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Página 3 de 39Marco Aurelio: de la historia a la ficción literaria
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Discursos de posesión en la Academia Colombiana de la Lengua

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Fondo Editorial Facultad de Comunicaciones y Filología, Universidad de Antioquia Calle 67 # 53-108, oficina 12-406, Medellín, Colombia Teléfono: (+57) 604 219 5926 Correo electrónico:

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ISBN: 978-628-7706-94-1

ISBN digital: 978-628-7706-95-8 Primera edición: octubre de 2024 Dirección editorial:

Diana Paola Guzmán Méndez Comité editorial: Juliana Restrepo Santamaría, Diana Ramírez Hoyos y Paula Andrea Marín Colorado Asistente editorial: Daniel Alejandro Cardona Henao Diseño y diagramación:

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Ver con palabras Pedro Alejo Gómez Palabras previas al discurso de posesión como miembro de número a la Academia Colombiana de la Lengua Marco Aurelio: de la historia a la ficción literaria Español: lengua mía Montoya, Pablo, autor.

Marco Aurelio: de la historia a la ficción literaria / Pablo Montoya. -- Primera edición. -- Medellín: FOCO. Fondo Editorial, 2024. 70 páginas.

ISBN: 978-628-7706-94-1 (impreso) ISBN: 978-628-7706-95-8 (digital)

1. Marco Aurelio, Emperador de Roma, 121-180

-- Ensayos, conferencias, etc. 2. Marco Aurelio, Emperador de Roma, 121-180 -- En la literatura.

3. Literatura colombiana. I. Título.

Catalogación en publicación de la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz LC: PA3939 CDD: C864.7 ed. 23

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∫ 6 Apreciado Pablo:

L e ha correspondido a usted la silla de Adolfo de Francisco, un ilustre médico y humanista que sabía que las palabras son la primera herramienta terapéutica y que, igual que las heridas, (...) a veces también hay que curar la vida. Tengo de Adolfo el recuerdo indeleble de una amistad que a lo largo de la vida fue una lección. Ver con palabras1 Pedro Alejo Gómez

1 Discurso pronunciado en nombre de la Academia Colombiana

de la Lengua el 2 de mayo de 2024 en la ceremonia de recepción de Pablo Montoya como miembro de número.

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∫ 8 No podría por ningún motivo comenzar sin evocarlo. Celebro que sea usted quien ocupe la silla que a él le correspondió. I Hace ya unos años escribí un texto para el ingreso de Pablo Montoya, a quien propuse como miembro correspondiente de esta Academia. Quiero ahora completarlo con algunas reflexiones sobre su obra reciente y decir algunas cosas sobre su persona. Hay una independencia central en la obra de Pablo Montoya que debe resaltarse. Una independencia que no capitula y que es radicalmente la razón de ser del escritor, que es un hombre que se asoma con palabras y desde las palabras al vasto horizonte de todos los tiempos pasados, presentes y por venir. El escritor es un hombre que ve con palabras y que con ellas muestra. Decir, etimológicamente, es mostrar.

Esa independencia es la responsabilidad del escritor consigo mismo y con los hombres. Los temas que Montoya aborda y la forma en que lo hace son la prueba de esa independencia, tanto más apreciable en una época en que las editoriales fabrican escritores que a la postre no son son más que sus amanuenses, o, si se quiere, sus productos. Esa honorable independencia en los temas y la forma de abordarlos son la razón de la dignidad de su obra y serán la razón para que esta perdure. II La obra ensayística de Montoya es una admirable prueba de lucidez. Un Robinson cercano —lo cito como ejemplo— comprende 10 ensayos sobre literatura francesa del siglo xx que van de Gide a Julien Gracq y Celine. Esos textos están poblados de agudas observaciones que revelan esa capacidad reflexiva que permite que la decantada obra de Montoya tenga la singularidad y la hondura que tiene.

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∫ 10 Esas lecturas permiten afirmar que la ciudad que él habita es el tiempo, que es la más populosa de todas las ciudades. “El lenguaje es la única sociedad del hombre (cháchara, cotilleo, familia, genealogía, ciudad, leyes, charla, cantos, aprendizaje, economía, teología, historia, amor, novela) y no se conoce ningún hombre que se haya librado de él”, afirma Pascal Quignard, sobre quien escribe uno de esos ensayos.

III

Hombre en ruinas —un extenso poema en prosa que Pablo Montoya presentó hace años en la Casa Silva— es una epifanía que está en el corazón de su obra, particularmente en Lejos de Roma y en Marco Aurelio y los límites del imperio. De todo queda un vestigio que va desde la geología hasta el trazo deliberado. Una nota de autor sobre Hombre en ruinas recuerda que “frente al Coliseo, asediado de voces y de imágenes que me llegaban desde el fondo de la memoria más remota, tuve que aferrarme a la escritura. Surgieron entonces los primeros bocetos de lo que más tarde sería un extenso poema en prosa sobre el sentido en el vestigio. […] seguí escribiendo sometido a las impresiones dadas por el tiempo ido y a la ansiedad del hombre por permanecer. […] sabiendo que lo único perdurable es la huella. Huella cuyo pálpito es una imagen fragmentada que después se funde en el olvido”.

Digo que Hombre en ruinas forma una trilogía con Lejos de Roma y Marco Aurelio, libros estos que son, sin duda, significativamente y más que cualquier otra cosa, diálogos con Ovidio y Marco Aurelio. Esas voces articuladas que residen en las Metamorfosis y las Meditaciones con las que sus autores buscaron hacer retroceder las fronteras de la muerte, usted, Pablo, las acoge, más que como testimonios, como palabras en el diálogo del Hombre que es la vida.

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∫ 12 Mientras dure el diálogo durará la vida, porque la vida es cambiante y la muerte, en cambio, es quieta y rígida y no se mueve.

Quiero citar, en homenaje a usted, unas líneas de una de las cartas que le escribió Marco Cornelio Frontón a Marco Aurelio: “Sucede que el filósofo puede ser un impostor, pero el que se dedica a las letras no puede serlo. Lo literario es cada palabra. Por otra parte, su propia investigación es más profunda a causa de la imagen”. Su obra, Pablo, ajena al truco y libre de toda grandilocuencia, prueba la verdad de Frontón. Otros textos suyos —Estación Tolstoi, La risa de Voltaire y las otras peregrinaciones— son visitas, dialogos con hombres, respuestas siglos después en el gran diálogo de los tiempos que es la Historia. Publio Ovidio Nasón, el hombre que al comenzar las Metamorfosis afirmó con una belleza que se confunde con la verdad “ahora estoy preparado para decir cómo los cuerpos se transforman en otros cuerpos”, al ser exiliado por Augusto estuvo abocado a explorar en Tomos, a donde habría de morir, la geografía del destierro que son los repetidos confines de su propia memoria. Ese es el asunto de Lejos de Roma. Otros son los territorios que aborda Marco Aurelio y los límites del imperio. Es interesante anotar la relación entre los territorios de los dos libros: uno explora los íntimos confines de la memoria y, en él, su límite con el tiempo son sus nostálgicos recuerdos pues, más que a otra parte, Ovidio está desterrado en el fondo de sí mismo. El otro aborda los confines del mundo afuera, hasta donde es alcanzable.

Los años durante los que hemos conversado me han parecido apenas el preludio de todas las cosas que nos quedan por abordar. Quienes conocieron a mi padre recuerdan su inmensa cultura que no usaba para apabullar,

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∫ 14 su ecuanimidad, la costumbre de no imponer distancias. Si ahora lo menciono es justamente porque su trato me lo recuerda.

Su ingreso a esta Academia es un honor. Me honra darle la bienvenida.

Academia Colombiana de la Lengua, Mayo 2 de 2024 Pedro Alejo Gómez (Bogotá, 1953). Escritor y abogado. Es el director de la Casa de Poesía José Asunción Silva desde el 2003. Es miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua y del Cuerpo de regentes de la Universidad de América. Ha publicado La estructura política del cielo (1975), El mundo espejo de mi mano iba (ensayo sobre los cuentos de Pedro Gómez Valderrama, 1996), Retrato en el tiempo (2005), Catálogo de máscaras (2006), Tratado de alas (2007) y Cartografía de los espejos (2014). Fue embajador de Colombia en Holanda, delegado ante la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya y ante la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, Gobernador ante el Fondo Común de Productos Básicos y conjuez del Consejo de Estado. Hizo estudios de filología y letras del ruso en Moscú, en la Universidad para la Amistad de los Pueblos Patricio Lumumba y de Derecho Administrativo en la Universidad de París.

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∫ 16 G regorio Salvador Caja ya dijo todo, y mucho más, sobre las particularidades de la letra Q, cuya silla vengo a ocupar en esta prestigiosa Academia Colombiana de la Lengua. Gregorio Salvador, en su memorable discurso para posesionarse como miembro de número de la Real Academia de la Lengua Española, desentraña las virtudes y la historia de esta letra que es, entre todas las del alfabeto, la que otorga más latinidad a nuestra lengua. Yo, que soy tan solo Palabras previas al discurso de posesión como miembro de número a la Academia Colombiana de la Lengua

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∫ 18 un escritor y un profesor de literatura y no un sabio, como lo fue Salvador Caja, solo quiero decir algunas palabras no sobre la letra que me ha correspondido, sino sobre la persona que reemplazo aquí. Se trata del académico colombiano Adolfo de Francisco Zea, quien ocupó la silla Q de esta Academia entre 2008 y 2021. No conocí personalmente a mi predecesor, pero esta breve semblanza la hago gracias a su propia escritura y a las palabras que sus amigos y seres queridos han dicho sobre él. Adolfo de Francisco Zea nació en Bogotá en 1928 y murió en esta misma ciudad en 2021. Fue un hombre de inteligencia preclara y de una inmensa capacidad para entender con lucidez las vicisitudes humanas desde su profesión. Dedicó sus esfuerzos profesionales, que fueron copiosos, a esa mezcla humanística que suelen otorgar los abrazos de la medicina, la historia y la literatura. Recorrió el mundo acompañado de su curiosidad infatigable por la ciencia médica y el psicoanálisis. Ocupó cargos directivos en asociaciones médicas en Colombia y siempre se comportó como un hombre responsable y benemérito. Por sus frutos intelectuales y la reputación de su persona fue miembro de las Academias colombianas de Medicina, de Historia y de la Lengua. Sus estudios sobre la psicología del mundo de Franz Kafka supieron llamar la atención de los estudiosos de la obra de quien sea acaso el escritor más inquietante de la lengua alemana del siglo xx. Asimismo, sus consideraciones sobre la locura en don Quijote de la Mancha y las relaciones entre el humanismo y la medicina forman parte de las preocupaciones que, como ensayista, supo desplegar en sus libros Adolfo de Francisco Zea. Rindo, pues, mi homenaje a este maestro de la medicina y a este indagador entusiasta de la palabra literaria. Y solo espero que pueda llenar de alguna manera el gran vacío que ha dejado en esta Academia que hoy me recibe.

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∫ 20 1¿P or qué escribir desde la Colombia del siglo xxi una novela sobre Marco Aurelio?

La respuesta es sencilla: porque fue mi manera de reaccionar, como autor de ficciones históricas, a la pandemia del coronavirus que arremetió contra el planeta, en 2020. Aquella situación de gran incertidumbre en la que se pudieron comprender, por un lado, las relaciones entre el poder político, militar y sanitario y las sociedades civiles, y por el otro, la fragilidad y Marco Aurelio:

de la historia a la ficción literaria2 Pablo Montoya

2 Discurso leído en la Academia Colombiana de la Lengua en la ce-

remonia de posesión como miembro de número. Bogotá, 2 de mayo de 2024.

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∫ 22 capacidad de resistencia que posee la criatura humana, fue lo que me lanzó a la Roma del siglo ii de nuestra era.

En ese siglo, entre los años 165 y 180, sobrevino la primera pandemia sobre los dominios del Imperio romano. Los especialistas hablan de una especie de viruela que hubo de diezmar a una buena parte de las legiones militares, que, entre otras cosas, fueron quienes la difundieron a través de sus campañas expansionistas. A Marco Aurelio, como dirigente imperial, le tocó enfrentar entonces un panorama de crisis generalizada como nunca antes se había presentado. Este emperador, cuyo principal anhelo era ocuparse de la filosofía y que, al llegar al poder, quiso gobernar sus dominios en paz, debió capotear calamidades diversas. Primero, la llegada de la peste a Roma (ciertas fuentes dicen que en esa ciudad morían dos mil personas diarias a causa del flagelo). Luego, inundaciones y terremotos devastadores. Y, al mismo tiempo, debió ocuparse de las invasiones bárbaras y el crecimiento de la secta del pez que habría de contribuir a que un poderoso imperio pagano se convirtiera en un manojo convulso de reinos cristianos.

El asunto de gobernar, con las mejores intenciones, una realidad abocada a la debacle fue lo que, en primera instancia, me atrajo del mandato de Marco Aurelio. Una realidad que se asemeja bastante a la nuestra en lo que tiene que ver con la experiencia del cosmopolitismo y sus conexiones comerciales, los flujos migratorios continuos y las crisis pandémicas, climáticas y bélicas. La labor que realicé fue tan ardua como apasionante y este discurso de posesión como miembro de número pretende transmitir, con la anuencia de ustedes, la tensión creativa e investigativa a la que se ve sometido alguien cuando decide hacer una novela sobre un personaje histórico de las dimensiones del emperador estoico. Es decir,

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∫ 24 los modos en que se oscila, una y otra vez, entre las supuestas verdades del pasado y la reinvención imaginativa de ellas.

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Las fuentes directas a propósito de Marco Aurelio están reunidas en dos textos que él mismo escribió. El primero es Meditaciones que, en rigor, no fue un libro pensado para publicarse, sino una serie de ejercicios espirituales para sobrellevar la cotidianidad de un hombre cuya principal responsabilidad fue tratar de que el imperio que regía no se derrumbara. El segundo lo comprende la correspondencia con Frontón, el maestro en retórica latina de Marco Aurelio, en la que aparece un vínculo afectuoso, sesgado de simpatías mutuas, entre el maestro y el discípulo.

Ahora bien, la gran diferencia que se levanta entre Meditaciones y esta correspondencia está moldeada por los apuros de un período temporal. Meditaciones se trama durante los últimos años de la vida del emperador, cuando su tarea esencial era combatir contra los sármatas, cuados y marcomanos en las fronteras del norte y tratar de negociar con ellos una paz tan escurridiza como endeble. Pero cuando Marco Aurelio las escribía era un hombre enfermo y una buena parte de sus seres queridos ya no existían. Por lo tanto, los escritos A sí mismo —tal es la traducción directa del griego de estos pensamientos— están nimbados de una suerte de pesimismo melancólico cuyo mérito consiste en que toda su visión de la existencia humana se traduce en una sabiduría particular, a veces oscura y críptica, a veces transparente y consoladora, que no ha cesado de atraer a los lectores a lo largo de los siglos. Mientras que las cartas entre Frontón y Marco Aurelio, intercambio de sentimientos y anécdotas íntimas y poco inclinado a la divagación de la filosofía y a las exigencias de la retórica, pertenecen a la

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∫ 26 juventud del futuro emperador, cuando aún no se habían precipitado sobre el imperio todas las tormentas.

Otras fuentes directas importantes son las cartas administrativas que el mismo emperador emitió y sus edictos, varios de ellos registrados en el célebre Digesto. Luego, están los textos secundarios integrados por tres biografías que datan de los siglos iii y iv: la de Julio Capitolino, que está en Historia Augusta; la de Herodiano, que puede leerse en Historia del Imperio romano después de Marco Aurelio; y la de Eutropio, ubicada en el Breviario de la historia romana. Así como los libros de la Historia Romana de Dion Casio, dedicados a este emperador. Pero es la biografía de Historia Augusta acaso el manantial de donde han bebido tanto los historiadores como los escritores a la hora de querer acercarse a Marco Aurelio. Sugestiva fuente mayor ya que la semblanza de Capitolino se enraíza no solo en el dato de lo que sucedió, sino también en el mero chisme y el rumor infamante.

De hecho, los historiadores reconocen que Historia Augusta no es una fuente segura. Aunque sea inevitable acudir a ella para tratar de levantar ante los ojos de las nuevas generaciones algo que posee, más bien, el perfil de la ruina y el vestigio. Pero me atrevo a suponer que es este contorno el que más atrae a los escritores a la hora de lanzarse a ese ayer. Un ayer hecho de polvo y humo y que resulta imposible recuperar del todo. O que solo se logra asir gracias al encantamiento, propio de las cosas ilusorias, que prodigan las palabras escritas o leídas.

En realidad, la historia como la literatura se enfrentan al pasado con herramientas más o menos idénticas, aunque los fines buscados por los unos y los otros sean algo distintos.

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∫ 28 El historiador asume el pasado a través de la investigación. Se dirige a las fuentes con minucia y, si es responsable con los principios de la ciencia histórica, se apertrecha en la objetividad y la imparcialidad para reconstruirlo. El escritor obra de manera parecida. Sabe, por ejemplo, que si quiere escribir una novela sobre un emperador romano del siglo II deberá consultar con rigor y disciplina los a veces sinuosos y poco visibles archivos de la historia. Pero lo que distancia al escritor del historiador es que el primero actúa desde las orillas de la literatura. En estas se imponen, y en ocasiones con libertad inobjetable, las coordenadas de la invención y la imaginación. ¿El historiador sería, entonces, el mensajero de la verdad y el escritor un sospechoso emisario de la mentira? La pregunta no es ociosa. Y no lo es porque seguimos leyendo los libros de historia y las novelas históricas bajo tales interrogantes. Apoyándonos en la antigua distinción de Aristóteles que plantea que la historia cuenta lo que sucedió, mientras que la poesía aquello que podría haber sucedido. Lo que se podría afirmar, en todo caso y con relativa seguridad, es que el historiador y el poeta son hijos de su tiempo. Lo cual significa que cada uno rehace el pasado permeado por unas modas del pensamiento y unas estéticas que son determinadas por esas mismas modas.

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La primera novela sobre Marco Aurelio se publicó en España, en 1528, y se convirtió en un best seller renacentista. Se editó varias veces en el mismo siglo y hubo muy pronto traducciones a otras lenguas. Es como si con esta aceptación entusiasta en el vasto imperio español que gobernaba Carlos i, hubiese una anticipación del gran éxito que tiene Meditaciones en la actualidad. El libro áureo de Marco Aurelio de Fray Antonio de Guevara fascinó a un público que se interesaba por esa existencia ejemplar

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∫ 30 del pasado desde su ir y venir por palacios, iglesias y monasterios. La novela se nutre, por lo demás, de una tradición literaria que, en la España de entonces, gustaba de jugar con remotos manuscritos en lenguas extranjeras y extraviados en bibliotecas. Lo que leemos en Guevara es, pues, una traducción ofrecida al lector de un modo parecido a como lo habría de hacer después Miguel de Cervantes con Don Quijote de la Mancha. Guevara narra, en la primera parte del libro, la vida de Marco Aurelio y termina con dieciocho cartas que él escribe a varias cortesanas. Contorno este último que evidencia cómo Guevara pretendió satisfacer las expectativas del público lector del siglo xvi.

Es curioso que El libro áureo de Marco Aurelio se haya escrito cuando aún Meditaciones no se había editado. De él solo circulaba una copia que hizo Aretas de Cesárea, en el siglo x, y había permanecido oculta en alguna de las bibliotecas de Italia. La primera edición de Meditaciones, traducida al latín —recuérdese que el emperador escribió este manojo de consideraciones personales en griego— aparece en 1559, cuando ya Antonio de Guevara había muerto. Por lo tanto, se puede deducir que el fraile tomó como referente principal a la Historia Augusta. El fondo histórico de ciertos eventos y los personajes ciertamente parten de allí. Pero el resto, y acaso lo más sobresaliente de los episodios de la vida del emperador, surge de la imaginación de Guevara. Y esta imaginación acude tanto a la invención como a la falsificación. Falsificación que, valga la pena precisarlo, nunca se tomó como un defecto en el siglo xvi. Al contrario, era lo que se le pedía al escritor: que inventara, falsificara o modificara el pasado, pero que supiera acogerse a la verosimilitud del relato. Y nada cuesta suponer que fue este rasgo de la novela de Guevara lo que provocó el éxito de su primera recepción.

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∫ 32 Pero así Guevara no hubiera leído Meditaciones, es evidente que se dejó llevar por la imagen del emperador estoico que las generaciones posteriores han modelado. En esto Guevara anticipa las novelas que vendrán después. Es decir, forja un personaje literario empujado por el tremendo peso que la historia y sus formas discursivas le han otorgado. La dimensión de esta exigencia alcanza tales extremos, que Guevara no hace ninguna descripción física de su personaje. Solo presenta a un hombre benevolente y lleno de virtudes morales. En el prólogo a la novela Guevara, por ejemplo, dice: Veed… la vida de este príncipe y veréis quán claro fue su juicio, quán recta su justicia, quán recatado en su vida, quán agradesçido a sus amigos, quán sufrido en sus enemigos, quán severo con los tyranos, quán pacífico con los pacíficos, quán amigo de sabios y quán émulo de sabios, quán venturoso en sus guerras y quán amigable en las pazes…

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En adelante, las novelas históricas en que Marco Aurelio se presenta, sea como personaje principal o secundario, gozan de estos atributos. El espesor estoico del emperador y el hálito de sabiduría que destilan sus pensamientos, tal como lo han expresado los intérpretes de su época y de la modernidad —desde Julio Capitolino hasta Pierre Hadot— caen de hinojos ante esta figuración. Pero es quizás Ernest Renan, con su Marco Aurelio y el fin del mundo antiguo, quien más contribuyó a que tengamos, desde la fecha de su publicación en 1882, la idea de que este emperador manejó las diversas crisis del siglo ii con el carácter tolerante y comprensivo de un sabio verdadero. Con todo, hay dos aspectos complicados y polémicos que sobresalen en las novelas que se ocupan de Marco Aurelio y que Renan también menciona. El primero es su entorno familiar en el que aparecen, cubiertos por un manto de oprobio

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∫ 34 continuo, Faustina, su esposa, y Cómodo, el hijo de ambos y el sucesor imperial. Frente a la primera, todas las novelas, sin excepción alguna, se refieren a una emperatriz lasciva y proclive al desenfreno.

Antonio Guevara registra, igualmente, la faz lujuriosa de esta mujer. Y cuatro siglos más tarde, en Mario el epicúreo, de Walter Pater surge el mismo perfil. Tratado, no obstante, con cierta distancia porque el escritor inglés se preocupa por matizar la clemencia y bondad que hay tanto en el comportamiento como en los discursos del emperador. Mario el epicúreo se publicó en 1885 y sedujo a la generación de Oscar Wilde y al círculo de Oxford, por los contornos finos y crepusculares en que se describe la Roma de los antoninos. La novela da cuenta de la formación filosófica de un joven de la nobleza romana. Mario se inicia en el platonismo, transita por el estoicismo y el epicureísmo y culmina sus días subyugado por los ritos fúnebres de los cristianos. Durante tal periplo, en el que se describe tanto la capital del imperio como algunas zonas rurales de Italia, se asiste a una lección de estilo en la que, por momentos, la intervención de la reflexión filosófica detiene no solo la trama de los hechos, sino que minimiza lo que es el encanto supremo de esta obra: su aliento poético. Rara novela histórica, insuflada por la poesía y la filosofía y las guisas en que romanticismo se acercó a la antigüedad romana, Mario el epicúreo sigue conservando el rótulo de ser un libro de culto. Reconozcamos entonces que, ante la valoración negativa de Faustina que ha hecho Historia Augusta, los escritores se han sentido atraídos. Qué mejor motivo para suscitar el interés de la literatura que una emperatriz disoluta. Se trata de un buen plato ofrecido por esa Roma en la que, junto a un dirigente moderado y justo, aunque cornudo, se mueve

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∫ 36 una matrona de instintos insaciables y de corazón perverso. La biografía de Capitolino habla de “infamia”, de “deshonor”, de “crimen” en una Faustina que no vacilaba en acostarse con marineros y gladiadores. Por estas infidelidades perniciosas, atribuladas por un ansia ninfómana, Faustina resultó engendrando a Cómodo, el más abominable de los emperadores. Pero es menester recalcar que es en “algunos dicen” en donde se basa Capitolino para esgrimir la conclusión de que todo lo dicho en los corrillos de la hablilla es verdad.

Se sabe que Faustina tuvo con Marco Aurelio trece hijos durante una vida marital que le abarcó acaso treinta años. Y fue una mujer virtuosa, responsable y culta. Es más, el mismo emperador la homenajea al final del primer libro de Meditaciones cuando señala su carácter dócil, afectuoso y desprovisto de artificios. Lo que ha sucedido es que no se la perdonado a Faustina haber sido la madre de Cómodo. Un hombre tan virtuoso —tal ha sido la opinión que ha prevalecido a lo largo de los siglos— no podía ser el progenitor de un ser humano tan monstruoso y aberrante. Pero hoy es factible concluir que a Faustina le ha tocado recibir los vituperios de esa misoginia implacable, propia de le mentalidad romana del imperio, que luego habría de pasar, y con mayor virulencia aún, a los historiadores y cronistas cristianos de después.

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El segundo aspecto, presente en estas novelas, es la relación de Marco Aurelio con el cristianismo. Algunas lo muestran como un perseguidor de la secta y, por ende, le atribuyen la responsabilidad de los eventos brutales sucedidos en Lungdunum, hacia el año 177 o 178. Una carta, atribuida a Ireneo, fue enviada a las iglesias de Asia y Frigia y allí se consignaron el salvajismo ejercido por las autoridades romanas de esa ciudad y la

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∫ 38 memorable resistencia de las víctimas, entre las que se encontraba Blandina, una esclava cristiana de origen asiático. Esta muchacha, humilde y de frágil constitución, fue torturada hasta el límite delante de un populacho que osciló, según el testimonio de Ireneo, entre el delirio ebrio y la estupefacción, porque Blandina, siendo tan endeble, tardó mucho en morir. Había sobrevivido no solo a las torturas de los calabozos y del anfiteatro, sino a las garras de los leones y a los cuernos de un toro. Y, por supuesto, gracias a esta entereza, muy pronto Blandina recibió los honores de la santificación.

Sobre la carta de Ireneo —de la que no se conoce el manuscrito original y solo quedaron los fragmentos que recuperó Eusebio de Cesárea en su Historia eclesiástica— Max gallo se apoya para escribir Marco Aurelio: el martirio de los cristianos (2006). Allí el emperador es un personaje secundario y solo surge para que el lector comprenda la contradicción que hay cuando un sabio estoico, digno exponente de la perfección humana, ordena la tortura y muerte de aproximadamente cincuenta cristianos. Julius Priscus, amigo de Marco Aurelio, escucha testimonios de cristianos en Lugdunum sobre la persecución que han padecido. Priscus, que posee esclavos practicantes de esta superstición religiosa, no abomina de la religión oficial de Roma, aunque se pronuncia en contra de las brutalidades cometidas contra aquellos pobres inocentes. La novela se detiene en describir los excesos de los sentidos y la sed de sangre de los paganos, sobre todo cuando habla de Cómodo y su entorno. Y reprocha, una y otra vez, a un Marco Aurelio, entre taciturno y reflexivo —múltiples pasajes Meditaciones son parafraseados siempre que Priscus conversa con él— el que haya autorizado semejantes atrocidades.

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∫ 40 La pretensión de Gallo, en la línea trazada por Quo vadis de Henryk Sienkiewicz, es homenajear a los mártires de una religión que, en la novela, se antepone, como un depositario de cualidades fraternales y amorosas, a una sociedad decadente que sucumbe a la fascinación por la crueldad y obedece a un poder envilecido. Pero para levantar la loa a la resistencia cristiana se escenifica la incapacidad política y la ambigüedad moral de Marco Aurelio. Porque lo que termina planteándose es que el emperador fue el principal culpable de estos hechos que la historia de los vencedores, es decir la de los cristianos, ha edificado. Esto no es motivo, por supuesto, para censurar el balance de Gallo, pues lo suyo es una novela y, por tanto, pura ficción. Pero es evidente que al leer su libro el desocupado e ingenuo lector concluye que lo contado, al menos frente a los martirios y el mecanismo político que los ordenó, fue la verdad de lo sucedido.

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Charles Renouvier es el autor de un sugestivo libro llamado Ucronía. Largo ensayo historiográfico con atavíos de novela, y enmarcado en las tendencias utopistas del liberalismo francés del mediados del siglo xix, Ucronía parte de una mutación imaginada de la historia de la Roma imperial del siglo II, para tratar de incidir en el devenir democrático de la Europa Occidental. La ucronía, tal como la propone Renouvier, es una historia paralela que se desencadena por unas trascendentales decisiones políticas asumidas por Marco Aurelio. En esta variante de lo que sucedió y habría de suceder —y aquí se sitúa la ficción literaria de Renouvier— Marco Aurelio no cede el poder a Cómodo. Al contrario, decide desterrarlo y continúa con la adopción del mejor, empezada por Nerva y continuada por Trajano y Adriano. De tal manera que el emperador otorga la administración del imperio a Avidio Casio, a Claudio Albino y a Helvio Pertinax,

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∫ 42 quienes, amparados por principios estoicos, harán cumplir los propósitos del virtuoso regente. Estas medidas son todas de tipo utópico, si se tienen en cuenta las situaciones de la época, pero vistas desde ahora apuntan a la consolidación de sociedades más justas e igualitarias, más liberales y progresistas, y obedecen a la ideología política del infatigable activista político y filosófico que fue Renouvier. Algunas de las medidas propuestas por este Marco Aurelio liberal son, entre otras, otorgar la ciudadanía a todos los habitantes libertos de las provincias occidentales. Ceder las tierras incultas a los campesinos que se comprometan a cultivarlas. Disminuir la esclavitud otorgando manumisiones a esclavos responsables y trabajadores. Reducir impuestos a los más pobres y aumentar los de los más pudientes. Eliminación del servicio militar obligatorio a tres años. Aumentar las instituciones educativas gratuitas del Estado y fortalecer la enseñanza de la filosofía y las letras. Ampliar los derechos civiles de las mujeres. Y, finalmente, prohibir la ciudadanía romana a todos aquellos que se declaren cristianos y rechacen las obligaciones cívicas exigidas por el código civil romano.

Es en este último punto, por supuesto, donde el Marco Aurelio de Renouvier se diferencia del de Gallo y demás escritores que han denigrado de Marco Aurelio por haber perseguido a los cristianos. En Ucronía se postula una transformación de la historia del personaje para reivindicar el papel civilista y antimilitarista, racional y pacifista que, a juicio del escritor francés, debería de tener el destino histórico si no del planeta, al menos de la Europa occidental. Este Marco Aurelio tan pragmático como utopista se suicida, incluso, porque no quiere implementar la violencia para llevar a cabo las medidas que deja planteadas en su testamento. Testamento que es

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∫ 44 uno de los pasajes más atractivos del libro de Renouvier. Porque en él se dibuja un emperador que apunta al futuro, es decir, a este en el que nosotros, ciudadanos del siglo xxi, nos movemos. Marco Aurelio es consciente, por ejemplo, de los tres grandes problemas que debe superar la civilización romana para proyectarse en el futuro. Ellos son el militarismo, la esclavitud y la intolerancia religiosa. Frente al militarismo, el emperador de Ucronía propone una progresiva eliminación de los ejércitos hasta llegar a la desaparición de la profesión militar, perjudicial porque ella tiende a la violencia, para una vivencia verdadera de la paz. Ante la esclavitud, considera necesario abolirla de cualquier república que se pretenda justa. Y con respecto a la intolerancia religiosa, aconseja que los cristianos deben ser expulsados del imperio por odiar la libertad de las conciencias y oponerse a que ella sea extendida por el mundo. Pero el Marco Aurelio de Renouvier es magnánimo y considera que no se debe castigar con la muerte a aquellos sectarios que detesten a Roma y la tilden de gran Babilonia digna de ser devorada por el fuego divino. Solo hay que desterrarlos y dejarlos regresar cuando estén curados de su intransigencia y de su ambición de tomarse el poder. Este altruismo estoico se trasunta, especialmente, en el juramento que los cristianos deben hacer si quieren permanecer en las provincias occidentales de Roma. Es interesante citarlo aquí porque actúa como un espejo que refleja las bases esenciales sobre las que se han edificado las democracias europeas actuales. No sobre un libro religioso, sino sobre una especie de código civil, el cristiano y cualquier otro ciudadano de la gran ciudadela que anhela Marco Aurelio debe decir: “Creo en la durabilidad del mundo, en la moral natural del hombre, en la santidad de los derechos y de los deberes sociales; respeto la conciencia de mis conciudadanos y los

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∫ 46 cultos que han fundado o que puedan fundar más adelante, siempre y cuando esos cultos no atenten contra la libertad ajena; reconozco el orden político en el que mis propios derechos son reconocidos; no pongo por encima de ese orden, en lo que pertenece a su dominio, ninguna potencia sobrenatural capaz de obligarme; y renuncio a toda acción personal y a toda asociación cuyo fin consistiera en someter la vida civil a una creencia religiosa.”

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En Con los ojos abiertos, Marguerite Yourcenar hace una declaración polémica. Al preguntársele por qué no optó por Marco Aurelio y sí por Adriano para escribir su célebre novela, la escritora belga responde que la experiencia humana de Marco Aurelio es profunda pero no vasta, mientras que la vida de Adriano ofrece lo variado y múltiple. Opina, además, que lo referente a Marco Aurelio ya fue dicho por él mismo. Reduce la vida de este emperador a una cotidiana postura de la armadura romana, a la sobriedad de un funcionario escrupuloso y descorazonado, y a un enfermo que tomó, también todos los días, medicamentos para sus úlceras estomacales. Y consciente quizás de esta semblanza limitada, Yourcenar pone como remitente de la larga carta que escribe Adriano, al joven y meditabundo Marco Aurelio. Pero pareciera que la literatura frente a Marco Aurelio no ha hecho mucho caso a las palabras de Yourcenar. Yo, que tanto he aprendido de ella, de sus novelas y ensayos así como de sus posiciones políticas, también la he desatendido. Porque solo fue sumergirme en la vida y la época de este emperador, de un modo bastante similar a como ella lo hizo con el suyo —afianzado en la investigación exhaustiva y ejerciendo una frecuente empatía hacia el personaje ficcionalizado—, para concluir que su existencia fue tan rica como variada, y tan dramática como ejemplar. Y mi divisa,

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∫ 48 siguiendo la tradición iniciada por Antonio de Guevara, fue reinventar a Marco Aurelio. ¿Y para qué? Pues para ponerlo a dialogar con nuestros días.

El Marco Aurelio que ofrezco al lector en mi reciente novela titulada Marco Aurelio y los límites del imperio es, entonces, un gobernante que, en las vísperas de su muerte, hace un recuento de su periplo existencial desde los cuarteles de invierno. Es un hombre otoñal y enfermo quien reflexiona sobre las sinuosidades del poder y también sobre su paradoja esencia. Se abordan, en diferentes momentos de la novela, temas como el sentido de la vida y la muerte, los ciclos breves y sucesivos de ese orden cósmico entendido por los estoicos, el amor familiar y el deseo erótico, los éxtasis solares, el conflictivo vínculo que tuvo Roma con los bárbaros y los cristianos, y la búsqueda incesante de una paz menoscabada a toda hora por el advenimiento de la guerra. La novela que escribí, haciendo eco del contexto temporal en que comencé a idearla, inicia con la llegada de la peste a Roma. Luego se hace un recuento de la infancia y adolescencia de Marco Aurelio teniendo como referente lo escrito en Meditaciones.

Pero lo que es brevedad y misterio en el primer libro de esta obra, decidí ampliarlo en la novela. Así, meros nombres de hombres y mujeres pronunciados para ser agradecidos por los favores y enseñanzas recibidas, se llenan de gestos y carnalidad, de planteamientos éticos, intelectuales y apasionados frente a las diferentes facetas de la vida. Y es que mi intención fue otorgar, a la vez que respetaba la cronología de los hechos de la vida de Marco Aurelio, una mayor envergadura humana a esos personajes que la historia ha tratado ya sea con desdén o indiferencia, ya sea con injuria ominosa. Por tal razón, traté de reivindicar a las mujeres. Y ellas se presentan como acompañantes

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∫ 50 primordiales a la hora de querer entender las dinámicas del comportamiento íntimo y público del emperador.

En esta dirección, la figura de Domicia Lucila, la madre, es sinónimo de luminoso amparo. Faustina, la esposa, no es la pérfida amante de gladiadores brutos, sino alguien inteligente y sensato que se une a las arduas tareas administrativas de su esposo. La emperatriz, incluso, es objeto de erotización en la novela, así como lo es aquella concubina tardía y anónima elegida por Marco Aurelio y que apenas es mencionada por la Historia Augusta. Tal erotismo acaso sea uno de los riesgos más grandes que asumí a la hora de ficcionalizar una figura histórica que, en razón de su sacralización, ha sido despojada de cualquier goce corporal y de toda fantasía sexual. Finalmente, está el papel que ocupa en la novela la nodriza que tuvo el emperador. La evocación de esta joven, esclava griega que amamantó al bebé y le enseñó al niño las primeras palabras de su lengua, actuará a lo largo de la formación sensual y mística de Marco Aurelio como una suerte de hilo de Ariadna que lo conducirá al hallazgo que significa todo centro. Con todo, hay un personaje que me permití inventar para introducirme, como escritor del siglo xxi, y darle a la novela una crítica al devenir militarista del Imperio romano. El de Roma, recuérdese, fue un modelo de civilización basado en la expansión bélica y en la idea de una supremacía social. A mí no me interesó nunca caer en la lisonja ni a Roma ni a Marco Aurelio, a pesar de sentir atracción por los inmensos aportes de la cultura de la primera, y por la visión estoica de la vida y la muerte del segundo. Al contrario, quería polemizar con ambos. Por este motivo, y porque la pretensión de la novela fue siempre actualizar la figura de un emperador de la Roma del siglo ii, puse la figura a Livio Tertulo en escena, que es un pacifista alimentado por las ideas

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∫ 52 de Musonio Rufo y un antiesclavista y una especie de feminista como lo fueron muchos estoicos de la antigüedad.

Ahora bien, esta idea de confrontar diferentes miradas sobre la presencia de la guerra en los procesos civilizatorios, se enmarca con claridad en la tradición cervantina. En mi novela se plantea, o más bien, se debate la idea que Cervantes ilustra en Don Quijote de la Mancha, de que son las armas las que deben ser cantadas por las letras y que estas últimas han de jugar un papel subalterno. Aunque la novela de Cervantes es una apuesta por la imaginación literaria y su hidalgo es magnánimo y combate a favor de los más humildes, no deja de ser también un hombre intoxicado por la idea de las armas y su sistema de vanaglorias y celebraciones. Aunque ¿cómo pasar por alto la caricaturización de Cervantes del pomposo caballero militar al vestir a don Alonso Quijano con armas risibles y montándolo en un caballo enclenque?

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Escribir desde la Colombia del siglo xxi una novela sobre Marco Aurelio significa no solo entrar en esa literatura extraterritorial que planteó en su momento George Steiner, como una expresión cosmopolita surgida en coordenadas que los idearios regionalistas asfixian con frecuencia, sino también formar parte de esa importante tradición que llegó al Nuevo Mundo traída por los europeos cultos y letrados del siglo xvi y xvii. Significa, asimismo, decir que nosotros, los escritores de estos parajes montañosos, costeros, llaneros y selváticos de América del sur, somos inobjetables herederos de Roma.

Semejante heredad puede verse reflejada, aquí y allá, en la literatura colombiana. Surge con las preocupaciones estilísticas y las faenas del traductor en Miguel Antonio Caro, quien hizo una de las traducciones más impresionantes de la Eneida de Virgilio al español.

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∫ 54 Aparece en esa rara novela, deliciosamente erudita, Phineés de Emilio Cuervo Márquez, que supo abrir una veta de la que algunos de nosotros seguimos bebiendo. O en los poemas de Guillermo Valencia en los que esa Roma antigua se asoma, a veces con la perfección de un mármol esculpido. O en la valentía del guerrero enamorado que describe “La muerte del estratega” de Álvaro Mutis. O en el ir y venir de Pablo de Tarso, convencido de que él mismo es un hombre y, al mismo tiempo, un iluminado por Dios, que Germán Espinosa forja en El signo del pez.

La literatura es, finalmente, como el cauce de un río que avanza en el tiempo alimentado de sus múltiples afluentes. Y la lengua, escrita y oral, es el agua que nos hace creer que es la misma así cambie cada vez que se la mire. Y los acontecimientos tumultuosos, las civilizaciones que se suceden, los numerosos seres humanos entran en esa suerte de corriente que sigue y no cesa y se siente interminable por momentos. Para después desembocar en la vastedad de otros horizontes. Entre esas iluminaciones portentosas, provocadas por el torrente de la historia, está Roma y todo lo que de ella continua desprendiéndose. Por ello decir, amparándonos en uno de aquellos bárbaros similares al que registra Borges en “Historia del guerrero y de la cautiva”, nos quoque romani sumus, es decir que esa antigua tradición sigue palpitando con fuerza entre nosotros.

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∫ 56 E spañol, amantísima lengua que hablo desde niño y que hablaré cuando esté muriendo. Morada que he utilizado para formarme y deformarme. Para protegerme y arriesgarme. Para comprender la orfandad y la insignificancia. Consolación y loa de mi cuerpo. Garita de mi rebeldía. Recinto de mi honra y rampa de todas mis indignaciones. Español, lengua en la que creo que soy y sueño lo que soy y anhelo lo que tal vez nunca sea. Estoy aquí para celebrar tu elongación de tantos siglos. Ese camino, a la vez magnífico y Español:

lengua mía3 Pablo Montoya

3 Discurso de Pablo Montoya al posesionarse como miembro

correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. Bogotá, 21 de noviembre de 2016. Este texto está publicado en el libro: Español: lengua mía y otros discursos. Medellín: Sílaba Editores, 2017.

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∫ 58 tortuoso, prestigioso y sórdido, que va desde una noticia de kesos de un monje anónimo de León hasta las elucubraciones complejas sobre libros de un poeta de Buenos Aires. Estoy aquí para festejar tu existencia que me da cobijo, me arrulla y también me sobrecoge. Estoy en esta sala académica, que ha decidido recibirme en su seno, para decirte el amor que te tengo y agradecerte el valor que me das para enfrentar la degradación y la muerte. Esa dosis de esperanza que significa saberme parte de un todo. Grano de arena de una inmensa playa que recorro y que, apoyado en ti, intento descifrar. Español, lengua mía, cuántas cosas esenciales has nombrado. El barro, el aire, la sangre. El agua, el fuego, la luz. Lengua génesis. Lengua matriz. Lengua padre y madre. Lengua en la que, como decía un poeta de México, falo es el pensar y vulva la palabra. La procreación que de ti surge, como manantial y desembocadura, la he hallado en tus palabras. Selva, mar, montaña, canto, humanidad que hormiguea en la Tierra y desentraña los enigmas y conoce las verdades a través de ti. Humanidad opresa y liberada, en este tránsito de la vida que es la fusión del dolor del mundo y la epifanía de sus gozos.

Español, lengua del amor y el deseo. Cómo no mencionar el cuerpo en esta gratitud mía. Tú que eres signo en la piedra, en el papel y en la pantalla. Que eres hálito inspirado y expirado en mi boca. Tan intangible e inasible sirves, sin embargo, para materializarme. Para hacerme conciencia plena y fugaz de la piel. Porque todo en ti es brevedad, pese a tu aspiración por la permanencia. Vastedad que se cree sin término cuando conoces el cuerpo enamorado. Ese cuerpo divino que se torna noche oscura y dichosa en los versos de un poeta de Ávila. Y que también alcanzas, para tocarlo y definirlo, el cuerpo contingente, extasiado en medio de su prisión de líquidos

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∫ 60 y humores. Delicia del sentir convertida en palabra dicha, escrita y leída. Para que luego, poderosa y evanescente, nos invada la tristeza de la saciedad.

Español, lengua niebla y lengua luz. Lengua fraternal y justa, pero también cruel y discriminadora. Tu rostro es múltiple como lo es el tiempo. Eres Bella como un amanecer y terrible como un exterminio. Entonces cómo no saberte bosque, florecimiento de los ramajes que te contienen. Albricias de los vientos fecundos y proliferación constante de las savias. Y cómo no saberte también la imagen del abismo cuando yo mismo soy el abismo, y la bruma sin fondo de su reflejo. Cuando yo, extraviado en el cosmos, ajeno a la confianza de los dioses, aplastado por la intemperancia de los hombres, me he preguntado, siempre hundido en ti, aferrado a esa superficie tuya circundada de barrancos, quién soy y cuáles son mis rumbos.

Porque en ti, estremecido por tus itinerarios, y disparado hacia las otras lenguas, he saboreado la extraña claridad de una verdad que es menester reconocer. Esa que consiste en creer que un hombre es, de principio a fin, todos los hombres. Oh, lengua entrañable, torrente despedazado y a la vez masa indestructible. Magma quemador y agua fresca, el universo en su doble esencia de concentración y dilatación, se devela a cada instante a través de tus sonidos. Estallido atroz y prodigioso en el que el mal y el bien danzan en nuestra sangre, en nuestro pensamiento, en nuestro sueño más oculto. Yo vengo de ti. Soy hijo tuyo sabiendo que en mí te vuelves mi heredera. Soy parte de esa historia cuyas orillas siempre han sido el orgullo y la deshonra, la belleza y la fealdad, el heroísmo y la picardía, el amor y el odio de tantas generaciones que han atravesado esta ilusión del tiempo que todavía nos sostiene. Historia iniciada, acaso, en alguna aldea castellana. En

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∫ 62 una confluencia de pastores rústicos y clérigos letrados. En misiones comerciales, legales y militares que organizaron un reino que apenas daba sus primeros pasos. Pero antes de aquella periferia medieval, anclada en el cristianismo y rodeada de islamismo, judaísmo y paganismo por todas partes, hubo un núcleo agitado de idas y regresos, de éxodos y aventuras, de batallas y conciliaciones. Cuántos romanos, cuántos godos, cuántos visigodos, cuántos celtas, cuántos ibéricos, cuántos árabes, cuántos bereberes y occitanos se encontraron para crear esta lengua que, a través de meandros prolíficos, ha llegado hasta a mí. Español, cómo me conmueves en tu incesante vaivén de muertes y nacimientos.

Surgiste, déjame suponerlo, de una de esas de torres habladoras donde el desconcierto y la revelación se confabularon. Brotaste de algún nivel de muros inextricables y, como las otras lenguas, tu raíz fue la fragmentación y el barullo. Uno de esos hombres del principio, creado por la historia y la imaginación, definió tu origen marginal e incomprensible. Ese hombre fue producto de un incesto de hermanos, idiotizado por la herencia y el pecado. Deambuló por diferentes monasterios. Creció en ellos y aprendió en sus recintos las lenguas que la decadencia del latín regurgitaba por Europa. Ese monje terminó hablando una lengua que era todas y ninguna. Y esa manera suya de expresarse fue paradigmática. Porque negaba la pureza de la lengua. Ninguna lengua, en realidad, lo es. Y tú, español, tampoco eres lengua pura. Ni lo has sido ni podrás serlo jamás. Porque el impulso de tus movimientos, siempre palpitante, es la mezcla, la interminable variabilidad.

Pero en tu mismo ser habita la paradoja. Te levantaste, a través de un entramado de familias ilustres, de una religión monoteísta que te protegió, de estudiosos solitarios, de

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∫ 64 gramáticos minuciosos y exorbitantes, de iluminados y sombríos escritores y de un fervoroso grupo de pedagogos que han viajado por la Tierra. Todos ellos trataron de demostrar que debes ser preclara y homogénea. Que lo tuyo ha de buscar la simplificación de la norma y la elocuencia del buen hablar y la perfección del buen escribir. Porque tú eres también la lengua de la legislación, de la administración y de la educación. Y tu propósito, a través de los diccionarios, las ortografías y las gramáticas, ha sido velar por una cierta pureza y una cierta corrección. Pero cómo olvidar que la humanidad juega contigo. Que te tuerce el cuello de la solemnidad a cada instante. Que va y viene una y otra vez en una fresca insolencia, y se acoge día a día al bullicio y hace que tu fuente se rebose en un delta de muchísimos brazos. Mientras por un lado, te sientes honorable en la necesidad de mantener tu morada en orden y equilibrio. Por el otro, está esa faceta tuya que se mueve y brinca y busca el aire y se sacude en medio de una espiral maravillosa, casi infinita de palabras y expresiones. Porque esa es tu condición ineludible: desde los días en que todo pasaba no más allá de los linderos de Castilla y unos cuantos miles te hablaban, hasta hoy en que millones de humanos desparramados por el orbe lo siguen haciendo a su manera, tú estás forjada, español, en la diversidad, y en ello reside tu patrimonio vitalísimo. Y entonces llegaste a América. Tú, que fuiste nimia ante el esplendor de lenguas más remotas, enfrentaste una nueva etapa. Te tocó el turno, como antes al persa, al griego, al latín, al árabe de ataviarte de lengua imperial. Te creíste la enviada de Dios y la civilización. La emisaria de la verdad y la razón. Llegaste a estas tierras nuevas sustentada en un grupo de prosapias dignas. Había quedado atrás tu raíz campesina y te volviste insigne. Y tu voz fue retórica, impositiva, castigadora. Tus representantes se macularon de sangre

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∫ 66 y se agigantaron de honor en sus conquistas y tú les ayudaste a limpiar y a enaltecer sus hazañas bélicas. ¿Qué pudimos entender por esos días de gloria embriagadora, de invasiones y enriquecimientos viles? Supimos, y no cupo duda, que todo imperio y todo trono debe sentarse en la silla poderosa de una lengua. Y tú, español, lengua mía, lo fuiste con terrible holgura.

Pasaste, arrasadora, por estos lares americanos. Al lado de la cruz y la espada tu presencia se hizo tan imponente como abrumadora. Hubo en ti una pretensión de ubicuidad. Como si el sueño de ese sabio monarca de España, de convertirte en la lengua de la cultura y de la ciencia, se hubiera explayado hasta lo inverosímil. Las otras lenguas, habladas por los indios nativos y los negros provenientes de África, fueron prohibidas, ignoradas, muchas de ellas aniquiladas. Y el desprecio y el olvido cayeron sobre casi todas como una afrenta. Y tú nos enseñaste, durante siglos, que esas lenguas no eran tales, sino hablas sin importancia, frágiles expresiones de la barbarie, dialectos que conducían al salvajismo y la sandez. Toda una hermosa y original e inteligentísima expresión de la multiplicidad del mundo desapareció por culpa de tu prepotencia.

Una parte de ti, empero, se acercó, respetuosa y conmovida, a las lenguas americanas y africanas. A través de un manojo de monjes curiosos y de otros tantos aventureros de la conquista, la colonia y la república, permitiste que esos otros te estrecharan en sus brazos, te besaran en sus labios y se fundieran en tu espíritu. Como si nos dijeras que hay algo primordial, de tu condición, que está impregnado por esos seres diferentes que también eres tú. Que te preocupan, sin duda, los destinos opuestos y los propósitos insólitos. Que es menester salir de la circunstancia angosta que significa hablar una sola lengua y dejar que las brisas de

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∫ 68 las otras manifiesten su frescura extraña. Que hay algo supremo en todo aprendizaje que reside en el encuentro con el otro, en su real conocimiento, y en el respeto admirado de su diferencia milagrosa.

Y fue por esos días que surgió otro monje. Se le pidió que recopilara las creencias de esas tribus indígenas que iban desapareciendo vertiginosamente de las Antillas por el brutal contacto con los emisarios de tu lengua. Ese monje se hundió, emocionado y humilde, en esos universos oscuros y al mismo tiempo prístinos. Y escribió un recuento que es el trasunto alucinante de las mezclas lingüísticas americanas que han marcado tu destino. Ahora bien, ¿con ese oficiante de la religión y con otros similares a él, podría afirmarse que abriste tu albergue al pensamiento y la palabra de los otros? Algunos dicen que sí con satisfacción consoladora. Otros argumentan, sin embargo, que no ha sido suficiente con esas presencias insulares. Y que el daño, provocado por tu desdén hacia tantas lenguas, no podrá resarcirse.

Con todo, tú eres un río colosal. Imparable y turbulento. Atribulado de rumores y gritos. Recogido en las oraciones más privadas y fraternal en las exclamaciones más regocijantes. Y vas recibiendo, aquí y allá, lo que tus afluentes te entregan. Cómo no celebrar ahora esa fuerza tuya, esa intimidad tuya y esos abrazos tuyos. Y de cuántas maneras yo quisiera hacerlo. Ahora, en este día en que me honras, a pesar de mis reclamos, como un cultor de tu palabra. Tú eres, español mío, mi soporte y mi arma. La única patria que intento mantener indemne en medio del engaño y la manipulación. En ti, o a través de ti, o sostenido en ti, he aprendido a abstenerme. Tú eres mi más visible fortaleza, mi aposento más secreto, mi más querida manera de resistir. No creo que lo haya logrado enteramente porque más que un

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∫ 70 hombre a secas soy un hombre seco y siempre me acosa la fragilidad y la impotencia. Pero he tratado de ser limpio en medio de la crueldad y la grosería. He procurado, hasta donde me ha sido posible, que eso tan esencial que habita en tu espacio y en el cual yo me guarezco, no sea instrumento de los guerreros. Contigo he sabido la exuberancia de la vida y su esplendor abigarrado. Aquí, el humor, la ironía, el sarcasmo. Allá, la voz exquisita y desbordante del goce sensorial. Aquí, la inteligencia calculada de ciertas abstracciones. Allá, la oscura y asfixiante relación del miedo y la locura. Pero ahora, que termino este modesto homenaje, quiero confesarte cuál es mi deseo. Acaso también sea el tuyo. Quisiera callar. Para oír y así nombrar, por un instante, el silencio. Este libro se terminó de imprimir en octubre de 2024, año en el que el escritor y profesor de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia fue nombrado miembro de la Real Academia Colombiana de la Lengua.

Cita: Montoya Campuzano, Pablo José (2024), Marco Aurelio: de la historia a la ficción literaria, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/43893