La otra cara de la moneda: análisis del concepto de violencia de Johan Galtung en tres crónicas del libro Crecimos en la Guerra de Pilar Lozano
Mirey Córdoba Pérez
Ensayo presentado para optar al título de Filóloga Hispanista
Asesora Diana María Barrios González Doctora (PhD) en Literatura
Universidad de Antioquia Facultad de Comunicaciones y Filología Filología Hispánica Medellín, Antioquia, Colombia
2025
Cita (Córdoba Pérez, 2025) Referencia
Estilo APA 7 (2020) Córdoba Pérez, M., (2025). La otra cara de la moneda: análisis del concepto de violencia de Johan Galtung en tres crónicas del libro Crecimos en la Guerra de Pilar Lozano [Trabajo de grado profesional]. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.
Biblioteca Carlos Gaviria Díaz
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Dedicatoria A mi amado padre, F. Hermes Córdoba, quien nunca dejó de apoyarme, aconsejarme y alentarme y, aunque ya no se encuentra en este plano, espero poder honrar su legado y amor.
Agradecimientos Quiero agradecer a mi hermana, Verónica Córdoba, por su apoyo incondicional, su paciencia, escucha y cariño, pues ha estado presente en cada paso de mi camino, es mi ejemplo, mi inspiración y la admiro. A mi madre, Mary, por siempre alentarme a continuar y a seguir mis sueños, aún sí no son claros para ella. Ambas constituyen el pilar de mi vida, agradezco su amor y acompañamiento constante, sin ellas este proceso no hubiese sido posible. A mis amigas, por escuchar mis objeciones, siempre brindarme ánimos y hacer más llevadera la academia y la vida. Y en especial, agradezco a mi asesora, Diana Barrios, porque gracias a su paciencia, integridad, consejos y apoyo, se culmina con éxito mi formación. Gracias por la dedicación en cada clase y asesoría, gracias por ser una excelente maestra, que por medio de la escucha y empatía, inspira y alienta en cada paso del proceso académico.
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Tabla de contenido Resumen ........................................................................................................................................... 6 Abstract ............................................................................................................................................ 7 Presentación.................................................................................................................................. 8 Una propuesta desde la Sociología de la Literatura ................................................................... 10 La teoría de la violencia de Johan Galtung y su aplicación en el análisis de las crónicas de Pilar Lozano ........................................................................................................................................ 12 Contextualización del conflicto armado colombiano ................................................................. 13 Tratamiento de la infancia en el marco del conflicto armado .................................................... 16 Aplicación de la teoría de Johan Galtung a las crónicas de Pilar Lozano .................................. 20 La sociología literaria en las crónicas de Pilar Lozano .............................................................. 43 A modo de cierre ........................................................................................................................ 47 Referencias ..................................................................................................................................... 51
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Lista de figuras Figura 1 Triángulo de la violencia ABC………………………………………………………………. 12
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Resumen Esta investigación analiza el concepto de violencia de Johan Galtung en tres crónicas del libro Crecimos en la guerra de Pilar Lozano. Se enfoca en la violencia estructural, directa y cultural que impacta a la infancia en el marco del conflicto armado colombiano. La obra da voz a niños, niñas y adolescentes involucrados en la guerra, permitiendo una comprensión de cómo fueron orillados a participar en el conflicto. La investigación se enmarca en la Sociología de la Literatura de Gisèle Sapiro, que estudia la literatura como reflejo y herramienta de transformación social. A través de un análisis cualitativo documental, se examinan las crónicas, realizando una relación con la violencia y la falta de presencia estatal. Se aborda también el contexto histórico del conflicto colombiano desde la década de 1960 hasta inicios de los 2000, dejando en evidencia el reclutamiento infantil y la vulnerabilidad que se registra en las comunidades rurales. El análisis se apoya en la literatura como testimonio y denuncia, mostrando cómo la violencia se perpetúa a través de estructuras sociales y narrativas culturales. Finalmente, se plantea la importancia de visibilizar las historias que emergen de la vinculación con el conflicto, para promover estrategias de reconciliación y justicia social para la infancia afectada.
Palabras clave: violencia estructural, violencia directa, violencia cultural, conflicto armado
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Abstract This research analyzes Johan Galtung's concept of violence in three chronicles from the book Crecimos en la guerra by Pilar Lozano. It focuses on the structural, direct and cultural violence that impacts children in the context of the Colombian armed conflict. The work gives voice to children and adolescents involved in the war, allowing an understanding of how they were forced to participate in the conflict. The research is framed within Gisèle Sapiro's Sociology of Literature, which studies literature as a reflection and tool for social transformation. Through a qualitative documentary analysis, the chronicles are examined, making a relationship with violence and the lack of state presence. The historical context of the Colombian conflict from the 1960s to the early 2000s is also addressed, highlighting child recruitment and vulnerability in rural communities. The analysis is supported by literature as testimony and denunciation, showing how violence is perpetuated through social structures and cultural narratives. Finally, the importance of making visible the stories that emerge from the link with the conflict, in order to promote reconciliation and social justice strategies for affected children.
Keywords: structural violence, direct violence, cultural violence, armed conflict
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Presentación Colombia ha sido atravesada a lo largo de su historia por el conflicto, mucho se habla de las consecuencias generales de la guerra y se retoman opiniones desde la política, la economía, los daños colaterales y demás, sin embargo, hay una población a la que no se le suele preguntar cómo ha sido su experiencia con la violencia, la población infantil, ya que son los más afectados y son los que menos tienen voz en los registros históricos. Es así como el trabajo que ha realizado Pilar Lozano a lo largo de su experiencia como periodista toma importancia, pues ha dedicado parte de su carrera a la escritura juvenil e infantil. En su libro Crecimos en la Guerra, compila historias de quienes, siendo niños y niñas, vivieron de forma directa las consecuencias del conflicto interno colombiano, ya sea desde las bandas criminales de la ciudad, el ser víctimas en el fuego cruzado e incluso el reclutamiento de los grupos al margen de la ley. Además, muestra las circunstancias sociales que, se puede decir, los obligaron a participar del ciclo de violencia que les arrebató su infancia.
Por lo anterior, esta investigación se centra en analizar el concepto de violencia, con énfasis en la violencia directa, cultural y estructural de Johan Galtung, aplicado a tres crónicas del libro Crecimos en la Guerra de Pilar Lozano (2014): “Así fue como dejé de ser niño”, “Un hombre grande, de once años” y “Nosotros fuimos criados en la guerrilla”. Estas crónicas narran, desde los testimonios1, las diversas formas en las que la infancia ha sido atravesada por la violencia y se ha visto participe de forma directa o indirecta en el conflicto armado colombiano. El período comprendido en la investigación es de 1960 al 2000, pues es el momento en el que se registra el surgimiento de las guerrillas y grupos paramilitares y también, es el periodo dentro del cual se circunscribe el desarrollo de la obra. Este estudio pretende observar cómo el libro refleja la violencia en las vidas de los niños involucrados en el conflicto, partiendo de la pregunta: ¿cómo se representa en el libro Crecimos en la Guerra de Pilar Lozano el concepto de violencia de Johan Galtung, aplicado a la vulnerabilidad de la infancia en el conflicto armado colombiano? Por tanto, el objetivo principal de este ensayo es analizar las tres crónicas, indicadas anteriormente, del libro Crecimos en la guerra a partir de la Sociología de la Literatura, que permite guiar el estudio de la obra desde su contexto histórico hasta el contenido, pues en las crónicas se
1 Las historias que compila Pilar Lozano son testimonios de niños, niñas y adolescentes, que estuvieron vinculados o tuvieron algún tipo de acercamiento con los grupos al margen de la ley, como también de quienes vivieron las consecuencias del conflicto armado colombiano de finales del siglo XX.
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refleja un fenómeno social que se vincula con las estructuras de poder, ideologías y contexto. Específicamente, el análisis se realiza desde el concepto de violencia del sociólogo Johan Galtung, estudiando el fenómeno de la violencia que relaciona aspectos de la violencia directa, estructural y cultural, teniendo en cuenta la participación de la población infantil en el conflicto armado colombiano. Es importante estimar las implicaciones generadas por el conflicto armado, en la población infantil, para realizar una reflexión en torno a la obra que refleja parte de la realidad colombiana y que, permite una integración tanto del contenido literario y los conceptos teóricos, como del contexto social y político del país.
Cabe mencionar que, en el proceso de investigación, se identificaron algunos estudios relacionados con el tema. Dos están directamente relacionados con las crónicas Crecimos en la Guerra, mientras que la mayoría de las investigaciones abordan la violencia en Colombia y el manejo que se le da desde temas jurídicos a la relación de la infancia con los grupos al margen de la ley o las implicaciones sociales del reclutamiento infantil. Entre los estudios más relevantes se encuentra: La violencia en la obra de Pilar Lozano y Gerardo Meneses Claros (2023), este estudio parte de la pregunta: ¿cómo se está discutiendo la violencia que afecta a niños, niñas y adolescentes en la literatura contemporánea?, sin bien busca responder esta inquietud de manera general en la investigación, el estudio aporta al proceso de análisis de la obra de Lozano (2014) en la medida en la que también aborda la violencia de manera general en la obra, los tipos de violencia que se presentan: violencia sexual, desterritorialización, daños corporales, uso de la fuerza, pérdida de identidad, reclutamiento y desmovilización. Permitiendo tener una concepción general de otros tipos de violencia y sirviendo como ejemplo para el análisis.
Otro estudio que aporta al proceso investigativo es: Perspectivas de infancia en los grupos armados colombianos: análisis de las narrativas testimoniales crecimos en la guerra y era como mi sombra de Pilar Lozano (2020), en esta tesis los autores realizan un acercamiento a la obra de Lozano (2014) desde los planteamientos de Cornelius Castorladis (1975) analizando en dos crónicas de la obra los conceptos de lo real, lo simbólico, y lo imaginario. Este estudio analiza aspectos entorno a los eventos que constituyen una realidad dentro de las crónicas. Cabe mencionar que ambos estudios analizan aspectos diferentes de la obra, aunque coinciden con dos de las crónicas seleccionadas2.
2 Las crónicas que coinciden en las investigaciones son: “Así fue como dejé de ser niño y “Nosotros fuimos criados en la guerrilla”.
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Si bien los estudios mencionados pueden relacionarse con la investigación, no tienen el mismo énfasis y, por tanto, lo que permiten, es ampliar la perspectiva de análisis de la obra de Lozano (2014), pues aportan desde diversos aspectos históricos, sociales, conceptuales, culturales y literarios. Además, los diferentes enfoques teóricos dan paso a la comparación de violencias que se encuentran presentes dentro de la obra, permitiendo tener en cuenta tanto el contenido de las crónicas como el contexto dentro del que se circunscriben, lo que contribuye con la propuesta conceptual de la sociología literaria.
Una propuesta desde la Sociología de la Literatura La investigación tiene una orientación cualitativa y documental, contando con cuatro apartados principales. Primero, se presentan los conceptos fundamentales, la sociología de la literatura de Sapiro (2016) y el concepto de violencia de Galtung (1998). En la segunda parte, se realiza la contextualización del conflicto armado colombiano, sus inicios y el tratamiento que se le ha dado a la población infantil en tanto se ve atravesada por la violencia. El tercer apartado, da paso al análisis de las crónicas seleccionadas de Pilar Lozano (2014), aplicando los conceptos de Galtung (1998). Y, para finalizar, en el último apartado, se presenta la contextualización de los resultados desde la sociología literaria, para así extraer las conclusiones sobre el impacto del conflicto en la infancia.
Esta propuesta de análisis se apoyó en los planteamientos de Sapiro (2016) y Galtung (1998). No obstante, se debe considerar un acercamiento a la acepción que se tiene del conflicto armado colombiano y como ha sido el tratamiento que se le ha dado a la infancia en torno al conflicto, ya que finalmente es el contexto en el que se instaura la obra de Pilar Lozano, por tanto, se considera como un complemento al análisis teórico.
Teniendo en cuenta lo anterior, para el análisis de las crónicas seleccionadas, es indispensable tener presente la sociología literaria, ya que permite establecer una relación de análisis entre la obra, la sociedad y su contexto histórico, dado que, como lo plantea Sapiro (2016): La sociología de la literatura considera a la literatura como una actividad social que depende de las condiciones de producción y de circulación, y que en parte está asociada a valores, a una “visión del mundo”. Por lo tanto, requiere un estudio de las relaciones entre el texto y el contexto que plantee (p. 20).
Desde esta perspectiva, el análisis literario permite ampliar el panorama de la obra para generar un diálogo con el entramado social que se reflejan en las crónicas. Puesto que Sapiro en su
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libro La Sociología de la Literatura (2016) aborda la importancia de subsanar los estudios internos y externos de las obras, ya que en el primero se tiene en cuenta la estructura y la narrativa y, en el segundo, la función social que cumple. Si bien el análisis tiene un mayor énfasis en el contexto social de las crónicas de Lozano (2014), ya que permite el acercamiento a la violencia que afecta a la infancia en el marco del conflicto armado colombiano, no se deja de lado el análisis interno de la obra, ya que es donde se refleja el entramado social.
Ahora bien, los conceptos principales para el desarrollo del estudio son los concernientes a la sociología de las obras que comprenden, según Sapiro (2016):
El espacio de representaciones y de discursos sociales y, por otra, en un espacio de posibles estructurado, que le ofrece géneros, modelos, maneras de hacer, todos hechos sociales específicos del mundo de las letras, que varían en el tiempo y el espacio (p. 77). Sapiro tiene en cuenta diversos enfoques teóricos —Bourdieu, Even-Zohar, Lukács, Escarpit, entre otros— para actualizar y aplicar los estudios de la sociología literaria. En sus análisis se puede notar una preferencia por la teoría de Bourdieu, en especial por la noción de «espacio de posibles», que apunta a los discursos y representaciones que una obra puede generar dentro de su contexto, permitiendo entender cómo la literatura se convierte en una herramienta de denuncia o legitimación del poder.
Siguiendo este planteamiento, con el análisis de las crónicas se encuentra la posibilidad de un acercamiento a las distintas funciones sociales que puede llegar a tener la literatura, pues en la historia literaria, se presentan intercambios y transferencias entre sectores dominantes o dominados, de diversas culturas, y, en los planteamientos de Sapiro (2016) se encuentra que «la propia literatura juega un papel en el “enmarcado” (framing) de la realidad […] saber: cómo la literatura participa de la “visión de mundo” en una época, e incluso del “conocimiento”» (pp. 83- 84), lo que permite enfocar la investigación en cómo las crónicas visibilizan, en este caso, la realidad social de la infancia afectada por el conflicto, insertándola en un espacio de discursos en los que se configuran representaciones de poder y resistencia.
Lo anterior apunta a un análisis del contexto social de la obra, pues en los planteamientos metodológicos de Sapiro (2016) se ve la importancia de analizar el conjunto de la obra y su contexto, ya que hay varios niveles de mediación entre el texto y el contexto y el que más dialoga con la investigación es el que se ubica en el «nivel de la creación […] que remite a este espacio y a su historia, así como a la trayectoria del creador» (Sapiro, 2016, p. 136). De esta forma se
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configura el análisis del contexto dentro del cual se instaura la obra de Pilar Lozano. Teniendo en cuenta lo anterior, en particular la relación con el espacio de posibles y en el marco de este, es necesario contemplar el elemento más relevante: la violencia, por ello en el análisis de las crónicas se tiene en cuenta la teoría de Johan Galtung (1998).
La teoría de la violencia de Johan Galtung y su aplicación en el análisis de las crónicas de Pilar Lozano Luego de tener en cuenta el aparataje teórico que enuncia la importancia de analizar la obra desde la parte externa, es decir, desde el contexto y su relación con la realidad, es necesario el apunte hacia los conceptos que permiten el acercamiento al análisis de la obra. Por lo que se tienen en cuenta los planteamientos del sociólogo Johan Galtung, quien realiza una definición del concepto de violencia desde tres aristas que denomina: violencia directa, violencia cultural y violencia estructural. El autor habla de la violencia en general como un fracaso en la transformación del conflicto y es por esto que propone un triángulo para explicar los sucesos por medio de los cuales se perpetúa la violencia.
Figura 1 Triángulo de la violencia ABC
Nota. La figura es la forma en la que Galtung representa la violencia. Tomado de Tras la violencia, 3R Reconstrucción, reconciliación, resolución Afrontando los efectos visibles e invisibles de la guerra y la violencia (p.15). 3 Como se evidencia en la Figura 1, primero se encuentra la violencia directa que se entiende, de acuerdo con lo planteado por Galtung (1998), como la que es visible por la conducta, pues hay represión, es ruda y puede ejercerse de manera verbal o física. Luego, en la parte inferior, trazadas por la línea de invisibles se encuentra a la izquierda, la violencia cultural y a la derecha la violencia
3 Por J. Galtung, 1998.
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estructural; la primera es entendida como la que se ejerce desde la parte cultural, puede darse de una forma consciente o inconsciente y va desde la parte de las estructuras culturales, es decir, discursos y símbolos que justifican y perpetúan la violencia. Y la segunda es entendida como las desigualdades y opresiones institucionalizadas dentro de la sociedad, esto es: La suma total de todos los choques incrustados en las estructuras sociales y mundiales, y cementados, solidificados, de tal forma que los resultados injustos, desiguales, son casi inmutables. La violencia directa antes descrita surge de esto, de algunos elementos o del conjunto del síndrome (Galtung, 1998, p.16).
Con las definiciones de los tipos de violencia que trata el autor se abre paso al análisis de los procesos que se narran en las crónicas de Pilar Lozano, ya que Galtung trata las violencias como una unidad que van más allá de las represiones físicas, que tienen un origen en los espacios en los que se desarrolla el individuo. La perspectiva que brinda, teniendo en cuenta el conflicto armado colombiano, permite analizar no solo la violencia física sufrida por los niños, sino también las estructuras sociales que los empujan a la guerra y los discursos que justifican su reclutamiento, mostrando cómo la guerra y la exclusión afectan a la infancia, posibilitando así, un diálogo con la teoría de Sapiro (2016).
Pues ya no solo sería el análisis del contexto, sino también el análisis del contenido desde los testimonios de la población infantil y los mismos registros que deja la historia colombiana, en este caso desde las crónicas presentadas por Lozano (2014). En ese sentido, es importante generar una contextualización o un acercamiento a lo que se entiende por conflicto en general, el proceso interno que se desarrolla en el país y el tratamiento de la infancia en torno al conflicto armado colombiano.
Contextualización del conflicto armado colombiano
En la actualidad se puede reconocer que Colombia ha sido atravesada por diversos conflictos internos, ya sean políticos, económicos y/o sociales. Si bien han variado a lo largo de la historia, parece que no tienen un fin cercano, es por esto que se hace indispensable un acercamiento, en este caso breve, a la contextualización del conflicto armado en Colombia, aunque el aparataje histórico no es el objeto de estudio central de esta investigación, si es un elemento importante para la comprensión de las crónicas. Así, «según el derecho internacional actual existe un conflicto armado cuando hay un recurso a la fuerza entre Estados y grupos armados organizados o entre estos grupos y cuando los enfrentamientos se prolongan en el tiempo» (Ferraro, 2011, p. 27), por
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lo que se confirma que el conflicto en el país es vigente, ya que remontándonos al inicio de las guerrillas, que aún se encuentran presentes en algunas regiones del país, se originan, como lo señala la Comisión Internacional Permanente de Observadores para Colombia (1987) «en los años 60, como producto de la vigencia del Frente Nacional, que a partir de 1958 le entregó a los partidos Liberal y Conservador el control político e institucional de la nación» (año, p. 233). Cabe aclarar que, el conflicto armado se toma desde la década del 60, a pesar de estar presente de muchas formas anteriormente, pues lo que inicio posterior al Frente Nacional4, solo fue una continuación de las luchas agrarias y el sentimiento de exclusión política que estaba ya trastocado con la época que se conoce como La Violencia5, porque en este punto, a pesar de que se buscaba un cese de hostilidades, desde el mismo gobierno:
Se incorporaron estrategias de contrainsurgencia, de hostigamiento a la connivencia bandolero-campesina y de guerra psicológica con el fin de mitigar el impacto de las debilidades de la política de seguridad sobre aquellos enclaves donde la presencia gubernamental brillaba por su ausencia (Ríos, 2017, p. 35).
Los denominados bandoleros-campesinos, son aquellas personas que posterior al conflicto bipartidista no se lograron reincorporar a la sociedad y se empezaron a agrupar para una «supervivencia». Eran campesinos, principalmente, que se configuraron en grupos insurgentes de inspiración comunista, que emergieron en la década del 60, con el objetivo de derrocar al gobierno y establecer un sistema socialista, y ya para los años 70, el Movimiento 19 de Abril (M-19) y otras guerrillas urbanas comenzaron a operar, realizando ataques y secuestros. Algunos de los grupos armados más conocidos y que surgen a partir de la década del 60 y 70 son:
● FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia): Movimiento de autodefensa
campesina, se considera la organización más antigua del país.
● ELN (Ejército de Liberación Nacional): Nace en 1965 con influencia ideológica cubana.
● EPL (Ejército Popular de Liberación).
4Véase la información compilada por La Enciclopedia del Banco de La República:
https://enciclopedia.banrepcultural.org/index.php?title=El_Frente_Nacional. 5 Fue un conflicto bipartidista desarrollado en el país que toma auge con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948 y se extiende aproximadamente hasta 1965 con el surgimiento de las guerrillas «como se conocen en la actualidad».
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● M-19 (Movimiento 19 de Abril).
Así pues, las regiones en las que estos grupos insurgentes se presentaron, eran lugares abandonados por las políticas públicas «no había un patrón común más allá de la falta de legitimidad del Estado, su profunda debilidad y su incapacidad para proveer de servicios básicos a la mayor parte de las regiones y estratos sociales del país» (Ríos, 2017, p. 31), esto conlleva a que en dichas regiones o en las zonas más aisladas busquen, lo que se conoce coloquialmente como, hacer justicia por mano propia, pues la presencia del gobierno que «se debe entender como el cumplimiento permanente de las obligaciones primarias del Estado, tales como: impartir justicia, brindar seguridad y garantizar la prestación y acceso a servicios públicos básicos a todos sus ciudadanos» (Rosero, 2013, p. 56) no se sentía, ni estaba vigente.
En consecuencia, la falta de competitividad del gobierno se vio reflejada, en este caso, con estos grupos al margen de la ley, ya que de acuerdo con Rosero (2013): En Colombia se desarrolla un conflicto armado interno, no convencional y de baja intensidad, que adquirió dimensiones regionales complejas o intermésticas, cuyos orígenes se encuentran en controversias político-ideológicas y en problemas agrarios aún no resueltos. Sus actores irregulares tienen en el narcotráfico a su principal fuente de financiación. Todo lo anterior lleva a establecer que se ha producido una grave crisis humanitaria (p. 72). De hecho, para la década de 1980, la violencia se intensificó con la aparición de grupos paramilitares de extrema derecha, financiados por terratenientes, narcotraficantes y sectores empresariales, que, como señala Medina (2009) «el gobierno de Colombia promovió la organización de ‘unidades de auto-defensa’ responsables de brindar apoyo a las Fuerzas Armadas en su combate a lo que percibía como una amenaza comunista» (p. 170), esto se traduce en la creación de dichas organizaciones, las cuales puede que nieguen o que no hagan explícitos los vínculos estatales, no obstante, las consecuencias han sido desastrosas, como en el caso de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que surgen como respuesta a las guerrillas, pero pronto se involucraron en masacres, violaciones de derechos humanos y negocios ilícitos como el narcotráfico.
De ahí que, con el surgimiento de diversos grupos al margen de la ley, el narcotráfico haya tomado tanta fuerza, convirtiéndose en un factor clave en el conflicto, pues: Si bien dentro del conflicto armado colombiano han venido apareciendo una serie de variables tales como la utilización de la producción y distribución de narcóticos, especialmente de
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cocaína y la heroína, por parte de los actores armados como medio de financiación, la consolidación de grupos paramilitares con capacidad de controlar política, social y militarmente grandes regiones del país, entre otras, y aunque estas variables han producido cambios importantes en su forma y naturaleza, existen características de fondo que se mantienen (Trejos, 2013, p.66). Trejos (2013) trata algunas de las variables del conflicto interno, y permite visibilizar la problemática que constituye el auge del narcotráfico y demás factores, donde con algunos ejemplos como el de las FARC y el ELN, que comenzaron a obtener ingresos mediante el secuestro, la extorsión y el tráfico de drogas, visibilizan la expansión de la influencia territorial y el conflicto. Para la década del 90, el conflicto continuo en aumento, dando como resultado una violencia generalizada en el territorio, sobre todo en las zonas rurales, donde se registraron masacres, desplazamientos forzados y violaciones a los derechos humanos. Posteriormente, esta violencia se extendió a las ciudades en los barrios de bajos recursos, afectando así a las poblaciones con mayor índice de vulnerabilidad.
Durante el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), se llevó a cabo un proceso de paz6 con las FARC que incluyó la concesión de una zona desmilitarizada en el Caguán, pero las negociaciones fracasaron debido a los insistentes ataques guerrilleros y la desconfianza entre ambas partes. Los años finales de la década del 90 estuvieron marcados por un aumento en los combates entre el ejército, los paramilitares y las guerrillas, dejando a millones de víctimas, tanto de civiles como combatientes de todos los bandos.
Lo anterior es un panorama general del contexto en el que se circunscriben las crónicas del libro Crecimos en la Guerra, y eso es solo lo que apunta a los inicios del conflicto, sin contar la afectación que los acontecimientos mencionados provocaron, en este caso en la población infantil, que es uno de los focos de estudio de la investigación.
Tratamiento de la infancia en el marco del conflicto armado A lo largo de las décadas, los niños han sido una de las poblaciones más afectadas por el conflicto, ya sea como víctimas del desplazamiento, reclutamiento forzado o violencia directa. Millones de colombianos fueron desplazados debido a la violencia de finales del siglo XX, afectando gravemente su acceso a la educación, estabilidad económica, vínculos familiares y la estabilidad emocional de miles de menores de edad.
6Véase los archivos históricos del Departamento Nacional de Planeación: https://www.dnp.gov.co/plan-nacionaldesarrollo/Paginas/cambio-para-contruir-la-paz-1998-2002-andres-pastrana.aspx.
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El tratamiento de la infancia en Colombia en el marco del conflicto armado ha sido uno de los temas más complejos en la historia reciente del país. Ya que, con el surgimiento de las guerrillas o grupos al margen de la ley, como las FARC, ELN, EPL y el paramilitarismo, los niños y las niñas se convirtieron en víctimas directas e indirectas del conflicto. Uno de los aspectos más preocupantes ha sido el reclutamiento forzado de menores de edad por los grupos armados ilegales, esta problemática no solo se presenta en el país, sino que también se ha hecho presente a lo largo de la historia en diversos conflictos, ya que como lo indica Pachón (2009): Si bien los niños y jóvenes han estado vinculados a la guerra y a los conflictos bélicos desde tiempos inmemoriales, con la aparición de las armas de fuego ligeras y de fácil manejo, su función cambio: sus tareas se incrementaron y pudieron asumir de manera creciente un rol mas protagónico en la guerra (p. 3).
A lo largo de las décadas, miles de niños han sido reclutados y, aunque gran parte de ellos son incorporados por la fuerza, algunos ingresos pueden darse de forma voluntaria a las guerrillas o grupos paramilitares, atraídos por falsas promesas de poder, protección o estabilidad económica. Factores como la violencia intrafamiliar, la falta de oportunidades educativas y la influencia del entorno juegan un papel clave en estas decisiones, ya que como lo señala Fajardo (2014) «los grupos armados […] utilizan una serie de estrategias militares para involucrar a niños, niñas y adolescentes en su visión y comprensión de derrotar a la fuerza pública, y, por ende, de imponer un nuevo orden social» (p. 31). Esta práctica, además de violar el derecho internacional humanitario, ha tenido profundas consecuencias en el desarrollo emocional, físico y psicológico de los niños, que han sido privados de su infancia y educación, y expuestos a altos niveles de violencia y abuso, teniendo en cuenta que:
Entre más temprana edad tenga la víctima, mayor es el efecto que produce esta educación basada en el odio, en donde el homicidio y el daño al otro es algo natural, y donde la violencia es un método común de relacionamiento entre las personas (Fajardo, 2014, p. 21). Por otro lado, el reclutamiento infantil en Colombia comenzó a ser documentado de manera sistemática a finales de los años 80 y 90, cuando organizaciones internacionales y nacionales empezaron a denunciar esta grave violación de los derechos humanos. Pues, los grupos armados, recurrieron a la intimidación para obligar a comunidades enteras a involucrarse en el conflicto y los menores estaban siendo utilizados como mensajeros, informantes, vigías e incluso combatientes, bajo la constante amenaza de violencia contra ellos o sus familias si se negaban a
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participar. Aunque también se empezaron a presentar los casos en los que los grupos al margen de la ley eran la única fuente de “seguridad” que estaba en la comunidad y, por ende, eran a quienes debían obedecer, por miedo o por respeto al ser la fuente de orden, ya que: El grupo armado se presenta de forma visible y empieza la estrategia de establecer alternativas de solución de conflictos que buscan poner en evidencia la carencia o debilidad que presenta el Estado en materia social y de administración de justicia. En otras palabras, se muestran a la población como aquellos que pueden brindar bienestar social a partir de un cambio en las estructuras de poder (Fajardo, 2014, p. 29).
Esta es la realidad de un gran porcentaje de las zonas rurales, que tienen una escasa presencia del estado, especialmente aquellos en condiciones de vulnerabilidad, que han sido o son objetivo de los grupos armados. De esta forma muchos menores fueron involucrados de forma directa o indirecta en el conflicto armado, como lo señala Galindo et al. (2022) Las principales víctimas son los niños, niñas y adolescentes porque han sido sujetos de reclutamiento forzado e instrumentalización conducidos a cometer crímenes de lesa humanidad. Al desarrollarse, principalmente, este conflicto en zonas rurales donde la fuerza pública del Estado es nula, estos grupos armados abusan de las condiciones de vulnerabilidad social y económica que viven estos niños (p. 44).
Ahora bien, la respuesta del Estado colombiano a esta problemática ha sido ambivalente y, en muchas ocasiones, insuficiente, pues ha demostrado una incapacidad persistente para desarrollar mecanismos efectivos que eviten la participación de menores en el conflicto armado, como señala Fajardo (2014):
Desde el punto de vista institucional se encuentra, en primera instancia, la incapacidad del Estado colombiano para encontrar mecanismos efectivos y eficientes que conduzcan no solo a evitar el uso de menores de edad en el conflicto armado, sino a terminar con los procesos de violencia política y social (p. 44).
Si bien en los últimos años se ha trabajado en políticas de protección a los niños y adolescentes, como la creación de programas de desmovilización y reintegración para menores de edad, estos esfuerzos no han logrado cubrir la magnitud del problema. La falta de un enfoque integral para abordar las causas estructurales del reclutamiento, como la pobreza, la falta de acceso a la educación y la ausencia del Estado en ciertas regiones, ha perpetuado la vulnerabilidad de la infancia.
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En el caso puntual del contexto histórico de las crónicas de Pilar Lozano (2014), se encuentran las medidas tomadas a finales de los años 90, en el gobierno de Andrés Pastrana, donde se impulsó un proceso de paz con las FARC que incluía la desmovilización de menores. Sin embargo, este proceso presentó limitaciones significativas7, donde se encuentran: ● Falta de un enfoque integral: Las estrategias de desmovilización se centraron en la salida de los menores de los grupos armados, pero no garantizaron su reinserción efectiva en la sociedad (Jesús, 2005).
● Deficiencias en los programas de rehabilitación8: Los menores desmovilizados
enfrentaron estigmatización social y dificultades para acceder a educación y empleo.
● Continuación de la violencia: La falta de éxito en las negociaciones llevó a una escalada
del conflicto, lo que provocó nuevas olas de reclutamiento infantil (Pachón, 2009).
● Participación limitada de organismos internacionales9: A pesar del respaldo de
entidades como UNICEF y la ONU, la implementación de medidas de protección infantil fue insuficiente.
Lo anterior, solo es la muestra de algunos de los fallos del proceso de reinserción de los menores que estaban vinculados con el grupo armado y que lograron ser registrados en el proceso de desmovilización, ya que, para evadir la responsabilidad por reclutamiento infantil, muchos de los menores fueron expulsados de las filas sin la oportunidad del debido proceso de reinserción social. En esa misma línea, otro ejemplo del tratamiento de la infancia en el conflicto, y que es más reciente, es el Acuerdo de Paz firmado en 2016 con las FARC, donde se incluyeron compromisos para la desmovilización de niños de soldados y su reintegración a la vida civil, con especial énfasis en su protección10. No obstante, aún persisten denuncias de reclutamiento por parte de otros grupos
7
Este tema se ampliamente tratado en la cátedra Ciro Angarita por la infancia:
https://www.acnur.org/fileadmin/Documentos/Publicaciones/2007/5525.pdf.
8
Véase el informe de la Unicef sobre las afecciones de la niñez por el conflicto:
https://www.unicef.org/colombia/comunicados-prensa/informe-sobre-ninez-afectada-por-conflicto-armadocolombiano?utm_source=chatgpt.com.
9
Véase el informe de la Unicef sobre la niñez y conflictos armados:
https://www.unicef.org/colombia/documents/informe-del-secretario-general-de-naciones-unidas-sobreni%C3%B1ez-y-conflictos-armados-2023?utm_source=chatgpt.com.
10 Véase el informe final respecto al reclutamiento de menores de edad por la Comisión de la Verdad: https://www.comisiondelaverdad.co/no-es-un-mal-menor.
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armados, como el ELN y organizaciones criminales herederas del paramilitarismo. Además, la implementación de las medidas contempladas en el acuerdo ha enfrentado múltiples dificultades, especialmente en las zonas donde el Estado sigue ausente o donde hay disputa por el control territorial.
A pesar de los esfuerzos, el trauma vivido por los niños víctimas del conflicto es profundo y requiere generaciones para sanar completamente. El Estado colombiano, con el apoyo de la comunidad internacional, tiene la responsabilidad de garantizar no solo la protección de los derechos de los niños afectados, sino también de ofrecer un futuro en el que los menores puedan crecer libres de violencia, con acceso a la educación y con oportunidades que les permitan desarrollarse plenamente en su entorno.
Aplicación de la teoría de Johan Galtung a las crónicas de Pilar Lozano Retomando la teoría sobre la violencia de Galtung (1998), se identifican tres tipos: violencia directa, entendida como la violencia física o verbal, la violencia cultural, que se alinea con los discursos y símbolos que perpetúan el ciclo de violencia y la violencia estructural que abarca las desigualdades y opresiones desde la institucionalidad. Los conceptos mencionados serán analizados en cada una de las crónicas elegidas del libro de Pilar Lozano, pretendiendo evidenciar, la interacción entre los tipos de violencia y el impacto que ha generado en niños y jóvenes en el marco del conflicto armado colombiano.
En las crónicas de Lozano (2014) se puede evidenciar la ruptura que hay entre la infancia y la casi obligación a participar del conflicto por cuestiones de contexto social, como se evidencia en la primera crónica que da apertura al libro: “Así fue como dejé de ser niño”, este es el relato de la vida de Manuel un chico de trece años que ingresa a un grupo paramilitar, al que fue entregado por su padre y donde no vio otra opción más que continuar y ser partícipe de una guerra que no era suya, pues por las condiciones en las que vivía quería ayudar a su hermano menor a tener una mejor vida y en el grupo armado encontró cómo ayudarle, al menos económicamente, además de demostrarle a su progenitor que no le quedaba grande (Lozano, 2014). En la apertura de la historia, lo primero que sorprende es la narración de cómo recuerda su infancia: «me empezó a contar, a retazos, su vida: la rabia por el abandono de su madre, las desgarradoras separaciones de su hermano; la violencia y la crueldad que conoció cuando apenas
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era un niño11…» (Lozano, 2014, p. 21) así es como se da paso a la vida de Manuel, una vida atravesada por varios tipos de violencia que poco a poco lo van llevando a dejar su infancia de lado porque las condiciones económicas no le permitían establecerse en un solo lugar, primero por el abandono de la madre y el padre, después por las dificultades económicas de los abuelos y luego las de su tío en la ciudad.
Lo anterior, coincide con lo que Galtung (1998) denomina violencia estructural, que es donde las estructuras sociales y políticas impiden el desarrollo de ciertos grupos sociales y limitan sus oportunidades. No hay una violencia física, pero hay desigualdad y opresión. Con la apertura del recuerdo de la infancia de Manuel ya se empiezan a reflejar los diversos aspectos de este tipo de violencia.
Un claro ejemplo de violencia estructural se registra en la desigualdad económica y social de la historia de Manuel «mis abuelos no estaban bien económicamente. Ni mi papá, ni mi mamá colaboraban. Un tío quería hacerse cargo de nosotros pero no podía con los dos» (Lozano, 2014, p.24), la escasez económica permea su vida y desde la niñez se evidencia la familiaridad con los grupos al margen de la ley:
Un día, por casualidad, mi abuelo se enteró de una coincidencia: el comandante de las Autodefensas de la zona cumplía años el mismo día que mi hermano ¡Imagínese! Entonces él le presentó a mi hermano y le pidió colaboración. Le regaló un poco de plata. ¿Cómo 100.000 pesos! […] ese cumpleaños fue con gallina […] ni antes ni después vi una celebración como esa» (Lozano, 2014, p.23).
Con este fragmento se evidencia la precariedad en la que se desarrolla su infancia y se refleja la violencia estructural, con la que hay un mayor riesgo de que asuma, aun siendo niño, responsabilidades que no le corresponden. Además, la falta de apoyo estatal o familiar va generando un vacío que hace más susceptibles a los menores al reclutamiento armado, sin contar con la familiaridad que hay, en su contexto, con los grupos armados y que aumenta considerablemente su vulnerabilidad. Cabe señalar que, los grupos armados hacen uso de la vulnerabilidad generada por la violencia estructural para vender un imaginario de “ayuda”, generando una dinámica de control en el territorio y la población, lo que también está directamente relacionado con la violencia cultural.
11 La cursiva es de la autora.
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Otro aspecto a tener en cuenta de la vida de Manuel es la falta de oportunidades y la escasa educación: «otro inconveniente: el nivel educativo que tiene una escuela rural. Yo llegué a terminar tercero y ahí hice hasta cuarto; año y medio. Pero siempre me sentí el más burro, como que sabía menos de matemáticas, de ciencias… de todo» (Lozano, 2014, p. 25), esta desventaja educativa Manuel la siente cuando se va a vivir a la ciudad con su tío y nota la diferencia entre la educación rural y urbana, siendo objeto de burlas y discriminación. Con la desigualdad generada por las diferencias educativas se refleja también una violencia estructural, pues hay una obstrucción en el desarrollo igualitario de los niños en las zonas rurales. Ya que, dada la falta de acceso a una educación de calidad, se presenta una mayor desventaja frente a los niños y jóvenes de la ciudad, limitando en gran parte las oportunidades futuras.
Retomando la vida de Manuel en el campo y, para continuar con el análisis de la violencia estructural, se identifica una normalización de los grupos al margen de la ley, pues Manuel veía que su abuelo tenía relación con ellos y estos grupos hacían presencia activa en la comunidad, presentando una “buena conducta” ayudando a solventar falencias del territorio, por falta de presencia del Estado, tanto en aspectos económicos como de seguridad, así es como lo recuerda Manuel: «en el corregimiento no había Policía, no había nada; solo ellos, las Autodefensas. En la escuela se veía la ayuda que daban: se encargaban del mercado y de todo lo de la cocina» (Lozano, 2014, p. 22), si bien se muestra una resistencia desde el entorno educativo, pues «a una profesora no le gustaba que ellos llegaran armados. Y nos hacía mala cara cuando le pedíamos permiso para arrimarnos a hablarles. Pero nunca se dio un conflicto ahí, en la escuela» (Lozano, 2014, p. 23), los niños sentían curiosidad y agradecimiento por el apoyo que les brindaban, pues allí les daban el alimento que, es bien conocido, muchas veces falta en los hogares de escasos recursos. En consecuencia, la ausencia del Estado da paso a que grupos armados se atribuyan diversos aspectos de seguridad y responsabilidad social de una comunidad, pues brindan “ayuda” en diversos espacios y normalizan su presencia, generando que los niños y niñas crezcan en un entorno donde la guerra se convierte en su cotidianidad.
Así, se muestra el principal móvil de la vida de Manuel que, por las condiciones sociales, buscaba mejorar su calidad de vida y la de su hermano «tenía un solo sueño: crecer rápido para poder ayudar» (Lozano, 2014, p. 23). En su narración cuenta que por falta de capacidad económica se va a vivir con un tío y allí sufre las consecuencias de la desigualdad social y educativa, como ya se ejemplificó anteriormente, pues en el campo la educación es más deficiente y esto afectó el
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desarrollo intelectual de Manuel reflejándose en la escuela de la ciudad, el personaje recuerda como los demás se burlaban, se sentía insuficiente desde varios aspectos, además ya empieza a relacionarse con las bandas criminales, se topa con las armas y con el tráfico de las mismas, pues en la urbe, y en los grupos al margen de la ley, utilizan a los menores de edad para el transporte de diversos utensilios ilegales, armas de fuego o estupefacientes.
Por condiciones económicas, es nuevamente desplazado y busca a su progenitor: «mi papá estaba administrando un club. Soñé que me podía ayudar […] pensé recibir cariño; recibí golpes: el correazo, la patada, cachetadas tanto a mi hermano como a mí» (Lozano, 2014, p. 27), en este punto, se hace presente la violencia directa por las agresiones que obtiene por parte de su padre. Manuel no estaba conforme, pues más adelante, cuando enuncia el encuentro con la madre que lo abandonó, cuenta los maltratos que recibió, haciendo hincapié en que a su padre debía pagarle por todo, por lo que se aburría de las condiciones en las que vivía con su hermano. Cabe mencionar, que Manuel trabajaba en el club con su papá y siempre veía a los jefes del grupo armado reunidos, cuenta que se sentía bien tratado por estas personas, los veía amables y respetuosos, no entendía bien lo que sucedía, pero era su percepción. Hubo un momento de su historia en la que vivió en la casa de un comandante, por problemas económicos, y narra la forma en la que presenció una aprehensión, pues en la casa habían retenido a un guerrillero y, en un dialogo con el que vigilaba al prisionero, concluye:
Con lo que nos dijo ese día sentimos que la guerrilla era algo malo, algo que atentaba contra nosotros mismos. Y las Autodefensas era un grupo que trataba de ayudar al Ejército y al pueblo. Eso fue lo que empezamos a ver…» (Lozano, 2014, p. 29).
De esta forma, los grupos se van ganando a las comunidades, a través de las condiciones de vulnerabilidad en las que se encuentran, además, haciendo énfasis en los menores de edad, se van vendiendo como una oportunidad de mejorar las condiciones de vida, porque les dan ayudas económicas e incluso “buen trato” para irlos convenciendo de hacer parte de sus filas. La vida de Manuel cada vez se va dificultando más con su papá, tanto por inconvenientes en el hogar como en su relación, llegando al punto en el que revela cómo fue que se involucró finalmente con los paramilitares, su padre lo entrega al grupo armado: «él mismo habló con uno de los comandantes y pidió, a escondidas, mi ingreso» (Lozano, 2014, p. 29), con la acción de su padre, se ve nuevamente la presencia de la violencia directa que menciona Galtung (1998), donde condena a Manuel a una vida de guerra y lo priva de su infancia.
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Para este punto de la historia, Manuel no encuentra más opción que dejar todo a su hermano, en sus palabras: «me fui solo con lo que tenía puesto» (Lozano, 2014, p. 30), después de esto trata de ayudar desde el grupo armado, para que su hermano, tenga mejores condiciones de vida ya que él no pudo tenerlas. Con la historia de Manuel se refleja que «el potencial para la violencia, como para el amor, está en la naturaleza humana, pero las circunstancias condicionan la realización de ese potencial» (Galtung, 1998, p.15).
Continuando con el análisis de la violencia directa, Manuel narra partes de su vida dentro del grupo armado «nos levantábamos todos los días a las cuatro de la mañana [...] El castigo: doscientos yumbos, lo que se conoce como el bote-canela: dar una vuelta, algo así como el giro que da una llanta» (Lozano, 2014, p. 31), este fragmento data un poco de la rutina de entrenamiento para hacer parte de las filas y el castigo por no cumplir a cabalidad con la rigurosidad del mismo. Dado el uso de castigos físicos y entrenamientos exhaustivos en niños, hay una manifestación de violencia directa, pues se quiebra la resistencia de la infancia y se les convierte en combatientes. Otro punto a tener en cuenta dentro de este tipo de violencia son las ejecuciones forzadas y la muerte «oí de nuevo la voz: -Listo, de una, él. -Y sentí sobre mí todas las miradas- […] Apunté, disparé y sentí un dolor de estómago. Vomité, ahí mismo, hasta lo que no tenía» (Lozano, 2014, pp. 43-44). Así es como relata Manuel su primera ejecución, donde enfatiza que fue entrenado para nunca decirle que no a un comandante y que era consciente de que era él o la persona a la que le estaban solicitando asesinar, la primera ejecución en frente de varias personas o de un comandante hace parte del adoctrinamiento y no hay posibilidad de negarse, no hay opción. Dando paso a la violencia que quizá no es tan visible, es decir, la violencia cultural, donde están presentes los discursos, las ideologías y creencias que justifican o normalizan la violencia directa y estructural (Galtung, 1998), se encuentran varios registros dentro de la historia de Manuel, iniciando en el proceso de adoctrinamiento que recuerda de la “educación militar” del grupo armado, donde legitiman la violencia para que sea aceptada como algo necesario: El fuerte de esta clase era entender el motivo de la Autodefensa. Usaban muchos videos de tomas guerrilleras para convencernos de la urgencia de combatirlos y tomar ejemplos de la misma acción de ellos:
-Ellos matan soldados, matan policías, matan campesinos […] Todo era: “La guerrilla no tiene capacidad cerebral para hacer una guerra… ¡Son unos brutos!”.» (Lozano, 2014, pp. 32-33).
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Del mismo modo, inculcan, desde los grupos armados, la visión del “enemigo”: las personas que no estén de acuerdo con sus ideales, que sean de otros grupos armados o que colaboren con otros grupos, son malos y deben ser eliminados. Se genera una deshumanización: “Contra el enemigo no hay que tener piedad”, era la lección que debíamos sacar. Es decir: si llegábamos a un pueblo no debíamos tener piedad con una persona vestida de civil. Ella igual colaboraba con la guerrilla: ya fuera cocinando, ya vendiéndoles remesa… Así fuera solo el saludo que brindara a un guerrillero, esa persona era un enemigo… (Lozano, 2014, p. 33). La violencia también se presenta como un símbolo de poder que contribuye a perpetuar la cultura de la guerra, esto se evidencia en la vida de Manuel cuando menciona que, con las armas, se sentía “rambo” «llega el día de dejar la sudadera y ponerse el camuflado. Nos repartieron chaleco, proveedores y fusil. El propio fusil. En ese momento me sentí un guerrero, poderoso» (Lozano, 2014, p. 36). Con la sensación de poder que brinda el pertenecer a las filas de un grupo armado, viene la integración de las conductas sociales ya normalizadas, como lo es el consumo de alcohol y los hábitos autodestructivos que se dan en medio de la guerra y el sufrimiento: «gastábamos en trago. Tomábamos mucho; para desahogar penas, para dejar la monotonía de esa vida. Y bueno, para relajarse un rato. Mi primera borrachera fue al poco tiempo de entrar al grupo, a los trece años» (Lozano, 2014, p. 42). Lo anterior, son los reflejos que se presentan, a grandes rasgos, de la teoría de Johan Galtung en la vida de Manuel, donde hay una evidente falta de oportunidades, una carente presencia del Estado y un entorno en el que pudo ser captado con facilidad por un grupo al margen de la ley.
Ahora bien, esta es solo una de las historias que están consignadas en las crónicas, y en las que se refleja la cruda realidad de la violencia colombiana, ya que como lo indica Rosero (2013): En Colombia se desarrolla un conflicto armado interno, no convencional y de baja intensidad, que adquirió dimensiones regionales complejas o intermésticas, cuyos orígenes se encuentran en controversias político-ideológicas y en problemas agrarios aún no resueltos. Sus actores irregulares tienen en el narcotráfico a su principal fuente de financiación. Todo lo anterior lleva a establecer que se ha producido una grave crisis humanitaria (p. 72). Con el apunte de Rosero en lo que respecta a la financiación de los grupos al margen de la ley, se da paso a la segunda crónica “Un hombre grande, de once años”, esta es la historia de Émerson un niño raspachín que lleva la obligación de mantener a su madre y sus hermanos, porque el dinero no alcanza y el padre no está presente. A pesar de ser un niño, sus pensamientos están enfocados en trabajar, no en ir a la escuela o divertirse como los demás compañeros de su edad,
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busca trabajo raspando coca, esperando que le paguen para poder ayudar, pensando en llevar el sustento a su hogar y haciéndose cargo de una responsabilidad que no debería tener. En esta historia se puede observar como la desigualdad social lo lleva a ser participe, en este caso de forma indirecta, del conflicto armado, pues al raspar coca hace parte de la principal fuente de financiamiento de los grupos al margen de la ley.
Ahora bien, continuando con la historia de Émerson, la narradora presenta la forma en la que percibe su personalidad o mejor, como se muestra al mundo:
Sus gestos son de hombre mayor: la mano izquierda en la boca, como pensativo; la derecha apoyada en la nuca. Más que sentado, está echado en la silla. No se le ve la cara debajo de la enorme cachucha roja. Juega un largo rato, en silencio, con las ‘cholas’, unas chanclas grandes, rotas; es evidente que no son suyas, como es evidente su preocupación. El pantalón le queda corto y deja ver la piel reseca y enferma, de piernas y pies. “Estoy cambiando de cuero”, explica cuando nota que lo miran. (Lozano, 2014, p. 51) En este apartado se vislumbra como su mentalidad y sus gestos ya no son de niño, su infancia parece absolutamente perdida, sucumbe a la vida en una adultez prematura, una adultez que ningún menor de edad debería estar viviendo. Por lo que, la primera violencia a tener en cuenta en la vida de Émerson, es la estructural. Puesto que, a lo largo de su relato, hay una presencia constante de desigualdad y opresión, donde, no hay un maltrato físico, pero si se evidencian unas condiciones de injusticia y exclusión, tanto para él como para el entorno en el que se desarrolla su infancia.
De las primeras cosas que generan alerta en el relato de Émerson son las responsabilidades que toma a su corta edad, se responsabiliza por su familia, hay trabajo infantil y una marcada pobreza:
Lleva un día entero esperando al patrón. Varias veces ha bajado al muelle de Los Maderos... Necesita los 53.920 mil pesos que le debe por cinco jornales raspando coca. Le urge pagar el fiado de la semana en la tienda, comprar unas chanclas y dejarle las que tiene puestas a la dueña: Gloria, su mamá (Lozano, 2014, p. 52).
Desde este punto se identifica cómo la estructura económica del narcotráfico y la carente presencia del Estado en la protección de la población infantil, conlleva a que los niños trabajen para ayudar en el sustento de sus hogares, pues crecen en condiciones precarias y necesitan sobrevivir. Aparte de la ausencia del estado se presenta también la falta de oportunidades
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educativas, pues la urgencia de trabajar impide el acceso a la educación y un buen desarrollo de la infancia, esto perpetua la pobreza y la violencia y se puede notar en el relato de Émerson: Ni el Mono, ni Yeisson, ni Armando, ni José, ni Chayán, ni Jairo saben leer ni escribir. Y todos tienen una disculpa para no ir a la escuela: ‘No me gusta’; ‘Si mi mamá sale para una finca y le llega a pasar algo, uno se queda solo en La Gabarra y nadie le va a avisar’; ‘Los profesores son bravos, le pegan a uno’; ‘¿Para qué estudio si lo que quiero es tener plata? (Lozano, 2014, p. 66). La forma en la que lleva su vida, donde se aburre cuando está en el caserío porque prefiere trabajar, no juega con los niños de su edad, y el hecho de no ser el único niño raspachín, pues como él hay más, refleja completamente la presencia de la violencia estructural a la que hace referencia Galtung (1998), pues hay una presencia constante de desigualdad y abondo estatal, no solo con Émerson, sino también con su comunidad en general. Adicional, con la escasa presencia de la madre, y las condiciones socioeconómicas que se narran, se da cuenta de la otra cara del país: la de la falta de oportunidades, de la carencia de políticas para la ayuda de las comunidades de la periferia y la pobreza o desigualdad generalizada. Con lo anterior, se ejemplifica la normalización, no solo del trabajo infantil y las carencias de determinadas poblaciones o de las zonas rurales, sino también del trabajo en los cultivos de coca, en este caso, en la historia de Émerson. Ahora bien, en lo que refiere a la violencia directa hay una sensación constante en la comunidad de peligro por los enfrentamientos que se pueden dar entre diversos grupos armados o entre los grupos y las fuerzas del Estado, pues están expuestos de manera constante al conflicto armado y ponen en riesgo su vida al trabajar en los cultivos de coca: Vive, como todos, prevenido: “donde uno mire una linterna que apague y prenda, es la guerrilla”. Ha pasado dos sustos bravos, los dos en pleno día, mientras raspaba. Un día, empezaron a darse plomo. “Caían las balas; había unos manes en el filo y decían: ‘¡ahí van, ahí van!’, y nosotros corriendo hasta llegar al puerto…”. Otra vez, también se encendieron a plomo guerrilla y paracos. Murió uno de cada bando y quedó herido un civil. “No pasó nada más”, dice el Mono como si no valiera la pena contarlo (Lozano, 2014, p. 64).
No solo se ve la violencia con los enfrentamientos donde pueden ser víctimas del fuego cruzado, sino que también se convierten en testigos de las masacres o de los asesinatos realizados dentro o cerca de la comunidad:
Pero desde la masacre paramilitar de 1999 se ha vuelto temeroso […] Ninguno de los dos vivió la llegada de los paras al pueblo en agosto de 1999. Pero saben del reguero de muertos que dejaron en cantinas y residencias, en el parque y el río (Lozano, 2014, pp. 57-66).
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Al final de la historia se ve como Émerson sale de la montaña porque lo mandan los paramilitares, pues ya no pueden proteger los cultivos y a los trabajadores, dejando en evidencia que, por el contexto, se ve obligado a dejar atrás su condición de niño «regresó con apenas 24.000 pesos en el bolsillo; demasiado poco para cubrir sus obligaciones semanales […] no quiere hablar con nadie. Quiere rumiar solo sus preocupaciones de hombre grande» (Lozano, 2014, p. 68). Lo anterior, es un reflejo de cómo los grupos al margen de la ley se muestran como protectores en las zonas con poca presencia del Estado, además, da paso a la representación que hay en la historia de la violencia cultural, donde se muestra una legitimación o normalización de las practicas del narcotráfico, pues al ser la coca su principal fuente de ingreso, no solo se es participe del ciclo del conflicto, sino que, también, se convierte en una fuente aspiracional para mejorar sus condiciones de vida:
Yeisson fue por primera vez a un cocal de la mano de su mamá, cuando tenía seis años […] A los nueve años alzaba los diez galones de una pimpina entera sin ayuda de nadie, y le dolía el hombro […] Pero lo que más le gusta es “quimiquiar”. Explica con entusiasmo el procedimiento: “Primero se pisa la hoja y se le echa gasolina, ácido y amoniaco (Lozano, 2014, p. 56). Otro aspecto a tener en cuenta, es la fascinación que hay por las armas y la guerra, en contextos de vulnerabilidad, pues se les vende como una forma de supervivencia «el Mono también ha pensado ser policía. Quiere una M-60: “Las he visto en películas y las he visto en verdad”» (Lozano, 2014, p. 57). Esta es una de las formas en las que, culturalmente, se vende la guerra, como una fuente de poder. No obstante, también se presenta la manipulación infantil, desde los discursos e incluso con incentivos materiales, para el reclutamiento futuro, pues los grupos armados se van familiarizando con la comunidad y van entrando en la mente de los más pequeños: La mayor inquietud es ver cómo los paras se ganan a los niños del pueblo [..] regalan dinero a sus protegidos. Uno de ellos, Pelufo, está en cuarto de primaria. Actúa como un gran capo; […] Basta una señal suya -con el dedo o la mano- para que al menos cuatro de sus compañeros de salón -sus guardaespaldas corran a ver qué se le ofrece […] Todo esto ayuda a que los pelados piensen solo en la plata y les parezca inútil el estudio. A la mayoría de los niños les gustan las armas y la plata (Lozano, 2014, pp. 66-67).
Así se va configurando la vida de los niños, niñas y jóvenes que van siendo afectados sistemáticamente por el conflicto armado colombiano, donde por diversas situaciones, o por su propia vulnerabilidad, se ven envueltos en las economías ilícitas y se normaliza el hecho de que los menores estén expuestos y puedan ser fácilmente captados por los grupos al margen de la ley.
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Por último, se encuentra la crónica “Nosotros fuimos criados en la guerrilla” en este capítulo Pilar Lozano compila los testimonios de varios niños y adolescentes que fueron reclutados por grupos al margen de la ley en Colombia. Mostrando el impacto que ha tenido el conflicto armado en la infancia, tal como se ha mencionado en las dos crónicas ya analizadas. En este último capítulo, se encuentran las historias de jóvenes como: Julia, Yair, María, Julio, Sandra y Gloria, que después de haber sido participes de la guerra, tratan de realizar su reinserción a la sociedad, contando cuáles son los desafíos que enfrenta en el momento, sus memorias y todo por lo que tuvieron que pasar siendo apenas unos niños. En este apartado se puede observar el papel de la educación, pues es por medio de ella que tratan de realizar un vínculo con la sociedad a la que se van a enfrentar, algunos tienen motivaciones para continuar, otros quizá no son tan optimistas. En este último apartado, se expone también la dificultad que tienen los adolescentes de expresar y de generar vínculos emocionales, después del trauma del conflicto y, narran lo que los llevó a ser partícipes de la guerra, lo que genera un eco a lo largo de cada una de las historias.
Primero se presenta la historia de Julia, una joven que parece no poder escapar del ciclo de violencia en el que creció. Desde su infancia, ha experimentado la exclusión social y se ha visto afectada por el conflicto armado y su vínculo con la guerrilla. Aunque ya se encuentra desmovilizada, Julia siente que no encaja, que no pertenece, pues manifiesta una sensación de “fuera de lugar”:
“Yo quiero ser como ellas”, dice Julia y señala a dos colegialas que suben en medio de risas al bús. “Ellas son libres, yo no” […] Julia continua su reflexión en voz alta: “¿Le parece poco? Tengo que estar en esta ciudad y no me gusta, ¡quiero ir a mi pueblo, quiero estar con mi mamá!” […] Cumplió dieciséis años y tiene la certeza de que, al menos por un tiempo largo, no podrá volver realidad su elemental sueño: estar con su familia. Hacerlo le puede costar la vida (Lozano, 2014, p.
153).
Aquí Julia expone varios puntos sobre su percepción de mundo, sus carencias y preocupaciones: hay una sensación de falta de libertad, un reflejo de la desigualdad que vive en comparación con otras jóvenes de su edad, una pérdida de la esperanza y una sensación de agobio, además de la desorientación por no encontrarse en su lugar natal, no hay un hogar o espacio al cual pertenecer y esa sensación va en incremento a lo largo de la historia. Los aspectos mencionados hacen parte de la violencia estructural relacionada con la teoría de Galtung (1998).
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La historia de Julia es contada desde Bogotá donde ella vive porque se encuentra en el programa de menores desvinculados del conflicto armado, donde ella aún no se siente bien y no ve un buen panorama para su futuro, pues como ella misma lo señala:
Cada día es una eterna pelea consigo misma: “Me siento aburrida, sola, triste… No me gusta como soy”, y remata con un “tengo cara de vieja” […] “No sé si termine los estudios; a veces me dan ganas de hacer cosas malas”» (Lozano, 2014, pp. 53-54).
Julia muestra desesperanza, hay una inestabilidad emocional, falta de confianza por la carencia de oportunidades reales en su integración a la sociedad, pues la educación, a pesar de que se la están brindando, no representa un cambio significativo para sí, puesto que su vida ha estado trazada por la pobreza y la explotación laboral desde su infancia «“Mi mamá estaba en embarazo”, continúa bajando la voz. Hace una pausa y mira con cariño la foto donde aparece el hermano menor. “Yo era la que trabajaba en casas lavando platos y su voz casi se apaga» (Lozano, 2014, p. 155). Julia asumió responsabilidades económicas desde muy pequeña, lo que la marcó profundamente, además se puede ver, nuevamente, como dentro de las estructuras sociales está normalizada la explotación infantil por la falta de oportunidades para las familias y hay una especie de “cultura” en la que todos deben aportar al hogar, inherente a su edad. Aunque esto no es lo único por lo que atravesó Julia, ya que, por la ausencia de una figura de protección, fue expuesta a situaciones de vulnerabilidad y abuso, que eventualmente, la orillaron a ser partícipe de la guerra: «el papá, asegura, era muy malo… En cambio a la mamá la califica de buenecita: “Se lo aguantaba porque estaba enamorada. De mi papá solo conocí violencia”» (p. 155).
Ahora bien, en lo concerniente a la violencia directa hay varios ejemplos dentro de la historia de Julia, que van desde el maltrato infantil hasta el maltrato perpetuado en las filas de la guerrilla. Cuando Julia enuncia las razones por las cuales se enlisto en la guerra, se encuentra que, una de las causas principales fue la agresión física, señalando que: «recordar su vida en la guerrilla le cuesta un poco: entró con apenas doce años. Lo hizo por curiosidad, por aburrida, no aguantaba más las golpizas del papá» (Lozano, 2014, p. 156). Este es un claro ejemplo de cómo los niños y jóvenes buscan refugio en los grupos al margen de la ley, puesto que se cansan de la violencia que viven en sus hogares y sienten la necesidad de buscar una salida, salida que, no siempre, encuentran en los estamentos del Estado, pues no están informados o simplemente la presencia de las políticas estatales es nula.
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De ahí que, el reclutamiento infantil, saque a relucir las falencias de protección en las se encuentran los menores de edad en los contextos de vulnerabilidad pues, aparte de una búsqueda de refugio, también hay una búsqueda de poder o protección en los grupos al margen de la ley, puesto que, como en el caso de Julia, al no tener quién la proteja debe protegerse así misma: «“Me gustaba el uniforme, las armas. Creía que si tenía un arma tendría poder, me sentiría grande, capaz de hacer muchas cosas”. Se ríe al recordar que el uniforme le quedaba grande. “Parecía una pantera rosa; todos se burlaban”» (Lozano, 2014,
p. 56). Luego de la sensación de poder con la que ingresan, viene una realidad poco
alentadora «no vacila al señalar lo más duro que vivió en sus siete meses en ‘el monte’: enfrentarse con la muerte; desde muy niña le tuvo pavor» (Lozano, 2014, p. 56), el hecho de estar siempre alerta por un enfrentamiento o por la posible muerte de un compañero o la propia, se convierte en su cotidianidad, sin contar con que estas amenazas no siempre provenían del exterior, sino que estaban presentes en el grupo armado, pues dentro de los grupos armados, por diversas razones, pueden ejecutar a sus propios miembros, lo que los mantiene con la zozobra y con temor a los errores o a la deserción: El temor era real: si los acusaban ante su socio no se escaparían del consejo de guerra. Y ella les tenía pánico, como todos. Allí se juzga a los que comenten faltas graves. Los amarran a un árbol y sus compañeros hacen las veces de jurados de conciencia (Lozano, 2014, p. 157). Además, con los consejos de guerra aumenta la presión social en los menores que están siendo vinculados, pues se ven orillados a participar y reproducir la violencia por temor a las represalias. Estas acciones dentro de los grupos armados van acompañadas de los discursos y el adoctrinamiento para legitimar sus acciones bélicas, donde imparten “justicia”, allí la traición debe ser castigada: «No olvida que por culpa del capricho de una pelada asesinaron a dos amigos. Los acusó de querer desertar, aseguró que la habían invitado y tenían planeado dañar el armamento» (Lozano, 2014, p. 157), al infundir temor se mantiene el ciclo de violencia, dejándola como algo necesario, con estas conductas se identifica, de acuerdo con la teoría de Galtung (1998), la violencia cultural.
Otro aspecto a tener en cuenta, y que dialoga con la violencia cultural, es la violencia de género sufrida dentro de los grupos armados, en su gran mayoría, por mujeres, pues son orilladas a relacionarse con hombres mucho mayores que ellas, aun siendo menores de edad, y son vistas como propiedad o netamente como utilidad, un ejemplo en la vida de Julia es cuando se ve forzada
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a establecer un vínculo con un hombre mayor, convirtiéndose en su mujer: «Nos hicimos sociosasí se llama ‘allá’ al marido, pero él era todo malo […] Yo no quería estar más con él, pero no podía terminarle. Él tenía poder» (Lozano, 2014, p. 157). En la medida en la que la historia de Julia se va desarrollando se van vislumbrando las secuelas de su paso por el conflicto, tanto así que, después de la desvinculación con el grupo armado, ella logra reencontrarse con su madre, pero se le imposibilita la comunicación, no solo por las heridas emocionales de su niñez, sino porque dentro de las secuelas se encuentra la incapacidad de recibir orientación y apoyo emocional, incluso si es de su propia madre.
La siguiente historia, es la de Yair, un joven que también se encuentra en el programa de reinserción social y que ha tenido una vida atravesada por diversos aspectos de la violencia, ya que creció en medio de la precariedad y la violencia intrafamiliar:
Para darle un contexto claro a su vida, pone en orden sus recuerdos de infancia. Nació en un pequeño caserío y, desde el día en que su papá casi mata de una muenda a su mamá, se fue, con su hermano, a vivir con su abuela y un tío que se convirtió en su papá; del propio no volvió a saber (Lozano, 2014, p. 160).
Yair crece en un entorno con falta de oportunidades, no cuenta con apoyo familiar y mucho menos estatal, en la zona en la que se desenvuelve es habitual el reclutamiento infantil, pues hay muchos niños y jóvenes que encuentran la guerra como su única opción, ya que en el pueblo los grupos al margen de la ley son los que predominan:
“Lo de las armas es de familia”, dice de entrada a quien quiera conocer su vida. “La mayoría de mis amigos, prácticamente, se han inclinado por ellas. Los que no estuvieron con las Fuerzas Militares, fueron de la guerrilla. Es que mi pueblo, como está en la cordillera, es bueno para los grupos armados; siempre hay dónde esconderse” (Lozano, 2014, p. 159).
Los fragmentos de la historia de Yair, hasta el momento, son el reflejo de una violencia estructural que parece ser generalizada en la periferia del país, y no solo es por la violencia presente y normalizada, también es por la falta de una educación integral, como Yair lo narra: «en clase los muchachos están divididos en tres grupos. Los más avanzados, los intermedios y los que a duras penas saben leer y escribir. Los ciclos duran cuatro meses» (Lozano, 2014, p. 158), la falta de formación termina por perpetuar la exclusión, no solo para quienes se encuentran en programas de reinserción social, sino también para muchos jóvenes y niños de la periferia. Además, la falta de educación, da entrada a los grupos al margen de la ley, ya que se adhieren a las falencias del Estado
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para vincularse a las comunidades, pues dentro de las filas les brindan “educación” a los reclutados, en el caso de Yair, estudió los principios de la enfermería para atender a sus compañeros. Continuando con la exposición de la vida de Yair al conflicto, sigue la violencia directa, Yair fue utilizado desde muy niño para la evasión de las fuerzas del Estado, en su historia cuenta que por su tío tuvo su primer vínculo con las FARC:
Y fue por el tío, miliciano de las Farc, que a los ocho años empezó a colaborar con los armados. Si había policía en el pueblo, Yair era el encargado de entrar las armas. Al tío lo requisaban y no le encontraban nada. “Yo lo esperaba más abajo y le pasaba el arma. Así me fui encariñando con las Farc (Lozano, 2014, p. 160).
El uso de menores de edad ha estado presente a lo largo de la historia en el conflicto, pues los van involucrando poco a poco en sus procesos, cediéndoles responsabilidades para llevar a los menores sus filas: «Y recuerda entonces los retenes que hacía a los catorce años, con otro “camarada” de la misma edad» (Lozano, 2014, p. 162). Yair, además de la exposición que tenía con las FARC, también tuvo otro móvil para entrar al grupo armado, el odio porque asesinaron a su tío:
Un domingo, día de mercado, la vida le dio un vuelco. Al atardecer los “elenos” llegaron al pueblo […] Yair vio cuando los matones le pegaban los tiros. El tío cayó primero arrodillado y luego se desplomó. “De ahí en adelante le fui cogiendo una rabia a los elenos”. Por eso, cuando los “farianos”, días después del entierro, lo invitaron a unirse al grupo, no lo dudó (Lozano, 2014, pp.
160-161).
Los asesinatos de las personas cercanas y la sed de venganza se convierten en el móvil, de algunos de los jóvenes, para ingresar a los grupos armados. Adicional, una vez ingresan, hay otra situación a la que deben hacer frente, deben acatar las órdenes, sin hacer miramientos, para poder elegir su vida, ya sea como acto de defensa o porque no hay elección. En la narración de Yair, es evidente que le cuesta vivir con los actos que realizó en la guerra: «Y lo atormentan sus víctimas, las personas que mató, entre ellas dos muchachos de otro grupo guerrillero. “Lo hice en defensa propia”, aclara» (Lozano, 2014, p. 162), y por los consejos de guerra y las normas del mismo grupo se le imposibilita, a Yair, reconocer o apelar por su propia familia «Fue miembro de jurados de conciencia en varios consejos de guerra. Un día le tocó votar a favor de la muerte de un primo que se había escapado» (Lozano, 2014, p. 162).
Con los discursos y normas del grupo armado, justifican sus acciones y violencia, como en el caso de la pena de muerte, que es utilizada como el mayor castigo para imponer orden y ejemplo
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en sus filas, registrando así, la violencia cultural. Puesto que, de acuerdo con la teoría de Galtung (1998), en las creencias y narrativas, hay un intento de normalización de la violencia para hacerla pasar por aceptable o inevitable. Como en la historia de Yair que llego el punto en el que, para él, al estar rodeado del conflicto, eran naturales las conductas de violencia y terminó por replicarlas. Además, en su historia hay una marcada diferencia entre la percepción que se tiene de la violencia en la zona rural y urbana:
Se queda un rato callado e insiste en aclarar las cosas. “Todo se explica según el ambiente que a uno lo rodea. Si en Bogotá hay un tiroteo o un carro bomba, la gente lo mira como un desastre. Yo lo miro como la vida cotidiana que viví en mi pueblo” (Lozano, 2014, pp. 162-163). Este ejemplo no solo hace parte de la normalización que hay en la vida de Yair de la violencia, sino que refleja la brecha que hay entre quienes viven en medio del conflicto y para quienes solo es algo aislado y esporádico, que solo pasa en la periferia del país. Los aspectos mencionados, también se asocian con la violencia estructural, ya que hacen parte del abandono estatal que se presenta en determinados espacios, sea dentro de la ciudad, en zonas vulnerables o en las zonas rurales de Colombia.
Ahora bien, dentro de los grupos armados muestran la guerra como una oportunidad, para los jóvenes, como si fuera un trabajo cualquiera, o para los que ya están en sus filas, como un ascenso social, venden la idea de mejorar sus condiciones de vida, una buena meta aspiracional. Convirtiendo a jóvenes como Yair en perpetradores de la violencia, pues, aunque iniciaron siendo víctimas, terminan, por sus propias condiciones y decisiones, siendo participes de una guerra a la que ni siquiera deberían pertenecer «“Los que mueren en esta guerra son jóvenes, campesinos pobres, de lado y lado”» (Lozano, 2014, p. 162).
La historia que se entrelaza con la de Yair es la de María, ambos se conocieron en Bienestar Familiar, se convirtieron en pareja y tiene una hija. Sus historias son similares «la historia de María es igual a la de muchos niños que viven en las zonas donde la guerrilla ha tenido influencia por años. Creció viendo a los guerrilleros ir y venir» (Lozano, 2014, p. 166). Crecer viendo a los grupos armados cumplir con el papel del Estado es el panorama de muchas personas, configurando una limitación de posibilidades, por la ausencia de instituciones que protejan a las poblaciones con alto índice de vulnerabilidad, constituyendo así la violencia estructural. El abandono estatal, en el caso de María, es tanto que, ella creció normalizando la presencia de la guerrilla, creyendo que eran buenos: «“Yo me acuerdo de la guerrilla como desde los tres años, cuando le arreglaron un
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problema que tenía mi abuelo con otros señores. […] Yo los miraba bien vestidos, con ese uniforme lindo, con el fusil, y me parecía bueno» (Lozano, 2014, p. 166).
Aunque la normalización de los grupos armados no fue el principal móvil para la vinculación de María, sí representa un factor de riesgo, ya que, no contaba con una buena protección, ni familiar ni estatal, pues María, es abandonada por su madre dada la falta de recursos y la violencia creciente, la dejaron al cuidado de sus abuelos, lo que marcó significativamente «su mamá, recuperada después de años de ausencia, le dio un consejo: “Nunca abandones a tu hijo como yo te abandoné a ti, si quieres que después no te rechace”» (Lozano, 2014, p. 165). María buscaba mejorar su vida, pues llegó al punto de precariedad económica en el que debió pedir dinero, se vinculó a la guerrilla a los 11 años tratando de buscar un refugio y oportunidades: Buscó a un comandante de barba y ojos negros que rondaba por el pueblo y le dijo: “Me quiero ir con ustedes”. “Espere a los quince años”, le respondió él. Pero al final cedió: “Es decisión suya” […] Como a las cinco de la mañana María salió de la casa. Corrió para que nadie la viera y esperó en la plaza. El comandante apareció en un jeep y le gritó: “Móntese ligero, su abuela la está buscando” (Lozano, 2014, p. 166).
María inició con el proceso de entrenamiento y adaptación como todos los demás, a pesar de su corta edad fue entrenada en explosivos y puesta en combate, la edad, parece no ser un factor importante dentro de los grupos al margen de la ley, pues mientras la persona cumpla con diversas funciones dentro de sus filas, es apta para la guerra, como en el caso de María: «Al momento de elegir un curso, optó por el de explosivos. No quiso enfermería; le daba mucho miedo la sangre. Hacer rampas, poner minas le gustaba. “Era buena para eso porque tengo habilidad con las manos”» (Lozano, 2014, p. 167). Adicional, María realizó otras tareas dentro de las filas, que implicaban un alto impacto en su bienestar emocional y que la llevaban a ejercer funciones de control y disciplina «las mandaban a misión juntas. La primera, cuidar secuestrados. Fueron ocho meses vigilando a diez, entre hombres y mujeres. El temor era que uno de ellos se volara estando ellas de guardia. “¡Lo podían joder a uno!”» (Lozano, 2014, p. 168), cabe recordar que, los castigos disciplinarios aplicados dentro de los grupos armados pueden ir desde los maltratos físicos, hasta la muerte, lo que aplica si un “prisionero de guerra, escapa”. Los ejemplos anteriores se acoplan dentro de lo que Galtung (1998) denomina violencia directa. En lo referente a la violencia cultural, se refleja en la historia de María por la normalización que tiene de la violencia, pues fue su cotidianidad en su proceso de crecimiento, ya que no solo observaba a los grupos armados como sujetos de orden,
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sino que llegó a verlos como un modelo a seguir, pues admiraba el hecho de que estuvieran presentes en el territorio impartiendo el orden y la ayuda que no proveía el Estado. Por otro lado, un aspecto que causa eco en la historia de María, es la rápida adaptación que tuvo al grupo guerrillero, pues su cultura militar fue captada hasta el punto de dejar de lado sus vínculos emocionales «La familia, al comienzo, le hacía falta. “Pero poco a poco uno se va centrando más en lo nuevo y los olvida. Uno mantenía ocupado, embolatado a todo momento: charlas de la vida militar, reglamento, formación, trotar, correr con el fusil…”» (Lozano, 2014, p. 167). Además, María visibiliza con su historia la deshumanización a la que pueden llegar los combatientes después de normalizar completamente la violencia «“Cuando uno está en el monte no piensa. Hace lo que le manden, hasta matar a la mamá”» (Lozano, 2014, p. 164). Aún después de la desmovilización, en su percepción de mundo, las armas continuaban siendo parte de su vida, lo que confirma el adoctrinamiento y las secuelas del grupo armado: «habíamos dejado de sufrir; pero nos seguían gustando las armas, la vida allá”» (Lozano, 2014, p. 170). El testimonio de María refleja el impacto del conflicto armado en la población infantil, es un claro ejemplo de lo devastador que puede llegar a ser, tanto por la normalización, como por su participación en la guerra, mostrando la necesidad de un proceso de reintegración para la construcción de una vida fuera del conflicto.
De modo similar se desarrolla la historia de Julio, un joven que también se encuentra en proceso de reintegración a la sociedad y que, a diferencia de las otras historias, está familiarizado con la ciudad, pues fue allí donde nació. Conoció los grupos armados de visita en la casa de su abuelo, y a pesar de no tener, un vínculo directo con la guerra, su vida estuvo rodeada por la vulnerabilidad social, económica e incluso política, lo que marca el inicio de su infancia con una violencia estructural, ya que desde pequeño tuvo que trabajar para sobrevivir: «Sus primeros diez años los pasó entre la escuela y la calle acompañando a su padre en la venta ambulante. Se paraba en las esquinas a vender periódico. Llevaba la plata a la casa» (Lozano, 2014, pp. 171-172). Asimismo, en su historia, no cree contar con oportunidades de estudio, ya que, al momento de hablar de sus sueños, dice que quería ser músico, pero no cree poder lograrlo por la economía: Y ¿la música? Me atrevo a indagar, animada por su pinta de roquero-. “Ese sí es mi sueño”, responde y deja ver, por fin, su cara iluminada. Pero al instante de nuevo se desanima: “Pero no me hago ilusiones porque es muy remoto. Es difícil, no tengo recursos. No puedo ser músico” (Lozano, 2014, p. 171).
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Dada la carencia de recursos, Julio desiste y duda de sus aspiraciones, esto limita sus posibilidades y bienestar. Otros aspectos que entran en juego en su vida, es la falta de estructuras solidas de protección y el vacío emocional, ambos presentes desde el abandono de su madre «su mamá lo dejó cuando estaba pequeño. “Nunca me han dado ganas de buscarla”, dice» (Lozano, 2014, p. 171). En consecuencia, la normalización e ilusión por los grupos al margen de la ley o las armas en general, las relacionaba con el poder, solventando de una u otra forma sus carencias: «“disparar es como creerse el chacho’. Me volví aficionado a las armas”. Por eso, cuando vio por primera vez a los guerrilleros en la casa de su abuelo [...] se ilusionó» (Lozano, 2014, p. 172). Ahora bien, la violencia directa se visibiliza en aquellas acciones que representan un peligro o daño físico, Julio fue reclutado con solo 11 años, no es una edad en la que exista una plena conciencia para la toma de decisiones, por lo que Julio, si bien hizo una solicitud expresa para irse con el grupo armado, dada su atracción por las armas, no justifica la aceptación que tuvo, pues era un menor de edad «pidió que lo llevaran. “Sardino, espere cinco o seis años”, respondió el comandante. Insistió hasta que lo logró. Dejó con el hermano una razón para el abuelo: “Me fui; no se preocupen”. Así, a los once años, llegó al ELN» (Lozano, 2014, p. 172), dejando en claro otro ejemplo de la violencia directa, pues la vinculación de un menor de edad a un grupo armado representa un peligro y posibles daños físicos en el proceso.
Desde este punto, la vida de Julio es marcada por la guerra y, desde el primer día, fue integrado al entrenamiento militar, asumiendo responsabilidades y roles que no debería tener ningún niño:
Le dieron un fusil más alto que él. Lo paraba y le daba más arriba de la oreja. “Al día siguiente me pusieron a hacer polígono; aseguré el arma pero me botó para atrás. En tres ocasiones me tiró al piso” (Lozano, 2014, p. 172).
Inicialmente, Julio ejecutaba el papel de guardia, luego, le asignaron la parte de la documentación, una especie de trabajo administrativo en el que debía estar al tanto y dejar evidencia de quiénes ingresaban, desertaban y morían:
“La responsabilidad mía era mucha”. En un enfrentamiento o en una emboscada el miedo mayor no era que lo mataran; era no dejar perder nada… borraba todo el disco duro; cargaba solo disquetes. En caso de algo los botaba, los partía, los enterraba. “Me daban muchos nervios. ¡Imagínese todo lo que había allí!” (Lozano, 2014, p.173).
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No solo tenía responsabilidades que ponían en peligro su vida, sino que también se vio obligado a dejar su condición de niño: «yo me críe en la guerrilla» (Lozano, 2014, p. 173), por lo que, en los espacios en los que quería jugar o evadir un poco sus funciones, compraba y jugaba con canicas, pero esto fue restringido: «compraba bolas de cristal cada vez que “bajaba” a un caserío. Pero un día el comandante se enojó porque por estar jugando les daba pereza hacer guardia. Se las quitó todas…» (Lozano, 2014, p. 174), estas represiones hacen parte de la cultura de control dentro del grupo armado, dejan de lado la niñez para convertirse en soldados. En lo que refiere a la violencia cultural, se refleja, en la vida de Julio, en los discursos sociales, los símbolos que hay alrededor del uso de armas como imposición o reflejo de poder, la falta de orientación, las ideologías que le presentaron en el ELN, entre otros aspectos. Un ejemplo de este tipo de violencia, presente en la cultura popular y en la vida de Julio, es la asociación de las armas con el poder y el respeto, reflejado a través de las películas: «“Me vi muchas veces Nacido para matar, y vi un montón de películas de pistoleros. Las miraba y pensaba: ‘disparar es como creerse el chacho’. Me volví aficionado a las armas”.» (Lozano, 2014, p. 172), la falta de orientación familiar y el hecho de permitir el acceso a este tipo de contenido a un menor, va contribuyendo a la atracción y normalización de aspectos violentos que pueden trascender en el contexto, en el caso de Julio, después de ingresar al ELN, aprendió a ver la guerra como un juego y estilo de vida: «Iban de una zona a otra, atendiendo el llamado de distintos frentes. Las tareas eran distintas: desde montar retenes hasta cuidar “retenidos”. Cada día se sentían más integrados, como hermanos» (Lozano, 2014, pp. 173-174). Lo anterior, refuerza la violencia como una cotidianidad y no como algo que debe ser cuestionado, aunque más adelante Julio se hace consciente del peligro y las consecuencias de sus actos, al ser un niño jugando a la guerra, se demora en procesarlo.
A propósito del hecho de “jugar a la guerra”, el que los grupos al margen de la ley, brinden una “educación” política a los niños que ingresan a las filas, aumenta su vulnerabilidad, pues puede ser más sencillo vender una justificación de la violencia a los menores, sin mostrar las acciones, las consecuencias e incluso, sin ser cuestionados:
Para Julio todo lo que aprendió “allá” es importante: tanto las maniobras de combate, como la teoría sobre la organización política. En las noches escribía un resumen de las clases. “Entendí las ganas de luchar, empecé a mirar muchas cosas; que los de cuello blanco se roban el dinero de todos y hacen lo que quieren” (Lozano, 2014, p. 173).
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Para los jóvenes en proceso de reinserción es complejo ver el mundo desde otra perspectiva, por las costumbres adquiridas y, porque su visión de mundo, está directamente relacionada con la educación político-militar que les dieron en los grupos armados. Además, al momento de narrar sus vivencias, tratan de disminuir el impacto de los actos del grupo armado, aunque son conscientes que traspasan muchos límites y son en exceso violentos, por ejemplo, cuando Julio cuenta que el «“retenido” como insisten en llamar los “elenos” a los secuestrados- les mandó de regalo unos ‘Nintendo’ pequeños, de esos family. “¡Duramos tiempo enganchados a esos jueguitos! Él pagó 200 millones de pesos por la libertad, pero quedó amañado con nosotros”» (Lozano, 2014, p. 174). Otro punto a considerar, a pesar de las experiencias traumáticas, Julio trata de negar y minimizar el impacto de lo que vivió:
A Julio no le agrada recordar el pasado. Muchas veces, cuando está en medio de un relato, lo interrumpe de manera brusca: “No me gusta hablar de eso. Lo que pasó, pasó. Ya murió”. Cuesta trabajo que cuente cómo, después de seis años “allá”, un día, luego de más de dos semanas de combates, se vio obligado a salir del escondite donde se atrincheró, con el arma y las manos en alto porque no aguantaba más ni el miedo, ni el trasnocho, ni el hambre. “Nos tenían acorrala-dos; había soldados por todos lados” (Lozano, 2014, p. 174).
Julio no deja de ser un joven que inició como víctima dentro del conflicto, por la pobreza, el abandono familiar y estatal, aun así, se puede ver su transición a victimario y cómo, después de crecer dentro de las filas y salir de ellas, amplió su percepción, para reconocer que la violencia no es justificable, vio morir a sus amigos y se alejó en lo absoluto de su familia, y la incertidumbre, a pesar de ya estar en proceso de reinserción social, continuaba en aumento. Por lo anterior, con el caso de Julio, se muestran otros niveles en los que puede ser afectada la población infantil, como lo es que los niños se terminen criando en los grupos al margen de la ley y, también, es una muestra de la importancia de llevar a cabo un proceso de reintegración, para que les ayude a pensar por sí mismos, dejando de lado la violencia y las estructuras que les fueron impuestas en los grupos armados.
Posterior, Pilar Lozano presenta varias historias que se van relacionando, pero que no tienen un desarrollo tan amplio, aun así, se pueden rastrear en ellas los aspectos en los que se visualiza la teoría de Galtung (1998), los relatos pertenecen a Gloria, Sandra, Luis y Fabian, jóvenes que se encuentran en el programa de reinserción y que por diversas situaciones terminaron vinculados al conflicto armado.
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En las historias, el primer aspecto a rastrear es la violencia estructural, ya que ayuda a visibilizar las afectaciones dadas por la condición de pobreza, falta de acceso a la educación y la ausencia de oportunidades, que poco a poco fueron llevando a los jóvenes a la vinculación con el conflicto. En el caso de Sandra y su hermana, quien explica la vinculación con el grupo armado, es la madre, pues desplazada por la violencia y se encontraba en el centro de reinserción haciendo las veces de tutora, además, por su experiencia, brinda un panorama general del ingreso a las filas por parte de los jóvenes: «“Los jóvenes no tenían nada más atractivo que irse a la guerrilla. Ellos se aburren, no hay colegios ni fiestas, al campo nadie le presta atención. Se van y no saben a qué. Es una estupidez”» (Lozano, 2014, p. 176).
Con la información que brinda la madre, se visibiliza cómo la ausencia de la educación y/o recreación, convierte a los grupos armados en un atractivo y en una alternativa y, después, cuando intentan retornar a la sociedad, temen por no saber cómo desenvolverse, pues, por el conflicto, se les ha separado de la vida civil y muchos no saben desenvolverse socialmente, por lo que vuelven a una condición de vulnerabilidad: «“Estamos acorralados. Me pongo a pensar lo que ha pasado y me da pavor enfrentar la vida. No sé cómo hacerlo. Solo sé manejar armas”» (Lozano, 2014, p. 179). Este temor es generalizado, no corresponde a un comentario especifico de uno de los testimonios, es un comentario al que se suman varias voces de las que se encuentran en el programa de reinserción, además, otra alarma general, es que el grupo armado los encuentre de nuevo: «Un miedo grande es el enemigo mayor de estos jóvenes: el miedo a ser perseguidos; se volaron y saben que en la guerrilla eso equivale a pena de muerte. Ven fantasmas en todas las esquinas» (Lozano, 2014, p. 179).
Los jóvenes que se desvinculan de los grupos armados tienen muchos temores, pues, en la medida en la que se acercan a su reintegración social, la incertidumbre es creciente. Adicional, son conscientes de su condición de vulnerabilidad, ya han estado expuestos o quizá nunca dejaron de estarlo. Un ejemplo es el caso de Sandra y su familia, que han sido víctimas directas del conflicto: «la mamá, el hijo menor y el hijo de la hija tuvieron que huir» (Lozano, 2014, p. 176). El desplazamiento forzado hace parte de una de las manifestaciones más graves de la violencia estructural, como lo menciona Galtung (1998), ya que cuando se vive de cerca, pude llevar a la repetición del ciclo de violencia. Aunque, repetir el ciclo de violencia, puede darse por diversos aspectos generados por el conflicto armado, como en el caso de Fabián, quien se vinculó a los once años tras ser testigo de la brutalidad de la guerra, replicando la misma violencia:
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“Yo me hice hombre muy niño”, me dijo otro día también en medio de lágrimas. Conoce por dentro el mundo de los traquetos, el mundo de las Farc, ha visto a los paras destruir su pueblo, “descuartizar humanos”. “Eso es lo único que he mirado desde que nací”, me confesó un día (Lozano, 2014, p. 182).
Fabián cuenta una parte mínima de su historia, mostrando fragmentos del dolor que genera crecer en medio de un conflicto del que no debería haber sido participé, además de reflejar la impunidad en la que operan los grupos armados en diversas zonas del país. La historia de Fabián permite dar paso al análisis de la violencia directa, que se encuentra presente en estos últimos testimonios, pues muestran las acciones que más tienden a repetirse: reclutamiento infantil, asesinatos y persecución.
Continuando, Sandra, atendió en muchos combates de las FARC, pues fue reclutada junto con su hermana cuando aún eran muy jóvenes, después de un tiempo, su padre las ayudó a salir del grupo armado, lo que les hizo vivir en carne propia las consecuencias del desertor: «"Por mi culpa mataron a mi cucho"[…] En una oportunidad que las dos salieron de permiso a la casa, el padre las ayudó a desertar. Le costó la vida: lo mataron en la puerta de su casa» (Lozano, 2014, pp. 175- 176). Sandra siente culpa por el asesinato de su padre, pues lo asesinaron por represalias y, cuando su hermana se enteró, a pesar de haber huido, se unió nuevamente a un grupo armado, pero diferente a las FARC, para poder tomar venganza «la mamá ya sabe que anda por ahí, en una cuatro por cuatro, uniformada, armada, buscando a sus excompañeros que le dispararon a quemarropa a su cucho» (Lozano, 2014, p. 176). Como este caso también está el de Luis, quien se unió siendo menor de edad a un grupo por venganza, pues con solo once años vio a los paramilitares bajar a su padre de un jeep y de rodillas, frente a él, lo mataron «Se hizo guerrillero solo para vengarlo. Cuando lo logró, se sentó en la cama del hotel donde siempre se quedaba con su padre, lloró por primera vez su muerte y decidió desertar» (Lozano, 2014, p. 176). El conflicto armado colombiano tiene vigente un ciclo de retaliaciones que solo genera más violencia.
Por otro lado, hay que tener presente otro tipo de violencia que se presenta dentro de los grupos armados, la violencia de género, pues las mujeres son coaccionadas a realizar muchas más tareas de servicio dentro del grupo armado, generando un espacio de desigualdad, además, se debe tener en cuenta que hay una mayor probabilidad de que sean víctimas de violencia sexual y manipulación, ya que desde que ingresan son vistas como “mujeres”, estando expuestas a situaciones incomodas, donde la sexualización es inherente a su edad. Un ejemplo es el caso de
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Gloria «“Un comandante me perseguía; quería algo conmigo y a mí no me gustaba. Él sabía que en la civil yo había sido novia de un soldado. Me amenazó con delatarme y acusarme de infiltrada si no me hacía su socia”» (Lozano, 2014, p. 178). Si bien hay casos de niñas y jóvenes que ingresan huyendo de la violencia sexual de la que han sido víctimas, el panorama dentro de los grupos armados no es muy disímil:
Las experiencias de todas parecen iguales. Empiezan su vida sexual muy niñas. Algunas han llegado a las armas huyendo de un padrastro o un familiar violador. Cuando salen de la guerrilla “contabilizan varios novios, varios ‘socios”. Y es una vida donde se mueven los chantajes (Lozano, 2014, p. 178).
Por lo tanto, las mujeres vuelven a ser víctimas dentro de los grupos armados y cuenta con mayor desigualdad y vulnerabilidad. Sumado a la violencia de género, también se presenta el abuso de sustancias, que se da tanto para hombres como para mujeres, convirtiéndose en una herramienta para tolerar los enfrentamientos y todo lo que se vive en la guerra, como lo cuenta Miguel: Para él, el vicio es algo natural. Desde los diez años, por su papá, que es policía, se familiarizó con el bazuco. En la guerrilla conoció el chimú […] “Con el chimú uno se embalaba. Así no me daba miedo el combate. Me metía debajo de los helicópteros y los frenteaba: ¡ta-ta-ta! Los comandantes nos castigaban. Pero ellos sabían que cuando decían ‘combate’ todos metíamos chimú…” (Lozano, 2014, p. 180).
Con lo anterior, se da a entender que los alucinógenos forman parte de un método de defensa para enfrentar los traumas que se viven dentro del conflicto, aunque también se debe tener en cuenta que el alcohol es la forma más normalizada, culturalmente, de minimizar el impacto psicológico de muchas situaciones y, los niños que están dentro de las filas, son expuestos e incluidos en las celebraciones con alcohol, exponiéndolos aún más a las conductas nocivas. Continuando con el análisis, se encuentra el registro de la violencia cultural, presente en las creencias, discursos e incluso las costumbres que se han normalizado en la guerra y que pretenden justificar. Como lo es, nuevamente se presenta, la cultura de las armas y la guerra como un juego: «hablan con seguridad de las ventajas de un AK-47 frente a un Galil -se puede meter al barro, al agua y dispara; si uno hace lo mismo con el Galil se traba-, se entretienen ahora con pistolas de juguete» (Lozano, 2014, p. 175). A pesar de ya estar desvinculados, los jóvenes siguen viendo las armas como parte de su cotidianidad, incluso algunos quieren un arma para defenderse, dado el caso que los lleguen a encontrar, pues siempre temen ser asesinados:
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Sé que voy a morir un día, pero quiero morir peleando. Me da miedo que me encuentren; sé que me siguen buscando”. Y por estos temores muchos acarician la idea de volver a tener un arma. “Me gustaría tener una para defenderme del que me busque pelea. Me gustaría una pequeña, buena para pelear…” (Lozano, 2014, p. 179).
La normalización del uso de armas hace parte de su forma de relacionarse con el mundo y entre sí y, al igual que el miedo a ser encontrados, hacen parte de la violencia cultural, ya que es una forma de control psicológico que surge en los grupos armados.
Ahora bien, en lo referente a símbolos de poder, se encuentran los uniformes, pues han generado, culturalmente, una representación de la hipermasculinidad: «“El verde atrae”, reconoce Julio, refiriéndose a la fascinación que sienten las jovencitas por un uniforme» (Lozano, 2014, p. 178). Además, el comentario de Julio, lleva a visibilizar la identidad que crean alrededor de la cantidad de mujeres con las que han estado «se jactan de sus conquistas, de haber perdido la cuenta de las mujeres que han llevado a la cama, tanto ‘camaradas’ como civiles» (Lozano, 2014, p. 178), lo que refuerza la visión de la mujer como un objeto, dentro de la cultura de guerra. Con estos últimos fragmentos de las crónicas, se refleja la necesidad que hay de brindar, a las poblaciones más vulnerables, apoyo psicológico, apoyo educativo integral y un mayor número de oportunidades laborales o de proyectos culturales, que permitan generar una ruptura con el ciclo de violencia que aún se encuentra presente en el país y que, no es ajeno a la situación actual, adicional, a pesar de la transformación que ha sufrido el conflicto, no se debe dejar de lado la población infantil, pues sigue siendo vulnerable en el ciclo de violencia.
Tras el análisis de las historias se da paso a los planteamientos de Giséle Sapiro, para establecer una integración entre los aspectos internos y externos de la obra. Relacionando las crónicas de Pilar Lozano, la teoría de Johan Galtung y el contexto al que hace referencia la obra, es por esto que, con el análisis de los tipos de violencia y la forma en la que se reflejan en cada una de las crónicas, se da paso al análisis y la integración de la sociología literaria. La sociología literaria en las crónicas de Pilar Lozano Como ya se pudo evidenciar, en el libro Crecimos en la guerra se compilan los testimonios de jóvenes, que, siendo niños y niñas, fueron reclutados para la guerra, viviendo de cerca las consecuencias del conflicto armado colombiano. Además, la obra permite visibilizar los contextos de violencia, pobreza y abandono que orillan a los menores de edad a la vinculación con grupos armados. Ahora bien, con la teoría de Giséle Sapiro se puede generar la relación entre el contexto
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que rodea las historias y la obra de Pilar Lozano, ya que hay una estrecha relación entre la obra y la sociedad colombiana, pues como lo señala Sapiro (2016) «el libro es en sí mismo “un fenómeno social que evoluciona”» (p. 25). Por tanto, se puede analizar tanto el contenido de las crónicas como el contexto al que hace referencia, en especial, desde la perspectiva de la literatura como instrumento de dominación o resistencia, ya que permite examinar el funcionamiento de las crónicas como una forma de denuncia de la violencia, en especial de la violencia estructural y directa (Galtung, 1998), permitiendo también que las crónicas sean una herramienta de resistencia frente a las narrativas de poder y la violencia cultural.
Con el enfoque de sociología literaria se puede entender a la literatura como una herramienta de resistencia, pues en sí «la literatura se interesa por la vida social, que pinta bajo diferentes aspectos» (Sapiro, 2016, p. 19), por lo que permite dar voz a los que históricamente han sido silenciados, en este caso a la población infantil, ya que fue sacada de su condición de niños y niñas para hacer parte de un conflicto que no les pertenecía. En las crónicas, con el reclutamiento de menores, se muestra una narrativa que contradice, en diversos aspectos, el discurso oficial del conflicto, en el que se llega a negar la susceptibilidad y vulnerabilidad que viven los niños y, que los lleva a ser partícipes de los grupos armados.
Como en el caso de Manuel, que por diversos aspectos de la violencia estructural fue orillado al reclutamiento por parte de grupos armados, desmintiendo la idea de que los menores se unen voluntariamente: «él mismo habló con uno de los comandantes y pidió, a escondidas, mi ingreso» (Lozano, 2014, p. 29)», las condiciones de precariedad del padre lo llevaron a ver la guerra como una salida, lo que alimenta la idea de que, por el contexto y las mismas condiciones del sistema, se empuja a los más vulnerables a la violencia. De esta forma, las historias se van convirtiendo en una denuncia social que puede ser analizada, ya que, teniendo en cuenta a Sapiro (2016) «las obras literarias constituyen una fuente para estudiar las representaciones sociales de una época. Por sus pretensiones sociales» (p.79), permitiendo así, en este caso, generar un contraste entre la visión de victimarios de los menores reclutados y la condición que también tienen de víctimas.
En ese mismo sentido, se encuentra el caso de Émerson que, si bien no es un niño reclutado por un grupo armado, sí representa la explotación infantil en los cultivos de coca, y este es un fenómeno que se ha invisibilizado e incluso normalizado, tanto desde la sociedad como desde el Estado. La historia de Émerson, expone el trabajo infantil y la relación que pueden llegar a tener
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con diversos niveles del narcotráfico, pues lo ubican como una fuente de supervivencia en la que encuentran una salida económica para sus familias, evidenciando así que la guerra no solo se ve con las armas y los conflictos, sino que también se da y se representa desde la desigualdad económica que se vive en muchas zonas del país.
Las historias como la de Émerson, Manuel y los demás chicos, sirven de ejemplo para pasar a primer plano las experiencias de quienes han sido excluidos del discurso y la historia oficial, sirven como un acto de resistencia presentado desde la literatura contra la deshumanización que hay de las victimas-victimarios que son o se enlistaron siendo menores de edad. Ahora bien, la literatura no solo funciona, en este caso, como un acto de resistencia o denuncia, sino que también sirve como ejemplo de la dominación, puesto que, teniendo en cuenta los planteamientos de Sapiro (2016), en la escritura literaria: «se percibe la necesidad de reconstruir la jerarquía de discursos en función de la autoridad de los grupos que la reproducen» (p. 79), y en este caso, se visualiza en los discursos generados por los grupos armados para justificar e imponer sus ideologías y la violencia. Pues, en las crónicas, se observa el proceso de adoctrinamiento de los grupos armados: crean una narrativa de guerra para legitimar el uso de la violencia, lo que se traduce en una instrumentalización discursiva para la imposición de poder. Particularmente, lo anterior, se visibiliza en las crónicas con los momentos en los que paramilitares o guerrilleros, enseñan a los nuevos reclutas los discursos y símbolos que guían su grupo, buscando normalizar la violencia, como en el caso de Manuel cuando narra las charlas políticas de las cuales debía participar:
“La guerrilla no tiene capacidad cerebral para hacer una guerra… ¡Son unos brutos!”. -¿Qué somos?
-Un brazo armado del Estado-respondíamos en coro.
Siempre lo mismo: somos los buenos, ellos son los malos. Mire que nosotros hacemos esto por el bien… ¡Ellos no! Nosotros hacemos la inteligencia para matar una persona. Ellos simplemente la matan porque sí (Lozano, 2014, p. 33).
Aparte de la oratoria, también se tiene en cuenta el contenido audiovisual, ya que utilizan diversos recursos para reforzar su ideología y mostrar la “lógica” del enemigo, perpetuando el conflicto y la violencia, pues se debe tener en cuenta que los niños o menores de edad son más crédulos que los adultos, por lo que son más susceptibles a no generar ningún tipo de cuestionamiento de lo que les enseñan en los grupos armados. Aparte del recurso literario, también cuentan con himnos y textos ideológicos, como una especie de manifiestos, que refuerzan la identidad de los combatientes: «se cantaba el Himno Nacional, el himno de la Autodefensa y la
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oración de la Autodefensa» (Lozano, 2014, p. 35), con la repetición y las rutinas establecidas se va configurando una cultura de guerra en los menores de edad, interiorizando la violencia como algo necesario y legitimo. Con los ejemplos se expone cómo el discurso literario y simbólico puede ser utilizado como una herramienta de manipulación que moldea las subjetividades, aumentando la vulnerabilidad de la población infantil y las poblaciones de zonas aisladas en general, en un conflicto que venden como inevitable, justificando la violencia estructural presente en muchas historias.
Desde la perspectiva teórica de Sapiro (2016), también existe la posibilidad de disponer de la literatura como un medio para la memoria histórica, en este caso, dando voz a los que han sido marginados, pues «los relatos (narratives) enmarcan la percepción y la memoria de un acontecimiento histórico» (p. 83). Así, las crónicas presentes en Crecimos en la guerra, no solo van a mostrar las historias individuales, sino que también van a constituir y hacer parte de la memoria colectiva, que va desafiando poco a poco, las narrativas oficiales del conflicto. En la obra se visibilizan las voces de los niños que han sido utilizados para la guerra, independiente del bando al que pertenezcan, mostrando que la lucha no es de “buenos” y “malos”, sino que se convierte en un fenómeno que ha arrebatado la infancia de una innumerable cantidad de niños y niñas. Con el registro de estos testimonios se desafía la idea de criminalización de menores reclutados, como ya se había señalado, y el ejercicio de darle visibilidad a las historias de los niños y niñas atravesados por el conflicto, se convierte en un acto de resistencia política, pues documentando las experiencias, se trata de evitar que sean olvidadas o manipuladas por discursos oficiales que tienen la tendencia de minimizar la responsabilidad que tiene el Estado en la perpetuación del conflicto.
Cerrando la relación entre la sociología literaria, la obra y la teoría de violencia de Galtung (1998), se puede ver cómo la obra va oscilando entre un acto de resistencia, visibilización y dominación. En tanto a resistencia y visibilización, la obra funciona como una denuncia de la violencia estructural, dando voz a los niños y niñas que fueron reclutados, además de no minimizar la crudeza de la guerra en sus testimonios. En cuanto a la dominación, los relatos muestran cómo los grupos al margen de la ley utilizan los discursos para imponer su ideología, buscando justificar el uso de la violencia e incluso el reclutamiento de menores de edad. Y como aspecto adicional, la obra aporta a la reconstrucción de la memoria histórica en tanto exhibe las experiencias y el
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imaginario colectivo, dando una oportunidad a que las historias se puedan mantener y no caigan en el olvido o la manipulación mediática o histórica.
Por tanto, la literatura, en este caso desde la crónica o el testimonio, no solo va a registrar los hechos en sí mismos, sino que actúa como un medio para sostener la lucha simbólica, desafiando las versiones oficiales e institucionalizadas del conflicto, permitiéndose ser una herramienta para la transformación social. De esta forma, se sustenta el análisis y la importancia de la implementación de la sociología de la literatura, en este caso, en el análisis de la obra de Pilar Lozano en el marco del conflicto armado colombiano.
A modo de cierre Con el fin de concluir el análisis de la obra de Pilar Lozano, se van a presentar algunos aspectos de cierre y generalidades de la investigación, donde se engloba el impacto del conflicto armado en la infancia y juventud colombiana, así como el papel del registro literario en la construcción de memoria y denuncia social, como se ha venido mencionando hasta el momento y, que se relaciona con la teoría de Sapiro (2016) y Galtung (1998).
En las historias narradas en el libro Crecimos en la guerra se encuentra que el eje transversal de cada una de las crónicas es la violencia, ya sea estructural, directa o cultural, y se entrelazan generando una perpetuación del conflicto, el reclutamiento forzado (o voluntario) y la participación de los menores de edad en el conflicto.
La violencia estructural, se va a manifestar a través de la pobreza, la falta de acceso a una educación integral y a oportunidades, la constante ausencia del Estado en los territorios o en las zonas con mayor índice de vulnerabilidad (no se exceptúa la ciudad) y la desigualdad social. De modo que los niños, niñas y adolescentes ven en los grupos al margen de la ley una alternativa de supervivencia a su contexto de precariedad y abandono estatal.
En cuanto a la violencia directa, se ve reflejada en el reclutamiento forzado, el abuso o el acoso sexual y el maltrato físico. Este tipo de violencia se ve principalmente cuando ponen en condiciones extremas de entrenamiento a los menores de edad que ingresan a los grupos armados, con abuso psicológico o con las ejecuciones que presencian los menores, también está presente en la represión y ejecución que viven o pueden vivir por ser desertores, pues en los grupos armados ponen muchos ejemplos violentos para infundir miedo y pánico constante a las represalias. Ya con la violencia cultural se va a observar la normalización generalizada que hay de la guerra, no solo como un paisaje de la cotidianidad social, sino también como un destino que se
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vuelve inevitable para las poblaciones más vulnerables o aisladas. Además, se deja en evidencia con la construcción de identidad que se marca con la violencia en los grupos armados, el uso de discursos que justifican el conflicto y que van perpetuando cada uno de los patrones de dominación en las comunidades o en los mismos niños, niñas y adolescentes que captan a sus filas. Así, el libro, va a documentar la violencia con los testimonios de los jóvenes que ya se encuentran en proceso de reinserción social o que como Émerson están tratando de sobrevivir, mostrando lo que han sufrido y el cómo se puede mantener la violencia o la condición de víctima en el tiempo, permitiendo visibilizar el circulo de violencia, exclusión y estigmatización social. En lo concerniente a la teoría de Sapiro (2016), la obra de Pilar Lozano, se circunscribe dentro de una literatura que refleja la resistencia, por el desafío que representa para las narrativas oficiales y la visibilización que brinda para los jóvenes que fueron atravesados por el conflicto y que tradicionalmente, son silenciados.
Otro proceso que se realiza, y que va de la mano con los sucesos internos y el contexto dentro que se circunscriben las crónicas de Pilar Lozano, es el desmontaje de la dicotomía de “buenos y malos”, pues humaniza a los jóvenes que están en proceso de reinserción, excombatientes, mostrando tanto el papel que ejecutaron de victimarios como también su papel de víctimas dentro de la guerra, por la exclusión y la violencia estructural de la que tienen parte. Además, permite la crítica a las estructuras de poder, denunciando el papel del Estado en el que se da una marginalización a las comunidades rurales o más pobres, porque como ya se ha señalado, la falta de oportunidades orilla a muchos menores de edad a la violencia. Aunque en la obra se reproducen ciertas narrativas que dan cuenta de la dominación y culturalización de la guerra, como el señalamiento del desertor o la idea de que la guerra es inevitable, las crónicas en sí, van contribuyendo a la memoria histórica, a la comprensión de las raíces del conflicto, de la violencia en general, a la reconstrucción de las historias de los mismos jóvenes que van realizando su narración, ayudando a la resignificación de los excombatientes, pues los va alejando de la visión estigmatizante de ser una amenaza para la sociedad.
A pesar de ya encontrarse en un programa de reinserción, en el último capítulo de las crónicas, se muestra la lucha constante que viven los jóvenes para adaptarse a su nueva vida de civiles, después de los meses o incluso años que pasaron viviendo lado a lado con el conflicto. Como algunas de las secuelas psicológicas con las que cuenta, como la sensación de desarraigo que expresan al solo creer que lo único que saben hacer es manejar armas, pues les resulta ajeno
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cualquier otro proceso o labor que pueda ser ejecutado en la población civil, el miedo constante a ser encontrados, pues sienten que son perseguidos por su condición de excombatientes o desertores, estos ejemplos dejan en evidencia que el conflicto no va a terminar con la desmovilización. Adicional, apenas se están enfrentando a la búsqueda de su identidad, pues no pudieron tener una transición entre su infancia y adolescencia para reconocerse a sí mismos y, en los intentos de reconstruir su vida, se muestran ajenos, pues en su entorno se sienten rechazados, hay una visión constante de alerta, de sospecha. Por tanto, desde esta perspectiva, la literatura está cumpliendo la función de dar voz, no solo a la historia de su paso por el conflicto, sino también de las luchas internas que están viviendo los jóvenes, permitiendo que se vayan reconociendo fuera del marco de la violencia.
Otro aspecto a mencionar, es que, en las crónicas, no solo se está documentando la violencia que vivieron los niños, niñas y adolescentes de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, sino que la obra cumple el papel de registro o espacio de memoria, que ayuda en la construcción de la paz, al recuperar las voces que son excluidas porque fueron jóvenes reclutados siendo muy pequeños. Además de mostrar las contradicciones y dilemas a los que se enfrentan quienes viven en carne propia el conflicto y, presenta, una visión crítica del Estado, pues muestra la ausencia y el abandono que hay en las regiones más afectadas por el conflicto armado, dejando en evidencia la falta de políticas efectivas para el control de grupos al margen de la ley y la reintegración a la sociedad de los excombatientes. De este modo, la obra ayuda a generar un llamado a la reflexión sobre las causas y las consecuencias del conflicto, sin dejar de lado la necesidad de que la sociedad y el Estado garanticen oportunidades reales, es este caso, para quienes buscan dejar la violencia o para aquellos jóvenes y niños que aún están a tiempo de no vincularse directamente al conflicto. Con la integración del análisis de las teorías de Johan Galtung y Gisèle Sapiro, se genera un panorama integral que permite comprender que la guerra no solo deja una huella física en quienes la viven, sino que va mucho más allá, cambiando la identidad, las estructuras sociales y los relatos históricos. Este libro da voz a la población menos escuchada tras su paso por el conflicto, la población infantil, al mismo tiempo que cuestiona la narrativa dominante del conflicto y expone cómo la violencia estructural sigue vigente en la vida de quienes se reintegran a la vida civil. Evidenciando que la paz no se va a lograr con el fin de una guerra o un grupo armado, sino que se deben tratar las condiciones que originaron la violencia generalizada. Esta obra es el reflejo de que la literatura funciona como un espacio de lucha por la memoria, la justicia y la dignidad, en un país
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que ha vivido sumergido en el conflicto. Porque incluso en la actualidad esta narrativa es vigente, pues a pesar del proceso de paz del 2016 y toda la reconstrucción y recuperación de la memoria, la sociedad colombiana sigue negándose a mirar un panorama completo, donde confluyen tanto las víctimas directas, como quienes han tenido los papeles de ambas partes, victimas-victimariosvictimas.
Para finalizar, lo anterior, permite cuestionar lo que hay detrás de la población infantil que hace parte de la guerra, ya que, al menos en Colombia, se señala de manera despectiva a los desmovilizados, muchas veces sin preguntar o sin dar oportunidad de exponer lo que hay detrás de la decisión de vincularse al conflicto. Si bien nada justifica la violencia, el hecho de cuestionar, permitirá una reintegración social. A veces los seres humanos requieren una segunda oportunidad y cabe preguntar qué tanto se puede decidir en el contexto colombiano, el hecho de ser participe o no de las dinámicas del conflicto armado, cómo es o fue robada la infancia de los niños y las niñas que han sido o son atravesados por el conflicto, y qué tanto son culpables de participar en la barbarie por la que ha sido desangrado el país.
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