country Club.

Suele realizarse entre las últimas semanas de febrero y las primeras de marzo, dura ocho días y termina el martes antes del inicio de la cuaresma, que es el miércoles de ceniza. Que preceda a una tradición religiosa es un indicativo de una sociedad barranquillera regida por el

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catolicismo, que trae consigo culpa y expiación de los pecados. La festividad impacta a los ciudadanos en su esfera privada, irrumpe las actividades y ha dejado una carga significativa en las mujeres: desde niñas sueñan con ser reinas.

Es el anhelo de las pequeñas, juegan a serlo, se maquillan y se preparan para el acto, han entendido que así serán dignas de la atención, de admiración en la ciudad, pero son las de clase alta quienes saben que pueden llegar a serlo y las ventajas que esto trae: un lugar en la historia de Barranquilla, una venía a sus familias y generaciones siguientes. La reina visita barrios populares, baila durante más de 12 horas diarias, su quehacer se materializa en está última acción junto a la más importante: ser entregada a la fiesta. Todos la admiran, desean fotografías con ella, las pequeñas la observan como un modelo a seguir y los hombres la persiguen por un saludo. Ahí estaba Marvel Luz, con su nombre de boca en boca, siendo la mujer más alegre de Barranquilla.

Todo el artificio que rodea el carnaval pretende reunir a las culturas de la arenosa, sin embargo la elección de la reina, las polémicas de los reinados populares por los intereses económicos y la mayoría de actividades distribuidas entre quienes habitan la Barranquilla del norte -esa que ostenta mayor dinero- disrumpe en la pretensión de un carnaval que no sea solo de las élites que organizan, programan y ejecutan. En ese panorama que se mantiene desde su creación en 1881 fue condecorada Marvel Luz.

En su cuento La noche feliz de Madame Yvonne, el personaje principal narra cómo se vivía el carnaval, ese momento culminante de la vida social en Barranquilla. “Nadie buscaba más nada. Vivir embrutecidos por el calor todo el año y durante cuatro días emborracharse y bailar con un sudor que se pegaba a la ropa y desleía el maquillaje. Cuando uno sabía que las mujeres pasaban dos meses preparando las comparsas, dos meses yendo donde las costureras con lentejuelas y piedras y cintas para los disfraces que sólo una noche iban a lucir. Y no hablaban de otra cosa. Y se excitaban, se apasionaban, hacía de sus disfraces una cuestión de honor”.

El debate de su reinado se ha extendido entre la extrañeza y la equivocación, la pregunta constante: cómo una mujer que tendría oficio de escritora terminó dentro del espectáculo

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carnavalero. Suele pensarse como una coincidencia frente a los azares de la ciudad, la intención propia de ser reina, los estándares del medio social que la rodeaba o incluso, un requerimiento de su madre al que ella accedió.

Se ignora un poco a esa adolescente que frecuentaba el Country Club junto con sus amigas, lugar de encuentro de jóvenes y adultos que pertenecen a las clases altas, donde las mujeres que asistían encabezaban la lista para ser reinas. Además participó en la comitiva de reinas anteriores, bailó en los eventos de los carnavales como cualquiera, entregada a la celebración, al tiempo que su formación como intelectual brotaba desde bibliotecas familiares. Su prima Linda Falquez le había abierto la puerta más importante, tener una reina en la familia. Eso ubicaba la mirada en los Moreno Abello.

No dejaba de ser la personificación de una joven rebelde barranquillera. No era necesario el activismo puro para que una sociedad que se dedicaba al escrutinio público observara con reparos a Marvel. Cuando era adolescente, tuvo que retirarse del ‘Saint Mary School’ por su defensa a la teoría darwinista. Al tiempo que era una lectora voraz de clásicos literarios, lejanos a lo publicado en su propio país. En medio de su afán literario, convenció a sus amigas Anabelle Vergara y Mariela McCausland de Brown de inaugurar la revista ‘Nosotras’, con apoyo del dueño del periódico El Nacional. Sin embargo, no trascendió más que el recuerdo de un proyecto juvenil.

Su prima Liz Abello me cuenta, con cierto desparpajo en su hablar, que fue Marvel quien le enseñó a leer, la introdujo en las pinturas y el arte. Liz aprovechaba sus conocimientos en gimnasia y yoga para practicar junto a ella pero su madre temía, ingenuamente y sin negarle nunca acercarse, que su hija enloqueciera como Marvel por pasar horas en cuanto libro hubiera. Para el resto de las personas se trataba de una mala influencia, constantemente criticada por sus acciones.

A su vez, aprovechaba los años de ser considerada una ‘señorita’ para asistir a las fiestas carnavaleras que le apetecía.

Había que verla vistiendo de pierrot, con un traje completamente blanco con botones negros, que complementan su cara pintada de mimo. Cuenta el escritor Roberto Burgos Cantor, quien debió quedarse con un recuerdo que la memoria le permitió escribir 40 años después, que la veía sentada en el asiento del piano, mientras culminaba la ceremonia de partida a la fiesta. Estaba ahí presente con motivo de los

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carnavales de noviembre en Cartagena, mucho antes de las noches donde su nombre sería el que vociferaban por las calles.

Marvel tenía una distinción: su familia no poseía capital económico como el resto, mantenían las apariencias sociales de un pasado que no les pertenecía y, del que solo quedaban sus anécdotas. Fueron sus antepasados quienes hicieron de Abello, el apellido de su madre Berta, un linaje de prestigio, de élite. Por el lado de Berta existió un almirante de la marina militar española, un gobernador y un alcalde de la ciudad. Eso le concedió a sus padres ciertos privilegios entre la pequeña burguesía barranquillera. Moreno, el apellido de su padre Benjamín, no tenía tanto prestigio, aunque él provenía de la burguesía cartagenera y era un abogado apreciado que fue más conocido por su apodo, chaquetán, que hace alusión a su amor por el uso de chaquetas grandes.

Los Moreno Abello vivían en el barrio El Prado al norte de la ciudad, donde se albergaba la clase alta, alejados del lado sur, habitado por quienes poseen menos dinero. Era una casa de un piso, con un jardín que involucraba una larga terraza -común en las viviendas costeñas para que el acto de la contemplación en las tardes sea realizable-, techos altos y ventanas de madera adornadas por plantas. Vivía con sus padres, su hermano menor Ronald y entre varios períodos de tiempo habitaron parientes como tíos y primos.

Me encuentro enfrente de la casa, mejor dicho, de la que alguna vez estuvo allí. Su primo Miguel Falquez escribió en sus memorias una dirección a la que me dirigí en el barrio El Prado. Contrario a lo que describió Jacques Gilard -quien sería años después su albacea literario- en Las tres casas de Marvel Moreno como una mansión barranquillera ubicada en una esquina, solo queda una cadena de restaurantes que vende pollo, un automotríz, un edificio antiguo y otro de locales comerciales. Doy vueltas a la rotonda, pero no encuentro nada más que casas antiguas, algunas a punto de caer o abandonadas. Han quedado a la merced de la nada, del paso del tiempo con el derrumbe inevitable. En ese primer hogar fue atendida por empleadas domésticas que posaban con ella en las fotografías y donde su abuela materna Alonza Falquez Casola le enseñó las primeras lecciones morales, incluso antes que su madre. Era el primer vestigio del mundo femenino del que estaría rodeada.

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Por eso ahí está a sus tres meses y medio sobre las piernas de su abuela. Luce un gorro bordado que decora su cabeza calva, un vestido blanco lleno de encajes que sus manos, inquietas y gruesas, lo aprietan con fuerza. Alonza se mantiene seria, intenta sonreír con los labios pero sus ojos contradicen la acción, lleva el pelo recogido hacia atrás, y un par de hebras se deslizan hacia los lados. Sus gafas de marcos negros parecen recién puestas. Unas manos se posan en sus hombros, es Berta, la madre de Marvel de pie, detrás de ambas. Su peinado está lo suficientemente cuidado, un lazo adorna la parte delantera y sus labios forman una delgada sonrisa. Tres generaciones femeninas ante una clase social que intenta no fracturarse, retratadas en tres posturas que mantienen la rigidez de sus emociones. *** En 1959 el dinero y el renombre social no eran prioridades para la elección de la reina. Era el primer año del Frente Nacional con la coincidencia histórica del éxito de la Revolución Cubana. Ambos hechos -que parecían lejanos a la joven que había logrado el máximo título con el que soñaban las barranquilleras- serían temáticas que le atravesarían la razón, las emociones de las ideologías sigloveinteras y por ahí mismo, el amor y las circunstancias de la literatura.

Marvel era bellísima. No es un hecho subjetivo siquiera, las imágenes de su álbum de fotografías recopiladas por Fabio Rodríguez Amaya y Jacques Gilard, -ambos amigos, estudiosos y albaceas de la autora- dan cuenta de la joven de cara de porcelana, de cejas pronunciadas que hacían juego con sus labios carnosos y una sonrisa no reprimida. Movía a su antojo su cuerpo delgado, de piernas gruesas y brazos largos que caían a su lado como las de un maniquí. Su altura era distinguible y en su papel de señorita aprovechaba sus atributos para utilizar vestidos largos ceñidos y pendientes de adulta.

Esa belleza podía ser suficiente para su designación, puesto que al padre llegaron todo tipo de insistencias para que su hija hiciera parte del reinado, aunque había mujeres con más dinero, con más influencias sociales. Pero Gilard dejó constancia de lo ocurrido en aquel reinado, ‘el de la polémica’ titularían los periódicos. Ese año cambiaron las convenciones básicas del reinado porque Barranquilla quería ser reconocida ante el país como una ciudad próspera y por el discurso de unión nacional que querían enviar los dirigentes como premisa de los acontecimientos políticos. “Ese año, la reina no solo tenía que saber sonreír y bailar, sino

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también hablar: en el ambiente del naciente Frente Nacional, tenía que servir una estrategia ‘nacional’”, escribió Gilard. Su intelectualidad le abrió el camino para ser reina. El 30 de enero de 1959 fue la coronación de Marvel Luz I en el Estadio Municipal, un acto que el periódico local ‘El Heraldo’ anunció como brillante y original. La soberana se la pasó de barrio en barrio, donde dicen que aprendió la radiografía de su ciudad que la llevaría a narrar como un gran ojo que todo lo capta. Una faceta de soberana aclamada que no pudo apreciar su abuela, dado que había muerto en 1952. Su madre, Berta Abello, tuvo como oficio principal observarla. Se jactó de llenar cuadernos donde anotaba cada actividad que su hija realizaba, las películas que veía, los libros que tomaba de las bibliotecas, las conversaciones que la llevaban a la confrontación, los pensamientos que no podía adivinar pero sí imaginar. Fue la primera biografa de Marvel, como si tuviera la certeza del futuro que vendría para su hija. Gracias a esa actividad, tan extraña como de índole autorial, podemos saber que Marvel se la pasó “(en) verbenas que le tenían preparadas. Bailar con el que se lo pidiera, tomar los potingues que le brindaran etc, etc, y regresó a su casa, a las 11:30 de la noche, ¡ronca, helada de frío y medio muerta de cansancio!”. Fue una reina puesta para el espectáculo que debía brindar acorde a la ocasión. En cada aparición pública Marvel lucía recatada, utilizaba los ademanes de una reina, la mano izquierda en alza, con movimientos leves de saludos. Y ahí seguía la sonrisa, penetrante a las fotografías, a las crónicas y a los recuerdos. Llegó su momento de hablar, aunque seguramente fueron muchos, Gilard nos brinda uno en particular, donde Marvel pronuncia lo que la Junta, su madre y los políticos requerían. “Lo primordial es la paz de Colombia”. Sin el existencialismo de los libros, pero ante la certeza de quién sabe lo que hace, quien decide su destino y quien se planta para decir lo que otro quiere escuchar.

Gilard no ha sido el único buscador del pasado -hemos sido varios, en realidad-, Yohanna Abdala es una estudiosa académica de la autora, en su libro El devenir de la creación ha dejado consignado la presunción de un factor económico que llevó a Marvel a esa posición. A cada mujer que lograba ser reina del Carnaval se le otorgaba una beca universitaria. En el caso de Marvel su familia no poseía el dinero suficiente para pagar sus estudios. Por lo que, el llevar a cabalidad su reinado implicaba la posibilidad de ingresar a la universidad. Sin embargo, su padre se gastó el dinero en otra cosa.

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Llegué a Barranquilla dos días después de terminar el carnaval, un día después del miércoles de ceniza de 2023. No había rastro de fiesta, por lo menos no a simple vista, extrañamente una quietud otorgaba la entrada a una ciudad que está lejos de obtener el título de nocturna; aún así las condiciones me llevaron a buscar a Marvel durante esas horas. Los vientos amenazaban con tumbarme, un presagio de que estuvo ahí, en esas calles en las que se inspiró para escribir En diciembre llegaban las brisas, su primera novela. No fue hasta el día siguiente que empecé un recorrido construido por las huellas de quién pudo ser reina y fue rescatada como escritora, una cartografía informal de los lugares donde su presencia implicó un retumbar en sus sentidos para sus letras. Pero antes de que me atreviera a marcar ese camino ella se presentó de repente, como un fantasma. Mientras el conductor ingresa al centro de la ciudad, mi mirada choca con su cara pintada en claroscuros en un mural blanco. Ahí estaba su capul negra -esa famosa ‘china’ que utilizan muchos de sus amigos para describirla-, su nariz perfilada, sus labios rotundos, sus ojos vigilantes, observadores, los mismos que utilizó durante años para retratar la Barranquilla que habitó, a punta de los recuerdos que no dejó desvanecer en la memoria. La acompañan otros rostros, los de la cantante Esther Forero y la poeta Meira del Mar. Las tres vivieron una ciudad similar aunque sus temporalidades rebasan las unas con otras y a lo mejor, solo tienen en común la casualidad -casi mortal e inaudita, como gloriosa y extraña- de ser artistas barranquilleras.

Llego entonces a lo que en la actualidad se conoce como la Casa del Carnaval, que tiene un museo en el que cuenta la historia de la festividad y se exponen sobre los vestidos que han utilizado las reinas. Busco a Marvel entre los maniquíes expuestos y aunque me acerco a la fecha de su reinado, no hay información suficiente para exponer su traje. Sin embargo, con solo unos pasos más, se encuentra una línea de tiempo donde está su nombre, su imagen y su primera novela que surgiría en los años de exilio. Respiro creyendo que está ciudad la mantiene con vida, por lo menos en una pared, en donde la reina es también la escritora. La redención citadina para la reina fue fugaz, Marvel Moreno fue un nombre de semanas o mucho menos, su nombre se fue desvaneciendo bajo sus propios deseos. Sin embargo, su presencia hipnótica hizo que ciertos sectores la siguieran recordando, especialmente en los

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barrios populares, donde algunas niñas comenzaron a ser bautizadas con el nombre de Marvel. Así lo consignó Ramón Illán Bacca, en la Revista Caravelle, quien al cuestionar por ese nombre le contestaron que hacía alusión a una reina que fue muy bella.

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Segunda parte Tras un año de la algarabía que trajo su reinado, Marvel abandonó la mayoría de eventos sociales y se refugió como asistente de un hospital de caridad, mientras ocupaba su tiempo en juegos de canasta y tenis en el Country Club. En aquel lugar Juan B. Fernandez, cofundador del diario El Heraldo, presentó a la ex reina con el periodista que recién emergía en las letras, Plinio Apuleyo Mendoza.

Se trataba de un hombre del interior del país, la personificación del imaginario del perfecto ‘cachaco’. Usaba unas gafas cuadradas sostenidas por su nariz grande que hacía juego con sus orejas, también grandes. Tenía cercanías con los ideales de izquierda, reconocido por ser hijo de un político y periodista boyacense liberal gaitanista. Se presentó en la costa Caribe bajo lo que él considera una atracción inexplicable, llegó borracho y de madrugada, arrastrado por su amistad estrecha con Álvaro Cepeda Samudio, quien aún no era el escritor de la novela La casa grande.

Esa presentación con Marvel retumbó en ambos, aunque era inimaginable pensar que ese encuentro cambiaría sus vidas. Plinio escribió sus recuerdos en El extraño destino de una escritora, ahí habla de esa cierta seguridad con la que, desde el primer momento, ella presintió que se casarían: llegó a su casa y le dijo a su madre “conocí al hombre con quien me voy a casar. Él no lo sabe aún y es muy tímido: tardará varios días en llamarme”. Hasta ese momento, Plinio solamente sabía que se trataba de una ex reina del carnaval, por lo que fue cuestión de salidas que tardaron en concretarse, como el presagio que tuvo Marvel. Con el tiempo ambos descubrieron que querían dedicarse a la literatura. Fue en una cena que ella le contó por primera vez que cultivaba ese oficio desde pequeña y que tuvo la certeza de tener entre sus manos una novela -destruida, pues entre más leía sabía que no era lo suficientemente buena-. Allí, en lo que seguía siendo uno de sus tantos compromisos sociales, se acercó al oído de Plinio para decirle que aquel reinado no le interesó para nada, “yo lo que quiero es escribir” le reveló.

Se apartó de sus días como asistente hospitalaria después de decidir volver al bachillerato, inconcluso desde su defensa por las teorías darwinistas y una enfermedad de la que poco se sabe. Aceptó su ruptura interna con el catolicismo que la alejaba de la religiosidad que

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imponían los colegios de la ciudad y confirmó que su mejor -y única- opción era el Liceo de la Universidad Libre por no aplicar esa doctrina. Sin embargo era un colegio exclusivo para hombres y de clase más popular que sus anteriores colegios. Las vacilaciones se esfumaron en ella, se presentó ante el rector y lo convenció de ingresar.

Fotografía 2. Plinio Apuleyo y Marvel Moreno. Año 1962.

El 5 de octubre de 1962, con los recuerdos de su reinado desapareciendo de la cotidianidad de la ciudad, Marvel Moreno luce un vestido blanco ceñido con un velo pomposo sin mucha caída y una capul que le rozaba las cejas, Plinio está elegante con un traje de corbata y las gafas de siempre. Ella se ríe para ocultar sus nervios mientras él finge estar sereno, pero se le escapa una sonrisa en su hablar al tiempo que sus manos tiemblan cuando intenta sostener los votos que ha escrito. La colegiala cambió su uniforme por un fugaz vestido de bodas. La fiesta ocurrió en el Club donde se conocieron, Tita y Álvaro Cepeda Samudio fueron sus padrinos. Se casaron atravesados por sus ideales de izquierda, y a sabiendas de la desesperación que sentían por escribir cuentos y novelas. Sus albaceas literarios, Fabio Rodríguez Amaya y Jacques Gilard, aseguran en las actas del coloquio realizado en su honor que el matrimonio fue para Marvel una forma de esquivar la asfixia que le producía la atmósfera restringida de Barranquilla.

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Un año después cuando cursaba sexto de bachillerato -el undécimo de ahora- debió retirarse un mes para el nacimiento de su primogénita, Carla. De ahí vendrían cambios para la vida de ambos, con poco dinero se mudaron a un pequeño apartamento y ella conoció a varios amigos de su esposo, como el sacerdote Camilo Torres antes de ser guerrillero y a Gabriel García Márquez, el periodista que recién surgía en la escritura narrativa. Para ese entonces la imagen pública de Marvel era la de una joven con decisiones cuestionables y erradas entre las mujeres de su edad. Volvieron los murmullos de quienes consideraban que estaba loca por sus comentarios darwinistas y ateos o por su encierro constante en los libros de autores norteamericanos y europeos como Virginia Woolf, William Faulkner, James Joyce y Carson McCullers. Pero a ella no le importaban esos maldecires, le interesaba más ser consecuente con sus decisiones: si su condena iba a llegar, no podría ser por los caminos que otros escogían para ella.

Después de graduarse del colegio, la investigadora Yohanna Abdala cuenta que continuó con algunas actividades pedagógicas, “pero dura poco porque no resiste la atmósfera del conflicto entre los grupos de izquierda”. Era determinada con sus posturas, pero sensible a los conflictos mayores de los que no podría escapar. Así que en 1964, decide empezar el programa de Economía en la Universidad del Atlántico. Impulsada, tanto por un profesor del programa como por su desenvolvimiento en el tema, se dedica a una agencia de publicidad de la que se vuelve propietaria junto a Plinio.

*** Eran las tardes con su sol habitual, el cemento de las calles desprendiendo un calor que carcomía los cuerpos que se dirigían de un lugar a otro. Llegaban entonces, en grupos que llamaban la atención, al apartamento que Marvel compartía con Plinio. Hablaban por horas, tomaban la palabra respecto a cualquier tema que despertara la inquietud del bullicio artístico de sus cabezas. Eran locos, según muchos habitantes de esa ciudad en la que no encajaban, unos muchachos que sabían sobre teorías literarias y artísticas, muchas traídas de otros países. Liz Abello, que hacía las de hija adoptiva, se escabullía de su madre para estar presente en esas conversaciones, un paralelo similar con la infancia de Marvel, cuando su abuela le permitía escuchar las conversaciones de los adultos.

Ahí estaban Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Norman Mejía, Germán Vargas, y otros tantos que empezaron a tener reuniones

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de camaradería, acompañados de unos tragos que se sobreponían a las palabras de intelectualidad con las de burla y disfrute. Casi siempre de camisas abiertas con pantalones ajustados, algunos de traje sin corbata, eran descomplicados pero nunca estaban mal vestidos. La mayoría dejaba que sus bigotes fueran la imprenta con la que podían ser reconocidos, dejaban sus cabellos sin peinarlos mucho y normalmente se les colaba un trago o un cigarrillo en la boca.

Antes de reunirse en el apartamento de los Apuleyo Mendoza iban a La Cueva, una tienda de barrio en la esquina de la calle 59 con carrera 43. Antes de que ellos llegaran con su cháchara intelectual y le dieran fama, allí uno encontraba todo tipo de alimentos y bebidas, como cualquier negocio que hacía lo necesario para subsistir. Han pasado casi 60 años de esas tertulias y hoy estoy afuera de La Cueva. El conductor del carro me contó varias veces su constante percepción del lugar. Un lugar bohemio, concluye. No entiende por qué estoy ahí y cuestiona incluso mi edad. En las calles anteriores el panorama es de ventas informales, de alguna manera organizadas en filas, que manejan poca distancia entre una y otra. La noche ha sido anunciada por las brisas de diciembre que se mantienen en extensión durante el año, hasta su aparición. Giro la manija en varias ocasiones, sin resultado. Una mujer me deja ingresar, es cuando el conductor desaparece.

Me preguntan por la reserva, porque al parecer el lugar que figuró como tienda durante décadas ahora vive en cierta elegancia flotante. Cada mesa está siendo organizada para una noche de música en vivo, en la que cada persona debe pagar para disfrutar el espectáculo. Tiene las baldosas características de las casas costeñas, como buena insignia de su antiguedad, cada una posee la medición perfecta de un cuadrado, con colores que intercalan entre el blanco y el negro. Sus paredes son blancas y del techo caen cabezas de animales en cerámica. En cada esquina se desprenden juegos de luces moradas, dando la sensación de opacidad.

En las paredes hay imágenes enmarcadas a blanco y negro, pinturas de los miembros del Grupo de Barranquilla -con los años ese fue el nombre otorgado a aquellos hombres-, placas incrustadas que explican brevemente cada momento capturado. Desde la barra se puede ver una foto de pared en la que 20 personas posan de pie, entre ellos es fácil reconocer a García Márquez. En el resto de cuadros se distinguen varios momentos: están fumando, emborrachándose o solo posando junto a botellas de alcohol mientras esperan ser capturados

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en los lentes fotográficos. Tantos, pero tantos hombres, que no dan paso al asomo de un rostro femenino.

—Ellos se reunían aquí a escribir—dice un anciano sentado a mi lado, que también se ha perdido en la imagen detrás de nosotros y recurre a explicarles, a quienes parecen ser, sus nietos.

—¿A escribir?—El barman cuestiona con cierta sonrisa. —No, a beber. Allá—señala refiriéndose a las paredes—hay fotos de ellos bebiendo.

Incluso Marvel aseguró que era poco lo que se charlaba sobre literatura, se trataba de un tema como cualquier otro, pero no el principal. Ella llegó a ellos cuando aún no daba sus primeros pasos en la escritura, figuraba por su reinado y su esposo cachaco. Era inusual que una mujer quisiera sentarse con ellos, que pudiera estar en entornos masculinos sin intimidarse y que poco le importara la crítica de quienes observaban. Los conoció en su cotidianidad, como escribió el profesor de Literatura Ariel Castillo: “de pantuflas y guayabos”. En ocasiones se encontraba acompañada de su hermano Ronald -interesado por la literatura de ciencia ficción, como pocos en esa época-.

Fueron pocas veces las que contarían con su presencia porque el medio no era precisamente el de una mujer y, principalmente, por la poca relevancia que ella le daba a colectivos culturales. Fabio Rodríguez me contó que esta cualidad no era un asunto personal contra el Grupo de Barranquilla, simplemente ella “nunca formó parte de cenáculos, canarillas o mafias, tan usuales y peligrosas en el mundo artístico-cultural”. Se mantuvo quieta, a un lado, sin sentir esa importancia que se extendió por la época sobre los grupos literarios. Sin embargo, fue cercana al pintor Alejandro Obregón, al periodista Germán Vargas -le dedicó algunos cuentos- y al escritor Álvaro Cepeda Samudio -ella fue una de las primeras en leer los manuscritos de La Casa Grande-.

“Yo estaba casada con Plinio Apuleyo Mendoza, que era amigo de ellos y como estaba en la universidad y además trabajaba por las tardes salía de toda esa actividad cansada y con sed y la mejor manera de tomarse una cerveza o un refresco era pasar por La Cueva. Allá los veía, hablaba con ellos, pero nunca me parecieron importantes. Y lo más curioso es que siguen siendo lo mismo para mí, los sigo viendo como los veía en esa época”. Así lo cuenta en una de las pocas entrevistas que se salvaron de no ser olvidadas, aunque se mantiene de difícil

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acceso. Se trata de ‘La palabra es muy pobre’, albergado en Hombres de palabra, contenido de la Revista Cosmos.

En diciembre llegaban las brisas también hace referencia, de alguna manera, a el entorno cultural que conoció: “La vida artística de Barranquilla, reducida a su ilusoria academia de música, sus hirvientes teatros convertidos por entonces en salones de cine y sus poetas hambrientos celebrando el progreso industrial o escribiendo sainetes para halagar la vanidad de los señores locales, era mucho más consternante que una parodia: era el balbuceo nostálgico de una cultura olvidada, el desarticulado recuerdo de un pasado perdido, los gestos mecánicos de un ritual cuyo significado se había extraviado ya en los meandros de la memoria”.

Mientras espero la comida observo un sofá rojo amplio que adorna el salón principal de lado a lado. Imagino a Marvel ahí, sentada con las piernas cruzadas como suele verse en sus fotos de señorita, utilizando jeans a pesar de los comentarios y regaños por no andar de vestido. Está a la espera, con un cigarrillo en mano, adaptándose al ambiente de hombres mamadores de gallo que le ofrecen un mundo al que no está segura de querer pertenecer, no de esa manera. La imagino, como lo escribió Jacques Fourrier -alguien en un futuro relevante para su vida-, respondiendo con desdén ante la mediocridad o ante algún comentario que no merecía su atención. Ahora mismo posa frente a mis ojos un cartel que dice ‘prohibido fumar’.

*** A la vez que se movían por una esfera cultural y literaria que estaba dando de qué hablar en el país, Plinio y Marvel fueron afines a grupos guerrilleros, pero lo que se ha escrito y dicho al respecto es muy poco. Han sido descritos como participantes “en actividades clandestinas de apoyo a la guerrilla” por parte de los albaceas literarios de Marvel. También se ha denominado como una “discreta participación entre los grupos intelectuales de izquierda y realizan algunos contactos con los grupos revolucionarios colombianos”, así lo escribió Yohanna Abdala. Sin embargo, no hay acciones concretas que se puedan trazar. Era un secreto, que se suele otorgar erróneamente a una causalidad de Plinio, como si los ideales de Marvel no tuvieran cimientos en ser una intelectual de izquierda. Su albacea Jacques Gilard escribió que vivió de cerca actividades del Movimiento Revolucionario López Michelsen y que, así mismo, mantuvo contacto con guerrilleros de las

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Fuerzas Armadas de Liberación Nacional en Venezuela y “con jóvenes colombianos que querían ir al monte o simplemente evitar una captura y a los que había que esconder por unos días”.

Quizás sea de esos hechos que solo Plinio y Marvel puedan recordar en su intimidad de esposos, por lo que quienes la buscamos y trabajamos con su memoria quedamos con los supuestos de otros y los recuerdos que van borrándose con los años. Especialmente este hecho se concreta en lo poco, en la acción per se. Como si el secreto hubiera sido tan bien guardado que hace parte de lo poco que todavía les pertenece. ¿Qué tan metidos estaban? ¿Cuándo pararon?

Por esos días Miguel Fálquez, primo de Marvel, la veía caminar por las calles del barrio El Prado desde la ventana de su casa. Me lo cuenta en una llamada virtual que tenemos, la distancia entre países no nos permite una cercanía palpable. Encinta y llena de libros, Marvel tomaba ese camino diariamente para ir a estudiar. Dos años después de estar en la carrera universitaria de Economía nace Camila, su segunda hija, llamada así en homenaje al amigo cercano que fue Camilo Torres. Su nacimiento fue el mismo año que el sacerdote se incorporó al grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). Marvel todo el tiempo se estaba haciendo cuestiones filosóficas sobre su entorno, su condición de mujer, el papel de los hombres en la escritura y la injusticia social. En medio de esas preguntas interminables terminó en Siape, un barrio que está al sur de Barranquilla, junto al río Magdalena. Llegó buscando a una bruja, porque en esa cabeza de intelectualidades y literatura, la dualidad e incertidumbre predominaban. La bruja, con la seriedad que devenga un oficio en el que se pueden ver ojeadas del futuro, le auguró una vida llena de pobreza y enfermedad. La imagino estática, con una mirada fija y retadora ante esa sentencia, buscando el error lógico de ese momento aunque su corazón creyera en la firmeza de esas palabras. Plinio cree que también auguró que sería una escritora, pero que su modestia nunca permitió contarlo.

Marvel comenzó a escribir su obra literaria en 1969. Es decir, estuvo durante cuatro años en el papel de una madre trabajadora que a lo mucho visitaba La Cueva, tenía cercanías con la pintura y una militancia secreta. Yohanna Abdala cuenta que Marvel viajó a Bogotá debido a una discusión que tuvo con su esposo, en la que argumentaba su derecho a tener un amante al estilo de Sastre y Simone de Beauvoir, una afirmación difícil de asimilar para Plinio. El

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suceso se vería reflejado años después en algunas de sus obras, como una anécdota en El tiempo de las amazonas: “Cuando conoció al hombre que sería su primer amante, no quiso acostarse con él antes de pedirle a Luis el permiso de hacerlo, tal y como habían convenido de novios, en la época que Luis le afirmaba que vivirían a la manera de Sartre y Simone de Beauvoir. Luis aceptó y al día siguiente se volvió loco: llamó por teléfono a su padre para ponerlo al corriente de la situación y le contó toda la historia al periodista más chismoso de la ciudad. Fue el escándalo”.

En la capital del país ella se encontraba saliendo de un edificio con el frío absorbiendo su piel cuando se encontró a Germán Vargas, quien era periodista y un alentador de sus capacidades de escritora. De esas casualidades o supersticiones que la acompañaron durante un largo tiempo, Marvel cargaba el original de El muñeco, su primer cuento, en la cartera. Para su sorpresa Germán decidió llevárselo, así que en cuestión de semanas apareció publicado en el Magazín Dominical de El Espectador. Durante esos días asistió a la exposición de su amigo Alejandro Obregón, allí conoció al pintor Fabio Rodríguez Amaya y surgió una amistad que los llevó a un segundo encuentro en un avión fuera del país.

Hasta ese momento Marvel no había leído a sus contemporáneos, se había mantenido en los clásicos extranjeros.

Gilard contó a Carlos J.

Maria que en esa escritura hubo desconocimiento de La muerte en la calle escrito por José Felix Fuenmayor, tampoco reconocía los cuentos de Cepeda Samudio y en realidad, evitaba leer a García Márquez. Esto pasaba por una razón simple, aunque polémica: ella no estaba interesada en sus obras. Y se antecedía a un consejo que García Márquez le hizo espontáneamente, cuando hablaban de temas cotidianos en la espera de un banco, como quien tiene la necesidad de soltar las palabras: “nunca nos leas, ve a las fuentes como nosotros hicimos”.

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Tercera parte La letra menuda de Marvel se eterniza en su colección de cuadernos escolares. La vida parisina está detrás del sillón claro donde recibe sus visitas, ese mismo en el que escribió casi toda su obra. Todos los mediodías como un acto sagrado se sienta allí dándole la espalda a la ventana, y por añadidura, a la ciudad, a sus luces. La de las lámparas es la única luz que difumina las sombras de su escritura. Sus gatos maúllan acomodados a sus pies. Ella inclina su cabeza hacia el papel, la capul le cae a la altura de las cejas -así quiso mantenerla hasta sus últimos días-, sin estorbarle. Al lado no puede faltar un encendedor. La llegada a Francia fue un paso no calculado, una vida que no se había permitido soñar, aunque tuviera la certeza de querer salir de Barranquilla. Después de su pelea con Plinio optaron por un reencuentro de reconciliación en París, pero no fue solamente eso. Al llegar, ella le dijo las temidas palabras que él nunca esperaría: yo a esa ciudad no vuelvo. Gaby, personaje principal de El tiempo de las amazonas -al igual que la misma Marvel- cuenta que al llegar a París estaba en el lugar donde en principio habría debido nacer y resolvió instalarse allí para siempre tres horas después de haber llegado a aquella ciudad y sin saber hablar una palabra de francés. "Sentada en una banca de la plaza Paul Painlevè había mirado a su alrededor y vio a un anciano echándole migas de pan a gorriones y palomas que no parecía temer la presencia humana. Vio, también, a un muchacho enfrascado en la lectura de un libro y, frente a él, a una pareja de enamorados que se besaban en la boca. Todo eso era inconcebible en Barranquilla".

En Barranquilla no solamente estaba su pasado de reina carnavalera, también su familia, sus hijas, sus amigos intelectuales, la agencia de publicidad que les otorgaba estabilidad económica y una casa que estaban terminando de pagar. A Marvel le tomó un par de minutos observar París para querer quedarse ahí. Para su prima Liz Abello y para buena parte de su familia no fue una sorpresa, en repetidas ocasiones la escucharon decir que “se quería ir de ese pueblo”.

Ante el asombro y la confusión, Plinio contó que llamó a García Márquez, quien se había vuelto su confidente. Después de una espera, él le dijo que asistiera donde un psiquiatra. Por supuesto se quejó ante tal sugerencia, creía que si alguien estaba loco más bien era ella. Igual, accedió, y el psiquiatra le otorgó la razón a Marvel junto a una frase que resumiría el rumbo de sus acciones: ella tiene una vocación y un destino y es consecuente con ellos.

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Plinio regresó por poco tiempo a Barranquilla para cerrar la agencia de publicidad, soltar el pago de la casa y vender lo que tuvieran en el apartamento que vivían. Mientras que las hijas quedaron al cuidado de su abuela materna. Con esto solucionado volvió a Europa y se instaló con Marvel en Deyá, un pueblo de Mallorca, España, lleno de casas de piedra con un aire de antigüedad y colores opacos, donde el azul del mar se contraponía con las montañas boscosas. París tendría que esperar un poco menos de dos años.

Fotografía 3. Marvel Moreno con su hija Camila.

Año 1970.

Marvel y Plinio se instalaron en la que había sido la casa del fallecido poeta colombiano Carlos Obregón. Tenían poco dinero y una vida por resolver. Camila y Carla llegaron en 1970, encontrarse con ellas fue un asomo de Marvel siendo cercana a sus hijas. Camila era una fotocopia de su madre: caminaban agarradas de manos usando los mismos buzos largos para protegerse, sin importar que fuera verano. Llevaban la misma capul, con la diferencia que al ser tan pequeña no le había crecido lo suficiente. No encuentro fotos de Carla en esa eṕoca, pero se sabe que le gustaba aportar opiniones en las conversaciones que los adultos tenían.

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El nuevo colegio quedaba a varios kilómetros de Deyá, hasta allí iban en el destartalado jeep que conducía Marvel. El poco tiempo que podía ocupar para sí misma lo dedicaba a sus primeros escritos mientras que Plinio buscaba trabajo en Barcelona, a ocho horas de distancia. Eran días llenos de parsimonia. A pesar de las dificultades económicas, podía leer y escribir como nunca antes lo había hecho y pensarse consagrada a la escritura. Tuvo la fortuna -de esa que le abundó- de entablar conversaciones con el escritor Robert Graves, el famoso autor de Yo, Claudio. Surgió entre ellos una amistad cómplice y literaria que arrojó un apodo poco utilizado en su vida: la bruja.

A su vez crecía la amistad con García Márquez. Eran los años del boom latinoamericano, de escritores que dejaban sus países para ser parte de un fenómeno editorial más grande. Se sentía un entusiasmo literario que atrapaba. El colombiano Eduardo García Aguilar, que apenas cargaba consigo los sueños de ser escritor, se volvió amigo de ella y cuenta que los del boom vivían como en una nube, y que en esa nube "flotaba por supuesto Marvel Moreno, pero de manera marginal, porque las mujeres escritoras cercanas al boom no fueron reconocidas como tales jamás".

En 1970 surgió el proyecto de la Revista Libre, un elemento crucial en la conexión personal que ella tendría con una esfera cultural exiliada que buscaba su propia voz. Libre era un proyecto de unos cuantos hombres del boom que tenían la intención de publicar escritos literarios, ensayísticos y políticos. García Márquez fue quien decidió que Plinio fuera el secretario y el encargado de la jefatura de redacción.

A los pocos días Plinio fue a París con su hija Carla en búsqueda de una oficina para el funcionamiento de la revista y un apartamento donde vivir. Lo encontraron en el barrio Clichy, un suburbio alejado del centro de la ciudad que daba de frontera con sectores peligrosos. Era la materialización de los sueños parisinos que envolvieron a Marvel en su primera visita, un desquite a las limitaciones que le había impuesto la falta de dinero. Las reuniones empezaron a ocurrir en su apartamento, casi como un deja vú de lo que alguna vez fueron los encuentros de los integrantes del Grupo de Barranquilla. Pero ahora además de García Márquez, quien ya había escrito Cien años de Soledad, estuvo con otros de talla internacional como el peruano Vargas Llosa, el argentino Julio Cortázar y el español Juan Goytisolo. Este último, en un escrito recuerda que la conoció en una fiesta de inauguración de la revista en el Hotel Particulier, que su presencia atrajo su mirada sin saber que luego ella se

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convertiría en una "colaboradora enérgica y apasionada de nuestra empresa, la de su profundo y justo sentido crítico de las sociedades iberoamericanas y una valentía y rigor moral muy raros en el mundo de habla hispana".

Marvel estuvo permanente en la revista como redactora y opinando frente a los caminos editoriales, sin embargo su nombre nunca apareció en los créditos. Fue una experiencia breve que la llevaría a la separación de la izquierda revolucionaria, sin caer en posiciones de derecha. Tomó distancia en 1971 cuando explotó el ‘Caso Padilla’. Ocurrió en Cuba que el poeta Heberto Padilla fue arrestado y torturado por “actividades subversivas” es decir, por sus poemas contrarios al pensamiento de la revolución cubana; los intelectuales que se habían mostrado afines a la revolución y a los movimientos de izquierda se vieron en una confrontación de sus ideas. Marvel se pronunció desde su posición personal y como colaboradora en Libre abogaba por la resistencia de la independencia, buscando oponerse a formas de dictadura y una ideología marcada. Se distanció de García Márquez y Cortázar por la actitud que tomaron, especialmente del primero de ellos por la relación que siguió teniendo con Cuba.

Años después, conoció a Carlos Franqui, mano derecha de Fidel Castro. Aprovechó los sentimientos y reflexiones de su ruptura para narrar con la sutileza de las palabras un cuento llamado Autocrítica, en el que describe a una abuela autoritaria que cría a sus nietas bajo el temor de Dios y pretende modelarlas como mujeres recatadas, conservadoras, obedientes, una metáfora de lo que ella pensaba que estaba sucediendo en Cuba.

Lo que sería un inicio de formación arraigado a la escritura, a los consejos editoriales y a las reuniones de intelectuales con los debates constantes sobre ideologías y literatura, desemboca en una crisis que lleva a la culminación de Libre. En los meses siguientes Marvel desarrolló una corta faceta de entrevistadora gracias a su cercanía con escritores reconocidos como Severo Sarduy y Juan Goytisolo -a este punto también un amigo personal- a los que realizaba relatos literarios donde convergía una narración sobre el autor y su ambiente, luego realizaba preguntas profundas sobre cuestiones cotidianas.

*** La crisis de ideales que rodeó a los integrantes de Libre estuvo acompañada del debilitamiento de salud que tuvo Marvel. A finales de 1972 enfermó gravemente, sin poder costear servicios médicos. Sus hijas demandaban más tiempo para ser educadas pero

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difícilmente podía levantarse de la cama sin sentir que la muerte la arrastraba, con una fiebre ardiente que se mantenía por días.

Se protegía del frío de París con la única ruana que tenía. Tiempo después contó a varios de sus amigos sobre el día en que debió andar por el puente Neuilly que cruza por el Río Sena, con el viento helado sobre su cara, acompañada solamente de esa prenda. Viéndose rendida robó un abrigo de un almacén. El estar sin dinero la llevaba a situaciones por las que nunca pensó estar, como esa vez que revisó sus monedas y no le alcanzaba para un tiquete del metro. Años después, le escribiría al entonces presidente de Colombia (gracias a los puestos diplomáticos en los que trabajaba Plinio), Belisario Betancur, una carta sobre los padecimientos que pasaban los colombianos en el exterior y resume un poco ese hastío económico y social en una frase: “en París hace casi siempre frío”. Entonces vendría el hecho con el que inicié esta búsqueda. En el invierno de 1973 Marvel acude al hospital de caridad Saint-Louis donde los pacientes hacen innumerables filas con un papelito en mano, como lo cuenta Plinio, para ser atendidos por un médico; se encuentran con corredores desvencijados y funerarias en las intermediaciones. Es tratada como una indigente por el estado en el que se encuentra y por el poco dinero que tienen para que sea atendida por fuera del hospital. “Al fin, tras muchos exámenes, descubrimos que tenía un lupus incurable” escribió el esposo. No suficiente con eso, los médicos afirmaron con la misma ferocidad de la bruja de Siape que no duraría viva más de dos años. La medicación era escasa, los tratamientos no tenían avances significativos, así que el reposo y la quietud eran sus herramientas.

La falta de dinero fue una constante por la que ella debió apartar sus dolores de las preocupaciones diarias, buscó trabajo como traductora y profesora de español en las escuelas Berlitz y Pieger, aun cuando cada paso por el invierno parisino se convirtieran en dolores crónicos para su cuerpo. Con el tiempo pasó a ofrecer clases personalizadas en su apartamento.

Sus familiares en Colombia se enteraron de la enfermedad por medio de las cartas que le escribía a su hermano Ronald, a sus tías cómplices, esas mismas que materializó en su obra como personajes femeninos complejos. Ellas pasaron las noticias al resto de la familia, así como Liz recibía constantemente fragmentos de su vida, acompañadas de felicitaciones de

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cumpleaños o la festividad que fuera. Muchas veces Marvel le pidió que la visitara, pero la madre de Liz nunca lo permitió, seguía replicando que la locura de ella se le podría contagiar. No era solo su familia la que pensaba que podría estar loca, en París volvió a ocurrirle. Recibió un diagnóstico médico por parte del manicomio Sainte-Anne en el que aseguraban que necesitaba ser internada. Todo esto ocurría acompañado de una depresión que la carcomía y, en su búsqueda de respuestas recurrió semanalmente al psicoanálisis. Fue un período solitario en el que su psicoanalista la rescató de ser ingresada al manicomio. Meses después apareció en su vida la directora de cine Fina Torres, una joven que se conoció con Plinio en Venezuela y regresó con él a París. Fina llevaba sus sueños venezolanos en una maleta y confiaba en una cámara para cumplirlos, su aparición fue la de una hija menor que Marvel adoptó en poco tiempo. “Desde antes que se conocieran yo me había dado cuenta que Fina era como una copia de Marvel sacada en papel carbón: la misma inteligencia, la misma sensibilidad femenina, un olfato agudo con la gente, esa lectura sutil de los comportamientos humanos que sólo da un buen conocimiento psicoanalítico. La misma fragilidad, también. ¡Y las chifladuras!”.

Para Marvel era una mujer más joven que asimilaba el mundo de forma parecida a la suya y entre tanta acción incomprendida tuvieron la necesidad de alquilar una casa grande, fantasmal, en la costa sudoeste britana, una región francesa rodeada por el océano Atlántico. Ahora como lectora entiendo que no fue más que la intención literaria de sumergirse en el ambiente sombrío del caribe lejano, el mismo que encantaba a Fina. Allí Marvel escribe el cuento que titula Oriane, tía Oriane: “María desenvolvía los recuerdos de su tía con la misma fascinación que habría sentido al levantar la tapa de una caja de sorpresas. Podían aparecer cosas extrañas, amuletos y horribles figuritas de trapo. O podía haber algo velado a la vista. Porque casi todo, parecía tener un doble fondo: una mueca encerraba otra, un dado se repetía siete veces dentro de él mismo, un joyero revelaba casillas invisibles presionando botones ocultos entre arabescos”. Fina lo leyó con asombro, supo que su primera película sería una adaptación.

Así como Fina, aparecieron amistades que se mantuvieron entregadas al trabajo literario de Marvel y le brindaban un efecto contrario a la oscuridad que la abrazaba, como Jacques Gilard, traductor meticuloso de los datos y las palabras. Se conocieron en 1975, el mismo año en que Plinio y Marvel se mudaron a la Rue Croulebarbe, un barrio más familiar que el

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anterior, repleto de árboles, con calles curvas y el silencio suficiente para olvidar que vivían en una capital europea. A unas cuantas calles estaba una de las grandes plazas de la ciudad, La Place d'Italie. Vivían en el piso 17, en un apartamento que se mantenía iluminado artificialmente porque el sol entraba poco a comparación de la oscuridad que dejaban las nubes de invierno, cuando debían encender todas las luces para, citando a Gilard, “espantar la tristeza”. Él había ido hasta su hogar para una conversación con Plinio. Primero le llegó la voz de Marvel dictando clases particulares de español y luego se unió a la conversación. —Mi esposa escribe—le dijo Plinio a Gilard, orgulloso del que creía su descubrimiento. Marvel no respondió al comentario que la confrontaba con su oficio diario, protestó por tal confidencia expulsada en presencia de Gilard sin dejarle espacio para la pregunta y cambió de tema. Plinio hizo caso omiso a su falta de modestia y de interés por presentar su trabajo y meses después le envió el cuento La sala del niño Jesús. Emocionado por su escritura formaron una relación de afecto y admiración, en la que el idioma no fue una barrera. Su manejo del francés era bueno pero no avanzado, mezclaba palabras francesas con españolas y peor aún, muchas veces con el dialecto costeño que dificultaban su traducción en una voz que no perdió el acento barranquillero. Él le brindó comentarios sobre su textos, ayudó a traducirlos y corrigió los galicismos que se le escapaban.

Desde enero de 1976 Marvel se dedicó a escribir cuentos, tenía solo tres publicados y creía que podía tener material para un libro entero que en septiembre del año siguiente estuvo en las manos de Seix Barral y de Carmen Balcells, -la famosa editora que impulsó el destino editorial exitoso del boom latinoamericano-. Llevaba por nombre Algo tan feo en la vida de una señora bien, un guiño a la condena que hubiera vivido al quedarse en Barranquilla: “El matrimonio de Lilian había sido un detonador, el despertar. De casos así está lleno el mundo: una se deja envolver por la rutina, se somete a un marido anulándose hasta perder cualquier asomo de personalidad, hasta desarticularse, extraviarse en el personaje que él le impone; hace eso, sí, sin darse cuenta, porque es más fácil y la facilidad produce una especie de somnolencia; mientras tanto el tiempo pasa, el tiempo y la posibilidad de construirse una vida más conforme consigo misma, de ser lo que alguna vez quiso, vagamente, confusamente ser”. En diciembre había terminado todas las correcciones. Gracias a ese rastro de mujer costeña agradecida que la envolvía y no se apartaba de ella organizó una cena en honor a Gilard y preparó sopa de ñame, una comida típica del caribe colombiano. Marvel se mantenía

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expectante a que su libro encontrara lectores diferentes a su esposo y su amigo. En la cena usaba un suéter con blue jean, el pelo suelto y su constante capul. Sobre ese momento escribió Gilard “esa noche era la mujer más bella que yo había visto, un milagro de adolescencia y madurez”.

Marvel asumió su posición de encierro para ser escritora y ante una decisión que no fue informada se alejó de varios amigos, quedando con pocos que siguieron visitándola. Se movía ágilmente por la sala de su casa cuando ellos estaban, como una buena anfitriona que no quería que les faltara nada. Les brindaba whisky mientras conversaba de pie y se les iban las horas entre pensamientos sobre la vida, el amor, sus aspiraciones, su vida privada. También recomendaba libros y escritores que los llevarían a otras exploraciones de escritura. Cuando no eran visitas, solía pasar horas con el teléfono en la oreja esperando que sus amistades le contestaran. A las escritoras colombianas Gloria Díaz y Helena Araújo las llamaba constantemente para contarles cuanta cosa le ocurriera. Eso cuando no estuviera metida en sus cuadernos, de lo contrario eran sus amigos quienes debían llamarla, tocar su puerta, interceptarla de alguna forma para que no se perdiera en sus historias. Nunca le faltaron personas de confianza y habladurías, fue cercana a Marta Traba desde las épocas barranquilleras, también a los pintores Darío Gómez y Luis Caballero, así como al filósofo Freddy Téllez.

Los fines de semana había descanso y espacio para los compromisos, pero cada lunes retomaba sin falta su novela. Los comentarios de Gilard le llegaban por cartas y por teléfono, ya que él estaba en Italia. Luego de ellos cambiaba palabras, planteaba frases de forma diferente o incluso eliminaba pasajes si lo requería. Duraba horas en un párrafo inquietante y podía pasar días buscando una palabra exacta para lo que quería contar, sin mostrar textos inacabados.

Después de pasar por muchos rechazos editoriales, en 1980 fue publicado el libro de cuentos por la Editorial Pluma. Su circulación fue escasa y el editor censuró el cuento Autocrítica por considerarlo inconveniente por tratarse de “una metáfora anti estalinista”. La escritora y sus albaceas quedaron escandalizados ante la arbitrariedad del acto, buscaron repararlo con la edición posterior en Lecturas Dominicales de El Tiempo pero no fue un cambio significativo para el libro hasta la edición en francés, en la que Gilard pudo reubicarlo.

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Sin saberlo, ella se había ganado el respeto de quienes en Latinoamérica querían dedicarse a la literatura pero no se aventuraban a salir de sus países de origen. La escritora Helena Araújo afirmó que Marvel era una leyenda por haberse atrevido a dejarlo todo, llegando a París para aprender a ser escritora.

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Cuarta parte Desde el cuento La noche feliz de Madame Yvonne se podía ver la narración larga, barroca, por la que Marvel quería llevar su escritura. Descripciones más detalladas, con personajes redondos, contradictorios, que iban cambiando a lo largo de su existencia. En mayo del 78 Plinio se dio cuenta que la escritura de Marvel tenía un vuelo más allá del cuento, el de la novela, y le envía a Gilard una carta en la que escribe “Marvel lleva tres capítulos - de 25 o

30 páginas cada uno- de su biblia barranquillera, en la que se anda paseando impunemente

por tres generaciones. ¡Que desmesura!”. Estaba naciendo En diciembre llegaban las brisas. Para entonces Marvel había nombrado a Gilard como su albacea literario: ella temía que por cosas del destino un incendio, por ejemplo, en el piso 17 en el que vivía devorara sus escritos y nadie los leyera. Le pide a su amigo francés que atesore partes presentables del manuscrito, una decisión en la que sabía la relevancia literaria de su obra, y le envía cada cierto tiempo un sobre sellado con avances de la novela, cada uno con la condición prohibitiva de abrirlo hasta dos momentos, su muerte o si seguía viva, después de 1985. Solo enviaba lo que consideraba que podía ser publicable, no podía permitir que un texto inacabado fuera conocido. El fuego nunca ocurrió, el lupus tampoco se la llevó y Gilard escribió que con la primera parte de la novela Marvel "se había ganado un pedacito más de inmortalidad literaria”. Por esa razón y segura de que la enfermedad podía matarla en cualquier momento, la novela En diciembre llegaban las brisas -titulada así en honor a Barranquilla- tiene tres capítulos, cada uno se defiende por sí solo. Si Marvel hubiera muerto ese año, se hubiera publicado lo que Gilard alcanzó a recibir a través del correo.

Se mantuvo concentrada en su escritura hasta que en 1980 llegó la separación con Plinio, ese mismo año conoció al ingeniero francés Jacques Fourrier y se fue a vivir con él -de esta relación se sabe poco, de la que no se habló ni se escribió mucho-. Marvel quería que sus hijas fueran educadas en Francia y por mutuo acuerdo, Carla con 17 años y Camila con 14, se quedaron con su padre. Su dedicación a observarlas sin perseguirlas llevaron a que escribiera esto cuando Carla cumplió quince años: “No ha tenido necesidad, como yo, de atravesar grandes crisis de adolescencia para dejar atrás su infancia. Yo no me opongo a su libertad”. Cargó con su gata Salomé y fue vehemente en la repartición de libros: se llevó la Enciclopedia Británica, a Faulkner, a sus maestras Woolf y Yourcenar...Juan Rulfo fue el único que rescató de los latinoamericanos. Mientras tanto, la novela se embarcaba en un

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rumbo que parecía no acabar. En 1981 su oficina de trabajo era el apartamento que compartía con Fourrier, muchos libros y un par de gatos en la Rue de Ridder, un segundo piso en el que esperaba que sus amigos se anunciaran abajo para recibirlos recostada en el marco de la puerta. Cerca estaban el Hospital París Saint-Joseph y el Hospital Léopold Bellan, y ella, que recordaba cada día cómo el lupus la podía matar en cualquier momento, debía escuchar los sonidos estrepitosos de las ambulancias metiéndose en sus pensamientos, un recordatorio constante de su condena a la enfermedad, apartada de la escritura. Aún así seguía fumando, era el acompañante compulsivo de cada conversación.

A excepción de un cambio sutil del sillón por otro de un color más claro, la escena se repetía: los cuadernos escolares, los cigarrillos de Marlboro, los gatos a su alrededor y la escritura diaria. Solo apareció un pequeño problema, la escritura estaba a lápiz y necesitaban pasar el borrador a una máquina de escribir. Fue entonces cuando Plinio buscó al barranquillero Julio Olaciregui -que fue mecanógrafo en la Embajada de Colombia en Francia- y le pidió pasar a máquina unos capítulos de la novela. Empezó a ir todas las tardes al apartamento que compartía con Fourrier, así fue uno de los primeros lectores. “...Salir de noche con un rosario en la mano a caminar por las calles del Prado, su mirada desconfiada cayendo sobre las fachadas a oscuras, el oído atento a los rumores, hasta a los diálogos que de un jardín a otro se cruzaban entre las sirvientas”. Julio quedó fascinado por el retrato fidedigno que ella hacía del barrio El Prado y el carnaval de Barranquilla. Para él era como lo que Hemingway -que tanto detestaba Marvel-dijo alguna vez: cuando se está lejos, la memoria lo salva a uno. En 1982 Marvel sigue luciendo la capul de siempre aunque no la deja caer recta sobre su frente, la divide en dos lados y se recoge el resto del cabello. Sus labios se juntan en una delicada sonrisa que no deja ver los dientes. Las manos están quietas sobre sus piernas, agarradas la una con la otra. Lleva un vestido de cuello pomposo, mangas anchas y un estampado que evoca a las flores barranquilleras que crecen en las jardineras. A pesar de ser un día especial el vestido le queda encima de las rodillas, dejando descubierta sus piernas. Y a su lado su nuevo amor, Fourrier, con traje y corbata acompañado de unas gafas oscuras cuadriculadas. Tiene las manos agarradas en la misma posición de su prometida y una sonrisa pequeña que sí permite ver un asomo de sus dientes. Es 23 de diciembre, están en la Alcaldía de París para casarse. Su ex esposo está invitado y al poco tiempo, como registro de una amistad, Marvel acepta ser madrina del matrimonio de Plinio con la artista plástica colombiana radicada en París, Patricia Tavera.

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Fourrier era un hombre que tenía un estatus económico alto para permitirle a Marvel dedicarse por completo a su escritura, sin la necesidad de trabajar para subsistir. Por lo que allí terminó la segunda y tercera parte de la novela, sin el miedo del incendio y abriéndole paso a la muerte.

Por esos años, en 1983, su libro de cuentos fue publicado por Edition Des Femmes, una editorial de mujeres en París. Se vendió con una exposición mayor a la otorgada en Colombia y los rasgos de aquella publicista del pasado brotaron para realizar viajes cortos a ciudades cercanas, agotadores por su enfermedad a la que pretendía no darle importancia. En conversación con el profesor Ariel Castillo afirma que cuando las feministas francesas se enteraron que Marvel había sido reina del carnaval bloquearon su difusión, “no les pareció que se hubiera prestado para eso”. A la vez que Marvel siempre dijo con convencimiento que ella no era una feminista, que no militaba en el movimiento. Fue una complejidad que la embargaba por las reivindicaciones femeninas de libertades y defensa de los derechos humanos que se leían en sus cuentos y en su vida privada. Después de su ruptura con los movimientos revolucionarios -que no fluctuó sus posiciones de izquierda- y el pasar por varias corrientes, se quedó con la incertidumbre y afirmó: “Finalmente comprendí que el absoluto estaba fuera de mi alcance, que ninguna teoría filosófica, ninguna ideología política, podía abarcar la totalidad de las cosas y logré aceptar la incertidumbre”. Berta Abello, su madre, murió en 1984 en la capital colombiana lejos de su hija. Había mantenido con ella una relación de llamadas semanales que no llegó a ser un reencuentro parisino y no pudo aplaudir ese primer anuncio de la acogida internacional de la obra: un año después de su deceso, su hija fue finalista del Premio de la editorial Plaza & Janés. Su novela había ganado el premio, pero el editor la descalificó porque la consideraba otra obra más de la literatura latinoamericana -aun cuando es difícil encasillar a Marvel en un movimiento literario-. De igual forma el libro fue lanzado al mercado dos años después bajo la misma editorial, con varias mutilaciones en su edición y en las consideraciones de sus albaceas literarios como una mala publicación. A eso se le suma una circulación limitada, sin ser un éxito en ventas.

Por ahora en Colombia -en un pedacito de Colombia- solo era conocida por haber sido la reina de un carnaval. No se enteraron de sus premios ni de sus nuevos libros. Liz sí lo supo, de primera mano, y corrió la voz por las calles barranquilleras, pero cada vez que alguien la escuchaba le respondían que había enloquecido, que su prima era una reina carnavalera. Por

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mucho tiempo ella lo creyó así, hasta que la Revista Semana se interesó en su familia, en imágenes de Marvel y en querer contarla, fue un chispazo de conciencia sobre la reina que había dejado su ciudad para ser escritora. Las escasas ediciones de su novela llevaron a que se leyera en fotocopias que pasaban de mano en mano. En universidades y ambientes académicos se difundía informalmente, en palabras de Ariel Castillo se creó una especie de secta marveliana que estuvo bajo la guía de las profesoras Montserrat Ordoñez y Sara González.

Ese mismo año, Fina Torres les otorgó el regalo que había prometido. Un día cualquiera la invitó al estreno de su ópera prima, asistió despojada de expectativas. No pudo creer cuando vio el resultado: su amiga venezolana había llevado el cuento Oriane, tía Oriane a una película digna del Festival de Cannes que recibió el premio a la Cámara de Oro. Cuando los créditos llegaron Marvel buscó a la directora entre la multitud y, por un momento, los cuerpos entre el público se esfumaron para que Fina saltara de fila en fila hasta el abrazo. Aunque el guion fue adaptado a un ambiente venezolano al que pertenecía Fina, la película compartía la nostalgia del Caribe y los temas esenciales de incesto, secretos y cierta oscuridad que manejaba el cuento. No solo fue Cannes, la película tuvo reconocimiento internacional y llegó al festival de cine más antiguo de Latinoamérica, el de Cartagena ahora conocido como el FiCCi.

El reconocimiento no la detuvo como solía ocurrir con escritores que lograban el posicionamiento de sus nombres. Su enfermedad le impedía estar tanto tiempo bajo el sol del verano como del frío del invierno y su consigna arraigada de cuarto propio hicieron que comenzara la escritura de Barlovento, uno de los once cuentos que están en su tercer libro El encuentro y otros relatos.

Y en medio de la escritura del encierro, dejándose llevar por intenciones distintas a las que suscitaron su primer libro de cuentos, con la claridad de querer una obra literaria universal -más que local o ideológica-, su nombre vuelve a ser sonado en Europa, tras una revancha de los premios literarios. Con la traducción al italiano de su novela, Marvel ganó el premio Grinzane-Cavour en 1989, un reconocimiento que le permitió ir a Milán para atender entrevistas y recibir críticas literarias mientras que en su país las fotocopias siguieron pasándose.

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Fotografía 4. Fabio Rodríguez Amaya y Marvel Moreno en Turín, Italia. Año 1989.

Está en Italia con su cabello largo que le cae por su espalda y remata con unas ondas. Tiene la capul de siempre, pero no la deja caer sino que la organiza hacia el lado izquierdo de su frente. Lleva un blazer blanco, un anillo grande en el dedo anular de la mano izquierda, junto a un brazalete en esa muñeca. Está sonriente pero maneja una compostura de protocolo que se deja ver por la posición de sus manos agarradas sobre su cuerpo. La imagen no nos permite ver que lleva en la parte inferior, pero imagino que cambió los jeans -que tanto le gustabanpor un pantalón elegante. A su lado está Fabio Rodríguez Amaya, de traje oscuro, con una camisa abierta en los botones superiores y unas gafas oscuras que le dan una fuerte presencia. Ambos están siendo aplaudidos por el público. En la pancarta están los ganadores, justo en la mitad se lee: Marvel Moreno (Colombia) In dicembre tornavano le brezze. Aunque se la ve dichosa por esos días, en público y con sus amigos comentó muchas veces lo poco que le importaba ser reconocida. Aseguraba que escribir era lo fundamental, publicar vendría después, sin separar ambos pasos del ser escritora. Eduardo García Aguilar nunca la percibió ambiciosa, ni siquiera le contaba sus planes de publicación, Freddy Téllez tampoco tenía esa impresión de que ella quisiera imponer una obra pública. Al regresar de su pequeño peregrinaje debe mudarse a la Rue des Couronnes, una calle tranquila que aún hoy facilita el acceso al jardín Parc de Belleville, con su vieja fuente, sus senderos, bosques y túneles formados por árboles. La enfermedad y la escritura se mantienen como un hilo amarrado hacia ella que no la deja respirar. Sus salidas en el día se vuelven restrictivas por ambas causas al punto de ir al supermercado usando sombreros de paja y un

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par de gafas, además de protegerse la piel con camisas largas. Solo tenía un ritual semanal: cuando no había rastro de rayos solares salía al cine más cercano para disfrutar una película. Se resguardó en correcciones constantes hasta lograr un texto acabado del que propiciar lectores para su segundo libro de cuentos El encuentro y otros relatos, todo esto a pesar del desgaste físico en el que se encontraba.

En 1990 la diagnosticaron con un enfisema pulmonar y su respuesta ante los designios de la vida que parecían querer derrocarla es escribir otra novela llamada El tiempo de las amazonas, de índole autobiográfica aunque apoyada en la ficción, con el fin de narrar en formato crónica su experiencia en París, otra vez utilizando la memoria y dividiendo la historia en tres protagonistas. Este asunto que parece meramente literario ha dado de qué hablar constantemente cuando se estudia la obra de Marvel. Si bien hay asuntos de su vida que se pueden identificar y plasmar como parte de un pacto autobiográfico, para Fabio Rodríguez Amaya se trataba de que ella no tenía límites literarios entre la realidad y lo ficticio, haciendo de esa novela un entramado de hechos donde tomó de ambas lo que le corresponde.

En 1992 logró la publicación de El encuentro y otros relatos y sigue dedicándole horas y horas a su segunda novela. Dos años después, a comienzos de 1994, se encuentra con Gilard y editan la primera parte. Fue la última vez que se vieron, una noche en la que mantuvieron una conversación sobre mestizaje y democracia en América Latina, un tema que le interesaba cada vez más a él, pero que Marvel había recorrido por años en sus cuentos. Ella lo acompañó hasta la puerta del edificio y él notó por primera vez el desgaste físico en su cuerpo.

En junio de ese año se debilitó tanto que debió ingresar al Hospital Necker por una semana. Cuando vuelve a su casa se dedica frenéticamente a la escritura de la novela, dándole un final en el verano. Pasa un año difícil entre estaciones, hospitales y escritura desbordada. Para los amigos la enfermedad era un asunto menor, un tema que no tenía relevancia en su diario vivir porque ella evitaba quejarse de sus dolores. Pero luego de la llamada que en mayo de 1995 le hace a Julio Olaciregui, su mecanógrafo, fueron conscientes de la gravedad. En ella, con la voz ronca y perdiéndose en los sonidos, alcanzó a confesarle “estoy mal”. También en una llamada a Fabio Rodríguez Amaya sentenció: “ahora sí me voy a morir”.

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Existe una fotografía, que no sabremos si es la última pero sí de las pocas que se encuentran por esos días. Se ven unas cuantas arrugas en su cara que le pesan más que en años anteriores, la capul cae recta dejando espacios entre un mechón y otro. Lleva el cabello liso por debajo de los hombros y viste una camisa manga larga de rayas que no se ve ajustada ni abrigadora. Las cortinas están abiertas y los rayos de sol se instalan en el salón, está sentada en un sillón con las piernas cruzadas mientras que sus brazos cargan a su nieto, el último hijo de Carla, que no lleva más de cinco meses nacido. Marvel tiene una sonrisa tímida, pequeña y su mirada está directa a quien captura el momento y, por añadidura, directa a nosotros que la vemos antes de morir.

“Convencida de que la principal actividad de una mujer consistía en ocuparse de sus hijos y mantener a salvo las apariencias, dominadora y dada a la crítica, inteligente y segura de poseer siempre la verdad, al acecho del pecado, de las tentaciones y de los simulacros, mi madre habría sido un inquisidor perfecto pero no estaba preparada para el amor". El 5 de junio de 1995 -¡que malaventurados se vuelven los meses de junio para su salud!- Marvel escribe un fragmento que parece un diario personal, un escrito íntimo titulado Un amor de mi madre. Haciendo honor a la paciente de psicoanálisis que fue describe a Berta Abello e incluye esbozos de la relación compleja que tuvieron. Un reflejo de la escritura autobiográfica y las palabras que no podía mantener en su cabeza, la necesidad de narrar hasta su último día.

Pocas horas después la amazona barranquillera muere en su cama “con las primeras luces del alba en el París de sus sueños y desdichas, dolores y alegrías”. Ese lunes Fourrier tomó el teléfono mientras seguía sentado al lado del cuerpo que reposaba en su cama para avisarle a sus amigos que ya no habría conversaciones sobre temas que luego serían cuentos, ni se tomarían whiskys en los salones de su apartamento, mucho menos volverían a compartir un cigarrillo con la chica eterna de Barranquilla, como la inmortalizó Eduardo García Aguilar. Al otro lado de la línea Gloria contestó la llamada.

—Te daré una mala noticia—le dijo Fourrier intentando ser claro con su mensaje, sin dejarse rendir por la congoja de su voz.

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“Y te quedas ahí, esperando durante unos segundos que parecen siglos, haciendo el inventario de todos los que amas, temblando por cada uno”, escribió Gloria sobre aquel momento. —Marvel murió.

“Dos palabras, solo dos, que sin embargo son como una avalancha”. La misma escena se repitió con Helena Araújo.

Con sus albaceas no pudo ser por teléfono. Fourrier le dejó un mensaje en el respondedor de Gilard anunciando la noticia, él nunca se imaginó que se trataría de la muerte. Fabio se encontraba internado en un hospital cuando su hija con delicadeza y ternura le ofreció un paseo para contarle la noticia.

Eran teléfonos sonando por países europeos, también en ese país al que nunca quiso regresar. Fourrier le contó a los pocos contactos familiares que tenía, así llegó su muerte a tierras barranquilleras. “Mi papá me contó”, me dice Liz con una voz fuerte sin caer en sentimentalismos “fue tenaz, pero estábamos preparados. Al final la enfermedad la tenía bastante llevada”, lo sabían aún sin verla. Todos, incluyendo sus amigos parisinos, pensaban que la causa de muerte sería el lupus, no esperaban otro tipo de dolencia. Incluso Gloria, escribió en un homenaje años después “no le dijimos suficientemente cuánto admirábamos su talento, quizás porque nunca creímos eso de que nos podía dejar de un momento a otro”. Plinio se enteró a la distancia, estaba en Roma lejos de sus hijas. Carla estaba en el sur de Francia y Camila ya residía en Brasil, así que fue mensajero de la muerte por teléfono. Tres días estuvieron Fourrier y Plinio al lado del cuerpo acostado en la cama, como si descansara, Plinio detalló aquel momento así: “Bebíamos whisky, hablábamos y a veces no podíamos evitar que las lágrimas nos rodaran por la cara. Parecíamos dos viudos de la misma mujer”. Al día siguiente Fourrier siguió llamando personas, pudo contarle a Julio Olaciregui quien fue al apartamento y se encontró con el cadáver sobre su cama, con la compañía del esposo a su lado. Tenía un pañuelo rojo amarrado al cuello, y el perrito Donina (apareció en su vida después del premio italiano) acostado sobre su estómago.

Finalmente la ceremonia fúnebre fue en el cementerio Pere-Lachaise, a quince minutos del sillón donde Marvel estuvo sentada escribiendo por horas. Asistieron sus hijas, Plinio, Fina -notablemente afligida-, amigos del esposo y varios pintores colombianos residentes en París.

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Plinio le pidió a Julio que leyera en voz alta el inicio de El tiempo de las amazonas, aquel en el que a Gaby, personaje principal, los médicos le auguran poco tiempo de vida. Sin embargo este fragmento fue eliminado de la publicación, por lo que no se encuentra en la edición póstuma de la novela presentada al público en el 2020. Luego, sus cenizas fueron arrojadas al Sena. Se había cumplido a sí misma en no volver nunca a Barranquilla. Fabio y Gilard no pudieron estar por enfermedades y distancias que los limitaban. A los meses Gilard se reunió con Plinio y con Fourrier. Tuvo la impresión de que ella aparecería en cualquier momento para acompañarlos. Desde entonces, algunas noches Gilard sentía el impulso de descolgar el teléfono para llamarla, “como si, en el salón de la Rue des Couronnes, fuera Marvel a contestarme, como siempre”.

*** Dos años después llegaron intelectuales, estudiosos y amigos al Coloquio Internacional de Toulouse consagrado a la obra de Marvel Moreno, una unión entre la Universidad de Belgrano y la Universidad de Toulouse. Durante tres días de abril se dispuso el tiempo y conocimiento para su estudio, con ponencias y charlas que atravesaban su obra y vida personal. Allí estuvieron varios de los amigos que hemos mencionado. En la entrada una imagen larguísima de Marvel caía, Carla la vio al llegar con su papá y solo pudo llorar pensando en aquel reconocimiento “si mamá lo hubiese sabido”.

Gloria la imaginó en ese coloquio mirando a los asistentes con condescendencia, luego dar media vuelta y salir del recinto. Mejor dicho, dejándolos plantados porque de alguna manera siempre supo que su obra era grande y provocadora…ese habría sido un gesto, escribió Gloria “que refleja la integridad del que sabe lo que ha hecho y por qué y se retira con ese saber que va más allá de la mera conciencia de haber creado algo, ese saber que tiene que ver con el alma”.

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Epílogo Que difícil ha sido buscarte Marvel. Debo confesar que de manera ingenua creí tenerte en mis manos, tus huellas se me hacían indelebles en las calles de Barranquilla. Creía que guiada por tus obras encontraría el camino hacia ti, como si fueran una sola y el pacto autobiográfico fuera lo suficientemente fuerte como para no romperse. A lo mejor sí pude trazar un camino, escoger lugares claves, tratando de que sea lo más fidedigno a ti. Es el esbozo de una escritora que como muchas otras ha juntado la ficción con la realidad, que es observadora innata desde pequeña gracias a las mujeres que la rodearon y le enseñaron el mundo. Llegué a ti con creencias ideológicas que emergieron a los 16 años cuando te leí por primera vez en ese intento de ciudad junto al río Sinú, ese mismo que describiste como un caserío. Te seguí estudiando por mucho tiempo, en soledad, con la certeza de haber encontrado algo parecido a un mineral que debía explotar pero que se me escapaba.

Fui a Barranquilla a buscarte. Estuve en la dirección exacta que me dio Miguel para buscar donde vivías, en la casa grande del barrio El Prado, caminé a la rotonda por horas, como si estuviera segura de que tu casa -que solo había visto a blanco y negro- aparecería de repente. Estuve en el Hotel El Prado y te imaginé, como lo hice luego en La Cueva, en la Casa del Carnaval, incluso en el malecón que no llegaste a conocer. En todas partes buscaba tus pistas, una palabra que me acercara, un familiar que me llevara a tus secretos, un hecho que saliera de los textos académicos. Como esa vez que pasé por una peluquería que podía jurar tenía la silueta de tu cabello y tu cara, con un guiño en tu nombre. Seguramente no significaba nada, como tampoco la vista de una inmobiliaria que se llamaba MarbeLuz, eran coincidencias que en mi papel de investigadora creía podían ser oportunas.

¿Alguna vez soñaste con que tus amigos y lectores iríamos a los lugares que recorriste para intentar tener un esbozo de lo que fuiste? Elijo creer que sí, que te imaginabas siendo una escritora reconocida para la crítica literaria colombiana y que tus lectores dejaban de ser unos cuantos.

Déjame contarte un par de cosas: te rescataron del olvido literario y tus obras han sido reeditadas muchas veces, tus cuentos fueron compilados y después de la manifestación por un colectivo que surgió en tu nombre (Las Amazonas) lograron la publicación de tu última novela. Todo está como nuevo, de hace un par de años, como si siguieras entre nosotros y estuvieras apenas emergiendo en las letras. La sorpresa que rodea las caras de quienes te leen

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por primera vez al enterarse que estás muerta es pura incredulidad, como si no creyeran que fuiste de un siglo pasado y que moriste en silencio. Algunos amigos se han ido a acompañarte, como Gilard, otros se han mantenido cerca de ti, Eduardo por ejemplo suele pasar por el primer apartamento donde viviste en París y sigue sin poder creer la fortuna que lo llevó a conocerte. Fina es una directora de cine consolidada, ha dirigido todo tipo de películas haciéndose preguntas parecidas a las tuyas sobre el placer y el universo femenino. Plinio volvió a Colombia, se encuentra en la capital, en la misma ciudad que decidiste apostar por una reconciliación; los años le han pasado, ha protagonizado algunos escándalos por sus posiciones ideológicas, pero seguro de eso conociste bastante. Fourrier, tu amado Fourrier, se mantiene en París, aunque un poco alejado del resto de la manada de amigos que corrieron por ti. Aparece de vez en cuando con textos tuyos que rescata del olvido, sin hacer mucho bombo al respecto. Fabio es el profesor ilustre de literatura, quien se mantiene en la tarea de honrar tu legado. Gracias a su prestigio académico, ha logrado que las universidades intercedan en tu trabajo.

Miguel sigue en Nueva York, escribe cuentos y trabaja como traductor. Se emociona mucho cuando habla de ti. Y Liz, tu casi hija adoptiva, es una mujer adulta que se mantiene en Barranquilla desempolvando tesoros sobre su prima para contarle a todos. Ronald murió en el 2009, en Bogotá; siguió siendo ingeniero civil sin apartarse de la literatura de ciencia ficción.

Ahora los eventos relacionados contigo se atiborran de gente. Las pancartas de las ferias tienen tu nombre en grande y por lo menos en las universidades dejamos de leerte en copias. Ahora te nombran como secreto guardado de la literatura, rareza incluso, un mito que salió de la nada según muchos, cuando siempre estuviste ahí, cuando otros no te veían mientras sus ojos se enfocaron en quienes acompañaste. Estuviste entre los grandes, no solo tu vida personal sino también tu formación literaria y no te lo reconocieron. Te jugaron en contra, pero eso ya lo sabes. Te cuento porque quiero pensar en que existe una forma de seguir tu palabra.

No puedo decir que te encontré, todavía siento que se me escapan detalles de ti y para contrarrestarlo recurro a la imaginación. Te ubico en imágenes antiguas, construyo una escena en la que te mueves y con poco esfuerzo escucho tu voz. Mi última imaginación es un regreso inesperado que tienes a Barranquilla, un último vistazo al mar desde Puerto Colombia, con el calor volviéndote loca y segura que en unas horas te tendrá con una fiebre ardiente. Estás descalza sobre la arena con un vestido que poco usabas, la incertidumbre te

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llevó a replantear decisiones por más firmeza que tuvieras. Es diciembre y las brisas te recuerdan los secretos que contaste. Tu mirada está fija en el horizonte, solo puedes pensar en la forma del mar, en su oleaje, en las ramas que llegan a tierra firme, en los animales que se dejan llevar y en la vida que no ocurre allí, que ocurre en otro continente lejos de este mar.

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Anexos Obra completa de Marvel Moreno Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980) Fue la primera publicación editorial de la autora. En 123 páginas recopila cuentos que habían sido publicados en revistas como El muñeco y completa la producción con los cuentos Oriane, tía Oriane, El muñeco, Ciruelas para Tomasa, La muerte de la acacia, La eterna virgen, La sala del niño Jesús, Algo tan feo en la vida de una señora bien y La noche feliz de Madame Yvonne. La mayoría de los cuentos ocurren en Barranquilla, con personajes femeninos como protagonistas ante las encrucijadas del amor, la sexualidad y la libertad pero que se encuentran subyugadas al dominio de los hombres. Es de recordar que el cuento Autocrítica, presentado para ser publicado en conjunto, no fue incluido.

En diciembre llegaban las brisas (1987) Su primera novela retrata la historia de tres mujeres barranquilleras: Dora, Catalina y Beatriz en medio de la sociedad de los años sesenta y narradas por Lina, el personaje principal, quien toma sus recuerdos desde París para narrar sus vidas. Atraviesan complejidades y contradicciones en un universo femenino que se debate entre la libertad y seguir las tradiciones conservadoras implantadas. Así, se desenvuelven en escenarios privados que derivan en el papel público de la mujer de la época, en la búsqueda de un matrimonio y la conquista de su propio deseo sexual. Se encuentran con el quiebre por parte de los hombres que la rodean y del patriarcado que se extiende por la novela.

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Reedición en 2014 por la Editorial Alfaguara Gracias a la reedición que realizaron pudo ser más conocida la obra de Moreno en el país, dado que las primeras ediciones no fueron suficientes para su difusión.

El encuentro y otros relatos (1992) La escritora narra historias que ocurren en distintas partes del mundo, quitándole protagonismo a Barranquilla después de dedicarle gran parte de su escritura. Sus personajes atraviesan inquietudes distintas, haciéndose preguntas universales sobre posiciones ideológicas, la muerte, las relaciones familiares, sin dejar de lado los personajes femeninos que la caracterizan en búsqueda de cierta libertad, sea sexual o en el destino de sus vidas. Integra los cuentos Una taza de té en Augsburg, Sortilegios, El encuentro, El violín, El hombre de las gardenias, El espejo, El día del censo, La sombra, El perrito, La peregrina y Barlovento. Cuentos completos (2018) Tras el trabajo de revisión y edición por parte de Jacques Gilard y Fabio Rodríguez Amaya, se publica la recopilación de cuentos completos, que incluyen un libro de cuentos que no fue publicado dado que fueron relatos que Marvel escribió antes de morir pero fueron encontrados después. Así, se encuentran los libros de cuentos Algo tan feo en la vida de una señora bien, El encuentro y otros relatos y finalmente, Las fiebres del miramar. También se reúnen

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fragmentos que no llegaron a ser catalogados como cuentos, entre los que se encuentran Había que esperar, Recostada a la balaustrada, Un amor de mi madre. El tiempo de las amazonas (2020) La figura de las tres historias se traspasa a París en la década de los setenta, punto de partida para el recorrido por décadas que realiza la autora a través de Gaby (protagonista), Isabel y Virginia, mujeres barranquilleras que están unidas por el lazo familiar de ser primas. El universo narrativo se extiende con personajes latinoamericanos y parisinos que acompañan las cuestiones que han estado presentes en su obra: el deseo sexual de las mujeres como emancipación de la libertad, las edades adultas y la madurez que conllevan y las relaciones que se forman con otras mujeres.

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Fotografía 8. Portada del libro Cuentos Completos. Buscalibre. Fotografía 9. Portada del libro El encuentro y otros relatos. La Ventana Portal Informativo de Casa de Las Américas.

Fotografía 10. Portada del libro El tiempo de las amazonas. Librería Tornamesa.

Cita: Sánchez Peñata, Marcela (2023), Marvel Moreno en la memoria. De reina de carnaval a escritora de culto, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/37545