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Narrativas y personajes: puntos de encuentro entre los cuerpos representados y los cuerpos reales presentes en la literatura infantil y el Parque Biblioteca Belén

Samantha Andrea Medina Medina

Trabajo de grado para optar al título de Licenciada en Literatura y Lengua Castellana

Luis Gabriel Mejía Ángel, Doctor en educación Paola Andrea Fonnegra Osorio, Magíster en literatura colombiana

Universidad de Antioquia Facultad de Educación Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana Medellín

2024

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Cita (Medina Medina, 2024) Referencia

Estilo APA 7 (2020) Medina Medina, S. A. (2024). Narrativas y personajes: Puntos de encuentro entre los cuerpos representados y los cuerpos reales presentes en la literatura infantil y el Parque Biblioteca Belén [Trabajo de grado para optar al título de Licenciada en Literatura y Lengua Castellana]. Universidad de Antioquia, Medellín.

Línea de investigación:

Trazos contemporáneos de la literatura infantil

Repositorio Institucional: http://bibliotecadigital.udea.edu.co Universidad de Antioquia - www.udea.edu.co

Rector: John Jairo Arboleda Céspedes.

Decano: Wilson Bolívar Buriticá.

Jefe departamento: Cártul Valerico Vargas Torres.

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión de los autores y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor y conexos.

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Dedicatoria

A Bienvenida, Emilio, María, Marleny y Climaco, los abuelos y abuelas que la sangre y la vida han puesto en mi camino

Agradecimientos

Al primero que deseo agradecer es a Dios, mi sol, el que ha iluminado las tinieblas de mi entendimiento en más ocasiones de las que soy capaz de contar. Sin Ti toda palabra y todo esfuerzo carece de sentido y es tu llamado el que me ha traído a este final que veía tan lejano. Extiendo un enorme “gracias” a mi familia: Gracias, madre mía, por la confianza que has depositado en mí a pesar de mis dudas; gracias, padre mío, por hacerme reír en los momentos en que buscaba despejar mi mente; gracias, Sabrina, por las memorias que compartimos y que he podido registrar aquí; y gracias, Candy, por todas las madrugadas en las que te quedaste conmigo para calentarme los pies mientras escribía.

Agradezco también a mis asesores Luis Gabriel Mejía y Paola Andrea Fonnegra, no me imagino este trabajo de grado en otra línea, ni con otros maestros asesores. Gracias por salvarme en medio de una exigencia que me estaba llevando a la autodestrucción y por su generosidad en el conocimiento.

Al Grupo Scout Vikingos 127 porque este caminar académico tiene sus raíces en las caminatas y campamentos que ustedes han propiciado. Gracias por enseñarme a ser scout y a llevar la luz de fuerza a todas partes.

Al Parque Biblioteca Belén, en especial al grupo de Abuelos Cuentacuentos, el Laboratorio Inverso y a mi maestro cooperador Nelson Fredy Pérez Galeano. Todos ustedes han sido un ejemplo de perseverancia y sabiduría durante todo este proceso.

A mis amigos maestros, a mis maestros que son amigos, por sostenerme con sus abrazos, por secar mis lágrimas, por escuchar atentamente y validar cada una de mis quejas. Es inmenso el amor que siento por ustedes.

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Tabla de contenido Resumen ........................................................................................................................................... 8 Abstract ............................................................................................................................................ 9

1. Enjambre de cuentos y narraciones: instrucciones para un encuentro con Abuelos

Cuentacuentos que aglomera mucho más que dos horas ............................................................... 10 1.1. Ronquidos de Michael Rosen .............................................................................................. 15 1.2. Azúcar y sal de Ivan Pietro .................................................................................................. 16 1.3. La abuelita de arriba y la abuelita de debajo de Tomie De Paola ..................................... 17 1.4. Con el médico de Helen Oxenbury ..................................................................................... 17 1.5. Del Taller de corazones a Keiko Kasza .............................................................................. 18 1.6. Tito y Pepita de Amalia Low .............................................................................................. 18 1.7. Las princesas también se tiran pedos de Ilan Brenman ...................................................... 19 1.8. El higo más dulce de Chris Van Allsburg ........................................................................... 20

2. Dos abuelas, dos abuelos y muchísimas razones: los porqués que justifican el interés

investigativo ................................................................................................................................... 21

3. Las voces encapsuladas en el asilo: planteamiento del problema en medio de un bingo y la

natilla decembrina .......................................................................................................................... 25

4. El recetario de la abuela: pasos para no incendiar la cocina y llevar la masa investigativa a

buen término. .................................................................................................................................. 31 4.1. Objetivo general .................................................................................................................. 32 4.2. Objetivos específicos ........................................................................................................... 32

5. Remedios de la abuela: conocimientos anteriores del cuerpo, la literatura infantil y la narrativa

autobiográfica ................................................................................................................................. 33 5.1. La literatura infantil ............................................................................................................. 34 5.2. La vejez ............................................................................................................................... 37 5.3. Narrativas autobiográficas ................................................................................................... 39

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5.4. Decreto del vacío ................................................................................................................. 43

6. La cuchilla del abuelo: conceptos que aparecen tras la remoción de la espuma y con la claridad

del agua. ......................................................................................................................................... 44

7. “El viento silba melodioso entre las ramas”: Conversaciones debajo de los árboles y

determinación de la ruta en compañía de la rosa de los vientos. ................................................... 53

8. Destellos y colores persistentes: análisis de lo encontrado tras el caleidoscopio narrativo-

literario ........................................................................................................................................... 64 8.1. Nacimiento del “yo literario”: crónicas de acercamiento a la literatura infantil ................. 65

8.2. Mirada al árbol genealógico y sus periferias: escenario en el que cedo la voz a mis

abuelos, los Abuelos Cuentacuentos y los adultos mayores ficcionales .................................... 79 8.2.1. Bienvenida y Emilio o los cuerpos que transitan el desgaste en la vejez ..................... 80 8.2.2. Doña Rosa o el conocimiento experiencial en áreas precisas y universales ................. 91 8.2.3. Climaco o la búsqueda del reconocimiento del otro ..................................................... 95 8.2.4. Marleny o la independencia del adulto mayor ............................................................ 101

8.2.5. La asamblea de los abuelos ficcionales y los adultos mayores reales: coincidencias

entre “lo literario” y sus fronteras ......................................................................................... 106 8.3. Eclipse narrativo-corporal: las fases del satélite corpóreo y sus potencialidades ............. 110 8.3.1. Cuerpo como vehículo de experiencia: kilometraje de vivencias y caballos de potencia narrativa ................................................................................................................................ 112

8.3.2. Cuerpo como bitácora: hallazgo de las marcas comunes entre corporalidades

tridimensionales y corporalidades planas ............................................................................. 118

8.3.3. Cuerpo que se suspende: pausa del movimiento para la contemplación de lo

encontrado ............................................................................................................................. 123

9. Finaliza la cocción: el desenlace de la masa que incrementó su tamaño entre las paredes del

horno y la levadura de palabras .................................................................................................... 124

10. Referencias ............................................................................................................................. 130

Anexos .......................................................................................................................................... 134

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Tabla de figuras Figura 1. Encuentros con Abuelos Cuentacuentos, Archivo personal, (2023). Fotografía. .......... 10 Figura 2. Álbum familiar, Archivo personal, (2023). Fotografía. ................................................. 21 Figura 3. Asilo de Urrao, Archivo personal, (2023). Fotografía. .................................................. 25 Figura 4. Bienvenida, Archivo personal, (2023). Fotografía ........................................................ 31 Figura 5. Abuela materna, Archivo personal, (2023). Fotografía. ................................................ 33 Figura 6. Emilio y Climaco, Archivo personal, (2023). Fotografía. ............................................. 44 Figura 7. Grupo Scout Vikingos 127, Archivo personal, (2023). Fotografía. .............................. 53 Figura 8. Abuelidad, Archivo personal, (2023). Fotografía. ......................................................... 64 Figura 9. Casa Medina Medina, Archivo personal, (2023). Fotografía. ....................................... 65 Figura 10. De Paola, T. (2004). Un pasito… y otro pasito. Ediciones Ekaré. .............................. 83 Figura 11. De Paola, T. (2004). Un pasito… y otro pasito. Ediciones Ekaré. .............................. 83 Figura 12. De Paola, T. (2004). Un pasito… y otro pasito. Ediciones Ekaré. ............................. 85 Figura 13. De Paola, T. (2004). La abuelita de arriba y la abuelita de abajo. Ediciones SM. ...... 88 Figura 14. Dwight, L., Chesworth, M. (1995). El mejor truco del abuelo. Fondo de Cultura Económica. ..................................................................................................................................... 89 Figura 15. Squilloni, A., Rivera, A.M. (2011). En casa de mis abuelos. Ediciones Ekaré. .......... 92 Figura 16. Squilloni, A., Rivera, A.M. (2011). En casa de mis abuelos. Ediciones Ekaré. .......... 92 Figura 17. Faciolince, H.A., Bojanini, J. (2019). Una bolita plateada. Panamericana. ............... 94 Figura 18. Dahl, R., Blake, Q. (2002). La maravillosa medicina de Jorge. Ediciones Alfaguara.98 Figura 19. Mateos, P., Gómez, M. (1998). El viejo que no salía en los cuentos. Fondo de cultura económica. .................................................................................................................................... 100 Figura 20. Legge, D. (1998). ¿Qué pasa aquí, abuelo? Editorial Juventud. ............................... 102 Figura 21. Legge, D. (1998). ¿Qué pasa aquí, abuelo? Editorial Juventud. ............................... 103 Figura 22. Mejuto, E., Pacheco, G. (2007). Tres deseos. OQO Editora. .................................... 104

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Figura 23. Sabrina, Archivo personal, (2023). Fotografía. ......................................................... 118 Figura 24. Abuelidad que permanece, Archivo personal, (2023). Fotografía. ............................ 124

Índice de tablas Tabla 1. Datos del corpus de obras literarias elegidas .................................................................. 57

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Resumen

La presente investigación surge de la presencia abundante del adulto mayor en la literatura infantil. A pesar de que esta última ha sido considerada como una literatura que se encuentra dirigida y pensada exclusivamente para los niños, estas representaciones de los adultos mayores hacen aparición para pensar en una etapa de la edad humana diferente a la infantil. En este sentido, se examinó la percepción de los Abuelos Cuentacuentos del Parque Biblioteca Belén en relación con estos personajes y los puntos de encuentro entre estos y las narrativas autobiográficas de los voluntarios.

Los resultados arrojados demuestran que sí hay vínculos entre la literatura y las narrativas autobiográficas, vínculos que pueden ser agrupados en los siguientes ejes conductores: el desgaste físico-mental, la riqueza del saber experiencial, la búsqueda de reconocimiento de parte de un otro y la independencia del adulto mayor.

Palabras clave: literatura infantil, narrativa autobiográfica, cuerpo, abuelo/abuela.

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Abstract

This research appears due to the abundant presence of senior citizens in children’s literature. Despite the latter being directed and thought exclusively for children, these representations of senior citizens appear as representations of the human life in an age different of childhood. In this sense, I examine the perception of the Abuelos Cuentacuentos of the Belén library park in relation with these characters and the common grounds between them and the autobiographic narratives of the subjects.

The results show that there are relations between the literature studied and the autobiographic narratives, which can be grouped in the following topics: the physical and mental deterioration, the richness of lived experiences, the search for acknowledgment from others and the independence of senior citizens.

Key words: Children´s literature, autobiographic narrative, body, grandfather/grandmother

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1. Enjambre de cuentos y narraciones: instrucciones para un encuentro con Abuelos

Cuentacuentos que aglomera mucho más que dos horas

Figura 1. Encuentros con Abuelos Cuentacuentos, Archivo personal, (2023). Fotografía.

Ven, te enseño: si sales de la estación del Metroplus Parque Belén y giras a la derecha, entonces tras 12 o 15 minutos (que dependerán de la velocidad de tus pasos) te encontrarás con un parque que posee muchos árboles y bancas, que sirve de antesala a una biblioteca. Su doble identidad, la identidad propia de los lugares que son parque y biblioteca al mismo tiempo, le hace recibir el nombre de Parque Biblioteca Belén.

El espacio no termina allí, pues tras cruzar la zona en la que los niños corren o montan en monopatín encuentras un gran espejo de agua. Este gran cuerpo acuoso determina la circulación de los visitantes del espacio, pues se camina a su alrededor para llegar a la sala Japón1, los baños, el

1 La Sala Japón es una sala existente en el Parque Biblioteca Belén, en ella los usuarios pueden encontrar una selección de literatura japonesa. A causa de esta sala el Parque Biblioteca Belén ha generado actividades para los usuarios alrededor de la literatura japonesa (Club Ikigai y Taller de mangakas) y también ha representado al país japonés en las dos versiones que se han hecho en Medellín de “La vuelta al mundo en 27 bibliotecas”.

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auditorio, la huerta, la sala de exposición y los diferentes salones. También, en un espacio que comprende uno de sus contornos, encuentras la entrada al área central de la biblioteca. Después de registrar el portátil que llevas en tu bolso la sección general te da la bienvenida, saludas a la persona que está detrás del mostrador y esperas que ella reconozca tu rostro porque en una ocasión no tan lejana prestaste uno de los libros de esa gran colección. Giras a la derecha, das una breve mirada a aquellos que se encuentran en la sala virtual, pasas un pequeño pasadizo (si se le puede llamar así a una zona casi desprovista de un techo) y sueltas un suspiro pues has llegado a tu destino: la sala infantil del Parque Biblioteca Belén. Van entrando de a poquitos, como líneas paralelas que solo llegan a ser rectas secantes en la biblioteca. Allí colisionan sus voces, sus historias y sus recuerdos, aquí lo que habita en su interior es sacado a la luz para hacerlo entendible para los oyentes, aquellos que son el objetivo final de todo su voluntariado y, por lo tanto, la causa de que en sus calendarios el primer y tercer martes de cada mes esté reservado siempre el encuentro con los demás Abuelos Cuentacuentos. Si tú no lo sabes, Abuelos Cuentacuentos es un programa de voluntariado del Sistema de Bibliotecas de Medellín que busca formar a los adultos mayores para la promoción de lectura dirigida a diferentes públicos. Los orígenes del concepto y los objetivos del programa no son exclusivos de este contexto, ni tienen su origen allí, sino que provienen de la biblioteca pública La floresta, la cual comenzó con la formación de Abuelos Cuentacuentos desde 2006. La biblioteca, enlazada con la Red de Bibliotecas Públicas de Medellín, comienza con este proyecto por medio de la voluntad y el tiempo de personas dispuestas a compartir de sí mismas y a prestar su voz para que la lectura en voz alta, en un gran abanico de públicos sea posible. De este modo, las figuras de abuelos y abuelas cuentacuentos comenzaron a habitar espacios como instituciones educativas, hogares geriátricos, unidades hospitalarias, entre muchos otros. Pero espera, el origen tampoco está allí. Si sigues la línea retrospectiva que se te marca cuando observas los acontecimientos del pasado, entonces nuestra siguiente parada será el sur del continente: Argentina. Allí, el Ministerio de Educación dio inicio a la implementación del programa “Abuelas y Abuelos leecuentos” en el 2006 con el objetivo de promover la práctica de la lectura en diferentes escenarios (especialmente con el público infantil), a través de la lectura en voz alta de adultos voluntarios. Por otra parte, su fin a largo plazo es una demanda mayor de lectura y bienes culturales proveniente de la comunidad argentina.

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Aunque pareciera que la única meta de la existencia de Abuelos Cuentacuentos son aquellos a los que se dirigen las lecturas, el programa también permite y busca que los voluntarios encuentren unas nuevas maneras de prestar un servicio a su comunidad y que, en esa medida, se percaten de su relevancia en medio del ejercicio del compartir intergeneracional para las generaciones posteriores a la suya.

Y no, esa no es tampoco tu última estación. Otros cuantos pasos más y te encuentras al otro lado del Atlántico, Alemania te da la bienvenida. A mitad de los años 90 se comienzan a formar grupos de adultos mayores que visitaban a enfermos terminales en los hospitales para aliviar, por medio del placer estético, algo del dolor causado por la enfermedad, algo de la angustia despertada por la agonía.

Si te devuelves por el camino logras ver que estos abuelos y abuelas cuentacuentos no se encuentran desligados los unos de los otros o tampoco se van desprovistos de herramientas a la hora de leer y contar historias en voz alta. Detrás de cada visita a un hospital, escuela y demás espacios se encuentra un espacio de formación en la literatura, la oralidad, el discurso… Y de ese modo llegas de nuevo al Parque Biblioteca Belén.

Allí los Abuelos Cuentacuentos reciben una formación dividida en dos áreas específicas: la lectura en voz alta y la narración de sus propias vivencias. Como se conciben en este contexto ellos no pueden ser “Abuelos y Abuelas leecuentos”, pues en su labor el objeto que tiene mayor relevancia no es el literario, sino aquel que se construye cuando hay una apertura hacia el otro, una apertura que puede propiciarse con el cargar de vivencias a los propios rostros al momento de narrarse a sí mismos y con la escucha de las narrativas que emergen de los grupos en los que intervienen en la ejecución de su voluntariado. Así, el lenguaje, aquel que permite la comprensión y compartir de textos literarios y vivenciales, hace acto de presencia en cada intervención de los voluntarios.

Antes del 2023 el grupo no era conocido como Abuelos Cuentacuentos, sino que era designado como Acucú, una alternativa que permitía remitir al nombre por el que se les conoce ahora, pero que poco a poco fue disolviendo el sentido original de su proyecto. La “A” del inicio remitía a Abuelos, la segunda sílaba “Cu” era referente a Cuenta y las últimas dos letras “Cú” se referían a Cuentos. Aunque la palabra utilizada antes poseía una característica más melódica y era

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más fácil de retener en la memoria, esta hizo que paulatinamente los Abuelos Cuentacuentos perdieran su horizonte.

Progresivamente, los pertenecientes a este voluntariado del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín dejaron de contar sus propias narraciones autobiográficas y se dedicaron exclusivamente a la lectura de cuentos en los escenarios a los que asistían (unidades hospitalarias, hogares geriátricos, hogares infantiles, escuelas, colegios, entre muchos otros). Sí, el ejercicio no era del todo estéril pues permitía que los oyentes tuviesen una aproximación a la literatura, pero eso desdibujaba la línea fronteriza entre cualquier persona que se dispusiera a leer para los diversos públicos y los propios abuelos y abuelas voluntarios.

Sin las memorias de los participantes del voluntariado, sin el tejido entre los recuerdos y las lecturas, su labor se encontraba cojeando y los propios adultos mayores dejaron de encontrar en sus historias una manera de hacer literatura, una forma de ayudar a las nuevas generaciones a no cometer unos errores ya consumados, a conocer un poco del mundo que era antes y que aún logra vislumbrarse en la actualidad. Sin la narración de sí mismos se convirtieron en unos lectores sin rostro y dejaron de ser un puente generacional.

Este año (2023), con el cambio de los encargados del voluntariado en la biblioteca, la abreviatura del nombre no ha sido permitida y los esfuerzos por volver a hacer de los voluntarios unos abuelos y abuelas cuentacuentos se ha triplicado. Este esfuerzo ha implicado que el espacio sea nombrado de manera completa por todos, sin ser abreviada, pues el mismo nombre da cuenta de ese carácter dual, la disposición narrativo-autobiográfica y la intervención literaria. Tanto las planeaciones como la presencia con los diversos públicos están enfocadas a recuperar el carácter dual de su servicio. Las renovaciones han permitido que el grupo se una más, el compartir de historias ha hecho que se conozcan más entre compañeros.

Y mientras todas estas ideas rondan en vórtices por tu cabeza ves entrar a las dos Doras, sí, son dos. Una es Dora Stella2 y la otra es Dora Inés3. Dora Stella entra con una sonrisa de labios cerrados mientras se pasa los dedos por su cabello blanco y Dora Inés entra saludando con su mano y su chaleco color beige, el chaleco con el que va a las instituciones para leer, el distintivo que utiliza para que la reconozcan como abuela cuentacuentos. Ambas se sientan en alguna de las sillas

2 Dora Stella Upegui, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén. 3 Dora Inés Cardona, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén.

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coloridas que se encuentran junto a unas mesas alargadas de color blanco. Ambos artefactos son para niños y les obligan a doblar sus rodillas más que las sillas convencionales, pero eso no les perturba. Se sientan allí a conversar mientras llegan sus demás compañeros. —¡Buenas tardes! — dice Gustavo4 y se acerca detrás del mostrador para saludar con un abrazo a Leidy y Camilo, empleados de la biblioteca que conoce desde que entró al voluntariado, es decir, hace varios años. Lleva su bandolera de color café y se ajusta sus lentes mientras camina. —Hola, Gustavo— le contesta Leidy sonriendo— llegó nuestro abuelo favorito. Gustavo se sienta al lado de las Doras. En esas, entran María Eugenia5 y Luz Helena6, el caminar de la primera hace que pases la mirada por la sala infantil para verificar que no es una pasarela. Su falda hasta la rodilla, los zapatos con tacón y la sonrisa brillante llegan a otra de las sillas coloridas y se suma a la corta espera. La segunda saca de su bolso un esmalte de color rosado que se va pasando por las uñas, claro, esto después de sentarse junto a Dora Stella, la que siempre es su vecina de silla en los encuentros de formación.

Fabiola7 llega con la cara colorada, se acerca apresuradamente al resto de sus compañeros y da unas entrecortadas “buenas tardes”. La agitación no le impide esbozar una sonrisa con sus labios pintados de rojo, mientras se abanica el rostro con una de sus manos Allí comienza la sesión, pues se encuentran casi todos y el minutero del reloj ha llegado al número 10, son las 2:10. Los saludas y les explicas la importancia de que preparen su cuerpo para la lectura en voz alta y la presencia frente a los públicos que les han sido encomendados. A diferencia de lo que ellos podrían pensar antes, además de la preparación de un texto en específico, también es necesario la preparación de ellos mismos, de sus rostros, sus voces y sus cuerpos. Para esto, les indicas algunos ejercicios que les pueden facilitar la pronunciación o que ayudan a la formación de saliva en la boca, no es provechoso leer con la lengua tiesa o la boca seca. Estos movimientos ejecutados con los labios, la lengua, las mejillas y el aire les posibilita descubrir algo que por su carácter cotidiano no ha sido llevado al plano de la introspección: el cuerpo en función de la oralidad, de la palabra, de un otro que les escucha.

4 Gustavo Alonso Rua, abuelo cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén. 5 Maria Eugenia, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén. 6 Luz Helena Moreno, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén. 7 Maria Fabiola Serna, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén.

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En medio de la exposición llega Gloria8, la abuela cuentacuentos que lleva más tiempo en el voluntariado, ha dedicado aproximadamente 12 años a esta labor que la satisface y que le ha permitido aproximarse a muchos escenarios y personas. Camina lentamente y con la ayuda de un bastón, pues una lesión que ocurrió hace tiempo le dificulta la tarea de caminar y hace que asista varias veces a la semana a terapia de recuperación. Como de costumbre tiene alguna prenda de color rojo y, mientras ingresa, Camilo le acerca la silla de su escritorio, una que tiene ruedas y que resulta más cómoda para su rodilla. Saluda silenciosamente para no interrumpir y se involucra de manera inmediata en el ejercicio.

Después de esto el momento de la lectura ha llegado, Nelson9, el encargado principal de la formación de los Abuelos Cuentacuentos les indica que deben dar un vistazo a la colección infantil para encontrar un cuento que ya conozcan. Fabiola, María Eugenia y Dora Estela se dirigen a la estantería, la última te pregunta por alguna recomendación porque no se le viene ninguna lectura a la cabeza. Mientras le mencionas La abuelita de arriba y la abuelita de debajo de Tomie dePaola, ves por el rabillo del ojo cómo Gustavo le pregunta a Camilo por un libro que se llama Ronquidos y Dora Inés le pide que le ayude a encontrar cuentos de Keiko Kasza. Camilo le indica a Dora Inés que las obras de Keiko Kasza se encuentran distribuidas a lo largo de la colección y se dispone a buscar tanto Ronquidos como los libros de la autora japonesa. Y en cuanto a Gloria, ella solicita que le lleven el libro Azúcar y sal de Ivan Pietro. Después de esto, dispones tus oídos y abres aún más tus ojos para dar toda tu atención:

1.1. Ronquidos de Michael Rosen

Comienza Gustavo, su libro está ambientado en una granja y se encuentra repleto de onomatopeyas, se le dificulta no reírse luego de cada uno de los sonidos de animales y de objetos que aparecen a lo largo de la narración, lo que no se espera es que más adelante se le invita a contar alguna historia de su vida. Es en ese instante que los labios se abren para dar paso a la experiencia: “Tenía una finca desocupada y un amigo necesitaba una casa. Y yo le organicé todo y se la alquilé. Un día me dio por pasar por allá y encontré el jardín todo seco y la manga sin cortar. Le dije que por qué no le daba una pulidita a la manguita y las plantas y me contestó ‘Organícelo

8 Gloria, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén.

9 Nelson Fredy Pérez Galeano, Promotor de lectura del Parque Biblioteca Belén y maestro cooperador.

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usted, eso acaso es mío’. Y la verdad me dio mucha rabia, se me pasó por la cabeza decirle un montón de cosas, pero no le dije nada. Me dolió mucho porque yo le estaba haciendo un favor”.10 Intentas contener el nudo de tu garganta, porque notas que los ojos de Gustavo se ven más brillantes, es el espejismo de unas lágrimas provocadas por la evocación de un dolor oculto.

1.2. Azúcar y sal de Ivan Pietro

A Gloria no le gusta ser la primera en salir al frente, pero sí disfruta de realizar los ejercicios rápidamente. Por estos motivos ella es la segunda que sale al frente. Nelson le ayuda arrastrando la silla hacia el escenario, es decir, el lugar al que se dirigen todas las miradas. Cuando Gloria se sienta utiliza su mano izquierda de atril y nos lee el título del cuento que nos piensa compartir. El texto narra la historia de un matrimonio conformado por una señora de sal y un señor de azúcar, sus diferencias de carácter y composición los hace discutir muy continuamente. Las peleas son tan continuas que el único remedio que encuentra el señor de azúcar es irse de la casa. A pesar de todos los contratiempos de la pareja, terminan juntos.

“Bueno… yo elegí este cuento porque me recuerda a algo que yo viví. Yo llevaba casada más de 20 años con mi esposo y un día él me dijo ‘O Dios o yo’ y yo tomé la decisión correcta, elegí a Dios. A pesar de que no terminamos igual que los muñecos de sal y azúcar, el libro me recuerda esa situación. Ahora vivo sin esposo, pero estoy con Dios” Y con su historia te das cuenta que las relaciones que trenzamos con nuestras lecturas se encuentran, en ocasiones, determinadas por el “si hubiera”; que la literatura ficcional no está libre de la realidad, pues esta última emerge del objeto literario para recordar que se habita una cultura determinada y se carga con una biografía que, en cada caso, es particular. También te enteras de que los conflictos en la vida real no se solucionan con el resguardo en una casa de barro como con la señora de sal y el señor de azúcar, y de que hay tormentas que tienen el poder de destruir matrimonios de más de veinte años.

10 Los fragmentos de texto que están entre comillas en este apartado corresponden a memorias de los abuelos y abuelas cuentacuentos que fueron compartidas durante los encuentros de formación y que reescribí para la elaboración de esta contextualización. Como evidencia de la adhesión a sus recuerdos, elemento fundamental para mí al momento de redactarlas, se encuentra el anexo 2 (Comunicación Personal), pues en las entrevistas realicé preguntas que propiciaron de nuevo la narración de esos recuerdos.

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1.3. La abuelita de arriba y la abuelita de debajo de Tomie De Paola

Tus manos sudan, esperas que a Dora Estela le agrade la lectura que le has recomendado. El libro muestra la historia de un niño que tiene dos abuelas, bueno, una es su abuela y la otra es su bisabuela. La primera es su abuelita de abajo porque se encarga de las tareas propias de una casa, es decir, aquellas a las que se les ha designado un espacio en las primeras plantas como la cocción de alimentos en la cocina; mientras que la segunda es su abuelita de arriba porque no sale de su habitación a causa de la dificultad que representa la tarea de moverse a su edad. El libro narra y muestra por medio de ilustraciones las interacciones que tiene el nieto con ambas abuelas. “Nunca tuve hijos y, cuando mi mamá faltó, me fui a vivir con una de mis hermanas. Eso pasó cuando yo era muy joven, entonces he estado prácticamente toda la vida en la casa de ella. Me tocó criar a mis sobrinos con ella. Ellos ya son grandes y no viven en la casa, pero cuando traen a los hijos de ellos, los niños me dicen abuela también a mí. Por eso este cuento me parece bonito”. Te alegras de que tu recomendación le haya gustado y recuerdas a tu propia abuela… pero no hay tiempo para zambullirse en memorias personales pues María Eugenia comienza a compartir otro cuento:

1.4. Con el médico de Helen Oxenbury

—Hola, mis nietecitos— dice María Eugenia. Sí, para ella en este momento somos sus nietecitos, somos los niños a los que le lee en el jardín de infantes. —Utiliza tu voz normal— dice Nelson y mira al resto de abuelos y abuelas cuentacuentos— Ustedes son mucho más que las voces que hacen cuando van a leer los cuentos, sin utilizar la voz de ustedes no se llevan a ustedes mismos verdaderamente.

María Eugenia da un respiro, vuelve a sonreír y nos dice:

—Hola, mis nietecitos. Vengo a compartir con ustedes este cuento— nos muestra la portada a todos —Hay algunos a los que les da miedo ir al doctor. ¿A alguno de ustedes le da miedo ir al hospital?

Varios levantan la mano para seguir con la simulación.

—Bueno, vamos a ver qué le pasa al bebé del libro cuando va a ver al doctor. “Yo no sé qué contar, escogí este libro porque le leo a niños muy pequeños, algunos tienen

2 y 3 años. Para ellos yo soy su abuelita y para mí ellos son mis nietecitos”

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Te preguntas por la concepción que tendrán los públicos específicos acerca de un abuelo o abuelo, más importante aún ¿Qué conciben como un abuelo o abuela los propios abuelos cuentacuentos? Lo que logras entrever por la intervención de María Eugenia es un interés por ser reconocidos como abuelos y ese reconocimiento determina una cercanía con el otro, unas formas de tratamiento caracterizadas por las sonrisas, la confianza y el afecto.

1.5. Del Taller de corazones a Keiko Kasza

Cuando fuiste a la primera sesión de Abuelos Cuentacuentos Dora Inés llamó especialmente tu atención. No sabes si se debió al chaleco o al entusiasmo con el que, frente a todos, leyó Taller de corazones. Sus manos abrazaban el libro mientras les contaba que esa era su lectura favorita, la lectura que contaba la conquista de un mecánico de corazones a su amada: una hermosa señorita que tenía un valle frío y seco en lugar de un corazón palpitante. Les explicó que le recordaba a su hija, su persona más amada, porque fue ella la que muchas veces le ayudó a reparar su propio corazón. Notas que el contacto que tiene con los libros que Camilo le ayudó a encontrar es visiblemente diferente. No los está apretando contra su pecho, sino que los mira, hechos una torre sobre una de las mesas blancas, con un intento de inexpresividad. —No recuerdo nada— dice intentando contener las lágrimas.

Piensas en qué podrías decirle, le dices que eso no es problema, que esté tranquila porque aún así puede leer.

—No puedo leer, no recuerdo nada y estoy en shock— las manos le tiemblan mientras se limpia las mejillas— Me gusta mucho Keiko, pero mi mente está en blanco, no recuerdo ninguno de estos libros.

Hace un amago de levantarse, pero Nelson la detiene y sus compañeros le dicen: “Dora, tranquila”, “Dora, no te vayas”, “Dora, no te tienes que ir”. Pero sus intentos no sirven de nada, Dora empaca sus cosas y deja la pila de Keiko Kasza atrás.

1.6. Tito y Pepita de Amalia Low

Las uñas de Luz Helena ya deben estar más que secas, pues no agarra el libro con ningún conflicto, ni evita que la pasta tenga contacto con sus uñas rosadas. El libro comienza con un “Tito y Pepita eran vecinos. A veces se encontraban, pero en vez de saludarse, se miraban mal” y ese es

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el desencadenante de la correspondencia llena de rabia y desagrado que comienzan los hámsteres vecinos. Al final, y contra todo pronóstico, la relación entre ambos mejora y ese es el final del cuento.

“En el colegio yo tenía una compañera que me caía muy mal, yo decía ‘Como me cae de mal esa pelilarga’ porque tenía un cabello liso y largo todo bonito. Uno ahora se pone a pensar y piensa que qué bobada, pero me caía muy mal. Y así pasamos harto rato, yo también le caía mal. Pero bueno, un día unas amigas me dijeron que nos sentáramos con ella en el descanso y yo pensé ‘ja, qué tal’, pero por no quedarme sola sí me senté con ellas y nos comenzamos a llevar hasta lo más de bien”.

Con las escenas en las que participan los hámsteres y la historia de Luz Helena piensas que la receta para un mensaje potente de una abuela cuentacuentos consiste en la mezcla de eventos literarios y vivenciales. Las enseñanzas resultantes de esta cocción son una fuente nutritiva para la vida de los públicos, pues la dualidad del mensaje literario-experiencial se encuentra en la capacidad de generar un impacto en la vida y la memoria.

1.7. Las princesas también se tiran pedos de Ilan Brenman

Fabiola se levanta nerviosa, no le gusta hablar en público, pero quiere formarse para ser una muy buena abuela cuentacuentos. Seca la palma de una de sus manos en su pantalón, abre el libro, pasa una página y el movimiento te permite ver que el pantalón no limpió el nerviosismo de sus manos. Con el cuento los presentes aprendemos que los pedos son una situación por la que las princesas también pasan y descubrimos una versión diferente de algunos cuentos clásicos, en los que las princesas tienen flatulencias.

“Me dio mucha risa que las princesas guardaran ese secreto, todos tenemos secretos o cosas que no les decimos a los otros. Un ejemplo mío es que nunca fui capaz de decirle a mi mamá ‘te amo’ y no sé qué pasa que mis hijos tampoco son capaces de decírmelo a mí, pero me gustaría que lo hicieran”.

El relato de las princesas, entonces, toma otro matiz en tu mente. Las relaciones que se encuentran en medio del ejercicio de la lectura literaria y el repaso de la propia biografía revelan una subjetividad propia y profunda, unos modos de selección y análisis particulares. ¿Qué decidimos compartir con el otro literaria y narrativamente? ¿Qué permiten estas decisiones en la

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interacción social? Como estas preguntas resultan ser muy ambiciosas para ser solucionadas por ti en ese momento, solo puedes mirar con admiración a aquellos que se atreven a compartir relatos que contienen algo de su vulnerabilidad como individuos.

1.8. El higo más dulce de Chris Van Allsburg

Miras el reloj, aún faltan diez minutos para las 4:00, y sabes que no te has salvado del ejercicio. Te levantas de la silla pequeña, caminas al centro, tu atril es tu mano izquierda y comienzas a leer el libro que en la portada tiene a un elegante señor que está a punto de meterse un higo en la boca.

Solo logras leer tres páginas cuando es la hora del fin. Los abuelos muestran su inconformidad pues les estaba gustando el cuento que elegiste para ellos. No hay nada que hacer, se tienen que ir porque en cuestión de minutos comenzará la Hora del cuento en la sala infantil, una actividad que se hace con niños dos veces a la semana. Entre todos organizan las sillas y algunos te solicitan que les acabes de leer el cuento después. Te despides de todos, algunos se despiden de abrazo, otros de beso y otros solo agitan sus manos mientras salen de la sala, las entradas como las salidas no pueden ser iguales para todos.

Lo que acabas de leer es un repositorio de las cosas que pueden suceder si asistes a una sesión de Abuelos Cuentacuentos. Recuerda, es de 2:00 a 4:00 los primeros y terceros martes de cada mes. Y tú, que llegaste de primeras y eres el último en salir, no olvides dar un último vistazo a los de la sala virtual, desearle un feliz día al vigilante y tener cuidado al pasar por el parque, hay muchos niños en monopatín.

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2. Dos abuelas, dos abuelos y muchísimas razones: los porqués que justifican el interés

investigativo

Figura 2. Álbum familiar, Archivo personal, (2023). Fotografía.

En Rayuela, la escuela en la que cursé toda mi primaria, se celebraba el día del abuelo de manera anual. Lo que más recuerdo de estas ocasiones es la reservación de los cupos, la directora de grupo apartaba un espacio de su clase para preguntar de manera individual cuántos abuelos podrían asistir. Muchos decían 2, algunos cuantos decían 3 y solo yo tenía la posibilidad de separar 4 cupos. Cada que el número 4 hacía acto de presencia en esas ocasiones, diversos pares de ojos se volteaban hacía mí con extrañeza, era la única de mi salón que aún tenía a sus cuatro abuelos vivos. Cuando llegaba el esperado día, los niños íbamos con nuestros abuelos de la mano y solo los acompañábamos hasta la reja de la escuela, algo similar a lo que hacían nuestros padres cada mañana cuando nos llevaban a estudiar. De igual manera, al terminar el evento, iba con mi mamá a recogerlos y las preguntas que estaba acostumbrada a responder tras cada jornada escolar se desprendían de mis labios hacia ellos: ¿Cómo les fue?, ¿qué hicieron? Y ¿les gustaron las actividades?

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Por recuerdos como esos es que no me es posible desligar la presencia de mis abuelas y abuelos de lo que considero fue mi niñez, en especial porque tras terminar la primaria comencé a perderlos. La presencia de las figuras de abuelo y de abuela tintan mis recuerdos y perfuman no solo mis narrativas, sino las de múltiples personas que he conocido. El reconocimiento de sí mismos y la pregunta por la identidad pasa por sus costumbres, sus dichos y sus consejos. La incidencia que tienen los adultos mayores en la infancia de los individuos no se ve únicamente plasmada en los recuerdos particulares, pues también hacen aparición en los contenidos dirigidos a niños, especialmente en el terreno de la literatura infantil, como una colisión entre los cuerpos repletos de vivacidad que exploran un mundo que aún no conocen del todo y los cuerpos que tras un gran bagaje terrenal poseen una riqueza experiencial, como un oxímoron. En este sentido, la realidad resulta muy opuesta a los reproches que le hace el abuelo Benito a Valentín en el libro El viejo que no salía en los cuentos de Pilar Mateos:

Benito iba haciéndose más exigente cada día. Protestaba de que los viejos no aparecían nunca en los cuentos y empezó a examinar con prevención los dibujos de los nuevos libros. —¿Sale algún abuelo?

—Me parece que no.

—Pues sí que… Los protagonistas de las historias de Valentín eran casi siempre niños; a veces intervenían los padres, algún profesor joven y comprensivo, pero los viejos, nunca. —Y los viejos somos muy importantes —argüía Benito—. A ver, ¿quién mira por ti mientras tu madre está trabajando? ¿Quién guisa el bacalao? ¿Quién te dice que no te mojes los pies?

En eso Benito tenía razón y Valentín se la daba sin vacilar.

—Tú. (Mateos y Gómez, 2017, pp. 21-22)

Y esa abundancia de cuerpos en la literatura infantil resulta ser una antítesis de la ausencia de este público en las investigaciones de las facultades de educación. Las razones para llevar a cabo una investigación pueden surgir, también, de los silencios, de las no existencias. Esos vacíos pueden ser el combustible preciso para salir al viaje que implica un proceso indagatorio.

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Cuando mi abuela Bienvenida depositaba en mi mano algunas monedas o billetes para que fuese a comprar algo en El puerto (la tienda que quedaba al frente) se debía a la carencia de algo en ese ambiente cálido formado por las ollas, las cucharas de palo y el repiqueteo del cuchillo sobre la tabla de picar. Algunas compras, como algunas investigaciones, pueden surgir de unas experiencias anteriores con ciertos textos y alimentos que ya han sido digeridos por la mente o el cuerpo, pero hay otras que se generan en medio del torbellino de curiosidad o necesidad que es provocado por el vacío, tal como sucedía con esas bolsas de leche, esas libras de arroz y, en el presente, con este trabajo de grado.

Pues así, también se torna propicio el pensar en el modo en que la vejez es percibida en nuestro contexto, uno en el que existe una estructura social que, como dice Yildiz, en relación con el adulto mayor:

le ha ido desplazando hasta asignarle un papel más bien marginal. Como dice Cantavella “En una sociedad en la que la prestancia social va invariablemente unida al trabajo y a los bienes que se poseen el anciano está fuera de juego porque no trabaja y, al mismo tiempo, es un gran consumidor de cuidados, que precisan tiempo y dinero”. Como vemos, la atención de varios autores de distintos campos y especialidades se centra sobre determinados aspectos que reflejan más que nada la preocupación de una sociedad cada vez más egoísta y a su vez fragmentaria. (Cantavella, 1989, como se cita en Yildiz, 1999, p. 52)

Lo que sí resulta innegable si se entiende al cuerpo como “masa múltiple y cambiante, capaz de construirse, luego de pasar por transformaciones y devenires, dependiente de las fuerzas que lo determinan: fuerzas que afirman o niegan la vida” (Pabón, 2002) es que el cuerpo del adulto mayor es aquel que durante más tiempo ha sido atravesado, determinado, afirmado o negado por unas potencias que fijan el mundo y la sociedad del modo en el que los conocemos. El tránsito, padecimiento y regocijo en estas potencias y fuerzas hacen de su entidad corporal un cuerpo mayor que, más que caracterizarse por las debilidades y deterioros propios del tiempo, es un cuerpo sabio, rico en conocimientos, refranes, experiencias y anécdotas.

La pregunta por el cuerpo de los adultos mayores lleva al cuestionamiento del tratamiento que se le da a este en la literatura infantil. ¿El cuerpo del adulto mayor real y el representado tienen

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puntos de encuentro? ¿Los imaginarios colectivos que han sido arrojados a la cultura por la literatura infantil tejen alguna relación con las experiencias y saberes de los adultos mayores no pertenecientes a la ficción?

De este modo, el análisis de la figura del adulto mayor en la literatura infantil y las narrativas autobiográficas de adultos mayores de carne y hueso resultan ser dos elementos que, al ser contrastados, permiten la identificación de los encuentros y desencuentros entre la realidad y la representación de estos cuerpos.

Por último, la búsqueda de estas narrativas es la que ha hecho posible la aproximación y la inmersión en uno de los espacios de formación que se lleva a cabo en el Parque Biblioteca Belén: Abuelos Cuentacuentos, el cual resulta pertinente para el desarrollo de la investigación. Este grupo que se encuentra enlazado a un programa de voluntariado del Sistema de Bibliotecas de Medellín busca formar a los adultos mayores para la promoción de lectura dirigida a diferentes públicos. Esta formación está dividida en dos áreas específicas: la lectura en voz alta y la narración de sus propias vivencias, es decir, la utilización del cuerpo para llevar la literatura a otros individuos y la rememoración de las fuerzas que han atravesado al propio cuerpo para la narración autobiográfica.

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3. Las voces encapsuladas en el asilo: planteamiento del problema en medio de un bingo y la

natilla decembrina

Figura 3. Asilo de Urrao, Archivo personal, (2023). Fotografía.

Mi cuento favorito cuando era niña se llamaba La ratoncita valiente y este narraba la historia de una familia de ratones que diseña un plan para derrotar a su enemigo gatuno en la casa humana en la que se hospedan. Sin vencer al gato de color naranja no pueden salir de su escondite para agarrar el queso de la cocina. El problema logra solucionarse gracias al estambre de la abuela ratón, quien envuelve a su nieta (la protagonista) con todo el estambre que tiene a su disposición. A pesar de no poder salir del escondite a enfrentarse con el gato, la abuela y sus lanas tienen un papel fundamental en la historia.

Y la presencia de los adultos mayores, humanos y caracterizaciones humanas en animales, no solo emergían en este cuento, también lo hacían cuando mi papá mencionaba a La pobre

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viejecita cada que mi mamá no sabía que ponerse o cuando en primaria jugaba el juego de palmas que decía: “Soy caperucita verde, una niña muy rebelde, uso pantalones, medias y calzones y zapatos de color” y todo mi grupo de amigas conocía la historia de Caperucita Roja y, con ello, la presencia de esa abuela que es suplantada por el lobo.

La fascinación con esa abuela de La sirenita que le habla a la protagonista sirena del mundo de los hombres y de sus almas, el miedo al regaño del mago Yen Sid a su aprendiz Mickey Mouse y la risa que permitían en mí los regalos que le daba la señora Holle a la hermana perezosa son solo algunos de los ejemplos interminables de las presencias y sensaciones que encontraba entre las páginas de los libros de mi casa, la biblioteca escolar y la municipal. De igual modo, y como lo expresaba en la justificación, mis abuelos y abuelas estuvieron muy presentes y a ellos también se unieron doña Rosa, la señora que saludaba cada mañana en mi recorrido al colegio y la mita, aquella que sin ser mi abuela me adoptó como nieta y con la que me quedaba conversando durante un buen número de minutos en los tiempos anteriores y posteriores a la jornada escolar. Fueron en especial esos encuentros, en los que la disparidad de edades aparecía, los que me hicieron sensible a la figura del adulto mayor. Aún con estos antecedentes vivenciales, ese pensamiento no pasó de lo reflexionado a lo académico hasta la Expedición Rover del 2022, allí es que sucedió el verdadero acontecimiento, aquel que Ortiz(2015) describe al decir:

Alguien, en el movimiento de situarse y des-situarse de determinada realidad educativa percibe algo que se escapa a lo predecible, un acontecimiento que se sale de los marcos explicativos convencionales y siente la necesidad de comprenderlo. Una narración nace, precisamente, cuando acontece algo imprevisto, cuando se altera algo que se ha asumido como “normal”, es cuando surge, entonces, una trama y unos personajes moviéndose en ella. (Ortiz, 2015, pp. 3-4)

Mi intención no había sido tener que ir a ese asilo en Urrao, lo que tenía previsto era ir al servicio relacionado con el albergue municipal. Me emocionaba la idea de bañar a los perritos y darles comida. Sin embargo, la noche anterior al servicio, ocurrió una catástrofe en el recinto de

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los perritos y estos se encontraban un tanto ansiosos. O al menos eso fue lo que se nos hizo saber al día siguiente.

A causa de esta situación fue necesario reducir el grupo a la mitad y pidieron voluntarios para ir al asilo municipal. No deseaba cambiar de servicio, pero el lema del Rover, ese “Siempre servir”, me incitó a levantar la mano. Solo puedo decir que entre el bingo, la natilla acompañada de buñuelos que se entregó allí, el recorrido que me realizó Castrillón (uno de los abuelos) para conocer todo el asilo, la canción que compartió Valentina (una de las abuelas) sujetándose de su caminador y la charla extensa con Lucila (otra de las abuelas) en la que se quejaba de ciertos comportamientos de Lilia (su compañera de silla) fueron elementos que me sacudieron profundamente.

Mientras se desarrollaba el servicio en el asilo y al dejar atrás las puertas de este, una pregunta se repetía sin cesar en mi cabeza: ¿Por qué esas narrativas se encuentran allí encerradas?, ¿por qué no son visitados?, ¿por qué para nuestra sociedad resulta tan sencillo dejar detrás de unas puertas a esos cuerpos que, a pesar de ser dependientes de asistencia luego de toda una larga temporalidad, se encuentran tan cargados de experiencias, de reflexiones y de talentos? Descubrí que quería hacer mi trabajo de grado con un público de adultos mayores, pero eso, en una facultad de educación en la que abundan los trabajos investigativos dirigidos a poblaciones infantiles y juveniles, hizo de la elección de la línea de investigación un camino repleto de incertidumbre. Aún no había reflexionado alrededor de esas figuras mayores que aparecían en los cuentos y juegos de mi infancia, pero mi intento de conectar la literatura infantil con ese público específico me hizo rememorar todo aquello que había sido relevante para mí en los inicios de mi biografía lectora, en la estantería pequeña de mi infancia.

Volver a ese inicio que narro al principio de este planteamiento, a ese comienzo biográficoliterario, me hizo percatarme que:

La figura del anciano aparece a menudo en la literatura como encarnación de la voz del pasado o de la experiencia, de la sabiduría, los recuerdos y la memoria colectiva. Su misión es la de guiar a las generaciones futuras para que aprendan a vivir siguiendo valores universales, como la lealtad, el respeto y la comprensión hacia los demás. (Bazzocchi, 2013.

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Y con ese despertar generado por la conexión de puntos desperdigados en mi propio tránsito vital logré llegar a las siguientes preguntas: ¿Cómo se enseña el cuerpo mayor en la literatura infantil? y ¿Esa representación tiene similitudes con la manera en la que las personas de la tercera edad conciben su propio cuerpo?

Luego de esos interrogantes no podía dejar de unir algunos otros puntos, pues esas inquietudes, relacionadas con los adultos mayores y la literatura infantil, me llevaron a un centro de práctica no convencional. Como narré en la contextualización, el Parque Biblioteca Belén me permitió aproximarme a un grupo de Abuelos Cuentacuentos. El contacto con este público y la mirada a mi devenir docente, otro de los astros que de manera inevitable terminó inmiscuido en la gravedad de este universo, me llevó a la conclusión de que el maestro no es solo sus conocimientos adquiridos o un largo repertorio de teoría.

En el acto de enseñar y aprender confluyen los saberes y los gestos, movimientos y palabras que son articuladas por medio del cuerpo. Lo mismo sucede con los estudiantes y demás sujetos que participan en el acto educativo, ya que están cargados de vivencias, palabras, memorias, aprendizajes que han sido depositados en su mente y cuerpo: “El cuerpo es sentido, palabra y deseo hecho carne; también es memoria, registro y vestigio de las estructuras de relación y las construcciones simbólicas que lo atraviesan” (Ramírez, 2007, como se citó en Busani y Marchesi,

2008).

De este modo, la pregunta por mi cuerpo, desenvuelto por medio de narraciones que arrojo gracias a una fuerza más grande que mí misma, y el de los demás no resulta una tarea aislada de mi formación docente. Así, la lupa dirigida a las unidades corpóreas pudo conducirme a las maneras con las que el ser humano ha interactuado y mostrado su propia realidad palpable por medio de la representación en la literatura, el cine y múltiples disciplinas artísticas. Entre estas formas, el cuerpo en todas sus edades se ha hecho un espacio en la literatura infantil. A pesar de que esta última es una literatura pensada para niños (lo cual no quiere decir que el resto de públicos no puedan acercarse a ella, pues en ella puede encontrarse una riqueza estética y literaria a la cual no solo son receptivos los públicos infantiles), acoge entre sus páginas a un abanico diverso de cuerpos, entre ellos la representación de la corporeidad de los adultos mayores.

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Para lograr encontrar puntos de encuentro entre los cuerpos reales y representados, resulta necesaria la exploración de la figura del adulto mayor en la literatura infantil y la aproximación a narraciones autobiográficas de los adultos mayores que, en este caso, serán los integrantes de los Abuelos Cuentacuentos del Parque Biblioteca Belén.

Finalmente, la labor del docente que, en esta ocasión, va de la mano con la tarea investigativa, me motivó a no dejar de lado aquellos elementos que hacen de los integrantes de ese espacio unos abuelos y abuelas cuentacuentos. En ese afán de reconocer la corporeidad del adulto mayor en la literatura infantil y de recolectar las narrativas que como individuos poseen, no podía dejar de lado el deseo de generar escenarios, propiciar preguntas, que fuesen beneficiosas para ellos, para su formación y para su voluntariado.

Llegar a un centro de práctica no convencional no solo implicó el descubrimiento de una nueva faceta que me exigía y permitía mi devenir docente, sino también un reconocimiento dado al maestro por parte de los voluntarios. ¿Cómo interviene una maestra en formación en un centro de práctica no convencional? ¿Por qué insistimos en llamar a las bibliotecas de ese modo (centro de práctica no convencional) cuando ella es escenario y testigo de procesos formativos? Esas eran mis inquietudes, aún no tenía contemplación de las de ellos, pero no tardaron en aparecer. ¿Hablar de nosotros mismos no nos hace egocéntricos? ¿Por qué aprender a utilizar el catálogo de la biblioteca? ¿Qué es un libro ilustrado? Y, las que continuamente emergían de manera implícita en las frases previas o posteriores de mis encuentros formativos con ellos y entrevistas ¿Realmente el conocimiento experiencial puede resultar pertinente para la construcción de un trabajo de grado? ¿Mis memorias pueden llegar a formar parte de un producto de la academia? De este modo, se ve en la minería de las narrativas autobiográficas una oportunidad para concientizarlos acerca del valor que posee la narración de sus experiencias, pues estas, junto a su conocimiento literario (afianzado con la exploración de la representación de los adultos mayores en la literatura infantil), les permiten cumplir de manera integral lo que implica su servicio en los diferentes escenarios en los que intervienen.

La búsqueda de esa manera integral de ser voluntarios es lo que motiva la formación. Los abuelos y abuelas se reconocen necesitados de teoría y técnica a la hora de leer en voz alta, determinar la selección de los materiales propicios y escoger de manera pertinente las narrativas que se desprenden de su biografía. Muchos de ellos durante el recorrido de su vida desempeñaron

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labores completamente apartadas de la literatura: algunos contadores, otros ingenieros, otras arquitectas, otras amas de casa… Resulta impresionante la variedad de individuos que terminan en la formación y que reconocen en ella un pilar fundamental de su permanencia y desempeño en el voluntariado.

¿Qué buscar? Esa es la interrogante a la que nos lleva toda la descripción del escenario, de los cuentos que hicieron parte de mi infancia y la rememoración de mis abuelos. Ese “¿Qué buscar?” sale a la luz en el sentido más liberador y castigador, pues con una mano enseña la posibilidad de aliviar una respuesta que solicita con urgencia el interior y con la otra muestra una incertidumbre intimidante. Esa pregunta se materializa en una respuesta, pero ¿qué hacer cuando no se tiene ninguna?

En las búsquedas previas de mi vida esas respuestas correspondían a unos nombres, lugares y rostros muy concretos: los cuerpos de mis compañeros de primaria eran la respuesta de la pregunta interior de “¿Qué estoy buscando?” que me hacía cuando terminaba de contar hasta 20 contra un muro; el vaso en el gabinete al lado de la estufa era mi respuesta a la interrogante de “¿Dónde están las tijeras?” cuando mi mamá me pedía ir corriendo por ellas a la cocina; el cinturón de tres estrellas era la resolución de la pregunta “¿Dónde está Orión?” que me sigo haciendo cuando el cielo nocturno se encuentra despejado. ¿Qué hacer cuando no hay una respuesta todavía? A falta de un remedio definitivo (una respuesta) para la enfermedad (la pregunta) en esta ocasión me permitiré corromper el proceso mental que desglose en el párrafo anterior. Será la pregunta la que me lleve a una respuesta, serán las palabras enmarcadas en los signos de interrogación a las que encomendaré la misión de llevarnos a buen puerto. La elección de un camino, en un ser que ha resultado ser tan indeciso como yo, no es una tarea sencilla, pero tras una larga maratón de martilleos cerebrales, de punciones internas, la pregunta que me acompañará durante el resto de este recorrido es: ¿De qué manera la aparición del cuerpo del adulto mayor en las narraciones autobiográficas y su representación en la literatura infantil potencian el reconocimiento individual y colectivo de los Abuelos Cuentacuentos del Parque Biblioteca Belén?

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4. El recetario de la abuela: pasos para no incendiar la cocina y llevar la masa investigativa

a buen término.

Figura 4. Bienvenida, Archivo personal, (2023). Fotografía

Son múltiples los “no” que puede recibir un niño al entrar a una cocina: “no te acerques a la estufa”, “no cojas ese cuchillo”, “no riegues el agua”, “no, no, no”... Creo que ninguno de mis primos era ajeno a la palabra de dos letras que iniciaba con un fonema nasal. ¿Por qué seguíamos yendo a la cocina entonces? Porque era el territorio en el que sucedía la magia, el antecedente a la satisfacción del cuerpo y también porque había ocasiones en las que nuestras manos eran bienvenidas. La preparación de los buñuelos en diciembre es un buen ejemplo de esto. La masa aparecía de repente, nunca llegábamos a estar presentes durante la preparación de esta, por lo que ver el balde repleto de masa era motivo de sorpresa. Podíamos tocar la masa, nuestra abuela nos hacía un buñuelo de muestra que ponía en un plato plano y nosotros amasábamos entre ambas manos hasta generar pelotas blancas lo más similares posibles a la primera. Así era al principio de las sesiones por lo menos.

Llegaba un momento especial en el que la mamita nos preguntaba de qué forma queríamos los buñuelos de cada uno, tras la pregunta la esfera dejaba de ser la única figura geométrica posible y podíamos pensar en cuadrados, corazones, estrellas (mis predilectas) o, incluso, figuras antropomorfas. Estas últimas eran las más complicadas de hacer porque suponían la unión de varios

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fragmentos de masa y tenían el riesgo de salir de su baño aceitoso sin un brazo, sin un pie o peor: sin la cabeza. Si no sabíamos hacer alguna de las formas que imaginábamos le pedíamos instrucciones a la abuela.

Si consideramos a esta investigación como una masa, entonces el modo en el que la manipulemos, los instrumentos que utilicemos y la presión que pongamos sobre ella serán los determinantes en su textura, sabor y presentación al final. Con una masa tan delicada entre manos resultaba necesario formular unos objetivos que sirvieran de instrucción durante todo el proceso de ejecución y de cocción:

4.1. Objetivo general

Analizar la representación de la vejez en la literatura infantil para rastrear las similitudes y diferencias con las que es plasmado el cuerpo de los adultos mayores en la literatura infantil y en las narrativas autobiográficas de los voluntarios de Abuelos Cuentacuentos del Parque Biblioteca Belén.

4.2. Objetivos específicos

• Definir un corpus de obras de literatura infantil en las que aparezcan personajes mayores

que sean relevantes para sus respectivas historias.

• Fomentar espacios y momentos en los que emerjan las narrativas autobiográficas de los

voluntarios de Abuelos Cuentacuentos del Parque Biblioteca Belén.

• Examinar cómo se caracteriza el cuerpo de los adultos mayores en términos de

personalidad, apariencia física, roles sociales, y relaciones familiares en el género narrativo en la literatura infantil.

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5. Remedios de la abuela: conocimientos anteriores del cuerpo, la literatura infantil y la

narrativa autobiográfica

Figura 5. Abuela materna, Archivo personal, (2023). Fotografía.

Para aproximarme a la marea de saberes y a los repositorios de información, comprendí la necesidad de distinguir el planteamiento del problema en ejes temáticos. De esta manera, determiné que estos eran los que me permitirían realizar un rastreo de información más acertado: la literatura infantil, la vejez, las narrativas autobiográficas y el tópico del cuerpo. Por otra parte, para el hallazgo de las fuentes que introduciré a continuación, los repositorios de las siguientes universidades tuvieron un papel fundamental: Universidad de Antioquía, Universidad Nacional de Colombia, Pontificia Universidad Javeriana, Universidad Nacional Autónoma de México y Universidad de Barcelona. De este modo, logré formar un corpus de investigaciones que se han ejecutado a nivel local, regional, nacional e internacional.

De estos escenarios se acercan los invitados a este texto, aquellos en los cuales reconozco alguna mención o desarrollo de los ejes temáticos planteados anteriormente. Su presencia llega aquí como parte de una caja de herramientas pertinente para superar el desconocimiento y el vacío

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que encarna cada pregunta existente y que, en este caso, se manifiestan en la pregunta por la representación de la vejez en la literatura infantil y en las narrativas autobiográficas de los abuelos y abuelas cuentacuentos.

5.1. La literatura infantil

La literatura infantil abre la pregunta por la manera en la que está compuesta nominalmente. Para esto puede resultar pertinente la separación de ambas palabras, al menos en este inicio. Cerillo (2010), en su libro Literatura infantil juvenil y educación literaria, no solo observa y analiza los componentes del nombre, sino que también se preocupa en mostrar las características que conforman a este tipo de literatura, el canon literario en el que esta interviene y la importancia de su presencia en las escuelas por medio de la formación no solo de estudiantes, sino de los docentes. En la primera tarea, la de definir qué es la literatura, asegura que esta es un medio de expresión que ha sido creada por el ser humano y se caracteriza por la utilización del lenguaje literario:

Se produce gracias al lenguaje literario, un lenguaje especial que tiene muchos puntos de coincidencia con el lenguaje estándar, pero que, a diferencia de él, y a diferencia –también– de otros lenguajes especiales (jurídico, científico, médico, periodístico, etc.) tiene una función propia, la poética, que es una función estructuradora, ya que el emisor (el autor) emplea el código para atraer la atención del receptor (el lector) sobre la forma del mensaje. (Cerrillo, p. 11)

Ahora bien, la etiqueta o apellido que recibe esta literatura infantil se debe, para Cerrillo y Sánchez (2006), a aquellos lectores que han hecho de ciertas historias y obras suyas a causa de la aparición de ciertos gustos, temáticas o intereses que la literatura infantil y juvenil logra explorar y despertar en ellos. Son especialmente la explicación de la denominación dada a la literatura infantil y el convencimiento de la necesidad de formación que requiere el maestro para acercarse y trabajar con esta literatura lo que resulta propicio como antecedente para esta investigación. Por otra parte, Escalante y Caldera (2008), en un artículo titulado: Literatura para niños: una forma natural de aprender a leer, hablan sobre la potencialidad que tiene la literatura infantil para despertar la creatividad y el desarrollo de la imaginación en públicos que se encuentran en la

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niñez. En medio del desarrollo de este, ambas autoras hacen una síntesis de las funciones de esta literatura según Alliende y Condemarín (1997), Quintero (1992) y Vannini (1995):

1. Amplía el horizonte intelectual y artístico de los niños y adolescentes, así como su

universo social, afectivo, imaginativo y lingüístico.

2. Divierte y activa la curiosidad.

3. Estimula el desarrollo del pensamiento libre y creativo

4. Proporciona temas, motivos y detalles para nutrir su inspiración.

5. Ayuda a comprender el mundo en el que el lector vive y lo ayuda a enfrentarlo (Escalante

y Caldera, 2008, p. 671).

Luego del antecedente de Cerrillo (2010), el texto de Escalante y Caldera (2008) permite ahondar un poco más en lo que es la literatura infantil por medio de sus características. Aunque en el texto se limite al público de la literatura infantil en aquellos que se encuentran en el tránsito de la niñez, aparecen unas nuevas perspectivas como es el caso de Troncoso (2016) que, en su texto Descubrir la literatura infantil, desarrolla este tema como contenido al que se pueden aproximar los adultos con el propósito de mediar la lectura de esta en públicos más jóvenes. A su vez, Troncoso no solo ve en los adultos la potencialidad de cumplir con el papel de mediador, sino que encuentra en ellos un posible público de este tipo de literatura en la medida en que: “Esa mediación de la lectura, presente e importante en la lectura infantil, implica un acto de comunicación sobre el que se vuelve necesario reflexionar, ya se trate de la ‘lectura en solitario’ o ‘con los demás’” (p.

249).

A su vez, además de ser un posible público, Troncoso reconoce en el adulto a alguien que puede mediar y mostrar estas lecturas pues es alguien apto para generar relaciones de cercanía con este tipo de textos. Resulta ser apto porque todo adulto fue niño alguna vez:

la lectura de obras con los que hayamos establecido una relación cercana, obras que nos apelen hoy en día como adultos que somos y como niñas y niños que fuimos, que disfrutemos al leerlos en voz alta, que al comentarlos transmitamos nuestro placer. (p. 252).

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De este modo, el adulto no es excluido del público de la literatura infantil, pues en cada uno habita un niño que fue en el pasado, que no es ajeno a las experiencias de aquellos a los cuales recomienda obras o lee, pero, sobre todo, en cada uno yace una capacidad estética, una posibilidad de conmoverse y asombrarse que no es exclusiva del público infantil.

Por otro lado, Castrillón (2015), en su trabajo de investigación de maestría titulada Una mirada hermenéutica al ethos de las Infancias, en la Literatura Infantil y Juvenil colombiana contemporánea, explora las infancias representadas en cinco obras de literatura infantil y juvenil colombianas. Encontré en este trabajo de investigación un antecedente al rastreo de elementos que configuran la representación de cierto grupo social, en su caso las infancias y en el caso de esta investigación la vejez. En medio de este ejercicio isotópico y de caracterización Castrillón (2015) expresa que la literatura infantil y juvenil ha adquirido un papel importante, o al menos visible, en los ámbitos escolares y comerciales, en los que la industria editorial ha podido seguir actuando a pesar de la utilización cada vez más mediática de los medios digitales y los libros electrónicos. Uno de los lugares en los que la literatura infantil en formato físico tiene aún mucha fuerza es la biblioteca, la cual es el escenario elegido para llevar a cabo esta investigación. Esta elección se debe al hecho de que la biblioteca es un espacio en el que los adultos mayores encuentran una posibilidad de acercarse al saber y permanecer a grupos o actividades que les hace sentirse satisfechos, entre ellos la formación de Abuelos Cuentacuentos.

Esto puede deberse al hecho de que en este espacio los adultos mayores siguen encontrando materiales análogos o físicos que resultan más amigables para ellos que las alternativas digitales que existen en la actualidad. Además, la biblioteca resulta ser un lugar cercano a sus viviendas o barrios que les permite tener momentos de esparcimiento en el que comparten con otros por fuera de sus propios hogares o trabajos. En este sentido, las relaciones humanas que se posibilitan allí y la variedad de literatura puesta a su disposición componen una urdimbre que los adultos y adultas mayores se sienten cómodos al habitar.

Luego de esto, se asoma la pregunta por la presencia de la literatura infantil en este contexto que es tratada por Chávez (2020) en su trabajo de grado titulado La imagen de la biblioteca y del bibliotecario en la literatura infantil y juvenil. Al respecto el autor se encarga de indagar por las características que un público diverso asocia con el espacio de la biblioteca y la figura del

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bibliotecario para luego compararlo o contrastarlo con el modo en el que ambos aparecen en la literatura infantil.

La imagen de ambos elementos es tratada por la autora como una unión de imágenes que se encuentran propagadas, gracias a diversos medios de comunicación, en el imaginario colectivo de una comunidad y que, al mismo tiempo, remiten a una imagen pública de este tipo de instalaciones que no solo hacen parte de la realidad vinculada a la lectura de un público específico, sino que también emerge como un escenario recurrente en la misma literatura infantil, el cine, la televisión, entre otros.

Dentro de los elementos que hacen parte de esa imagen (la que aparece en las encuestas y el análisis literario) se encuentran: la tranquilidad del espacio, un lugar de encuentro y el acceso a la información. Estos elementos se encuentran tanto en el plano de lo real como en la forma en que se retrata la biblioteca en la literatura infantil y juvenil. Y entre las actividades que emergen en este tipo de espacios, aunque las que más se relacione con ellos sea la lectura y el estudio, se encuentra la formación de Abuelos Cuentacuentos, los cuales no son exclusivos de las bibliotecas de Medellín.

Este antecedente en concreto resulta bastante provechoso porque desarrolla dos elementos fundamentales de la presente investigación: la biblioteca como escenario que invita a la investigación y propicia que se indague acerca de ella; y el análisis de una figura dentro de una comunidad específica que ya ha dirigido una perspectiva condicionada por unos imaginarios colectivos. En su caso se realiza con la labor del bibliotecario y en este, con la figura del adulto mayor.

5.2. La vejez

Luego de hablar del espacio de la práctica resulta oportuno indagar por el desarrollo que se le ha dado a la vejez en otros ejercicios investigativos. La vejez, como una etapa de la vida del ser humano, ha sido vinculada estrechamente con la edad avanzada de los sujetos y, a su vez, con un periodo vital que se encuentra atravesado por una carga simbólica que puede variar en cada contexto específico. Esto es desarrollado por Sánchez (2022) en su tesis doctoral Representaciones sociales de vejez en jóvenes y viejos del campo y la ciudad, en Colombia, en la que aborda a la

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vejez como parte de un conducto vital y que se construye o varía según las condiciones históricas, sociales y culturales de cada contexto:

Aunque la edad es una propiedad de los individuos que nos indica la duración de la vida y una variable demográfica básica, su significado es relativo según los contextos social, cultural, político y económico en los que se expresa. Tiene por lo tanto un simbolismo que he investigado como representaciones sociales. (Sánchez, p. 79)

Hablar de la vejez permite revelar la importancia que tiene el tiempo para los seres humanos, una importancia que va más allá del hecho de ser puntuales a la hora de llegar a los sitios o en las entregas vinculadas con el oficio al que se dedique cada sujeto. En cada uno se refleja un paso temporal, un fragmento del tiempo que nos atraviesa y que nos va haciendo más afines a unas realidades sociales o representaciones pertenecientes a cada cultura. En este sentido, la vejez se configura en un símbolo del que muchos huyen, para el que muchos se preparan y del cual otros investigan.

Es por medio de estas concepciones sociales que las representaciones de la vejez (y demás estados o etapas de vida) toman forma, se adaptan, se construyen o evolucionan. De igual manera, Camacho (2016) en su trabajo de investigación para su maestría Representaciones de la vejez en Colombia. Análisis de memorias de vida frente a la política nacional de envejecimiento y vejez, explora los imaginarios que poseen las personas en relación con la vejez por medio del análisis de respuestas obtenidas con la realización de entrevistas en las que los relatos de vida hacen aparición como forma de mostrar saber, de dar cuenta de experiencias. En sus hallazgos lo único importante para identificar estas representaciones no radica en los contextos geográficos, sino también en los temporales:

Las personas colombianas que en el año 2016 tienen 60 años o más, nacieron en las primeras décadas del siglo XX y eso, como menciona Stuart Hall (2005), es un pedazo del tiempo que permite analizar una formación social producto de la articulación y tensión de los procesos que gestan un periodo o época; procesos que al mismo tiempo, afectan la vida de los sujetos. (Camacho, p. 33)

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A propósito de esto, es posible volver a Sánchez (2022) cuando muestra que no hay una sola forma de vivir la vejez, no hay una sola aunque los individuos puedan coincidir con las edades de otros adultos mayores del pasado. En consecuencia, resulta pertinente el análisis constante del tópico en el presente y en las demás épocas que ha circulado la humanidad.

Las personas que hoy son ‘personas mayores’, ‘adultos mayores’, ‘viejas o ancianas’, entre otras denominaciones, en superficie, juegan un papel muy diferente a los viejos de otras épocas. Si bien, lo anterior tiene relación con el crecimiento demográfico, esto no basta para explicar en profundidad el rol que juegan las personas que están viviendo su vejez en el ahora; es decir, en este momento en que están siendo. (Sánchez, p. 33)

La necesidad de representación que poseen todos los miembros de una comunidad para saberse partícipe de su contexto sociocultural es lo que justifica la indagación por la vejez, una que responde a unas nuevas realidades, unas realidades diferentes a las que vivieron las personas mayores en otros tiempos: “Esta representación, en este caso de los adultos mayores, implica una tarea cognitiva: identificarse con un grupo siempre exigirá tener imágenes, actitudes, opiniones, en suma, discursos particulares sobre dicho grupo, es decir, es necesario crear representaciones sobre él” (Sánchez, p. 52).

Algo que logra sobresalir de los trabajos anteriores que abordan la vejez y su representación es el uso del método narrativo como estrategia de recolección de información, es decir, la indagación por las narrativas autobiográficas del público abordado. En el caso de Camacho (2016) con seis adultos mayores y en el caso de Sánchez (2022) con la elección de grupos de adultos mayores pertenecientes a generaciones distintas.

La visibilización de este público en particular se ve enriquecido y se sustenta con sus vivencias, su recorrido de vida. De este modo, la vejez deja de ser un periodo de tiempo inerte para convertirse en un tránsito de alegrías, luchas y aprendizajes que no dejan de ser provechosos para aquellos que se encuentran en el trayecto de la infancia o la juventud.

5.3. Narrativas autobiográficas

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Por otra parte, las narrativas como método investigativo son abordadas por Delory (2017) en su artículo Sentido y narratividad en la sociedad biográfica. La autora examina el papel que posee el relato en nuestra sociedad por medio de un método llamado “gran relato del individuo”, el cual se hace posible con la actividad narrativa de los individuos y la producción de sentido en una sociedad alrededor de estas producciones. De esta manera, el relato personal o individual no se encuentra desligado de una dimensión social, de él surge la historia colectiva, la cultura y el contexto. El relato posee esta capacidad debido a que el ser humano tiene y desarrolla una forma particular de pensamiento: “Si pensar es asociar, articular, unir, ordenar, entonces el lenguaje el relato representa una forma específica de pensamiento que consiste en articular acciones en el tiempo según enlaces de causalidad y de finalidad” (Delory, p. 271).

Y, en esa medida, son los relatos los que permiten que las comunidades tengan una comprensión de sí mismas y de los acontecimientos que les suceden, propician o atraviesan: “Los relatos, en tanto modo de inteligibilidad de la experiencia humana y del mundo, están en el corazón de las culturas y de las sociedades” (Delory, p. 271) Ahora bien, si nos acercamos a Porta y Flores (2017) en su artículo Narratividad e interpretación: Nexos entre la investigación narrativa y la hermenéutica, encontramos que el enfoque narrativo en educación se encuentra vinculado con tres componentes: comprensión e interpretación, subjetividad e intersubjetividad y vivencia y experiencia. Estos elementos permiten que el enfoque posea solidez a la hora de construir conocimiento por medio de las narrativas de un público específico. De este modo, los investigadores que utilizan este método son interpretativos y se encargan de analizar el “significado subjetivo” que se torna esencial en la investigación en educación, ya que “el enfoque narrativo toma a los relatos de los sujetos como género discursivo específico” (p. 685).

El encontrar saber en las narrativas de un público determinado es reconocer en cada una de ellas un carácter histórico, es descubrir que “vivimos narrativamente nuestras vidas y entendemos nuestras vidas en términos narrativos” (p. 686). En este sentido, una de las cosas que hacen parte de nuestra existencia y que, por lo tanto, vivimos narrativamente es nuestro cuerpo. Esto logra verse en el texto de Sánchez (2022), pues la aparición del tópico del cuerpo se hizo presente en el grupo elegido para la realización de las entrevistas.

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La manera en la que Sánchez nombra la categoría de estas apariciones es “el cuerpo viejo”, es decir: “que se refiere a las acciones, formas, y condiciones que caracterizan el cuerpo de los y las viejas, así como las habilidades asociadas (p.e. psicomotricidad y competencias instrumentales)” (p. 79).

Por otra parte, si retomamos a Camacho (2016), hay de igual modo un apartado relacionado con el cuerpo en las narrativas autobiográficas. En este caso el apartado es nombrado “la vejez” y en este hay una breve mención a Simone De Beauvoir (2013) que dice:

En el libro La Vejez, De Beauvoir señala que ésta adopta una “multiplicidad de rostros”, es decir, que todos los aspectos, lo biológico, lo psicológico, lo existencial, lo social, se afectan mutuamente y así mismo también que, la “forma en que un hombre es dominado por la vejez” está relacionada con las maneras de explotación, lo cual no puede ser excluido porque “enmascara la diversificación de la vejez. (Simone de Beauvoir, 2013, como se cita en Camacho, 2016, p. 34)

Esta última cita se vincula de forma estrecha con el texto Construcciones de cuerpos de Pabón (2002) que aparece como un capítulo del libro Expresión y vida: prácticas de la diferencia. En este se presenta al cuerpo como una masa atravesada por unas potencialidades presentes en la cultura, las palabras y las creencias que lo rodean y determinan. De esta manera es posible deducir que el tránsito del tiempo no es solo lo que configura la vejez particular de cada individuo y época sino que lo hace la misma vida que:

es el plano donde se manifiestan todas las fuerzas (políticas, sociales, económicas, eróticas, etc) … Entonces, el cuerpo es sin lugar a dudas el medio donde se ejercen todos los poderes y por esto mismo, es el lugar privilegiado a través del cual se puede llegar a precipitar una transmutación de los valores de nuestra cultura, es decir, una destrucción a martillazos del yo fascista que existe en cada uno de nosotros, controlando y anestesiando nuestra potencia de vida. (p. 37)

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Esta incorporación de los objetos palpables y no palpables en el cuerpo es un asunto que trata, de igual manera, Farina (2005) en su tesis doctoral Arte, cuerpo y subjetividad. Estética de la formación y la pedagogía de las afecciones, en la que hay una reflexión acerca de los procesos de formación de los individuos en las relaciones que se trenzan entre la propia experiencia y el arte en la actualidad. Según la autora, el cuerpo al estar en contacto con el arte y los contenidos que crea o consume se comienza a configurar como un “territorio de experiencias”:

El objeto ha sido devorado, absorbido, integrado. El objeto ha sido incorporado al cuerpo del sujeto que crea, al sujeto que participa de la obra. El cuerpo estético lygiano ha devorado el ser del objeto: el sujeto-objeto se torna cuerpo, se conjuga en una superficie corpórea. (p.

187)

Debido a esto el cuerpo aparece de manera constante en las narrativas autobiográficas de los adultos mayores como una masa o construcción que no es pasiva a los acontecimientos, sino que contiene en sí misma la habilidad de crear aquello que lo determina y que, al mismo tiempo, tiene la capacidad de añadir más peldaños en la construcción de sí. Y es en ese apartado generado por Sánchez (2022) que salen a la luz situaciones y elementos que aparecen también en la literatura infantil para caracterizar a los adultos mayores: las canas, las arrugas, el depender de un otro, el agotamiento físico, entre muchos otros. Aún con estos antecedentes en mente, no puedo retirar de mi vista el hecho de que el conocimiento del cuerpo parte de aquellos por los que aprendemos que el jengibre es bueno para la garganta y que los vapores de eucalipto son eficaces para abrir las vías respiratorias. A Sabrina, mi hermana, le gusta relatar lo que eran las noches junto a nuestra mamita Bienvenida. A diferencia de mi mamá y yo, que dormíamos en la habitación de nuestra tía Sandra, ella subía cada noche las escaleras de baldosa naranja que llegaban al mezanine en el que dormía mi abuela.

Ella sacaba su frasco café y el contenido, el alcohol con marihuana, se tambaleaba de en su interior. Cuando retiraba la tapa la habitación se llenaba de ese olor particular. Depositaba un poco en sus manos y lo deslizaba en sus brazos y piernas antes de acostarse. Ese ritual era seguido por

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la casi penumbra de la habitación, casi porque Sabrina se quedaba viendo televisión hasta altas horas de la madrugada.

Unas horas después, mi hermana despertaba cuando nuestra abuela comenzaba a realizar todas las abdominales posibles, todas las que había aprendido en su grupo de la tercera edad. A pesar de que en la escuela nos enseñaran las partes y funciones del sistema óseo y del sistema digestivo, encuentro en los remedios caseros, los remedios que muchos llaman “de la abuela” mi primer antecedente en los conocimientos relacionados con el cuerpo.

Aún sé que la papa con sal sirve para los chichones, pues mi cabeza tuvo que aguantar la presión del tubérculo salado cada que se topaba con el suelo; de igual manera, también sé que la miel es provechosa para la garganta gracias a todas las cucharadas de propóleo que pasé con agua en las noches agripadas. En cambio, los conocimientos teóricos del cuerpo, la relación que este forma con las narrativas, el arte y la cultura son tesoros adquiridos en unas etapas posteriores de la vida, posteriores a un tiempo en el que no se conoce con certeza la noción de cultura, pero en el que ya se ha comenzado a habitar el cuerpo y vivir la vida “narrativamente”.

5.4. Decreto del vacío

Como es visible tras el desdoblar de los antecedentes, hay una buena variedad de investigaciones que han desarrollado los tópicos esenciales para este trabajo de grado: la literatura infantil, la vejez, las narrativas autobiográficas y el cuerpo. A pesar de ello, la exploración también nos permite evidenciar que no hay un texto en el que los cuatro ejes temáticos se reúnan. Este hallazgo, motivado por la mirada atenta de cada uno de los antecedentes, es el detonador de lo que llamaré un decreto del vacío. La conciencia de la falta de contenido desencadena en el intento y la responsabilidad de depositar algo que habite lo que ahora es vacío, que dote de sentido a esas preguntas que se encuentran en la nada, pero a las cuales es posible aproximarse de puntillas cuando no se descarta, sino que se reúne, lo que ha sido dicho y escrito hasta el momento.

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6. La cuchilla del abuelo: conceptos que aparecen tras la remoción de la espuma y con la

claridad del agua.11

Figura 6. Emilio y Climaco, Archivo personal, (2023). Fotografía.

¿Qué es un abuelo? Me pregunté un día que salí del baño en la casa de Bellavista, la que me ha visto crecer en este caminar universitario. Me lo pregunté en ese instante porque vi a mi papito Climaco sentado en un taburete de madera frente a la poceta, con un espejo en una mano, una cuchilla en la otra y la blanca crema de afeitar colgando del lado inferior del rostro. ¿Qué es un abuelo? Si me permitía a mí misma colgar y escalar en mi árbol genealógico para subir un nivel encontraba a mis padres, si volvía a disponer de mi cuerpo para escalar al siguiente piso encontraba a mis abuelos: mi mamita Bienvenida, mi mamita Maruja, mi papito Emilio y… sí, mi papito Climaco. Este último siempre al fondo de mis memorias infantiles, este último que me ha hecho considerar que mi capacidad de dar amor no es lo suficientemente grande.

11 En este apartado continúo utilizando la metodología biográfico narrativa, pues aunque el marco teórico es un fragmento de las investigaciones que tiende a relacionarse exclusivamente con la muestra de fuentes y teoría, encontré algunos vínculos entre los conceptos que precisaba definir y mi propia biografía. De este modo, este apartado enseña cómo los conceptos de literatura, literatura infantil, narrativa autobiográfica y vejez atraviesan mi cuerpo y mis recuerdos.

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Si él se encontraba en ese recinto del árbol, entonces ¿Por qué no sentía ternura al verlo afeitarse? ¿Por qué cruzarme con él en el gran pasillo de la casa tipo galería siempre me ha generado una sensación de retorcimiento interior? Eso nunca fue un impedimento para reconocerlo como abuelo, pero siempre me encontré a la expectativa de sentir por él algo similar a lo que suscitaba en mí mi papito Emilio, el abuelo de los bolsillos infinitos, pues eran la fuente inagotable de los dulces para Sabrina y para mí; el abuelo que tenía por compañero fiel a su sombrero, pues este cubría el espesor blanco de su cabeza la mayoría del tiempo.

A diferencia de mi papito Emilio las primeras memorias que guardo vinculadas a mi papito Climaco no se desarrollan en las discusiones con Sabrina para ver cuál de las dos se sentaría en el sillón reclinable que (mi abuelo Emilio) utilizaba un rato cada mañana y cada noche. Los primeros recuerdos que registra mi memoria en relación con mi abuelo Climaco se encuentran permeados de la densidad, la tensión y la oscuridad. Llegaba de improviso a la casa de Bellavista y la atmósfera cambiaba a un estado de congelación. Mi abuela Bienvenida se sentaba en un rincón o subía apresuradamente al mezzanine con el rostro estático. Algo no andaba bien y la figura pálida del abuelo, acostada e iluminada por el televisor en una de las habitaciones, permanecía imperturbable. Sabrina y yo nos acompañamos en ese transitar, en ese no comprender todavía, en esa perplejidad por unos eventos que a pesar de no ser entendidos o revelados son causantes de dolores punzantes, de una incomodidad asfixiante.

Este, quizás, no es el espacio propicio para hablar de turbulencias conyugales, pero sí es un escenario favorable para pensar en lo que un abuelo también puede llegar a ser, ya que la abuelidad y la vejez no suponen una vía de idealización a las personas, el reconocimiento de estas figuras y de su presencia en el mundo y la literatura implica de igual manera no idealizarlos, pues continúan siendo seres humanos.

Con la pregunta que da inicio a este apartado es inevitable llegar a la pregunta ¿Qué es la vejez? y con esta última resulta imprescindible pensar de nuevo en la unidad corpórea que acompaña a cada ser viviente y que posee cada ser humano, pues como manifiesta Ríos (2018):

El cuerpo es un buen compañero, silencioso, en paz, nos permite sostener conversaciones, escuchar un concierto, consumir. Actos todos en los que su materialidad pasó inadvertida y luego, al final del día, se entregó al sueño para sumirse en el olvido. Convivimos con

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nuestro cuerpo como si fuera un detalle, salvo cuando se enferma. Allí su materialidad golpea. Habla desde el dolor. Una vez sano, vuelve a su invisibilidad funcional (p. 190)

De ese modo, por medio del golpe sorpresivo de la vejez en el cuerpo, los individuos se hacen conscientes de ese detalle. Este resulta sorpresivo debido al olvido al que se somete al cuerpo, a lo poco que nos permitimos reflexionar en lo obvio hasta que la obviedad se manifiesta por medio de las arrugas, la enfermedad y el dolor.

El carácter repentino del impacto se debe a que, como sigue diciendo Ríos (2018), la sociedad posmoderna no habla del envejecimiento, no tiene presente que este es un proceso que acontece durante toda la vida y que no es solo propio de las últimas etapas vitales. De este modo, sale a relucir algo dicho por una abuela cuentacuentos de otra biblioteca en el 17ª encuentro de Abuelos Cuentacuentos (2023), evento al que logré asistir con el grupo que estaba acompañando en el Parque Biblioteca Belén: “las canas no salen por la cédula, sino por la experiencia”12. Es en el envejecimiento, en la formación de arrugas en el rostro y la aparición de canas que la realidad del deterioro físico, del paso del tiempo se hace presente en la conciencia. Es necesario reflexionar en el cuerpo cargado de experiencias en medio de una sociedad que solo ve en los cuerpos máquinas de producción, máquinas fácilmente reemplazables por cuerpos más jóvenes, máquinas más nuevas. Este pensamiento propio de la posmodernidad, encarnado en la ciudad, acomoda a esos cuerpos marcados por el tiempo como personas pertenecientes a la vejez:

Frente a este breve paisaje urbano, una de las preguntas que inquieta al campo gerontológico y a sus estudiosos, puede formularse como: ¿con qué imaginario procesamos esas figuras? ¿seres que juegan sus últimos años de vida?; ¿seres que necesitan ayuda? La mirada que hagamos sobre los envejecidos depende, en verdad, de la apreciación dominante o mayoritaria que predomina en la cultura en la que vivimos. Jubilados, abuelos o viejos son tres máscaras de una misma clase de edad: la vejez. (Ríos, 2018, p. 188)

12 Dicho por una abuela cuentacuentos en el 17° encuentro de Abuelos Cuentacuentos.

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Aunque el envejecimiento, como mencioné anteriormente, sucede durante toda la vida, se relaciona con la cercanía a la muerte y, por lo tanto, con la vejez. Es oportuno hacer esa distinción que no se hace socialmente: el envejecimiento es un proceso vital que vivimos todos, mientras que la vejez es un periodo de la vida, tal como lo son la adultez, la adolescencia y la niñez. Estas separaciones de acuerdo a la edad se conocen como clases de edad:

La vejez, sin embargo, en cuanto clase de edad, no es el resultado ineluctable del proceso inscrito en la naturaleza, sino la distinción de la cultura que mide el envejecimiento en edades, las que a su vez, son productos de una cultura y una sociedad. En este sentido, la niñez o la juventud son también productos del procesamiento social y cultural del envejecimiento, solo que la cultura dominante, al escamotear el envejecimiento, nos acostumbra a mirar esas edades como desligadas de la realidad del envejecimiento. (Ríos, 2018, p. 189)

Para sociedades que aún no han puesto la productividad por encima de la sabiduría, las abuelas y abuelos, más que cualquier otro integrante de la comunidad, representan aquello dicho por un abuelo cuentacuentos en el 17ª encuentro de Abuelos Cuentacuentos (2023): “La vida de cada uno es una historia y cada historia es un cuento”. En las labores sociales de los Abuelos Cuentacuentos se encuentra el intercambio generacional, en otras palabras, se encuentran las conversaciones y tiempo que se logran compartir entre generaciones tan dispares, momentos de escucha y habla en los que sobresalen las narraciones autobiográficas de los voluntarios. Para dar luz a estas últimas resulta útil el texto de El pacto ambiguo de Manuel Alberca (2007):

considero las novelas del yo en relación a la teoría del ‘pacto autobiográfico’... el ‘pacto’ se concibe como un diálogo o situación comunicativa con tres vectores principales: autortexto-lector. En este marco, el texto establece una relación contractual en la que el autor se compromete ante el lector a decir la verdad sobre sí mismo. (p. 66)

Aunque Manuel Alberca solo desarrolle la narrativa autobiográfica en su formato escrito, lo del pacto autobiográfico y los tres vectores permanecen si se piensa en las narrativas

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autobiográficas orales, pues los abuelos y abuelas cuentacuentos, con su tono y presencia (que sigue implicando la sabiduría experiencial para muchos), se comprometen a decir la verdad de sí mismos. A la par, son tres los agentes que intervienen en estos intercambios: emisor-texto-receptor, que adaptado a este caso particular se mostraría como: abuelo o abuela cuentacuentos-narrativa autobiográfica o texto literario-público específico.

De este modo, las narrativas autobiográficas se entienden como intervenciones en las que una persona puede dar a conocer algo de su vida a otra, se reorganiza el pasado con la utilización de la palabra y se entiende como saber experiencial porque no surge de la imaginación del emisor, sino de una conciencia de los acontecimientos pasados y de la adquisición de saberes experienciales:

Los relatos de vida o narrativas autobiográficas están anclados en la experiencia humana; son un recurso para reconstruir acciones sociales ya realizadas; no son la acción misma, sino una versión que el autor de la acción da posteriormente acerca de su propia acción pasada… uno de los rasgos que identifican a las narrativas o los relatos autobiográficos es, precisamente, su carácter experiencial. (Lindon, 1999, pp. 297-298)

La narración autobiográfica o relato de vida no es la acción misma, es la reconstrucción realizada por el que habla o escribe. La palabra no puede contener toda la experiencia, siempre hay un residuo de esta última que se queda en lo íntimo, espacio al que solo puede acceder aquel que reconstruye, aquel que estuvo presente en medio de la memoria que se relata. Por este motivo, el receptor de la memoria solo puede participar parcialmente de la experiencia narrada, pero a partir de esa experiencia parcial sí puede adquirir el saber experiencial que ofrece el otro. De este modo se hace distinción entre la experiencia, lo íntimo y la narración autobiográfica:

Lo íntimo se refiere al hecho de que “soy el único que sabe lo que sentí”; es la experiencia interior. Lo íntimo es esa experiencia que va más allá de lo que las palabras pueden expresar. De hecho, cuando esta experiencia es nombrada de alguna manera, lo que se ha sentido pierde su carácter íntimo, se convierte en social precisamente al ser nombrado con una o más palabras que el otro puede entender. socialmente. Es en este sentido que esta

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versión de la palabra íntimo no tiene relación alguna con lo que estamos acostumbrados a oponer al sentido de lo público o lo que no se debe decir públicamente. En este contexto, lo íntimo significa toda la complejidad de la experiencia vivida que no se puede transmitir al otro, y eso porque la simple transmisión verbal la transforma y la reduce. (Juliao, 2021,

p. 84)13

Si seguimos hablando de pactos, ya hemos determinado qué será entendido cuando la vejez y las narrativas autobiográficas hagan actos de presencia en este texto, pero aún falta un pacto por hacer: ¿Qué entenderemos como literatura y, en especial, literatura infantil? En Una introducción a la teoría literaria, Eagleton (1998) nos propone definir la literatura a partir del uso particular que en ella se le da al lenguaje y no por la posibilidad que esta tiene de mostrarnos ficciones, no “con base en su carácter novelístico o “imaginario”” (p. 5). En este sentido, Eagleton nos abre la posibilidad de ver en las narrativas autobiográficas un objeto literario también, pues en ellas sobresale la literariedad, es decir, un “uso característico de la lengua” (p. 5) que puede manifestarse tanto en los formatos escritos como orales: “La literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en que se habla en la vida diaria” (Eagleton, 1998, p. 5).

La distinción entre un uso ordinario y literario de la lengua me recuerda a una clase de Teorías Literarias II en la que hicimos un ejercicio similar, pero con imágenes. La maestra nos mostró una foto de una sopa de tomate en lata de una marca llamada Campbell y luego la contrastó con la famosa obra de Andy Warhol Latas de sopa Campbell. ¿Cuál es la diferencia entre una y otra? ¿Qué distingue a la foto de la lata y a la pintura de la misma? En ese momento el primer pensamiento que vino a mi mente y que dije en voz alta fue “la intención”. ¿Cuál es la intención en ambas? fue la segunda interrogación. “Una está hecha para ser ingerida y otra para ser vista”. Mi segunda respuesta, como es visible, tomó al primero de los elementos (la foto) como la misma lata y no como una representación. La foto de la lata no es la lata en sí, sino que es un objeto que nos remite a ella. En este sentido, ambas cosas están allí para ser vistas y comprendidas. Esto nos hace volver a la primera pregunta: ¿Qué distingue a la foto de la lata de la pintura de la misma? Como nadie dio una respuesta acertada a la pregunta, la maestra

13 Es importante indicar que la cita tiene un error ortográfico y por la naturaleza de la misma no se puede cambiar.

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nos dio la siguiente explicación: la lata (la real, no la representada) sí está allí para ser ingerida, la lata representada por medio de la foto nos hace remitir a esa lata real y la pintura de la lata nos hace reflexionar en nuestra realidad, pues nos hace preguntarnos ¿Por qué el autor pintaría una lata? Del mismo modo, las palabras en su uso ordinario nos permiten remitir a objetos, sentimientos, sensaciones, personas y seres reales, mientras que en la literatura nos encontramos “en presencia de lo literario” (Eagleton, 1998, p. 5). La comprensión de este fenómeno, el reconocimiento de lo literario, se hace posible cuando se comprende que “la textura, ritmo y resonancia de las palabras exceden, por decirlo así, su significado “abstraíble” ... no existe proporción entre el significado y el significante. El lenguaje empleado atrae sobre sí la atención, hace gala de su ser material” (pp. 5-6).

Por este motivo, tanto la literatura infantil escogida en formato escrito como las narrativas autobiográficas de las abuelas y abuelos cuentacuentos recogidas en formato oral son entendidas como objetos literarios en este trabajo de grado, pues en ambas se excede el uso ordinario del lenguaje y la literariedad aparece para repensar nuestro entorno y nuestras experiencias. Ahora bien, nombrar a la literatura infantil con ese “apellido”, como nombra Cerrillo (2010) al aditivo de “infantil”, no hace que las obras literarias que han sido categorizadas como tal tengan menos mérito literario que aquellas que pertenecen a la literatura universal. A pesar de esto, sí es cierto que la literatura infantil tuvo que batallar para ser desligada de aquellos libros que tenían un objetivo didáctico, en lugar de uno estético:

La literatura infantil nació enfrentada a esos libros que “tienen todas las características de la escuela dominical” como sentenció el protagonista de Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. Ganar la independencia respecto de la “madrastra pedagógica” se convirtió en un proyecto profesional y casi ético para una parte de los autores, mediadores y críticos. (Colomer, 2010, p. 4)

Y es que sí, el inicio de la literatura infantil estuvo marcado por el reconocimiento de la niñez como un periodo de la vida que necesitaba de unos contenidos y textos específicos en términos didácticos y educativos, la literatura infantil para el entretenimiento y el placer estético surgiría después. Aunque esos primeros textos con objetivos educativos no puedan considerarse

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literatura, es gracias a su consideración de la infancia que aparece una gran cantidad de libros e historias que desde el principio estuvieron dirigidas a los niños o que fueron adoptadas por este público en algún momento. A propósito de esto, Cerrillo y Sánchez (2006) afirma que la literatura infantil: “no es, ni puede ser, solamente la que es escrita deliberadamente para niños; es también aquélla que, sin tener a los niños como destinatarios únicos o principales, ellos la han hecho suya con el paso del tiempo” (p. 17).

Aunque la literatura infantil cuente con obras dirigidas a los niños o que han sido adoptadas por ellos, esto no quiere decir que los individuos pertenecientes a otras edades no puedan tener acceso a ella, pues en ella se presentan temas, problemáticas y personajes que no solo atañen al público infantil. Esto puede verse en la presencia, actualización y reiteración en los cuentos populares, cuentos que hacían parte de un imaginario colectivo del cual no eran ajenos los jóvenes y los adultos: “la pervivencia de los cuentos populares ha sido defendida desde su consideración como relatos literarios especialmente eficaces y sencillos que favorecen por ello tanto su fijación en el imaginario colectivo, como la educación literaria de los niños” (Colomer, 1999, p. 78). Para finalizar este apartado quisiera mencionar los tres golpes al suelo que utilizan las princesas en Las zapatillas rotas de las tres princesas, episodio que hace parte de la serie Cuentos de los Hermanos Grimm que se transmitía en Caracol y que yo lograba ver cuando madrugaba los fines de semana para ir a natación. Aunque mis episodios favoritos eran Los seis cisnes y El abrigo de las mil pieles encuentro en el relato de las princesas que gastan sus zapatillas cada noche una relación con el ejercicio de construcción de un marco teórico.

Para entrar al mundo en el que bailaban hasta el amanecer, una de las princesas debía dar tres golpes sucesivos en el suelo, esta acción revelaba las escaleras de aspecto infinito, la apertura de ese compartimento era la bienvenida de sus aventuras nocturnas. Algo parecido sucede con los conceptos que definimos y que nos acompañarán a partir de ahora: “Vejez”, “Narrativas Autobiográficas” y “Literatura Infantil”. Conocer el significado de una palabra o interiorizar la concepción que se tendrá de ella en cierto contexto es hacer algo similar a golpear el suelo tres veces, pues abre la puerta de comprensión al otro, la puerta para implementar la palabra definida más tarde.

Estoy plenamente segura de que nuestros tres golpes (las tres categorías temáticas y conceptuales definidas), al contrario de las princesas bailarinas, no nos llevarán a un vals con seres

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malvados o al desgaste nuestros zapatos, pero sí nos abrirán y acompañarán en los apartados que siguen.

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7. “El viento silba melodioso entre las ramas”14: Conversaciones debajo de los árboles y

determinación de la ruta en compañía de la rosa de los vientos.

Figura 7. Grupo Scout Vikingos 127, Archivo personal, (2023). Fotografía.

“Oh Sari Mare, viejo amigo del ayer en ti mí tu recuerdo vive.

Mi amor es más fuerte que el viento y que la luz, que pueden dejar de existir” Fragmento de ¡Oh, Sari Mare! (mi canción scout favorita)

14 Fragmento de Moon River, canción scout.

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No me gustaba hablar, esa es la verdad. Los diálogos que me eran exigidos en el día a día resultaban ser, en más ocasiones de las debidas, un verdadero suplicio. Sin embargo, también logro identificar momentos en los que hablar, producir resonancias con la garganta y en la boca, era necesario, no solo para el acto comunicativo, sino porque mi interior pujaba de su contenedor escondido.

Las charlas con mi papá acerca de los planetas, las estrellas y la inmensidad del espacio que le hicieron pensar que de grande querría estudiar astronomía; los diálogos con mi mamá acerca de los libros de las hadas, los que conseguíamos en el éxito cuando debíamos ir a Medellín y que cada una leía por separado para comentarlo con la otra después; los juegos en los que prestaba mi voz a las muñecas cuando pasaba tiempo con mi hermana, porque era lo único que hacía falta para darles vida luego de armarles una cocina, una cama y un closet (todos de mentiras) y hasta las veces en las que hablaba con Daniela, mi mejor amiga de la infancia, para desahogar la frustración que a ambas nos generaba Isabella, una niña de nuestro salón que disfrutaba mucho de hacernos enojar. Aún con esos recuerdos, considero que no disfruté realmente del acto del habla hasta que con 12 años ingresé a los scout y comencé a deleitarme con las narrativas. El primer año en tropa fue un año de escucha, mi timidez me impedía hablar y tampoco tenía ninguna aventura que narrar cuando en los campamentos ya era el momento de dormir y podíamos hablar antes del silbato que indicaba el gran silencio, o cuando era momento de interrumpir una caminata para sentarnos bajo la sombra de algún árbol a comernos el almuerzo. De esos escenarios de quietud brotaban las historias, las caídas, los motivos de risa y mis favoritas: las anécdotas de campamentos. Me preguntaba cuándo tendría mi propio repertorio de memorias, anhelaba el momento en el que pudiese aportar algo más que risas a esos momentos de conversación. Y sí sucedió, mis propias caídas no demoraron en aparecer, tampoco lo hicieron los momentos de emoción en las reuniones, los desafíos que surgen en las competencias de patrullas y la presencia en las ocurrencias de mis compañeros de unidad. Con el tiempo el historial de anécdotas fue creciendo para ser compartido en los ATL (Atención Tiempo Libre) de las actividades de grupo y en las cenas dispuestas en comedores de tablas y largueros, armados con nudos y amarres.

Es en el escultismo que brotó de mi aquello a lo que se refiere Duccio Demetrio (1999) cuando habla del pensamiento autobiográfico:

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Hay un momento en la vida en que uno siente la necesidad de relatarse de un modo distinto al habitual. Tarde o temprano nos llega a todos, a las mujeres y a los hombres; y sucede ya desde hace centenares de años, sobre todo en la cultura occidental, tal vez desde el momento en que la escritura, resistiéndose al olvido de la memoria, asumió la tarea de narrar en primera persona lo que se ha vivido en el pasado. (p. 11)

La búsqueda de narraciones autobiográficas de los adultos mayores, a la que aspiré luego del “acontecimiento” (narrado en el planteamiento), se convirtió en una aventura incierta, como los destinos a los que nuestros pasos nos llevaban en las caminatas con Ana, “Checho”, el “Gordo” y el “Gato” (mis jefes de tropa, sociedad y clan). En medio de la incertidumbre solo nos quedaba caminar, en medio de la incertidumbre solo quedaba propiciar escenarios en los que fuese posible, para los abuelos y abuelas cuentacuentos, compartir las propias vivencias, los aprendizajes empíricos, las lecciones de vida.

En esta medida, el aproximamiento a los grupos se inclinó hacia la investigación cualitativa, método que puede darse gracias al giro hermenéutico que, como dice Bolívar (2012), se da al mismo tiempo que la caída del positivismo y la voluntad de los investigadores de explicar las manifestaciones sociales como textos que poseen valor por el hecho de ser susceptibles a una interpretación.

La pedagogía se une a la resistencia en contra del dominio de los enfoques cuantitativos, lo cual se ve reflejado en el reconocimiento de las emociones, sentires y vivencias humanas como una parte fundamental del currículo y la vida en las aulas (Murillo, 2015). En medio de la distinción de estas realidades humanas, la autobiografía se muestra como: “un vehículo extraordinariamente valioso no sólo para explorar el reino humano en toda su profundidad, complejidad y riqueza, sino también para cuestionar lo que constituye conocimiento válido y viable” (Bolívar, 2012, p. 5). La integración de estas autobiografías requiere de la propiciación de unos escenarios que son nombrados por Meirieu (1998) como “espacios de seguridad” y estos espacios, en los que los asistentes reciben la libertad para la palabra, el error, la lágrima y las historias, se manifiestan en esta investigación por medio de la implementación de los talleres y las entrevistas biográficas.

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Antes del despliegue individual de ambas técnicas interactivas hay que exponer algunos elementos que comparten ambas:

• La presencia de un consentimiento informado por parte de los participantes, los cuales

fueron dados tanto de manera oral como de manera escrita. El reconocimiento de las narrativas dadas de manera oral pasó por una reconsideración de la oralidad como un factor fundamental en el espacio, por lo que la evidencia se dio desde lo escrito, pero el acercamiento y la explicación del formato se presentó desde lo oral.

• La división en dos tópicos: las narrativas autobiográficas y la representación de los adultos

mayores en la literatura infantil. El tratamiento de cada uno de los tópicos en los talleres permitió configurar un lenguaje común y en las entrevistas biográficas abrió la posibilidad de dialogar, con cada uno de los abuelos y abuelas cuentacuentos, los temas a profundidad, es decir, profundizar en aquellas narraciones u opiniones que, a causa del tiempo, solo lograron mostrarse de manera superficial en los talleres.

• Tanto en los talleres como en las entrevistas autobiográficas se trabajó el mismo corpus de

obras pertenecientes a la literatura infantil. Este corpus se formó con la colección infantil y juvenil presente en el catálogo del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín. Se ingresaron en el catálogo digital las palabras: abuelo, abuela, viejo y vieja. Esta búsqueda arrojó los siguientes títulos:

Título Autor Ubicación en la biblioteca Biblioteca La abuelita de arriba y la abuelita de abajo Thomas Anthony de Paola I813P211abu Parque Biblioteca Belén La maravillosa medicina de Jorge Roald Dahl I823D131mm Parque Biblioteca Belén El viejo que no salía en los cuentos Pilar Mateos I863M425vie Parque Biblioteca Belén

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De carta en carta Ana María Machado IBr869.3M149de Biblioteca Marco Fidel Suarez Tres deseos Eva Mejuto I 863 M516t Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla Mi abuela no es la de antes María José Orobitg I863O64mi Parque Biblioteca Belén La abuela tejedora Uri Orlev I 891.853 O71a Parque Biblioteca Belén El mejor truco del abuelo

L. Dwight Holden

I 813 H726me Parque Biblioteca Belén Una bolita plateada Héctor Abad Faciolince I C863 A116b Parque Biblioteca Belén Un pasito… y otro pasito Tomie de Paola I 813 D278u Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla ¿Qué pasa aquí, abuelo?

David Legge I 823 L513q Parque Biblioteca Belén En casa de mis abuelos Arianna Squilloni ZOB/ej3 Casa de la lectura infantil Tabla 1. Datos del corpus de obras literarias elegidas

Los resultados arrojados por el catálogo digital del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín fueron abundantes, por lo que fue necesario implementar un método de tamizaje. Las piezas de literatura infantil contenidas en la tabla anterior fueron seleccionadas tras una lectura atenta que buscaba una presencia de, al menos, un adulto mayor que tuviese un papel activo en los eventos e ilustraciones de la narración. Los doce textos elegidos cumplen con esta característica.

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Ahora bien, seis de los títulos fueron utilizados durante los encuentros de formación de Abuelos Cuentacuentos. Se determinó de este modo a causa de que algunos resultaban de mayor provecho para trabajar temas específicos en las sesiones o por el tiempo destinado a los encuentros de formación, ya que algunos de los textos resultaban muy extensos para el desarrollo armonioso de los talleres. Las obras que fueron seleccionadas para ser trabajadas con Abuelos Cuentacuentos fueron:

• La abuelita de arriba y la abuelita de abajo de Thomas Anthony de Paola.

• El viejo que no salía en los cuentos de Pilar Mateos.

• De carta en carta de Ana María Machado.

• Mi abuela no es la de antes de María José Orobitg.

• ¿Qué pasa aquí, abuelo? de David Legge.

• En casa de mis abuelos de Arianna Squilloni.

Por otro parte, tanto los textos llevados a los encuentros formativos como los que fueron reservados al análisis pasaron por la elaboración de fichas técnicas. En ellas se contienen cinco elementos que se debían escudriñar en cada una de las lecturas: Datos técnicos de la obra (título, autor, ilustrador, año de publicación y editorial), descripción preiconográfica (nivel literal del texto), sistemas simbólicos (líneas de sentido que se recogen tras la lectura), análisis iconográfico (nivel inferencial del texto), interpretación iconológica (nivel crítico del texto) y la pregunta “¿Cómo es la representación del adulto mayor en esta obra?”.

Para ampliar el modo en que se trabajaron los textos en los encuentros de formación resulta propicio ahondar en otra de las técnicas interactivas elegidas: la configuración didáctica. Si se reconoce en cada individuo unas narrativas, conocimientos y vivencias que le preceden, es posible abrir espacios de construcción conjunta, una narración colectiva para la adquisición de nuevos saberes y el afianzamiento de aprendizajes previos. Con base en lo anterior, se invitó al grupo de Abuelos Cuentacuentos del Parque Biblioteca Belén a una configuración didáctica que fue resultado del trenzado de los siguientes elementos: las narraciones autobiográficas, la representación del adulto mayor en la literatura infantil y las herramientas que resultan propicias

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para la lectura en voz alta, la presencia en las instituciones y demás funciones propias del voluntariado.

Bajo estos criterios, se tomó como facilitador y mediador de la enseñanza-aprendizaje el taller, como una posibilidad de construir conjuntamente, que permite adaptar los planes de estudio para dar respuesta a unas necesidades particulares.

De este modo, permite la reflexión sobre las acciones propias y ajenas, facilita la relación entre pares, promueve la construcción compartida de conocimientos, así como la anticipación para dar solución a los problemas que emergen en el diálogo entre los participantes. (Rodríguez, 2012, pág. 25)

A pesar de que la formación de Abuelos Cuentacuentos no cuenta con un currículo tradicional como en la escuela y tampoco se da en un contexto de formación tradicional, el taller no deja de tener las virtudes que menciona Rodríguez (2012) en su texto El taller: una estrategia para aprender al ser aplicado en la biblioteca. Esto ocurre porque en este espacio también es posible una construcción compartida del conocimiento en medio de los encuentros formativos, una anticipación para dar solución a los problemas o retos propios del voluntariado (que se da por medio de la reflexión enlazada con las narrativas o recuerdos vinculados a su labor como abuelos y abuelas cuentacuentos) y unos momentos de diálogo para llegar a conclusiones u observaciones por parte de todo el grupo.

Se eligió la configuración del taller debido a que resultó oportuna para la metodología cualitativa pues: “constituye una situación de aprendizaje susceptible de ser observada, registrada y analizada, puesto que en su realización emergen los elementos requeridos para estudiar la vida escolar en los escenarios intactos en los cuales se desenvuelven los intercambios comunicativos” (Rodríguez, 2012, p. 26).

A partir de la implementación de los talleres se buscó propiciar el reconocimiento de la individualidad de cada uno, una individualidad que trasciende el aspecto corporal para llegar a la narración de las propias vivencias y también a la escucha de las experiencias de los demás. Este compartir de individualidades se convirtió en una posibilidad de comenzar a ver en los relatos un saber experiencial que resultaba propicio para ser sacado a flote en los diversos escenarios y

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públicos en los que los Abuelos Cuentacuentos hacen aparición, pues sus memorias individuales llegan a ser colectivas en la medida en que revelan sentires y vivencias propias de todo ser humano. Los talleres que conforman la estructura de la secuencia didáctica toman cuerpo en los encuentros de formación de Abuelos Cuentacuentos. La totalidad de la configuración didáctica está repartida en cinco talleres, en los que se abordaron temas centrales para la propuesta y temas secundarios. Los temas principales fueron la narración autobiográfica y la representación del adulto mayor en la literatura infantil, mientras que los temas secundarios fueron todos aquellos que pulularon alrededor de los primeros y que, de igual modo, resultaban pertinentes para la formación de los participantes de los talleres: la lectura en voz alta, la ilustración, el juego, la técnica vocal, el propio cuerpo como mediador en la lectura y la exploración del catálogo digital del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín.

Además de esto, esta estrategia didáctica se adaptó al tipo de público al cual fue dirigido. A pesar de que hay un grupo consolidado de Abuelos Cuentacuentos en el Parque Biblioteca Belén, el número de asistentes llegó a ser muy fluctuante, es decir, no era difícil pensar en la posibilidad de que algunos no pudiesen asistir a la totalidad de los encuentros. El taller permitió trabajar las habilidades que se tenían como meta, sin que la interrupción en el proceso fuese perjudicial para todo el grupo o para la formación personal de los asistentes.

Por otra parte, resulta pertinente precisar que estos talleres fueron un abrebocas y una preparación para las entrevistas semiestructuradas que se hicieron a cada abuelo y abuela cuentacuentos. Los talleres se configuraron como una introducción a los temas que ya se mencionaron anteriormente y como un posibilitador de aprendizajes, reflexiones y narrativas que, por la premura del tiempo, no se pudieron abordar con profundidad en los escenarios formativos. Los talleres, en ese sentido, fueron también un escenario de observación, por lo que los aportes y relatos que se originaron allí lograron ser profundizados por medio de la entrevista semiestructurada individual.

Finalmente, la disposición de los talleres se encontró dividida en tres momentos: la apertura, el desarrollo y la actividad de cierre. El primero para dar un abrebocas, un corto momento de bienvenida para sumergir a los participantes en las dinámicas y temáticas que se abordarán durante la sesión; el segundo para desarrollar a profundidad los temas específicos de cada encuentro y dar un momento a los ejercicios prácticos por parte de los voluntarios, y el tercero para generar un

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espacio de avisos, preguntas y evaluación por parte de los asistentes. Estos tres momentos se nombraron de acuerdo a las temáticas o textos que se abordan en cada taller. Como ya ha sido dicho, la realización de los talleres mostró la necesidad de implementar otra técnica interactiva: la entrevista biográfica (en formato semiestructurado e individual). Una entrevista es una conversación estructurada en la que participan dos partes: el entrevistador (en este caso, la maestra en formación) y el entrevistado (en este caso, los abuelos y abuelas cuentacuentos). Adicional a esto, el carácter de estas será la “entrevista semiestructurada”, lo que para Martínez (2011):

parte de una pauta o guía de preguntas con los temas o elementos claves que se quieren investigar o profundizar de una exploración previa con el informante. Las mismas preguntas pueden ser planteadas de diferente manera o varios informantes si es el caso, esto implica que no hay secuencia en el orden de la pregunta y depende mucho de las respuestas dadas. (p. 38)

En ambos casos cumplí el papel de entrevistadora y llevé una propuesta inicial configurada en un guion que podía ser utilizado. Aún así, la entrevista semiestructurada dio apertura para realizar preguntas que resultaron necesarias a pesar de no encontrarse en las preguntas previstas. A continuación, despliego el guion utilizado para la realización de las entrevistas:

• Primera entrevista (narrativas autobiográficas):

• ¿Hace cuánto tiempo eres abuela/abuelo cuentacuentos? ¿Por qué sigues siendo

abuelo/abuela cuentacuentos?

• ¿Podrías repetir la anécdota que relataste en el primer encuentro de Abuelos

Cuentacuentos de este año?

• ¿Podrías narrarnos una autobiografía? ¿De dónde eres? ¿Qué estudiaste? ¿Cómo

desarrollaste una relación con la lectura?

• Segunda entrevista (Representación de los adultos mayores en la literatura infantil):

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• ¿Con qué libro realizaste los últimos dos talleres que hemos tenido de Abuelos

Cuentacuentos?

• ¿Cómo se describe o muestra físicamente al abuelo/abuela que aparece en ese texto?

¿Te identificas con ese personaje? ¿Te recuerda a otros adultos mayores que han hecho parte de tu vida?

• ¿Qué piensas de la representación de los adultos mayores que has visto o leído en la

literatura infantil?

• ¿Por qué resulta pertinente pensar en estas representaciones si se hace parte del

voluntariado de Abuelos Cuentacuentos?

Finalmente, para la sistematización de la información se registraron las entrevistas con el uso de medios audiovisuales (con el permiso previo de los entrevistados) y se transcribieron para poder ser utilizadas en formato escrito en el análisis de la información. Ya hemos hablado del “espacio de seguridad” que busqué generar en los espacios pensados para Abuelos Cuentacuentos. De igual modo, resultó pertinente pensar en un lugar seguro para la maestra en formación que les habla en este momento, un espacio en el que la rememoración del pasado fuese bienvenida para la generación de reflexiones y observaciones personales. De este modo, apareció la necesidad de implementar un diario de campo.

Este permitió sistematizar la práctica investigativa; además posibilitó la mejora y el enriquecimiento por medio de la reflexión periódica y perseverante del ejercicio pedagógico en el centro de práctica: “Su utilización periódica permite reflejar el punto de vista del autor sobre los procesos más significativos de la dinámica en la que está inmerso” (Porlán y Martín, 2000, p. 23). El ejercicio reflexivo de sentarse a escribir, no solo para narrar, sino también para analizar lo ocurrido en el escenario de la práctica abrió la posibilidad de trenzar conexiones entre el conocimiento práctico y el conocimiento disciplinar o teórico.

Porlán y Martín (2000) al igual que Rodríguez (2012) hablan de las estrategias de recolección de información respectivas (el diario de campo y el taller) como herramientas para propiciar el aprendizaje y afianzar los procesos de enseñanza en contextos escolares. En este caso, el diario de campo, al igual que el taller, no perdió las cualidades que ya han sido enunciadas arriba

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al ser implementado en una biblioteca, pues esta también es escenario de diversos procesos formativos, entre ellos los encuentros de formación de Abuelos Cuentacuentos. El registro de las sesiones, estrategias empleadas, reacciones y aportes por parte de los participantes en las reuniones llenaron como un torrente las páginas del diario que recibió esas palabras, descripciones y narraciones con el papel abierto, con el blanco que invitó a la memoria y que luego, con su palidez marcada de fotos y tinta, propició el detenimiento a la hora de leer el pasado que se difuminaba, que dejaba de poseer una forma clara en el pensamiento, pero que recuperaba su nitidez cuando volvía a ser leído.

Por último, me gustaría profundizar más en relación con las consideraciones éticas que atravesaron y permearon todo el proceso investigativo, pues estas no terminan con la implementación de un consentimiento informado. Tal como en el planteamiento de una pregunta o en la decisión de las técnicas interactivas, los modos de tratamiento utilizados con los abuelos y abuelas cuentacuentos fueron revelándose como una necesidad: nombrarlos de la manera en que deseaban ser nombrados, escuchar respetuosamente lo que desearan compartir conmigo por dentro o por fuera de mi labor como maestra e investigadora, mostrarme disponible en toda tarea que ellos consideraran necesaria para su labor, dar devoluciones de sus ejercicios prácticos en lugar de solo generar reflexiones o conclusiones para mí misma, mostrar un constante agradecimiento por su interés en participar de mi investigación, validar y promover sus experiencias vivenciales, alternar entre la exigencia que pedía la formación y la suavidad que me solicitaban sus emociones son algunas pautas que se fueron reflexionando o adhiriendo inconscientemente en mi trato hacia ellos, pues desde el inicio, sobre todo motivada por un conocimiento de sus biografías, tuve muy presente en mi mente el hecho de que no me encontraba investigando alrededor de cosas o animales, sino que estaba buscando un saber en compañía de unas personas que también depositaban sobre mí una serie de necesidades y peticiones.

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8. Destellos y colores persistentes: análisis de lo encontrado tras el caleidoscopio narrativo-

literario

Figura 8. Abuelidad, Archivo personal, (2023). Fotografía.

“Sama, póngase a llorar” son las palabras de mi mamá que acompañan mis tránsitos a través de los túneles desde que tengo memoria. La explicación de esta oración se encuentra en el gran terror que suscitaban en mí aquellos fragmentos de camino oscuros al principio de mi vida, principio que ahora no recuerdo, pero que aun así camina conmigo.

El inicio de la sistematización fue algo parecido a entrar a un túnel, el paradero al que este me llevaría permanecía incierto, pero el recorrido oscuro me solicitaba avanzar en compañía de todos los abuelos y abuelas conocidos, todas las narrativas escuchadas, toda la información recolectada y todas las herramientas adquiridas.

Los resultados a los que me enfrenté tras la ausencia de luz, la multiplicidad de formas y colores encontrados, me hicieron percatarme de que aquello que había atravesado no había sido un túnel como había previsto, sino un caleidoscopio. Los tres ensayos que siguen a continuación muestran algo de esa diversidad de cuerpos, de abuelos, de abuelas, de libros y de autobiografías, todos ellos se resisten a la quietud y se siguen moviendo, complementando y construyendo si me permito a mí misma no desfallecer en la exploración que me posibilita estar tras el visor.

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8.1. Nacimiento del “yo literario”: crónicas de acercamiento a la literatura infantil

Figura 9. Casa Medina Medina, Archivo personal, (2023). Fotografía

Mis padres recibían, de manera continua, a muchas personas en la casa. En esos tiempos estaba tan pequeña que no lo recuerdo, pero la casa de los Medina Medina, que en ese momento se ubicaba en Boston (Massachusetts), era un lugar al que casi cualquier persona podía acudir si llegaba desde Colombia o si no tenía comida. A veces pienso que me hubiese gustado estar de manera consciente en esos momentos. En fin… Para ese entonces el hábito de que mi mamá me leyese cuentos estaba más que solidificado, me encantaba que me leyeran, escuchar las historias una y otra vez. Repito, no lo recuerdo, pero mi mamá afirma que de ese modo era. En una ocasión, mientras mi mamá atendía a la visita, una de esas personas se puso a la tarea de leerme uno de los muchos cuentos que en mi casa había. No sabía que se toparía con una escucha exigente. Al parecer lo interrumpía constantemente cuando se equivocaba en las palabras, cuando al leer cambiaba ciertos aspectos léxicos o sintácticos del texto. Muy confundido, le preguntó a mi mamá si sabía leer y ella le contestó que no, pero que me sabía los cuentos de memoria. Sin saber leer ni escribir sentía la apremiante necesidad de interrumpir si creía que algo no estaba bien, interrumpir para agregar las palabras que de mi interior pujaban, interrumpir para

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volver todo lo que me rodeaba a un flujo habitual, aún más importante, transmutar mi marea interna en aguas tranquilas de nuevo.

Mi biografía literaria, como mi autobiografía, no tiene sus registros iniciales en mi memoria, sino que se encuentran almacenados en aquellos que vivieron conmigo en mis primeros años, son ellos los que guardan en su memoria mis primeros encuentros con la literatura y, específicamente, con la literatura infantil. Son mis padres los que saben cuál fue mi primer libro y los que recuerdan cómo llegó a mis manos el librito que aún conservo de portada amarilla que en su totalidad dice: “Debajo de un botón, que encontró Martín, había un ratón. ¡Ay qué chiquitín! Era aquel ratón”.

El reconocimiento de la propia biografía literaria implica asimilar que las historias de todos son diferentes y al momento de entrevistar a los abuelos y abuelas cuentacuentos me pareció propicio indagar por ese inicio de sus biografías literarias, los momentos en los que se encontraron con la literatura infantil y lo que esta ha suscitado en ellos. A pesar de las particularidades que encontré en cada historia, logré identificar dos ejes que lideraron esos acercamientos: la literatura por la familia y la literatura por necesidad.

La primera sesión a la que asistieron Morelia15 y Orfa16 propició muchas preguntas de mi parte acerca de ellas, pues al momento de presentarse ambas nos hicieron saber que eran hermanas. Las interrogantes que se aglomeraron en mí permanecieron en secreto hasta el momento de las entrevistas. Me generó intriga ese vínculo entre ambas, porque a pesar de que considero que mi acercamiento a la literatura se debió a mi familia en sus inicios, nunca pude compartir ese gusto por los libros con Sabrina (mi hermana). Para mí la materia de Lengua Castellana era el desencadenante de la curiosidad, la imaginación y la dicha; mientras que para ella era la provocadora del horror y la pereza.

Al momento de indagar por sus biografías literarias ambas compartieron conmigo la importancia que su madre le dio al estudio de sus hijos y cómo eso evolucionó en las dos para desarrollar un gusto por la lectura. Durante la primera ronda de entrevistas Orfa dice: “mi mamá siempre le dio importancia que teníamos que estudiar. No tanto que en mi casa hubiera una gran biblioteca, pero por ejemplo yo en bachillerato, en primaria ya me gustaba declamar”

15 Morelia Jaramillo, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén. 16 Orfa Elena Jaramillo, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén.

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(Comunicación personal, Anexo 2, p. 13); y Morelia también menciona a su madre al intentar precisar un suceso que las haya acercado como hermanas a la literatura:

¿Qué nos acercó? Creo que las inquietudes de mi mamá, aunque las lecturas de mi mamá eran más digamos espirituales, más del orden pues le gustaba la Biblia… de pronto una literatura más general del ámbito religioso y espiritual, pero una hermana de nosotros siempre hacia las colecciones, siempre llevaba libros a la casa y si mi mamá nos veía por ahí desocupadas nos decía “coja oficio”, “coja un libro”, coja oficio es lea. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 4)

Al igual que Orfa y Morelia, Fabiola encuentra en su madre sus primeros pasos de la mano con lo literario:

Mira, yo cuando entre estudiar cuentería yo decía que a mí no me habían contado cuentos nunca en la infancia, que no, que mi mamá nos contaba cuentos. Y ahora que voy a buscar cuentos que como de escucha, me acuerdo que mi mamá dijo que el papá de ellos les tocaba una lira por la noche y les leía Las mil y una noches de un bolso… echando memoria, mi mamá sí nos contaba muchas historias, entonces yo pienso que, que uno es que no valora lo que, pues, no valora que es un cuento, una historia, mi mamá por qué nos contaba eso. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 76)

En esta misma línea se puede categorizar la biografía literaria de Mery17. En su caso el papel determinante lo tuvo su padre y la biblioteca de la casa que él puso a disposición de ella y sus hermanos. En esta estantería la estatura era la que indicaba a qué libros se podían acceder:

Entonces mi papá fue un enamorado de los libros toda la vida, toda la vida. Y los libros estaban a disposición de nosotros, entonces siempre los libros de abajo eran los libros que nosotros podíamos coger, abrir, dañar, hacer lo que fuera. Entonces yo me crié entre libros,

17 Alba Mary Cano, abuela cuentacuentos del Parque Biblioteca de Belén. Me referiré a ella como Mery a lo largo del texto, pues ella prefiere ser nombrada así.

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sí. Y desde ahí yo, a mí no se me olvida nunca que yo, que yo creo que estaba en cuarto de primaria, no, yo creo no, estaba en cuarto de primaria, pero yo quería leer los libros que estaban un poquito ya más arriba. Entonces yo le decía: “Papá, ¿Vos por qué no me das uno de esos libros de arriba? Yo lo leo”: Igual yo me podía montar en una silla y cogerlos y todo, pero en mi época había mucho respeto por lo que dijeran los papás y más unos papás tan amorosos como los que teníamos… Entonces yo le dije que me diera un libro para leer y el primer libro que me dio fue Las aventuras de Tom Sawyer. Ese fue mi primer libro. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 63)

La literatura por la familia es algo que sobresale, de nuevo, en el testimonio literario dado por Dora Inés. Los rincones desconocidos de la memoria, que en la conciencia no reconocemos y que aún así influyen en nosotros, son los protagonistas en el origen de su relación con la literatura:

Yo creo que desde que nací, porque mi abuela lee, mi mamá leía en el embarazo mucho y a mí me ha gustado mucho leer, me ha gustado leer desde siempre. Ya ahora de pronto he mermado un poquito la lectura por la vista se va cansando uno mucho, pero me encanta… me encanta la lectura, es un amigo fiel. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 31)

Dora, a su vez, reconoce en su tío a otro mediador de lectura y los recuerdos relacionados con él y la literatura habitan el territorio consciente de su memoria: “con mi tío, él me enseñó a leer el colombiano cada ocho días, entonces me encantaban las historietas” (Comunicación personal, Anexo 2, p. 31). En los papeles que toman estos familiares en las biografías literarias de los abuelos y abuelas cuentacuentos se ejemplifica y vivifica lo expresado por Cerrillo y Sánchez (2006), pues en sus hogares emergen los hermanos mayores, las madres, los tíos y los padres como primeros mediadores de lectura:

sobre todo en las primeras edades, tiene especial importancia la figura del mediador adulto (padre/madre, animador, educador, bibliotecario o crítico), quien, en muchas ocasiones, como dice Gemma Lluch (1999: 20-27), se convierte en un “agente de transformación”, ya que actúa como “primer receptor” del texto literario para, en una segunda fase, comprar,

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recomendar o proponer el libro al niño, quien se convierte, de tal modo, en “segundo receptor”. (p. 15)

Varias de las abuelas cuentacuentos18 que ven en su familia la raíz de su gusto por la lectura han cumplido ese papel de mediadoras en generaciones posteriores a la suya: Dora Inés, Fabiola y Morelia afirman haber conseguido libros para sus hijos. Con esta acción la mediación vuelve a renacer en los núcleos familiares, los hábitos de lectura florecen en los nuevos miembros y las abuelas cuentacuentos cumplen, dentro de su hogar, la figura metafórica del abuelo, de la abuelidad, que Bazzochi (2013) describe al decir:

un narrador de pura cepa, porque su voz, como la de tantos contadores de historias, callada y aniquilada por el triunfo de la televisión, es una invitación a volver a escuchar aquella sabiduría, aquel arte de crear, tan solo con la fuerza de las palabras y de la imaginación, un mundo de aventuras capaz de dilatar los límites temporales, espaciales y mentales de los oyentes. (p. 63)

A su vez, Bazzochi (2013) menciona la competencia que esas voces encuentran con la televisión, objeto que en este momento podría extrapolarse a muchos otros avances tecnológicos como el computador, los celulares, las tabletas, las plataformas de streaming, las redes sociales, entre otros. Las voces de las abuelas y abuelos permanecen como una perpetua invitación a volver a lo sencillo que puede parecer un libro en comparación con la tecnología y a lo complejo que puede ser revelado con la interpretación de sus palabras e ilustraciones. Por otra parte, hay quienes no encuentran en su hogar el primer acercamiento al objeto literario, pues son las necesidades externas a su familia y a su casa las que propician los primeros roces de las páginas y el encuentro de los libros como un lugar seguro. De este modo, a la literatura también llegan los que atraviesan los caminos labrados por la necesidad, así sucedió para Gustavo, Luz Helena y Dora Stella.

18 En este apartado me referiré al grupo como Abuelas Cuentacuentos, pues fue un grupo focal de abuelas el que siguió asistiendo hasta la finalización de la formación en el año pasado (2023) y, por lo tanto, fueron ellas las que realizaron los aportes que expondré en esta parte del texto.

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Gustavo se hizo amigo de los libros porque sus compañeros no deseaban jugar con él, representaba un “bulto” para ellos en los juegos de pelota y en el salón de clases, pues el único modo que tenía para entender lo escrito por la profe en el tablero era levantarse de su pupitre y caminar hasta llegar a él:

Bueno, la historia es que desde niño yo he sido, yo tuve unos problemas de visión muy grandes, entonces resulta que cuando yo era niño yo tenía, no tenía gafas, mis padres eran muy pobres, entonces a mí me vinieron a poner gafas por ahí a los once años, cuando yo ya estaba demasiadamente viejo. Y lo último es que yo como niño, los juegos que se hacían con los compañeritos, los amiguitos, afuera en la calle casi no participaba o me excluían, porque si iba a jugar balón yo no veía el balón, si íbamos a ver chucha libertad, pues yo no veía, yo veía que estaba ahí enseguida, pero cuando estaba a cuatro, cinco metros me perdía. Yo era un bulto. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 24)

Estas dificultades no fueron invisibles para su maestra y fue esta quien le solicitó a la familia de Gustavo que lo llevaran al oftalmólogo. Por su dificultad en la visión el especialista le recetó gafas, pero estas no mejoraron su problema en la escuela. El armazón con cristales fue el motivo que utilizaron sus compañeros para hacerle bullying. El aislamiento provocado por ellos fue el detonante de su caminar literario, porque, aunque tenía que pegar su rostro al libro, las páginas no le reprochaban esa cercanía necesaria para su visión:

entonces yo me iba para mi casa y allá mis hermanos, pues yo pertenezco a una familia grande, entonces mis hermanos que venían estudiando los mayores, entonces siempre había un lugar de una en la biblioteca, donde allá te daban todos los textos que ellos iban avanzando. Entonces yo en medio de esa soledad, por así decirlo entre comillas, me tenía y me metía a esa pieza y cogía los libros y los hojeaba y me los tenía que pegar muy muy, aquí a los ojos. Y miraba laminitas. Entonces yo digo que desde muy temprano yo empecé a amar los libros. Y me gustó la literatura, me gustaba todo lo que eran libros más que todo. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 24)

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Para Luz Helena y Dora Stella, las necesidades surgen de situaciones menos adversas. Para Luz Helena la literatura fue la alternativa a la costura cuando llegaba el momento de la jornada destinado a las “labores” en el colegio en el que cursó su bachillerato:

yo no era tan aficionada, no me gustaba mucho, pero a mí las monjas, eso era con monjas en el colegio, me escogían, no sé, me escogían y yo hacía mientras todas cosían y hacían sus labores yo siempre leía. Entonces en el colegio, pues como que sí, yo creo que eso viene como de ahí. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 50)

Y Dora Stella encuentra en un taller de literatura una actividad valiosa luego de jubilarse que, paulatinamente, la llevó a hacer parte del voluntariado de Abuelos Cuentacuentos en Belén:

Cuando estaba en el politécnico, cuando me jubilé, entramos a un taller que se llamaba taller de literatura y tuvimos una profesora excelente. Y ella nos dio a un grupito de las compañeras del politécnico. Y cuando íbamos al taller de literatura el profesor nos ponía los resúmenes de los libros, de cantidad de libros, de pura literatura de todo el mundo y se analizaba ese libro, esa… que nos llevaba a él y ya es un resumen y se analizaba. Entonces me gustaba mucho, me gustaba mucho la lectura y me gustaba mucho leer y aprender y porque sí me ha gustado la lectura. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 43)

Ahora bien, la literatura infantil llegó al bagaje literario de varios después de un recorrido vital más largo. Con las narrativas anteriores podemos concluir que el encuentro con la literatura infantil se gestó para varias abuelas cuentacuentos en los primeros pasos de su biografía literaria (Dora Inés y Alba Mery) y que algunas otras la conocieron al asumir el papel de mediación para sus propios hijos (Morelia y Fabiola).

Sin embargo, la mayoría de abuelos afirman que el mayor acercamiento que han tenido con la literatura infantil ha sido en la formación de Abuelos Cuentacuentos, pues los escenarios formativos constantes en la sala infantil han sido la oportunidad de encuentro y reencuentro con la literatura infantil. Un ejemplo del reencuentro con esta literatura es:

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Morelia: A la infantil realmente no, excepto con mi hijo, pues porque cuando él estaba pequeño sí le leía todos los días por la noche. Pero ya cuando él creció dejé de leer literatura infantil. Entonces ha sido como volver y rescatar ese mensaje que hay en la literatura infantil. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 3)

Y otro ejemplo, pero de primer encuentro, lo encontramos en Orfa:

Samantha: ¿Y cómo ha sido esa aproximación a la literatura infantil? ¿O sea que nunca habías tenido acercamiento a ella?

Orfa: No, aquí con este grupo es que he empezado lo infantil.

Samantha: ¿Y cómo ha sido ese descubrir esa literatura?

Orfa: Me ha gustado, es sencilla y generalmente tiene sus moralejas. Las ilustraciones siempre me han encantado, a mí me encanta comprar un libro bien ilustrado y por ejemplo yo una vez me he buscado Las mil y una noches que esté resumida, pero que tenga bonita letra o que tenga los dorados. Por ahí me encontré un libro pequeño, pero no me convenció mucho como el tamaño, como el resumen, ya demasiado resumido y tampoco me iba a comprar el grande, porque ese para leerlo requiere buen tiempo. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 14)

En el aporte anterior se resaltan dos elementos que varios, durante las entrevistas, destacaron de la literatura infantil: las moralejas y las ilustraciones. Por un lado, las moralejas son un elemento que no solo llaman la atención de los abuelos y abuelas cuentacuentos del Parque Biblioteca Belén, sino que es una característica que resaltan otros voluntarios pertenecientes a otras bibliotecas del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín:

Otra de las bases estaba organizada por el grupo de Abuelos Cuentacuentos de la Biblioteca Pública Piloto y se encontraban celebrando sus 10 años de voluntariado… varias de ellas encuentran en las enseñanzas que dan los cuentos la mayor potencia literaria de la literatura que comparten con otros. Uno de los títulos que destacaron fue Choco busca una mamá de Keiko Kasza. (Diario de campo, Anexo 1, p. 25)

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Este elemento que resulta destacable para los abuelos y abuelas cuentacuentos puede ser controversial para lo que se entiende ahora como literatura infantil, ya que esta no tiene un fin moralizante. Al contrario, pues con la exploración, descripción o muestra de una multiplicidad de tipos de decisiones, deseos y pensamientos puede permanecer como una literatura que, más que llevar enseñanzas a aquellos que se acercan a ella, se resiste a ser lavada, metáfora que es utilizada por Garralón (2019) en su conferencia Lavar antes de leer y que puede ser complementada con el siguiente apartado que también es de su autoría:

Sobre la importancia de la literatura infantil debo decir que lo más significativo es encontrar en la literatura un espacio de liberación y hasta de subversión. El placer de encontrar en un libro deseos que no se pueden desarrollar en la realidad es uno de los descubrimientos más reveladores en la vida de un niño. Y esto comienza incluso antes de aprender a leer. (Garralón, 2013, p. 8)

Aún así, por las contribuciones de los entrevistados y algunos comentarios registrados en el diario de campo, resulta evidente que es una característica que los voluntarios perciben y aprecian en la literatura infantil.

Adicionalmente, otro aspecto que sobresale en las perspectivas que poseen de la literatura infantil es la presencia abundante y, en muchos casos, fundamental de la ilustración. Esta apreciación es visible en el siguiente aporte de Gustavo:

Gustavo: yo diría estoy aprendiendo la literatura infantil, hay unos cuentos espectaculares que ustedes nos han mostrado ahí y yo quisiera, yo quisiera, a ver, primero que son universales, son cuentos maravillosos y muy bien pensados, muy bien estructurados y muy bien textualizados y muy bien diagramados, o sea, es un material divino, es divino. Pero apenas estoy conociendo pues el material infantil, porque he sido más de, mi escuela ha sido pues… entonces eso me ha enriquecido también mucho. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 29)

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A pesar del reconocimiento que encontré en todos en relación con la ilustración, fue visible para mí desde el inicio la necesidad que todos tenían de aprender acerca de los aportes narrativos, y no solo estéticos, con los que aporta la ilustración en la literatura infantil. Esta necesidad fue respondida de mi parte con intervenciones y encuentros de la configuración didáctica en los que exploramos una cantidad abundante de ilustraciones en libros álbumes y libros ilustrados para encontrar en ellas un componente estético fundamental en la literatura infantil, pues tal como expresa Colomer (1999):

En los últimos tiempos, el análisis de los textos ha corrido paralelo al de la ilustración que les acompaña casi siempre en la literatura infantil. Si, por una parte, la crítica ideológica ha hallado en la ilustración un reflejo a menudo aún más descarnado de los valores vehiculados por el texto, la crítica literaria, por otra parte, ha resaltado la coordinación entre ambos sistemas artísticos para la construcción de la obra. p. 78

El pensamiento de que las ilustraciones solamente contribuían en la decoración de las obras que ellos y ellas elegían para sus públicos resultaba ser perjudicial para su lectura en voz alta, pues privaban a los textos de uno de los formatos que añadían datos a la narración o que tenían igual relevancia que el texto en el desarrollo de los acontecimientos de las historias elegidas. Ver en las ilustraciones un elemento decorativo afecta la comprensión de los textos, pues como dice Colomer (2010):

La conversión de la literatura infantil en literatura escrita ha permitido también la utilización de la imagen y de los aspectos materiales del libro como elementos constructivos de la narración y no ya como una ornamentación añadida. Ella ha condicionado la creación de nuevos géneros de la literatura infantil, como el álbum ilustrado y el libro-juego. (p. 79)

Esta dificultad detectada al inicio fue mejorando con ejercicios de lectura de imagen para una comprensión completa de la narración, especialmente en los libros álbumes. El aprendizaje de los aportes narrativos de la ilustración se evidencia en las últimas entrevistas realizadas:

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Dora Stella: Sí, la literatura sí, me parece muy bonita, muy interesante y aprende uno muchas cosas. Este año en la capacitación que nos hicieron al final del año, que nos dimos cuenta lo que era la literatura infantil, que no solo era leerla, sino también mirarle la parte de los gráficos, la parte de los dibujos y de todo, porque la literatura no es solamente es escrita, sino que también hay que entenderla en la forma de los libros. Las láminas y las figuras y todo en el libro. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 44)

Otro de los conocimientos adquiridos fue la posibilidad que abre la literatura infantil para ser integrada con otro tipo de actividades o formatos, como por ejemplo la música, el juego y el arte. El acompañamiento de mi parte en algunas de las intervenciones de los abuelos y abuelas cuentacuentos me mostró el modo en el que los voluntarios trenzaban estas relaciones en sus ejercicios prácticos:

Realizó una dinámica y dirigió un momento para que se dieran las presentaciones. Ambas leyeron cuentos clásicos, cada una leyó uno. El cuento de Fabiola era de una hormiga y la dinámica que eligió al principio hablaba de una hormiga. Me sentí satisfecha pues la relación temática entre la literatura y los juegos fue algo que ya se había trabajado en la formación de Abuelos Cuentacuentos. Lo mismo sucedió con el compartir de las ilustraciones, tanto Fabiola como Dora se tomaron el trabajo de pasar por cada uno de los puestos para enseñar las ilustraciones que acompañaban los textos (los libros seleccionados por ellas eran libros ilustrados, no libros álbumes). (Diario de campo, Anexo 1, p. 25)

Los voluntarios también encuentran en ella una literatura que puede ser compartida con un público más amplio del infantil. Los libros que son categorizados como infantiles no reciben este nombre para indicar que poseen una menor calidad literaria, eso ya lo vimos en el marco teórico, y tampoco indican que los públicos diferentes al infantil no puedan tener acceso a ella y conseguir con ello una experiencia estética. En la formación de Abuelos Cuentacuentos no fue necesario justificar o explicar esto, pues la experiencia que poseían los voluntarios en relación con la mediación de la literatura infantil ya les había revelado este hecho:

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Dora Inés: Y ahí desde dieciocho años hasta cuarenta y cincuenta años, entonces era un público muy diverso y precisamente les llevé Taller de corazones y a través de Taller de corazones hablamos de muchas cosas y se hizo un taller de respiración muy lindo que le llegó mucho a la gente. Entonces, mire que en cualquier espacio, así yo no esté en la biblioteca, donde me toque, voy a leer, voy a leer, me encanta la lectura y seguiré leyendo. Samantha: esto que dices, o sea de un grupo super diverso y aun así con un mismo libro lograste atraparlos a todos. ¿Qué dirías a esas personas que piensan que la lectura infantil es solo para niños?

Dora Inés: ¡Nooo!, eso está mandado a recoger (risas), totalmente, no, no no. Mira que en la unidad intermedia yo he llevado es puros cuentos de niños y todos han quedado fascinados con las enseñanzas porque la literatura que hay ahora para niños es para todos, es para todos. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 34)

De igual modo, las abuelas cuentacuentos que se concentran en la prestación de su servicio en los hogares geriátricos ven en la literatura infantil, en especial aquella que involucra la ilustración en el desarrollo narrativo de las obras, una gran potencialidad para facilitar la comprensión:

Samantha: ¿Qué textos has visto que les gusta más al público de los hogares geriátricos? Fabiola: Nosotros llevamos mucho de esos libros álbumes y cortos. Pero que sean como de fácil entendimiento, porque como ellos, algunos, ya tienen dificultades auditivas, de los ojos, o con Alzheimer, entonces es que el texto es como un pretexto digamos porque prácticamente usted va a hablar con ellos, le comienzan a contar experiencias, pero sí son más esos libros álbumes, cortos y bien ilustrados. Usted vio cómo se pegan, los quieren agarrar. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 72)

Otra oportunidad que abre la literatura infantil es la narración autobiográfica no solo por parte de los voluntarios, sino también de los públicos receptores de la mediación. Los abuelos y abuelas, en diversas ocasiones, identifican en el ejercicio de la escucha de su público uno de los ejes que sale de improviso, pero que sigue siendo igual de importante. Disfrutan de la generación

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de espacios de apertura autobiográfica por parte de los niños, jóvenes y adultos con los que logran interactuar gracias a la labor que hacen como abuelos y abuelas cuentacuentos:

Alba Mary: Eh, me siento más como en el rol de ser una facilitadora para que ese adulto que me escuche conecte con su niño interior ¿Cierto? Como un puente entre lo que es ese adulto y ese niño interior. Y, y eso sí, eso a mí me llena, Samantha. Cuando yo leo un cuento infantil a un adulto, y él dice: "ay, ve, ese perro me hace recordar un perro que yo tuve cuando era niño". Y empiezan las historias de cuando era niño, en realidad nosotros somos los que menos contamos.

Cuando considero yo, considero...Cuando nuestro trabajo está bien hecho, el que empieza a contar es quien nos escucha… Por otro lado, también cuando le lees a niños, yo he tenido experiencias como segundo, cuarto y quinto de primaria. Cuando le lees, digamos, a estos niños, también ellos a veces evocan cosas de cuando eran más pequeños, o empieza a sentir ese modo de ellos ver el mundo. "Es que esa señora era muy mala" "Esa señora como se le ocurre hacerle eso al niño, hacerle eso al pueblo". Y entonces ellos pues empiezan también a dar cuenta de la manera de ver el mundo. Que es muy lindo. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 106)

Por medio de las temáticas que muchos descalificarían a la hora de escoger material para un público infantil, los niños encuentran respuesta a los sentires y las situaciones que pueden vivir y que aún no comprenden, representación de escenarios que viven en su cotidianidad, alivio para sus preocupaciones y un pretexto para hablar de aquello que viven, disfrutan, les aqueja:

La literatura infantil de calidad lucha contra la idea de que el mundo del niño es cándido y simple, y da cabida a temores, angustias, deseos insatisfechos, pulsiones íntimas como celos, sueños de hacerse mayor o volver a ser pequeño. Pulsiones que ni son aceptadas por el mundo adulto ni, en la mayoría de los casos, los niños son capaces de analizar y mucho menos exteriorizar. (Garralón, 2013, p. 10)

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A propósito de esto, una de las abuelas recuerda gratamente una ocasión en la que un libro infantil que trataba el tema de la violencia intrafamiliar la llevó a conectar con una jóven que se mostró reacia antes de que ella comenzara la lectura:

Dora Inés: Me han tocado situaciones de libros que, en mi primer año llevé mucho de la parte emocional, muy reflexivos, como desde la familia y uno de ellos hablaba de la violencias como intrafamiliar, y una niña, era muy tosca y grosera como: “Yo no quiero oír eso”, y se volteaba de lado y todo, y cuando leí ese cuento la niña se paró y me escribió en un papelito: “No se lo muestra a nadie, abuela, es solo para usted nada más”, y en el papelito decía: “Ahí me veo reflejada porque mi mamá todos los días me grita y me dice boba y me dice no sé qué, me grita mucho. ¿Yo qué hago, abuela?”. Entonces fue muy lindo, y yo la abracé y le dije: “Vas a abrazarla y vas a darle mucho amor, vas a decir que a ti no te gusta ese trato y que te duele, pero no te quedes callada, háblalo”. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 38)

También me gustaría hacer mención honorífica del texto y el autor que más buscaban y compartían los abuelos y abuelas cuentacuentos. Gracias a ellos conocí y me familiaricé con Azúcar y sal (libro que describo en la contextualización), texto que incluso varias se encontraban en la capacidad de narrar de memoria sin el soporte físico. También descubrí de la mano de ellos a la autora e ilustradora japonesa Keiko Kasza, el estante con sus obras era al que más ingresaban las manos de los voluntarios y fue la localización que terminé memorizando para hacer de las búsquedas de No te rías, Pepe, Estofado de lobo y de Mi día de suerte algo más ágil. Finalmente, el acercamiento teórico y la producción investigativa en relación con la literatura infantil es algo que nunca planeé, que nunca me planteé. A pesar de ello sé que estos ejercicios literarios de profundización tienen sus raíces en las primeras lecturas en voz alta de mi mamá cuando me encontraba en su vientre y mi primer libro, blanco y de material masticable; tienen su tronco en los cuentos que le leí en voz alta a mi papá en las largas esperas y las obras que compré con los ahorros que sustraía de mis alcancías; tienen sus ramas en las infinitas puertas que me abrió la universidad para analizar literatura y enseñarla a los demás; tienen sus frutos en los

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escritos e ideas que ha generado la confluencia de mi mente y de mi cuerpo tras el encuentro con “lo literario”.

Sé que mi biografía literaria no es más que un árbol en medio de un espeso bosque que cada vez está más repleto. En este bosque de palabras, en el que la brisa arrastra figuras literarias y el arroyo nos hace pensar en creaturas mitológicas, los árboles más altos agachan su follaje para emanar calor a los árboles aún flacuchos y a los terrenos en los que la semilla aún no germina. Sé que entre esos árboles de tronco grueso y ramas infinitas se encuentran todos los adultos que han tomado el papel de mediadores y, en especial, todos los abuelos y abuelas cuentacuentos.

8.2. Mirada al árbol genealógico y sus periferias: escenario en el que cedo la voz a mis abuelos, los Abuelos Cuentacuentos y los adultos mayores ficcionales En la justificación manifesté el hecho de que mis abuelos y abuelas fueron figuras importantes durante toda mi infancia, lo que no mencioné es que sus presencias prolongadas y efímeras en mis días suscitaban conversaciones entre Sabrina y yo, diálogos en los que no intervenían mis padres pues no se encontraban presentes. Nos era fácil determinar cuál era nuestra abuela favorita y nuestro abuelo favorito, también las razones de estas preferencias. La enumeración de las características que percibíamos en nuestros abuelos daba cuenta de un análisis, de una conciencia en el actuar de cada uno de ellos y también de una distinción que lográbamos establecer entre los cuatro.

Con esto presente es evidente que no pensábamos en ellos como personas que respondían solamente a unos estereotipos que veíamos en películas o leíamos en los cuentos, cada uno, además de abuelo o abuela, era una persona y esto se reflejaba en el modo en el que los nombramos: La mamita Bienvenida, el papito Climaco, la mamita Maruja y el papito Emilio. Todos recibían el título de mamita/papito, pues es el título que mis padres nos enseñaron para identificarlos como abuelos, pero estos modos de tratamiento siempre se encontraban acompañados de sus nombres. Nos gustaba preguntar también los apellidos completos de nuestros padres, pues así podíamos recitar un mayor número de apellidos frente a nuestros amigos o compañeros y este conocimiento nos permitía construir los nombres completos de nuestros abuelos. Si mi nombre completo (más que completo) era Samantha Andrea Medina Medina Mesa Restrepo Giraldo Arboleda Ruíz, entonces los nombres completos de mis abuelos eran: María Bienvenida Restrepo, Climaco

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Antonio Medina, María Mesa y Joaquín Emilio Medina. Así, cada uno era un individuo y sentíamos tener un conocimiento más pleno de nuestro árbol familiar.

¿Cuál es el punto de dar los nombres de mis abuelos? ¿Es que acaso no los había identificado antes? Mi respuesta a esta pregunta sería un sí, sí he hablado de mis abuelos y sí, no dejan de ser las mismas personas que he narrado en la longevidad de este texto a pesar de ser nombrados de manera distinta. Con la enunciación de sus nombres deseo poner como prioridad sus identidades individuales en lugar del vínculo que poseían conmigo, lo mismo pretendo hacer con los adultos mayores que aparecen en el corpus de obras elegido con sus respectivos nietos. Esta decisión se debe a que los nietos ficticios y los nietos reales, como yo, ya hemos tenido suficiente protagonismo. Aunque las interacciones con nuestros abuelos puedan salir a la luz para revelar algo de sus respectivos caracteres, esto no será un compendio de rasgos encontrados en los niños de las obras elegidas, sino que procuraré dar el máximo enfoque a los abuelos y abuelas cuentacuentos, a mis propios abuelos y a los adultos mayores ficticios:

8.2.1. Bienvenida y Emilio o los cuerpos que transitan el desgaste en la vejez

María Bienvenida Restrepo murió el 10 de marzo de 2013 en la clínica El Rosario en Medellín, decirlo de este modo puede dar la impresión de que fue un suceso rápido, pero su muerte fue lenta y estuvo oculta a los miembros más jóvenes de la familia. Las señales de su deterioro no las veía en su rostro, en su cuerpo o en su mirada, sino en las lágrimas de angustia que en ocasiones mi mamá no lograba contener frente a mí. Mis once años no me permitían visitarla a causa de las normativas de la clínica, pero eso no fue impedimento para que nuestras tías nos infiltraran en una ocasión a Sabrina y a mí. Cuando volví a verla, la realidad de su enfermedad y el deterioro en su cuerpo me impresionaron profundamente. La piel que antes era morena estaba pálida, la piel caliente ahora estaba fría, la boca que esbozaba sonrisas para todos se convirtió en la fuga del vómito y las palabras incoherentes: “¿Dónde está mi mamá?” preguntaba y todos sabíamos que su progenitora había fallecido cuando ella (Bienvenida) tenía cuatro años, “¿Quién es el señor de negro que está en el sofá?” preguntaba y el sofá al que se refería se encontraba vacío. Todos nos acomodamos alrededor de la camilla, yo no hacía más que acariciar su pantorrilla derecha una y otra vez, la sentía fría debajo de la sábana blanca del hospital. Cuando la enfermera se percató de que Sabrina y yo nos encontrábamos allí ordenó inmediatamente que saliéramos, por

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lo que la cafetería que quedaba al frente de la clínica fue nuestro refugio. No recuerdo qué comí, solo recuerdo que los adultos se iban turnando nuestro cuidado y el color amarillo del taxi en el que llegó Climaco Antonio Medina. Mi sensación de retorcimiento seguía presente, pero fue momentánea, pues no pasó por la cafetería, sino que entró directamente al recinto en el que se encontraba casi toda la familia. No fui testigo de ese último encuentro entre ambos, ni las reacciones que este pudo generar en Bienvenida.

Su última noche en este mundo estuvo repleta de galletas de soda con mermelada de mora o piña para los cuatro nietos menores, esa era una de las pocas cosas que Bienvenida podía comer irrefrenablemente a pesar de su dieta estricta y la única comida que encontramos en la casa de Bellavista, hecho que podría justificarse por la larga estadía de mis tías en el hospital. Los cuatro nos dormimos y la fatal noticia fue lo primero que supimos al regresar del letargo del sueño: tendríamos que prepararnos para ir a velar a nuestra abuela.

Una historia de total contraste fue la partida definitiva de Joaquín Emilio Medina, hecho que sucedió once meses después del que ya narré. Flora Davis (2010) afirma que el cuerpo del ser humano posee un ritmo:

en formas mínimas, el cuerpo del hombre baila continuamente al compás de su propio lenguaje. Cada vez que una persona habla, los movimientos de sus manos y dedos, los cabeceos, los parpadeos, todos los movimientos del cuerpo coinciden con este compás. (Davis, 2023, p. 161)

Estos ritmos corporales son perceptibles gracias a los sutiles movimientos de la corporalidad: la palpitación resiliente del corazón, el ágil parpadeo del mirar y la entrada/fuga que permite la expansión/retraimiento del pecho. Me atrevería a decir que también en el inicio y el final de la vida se demuestra algo de esa cadencia. Por este motivo, pienso que si consideramos a la vitalidad de cada uno como algo parecido a una secuencia musical, entonces la vida de Bienvenida terminó con un adagio y la muerte de Emilio fue un vivace.

Ninguno estaba preparado para la muerte de Emilio, esa mañana de febrero no dio ninguna señal de extrañamiento, pero eso no impidió que el anuncio llegara en el momento preciso. Sabrina y yo fuimos interceptadas por la mala noticia en medio de nuestras jornadas escolares y mi mamá

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se enteró en su caminata matutina. María Mesa (Maruja, como la nombran sus allegados), su esposa, relata que se levantó esa mañana y se dirigió a la cocina para preparar la medicina que tenía que consumir Emilio cotidianamente a esas horas. Emilio le preguntó “¿Vas a ir a la escuela, Gus?”, de ese modo se refería él a su grupo de la tercera edad y ese era el apelativo cariñoso que utilizaba para referirse a ella.

Mientras Maruja iba a la cocina, Emilio se sentó en el sillón reclinable que estaba ubicado al lado de su cama, entretanto mi papá, que se encontraba visitándolos desde el día anterior, sintió el caminar de su mamá (Maruja) y se dirigió a la cocina para darle los buenos días. De camino a la cocina alcanzó a ver a Emilio, seguía sentado en su sillón. Justo cuando atravesó el portal de la cocina se oyó un golpe que alarmó a Maruja y a mi papá. Cuando llegaron a la habitación Emilio se encontraba en el suelo, todo rastro de vida se había evaporado de su cuerpo. Los desgastes físicos en la vejez fueron la característica que creí que encontraría con mayor frecuencia en el corpus de obras elegidas, quizá este pensamiento se vio influenciado por los últimos momentos de Bienvenida y Emilio o tal vez haya sido una perspectiva adquirida del contexto en el que crecí, uno en el que mis familiares no tenían ningún tipo de reparo para demostrar el pánico que le tenían al envejecimiento, al paso del tiempo sobre sus cuerpos. En esta lógica el periodo de vida que corresponde a la vejez es considerado una sinrazón que lleva al individuo a la destrucción, porque no se ve en esta etapa de la vida una oportunidad de ejercitar la (r)existencia, que, como dice Pabón (2002):

Consideramos que desde la sinrazón puede salir o lo más destructivo o lo más constructivo, ya que estamos en el punto extremo del nihilismo, en donde las fuerzas negativas han llegado a su punto extremo: aquí los cuerpos, o siguen destruyendo hasta ser destruidos, o autodestruyen la negatividad que los define, se transmutan, y desde la afirmación, construyen. (p. 67)

En las obras de literatura infantil elegidas, como en muchos casos de la vida real, se logra encontrar esa disminución de energía, capacidad y salud en algunos personajes que se encuentran en la vejez. Este es el caso de las obras: Un pasito… y otro pasito, Mi abuela no es la de antes, El mejor truco del abuelo, La abuelita de arriba y la abuelita de abajo y De carta en carta.

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En Un pasito… y otro pasito se muestran diversos estados de la vida humana, diferentes clases de edad que atraviesa el ser humano que no son estáticas y en las que no se permanece como sujetos y cuerpos inmutables. Con el recorrido de ambos personajes principales (abuelo y nieto) vemos que cada edad llega con un nuevo desafío, una nueva habilidad o una nueva vulnerabilidad. La historia entre Nacho e Ignacio ilustra a la perfección la siguiente afirmación de Bazzocchi (2013):

A veces ocurre que los niños viven de manera tan estrecha la relación con sus abuelos, llegando a un nivel de complicidad tan profundo, que puede que en un momento de debilidad de los ancianos, como por ejemplo en una situación de enfermedad grave, los papeles se invierten y son los nietos los que ayudan a los abuelos, para restituirles, de alguna manera, parte de aquel cariño y de aquel tesoro de imaginación y de sabiduría que, gracias a ellos, llevan ya dentro para siempre. (pp. 71-72)

Nacho, que en esta obra es la representación del adulto mayor, puede pensarse como un sujeto que experimenta una metamorfosis: el abuelo fuerte que veíamos al inicio cargando a su nieto termina en la última página apoyándose de este para poder caminar.

Figura 10. Un pasito… y otro pasito, Tomie De Paola, 2004. Libro ilustrado.

Figura 11. Un pasito… y otro pasito, Tomie De Paola, 2004. Libro ilustrado.

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Los brazos de Nacho que antes sostenían, después se apoyan en un otro; las manos de Ignacio que en un principio exploraban el mundo, luego sirven como sostén para su abuelo. Con esto se muestra el intercambio de roles del cual nos habla Bazzocchi (2013) en la cita anterior. En este caso, el cambio de papeles es abrupto, ya que lo que marca un antes y un después en el estado de Nacho es un infarto y las secuelas de este lo ubican en una situación de mucha vulnerabilidad: no puede hablar, no puede comer por sí mismo y no puede caminar. Los hábitos por los que era reconocido antes, como el narrar historias de su vida o el haber enseñado a su nieto a caminar, se desvanecen. Vemos que de parte de la familia no hay una resistencia a darle un cuidado, pero sí logramos percibir una actitud de pesimismo de parte de los adultos presentes, es decir, los padres de Ignacio:

Un día, cuando Ignacio regresó de la escuela, su papá le dijo que Nacho volvería a casa. —Pero todavía está muy enfermo —le dijo—. No puede caminar, ni hablar. Cuando nos ve, a tu mamá o a mí, no sabe quiénes somos. Y el doctor cree que no se va a mejorar. Así que no te asustes cuando veas que Nacho no se acuerda de ti. (De Paola, 2004, p. 23)

El estado en el que se encuentra Nacho nos puede hacer entrever ese aspecto que muchas personas temen del periodo de la vejez: la dependencia en un otro y la pérdida de la memoria, el olvido a los seres queridos. Aun con ello, se nos muestra que Ignacio sigue disfrutando de una vida digna y que el amor dado por las personas que lo rodean, en este caso por Ignacio, es lo que hace que vuelvan a aflorar en él aquellas cosas que ha perdido: el caminar y el hablar, aunque ambos elementos sean realizados torpemente.

El trato que recibe Nacho da cuenta de una recompensa por su vida o de una responsabilidad de los más jóvenes hacia aquellas personas que les preceden, que los criaron, o que fueron un pilar para sus vidas en un momento específico.

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Figura 12. Un pasito… y otro pasito. Tomie De Paola, 2004. Libro ilustrado.

De igual manera, la representación del adulto mayor que se encuentra en el libro ilustrado El mejor truco del abuelo enseña las consecuencias físicas propias del padecimiento del cáncer. En este caso el desgaste es gradual y finaliza con la despedida definitiva del abuelo a causa de su muerte. Por otro lado, el autor nos muestra cómo era el abuelo por fuera de la relación que tenía con su nieta y es por medio de ellas que el lector puede percibir, con mayor claridad, el nivel de decadencia física a la cual se está enfrentando.

Esta última característica, el contraste realizado entre un antes y un después corporal, es un recurso que se utiliza también en Mi abuela no es la de antes, libro en el que la abuela descrita necesita de asistencia para comer, caminar, vestirse y asearse. Las señales del deterioro, a diferencia de las obras anteriores, no son consecuencia de un evento físico, sino de una enfermedad mental, pues se da un mayor énfasis en la pérdida de la memoria:

Olvidó el nombre de sus vecinos.

Y no me escribió una tarjeta para mi cumpleaños, Dormía de día y se levantaba por la noche, Sus ojos dejaron de brillar.

Y se acabaron los baños de luna.

Mi abuela estaba enferma. (Orobitg i Della, 2013, p. 16)

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El deterioro mental y la asistencia física que puede representar la vejez y el miedo que esto suscita en los individuos son elementos que pueden encontrarse en los resultados de la segunda ronda de entrevistas con Abuelos Cuentacuentos:

Orfa: Ah, ese cuento. ya. En ese cuento que leímos sobre la abuela, pues ahí se ve reflejada la vida de ahora, que a muchos la vejez les llega con la parte física deteriorada y el olvido, la mala memoria, la demencia senil, y uno siempre piensa que uno no quiere ser dependiente. Pues yo pienso que no quiero ser dependiente, que yo no quiero depender de una hermana para que me ayude a lavar los dientes… yo por ejemplo ahora voy donde un hermano a ayudarle a lavar los dientes, porque ya no es capaz por una enfermedad que tiene.

Samantha: ¿Física o…?

Orfa: Sí, ya. Él ha tenido varios accidentes cerebrovasculares y ha perdido propiocepción en la mano, entonces él no es capaz de mover el cepillo ni usar el hilo dental, entonces yo voy y le ayudo con los dientes y eso pues yo hago el servicio a mi hermano, pero yo no quisiera llegar al punto en que tengan que hacer eso por mí. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 92)

Otro libro en el que se encuentra esta faceta de la vejez es La abuelita de arriba y la abuelita de abajo, aunque a diferencia de los demás los cambios que propicia el tiempo en el cuerpo se presentan de una manera más sutil. Las dos protagonistas que encontramos en el libro son la abuela y la bisabuela del narrador, es decir, hay un enfoque en la vejez y, específicamente, en la vejez femenina. Al contrario que el abuelo que sí se menciona, pero solo dos veces y no se ahonda mucho en él.

Las capacidades corporales se enseñan a través de los espacios que los cuerpos se encuentran en condiciones de habitar. Aquellos que están en la primera planta pueden subir y bajar escaleras, realizar las labores del hogar y otras tareas que implican una mayor fuerza física; mientras que la planta de arriba remite a aquellos individuos que se encuentran inmovilizados por algún motivo: vejez, enfermedad, discapacidad, entre otros. Por ello es que dicen que la abuela de abajo pasó a ser abuela de arriba cuando envejeció. Esta espacialidad toma más fuerza, pues

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también se asocia al arriba con una existencia posterior a la muerte. Tomi, en el libro, manifiesta al final que ambas ya son abuelas de arriba, porque ambas han muerto y se encuentran arriba:

Pasó el tiempo, y Tomi creció. La abuela de abajo se hizo vieja. Tuvo que guardar cama como la abuela de arriba. Y después también murió.

Una noche, mientras Tomi miraba por la ventana, vio caer otra estrella. “Ahora, las dos sois abuelas de arriba”, pensó. (De Paola, 1994, p. 30)

Asimismo, la obra enseña las diferencias corporales de los personajes por medio de la comida que estos pueden ingerir: Tomi come caramelos, el abuelo puede comer helado, pero la abuela de arriba come de merienda leche y galletas, alimentos menos pesados para el cuerpo. A pesar de las diferencias en los estilos de vida que provoca el paso de una clase de edad a la otra, se muestra que los abuelos pueden ser personas que los niños admiran y esto se puede ver en el constante intento de imitación por parte de Tomi: si la bisabuela tiene que estar amarrada a la silla, él desea estarlo también; si la abuela de abajo le sube la comida en una bandeja a la bisabuela, él desea realizar esta acción también. A diferencia de su hermano mayor, Tomi encuentra belleza en el cabello blanco y en los cuerpos de sus dos abuelas; su hermano mayor, por otra parte, ve en ellas una similitud con el cuerpo que se le ha dado en la literatura infantil a las brujas. Tomi demuestra lo expresado por Roa y Vacas (2000-2001): “Sabemos que los nietos más jóvenes, idealizan al abuelo, tienen con ellos relaciones más íntimas y de admiración” (p. 207).

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Figura 13. La abuelita de arriba y la abuelita de abajo, Tomie De Paola, 2004. Libro álbum.

La utilización del recurso de la espacialidad también se logra identificar en El mejor truco del abuelo, pero se concentra en el adentro-afuera, en lugar que en el arriba-abajo. El afuera representa todas aquellas actividades que requieren un esfuerzo físico por parte de las personas. Allí los individuos se desenvuelven con independencia, se encuentran en la facultad física para no ser vulnerados por su entorno. El adentro, por otro lado, representa una vulnerabilidad física, pues a medida que el abuelo va empeorando se aísla aún más del mundo, deja de salir de su casa, luego está en un hospital y, finalmente, es la única persona que yace en un ataúd. El adentro es el lugar en el que pueden manifestar los malestares físicos, en él los individuos no están expuestos a una exterioridad que les solicita movimiento y productividad.

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Figura 14.El mejor truco del abuelo, Holden Dwight y Michel Chesworth, 1995. Libro ilustrado.

Finalmente, en De carta en carta el desgaste físico ocasionado por el tiempo se enseña por medio del cansancio del abuelo, la pérdida sutil de sus facultades que no se enseña tan explícitamente como en el caso de El mejor truco del abuelo o Mi abuela no es la de antes, pero sí en hechos concretos como no poder cargar la regadera completamente llena, necesitar la asistencia de su nieto para realizar sus labores y solo ejecutar trabajos pequeños en los jardines de sus vecinos, cuando antes era reconocido por toda la población como un gran jardinero.

—Y tú siempre llevas la regadera medio vacía, porque no puedes cargar con el peso. Las plantas se van a acabar muriendo de sed, ¿no lo ves? Deja que yo lo haga. —¿Me estás diciendo que no tengo fuerzas? ¿Que estoy viejo y ya no sirvo para nada? —Es que no tienes fuerzas… Sólo estoy diciendo la verdad… No te vayas a enfadar ahora por una tontería.

—Eres un malcriado, eso es lo que pasa. Se lo voy a contar a tu padre. Para que te castigue, vas a ver. Como no te disculpes, cuando llegue, ja, ja, le voy a contar todo lo que haces durante el día. (Machado, Alonso, 2003, p. 14)

Como resulta evidente, la mención por parte de los demás de su cansancio solo provoca indignación por parte de José (el abuelo) si se realiza con el interés de limitarlo en lo que puede o no puede hacer. Es cierto que su realidad corporal no le hace sentir orgulloso o satisfecho, pero

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esto no quiere decir que niegue su condición, él mismo reconoce en su primera carta a Pepe (su nieto) que desearía darse una siesta en lugar de trabajar:

El que anda muy cansado soy yo, como ya te has dado cuenta, y yo que pensaba que ni te fijabas en mí… Hay veces que me entran ganas de parar, tumbarme y no levantarme nunca más. O, por lo menos, echarme una siestecita en una hamaca después de comer. Pero con este calor eso no me iba a sentar bien tampoco. Si pudiese seguir tu consejo e irme al invierno me iba a venir estupendamente. Pero me parece que todos los inviernos están muy lejos y el viaje cuesta muy caro.

De cualquier modo, agradezco que te acuerdes. (Machado, Alonso, 2003, pp. 26-28)

Para concluir este apartado enfocado en los cambios que comienzan a habitar al cuerpo durante la vejez, quisiera suspender en este hilo un aporte dado por Alba Mary en la segunda ronda de entrevistas:

Alba Mary: La vejez es una edad de lentitud, ¿sí?, donde la vida transcurre más lenta, donde los días se hacen más lentos, cuando no tienes que estar corriendo de aquí para allá, de allá para acá. La vejez es también como ese tiempo en el que yo puedo pensar, desligarme de la productividad. Porque quizás nos pasamos toda la vida en aras de producir, de conseguir, de tener, de ganar; en cambio, en la vejez: ya, ya, lo que hayas conseguido o no hayas conseguido, es una etapa que te permite el pensamiento, la meditación, que te permite inclusive compartir con las personas sin prisa... sin prisa. Eso, eso sería como para mí la vejez.

También es innegable que es una etapa de desgaste físico...y eso, y eso puede ser, digamos, muy, muy, hacer de la vejez algo muy pesado, porque a veces se llega con buena salud y a veces se llega con la peor de las saludes, ¿cierto?. La salud no da, no, no.. es decir, no puedes seguir como las ansias, como las ganas que todavía se tengan. De hecho, tu cuerpo ya no responde igual. Entonces, eh, para mí es, es innegable que también es una etapa de desgaste físico. Y que, a ver, si vos has tenido una buena vida, se puede aceptar con calma. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 102)

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8.2.2. Doña Rosa o el conocimiento experiencial en áreas precisas y universales

“Voltear a la izquierda dos veces, bajar dos lomas, pasar el puente amarillo, girar a la izquierda, cruzar el sendero peatonal, girar a la derecha, subir 48 escalones, caminar hasta la carretera y girar a la derecha” era la totalidad del recorrido que durante seis años tuve que realizar dos veces al día y cinco días a la semana. El seguimiento preciso de los pasos me permitía llegar en siete minutos al colegio en el que cursé mi bachillerato, en cuatro minutos si salía tarde y tenía que partir corriendo.

Creo que no tendré que justificar las razones por las que las 48 escaleras eran mi parte menos favorita del recorrido, pero en medio de ese transitar que me disgustaba habían dos focos luminosos: Doña Rosa y su jardín. Si miraba a los lados veía las coloridas flores que adornaban la escalinata de cemento y aligeraban mi agitada respiración; si miraba a la derecha al subir las escaleras veía la fachada de la casa de Doña Rosa; si me encontraba con Doña Rosa entonces decía “Buenos días” o “Buenas tardes” y si tenía suerte lograba ver mariposas verdes y ágiles colibríes. La interacción con Doña Rosa permaneció escueta hasta mi último año en el colegio, luego de cinco años comencé a suspender mi caminar para preguntarle acerca de las flores o de sus mascotas luego del usual “Buenos días” o “Buenas tardes”. Después de esos encuentros llegaba al colegio o a mi casa con el conocimiento experiencial que Doña Rosa compartía conmigo: las temporadas en las que florecían las especies de su jardín y la frecuencia de riego que le solicitaban sus plantas. Aún no conocía el concepto de “saber experiencial”, pero sí reconocía en los datos que me arrojaba unas memorias y conocimientos que surgían y se sustentaban en su experiencia con la tierra y con sus flores. Estas interacciones trascienden la realidad y se alojan en la ficción, de esto son ejemplo las obras: En casa de mis abuelos, Una bolita plateada y La abuela tejedora. El conocimiento experiencial se manifiesta de dos maneras en ellas: desde lo que es capaz de realizar el cuerpo con experiencia al utilizar sus manos y el reconocimiento de los objetos que ya hacen parte del pasado, que han sido sustituidos por otros a causa del avance tecnológico. El libro En casa de mis abuelos nos presenta a una pareja de abuelos bastante ingeniosa. Tanto en la narración como en las ilustraciones se nos enseña que utilizan objetos cotidianos para darles una función no convencional. Así, las medias veladas terminan siendo tendederos para la ropa, las sillas sirven como techo para sus gallinas, el bastón hace la función de un martillo y las

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tazas de la cocina contienen las goteras que se filtran al interior de la casa. Las nuevas funciones otorgadas a estas cosas son aprendidas y hasta disfrutadas por los nietos de la narración que se animan a pensar en muchas más funciones para los objetos: el bastón se convierte en espada y las medias veladas pueden asemejarse a las lianas de una selva.

Figura 15. En casa de mis abuelos, Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera, 2011. Libro álbum.

Figura 16. En casa de mis abuelos, Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera, 2011. Libro álbum.

Las medias veladas y el bastón hacen acto de presencia para mostrar el ingenio de los abuelos y también para representar todos aquellos objetos con los que es asociada la vejez, objetos que el cuerpo humano puede solicitar para hacer de las funciones cotidianas algo más sencillo o cómodo. El bastón, incluso, está altamente relacionado con la vejez de los humanos y esto puede verse en el acertijo de la esfinge que es mostrado en Edipo Rey. Aunque la utilización de estos implique un paso del tiempo por el cuerpo no hay una negación hacia ellos por parte de sus nietos, como ya mostré.

Esa sabiduría y habilidad de las manos que muestran estas representaciones del adulto mayor me remiten a algo que compartió conmigo Morelia durante la primera ronda de entrevistas. Previamente me había hablado de su amor por la artesanía y cómo ese amor le había permitido llegar a otros por medio de la transmisión de ese saber adquirido:

Samantha: ¿Y cómo fue ese enseñar a hacer con las manos?

Morelia: Ah no, a mí me sale muy fácil porque me gusta estar con la gente, pues como que le tengo paciencia, lo otro y como me gusta tanto, pues o sea, a veces cuando estoy haciendo

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las libretas si estoy aburrida o estoy triste no hago, porque me parece que también en esas libretas se va una energía mía, entonces hoy estoy triste leo, mejor hago otra cosa, pero no un producto que esto le voy a entregar a alguien. Creo que como su nombre lo dice “arte sano”, o sea es un trabajo que sana, en el que te vas, dejas un poquito al lado todo problema o toda la rumiadera de nuestro pensamiento y te enfocas en un origami, en una colcha de retazos, en un tejido, una bufanda, una camisa. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 10)

Ese conocimiento en la reparación y el tejido es una característica que posee también la abuela que protagoniza el libro La abuela tejedora. Esta mujer es hábil con sus manos, posee unas convicciones muy fuertes y ganas de defenderlas si es lo preciso. La actividad del tejido muestra la capacidad creadora y reparadora de la abuela, al mismo tiempo que se configura como un conocimiento que solo ella dentro la historia posee. En esas exterioridades es que la abuela, literalmente, teje relación con sus nietos:

a raíz de su condición de “marginados” –el anciano por haber dejado ya su vida activa, el niño por su escasa relevancia en cuanto a opiniones o decisiones importantes en la familia– acaban estrechando una alianza muy especial, fundada en la posibilidad de brindarse ayuda mutua: el niño le ofrece al anciano la oportunidad de sentirse de nuevo “útil”, ayudándole a reconciliarse con la vida, y el anciano le hace sentir al niño un ser único y sobre todo digno de ser escuchado. (Bazzocchi, 2013, p. 60)

En esta ocasión, la sociedad que rodea a la abuela la ubica en las periferias existenciales, esto es visible en el rechazo que padece frente a las instancias de poder a las que acude para que sus nietos de estambre sean recibidos en la escuela. A pesar de ello, la sociedad sí busca instrumentalizar el saber experiencial que solo puede encontrar en ella:

El alcalde y sus consejeros, dispusieron levantar una cerca para resguardar la casa, pues en ninguna otra parte había una así, toda tejida.

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Pero la cerca no sirvió, pues la abuela tejedora muy enojada en secreto por la noche destejió la casa entera: Las puertas, las paredes, la cerca, las flores, la tetera. (Orlev y Janco, 1997,

p. 40)

Por último, en La bolita plateada, la representación de la adulta mayor se homogeneiza con la representación de la niñez. Aunque el parecido entre ambas protagonistas nos dé una visión muy fuerte de su compenetración, al mismo tiempo las invisibiliza: ya no se entiende la una sin la otra y, con ello, no se pueden distinguir. Esta percepción mía puede justificarse en que entre los apelativos cariñosos que utilizan para nombrarlas se forme un solo nombre (Ce y Cilia) y en que las ilustraciones nos presentan dos cuerpos parecidos por la ropa, el peinado y las posiciones.

Figura 17. Una bolita plateada, Héctor Abad Faciolince y Johana Bojanini, 2019. Libro ilustrado.

Lo que marca una clara distinción entre una y otra son las memorias que le narra Cilia (la abuela) a Ce (la nieta), por lo que la distinción de ambos cuerpos está vinculada a las memorias y el conocimiento de los artilugios tecnológicos del pasado que posee la primera:

Una de las cosas que más le gustan a Ce, que tiene siete años, casi ocho, es conversar con la abuela Cilia, que tiene setenta y siete, casi setenta y ocho. A Ce le encanta, por ejemplo, que su abuela le cuente cómo era la vida antes, cuando ella también era niña y tenía la misma edad que su nieta.

—Abuela, cuéntame algo de cuando tú eras niña y yo estaba muerta todavía.

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A Cilia le gusta la forma en que su nieta pregunta. Por eso sonríe y siempre le cuenta alguna cosa distinta. Una vez le contó que cuando ella era niña el cine era mudo, en blanco y negro, y no existía la televisión. (Faciolince y Bojanini, 2019, pp. 6-7)

8.2.3. Climaco o la búsqueda del reconocimiento del otro

Cuando Bienvenida murió la aparición de Climaco en mi vida comenzó a ser más recurrente, su instalación permanente en la casa de Bellavista no demoró en ocurrir y la incomodidad en los saludos y las despedidas persistieron. Aún con ello, no compartí verdaderamente con él hasta que ingresé a la universidad y nuestra estadía bajo el mismo techo empezó a darse cada semana de lunes a viernes.

Había actitudes de su parte que me incomodaban al inicio, pero que no necesariamente eran malas, como por ejemplo sus oraciones a Dios en voz alta (altísima) antes de dormirse, su negación a oír ciertas cosas (podía escuchar o no escuchar dependiendo del mensaje que se le estuviera dando) y su empecinamiento en regar las plantas todos los días con la manguera, a pesar de que las señales de muerte en ellas se hicieran cada vez más evidentes. Sin embargo, ahora veo en las bendiciones que deposita en mí al momento de despedirme para ir a la universidad una oportunidad de sanar, aunque sea un poco, el vínculo entre ambos, o al menos el vínculo que tengo yo con él. El ritual consiste en lo siguiente:

• Samantha (yo) sale con su bolso en la espalda y Climaco se encuentra sentado al costado

derecho de la salida, pues le gusta pasar gran parte de su día observando los carros y buses que pasan al frente de la casa.

• Samantha dice “Chao, papito” y Climaco levanta su mano derecha para hacer la seña de la

bendición mientras dice apresuradamente “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

• Samantha se “echa” la bendición mientras Climaco mueve su mano y replica los

movimientos de la bendición hacia él.

• Samantha gira a la izquierda y camina hasta la esquina en la que espera el bus. Samantha

no vuelve a mirar hacia atrás, pues encontrarse con la mirada de Climaco en esta circunstancia sería algo incómodo.

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Este ritual que puede ocurrir entre cuatro y cinco veces a la semana se convierte, en la mayoría de las semanas, en los únicos momentos en los que lo veo a los ojos. El gesto de recibir la bendición y de mirarlo a los ojos es percibido por mí como un reconocimiento hacia él como mi abuelo. Durante esos diez segundos que puede durar el ritual no pienso en las cosas que me molestan de él o en los conflictos que tuvo con Bienvenida cuando ella estaba viva. Esta búsqueda de la mirada del otro, del reconocimiento, es algo que logré identificar en los abuelos y abuelas cuentacuentos de Belén en dos ocasiones muy precisas que registré en el diario de campo. La primera de esas ocasiones fue cuando desearon que les terminara de leer El higo más dulce de Chis Van Allsburg:

En medio de la narración les hacía preguntas, incluso les hice abrir la boca, como si estuviesen en una cita con su odontólogo. Me agradó percatarme de que estaban disfrutando de la lectura, pero tras solo diez minutos fueron las 4:00 y debimos concluir la sesión, pues ya comenzaría la Hora del cuento.

Varios de ellos me manifestaron que deseaban saber cómo terminaba el libro, pero como tenía que apoyar la Hora del cuento les dije que en el momento no me era posible, pero que podían leer el libro entre ellos. Estaba sacando una silla de la sala infantil a la sala general y entre varios me interceptaron, querían que yo se los acabara de leer. Sin sentirme en la capacidad de negarme de nuevo lo hice, pero siento que pude haber tomado más tiempo para hacer de su lectura algo más especial, como había sido en el inicio. También nos quedamos un momento platicando sobre el final del cuento y nos despedimos hasta la próxima sesión. (Diario de campo, Anexo 1, p. 5)

La segunda ocasión fue durante el diecisieteavo encuentro de Abuelos Cuentacuentos de Medellín:

Estaba pensando irme a mitad de la jornada también pero una de las abuelas me dirigió una pregunta desarmadora: “¿Nos vas a dejar solos?”. Digo que es una pregunta desarmadora, pues me sacudió todo por dentro… Me parecía tan ilógico que se fuesen a sentir solos sin

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mí, pues al lado de ellos siempre me sentí muy pequeña, el tenerme que enfrentar a ellos para su formación implicó el pensar en otro tipo de maestro, un maestro que puede ser más joven, que puede no saber lo mismo que sus alumnos experiencialmente, pero que se encuentra en la capacidad y posición de ofrecer conocimiento a pesar de eso. (Diario de campo, Anexo 1, p. 25)

Este tipo de experiencias que pueden sacudir una cotidianidad de productividad en algunos casos, y de comodidad en otros, unidas a dos abuelos que encontré en la literatura me hicieron llegar a la conclusión de que el adulto mayor busca una mirada a los ojos y con ello un reconocimiento por parte del otro. La literatura, de nuevo, aparece para mostrar esa búsqueda de identificación a la que se embarcan los adultos mayores. Así, encontramos los libros La maravillosa medicina de Jorge y El viejo que no salía en los cuentos.

La representación del adulto mayor en La maravillosa medicina de Jorge es completamente negativa. La abuela no recibe un nombre, ni el cariño de parte de sus familiares. Es mostrada como una persona que causa temor a Jorge, que es una responsabilidad tediosa para la señora Localis y que implica una negación de los valores fundamentales para señor Localis. Esta falta de aceptación provoca que Jorge piense en una manera de cambiarla en lugar de entenderla y también causa que la abuela no acepte su propia condición. Esta incomodidad consigo misma es la fuente de las interacciones desdeñosas que tiene con su nieto:

La mayoría de las abuelas son señoras encantadoras, amables y serviciales, pero ésta, no. Se pasaba los días enteros sentada en su sillón junto a la ventana y estaba siempre quejándose, gruñendo, refunfuñando y rezongando por una cosa u otra. Ni una vez, ni siquiera en sus mejores días, le había sonreído a Jorge o le había preguntado: “Vaya, ¿cómo estás esta mañana, Jorge” o “¿Por qué no jugamos tú y yo a la “Oca”?”, o “¿Qué tal te ha ido hoy en el colegio?”. Al parecer, no le importaba nadie más que ella misma. Era una miserable protestona. (Dahl y Blake, 2002, pp. 10-11)

Tras beber la medicina el cuerpo de la abuela sufre unos cambios inusuales, se convierte en una gigante y esto le causa satisfacción, pues ser más grande hace que la acción de ignorarla sea

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imposible para los demás. Al menos resulta de este modo hasta que contratan una grúa para moverla de sitio. La escena en la que ella les solicita darle de la última versión de la medicina nos revela que no es que odie realmente el acto de crecer como le quiso hacer creer a Jorge al inicio de la novela, lo que odia es el hecho de que su condición de adulta mayor ya no le permita hacerlo.

Figura 18. La maravillosa medicina de Jorge, Roald Dahl y Quentin Blake, 2002. Libro ilustrado.

Esa incapacidad de seguir creciendo puede suscitar en la abuela una serie de pensamientos acerca de sí misma: su carencia de un futuro, la falta de reconocimiento por parte de su familia y la dependencia permanente que tiene y tendrá en los otros por el resto de su vida. Todos estos elementos pueden hacer que sienta una aversión hacia la niñez (representada en este caso por Jorge) y la posibilidad que implica esta clase de edad para los individuos: un futuro posible, un reconocimiento de los demás y la independencia física. Lastimosamente, su irritación hacia Jorge la lleva a cometer el error de tomar mucho de la última fórmula realizada por el señor Localis y Jorge:

—¡Dámela! —chilló la abuela.

—¡No! —gritó la señora Localis—. Lo que hizo Jorge, es su maravillosa…

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—¡Aquí todo es de Jorge! —interrumpió la abuela—. ¡Esto de Jorge, aquello es de Jorge! ¡Estoy harta!

Le arrebató la taza de la mano al pequeño Jorge y se la llevó allá arriba, fuera del alcance de los otros. (Dahl y Blake, 2002, p. 108)

La abuela de Jorge, no hay otra forma de nombrarla pues no se revela su nombre, ejemplifica lo que conciben Roa y Diaz (2001) como “Factor Negatividad”:

Se refleja la valoración que los nietos hacen más que sus abuelos, de las personas mayores. Son cuestiones de carácter negativo y tópicas de cómo es concebida la vejez. Así se valoran cuestiones como que los abuelos tienen poco que hacer, sirven para muy poco; no entienden a los jóvenes y suelen ser críticos y quisquillosos. (p. 209)

A diferencia de este factor negativo, los abuelos y abuelas cuentacuentos encuentran en la clase de edad de la vejez un fragmento de vida igual de importante a los que le preceden y creen que la sociedad necesita formarse en el reconocimiento de esta por medio de la apertura de espacios y oportunidades que puedan aprovechar y disfrutar los adultos mayores:

Mery manifestó que: “Esta sociedad quiere vivir en la eterna juventud… La vejez me parece tan importante como cualquier edad, la veo como una edad de la vida que tiene sus ventajas y desventajas como ellos”. Con “ellos” se refería y señalaba a los alfabetizadores. “Volver allá (juventud) no es volver al tiempo en que fui, a cuando fui joven”. Entre todas llegaron a la opinión de que en la vejez hay tiempo para ver las cosas con mayor detenimiento… La charla sobre lo faltante en la literatura las hizo considerar aquello que para ellas también hace falta en las ciudades como centros comerciales exclusivos y diseñados para adultos mayores, pues sienten que en la ciudad podrían haber muchos más espacios en los que se tenga en cuenta la condición corporal de los adultos mayores. (Diario de campo, Anexo 1,

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Luego de la sesión Encuentro entre los Abuelos Cuentacuentos y los abuelos en la ficción y de la segunda ronda de entrevistas, los adultos mayores concluyeron que existía una presencia abundante de abuelos y abuelas en la ficción. Este sentir resulta opuesto a lo que siente Benito, el abuelo que es protagonista, junto a su nieto, en la novela El viejo que no salía en los cuentos. En el libro se nos enseña la relación entre Benito y Valentín (abuelo y nieto) que se afianza por medio del compartir literario que propicia el segundo, pues Benito no sabe leer:

Figura 19. El viejo que no salía en los cuentos, Pilar Mateos y Mauricio Gómez, 1998. Libro ilustrado.

Sin embargo, un problema se comienza a presentar en medio de esas lecturas: en los libros que le lee Valentín, Benito no encuentra una representación que le haga remitir a sí mismo, algún personaje con el que se sienta identificado en su vejez. Por este motivo, las sesiones de lectura se convierten en circunstancias de anhelo por parte de este abuelo que quiere encontrar a los “viejos”, como les dice él:

—¿No te está gustando?

—No. Ya me he cansado de que no salga ningún viejo.

—Vitorio es bastante viejo —dijo Valentín conciliadoramente—. Lo menos tendrá cuarenta años.

Benito se volvió hacia él con tanta brusquedad que se derramó el agua encima.

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—¿Y eso te parece a ti que es ser viejo? —tenía una expresión desafiante y Valentín no se atrevió a contestarle que sí? (Mateos, Gómez, 1998, pp. 30-31)

Esas exasperaciones de Benito por no encontrar otros viejos en los libros, los tratos despectivos que recibe Jorge de su abuela y las bendiciones de Climaco son reflejo de esa necesidad de reconocimiento por parte de las personas que les rodean. Aunque en nuestros tiempos lo más común en muchos escenarios haya sido que: “Los viejos, por su parte han sido observados como elementos obstaculizadores del proceso modernizador” (Montes de Oca, 1994, p. 132), estas acciones provenientes de nuestro contexto y la ficción solicitan continuamente una mirada a los ojos, una distinción dada a cada uno como individuo y una resistencia al olvido de sus vidas, de su trabajo, de su cariño ofrendado a los demás.

8.2.4. Marleny o la independencia del adulto mayor

Marleny era la mujer que realizaba el aseo en el colegio en el que estudié mi bachillerato y, al mismo tiempo, siempre fue mucho más que eso para todos los jóvenes que pasaban por la puerta verde de la institución educativa al principio y final de la jornada escolar. La cercanía que tenía con todos se revelaba en el apodo colectivo con el que todos nos referíamos a ella: “Mita”. Así la llamábamos cuando la saludábamos, cuando nos despedíamos o cuando le comprábamos algo en sus emprendimientos. Durante los seis años que estuve en el colegio Marleny vendió, durante la finalización de las jornadas y a veces en los descansos, empanadas, cremas, chocolates y barquillos rellenos. Me sorprendía lo mucho que trabajaba a pesar de que su rostro y cabello reflejaran una edad avanzada.

Su casa estaba al frente de la institución (al otro lado de la calle) y varias veces fui invitada suya. La primera vez fue a causa de una gran tormenta. Ese día, como era usual, permanecí mucho más de lo debido en el colegio, me concentraba más para hacer mis tareas allí que en mi casa. El cielo no demoró en abrirse y regar la tierra. A través de una ventana del segundo piso lograba ver que el puente amarillo, el que debía cruzar para llegar a mi casa, estaba completamente inundado, la quebrada le pasaba por encima. No sé cuánto tiempo permanecí viendo ese espectáculo, pero ya estaba oscureciendo.

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Marleny se acercó a mí y me dijo que me invitaba a comer el algo mientras cesaba la lluvia y el puente volvía a la normalidad. En esa primera visita me di cuenta de que ella permanecía sola buena parte de la semana. La admiré por ser tan independiente, pues no había considerado que la vejez también se pudiese dar en esas condiciones.

Las visitas no se quedaron allí, pues en una conversación con ella y Mari (una amiga del colegio), Marleny se enteró de que nos encantaba el arroz con leche y cada tanto nos invitaba a su casa para comer un pocillo grande del postre blanco con quesito.

De nuevo, las experiencias y personas que he conocido en mi vida no resultaban ser casos únicos en el mundo. Este, en contraposición con el primer apartado de los tipos de abuelos, fue la clase de adultos mayores que no esperé encontrar en la literatura, pero una vez más la exploración de los libros me provocó una sorpresa. Fueron dos los libros del corpus en los que encontré esta faceta de la vejez: ¿Qué pasa aquí, abuelo? y Tres deseos.

En ¿Qué pasa aquí, abuelo? nos recibe un adulto mayor sonriente, con gustos particulares y que está aislado del resto de la sociedad. Este último aspecto se evidencia con la ubicación de su casa en la historia y el extrañamiento que provocan los objetos, animales y situaciones que permanecen en su hogar.

Figura 20. ¿Qué pasa aquí, abuelo?, David Legge, 1998. Libro álbum.

Al terminar el libro vemos que la casa del abuelo se encuentra en una isla en medio de la ciudad. Esto podría representar el aislamiento de los niños y de los adultos mayores del sistema productivo propio del capitalismo. Esta visión se reforzaría con el hecho de que casi todas las personas que se encuentran en la otra orilla son adultos (con excepción de un bebé). Sin embargo, creo que el aislamiento en este caso puede representar con mayor precisión la cotidianidad de este

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abuelo que resulta inusual para otros individuos o núcleos familiares. La peculiaridad de su normalidad y la serenidad con la que despide a su nieta son algunos signos de su independencia.

Figura 21. ¿Qué pasa aquí, abuelo?, David Legge, 1998. Libro álbum.

En el aislamiento y la independencia por parte de ambos personajes principales (el abuelo y su nieta) se retrata la siguiente cita de Bazzocchi (2013):

Abuelos que hablan, nietos que escuchan; nietos que preguntan, abuelos que contestan; abuelos que dan, nietos que reciben; abuelos que transmiten, nietos que aprenden y que, a su vez, son capaces de retransmitir. Así, en la sencillez de una relación basada en la confianza mutua entre aliados y cómplices, la experiencia, la sabiduría y la memoria pasan de una generación a otra. (p. 76)

La independencia del adulto mayor se enseña a otro nivel en Tres deseos, pues desde el inicio de la narración se nos muestra a una pareja de viejos que viven por sí mismos:

Había una vez una vieja y un viejo que vivían en una casa muy pequeña. Sin hijos que mantener ni tierras que labrar, se pasaban el día al calor de la lumbre. A falta de otra cosa, habían clavado un mendrugo de pan en un palo y lo habían puesto al fuego. (Mejuto y Pacheco, 2007, p. 3)

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Se ve que ambos personajes principales tienen una relación de familiaridad, pues piensan en el bienestar del otro y las bromas emergen con facilidad en sus interacciones. No poseen una gran cantidad de pertenencias, ni trabajo, ni algo para hacer. El conflicto de la trama surge a partir del hambre y el aburrimiento, dos de las problemáticas que pueden estar viviendo muchos adultos mayores que no están siendo cuidados o mantenidos por alguien que les aprecie o que haga parte de su familia. De este modo, Tres deseos ilustra otro rostro de la independencia en la vejez, pues a diferencia del abuelo de ¿Qué pasa aquí, abuelo? estos viven carencias que los llevan a tomar decisiones precipitadas que gracias a la clásica estructura de los tres deseos logran solucionar. La falta de acompañamiento a ambos viejos hace que estos sean los autores directos de tres deseos:

• Primer deseo (el chorizo): representa las necesidades básicas de todo ser humano. La vieja

afirma que tiene tanta hambre que no puede pensar en otra cosa además de un chorizo. Sin la satisfacción de las necesidades básicas es imposible seguir subiendo en la pirámide de Maslow, es decir, no es posible pensar en un deseo que sea más provechoso o duradero.

• Segundo deseo (el chorizo como nariz): representa todos los deseos de venganza que

pueden suscitar lo que consideramos como errores por parte de los demás.

Figura 22. Tres deseos, Eva Mejuto y Gabriel Pacheco, 2007. Libro ilustrado.

• Tercer deseo (el bienestar): representa todos aquellos deseos que sí piensan en una

longevidad. Estos pueden implicar sacrificios, tal como sucede con el viejo que renuncia a

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su avaricia por la felicidad de la vieja, pero son aquellos que tienen el potencial de darnos más felicidad y bienestar: “No tuvieron dentadura de oro ni trajes nuevos no palacio de diamantes, pero comieron pan con chorizo y, desde entonces… la vieja y el viejo soñaron felices todas las noches de luna”. (Mejuto y Pacheco, 2007, p. 29)

El escenario de independencia se articula en la historia como el posibilitador de las decisiones precipitadas y con ello del aprendizaje de ambos personajes. Aunque estos hagan uso de sus conocimientos en animales y mitos, sus errores nos enseñan que aún en la vejez se puede seguir aprendiendo y que ningún ser humano se encuentra del todo terminado o aprendido, aunque en su reloj vital cargue muchos años. A pesar de que la sabiduría sea un rasgo que se asocia con la vejez, los abuelos y abuelas cuentacuentos reconocen que se puede llegar a ella sin haber adquirido esta virtud:

Samantha: ... cuando tú piensas en un adulto mayor ¿qué elemento, qué rasgo físico, qué objeto se te viene primero a la mente?

Alba Mary: Pienso en canas, ¿sí?, pienso en canas que para mí son, en algunos casos, sinónimo de sabiduría. Digo en algunos casos, porque no todos los seres humanos llegan a ser adultos mayores con sabiduría. Pero me gusta pensar en esos abuelos, en esas abuelas, en esos adultos mayores que tienen canas, como sinónimo de sabiduría. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 102)

Esta faceta de la vejez, en la que el adulto mayor aún conserva su independencia, es la más anhelada por los abuelos y abuelas cuentacuentos, por lo que la planeación de ese momento vital es algo importante para ellos, lo cual se ve en el siguiente fragmento de la segunda entrevista con Morelia:

Yo me estoy acercando a los 59 y digo todavía puedo vivir una tercera parte de mi vida, y la quiero vivir bien. Y quiero preparar mentalmente, corporalmente, emocionalmente para que esa vida no sea de queja, de reclamo y de enfermedad. Que puedo hacer muchas cosas para que eso sea diferente. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 85)

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8.2.5. La asamblea de los abuelos ficcionales y los adultos mayores reales: coincidencias entre “lo literario” y sus fronteras Las categorías analizadas anteriormente no exoneran a los adultos y adultas mayores en cuestión de las demás categorías. Por ejemplo, Benito de El viejo que no sale en los cuentos podría ser ejemplo del desgaste físico, pues tiene cataratas; o de independencia, ya que al principio del libro lo vemos viviendo en soledad y durante el desarrollo de la historia se le muestra realizando actividades a solas como las salidas al mercado, la contemplación de la naturaleza o la colección de objetos viejos. Con esto no pretendo quitar validez a la clasificación que con cuidado realicé, sino exhibir que, tanto en la realidad como en la literatura, los adultos y adultas mayores no cuentan solo con una faceta. Al contrario, son seres complejos, repletos de experiencias, conocimiento, perspectivas del mundo, expectativas y miedos.

Los libros elegidos en el corpus pasaron por un riguroso tamizaje, luego de la Hora del Cuento en el Parque Biblioteca Belén, pues me dedicaba a escarbar entre las estanterías como un sabueso para hallar más abuelos y abuelas. La pregunta que siempre me hacía entre las lecturas y después de estas era ¿Aparece lo suficiente el adulto mayor? y ¿Tienen estos personajes influencia en el desarrollo de la trama? Otra interrogante que surgió en mí, pero en el momento del análisis, fue ¿Por qué ningún adulto mayor se narra a sí mismo?

Las primeras dos dudas eran las que me permitían decidir si los libros permanecerían en la lista que analizaría, la segunda es una que aún no he podido responder. La enfermedad, la independencia, el conocimiento y la búsqueda de reconocimiento son narrados por los personajes que transitan la niñez en la mayoría y en otros pocos por un narrador omnisciente. Fue justo en estos últimos casos en los que se mostraron intereses y actividades que los adultos mayores ficcionales realizaban por sí mismos, vidas particulares que tenían otras razones de ser además de ser apoyos para las familias o para los niños protagonistas. Este fue el caso de El viejo que no salía en los cuentos, En casa de mis abuelos, Un pasito… y otro pasito, La abuela tejedora y Tres deseos. La excepción en este caso es Una bolita plateada. Aunque el narrador del cuento de Faciolince (2019) es omnisciente no se le enseña al lector un momento en el que la abuela esté a solas y el parecido entre ambas protagonistas (Ce y Cilia), a pesar de hacer evidente la complicidad y cariño entre ambas, las invisibiliza. Con esto se abre la pregunta de ¿Qué identidad poseen los

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adultos mayores por fuera de sus roles como abuelos, padres/madres o esposas/esposos? Esta inquietud no fue algo que solo yo manifesté, también las Abuelas Cuentacuentos:

Samantha: Eh...Mery, tú que ya has estado bastante tiempo en el voluntariado, y que has tenido un acercamiento significativo con la literatura infantil, ¿has visto que se reitera mucho la figura del adulto mayor?, o sea, ¿que aparece con bastante continuidad?, o ¿crees que es algo que falta que aparezca más?

Alba Mary: A ver, no, no, no puedo ser injusta, de hecho sí aparecen muchos abuelos en la literatura, no, no, aparecen muchos no, sí de hecho hay un, digamos, como un apartado de literatura en la que aparece el abuelo, y sobre todo hay una relación que se privilegia, y es el abuelo frente al nieto, el abuelo frente a la nieta.

En esa parte uno no puede desconocer, lo ve inclusive en muchos cuentos rusos, lo ve, sí, sobre todo en la literatura infantil colombiana. De pronto se ve por allá también en García Márquez… Hay muchos en realidad, pero yo pienso que no es suficiente, que no es suficiente, y que de alguna manera sí, todavía hay una deuda, hay una deuda en la literatura con este, con el adulto mayor, porque es que no es solo, digamos, la relación... del adultoniño, ¿cierto?, el adulto mayor-niño y casi siempre nieto.

Hay otras esferas de la vida del adulto mayor que, digamos, no se han narrado, no se han narrado. Inclusive hay algunos acercamientos, digamos, como del amor en la etapa del adulto mayor. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 104)

A estas peticiones también se unían las de Dora Inés, pues considera que los cuerpos de los adultos mayores podrían ser mostrados de maneras más diversas:

Samantha: …te gustaría que te gustaría que mostraran en otros escenarios también aparte de la casa.

Dora Inés: Claro, claro, totalmente… que nos mostraran como abuelas cuentacuentos (Risas), como sanadoras y como tantas cosas, como huerteras y como gimnastas, deportistas.

Samantha: Sí. ¿Y en el físico?

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Dora Inés: El físico ha cambiado mucho de la abuela de hace…. yo a mis sesenta años no me esperaba ver como me veo ahora, porque tuve el referente de muchas personas adultas mayores que a los cincuenta eran ancianas del todo, cierto. En su vestir, en su comportamiento, en su imitación de no hacer más nada, sino como lo de la casa y no salir. Y ya como sentarse a esperar que me muera. Entonces ese imaginario que me formaron a mí de pequeña a mí me cambió totalmente y yo ahora tengo sesenta años, pero yo no me siento de sesenta. (Comunicación personal, Anexo 2, pp. 81-82)

Esto no quiere decir que la recepción de las obras haya sido negativa de su parte. Al hacer la pregunta ¿Te sentiste identificada con el abuelo o abuela que encontraste en el libro? Recibí varias respuestas afirmativas. Por ejemplo:

Samantha: En relación con este adulto mayor en específico, el abuelo Benito, ¿te sentiste identificada con él?

Fabiola: Sí, recuerdo que él hablaba de muchas cosas que...como leí nomás una vez el libro, no recuerdo bien, pero yo sentía que estaba hablando, como que yo estuviera hablando. Sí me acuerdo y dije: qué cosas que yo vivía en Santuario, en mi pueblo, en la vereda, que él está viviendo allá, en otro país, en otro continente, como tan semejantes. A mí sí me trajo mucha inquietud ¿Por qué en países tan lejanos, tan apartados, cuando no había todo este medio de internet, en este tiempo no había ni radio. Pues si acaso había radio, pero no había televisión, la comunicación no estaba. Que decían que se demoraba una carta seis meses en la otra. ¿Quién transmitió ese saber que se unifica, digamos, como universal? Y yo decía: pero cómo sería la iglesia, sería el voz a voz, ¿cierto? Alguno que iba a un viaje, a una guerra y traía experiencias. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 97)

También hubo quienes no se sintieron tan identificadas, especialmente por los errores de los personajes, el deterioro físico que se mostraba o porque en su vida cotidiana no tienen el tipo de relacionamiento que muestran estos personajes con los más pequeños que por lo general son sus nietos:

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Samantha: ¿Te encuentras identificada de algún modo con esta abuela que aparece en el cuento?

Orfa: Pues, yo todavía no me considero una abuela. A pesar de que tengo muchos años, yo no me considero una abuela, porque como tampoco tengo hijos, pues no es una forma como de relacionarme. Yo me siento abuela cuentacuentos por la edad, porque me dicen que soy una abuela cuentacuentos, pero igual, yo leo con personas jóvenes, y desde hace varios años leo con otros grupos. Entonces no, la parte de ser abuela no la siento como mía todavía. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 93)

Finalmente, en el caso particular de Morelia ella no se sintió del todo identificada con el personaje del libro que leyó, pero para ella este abuelo resultó ser una invitación para afianzar ciertas cosas de sí misma, reflexionar alrededor de su familia y lo que la ha llevado a tener un determinado comportamiento:

Morelia: Bueno, es como el tipo de abuelo que yo quisiera ser, es decir, tener una vida independiente, yo no voy a tener nietos, porque mi hijo es una decisión de vida. pero... pero que con el otro, el que llega, el que pueda acoger, verlo como con alegría, con lo que tiene ese abuelo del cuento, que le pueda enseñar una mirada diferente al otro, a la nieta, a la que está más pequeña. Es una manera de enseñar sin enseñar, es como el ejemplo de vida. Entonces, me pareció muy bonito el sitio en el que estaba viviendo él, las cosas de las que se rodeaba, es como esa sensación de comodidad donde está, pues tan extraño, acumulando objetos raros, viejos, no sé. Pero está también como en su momento de hacer limpieza, de cocinar, del día a día, de lo cotidiano. Entonces, sobre todo como lo sonriente que estaba siempre en todas las páginas, porque a mí me cuesta, ha sido una de las partes como que más me cuestiono, por ejemplo, por qué no sonreír más, por qué no reírme de bobadas, por qué no permitirme eso, porque como te decía, hay una línea materna por ahí que era muy así, muy estricta, muy donde se valoraba mucho la seriedad, y se valoraba mucho como la austeridad, la concentración, la responsabilidad. Y esa otra parte del disfrute era un poquito... castigada…yo no digo que como pecado, pero sí como banal, como no, eso sácalo

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de la cartera pues, eso uno no va en la vida con esa mochila. Entonces, esa parte la encontré valiosa y me recordó eso que me gustaría. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 87)

El enfrentamiento directo con la literatura puede llevarnos a encontrar reflejos inesperados que en su carácter imprevisto no nos permiten esquivar las preguntas infinitas que pueden provocar: ¿También soy así? ¿Por qué no puedo ser más así? ¿Actuaría igual si pasara por lo mismo que vive ese personaje? ¿Seré de ese modo en el futuro? Estas preguntas revelan que las reacciones frente a las representaciones pueden ser positivas como las que tuvieron en su mayoría las abuelas cuentacuentos o negativas como las experimenta Dorian Gray al asomarse a su retrato:

Dorian, sin responder, avanzó con lentitud de espaldas al cuadro y luego se volvió hacia él. Al verlo retrocedió, las mejillas encendidas de placer por un momento. Un brillo de alegría se le encendió en los ojos, como si se reconociese por primera vez. (Wilde, 2012, p. 42)

En todo caso, las respuestas y reacciones suscitadas no detendrán la representación del ser humano en el arte y la literatura, pues ambos retratan una realidad humana que sin duda para muchos representará la visión clara de sí mismos por primera vez.

8.3. Eclipse narrativo-corporal: las fases del satélite corpóreo y sus potencialidades

Desde tiempos remotos me persiguen las fantasías de la personificación, quizás por ello es que disfruto tanto de los textos que utilizan esta figura literaria como conjuro para hacer hablar, caminar, comer y vestir a seres o cosas que de otro modo no podrían hacerlo. La intriga por la posible indignación de la manzana ante el recibimiento del título “fruto prohibido”, la tristeza por un ladrillo defectuoso que ha sido dejado de lado en una construcción y el regocijo de una lágrima cuando es liberada y se desliza en una mejilla.

Eventualmente esa gran enormidad de pensamientos desencadenó la pregunta: ¿Qué diría mi cuerpo si hablara? La pregunta puede resultar confusa, porque literalmente sí tengo un cuerpo que habla, las vibraciones de mi garganta se conjugan con los movimientos, en ocasiones sutiles y en otras dramáticos, del rostro y de las manos, entonces la persona que está frente a mí recibe un mensaje. Sí, mis dedos escriben y escriben sobre teclados, páginas, carteleras, superficies… y

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esperan dejar el registro de algo legible. Sí, estos movimientos ciertamente revelan unas intenciones y capacidades comunicativas que posee mi cuerpo, pero hay otros territorios corporales que se comunican silenciosamente, inesperadamente.

Mi rodilla no habla y me gustaría que lo hiciera, pues sería la narradora de sucesos inexplicables: crujidos repentinos y hematomas sin golpes desencadenantes. ¿Podrían mis cicatrices verbalizar mejor la separación de la carne, la coagulación de la sangre, la renovación del tejido?

Algunas partes de nuestro cuerpo nos permiten comunicarnos, pero hay otras que solo hablan con su muda presencia. Las estrías en el vientre de mi mamá, esas líneas pálidas que lograba distinguir cuando ella salía de sus duchas matutinas, me comunicaron desde siempre que había estado detrás de esa piel al comienzo de mi existencia. La cicatriz que va desde el lagrimal hasta el pómulo izquierdo de mi papá podría relatar de mejor forma el impacto tras la caída de ese columpio artesanal en su infancia. El antebrazo de mi hermana podría narrar lo que fue la cirugía por la fractura del cúbito mejor que ella misma, pues Sabrina se encontraba en sueños provocados por drogas capaces de aletargar los sentidos para no sentir el bisturí, para no detectar el doloroso reencuentro de los huesos.

A pesar de ello, el cuerpo sí arroja indicios que comunican la cantidad de tiempo que hemos vivido, las enfermedades que hemos padecido y los hábitos que hemos mantenido. Esos indicios se adhieren a los rasgos que por genética recibimos y cargan a los cuerpos de una mayor unicidad. Esto me hace recordar a lo que jocosamente nos compartió Gustavo después de su primera intervención en la clínica intermedia: “Uno no creyera, pero un enfermo es un enfermo y otro es otro enfermo” (Diario de campo, Anexo 1, p. 8).

Reconocer las unicidades corporales es resistir a la tentación planteada por diversos contextos, diferentes tiempos y por la modernidad de determinar un tipo de cuerpo como el ideal. Este cuerpo ideal se justifica en la comprensión de la corporalidad humana como algo similar a una máquina, mecanismo que coopera a un sistema económico y productivo. Esta visión dificulta encontrar en la diferencia y las huellas que van marcando a los cuerpos un motivo de alegría y una muestra de belleza. Pensar que un “enfermo es un enfermo y otro es otro enfermo” y “que un adulto mayor es un adulto mayor y otro es otro adulto mayor” son actos que se oponen a los intentos

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homogeneizadores y a la idea de que las personas tienen un valor condicionado por las habilidades, destrezas y fuerzas que su corporalidad posee.

Así, con la modernidad y modernización el ritmo de vida se aceleró, los requerimientos para la industria privilegiaron la juventud por representar el vigor de la fuerza de trabajo, dándoles a la vejez un carácter segregado, poco atendido incluso por las instituciones públicas de nuestra época. (Montes de Oca, 1994, p. 136)

Bajo estas premisas y con base en la información recolectada he decidido resaltar dos papeles o fases que cumple y atraviesa el cuerpo:

8.3.1. Cuerpo como vehículo de experiencia: kilometraje de vivencias y caballos de potencia narrativa A varios días de nacer ya me encontraba en casa con mis papás y las personas que deseaban conocerme visitaban la casa Medina Medina. Ese fue el caso de Ana Rita, una amiga de mi mamá y exnovia de un tío, solo que ella vio algo en mí que otros no habían visto. Si mi vida fuese un relato de fantasía, entonces su acción de inclinarse sobre la cuna pudo ser el antecedente al recibimiento de un don, pero no fue así. Sus ojos se deslizaron por mis piernas y llegaron a mis pies, en este lugar encontró la anomalía: en lugar de unos dedos gordos rectos, encontró un par de dedos torcidos. Si bien la notificación de esto le supuso una preocupación a mis papás, rápidamente se dieron cuenta, en una breve visita al hospital, que no había nada de qué preocuparse.

Más adelante, mis dedos de los pies fueron la causa de muchas caídas, especialmente cuando mis pies no habían terminado de crecer; también han sido los receptores de miradas confundidas y el origen de preguntas por parte de los demás. Durante esas ocasiones, que aún suceden a menudo, agradezco infinitamente no haber crecido junto a unos padres que sembraran en mí la idea de un deber esconderlos o de que debían ser motivo de vergüenza para mí. A pesar de lo que objetivamente se podría denominar como una deformidad, agradezco a mis dedos por haber cargado con mi peso corporal durante tanto tiempo, por no ser impedimento en las caminatas con los scout, por generar encuentros con las personas que amo y ejecutar los

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desplazamiento precisos para alejarme de las situaciones que me han hecho daño. Mis dedos han sido vehículos espaciales y unidos a él se encuentra el resto de mi arquitectura corporal, la cual ha sido vehículo de experiencia, por medio de ella adquiero vivencias que luego puedo narrar y en él se almacena lo íntimo, aquella sustancia de lo vivido que permanece solo conmigo aunque me esmere en escribir y compartir relatos de mí misma con los demás. Este fenómeno no solo ocurre conmigo, sino que lo veo en los cuerpos de los otros y, en este caso, en los cuerpos narrados por los abuelos y abuelas cuentacuentos. Las experiencias que adquirimos a través de nuestro cuerpo y que podemos recordar o relatar por él se van acumulando, en este sentido se convierte en un “lugar de la memoria” como dice Rodríguez (2021):

Estaremos de acuerdo en que no «iniciamos de cero» cada nuevo día, no nos despojamos de lo vivido el día anterior, no nos «reseteamos», parte del pasado se adscribe en nuestros cuerpos tengamos o no conciencia de ello. Así, el cuerpo se convierte en un «lugar de la memoria», sitio de registro-evocación de acontecimientos pasados y recuerdos tanto individuales como colectivos (sucesos, experiencias), asociados a espacios no solo íntimosprivados, sino también públicos-sociales. (p. 87)

De este modo, las experiencias y los recuerdos generan rastros que determinan, limitan, potencian, cohíben y permiten una gran variedad de procesos o sucesos en los cuerpos. Esto es algo que perciben los abuelos y abuelas cuentacuentos en sus intervenciones, ya que de la unión entre un mismo cuerpo (el del abuelo o abuela cuentacuentos) y un mismo texto se pueden adquirir diferentes reacciones o posibilitar distintos eventos:

Alba Mary: Bueno, aquí en la unidad intermedia de Belén, de Metro Salud. ¿Qué me ha pasado? Por ejemplo, llegarle a leer a ciertos pacientes y quedarse dormidos, sí. Uno sí se profundizó del todo y yo dejé de leer y él se quedó profundo; otro cuando yo dejé de leer se despertó y dijo: “Yo cerré los ojos, pero yo todo, todo yo se lo oí. Lo que quería era como imaginarme lo que usted me contaba en el cuento para irme de este lugar tan triste”. Eso, otra chica yo le leía y la veía, pero sufriendo horrible porque tenía sueño y ella no se dormía, no se despertaba, era una lucha tremenda. Entonces yo le dije: “No, tranquila, si te querés

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dormir dormíte tranquila”: Y me dijo: “No, es que yo me estoy devolviendo a mi niñez, estoy recordando es cuando mi mamá me leía y yo me quedaba dormida oyéndola, pero no me quiero dormir para oír el final del cuento, porque usted no es mi mamá y usted no va venir después a contárselo, a volverlo a contar”. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 59)

Si cada cuerpo es vehículo de su dueño, posibilita sentir la realidad y adquirir aprendizajes, entonces solo basta una mirada a cada individuo para percatarse de que si todos tenemos diferentes corazas, nuestra experimentación del mundo no puede ser la misma. Cuando estaba en el curso “Educación e inclusión”, materia obligatoria de nuestro plan de estudios, aprendí la concepción de “Discapacidad social”. Los individuos que tienen algún tipo de discapacidad no son los que tienen una incapacidad para realizar actividades o movimientos que resultan necesarios en el día a día, sino que son aquellos que revelan los puntos débiles de una sociedad, planeación o arquitectura. Tener contacto con el Laboratorio Inverso en el Parque Biblioteca Belén posibilitó en mí la vista directa de esto. Cada integrante de Inverso fue un ejemplo de fortaleza para mí y todos en su conjunto me llevaron a experienciar todo aquello que había leído previamente: las narraciones de sus recorridos, de sus sensaciones cuando habitábamos nuevos escenarios, de sus dificultades y las resoluciones que lograban dar a ellas por medio de la resiliencia. En ellos se materializaba lo que en mi primer semestre había leído de Pabón (2002):

Entonces, la pregunta por ¿qué puede un cuerpo? tiene que ver directamente con el poder de afectar y de ser afectado…Para Nietzsche el cuerpo es un campo de fuerzas. El cuerpo es un medio nutritivo disputado por una pluralidad de fuerzas. Recorrer la masa cambiante de un cuerpo nos parece un juego interminable. A cada instante, debido a la relación entre fuerzas, nuevos rasgos se crean, nuevas intensidades se captan. (p. 39).

Al mismo tiempo, Pabón (2002) plantea unas prácticas de (r)existencia, que consisten en llevar el cuerpo al límite para percatarse de las capacidades que este tiene. Para muchos, esas prácticas de (r)existencia no son sucesos inusuales, sino cotidianos, pues la capacidad que posee el cuerpo se pone a prueba en los desplazamientos habituales y los ejercicios diarios. A pesar de esto, el resistir en la existencia y el reconocimiento de la diferencia abre planes de acción distintos y

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efectivos. Un ejemplo de esto lo encontré en una intervención de Fabiola y Dora Stella en un hogar geriátrico:

Algo importante a señalar fue la lectura del espacio que realizaron las cuidadoras, pues se encargaron de acomodar a los abuelos de modo que aquellos que tuviesen dificultades en la visión o en la audición se encontraran más cercanos de los puntos en los que nos encontrábamos de pie para realizar las lecturas. (Diario de campo, Anexo 1, p. 22)

Las palabras de Pabón se llegan a concretizar en varias narrativas autobiográficas que compartieron los abuelos y abuelas cuentacuentos conmigo:

Samantha: Sí. Dora, en esa primera sesión se pidió que se leyera, tu leíste Taller de corazones, y adicional a eso también tenían que contar una vivencia, algo de su vida. ¿Recuerdas qué ..?

Dora Inés: Claro, lo de mi hija. Pues yo dije que había sido madre soltera y que cómo tejí yo mi corazón que me lo rompieron y entonces cómo se teje el corazón roto teniendo una hija para luchar en la vida, de donde se cierran tantas puertas, entonces con amor, con dedicación, se teje rompiendo el pasado y mirando el presente y trabajando por un futuro. Entonces, me encanta, me encanta. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 33)

Y también se materializa en las prácticas de (r)existencia que los individuos mayores van pensando a causa de su conciencia en relación con los tránsitos corporales que se pueden vivir o las consecuencias con las que el tiempo puede llegar a estamparse contra cada persona y corporalidad:

Fabiola: Siento que, que sí, por ejemplo, yo pierdo los ojos, pienso que hay audiolibros, ya me ha cambiado la… de que yo decía que yo decía que me quería morir muy joven, yo me quería morir de treinta años y cuando tuve treinta y un años a mí me dio una enfermedad de los riñones. Y yo dije “Ay, Dios mío” Yo ya tenía tres hijos y yo “Ay, Dios mío, no me lleves. Yo no sé qué pensaba yo cuando tenía quince, yo, uno de treinta ya es viejo”. Sí, ha

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cambiado mucho la percepción de la vejez con eso, porque he visto personas muy lucidas con muchos años. También hay personas muy jóvenes, que también había jóvenes en hogar geriátrico, porque no había quién los cuidara, por dificultades de visión y así. Entonces nos llevaban allá junto con eso. Pero pues, ya no me angustia tanto, ni la vejez, ni la soledad, de compartir con ellos, porque de verdad que antes no lo había pensado y principio cuando yo estaba allá, yo llegaba sin fuerza a la casa. Y yo; “Ay no, qué depresión”. Y ahora ya antes salgo contenta, pensando en el ratico que pasamos juntos, en lo que me distrajeron ellos a mí y en lo que yo les pude haber extraído de sus dolencias, sus quejas. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 73)

El vehículo de experiencias no inicia ni concluye en sí mismo. La presencia del propio cuerpo suscita experiencias en los demás y puede ser invitación para una narración que revele el conocimiento del otro, las memorias ajenas. En las entrevistas las anécdotas relacionadas al voluntariado coinciden, en muchos casos, con la narración autobiográfica de los pacientes de la unidad intermedia, los jóvenes de los colegios, los adultos mayores de los hogares geriátricos y los niños de las escuelas u hogares infantiles:

Gustavo: Y en la unidad hospitalaria ha sido inmensidad de experiencias, por ejemplo una vez, leyéndole a una persona, entonces le hablé de un cuento y ella, ella me dijo una enfermita me dijo a mí que ella me iba a contar un cuento, que ella había matado el diablo, entonces yo le dije “¿Cómo así que mataste el diablo? Contáme pues”, yo te cuento un cuento y tú me contás el tuyo, y efectivamente me contó un cuento en el que ella había matado el diablo. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 22)

Cuando se comparten vivencias autobiográficas hay dos cuerpos que se involucran de manera completa en la ecuación. Una de las partes evoca lo que ha transitado su carne y la otra adhiere esos conocimientos a su propio ser con ayuda de sus sentidos: mira al otro, le escucha, con su olfato intenta predecir qué sigue en la línea narrativa y con su tacto registra las sacudidas de la risa o el llanto. La evocación y la recepción de las memorias se conjugan en una comunión en la que ambos cuerpos no permanecen pasivos, porque:

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La capacidad de evocación, de asociar hechos y recuerdos atraviesa la completud de la persona, atestiguar entonces algo acontecido implica la capacidad de articular un pasado sirviéndose del cuerpo por entero, de las reminiscencias de experiencias vividas (y percibidas). (Aguiluz, 2004, p. 5)

Por último, quería dejar registro de un reencuentro vivido hace poco. En 2012, cuando estaba en quinto de primaria, un maestro de inglés nos proyectó La maison en petits cubes, un cortometraje animado que ganó un Oscar en el 2009 y que muestra la vida cotidiana de un anciano que reside en una ciudad que padece una inundación muy grande. El agua no deja de infiltrarse en la casa del anciano protagonista, por lo que la única alternativa que tiene es seguir construyendo sobre su casa si desea prolongar su estancia allí.

En un punto del cortometraje, el anciano deja caer su pipa favorita por una trampilla y renta un traje de buzo para poder recuperarla. A medida que atraviesa viejas trampillas se reencuentra con más y más habitaciones que habitó en momentos determinados de su vida. Luego de verlo pensé en una pregunta que nos hicieron en el curso de “Pedagogía del cuerpo”: ¿Cuántas vidas pueden caber bajo una misma piel?, pues encontré en la casa que el anciano seguía prolongando con pequeños ladrillos una metáfora de su cuerpo.

La casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella el hombre sería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y de las tormentas de la vida. Es cuerpo y alma. (Bachelard, 2000, p. 30)

El anciano es el que evoca, pero es su travesía al fondo de la casa lo que le permite llevar a cabo esa evocación y profundizar en los hechos que determinan su presente. Lo que termina haciendo el protagonista es una travesía al interior de su cuerpo, al centro de sus memorias. La exploración de la casa inundada es lo que terminamos haciendo todos los que decidimos que es propicio compartir algo de lo vivido por nosotros mismos, es lo que yo terminé haciendo aquí, lo que terminan haciendo los abuelos y abuelas cuentacuentos frente a sus públicos, lo que terminan haciendo mis padres cuando les pido más detalles de su historia de amor y lo que termina haciendo

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mi mamita Maruja cuando le pido que me cuenta más de mi papito Emilio. Todas ellas son travesías a lo más profundo.

8.3.2. Cuerpo como bitácora: hallazgo de las marcas comunes entre corporalidades

tridimensionales y corporalidades planas

Figura 23. Sabrina, Archivo personal, (2023). Fotografía.

Hay algunos que nacen con marcas de nacimiento o lunares inusuales, yo misma tengo en mi estómago una marca de nacimiento. A pesar de esto, considero que la marca primigenia para todos, la primera huella de la vida en nuestro cuerpo, es nuestro ombligo, nuestro centro. Cuando era niña me gustaba jalar lo más que podía de las presillas de los pantalones o de los resortes de las sudaderas. Casi siempre mi ombligo quedaba escondido si, por algún motivo, levantaba mi camiseta.

Una vez me encontraba acostada boca arriba en el borde de la cama de mis papás; Sabrina, por su parte, se encontraba arrodillada en el suelo inspeccionando mi estómago descubierto. No recuerdo si estábamos jugando al doctor o si mi estómago descubierto se debía a otra razón, lo que sí recuerdo es la cara de horror de mi hermana por no encontrar mi ombligo. —Sama ¿Usted no tiene ombligo?

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—No, yo nací sin ombligo —respondí con la cara más seria que pude. Nunca dejaba escapar una oportunidad de gastarle una broma.

Más tarde le revelé que sí tenía, pero que me subía mucho el pantalón y su alivio fue evidente. Ahora que tomo fragmentos de mis memorias para llevar a cabo reflexiones me doy cuenta de que su reacción previa es suficiente para llegar a una conclusión: un cuerpo carente de marcas es merecedor de extrañamiento.

En este sentido, si el cuerpo es una “masa”, como lo define Pabón (2002) en Construcciones de cuerpos, entonces es una masa, parecida al papel, sobre la que recaen las consecuencias de la enfermedad, el tiempo, las lesiones y la voluntad, marcas indelebles que configuran la constitución corporal del ser humano en una bitácora.

Las bitácoras tridimensionales, en las que se deposita toda la experiencia porque no dejan de ser los vehículos que expresé en el apartado anterior, de los Abuelos Cuentacuentos muestran unos puntos de encuentro con los adultos mayores que aparecen en la literatura infantil, ya que la carne y el hueso de los primeros cumple la función de la imagen y el papel en el caso de los segundos.

En las fronteras de la ficción también encontramos los tipos de adultos mayores que encontré en el corpus de obras elegidas, en la realidad habitan abuelos y abuelas con un desgaste físico, un conocimiento experiencial, una búsqueda de reconocimiento o un intento continuo por poseer independencia. Las narrativas de los abuelos y abuelas cuentacuentos revelan también un poco de esto. Por ejemplo, Dora Stella reconoce el desgaste que percibe en su cuerpo tras una década de pertenecer y participar del voluntariado:

Dora Stella: Por ejemplo, yo cuando empecé estaba mucho más joven, porque me jubilé y ya soy diez años más, entonces ya uno no tiene esa misma energía que tenía hace diez años, porque de todas maneras las enfermedades, todo, se va uno, lo va uno mermando un poquito. entonces ahí es importante porque todos con estas cosas hasta se siente uno joven con toda esta cantidad de cosas porque ya, cuando uno se está muy encerrado en la casa y uno está realmente pensando que ya vienen los años y que nos estamos ya, que ya nos estamos envejeciendo, estamos aquí, estamos bien con gente joven, aprendiendo y viendo que todavía tenemos capacidad para aprender. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 45)

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Por otra parte, la descripción que hace Fabiola de lo que fue para ella dejar de trabajar como tesorera para estudiar recreación podría relacionarse con el cambio que siente Benito (abuelo en El viejo que no salía en los cuentos) al ser operado de las cataratas:

Fabiola:...cuando eso no había tanta impresión a color, entonces uno siempre veía a blanco y negro.

Pérdidas y ganancias, ingresos y gastos… utilidad, no sé, puros balances, balances. Muebles y haceres, cartera y en las escuelas también era eso, es el balance del presupuesto que queda. Entonces uno veía a blanco y negro eso a pesar de que yo siempre estaba en medio de muchos, porque, porque estaba al lado del rector y en los descansos yo veía… incluso a mí el hambre me da cuando siento mucha bulla de los niños, porque era la hora el algo y yo “Pero por qué siempre que hay mucha bulla de niños me da hambre”, era que salían al descanso. Y entonces ya pues por dificultad económica y de alcoholismo pues y juego de mi pareja, yo me tuve que separar, pagar arriendo, pasar cosas, pues, que de la recreación y esto me han dado como color, porque si no yo creo que habría, se me hubiera vuelto la vida como más negra, entonces esto le dio color y vida. Hasta ya me visto más de colores que antes. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 71)

Encontré en los Abuelos Cuentacuentos personas que buscan reconocimiento de los que les rodean, hecho que se concreta de diferentes maneras en cada uno. Algunos buscan las miradas de los jóvenes o niños y otros desean ser nombrados de una manera determinada, como sucede en Un pasito… y otro pasito, pues Nacho no desea ser nombrado por su nieto como “Ignacio” o “abuelo”. Un ejemplo de esto es Mery:

Alba Mary: Mi nombre es Alba Mary Cano López.

Samantha: Y me estabas comentando que te gusta más que te digan Mery. Alba Mary: Sí, porque la verdad, Samantha, es que mi nombre original, mi nombre en la pila bautismal fue Alba Mery. Entonces yo en mi infancia entre todos mis familiares “Mery, Mery, Mery” todo el tiempo. En esa época entonces para vos matricularte cuando yo era

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niña, para vos matricularte tenías que presentar la partida de bautismo. Cuando ya pasabas a bachillerato ahí sí te exigían el registro civil. Cuando vamos sacar mi registro civil, oh, sorpresa, ahí estaba sentado mi nombre no Mery, sino Mary. Entonces desde ese momento en adelante yo tuve que seguir siendo Alba Mary. Hoy por hoy lamento no haber aprovechado ese momento en mi vida, uno a esa edad no tiene como once, qué sé yo, no tiene como esa mirada así hacia el futuro tan desarrollada, pero la verdad me hubiese gustado que todo en mi vida fuera Mary, los diplomas, la cédula, todo… Perdón, Mery y no Mary No dejo de sentirme rara con el Mary. Sí. (Comunicación personal, Anexo 2, p.

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La forma en la que somos nombrados toma relevancia en la medida en que nuestro cuerpo se ve definido por esas palabras utilizadas como nombres, apelativos cariñosos y, en los peores casos, como insultos:

el cuerpo se vuelve accesible y se configura a través de la interpelación en el lenguaje. Esto significa que « (…) se llega a «existir» en virtud de la dependencia fundamental de la llamada del Otro. Uno «existe» no sólo en virtud de ser reconocido, sino, en un sentido anterior, porque es reconocible». Es decir, «el acto de reconocimiento se convierte en un acto de constitución: la llamada trae al sujeto a la existencia». (Rodríguez, 2021, p. 86)

También hay una mención relevante de las narrativas autobiográficas de parte de varios, incluso el ejercicio de relatarse a sí mismos no permanece solo en la oralidad, sino que trasciende a lo escrito. ¿A quién revelo estos textos? Es una pregunta que remite a circunstancias como la intención, la comprensión de sí mismo y la memoria de lo pensado, realizado o sentido; cuestión que se retrata en El mejor truco del abuelo con la decisión de encomendar los escritos del adulto mayor a su nieta y también en el siguiente aporte de Orfa:

Orfa: Mira, yo por ejemplo escribía mi diario, sí. Y adulta, ya adulta y un momento en el que me pareció que eso era tan personal, que eso no tenía valor realmente literario, a pesar de que en la casa me dicen que yo escribo muy bien porque les hago las cartas de

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cumpleaños muy completicas diciéndoles cosas. Entonces ellas me dicen que yo sé, que yo escribo bonito y resulta que yo cogí esos cuadernos y los boté. Entonces finalmente no le dije a nadie nada a través de ellos. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 15)

Adicionalmente, la cuestión de la independencia hace acto de presencia en las entrevistas por dos razones: miedo a depender del otro y necesidad de ocupar al cuerpo con algo considerado como productivo. La primera de las razones se materializa en el deseo que muestran los abuelos y abuelas de nunca necesitar ayuda física por parte de sus seres queridos en el futuro y la segunda se manifiesta en los diversos oficios con los que se ocupan los abuelos y abuelas cuentacuentos por fuera del voluntariado:

Morelia: Ah no, sí, empecé con la necesidad de ocuparme porque estaba fuera del país. Quería ocupar mi tiempo bien y ya lo que pasó que coincidió con la pandemia que fue un año tan difícil para comercializar un emprendimiento. Pero sí, tiene su nombre, lo tengo en Instagram, vendo, pero tampoco lo tomo de tiempo completo, porque la lectura en este momento ocupa mucho tiempo. Pero sí, no lo hago solamente para mi familia, no, quien me encarga o “¿qué tienes disponible?” me escriben, “ah, tengo esta o esta”, sin hacer como grandes tirajes y cosas porque lo hago yo, pues es artesanal, no es que yo contrate a una persona tantas libretas y que yo le ponga el nombre, son hechas por mis manos. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 8)

Con respecto a lo físico que se describe y muestra, por medio de la ilustración, los abuelos y abuelas cuentacuentos destacan la presencia de las canas, elemento que también ven en sí mismos y que relacionan con la sabiduría, el saber experiencial:

Dora Inés: …ya no se muestra a una abuela tan de pronto se ven las canas y yo doy honor a las canas, porque es el último cabello y lo amo y me parece que las canas no son vejez, sino una iluminación del cielo y como que el cielo baja a la cabeza de uno. Incluso las tengo, les hago honor y de hecho me voy con el pelo suelto, con mi pelo y con las canas y me dicen: “Ay tan lindas, ¿usted se las pintó? ¿Usted se las pintó?”. Pues yo las amo,

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entonces en cuestión de canas la literatura las muestra, pero en cuestión de rostro y alegría como de disfrutar a los nietos, disfrutar la familia, sí ha cambiado. Samantha: ¿Para bien o para mal?

Dora Inés: Para bien, claro, para bien.

Samantha: Bueno. ¿Esos adultos, por ejemplo, está esta bruja que leíste, ya nos contaste que te identificas con ella, también encuentras más brujas en tu vida cotidiana, en otras personas que son adultas mayores?

Dora Inés: Sí, claro, total. Yo creo que hoy en día hemos rescatado más la sabiduría ancestral y en el rescatar la sabiduría ancestral, en valorarse uno más, son brujas. Entonces sí me he encontrado con muchas. Sí, en el grupo por ejemplo me he encontrado (risas), me he encontrado y en la huerta también, ufff, total. (Comunicación personal, Anexo 2, p. 82)

8.3.3. Cuerpo que se suspende: pausa del movimiento para la contemplación de lo encontrado Para finalizar, me gustaría mencionar las superficies reflejantes frente a las cuales cruzamos o nos detenemos en nuestro diario vivir: las ventanas de las casas vecinas, los tocadores de los baños públicos, las aguas tranquilas de los charcos y hasta los espejos de las habitaciones personales. Los encontronazos con el reflejo pueden suscitar placer o tristeza ¡Cuánto daño puede hacer un reflejo no aceptado, un reflejo no querido, un reflejo comparado con arquetipos corporales que nos han impuesto!

Por ello, deseo invitar a una práctica de (r)existencia que haga del encuentro con lo que observamos a través del espejo una fuente de alegría y orgullo: mirar a nuestro cuerpo como satélite que mantiene nuestras potencialidades en orden, que contiene en sí mismo las fases del vehículo experiencial y la bitácora de marcas.

Una exploración de la imagen que imita nuestros movimientos nos posibilita encontrar detalles que sin un espejo no somos capaces de ver: los lunares de la espalda, el reverso de las rodillas, las estrías inesperadas y el color exacto que rodea nuestras pupilas. En las diversas partes del cuerpo encontramos herramientas que, en su unión, equipan el vehículo para sentir los estímulos externos y narrarlos más tarde. Y al mismo tiempo, hallamos en las marcas de la edad, los cambios en el peso, las cicatrices maestras y los lunares causados por el sol unas adquisiciones que se renuevan constantemente y nos cargan de unicidad.

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9. Finaliza la cocción: el desenlace de la masa que incrementó su tamaño entre las paredes

del horno y la levadura de palabras

Figura 24. Abuelidad que permanece, Archivo personal, (2023). Fotografía.

El temporizador termina su marcha. Luego de moldear la masa y esperar su cocción en el aceite son tres las cosas que pueden determinar que un buñuelo ya está listo: el tiempo de cocción, el color de la superficie o los ojos de la abuela. Si me preguntan, creo que este último es el método más eficaz.

Ya en esa circunstancia se utiliza una cuchara grande con agujeros o unas pinzas de metal y se depositan de a uno o de a varios (según el tamaño de las frituras) en un plato hondo con papel absorbente. Esos movimientos son captados por los nietos pequeños que extienden sus manos

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ansiosas, manos que deben ser contenidas por los mayores durante un momento, pues agarrar un buñuelo recién hecho podría causar una quemadura.

La espera no es muy larga, más pronto que tarde los niños pueden probar la fruta frita de centro blando y corteza crujiente. Tras las mordidas, el acto de masticar y el movimiento para tragar solo quedan dos resultados: uno externo, otro interno. El externo se reduce a las migajas en la barbilla, el pecho o los platos; el interno contempla la saciedad del estómago. Del mismo modo, reconozco en la partida de mis abuelos unos resultados internos y externos. Tras la partida de mi abuelo Emilio recibí su navaja suiza, este artilugio que tiene sacacorchos, serrucho, y filos de diferentes tamaños, junto a su estuche de cuero, ha sido mi compañero fiel desde que recibí mi tercera clase, ascenso necesario para que un scout pueda comenzar a portar una navaja en su equipo de bolsillo. Del mismo modo, la ruana de color miel que pertenecía a mi abuela ha cobijado mi cuerpo en los campamentos y en las noches de frío extremo. Aunque estos sean los objetos que las personas pueden ver y elementos a los cuales he depositado algo de mi cariño, considero que los resultados internos son los que tienen un mayor valor.

Del desgaste físico que vi en mi mamita Bienvenida, en mi papito Emilio y la mita no solo quedan los objetos visibles que mencioné anteriormente, también quedan los recuerdos vívidos de las conversaciones que tuve con ellos: el “hasta luego” con el que me despedí de Bienvenida, porque no me sentía en la capacidad de decir un “adiós” más definitivo; el “su mamita sí es caprichosa” con el énfasis en la sílaba “cho” que me dijo Emilio una vez cuando Maruja lo llamó para que tomara su medicina; y las referencias de la mita en relación con El príncipe feliz de Oscar Wilde, cuento que se encontraba en la antología que le regalé cuando estuvo en el hospital. La ausencia de mi papito Emilio abrió el espacio que ocupo cuando voy a visitar a mi mamita Maruja y amanezco junto a ella. Desde allí somos iluminadas por el televisor mientras vemos las noticias, al menos hasta que aparece la sección de deportes, esa es la señal para apagar el televisor. Esos instantes y recuerdos son la respuesta a la pregunta de ¿Qué queda después de la pérdida? ¿Qué permanece en el después?

Las conclusiones de las investigaciones responden a eso, a un después, a un ¿qué queda para más tarde? En este caso mi respuesta a esto comenzaría con una síntesis de lo hallado. El ejercicio investigativo me permitió vivir a plenitud la metodología cualitativa, pues gran fue mi

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incertidumbre luego de recolectar toda la información. A esa fase de la investigación la describía diciendo “no sé en qué va a parar, ya no depende de mí, la investigación es la que da los pasos”. Y sí, tras la sistematización de la información aparecieron las líneas de sentido que exploré en el apartado anterior.

Estos sentidos encontrados comienzan por un encuentro con varios tipos de adultos mayores en la literatura: los que padecen el desgaste físico, los que poseen un conocimiento experiencial, los que buscan reconocimiento de los otros y los que, a pesar de su vejez, aún gozan de independencia. Estas clasificaciones determinadas por mí no son líneas estrictas para los adultos y adultas mayores, no implican que una misma persona no pueda habitar en varias de esas secciones. Aun así, sí permiten reconocer unas aristas que sobresalen en la representación de la vejez en la literatura infantil.

La segunda línea de sentido, más que ser encontrada en los libros a los que me aproximé, fue percibido por mí durante las entrevistas a los abuelos y abuelas cuentacuentos: cada individuo tiene su propia historia de acercamiento a la literatura infantil y de mediación de la lectura. En relación con esta última faceta, varios de los voluntarios no son solo mediadores en su labor en Abuelos Cuentacuentos, sino que también han cumplido la función de propiciar escenarios de aproximación a la literatura para los más pequeños en sus hogares y familias. Con esto es visible que un encuentro amoroso, favorable y significativo con la literatura genera un deseo de compartir algo de esa experiencia vivida con el otro, ya sea por medio de la mediación de esta o por la narración del yo íntimo literario.

Por último, en la tercera línea de sentido ubiqué las zonas de encuentro entre el cuerpo de los adultos mayores ficcionales y los integrantes de Abuelos Cuentacuentos. La inspección del concepto y materialidad del cuerpo en las fuentes consultadas, las narrativas autobiográficas y las obras literarias elegidas me llevó a identificar que lo corpóreo tiene dos facetas en el caso del ser humano: bitácora de lo transitado y vehículo experiencial-narrativo. Ambas facetas se presentan como una invitación a desconectar de nuestro cuerpo y mente todo estereotipo, opinión o estándar que tenga como propósito llevar a cabo un ejercicio homogeneizador sobre la estructura corporal del ser humano. Entender que somos bitácoras tridimensionales y vehículos de potencia narrativa se configura como un ejercicio de (r)existencia que nos permite abrazar la unicidad.

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Por otro lado, una buena lección que me queda como maestra investigadora es que estos temas no concluyen conmigo, ha sido tan inmenso el pozo que he encontrado que sé que este trabajo de grado no plantea sentencias finales, sino que se configura como una invitación a otros ejercicios investigativos. La primera invitación de mi parte es la de considerar el público de adultos mayores como uno que no se encuentra aislado de la educación y que puede suscitar diversas reflexiones o posibilidades para los maestros investigadores. En Abuelos Cuentacuentos y los adultos mayores del Laboratorio Inverso encontré un interés inmenso de participar en investigaciones. La educación debe contemplar a todo tipo de públicos, el reconocimiento de que nunca llegamos a ser sujetos completos abre la posibilidad de buscar escenarios educativos y formativos en todas las clases de edad que podemos vivir a lo largo de la vida. En este sentido, la indagación de antecedentes y el extrañamiento de aquellos con los que hablaba acerca del público que elegí, me hicieron darme cuenta de la falta inmensa de ejercicios investigativos en las facultades de educación en los que los protagonistas fuesen adultos mayores. Esto no implica que se deba desatender a las poblaciones que han estado tan cobijadas por la investigación en educación (los niños y jóvenes), sino una llamada a encontrar la riqueza y las oportunidades que se abren cuando el abanico de la diversidad se extiende.

Por otra parte, el aporte de Mery en el que sentenciaba que la literatura infantil tenía “una deuda” con los adultos mayores me hizo preguntarme ¿Habrá otros públicos que sientan lo mismo? ¿Qué otros individuos pueden sentir que no están del todo representados en la literatura? Creo que la exploración de muchas otras representaciones puede ser un campo amplio de acción para futuras investigaciones.

También deseo que la totalidad de esta investigación sea una convocatoria a reconsiderar el modo en el que concebimos el escenario de la biblioteca en el pregrado de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia. Las bibliotecas son testigos diarios de procesos formativos, de personas que llegan allí con un interés literario inmenso. ¿Por qué, en este sentido, no podría ser considerada como un contexto de práctica convencional para los licenciados en literatura y lengua castellana? La carencia de licenciados en literatura ha sido respondida con la contratación de personas egresadas de diversos pregrados que no tienen un conocimiento especializado en literatura. Esto no quiere decir que ellas no estén prestando un buen servicio, pero sí percibo una necesidad latente que posee la biblioteca en relación con los

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licenciados con conocimientos en pedagogía y literatura. La reflexión alrededor de esto me acompañó durante gran parte de mi práctica y posibilitó el siguiente fragmento en mi diario de campo:

El perfil profesional de un licenciado en literatura y lengua castellana, egresado de la Universidad de Antioquia, indica que el profesional posee todos los conocimientos y competencias necesarias para desempeñar labores en la escuela, en centros culturales, en museos y bibliotecas. MENTIRAS, pensé para mis adentros.

Nos enseñan a amar la literatura, la lengua castellana y… la escuela, solo la escuela. De no ser por mi determinación en tener un público de adultos mayores para mi investigación sé que conocer el contexto de una biblioteca no hubiese sido posible para el pregrado. Debemos esperar a las prácticas profesionales para tener una posibilidad de conocer otros contextos igual de importantes y propicios para la práctica docente. (Diario de campo, Anexo 1, p. 4)

Para finalizar, me gustaría hablar un poco de la maestra que emergió como respuesta a las interrogantes, la escritura constante y la intervención en el centro de práctica. La metodología biográfico narrativa, a pesar de ser algo que surgió sin preverlo, resultó ser un gran desafío para mí. En muchas ocasiones me encontré preguntándome a mí misma si las narrativas eran propicias, si era necesario agregarlas aquí. Con el tiempo me percaté de que la defensa de las narrativas autobiográficas y el saber experiencial de los adultos y adultas mayores también implicaba dar validación a mis propias memorias y a las contribuciones que estas podían hacer en medio del ejercicio investigativo.

A partir de esta última práctica pedagógica logré encontrar mi papel como maestra en la biblioteca y como maestra investigativa. Ambos papeles me convirtieron en una maestra que escribe y una maestra que se narra. Los papeles adquiridos y los desencadenantes de estos me permitieron reconocer vivencialmente que la figura del maestro es compleja y tridimensional, una figura que no pide una pantomima de mi parte, sino una entrega plena de mi mirada, mi saber, mi palabra y mi cuerpo en el acto pedagógico. Este último me solicita transmitir al otro y no quedarme

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de brazos cruzados, pues los maestros también reciben agradecimiento, cariño y conocimiento de aquellos que se han encontrado frente a él o que se encontrarán en el futuro. Sé que mi cuerpo no pausa su travesía vital aquí, tampoco lo hacen los de los abuelos y abuelas cuentacuentos y menos los de aquellos que han llegado por medio de su lectura hasta el presente párrafo. El vehículo corporal nos llevará a experimentar más estímulos y nos hará formular nuevas preguntas, compartir nuevas memorias y marcas con los demás. De este modo, el final no debe ser percibido como una situación de tristeza o desasosiego, pues lo que siguió de la muerte de mis abuelos y del adiós a aquellos adultos mayores en Urrao demuestra que el después de un final puede ser inagotable.

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Anexos

Anexo 1. Diario de campo https://bit.ly/4bjoJHS Anexo 2. Comunicación personal (transcripción de entrevistas) https://bit.ly/3UxEnbt Anexo 3. Bitácora de investigación https://bit.ly/3UOM9ze Anexo 4. Configuración didáctica Diente de león https://bit.ly/4a8oWwu Anexo 5. Consentimientos informados firmados https://bit.ly/4b3j495

Cita: Medina Medina, Samantha Andrea (2024), Narrativas y personajes: puntos de encuentro entre los cuerpos representados y los cuerpos reales presentes en la literatura infantil y el Parque Biblioteca Belén, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/40536