La segunda muerte de la Tía Milita
JUAN MANUEL TEJADA GIRALDO
EDICIÓN ANOTADA | José Daniel Ciro Morales H U M A N I S M O S E D I C I O N E S C R Í T I C A S
H U M A N I S M O S E D I C I O N E S C R Í T I C A S La segunda muerte de la Tía Milita
JUAN MANUEL TEJADA GIRALDO
EDICIÓN ANOTADA | José Daniel Ciro Morales
LA SEGUNDA MUERTE DE LA TÍA MILITA.
EDICIÓN ANOTADA
Colección Humanismos / Ediciones críticas © Fondo Editorial Facultad de Comunicaciones y Filología, Universidad de Antioquia © Juan Manuel Tejada Giraldo © José Daniel Ciro Morales ISBNe: 978-628-7762-03-9 Dirección editorial: Diana Guzmán Comité editorial (2024 - actual): Juliana Restrepo Santamaría, Diana Ramírez Hoyos y Paula Andrea Marín Colorado Comité editorial (2020 - 2024): Alba Shirley Tamayo Arango, Mauricio Naranjo Restrepo, Andrés Vergara Aguirre, Juan Fernando Taborda Sánchez Editores asistentes: Juan Felipe Varela García Diseño y diagramación: Yon Leider Restrepo, Luisa Santa Primera edición: octubre de 2024 Portada: Antigua cabecera del municipio de El Peñol tomada del Museo Histórico de El Peñol Hecho en Colombia. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio o con cualquier propósito sin la autorización escrita del Fondo Editorial de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia. Contacto: foco@udea.edu.co, (604) 219 59 26, Calle 67 No. 53 - 108, Medellín, Colombia. Las imágenes incluidas en esta obra se reproducen con fines educativos y académicos, de conformidad con lo dispuesto en los artículos 31-43 del capítulo III de la Ley 23 de 1982 sobre derechos de autor. El contenido, las opiniones y el estilo de cada capítulo corresponden al derecho de expresión de los autores y no comprometen el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor de las fuentes citadas. Tejada Giraldo, Juan Manuel, autor.
La segunda muerte de la Tía Milita / Juan Manuel Tejada Giraldo; editor: José Daniel Ciro Morales. -- Primera edición. -- Medellín: FOCO. Fondo Editorial, 2024.
Edición anotada / José Daniel Ciro Morales.
239 páginas.
ISBN: 978-628-7762-03-9
1. Literatura colombiana -- Historia y crítica. 2. Crítica literaria. I. Ciro Morales, José Daniel,
anotador. II. Título Catalogación en publicación de la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz LC: PQ8160 CDD: C863.64 ed. 23
S U M A R I O Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 Capítulo 1 Estudio filológico .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14 Capítulo 11 Edición anotada.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 26 Capítulo iii Juan Manuel Tejada Giraldo: trazos de vida .. . . . . . . . . . . . . . . . . 164 Capítulo iv Análisis de la estructura textual de La segunda muerte de la tía Milita .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 171 Capítulo v Análisis sociocrítico de La segunda muerte de la tía Milita.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 203 Capítulo vi Dosier de la edición anotada .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 225
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Introducción H istóricamente la región del Oriente antioqueño ha sido la cuna de destacados escritores que en una esfera regional y nacional han tenido repercusión en la cultura y la sociedad. Gregorio Gutiérrez González, Juan José Botero y José Manuel Arango, son algunos de esos autores que no solo permanecen vivos en la memoria, sino que también han sido estudiados por un número importante de académicos, quienes han ayudado a validar con sus investigaciones, la riqueza de los trabajos artísticos. Juan Manuel Tejada Giraldo (1936-1998), por su parte, es un escritor peñolense que ha pasado desapercibido para los estudios literarios. La segunda muerte de la tía Milita (1982), su único libro publicado, evidencia desde un plano estético, temático y estructural, que también tiene la firmeza necesaria para ser reconocida como una obra que ha dejado un legado importante a la cultura, sin embargo, la poca difusión y circulación del texto, ha hecho que este haya permanecido por largos años en el anonimato.
Fernando Ayala Poveda (1984) expresaba en la década de los ochenta del siglo xx que parte de la mejor literatura colombiana permanecía inédita y que, de igual manera, el estudio de obras literarias era extremadamente limitado. En la actualidad, si bien las dinámicas académicas son otras y muchas universidades del país establecen dentro de sus pénsum programas especializados que promueven y desarrollan la investigación del texto literario, se encuentra que todavía son pocas las obras de autores regionales las que centran el interés de los investigadores. En consecuencia con lo planteado, la edición anotada de la obra La segunda muerte de la tía Milita, que aquí se presenta, es importante porque rescata una obra local que posee valor estético y, además, el estudio del territorio desde el arte permite reconocer como propios su entorno y su cultura.
El trabajo de edición que se aplicó a La segunda muerte de la tía Milita está articulado a un estudio previo que, desde distintas rutas teóricas, da la posibilidad de ampliar el universo referencial del texto literario. En este orden, antes de entrar a explicar el contenido de los capítulos que hacen parte de la investigación, es necesario dar una mirada al contexto que dio origen a la obra.
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La segunda muerte de la tía Milita es un compilado de cuentos publicado en el año 1982 por el escritor peñolense Juan Manuel Tejada Giraldo. El nombre de la obra se toma del séptimo relato del libro, cuyo título contiene una alegoría que suscita contraste. A primera vista es antinatural que un ser humano muera dos veces; la vida es solo una y cuando el hilo de la existencia es cortado, el filo del silencio es el único que gobierna. Nadie que haya recorrido los ríos profundos de la muerte, ha vuelto de su viaje trayendo consigo una diáfana sonrisa y un boleto honorífico de comprobante, sin embargo, hablar de una segunda muerte sí es posible en un sentido figurado, hablar de una doble muerte es viable en un plano simbólico. La literatura muestra que uno de sus mayores logros consiste en hacer verosímil lo real y lo imaginario y aunque Tejada Giraldo presenció hechos que parecen sacados de la misma ficción (en el año
1978 muchos cadáveres que reposaban en el viejo cementerio del municipio de
El Peñol, se “ahogaron” en las aguas represadas del río Nare), la metáfora que emplea para titular su libro es un recurso creativo que atiende a las historias descritas en los relatos.
El autor de La segunda muerte de la tía Milita propone, a partir de una geografía real, un mundo fantástico que contempla diversas facetas de la existencia humana. El municipio de El Peñol es el escenario que sirve para narrar los relatos que integran la obra y es necesario señalar que su historia está dividida en dos: se habla de un “pueblo viejo” y de un “pueblo nuevo”, un antes y un después. El viejo pueblo desapareció cuando el río Nare que lo franqueaba fue represado para hacer viable la construcción de una central hidroeléctrica en la zona,1 es decir, vivos y muertos tuvieron que romper el vínculo con su espacio e historia. En el año 1978 fue reubicado el nuevo pueblo a tan solo tres kilómetros de su antigua cabecera y sus pobladores ante los anclajes socioculturales fracturados tuvieron que significar nuevamente los recintos y espacios en un afán por crear identidad.
Teniendo presente que el registro escrito posibilita comprender las relaciones que establece una cultura con su entorno, recrea espacios, crea otros, dice verdades, ficcionaliza hechos y construye realidades, se reafirma que la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo, por antonomasia, es hija del viejo Peñol; el alma de un pueblo inundado atraviesa cada una de las páginas de su libro y, por lo tanto, el lector no hallará la esencia de un “pueblo nuevo” que tuvo 1 Ya en la década del sesenta del siglo xx, municipios como Guatavita (Cundinamarca), presenciaron la desaparición de su pueblo ante la construcción de una central hidroenergética. Igualmente, el proyecto energético denominado como Hidroituango, en las últimas décadas, ha ocasionado desastres sociales y naturales de gran impacto que afectan a varios municipios de la región del noroccidente de Antioquia.
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que reacomodar su visión a raíz de que el municipio, al cambiar de ubicación geográfica, cambió también su aspecto físico y modificó sus formas de vida. La segunda muerte de la tía Milita es el resultado de un trabajo donde el autor plasma no solo su creatividad a través de la escritura, sino que además la ficcionalización de hechos históricos significativos que hacen parte del “viejo pueblo” cobran voz y forma a través de las historias que son descritas. El libro se compone de catorce relatos cortos que presentan temáticas variadas, aunque se destaca que algunos de los cuentos mantienen una secuencia narrativa que le da una perspectiva unitaria a la obra.
Lo expuesto evidencia cuál es el contexto que da origen al texto. En este orden, se precisa que en el capítulo número uno (estudio filológico) se describen, en términos formales, las características que contiene la edición de la obra La segunda muerte de la tía Milita. De igual manera, se presentan los fundamentos teóricos que dan sustento al estudio. Es importante anotar que si bien la investigación no desarrolla una edición crítica, debido a que el libro solo cuenta con una edición que no permite efectuar un proceso de cotejo, la metodología de análisis que propone la crítica textual aplica también para la elaboración de una edición anotada.
A partir de los aportes que en materia de edición hace Misael Moya Méndez (2003), se define la edición anotada como aquella que presenta notas explicativas al margen o a pie de página que aclaran y amplían la información que contiene el texto. Por otra parte, se presentan los teóricos que dan sustento al análisis; investigadores como Alberto Blecua, Giuseppe Tavani y Miguel Ángel Pérez Priego, se toman como referentes. Estos autores permiten comprender que la importancia de realizar un trabajo de edición, radica en el hecho de que los textos pueden ser rehabilitados por medio de una restauración que tiene por finalidad actualizar normas ortográficas y enmendar los distintos errores que en un orden tipográfico y morfológico la obra presenta. Por esta razón, se plantea que el abordaje del objeto de estudio implica no solamente acceder a las distintas ediciones que ha podido tener la obra, sino que también hay que hacer un rastreo de la vida y obra del autor, conocer los procesos editoriales, tener acceso a manuscritos y, en últimas, realizar una completa recolección de información que permita llevar a cabo la investigación.
Entendiendo que el trabajo de edición que se aplica a la obra literaria necesita de un procedimiento científico para su desarrollo, metodológicamente y de manera parcial, se atiende a las siguientes operaciones que se proponen para la fijación de textos: recensio, constitutio textus y dispositio textus. Se hace esta claridad porque el segundo capítulo, la obra fijada, precisamente muestra cómo las fases de investigación son adaptadas; si bien no fue necesaria la recolección y ubicación exacta de las ediciones (primera fase) porque el texto
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solo cuenta con un testimonio, se realiza la selección y corrección de errores (segunda fase) que permitió llevar a cabo las correcciones tipográficas y las actualizaciones ortográficas. Además, los ajustes gráficos y morfológicos se complementaron con las notas explicativas que aparecen en el texto analizado (tercera fase) y, desde el aspecto formal, se acogieron los parámetros que para la presentación del trabajo establece el texto “Algunas normas para la presentación del establecimiento del texto” (2005b).
Es importante anotar que la revisión filológica realizada a la obra se llevó a cabo mediante una serie de procedimientos que buscaban optimizar el contenido escrito de la edición príncipe. Es decir, la actualización ortográfica que se aplicó siguiendo la normatividad, generó cambios con respecto a la manera como se emplea la letra mayúscula en los títulos y en algunas palabras. Además se integró o eliminó, en los casos donde correspondía, el acento gráfico de algunos términos (para la época en que se publica el libro las letras mayúsculas no se tildan. Contrario a esto, en la actualidad, la Real Academia Española (rae) sugiere no tildar las palabras “solo” y “este” para no suscitar ambigüedad). Por otra parte, la corrección de errores se llevó a cabo bajo dos parámetros que deben ser entendidos de la siguiente manera: la edición presenta faltas tipográficas que fueron enmendadas, de igual manera, el material escrito incurre en algunos errores de orden ortográfico que necesitaron intervención. Es necesario señalar que en cada una de las páginas de la obra y en un orden alfabético, el aparato crítico se clasificó en notas, las cuales serán descritas más adelante. También se aclara que en los relatos, recurrentemente, se usan palabras con mayúscula inicial que actúan como nombres propios; otras veces el escritor articula la profesión del personaje al nombre, como si se tratara de un apellido. Entendiendo que estas, como otras particularidades obedecen al usus scribendi del autor, se conserva la escritura original de la edición. Por su parte, las notas explicativas que van ubicadas al final de la obra y que amplían la información brindada por el texto, se ordenaron numéricamente. Se precisa que este procedimiento es relevante para el estudio debido a que Tejada Giraldo emplea en sus relatos un número importante de términos que pueden no ser claros o cercanos a todos los lectores y, para su comprensión, necesitan ser definidos.
El capítulo uno y dos, por tanto, se centran en el trabajo de edición que fue aplicado al texto literario. Esta parte del estudio, como se explicó anteriormente, sigue la ruta metodológica de la crítica textual y permitió alcanzar el objetivo central de la investigación: elaborar una edición anotada de La segunda muerte de la tía Milita. Los demás capítulos que corresponden al estudio previo de la obra y que aportan a los lectores información pertinente para ampliar el universo de interpretación del texto, explícitamente, dan a entender
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por qué, desde un plano estético, temático y estructural, es válido y necesario realizar una investigación sobre la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo. El capítulo número tres corresponde a la biografía del autor, presenta una serie de datos que ayudan a entender las situaciones y los hechos que influyeron determinantemente en la personalidad y vida del escritor. El rescate y orden de información hace evidente que la obra de Tejada Giraldo tiene un estrecho vínculo con el entorno y la cultura que lo vio crecer, es decir, el trabajo no solo reconstruye el contexto y algunas acciones llevadas a cabo por el artista, sino que también devela que la obra relaciona profundamente la subjetividad e identidad del propio autor.
El proceso de documentación para llevar a cabo la biografía se da a partir de la recolección de testimonios; personas cercanas al escritor fueron entrevistadas y dieron la posibilidad de ordenar, cronológicamente, los datos recolectados. Por otra parte, se aclara que la falta de estudios2 sobre la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo, hace que el capítulo cobre importancia dentro del trabajo, debido a que la información recolectada documenta y proporciona elementos que son útiles en el análisis que se hace de los relatos. En síntesis, el capítulo muestra la vida de un hombre que logró adquirir, por medio del autodidactismo, un bagaje cultural importante. Antes de que Tejada Giraldo realizara estudios de Derecho, su formación estuvo estrictamente ligada a las lecturas que realizó de obras y autores que influyeron determinantemente en la generación de su tiempo (años 50 y 60 del siglo xx). Asimismo, dentro de la investigación se evidencia que La segunda muerte de la tía Milita contiene muchos elementos autobiográficos; el mismo tono melancólico y desesperanzador que alcanzan algunos relatos del libro puede entenderse en la medida que se dimensione que Tejada Giraldo fue un hombre que conoció de cerca la pobreza y la injusticia social. La ficcionalización de hechos históricos y la descripción que se hace de personajes cercanos y comunes al entorno del escritor, de igual manera, dan cuenta de que en ciertas partes de la obra se materializa en palabras un recuerdo o experiencia vivida. En el capítulo cuatro se analiza la estructura textual de los cuentos que forman parte del libro. El apartado inicialmente toma como referente conceptual el texto “Función, norma y valor estéticos como hechos sociales” de Jan Mukařovský (2000). Para definir la naturaleza literaria de un texto, el teórico plantea que la función estética debe pensarse en relación con lo 2 La única investigación que se encuentra es llevada a cabo por la socióloga Ana Patricia Ciro Morales y no integra elementos biográficos a su análisis. El trabajo que lleva por título “El cronotopo literario en La segunda muerte de la tía Milita”, estudia tres cuentos del libro (“Si los muertos también se van”, “Allá en el alto de la cruz” y “Los que nunca se fueron”) y propone como eje de análisis un periodo histórico de coyuntura social en el que un marco de desplazamiento se hace visible.
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social ya que es, justamente, en una determinada época histórica donde se crean consensos sobre el hecho literario y se establecen patrones valorativos sobre una obra artística.
El valor estético, desde esta mirada, no se considera un estado sino un proceso multiforme y complejo que sugiere cambios en el tiempo y que puede desencadenar tanto el afianzamiento como la desvaloración misma de una obra. Al señalarse que las opiniones de la crítica y las dinámicas del mercado artístico son ambivalentes y al mismo tiempo determinantes (actúan como agentes normalizadores), en el capítulo se analizan, en principio, las relaciones que llevaron a que el texto literario contara con una escasa difusión y circulación.
En este orden, se plantea que la invisibilidad del trabajo artístico de Juan Manuel Tejada Giraldo no estriba en el valor estético de los relatos, sino que es resultado de que el libro es escrito por un autor desconocido que tuvo una escasa participación en la vida intelectual de la ciudad de Medellín. Igualmente, se establece que la insuficiente circulación y difusión del texto (en la época se publicaron quinientos ejemplares) que determina la poca recepción de la obra literaria, viene dada por el hecho de que la publicación no contó con el apoyo económico y publicitario de una casa editorial. Sumado a esto, se señala cómo un artículo periodístico del periódico El Mundo, al reseñar la obra del escritor peñolense, generó impactos negativos que instigaron un posible prejuicio frente al material artístico en el público lector.
Una vez establecidos los factores sociales y culturales que determinaron la subvaloración de la obra, se analizó la forma compositiva del texto bajo los preceptos planteados por el teórico Gérard Genette (1986; 1989). Tomando como referentes los postulados que se hallan en Figuras III, se identificó la funcionalidad que cumple el tiempo en los relatos, se examinó la modalidad de representación narrativa en la que se establece una enunciación determinada y se estudiaron los distintos narradores que dan a conocer los hechos de un relato particular.
En dicho capítulo se propone que La segunda muerte de la tía Milita busca unidad por medio de una serie de relatos que rompen, dentro de su estructura, con la línea del tiempo, es decir, a través de los planteamientos de Genette (1989) se hace evidente cómo en la mayoría de los cuentos el tiempo fluye de forma alineal y llama la atención que muchos relatos de la obra guarden correspondencia entre ellos porque el solo ordenamiento que presentan las historias en el texto, altera la linealidad temporal del libro. El establecimiento de una no linealidad narrativa se piensa, en consecuencia, como una necesidad que tuvo Tejada Giraldo por concebir historias que proyectaran un nivel de comunicación complejo que demande detenimiento y atención por parte del lector.
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En cuanto a la modalización (punto de vista desde el cual se narra una historia), en el análisis se señala que los monólogos que presentan algunos cuentos pueden crear una ilusión parcial en la que quien relata parece que estuviera contemplando directamente una realidad que se cuenta a sí misma sin la mediación de un narrador. Asimismo, se indica que hay una presencia muy marcada de la instancia narrativa (se da cuando el narrador interviene constantemente en los diálogos y da la dirección de la historia) y, en algunas narraciones, de manera consciente, se omite en principio información que es necesaria para comprender plenamente el sentido de un relato: el mismo lector tiene que relacionar datos y llegar a conclusiones. Por otra parte, cuando se analiza la voz del relato, se percibe que de los catorce cuentos que conforman el libro, once de ellos son relatados por un narrador intradiegético, mientras que tres se encuentran mediados por un narrador extradiegético. En este orden, se aclara que las instancias narrativas que proponen algunas historias no solo combinan ciertos estatutos, sino que también introducen otros elementos que son estudiados en el capítulo. Por último, sin buscar reducir el análisis a una clasificación de tropos que no permiten comprender ni relacionar las construcciones lingüísticas que dan una connotación especial a las historias descritas, las figuras literarias que contienen los cuentos se abordaron bajo los planteamientos que Genette (1986) propone en su obra Figuras: retórica y estructuralismo. Llegado a este punto, se enfatiza en el hecho de que el uso de figuras literarias es constante en la obra y permite al autor explorar recursos creativos que dan un tinte más literario a lo narrado. En consecuencia, se señala y ejemplifica cómo en los relatos se encuentra la presencia de metáforas, símiles, personificaciones, hipérboles e ironías. Igualmente, se le concede gran importancia a la onomatopeya, debido a que este recurso, en la mayoría de los relatos, permite representar, con más realismo, las escenas que se están desarrollando en un contexto específico.
En el capítulo número cinco, por su parte, se desarrolla un análisis de la problemática social presente en la obra a través de las microsemióticas intertextuales que Edmond Cros (2003) formula desde la teoría sociocrítica. Se contextualiza social e históricamente la época en la que fueron escritos los relatos y, para el efecto, se toma como referente conceptual el libro El sujeto cultural. Sociocrítica y psicoanálisis, en particular los capítulos “El sujeto cultural: de Émile Benveniste a Jacques Lacan” y “Hacia una teoría sociocrítica del texto”.
En el capítulo “El sujeto cultural: de Émile Benveniste a Jacques Lacan”, Cros (2003) plantea que un discurso específico creado por signos ofrece unos valores sociales y representaciones del mundo que no solo dan cuenta de una mirada particular, sino que también problematiza asuntos vitales de una co-
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munidad, a la vez que hace visible las estructuras mentales de los entornos que las producen. En este orden, se explica que un eje horizontal contiene todo el material lingüístico destinado a dar forma al significado y, de manera complementaria, un eje vertical materializa tanto las estructuras mentales como las formaciones ideológicas que son producidas dentro de un grupo social. Cros (2003) define el sujeto cultural como aquel que va asimilando sucesivamente elementos semiótico-ideológicos que le van proponiendo las diferentes comunidades (sujetos transindividuales). Una vez establecida la clasificación, se sitúa al escritor en un escenario de gran importancia debido a que este transcribe en sus textos las particularidades de su inserción socioeconómica y sociocultural, así como también la evolución de los valores que marcan su horizonte cultural.
Cros afirma que las características discursivas que posee toda obra son las que se denominan como microsemióticas intratextuales y son, a la vez, las que permiten ampliar los límites de la interpretación de los textos. De ahí que el análisis interdiscursivo que se aplicó a cada uno de los relatos de La segunda muerte de la tía Milita tuviera como finalidad identificar las huellas discursivas de una formación ideológica y los contornos de la formación social correspondiente.
En el capítulo presenta una diégesis de cada uno de los relatos. Después se analizan las instancias discursivas de los textos para así descodificar las estructuras semánticas, semióticas e ideológicas de los mensajes. De acuerdo con el estudio, los relatos contienen información que brinda la posibilidad de comprender el funcionamiento de las estructuras sociales, no solo de un lugar delimitado geográficamente (El Peñol), sino que también contribuye a dimensionar la importancia que tuvo para la región del Oriente antioqueño la vía de comunicación denominada como camino de Islitas. Se analiza la inoperatividad de las reformas agrarias establecidas en los años sesenta del siglo xx en Colombia, se señala la violencia ejercida por distintos actores y se devela cómo la Iglesia católica, dentro de una cultura patriarcal y conservadora, ejerce el control. Asimismo, se profundiza sobre las problemáticas que devienen de la construcción de una central hidroeléctrica en la zona.
Finalmente, el capítulo seis contiene el dosier de la edición anotada. Allí se presentan documentos e imágenes de manera sistemática que sirven de soporte al estudio. Al respecto, es importante señalar que mediante un ejercicio investigativo se recuperaron no solo algunos artículos periodísticos que fueron importantes para llevar a cabo el análisis de los relatos, sino que también se tuvo acceso a una serie de fotografías (en su mayoría pertenecientes a archivos privados) que demuestran que algunas de las descripciones que realiza Juan Manuel Tejada Giraldo en sus historias, parten de situaciones y hechos históricos que en su época fueron documentados.
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Los capítulos tres, cuatro, cinco y seis, en resumen, hacen parte de un estudio previo que, así como aporta información relevante para comprender el texto literario, a la vez contribuye a entender que La segunda muerte de la tía Milita es una obra que no cae en la superficialidad y el tipismo. También es importante aclarar que esta parte del estudio presenta sus propias características y complementa el trabajo de edición que se llevó a cabo en los dos primeros apartados, es decir, la totalidad de capítulos que integran el análisis establecen un estrecho vínculo; son piezas de una unidad que busca, mediante la investigación, optimizar y revalorar la narrativa del escritor peñolense. No es posible contribuir a que la colección de cuentos tenga una mayor recepción en el público lector si no existen estudios que validen y reafirmen la calidad de la obra. Todo buen libro es atemporal y debe tener la magia suficiente para brillar con luz propia, sin embargo, es claro que el poco reconocimiento que ha alcanzado la narrativa de Tejada Giraldo en un ámbito local, regional y nacional obedece a factores muy precisos que son analizados en este trabajo. Se espera, por lo tanto, que la investigación aporte rutas de lectura que permitan comprender el universo literario del escritor. Asimismo, se reitera la importancia que tiene el estudio de obras locales, ya que este ejercicio demuestra que la investigación no necesariamente debe estar sujeta a un canon literario.
C a p í t u l o 1 I Estudio f i l o l ó g i c o
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Criterios editoriales para la fijación de la obra L os fundamentos teóricos que dan sustento a este trabajo corresponden a la crítica textual. Aunque no se presentará aquí una edición crítica (el libro solo cuenta con una edición, lo que no permite la realización de un proceso de cotejo), la metodología de análisis que propone dicho estudio puede ser aplicada parcialmente para la elaboración de una edición anotada que, según Misael Moya (2003), “se constituye en una categoría de edición de alta complejidad por cuanto el editor a través de sus lecturas de corrección, actualiza una obra que ya ha sido publicada” (p. 35). La edición anotada se define, entonces, como “aquella que lleva notas explicativas o signos convencionales, al margen o a pie de página, escritos por persona distinta del autor, con objeto de aclararla o ponerla al día” (Montoya, 2003, p. 37). Es decir, este tipo de edición, que también recibe el nombre de comentada, se constituye en una categoría de trabajo editorial en el que el investigador, a través de una lectura de corrección, actualiza normas ortográficas y enmienda los errores que la obra presenta.
En este orden, y bajo la premisa de que el trabajo de edición demanda un sustento teórico que legitime las intervenciones a realizar sobre el texto, se tomarán como referentes conceptuales los autores Alberto Blecua, Miguel Ángel Pérez Priego y Giuseppe Tavani, por considerar que son los más representativos y actualizados en la materia.
El Manual de crítica textual de Alberto Blecua (1983) plantea que uno de los objetivos centrales de un trabajo de edición es resolver el problema de la delimitación entre teoría y práctica; por esta razón, efectúa una reflexión teórico-práctica de la crítica textual enfatizando en las operaciones de la edición: recensio y constitutio textus. Anota que el trabajo de edición se ejerce sobre un texto concreto que ha sido compuesto y se ha transmitido en unas determinadas circunstancias históricas, es decir, según el investigador, crítica textual e historia de la transmisión son inseparables. Para ejemplificar sus planteamientos, Blecua (1983) esboza una breve historia de la transmisión literaria en España. Posteriormente, el autor sitúa los distintos problemas que se plantean a lo largo de una edición crítica y para ello hace un análisis de distintos tipos
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de textos que se han escrito a lo largo de la historia: textos medievales y de los siglos xvi, xvii, xviii, xix y xx.
Blecua (1983) da a entender que el abordaje del objeto de estudio implica no solamente acceder a las distintas ediciones que ha tenido una obra, sino que también hay que hacer un rastreo de la vida y obra del autor, conocer los procesos editoriales, tener acceso a manuscritos y, en fin, efectuar una completa recolección de datos que permitan desarrollar eficazmente un análisis. Por su parte, Teoría y práctica de la edición crítica, de Giuseppe Tavani (1988), es otro importante referente teórico para el presente ejercicio. En el texto, el investigador da a entender que el valor de realizar una edición crítica radica en el hecho de que un texto puede ser rehabilitado por medio de una restauración que tiene como finalidad última la depuración de todos los errores, las actualizaciones, las manipulaciones y todos aquellos problemas que se han acumulado en el texto con el paso de los años.
Tavani (1988) plantea que una obra literaria es un producto histórico en el que se ven fijadas muchas representaciones estéticas, culturales, sociales, que al pasar de los años van quedando plasmadas en el texto y que a su vez, en el momento de la concepción de la creación artística, en dicha obra se ve reflejada la posición del autor (percepción del mundo, experiencias). Igualmente, da a entender que para leer correctamente un texto hace falta interpretarlo bien, y esa es la labor de la edición crítica, ya que esta debe presentar al lector un producto actualizado, que esté limpio de cualquier error y que le sirva a la crítica literaria como punto de partida para nuevas investigaciones. En síntesis, Tavani (1988) define tres operaciones para fijar la edición de textos. La primera (recensio) tiene que ver con la recolección de testimonios que delimitan el material por editar. La segunda (selectio y emendatio) consiste en discriminar los testimonios recogidos y catalogarlos en tres grupos: el material útil, el material pretextual y el material paratextual. Por último, define la fijación textual (dispositio textus) en la que el editor decide, tipográfica, lingüística y formalmente, la manera cómo presentará la correspondiente edición.
La edición de textos, de Miguel Ángel Pérez Priego (1997), es otro estudio importante que establece los procedimientos y aspectos que se deben tener en cuenta a la hora de editar el texto. Allí el autor expone la metodología, referencia los aportes teóricos más importantes que se le han hecho a la práctica, así como también resalta la necesidad e importancia de hacer ediciones críticas, destacando la labor que tiene el filólogo ante este proceso. Pérez Priego (1997) plantea que las ediciones críticas contribuyen a que las obras literarias sean restauradas y conservadas, lo que hace que el lector tenga un acercamiento más profundo a los textos; por lo tanto, el trabajo filológico que se realiza en la edición crítica debe ser completo y preciso, es decir, el
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita investigador debe asumir el papel de crítico y por encima de este el de intérprete, de manera que logre ser el puente o el mediador entre el lector y la obra. En La edición de textos se expone que la elaboración de ediciones críticas de obras literarias necesita de un respectivo procedimiento científico para su desarrollo, y este procedimiento es propuesto por los estudiosos literarios, filólogos y críticos. En consecuencia, Pérez Priego (1997) plantea la importancia de atender a una metodología rigurosa, la cual se basó en el método de la reconstrucción de textos iniciado por Karl Lachman,3 pero más que esto, al actualizar las operaciones del teórico alemán (recensio, constitutio textus y dispositio textus), Pérez Priego traza en la actualidad la ruta crítica para llevar a cabo un trabajo de edición.
Al ser establecidos los fundamentos teóricos, se hace necesario explicar cómo se procede metodológicamente, es decir, de qué manera se aplicaron los procedimientos básicos para la edición de textos que proponen los autores citados en esta investigación.
La recensio, que según los teóricos es la primera fase de la investigación, tiene que ver con la recolección y ubicación precisa de las ediciones (testimonios) que presenta un texto que será editado. En este orden, entendiendo que la obra objeto de estudio cuenta con un solo testimonio, no fue necesario llevar a cabo clasificaciones para el análisis. Tampoco se realizó un cotejo para establecer las relaciones que hay entre las diversas ediciones que presenta una obra. En este caso el trabajo se desarrolla con una única edición. Por otra parte y siguiendo el orden procedimental, se pasa a la selección y corrección de errores (constitutio textus es el nombre que se le otorga a esta segunda fase). Esta etapa del análisis tiene que ver con los términos que deben actualizarse ortográficamente y corregirse tipográficamente. En el desarrollo de este procedimiento no solo fue importante dimensionar aspectos lingüísticos, culturales y sociales en los que está inmersa la obra, sino que el hecho de intervenir el texto, confrontó la asertividad filológica que se tiene como editor: bien expresaba Tavani (1988) que el objetivo en un trabajo de edición “es enmendar los errores que acerquen la obra al texto original y, si se cometen faltas, se puede reproducir un texto medianamente alterado que desvirtúa tangencialmente su esencia” (p. 78).
La última fase (dispositio textus), la cual implica ajustar en la transcripción los signos de puntuación, las tildes, el empleo de mayúsculas, el uso de 3 Karl Lachmann (1793-1851), filólogo editor de algunas obras de la antigüedad grecolatina. Con su edición de De rerum natura, de Lucrecio (Berlín, 1850), da una muestra de su método crítico. En dicha edición logró precisar el número de líneas y páginas del arquetipo perdido. En el siglo xix renovó la crítica textual con sus tres operaciones fundamentales: la recensio, la emendatio y la constitutio textus.
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la espacialidad de los párrafos y algunos otros aspectos gráficos, fonéticos y morfológicos, se establece a partir de una normatividad, es decir, los criterios editoriales cumplen un papel trascendental dentro del proceso de fijación del texto, debido a que estos definen los parámetros filológicos que fueron empleados en la edición y al mismo tiempo, le indican al lector cuáles son las intervenciones que se realizaron sobre la obra.
Bajo este criterio, la disposición textual de la que fue objeto La segunda muerte de la tía Milita, está dada por las recomendaciones de la rae, consignadas en su Ortografía de la lengua española (ole) (2010). De igual manera, se hizo uso del Diccionario de la lengua española (dle), debido a que son fuentes teóricas que sustentan las intervenciones realizadas. Cabe señalar que si bien se atienden las sugerencias que, en un orden ortográfico, morfológico, sintáctico, pragmático y semántico, establece la rae, de la edición príncipe se conservan a su vez algunos rasgos escriturales que obedecen al usus scribendi del autor: en el texto se usan recurrentemente palabras escritas con mayúscula inicial que actúan como nombres propios (otras veces dicho recurso tiene por finalidad denotar la importancia de los términos); también, de forma regular, el escritor articula la profesión del personaje al nombre, como si se tratara de un apellido y en varios relatos es constante el uso de términos que emplean un alargamiento secuencial de palabras.
Lo planteado anteriormente permite entender que el presente trabajo buscó conservar un equilibrio entre el estilo de autor y la normativa establecida por la rae. De este modo y para que haya más claridad con las intervenciones que se aplicaron al texto, a continuación se exponen los criterios editoriales de carácter filológico que se tuvieron en cuenta en el proceso de edición.
¶ Ortográficos En primer lugar, el tema de la acentuación generó modificaciones, debido a que:
▷ Desde el año 1999 la rae establece que no existe criterio por el cual las palabras escritas en mayúsculas dejen de ser tildadas, es decir, dichas palabras deben usar la tilde cuando así lo establezcan las reglas de acentuación. Ejemplo: “El nunca se acercaba” (Tejada Giraldo, 1982, p. 11).
▷ Desde el año 2010 la Ortografía de la lengua española determina la eliminación de la tilde diacrítica del adverbio “solo”. En este orden, se elimina el acento gráfico del adverbio en todos los casos donde corresponda.
▷ La última actualización ortográfica de la rae en el 2010 establece que los pronombres demostrativos como “este”, “ese” y “aquel”, no deben llevar
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita tilde. Así, en los casos donde correspondía, se atiende a la norma general de acentuación.
▷ La regla de acentuación indica que el adverbio “aún” debe escribirse con tilde cuando puede sustituirse por todavía. No lleva acento gráfico cuando el término adquiere los siguientes significados: incluso, hasta, también. Ejemplo: “[...] aun estaba viendo a la vieja Griselda crucificada en la angustia de ver que salían con su hijo” (Tejada Giraldo, 1982, p. 65).
▷ La norma general de acentuación establece que las palabras monosílabas no se tildan gráficamente, excepto en caso de tilde diacrítica. De esta manera, la palabra “di” en la frase “—Sí, jovencito. ¡Por fin le dí candela!” (p. 86), no se tilda. Caso contrario, palabras como “tí”, “sí”, “sé”, en frases como “Cuando el Obispo te echó esa bendición para tí solo, fue tanta tu felicidad que no cabías en la ropa [...]” (p. 35), “[...] que apenas si te miraban con desprecio” (p. 41), “No sé” (p. 95), llevan acentuación gráfica.
▷ La regla de acentuación indica que las palabras agudas “reír” y “oír”, deben llevar acentuación gráfica. Ejemplos: “Todos soltaron la carcajada, y tú también tuviste que reir para no dejarte conocer el cobre” (p. 36), “Yo no vine a decir sino a oir” (p. 42). Asimismo, atendiendo la norma, se elimina la tilde de la palabra “rió”: “¡Ja-ja-ja! —se rió Víctor grosera y estridentemente” (p. 191).
▷ Según la norma general de acentuación, a las palabras graves, se les anexa o elimina, en los casos donde corresponda, la acentuación gráfica. Así, a las palabras “tánto”, “destruído”, “construídas”, “aquéllos”, en frases como “[...] aparece aquí el mundo campesino, que tánto ignoramos” (p. 3), “Cuando este pueblo sea destruído, esas campanas, las más sonoras de la Diócesis, me las llevaré para la catedral de Sonsón” (pp. 12-13), “[...] sus casas semicaídas fueron reconstruídas” (p. 27), “Me niegan un bocado, aún aquéllos que ocuparon mis servicios” (p. 148), se les elimina el acento ortográfico. Caso contrario, la palabra “cómo” es tónica, al tener esta un sentido exclamativo: “[...] y vea, pues, don José, ¡como se durmió en el momento que más necesitó estar despierto!” (p. 130).
La puntuación es otro tema importante en el proceso de edición. Aunque es necesario aclarar que el trato que en la obra se le da a este tiene una estrecha relación con el estilo del autor y por lo tanto se sigue, en general, la puntuación del texto base. En este orden, las intervenciones realizadas pueden ser entendidas de la siguiente manera:
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▷ Como lo señala la rae (2010), la función del punto y la coma es marcar las pausas y la entonación con que deben leerse los enunciados y, aunque la organización del discurso de la obra y sus diferentes elementos facilitan plenamente la comprensión de los mensajes, en algunos casos fue necesario anexar o prescindir de los signos. En la siguiente frase, por ejemplo, fue necesario agregar la coma después de las comillas: “‘Ese hombre no te conviene’ me decían” (Tejada Giraldo, 1982, p. 49). En este otro fragmento se elimina el punto seguido después del último signo de exclamación: “[...] vemos pasar las mulas conduciendo las campanas, la grande sonando ¡taaaannnnn!, ¡taaaannnnn!, ¡taaaannnnn! La pequeña: ¡tiiiinnnn!, ¡tiiiiinnnnn!, ¡tiiiinnnnn!.” (p. 171).
▷ La Ortografía de la lengua española (2010) establece que los signos de interrogación y exclamación son signos dobles, por tanto, es incorrecto prescindir del signo de apertura en los enunciados interrogativos o exclamativos. Bajo estos planteamientos, se precisa que la edición príncipe, en algunas ocasiones, incurre en dicho error. Ejemplos: “Creo que sí, porque me canso muy rápido de hablar, y entonces sigue mi fusil!” (p. 75), ¿“—?— / inquirieron los niños, agarrándose a la ropa de los mayores, y sin entender nada, ayudaron a las mujeres a llorar” (p. 24).
▷ Las comillas inglesas empleadas en la presente edición anotada se usan para diferenciar una voz narrativa dentro de un texto y se fijan como un signo doble. En la edición príncipe se establece claramente la delimitación, aunque se presentan algunas inconsistencias. Como por ejemplo no poner las comillas de cierre: “Yo ya soy hombre y si retorno a ella, de pronto al maldito viejo le da por castigarme, y yo no me aguanto y le tengo que vaciar las tripas (p. 85).
Por otro lado, el uso de las letras mayúsculas y minúsculas en la presente edición trata de conservar, como se dijo en párrafos anteriores, el estilo propio del autor. No obstante, los cambios generados al texto son los siguientes:
▷ La Ortografía de la lengua española (2010) establece que solo la primera palabra de los títulos debe ir en mayúscula (exceptuando, claro está los nombres propios); el resto de palabras debe escribirse en minúscula. Bajo este parámetro, la totalidad de los títulos de la edición príncipe fueron objeto de modificaciones.
▷ Tratamientos como “don” y “san” se escriben en minúscula, tal como lo indica la norma. Entendiendo que en la edición príncipe el término
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita aparece escrito con mayúscula inicial, se efectuaron los cambios en los casos donde correspondía.
▷ Se unifica la minúscula en palabras como “altico”, “yucal”, “día” y “alto”, que aparecen escritas con mayúscula inicial. Ejemplo: “El grito lo recogió otro hombre que estaba en el Yucal de los Martínez y lo metió muy adentro de la tarde” (p. 23).
¶ Morfológicos De la edición príncipe se conserva la escritura que presentan varios verbos que, al ser sustantivados, forman voces de carácter coloquial (“mascadera”, “opinadero”, “calladera”, “alegadera”, “comedera”, “tragadera”). De igual manera, no se realizan modificaciones sobre ciertos términos que actúan como diminutivos (“allacito”, “enjutica”, “acacito”, “maizalito” “diítas”), aumentativos (“hombrote”) o despectivos (“alcaldote”). Aunque sí se realizan algunos cambios que vienen dados a partir de la siguiente normativa:
▷ La expresión coloquial “así porque sí” según Diccionario de locuciones del habla de Antioquia (1991), se define como una situación que se da de manera espontánea, por voluntad o capricho. En este orden, la manera como aparece escrita la frase, demanda hacer un cambio respecto a la última palabra que aparece en la edición príncipe (así por así). Ejemplo: “¡Claro, hombre! No lo dijo así porque así. Era una orden” (Tejada Giraldo, 1982, p. 62).
¶ Sintácticos Las inconsistencias rastreadas en la edición príncipe generaron algunos cambios en la estructura de las frases. Así, las intervenciones realizadas a la obra se dan en los siguientes casos:
▷ El tiempo verbal, como lo establece la normativa, debe coincidir con el desarrollo de la acción. De este modo, en la frase “[...] que así era que aconsejaban que lo declaran loco externo, así como a todo el que se enloqueciera por la muerte de la Madre” (Tejada Giraldo, 1982, p. 103), “declaran” es cambiado por “declararan”.
▷ De acuerdo con la norma ortográfica, la coherencia de una oración depende, en gran medida, del uso de las preposiciones. Bajo este criterio se encontró la necesidad de integrar al texto las preposiciones “de” y “a” en frases como “—Cuando llegué al Alto Palosanto alcancé a divisar la casa de Pedro” (p. 219) o “Entonces fue cuando aparecieron los dos fantasmas
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envueltos en sábanas blancas y dando tristes alaridos, tan tristes que hasta nosotros mismos nos daba pesar” (p. 213).
▷ El artículo es una parte de la oración que sirve principalmente para circunscribir la extensión en que ha de tomarse el nombre al cual se antepone, no obstante, en el fragmento “Permanezco embebida en la vida de ese mañana en el aquel país maravilloso, hasta cuando alguien empuja la puerta y me trae aquí otra vez” (pp. 194-195), se elimina el artículo en “el aquel” debido a que se encuentra mal empleado.
¶ Tipográficos o de distribución del espacio textual Finalmente, desde el aspecto tipográfico, la edición príncipe de la obra presenta inconsistencias que generaron cambios. Las modificaciones realizadas vienen dadas a partir de los siguientes criterios:
▷ Se actualiza el orden de las letras de las palabras en los casos donde se presente confusión semántica o sintáctica y se corrige la ortografía de aquellas palabras alteradas por la variación de un tipo o carácter. Ejemplos: “reprente”, “Fremín”, “ciudado”, “aglún”, “polvoriendo”, “qe”, “motrimonio”, “dacirme”, “per”.
▷ En la edición príncipe se encuentran repetidos ocho párrafos que son eliminados del texto al considerarse que hay una inconsistencia de carácter tipográfico, la cual aparece de la siguiente forma:
“Ana se cubrió la cara con las manos, estaba llorando desconsoladamente”. —“¡Otra vez! ¡Qué puedo hacer yo en la vida, Dios mío!” —“¿Qué te pasa, Ana? ¿Por qué estas llorando?” —“Por nada…” “Continuaba llorando, y a mí también me cogieron ganas de llorar, pero no pude hacerlo. Ya quería irme, correr por los caminos, subir o bajar las colinas, gritar, no sé si de alegría o de tristeza, pero en todo caso correr y gritar”. —“Toma”.
—“No quiero”.
“Yo le arrojé los billetes y ella comenzó a pisotearlos loca y furiosamente como si estuviera matando una culebra con los pies. Gritaba, lloraba, maldecía la vida. Yo salí” (p. 90).
▷ De acuerdo con la Ortografía de la lengua española (2010), “en el estilo tradicional de edición, un bloque de tres asteriscos cerrados […] marcaba el
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita final de una sección o capítulo” (p. 436). En este orden, se aclara que en la edición príncipe se emplean tres estrellas que delimitan los relatos y que se conservan en el presente trabajo. Asimismo, es importante señalar que como dichas disposiciones gráficas no aparecen en los cuentos ocho, trece y catorce, se anexan.
Una vez establecidos los criterios editoriales, es necesario hacer énfasis sobre el aparato crítico. Según Tavani (1988), las variantes encontradas son elementos fundamentales en el estudio progresivo de la constitución del texto auténtico, debido a que permiten analizar las diferentes actitudes adoptadas por el autor a lo largo del proceso de escritura. En este orden y entendiendo que el texto debe ser fijado “con unas determinadas características gráficas y tipográficas en la organización del aparato crítico (variantes) que dé cuenta de aquel proceso” (Carvajal Córdoba, 2017, p. 339), se precisa que las notas que se establecen en la obra intervenida, son de dos tipos; las primeras se ubican a pie de página, siguen un orden alfabético y registran los cambios que se aplican a determinadas palabras. El segundo tipo de notas se sitúa al final de la obra, sigue una secuencia en números arábigos y actúa como una especie de glosario, debido a que ciertas expresiones pueden presentarse confusas para el lector y necesitan de una correspondiente explicación.
Es importante anotar que en el presente análisis son tomados en cuenta los protocolos que, desde el aspecto formal, establece la Colección Archivos (Colla, 2005a; 2005b). Al ser un proyecto que ha promovido el estudio editorial —su función ha sido preservar los manuscritos literarios del siglo xx en Latinoamérica, pero sobre todo, develar a través de ellos la configuración textual deseada por el autor—, la Colección Archivos establece las maneras en que las variantes, las notas a pie de página, las citas, las fuentes, la bibliografía y en suma todos los elementos propios del trabajo, deben integrarse al cuerpo de la investigación. En este orden y siguiendo la norma general que se establece en el texto “Algunas normas para la presentación del establecimiento del texto” (2005b), cuando una variante (la cual aparece a pie de página) necesite estar acompañada de un comentario filológico que valide la intervención, se emplearán los corchetes. Con respecto a las notas aclaratorias que se registran al final del texto, los términos rastreados de la obra irán seguidos de dos puntos y la definición, sin utilizar caracteres especiales. La citación de fuentes o correspondiente bibliografía de este último tipo de notas, siguiendo los parámetros establecidos, se ubicará al final del texto.
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Descripción de la edición L a segunda muerte de la tía Milita es un texto publicado por la editorial Lealon de Medellín, en agosto de 1982. La carátula del libro pertenece a un artista que firma como “Agostino” y su diseño recrea algunas escenas que son descritas en dos cuentos específicos (“Si los muertos también se van” y “Los que nunca se fueron”). En la portada del libro se resalta también el título de la obra, pero el nombre no sobresale por la fuente con la que fue escrito (Brush Script), sino porque la designación que se le da al libro y que deviene del séptimo cuento (“La segunda muerte de mi tía Milita”) presenta una variación (La segunda muerte de la tía Milita). La contraportada muestra un fragmento del prólogo que realizó Alberto Aguirre.
El libro se compone de 239 páginas; presenta una pasta blanda y el papel empleado es offset de 80 gramos. La edición tiene un tamaño de 12 x 18 centímetros y su contenido muestra las siguientes características: el ejemplar que es empleado para el análisis contiene una dedicatoria que hace el autor al historiador Alirio Díaz y se resalta que los sellos de la biblioteca pública Rafael Rivera López del municipio de El Peñol aparecen en las primeras páginas. Es importante señalar que el índice que relaciona el título de los relatos, contrario a los demás encabezados internos que dan apertura a los cuentos, no está escrito en letra mayúscula (solo se emplea la mayúscula inicial) y el prólogo conserva, en su totalidad, la letra cursiva.
Por otra parte, los catorce cuentos que contiene la obra están escritos en letra Verdana de 11 puntos, la espacialidad empleada es sencilla, el inicio de los párrafos maneja una sangría francesa y al finalizar cada relato (exceptuando tres cuentos) aparecen tres estrellas que delimitan la espacialidad. No se ha podido tener acceso al texto mecanografiado (fue entregado a la editorial y esta dejó de tener operatividad en el año 2011), pero se sabe, por medio de fuentes cercanas al escritor, que Juan Manuel Tejada Giraldo estuvo muy al tanto del proceso editorial que la litografía tuvo con su obra. No obstante, la única edición que se tiene presenta algunos errores tipográficos y ortográficos que en el presente trabajo son enmendados.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Referencias bibliográficas Ayala Poveda, F. (1984). Manual de literatura colombiana. Educar Editores LIDA. Blecua, A. (1983). Manual de crítica textual. Castalia. Carvajal Córdoba, E. (2017). Crítica textual y edición crítica de textos literarios contemporáneos. En O. Vallejo Murcia (coord.), Cultura y memoria. Lecciones de Literatura (329-343). Sílaba Editores y Universidad de Antioquia.
Colla, F. (2005a). Las modalidades editoriales de la Colección Archivos. Archivos. Cómo editar la literatura latinoamericana del siglo xx (177-211). Centre de Recherches Latino-Américaines.
Colla, F. (coord.). (2005b). Apéndice. Algunas normas para la presentación del establecimiento del texto. Archivos. Cómo editar la literatura latinoamericana del siglo xx (301-304). Centre de Recherches Latino-Américaines. Moya Méndez, M. (2003). Categorías de trabajo en edición de textos: breve experiencia con publicaciones cubanas y extranjeras. Islas, (26), 27-48. Pérez Priego, M. A. (1997). La edición de textos. Síntesis. Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2010). Ortografía de la lengua española. Espasa.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2023). Diccionario de la lengua española. https://dle.rae.es/?w= Tavani, G. (1988). Metodología y práctica de la edición crítica de textos contemporáneos. En A. Segala (соmp.), Litterature Latino-Américaine et des Caraïbes du xxe siècle; Théorie et Pratique de l’Édition Critique (65-84). Roma: Bulzoni.
C a p í t u l o 1 1 II E d i c i ó n a n o t a d a
E D I C I Ó N A N O T A D A b JUAN MANUEL TEJADA Juan Manuel Tejada Giraldob La segunda muerte de la Tía Militaa C U E N T O S a LA SEGUNDA MUERTE
DE LA TÍA MILITA
[Se modifican las mayúsculas sostenidas de todos los títulos que aparecen en la presente obra. Igualmente, se elimina la cursiva con la que originalmente está escrito el prólogo de Alberto Aguirre.]
Cuentos Si los muertos también se van .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31 Allá en el alto de la cruz .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .39 La hora llegada .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51 Con esa cara que tiene .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .59 Las putas también van al cielo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 68 Los que nunca se fueron .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .77 La segunda muerte de mi tía Milita .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85 Cantor que te vas cantando .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91 La buena gente .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99 Por eso no me gusta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .108 Más allá de la locura .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .112 De golpe el último golpe. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 134 Misión cumplida.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 140 Pobres gentes del campo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 146
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da a tánto b “La segunda muerte de la Tía Milita” Prólogo La segunda muerte de la tía Milita E n su conjunto, y como especie de summa, estos cuentos de Juan Manuel Tejada constituyen una saga de la vida campesina. Por encima de las anécdotas particulares aparece aquí el mundo campesino, que tantoa ignoramos. Porque Colombia ha escindido su vida, tratando de construir la historia desde la sola perspectiva urbana: ha intentado amputar esa dimensión campesina y de aniquilar su presencia, relegándola a un mundo casi imperceptible. Dijéramos, a-histórico. Y resulta, así, un país inválido. Y en una literatura que se dice tan volcada al campo, como la nuestra, se da igual falsificación: sus autores son hombres de ciudad, que pintan el campo con nostalgia, es decir, por referencia, en tono esfumado y melancólico. Tejada habla de ese mundo desde su propio entorno, y por eso su discurso no solo tiene verdad, sino fortaleza. Así, en tan diversas situaciones contadas, se impone al final, como conjunto, la unidad de un texto. La segunda muerte de la tía Militab es un libro, tiene una perspectiva unitaria, mantiene la unidad narrativa. No son cabos dispersos. Cada uno tiene su matiz y su reflexión, pero el conjunto impone una presencia: aquel fresco de la vida campesina, en sus diversas texturas. Lo que surge es la tragedia, no como melodrama al uso de burgueses pequeños, sino aquella pertinaz adherencia a la realidad —con sus fragores— que es lo propio del hombre del campo: se hace unidad con el mundo, y entonces no lo sufre como melodrama sino como tragedia. (Al contrario del burgués). Un cierto pathos inunda estas páginas. El campesino se compenetra con la realidad circundante, se hace parte integral de su entorno, y así la dureza del mundo no lo aplasta. Diríase que tampoco lo amarga. Pero no es la suya una actitud resignada. Es la simple asunción de la realidad, al hacerse el hombre, no solo elemento de la naturaleza, sino de su destino. No se cuestiona el mundo, pero no hay tampoco gimoteo. De ahí surge una dureza, una compostura, una cierta fiereza, cuyo reflejo literario es el mayor mérito de este libro. Para asumir ese mundo —y reflejarlo en el texto— era preciso asumir igual perspectiva. Tejada logra desprenderse de la conmiseración, con lo cual abandona todo rastro costumbrista. No son estos cuentos cuadros de costumbres: aquellas viñetas superficiales, en las cuales brama la vaca y canta el jilguero, mientras el macho rasga el tiple o las espuelas. O sea, no aparece aquí el tipismo: pero con pocos libros colombianos aparece de modo tan certero
Prólogo. La segunda muerte de la tía Milita
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a construído el tipo campesino. Tejada ha hecho una labor de rescate, presentando un mundo que aún está vivo, que aún es determinante. Aquí hay un drama vital. Hay una presencia.
Se impone, ante todo, esa soledad del campesino: solo, por su compenetración con fuerzas de naturaleza (Inanimadas). Y siempre, con ellas, un combate desigual. Porque el mundo construidoa por los hombres también se vuelve inanimado para el campesino, también es hostil. Es ácido ese mundo, revolcado por pasiones primarias y por amores e ingenuidades de la misma condición. El orden campesino, a pesar de lo que creen los románticos, no es epidérmico ni anodino: en suma, no es eglógico, sino que está cruzado de ráfagas y penetrado de pasiones.
En un tono seco, de solo ocasionales desfallecimientos, este libro es duro y abandona las complacencias. Siente y padece el mundo en que se ha sumergido, para contarlo. El autor habla desde una intimidad, no solo conocida, sino padecida. Pero, aún más, respetada y amada. Tejada ha sabido tender sobre la vida campesina una mirada que surge de la intimidad de esa vida. No es un extraño.
Caso singular de vocación el de Juan Manuel Tejada. Por encima de las diversas circunstancias de la vida, ha sabido mantener el fuego de su vocación de escritor. Y escritor es el que padece. Se ve en su texto el lujo de quien realiza aquella voz interior.
Por esa tenacidad ha sido capaz de revelar un mundo. Medellín, septiembre de 1982 Alberto Aguirre
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da a Caballo Alazán [En el relato aparecen varios términos escritos con letra inicial mayúscula, actuando, así, como nombres propios. En el presente trabajo no se realizan modificaciones procurando conservar la escritura original de la edición príncipe.] Si los muertos también se van Anoche sentí en lo más profundo del sueño un golpeteo rítmico, por allá muy lejos, que lentamente se fue haciendo nítido, como cascos de caballo tamborileando sobre el cuero de la noche. Cuando el galope era ya más contundente, apareció, asomándose por la ventana, el Caballo Alazána, aún sangrando por la profunda herida que se hizo cuando se suicidó, tascando el freno en una mascadera infinita, temblándole la recia musculatura de carne amontonada bajo la sudorosa piel, relampagueándole los ojos, hiriendo hasta el chisporroteo las baldosas del balcón del segundo piso con sus herraduras de hierro quemado. Entonces fue cuando vi al Viejo templándole las bridas1 y calmándolo con palmaditas en la nuca.
—Hola —me dijo el Viejo.
—Hola —le contesté.
—Aún no has ido a El Peñol2 por los restos de tu madre y míos —me reprochó severamente.
—Todavía no, papá, pero... —y no quiso oír ninguna explicación sino que echó a galopar por la noche profunda.
—¿Con quién hablabas? —preguntó mi esposa entreabriendo los ojos y al final de un bostezo.
—Con mi padre.
—Me pareció reconocer su voz. Seguro que volvió a recordarte la promesa. Es que a los muertos no se les puede quedar mal. Un día el Viejo puso sus manazas sobre mis hombros y, mirándome muy adentro, me dijo:
—Muchacho, cuando tu madre y yo hayamos muerto, no permitas que a nuestros huesos los cubran el lodo y las aguas de la represa. —Así lo haré, papá.
—No se te olvide hacerlo, hijo —suplicó mi madre desde la cocina—. Que no se queden perdidos para siempre en esas profundidades. Es importante que no se pierdan, porque yo soñé que Dios ordenó a los ángeles que tocaran las trompetas celestiales anunciando la resurrección de los muertos, y muchos no pudieron encontrar sus huesos. ¿Te lo imaginas? Por esa razón he venido a El Peñol, a cumplir la promesa, y porque no aguanto al Viejo que cada rato viene a recordármela.
Si los muertos también se van
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a Altico b acabóse La presencia del río Nare3 al lado de la carretera ya le avisa a uno que El Peñol está solo a tres montañas y media. Así había sido siempre. Pero ahora es el olor a pueblo muerto el que anuncia la cercanía de El Peñol: aire espeso, cargado de cadaverina de pueblo que fue y ahora no es, tapias derruidas, techos venidos abajo, pisos deshechos, escombros amontonados o dispersos. Miro el río. Recuerdo que mi Viejo tuvo problemas con él. Ahí veo a mi padre en el alticoa abrazando a mi madre, contemplando el maizal de la vega, creciéndole la esperanza al verlo tan vigoroso, prometiendo copiosos granos en cada mazorca, y dos o tres mazorcas en cada mata.
“Compraré ropa para los chicos. También un pañolón y un bolso para una mujercita que tengo por ahí —dijo Misael, y ambos soltamos la carcajada, mijo”.
“Será una bonita cosecha de maíz, Misael”.
“Después, cuando coja el maíz, sembraré fríjol, y conseguiré un bello apero4 para el Caballo Alazán”.
“Esto que dice tu papá, mijo, y el Caballo Alazán que lo oye y sale relinchando, saltando, dando patadas al aire, recorrió el potrero, luego vino hasta nosotros todo fullero, engatillando la nuca, templando la cola casi a ras del lomo, y sus crines cayendo como dos lluvias. ¡Qué soberbio se veía trotando elegantemente, moviendo sus manos rítmicamente! Todo lo que hacía ese animal era hermoso. Para decirte la verdad, mijo, ese caballo era tan entendido en todo, que a veces creo que era humano. La Tía Milita dice que le hacía milagros, sobre todo después que quedó bendito por haber sido montado por el Señor Obispo, cuando caballo y caballero parecían un mismo y solo Dios”. —Pero se suicidó… Los santos no se suicidan, mamá.
—Pero los hombres sí. Eso he oído decir.
La Vieja se quedó mirando a cualquier parte, luego me revolcó el cabello como desparramando dolorosos recuerdos y se puso a llorar, y yo también, porque no me gustaba ver a mi madre llorando sola. Luego continuó: “Pocos días después fue el acaboseb, porque a media noche Misael saltó de la cama gritando como alma que se la lleva el diablo y bajó corriendo hasta el río, que se había salido de madre inundando y arrasando el maizal”. “¡Maldito! ¡Te has llevado el maizal! Todo se ha perdido. ¡No habrá ropa para los niños ni pañolón y bolso para María, ni apero para Alazán! —le reprochaba a gritos Misael”.
“Yo le suplicaba que dejara eso, que siempre se podía volver a comenzar, pero él continuaba golpeando furiosamente las aguas con un palo, hasta que de tanto castigarlas volvieron a su cauce. Pero ya era tarde. Muy al amanecer contemplamos el desastre total y empezó a morírsenos la esperanza”.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da a Don [La expresión aparece originalmente escrita con letra inicial mayúscula.
Para todos los casos, en la presente edición, se establece el cambio a letra inicial minúscula.] b El [Atendiendo a la normatividad, se marca acento ortográfico. En todos los casos donde se requiera la tilde, se realiza la correspondiente modificación.] “Ya no quiso volver a trabajar. Resulta duro ver a un macho5 tan remacho, como era tu papá, derrotado y abatido. Ahí se pasaba los días y las noches sentado, con la mirada perdida allá abajo, en el río. Hasta cuando dona Camilo, que andaba recorriendo todos los pueblos vendiendo cacharros,6 comenzó a traer malas noticias: que a El Peñol lo iban a destruir, que estas tierras quedarían inundadas, que todos nosotros tendríamos que salir quién sabe para dónde. Todo eso acabó por trastornar al pobre Viejo, y las volvió a emprender contra el río, se terció la escopeta al hombro y se fue a recorrerlo de arriba abajo y de abajo arriba, vigilándolo e insultándolo:” “¡Ah, puto! ¿Conque no estás contento con la que me hiciste? Ahora dizque nos vas a inundar a todos. ¡Al primer intento que hagas te lleno la barriga de plomo! ¡Lo que es El Peñol seguirá de pie. Te juro que de aquí no nos vamos!”.
“Así se pasaba el tiempo, hasta cuando lo encontraron flotando sobre las aguas, pero con la escopeta entre las manos; la tenía bien apretada contra el pecho, como se aprietan y estrechan contra el pecho las cosas que son del alma”. “Pero sabes, muchacho, yo no creo que el Viejo haya caído al río así no más. Élb nunca se acercaba. Al Viejo lo tiraron. ¡Eso tienes que saberlo! Me trajeron su cadáver. No pudieron zafarle la escopeta de sus manos y hubo que enterrarlo con ella. Él se la quiso llevar. ¡Quién sabe para qué! Llena de dolor y rabia me fui a llorar a un rincón, porque el Misael me había quedado mal, ya que el compromiso era que ninguno le tomaría la delantera al otro”. “Pero yo no estaba sola con mi dolor, porque el Caballo Alazán no hacía sino correr por la vereda, relinchando, brincando cercas, buscando desesperadamente a su amo, sin hallar sosiego el pobrecito, hasta cuando no se aguantó más y se mató golpeándose la cabeza contra esa piedra que hay allá en el barranco, al comenzar el puente”.
Entonces llego a la plaza de El Peñol, me apeo con la urna que he traído para llevar los huesos de los viejos, y de pronto piso el recuerdo del Loco Manuelito,7 quien aquel domingo exclamó:
—¡A este pueblo se lo va a llevar el putas!
Gritó el Loco Manuelito y lo metieron a la cárcel.
Eso fue de veras. Porque de El Peñol ya no está quedando nada. En las calles, que ya no son calles, solo quedan los huecos de casas demolidas, pedazos de tapias amontonados, techos trizados y venidos abajo como una fe destruida. Escombros, como muertos arrumados.
—Por aquí debió haber pasado el putas —pienso.
Solo pocas personas quedan en él, no en un acto de resistencia heroica, sino que yacen ahí, esperando el turno de ser echadas de sus propias tierras y de sus propios hogares.
Si los muertos también se van
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Aquí fue donde yo descubrí esa cosa del Obispo y que tantos problemas me traería por culpa de ese don Fermín Gallo. Aquí fue donde el Excelentísimo, Reverendísimo e Ilustrísimo Señor Obispo, montando el Caballo Alazán, le dijo al Párroco:
—Cuando este pueblo sea destruidoa, esas campanas, las más sonoras de la Diócesis, me las llevaré para la catedral de Sonsón.8 El Peñol entonces no necesitará de ellas… Y continuó engreído en su unigénita grandeza, mientras la muchedumbre lo aclamaba con gritos y suplicaba bendiciones que el Obispo Obispísimo9 le arrojaba a la jura, también le pedían que la defendiera de las Empresas Públicas.10 Los habitantes de El Peñol fueron condenados a abandonar su propio terruño.
—Oblíguenlos a que con sus propias manos destruyan sus cultivos y demuelan sus propias casas, para que después no digan que fuimos nosotros —había dicho el Gerente de las Empresas Públicas, mientras de su boca aguardentosa y chabacana salía una maldición a manera de escupitajob. Luego los funcionarios de Empresas Públicas irían por ahí diciendo que estec era un pueblo privilegiado, porque se sacrificaría en aras del progreso, porque al inundar este pueblo con el embalse para la Gran Central Hidroeléctrica, esta misma sería un monumento que inmortalizaría su sacrificio, y que en algún lugar se colocaría una placa que pregonaría: “A EL PEÑOL, CO- LOMBIA AGRADECIDA”, y luego más abajo, en letras no tan grandes: “Un pueblo que se perdió en la oscuridad para iluminar al país”. Esto era lo que alebrestaba tanto a don Fermín Gallo y que lo inspiraba para decir cosas como esta: “Lo importante es haber sido hijo de El Peñol, y no seguir siéndolo”, que el Obispo pulió diciendo: “Crear historia, no vivir de ella”. Entonces fue cuando se me creció la rabia y entré a la cantina de Pablos pidiendo un aguardiente:
—Sí, paisanito. Hay que echarle aguardiente a esta angustia —dijo. —Este pueblo está muerto.
—Tenía razón el Loco Manuelito cuando gritó en media plaza la frase célebre.
—Y lo metieron a la cárcel por haberla gritado.
—Oiga, paisanito… ¿Y esa urna?
—He venido por los restos de mis padres, Pablos.
—Ah… el viejo Misaelito y su pelea con el río. Pero la perdió el Viejo. Recuerdo el Caballo Alazán. Yo lo vi corriendo y relinchando por todas partes hasta cuando se mató golpeándose la cabeza contra esa roca, allacito del puente. ¡Qué caballo!
a destruído b escupitazo c éste [Atendiendo la normatividad, se omite el acento ortográfico. En todos los casos que las palabras “este” y “esta” aparezcan escritas con tilde, se realizará el correspondiente cambio.]
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Mi madre decía que era casi humano.
—¡Sí, señor! No lo dude. Por ahí andan diciendo que hace milagros. —Eso me contó mi madre.
—La señora María… Aún después de muerta siguió obsesionada con la represa.
—Y eso que no le tocó ver lo peor, Pablos.
—¡Cuidado, paisanito! No mire. No les chiste.11 Ahí vienen esos… —me dijo Pablos en voz baja.
—Hola, Pablos. Parece que hay visita en este pueblo —dijo uno de los carabineros, aplastándome con la mirada.
—¿Conoces a este forastero, Pablos?
—No es ningún extraño. Él no más es el hijo de Misael y María… —Ah… conque este es el hijo de esos locos de los que se cuentan historias bobas. Este pueblo está lleno de locos —exclamó otro carabinero, midiéndome con la mirada de pies a cabeza.
Yo me mordí los labios hasta la sangre viva, pero recordé a Pablos cuando me dijo: “No les chistes”. Era una advertencia.
—Como decía mi comandante: “Los pueblos que no tienen héroes en los museos, tienen sus calles llenas de locos y bobos” —dijo alguien, y con un movimiento de la carabina y con la mirada ordenó que me requisaran. —De frente a la pared, a un paso. ¡Así no, cabrón! Abra los pies ¡Más! ¡O es que le da miedo que se le caigan las güevas! —me gritó otro, en medio de las carcajadas de los demás.
Sus garras me esculcaron todo el cuerpo, garras como de hierro que me estrujaban hasta las entrañas mismas.
—Y ese cajón… ¿Qué trae ahí dentro? —preguntó un carabinero, abriéndolo de un puntapié.
Es para llevar los restos de sus padres —explicó Pablos. —¡Buena esa! ¡Únicaa cosa que oímos buena en este pueblito del carajo! ¡Aquí no deben quedar ni los muertos!
Los carabineros volvieron a minimizarme con sus miradas y salieron riéndose a las carcajadas.
—¿Se da cuenta, paisanito? Así tienen a El Peñol. Nos lo llenaron de policías que por todas partes van ofendiendo y provocando a la gente. Pero lo que más rabia les da es que no les hacemos caso a sus insultos y provocaciones. El Padre Pacho12 nos tiene advertidos: “Ni una palabra” —dijo Pablos, mirando fijamente la urna. Cuando la recogí y salí, oí que exclamaba: —Si los muertos también se van… —Eché una mirada a Pablos que estaba crucificado en una angustia que no era solamente suya sino de todo el pueblo.
a Unica
Si los muertos también se van
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Al entrar a la Casa Cural, para hablar con el Cura el asunto de sacar los restos del cementerio, oí que él estaba sermoneando. Pensé que estaba ensayando el sermón para la misa mayor del domingo, pero al asomarme dentro vi que algunos campesinos estaban sentados, cabizbajos, escuchando la palabra divina:
—... es inútil. La Iglesia, en ningún momento, tolera la violencia. No podemos oponernos a la construcción de la Gran Central Hidroeléctrica, ni a la Represa que la abastecerá. Solo podemos rezar para que se haga justicia. Ustedes pueden tomar las armas, pero si van a buscar a las Empresas Públicas, no encontrarán sino edificios, máquinas, archivos, papeles, y simples empleados que obedecen órdenes de adentro. Las Empresas Públicas, como ser concreto, como bulto, siempre están fuera de tiro. Ustedes se hallarán en la misma situación del Viejo Misael. ¿Recuerdan? Con la borrasca que destruyó su maizal y después con las malas noticias que fueron llegando acerca de la destrucción e inundación de El Peñol, el pobrecito tomó las cosas muy a su manera, y comenzó a vigilar el río día y noche, hasta cuando el río se lo tragó. Así pasa con las Empresas Públicas, señores. Para decirles la verdad, creo que ellas no existen… —Padre… nos deja perplejos. Si ellas no existen, ¿cómo hacen para atropellarnos, para despojarnos de la tierra de nuestros abuelos? —Hijos, las Empresa Públicas son y no son. Esta es la verdad. ¡Palabra de Dios!
—¡Te alabamos señor! —exclamaron a una los campesinos y comenzaron a salir cariagachados del Despacho Parroquial, sin poder entender eso de son y no son.
—Como decía el Loco Manuelito: aa este pueblo se lo va a llevar el Putas —exclamó el Cura, mientras se secaba las lágrimas con la manga de la sotana. —Sí, padre. Eso creo yo también —dije, para comenzar de alguna manera.
—Oh, perdone, hijo. Pero es que esto y un manicomio… Solo los que estamos viviendo esta situación… —y se interrumpe, quedándose con la mirada puesta en mí, como ido. —Creo que ni el Señor entiende esto, como nunca había sucedido… tal vez élb tampoco sepa cómo manejar este asunto… ¡Oiga, pero si usted es el hijo del difunto Misael!
—Sí, padre. El mismo —dije, contemplando un montón de urnas arrumadas en la oficina de enfrente. Pensé: seguramente son restos humanos para entregar a sus deudos. También se los llevarán muy lejos de El Peñol. —Pues sí, muchacho. La muerte de sus padres siempre me ha llamado la atención, hasta el punto que es motivo de predicación. Las cosas que suceden en El Peñol son símbolo de nuestro tiempo. Recordar a la viejita, enjutica, a A a El
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da encaramada en esa montaña, enfurruñada, sin querer salir, toda empecinada en morir donde nacieron los suyos, mirando día y noche hacia allá abajo, esperando que las aguas de la represa aparecieran en la cañada, aguas que venían subiendo como una maldición. Y así, de tanto esperar y mirar hacia allá se le gastaron los ojos y se quedó cieguita para siempre, y no obstante continuar recostada a ese poste, con los ojos oscurecidos clavados en el lejano valle…”.
Recordé cuando vine a visitar a mi Vieja. Ese tal Pedro, que estaba sentado en el barranco —allá donde está la piedra contra la que se mató el Caballo Alazán— ese tal Pedro apenas me vio llegar me gritó: —Hola, muchacho. Hace tiempo que estoy aquí sentado esperándote, porque tengo que decirte que para mí tu Vieja está muerta, ahí parada en el corredor de la casa, recostada a un poste. Viéndola yo sin resuello tuve que preguntarle: diciendo la pura verdad, usted señora María, ¿está viva o muerta? Y como yo me quedé mirándole la muerte por todas partes, hasta el ánima misma, ella no se aguantó mi curiosidad y sonrió con una sonrisa yerta, como el fondo de la tumba, que me enfrió hasta las entrañas, y me dijo: —Pues tal Pedro, creo que me morí hace varios días y aquí estoy secándome y llenándome de comején, como un viejo tronco, hasta cuando ese Juan venga de la capital y me desprenda de este poste y me haga caer a tierra, porque no me voy a quedar aquí parada durante toda la muerte como lo estuve toda la vida. Solo espero que regrese mi muchacho.
—Se lo voy a contar, señora María.
—No. Es preciso esperar un poco más por si de pronto suben las aguas de la represa y se acaba este tormento de una vez, que ha hecho de la vida, y hasta de la muerte, una pesadilla.
—Entonces,a Juan, me fui distanciando de ella, reculando calladitamente, hasta cuando pude darme vuelta y echar a correr antes de que me diera miedo. Y vine a esperarte aquí.
Este tal Pedro y yo llegamos donde la Vieja y la encontramos ahí parada. —Pero, madre, ¿qué es eso de estar muerta ahí? —exclamé abrazándome a su cuerpo yerto y seco, como si fuera un chamizo vestido de mujer, y cuando intenté zafarla del poste le traquearon los huesos de los dedos. —Eso sí que no, mijito. Nada de quebrarme los huesos ni de dejarlos perdidos en la represa. Déjame así. Pues si estoy asida a este palo es como si lo estuviera a una esperanza. Los muertos también tenemos esperanza. Tu padre también se agarró a su escopeta.
—Así, señor Cura, que hubo que enterrarla agarrada a su esperanza. a Entonces.
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Eso es lo que yo digo, muchacho, que al ser humano lo separan del vientre materno, pero el cordón umbilical que lo une a su patria chica jamás se lo pueden cortar.
El Cura y yo nos hemos quedado mirando la urna que he traído y que había dejado sobre una silla. Entonces le digo:
—Padre, he venido a El Peñol por los restos de mis viejos. —¡No se los llevará, jovencito! Ya casi se han ido todos los vivos, y si los muertos también se van… ¡pobre pueblo! Es necesario que El Peñol continúe viviendo, aún por encima de todas las cosas. Por eso hay que dejar los muertos. El ser humano está siempre girando alrededor de los recuerdos y de los muertos. Todos los huesos de los muertos de El Peñol han sido revueltos y confundidos en un solo arrume. Si puede identificar los huesos de sus padres, bien puede usted llevárselos.
Nos miramos, sonreímos tristemente. Tomo la urna y la encaramo sobre el montón de cajones que hay en la otra oficina.
—¡Todos han hecho lo mismo! —gritó triunfalmente el Cura, frotándose las manos—. ¡Se salvará El Peñol!
Ahora yo me paso las noches, mirando por la ventana del segundo piso, esperando que venga el Viejo montado en su Caballo Alazán. Pero nada que aparece el Viejo.
…
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Allá en el alto de la cruz —¡Mataron a don Fermín Gallooooooa…!
Eso gritó un hombre en el Alto de la Cruz.13 El grito lo recogió otro hombre que estaba en el yucalb de los Martínez y lo metió muy adentro de la tarde, trizándola, como un vidrio roto por un guijarro sus añicos retumbaron rodando por las colinas hasta ir a morir suavecitamente en las cañadas.
La tarde se tiñó de muerte.
Los perros salieron ladrando a los patios de las casas, husmearon los trágicos gritos y salieron disparados colinas arriba, buscando a los hombres que gritaban; luego, allí, comenzaron a aullar larga y tristemente, como si en cada aullido se les fuera la vida.
Los campesinos también salieron a los patios, sin poder creer lo que estaban oyendo, fruncieron el ceño, apretaron la rabia con toda la fuerza de sus quijadas, y, no cabiéndoles en las manos, se les escapaba entre los dedos. —¡Maldita sea! ¡Eso no puede ser! —dijeron los hombres. —A un hombre tan bueno no pueden matarlo —exclamaron las mujeres. —¿?c —inquirieron los niños, agarrándose a la ropa de los mayores, y sin entender nada, ayudaron a las mujeres a llorar.
Aquella tarde yo estaba en el Alto del Yarumo, divisando allá, no muy lejos, el serpenteante camino que sangra como una herida, a veces rojizo, a veces amarillento, por donde el difunto Camilo se pasa la muerte, subiendo o bajando —da lo mismo— arreando sus cuatro mulas siempre cargadas de cacharros para la venta.
Aunque la gente ignoraba por qué el finado Camilo no ha podido bajar a la paz de la tumba, yo sí sé. Pero me he tenido que tragar la cosa para mí solo; porque él está clamando justicia al cielo, ya que la humana ha sido sorda a su clamor. Y para decir verdad, a mí también ha comenzado a caérseme la esperanza a pedazos, aunque mi madre decía que lo que era esta sí no se le debía acabar a uno por nadita en el mundo. ¡Pero qué más le puede suceder a uno después de una esperadera tan larga, y nada!
Un rato antes de que un fulano gritara allá en el Alto de la Cruz: “¡Mataron a don Fermín Gallooooo…!”, el difunto don Camilo, que había detea Galloooooo [En la presente obra muchas expresiones aparecen escritas con un alargamiento secuencial de sus letras. En este orden, el autor busca, bajo esta estrategia, plasmar el sonido natural del ambiente (la onomatopeya se emplea con regularidad). Debido a que no se realizan modificaciones, cada vez que aparezcan términos con dichas características, se colocará, de acuerdo con la edición príncipe, el número exacto de letras que allí se registraron.] c ? [El signo de interrogación plasma el sentimiento natural, confuso y de duda que surge en el entorno, es decir, el sonido que se produce no se manifiesta en palabras sino en un símbolo. Se anexa el signo de apertura al no aparecer escrito.] b Yucal
Allá en el alto de la cruz
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nido sus mulas al pie del árbol Pomo, para acariciarlas y llenarles las orejas de palabras bonitas, y cuando ya iba a sentarse sobre la piedra que todo el mundo llama “El descansadero de don Camilo”, él y sus mulas se quedaron mirando hacia el Alto de la Cruz, desapareciendo de pronto, y por más que yo me quedé buscándolos con la mirada no pude encontrarlos. Solo vi que de la piedra misma levantó vuelo una paloma que comenzó a revoletear en amplios círculos, pasando por encima de las casas, agitando sus alas gozosamente, casi como un aplauso, inclinándose ya a la diestra, ya a la siniestra, acelerando el vuelo y elevándose cada vez más y más. Las gentes interrumpieron sus labores y aleladas observaban la paloma que en su agitea de alas parecía gritarles adiós. Los campesinos se miraron, y como nadie comentó nada, continuaron estrujándole las entrañas a la tierra con sus herramientas. Más luego Luis dijo a los demás peones:
—No sé… pero tengo la corazonada que hoy va a suceder algo… —¡Me quitaste la palabra de la boca, Luis!
—Sí —asintieron los demás, levantando sus rostros sudorosos al cielo, tratando de leer lo que iba a suceder.
—¿No vieron a Juan, el hijo del difunto Misael, que hoy subió más temprano al Alto del Yarumo?
—Sí, mucho que tempraneó.
Otearon la tarde; se miraron; y continuaron trabajando. Por eso cuando oyeron el grito: “¡Mataron a don Fermín Galloooo…!”, comprendieron qué era lo que estaba por suceder.
—¡Maldita sea! ¡Quién lo hubiera sabido!
—¡Vamos! —ordenó alguien, y todos lo siguieron al Alto de la Cruz. A poco caminar Luis se detuvo intempestivamente, señalándoles que pararan con la palma de la mano:
—¡Un momento, muchachos! Esa paloma… tan blanquita ella… revoloteando por encima de las casas y de todos nosotros... ¿No creen ustedes que era el alma de don Fermín?
—¡Pues claro! ¡De quién más iba a ser, subiendo tan derechito al cielo! —¡De lo que no queda duda! —exclamaron los demás peones. Por todos los caminos y atajos venían hombres subiendo al Alto de la Cruz, donde yacía el cadáver de don Fermín Gallo, aún tibio. Eso sí, don Fermín, ya te lo había requetedicho yo: que estaba llenándosete la taza, y que cuando se rebosara, te iba a llevar el diablo, pero bien llevadito del todo. Yo siempre estaba diciéndotelo con este par de ojos que no te los quitaba de encima desde aquella misma tarde cuando llegaste a mi casa, con un sudor de tres días pegado a la cara y un cansancio viejo que te había c agiteo
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da bajado la mirada y una voz quedita, como un hilo, que te había sobrado de tanto trasegar caminos.
—Alabado sea el Señor y las buenas gentes que viven en esta casa. —Alabado sea para siempre, y el buen hombre que se acerca a ella. Te contestó mi madre María, con una sonrisa de puertas abiertas. Luego te mandó a entrar con un gesto bonachón y te llenó esa panza yeyuna,14 sin preguntarte de dónde venías ni para dónde ibas, porque así somos en El Peñol, sin preguntadera.
Te fuiste quedando con nosotros, así no más. Mencionando poco de ti mismo, solo que unos abuelos tuyos dizque habían sido de El Peñol, de la vereda Santa Inés,15 pero eran unos muertos tan viejos que ya ni muertos estarían. Resultaste una verraquera16 para el trabajo, nadie te podía seguir en la tonga.17 Y así te fuiste soldando a nosotros, a estas buenas gentes, adentrándote en ellas, menos en mí que no pude tragarte jamás de los jamases, ni en mi perro Piquiña, que siempre te estaba ladrando o gruñendo o pelándote los colmillos desde los rincones de la casa o a la vera del camino. Luego comenzaste a ayudar a todo el mundo, especialmente a los ancianos y viudas. Sus parcelas, largo tiempo abandonadas, volvieron a pelechar; sus casas semicaídas fueron reconstruidasa. Después de que esa gente murió tú continuaste poniéndole mano,18 hasta que con el transcurso del tiempo la gente fue diciendo: “Esto es de don Fermín”, y “Aquello es de don Fermín”. Recuas de mulas iban cargadas al pueblo y regresaban cargadas: “La carga de don Fermín”. Todos los martes la pobreríab acudía en romería a llevar mercado de tu abundante despensa. Tú mismo repartías los bastimentos, y al “Dios se lo pague, don Fermín”, tú respondías con unas palmaditas en la espalda de las pobres gentes.
Hay que ver el díac del Altar de san Isidro:19 todos estaban pendientes de tu llegada con el traído. Los frutos de tus cosechas y los productos de tus ganados surtían con esa sola ofrenda el Altar. Cuando el Cura te abrazaba alborozado, agradeciendo tu generosidad, tú bajabas humildemente la mirada, igualito a como lo hiciste aquella tarde cuando llegaste a casa por primera vez, pero ya no era la voz quedita y cansada, sino que le contestaste con voz fuerte, envalentonado por la bonanza:
—Esto no vale la pena, padre. Hubiera querido traer muchísimo más, pero es que la agricultura es un mal negocio, tan malo, que piense no más en Isidro Labrador, con los años que hace que murió el pobrecito y todavía están pidiendo limosna para él.
La gente reía. El Cura también reía. ¡Claro, lo decía don Fermín Gallo! Y de pronto te quedaste mirando a alguna parte, absorto, lo que siempre te ocurría. Porque por ahí entre la gente estaban mis ojos fijos en ti, o quizás a reconstruídas b pobrecía c Día
Allá en el alto de la cruz
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oíste a mi perro Piquiña que te ladraba desde alguna parte. Por eso se decía de ti que estabas lo más entretenido, conversando animosamente, y de repentea te interrumpías, sobresaltándote, temblándote los cachetes, mirando a lado y lado. Es que tú tienes que recordar muchas cosas. Esto te lo digo. Es que tienes que recordar que al tiempo de estar con nosotros, mi perro Piquiña desapareció; que yo andaba todo desesperado, busque y rebusque, llámelo que no lo he llamado, chiflándolo, hasta que un día don Camilo, que venía de San Carlos20 o San Rafael,21 gritó allá en el Alto de la Cruz: —¡Niño Juuuaaaannnn!
—¡Eeeeyyyyy! —le contesté desde el patio de la casa.
—¿Qué pasó con Piquiña, pueessss?
—¡Está perdidoooo!
—¡Aquí estááááaaa… Muertoooooo… Machetazoooooo… Cabezaaaaa! Corrí hasta el Alto de la Cruz, ahogado por el resuello. Ahí estaba mi perro Piquiña, con tamaña herida en la cabeza, por donde se escapó su vida perruna y buena; con los colmillos pelados, como si aún muerto te estuviera gruñendo. Yo lo traje y lo tiré a tus pies, para que ese último gruñido se te metiera muy adentro de tu alma, para siempre.
Desde tu llegada a El Peñol comenzaron a suceder cosas malas. Tampoco se te puede olvidar que aquella mañana cuando yo estaba en el patio de la casa de la señora Melita, esperando a la niña Flor para ir a la escuela de la señorita Elisa, en la vereda Peñolcito,22 tú te quedaste embelesado mirando a la niña: —¡Que niña tan hermosa! —exclamaste retorciéndole un cachete con un deseo raro. — ¡Te esperaré a que crezcas!
No pude volver a acompañar a la niña Flor a la escuela, ya era la señora Melita quien lo hacía para poder contar por el camino a todos los vecinos que ella estaba encargada23 ¡por nadie menos que por don Fermín Gallo! Cinco años después te la echaste al buche.24 Qué zarandeada le pegaste a la niña Flor. Esa noche la tierra tembló tres veces. Hay que ver a la niña Flor al otro día, cada vez más pálida, como si lentamente se estuviera desangrando, teniéndose el bajo vientre, suplicándole a la señora Melita que la llevara nuevamente a casa, que ella no quería volver a pasar otra noche con el diablo. Fue necesario traer al médico porque la cosa se fue complicando. También hiciste venir al Cura porque no era natural que la niña Flor se negara rotundamente a estar contigo. El Cura echó latines25 por todas partes, especialmente en la alcoba del sacrificio cruento, y después mandó a retirar a toda la gente y se quedó un montón de horas rezando, encerrado ahí, hasta que salió sonriendo satisfactoriamente, todo triunfal, y ordenó que entrara la niña Flor, ya que el diablo había sido derrotado de una vez para siempre. No obstante ella se negó a hacerlo, mirando como ida, hasta cuando el Cura no tuvo más remedio que a reprente
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da rociarla con agua bendita y latines, mientras la gente rezaba en voz alta, ella no resistió y se desmayó, cayendo en los brazos tuyos. ¡Oh, la bella y la bestia! La colocaste en el lecho o en el ara de los sacrificios. Entonces el Cura explicó que todavía había quedado un pedacito de diablo en el cuerpo de la niña Flor, pero que era tan pequeño que con unas cuantas fórmulas más ella quedaría purificada. La niña Flor volvió en sí y al verte lanzó un estridente grito. —¡Salió el pedacito de diablo! —gritó el Cura victorioso. Poco a poco la niña Flor se fue calmando hasta quedarse dormidita. —Todo ha pasado. ¿Pero qué? El diablo hizo estragos en la matriz de la niña. No podrá tener familia —dijo el médico.
—No importa, doctor. Con tal que a ella no le haya pasado nada —exclamaste.
—Hemos derrotado a Satanása —agregó el Cura, frotándose las manos dichosamente.
—Alabado sea el Señor —dijiste.
—Alabado sea para siempre —contestaron todos echándose bendiciones. Y la Flor se fue acostumbrando a la bestia.
Después sucedió la muerte de mi padre Misael. Una borrasca había arrasado su maizal, llevándose la esperanza tanto tiempo trabajada. Luego el Viejo se acabó de trastornar con las noticias que traía el finado don Camilo acerca de la destrucción de El Peñol y la inundación de todas las tierras por el embalse de la Gran Central Hidroeléctrica que se construiría por las Empresas Públicas de la capital, aprovechando las aguas del río Nare. El Viejo Misael resolvió montar guardia permanentemente, porque él no permitiría que el río causara mayores males. Él, que nunca se acercaba al río, apareció flotando sobre sus aguas. Cuando trajeron su cadáver a casa, tú permanecías por ahí taimado, mirando de reojo, hasta cuando te acercaste a ayudar a ponerle la mortaja y pasaste toda la noche velando y rezando, sin que te dieras cuenta que don Camilo me dijo afuerita:
—No sé, Juan… Pero anoche vi a don Fermín que subía del río, y cuando se dio cuenta que alguien venía, se tiró al rastrojo, escondiéndose. Pero que lo vi, lo vi. A mí se me hace mucha coincidencia… Por otra parte supiste que don Camilo había contado que en algún pueblo una señora vestía de negro y tres muchachos le habían estado indagando por un tal don Fermín Gallo, y que él les había contado todo cuanto sabía: —En El Peñol está desde hace muchos años, y es así y asá. Se los pinté26 de tal manera que no les quedó la menor duda que se trataba del mismo hombre de quien ellos querían tener noticia. A la señora se le encharcaron los ojos, pero a los jovencitos no les cupo la ira en las manos. Todito se los conté. Y a satanás
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como yo hablo y hablo… ustedes saben que de tanto ir uno de un pueblo a otro, vendiendo cachivaches, y de tanto tratar a la gente, lo agarra la habladera. Eso fue lo último que oímos de don Camilo, porque al otro día lo encontró don Ambrosio agónico, respirando por las heridas, en las Partidas. Lo llevaron al pueblo y el médico dijo que no se había desangrado porque cuando un hombre recibe muchas heridas dizque la sangre se asusta y no sale a borbotones, lo que no acontece cuando las heridas son pocas, pues la sangre sale tranquilamente hasta la última gota. No obstante el viejo murió sin decir quién lo había masacrado. Entonces fue cuando apareció allá en la colina, subiendo o bajando por ese camino, arreando sus cuatro mulas cargadas de cacharros, hasta ahorita, cuando esa voz gritó en el Alto de la Cruz “¡Mataron a don Fermín Galloooooo…!”.
Pero no termina el asunto aquí, don Fermín. Además están los líos esos, cuando vino el señor Obispo a El Peñol en visita pastoral y dizque para tratar una cosita de vital importancia para todo el pueblo y toda la región. Tú mismo organizaste la cabalgata que iría al encuentro del Obispo. Se tendría que llevar banderitas y pancartas. Contrataste polvoreros en El Santuario;27 la Chirimía de San Vicente,28 que interpreta piezas en sonsonete y que lo mismo da empezar al derecho que al revés; las bandas de música de Marinilla29 y de Rionegro;30 en fin, hiciste todo cuanto hay que hacer para recibir a un Obispo. Todo estuvo a tu cargo.
—Misael, tienes que buscar otro caballo para ir al desfile. —¿Cómo así? ¿Por qué?
—Porque yo he dispuesto de este Caballo Alazán para su Excelencia, el señor Obispo.
—Escúcheme, don Fermín… No es porque usted lo haya dispuesto. No. Si facilito este caballoa es para que quede bendito por haber sido montado por el señor Obispo, no porque usted, repito, lo haya dispuesto. —Está bien, Misael. Está bien. ¿Entonces puedo contar con él? —Claro. Me parece que lo acabo de decir. Siempre que sea para el Obispo, de lo contrario, no.
El Caballo Alazán se levantó de adelante, manoteando, como si se sintiera orgulloso que el trasero del Obispo estaría sobre sus lomos. Todo te salió a las mil maravillas, don Fermín. Porque cuando el señor Obispo apareció en la curva de la carretera, quedó satisfecho de semejante recepción, y eso que los obispos no se sorprenden así porque sí, sino solo ante cosas muy grandes, ¡para eso no son ellos muy grandes de suyo! Y más cuando le señalaron al Caballo Alazán para que lo montara y acabara de arrimar al pueblo. El Caballo Alazán lo olió y relinchó, luego se cuadró para que subiera el Santo, una vez estuvo encima, comenzó a trochar31 elegantemente, a Caballo
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da engatillando soberbiamente la cabeza, arqueando la cola, repicando los cascos al ritmo de los tambores de la banda del Liceo. ¡Qué caballo más alebrestado! El señor Obispo estiraba el pescuezo, sacaba el pecho, mientras el pueblo, allá abajo, lo aclamaba con gritos, aleluyas y confetis, con pólvora y música y cantos religiosos. A su paso, los campesinos se arrodillaban y esperaban que los bendijera, se santiguaban y agachaban la cabeza humildemente ante el representante de Dios, que ante tanta gente parecía el Dios mismo, olvidándose de ese pueblo de pordioseros, porque iba demasiado engreído en su propia grandeza como para mirar a la muchedumbre. Sin embargo de vez en cuando les tiraba bendiciones a la jura, cruces mal hechas, como equis displicentes que el pueblo se metía al alma.
Tú les disputabas a los curas de El Peñol y municipios vecinos el mejor puesto junto al Obispo, porque querías quedar bendito. De repente te quedaste pensativo, miraste a lado y lado, te mordiste los labios, quizás te encontraste con mis ojos o con los gruñidos de Piquiña. Solo el estallido de un cohete te hizo volver al lado del Santo Obispo.
Ya en la plaza de El Peñol, el señor Obispo se apeó del Caballo Alazán, este lo volvió a oler y relinchó elevándose por los aires de puro gozo, el Obispo lo palmoteó repetidamente, acariciándolo largo rato, mientras el pueblo imploraba una mirada, una caricia, una sonrisa de su Pastor. —Excelente animal, don Fermín. ¿De quién es?
—¡De Vuestra Excelencia Reverendísima, si es que lo acepta de este humilde siervo del Obispo Obispísimo!
—No, don Fermín. No es para tanto. Sencillamente es el caballo más hermoso que he montado. Ya mi viaje está justificado a El Peñol. —Pierda cuidado, Excelencia Reverendísima… Que aunque este caballo es de un campesinito llamado Misael, yo lo compraré y será mío esta misma tarde.
—Dios te bendiga, hijo. Ya sabía yo de tu desprendimiento y fe cristiana. Me han contado que todo lo compartes con los pobres, que son los hermanos en Cristo.
Cuando el Obispo te echó esa bendición para tia solo, fue tanta tu felicidad que no cabías en la ropa, y corriste a buscar a mi padre para decirle: —Misael, he venido a comprarte el caballo.
—Y yo a no vendérselo, don Fermín.
—¿Cómo? ¡Pero si es para el señor Obispo!
—Eso oí que le prometió usted. Pero yo no salgo de ese animal. Tú le insististe al Viejo, pero todo fue en vano. Entonces fue cuando lo amenazaste:
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—No me hagas pasar esta vergüenza, Misael, con el señor Obispo. ¡Pide no más!
—No. No lo vendo.
—¿Qué no? ¡Esto te pesará, viejo asqueroso! ¡Te arrepentirás! Tuviste que ir a decirle al señor Obispo que el dueño creyó que se iba a tapar con ese caballo por haberlo montado sua Ilustrísima Reverencia. No quiso vendértelo, pero te consolaste pensando que ya sabrías dónde conseguir otro si no mejor al menos igual al Alazán.
—¡Mejor que ese caballo, imposible! Pierda usted cuidado, don Fermínb, que el hecho de que yo admire a ese animal no quiere decir que lo quiera para mí. —Excelencia, al menos tuve la intención y ustedes siempre dicen que la intención, cuando es bien intentada, basta.
—Dudo, mi querido Fermín, que en la intención pueda uno montar tan bien como en este caballo.
Todos soltaron la carcajada, y tú también tuviste que reírc para no dejarte conocer el cobre.32 Pero está bien claro que habías hecho el ridículo. Por eso fue que te dio una verraquerita33 que se te quedó atravesada como una espina en la garganta. Y bien que te desquitaste con el Viejo Misael. ¿O es que crees que yo lo ignoro? ¡Ya las pagarás todas juntas!
Todo se fue proporcionando para continuar a tu manera. Como en pueblo pequeño, infierno grande, y todo se sabe. De esto también te tienes que cuidar, don Fermín. Así fue como llegó a tus oídos que cuando el señor Obispo se estaba apeando del Caballo Alazán aquel día en la plaza, se le quedó enredada la sotana en una hebilla de la montura, y, yo, que me había abierto paso a los codazos para conocer de cerca a un Obispo, descubría, cuando se le quedó enredada la sotana, ¡que los obispos son hombres! Lo pude ver muy clarito, a pesar de que tú corriste a bajarle la sotana. Pero yo ya había visto. Entonces corrí a contarle a mis amigos que los obispos no eran de otro mundo sino meros hombres. Se quedaron sorprendidos y luego echamos a reír. De eso te enteraste más tarde y entonces dizque dijiste que se lo ibas a contar al Cura para que me excomulgara. ¡Me cogió un miedo el macho! Pues aunque yo no sabía qué era eso, me lo imaginaba de lo más peor, como para uno irse derechito para el infierno, aún sin morirse. Así fue como no volví a salir al pueblo durante varios domingos, sino que me quedé remontado en el campo pegado de la rezadera. Hasta cuando mi madre tuvo que ir a hablar con el Cura y contarle el asunto:
—María, dile a ese muchacho que aunque no debemos avergonzarnos de lo que Dios nos puso, tampoco debemos burlarnos de ello. Que siga rezando mucho para que el señor Obispo continúe siendo hombre. a Su a Fremín
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Aquella misma tarde de su llegada a El Peñol, el Obispo entró a la Casa Cural y después de un refrigerio, no sin antes desinfectarsea las manos con agua, jabón y alcohol, manos que el pueblo había besado devotamente. Luego, por medio del Cura, anunció audiencia al pueblo para tratar el asunto importante:
—Queridos hijos, he venido hasta ustedes haciendo un gran sacrificio, dejando a un lado cuestiones muy importantes, porque hasta mi palacio ha llegado el clamor de todos ustedes. Los sacerdotes me han estado informando constantemente de sus inquietudes, miedos y zozobras. Así es que pueden expresar todos estos temores abiertamente.
—Señor Obispo… que según decires de la gente, dizque las mejores tierras de El Peñol, que son las bajas, van a ser inundadas por el embalse de la Gran Central Hidroeléctrica del Nare.
—Que entonces nos tendremos que subir a lo alto de las montañas, de malas tierras, como animales que huyen de una inundación. —Que las vegas y las bajas colinas son las únicas tierras que producen. Que todo será sepultado por las aguas del embalse.
—Que las Empresas Públicas de la capital están construyendo la Gran Central Hidroeléctrica y quieren echarnos de una vez para siempre de El Peñol. Dizque en las escrituras de las tierras que nos compran al precio que ellas impongan hay que incluir una cláusula de expatriación, donde el que venda se compromete a abandonar El Peñol.
—Esto equivale vender a la madrecita tierra. ¡Tenemos que convertirnos en vendemadres!
—¿Qué es El Peñol? Somos esta tierra y nosotros, los que siempre hemos sido: muertos, vivos y los que vendrán. Este pedazo de tierra bajo este pedazo de cielo. Lo que vemos día y noche, y lo que no vemos pero sentimos dentro del pecho. Caminos, veredas, colinas, la plaza, el templo, las calles, el tañido de las campanas, los demás, nosotros mismos. Nosotros somos El Peñol y El Peñol somos nosotros.
—Y hasta el señor Obispo, aunque no venga por aquí sino de vez en cuando. —Ser campesino es ser de malas. No hacemos sino trabajar como animales y rezar como santos. La pobreza y la miseria son las muletas en que trasegamos la fatalidad. Es lo único que tenemos cerca. Lo demás: el progreso, el gobierno, la patria, la universidad, la técnica, y todas esas cosas raras, están tan lejos de nosotros que parecen un sueño de hadas. Esa es realidad para otros, no para nosotros.
—Es como un sol lejano, allá tras las lejanas montañas, resplandeciente, del que no nos alcanzan sino sus rayos tenues.
a desinfestarse
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—El Gobernador dijo: “Si esos patisucios34 de El Peñol se oponen a la construcción de la gran Central Hidroeléctrica del río Nare, pues les llenamos el pueblito de soldados”. Eso dijo, señor Obispo.
—También le debieron haber contado, señor Obispo, que cuando los sacerdotes de esta región fueron a reclamar a los ingenieros, porque ya habían perecido seis hombres en las obras, ellos largaron la carcajada y les contestaron: “Las Centrales se hacen con dinero, dinamita y cadáveres, padres”. Pero que estuvieran tranquilos que todo estaba presupuestado… —Pues yo por ahí de noche le robo raticos al cansancio y me coge la pensadera en ese tal progreso con que nos engatusan los señores de Empresas y los políticos que nos visitan. Yo me pregunto: ¿Qué nos toca a nosotros de ese progreso que representa la Central Hidroeléctrica? —Pues a mí también me agarra la pensadera de vez en cuando y opino: todo sacrificio por el progreso debe tener una contraprestación. Pienso que a El Peñol se le debe dar algo así como un porcentaje de la Central Hidroeléctrica.
—¡Eso es pensar! ¿Comoa por qué un municipio invade a otro despojando a sus habitantes de sus tierras y de su patria chica? No encuentro la razón, a no ser porque uno es la capital y tiene el poder y el otro es pobre. Quizá sea por ello… —Un momento —dijiste, don Fermín— Yo creo que todos los que han hablado aquí tienen el opinadero dañado. Yo no estoy de acuerdo con ellos. Yo he oído decir a los señores de Empresas Públicas y a los líderes políticos que nos visitan algo muy puesto en razón: que El Peñol debe aprovechar la actual coyuntura, pegar un tironazo y reventar la cuerda que lo une a la miseria y que lo mantiene alejado del progreso. Estas tierras serán vendidas a Empresas Públicas, y con su precio debemos buscar mejores horizontes, en lugar de estar aquí apretujados en este pañuelito de tierra, sin porvenir para los hijos, ni para nadie. Qué bonito será oír decir: “Aquí estuvo El Peñol, un pueblo que sucumbió en aras del progreso”. ¡Ah…! entonces lo importante no es ser hijo de El Peñol, sino haberlo sido. Cuando el progreso haya sido impulsado por la energía que generará la Gran Central Hidroeléctrica del río Nare, entonces la Patria nos tendrá en cuenta. Estoy seguro. Entonces callaste y esperaste los aplausos, miraste a tu alrededor y viste que todo el mundo estaba en silencio y con el ceño fruncido, que apenas síb te miraban con desprecio. El Obispo apenas se percató de ello, te sacó del apuro: —Hijos míos: he oído el clamor de la grey. ¡Qué bello que las ovejas balen al pie del Pastor! De esa manera nos sentimos más Iglesia Militante. He escuchado algunas cosas interesantes, y otras, que no lo son, quizás nacidas de la frustración y el rencor. Indudablemente la vida campesina es dura. Es a Cómo a si
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da como si ustedes llevaran el peso de la Iglesia y de la Patria. Por eso cuando ellas necesitan fortalecerse, acuden a buscar ánimo y respaldo en los campesinos. “La Iglesia no se opone a que estas tierras sean inundadas por la Represa, no puede hacerlo, porque ella no está en contra del Progreso, y en cierta forma es su aliada. Su malestar, el de ustedes, es comprensible, porque el campesino se apega a su terruño y permanece arraigado como un árbol a la tierra, tal como lo ha dicho don Fermín Gallo”.a “Hemos tomado atenta nota de sus inquietudes, las que serán estudiadas cuidadosamente. Yo no vine a decir sino a oír.b Quede constancia que el corazón de su Pastor está hecho trizas, pues la angustia de ustedes también lo es de su Obispo. Creo que, como dijo uno de ustedes, también me ha agarrado la pensadera. Que la bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, llegue a sus almas y les sirva de consuelo”.c Las gentes salieron de la audiencia silenciosas, derrotadas, con vacío inmenso al lado izquierdo. Solo, tú, don Fermín, estabas güete35 porque el Obispo en cierta manera había acogido tus palabras y te había llamado por tu propio nombre.
—¿Que se va a llevar las campanas? ¡Eso sí que no! ¡Puede ser más Obispo que un diablo, pero las campanas jamás se las llevará de aquí! Dijeron las personas cuando alguien echó a rodar la bola que el Obispo había dicho al Párroco que tenía esa intención respecto a las campanas. Que ni el cementerio, ni el templo ni las demás propiedades de la Parroquia se las dejaría engullir de las Empresas Públicas. Pero que las campanas, las más sonoras de la Diócesis, se las llevaría para la Central de Sonsón. Apenas llegué al Alto del Yarumo aquella tarde, más temprano que nunca, sentí que a mi lado había un hombre. No quise mirarlo, ni darme por entendido que estaba ahí. Esperé que él hablara y continué observando al finado don Camilo, allá en el camino, subiendo y bajando, arreando sus cuatro mulas. —Me dijeron unos hombres, allá abajo, que tú eres Juan —dijo el forastero.
—Sí. Te dijeron la verdad. —Le respondí, sin mirarlo. —¿Dónde está don Fermín Gallo? Me dijeron que tú eres la persona más indicada para darme noticias suyas. —Levanté la mirada y quedé pasmado: —¡Pero… si tú eres el mismo don Fermín Gallo que llegó aquella tarde a mi casa! —exclamé asombrado del enorme parecido.
—Somos dos personas distintas. Él es don Fermín Gallo y yo Fermín Gallo —me respondió fríamente, sin emoción en la voz. —Vaya… vaya. ¿Quién te dijo que yo te informaría de don Fermín Gallo? a Gallo.
b oir c Consuelo.
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—Te dije que unos hombres, allí abajo… Pero ya todo lo sabía por boca de don Camilo, el arriero cacharrero.36 Incluso me acompañó buen trecho del camino.
—¿Cómo? ¡Pero si él fue matado hace tiempo! Y desde entonces se pasa la muerte subiendo y bajando por ese camino de enfrente, por ese que se divisa allí. —¿Tu papá también fue arrojado al río, no?
—¿Quién te lo contó?
—¿Y tu perro Piquiña?
—¿También lo sabes?
—Estoy enterado de todo lo de don Fermín Gallo. Don Camilo me lo contó todo. De cómo apareció por acá y se fue enriqueciendo apoderándose de las propiedades de los ancianos y viudas. Es muy fácil lograrlo a costa de bondad y crimen. Para después ampararse repartiendo la parte de lo robado, mientras dejaba a su mujer y tres niños en el más completo abandono… —El viejo Fermín Gallo se va a alegrar cuando te vea. —No. Ni yo tampoco —el forastero se ha quedado mirándome fijamente. —¿Para que buscas a don Fermín Gallo?
—Para matarlo.
—Allá en el Alto de la Cruz… Te está esperando. —¿Por qué sabes que me está esperando?
—Me lo dijo don Camilo, hace poco.
—Es una vaina37 matarlo al pie de la Cruz… —No lo tienes que matar.
—¿Por qué?
—Ya está muerto.
Nos quedamos mirándonos fijamente. De pronto se oyó un grito. — ¡Mataron a don Fermín Galloooooo…!
Eso gritó un hombre en el Alto de la Cruz.
…
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da La hora llegada El camino que baja de los Cerros de Santa Inés viene de muchas partes y conduce a muchas otras. Pero el ramal que se desprende del camino principal, allá, a todo el frente de la casa, no va a ninguna parte. Este lo dejaron mis hermanos para mí, por si de pronto… Ellos han estado fraguando la idea del viaje desde hace tiempo, dándole vueltas al asunto, hasta que al fin se decidieron. Se van sin decirle nada al Viejo.
—Con ese señor no vamos a ninguna parte. —No nos da sino sufrimientos.
Toda la mañana se la han pasado bañándose, ahí en el chorro del patio, se jabonan y estregan con un estropajo,38 y vuelven a enjuagarse, y así y así, sin nunca acabar.
—No se te olvide arrumar leña para que la Vieja alimente el fogón. —Siempre ha tenido la manía de estar atizando el fuego. —No descuides el tabaco en rama.39 —Cuando el Viejo regrese, baña el caballo y aliméntalo. En los últimos días no hacen más que recomendarme que haga esto o aquello, pero no se dan cuenta de quea si alguien tiene que hacer todo el trabajo soy yo, apenas se hayan ido ellos.
El Viejo va a decir:
—¿Dónde están los muchachos, que desde ayer no los veo? —Se fueron.
—Ah, sí… Por eso es que la Vieja tiene calladera. —Ella siempre está callada.
—Seguro que no ha hecho sino llorar y llorar. —Ella ya no llora. Es como un pozo seco. —Ahora el trabajo de los tres lo tienes que hacer tú solo. —Es mucho trabajo para ese muchacho —reprocha la Vieja desde la cocina.
—Supongo que el trabajo lo tiene que hacer alguien, ¿no? —dice él categóricamente.
En esta casa casi nadie habla, ni canta, ni sonríe. Nada. Las personas y las cosas se anuncian con su presencia callada y quieta. El perro no ladra y el a pero no se dan cuenta que
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gallo no corteja a las gallinas sino que las coge a la traición y las despacha sin aspavientos.
A veces a cualquiera de nosotros le da por quedarse contemplando las montañas y le dan ganas de llorar.
—No mires tanto esas montañas, muchacho. Acaban por metérsete al alma y te llenan de tristeza.
Eso nos decía la Vieja, pero nosotros de vez en cuando la sorprendíamos mirándolas fijamente y se le encharcaban los ojos. En ese entonces todavía tenía lágrimas.
Hace muchos años el Viejo nos dijo:
—Hay que orinar en ese tabaco en rama para enfuertarlo.40 El Viejo se muestra muy ufano de contrabandear con el mejor tabaco en rama de la región. La tierra lo produce igual, pero solo nosotros lo sabemos fermentar y aromar. Nadie nos puede competir en calidad, de ahí que nos estén echando los guardas de rentas41 encima.
—Nos pueden quitar el tabaco, pero la fórmula para enfuertarlo, ¡jamás! Eso dijo el Viejo con un grito tan fuerte que hasta el perro corrió a agazaparse bajo una cama. Es que cuando él se enfurece y grita, todo cuanto hay cerca se estremece, como cuando cae un rayo.
—¡Hay que tumbar al Gobierno! ¡No nos deja trabajar! —¡Por Dios! ¿Qué son esos gritos? ¡Algún día te vas a reventar por dentro con semejantes iras! —lo previene la Vieja, que también ha saltado lejos. Yo sigo desgranando maíz mientras los muchachos se bañan en la pila42 del patio. Siempre estoy desgranando maíz cuando no tengo nada qué hacer, porque desde niño me han enseñado que hay que estar ocupado para que uno no comience a pensar en cosas malas.
—No puedes dejar mucho tiempo el tabaco mojado. Se pudre. —Hay que secarlo dispersando las hojas sin que les dé el sol directamente sino de soslayo.
—Para que no se dore y quede quebradizo.
—Así no queda sirviendo para enrollarlo.
—Ya, por último, tienes que rociarlo con agua de panela para que endulce un poco.
—Sin mucha panela para que no se enchicle.43 Pienso que después me recordaré de estas palabras, que los veré ahí, tal como se están bañando, y con esa habladera. Entonces me entristeceré. Uno se entristece fácilmente.
¿Por qué uno está hecho así?
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Pero la Vieja está hecha de más tristeza que todos nosotros juntos. Es como si algo se la estuviera comiendo desde adentro, mientras el Viejo se da el ancho por allá, por el mundo.
¿La Vieja por qué se casaría con un hombre así?
—¿Qué será de los muchachos, mijo? Como hace tiempo que se fueron… Y ni una cartica, ni nada… —Por acá no viene nadie, Madre. Esto está lejos de cualquier parte. —Pero estamos nosotros. O será que nosotros no somos gente… —Madre… ¿por qué te casaste con un hombre así, como el Viejo? Ella se ha quedado mirándome, sus ojos brillan fugazmente, luego una sonrisa se retuerce suavemente en sus labios, como una serpiente moribunda. El silencio se torna una cosa espesa, viscosa, casi se puede tocar. Comienza a tenerse el asma con ambas manos, quisiera metérselas en el pecho y desgarrar ese ahogo. Yo continúo desgranando maíz, muriéndome del pesar de haber apuñalado a la Vieja con esa maldita pregunta que me gusaneaba por dentro pero que me había guardado durante tantos años, y que inesperadamente se me zafa. —Él era un hombrazo. Las mujeres daban un tropezón por él. —Todavía dizque lo dan, Madre.
—¡Claro que lo dan! Como ya no le sirvo… Acabó conmigo. Es fácil destruir a una persona, mijo. Pero si todos los días se lea va matando a pedacitos… Esto ya no tiene nombre. Qué me iba a imaginar yo la vida que este hombre me daría, o mejor, me quitaría. Y recordar cómo empezó todo: me guiñaba el ojo y yo haciéndome la desentendida. Así fuimos cayendo en la trampa que nosotros mismos nos tendimos.
—¡Qué vaina, Madre!
—“Ese hombre no te conviene”,b me decían. Pero no se te puede olvidar, mijito, que yo era mujer. Después cuando él se perdía durante semanas enteras por todos esos campos curando enfermos y bebiendo aguardiente, yo sentía que me hacía falta.
“Cuando no estoy contigo, siento una gusanera aquí en el pecho que me devora”.
—Eso me dijo, llenándome de felicidad. Comprendíamos que teníamos que estar juntos, que así podríamos salir adelante. Creo que eso era amor. —Pero él fue el único que salió adelante, Madre.
—¿No seremos demasiado rudos al pensar eso?
Ella continuó atizando el fuego y yo desgranando maíz, tal vez para no pensar cosas malas.
Los muchachos aún se bañan en la pila del patio, sus cuerpos están enrojecidos de tanto fregarlos. Dentro de poco ellos podrán gritar con toda la a la b conviene
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fuerza de sus pulmones ¡Libertaaaaddd!, será para ellos el fin de una larga cadena de órdenes tajantes:
—Jeremías, tienes que llevar ese tabaco a Marinilla. Hay que emprender el camino al anochecer para entregarlo en la madrugada a don Nicanor. Mucho cuidado con los guardas de rentas. ¡En todo caso que no se pierda el tabaco! —Luis, debes hacer la entrega del tabaco en Guatapé,44 San Rafael, San Carlos. La jornada es larga, pero no puedes demorarte más de tres días. ¡Lo están esperando, luego debe llegarles!
—Eduardo, tú harás compañía a la Vieja, haciendo todo lo doméstico, enfuertando el tabaco, desmontando potreros, desyerbando las sementeras… Y el Viejo se queda mirándonos, pero nunca dice: “Compras esto o aquello para la casa, o para la Vieja, o para nosotros”, sino que todo el producido va a caer a sus bolsillos para luego gastarlo en medicinas para todos los enfermos que hay en el mundo, o para comprar aguardiente. Por ello la pobre Vieja se tuvo que dedicar a hacer jabón de tierra45 o de ceniza para poder comprar jartadera46 y chiros47 para ella y para nosotros, y hasta para él. Antiguamente ella misma iba hasta el propio pueblo a venderlo, pero el asma y la secadera no lea dejaron arrestos para llegar hasta allá.
—Creo, mijitos, que el pueblo lo corrieron mucho más allá. Caminaba y caminaba y no fui capaz de llegar.
Regresó por la tardecita, toda fatigada por la asfixia, con las cestas de jabón. Nos quedamos mirándola, llenos de tristeza, y comprendimos que los embelecos del asma y la secadera la tenían en los meros huesos. La Vieja estaba acabada.
—Tranquila, Madre. Yo iré a venderlo.
—No te queda tiempo, muchacho.
—Haré los otros oficios más a prisa, para poder ir al pueblo a vender el jabón. —Pienso en la enverracada48 que se va a pegar el Viejo cuando regrese un día de estos y no los encuentre a ustedes aquí. Entonces ya estarán muy lejos y no oirán cuando grite:
—¡Guá! ¡Hijos para qué! ¡Mujer para qué! ¡Ninguno sirve para un carajo! ¡Nunca han servido!
Y muerto de la rabia vuelve a montar en su caballo, o se va para El Peñol a emborracharse. Porque él llega allá y todo el mundo le hace corrillo para escucharle sus aventuras, curas y locuras, y pedirle que vaya a ver a fulanito o zutanito que está muy enfermito. El Viejo acude donde el enfermo, le mide la fiebre con el termómetro de la mano, le aprieta las venas de las sienes con las yemas de los dedos índice y pulgar, quedándose embelesado en el más allá, musitando secretas y misteriosas oraciones, mientras la gente guarda silencio mirando el rostro del paciente.
a la
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Está gravísimo, pero ya veremos.
Hace traer los alforjones49 que ha dejado sobre la montura, donde guarda las medicinas.
—Porque en este caso hay que combinar los rezos y las medicinas —explica para dar a entender lo complicado del asunto.
Saca frascos, papeletas sin escritura alguna, ya que no necesita de esas complicaciones sino que todo lo identifica con el olor, color, o sabor. ¡Y vaya ciencia del Viejo! Pronto el enfermo está aliviado, ante el asombro de todos. Luego le quitan con alcohol ese olor de tumba que tanto disgusta a los vivos. —Desde que la enfermedad no venga complicada con la muerte, siempre hay solución —dice el Viejo sonriendo triunfalmente. Sale a prisa, sin esperar que le digan gracias o cuánto le deben, porque sus conocimientos son para el pueblo. Eso dice él y así actúa. Es la verdad.
—¡Don Rafael es ayudado,50 puuuuhhhh! —exclamaba la gente cuando presenciaba alguna cura milagrosa.
—Es un pedacito de Dios en la tierra —dicen otros.
Y como lo único que él recibe es aguardiente, le dan a torrentes, no obstante ser un gran comprador de aguardiente tapetusa,51 porque del oficial casi no le gusta dizque porque viene envenenado por los impuestos, y, además, igualito al tapetusa no hay aquí ni en el cielo. Hasta el caballo lo sabe, porque la vez que le echaron aguardiente del Estado, se encabritó y comenzó a dar coces y casi no lo calman, porque él solo consume, como su amo, tapetusa. Y eso es lo que le echan por las orejas al caballo, al principio se fastidia y sacude la cabeza, pero después siente cierta delectación muy especial, se le van enrojeciendo y brotando los ojos hasta ser como un coágulo de sangre viva, y caballo y caballero emprenden el viaje después de días y noches de farra.52 —¡Qué espectáculo ver a este par de borrachos trotamundos, mujeriego el uno, yegüero el otro; soberbio el uno, alebrestado el otro! —exclamóa alguien. —Ese viejo Rafael, pelirrucio,53 con esa barba que le cae hasta el ombligo luchando por dejarse llevar por el viento.
—¡Parece un personaje escapado de la Biblia!
—Yo una vez me los encontré en el camino. Sentí como si viniera un huracán, y me la calé que eran ellos. Parecían la hora llegada. ¡Qué par de borrachos!
Pero lo que no comprendes es que ahora la Vieja también está en su hora llegada, que esa secadera, esa angustia y el asma están haciendo estragos en la pobrecita. Siempre llegas a casa caído de la borrachera, derribando cosas, insultándonos. Desde lejos se oye llegar. Primero el repiqueo de los cascos del caballo que tamborilean hiriendo la noche y después los resoplos atronadores que retumban en las cañadas. Y nosotros agazapados en un rincón, mirándote a esclamó
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desde el fondo del terror, para después tener que soportar esa otra humillación al verte sacar manteca del calabazo, que siempre llevas atado al pico de la montura, y echarle a la pobre comida que devotamente te ha guardado la Vieja, por si de pronto apareces. Porque tú eres el único que come con manteca en esta casa. Sin querer se nos pasa la lengua por los labios, y tragamos saliva, también sin querer.
En una de esas llegadas tuyas, la Vieja estaba solita en casa, nosotros aún no habíamos regresado del trabajo, pues todavía no habíamos entregado las remesas de tabaco, ella sintió mucho miedo al verte llegar borracho y corrió a esconderse, en medio de un aguacero, bajo los cafetos de la huerta, porque tú estabas acabando con todo. Entonces fue cuando se pescó el asma que le oprime el pecho y la deja sin resuello. Pero tú que todo lo curas, no has podido curar a la Vieja.
—Él nunca ha tenido cosa buena para la casa.
Ahora la Vieja está avivando el fogón, mira de reojo a los muchachos y comienza a revolcar las brasas furiosamente con el tizón que tiene en la mano, hurga las rojas entrañas del fogón, el fuego crepita y las llamas son tragadas por el aire; siempre me he preguntado: ¿para dónde se van las llamas? —Se las traga el diablo cuando tiene sed.
Es que la Vieja está rabiosa porque los muchachos se van, o no propiamente porque se van, sino porque se tienen que ir. Claro que ella no les ha dicho nada reprochándoselo, sabe que ellos no tienen la culpa, sencillamente se tienen que ir.
—Aquí no hay esperanza.
Les contestó la Vieja cuando se atrevieron a platicarle del viaje y luego el asma comenzó a apretarle el pecho como si un ogro la estuviera escurriendo. —Es como una jauría de perros furiosos que me estuviera mordiendo por dentro.
Nosotros cuando vemos que el asma le está haciendo estragos, comenzamos a sudar de sufrimiento e impotencia. Nada podemos hacer por la Vieja. Ahora no le ha dado el ataque de asma sino que escarba rabiosamente con el tizón mientras yo desgrano maíz y los muchachos se bañan en el patio. Mis hermanos tienen bigote grande y a mí todavía no me sale por más que lo llamo ante el espejo. Por lo que ellos tienen bigote es que el Viejo ya no los tunda,54 aunque sí les alega a gritos, pero con ciertas limitaciones, sobre todo desde aquella vez, cuando en un momento de rabia, le lanzó un azadón a Luis, y este le echó mano en el aire, y cogiéndolo de los extremos le aplicó la rodilla quebrando el mango como nada. El Viejo se quedó mirándolo comprendiendo muchas cosas.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Sé que dentro de pocos días estos muchachos me van a hacer mucha falta, aún para cosas tan sencillas como para fermentar el tabaco. —¡Madre, el Viejo me va a matar!
—¿Qué pasa ahora?
—Yo solo no soy capaz de fermentar el tabaco en rama. No me alcanza la orina.
—Eso está muy grave, mijito. ¡Hasta para eso hacen falta los muchachos! —Madre… tal vez que me ayudaras… —No. No sirven. El Viejo dice que agusanana y pudren el tabaco en rama. —¿Qué hacer?
—A beber líquido hasta no más. Así te dará orinadera, mijito. Yo me he reído con esta salida tan oportuna de mi Vieja. Reír es cosa rara en esta casa, y los muchachos cesan de estregarse y me miran extrañamente, pero me hago el desentendido y continúo desgranando maíz. —Quien a solas se ríe, de sus maldades se acuerda —dice Luis. Más yo me quedo ensimismado en mi labor de desgranar maíz. Es como si me estuviera acordando del futuro, del montón de cosas que me van a suceder apenas se marchen mis hermanos. Creo que ni Luis me ha hablado sino que eso lo dirá algún día, ni ellos se estarán bañando en la pila del patio, ni la Vieja estará enfureciendo el fuego sino que ella habrá muerto, y todo no será sino un recuerdo. Seguro que ya me agarró la pensadera, debe ser por no tener bigote ni ser capaz de quebrar el cabo de un azadón. ¡Qué vaina! La Vieja hace tiempo no se aparta del fogón, porque se la pasa atizándole el fuego, encurrumidita,55 enjuta y seca, como si fuera un tiesto más, hablándole a los hijos ausentes:
—Eh, hijitos. Siquiera volvieron ¿Qué es eso de irse lejos y pasar los años sin saberse nadita de ustedes? Muévanse a ayudarle a este pobre muchacho. Hagan el oficio rápido para cuando torne el Viejo no comience con la alegadera.
Sin embargo, hoy el fogón no le ha querido funcionar a la Vieja, porque ha estado a punto de apagársele varias veces:
—Es que la leña está verde, ¿o qué?
—No, Madre.
—¿O está mojada?
—No, Madre.
Es duro ver a la Vieja en este estado. Hasta el Viejo siente pesar y no es capaz de ensillar el caballo y largarse a sus correrías, como siempre lo ha hecho. Permanece a su lado haciéndole promesas:
Jacoba, no me volveré a separar de ti. Estaré siempre a tu lado. Me dedicaré a ayudarle a los muchachos. Los haré regresar.
a engusanan
La hora llegada
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—¡Eduardo! —me llama la Vieja con un débil grito. —Aquí estoy, Madre.
—Llama a los muchachos que están por ahí trabajando. Tengo una corazonada: al Viejo le debe estar sucediendo algo muy grave. Creo que se está muriendo. Oí su voz muy lejana. Llámalos para que vayan a buscarlo, de todas maneras es su padre.
—Pero, Madre, si él está ahí a tu lado. He escuchado lo que te ha dicho. —¿De veras?
—¡Sí, Jacoba! No es un sueño. Es la pura verdad —le recalcó el Viejo, pasándole la mano por la pobre cabellera gris.
—Ya para qué… Ya no queda un lugarcito para la alegría. ¿Para qué un rayito de luz cuando todo es oscuridad? Procuré mantener el fuego encendido… El fogón se ha apagado para siempre… —Estaré siempre a tu lado, Jacoba. ¡Seremos felices! —¿Y sí habrá tiempo de volver a comenzar?
…
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Con esa cara que tiene Los policías se acurrucaron al borde de la quebrada Peñolcito,56 bebieron agua en el cuenco de la mano, y luego se mojaron la cabeza. —Hay que tomar agua hasta embucharse, porque la Griselda es tan pobre que no da nada de nada.
—Con ese hijo que tiene, para qué más pobreza —repuso el policía Ciro, con el deseo de llevar la conversación por ese lado, pues él tenía sus dudas acerca del hijo de Griselda.
Pero Chaverra no se dio por entendido, o no quiso aceptar el tema, o prefirió dejarlo para más adelante, limitándose a echar una mirada rápida al novato Ciro.
Los dos hombres continuaron el viaje bajo el resisteroa del sol.57 Las huellas de los guayos quedaban en el polvo, profundas, grandes, como rastros de grandes saurios, sobresaliendo entre las de los pies descalzos de los campesinos que iban o venían, pequeñas, pulidas.
Nuevamente el sol comenzó a hacer estragos en la humanidad de los dos policías, el sudor les chorreaba por la cara, llenando la comisura de los labios. El policía más joven probó, creyendo que era agua, y resultó sudor, escupió la aguasal, y el salivazo se hundió en el polvo formando un pequeño cráter. —Chaverra… ¿usted sí cree en lo que nos dijo el señor Alcalde? —¡Claro, hombre! No lo dijo así porque sí b. Era una orden. Un relámpago de sorpresa le hizo temblar el cachete a Ciro, dilatándole la mirada. Pero como Chaverra lo decía así no más, se calmó, aunque quedándole una espinita allá adentro, pringándole la paz, escarbándole la conciencia, entonces exclamó, como para ahuyentar ese pájaro negro que revoloteaba en su interior:
—¡Qué va, hombre!
No bastó. El pájaro negro continuaba revoloteando dentro de la jaula de su cuerpo, picoteando la alambrada, buscando la puerta para volar, volar… ¡Inútil! Los dos hombres siguieron caminando, pensando cada cual en lo que el señor Alcalde había dicho ayer por la tarde en la oficina: —“Chaverra y Ciro se madrugan por él. Si hace resistencia le pegan un tiro”. Lo había dicho mientras se mandaba un aguardiente. El señor Alcalde bebe todo el día. Con esa barrigota que tiene, qué se va a emborrachar. Da asco a resisterio b así porque así
Con esa cara que tiene
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ver esa panza asomándosele por la abertura de la camisa, toda peluda y sudando grasa; los botones de la camisa apenas le aguantan unos diítas y después esa cosa se abre paso haciéndoles perder la cabeza. —“Claro que no lo pueden matar delante de la vieja Griselda”. Y nos mató el ojo maliciosamente, como si nos dijera: que no queden testigos, porque enredan todo.
Después de mucho andar vieron la sombra de sus cuerpos a sus pies, estaban parados en sus sombras.
—Ya es mediodía.
Divisaron los altos cerros, detrás del más grande está la casa de la vieja Griselda, sostenida por vientos contrarios.
De pronto los hombres se miraron y recordaron que iban juntos. —Como le iba diciendo, hombre… —comenzó a decir Chaverra. —El señor Alcalde lo dijo por decir —interrumpió Ciro. —Ese viejo zorro sabe cómo dice las cosas.
—Yo no soy capaz de matarlo, Chaverra.
—Claro que uno lo puede hacer, entonces, ¿para qué es policía?a —Un muerto pesa mucho. Recuerde que Chucho Trancas decía que todos los días sentía más pesado al difunto Simón. —Lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahorita mismo. Se le brotaron los ojos, y dizque bebía para ahogar al finado Simón, pero ese muerto como que sabía nadar.
—Y el finado Simón acabó con el Chucho, porque, ¡vaya si murió joven el Trancas!
—Tienes que recordar que Chucho Trancas no era policía, y no podía matar así no más.
Ciro echó una mirada temerosa a su compañero, se mordió los labios, y pensó que ese hombre era capaz de hacer cualquier cosa amparado por ese maldito uniforme.
—Pero dicen que pocos muertos pesan más que muchos. —Será porque uno se curte.58 Y en esas llegaron a los altos cerros. Se secaron el sudor con la manga de la camisa y sintieron que la brisa refrescaba su rostro. Se desabotonaron la camisa para que la frescura penetrara en los costillares. Entraron al pueblo en fila india. Él venía con las manos atrás, esposadas, sin atreverse a mirar a nadie. Ni siquiera le dejaron que se cambiara de ropa, sino que apuntándole con los fusiles le ordenaron: —¡Manos arriba!
—¿Y ahora qué sucedió? —les preguntó, haciendo una mueca de angustia. —Usted no puede preguntar nada, ¿no ve que está incomunicado? a ¿entonces, para qué es policía?
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —El señor Alcalde nos ordenó que no lo dejáramos hablar nadita. —Y que nosotros tampoco le platicáramos.
Al ver que el pobre hombrecito no había hecho más que dejarse agarrar dócilmente, Ciro se mordió los labios y recordó lo que venían conversando por el camino:
—¿Pero es que siempre le tenemos que echar mano59 a él? —El señor Alcalde dice que son razones de Estado, que el pueblo lo pide, porque si no se coge al culpable entonces la gente no cree en las bondades del Gobierno. Eso me explicaba la otra vez, pero no entiendo ni pizca. Si el señor Alcalde lo dice… Además a nosotros nos pagan por obedecer. —¿Entonces cuando sucede un delito hay que encerrar a alguien? —Yo no sé, Ciro. Si a uno le gusta este oficio, quédese callado; pero si no, renuncia. En verdad, yo no sé… —Yo tampoco.
—Será que hay que conservar las apariencias.
Ciro aúna estaba viendo a la vieja Griselda crucificada en la angustia de ver que salían con su hijo.
—¡Otra vez preso! ¡Este muchacho nació para ser de malas! Había dicho Griselda, agarrada a él, suplicándoles que no se lo llevaran, hasta cuando Chaverra la tiró a tierra de un coscorrón. Tampoco podía olvidar a la pobre vieja golpeando la tierra con los puños y gritando: —Él nada ha hecho. ¡Es inquina que le tiene el señor Alcalde! —¡Ahora quién cuidará del maizalito! ¡Todo se perderá! Porque cuando ellos llegaron lo hallaron en el maizal, desyerbándolo y aporcándolo,60 todo sudoroso y sucio, con esa misma ropa remendada que trae puesta.
En el pueblo había tanta gente que no parecía miércoles. Todos se amontonaban para ver pasar el matón, al hijo de la tal Griselda. Y lo que son las coincidencias, ellos que entraban a la plaza y las campanas que comenzaron a doblar.
—Ya como que empiezo a comprender… ¿Me están achacando un muerto? —preguntó con el susto brotándole los ojos.
—¡Que no puedes hablar, pendejo! ¿Se te olvida que estás incomunicado? —Le reprendió Chaverra con un sacudón.
—¡Ya traen al que mató al muerto! —gritó un muchacho. Todas las personas que estaban viendo al difunto, que yacía en un ataúd, en el corredor de la cárcel, salieron atropelladamente a la acera. Preciso: ahí traían al hombre, Chaverra y Ciro.
La gente se fue agolpando alrededor de los tres hombres. —¡Claro que fue él! ¡Es que mírenle la cara!
a aun
Con esa cara que tiene
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—¡Comenzó robando cuadernos y lápices en la escuela! —¡Luego siguió con gallinas!
—¡Después con cerdos!
—¡Y con caballos y vacas!
—¡Vean hasta dónde llegó ahora!
—¡Seguro que mató a don Luis para robarle algún tabaco! El corrillo crecía cada vez; la gente se apiñaba con la rabia apretada en los puños y dando gritos, pidiendo venganza.
—¡Miren! ¡Ese machete debe estar chorreando sangre todavía! Algunas piedras le fueron lanzadas, pero la policía intervino acallando a la gente, o al menos haciéndola retirar, aunque los ojos seguían relampagueando de la ira. Más luego la turba volvió a la carga: —¡Debemos acabar de una vez con él!
—¡Así no volverá a ocurrir nada en este pueblo!
—¡Azote de los campesinos! ¡Bestia!
—¡Su mamá no lo tuvo por donde se tiene a los niños!61 —¡Baaaasstaaaa! —gritó el Padre Rufo.
La voz del cura petrificó los rostros de las gentes que se distanciaron como si hubieran sido empujadas por un rayo.
El Padre Rufo se quedó mirando a la multitud y dijo: —¿Es que acaso ustedes se creen unos santos? ¡Díganmelo a mí que los he confesado desde niños! ¿Por qué quieren hacer daño a este pobre pecador? ¡Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra! ¡Escúlquense la conciencia! —¿Qué diablos pasa aquí? —gruñó una voz gruesa, de oso cavernario. —Señor Alcalde, ¿cómo tolera usted estas cosas y expone al odio a este hombre? —se le enfrentó el cura.
—Mire, padrecito: usted en la Iglesia y yo en la Alcaldía. ¿Es que se le olvida que usted y yo somos dos potestades distintas? No pise mis terrones que yo nunca he pisado los suyos, o, ¿cuándo me ha visto celebrando misa, confesando o predicando?
Luego cambió de táctica, y poniéndole la mano en el hombro zalameramente62 lo fue sacando del barullo y lo encaminó hacia el templo. El Padre Rufo cayó en la cuenta que el señor Alcalde sencillamente lo había sacado de taquito63 del asunto, y, con un gesto de desprecio y rabia, entro al templo, miró de reojo al Cristo, y dándole la espalda lo increpó: —Otra que te apunto, Señor. A la larga te estoy cogiendo muchas puntadas en falso. No me digas que ya no te acuerdas. Pero tienes que acordarte que recién venido este Alcalde a El Peñol me preguntó qué opinaba yo de ese hermoso letrero que había en la pared de la Alcaldía y que se podía leer de cualquier punto de la plaza principal, y que decía: “Toda potestad viene de
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Dios”, y más abajo, en letra pequeña: “Alcaldía y Casa Consistorial”. ¿No era eso pura teología, Señor? Me dijo que eso ya estaba pasado de moda, que la política había evolucionado mucho. Entonces yo le pedí un placito, pero era para consultarlo contigo, ¡y tú nada que me iluminaste! Como nada le decidí, el señor Alcalde borró el letrero. Yo le dije:
—Señor Alcalde, ese letrero estaba ahí desde tiempos inmemorables. Nadie se atrevió jamás a quitarlo, porque en verdad todo poder viene de Dios. —Yo le digo, Padre Rufo, que la gente que nos visita se echa a reír al leer ese letrero. Era una antigualla.
—Eso me dijo el señor Alcalde, Señor.
—Ahora ocurre otra desgracia. Han traído a un pobre muchacho a quien acusan de haber cometido un crimen. Al hijo de Griselda se lo va a llevar el diablo. A lo peor es un pecador, y que dado sus antecedentes —una cadena de hurtos y robos, según dicen— lo culpan de haber muerto a un buen hombre, ¿pero si de pronto no fue él? ¿Si todo eso que le endilgan es falso? ¡Qué sabe uno de tus designios, Señor! ¡Cómo es que nada le dices a uno! ¿Quién sabe si fue un instrumento tuyo para llevarte el alma de don Luis? ¿No había por si acaso un accidente o una enfermedad para don Luis? ¡Ay, Señor, hasta yo mismo seré un pecador al estar pensando estas cosas! ¿Será mucho pedirte que si el hijo de Griselda es inocente hagas un milagro y pruebes que él nada ha hecho? Te doy un plazo de hoy a mañana. Nada te cuesta. Pero te advierto que si no haces este prodigio te cambio por el Señor de Zaragoza,64 porque ese sí que hace milagros, en cambio tú no pareces ser ni de su familia. ¡Ni siquiera me aconsejas!
—Métalo a la celda tres —ordenó el señor Alcalde.
—¿Por qué no lo dejamos un rato mirando al muerto? Tal vez se le ablande el corazón.
—¡Buena esa, Chaverra! —exclamó el señor Alcalde.
Lo condujeron hasta el zaguán, donde yacía el cadáver de don Luis. Levantaron la tapa del ataúd para que pudiera observarlo bien. —¿No te da remordimiento? —preguntó el señor Alcalde.
—No.
—¿Lo reconoces?
—No.
—¿Por qué lo mataste?
—No he sido yo, señor.
—¿Quién fue, entonces?
—No sé.
—¿No sabes decir sino no-séa, no-sé?
—También sé decir sí, cuando es el caso.
a no-sé [Los términos aparecen en la transcripción original de la edición unidos por un signo (guion).
De aquí en adelante, cuando los términos estén separados por guiones, no se llevará ningún tipo de cambio que altere la intencionalidad original del autor.]
Con esa cara que tiene
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—¿Entonces por qué no dices sí?
—Porque no es el caso. Porque yo no lo he matado. —Eres el único que es capaz de hacer cualquier cosa en El Peñol. —Si los muertos hablaran, señor Alcalde. —Este te aventaría.65 Estarías jodido.
—Usted siempre me tiene jodido de todas maneras. —¡Eres una porquería!
—En eso me ha convertido. Pero mamá y yo sabemos que no lo soy. —¡Al calabazo con él! —gritó furioso el señor Alcalde. Las campanas del templo doblaron. Se oyeron voces y llantos, porque salían con el cadáver. Los ruidos de hierros anunciaron que la puerta de la cárcel era cerrada.
El hijo de Griselda estaba acurrucado en uno de los rincones de la celda. Ciro asomó la cabeza por la reja de la puerta y le preguntó: —¿En verdad usted no mató a don Luis?
—¿Cómo se le ocurre? No soy capaz de semejante cosa. ¡A ese señor ni siquiera lo he visto en mi vida!
—Pero es que toda la vida he oído hablar mal de usted… —Para desgracia mía y, sobre todo, de la pobre vieja. —¿Entonces no fue usted?
—No. Acaso usted… —Es para estar seguro.
—Puede estar seguro que no fui yo.
—¿Ni sabe quién fue?
—Tampoco.
Los dos hombres se miraron. Los ojos del policía Ciro se humedecieron. —¿Pero sí está bien seguro que no fue usted? —Sí, claro. Segurísimo.
—¡Entonces voy a tener que renunciar!
—¿Por qué?
—¡Porque yo no sirvo para policía!
Nuevamente comenzaron a doblar las campanas del templo. Los dos hombres se quedaron pensativos mientras el tañido de las campanas retumbaba por todas partes.
—En cambio Chaverra sí sirve. Él es capaz de cualquier cosa. —¿A usted no le gustaría ser como Chaverra? —No. Ni riesgos.
Sonaron los hierros de la puerta. Seguramente sería Chaverra que venía a coger el turno de la guardia. Ciro y el hijo de Griselda se estrecharon la mano por entre las rejas de la puerta.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —A las seis de la mañana me recibe usted el turno, Ciro. —Sí, Chaverra. A las seis en punto.
Los hierros de la puerta volvieron a sonar y vino el silencio, un largo silencio de noche. El reloj del templo fue tomando la importancia del único habitante de la noche profunda, chorreaba las horas lentamente, como si también durmiera, y solo de vez en cuando se recordaba que tenía que dar la hora. Al principio el hijo de Griselda contaba los campanazos, pero después se cansaba de tanto esperar, y nada. Cuando ya no los esperaba, sonaban llenando el inmenso vacío de la noche. Recordó que la otra vez que lo habían tenido preso, un compañero de celda le había dicho que la noche era un tremendo abismo al que uno caía y solo se podía agarrar de los campanazos del reloj. Eso era verdad… verdad… —¡Tengo hambre!
Lo dijo para saber si estaba despierto. Su voz sonó fuerte, como si fuera la de un gigante. “Estoy despierto”, pensó. Seguro que su viejecita Griselda lo estaría también. “Ella es la única que me cree. Sabe que yo no soy malo. Hasta el Padre Rufo dijo: ¿Por qué quieren hacer daño a este pobre pecador?”. Se levantó del rincón de la celda y empezó a dar vueltas para desentumirse. Recordó que cuando él gritó “tengo hambre”, Chaverra le contestó: “No puede comer nada. Usted está incomunicado”, o tal vez ni contestaría, pudo haber sido el eco de la voz del policía que le había dicho allá en la casa, en el campo, delante de la mamá:
—Usted no puede… no ve que está incomunicado.
Exactamente lo mismo que las otras veces que había estado en la cárcel. La cosa no había variado. Pasarían los días y las noches lentamente, como si fueran pesadas bolas de barro rodando lenta y angustiosamente. Tendría que inventar amigos imaginarios que de tanto hablar con ellos se tornarían de verdad, se contarían largas historias, de esas de nunca acabar. Con el tiempo lo acosarían las ganas de mujer, por tanto tiempo retenidas, principiarían a cosquillearlo y llenarle el sueño de pesadillas. Se desquitaría pintando mujeres en la pared, nalgonas, tetonas, cabelludas, ojonas, boconas, con unos labios como chicharrones, y como era imposible accederlas, entonces él se dibujaría con una gran verga y unos testículos grandes, como de toro; porque un dibujo con otro dibujo sí puede hacer lo que un hombre y una mujer hacen cuando tienen hartas ganas.
—¡Me cago! —gritó, como única solución para esos deseos que lo estaban mortificando.
Y como nadie le contestó, gritó suavemente:
—Chaverra, déjeme ir al excusado.
—No. No puede. Está incomunicado. ¿Es que no lo entiende?
Con esa cara que tiene
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—No. No lo entiendo.
—Entonces cáguese en un rincón y mañana se la hago limpiar con las manos, sin nada. ¡Para que no joda!
—¿Es que no recuerda que el señor Alcalde les dijo: “Ustedes tampoco le pueden hablar”?
—Cuando el señor Alcalde no está, estoy yo.
—Usted sí sirve para policía.
—¡Creoa que sí, porque me canso muy rápido de hablar, y entonces sigue mi fusil!
—¡Uy! Mejor no hablemos.
El silencio y la noche continuaban su rumbo callado. Escuchaba el palpitar de su corazón y la sangre corriendo por los ríos de sus venas. Afuera, en el corredor, estaba Chaverra vigilando, y mañana, muy temprano, lo subirían a la Alcaldía para torturarlo con la preguntadera burlona y regañona. Porque al señor Alcalde le gusta sacar respuestas a puñados. Cuando uno no le contesta lo que él quiere que se le diga, se queda mirando fijamente, llenándose de ira, grita y golpea el escritorio estruendosamente: —Contesta, pero sin mentir. Es por tu propio bien. —¿Es que no sabes que cada verdad que ocultas es un puñal en tu garganta? —¡Quien oculta su propio delito es dos veces delincuente! Ante sus iras, se comienza a sudar frío y hasta mejor sería decir mentiras con tal que termine el largo interrogatorio. Como uno no sabe ni qué responder, entonces él espera, muerto de la impaciencia, hasta cuando comienza a cabecear, y se queda dormido, rezongando como un cerdo, con esa barrigota afuera, y se ve cómo se le mueven las tripas por dentro, como si estuviera repleta de cerditos.
—¿Será que el señor Alcalde va a tener cerditos?
Luego despertaría sobresaltándose, agitando las manos, como si estuviera zafándose a un abismo, lo miraría y volvería a preguntar: —¿Recuerdas cuando estabas en la escuela?
—Sí, señor.
—La señorita maestra informó que una vez te encontraron la mochila llena de cuadernos, borradores y lápices de tus compañeritos. —Es cierto. Pero fue que me los echaron y después corrieron a decirle a la maestra. Fue por hacerme pasar por ladrón.
—¡Mientes! ¡Vuelves a mentir!
—Señor Alcalde, yo nunca he tomado nada ajeno. Mi madre me enseñó a ser honrado. Lo que pasa es que soy de malas. Tal vez sea por esta cara tan fea que tengo… —¡Vuelves a mentir!
a —Creo
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Tampoco sé mentir. Ni he robado ni matado a nadie. —Eres un delincuente. Con esa cara que tienes… Es mejor que te convenzas de ello. Grita: ¡soy un delincuente! Yo he robado, yo he matado a don Luis. Grita varias veces para que te vayas haciendo a la idea. —¡Eso jamás!
—Ahora recuerda que te he tenido en la cárcel muchas veces… —¡Cómo no recordarlo! Usted siempre me encarcela cuando sucede algo en este pueblo.
Y así y así, sin nunca acabar, hasta cuando al hijo de la Griselda le comienza a dar vueltas la cabeza, y se niega a contestar, porque ya no hila las ideas, ni tiene saliva en la boca para poder decir cualquier cosa. El señor Alcalde lo hace conducir al calabozo, para que más luego el padre Rufo venga a rematarlo a los cristazos:
—Recuerda, hijo, que te vas a condenar para siempre. La eternidad es tan larga que no tiene acabadero. Imagínese no más todas las arenas del mar, todas las gotas del mismo, todas las hojas de los árboles y plantas, y suponte que cada mil años se retira una arena, o una gota, o una hoja, cuando se terminara… apenas estaría comenzando la eternidad. Así, es mejor que te pongas en paz con Dios, pero para poder lograr esto, debes hacerlo primero con los hombres, confesando tu crimen y todos los demás delitos, y verás cómo te sientes como nuevecito. ¡Confiésate, hijito!
—No. No tengo nada de qué confesarme, padre Rufo. —¡Eres muy terco, muchacho!
—Y así terco moriré.
—¡Nadie cree en tu inocencia!
—Pero yo sí, y mi mamá, también.
…
Las putas también van al cielo
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Las putas también van al cielo Ya don Cosme ha comenzado la clase y mi amigo Beto no aparece, lo que quiere decir que la cosa se pondrá maluca, porque en los otros salones ya principió el zarandeo: suenan y resuenan los reglazos y fuetazos, porque estos maestros se pasan todo el día tundiendoa66 aquí y vapuleando allí, como si estuvieran apostando al que más castigue; y esa doña Gabriela que pellizca dejando los morados o nos retuerce las orejas dolorosamente hasta que lo hace mirar a uno a ver si quedó con la oreja en la mano, uno se toca, por si de pronto permanece adherida, y solo palpa una brasa ardiendo que se va hinchando. Por esto es que le cogemos miedo a la escuela y hasta las lecciones se nos olvidan cuando vemos a estos ogros de profesores cuando se nos acercan. Ayer don Cosme le dio de a cinco reglazos en cada mano a mi amigo Beto; quizás es por ello que él no ha venido, seguro que por eso no aparece. Ahí está su pupitre vacío; cada momento lo miro no vaya a suceder que en un pestañeo mío el amigo Beto haya venido a sentarse, pero nada. ¡Ah… Por fin asoma mi amigo Beto! Viene caminando más derecho que nunca, todo templado y arrogante; no se ha quedado allá en la puerta todo medroso sino que avanza firmemente, con una decisión hasta rara. Don Cosme lo ve venir tan orondo y empalagoso, caminando con esa displicencia que solo acostumbran los que ya son hombres.
—¿Por qué llegas tarde?
Mi amigo Beto no le responde, solo levanta los hombros, como quien dice: “Por nada, ¿y qué?”b. Y le tiende las manos a don Cosme para que le déc los reglazos, el maestro se desconcierta un poco, vacila, y de pronto se va llenando de ira y tome y tome, y zas y zas, y dele regla que no le ha dado, pero este Beto está hoy para cosas grandes, ni un gesto de dolor, ni un intento de retirar la mano, sino que deja que el maestro se sacie, hasta cuando la regla salta en pedazos. Quizá por haberse quebrado la regla comprendió don Cosme que bastaba por ahora, y con la quijada temblorosa y los ojos relampagueantes le dice que vaya al pupitre, él ha venido a sentarse, impávido, sin una mueca de dolor, ni de ira, ni de nada que lo rebaje ante nosotros, al contrario: se muestra soberbio y desdeñoso. Ni siquiera se sopla las manos para enfriarlas, ni se las mira. Nosotros nos quedamos boquiabiertos mirando a este Beto que acaba de convertirse en héroe, pero nos quedamos inquietos, porque uno no a tundando b “¿Por nada, y qué?” c de
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da se vuelve así de la noche a la mañana; algo le debió haber sucedido para estar tan envalentonado.
Cuando salimos a recreo, mi amigo Beto ha pasado por nuestro lado, sin mirarnos, con la cabeza erguida orgullosamente, silbando, mientras lo miramos ir hasta el baño, donde se queda encerrado, prolongando nuestra expectativa, solo sale cuando la campana anuncia que ya ha terminado el descanso y que por lo tanto debemos retornar a clase, pero él vuelve a pasar olímpicamente, sin echarnos una mirada, ni sonreírnos, ni nada. Don Cosme ha principiado a dictar y nosotros a escribir, pero mi amigo Beto no copia; sus manos se están hinchando, por eso es que no puede cerrarlas. Don Cosme lo observa, sabe que ya se le deben estar hinchando las manos, que no puede escribir, pero se siente frustrado porque él quería ver a Beto humillado, domado, y mi amigo Beto no es de esos que se dejan domesticar tan fácilmente, no da señales de derrota, más bien se le puede adivinar una leve sonrisa triunfal.
—Tú, quédate.
Le ha dicho don Cosme cuando salimos por la tarde para nuestras casas. Entonces pensamos que lo va a dejar arrestado.
Nosotros esperamos en la calle, al momento sale mi amigo Beto pavoneándose, caminando recto, silbando, rastrillando los pies en la acera, sin mirarnos, y se dirige a su casa, dejándonos con la expectativa en los ojos. —¿Qué diablos le pasaría a este chicanero?67 —¡Fanfarrón!
Le gritan mis compañeros. Luego levantamos los hombros, sin comprender lo que le ha sucedido a Beto.
Nos miramos intrigados y nos vamos.
Entonces yo saldría de la escuela por la tarde y mi padre me ordenaría: “Lleve ese caballo al potrero de Guayabal”. Esta vez tendría que ir solo, porque mi amigo Beto ya no me acompañaría, sabiendo que siempre vamos juntos a empotrerar68 los caballos; ya no, porque a él le ha sucedido algo muy importante que ni a mí, con lo amigos que somos, me ha querido contar. “Nada de correr ese animalito, con lo cansado que está”, me advertiría el viejo por decir, pues sabe que yo echaría a correr por la carretera como un bólido, oyendo apenas el tropel y el chisporroteo de las herraduras en las piedras, que me inclinaría en el peralte de la Curva de El Salvador, que la casa de Néstor Marín, que estaba adelante, quedaría atrás vertiginosamente, luego avanzaríamos como una exhalación hasta el cielo, allá, más alto que las montañas, pero al virar en la Curva de don Esgmeraldo, pondría especial cuidado ya que la otra vez casi nos matamos ahí cuando de sopetón nos encontramos con un carro que venía de Guatapé, y según le contaron a mi papá,
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dizque saltamos sobre el vehículo, eso dicen, y a la gente hay que creerle, y al tomar la recta de la casa de La Estrella divisaría, al otro lado de la Curva de los Dragos, la casa de Ana. ¡Oh¡, Ana, cuánto te quiero, aunque dicen que eres la mujer más puta de El Peñol, pero yo no creo, y en este caso sí a no hay que creerle a la gente, yo creo, Ana, que no eres puta por mera putería, que la puta es la puta necesidad. Pero ya no estaríamos en la Curva de los Dragos, árboles tan bellos de día, pero tan tétricos de noche, porque aquí asustan de noche. Primero apareciste tú, Ana, repartiendo, y a los pocos días apareció el espanto envuelto en una sábana blanca dando ayes profundos, salidos del mismo infierno, quejidos que le hielan a uno la sangre, lo dice gente tan pantalonuda69 como el tal Charol, que ya está en el Colegio, él cuenta que una nochecita venía cabalgando la Mula Rucia, silbando a ratos, cantando otros, y de vez en cuando contando estrellas, entonces vio que la Mula movía las orejas, hacia atrás y hacia adelante, primero una, después la otra, alternadamente.
—¡Cuidado! ¡Cuando una mula orejea, es que algo raro está viendo! Aunque él había oído decir que después de que Ana apareció puteando el espantajo también comenzó a asustar a la gente, no lo había creído. —Ese cuento no es para mí. Es para que no pasemos por ahí de noche. Sin embargo ya lo estaba creyendo al ver a la mula orillándose, resoplando, con ganas de recular, entonces él tuvo que aplicarle las espuelas, de repente la mula salió disparada, tragándose el freno, porque ahí, en la Curva de los Dragos, había salido el espantajo, agitando las alas gigantescas, dando lastimeros gritos, no tuvo tiempo de mirarlo bien, sino que gracias dio aferrarse a la montura, porque la mula seguía desbocada, con la cabeza levantada y tirada a un lado, parecía que con un ojo miraba hacia adelante y con el otro al espanto, poniendo cuidadob que no los fuera a alcanzar, y solo pudo detenerla en la curva de don Esgmeraldo, entonces fue cuando sintió que un agua tibia bajaba por la pierna, humedeciéndole el pantalón. Esto contaba el Charol mucho tiempo después, cuando al fin pudo soltar la lengua y hablar. El susto jamás se le acabó, porque no volvió a pasar por aquí de noche.
También me daría un poco de miedo de día, y ya de noche mi amigo Beto y yo nos repartiríamos el miedo, mirando el uno para adelante y el otro para atrás, dándonos casi la espalda. Mas ya no haríamos esto porque a Beto no le interesa este asunto por ahora.
Yo tomaría la recta y al llegar a la casa de Ana comenzaría a dar pasadas para que ella me viera. El caballo se levantaría de adelante, manoteando, parado solo en las patas traseras y me ayudaría a llamarle la atención relinchando alegremente.
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C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Cuidado lo tumba ese animal.
Me diría ella, yo me sentiría feliz, porque querría decir que Ana se preocuparía por mí, que yo significaría algo para ella. —¡Bah! ¡Este caballo no es capaz de tumbarme!
Ni tal vez eso sería capaz de decirle a mi Ana, porque me azoraría tanto que las palabras bullirían en mi cerebro en una confusión de mil demonios, más bien le clavaría los talones en los costillares del caballo, cerca a los ijares, para impulsarlo, prosiguiendo el viaje frenético a los potreros de Guayabal, como una tromba, envueltos en las banderas del aire, con el corazón golpeando fuertemente, en esa apoteosis que la loca alegría causaría en mí al saber que Ana me habría hablado, a mí, que tanto me he desvelado por ella, que tantas horas he pasado ala frente de su casa, o más acacito, o más allacito, sin poder traspasar esa valla inexpugnable e invisible que nos separa, en cambio los demás muchachos mayores sí entrarían tranquilamente a revolcarse con ella, primero uno, después otro, así, por turno, como si ella fuera la puta más puta.
Mi amigo Beto no ha vuelto a la escuela. Ahí está su pupitre vacío. Don Cosme mira esa oquedad, porque Beto no está, no le da remordimiento: por su culpa él desertó de la escuela, ni llegará a ser alguien en la vida. —No volveré a la escuela. ¿Para qué? Allá no hacen sino castigarlo a uno. “Yo ya soy hombre y si retorno a ella, de pronto al maldito viejo le da por castigarme, y yo no me aguanto y le tengo que vaciar las tripas”. “Yo soy hombre”, lo dijo sacando el pecho, deletreando las palabras, echándome una mirada minimizadora.
—A propósito, amigo Beto, ¿qué es lo que te sucede? —¿Entonces has notado que me acontece algo?
—Claro, hombre.
—¿Y los demás muchachos también lo han notado?
—También.
Sonríe alegremente. Su felicidad y orgullo no le caben en el pellejo. —Pero no me has contado nada.
—¡Bueno… Es una bomba! A tib sí te cuento. Para eso somos amigos… ¡Cómo te parece que ya soy hombre!
—¿Cómo lo sabes?
—¡Porque estuve con Ana!
—¿Con Ana?
Entonces yo me entristecí y pensé en Ana: “Ah, puta”. —¿Por qué pones esa cara?
—No... Nada...
—Sí, jovencito. ¡Por fin le dic candela!
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—¿Cómo lo conseguiste?
—… Ella venía diciéndome que mañana, y pasaban los mañanas, y nada. Siempre sacaba una excusa. Hasta que ese mañana dijo que sí. ¿Sabes cuándo? El día anterior que Cosme me dio esos reglazos. La cosa sucedió así: “Hoy es mañana, Ana”a —le dije firmemente.
“No. Mañana es otro día”b —respondió ella.
“He dicho que hoy”.
“¡Qué desgracia! Los hombres solo piensan en ellos. No caen en la cuenta que uno también es ser humano. Vienen a satisfacer sus deseos, me ven como puta. Y aunque se dan cuenta que lo hago por necesidad, eso no les importa a ustedes”c —exclamaba la Ana, se estaba poniendo dramática, qué me importa a mí que lo haga por esto o por aquello. Allá ella. Yo sé que ella vive de la putería, como otros viven de otros oficios.
“Yo le dije que no traía mucho dinero, pero que sería suficiente para ser la primera vez. Si la cosa me queda gustando, entonces la próxima traeré más. Todo depende de… Ella se quedó como pensativa. Comencé a acariciarla y aunque se mostró remisa, yo insistía, hasta cuando ella también se fue calentando. Me acarició el cabello haciéndome cosquillas en el cuero cabelludo con sus dedos ardientes, me miró profundamente a los ojos, sentí que los suyos se fueron a mi alma como dos brasas, sus caricias avivaban el incendio de mi deseo. Cuando comenzó a agarrarme por todas partes, me principió el tembleque, me estaba dando como miedo, incluso miré la puerta pensando en una posible fuga, pero las llamas quemaban mis carnes, subían de abajo arriba incendiándolo todo y secándome la boca, no podía tragar saliva, tenía la lengua seca y carrasposa como una lima y yo comencé a tocarla frenéticamente. Fue el voleo más extraordinario. El mundo se llenó de senos, de músculos trabados, de músculos agarrados unos a otros, como dos luchadores que se trenzaband en un combate nunca visto, de ombligos que querían destruirse a los golpes, de labios sedientos que se unían en uno solo, de jadeos y sudor, pero esa maldita vieja, la madre de Ana, quejándose en doloroso alarido, y Ana me decía que le siguiera haciendo, que era su madre que se estaba muriendo desde hacía un montón de años. Ana se retorcía y agitaba como Luis cuando le da el ataque de epilepsia en el salón, echando babas y volteando los ojos, pataleando. Seguramente la vieja continuaba con sus lastimeros ayes, pero yo ya no la escuchaba, sobre todo cuando Ana me agarró con sus manos y pies haciéndome traquear la columna por cada vertebra, pensé que me estaba triturando y que de este pobre cristiano no iba a quedar nada, ¡pero qué me importaba la vida o la muerte en ese momento tan dichoso! Yo le decía a Ana que la quería mucho, que siempre la había querido, que era la mujer más bella y estupenda del mundo, que me casaría con ella cuando lo dijera, que seguiría viniendo así a Ana b día c ustedes d tranzaban
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da tuviera que hurtarle dinero a mi papá, con lo fiera que es el viejo, pero que no me importaría nada hacer cualquier cosa por ella, que sería capaz de matar si fuera necesario. Después la loca alegría se fue ensanchando, crepitando, y un chirrido atronador, como si los cielos se tarjaran y se precipitaran al abismo escalofriante y de mi cerebro se desprendió algo, traqueante, que me bajó por el hueco de la columna vertebral, como un gato al revés, y que estalló entre mis piernas y las suyas como una erupción volcánica…Y después todo fue como un globo que se va desinflando en medio de una infinita tristeza. Lentamente el mundo se fue acomodando, todas nuestras partes corporales que estaban diseminadas como piezas revueltas de un rompecabezas, tornaron a sus puestos habituales y lógicos, pero los ayes de la vieja me mordían como perros salvajes… Ana se cubrió la cara con las manos, estaba llorando desconsoladamente”.
—¡Otra vez! ¿Qué puedo hacer yo en la vida, Dios mío?
—¿Qué te pasa, Ana?, ¿por qué lloras?
—Por nada… “Continuaba llorando, y a mí también como que me cogieron ganas de llorar, pero no pudea hacerlo. Ya quería irme, correr por los caminos, subir o bajar las colinas, gritar, no sé si de alegría o de tristeza, pero en todo caso correr y gritar”.
—Toma.
—No quiero.
“Yo le arrojé los billetes y ella comenzó a pisotearlos loca y furiosamente como si estuviera matando una culebra con los pies. Gritaba y lloraba. Yo salí”. “Ya en la carretera saqué pecho y me puse a silbar porque me sentía muy macho. A pesar de que estaba anocheciendo, no tuve miedo al pasar por la Curva de los Dragos. Incluso, ¡te lo juro!, esperé un momento atisbando por todas partes, buscando el espanto, pero nada. ¡Porque si Charol tenía fama de guapo,70 yo sí que la voy a tener! ¡A él lo asustaron aquí, pero a mí no me da miedo de nada ni de nadie!” “Ahora estoy recogiendo más billetes para volver donde Ana, porque ya me están dando ganas otra vez”.
—Ya entiendo, amigo Beto, qué es lo que te sucedió.
—Lo dices con un nosequé… ¡Pero ya lo probarás y sabrás lo que es bueno en esta vida!“"b Todo esto me apuñala, Ana. Aunque yo tímidamente te busqué para hacer lo mismo, tú me enseñaste a sentirlo de otra manera, sobre todo cuando me desarmaste diciéndome:
—Con usted no. A usted lo quiero yo.
a puede b “[Es importante anotar que en esta parte del texto se suprimieron ocho párrafos que se repiten, es decir, se halla un error en la edición príncipe.]
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Entonces yo me quedé mirándote, metiéndote los ojos al alma, porque ahora lo voy comprendiendo todo y te quiero mucho más. Y si es cierto que aquella vez me atemorizaste, hoy no te tengo miedo. ¡Ni más faltaba! Por aquel tiempo la noticia que tú estabas repartiéndolo se regó por todo El Peñol, especialmente entre la muchachada. Aquella vez yo te lo pedí, así no más, sin ambages, porque yo creía que la cosa no era sino decir y ya, pero tú te quedaste sentada ahí en la banqueta, apenas te mordiste los labios y después sonreíste tristemente y me preguntaste como un reproche: —¿Entonces usted también cree que yo soy puta por mera putería? —Pues… Y no supe cómo decirte lo que pensaba de tia ni la manera cómo te quería sino que me quedé todo pánfilo, sin saber qué hacer ni qué decir, y de pronto me recordé de mi sonrisa y te sonreí sin deseo alguno. Tú también sonreíste y de un salto me cogiste, asustándome, me cargaste sobre tus rodillas, estrechándome contra el pecho, yo sentía tus senos grandes y promisorios, comenzaste a arrullarme, tal como lo hacía mi madre cuando estaba niño, todavía más: un bebé, pero cuando tuve el valor de mirarte a pleno rostro, te vi llorosa y con la mirada lejos, como queriendo ser madre, o tal vez llorando esa remota posibilidad que se quedó en un pasado irredimible y muerto para siempre, porque seguramente tú ya no serás madre nunca, aunque yo sé que quieres serlo.
Sin embargo yo pude zafarme de tus brazos y echar a correr, y tú llamándome desde la cerca, a la vera de la carretera, a pesar de que sabías que yo iría lejos, tú ahí parada, llorosa, porque quieres tener un hijo. Yo llegaría a la Curva de don Esgmeraldo, todavía jadeante y sudoroso, como un perro que ha tragado mucho camino, o como mi amigo Beto cuando está contigo, eso dice él, que se agita y convulsiona, que se ahoga en el resuello, hasta cuando lo suelta y que después se queda triste, pero yo ahora no estoy triste por eso sino porque me hubiera gustado saber si ya soy hombre, aunque ser hombre es entender profundamente a los demás, hermanarse con los demás en su angustia y en su tragedia, y estoy seguro que así es como yo te comprendo y te siento. Me duele tu putería, porque sé que lo haces por necesidad, y que además estás esperanzada inútilmente y que ante la imposibilidad de llegar a ser una buena señora y una abnegada madre te zambulles en una terrible frustración. Pierde cuidado, Ana, que lo importante es ser mujer aunque se sea víctima de los traficantes de la necesidad, hay una calidad que jamás se pierde, así como el diamante tiene un valor en sí no importando las manos en que esté. Por eso yo ahora me siento hombre, aunque no pueda pregonar como mi amigo Beto que lo soy por haber estado contigo.
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C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Ahora la situación se está complicando aún más, ya que el Cura está metiendo su nariz en este asunto, y dice que te va a excomulgar, y que le ha pedido al señor Alcalde que te eche del pueblo por ser una mujer corrompida y corruptora, que estás acabando con la juventud, que los muchachos no quieren vivir sino entre tus piernas, que ya los papás no los aguantan robando en las casas para venir a revolcarse contigo. Como el señor Alcalde no le ha hecho caso, entonces anda diciendo que te va a despedazar como a ese tal Antonio Galán y hará diseminar tus miembros por todo El Peñol para que sirvan de escarnio y ludibrio, que para qué putas en El Peñol, que para eso está la Virgen para ir a rezarle y pedirle perdón por nuestras malas inclinaciones, que los muchachos están enfermos, es que el Cura cree que porque a uno se le para el miembro es que está enfermo. Lo peor es que el Cura te va a llamar a su despacho, yo lo supe por la boca de Julio que es acólito, y te vas a tener que enfrentar a él:
—He tenido serias y graves quejas de ti, Ana. Ya sabes a qué me estoy refiriendo.
—Sí, Padre.
—Recuerdas que te dije que no te absolvería de tus pecados mientras estés recibiendo hombres. Debes recordar también que la penitencia en este caso va por delante. Si dejas esta vida, te absuelvo; de lo contario, no. —Padre… ¿Entonces que mi madre y yo muramos de hambre? Usted bien sabe que la viejita está postrada desde hace años… —Podrías trabajar en alguna casa de familia… Pero con la fama que tienes, no te darán trabajo en ninguna parte. Ni siquiera en un cuartel. Pero tal vez podrías pedir limosna; pero entonces te pagarían de día para cobrarte de noche la limosna.
—Yo no puedo abandonar a mi madre, padre. Me necesita permanentemente a su lado, porque ella está muy enfermita, come y descome en la cama. Además ella es lo único que tengo en la vida, es mi esperanza, pero es una esperanza que está por morirse.
—Bueno, eso ya es otro asunto, Ana. Pero lo que importa es que estás corrompiendo a la juventud. Y es menester acabar con ello. —Padre, le repito que mamá y yo tenemos que vivir… —El fin no justifica los medios, Ana.
—No sé lo que quiere decir con eso. Lo que sé es que nosotras tenemos que vivir, no importándome lo demás.
—Perra altanera ¡No entiendes sino lo que es pecado! ¡El cielo no fue hecho para ti!
—Las putas también van al cielo.
—¿Cómo te atreves a decir semejante herejía?
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—Me lo dice don Cosme.
—¿Qué lo dice quién? ¿Acaso él también…? Un santo varón… Siempre ocurre que los malos mezclen a los buenos para limpiarse. Jamás creí que llegaras al colmo de mencionar al justo don Cosme… esa alma de Dios. ¡Sal de aquí que apestas!
El día del altercado con el Cura, todos estábamos pendientes. Cuando saliste llorando y cariagachada desde lejos oíamos tus resuellos ahogados. Pero también nos sorprendió que el viejo don Cosme estaba en la esquina de la tienda de don Carlos Gómez que se le iban los ojos, pero cuando nos vio a nosotros se hizo el desentendido. Seguro que él iría a media noche a consolarte, para decirte que para uno salvarse no necesitaba ir a misa, ni confesarse, que los curas eran muy exagerados, que por eso te traía el cuadro de la Virgen del Carmen, que tú iluminas día y noche con veladoras, y ante la que pasas de rodillas las horas y las horas, encomendándole tu alma para que un día te saque de las llamas, así como ahora lo está haciendo con esas almas que estiran sus manos a su mano protectora. Así te lo prometió don Cosme, que es un hombre muy entendido en estos asuntos, especialmente en lo relacionado con la teología de la salvación,71 de que tanto predica el Cura. —Solo te pido un favor, Ana.
—¿Cuál?
—Que siendo don Cosme tan bueno, le pidas el favor que nos haga un milagrito… —¿Milagro?
—Sí. Que nos ahuyente al fantasma que sale de noche en la Curva de los Dragos.
—¿Y él sía será capaz de hacerlo?
—Claro que sí. Pregúnteselo y verás.
—¿Y por qué él?
—No sé b… a si b se …
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Los que nunca se fueron Hubo una vez un pueblo que fue humillado, vilipendiado, y hasta traicionado por muchos de sus hijos, y finalmente destruido. Los verdugos no supieron qué hacer con sus ruinas, estas fueron recogidas por sus hijos y lo reconstruyeron alrededor de una fe: la Madre. Cuando ellos nacieron, la Madre estaba adulta; mejor dicho: estaba vieja; todavía peor: estaba muriéndose; aún repeor: no estaba muriéndose así porque sía; y aquí viene lo requetepeor:72 había sido condenada a muerte. La Madre yacía tirada en El Peñol, mirando lánguidamente a sus hijos desde el fondo de su ser atormentando y moribundo, con ganas de decirles muchas cosas, de consolarlos, de acariciarlos, de alentarlos para que echaran para adelante a pesar de todo.
—Hay que continuar viviendo, hijos, suceda lo que suceda. Tal vez hasta quería levantar la mano para echarles una bendición para el camino, como si los que estuvieran de viaje fueran ellos. Pero ni siquiera eso podía hacer.
La malhadada noticia de que iba a morirse comenzó por un rumor que fue abriéndose paso hasta alcanzar el tamaño de verdad amarga, como esa pequeña bola de nieve que desprendiéndose de la cima del elevado cerro va rodando y rodando, enrollándose en el camino, agrandándose con todo lo que encuentra en él, hasta hacer trepidar a su paso la tierra toda. Era una realidad que abofeteaba, que escupía los rostros, que apretaba los testículos hasta más allá del dolor y de las lágrimas. Los hijos se mordían los labios corajudamente, intentando soportar el dolor, y, sin embargo, no aguantaban; gritaban hasta más allá del grito, hasta más allá del eco del grito, hasta donde el silencio se hace el haraquiri.
—¡Baaaassstaaaaa!
Nadie oía.
Tortura aguda, brutal, persistente.
Al ver que la enfermedad de la Madre iba de mal en peor, enviaron cartas, telegramas y razones personales a los hijos que estaban ausentes. Primero, que estaba enferma; luego, desahuciada; y, por último, que en coma. a así porque así
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Era la pesadilla: estaban viviendo dolorosamente su larga agonía; minuto a minuto, en el tiempo; milímetro a milímetro, en el espacio. Cada cual andaba con su propia angustia, y se acostaba con ella a darle vueltas en la cama en una noche sin fin. Si estaban cultivando la tierra, el surco sollozaba; en cada azadonazo la tierra gemía en un llanto quedito que mordía el alma; el mundo estaba lleno de una angustia que arrugaba las frentes sudorosas, de una negrura que ensombrecía las miradas. —¿Qué estás viendo en el cielo, papá, que miras y miras? —Esos nubarrones… tan grandes… tan negros… —Yo no veo nada. El cielo está alto y azul.
—¿En verdad está alto y azul, hijo?
—Sí, papá.
—Ah… Entonces es que esos nubarrones, tan grandes y negros, se me están saliendo de aquí adentro.
—¿?—a Si se sentaban, comenzaban a darle vueltas a la desesperación: allá en el cielo una bandada de gallinazos daba vueltas y revueltas, en un rito de banquete, pidiéndole al dios de los gallinazos una suculenta carroña. —Mira… Esos gallinazos… —¡Uy! ¡Pero qué tantos…!
—Se están preparando para caer en picada sobre alguna mortecina. —Sobre nosotros. Sobre todos nosotros. Lo mismo que soñé. —¿Cómo así?
—… yo soñé que estaba desyerbando el maizal cuando divisé allá arriba, dando vueltas en el cielo, una manada de gallinazos. De repente cayeron sobre mí. Eran montones y montones que me atacaban. Me defendía con el azadón haciéndolo girar a mi alrededor. Les gritaba: “¡Hijueputas!”, “¡Malparidos!”, pero ellos no me hacían caso, continuaban revoloteando, aporreándome con las alas, tirándome picotazos, chillando, saltando diabólicamente en una danza macabra. Pedí auxilio, pero nadie acudió a ayudarme. Entonces vi que a Luis Chaverra también lo estaban atacando los gallinazos, y a Toño López, y a toda la gente. Continué debatiéndome hasta cuando no pude más y caí rendido al suelo, pude echarle mano a dos por el pescuezo, mas los otros me estaban tragando los ojos, metiéndome los picos hasta el cerebro. Sentía sus agudos picos en cada poro. El dolor me inmovilizó y dejé que hicieran. Me picoteaban el culo, se me estaban comiendo las entrañas. Después comenzaron a picotearme el ombligo, introduciendo sus cabezas en mi estómago, hurgaban hambrienta y rabiosamente, desflecaban mis carnes, se tragaban mis tripas. Súbitamente dejaron de desguazarme, retirándose apresuradamente, porque había llegado un Gual, su jefe inmediato, gallinazo como ellos, pero a —?—
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da más gallinazo, negro como ellos, pero no con la cabeza negra sino roja; trepó sobre mi cuerpo, lo recorrió con las alas abiertas, y después comenzó a engullir mis vísceras; pero también el Gual se retiró intempestivamente, porque había llegado el más gallinazo de los gallinazos, más grande que ellos, y no negro como ellos sino blanco, blanquísimo, daba saltos sobre mi cuerpo al compás del aleteo de sus súbditos dirigidos por el Gual. Era el Rey de los Gallinazos. Luego hubo un silencio reverente. El Rey me introdujo su cabeza por el hueco que los otros habían abierto en mi estómago, profundizando su pico hasta lo más hondo de mí ser, y lentamente me fue sorbiendo el alma, mientras yo me quejaba suavecitamente… —¡Ya! Fue cuando yo te desperté. Saltaste de la cama, asustado, miraste afuera por la ventana, y volviste a tumbarte sobre la cama, sin poder conciliar el sueño, porque cada que ibas a quedarte dormido te sobresaltabas. —Aquella noche no quisiste contarme nada, como te lo supliqué. —Para qué contar esa pesadilla tan horrible.
—No solo lo bueno es nuestro, también lo malo, lo terrible. —Y después caer en la cuenta que los gallinazos no solo me devoraron a mí sino también a la Madre y a todos los hijos.
—Por eso es que estamos vacíos, huecos.
—Sí.
—Antonio…Tengo miedo...
Tenías mucho miedo porque la Madre yacía ahí muriéndose, y ellos no podían hacer nada por ella, ni contra quien la había condenado a muerte, puesa este era como un fantasma que existía en alguna parte, metido en algún edificio de la capital, sin dejarse ver, sino que enviaba a sus emisarios a medir a la Madre, a sacarle pedazos de piel y carne, a tomarle la temperatura, a fotografiarla y radiografiarla, a sacarle sangre, y todas esas muestras se las llevaban a la capital para ser sometidas a rigurosos exámenes realizados por doctores en todo, no examinaban a la Madre para salvarla sino para matarla, para asesinarla; eran verdugos que estaban ejecutando la orden, eran doctores y enfermeros con uniformes de dril73 verde con rayitas blancas, y con un casco, de capucha. De día o de noche, a cualquier hora, regresaban los otros hijos, de tierras lejanas, a ver a la Madre, quizás por última vez. Llegaban gentes que ni siquiera sabían que eran hermanas suyas, y se quedaban por ahí, mirando calculadoramente, confundidas con los verdugos y los gallinazos, esperando el momento propicio para caer sobre la presa Madre; permanecían agazapados, afilando el pico, haciendo un campo grande al hambre para luego engullir a la Madre en una jartadera sin fin, porque ellos se habían ido con hambre, y a donde fueron encontraron hambre, regresaban con hambre; cuando recibieron la noticia que la Madre estaba por morirse emprendieron el a pués
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retorno aprisa, a ver qué les tocaba, por ello estaban ahí como los gallinazos, rezando una larga letanía de esperas, bostezos, y ansiedades, barajando un hambre antigua y una esperadera que hundía sus raíces en la súplica. Entonces fue cuando apareció Manuelito Loco arengando al pueblo con palabras iluminadas, pero las gentes no le quisieron entender su mensaje y hacían burla de él hasta despertar sus iras, y lleno de furias atropelladas les mostraba los gallinazos, que de todas partes venían a velar a la Madre, posándose en cualquier parte a esperar, les decía que esos animales les sacarían los ojos, que les picotearían el culo buscándoles las entrañas, que los devorarían. La gente tampoco quiso escucharle. De tanto hablar se le acabó la lengua a Manuelito Loco, aunque los doctores explicaron que se la habían sacado los gallinazos, ya no pronunciaba sino una sarta de palabras incoherentes e inconclusas que salíana amontonadamente como si estuviera hablando un idioma triturado. No obstante aquella sorda muchedumbre se tendrá que recordar que un domingo él gritó en media plaza:
—¡A este pueblo se lo va a llevar el putas!
—Fue todo lo que gritó, y lo metieron a la cárcel, porque el viejo Manuelito estaba loco de remate, loquito perdido, y con su locura estaba perturbando la paz pública y ultrajando la tristeza que embargaba a unos hijos que estaban viendo morir a su Madre. Por eso lo metieron a la cárcel, así no más. Pero a los pocos días lo dejaron en libertad porque dizque se estaba comiendo el presupuesto municipal, y también porque en la capital no lo quisieron recibir, porque allá no cabían los locos, y que para poder asistirlos tuvieron que clasificarlos en internos y externos, que así era que aconsejaban que lo declararanb loco externo, así como a todo el que se enloqueciera por la muerte de la Madre.
Cuando Manuelito Loco salió de la cárcel corrió directo al templo a tocar las campanas; el badajo hería los cobres y las campanas gemían una tristeza de llanto mortecino, de pueblo al que se le estaba muriendo la esperanza, que es lo último que debe morírsele a la gente. El Cura salió a regañar a Manuelito, pero él continuaba agarrado a las sogas, doblando y doblando, hasta cuando el Cura tuvo que sacarlo a los empellones, pero él volvía a tocar las campanas al menor descuido, hasta cuando no hubo más remedio que quitar las sogas de las campanas para acabar con la dobladera. La gente tampoco pudo comprender por quién doblaban las campanas.
Luego Manuelito Loco echó a deambular por las veredas, señalando a los campesinos, metiéndoles el dedo en el pecho, mostrándoles a sus esposas e hijos, sus cultivos, y abrazando y besando el paisaje, pero nadie entendía lo que quería decir. De noche tocaba a las puertas, despertando a todo el mundo, porque estando la Madre por morir debería estar en vela y no roncando a salía b aconsejaban que lo declaran [Teniendo presente el tiempo donde se desarrolla la acción, “declaran” es cambiado a “declararan”.]
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da como cerdos gordos, como si la cosa no valiera la pena. Mas nadie despertaba de su letargo.
Hasta que un día amaneció muerto Manuelito Loco. Lo habían apuñalado inmisericordemente. Pero su alma continuó deambulando, haciendo sonar un cuerno, de colina en colina, de cañada en cañada, de vega en vega, de casa en casa.
—¡Pobre Manuelito, su alma está perdida en estas veredas! —Debe estar penando.
—Ánimasa del purgatorio, ¿quién las pudiera aliviar? —¡Que el Señor las saque de penas y las lleve a descansar! —Amén.
De la capital, ante la consternación de los hijos por la pronta muerte de la Madre, el fantasma envió tres posibles madres, desmadradas ellas, sofisticadas, maquilladas, con todos los atractivos de la cosmetología, para que el pueblo eligiera una y reemplazara a la Madre agónica. Fueron exhibidas al público y públicamente fueron rechazadas, porque lo que el fantasma estaba llevando a cabo era un concurso de belleza para entretener al pueblo mientras se le daba muerte a la Madre verdadera, a la Madre Madre. —La Madre no se cambia.
—La Madre es el pasado, el presente y el futuro.
—Seguramente como los señores de las Empresas Públicas de la capital son hijos de una cualquiera, creen que nosotros también nos contentamos con cualquiera.
—¡Hijueputas!
—¡Malparidos!
Eso dijeron rabiosamente los hijos de la Madre, y heridos profundamente maldijeron al fantasma y sus emisarios, que de muchas maneras trataron de presionarlos para que escogieran una de esas madres prefabricadas y sin historia, ni futuro.
—¡Pueblo idiota!
—¡Ahora se quedarán sin Madre para siempre! ¡Que se vayan al carajo! —¡A cada uno se le comprará su pedacito de Madre por cualquier cosa, y que se vaya al diablo!
—Se le comprará primero a los más influyentes.
—Así debilitaremos al pueblo.
—¡Eso es! Qué le hace que a los más poderosos tengamos que pagarles mejor.
—Obvio, mi querido doctor. Eso nos dará ventajas. Venderán y se irán. Desmoralizaremos al pueblo.
—Lo desesperaremos.
a Animas
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—Todo mundo querrá vender, aprovechando los buenos precios. —No quedarán sino los pobres.
—Y como los pobres poco o nada tienen, poco o nada se les dará. —De los pobres siempre es fácil deshacerse.
—¡Qué nos importan esos patisucios!
—Ya se les podrá decir que la Madre morirá ahogada.
—Sí, ¡que lo sepan de una vez!
—Doctor… ¿y si ellos reaccionan?
—Ya está conversado con el Gobernador. Hay mil soldados listos. —¡La Madre ha sido condenada a morir ahogada!
—¡El agua ya viene subiendo por las cañadas!
—¡Allá asoma!
Los gallinazos agitaron gozosamente las alas y se lanzaron sobre el cuerpo de la Madre a celebrar el festín de un suculento banquete. Hicieron un barullo de mil demonios hambrientos. Ni siquiera dejaron que acabara de morir sino que vaciaron sus ojos a picotazos y comenzaron a devorarla viva. Desgarraron sus partes blandas y vulnerables. Cada cual engulló su parte y pellizcó la ajena, se embuchó y se fue. Los hijos fieles les gritaban espantándolos, pero sus gritos se perdían en la batahola infernal, solo a duras penas alcanzaban a defender su pedacito de Madre. Su pequeña propiedad era atacada por los voraces gallinazos que lograban sacar buenas tajadas.74 Fue una lucha sin cuartel, despiadada, larga, muy larga y dolorosa. Algunos gallinazos embuchaban y se iban ahítos, levantaban vuelo y se perdían en el horizonte ante la mirada triste de los hijos fieles. Si muchos se fueron, otros llegaban. La lucha continuaba, era una lucha de todos los días y de todas las noches. Los emisarios no daban abasto comprando los pedazos de Madre que los gallinazos traían. Estos se arremolinabana en las puertas de las oficinas, esperando el turno para vender su presa. Desde lejos, los hijos leales miraban atónicos la rebatiña. —No estamos quedando sino los pobres.
—No importa. Aquí permaneceremos.
Quienes vendían se iban sonrientes, diciendo a quienes no querían vender que se apresuraran, que de pronto a los señores de Empresas Públicas se les acababa el dinero, que más tarde nada les darían por las propiedades. Quienes se quedaban, lo hacían porque estaban muy apegados a la Madre, a la que nunca dieron la espalda aún en los momentos más cruciales, tal como era este, aunque ahora sus pechos no fueran robustos, siempre les había brindado desinteresadamente la poca leche que tenía, con esa leche ellos se habían criado y criado a sus hijos, y estos criarían a los suyos, y así de generación en generación.
—Nos está llevando el putas.
a arremolineaban
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —En otra parte también nos llevará.
—Con razón el Padre Pacho siempre nos está diciendo que no la dejemos caer, que aguantemos hasta el último momento. Por eso no podemos ir a la capital porque en unos diítas nos comeríamos lo poco que nos queda, allá no hay trabajo, además, no sabemos sino trabajar la tierra. Todos los días estaremos más pobres, entonces nuestras hijas tendrán que putear, y este sería un precio muy amargo por el pan que nos llevemos a la boca.
—Pobreza trae miseria.
El jefe de los emisarios, el antes fantasma oculto, ya se estaba dejando ver con frecuencia en El Peñol, iba a beber aguardiente, a burlarse de las gentes y a tratar de ladrones a los curas. Reía a carcajadas y decía: —¡No se los dije! ¡Todos estos tontos acabarán por irse! —Todavía hay mucha gente, doctor.
—Es que estas malditas gentes son como las niguas:75 las sacan de un dedo y aparecen en otro.
—Pues acabaremos con los pies.
—Es que mientras estén esos curas… —Sencillo… sencillo… Una insinuación al Obispo, muy respetuosa y generosa, ¡y para fuera estos malditos curas ladrones! —Temo, señor Gerente, que con estos no resultará.
—Si con los otros ha resultado, ¿por qué no con estos? ¡Todos los curas están cortados con la misma tijera!
—Pues… —¿Qué? ¿Duda usted? ¿Duda usted de lo que soy capaz? Para mí no existen los problemas. Destruiré este pueblo para levantar la Gran Central Hidroeléctrica del Nare. Esto es lo que importa. Este pueblito importa un carajo. Si para salir adelante tengo que chuparle el alma a la Madre, se la succionaré, como hacen los gallinazos con las mortecinas. ¿Queda claro? —Sí, señor Gerente, muy claro.
—¡No necesito sino que llueva y llueva para ahogar a este maldito pueblo! —Pero… ¿y los pobres?
—¡A los pobres los echará el agua! ¡Ja-ja-ja!
Entonces las aguas del embalse empezaron a subir por los costados de la Madre, lentamente fueron cubriendo sus partes bajas. Los hijos fieles huían de las aguas como animales de una inundación, pero no abandonarán a la Madre. Estaba decidido que resistirían hasta el último momento. Y este último momento sería morir abrazados a la Madre. Los alentaba el hecho de que el alma permanecía erecta, hundiendo sus cúpulas en el cielo. Los hijos habían levantado una Cruz de madera y la habían clavado en la colina, para permanecer al pie del madero hasta la muerte, pero el Alcalde,
Los que nunca se fueron
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emisario sumiso y bestia domada por el fantasma de la capital, había recibido órdenes de no permitir que el pueblo sobreviviera asido a alguna cosa, por eso corrió y cortó la Cruz a hachazos y se la echó al hombro para llevarla a algún lugar donde la gente no pudiera hallarla jamás.
—¡Lo juro, hombre! ¡Yo lo vi llevando la Cruz a cuestas! —¡Eso no puede ser! ¡Ese alcaldote76 se fue de aquí hace mucho tiempo! —Eso es lo que yo digo, pero mi hijo también lo vio subiendo por el camino de Las Sepulturas,77 con la Cruz al hombro.
—Bueno… si lo vieron dos personas y en distintos días… —Es difícil creerlo… pero hay que creerlo.
—Pues algún día se lo encontrarán también por esos caminos. Él tiene que pagar sus fechorías, era un vendido a Empresas Públicas. —Sí, ese hombrecito las pagará todas juntas.
Arriba, en el ancho cielo azul, un enjambre de gallinazos revoloteaba trazando círculos, con sus ojos avizores fijos en El Peñol, porque el dios de los gallinazos les había prometido que algúna día, en este lugar, ellos celebrarían el más espléndido banquete que jamás se haya visto, porque aquí una enorme mujer, madre de muchos hijos, sería ahogada por un embalse, pero que mientras la iba cubriendo la represa, ellos podrían saborear la suculenta carroña. Por eso estaban divisando a la Madre que agonizaba y resolvieron caer sobre ella. Le vaciaron los ojos, le picotearon el ano, y principiaron a devorarle las entrañas, luego le horadaron el ombligo, pero apareció el Gual y hubo que dejarlo que engullera las vísceras, pero de pronto interrumpió, porque había llegado el Rey, todos tuvieron que distanciarse y lo aplaudieron con una ovación de alas; el Rey danzaba, pavoneándose como el Gerente, e introdujo su pico en el cuerpo de la Madre y lentamente le fue succionando el alma, tal como lo había profetizado el mismo Gerente de Empresas Públicas. Poco tiempo después, para sorpresa de todos los gallinazos, los hijos fieles a la Madre, los que nunca se fueron, levantaron un monumento a la Madre. —Y la Madre sonreía.
—Y los hijos fieles sonreían.
a aglún …
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da La segunda muerte de mi tía Militaa Mi Tía Milita tiene los pies aplastados y torcidos los dedos de tanto trajinar descalza la pobrecita. Me coge un pesar muy grande cuando me quedo mirándola toda vestida de negro y con un pañuelo blanco amarrado en la cabeza, tal como salió del ataúd el día que iban a enterrarla, así, con esa mortaja. Seguro que ella no podía soportar la idea de quedarse metida en ese cajón para siempre, secándose, como dicen que no se pudrió ni se lo comieron los gusanos a don Zenón, cuando fueron a sacar sus restos lo hallaron todo enterito y seco, como si no se hubiera muerto de verdad y más bien durmiera un sueño largo de todas las noches y todos los días, sin siquiera borrársele esa sonrisa que le dio cuando el médico le dijo: ahora sí, don Zenón, a echar azadón allá en el cielo porque aquí no hay nada qué hacer, entrecruzó los dedos sobre el pecho, sonriendo, y exhaló el último suspiro, olvidando ponerse serio o asustado, como todos los muertos. La gente chismosa dice que sonrió porque vio a Milita que se iba con él, cosa que puede ser cierta, ya que don Zenón venía mucho aquí a conversar con ella largamente de papas, plátanos, yucas, pero sobre todo de tomates, que era su tema predilecto. Después la Tía Milita buscaba y rebuscaba cosas en la despensa, hasta cuando no podía hallar la sal o el chocolate o los aliños o cualquier cosa y me mandaba para el pueblo a comprar sal o chocolate o aliños o cualquier cosa, y ellos se quedaban solitos en la casa hablando de papas, plátanos o yucas, pero sobre todo de tomates, que era su tema predilecto.
Cuando yo regresaba del pueblo, ya por la nochecita, encontraba a la Tía Milita arrodillada rezando, y dándose golpes de pecho, entonces yo le decía: Tía Milita, pero no me oía y yo le decía más duro: Tía Milita, pero tampoco oía, hasta cuando le gritaba ¡Tía Milita!, y se sobresaltaba volviendo a este mundo, pero la comida se había quemado y los terneros andaban sueltos con las vacas por los potreros porque nadie los había encerrado, por esto no me gustaba que viniera don Zenón a conversar con mi Tía Milita, pero tampoco me gustó que don Zenón se muriera de una vez para siempre, aunque para decir verdad, el viejo no se murió del todo sino que se quedó dormido, sonriendo, y así lo encontró José Sepulturero muchos años después, apenas lo vio tan sonriente se puso a sonreír con don Zenón, hasta cuando lo sacó del cajón y lo paró por allá en un rincón del cementerio a que se llenara de telarañas, polvo, a LA SEGUNDA
MUERTE
DE MI TIA
MILITA [Este cuento da nombre a la obra. No obstante, presenta una variante: el artículo “LA” es cambiado por el pronombre “MI”. Se conserva el título que presenta la edición príncipe].
La segunda muerte de mi tía Milita
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cucarachas y otros bichos, mas a la Tía Milita la agarró una tristeza que se le salía por los ojos y la voz, y que le inclinó suavemente la cabeza hacia el lado izquierdo, que es el lado al que queda el corazón, tristeza que era tan larga que a mí también me alcanzó, sobre todo cuando la sorprendía llorando en unos sollozos que apenas le salían a pedacitos porque se le quedaban enredados allá adentro, yo le ayudaba a llorar porque Tía Milita me quería mucho, me compraba ropa, me llevaba a misa los domingos, y después me empetacaba78 de caramelos por haberme manejado bien en misa, cuando lo cierto es que yo nunca me comporto bien en misa sino que me la paso contando santos hasta diez, porque hasta ahí me alcanzan los números que la maestra Teresita me ha enseñado, pero yo no me varo por eso, ya que hago montoncitos de a diez santos y llevo la cuenta en los dedos de la mano.
Cuando la Tía Milita se resistió a ser enterrada y metida en una tumba, tenía muchos motivos para proceder así, no obstante las gentes debieron haberse asustado cuando vieron que estaba incorporándose para no dejarse enterrar como los muertos; pero lo que más rabia me dio fue que ese Indale-
cio Parra casi la ahorca por bregar a acomodarla en el ataúd, regañándola y
diciéndole que si era que quería saber más que el médico que había dicho que estaba muerta, a lo que Milita respondió que qué médico ni qué pan caliente, que ella lo que tenía era un ataque. Eso sí me gustó, que mi Tiíta no se muriera, ya que yo la necesitaba mucho, porque ella me quería así de bastante, y uno necesita quién lo quiera muchísimo, porque la vida sin quién lo quiera a uno, ¿para qué sirve? Eso era lo que yo le decía, entonces me abrazaba bañada en lágrimas. Es que yo no soy solamente bobo, porque eso es lo que me dice la gente, que yo soy bobo y nada más, que no puedo dejar de ser bobo, pero no sabe que a pesar de ser bobo yo pienso un poquito, aunque no sea sino un poquito, pienso que si ella se hubiera muerto o se muriera, qué haría yo tan solito en la vida, quién me llevaría al pueblo los domingos y quién me compraría ropa y caramelos, y quién me llevaría a misa para poder contar santos y hacer montoncitos de a diez, y, sobre todo, ¿quién me llenaría los platos de comida, de bastante comida? ¿Quién se va a encartar con un tipo como yo? A mí me da mucha rabia que me llamen bobo, yo sé que soy bobo, eso se lo digo a Tía Milita, y nos ponemos a llorar juntos. Además mi Tía Milita no se puede morir por una razón muy sencilla: aquí en la finca ella siempre está hormigueando por todas partes, arreglando cercas, limpiando la acequia, recogiendo leña para el fogón, cuidando los animales, encerrando los terneros y haciendo comedera para nosotros dos y los peones. Para llevar la comida a los peones estoy yo, y también para hacer los mandados cuando don Zenón viene a visitarla, pero como él se murió ya no tengo que hacer mandados, es por lo único que me gusta que haya muerto el viejo, pero por lo demás, no.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Claro que eso de llevar la jartadera a los peones se complicó por culpa de ese Indalecio Parra, el mismo que estaba ahorcándola cuando no quiso morirse la primera vez, entonces el muy soplón fue a contar a la Tía Milita que me había pillado capando79 el almuerzo, que por eso era que ellos quedaban con hambre, que pensaban irse y no volver a trabajar para ella, porque se había vuelto muy-muerta-de-hambre y muy tacaña. ¡Qué pena, muchachos!, yo siempre les enviaba las ollas repletas de almuerzo y como para tres trabajadores más. Yo a él siempre le lleno la barriga antes de salir a llevarles el almuerzo, pero ni modo de culparlo, porque desde que le dio esa enfermedad el pobrecito siempre tiene hambre, es como si estuviera roto. Yo me quedo mirando a la Tía Milita, bregando a recordar cuándo estuve enfermo, y nada que recuerdo, será que ella ignora que uno no puede recordar lo que no ha sucedido, ¿o será que el no poder recordar hace parte de la bobada mía? Pero también creo que la Tía Milita es muy bruta y no entiende muchas cosas, aunque más bruto soy yo, según decires de la maestra Teresita, ya que ella dizque me enseña y enseña y yo no aprendo nada, que apenas sía he aprendido a contar hasta diez en tres años que llevo en la escuela, y eso que siempre se me olvida el número siete, y cuando estoy contando hasta diez comienzo a tartamudear cuando voy en el cinco, porque ya sé que se me va a olvidar el siete, por ello es que tengo que principiar a contar por el siete, para echarlo adelante, antes de que se me olvide, y así poder decir cinco, seis, ocho… ¿Y el siete? Por eso se lo dije de primero, señorita. Ella sonríe moviendo la cabeza de lado a lado mientras mis compañeros se carcajean en un montón de carcajadas, y yo también río, porque todo no ha de ser ayudar a llorar y rezar a Tía Milita, sino que también hay que reír con los demás.
Yo y mi Tía Milita pasamos juntos todo el día y toda la noche. A ratos, rezamos; otros, lloramos. Pero los más ratos lloramos y rezamos a la vez para no perder mucho tiempo. Aunque a mí no me gusta rezar, por lo que me coge la calladera, y ella tiene que hacerlo sola. Ella se pasa haciendo destino y rezando pasito como si estuviera diciendo secretos a alguien, tal vez a don Zenón. Me gusta es cuando empieza a contarme historias de santos. A propósito, Tía Milita, ¿de dónde vienen los santos? Me parece que es de Roma, allá los fabrican y los distribuyen por todos los pueblos para que la gente les rece. Eso me dice ella. Ahora entiendo por qué la gente les reza tanto… para que los santos les devuelva en favores todas las oraciones y arrodillamientos; pero a Tía Milita los santos la mantienen envolatada, porque por más que les reza, nada de milagros que le hacen, aunque parece que a ella esto no le preocupa, es que ella es tan desinteresada que nunca espera nada, nadita. Yo a los santos no les pido nada, reviento cabeza a ver qué se me ocurre pedirles, y nada. a si
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Tía Milita me acaricia la cabeza y me palmotea las mejillas diciéndome que no me preocupe, que ella no va a morirse, que eso no se lo tengo que pedir yo a los santos sino ella, que lo único que me ruega y suplica es que estudie mucho en la escuela, ya que el saber nunca se acaba, se acaban las papas, las yucas, los plátanos, los tomates, la finca… Todo se acaba en la vida mijito, pero el saber, no; que por eso debo ponerle mucho cuidado a la señorita maestra, que no le quite los ojos de encima. Yo le obedezco y me siento allá en la escuela a ponerle mucha atención, a aprendérmela de memoria, le miro esas piernas tan bellas, esas nalgas que me hacen estremecer, como para uno mordérselas, y esas tetas grandes y templadas que se le quieren salir por la botonadura de la blusa y terminadas en punta como las torres de iglesia, allá en el pueblo, que parecen lanzarse como si estuvieran de viaje para alguna parte, que no son como las tetas de mi Tía Milita, aplastadas y casi rojas en el centro, que son como dos huevos fritos en el plato de su pecho; que cuando se las veo de noche, a la luz de la vela, no me hacen sentir nada sino pesar, porque la Tía Milita es tan santa que ni siquiera tetas tiene. En cambio yo sí soy malo. Me paso las horas mirando a la señorita Teresa, midiéndole todo lo que tiene escondido en el vestido, me imagino ese montón de cosas que después se me quedan en la imaginación atormentándome, quemándome como brasas en las entrañas, pero especialmente de noche cuando la Tía Milita apaga la vela y se queda rezando pasito, entonces es cuando yo comienzo a pasar las de san Patricio,80 porque aparece la señorita Teresa como iluminada, desnuda, desafiante, provocativa, pero por más que cierro los ojos para no verla, siempre la veo en pelota, es como si estuviera dentro de mí, me volteo para un lado, para el otro, pero no puedo ponerme bocabajo porque me da miedo que me quiebre el miembro, porque es que se embravece viendo a la señorita Teresa, y no hay quién lo maneje, ni por las buenas. De pronto, todo yo me lleno de rabia y trato de agarrar a la maestra Teresita, pero no cojo sino la noche, pero ella viene y se acuesta a mi lado, haciéndome temblar con un miedo grande que me hace gritar pidiendo auxilio:
—¡Tía Milita!
—¿Qué te pasa, muchacho?
—¡Tengo miedo!
—¡Quién sabe qué pecados habrás cometido!
—Todavía no. ¡Pero tengo muchas ganas!
—¿Qué estás diciendo?
—Que tengo muchas ganas de pecar. ¡Pero cuando voy a pecar me da miedo!
—¡Te va a llevar el diablo, por malo!
—No, Tiíta. ¡No me deje llevar del diablo!
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Es un negro muy feo, con cachos, rabo y echando candela por la nariz. —¡Qué miedo, Tiíta!
—Sí, así es.
—¿Es que usted lo ha visto?
—No. Porque no peco.
—¿La maestra Teresita peca?
—Tampoco. ¿Cómo se te ocurre?
—¿Entonces para qué saca ese culo y esas tetas tan grades? ¡Debiera dejar ese montón de ganas en la casa!
—¡Déjate de bobadas y recemos para espantar al diablo! Y rezamos y rezamos en voz alta, para que Dios que está allá arriba del tejado, pero todavía más alto, detrás de las nubes, tal vez en casa del sol, la luna y las estrellas, para que Diosito buenoa nos oiga y espante al diablo, pero yo me canso de rezar y voy bajando la voz hasta hacerme el dormido; Tía Milita sigue rezando en tono bajito para no despertarme, lo hace pasito porque su Dios está cerquita de ella, porque como es tan buena no tiene que tirarle las oraciones a gritos; siento cuando apaga la vela y volvemos a quedar en tinieblas y puedo abrir los ojos para buscar a la señorita Teresa en la oscuridad, pero ella se ha ido, seguro que se fue, o tal vez se la llevó el diablo, ese negro tan feo, con cuernos y echando chispas por la nariz.
Ahorita hasta de día me está dando miedo, porque parece que el diablo me está persiguiendo por todas partes. Cuando me quedo mirando a la señorita Teresa creo verlo ahí, listo para echarme mano, entonces me asusto y miro para todas partes no vaya a estar agazapado en cualquier rincón. La situación se ha complicado, porque con todas estas cosas se me ha alborotado más el hambre, y si antes comía mucho, ahora quiero estar comiendo siempre, y hasta me dan ganas de chupar dedo desesperadamente, y la Tía Milita no hace sino regañarme, y creo que está confundida conmigo, me vigila a todo momento. Ayer, sin ser domingo, fuimos al pueblo, donde el Padre Rufo, y me dijo: espere aquí, mijo, mientras yo hablo una cosita con el padre Rufo. Seguro que le está contando que yo soy un muchacho malo, que ya el diablo me anda rodando y que un día de estos me va a llevar para los mismos infiernos. Ya es hora, oí que le dijo el Cura. Eso es como las aguas: ellas mismas van buscando la salida, le volvió a decir el padre Rufo. Después le entregó unas pastas de alcanfor,81 que así es como se llama eso, para que yo las cargue en los bolsillos y esté oliéndolas. Colóquele una bajo la almohada. También le entregó unas bolitas de naftalina de las mismas que Tía Milita echa en el baúl para matar las polillas que se comen la ropa. ¡Vea, pues! ¡Ahora resulta que yo también tengo polillas! Como el Padre Rufo se ha sonreído conmigo, yo me a Bueno
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sonrió con él, porque así convine conmigo mismo, que cuando alguien llore yo le ayudo, y si ríe, yo también le ayudo.
La Tía Milita, según entiendo, no ha quedado satisfecha con lo que el Padre Rufo le dijo y dio, y me dice: camina, vamos donde don Demetrio. Yo le pregunto ¿quién es don Demetrio? Es un sabio, un doctor del cuerpo, muy buen médico, pero la vaina es que no le gustan los curas, por eso se va a condenar. Me dijo la Tía Milita y nos encaminamos para donde don Demetrio. ¿A qué vamos, Tiíta? A que te dé una medicina para eso —me contesta mirándome con asco aquí abajo. Comprendo que “eso” es la rabia que nos da a mí y al miembro. Ya lo adiviné. Le pregunto cómo lo supo ella, se lo pregunto con la mirada, pero no se da por entendida, porque ya estamos donde don Demetrio. Él se ha reído con las historias que le cuenta Tía Milita, suelta una carcajada buena y graciosa, y yo también río. Pero al ver que la Tía Milita se queda seria, él le pide excusas. Sin embargo le dice que me tiene que hacer ir donde las putas, pero como ella le abre unos ojazos como de vaca, él vuelve a pedirle excusas, mientras yo me pregunto ¿qué son putas? Luego le recomienda que me case, que ya es hora. Lo mismo que le dijo el Padre Rufo: que ya es hora. ¿Ya es hora de qué? ¿Quea me case? Voy entendiendo un poco el asunto, no obstante ya sé lo que voy a decir a Tía Milita, que yo no me caso, que me quedaré siempre con ella ayudándole a llorar y a rezar. O… quizá algún día me case... Eso debe ser bueno, porque ahora que se me viene un recuerdo a la cabeza, el tal Ricardo Ramírez me llamó un día en la escuela para preguntarme en voz baja, como al escondido, ¿para qué sirven las mujeres? No sé. Aunque sí sé. ¡Para hacer comida, arreglar la casa, la ropa. ¡Bobo! Sirven para uno comérselas ¿Para comérselas? Sí, para eso. A mí me siguió la pensadera, porque eso de comerse uno a una mujer… Bueno, tal vez hasta sepan a bueno con plátanos, yucas, papas y harto caldo… Yo me quedo mirando a la Tía Milita, toda vestida de negro y con un pañuelo blanco amarrado en la cabeza, porque así salió del ataúd la primera vez que se murió, ¡me da un pesar de la pobrecita! También me da pesar de este pobrecito que soy yo, porque cuando la Tía Milita se muera la segunda vez, y se muera de verdad, aunque ella me prometió que no se va a morir, pero cuando ella se muera otra vez, quién me va a empetacar de comida, y sobre todo, quién me va a decir, con esta comedera que me ha agarrado, que no coma más, que me reviento, ¡porque la verdad es que yo no sé cuándo estoy lleno! a Bueno …
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Cantor que te vas cantando —Murió don Nicanor.
Vaya, vaya… Conque murió don Nicanor Quinchía. Siempre me había parecido que el viejo estaba por morirse un día de estos; yo le adiviné la muerte en su mirada caída, en su voz queda y fría, como salida de la misma tumba; y, sobre todo, en la manera de tañer la guitarra, que más que sonar, gemía cimbrándome.a Lo mismo decían los campesinos,b que estaba tocando como nunca. —Coma, mijita.
La perra Aliada no quiso recibir las migas de desayuno sino que continuaba echada sobre la tumba del viejo Nicanor. Cuando le palmoteéc la cabeza comenzó a chillar quedito, tal vez recordando las caricias del amo. Porque esta mañana la señora Ubaldina madrugó a golpear la puerta de mi casa, tac-tac-tac. ¿Qué sucede, señora Ubaldina? ¿Cómo que qué sucede? Pues mire, señor Sepulturero, que anoche no pude pegar los ojos.d (Se enloqueció la señora Ubaldina). Sí, don José, seguro que nadie pudo dormir, porque con tantos huecos viejos y tantos huecos nuevos.e (¡Loca, loca!). ¡Es que si hay huecos en el cementerio! Seguro que un perro cayó a uno de ellos, por eso ladró toda la noche, y debió haberse lastimado el pobrecito porque sus ladridos eran muy dolorosos.f (No está loca la vieja). Muy bien, señora Ubaldina, voy a ver.
Las campanas doblando, llenando de tristeza al pueblo. Una tristeza grande que llega hasta las montañas, chorreando por sus laderas como cuando la calimag se desliza por las colinas porque la tarde viene empujando, porque la noche viene de afán. Todo tan triste. Y allá en la esquina asomando cuatro hombres trayendo el ataúd con los despojos mortales de don Nicanor. Poca gente en el cortejo. Ni siquiera el padre Rufo viene ahí adelante del muerto, porque como nunca quiso al viejo Nicanor… —Padre Rufo, murió don Nicanor.
Menos mal que murió ese Viejo.
Ese hombrecito no era buen ejemplo para la juventud, sino un desperdigado que se pasó la vida deambulando por los campos en una vagancia sin fin, sin rumbo fijo, iba para donde lo llevaran los pies. ¡Dizque eso ser vida de artista! Era solo un pretexto para ir perdiendo mujeres para encontrar a otras para también perderlas. ¡Ya eran muchas las quejas que tenía suyas! Además, a cimbronándome bcampesinos c palmeteé d ojos e nuevos g calina f dolorosos
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no se casó con la Matea sino que se la llevó así no más, como si la cosa no fuera sino ir cogiendo mujer y vámonos a vivir juntos que conmigo nada le faltará, para después faltarle todo, hasta marido. ¡Matea tonta! Con ese hombre no vas a ninguna parte, porque es mal tipo. ¡Mándalo al carajo! Y ella muy oronda dizque contestarme: no le hace, Padre Rufo, así lo quiero yo, creo que por ser así es por lo que lo amo. ¿Se dan cuenta, muchachos? ¡Es que rejuntarsea82 con ese bicho que no sabe sino emborracharse, tocar guitarra, cantar y pintar mamarrachos! ¡Qué gran artista pierde el pueblo, ja! ¡Y atreverse a decir que eso es Arte! Escúchenme, dizque obrab de arte una mesa como con las patas arriba, como esas que pintan los niños en la escuela y que hay que escribirles esta es una mesa, porque de lo contrario no se sabe qué es. ¡Yc el artista este decir que es una mesa vista desde infinitos puntos! Y esos caballos coloreados con los colores de la bandera nacional y con muchas cabezas y muchas colas y muchas orejas y muchos ojos, dizque por ser un caballo-caballos. Pero usted está loco, Nicanor, ¿cómo cree que esto es arte? Pues ya verá, Reverendo Padre Rufo, el arte no debe copiar a la naturaleza sino corregirla y superarla. Mire, por ejemplo, este caballo verde. ¿Un caballo verde? ¡Pero si no los hay de ese color! Eso es lo que yo digo, no los hay, por ello el artista los tiene que crear. ¡Todo eso va contra las leyes de la naturaleza! ¡Exacto, Padre Rufo! El arte no debe someterse a ellas sino que las corrige para que todo sea más bello. ¡Es la belleza lo que importa. Ajá! ¡Conque es la belleza lo que importa! ¿Y Dios? Ante Él me descubro, Reverendo Padre Rufo, porque está en la belleza. ¡No creo en eso! ¡Y no lo creo porque quien está contradiciendo lo que Él hizo, está contra Él! Se equivoca, Reverendo Padre Rufo, si Él hubiera hecho todo perfecto no nos habría dejado nada a nosotros para hacer. Así la vida no tendría significado. Nosotros tenemos que acabar el mundo, debemos terminarlo. ¡Ateo! ¡Eso es lo que eres, un ateo! ¡Dios tenga piedad de tid, porque lo que es yo no la tendré! Buen viaje, Reverendo Padre Rufo, que las leyes de la naturaleza lo lleven con bien. Eso me gritó riéndose diabólicamente. ¿Entonces qué pensar de ese engendro del infierno? ¡Era un satanás hecho hombre! Por ello me niego rotundamente a darle cristiana sepultura. ¿Es que un lugar santo como es el cementerio se puede profanar con ese esperpento? Excúseme Padre Rufo, yo no entiendo nada de eso, ¿pero qué tiene que ver el muerto con lo que fue vivo? ¿Cómo, que qué, José Sepulturero? ¿No es su forro? Si los plátanos se pudren, ¿acaso no se pudre el costal? No es lo mismo, Padre Rufo. Sea de ellos lo que fuere, ¡nada de cementerio para ese señor! Que lo entierren por ahí, así como al papá de don Demetrio, a un ladito del cementerio, ¡pero no adentro! Bien, Padre Rufo, ya se puede ir buscando otro sepulturero. ¡Y otro sacristán, Padre Rufo! ¡Cómo! ¡Esto es una sublevación! Si le niega cristiana sepultura a don Nicanor, nosotros no seguimos trabajando más con usted. a reajuntarse b obras c !Y d tí
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Además, recuerde, Padre Rufo, que a don Nicanor todo el pueblo lo quería mucho, y si se le sepulta por ahí en cualquier parte… allá la gente irá en peregrinación… las limosnas. La gente es muy rara, Padre Rufo… ¡Un momento! Viéndolo bien… quizá ustedes tengan razón… será enterrado en el cementerio, pero les juro que las honras fúnebres serán cortas, medio-medio. ¡Eso sí que no! Si así es, pues yo medio-enterraré a los muertos. Y yo medio-tocaré las campanas y medio-ayudaré en los demás oficios del altar. ¡Bien! Que sea como ustedes dicen, mejor dicho, como Dios me ordena. ¡Gracias! ¡Gracias, Padre Rufo! Sí, muchachos, ¿qué diablos tiene que ver el muerto con el vivo? ¡Qué carajo!
—Muy bien, señora Ubaldina, ya voy a ver...
Llegar al cementerio y encontrarte ahí, mija, toda llorosa, después de haber pasado toda la noche en grima, en verdadera grima, dando alaridos que no dejaron dormir a la señora Ubaldina ni a ninguno de los vecinos, seguro que te insultaron y te mandaron al carajo, pero es que no comprenden tu dolor; además tampoco sabían que eras tú la que estabas aullando. Aunque debieron haber reconocido tus alaridos, porque antenoche también pasaste toda la noche chillando y recostada la cabeza contra los pies de Nicanor, suplicándole que no se muriera, pero ni él ni nadie comprendió que tú, mijita, le estabas olfateando la muerte al Viejo, y aunque la Matea salió a regañarte porque no dejabas pegar los ojos, el salió a tu defensa y le riñó a la Matea, ¡eh, pues deja que chille no más! ¡Qué sabe uno por qué ladran los perros! ¡Claro, tú siempre defendiéndola, Nicanor! ¡Ni porque fuera la perra vida! Te advierto, Matea, que dejes en paz al animalito.
(—Esas fueron sus últimas palabras, don José).a Y la Vieja Matea quiso llorar, pero no pudo, porque sus ojos no tenían lágrimas, y solo le pasó la mano al viejo por la cara y levantó la cabeza para poder verle la muerte en la cara, porque don Nicanor había amanecido muerto, sentado, ahí, en la banqueta, donde siempre se pasaba las noches dizque estudiando los misterios de la noche profunda, indagando el curso de las estrellas y el influjo de la luna sobre los seres vivos, y murió sin poder entender por qué la semilla germina, aunque mucho tiempo se le quedaron los ojos brotados ante el pasmoso milagro de la germinación, ya que se había pasado las noches y los días observando atentamente, esperando el momento preciso en que la semilla reventara dando paso a la nueva planta, pero en unab espabilada suya la planta asomaba, sin él poder explicarse el porqué y el cuándo. Otro tanto sucedió con su propia muerte, pues hacía mucho tiempo que no dormía dizque porque tenía que estar despierto para cuando fuera a morirse poder vivir su propia muerte, y vea, pues, don José, ¡cómoc se durmió en el momento que más necesitó estar despierto!
a don José.)
b un c como
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—Hay que conseguir la mortaja, señora Matea.
—¡Nada de mortaja, don José!
Eso me dijo, mortaja para qué, lo enterraremos así como está, la muerte no es pues un viaje que se emprende. Él siempre estuvo en el plan de viajar, no hallaba reposo sino que tenía que estar andando.
Entonces yo veo al viejo Nicanor avanzando por el polvorientoa camino, pausadamente, seguido por la jauría de perros, con su escopeta al hombro, su guitarra terciada, y a medida que se acercaba uno podía verlo con los pantalones arremangados a media canilla, con esa paruma83 larga, la más larga que se usaba en El Peñol, con su vestido remendado, tanto, que no se sabía de qué tela y color había sido el original; con su cabello llegándole hasta los hombros; con ese bigote inmensamente pobre, apenas unos pelos gruesos como unas cuantas púas.
Matea nos había dicho que lo metiéramos así al cajón, sin siquiera lavarle los pies descalzos, ¡qué le hace!, así vivió, así murió, ¿para qué disfrazar a los muertos? Oiga, don José, también hay que echarle al ataúd la escopeta y la mochila con todas sus cositas. Sí, todo cuanto fue de él. Incluso esos rollos de dibujos que tiene guardados en el baúl. Todo le hará falta en el camino. Y por último le pondremos encima del cuerpo la guitarra. Matea hizo un gesto que esperáramosb, que todavía no, como si faltara algo, fue al huerto y trajo una rosa blanca que enredó en el hueco de la guitarra, entre las cuerdas, cosa que me pareció bien hermosa. Y la Matea besó la flor diciendo: —Es duro ver que un muerto se lleva tantas cosas de uno… —Cantorc que te vas cantando… —Así tapamos el ataúd ante la mirada triste de la vieja Matea. El ataúd yaciente entre cuatro sirios cuyas llamas luchaban aferradas a la esperma para no dejarse llevar por los vientos. La perra Aliada dando vueltas entorno al pobre cajón, arañándolo, mirando hacia arriba como si quisiera saltar sobre él y mirar al amo por última vez. El Padre Rufo bajando las escalas del altar seguido por dos monaguillos y principiando a rezar latines y cantando himnos fúnebres, también en latín, pero la perra Aliada no se aguantó la tristeza y comenzó a aullar larga y tristemente, sin que nadie se atreviera a regañarla sino que todos nos entristecimos, hasta el Padre Rufo, tan templado, duro y serio que era, tampoco resistió, el cristal de su voz se quebró en añicos y se quedó contemplando la perra Aliada, transido de dolor, porque los curas también tienen sentimientos, y aunque él ha visto llorar a mucha gente y trata de consolarla, seguramente no ha visto jamás en su vida a un animalito llorar a su amo muerto como este lo estaba haciendo. Trató de consolarlo, pero el consuelo se le vuelve una mueca dolorosa, porque él se había peleado muchas veces con don Nicanor, insultando aún su cadáver, llamándolo esperpento del a polvoriendo b esperábamos c Canto
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da infierno, ateo en vida y muerto sin derecho a sepultura en el cementerio, y si no es porque Samuel y yo nos paramos en la raya, el viejo Nicanor Quinchía hubiera sido enterrado en cualquier parte. Por eso el Padre Rufo está arrepentido, porque él también es hombre y capaz de sentir dolores, claro que no llora y mocosea como Deborita y su hija Emita que están ahí escurriendo el trapo de su alma por los ojos y la nariz, y lo mismo ese Alfonso Calabazo que cuando se le acaba el llanto sigue con el ataque de epilepsia. Pero Sarita, que es la que arregla el altar para las exequias, sabe que ya casi le da el ataque, entonces lo mira de hito en hito, teniendo el frasco de éter a punto de ser destapado, para dárselo a oler, pero a Alfonso no le va a dar el ataque porque los alaridos de la perra Aliada lo tienen entretenido y el patatús84 se le queda enredado en alguna parte mientras Samuel Sacristán hace retumbar el templo y el mundo entero con el doble de las campanas. La perra Aliada llora y llora y no quiere consolarse.
—¿Qué le pasa a esta chandosa, Nicanor, que no hace sino aullar? No nos va a dejar dormir. Dale unos golpes a ver si se calla. —El que tenga sus penas que las llore, Matea.
—Eeehhh… ¡pero si está chillando muy triste!
—Todo el día ha estado así. Me olfatea y recuesta su cabeza a mis pies y aúlla quedito como si le estuviera doliendo el alma.
—Será que se va a morir. Los animales olfatean la muerte… —Qué va a saber uno por qué chillan los animales. ¡Malditas viejas que creen adivinar las cosas!
—Claro, tú siempre defendiéndola. ¡Ni porque fuera la perra vida! —Te advierto, Matea, ¡que dejes en paz al animalito!
(—Esas fueron sus últimas palabras, don José).a Casi nunca lo contradecía en nada, porque Nicanor era así y así había que aceptarlo, las personas son como son, en vano se las intenta cambiar. A mí me gustaba tal como era, aunque mi madre decía, Matea, ese hombre no te conviene, no promete nada, no es sino un toro montaraz, todo cimarrón,85 que no hace sino lo que le viene en gana. Y cuando la vieja se dio cuenta que yo me pasaba los días enteros sentada al lado de Nicanor, oyéndolo tocar y cantar y cargándole comedera, aunque poco comía, todo se lo daba a los perros, entonces la vieja me dijo, mija, lo mejor es que te cases con ese hombre, que lo que él consiga contigo sea bendito, de lo contrario, nada. ¿Pero quién lleva a ese animal a la iglesia? Ahí te queda el problema, pero no te vas a quedar soltera, sin salar el estómago, eso lo castiga Dios. Mamá sabía que yo era una mosca atrapada en la telaraña de la música de Nicanor, que no valían pataleos, que entre más pataleara más me enredaba.
—Mamá… ¡cómo toca ese Nicanor!
a don José.)
Cantor que te vas cantando
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—¿Cómo toca qué, mija?
—Pues la guitarra. Todo mundo se queda embelesado escuchándolo. —No hay feo sin gracia… —Había visto que tocaba maravillosamente la guitarra, pero jamás me imaginé que lo hiciera tan extraordinariamente. Es como si le tocara el alma a uno.
—Nicanor, tocas y cantas muy bonito.
—Eso dice la gente. A mí me gusta.
—Y se quedó mirándome. Me azoré y salí corriendo. No volví en dos días. Su mirada me perseguía por todas partes. Escuchaba su voz que me decía: ven acá, ven acá, ven acá. Y volví.
—Hola, Nicanor.
—Hola, Matea.
Pero no más. Tomó la guitarra y comenzó a tañerla, yo me fui llenando de bellas montañas, de valles, de rumor de ríos. Era como si Nicanor le estuviera poniendo música al mundo. Él continuaba mientras todo lo bello del mundo pasaba por mi cuerpo.
—¿Te gustó, Matea?
—Sí, muy bello todo.
—Era para ti.
—¿Para mí?
—Sí. Te regalé las montañas, las colinas, los valles, el cielo. Todo. Las cosas más bellas siempre están ahí esperando que el arte las desnude y nos penetren.
—Siempre las había visto ahí, pero no me decían nada… —¿En verdad te gusta mi música, Matea?
—Todo, Nicanor.
—Ven. Sígueme.
Comenzamos a trepar montañas arriba. Él, de trecho en trecho, se detenía contemplando las montañas, los ríos, me miraba, y al ver que yo estaba haciendo lo mismo, sonreía. Cuando llegamos al cerro más alto, a ese que llaman de Santa Inés, tomó la guitarra y principió a tañerla y a cantar: Giran los astros en los cielos, siguiendo las mismas rutas tantas veces trasegadas; siempre las mismas sendas, nunca los mismos hombres; su viajar tiene una meta fija: continuar viajando. Mientras los hombres damos vueltas y revueltas sobre la misma tierra, quién espera, quién desespera, quién llora, quién ríe; al fin de cuentas esperando o desesperando, riendo o llorando, a la tumba llegamos; en ella ponemos fin a todas nuestras inquietudes; adiós alegrías, adiós zozobras, porque es la hora del silencio eterno; nuestras cenizas girarán confundidas con la madre tierra, girarán como los demás astros, sin risas ni llantos, sin
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da pasión en la mirada y sin esperanzas en las manos. Todo será profunda calma, silencio inmenso; recorriendo las mismas sendas, sin abrir puertas y sin cerrar ventanas, sin poner plazo a la esperanza ni pañuelos a las lágrimas. Seremos inmensas rocas o leves briznas de polvo que en nubes avanzan como ríos que se deslizan por el infinito espacio, lejos de la angustia, que van a morir a la mar del olvido. Sobre la tierra quedarán los vivos perdidos en el laberinto de la ilusión, caminos que se cruzan y entrecruzan, y entre más afán más perdición, y entre más calma, más zozobra, hasta que un día cansados de tanto dar tumbos encuentran la puerta abierta de la tumba que como un lecho invita al profundo sueño y abrazados reposarán en la bendita nada. Amén. —Amén.
Me quedé mirándolo como a un dios, pero él bajó la cabeza, quedándose ensimismado mientras arriba florecía el cielo, y abajo la noche se llenaba de suspiros de hombres. Así nos quedamos silenciosos hasta cuando él volvió a coger la guitarra y a dar gritos. Yo también grité. Los perros ladraron. Comenzamos a bailar desesperadamente, fueron cayendo las ropas, y desnudos nuestros cuerpos, bañados por la luz de la luna, me dijo, mira, mija, cómo el mundo se extiende ante nuestros ojos,a por donde quiera que uno mira ve la obra del hombre que levanta templos, casas, que labra la tierra; que los montes cantan a la vida plena; que los ríos cantan sus rumores; que las aves cantan a la montaña o la tarde, que arrullan sus rumores; que todo, aún lo más humilde, es un himno a la vida. Todo esto es nuestro, está para que nosotros lo disfrutemos. Pero no está para que nos apropiemos de ello sino para extasiarnos, para gozar de la vida, para sentir que somos hombres. Esta es la cara de la vida, la loca alegría, el saltar gozosos e inocentes sin inventar esas horribles palabras de “mío” y “tuyo” sino recrearnos con una sola palabra: “nuestro”, sin fronteras ni límites. Este es nuestro mundo. Nosotros somos nosotros. ¿No es maravilloso?
—Nicanor… —Matea… Luego sentí sus manos poderosas, su boca sedienta, el deseo que salía a borbotones, y de pronto mis carnes desgarradas, las entrañas sacudidas, no tenía palabras sino que vi al labrador que hundía sus manos en el surco, sacudiendo sus entrañas y depositando en su seno la chispa de la vida. ¡Oh, milagro!
Y después: el silencio de la noche profunda y una luna sangrante mirándonos fijamente desde allá arriba, y los perros oliendo nuestros cuerpos sudorosos.
—El Padre Rufo dice que tú tienes muchas mujeres.
a ojos
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—Él dice muchas cosas de mí. Yo en cambio no encuentro nada qué decir de él.
—Nicanor… ¿nos casaremos…? —Ya estamos casados, Matea. —Sí… Es cierto… …
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da La buena gente Las cosas que tiene la vida… Primero yo era la puta del pueblo, y ahora resulta que soy la loca. —Esa vieja está loca.
¡Qué caso! Dizque loca yo por ir diciéndoles la purita verdad a estos nobles señores, que de tanto ser buena gente los tuvieron que nombrar Caballeros del Santo Sepulcro. ¡Ja-ja-ja! La risa que me da al verlos hoy tan respetables, lo bien que les ha ido en los negocios, la familia tan honorable que están levantando, porque este hijo tan inteligente tiene que ser cura o doctor en cualquier cosa. A los hijos no es sino darles buen ejemplo y salen igualitos a sus padres. Claro que salen igualitos, porque ellos también como sus padres van a medianoche a tocarle la puerta a la tal Ana, todos borrachitos. ¡De noche y borrachos! Buscan las sombras de la noche por temor a ser descubiertos, y beben aguardiente para ahogar la vergüenzaa y encapucharse con la hipocresía que los hace tan buena gente, sobre todo, para poder decir al día siguiente: borracho no vale. ¡Qué fácil es para ellos disimular las cosas! Se revuelcan como unas bestias salvajes con la pobre Ana y después huyen, porque eso es lo que hacen: huir; huyen porque no tienen con qué pagar o por simple aventura, como si Ana lo hiciera por amor o por caridad o por ser ellos hijos de don Elí, de don Leo, de don Timo o de ese tal don Antonio que tanto ha hecho por el pueblo, que hasta concejal es, pero a la fuerza, ya que le tuvieron que suplicar para que aceptara. Como si Ana no lo hiciera para poder sobrevivir, porque si no lo hace entonces mañana no tendrá qué echarse a la boca, ni nada. Y los bellacos salir corriendo. ¡Conejeros del diablo! para después decir a su gallada: anoche estuve con Ana y luego me le volé, hay que oírla como gritaba desde la puerta: ladrón, ¿es que te vas así no más?
Pintados, calcados fielmente de sus padres. Porque ustedes tienen que recordar que ahora años también iban donde mí, así de noche y borrachos, lo mismo que ahora van sus hijos donde Ana. Y luego huían, como ahora huyen sus hijos, como si yo lo hiciera por mero vicio. Ustedes también huían sin pagar, o porque no tenían dinero o por hacerse los machos, mientras esta pobre no tenía con qué mercar al otro día. ¡Qué machería!,86 salir corriendo como si nada… ¡Ah, desgraciados, quien los ve tan honorables hoy y recordar que eran vagabundos-engañaputas-ladrones! Eso eran. Pero qué puros son hoy, a vegüenza
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como si no tuvieran pasado. Usted don Leo, usted don Timo, usted don Elí, usted don Antonio, usted y usted, todos ustedes que están por ahí pelechando sin cansarse de ser bonachones, benefactores de la comunidad, pilares de la sociedad, a todos los voy señalando frente a frente, abochornándolos, así me den la espalda para no mirarme y se tapen los oídos para no escucharme. Pero no es fácil renunciar al pasado, sobre todo cuando hay testigos y víctimas de sus fechorías. Sepulcros blanqueados por fuera y por dentro llenos de carroñaa. No es fácil olvidar cuando la víctima está recordando. Por eso yo estoy gritándoles la verdad, todita la verdad.
— No le hagan caso, que está loca, loca pérdida.
—Cállate esa boca, vieja loca.
—Esta no es con nosotros. Vamos a denunciarla.
—Eso es. Hagámosla meter a la cárcel.
—Es que como nunca pudiste dejar de ser puta.
—Por eso quiere acabar con nuestra reputación calumniándonos. —¡Ja-ja-ja!, ustedes mismos lo han dicho: reputa-ción. Porque eso son: unos putos. ¡Qué es esa vaina que no haya sino putas!
—Que te calles de una vez, maldita vieja.
—Eh… ¿por qué huyen? Es que se avergüenzan de que muchas veces se acostaron conmigo porque yo necesitaba conseguir un bocado de comida y que ustedes se lo birlaron. ¡Comerse el hambre de una mujer! Sí, señor Alcalde, todo eso es cierto, y se lo continuaré diciendo y gritando a través de estas rejas. ¡Malditos!, dizque hacerme meter a la cárcel. Pero yo no estoy loca, señor. Que fui una puta, claro que lo fui. Era la única manera de ganarme la vida. Ahora ya no me la puedo ganar porque soy una vieja que va arrastrando la miseria, pero esta miseria no es mía, aunque sí la tengo que sufrir. Es una miseria ajena que ha caído sobre mí. A lo que ellos han hecho meter a la cárcel es a su pasado. Este pasado les grita y abochorna por mi boca. Mientras ellos son lo mejorcito del pueblo yo soy lo peor de lo peor. Es que la gente siempre se las inventa para separar lo bueno de lo malo y endilgar lo malo a los demás. Yo los denuncio a ellos, señor Alcalde, de haberme convertido en una puta. Vamos, señor Alcalde, envíe por ellos. ¿O fue que yo nací puta? Ellos deben estar aquí en la cárcel.
—¡Estás loca de remate! ¿Cómo te atreves a decir semejante bestialidad? Igualito a los demás alcaldes. Todos me han perseguido. Yo soy siempre la delincuente. ¡Ah, vida puta! Ellos me convirtieron en la cloaca donde vinieron a hacer sus cochinadas… ¡Hicieron de mi un inodoro público, pero resulta que el cochino es el excusado!
Señor Alcalde, yo era una joven que aspiraba a ser alguien en la vida, porque mis padres siempre me estaban diciendo: estudie, mijita, para que sea a corroña
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da alguien en la vida, qué le hace que seamos pobres, los pobres también podemos llegar a ser gente en la vida. Le aseguro que yo deseaba ser como la señorita maestra, o como doña Clara, o como sor Inés; ¡tan linda que era sor Inés!, cómo me animaba para que algún día fuera una monjita como ella… Tuve muñecas de trapo y sueños de niña, hasta cuando la pobreza y enfermedad de mi padre nos fueron trayendo hambre y más hambre, y por ahí derecho tenía que aparecer ese maldito don Juan haciéndome trizas, arruinando mi vida, asesinando a la niña que ya se ensayaba a ser mujer, pero ese maldito viejo destruyó esa esperanza y me arrojó a esos perros hambrientos, porque así como perros fue como estos señores de ahora me persiguieron, como perros que acosan a un perra en celo, pero el celo mío era hambre, esa cadena interminable de hambres que había en mi casa. Después el cura raje que no ha rajado desde el púlpito. Arrojándome más al fondo del abismo, echándome de la iglesia, haciendo que todo el mundo me señalara con el dedo. Luego las señoras del pueblo gritándome perra, puta, robamaridos, y corriendo tras de mi tirándome piedras e insultos, corriéndome del pueblo. Las señoras insultándome. Ah… las señoras… Ya me lo había dicho el Alcalde que me metió la primera vez a la cárcel, ese tal Viejo Ruperto que una noche me enseñó cómo es que se le muere el sexo a uno, aquella vez me dijo: ela Padre Rufo me ha dicho: mire, don Ruperto, hay que salir de esa mujerzuela a como dé lugar, está perdiendo a la juventud. Esos muchachos Leo, Timo, Eli, Antonio, todos, no quieren salir de su casa. Es una prostituta de siete suelas. Yo sé por qué se lo digo, don Ruperto. Eso me dijo. Por eso tengo que meterte a la cárcel, aunque sea por poco tiempo, de no ser así quién aguanta al cura, yo sé que en todos los pueblos debe haber mujeres como tú, de lo contrario los muchachos hacen entre sí lo que no pueden hacer con las mujeres.
De lo que más me acuerdo es de la mirada que me echó el Viejo Ruperto, se quedó mirándome así, largamente, hasta el punto de que yo pensé que me iba a decir algo muy importante, y sí que me dijo:
—Las mujeres como tú son males necesarios. Sentí la puñalada, porque no soy bruta, yo entiendo las cosas de la vida, por eso es que soy como soy, por eso es que digo las cosas sin tapujos. Digo que sentí la puñalada abriéndome una herida que sangra y sangra, que me destrozó, allá donde las heridas duelen más que nunca, herida que mata dejando al herido vivo, viviendo dolorosamente su propia muerte. Porque yo he sido una mujer que va muriendo todos los días un poquito, pero no acaba de morir, para mayor agonía. Conque yo soy un mal necesario… Y frecuentemente el viejo Ruperto viene a repetírmelo a través de los años… hasta cuando se me muere el sexo como a él se le murió. Pero si el sexo fue lo que atrajo a los hombres, perdiéndome a mí, por el sexo sufrían ellos, eso me dije una vez y tomé venganza regando gonorreas,87 a El
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crestegallos88 y chancros89 por todo el pueblo, iba devolviendo lo que ellos me traían. Si no me dejaron realizar como mujer… Por eso quiero ser el Ángel Exterminador y salgo enfurecida a gritarles a esos nobles varones que ellos son también unos don nadies.
—Estás loca, mujer. No haces sino hablar cosas sin sentido. ¿Por qué no te callas y nos dejas a todos en paz?
—No, señor Alcalde. No me callaré. Es la vieja herida que sangra. —Si continúas así, no saldrás nunca de aquí.
—¡Qué importa salir o no salir! Esté donde esté siempre estoy en la cárcel. Fui condenada a vivir muriendo en ella.
—Quédate ahí, maldita loca. Si me pongo a escucharte me enloqueces a mí también.
—Adiós, señor Alcalde.
También aquella vez le dije adiós a don Ruperto. Él no quiso echarme del pueblo, aunque el Padre Rufo no se lo perdonó jamás sino que le dedicó muchos pulpitazos: mientras la alcahuetería de las autoridades endebles continúe, los jóvenes rodarán al abismo de los vicios… con tanta mujer mala… Pero el viejo Ruperto resistió la tempestad que cada domingo, en misa mayor, el cura le desataba.
A mí ya se me murió el sexo, yo sé que se me murió porque don Ruperto me enseñó a saber cuándo se le muere a uno esa cosa, porque una noche tactac-tac, tocando a la puerta, y era él, qué susto sentí al verlo ahí metido en el impermeable. ¡Ahora sí me llegó la hora! Pero, señor Alcalde… Sssshhh… no me llames por el nombre, mujer… ¿No comprendes? Fue entrando aprisa, cerrando él mismo la puerta y atrancándola con el pasador. ¡Qué pena, estoy como Leo, Timo, Eli, o Antonio! Es que quiero convencerme de algo que para mí es muy importante. ¿Qué será, señor? Es un asunto muy personal. Se quitó el impermeable, se sentó sobre la cama sacando una botella de aguardiente. También había buscado las sombras de la noche y el aguardiente para venir donde mí. Un viejo como yo y en estas cosas, pero la vida tiene sus cosas raras, sin embargo tenía que hacerlo, ¿comprendes? La verdad es que no lo entiendo, don Rrr… ¿Recuerdas, mujer, aquella vez que me quedé mirándote, así, largamente? Sí. Cuando me metió a la cárcel y me dijo que las mujeres como yo éramos males necesarios. Sí que lo recuerdo, tengo que recordarlo, siempre lo recordaré. Sé que lo recuerdas, pero uno es Alcalde y tiene que mirar el bien de la comunidad, pero más que ser Alcalde uno se va volviendo viejo y comienzan los achaques sin que pueda resignarse. Desde luego que yo no he venido a hablar de vejeces. ¡Ni más faltaba! Estoy aquí porque me duele el alma. ¿Sabías que los Alcaldes también tenemos alma? Pues bien, a mí me duele que la sociedad sea tan injusta con ustedes, al fin
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da y al cabo son su producto, mejor dicho, a ti la gente te hizo puta porque te necesita como puta. Estoy seguro que me entiendes, claro que me entiendes, porque las mujeres como tú también son inteligentes. Apuesto que fuiste una chiquita llena de sueños, y ¿qué queda de esos sueños? Aunque pensé que el Viejo Ruperto estaba borracho, comencé a recordar que yo había sido una chica con sueños, porque a esa edad uno se hace la esperanza que el mundo es bello y empieza a juntar ilusiones para cuando sea mujer grande. Se me encharcaron los ojos pero el viejo detuvo mis lágrimas, tocándome los muslos, metiendo su cabeza entre mis senos y las manos entre mis piernas. Entonces me sonreí amargamente, comprendí que el maldito viejo venía a lo mismo que todos los hombres, pero él ya estaba sulfurado y me tumbó sobre la cama. No son como las de Alicia. . . tus tetas son bellas. . . ¡pero qué hermosas son! Y comenzó a hacerme sin hacer, yo no sentía su tranca, el viejo sudaba a mares y pujaba. ¡Ayúdame! ¡Yo sé que tú sabes ayudar muy bien! Yo le ayudaba y solo tocaba su miembro como una gelatina fresca. Hasta cuando el viejo se dejó caer a mi lado y se puso a llorar. ¡Qué susto! El susto se me quitó para que me diera pesar, un pesar grande, como si fueran muchos pesares juntos. Ver al viejo entregado a la pena… ¿Qué le pasa, don Ruperto? ¡Una desgracia muy grande, la peor que le pueda suceder a un hombre! Se sentó y comenzó a alumbrarse el sexo con la vela, horrorizado. ¡Está muerto! ¿Quién se murió? ¡Se murió el sexo! Yo creí que no engatillaba por ser con mi Alicia, pensé que tanto tiempo dándole a lo mismo, ¡Pero es que ya no doy candela! ¡Me acabé! Eso me decía mirándome aterrado. Acariciaba el pene como el niño que acaricia el canarito que de pronto amaneció muerto. Después se vistió y sin decir palabra salió cariagachado, dejando la puerta abierta como una angustia de par en par. Al momento volvió para decirme: no se te ocurra contarle a nadie de esto, recuerda que yo soy el señor Alcalde. Tranquilo, don Ruperto, que nadie lo sabrá. ¿Seguro? Seguro.
A mí también me sucedería cosa igual, porque me fui envejeciendo, el cabello fue cayendo, también los dientes, y enjutando las mejillas. Ya no era la hembra sino una vieja. No venían hombres sino hambres, hasta cuando tuve que salir a pedir limosna. No había más remedio que mendigar. El cuerpo se fue encorvando como si quisiera irse de cabeza al fondo mismo de la tierra. ¡Qué bueno fuera hundirse hasta lo más profundo, desaparecer de una vez para siempre, dejar esta vida que no me da sino sufrimientos… pero nada! Y ahora tener que salir a las calles, ir pidiendo de puerta en puerta una limosnita por amor a Dios, ni siquiera por Dios lo hacían, apenas me veían que era yo me tiraban la puerta en la nariz y oía los insultos de las señoras al otro lado, allá adentro. ¡Cuántas veces llegué a casa con la mochila vacía! Me fui llenando de rabia y principié a insultar a la gente. Definitivamente había nacido
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para ser su víctima, no he tenido derecho a nada, ni siquiera a morir. Primero tenía que putear para poder vivir, ahora tenía que mendigar para sobrevivir. Me niegan un bocado, aún aquellosa que ocuparon mis servicios, que es como decían ellos. Esta es la razón por la que les refriego su pasado en pleno rostro y el crimen que cometieron conmigo.
Un día entre los días, ese tal hermano de don Elí, que vive por allá lejos, y que según decires dizque es un hombre muy rico, alcanzó a verme y corrió a abrazarme diciéndome que él vivía muy agradecido conmigo por haberlo sacado de muchas necesidades en sus años mozos.
—¡Todavía estás viva, mujer! ¡Ah… los momentos tan soberanos que pasamos contigo!
Sus amigotes intentaban reír, pero la vergüenza no los dejaba. Él se dio cuenta de ello y les gritó:
—No sean vergajos,90 hombres. Ella está unida a nuestro pasado. Eso les dijo y sacó un fajo de billetes para entregarme, pero yo no quise recibirle nada. No sé por qué pero desde adentro algo me decía: no se lo recibas, hay que ser verraca hasta la muerte, este tiene cargos de conciencia y quiere librase de ellos, tú no puedes perdonarle a quien te ha destruido, a quien te quitó la bella oportunidad de ser mujer. Mi vida siempre ha sido estar peor que ayer, pero menos que mañana. O tal vez recordé cuando era chica, cuando me tuve que quedar en casa y no ir al colegio porque mi mamá me dijo: con hambre no estudia nadie, pobre angelito, así no llegaremos a ninguna parte. Y cerramos la puerta de la casa para que las lágrimas no salieran a la calle. Las tripas nos chillaban en la barriga y se revolcaban como culebras amontonadas en un hoyo, teníamos que guardar un poquito de coraje para el hambre de mañana, nos agarrábamos de todos los santos, poníamos toda la esperanza en ellos, pero no nos hacían caso. Entonces fue cuando una tarde llegó mi papá a casa, casi con una sonrisa, con lo enfermito que estaba, le preguntamos con la mirada que qué sucedía, y él respondió:
—Inesita está para caer a cama, pero don Juan no ha podido encontrar quién la asista en la dieta.
—¡Por qué no le ofreciste esta muchacha, mijito?
—Eso fue lo que hice.
Mi papá me llevó a la casa de don Juan la misma tarde, él no estaba allá sino en la tienda. La señora Inesita me dijo: niña, el trabajo es duro: hacer en la cocina, lavar, manejar estos muchachitos como son de traviesos, pero se te pagará bien. Juan es muy formal y nada tacaño.
—Ni hablar de lo generoso que es don Juan, Inesita. Yo merco en su tienda desde hace muchos años… Hasta le debo algún dinero, pero él me dice que no me preocupe por eso.
a aquéllos
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Me quedé en la casa de la señora Inesita. Era una buena oportunidad para ayudar a mis padres. Por la noche llegó don Juan, silbando y encantado de la vida. Ya me contó tu papá que te quedas con nosotros mientras salimos de este trance. No sabes cuánto te lo agradecemos. Luego la señora Inesita continúo enterándome de todo el oficio que yo tenía que hacer. En los días siguientes me enviaba a la tienda a traer algunas cositas que hacían falta. Don Juan se ponía pilas, cuando yo entraba a la tienda, todo meloso, hasta me tocó la nalga. Excúsame, pero no fue mi intención.
Un día que fui a la tienda me tenía listo un pesado paquete y me dijo: es para ustedes. Salí dichosa con el mercado para mi casa. Cierto: don Juan era muy formal y nada tacaño. Tal como lo había pintado la señora Inesita. —No te lo dije, mijita. Esta puede ser una solución.
—Sí, papá. Creo que podremos sobrevivir.
Un día don Juan no fue a la tienda. Había principiado el ajetreo del parto. Por el medio día él salió muy nervioso de la pieza de la señora Inesita, ya comenzó a revolcarse con los dolores del parto. No, muchacha, yo no soy capaz de aguantarme viéndola sufrir. Allá está la señora Enriqueta ayudándole a tener el crío. Y se fue entrando a mi pieza, apretándose la cara con las manos, teniéndose los nervios, yo intenté animarlo, pero a cada grito o quejido de la señora Inesita él me abrazaba como pasando el dolor, y de pronto comenzó a acariciarme las tetas y las nalgas, hasta que agarrado a mí como una garrapata siguió para adelante, quise gritar pero pensaba en la pobre señora Inesita revolcándose de dolor y la señora Enriqueta ayudándole, por eso tuve que aguantarme, pero cuando me abrió las piernas saqué fuerzas y lo empujé arrojándolo lejos, cayó sentado sobre el piso, mirándome, yo me tapé la cara con las manos, ahí tirada sobre la cama. El vino a mí y me hizo, hasta cuando sentí un dolor agudo de hierro caliente que se hunde quemando las carnes tiernas, me quejé y dejé que siguiera escarbando mi sexo, hasta cuando él también se quejó en un pujido largo. Al momento se levantó subiéndose los pantalones y mordiéndose los labios, como todo arrepentido. Perdóname, no era mi intención. Di que me perdonas. Pero yo no tenía palabras ni saliva para tragar sino que lo miraba y lo miraba. ¿Pero qué te pasa que no hablas? Entonces fue cuando lloró el nuevo crío y don Juan corrió a conocerlo. La señora Enriqueta me llamó tres veces, pero yo no podía contestarle que ya iba, la voz no me daba. Me serené un poco y me levanté. En la cama quedó una mancha de sangre y de mi pecho salió un hipo de llanto quedito. Enrollé la sábana y la llevé al lavadero donde más luego se juntaría con la ropa ensangrentada de la recién parida.
Ya voy, señora Enriqueta, le contesté, y pronto estuve a su lado, mientras la señora Inesita me preguntaba desde el fondo de su palidez: ¿no te parece el
La buena gente
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niño muy bonito? Sí, señora, muy bonito. Estás como muy asustada, mijita. Es que es primera vez… Claro, Inés. Es primera vez que asiste a una parturienta, se afanó a contestar don Juan, mientras yo lo miraba de reojo y el corazón parecía un badajo enloquecido dentro de una campana. Tomé la ropa que me entregaba la señora Enriqueta y salí para el lavadero. El salió detrás.
—Tranquila, muchacha. Eso no vale la pena.
—Sí, eso no vale la pena… Al otro día tuve que ir nuevamente a la tienda por jabón. ¡Qué pena! Esas son las cosas que tienen que suceder. Toma, llévale a los viejos. Y con este dinero compras carne para que el mercado sea completo. —No. No quiero nada de usted.
—¿Cómo? ¿No quieres recibir?
—De usted, nada.
—Bien. Tu papá estuvo hace rato aquí, rogándome con los ojos que le fiara un mercadito, pero yo le dije que tranquilo, que tú lo llevarías ahora. Pero resulta que no quieres aceptarlo. Recuerda que en tu casa… —¡Viejo hijueputa!
—¡Cálmate! ¡No vas a hacerme un escándalo aquí en la tienda! —¡Sí que lo voy a hacer! ¡Viejo malparido! ¡Voy a gritar lo que me hizo usted!
—Te lo suplico. Quédate calladita, que conmigo no te irá mal. Apenas era mediodía cuando llegué a casa. Desde las once la señora Inesita me había dicho: ahora vas a tu casa a visitar a los viejos. Juan me contó que les envío un mercado muy bueno. ¿No te dije que él era muy formal y nada tacaño?
—Sí, señora. Él es muy formal y nada tacaño.
Cuando entré a casa, mamá me sonrió diciéndome tenemos un almuerzo hasta raro. Don Juan nos envió un mercado que parece un milagro. Sentémonos a almorzar, mijita. Estábamos esperándote. Esto se debe a ti. Y claro que a don Juan. Yo no quiero almorzar, mamá. Ya lo hice donde la señora Inesita. Papá sonreía.
Mamá sonreía.
Yo no sonreía.
Miraba a unos perros que perseguían una perra en celo, allá en la falda de la montaña, enfrente de la casa. Le hacían gavilla, gruñían, y mientras uno la coronaba, los otros chillaban entre dientes, esperando el turno. Sentí miedo, mucho miedo.
—¿Qué te sucede, muchacha? ¿Es que no te parece esto como un verdadero milagro? El Señor nos envió a don Juan para salir de esta mala hora.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Cómete esta carnita, tan siquiera, mijita. —Ya comí donde don Juan.
—Es que allá son ricos. No hay como los ricos, mijita. —Sí, papá. Ellos son la buena gente.
Me quedé mirándolos. Con cuánta alegría y apetito saboreaban el suculento almuerzo con carne grande, como nunca se había visto en casa. Se chupaban y rechupaban los dedos mientras sonreían dichosos. Afuera los perros gruñían tras la hembra. …
Por eso no me gusta
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Por eso no me gusta Por eso no me gusta la manera como me miras. Porque cada que llegabas al Café Pilsen, golpeabas furiosamente la mesa pidiendo aguardiente; luego volvías a golpearla, repetidamente, con la copa, pidiendo más, y así, hasta nunca acabar; siempre mirándome de soslayo, siempre golpeándola, como si esa mesa fuera yo.
Y cuando nos encontrábamos en el camino, yendo yo con la Marcela, tú la saludabas zalameramente, regándosete el sexo por todo el cuerpo, y te relamías como un hombre hambriento ante un apetitoso plato. Luego me echabas una mirada burlona, achicándome, como si yo fuera un bagazo. Hasta cuando no te aguantaste ante la Marcela y le dijiste un día: —Mirá, Marcela, si no dejás a ese pendejón,91 te hago maleficios. Recuerda que estuve en el Chocó, donde el brujo Macario, que me enseñó un montón de cosas malas.
Entonces la Marcela, toda llena de miedo, se fue yendo de mi lado, dejándome jodido en una soledad apabullante y en una angustia de noches largas como ríos que se van y siempre se están yendo.
Pero tu gozo llegó al colmo cuando te diste cuenta que la rehuida de la Marcela me estaba haciendo mucha mella, que me estaba consumiendo como una lombriz de invierno a pleno sol, mientras tú le arrastrabas el ala92 y le currucuteabas93 incesantemente.
Ahí, en ese altico, desde donde se divisa la casa de la Marcela, te pasabas las tardes con los ojos fijos en el corredor de la casa, esperando que ella saliera a sentarse ena la tarima para tú caerle, a pesar de que sabías que sus padres no te querían y te miraban con mal ojo.
Tienes que acordarte que cuando me veías venir, te detenías a la vera del camino haciéndote el bobo —lo que es muy fácil para ti— mirando las lejanas montañas, o desviabas el rumbo, con tal de no toparte conmigo, pensando que la íbamos a tener buena un día de estos. Mas cuando te diste cuenta que la cosa era distinta y que podías hacer lo que te diera la gana —esa porquería de gana tuya— te tornaste más ofensivo.
Por eso fue que aquella tarde, cuando me viste venir por el camino, ya no te hiciste el bobo, ni tomaste por ningún atajo, sino que con las manos en jarra me esperaste todo envalentonado para decirme:
a a
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Vos me caés muy gordo, y los gordos me indigestan.
Y yo, sin decirte nada, intenté pasar por tu lado. Pero tú me estrujaste con la rodilla, y desenfundando el machete me mandaste un lapo que me desgajó el hombro, y, golpe a golpe, me fuiste matando, así no más. Hasta cuando caí a tierra, desangrándome por las heridas. La vida se me iba escapando como un globo que se va desinflando. Con la mirada turbia yo seguía mirando desde el último pedacito de vida que me quedaba.
Verraco que es uno: no te imploré clemencia.
Luego te agachaste a mirar, a ver cómo se muere un hombre. Seguramente no te pareció nada agradable ver que mis ojos te continuaban mirando persistentemente, tuviste el presentimiento que esa mirada se te iba a quedar en la memoria persiguiéndote por todas partes, y para evitarlo, me vaciaste los ojos con la punta del machete. Limpiaste el arma en la yerba del camino, escupiste, y te fuiste, como si nada hubiera sucedido. Ya muy entrada la noche me encontró don Rosendo, el papá de la Marcela, y lleno de espanto apenas sía pudo reconocerme y corrió con la noticia —casi que no pudiendo con ella— para ir a avisarle a mis padres, que estaban comiendo, el pan se les quedó en la boca, y se atontaron por un momento mientras le daban vueltas al asunto para comprenderlo bien. Papá preguntó:
—¿Dónde?b ¿Quién?
Mamá se escudó tras un grito inconcluso —porque la noticia le desgarró las entrañas— y el otro pedazo se le quedó enredado allá dentro, en alguna parte.
La noticia se regó por todos los caminos. Un aire de muerte enrareció el mundo. Era como si todo estuviera lleno de caras largas y ojos asustados. Un silencio de muerte batió sus fúnebres alas como un ave agorera que hiende la noche, y en cada rostro abanicó la tristeza. Cada cual intentó recordar la última vez que me vio.
La gente se apretujaba a mi alrededor, todos querían ver mi cuerpo macheteado. Tú mismo te empinaste por encima de los demás para ver qué tan muerto me habías dejado, y dijiste:
—¡Caray! Lo volvieron añicos… Después colaboraste con las autoridades en el levantamiento del cadáver, haciéndote el yo-no-fui. Incluso ayudaste a traer mi cuerpo hasta mi propia casa, envuelto en ruanas, entre ellas estaba la tuya. El viejo Evaristo serruchaba y clavaba tablas haciendo el ataúd. Las mujeres rezaban y consolaban a mi pobre madre, que alelada, partía sollozos en pedazos, arrancados al fondo de su ser, sollozos trizados que querían salir a la vez, atropelladamente, hasta casi ahogarla.
a si b Donde
Por eso no me gusta
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Los hombres en el patio, se envolvían hasta la cabeza con la ruana protegiéndose del sereno, al chupar sus tabacos, las brasas relampagueaban como cocuyos en la noche, dejando ver sus caras magras, con una barba de varios días.
El barullo se armó cuando vino la Marcela, anegada en llanto y con el hipo de sollozos, tomó mi rostro frío entre sus manos tibias, refregando sus lágrimas en mi cara y manos muertas para siempre.
Tú no te aguantaste y tuviste que salir hasta el patio y allí te reuniste con los demás hombres, todo taimado.
Al rato el ataúd estaba terminado y me hundieron en él como si fuera el anticipo de la tumba. Alguien había hecho una pequeña cruz de sauce y destrabando los dedos apretados por la muerte, la colocaron entre mis manos, haciendo creer que la tenía cogida. Ya de mañana trajeron la guadua, amarraron el ataúd a ella y con una despedida de amargos adioses salió el cortejo hacia el pueblo. Allí ibas tú. Algo más: sustituiste al tío Leo en la carga del féretro, con la guadua que se hundía en tu hombro. (¿Recuerdas el primer machetazo que me diste? ¡Qué vas a recordar tú!), mirabas cómo se bambaleaba el ataúd que colgaba de ella. Me cargaste mucho rato hasta que otro hombre puso el hombro no más tras el tuyo y te relevó.
¡Carajo! Estuviste en la iglesia, también diciendo con el cura latinajos y españoles y cada que él rociaba agua bendita tú te echabas la bendición y rezaste por mi alma, como si nada hubiera sucedido.
Días después, cuando las autoridades pesquisaban y hurgaban con la mirada y escarbaban con preguntas, buscando al culpable, tú las despediste diciendo que ciertamente eras amigo mío pero que no solo tú sino que fulanos y zutanos también lo eran. Y ya se iba a llegar a la conclusión que tal vez ni nadie me habría matado, cuando tu padre encontró el machete ensangrentado, sangre mía, sangre ya seca, no del todo negra, pero tampoco roja, y con los ojos que luchaban por escapársete de sus órbitas negaste todo, hasta cuando la firmeza del viejo te hizo temblar:
—¿Qué te hizo ese muchacho?
—Precisamente, nada. Pero me fui llenando de odio hasta más no poder. Creo que por la Marcela.
—Yo mismo te presentaré ante las autoridades.
—¡No. Eso jamás!
Como trataste de huir, él te encuelló y te llenó de trompadas esa boca, esa nariz, toda esa cara, hasta cuando tú caíste de rodillas, no por los remordimientos —pues los hombres como tú no sienten esas cosas— sino por los golpes, y dejaste, ya derrotado y vencido, que se hiciera la voluntad de tu padre y no la tuya.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Tu padre pidió, gritando, una soga y te amarró de pies y manos sobre la enjalma de la yegua colorada, porque de todas maneras te presentaría ante las autoridades. Así atravesado sobre la enjalma salió para el pueblo contigo. —Que esto es una vergüenza, papá. ¿Cómo vas a llevarme así? —¿Y tú te atreves a hablar de eso?
Al verlo ir por el camino la gente pensó que se trataba de otro asesinato. —No, mijo. Es parte del primero —respondía el viejo con su asomo de verraquera en la cara y en la voz.
Cuando entraron al pueblo, mucha gente los seguía. El viejo llegó hasta el juzgado, te desamarró y te bajó.
—Señor juez, aquí está.
—¿Y qué prueba trae el señor?
—Él se lo dirá todo. Además, como para comenzar, aquí le traigo este machete que él tenía escondido. Él ha matado a un hombre bueno y tirado sobre todos nosotros el estiércol del oprobio.
Y el pobre viejo no pudo contener las lágrimas.
Por eso te has pasado en esta cárcel de la capital tantos años lejos, pero muy lejos de los tuyos, donde nadie viene a visitarte. A pesar de todo, tu madre se resolvió a escribirte unas cartas todas llenas de lágrimas y abrazos, porque eso son las madres, lágrimas y abrazos para sus hijos, así sean como tú, o lleven mucho tiempo de estar muertos como yo. Te pasas los días y los años sentado ahí, haciendo rayitas en el suelo, y asoleándote, pero no tratando de borrar arrepentimientos, porque vuelvo a repetirte que tú no tienes remordimientos. Solo ese preso al que llaman el Mudo viene a sentarse a tu lado y comienza a hacer rayitas como tú. Y cuando van a ser las cinco y media de todos los días, precisamente a la misma hora que me mataste, el Mudo se queda mirándote a pleno rostro, gesticula pedazos de palabras incoherentes que tú no entiendes. Hasta que una tarde sí le entiendes clarito lo que te dice: —¿Por qué te tienen a vos aquí?
Y ante esta pregunta te quedas paralizado, no porque el Mudo te haya hablado, sino porque siempre habías tenido la corazonada que él te hacía compañía por algo: llegaría el día en que el Mudo te mataría. —Te voy a matar.
Te dijo, hundiéndote la lezna una, dos veces en el estómago, y una tercera te clavó en el corazón, profundamente. Fue tan rápido que apenas sía sentiste tres ardorcitos. Te moriste tan aprisa que no tuviste tiempo de gritar ni de caer al suelo, sino que te quedaste de pie, como una estatua, con la mirada fija, así como me mirabas aquella tarde cuando me mataste. Por eso es que no me gusta la manera como me miras.
a si …
Más allá de la locura
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Más allá de la locura … madrugando para hacer los oficios temprano, sin haberse levantado los animales para venir a buscar comida a la cocina, ni el gallo ha agitado las alas aplaudiendo el amanecer y lanzando su qui-qui-ri-quiiiiií, alborotando las gallinas, para después la casa llenarse de la algarabía de todos los animales: el meeeee de los terneros con ganas de teta, el muuuuu de las vacas con ganas de ternero; el fri-friiií de la pajaramenta; las bestias pateando en el empedrado del patio… Solo Capitán echado sobre el costal, debajo de la tarima, mirándome, para luego levantarse estirando su cuerpo como si estuviera saltando, husmeando como si hubiera encontrado el rastro de algún animal montaraz, y viene a olerme los pies, siguiendo el olor piernas arriba, olfateando aprisa, porque estoy con eso, para un día decirme Miguel que eso no se llama eso sino regla, y otro día las monjitas enseñar a Isabel en el Colegio que eso no es eso, tampoco regla, sino meeennnssstruuuaaaciooooónnn, pronunciado así largamente, para que no lo olvide; pero ya no me viene la meeennnssstruuuaaaciooónnn, porque se me ha secado la matriz, que no puedo tener más hijos, que Isabel fue la última, y después Miguel haciéndome y volviendo a hacerme, pero yo no quedo embarazada, hasta cuando él se apaga definitivamente. Regaño a Capitán para que deje de olerme, el pobre va a echarse en su nido, mirándome con sus ojos amarillos donde chisporrotea el fogón, mejor dos fogones, porque en cada ojo se refleja uno, me da un pesar del animalito, seguramente él también siente deseos, por eso me mira desde el fondo de sus ganas, pero yo no soy perra sino una señorita y tiene que ir a saciarlas con una perra; ahora entiendo por qué se pierde durante días enteros, para después regresar hambriento, por estar apareado con la perra de don Ramón, ¡uy, cómo lo hacen!, quedando así trasero contra trasero, ¿así se hará con los hombres? ¿Cómo será ese asunto? ¡Vaya a saberse! Lo que es a él sí lo veo yo, con lo perrazo que es, husmeando el olor a perra en celo que le trae el viento, saliendo sin decir nada, todo taimado, a disputarles la hembra a los demás machos que en gavilla la acosan, les gruñe pelando los colmillos y los pobrecitos no tienen más remedio que cedérsela inmediatamente y apartarse, para que él haga su trabajo, mientras ellos apenas miran desde lejos, acezando, esperando un turno que no les ha de llegar, porque Capitán es lo más tranquilo y egoísta, todo lo quiere para él solo, sin dar a los demás la probadita, como si ellos no fueran
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da perros también, y perros con ganas de hacer lo mismo que él está haciendo. Rojas brasas… fuego crepitoso… llamas enloquecidas… furiosas… cierto ardorcito entre las piernas, allá profundamente, pero yo no sé qué es eso hasta cuando Miguel… —Pero, mujer… ¿entonces cómo vamos a tener hijos? ¿Para qué nos casamos?
Yo corriéndome hacia el rincón, quedando aprisionada entre la pared y el cuerpo de Miguel cuyas manos me están buscando desesperadamente como esas llamas, porque la primera noche la pasamos hablando y hablando de muchas cosas, hasta cuando el sueño tumbó nuestros cuerpos, apagamos la vela, pero ni así a oscuras nos atrevimos a desvestirnos, porque pensamos que nos estábamos mirando con los ojos titilantes como cocuyos, acostándonos vestidos, separaditos, sin atrevernos a mover los pies, ni las manos, ni la cabeza, para no tocarnos siquiera con las rodillas; continuamos así por muchas noches más, pero esta noche sí se le está acabando el respeto y comienza a tocarme y yo a correrme hacia el rincón hasta que la pared me ataja, ¡maldita pared!, siento sus manos estrujándome el cuerpo, magullándome los senos, rasgándome la ropa, ¡tan bruscos que son los hombres!, buscándome los muslos, separándome las ajustadas piernas, hurgándome las entrepiernas, acezando como los perros, diciéndome pedazos de palabras bonitas, juntando unos pedazos con otros que no corresponden, que no dicen nada pero que el tono como los pronuncia dice mucho, ¡oh, cómo habla de hermoso!, pero si no fuera por este miedo… Su cuerpo casi sobre el mío, teniéndome las piernas abiertas con sus piernas poderosas, mordiéndome, besándome por todas partes, y yo tratando de escabullírmele, pero él es el potente, un deseo grande contra un miedo más grande, ahora ese furor ardiente de tizón revolviendo el rescoldo, hiriendo y achicharrando las carnes, penetrándolas, destrozándolas, llamas crepitantes, grito trizado y agarrado a la garganta para no caer en el abismo del escándalo y despertar a los vecinos que están al otro lado del bahareque,94 pero ya es tarde y el fogón se va apagando lánguidamente mientras el cuerpo de Miguel rueda cayendo a mi lado, desalentado, quedándose dormido o aparentando dormitar, mientras yo me quedo llorando quedito, teniéndome el miedo pero sabiendo de una vez para siempre qué es el ardorcito que siento entre mis piernas, profundamente, y que los hombres y las mujeres no se enganchan como los perros.
Ahora es el diablo el que me está tentando, llenándome la cabeza de pecado de perro y de pecado de hombre y mujer, tengo que bajar al pueblo a confesarme, ya que estoy empetacada de pecados, no va a suceder como las veces anteriores que me confieso de nada, cuando el Padre me dice: oiga, que diga sus pecados, yo me quedo callada; es que no me escucha, que diga sus pecados,
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y yo vuelvo a guardar silencio mientras trato de inventar pecados leves; pero ahora tengo pecados graves para decirle, y entonces el Padre me dice: rece el Yo Pecador95 y al momento está pronunciando el Ego te absolvo,96 yo lo miro concentrado en Dios, trayéndome la gracia, así, con los ojos cerrados para no perturbar su concentración con las cosas de este mundo tan lleno de pecado, donde los hombres y los animales son castigados con el Diluvio, porque ahora estoy viendo al Padre subido en el púlpito predicando en la Misa Mayor, ayudándole a Noé a quitar todo ese animalero mientras el Arca flotaba sobre las aguas, en esta barca va todo lo digno de ser salvado, porque lo demás, que no es lo menos, está naufragando en el pecado y la opulencia y el despilfarro; solo Noé es santo, sus hijos también son santos, y los animales que el viejo ha recogido también son santos y dignos de ser salvados, los que están por ahí remontados no son santos ni dignos de ser salvados, precisamente por ir por ahí desperdigados entregados a todas las gulas de los apetitos, sin tasa ni medida, bebiendo y puteando, hombres y animales, todos en promiscuidad, como si la vida fuera para el placer. ¡Arrepentíos! ¡Haced oración! ¡Haced penitencia! ¡Porque si no lo hacéis Dios enviará otro diluvio!
Te das cuenta, Capitán, que si no nos arrepentimos, tú, de las malas obras, y yo, de los malos pensamientos… Te das cuenta, ojiamarillo… —Susana… ¡Rece, mijita!
—Sí, mamá. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora… … porque hoy es martes, Miguel me dice: paso el martes por el mediodía. Por ello estoy haciendo los oficios temprano para poder platicar con él, aunque no sea sino un momento, porque los que conversan con él son los viejos, yo apenas me paso mirándolos desde la puerta de la cocina mientras ellos le preguntan por esto y por aquello, por todas esas noticias raras que trae Miguel, solo me puedo acercar cuando le traigo el almuerzo; el martes me da una alegría grande cuando me acaricia la mano al entregarle el plato. ¡Ah, cómo me hace estremecer todo el cuerpo! Luego me guiña el ojo. Es un hombre osado. Mi papá lo encuentra muy trabajador aunque pobre. Sí, no es un arriero97 de calidad,a mientras los demás pasan por aquí llevando esos cajones tan grandes… él solo carga maíz, frisoles, papas, yucas, carbón, y leña… —A propósito, Miguel, ¿qué es lo que llevan en esos cajones tan grandes los otros arrieros?
—Señor, ellos no lo llaman cajones grandes sino guacales. Dizque grandes máquinas, son muy pesadas, de ahí que las tengan que llevar en turegas98 de mulas. Dicen que están construyendo un país.
—¿Entonces cómo es un país?
a calidad
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —No sé… Pero imagínese, ¡Con todas las máquinas que están llevando por ese camino de Islitas!99 ¡Cuentan que por allá traen muchas más! —¿Será que están haciendo un país muy grande?
—Qué sabrá uno, señor. ¡Si ni siquiera sabemos qué es un país! —Debe ser una cosa muy grande y complicada. Cuando la gente no es capaz de hacerlo sino que tienen que traerlo en pedazos para armarlo allá. —Todo dizque viene del otro lado del charco.
—¿Del otro lado del charco?
—Sí, es que mucho más lejos, de muy lejos dicen que hay un charco tan grande que no tiene orillas. Esos pedazos de país que traen por aquí… primero los transportan por el charco, luego por un río, y después los cargan en mulas. —No se explica uno esas cosas, Miguel… —Ni yo tampoco. Alguna vez le pregunté a esos arrieros que ¿por qué no destapan uno de esos guacales para ver cómo era un pedazo de país, y sabe?, se echaron a reír diciéndome que ni riesgos.
—Ese país debe ser algo muy importante cuando ni siquiera dejan ver un pedazo… ¡Qué sé yo! De por allá traen cosas maravillosas y que valen mucho dinero, y dan mucho más. Fíjese no más en los tíos de la señora Jacinta cómo se enriquecieron en un dos por tres trayendo todas esas mercancías de por allá. Dicen que ellos son los hombres más ricos de la región. —Sí, Miguel. Corren rumores que quieren ser dueños de todo lo que alumbra el sol.
De tanto hablar resultan queriendo a Miguel, sin que yo pueda quererlo de verdad, de persona a persona, porque eso que llaman amor lo van haciendo ellos conversando conversando, hasta llegar a la conclusión que el tipo es un buen tipo, y solo me dicen: viéndolo bien, el tal Miguel es bastante pobre pero un buen trabajador, ahora conseguir hombres laboriosos y juiciosos es muy difícil, de manera, pues, Susana, que te casarás con él en junio. —Miguel… nosotros hemos estado pensado que ese noviazgo con Susana ya va para largo, lo mejor es que se casen para evitarnos problemas… Usted es hombre y ella mujer… y de pronto… —Claro que usted es hombre respetuoso, pero en el mundo estamos… No solo nos casamos sino que hoy sucede el acontecimiento más grande y jamás visto: están pasando con las campanas que traen de por allá… Primero aparece una mula con un palo a lado y lado, y después otra, como si trajeran una escalera, y en el centro colgando esa hermosa campana, amarillita, como si fuera de oro, bamboleándose y sonando como nunca hemos oído campana igual, ¡taaaaaannnnn!, ¡taaaaaannnnnnn!, ¡taaaaannnnnn! Ese hierro hiriendo los cobres. De todas partes brota gente que viene a ver las campanas,
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dicen que desde anoche tempranito hay gente esperando que pasen. Todos caemos de rodillas santiguándonos. Después aparecen otras dos mulas trayendo la campana menor que hace ¡tiiiiinnnnnn!, ¡tiiiiinnnnn!,a ¡tiiiiinnnnnn!b —¿Para dónde llevan esas campanas?
—Para la basílica del país que están construyendo.
—¿Y qué es una basílica?
—Es un templo grandote, así de grande como esta montaña. —¿Por qué tan grande?
—Porque grande y maravilloso es el país que están haciendo. —Es que el Dios que va a habitar ese templo es mucho más grande que el de este pueblito.
—Ah… Miguel siempre me está diciendo: tranquila Susanita que algún día vamos a conocer ese país, claro que antes que nos llenemos de hijos, entonces no podrás ir a ninguna parte, pero siempre nos estamos diciendo, como acariciando un sueño, este año sí tenemos que ir, pero nunca llega este año, porque cada año estamos más pobres, pero de noche cerramos los ojos y vemos pasar las mulas conduciendo las campanas, la grande sonando ¡taaaannnnn!, ¡taaaannnnn!, ¡taaaannnnn! La pequeña: ¡tiiiinnnn!, ¡tiiiiinnnnn!, ¡tiiiinnnnn!c También vemos el gran templo que parece una montaña de ladrillo de barro cocido, como dicen que es, y a ese Dios grandísimo reinando imperiosamente en tanta inmensidad, infinitamente grande, poderoso, principio y fin de todas las cosas.
—Todo eso debe ser muy bonito, mijo.
—Sí, Susana, debe serlo.
—El Dios que tenemos aquí en el pueblo… comparando con ese tan grande… —Sí, debe ser pequeño.
—¿Serán de la familia?
—Yo digo que así como hay hermanos grandes, medianos y pequeños, así también hay un Dios grande, un Dios mediano y un Dios pequeño. —El de aquí será el pequeño… —Bueno, digamos que el mediano, para no sentirnos engañados. Entonces comienzo a sonreír, así como sonrío yo en la puerta del almacén de mis tíos ricos, sonrío buscando la cara de mi tío, de ese que está allá sentado haciendo cuentas, toso, hago ruidos para que él note mi presencia, pero nada, está muy engreído en sus negocios mientras yo blanqueo los ojos en una espera sin fin.
—¿Qué diablos quiere usted, que hace rato está ahí parada? —Yo soy la sobrina de mi tío, de ese que está allá adentro sentado. a ¡tiiiiinnnnn!!, b tiiiiinnnnnn!
c ¡tiiiinnnnn!.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —¿Es usted sobrina de don Leo?
—Sí, señor. Así como suena.
—Don Leo, esta niña lo necesita, dice que es sobrina suya. —Vaya… No es sino tener almacén para que resulten sobrinos y muchachos para apadrinar.
—¿Es que no me conoce, tío? Yo soy la hija de doña Jacinta, la de don Luis. —Ah.
—Todo lo que es de mi mamá es mío. Si usted es su tío, también lo es mío. —¡Ja-ja-ja! Hasta razón tiene la muchachita.
—Bueno, ¿y qué necesitas?
—Conocerlo, tío.
—Bien. Denle dos pesos a esta criaturita.
¡Dos pesos! ¡Yo con dos pesos! ¡Rica como mis tíos! ¿Cuándo había visto tanto dinero junto? ¡Nunca! Echo a correr gozosa, apretando las monedas y en el camino me siento a mirarlas. ¡Soy rica! No puedo creerlo y vuelvo a contemplarlas a ver si es cierto. Grito, río, salto. Mi tío Leo dijo que dos pesos. ¡Cuánto dinero, Dios mío!
—¿Qué te pasa, muchacha, que estás sudando? ¿Dónde estabas? ¡Te hemos estado buscando por todas partes!
—Estaba en el pueblo, mamá. Fui a conocer a los tíos ricos. —¿Cómo te atreves a ir por allá, así, como una bruja? —Déjala, mujer. Aventuras de muchachos… —Es un hombrote, así de grande, y bien vestido, ¡sin un remiendo y limpiecito!
—Ellos son ricos, mijita.
—¿Que si qué? Me dio un montón de dinero, Miren.
—¡Te dio dos pesos! ¡Eso es mucho dinero para una niña! —Y hasta para una persona grande.
—Está bien. Pero no vuelvas por allá: recuerda: no vuelvas por allá. —Con esos dos pesos vas a comenzar a hacer una fortuna. —Irás ahorrando, cosa que cuando seas grande tengas alguna fortunita. Mis padres me compran unas pollas100 hermosas que pronto empiezan a poner huevos que yo vendo en la plaza los domingos. Pero no vuelvo a conocer a los otros tíos, ni siquiera paso cerca a sus almacenes, porque papá me lo tiene prohibido.
—¿Entonces ese dinero tuvo origen en tu tío Leo?
—Sí. Miguel. Por eso has podido comprar dos yeguas gordas y fuertes, completando con lo que vendiste esos raques de caballos que tenías. Ahora que tienes la yegua Colorada y la yegua Rucia puedes ir por todas las veredas trayendo y llevando carga.
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—No te preguntó por tu mamá, ni por tu papá, ni por tu nombre… —Los ricos se mantienen muy ocupados para esas preguntas. —¡Uy, qué almacenes tienen mis tíos! Repletos de mercancías y la gente entrando y saliendo, cargando las recuas de bestias para llevar mercaderías a todos los pueblos, aún los más lejanos. Mis tíos son lo que se dice unos mayoristas de marca mayor. Ellos son los que manejan el comercio en toda la región, nadie intenta competirles, por eso es que les cae el dinero a chorros. Se turnan para ir a conocer el país y regresan con los ojos salidos de admirar tantas maravillas. Y lo bien vestidos que se van, porque allá dizque todo mundo es cachaco,101 pero ellos no se quedan atrás, hacen traer esos vestidos tan bonitos de puro paño inglés que mandan a hacer especialmente para ellos. Y todas esas fincas tan grandes que tienen. La gente dice que nunca ha visto casas más hermosas que las de mis tíos, donde la abundancia y la riqueza no tienen medida, cuentan que brillan los pisos con mantequilla y cuñan las puertas con pedazos de queso.
—Seguro, mija, que toda esa riqueza pasó por el camino de Islitas. —A nosotros apenas nos tocó ver pasar las campanas y esos grandes guacales.
—Pero vimos las campanas y las oímos sonar.
—¡Cómo sonaban de bello!
—Esas sí nos las permitieron ver porque eran cosas de Dios. —Pero lo demás, nadita. Eso es cosa de ricos.
—Contentémonos con lo que tenemos: esta casita, los hijos, las dos yeguas. —Pero no olvides que somos de la familia de mis tíos ricos. Esto también hay que contarlo.
—Susana, no seas tan ingenua. Si ellos son ricos, que disfruten de su riqueza, es de ellos. El pobre que sueña con la riqueza ajena, es dos veces pobre. —Por eso es que dicen mis tíos: él no pasará de ser un pobre hombre, sobrina. La prosperidad es un estado del alma. El ánimo abre caminos. Mientras un hombre sea un moscamuerta,102 eso será toda la vida. Eso lo decían para tia. Mi familia es muy inteligente, Miguel. ¡Por eso es que somos lo que somos!
—¿Somos lo que somos? ¡Y te incluyes ahí!
—Bah, Susana, por favor, métete en tu pellejo. Es como si nos hubiéramos casado para repartirnos la pobreza.
—¡Ah, cuánta razón tenía mi papá que te hallaba bastante pobre aunque buen trabajador!
—Tenía razón el viejo. Uno es como es. Tus tíos me pagan el trabajo que hago para ellos, pero no me dan limosna. Represento utilidad para ellos… a tí
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —El esplendor de su riqueza nos alumbra a nosotros también. Es importante ser de su familia. Por eso he querido estrechar los lazos familiares buscándolos para apadrinar a nuestros hijos.
—Susana… de todo ese esplendor, como tú dices, no quedará ni el carbón. La gente dice que las grandes fortunas tienen un final triste. ¡Yo creyendo que Miguel no era más que un pobre arriero! Con la rabia que me da cuando dice quea mis tíos allá y nosotros aquí, que todo su esplendor se apagará, para después venir ese predicador a darle la razón, porque desde el púlpito, en plena Semana Santa, principia a decir: no hay opulencia que perdure, sobre toda una gran riqueza amenaza una maldición. Los ricos son tan ricos que no tienen nada que distribuir, todo centavo que reparten se convierte en una inversión, es una semilla que depositan en el surco para después recoger la cosecha. Una sociedad que tenga pobres es una sociedad podrida, una herida que echa pus. Hay esquiladores porque hay ovejas para cortarles la lana. Mientras a unos pocos enriquece la lana, las pobres ovejas pelonas tiritan de frío. ¿Qué es esa bobada que el cielo se consigue a base de sufrimientos? Una cosa es el sufrimiento y otra el sacrificio. La vida es un canto y no un lamento. El sufrimiento causado por los demás envilece y degrada tanto al victimario como a la víctima… Esto estaba diciendo el predicador cuando el párroco corre a interrumpirlo, lo baja del púlpito dándole alguna mala noticia, y seguramente el asunto es muy grave, porque el predicador monta a caballo y sale del pueblo a todo galope.
—¡Mamá, este predicador síb predica muy bonito!
Esto me dice Víctor, que se le van los ojos mirándolo, poniéndole tanta atención que se aprende el pedazo de sermón para luego venir a casa y repetirlo una y otra vez.
—Todos los curas debieran predicar de tal manera.
—Después explica cada palabra del Predicador hasta cuando no puedo más de tanto escuchar sus explicaciones, me canso y me voy, pero él continúa como si yo estuviera ahí a su lado. Por eso es que dicen que este Víctor es tan inteligente, porque observa y estudia todo con mucho cuidado y tino. Pero más allá de las palabras de Víctor, más allá de las tapias, del techo de la casa, quién sabe desde dónde, Miguel viene a decirme frecuentemente: —¡Pobre Susana! ¡Pobres hijos! Pobresc de nosotros que creemos que el esplendor de los tales tíos también nos alumbra a nosotros! ¡Porque de todo ese esplendor no quedarán ni las cenizas!
¿Por qué será que la gente dice palabras que en ese momento parecen una tontería y mera necedad, pero que con el transcurso del tiempo alcanzan un significado grande? A las palabras de Miguel empiezo a encontrarles sentido, sobre todo ahora que mis tíos están en la perdedora, que los ha agarrado la b si c Pobre a qe
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bebedera, pero más que nada la jugadera, entre más pierden en el juego más quieren jugar. Ya la gente anda diciendo que los cogió la pálida, que al paso que van loma abajo no va a haber barranca que los ataje, que están en la quiebra. Se pasan la noche jugando a los dados: te voy tal finca a la Pascuala, con todo lo que hay en ella, menos el mayordomo. ¡Vamos para esa! Y así están perdiendo fincas enteras. Van a quedar sin calzones. Para acabar de completar corre el rumor que este camino de Islitas será abandonado, que este pueblo perderá la importancia como centro de transporte y de comercio, que está agonizando, que de esta no se salvará, ni siquiera hay tiempo de volver a comenzar. De las brasas no queda nada, ni las cenizas.
—No te lo dije, Susana.
—Sí, ahora no quedamos sino nosotros.
—Siempre hemos estado nosotros solos. Somos nosotros y lo que es nuestro: nosotros, Mario, Víctor, Julia, Manuel, Isabel, las dos yeguas y la pobreza.
Miguel luchando fuertemente, trabajando las yeguas, que cada día están más flacas y derrengadas, casi sonándoles los huesos dentro del pellejo. ¿Cómo dejar de comer nosotros para cuidarlas a ellas? Miguel levantándose a las tres de la mañana para salir a llevar la carga a las veredas, cuando resulta, como el comercio se ha acabado tiene que volver a la leña, el carbón, los frisoles, los plátanos, la yuca, las papas, tal como al principio… Nos hemos envejecido. Los muchachos están raquíticos y enclenques. Tantas hambres juntas, pero aquí solo hay sopa de cidras, de algún hueso de res, cuando las cosas no van del todo mal. Menos mal que los muchachos están dando muestras de ser muy inteligentes y de grandes aspiraciones:
—Víctor da señales de ser de lo más inteligente. Los profesores estamos asombrados de la manera tan fácil como su hijo aprende, señora Susana. Ya le conté hace años como aprendió a leer y escribir en un santiamén, y ahora que está más avanzado en los estudios nos tiene desconcertados, con decirle que apenas estamos enunciando un problema cuando él ya tiene la solución. Es un superdotado. Tantos años como llevo enseñando y jamás había visto algo parecido. ¡Lástima que sea tan retraído y callado! Los otros profesores me cuentan que los genios suelen ser así, embebidos en la investigación y hundidos en la profunda meditación. Yo he estado comentando este asunto con el señor Cura, con don Herlindo Peluquero, con Humberto Boticario con lo más granado e inteligente del pueblo, y todos estamos de acuerdo que Víctor sí va a sacar la cara por todos nosotros, que vamos a tener un doctor, pero no un doctor cualquiera, sino una luminaria que será faro de ciencia y orgullo de la raza.
—¿Y ahí en el Colegio sí puede Víctor ser todo lo que usted dice don Teo?
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —No. ¡Ni riesgos! Los estudios superiores los tiene que cursar en la capital. —¡Ni siga, don Teo! ¡Bendito!103 ¡Se necesita ser rico para poder enviar a Víctor allá donde usted dice!
—Si esto hubiera sido en la época brillante de sus tíos, señora Susana… —Ahora ellos están para que les den. Cuando amontonaron riqueza solo pensaron en ellos mismos. Eso dice Miguel, y yo también. —De todas maneras no se puede perder la esperanza. ¡Ánimoa, señora Susana!
Ánimo, señora Susana… ¿Cuál ánimo? ¡Si hay un momento en que los ánimos se caen! Miguel arreando las yeguas mientras duerme: ¡Hurra, Colorada! ¡Eh, Rucia! Rapidito que tenemos que hacer este viaje aprisa porque don Jesús y don Alonso y don Jeremías tienen toda la carga arrumada para llevarla al pueblo. ¡No damos abasto, muchachas!
—¡Miguel, despierta!
—¿Ah? ¿Qué sucede, mijita?
—Que estás trabajando dormido.
—Entonces… ¿no es cierto?
—¡Qué cierto va a ser!
—No resulta trabajo sino en sueños. Vamos a morir de hambre… —¡Dios proveerá, mijito!
Yo rezándole a cuanto santo se atraviesa y el pobre Manuel tose que no ha tosido. Cualquier día a ese muchachito, con esa palidez que tiene, se le va a ir el alma tras la tos. Se lo llevo a don Demetrio y apenas lo ve, frunce el ceño: —¿Has tosido sangre?
—Sí, don Demetrio.
—¿Hace mucho tiempo que estás tosiendo sangre?
—Sí, don Demetrio.
—Vas a botar los pulmones tosiendo, muchacho.
—Sí, don Demetrio.
—¿Qué es lo que tiene mi muchacho?
—Tisis.104 —¿Y eso es grave?
—Sí, señora Susana. Grave y contagiosa.
—¿Qué hacer, don Demetrio?
—Nada.
Don Demetrio platica largamente sobre la tisis, pero nosotros no le escuchamos sino que nos quedamos mirándonos cariagachados, derrotados. Pensar en mi muchacho tan joven y ya condenado a morir tosiendo sangre hasta que arroje los pulmones de tanto toser. Porque el hambre continuada va debilitando el organismo, y esto y aquello, como si explicándonos la enfermedad a Animo
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mi Manuel se fuera a aliviar. Entonces el mundo comienza a oscurecerse y a llenarse de tristeza, porque por más que Miguel madrugue con la yegua Colorada y la yegua Rucia, siempre va por esos caminos con las bestias enjalmadas pero sin nadita de carga, vaya a la vereda la Magdalena,105 deténgase en la del Marial,106 coja por un lado, dé la vuelta por el otro, y nada, don Miguel, hoy no hay nada que, tal vez dentro de dos meses que arranque el yucal, ¡bendito!, estas paperas estarán de coger para tal fecha, usted sabe que no es tiempo de cosecha de maíz, recuerde que los racimos de plátano los transportó la semana pasada. Hambre… hambre que nos revuelve las tripas. Por eso es que llega la hora de comer y todos nos sentamos cabizbajos, a esperar nada. Al principio imaginamos que este fogón estaba repleto de ollas, cuál con caldo, cuál con arroz, cuál con yucas y plátanos y papas, cuál con carne, la totuma colmada de arepas, las llamas crepitando alegremente, los borbollones de la comida haciéndole cosquillas a las tapas de las ollas, carcajadas de aluminio, y después el vapor saturando de olores apetitosos toda la casa, nosotros aspirándolos profundamente hasta quedar hostigados, Julia y yo sirviendo los suculentos platos, mientras Isabel continúa encerrada en su pieza haciendo clausura, renunció a la comida y a la vida mundana. ¡Pobrecita!, cómo le llegarán estos olores haciéndola caer en pecado, ella quiere ser monja de clausura entusiasmada por las monjitas del Colegio y le coge la rezadera, pero como lleva cinco años cursando primero sin poder aprobarlo quién sabe qué han comprendido las monjas que le andan diciendo que para alabar a Dios no se necesita ser muy estudiada, todo lo contrario de lo que le decían al principio, al ver que la niña no aprende o no quiere aprender por mera humildad, la están haciendo desistir de ser monja, o al menos de ir al monasterio o convento, pero que tampoco pueden permitirle que permanezca toda la vida en el Colegio, que lo mejor es que se vaya para la casa, que monja se puede ser en cualquier parte. ¿Voto de pobreza? No, hijita, tú no lo necesitas. Así la han engatusado hasta cuando la Isabel viene a casa a encerrarse en esa pieza, rece que no ha rezado, comiendo poco al principio hasta cuando deja de hacerlo del todo, ya que no come, ni caga afuera sino que hay que pasarle la bacinilla107 por el hueco que se le ha abierto a la puerta en la parte inferior, pero ya no orina ni caga, sino que parece que se volvió cuerpo glorioso, se la pasa rezando por dentro del cuerpo, porque ya no se le oye, seguramente cayó en la cuenta que a Dios no hay que tirarle las oraciones a gritos, al principio yo creo que está muerta y me arrimo a la puerta para llamarla: Isabel… Isabelita… Y ella me contesta: Ssshhh… no me interrumpas, mamá. Yo dejo de llamarla para no estorbarla en sus oraciones, aunque ahora que estamos todos aquí sentados, saboreándonos este imaginario almuerzo sí que la echo de menos. Pero ya ni siquiera nos imaginamos estas comilonas, es como si se nos hubiera acabado la imaginación,
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da solo contemplamos una ollita hirviendo perezosamente, no con las carcajadas estrepitosas de las otras veces sino que apenas hace glu tristemente y de vez en cuando, como si se le olvidara, y al rato hace otro glu como de mentiras, ollita con cidras que no saben a nadita sino a la mera sal, sin un pedacito de carne ni de nada, es una olladita108 de nada, y esto ser el almuerzo para ser lo mismo a la comida por la tardecita, como para variar, y el desayuno agua de panela con arepa, y dos huevitos, pero son dos huevos solo cuando las gallinas Esperanza y Caridad, ¡con lo caprichosas que son!, están de acuerdo y cada una pone su huevito, pero hay veces que convienen en no poner huevito ninguna, entonces cero huevito y cero desayunito. La niña Julia a veces las encierra en el nido, para que pongan huevo, así no sea día de postura:
—Pero muchacha, hoy no es día de poner huevos… —¿Qué no? ¡Pues los tienen que poner! ¿Entonces qué vamos a desayunar? Las deja encerradas hasta cuando se convence que las gallinas no ponen huevos todos los días. Pero un día la enfurece el hambre y agarra a la gallina Esperanza y le mete la mano para sacarle el huevo y le arranca la huevera. Veo a la Esperanza toda triste, cabizbaja y alicaída, así como Miguel deja caer los brazos y la cabeza ahora que está derrotado por la vida, y le pregunto a Julia:
—¡Ay, mijita, se nos va a morir la Esperanza! ¿Qué le pasa? —Seguro porque le arranqué la huevera.
—¿Cómo así?
—Como no quería poner huevo hoy, yo le metí la mano para sacarle el de mañana, y le arranqué todo lo que había allá adentro.
—¡Animal! ¡La mataste!
—¿Y nosotros por qué no tenemos desayuno? ¡Las gallinas tienen que aprender que con nosotros no se pueden dar el lujo de poner un día y otro no! Por eso hoy comemos huevera frita al desayuno y sancocho de gallina al almuerzo. ¡Hay que ver a mis muchachos cómo se saborean la carne de la Esperanza!
—Mamá, ¿es que somos ricos ya, que estamos comiendo gallina? —No, Manuel. Es que de mañana en adelante vamos a comer menos huevo al desayuno. Tal vez por comer tanto huevo es que estás tan enfermo. —Ah.
¡Esta Julia sí es como rara! ¿Cómo se te ocurre pensar que la Esperanza está perdida o que se la robaron? Es que no recuerdas que te digo: hay que matarla antes que se muera de esa muerte, porque así no se puede comer. Sin embargo crees que Esperanza está por ahí y sales a preguntar a todo el que pasa por la calle:
—¿No han visto a la Esperanza por ahí?
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Y como la gente no hace sino reírse, te enfureces y comienzas a gritar: —¡Ladrones! ¿Cómo es que nos quitan la Esperanza, ¡siquieraa vinieron donde había!
Me estoy dando cuenta que esta muchacha no está en sus cabales, porque no solo olvida lo de la Esperanza sino que pasa mirándose al espejo, haciendo caritas y mimos, hablando sola, peinándose para un lado, péinese para el otro, mire así, úntese aquello, asómese al balcón a sonreír a la gente y a decirle:
—¡Adiós belleza!
—¡Oh, qué precioso!
—¡Por fin llegaste por mí!
—¡No pases así de largo! No es la manera de conquistar a la dama más hermosa del pueblo. ¡Tienes que ser más atrevido y galante! —¡Adiós, Príncipe!
Luego entra ufana para hacer una mueca de desprecio frente al espejo. Me asomo al balcón y no veo a nadie, y le pregunto:
—¿Con quién hablabas, mijita?
—Ese hombrerío109 que no me deja tranquila, mamá. ¡Los hombres que son tan bobos! ¡También creen que no es sino amontonarse ahí al pie del balcón a tirarme flores! No temas nada, mamá, que yo no me boto así no más. Apenas es por darles un poco de contentillo. Pero mi galán es un hombre blanco, de cabellos rubios. ¡Qué hombrote!110 Se llama Arcángel. Me escribe cartas diciéndome una letanía de maravillas y suplicándome que por nadie en el mundo lo cambie, que tenga paciencia, que una noche vendrá por mí, montado a caballo, rechinarán las herraduras en el empedrado de la calle, arrojará una cuerda hasta el balcón, trepará por ella, me hará ssshhh para que nadie se dé cuenta, me raptará bajándome en sus brazos, y los dos montados sobre el brioso corcel saldremos galopando, la policía se dará cuenta, también la gente saldrá gritando: ¡atájenlo!, ¡atájenlo!, ¡que se llevó a la Princesa Julia, y pum!, ¡pum!, ¡pum! Pero las balas no nos alcanzarán, ya iremos muy lejos, y allá en ese país que están construyendo, nos casará el Obispo, y ese tal Gobierno, que debe ser un tipo muy importante, según decires, será nuestro padrino, mientras esas campanas, que dicen que son tan bellas y que suenan como música del cielo, repicarán durante tres días, habrá pólvora, un banquete largo, larguísimo, donde se sentarán a manteles grandes personalidades para festejar la boda y los mejores músicos amenizarán tocando trompetas de oro. ¡Será el más grande y fastuoso banquete que en la tierra se haya celebrado! —¿Y nosotros, Julia?
—Pues qué te diré, mamá… Isabel, con esa clausura que está haciendo, seguro que no puede interrumpirla, además ella no puede participar de las a Siquiera
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da cosas de este mundo; Manuel, con lo tísico que está, mejor es no someterlo a esos ajetreos y dejarlo tranquilo a ver si allá podemos encontrar quién lo cure, es posible que la medicina esté allá más avanzada que aquí; Víctor, como te lo dijo don Teo, va a ser un sabio, estará muy ocupado en sus estudios, además a los sabios no les gustan esas bullarangas y viven alejados de ellas, pero él será el primero en viajar para que pueda profundizar en sus estudios, porque seguramente allá vamos a necesitar sabios para que nos digan cuándo está lloviendo, o de noche, o alumbrando el sol, o por qué las muñecas no hablan a pesar de tener todo lo que nosotros tenemos, y por qué los santos hacen milagros sabiendo nosotros que son de yeso y madera y sobre todo, para que inventen una pastilla, jarabe o gota para acabar con el hambre, pues si hubieran hecho semejante invento no estaríamos pasando tantas dificultades; Mario, con esa tienda tan surtida y de tanto movimiento, ¡qué se va a poder ir el pobrecito!, imagínate el perjuicio para su numerosa clientela y para él; papá tiene que esperar, también, pues no puede incumplir con sus grandes compromisos adquiridos para transportar todos esos arrumes de carga, más tarde viajará para que nos administre las caballerizas y todos los animales, ya que él entiende mucho de estos menesteres, aunque creo que no lo dejaremos trabajar, ¡harto no se ha matado!, pero si quiere pasar el tiempo lidiando animales… allá él, no habrá inconveniente; tú, mamá, tendrás que esperar un poco, porque has de explicar que no fue ningún pelagatos111 quien me raptó sino un hermoso y rico galán, y describirás la boda mejor de lo que yo te lo he hecho, puedes aumentarle cuantos lujos se te vengan a la cabeza, porque por mucho que añadas siempre te quedarás corta. Tú, debes recordarlo siempre, serás la Reina Madre, ante quien caerán de rodillas todos los siervos, los huéspedes te besarán la mano e inclinarán reverentes la cabeza. Y una observación que es muy importante: ¡cuidado con la comida!, al llegar allá se debe estar preparado para todo, por ejemplo, si nos vamos a la ligera, como estamos acostumbrados a pasar tanta hambre, y comenzamos a engullir semejantes manjares en cantidad desproporcionada, en vista de que el cuerpo no está enseñado a ellos, puede acarrearnos serias dificultades estomacales, por ello es menester principiar con mucho tino para que no nos vaya a matar la diarrea.
—Julia, hija mía, me estás convenciendo… —Tienes que convencerte. ¿Por qué crees que me mantengo arreglándome y poniéndome bonita? ¡No es por pura vanidad! No, señora. ¿Que por qué vivo asomándome al balcón? Pues esperando que de un momento a otro aparezca mi Arcángel, tal como me lo tiene prometido, y me lleve. —¿Pero sí vendrá…?
—¡Claro! Por eso tienes que ir haciéndote a la idea de todo cuanto te he dicho, para que después no vayas a hacer el ridículo.
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d rió c escupitazo —Qué te diré, Julia… Pienso en todas estas cosas maravillosas que hasa dicho… Entonces la riqueza de mis tíos, me refiero a la que tuvieron, era nada… —¡Bendito! Esa riqueza… mejor dicho, los tíos serían meros piojos en costura. No se puede hacer comparación en el mismo año. Mi Arcángel me cuenta en una de sus cartas que no encuentra palabras precisas para describirme el palacio que me está construyendo, que será tan grande como yo no me lo imagino, todo de cristal, de agua, luces, colores y músicas, que la sola puerta principal le costó un dineral, pues es un arcoírisb. Lo que yo no me explico es cómo construyeron un arcoíris, tal vez Víctor que es tan estudiado pueda hacérnoslo entender. A veces temo que de pronto Arcángel, por darme gusto, se haya metido en algún lío consiguiendo ese arcoíris. —Tranquila, mijita, ese hombre sabe lo que hace.
—Sí, pero yo me pongo nerviosa, mamá.
—No sufras, muchacha. Siendo un hombre tan rico, a lo mejor lo compró en una tienda de arcoíris.
—¡Eso! ¡Qué bobadas! ¡Mejor pensar en la belleza de esa puerta! —Esto ni comentarlo, Julia.
—¡Claro que lo tienes que comentar mientras yo envío por todos ustedes! Estas cosas me cuenta Julia y comienzan a trabajarme en la cabeza, porque las encuentro en orden y razón, y por lo tanto no tengo más remedio que creerlas. De vez en cuando miro por el balcón ayudándole a Julia a esperar a Arcángel, pero hoy no veo al tal Arcángel sino a don Teo. —Señora Susana, he estado observando algo raro en Víctor, pues figúrese que la semana pasada estaba yo dictando clase, fíjese bien, señora Susana, en lo que estaba diciendo: muchachos, vivimos en un país inmensamente rico; los tres reinos de la naturaleza han dejado lo mejor para nosotros; somos ricos en oro, plata, platino, petróleo, carbón, hierro, diamantes, esmeraldas; también en toda clase de animales y vegetales; nos bañan dos océanos, brindándonos riquezas en pesca y navegación; inmensos ríos recorren el territorio como venas por nuestro cuerpo; tenemos gigantescas selvas, todavía vírgenes, grandes valles, altas y largas montañas; tenemos todos los climas. Nuestro país espera que cada uno de ustedes sea profesional, porque necesitamos ingenieros en todas las especialidades, arquitectos, veterinarios, médicos, en fin, sabios y tecnólogos en todo, para que pongan todas estas riquezas al servicio de la comunidad. Son nuestras… Y yo que digo son nuestras cuando Víctor soltó la carcajada y me la tiró en pleno rostro, como un escupitajo.c Yo le pregunté: —¿Por qué te ríes de esa manera, Víctor? ¿No te das cuenta que te estás burlando del futuro de la Patria? O es que todo lo que yo estoy diciendo es pura… —¡Ja-ja-ja! —se riod Víctor grosera y estridentemente. b arcoíris a ha
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Sí, señora Susana… Salió riéndose a las carcajadas. Y no ha vuelto al Colegio.
—Ya lo había supuesto yo. Apenas sí viene a buscar la aguasalita.112 En cuanto a lo de la risotada, ya lo había notado también, no solo cuando murió Manuel sino por lo que dice a Isabel… —¿Se burló de la muerte de Manuel?
—No. No creo que se haya burlado de la muerte de Manuel. Se acercó a su cadáver, le acarició la fría cara y le dijo: tranquilo, hermano, ya nos desquitaremos. Lo mismo le dice a Isabel.
—No entiendo de qué se va a vengar… —Es difícil entenderlo, don Teo.
Ver a mi Manuel que no quiere volver al Alto del Salvador a dar la caminadita para calentarse los huesos y a mirar la imagen del Salvador, como suplicándole que lo cure, que no lo deje morir tan joven, o contemplar el pueblo, tal vez despidiéndose de él, porque ya don Demetrio nos ha dicho: no hay nada qué hacer, la tisis es incurable y contagiosa. Ya la tos se le ha alborotado más y más, tose día y noche, la fiebre le incendia la cara, por eso viene y se tira sobre esta esterilla.113 Cuando el Padre lo ve tosiendo tan horriblemente le dice que lo mejor es aplicarle la extremaunción y le tira los santos óleos, dizque para no lastimarlo. Lo mismo que el viernes, él viene y le pregunta: —Amigo Manuel, ¿quieres confesarte?
—No, Padre. No tengo de qué confesarme.
—Tu enfermedad está haciendo crisis, Manuel. Mejor confiésate. —Ni un pecadito, Padre. La semana entrante viene a aplicarme la extremaunción, digamos el sábado… No, el viernes, porque él sábado ya no. —Confiésate ahora. Nada se sabe.
—Yo sí sé, Padre. No tuve tiempo de esperar ni de desesperar. Yo no fui hombre, yo fui una tisis.
El Padre sale pensativo, conjeturando que yo estoy loca cuando le digo: lástima que este muchacho se nos esté muriendo aprisa, porque si nos diera un placito… ¡Con los planes que tiene Julia! ¿Qué proyectos tiene la niña Julia, señora Susana? Después le cuento, Padre. Él se queda mirándome sorprendido y me piensa en voz alta: tua primo Luis… ¿Será lo mismo? Y se va sin despedirse, seguro recordando a mi primo Luis, que de tanto aguantar hambre, le cayó la enfermedad de estar riéndose con todo el mundo, personas y cosas, su sonrisa era contagiosa, no es como Víctor que se carcajea burlonamente haciéndole dar rabia a la gente, parece que su enfermedad es más grave que la del primo Luis. Es que a todos nos está cayendo alguna cosa encima y se nos mete adentro, porque a Miguel también lo agarró la pensadera, pero sobre todo, la calladera, por ello le pregunto:
a tú
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—Miguel, no me está gustando nada esa calladera que te ha pegado desde hace tiempo. ¿Qué te sucede?
—Susana, para decirte la verdad, yo me morí desde hace días. —¿Qué?
—Sí, yo venía arreando mis yegüitas cuando me dio una maluquera, principié a sudar frío, me traqueó algo aquí dentro, me meé en los pantalones y el alma se me salió como en un suspiro.
Aunque sigo en la brega, estoy muerto.
—Pasé al mundo de la indiferencia, Susana.
—Vaya… ¿Será que estás loco?
—No mija. Lo que estoy es muerto. Paso las noches y los días sin saber si estoy despierto o dormido, no sé si estoy trabajando o no. Madrugo, enjalmo las yeguas y tomo cualquier camino, por donde quiera coger la yegua Rucia, llego a cualquier casa a ver si hay carga, y nada. Hasta cuando principia a anochecer, entonces la yegua Colorada emprende el regreso. La Rucia sabe ir, pero la Colorada es la que sabe venir. No hago sino tragar caminos en un viaje sin fin.
“Primero me preocupaba ver a los muchachos aferrados a una ilusión, ya no. Ya me da lo mismo”.
—Miguel… pienso que en esta casa estamos locos o muertos… —Ustedes están locos. Manuel y yo, muertos.
—¿Será que la vida es así?
Me quedo pensando en las palabras de Miguel, pero no se me ocurre nada, ni siquiera encuentro una respuesta a la pregunta: ¿será la vida así?, pero un golpe seco, como un costalado de huesos que cae del zarzo,114 me hace mirar: es Miguel que cae sobre el piso, despatarrado. —¿Me vas a decir que estás muerto?
—Claro. ¿No te lo dije ya?
Lo observo y pienso que la gente sí se muere muy fácil, no se me ocurre llorar, porque para qué llorar a un hombre que hace tiempo está muerto, según él me confesó, y me imagino la vida de Julia allá, con Arcángel, porque esta sí es vida de verdad. Permanezco embebida en la vida de ese mañana en aquela país maravilloso, hasta cuando alguien empuja la puerta y me trae aquí otra vez. Debe ser Víctor. En efecto, lo es.
—¿Dónde está?
—Ahí, en el suelo.
—¡Ah!
—¿Por qué llegas preguntando por él?
—Esta tarde se me apareció en el potrero de Peñolcito y me dijo: Esta noche a las ocho. Cuando estén en el toque de ánimas. Por si quieres ir. Sí, a en el aquel
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da papá, iré. Bien, mijito, no quería irme sin decirte que estoy de acuerdo contigo. Don Teo me contó todo. También a tu mamá. Se necesita mucha verraquera para actuar así, Víctor. Gracias, papá. Sabía que tú comprendías y desapareció el viejo.
—Víctor, prométele al viejo que tú lo vengarás como a Manuel e Isabel. —Papá lo sabe.
No espera el entierro del viejo sino que retorna al monte, porque Víctor no quiere vivir sino deambulando, conviviendo con los animales, la gente dice que habla con ellos, imitando igualito sus chillidos, graznidos y mugidos, que se trepa a los árboles como los sinsontes que vienen a posarse en las ramas y entre todos entonan tamaña algarabía, lo mismo sucede con los toches y las mirlas. Don Ramón García dice que es un gusto oírlo repetir el pedazo de sermón del Predicador, que cada rato lo ve andaregueando con el ganado, que los caballos y las vacas se le arriman a lamerle las manos y la cara, que él les atusa el pelo, y hay que verlo jugando con los terneros: corre, salta, patea, grita meeee, y que don Ramón jura por todas las cruces del cementerio que este muchacho mama las tetas de las vacas cabeceando los ijares para hacerle bajar la leche, como los becerros. Pasa la noche donde lo sorprenda, lo mismo le da dormir al aire libre que bajo una ramada. La gente le lleva comida pero él no la acepta dizque porque la comida de los cristianos le produce cólicos y diarrea, entonces se alimenta de yerbas, tallos, tubérculos y raíces, que él sabe escoger, porque también los hay venenosos. De vez en cuando viene al pueblo, pero a la gente no le gusta porque no soporta la hediondez que emana de su cuerpo, que parece una mortecina, otros dicen que huele a chivo, es que de tanto estar al sol y al gua, y como nunca se cambia el vestido, la ropa se le pudre puesta y se le cae a pedazos, y como al pobrecito se le metió vivir así de cualquier manera, entonces se ha llenado de pulgas, piojos, carangas115 y garrapatas. La gente sabe por la hediondez que Víctor anda por el pueblo con los bolsillos atiborrados de papeles colorados y a la espalda un costal repleto de libros amarillentos y desencuadernados que él abre para leer y echarse a reír convulsionadamentea, como si fueran los mejores chistes del mundo. Una vez que dan con él lo corren del pueblo a pedradas, le echan los perros y los policías, entonces tiene que salir huyendo, mirando para atrás como una mula asustada, riendo, dando saltos, levantando una pierna, levantando la otra, como si estuviera bailando, haciendo pistola con los dedos. Le gritan que si vuelve al pueblo lo colgarán de un árbol en la plaza principal, o le atarán al cuello una piedra y lo arrojarán al río.
—No vuelvas, hijo ¡de pronto te matan!
—¡Qué vab, mamá! ¡Estos malditos no son capaces!
a colvulsionadamente b bah
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… Entonces Mario, el hijo mayor, que siempre ha dado muestras de ser el más cabal de todos, que se mantiene haciendo mandados, botando basuras, ayudando al uno y al otro, la gente me dice qué muchacho más atento y servicial, lo ve a uno haciendo cualquier oficio y ahí mismo tiene su colaboración. Mario ahorrando, porque quiere ser rico como lo fueron sus tíos: ya verás, mamá, cómo monto un negocio aquí en el primer piso de la casa. Lentamente va juntando un pequeño capital hasta que llega el ansiado día de montar su tienda de abarrotes, con mucho esfuerzo lo va surtiendo, pero el fiado lo está descapitalizando, porque le da pena decirle a la gente que nadita de crédito, que el fiado mató a contado, me dice que el que lleva las cosas es porque las necesita, seguro que piensa que también están pasando hambre como nosotros, y ya no le quedan sino las cajas y empaques vacíos que él va acomodando en la estantería, como si estuvieraa repletab de mercancías, también trae cajas vacías de otras tiendas, porque, mamá, es mucho más fácil conseguirlas así. Cualquiera entra a su tienda y queda sorprendido al ver semejante surtido, y como dice Víctor que lo peor es que el mentiroso acaba por creer sus propias mentiras, el pobre Mario ya acepta que sus mercancías son de verdad verdad y se sitúa detrás del mostrador para atender a su numerosa clientela, también imaginaria:
—¿Cuántas libras de chocolate, me dijo?
—¿Cuántas de arroz, don Felipe?
—¿Cuánta sal?
—¿Me dijo que seis kilos de azúcar, don José?
—A sus gratas órdenes, don Froilán.
—Para servirle, don Samuel.
Luego sale a la calle para ayudar a amarrar los bultos de mercado sobre las enjalmas de las bestias. Así se pasa todo el día trajinando por la tienda surtida de artículos imaginarios, repleta de clientes que entran hasta cuando la niña Julia se asoma al balcón a gritarle:
—Maaarioooo… ¿Qué quieres almorzar?
—¿Qué hay de almuerzo hoy?
—Pescado… carne asada… Lo que quieras, hermanito.
—Bueno, todo eso está como muy sabroso. Un poquito de cada cosa. —Ya te vamos a servir. No demores porque se enfrían los platos. —Apenas despache a toda esta gente, subo.
Subir mi muchacho a comer cidras con sal y coles en lugar de esos deliciosos platos. Sentarnos a la mesa a escudarnos tras los bostezos, imaginándonos un desfile de vaporosos platos, sazonados, y frutas de distintos colores y sabores y tamaños. Ahora no podemos imaginar nada, porque la sopa está sobre la mesa y no la podemos borrar de la mente. Mario baja a su tienda a a estuiveran brepletas
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da continuar admirándola, satisfecho porque a pesar de tanto vender, el surtido permanece intacto, como si nada hubiera sacado, apenas poniéndose amarillos los empaques por el transcurso del tiempo y por el polvo. Pero ahora a Mario le ha dado la manía rara de comprar bombas de caucho, de todos los colores y tamaños, sale a la acera a inflarlas y echarlas a los aires, se queda lelo viéndolas ascender, como si en ellas se le fuera el alma, yo le advierto temerosa:
—Cuidado se te va la vida en ellas, mijito.
—Hay que ir viajando a pedacitos, mamá.
—Uy, son como flores viajeras para mi Arcángel.
Grita orgullosa la Julia, ayudándolas a subir, agitando las manos y soplándolas para impulsarlas.
En vista de todas estas cosas, la gente nos llama locos y tísicos. Nadie se detiene a hablar con nosotros, nos rehúyen, dejándonos con las manos tendidas o con el saludo en la punta de la lengua.
—Víctor ríe y me dice:
—Serena, mamá, quea yo sé cómo nos vamos a vengar de ellos. —Cuidado con una locura, mijo.
—Se recordarán durante toda la vida de nosotros.
—¿Qué vas a hacer, Víctor?
—Un día lo sabrás, mamá.
Por más que le suplico que me cuente, nada me dice. ¿Será que se va a volver loco furioso y saldrá a insultar a la gente? ¿Prenderá fuego al pueblo? Me reviento la cabeza pensando en lo que hará. Es en vano. De tanto saber lo que está haciendo Miguel todos los días, las ventas ficticias de Mario, el amor de Julia, la clausura silenciosa de Isabel, la ambulancia campestre de Víctor, y ese Manuel cuya tos se quedó en ecos en la casa, es como si él se hubiera ido dejándonos la tos, yo sueño constantemente haciendo lo mismo, viéndolos actuar, es como si se me estuvieran saliendo los recuerdos, me quedo despierta o dormida, soñando… soñando… De pronto caigo en lab cuenta que hace mucho tiempo que no veo a Julia, me pongo a llorar porque en una espabilada mía ese tal Arcángel vino por ella, y eso debe ser cierto porque escucho los disparos, los gritos y los pasos del caballo que se pierden en la lejanía, salgo al balcón a gritar ¡atájenlo!, ¡atájenlo!, ¡atájenlo!, ¡se raptó a mi hija!, pero es por gritar, porque aunque es duro ver partir a una hija, pero más doloroso es verla ahí esperando, y que si se la ha raptado, es lo mejor que le puede suceder a Julia. Pero nada. Julia aparece aquí a mi lado, consolándome:
—No, mamá, todavía no ha venido. Pero sia tú estás oyendo y viendo tales cosas, es que está por llegar.
a Que b enla a sí
Más allá de la locura
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Pero yo no creo que mi hija me esté diciendo esto, sino que ella hace parte del mismo sueño, de la misma realidad, que ya ha sido raptada y que no más viene a consolarme. O cuando ella se queda parada en el balcón sin siquiera venir a asomarse al espejo… entonces la casa se llena de gente y pienso que el Arcángel ha resuelto venir a hacer la boda aquí, a las buenas y humildemente, que es por eso que este gentío está en casa, para asistir al matrimoniob. El alcalde y la policía están funcionando mientras el médico examina a Julia por todas partes, y esto sí me da rabia, la examina como una mercancía que se está comprando, ¿será que el tal Arcángel duda de nuestra reputación y honorabilidad? Nosotros somos pobres, pero en cuestiones de moral somos bastante ricos, ¡tal vez más que los ricos!, la acuestan sobre la esterilla, hablan un lenguaje que yo no entiendo, y el médico dice que sí con la cabeza, pienso que probablemente es así como se casan las princesas, es que yo no estoy acostumbrada a estas cosas tan elevadas… después traen un cajón y la echan ahí dentro, ¡ya entiendo!, él no vino por Julia sino que envió por ella, de ahí que la depositen en ese bello cofre y que sus emisarios están disfrazados de policías, todo tan humilde y modesto, para no humillar a la gente con lujos y ostentaciones, cargan el cofre y van a salir con él, yo grito, ¡pues cómoc dejar salir una hija sin siquiera despedirla con un grito!, pero el alcalde me hace señas, ssshhh,d con el dedo en la boca, como queriéndome decir que no haga escándalo, que eso no se usa en esta clase de ceremonias tan encopetadas, que Arcángel ha enviado por ella y aunque me quedo llorando mis cuitas, en el fondo tengo que agradecerle a ese hombre por no haberle quedado mal a mi muchacha, cuyo fiel amor encuentra por fin sosiego y la ansiada recompensa, que ahora nos toca esperar que envié por nosotros. Las campanas doblan… ¡claro que tienen que doblar!, es que el pueblo está triste porque se llevan a su hija más bella, doblarán por lo menos durante tres días. ¡Vea cómo es la vida! Las campanas de aquí doblando de tristeza mientras que las de allá repicarán otros tres días porque llega su dama. Atisbo por la ventana y veo la cantidad de curiosos. Pero el pueblo está en su derecho de vivir y celebrar, aunque sea con llanto, estos acontecimientos, que aunque tristes, como todase las partidas, son satisfactoriasf porque ella va hacia lo más parecido al paraíso. Ahí en la acera está sentado Mario, embelesado, elevando bombas, ajeno a la gloriosa partida de su hermana que se marcha a prepararnos un lugar en el país de las maravillas.
Lástima que ni Miguel, ni Manuel, ni Isabel hayan visto esta fiesta que no se repetirá jamás en este pueblo. ¡Ah… lo que alcanza la constancia! —¡Ajá! ¡Ya van tres! ¡Y eso que de Isabel nada se sabe! —¿Cómo así que ya van tres, Víctor?
—Pues que ya van tres… b motrimonio c como d señas ssshhh e todos f satisfactorios
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da A pesar de que le ruego a Víctor que me explique eso de que ya van tres y que de Isabel nada se sabe, sale riéndose, sin decirme nada; tampoco me da tiempo de contarle que Mario ha cerrado la tienda desde hace tres días y que su clientela no hace sino tocar la puerta día y noche para que vaya a despacharle los mercados, porque Mario me dice:
—Por acá anda la muerte recogiéndonos a todos. Yo me voy muy lejos donde no exista la muerte. Quizá algún día de estos me vaya con las bombas de caucho.
Ya no lo veo, seguro que se ha ido con sus bombas allá por los cielos, pero yo estoy tranquila, porque él es una persona muy responsable y sabe lo que hace. Si ha viajado sin despedirse no es por falta de voluntad sino porque las bombas han subido muy aprisa y no le dejaron tiempo para un adiós. Yo ya no salgo a la calle, permanezco sentada en este rincón charlando con mi gente, porque la casa está llena de murmullos, de sombras: —Nada, mijita. ¡Recorrer caminos y caminos y nada de carga! Ya las yegüitas están en los meros huesos y llenas de peladuras. Es como una maldición, no resulta nada qué hacer. Todo esto se está poniendo color de hormiga.116 ¡Nos vamos a morir de hambre, Susana!
—¡Sssshhh… mamá! ¡No me interrumpas en la contemplación! —¡Esta es la felicidad! Hoy recibí carta de mi Arcángel donde me dice un montón de cosas maravillosas, que no me desespere, que tenga paciencia, que está pensando que para no humillar a la gente enviará un cofre para que me lleven, sin dejarme ver, porque de pronto me roban, que él me quiere hasta la adoración, que no me cambia por nada ni por nadie en el mundo, que soy para él o para nadie.
—Sí, mamá, mucha clientela cumplida con los pagos, porque el fiado es poco, casi nada. Lo que más me extraña es que por más que saca mercancía no se ven los huecos en la estantería. Pero la ambición humana es un pozo sin fondo, ya me han cogido unas ganas tremendas de ir al cielo, por eso estoy elevando bombas de caucho para mostrarle a Dios dónde me tiene que recoger.
—Aquí tosiendo, mamá. Mi destino es toser.
—¿Quién toca la puerta?
—Señora Susana… Que a Víctor lo encontraron ahogado en el tanque del acueducto… —Oh… ¿cuándo?
—Ahorita. ¡Pero dizque lleva por lo menos tres días de haber caído en él! —¡Ah, vida! Pobre muchacho. ¡Ni siquiera pudo cumplir su palabra! …
De golpe el último golpe
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De golpe el último golpe Para qué negar que Froilán Montoya y yo fuimos grandes amigos. ¡Para qué negarlo!
No obstante ser tan buenos amigos, a este Froilán Montoya tuve que matarlo yo, y no por cualquier cosa, como he oído decir que es por lo que se mata a los buenos amigos, sino porque él se había vuelto muy malo; además, yo siempre estaba diciéndole insistentemente: no más, Froilán, dejemos esta joda y vámonos para la casa, donde tal vez ni los pobres viejos estén vivos; no más, Froilán. Sin embargo, él no me hacía caso, como si se hubiera curtido por el crimen y no tuviera más remedio.
Por eso tuve que matarlo.
Ya ni mis ruegos le hacían mella, porque aunque me respondía que sí, que daríamos el último golpecito y nos iríamos, porque así pelados117 no podíamos regresar a casa, que un lance más y nos empetacaríamos los bolsillos de dinero y retornaríamos ricos a nuestra tierra, porque una cosa he de decirte, amigo Pedro: llegue uno con plata y será bien recibido, y con el dinero hasta en unos buenos tipos podemos convertirnos; la plata, mijo, hace milagros. Y nada que regresábamos.
Dábamos el que debería ser el último golpe y nos quedábamos allá en el pueblo bebiendo, jugando y puteando, hasta cuando volvíamos a quedar en la pura inopia.118 Cuando aún teníamos suficiente dinero, yo le dije:
—Froilán, todavía tenemos suficiente dinero. Paremos esta carajada y vámonos. Así nunca llegaremos a ser buena gente.
—Qué diablos, Pedro. Sigamos la farra. Después daremos el último golpe. Por eso fue que aquella tarde, cuando regresábamos al rancho que está perdido entre las montañas y sin vecinos a muchas horas, yo le reproché: —Ahora sí, pues. No tenemos nada qué comer.
—Pero lo que se dice nadita.
—Y pensar que hasta anoche teníamos dinero. Pero todo lo gastamos y jugamos… —¡Ja-ja-ja! Me da lástima, Pedro. Mucha lástima. Recuerda que yo te prometí que conmigo no pasarías hambre. Que yo sepa, nunca te has quedado con la barriga vacía. Es lo que se llama no tener fe en Dios ni creer en mí.
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Entonces amarró su caballo a un estacón de la cerca y salió maldiciendo. Yo vi que tomó por el atajo, trepó camino arriba, y pronto salió al camino principal, desde donde me gritó:
—¡Eeeeyyyy! Métele candela al fogón.
Su grito se perdió en las colinas, y yo hice un gesto de desaprobación, porque nadie estaría en el camino esperando que Froilán llegara a quitarle el mercado que traería del pueblo. ¡Ni tan fácil que fuera la vida! Además, eso de arrebatarle el mercado a un fulano… bueno… Froilán es capaz de cualquier cosa. También amarré mi caballo a la cerca, junto al otro, y me senté en el corredor del rancho a fumar cigarrillo y a llenarme de recuerdos contemplando las montañas y la tarde; me gusta mirarlas porque me vuelven nostálgico y comienzo a recordar a mi madre, aunque quién sabe si estará viva la vieja, yo pienso que las pobres madres se pasan la vida queriéndolo a uno y después se mueren de tanto quererlo. Ella me decía no te vas, Pedro, con ese Froilán, ese muchacho no tiene buena pinta, es mala compañía, quédate ayudándole a tu padre a cultivar la tierra. No te vayas, muchacho.
También recuerdo que ayer le dije a Froilán: no me gustaría volver solo a casa. No me gustaría. Y él se quedó mirándome a los ojos, y yo le sostuve la mirada de matón, entonces me contestó: juntos salimos de allá hace tiempo y juntos regresaremos un día de estos. Aunque yo sé que no era eso lo que quería decirme, la verdad es que lo que se le quedó adentro era otra cosa: deja de hablar pendejadas, Pedro, que tú no eres capaz de irte sin mí, te conozco que hablas por hablar.
Pensando en estas cosas he desensillado los caballos y los he soltado en los potreros, pero al verlos pastando me doy cuenta que he cometido un error, porque Froilán no salió con buenas intenciones al camino principal, que cualquier día puede salirle al que no es, y de pronto tenemos que huir aprisa y estando los caballos ahí desperdigados no se puede salir a las volandas como haya menester en un momento dado.
Esto era lo que no me gustaba de la vida que estábamos llevando, vida llena de zozobras y sobresaltos, porque todo cuanto conseguíamos tenía que venir empapado en sangre inocente, siempre estar huyendo de aquí para allá, y de allá quién sabe para dónde, huyendo de la gente y de la policía, que nos estaba persiguiendo sin cesar, aunque jamás nos podía comprobar nada, porque este Froilán era un mago que se las sabía todas, y las que no, las averiguaba.
Saber que cuando él me propuso que nos viniéramos fue con la promesa de emplearnos en alguna hacienda a coger café, reventar juicio durante algún tiempo, y volver a casita con los bolsillos atiborrados de dinero. ¡Qué vaa! Es cierto que apenas llegamos nos resultó trabajo, pero a los pocos días Froilán a vah
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me dijo, hermano, acabo de descubrir que trabajando no se consigue dinero, porque si uno se la pasa trabajando no le queda tiempo para hacerse al billete. Yo lo medité profundamente y estuve de acuerdo con él; tiramos el trabajo al carajo y nos regamos como verdolaga en playa,119 trajinando por todos los caminos, echando mano a todo cuanto hubiera por ahí mal puesto y peor vigilado, lo vendíamos más adelante; con trampas y artimañas le quitábamos a la gente sus pertenencias, a las buenas o a las malas; después Froilán se volvió un artista en las cartas y los dados; comenzamos a pelechar, pero la tal bonanza duró poco, porque pronto nos cogieron miedo y nadie jugaba con nosotros; por muy lejos que fuéramos, la noticia llegaba primero. Como nos estaba cogiendo la pálida con el juego, tuvimos que arreciar con el robo y el atraco. Claro que a mí solo me tocaba sacar el dinero de los bolsillos ajenos, ya que eso de pelear había que dejárselo a este Froilán que se divertía de lo lindo venteando machete o cuchillo, mientras yo permanecía a prudente distancia presto a ayudarle con el revólver, cuando la cosa se estaba poniendo color de hormiga. Otra cosa que no me estaba gustando era que Froilán ya estaba formando pendencia gratis, armaba bronca por cualquier bagatela, se guindaba a machete o cuchillo por mero gusto, porque disfrutaba hiriendo o matando y luego se agachaba a ver morir a la víctima, eso lo hacía sonreír primero, y después reía a carcajadas. Es claro que uno no se aguanta semejante cuadro, ni porque uno fuera de mera piedra. Yo me estremecía y me volteaba para otro lado para envolatar la repugnancia que me producía ver a Froilán divirtiéndose de esa manera.
Entonces veo a Froilán que viene bajando como una tromba potrero abajo, trayendo un pequeño costal en la mano, levantándolo como un trofeo. —¿Qué? ¿Es que no has prendido el fogón?
—Aún no. ¿Por qué?
—¡Pues ya hay con qué hacer comida! ¡Mira!
—Vació ufanamente el contenido del costal: arroz, panela, chocolate, carne… —¿Y cómo lo hubo, amigo?
—Diosito que es tan bueno. Yo que salgo al camino y la Viuda Chaverra que viene ahí no más.
—¿Se lo quitaste a la pobre viuda?
—Sí. Fue lo más fácil. Un golpecito en la cabeza y vieja a tierra. —¿Golpecito en la cabeza? ¡Seguro que la mataste! Yo que tanta lástima le he tenido a esa pobre señora… Cómo me daba de pesar verla trajinando por esos caminos con la cabeza inclinada a un lado, como si le pesara mucho la vida. Me parece ver a sus niños que desde el corredor de su pobre rancho se les van los ojitos esperando que su madre aparezca viniendo del pueblo con
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da la jartadera, y como no asoma, entonces comienzan a tener miedo, mucho miedo, que aumenta con las sombras de la noche. Me coge un pesar de esos muchachos que nacieron para ser de malas. Me voy llenando de una ira macha y le digo:
—¡Froilán!
—¡Y puuuuummmm!
Le acomodo la bala en el cachete izquierdo. Fue tan fuerte el impacto que la cabeza se le fue hacia atrás, como si le hubiera dado una trompada, luego se lleva la mano a la herida, un agujero blanco al principio, que después se va tiñendo de rojo, un hilo de sangre que sale entre los dedos, que la baja por el brazo hasta gotearle por el codo, mientras se lleva la otra mano a la cintura, pero es tanto su horror que su intento de sacar el arma se queda en mitad del camino.
—¡Me has matado, Pedro!
Yo me quedo mirándolo desde el fondo del pánico. Veo cómo cae de rodillas, tapándose la herida para que la vida no se le escurra por ella, tiembla y cae de espaldas, despatarrado, mirándome fijamente. Me le acerco para decirle:
—¡Perdóname, Froilán! Tuve que hacerlo. Estabas haciendo mucho mal. —El único amigo… Pero… tal vez es mejor que lo hayas hecho tú… mi amigo… Pronuncia las palabras lentamente, no tan asustado como al principio, quizás porque comprende que su muerte no tiene remedio. —Ayúdame a arrepentir, Pedro. Ayúdame… Me arrodillo a su lado y comienzo a llorar dejando caer mi cabeza sobre su pecho moribundo. Yo sé que un macho no debe llorar, pero ante un amigo al que uno acaba de matar si es necesario llorar hasta escurrir la última lágrima, sobre todo ante un amigo que se lleva tantas cosas de uno. —Señor… he sido malo… muy malo.
—Repite, Froilán… Santa María, Madre de Dios… —Santa María, Madre de Dios… Él va repitiendo detrasito de mí una sarta de pedazos de oraciones que yo recuerdo que me había enseñado mamá, pero solo son pedazos que se confunden en el dolor de ver agonizando a mi amigo del alma. —Amén.
Su voz no alcanza para decir amén. Miro sus ojos viscosos, fríos, ya no se anida el calor de la vida en ellos. De pronto inclina la cabeza hacia el derecho, como si le hubiera roto la cuerda que la mantenía derecha, y sonríe menuditamente como si me estuviera diciendo te quiero, amigo Pedro. Le cruzo las manos sobre el pecho, pero no soy capaz de bajarle los párpados sino que me
De golpe el último golpe
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quedo mirándolo sonreír, es esa sonrisa que siempre se repetía cada que recordábamos nuestras diabluras con los chicos de la escuela, y, sobre todo, con la señorita Maestra, porque este Froilán Montoya y yo siempre fuimos buenos amigos, desde muy pequeños formamos una llave poderosa que hizo temblar a la gente, juntarnos él y yo fue juntar al negro negro con el oscuro tupido, andábamos haciendo broncas hasta que nos echaron de la escuela; le quitábamos las cosas a los demás muchachos; ni la cartera de la señorita Maestra se escapó, ella nos tenía ojeriza y todo cuando sucedía nos lo achacaba a nosotros dos, y cuando se le perdió la cartera no vaciló ni un tris en cogernos de las orejas y arrodillándonos en pleno salón, delante de todos los alumnos, y con un Crucifijo en la mano nos amenazó a los cristazos para que le dijéramos la verdad: delante de Cristo, ante lo que nadie puede mentir, ¡díganme dónde está la cartera con la plata! El salón se llenó de ojos, silencios y esperas. Entonces la señorita Maestra nos refregó el Crucifijo en la cara, como haciéndonoslo tragar. ¡Que digan dónde está la cartera! Sepan y entiendan que cuando este Cristo habla divulgando una falta, inmediatamente los culpables quedan carbonizados, ustedes dos no serán más que dos montoncitos de ceniza! Yo me fui llenando de un miedo atroz, ya iba a hablar todita la verdad para no dejarme convertir en un montoncito de ceniza, cuando tú, amigo Froilán, me pisaste el pie, aplastándome el dedo gordo hasta un dolor que se iba estirando en un grito que tuve que apretar con los dientes hasta hacerlo rechinar como triturando arena.
—¡Siiiiíííí! ¡Ustedes fueron. Ladroooneeessss!
Gritó la señorita Maestra. Pero cuando acabó de gritar, nosotros ya estábamos en la cañada, te recuerdas, hermano, que los muchachos después contaban que el grito de la señorita Maestra nos había encumbrado por los aires como dos plumas hasta arrojarnos a la cañada. Nunca supimos la verdad. Lo que más nos enverracaba era que esos carajos de muchachos fueran por ahí llamándonos ladrones. ¡Eso sí no se los perdonamos, Froilán! Eso no. Entonces fue cuando aparecieron los dos fantasmas envueltos en sábanas blancas y dando tristes alaridos, tan tristes que hasta a nosotrosa mismos nos daba pesar. Cómo corrían esos muchachos despavoridos y meándose del miedo. Hasta que ya no se atrevieron a andar solos por esos caminos y veredas sino que tenían que acompañarlos una persona grande.
Cuando le salimos a la señorita Maestra, ya no nos dio pesar de esos ayes120 tan tétricos sino que casi nos reventamos de la risa, porque cuando los fantasmas se le aparecieron en el camino, ella, que venía pavoneándose como una reina bajo su sombrilla de grandes flores coloradas, con ese vestido largo, de gitana, que le llegaba hasta los tobillos, intentó correr apenas vio a los fantasmas, se enredó en el vestido y cayó al suelo dando gritos, para luego enrollárselo en la cintura y salir corriendo.
a hasta nosotros
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Entonces fue cuando confirmamos lo que todos los alumnos sospechábamos: que la señorita Maestra no usaba calzones.
Apuesto que por eso es que te estás sonriendo, amigo Froilán. Pero al asunto de los fantasmas tuvimos que ponerle fin desde aquella noche que casi te queman el culo con un tiro de escopeta. Entonces nos dijimos que lo mejor era no arriesgar.
Y se acabaron los fantasmas.
En el pueblo tampoco nos soportaron mucho tiempo, Froilán. Todos los domingos nos tenían que meter a la cárcel por andar haciendo camorra de cantina en cantina. Hasta que el señor Alcalde nos la puso maluca: —Bueno, jovencitos, lo mejor es que se vayan del pueblo a joder a otra parte.
—Pero, señor Alcalde… —¡No más! ¡Ocho días de plazo para que se pierdan de El Peñol! Y nos echó de la oficina con un gesto. Esa misma semana nos tuvimos que perder. ¡Vaya si nos dio duro abandonar el pueblito! Apenas caminábamos un buen trecho, nos deteníamos para mirarlo y sentíamos una cosa aquí dentro, como si fueran ganas de llorar.
—¿Qué tal, Froilán, si volvemos y le decimos al señor Alcalde que nos deje quedar, que nosotros le prometemos convertirnos en unos buenos tipos? —Mmmmmnnnnnn… Eso es bobada, Pedro. Recuerda con el tono que nos dijo: ¡ocho días de plazo para que se pierdan de El Peñol! —No importa, Froilán. Vamos y le decimos que estamos arrepentidos. —No.
Dijiste ese no con una verraquera tal, y te quedaste mirándome con esa mirada que helaba la sangre, y a la que la gente tanto temía, porque a ella seguía el golpe del machete o del cuchillo, porque cuando tú herías con el arma ya habías matado por dentro con la mirada. En verdad eras cachorro como ninguno.
Y saber que te maté yo… Pero te aseguro que tuve que hacerlo, porque realmente te estabas exagerando. Para decirte la pura verdad, Froilán, te maté porque tú ya no tenías esa cosa donde se sienten los arrepentimientos. Era como si se te hubieran secado los buenos sentimientos. ¡Dizque ser capaz de matar a la pobre Viuda Chaverra!
Por eso lo hice.
—Quién sabe, Froilán, si yo seré capaz de dar el último golpe… —Quién sabe… …
Misión cumplida
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Misión cumplida —Déjame arrepentir un poco más.
—Sí, Pedro, puede rezar la última vez.
Y Pedro que iba adelante cayó de rodillas y comenzó a rezar y a darse golpes de pecho. Entonces yo lo dejé ahí de hinojos en el camino y me fui ausentando despacito de su lado, perdiéndome entre el rastrojo, hasta encontrar el camino principal, en el Alto de Palosanto, desde donde avisté a su esposa e hijos; les iba a decir adiós con la mano cuando apareció Pedro corriendo hacia la casa, miró en la misma dirección en que lo estaban haciendo ellos, y cuando me vio gritó:
—No se vaya. Espéreme.
Entró aprisa a la casa y sacó la escopeta. Echó a correr hacia mí, mientras yo le venteaba la mano en un último adiós.
—¡Espéreme, hijueputaaaaaa!
Oí que me gritó. Yo eché a caminar por entre los matorrales, para que no me encontrara.
De vez en cuando escuchaba sus gritos llamándome, suplicándome que por favor no le dejara vivo sufriendo tanto, pero sus gritos eran cada vez más tenues. Pensaba: ¿quién será el que está lejos? Él o yo. El pobre había perdido el rastro.
Yo había ido a El Peñol para matar a Pedro, aunque debí haber ido a matar también a un tal Froilán Montoya, pero de este nadie me había sabido dar razón, era como si se lo hubiera tragado la tierra. —No los busque, mijo. Él y Froilán se fueron hace muchos años, para después no regresar sino Pedro solo.
—Dizque Froilán se quedó por allá en esas tierras. —Esa es mala gente, jovencito.
—Debieron haber hecho las del diablo, porque lo que es Pedro regresó como muy raro.
—Es como si le hubieran hecho maleficio.
—No habla con nadie.
—Le huye a la gente todo azorado.
Me dijeron unos campesinos, cuando les pregunté por ellos. Ya me iba a ausentar, cuando se me acercó uno para decirmea algo más: a dacirme
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Si viene a hablar con Pedro, póngale mucho cuidado. Se comenta que es muy peligroso.
Y cuando le agradecí con una sonrisa, todavía agregó: —Ni siquiera le dé la mano para saludarlo, puede pegarle ese mal que lo tiene en los meros huesos.
—Ya había caminado algunos pasos, cuando el más anciano de los labriegos echó a trotar hacia mí para preguntarme confidencialmente: —¿Se puede saber para qué busca a ese Pedro, jovencito? —Para matarlo.
El viejo arrugó su rostro barbado, sucio y engomado de sudor seco, y me hizo un gesto de que no.
—¿Por qué no?
—Aunque por aquí no se acostumbra matar a nadie, a ese pobre hombre tampoco vale la pena matarlo. Creo que lo que hizo lo está pagando en vida. —He venido a matarlo.
—¿Y por qué? ¿Se puede saber, mijito?
—Porque él y el tal Froilán Montoya mataron a mi madre que era una pobre viuda que estaba llorando los recuerdos de mi padre, y además ella estaba bregando a levantarnos a nosotros que apenas éramos unos chicos. La mataron para robarle el mercadito que llevaba para nosotros. —Ah… entonces sí, mijo. Cóbrele ese pecado. Creo que hasta a Dios le daría asco perdonar semejante crimen.
—Gracias, señor.
—Cuando llegué al Alto de Palosantoa alcancé a divisar la casa de Pedro. Permanecí ahí un rato. Una mujer salió al corredor, me contempló un momento, y siguió haciendo su oficio; luego aparecieron los chicos jugando, uno de ellos me atisbó largamente, mientras los otros se le unieronb para ayudarle a observarme, llamaron a la madre, y seguramente ella les dijo que ya me había visto, porque los niños continuaron jugando. Pero a cada momento se fijaban a ver si yo todavía estaba en el Alto. Poco después un hombre salió de la huerta y se encaminó hacia la casa, los niños corrieron a avisarle mi presencia. Él miró y luego entró a la casa.
—Ese debe ser Pedro.
Pensé en voz alta. El corazón comenzó a tamborilearme en el pecho. Saqué el revólver, lo acaricié diciéndole que ahora sí había llegado la hora, manéjese bien, hermano, que esta tragadera de caminos, día y noche, va a terminar dentro de poco. No me vas a fallar.
Cuando me acerqué al patio de la casa, un perro salió a atajarme. El hombre lo regañó, pero el animal se obstinaba en continuar amenazándome con sus ladridos.
a Alto Palosanto b reunieron
Misión cumplida
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—¿Es bravo el perro, don Pedro?
—Un poco. Pero pierda cuidado, que estando yo aquí no hace daño. Entre por favor.
—No, gracias. Para lo que vengo a hacer… Mejor lo hago aquí… —Está bien.
El hombre ahuyentó al perro golpeándose la pierna. El perro salió con la cola entre las patas y cabizbajo, pero mirando de reojo y gruñéndome, hasta ir a plantarse en el corredor.
—Raro. ¡Nunca se ha enfurruñado así!
—Será que adivinó a qué vengo.
—¿Cómo así? ¿A qué viene? ¿Quién es usted?
—Vengo a matarlo, Pedro. Yo soy el hijo de la Viuda Chaverra. El hombre me echó una mirada de arriba abajo, agachó la cabeza y repuso: —Está bien… no lo haga aquí, por favor. Sería un golpe demasiado duro para María y los niños.
Me sorprendí que no reaccionara violentamente. Y el hecho que no se inmutara al oír mencionar el nombre de mi madre ni ante el anuncio que venía a matarlo, confirmó que nosotros no estábamos equivocados,a que Pedro y Froilán Montoya eran los asesinos, y que no eran más que unos pobres diablos. —También vengo a matar a Froilán Montoya.
—A ese no lo busque.
—Sí, me dijeron que no regresó con usted, que se quedó por allá; pero lo que me parece raro es que nosotros no hayamos dado con él. No dejó la menor pista. Pero ya daré con él… —Le he dicho que no lo busque.
—¿Por qué?
—Porque yo lo maté.
—¿Cómo? ¿Pero no dizque eran tan amigos?
—Precisamente por eso. Mi amigo Froilán Montoya se estaba volviendo muy malo.
—¡Ja-ja-ja! ¿Más que usted?
—Yo no era tan malo. Yo solo participaba cuando las cosas se estaban poniendo muy malucas.
—¿Entonces cuando asaltaron a la Viuda Chaverra la cosa se estaba poniendo muy maluca?
—No. Esa fue la rabia que me dio con Froilán. Porque me daba un pesar ver a la Viuda Chaverra caminando por todas las veredas, bregándole a la vida para llevarle jartadera a los niños.
—¡No siga! ¡Porque se me va zafar un tiro!
—Aquí no, se lo vuelvo a pedir.
a equivocados
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —¿Es que no se da cuenta que voy a matarlo?
—Lo entendí desde la primera vez que lo dijo. Solo quiero que sepa la verdad. No se la he contado a nadie, ni siquiera al Padre Rufo, que muchas veces me ha llamado para que le diga por qué me volví así. Me aconsejó que si era que había matado a alguien me presentara a las autoridades y que el resto él me lo perdonaba. Pero la cárcel no me traerá la paz… Todo esto es una cárcel para mí. ¿Para qué meter una pena en prisión? ¿Para qué? —Entonces lo que usted desea es que alguien lo mate?
—Sí. Solo así terminará este tormento, no porque yo haya matado a la Viuda Chaverra, quien lo hizo fue Froilán. Una tarde regresamos del pueblo después de muchos días de farra, no teníamos qué comer en el rancho, ni dinero para comprar algo, pues nos lo habíamos derrochado en juego, licor y mujeres… entonces yo se lo reproché, porque siempre le estaba diciendo: no más Froilán, dejemos esta joda y vámonos para la casa, pero él no hacía caso. Froilán salió del rancho renegando y subió al camino principal, supuse que a esperar a alguien para robarle, y pasó la Viuda Chaverra. Él la golpeó en la cabeza y bajó ufano, con el mercado de la pobre mujer en la mano, vació a mis pies el mercadito para que yo hiciera de comer, pero cuando me dijo que se lo había quitado a la Viuda Chaverra, monté en ira y le dije: ¡Froilán! ¡Y puuummmm! Le puse una bala en el cachete izquierdo. Lo maté porque se estaba volviendo muy malo. ¡Dizque ser capaz de matar a la Viuda Chaverra!
—¿A qué viene semejante rollo, Pedro?
—Ojalá no me crea usted. Ojalá crea que yo maté a su madre, porque así no tendrá clemencia conmigo. Para qué quiero yo esta vida llena de pesadillas. Me alegro que haya venido a matarme. Si yo hubiera sabido desde antes que esto iba a suceder, me hubiera aferrado a esta esperanza, y ¡cuánta angustia me habría evitado! Todo lo sabemos tarde. De haberlo sabido me habría sentado en el corredor a esperar que usted llegara a cumplir su misión… —Esperar… Esperando… Así como nosotros esperábamos aquella tarde que la madre regresara del pueblo con la jartadera, ayudándole a llegar a casa con la mirada, y nada que asomaba; se nos acabó la tarde, pero la esperadera no; después la noche se fue metiendo en todos los rincones ahuyentando las últimas claridades del día que se habían escondido en los recovecos, entonces tuvimos que ir a agazaparnos, los unos contra los otros, poniéndole cuidado al miedo para que no nos fuera a asustar, mientras la llama de la vela se debatía agarrándose desesperadamente al pabilo para no dejarse arrancar por los vientos, hasta cuando oímos un tropel de gente que nos encontró amontonados en un rincón repartiéndonos el miedo y nos llevaron al pueblo a ver a la madre, que dizque estaba enferma, que por eso no había podido venir a casa.
Misión cumplida
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Cuando entramos al pueblo, ya bien entrada la noche, la gente nos hacía corrillo, las mujeres nos acariciaban la mejilla y nos revolcaban el cabello, dándonos un aliento que nosotros no sabíamos para qué servía. Después entramos a una casa y encontramos a la madre en un ataúd, con una mortaja café,a un pañuelo blanco amarrado en la cabeza, teniéndole la quijada. —Está como muerta.
—Sí, Marcos.
—¿Estará muerta durante mucho tiempo?
—Creo que sí, José.
La gente nos consolaba ayudándonos a llorar y después de mucho llanto y de tratar de entender aquella confusión, nos quedamos dormidos. Al día siguiente la madre no estaba, nos dijeron que la habían enterrado. Luego los vecinos empezaron a distribuirnos:
—A José nos lo llevamos nosotros.
—Marcos, para mí.
—Y este Evangelista se irá a vivir con nosotros.
Los tres hermanitos nos abrazamos en un nudo para no dejarnos llevar hasta cuando la tía Emilia se abrió paso a los codazos para regañar: —¿Qué es la rebatiña? ¡Estos huerfanitos no están tan solos! Yo me iré a vivir con ellos. ¿Quién dijo que porque falta la madre hay que tirar los hijos a la jura? ¡También creen!
Y regresamos a casa. Pero la tía Emilia era más lo que lloraba que lo que vivía con nosotros. Al principio era como un sauce llorón, pero luego como que se le fueron acabando las lágrimas y quedó como un árbol seco en medio potrero, tal vez porque nosotros todavía continuábamos esperando que la madre regresara del pueblo.
—Por favor, no más, Marcos. Camine máteme, allá en la cañada. —Escúcheme, Pedro. La tía Emilia no se aguantó y cuando ya éramos grandes, nos advirtió:
—Cualquier día de estos me acabo de morir. Pero han de saber que su mamá no se murió así porque sí. A ella la mataron dos matones que estuvieron por aquí haciendo mucho mal en la región. El uno se llama Pedro y el otro Froilán Montoya. Seguro que fueron ellos, porque ese mismo día que encontraron a su mamá muerta en el camino, muy cerca donde esos dos forasteros y malhechores vivían, ellos desaparecieron. No amanecieron en el rancho que quedaba ahí abajito del lugar donde mataron a mi hermanita. Nadie sabía de dónde eran y mucho menos a dónde fueron a dar. Ahora que ustedes son hombres, hagan lo que hacen los hombres y lo que las autoridades no fueron capaces de hacer.
—En verdad… Nosotros jamás dijimos de dónde éramos.
a mortaja café
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da —Los tres hermanos estuvimos averiguando, y nada. Hasta que una noche José dio con una mujer de barrio,121 ya una anciana, quien le dijo que ella lo había conocido a usted, que una vez borracho le mencionó que un día de estos se iría a El Peñol a visitar a su madre, que buscara a ver si esa palabra significaba alguna cosa. Y parecía que no significaba nada, hasta que un día a Marcos se le ocurrió la idea que tal vez la señorita Maestra, que ella sabía mucho, nos dijera qué era El Peñol.
—Señorita, ¿qué es El Peñol?
—Huuuuummmmmm… En mi vida he oído semejante palabra… Así se quedó el asunto, hasta que otro día la señorita Maestra esperaba ver a Marcos para comentarle el resultado de sus averiguaciones: —Ya sé qué es El Peñol —¿Sí? ¿Qué es?
—Un pueblo.
—¿Y dónde queda?
—Mire aquí en el mapa.
—¡Pero qué nombre tan pequeño! Casi no se alcanza a leer. ¿Será que es muy pequeño el pueblito?
—No creo. Lo que sucede es que está muy lejos. Por eso es que se ve tan pequeño.
Después de mucho tiempo de estar buscándolo, he dado con usted, Pedro. He tenido que caminar muchos días, pero aquí estoy. —Y aquí estoy yo.
—Vamos, Pedro.
—Vamos.
Echamos a caminar por el atajo que serpentea por la ladera, rumbo a la cañada, él adelante y yo atrás, hasta cuando me dijo: —Déjeme arrepentir un poco más.
—Sí, Pedro, puede rezar la última vez.
Entonces cayó de rodillas y comenzó a darse golpes de pecho. Yo me fui ausentando despacito de su lado, perdiéndome entre el rastrojo, hasta encontrar el camino principal, en el Alto de Palosanto, desde donde avisté a su esposa e hijos; les iba a decir adiós con la mano cuando apareció Pedro corriendo hacia la casa, miró en la misma dirección en que lo estaban haciendo ellos, y me gritó insultos y que no lo dejara vivo. Pero yo me escurro por los matorrales y apenas sía oigo su voz que agoniza en la distancia. Pienso que dentro de quince días estaré diciendo a mis hermanos: —¡Misión cumplida, muchachos!
a si …
Pobres gentes del campo
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Pobres gentes del campo En El Peñol las montañas, más que gigantescos cúmulos de tierra, son montoneras de angustia; el cielo es alto y ancho para que quepa la soledad; los solitarios caminos serpentean por las colinas, amarillentos y rojizos, como largas y sanguinolentas heridas que destapan rocas como si fueran redondas cabezas de los huesos de inmensos animales sepultados en las entrañas de la tierra. —Creo que se me está saliendo la angustia.
Exclamó la Vieja Dolores al contemplar el mundo. Sacó un sollozo a pedazos para que pudiera salir todo, y siguió caminando, sintiendo el polvo caliente que le quemaba los pies descalzos. Avanzaba lentamente, no era como cuando estaba muchacha que andaba a buen tranco con su ropa liviana y coloreada, de flores amontonadas, porque la florescencia de la vida juvenil había estallado en su vestido, pero ahora las bisagras del cuerpo estaban oxidadas y los golpes duros lo han soldado en una sola pieza, pesada y lenta, metida en ese vestido negro y con un pañuelo blanco amarrado en la cabeza. —La vejez y el dolor que lo vuelven a uno así.
Se dijo mientras continuaba caminando. Cuando iba para el pueblo tuvo la sensación que al caserío lo habían corrido mucho más allá. Caminaba y caminaba, y nada que llegaba. Ahora que iba a casa, ocurría algo parecido, era como si la casa estuviera más lejos.
Esta mañana muy tempranito la Vieja Dolores había bajado del campo y fue derechito a hablar con el Padre Rufo:
—Buenos días, Padrecito.
—¿Qué te pasa, Dolores, que estás como llorosa?
—La vida Padrecito… —¡Vaya! ¿Qué sucede ahora?
—Padrecito, vengo a pedirle que diga una misa por el alma de Tomás. —¡Pero si él está en el ejército, Dolores!
—Estaba, Padrecito. Pero ahora está muerto.
—¿Cómo así? No tenemos noticia… —Sí, pero yo sé que lo mataron. Usted sabe que las madres tenemos un correo que nos anuncia las cosas antes de que sucedan. Ya se me ha presentado Tomás varias veces en el patio de la casa, chorreando sangre y sin cabeza. ¡Lo mataron, Padrecito!
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da La vieja Dolores atajaba los sollozos con las manos, mientras el Cura la consolaba diciéndole que no siempre esas corazonadas resultan ciertas, que a veces se nos meten cosas en la cabeza que no suceden sino en ella, que ya vería que Tomás estaba vivo, que lo que acontece es que esos muchachos se olvidan de escribir a los viejos. Ah… ¡es que los jóvenes! Además, el ejército siempre avisa en estos casos y si algo malo pasa a los soldados, inmediatamente lo comunican a sus padres.
—Perdóneme, Padrecito, pero no he venido a discutir esos asuntos, sino a pedirle una misita por su alma.
—Está bien, Dolores. Se la diremos. Deme una limosna grandecita, y su alma descansará en la paz del Señor.
—La limosna no será muy grande, Padre Rufo… No son muchos los centavitos que esta pobre vieja puede reunir, porque como usted sabe, murió Indalecio, mi esposo, y el mucharejo122 de Luis se fue de casa, a ver si podía pelechar allá en la tal Pereira.123 Seguramente le está yendo muy mal porque no envía nada, ni siquiera escribe.
—La vieja desató la punta del pañuelo y sacó algunos pesos, ajados y sucios, que el Cura contó displicentemente, al ver la cara larga del Padre Rufo, Dolores se apuró a animarlo prometiéndole que el sábado le traería una gallinita para el almuerzo.
—Bueno, así la cosa cambia, Dolores —exclamó el padre Rufo, con una sonrisa ancha y acogedora.
Dolores consiguió algunos artículos de comer fiados en la tienda de Abelito y se dirigió a su casa, en el campo. Mientras iba por el largo y polvoriento camino, pensaba en lo dura que era la vida, tantos sufrimientos para los campesinos… crecen los hijos y bajan a la plaza y les echan mano para llevárselos para el ejército, hasta que ese domingo le agarraron a Tomás. Tanto como le había suplicado a ese señor militar que no se lo quitara, que mire que no somos sino un par de viejos muy traqueados y poco podemos trabajar. Pero nada que le hizo caso, era como hablándole a una piedra. Incluso se atrevió a tocarle la mano para reforzar la súplica, pero ese señor de hierro no se conmovía ni con las lágrimas de su propia madre, o tal vez ni madre tendría… También acudió al Señor de los Milagros, y el Señor estaba cansado y serio atendiendo a la clientela, quizás porque se le estaban acabando los milagros, Dolores lo miró de reojo y corrió al gazofilacio124 para comprar un escapulario y le pidió al Padre Rufo que se lo llenara de milagros con una bendición suya. Y se lo colgó del cuello a Tomás, para que estuviera bien protegido. —Toma, hijo. Que la Virgen del Carmen te proteja. Bésalo devotamente. El Padre Rufo lo colmó de milagros. Pero tienes que ahorrarlos, porque los santos están como muy ocupados por estos tiempos.
Pobres gentes del campo
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—Sí, mamá.
—Ah… Y no se te olvide ser también buen hijo.
—Sí, mamá. ¿Cómo se te ocurre?
—Lo digo porque a todo el que se llevan para allá… Bueno… a unos los matan, y otros no vuelven, se quedan, que es como si también los mataran. —Tranquila, mamá.
Tranquila, mamá… ¡Qué tranquila voy a estar! El muchachito quiso ser buen hijo, pero ni siquiera se lo permitieron. La Vieja Dolores suspiraba mirando las montañas llenas de tristeza. Desde hacía mucho tiempo había notado que las montañas le ayudaban a entristecerse. Caminaba y caminaba, pero el camino era más largo adelante que atrás. Por eso ella se aferraba a los recuerdos para envolatar la soledad y acortar el camino. Exactamente como le decía Indalecio cuando la veía tan abatida por las tempestades del dolor: —No, mijita. No debemos dejarnos comer por las penas. Hay que ser como las matas que se agachan para que las tempestades pasen por encima. Tenemos que estar preparados para todo. A la muerte no la ataja nadie. Además, morir es tan natural como vivir. La vida es un recuerdo, o una cadena de recuerdos… Y el viejo Indalecio se había convertido en otro recuerdo, porque por más que dijera que uno no se podía dejar devorar por las penas, él las disimulaba alegando, ya que la ida de Tomás le estaba haciendo mella al Viejo: le hablaba al recuerdo, y cuando no le contestaba, le gritaba: y tan maleducados que se van volviendo estos muchachos, les habla uno y es como si nada. Hasta que aquella tarde el viejo se dobló sobre el surco, como si hubiera querido morir enterrado en él.
—Si a alguno de nosotros le sucede algo, no se le debe contar a Tomás. ¡Para qué amargarle la vida al soldadito!
El Viejo Indalecio les estaba anunciando su muerte. Y al día siguiente quiso sembrarse en el surco que estaba labrando, como si fuera semilla que quisiera germinar, crecer, florecer y reventar en fruto. Pero ella sí no se podía morir, porque un día cualquiera regresaría Luis, y no le podía quedar mal a su muchacho, así se lo había prometido la noche de la larga plática: —Luis, donde no hay esperanza, no hay nada.
—¿Qué quieres decirme, mamá?
—Que te vayas a esta tal Pereira, a donde han ido tantos y pelechado. —¡Mamá!
—Tu mañana no soy yo… Tú mismo tienes que hacerte ese mañana. Vete, que si las cosas salen bien, aquí estaré yo esperándote. Y si salen mal, también te esperaré.
—¡Me estás echando, mamá!
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Se lo había reprochado casi con un grito, pero ella se paró en la raya y no cejó en la propuesta, que se la había hecho tan contundente que más parecía una orden. Luis no daba abasto, trabaje aquí y allá, sin mayor resultado, pero continuaba testarudamente porque lo hacía bregando por la Vieja. —Aquí el tiempo no tiene mañana, mijo.
A Luis le dio mucha rabia, tanta, que permaneció varios días en que apenas sía le hablaba a la Vieja. Pero con el tiempo comprendió que ella tenía razón en aconsejarle que se fuera para esas tierras al rebusque. —Mamá, yo trabajaré como un animal.
—Lo mismo que haces aquí. Solo que aquí se trabaja como un animal y se muere como tal. En cambio allá puedes ahorrar y llegar a ser señor. Yo siempre he pensado que ser señor debe ser muy importante. —Creo que me gustaría ser señor. Podría usar zapatos. —¡Claro que sí! Y formar un hogar. Y tener hijos que luego podrían asistir a la escuela y aprender a leer y escribir.
—Para que ellos sean más señores que el papá.
—Los hijos siempre deben ser más gente que los padres. —Me suena el asunto, mamá.
—Veo que vas entendiendo, Luis.
—Ah… Per… —¿Pero qué, Luis?
—Pero los hijos crecerán y se los llevarán para el cuartel… —A los hijos de los señores no se los llevan, mijo. Hasta que llegó el día en que Luis se fue con lágrimas en los ojos. La Vieja se aguantó el llanto hasta cuando él le dio la espalda y se perdió en el camino, entonces Dolores sí pudo llorar por dentro, que es como lloran los viejos. —Hice lo que tenía que hacer.
Exclamó la Vieja, dejando que el viento que soplaba en la cima de la colina la refrescara. Levantó los brazos para dejar que el viento le sacara el calor de las axilas. Aspiró profundamente el olor de la tierra que se iba refrescando con la tarde, pero era poco el olor vegetal.
—Ya el mundo no huele a lo que olía hace años.
Entonces echó a caminar recordando aquellos lejanos tiempos cuando la vida era más bella. Indalecio era un hombre fuerte y los chicos comenzaban a crecer vigorosos. Las sementaras estaban plenas de promesas para después llegar el tiempo de las cosechas: matas poderosas, frutos gruesos y macizos, para luego la madurez reventar iluminando el campo con sus colores: verdes, amarillos, rojos encendidos casi hasta el granate de sangre poderosa. Todo era brillante como un mediodía, pero tiempo después comenzó la tarde tiñendo de tristeza y muerte hasta los mismos recuerdos:
a si
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—Se llevaron a Tomás para el ejército.
—Murió Indalecio. Ah… ¡desde que murió Indalecio todito me sabe a mierda!
—Hasta que le dije a Luis: ¡sálvate, mijito, porque esto va falda abajo. Al carajo con todo!
El muchacho se fue, pero pronto comenzó a sentirse su ausencia: la maleza principió a apoderarse de los cultivos, las enredadas acosaban la casa como culebras que huyen de un incendio, arrastrándose por los corredores, la Vieja Dolores las aplastaba con el pie, las tiraba al patio con la escoba, pero ellas persistían hasta lograr enredarse en los postes, hundir sus raíces en el bahareque, y trepaban hasta acomodarse en el techo de la casa. La techumbre se arqueaba con el peso de la maleza. La casa comenzó a ceder y el dinero que Luis enviaba al principio solo alcanzaba para subsistir. De noche la Vieja pasaba revolcándose y tosiendo en la cama, y pensando en la cara que pondría Luis apenas regresara algún día y viera el estado desastroso de la casa y los cultivos. Y a pesar del estado calamitoso de la finquita, ella no se arrepentía un momento de haber empujado a Luis para que se fuera a esas tierras a intentar hacer fortuna.
—Los muchachos tienen que hacer su propia vida.
—¡Cómo desperdiciar una vida que apenas principia ayudándole a una vieja a bajar a la tumba!
Ella se sentía satisfecha de que al menos con Luis sí habían salido las cosas al derecho. Un sinsonte voló, cruzando el camino, yendo a posarse en un árbol alto, donde comenzó a silbar asustado, tal vez la había visto a ella y principió a alertar a los otros. Ella recordó que de noche, mientras esperaba a que amaneciera, las lechuzas, búhos y todos los animales pobladores de la noche comenzaban a graznar, chillar y croar, llenando la noche de miedos y malos augurios, ella paraba la oreja tratando de oír los espíritus tantas veces anunciados por esos bichos nocturnos, quizá de pronto oyera a Indalecio o a Tomás que venían del más allá a ver cómo estaba la Vieja. Pero nada. Apenas estaba la noche con el ruido de sus animaluchos.
Al llegar al último Alto, divisó su casita. E inesperadamente alcanzó a divisar que alguien estaba en el corredor, sentado, esperando. —¡Eeeyyyyy!
—Gritó la Vieja Dolores. Su corazón repicaba fuertemente, oscilando como un péndulo enloquecido entre el miedo y la alegría. Apuró el paso. —¿Será Luis?
El hombre se levantó y contestó ¡eeeyyyy! No era la voz de su hijo. Entonces tornó al paso lento.
—¿Quién será?
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da Al acercarse pudo ver bien al hombre. Era el hijo de Jesús Chaverra. —Señora Dolores… —Buenas tardes, José. ¿Y qué? ¿Usted no dizque estaba por allá lejos? ¿Me trae noticias de Luis?
—Bueno… Qué le dijera… Pues… —¿Malas noticias, cierto, mijo?
—Sí… Malas… Muy malas… —¿También lo mataron? ¿O qué?
—El ejército… —¡Dios mío! ¿Cómo es la cosa? A Tomasito, por ser soldado, me lo mataron. ¡Y ahora los soldados matan a Luis! —Se sentó sobre el suelo, temblando, sin poder llorar, a tenerse el pecho para que el dolor no se lo reventara. Al rato pudo hablar: —Voy a morir de vieja y no podré comprender la vida. —He oído decir que eso no lo entiende nadie. —Se sale de un hueco para caer en un hoyo, mijito. ¡Ya me ve, traje vida y recojo muerte!
—Aquí le traigo los ahorritos que había hecho Luis, su ropa y otras cositas. No me hubiera gustado ser portador de esto… pero… —Gracias, mijito. Es mejor agarrarse al dolor que a una ilusión. Por el fuego se baja al infierno, pero por el humo no se sube al cielo. La Vieja Dolores apretó contra el pecho el envoltorio que José le entregó, como si fuera el cuerpo de su hijo muerto. El hipo de los sollozos se le atoró en el pecho en un llanto seco. Súbitamente preguntó: —¿Mijito, a los ancianos también los matan allá? —Hasta a los niños. A todo el mundo.
—¿Y hay que ir allá para que lo maten, o ellos vienen a matarlo a uno aquí?
…
Notas explicativas
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Notas explicativas 1 bridas: el dle explica que la “brida” es el conjunto de correas que se colocan en la cabeza de un caballo para ejercer control sobre él (rae, 2023). En este orden, la expresión empleada sugiere que el sujeto ha tensionado el freno, para detener el avance del animal. 2 El Peñol: como documenta Díaz (1972) en el libro Memorias de mi tierra, el municipio tiene su origen en el año 1616, cuando su fundador Fray Miguel de Castro crea un resguardo indígena denominado San Antonio del Remolino de El Peñol. El territorio se halla ubicado al Oriente de Antioquia, más exactamente a 68 km de la ciudad de Medellín. Se encuentra a 1850 metros sobre el nivel del mar y cuenta con 24 veredas; su clima templado y su topografía lo hacen apto para la agricultura y la ganadería. En el año 1978 cambió de cabecera municipal, ya que su zona urbana —así como gran parte de su territorio rural— fue inundada para dar paso a la construcción de una central hidroeléctrica.
3 río Nare: según Duque García (2018), en el libro La plaza del Viejo Peñol, dicho río tiene su origen en inmediaciones del municipio de El Retiro (Antioquia); pasa por el municipio de Rionegro, sigue a Marinilla, llega a El Peñol por el sector de la vereda Pozo y atraviesa el poblado de occidente a norte. Antes del represamiento era navegable. Desde los orígenes del poblado tuvo gran influencia en sus moradores, ya que este permitía realizar labores de pesca, se extraía oro, materiales para la construcción y las aguas permitían fertilizar las praderas cercanas a sus riveras. 4 apero: dentro de las acepciones que establece el dle se encuentra que el “apero” es “el conjunto de accesorios que forman el aparejo de las bestias de carga” (rae, 2023). Es decir, es una tela que se instala debajo de la montura del caballo.
5 macho: “Hombre en que supuestamente se hacen patentes las características consideradas
propias de su sexo, especialmente la fuerza y la valentía” (rae, 2023). Es importante anotar que la expresión empleada en el relato no intenta referenciar el sexo del personaje, sino la valentía que este posee.
6 cacharros: “vasijas, recipientes” (rae, 2023). Es importante señalar que la venta e intercambio de artículos es una práctica común y antigua. Para establecer la relación comercial, las personas que se dedicaban a esta labor, podían recorrer varios municipios y ciudades en busca de posibles clientes.
7 Loco Manuelito: Díaz (1972) describe a este personaje como un sujeto trastornado y pasivo que llamaba la atención no solo por la manera como vestía, sino también por la forma como se expresaba.
§
C apí u lo I I . Ed ic ión a no t a da - La segunda muerte de la tía Milita
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8 Sonsón: es un municipio localizado en la región del Oriente antioqueño. Fue fundado en el año 1800 por José Joaquín Ruiz. Su distancia de Medellín es de 113.5 kilómetros y se encuentra a 2475 metros sobre el nivel del mar. Giraldo Gómez (1996) anota que este municipio tuvo gran importancia a principios del siglo xx y fue el eje de la llamada colonización antioqueña; de este territorio salieron la mayoría de los expedicionarios que fundaron un número importante de pueblos en los departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda.
9 Obispísimo: en el contexto comunicativo donde se presenta la expresión, el sufijo (-ísimo) que se agrega a la palabra “obispo”, indica que no resalta una cualidad en su grado máximo, sino que esta se ironiza.
10 Empresas Públicas: como expresa Eumelia Galeano Marín (1991), es una empresa industrial y comercial colombiana de propiedad del municipio de Medellín, creada el 6 de agosto de 1955. En la década de los setenta, para construir una central hidroeléctrica en el territorio de El Peñol, la entidad se vio obligada a trasladar hacia un nuevo sitio la cabecera municipal de la localidad. 11 No les chiste: la expresión empleada parte de una conversación que se da entre dos personajes y significa “guardar silencio”. Zuluaga Gómez (enero-diciembre, 2005) explica que en Antioquia su uso es regular, aunque anota que su empleo se da más en algunos pueblos del Oriente del departamento.
12 Francisco Ocampo Aristizábal: Galeano Marín (1991) plantea que este religioso nacido en El Santuario (Antioquia) en el año 1935, es de gran importancia dentro de la comunidad de El Peñol, ya que su labor de líder social conllevó a que fuera una de las personas que hizo posible que las Empresas Públicas de Medellín pactaran una negociación sobre la construcción de una nueva cabecera municipal; la consigna inicial de la empresa era comprar los terrenos y las casas de los pobladores y que estos se reubicaran en otros municipios o ciudades de la región. 13 Alto de la Cruz: según Díaz (1972), este lugar se encontraba ubicado en un extremo del antiguo cementerio del municipio de El Peñol. Debido a que se hallaba en un terreno altamente pendiente, los pobladores lo visitaban para avistar desde allí el poblado. 14 yeyuna: “Segunda porción del intestino delgado de los mamíferos, situada entre el duodeno y el íleon” (rae, 2023).
15 vereda Santa Inés: como anota Osorio Monsalve (2018) en El Peñol y sus veredas, Santa Inés es una de las veinticuatro veredas que tiene El Peñol. Se encuentra a 12 kilómetros del casco urbano del municipio, posee uno de los pocos bosques de palmas de la región y anteriormente se caracterizaba por ser una zona rica en la producción de fique.
16 verraquera: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define el término de la siguiente manera: “Persona valiente” (García Zapata, 1991).
17 tonga: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define el término como “cualquier labor, faena, actividad, trabajo o quehacer” (García Zapata, 1991). El empleo de esta palabra es común en las personas que provienen de sectores campesinos.
18 poniéndole mano: la expresión es de uso cotidiano y popular en Antioquia. Zuluaga Gómez (enero-diciembre, 2005) explica que su significado está relacionado con alguien que se está haciendo cargo de algo, que lo está conservando.
19 san Isidro: la figura de san Isidro, a través de la cultura popular, se ha extendido a diversas localidades del mundo. Luis Aparisi Laporta (2011) explica que la primera celebración en honor del santo madrileño tuvo lugar en mayo de 1620. En los pueblos de Antioquia es muy común que las iglesias de los municipios organicen dichas celebraciones con el objetivo de recaudar recursos: los feligreses donan artículos, productos y animales que son vendidos en subastas.
Notas explicativas
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20 San Carlos: por la información que se suministra en su sitio web institucional, este municipio del Oriente antioqueño tiene una extensión de 702 kilómetros cuadrados y se encuentra a 119 kilómetros de Medellín. Está conformado por ocho barrios ubicados en la cabecera municipal, tres corregimientos (el Jordán, Samaná y Puerto Garza), catorce centros zonales y 76 veredas. Se trata de un territorio montañoso, rico en aguas que limita, al norte, con San Rafael y San Roque, al oriente con Caracolí y Puerto Nare, al sur con San Luis y al occidente con Granada y Guatapé. 21 San Rafael: según Giraldo Morales (2000) en el libro San Rafael 2000, este municipio del Oriente antioqueño registra su historia desde 1864 cuando se realizaron las primeras expediciones para su construcción. Anota el investigador que el territorio es el resultado de la colonización de la vertiente de la Cordillera Oriental, su territorio que tiene una extensión de 362 kilómetros cuadrados, presenta varios pisos térmicos y es atravesado por los ríos Nare y Guatapé, además de contar con otros de alguna consideración, tales como Arenales, Churimo, Arenal, Chicó y el Coco, que lo convierten en un lugar privilegiado en cuanto a recursos hídricos. 22 vereda Peñolcito: como documenta Osorio Monsalve (2018), dicha zona se encuentra ubicada en el municipio de San Vicente, exactamente a 12 kilómetros de su cabecera municipal. Esta vereda se destaca por tener un monolito de grandes dimensiones (100 metros de alto y 500 metros de diámetro) que es frecuentado por viajeros.
23 ella estaba encargada: culturalmente, para la década de los setenta del siglo xx, todavía era aceptable que los padres de algunas jóvenes —por petición de hombres socialmente influyentes— determinaran cuál era la pareja con la que se casarían sus hijas. En este orden, la joven descrita en el relato ya tiene definido su futuro: casarse con un hombre mayor y adinerado. 24 te la echaste al buche: esta expresión de uso coloquial se emplea para referirse a que un individuo ha conseguido tener encuentros sexuales con otra persona.
25 latines: según el dle, el término provine del vocablo “latín”: “lengua del Lacio usada por los romanos” (rae, 2023). Es importante anotar que el hecho de que el español provenga del latín y especialmente que muchos textos de carácter religioso se encuentren redactados en dicha lengua, conlleva a que en monasterios y seminarios se tenga acercamiento al idioma. Aún hoy se percibe con un alto grado de importancia, no obstante, el narrador del relato ironiza la expresión para referirse a las oraciones que recita un padre cuando realiza el exorcismo. 26 Se los pinté: la metáfora empleada alude a que el personaje ha relatado, con detalle, la historia que conoce.
27 El Santuario: por la información que se brinda en su sitio web institucional, este municipio del Oriente antioqueño está ubicado a 57 kilómetros de Medellín. Se encuentra a 2150 metros sobre el nivel del mar y es famoso por su abundante producción de hortalizas y verduras. En este municipio murió el general José María Córdova, prócer de la independencia, por ello, en la Casa Municipal, se encuentra un museo en el que se resalta la gesta libertadora. 28 San Vicente: este municipio se localiza en la subregión del Oriente del departamento de Antioquia. Por la información que se suministra en su sitio web institucional, limita por el norte con los municipios de Barbosa y Concepción, por el este con los municipios de Concepción y El Peñol, por el sur con los municipios de Marinilla y Rionegro y por el oeste con los municipios de Guarne y Girardota. Su cabecera dista 48 kilómetros de la ciudad de Medellín, capital de Antioquia. El municipio posee una extensión de 243 kilómetros cuadrados. 29 Marinilla: o San José de la Marinilla, por la información que se brinda en su sitio web institucional, es uno de los 125 municipios que componen al departamento de Antioquia, se ubica a 47 kilómetros de Medellín y tiene una temperatura promedio de 17 grados centígrados. El
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territorio municipal posee una extensión de 115 kilómetros cuadrados, de los cuales 5 corresponden al piso térmico medio, los 110 restantes hacen parte del piso térmico frío. Marinilla limita al norte con los municipios de San Vicente y El Peñol, por el este con el municipio de El Santuario, por el sur con El Carmen de Viboral y por el oeste se ubica el municipio de Rionegro. 30 Rionegro: está ubicado en la subregión del Oriente antioqueño y según la información que se publica en su sitio web institucional, “el valle de San Nicolás de Rionegro fue descubierto el 2 de septiembre de 1541 por el teniente Álvaro de Mendoza, quien estaba bajo las órdenes del mariscal Jorge Robledo. Desde entonces el municipio ha sido conocido con los nombres de La Montaña, San Nicolás, Valle de Rionegro, Rionegro, y por último [...] tomó el nombre de Ciudad Santiago de Arma de Rionegro, al ser trasladada la imagen de la Virgen de la Concepción de Santiago de Arma a la Catedral San Nicolás el Magno”. Es importante anotar que hoy pocos rionegreros denominan la localidad con su nombre completo.
31 trochar: el vocablo proviene del término “trocha”: “Vereda o camino angosto y escusado, o que sirve de atajo para ir a una parte”; también “Camino abierto en la maleza” (rae, 2023). En este orden, el sustantivo se verbaliza.
32 no dejarse conocer el cobre: esta expresión es de uso cotidiano y popular en muchas regiones de Colombia. Se emplea para explicar que alguien miente, que no es correcto en sus maneras de obrar, que oculta algo. En este orden, el cobre en contraposición con otros minerales como el oro, se considera de más baja categoría y se lleva la asociación a la personalidad de alguien. 33 verraquerita: el dle define “verraco” como una persona valiente (rae, 2023). Es importante anotar que aquí, a la palabra, se le anexa un sufijo que permite transformar el término en diminutivo. 34 patisucios: el término que se compone de las palabras “patas” y “sucio” es definido por el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia de la siguiente manera: “persona sin valor monetario” (García Zapata, 1991).
35 güete: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define el término como la persona que está feliz y no se cambia por nadie (García Zapata, 1991).
36 cacharrero: según el dle el término se refiere a la “persona que vende cacharros o loza ordinaria” (rae, 2023).
37 vaina: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia plantea que la palabra puede tener varios significados que dependen del contexto donde se desarrolla la situación comunicativa. En el relato el término “vaina” alude a un asunto complicado que puede generar problemas. 38 estropajo: “Porción de cualquier otra materia, como plástico, alambre, nailon, etc., que sirve para fregar” (rae, 2023).
39 tabaco en rama: Castellanos Domínguez (2018) expresa que esta definición se emplea cuando las hojas cosechadas del tabaco aún no han sido procesadas, es decir, cuando apenas comienzan su fase de fermentación.
40 tabaco en rama para enfuertarlo: enfuertar tabaco tiene que ver con un proceso natural de fermentación que consiste en transformaciones bioquímicas y físicas de las hojas. Para realizar el proceso, como lo documenta Castellanos Domínguez (2018), es necesario que el tabaco tenga humedad y temperatura. La fermentación es fundamental para la producción tabacalera, pues mejora la calidad del tabaco, garantizando la blandura y el posterior desarrollo del aroma de las hojas. 41 guardas de rentas: figura de carácter gubernamental que, hasta mediados de los años noventa del siglo xx, ejercía el control de las distintas mercancías que circulaban en el departamento.
Notas explicativas
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42 pila: en los patios de las casas de las familias campesinas es común encontrar el lavadero o la “pila”. Este lugar está destinado para lavar la ropa.
43 enchicle: la palabra “chicle” proviene de la voz náhuatl tzictli, que puede traducirse como “cosa pegajosa”. En el relato se agrega el prefijo “en” y su significado sigue estando relacionado con una sustancia que presenta una textura pegadiza (Coelho, s. f.).
44 Guatapé: es un municipio que se encuentra ubicado en el Oriente del departamento de Antioquia. Por la información que se suministra en su sitio web institucional, se halla a una distancia de 75 kilómetros de Medellín, tiene una extensión de 69 kilómetros cuadrados, posee una temperatura promedio de 19 grados centígrados y su altura sobre el nivel del mar es de 1.900 metros. Guatapé hace parte de la región de embalses y limita con varios municipios: al norte con Alejandría, al sur con Granada, al oriente con San Rafael y al occidente con El Peñol. 45 jabón de tierra: producto elaborado a partir de la grasa del ganado. Dicho material es procesado a fuego lento en una olla hasta derretirse. Esta preparación es mezclada con “lejía” (destilación de agua y ceniza). Para obtener el jabón, la mezcla es cocida en un fogón de leña por varios días. La lejía se mezcla con la grasa con el fin de disolverla y crear de esta manera el producto. Luego de lograr una pasta homogénea, esta es moldeada a mano y se forman las pastillas de jabón (Duque Duque et al., 2006).
46 jartadera: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define el término de la siguiente manera: “víveres o alimentos que se disponen para comer” (García Zapata, 1991). En Antioquia el uso de esta palabra es frecuente entre los pobladores que proceden de familias rurales o campesinas.
47 chiros: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia establece la siguiente definición para el término: “ropas viejas, ordinarias o gastadas” (García Zapata, 1991). En Antioquia el uso de esta palabra es frecuente entre los pobladores que proceden de familias rurales o campesinas. 48 enverracada: García Zapata (1991) relaciona el significado con el enojo, con la persona rabiosa e iracunda.
49 alforjones: según el Diccionario de americanismos (da): “tira ancha de material resistente. Tela o cuero rematada en cada extremo por una bolsa grande y empleada para transportar carga al hombro o al lomo de un animal” (rae, 2010).
50 ayudado: se dice de la persona que es favorecida por el demonio. Es importante anotar que las tradiciones católicas de muchos de los pueblos de Antioquia sufrieron un sincretismo religioso a raíz de que los esclavos del continente africano trajeron sus ritos y cultos propios de su cultura. Tomás Carrasquilla, en su novela La Marquesa de Yolombó, describe cómo muchos pobladores le concedían gran importancia a pequeños monicongos que, fabricados por algunos hombres mayores, cumplían la función de proteger a toda la persona que los portara. 51 aguardiente tapetusa: según Yolanda Mejía (8 de octubre de 2006) el tapetusa es un aguardiente de fabricación casera obtenido por la destilación de cañas fermentadas, de cereales azucarados y otros ingredientes diversos. Se destila de manera artesanal y embriaga como toda bebida alcohólica. Su nombre se debe a que en los primeros tiempos de la bebida se tapaban los frascos y botellas con una tusa (residuo producido después de desgranar la mazorca de maíz). 52 farra: según el dle puede significar “Juerga, jarana, parranda”; pero también “Tomar bebidas alcohólicas con asiduidad” (rae, 2023).
53 pelirrucio: el término se compone de las palabras “pelo” y “rucio”. García Zapata (1991) define la expresión como aquella persona que tiene el cabello blanquecino o canoso.
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54 tunda: del verbo tundir, que significa “castigar con golpes, palos o azotes” (rae, 2023). 55 encurrumidita: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define “encurrumir” como el acto de agacharse (García Zapata, 1991). En el relato la palabra va acompañada del sufijo “-ita” que la trasforma en diminutivo.
56 quebrada Peñolcito: según Osorio Monsalve (2018) se trata de un afluente de agua que recorre la vereda “Peñolcito” del municipio de San Vicente (Antioquia).
57 bajo el resistero del sol: en el dle se define “resistero” de la siguiente manera: “calor causado por la reverberación del sol” (rae, 2023). Se sugiere que ciertas personas caminan bajo una fuerte temperatura.
58 curte: el dle establece distintas acepciones para el término. En este orden, el significado que atiende al contexto comunicativo donde se emplea la expresión es el siguiente: “hacer que una persona se acostumbre a los contratiempos o penalidades que le depara la vida” (rae, 2023). 59 echar mano: García Zapata (1991) aclara que esta es una expresión de uso popular que se emplea para referirse a que alguien ha sido capturado (o privado de su libertad) por una autoridad competente.
60 desyerbándolo y aporcándolo: los cultivos de maíz en las primeras etapas de su desarrollo son objeto del desyerbe (eliminar malezas de la planta) y el aporque (acto de poner tierra al pie de las plantas).
61 ¡Su mamá no lo tuvo por donde se tiene a los niños!: la frase sugiere que la persona nombrada es vista como un fenómeno, debido a que su conducta es delictiva e inmoral. 62 zalameramente: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define el término de la siguiente manera: “gesto halagador, lisonjero o adulador” (García Zapata, 1991). 63 sacado de taquito: los términos hacen referencia al dominio que ejerce un individuo sobre otro. Según el Diccionario de Dudas, en otros contextos es válido los significados de “con facilidad o sin esfuerzo” (Coelho, s. f.).
64 Señor de Zaragoza: “Zaragoza es un pueblo mayoritariamente católico, gran parte de su gente cree fielmente en el Cristo que está en el altar de la Parroquia del Cristo Crucificado. Desde hace aproximadamente tres siglos dicen que, a quienes le piden con devoción, él les concede sus deseos” (Buitrago, 31 de octubre de 2016).
65 te aventaría: el significado de la expresión está relacionada con la denuncia, es decir, con la acusación que puede emprender un hombre sobre otro.
66 tundiendo: según el dle la segunda acepción de “tundir” es “Castigar con golpes, palos o azotes” (rae, 2023).
67 chicanero: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia establece la siguiente definición para el término: “persona presumida y fanfarrona” (García Zapata, 1991). 68 empotrerar: “Meter el ganado en el potrero para que paste” (rae, 2023). 69 pantalonuda: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia establece la siguiente definición para el término: “persona que usa pantalones y tiene valentía” (García Zapata, 1991). 70 guapo: el dle define el término como una persona bien parecida, atractiva. Aunque en el relato la palabra “guapo” alcanza otro significado: “persona valiente y sin temor” (rae, 2023). 71 teología de la salvación: Cordovilla Pérez (2021) documenta que esta es una corriente teológica cristiana integrada por varias vertientes católicas y protestantes, nacida en América Latina en
Notas explicativas
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el año 1968. Se caracteriza por considerar que el Evangelio exige atender preferencialmente a los pobres y por recurrir a las ciencias humanas y sociales para definir las formas en que debe llevarse a cabo el trabajo social y espiritual. Los primeros en definir esta corriente teológica fueron el educador brasileño Rubén Alves y el sacerdote católico peruano Gustavo Gutiérrez, cuyos primeros trabajos sobre el tema datan del año 1968 y 1969, respectivamente. 72 requetepeor: El término está compuesto del prefijo “requete” (muy, mucho) y la palabra peor. 73 dril: “tela fuerte de hilo o de algodón crudos” (rae, 2023).
74 buenas tajadas: dicho popular que es empleado para decir que una persona ha logrado obtener buenas ganancias en un negocio o proyecto determinado.
75 niguas: “Insecto afaníptero originario de América y muy extendido también en África, parecido a la pulga, pero mucho más pequeño y de trompa más larga, cuyas hembras fecundadas penetran bajo la piel de los animales y del ser humano, principalmente en los pies, donde depositan sus huevos, lo que ocasiona picazón y úlceras graves” (rae, 2023). 76 alcaldote : El término está conformado por la palabra “alcalde”, y el sufijo “-ote” que añade un valor despectivo.
77 camino de Las Sepulturas: Díaz (1972) describe este como un camino empedrado que comunicaba la cabecera del municipio de El Peñol con el cementerio de la localidad. 78 empetacaba: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia establece la siguiente definición para el término: “consumo excesivo de alimentos” (García Zapata, 1991). 79 capando: el verbo “capar”, como lo registra el dle, tiene varias acepciones. Específicamente en el contexto comunicativo donde se emplea la expresión, significa que alguien está hurtando algo (rae, 2023).
80 san Patricio: san Patricio fue un misionero católico conocido como el santo patrón de Irlanda. Fue un predicador y religioso de Britania, tradicionalmente considerado el introductor del catolicismo en Irlanda, a pesar de la evidencia de presencia cristiana anterior a él. El 17 de marzo la Iglesia católica conmemora el día de su fallecimiento (Mark, 6 de septiembre de 2015). 81 alcanfor: “Terpeno sólido, cristalino, blanco, urente y de olor penetrante característico, que se obtiene del alcanforero tratando las ramas con una corriente de vapor de agua, y se utiliza principalmente en la fabricación del celuloide y de la pólvora sin humo y, en medicina, como estimulante cardíaco” (rae, 2023). En la medicina se emplea como estimulante cardíaco. Algunas personas depositan pequeñas partículas en artículos (ropa, objetos de madera) con la intención de alejar los insectos.
82 rejuntarse: es una expresión de uso popular que significa que una pareja no contrajo matrimonio, es decir, que su convivencia se da a través de una unión libre. 83 paruma: “pieza de tela, manta o toalla grande enrollada alrededor de la cintura que llega a las rodillas” (Definiciones-de, s. f.). Es importante anotar que su empleo brindaba protección a los arrieros.
84 patatús: “desmayo, lipotimia” (rae, 2023).
85 cimarrón: “Dicho de un animal doméstico: Que huye al campo y se hace montaraz” (rae, 2023). 86 machería: el contexto donde se desarrolla la situación comunicativa indica que el término no se emplea para señalar el tipo de sexo al que pertenece alguien (macho-hombre), sino que describe las cualidades que posee la persona. En este orden, “machería” es sinónimo de valentía.
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87 gonorreas: como se informa en el Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (cdc) esta es una enfermedad contagiosa de origen bacteriano, que se transmite por vía sexual y se caracteriza por un flujo purulento de la vagina o la uretra.
88 crestegallos: como se informa en el cdc esta es una enfermedad venérea que se transmite por vía sexual.
89 chancros: según el cdc se trata de una úlcera crónica frecuentemente de origen venéreo o sifilítico.
90 vergajos: García Zapata (1991) define el término como una persona indeseable o de mal proceder. 91 pendejón: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define el término de la siguiente manera: “individuo tonto, estúpido, sin carácter” (García Zapata, 1991). 92 le arrastrabas el ala: la expresión es de uso popular y significa que alguien está cortejando a otra persona, con la intención de establecer un vínculo amoroso.
93 currucuteabas: de “currucutear” (onomatopeya que busca imitar el sonido de las palomas). 94 bahareque: material de guadua empleado para la construcción de viviendas. Anteriormente su uso era muy común, ya que la madera permitía recubrir con barro las estructuras que necesitaban solidez.
95 Yo Pecador: oración perteneciente al rito o culto católico.
96 Ego te absolvo: locución latina que traduce “yo te absuelvo”.
97 arriero: “Persona que trajina con bestias de carga” (rae, 2023). 98 turegas: García Zapata (1991) relaciona el término con la forma de cargar y amarrar un artículo a una superficie determinada.
99 camino de Islitas: Díaz (1972) explica que este camino a principios del siglo xx era de gran importancia para la región. Antes de llegar a Medellín, recorría los municipios de Puerto Nare, San Carlos, San Rafael, El Peñol, Marinilla y Guarne. Es importante anotar que este viejo camino comunicaba a Antioquia con el resto del país y presenció las agonías de los últimos arrieros e indígenas que transportaron en sus hombros pesadas mercancías: pianos, órganos, y objetos indivisibles llegaron en las espaldas de los “indios” de El Peñol.
100 pollas: “gallina nueva, medianamente crecida, que no pone huevos o que hace poco tiempo ha empezado a ponerlos” (rae, 2023).
101 cachaco: Flor María Rodríguez Arenas (2007) plantea que se llamaba cachaco al que se vestía con desaliño, que era de poca consideración, especialmente si era joven. Sin embargo, anota que actualmente el término ha perdido su connotación negativa y significa que alguien viste de una manera formal y elegante.
102 moscamuerta: el término se compone de las palabras “mosca” y “muerta”. García Zapata
(1991) señala que su significado está relacionado con un individuo que es incapaz de realizar una acción productiva.
103 ¡Bendito!: según el dle la palabra opera también como interjección para “para expresar dolor, sorpresa, asombro y otros sentimientos” (rae, 2023). Es importante anotar que su uso es común en los pueblos del Oriente antioqueño y refleja la fuerte influencia que ha tenido la religión católica dentro de las comunidades.
104 Tisis: la tuberculosis es llamada alternativamente “tisis”. Esta es una infección bacteriana contagiosa que afecta principalmente a los pulmones, pero que puede propagarse a otros órganos.
Notas explicativas
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105 Magdalena: Osorio Monsalve (2018) explica que esta localidad se ubica al norte del municipio y que fue una de las veredas más afectadas tras el represamiento del río Nare. Debe su nombre a la quebrada que lleva su mismo nombre y que nace en jurisdicción de San Vicente (Antioquia). 106 Marial: la vereda está ubicada al norte del municipio de El Peñol. Cuenta con importantes riquezas paisajísticas y boscosas. En este territorio se encuentra una gran roca de la cual recibió su nombre actual. Osorio Monsalve (2018) plantea que los indígenas del territorio anteriormente llamaron esta área “Piedragorda” y hasta finales del siglo xix recibió el nombre de “Dos cabezas”. Actualmente, se desarrollan actividades litúrgicas para atender el turismo religioso. 107 bacinilla: “Vasija pequeña para varios usos” u “orinal” (rae, 2023). Antiguamente solía situarse debajo de la cama para poder utilizarse de noche sin necesidad de acudir al cuarto de baño o cuando no había una unidad sanitaria disponible.
108 Olladita: al sustantivo “olla” se le agrega originalmente el sufijo “-ita” para añadirle una idea de poquedad.
109 hombrerío: el término se compone del sustantivo “hombre” y el sufijo “-rio” que pluraliza la expresión.
110 hombrote: el término se compone del sustantivo “hombre” y el sufijo “-ote”. Su significado se relaciona con el hombre que posee belleza física y gran fuerza corporal. 111 pelagatos: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia establece la siguiente definición para el término: “persona insignificante o mediocre, sin posición social o económica” (García Zapata, 1991).
112 aguasalita: el término se compone de los sustantivos “agua” y “sal” y del sufijo “-ita” que transforma la palabra en diminutivo. El dle establece la siguiente definición: “salmuera (agua cargada de sal)” (rae, 2023).
113 esterilla: el dle relaciona la palabra con una pieza rectangular de material fino y flexible, generalmente de paja, que se utiliza para sentarse o tumbarse encima y no estar en contacto directo con el suelo (rae, 2023).
114 zarzo: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia establece la siguiente definición para el término: “material de construcción ligero que se emplea en las casas campestres. Se utiliza para conformar una subestructura que permite crear espacios donde se guardan diversos materiales y productos” (García Zapata, 1991).
115 carangas: según el dle, se trata de un “chinche” o “piojo” (rae, 2023). Dicho insecto que pertenece en su denominación a la familia de los cimicidos es llamado también el chinche de las camas. Se alimenta de sangre humana y de los animales y habita en los colchones y los sofás. 116 color de hormiga: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia define la expresión de la siguiente forma: “locución adjetiva que se usa cuando se dice de algo que tiene mal aspecto, de lo que presenta dificultades enormes o presagia graves problemas” (García Zapata, 1991). 117 pelados: según García Zapata (1991) el término “pelaos” o “pelados” se emplea para describir un individuo que no posee dinero o bienes.
118 inopia: “indigencia, pobreza, escasez” (rae, 2023).
119 nos regamos como verdolaga en playa: la “verdolaga” es una planta que se reproduce rápido y en las playas tiene hábitat preferido. En este orden, la expresión significa hacer algo con celeridad y ligereza.
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120 ayes: según el dle es una interjección “para expresar muchos y muy diversos movimientos del ánimo, y más ordinariamente aflicción o dolor”; también tiene la acepción de “suspiro, quejido” (rae, 2023).
121 mujer de barrio: el contexto comunicativo donde se emplea la expresión indica que las “mujeres de barrio” son aquellas que se dedican a la prostitución.
122 mucharejo: el Diccionario de locuciones del habla de Antioquia establece la siguiente definición para el término: “adolescente, hombre o mujer muy joven” (García Zapata, 1991). 123 Pereira: por la información que se suministra en su sitio web institucional, este municipio se encuentra ubicado en la región centro occidente del país, en el valle del río Otún en la Cordillera Central de los Andes colombianos. Es la capital del departamento de Risaralda y se considera la ciudad más poblada de la región del eje cafetero. Está a 359 kilómetros de Bogotá y es punto obligado de la red vial nacional.
124 gazofilacio: “lugar donde se recogían las limosnas, rentas y riquezas del templo de Jerusalén” (rae, 2023).
Referencias bibliográficas
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Trazos de vida
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C a p í t u l o i i i
III
Juan Manuel Tejada Giraldo: trazos de vida
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita H ijo de Eduardo Tejada y María Isabel Giraldo, el 9 de octubre del año 1936 nace en el municipio de El Peñol Juan Manuel Tejada Giraldo. El escritor proviene de una familia que representa los hogares típicos antioqueños de las primeras décadas del siglo xx, debido a que el grupo familiar no solo era numeroso (contaba con quince hijos), humilde y trabajador, sino que también profesaba con arraigo la fe católica.
Los padres del autor de La segunda muerte de la tía Milita tenían una procedencia campesina y una vez contrajeron matrimonio, se radicaron en un barrio de la vieja cabecera del municipio de El Peñol, denominado La calle Zuluaga. Doña Isabel se ocupaba de los oficios domésticos y de las tareas que demandaban el cuidado y la crianza de sus hijos. Eduardo fungía como proveedor económico del hogar; hasta su muerte, en 1957, trabajó en oficios que se relacionaban con la reproducción de equinos y la elaboración de accesorios para las monturas de los caballos.
Según Martha Oliva Tejada Giraldo, el hecho de que su familia fuera numerosa y que las labores que realizaba su padre no generaran demasiados ingresos, hicieron que el hogar tuviera dificultades, es decir, la infancia de Juan Manuel Tejada Giraldo y la de sus hermanos se da en el seno de una familia unida que, perteneciendo a una sociedad netamente rural, tuvo unas grandes limitaciones económicas.
El pedagogo Bayardo Giraldo recuerda cómo Juan Manuel, pese a las adversidades, era en su niñez un chico alegre, atento e inteligente que participaba junto con él de los juegos propios de su entorno y hacía caso omiso a los comentarios malintencionados que realizaban algunos niños, quienes buscaban en su aspecto físico o en su familia, algún defecto del que se pudieran burlar. Por otra parte, el modelo educativo que ofrecía la época donde cursó sus años de escuela daba cuenta de unos maestros que impartían sus conocimientos de una manera autoritaria, por esta razón, Tejada Giraldo mostraba cierto grado de obediencia en las clases y en los descansos dialogaba jocosamente con sus amigos sobre algunos profesores, hasta el punto de idealizar la belleza de una de las educadoras que hacía parte del centro educativo. Una vez ingresa al colegio León XIII, la personalidad de Juan Manuel Tejada Giraldo se va definiendo. Esa inquietud propia de un adolescente astuto lo lleva a tener un interés por el conocimiento y la lectura que será clave en su formación autodidacta. Es importante anotar que para los años cincuenta,
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municipios pequeños como El Peñol no contaban con un colegio oficial que les permitiera a sus estudiantes terminar el bachillerato; la institución de la localidad solo ofrecía enseñanza hasta tercero de bachillerato (hoy grado octavo) y si un joven quería continuar sus estudios, tenía que desplazarse a la ciudad de Medellín, o llegado el caso, a otros municipios cercanos que cubrieran las necesidades educativas presentes en la zona. Para el abogado Armando Giraldo esta situación no solo demandaba un alto costo económico para las familias, sino que también generaba en la juventud inexperta problemas de adaptabilidad y deserción escolar; particularmente, Tejada Giraldo no contaba con los recursos económicos para seguir en el sistema educativo y se vio obligado a abandonarlo.
Los años posteriores a 1950 son una etapa importante para el escritor debido a que va adquiriendo una disciplina de estudio que le permitió hacer un reconocimiento de la literatura mundial, así como de las problemáticas sociales propias de su país. Su interés por obras nacionales y extranjeras en las que se pueden citar autores como José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Stéphane Mallarmé, Jean-Paul Sartre y muchos otros, van influyendo de manera determinante en su personalidad; se vuelve un hombre de pocos amigos que disfruta en aislamiento de sus lecturas y que contrasta con una sociedad altamente conservadora.
Para el año 1957 Tejada Giraldo contrae matrimonio con Martha Aristizábal, y dicha unión, como lo señala el economista Gilberto Zuluaga, es trascendental en su vida. El autor de La segunda muerte de la tía Milita encuentra en su pareja no solo una abnegada madre con la que tiene dos hijos (Sonia y José Manuel), sino que halla a una mujer inteligente y atractiva que será su confidente hasta los últimos minutos de su vida. Martha pertenecía a una de las familias conservadoras más influyentes de su localidad y Juan Manuel, quien ya se definía como un librepensador y provenía de una familia humilde, no fue bien visto por la familia de la joven. Para aquel entonces la influencia de la Iglesia católica era determinante en la cultura y en la organización social; todos los sucesos de la vida personal, familiar y comunitaria giraban en torno al lente vigilante del clero, por lo tanto, el hecho de que un hombre tomara distanciamiento de las doctrinas cristianas, no era muy aceptado socialmente y generaba controversia.
Después de su boda, Juan Manuel vive con su cónyuge en un sector denominado Barrio Nuevo y un año más tarde (1958) comienza a dar clases en el colegio de su localidad; el ingreso como maestro a la institución educativa demuestra que la formación autodidacta de Tejada Giraldo le permitió alcanzar un importante conocimiento cultural que fue valorado por los directivos del claustro. Si bien el escritor hasta ese momento no contaba con un título
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita académico (en la época una de las exigencias que se tenía para ingresar al magisterio colombiano era ser mínimamente bachiller), su inteligencia y uno que otro guiño político de su esposa, hizo posible la contratación. Armando Giraldo manifiesta que para el año 1959 Tejada Giraldo se encargaba de dictar clases en tercero de bachillerato. Define a su maestro como un hombre serio, culto y romántico, que motivaba a sus estudiantes a escribir, que leía en buen tono poemas de Barba Jacob, que gustaba de la literatura latinoamericana y francesa y que les explicaba en qué consistía el existencialismo de Jean-Paul Sartre; a él lo orientó en una materia que recibía el nombre de “Perceptiva Literaria” y considera que la figura de su profesor fue determinante en su formación y en su gusto por la literatura.
Para mediados de la década de los sesenta el colegio León XIII ya ofrecía el grado cuarto de bachillerato y allí el autor de La segunda muerte de la tía Milita también enseñó las asignaturas de Historia e inglés. Heriberto Duque y Enrique Zuluaga, alumnos de esta época, recuerdan a su maestro como un hombre estricto que no se extralimitaba en los castigos. La educación conductista que recibió Tejada Giraldo en su infancia y adolescencia no había mostrado grandes cambios, el castigo físico era común en las aulas y había profesores que se excedían en las sanciones, sin embargo, las populares reglas de madera que describe el escritor en las primeras páginas del relato “Las putas también van al cielo”, no las empleaba para amedrentar a sus alumnos, ya que si estos generaban indisciplina, les llamaba la atención o llegado el caso, los sacaba de las aulas.
A finales de la década de los sesenta la institución educativa empieza a oficializarse, amplía su enseñanza hasta el último grado de bachillerato y Tejada Giraldo se retira de la docencia; por algún tiempo trabaja en Rentas Departamentales, asiste a varias conferencias del escritor Gonzalo Arango y para el año 1971 opta por la validación de su bachillerato. Con respecto a este último punto es importante señalar que fue su propio alumno, Armando Giraldo, quien lo capacitó en el área de matemáticas. Por aquellos tiempos Armando Giraldo había culminado sus estudios de pregrado y Tejada Giraldo, sabiendo que su discípulo lo podría asesorar en materias que no dominaba, se dispone a capacitarse para presentar sus correspondientes exámenes. Una vez alcanzados los requerimientos, obtiene su título; no deja de ser anecdótico que el día que recibe su diploma lo hace al lado de la primera promoción de estudiantes (sus antiguos alumnos) que se graduaron en el colegio León XIII. Para los primeros años de la década de los setenta, Juan Manuel Tejada Giraldo y su familia se radican en la ciudad de Medellín. Allí el escritor da comienzo a su carrera de Derecho en la Universidad Autónoma, pero no deja de tener contacto con su municipio de origen. Es precisamente en El Peñol donde conoce a Alberto Aguirre, un personaje relevante en la vida del
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escritor. Aguirre, además de ser uno de los intelectuales más importantes de la ciudad de Medellín, pertenecía al Consultorio Jurídico de la Universidad de Antioquia y a raíz de los atropellos que estaba cometiendo Empresas Públicas con una comunidad a la que se le impuso la construcción de una central hidroeléctrica en la zona, prestó sus servicios de abogado de manera gratuita. Los fines de semana en compañía de Aura López visitaba la localidad y asesoraba a sus pobladores sobre las demandas que era necesario emprender por los daños causados. De estas visitas queda como registro un libro1 y una amistad duradera con Tejada Giraldo.
En 1978 la antigua cabecera del municipio de El Peñol desaparece y Tejada Giraldo, que para aquella época ya había recibido su título de abogado, escribe, a partir de dicha temática, los últimos cuentos de su libro (“Si los muertos también se van”, “Allá en el alto de la cruz” y “Los que nunca se fueron”). Desde años atrás venía escribiendo una serie de narraciones que, así como hacían parte de un mundo ficcional, a la vez daban cuenta de sus experiencias y de los hechos históricos más relevantes de su localidad. En el cuento “La segunda muerte de mi tía Milita”, por ejemplo, describe no solo a la “nana” de sus hijos, sino también a la maestra de escuela que una vez motivó sus conversaciones juveniles. El protagonismo que tienen los caballos en muchos de los relatos obedece al recuerdo que tiene este de las labores que realizaba su padre. Las prostitutas que aparecen en los cuentos “Las putas también van al cielo” y “La buena gente” eran personajes comunes y cercanos a su adolescencia. El músico que retrata en la narración “Cantor que te vas cantando” era un talentoso y particular hombre de la época a quien conoció en la escuela de música. Las constantes referencias que en las narraciones hace del médico Demetrio Galeano Jácome dan cuenta de la afinidad que sentía por un personaje enigmático que fue asesinado en el año 1962. Igualmente, el hecho de que Tejada Giraldo fuera un hombre observador que escuchaba con detenimiento las historias y anécdotas que relataban los pobladores de la comunidad, hizo que algunos de sus relatos tuvieran como origen su contexto inmediato.
Alberto Aguirre (su padrino literario) vio en la escritura de Tejada Giraldo elementos que llamaron su atención, pues como expresa Gilberto Zuluaga, Aguirre fue la persona que lo motivó a la publicación de su libro, le ayudó con la corrección ortográfica y estilística del texto, elaboró el prólogo de la edición y debido a su vasto conocimiento, lo orientó sobre el resto de requerimientos que demandaba un proceso editorial.
1 En el año 2011 Aura López publica un texto titulado El Peñol: crónicas de un despojo, que da cuenta de las problemáticas que vivió el municipio en la década de los setenta tras la construcción de una central hidroeléctrica.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita La publicación de La segunda muerte de la tía Milita se da en agosto de 1982 y aunque esto significó un logro importante para Tejada Giraldo, una parte de la crítica literaria (periodismo) le generó cuestionamientos sobre su labor como escritor. Sin embargo, Zuluaga señala que Tejada Giraldo sabía bien que muchas de las críticas que se hicieron sobre su obra obedecían a ciertas denuncias que hacía en sus textos sobre las arbitrariedades cometidas por parte de Empresas Públicas en el municipio de El Peñol.
En los años posteriores a la publicación de su libro, Tejada Giraldo seguiría escribiendo con disciplina y alternaría su trabajo literario con otras actividades laborales que le generarían su sustento económico; en compañía de su esposa Martha establecieron una agencia de arrendamientos, donde hizo las veces de asesor jurídico.
La pasión de Tejada Giraldo era, sin duda, la lectura y la escritura. Armando Giraldo expresa que incluso las labores que pudo desempeñar como abogado litigante no fueron de su interés. Su estilo de vida era propio del intelectual que gustaba de las tertulias literarias y que veía en la escritura un medio que le permitía explorar su creatividad y sus conocimientos, por ello el trabajo que desempeñó como asesor jurídico le brindó los espacios que necesitó. Su hija Sonia Tejada Aristizábal, quien recuerda a su padre como un hombre culto y responsable, destaca también la buena relación que tuvo con su madre. Doña Martha fue una mujer de vital importancia en la vida del escritor; esta mujer que por un tiempo estuvo vinculada con la educación (fue maestra, además en el municipio de El Peñol se desempeñó como directora de la Escuela de niñas) tenía un carácter fuerte y una sensibilidad aguda que le permitió comprender la personalidad de Juan Manuel Tejada Giraldo. Lo apoyaba y disfrutaba de su escritura y de su compañía. En la década de los ochenta, cuando construyeron una casa finca a las afueras de la cabecera del “Nuevo Peñol”, visitaban con regularidad a los familiares más cercanos y realizaban uno que otro paseo por el territorio. Cuando ella percibía que su esposo iba a tomar una mala decisión, hacía las veces de consejera y en últimas propiciaba por dar equilibrio y orden a su relación.
Llegados los años noventa, la vida de Tejada Giraldo transcurre sin contratiempos. Su voluminosa biblioteca daba cuenta de las lecturas que había realizado a lo largo de los años y su disciplina le permitió escribir una serie importante de textos. Tiempo después empiezan a llegar los días difíciles; la familia tiene una crisis económica que le generó inestabilidad y para 1998 el escritor comienza a tener quebrantos de salud.
A Tejada Giraldo, que para aquel entonces contaba con 62 años, se le diagnosticó un cáncer que fue acabando con su vitalidad y energía. Esta última etapa de su vida, si bien se da en medio de una agresiva enfermedad que en pocos meses puso fin a su existencia, a la vez da cuenta de la fortaleza que
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tuvo para aceptar su muerte. Sus parientes más cercanos señalan que cuando Tejada Giraldo visitaba al médico para ver la evolución que estaba teniendo su enfermedad, se centraba más en conversar con el especialista sobre temas cotidianos. Cuando se le preguntaba por su estado de salud, ironizaba su padecimiento y hasta donde se lo permitieron sus fuerzas, se sentaba en su computador a digitar las últimas líneas de su vida.
Años atrás, en el cuento “Cantor que te vas cantando”, el autor de La segunda muerte de la tía Milita había escrito lo siguiente: Mientras los hombres damos vueltas y revueltas sobre la misma tierra, quién espera, quién desespera, quién llora, quién ríe; al fin de cuentas esperando o desesperando, riendo o llorando, a la tumba llegamos; en ella ponemos fin a todas nuestras inquietudes; adiós alegrías, adiós zozobras, porque es la hora del silencio eterno (Tejada Giraldo, 1982, p. 136).2 El escritor concebía la muerte como un proceso natural de la vida y entendía bien que el legado que dejaría a su familia y a la cultura estaba presente en su obra. Al respecto, es importante recordar que Tejada Giraldo publicó un solo libro en el año 1982 y que su interés por la lectura y la escritura le permitió recopilar, en el transcurso de varios años, otra serie importante de relatos, así como también una novela corta que para la fecha de hoy, no ha sido publicada. A partir de un cúmulo de experiencias, anhelos, sueños y angustias, Juan Manuel Tejada Giraldo configuró un pequeño universo literario, pero más que eso, reafirmó el profundo amor que sentía por su municipio de origen. La segunda muerte de la tía Milita recrea fielmente a El Peñol y sus relatos conservan viva su esencia.
Referencias bibliográficas Tejada Giraldo, J. M. (1982). La segunda muerte de la tía Milita. Lealon. 2 La segunda muerte de la tía Milita cuenta con una sola edición disponible. En consecuencia, las citas de la obra que posteriormente serán analizadas fueron intervenidas conforme a la fijación de la presente edición anotada. sin embargo, para su debida referenciación, al momento de citar solo se precisará el número de la página de la edición príncipe. I
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita C a p í t u l o i v IV Análisis de la estructura textual de La segunda muerte de la tía Milita
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Parámetros de análisis E l efecto estético que produce la lectura de una obra se asocia a una experiencia individual, a una búsqueda de sentido. Todo texto causa un “extrañamiento” en el lector, debido a que este siempre intentará estructurar una representación de los elementos que le ofrece el material artístico. En este orden de ideas, descubrir el significado de una obra implica evidenciar un enunciado o grupo de enunciados ocultos en ella a través de una labor interpretativa, debido a que el lenguaje literario, como lo plantea Shklovski (1978), “desautomatiza” los modos convencionales que se emplean en la vida corriente; sus estructuras no son las mismas que se emplean en la cotidianidad y cumplen una función estética cuando la percepción se ve obligada a detenerse en una construcción que, siendo un producto cultural, “denota” el conocimiento particular de una realidad.
Encontrar una definición única e inobjetable de la literatura no es viable. La demarcación entre lo literario y lo no literario puede distinguirse por unas formas lingüísticas que, fijadas normativamente, determinan la especificidad literaria de una obra, además, esta demarcación depende de unas normas o motivaciones sociales vigentes que actualizan dichas estructuras lingüístico-materiales del texto y le otorgan valor. Desde esta perspectiva, como lo expone Sanmartín Ortí (2006), la literariedad es, en lo fundamental, “una dimensión cambiante histórica y culturalmente, que aparece determinada por factores cognitivo-individuales y sociales” (p. 12). Al respecto, es importante anotar que el hecho de que la cualidad de lo literario esté dada por individuos o instituciones, la arbitrariedad y el sesgo que se pueden generar desde la subjetividad, se condicionan en tanto que el conocimiento de lo artístico, así como no se ancla a una única fórmula, sí tiene como base principios teóricos versátiles que permiten el estudio y análisis de un fenómeno particular. Para analizar la estructura textual de La segunda muerte de la tía Milita (1982), del escritor peñolense Juan Manuel Tejada Giraldo, se tomará como referente inicial el texto “Función, norma y valor estéticos como hechos sociales” de Jan Mukařovský (2000); allí el teórico establece y caracteriza las relaciones que se dan entre los elementos que integran una obra de arte y, a la vez, permite entender cómo a partir de ciertos rasgos, se puede definir la naturaleza literaria de un texto.
Desde los postulados expuestos por Mukařovský (2000), la función estética debe pensarse en relación con lo social, ya que es, justamente, en una
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita determinada época histórica donde se crean consensos sobre el hecho literario y se establecen patrones valorativos sobre una creación artística que, debido a un componente dominante,1 ha desautomatizado un lenguaje cotidiano para convertirlo en literario.
La obra artística, no es, de ninguna manera un ente permanente: con cada cambio en el tiempo, en el espacio o en el medio social, varía la tradición artística actual, a través de cuyo prisma está percibida la obra; y bajo la influencia de estas variaciones cambia también el objeto estético que corresponde en la conciencia de los miembros de una colectividad determinada, al artefacto material, es decir, a la creación del artista (p. 142).
Se entiende que la esencia misma del valor estético no es un estado, sino un proceso multiforme y complejo que sugiere cambios en el tiempo y que puede generar en una época dada una inestabilidad de apreciaciones: así como una obra puede afianzarse, de la misma manera puede llegar a tener una desvalorización súbita, debido a que las opiniones de la crítica y las mismas dinámicas del mercado artístico siempre actuarán como agentes normalizadores. Es claro que la sociedad crea instituciones y órganos mediante los cuales se determina el valor estético de un texto literario, y dado que la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo es una producción artística que para la época no contó con una circulación y difusión significativa —y, por lo tanto, toma distanciamiento de los cánones que la tradición literaria de la región establece—, conlleva a que en el presente trabajo se analicen, en principio, las relaciones que llevaron el texto al anonimato.
En este sentido, después de establecer los elementos sociales y culturales que determinaron una subvaloración de la obra, se pasa a estudiar, a través de las herramientas que ofrecen los estudios narratológicos, ese componente “dominante” (que se ve representado en la manera como son introducidas, por parte del autor, las temáticas, los personajes y las técnicas narrativas) que permite comprender cómo La segunda muerte de la tía Milita es portadora de una función estética que sustenta el valor del texto.
Es necesario anotar que si bien Jan Mukařovský traza, dentro de los estudios literarios, una clara línea que lleva a dimensionar cómo un producto literario (el cual hace parte de un sistema) presenta una arquitectura definida, Gérard Genette da la posibilidad de profundizar en la forma compositiva de la obra. 1 Según Mukařovský (2000), lo dominante debe ser pensado como la cualidad estructurante que fija relaciones recíprocas con el resto de componentes lingüísticos. Es decir, lo dominante se determina por la manera específica como un autor integra los elementos narrativos a la obra.
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Particularmente, Figuras III es un trabajo que da elementos para llevar a cabo dicho análisis. Genette (1989) establece que una obra narrativa es una historia que se hila a través de un discurso que se estructura por medio de tres acciones denominadas “temporalización”, “modalización” y “espacialización”, así da la posibilidad de entender cuál es el funcionamiento que Juan Manuel Tejada Giraldo le da al tiempo en los relatos. Esto permite analizar las modalidades de representación narrativa en las que se establece una enunciación determinada, a la vez que posibilita la identificación de los narradores que dan a conocer los hechos de una historia particular. Es importante decir que las figuras literarias que contiene La segunda muerte de la tía Milita se abordan bajo los planteamientos que el teórico francés propone en su obra Figuras: retórica y estructuralismo, trabajo que sistematiza diversos tropos que formalizan un discurso narrativo y ponen en evidencia los recursos que dotan de literariedad al texto. Entre el valor y la norma E s claro que las dinámicas del campo literario en una época determinada están estrechamente relacionadas con la jerarquía de los géneros literarios y con el papel del crítico como agente legitimador de diversas funciones, normas y valores estéticos que influyen en la configuración del horizonte de expectativas del público lector y en la consagración de ciertos escritores y obras literarias. A esto también hay que sumarle que el papel desempeñado por la injerencia publicitaria de grandes editoriales es determinante a la hora de enaltecer o deslegitimar un producto literario; al respecto, Mukařovský (2000) expresa que la moda es “un fenómeno económico más que estético, ejerce una influencia niveladora sobre la norma estética, por cuanto suprime la competencia de múltiples normas paralelas en función de una única norma” (p. 160). En consonancia con lo planteado, debe decirse que la valoración estética de un texto puede llegar a ser ambivalente en tanto que no es posible determinar de una vez y para siempre qué es arte y qué no lo es. La subjetividad que denota el acto valorativo, por lo tanto, solo marca sus límites cuando se entiende que la obra, intrínsecamente, es portadora de una función estética (siempre generará un efecto en el lector a través de ciertos recursos) y que la norma, debido a su naturaleza variante y evolutiva, así como actúa como agente regulador, también puede ser trasgredida.
El panorama literario de la década de 1960 en Colombia presenta unas características particulares que ayudan a comprender el papel que desempeñaba la crítica literaria; tal panorama contribuye al desarrollo del análisis. Según Marín Colorado (2014) “la tradición literaria no era otra cosa que la invención de la cultura oficial o el resultado de una suma generosa de productos, ordenados indiscriminadamente por razones geográficas” (p. 108). Se enfatiza, también, en el hecho de que los manuales literarios mezclaban, con poco
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita criterio, la historiografía y la literatura en un afán de establecer una supuesta nacionalidad. De igual forma, se cuestiona que la tradición hegemónica que caracterizaba la literatura del país hubiese puesto en una posición dominante solo autores que la academia y la crítica habían consagrado en un pasado (Eduardo Caballero Calderón, José Antonio Osorio Lizarazo, Jorge Zalamea) y que los escritores emergentes (en los que difícilmente tenían cabida mujeres), no contaran con los mismos privilegios; para Marín Colorado (2014) el esquematismo que caracterizaba la estética clasista y tradicional colombiana, con dificultad daba el viraje y validaba, así, la autonomía del arte y la figura saliente de un nuevo intelectual.
Por lo expuesto, se entiende que la preponderancia de los cánones estéticos estaba —y está— en relación directa con la jerarquía social. Mukařovský (2000) lo plantea de la siguiente manera:
Todo lo que hemos dicho sobre el proceso de creación de normas vale plenamente solo para un área particular de lo estético, a saber, aquel arte que denominamos, por falta de un término más apropiado, “el gran arte”. Es aquel arte cuyo portador suele ser la clase social dominante (p. 157). Es importante resaltar que para los años ochenta, época en la que se publica la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo, todavía se da ese escenario hermético en el que el valor de una obra literaria dependía de la responsabilidad que asumía la crítica literaria para abordar un fenómeno particular. Aunque hay que reconocer que la inflexibilidad de la norma siempre se verá doblegada ante las dinámicas cambiantes de la cultura y el arte. Si no fuera así, como lo da a entender Marín Colorado (2014), hasta el mismo Gabriel García Márquez, quien logró consagrar un trabajo artístico autónomo que se oponía a la tradición hegemónica concentrada en la capital del país, no hubiera podido posicionarse a través de propuestas que introducían elementos de la cultura popular y utilizan un lenguaje que se aleja de los estándares; todavía sería visto como el costeño, el provinciano, pero no como el colombiano universal en el que se convirtió. En síntesis, el hecho de que el canon literario sea cambiante (las autoridades que emiten juicios, a la vez modifican en el trascurso de los años sus posturas y juicios valorativos) y determinador (ejerce dominio frente a otras ideas), conlleva a la necesidad de comprender su dinámica; la misma invisibilidad de La segunda muerte de la tía Milita (1982) en un escenario literario regional y nacional, solo será dimensionada si se analizan los elementos que, de manera directa, determinaron su condición frente a la posición dominante del canon. En este orden de ideas, debe plantearse que lo canónico es aquello que se establece y es admitido como garantía de un sistema, mientras que lo marginal, “es lo que se aparta voluntariamente o lo que resulta apartado,
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porque, precisamente, no admite o no entiende la exigencia canónica” (Jitrik, 1998, p. 18). En tal sentido, como lo indica Noé Jitrik (1998), debe saberse que las causas de lo marginal obedecen a dos posturas claramente delimitadas. En una primera instancia se puede hablar de una “marginalidad programada”, entendiendo esta como un rechazo activo y consciente que, teniendo la facultad de doblegar la rigidez del aparato hegemónico, puede convertirse asimismo en canon: según el teórico, los movimientos vanguardistas y modernistas —que inevitablemente parten de la marginalidad— generaron un proceso general de cambio discursivo en la literatura contemporánea. En segundo lugar, “la marginalidad espontánea” que se aparta de los sistemas de producción coherentes con la lógica de un sistema global, encuentra más limitantes que no le permiten proponer nada en relación con lo canónico y, por tanto, pasa inadvertida.
En este sentido, y asumiendo que tanto la escritura como la crítica literaria son dinámicas, es decir, cambian a lo largo del tiempo, Jitrik (1998) plantea que no se puede hablar de marginalidad sino por metáfora, debido a que la obra que se marginaliza en un momento dado no siempre lo será; simplemente no es aceptada por el canon vigente, al que desea responder. Además, el teórico sugiere que la cualidad de marginal debería ser considerada positivamente, debido a que todo aquello que se escapa de los cánones —raramente por rechazo, más bien por decisión del autor— debería producir algún efecto y de hecho lo hace.
En cuanto al canon es, por lo tanto, algo menos y algo más que la tradición, que se le subordina en su aspecto ordenador, como un saber canalizado; en lo marginal la tradición es más bien una estructura de comportamiento que aparece bajo ciertas condiciones: los jóvenes, por ejemplo, se inician casi inevitablemente en la marginalidad y eso es una tradición (Jitrik, 1998, p. 27).
Lo planteado ayuda a entender por qué muchos autores, y obras que hoy se consideran esenciales (canónicas), algún día también pasaron inadvertidas y solo adquirieron valor con el tiempo. Itamar Even-Zohar (1990) clarifica bien el estado variante de la norma cuando en su Teoría de los polisistemas da cuenta de las tensiones que se generan entre los estratos centro-periferia (literatura canónica y marginal). Según el investigador, la continua lucha que se da entre los estratos y sistemas que ocupan el centro y aquellos otros que se encuentran en la periferia, provocan un dinamismo y evitan así una petrificación del campo literario. El sistema central, plantea el autor, siempre contendrá el repertorio canonizado más prestigioso, es decir, los modelos (leyes y elementos) que son aceptados por los círculos dominantes de una cultura y determinan la produc-
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita ción de textos (productos vehículo de aquello que dichos círculos desean transmitir y perpetuar). Naturalmente, dicho sistema central contiene un repertorio construido culturalmente y dinámico, lo que significa que sus elementos no gozan de una superioridad ontológica y que su desplazamiento hacia la periferia es posible. En este sentido, una vez que el repertorio haya sido definido en el centro, los elementos que deseen encontrarse en el sistema deberán acoplarse al repertorio o ser considerados lo suficientemente prestigiosos para establecer un nuevo referente.
Con respecto a lo planteado, es claro que los fundamentos de un arte oficial, cuyos principios productivos son congruentes con los sistemas del poder, ceden espacio ante propuestas marginadas que constituyen una opción respecto del sistema literario (hay una dimensión política implícita), otras veces, como alude Jitrik (1998), el mismo Estado puede ser el que apoye los proyectos y, en consecuencia, adopte sus formas, sin que esto, claro está, implique un apartamiento o desviación respecto de un eje literario canónico. Para simplificar, podría decirse que el canon tiene una perduración que solo se limita por un gesto crítico que disminuye su poder impositivo y que las formas racionales de articulación social y su control están en manos de generadores de poder: la academia, el periodismo, los editores y los vendedores cumplen dicha función.
En consecuencia, es claro por qué para las últimas décadas del siglo xx en Colombia se dio una ruptura definitiva con la lógica de la ciudad letrada (Bogotá), en la cual solo unos seres privilegiados, a partir de sus parámetros,2 podían emitir juicios sobre las obras. Esta labor recayó sobre una crítica literaria diversa3 que tomó distanciamiento de la lengua oficial para proclamar la validación de un lenguaje propiamente literario que se debía interpretar según sus propias reglas y su mismo contexto. Sin embargo, como lo plantea Marín Colorado (2014), esta tendencia no está exenta de dificultades: […] el acto de validación también producirá una pugna, vigente hasta la actualidad, dada entre los escritores, quienes piensan que los críticos hacen interpretaciones basadas en teorías de «moda» que desvirtúan el sentido y la «esencia» de la obra literaria, y los críticos, quienes opinan que el autor 2 La obra literaria se juzgaba de acuerdo con criterios gramaticales (el correcto o incorrecto uso de la lengua).
3 La apropiación de un lenguaje técnico (especializado) para abordar la obra literaria da muestras de la importancia que tuvo para la crítica especializada, la fundación de revistas que profundizaban en los estudios de autores latinoamericanos y extranjeros. La revista Eco es un ejemplo de ello.
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no está autorizado para interpretar su propia creación y que este ejercicio se debe dejar en manos del «especialista» (Marín Colorado, 2014, p. 109). Frente a esta disyuntiva es necesario decir que la crítica literaria aparece en las sociedades modernas como una especie de testigo necesario, y a la vez casi permanente, que tiene la capacidad de influir de manera categórica sobre los hábitos y en los modos culturales de su entorno. El crítico como agente regulador, haciendo uso de su capacidad intelectual, siempre intentará instaurar una valoración sobre la proyección cultural que tiene un producto literario determinado, no obstante, este ejercicio puede llegar a ser controversial e infortunado si los análisis que arrojan los estudios están matizados por intereses concretos o limitaciones conceptuales generalizadas. Por eso Mukařovský (2000) expresa que La obra artística es una aplicación no adecuada de la norma estética, de modo que su estado actual no se altera por una necesidad involuntaria, sino intencionalmente y por esto, generalmente de una manera muy sensible. La norma es transgredida continuamente (p. 171). Sin deslegitimar la fundamental tarea de los estudios literarios, que sí analizan con rigor los textos y contribuyen al entendimiento de sus estructuras y temáticas, se enfatiza en los desaciertos que también pueden contener a razón de que la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo recibe de la crítica (periodismo literario) una valoración que, tras su revisión, permite igualmente la confirmación de las ideas que a lo largo de las presentes páginas se han presentado. En este sentido, hay que aclarar que el juicio valorativo que se da a la obra de Tejada Giraldo, proviene de un artículo periodístico publicado por El Mundo en febrero del año 1983 y que el análisis que se desarrolla en no más de quinientas palabras, no corresponde a un estudio riguroso, sino a una visión parcializada que, sin atender (ni entender) los verdaderos componentes de la obra, trata de restarle mérito a la composición.
Para el año 1983 el municipio de El Peñol todavía no se ha repuesto del impacto social que generó la desaparición de su cabecera urbana tras la construcción de una central hidroeléctrica por parte de Empresas Públicas de Medellín. Además, el incumplimiento de los acuerdos que había pactado la empresa energética con la población es un tema que se maneja con sigilo y ocultamiento en la esfera pública. Por dicha razón, no es extraño entonces que Ernesto Ochoa Moreno elaborara una crítica4 de un texto literario en el que 4 Acá el término “crítica” no referencia un estudio literario, sino un rechazo a una producción artística.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita tres de sus relatos puntuales denuncian sin reservas los atropellos cometidos. Aunque el columnista centra su análisis en los relatos que reseña, su objetividad frente a ciertos temas no deja de ser cuestionable. Entre los limitantes que referencia Ochoa Moreno (1983) se alude al reduccionismo temático que contiene la obra. Según el periodista, la totalidad de los cuentos de los que se compone La segunda muerte de la tía Milita da cuenta de una situación específica: la inundación y desaparición del viejo pueblo de El Peñol. La angustia de ese pueblo condenado a morir se hace vivencia de muerte, de lucha contra la muerte, de tozuda búsqueda de resurrecciones de los personajes de Tejada. Pero se convierte al mismo tiempo en una peligrosa temática que acaba por desintegrar la narración y dejar al descubierto las debilidades técnicas y literarias del autor (Ochoa Moreno, 1983, p. 16b).
La anterior afirmación no encuentra sustento debido a que el columnista deposita su atención, desde una lectura simplista, en tres relatos —de los catorce que componen la obra— que centran sus temáticas en la destrucción de un pueblo. El análisis sociocrítico que se ha llevado a cabo de esta obra, muestra cómo desde distintas ópticas el autor ha logrado integrar, en diferentes historias, elementos que por su trascendencia guardan correspondencia con los procesos dinámicos de la cultura y la sociedad. De este modo, hacer visible la importancia de antiguos caminos (Islitas) que fueron trascendentales para el desarrollo económico de la región, denunciar la pobreza que es producto de la inoperatividad de reformas agrarias establecidas, la violencia ejercida por distintos actores, el predominio de una cultura patriarcal y el papel que ejerce la Iglesia dentro de una cultura de predominio conservador, no pueden verse agotados frente a temas, que reafirmando su valoración, devienen de la construcción de una central hidroeléctrica en la zona; esa “peligrosa temática” a la que alude Ochoa Moreno, como todas las anteriormente nombradas, tienen autonomía y a la vez estrecha relación con todos los componentes del libro. Por otra parte, sugerir que “[…] aunque la obra no es costumbrista, a menudo sí deja ver rasgos de literatura costumbrista […] y no deslinda bien entre el soliloquio y el monólogo como técnica narrativa” (Ochoa Moreno, 1983, p. 16b), pone en entredicho el conocimiento literario que posee el crítico, ya que es bien sabido que las obras de carácter realista,5 como es el caso del libro de 5 Se atiende a un mundo exterior que es descrito de manera objetiva, fiel y precisa. El estilo tiende a ser natural y la lengua se adapta a la situación y a la condición de vida de los personajes que son introducidos en las historias. Los temas propuestos son variados y buscan la crítica social. Además el autor, a través de los narradores, adquiere una actitud objetiva e impersonal que le
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Tejada Giraldo, se nutren de otras tendencias artísticas que enfatizan en la tradición y el folclor, pero como lo expresa Alberto Aguirre6 (1982) en el prólogo que le hace al libro, “no caen en el tipismo” (p. 3). Asimismo, una de las fortalezas de los relatos se traduce en el hecho de que el autor no solo integra a sus historias el monólogo y el soliloquio7 de manera paralela, sino que además el escritor introduce dentro de los diálogos esas voces en apariencia inconexas, es decir, es tarea del mismo lector deslindar los recuerdos de los personajes de la voz activa y comunicante del narrador. Esta tendencia será analizada con más propiedad en el posterior apartado, pero como se puede ver en el siguiente fragmento, en muchas ocasiones, incluso, no hay delimitación clara de las voces y, este recurso que se aplica de manera consciente, lejos de debilitar la estructura narrativa, desde un acto trasgresor de la norma, antes la fortalece: Pero usted está loco, Nicanor, ¿cómo cree que esto es arte? Pues ya verá, Reverendo Padre Rufo, el arte no debe copiar a la naturaleza sino corregirla y superarla. Mire, por ejemplo, este caballo verde. ¿Un caballo verde? ¡Pero si no los hay de ese color! Eso es lo que yo digo, no los hay, por ello el artista los tiene que crear. ¡Todo eso va contra las leyes de la naturaleza! ¡Exacto, Padre Rufo! El arte no debe someterse a ellas sino que las corrige para que todo sea más bello (p. 127).
Cabe señalar que la interpretación que hace el periodista de la obra literaria pudo llegar a generar impactos negativos que instigaron, en un público lector, el prejuicio frente al material artístico (el horizonte de expectativas tiende a ser cambiante). También hay que precisar que los efectos que se desprenden del artículo de opinión, no son los únicos factores que determinan la marginalidad de La segunda muerte de la tía Milita. La falta de estudios literarios comprometidos que analicen con rigurosidad la esencia narrativa del libro de Tejada Giraldo, es producto de una problemática más compleja que apunta a permite recrear diversas situaciones que hacen parte de los relatos. 6 Personaje de gran importancia dentro del escenario intelectual del país: fue abogado, profesor universitario, magistrado del Tribunal Superior de Medellín, gestor de la librería Aguirre, del Cine Club de Medellín, columnista de periódicos como El Espectador, El Diario, El Colombiano y El Mundo. Fue, además, el primer editor de El Coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, de algunas obras del poeta León de Greiff, del novelista Arturo Echeverri Mejía y del Libro de los viajes o de las presencias, de Fernando González Ochoa. 7 Ambos conceptos guardan una estrecha correspondencia que en ocasiones es difícil delimitar. No obstante, lo que sugiere el periodista, es que Tejada Giraldo hace un mal uso del soliloquio (entendido este como la reflexión interior por medio de la cual alguien expresa, en voz alta y estando a solas, sus pensamientos) a raíz de que, supuestamente, los discursos extensos que pronuncian algunos personajes no permiten la intervención de otros.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita una situación específica: fue escrito por un autor desconocido de un municipio pequeño que no contó con una circulación y difusión significativa. Se concluye que para la época, si bien Tejada Giraldo se encontraba dentro de un círculo literario donde referentes cercanos como Alberto Aguirre lo orientaron en las dinámicas que tenía el mercadeo del libro y apoyaron su propuesta desde la corrección estilística y el prefacio acertado de la obra,8 la escasa participación del escritor peñolense en la vida cultural de la ciudad de Medellín lo hicieron imperceptible.9 Además, es necesario tener presente que la misma esfera intelectual de su municipio de origen (aquella que podría valorar su trabajo), para las fechas de publicación del texto, ante la diáspora que generó la destrucción del “viejo pueblo”, era casi inexistente; los pocos individuos que tenían las herramientas para interpretar la narrativa de Tejada Giraldo se enfrentaban a un problema mayor: ante los anclajes socioculturales fracturados tras la destrucción del antiguo poblado, sus esfuerzos se centraban en tratar de darle significados a nuevos recintos y espacios que los dotaran nuevamente de identidad. No se puede dejar de lado el hecho de que el número de ejemplares publicados no superó las quinientas unidades, situación que no solo ayuda a dimensionar qué porcentaje poblacional leyó el libro, sino que también invita a pensar en los altos costos que acarreaba para el autor una publicación que no contó con el apoyo económico y publicitario de una casa editorial. “La dominante” y su representación en los relatos L a obra literaria se constituye por medio de las relaciones que establece con un sistema, se define en virtud de su posición particular en el mismo, hasta el punto de que los valores preexistentes legitiman su naturaleza. En este sentido, la figura piramidal que se traza define con claridad sus componentes: el material verbal (aquel que causa un “extrañamiento” en el lector, “desautomatiza” un lenguaje estándar y “denota” una serie de marcas significantes) es la base del texto. Dentro de esta escala, el segundo elemento que cobra importancia es la forma compositiva que se comprende como la forma en que se estructura el material en función de un contenido (la dominante). Finalmente, la forma arquitectónica, que se ubica en la cima y referencia la transmisión de una ideología, es reflejo del conocimiento particular que instaura un autor en su obra. En esta parte del trabajo se intentará comprender cómo Juan Manuel Tejada Giraldo hila su discurso a través de ciertas técnicas y recursos narrativos, 8 Aguirre plantea que la obra mantiene unidad narrativa. Igualmente, destaca la capacidad que tiene el autor para registrar su realidad inmediata y la fuerza de la voz narrativa que relata las historias.
9 Cuando la cabecera municipal de El Peñol es inundada, Tejada Giraldo se radica en Medellín, ciudad donde publica su única obra: La segunda muerte de la tía Milita.
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es decir, la atención se centrará en el análisis de la forma compositiva de la obra. Para ello se parte de la siguiente definición de ese factor “dominante”: Se trata de una unidad sui generis, que solía definirse en la estética por la etiqueta de «unidad en la diversidad», unidad dinámica que nos hace sentir, simultáneamente, la armonía y la disarmonía, la convergencia y la divergencia. La convergencia se basa en la orientación hacia la dominante; la divergencia, por la resistencia con que el fondo inerte de componentes no actualizados se opone a dicha orientación (Mukařovský, 1977, p. 183).
Es necesario precisar que la concepción de “la dominante” que referencia Mukařovský, se centra en el estudio del lenguaje poético y su relación con la lengua literaria (culta, general). Desde este punto de vista, resulta diciente que el autor no considera el lenguaje poético como un tipo o subtipo de la lengua culta, sino que define este como un “fondo” del que se deriva la infracción estética intencional de sus componentes, es decir, el lenguaje poético destaca el papel de la llamada actualización como fuerza social dinámica que se contrapone al empobrecimiento y carácter esquemático de la visión y el pensamiento convencionales.
En consecuencia con lo planteado, la obra literaria cumple una función estética al romper el esquema convencional de la lengua estándar, y las estrategias empleadas para tal fin pueden ser diversas al adquirir formas que pueden ir desde el empleo de recursos retóricos, uso definido de tiempos, establecimiento de modalidades de representatividad narrativa, la exploración de voces (narradores) en una situación de enunciación, hasta temas de índole estilístico que parten de rasgos propios y particulares de un autor. Se comprende que hay una serie de factores que pueden ser materia de análisis y, en este sentido, se parte del manejo del tiempo que Tejada Giraldo le da a los relatos que componen su obra, ya que de esta manera se verificarán, a través de un texto concreto, las estrategias narrativas que propone el autor. El tiempo en la obra E studiar el tiempo de un relato, como lo propone Gérard Genette (1989), es analizar las relaciones entre el tiempo de la “historia” y el tiempo del “relato”. Según el teórico, ambos tiempos no son iguales a raíz de que el tiempo de la “historia” es, por así decirlo, el tiempo real en que sucedió dicha “historia” (sea imaginaria o no), mientras que el tiempo del “relato” es el orden que el autor escoge a la hora de narrar los acontecimientos; un texto específico puede presentar relaciones de isocronía (igualdad temporal) y anacronía (desfase temporal).
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita La isocronía se da cuando un personaje de una historia particular, expresa aquello que vive en una secuencia de pensamientos. Este flujo de la conciencia (monólogo interior) hace que el lector asista a la actividad mental de quien transmite el mensaje. Por su parte, la anacronía, que es desfase entre el tiempo de la “historia” y el del “relato”, puede orientarse hacia el pasado (analepsis o flashback) o hacia el futuro (prolepsis). El estudio de estas fases se hace posible según el alcance de las mismas, esto es, la distancia temporal del “presente” narrativo a la que llegan dichos avances o “retrocesos” narrativos, o según la amplitud: la mayor o menor duración de la historia a la que lleva la analepsis o prolepsis en cuestión. Después de caracterizar ciertos elementos que permitirán llevar a cabo el análisis, es importante mencionar, igualmente, las particularidades propias de la literatura latinoamericana de los años sesenta y setenta. Según María del Carmen Mauro (2007), el llamado “Boom” se dirige primordialmente hacia un comportamiento del lenguaje y los niveles de la composición narrativa como otra posibilidad de crear juegos ficticios; los autores transgreden las estructuras verbales y su fidelidad se da con el texto mismo. Para Mauro, obras como Pedro Páramo, El astillero y Cien años de soledad presentan un comportamiento autónomo del lenguaje que se acompaña con niveles similares de composición argumental. Se rompe la linealidad de la historia y la aproximación a la realidad se diversifica hacia dentro y hacia fuera, busca la totalidad hacia atrás y hacia delante en el tiempo, porque importa crear un espacio y un tiempo coherentes. La imaginación, se explica, inunda las estructuras narrativas hasta convertirlas en entidades autónomas. Todo nace fraccionado y luego se montan las distintas fracciones, secuencias o niveles y, para ello, se utilizan todos los recursos psicológicos, mecánicos, intuitivos, históricos y reales para hacer coherente cada montaje.
Dentro de este estudio, la anterior referencia se hace importante por dos razones específicas: primera, es necesario entender que Juan Manuel Tejada Giraldo estuvo influenciado por la narrativa de autores como Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez y que muchos de los recursos narrativos que emplearon dichos escritores se ven reflejados en la obra del autor peñolense. Por otra parte, si bien La segunda muerte de la tía Milita recrea un escenario real (El Peñol) y no mítico como Comala, Santa María o Macondo, tiene un afán de buscar unidad a través de fracciones narrativas (relatos) que manejan una temporalidad definida que rompe con la línea del tiempo de las propias historias. Frente a este asunto es necesario plantear que la obra de Tejada Giraldo se presenta como un compilado de cuentos en el que sus componentes presentan independencia y sentido completo, no obstante, es importante aclarar que muchas de las narraciones guardan correspondencia entre sí, lo que hace que el libro presente unidad. Así lo plantea Alberto Aguirre (1982) en el prólogo que le hace al libro:
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Así, en tan diversas situaciones contadas, se impone al final, como conjunto, la unidad de un texto. “La segunda muerte de la Tía Milita” es un libro, tiene una perspectiva unitaria, mantiene la unidad narrativa. No son cabos dispersos. Cada uno tiene su matiz y su reflexión, pero el conjunto impone una presencia (p. 3).
En este orden de ideas, es importante resaltar que la misma obra presenta, dentro de su estructura, un ordenamiento claramente definido que permite comprender que hay un trato especial en el manejo que se le da al tiempo. No es coincidencia, por lo tanto, que el primer cuento de la obra (“Si los muertos también se van”) sea la continuación del relato número dos del libro (“Allá en el alto de la cruz”). No es fortuito que el sexto cuento del compilado (“Los que nunca se fueron”) continúe la temática de las dos primeras narraciones. No es casualidad que el noveno relato (“La buena gente”), se vea en la primera parte de la quinta narración (“Las putas también van al cielo”). De igual modo, no es un asunto del azar que el cuento número doce (“De golpe el último golpe”), opere como antesala del relato trece (“Misión cumplida”) y que muchos personajes10 y escenas se hagan reiterativos dentro de las otras narraciones: Pero ya no estaríamos en la Curva de los Dragos, árboles tan bellos de día, pero tan tétricos de noche, porque aquí asustan de noche. Primero apareciste tú, Ana, repartiendo, y a los pocos días apareció el espanto envuelto en una sábana blanca dando ayes profundos, salidos del mismo infierno, quejidos que le hielan a uno la sangre (pp. 82-83). Lo que más nos enverracaba era que esos carajos de muchachos fueran por ahí llamándonos ladrones. ¡Eso sí no se los perdonamos, Froilán! Eso no. Entonces fue cuando aparecieron los dos fantasmas envueltos en sábanas blancas y dando tristes alaridos, tan tristes que hasta [a] nosotros mismos nos daba pesar (p. 213).
Estos fragmentos que en su correspondiente orden pertenecen al cuento quinto y duodécimo de la obra, muestran cómo relatos que incluso difieren en sus líneas de sentido, entrelazan algunas escenas comunes y las aclaran. El solo ordenamiento que tienen los relatos en el libro altera la linealidad temporal de la obra, la cual, de haber mantenido con regularidad la conectividad temática, quizá se habría concebido como novela. Sin embargo, entendiendo que los relatos conservan unidad de estructura (y por lo tanto de sentido), 10 El padre Rufo, personaje controversial dentro de las historias de Tejada Giraldo, se halla presente en diez de las catorce narraciones.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita se realizan las siguientes observaciones a partir de los postulados que ofrece Genette (1989).
Al rastrear las isocronías en la obra, se halla que aquellos monólogos que pueden generar una igualdad temporal, aunque están presentes en varios relatos del texto, aparecen con más insistencia en dos cuentos específicos: relato nueve (“La buena gente”) y once (“Más allá de la locura”). ¡Qué caso! Dizque loca yo por ir diciéndoles la purita verdad a estos nobles señores, que de tanto ser buena gente los tuvieron que nombrar Caballeros del Santo Sepulcro. ¡Ja-ja-ja! La risa que me da al verlos hoy tan respetables, lo bien que les ha ido en los negocios, la familia tan honorable que están levantando, porque este hijo tan inteligente tiene que ser cura o doctor en cualquier cosa. A los hijos no es sino darles buen ejemplo y salen igualitos a sus padres. Claro que salen igualitos, porque ellos también como sus padres van a medianoche a tocarle la puerta a la tal Ana, todos borrachitos. ¡De noche y borrachos! Buscan las sombras de la noche por temor a ser descubiertos, y beben aguardiente para ahogar la ve[r]güenza y encapucharse con la hipocresía que los hace tan buena gente, sobre todo, para poder decir al día siguiente: borracho no vale (p. 139). Este fragmento que se abstrae de la narración titulada “La buena gente”, pone en evidencia cómo amplios discursos hacen parte del flujo de la conciencia de un personaje y trasladan al lector a una temporalidad que sigue el ritmo de la actividad mental del emisor de dicho mensaje. No obstante, este recurso narrativo tiende a ser parcial a raíz de que se introducen voces que, por sus características, tienden a mostrar una alteración del tiempo narrativo. —¡Estás loca de remate! ¿Cómo te atreves a decir semejante bestialidad? […] Le aseguro que yo deseaba ser como la señorita maestra, o como doña Clara, o como sor Inés; ¡tan linda que era sor Inés!, cómo me animaba para que algún día fuera una monjita como ella… Tuve muñecas de trapo y sueños de niña, hasta cuando la pobreza y enfermedad de mi padre nos fueron trayendo hambre y más hambre, y por ahí derecho tenía que aparecer ese maldito don Juan haciéndome trizas, arruinando mi vida, asesinando a la niña que ya se ensayaba a ser mujer (pp. 142-143). La anterior cita que se abstrae del relato sobre el cual recae el análisis, muestra, por ejemplo, cómo se introduce una prolepsis homodiegética11 o 11 Según Genette (1989), este tipo de prolepsis o anticipaciones pueden ser completivas (si llenan por adelantado una elipsis o paralipsis posterior) o repetitivas (si narran cosas que luego volverán a ser narradas).
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anticipación de un hecho. La referencia a un hombre llamado don Juan que marcó la vida de la mujer que narra la historia, se hace presente en las primeras páginas del cuento, sin embargo, es solo al final de la narración cuando la historia se centra en develar dicho acontecimiento. Por otra parte, la analepsis interna homodiegética12 que se integra a la misma narración, gira en otro sentido:
De lo que más me acuerdo es de la mirada que me echó el Viejo Ruperto, se quedó mirándome así, largamente, hasta el punto de que yo pensé que me iba a decir algo muy importante, y sí que me dijo: —Las mujeres como tú son males necesarios. Sentí la puñalada, porque no soy bruta, yo entiendo las cosas de la vida, por eso es que soy como soy, por eso es que digo las cosas sin tapujos. (p. 144). Aquí la mujer que cuenta la historia evoca, a través del recuerdo (analepsis), una escena particular que vivenció con un personaje que permitió el establecimiento de un diálogo desafortunado. Igualmente, debe decirse que la reminiscencia que se hace es producto del nuevo encuentro que tiene con el personaje (alcalde) y que la presencia de un pasado adverso es el que centrará, de ahí en adelante, el interés de toda la historia.
En este sentido, entendiendo que todos los relatos de los que se compone La segunda muerte de la tía Milita buscan alterar la linealidad del tiempo narrativo a través de diversas estrategias, se establecen de manera general, las siguientes nociones que ayudan a dimensionar el dominio temporal que tuvo Tejada Giraldo en la construcción de su obra.
Se precisa que el tiempo fluye de forma alineal, circular y caótica en las narraciones que componen la obra de Tejada Giraldo. En la introducción de seis de los cuentos se encuentran prolepsis que cumplen una función clara al determinar que la importancia de lo que se relata no radica en comunicar que se llevó a cabo un hecho violento, trágico o natural, sino que la riqueza narrativa se centra en develar las situaciones que determinaron la eventualidad. De este modo, el cuento titulado “Allá en el alto de la cruz”, que inicia con las siguientes palabras: “—¡Mataron a don Fermín Galloooooo…!” (p. 23), anuncia un homicidio, pero oculta, en principio, la información relacionada con el caso, es decir, es tarea del lector reconstruir gradualmente el escenario y los móviles del crimen. En este mismo sentido apunta el relato “De golpe el último golpe”, que inicia la disertación de la siguiente manera: “Para qué negar que Froilán 12 Este tipo de analepsis introduce una historia relacionada con situaciones que ya se estaban narrando en la primera parte del relato.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Montoya y yo fuimos grandes amigos. ¡Para qué negarlo! No obstante ser tan buenos amigos, a este Froilán Montoya tuve que matarlo yo” (p. 205). Por su parte, la narración titulada “Misión cumplida” retrata un justiciero a quien en la primera línea del relato su víctima le expresa: “—Déjame arrepentir un poco más” (p. 217). Es decir, la historia se adelanta a los hechos a razón de que se parte de una escena (posible asesinato de un hombre) que solo al final será esclarecida. El relato “Cantor que te vas cantando” muestra también la tendencia; el texto comienza con el anuncio de que un hombre falleció: “—Murió don Nicanor. Vaya, vaya… Conque murió don Nicanor Quinchía” (p. 125) y progresivamente se configura el semblante de un artista de gran actividad social que llega a su deceso. Caso similar ocurre en “Con esa cara que tiene”, cuento que comienza con la redada que unos agentes de la fuerza pública le tienden a un presunto criminal: “Los policías se acurrucaron al borde de la quebrada Peñolcito, bebieron agua en el cuenco de la mano, y luego se mojaron la cabeza” (p. 61). Luego, en forma gradual, se brinda información que permite dilucidar por qué se llevó a cabo dicha acción y posterior tortura del hombre. Igualmente, la narración titulada “Si los muertos también se van”, merece ser referenciada a razón de la particular introducción que se integra al relato: Anoche sentí en lo más profundo del sueño un golpeteo rítmico, por allá muy lejos, que lentamente se fue haciendo nítido, como cascos de caballo tamborileando sobre el cuero de la noche. Cuando el galope era ya más contundente, apareció, asomándose por la ventana, el Caballo Alazán, aún sangrando por la profunda herida que se hizo cuando se suicidó, tascando el freno en una mascadera infinita […]. Entonces fue cuando vi al Viejo templándole las bridas y calmándolo con palmaditas en la nuca (p. 7). Como se puede apreciar, el fragmento parte de un sueño y el énfasis que se le da a las palabras recae sobre una historia un tanto extraña donde un caballo se suicida y aparece el fallecido padre del protagonista. En consecuencia, se resalta la integración de una prolepsis homodiegética13 que se anticipa a los acontecimientos, ya que si bien la referencia proviene de un estado inconsciente del narrador, la misma historia develará, a la postre, que los elementos nombrados no eran simples ensoñaciones.
Cabe anotar que los relatos referenciados, a la vez, presentan dentro de la estructura narrativa otros cambios temporales que son producto de la integración de analepsis. En este orden, a continuación solo se plantearán unas consideraciones finales sobre algunos cuentos que no han sido citados. 13 Se narran situaciones sobre las cuales en un futuro se vuelve a hacer énfasis.
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Resulta diciente que los protagonistas de muchas historias den un salto al pasado al evocar sus recuerdos. Este tipo de analepsis tiene un significado especial debido a que los personajes que propone Tejada Giraldo en el libro, por lo general, son sujetos que están marcados por un pasado adverso que condicionó sus existencias a la exclusión y el anonimato. En este sentido, los recuerdos se convierten en marcas narrativas constantes que sitúan al lector en un espacio-tiempo determinado, contribuyendo así a la articulación de informaciones que se brindan de manera fraccionada. Un relato como “La hora llegada”, por ejemplo, referencia el arrepentimiento que padece una mujer y a la vez genera un cambio de temporalidad que se dirige a sus años de juventud: “Y recordar cómo empezó todo: me guiñaba el ojo y yo haciéndome la desentendida. Así fuimos cayendo en la trampa que nosotros mismos nos tendimos” (p. 49). Un cuento como “Más allá de la locura”, después de dar comienzo con la noche de bodas de una joven pareja, explica en páginas posteriores, el origen de la unión: De tanto hablar resultan queriendo a Miguel, sin que yo pueda quererlo de verdad, de persona a persona, porque eso que llaman amor lo van haciendo ellos conversando conversando, hasta llegar a la conclusión que el tipo es un buen tipo, y solo me dicen: viéndolo bien, el tal Miguel es bastante pobre pero un buen trabajador, ahora conseguir hombres laboriosos y juiciosos es muy difícil, de manera, pues, Susana, que te casarás con él en junio (p. 169).
Por su parte, una narración como “Pobres gentes del campo” describe, en principio, problemáticas referentes a la injusticia y al abandono estatal, para posteriormente rememorar la armonía de los años pasados e hilar su discurso en dicha temporalidad: “Indalecio era un hombre fuerte y los chicos comenzaban a crecer vigorosos. Las sementeras estaban plenas de promesas para después llegar el tiempo de las cosechas” (p. 236). Finalmente, un cuento titulado “Los que nunca se fueron”, el cual hace una fuerte crítica a la construcción de una central hidroeléctrica que generó la destrucción de un pueblo, después de metaforizar por medio de una pesadilla la realidad social, hace un retroceso y recuerda quién fue el anunciador de la tragedia:
Entonces fue cuando apareció Manuelito Loco arengando al pueblo con palabras iluminadas, pero las gentes no le quisieron entender su mensaje y hacían burla de él hasta despertar sus iras, y lleno de furias atropelladas les mostraba los gallinazos, que de todas partes venían a velar a la Madre, posándose en cualquier parte a esperar, les decía que esos animales les sacarían los ojos (pp. 102-103).
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita En síntesis, los cuentos que integran La segunda muerte de la tía Milita, a través de distintos recursos (analepsis, prolepsis), alteran la linealidad temporal de los relatos en un afán de romper con los convencionalismos que se desprenden de los conceptos tiempo, espacio, principio y fin. El establecimiento de una no linealidad narrativa, en consecuencia, surge de la necesidad que tiene el autor de concebir historias que proyecten un nivel de comunicación complejo que demande detenimiento y atención por parte del lector. Modalización y voz del relato G enette (1989) plantea que la modalización da cuenta del punto de vista más o menos limitado desde el cual se narra la historia y, en este sentido, la perspectiva y la distancia actúan como factores determinantes en la regulación de la información que se brinda en una obra literaria. La distancia, según el teórico, presenta dos variantes que se denominan imitación (showing) y narración (telling). En La segunda muerte de la tía Milita dichos conceptos pueden ser asimilados si se entiende que los monólogos que presentan algunos relatos pueden crear una ilusión parcial en la que quien relata parece que estuviera contemplando directamente una realidad que se cuenta a sí misma sin la mediación de un narrador; este recurso recibe el nombre de mímesis o showing. Por su parte, el telling, que es más común a la obra, radica en el hecho de que hay un discurso narrado o contado, que implica una presencia muy marcada de la instancia narrativa, es decir, aquí el narrador interviene constantemente en los diálogos y da la dirección de la historia. Obsérvese al respecto cómo en el siguiente fragmento se da una explicación de la información previa que ofrece un personaje:
—¡A este pueblo se lo va a llevar el putas! Gritó el Loco Manuelito y lo metieron a la cárcel.
Eso fue de veras. Porque de El Peñol ya no está quedando nada. En las calles, que ya no son calles, solo quedan los huecos de casas demolidas, pedazos de tapias amontonados, techos trizados y venidos abajo como una fe destruida. Escombros, como muertos arrumados (p. 12). En cuanto a la perspectiva, se explica que consiste en la adopción o no de un punto de vista restrictivo por parte del narrador y que puede presentarse de tres formas. La primera de ellas alude a la implementación de un narrador que sabe más que los personajes que cuentan la historia (relato con narrador omnisciente). La segunda, moviliza a un narrador que sabe exactamente lo mismo que los personajes que forman parte de la historia que se cuenta (relato con punto de vista). Finalmente, se propone un narrador que sabe menos que los personajes que forman parte de la historia (relato objetivo).
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Antes de puntualizar en la voz narrativa, es necesario observar una alteración de perspectiva que presenta cierta regularidad en la obra. En este orden de ideas, la “omisión lateral”, que consiste en dar menos información de la que en principio es necesaria para comprender plenamente el sentido de la historia, se hace presente en La segunda muerte de la tía Milita a través de la introducción de informaciones que al omitir una acción, hecho o pensamiento, provocan en el lector un cierto placer estético o esfuerzo intelectual. Al respecto, tómese como ejemplo una escena que corresponde al relato titulado “Más allá de la locura”:
Lástima que ni Miguel, ni Manuel, ni Isabel hayan visto esta fiesta que no se repetirá jamás en este pueblo. ¡Ah… lo que alcanza la constancia! —¡Ajá! ¡Ya van tres! ¡Y eso que de Isabel nada se sabe! —¿Cómo así que ya van tres, Víctor?
—Pues que ya van tres… A pesar de que le ruego a Víctor que me explique eso de que ya van tres y que de Isabel nada se sabe, sale riéndose, sin decirme nada (p. 202). El fragmento que se abstrae del relato cobra relevancia debido a que la mujer que narra la historia es un personaje trastornado, a quien otro individuo demente le insinúa que su esposo y dos de sus hijos yacen muertos. En consecuencia, al no brindarse una información clara y coherente sobre los hechos, es el mismo lector quien tendrá que relacionar datos y llegar a conclusiones. Ahora bien, analizar la voz del relato, como lo referencia Genette (1989), implica comprender quién y en qué circunstancias se está llevando a cabo la enunciación dentro de la historia narrada. En este sentido, la “instancia narrativa” comprende las relaciones desde las cuales el narrador cuenta su historia y el “tiempo de la narración” indica el momento desde el cual se narra el relato. En lo que respecta al “nivel narrativo”, esto es, a las relaciones que el narrador mantiene con la historia que cuenta, el teórico distingue tres tipos de relaciones básicas: “extradiegéticas”, si el narrador es alguien —definido o no— externo a la historia que narra; “diegéticas” (o “intradiegéticas”), si el narrador es interno a la historia que narra; y “metadiegéticas” (o “relato en segundo grado”) si el narrador es un personaje que estando dentro de una historia cuenta, a su vez, otra historia.
En el mismo sentido, se plantea que se pueden determinar dos tipos de narrador en función de la actitud narrativa escogida. El narrador heterodiegético es aquel que se halla ausente de la historia que cuenta, mientras que el narrador homodiegético es aquel que está presente como personaje en la historia que narra. Se precisa que dichas categorías se pueden combinar y su resultado son cuatro estatutos narrativos: el primero de ellos alude a un narrador
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita extradiegético y heterodiegético que no habla desde dentro de la historia que está narrando y, además, no tiene nada que ver con la historia que narra, puesto que el narrador no está contando su propia historia. En segunda instancia, se halla un narrador extradiegético y homodiegético donde un personaje determinado puede estar implicado en el relato que se narra, pero no referencia su historia de vida. Seguidamente, se distingue un narrador intradiegético y heterodiegético en el que alguien narra una historia, pero parece estar ausente de la misma. En cuarto y último lugar se encuentra un narrador intradiegético y homodiegético, que es quien narra su propia historia. En concordancia con lo planteado, es importante anotar que los relatos de La segunda muerte de la tía Milita muestran, en un nivel narrativo, ciertas características comunes que posibilitan determinar el papel que cumplen los narradores en las historias. De los catorce cuentos que presenta Juan Manuel Tejada Giraldo en su libro, once de ellos son relatados por un narrador intradiegético, mientras que tres se encuentran mediados por un narrador extradiegético. En este sentido, se aclara, a la vez, que las instancias narrativas que proponen algunas historias no solo combinan ciertos estatutos, también introducen otros elementos que ameritan análisis.
Si se parte de un relato titulado “Por eso no me gusta”, se halla que el mismo narrador intradiegético-homodiegético es poco común:14 quien cuenta la historia es un muerto que con detalle devela los pormenores del crimen y explica la manera como su victimario es arrestado. Igualmente, resulta dicente que se integren otras voces a la principal, ya que de esta manera se da secuencia a lo narrado.
La gente se apretujaba a mi alrededor, todos querían ver mi cuerpo macheteado. Tú mismo te empinaste por encima de los demás para ver qué tan muerto me habías dejado, y dijiste:
—¡Caray! Lo volvieron añicos… Después colaboraste con las autoridades en el levantamiento del cadáver, haciéndote el yo-no-fui. Incluso ayudaste a traer mi cuerpo hasta mi propia casa, envuelto en ruanas, entre ellas estaba la tuya (p. 158). El hecho de que se introduzcan voces (otras veces diálogos) en el relato, permite al narrador integrar personajes que juegan un papel trascendental 14 En un análisis que llevó a cabo María Jesús Orozco Vera (1989) sobre la novela La Amortajada, de María Luisa Bombal, la investigadora expresa que hasta Borges dio a entender, después de leer el libro de la artista chilena, que no era tan verosímil que un muerto narrara su historia, debido a que era complejo mezclar lo real con lo sobrenatural, pero que verosímil sí era el producto de la imaginación.
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dentro de la historia. En otros casos, como lo muestra el cuento “Si los muertos también se van” —que presenta un narrador similar al anteriormente expuesto— resulta curioso que se le conceda voz incluso a fantasmas: Viéndola yo sin resuello tuve que preguntarle: diciendo la pura verdad, usted señora María, ¿está viva o muerta? Y como yo me quedé mirándole la muerte por todas partes, hasta el ánima misma, ella no se aguantó mi curiosidad y sonrió con una sonrisa yerta, como el fondo de la tumba, que me enfrió hasta las entrañas, y me dijo:
—Pues tal Pedro, creo que me morí hace varios días y aquí estoy secándome y llenándome de comején, como un viejo tronco, hasta cuando ese Juan venga de la capital y me desprenda de este poste y me haga caer a tierra, porque no me voy a quedar aquí parada durante toda la muerte como lo estuve toda la vida. Solo espero que regrese mi muchacho (p. 19).
Este recurso, que es muy característico de la novela Pedro Páramo, se emplea en muchos de los cuentos de Tejada Giraldo. La influencia de Juan Rulfo es notoria en los relatos del escritor peñolense, hasta el punto que el cuento “La segunda muerte de mi tía Milita”, historia que da nombre a la obra, emplea un narrador intradiegético-homodiegético, que sin llegar a ser una copia, sí guarda correspondencia con el clásico relato “Macario”: Yo y mi Tía Milita pasamos juntos todo el día y toda la noche. A ratos, rezamos; otros, lloramos. Pero los más ratos lloramos y rezamos a la vez para no perder mucho tiempo. Aunque a mí no me gusta rezar, por lo que me coge la calladera, y ella tiene que hacerlo sola. Ella se pasa haciendo destino y rezando pasito como si estuviera diciendo secretos a alguien, tal vez a don Zenón. Me gusta es cuando empieza a contarme historias de santos. A propósito, Tía Milita, ¿de dónde vienen los santos? Me parece que es de Roma, allá los fabrican y los distribuyen por todos los pueblos para que la gente les rece. Eso me dice ella. Ahora entiendo por qué la gente les reza tanto... (pp. 117-118). Esta historia es narrada de manera cómica por un joven “tonto” que se centra en contar los sueños eróticos que tiene con su maestra y las peripecias que hace su amada tía para desechar de su cabeza tan “horrendo mal”; a la vez da la posibilidad de profundizar en un asunto que no estuvo (ni está) exento de cuestionamientos. Como se puede apreciar en el fragmento anteriormente citado, el autor no delimita, en algunos casos, las voces que se introducen a la
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita narración15 y es el mismo lector quien tiene que deducir quién es el que transmite, dentro de lo narrado, un determinado mensaje.
Frente a este asunto podría pensarse que Tejada Giraldo incurre en fallas técnicas que restan valor a su obra. No obstante, este rasgo específico no es producto de la casualidad y el desconocimiento. La planificación de dichas estrategias narrativas se sustenta cuando se observa que solo cuatro cuentos (“La segunda muerte de mi tía Milita”, “Cantor que te vas cantando”, “La buena gente”, “Más allá de la locura”) están marcados por la tendencia y que la trasgresión a la norma es un asunto consciente.
Un relato intradiegético-heterodiegético como “Cantor que te vas cantando”, que configura el semblante de un músico al que después de su muerte no se le quiere dar sepultura en el cementerio municipal, ejemplifica cómo Tejada Giraldo, de manera insistente, inserta a los discursos voces que no tienen marcas (rayas, comillas) que las delimiten, como se ve en el siguiente fragmento, anotado en un análisis anterior:
¡Qué gran artista pierde el pueblo, ja! ¡Y atreverse a decir que eso es Arte! Escúchenme, dizque obras de arte una mesa como con las patas arriba, como esas que pintan los niños en la escuela y que hay que escribirles esta es una mesa, porque de lo contrario no se sabe qué es. ¡Y el artista este decir que es una mesa vista desde infinitos puntos! Y esos caballos coloreados con los colores de la bandera nacional y con muchas cabezas y muchas colas y muchas orejas y muchos ojos, dizque por ser un caballo-caballos. Pero usted está loco, Nicanor, ¿cómo cree que esto es arte? Pues ya verá, Reverendo Padre Rufo, el arte no debe copiar a la naturaleza sino corregirla y superarla. Mire, por ejemplo, este caballo verde. ¿Un caballo verde? ¡Pero si no los hay de ese color! Eso es lo que yo digo, no los hay, por ello el artista los tiene que crear. ¡Todo eso va contra las leyes de la naturaleza! ¡Exacto, Padre Rufo! El arte no debe someterse a ellas sino que las corrige para que todo sea más bello. ¡Es la belleza lo que importa. Ajá! ¡Conque es la belleza lo que importa! ¿Y Dios? Ante Él me descubro, Reverendo Padre Rufo, porque está en la belleza (p. 127).
En consecuencia, no es fortuito que el autor de La segunda muerte de la tía Milita trasgreda en el relato parámetros desde las temáticas propuestas (trata asuntos neurálgicos en una sociedad conservadora: escepticismo, conforma- 15 En la totalidad de los relatos, una voz principal (narrador) está acompañada de otras voces que se delimitan con rayas (—), no obstante, se precisa que en algunas disertaciones no aparecen marcas que ayuden a establecer diferencias.
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ción de familia en unión libre). También desde la técnica narrativa empleada, evidencia actitudes vanguardistas16 que buscan la ruptura e innovación por encima de la idea de perfección formal. Si bien la obra busca rescatar elementos que provienen de la tradición, los recursos narrativos y los tópicos que proponen las historias, hacen visible que el escritor creó personajes que, desde la cotidianidad, trascienden el tipismo nato de su cultura. La riqueza de la obra radica, por lo tanto, en la naturalidad y fuerza con la que son emitidas palabras que, desde una mirada crítica, reflejan una cara no benevolente de la sociedad.
Un cuento como “La buena gente”, cuyo narrador intradiegético-homodiegético pone en escena una anciana prostituta, da la posibilidad de sustentar las ideas anteriormente expuestas:
Luego las señoras del pueblo gritándome perra, puta, robamaridos, y corriendo tras de mí tirándome piedras e insultos, corriéndome del pueblo. Las señoras insultándome. Ah… las señoras… Ya me lo había dicho el Alcalde que me metió la primera vez a la cárcel, ese tal Viejo Ruperto que una noche me enseñó cómo es que se le muere el sexo a uno, aquella vez me dijo: El Padre Rufo me ha dicho: mire, don Ruperto, hay que salir de esa mujerzuela a como dé lugar, está perdiendo a la juventud. Esos muchachos Leo, Timo, Elí, Antonio, todos, no quieren salir de su casa. Es una prostituta de siete suelas. Yo sé por qué se lo digo, don Ruperto. Eso me dijo. Por eso tengo que meterte a la cárcel, aunque sea por poco tiempo, de no ser así quién aguanta al cura. Yo sé que en todos los pueblos debe haber mujeres como tú (p. 143). Como se observa en el fragmento, las voces que se insertan al discurso no están delimitadas y el personaje que narra la historia, además de ser una mujer (solo dos cuentos presentan este tipo de narrador), es un ser excluido que se ve enfrentado a la doble moral de su pueblo.
Por otro lado, un relato titulado “Más allá de la locura”, cuyo narrador intradiegético- homodiegético es un personaje perturbado llamado Susana, permite entender que Tejada Giraldo busca, igualmente, trasgredir temática 16 Al respecto debe decirse que Tejada Giraldo fue un escritor que tuvo conocimiento de las vanguardias que se desarrollaron a través de distintas corrientes artísticas. Las ideas de Breton, por ejemplo, se ejemplifican no solo en ciertas referencias a pinturas, sino en la búsqueda de realidad que tienen algunos personajes, a través de sus sueños; igualmente, el escritor, como muchos de los jóvenes de la década del setenta, guardaba cierto afecto por artistas como Gonzalo Arango, autor que estableció un estilo poco convencional (trasgrede toda norma; entre ellas la gramatical) y del que heredó, además, una afirmación furiosa frente a la vida y una pérdida del prejuicio moralizador característico de la sociedad de su tiempo.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita (algunos discursos por la condición de su narradora no presentan coherencia) y técnicamente ciertos parámetros de perfección formal. […] al principio yo creo que está muerta y me arrimo a la puerta para llamarla: Isabel… Isabelita… Y ella me contesta: Ssshhh… no me interrumpas, mamá. Yo dejo de llamarla para no estorbarla en sus oraciones, aunque ahora que estamos todos aquí sentados, saboreándonos este imaginario almuerzo sí que la echo de menos (p. 183). Por su parte, narraciones como “Con esa cara que tiene”, “Los que nunca se fueron” y “Pobres gentes del campo”, que presentan narradores extradiegéticos,17 a partir de marcas como las rayas, sí delimitan las voces que se introducen en algunos párrafos de las historias. A manera de ejemplo obsérvese el siguiente fragmento que pertenece al primero de los cuentos referenciados. —Con ese hijo que tiene, para qué más pobreza —repuso el policía Ciro, con el deseo de llevar la conversación por ese lado, pues él tenía sus dudas acerca del hijo de Griselda.
Pero Chaverra no se dio por entendido, o no quiso aceptar el tema, o prefirió dejarlo para más adelante, limitándose a echar una mirada rápida al novato Ciro (p. 61).
Por otra parte, el relato “Las putas también van al cielo”, que presenta un narrador intradiegético-homodiegético, emplea las comillas para separar las voces que se introducen a la narración:
“Nada de correr ese animalito, con lo cansado que está”, me advertiría el viejo por decir, pues sabe que yo echaría a correr por la carretera como un bólido, oyendo apenas el tropel y el chisporroteo de las herraduras en las piedras (p. 82).
Otros cuentos que en el aspecto narrativo guardan correspondencia con el relato anteriormente citado y que hacen evidente que la omisión o no de marcas distintivas está dada por la intencionalidad que se le quiere dar a las historias, son: “Allá en el alto de la cruz”, “La hora llegada”, “De golpe el último golpe” y “Misión cumplida”. Estos últimos cuatro cuentos que están relatados por personajes que son víctimas o generadores de algún tipo de violencia (hijos de padres asesinados y malhechores), no insertan, con tanta 17 El primero de los relatos es extradiegético-heterodiegético, mientras que los otros dos son extradiegéticos-homodiegéticos.
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regularidad, voces en un mismo párrafo o enunciado, sino que las rayas delimitan individualmente el mensaje que presentan los personajes que se insertan a la historia. El primero de los cuentos referenciados ayuda a ejemplificar la idea.
—¡Mataron a don Fermín Galloooooo…!
Eso gritó un hombre en el Alto de la Cruz.
El grito lo recogió otro hombre que estaba en el Yucal de los Martínez y lo metió muy adentro de la tarde, trizándola, como un vidrio roto por un guijarro sus añicos retumbaron rodando por las colinas hasta ir a morir suavecitamente en las cañadas (p. 23).
Como se observa en el fragmento, el narrador es quien guía la historia y el dialogismo que presenta el relato —que es un juego discursivo que Tejada Giraldo emplea en toda la obra para articular múltiples voces que dan cuenta de situaciones o hechos específicos— está claramente definido. Se concluye que la función de los narradores en La segunda muerte de la tía Milita no solo se centra en contar una historia determinada, sino que las situaciones de enunciación que establecen los personajes hacen que el narratario y el propio narrador evidencien un interés por establecer un diálogo interno que entraña, sin explicaciones o tesis, una postura ideológica (mirada particular) de una realidad.
Uso de figuras literarias en los relatos E n el presente apartado no se busca reducir el análisis a una clasificación de figuras literarias, sino que se intenta comprender y relacionar determinadas construcciones lingüísticas que, dentro de los relatos, dan una connotación especial a las historias que se narran.
Gérard Genette (1986) establece que el interés principal de todo texto literario estriba en la reunión de tropos y no-tropos bajo la noción de “figura”. La elección de esta unidad, que no es ni la palabra ni el enunciado, expresa un criterio intermedio entre la posición de Aristóteles (la cual comprende la totalidad del campo retórico: invención, disposición, elocución) y la de otros teóricos, como Pierre Fontanier, que reducen la retórica a la gramática (sus esfuerzos radican en hacer comprender la verdadera significación de las palabras y el sentido en que se las emplea en el discurso). En este orden, la importancia de la propuesta de Genette (1986) radica en el hecho de que la figura puede tener una función arquitectónica, debido a que esta posee la misma amplitud que contiene el discurso en general. Obsérvese, al respecto, la siguiente definición que hace del concepto “figura”:
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Son las formas, los rasgos o los giros más o menos notables y de un efecto más o menos feliz, por los que el discurso, en la expresión de las ideas, de los pensamientos o de los sentimientos, se aleja más o menos de la posible expresión sencilla y común (p. 179).
Se entiende que, en el sentido literal de una frase o expresión, las palabras son tomadas al pie de la letra y entendidas según su acepción en el uso cotidiano del lenguaje, mientras que en el sentido indirecto o figurado, lo que se expresa adquiere sentido en la medida que el receptor comprende las circunstancias del discurso y relaciona las ideas implícitas del mensaje. De esta manera, la figura trata de presentar las ideas con imágenes más vivas y más gráficas que sus signos propios, pero debe entenderse que la funcionalidad de este recurso no solo es decorativa u ornamental, pues si bien los discursos alcanzan otro tipo de matices, las expresiones emitidas, siendo la reproducción de un pensamiento, siempre darán cuenta de un tipo de realidad que se relaciona con la totalidad del discurso que ofrece la obra literaria. Particularmente, La segunda muerte de la tía Milita presenta dentro de su estructura composicional diversas figuras que ameritan ser analizadas. En primera instancia, debe decirse que son varios los relatos donde la onomatopeya que se inserta a las historias retrata fielmente el sonido natural del ambiente: —¡Niño Juuuaaaannnn!
—¡Eeeeyyyyy! —le contesté desde el patio de la casa. —¿Qué pasó con Piquiña, pueessss?
—¡Está perdidoooo!
—¡Aquí estááááaaa… Muertoooooo… Machetazoooooo… Cabezaaaaa! (p. 29). […] están pasando con las campanas que traen de por allá… Primero aparece una mula con un palo a lado y lado, y después otra, como si trajeran una escalera, y en el centro colgando esa hermosa campana, amarillita, como si fuera de oro, bamboleándose y sonando como nunca hemos oído campana igual, ¡taaaaaannnnn!, ¡taaaaaannnnnnn!, ¡taaaaannnnnn! Ese hierro hiriendo los cobres. De todas partes brota gente que viene a ver las campanas, dicen que desde anoche tempranito hay gente esperando que pasen. Todos caemos de rodillas santiguándonos. Después aparecen otras dos mulas trayendo la campana menor que hace ¡tiiiiinnnnnn!, ¡tiiiiinnnnn!, ¡tiiiiinnnnnn! (p. 170). Como se observa en los anteriores fragmentos que pertenecen en su correspondiente orden a los relatos “Allá en el alto de la cruz” y “Más allá de la locura”, la figura empleada permite al autor representar, con más realismo, las
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escenas que se están desarrollando en un contexto específico. El hecho de que determinadas voces y emisiones sonoras sean escritas recreando el sonido de la cosa o la acción nombrada, posibilita que las historias incorporen el habla cotidiana de los personajes y que lo narrado alcance mayor credibilidad al partir de una vivencia que, descrita en un tiempo presente, registra la actitud espontánea del narrador.
De igual forma, algunos relatos introducen de manera reiterada la ironía a sus discursos. La funcionalidad de este recurso puede ser entendida en la medida que se comprenda que los narradores, a través de juegos de palabras, expresan mensajes que contrastan con el significado literal planteado; el significado de los mensajes se revela no por las palabras mismas, sino por la situación y el contexto en el que se encuentran.
Pero un día la enfurece el hambre y agarra a la gallina Esperanza y le mete la mano para sacarle el huevo y le arranca la huevera. Veo a la Esperanza toda triste, cabizbaja y alicaída, así como Miguel deja caer los brazos y la cabeza ahora que está derrotado por la vida, y le pregunto a Julia: —¡Ay, mijita, se nos va a morir la Esperanza! ¿Qué le pasa? —Seguro porque le arranqué la huevera (p. 184).
La anterior cita ejemplifica cómo el autor ironiza el discurso y para ello emplea una metáfora bastante singular; si bien es cierto que existe un animal doméstico que recibe el nombre de “Esperanza”, el significado del mensaje es más profundo y referencia propiamente una expectativa circunstancial de vida. En casi todas las historias que anteceden a este décimo cuento, los personajes se muestran abatidos frente a las condiciones que les ha impuesto el destino: “Y para decir verdad, a mí también ha comenzado a caérseme la esperanza a pedazos, aunque mi madre decía que lo que era esta sí no se le debía acabar a uno por nadita en el mundo” (p. 24.); o “Después sucedió la muerte de mi padre Misael. Una borrasca había arrasado su maizal, llevándose la esperanza tanto tiempo trabajada” (p. 31). No obstante, el fragmento citado enfatiza más en la idea al introducir un tono de humor negro que así como suscita sarcasmo, a la vez da cuenta de un estado de ánimo completamente desalentador. En otros relatos, la metáfora que se emplea se aleja de la ironía. El sentido figurado del siguiente mensaje, rastreado en la narración “Los que nunca se fueron”, no solo se introduce para caracterizar una escena, sino que es una constante en las historias que referencian las problemáticas que se derivaron de la construcción de una central hidroeléctrica:
Tenías mucho miedo porque la Madre yacía ahí muriéndose, y ellos no podían hacer nada por ella, ni contra quien la había condenado a
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita muerte, pues este era como un fantasma que existía en alguna parte, metido en algún edificio de la capital, sin dejarse ver, sino que enviaba a sus emisarios a medir a la Madre, a sacarle pedazos de piel y carne, a tomarle la temperatura, a fotografiarla y radiografiarla, a sacarle sangre, y todas esas muestras se las llevaban a la capital para ser sometidas a rigurosos exámenes realizados por doctores en todo, no examinaban a la Madre para salvarla sino para matarla, para asesinarla; eran verdugos que estaban ejecutando la orden, eran doctores y enfermeros con uniformes de dril verde con rayitas blancas, y con un casco, de capucha (pp. 101-102).
Es importante anotar que el término “Madre” alude específicamente al municipio de El Peñol y que las descripciones que se hacen (figurativamente) indican los procedimientos y estudios que llevaron a cabo funcionarios de Empresas Públicas de Medellín en la zona.
Por otra parte, la personificación que se inserta en determinados mensajes permite al autor explorar recursos creativos y dar un tinte más literario a lo narrado:
Esta es la cara de la vida, la loca alegría, el saltar gozosos e inocentes sin inventar esas horribles palabras de “mío” y “tuyo” sino recrearnos con una sola palabra: “nuestro”, sin fronteras ni límites. Este es nuestro mundo. Nosotros somos nosotros. ¿No es maravilloso? (p. 137). Si estaban cultivando la tierra, el surco sollozaba; en cada azadonazo la tierra gemía en un llanto quedito que mordía el alma; el mundo estaba lleno de una angustia que arrugaba las frentes sudorosas, de una negrura que ensombrecía las miradas (pp. 98-99).
—No mires tanto esas montañas, muchacho. Acaban por metérsete al alma y te llenan de tristeza (p. 47).
[…] después la noche se fue metiendo en todos los rincones ahuyentando las últimas claridades del día que se habían escondido en los recovecos, entonces tuvimos que ir a agazaparnos, los unos contra los otros, poniéndole cuidado al miedo para que no nos fuera a asustar, mientras la llama de la vela se debatía agarrándose desesperadamente al pabilo para no dejarse arrancar por los vientos (p. 224).
Si bien los discursos que presenta la obra son relatados por personajes comunes que expresan sus mensajes con firmeza y espontaneidad, en muchos
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apartados se hace visible un uso más elaborado del lenguaje. El siguiente fragmento del relato “Cantor que te vas cantando” ejemplifica igualmente la tendencia: Giran los astros en los cielos, siguiendo las mismas rutas tantas veces trasegadas; siempre las mismas sendas, nunca los mismos hombres; su viajar tiene una meta fija: continuar viajando. Mientras los hombres damos vueltas y revueltas sobre la misma tierra, quién espera, quién desespera, quién llora, quién ríe; al fin de cuentas esperando o desesperando, riendo o llorando, a la tumba llegamos; en ella ponemos fin a todas nuestras inquietudes; adiós alegrías, adiós zozobras, porque es la hora del silencio eterno; nuestras cenizas girarán confundidas con la madre tierra, girarán como los demás astros, sin risas ni llantos, sin pasión en la mirada y sin esperanzas en las manos. Todo será profunda calma, silencio inmenso; recorriendo las mismas sendas, sin abrir puertas y sin cerrar ventanas, sin poner plazo a la esperanza ni pañuelos a las lágrimas. Seremos inmensas rocas o leves briznas de polvo que en nubes avanzan como ríos que se deslizan por el infinito espacio, lejos de la angustia, que van a morir a la mar del olvido. Sobre la tierra quedarán los vivos perdidos en el laberinto de la ilusión, caminos que se cruzan y entrecruzan, y entre más afán más perdición, y entre más calma, más zozobra, hasta que un día cansados de tanto dar tumbos encuentran la puerta abierta de la tumba que como un lecho invita al profundo sueño y abrazados reposarán en la bendita nada. Amén (p. 136).
El corte existencialista de las anteriores palabras es evidente; de igual manera, si se centra la mirada en el segundo símil que se hace presente en el discurso (“Seremos inmensas rocas o leves briznas de polvo que en nubes avanzan como ríos que se deslizan por el infinito espacio, lejos de la angustia, que van a morir a la mar del olvido”) se halla que el autor a través de una comparación sutil y elaborada, integra imágenes que relaciona el fin de la existencia con los ríos del inframundo descritos en la mitología griega. En consonancia con el anterior fragmento, la introducción del último cuento de la obra evidencia cómo se hace uso no solo de la metáfora y la personificación; también se destaca por emplear un símil creativo que permite hacer relaciones de semejanza:
En El Peñol las montañas, más que gigantescos cúmulos de tierra, son montoneras de angustia; el cielo es alto y ancho para que quepa la soledad; los solitarios caminos serpentean por las colinas, amarillentos y rojizos, como largas y sanguinolentas heridas que destapan rocas como
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita si fueran redondas cabezas de los huesos de inmensos animales sepultados en las entrañas de la tierra (p. 229).
Otros relatos integran a sus mensajes figuras como la hipérbole: “—Creo, mijitos, que el pueblo lo corrieron mucho más allá. Caminaba y caminaba y no fui capaz de llegar” (p. 51); “Por eso quiero ser el Ángel Exterminador y salgo enfurecida a gritarles a esos nobles varones que ellos son también unos don nadies” (p. 144). En ciertos casos el oxímoron también se halla presente: “[…] herida que mata dejando al herido vivo, viviendo dolorosamente su propia muerte. Porque yo he sido una mujer que va muriendo todos los días un poquito, pero que no acaba de morir, para mayor agonía” (p. 144). Dichos recursos además de exagerar y contrastar ideas, permiten al autor exteriorizar figurativamente la desilusión de los personajes que se integran a las historias. En conclusión, La segunda muerte de la tía Milita es una obra que hace uso de un número importante de tropos o figuras literarias; en todos los relatos la presencia de metáforas, símiles y onomatopeyas, se destaca por encima del empleo de otras figuras como la hipérbole, la personificación, la ironía y el oxímoron. No obstante, se aclara que el objetivo del siguiente capítulo consiste en establecer unas relaciones generales entre los relatos que contiene la obra y, por lo tanto, no se presenta un extenso listado de tropos, que así como posibilitan la categorización, a la vez pueden mostrarse desarticulados con respecto a la línea de sentido que propone un relato determinado. Referencias bibliográficas Even-Zohar, I. (1990). Teoría de los polisistemas. Ariel. Genette, G. (1986). Figuras: retórica y estructuralismo. Nagelkop. Genette, G. (1989). Figuras III. Lumen.
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C a p í t u l o v V Análisis sociocrítico de La segunda muerte de la tía Milita
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Perfil y contexto de Juan Manuel Tejada Giraldo C uando se pretende reconstruir cabalmente todos los elementos que involucran un proceso de escritura, es necesario estudiar las relaciones existentes entre la estructura de un texto literario y las estructuras de la sociedad en la que el texto está inscrito. De este modo, el análisis de la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo permite entender cómo un contexto social e histórico determinado se constituye en el pilar para la creación de un producto artístico. Así, cuando el autor inscribe los relatos de su libro en el contexto de un pueblo perdido entre montañas llamado El Peñol, no solo presenta un lugar específico de la geografía antioqueña, también crea un microuniverso en el que lo fantástico y lo real se separan solo por una delgada línea. Tejada fue un escritor que desde muy joven se acercó a la literatura clásica mundial, aunque se puede evidenciar que la mayor influencia en su obra la obtuvo de la literatura latinoamericana, y en particular de autores tan representativos como Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. La desigualdad y la exclusión, la pobreza y otras problemáticas sociales, son características evidentes e importantes de los personajes identificados y de las situaciones narradas en la obra. Es importante anotar, además, que el espacio en el que se desarrollan las acciones de todos los cuentos es el municipio de El Peñol, decisión clara tomada por el autor, según se puede ver en el texto, lo que le da un perfil sociológico más original a la obra. Así como en las ciudades imaginarias de “Comala”, “Santa María” y “Macondo” (creadas por sus grandes autores) se gestan universos autosuficientes que nacen, se desarrollan, progresan y pueden llegar hasta la decadencia, el autor de La segunda muerte de la tía Milita (1982) propone, a partir de una geografía real, un mundo fantástico que contempla diversas facetas de la existencia humana. Tejada Giraldo establece un diálogo con su cultura y trasciende lo local al describir el estado inconsciente del hombre, quien se ve en la necesidad de buscar su propia identidad en un contexto adverso que refleja la miseria y orfandad estatal en las que se ha mantenido a gran parte de la población colombiana a lo largo de los años. De esta manera, las huellas semiótico-ideológicas que son intrínsecas al texto literario y que denotan claramente la posición que establece el autor frente al mundo que habita, se evidencian en la obra por la manera como se muestra la realidad local y el sufrimiento que padecen muchos de los personajes narrados, lo que a su vez refleja la problemática y los conflictos
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita sociales propios del territorio. En ese orden, se puede afirmar que Tejada es un autor crítico y un intelectual comprometido con su entorno: su trabajo es el resultado del artista que piensa, estudia y asume una posición clara sobre esa realidad.
Si bien, el autor de La segunda muerte de la tía Milita es un hijo de provincia y, por tanto, conoció de primera mano la cultura, dinámica social y los diferentes conflictos que se daban en la región, también es claro su conocimiento de obras y autores latinoamericanos que desarrollaron en sus relatos historias relacionadas con las crisis sociales, políticas y, en general, con el subdesarrollo y las malas condiciones de vida que afectaban a esta población del continente en el siglo xx, factores que sumados terminaron de configurar su pensamiento, su visión de la realidad local, nacional y continental y, en últimas, su propia obra, como se puede apreciar en varios de los relatos analizados. En 1950, cuando Tejada cursaba los últimos años de colegio en su localidad, se agudizó una guerra que enfrentó a los partidos políticos tradicionales (Conservador y Liberal) en casi todo el territorio colombiano. En el libro La violencia en Colombia: estudio de un proceso social (1962) se cuenta cómo la identidad partidista generó una violenta guerra sin precedentes y de consecuencias catastróficas, lo que afectó principalmente las zonas periféricas de la nación, zonas que vieron cómo sus pueblos y veredas se convirtieron en escenarios expeditos para la intimidación y la muerte. Si bien en El Peñol no se vivió a plenitud la intensidad de la confrontación que se daba en muchos municipios colombianos, como lo explica el historiador Alirio Díaz en su libro Memorias de mi tierra (1972) cuando se refiere al caso particular del Tolima: “se llegaron a presentar numerosas muertes y amenazas por razones ideológicas” (p. 80), tal situación sí generó un fuerte impacto negativo en toda la población y sirvió, a la vez, al joven estudiante, para el acercamiento real y la comprensión del complejo escenario social y político del país.
Llegados los años sesenta, Tejada Giraldo da comienzo a su carrera docente en la misma institución que lo acogió como estudiante; para ese momento la situación social del país no mejora sustancialmente. Si bien, el Frente Nacional1 estableció una alianza política entre los partidos tradicionales que buscaba frenar la violencia desencadenada, el ambiente político de reconciliación que se dio bajo el lema de perdón, olvido y “negación de responsabilidades”, tenía que hacerle frente a una realidad que mostraba cómo gran parte de la población colombiana, lejos de tener unas condiciones de vida aceptables, presentaba cuadros de pobreza y marginalidad que invisibilizaban sus derechos 1 El Frente Nacional, fundado en 1958, instauró un periodo de gobiernos alternos entre los dos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, los cuales estuvieron en el poder durante dieciséis años, es decir, cuatro periodos presidenciales.
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ciudadanos ante el Estado. Igualmente, Camacho Guizado (2009) plantea que aquellos grupos rebeldes que no se acogieron a la amnistía propuesta por el gobierno de Alberto Lleras Camargo (1958-1962) y que se mantuvieron organizados tras la exclusión política, dieron origen a guerrillas2 que generaron una nueva forma de conflicto armado que, aún hoy en Colombia, no encuentra una real y total solución.
El decenio de los setenta continúa con las crisis de legitimidad de un sistema político caracterizado por la exclusión que propició la alternancia bipartidista promovida desde el Frente Nacional. Asimismo, la inequidad social y la inoperatividad de reformas agrarias que hicieran frente a problemáticas relacionadas con la violencia, el desempleo y la pobreza, marcaron la época en la cual Juan Manuel Tejada Giraldo escribe progresivamente su obra. Es importante anotar que estas condiciones antagónicas que reflejan la crisis social del país, a la vez, hicieron que el municipio de El Peñol, como muchos otros pueblos de Colombia, se vieran sumidos en el abandono y el atraso. Al respecto, la socióloga Ana Patricia Ciro Morales (2015) plantea que esta región del Oriente antioqueño vivió siempre bajo el olvido estatal y no representó ningún interés para el país ni el departamento. Solo adquiere importancia cuando la mirada utilitaria de Empresas Públicas de Medellín concibió que era viable construir en el territorio peñolense un embalse capaz de suministrar energía al departamento y a la nación. Sin embargo, este proyecto no se convirtió en una iniciativa empresarial positiva; en el año 1978, cuando Juan Manuel Tejada Giraldo ya cursaba su carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Medellín, la cabecera urbana de su municipio de origen y extensas áreas rurales desaparecieron bajo las aguas represadas que empezaron a abastecer la central hidroeléctrica de El Peñol-Guatapé. Al respecto, Galeano Marín (1991) explica cómo este acontecimiento que desembocó en la construcción de una nueva cabecera municipal a tan solo 3 kilómetros de su lugar original, “significó un proceso de desarraigo y un nuevo arraigo a un lugar diferente” (p. 35), es decir, con el traslado, no solo cambió el entorno, la localización, la distribución espacial del poblado y las relaciones con las veredas, también, de manera sustancial, la vida social, política y cultural fue transformada.
En suma, el contexto en el que creció Tejada Giraldo no solo da cuenta de algunos fenómenos puntuales, también permite comprender las razones por las cuales el autor plasma en su escritura una visión del mundo que se inscribe en una época y una cultura dadas; visibiliza la necesidad que tuvo de compren-
2 Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc) —emuladas por el Ejército de Li-
beración Nacional (eln), y pocos años más tarde por el Ejército Popular de Liberación (epl)—, son la primera guerrilla que se funda en Colombia en el año 1964.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita der el complejo escenario social y político del país, a la vez que muestra cómo la vida de un pueblo se vuelve el escenario de una obra que concibe la unidad por encima de las historias particulares que se narran.
Estructura social de la obra C uando Edmond Cros (julio-diciembre, 2017) plantea que la naturaleza social de la obra literaria debe ser localizada e investigada dentro del texto y no fuera de él, concibe que la reconstrucción de los elementos semiótico-ideológicos que dan cuenta del proceso histórico inserto en la escritura, deben ser examinados bajo un enfoque teórico y metodológico que permita, en un ejercicio crítico, un análisis del fenómeno como el que aquí se presenta. Si bien el teórico referencia al marxismo como un sistema filosófico, político y económico que permite develar las formaciones ideológicas y sociales, explica que esas relaciones entre infraestructura y superestructura,3 al no darse siempre de una manera automática ni directa, establecen también otras series de instancias que, determinadas por tiempos históricos disímiles, dinamizan los procesos. Para el estudio de una obra, Cros propone las microsemióticas intertextuales que, al ser marcas significantes que atraviesan un texto, posibilitan en este caso analizar la estructura social de los relatos que contiene La segunda muerte de la tía Milita.
Es importante aclarar que ese campo semiótico que devela un proceso de significación y que Cros (julio-diciembre, 2017) define como genotexto,4 concepto que en los relatos de la obra analizada opera bajo dos ejes que establecen una relación recíproca. Un eje horizontal donde se halla el intertexto y por lo tanto, todo el material lingüístico destinado a dar forma al significado, y de manera complementaria, un eje vertical que, inmerso en el interdiscurso, “materializa tanto las estructuras mentales como las formaciones ideológicas producidas por una formación social” (p. 32). Es decir, un discurso específico creado por signos ofrece unos valores sociales y representaciones del mundo que no solo dan cuenta de una mirada particular, también reflejan los proble- 3 Según la teoría marxista, la base o infraestructura es la base material de la sociedad que determina la estructura social, el desarrollo y el cambio social. Incluye las fuerzas productivas y las relaciones de producción. De ella depende la superestructura, es decir, el conjunto de elementos de la vida social dependientes de la base o infraestructura, por ejemplo: las formas jurídicas, políticas, artísticas, filosóficas y religiosas que hacen parte de un momento histórico concreto. 4 Según el teórico, el genotexto se constituye “por un sistema combinatorio de elementos genéticos, responsables de la producción global de sentido y portadores de un conflicto. Estos elementos funcionan de un modo pluri-acentuado” (Cros, julio-diciembre, 2017, p. 32). Se explica, igualmente, que las contradicciones que surgen de la combinación, reproducen formaciones sociales e ideológicas.
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mas vitales de una comunidad, a la vez que hace visible las estructuras mentales de los entornos que las producen.
Cros (2003) plantea que “cada sujeto transindividual inscribe en su discurso los signos de su inserción social, espacial e histórica y en consecuencia genera una microsemiótica específica” (p. 18). Al definir el sujeto cultural como aquel que va asimilando sucesivamente elementos semiótico-ideológicos variados, heterogéneos y contradictorios que le van proponiendo las diferentes comunidades (sujetos transindividuales), prácticas e instituciones por las cuales cruza, el teórico expresa que todo autor transcribe en sus textos las particularidades de su inserción socioeconómica y sociocultural, así como la evolución de los valores que marcan su horizonte cultural, sin que la transcripción de estos elementos provoque en el sujeto que habla ni una toma de conciencia ni un proceso de represión. Al expresarlas, el sujeto dice siempre más de lo que quiere decir y de lo que cree decir:
El sujeto no habla, es hablado en su discurso sin que él lo sepa; permanece oculto en el decurso del habla del sujeto hablante: al sujeto, pues, no se le habla. Ello habla de él y en ello es donde se le aprehende (Cros, 2003, p. 18).
Esas características discursivas —producto de las particularidades de las estructuras sociales— son las que se denominan como microsemióticas intratextuales y las que permiten ampliar los límites de la interpretación de los textos. Según Cros, cada obra de ficción posee unos elementos que programan lo que va a ser el texto. Este conjunto de elementos recibe el nombre de genotexto, constituido por el autoengendramiento, la intertextualidad y la interdiscursividad. El autor considera que todo texto escrito se reconstruye a partir de uno antiguo y redistribuye los elementos de este en el tejido del nuevo. En este orden, el texto es concebido como la materialización de discursos que mantienen entre sí relaciones múltiples y dialécticas que vienen dadas por las estructuras mentales y las estructuras ideológicas producidas por una formación social. Dentro de estos planteamientos, en el análisis interdiscursivo que se aplica a los relatos de Juan Manuel Tejada Giraldo, se tiene como finalidad identificar las huellas discursivas de una formación ideológica y los contornos de la formación social correspondiente. De hecho, como lo explica Cros (2003), se tiene presente que “la noción de intertextualidad implica que la historia y la sociedad sean consideradas como textos a semejanza de cualquier otra práctica semiótica” (p. 131). Es decir, la literatura es enriquecedora de la historia, y la historia como disciplina trabaja, a la vez, con discursos y con representaciones que ofrecen trayectos de sentido y trazados ideológicos que evidencian las marcas del sujeto que pertenece a una cultura y a una época determinada. Desde esta perspectiva
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita se intenta, entonces, reconstruir los niveles microsemióticos de los relatos que pertenecen a La segunda muerte de la tía Milita.
Los cuentos que componen la obra de Juan Manuel Tejada Giraldo fueron escritos en la década de 1970 en un ejercicio que tardó varios años. Sin embargo, el relato que lleva por título “Más allá de la locura”, inscribe su historia en las primeras décadas del siglo xx, cuando el ferrocarril de Antioquia5 entra en operatividad total. Esta narración muestra cómo una familia gira alrededor de la pobreza, la locura y la muerte (los siete personajes de la historia llegan a un fatídico fin), y a partir de ciertas marcas semióticas da elementos que permiten comprender por qué la economía de los arrieros entra en detrimento cuando el camino de Islitas6 pierde importancia al establecerse otro medio de comunicación que unió la región central del departamento con el río Magdalena: —A propósito, Miguel, ¿qué es lo que llevan en esos cajones tan grandes los otros arrieros?
—Señor, ellos no lo llaman cajones grandes sino guacales. Dizque grandes máquinas. Son muy pesadas, de ahí que las tengan que llevar en turegas de mulas. Dicen que están construyendo un país.
— ¿Entonces cómo es un país?
—No sé… Pero imagínese. ¡Con todas las máquinas que están llevando por ese camino de Islitas! ¡Cuentan que por allá traen muchas más! (Tejada Giraldo, 1982, p. 168).
Debe decirse que el territorio antioqueño fue el epicentro de la arriería. A través de intrincados caminos se construyeron las rutas que llevaron el comercio a todo el territorio colombiano. Puntualmente, el camino de Islitas trajo al interior del departamento todo tipo de mercancías y permitió, igualmente, el transporte de productos que salían de la región. Antes de la construcción del ferrocarril, Islitas fue uno de los caminos más importantes para el comercio. El anterior fragmento que se abstrae del relato, da cuenta de una época de esplendor que refleja cómo por las escarpadas trochas, se trasladaban pesadas 5 La construcción del ferrocarril de Antioquia comienza en 1874 y termina oficialmente con su inauguración en 1929.
6 Como se anota en el libro Memorias de mi tierra (1972), este camino era de gran importancia para la región. Partía de las orillas del Magdalena, recorría la hoya del Nare, cruzaba el municipio de El Peñol y seguía hacia la capital del departamento. Friedrich von Schenck, geógrafo y economista alemán, en sus viajes por Antioquia en el año 1880, describe su recorrido por Islitas de la siguiente manera: “[…] el transporte principal lo realizan en mulas cuyos dueños viven generalmente en Río Negro y Envigado, cerca de Medellín. En el tiempo de mi viaje también se utilizaban bueyes de carga, ya que el número de mulas (recuas) estaba muy disminuido, debido a una epidemia” (von Schenck,1953, pp. 14-15).
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máquinas hacia un “país” (metáfora que emplea el personaje para referirse a Medellín) que empieza a tener un auge industrial importante. Cabe anotar que el ejercicio de la arriería representó para muchos pobladores una labor lucrativa y generaba gran riqueza:
¡Qué sé yo! De por allá traen cosas maravillosas y que valen mucho dinero, y dan mucho más. Fíjese no más en los tíos de la señora Jacinta cómo se enriquecieron en un dos por tres trayendo todas esas mercancías de por allá. Dicen que ellos son los hombres más ricos de la región (p. 169). Los fletes que compensaban las duras travesías ayudaron a que algunas familias relacionadas con la empresa de la arriería acumularan capital. No obstante, debe precisarse que los altos costos, a lo que se suma el tiempo y la conservación de las mercancías, hizo que se construyera por las montañas antioqueñas una línea férrea que comunicaba a Medellín con Puerto Berrío. Gabriel Poveda (2002) da a entender cómo el transporte de un piano por tierra desde Puerto Nare hasta Medellín duraba más o menos veinte días y costaba
265 pesos oro, en tanto que por ferrocarril el viaje duraba solamente un día y
el costo era de 8.4 pesos, es decir que el camino de Islitas, ante la competencia, dejó atrás su importancia. Así referencia este evento Susana, un personaje de “Más allá de la locura”:
Para acabar de completar corre el rumor que este camino de Islitas será abandonado, que este pueblo perderá la importancia como centro de transporte y de comercio, que está agonizando, que de esta no se salvará, ni siquiera hay tiempo de volver a comenzar. De las brasas no queda nada, ni las cenizas (p. 178).
Es claro, entonces, que el rumor se convierte en sentencia y señala el fin de una vía de comunicación que contribuyó a articular una compleja red de caminos que conectaban las poblaciones vecinas, promovió el despliegue comercial de la región y fue del tránsito diario de unos pobladores (arrieros) que encontraron su fuente de empleo en el transporte de mercancías. De otra parte, el relato “La hora llegada”, es un cuento que muestra cómo la vida campesina de los años setenta padece los síntomas del atraso: violencia, falta de educación e injusticia social. La historia da cuenta de problemáticas relacionadas con la violencia intrafamiliar (un cultivador de tabaco que también es “curandero”, fuera de su casa hace obras filantrópicas con los enfermos y cuando llega a su hogar maltrata a su familia), pero a la vez, referencia la falta de oportunidades de empleo en el campo y ayuda a dimensionar las brechas sociales existentes entre el sector urbano y el rural:
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita A veces a cualquiera de nosotros le da por quedarse contemplando las montañas y le dan ganas de llorar.
—No mires tanto esas montañas, muchacho. Acaban por metérsete al alma y te llenan de tristeza (pp. 46-47).
—Aquí no hay esperanza.
Les contestó la Vieja cuando se atrevieron a platicarle del viaje y luego el asma comenzó a apretarle el pecho como si un ogro la estuviera escurriendo (p. 55).
Los fragmentos citados, a través de ciertas marcas, señalan la tendencia: los personajes de la historia, ante la falta de oportunidades laborales, se vieron obligados a abandonar su pueblo para buscar en otras regiones —igualmente desfavorables— una mejor condición de vida.
Esta situación puede ser comprendida cuando se entiende que en Colombia se llevaron a cabo tres reformas agrarias (en 1936, 1961 y 1994) que nunca lograron distribuir la propiedad y solucionar los reclamos y derechos de la población rural. Un estudio realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica (2003), plantea cómo la apertura rápida, masiva y efectiva de los recursos productivos (tierra, capital) que debían ser destinados a los sectores agrícolas, fue inexistente. De igual manera la abolición drástica de la servidumbre en las relaciones laborales, que debía traducirse en una mayor remuneración salarial, no generó cambios. En consecuencia, los hombres y mujeres del campo, ante una exclusión política, económica, cultural y social, pueden ver representada su voz en la siguiente reflexión que parte de la desesperanza de un personaje del relato “Allá en el alto de la cruz”:
—Ser campesino es ser de malas. No hacemos sino trabajar como animales y rezar como santos. La pobreza y la miseria son las muletas en que trasegamos la fatalidad. Es lo único que tenemos cerca. Lo demás: el progreso, el gobierno, la patria, la universidad, la técnica y todas esas cosas raras, están tan lejos de nosotros que parecen un sueño de hadas. Esa es realidad para otros, no para nosotros (p. 39). Se infiere que la negación de derechos da cuenta de las problemáticas de un sector agrario frente al cual no se promovieron acciones reivindicativas reales que contribuyeran a la construcción de una sociedad diferente. Por otra parte, “Pobres gentes del campo” es un cuento que se centra en mostrar cómo las víctimas del conflicto armado en Colombia provienen, en su mayoría, de los sectores más pobres de la sociedad. El cuento narra la historia de una mujer adulta que, al quedar viuda, presencia cómo su hijo, bajo una redada, es reclutado por un regimiento militar: “[…] crecen los hijos y bajan a la
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plaza y les echan mano para llevárselos para el ejército, hasta que ese domingo le agarraron a Tomás” (p. 232).
Es de anotar que para los años setenta del siglo xx varios sectores armados de extrema izquierda entran en confrontación con el Estado por motivos ideológicos. Ya desde la Constitución de 1886 se establecía que todos los colombianos debían tomar las armas cuando las necesidades públicas lo exigieran; para la época, muchos individuos tuvieron que hacer parte de las filas del ejército nacional de manera impositiva. En este sentido, el relato, además de dar cuenta de una situación específica, cobra importancia al mostrar como marca semiótica una posición clara sobre quiénes son, verdaderamente, las personas que van a la guerra: “—A los hijos de los señores no se los llevan, mijo” (p. 235). Cuando se alude a “los señores” debe quedar claro que la referencia señala directamente a una clase que reviste importancia dentro de una escala social, es decir, que el reclutamiento e incorporación a la fuerza pública que se pone como marco, lejos de ser imparcial, presenta irregularidades tendientes a favorecer a familias económicamente solventes que excluyen a sus hijos de toda confrontación, mientras, los pobres, como lo visibiliza el siguiente fragmento, ponen los muertos:
—Buenas tardes, José. ¿Y qué? ¿Usted no dizque estaba por allá lejos? ¿Me trae noticias de Luis?
—Bueno… Qué le dijera… Pues… —¿Malas noticias, cierto, mijo?
—Sí… Malas… Muy malas… —¿También lo mataron? ¿O qué?
—El ejército… —¡Dios mío! ¿Cómo es la cosa? A Tomasito, por ser soldado, me lo mataron. ¡Y ahora los soldados matan a Luis! (pp. 238-239). La noticia de muerte que trae José es sintomática: evidencia el dolor que puede soportar un ser humano (la madre, en este caso), pero, a la vez, refleja una sociedad excluida que sufre desde adentro la indolencia de la guerra. Dentro de este marco debe considerarse también que la narración “Con esa cara que tiene” pone en evidencia los excesos y el abuso desmedido del poder que ejerce la fuerza pública sobre la población civil. El relato cuenta cómo un individuo de rostro poco agradable, al adjudicársele un crimen que no cometió, es conducido a una celda donde se le tortura física y psicológicamente: —“Chaverra y Ciro se madrugan por él. Si hace resistencia le pegan un tiro”. Lo había dicho mientras se mandaba un aguardiente […]. —“Claro que no lo pueden matar delante de la vieja Griselda”.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Y nos mató el ojo maliciosamente, como si nos dijera: que no queden testigos, porque enredan todo (pp. 62-23).
El fragmento es ilustrativo, establece un topos que visibiliza la figura degradada de un alcalde que no actúa como defensor de la vida pública y promotor de la justicia. Por la manera como se expresa podría definirse, incluso, dentro de la figura del dictador, ya que tiene la idiosincrasia del déspota que ve en la muerte su más efectivo instrumento de poder.
Al respecto, Martínez Cárdenas (2015) plantea que las administraciones públicas de los municipios de Colombia antes de 1988, cuando se establece la elección popular de alcaldes, estaban circunscritas a los políticos profesionales que toleraban el régimen (abogados, empleados públicos). En consecuencia, el centralismo anulaba la participación ciudadana y los servidores públicos que se designaban para dirigir las riendas de un pueblo, al hacer parte de un circuito de lealtades, difícilmente comprendían los contextos y, en su afán de mantener el statu quo, reprimían las libertades individuales y colectivas de los pobladores. En el relato de Tejada Giraldo tal represión se hace visible en el trato que se le da a un acusado, ya que en el afán de buscar culpables, el gobernante de turno busca el medio más simple de “dar solución” a la problemática: hacer pasar por criminal a un hombre inocente.
—Métalo a la celda tres —ordenó el señor Alcalde.
—¿Por qué no lo dejamos un rato mirando al muerto? Tal vez se le ablande el corazón.
—¡Buena esa, Chaverra! —Exclamó el señor Alcalde.
Lo condujeron hasta el zaguán, donde yacía el cadáver de don Luis. Levantaron la tapa del ataúd para que pudiera observarlo bien. —¿No te da remordimiento? —preguntó el señor Alcalde.
—No.
—¿Lo reconoces?
—No.
—¿Por qué lo mataste?
—No he sido yo, señor (p. 70).
En definitiva, la extralimitación del poder da muestra de la poca legalidad que ejerce el mandatario sobre un individuo que siempre vio su aspecto físico como causa de estigma y persecución.
De otro lado, títulos como “De golpe el último golpe” y “Misión cumplida”, trasladan la mirada hacia otro tipo de violencia que da la posibilidad de hacer un análisis del “bandolero social”. Los cuentos referenciados aunque se encuentran claramente delimitados, hacen parte de una historia común que
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se desarrolla en torno a la fatalidad: en principio, un malhechor asesina a una anciana y luego dicho bandolero es liquidado por su compinche. A su vez, en el cuento “Misión cumplida”, el hijo de la mujer asesinada busca al victimario para tomar venganza y al no hallarlo, focaliza su propósito en un individuo atormentado: el crimen que alguna vez cometió el hombre le carcome el alma. No obstante ser tan buenos amigos, a este Froilán Montoya tuve que matarlo yo, y no por cualquier cosa, como he oído decir que es por lo que se mata a los buenos amigos, sino porque él se había vuelto muy malo; además, yo siempre estaba diciéndole insistentemente: no más, Froilán, dejemos esta joda y vámonos para la casa, donde tal vez ni los pobres viejos estén vivos; no más, Froilán. Sin embargo, él no me hacía caso, como si se hubiera curtido por el crimen y no tuviera más remedio (p. 205). El concepto de “bandolero social”, que es tomado de Eric Hobsbawm (1983), permite caracterizar unos personajes que, como se observa en el fragmento citado, están inmiscuidos en un mundo que tiene como marca semiótica la criminalidad. Al respecto, el investigador referencia que el surgimiento de este tipo de malhechores obedece a una forma de protesta rural propia de las sociedades atrasadas o precapitalistas. Hobsbawm (1983) establece que estas protestas nada tienen que ver con la abolición de la explotación, sino más bien con la injusticia o el despotismo de autoridades y funcionarios. Es en este contexto donde el bandolero, así como puede ser héroe “al corregir entuertos y corregir abusos”, puede convertirse también en una figura criminal. En los cuentos referenciados, se evidencia que la imagen benevolente de los personajes es nula: “Esto era lo que no me gustaba de la vida que estábamos llevando, vida llena de zozobras y sobresaltos, porque todo cuanto conseguíamos tenía que venir empapado en sangre inocente” (p. 208). En consecuencia, la crueldad de los actos cometidos, es causante de caos e inestabilidad social y refleja las acciones negativas que emprendieron unos delincuentes que trascendieron su geografía local:
Pero han de saber que su mamá no se murió así porque sí. A ella la mataron dos matones que estuvieron por aquí haciendo mucho mal en la región. El uno se llama Pedro y el otro Froilán Montoya (p. 225). En síntesis, estos malhechores que fueron expulsados de su propio pueblo al incurrir en riñas sin trascendencia, emergen bajo la favorabilidad de ciertas condiciones: desempleo, carencia de tierras, debilidad de un poder público que no ofrece soluciones a problemas sociales y opta por desterrar a unos hombres que, en otras latitudes, se transformaron en verdaderos bandidos.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Paralelamente, el cuento “Por eso no me gusta”, que narra cómo un individuo termina siendo asesinado por asuntos pasionales, da otras aristas (marcas) que permiten centrar la atención en un tipo de violencia que se origina dentro de un contexto particular.
Y cuando nos encontrábamos en el camino, yendo yo con la Marcela, tú la saludabas zalameramente, regándosete el sexo por todo el cuerpo, y te relamías como un hombre hambriento ante un apetitoso plato. Luego me echabas una mirada burlona, achicándome, como si yo fuera un bagazo (p. 155).
Al respecto, debe decirse que el personaje generador de conflicto presenta unos ademanes un tanto grotescos que definen la condición de un hombre desagradable que busca generar malestar a través de su conducta. Luego, cuando del gesto pasa a la amenaza —“Mirá, Marcela, si no dejás a ese pendejón, te hago maleficios” (p. 155)—, se vuelve intimidante. Acto seguido, cuando comete el crimen —“Después colaboraste con las autoridades en el levantamiento del cadáver, haciéndote el yo-no-fui” (p. 158) —, desborda límites y se transforma en agente de peligro.
La historia desarrolla su trama en un contexto que refleja bajos niveles de educación y un alto desorden social y, como consecuencia de esto, la rencilla que se da entre personajes obedece a esa necesidad de poner a prueba la masculinidad y el poder a través de la violencia. En últimas, el asesino del relato —individuo que liga su vida a un modelo patriarcal característico de las estructuras sociales primarias de mediados del siglo xx— no solo quiere acceder a una mujer por medio de la intimidación y la fuerza, sino que termina eliminando a su adversario.
En otro contexto, contraponiendo los estereotipos dictados por la cultura patriarcal, el relato “La segunda muerte de mi tía Milita”, que entre otras cosas da nombre a la obra,7 es una historia que no limita las funciones de la mujer y la ubica dentro de unos ámbitos que la desligan del poder masculino. La historia es una narración donde un joven “tonto” describe cómo su tía, al ser víctima de un ataque (al parecer de epilepsia), es declarada muerta. Más tarde, la mujer sale saludable de su ataúd y el relato continúa con el adolescente contando los sueños eróticos que tiene con su maestra y las peripecias que hace su amada tía para desechar de su cabeza tan “horrendo mal”. 7 El nombre del libro presenta una variación; el pronombre “mi” que se emplea en el cuento es cambiado por el artículo “la”.
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Cuando la Tía Milita se resistió a ser enterrada y metida en una tumba, tenía muchos motivos para proceder así, no obstante las gentes debieron haberse asustado cuando vieron que estaba incorporándose para no dejarse enterrar como los muertos (p. 155).
Cabe señalar que el relato no explica claramente por qué el joven vive con una tía que nunca comunica su estado civil. Al no saberse si el adolescente es huérfano y la mujer es viuda, algunas marcas en el cuento sí permiten conjeturar sobre una situación específica: el personaje del relato analizado es una “matrona” que no solamente cuida de su sobrino: “[…] pienso que si ella se hubiera muerto o se muriera, qué haría yo tan solito en la vida, quién me llevaría al pueblo los domingos y quién me compraría ropa y caramelos” (pp. 115-116). Debido a su condición, también es un referente de poder. La siguiente cita que se desarrolla en un escenario donde predomina la inconformidad, da cuenta de ello:
[…] entonces el muy soplón fue a contar a la Tía Milita que me había pillado capando el almuerzo, que por eso era que ellos quedaban con hambre, que pensaban irse y no volver a trabajar para ella, porque se había vuelto muy-muerta-de-hambre y muy tacaña (p. 116). Si se da una mirada a la sociedad colombiana, se percibe que para la década de los años setenta del siglo xx, se tenía todavía construido un ideal de mujer subordinada a la que le designaban espacios físicos (la casa) y simbólicos (la familia) muy delimitados. Si bien Serrano Muñoz y Rodríguez Herranz (2005) plantean que dicho grado de subordinación no se determina estrictamente por una dependencia económica, debido a que los factores ideológicos y simbólicos muchas veces cobran más peso, la tía Milita muestra que a partir de la templanza de voluntad y ciertas condiciones materiales favorables se logra acceder a una posición privilegiada en medio de un contexto que está atravesado por el prejuicio, la adversidad y la jerarquía social. Por su parte, el relato “Cantor que te vas cantando” es una historia que da pie para analizar los criterios excluyentes que tiene la Iglesia frente a algunos individuos que marcan un distanciamiento con las doctrinas cristianas. El cuento configura el semblante de un músico, virtuoso y trasgresor de reglas sociales, que fallece cerca a su familia. Tras su muerte se genera una polémica debido a que el sacerdote del pueblo se niega a enterrarlo en el cementerio municipal, argumentando la falta de fe en vida del fallecido. ¡Ateo! ¡Eso es lo que eres un ateo! ¡Dios tenga piedad de tí, porque lo que es yo no la tendré! Buen viaje, Reverendo Padre Rufo, que las leyes
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita de la naturaleza lo lleven con bien. Eso me gritó riéndose diabólicamente. ¿Entonces qué pensar de ese engendro del infierno? ¡Era un satanás hecho hombre! Por ello me niego rotundamente a darle cristiana sepultura. ¿Es que un lugar santo como es el cementerio se puede profanar con ese esperpento? (p. 128).
Si bien es cierto que a lo largo de los tiempos se han tenido diversas concepciones sobre la muerte, hay que puntualizar que para la época, la Iglesia y la sociedad se mostraban reacias frente a los fallecimientos de personas que procedían de religiones distintas al catolicismo. Igualmente, los niños no bautizados, los suicidas y los individuos que negaban la existencia de Dios, eran víctimas de rechazo a la hora de ser sepultados. Como lo señala Gómez de Rueda (1997), esta tendencia se daba desde la Edad Media, época en la que a los heréticos se les negaba el cementerio y eran enterrados en sitios encontrados al azar; se aducía que sus cuerpos estaban malditos y no eran dignos de la tierra santa. En suma, la Iglesia se esforzaba por reservar los lugares consagrados solo para aquellos que morían en regla; si en casos excepcionales se accedía a dar sepultura a los cuerpos, se negaba a la vez cualquier tipo de duelo, oración o misa litúrgica. En épocas más recientes (aunque con más laxitud), el Código de Derecho Canónico condena a todos aquellos que no están dentro de la religión católica:
Están privados de la sepultura eclesiástica a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:
1°- Los notorios apóstatas de la fe cristiana o los notoriamente afiliados a una secta herética o cismática o a la secta masónica u otras sociedades del mismo género (en: Gómez de Rueda, 1997, p. 184).
En consonancia con lo planteado, el sacerdote de “Cantor que te vas cantando” asume a plenitud las nuevas directrices que dictaminaba la Iglesia para la época, pues cuando se le pide que dé sepultura al músico, su espíritu medieval es el que da fuerza a su palabra: “[…] ¡nada de cementerio para ese señor! Que lo entierren por ahí, así como al papá de don Demetrio, a un ladito del cementerio, ¡pero no adentro!” (p. 128). Posteriormente, ante la sugerencia del sepulturero, replantea su postura y expresa:
¡Un momento! Viéndolo bien… quizá ustedes tengan razón… Será enterrado en el cementerio, pero les juro que las honras fúnebres serán cortas, medio-medio. ¡Eso sí que no! Si así es, pues yo medio-enterraré a los muertos. Y yo medio-tocaré las campanas y medio-ayudaré en los demás oficios del altar (p. 128).
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La disertación es concluyente. Así como se permitió que el hombre fuera sepultado en una tumba del cementerio, las acciones que se van a realizar en dicho funeral alteran el orden común de las cosas y denotan, en consecuencia, la marca de la exclusión.
Dentro de este contexto, “Las putas también van al cielo” y “La buena gente” son relatos que contienen marcas semióticas muy precisas que dan pie para analizar las acciones de control que toman el Estado y la Iglesia frente al ejercicio de la prostitución. Las historias que guardan correspondencia entre sí, narran la vida de dos mujeres que se dedican al trabajo sexual: en el primer cuento se pone como marco la historia adversa de una joven prostituta; el segundo, centra la mirada en una anciana que, bajo el estigma social, recuerda cómo perdió sus privilegios ante la vida.
Ahora la situación se está complicando aún más, ya que el Cura está metiendo su nariz en este asunto, y dice que te va a excomulgar, y que le ha pedido al señor Alcalde que te eche del pueblo por ser una mujer corrompida y corruptora, que estás acabando con la juventud, que los muchachos no quieren vivir sino entre tus piernas, que ya los papás no los aguantan robando en las casas para venir a revolcarse contigo. Como el señor Alcalde no le ha hecho caso, entonces anda diciendo que te va a despedazar como a ese tal Antonio Galán y hará diseminar tus miembros por todo El Peñol para que sirvan de escarnio y ludibrio, que para qué putas en El Peñol, que para eso está la Virgen para ir a rezarle y pedirle perdón por nuestras malas inclinaciones, que los muchachos están enfermos (pp. 92-93).
Sí, señor Alcalde, todo eso es cierto, y se lo continuaré diciendo y gritando a través de estas rejas. ¡Malditos!, dizque hacerme meter a la cárcel. Pero yo no estoy loca, señor. Que fui una puta, claro que lo fui. Era la única manera de ganarme la vida. Ahora ya no me la puedo ganar porque soy una vieja que va arrastrando la miseria, pero esta miseria no es mía, aunque sí la tengo que sufrir (pp. 141-142).
López Agudelo (2016) plantea que la Iglesia católica es una de las instituciones más importantes de los organismos reguladores de la sociedad, debido a que dicha institución no solo establece unos lazos estrechos con el Estado, sino que además ejerce una fuerte influencia sobre la formación de los ciudadanos. En este sentido, es importante anotar que Antioquia es una de las regiones más religiosas y conservadoras del territorio colombiano, de hecho, para la época en que se desarrollan las historias referenciadas, las normas morales, bajo el precepto de “invocación de la voluntad de Dios”, debían respetarse
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita como ley. En consecuencia, el ejercicio de la prostitución era catalogado por la Iglesia como una práctica impura e inmoral. Estas mujeres eran vistas como seres pecadores que corrompían los valores de la familia y de los jóvenes que representaban el futuro de la sociedad.
Antes de las primeras décadas del siglo xx, cuando se implementaron leyes que no juzgaban la prostitución como “delito de vagancia”, muchas mujeres públicas eran encarceladas, ya que se aducía que sus comportamientos eran generadores de escándalos en el diario vivir (López Agudelo, 2016).8 La Iglesia, que ponía especial empeño en tratar de alejar o evitar todo aquello que tenía relación con el pecado a través de la educación religiosa que se impartía en los templos, los colegios y las fábricas, tuvo en esa figura concreta (la prostituta) un referente de lo malo, que le ayudó a definir los modelos de mujer buena (la madre) que debería ser el referente social a seguir.
Bajo estos planteamientos, no es extraño que los personajes de los relatos aquí analizados, fueran víctimas de la amenaza, la injuria, la discriminación, la excomunión e incluso la cárcel, ya que los principios por los que se rige el sacerdote de las historias se circunscriben a unos patrones culturales muy definidos que ligan la sexualidad de la mujer a la sola procreación. Igualmente, cabe señalar que la doble moral que caracteriza a la sociedad conservadora en los textos mencionados, se refleja cuando el mandatario de la localidad busca a la prostituta bajo la excusa de comunicarle las quejas que sobre ella tiene el cura y las acciones que, en consecuencia, debe emprender —cuando lo que en realidad quiere es acceder también a sus servicios—: Pues bien, a mí me duele que la sociedad sea tan injusta con ustedes, al fin y al cabo son su producto, mejor dicho, a ti la gente te hizo puta porque te necesita como puta. Estoy seguro que me entiendes, claro que me entiendes, porque las mujeres como tú también son inteligentes (p. 146).
La franqueza de las palabras resulta diciente, porque el mensaje presentado entra en contraste con el discurso moralizante que de manera reiterada mantiene el alcalde con el pueblo. Igualmente, el hecho de que respetados hombres de la vida social del municipio visiten a la mujer, evidencia la costumbre: 8 Todavía en el decreto 1335 de 1970, derogado por el art. 242, Ley 1801 de 2016 —Código Nacional de Policía y Convivencia Ciudadana—, se señalaba abiertamente la actividad de la prostitución como una conducta reprochable. Solo hasta la ley 51 de 1981 se introduce un ordenamiento jurídico que empieza a ver a las mujeres que ejercían la prostitución como sujetos de derecho a los cuales el Estado debía proteger.
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—Perra altanera ¡No entiendes sino lo que es pecado! ¡El cielo no fue hecho para ti!
—Las putas también van al cielo.
—¿Cómo te atreves a decir semejante herejía?
—Me lo dice don Cosme.
—¿Que lo dice quién? ¿Acaso él también…? Un santo varón… Siempre ocurre que los malos mezclen a los buenos para limpiarse. Jamás creí que llegaras al colmo de mencionar al justo don Cosme… esa alma de Dios. ¡Sal de aquí que apestas! (p. 94).
En conclusión, la sociedad que refleja la cita se rige por unos falsos principios, donde unos honorables hombres controvierten la misma historia de la cual hacen parte: la voz recriminatoria de un cura enardecido solo destaca la conducta beatífica de “la buena gente” que promueve el rechazo social y la estigmatización, mas nunca se le ve como generadora de conflicto. Finalmente, “Si los muertos también se van”, “Allá en el alto de la cruz” y “Los que nunca se fueron”, son tres relatos que se escribieron entre los años
1978 y 1980 y dan cuenta de un fenómeno coyuntural en la región del Oriente
antioqueño. Los cuentos reflejan, explícitamente, el drama que vivió una población tras la construcción de una central hidroeléctrica en el territorio. La primera historia que se enuncia, tiene como personaje principal a un hombre que gira alrededor de los muertos y de su recuerdo; la necesidad que tiene el personaje de recuperar los restos de sus padres —antes de que las aguas del río represado “sepulten el cementerio”— llevan al hombre a reencontrarse con un desconocido, militarizado y moribundo poblado, en el que los huesos de sus gentes forman un dédalo perfecto. La segunda historia, si bien se presenta como un relato independiente y tiene una unidad de sentido completa, es la continuación del primer cuento y se adentra, por lo tanto, en desarrollar situaciones que en “Los que nunca se fueron” se proponen con dureza. —Muchacho, cuando tu madre y yo hayamos muerto, no permitas que a nuestros huesos los cubran el lodo y las aguas de la represa. —Así lo haré, papá.
[...] La presencia del río Nare al lado de la carretera ya le avisa a uno que El Peñol está solo a tres montañas y media. Así había sido siempre. Pero ahora es el olor a pueblo muerto el que anuncia la cercanía de El Peñol: aire espeso, cargado de cadaverina de pueblo que fue y ahora no es, tapias derruidas, techos venidos abajo, pisos deshechos, escombros amontonados o dispersos (p. 8).
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Como lo plantea la socióloga Ana Patricia Ciro Morales (2015), la presencia del río Nare se hace reiterativa en los cuentos referenciados y desempeñaba, en principio, un papel similar al dios Hermes (mensajero de las fronteras), por cuanto anunciaba siempre la cercanía a un lugar. No obstante, fue este mismo afluente el que brindó la posibilidad de la construcción de un embalse hidroeléctrico que suministra buena parte de la energía que consume el departamento y la nación.
Un personaje que corresponde al relato “Allá en el alto de la cruz”, da cuenta de las estrategias que empleó Empresas Públicas de Medellín para adquirir los predios que posibilitaron la construcción del embalse Peñol-Guatapé: —Que las Empresas Públicas de la capital están construyendo la Gran Central Hidroeléctrica y quieren echarnos de una vez para siempre de El Peñol. Dizque en las escrituras de las tierras que nos compran al precio que ellas impongan hay que incluir una cláusula de expatriación, donde el que venda se compromete a abandonar El Peñol (pp. 38-39). Asimismo, en el cuento “Los que nunca se fueron”, su protagonista recuerda cómo la noticia sobre la desaparición de la cabecera urbana de El Peñol no se dio de una manera formal y directa a sus pobladores: La malhadada noticia de que iba a morirse comenzó por un rumor que fue abriéndose paso hasta alcanzar el tamaño de verdad amarga, como esa pequeña bola de nieve que desprendiéndose de la cima del elevado cerro va rodando y rodando, enrollándose en el camino, agrandándose con todo lo que encuentra en él, hasta hacer trepidar a su paso la tierra toda (p. 98).
Es importante anotar que a finales de los años cincuenta los estudios definitivos del proyecto ya se encontraban listos. Luego, a inicios de los años sesenta, la comunidad del municipio de El Peñol fue informada de que su cabecera urbana y parte de la zona rural, concretamente las zonas más aptas para el cultivo, serían inundadas por el río para dar paso a la central hidroeléctrica más grande del país. Empresas Públicas de Medellín comenzó el proceso con la adquisición de tierras en la zona rural para la construcción del llamado dique de Santa Rita. El 12 de abril de 1969 se firma entre Empresas Públicas de Medellín y la comunidad de El Peñol, en cabeza del alcalde y el personero, el “Contrato Maestro”, documento que se considera único en su género y sin antecedentes jurídicos. En él, la comunidad reclamaba su derecho a poblar un territorio y Empresas Públicas se comprometía a ofrecer el número de viviendas necesarias para solucionar la reubicación de las personas desplazadas, obli-
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gándose a entregar una nueva cabecera urbana con instalaciones completas y servicios públicos, así como la construcción de carreteras y caminos que permitieran habilitar la comunicación con la zona rural. Los peñolenses, por su parte, se comprometieron a salir de su antigua cabecera urbana. La primera etapa del embalse se inició en 1972: se inundaron las vegas más fértiles para la agricultura del municipio, aunque Empresas Públicas no las había comprado, posteriormente empezaron las demoliciones en la zona urbana. Tras las protestas de la comunidad, el Banco Mundial, que financiaba la obra, verificó el incumplimiento del “Contrato Maestro” y los atropellos contra la población, ya que se utilizó el procedimiento de la “expropiación por vía administrativa”. El banco hizo sus reparos contra Empresas Públicas y se comenzó a construir El Nuevo Peñol. En 1975 se comenzaron a hacer las correspondientes explanaciones en el lugar establecido para la reubicación de la nueva cabecera y en 1978 se trasladaron las primeras familias. Todo cambio trae consecuencias y parece que no se realizaron estudios suficientes sobre los impactos sociales, económicos y culturales que traería la construcción de la hidroeléctrica: caminos veredales y carreteras que vinculaban al municipio con Medellín fueron inundados, fuentes de agua limpia se mezclaron con el embalse, igualmente, se alteraron los puntos de referencia al modificar la ubicación geográfica del poblado, es decir, El Peñol no solo cambió en su aspecto físico sino también en sus formas de vida; antaño la agricultura daba sostén a la economía (inmejorables tierras corrieron igual suerte que la cabecera), más tarde lo serán el turismo y la pesca. En resumidas cuentas, muchas de estas problemáticas que devienen de la construcción de una central hidroeléctrica en el municipio de El Peñol, son expuestas en los relatos anteriormente citados. Los protagonistas de los cuentos, a través de situaciones particulares, dan cuenta de muchos eventos que hacen parte de la historia de la comunidad y denuncian, a la vez, las afectaciones materiales, históricas, geográficas e identitarias que generó en ellos la inundación de su territorio.
Conclusiones L a totalidad de los relatos analizados ofrece un mosaico de discursos que no se ciñen únicamente a unos signos lingüísticos, también contienen la conciencia de un individuo (el escritor) y acoge las aspiraciones, frustraciones y necesidades vitales de una comunidad concreta. El autor de La segunda muerte de la tía Milita, a través de instancias discursivas, reactiva la memoria de su cultura, en tanto que su obra literaria ofrece una gran riqueza informativa que da la posibilidad de descodificar las estructuras semánticas, semióticas e ideológicas de los mensajes que presenta.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Las disertaciones, diálogos y reflexiones que posibilitaron el análisis del texto literario, por lo tanto, ponen de manifiesto el discurso de un sujeto colectivo que genera un nivel microsemiótico a través de referencias diversas que dan la posibilidad de comprender el funcionamiento de las estructuras sociales de un lugar delimitado geográficamente: El Peñol. En este orden de ideas, temas referentes al transporte de cargas, la inoperatividad de reformas agrarias, la violencia ejercida por distintos actores, el predominio de una cultura patriarcal, el papel que ejerce la Iglesia dentro de una cultura altamente conservadora y las problemáticas que devienen de la construcción de una central hidroeléctrica en la zona, son temas trascendentales que determinan la historia como un punto clave y dinámico en la producción literaria de Juan Manuel Tejada Giraldo.
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E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita C a p í t u l o v i VI Dosier de la edición anotada
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L a segunda muerte de la tía Milita es una obra que no ha sido reeditada y, como se puede evidenciar, los relatos que contiene el libro adquieren no solo un valor literario sino documental, debido a que la población y el hecho histórico más significativo del municipio de El Peñol se ficcionalizan en sus páginas.
Figura 1 Ubicación del municipio de El Peñol en Suramérica, Colombia y Antioquia Fuente: elaboración propia Nota. El municipio de El Peñol está situado a 67 kilómetros de Medellín, a una altitud de 2000 metros sobre el nivel del mar. Su historia está ligada con el embalse El Peñol-Guatapé, ya que para construir la central hidroeléctrica en el año 1978, Empresas Públicas de Medellín trasladó la cabecera municipal del poblado a 2 kilómetros de su antiguo lugar.
ORIENTE ANTIOQUEÑO
NARIÑO
ARGELIA
ABEJORRAL
LA CEJA
EL RETIRO
RIONEGRO
MARINILLA
EL SANTUARIO
GRANADA
EL PEÑOL
GUATAPÉ
SAN LUIS
PUERTO TRIUNFO
SONSÓN
SAN FRANCISCO
SAN RAFAEL
SAN CARLOS
ALEJANDRÍA
SAN ROQUE
CARACOLÍ
MACEO
SANTO DOMINGO
CONCEPCIÓN
GUARNE
SAN VICENTE FERRER
LA UNIÓN
COCORNÁ
EL CARMEN DE VIBORAL
COLOMBIA
ANTIOQUIA
SURAMÉRICA
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Figura 2 La segunda muerte de la tía Milita. Medellín. Editorial Lealon, 1982 Nota. El libro contiene catorce cuentos cortos. El diseño de la carátula fue realizado por un artista que firmó como “Agostino” y el prólogo de la edición fue escrito por Alberto Aguirre.
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Figura 3 Dedicatoria y firma del autor Fuente: biblioteca pública municipal Rafael Rivera López Nota. En la biblioteca pública del municipio de El Peñol se halla un ejemplar de La segunda muerte de la tía Milita que tiene una dedicatoria escrita por Juan Manuel Tejada Giraldo. El mensaje va dirigido al historiador Alirio Díaz y dice lo siguiente: “Alirio, quizá esperabas más, pero el mundo lo siento y lo veo así”. Figura 4 Artículo de la revista La nave de los necios. 2015 Nota. En el año 2015, Ana Patricia Ciro Morales publica en la revista La nave de los necios un artículo sobre tres relatos (“Si los muertos también se van”, “Allá en el alto de la cruz”, “Los que nunca se fueron”) de la obra La segunda muerte de la tía Milita.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Figura 5 Artículo de prensa: “A propósito de un libro de cuentos”. El mundo. 1983 Fuente: Museo Histórico de El Peñol Nota. En el año 1983, el periódico El Mundo publicó un artículo de Ernesto Ochoa sobre la obra del escritor peñolense Juan Manuel Tejada Giraldo.
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Figura 6 Artículo de la revista La nave de los necios. 2014 Nota. La revista La nave de los necios publicó en el año 2014 un artículo donde se reseñan todos los cuentos que contiene la obra.
Figura 7 Dos fotografías de Juan Manuel Tejada Giraldo Fuente: Jaime Morales Nota. Juan Manuel Tejada Giraldo nació en el municipio de El Peñol en el año 1936 y falleció en la ciudad de Medellín en 1998. La segunda muerte de la tía Milita es su único libro publicado. Ambas fotografías fueron tomadas por Carlos Morales.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Figura 8 Camino de Islitas (i) Fuente: Museo Histórico de El Peñol Nota. El Peñol, 200 años municipio y parroquia: 1774-1974.
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Figura 9 Camino de Islitas (ii) Fuente: Museo Histórico de El Peñol Nota. El relato “Más allá de la locura” es una narración que permite comprender por qué, a inicios del siglo xix, la economía de los arrieros del municipio de El Peñol entra en detrimento cuando el camino de Islitas pierde importancia al establecerse otro medio de comunicación que unió la región central del departamento con el río Magdalena.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Figura 10 El Alto del Salvador Fuente: Jaime Morales. Fotografía de Carlos Morales (1972) Nota. El Alto del Salvador es un gran monumento que Juan Manuel Tejada Giraldo describe en el relato “Allá en el alto de la cruz”. Se encontraba ubicado en un extremo del cementerio municipal. A pocos metros de allí, estaba un lugar denominado el Alto de las Cruces, que sirve de locación para el cuento referenciado.
Figura 11 Río Nare Fuente: http://www.cfepenol.org/alfonso.html, 2019 Nota. El río Nare nace en el municipio de El Retiro (Antioquia). Recorre los municipios de Rionegro, Marinilla, El Peñol, entre otros. En los relatos constantemente se hace referencia a él.
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Figura 12 Ruinas del cementerio municipal tras la inundación que generó el represamiento del río Nare Fuente: María Paula Rivera Ocampo (1974) Figura 13 Ruinas del cementerio municipal tras la inundación que generó el represamiento del río Nare Fuente: Jaime Morales. Fotografía de Carlos Morales (1978) Nota. El cuento que lleva por título “Si los muertos también se van”, da cuenta de situaciones que hacen evidente cómo fue el proceso de traslado de los cadáveres que reposaban en el cementerio municipal. Este hecho cobra importancia en la historia reciente de El Peñol, ya que una parte de los restos de sus habitantes fueron depositados en un nuevo camposanto, ante la reubicación de la cabecera municipal.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Figura 14 Demetrio Galeano Jácome Fuente: Museo Histórico de El Peñol Figura 15 Residencia de Demetrio Galeano Jácome, hoy Casa Museo del municipio de El Peñol Fuente: Museo Histórico de El Peñol Nota. La figura de Demetrio Galeno (1883-1965) cobra importancia en los cuentos “La segunda muerte de mi tía Milita” y “Más allá de la locura”. Este personaje era un médico de ascendencia italiana que atendía sus pacientes en su misma casa. Se resalta que su residencia (después de la inundación que generó el represamiento del río Nare en la zona) se convirtió en la Casa Museo del municipio de El Peñol.
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Figura 16 Antigua cabecera del municipio de El Peñol (i) Fuente: Jaime Morales. Fotografía de Carlos Morales (1973) Figura 17 Antigua cabecera del municipio de El Peñol (ii) Fuente: Museo Histórico de El Peñol Nota. Los relatos “Si los muertos también se van”, “Allá en el alto de la cruz” y “Los que nunca se fueron”, dan cuenta de las problemáticas que generó, para la población peñolense, la construcción de una central hidroeléctrica en el territorio. En este orden, las imágenes que se presentan, permiten visualizar, por una parte, cómo la desaparecida cabecera municipal era atravesada por el río Nare (costado izquierdo de la primera foto). Posteriormente, al ser represado dicho río va llenando paulatinamente los espacios de las casas derruidas.
E di ción ano tada - La segunda muerte de la tía Milita Figura 18 Imágenes de la Central hidroeléctrica El Peñol-Guatapé y del territorio inundado Fuente: https://images.app.goo.gl/rZyrhhvm2F6gBpfc8 Nota. La represa que abastece la central hidroeléctrica se halla en terrenos de los municipios de El Peñol y Guatapé, no obstante, la subestación generadora de energía se encuentra ubicada en el municipio de San Rafael. Una de las críticas que hace Juan Manuel Tejada Giraldo en el relato “Allá en el alto de la cruz”, tiene que ver con el hecho de que el represamiento del río Nare dejó bajo el agua los terrenos más fértiles para la producción agrícola (las vegas). Esta situación llevó a que los campesinos tuvieran que explorar otros terrenos menos productivos (las laderas).
Editado en octubre de 2024 Tipografía: IM FELL DW Pica y Cormorant Garamond
H U M A N I S M O S
Cita: Tejada Giraldo, Juan Manuel (2024), La segunda muerte de la Tía Milita, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/43685