Narrativa breve
TOMÁS CARRASQUILLA
Félix Antonio Gallego Duque Edwin Carvajal Córdoba Editores académicos E d i c i ó n c r í t i c a NOVELAS BREVES | Tomo II
HUMANISMOS / EDICIONES CRÍTICAS
To mo N ov e l a s brevesII
TOMÁS CARRASQUILLA
Narrativa breve E d ic ión c r í t ica
Editores académicos Félix Antonio Gallego Duque Edwin Carvajal Córdoba Equipo de editores críticos Edwin Carvajal Córdoba - Félix Antonio Gallego Duque Nancy López Peña - Juan Esteban Hincapié Atehortúa David Mejía Solanilla II To m o N ove l a s breves
TOMÁS CARRASQUILLA
Narrativa breve Edició n crítica
TOMAS CARRASQUILLA. NARRATIVA BREVE.
NOVELAS BREVES. TOMO II
Colección Humanismos / Ediciones críticas © Fondo Editorial Facultad de Comunicaciones y Filología, Universidad de Antioquia © Tomás Carrasquilla © Félix Antonio Gallego Duque y Edwin Carvajal Córdoba © Nancy López Peña, Juan Esteban Hincapié Atehortúa, David Mejía Solanilla
ISBN: 978-628-7706-79-8
ISBNe: 978-628-7706-82-8 Dirección editorial: Diana Guzmán Comité editorial (2024 - actual): Juliana Restrepo Santamaría, Diana Ramírez Hoyos y Paula Andrea Marín Colorado Comité editorial (2020 - 2024): Alba Shirley Tamayo Arango, Mauricio Naranjo Restrepo, Andrés Vergara Aguirre, Juan Fernando Taborda Sánchez Editores asistentes: Laura Daniela Arboleda Ramos, Christian Benavides Martínez, Juan Felipe Varela García Diseño y diagramación: Juan Esteban Ávalo, Christian Benavides Martínez y Yon Leider Restrepo Primera edición: agosto de 2024, Medellín Impresión y terminación: Xpress Estudio Gráfico y Digital
100 ejemplares
Carrasquilla, Tomás, 1858-1940, autor.
Tomás Carrasquilla. Narrativa breve / editores: Félix Antonio Gallego Duque y Edwin Carvajal Córdoba; autores: Félix Antonio Gallego Duque y Edwin Carvajal Córdob [y tres más]. -- Medellín: FOCO. Fondo Editorial, 2024.
2 volúmenes (460, 430 páginas)
(Tomás Carrasquilla. Narrativa Breve; 1) Contiene: volumen 1: Cuentos -- volumen 2: Novelas breves. ISBN: 978-628-7706-77-4 (colección) ISBNe: 978-628-7706-80-4 (colección) ISBN: 978-628-7706-79-8 (volumen 2) ISBNe: 978-628-7706-82-8 (volumen 2)
1. Carrasquilla, Tomás, 1858-1940 -- Crítica e interpretación. 2. Literatura colombiana. I. Gallego Duque, Félix Antonio, editor. II.
Carvajal Córdoba, Edwin, editor. III. Gallego Duque, Félix Antonio, autor. IV. Carvajal Córdoba, Edwin, autor. V. López Peña, Nancy, autora. VI. Hincapié Atehortúa, Juan Esteban, autor. VII. Mejía Solanilla, David, autor. VIII. Serie. Catalogación en publicación de la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz LC: PQ8173.C3 CDD: C863.62 ed. 23 Portada: Título: Las Chismosas. Autor: Horacio Longas. Técnica: Acuarela. Dimensiones: 35x27 cm. Año: S.f. Colección de Artes e Historia, Museo Universitario, Universidad de Antioquia. Impreso y hecho en Colombia. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio o con cualquier propósito sin la autorización escrita del Fondo Editorial de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia. Contacto: foco@udea.edu.co, (604) 219 59 26, Calle 67 No. 53 - 108, Medellín, Colombia.
Las imágenes incluidas en esta obra se reproducen con fines educativos y académicos, de conformidad con lo dispuesto en los artículos 31-43 del capítulo III de la Ley 23 de 1982 sobre derechos de autor. El contenido, las opiniones y el estilo de cada capítulo corresponden al derecho de expresión de los autores y no comprometen el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor de las fuentes citadas. Esta publicación es resultado final de la investigación número 2015-
3604 “Estudio previo y edición crítica de la narrativa breve de Tomás
Carrasquilla”, financiada por el Comité para el Desarrollo de la Investigación (CODI) de la Universidad de Antioquia, y adscrita a los grupos de investigación Estudios Literarios (GEL) y Colombia: Tradiciones de la Palabra (CTP) de la misma universidad.
II To m o N ove l a s b reves
Contenido
9 •— Introducción
17 •— Nota filológica
20 •— Criterios ortográficos
24 •— Criterios morfológicos
25 •— Criterios sintácticos
27 •— Novelas breves
28 •— Luterito (El padre Casafús)
84 •— Salve, Regina
120 •— Entrañas de niño
214 •— Ligia Cruz (Acuarela H)
284 •— El Zarco
407 •— Lexicón de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla
417 •— Referencias bibliográficas de variantes, lexicones y notas explicativas
427 •— Abreviaturas de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla
Tomás Carrasquilla (1858-1940) con su creación literaria expresó una vitalidad singular y sensible para representar en su obra la realidad colombiana de la transición entre los siglos xix y xx, así como la dicotomía entre el campo y las incipientes ciudades del periodo en el que vivió. Para este escritor no fue ajeno ninguno de los temas de la sociedad decimonónica en su paso hacia la modernización del siglo pasado; reflexionó y escribió sobre diversas situaciones de lo cotidiano y lo complejo de las pasiones humanas. Su visión del mundo, representada en sus historias e invenciones, corresponde a una mirada jocosa, aguda, crítica e irónica frente a las costumbres, las ilusiones y los problemas de la sociedad colombiana. Por estas razones, desde su primer cuento, el escritor se propuso narrar con una voz particular, realista y auténtica las vicisitudes más íntimas o habituales de su sociedad. En él mismo se hallan vida y obra de manera coherente, para romper con la estética establecida de su época, con miras a una apuesta artística e intelectual desde la provincia, y de esta forma recrear su propio mundo con aliento universal. Carrasquilla es un escritor fundamental para comprender la tradición literaria colombiana de las primeras décadas del siglo xx, por esto mismo nuestro homenaje a su obra con este estudio de edición crítica que busca una mejor comprensión, difusión y valoración de su universo literario.
Es cierto que la obra de Tomás Carrasquilla ha sido objeto de un significativo número de ediciones y estudios críticos en el contexto literario universal. Quien lee estas líneas podrá preguntarse cuál es el objetivo de una nueva edición. Para responder tal cuestionamiento es necesario explicar el origen de los dos volúmenes que componen esta edición crítica. Hace algunos años un grupo de investigadores —profesores y estudiantes de la Universidad de Antioquia— interesados en la crítica textual y en la historia de la literatura colombiana emprendimos el proyecto “Estudio previo y edición crítica de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla” con el fin de estudiar cuidadosamente un corpus de la obra del escritor antioqueño y establecer, con fundamento en los postulados de la crítica textual, nuevas ediciones de los relatos que atendieran, en lo posible, a la última voluntad del autor. El presente volumen es el resultado de este primer objetivo. Asimismo, el equipo de trabajo se propuso preparar un volumen con nuevos estudios en torno a Carrasquilla y su obra. Este segundo propósito se cumplió con el volumen Tomás Carrasquilla. Nuevas lecturas críticas de su obra literaria (2019). Entre las características que diferencian este trabajo de otras ediciones de la obra de Carrasquilla se cuentan, en primer lugar, el sólido fundamento teórico y metodológico tras el proceso del establecimiento de las ediciones definitivas de cada uno de los textos. En este sentido, hay que advertir que la presente edición crítica se cimenta en los postulados de la crítica textual, disciplina filológica que, Introducción
basada en sus propios métodos y recogiendo la experiencia de varios siglos, pretende fijar un texto, generalmente literario, tal y como salió de las manos de su autor, depurándolo de las imperfecciones y errores, así como de los aciertos que en dicho texto acumularon la intervención de los hombres y el paso del tiempo (Morocho Gayo, 2004, p. 117).
Para Germán Orduna (2000) la crítica textual es la operación esencial del quehacer filológico, al tiempo que la entiende como “metodología de la edición crítica de un texto” (p. 3); para Paul Maas (2012) el objetivo fundamental de la crítica del texto o crítica textual es “la restitución de un texto (constitutio textus) que se aproxime lo máximo posible al autógrafo (original)” (p. 27); Belem Clark de Lara (2009) concibe la crítica textual como “la disciplina que rescata, depura y fija con autenticidad los textos” (p. 13), y para Alberto Bernabé (2010) esta disciplina filológica constituye “el conjunto de operaciones ejercidas sobre uno o varios textos alterados por diversas vicisitudes sufridas desde el momento en que fueron escritos hasta aquél en que llegan a nosotros, y encaminadas a tratar de restituir lo que se considera era su forma originaria” (p. 10).
En síntesis, el lector de la presente edición encontrará que la crítica textual es el referente conceptual que orienta la fijación de la narrativa breve de Carrasquilla, dada su vocación por la conservación, el estudio y establecimiento inequívoco de los textos; referente que se verá claramente especificado con la fijación en edición crítica del corpus de la presente edición, y su aparataje crítico representado en el estudio de la collatio, las variantes filológicas y las notas explicativas. Con esto se cumple con la premisa filológica que inspira la presente edición académica y que en palabras de Alberto Blecua (2012) se precisa como una edición crítica que “depure los textos de los errores que impiden una interpretación literal segura para intentar reconstruir la voz original o la más cercana al autor de todas las posibles” (p. 21).
En segundo lugar, se encuentra la utilización de periódicos y revistas como fuentes primarias en el proceso investigativo. Este tipo de publicación, a menudo olvidada por los estudiosos de la literatura, permite acceder a las versiones de los relatos de Carrasquilla que circularon en los impresos periódicos, los cuales, en la mayoría de los casos, fueron la materialidad primera de las obras. Además, se debe mencionar que las publicaciones periódicas son medios fundamentales de difusión de la literatura en los sistemas literarios hispanoamericanos a lo largo del siglo xix y durante las primeras décadas del xx. De hecho, buena parte de la cuentística de Tomás Carrasquilla ve la luz por primera vez gracias al espacio brindado por periódicos y revistas de la época, como La Miscelánea (Medellín), El Montañés (Medellín), Alpha (Medellín), El Correo Liberal (Medellín), El Espectador (Medellín), El Liberal Ilustrado (Bogotá), El Espectador (Bogotá), El Gráfico (Bogotá), Sábado (Medellín), El Bateo (Medellín), Lectura Breve (Medellín) y El Diario Introducción
(Medellín). De esta manera, la publicación en formato libro es un fenómeno posterior a la publicación en prensa. Incluso, en vida del autor las ediciones realizadas en formato libro recopilaron la mayor parte de su obra narrativa dispersa en los impresos periódicos; estos volúmenes estuvieron a cargo de editores como Carlos E. Rodríguez con su imprenta o Germán Arciniegas con su colección Ediciones Colombia; también es relevante el papel de la editorial Atlántida, la cual editó volúmenes recopilatorios de su obra cuentística.
Para el establecimiento del texto base de cada una de las narraciones que integran este volumen se recurrió precisamente a las primeras ediciones de las obras aparecidas en los impresos periódicos, los cuales presentan información valiosa como antecedente textual de las publicaciones en formato libro. En ausencia de manuscritos que atestigüen una voluntad del autor diferente a las ediciones príncipes publicadas inicialmente en la prensa y en las revistas literarias, estos testimonios son la base fundamental para la fijación de las narraciones, que en la mayoría de los casos pudieron recuperarse a pesar del paso del tiempo y del mal estado de algunos medios impresos. Se debe tener en cuenta que tampoco hay evidencias de la intervención de Tomás Carrasquilla durante su periodo vital en la edición de sus obras en formato libro, especialmente por los quebrantos de salud en diferentes momentos de su vida; además, se identificaron decisiones de diferentes editores que alteraron el sentido primigenio de la obra. En suma, esta edición procura restituir la voluntad inicial de Carrasquilla en aquellos pasajes omitidos o intervenidos arbitrariamente por algunos editores, tomando como base las primeras apariciones de sus narraciones en impresos periódicos, pues la mayoría de los recopiladores de su obra han tomado como base para la historia de trasmisión textual las ediciones de los textos de Carrasquilla en formato libro, desconociendo el valor de las primeras publicaciones en la prensa. Debido a la vastedad de la obra narrativa de Tomás Carrasquilla, se hizo necesario seleccionar un corpus de obras como objeto de estudio. De allí que se delimitara a su narrativa breve de ficción, tomando los cuentos y las novelas breves, atendiendo a la propia clasificación que el narrador antioqueño propone de sus obras, de la que queda constancia en su “Autobiografía”, en su correspondencia y en las notas consignadas en documentos privados que reposan en el archivo que resguarda la Casa Museo Tomás Carrasquilla, en Santo Domingo (Antioquia). En este sentido, el proceso de la búsqueda bibliográfica de la narrativa breve del escritor fue complejo, así como la definición del género literario, dado que sus obras aparecieron en periódicos y revistas literarias, tal como se vio antes, con diversidad de apelativos de género y con visibles problemas tipográficos o de imprenta. En las ediciones en formato libro de sus primeros volúmenes de cuentos se compilan estas primeras publicaciones seriadas, pero no hay evidencia de que obedecieran a un criterio de clasificación claro; por ejemplo, la segunda publicación de Luterito (primera en formato de libro, presentada con el título de Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
El padre Casafús: Novela en 1914), considerada hoy como novela corta, incluye en su índice otras obras señaladas tradicionalmente como cuentos: “Blanca”, “El ánima sola” y “Dimitas Arias”, entre otros, sin que en ninguna parte de la publicación se especifique el criterio de selección y agrupación de estas obras literarias. Al realizar hoy una revisión bibliográfica se identifica que en vida del autor se publicaron otras compilaciones de narraciones breves por parte de la editorial Atlántida de Medellín. La primera, denominada Dominicales (1934), contiene una serie de cuentos o narraciones consideradas menores dentro de la producción narrativa del escritor; sin embargo, incluye obras como “¡A la plata!” y “La mata”, que originalmente no eran parte del corpus. Por otro lado, dos años después aparece el volumen de cuentos denominado De tejas arriba (1936), donde se encuentran algunas de sus primeras narraciones breves, aquellas que le dieron reconocimiento al autor y que son las de mayor trascendencia en su narrativa breve, como “Simón el mago”, “En la diestra de Dios Padre” y “San Antoñito”. Se debe resaltar, además, la primera selección póstuma de sus cuentos realizada por Benigno A. Gutiérrez, con unos primeros e incipientes criterios filológicos de fidelidad y rastreo de sus publicaciones en las ediciones príncipes, conocida como Cuentos de Tomás Carrasquilla: “Náufrago asombroso del siglo de oro”, publicada en 1956 por la editorial Bedout. A partir de las primeras publicaciones póstumas de Obras completas de Tomás Carrasquilla (EPESA, 1952 y Bedout, 1958), la obra ficcional empieza a clasificarse y a enmarcarse en su gran mayoría dentro del género narrativo, diferenciando de forma tradicional la clasificación entre novelas, novelas breves y cuentos. Sin embargo, existen algunas otras piezas narrativas afines a la cuentística que son denominadas como Acuarelas y las mencionadas Dominicales, que en diversas publicaciones son tratadas indistintamente; por ejemplo, en la publicación Veinticinco reales de gusto (y otros cuentos), realizada por la Editorial Universidad Pontificia Bolivariana en 1998, se clasifican como cuentos algunas obras que diez años más tarde, en la edición conmemorativa de Obra completa de 2008, realizada por Jorge Alberto Naranjo a través de la Editorial Universidad de Antioquia, son diferenciadas de los “cuentos mayores” o más reconocidos que aparecen en el primer volumen, y son propuestos en el tercer volumen bajo el tradicional título de Dominicales; es decir, se asume como otro tipo de obra narrativa “menor”, que no está enmarcada en la producción principal del autor, dándole un tratamiento diferente, tal vez porque inicialmente apareció en una publicación seriada bajo el nombre de una columna de prensa; lo anterior solo para ejemplificar dos de los casos editoriales más recientes. La falta de sistematicidad en la denominación y agrupación de la obra de Tomás Carrasquilla en sus diversas publicaciones, así como las valoraciones críticas y múltiples de su obra, han generado confusión sobre el verdadero carácter de las narraciones cortas; denominaciones como cuento, relato y semblanza son comunes al tratar su obra; inclusive la denominación de estas narraciones como muestras de Introducción
“folklore antioqueño” contribuyeron a afianzar en una primera época la apreciación de esta narrativa como regional, costumbrista y autóctona. El escritor Mario Escobar Velásquez (2007) estableció que Carrasquilla más que buen cuentista había sido buen novelista, y especificó de la siguiente manera que solo un cuento podría tomarse como emblemático entre dieciséis obras reconocidas de don Tomás: Por eso decimos que mirando hoy, con las normas de hoy, Carrasquilla solo se salva con un solo cuento formidable, y que los usos de su época fueron otros usos. No es extraño, entonces, que “¡A la plata!” sea, pues, el cuento de don Tomás que aparece sistemáticamente en las antologías rigurosas realizadas por expertos. Porque los otros quince son fábulas, son asuntos folclóricos, o meramente anécdotas bien narradas, con salero, como acontece con “Simón el mago” (p. 24). Con base en lo anterior, se puede evidenciar cómo no hay consistencia en el tratamiento, clasificación y determinación del género literario de la obra narrativa de Tomás Carrasquilla a lo largo del tiempo y de las sucesivas publicaciones, motivo que nos lleva a presentar una nueva edición de su narrativa breve, esta vez una edición crítica, que atienda a los criterios de su género en aquel momento histórico de su producción y recepción. Adicionalmente, la agrupación histórica de su narrativa no ha sido clara y los criterios en su tratamiento han sido arbitrarios; si bien hoy hay consenso relativo frente a las denominadas “obras mayores”, siendo estas sus novelas o incluso sus novelas breves, sobre las “obras menores”, enmarcadas igualmente en un género históricamente menos apreciado como el cuento, no hay un corpus delimitado o de clasificación adecuada, presentando de manera dispersa y confusa esta producción que no puede considerarse menor en la calidad narrativa de este escritor antioqueño. Por el contrario, en muchas ocasiones los referentes literarios ineludibles de don Tomás no podrían estar desligados de obras de gran trascendencia como “Simón el mago”, “En la diestra de Dios Padre” o “¡A la plata!”. Para sintetizar la discusión sobre el género literario, resta decir que los cuarenta y cuatro relatos que conforman el corpus analizado, presentados en esta ocasión en dos volúmenes, tienen en común que son obras narrativas, breves y de ficción, cuyas primeras ediciones tuvieron lugar entre 1890 y 1931. De las denominaciones utilizadas por Carrasquilla para clasificar sus relatos dan cuenta las siguientes líneas tomadas de su “Autobiografía”:
[…] he publicado tres novelas extensas, varias cortas, algunos cuentos y muchísimas chilindrinas, a guisa de crónicas, que llaman ahora. El año pasado publiqué, en El Espectador de Medellín, una serie de cuadros rústicos y urbanos, alternados, con el título de Dominicales, que por ser enteramente regionales, agradaron bastante en esas Beocias (Carrasquilla, 1915, p. 698, énfasis añadido). Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
El uso de categorías como “novela extensa”, “cuento”, “cuadro”, “crónica” pone en evidencia una conciencia autorial a propósito de los géneros. La investigación respeta este criterio del autor no solo en la selección del corpus también en la clasificación de las obras. Algunas ediciones que anteceden el presente volumen optan por cambiar la clasificación genérica declarada por Carrasquilla; tal es el caso de la obra El Zarco (1922), denominada “novela” por Carrasquilla en El Espectador de 1922, pero enmarcada como “novela corta” por epesa en 1952 y “novela breve” por la Editorial Universidad de Antioquia en 2008, sin que quede muy claro el fundamento de la nueva clasificación. Podría argumentarse que las discusiones teóricas a propósito de los géneros literarios permitirían proponer otras denominaciones sobre los mismos; no obstante, dado que el espíritu de la edición crítica es respetar la voluntad del autor, se ha optado por mantener las denominaciones originales del escritor, con leves variaciones, para la organización y presentación del corpus, tal como se verá a continuación. Para la presentación y denominación del género literario de la narrativa breve de Carrasquilla se siguieron algunos criterios de orden cronológico y testimonial. El primero tiene que ver con el año de publicación de cada obra, toda vez que representa una evolución estética y conceptual en la creación del autor; en tal sentido, es fundamental atender a este criterio en la organización y presentación del presente corpus de la narrativa breve. El segundo criterio se relaciona con el testimonio del autor que se halló en un cuaderno de notas que reposa en la Casa Museo Tomás Carrasquilla de Santo Domingo, Antioquia, en el que se transcribe una entrevista con el autor, en la época de enfermedad y disminución de su capacidad física, donde él plantea la clasificación propia de su obra literaria, a partir de categorías como cuento, novela, novela corta y novela larga, entre otros. Para la organización del corpus se siguió el criterio académico relacionado con la especificidad y rasgos distintivos del género narrativo; en este sentido, los editores optamos por organizar y presentar el corpus en dos grandes grupos: el primero, contenido en el primer volumen de la presente edición crítica, contiene los cuentos en su forma narrativa breve, donde se incluyen los publicados desde 1890 hasta 1931, así como aquellas colecciones de relatos identificados y agrupados desde su publicación original como Dominicales y Acuarelas. El segundo grupo se compone de aquellas narraciones que por su extensión, calidad estética y desarrollo temático se consideran novelas breves, las cuales se compilan en el segundo volumen de esta edición, dando continuidad al conjunto de cuentos. La estructura y organización de la presente edición crítica de la narrativa breve de Carrasquilla está pensada para ofrecerle al lector la opción de transitar por los relatos apoyado en diferentes herramientas que le permitan ampliar sus posibilidades interpretativas. La “Nota filológica” preliminar que abre la edición expone los criterios editoriales y de fijación de los textos, así como algunas observaciones a propósito de los procesos de recensio y dispositio textus, es decir, del Introducción
proceso de búsqueda, compilación y análisis de todas las ediciones de las narraciones que integran el corpus objeto de estudio, así como su fijación definitiva en edición crítica. En este primer apartado el lector podrá comprender la dimensión del trabajo filológico realizado, toda vez que allí se consignan los procedimientos, las decisiones, las explicaciones y responsabilidades asumidas por los editores durante el proceso de edición. Fundamentalmente, el establecimiento de los criterios de edición reúne las particularidades ortográficas (puntuación, acentuación, uso de mayúsculas, entre otras), morfológicas, sintácticas, tipográficas y todos aquellos procedimientos filológicos aplicados a la estructura del texto, dadas las exigencias y particularidades de la obra editada, así como del mismo proceso editorial. La siguiente sección, el “Texto” o la narrativa breve en edición crítica, está constituida por las cuarenta y cuatro narraciones, organizadas en dos partes, correspondientes cada a un volumen de esta colección: cuentos —organizados a su vez con un criterio cronológico según el año de publicación de la primera edición—, salvo el conjunto de narraciones de Dominicales y Acuarelas, los cuales van agrupados también cronológicamente según su corpus original; en total son treinta y nueve cuentos; y las cinco novelas breves, también en orden cronológico; cada una de las narraciones presenta al inicio los testimonios o ediciones tomadas como base de collatio o comparación; además, incluye sus respectivas variantes filológicas y notas explicativas, las cuales explicitan respectivamente el fenómeno filológico afectado, así como el universo referencial esbozado en cada obra literaria. La siguiente sección de cada volumen es el “Lexicón”, el cual compendia un listado de términos, y sus definiciones, alusivos a fenómenos lingüísticos propios del habla antioqueña y de expresiones fijas que se tejen en los relatos de la presente edición. Al final de esta sección se compila la bibliografía completa que sirvió de referencia para la elaboración de las notas explicativas y del propio lexicón del volumen en el que está presente la terminología. Cierran el primer tomo las referencias bibliográficas sobre Tomás Carrasquilla y su obra literaria, una suerte de estado del arte de todos los estudios sobre el antioqueño y su creación artística. Abordar la figura de Tomás Carrasquilla con todas sus circunstancias personales, con su contexto histórico y cultural, es tarea tan compleja como la misma elaboración de esta edición. De manera sucinta se puede decir que este escritor antioqueño viajó a través de sus diversas lecturas y de la imaginación a diferentes latitudes, pero su universo referencial siempre estuvo cercano a su realidad; su sueño fue viajar a España, pero un inesperado revés en su fortuna hizo que solo estuviera itinerante durante su vida entre Santo Domingo, su pueblo natal; Medellín, la capital de la provincia decimonónica de Antioquia; y Bogotá, la “Atenas Suramericana” de la época de la Regeneración en Colombia. Sus vastas lecturas y su formación autodidacta le permitieron leer “de cuanto hay, bueno y malo, sagrado y profano, lícito y prohibido, sin método, sin plan ni objetivos determinados, por puro pasatiempo” (Carrasquilla, 1915, p. 698), ampliando sus conocimientos con cuanto libro había al alcance en su época; esto le permitió Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
Bernabé, A. (2010). Manual de crítica textual y edición de textos griegos. Madrid: Akal. Blecua, A. (2012). Estudios de crítica textual. Madrid: Gredos. Carrasquilla, T. (1915). “Autobiografía”. El Gráfico, v (237), pp. 698-699. Carvajal Córdoba, E., A. M. Agudelo Ochoa y F. A. Gallego Duque. (editores) (2019). Tomás Carrasquilla. Nuevas lecturas críticas de su obra literaria. Berlín: Peter Lang. Clark de Lara, B. y otros (editores). (2009). Crítica textual. Un enfoque multidisciplinario para la edición de textos. México: El Colegio de México, Universidad Nacional Autónoma de México y Universidad Autónoma Metropolitana.
Escobar Velásquez, M. (2007). Antología comentada del cuento antioqueño. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
Maas, P. (2012). Crítica del texto. Sevilla: Universidad Internacional de Andalucía. Morocho Gayo, G. (2004). Estudios de crítica textual (1979-1986). Murcia: Universidad de Murcia. Orduna, G. (2000). Ecdótica. Problemática de la edición de textos. Kassel: Edition Reichenberger. convertirse en un Maestro y referente para la literatura nacional. Su vasta obra pasa por diversos géneros como la crítica, la crónica y la narrativa, pero será esta última la que lo consagre entre los lectores de diversas épocas.
Sobre Carrasquilla existe una variada información personal en varios de sus textos como “Autobiografía” y las entrevistas con él, así como en una serie de estudios críticos que se han publicado en diferentes épocas desde mediados del siglo xx hasta el presente. Los editores de la presente edición han optado por no registrar un apartado en el que se proporcione información básica sobre la vida de Tomás Carrasquilla, fundamentalmente porque existen estudios muy solventes y académicos que ofrecen información fidedigna al respecto, con fechas, lugares, personajes y eventos importantes en la vida de este escritor colombiano, y no sería novedoso repetir dichos acontecimientos en esta investigación. Para conocer este tipo de estudios se recomiendan las investigaciones realizadas por estudiosos de la vida y obra de Carrasquilla como Benigno A. Gutiérrez, Kurt Levy, Jorge Alberto Naranjo, Flor María Rodríguez-Arenas, Luis Iván Bedoya y Álvaro Pineda Botero, por mencionar los más representativos.
Por último, el equipo de investigación espera, en un futuro próximo, emprender una segunda etapa de este proyecto, la cual se concentrará en la narrativa extensa de Carrasquilla. No obstante, con este primer aporte esperamos contribuir al estudio riguroso de la obra de una de las figuras emblemáticas de la literatura colombiana, y de esta forma fomentar la difusión de su legado literario y estético. Edwin Carvajal Córdoba Félix Antonio Gallego Duque Ana María Agudelo Ochoa Editores críticos Referencias bibliográficas Introducción
Nota filológica La edición crítica de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla tiene como propósito fundamental ofrecer una nueva edición de carácter académico, atendiendo a los propósitos estéticos y de visión de mundo del escritor, para que los lectores y los críticos contemporáneos puedan hacer una renovada lectura de la obra reunida aquí; en síntesis, la presente edición permitirá una nueva valoración estética de los textos del escritor colombiano.
Esta primera edición crítica de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla aspira a enmendar, siguiendo la terminología de la crítica textual, todas las inconsistencias que ha acumulado esta obra narrativa en su historia de transmisión textual, bien sea por parte de editores y correctores, o bien por causas atribuibles al paso del tiempo y a la ausencia del material pretextual de la obra, para verificar la fidelidad con la cual ha sido transmitida.
En esta perspectiva, la presente edición ha significado un trabajo complejo para el equipo de investigadores de los grupos de investigación Grupo de Estudios Literarios (GEL) y Colombia: Tradiciones de la Palabra (CTP) de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia, debido a la cantidad de testimonios de los textos objeto de la edición crítica, así como a la dificultad para acceder a las primeras ediciones de algunos de ellos, especialmente los que aparecieron en la prensa a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Esto evidencia la necesidad de una política pública que garantice la preservación, la conservación y el almacenamiento de las primeras publicaciones periódicas del país. Un caso específico de esta complejidad se encuentra en la primera edición de “Rogelio”, cuento publicado el 18 de diciembre de 1922 en El Espectador de Medellín, versión que no pudo encontrarse completa en ninguno de los depósitos nacionales, como la Biblioteca Luis Ángel Arango, la Biblioteca Nacional o la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz de la Universidad de Antioquia. Esto obligó a seleccionar como texto base la segunda edición, publicada en 1926 por Ediciones Colombia. Esta situación lleva, por consiguiente, a tomar decisiones en la fijación textual con el uso de los fragmentos de la primera edición, de tal suerte que se puedan enmendar los pasajes problemáticos incluidos por la segunda edición y garantizar un texto confiable que corresponda a las intenciones de Tomás Carrasquilla, tal como se propone, a pesar de las dificultades, en esta compilación de su narrativa breve. Desde el punto de vista filológico, el proceso de edición crítica de la obra de Carrasquilla reunida en este volumen se llevó a cabo siguiendo las fases metodológicas de la crítica textual: recensio, constitutio textus y dispositio textus. La primera consiste en la búsqueda, recolección, sistematización, descripción y filiación de los testimonios de la narrativa breve, los cuales han sido transmitidos en un momento determinado de la historia, sean estos de tradición impresa en su totalidad, de forma directa o indirecta, en vida o tras la muerte del escritor. Miguel Ángel Pérez Priego (2011) plantea que esta fase es esencialmente una operación de búsqueda, descripción y filiación de los testimonios que han contribuido a la
difusión de una obra (p. 116). La segunda fase, constitutio textus, se fundamenta en la selección de variantes y la reparación de errores de los testimonios; para Alberto Blecua (2012) esta parte constituye un momento crucial de la edición crítica, puesto que es una etapa “decisoria, más pragmática, que tiene como fin dar un texto crítico concreto a los lectores” (p. 18). La última fase, dispositio textus, consiste en la fijación textual de la narrativa breve mediante el estudio de los errores, la selección de variantes, la instauración de notas explicativas y el establecimiento de las normas o criterios propios que sigue el editor para la fijación definitiva de la obra en edición crítica. Resta decir que dichas fases se vivieron con el corpus de la narrativa breve de Carrasquilla durante varios años en los cuales transcurrió la investigación que antecedió a la presente edición, y que se puede evidenciar en las tablas de cotejo de todo el corpus, en las publicaciones de corte filológico y crítico previas, publicadas en diversos medios, así como en otros archivos de uso interno de los investigadores.
El estudio de la collatio o cotejo hace parte de la primera fase metodológica y se convierte en un insumo sin el cual no sería posible presentar esta edición. Consiste en la comparación o confrontación del texto base del corpus con todos los demás testimonios seleccionados para el estudio. Para esta edición crítica el texto base corresponde por lo general a la edición príncipe o en su ausencia a las primeras ediciones de cada una de las obras seleccionadas como parte de este corpus: en la mayoría de los casos, como se esbozó en la introducción, pertenecen a testimonios publicados en prensa y revistas nacionales. Los demás testimonios de cada obra fueron fundamentales para el ejercicio de collatio, pues por medio de este procedimiento filológico se lograron establecer todas las inconsistencias entre los testimonios de una misma obra. Una vez realizado y analizado el cotejo con todos los testimonios seleccionados para tal fin —mediante una tabla de cotejo que contiene la página, la columna, la línea y la situación textual a la que refiere la inconsistencia en las distintas ediciones comparadas—, comprobadas sus convergencias y divergencias para identificar la filiación estemática, se pudo determinar la naturaleza de las alteraciones, los testimonios más cercanos o que tomaban distancia con respecto al texto base, para proceder después al establecimiento y fijación del texto en edición crítica. Por lo anterior, en la presente edición, como antesala a cada una de las obras de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla, se especificará cuál fue el texto base y cuáles fueron los testimonios objeto de la collatio, los cuales sirvieron para un posterior estudio y valoración textual, pues no todos los testimonios tienen igual valor, ya que muchos son simples reediciones o reimpresiones que no fueron objeto de estudio en el componente filológico de la presente edición. Llegado a este punto, es necesario entonces explicitar los criterios generales con los cuales se fijaron los textos que conforman el corpus de la narrativa breve de este escritor colombiano. En primer lugar, resaltamos que la disposición textual está en armonía con las recomendaciones de la Real Academia Española en su Ortografía Nota filológica
de la lengua española (ole) de 2010, para garantizar el equilibrio entre el usus scribendi o el estilo propio del autor con los consensos actuales de la normativa ortográfica. Para ello, cada editor tuvo en cuenta las directrices de la Real Academia en relación con los diferentes niveles de la lengua: morfológico, sintáctico, pragmático y semántico. Así, se analizó cada caso que requería algún tipo de intervención, considerando los resultados del cotejo de cada texto junto con la normativa vigente. En cada uno de los cuentos y novelas que conforman la narrativa breve, los lectores encontrarán el aparato crítico de esta edición, el cual se representa por medio de notas explicativas al final del texto y de las variantes filológicas en el margen lateral externo, las cuales evidencian el tipo de intervención realizada por el editor crítico. Dichas variantes pueden ser positivas cuando recogen no solo las variantes rechazadas, sino también la lección acogida en el texto, o negativas, cuando se limitan a relacionar exclusivamente las variantes rechazadas (Pérez Priego, 2011, p. 182). Generalmente, el Diccionario de la lengua española (dle), la Ortografía y la Nueva gramática de la lengua española (ngle) son las fuentes teóricas para justificar la intervención o no del editor crítico; sin embargo, en diferentes casos el asunto no se limita a la aplicación de la norma, sino especialmente al análisis del usus scribendi de Carrasquilla para la toma de decisiones por parte del editor crítico. En este sentido, los lectores encontrarán diferentes posturas de los editores en virtud de ciertos casos particulares, en los cuales se consideraron criterios relacionados con la fecha y lugar de aparición de la edición príncipe o primera edición de cada obra, las correcciones posteriores realizadas por los editores, el contexto de la variante, los hallazgos del cotejo, entre otros factores. Por lo tanto, las variantes que se presentan en esta edición crítica no se restringen a una simple actualización ortográfica a la luz de la normativa vigente; por el contrario, es un ejercicio consciente de la situación textual pero también de las circunstancias de la escritura y publicación de la obra que involucran al autor y su época. De igual forma, es necesario recordar que el aparato crítico de esta edición se compone fundamentalmente de variantes y notas explicativas. Las primeras, como ya se expresó antes, corresponden a las intervenciones que realiza el editor para la restitución textual de la obra, y serán informadas en cada caso mediante notas en el margen lateral externo de página, una sola vez con cada generalidad de casos similares o ejemplos arquetípicos, tras lo cual se procede con el cambio de los demás elementos sin dejar anotación. Las variantes se señalarán con letras minúsculas en superíndice, ordenadas alfabéticamente, y se reiniciará la nomenclatura en cada página de la obra. Algunas variantes irán acompañadas del comentario filológico del editor, anotación que se marcará con cursiva y entre corchetes, siguiendo las normas establecidas por la Colección Archivos “Nueva Serie” para el establecimiento del texto en edición crítica. En cuanto a las notas explicativas, entendidas como las anotaciones que amplían el universo referencial de la obra, se identificarán en superíndice con números arábigos, con numeración Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
continua de principio a fin para cada narración, y se ubicarán al final de cada obra. La mayor parte de las notas explicativas, así como algunas de las variantes, registrarán la fuente de consulta en normas apa, es decir: (Fuente, año, pág.). Por último, la bibliografía utilizada para la construcción de las variantes, las notas explicativas y el lexicón se presentarán después de la última de estas referencias que acompañan el corpus de la presente edición crítica.
Como segunda instancia de esta nota filológica nos referiremos a los principios generales de edición de la presente obra, categorizados en componentes que agrupan diferentes aspectos de la lengua; en esta ocasión se especifican las decisiones tomadas por los editores críticos en casos ortográficos, morfológicos, tipográficos y sintácticos, sin desconocer que existen otras categorías con menor frecuencia pero que se tuvieron en cuenta para la fijación textual. Todos los criterios específicos que requieren de una observación adicional se presentan en notas al margen lateral de cada obra.
A continuación se enumerarán otros criterios de edición fundamentales para la comprensión de la fijación de todas las obras que componen el corpus de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla.
Criterios ortográficos Acentuación Debido a la fecha de aparición de las obras que conforman este corpus, la acentuación fue uno de los aspectos de mayor intervención, dado que en la mayoría de los casos se aplicaban las directrices del Prontuario de ortografía de la lengua castellana en preguntas y respuestas (1870), que estuvo vigente hasta finales de 1920. En este sentido se realizaron actualizaciones ortográficas en el uso de tildes en palabras agudas y graves especialmente, en pronombres demostrativos y algunos monosílabos (salvo cuando llevan acento diacrítico), en el adverbio solo y en los pronombres relativos. Sobre este último grupo de palabras, cabe señalar que la intervención involucra también el aspecto semántico, debido a que las “palabras qué, cuál/es, quién/es, cómo, cuán, cuánto/a/os/as, cuándo, dónde y adónde son siempre tónicas y se escriben con tilde cuando pertenecen a la clase de los interrogativos y exclamativos” (ole, 2010, p. 246). De modo que el criterio del editor contribuye a esclarecer la intencionalidad del emisor, en la medida en que determina si se trata de preguntas, exclamaciones, o si funcionan como relativos, conjunciones, preposiciones, locuciones o expresiones.
Asimismo, se actualizó el acento gráfico en mayúsculas, teniendo en cuenta que “puesto que la mayúscula y la minúscula son únicamente distintas realizaciones de un mismo grafema, no existe motivo alguno por el que las palabras escritas en mayúsculas deban recibir distinto tratamiento en lo que al uso de la tilde o la diéresis se refiere”
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(ole, 2010, p. 448). Esta intervención fue recurrente debido a las limitaciones de orden tipográfico a finales del siglo xix y principios del xx, que supeditaban las palabras en mayúscula sostenida o los grafemas en mayúscula a la ausencia de la tilde. Uso de mayúsculas En cuanto al uso de las mayúsculas, cabe anotar que se mantiene la inicial en todos los nombres propios, conforme a la normativa vigente, referidos a nombres de personas, ciudades, deidades, advocaciones, celebraciones religiosas, títulos de obras completas o de piezas de creación, al igual que en festividades civiles, militares y religiosas.
Por otra parte, la mayúscula inicial es reemplazada por minúscula en los casos de conceptos del ámbito religioso, nombres de oraciones católicas, días de la semana y meses. También en los sustantivos que designan títulos nobiliarios, dignidades y cargos o empleos de cualquier rango (ya sean civiles, militares, religiosos, públicos o privados) (ole, 2010, p. 470). En el caso de las calles y espacios urbanos, se utiliza la minúscula inicial, así como en las fórmulas de tratamiento. Ahora bien, respecto al uso de mayúscula versal, esta se omite dado que, como establece la ortografía vigente, “esta mayúscula carece de uso en la actualidad, por lo que solo resulta apropiada en aquellos casos en los que el autor manifieste expresamente su voluntad de utilizarla” (ole, 2010, p. 455). Por otra parte, algunas formas abreviadas de palabras como signos cardinales o fórmulas de tratamiento, que aparecían en los textos originales con mayúscula inicial y punto como signo delimitador, se estandarizan al uso regular del término como “sur” o “don”, en reemplazo de “S.” y “D.”, respectivamente. Finalmente, en cuanto al uso de las mayúsculas condicionadas por la puntuación, se realizan actualizaciones ortográficas respecto al uso de mayúscula o no después de los diferentes signos de puntuación. En el caso particular de los signos dobles, de los dos puntos y de los puntos suspensivos aplicamos los siguientes criterios: a) se escriben con mayúscula inicial las primeras palabras de los enunciados exclamativos e interrogativos, demarcados en su totalidad por el uso de los respectivos signos dobles;
b) la norma ortográfica establece que solo debe escribirse mayúscula después de los dos
puntos cuando estos introducen una cita o en determinados usos de textos epistolares (ole, 2010, p. 355). Además, “se escribe minúscula tras los dos puntos que anuncian una enumeración o que establecen relaciones semánticas de diverso tipo entre las unidades que separan” (p. 355); c) en el caso de los puntos suspensivos, se utiliza la minúscula cuando se continúa el hilo narrativo en el enunciado posterior; cuando la idea que se plantea después de los puntos implica un nuevo ámbito narrativo, se utiliza la mayúscula inicial en la primera palabra de dicho enunciado.
Puntuación El uso de los signos de puntuación en los diferentes testimonios de las obras incluidas en esta edición crítica evidencia multiplicidad de criterios relacionados
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Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
tanto con la aparición de nuevas ediciones de la Ortografía y la Gramática como con particularidades de las publicaciones en sí. La historia editorial de algunas obras de este corpus es mayor a un siglo, de modo que durante ese periodo las modificaciones en el ámbito de la puntuación han sido considerables. A continuación se especifican las principales intervenciones del equipo de editores en esta materia. Los casos particulares que requieran de mayores consideraciones se presentan en las variantes al pie de página de cada obra. Raya: se unifica la longitud aplicada al tamaño de la raya, que “suele equivaler, en tipografía, a un cuadratín (blanco tipográfico cuyo ancho mide en puntos lo mismo que el cuerpo o el tamaño de la letra que se esté utilizando) [...] al igual que el resto de los signos dobles, las rayas de apertura y de cierre se escriben pegadas al primer y al último carácter del periodo que enmarcan, y separadas por un espacio del elemento que las precede o las sigue” (ole, 2010, p. 373). En este sentido, se incluyen los espacios correspondientes antes o después del uso de la raya. En relación con el aspecto semántico derivado del uso de la raya, cabe mencionar que este signo sirve para introducir o enmarcar comentarios y precisiones del narrador a las intervenciones de los personajes en los textos narrativos. En consonancia con esto, aplicamos los siguientes criterios: a) no se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje;
b) cuando el comentario o aclaración del narrador va introducido por un verbo de
lengua, el comentario se inicia con minúscula; c) cuando el comentario del narrador no va introducido por un verbo de lengua, las palabras del personaje se cierran con punto o, según el caso, el inciso del narrador se inicia con mayúscula; d) acorde con la Real Academia, en “los textos narrativos [...] se escriben dos rayas, una de apertura y otra de cierre, cuando las palabras del narrador interrumpen la intervención del personaje y esta continúa inmediatamente después” (ole, 2010, p. 375); e) “Cuando el comentario del narrador se intercala en mitad de un enunciado, el texto del inciso se inicia con minúscula” (p. 377).
Otra situación importante por aclarar es la presencia simultánea de comillas, paréntesis y rayas en los textos bases de las obras del corpus, lo que significó un asunto complejo para la fijación. Si bien estos tres signos tienen la función de encerrar y contener un segundo discurso, el uso de ambas (por ejemplo, rayas y paréntesis) con la misma función implica una situación paradójica en el momento de la fijación. La norma no explicita qué hacer en estos casos; sin embargo, en atención a que son textos literarios y a la distribución narrativa de los diálogos, consideramos pertinente mantener la raya y hacer omisión de las comillas o los paréntesis para no afectar la significación y mantener una lógica contemporánea en la aplicación de los signos, en este caso dobles, con la misma función en el texto. Signos de exclamación e interrogación: “Son signos dobles; así pues, deben colocarse de forma obligatoria al comienzo y al final de la secuencia correspondiente” (ole, 2010, p. 388). Según esto, se adicionan los correspondientes
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signos de apertura en los enunciados que así lo requieren, en concordancia con el juicio crítico de cada editor para aquellos casos de difícil interpretación. Punto: el punto de cierre, en el caso de los signos dobles que delimitan un segundo discurso, como los paréntesis, la raya, las comillas y los corchetes, debe escribirse detrás del signo de cierre de estos como indicador de que el discurso principal también ha finalizado (ole, 2010, p. 301). En este sentido, se omite el punto cuando tras el cierre de un signo doble continúa el discurso principal. Puntos suspensivos: conforme a la ortografía vigente, “[l]os puntos suspensivos son un signo de puntuación formado por tres puntos consecutivos [...], entre los que no debe dejarse espacio alguno” (ole, 2010, p. 394). Por lo anterior, se eliden los espacios entre estos puntos y se reduce a tres consecutivos el número de estos. Asimismo, estos signos “se escriben siempre pegados a la palabra o el signo que los precede, y separados por un espacio de la palabra o el signo que los sigue” (p. 395). Coma: la aplicación del uso de la coma en la fijación sigue las pautas de cada texto base; sin embargo, en aquellos momentos en los que la coma presenta una aplicación problemática en su función frente a la realidad ortográfica actual, se prescinde de su uso en algunos casos con el fin de mantener una lógica contemporánea. Este tipo de intervenciones por parte de cada editor crítico no intenta cambiar la sintaxis de cada texto, ni mucho menos alterar el usus scribendi del autor; solo se pretende establecer una armonía entre la voluntad de Tomás Carrasquilla y el sistema ortográfico actual.
Comillas: se emplearán comillas inglesas en vez de comillas angulares. Aunque dicho uso no corresponde a las disposiciones de la Ortografía, este criterio obedece a disposiciones editoriales y de publicación por consenso en el uso entre los textos de la época de Carrasquilla y al pragmatismo del uso vigente. Además, conforme a la ortografía, “en su uso prototípico, las comillas sirven para enmarcar la reproducción de palabras que corresponden a alguien distinto del emisor” (ole, 2010, p. 380); por lo anterior, se fijan como signo doble delimitador ante la intervención de un segundo emisor y antes de la apertura de otro signo doble.
En el caso de las comillas adyacentes a otros signos de puntuación, cabe precisar que los signos simples se fijan siempre después de las comillas de cierre; los signos dobles por su parte van al interior de las comillas dado que “[e]l texto enmarcado por las comillas tiene, como se ha señalado, su propia puntuación. Por ello, si la secuencia escrita entre comillas es interrogativa o exclamativa, los signos de interrogación o de exclamación deben colocarse dentro de ellas” (ole, 2010, p. 387). Préstamos Los préstamos aluden a tres categorías: extranjerismos y latinismos crudos, y latinismos adaptados. El primero remite a la inserción en el discurso de un hablante de “voces o expresiones en otro idioma. Unas veces se trata de términos usados
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ocasionalmente [...], bien con el fin de aportar color local, bien para aprovechar la capacidad de estas expresiones de aludir de forma automática al origen de su referente o al ámbito cultural al que este pertenece” (ole, 2010, p. 599). Los latinismos son “voces propiamente latinas, que no cabe considerar incorporarlas al caudal léxico del español [...] se escriben con su grafía originaria y sin añadir signos ajenos al sistema latino de escritura [...]. El carácter foráneo de esas voces debe marcarse gráficamente [...] a través de la cursiva o las comillas” (p. 607). En los tres casos aplicamos el uso de la cursiva como elemento demarcador de su origen. Números La escritura de los números en los diferentes textos que conforman la narrativa breve de Tomás Carrasquilla es un aspecto de múltiples versiones en los testimonios analizados durante el proceso de cotejo. Para la fijación de los textos en esta edición crítica se realizan las actualizaciones ortográficas correspondientes a la normativa vigente para la escritura de números y cifras. Criterios morfológicos Concordancia gramatical Este aspecto implica tres tipos de concordancia: de complementos, de sujeto y verbo, y de género. El primero se da cuando algunos verbos transitivos no admiten complementos de régimen preposicional en función de complemento directo, por tal motivo se enmienda la estructura oracional garantizando la concordancia sintáctica. Por su parte, la concordancia entre sujeto y verbo obedece al número, mientras que la de género aplica para la concordancia entre sustantivos y artículos, o sustantivos y adjetivos. Los sufijos apreciativos o diminutivos Son actualizadas todas las derivaciones apreciativas porque “[a]l igual que otros sufijos, los diminutivos se añaden a la base léxica tras suprimir la vocal final cuando es átona [...]. La vocal tónica suele mantenerse” (ngle, 2009, p. 167). Léxicas A este grupo pertenecen los llamados “acortamientos, voces creadas por reducción del cuerpo fónico de una palabra o expresión al eliminar un segmento final o, más raramente, inicial (como es lógico, esa reducción es también gráfica cuando los acortamientos, que nacen casi siempre en la lengua oral coloquial, especialmente en el ámbito juvenil, pasan a la lengua escrita” (ole, 2010, p. 565). Estos acortamientos serán escritos en redonda para establecer una diferencia con los extranjerismos crudos o adaptados.
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Criterios tipográficos o de distribución del espacio textual Las variaciones en materia tipográfica de los textos objeto de la presente edición crítica son muchas y de muy variada forma. En ciertos casos corresponden a asuntos de estilo propios de la edición de la cual hacen parte algunos de los textos de este corpus; en otros, a los usos de la época de aparición de los testimonios. En esta publicación aplicamos los siguientes criterios:
En las dedicatorias Situada al principio del texto fijado, “no suelen llevar punto final, dado que, por lo común, son textos tipográficamente muy marcados [...] alineados a la derecha y con un cuerpo de letra peculiar” (ole, 2010, p. 296). Uso de la cursiva Además de utilizarla en los préstamos, se aplica a los textos que por sus características especiales necesitan un realce gráfico adicional como, por ejemplo, los versos de algunos poemas o canciones.
En el caso de nombres de plantas y de algunos nombres propios que en los textos bases aparecen con cursiva u otros realces gráficos, se actualiza su escritura a redonda, conforme a la normativa ortográfica vigente. Sin embargo, si se identifica un énfasis particular como usus scribendi de Carrasquilla, se procurará conservar estos rasgos distintivos.
Uso de espacios y caracteres Se omite la adición de espacios en el interior de una palabra y se actualiza el orden de los caracteres de las palabras en los casos que se presente confusión tipográfica y semántica.
En el inicio de cada párrafo o línea de diálogo se utiliza la sangría para diferenciar las unidades textuales entre sí, con excepción de la primera línea de cada obra después de un título o subtítulo, en atención a los criterios editoriales vigentes. Corrección de unidades léxicas Según la forma etimológicamente correcta y la historia de transmisión textual, se enmiendan algunas incorrecciones gramaticales de unidades léxicas. Criterios sintácticos Laísmos Consiste en “la utilización de los pronombres átonos la y las en lugar de le y les como complemento indirecto. El hablante, de este modo, se siente en la
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obligación de marcar el género del referente” (Centro Virtual Cervantes, 2017, s.p.). Este fenómeno es recurrente en los textos del corpus estudiado, y es irregular en las construcciones sintácticas, de modo que no se observa un criterio homogéneo para su uso. Por consiguiente, en esta edición crítica se mantendrán todas las aplicaciones textuales, según las pautas del texto base de cada obra, a fin de mantener el sentido primigenio de dichas expresiones en la voz de los personajes de Carrasquilla.
Para finalizar, se debe anotar que a pesar de los principios filológicos que rigen la edición crítica, es muy importante identificar y familiarizarse con las estructuras propias que determinan el estilo de un autor y la época en la cual desarrolla su producción literaria; por lo tanto, la aplicación de la normativa en ningún caso buscó estandarizar u homogenizar asuntos particulares de la narrativa de Tomás Carrasquilla, pues esta edición crítica busca conservar la voluntad del autor, restituyendo el sentido primigenio dado a sus obras; en ocasiones los editores críticos se vieron sorprendidos ante la maestría en el uso de la lengua y la riqueza léxica del escritor, quien todavía hoy nos sigue enseñando que la apropiación de un idioma se logra mediante el mismo ejercicio permanente y autodidacta de la escritura y la lectura, como bien lo demostró el maestro Carrasquilla en la configuración de su narrativa breve.
Equipo de editores críticos Referencias bibliográficas Blecua, A. (2012). Estudios de crítica textual. Madrid: Gredos. Centro Virtual Cervantes. (2017). Leísmo, laísmo y loísmo. Recuperado de: http://cvc. cervantes.es/lengua/alhabla/ museo_horrores/museo_033.htm Pérez Priego, M. Á. (2011). La edición de textos. Madrid: Síntesis. Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. (2009). Nueva Gramática de la Lengua Española (ngle). Madrid: Espasa. Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. (2010). Ortografía de la lengua española (ole). Madrid: Espasa.
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Novelas breves
L Para el proceso de fijación de esta obra se tuvo en cuenta la primera edición (1899) como texto base y los siguientes testimonios como ediciones cotejadas para el establecimiento de variantes: Luterito (El padre Casafús) Nancy López Peña Editora crítica A: Revista La Miscelánea (1899). Medellín. B: El padre Casafús: Novela (1914). Medellín: Carlos E. Rodríguez.
C: Obras completas (1958). Medellín: Bedout. D: El padre Casafús y otros cuentos (1989). Bogotá: Norma.
E: Obra completa (2008). Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
F: Relatos (2015). Bogotá: Biblioteca Básica de Cultura colombiana.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Luteritoa1 (El padre Casafús) I La causa de todo fue la atrabilis,2 esa maldita atrabilis del padre Casafús que, sobre sacarlo de quicio3 y ennegrecerle el ánimo, lo arrastraba ab la paradoja imprudente y al espíritu de oposición. A tener bien repartidos y equilibrados los humores ec igual el genio, hubiera sido el tal padre, si no el número uno, el dos por lo menos de nuestra clerecía. Bien podría haber pasado en sus buenos tiempos por un sabio, no solod en lo eclesiástico, sino también, y acaso más, en lo médico y leguleyo. Sin ser un Bossuet,4 precisamente, hacía el gran efecto en el púlpito con su voz sonora, su lenguaje figurado y pomposo, las frecuentes citas del Apóstol, ya que no tanto con la claridad y exposición. Para nada ni en nada dio gusto y ajonjeo5 a su cuerpo amojamado y flacuchento. Su caridad, en lo que toca a socorrer, rayaba en vicio, toda vez que lo fomentaba dando limosnas a cuantos perdidos y logreros6 se lase implorasen; y, si por esta parte se excedía, fallaba un poquillo por la lengua, pues, sin ser levantatestimonios ni inventor de ajenas faltas, le cantaba la tabla7 al prójimo clarito clarito, lo mismo por detrás que por delante; y, si a mano venía una frase preñadita de hieles y corrosivos, se la espetaba8 al más pintado,9 con un guiño de ojos y una risita que se iban hasta las mismas entrañas. Odiaba de muerte todo cuanto oliese a bajeza, a lisonja y a deseos de granjearse honores y conveniencias, y a quien le notase conatos de ello le ponía de servil, de lambón10 y tirabeque11 que daba asco. En sus genialidades periódicas, cuando el humor aquel se le subía al padrecito Casafús, era de rezar el trisagio12 y de quemar ramo bendito.13 Con tales mañas y tal temperamento no era para conseguir muchos ascensos y prebendas. Así fue que siempre tuvo curatos paupérrimos, muchos cambios, andanzas y trashumancias, varios disgustos con feligreses y tal cual pelotera con sus superiores, el obispof inclusive. De todo lo cual resultó que el bendito sacerdote vino a quedar a la postre de clérigo suelto14 y en situación harto precaria y lastimosa. Con él vivían y de él dependían dos bienaventuradas hermanas suyas, solteronas y achacosas15 y un sobrino huérfano, entre orate16 y bellacón, que respondía al mote de Maleta.
Acaso por las muchas novenas y oncenarios de sus hermanas; acaso por las recomendaciones de doñag Milagros Lobo logró Casafús, no que lo tolerase el cura de San Juan de Piedragorda,h que era la misma mansedumbre, sino aguantarse él mismo, a LUTERITO b á c é d sólo e la f Obispo g Da.
h Piedra Gorda
Luterito (El padre Casafús) hasta asentar allí esos penates17 suyos tan mal traídos y zarandeados. Con unas miajas que le cedía el párroco por desempeñarlo en el confesonario,a con las misas que le caían y con alguno que otro sermón en los pueblos vecinos, vivían los cuatro, por allá tras un callejón, en una casita vieja y remota, y en un pie de ahorro y parsimonia, por parte de las señoras, que aquello parecía cosa de milagro. Y digo de parte de ellas, porque lo que fue el padre, siguió siempre entregado a los horrores de la caridad, dando con frecuencia el peso de la misa y llegando hasta el extremo de entregarle íntegra a una vieja pedigüeña18 y urdeachaques la paga de un sermón, peseta sobre peseta. De todos estos desmanes y calaveradas19 se querellaban las dos hermanas ante su amparo y égida,b la misiá Milagros yac nombrada, señora tan pobre como ellas, pero de mucho fuste20 y gran representación en el pueblo y fuera de él, por su piedad honda y bien humorada, su trato y dond de gentes, y, más que por todo esto, por su labia21 y sus argucias de mujer criada en las intrigas y campañas de la vida. También era solterona, último vástago de una familia, y sostenía a su padre octogenario y paralítico. Misiá Milagros tenía sus malquerientes —quee a ninguna grandeza han de faltarle— yf la ponían siempre en solfa,22 motejándola de curera,23 bachillerona24 y entrometida, lo cual no le quitaba a ella el sueño ni las ganas de comer. Y cuando, con el chismorreo25 e infidencias lugareñas, le salía alguno con que Mengano dijo estog y Zutano26 agregó aquello,h decía siempre en tonito filosófico: “¡Bah!i ¡bah! enemigos como esosj me dé Dios…”.k Yl tan amiga como antes, om más acaso, que si daba con ellos se les metía por el ojo de una aguja con amables chanzonetas y con las donosuras y sales de su cosecha.27 Y los deslenguados, sabedores de que ella estaba al cabo de todo, aumentado y corregido por los chismosos, se quedaban tamañitos28 no sabiendo si eso era humildad o picardía, de veras o de mentiras.
Mal podrían, pues, atajarla las hablillas29 en su empeño de meterse hasta el gollete30 con la familia Casafús, máxime cuando ella olió, no bien les hizo la primeran visita, que allí podía gestionar y emplear dignamente su iniciativa, celo por el prójimo y su don especialísimo de consejo. Y tú que lo pensaste: dirigió e industrió a las pusilánimes viejecitas, influyó en el párroco en favor del curita forastero, y creoleñ atmósfera en todo el pueblo a aquella gente justa y evangélica. Lenguas e idiomas se volvía la señora al hacer el panegírico casafusesco: hasta el infeliz Maleta entró en colas.31 A la sombra generosa de la Milagritos, que la llamaban sus dos protegidas, entre economías y oraciones, entre las rabietas y arrechuchos32 del descurado sacerdote,33 las chocheces34 y lloriqueos de las señoras y la mentecatez del sobrino, fue arreando, arreando la vida esa familia. Si tasado, no faltó el pan; si viejos y zurcidos, trapos aseados cubrieron aquellos cuerpos. ¿Y qué más? Que doña Milagros descubrió que Maletica, tartajoso35 y todo, tenía buen oído y mejor voz, y que, mediante diligencias, recomendaciones y elocuencias, consiguió que la gente de coro, consistorio supremo de la parroquia, lo admitiese en su seno, y que el bárbaro se sometiera al aprendizaje. Mucho se rio la gente con las invenciones de Milagros; a A, B, C, F: confesonario / D, E:
confesionario b egida c yá d dón e malquerientes—que f faltarle—y g ésto h aquéllo i “Bah!
j ésos k Dios….” l y m ó
n primer ñ creóle
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla pero un jueves, el de los treinta y tres credos por más señas, trepó coro arriba el gran Maleta, y al sona constipado y carraspiento del melodio que teclaba el negro Nicolás, entonó un trisagio que partía el alma.
“¡Es mucha gente esta Milagros! (decía el párroco, encantado). ¡Mirenb que encontrarle la merijunjuña36 a este avistrujo37 de Maleta!”. Sí, señor: el vozarrón del papanatas38 fue de ahí en adelante en esa iglesia cosa de ángel que transmitiese al cielo las preces, los fervores, el alma colectiva de la parroquia. Eso al menos sentía la Milagros. Y al oírle un kiriec39 o un sanctusd40 de aquellos, se le figuraban esas notas bandadas de pajaritos de plata y de cristal que se escapaban por las ventanas y que subían derechito al trono del Padre Eterno. Y toda ella se sobrecogía de unción y se transportaba con los pájaros, “hecha un puro arroz por todo el pellejo”.41 Y cuando en algún pueblo vecino celebraban cuarenta horas42 o santo titular,43 a la vez que por el padre Casafús, para el púlpito, mandaban por Maleta para el coro. Tras de Bossuet y Gayarre44 se iban las gentes, y se iba la Milagros, y por las mejillas de las viejecitas Casafuses corrían lágrimas de reconocimiento. Esas perlas todas, para la corona de su protectora.
¡Qué auge, qué grandeza!
Pero… “Las torres más altas se ven por tierra”,e canta la guabina45 de nuestras breñas, y un día la fábrica estupenda se cuarteó, y otro día se vino abajo. Ello fue que una mañana arrimó una penitente a la reja de Casafús. Oyolaf él por espacio de hora y media, y cuando ella declaró haber terminado, díjole el padre: “Hágame el favor de volver a principiar, porque no le he entendido: hasta ahora no ha hecho sino contarme enredos y acusarse de virtudes, y yo no he encontrado faltas ni materia para darle la absolución”. Sobrecogida ella, principió de nuevo, y, cuando hubo acabado, díjole el sacerdote: “No sabe confesarse, mi señora: no trae espíritu de penitencia, no sabe apreciar sus faltas ni acusarse de ellas. Si no recorta y precisa, si no se acusa con sencillez, pierde su tiempo y me lo hace perder a mí”. No le oyó más razones la señora: se levantó disparada, anegada en llanto.
¡Qué escándalo! Aquella penitente era doña Quiteria Rebolledo de Quintana, la dama más piadosa, más rica e influyente del pueblo, llegada dos días antes de la ciudad de Marinilla, donde había pasado una larga temporada. Y fue esta la cuarteada de la torre. Escrito estaba que su caída fuese a empuje del cataclismo.
El cataclismo… II Cometa no hubo por los cielos que le anunciase;46 goterones de sangre no llovieron sobre la tierra;47 ni a monja ni a santo alguno le fue revelado de un modo perentorio.48 Aquello, empero, no pudo acaecer inopinada y repentinamente: “Densas brumas entenebrecen el horizonte”, dijo un papel de la época, en siniestros, sugestivos a són b Miren c Kyrie d Sanctus e por tierra,” canta f Oyóla
Luterito (El padre Casafús) caracteres. Un club político estalló en bombas periódicas con este lema: “Si queréis la paz, preparaos para la guerra”. “Esta paz —grita un moderno Eusebio— es la paz del eunuco en el serrallo”.49 ¡Abajoa la infame oligarquía, abajo el sapismo impío,50 abajo las escuelas sin Dios!51 Antioquia la soberana, la agreste soberana, cifra en su fe su orgullo, en su fe su tesoro, su vida. ¿Y pretenden arrancársela los malvados? ¡Québ vengan! —brama el pueblo—.c ¡Atrás los pérfidos! —grita el Gobierno—. ¡A ellos! Y fuego bélico inflama los corazones; la fe les exalta y les sublima. Truena el club y la tribuna. Viento de epopeya silba en las breñas, vibra en las sierras, se desata en los ámbitos. Cada hogar es una fragua, un Sinaí cada púlpito. Surgen los apóstoles, aparecen los evangelistas. Al infinito tiende la mujer bíblica de estas montañas: si es preciso, su sangred también la ofrendará, que vírgenes y mártires la derramaron siempre por su Dios. ¡A la lid las milicias todas del Señor! No es soldado únicamente quien combate en el fragor de la pelea: gloriosas e incruentas se libran con otros héroes y otras armas. ¡Al templo, niños inocentes, desvalidos ancianos, mujeres inermes, al templo!
Y se colma la casa del Señor. Nuestra Señora de las Victorias52 es paseada por la capital. Santos milagrosos, Vírgenes doloridas, sangrientos Nazarenos son sacados de sus nichos y llevados a hombros por calles y por plazas. Tócase a rogativa en todas las aldeas; las romerías acuden a todos los santuarios. El clamoreo sube unísono al Dios de los Ejércitos. No le basta a la piedad las fórmulas imprecatorias de la madre Iglesia: algo más concreto ha menester, y una dama ilustre vierte su corazón y su cerebro en rezo inmortal a santae Elena.53 Cunde y se propaga: el ritornelo de los gozos, coreado, declamatorio, óyese en ciudades, aldeas y cortijos: “Dadnos el triunfo completo Def la cruzg del Redentor”.
No parah en esto la antioqueña: bórdanse banderas y escapularios para los héroes cristianos; ensártanse rosarios a millares. Crece el fervor, crece el entusiasmo. Un apóstol levanta estandarte; apellida al pueblo; el pueblo le sigue, y, entre plegarias y clamores, peregrina hasta allende54 el Chinchiná.55 Un hombre misterioso, de blancas talares vestiduras, tez de alabastro, y luenga cabellera de oro diluido, surge de improviso. Su aire iconógrafo, su acento, sus preces públicas y autoritarias de supremo oficiante, sugieren al punto el sentimiento de lo maravilloso. Quién le teme y le huye con recelo; quién le venera de rodillas; para unos es profeta del Altísimo, Anticristo para otros, para muchos Jesús de Nazareth. “Mi Dios”i le llaman y como a Dios le siguen… Ayer como quien dice pasó aquello: veintitrés años ha.56 Obra magna para aquella fusión de fe y patria era el pueblo de San Juan de Piedragorda. Cuajó allí refinada, en concentro admirable, mucho antes que otros pueblos de Antioquia se percatasen del asunto. Villorrio montañés, sencillo si no aislado, vio invadido su terruño y extinguidas sus creencias. a Abajo b ¡Que c A: vengan! brama el pueblo ¡Atrás / B: vengan! —brama el pueblo ¡Atrás / C, E: vengan!
—brama el pueblo— ¡Atrás / D, F: vengan! —brama el pueblo—. ¡Atrás [Con el espíritu de cohesionar las intervenciones del narrador “se escriben dos rayas, una de apertura y otra de cierre, cuando las palabras del narrador interrumpen la intervención del personaje y esta continúa inmediatamente después” (ole, 2010, p. 375)].
d Si es preciso su sangre, e Santa f “De g Cruz h pára i Mi Dios
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Lago apacible que no conocía tempestades era el alma del párroco de Piedragorda; pero he aquí que los pasos de Jesús, al revés de lo de Tiberiades, fueron el cordonazo de sana Francisco.57 Bentham58 y Tracy;59 Ezequiel Rojas,60 el hediondo a azufre; Rojas Garrido,61 el vocero de Satanás; El Diario de Cundinamarca,62 ese papel escrito en los infiernos; esa escuela laica, donde se enseñaba a medirle puño a los santos y a escupir a la Virgen; y ese matrimonio civil y ese amor libre y la ley de tuición63 y los oligarcas y los sapos y todo el rojismo impío, en montón y por separado, tuvieron su merecido. El horror que les daba a las señoras: como no fueran a degollar a los curas esos sapos… El párroco, presbítero Ramón María Vera, curita de misa y olla,64 de una simplicidad enteramente evangélica, aficionado en exceso —por pasatiempo e higiene solamente— a las faenas y asuntos pecuarios, sabía más de terneros y muletos que de embelecos65 filosóficos, literarios y canónicos.
¿Pero qué Numa66 no tuvo su Egeria?67 Era la del párroco don Efrencito Encinales, paño de lágrimas de todo el vecindario y el ser más útil, ocupado e improductivo de la creación. Sin tener industria ni profesión alguna, las ejercía todas, fuesen serviles o científicas, rurales o urbanas, artísticas o mecánicas. Era universalista en remiendos, componendas, remontas68 y soldaduras: lo mismo se las había con máquinas de coser que con totumas desportilladas, lo mismo con lozas rotas que con latas carcomidas. Le cortaba al cura el pelo y las sotanas; le hacía la barba y la corona; retocaba los santos; arreglaba la iglesia en los grandes días y labraba la pólvora para las fiestas, con todo y girándulas69 y castillo. Recetaba por Bouchán, lo consultaba a cada paso, y, mediante una antonomasia admirativa de su cosecha, le llamaba siempre “El Autor”.b En eso de pólizas, memoriales y escribanías era el número uno de Piedragorda. Rayaba muy alto por lo artístico e inventivo: esculpía en raíces de guayabo unos crucifijos extenuados, de llagas azules y anatomía sarmentosa y antihumana, y hacía estupendas creaciones en todo asunto suntuario o decorativo. Era lector incansable de La Caridad,70 Augusto Nicolás71 y Frayssinous;72 se sabía al dedillo al padrec Jaén, Cartas de un sacerdote católico73 y Las sirenas,74 libros y autores que citaba con frecuencia. Con decir que fue él quien leyó varias veces las siete palabras en el púlpito, está dicha su religiosidad.
Increíble era la duración de sus ropas y prendas de vestir y ejemplares su pulcritud en traje, palabras y acciones. Nunca se supo a ciencia cierta su estado: las malas lenguas aseguraban que era descasado y que su cara mitad andaba muy campante por esos mundos del Cauca.75 Lo cierto es que un día apareció en el pueblo, procedente, según él, de la vegad de Supía;76 que resultó ser el tío segundo de las señoritas Encinales, y que de tiempo atrás vivía con ellas en el santo temor y amor de Dios, sin que él hubiera precisado nunca qué clase de vínculos dejara en Supía. a San b El Autor c Padre d Vega
Luterito (El padre Casafús) Solo el padre Vera estaría en el secreto, por ser el tío un su hijo de confesión. Y ello no debía ser cosa mala ni pecaminosa, por parte de Efrencito, porque su confesor le quería como a las niñas de sus ojos, lo admiraba por sus muchas industrias y sapiencias y le había hecho, luego luego,a su consejero y factótum, creyéndole a ojo cerrado cuanto dijese y opinase.
A tal sombra, con tal cultivador y en terreno tan propicio como era el corazón del párroco, fue creciendo y lozaneando, cual cedro del paraíso, el santo odio al liberalismo. Y como el cura no fuese para digerir y asimilarse directamente los inflamados conceptos, las hipérboles candentes y la algarabía retórica de los papelorios77 políticos de la época, don Efrén, merced a muchos descartes, y a un poder raro de selección, le hacía tragar al curita la miga, la sustancia y el meollo del asunto. Una vez la luz en el indisciplinado cerebro del sacerdote, el maestro le desprendía los corolarios y le señalaba el derrotero. Mediante la repetición y machaqueo de frases gordas, de epítetos retumbantes, de esos que en fuerza de su crasitud78 y efectismo se incrustan en las mentes sin cultivo, le diseñaba los sermones, se los formulaba casi, sin que el curita mismo se diese cuenta clara de tales sugestiones y aprendizajes. Para refuerzos de tales homilías estaba el cura a qué quieres boca, pues don Efrén le historiaba a toda hora las horripilancias ejecutadas por los liberales, haciéndole cada biografía de corifeo rojo, que el cura los veía a todos haciendo borbollones en la paila mocha.79 En honor de la verdad, cúmplenos decir que don Efrén se sentía llamado por la Providencia a iluminar a aquel oscuro sacerdote, y que obraba, por ende, con el celo de una madrina que enseñase el catecismo80 a algún su ahijado huérfano. Auxiliar poderoso de don Efrén, alma tal vez de tan laudable empresa, era la señora Rebolledo de Quintana; pues si él se iba a la cabeza del discípulo, ella, a fuer de hembra, le asestaba derecho al corazón, y se lo henchía de fervores y lo hacía hervir de entusiasmo.
Todo se reunía en Quiterita para el caso: una amistad santa con el cura, que día por día se acendraba más; una de esas piedades ostentosas, que necesitan ruido y aparato; una susceptibilidad, siempre enconada, por los intereses de la Iglesia; unas ansias de apostolado que la devoraban; la comezón de figurar, de ser la dueña de todas las situaciones altas y piadosas; un espíritu inquieto, ávido de novedades; su instinto de dominio y protección, desarrollado por el caciquismo lugareño, ese instinto suyo que la ponía en pugna abierta con cuanto se apartase de sus gustos y opiniones o no estuviese bajo su influencia y jurisdicción, que la hacía amar, con adhesión insana, todo lo que llevase su sello y la marca de su fábrica; y, por remate de tal castillo, el trueno gordo: su firmeza y su desprendimiento políticos, célebres en todo el orbe desde los tiempos del viejo “Mascachochas”.b81 Tampoco era ninguna ignorante la señora de Quintana: sabía mucho, pero mucho Telémaco,82 había leído El Evangelio en triunfoc83 y todo el Año cristiano,d84 y entendía en liturgia bastante más que el padre Vera. Era viuda muy rica y sin hijos; y si en la guerra de Mosquera85 a luégo luégo, b Mascachochas c Triunfo d Cristiano
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla había gastado trescientos pesos en postas y pertrechos y en comprarles chopos86 a los soldados enemigos, ¿iba ahora a reparar en unos ridículos miles? ¡Mentarle rojos a misiá Quiteria! En cuanto se le ponía que había rojos en la costa, ya estaba la señora brotada de ojos, inflada de carrillos y gaga, gaga87 perdida, de la pura incomodidad. Así fue que cuando oyó el pun puna de la tambora y la voz del alcaldeb que declamaba el decreto guerrero desde los balcones de la Casa Consistorial, voló la viuda transfigurada a la Alcaldía. Ofreció doscientos pesos en empréstito para los gastos preliminares, hizo alistar varios sobrinos y allegados, y, con pasmo del párroco y de la autoridad, declaró que, a tener diez años menos, estaría pronta a ceñirse las bragas, el chafarote88 y demás arreos bélicos y a arremeter contra la canalla impía, cual otra doña Marucha Martínez.89 Con el decreto había venido la orden de levantar en el pueblo un batallón. Ni el alcalde, ni el cura, ni misiá Quiteria trepidaron un instante. Investido el primero de la doble dignidad de jefec civil y militar de aquella plaza, corre a casa de su cuñada y saca de entre una alacena el espadín dos veces glorioso de su suegro; un espadín esgrimido en los sangrientos campos de Playas y de Carolina.90 Con estregones de polvo de loza por lo metálico, con unción de gordana91 por las correas, sacoled al arma aquellos intensos resplandores y aire indudable de reciente desempaque. Y como no era él para llevarla así a la diabla, se hizo cortar al rape la ya ondeante greña, afeitosee a dos repasos las balcarrotas,92 y, a fuerza de sobijos93 y torceduras, logró sacarle al bigote unas puntas de lo más imponente y marcial. Calzado que se hubo los magnos botines de vaqueta, errados con carramplones;f cambiados que fueron el pantalón semanero y la ruana habitual por el flux94 de paño negro de las grandes festividades, ciñoseg al cinto la ilustre espada, y, con estruendo horrísono de cobre y de herraduras, tiró por media plaza hasta la comandancia,h transformado, desconocido, entre la admiración de todo el pueblo.
El padre Vera, tan escaso enantes95 de la divina palabra, se desbordaba ahora en la misa, en la visita al Santísimo, en el rosario vespertino, en las salves de los sábados y el trisagio de los domingos. Cada cristiano de catorce a sesenta y cuatro años estaba en la obligación de ir a defender la religión. Y a cada prédica se enrolaban diez o doce voluntarios, cuatro o cinco tibios y algún oliscadoi96 de rojismo, sacado de por ahí, de alguna madriguera. Don Efrén se gloriaba en su discípulo. Misiá Quiteria, entre tanto, sudaba las mantecas en mil andanzas y ajetreos. Apenas llegó de Medellín el valioso encargo de rasos y tafetanes, de sedas, hilo de oro y lentejuelas, reclutó todas las señoras más hábiles en el arte de Penélope, armó en su casa un bastidor… y a bordar, a bordar.
¡Qué delicia! Ella influyendo de ese modo. Su trascendencia política y religiosa puesta en evidencia. Su piedad, en triunfo. ¡Qué éxtasis! Una emoción de tiernos escalofríos le pasaba a misiá Quiteria para entrarle un rapto de elocuencia. El séquito bordante, tan pronto prorrumpía en jubilosas interjecciones, tan pronto a pun pun b Alcalde c Jefe d sacóle e afeitóse f carramplones g ciñóse h Comandancia i oliscado
Luterito (El padre Casafús) callaba subyugado. La señora tomaba resuello por momentos. Oíase entonces el trabajo. Y aquel crujir unísono de agujas, al pasar por el templado trapo, era para misiá Quiteria el himno augusto97 del civismo femenil.
El tiempo se angustiaba: trabajaban día y noche: el “chocolate de canela”98 con almojábanas99 y las cocadas con ajonjolí100 —timbres privativos de la repostería de Quiterita— iban y venían apetitosos y fragantes. Una vez entre pecho y espalda el agasajo, seguían las obreras inclinadas sobre el bastidor. La patriótica fatiga fue recompensada: la antevíspera de partir el batallón diéronse las últimas puntadas. Aquel monumento de trapo no podía dedicarse así de cualquier modo; y la arquitecta que le construyó, molida y todo como había quedado, abrió nueva campaña. Regó sus gentes por esos contornos para que acaparasen cuanta leche hallaran, a fin de hacer la natillada101 monstruo para los soldados; encargó para los mismos a las tres chicheras102 más insignes del lugar la cantidad inaudita de trescientas puchas;103 hizo reclutar de casa en casa vajilla, mantelería, aves y demás ingredientes del caso; y ayudada de varias señoras, prendió el horno y diosea a preparar el comistrajo104 para los jefesb y oficiales.c En su propia sala tuvo lugar el banquete. En él aparecieron las riquezas y excelencias de la cocina parroquiana: allí la densa sopa de pan, oleosa, azafranada, con troncos de chorizo y menudencias de ave; allí las gallinas enjalmadas,d105 crecidas como pavos por las costras superpuestas de bizcocho pulverizado; allí el pastel de bodas,e servido en la enorme cazuela de barro, cubiertas con papeles de seda y pétalos de caracucho106 las fealdades y negruras de la inevitable vasija; allí el pernil de marrano entre espesores de tomate y frondas de perejil, el bocado de la reina,f107 la sopa borracha,g108 el manjar blanco109 y el huevo hilado110 y cuanto masacote fino inventó la gula hispano-antioqueña; que, en acometiéndole el pujo políticoreligioso, no se paraba en gollerías111 la anfitriona.
Ella misma, con sus propias manos y medio embargada por la emoción, presentó el obsequio, terminados los postres. Ella y otra dama desdoblaron la bandera: a un golpe relumbraron letras y emblemas, flecos y lentejuelas, en relampagueo de gloria. La combinación de los colores nacionales había sido rechazada desde luego, que mal podía aceptar misiá Quiteria el rojo112 infame junto al azul113 divino de los cielos. Eligió un blanco acalostrado para el fondo, y para la guarda —que eso era guarnecido— un colorcillo indefinible.
Pasado el deslumbramiento, pudo admirarse aquello: arriba una cruz áurea y dos espadones de seda, amarrados lo mismo que un tres de bastos. Era el moño de felpa celeste, y sus puntas se iban culebreando, culebreando, hasta formarle cerco protector al escudo nacional que, allá en el medio, se sospechaba con el águila muy agallinazada,114 la pobre, las banderas más que confusas, los cuernos vacíos y la granada muy patente y encendida. Abajo en letronas de oro y de azul iba el busilis:115 a dióse b Jefes c Oficiales d gallinas enjalmadas, e pastel de bodas, f bocado de la reina, g la sopa borracha,
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LAS MATRONAS PIEDRAGORDEÑAS
AL BATALLÓN PÍOa IX116 Y en la bordadura de aquel “matronas”b había una corrección de ternura, una valentía de patriotismo, un grito de protesta. Al contemplar misiá Quiteria esas ocho letras y el simbólico moño, ideado por Efrencito, toda se estremecíac de fruiciones, veía la religión triunfante, rematada la rojería117 y a Parra118 aplastado entre los escombros del Capitolio. Don Efrén iba traduciendo el lenguaje del bordado. Oído lo cual,d por jefes y oficiales, declararon: 1.o que esa bandera era lo más hermoso y expresivo; 2.o que las matronas piedragordeñas eran las más decentes del mundo; y 3.o que misiá Quiteria era la matrona de las matronas. Don Efrén agregó por su cuenta y riesgo y con énfasis profético, que los emblemas y dibujos eran la intuición de la piedad, la “prenda segura de la gloria”; —como decían las letanías del Santísimo Sacramento—;e119 y que antes de un mes la religión católica envolvería toda la República,f ni más ni menos que el moño alegórico al bordado escudo. Cura, damas y milicianos quedaron persuadidos; y el banquete terminó entre efusiones y discreteos dulcísimos, algunas frases del Telémaco, vapores de oporto en más de una cabeza, y más chisporroteante aún la llamarada religiosa.
III
—¡Te luciste, Quiterita! —díjole el párroco no bien la dama, Efrencito y él quedaron solos—,g con tres Quiterias me comprometía a acabar con los malvados. —No diga eso, padre. Yo no soy más que una pobre vieja inútil, que solo trato de servir a Dios. Ojalá pudiera hacer algo por mi partido. ¡Qué feliz sería yo! —¿Poco te parece lo que has hecho?
—Mi sangre diera, padre… y la daré por mi religión y por mi patria, en caso queh Dios quiera castigarnos con el triunfo de los rojos. ¡Si ellos llegaran a triunfar, (aire sublime de martirio) ni ustedi ni yo quedábamos con vida en este pueblo! Ni el cojo Pinoj ni las Valderramas me perdonaban mi patriotismo. Pero no le hace, todo lo soporto por Dios, todo: hasta la calumnia. Ya ve, padre, cómo me desguazan. ¿No sabe que me llaman “La mula conservera”k y “El Sargento Pipa”l? Y el cojo dizquem habla de mí cosas tan horribles que no me atrevo a contárselas; y las Valderramas han tenido el cinismo de decir que apenas triunfen, nos pican a usted y a mí y nos componen en mote, para que coman los jefes conservadores; y que el mondongo dizque se lo van a echar a los perros.
—¡Quén infamia! —interrumpe don Efrén.
a BATALLON PIO b matronas c extremecía d cual e Sacramento;— f república g solos,— n —¡Que h en caso que [Con el propósito de mantener y preservar la voz del personaje, según las disposiciones del autor, el queísmo no se resuelve].
i Ud.
j Ni el cojo Pino, ni las Valderramas k La mula conservera l El Sargento Pipa m diz que
Luterito (El padre Casafús) —¿Pero qué se puede esperar de esa gente —repone la dama en tono filosófico— unas mujeres sin religión; que siempre han dado tantoa escándalo con sus bailes y sus paseos con toda la guacherna;120 que casi no van a misa; y que ni en la cuaresma se confiesan? El año pasado, ninguna de ellas cumplió con la Iglesia y se quedaron lo más orondas.121 Aquí está el padre que no me dejará mentir. —Sí, hija: así fue. Son muy oliscadas.122 —¡Ay, Señorb y la lengüita de esas mujeres! —exclama don Efrencito, santiguándose—.c A mis sobrinas como las llaman es “Las carangas123 del Señor”,d por lo virtuositas e iglesieras,124 y como son tan monitas… —¡Eso ya no se puede tolerar, padre Vera! —prorrumpe Quiterita, disparada—. ¡Eso es una blasfemia! ¿Decire que Dios tiene carangas? ¡Y van al templo! ¡Podían ir a adorar sus dioses falsos!... ¡Herejes, oligarcas! ¡Si no hay nada tan horrible como gente sin religión! Dios puede mandarnos un castigo, por esas mujeres. —Esas son cosas que les enseña el cojo, que es uña y carne con ellas —dijo don Efrén—. Figúrese ese hombre que fue el discípulo amado de Rojas Garrido, y el Tantasguascas125 del Colegio del Rosario.126 Apenas cumple con su deber. —Por eso tiene el pelo que tiene —vocifera la señora—. Esa llaga que le pudrió la pata fue castigo de Dios, por sus blasfemias. ¡Qué tal, si no le cortan media! Si así mocho es tan insoportable y tan perverso, ¿cómo sería bueno y sano? —¿Pero qué están pensando las autoridades —replica Efrencito—, que no destierran a ese hombre, o le ponen una mordaza? Es el peor enemigo del Gobierno. —¡Mordaza! —exclama la señora con desprecio irónico—. ¡Las cosas que se le ocurren a Efrencito! ¡Si le dieron la ciudad por cárcel; si van a premiarle su rojismo! —¡Ah, Quiterita esta, pa tremenda! —dice el cura.
—No, padre Vera —replica ella, pasando de lo burlesco a lo patético—. Mientras los jefes de esta plaza anden con ese mimo y esas consideraciones; mientras haya sacerdotes que se callen y lo autoricen todo con su silencio, tendrá enemigos la Iglesia en este pueblo y los tendrá el Gobierno. Vea, padre, los oligarcas están como gusanos de cosecha (aquí f se puso la señora en pie, hizo la lista e incluyó en ella a doña Milagros y al padre Casafús). Todos son rojos solapados,127 toditos. No se destapan en público de miedo al destierro y a los compartos; pero son los peores enemigos que tenemos. —Así es —apoya don Efrén muy convencido.
—A usted, padre —prosigue ella— lo tienen embotellado la Milagros y el padre Casafús. Usted no ha querido creer en el rojismo de ellos; pero me dejo cortar la cabeza, si no son sapos declarados. ¡Figúreseg Milagros que fue mosquerista128 de las tres efes! Y no aflojó ni con la persecución del clero, ni con la echada de las monjas, ni con el destierro del arzobispo.h Ahora se ha metido a beata, eso sí, pero ¿por qué?...i ¡No le supiera yo las cosas a Milagros! Es más supuesta129 y más hipócrita que los fariseos. ¡Yo no sé taparle a nadie, cuando me tocan estas cosas! ¡A nadie! Si es malo decir la verdad, soy casi tan mala como Aquileo Parra. a tánto b señor c santiguándose. [Con el fin de marcar gráficamente la intervención del narrador son completadas todas las secuencias al incluir la raya de cierre].
d Las carangas del Señor e ¿decir f de cosecha. (Aquí [Con el fin de mantener la unidad y cohesión ortográfica en los enunciados entre paréntesis, estos se escriben con minúscula inicial. Además, el punto antes de paréntesis de apertura es suprimido para evitar la mayúscula condicionada por la puntuación].
g Figúrese h Arzobispo i porqué?....
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Es que vos no querés harto a la Milagros —le dijo el párroco con socarronería. —No debiera quererla, padre; pero a mí la sangre me tira, y ella es mi prima segunda. Pero amor no quita conocimiento. Yo la conozco y le sé todas sus mañas:130 ella es la que tiene así al padre Casafús. Estoy persuadida, está persuadido Efrencito, y todo el pueblo, aunque usted no lo crea. Vea, padre: Milagros es una zorra,131 y con su hipocresía y su mielejeja,132 y echándole gracias y ocurrencias a las viejitas Casafuses, que ya están chochas,133 se ha metido al padre en el bolsillo, y los dos se han entendido en el rojismo, y se burlan escondidosa de nosotros los conservadores, y se han pactado para no decir esta boca es mía en cosas de nuestra política, nada más que por mostrarnos el desprecio con que nos miran. En ella no lo extraño: es por darme en qué morder a mí. ¡Si viera el modo como ha visto la cosa de la bandera! Ni siquiera vino a verla acabada, con lo curiosa que es. Y lo mismo fue con el banquete. He averiguado que dobla la hoja,134 apenas le mientan estos asuntos. Ella es así: ¡Envidiosa como ella sola! Le parece que es la única que puede llevar la voz en el pueblo y supeditar en todo, y cree que yo le hago sombra; pero se equivoca tristemente: mal puede una vieja, como yo, hacerle sombra a una sabia, como ella.
Efrencito y el cura enmudecían como avasallados por las potencias de esta alma recalentada, y la matrona piedragordeña prosiguió luego: —Lo que yo no me explico es que el padre Casafús, que se las echa de muy independiente, se haya dejado sonsacar de esa manera. Porque el que no vea, en la conducta del padre, las tramas de Milagros, es porque no quiere ver. Y no es que yo me admire mucho de que haya curas rojos: el diablo sabe mucho y es enemigo del alma… —Ahí están —interrumpe don Efrén—b el padre Lutero,135 el padre Calvino,136 el padre Jacinto… —¡Y el padre Casafús! —dijo la dama, con acento triunfante de calderón final. Y la última sílaba de aquel apellido, ese “fus”c agudo y sutil, que parecía silbo de viento a media noche, vibró en el alma del párroco como el soplo medroso de un anatema. Dioled un salto el corazón, quedosef en su silla sobrecogido, y reinó el silencio. Rompioloe al cabo el párroco, quien, después de toser para disimular la tragadera, preguntó con tono inseguro:
—De veras, Quiterita: ¿Usté sí cre que el padre Casafús sea rojo? ¿O es por verme?
—¿Por verlo? ¡Válgame Dios, señor! Solo usted puede ponerlo en duda. —Expóngale sus razones, Quiterita —saltó don Efrén, con aire retador de quien ha pasado por una prueba y no la ha resistido—. ¡Expónselas, para que opine! —Si el padre quiere —repuso ella haciéndose la ingenua— no tengo inconveniente.
—Sí quiero —dijo el cura,g y ella, acercándosele más y con tono de profesor que inicia clase, habloleh así:
b están, interrumpe D. Efrén, el padre c fus d Dióle e quedóse f Rompiólo h hablóle g dijo el cura— y ella, a escondido
Luterito (El padre Casafús) —Permítame que le diga, primero que todo, que Efrencito, y yo, y otras personas, creemos que usted se está haciendo de la oreja gorda con el liberalismo del padre Casafús. Será por prudencia, probablemente, porque ninguno puede conocer mejor que usted las ideas del padre...
—¡Pero, Quiterita! —interrumpe Vera muy querelloso y suplicante— cómo voy a saber qué piensa él de estas cosas, si él no me ha dicho, si ni siquiera se confiesa conmigo, hace añísimos.
—¡Precisamente, por eso! No se confiesa con usted desde que anda en esas.a Se va a buscar hasta Mercedes al padre Malta, que ya está zorombático,b137 y lo envuelve bien envuelto, con su palabrería.
—¡No se meta tan hondo, Quiterita, que eso es malo! Usté tiene ese viciecito. —Así será, padre, cuando usted me lo dice (con voz en que ya estalla el berrinche).138 Yo siempre le he parecido a usted muy mala y muy perversa. Pero no soy la sola: Efrencito también es un malvado, porque él también cree en el rojismo del padre Casafús. Pregúnteselo, que no me dejará mentir. Calló porque el llanto la ahogaba.
—Pero, Quiterita, por eso no vas a prender el mundo —dijo el párroco pasado un momento—. ¡El rojismo del padre tampoco es artículo de fe!... ¡Y, si es de rabia que llorás, pecás!
—¡Ay, señor!: sí tengo mucho sentimiento con usted, para qué voy a negárselo: usted me cree muy temeraria, muy imprudente. Pero ojalá fuera por esto que lloro: eso solo sería una falta en esta pecadora (serie de sollozos). Es que me ofusca y me aflige el escándalo… ¡Ver a un ministroc del Señor apoyando a los herejes con su silencio y con sus relaciones, porque apenas principió la guerra, no se aparta de ellos: es uña y carne con el cojo Pino y con las Valderramas; ver que persiguen la Iglesia, y él… como si no le importara, como el perro mudo, de que hablan los libros. Y así quiere usted que no creamos y que yo no me aflija.
Aumento de lloriqueos, pausa y silencio de los tres.
—Hablá vos, Efrén —dijo al fin el cura—, no seás vos tampoco el perro mudo, y explicame bien claro todo este enredo, sin poner ni quitar, que entre vos y Quiterita me están poniendo orejón.
¡Aquí de Efrencito Encinales! Botó el tabaco, asumió de pronto el aire sublime que él gastaba en tales casos, y, como si se escuchase a sí mismo, moduló así: —Señor cura: yo no soy el llamado, bajo ningún pretexto, a juzgar la conducta de un sacerdote tan ilustrado como el padre Casafús; pero considero este asunto como caso de conciencia, y creo de mi deber darle a usted un alerta y exponerle mi parecer, con toda la sinceridad e hidalguíad de un hombre honrado y de un hijo muy adicto a la Iglesia. Ahora bien, padre: le suplico me preste atención (tos,e pausa y crecimiento de sublimidad). La Iglesia católica, una e indivisible, es como la hostia consagrada ¡Def una sola pieza! Quien pretenda quitarle un pedacito, niega el todo y deja de ser a ésas.
b sorombático c Ministro d hidalgía e atención. (Tos, f consagrada ¡de una
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla católico. En esto no hay término medio. O todo o nada, porque Jesucristo ha dicho: “El que no está conmigo está contra mí”.139 —¡No, no hombre! —interrumpe el cura con brusquedad nerviosa—. ¡Dejate de arengas y retajilas, y decí pan pan, vino vino,140 y ligero! —Para ser claro, señor, hay que ser lógico y principiar por el principio (sin inmutarse un ápice). Déjeme hablar con calma y exponerle la doctrina evangélica, que después la aplicaremos al asunto.
—¡No! No acabás en toda la noche y me ponés la cabeza grande con tanta cosa. Decí de una vez por qué es rojo Casafús, o me voy. —Hay argumentos muy poderosos —dice el otro renunciando a prólogos e introitos—a para probar el liberalismo del padre Casafús. 1.o No ha predicado una palabra contra los liberales, cuando todo el clero… —Esa no es razón, hombre —replicó el cura reventándole a Efrencito una nueva sarta que al fin iba a acomodar—. Casafús no ha predicado contra los rojos ni contra nadie, porque yo no le he dado tiempo y aquí no hay sino una mera iglesia y un mero púlpito. ¿Pero no has visto, hombre, que desde antes de turbarse el orden público, estoy dale que dale a las prédicas a tarde y a mañana, hasta ponerme ronco? ¿No has visto que todo lo que vos y yo hemos hablado sobre los impíos, lo he echado en mis sermones? Y si yo me lo he hablado todito, ¿cómo querés que le alcance a Casafús? Y, pa decirte mi verdá, yo no he pensado, tampoco, en que él predique sobre estas cosas, porque se encumbra con finuritas y palabras trabajosas, como vos, y estas cosas hay que decírselas a la gente bien claro y bien patente, pa que las entienda bien entendidas: macho, macho, así como yo. Decí otro argumento. —No solamente con la palabra divina y en el púlpitob se predica, señor cura —dice doña Quiteria, ya consolada—, también se predica con el ejemplo y con las conversaciones; y el padre Casafús, he sabido yo, no habla ni permite que le hablen de política conservadora, y ha cortado relaciones con los conservadores. —Decí otro argumento, Efrén.
—El padre Casafús se sometió cuando Mosquera; y… —¡Piss,141 hombre! —exclama Vera—. Eso fue cuando Mosquera; yoc también en un tris me someto. Si no me amparan y me mantienen en cas de mi compadre Jaramillo, la necesidad me habría acosado. ¡Y ya me ves ahora! —Señor —replica don Efrén, apasionado—, no crea, si no quiere; pero es rojo, rojo del cacho largo: dice que La Caridad es un periódico fanático e intolerante; lee El Diario de Cundinamarca y todos los papeles prohibidos que le venían al cojo Pino; tiene en su biblioteca obras de Bentham y de Víctor Hugo, y desea el triunfo de nuestros enemigos.
—¡Muy cierto! —confirma Quiterita—. Y tampoco cree en el trecenario de san Francisco,142 y se ha burlado de la novena de santa Elena. Pero no le diga más, Efrencito: no hay peor sordo que el que no quiere oír. a introítos c Yo b púlpito,
Luterito (El padre Casafús) Y don Efrén obedeció. Rascosea el cura la cabeza y dijo:
—Yo tampoco alego más: tal vez será cabecidurez mía. Si ustedes no me están embotellando, si eso de esos libros malos es cierto, siempre será liberal mi compadre Casafús.
—No, señor. ¡No hay tal! —dice la matrona con sarcasmo—. Son mentiras de Efrencito y mías, son calumnias que le levantamos a un pobre sacerdote. Mañana debe levantarnos del confesonario: somos indignos de la absolución. Pero puede ir donde su Milagros, la santica, que ella nos desmiente y le da consuelos. Y volviéndose a don Efrén agrega:
—Y usted hágame el favor de no volver a mentarle al señor cura una palabra del asunto. Los embusteros no tenemos derecho para hablar.
—No te calentés, Quiteria —dice el párroco en tono de paternal reproche—, ni seás tan satírica, que no hay motivo. Si Casafús es rojo, hay que ver cómo arreglamos eso, y pedirle a Nuestro Señor le quite la venda de los ojos… Es que a mí se me vuelve cuesta arriba convencerme que ese demontres de cabecipelao, que sabe tanto y que es tan virtoso, aunque tan volao como esta Quiteria, vaya a resultar a estas horas con esa indecencia. ¡Pero en el mundo estamos! Yo voy a ver cómo le saco la cosa, y si es cierto, ¡que se forre!143 No faltaba más. ¡Mucho lo quiero, mucha es la falta que me hace; pero que se largue! No me conviene tenerlo más en mi curato. —¿Qué no le conviene, padre? —repone Quiterita en el colmo de su triunfo—. Vaya, oiga al doctor Juan Pino, a las señoras Valderramas y a su santa. Llenan la boca con el padre Casafús: ese sí es el modelo del sacerdote, dizque es mejor, mucho mejor que Jesucristo. ¡Sí! El cielob dizque se los va a abrir de par en par a todos los sapos y oligarcas, y a todos nosotros nos va a empuntar a las llamas del negro Averno144 y del Cocito145 (erudición telemaquística). Conque, si no se hace al lado de su padrecito y de los rojos, se amoló,146 mi padre. Tirosec ested una carcajada con las ocurrencias de Quiterita, y le dijo a don Efrén: —Caminá, hombre, vamonós, que esta hasta a mí me va a enrojar. Con lo cual hubo de levantarse la sesión. Cuando los dos iban por la calle, camino de sus casas, díjole el cura a su mentor:e —Hombre, Efrén: ¡esta sí es la vieja más caloria147 y más refinada que yo he visto! Si hubiera sido macho, ¡qué general o qué sacerdote tan macuenco148 habíamos tenido! ¡Y tan matronaza y virtosa! ¡Porque barajo149 si es buena persona esa Quiteria! —¡Calle la boca, señor: eso es un encanto! ¡La fe de esa mujer y ese interés por la religión!... Lo único que la saca de quicio son los impíos. Pero vea, señor: es la cólera de los santos. La tiene tristísima y ofuscada el padre Casafús, porque teme que esa alma tan querida se vaya a perder y a ser la causa de la perdición de muchas otras; porque ¡figúrese usted! si él llegara a destaparse y a declarar su liberalismo, con esa palabra que tiene, ¿cómo se cargaría de mesas la impiedad? ¡Cómo sería el estrago! —¡Nos mataba, mataos!
a Rascóse b El Cielo c Tiróse d éste e Mentor
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Vea, señor: cuando yo pienso en estas cosas y veo el liberalismo en un sacerdote, me aterro: me parece que ya se acerca el fin del mundo. ¿Qué sabemos si es el Anticristo que ya viene?
—¡Eso sí no, hombre! El mundo apenas está mudando mamones. Mañana mismo voy a ver cómo se arregla esto, pa que se acabe el escándalo y se le quite a Quiterita el entripado.
Despedido Efrencito, entrosea el párroco a su casa, trancó las puertas, y, a la vez que mascullaba sus oraciones, entre bostezo y bostezo, cambió los trapos que luciera en el banquete por el balandrán de zaraza150 con que dormía, echoseb la triple santiguada de costumbre… y a su camita. ¡Pero quién te dijo! IV Aquel sueño suyo que le acudía siempre, no bien acomodaba su individuo, se lo había espantado en toda regla el demontres de Casafús. ¡Valiérale la Virgen con la churumbela151 esta! Por esto sí no pasaba él.
Contó hasta doscientos… y nada; sin haber leído al Buen Ricardo,152 coincidió con él en el remedio del desbarate… y tampoco. Vera, que cifraba en el sueño la dicha suprema de la vida, no podía conformarse. Descolgó la camándula, se puso en la presencia de Dios, por ver si un rosario le valía. ¡A buen recurso apeló!: a cada cuenta corrida se le encarnizaba más y más el demonio de la obsesión, y, cuando iba en la mitad, tuvo por irreverencia el continuar aquello. La cabeza se le iba con esa devanadera incansable. Y que sí y que no, y que esto y aquello, y aquí ato un cabo y allá lo suelto, y ahora me explico un hecho o una frase, y caigo luego en mil contradicciones y desempates, hasta que, fatigado, sudoroso y en pleno estado de encalabrinamiento, tirosec de la cama, y así en camisón pelado y a oscuras, vino a sentarse en su poltrona. Aquí fue lo negro: de pronto, sin que él pudiera determinar cuáles y cuántas razones le asistían, sintiosed de acuerdo, enteramente de acuerdo con Quiterita y don Efrén.
Levantosee de la silla, prendió luz y echó a pasearse, atontado y nervioso, del aposento a la sala. Una tristeza, una aridez, que no creyera posibles un día antes, le ennegrecieron el espíritu. En su angustia, se le figuraba que el corazón le dolía con dolores materiales. ¿Casafús rojo, Casafús contra la Iglesia? ¡Imposible! ¡Imposible! Casafús, un sacerdote que él había admirado tanto por sus virtudes y sabiduría; un hombre que con su sola palabra hubiera levantado ejércitos a la causa de Dios, ¿convertido ahora en su enemigo? ¿Si sería esto una pesadilla? No; quería cerrarse a la verdad, y la verdad lo inundaba. Qué vergüenza para la Iglesia, para el clero antioqueño, para él, que tanto le había querido y considerado. Satanás se valía siempre de los sabios, de los inteligentes para hacer de las suyas. Ya no le parecieron disparates los temores de don Efrén: tales abominaciones eran para acabarse el a entróse b echóse c tiróse d sintióse eLevantóse
Luterito (El padre Casafús) mundo. Tan enorme le pareció el pecado, que se declaró ante sí mismo incapaz de apreciarlo; y en aquel corazón sencillo, henchido de amor por sus semejantes, de tierno cariño por su amigo y compañero en Dios, hirvió de pronto odio contra el traidor, contra el apóstata. Reventó en sollozos. Recostado boca abajo contra el borde de la cama, lloró largo espacio como un niño.
Calmado un tanto con el estallido, trató aún de darse a sí mismo algún consuelo: acaso fuera todo engañifas del demonio para turbarlo a él, a Quiterita y a don Efrén; acaso fueran designios del Altísimo para probarlos a los tres. Mas al cabo hubo de rechazar el lenitivo, por parecerle sofistería153 de un alma que no quiso torturarse. Cierto era todo: su corazón se lo gritaba; Quiterita y don Efrén no podían engañarse hasta ese extremo; Quiterita y don Efrén eran incapaces de mentir. La cuestión estaba ahora en que el impío tornase a Dios y expiase de algún modo su apostasía. ¿Cómo obrar? ¿Cómo avistarse con Casafús y hacer que confesara la falta? Le tenía tanto miedo, era tan acerbo y exaltado. Imploró los auxilios del Espíritu Santo, pidiéndole que le alumbrase, especialmente con los dones de paz y sabiduría. Después de fervorosa oración, ocurriósele el medio. Al día siguiente suplicaría a Casafús que arengase a la tropa, con motivo de la bendición de bandera y la partida de la tropa. Así sabría definitivamente lo que había en el asunto: mentira todo, si el padre accedía; verdad, si se denegaba. Tal ocurrencia túvola desde luego por inspiración de lo alto; mas la misma proximidad de la prueba, que a él se le antojaba algo como una ordalía,154 fue poderosa a que pasara la noche de claro en claro. Aúna no había sonado la diana155 por esos cuarteles, y ya él, azorado y nervioso, golpeaba en casa del sacristán. No bien abrió este, pidioleb las llaves, y sin esperarle, fuese a la iglesia y tocó a misa precipitada y largamente, con no poco irrespeto a las reglas del campanero. Esta misma anomalía, lo inusitado de la hora y las circunstancias de hallarse todo el vecindario en expectativa con la marcha del batallón, atrajeron al punto a la iglesia mucho mujerío, algunos devotos, y por último al padre Casafús; quien, después de cortísima oración, fuese derecho a su confesonario, ya invadido a tales horas.
El padre Vera, entretanto, discurría por sacristías y corredores, sin asomar las narices por parte alguna.
Quiterita, a quien le eran familiares los íntimos parajes de la casa del Señor, traspasó, con raudos andares y huracanada faldamenta, presbiterio arriba, y, previa y rendida genuflexión ante el Santísimo Sacramento, colosec sacristía adentro en busca del padre Vera. En cuanto le echó los ojos encima, le suplicó muy humilde: —Padrecito: camine hágame el bien de reconciliarme, que no puedo comulgar con la soberbia de anoche.
—¡Válgame! —dijo el párroco con aire que quería ser risueño y resultaba atediado y displicente— ¿Y al alcalde quién lo ronda? Más rabia que la que yo tengo… con la noche de perros que he pasado. ¡Barajo, hija, que esta churumbela!... a Aun b pidióle c colóse
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¡No me diga, señor! Yo no he dormido un rayo. — Ya recordando que iba a confesarse, rectificó—b tanto así no, pero sí muy poco; tal vez menos que de costumbre. Sacerdote y dama bajaron luego y, al pasar por junto del confesonario de Casafús, vieron en él una penitente toda recatada bajo el pañolón que extendía a dos manos contra la tabla sebosa de la reja. A pesar de la penumbra y del tapujo, ambos a dos adivinaron que no era otra que la Milagros, y ambos a dos alzaron a mirarse, y dijo Quiterita a media voz:
—Me parece que están encabados desde que él entró, porque ella es la primera que coge reja: tiene privilegio.
Larga, por demás, fue la reconciliación de la señora, pasada la cual, tornó Vera a recoletarse, dejando a Efrencito y a un grupo de mujeres que asediaban el confesonario, ansiosas de lavar sus almas. No había cómo echarle a mala parte ese abandono: el pobre no podía.
A la noche toledana,156 a la marcha de la tropa, se le unía ahora la proximidad de la entrevista casafusesca y un conflicto de conciencia que de pronto le había asaltado, y para el cual no le valieron los dones de paz y sabiduría que ya creía alcanzados. Y no era un grano de anís el tal escrúpulo. En sus adentros lo formulaba así: “Si este demontres de Casafús no resulta rojo nada, le he levantado un falso testimonio en materia grave; ¡demás de grave!; le aborrecí un rato como a hereje, y me parece que hasta mal le deseé. Entonces he cometido tres pecados mortales de un pipo;157 y en este estado no puedo salir a decir misa, sin haberme confesado. Pero si va y sí es rojo de veras, ¿cómo voy a confesarme con un cura hereje y cismático y oligarca, con un cura que ya no es cura? ¡Ay, Dios mío! ¿Para qué me contarían estas churumbelas? Me amolaron, bien amolado. Tal vez este juicio no será temerario enteramente; tal vez sí tengan razón para creerlo algo rojo y oliscado. Si fuera Efrencito solo, tal vez lo dudaba, porque, aunque sabe mucho, es algo idiático a ratos; ¡pero esa Quiteria!... Todo le sale como si fuera zaurí.158 ¿Cómo demontres lo averiguo? Tiene que ser pronto porque tengo que decir la misa primera: no aguanto a la otra. Y a Casafús que no le vale salecita. ¡Esa es otra! ¡Si le pregunto con maña, me coge en la trampa, me jarta a pipos, si bien me va, y en las mismas me quedo; si se lo pregunto así, claro claro y sin recovecos,159 entonces sí que es verdad que no larga prenda! Con tal que yo le sacara algo, aunque me pusiera “que ni puerco pa matar”.c No hay remedio: tengo que tantear y tiene que ser ahora mismo”.
Y volviendo de aquí para allá la distraída mirada, topó entre la penumbra con el Buen Ladrón,d un muñeco recortado en tabla, muy braciabierto y tristón, que,e junto a su compañero de suplicio, colgaba, con todo y cruz, por allá sobre un ventanillo. Con él se encaró el padre Vera y le dijo con el alma: “Hombre, Dimas:160 vos que fuites tan guapo, quitame este recelo que le tengo a Casafús”. Debió de oírle el santo, de chiripa,161 porque de allí a poco salió Vera de la sacristía, bajó hasta el confesonario de Casafús y con tal cara y tales afanes le llama, c ‘que ni puerco pa matar’ d buen Ladrón, e que junto a rayo. Y recordando b rectificó: tanto
Luterito (El padre Casafús) que el penitenciario de la parroquia, cortando de un tajo el haz de paja con que lo enredaba una beata, acude al llamamiento.
—¿Qué es, padre Vera? —pregunta Casafús, muy sorprendido, no bien entran a la sacristía—.a ¿Le ha dado alguna cosa? ¿Se siente mal? —No, no es que esté mal (con aire no muy seguro), pero me pasa una churumbela muy maluca.
—Explíquese pronto, que tengo cuñado162 el confesonario. —Hombre, Casafús —murmuró el párroco quemando las naves—.b ¡No te vas a calentar!... Pero por ai andan diciendo que dizque vos sos rojo y apoyás a los herejes. La cara que le puso Casafús fue tan acerba, tan ácida, tan hosca, que Vera cortó el discurso y se cortó con él.
—¿Y qué? —preguntó el acusado con aire de acusador.
—Pues hombre… no era nada; pero yo quería preguntártelo, porque… tal vez será verdá.
—Será verdad para unos, será mentira para otros —contestó Casafús con hastío profundo—. Los actos y las intenciones humanas solo Dios puede juzgarlos. —Pero contestá claro, hombre, y no te ofusqués.
—Lo que yo diga de mí mismo nada vale, ni tengo derecho a que me crean. Solo los dogmas se imponen como creencias, y son indiscutibles; lo demás es potestativo. —¡Pero, hombre Casafús, eso es salirse por la tangente! —¡Será o no será! Pero ni usted ni nadie puede obligarme a que yo conteste a una pregunta tan impertinente y tan capciosa. Ninguna ley divina ni humana me obliga a ello. Califíqueme usted como quiera: su calificación no cambia en nada la esencia de las cosas. Si soy impío, no dejaré de serlo, aunque usted me tenga por un san Alfonso de Ligorio;163 si soy católico y ministro fiel de Jesucristo, siempre lo soy y lo seré, aunque me crea heresiarca164 y apóstata.
—Pero mirá, hombre: no basta ser bueno, también se necesita parecerlo; y aquí aseguran… —¡Que aseguren cuanto quieran! —exclama Casafús, en completo estado de exaltación—. ¡Ay, padre Vera! ¡Qué bajo, qué poco alumbrado del Espíritu Divino está el hombre que da ascenso a las insinuaciones del vulgo! —Pero si yo no creo, hombre. Si por eso te lo pregunto. —Y yo no contesto. Mi dignidad de sacerdotec y de hombre me impiden defenderme. Hay defensas que deshonran más que la misma acusación. No contesto. Si usted ya no necesita mis servicios, si mi presencia en su curato le perjudica, me iré: soy clérigo suelto. El mundo no es la aldea de San Juan de Piedragorda, y si en otra parte me faltare el pan, cumplo el voto de pobreza que hice al ordenarme. —¡Hombre Casafús, por María Santísima, no pongás las cosas en el último punto ni seás tan canónigo165 y ardiloso!166 ¡Un mal pensamiento lo tiene todo el mundo, y yo no quiero que te vas, porque te necesito! a sacristía.
b naves.
c Sacerdote
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Solo Dios es necesario, padre Vera. Y le advierto a usted de una vez que rompemos para siempre, si vuelve a mencionarme el asunto.
—Bueno, hombre, dejá la rabia, que eso te hace daño y echémole tierra a todo… Iba a decirle lo otro; pero al temor que siempre le inspiraba se unían ahora el de irritarle más de lo que estaba y el sobresalto del momento supremo, de esa ordalía terrible. ¡Y qué sudadera le entró! Mas, viendo que el otro iba a retirarse, hizo el cura de tripas corazón, y, con vocecilla temblona y medio trabado de lengua, se atrevió a decirle, y eso en tercera persona:
—Espérese, compadrito: yo quería que usté… me hiciera un favor muy grande —tos y atrancada—. Ahora… a la bendición de la bandera, hay que decirle algo a la tropa, pa no dejar así… como regañaos a esos pobres. Como usté sabe, compadrito, yo no sé hablar sino mis bobadas; y he pensado que usté me les diga cuatro palabras de las suyas y me los exhorte bien bonito.
Midioloa Casafús de los pies a la cabeza con mirada de centella; hizo una mueca como de calavera que se sonriese; cruzó los brazos, e irguiéndose en actitud espectral, escupioleb luego estas palabras:
—¡Padrec Vera… usted es un imbécil!
E impetuoso, desencajado, bailándole las cajas de los dientes y la cumbamba,167 salió de la sacristía dando cada zancajo168 que se rajaban los ladrillos. V Como habíamos dicho, la reconciliación de misiá Quiteria fue cosa larga. El tema así lo exigía. La noche antes, apenas habían salido el párroco y don Efrén de casa de la señora, compareció en ella, hecha un mar de lágrimas y un incendio de cólera, Lalita Encinales, sobrina de aquel, la criatura más piadosa y entusiasta del partido. El caso no era para menos: que las Valderramas y el cojo Pino estaban en sus glorias, porque dizque habían ganado en el Cauca; que el padre Casafús llevaba tres visitas en la tarde a casa de las tales; que se hallaban en concilio; que era mucha la chacota169 que hacían de la bandera y del banquete; que ese padre les aconsejó salieran al día siguiente a los balcones hechas unas mugres170 y en alpargatas,171 para mostrarle al batallón con cuánto desprecio lo miraban; que las autoridades no tenían calzones si no confinaban a esas mujeres; que el padre Vera no merecía la sotana, si no tomaba alguna medida contra el padre Casafús; que todos estos horrores los sabía Lala por Petrona, la pulpera172 de su esquina, quien en son de buscar unas gallinas, se había colado al solar de las oligarcas, y oídoles todas sus tramas e indecencias. Todas estas enormidades más el llanto de Lala y la intervención de don Efrén —que había vuelto esa misma noche a casa de misiá Quiteria—, las réplicas y discursos de esta sobre el particular, salieron a girar en la reconciliación, diluidas,c realzadas con la casuística y las retóricas de tan ilustre penitenta. a Midiólo b escupióle c ¡Padre c diluídas
Luterito (El padre Casafús) Tal relato, primero y luego la cruel negativa de Casafús, probáronle al padre Vera que no había ni juicios temerarios ni falsos testimonios, y que, por ende, podía misar en perfecto estado de gracia, ya que no con su calma y serenidad habituales. Quitados el peso y la revoltura de conciencia, surgió honda y definitiva la pena del justo ante la abominación del réprobo. Y por ver de disipar eso tan amargo y tan horrendo tuvo por conveniente dar de mano al confesonario, tirar iglesia abajo y echar a pasearse en el atrio, desaforado de cuerpo y obseso de alma. Tanto, que ni cuenta se daba del movimiento, ajetreo y embolismo que reinaba por esas calles y plazas,a ni siquiera de las maniobras que ejecutaban el negro Nicolás, el sacristánb y otros cristianos, armando una tolda para el altar en que debía celebrarse la misa de tropa. Aurora, la blonda, la radiante,173 no topó174 nunca en aquel lugarón tanto olor de comestible, tanto hálito caliente de sancochones175 y ajiacos,176 ni aquel matalotaje177 de cosas, ni gentío tan embelecado178 y ansioso, como en esa memorable efeméride.c De los tres cuarteles salían por pares, por grupos, por pelotones, soldados, jefes, oficiales; a la plaza, a las esquinas, a los andenes acudían las vivanderas,179 con ollas, cajones, coyabras180 y bateas.181 Abríanse los ventorrillos, los fonduchos, el estanco.182 Por caminos y atajos llegaban las gentes de los campos; salían las brigadas de mangas y corrales, y sobre el concierto de voces, de exclamaciones, de golpes y pisadas, de compras y ventas, de puertas que se abren, de herraduras que se clavan, de pilluelos que enredan, de oficiales que mandan, de viejas que comadrean, destacosed estridente, clamoroso, el primer toque de marcha. Entrañas de madre se conmueven, corazones de novia se oprimen; acude la chiquillería entusiasmada y se ingiere entre cornetas y tambores; revuélvese azogada la soldadesca: alármanse las venteras por los reales y pesetas aúne no cobrados; siente Efrencito angustia en el estómago; el alma de doña Quiteria se dilata, se escapa y vuela serena por las regiones del Telémacof y de Matilde o Las Cruzadas,183 libre de las estorbosas fementidas184 faldas mujeriles; en tanto que Lala, fija en los balcones de las Valderramas, no acababa de enfurecerse al ver que ellas cumplen la consigna.
Tras la corneta, lento, vago, indefinido, ahora cercano, luego distante, preludia el himno herrado de la caballería. Cómo no; si antes de la marcha, si antes de la misa, la flamante oficialidad ha de lucir, sobre mulas y trotones, los kepis refulgentes, los botones que relumbran sobre el fondo sangriento, épico de la bayeta; si ha de ostentar, sobre el caucho mugriento de los zamarros,185 las espadas, si no flamígeras como las de guerreros celestiales, limpias sí y deslumbrantes y vírgenes. ¡Cuán bizarros y gallardos! Pasa este y repasa por junto a los balcones de su amada; despídese aquelg de la suya, entre ternezas y juramentos; danles ellas, ya el escapulario bordado por sus manos ora, el relicario de que se despojan, cuándo la flor o la sortija del cabello;186 mientras las madres y esposas, doloridas si cobardes, serenas si espartanas, se asoman a las puertas, trasiegan por las esquinas, andarean por las tiendas, en atisba187 de hijos y maridos. Término de tales escarceos188 y expansiones a plaza, b Sacristán c memorable efemérides d destacóse e aun fTelémaco g aquél
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla fue el toque segundo de marcha y el primero de misa, que sonaron a un tiempo, cual si providencial coincidencia probase al orbe que guerra y religión eran una misma cosa. Así, al menos, creyoloa don Efrén, y en ello, más que en los emblemas de la bandera aquella, vio el triunfo y la glorificación de la santa causa. De las caballerías fuéronse apeando los jinetes, de la abigarrada turbamulta fue desapareciendo la nota roja, y la muchedumbre toda fuese concentrando hacia el atrio. Óyeseb el redoble acompasado de tambores, y por dos esquinas, por la puerta del cabildo,c uniformes, unísonas, surgen las tres compañías, como otros tantos enormes cientopiés.d Alineadas en doble fila cubren los tres lados de la plaza. Pagado de la tropa estaba el instructor: aquellos labriegos que solo habían sentido el humo de sus quemas y el disparo de sus cacerías, asumieron por milagro acaso, aire arrogante de militaría al ceñirse la blusa colorada, el emborlado gorro y la cartuchera; al agarrar aquellos carramplones que no pasaron de dígitas, esos fusiles de piedra que no alcanzaron a centena, las escopetas guagüeras189 de todo calibre y edad, las lanzas que, como las águilas de Núñez,190 “eran más de doscientas…”. Si Quiterita y las émulase de Penélopef tuvierong cien ojos, esos serían pocos para clavarlos en aquella cosa alta, larga, que ondeaba entre cuatro sargentos,h entre cuatro bayonetas emboladas con corchos para no rozar tanta riqueza y esplendor tanto. Destácase la escolta, avanza hacia el atrio, redoblan los tambores y estallan las cornetas; presentan el arma los soldados. Aparece en la puerta de la iglesia el padre Vera; brilla al sol el alba de calado; resaltan más agudas las puntas del bonete, y la gran capa pluvial, ancha, rígida, acampanada, se le antoja a Quiterita el áureo manto de Nuestra Señora de Atocha.191 Acerca el sacristán la caldereta, toma Vera el hisopo, y… en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, llueven sobre las bordaduras y tafetanes, sobre el asta, sobre el feliz abanderado los salobres goterones de agua bendita.
Enternecido, inspirado por la solemnidad de la ocasión, acaso por la angustia que hinche su alma, se desata el padrecito. Dejó que hablaran sus sentimientos y estuvo elocuente, conmovedor; y tanto mejor se produjo aquel corazón sencillo cuanto ni gramáticas ni retóricas le entraban.
Terminada la misa, y ya acuarteladas las compañías, oyosei el toque postrimero. Corren los oficiales, acuden las ordenanzas, resuenan herraduras, estribos y arneses, y los soldados, con sus morrales de talegón, morcilliforme,192 con sus gorros sobre los sombreros de caña, con sus chácaras mugrientas y repeladas, de cuyas orejas penden y se agitan las totumitas de tarralí, j193 aparecen en formación. Álzase en el centro de la bandera; agolpase el gentío: corre anhelante a la calle de la salida; sueña la marcha, y el Batallón Pío IX,k entre un ¡Viva Antioquia!l que resuena por los montes, va desfilando, desfilando. El son de las cornetas y los tambores se va extinguiendo, extinguiendo; corre por el pueblo aire de soledad y de tristeza; óyese el silencio y se siente una nostalgia extraña, la nostalgia de lo masculino, de lo guerrero. Suspiran a creyólo b Oyese c Cabildo, d otras tantas enormes cientopiés.
e las émulos f Phenelope g tuvieran h Sargentos i oyóse j tarralí k Batallón Pío IX l ¡Viva Antioquia!
Luterito (El padre Casafús) las vivanderas; van regresando las campesinas a sus lares; siéntase Quiterita en la ventana, con la mirada en el vacío; sale Vera a desayunarse y Casafús, ajeno, extraño al grande acontecimiento, sale a decir su misa como de ordinario… VI Aunque hambreado, vacío de estómago, se le volvía aquel chocolate al padrecito Vera. ¿Cómo dudarlo ya?
¡Casafús era rojo, lo que se llama rojo: un malvado, un hereje! El párroco, esa alma limpia, olorosa a espliego y a romero, siempre había visto en Casafús un concentro de pureza y santidad, alumbrado por el temor de Dios; y he aquí que de improviso aquel vaso de nardo y cinamomo se le convierte en podredumbre, en negrura del Averno los divinos resplandores. Y el hálito pestífero y envenenado llega hasta él y lo malea, y, en su angustia, teme contaminarse, verse envuelto en las tinieblas. ¿Por qué no? ¿Quién era él para que Satanás no lo tentase? Si era ignorante y simple, si en su cabeza no cabían honduras teológicas, si cualquier lego se lo llevaba en cánones ¿podría por ello cantar victoria? Lucifer lo mismo enredaba aa sabios que a ignorantes, y en el Infiernob bien podía haber tontos y carboneros. Acordose,c entonces, de un ejemplo del padre Jaén, y se le figuró el alma de Casafús algo como costal henchido de sierpes, de sapos y bichejas asquerosas que le ahogaban. ¡Ah,d si hombre tan sabio volviera al buen camino, si Dios lo tocase con su gracia! Y aquí se arrodilló el padre Vera, y con la fe que atesoraban sus entrañas, pidió el regreso de aquel hijo pródigo. Con las preces vínole la calma y con la calma la persuasión: sí, eso era una prueba, solamente, una prueba para él y para Casafús, una operación de la Providencia que él no podía ni intentaba comprender. Dios permitía a veces la caída de muchas almas, para alzarlas luego a las cumbres de la santidad: san Pablo, por ejemplo. Era eso a modo de resurrección, y un sacerdote como aquel no podía malograrse: Dios lo quería para su gloria. No volver, pues, a pensar más en eso, sino para pedirle a Dios la pronta resurrección de esa alma; no pensar en tomarle asco ni fastidio a Casafús, y preocuparse solo del triunfo de la Iglesia.
Tal su propósito. Para cumplirlo no tenía que violentarse demasiado aquel corazón tan dulce. Salió, breviario en mano, a rezar el oficio, paseándose por los corredores, como tenía de costumbre; mas, después de persignarse, fue a prepararse con la jaculatoria Domine labia mea aperies,194 y, a tiempo de articular el “purificae mi corazón de todo vano, perverso y ajeno pensamiento” —digámoslo en castellano—, se le coló muy adentro el diablillo del escrúpulo, y le dijo: —Pero, estando metido en las porquerías rojas ¿cómo ese hombre va a celebrar y a administrar sacramentos?. ¡Adiós rezo y paz de su alma! Tornó a su cuarto a desatar aquel nudo. ¡Demontres de churumbela! Otra como esa no le había caído ni le caería en su vida. ¿Echaría a é b infierno [En estos casos resulta justificable la mayúscula desde un punto de vista lingüístico en sustantivos como Cielo, Paraíso, Infierno etc., cuando designan específicamente los lugares establecidos por las distintas religiones como destino de las almas tras la muerte, por su condición de topónimos si bien de carácter mítico o imaginario (ole, 2010, p. 496)].
c Acordóse d Ah! si e purifíca
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla a Casafús de su cuarto? ¿Lo dejaría? Pero si no mandaba en él ¿cómo obrar? ¿Consultaría el caso con el obispo? ¡Con buena churumbela iba a salirle a su señoría! ¡Valiérale la Virgen con el enredo! Lo peor era que ni a Efrén ni a Quiterita podía mentarles ni una palabra del asunto, porquea él no sabía bien; pero los dos, de puro buenos y entusiastas por la religión, eran medio sobaosb a ratos, y ponían las cosas en el último punto.
Por la tarde tenía fiebre. Mandó llamar a don Efrén, que era su médico. Voló este, y detrasito, atraída por la novedad, misiá Quiteria, en persona, quien, asesorada por la señá Cobos, ama del cura, y por las sobrinas de Efrencito, se apresuró a conseguir, preparar y aplicar cuanto la ciencia había prescrito: plantillas,195 friega de aguardiente,196 tisana de cebada197 y el terrible remedio de la cigüeña. Entre idas y venidas, afanes y carreras, repetía la señora, con aire de misterio: “¡Lo va a matar el bendito padre Casafús!”.
—A mí, que no me importa tanto me tiene enferma.
—¡Esto es espantoso!
—¡Cállese la boca, Quiterita! —confirmaba don Efrén a cada nota. Y por allá, junto a la forja, cuando ella y la pudibunda Lala verificaban la delicada operación de verter en el clásico guargüero la mixtura revolucionaria de aguamiel, sal y manteca, dijo la señora:
—Pueda ser que esto le valga, porque, si no, ¡se nos va el señor cura! Tiene delirio; dice Efrencito que es calentura inflamatoria ¡pero terrible! ¡Dios le perdone al padrecito Casafús!
—¿Está, pues, muy malo, mi señá Quiteria? —pregunta la señá Cobos sumamente asustada.
—Siempre está maloc porque la enfermedad es muy peligrosa —yd volviéndose a Lala, agrega— ¿No le vio la cara esta mañanae cuando le habló a la tropa? Parecía un cadáver. ¡Ay, mijita! ¡Es que esa ofensa a Dios en un sacerdote y ese apoyo a los enemigos de la religión!... Esta pena va a matar al señor cura. Nicolás dizque les oyó la discusión en la sacristía: eso dizque fue horrible. Y él como todo se lo traga… —¡No me diga nada, misiá Quiteriaf que me dentra el temblor de la muerte! —dice Lala, con el pico fruncido198 y los ojos en blanco.
Inflamatoria o no la calentura, grave o leve el achaque, ello fue que el padre Vera amaneció peor al día siguiente. La noticia, transmitida por mil bocas, corrió por la parroquia y su jurisdicción con los caracteres de una calamidad pública. Las mujeres que, en nuestros pueblos de la montaña, más que en cualquier otra parte, juntan la caridad a la novelería, invadieron la casa del párroco, ansiosas de prestar sus servicios y de figurar como heroínas en aquella catástrofe. Pero misiá Quiteria tomó la palabra y la batuta, y a nadie se la largó. Desde luego que Casafús acudió de los primeros; y fue recibido por la señora y don Efrén con un silencio y una sequedad que hubieran turbado y cohibido a otro. Pero él, no dándosele mucho a porque, b sobaos c malo, d peligrosa. (Y volviéndose e mañana, f Quieteria,
Luterito (El padre Casafús) ni poco de tales manifestaciones, examinó al enfermo, conversolea de todo como si tal cosa, y delante del médico y enfermera, con la frescura del mundo, declaró que todo ello era una simpleza, un derrame de bilis que se curaba con carbonatos, y que estaban alarmando al padre y al pueblo todo, con tantas alharacas y ganas de hacer el gran papel. Por fortuna que a Quiterita se le embargó la mano y se le pasmó la lengua con la rabia que le entró, que si no, hay allí quién sabe qué atropello contra el cuerpo sagrado de un sacerdote rojo.
Quien pagó el pato fue doña Milagros: ido apenas Casafús, se le ocurrió apoyarle la declaratoria, en un discurso que dirigió en el corredor a diez o doce señoras. Quiterita, que desde adentro alcanza a oírla, sale, y, con plebeya grosería y arrogancia de magnate, le grita:
—¡Quitá de aquí, leguleya, conservirroja! No necesitamos de tus instrucciones: ¡Andá donde tu padre Casafús a que te lea su Diario de Cundinamarca y sus libros de Bentham!
—No pretendo instruir a nadie —replica la apostrofada, con aire vehemente de seguridad— ni el padre Casafús lee obras de Bentham, ni periódicos liberales. ¡Quien haya dicho eso, lo calumnia!
—¡Qué sabés vos si lee o no lee!
—Lo sé, me consta, lo puedo jurar ante Dios y ante los hombres. Conozco su biblioteca, libro por libro, y sé que no tiene obras de Benthamb ni de ningún autor prohibido. —¡Cómo no has de conocerlac si te mantenés allá metida, soperiando!199 —Por lo mismo, hablo con conocimiento de causa. Quisiera ir a su casa, Quiteria, para que habláramos de ciertos asuntos, y vería cuánto cambiaba de idead sobre el padre Casafús.
—¿Cambiar yo de ideas? ¿Yo?... ¿Y por enredos y mentiras tuyas?... ¡Risa me da! No quiero que me instruyás ni que pongás los pies en casa. Y ojalá no volvieras nunca a dirigirme la palabra.
—¿Me excomulgas? ¿Me vomitas de tu boca? —exclama la Milagros, dejando ver sus dos hileras de dientes postizos— ¡Gracias, Dios mío! Y se arrodilla en medio corredor y, con voz y ademanes cómicos, de irónica unción entona el Tedéum.200 Sin terminarlo toma el portante murmurando versículos. Por lo pronto no comprende Quiterita; pero, no bien se hace cargo de la injuria,201 se dispara hasta la calle, en pos de la agresora. Mas ya Milagros ha doblado la esquina. Lo que le sale al paso es un brelán de ases:202 las cuatro Valderramonas, que van de baño, con los peines en el pelo, sendos atados203 bajo el brazo y unas vestimentas que parecían cumplir el mandato de Casafús.
Eran las representantes de la herejía piedragordeña sumamente zafias, ladinas y malcriadas; y tenían hebra cortada con misiá Quiteria desde mucho antes de la exaltación política. Así fue que, en cuanto la vieron, principiaron a guiñarse los ojos y a reírse a carcajadas. Una de ellas exclama:
a conversóle b Bentham, c conocerla, d ideas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¡Fo! ¡Sí que siento un hedor a conserva quemada!
—No, olea204 —agrega la otra— es a religión rechinada. ¡Fo! ¡Fo! —yb se tapan las narices con muchos ascos y aspavientos—.205 —¡Ah zambas!...206 —les grita Quiteria hecha un serpentón—.c ¡Dizque están muy triunfantes estas rojas sinvergüenzas! ¡Ah creídas! ¡Se han de quedar con las piernas juagadas!
—¡Hoy sí, pues! —chilla la Valderrama número segundo, sin mirar a Quiterita—. Como que amaneció irritado el sargento Pipa, con toda la rellena207 que jincheron en el banquete.
—No la hurgués, ole Eucaris —replica otra— porque te ajusta una coz la mulita conservera.
—¡Ah canalla! —aúlla Quiterita— yo les haré tapar la boca del alcalde a estas sapas insoportables.
Y las señoritas Valderramas tiraron calle abajo, reventándose de risa, chancletín chancleteando.
No estalló Quiterita, porque en la tarde de ese día tan agitado y reñido tuvo su premio: llegó un expreso del Gobierno, con la nueva de haber triunfado en Los Chancos208 y no haber quedado guardia colombiana ni para semilla. El alcalde, que con la partida de la tropa había recobrado su prístino209 esplendor y la dignidad de jefed civil y militar de aquella plaza, tuvo la gloria de leer, desde los balcones del cabildo, el primer parte oficial y dar el primer viva; y, aunque solo había quedado una guarnición de “diez patojos, armados con palos de tabaco” (usurpándoles la expresión a las Valderramas), esos diez valieron por ciento para victorear y echar cada ¡Viva Antioquia! que se fatigaban los ecos. A los bramidos largó Quiterita el mando en cas del cura, y se descolgó hasta la plaza; y por más que el triunfo de su causa no fuera para ella ni sospechoso, embriagosee con tan hermosa realidad, y… ¿dineros para qué os quiero? Se la hizo de cohetes: tres docenas mandó a comprar y que se los tirasen arreo, frente a la casa de las Valderramas, en las propias narices de esas zambas; se la hizo de pólvora para que dispararan los dos carramplones que en el parque habían quedado; y si no dio el aguardiente libre, fue por inadvertencia probablemente. Mas no hay dicha cumplida en este indignof mundo: la Quiterita tuvo su punto negro. Era el pensar que el Batallón Pío IXg iba acaso a devolverse sin haber entrado en lid; sin que aquella bandera esplendorosa se orease con los vapores de la sangre ni con la humareda de la gloria; ¡sin que fuera para el soldado de Cristo la tutelar enseña que le guiara en el combate! Y en esta hora y punto de su vida se estremeció el corazón de la matrona piedragordeña con ventolina de poesía y sentimentalismo, recargadita con los perfumes de El Evangelio en triunfo. Tornó a su enfermería, y, contra el deseo y la opinión del enfermo, designó a varias señoras de toda su confianza para que velasen por turno; y, en vista de a óle b ¡Fó! (Y se c les grita Quiteria hecha un serpentón. [Adición de rayas para enmarcar el comentario del narrador].
d Jefe e embriagóse f indino g IX,
Luterito (El padre Casafús) tales aparatos e insistencia, hízole el párroco la propia pregunta que la señá Cobos. Contestolea ella negativamente, pero que, como necesitaba alimentos, o algún remedio, se quedarían las señoras, y con ellas Efrencito, para estar a la vela por si algo ocurriese; y que, de no hacerse así, ella no dormiría ni una pestañada con la intranquilidad. “Pues siempre tengo que estar muy malo” dijo como conclusión el padrecito. Si lo estuvo o no, ni él lo supo. Casafús y la Milagros estuvieron siempre por la negativa; don Efrén, Quiterita y comparsa —que representaba la mayoría— se sostuvieron en sus trece.210 Entre si me levanto o guardo cama, ajonjeado211 con las finezas de la señora, alegre a ratos con los comentarios del triunfo, a ratos triste por el asunto aquél, con buen sueño y regular apetito, pasó encamado obra de quince días, y como la iglesia y cura de almas, quedara en ese tiempo a cargo de Casafús, la piadosa dama vioseb por esos días privada no solamente del cuotidiano pan eucarístico, sí que también del sacrificio incruento.
¿Cómo iba ella a recibir la gracia sacramental por ministerio de un sacerdote contrario a Jesucristo? ¿Cómo oírle sus misas? Si para los fieles fueran nulas las celebradas en otros tiempos por curas sometidos ¿cuánto y más no lo serían ahora esas misas sacrílegas en que oficiaba un hereje?
Tan lindo, así como lo decimos, no lo formulaba Quiterita, valga la verdad; pero esa era su idea, y, conforme lo pensaba lo sentía, o al revés, sin que le entrase el más leve escrupulillo, al llevarse por la calle el primer mandamiento de su santa madre Iglesia.
Nostalgias de lo divino no podían faltarle en ese tiempo; mas no sintió arideces la señora: para las almas de Dios enamoradas y de Élc poseídas, no puede haber ausencia. Y Quiterita, mediante la jaculatoria consagrada, poníase cada instante en presencia de su Amado; y, mediante esa otra que formuló el corazón ardiente de Agustín,212 recibía en el suyo el espíritu de Dios, ya que no también el cuerpo y la sangre, vedados ahora por su conciencia. Cuanto a su “misa espiritual”, cónstanos de buena fuente que fue invención de Quiterita. Si está informado del espíritu teológico el tal invento, si puede autorizarse con ejemplos, no se nos alcanza. Cúmplenos solo explicar cómo era esa misa.
A las seis, hora en que según sus cálculos debían celebrarse la mar de misas en el orbe católico, poníase en presencia de Dios, abría el devocionario,213 y, suponiéndose en cualquier iglesia conocida o imaginada, iba siguiendo el ordinario… parejo con el cura.
En la iglesia de Jesús de Marinilla pasaba la cosa con frecuencia, y en aquel lugar en que se siente el silencio, y en ese silencio en que Quiterita sentía a Dios, recogíase su espíritu cual la llama mística del santuario en vaso de alabastro. Y decía la inventora que estas misas suyas le inspiraban más unción, le traían más hálitos del Cielo que las misas de verdad.
a Contestóle b vióse c El
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Al fin pudo decirla el padre Vera, al fin pudo trabajar en el confesonario; y aquella corza sedienta de los divinos manantiales corrió a saciarse; pero no se sació, porque al cura, a quien el achaque había dejado quebrantadillo y flojón, le produjeron tales mareos y sudadera las retahílasa penitenciales de la dama, que tuvo que cortarlas precisamente cuando ella principiaba su paréntesis más sentido, fraseado y patético, su canto a Teresa214 como si dijéramos.
VII
Lo que fue para prédicas sí no estuvo Vera en mucho tiempo, por más que su fuego bélico-religioso ardiera y chisporroteara día por día. Tanta fue su inhabilidad oratoria en esas emergencias, que hasta san Miguel Arcángel,215 el santob de su nombre, y a quien él celebraba siempre con todo y exposición del Santísimo Sacramento, iba a quedarse sin que el tocayo le hiciera desde el púlpito ninguna carantoña,216 sin que le pidiera nuevo triunfo sobre el dragón infernal, armado, ahora más que siempre, contra la Iglesia. Se pasaría en silencio día tan propicio, como se había pasado el de las Mercedes,217 porque ni él suplicaría a Casafús que predicase, ni Casafús, en lo referente a petición, haría la cosa al derecho, máxime cuando iba a celebrarc misa cantada y enormemente larga.
Pero cátate218 que a Casafús, sugestionado acaso por el introitod de Maleta, que se alzó broncíneo y tremente coro arriba, éntrale de improviso, al terminar el Evangelio, ansia insólita de púlpito, y vase a él derecho, con ríspidos219 andares, ácido y avinagrado de rostro. Siéntese un rumor especial entre los fieles; angustiadas y recelosas se encuentran las miradas de Quiterita y la Milagros: cada cual vacila: teme esta oír la nota sospechosa; teme aquellae no oírla. ¿Quién vencerá a quién? ¡Qué expectativa! Murmura el padre los latines, tradúcelos en voz alta, y misiá Quiteria se yergue: “La paz os doy, la paz os dejo”.220 “Toda autoridad viene de Dios”.221 “Debemos obedecer la autoridad, aunque sea díscola y mala”.222 Y principia... Fue como chorro de agua comprimida: ni una mención siquiera mereciolef san Miguel; puso arriba, muy arriba el olivo de la paz; en las nubes, la obediencia a los gobiernos; y declaró la guerra como el triunfo supremo de Satanás. ¡Qué horror! Misiá Quiteria, congestionada por santo regocijo, ebria con la copa deliciosa del escándalo, salioseg con Lala a los primeros envites. Si en don Efrén cupiera duda, hasta de Dios mismo hubiera dudado, al ver cómo aquel templo no se venía abajo; a la Milagros un trasudor le iba y otro le venía; al padre Vera le dio hipo, y las viejitas Casafuses, sin entender bien lo que su hermano predicaba, acabaron llorando a moco y baba. Al salir de misa, se desbordaron las Valderramas en pleno atrio. ¡Qué sermón y qué ministro de Cristo: a este sí le soplaba el Espíritu Santo! Tal panegírico y tales panegiristas acabaron de convencer al pueblo, por si algo le faltaba; nadie dudó ya del liberalismo de Casafús.
a retahilas b Santo c celebrar en d introíto e aquélla f merecióle g salióse
Luterito (El padre Casafús) Hora y media después reuníase en Sanedrína223 misiá Quiteria, el señor alcalde, el padre Vera y Efrencito. Resistíase el pobre párroco al corte de aquel nudo que los tres rabinos restantes proclamaban a una, como remedio único y salvador: la queja al obispo.
Buscaba y rebuscaba en su magín algo menos violento y extremado, y más y más se confundía y se ofuscaba, pues a cada recurso que pretendía exponer le dejaban aplastado. Efrencito ya agotaba su elocuencia, cuando misiá Quiteria, hecha un Cicerón224 y un Demóstenes,225 álzase de su banqueta y exclama: —¡Ni una palabra más, Efrencito! Ya hemos cumplido un deber de conciencia; pero, si el padre no quiere atendernos, no lo fastidiemos más. Medios podemos darle; pero voluntad no. Ya se lo hemos advertido: él sabrá. De los males que resulten, de las ofensas a Dios, ni usted ni yo, ni el señor alcalde somos responsables. Camine vámonos. —¡Pero, Quiterita, por los clavos de Cristo!... ¡si yo no tengo cabeza! —clama el párroco rascándosela, estregándosela, en el colmo de la angustia—. ¡Si yo no le topo la comba a esta churumbela!226 Y si me dejan solo me embedoyo227 más de lo que estoy. ¡Qué campaña esta!... ¡Hijuepucha!
Y dejándose caer en la poltrona dio un resuello gordo, silbado, de cansancio y rendimiento… y se rindió al cabo con armas y bagajes. Bajo precepto de santa obediencia, resignó en los tres todo el asunto. Por obedecer, por obedecer solamente terciaba Quiterita, que si no, ¿cuándo y cómo iba ella a meterse en tales incumbencias? Declarado esto por la dama, tomaron soleta228 puerta afuera, dejando al párroco amargo de boca y corazón, la cabeza como avispero alborotado. Antes que el alcalde y Efrencito partiesen a las perentorias diligencias del caso, brindolosb la gran señora con media de oportoc que destapó al efecto y con dulces y pastas, remanentes del banquete. Y tal actividad y celo desplegaron estos dos cristianos, que veinticuatro horas después corría un expreso, camino de la capital, con pliegos para su ilustrísima.d Contenían ellos: una información sumaria, ante el jefe municipal, por memorial del párroco, de la cual constaba, por la declaración unánime, idénticamente extendida en lo substancial, de cinco testigos presenciales y de lo más granado de la parroquia, que el presbítero Pedro Nolasco Casafús “vertió en un sermón incendiario expresiones contra el Gobierno y contra nuestra sacrosanta religión”. Íteme más: una nota remisoria firmada por párroco y alcalde, en la que Efrencito regó las dalias de su retórica y la perfumería toda de su saber teológico. Cuatro días después le vino al acusado su merecido: una suspensión como una torre. ¡Esta sí era la churumbela monstruo! Y Vera entró en tortura y en cuentas consigo mismo. Pues, señor: era un animal de cuatro patas. ¿Cómo no midió él las consecuencias de la queja? ¿Cómo se le pudo ocurrir que la cosa no pasaría de una raspa bien dura? Si él no debió ordenarse; si aúnf le olía, no dijera él la crisma de las órdenes, si no la que le pusieron en el bautismo; si era un bedoya y un alma de cántaro,229 si con él jugaban todos como si fuera un muñeco… ¡Efrencito y Quiterita!... a Sanhedrín b brindólos c Oporto d Ilustrísima e Item f aun
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla ¡Sí eran muy buenos, efectivamente, y muy refinados en su partido; pero también eran muy canónigos e ideaban tanto! y lo habían vuelto taramba230 con tanta andrómina231 como sacaban de la cabeza. ¡Una suspensión! ¡Y por su causa! Y el demontres de la prédica que él no pudo oír bien, por lo zorombático que había quedado, y que tal vez no había entendido tampoco, aunque lo hubiera oído todo, y en su cabal juicio. Y la tal prédica ¿quién sabía bien en el pueblo si era cosa roja o impía? Esas cosas altas de religión no eran así no más para que las fuera entendiendo, así de pronto, y máis máis el primero que las oyera. ¡Y ese malvado vicio que tenía Casafús de predicar esas cosas tan confusas! Pues, señor: si para predicar el Evangelio no se necesitaba tanto enredo. Y aquí entró el párroco a analizar los cinco testigos de la información, a quienes conocía de pe a pa;232 y, al fin y al cabo, juzgó que ninguno de ellos era capaz, ni con mucho, de sacarle la substancia ni el sentido al sermoncito aquel. Desde luego le chocaba eso de que Efrencito, único en el pueblo que alcanzara a tanto, no hubiera declarado. ¿Qué contendría eso? Si estaría sacando la brasa con la mano del gato, ¡María Santísima con el laborinto! Había hecho suspender un sacerdote sin comerlo ni beberlo; y, sin comerlo ni beberlo, se había echado a cuestas toda la responsabilidad: luego estaba en pecado mortal. Y esta sí no era con él. Al momento mandó al negro Nicolás que le ensillara la mula y dijo que se iba a una confesión muy distante; en lo cual no mentía, pues iba a Mercedes, pueblo limítrofe, a cinco leguas de Piedragorda, en busca del cura, para confesarse y consultarle el caso.
El cabalgar, que era su gran pasatiempo, el aire libre y la solemnidad de los campos que transitaba, los puntos de vista que disfrutó, serenáronle un algo los espíritus. Entretanto en el pueblo corría el espanto. ¡Un sacerdote suspenso! La sola idea era para santiguarse; y aquel vecindario sencillo y rústicoa vio en esto un hecho extraordinario precursor de castigos espantosos; vio en el padre Casafús algo como un réprobo; y todos, cual más, cual menos, sintieron por él una mezcla indecible de lástima y de horror. A la memoria de muchos viejos vinieron, entonces, las espeluznantes consejas de sacerdotes encerrados a pan y agua,233 por el obispo Gómez Plata,234 en aquella torre de la Catedral de Antioquia.235 Engendradas acaso por estas leyendas del pasado, fuéronse esbozando otras del presente, por no decir del futuro, en torno de Casafús. Quienesb suponían que, después de excomulgarle y azotarle públicamente, le encerrarían en la torre aquella, aherrojado contra un poste, con cadena de presidiario; quienes aseguraban que pararía en la reclusión el pobre sacerdote; pero la versión más socorrida, la que tuvo más caracteres de actualidad y más sabor local, fue la urdida en la tenducha de Petrona, por un congreso de comadres. La trama esa tenía sus puntos romancescos:
Por allá, en la región selvática de Patiburrú,236 entre las espesuras abruptas de una cañada, corre, cubierto por la virgen espesura, un arroyo de linfas cristalinas, donde se bañan las culebras y aplacan su sed los tigres y leones. Guardasolc llámase c Guardasol b Quiénes a rústico,
Luterito (El padre Casafús) el arroyo. Un peñón se le opuso, e “hizo valentía con su brazo”: rompioloa por el centro, formó en el interior mil bóvedas y laberintos, para resurgir luego violento y espumoso. Pues bien: a esas cavernas misteriosas, pobladas de murciélagos y bichos venenosos, iba a ser deportado por siempre jamás el pobre sacerdote. Quiterita trinaba237 con tales invenciones. ¡Era mucha ignorancia y muy poca caridad! Ni torres, ni presidios, ni cavernas. ¿Estaba, acaso, el suspenso separado de la Iglesia? Bastaba que él se retractase, que abjurase de sus errores, por medio de una hoja volante, para tornar al pleno ejercicio de sus funciones. Y, como el padre debía tener, después de suspendido, una cara muy extraña y peregrina, todos querían verle esa cara… pero de lejitos; deseo que lograron muy pocos, porque él se retrajo en su casa en el mayor apartamiento, iba a misa muy de mañana, oíala en el rincón más escondido y volvía a casa, cuando pudiera recatarse de todas las miradas.
Muy otro regresó el padre Vera de su excursión a Mercedes. El cura de esa parroquia, un viejecito achacoso, claro de cerebro y la bondad misma, le quitó los brincos de conciencia, y, poniéndole de manifiesto los inconvenientes de influencias y sugestiones de los amigos que obligan y de los sabios que convencen, exhortole,b bajo reato238 de conciencia, a que obrase en lo sucesivo por los dictados de la suya, en absoluta libertad.
Apenas desmontado de la mula, corre a casa de Casafús, y en cuanto le ve se le pone de rodillas y le dice:
—Vengo a que me perdonés, porque yo fui el que te acusé.
—¡Levántese, padre Vera! La cosa no vale la pena —dice Casafús, con aire de ingenua sinceridad y mansedumbre, asiendo al párroco por un brazo—. Levántese que, en caso de haber culpa suya, yo no se la imputo ni me doy por ofendido. Por lo tanto, nada tengo que perdonarle.
Vera, enternecido hasta las entrañas, se levanta; va a decir algo y las lágrimas se lo impiden. Repuesto al cabo, y después de encender su tabaco, dice: —Hombre, Casafús: pa decite mi verdá, me ha pesado mucho. ¡Pero mucho! Yo sí creo que sos algo rojo y que tal vez saldrías con alguna pendejada en tu sermón, pero yo no tenía por quéc irle con el cuento al señor obispo, ni meterte en mal con él. Yo tampoco creí que él se calentara hasta el punto de suspenderte. Esto fue una churumbela que me resultó: ¡no faltó quién me hiciera ver que tenía que acusarte, y te acusé!
—Así lo he comprendido, padre. No necesita de hacerme ninguna protesta ni disculparse conmigo: lo sé todo, sin que nadie me lo haya contado. Ya me suponía, de antemano, que mi silencio en el púlpito, sobre la guerra actual, iba a calificarse como hostilidad al Gobierno y como prueba de liberalismo. Desde mucho antes de mi sermón sobre la paz, vi las consecuencias, y siempre lo prediqué. Lo prediqué porque es el dictado de mi conciencia: siento que la paz es Dios y no la guerra, bajo ningún a rompiólo b exhortóle c porqué
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla pretexto. Si esto ha de tomarse a liberalismo, si por eso me suspenden, que sea en buena hora: la conciencia no se puede cambiar como se cambia de sotana. —Eso es muy verdá, hombre; pero tal vez fue imprudencia haber salido a estas horas con tus cuentos de obediencia a toda laya239 de Gobierno. —Bien lo veo, padre: fue imprudencia ante los hombres; falta saber si es imprudencia ante Dios.
—¿De modo —replica Vera, inundado de súbita alegría— que no sos rojo nada?
—Si por rojismo se entiende no predicar la guerra actual, soy rojo, y lo seré siempre, porque nunca predicaré ninguna guerra.
—Bueno, hombre. ¿Pero no es porque tengás ideas rojas, ni las apoyés? —¿Yo ideas rojas? ¿Yo apoyarlas? —prorrumpe con fuego el sacerdote— ¡Ah, padre Vera, qué distante se halla usted de la verdad! Sé que los liberales filosóficos están contra la Iglesia católica; yo soy ministro de esta Iglesia y, por lo mismo, no puedo apoyarlos. Pero esto no obliga ni me autoriza siquiera a azuzar los católicos contra ellos. Los gólgotas240 —como lo dice la palabra— han proclamado siempre la ley de Jesucristo. Si la entienden mal, si disienten de los católicos, allá se las hayan con el Supremo Juez; pero de ninguna manera debo considerarlos como paganos. Guerras de religión ha habido muchas, padre Vera, pero la sangre derramada en esas guerras, lejos de extinguir la herejía y el terror, los han exaltado más y más con el odio de secta: por diez herejes exterminados, ciento heredan la herejía y con la herejía el rencor. Es que las ideas no se acaban a cañonazos ni se propagan a bayoneta calada: los misioneros cristianos no usan más arma que su palabra; oponen la idea a la idea.
La Biblia registra infinidad de guerras mandadas por Jehová241 directamente; pero ya no estamos en los tiempos bíblicos, ni podemos regirnos por las leyes civiles de Moisés, ni tampoco ajustar nuestros hechos a los sucesos extraordinarios de un pueblo elegido por Dios. Siendo el pueblo escogido para propagar la ley divina y para que el Mesías naciera de su raza, Dios no podía dejarlo inerme, a merced de naciones guerreras y conquistadoras, porque entonces no se habría extendido la revelación, y la estirpe y nacionalidad de Cristo habrían quedado en duda, y no se habrían cumplido las profecías. Por esto en las guerras de los hebreos intervenía Dios. Pero llegó la época de la gran revelación, vino Cristo, predicó a todo el mundo, murió por toda la humanidad, estableció la ley de gracia, y la guerra quedó abolida. De ahí en adelante Dios no quiere sino la paz, para que el mundo disfrute y se aproveche de la Redención. Todas las otras guerras de carácter religioso que ha habido en nuestra era,a con excepción de lasb Cruzadas, no las considero inspiradas por Dios, sino por ambiciones humanas o por espíritu nacional. Ahora bien, padre Vera: la Iglesia de Cristo siempre ha tenido enemigos, porque así lo quiso Él; pero no tengo noticia que ella se haya armado como a éra b Las
Luterito (El padre Casafús) beligerante, para defenderse, ni aun en tiempos de las mayores persecuciones. Y si ese fuera el espíritu de la Iglesia, el santo padre sería un Napoleón; los obispos,a generales; los seminarios,b escuelas militares; cada curato, un batallón; cuarteles los templos y la vida una guerra hasta el día del juicio, porque lo que es nuestra religión, nunca se acabará. (Todo este despotrique era de pie, con mucho fuego y a toda oratoria).242 Y habiendo Casafús cesado un punto, para tomar aliento, metió baza243 el padre Vera, de este modo:
—Mirá, hombre Casafús: esas cosas me quedan a mí muy fundillonas.244 Pero así será cuando vos lo decís. El consuelo que me queda es que no soy el único clérigo que se ha metido en estas calenturas de guerra: ¡todos se han metido hasta el pescuezo! Me he quitado un peso de encima, porque, aunque quede mal con el obispo y en vergüenza pública, ya sé que no sos rojo ni apoyás a los impíos. Lo malo del cuento es que no me lo hubieras dicho a tiempo. Pero vos ¡cuándo! con ese maldito vicio tuyo de callarte la boca, o de decir las cosas bien confusas y de meterle misterio y palabras bonitas a cualquier pendejada. Mirá: si desde el otro día, que te toqué el punto, me hubieras contestado sí o no, como Cristo nos enseña,245 en lugar de calentarte; si en vez de aquel sermón tan entreverado de latines y tan trabajoso de entender, nos explicás que “la paz es don de Dios”, como dice en La Citologia,246 ¡no haiga miedo que yo te hubiera acusado! ¿Pero qué? Te largaste como una tripa rota a echar enredos, y me enredates a mí, y enredates a todo el sitio: porque de rojo cachilargo no te rebajó nadie. Pero ¡todo tiene remedio en este mundo, menos la muerte! Hoy mismo le pongo un piónc al señor obispo con una carta, contándole que me engañé, que no hay tal rojismo tuyo; y esta noche, en el rosario, se lo explico todo al pueblo.
—¡No, padre Vera! —exclama Casafús todo alarmado—. Por lo que le debe a Dios no intente semejante cosa.
—Sí lo intento, porque te he quitado el crédito y tengo obligación de devolvértelo.
—No, mi padre: mi crédito, si es que me lo ha quitado con su acusación, tiene tiempo para devolvérmelo. Espérese unos días: su retractación, cuando apenas acaba de acusarme, es agregar un escándalo a otro escándalo, un conflicto a otro conflicto. Tenga en cuenta, padre, que hay de por medio cinco testigos jurados que abonan la acusación, cinco hombres de buena fe que van a resultar perjuros, y un sacerdote, incapaz de mentir, que va a pasar por iluso o por embustero. —¡Pues siempre dije mentira, anque no pensé decirla!
—No, señor: no la dijo, porque eso era la verdad en el entendimiento suyo, y en el de los cinco testigos, aunque no lo es en la cosa entendida. —¡La cosa entendida!... ¡Juú! Dejá tus bobadas: yo digo que me equivoqué… ¡y san se acabó!247 Yo no soy mi Dios pa entenderlo todo por dentro y por fuera. ¡Barajo, hombre, que vos ni hacés las cosas al derecho ni las dejás hacer! a Obispos, b Seminarios, c pion
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —No, señor; la suspensión de un sacerdote indigno nada vale, ante males tan graves como los que usted va a ocasionar. Yo la recibo en penitencia de mis culpas y como castigo a mi vanidad de orador y de hombre ilustrado. Y esto ha estado muy bien, padre: quiere decir que descanso unos días, que me doy asuetos. —¡Pero, hombre, por Dios! —le dice Vera, metiéndole los dedos en los ojos—. ¡Si estás pasando por un Lutero y por un Calvino! —¿Y eso qué importa, padre? “No eres mejor porque te alaben, ni peor porque te denigren: solo eres lo que eres ante Dios”, ha dicho Kempis.248 —¡Kempis! —dicea Vera remedándolo—. Esos Kempis tuyos son los que te tienen relatando de memoria. Dejá tanto enredo y dejameb enmendar la plana.249 —Padrec —repone Casafús con aire reposado de imponente solemnidad—. ¿Usted me cree su amigo?
—¡Cómo no he de creerte, hombre!
—Aunque suspenso e indigno, ¿me considera ministro de Jesucristo? —Tengo que considerarte, aunque sos tan idiático.
—Pues bien, padre: no se desdiga ante el obispo ni ante nadie. Como amigo se lo suplico, como sacerdote se lo ordeno.
—Bueno, hombre: si así me la ponés… ¡adelante con la cruz que el muerto jiede! Y seguí vos tu rezo que yo me dentro a saludar a las niñas Casafuses. Y colándose patio adentro llegó hasta la cocina, donde halló a las pobres viejas emperradas a moco tendido,250 por la centésima vez. —¡Ea, pues, mis hijitas! —les dice por vía de saludo—. Pongan la cazuela bien puesta que la cosa está pa eso. Yo también la pusiera parejo con ustedes, si no fuera tan feo un hombre llorando. Y pa que lo sepan de una vez,d si acaso no lo saben, yo fui el que acusé a Casafusito. Pero estoy muy arrepentido y muy contento, al mismo tiempo, porque ya sé que no hay tal rojismo ni tal enredo. —¿No será nada rojo, padrecito? —exclama doña Estefa, que impuesta de todo y timorata251 como ella sola, ya veía para siempre perdida el alma de su hermano—. Como lo suspendieron… yo pensé. ¡Bendito sea mi Dios! ¿Y sí volverá a ejercer?
—¿Que si volverá? ¡Puú! Apenas quiera él. Como es tan estrafalario en ocasiones, dice que es mejor esperar unos diítas; pero como resultó inocente, la suspensión no vale. No se ofusquen más, que esto lo arreglamos muy prontico. Y sacando una mochila que al efecto llevaba, díjole a doña Estefa, con aire de misterio:
—Esto es unos realitos de mi compadre Casafús. Cuando se le acaben bien podés pedirme, que todavía le resto. Y cuidao con decirle nada, porque los coge y te los chirrea252 de un bolión.253 —¡No te lo decía, Eulalia! —exclama la anciana transportada, al recibir aquel dinero caído del Cielo—. ¡No te lo decía! Si santa Ana254 no podía dejarnos en esta necesidad. a —¡Kempis—¡dice b dejame c —Padre, —repone d una, si
Luterito (El padre Casafús) Y no se engañaba: limosna que así se vela y se ofrece, de lo alto viene. No le oyó el párroco las efusiones a la viejecita, porque sin más despedida ni ribete,255 tornó al cuarto del suspenso, quien le dijo:
—Bueno, mi padre: también le prohíbo,a como sacerdote, hablar con nadie una palabra de esta entrevista. No le hace que me crean impío y apóstata. —¡Prohibimeb cuanto querás! Me ganates con gabela y me tenés por debajo: mientras vos resultaste más blanco y más limpio que un corporal, yo resulté un puerco encenegao. Echame,c pues, cuchillo, que harto lo merezco. No chistaré, aunque me reviente. Y avisamed cuándo le carteo al señor obispo.
Y salió muy persuadido de su pequeñez y suciedad, al par que satisfecho de este su primer paso en la vía del desagravio.
Las viejas, en el ínterin,256 contaban la mochila. ¡Caramba con santa Ana para cachaca:257 cuarenta pesos! ¡Qué deslumbramiento aquel! ¿Cuándo soñaron ellas riqueza tanta? ¿Qué harían, qué acontecerían con ese dineral inagotable? Ante todo, reponerle los pantalones al hermano, esos pantalones que ya no resistían más remiendo; luego la mudita para las camas, que la pedían a gritos; y después… después ¿por quée no realizarle a Maletica su sueño dorado? El pobre que les llevaba íntegro lo poco que le daban por el canto. Cuatro pesos más o menos, nada significaban en caudal tan enorme. Pues sí: le comprarían el acordeón.
Por ahí andaba la Petrona en la mangaf husmeando, por entre los palos de la talanquera que resguardaba aquel corral vacío.
VIII
Solo, recostado en su poltrona, rumiando las últimas complicaciones de su vida, hallábase el padre Vera, cuando oyó el ruido, tan familiar para él, de las alpargatas de Efrencito, y la figura langaruta del grande hombre se destacó en la puerta. Qué de efusiones y de cariños: venía a saber qué era esa pérdida tan larga, y cómo le había ido en esa confesión de dos días. Pronto sacó el tema palpitante de la suspensión, y, aunque no era ningún adivino, bien comprendió desde el principio que el curita no estaba para comentarios ni explicaciones; por lo cual tuvo por conveniente volver la hoja y disertar sobre el pronto y definitivo triunfo de la Religión. Y, a propósito de un artículo del último número de El Repertorio Eclesiástico,258 entraba en peliaguda disquisición, cuando las opulentas faldas de Quiterita se hicieron sentir, más rumorosas que de ordinario.
Esta sí que estaba alarmada con la tardanza. Y sin tanteos ni preámbulos, se fue despotricando, despotricando sobre la cuestión Casafús. ¡Había llorado tanto! Era tan triste ver a un sacerdote en ese estado. Le pedía a Dios con tanto empeño ablandase el corazón del impío, que, indudablemente, vendría una pública retractación: esa hoja suelta que caería por todas partes y apagaría el escándalo, a prohibo, b Prohibíme c Echáme, d avisáme e ¿porqué f manga
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla como lluvia milagrosa. Casafús, de suyo tan terco, estaría ahora más que obcecado; pero Lala y ella y otras señoras tenían altos a san Agustín y san Pablo, y el camino de Damasco259 sería pronto emprendido, y Casafús, golpeado por la gracia, vendría a tierra desde los lomos del caballo (no hubo nada de Telémaco,a a qué mentir). ¡Pero, mientras tanto, qué ignominia y qué tribulación! Ignominia, ver cómo se congregaba en casa del suspenso, y cómo se hacía solidario con él todo el rojismo vil de la parroquia: las Valderramas, esas mujeronas disipadas; Milagros, esa dios Jano260 que con una cara miraba a Dios y con otra a Mosquera; aquel cojo Pino, que llevaba en la negrura de su entraña todo el Colegio del Rosario. Tribulación, ver en la miseria, tal vez con hambre a un sacerdote, a dos viejas achacosas y a un infeliz idiota, y no poder valerles; pues, mientras el impío no se retractase, incurría en grave falta quienquiera que le socorriese, porque con el socorro daba pábulo y galardón a la impiedad. No mediara esa incursión y con cuánto gusto remediaría ella las necesidades de esa familia. ¿Pero cómo? Ella no incurría.
Aquí iba la señora, cuando Vera le interrumpió con este exabrupto: —¡Callá la boca, ala, que ya me tenés borracho con tanta pendejada!. Efrencito, que le estudiaba rato hacía, no extrañó esta salida; mas la dama, que pensaba estar diciendo mil honduras y sabidurías, quedoseb suspensa y corrida; mas luego se rehízoc y murmuró con voz temblona y quejosa:
—Permítame, padre, que le diga que extraño mucho esas palabras en usted: ¡está tratando con una señora!
—¡Y vos me permitís —repuso Vera con entereza y actitud inusitadas— que te diga que te entiendo todos tus enredos, y que estoy resuelto a no dejarme cabestriar más ni por vos, ni por Efrén ni por nadie! ¡Ya te conozco, pava!: todas estas cismas tuyas es que ya te pusieron en pico que le di un socorro a mi compadre Casafús, y venís a encargarme la conciencia. ¡Eso es todo! ¡Pero te pelaste! Sabé y entendé que pienso darle a mi compadre lo que me den ganas, y que estoy resuelto a no dejarme poner más cartilla de nadie. ¡De hoy en adelante haré lo que me parezca… y nójese el que se nojare!261 —¡Yo no vine aquí a oír insultos! —dijo la matrona acezandod y poniéndose en pie—. ¡Camine, Efrencito, vámonos!
—Me parece muy bueno —dijo el cura— que me dejen en paz, y que no vuelvan a perturbarme más con tantas calenturas y churumbelas. Pero Quiterita no pudo, porque cayó en la tarima con el patatús.262 Voló Efrencito a su casa y tornó con Lala y con botella de agua de Florida para fregar a la atacada. El párroco se paseaba por los corredores como si tal cosa. Recobrada la señora con tan buenos servicios, se levantó lloriqueando y, entre sollozo y gimoteo, exclamaba: —Estas son cosas de Milagros… no tiene vida si no me hace algún mal. —Esta loca —dice el cura con aire entre enojado y amargo, siguiéndolos hasta el zaguán— nos va a enloquecer a todos. Ya se ve: ¿cómo no ha de creer que a Telémaco b quedóse c rehizo d acesando
Luterito (El padre Casafús) esto es obra de Milagros, si a mí me trae y me lleva y me zamarrea cualquier avistrujo, anque sea un espantajo de vieja? ¡Pero ya se les acabó su muñeco! ¡Si quieren cabestriar, compren su burra!
Y misiá Quiteria, sostenida por tío y sobrina, salió hecha una Magdalena.263 Como en las aldeas se sabe dónde pone la garza y como las Valderramas eran muy capaces de descubrir lo que pasara en Londres, si allí vivieran, la anterior escena, adornada de circunstancias descomunales, como la de azotaina, por ejemplo, les dio tema a las tales y al cojo Pino, para un famoso trisagio, en loor de Quiterita, Lala y don Efrén, cuyos gozos principiaban así:
El chirrión del padre Vera, cona que amansa sus potrancas, seb oyó crujir en las ancas dec la “mula conservera”.
Para que de esta manera losd rojos tengan su encanto.
Juan Pino y las Valderramas Gozan tanto, tanto, tanto.
Para que Quiterita conociera obra tan inspirada, no tuvieron sus autores más que tirarla por la ventana de Lala, a quien le faltó tiempo para llevarla a su destino, hecha un mar de lágrimas.
Ni a don Efrén ni a la gran señora se les hizo extraña la ocurrencia. Este y muchos mayores sacrilegios aún tenían que resultar en ese pueblo donde se apoyaba la impiedad y eran rechazados los servidores de la religión. Hoy era con el trisagio, y mañana sería con la misa, pasado con el Santísimo Sacramento, y todo a cargo de los conservirrojos, más dañinos a Dios y al Gobierno, que los sapos mismos. ¡Santa Milagros Lobo y san Ramón María Vera debían estar qué contentos de sus servicios a Dios! A misiá Quiteria le acometió tal nostalgia de conservatismo puro, que a Marinilla264 fue a dar al día siguiente.
Allí recibió oxígeno durante una semana.
IX A todo esto, ele padre Vera se sentía muy mal: con frecuencia le sobrevenían palpitaciones y fatigas, desvanecimientos y opresiones. Achacábalo todo al mucho trabajo del confesonario, que siempre le había fatigado demasiado. Un día, a tiempo de revestirse para la misa, le acometió un vértigo, y no cayó redondo porque el negro Nicolás acertó a sostenerlo y a sentarlo en una silla. Llevado a Con b Se c De d Los e esto el
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla a la casa inmediatamente, acudió el pueblo, y en esta vez sí declararon Casafús y la Milagros que la cosa iba de veras. Don Efrén y Quiterita, reacios al principio, acudieron por la noche un tanto cohibidos y cautelosos; y es tal la fuerza de las circunstancias, que, al fin y al cabo, entraron en concilio con Lutero y la conservirroja. Y no en vano: la gran dama lanzó la idea de pedir al punto médico a Medellín, idea que fue aprobada por aclamación y puesta en práctica desde esa misma noche. Diose con esto la señora por rehabilitada ante sí misma, ante don Efrén y ante el mundo entero, y principió a obrar. Estaba pletórica. Privada en esos días del ruido y aparatos que le eran necesarios a su vanidad y a sus actividades de mujer vehemente y apasionada, sintió tal gusto y reblandecimiento de corazón, al recuperar la privanza en el curato y su prestigio en el pueblo, que se excedió a sí misma. Aún ignoraba el mundo las represalias de un alma grande; pues ahora lo sabría. Y el padre Vera ¿qué hizo el pobrecito? Puesa enternecerse hasta las entrañas y pedirle perdón, entre lágrimas y suspiros. Cuando llegó el médico, todo corría por cuenta de la gran señora. ¡Y qué malo le pareció el enfermo! Era una hidropesía de pecho que se lo alzaba en vilo. Si por milagro escapaba del ataque, era preciso tierra caliente, muy caliente, para mejorar y prolongar la vida nada más, porque curar de eso era imposible. ¿Milagro dijiste? Y principiaron los memoriales de Quiterita ante la corte celestial. A falta de cura que pidiese, estableció en el templob un coro diurno, alternativo y permanente de mujeres que, postradas ante san Roque,265 Nuestra Señora de la Cueva266 y san Blas,267 pedían y pedían, entre los incendios de velas, costeadas por la señora. Consigna sine qua nonc268 era pedir, al par que la mejora del curita, le reemplazase uno muy virtuoso y muy amoldado a los tiempos calamitosos que corrían.
Todo se lo oyeron los santos a misiá Quiteria: a la semana siguiente llegó al pueblo, en calidad de interino, el padre Abad, un pico de oro, un alma inmensa, inflamada por el fuego sacro del conservatismo y del odio a la impiedad. Y veinte días después, bajo muy buenos auspicios y entre los rigores del invierno, partía Vera para la ciudad de Antioquia, en compañía de la señá Cobos, el negro Nicolás y la sobrina más vieja de don Efrén, quien la ofreció como asistenta y señora de honor. Quedó este encargado de los haberes del párroco, y de suministrar a las viejecitas Casafuses lo que le pidiesen.
Cura nuevo y era nueva, una misma cosa son en las aldeas. La era de Abad se iniciaba solemne e imponente, con notas y perfiles nunca sospechados en el pueblo. Todos los arcanos, el engranaje entero del poblachón los supo al instante, cual si leyera en los corazones. Era un sacerdote, imponente, de efectos admirables, de audacias casi regias. A la primera homilía apostrofa a los fríos y oliscados, y a cuatro señorones, tachados de tales máculas, les interroga en plena misa, les enreda, y allí mismo les hace confesar que el liberalismo está contra la Iglesia, y que no se puede ser liberal y católico a un mismo tiempo. Otra vez, a la entrada de las a pues b Templo c sine qua non
Luterito (El padre Casafús) Valderramas, sale al presbiterio y dice que si en el templo hay alguna “sacerdotisa del error”, alguna “parodiadora sacrílega de oraciones”, se salga al punto. El cojo Pino no vuelve a reírse de las beatas; las viejecitas Casafuses entran temblorosas a la iglesia; le acometen recelos a la propia doña Milagros; solo el suspenso permanece inmutable en el rincón elegido. Quiterita cree soñar. Se le figura el padre Abad un producto de su cerebro y de su corazón.
Pasa esto a fines de octubre.a El ardor político, lejos de amenguar, se encona más y más. Los Chancos,b ya indiscutibles, son el ultraje que piden el pronto castigo. Todos lo esperan de un momento a otro. Solo Lala, que no pierde ripio de las intimidades valderramescas, vacila por momentos.
X Doña Milagros, a todo esto, suda y se enflaquece y se le pronuncian las ojeras. No es que tema triunfos ni derrotas, es que está presenciando, sin poderlo remediar, el proceso del hambre. Maleta ha sido destituido del coro: se ha declarado rojo, deschabetadamente rojo, y la Iglesia no admite liberales en su seno. La señora, enterada de las disposiciones del padre Vera, ha ocurridoc a Efrencito en demanda del socorro para los Casafuses; pero Efrencito le ha declarado no haber recibido orden sobre el particular. Ha escrito a Vera y no ha obtenido respuesta. Ella misma se ve y se desea para sostener a su anciano padre, tullido hace trece años. El cojo Pino está para que le socorran; para que las socorran están las Valderramas. Ha implorado con tres o cuatro conservadores tibios, con más de un oliscado y… todos incurren. La situación no cesa ni cesar puede, porque Casafús —lo ha declarado terminantemente— no se retracta, porque no tiene de qué, no se explica, porque no quieren entenderlo; no pide nada al superior, porque quiere padecer, porque necesita el padecimiento. Y Milagros se ofusca, no sabiendo si es un santo sublime o un loco rematado. Su misma adhesión a la Iglesia, con ser tan honda y entrañable, vacila por momentos, al pensar si ese castigo de la suspensión causará mayores males que la falta castigada. Cuanto a aquel liberalismo escandaloso del suspenso, sí que duda. Muy tonta debe ser, cuando nunca le notó nada que fuese contrario a la Iglesia, cuando no tradujo el sermón aquel por herejía, ni ahora ni cuando lo oyó. Y en este punto y consideración, manda a sus sentimientos que se callen, porque siente que se sublevan; manda a su memoria no ate cabos sobre Quiterita y don Efrén, sobre el mismo padre Vera, a quien, si le sobra la candidez de la paloma, le falta en absoluto la astucia de la serpiente.269 Prohíbed a sus potencias que analicen estos particulares; pero los hechos se le imponen, y, contra su querer, la luz de la verdad entra en su alma. Ella, que siempre tuvo libertad de conciencia y criterio propio, se halla ahora enredada en mil sutilezas y contradicciones, no queriendo dar crédito a su íntimo dictamen y no pudiendo conseguirlo. Todo esto la tiene un tanto retraída del comercio humano. a Octubre b Los Chancos c A, B, C, F: ha ocurrido / D, E: ha recurrido d prohibe
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla En cuanto a que se incurra en falta por socorrer a Casafús y su familia, sí que no lo cree ella, aunquea se lo prediquen capuchinos descalzos:270 algo le grita adentro que esto es falso, falsísimo. Ha tratado de sostener esta idea, y se ha granjeado disgustos, se ha enajenado amistades; mas por ello no puede vacilar: si no viera en esto tan claro como ve, dudara de la caridad de Jesucristo. Y, sin embargo, ¿cómo ejercerla? Consuelo y compañía cuantas quisiese la infeliz familia. Pero no se trataba de consuelos, sí del miserable pan material, que ella, en su pobreza, no podía suministrar. En el pueblo siempre había habido la mendicidad vagabunda que imploraba de puerta en puerta; pero nunca estos pobrecitos de media y zapato que perecían de hambre, antes que rebelarse. Por eso en el pueblo no consideraban esta miseria, ni la concebían siquiera, tal vez ni la creían posible en familia de sacerdote. Quiteria era rica y desprendida; pero salirle con la embajada era tanto como herirla en su fibra más delicada: su opinión manifiesta y sostenida. Ni por mano de ella daría un cuadrante; ni era fácil valerse de segunda persona, e imposible ocultarle el nombre de los menesterosos. Otras gentes, si eran ricas o acomodadas, no estaban para extras; bien lo sabía ella que conocía más que nadie la roña y mezquindad de nuestros pueblos. Por tanto su idea de suscripciónb era un disparate, bien fuese diaria, hebdomadaria271 o mensual. Y en los tres o cuatro reales que ella recogía de cuartillo en cuartillo, a trueque de desabrimientos y malas caras, entraba más el diablo que Dios, toda vez que ella sacaba pecadillos de estas peticiones y se los hacía cometer a los demás. Y los puertos se le cerraban. Verdad que los domingos, salían señoras al mercado a recoger limosnas en especias, para los pobres del Corazón de Jesús; verdad que tan piadosa hermandad prefería, sobre todas, la pobreza vergonzante; pero ¿cómo pensar en auxilio del Sagrado Corazón, cuando Quiteria era la presidenta? Y esto sí que le parecía a la Milagros, cruel sarcasmo de la caridad. Y ella, ¿qué era lo que podía suministrarle a esa gente? Carne no, porque de cuatro libras que podía comprar en la semana, tres y tres cuartos eran para el pobre anciano; cacao tampoco, porque, a causa de la guerra, estaba a ocho pesos; y ni panela por esto, y ni huevos por lo otro… En fin, que cuanto podía darles semanalmente era una pucha de maíz y un puño de frijol. Con esto y con el guineo y las arracachas que ella cultivaba en su huerta, ¿podrían vivir aquellos tres viejos quebrantados y flacuchentos? Maleta, el cesante Maleta, tenía al menos el arte de velar,c272 de pedir con las miradas, y tal cual vez lograba sus hartazgos. Pero ¿y los otros? Con ella solamente se franqueaban las viejecitas. Las encontraba siempre frías y temblorosas; la una se quejaba de dolores de cabeza, la otra de vientos encajados. Era la ausencia del chocolate en esos estómagos desjugados, era tanta mancha de guineo, tanto tarugo de arracacha. El padre… ¡pobre padre! Todo lo hallaba a maravilla, y, mientras más engañoso y mezquino el condumio, más contento se ponía. ¿Si sería loco de veras el padre Casafús? ¿Loco un hombre que así se despreciaba, que era humilde hasta ese extremo? Y, sin embargo, el padre Abad decía con frecuencia, que Casafús tenía la a cree ella aunque c velar, b suscripción,
Luterito (El padre Casafús) soberbia de Luzbel…273 Tampoco le entraba esto a la Milagros; razones poderosas le asistirían al sacerdote para no explicarse; tal vez el deseo de mortificarse, acaso el temor de rebajarse ante su conciencia de hombre sufrido; en fin, cualquier causa, que ella no alcanzaba; pero soberbia… ¡jamás! ¿Soberbio Casafús? ¿Un hombre que ponía a la mesa y se comía esos plátanos, como si fueran opíparo274 festín? Y la buena señora se confundía.
Más que de la miseria de esa gente, tenía obsesión de guineos y arracachas. En su angustia y compasión, llegaron hasta serle antipáticos. Llegó un día, sin embargo, en que la misma pobre platanera se vio sin un vástago, y otro en que del arracachal no quedara sino el recuerdo. Comamos viento, se dijo, entonces, la Milagros, y quiso partir con los Casafuses el sustento; pero este milagro solo lo hizo Jesucristo. Cuanto sacó fue que al anciano paralítico y a ella misma les alcanzara el hambre, esa hambre que enfría el cuerpo y abate el espíritu.
Sacaba la vieja su escaso pan, no digamos de una panadería —que el vocablo es muy grande para el caso— sino de un amasijo ratero de aldea; e ingeniándose la pobre, el modo de crearlesa a los Casafuses algún recurso, ocurriósele dedicarles semanalmente una hornada extraordinaria de bizcochuelos, gaje supremo de su industria. Principió la ganga con un batido que parecía cosa de ángeles. Pues, señor: hasta en el horno mismo perseguía la desgracia a esa gente; aquellos bizcochuelos resultaron con una suela enorme y se perdieron por completo. No intentó segunda hornada: tomó tabaco para que las viejecitas lo doblasen, y, a pesar de sus industrias, consejo y ayuda, no sacaron el principal. ¡Ni para el llanto de las infelices! Dejoseb de industria y se acogió al crédito; les fio ante un carnicero y ante Petrona, y cuando iba la cuenta en quince pesos, le exigieron el pago y la amenazaron con demanda. En tal aprieto no tuvo más remedio que hacer un descalabro en las joyitas que guardaba para el entierro de su padre. La gargantilla de uchuvas, que su madre luciera en “bailes de voladores y música seria”, fue cambiada al peso. Con los veintiséis de su importe cubrió el crédito, y el resto se lo endosó de un boleo a las viejecitas, para que compraran otro acordeón, si les daba su real gana. ¿Qué otras eran las buenas obras sino calaveradas enormes? No hubo en esta vez acordeón ni instrumento alguno; pero sí parvidades275 de carne y chocolate tres veces al día. ¡Lo que les duró aquello! Entonces la Milagros se deschabetó: paladinamente, incurriera la gente o no incurriera, imploró para la familia del suspenso el grano de sal y la tabla276 y “el cuarto de dulce” y la arepa.
Tragando mucha hiel, estomacándose con las cuchufletas277 que se le quedaban adentro, al ver adulterado el espíritu cristiano con la política lugareña, al descubrir tanto perecido de roña,278 logró tener en pie a aquellos pobres cuerpos unas semanas más. Tamaña miseria parecíale el ápice del colmo. Mas no había tal: después vino lo bueno.
b Dejóse a crearle
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Sucedió que Quiterita, por uno de esos rasgos fastuosos y exagerados, tan propios de su carácter —o acaso porque no hallase otro remedio de hacer ruido y de dar porrazo— determinó echar la volteretaa de una manera regia. Y fue y arregló uno como banquete; lo puso con todo y vino, desde la sopa hasta el café, en dos cajones muy grandes, con muchos alemaniscos y mucha cristalería; y, a la cabeza de Petrona y la otra mulata, lo envió a las Casafuses, con un recado amabilísimo. Pasmadas de gratitud y de vergüenza se quedan las dos viejas con tan espléndido regalo. A Maleta se le alegró todo el mondongo,279 y exclama transportado: —¡Vean la gallina! ¡Pero no’staba gorda di a nada, María Santísima! Tanté280 que yo soñé dormido comiéndome un’entera yo solo.
—Pues le salió el sueño, niño Rosendito —dice la lagarta de Petrona muy insinuante y aduladora.
—Como que más bien sí.
A los aspavientos del infeliz idiota, aparece, larga y sombría, envuelta en caracol de calamaco,281 la escuálida figura del padre Casafús. —¿Quién manda eso? —pregunta imperativo—. Y al oír el nombre de la obsequiante, exclama fuera de sí: ¡No! ¡No! ¡Eso no!
Y estremecido, desatentado, corre a la calle; ve a la negra Brígida, que pasa con olla enorme de aguamasa, y se le aboca; quítale la bacíab y la derrama; salta a la casa, y, a dos manos, empecinado, frenético, un chisguete aquí, un choque acullá,282 vierte, arroja, revuelve en el ollón las botellas, los líquidos, los sólidos de la gran comida. Torna a la calle; devuelve a la dueña su cacharro, y le dice con mueca sonreída: “Toma para que llenes a tus negritos”. Éntraseb en seguida; dirígese a Petrona, y, casi afónico, murmura: “Dile a tu señora que Dios le pagará”. Toman las sirvientas los revolcados trebejos283 y salen aterradas.
A doña Estefa se le aguzan las dolencias, Eulalia lloriquea, se sienta el sacerdote, los tres enmudecen; pero Maleta se desfoga en perrera de chiquillo. —¡Tanté dáselo toíto! —plañe sollozante—. ¡Y’uno con tanta gana de presa y de gallina!... ¡Uno que no preba más que plántano a tod’hora! ¡Tanté plántano!
—Calla,c Rosendo —exclama Casafús— y veted a tocar tu acordeón. —¡Tanté acordión...! ¡Vusté’sta descomulgao! —Y, mediante una de esas transiciones tan violentas como insanas de los idiotas, se encara con el sacerdote y le grita con voz atronadora— —¡Descomulgao! ¡Cura descomulgao!
Saltan las dos ancianas electrizadas por aquel grito de horror. En boca de Maleta, se les antoja a ambas algo como maldición divina por ministerio de un párvulo. —¡Calla, imbécil! —ruge Casafús desfigurado, saltando de la silla como una fiera— ¡calla miserable… o te mato!
a voltareta
Luterito (El padre Casafús) Lanzadas por el espanto, a grito herido, se arrojan sobre Maleta para protegerlo. Forcejea, las rechaza, derriba a la una, y se flecha a la calle bramando: —¡Descomulgao! ¡Descomulgao! ¡Descomulgao!
XI Terminó noviembrea con sus días sin sol y sus noches diluviales; pasó un diciembreb sin aguinaldos, sin pesebres, con una nochebuena desolada, henchida de presentimientos; vino un año nuevo sin promesas, y la guerra en su auge: todos los días un triunfo… pero no se acababa de triunfar.
En el alma de Quiterita soplaban ya hálitos de sospecha. Las Valderramas, cada vez más encenegadas en su fétido sapismo, echaron segunda edición del trisagio, aumentado con el escándalo de la comida rechazada. El padre Abad prohibió la obra y cualesquiera otras que escribiesen las Valderramas, bajo la pena severísima de levantar del confesonario a quien las leyese, propagase o comentase. Las autoras, al verse incluidas en el índice, se creyeron unas Jorge Sanes. El cojo Pino, temeroso —según dijo— de que le negaran la absolución, saliosec al campo. La sobrina de Efrencito escribía muy alarmada con la situación del padre Vera: de la hidropesía parecía mejorar; pero estaba “elemento, elemento”.284 Su administrador mostrosed inconsolable con la nueva.
Entretanto, ¿qué era de la Milagros y sus protegidos? Ni para contado. Con el rechazo del obsequio aquel habíanse puesto en evidencia la soberbia satánica del Lutero y su atroz odio a los servidores de la Iglesia; la leyenda de Patiburrú renovosee más tétrica y espantable; y ya Milagros no tuvo el coleto285 de mendigar de casa en casa. No sabía, no se explicaba cómo los tres Casafuses viejos estaban vivos; pues lo que era Maletica hallábase en sus glorias: Quiterita, conmovida en lo más profundo y delicado de su caridad, con el escándalo del idiota, túvolo desde entonces a su mesa, y varias veces le realizó el sueño de la gallina entera. —¡Qué matrona! —decía don Efrén—.
Milagros en su misma compasión a los Casafuses, en fuerza de las mismas apuradas circunstancias, creía perdida su imparcialidad para apreciar los acontecimientos, y hasta se le suponía en ocasiones hallarse ella misma contaminada, no de liberalismo herético, sino de algo peor: de un espíritu de protesta y rebeldía, que le hacía dudar de virtudes excelsas por todos proclamadas, que la obligaba a regatear méritos que nadie discutía y a no admitir, en su fuero interno, “el estilo nuevo para ser buen cristiano, que se estaba usando”. No era ilustrada, bien lo sabía ella; pero sí inteligente. ¿Cómo negárselo a sí misma, cómo desconocerlo? Trató de estudiarse en sus nuevos sentimientos, y no encontrando nada que le oliese a envidia, ocurriósele que podría ser soberbia, soberbia de la mala, de esa que le achacaban al padre Casafús. Siempre se había sentido libre de conciencia, y lo era en efecto; mas a Noviembre b Diciembre c salióse d mostróse e renovóse
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla en esta vez tuvo por conveniente irse ante el padre Abad en son de consulta, y fue tal la indignación del sacerdote que casi la trata como a lectora del trisagio. Del confesonario fuese derecho al suspenso, a suplicarle por la vez última, se explicara por medio de la hoja. ¡Y cuál se puso él!
—¡Retírate, mujer estúpida e insensata!, —fue su ultimátum—. Vuelta a su casa, se dijo la Milagros: —Puesto que soy insensata obremos como tal. Intentaré al menos el último esfuerzo.
Y a la obra. Va al gatoa para el entierro; saca los zarcillones de lámpara y el rosario de filigrana, y los empeña en veintiséis pesos. Con el mayor sigilo alquila un caballejo y un chicuelo que le sirva de escudero; busca quien le acompañe a su padre, arregla una muda, les deja tres pesos a las Casafuses y, al amanecer del día siguiente, sin que nadie lo sospeche en el villorrio, emprende viaje. Treinta horas después se apropincua286 a Medellín. En las afueras de la ciudad, casa de unos conocidos suyos, deja a buen recaudo caballería y espolique. A las ocho de la mañana golpea en la puerta de una vieja amiga, señora muy renombrada por sus virtudes. Pasadas las primeras efusiones, le dice: —Vengo a que me des posada por uno o dos días y a que me ayudes en una obra de caridad. A las doce hallábanse las dos ante monseñor, el obispo de la diócesis. Su ilustrísima, que era director espiritual de la señora medellinense y que de tiempo atrás, cuando aúnb era cura de pueblo, conocía a la Milagros y le reía las salidas y jovialidades, las recibió con cuanta llaneza cabe entre damas piadosas y preladoc antioqueño. Sin ambages, con la seguridad de quien pide en justicia y por deber, expúsole Milagros su demanda, pintando la miseria y la humillación de las Casafuses. Prestoled el prelado benévola atención, y dijo al cabo: —Te alabamos tus intenciones; pero no podemos, por ahora, concederte lo que nos pides. Muy dolorosae nos ha sido la suspensión de Casafús; pero estábamos en el deber de decretarla. La miseria de él y su familia son consecuencias de la falta. Esto puede remediarse: la suspensión si no podemos levantarla, mientras él no haga un acto público de desagravio y abjure de sus errores. —Y si él no cree, su señoría,f haber sostenido errores —se atreve a replicar doña Milagros— ¿sí estará, en conciencia, obligado a retractarse? —Casafús no puede creerlo así —dice el prelado con aire severo de autoridad— porque es un sacerdote demasiado ilustrado para ignorar las ideas que condena la Iglesia. Esto es su mayor agravante. No podemos levantarle la suspensión. La fe es un tesoro que estamos obligados a custodiar, hoy más que nunca; y, como pastores, no podemos permitir que nadie, ni mucho menos un sacerdote, nos menoscabe ese tesoro.
—Así es, su señoría —repone la abogada, asustando a su compañera—. Pero la caridad también es un tesoro, y se está menoscabando: hay gente con hambre y nadie quiere socorrerla porque creen hacer mal.
a A, B: gato / C, D, E, F: gasto b aun c Prelado d Prestóle e doloroso f Su Señoría [“Para aquellas fórmulas honoríficas correspondientes a las más altas dignidades en el tratamiento protocolario [...] , la mayúscula inicial es admisible —aunque no obligada—” (ole, 2010, p. 470).
En este sentido, se dispondrá en minúscula en el determinante posesivo átono su].
Luterito (El padre Casafús) —No dejas de tener razón —dice su ilustrísima, sonreído con la réplica—. Pero este menoscabo puede resarcirse, sin faltar a ley alguna. Haremos por que se socorra a esa familia. Te lo prometo.
Y, como quien da por terminada la consulta e insinúa la despedida del consultante, dirígese a la otra señora, con cualquier pregunta de fórmula. Ellas se levantan, y la Milagros, con chancera prosopopeya, mucho visaje e inflamiento de narices, exclama:
—Sí, despidámosnos: su señoría, cual otro Coriolano,287 no se deja seducir por las matronas romanas.
Riosea el prelado muy sinceramente y, con gorja288 patriarcal, le dice a la dama medellinense:
—¡Esta!... esb tan sumamente bachillera que, si me descuido, es capaz de citarme toda la historia. Si no fuera que le conozco todas sus marrullas.289 Siempre ha sido malvada y metida en todo. Y no se compone. ¡Mala gente, mi señora! —Aquí, despedida, besada de anillo y reiteramiento de la promesa— Al otro día, después de misa de ocho, Milagros, sola, en palacio.c Sabe por el familiar, que su ilustrísima está en el despacho con el secretario. No consulta, no pide audiencia, no permite que la anuncien: se cuela de rondón. Hace el saludo de rúbrica al prelado, una reverencia al secretario, y dice:
—Soy como la Cananea290 y vuelvo a importunar a su señoría. —¡Ahora sí! —exclama monseñor—. ¡Se complicó la cosa! ¿Con qué otra demanda vendrá ahora la matrona romana?
Y, dirigiéndose al secretario, agrega, por vía de presentación: —Esta es la tal Milagros Lobo, la abogada de Casafús. Tiene más leyes que un concilio.
—Una inútil servidora —dice ella, saludando al sacerdote. Los tres toman asiento. Milagros comprende que el trabajo en que se ocupan no es perentorio y que su señoría se halla en disposición favorable. Tanto lo está, que, sabiendo de años atrás que Milagros, como buena hembra, no los confesaba, se le ocurre darle bromas por este lado, y le dice al secretario: —¡Aquí donde la ven, fue confirmada, ya vieja, por el señor Garnica!291 ¡Pero nadie ha podido sacarle los años! Se va a ir a la tumba con el secreto. A ver: confiésalos siquiera una vez. ¿Cuántos tienes?
—No, su señoría —contesta ella, haciéndose la azorada—. Esa pregunta no se le hace a una mujer que acaba de comulgar. —Prelado y secretario celebráronle la respuesta, y Milagros dice luego— —Su señoría quiere atajarme, para que no pida; pero vengo resuelta a pedir. Hace un momento, al recibir a Dios, le he pedido que hable a mi alma, y… creo que ha hablado. Me ha dicho que vuelva donde su señoría; que le hable con franqueza; que se lo cuente todo; que le implore justicia para un sacerdote inocente. ¿Por quéd a Rióse b Es c Palacio d ¿Porqué
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla no ha de pedir por un ministroa de Jesucristo una pobre vieja? Le suplico a su señoría me oiga un instante.
—Hablab —dice su ilustrísima, con aire de indulgencia.
—¿Me cree su señoría capaz de mentirle? ¿Me cree capaz de juzgar la conducta del padre Casafús y la del padre Vera?
—Te creo incapaz de mentir; pero puedes engañarte.
—Soy mujer, su señoría, y las mujeres solemos engañarnos nosotras mismas: creemos muchas veces, no lo que son las cosas realmente, sino lo que queremos que sean. Sin embargo, en esta vez me tengo confianza: en mi conciencia, el padre Casafús es inocente. ¡Podría jurarlo aquí y en el tribunalc de Dios! Se le acusa de ideas anticatólicas, y me consta que no las tiene; se dice que en un sermón se declaró contra la Iglesia: yo oí ese sermón, yo lo oí con mucha atención… y no deduje eso. Por muy torpe y simple que sea, algo debí comprender en este sentido. Tal vez los textos de aquel sermón pudieran alarmar a algunas personas, en las circunstancias actuales; pero en el desarrollo nada oí, nada entendí que me pareciera contrario a la fe y a la religión. —Pero, señora, ¿cómo se explica entonces la acusación del padre Vera y las declaraciones de testigos, que confirman el hecho?
—Ilustrísimo señor:d no acuso ni hago inculpaciones a nadie. Que me perdone Dios si lanzo juicios temerarios; pero creo firmemente que el padre Vera ha sido engañado; engañado por su mismo celo y por la influencia de cierto círculo. —Pero ¿y los testigos?
—¿Los testigos, su señoría?... Primero los convencieron de la herejía del sermón, y luego los llamaron a declarar sobre ella.
—¡Ah caramba! —exclama su ilustrísima, con aire severo de incredulidad—. ¡Eso sí es grave!
—Tan grave, que yo me resuelvo a manifestarlo a su señoría. Hoy se lo he expuesto todo al sacerdote que me confesó, y me ha facultado para que se lo expresara así a su señoría, si me atrevía.
—Pero ¿no estaba presente Vera cuando el sermón de Casafús? —pregunta el prelado con extrañeza.
—Presente estaba, ilustrísimo señor. Pero, yo le diré a su señoría: el padre Vera, por lo mismo que es muy bondadoso y sencillo de corazón, por lo mismo que es muy humilde, no se cree capaz de juzgar nada por su propio juicio, sino por el juicio de sus amigos. Los cree muy sensatos, y lo que ellos le digan eso es: no lo pone en duda. Este es su criterio. Estas influencias e intrigas políticas de los pueblos, no podemos sentirlas a fondo sino los mismos puebleños que las hemos sentido. No extraño que su señoría no crea tan poderosos los amigos del padre Vera. —¿Pero no oyó Vera el sermón?
—Creo que no. Él estaba en el presbiterio, y desde allí no se oye bien, lo sé por propia experiencia, lo que se dice desde el púlpito, y, como el padre acababa a Ministro b Hábla c Tribunal d Señor
Luterito (El padre Casafús) de pasar una enfermedad, estaba un poco sordo, sumamente preocupado y como deshilado de ideas. Además, el sermón del padre Casafús fue muy alegórico y en un estilo allá parecido al Apocalipsis; y el padre Vera, así lo ha dicho siempre, no dizque le entiende los enredos al padre Casafús.
Medió corto silencio, miró el prelado el cielo raso del despacho, y luego dijo: —Pero ¿Casafús por qué no se explicó, por qué no se defendió ante Nos? —No quiso, su señoría. Cansada estoy de suplicárselo. Tal vez quiere imitar a Jesucristo que no se defendió de ningún cargo. Levántele la suspensión, ilustrísimo señor. Levántesela.
—No podemos, por ahora. Esto es cosa muy seria. Averiguaremos mejor el asunto y entonces se verá. La época es de prueba, y cualquier falta contra la fe, por insignificante que parezca, puede tener ahora funestos resultados. Acaso Casafús no sea un apoyo a la impiedad; acaso no haya predicado nada condenable; pero se ha mostrado indiferente a los intereses de la Iglesia, y esto ha bastado para alarmar y escandalizar a un pueblo tan católico como Piedragorda.
—Cuando su señoría así lo juzga, así es. Pero medite de nuevo el punto. Se lo suplico en nombre de dos almas inocentes, de dos ancianas con hambre, que se creen envueltas en una reprobación. Tal vez ese escándalo de que habla su señoría pueda ser escándalo farisaico; tal vez cese con la clemencia del Pastor. —Tus súplicas son muy laudables y muy puras tus intenciones; pero no insistas.a Y, dado caso de que le levantáramos la suspensión a Casafús, en nada mejoraría su situación pecuniaria, porque, como se ha hecho sospechoso en el pueblo, ni Abad le pagará porque le ayude ni los fieles le mandarán a decir sus misas. —Es que mi petición tenía cola, ilustrísimo señor —dijo la cananea piedragordeña— sé que el cura de Mercedes le ha pedido coadjutor, y yo venía a pedirle, no solo que levantara la suspensión, sino también que lo nombrara excusador del padre Malta.
—¡Milagros, por Dios! —exclama el prelado antioqueño, como quien apela al último recurso—. Póngase usted en mi lugar por un momento; sea en esta vez el obispo de la diócesis.
—Acepto el nombramiento, su señoría. —Y el diastre292 de la vieja se pone en pie y con el aplomo del mundo, relata— —Nos, Milagros Lobo, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, obispo de Medellín, levantamos la suspensión al presbíterob Pedro Nolasco Casafús, y lo nombramos cura excusador de la parroquiac de Mercedes. Dado en nuestro Palacio Episcopald y refrendado con nuestro sello, a 26 de marzo de 1877.(*)1—Y se sentó—. —Te faltó la firma y ¡no vale! —dijo su señoría, riéndole muy bondadoso la originalidad, mientras el secretario fluctuaba entre si celebro o repruebo. (*) Histórico (N. del A.)
a insístas b Presbítero c Parroquia d palacio episcopal
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Nunca nos metimos en psiquiquerías de obispo, que confundido ha de ser quien analice la majestad. Cónstanos sí, y de consignarlo hemos, que el prelado diocesano, o porque entreviera las redes en que envolvieron a Casafús, o porque le cautivara el ingenioso atrevimiento de un buen corazón o porque le dio su episcopal gana, tuvo por válido y efectivo cuanto decretara la prelada. Allí mismo ordenó al secretario extendiera los documentos del caso. Hizo más: le dio a la Milagros sesenta pesos, para que la familia Casafús se trasladase a Mercedes. La afortunada mensajera parte de Medellín el mismo día. Al siguiente, el alma embellecida por la dicha, aligerado el corazón, trasmonta, caballera en su jamelgo, el Alto de la Niebla.a Despídese el sol con pompa regia de púrpura y brocados; como envueltos en tules se difuman los confines; reina la calma augusta de la tarde; abajo, entre el rastrojo de los setos, se divisa el pueblecillo. Se detiene un instante a contemplarlo. ¡Cuán hermoso! Recostado en su colina, con sus casitas congregadas alrededor de su iglesia que destaca en azulada lejanía el blanco campanario, se le figura Jesús entre los niños. Siente la paz, la paz de los corazones limpios e inocentes: allá abajo se le espera la alegría más honda, más pura de su vida. Y principia a rezar. De pronto llégale adentro, a lo íntimo, una vibración extraña. Extraña no: demasiado la conoce. Es que doblan, que doblan muy triste, más que siempre. Al volver de un recodo encuéntrase un campesino. No ha menester interrogarle. —¡Qué pesar traigo, doña Milagritos! —dícele el montañés—. Si acaba de morir el padrecito Casafús. Cayó anoche no más con el mal de la muerte. Quiz que fue que trasantier llegaron al sitio unos confinaos de las Malfias; y’uno d’ellos, qu’es muy rico, le mandó mucha plata al padrecito, y fue y las hermanas pusieron muchos potajes enteramente, y el padrecito… —¡No me diga más! —exclama ella, mirando el cielo al través de sus lágrimas—. ¡Murió de hartura! Se le veía.
a Alto de la Niebla
Luterito (El padre Casafús)
1
Luterito (El padre Casafús): publicado por primera vez en La Miscelánea (Órgano del Liceo Antioqueño). Año 5, Vol. 5. N.° 3-4. Abril de 1899.
2
atrabilis: (Del lat. atra, negra, y bilis, cólera). Uno de los cuatro humores principales del organismo, según las antiguas doctrinas de Hipócrates y Galeno (dle, 2018).
3
sacarlo de quicio: exasperarlo, hacerle perder el tino (dle, 2018).
4
Bossuet: Jacques Bénigne Bossuet (1627-1704). Fue un clérigo e intelectual francés, discípulo de los jesuitas, que defendió en sus predicaciones y escritos la teoría del origen divino de la autoridad, asunto que ratificó en la Asamblea del Clero Francés en
1682 para sustentar la noción del predominio del rey sobre la
Iglesia. Entre sus obras principales se encuentran Discurso sobre la Historia Universal (1681) y Defensa de la declaración de la Asamblea del Clero de Francia de 1682, cerca de la potestad eclesiástica (1771) (N. de la E.).
5
ajonjeo: acción de ajonjear. Colombianismo que significa mimar, acariciar (gdle, 2016).
6
logreros: personas que procuran lucrarse por cualquier medio (dle, 2018).
7
le cantaba la tabla: connota el hecho de hablar con franqueza, decirle la verdad a otro por más incómoda que sea (N. de la E.).
8
se la espetaba: viene del verbo espetar, que significa decir a alguien de palabra o por escrito algo, causándole sorpresa o molestia (dle, 2018).
9
al más pintado: el de más valer, el más hábil, prudente o experimentado (dle, 2018).
10 lambón: coloquialismo usado en Colombia para calificar a una
persona que es aduladora y acusadora (dle, 2018). 11 tirabeque: amigo servil o demasiado obsequioso (lpt, 1983).
12 rezar el trisagio: oración de alabanza y adoración que se hace en
honor a la Santísima Trinidad; fue establecida para todo Occidente en el año 1134 por el papa Juan XII. Se celebra el domingo después de Pentecostés. Debe rezarse durante tres días, empezando en el viernes antes de esta fiesta para acabar en el domingo (N. de la E.).
13 quemar ramo bendito: ritual que consiste en quemar los ramos
de las palmas utilizados durante la procesión del Domingo de Ramos, a fin de proteger los hogares durante las tempestades (N. de la E.).
14 clérigo suelto: se refiere a los sacerdotes católicos que no habían sido
nombrados en ninguna parroquia específica, de modo que servían como auxiliares de otros sacerdotes párrocos y dependían económicamente de estos y de las limosnas de los creyentes (N. de la E.).
15 achacosas: que sufren con frecuencia pequeños achaques o moles-
tias a causa de una enfermedad o de la edad avanzada (dle, 2018). 16 orate: persona de poco juicio, moderación y prudencia (dle, 2018).
17 penates: se refiere a los enseres del hogar. El término proviene de
la mitología romana, dado que remite a los dioses domésticos a los que rendían culto los antiguos romanos (dle, 2018).
18 pedigüeña: se refiere a la persona que pide con frecuencia e im-
portunidad (dle, 2018).
19 calaverada: coloquialismo que indica la acción propia de hombre
de poco juicio o libertino (dle, 2018).
20 de mucho fuste: expresión que connota una persona con tem-
planza y carácter (N. de la E.).
21 labia: coloquialismo que indica verbosidad persuasiva y gracia en
el hablar (dle, 2018).
22 la ponían siempre en solfa: la presentaban bajo un aspecto ridí-
culo (dle, 2018).
23 motejándola de curera: poniéndole como apodo “curera” para
indicar que frecuentaba mucho a los sacerdotes y/o gozaba de preferencias por parte suya (N. de la E.).
24 bachillerona: el término bachiller alude a un grado básico de
preparación académica; el uso del sufijo aumentativo tiene un carácter despectivo en este caso (N. de la E.). 25 chismorreo: contarse chismes mutuamente (dle, 2018).
26 Mengano y Zutano: voces que aluden a alguien cuyo nombre se
ignora o no se quiere expresar; también a una persona indeterminada o imaginaria (dle, 2018).
27 se les metía por el ojo de una aguja con amables chanzonetas y con
las donosuras y sales de su cosecha: hace referencia a que, sin importar la dificultad, ella utilizaba bromas y palabras amables con el fin de suavizar sus relaciones con sus detractores (N. de la E.). 28 se quedaban tamañitos: quedaban desconcertados o atónitos (N. de la E.).
29 hablillas: rumor, cuento, mentira que corre en el vulgo (dle, 2018).
30 gollete: parte superior de la garganta, por donde se une a la ca-
beza (dle, 2018).
31 entró en colas: participar en algo (lpt, 1983).
32 arrechuchos: coloquialismo usado para nombrar a la indisposi-
ción pasajera y de poca gravedad o a un ataque de ira (dle, 2018). 33 descurado sacerdote: sacerdote sin curato o parroquia (N. de la E.).
34 chocheces: viene de chocho y se aplica a la persona que tiene
disminuida su capacidad mental a causa de la edad o a la persona que parece atontada a causa del cariño o la afición hacia algo (dle, 2018).
35 tartajoso: tartamudo (dle, 2018).
36 merijunjuña: gracia oculta (lpt, 1983).
37 avistrujo: persona de dudosa condición (lpt, 1983).
38 papanatas: coloquialismo para designar despectivamente a una
persona simple, inocente o muy crédula (dle, 2018).
39 kirie: aclamación de alabanza que se recitaba al inicio de la li-
turgia eucarística para confesar el señorío de Cristo. Kyrie es el vocativo de Kyrios, que quiere decir “Señor” (N. de la E.).
40 sanctus: alude al himno en honor de la Santísima Trinidad, co-
nocido también como el Trisagio, debido a que se canta tres veces “santo” con relación a cada una de las personas de la Trinidad. En La Biblia, la expresión aparece en Isaías 6, 3 y Apocalipsis 4, 8 (N. de la E.).
41 hecha un puro arroz por todo el pellejo: hace referencia a la piel
“arrozuda” o piel de gallina, expresión que indica la reacción de la piel ante el frío u otro tipo de estímulo externo (N. de la E.).
42 cuarenta horas: celebración litúrgica en la que se recuerda las
horas que Jesucristo estuvo en el sepulcro. El ritual incluye la adoración del Santísimo Sacramento de forma ininterrumpida durante dicho periodo (N. de la E.).
43 santo titular: hace referencia al santo patrono de un pueblo o una
comunidad que cree en su intercesión y a ella se acoge (N. de la E.).
44 Gayarre: Carrasquilla establece una comparación entre Maleta
y el tenor español Sebastián Julián Gayarre Garjón (1844-1890), en la misma manera en que compara al padre Casafús con el predicador Bossuet (N. de la E.).
45 guabina: corresponde a un aire musical popular de la montaña
(dle, 2018), específicamente en la Región Andina colombiana. “En el contexto de la configuración folclórica veleña, se denomina guabina el canto a capella de coplas con preludio e interludios de música instrumental de torbellino. Bajo esta denominación, en diferentes regiones colombianas se dan múltiples manifestaciones que responden a características disímiles […]. A través de múltiples referencias, especialmente de carácter literario, se puede establecer que la guabina tuvo ámbitos de manifestación en los que posteriormente desapareció, sobre todo en el departamento de Antioquia, donde hoy subsiste lo que se conoce como trova” (Serrano, 1995).
46 Cometa no hubo por los cielos que le anunciase: alude a la creen-
cia antigua de que el paso de un cometa era un fenómeno que pronosticaba catástrofes y cambios significativos (N. de la E.).
47 goterones de sangre no llovieron sobre la tierra: como un sím-
bolo del castigo o de la ira divina; puede remitir a la plaga de sangre, registrada en el libro bíblico de Éxodo, capítulo siete (N. de la E.).
48 ni a monja ni a santo alguno le fue revelado de un modo pe-
rentorio: en la hagiografía de la Iglesia católica se registran Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla muchas historias de revelaciones hechas por Jesús o la Virgen a las monjas y a los santos, en las que les anunciaban castigos inminentes, para que ellos transmitieran la revelación al pueblo, exhortándolos al arrepentimiento y a la práctica de ciertos actos piadosos. En el caso de Luterito estas tres expresiones resaltan que no se trató de un gran acontecimiento de carácter universal, sin embargo, tuvo grandes consecuencias en lo local (N. de la E.).
49 la paz del eunuco en el serrallo: el serrallo es la parte de la vi-
vienda musulmana donde habitan las mujeres que están bajo la dependencia de un jefe de familia. En Luterito esta expresión ironiza el lema del club político, indicando que una paz obtenida con la guerra equivale a la que puede experimentar un eunuco rodeado de mujeres (N. de la E.).
50 sapismo impío: hace alusión a los Liberales y a la maquinaria
empleada para controlar todo el aparato electoral y judicial, en aras de excluirlo del dominio de la Iglesia católica (N. de la E.).
51 abajo las escuelas sin Dios: alude a la reforma educativa de 1870
que “pretendía una renovación completa del aparato educativo, no solo en relación con quién lo administraba, sino también respecto a los modelos pedagógicos, los contenidos curriculares, la financiación y la formación de los maestros. Durante varios años el enfrentamiento entre la escuela laica y la católica por la custodia de la educación se dio en los púlpitos y en los medios impresos, pero no de la misma manera ni con igual intensidad en los diferentes Estados de la Unión. En el Estado de Antioquia, la Iglesia católica estaba muy unida en torno a los intereses comunes, fuera de eso, tenía una buena relación con el gobierno Conservador del Estado” (López, 2013, p. 46).
52 Nuestra Señora de las Victorias: advocación de la Virgen en conme-
moración de grandes victorias asociadas, algunas de ellas, con apariciones marianas. En España, la Virgen de la Victoria es relacionada con la conquista de Granada pues, según la tradición, se apareció al rey Fernando el Católico para anunciarle la caída de Granada. El 8 de septiembre se celebra su fiesta patronal (N. de la E.).
53 santa Elena: Flavia Lulia Helena (250-329). Emperatriz y santa
romana, madre del emperador Constantino I (272-337) a quien persuadió para que se convirtiera al cristianismo, lo que significó el cese de las persecuciones contra los cristianos en el Imperio Romano. Su fiesta se celebra el 18 de agosto (N. de la E.). 54 allende: de la parte de allá de (dle, 2018).
55 Chinchiná: municipio en el departamento de Caldas. Dista de
Manizales la capital departamental 17 km por vía terrestre. El área municipal es de 114 km². Fue fundada el 2 de abril de 1857 por Candelario Rodríguez, Gregorio Restrepo y otros colonos. Llevó inicialmente el nombre de San Francisco, cambiado por la Asamblea Departamental de Caldas mediante Ordenanza 21 de 1930 a su nombre actual y elevado a la categoría de distrito municipal mediante Ordenanza 11 de 1880 (igac, 2020).
56 veintitrés años ha: esta mención del narrador ubica al lector en
la fecha histórica de la guerra de 1876, debido a que la obra fue publicada en 1899 (N. de la E.).
57 el cordonazo de San Francisco: creencia popular según la cual
san Francisco de Asís se quita el cordón de su hábito, lo llena de truenos y relámpagos para castigar a las personas que se han portado mal. Lo anterior sucede porque unos días antes o después de su fiesta, que se celebra el 4 de octubre, se dan ciertos fenómenos meteorológicos con presencia de lluvias fuertes, relámpagos y tormentas eléctricas (N. de la E.).
58 Bentham: Jeremy Bentham (1748-1832). Pensador y abogado
inglés, considerado como el padre del utilitarismo debido a las ideas que expone en Introducción a los principios de moral y legislación (1789), en la cual critica el sistema legal y judicial. En “Aproximaciones al primer debate sobre Bentham en Colombia” (2011), Juan David Piñeres analiza las implicaciones de las ideas de dicho autor en la cultura colombiana (N. de la E.).
59 Tracy: Antoine-Louis-Claude Destutt, marqués de Tracy (1754-
1836). Aristócrata, político y filósofo francés del periodo de la Ilustración. En su obra Eléments D’Idéologie, publicada en cuatro volúmenes entre 1801 y 1815, presenta la ideología como la ciencia de las ideas, según la cual, son fenómenos naturales susceptibles de ser estudiados (N. de la E.).
60 Ezequiel Rojas: José Ezequiel Rojas Ramírez (1803-1873). Abo-
gado, docente y político colombiano fundador del Partido Liberal. Apoyó la candidatura de José Hilario López (1798-1869) quien lo nombró Ministro de Hacienda al ser elegido presidente (N. de la E.).
61 Rojas Garrido: José María Rojas Garrido (1824-1883). Abogado
y senador colombiano. Ocupó la presidencia entre abril y mayo de 1866 ante el exilio del general Tomás Cipriano de Mosquera (N. de la E.).
62 El Diario de Cundinamarca: medio impreso que circuló entre el
1 de julio de 1879 y el 31 de diciembre de 1969. Su director y
redactores estaban afiliados al liberalismo radical, de modo que muchos de sus artículos estaban orientados a apoyar las ideas radicales y atacar las conservadoras (N. de la E.).
63 ese matrimonio civil y ese amor libre y la ley de tuición: estas
expresiones aluden a la interpretación popular que describe el narrador sobre las leyes promulgadas en la Constitución de 1863, en las que el Estado recuperaba poderes que habían estado subordinados a la Iglesia católica, tales como la educación, la celebración de matrimonio civil, entre otros. Con la ley de tuición de cultos se controlaba el patrimonio, se recaudaban impuestos y se subordinaba la Iglesia a la supervisión estatal (N. de la E.).
64 curita de misa y olla: expresión que hace referencia al sacerdote
poco instruido. Según el dle (2018) es el fraile destinado para asistir al coro y servicio del altar, que no sigue la carrera de cátedras o púlpito ni tiene los grados consiguientes a ella. 65 embeleco: empeño fútil o enfadoso (ahac, 1986).
66 Numa: Numa Pompilio (753 A.C-674 A.C). Segundo rey de
Roma desde el 716 A.C hasta su muerte. Fue un rey que procuró mantener los acuerdos de paz, promovió el culto a los dioses, organizó la religión romana no solo en el ámbito público, sino también en el privado por medio de las Sacra y los Pater familia (N. de la E.).
67 Egeria: según la mitología romana fue una ninfa del séquito de
venus que habitaba en el monte Porta Capena y protegía a las novias y a las embarazadas. Contrajo matrimonio con Numa y le enseñó conjuros, plegarias y las leyes religiosas (N. de la E.).
68 remontas: compostura del calzado cuando se le pone de nuevo
el pie o las suelas / Parche de paño o de cuero que se pone al pantalón de montar para evitar su desgaste en el roce con la silla (dle, 2018).
69 girándulas: rueda llena de cohetes que gira despidiéndolos (dle, 2018).
70 La Caridad: periódico de mediados del siglo xix, publicado en
la ciudad de Bogotá. La mayoría de sus números tiene diversos textos literarios: poesía, cuentos, novelas por entregas o reseñas. En él escribieron Gregorio Gutiérrez González, Rafael Pombo, José Joaquín Ortiz, entre otros (N. de la E.).
71 Augusto Nicolás: (1807-1888). Escritor católico francés que hizo
parte del movimiento intelectual que defendió la religión cristiana durante el Segundo Imperio francés (1852-1870). Entre sus obras se encuentran La divinidad de Jesucristo: nueva demostración sacada de los dos últimos ataques de la incredulidad y en especial de los dirigidos por Mr. Renan en su obra titulada “Vida de Jesús” (1865) y La revolución y el orden cristiano (1874) (N. de la E.).
72 Frayssinous: Denis-Antoine-Luc, conde de Frayssinous (1765-
1841). Sacerdote, orador y escritor francés cuyas conferencias en la iglesia de Saint Sulpice le significaron reconocimiento popular. Ocupó el cargo de Ministro de Instrucción Pública y Asuntos Eclesiásticos durante el reinado de Carlos X. Los diferentes sucesos políticos ocurridos en Francia entre 1809 y 1840 lo llevaron a retirarse en varias ocasiones de la vida pública. Al final de sus días fue el tutor del príncipe Henri, conde de Chambord (1820-1883). En 1825 publicó sus conferencias bajo el título Notas explicativas
Luterito (El padre Casafús) Défense du christianisme (1825) las cuales fueron ampliamente traducidas y editadas (N. de la E.).
73 Cartas de un sacerdote católico: corresponde a una serie de cartas
dirigidas al redactor del periódico Neogranadino, escritas por José Joaquín Ortiz (1814-1892) y publicadas en 1857 en Bogotá. Las cartas presentan diferentes cuestiones sobre la participación política de los sacerdotes en tiempos de guerra. La obra de Rafael Mesa Ortiz presenta una semblanza biográfica de este escritor, pedagogo y político colombiano (ci, 1916, pp. 1-29).
74 Las sirenas: es un discurso de José Joaquín Ortiz dirigido a la
juventud colombiana en contra de la moral sensualista de Bentham. Fue publicado en el periódico La Caridad de Bogotá en
1868 y, luego, circuló en formato de libro. En su presentación al
lector, el autor afirma: “Soy cristiano; este es el solo título de mi gloria y el único timbre de mi raza. Debo, como tal, combatir el error que se opone á las creencias de mi infancia y de mi corazon […] El Error que combato en este estudio es uno y es múltiple: su padre es el sensualismo […] Si este funesto error lograra asentarse definitivamente en los hogares domésticos; si consiguiera dictar exclusivamente sus lecciones en las escuelas y en los liceos como las dicta en las academias; si alcanzara á dominar de un modo absoluto en los consejos de los reyes y en las asambleas de los pueblos, sonaria la hora final de la civilizacion cristiana, y las sociedades modernas se desplomarian descompuestas en el cáos de la barbarie (sic) (pp. iii - iv).
75 Cauca: estado soberano de los Estados Unidos de Colombia
creado el 15 de junio de 1857, ubicado al occidente de la República, conformado por los territorios que hoy corresponden a los departamentos de Cauca, Chocó, Nariño y Valle del Cauca, así como algunas zonas de los departamentos de Caldas y Quindío (N. de la E.).
76 Supía: río que recorre de oeste a sur el municipio de Supía, depar-
tamento de Caldas. Nace a una altura aproximada de 2.100 metros sobre el nivel del mar y desemboca en el río Cauca (igac, 2020). 77 papelorios: periódico (lpt, 1983).
78 crasitud: grasa o tejido adiposo (dle, 2018).
79 paila mocha: en la mitología paisa, Lucifer se entretiene revol-
viendo una paila que expele olores nauseabundos, en que caen todos los condenados (N. de la E.).
80 catecismo: texto doctrinal que contiene los principales aspectos
religiosos y morales de una confesión cristiana. El de la Iglesia católica se basa en los diferentes Concilios, La Biblia, los textos litúrgicos y del magisterio de la Iglesia (N. de la E.). 81 viejo “Mascachochas”: Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878). Fue presidente de la República de Nueva Granada (1845-1849), de la Confederación Granadina (1861-1863), y de los Estados Unidos de Colombia en dos ocasiones: entre 1861 y 1864, posteriormente entre 1866 y 1867. En 1824 se enfrentó al Ejército Real Español en Barbacoas, Nariño, en donde recibió un tiro en la mandíbula inferior que le dejó una notoria cicatriz y dificultad para hablar, lo cual le valió el apodo de Mascachochas. Si bien, su primer periodo presidencial fue de la mano de los Conservadores, se distanció considerablemente de ellos debido a las leyes de apertura económica y de escisión con la Iglesia. Durante sus siguientes periodos presidenciales estuvo a favor del Partido Liberal, promulgó las leyes que redundaron en la expulsión de los jesuitas en 1861, la extinción de dominio a grandes territorios que le pertenecían a la Iglesia católica y a la constitución de escuelas laicas; todo lo cual fue determinante para las guerras civiles de
1860 y 1876, que corresponden al periodo histórico descrito en
Luterito (Véase Tomás Cipriano de Mosquera, Arboleda, 1978).
82 Telémaco: en 1826, Agustín García de Arrieta (1768-1834) publi-
ca su obra El espíritu de Telémaco, o Máximas y reflexiones políticas y morales del célebre poema intitulado Las aventuras de Telémaco, en la cual presenta en orden alfabético una serie de máximas literales sobre diferentes temas del texto Las aventuras de Telémaco (1699), escrito por el poeta y teólogo católico François Fénelon (1651-1715), quien criticó abiertamente a Luis XIV (1638-1715) por su régimen absolutista y crueldad. En Luterito, el narrador utiliza esta referencia para connotar que el conocimiento que poseía doña Quiteria Rebolledo de Quintana se reducía a mera repetición de frases ajenas sin que mediara ninguna comprensión o análisis de su parte (N. de la E.).
83 El Evangelio en triunfo: El Evangelio en triunpho Ó Historia de un phi-
losopho desengañado. Obra escrita por Pablo de Olavide y Jáuregui (1725-1803), publicada en 1797 en Valencia, España. Presenta las cartas y reflexiones entre un filósofo y un religioso, en las que discuten sobre la razón, la religión, la moral y la fe. Tuvo amplia acogida entre los lectores católicos, por considerarla la prueba del triunfo de la fe sobre la razón (N. de la E.).
84 Año cristiano: obra publicada en 1864 por el padre Jean Croisset
(sacerdote jesuita), compuesta por doce tomos correspondientes a los meses del año. Cada día se presenta la biografía del santo respectivo según el Martirologio, se incluyen las lecturas y oraciones de la misa, así como unas reflexiones finales en relación con las enseñanzas de la vida y obra del santo en cuestión y los pasajes de La Biblia (N. de la E.).
85 guerra de Mosquera: se refiere a la confrontación ocurrida en-
tre 1860 y 1862, debido a la declaración de secesión del Estado Soberano del Cauca, a la que se sumaron luego los estados de Santander y Tolima. Esta situación derivó en un enfrentamiento directo con la Confederación (N. de la E.).
86 chopos: fusiles (dle, 2018).
87 gaga: tartamuda (dle, 2018).
88 chafarote: sable, espada, machete (N. de la E.). 89 Marucha Martínez: Ana María Martínez de Nisser (1812-1872). Escritora y heroína antioqueña que luchó junto a su esposo Pedro Nisser —ingeniero sueco— en la Guerra de los supremos que se dio entre 1839 y 1842. Debido a que su esposo fue desterrado a Rionegro, Antioquia, se enlistó junto a su padre y dos hermanos en el Ejército Constitucional para pelear en la Batalla de Salamina (1841). (Véase María Martínez de Nisser y la revolución de los Supremos, Tisnés, 1983).
90 Carolina: municipio en el departamento de Antioquia. Dista de
Medellín la capital departamental 111 km por vía terrestre. El territorio de Carolina estuvo poblado antes de la llegada de los conquistadores españoles por la etnia indígena de los Nutabe. En 1788 por comisión del gobernador de la provincia se fundó la población Carolina del Príncipe, nombre que se le dio en honor al príncipe Carlos, hijo de Carlos III de España, y heredero del trono de España. En 1801 fue creada la parroquia en el lugar y en 1814 Carolina se elevó a la categoría de municipio (igac, 2020). 91 gordana: unto de res (dle, 2018).
92 balcarrotas: patillas (dle, 2018).
93 sobijos: acción y efecto de sobar, de friccionar (lpt, 1983). 94 flux: conjunto de pantalón, chaleco y chaqueta (dle, 2018). 95 enantes: en desuso, antes (dle, 2018).
96 oliscado: dicho de una persona o de una cosa: ofrecer indicios de
determinada condición (dle, 2018).
97 augusto: que infunde o merece gran respeto y veneración por su
majestad y excelencia (dle, 2018).
98 “chocolate de canela”: bebida de chocolate preparada en leche, a
la cual se le agrega canela en astillas para darle más sabor y, después de batirla, se le agrega canela en polvo (N. de la E.).
99 almojábanas: torta pequeña tipo panecillo preparada a base de
maíz, queso y huevos; se utiliza generalmente para acompañar el chocolate o el café a la hora del desayuno (N. de la E.). Se puede consultar el detalle de los ingredientes y la preparación en el Gran libro de la cocina colombiana (Ordoñez, 2016, p. 430).
100 cocadas con ajonjolí: preparación dulce a base de coco y pane-
la, a la que se le añaden diferentes elementos como esencia de vainilla, ajonjolí, entre otros (N. de la E.). Se puede consultar el detalle de los ingredientes y la preparación en el Gran libro de la cocina colombiana (Ordoñez, 2016, p. 116).
Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
101 natillada: es una comida tradicional antioqueña a base de maíz
y leche. Es un plato que hace parte de las fiestas decembrinas, acompañada con buñuelos y otros amasijos. El narrador usa el aumentativo para indicar que fue una preparación colectiva que convocó a gran parte de la población (N. de la E.). Se puede consultar el detalle de los ingredientes y la preparación en el Gran libro de la cocina colombiana (Ordoñez, 2016, p. 191).
102 chicheras: mujeres que preparan la chicha, bebida a base de maíz
fermentado (N. de la E.).
103 puchas: medida de volumen empleada usualmente para granos hasta
mediados de 1960 en Colombia. La pucha consistía en un cajoncito cuadrado de madera de 15,3 cm de lado y 5 cm de hondo, medidos por dentro. El tamaño del grano hacía inexacta esta medida. En general, una pucha de maíz eran 750 gramos. Como volumen en líquidos una pucha equivalía a 25 onzas o 750 ml (alegsa, 2019).
104 comistrajo: mezcla extraña y de poco gusto o calidad de alimentos
(dle, 2018).
105 gallinas enjalmadas: es un plato de la tradición antioqueña en
que la gallina cocida se envuelve en una mezcla de pan, huevo, tocino, vino, entre otros ingredientes y se cocina al horno. La escritora Sofía Ospina de Navarro (1892-1974) relata en su libro La abuela cuenta (1964) que la receta se la enseñó don Tomás Carrasquilla; pese a esto, la escritora no incluye dicho plato en su obra culinaria La buena mesa (1982) (N. de la E.). 106 pétalos de caracucho: es una planta silvestre de América del Sur, de tallos tiernos, retorcidos y vidriosos, posee unas hojas redondeadas con largos peciolos, sus flores son de color violeta claro (N. de la E.).
107 bocado de la reina: postre preparado con pan, leche, azúcar, hue-
vos, canela y esencia de vainilla, que se sirve frío (N. de la E.). 108 sopa borracha: es un postre tipo torta que se prepara con leche, harina, azúcar, huevos, ron, jerez, moscatel, canela y pasas (N. de la E.). Se puede consultar el detalle de los ingredientes y la preparación en el Gran libro de la cocina colombiana (Ordoñez, 2016, p. 193).
109 manjar blanco: crema dulce que se prepara con leche, fécula de
maíz, canela y mantequilla (N. de la E.). Se puede consultar el detalle de los ingredientes y la preparación en el Gran libro de la cocina colombiana (Ordoñez, 2016, p. 306).
110 huevo hilado: también conocido como “pelo de bruja”, es una
preparación de origen portugués elaborada con azúcar y yemas de huevo, que se usa como guarnición o para decorar distintos platos (N. de la E.).
111 gollerías: delicadeza, cosa muy buena pero superflua (dle, 2018). 112 rojo: color representativo del Partido Liberal colombiano (N. de la E.).
113 azul: color representativo del Partido Conservador colombiano
(N. de la E.).
114 agallinazada: parecida a una gallina (N. de la E.).
115 busilis: punto en que se estriba la dificultad del asunto de que
se trata (dle, 2018).
116 Pío IX: (1792-1878). Papa de la Iglesia católica desde 1846. Procla-
mó en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción y, en el primer Concilio Vaticano (1869-70), el dogma de la infalibilidad papal. También promulgó la encíclica Quanta cura, con el anexo del “Sillabus”, referido a una serie de enseñanzas prohibidas relacionadas con las ideas liberales e iluministas. Como puede verse, el hecho de que el batallón de San Juan de Piedragorda llevara el nombre del papa Pío IX, da cuenta de la filiación con sus ideas y su discurso en contra de los postulados liberales y anticlericales (N. de la E.). 117 rematada la rojería: es decir, acabados los liberales (N. de la E.).
118 Parra: Aquileo Elías Parra Gómez (1825-1900). Militante del Par-
tido Liberal que fue presidente de la República entre 1876 y 1878. Combatió al lado de Tomás Cipriano de Mosquera y formó parte de la Convención de Rionegro que modificó la Constitución en
1863. Durante su mandato presidencial se enfocó en el desarro-
llo de las comunicaciones por medio del Ferrocarril del Norte y en la consolidación de la educación pública y laica; esto último desató la guerra de 1876, hecho histórico fundamental en Luterito. Tras el triunfo de los liberales, tomó represalias contra el Clero por su apoyo a los conservadores en la guerra, desterrando a los obispos de Medellín, Pasto, Popayán y Santa Fe de Antioquia, diócesis principales de los Estados que se rebelaron contra la educación laica (N. de la E.).
119 letanías del Santísimo Sacramento: las letanías son rogativas o
súplicas dirigidas a Dios en las que se invoca a la Trinidad con la mediación de la Virgen y los santos. En este caso se pronuncian durante la exposición y adoración del Santísimo Sacramento, objeto de culto que representa la presencia de Cristo en la Iglesia durante la eucaristía (N. de la E.).
120 guacherna: gente baja, mal educada y vulgar (lc, 1983). 121 orondas: tranquilas, presumidas (ahac, 1986).
122 oliscadas: del verbo oliscar: buscar, inquirir, procurar saber algo
(dle, 2018).
123 carangas: dícese a gente de humilde condición que se alza a ma-
yores (lc, 1983).
124 iglesieras: que asisten frecuentemente a la iglesia (N. de la E.). 125 Tantasguascas: ser hábil, audaz, experto (Sierra, 1990).
126 Colegio del Rosario: Colegio Mayor de Nuestra Señora del Ro-
sario, fundado en 1653 en Santa Fe, Nuevo Reino de Granada. Los primeros programas que se ofrecieron fueron Teología, Jurisprudencia, Medicina y Filosofía. Años después, los colegiados demandaron a la Orden Dominica y asumieron la dirección del claustro, que inicialmente había sido confiada a dos frailes. Durante el siglo xix, esta institución procuró mantener su autonomía y apoyó las ideas republicanas, razón por la cual fue rechazada por diferentes sectores de la Iglesia católica y el conservadurismo. En la actualidad se encuentra ubicado en la ciudad de Bogotá y se conoce como Universidad del Rosario (N. de la E.).
127 solapados: que oculta maliciosa y cautelosamente sus pensa-
mientos (dle, 2018).
128 fue mosquerista: partidaria de Mosquera (N. de la E.). 129 supuesta: presuntuosa (lpt, 1983).
130 mañas: trucos, estrategias (dle, 2018).
131 zorra: persona astuta y mañosa (dle, 2018).
132 mielejeja: si bien esta palabra no se encontró en los diversos
diccionarios consultados, es posible deducir a partir de la raíz “miel”, que el narrador la utiliza para aludir a la idea de que Milagros Lobo les endulzaba el oído a las hermanas del padre Casafús (N. de la E.).
133 chochas: viejas (ahac, 1986).
134 dobla la hoja: cambia de tema (N. de la E.).
135 padre Lutero: alude a Martín Lutero (1483-1546). Teólogo y sa-
cerdote agustino alemán. Publicó en 1517 sus 95 tesis, clavándolas en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg, con el fin de invitar a los fieles a la reflexión y al debate. Lo anterior, significó una investigación ordenada por el papa León X (1475- 1521). Ante la divulgación de las tesis de Lutero por Alemania y el resto de Europa, y después de varios intentos para lograr que se retractara, fue excomulgado en 1521, lo que desató una persecución en su contra. El príncipe Federico III de Sajonia (1463-1525) lo escondió en el castillo de Wartburg, donde Martín Lutero se dedicó a traducir La Biblia al alemán. Se casó en 1525 con la exmonja Catalina von Bora, con quien tuvo seis hijos (N. de la E.).
136 padre Calvino: Jean Calvino (1509-1564). Teólogo francés consi-
derado padre de la Reforma Protestante junto con Martín Lutero. Se dedicó a los estudios de la Biblia griega y en 1538 escribió sus primeros comentarios sobre los libros de La Biblia, los cuales se constituyeron en principios fundamentales para diferentes variantes del protestantismo (N. de la E.).
137 sorombático: lelo, pasmado, aturdido (dle, 2018). 138 berrinche: lloriqueo / iracundia (lpt, 1983, p. 57). 139 “El que no está conmigo está contra mí”: Mateo, 12: 30 (N. de la E.). Notas explicativas
Luterito (El padre Casafús)
140 pan pan, vino vino: refrán empleado para indicar que se debe
hablar con sinceridad, llanamente y sin rodeos. La forma más utilizada es “al pan, pan, y al vino, vino” (N. de la E.). 141 Piss: sonido que indica desprecio (ahac, 1986).
142 trecenario de San Francisco: oración que se realiza trece viernes
antes de las fiestas a San Francisco de Paula, cuya festividad se celebra entre el 1 y el 4 de mayo en su ciudad natal. La práctica del trecenario fue instituida por este santo en el año de 1490, consistía en el rezo de un padrenuestro y una meditación en la pasión y muerte de Jesucristo durante trece viernes consecutivos (N. de la E.).
143 forre: soportar las consecuencias de algo (lpt, 1983).
144 Averno: poét. infierno (lugar de castigo eterno). Mit. (lugar que
habitan los espíritus de los muertos) (dle, 2018).
145 Cocito: en el universo mitológico griego, es un río del Hades por
cuyas orillas vagaban los que no podían pagar a Caronte. Por su parte, Dante, en la Divina Comedia, en el apartado correspondiente al Infierno, lo describe como un lago congelado, ubicado en el noveno círculo, en el que los pecadores son atormentados de diversas formas (N. de la E.).
146 amoló: equivocarse, decepcionarse (lpt, 1983). 147 caloria: audaz, decidida (lpt, 1983).
148 macuenco: de proporciones exageradas, grande (lpt, 1983). 149 barajo: eufemismo para “carajo” (ahac, 1986).
150 balandrán de zaraza: vestidura talar ancha y con esclavina, que
usaban algunos eclesiásticos. Zaraza refiere a una tela de algodón estampada (dle, 2018).
151 churumbela: enredo. Capricho femenino / Contrariedad (lpt, 1983).
152 Buen Ricardo: alude a un almanaque publicado anualmente en los
Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo xix. Recogía dichos populares, refranes, poemas, santoral, rompecabezas, entre otros; algunos de los cuales eran parafraseados de diversos autores populares en el momento. Su autor utilizó varios pseudónimos, tales como: “Buen Ricardo” “Pobre Richard”, “Richard Saunders” o “Pobre Dick” (Fuentes, 2010).
153 sofistería: uso de raciocinios sofísticos (dle, 2018).
154 ordalía: prueba ritual usada en la Europa medieval y en ciertas
sociedades para averiguar la culpabilidad o inocencia de una persona acusada, y una de cuyas formas es el juicio de Dios (dle, 2018).
155 la diana: toque militar al comienzo de la jornada, para despertar
a la tropa (dle, 2018).
156 noche toledana: noche que se pasa sin poder conciliar el sueño
(dle, 2018).
157 del pipo: de una vez (lpt, 1983).
158 zaurí: zahorí. (lpt, 1983). Persona perspicaz y escudriñadora, que
descubre o adivina fácilmente lo que otras personas piensan o sienten (dle, 2018).
159 recovecos: artificio o rodeo simulado de que alguien se vale para
conseguir un fin (dle, 2018).
160 Dimas: nombre dado a uno de los ladrones crucificados junto a
Jesucristo. Si bien no se menciona su nombre en los evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), sí aparecen referencias suyas en los evangelios apócrifos de Nicodemo y Santiago. Conocido como el “Buen Ladrón” por haber creído que Jesús era el Mesías (N. de la E.).
161 de chiripa: suerte o casualidad favorable (dle, 2018). 162 cuñado: lleno de personas (N. de la E.).
163 san Alfonso de Ligorio: nació en Nápoles en el 27 de septiembre
de 1696 y murió el 31 de julio de 1787. Fue obispo, doctor de la Iglesia católica y fundador de la Congregación del Santísimo Redentor. Fue canonizado en 1839 por el papa Gregorio XVI. Escribió más de cien obras sobre diversos temas, principalmente de carácter teológico, entre las que destacan: Máximas eternas (1728), Reflexiones útiles a los obispos (1745), Teología Moral (1748) y Las Glorias de María (1750); esta última fue una de las de mayor difusión en Colombia (N. de la E.).
164 heresiarca: autor de una herejía (dle, 2018). 165 canónigo: irascible, indómito, cerril (dagpcl, 1887, p. 423). 166 ardiloso: astuto (dle, 2018).
167 cumbamba: barbilla, mentón (N. de la E.).
168 zancajo: pasos largos y fuertes (N. de la E.). 169 chacota: burla, ridiculización (dle, 2018). 170 hechas unas mugres: con una apariencia desaliñada y sucia (N. de la E.).
171 alpargatas: calzado de lona con suela de esparto o cáñamo, que se
asegura por simple ajuste o con cintas (dle, 2018).
172 pulpera: propietario o dependiente de una pulpería (Pulpería: tien-
da donde se venden diferentes géneros para el abasto) (dle, 2018).
173 Aurora la blonda, la radiante: referencia a la deidad de la mito-
logía romana que representa el amanecer. En la mitología griega es Eos (N. de la E.).
174 topó: del verbo topar. Hallar algo o a alguien casualmente / En-
contrar lo que se andaba buscando (dle, 2018).
175 sancochones: aumentativo de sancocho, plato típico de Antio-
quia. Es una sopa que lleva papa, yuca, plátano y mazorca, con una porción de carne. Presenta diferentes variaciones en cuanto a los ingredientes adicionales y a los acompañamientos. Sofía Ospina de Navarro la denomina también como “puchero antioqueño” en su obra La buena mesa (1982, p. 27) (N. de la E.).
176 ajiacos: plato típico del Altiplano cundiboyacense. Es una sopa
que lleva diversas clases de papa, mazorca, alcaparras y pollo (Ospina de Navarro, 2006, p. 29). Se puede consultar el detalle de los ingredientes y la preparación en La buena mesa (N. de la E.).
177 matalotaje: conjunto de muchas cosas diversas y mal ordenadas
(dle, 2018).
178 embelecado: embeleco: persona o cosa fútil, molesta o enfadosa
(dle, 2018).
179 vivanderas: persona que vende víveres a los militares en marcha
o en campaña, ya llevándolos a la mano, ya en tiendas o cantinas (dle, 2018).
180 coyabras: media calabaza para usos domésticos (lpt, 1983, p. 101).
181 bateas: artesa, generalmente redonda, que sirve para lavar y otros
usos (dle, 2018).
182 estanco: expendio oficial de licores. También se dice estanquillo
(lc, 1983, p. 312).
183 Matilde o Las Cruzadas: Matilde, ó, memorias de la historia de las
cruzadas es una novela histórica escrita por la autora francesa Sophie Ristaud Cottin en 1805 (N. de la E.).
184 fementidas: engañosas, falsas (dle, 2018).
185 zamarros: especie de zahones que se usan para montar a caballo
(dle, 2018).
186 la sortija del cabello: alude al mechón de cabello en forma de
sortija que normalmente iba en los relicarios como prenda de amor (N. de la E.).
187 en atisba: vigía, atalaya (ahac, 1986).
188 escarceos: prueba o tentativa antes de iniciar una acción deter-
minada / Divagación / Tanteo, incursión en algún quehacer que no es el acostumbrado (dle, 2018).
189 escopetas guagüeras: armas especiales para cazar (N. de la E.).
190 las águilas de Núñez: se usaba para designar a aquellas personas
que se encontraban al servicio y colaboración del presidente Rafael Núñez (periodo 1880-1888), líder de La Regeneración (N. de la E.).
191 Nuestra Señora de Atocha: advocación de la virgen María. La
imagen de la Virgen de Atocha apareció por primera vez en el siglo vii en un escrito de san Ildefonso, arzobispo de Toledo. Su celebración se realiza a finales de septiembre y principios de octubre (N. de la E.).
192 con sus morrales de talegón, morcilliforme: el talegón es un tipo
de tela rústica con el que se elaboran los morrales aquí referidos. El término “morcilliforme” alude a la forma de morcilla que poseen, es decir, de forma cilíndrica irregular (N. de la E.).
193 tarralí: planta trepadora silvestre de la familia de las cucurbitá-
ceas, cuyo fruto de forma alargada se emplea como recipiente (dle, 2018).
Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
194 la jaculatoria Domine labia mea aperies: oración perteneciente al
Rosario, que se traduce como “Abre señor mis labios”, a lo cual se responde “Y mi boca cantará tus alabanzas” (N. de la E.).
195 plantillas: emplastos que se preparan con diferentes hierbas y se
aplican en la planta de los pies, con fines curativos (N. de la E.).
196 friega de aguardiente: también conocido como la “friega de alco-
hol”, se usa para bajar la fiebre en el cuerpo o quitar la gripa, generalmente en los niños. Se frota el alcohol en los pies, las manos y la espalda antes de ir a dormir (N. de la E.).
197 tisana de cebada: también conocida como “agua de cebada”. Se
obtiene después de la cocción de la cebada en agua con azúcar. Es un remedio casero utilizado para curar la inflamación en la garganta, algunos problemas intestinales y la cistitis (N. de la E.). 198 pico fruncido: uso coloquial para “boca cerrada” (N. de la E.). 199 soperiando: del verbo soperiar: curiosear, chismear (ahac, 1986).
200 Tedéum: en la religión católica, es un canto que se emplea para
dar las gracias a Dios (N. de la E.).
201 injuria: enojo (ahac, 1986).
202 brelán de ases: en el juego de naipes, es tener tres cartas de as
(N. de la E.).
203 atados: conjunto de cosas atadas. Es decir, unir, juntar o sujetar
con ligaduras o nudos (dle, 2018).
204 ole: interjección popular usada para llamar (ahac, 1986). 205 aspavientos: gesticulaciones exageradas (ahac, 1986).
206 zambas: se refiere a las personas nacidas de negro e india, o de in-
dio y negra (dle, 2018). En este caso, la expresión es de carácter despectivo, ya que denota un insulto con tintes racistas (N. de la E.). 207 la rellena: receta antioqueña conocida también como “morcilla”. Es una preparación a base de sangre de cerdo, arroz, cilantro y otras verduras, las cuales se introducen en las tripas de cerdo, remojadas previamente en agua limpia. La rellena se usa para acompañar la bandeja paisa y las fritangas (Ospina de Navarro, 2006, p. 40). Se puede consultar el detalle de los ingredientes y la preparación en La buena mesa (N. de la E.).
208 Los Chancos: sitio ubicado en el departamento del Valle del
Cauca, cerca de Santiago de Cali, donde aconteció la primera batalla de la Guerra Civil de 1876, conocida como La Batalla de los Chancos, el 31 de agosto del mismo año. Fueron derrotados los ejércitos conservadores enviados por Antioquia y Tolima, liderados por el general Marcelino Vélez y Joaquín María Córdoba, respectivamente. Esta fue la primera derrota significativa para los conservadores (Ortiz Mesa, 2010).
209 prístino: antiguo, primero, primitivo, original (dle, 2018).
210 se sostuvieron en sus trece: mantener una opinión, un punto de
vista o una acción (N. de la E.).
211 ajonjeado: halagado, consentido (lpt, 1983)
212 el corazón ardiente de Agustín: remite a San Agustín de Hipona
(354-430), quien aparece frecuentemente en la iconografía con el corazón ardiendo de amor por Dios (N. de la E.). 213 Devocionario: libro de oraciones (N. de la E.).
214 canto a Teresa: poema escrito por el español José de Espronceda
(1808-1842). Trata sobre el amor lejano e inalcanzable y la mujer amada como mujer idealizada. Si bien, la temática amorosa del poema no puede asociarse con el contexto en que se menciona este poema en Luterito, es posible inferir que puede aludir a la extensión del poema (45 estrofas de 8 versos cada una). De esta manera, no es la única referencia que se hace en la novela a la extensión de las disertaciones, confesiones y oraciones de doña Quiteria (N. de la E.).
215 san Miguel Arcángel: uno de los siete arcángeles, al cual la Igle-
sia católica otorga el máximo lugar entre ellos. También se le conoce como “Príncipe de los espíritus celestiales” o “Jefe de la militancia celestial”. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, aparece como el defensor del pueblo de Dios contra el demonio. Su fiesta se celebra el 29 de septiembre (N. de la E.).
216 carantoña: halago y caricia que se hacen a alguien para conseguir
algo (dle, 2013).
217 las Mercedes: fiesta realizada el 24 de septiembre de cada año
en conmemoración de la Virgen de la Merced, también llamada “Generala de los Ejércitos Celestiales” (N. de la E.). 218 cátate: de “catar”, expresión en desuso que significa inquirir, informarse de algo (dle, 2018).
219 ríspidos: ásperos, violentos (dle, 2018).
220 “La paz os doy, la paz os dejo”: palabras expresadas por Jesús, referidas en el evangelio, según Juan 14: 27 (N. de la E.).
221 “Toda autoridad viene de Dios”: palabras de Pablo en la carta a
los Romanos 13: 1 (N. de la E.).
222 “Debemos obedecer la autoridad, aunque sea díscola o mala”:
palabras de Pablo en la carta a los Romanos 13:2. Esta cita está parafraseada y se relaciona también con la primera carta de Pedro 2:13 (N. de la E.).
223 Sanedrín: hace referencia a la asamblea o conjunto de sabios del
Antiguo Israel conformado por 23 jueces en las diferentes ciudades, y uno principal llamado el Gran Sanedrín, integrado por 71 ancianos reconocidos del pueblo de Israel. Fungía como tribunal judicial en el que se trataban temas de carácter político, religioso, civil y moral. En el Nuevo Testamento se muestra que Jesucristo y algunos apóstoles fueron juzgados injustamente por este colectivo. En Luterito, el narrador utiliza esta relación debido a que el padre Casafús va a ser juzgado sin argumentos suficientes, sin la posibilidad de defenderse, todo bajo la influencia y manipulación de doña Quiteria Rebolledo de Quintana (N. de la E.).
224 Cicerón: (74 a. C.-43 a. C). Escritor, orador y político de la República
Romana, miembro del Senado en el año 74 a.C. (N. de la E.).
225 Demóstenes: (384 a. C-322 a. C). Político y orador de la antigua
Grecia (N. de la E.).
226 ¡Si yo no le topo la comba a esta churumbela!: expresión rela-
cionada con el dicho “Buscarle la comba al palo”, que significa encontrar la conveniencia a las cosas o buscarles la parte positiva (Araujo, 1994).
227 embedoyo: atolondrarse, perder la calma, enfadarse (lpt, 1983). 228 tomaron soleta: expresión coloquial que indica andar a prisa, correr, huir (dle, 2018).
229 un alma de cántaro: la alusión al alma de cántaro puede usarse
para designar a una persona que por su inocencia pasa de tonta (N. de la E.).
230 lo habían vuelto taramba: variación lingüística de “volver a al-
guien tarumba”, que es una locución verbal coloquial que significa atolondrar o confundir a otra persona (dle, 2018). 231 andrómina: embuste, enredo (dle, 2018).
232 de pe a pa: locución adverbial coloquial que significa: entera-
mente, desde el principio al fin (dle, 2018).
233 las espeluznantes consejas de sacerdotes encerrados a pan y agua:
alude a las historias antiguas que eran de conocimiento popular sobre las supuestas atrocidades a las que eran sometidos los sacerdotes que se apartaban de las ideas de la Iglesia. Como se evidencia en Luterito, tales castigos estaban alimentados por el imaginario del pueblo, ya que la sanción que recibían solamente era la suspensión del cargo (N. de la E.).
234 Obispo Gómez Plata: Juan de la Cruz Gómez Plata (1793-1850). Se desempeñó como sacerdote y profesor, fue rector de la Universidad Central y fundó varios seminarios de teología, medicina, jurisprudencia, entre otros. Fue uno de los defensores más radicales de las ideas conservadoras y de las tradiciones católicas (Véase las referencias a este obispo en la obra de Luis Javier Ortiz Mesa: Obispos, clérigos y fieles en pie de guerra. Antioquia, 1870-1880 (2010, pp. 156, 170, 195, 199, 205-211, 302, 368 y 369).
235 Catedral de Antioquia: hace referencia a la Catedral Basílica de
la Inmaculada Concepción, ubicada en Santa Fe de Antioquia, municipio en el departamento de Antioquia, a una altura sobre el nivel del mar de 570 m. Dista de Medellín la capital departamental 73 km por vía terrestre. Fue fundada por el mariscal Jorge Robledo con el nombre de Antioquia en el valle de Ebéjico el 4 de diciembre de 1541. El 30 de octubre de 1584, el rey de España Notas explicativas
Luterito (El padre Casafús) Felipe II, por real cédula ordenó la separación de la Gobernación de Popayán, instituyó la villa de Santa Fe de Antioquia en capital de la provincia de Antioquia, título que conservó hasta el año 1826, año en que fue reemplazada por Medellín (igac, 2020).
236 Patiburrú: cerro del municipio de Maceo, municipio en el de-
partamento de Antioquia. El municipio fue fundado en el año de 1897 sobre una montaña selvática y rica en madera, con el nombre de San Juan de la Mata, pero en 1899, sus fundadores lo llamaron Maceo (igac, 2020). Cabe anotar que este cerro es fuente de diversas leyendas para los habitantes del municipio y sus alrededores, relacionadas con apariciones de espantos e historias de los presos de una antigua colonia penitenciaria que había en su cima (N. de la E.).
237 trinaba: rabiar, impacientarse o enojarse (dle, 2018). 238 reato: obligación que queda a la pena correspondiente al pecado, aun después de perdonado (dle, 2018).
239 laya: toda clase de (ahac, 1986).
240 Los gólgotas: nombre dado a una de las divisiones del Partido
Liberal a mediados del siglo xix. Se caracterizaban por un pensamiento de tinte romancista, por afinidad por el arte y la literatura (Véase el artículo “Gólgotas y Draconianos”, Colmenares, 1997) (N. de la E.).
241 Jehová: si bien en la actualidad el nombre usado para referirse
a Dios entre las comunidades católicas —Yahvé— y evangélicas — Jehová— es diferente, desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo xix, el nombre era Jehová. Esto se dio debido a que, en el hebreo, el nombre de Dios (que Él mismo indica a Moisés según el libro de Éxodo 3: 13-15) figura como YHVH. Al carecer de vocales, los distintos traductores del Antiguo Testamento usaron las vocales E, O, A, provenientes del término “Edonay” que significa “El Señor”, para facilitar su pronunciación. No obstante, los hebraístas modernos coinciden en que, puesto que “Yahvé” es una forma del verbo “havah” que significa ser o existir, el nombre de Dios que etimológicamente es más cercano al original debe ser “Yahvé” y no “Jehová”. Por lo anterior, es posible afirmar que el uso de este nombre de Dios en Luterito no está relacionado semánticamente con el protestantismo, como sí lo está el título de la novela (N. de la E.).
242 El enunciado contenido en el paréntesis se integra al párrafo an-
terior debido a su vínculo temático y a la función explicativa que cumple en este (N. del. E.).
243 meter baza: locución coloquial que significa intervenir en la
conversación de otros, especialmente sin tener autoridad para ello (dle, 2018).
244 fundillonas: dicho de una situación: que sobrepasa las capacida-
des físicas o intelectuales de alguien (N. de la E.). 245 como Cristo nos enseña: cita bíblica en Mateo 5: 37 (N. de la E.).
246 La Citologia: vulgarismo usado por el padre Vera para referirse a La
Citolegia, respecto de la cual Leticia Bernal Villegas (2008) anota que fue un método de lectura práctica, aprobado por la Iglesia, que se utilizaba en las escuelas primarias. Contenía aspectos gramaticales básicos, así como los principales temas del Catecismo del padre Astete (1537-1601), los deberes sociales y políticos del buen cristiano y algunas nociones de matemáticas. Se usó durante todo el siglo xix y la primera mitad del siglo xx (p. 298).
247 san se acabó: expresión coloquial usada para dar por terminado
un asunto (dle, 2018).
248 Kempis: Thomas Hermeken van Kempen (1380-1471). Fraile cató-
lico autor de La imitación de Cristo (1473), texto de devoción que se convirtió en el más leído y traducido del mundo, después de La Biblia. Esta obra presenta una serie de consejos breves para la meditación diaria, en los que Jesús es el modelo para imitar. Los consejos están agrupados en cuatro partes: “Consejos útiles para llevar una vida espiritual”, “Exhortaciones a vivir una vida interior”, “De la consolación interior” y “Del sacramento del altar” (N. de la E.).
249 enmendar la plana: dicho popular que significa corregir o arre-
glar algo (N. de la E.).
250 emperradas a moco tendido: expresión coloquial que significa
llorar abundante, ruidosa y prolongadamente (N. de la E.).
251 timorata: dicho de una persona: que se escandaliza con exage-
ración de cosas que no le parecen conformes a la moral convencional (dle, 2018).
252 chirrea: gasta, dilapida (ahac, 1986).
253 bolión: manotada para hacerse a algo brutalmente, rápidamente
(lpt, 1983).
254 Santa Ana: madre de la Virgen María, cuyo culto se introdujo en
la iglesia hacia el siglo x. Su fiesta se celebra el 26 de julio. Es considerada la patrona de las mujeres trabajadoras, de los mineros y de las mujeres en trabajo de parto (N. de la E.).
255 ribete: añadidura, aumento, acrecentamiento / En la conversa-
ción, adorno que se añade a algún caso, refiriéndolo con alguna circunstancia de reflexión o de gracia (dle, 2018). 256 ínterin: locución adverbial que significa “mientras tanto” (dle, 2018). 257 cachaca: persona bien educada (dle, 2018).
258 Repertorio Eclesiástico: periódico del episcopado de Antioquia. Circuló en Medellín entre 1873 y 1875 (N. de la E.).
259 camino de Damasco: alude a la historia presentada en el libro de
los Hechos de los Apóstoles, capítulo 9, en el que se narra la conversión de Saulo de Tarso, quien después de perseguir a los primeros cristianos y presenciar la muerte de Esteban, el primer mártir de la Iglesia se convirtió al cristianismo y llegó a ser el apóstol y misionero más importante de la iglesia primitiva (N. de la E.).
260 Jano: hace referencia al dios de la mitología romana que tenía
dos caras. Considerado el dios de las puertas, de los comienzos y los finales. Cabe anotar que no tiene equivalente en la mitología griega (N. de la E.).
261 Se une este fragmento al párrafo anterior para garantizar la uni-
dad textual y semántica del pasaje literario (N. de la E.).
262 patatús: expresión coloquial que significa desmayo o lipotimia
(dle, 2018).
263 salió hecha una Magdalena: esta expresión remite al evangelio se-
gún San Juan, en el que se presenta a María Magdalena, hermana de Lázaro y Martha, como una mujer cercana a Jesús, quien, en distintos versículos, se muestra llorando por diferentes razones. De ahí que “llorar como una Magdalena” se aplica para una persona que llora desconsoladamente y con frecuencia (N. de la E.).
264 Marinilla: municipio en el departamento de Antioquia. Dista
de Medellín la capital departamental 42 km por vía terrestre. El descubrimiento del valle de San José de la Marinilla por parte de lugartenientes de Jorge Robledo tuvo lugar hacia el año 1540. Se atribuye su fundación a este conquistador en el año 1690. En 1752 fue elevado a la categoría de parroquia y en 1787 se nombró en villa por Real Cédula del Rey Carlos III (igac, 2020).
265 san Roque: Nació en Asunción, Paraguay en 1576 y murió el 15 de
noviembre de 1628. Se caracterizó por su amor y admiración a la Virgen María, a quien recurría siempre para convertir a no católicos en creyentes cristianos. Su fiesta se celebra el 16 de agosto. Es el patrono de los peregrinos, los enfermos y los cirujanos (N. de la E.).
266 Nuestra Señora de la Cueva: es la imagen de la virgen ubicada
en las profundidades de una gruta en Villa de la Altura, España, que años después se convirtió en lugar sagrado. Fue hallada en el siglo xvi y, según la tradición, se dice que fue tallada por el fray Bonifacio Ferrer (N. de la E.).
267 san Blas: médico y obispo de Sebaste, Armenia. Conocido por su
don de curación milagrosa tanto en personas como en animales. Fue torturado durante la persecución de los cristianos en el siglo iv. Su fiesta se celebra el 3 de febrero (N. de la E.). 268 sine qua non: locución latina que significa “sin la cual no” (dle, 2018).
269 candidez de la paloma, astucia de la serpiente: alude a las pala-
bras de Jesús referidas por Mateo 10: 16: “Los envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, sean astutos o sabios como Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla serpientes y sencillos o inocentes como palomas”. Esta expresión se utiliza para describir el carácter del padre Vera, quien como se ve en la novela, era manso, cándido e inocente, pero carecía de astucia, por lo cual fue manipulado e influenciado por don Efrén y Quiteria en repetidas ocasiones (N. de la E.).
270 capuchinos descalzos: orden religiosa perteneciente a la familia
Franciscana. Desde su fundación en 1528 con fray Mateo de Bascio, Rafael y Ludovico Fosombrone, su máxima fue adquirir unas condiciones de libertad para observar la regla y la forma de vida original, inspirada en las enseñanzas de San Francisco de Asís, en relación con la pobreza, la caridad y la fe (N. de la E.). 271 hebdomadaria: semanal (dle, 2018).
272 velar: acompañar en silencio a alguien que come, con deseos de
pedirle, pero sin atreverse (lpt, 1983).
273 Luzbel: uno de los nombres dados a Satanás. Significa “luz bella”
y hace alusión a la condición de este ángel antes de ser expulsado del Cielo (N. de la E.).
274 opíparo: dicho de un banquete, de una comida: copiosa y esplén-
dida (dle, 2018).
275 parvidades: uso coloquial para parvedades, referido a pequeñas
cantidades de alimentos (dle, 2018).
276 tabla: corte de carne vacuna (N. de la E.). 277 cuchufletas: dicho o palabras de zumba o chanza (dle, 2018). 278 roña: mezquindad, tacañería (dle, 2018).
279 mondongo: expresión coloquial que remite a los intestinos hu-
manos (dle, 2018).
280 Tanté: interjección que significa imagínese o supóngase (ahac, 1986).
281 calamaco: tela de lana delgada y angosta, que tiene un torcidillo
como jerga y se parece al droguete (dle, 2018).
282 acullá: a la parte opuesta de quien habla, en contraposición a
adverbios demostrativos de cercanía, como aquí o acá, y menos frecuentemente a los de lejanía, como allí o allá, de los que puede ser un intensivo (dle, 2018).
283 trebejos: utensilios, instrumentos (dle, 2018).
284 elemento: en este contexto, alude a que el padre Vera estaba muy
delgado (N. de la E.).
285 coleto: expresión en desuso usada en Colombia que significa
descaro (dle, 2018).
286 apropincua: acerca (dle, 2018).
287 Coriolano: Cayo Marcio Coriolano. General romano quien vivió
hacia el siglo v a. C, destacado por su valor en los tiempos de guerra contra los volscos. Fue desterrado de Roma por su despotismo, razón por la cual se levantó en armas contra ella. Su madre y esposa salieron a las puertas de la ciudad para rogarle que desistiera de su decisión. Según la historia y la tragedia homónima de Shakespeare (1564-1616), escuchó los ruegos de estas matronas y fue considerado un traidor por los volscos, lo cual ocasionó su destrucción al ser condenado a muerte. Como puede verse, según la mención de Milagros Lobo en Luterito, el personaje no se deja seducir por las matronas romanas, afirmación que constituye una ironía por parte del narrador (N. de la E.). 288 gorja: tono de euforia o buen humor (lpt, 1983). 289 marrullas: que significa astucia tramposa (dle , 2018).
290 la Cananea: esta mujer fue presentada por Jesús como ejemplo
de fe, perseverancia e insistencia (Mateo 15, 21-28) (N. de la E.).
291 Garnica: Mariano Garnica y Orjuela. (1770-1832). Fue el primer
obispo de la diócesis de Antioquia. Durante su ministerio creó varias parroquias, dictó las leyes para la Catedral y el Capítulo, e inauguró el Seminario (Véanse las referencias a este obispo en la obra de Luis Javier Ortiz Mesa: Obispos, clérigos y fieles en pie de guerra. Antioquia, 1870-1880 (2010, pp. 199 y 368). 292 diastre: persona astuta (lpt, 1983).
Notas explicativas
A: Salve, Regina (1903). Medellín: Imprenta Oficial.
B: Entrañas de niño. Novela (1914). Medellín: Carlos E. Rodríguez.
C: Novelas (1935). Bogotá: Minerva. D: Entrañas de niño. Salve, Regina (1946). Bogotá: Editorial ABC.
E: Revista Gloria (1949). Medellín: Fabricato. F: Obras completas (1952). Madrid: epesa. G: Cuentos de Tomás Carrasquilla: “Náufrago asombroso del siglo de oro” (1956). Medellín: Bedout.
H: Revista Universidad Pontificia Bolivariana (1957). Medellín.
I: Seis cuentos (1959). México: Ediciones de Andrea.
J: Salve, Regina (1961). Lima: Editora Popular Panamericana.
K: Cuentos (1964). Medellín: Bedout. L: Cuentos de Tomás Carrasquilla (1984). Medellín: Argos.
M: Cuentos (1991). Bogotá: El Áncora Editores. N: Cuentos (1997). Bogotá: Panamericana. Ñ: Cuentos (2008). Bogotá: Alfaguara. O: Obra escogida (2008). Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
P: Obra completa (2008). Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
Para el proceso de fijación de esta obra se tuvo en cuenta la primera edición (1903) como texto base y los siguientes testimonios como ediciones cotejadas para el establecimiento de variantes: Salve, Regina David Mejía Solanilla Editor crítico S
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Salve, Regina1 La gentilezza del morir comprende a Leopardib2 Esc en los Andes. El negro y atrevido contrafuerte, tajado en dos planos verticales, parece un libro abierto. En ambas páginas escribió Naturaleza, con signos de líquenes3 y jeroglíficos de cardos,4 una sentencia misteriosa. Cual si quisiese apuntarla en su sabiduría, puso allí por registro un torzal5 deslumbrante de plata y de armiño.6 Resplandece y se magnifica en su pureza; asoma apretado y se encarruja;7 se afloja en seguida como una madeja; se desmelena8 por último, lacio y deshecho, para perderse en la espesura. A medida que desciende por las negruras del basalto9 parece entristecerse. La Blancad llamaron ae esta caída de agua, La Blanca, al arroyuelo que, engrosado por diversos manantiales, corre y ondea a lo largo de un reducido valle. Arrullada por sus rumores, en un rincón ameno y declivado, medio escondida entre plataneras y guaduales, ajena a las agitaciones del mundo, duerme, años hace, Santa María de la Blanca.f10 Arropa sus vegas y laderas, sus pendientes y colinas el manto opulento de la feracidad; constelang las vacadas sus apacibles praderías; sus jardines, en perpetua florescencia,h semejan mantones de Manila.11 En aquel clima no se inflama el aire en el verano ni se congela en el invierno, como en los tiempos de Rioja12 y de Garcilaso;13 vive allí el blando céfiro,i14 con la mayor frescura. Y tal,j que la sangre circula con el ritmo de la salud, y los pulmones se ensanchan con ese oxígeno edénico. Colóranse como duraznos las mejillas de las chicas; las cejas y los cabellos parecen a toda hora como ungidos con brillantina;15 los ojos, rasgados y profundos, se abren al sol de la juventud, cual si quisieran beberse el infinito. ¡Pobres ojos!16 Los más bellos, los más soñadores y misteriosos eran los de Regina. Pardos, cuando la sorpresa la obligaba a divulgarlos en su espléndida realidad, parecían negros, normalmente, bajo la proyección pudibunda de esas pestañas largas y combadas. Hablaban tales cosas esos ojos, que en cuanto algún mozo se percibía de ello, corríanle por las vértebras fríos y calores. Bajos ante los extraños, alzábalos a solas siempre que pudiera contemplar el cielo y los horizontes de su pueblo, único mundo que conocía. Una mañana radiante de verano, con esa actitud del que mira a lo lejos, admiraba desde los corredores de su casa el salto de La Blanca. Jamás la había visto a A, G, K: La gentilezza del morir comprende. / B, C, D, E, I, J: [omisión] / F: Este escrito es sacado de unos papeles viejos y ajenos. Su publicación actual lo dedica, como poquedad de agradecido, a la noble dama doña María Jesús Álvarez de Villegas. Memoria: si fuiste el combustible de tu hermana la inteligencia y el terreno propicio para tu amigo el sentimiento, fuiste también el consuelo de los pequeños, de los vencidos y de los tristes. Ayúdame esta vez, memoria amable, que tengo que recordar futilezas y tiempos muy distantes.
¡Ea, pues, amiga! / H: (La Revista se complace en insertar aquí una de las mejores obras del Maestro Carrasquilla. Él mismo dijo alguna vez: “Nada de lo que escrito, fuera de «Salve Regina», me parece bueno". Su inveterada modestia juzgó equivocadamente el valor de su obra toda, pero para acatarla —y esto es también homenaje para su personalidad— seleccionamos como muestra de su prosa, el relato que él mismo calificó como predilecto). / L: La gentileza del morir comprende / M, P: La gentileza del morir comprende / Ñ, O: La gentileza del morir comprende.
b A, M, Ñ: Leopardi / G, K: Leopardi. / B, C, D, E, F, H, I, J: [omisión] / L: LEOPARDI / O: Leopardi 2 / P: Leopardi2 c A, B, C, D, E, F, G, H, J, K, L, M, N, Ñ, O, P: ES / I: ES d La Blanca e á f Santa María de la Blanca. g A, B, C, D, E, H, I, J: costelan / F, G, K, L, M, N, Ñ, O, P: constelan h A, B, F, I, J: florecencia, / C, D, E, G, H, K, L, M, N, Ñ, O, P: florescencia, i A, B, D, E, F, J, K, L, M, N, O: El Blando Céfiro, / C: el blanco céfiro, / G, H: El Blando Céfiro, El Blando Céfiro, / I: El Blando Céfiro / Ñ: «el blando Céfiro», / P: El Blando Céfiro,6 [Al no corresponder a un intertexto concreto, se fija en minúscula inicial, respetando el resalte tipográfico del autor]. j A: tál, / B, C, D, E, F, G, H, I, J, M, Ñ, O, P: tal [Esta lección indica de manera general la historia de transmisión textual de la acentuación de monosílabos].
Salve, Regina tan hermosa: le parecía en tal momento más argentina ea inmaculada.17 No se saciaba de mirarlab y, a medida que la contemplaba, sus ojos iban como recitando un poema de melancolía y de humildad. La cascada era su vicio, y, por lo mismo que le inspiraba ideas tristes y extrañas, no se enmendaba. Siempre había de mirarla todas las mañanasc y, cuando la niebla la velaba, Regina sentía nostalgia de blancura y de belleza. A veces rezaba contemplándolad y se le figuraba que eran sus preces más fervientes ante esta obra de la Naturaleza que en la misma iglesia, en medio de las solemnidades del culto. Como alguna vez le llevara al curae este horrible pecado de idolatría, rióselo él de todo corazón y la autorizó para que lo cometiese cuando y como quisiera. Pues, qué ¿no publicaba esa maravilla la grandeza del Creador? ¡Verdad! Como ella era tan tonta, no había pensado en eso, y Regina,f con tal permiso y enseñanza, rezó y rezó viendo La Blanca, como ante la imagen de un santo predilecto. Jamás reveló el caso, por no parecer fantástica og algo así.18 No rezaba, sin embargo, ante la cascada en la mañana aquella: cavilaba muy hondo. A su modo, y no por vez primera, ciertamente, iba estableciendo un paralelo entre el chorro y el alma de su novio. Se parecían mucho: el alma de Marcial —bien lo sabía ella, que lo amaba desde niño— erah en otro tiempo tan limpia y tan hermosa como esas aguas despeñadas; luego,i al contacto de la tierra, una y otras habíanse enturbiado.j ¡Qué tristeza! Y así como ella, por un capricho inexplicable, prefería para el baño las linfas impuras de La Blanca a los varios cristalinos arroyuelos del pueblo, así su corazón, obcecado por un amor irresistible, dábale preferencia al serk vil, maculado por la culpa, sobre dos hombres dignos, cabales, de ejemplar conducta, que la amaban a cuál másl y la solicitaban por esposa. ¡Ay! ¡Qué horrible era la vida! Y ella... ¡cuánm mala y depravada! Porque lejos de desprenderse del menguado,19 que solon desprecio merecía, sentíase más y más atraída y avasallada. ¡Qué vileza! Y cuán tristemente se llevaba ella por delante el precepto de santa obediencia.20 Bien explícito había sido el señorñ cura a este respecto: que siguiese los consejos y amonestaciones de sus padres. ¡Sus padres!...o Harto sabía ella cuánto detestaban a Marcial. ¡Pobrecito!
De las maldades de su amado, aunque nunca quiso saberlas a ciencia cierta y concretarlas de una manera determinada, yap no podía quedarle la menor duda. Si al principio no daba asenso a las insinuaciones de su madre ni a las reticencias harto elocuentes de alguna amiga oficiosa,21 ya la verdad, la horrible verdad se le imponía, acerba e insistente, como un dolor que no admitía alivio. Hasta las inocentes la sabían. *** La triste Regina se dio a recomponer aquí, por la centésima vez, una escena de algunos meses antes, cuyo recuerdo la acosaba, más vivo y más violento mientras más pretendía desecharlo. ¡Qué instante aquel, el más amargo de su vida! a é b mirarla, c mañanas, d contemprándola, e Cura f y Regina g ó h Marcial—bien lo sabía ella, que lo amaba desde niño—era i luégo, j enturbiado k sér l A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, O, P: á cual más / M, N, Ñ: a cuál más [Constituye un elemento de la locución adverbial “a cuál más"; por tanto, se fija con tilde diacrítica].
m ella....¡cuán n sólo ñSr.
o padres!....
p yá
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Era sábado, día de asueto22 y consagrado por ella al ornato de la iglesia. Se hallaba en la huerta de su casa cortando flores que iba recogiendo en una cesta. Detrás de los arbustos florecidos y de los rosales multicolores, extendíase, como la línea divisoria del platanar, una hilera entrelazada de guayabos, naranjos y duraznos. Bandada maleante de toches23 y azulejos,24 abonados a los frutales, picaban aquí y allá entre hipidos y algarabías, mientras los chicos de la casa, con otros de la calle, armados de cerbatanas, asechaban, cañón en boca, a los pícaros merodeadores. Dos de los Nemrodes,25 fatigados acaso de la faena, conversaban tras los rosales, sin pensar que Regina les oía. Hablaban del colegio y de algún condiscípulo non sancto. —Aa ese pobre —decía uno de los interlocutores— lo acabó de matar la compañía con Amito. Amitob era en el colegio el maestro de todas las maldades. Se salió porque lo iban a expulsar; pero quedaron muchos Amitos aprendidos. —¡Esec vagamundo!26 —repuso el otro—.d Ya ves lo que está haciendo en la finca. Amito no era otro que Marcial Rodríguez, el novio adorado. ¡Qué angustia! Iba a saber por la boca de un niño quién sabe qué horrible revelación. —¡Lorenzo! ¡Lorencito!e —gritó Regina con su voz de plata, más timbrada aún por la emoción.
—¿Qué es, señora? —contestaron de adentro.
—¡Venga,f venga en un momento!
Apenas asomó el chico por entre los rosales, agregó ella:
—Vea: súbase al ciprés y cójame unos ramos de Bellísima.g27 Habían plantado la galana trepadora al pie del árbol funerario, y ella, como la alegre careta de sociedad que encubre los dolores íntimos de un alma, envolvía en crespas guirnaldas de follaje, en profusión de flores purpurinas, en la gentileza de sus tallos retorcidos y tembladores, a ese fantasma verdinegro de los cementerios. Así atajó la joven aquel peso que se le venía encima. Con su carga de flores en el regazo, en la beldad gloriosa de sus diecisieteh años, parecía, ¡oh,i engañosas apariencias!, elj genio dispensador de las venturas.
¡Conque el maestro de todas las maldades! ¡Ah! Si todas las espinas del rosal se le hubieran hincado en el corazón, no lo tuviera tan herido y lacerado.28 ¿Y qué sería lo que estaba haciendo en la finca, en esa Remangak29 tan escondida y silenciosa? Una curiosidad insana la escocía. Pero no:l ella no debía saber de ningún modo lo que Marcial hiciera o deshiciera en el retiro de la hacienda, ni en parte alguna. Por sobre esta curiosidad loca, por sobre esta perversión de sus sentimientos, estaban la limpieza y el perfume de su alma. Bien comprendía ella, en su ignorancia de la vida, que el solo conocimiento de esas faltas le enfermaría el espíritu, como al cuerpo las fétidas emanaciones de una charca. Sumergida en tan negros pensamientos, hallábase instantes después en la iglesia. Por más hábil y artista que sus compañeras, le correspondía de hecho el arreglo y la disposición de flores; y más de un copo de rosas o de azucenas, al ser colocado en los jarrones, recibió ese sábado memorable el riego de sus lágrimas. a A [Al tratarse de una intervención de un personaje en estilo directo, se agrega la raya].
b Amito. Amito c — ¡ Ese d otro.
e A, Ñ: Lorencito / B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N, O, P: ¡Lorencito!
f —Vénga, g Bellísima.
h diez y siete i ¡oh j apariencias! el k Remanga l nó:
Salve, Regina Terminada la faena, quedosea sola en el silencio augusto de aquella iglesia virginal que convidaba a la oración. Necesitaba implorar el auxilio de María. En la más excelsa de sus advocaciones, lab Concepción Inmaculada,30 venerábanla en la iglesia, como patrona del lugar. Ante la imagen fundadora, ante esa imagen de todos tan querida, vinculada al vecindario entero, vista siempre por el vidrio de la fe, había sentido Regina, desde niña, inspiraciones de virtud y anhelos de pureza. ¿Quién si no ellac podía valerla ahora en su quebranto? Apenas sola, tiró de la cuerda, arrollosed el velo del camarín, y la quiteña escultura,31 nimbada de oro, apareció en su escabel de plata, sobre el fondo de nubes y de azul. Postrada de hinojos, entre lágrimas y suspiros, con fórmulas truncas y jaculatorias improvisadas, pidió y pidió a su Virgen predilecta. Y, pues era el refugio de los pecadores, acogiese bajo su manto al extraviado y se lo devolviese digno y merecedor de una mujer pura; o, de no, que arrancase de un corazón, hasta entonces limpio, eso que iría a mancharlo irremisiblemente.
No importaba que, con la raíz, se fuese hasta la vida, esta vida de aquí abajo, tan triste y miserable.
Al llegar a casa, sintió la joven una tristeza dulce y saludable que le infundía valor y serenidad.
Por la noche había salve; que pocos sábados dejaba de honrar a la Patronae el padref Salamanca. Regina, acompañada de Laura y de sus otros hermanos pequeños, entró a la iglesia al principiar la ceremonia. Marcial estaba junto a la puerta del perdón. ¿No era esto indicio claro, palmario,g de que la Virgen principiaba? Arrodillose, poseída de un fervor extraño, que nunca había sentido. Aquel coro, aquel armónium,h32 risibles desde luego, ante el arte divino de Palestrina,33 iban siendo para la joven lugareña melodías de una Italia celestial. ¿Qué le decían? ¿Qué fórmula nueva de la vida le revelaban?
Salve, Regina.
Mater misericordiae .34 ¿Por qué se estremecía de aquel modo? ¿Era alegría? ¿Era tristeza? Alegría, tristeza o lo que fuese, eso era algo muy grande, muy poderoso que no venía de la tierra. ¿Por qué no había de ser María que hablaba a su alma? Le entendía, le entendía perfectamente. Sí,i con la voz misma con que el pueblo de La Blanca la saludaba, le decía a ella, a la pobre Regina: “Espera j en mí; ¡espera!”. Una ola de enternecimiento subiole k del corazón. Alzó a mirar la Virgen; y el escabel, y la corona, y los candeleros, y las luces irradiaron deslumbrantes, al través de sus lágrimas, cual si fueran la confirmación gloriosa de lo que sentía en tal momento. —¿Por qué llorás, Regineta? —le dice recio el hermanito menor, que estaba arrodillado junto a ella—.l ¡Decime!m —¡Chito! No se habla en la iglesia.
—¡Yo sé! —repone el chicuelo, a media voz—. Es por Amito. Miralon allá abajo. Ta parao junto con Fraciquí.ñ T’est’atisbando hace ratísimo. a quedóse b La c Ella d arrollóse e patrona f Padre g palmario h armónium i Sí:
j “Espéra k subióle l ella.— m ¡Decíme!
n Mirálo ñ Fraciquí.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Cállese, Jorgito, y rece.
El rosario y las letanías fueron para ella un instante no más de arrobamiento y de dulzuras. Creyó, como todos, que la función iría a terminarse; mas, contra la costumbre, viose aparecer en el púlpito la facha procerosa del padre Salamanca, en actitud extraña y expectante.a Era cardíaco, y en aquel momento lo poseía un arrechucho35 negro y pesimista. Él,b que podía hacersec oír entre el fragor de un combate, principió con voz apenas perceptible. Había callado mucho, mucho tiempo por no escandalizar a sus feligreses; pero ya su silencio era un delito. (Aquí cesó el embargo de la voz y principió a tronar). Santa María de la Blanca era la nueva babilonia;d36 el valle, otrae pentápolis.f37 Esa comarca, consagrada a la Virgen sin mancilla; ese valle donde ella derramaba a manos llenas todas las bendiciones era ahora teatro nefando38 de los crímenes más abominables. El castigo de Dios vendría y... ¡ay de los culpables! Jamás se había oído en el pueblo tan espantosa acusación. Regina quedó como aplanada. ¡Qué momento aquel!g De recordarlo solamente sentía frío en el corazón. De todo esto hacía ocho meses más o menos, y en tantoh tiempo había cumplido la consigna que a sí misma se impuso desde aquella noche: no mirar a Marcial ni al soslayo, y huirle de todos modos. El novio, por su parte, reclamó por cuantos medios estuvieron a su alcance; pero en vano. Las razones y querellas, por conducto de amigas o de criadas, fueron desoídas; dos cartas fueron devueltas sin abrir; una tercera, echada por la ventana y recogida por Regina misma, fue al fogón, por mandato de la madre. La joven, que nunca había sido andariega, ni ventanera,39 según la usanza de las poblaciones pequeñas, habíase recluido i últimamente en casa, yendo solo a la iglesia, al colegio en las horas de clase, y a tal cualj caminata o baño, en compañía de su hermana o de su madre.
*** Parte de estos sucesos, con los mil perfiles y retoques del recuerdo, le sugerían a Regina, la mañana en referencia, pensamientos dolorosos e intensos. ¡Qué vida más triste y más extraña la suya! La Virgen no quería oírla; Marcial seguía lo mismo, si no peor. Palabras sueltas, ya de su madre, ya del señor cura; ademanes sorprendidos en unos y otros; la insistencia misma de Marcial de no vivir en el pueblo; todo, bien claro lo decían. Y en cuanto a ella... ¡ay!, si antes lo quería, ahora lo adoraba.
Como sintiese los ojos inundados, corrió a la mesa de baño y anduvo en el cuarto como si aún no hubiese terminado el aseo y arreglo de su persona. Doña Antonia trasegaba en las vueltas matinales de la casa; Laura, pensando acaso en el marido ausente, pespuntaba la pechera de una camisa, sentada en un ángulo del corredor; sus dos chicos, montados en palos, les abrían la carrera del patio a la redonda; a expectante, b El, c hacer se [Se enmiendan los errores tipográficos de espaciado por ausencia de guion al final de renglón].
d Babilonia; e otro f Pentápolis.
g ¡ Qué momento aquel !
h tánto i recluído j tál cuál
Salve, Regina Gabaceto,a en el lugar más soleado, indiferente a la corrida, lustraba su piel nevada, con la voluptuosidad de un Petronio;40 Sapito,b tirada en el suelo, con la camisa anudada a la espalda y al grito seguido de ¡Tata! ¡Tata!,c pretendía, a fuerza de babas y de moquilla, meterle el diente a una toronja, tan grande y tan pelada como su cabeza. Era un caserón de pueblo, de buen servicio y mejores comodidades. Se notaba en todo extremada limpieza, mucho orden, muchísima abundancia, y esa amplitud, esa facilidad de los hogares sencillos, donde no hay aparatos que estorben, ni lujos que empalaguen.
Doña Antonia, terminadas sus andanzas, tomó costura y vino a sentarse junto a Sapito, haciéndole muchas fiestas por los hociqueos41 y las pretensiones. —¿Yad se fue Regina? —le pregunta a Laura no bien hubo enhebrado la aguja. —No ha salido todavía —contesta la hija mayor, suspendiendo el pespunte—. Estáe en el cuarto. Hoy como que ha amanecido con la tristeza enconada. —¡Pobref mija! —exclama la madre, llamando en seguida—:g ¡Regina!h —¡Señora!i —contestan de adentro.
—¿Noj piensa ir hoy a la clase? Van a dar las ocho y ya pasó el señor cura. —Voy en el momento, señora: me estoy acabando de vestir. A poco salía la joven con sus libros y cuadernos. Examinolak doñal Antonia con el disimulo de las madres. La encontraba pálida y ojerosa. Parecía más bella y femenina en su misma sencillez: el peinado a lo Margarita,42 traje de percal blanco con lunares negros, un pañolón oscurom de abrigo y botas primorosas de satín. Ni aun para las grandes ocasiones y solemnidades se preocupó de telas, modas ni prendidos. Como no se tratara del calzado, todo estaba bien, desde que fuera pulcro y de limpieza intachable. —Está verde y consumida —murmuró la madre no bien Regina hubo salido—. Parece una asombrada.43 Ni come, ni duerme: no tiene más vida que estudiar y vivir en la iglesia, como si fuera una vieja. ¡Len aseguro que el perdido44 aquelñ me la tiene enyerbada!45 Bien dicen que no hay pícaro sin fortuna. —Mamá —dice Laura en tono sumiso de insinuación—,o qué le parece que usted y mi papá tienen que cederp tarde o temprano: Regina no puede querer sino a Marcial. —¡Qué me lo tienes que decir! —replica doña Antonia, asegurándose los anteojos—. Las mujeres somos fatales cuando se nos mete un caimán en el corazón. Ya ves: al tanto habrá criatura más obediente, más sumisa y más buena que esta niña, ¡porque es un ángel!,q como dice el señor cura; ya ves qué laya de novios le han salido... y miralar perdida por ese estragado,46 tan feo y tan antipático. —Por eso decía... —murmura Laura.
—¡Pero,s niña, por Dios! —Ataja la madre—. ¿Cómot vamos a ceder? ¡De pecado mortal no rebajaría! ¡Pobre mi palomita en garras de ese gavilán! ¡Yo no sé qué hagamos! Me mantiene este enredo tan ofuscada y tan triste... Así se lo escribí a Guillermo: Si no viene pronto y se la lleva a Medellín, a un colegio, voy a coger el monte.47 a Gabaceto b Sapito, c Tata!
d —Yá e pespunte—Está
f —Pobre g seguida: h Regina!
i —Señora!
j —No k Examinóla l Doña m obscuro n Le ñ aquél o insinuación — p tienen qué ceder q niña ¡porque es un ángel!
r mirála s —Pero, t Dios!—ataja la madre—¿cómo
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Ella me leyó la última carta que le escribió a mi papá: le dice que se va muy contenta a estudiar, que hará todo lo que ustedes quieran. —Ella sí, la pobre. No digo yo a Medellín, a un destierro se iría, por complacernos. Si en ella estuviera, ya habría olvidado al tal Marcial. ¡Pero imposible! Es un amor que le puede: desde niña lo ha querido, y toda su vida ha sido él perverso y de mala ley.48 —Tal vez no será tanto, mamá. Es que usteda le tiene mucha prevención. Qué sabemos,b ¿por quéc no ha de componerse? Muchos han sido malos y han acabado en santos. —¡Válgame Dios, niña! —exclama la madre, con asomos de impaciencia—. ¡Parece que no supiera de la misa la media!49 Bien puede parar en santo el tal Amito; pero, para lavar las que está haciendo y probar la enmienda,d ¿se figura usted que bastan quince días o un mes?e Vea, Laura: si ese hombre ha de probar, antes de casarse, que es decente y caballero, tiene que ir de bordón50 a la iglesia. —Pero, entonces, ¿qué hacemos?
—Según usted, ceder: ¡Esf pilao! —repone la madre, con irónica serenidad—.g Llamamos al hombre y le rogamos que se lleve la muchacha, porque me figuro que él no ha de tener cara de pedirla, después de las que ha hecho, y sabiendo que ella está furiosa. Por lo que es Regina... ¡Piss!... la casamos por la fuerza, porque ella, que se estima en algo, no lo hará nunca voluntariamente. ¡Vea qué tanh fácil! Usted que está tan interesada por el novio, puede encargarse del arreglo. —No se enoje, madrecita —dice Laura muy confundida—.i He dicho una bobada muy grande. ¡Es que no puedo conformarme con ver a Regina así!... ¡Si ella olvidara a ese hombre!...
—¡No j lo piense! Esto es enfermedad incurable, como el cáncer... ¡Así lo querrá Dios! Ya ves cuánto hemos pedido por esta necesidadk y nada hemos conseguido. —¡Mamá! —prorrumpel Laura, acometida de repentina inspiración—.m ¡El Dotorciton lo alcanza todo!
—¡Valgamé...! Desde que vino está en la cosa: todos los días pide en la misa por la cura del Dolatro.ñ51 Y si en siete meses nada ha alcanzado este santo,o ¿qué hemos de alcanzar nosotras?
—Tengamos fe, mamá. Es imposible que, viviendo en la misma casa con este santico, no consigamos nada. ¡Y con todo lo que él quiere a Regina!... Yo sí creo que elp Dotorcito le quita esto. ¡Hasta milagros, como los de cualquier santo, puede hacer él! —Pues esteq sí no le cuaja52 hasta ahora.
Una catástrofe inesperada cortó la conversación: Sapito derribada por los corceles. *** A las diez volvió Regina del colegio, más animada y menos pálida. Solo a clases asistía, pues el padre Salamanca, inspector nato del colegio, habíala eximido de las demás obligaciones reglamentarias, al ver cuánto la mareaban a Ud.
b sabemos c ¿porqué d enmienda e mes?.
f Es g serenidad— h que tan i confundida— j —No k necesidad, l —prorumpe m inspiración — n ¡El Dotorcito ñ de El Dolatro. [Este nombre propio se trata de una advocación empleada de forma metafórica a Regina; por lo tanto, el artículo se fija en minúscula y redonda].
o santo p El q éste
Salve, Regina el mariposeo53 y la chillería de tanta loquilla. Regina honraba el privilegio estudiando en casa cuanto le era posible. Al imponerse ella misma la obligación de olvidar al hombre indigno, comprendió, por propia experiencia, que la ociosidad mental era su propio enemigo.
De aquí el que prefiriese, entonces, los estudios y trabajos intelectuales a cualquier a otra ocupación mecánica, si bien es cierto que, las más de las veces, lejos de encadenar el pensamiento en las abstracciones del saber, se le escapaba en agitada fuga, tras el fantasma terrible de Marcial Rodríguez.
Y no eran estas fugas lo que más la amilanaba: era el sentir allá en el fondo de su ser que, mientras más temía y execrabab a ese hombre, más amor le inspiraba, cual si el fango y las maldades de Marcial fuesen para su corazón sin mancha, fascinación irresistible de un poder misterioso. En sus horas de angustia y desaliento lloraba a escondidas; pero, alma batalladora que aspiraba al triunfo, volvía al estudio, aunque fuese como un autómata. A bien que podía hacerlo materialmente: árbitro de sus acciones era en casa; no tenía fuera de ella, ni en el colegio mismo, séquito o compañía que se lo impidiese. Ni antes, ni menos entonces, era ella para muchos engranajes y conexiones con sus coterráneas. Delicada y exquisita por temperamento, no podía vibrar demasiado en aquel ambiente lugareño donde corrían siempre huracanes de chismes y de murmuraciones. Por su actitud correcta, por su misma indulgencia y natural distinción, y aun por su belleza y simpatía, era fastidiosa a sus condiscípulas y conocidas: que nada irrita tanto a los pequeños como la presencia inmediata de la superioridad. Una cosa no le perdonaban a Regina las ínclitas de La Blanca: el que tratase de igual modo a las doñas que a las ñaes, a los ricos que a los pobres. A la joven,c por su parte, jamás se le ocurrió pensar que ella y las gentes buenas de su pueblo estuvieran o no a un mismo nivel, ni que fuera superior o inferior a nadie. Su relativo aislamiento atribuíalo a la dirección de doña Antonia, poco amiga de intimar con nadie, y a los pesares de su alma que la impulsaban a la soledad. Nunca supo que tuviera malquerientes: era demasiado bondadosa, demasiado joven para que la envidia ajena la ilustrase. Tan conocidas eran sus tendencias e inclinaciones que, a pesar de ser granada entre las granadas, jamás contaron con ella para paseos ni entretenimientos, ni aun para esos torneones indumentales de lujos a la moda, tan frecuentes en nuestros pueblos montañeses. Habíalos en La Blanca a cada triquitraque,54 y tales,d que a las señoras hembras se les iba la cabeza y se les envenenaba el corazón. Sus gustos y distracciones eran para sus condiscípulas alardes de excentricidad o puerilidades de un bobo muy subido. Si les cabía que le disgustasen los regocijos estruendosos, no concebían cómo una colegiala, harta de estudios, se anduviese por ahí, libro en mano, orillas de la quebrada o en el monte mismo, sin más compañía y aliciente que sus hermanos pequeños. Tampoco concebían que una joven tan pretendida pasase el domingo en la iglesia enseñando la doctrina55 a los niños del campo, sin pensar siquiera en los devaneos del mercado ni en el delicioso apunte de a A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, O, P: cualquiera / M, N, Ñ: cualquier b excecraba c A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, O, P: Pobres. La joven, / M, N, Ñ: Pobres. A la joven, d tál s,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla la cantarilla. Mucho menos podía entrarles el que se fuera tardes enteras a las chozas de los mendigos y que entrase con ellos en largas pláticas y parlamentos. Con tal carácter, y siendo ella de lo mejor en familia y en riqueza, y la beldad indiscutible de La Blanca, claro está que la tenían generalmente por muy remilgada, orgullosa y desvanecida.56 Cuánto se hubieran reído y maravillado de las interioridades de este ser tan extraño a su medio.
Apenas fue mujercita principiaron las batallas. Mal podía avenirse su criterio de conciencia, recto y ajustado, con su imaginación calenturienta,57 exaltada por lecturas de la historiaa bíblica y de las vidas de los santos. No armonizaban, tampoco, su malicia en la especulación y su inocencia en la práctica. Su inteligencia precoz y atrevida, tanto más volandera cuanto no la contenía lastre alguno de conocimientos serios, iba adquiriendo en el retiro de sus soledades una intensidad profunda y enfermiza. Su amor contrariado y oprimido y los conflictos que le ocasionaban, eran, desde luego, la base capital de las infantiles filosofías. La pobre criatura hacíase a sí misma la exégesis58 de la vida. Era el eterno caso de los infusorios de Bartrina:59 deducía el universo moral por una gota, la gota amarga de su vida. Mas, como quiera que esta gota fuese de lágrimasb y son siempre las lágrimas el lente por excelencia, Regina no andaba muy despistada que se diga.
Enredada en una maraña de contradicciones y de “malos pensamientos”, que decía ella,c pasaba horas y horas, para venir a sacar, al fin y al cabo, las mismas pecaminosas conclusiones, que luego no podía formular en el confesionario. Es a saber: La vida solo era posible en la niñez, que era como un llano barrido y sombreado. De allí adelante se volvía un despeñadero de fango, fétido y negro. Asomaban por ahí puntas de piedra pequeñas y apartadas. Los buenos se sostenían en las piedras, los malos se caían; pero, con el lodo que levantaban, de tanto caer y chapuzar, los buenos también se iban poniendo sucios y repugnantes. Lo decía por ella, a quien salpicaba Marcial; por su familia, a quien salpicaba ella; y por este y por aquel.
La vida, en fin, era un camino oscuro que la aterraba.
*** Por atender a los ruegos de doña Antonia, pudo tomar alguna cosa a la hora del almuerzo. Rogole,d asimismo, la señora, descansase de los estudios siquiera el resto de ese día. ¡Cómo no! Sacó, entonces, la obra de manos que trabajaba de tiempo atrás, en sus momentos de ocioe y que había abandonado últimamente. Era una bufanda de lana (moda muy de rigor en esos tiempos), con que pensaba obsequiar a donf Guillermo, en la próxima venida. Sentada en un ángulo del corredor, frente a Laura, que cosía en el opuesto, entregoseg al tejer acompasado de los dos agujones de madera, y al ir y venir de ella a Historia b lágrimas, c —que decía ella— d Rogóle, e ocio, f Don g entregóse
Salve, Regina a Marcial y de Marcial a ella. ¡Qué labor más silenciosa en su misma rapidez!... ¡Con qué tristeza tan significativa se matizaban lo blanco y lo negro! ¡Ah!,a las dos almas tan opuestas y a la vez tan inseparables. ¡Siempre esas dos almas! Gabaceto corrió a su lado, y, jugando con los ovillos del tejido, que tan pronto cogía como largaba con las manoplas de algodón, pudo distraerla un instante de la interior faena, no tanto por admirarle la gentileza del retozo, cuanto por buscarle el simbolismo del caso. ¡Ah! ¡Si el destino fuera tan amable como Gabaceto! Tras el gato, fuéronse a ella los dos chiquillos de Laura. Pidiéronle cuentos a esta tía joven y hermosa, que tantos y tan divertidos les narraba; pero ella no quiso complacerlos esta vez y los mandó a Mamá Toña,b para que le enviase un poquito de teneteallá.60 Sin los bulliciosos importunos hundiosec de nuevo en el golfo negro de sus meditaciones. Laura la miraba de reojo, comprendiéndole la procesión que por dentro le andaba.
Trató de halagarla encareciéndole el primor y adelanto de la bufanda y el gusto que habría de tener papá, al recibir y usar esa prenda trabajada con tanto cariño y arte tan supremo. Hablole,d luego, del viaje a Medellín; del colegio de las Quijanos;61 de lo mucho que iría a adelantar; de las amigas tan simpáticas que desde luego encontraría. Moviole,e en fin, todos los resortes... y en vano: Regina solo asentía con monosílabos y con esa sonrisa suya tan dulce y melancólica; esa sonrisa que dejaba entrever unos dientes azulados, a fuerza de blancura. Desde la reja del comedor, donde a la sazón trasteaba, examinábala doña Antonia. Nada tranquilizadora que le parecía esa cara. “¡Pobre mi hija —se dijo la señora—, no puede, por más que brega!62 ¡Se la come el gusano!”. f63 Volvió a las hijas y a la costura y entonaron las tres el concertante del silencio: Marcial esto, Marcial aquello, Marcial lo otro.
Y parecía aquella casa el remanso de los espíritus y el cielo sin nubes de los corazones. ¡Así son las cosas! En aquel patio, florido y cultivado, tan limpio y tan extenso, de paredes tan blancas y acicaladas, sentíase a tales horas un reposo conventual digno de un Bruno.64 Un vientecillo cariñoso, con alas de colibrí, traía desde las próximas laderas átomos de salvia65 y de tomillo.66 Por el corredor soleado colgaba un jazmín su cortinaje oscuro, bordado de luceros. Una muchedumbre de pensamientos, con caritas expresivas e irónicas, vueltas a un mismo lado, presenciaban, abajo, el espectáculo de las eras.g ¡Qué mundo! ¡Cómo extiende la reseda67 sus blancos edredones, para que se demayen los claveles y se mueran de amor las albarinas!68 Cuál le cuesta al ababol69 erguir esa cabeza coronada de sueños, para que, una vez alta, la piquen bichos babosos y la deshoje un soplo. Déjalos, ababol: el opio que tú encierras no te lo quitarán.
Oíanse adentro los desórdenes de Céfiro70 entre los platanares; el método del chorro entre la alberca; alegre comadreo de gallinas y la epopeya de la piedra al triturar el grano. ¡Salve, oh molienda!
a ¡Ah!
b Mamá Toña, c hundióse d Hablóle, e Movióle, f gusano!” g éras.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla A todas estas, continuaba el concertante. Tanta música no podía ser durable. Llegó Jorge de la calle, con su cara requemada, sus ojones de abencerraje71 y con su diablo adentro, más avispado que de ordinario.
—¡Ole,a Regineta! —chilló el troglodita,72 en cuanto la vio tejiendo—,b hoy sí me prestás los chuzos, ¿no es cierto? ¡No te los daño! —¿Para qué?
—¡Eh! ¡Pues pa bueno!... Prestámelos un momentico, que allí en la gatera está el sapo muy toriao.
(Sofión73 de doña Antonia: ¡No le faltaba más al mataperros!).c74 —¡Bueno,d pues! Antós me tenés que encomenzar75 mañana mi gufanda: Yo la quiero colorada y con pelotas, como la di Amito. Me le ponés en las puntas di a tres gusanos bien grandotes. ¡Ya sabés!
¡Pedí por esa boca, grandísimo sinvergüenza! Buena estaba doña Antonia para bufandas a lo Amito.
En estas y las otras, y la toma del chocolate, y no sé qué razones al padre Salamanca, se descuidó Regina, tiró el diablo de la manta y... ¡Ahisós! e ¡Qué sapo, ni qué nada! Al ver aquello que se desbarataba tan bonito, al coger esa hebra mágica que brotaba y brotaba y crecía en un momento y se volvía un enredo, sintió Jorge Duarte el vértigo de la demolición. Si no es porque Laura cae en la cuenta... ¡adiós bufanda de donf Guillermo!
¡El malvado! ¡El horrible! Pero ¿por qué no lo mataba Regina de una vez? Pero Regineta no: ahí se quedó con su misma cara y su misma sonrisa. Mas no quedará inulta:76 ahí viene doña Antonia con el pellizco armado. Como la tregua en los estudios comprendía la noche, instáronle a Regina para que se recogiese temprano y procurase dormir. Accedió a todo con su genial complacencia metiéndose en la cama, a eso de las ocho; pero, en cuanto a dormir... no estaba en ella. Aparentó el sueño, eso sí, por dar gusto a madre y hermana, por hundirse mejor en la obsesión aquella. En altas horas, cuando en las alcobas se oían las respiraciones rítmicas del sueño, la joven imprecaba.
“¡Quítame esto, Dios mío! ¡Yo quiero ser buena!”, pedía ella de rodillas en el lecho, echada hacia atrás, las manos cruzadas como una Magdalena.77 *** ¡Valiente cosa! Parecen locas aquellas campanas lanzadas a vuelo. El pueblo todo está en rebullicio. El trueno sordo de la tambora, el estridor de los platillos, los clarinetes, los cobres, la banda, la gente, el pueblo, todo... toca y siente aquellas vueltas incomparables, irresistibles; aquellas vueltas que se bailan solas. Parece que el aire se estremece de alegría. Ese motivo, medio alegre, medio triste, monótono, sencillo, parece que expresara el sentimiento popular, el alma del montañés. a A, G, K, P: —“¡Hole, / B: — ¡Hole, / C: —“Hole, / D, E, H, I, J, O: —¡Hole, / F: — ¡ Ole, / L: — ¡Ole, / M, N, Ñ: —¡Ole, [Interjección con significado de “animar" (dle, 2018)].
b tejiendo— c mataperros!) d ¡ Bueno, e Ahisós!
f D.
Salve, Regina “¡Ole, gallinacito, vení vení!”.78 ¡Si hasta la montaña misma lo canta y lo repite!
Los cohetes, unos cohetes humosos, bobos, con nostalgia de oscuridad, estallan de seguido. La gente corre, pregunta, indaga. Que ya viene, que ya viene por la calle real.79 Ya entra. Ya entra a Roma el César triunfador:80 El Dotorcito. Es el primero en el desfile: viene a pie, despeado, cojín-cojeando.81 No reza: el llanto se lo impide. Tras él, en sus andas, viene el Señor Caído:82 pequeñito, llagado, lastimoso. Bríllanle al sol las potencias y los ojos de esmalte. De la columna del pretorio83 cuelga como un trofeo la imagen de San José.84 Frente a Jesús van las ofrendas. En una gran mochila está la moneda de plata y la heráldica de todas las naciones. Las morrocotas85 y los condores,a ¡oh edad dichosa!,b procrean en una jofainac86 una multitud de chilines.87 Fulguran las joyas en una tazuela de la misma plata: las guacamayas amarillas, que aún no ha traducido Valencia;88 los zarcillones de pensamientos, unos pensamientos sublimes, radiantes como los de un hortera enriquecido; cadenas capaces de enlazar el corazón más cerrero. Siguen las gallinas, en sartas, congestionadas, casi muertas las pobrecitas; tres piscas medio dormidas, en brazos de sus respectivos cristianos; un ganso muy furioso; y la mar de pollos, ensartados también. Viene luego la ofrenda del labrador: cargas de maíz y de fríjol, árguenas89 repletas de cuanto Dios ha creado, racimos, gajos, todo eso que ahora no tenemos. ¡Atrás!,d que viene la grande, la ensoñadora ofrenda: el ganado, tres príncipes del hato y seis princesas. Los sigue la gente de Epicuro.e90 Siete por todos. Hasta el gran filósofo en persona será aquel adiposo que viene tan cansado. Todo aquello, arreglado y dispuesto por don Hermógenes,f tiene el aparato de la exhibición y el deslumbramiento del triunfo. El pueblo se pasma. ¡Con el Dotorcito no hay qué hacer! Si en esta vez no termina la capilla, será que no la quiere San José. Repartidas y guardadas convenientemente las ofrendas, entraron a la iglesia al hacimiento de gracias. El Señor Caído y el Dotorcito salieron, luego, para la casa de don Guillermo.
*** “¡Ay, mi señá91 Antoñita!”, exclamóg y no pudo seguir porque la emoción lo embargaba. Para expresarla le faltaban lágrimas, este donh que en él parecía inagotable. ¡Cómo no dejarlas correr a raudales! En San Javier,i92 en Dolores,j en Santa Pelagia,k en las otras aldeas limítrofes, existía el cristianismo,l como en los tiempos primitivos. ¡Bendito fuera Dios, bendita la Santísima Virgen y bendito “mi padre San José”! No mentía el seráfico sacerdote. Al ruego de sus lágrimas se ablandaban corazones; su vocecilla, compungida y entrecortada por el llanto, resonaba en el alma del campesino, como el mandato expreso de Dios mismo. Pedía, y los más apegados al bien perecedero se desprendían de todo; lloraba, y por la multitud corría el llanto. Para el pueblo era un santo, un elegido, un profeta. a A, C, O: condores / J:
cóndores, / B, D, E, F, G, H, I, K, L, M, N, Ñ, P:
condores, [Se fija como grave o llana conforme al usus scribendi del autor en otras obras como Hace tiempos].
b dichosa! c A, C, D, E, F, G, H, I, K, L, M, N, Ñ, O, P:
jofaina / B, J: fojaína d ¡Atrás!
e A, C: Epicúreo. / B, D, E, H, I, J: Epicurio. / L, M, N, Ñ, P: Epicuro. / O:
Epicúreo22.
f Hermógenes g exclamó, h dón i San Javier, j Dolores, k Santa Pelagia, l Cristianismo,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Andaba a pie por todas partes, rezando siempre, seguido de ferviente muchedumbre; cuatro hombres cargaban a su lado la imagen del Señor Caído; en nombre de Jesús pedía; por la sangre preciosa sollozaba, y sobre la imagen llovían las ofrendas. Despojábanse las señoras de sus joyas; vaciaban los campesinos sus carrieles;93 la pobre labriega ofrecía el fruto de su huerto o el ave familiar; el infeliz, que nada poseía, ofrendaba sus lágrimas.a A la voz del Dotorcito nada se resistía. No tenía curato: levantar siempre la casa del Señor era su empeño, no vivir a expensas de ella. A toda población donde se construyese templo se le llamaba y allí acudía. A pedir para la capilla de “mi padre San José” había venido a La Blanca, últimamente, como viniera enantes,94 cuando se edificaba la iglesia. El vecindario lo veneraba: todos se lo disputaban como huésped; todos, al tenerlo en casa, creían poseer una deidad tutelar95 que atraía bendiciones. Él había escogido siempre para tan santo privilegio el hogar de don Guillermo Duarte.
Figura harto extraña y peregrina la del Dotorcito. Por aquel entonces parecía su cara la de una viejecilla sin arrugas, fina y blanca de cutis: ni pelo de barba, rosadas las mejillas y un no sé qué virgíneo e infantil regado por todas las facciones. Ni siquiera un cerquillo de cabello asomaba por detrás de aquel cráneo, pelado como una calavera. Andaba con los pies hacia adentro lo mismo que un loro, y era tal su estatura que, al misar, le arrastraba el alba cual faldamenta de baile, y la casulla le venía hasta los calcañales,96 toda descodalada97 sobre los hombros diminutos. Jamás omitía la explicación del evangelio ni el llanto en el momento de la elevación y al dar de comulgar. En nombrando a la Virgen o a “mi padre San José”, su santo predilecto, largaba el chillido como un niño; y su vocecilla, que nunca tuvo ronqueras de virilidad, daba entonces unas notas que más se asemejaban a maullidos que a articulaciones humanas.
Era un latinista consumado, y, según datos fehacientes, muy docto e ilustrado en humanidades y ciencias eclesiásticas.b Mas toda esta sabiduría terrenal estaba subrogada en el Dotorcito, por aquella otra sapiencia de los bienaventurados, como que el sermón de la montaña98 era la norma de sus actos y la clave de su carácter. Pasión alguna o concupiscencia, de estas que a todos nos traen y nos llevan, jamás se le conoció. Una peseta99 era en sus manos ascua encendida que endosaba al primero que encontrase. Regalo para su cuerpo, nunca jamás: dormía en cualquier parte, con tal que no fuese en cama; por alimentos, lo que le diesen, con tal que fuese poco; y, si nada le daban, aguantaba hambre, como bohemio orgulloso de la santidad. Jamás usó ropas interiores, sino los pantalones de manta del reino, bajo la verdosa sotana de merino. Tampoco tuvo el lujo de las medias; pero sí el de la tortura:100 ponía dentro del calzado granos de maíz. Así y todo, andaba muy ligero, moviéndose constantemente con inquietud nerviosa, sin sentarse un solo instante. Rezaba solo lo indispensable, persuadido, probablemente, que sus acciones, su pensamiento, su verbo, su vida, todo él, eran una perpetua oblación.101 a lágri mas.
b elesiásticas.
Salve, Regina Por facultad superior, o porque él mismo se la concediese a fuero de santidad, absolvía ela primer pecado, advirtiendo al penitente que principiase por los menudos y atajándole el paso, si pretendía irse a mayores. Claro está que los hombres le caían como moscas al panal, mientras que al mujerío, tan prolijo y desmenuzador de suyo en achaques pecaminosos, no le satisfacía este sistema de sapoteo.b102 A su oratoria, lacrimosa y gemebunda, informada siempre del más estricto espíritu teológico, mal podría faltarle la nota lírica de su cómica inocencia. A este respecto tenía cada salida, que el auditorio estallaba en piadosa hilaridad. “¡Ay, mis amados feligreses! —Llorabac una vez—.d ¡Si mi Dios me manda pal infierno, yo me muero de repente!”.e En un sermón del descendimiento,103 después de llorar a todo pecho, y con él todo el vecindario, grita a los músicos desde el pulpito: “¡Toquen una polquita104 bien alegre, pa que la Virgen se consuele!”.f Al terminar toda función, rezaba siempre el padrenuestro por el clarineteg y la salve por la tambora. En tiempos anteriores, cuando el Dotorcito tenía parte de su familia en el lugar, vino hasta esas batuecash105 aquella moda femenil, vitanda y execrable que tanto ocupó al clero de la época.106 La trascendencia del pecado llegó hasta el santo. Un domingo sube al púlpito, y, entre aguacero de llanto y de sollozos, truena y relampaguea contra “ese uso, tan horrible, inventado por la diabla”. Pero héteme aquí que al volver a casa le sale la hermana: “Dotorcito, ¡por Dios!...i ¡Usted sí que es injusto! ¿Cómo se pone a predicar contra este uso de ahora, sabiendo que mis muchachas se ponen? ¿No sabe que es muy bueno para las pobres, que no tienen harta ropa?”. “Yo no sabía, hermanita —repone el seráfico—. Pero no se le dé nada,107 que yo le arreglo eso”. Y muy bien que se lo arregló. j Al domingo siguiente, dice desde el altar: “Mis amadas feligresas: el otro día se me olvidó advertirles que las que sean pobrecitas y chamizudas, como las hijas de mi hermana Valeria, pueden usar una crinolinita moderada”. Al tenor de estas genialidades conserva la tradición un copioso repertorio. ¿Qué mucho, pues, que fuera el hombre para el pueblo de las montañas? Varios templos de Antioquia los levantaron sus lágrimas.
Como se ha dicho, hospedábase siempre en casa de don Guillermo. Era en ese hogar como un numen. Ocupaba la sala, una sala grande y encalada; allí tenía sus libros y la imagen del Señor Caído, su compañero de andanzas y de vivienda; allí acudían los montañeses como a la gruta de un profeta.
A semejanza de Cristo, era amigo de los niños y de los infelices; pero los chicos de doña Antonia, a quienes infundían cierto recelo el aire extraño y el llorar del sacerdote, huían de él a pesar de sus reclamos. No así Regina: el santo la atraía, le inspiraba esa seguridad, mitad respeto, mitad ternura, que sienten los buenos ante los predestinados. En su presencia experimentaba ella como un descanso de la vida, como un soplo fresco y perfumado que la aliviaba y le hacía olvidar. De tal modo que, en cuanto el decoro y las circunstancias lo permitían, buscaba siempre su trato y compañía. Él, por su parte, le pagaba con creces: desde a al b A, B, C, D, E, F, I, J, K, M, Ñ, O, P: zapoteo. / G, H: zapoteo zapoteo. / L: capoteo. / N: zapoteo. [El autor emplea de manera indistinta zapoteo y sapoteo. Se fija conforme al usus scribendi del autor].
c “¡Ay! mis amados feligreses!— lloraba d vez— e repente!” f consuele!” g clarinete, h Batuecas i “¡Dotorcito, por Dios!...
j arregló:
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla niña la quería, como puede querer un eremita108 a un ángel del Señora y asimismo seguía queriéndola: llamábala siempre el Dolatro, dictado cariñoso que en la jerga montañesa vale tanto como idolatría o cosa adorada.
Congregados en un rincón de la sala, leíale ella algunas noches, con su voz timbrada y arrolladora, algunos pasajes de El Evangelio en triunfo109 o deb Las Glorias de María110 o de cualquier otra obra piadosa o apologética. Él, entretanto, gemía y se paseaba, interrumpiendo la lectura con algún comentario o explicación. En las noches luminosas y estrelladas, tan serenas en ese clima delicioso de La Blanca, pasaban las veladas en los corredores. Entre alabanzas al Señor, enseñábale el sacerdote las constelaciones y las maravillas astronómicas, escuchando ambos por momentos los rumores de la cascada, que se percibían en la tranquilidad de esas noches. En su instinto de madre bien se le alcazaba a doña Antonia la conveniencia de estas relaciones. Por eso las procuraba como un remedio. La señora había solicitado del santo que pidiese por una necesidad de la familia; mas, temerosa de que saliese en el púlpito con alguna de las suyas, nada había querido concretarle. Él, desde luego, dijo en plena misa, al principiar el memento: “Pidamos por una necesidad muy grande de mi señá Antoñita”c y de ese día en adelante siguió pidiendo. Así y todo, ya desesperaba la señora, como hemos visto. Cada día que pasaba le iba dejando una gota de hiel y una chispa de rabia: de jovial y ecuánime que era, íbase poniendo displicente y atrabiliaria. Hasta del poder del Dotorcito desconfiaba ya. Valiérala Dios con el tal pretendiente. Valiérala con su hija Laura, que no se ponía bien en el asunto.
*** Ya nadie se acordaba en el pueblo de los augurios del padre Salamanca; y, sin embargo, ahí venía el castigo; ahí venía, horrible, espantoso. El anuncio corrió por la comarca como un rayo que a todos aturdiese. Rayo era en efecto: un rayo sin relámpago, sin estallido, que no rasgaba el aire, que caía sobre la víctima, callado y misterioso, como la ejecución secreta de la divina sentencia.
¡El Rayo!...d111 Así se llamó al punto y no pudo llamarse de otro modo. El pánico, la locurae se apoderan de La Blanca. Las noticias llegan y llegan cada vez más pavorosas: en San Javier, en Santa Ana,f112 en El Hato,g113 en los partidos, en todo el valle, caen las víctimas sin cuento. Ni capilla, ni tregua, ni nada: el ajusticiado siente una picada, y se desploma; siente otra, y grita; siente la tercera, y allí queda rígido, marmóreo como muerto de seis horas. ¡Qué espanto! La Blanca está cercada, El Rayo se aproxima; ya llega, ya llegó. Como el de las tormentas materiales, busca primero las alturas: por los desfiladeros de las montañas, ya una, ya dos, ya varias, van descendiendo, rápidas y afanadas, cual escarabajos fugitivos, las mortuorias barbacoas.
a Señor, b A, B, C, D, E, F, G, I, J, K, O, P: en / L: en / H, M, N, Ñ: de c Antoñita”, d El Rayo!....
e locura, f Santa Ana, g El Hato,
Salve, Regina Primero que ellas ha llegado el castigo: una lavandera ha sentido el golpe y, antes de caer al agua, ya estaba muerta; un mendigo, que comía, no tuvo tiempo de tragarse el bocado. El pueblo invade el templo, abierto hasta media noche; las hembras no desdeñan ya al Dotorcito y se confiesan de un soplo; muchos empedernidos corren al purificadero. El alcalde da bando;114 nadie quiere estar solo en su casa y se agrupan en las más capaces; en todas partes se oye el trisagioa115 y los rezos colectivos; en todas se alumbran santos, se sacan escapulariosb y se encienden las ceras benditas. Acuden las gentes de los campos a esta feria de la muerte; bárrense calles y plaza; se hacen hogueras con la basura; por dondequiera se riega el suelo con zumo de naranja; por dondequiera se esparce ruda y ramas de romero; el alcanfor se agota en un instante; todos se cuelgan saquitos a guisa de pectorales.116 Convoca a rogativa el padre Salamanca.
Ante todo, hay que subir en romería hasta El Castilloc y traer a sand Roque,117 venerado en casa de los Medinas. El Dotorcito quiere que la Patrona y san José honren al abogado de la peste saliéndole al encuentro, al sone de música. Reina juliof en todo el esplendor de la canícula;118 semeja el cielo dilución clara de zafiro; el sol aumenta el relieve de las montañas y esmalta las aristas; la cascada, alba, plumosa, incandescente, se glorifica en su blancura. A las dos parteg el párroco con la primera tanda, que ha de traer el santo; a las tres sale el Dotorcito con la procesión del encuentro. A medida que avanza va engrosando con las gentes que le llegan de los campos. Las mujeres, todas lacrimosas y doloridas, van tocadas con los pañolones; la chiquillería quiere ponerse a la altura del conflicto e inventa extremos más o menos fingidos; grandes y chicos, mujeres y hombres, quieren marchar junto al santo vivo, junto al pararrayo. La procesión se detiene en el Puente Realh y el sacerdote habla. No llora en esta vez: exhorta a la esperanza. Como Collet119 a la guarnición francesa, promete confesar de una vez a la romería entera. Al son pausado de una marcha entona el rosario y comienza el ascenso por el pedregoso sendero. Se arracima, se aclara, se desbarata en el vértigo del fervor; suben los fieles una octava del diapasón; el rosario se difunde como un clamoreo. Los monagos, dispersos y enredados, trepan por los ribazos del camino; la cruz y los ciriales se destacan fantásticos sobre los barrancos y charrascales;120 los santos presentan,i en paraje tan agreste, aire extraño de transfiguración; la Patrona aparece más reina e inmaculada bajo los penachos de palmeras, bajo el dosel de los guaduales. La procesión sube y sube. Los hombres se cubren con las ruanas j121 y los golpes rojos de la bayeta resaltan entre el oscuro mujerío como cuajarones de sangre. Se ha avanzado demasiado y san Roque no parece. La procesión se detiene en La Meseta:k hay un momento de descanso.
Laura y Regina, que andan con los chicos, se entran por una cancilla a la finca de don Guillermo y van a sentarse en unas piedras a la sombra de unos arrayanes.122 Los rapaces, ajenos de cuidados, corren al bosquecillo de guayabos. a El Trisagio b escapularios, c El Castillo d San e són f Julio g párte h El Puente real, i presentan j ruanas, k La Meseta:
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla La joven está turbada y sobrecogida: ha estado a poca distancia de Marcial. Le ha dicho él con los ojos cosas tan dulces y terribles que ella no ha resistido a tanta elocuencia: a su vez lo ha mirado con ojos más amorosos que lo fueron siempre. Este retorno al pasado; esta recaída, después de una enmienda de ocho meses, la asusta y la acobarda. La asusta la ráfaga de dicha, el estremecimiento, el transporte que ha sentido al encontrarsea las miradas. Se había jactado de fuerteb y allí estaba la prueba. No, no. ¡Imposible! Estimular amor en ese hombre, era un delito; estimularlo en ella, otro mayor. ¡Qué amargura! ¡Qué despotismo del destino! Ni ser buena, ni tener aspiraciones altas, ni amar lo digno le era ya posible en este absurdo de su vida. Y mirando el picacho llamado la Cueva del Ermitaño,c que se alzaba al frente como un escombro, sintió, con intensidad harto honda y categórica, la atracción del aislamiento. ¡Qué dulzura y qué paz! Arrojar del corazón tanto lodo miserable; sacar de la cabeza tan ruines pensamientos; purificarse; no pensar sino en Dios, en el alma, en el cielo... eso sí era vivir y triunfar. ¡Qué delicia sería amar a Dios como manda la doctrina; qué delicia sufrir por Dios, dejarlo todo para buscarlo allá arriba, en las soledades de la montaña! Pero ella... ¡Ah! Estaba tan envilecida, era ya tan pecadora, que solo el pecado y la vileza la atraían.
*** —¿Estás muy cansada? —le preguntó Laura, al notarla tan triste y abstraída—. ¿O es que al fin te va entrando el miedo?
—Estoy algo cansada. No mucho. Todavía no tengo miedo: creo que no me dará. —¡Quién fuera usted, Regina! A mí se me ha pasado un poquito esta tarde; pero siempre tengo mucho. ¡Con tal que este rayo tan horrible no vaya por Remedios!...123 ¡Figúrese!... ¡Allá ni aun cura habrá! Viendo que la joven seguía en su mutismo exclamó luego: —Usted también tiene miedo. No lo niegue.
—¿Para qué se lo negaba? El Rayo no puede hacerme a mí sino un beneficio. —¡No diga eso, niña! —replica Laura, en tono dolorido de reproche—.d Si el señor cura le oye esas palabras, le mete su buen regaño. —Tal vez sí —contesta Regina con aire de fatiga—.e No he debido decirlo: fue un disparate que se me vino. ¿No has visto, pues, las bobadas con que salgo? —¿Bobadas?... El que no te entienda...
Y a poco agrega:
—Por ahí andaba aquel marchante, que se le salían los ojos, detrás de nosotras. ¿Cómo te fue, que no supe?
—Laura... recemos el rosario.
—¿Otro? Pero si hemos rezado mucho.
—Yo no recé nada en formalidad: he estado tan envolatada. —Eso sería aquel que te quitó la devoción. Ello dirá.f a encontrar se b fuerte, c La Cueva del ermitaño, d reproche— e fatiga— f dirá,
Salve, Regina —Recemos, Laura.
—¡Pero, niña, si no tenemos tiempo!... Los de arriba no deben demorarse. —Aunque no sea el rosario. ¡Cualquier cosa!
Por el vallado de piedra del camino asomó la cabeza del negro Fraciquí en actitud investigadora. La cancilla se abre y aparece la facha arrogante de Marcial Rodríguez. Entre resuelto y turbado, vase derecho a las señoras. Ambas a dos se sorprenden, se aturden sin poder disimularlo. Regina palidece. Después del buenas tardes lugareño, sin tratar siquiera de cubrirse, dijo con voz un tanto incierta y demudada: —Perdonen, mis señoras, la imprudencia... Hace días que acechoa la ocasión de hablar con usted, Regina. Tal vez no tenga ya ningún derecho. Pero... usted misma me ha animado esta tarde. Yo no puedo vivir así: dígame qué ha pasado entre usted y yo. ¿Por québ ha cambiado conmigo de ese modo? Yo no puedo creer que usted sea una mujer sin corazón. ¡Imposible creerlo! Usted me ha jurado amarme hasta la tumba. ¿Qué es, pues, lo que ha pasado? Dígamelo, Regina. Cualquiera que sea mi sentencia, yo debo oírla de su propia boca.
Calló, y como ella, más muerta que viva, guardase silencio, agrega luego: —¿Ni siquiera una respuesta le merezco? No era así hace diez meses. ¡Regina!... ¡Contésteme por Dios! Máteme de una vez, que yo prefiero la muerte a esta incertidumbre.
—¡Qué he de contestarle, Marcial! —dicec la hermosa, desfallecida de angustia, implorando a Laura con los ojos—. Si yo tampoco sé qué pasa... Yo no puedo hablar ni decir nada.
—No ignoro —dice Marcial Rodríguez— que en su casa se oponen abiertamente a que usted y yo nos amemosd y que, fuera de misiá Laura, todos me hacen la guerra. Pero este punto ya lo habíamos tratado usted y yo: usted me dijo que sobree todo esto estaba el amor de nosotros... ¿Es cierto, Regina? Conteste. —Es cierto, Marcial —murmura ella, sin poder contener el llanto que la enajena por completo.
—¡Entonces... no entiendo! —exclama el joven con vehemencia—.f Explíqueme usted, misiá Laura, este misterio.
—Es muy claro —contesta la señora no sin cierta entereza—. Ya que me lo pregunta, debo decírselo. Lo que cuentan de su conducta; de la vida que lleva, nog puede halagar a nadie, ni mucho menos a Regina. Todo esto la ofusca y la enreda. —¡Ah! ¡Yah comprendo! —exclama el caballero afortunado de La Blanca—.i ¡Chismes ridículos!... ¡Calumnias que han regado mis dos rivales! Creen que me desprestigian, que se elevan ellos. Pero se equivocan los miserables: ¡yo sabré desmentirlos! —¡Desmiéntalos, Marcial, desmiéntalos! —repone la crédula señora, con verdadero entusiasmo—. j Pruebe usted con los hechos que todo es mentira, que usted no es lo que dicen; y yo le respondo que en casa no se opondrá nadie a sus pretensiones. —¡Se lo prometo misiá Laura!
a A, C, O: asecho / B, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N, Ñ, P: acecho b ¿Porqué c Marcial!,—dice d A: amenos, / B, C, D, E, H, I, J, O, P: amemos, / F, G, K, L, M, N, Ñ: amemos e so bre f vehemencia g A, O: de la vida, que lleva no / B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, M, N, Ñ, P: de la vida que lleva, no h Yá i La Blanca— j entusiasmo—
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Parecía más alto y vigoroso en su fingida dignidad. Era un mocetón adusto de veinte años, imberbe todavía, de pelo crespo e indómito, cara de un moreno agitanado y ojos verdosos y avasalladores. Fulminábalos en ese instante contra sus enemigos invisibles.
—Marcial —dice Regina enjugándose el llanto—,a dejemos esto de una vez. No piense en mí.b Yo no puedo hacerlo feliz... ni a usted ni a nadie. —¿Qué no piense en usted? No, Regina...
Aquí fue interrumpido. Del lado del camino se oyeron voces ahogadas. Por sobre el cercado asoma la cara desfigurada de una mujer del pueblo. Manotea y gesticula como una furia;124 pretende treparse por el cerco. Fraciquí aparece tras de ella; áselac de un brazo y la echa abajo de un tirón. Al punto se deja ver el negro por los barrotes de la cancilla. “¡Amito!”,d grita asustado; “¡Amito!”,e repite del mismo modo. Marcial, fuera de sí,f se aboca hacia la puerta y sale hasta el camino. El incidente pasa en un segundo. El rebullicio de afuera indica a las señoras que san Roque ha llegado. —Vámonos, Regina —le dice la hermana afanada y confusa—.g Vámonos. Pasemos adelante para que no nos demoremos.
—¡No, no, solas no! —exclama la cuitada125 cerrando los ojos, toda estremecida.h —Nos coge la noche, si nos metemos en la procesión.
—¡No le hace! Esperemos que llegue la gente a la puerta, y nos pegamos del Dotorcito.
—¿Tiene miedo, Regina?
—Mucho, pero no es de El Rayo. (Un gemido se escapa de su pecho). —No llore, niña: desprecie a ese arrastrado.126 —Sí, Laura.
—Una negra infeliz se deshonraría casándose con ese... Estímese, Regina, en lo que vale, aunque se le parta el corazón.
—Sí, Laura. i Llamaron a los niños. En medio de ellos, ceñidas una a otra, cual si se amparasen mutuamente, llegaron a la cancilla.
—Devolvámonos, Laura —exclamó la joven, al verse en el camino—.j Devolvámonos, ¡por Dios!,k que nos ven. ¡Nos están viendo! —Regina, ¡por la Virgen!,l no se ponga así, que entonces sí m que es cierto que van a reparar. Nadie ha notado nada. Abra el paraguas y séquese esas lágrimas. Y al ofrecerle el pañuelo, las suyas temblaban redondas y congeladas en las puntas de las pestañas. Lágrimas de coraje que le rozaban las mejillas sin deshacerse. *** Allá arriba, al volver un recodo de la senda, asomaron los conductores de san Roque. En la meseta del descanso complementosen la procesión. El Dotorcito apostrofó al a llanto— b mí, c Ásela d “¡Amito! e ¡Amito!
f sí g confusa— h extremecida.
i A, B, C, D, F, G, H, I, J, K, L, M, N, Ñ, O, P: —Una negra infeliz se deshonraría casándose con ese... Estímese, Regina, en lo que vale, aunque se le parta el corazón.
—Sí, Laura. / E: [omisión j camino— k Devolvámonos ¡por Dios!
l —Regina ¡por la Virgen! m si
n complementóse
Salve, Regina Santo, entre lloros y deprecaciones. “¡Ay! ¡Quién, quién fuera la perrita pa lambele la llaga!”.a Ahí le entregaba ese rebaño; y, pues era él atajador milagroso de toda enfermedad, los librase, ante todo, del rayo del pecado, y se cumpliera después la voluntad de Dios y de “mi padre San José”. Gimieron las mujeres con estrépito y los hombres en silencio. Sonó la marcha, se acompasó el clamoreo, volvieron cara al pueblo los santos titulares y principió el descenso.
De las andas del huésped pendían, como penachos de oro, ramos exuberantes de americana;b127 cubrían la alta base manojos de flor de uvitoc128 y de yedra de San Juan.d129 Maravillábase la chiquillería con aquel santo tan lindo, que tenía sombrero, bordón con calabaza, llaga y perrita lamedora.
Según bajaba la romería, se iban calmando los gemidos. De boca en boca pasaba una noticia consoladora en su mismo desconsuelo: el padre Salamanca se había demorado en El Castillo por haber tenido que auxiliar dos atacados. Luego El Rayo daba espera. Terminaba el día con la tranquilidad de un justo. El poniente de lumbres desteñidas; las montañas despejadas y azules; el reposo del valle; la solemnidad de la hora, obraban en la creyente multitud, al par que el alivio de las preces y el desahogo del llanto. Sursum corda.130 Porque arriba estaba el puerto, arriba estaba la esperanza. Sobre la tierra misma parecía reflejarse: allá abajo, arrebujada en su manto de verdores, mostrando a trechos la albura de sus paredes, veíase la aldea sentenciada. ¡Cuánta paz! Parecía una enferma, ya ungida, que aguarda ansiosa la hora de la cita. Divisábase la torre de la iglesia como un anteojo ebúrneo,131 dirigido al cielo por el lado que alarga; por el de la fe, que abre horizontes infinitos, que busca la inmensidad para volar serena y luminosa. Junto a la iglesia, en el trunque nivelado de una colina, blanqueaba el camposanto. ¡Cuán hermoso en su misma sencillez! La alfombra de hierba que lo cubre, la sombra de tanta cruz, el misterio que lo envuelve, convidan a dormir el sueño de la vida. El grupo de las Duartes, ingerido entre la turba, llevado de aquí para allá, no alcanzó a llegar hasta el Dotorcito. Estancadas en las estrechuras, quedaron al fin y al cabo las últimas de la cola, con dos de los chiquillos, solamente, pues Jorge se había enrolado en el centro de la romería.
Al verse solas, recostosee Regina en un cercado a la vera del camino. Por el ánimo de Laura pasó el terror.
—¿Qué siente, niña? —exclama en el colmo de la angustia.
—No se asuste: no es nada. (La voz y la cara la desmentían). —Algo tiene muy horrible. ¡Tiene que tener! ¡Qué hacemos, Dios mío! —Si no es nada, Laura. Ya usted está creyendo que es El Rayo. —¿Siente la picada?...132 ¡La siente, niña, no me lo niegue! —No sea aprensiva. No me pica ni me duele nada. No tengo sino desaliento. —¡Pero si está oprimida, si no puede hablar! (Laura quiso aflojarle los vestidos; Regina no lo permitió).
—Si no es nada... Ya se me está pasando.
a llaga!” b Americana; c Flor de uvito d Yedra de San Juan.
e recostóse
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Recostolaa la hermana en el regazo; una convulsión violenta le sobrevino; la respiración le faltaba. Laura, desesperada, dando gritos, la sacudía como a un niño. Regina, por un esfuerzo supremo, dio una respiración, lanzó un grito ahogado y estalló en sollozos, en sollozos largos, profundos, comprimidos mucho tiempo. Pudo entonces levantarse, sacudirse. Se estremecía toda como si la azotaran. Laura ordenó al mayor de los hermanos corriese al pueblo a pedir auxilio y quién llevase a Regina. —¡No, no, Eduardo! —gritó ella—.b ¡No vaya a asustar a mi mamá! Esto no es nada.
—¡Está muy mala! —plañe la otra—.c No puede irse por sus pies. —Sí puedo... Espérense un instante... Vea que sí. Dando cinco o seis pasos fue a sentarse en una piedra, trémula y palpitante. Parecía calmarse.
—Pero... ¿qué le ha dado? —preguntó Laura, al cabo de un momento. —No sé: una cosa parecida a lo que sentí cuando me envenené con higuerón.133 Pero ya me va pasando.
—Llore, niña, bien duro —exclama Laura llorando también—,d llore y verá cómo se acaba de aliviar.
—Ya lloré —contestó Regina arreglándose la ropa—. ¡Por Dios!... ¿me vio alguno cuando me dio eso?e —¡Si no ha pasado una alma!... —contesta la hermana enjugándose las lágrimas.
Infundiéndose valor una a otra, fingiéndoselo, permanecieron todavía unos minutosf y, luego a poco, siguieron el camino, asidas por el brazo. En el ánimo de la hermana mayor surgía el problema. ¿Cómo ocultarle a mamá la escena con Marcial? ¿Cómo contársela? De un modo ug otro, era ella la responsable de lo ocurrido, por haber metido a Regina en la romería,134 contra el parecer de doña Antonia. Ya no sentía miedo a El Rayo: sentía una angustia extraña, un temor que no podía definir. Regina le daba bromas sobre el que ella le había ocasionado momentos antes. Laura no entendía: ¿fingía Regina por desalarmarlah o, realmente, no daba al asunto ningún significado?
*** A tres cuadras aquende el Puerto Reali irían las señoras, cuando, por la partida que conduce, precisamente, a La Remanga, se oyeron voces lastimeras y desoladas. Por las articulaciones bozales, comprendieron al punto quién era el cuitado. “¡Si calai! Amito pegó a su nego, poque le ijo su veldá. ¡Amito lo lumbó e la casa, como a un pelo gusaniento! ¡Ay! ¡Qué halá sin Amito el nego Faciquí!j ¡Qué halá en la vida! Faciquí se güelve ponde Amito, manque lo mate a las patalas”. Y seguía llorando a solas, tirado boca abajo en el camino. a Recostóla b ella— c otra.
d también— e —¡Por Dios!....¿me vio alguno cuando me dio eso? [Esa línea de diálogo del personaje Regina se encuentra como una intervención subsiguiente e independiente en el texto base. Al pertenecer a la enunciación anterior, se articula en aquella aplicando las precisiones ortográficas concernientes].
f minutos, g ú h desalarmarla, i A, B, C, D, E, F, I, J: El Puerto Real / G: El El Puerto Puerto real real / H: El El Puerto Puerto Real Real / K, L: El Puerto real / M, N: El puerto real / Ñ: El Puente Real / O:
El Puente Real35 / P: el Puente Real [Los testimonios Ñ, O y P intervienen el texto al considerar la proximidad semántica con la locación Puente Real, anteriormente mencionada por el autor].
j Faciquí!
Salve, Regina Adoraba en Amito; era Amito su religión. En ese espíritu triste y caótico no existía más noción precisa que Marcial Rodríguez. Era el ser providente que, imperando en él por ley de soberano, le daba hasta la vida. Su negra existencia dividíala en dos partes: antes y después de Amito. Antes: azotes, hambre, miseria, la crueldad del blanco, el yugo horrible del que sin ser esclavo por la ley lo es por raza y por herencia, por estupidez e inutilidad. Después, un ser humano que le dispensa atenciones, que lo eleva a la categoría de persona, que le da el pan, que le arroja un mendrugo de cariño. Todo esto, sin explicárselo, por supuesto, sentíalo el negro en su propio embrutecimiento; y la gratitud reventaba en sus entrañas como chorro de agua comprimida. Nadie supo en La Blanca la procedencia de Francisco, ni la sabía él mismo. Su edad tampoco podía calcularse. Jamás se le ocurrió suponer que pudiera tener padres, hermanos, afectos y edad como los hombres. Tan escasa noción debía tener del yo, que casi siempre se nombraba a sí propio en tercera persona y con el mote cariñoso emanado de Marcial. Vino a manos de don Juan Rodríguez, entre los bienes heredados de un tío suyo, sacerdote de muchos caudales. Vino como un bien mostrenco,135 como una excrecencia. No era esclavo, sin embargo; que ya por ese entonces se había abolido la esclavitud.136 Para todo menester mostrábase inútil, torpe y perezoso. Era un ser inerte, sin deseos, sin pasiones aparentes; un andrajo arrojado al pudridero de la vida. Fuera de cantar, no se le conocieron más aficiones ni habilidades. Sin que diese razón de dónde los tomara, cantaba unos aires extraños, de indecible tristeza; algo como yaravíes,137 que en nada se asemejaban a los cantares de nuestras montañas. Acaso fuesen la nostalgia africana, el recuerdo del bosque y de la tribu, transmitidos hasta Francisco; tal vez los inspiraron la noche triste del cautiverio, las flagelacionesa de un ser querido, la mercancía palpitante de algún barco negrero. Es lo cierto que al africano parecía dolerle algo muy hondo, cuando entonaba aquellos aires. Conmovía fibras desconocidas su voz dejativa y melancólica; daban risa esas articulaciones bozales e infantiles que excluyen la erre. Cuanto oía lo cantaba al son de su vihuela;138 pero todo, bien fuese el bunde139 más regocijado, le salía triste, impregnado de nostalgia.
Pusiéronlo un día a cuidar a Marcialitob y una nueva vida se inició en Francisco. Entre los dos se fue formando el vínculo del afecto y del compañerismo, quedando ambos confirmados desde entonces con los motes de Amito y Fraciquí que mutuamente se pusieron. Para servir a su niño, sacó energías de su inercia y actividades de su pereza. El corazón del negro se despertó. Conmovía ver aquel tipo clásico del Congo, miserable y triste, interesante por su significado y por la suprema fealdad, velando con el fanatismo de un culto, al vástago endeble de la raza enemiga;140 cargando siempre a aquel chiquitín, rubio e inquieto como una ardilla. Vivían entonces en La Remanga. Cuando se lo quitaron para ponerlo en la escuela, el negro vagaba por los rastrojos, lloroso, alelado, sin objetivo en la vida. Crecido Amito, hecho un hombrón antes de tiempo, fue para el salvaje trasplantado, a fla gelaciones b Marcialito,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla el jefe de su tribu. Al saludarlo, después de alguna ausencia, las lágrimas le corrían, y le besaba las manos y el vestido.
En la novia de Marcial veía un mito, una divinidad bienhechora que en algún tiempo no muy distante debía embellecerle, encantarle la vida. Servirla siempre, servirla de rodillas era su sueño. Varios sábados, por la noche, después de algún aquelarre de tamales y aguardiente, llevábalo el galán a que cantase en las ventanas de la amada. ¡Qué trastorno! ¿Cuándo se dio en el orbe más alto magisterio? “Fraciquí cantando a la princesa”…, decía el ilota,141 y esos ojos esféricos, cuyo blanco lo parecía más en esa caraza de hollín, fulguraban entonces humedecidos por el enternecimiento. Esta adhesión, esta fidelidad de perro, pagábala el amo a su manera: cariño a ratos, pescozones con frecuencia, largueza siempre. Tal era Fraciquí. Tirado en el pedrisco del camino, seguía en sus lamentos. Las señoras pasaron de largo por la encrucijada, atajando a los hermanos que pretendían acercársele, para imponerse del suceso. Siguieron adelantea y, entrando al puente, unióseles Jorgito, a quien suponían ya en el pueblo.
—¡Chupá,142 Regineta! —grita el chicuelo sacudiendo la mano y haciendo chocar el índice contra el cordial—.b Chupá, que Amito se volvió para La Remanga... ¡Hi! ¡Hi!...c Después que se contentaron.
—¡Quéd sabés vos, entrometido! —dice Laura realmente incomodada. —¡No sabré! No vería yo, cuando estaba subido en el guayabo, que él se dentró a la manga a conversar con vustedes.
Y, sin más réplica, tiró adelante como un rehilete,143 en alcance de la romería. ¡Ahora sí! El secreto estaba descubierto. Cuántos disparates iría a llevarle a mamá ese enemigo malo. Afortunadamente que no estaba presente “cuando la moridera de Regina”. *** Así fue, en efecto: cuando llegaron a casa, ya Jorge había rendido el informe. No lo hubiera necesitado doña Antonia: harto lo revelabae el aire de las hijas; Regina, tan disimulada y todo, no podía ocultar el sufrimiento.f Por no postrarla más, hízose doña Antonia la indiferente.
En cuanto a la calamidad general, halláronla muy desalarmada. No era tanto como decían: el compadre Gil acababa de llegar de los pueblos circunvecinos y estaba muy al tanto, contados eran los casos de muerte fulminante; casi todos alcanzaban sacramentos y muchos no morían. El mal se presentaba de muy diversos modos, con fiebre casi siempre, y más en las montañas que en los pueblos. La sangría estaba dando, últimamente, magníficos resultados. Doña Antonia ya no tenía miedo. Una vez sola con Laura, pidiole cuenta de lo ocurrido. Contoleg ella todo, sin ocultarle el ataque, ni su intranquilidad por la salud de Regina. Con eso tuvo la madre para entrar en tortura. Fuese a la joven: preguntó, requirió, indagó. Nada: a adelante, b cordial— c Hi! Hi!....
d ¡Qué e A, B, C, D, E, F, G, I, J, K, L, O, P:
revelaban / H, M, N, Ñ: revelaba f sufrimiento g Contóle
Salve, Regina cansancio y nada más;h un dolor de cabeza insignificante, que pasaría con el sueño. Sin que se lo indicaran, se metió en cama inmediatamente. La señora le aplicó en un momento los remedios caseros que mejor le parecieron; pero un nudo le apretaba la garganta: ella le veía a Regina una cara tan demudada, tan extraña. “¿Qué siente, mi hija?”. “Sia no siento nada, señora”. Y fingía dormir.
Nada sentía, en realidad; nada pensaba. Una laxitud, un marasmo la embargaban por completo: parecía que todo el mecanismo de su ser consciente se hubiera paralizado. Doña Antonia, a cada instante, entraba al cuarto en la punta de los pies: leb examinaba el semblante, la respiración, el pulso. Salía, hablaba con Laura, y tornaba al examen. Hízola entrar, para que, a su vez, la examinase;c no había duda: Regina tenía fiebre.
Ambas a dos, sugestionada una por otra, lanzaron el diagnóstico terrible. Sí: lo que Regina había sentido a la vuelta de la romería era la picada, la picada que estaba ocultando por no alarmarlas. A las nueve, cuando el Dotorcito volvió a la casa, encontró a las señoras consternadas. “Regina está con El Rayo”, fue el saludo de la madre. “¡Nod lo permita Dios, mi señá Antoñita!”.e Entráronlo al cuarto. La vio desde la puertaf y salió llorando. “¡Estág muy malo el Dolatro —dijo en el corredor—,h muy malo enteramente!".i Cuando así lo declaraba el hombre iluminado, ¿quién podría dudarlo? *** A las once de esa misma noche se reunía en consulta el cuerpo médico de La Blanca: Don Hermógenes, el boticario; manoj Esteban, el yerbatero144 insigne, y la tía Juana, especialista en tabardillos145 y descensos.146 El caso era desesperante. Cierto que la víctima no daba señales de picada todavía; pero la fiebre, como una llama, la consumía por momentos. No debían andarse con paños calientes. Doña Antonia daba vueltas como una atontada; el Dotorcito, cruzados los brazos, todo agachado y empequeñecido, rezaba y rezaba, volteando por los cuatro corredores. Jorge, que había despertado con tan extraño movimiento, se andaba por ahí, entre fisgón y asustado. Laura lloraba en silencio junto al lecho de la enferma. Regina, aletargada en las primeras horas, agitábase ahora en inquietud desesperante. De pronto, salta convulsiva, con los ojos abiertos y agrandados. Quiere tirarse de la camak y grita horrorizada:
—¿Qué es, mi reina?
—¡Me quería matar... con ese palo!
—¿Quién? ¡Despierte, mi hija, que tiene pesadilla! (Palpita entre sus brazos, azogada y sollozando. La sacude, le soba la cabeza, la acaricia). ¡Despierte, por Dios! No se asuste, que es soñando. Vea que está conmigo, con Laura. No despierta. Ambas se acuestan abrazadas. Laura la besa y le moja la cara con sus lágrimas. Siente que la quema aquel cuerpecillo grácil y armonioso. Por no h más:
a hija?”—“Si b A, B, C, D, E, F, G, H, J, K, L, O, P: la / I, M, N, Ñ: le c examinase:
d —“¡No
e Antoñita!” f puerta, g ¡Está
h corredor— i enteramente!
j Mano k cama,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla hacerle más daño, le acomoda la cabeza en las almohadas, le arregla los abrigos, arrima un asiento frente a la cama y sigue llorando en silencio. En el ínterin la junta ha decidido. Contra el dictamen de tía Juana, y apoyada por el de mano Esteban, ha triunfado la épica lanceta de don Hermógenes. “Triunfo de la muerte”,147 que diría el Petrarca. ¡A la obra, sin pérdida de tiempo! A Laura, que resultó india de pura sangre, le dio un desmayo, cuando la vio saltar, purpurina y ardiente, del brazo de alabastro. No la vio sobre las sábanas ni cómo se congelaba en el fondo de aquel platón de porcelana. Jorge, de aquí para allá, requemado, encendido, con los ojos de árabe todos brotados, con tendencia al puchero, trataba de entender. Al fin no se contuvo: dos lagrimones le saltan y, con voz ahogada, le dice a doña Antonia: “¡Busté pa qué dejó!”.a Los agentes de El Rayo retiráronse a la sala, pensativos y solemnes. Habilitada de muerta oficialmente la hija predilecta de don Guillermo Duarte, veníaseles encima el consecuente terribilísimo problema: ¿Cómo hacer para que este padre alcanzase a esta hija, desde aquella Remedios tan lejana? Conmovido el pueblo, todo lo inventaron esa misma noche: expreso infatigable; un caballo, mitad camello, mitad pegaso;148 facultades para reventar los que al paso le viniesen; cartas a las poblaciones del tránsito para que, a su vez, le aprontasen caballerías a don Guillermo;b total: un milagro. “¡Pobre mi compadre —decía don Hermógenes—,c tan buena persona!”.d Era el Creso149 de La Blanca, el más querido, porque solo venía de paso a aquel pueblo comido de rencillas y rivalidades.
*** A las siete tañían a rogativa. Tristes, insistentes, como una obsesión de amargura, sonaban en el ambiente de la mañana las vibraciones del bronce. Sobre el vecindario todo, cerníase la imagen de Regina; en el colegio, en aquel matalotaje150 de grandes y pequeños, de niños y de hombres, más de un mozo llevaba en la fantasía el hechicero rostro, la dulzura de aquella sonrisa y ese aire de gracia e inocencia; las gentes graves oscilaban entre el temor y la esperanza. ¡Horrible incertidumbre! ¿Principiaba el castigo por las víctimas más preciosas? ¿Era esta sola la hostia propiciatoria que pagaba por el pueblo entero?
Desde el púlpito, en medio del panegírico151 y del llanto, anunció el Dotorcito, para después de la misa, la administración del Dolatro.
A son de música y bajo palio, sale a visita el Dios Sacramentado. Tan insólita pompa sobrecoge al concurso; lloran los ancianos, fascínanse los niños; se derriten las velas al viento de la calle; las gallinazas huyen de los techos; mandan los naranjos sus soplos perfumados. Es como un Corpuse152 dedicado a Regina. En el zaguán, regado de pétalos y de hojas, asoma doña Antonia; al ver cruz y ciriales, retrocede asustada. Calla a dejó!” b Guillermo:
c compadre, decía Don Hermógenes, d persona!” e corpus
Salve, Regina la música, agólpase el gentío, se colma la casa, rezan en coro, suenan las campanillas. Todos quieren entrar hasta la alcoba. Regina contesta el Sí creo153 con acento reposado y recibe con unción la forma consagrada. Nadie nota en su rostro vislumbres de temor. Pasa la ceremonia. Por los ámbitos de la casa flotan átomos de misterio. Desde esa hora fue ella otra Agramante;154 quedaron los niños a merced de la primera madre que encontraron; manos oficiosas empuñaron las riendas del gobierno. La caridad y la novelería se dieron cita en esas piezas y corredores: por la noche era eso un mentidero de novios y de comadres, de novenas y santos alumbrados, de chocolates y piscolabis.155 Doña Antonia, huyendo del embolismo,156 huyendo de sí misma, vagaba por ahí, sonámbula y desencajada. Se puso en la puerta de la alcoba doble centinela y en el zaguán una junta atajadora; Laura no se apartaba de Regina; el Dotorcito, encerrado en la sala, oraba de rodillas.
La enferma, sin perder completamente la noción de la realidad, desvanecíase, entre tanto, como en un ensueño de angustia y de fatiga. Los fenómenos de la anemia la trastornaban; sus facultades conscientes, tan pronto fulguraban intensas y precisas, tan pronto se oscurecían en el letargo. Sufría, no obstante, sufría horriblemente: miedo, sobresalto, la amargura de su vida que se le hacía dulce al dejarla; el padre ausente a quien no diría adiós; el horror a lo insondable; el fantasma de Marcial, ahora más amado y poderoso. Todo, todo tenía que dejarlo y no se resolvía. Pedíale a San José la buena muerte. ¡Ay, qué horrible era la tristeza de entristecerse!
Así pasó un día y otro y otro. La trinca de Galeno,157 constituidaa en enfermeros, apelaba a los mil expedientes de la terapéutica. A cada síncope encomendaba el Dotorcito aquella alma para él tan querida; y, a ser posible, más de una vez le hubiese aplicado la extremaunción.158 En la mañana del cuarto día, a eso de las nueve, después de un sueño largo y al parecer tranquilo; después de una tregua de la ciencia, abrió Regina los ojos, animada y sonreída. Por los circunstantes pasó la esperanza. Laura le dio alimentob y ella le dijo al oído:
—Quedémonos solas y cierre la puerta.
—Sí que estás aliviada, mi reina —le dice Laura al cumplir lo ordenado. —Sí estoy muy bien, porque voy a morirme.
—¡No diga eso!
—Sí, Laura, ¿no ve qué tan contenta estoy? Me voy al Cielo. Ayer... no sé cuándo, sufría, sufría mucho; pero hoy... ¡me siento tan feliz! Y, en efecto, su voz desfallecida y quebrantada tenía un no sé qué de efusión y de transporte.
—¡Y nos dejas solas en la vida!
—¿De qué les he servido? ¡De tormento!... Ya se acaba estoc y yo las acompaño desde el Cielo. No llore, Laura: yo le cuento... He pedido a la Virgen y a san José, para que me ayudend y me han oído: He visto una flor tan linda... ¡si pudiera decirle a constituída b alimento, c esto, d ayuden,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla cómo es! Creo que me la mostraron, para que saque por ella lo que es el Cielo... No llore, no sea bobita (y le apretaba las manos con infinita ternura). Óigame:a en el cofrecito de conchas están las cartas de Marcial, el retrato y unas cositas que me había regalado... Entrégueselas en propia mano.
—Y ¿qué le digo a ese hombre? —dice Laura apurando el llanto. —Que voy a pedir mucho por él... para que sea bueno.
Reinó un corto silenciob y agregó luego:
—Acábele la bufanda a mi papá.159 Dígale que no tengo más pena en mi muerte que no verlo y no recibir su bendición. (Pausa). Cuiden mucho al Dotorcito y busquen quién le lea. Hágale la bufandita a Jorge. Mis joyas son para la niña y el corte de gasa...160 Cuando vaya de ninfa161 se lo hacen muy lindo... No llore: réceme pasito la oración de san José. Terminada, dijo:
—Llámeme a mi mamá, para que me eche la bendición.
Tragándose las lágrimas diósela doble doña Antonia, por ella y por don Guillermo. Pidió Regina que le trajesen la niña y le entrasen los muchachos. Pero un síncope le sobrevino. Aquel organismo inerme, anulado de un golpe, tenía ya agostadas las raíces de la vida.
A las siete de aquella noche, ya en agonía, aún intentaban los últimos esfuerzos. A la una la sacaron expirante de un baño. En brazos de Laura, que acababa de enjugarla, se quedó a poco como un niño que se duerme.
*** El eterno Ha muerto oyosec en esta vez como el quejido de un solo corazón. Claro: nadie había enfermado en La Blanca; de las montañas ya no bajaban las tristes barbacoas; El Rayo había cesado por encanto: luego era Regina la víctima propiciatoria;162 luego había bastado ella sola a detener la diestra justiciera. Y aquel lugar de rencillas, siempre palpitantes, de enconos inveterados, anticristiano en su intolerancia y en su misma gazmoñería,163 viose, una vez siquiera, unido y reconciliado por un sentimiento común, hondo y complejo. Harto bastardo en el fondo, a fuer de humano, velábase con nobles apariencias. Bajo el aparato de consternaciones y amarguras, ocultábase, no muy adentro, enteramente, un cucurucho164 de confites.d Verbigracia: el sentir una vez más la igualdad ante la muerte; el goce de un espectáculo y de un tema; el placer delicioso del alarde; la satisfacción de los débiles con la caída de los fuertes; el quitar del medio un término insultante de comparación; el abolir un privilegio. Fuera de estas dulzurillas, obraba en los blanqueños el dulzor grande, para ellos especialísimo: el descanso del que se siente exento y rescatado. No es poca cosa pasar de los terrores de la capilla a los encantos del indulto. Podía, pues, toda esa gente darse gusto con su dolor inmenso y derrochar el lujo que quisiera. Así fue: la casa se llenó en un momento y exhibió el duelo sus infinitas variedades.
a Oigame:
b silencio, c oyóse d confites:
Salve, Regina Las mujeres, con especialidad las casaderas,165 mostrábanse inconsolables. Aquellas que le inventaban a Regina tantas mangas y capirotes, corrieron las primeras a inventarle la mortaja.
“Aquí está”, dijo Laura, compareciendo ante la luctuosa asamblea. Y con esa delicada manifestación del egoísmo, con esa noble vanidad que se gasta con los muertos, desplegó ante las mortajistas aquella tela radiante, hasta entonces escondida. Tan nívea, tan etérea, con hebras de argentada lama, parecíase al chorro de La Blanca. ¡Qué deslumbramiento! ¡Dichosos los gusanos! “Se la trajo mi papá de Magangué166 —agrega Laura, con el dolor, con el enternecimiento que causan las pequeñeces en las grandes tribulaciones—. Pensaba hacerla cuando él viniera, y no ponérsela sino una vez, nada más que por complacerlo. ¡Tal vez no le verá el estreno! ¡Pobrecito! Ella le tenía pereza porque le parecía muy lujosa... De oro se debió vestir ese ángel”.
Desde temprano estaba expuesta a la pública admiración. Ya no la examinaba doña Antonia.
No se vaciaba la casa un solo instante: todos querían contemplar la hostia en su gloriosa apoteosis.167 Allí arde, entre cirios y entre flores, blanca, santificada, eucarística. En las manos, puestas a la manera de Murillo, se entrelaza, confundiéndose con ellas, el cetro de azucenas. No es ya la mujer: es el símbolo, la concreción extática del ideal más alto y femenino. La esencia que animaba aquellas formas hechiceras les ha dejado como el crepúsculo de su divinidad. Nunca expresó ese rostro escultural lo que expresa ahora. Parece que en su sueño de pureza oye el himno revelador, que explica la vida de la tierra; parece que todo lo entiende ya, que todo lo contempla desde la cumbre transfiguradora de la muerte. Bajo ese éxtasis se adivinaa la paz soñada, la posesión suprema de la dicha. Dijérase que las pestañas se han cruzado para que aquellos ojos tan hermosos, habituados a abrirse, no vayan a interrumpir por un instante las visiones del ensueño; que la onda negra y oleosa del cabello se ha dispuesto adrede, porque el oído no perciba una nota tan sola de esta vida. Los circunstantes,b sobrecogidos ante el triunfo de Regina, guardan silencio. Sobre la frente glorificada se ha posado una mosca. El Dotorcito corre a espantarla. “¡Tanc linda, el Dolatro! —exclama el sacerdote, soltando el hilo de sus lágrimas—.d ¡Lo mismo que la Virgen! ¡Ese es tu puesto! ¡Te fuistes y nos dejastes en esta porquería! Pidee por nosotros; ¡pídele a mi padre san José por este pecador!”.f En la puerta aparece el negro Fraciquí.
“Bendito sea mi Dios”, plañe abismado.
Y se le contrae aquella cara, blanquéanle los ojos, la noble jeta se le descompone con un sollozo que no puede reprimir.
“¡Ay! ¡Ay!... Yo que venía a llevale a Amito la lazón. ¡Quég halá en la vida sin su pincesa; qué halá en la vida!”.h a A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, M, N, Ñ, O, P: adivinan / L: adivina b circunstantes c “Tan d lágrimas— e Píde f pecador!” g ¡Que h vida!”
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Fueron a sacarlo, pero el Dotorcito se opuso: “¡Lloremos juntos, Fraciquí! —gime el bienaventurado acercándose al negro—.a ¡Lloremos harto... pero de alegría!”.b A tan extraños alaridos corre Jorge. Trae en una mano un trozo de panela y el trompo en la otra. “¡Regineta! ¡Regineta!”, grita de repente, y por las mejillas enjalbegadas168 de dulcec corren los hilos salados, con la afluencia de la niñez. No se pudo aguardar más tiempo a don Guillermo: el fuego de la tierra reclamaba el tesoro que le pertenecía.
A la oración tornaban del cementerio. Laura traía un regalo para don Guillermo: los cabellos de Regina.
Fraciquí quedó en el camposanto acurrucado169 en la puerta. Enloquecido de dolor apostrofaba a la Pincesad con todo el raudal de su salvaje inocencia. Era media noche. Un plenilunio soberano se derramaba por el valle; las cumbres parecían más altivas sobre el fondo lácteo del cielo; más blanca que siempre saltaba la cascada; Fraciquí seguía llorando junto a la verja. Allá lejos, en La Remanga, donde el río se duerme bajo los toldos de suribios;170 allá, entre el rumor de los cañaverales, a las luces erráticas de los cocuyos,171 fermentaba, como una almáciga,e el lodo fecundante de la vida. Acá, en los corredores de la casa, junto a las resedas cultivadas por la muerta, rezaba paseándose el Dotorcito. Apoyosef un momento en la baranda a contemplar el cielo y a escuchar la noche. Solo el caer de la cascada, en ese instante perceptible, turbaba el silencio. El alma del sacerdote se cernía. De pronto, como un reclamo de la tierra, oyó en la calle choque de herraduras.
Era don Guillermo que llegaba.
a negro— b alegría!” c dulce, d La Pincesa e almáciga f Apoyóse
Salve, Regina
1
Salve, Regina: esta obra es publicada por primera vez en la Imprenta Oficial de Medellín en 1903 (N. del E.).
2
Leopardi: (Recanati, Italia, 1798-Nápoles, id., 1837). Escritor italiano. El tema del declive político y moral de la civilización occidental y, en particular, de Italia, es central en sus primeros poemas, que pasaron a formar parte de los Cantos (Canti, 1831), obra que pone de relieve el divorcio del hombre moderno y la naturaleza, considerada como única fuente posible de amor (Ruiza, 2019). Por otra parte, el epígrafe corresponde al verso
73 de su poema “Amor e morte”, publicado por primera vez en
la segunda edición napolitana de Canti (1835). Este poema es “compuesto probablemente en Florencia en el otoño de 1832 [La traducción es propia] (Gallo y Garboli, 1993, p. 217).
3
líquenes: organismo resultante de la simbiosis de hongos con algas unicelulares, que crece en sitios húmedos, extendiéndose sobre las rocas o las cortezas de los árboles en forma de hojuelas o costras grises, pardas, amarillas o rojizas (dle, 2018).
4
cardos: planta anual, de la familia de las compuestas, que alcanza un metro de altura, de hojas grandes y espinosas como las de la alcachofa, flores azules en cabezuela, y pencas que se comen crudas o cocidas, después de aporcada la planta para que resulten más blancas, tiernas y sabrosas (dle, 2018).
5
torzal: unión de varias cosas que hacen como hebra, torcidas y dobladas unas con otras (dle, 2018).
6
armiño: mamífero carnívoro, de unos 25 cm de largo, sin contar la cola, de unos 8 cm, de piel muy suave y delicada, parda en verano y blanquísima en invierno, exceptúala la punta de la cola, que es siempre negra (dle, 2018).
7
encarruja: retorcerse, ensortijarse, plegarse con arrugas menudas (dle, 2018).
8
desmelena: solarse, desinhibirse (dle, 2018).
9
basalto: roca volcánica, por lo común de color negro o verdoso, de grano fino, muy dura, compuesta principalmente de feldespato y piroxena o augita, y a veces de escritura prismática (dle, 2018).
10 Santa María de la Blanca: corresponde al actual municipio de
Concepción, en el oriente antioqueño (Bernal, 2008, p. 355).
11 mantón de Manila: mantón de seda y bordado, que procede, por
lo común, de China (dle, 2018). Benito Pérez Galdós en su obra Fortunata y Jacinta (1915) atribuye la creación de esta prenda al artista chino Ayún. Al respecto dice: “La industria moderna no inventará nada que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres en los tiempos en que su uso era general” (Pérez Galdós, 1915, pp. 31-32).
12 Rioja: poeta y sacerdote nacido en Sevilla (España). Gracias a la
protección de su amigo, el Conde Duque de Olivares, llegó a ser bibliotecario del rey Felipe iv, consejero del Tribunal de la Santa Inquisición, cronista de la corte en Castilla y canónigo de la Catedral de su ciudad natal. Autor de sonetos amorosos, poemas horacianos y silvas (Bernal, 2018, p. 372).
13 Garcilaso: Garcilaso de la Vega (Toledo, ¿1501?-Niza, 1536). Poe-
ta renacentista español. Los cuarenta sonetos y las tres églogas que escribió se mueven dentro del dilema entre la pasión y la razón que caracteriza la poesía petrarquista; en estos poemas el autor recurre, como el mismo Petrarca, al paisaje natural como correlato de sus sentimientos, mientras que las imágenes de que se sirve y el tipo de léxico empleado dejan traslucir la influencia de Ausiàs March. Escribió también cinco canciones, dos elegías, una epístola a Boscán y tres odas latinas, inspiradas en la poesía de Horacio y Virgilio (Ruiza, 2019).
14 el blando céfiro: desde los griegos, el siglo de oro español y la
colonia, esta personificación del viento del oeste ha sido representada en diversas obras literarias por autores como Fenelón, Pedro de Oña, Lope de Vega, Esteban Manuel de Villegas y fray Andrés Pérez (N. del E.).
15 brillantina: preparación cosmética que se usa para dar brillo al
cabello (dle, 2018).
16 ojos: el autor configura a través de las pasadas descripciones
un locus amoenus. “Al locus amoenus no se le ha reconocido hasta ahora categoría de tema retórico-poético independiente; sin embargo, constituye, desde los tiempos del Imperio romano hasta el siglo xvi, el motivo central de todas las descripciones de la naturaleza. Ya vimos que el locus amoenus es un paraje hermoso y umbrío; sus elementos esenciales son un árbol (o varios), un prado y una fuente o arroyo; a ellos puede añadirse un canto de aves, unas flores y, aún más, el soplo de la brisa” (Curtius, 1995, p. 280).
17 argentina e inmaculada: el blanco como símbolo cristiano se ha
expresado sobre todo en el arte utilizado para representar y propagar la tradición doctrinal de La Inmaculada Concepción. En este sentido se inaugura dentro del relato una relación semántica y estructural entre la Virgen María y Regina Duarte (N. del E.).
18 fantástica o algo así: en este punto, Carrasquilla inserta elemen-
tos estéticos del barroco y el panteísmo religioso. Como diría Osorio: “Con su magnífica descripción del paisaje de la montaña y el movimiento del agua, Carrasquilla establece la relación entre el culto a la Virgen María y creencias paganas anteriores al cristianismo o pertenecientes a otras culturas como las de origen africano” (2011, pp. 61-62).
19 menguado: miserable, ruin o mezquino (dle, 2018). 20 precepto de santa obediencia: precepto formal de obediencia. Precepto que en las órdenes religiosas usan los superiores para estrechar a la obediencia en alguna cosa a los súbditos (dle, 2018). No obstante, en el siglo xix, tiempo ficcional de este relato, “la jerarquía eclesiástica insistía en la fidelidad y obediencia a la Jerarquía y en la unidad del clero [...]. Del clero dependía la obediencia de los laicos y, en general, la buena imagen que la Iglesia pudiera alcanzar externamente” (Plata, 2014, p. 188).
21 oficiosa: que se entremete en oficio o negocio que no le incumbe
(dle, 2018).
22 asueto: interrupción temporal por descanso del trabajo, los es-
tudios u otra actividad habitual, especialmente si dura un día o unas horas (dle, 2018).
23 toches: m.-Ictérido. Hay el negro (Ramphocaelus Uropygialis). Ja-
capa, y el amarillo o colorado (Cassiculos Uropygialis) (ahac, 1986).
24 azulejos: de estos tanágridos se pueden citar los siguientes: Azu-
lejo común (Tanagra Cynea), Azulejo monterón (Calliste Vitriolina), Azulejo piquirón o Azulito (Diva Visori) y el Tagara Caelestis (ahac, 1986).
25 Nemrodes: nombre de persona que significa “nos rebelaremos”. Hijo de Cus (Gén. 10:8-10; 1 Crón. 1:10). Cazador y constructor del reino de Babel que algunos estudiosos de la Biblia relacionaron con Tukulti-ninurta, un rey asirio (aprox. 1246-1206 a.C.) (Calzada, 2014, p. 1469).
26 vagamundo: arcaísmo empleado como sustantivo proveniente de
vagabundo: ambulante o que va de un lugar a otro sin asentarse en ninguno (dle, 2018).
27 Bellísima: planta trepadora de flores en festones y de dos colores:
rosado pálido y rojo subido (Malaret, 1945, p. 526).
28 herido y lacerado: este punto establece una relación entre Regina
y la iconografía del Sagrado Corazón de Jesús, propugnada por la Compañía de Jesús, y cuya representación más famosa corresponde a la realizada por Pompeo Batoni en 1760. Por otra parte, “el siglo xix nos entrega una iconografía con todos los elementos constitutivos y una devoción que ya ha tomado su curso definitivo ratificado con la institución del apostolado de la oración en
1844 [...]. En Colombia se establece el apostolado de la oración
en 1867” (Henríquez de Hernández, 1989, p. 81).
29 Remanga: Leticia Bernal asocia esta denominación designativa
con la vereda del municipio de Concepción (2008, p. 8).
30 Concepción Inmaculada: ya en el siglo ii saludaba san Ireneo en
la Madre de Jesús a la nueva Eva. Pero fue dentro del segundo milenio cuando poco a poco fue apercibiéndose la Iglesia del depósito revelado referente a la Inmaculada Concepción de María. El Papa Pío ix la proclamó solemnemente el 8 de diciembre de 1854. Hacía casi cuatro siglos que el papa Sixto iv había extendido la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente (1483) (ewtn, 2018).
Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
31 quiteña escultura: respecto a la escultura quiteña de cuño co-
lonial en la Escuela Quiteña: “en el caso de la Virgen María, es receptáculo físico de la divinidad. A él se dedican los mejores artífices, los más ricos materiales, el oro de la tierra” (Gallegos de Donoso, 1994, p. 2).
32 armonio: órgano pequeño, con la forma exterior del piano, y al
cual se da el aire por medio de un fuelle que se mueve con los pies (dle, 2018).
33 Palestrina: (Palestrina, actual Italia, 1525-Roma, 1594). Composi-
tor italiano [...]. Palestrina marca la culminación del estilo polifónico [...]. Su catálogo integra 104 misas de cuatro a ocho voces, cerca de 400 motetes, 66 ofertorios, 35 magníficats y 65 himnos, además de madrigales sacros y profanos, salmos y lamentaciones. De toda esta ingente producción, las misas son las obras en que más se evidencia el magisterio del músico (Ruiza, 2019).
34 Mater misericordiae: corresponde al primer verso de la salve. “El
Salve Regina, mejor conocido como, simplemente, La Salve, [sic] es un himno mariano, y una de las cuatro antífonas marianas cantadas en diferentes tiempos del calendario litúrgico. Tradicionalmente se canta a la hora de las Completas en el tiempo que va desde el sábado antes de la fiesta de la Santísima Trinidad hasta el viernes previo al primer domingo de Adviento, pero es tanto más común escucharla, recitada, como la última oración del Rosario” (Esparza, 2016).
35 arrechucho: coloquialismo usado para nombrar a la indisposi-
ción pasajera y de poca gravedad o a un ataque de ira (dle, 2018).
36 Babilonia: ciudad estado del sur de la Mesopotamia durante la
época del AT que finalmente se convirtió en un gran imperio que absorbió a la nación de Judá y destruyó Jerusalén (Calzada, 2014, p. 263).
37 Pentápolis: región y confederación de cinco ciudades: Sodoma, Gomorra, Adama, Sboím, Segor [...]. Cuatro ciudades de la Pentópolis fueron destruidas hasta el aniquilamiento por la intervención divina con el concurso de elementos naturales del lugar (betún, exhalaciones sulfurosas), como castigo de su perversión sexual, que amenazó ofender la rectitud de los patriarcas hebreos (Gén. 18, 16-19, 29). Solamente fué [sic] respetada Segor, por ser refugio de Lot, que había huído [sic] de Sodoma bajo la divina protección (Gén. 19: 15-29) (Spadafora, 1959, p. 459).
38 nefando: Cultismo. Que causa repugnancia u horror hablar de
ella (dle, 2018).
39 ventanera: que tiene afición a mirar o a dejarse ver por la ven-
tana (dle, 2018).
40 Petronio: (Massalia, h. 27-Cumas, h. 65). Escritor latino. Famoso
por su elegancia, Petronio se ganó el sobrenombre de Árbitro porque ejerció de “árbitro de la elegancia” en la corte de Nerón, que lo había nombrado su consejero en “cuestiones de buen gusto” (Ruiza, 2019).
41 hociqueos: hocicar. Dar de hocicos contra algo (dle, 2018).
42 Margarita: proviene de las representaciones pictóricas de Velás-
quez a la infanta Margarita de Austria. Alude al peinado de “raya central, guedejas recogidas entre las sienes, hucas esponjadas sobre cocas equidistantes, rizos flotantes en libre caída hasta los hombros” (Martínez, 2014).
43 una asombrada: se da, todavía, el nombre de “asombraos” a las
víctimas, en buena parte alucinadas por su propia fantasía y por el mismo miedo (Panesso, 1949, p. 27).
44 perdido: de conducta relajada e inmoral (dle, 2018). 45 enyerbada: hechizar a alguien con un brebaje hecho de yerbas, generalmente con fines amorosos (enhierbar) (da, 2010).
46 estragado: referido a persona, envejecida, de aspecto deteriorado
(da, 2010).
47 voy a coger el monte: escaparse. Irse a todos los diablos (lpt, 1983,
p. 228).
48 de mala ley: locución adjetiva. De malas condiciones morales o
materiales (dle, 2018).
49 misa la media: locución verbal coloquial. Ignorar algo o no poder
dar razón de ello (dle, 2018).
50 bordón: bastón o palo más alto que la estatura de una persona
adulta, con una punta de hierro y en medio de la cabeza unos bordones que lo adornan (dle, 2018).
51 Dolatro: merced a [la fonética], por síncopa o aféresis, se perdió
la i inicial de ídolo, y por fusión y contaminación se tomó la terminación idólatra, con asimilación de la a final (ahac, 1986). 52 cuaja: coloquialismo. Gustar, agradar, cuadrar (dle, 2018).
53 mariposeo: de mariposear. Andar o vagar de un lugar a otro cam-
biando de objeto de interés o sin propósito establecido (dle, 2018).
54 a cada triquitraque: locución adverbial coloquial. A cada mo-
mento, en cada lance (dle, 2018).
55 enseñando la doctrina: este suceso muestra cómo durante el siglo
xix tuvieron lugar una serie de relaciones sociales como antesala a las sociabilidades católicas. Estas “relaciones que las mujeres propiciaban en estas organizaciones, cubrían un amplio espectro de la población que iba desde sus propias familias, pasando por el vecindario, el barrio, la población y la vereda, hasta las relaciones con otras asociaciones a nivel local y regional, con los obispos, vicarios y párrocos” (Arango de Restrepo, 2004, p. 33). 56 desvanecida: soberbio, vanidoso, presumido (dle, 2018). 57 calenturienta: exaltado, desbordante (dle, 2018). 58 exégesis: explicación, interpretación (dle, 2018).
59 Bartrina: el autor hace referencia al poema xiii de “Arabescos”de
Joaquín María Bartrina (1850-1880). En este el autor catalán expone: “En una gota de agua, / que era su todo / se reunieron en junta / tres infusorios, / y allí acordaron: / que fuera de la gota / no había espacio; / que lo que ellos creían / era lo cierto; que eran de lo absoluto / únicos dueños, / reyes de todo. / Hé aquí lo que acordaron / tres infusorios” (Bartrina, 1877, pp. 146-147).
60 teneteallá: es este un compuesto de uso diario en el habla fami-
liar (ahac, 1986).
61 colegio de las Quijanos: al hacer la descripción de la Villa de la
Candelaria (Medellín) en El Zarco (1922), Carrasquilla asevera: “[E]l sombrero que presenciara tan homéricas batallas se enarbola en casa de las señoras Quijanos, primas del héroe” (Carrasquilla, 1922). Emparenta así, a las Quijanos con José María Córdoba (N. del E). 62 brega: ajetrearse, agitarse, atrabajar afanosamente (dle, 2018).
63 gusano: proveniente de “gusano de la conciencia”. Remordimien-
to nacido del mal obrar (dle, 2018).
64 Bruno: (Felipe Bruno, más conocido por su nombre religioso, Giordano; Nola, 1548-Roma, 1600). Filósofo italiano. Es uno de los personajes más trágicos de la historia de Italia, donde por espacio de dos siglos, o sea hasta el “Risorgimento”, quedó relegado, aun cuando solo en apariencia, al olvido (Ruiza, 2019).
65 salvia: mata labiada, que comprende varias especies, de hasta 60
u 80 cm de alto, con hojas estrechas de borde ondulado cuyo cocimiento se usa como sudorífico y astringente, flores azuladas en espiga, y fruto seco, y que es común en las tierras áridas de España (dle, 2018).
66 tomillo: planta perenne de la familia de las labiadas, muy oloro-
sa, con tallos leñosos, derechos, blanquecinos, ramosos, de 20 a
30 cm de altura, hojas pequeñas, lanceoladas, con los bordes re-
vueltos y algo pecioladas, y flores blancas o róseas en cabezuelas laxas axilares. Es muy común en España, y el cocimiento de sus flores suele usarse como tónico y estomacal (dle, 2018). 67 reseda: planta herbácea anual, de la familia de las resedáceas, con tallos ramosos de hasta 20 cm de altura, hojas alternas, enteras o partidas en tres gajos, y flores amarillentas, que es originaria de Egipto, y por su olor agradable se cultiva en los jardines (dle, 2018).
68 albarinas: (Centaurea Cyanus). Compuesta. Planta de jardín, de
capítulos azulinos (ahac, 1986).
69 ababol: amapola. Planta anual de la familia de las papaveráceas, con flores rojas por lo común y semilla negruzca. Frecuentemente nace en los sembraderos y los infesta. Es sudorífica y algo calmante (dle, 2018).
70 Céfiro: hijo de Eos, este joven dios personifica el viento del Oes-
te, unas veces agradable, otras lluvioso, que anuncia la llegada de la primavera. Fue él quien llevó a Psique hasta el palacio de Eros. Los romanos le llamaron Favonio (Martin, 2005, p. 103). Notas explicativas
Salve, Regina
71 abencerraje: miembro de una familia del reino musulmán grana-
dino del siglo xv, rival de la de los zegríes (dle, 2018).
72 troglodita: que habita en cavernas [...]. Dicho de una persona:
Bárbara y cruel (dle, 2018).
73 Sofión: expresión o demostración de enojo o enfado (dle, 2018). 74 mataperros: muchacho callejero y travieso (dle, 2018). 75 encomenzar: poco usado. Empezar (dle, 2018). 76 inulta: no castigado, impune (dle, 2018).
77 Magdalena: María Magdalena, una de las mujeres que siguió y
sustentó a Jesús (Mar. 15: 41). Era de Magdala en Galilea. Experimentó una dramática sanidad cuando siete demonios salieron de ella (Mar. 16: 9; Luc. 8: 2). Fue testigo clave de la muerte de Jesús (Mat. 27: 56; Mar. 15: 40), de Su sepultura (Mat. 27: 61; Mar. 15: 47), de la tumba vacía (Mat. 28: 1; Mar. 16: 1; Luc. 24: 1-10), y también la primera que se encontró con el Cristo resucitado (Juan 20: 1-18) (Calzada, 2014, p. 1332).
78 ¡Ole, gallinacito, vení vení!: ya Antonio Panesso (1949) lo registra como
una de “las tonadas musicales más populares de Antioquia” (p. 22). 79 calle real: vía principal de un pueblo o barrio (da, 2010).
80 César triunfador: en el cenit de su prestigio y poder, Julio César
regresó victorioso a Roma, dispuesto a celebrar todos sus triunfos en Egipto, en el norte de África, en las Galias... Nunca antes de aquel verano del año 46 a.C., los romanos habían presenciado desfiles tan fastuosos, asistido a tantos espectáculos —gladiadores, fieras, teatro— ni disfrutado de tan opíparos banquetes (Goldsworthy, 2007, p. 22).
81 cojín-cojeando: de cojincojear. Cojear mucho (ahac, 1986).
82 Señor Caído: el Señor Caído de Girardota, municipio antes
conocido como Hatogrande, es una advocación cristológica que se venera en la Catedral de Nuestra Señora del Rosario, ubicada en el municipio de Girardota, en el Valle de Aburrá, en Colombia. La imagen es una talla elaborada en Quito, Ecuador, y está hecha de madera, tiene ojos de vidrio y una mascarilla metálica. Esta imagen se apoya en una peana de madera dorada y plateada y representa a Cristo atado a la columna y desfallecido luego de recibir los fuertes golpes de los flagelos. Según fuentes, la imagen originalmente descansaba sobre su costado y tenía las manos, los pies y la cabeza dispuestos hacia adelante. La modificación se hizo luego del 7 de mayo de 1890, cuando el obispo Herrera Restrepo en su visita pastoral dijera “cámbiese la posición que tiene la imagen del Señor Caído, de suerte que quede apoyada en los brazos y las rodillas”. Desde aquel cambio no ha recibido retoques. El origen de la veneración a esta advocación en Colombia viene desde la época de la Colonia (Correa Bustamente, 2002, p. 90).
83 pretorio: uso metafórico de palacio y sede del tribunal de los
prétores romanos (dle, 2018).
84 San José: José significa “Dios me ayuda”. De San José única-
mente sabemos los datos históricos que San Mateo y San Lucas nos narran en el Evangelio. Su más grande honor es que Dios le confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús y María. San Mateo nos dice que era descendiente de la familia de David. Una muy antigua tradición dice que lo de marzo sucedió la muerte de nuestro santo y el paso de su alma de la tierra al cielo (ewtn, 2018).
85 morrocotas: en Colombia, moneda antigua de oro o de plata y de
tamaño grande (dle, 2018).
86 jofaina: vasija en forma de taza, de gran diámetro y poca profun-
didad, que sirve principalmente para lavarse la cara y las manos (dle, 2018).
87 chilines: de uso rural. Dinero en monedas (da, 2010). 88 Valencia: (Guillermo Valencia Castillo; Popayán, 1873-1943). Poeta y político colombiano, uno de los nombres fundamentales de la generación modernista. Considerado junto con José Asunción Silva la más prominente figura del modernismo colombiano, su poesía frecuenta la evocación griega y está dotada de una impecable precisión formal, así como de musicalidad y de un dominio armonioso de la imagen (Ruiza, 2019).
89 árguenas: alforjas (dle, 2018).
90 Epicuro: filósofo griego, nacido en Samos. Su doctrina gira en
torno a la concepción del placer como bien supremo (Bernal, 2018, p. 362). Carrasquilla emplea aquí esta denominación en sentido figurado para referirse a los cerdos (N. del E.). 91 señá: abreviaturas vulgares de señora y señor (lc, 1964, p. 322). 92 San Javier: vereda del municipio de San Roque (N. del E.).
93 carrieles: bolsa de cuero con tapa de piel y varios compartimen-
tos en forma de fuelle para guardar dinero que se coloca en la cintura (da, 2010).
94 enantes: en desuso. Antes (dle, 2018).
95 deidad tutelar: hace referencia a la tutela que dentro de la con-
cepción de las religiones politeístas como la griega o la romana los distintos dioses ejercian sobre los barcos, las casas, las personas, las ciudades, etc. (Contreras, Ramos y Rico, 1992, p. 198) 96 calcañales: calcañar. Parte posterior de la planta del pie (dle, 2018).
97 descodalada: referido a cosa, que ha perdido la verticalidad, tor-
cida (da, 2010).
98 sermón de la montaña: Mateo 5-7. Se conoce comúnmente como
el Sermón del Monte, el primero de los cinco grandes discursos de Jesús en el Evangelio de Mateo. Es una exposición inteligente de la ley y de cómo armoniza con el nuevo pacto en Cristo. También formula acusaciones punzantes contra el legalismo de los fariseos y su fría y formal pretensión de superioridad moral. Jesús resalta Sus demandas para los discípulos y hace un llamado a demostrar rectitud verdadera, una rectitud de corazón que la ley no puede producir (Calzada, 2014, p. 1878). 99 peseta: dinero, riqueza (dle, 2018).
100 el de la tortura: el Dotorcito encarna una serie de costumbres ba-
sadas en el ascetismo cristiano. A este respecto, “el ascetismo fue entendido como un entrenamiento para fines espirituales [...]. El ascetismo puede así definirse como una práctica de lo espiritual, como una serie de ejercicios espirituales destinados a adquirir un cierto hábito que puede colocar al hombre en el camino de la santidad (Ferrater, 1964, pp. 145-146).
101 oblación: ofrenda y sacrificio que se hace a Dios (dle, 2018).
102 sapoteo: manosear, tentar, gustar o probar los alimentos o man-
jares y no comerlos (ahac, 1986).
103 sermón del descendimiento: corresponde a un discurso cristiano
impartido por el sacerdote durante la eucaristía de Viernes Santo. En conmemoración de la “bajada que se hizo del cuerpo de Cristo desde la cruz” (dle, 2018).
104 polquita: danza de origen polaco de movimiento rápido y en
compás de dos por cuatro (dle, 2018).
105 batuecas: se ha llegado a aseverar que con la referencia a Las
Batuecas, Carrasquilla alude a la lejanía de La Blanca. Sin embargo, este autor también se vale de la tradición popular hispánica para introducir un sutil matiz en la caracterización de los blanqueños (N. del E.). “Un sentimiento de delicadeza hizo que un literato [Lope de Vega], sabedor de que el valle de Las Batuecas nunca tuvo habitantes, lo eligiese escenario para presentar a gente rústica y simplona. Hubo desde entonces quien creyó que Batuecas era un pueblo de bobos” (Blanco-Belmonte, 1922, pp. 17-18).
106 de la época: hace referencia a la discusión suscitada entre 1859
y 1860 en la revista El Mosaico (1858-1872) acerca del uso de la crinolina. “En este sentido se escribieron varios artículos contra el lujo, encarnado en la moda de la crinolina, que suscitaba un debate en las páginas sociales y que fue además satirizada en varios poemas y artículos de costumbres. Esta polémica, que no constituía una crítica contra el libre cambio [...] sino más bien contra la moda en sí y contra los nuevos valores que representaba, no sólo [sic] era una reacción de la cultura heredada de los antepasados contra el afrancesamiento servil, sino que en ella se mezclaban elementos de contradicción por el cambio social” (Gordillo, 2003, p. 51).
107 no se le dé nada: locución verbal coloquial que significa “no im-
portarle” (dle, 2018).
108 eremita: ermitaño. Persona que vive en una ermita y cuida de
ella (dle, 2018).
Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
109 El Evangelio en triunfo: El Evangelio en triunpho Ó Historia de un phi-
losopho desengañado. Obra escrita por Pablo de Olavide y Jáuregui (1725-1803), publicada en 1797 en Valencia, España. Presenta las cartas y reflexiones entre un filósofo y un religioso, en las que discuten sobre la razón, la religión, la moral y la fe. Tuvo amplia acogida entre los lectores católicos, por considerarla la prueba del triunfo de la fe sobre la razón. Gran parte de su contenido corresponde a traducciones de pensadores franceses. Este “libro recoge las ideas sobre el catolicismo que habían convivido con las de los ilustrados varias décadas antes, ideas simples y muy dulzarronas que se seguirían utilizando en el siglo xix, en un intento de la jerarquía de llenar el vacío intelectual en que había caído el Catolicismo” (Gómez, 2004, p. 26).
110 Las Glorias de María: libro escrito por san Alfonso María de Ligo-
rio (1696-1787) y publicado por primera vez en Napoli en 1750. “Las Glorias de María se dividen en dos partes: en la primera, en diez capítulos tenemos comentario a la Salve; en la segunda, sermones sobre las siete fiestas de la Virgen, reflexiones sobre los siete dolores, sobre las virtudes de María Santísima, y por último obsequios y devociones” (de Luca, 2001, p. 12).
111 El Rayo: Leticia Bernal, conforme al testimonio de Antonio J. Res-
trepo, identifica que los campesinos antioqueños denominarían rayo a la enfermedad del carbón. “Altamente contagiosa, la enfermedad se caracteriza por el aumento de la temperatura corporal, excitación seguida de depresión, fallas respiratorias y cardíacas, convulsión y, finalmente, la muerte” (Bernal, 2008, pp. 358-359). 112 Santa Ana: vereda del municipio de Concepción (N. del E.). 113 El Hato: vereda del municipio de Santa Rosa de Osos (N. del E.).
114 da bando: alternancia de locución verbal “echar bando” que sig-
nifica “publicar un edicto o mandato” (dle, 2018).
115 el trisagio: himno en honor de la Santísima Trinidad, en el cual
se repite tres veces la palabra santo (dle, 2018).
116 guisa de pectorales: al lado de la Cruz de Cristo y de la Medalla
de la Virgen, casi siempre de oro fino y en veces verdaderas obras de arte, cada quien procuraba tener contra sí un “familar” protector, pequeño muñeco de madera, labrado de noche y exprofeso para cada cliente, por un hechicero de nota, para precaverse de enfermedades y sobre todo de los maleficios de sus congéneres enemigos o envidiosos (Panesso, 1949, p. 24).
117 San Roque: nació en Asunción, Paraguay en 1576 y murió el 15 de
noviembre de 1628. Se caracteriza por su amor y admiración a la Virgen María, a quien recurría siempre para convertir a no católicos en creyentes cristianos. Su fiesta se celebra el 16 de agosto. Es el patrono de los peregrinos, los enfermos y los cirujanos (N. del E.). 118 canícula: período del año en que es más fuerte el calor (dle, 2018). 119 Collet: hace referencia al personaje picaresco de la novela de E. Alboize, publicada por entregas en el Museo de las familias (1843- 1870), llamado Antelmo Collet quien, haciéndose pasar por obispo, confiesa a seiscientos soldados franceses vendándoles los ojos y haciéndoles levantar la mano a medida que este enumeraba en voz alta varios tipos de pecados cometidos (Alboize, 1946, p. 70).
120 charrascales: charrasca, carrascal, jaral, terreno poblado de ma-
lezas. En el nº 948 de sus Apuntaciones, tratando Cuervo de la modificación arbitraria que el interior u otra parte de la palabra puede sufrir con letras u otras combinaciones de otra parecida, “ya por la mera semejanza de forma, ya mediante alguna asociación de sentido, trae entre los numerosos ejemplos el de carrascal, que es el cambio de carrascal, por influencia de chaparral” (ahac, 1986).
121 ruanas: prenda de abrigo de lana o hilo, que consiste en una man-
ta, cuadrada o rectangular, que tiene en el centro una abertura para pasar la cabeza, y cuelga de los hombros generalmente hasta más abajo de la cintura (da, 2010).
122 arrayanes: arbusto de la familia de las mirtáceas, de dos a tres
metros de altura, oloroso, con ramas flexibles, hojas opuestas, de color verde vivo, lustrosas, pequeñas, duras y persistentes, flores axilares, solitarias, pequeñas y blancas, y bayas de color negro azulado (dle, 2018).
123 Remedios: 217 kilómetros lo separan de Medellín por una ca-
rretera en regulares condiciones. El capitán Francisco Martínez de Ospina llegó al valle del Corpus Christi y resolvió fundar en él, el 15 de diciembre de 1560, la ciudad de Nuestra Señora de los Remedios. Ocupa un área de 1985 kilómetros cuadrados. La zona bañada por el Río Magdalena es selvática y de clima malsano. Cuenta además con los ríos Remedios, San Bartalomé y la quebrada Ité. Es otro de los distritos paisas que viven de la explotación de oro, para algunos Remedios es mucho más rico que Segovia en este campo (Villa, 1982, pp. 276-278). 124 furia: las Furias son, en las primitivas creencias populares de Roma, demonios del mundo infernal. Se asimilaron muy rápidamente a las Erinias griegas, cuyos mitos se apropiaron (Grimal, 1989, p. 208). 125 cuitada: apocado, de poca resolución y ánimo (dle, 2018).
126 arrastrado: adjetivo coloquial desusado. Pícaro, tunante, bribón
(dle, 2018).
127 americana: orquideas (ahac, 1986).
128 Flor de uvito: los uvitos son ricáceos del género Cavendishia, que
comprende varias especies (ahac, 1986).
129 Yedra de San Juan: con esta se hace referencia a la orquídea
(ahac, 1986).
130 Sursum corda: prefacio solemne de la eucaristía cristiana que tra-
duce “levantemos el corazón” (dle, 2018).
131 ebúrneo: parecido al marfil (dle, 2018).
132 picada: punzada, dolor fuerte y repentino (da, 2010).
133 higuerón: (Ficus blabrata). Morácea. Árbol corpulento. Da una
leche antihelmíntica (ahac, 1986).
134 romería: viaje o peregrinación, especialmente la que se hace por
devoción a un santuario (dle, 2018).
135 bien mostrenco: bienes inmuebles vacantes o sin dueño conoci-
do que por ley pertenecen al Estado (dle, 2018).
136 abolido la esclavitud: en un ambiente de agitación política, el
Congreso de Colombia dictó la ley de 21 de mayo de 1851 por medio de la cual los esclavos quedarían libres a partir del 1 de enero de 1852 y los amos serían indemnizados con bonos sobre los cuales se reconocería un interés. [...] Viejos de más de 60 años, niños y lisiados tuvieron que ser absorbidos por sus propias familias, mantener su condición de esclavos o acceder a servidumbres veladas para poder sobrevivir (Tovar, 1994).
137 yaravíes: canción melancólica de origen quechua y música penta-
tónica, que generalmente se acompaña con la quena (da, 2010).
138 vihuela: instrumento musical de cuerda, pulsado con arco o con
plectro (dle, 2018).
139 bunde: baile de fuerte acento negroide, revela, con todo, influencias
españolas ostensibles en las polleras de las bailadoras. Igual que el porro primitivo, sólo [sic] se le baila con tambores [...]. El bunde era un instrumento de crítica social, porque los que lo bailaban solían recitar versos satíricos alusivos a situaciones o hechos políticos (lc, 1964, p. 42).
140 raza enemiga: a través del narrador, Carrasquilla evidencia el
problema social y cultural que supuso la abolición de la esclavitud en Colombia y, en particular, en Antioquia (N. del E.).
141 ilota: persona que se considera desposeída de los derechos de
ciudadano (dle, 2018).
142 Chupá: interjección. Expresa exhortación a aguantar una situa-
ción negativa (da, 2010).
143 rehilete: flecha pequeña con una púa en un extremo y papel o
plumas en el otro, que se lanza por diversión para clavarla en un blanco (dle, 2018).
144 yerbatero: dicho de un médico o de un curandero: Que cura con
hierbas (dle, 2018).
145 tabardillos: poco usado, tifus (dle, 2018). 146 descensos: fiebres interminables de brusca aparición (Panesso, 1949, p. 30).
147 Triunfo de la muerte: tercer poema narrativo de seis que conforman
la serie Triumphi del poeta florentino Francesco Petrarca (1304- 1374). “Obra en italiano vulgar que gozó durante el Renacimiento de una fortuna superior incluso a la del mismo Cancionero [...]. Contienen seis triunfos: del Amor, del Pudor, de la Muerte, de Notas explicativas
Salve, Regina la Fama, del Tiempo y de la Eternidad” (Montañés, 1972, p. 167).
148 pegaso: es un caballo alado que desempeña un papel en varias
leyendas, especialmente en la de Perseo y, sobre todo en la de Belerofonte. Su nombre era puesto en relación con la palabra griega que significa “manantial”, y se decía que había nacido “en las fuentes del Océano”, es decir, en el extremo Oeste, cuando Perseo dio muerte a la Gorgona (Grimal, 1989, p. 413). 149 Creso: hombre que posee grandes riquezas (dle, 2018).
150 matalotaje: de uso coloquial. Conjunto de muchas cosas diversas
y mal ordenadas (dle, 2018).
151 panegírico: discurso en alabanza de una persona (dle, 2018).
152 Corpus: festividad con que la Iglesia católica celebra la institu-
ción de la eucaristía, el jueves que es el sexagésimo día después del Domingo de Pascua de Resurrección (dle, 2018).
153 Yo creo: parte del ritual del sacramento de la extremaunción co-
rrespondiente al credo (N. del E.).
154 Agramante: personaje del Orlando furioso de Ariosto, general del
ejército mahometano que sitió á [sic] París. [...]. Algunos aplican igualmente la palabra AGRAMANTE para expresar un guerrero de fisionomía hosca y feroz (euiea, 1908, p. 418).
155 piscolabis: coloquial. Ligera refacción que se toma, no tanto por
necesidad como por ocasión o por regalo (dle, 2018). 156 embolismo: mezcla y confusión de muchas cosas (dle, 2018).
157 Galeno: (Pérgamo, actual Turquía, 129-id., 216). Médico y filó-
sofo griego. El pensamiento de Galeno ejerció una profunda influencia en la medicina practicada en el Imperio Bizantino, que se extendió con posterioridad a Oriente Medio para acabar llegando a la Europa medieval, donde pervivió hasta entrado el siglo xvii (Ruiza, 2019).
158 extremaunción: en la religión católica, sacramento que consiste
en la unción con óleo sagrado hecha por el sacerdote a los fieles que se hallan en peligro inminente de morir (dle, 2018).
159 a mi papá: guiño al personaje clásico de Penélope. Esta “esperó
fielmente a su esposo durante su larga ausencia. Presionada por un centenar de pretendientes que ocuparon su palacio de Ítaca y dilapidaron sus bienes, concibió una argucia para demorar la decisión que estos exigían: no se casaría con uno de ellos hasta que no terminase el sudario que estaba tejiendo para su anciano suegro Laertes” (Martin, 2005, pp. 346-347).
160 gasa: tela de seda o hilo muy clara y fina (dle, 2018).
161 ninfa: las Ninfas son “doncellas” que pueblan la campiña, el bosque
y las aguas. Son los espíritus de los campos y de la Naturaleza en general, cuya fecundidad y gracia personifican (Grimal, 1989, p. 380).
162 víctima propiciatoria: remite a la creencia judeo-cristiana de la
víctima expiatoria presente en el Antiguo Testamento. “Con el chivo de Dios y un novillo se realiza el rito de propiciación, esparciendo la sangre de los animales sacrificados sobre el Altar, el Santo y el Santísimo. La sangre es la violencia al servicio de la vida, de manera que ella sirve para expiar (cf. Lv 17,11), esto es, para reconciliar a los hombres con Dios y, al mismo tiempo, entre sí. [...] El texto supone que los hombres necesitan “víctimas” para reconciliarse (Pikaza y Haya, 2009, p. 1223). 163 gazmoñería: afectación de molestia, devoción o escrúpulos (dle, 2018).
164 cucurucho: papel, cartón, barquillo, etc., arrollado en forma
cónica, empleado para contener dulces, confites, helados, cosas menudas (dle, 2018).
165 casaderas: que está en edad de casarse (dle, 2018).
166 Magangué: Magangué es la segunda ciudad del departamento de
Bolívar. Su estratégica posición geográfica, como puerto fluvial donde confluyen los ríos Magdalena, San Jorge, Cauca y Cesar, la convierte en el epicentro de las transacciones comerciales de los municipios del sur de Bolívar, Sucre, Córdoba y el norte de Antioquia (Aguilera, 2002, p. 5).
167 apoteosis: ensalzamiento de una persona con grandes honores o
alabanzas (dle, 2018). Este proceso de transubstanciación acentúa de manera figurada la deificación de la que es objeto Regina a través de la muerte (N. del E.).
168 enjalbegadas: sentido figurado de enjalbegar, maquillar (dle, 2018).
169 acurrucado: de acurrucarse. Encogerse para resguardarse del frío
o con otro objeto (dle, 2018).
170 suribios: árbol de hasta 10 m de altura, de hojas compuestas, al-
ternas y bipinnadas florecitas en espiga a lo largo de las ramas, de color blanco, con numerosos estambres rosados, cuyo fruto es una vaina alargada verde amarillento (Fabaceae; Pithecellobium longifolium) (da, 2010).
171 cocuyos: insecto volador de hasta 27 mm de longitud, de cuerpo
estrecho y aplanado, de color pardo con dos manchas amarillentas a los lados del tórax, por las cuales despide de noche una luz azulada bastante viva (Lampyridae; Pyrophorus luminosus) (da, 2010).
Notas explicativas
A: Revista Alpha (1906). Medellín. B: Entrañas de niño. Novela (1914). Medellín: Carlos E. Rodríguez.
C: Entrañas de niño. Salve, Regina (1946). Bogotá: Editorial abc.
D: Obras completas (1952). Madrid: epesa. E: Obras completas (1958). Medellín: Bedout. F: Cuentos (1964). Medellín: Bedout. G: Cuentos de Tomás Carrasquilla (1984). Medellín: Argos.
H: Entrañas de niño y Grandeza (1995). Medellín: Editorial Universidad Pontificia Bolivariana.
I: Obra completa (2008). Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
Para el proceso de fijación de esta obra se tuvo en cuenta la primera edición (1906) como texto base y los siguientes testimonios como ediciones cotejadas para el establecimiento de variantes: Entrañas de niño David Mejía Solanilla Editor crítico E
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Entrañas de niñoa1 Este escrito es sacado de unos papeles viejos y ajenos. Su publicador actual lo dedica, como poquedad de agradecido, ab la noble dama doñac María Jesús Álvarezd de Villegase2 “Memoria:f Si fuiste el combustible de tu hermana la inteligencia y el terreno propicio para tu amigo el sentimiento, fuiste, también, el consuelo de los pequeños, de los vencidos y de los tristes. Ayúdame en esta vez, memoria amable, que tengo de recordar futilezas y tiempos muy distantes. ¡Ea,g pues, amiga!".h I Vivíamosi en El Silencio,j a pocas cuadras del villorrio donde vine al mundo. Al través de los frutales y sembrados, parecía desde casa un montón de escombros polvorientos y miserables. De su centro se elevaba enantes, como tronco carcomido, la torre vetusta de una iglesia que yak no existe. El Silencio, que por herencia de mi madre había ingresado en el patrimonio de la familia, era una finca extensísima con mucho monte en las cumbres, dehesas3 en las faldas, tierras de pan llevar4 en vegas y laderas, varias casas, bastantes barracones y tinglados y muchísimas agregaciones y dependencias. “La casa de los amos”, que decían los labriegos y que habitábamos siempre, era un ejemplar un tanto raro en las regiones antioqueñas. Un mi trisabuelo, español de la cepa, según cuentas, y de las Encartaciones,5 a lo que entiendo, debió de reproducir en aquel caserón algún otro más ol menos solariego, más o menos señorial; algo que le fingiese en la extranjera breña el lar paterno, la merindad6 querida, la patria vasca,7 a donde nunca jamás debía tornar. Lo digo porque aquella vetustez es chapetona, genuinamente chapetona, en conjunto y al por menor. Tiene partes de un piso, partes de dos; pavimentos de enormes ladrillos trenzados a la diagonal, o de bambas anchísimas, aseguradas con unos clavos que ni los de Cristo. El roble y la piedra campean por todas partes. Los pilarones, cuadrados, con talladuras en forma de a A, B, C, D, E, F, G, H:
ENTRAÑAS DE NIÑO
ENTRAÑAS DE NIÑO /
I: Entrañas de niño b á c D a. d Alvarez e Villegas. [Este primer epígrafe es elidido por el testimonio C. Los testimonios D, E, F y G lo fijan en mayúscula sostenida].
f “Memoria :
g ¡ Ea, h amiga! [Este segundo epígrafe es elidido por el testimonio C. Los testimonios B, D, E, F, G y H lo fijan en cursiva].
i VIVIAMOS j El Silencio, k yá l ó
Entrañas de niño tulipanes8 y de peras, terminan en zapatas desmesuradas, de tres atravesaños, curvados a estilo arábigo; las vigas, biseladas y con relieves, llevan rosetas y modillones.9 Un decadente colonial cometió en puertas y alacenas, en balaustradas y ventanas, las figuras todas de la retórica churrigueresca. Los goznes y los pestillos, las bisagras y las fallebas10 parecen de calabozo. En el pináculo de aquella techumbre empinada y conveja,11 se alza, solitaria y atrevida, una veleta de bandera, con una cruz en la punta. Jamás profanaron las maderas con pinturaa alguna: lo remitieron al tiempo. Él les ha dado esa pátinab12 gris, apizarrada; esos golpes negruzcos,c especiales, que el colorista más hábil apenas si se atreve a imitar.
Al tenor del continente era el contenido: armarios y pupitres, de copetones prolijos ed historiados; arcones con patas de garra y esfera; sillas conventuales con guadamaciles13 grabados y remates de talla; cujas14 con barandaje de balaústres y palitroques; tarimones, mesas, y esquineras, con arnillas cortadas en picos, en ondas, en garabatos; marcos de cuadros que denuncian la mano paciente de un benedictino. Sabe Dios dónde habrán parado aquellos retratos que se destacaban imponentes en los muros encalados de la sala. Mi antecesor de marras —taitae15 Gori, que decimos sus descendientes— un viejo muy rasurado y de gran cumbamba,16 estáf de casacón rojo, coleta17 y espadín; lleva el sombrero bajo el brazo izquierdo; está muy compungido y de hinojos, ofreciendo con su diestra mano su corazón enorme y cruento a la misma Princesag de Valvanera,h18 que asoma arriba, entre el hueco del árbol sacrosanto. Al pie de tan piadosa efigie léense los pormenores de la consagración con úes que son ves,i con equis que son jotas, con efes que son eses. Haciéndole pareja a tan cristiano caballero, está su ilustre esposa; una señorona agria y ceñuda de rostro, flacuchenta de cuerpo, escotada, con talle a estilo imperio, mucha joya, zarcillos19 de lámpara, mitones,20 tres rosas en una de las crenchas,21 y un peinetón muy áureo y muy volado, por remate y coronamiento. Frente al fidalgo22 matrimonio campeaban, por su austeridad y adustez, dos personajes de épocas posteriores y de distinta progenie. Son los parientes Villalares. Lleva el uno guedeja23 y atalaje24 a lo Espronceda,25 un aire muy pronunciado de repúblico, y una inscripción abajo, en que consta que el retratado hubo de empuñar con providente mano las riendas del supremo Gobierno democrático. Es el otro un sacerdote; una figura lívida, ascética, espectral. No lleva leyenda alguna; pero la tradición, mejor que la escritura, se la ha formado y no así a lo cotidiano y ordinario. Según ella y los varios mamotretos y pergaminos que de él se conservan, era un gran letrado, un sabio de a folio. Simpatizaba con la idea de la emancipación hispanoamericana,j ajustándola a la más estricta teología. Hay pruebas irrecusables de que tuvo correspondencia con los Nariños y Mirandas,26 cuando los Derechos del hombre k27 germinaban apenas en pechos tan facciosos. Trascendió esto hasta los altos mandatarios peninsulares, y cátame que un día el avanzado clérigo fuel llamado a Cartagena de Indias, donde el Santo Oficiom le puso a buen recaudo. Las postrimerías del padren Villalares quedaron en el misterio, si bien es cierto a con una pintura b patina c negruscos, d é e marras— Taita f cumbamba—está g princesa h Balvanera, i A, E, F, G, H, I: vées, / B, C, D:
vees, [Conforme al dpd, al referirse a la ve “su plural es uves o ves" (dpd, 2005)].
j hispano-americana, k Los Derechos del Hombre l fué m santo oficio n Padre
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla que en época no muy remota sentíase aún, en el propio gabinete que él ocupara en nuestra casa, un olorcillo ofuscador de carne chamuscada.28 Pido una remembranza patriotera para este héroe ignorado.
Independientes, y atrás del edificio señorial, estaban los cuartos de la servidumbre, los de labor, las caballerizas y la leñera.
Unida a él por la sacristía, como el alma al cielo por el comulgatorio, elevábale la capilla, erigida a la patrona de la familia, la consabida Virgen de Valvanera. Cuando yo pude darme cuenta de aquel edificio ya estaba mudo y ruinoso. Un temblor le había truncado la fachada, y las campanas, muertas, sin badajos,29 yacían por ahí en la sacristía, como almireces30 abandonados. Veíase el cielo por las cribas del techo, y cubrían el maderamen el polvo y las telarañas. Tomado por las goteras estaba el retablo; el camarín, como cuenca sin ojo; el ara, como cuerpo sin alma. Monseñor Plata había prohibido el culto oficial en los campos; y las imágenes, los vasos y ornamentos sagrados, así como los otros enseres rituales, se habían llevado a la iglesia del lugar. Tan soloa quedaban allí las pilas del agua bendita, llenas de terrones, polillas y gusarapos,31 un sanb Jerónimo32 macabro, quebrándose la armazón del pecho con enorme piedra, y un cuadro espantable de ánimas, en donde una infeliz, muy consumida y lacrimosa —el Ánima Sola,c33 probablemente— purga sus culpas, separada de sus compañeras y medio envuelta por las llamas azules de la purificación. El ánima estad y la banda negra y rumorosa de murciélagos, que se alborotaba al menor ruido, eran poderosas a que yo no entrase a la capilla, desde que no fuera bien acompañado. Y eso que aquella desolación me atraía; sentía allí un no sé qué de tristeza, de respeto, de miedo; una emoción tan extraña, tan compleja, que a veces se me hacía preciso experimentarla. Quedábame siempre, después de entrar allí, un dejo de melancolía que a mí se me antojaba tónico y saludable a mi espíritu. Era eso como una dulzura amarga, como una tristeza alegre; era una impresión sin nombre que ni hoy mismo puedo definir. Acaso fuese la avidez infantil al despertar de la fantasía; acaso el instinto masculino de arrostrar peligros; o, talvez, que en mi corazón de niño, no maculado por la culpa y ungido con el óleo de la piedad, surgía el dolor del creyente al sentir, en el propio lugar que fue de adoraciones, la nostalgia de Dios Sacramentado. Volvamos a la casa. Las avispas y los abejorros, las golondrinas y las palomas, los reptiles e insectos han dejado sus huellas por muros, techos y aleros; el liquen, el musgo y las parásitas han vestido piedras y tejados, árboles y troncos, broqueles34 de pozo y machones35 de pared; el rigor de las estaciones ha dejado aquí una roña, allá una mancha, acullá una excrecencia. Del salón al huerto, del oratorio al establo, se respira el mismo aire de vejez, de tristeza, de soledad. La leyenda, la conseja y los espantos se ciernen en ese ambiente. Mi tío, el sacerdote, sale en altas horas y hace sonar, con tañido pavoroso, la vajilla de plata, repleta de oro y pedrería, que dejó soterrada al partir a Cartagena. En el corredor de las argollas, junto al pozo de la alberca, óyense al amanecer de cada viernes, quejumbres lastimeras, mezcladas con a sólo b San c ánima sola d ésta
Entrañas de niño resoplos de coraje. No es para menos. Taita Gori solía,a tales días y a tales horas, desayunar a la cuadrilla de esclavos con una azotaina36 en que daba la sangre a la rodilla. Por entre una hilera de naranjos centenarios, que separa la huerta del jardín, vaga en las noches lluviosas de noviembreb una alma en pena. El blanco sudario que la envuelvec flota y flota entre una llama pálida y difusa.
Todos estos horrores, unidos a los muchos comentarios de las diversas personas que visitaban nuestra casa —amén de las mil supersticiones de la infancia y del pueblo— fueron acumulando en mi cabeza una balumba37 de miedos y recelos, que hasta ahí...d Por fortuna que otras balumbas la contrarrestaban: la religiosa, verbigracia. Sí: yo era muy religioso, si no por tendencia, por sugestión al menos. En casa, a más de cumplirse al piee de la letra todos los preceptos de la madre Iglesia, practicábanse cuantas devociones puede inspirar la piedad más arraigada y monástica; como que era ella la característica y la consigna de la familia. Enumero. Rosario vespertino, con misterios y suplementos; alabados matinales, que al prorrumpir de mi padre, se propagaban por la serie de aposentos, cual contagio de fervor; escapularios y rosarios en pechos de grandes y pequeños; bendición de alimentos antes de comerles; hacimiento de gracias después de comidos; ángelus en coro, al tocarle las campanas; avemaría y gloria al sonar de cada hora; vela a santaf Ana todo martes, al Santísimo todo jueves y lámpara perpetua ante la Virgen familiar. Mamá y la abuelita rezaban a mañana y tarde el oficio parvo de María. Padre leía por la noche la vida del santo correspondiente. Las señoras todas de la casa lavaban los corporales de Nuestro Amo; bordaban palios y paños litúrgicos, y tenían a su cargo altar en la iglesia. En cuanto a novenas y arreglos de santos... ¡No se diga! Yo me encantaba con todo esto. El culto era para mí como una fascinación, y las oraciones una delicia. Más que los relatos extraordinarios, más que los milagros mismos, me seducía la forma autolocutiva de las preces. Ese yo esto, yo aquello, yo lo otro, me hacía sentir mucho, sin entender jota.38 Yo aprendía aquí un pedazo, allá otro. La trabazón y enredos que hice de las Excelencias g del Carmen39 y de la Pasión,h40 del Ejercicio de las ánimas i41 y del oficio parvo,j42 de novenas y trecenarios,43 de trisagio44 y estaciones, no son para contarse. Por muchos meses tuve obsesión de rezo y a cada instante se me oía:
En la de Paula, villa de Calabria, nació Francisco al mundo decadente.45 Se me figuraba ser yo, yo mismo en persona, el Francisco en referencia. ¡Yo quería tanto k al santo de mi nombre! Entre muecas y correteos, repetía con voces fingidas y grotescas estribillos de gozos, en extravagante revoltijo. Aquello de que, “dice santa Brígida46 que quedó su cabeza como si la hubieran metido en una tina de a solía b Noviembre c envuelve, d ahí......
e pié f Santa g Exelencias h La Pasión, [Se trata ortotipográficamente como oración o rezo y no como festividad católica].
i Animas j Oficio parvo, k tánto
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla sangre”,47 lo declamaba con frecuencia; pues este pasaje de la canónica narración se me clavó en la memoria como un dardo.
Vira, la abuelita, me fomentaba las aficiones, con rezos a tarde y a mañana, con ejemplos y pasajes del Nuevo y del Antiguo Testamento; mas no pudo enseñarme el catecismo: todo lo del padre Astete48 me parecía feo y aburridor sobremanera. Yo no ansiaba sino lo patético, lo imprecable, el versículo, el ritmo, todo lo que me sonase a sujeto y me hiciese creer que era yo mismo quien sentía y expresaba por su propia cuenta. Yo me identificaba con todos los formuladores de oraciones; la fórmula era mía y mía la idea y los afectos míos. Tales misticismosa me obligaron a formular a mi turno. Vira, maravillada, dichosa, me ayudaba a veces en tales creaciones. Vaya una muestra:
“Aquí te pongo estas flores, oh,b Princesa de Valvanera, para que me hagas bueno y formal, y para que me quites el miedo a los espantos y al padre Villalares”.c Y yo agregaba a veces: “Y d para que me compongas estas cumbambas de taita Gori”. Porque yo era muy cumbambetase y esto se me figuraba la causa suprema de mi fealdad. Pero ¡oh,f sepulcros blanqueados!... A mis pánicos,g supersticiones y religiosidad les contrarrestaban sentimientos muy malos y empujosos. Se me antoja hoy, que eran estos más ingénitos que conseguidos. Si en ese entonces me fuera posible definirme a mí mismo y ser franco y sincero, a buen seguro que no le pido a la Virgen lo que reza mi jaculatoria. ¡Quién sabe qué de iniquidades le hubiera implorado! No eran los santos los que me trastornaban: eran los guapos,49 los mandones y los bonitos; los reyes que todo lo podían, los encantadores que hacían de las suyas; los héroes todos y los triunfantes. Yo llevaba en la cabeza una titiritera50 de Año cristiano,h51 de Historia Sagrada y de cuentos populares; y siempre me inclinaba más a los victimarios que a las víctimas, más a lo lindo que a lo bueno, menos a lo útil que a lo superfluo. La hermosura moral no me resultaba. Herodes52 mismo,i con haber degollado todos los muchachitos “de Belén y sus contornos”,53 me gustaba por tremendo y arrestado;54 y eso que yo entendía que “sus contornos” eran los niños suyos, los reicitos. Pero acaso más que la grandeza del poderío, me deslumbraba la de lo bello. Cuanto tenía por lindo era para mí una cosa allá casi divina, o sin casi. Inducíame todo esto a mil rarezas y barrabasadas.55 No podía convenir con que mi padre calzase alpargatas56 y se pasase el santo día regando coles y rábanos y enredando tomateras y pepineras. Le irrespetaba de pensamiento, cuando le veía aquellos pantalones comidos por el fondo, aquella ruana57 pastusa a listas azules y aquel jipijapa58 tan mugriento y tan seboso. Solo cuando cargaba el palio, en traje de carácter, se me revelaba como padre. A mis hermanos mayores se me figura que les aborrecía: eran los tres unos jayanones59 del terruño, a cual más hirsuto y montaraz. Nunca se calzaban, y, en los días de fiesta, cuando se atacaban las bragas de pañete, la ruana nueva con forro de bayeta y el aguadeño,60 se me hacían más ñoes que si llevasen los trapajos61 de labradores. Fastidiábame sobremanera oírles hablar siempre a misticimos b A: ó / B: o / C: [omisión] / D, E, F, G, H, I: oh [Corresponde a una interjección y no a una disyunción].
c Villalares."
d “y e cumbambetas, f ¡oh g pánicos h Año Cristiano, i mismo
Entrañas de niño de bueyes y de recuas, de mulas y de enjalmas, de fletes y de árguenas;62 del precio de la panela y de los granos; de la vaca Mengana y de la yegua Perenceja. Tales temas me parecían la última degradación del entendimiento humano. Yo veía en la agricultura, en la ganadería y en todas las labores del campo, una cosa abyecta, infamante, propia solo para gente pordiosera, negra y caratosa.63 En un viaje que hizo mi padre a Medellín, trájome, como regalo muy precioso y estimulante, un carriel64 muy cuco65 y repulgado.66 Verlo yo, esponjarme como un sapo y estallar en llanto, todo fue uno.
—¡Yo no es zambo, ni pion!a —grité atragantado—. ¡Yob es pa señor de saco! —¡Este muchachito no va servir pa nada! —exclamó furioso uno de mis hermanos.
—¿Cómo voy a servir? —dije energúmeno—, ¡casoc soy sirviente! —¡Ya lo están viendo! —interviene Vira—. ¿Qued no va a servir para nada...? ¡Acuérdense de mí!
¡Pobre Vira! En esta vez te engañaron tu santidad y tu corazón de abuela. Cándida Rosa, nieta del mayordomo y amiga de mis hermanas pequeñas, andábase por allí, oprimiendo los lomos de su primo Cuco, hijastro de la cocinera. Si fogoso era el bridón,67 no era menos gallarda la amazona:68 una cuarteroncilla regordeta, dientes de rata, de labios y ojos encendidos. ¡Canelita pura! El ejercicio la traía agitada; por fundón, una colcha guiñaposa; por corrosca,69 un enredo de helechos y de flores, y una hoja de árbol del pan por sombrilla. Sonreíla al verla de tal guisa, retornomee al punto, con guiñada y todo; quitosef a poco del caballog y sacando del seno dos caracoles, de esos que se encuentran en las rozas, vino a ofrecérmelos muy zalamera. Recibile el obsequio con un tantico de displicencia. Anduvo por ahí haciendo mil posturas con la cola y la sombrilla. En momentos en que Cuco no la viera, se me acercó con disimuloh y, puestos los ojos en una enjalma que tenían al sol, me dijo arrulladora: “Paquito... ¿Bustéi por qué no es novio mío...?”. j Me quedo pasmado. Solo encuentro una escupa y se la mando, que ni un judío. Tras el salivazo, los caracoles. ¿Zambas a mí, que iba a casarme con princesa?70 Cuco me pagó desde ese día el desafuero de su prima: le tumbé y le di de mojicones71 y puntapiés hasta dejarle rendido. Sobre el infeliz mulatico, que me quería como perro al amo, ejercía yo todas mis tiranías y crueldades. Neronianas, caligulescas en extremo eran las que cometía con los indefensos animales; piedra a los perros y a los cerdos; palo a las mulas y a las vacas; chuzo y zurriago72 a todos ellos. Cuando lograba encostalar el gatok y echarle al agua, era la dicha. Los gallinazos me mantenían humillado, porque todas mis tretas y artimañas fueron infructuosas. Tuve que contentarme con insultarles y medirles puño. Los sapos eran mis enemigos personales. “¡Que le tiran leche y que se muere!”,l me advertían cada rato. ¡Nada! En cuanto les ponía inflados y lácteos, a fuerza de porrazos, les ataba de las patas... y a las horquetas73 de un chamizo. En a pión! b atragantado— ¡Yo c servir ? dije energúmeno, caso d Vira. ¿Que
e retornóme f quitóse g caballo,
h disimulo, i “Paquito........¿Busté j mío......?" k A, E, F, G, H, I: encostalar al gato / B, C, D: encostalar el gato l ¡ Que le tiran leche y que se muere ! me
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla lo más recóndito y clandestino de la huerta, allá en un ángulo del vallado, detrás de unos higuerillos tropicales, mantuve muchos días el árbol escarmentoso de mis justicias. Allí pagaban los malvados el negro delito de lesa hermosura; allí morían lentamente, achicharrándose desde antes de expirar. Yo presenciaba su agonía; veíales estremecerse, crisparse; les observaba aquellos ojos brotados, verdosos, implorantes, que se iban empañando. Al comprender tanto suplicio, sentía una delicia, un transporte, que, de recordarlo ahora, me dan escalofríos y tristeza. Pienso a veces que puede ser la crueldad el móvil inicial de las acciones humanas. Descolgaba los cadáveres, negros, tostados, consumidos: eso no erana sapos; era un juguete, un capricho de princecito romano. Les tiraba contra las piedras, y el chasquido que producían ¡me sonaba tan sabroso, me daba tanta risa! Como una vez se me ocurriera tirarles con ellos a las sirvientas, armoseb en aquella casa el escándalo hórrido. Mi Tula, liberta que crió a mi madre y que era, por ende, capitana de la falange, levantó su voz, como un Zola, con un Yo acuso74 formidable. Descubierto el pastel, no valieron ni huida ni escondite, ni ficciones de jaqueca, ni valió Vira, ni el sursum corda.75 Papá me ajustó seis correazos de padre y muy señor mío; mamá, después de excomulgarme, me degradó a chocolate de harina, por diez días; mis hermanas me pusieronc de perverso, de atroz, de facineroso y mala entraña, que yo mismo les creí; la abuelita, consternada, temblorosa, me veía ardiendo en los infiernos.d ¡Virgen Santa,e qué cosa aquella!
De ahí adelante hubo paz en el imperio batraciano;f pero no en los corrales. Escamado y todo, yo siempre amagaba con las mías. Odiaba a los piscosg porque me remedaban, a los patos por el andar, a las gallinas por bobas y a los pollos por aquellas zancas y aquel canto. Solo el gallo y los palomos merecían mis consideraciones. Los caballos, desde que fueran chisparosos, resopladores y tumbones, se me imponían por el poder y por la belleza. A Ranguillas,h mi buen jamelgo,76 que me traía y me llevaba de Herodes a Pilatos,77 con la mansedumbre de un justo y la urbanidad de una inglesa, jamás pude cogerle querencia alguna: era tan raquítico y tan runcho, como su dueño; estaba ya tan anciano el animalito. Ni yo despuntaba tampoco por lo hípico, como mis primos y mis hermanos. Desde niño me fuii a lo canino y puse a Mentor j en las mismas entretelas de este corazón tan negro. Mentor era la hermosura, la nobleza y la inteligencia hechas perro. Escultural, hierático, nevado; con manchones asimétricos, de un negror radiante; el pelo, una felpa en ondas; la cola, una rosca de nervios, desmelenada en bucles; la cabeza inquieta, irreprochable; el alma en los ojos. Era un rey de Terranova,78 proscrito por los hados inclementes a estos guaicos k79 de mi patria. Nadaba como los pescadores de su isla, latía con tañido de clarines, y era correo de gabinete y de encomiendas. Guardaba nuestros lares, apelotado en el umbral de la entrada. Si yo tosía o hablaba adentro, él me contestaba desde fuera para decirme: “Duerme sin cuidado”. Por las mañanas, al abrir la puerta de mi cuarto, caían sobre mi cuerpo endeble los remos nervudos a era b armóse c pusieson d infiernos e ¡Virgen santa, f A, C: bactraciano; / B, D, E, F, G, H, I: batraciano; g A, C, E, F, I: pizcos / B, D, G, H: piscos h Ranguillas, i fuí j Mentor k A: guiacos / B: güacos / D: güaicos / C, E, F, G: guaicos / H: guaicos / I: guaicos [Se fija conforme a entrada lexicográfica propuesta por Néstor Villegas Duque].
Entrañas de niño de mi amigo. A veces los ponía en mis hombros, me lanzaba una mirada enigmática, rozaba mi cuello con su cabeza y me gruñía al oído. Era una invitación a amarnosa y yo acudía siempre. Nos tendíamos; nuestros brazos se enlazaban; se unían nuestras cabezas; y la lengua rosada y ardiente del cuadrúpedo lamía mi frente y mis mejillas y mis ojos y las cumbambas del taita Gori. ¡Me decía con los ojos tantas ternezas! Yo leía en esa pupila húmeda y misteriosa un amor tan triste y tan entrañable, una consagración tan absoluta, que en ocasiones me le quitaba, estremecido: el cuento de La bella y la fiera80 surgía en mi mente y se me antojaba que en el cuerpo de aquel animal tan extraño estaba encantada un alma, tal vez la princesa con quien iba a unirme.b II Y volvamosc a los sapos.
¡Oh, Mentor amigo! ¡Cómo te engañaron aquella vez! Mi madre te llamó de los corredores de adentro, tú acudiste, y yo, entretanto, fui conducido al suplicio. Seis veces la correa justiciera cayó sobre mi cuerpo endebled y tú no pudiste defenderme; a más alta ocasión estabas destinado. Dondequierae que te halles, espíritu providente, tienes de evocar aquella tarde, la más memorable de nuestra historia. Ni la abuelita, ni mamá, ni alma humana me hicieron el menor duelo. Tú fuiste el único, el único serf que yo tenía en el mundo. No bien tornaste a mi lado y lo supiste todo, ya estabas tú abrumándome a consuelos. Conteniendo el llanto, silenciosos, humillados, salimosg de aquella casa. Nadie nos detuvo. La plétora de sollozos estalló afuera. Éramosh unos botados.81 Peor que unos botados, porque a ellos no les pegaban, ni los querían matar, como a uno. ¡Pues bueno! El llanto arreciaba.
Pasando por el costado exterior y por frente a la capilla, tomamosi el camino real, por entre el rebullicio azogado de lagartos que aún buscaban el resistero.82 Unos totumos83 enmarañados nos brindaron asilo muy discreto y muy umbrío. Tumbados en una piedra, medio ingeridos en la maleza, compartimos j largo rato la botadura y la vergüenza. Yo gemía y tú me acariciabas; lloraba y te bebías mis lágrimas. ¡Cómo te quise entonces, oh amigo incomparable!
Maravillado de que no me corriese la sangre a raudales, recordé aquel verso de la Pasión, donde dice que “la carne salió pegada de la túnica interior”,84 y me figuré mis ropitas a manera de cataplasmas cruentas de pellejo mío. Sí: ya sentía la pegadura, los dolores. Al desnudarme, al quitar la ropa... ¡Ay, Dios mío! Y la escena de mi propia despellejada se me representó aterradora. ¡Sangre! ¡Qué horrible era ver chorrear la sangre de los cristianos! ¡Y yo que no podía verla, yo que había caído redondo cuando mi hermano Lucas se cortó la mano! Me tocaba, me tanteaba, presa de la angustia. Despertar, verme eso,k ¡imposible!
¡Ay, mi Diosito! ¡Darle a uno tanto cuero,85 ponerlo así por unos sapos!... ¡Y mi Tula que le había metido tantos cuentos a papá! Y Vira que no había sido para a amarnos, b unirme. (Continuará). [Se omite paratexto que acompaña el final del n. 4 de la entrega de junio de la revista Alpha].
c Y VOLVAMOS d endeble, e A, F, G: Donde quiera / B, C, D, E, H, I: Dondequiera f sér g salímos i tomámos j compartímos k eso h Eramos
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla untarme algo, para ponerme siquiera una telaraña;86 Vira, la ingrata, que ni por chanza se había asomado... ¡Ay,a Dios mío!
¡Por la pica!... ¡Por la pica!... y no encontraba qué hacer por la pica. ¡Quién me diera una cadena bien larga para enlazar la veleta y echárselas abajo de un tirón! ¡Quién fuera aquel hombre tan guapo que tumbó la iglesia, con toda la gente adentro, para hundirles el techo de una coca!87 ¡Quién pudiera prenderles la huerta lo mismo que una roza!... ¡Oh, poder de los gigantes y encantadores! Si al menos fuera yo capaz de subir con Mentor solo a los cuartos de arriba, para tener el gusto de tumbarles de las vigas todas las turegas88 de maíz y cortarles todos los tercios de arroz y derramarles a los patios toditos los cueros con cacao. ¿Pero cómo? ¿Cómo, si esos eran los cuartos del padre Villalares? ¡Ah!b ¡El padre...! Sentí frío en el tuétano y el pelo como agujas. Me asombraba en pleno día por entre el bejuquero. Lo sentí junto a mí: era él mismo, el rostro cadavérico del retrato, encabado en un cuerpo que se perdía, que se volvía aire. Me iba a hablar.c ¡Virgen Santísima de Valvanera! De la piedra me bota el espanto, salto del sombraje, rompo malezas, me enredo. Desatentado, las piernas de trapo, el corazón como un potro, intento correr y me caigo, intento gritar y me atraganto. Allí me tiendo enloquecido, a morirme, a que me lleve el cura. Me abrazo al perro, me ciño a su cuerpo, me aferro a su lana... y el mundo se me va.
Lo que pasó entre el ánima y tú, nunca me lo revelaste, Mentor amigo. Solo sé que me salvaste, que me volviste a meter dentro del cuerpo la vida que se escapaba: cuando torné a ella aún me lamías, aún insuflabas dentro de mi ser el aliento misterioso. El espíritu protector,d encantado en ti, obró el milagro con esplendor magnífico: ese espíritu que tenía poder sobre las ánimase te devolvió a tu Paco talf cual era a la mañana de ese día aciago. Sí: yo no quedé insulso ni bobito, como quedan los cristianos asombrados; yo no sentía casi las llagas de la flagelación; yo pude incorporarme, andar, dar las gracias a la Virgen y al Señor; yo sentí muy bien que el ánima estaba ahuyentada. ¿Qué hicimos, entonces, Mentor querido? Recuerdo que no tuvimos corazón para tornar a casa todavía, ni para quedarnos un segundo bajo aquellos totumos malhadados. No más escondites, no más umbrías ni espesuras; necesitábamos campo abierto, soleado, como las lagartijas. ¿Qué hacer? Tú guiaste manga arriba; te entendí al punto: El Morro,g nuestro lugar favorito. Pues allá. ¿Qué se nos daba a nosotros de los furores de Febo, ni de aquel aire que hacía charamusquinas89 y no movía una paja?
Uno, aunque no se embobe con un asombro, siempre queda después con un enredo allá como rastro de ánimas, muy triste y muy confuso. Yo subía con frecuencia a Elh Morro a retozar con Cuco y con Mentor, en los asientos de una casa que ya cubría el rastrojo, sin que nunca hubiese reparado en nada de ellos. Pero esa tarde me parecieron aquellos restos tan tristes, tan impresivos. Yacían por ahí las piedras de moler, el fogón ahumado todavía, los grumos incorruptibles del hollín, maderos podridos, tejas dispersas; asomaban los cimientos como raigones90 y un quicio de canto como una lápida; las pencas ociosas a ¡Ay b Ah!
c hablar d protector e ánimas, f tál g El Morro, h al [A pesar de los contados casos de ambivalencia para considerar o desestimar el artículo como parte del topónimo, en el usus escribendi prepondera la primera elección].
Entrañas de niño sostenían un esquinazo de pared, incrustado de avisperos. Jubilados, baldíos, testigos presenciales de un pasado que a nadie interesaba, de una historia que siempre sería ignorada, se consumían de tristeza dos naranjos y un cidro, bajo costras de líquenes y guiñapos91 de telarañas. Pensé no sé qué cosas tan melancólicas de esos árboles que ya no tenían dueño, de los hogares apagados, de las casas que se abandonaban y se dejaban morir, que volví al llanto. Sentía con esto una tristeza tan adentro del corazón, una pena tan extraña y tan dominadora y tan incomprensible. Se me ocurría que ese sufrir no era por mí, por propias desventuras, sino cosa aparte, ajena a mi persona. Esto me ponía más confuso y amilanado. ¿Por qué sufría uno con las cosas? ¿Por qué con unos escombros que ni le iban ni le venían, que nada importaban? La rabia se me había pasado, y con la rabia el aburrimiento, los deseos de venganza y el ansia de prodigios. A mis padres, con quienes estaba tan resentido momentos antes, les quería ahora con un cariño que me hacía llorar de puro gusto. ¡Cosa más rara y particular! El castigo que les merecí, ya no era injusto ni desmedido: adivinaba que era una cosa muy grande y muy sabia de los papacitos de uno. Pensé en la abuelita y me entró una angustia y una lástima de mí mismo, por haberla aborrecido un minuto, que me dieron ganas de rezarle como a la Virgen, en desagravio de mi ofensa. Mas no lo hice, porque se me supuso que era tanto como ponerla de ánima del purgatorio. Esto sí me aburría y atormentaba. Tendría que darle muchos besos en la frente, en esas canas tan lindas, en las mejillas; y, “por mi culpa, por mi grandísima culpa”,a “a esa Vira querida”, se me iba apretando el pecho y se me formaba adentro, muy hondo, como en el centro mismo del corazón, un zurullo de lágrimas concentradas que pugnaba por salir y se atrancaba. ¿Y por la falta, origen del castigo? Yo no sé... pero, aunque el pecado se me hacía ya muy grande, y enorme mi maldad, no podía sentir harto dolor, por más que lo procuraba. Me daba sí de no tenerlo, de figurarme un pecador empedernido. —¡Ablándameb este corazón, Virgenc querida de Valvanera, para que me pueda confesar mañana! —le imploré con toda la fe que acendraba. Mas, por lo pronto, no sentía ni conatos92 de ablandamiento.
Seguían las tristezas.
Te observaba los ojos, Mentor de mis entretelas, para ver qué me decías, te planchaba las orejas algodonosas, te cogía aquellos dientes tan blancos y tan agudos que se asentaban en mis carnes con gentil caricia. Abrías la boca, me enseñabas las cavidades color de rosa húmeda, agitabas la lengua encendida, jadeabas insinuante; pero te guardabas el secreto. Estabas tan afligido como yo, me parecía que también llorabas. ¿Qué adivinanza tan horrible era aquella? ¿Por qué no me la descifrabas tú, que no podías ignorarla?... Mas ya iba sospechando: sí había quedado bobito, talvez asombrado del todo y no lo comprendía aún y tú no eras capaz de darme la noticia. ¿Sabrían los bobos que eran bobos? ¡Quién sabe!... me dije estremecido. Será, talvez, que me voy a morir... esta noche... o ahora mismo...
a culpa" b Ablándame c corazón—Virgen
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Lo que pasó por mí en tal momento lo saben la Princesa de Valvanera y “san Francisquito93 querido”, en cuyos patrocinios me entregué. Solo supe después —y así lo he recordado siempre— que asumí ahí mismo carácter de agonizante contrito, ya que no sacramentado; que los golpes de pecho le hacían dúo a los del corazón; que encargué a mis santos y al perro de muchos mensajes para mis padres y la abuela, a fin de que me perdonasen y pidiesen por mí; y aun me parece que algo hubo también para los sapos.
Arreglada el alma, puse las manos sobre el pecho, según la forma clásica, me entiesé, me alargué y apreté los párpados para que las pestañas me quedaran bien bonitas. Me veía difunto, me sentía ánima. Y es tan raro el pensamiento de los cadáveres, que recordé que ni en el cuadro de la capilla ni en ninguno semejante había visto tan siquiera un ánimo: todas eran hembras. No sé cuántoa tiempo permanecí en difuntez, ni de las más ocurrencias que en ella me sobrevinieran, como no sea la de haber abierto los ojos al fin y al cabo, cansado de la tumba. No supe, tampoco, si eso era para resucitar de veras o para vivir muerto. (Creen algunos que fue para lo último). Pensaba que Mentor habría ido a llevar la triste nueva y a traer quién recogiese el insepulto. Pero no: era amigo así en vida como en muerte. Junto a mí estaba, inmóvil, hierático más que siempre, espantando las moscas y los tábanos con la actitud de rezo que yo le había enseñado, para que orase conmigo; una actitud semejante a la que luegob he visto en las esfinges.94 ¡Con cuánto recogimiento velabas a tu amigo!
No resucité glorioso, pero sí muy transportado y con algo del otro mundo embebido por todo mi ser; un algo másc fúnebre todavía que los algos postrimeros de mi existencia precedente. Bien diverso era esto del miedo, de los sustos, de las aprensiones: era un no sé qué severo, medio religioso, henchido de unción y de piedad; era una tristeza suave y tranquila, un sufrir muy bonito y muy sabroso, del cual saqué al momento unos gustos muy grandes y muy particulares. Yo miré mis penates95 tendidos allá abajo en la calma soporosa de aquella tarde diáfana. El viento se había aletargadod y el aire, no sé si azul o blanquecino, se dilataba en un hormigueo vertiginoso con que parecían temblar las cosas quietas. El sol de las cuatro bañaba aquel interior monástico, y los muros los veía de porcelana, y de charol las techumbres. La yedra y las pitahayas que lo ceñían, las enredaderas que lo velaban, la variedad de flores y de arbustos, de frutales y de palmeras que en torno le rodeaban, parecían todos como acabados de barnizar. Eso tan blanco y tan negro, tan profusamente verde, tuvo de antojárseme luego al punto cosa de cementerio. Apenas si sobresalía la parte de dos pisos: tan desmesuradamente altas eran las de uno solo. La planta del edificio señorial tenía forma de E, y de L la de sus dependencias.
Estas dos letras L E tan juntas a la vez que tan inarmónicas entre sí, querían decir mucho, contenían una cosa muy grande y muy profunda. Y eso no lo habían hecho aposta: se veía que eso había salido así... ¡Ah! Y a las cosas que salían, que L L E a cuanto b luégo c mas d aletargado,
Entrañas de niño resultaban, yo les tenía un recelo, un temorcito allá... Por eso no me fijaba en las nubes; porque me salían cosas muy miedosas. Miedo no me daba ahora de ese letrero; pero sí unas cosquillas por dentro, un ansia de adivinar, de saber qué significaba. A mi imaginación de niño, nacido y criado entre prácticas y símbolos religiosos, entre milagros de santos y de encantadores, me sugería eso, en aquella crisis de superstición y de afectos encontrados, algo así como la clave, como la cifra de un destino: el de mi familia, el mío acaso.
¿E?... Pues en el silabario cuando uno llegaba a la E grande, estaba el elefante pintado; luego esta E de mi casa quería decir el elefante también... ¿La L?... No me acordaba de animal. Talvez era el león... ¿pero el león y el elefante junticos? Ni eso, ultimadamente, era una L grande: más bien era como la escuadra del negro Félix. ¡Virgen Santa, qué cosas estas para dar desespero y enredar a uno! Cuando yo fuera grande y magistradoa tenía queb saber eso y todas las cosas que salieran ellas mismas. Yo seguí viendo muchas muy medrosas; pero a mí ya nada me asustaba. ¿No es cierto,c Mentor? Tú veías conmigo.
Como el pasadizo que comunicaba con la capilla nos lo tapaban las espesuras de unos mangos, la veíamos aislada, solitaria, avanzando hacia el ribazo96 del camino, como un sepulcro encantado que se quisiera salir del cementerio. En la E, en el propio palo céntrico, veíamos un túmulo muy triste enteramente. Parecía festoneado con ciprés y con hinojo: era una como jaula, entre glorieta y comedor, levantada posteriormente sobre la cepa de un tamarindo. La pared del “cuarto deld magistrado”, con dos ventanillas arriba y una puerta abajo, la veíamos como su calavera. ¡Cosa más patente! ¡Qué tal si no hubiera sido ahora! Muerto me recogen. Aquí y allá, como adornando las tumbas, divisamose los jazmines de Malabar y los azucenos de Laf Habana, blancos y virginales de puro florecidos; y, dividiendo los lotes de los difuntos, los cercos de limón y de uñegato, tan aplomados y parejos como si fueran a codal y escuadra; mientras que arriba, muy arriba, recto, medido, trazado en el aire, destacado en la vaguedad del horizonte, se nos imponía glorioso ese otro cerco que, al juntar sus penachos, les formaba la fila de equidistantes cocoteros, talvez para que no les entrasen los espíritus de los duendes. ¿Te acuerdas, Mentor, de aquel paraguas del tamarindo? ¡Quién fuera gigante para hacer con él una administración, de todos los curas y los Santísimos del mundo! Todos cabíang y sobraba paraguas. Más allá, blanca, relumbrante, interceptada a trechos por las frondas asiáticas de unas ceibas, tendía la Magistradah97 sus tisúes para dar más esplendor al fúnebre aparato; mientras que acá, en el abuhardillado del testero, se erguía la veleta como el negro estandarte de una procesión de ánimas.
—¡Ah,i las ánimas! ¡Siempre las ánimas! ¡Válgame Dios! —me dije dándome en la frente la palmada de todo descubrimiento—. ¡Pues si estamos en noviembre! ¡Cómo no había caído en la cuenta! Sí, señor: eso era todo; eso eran aquellas tristezas, los sustos, la asombrada y la difuntez y todo; eran las ánimas, las benditas a Magistrado b qué c cierto d de El e divisámos f la g cabían, h La Magistrada i ¡Ah
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla ánimas del purgatorio, que sacaban recursos para implorar sufragios. ¡Pobrecitas! Eran unas muditas que pedían por señas. ¡Y uno aquí sin acordarse de ellas, ni para darles la limosna de un padrenuestro tan siquiera! Y el infeliz padre no había venido a hacerme nada malo ni a contarme del entierro,98 sino a pedirme oraciones. ¡Dios mío! ¡Tantísimosa años en el purgatorio por ese entierro! Y cómo estaría de necesitado cuando hasta de día le salía a uno. Talvez necesitaría de una oración mía; talvez yo, su tocayo tan chiquito y tan malo, sería el llamado a sacarle de penas. ¡Pues cómo no! Pues por eso era el miedo tan grande que le tenía, y la pensadera en él cada rato, y el estar viendo el retrato sin querer verlo. ¡Yb yo que ni el día de la procesión al cementerio le había rezado nada en formalidad! ¡Uno sí que era ingrato con las ánimas! Bien decía la novena. Le iba a pedir plata a Vira para mandarle decir al padrecito una misa de esas tan preciosas de a tres curas en ringlera; y quemar hartísimo incienso para que oliera bien sabroso. Ni la novena, ni las Excelencias del Carmen las sabía enteras; pero lo que recordé de una y otras se lo endilgué ahí revuelto y trabucado.99 Recelec después, a él solo, los Tres padrenuestros del camarero,d100 que tienen mucha virtud y muchísimas indulgencias; y luego, a las ánimas en montón, y terminé con mi jaculatoria101 a la Virgen, cuya fórmula cambié improvisando de acuerdo con las circunstancias del momento.
¿Por qué se vuelve lino calavera y ánima y espanto? ¡Decime,e Princesa!, lef imprequé a poco. Nada me dijo Ella; pero me fui sintiendo muy a gusto y tan formal y juicioso como un señor grande. Con todo lo que había entendido y descubierto ¿qué miedos ni qué cuidados me iban a entrar ya? ¡Tang bobo que había sido, creyendo que estaba asombrado!... Sí ado...
El padre Lobo y la misma Vira no me habían dejado comulgar todavía, después de tres confesiones, porque, dizque como no tenía buen uso de razón, iba y hacía alguna cosa mala al recibir la hostia con Nuestro Amo adentro. Pues ahora lo verían. ¡Mi uso de razón sí lo iban teniendo todos! Por eso se me había demorado tanto; pues según Vira iba a completar mis nueve años en los juliosh venideros. Pero ya que se demoró, fue para venir todo junto de una vez. Por eso había sido aquello tan horrible. ¡Y haber pensado que era la hora llegada! Todo eso, así eran las cosas, se lo debía al ánima del padrecito. Pues en agradecimiento había de aprenderme todita la doctrina para poder comulgar por él bien ligero. ¡Qué sabroso era ser uno bueno y tener juicio y uso de razón! Y, a fin de derrochar todo este lujo flamante y repentino, me di a pensar cosas muy encumbradas y a contemplar de lado y lado. Por primera vez se insinuaba en mi espíritu la hermosura de la naturaleza y de la región. El Badillo,i102 allá a lo lejos, hacía un garabato blanco y se perdía, hacía otro y tornaba a perderse, entre el arbolado que sombreaba los cultivos. Más acá surgía Escudero, como las fichas revueltas de un dominó; al frente flechaba su torre la aldea de Encinares; y, cual garzas pescadoras, se apostaban en ambas orillas los cortijos de Peñoles y de Aldaflorida, de Vegahonda y de Santainés.
a Tantísimos b Y c Recéle d Los tres Padrenuestros del Camarero, e Decíme, f Princesa! le g Tan h Julios i A, B, C, D: El Vadillo, / E, F, G, H: El Badillo, / I: El Badillo, [En el usus scribendi del autor, destaca el empleo preponderante de la acepción El Badillo para referir esta fuente hídrica ficcional].
Entrañas de niño Tenía al frente una cordillera de perfiles casi horizontales, atrás una sierra áspera, de torrentes impetuosos, que regaban nuestras labranzas. Por ella bajaba la Magistrada, llamada así en memoria y reverencia del prócera de mi familia, y el hilo cristalino que abastaba la casa. Al pie se espaciaba la huerta, como ciudad tirada a cordel, con sus monumentos de barbacoas inaccesibles a la hormiga, con sus pedrejonesb sembrados de parásitas. Allá veía al papacito justiciero, siempre enredando aquellos pepinos de olor y aquellos badeos103 tan mimados. ¡Pobrecito mi papá que había tenido que pegarme tan duro! Pero ya no tendría por qué c castigarme. ¿Volver yo a darle motivo? Yo recé aquí por él unas oraciones muy lindas que iba sacando.
Así y todo, yo siempre esperaba que alguno de casa viniera a consolarme, de propio impulso o mandado por la abuela. Acaso mi hermana Lucía, que me quería mucho; talvez mi Tulad misma; siquiera Cuco. Atisbaba y nada. ¡Qué íbamose a hacer! Lo peor era que sentía mucha hambref y, aunque era muy pasada la hora de tomar la media tarde y muy grandes mis juicios y virtudes, no tenía aún la cara suficiente de aparecerme solo a casa, así sin ningún pretexto y paliativo. Esa vuelta, después de una huidag tan larga y sin que nadie me reclamase, se me hacía cuesta arriba. Mientras más me demorase más se empeoraba la situaciónh y, por otra parte, tampoco era prudente, así, acabando de pasar tanto suceso, aguardar el doble del avemaría,i por ahí tan solo y tan lejos de la gente. Un padrenuestro a san Francisco para que me sacase del trabajo.
¡Y me sacó! A tiempo que caía al camino real, regresaban del pueblo unos agregados de la finca, con varias bestias descargadas. No sé si por gentileza o por efectismo, escogí la más triste de la partida: una borrica decrépita, pelada de lomos y lanuda de patas, que traía árguenas. Ahorcajado en tal vehículo, enroleme, j precedido por Mentor, en la arrieril caravana. Al pasar por frente al costado exterior no vi a nadie en las ventanas, ni después en los portales ni en el jardín delantero. Cruzamosk la esquina de verjal y, siguiendo de largo hasta la entrada de las bestias, tomamos puerta adentro por la avenida de naranjos donde a filo de media noche salía en tal mes el espanto de las flotantes vestimentas. Como al llegar al cuarto del aparejo no viese tampoco alma nacida, tuve a bien voltear por las pesebreras y dar con mi arrogante individuo en el patio de la cocina.
—¡No le digo!... ¡Si es tan zizañero! —exclamó mi Tula en cuanto me echó los ojos encima, con zalamería muy cariñosa y desagraviante. ¿Per-óndem se topó esa burrita y esas árguenas? ¿Taba en el sitio con los arrieros? (Que no,n contesté por señas).ñ ¿On’taba, pues?
—Por ai... en El Morro.
Y se me viene y me desmonta y me lleva cargado hasta el corredor del horno y agrega con mimo y chiqueo:
—¿En El Morro? ¿Y cómo yo no lo vide, con todo lo que lo atisbé? ¡Sí! Se jue pu’aio a coger el tole104 con su Mentor y se li-olvidó la media tarde, y vino quemao a procer b A, B, C, D: pedregones / E, F, G, H, I: pedrejones j enroléme k Cruzámos l verja, m A, B, C: ¿Per-onde / D, E, F, G, H: ¿Per'onde / I: ¿Per'ónde n nó, ñ señas) o jué pu-ai c A, E, F, H: porqué / B, C, D, I:
por qué / G: porque d Mi Tula e ibamos f hambre, g huída h situación, i Ave María,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla como un tiesto. Camine a beberse su cacao, q’esta tarde es con pandequeso105 caliente. Ai l’hice su rosca bien grande y con harto aliño.
Y proseguí con ella, cogido de sus manos, por el pasillo que daba ingreso al segundo patio, hasta el chocolatero, que llamaban: una galería contigua al viejo comedor (palo nortea de la E), con enredaderas y tiestos de flores, donde se reunía la familia, por las tardes, a tomar el fresco y la indispensable jícara. Allí estaba papacito, repantigado106 en su poltrona frailera, con una criatura en cada muslo: su hija Elvira 2.a b y su nieta Beatriz 3.a.c La copa de coco, con pie de plata, pasaba de las barbas del patriarca a las boquitas de las dos rivales, que también se embigotaban. Lucas, el primogénito, padre de la nietad y su mujer, María Landázuri, compartían una misma taza, trago él y trago ella, en primitivo conyugalismo. Cecilia y Lucía, silenciosas y preocupadas, apenas si probaban las suyas. Mis otros dos hermanos no habían vuelto aún de sus trabajos; y faltaban Vira, mamá, y las tres hermanas mayores. Sentíase olor apetitoso de canela y nuez moscada, y cierta tirantez que luego me olió a entripado.107 Nadie me dirigió la palabra, nadie me alzó a mirar, ni siquiera mi sobrina que me hacía tantas fiestas. Me senté tamañito en mi puesto; pero resuelto a atacar la copiosa ración que me propinó mi Tula. Principiaba apenas, cuando comparece mamacita, rauda de andares y rumorosa de faldas, ¡derechitoe contra mí! “¡Este facineroso!... ¡Tef fuiste hasta El Morro a hacer el mimo! ¡Te pareció que te íbamos a traer con palio!”.g Ella me trataba siempre con una contumelia108 tan fingida y encubridora de cariño, que a menudo me la reía en su propia cara, gozoso de oírle los dulces improperios; pero bien comprendí en esta vez que la cosa iba de veras. Me pareció que había llorado, que estaba con el ofusque,109 que decían en casa. —Allá está mamita muy mala, con la palpitación —me agregó luego— y sabé y entendé que vos tenés la culpa y que la vas a matar con todas tus iniquidades. Yo estallé en llanto.
—¡No me vengás ahora con escándalos —prorrumpe nerviosa, atrincando los dientes y alzando el puño—,h porque te ajusto otra! ¡Virgen Santa, mi Madre! ¿A quién saldría este muchacho tan verdugo?
—Eso es el Gori, hija —contesta mi taita con toda su bonhomía—; ¿noi ve que son judíos?
—¡Naturalmente! Todo lo malo que tenga le viene por mí —repone ella, con voz enronquecida e insegura—. Por el lado de los Santos no puede sacar sino santidades. Riole j Cecilia el juego de palabras.
—¡No se ría! —siguió doña Beatriz Solsona—. Eso es así: Ustedes,k los Santos, los Ferreres, los Santamarías y... toda la corte celestial, ya estuvieran canonizados, si no fuera por mi ralea. ¡Pero figúrense, nosotros los Goris y los Sigüenzas, los Calatraveños y los Solsonas, nosotros los Villalares!... Nos debían meter al presidio; quemarnos por judíos. —Pues lo que fue al padrecito —se deja decir donl Ignacio Santos con cierta marrullería que le era familiar—, nom sería por decir misa que jalaron con él.110 a Norte b 2a c 3a d nieta, e derechito f Te g palio!" h escándalos, prorrumpe nerviosa, atrincando los dientes y alzando el puño, i bonhomía—¿no j Rióle k Uds.
l D.
m familiar, no
Entrañas de niño —¡Ela padre Villalares era un santo! —protesta la dama, erguida, segura, haciendo vibrar su voz de plata—. ¡Un santo como los que figuran en el almanaque! Si lo acusaron, si lo hicieron morir fue como a los mártires. Papá que vivió con él me lo decía siempre, y papá no mentía, ni era de raza devota como ustedes. El Padre era un santo y un sabio, más humilde que la tierra que pisaba. Lo nombraron canónigo y no aceptó el nombramiento; lo nombraron cura de Medellín y no aceptó tampoco. Su curato único fue la pobre aldea de Encinares. Del pie de altar no reclamó un centavo partido por la mitad; no recibía diezmos ni primicias, ni sus bienes fueron suyos, fueron de los pobres. Aquí vivió como un anacoreta:111 su alimento eran legumbres, cuando no ayunaba al traspaso; no probó más vino que el de consagrarb y hasta del agua del chorro se abstenía. Su cama era esa cuja donde ustedes guardan sus arroces; esa cuja, pelada, escueta, con dos troncos de algarrobo112 en la cabecera, que eran sus almohadas. Su vestido era un caracol de trapo viejo, y debajo con un cilicio113 pegado a los riñones. De sus penitencias y maceraciones contrajo muchas enfermedades, y enfermo lo sacaron para llevárselo a Cartagena... Este fue el malvado a quien acusaron; este fue el avaro que dejó enterradas todas sus riquezas. (Pausa).c Y no fue el padre Villalares el único santo, ni el único sabio de la familia: también lo fue su sobrino, el magistrado, mi tío Juan de Dios. Si lo dudan ahí están los apuntes que tenía mi hermano, el padre Bonifacio, para escribir la vida de estos dos parientes. Entre las cosas del padre, que le remitieron a mamita desde Roma, después que él falleció, vinieron esos apuntes. ¡Si esto lo sabe todo el mundo, si esto está escrito en papeles públicos y hasta en libros! Solo aquí en esta casa no lo han sabido todavía, ni lo sabrán nunca, por lo que veo. Aquí se venera la memoria de estos hombres tan grandes, poniendo de troje114 y de tenería los cuartos donde ellos habitaron; y dejando caer la capilla de la familia, donde el sacerdote celebró por tantos años; y tumbando la casa para buscar los tesoros que dejó a la tierra; y haciéndolesd creer a los extraños que el alma del tío arde en el purgatorioe o quién sabe dónde, en castigo de su avaricia. Esta es la memoria que aquí se guarda a los deudos; este es el respeto que aquí se tiene a la familia, y a la sangre y a la religión. (Transición). ¡Ya se ve, quién se va a fijar en estas simplezas! Solo yo, que tengo tantas manías y tantas rancieras. Y estamos tan indigentes, tan en la inopia, que si se gastan cuatro reales en remendar capillas, que nada han de producir, y en hacer trojes inútiles, nos morimos de hambre. ¡Majaderos que son ustedes que no salen de tanta miseria! ¿Por qué no tumban la casa de una vez? Este es un cascarón que nada vale, que no deja un cuartillo de perro; una cueva donde sale hasta el tigre y los espantos y todas las ánimas en penas. En vez de ponerse por ahí a hacer roticos como los ratones, a escarbar como las gallinas, derríbenla, échenla al suelo, pónganle agua, como a las minas, vuélenla a pólvora. Así se sacan los tesoros de Montecristo,115 y a las almas del purgatorio... y a mí de tantas mortificaciones y pecaderos. b consagrar, c (Pausa.)
d A, B, E, F, G, H, I: haciéndole / C, D: haciéndoles e purgatorio, a ¡El
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Dijo y salió. Sus ojos, melados, siempre tan dulces y acariciadores, fulguraban llameantes, dilatábanse temblorosos los bordes de su nariz judaica; de morena que era, estaba pálida como una enferma. Yoa quedé subyugado, arrozudo116 de puro emocionado, entre si lloro o no lloro. Siempre me había parecido mamacita mucha gente, pero nunca tan grande ni hermosa como ahora.b
III
“¡Mamacitac es una buena magistrada!d ¡Pero, ah, bueno que contó!” —me dije, muy satisfecho, cuando salí del pasmo. Mas, al mismo tiempo que me ufanaba de tal madre, volvía a entrar en nuevos cuidados. Amén de mi culpa por la palpitación de Vira, había sacado en limpio de toda la retahílae que eso era como “un regaño muy maluco”117 para todos, hasta para el mismo papacito. De este nuevo enredo sacaba algunas hebras que me enredaban más, a pesar de mi estreno de razón. ¿Cómo aclarar el punto, si todos los grandes estaban como yo? ¡Si dijeran algo, si conversaran!... Por vía de consuelo torné a mi cacao, pero ¡oh,f tarde de las rarezas!, meg lo había echado al cuerpo sin saber cómo ni cuándo. Ni siquiera un recuerdo me quedaba del roscón, tan ponderado. El silencio seguía cada vez más tiranteh y las dos criaturas se iban adormitando en los muslos genitores.
—Recíbamenlas —articuló al fin el jefe de la tribu, dirigiéndose a las mujeres; y luego declara muy compungido—: sei le subió bien subido. ¡Pero así tan frenética no la había visto nunca!
—¡Hijuediós! —repone Lucas, como en secreto—. ¡Nos j metió el fierro hasta los hígados! ¡Ni el padre Lobo cuando nos paña118 en el pulpito por los diezmos! Hasta razón tendrá ella. Siquiera que no estaban aquí Adriano y Bonifacio, que son a cual más ardiloso y que han buscado tanto: algo le habían contestado. ¡Y los tulle! —Pues vos tampoco estarés muy inocente —le dice su mujer, muy chancera.119 —¿Yo?... Pues no mucho enteramente: yo siempre he echao mis cavaítas, y lo mismo mi papá, por ai por el calicanto de las escaleras y por el cuarto de los huéspedes, que es donde más ruidos se sienten. Pero escondido de ella, eso sí, porque me comía vivo. —¡Los miedos de algunos! —gruñe Cecilia.
—¡Esto siempre fue mucha pifia! —murmuraba mi señor padre, rascándose la calva—. Ahora le prende la jaqueca con la rabieta y nos acabamos de embromar.120 —Tal vez no, donk Santos —le dice Cecilia, quel por mimarlo le trataba por el apellido con que le nombraban los extraños—. Ella quedó como si le hubieran reventado una inflamación: debe estar descansada.
—¡Aténgase a descansada, hija! (nueva rasquiña).
—Pero, papacito —interviene Lucía, con tonito meloso de reconvención—. ¿Para qué le fue a salir con esas?
—¡Ya vas vos a ponerle cartilla121 a los mayores! —rezongam la otra. a Yo, b ahora. Tomás Carrasquilla.
(Continuará.) [Se omite paratexto que acompaña el final del n. 5 y 6 de la entrega de julio de la revista Alpha].
c “MAMACITA d Magistrada!
e retahila f¡oh g rarezas! me h tirante, i compungido:—Se j secreto—¡Nos k Don l Cecilia—que m A, C, F: resonga / B: [ilegible] / D, E, G, H, I: rezonga
Entrañas de niño —No, Cecilia, no es cartilla, ni falta de respeto; pero... ¡pobrecita mi mamá! Ella que se entripa tanto, cuando a Vira le da el ataque. —Sí, m’hija —conviene él, muy razonable—. Eso fue un zafón. —Fueron dos, don Santos —apunta la enemiga de cartillas—. Uno contra los Goris y otro contra el padre. ¡Figúrese! ¡Mentarle a ella la prosapia para cosa que no pueda parecer!
—Sí, hija. Es que yo también estoy esta tarde tan ofuscado con todas estas churumbelas.122 —Y a volteó a mí con unos ojos que, aunque no eran de regaño, se me fueron muy adentro. ¿Tendría yo la culpa de tantas cosas? Consulté a mi Tula con la mirada. —Vaya conténtela, papacito —suplicó Lucía, palmeándole por hombro y espalda. —Será lo mejor —accedió el padre, levantándose de la poltrona. Pero hubo de quedarse suspenso, porque a ese tiempo salía mamá por el pasadizo, armada de trapo, tenazas y martillo, seguida por el negro Félix, que traía una escalera. —¿Eso qué será? —murmura Cecilia—. ¿Irá a haber descendimiento? —¡Callá la boca, enemigo malo! —le dice María muy apurada—, ¡callá,b que nos confisca por parejo! —Todos nos pusimos en expectativa. Mamá y el negro siguieron hasta la sala. Ella, muy ligera y repechada;123 él, todo torcido y balanceándose, pues era perniquebrado.124 Oyéronse a poco golpes violentos de trapoc y, en seguida, torna Félix hacia adentro, con la efigie de aquella dama del peinetón excelso. —¡Ai está, pues! —exclama la Cecilia—. ¡Nid doñae Estefa de la Selada se escapó! Papacito que se rasca de aquí para allá, puja que pujarás, abre tamaños ojos. Lucas, no pudiendo contener la curiosidad, sale a asomarse con Elvirita a cuestas, por patrocinio y escudo. Lucía, mi Tula y yo le seguimos. Cuando llegábamos sacaba el cojo al padre Villalares; sentí de nuevo el estremecimiento de la asombrada, y me agarré de las faldas de mi Tula. Observamosf desde la puerta. Mamá sacudía por el reverso el retrato del magistrado.
—¿Y eso qué contiene, madrecita? —se aventura a interrogar mi hermano, con zalamería reconciliadora.
—Un retrato.
—Sí, señora... pero... ¿por qué los descolgó?
—Me parece muy raro que me lo pregunte —contesta ella, sin levantar la cabeza. —Es que... como su mercé me dice, ¿yo qué voy a saber?
—¿No? Pues si no sabe, es inútil que lo pregunte (suspendiendog la tarea y fulminándole una ojeada de las suyas). Hay cosas que, si no las sabe uno por su propia cuenta, nadie puede enseñárselas.
—¡Ah viejita brava! —exclama el hijo, tratando de abrazarla. —¡No, Lucas! —protesta ella, apartándose—. No me venga ahora con papeladas,125 que yo no soy una muñeca. Mientras yo viva o sea algo en casa, no permito que nadie irrespete la memoria de mis muertos.
Lucas voltea cola, entre corrido y sonriente.
a churumbelas. Y b apurada—¡callá, c trapo, d Ni e Doña f Observámos g pregunte, (suspendiendo
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Pero, mamacita... —implora Lucía.
—Quitá de aquí vos, querubín de estribo.
Voltea también a tiempo, cabalmente, que entraban a los corredores Adriano y Bonifacio. El pobre querube, con el índice en los labios, con guiños y con gestos, todo confuso y aterrado les dice que no chisten, que no avancen, y, asiendo a ambos por las manos, les lleva hasta el corredor. Papacito, en el colmo de la murria,126 atisba desde el a chocolatero; mientras que a la indina de Cecilia la alcanzo a ver en el cuarto de María, con el pañuelo en la boca, descuadernándose sobre un baúl. —¡Pero no ve, Paquito! —me dice la regañada—. ¿Pa qué fue a matar esos sapos? Tú que dijiste, y yo que emperro.127 —¡Eso también y todo es mucha cargadilla!
Salta mi Tula, cogiéndome de nuevo.
—¿Elb niño qué culpa tiene de tu’estas afugias y contiendas? Y, enjugándose el llanto con el delantal, sale conmigo rezongando si Dios teñía qué. “¡Esc pa que se metan con la Condesa!...d Sie yo m’imagino qu’iban a jorobar128 di a tanto, me callo mi pico. ¡Ponesef mi-amo don Santos a echar de los Goris!... ¡Consiá judíos! ¿Ónde los haberá visto escupiendo a los cristianos? ¿Será por tan tirana qui-ha sido Ñora con él? ¡Qué tal que no fuera por Ñora! ¿Ónde les daba l’agua en esta casa? Ella será la que los escupe a todos a juerz’e plata y consideración”. Porque para mi Tula, lo mismo que para mí, no existían más judíos que los de Semana Santag y las personas que escupían a otras. Recordando al punto mi salivazoh a Cándida, me di a pensar que acaso mi taita no carecía de razón. ¡Gracias a Dios que ya me había acusado de ese pecado tan grande!
Una vez en los dominios de mi protectora, fui consolado de tantas tribulacionesi y resarcido con usura de la media tarde no gustada. Mentor y yo compartíamos a un tiempo los gozos, como habíamos compartido los dolores: yo, sentado en un poyo, sacándole la quinta delicia a un migote que era una gloria: un revoltijo de rosca, pelado129 y quesito, en una pucha de chocolate de harina. Mentor, haciendo castañear la lengua, con ritmo encantador, en su lebrillo de piedra, donde mi Tula le había puesto cuanta bazofia halló a mano. El pobre estaba tan hambreado como yo. La mulata comentaba el acontecimiento ante las otras familias, celebrando las voladas de la Condesa, con todo el fanatismo que ella le inspiraba.
Agotado el tazón, hasta la zurrapa,130 como sintiese muchos trajinesj por el extremo del corredor, donde Félix tenía su banco de carpintero, fui a enterarme de lo que pasaba. Y no era cualquier circunstancia: el cojo, ayudado por mamacita en persona, desclavaba del bastidor el lienzo de un retrato: ¡era el del padre! ¡Siempre el padre! Con disimulo y a respetuosa distancia, les observaba todas las maniobras. Lienzo quitado, era enrollado al punto, con muchos cuidados y condiciones. Vueltos a sus respectivos lugares los esqueletos de los bastidores, sacaron coletas y encerados, a El b nuevo—¿El
c ¡“Es d La Condesa!.... e “Si
f ¡Ponése g Santa, h salibazo i tribulaciones, j A, B: tragines / C, D, E, F, G, H, I: trajines
Entrañas de niño y, marco por marco, fue envuelto, liado y encamado por allá al rincón más decente de un zarzo, donde los apilaron lejos de todo trebejo profano. La Condesa salió luego cargada con los rollos. Mi Tula fue a ofrecerle sus servicios; pero, en vez de aceptarlos, se vuelve a mí animosa y me dice: —Cuidado, don matasapos, cómo va a salirle ahora a mi mamá con el cuento de los retratos.
—¡Eh, su mercé! —repone mi protectora—. ¿Pa qu’es decil’eso? Éla casu-esb ningún picón; ¿óndi’ha visto qu’él cuente ni lo negro e l’uña? —Pues para que no se le vaya a ocurrir —y siguió pasadizo adentro, sin que yo me atreviese a seguirla, para ver qué hacía de los rollos. —¡Hoyc sí,d pues! —gruñe mi Tula, en cuanto nos vimos solos—. Hay que quemarle ramo bendito a la Condesa.
La palpitación de Vira no era para alarmarme en lo más mínimo. Sobre no ser cosa nueva, yo no veía en ello más que un poquito de cama, en medio de los mil cuidados y cariños con que todos la rodeábamos; y cuando estaba encamada se me hacía más linda y más queridita. Contra la oposición de mamá, era yo el más asiduo en tales casos, haciendo acto perpetuo de presencia, con ese alarde del que se cree muy interesante en una situación y muy solidario con cuantos en ella actúan. Pero en esta vez recelaba el verme con la abuela. Tanto que ni me había atrevido a preguntar por ella. Ignoro si sería remordimiento por haberla aborrecido un momento, y por creerme causa de sus males, o vergüenza por la azotaina, o efecto de tantas y tan seguidas impresiones, o todo eso junto; pero es lo cierto que, a medida que se acercaba aquella entrevista ineludible y retardada, me iba amontonando, amontonando. ¡Si Vira estuviera solita, no tan de lo peor!... Pero ya veía la montonera de todos. ¡Valiéramed Dios en este otro trabajo! Aquí de mi tocayo de Paula, invocado en lo más secreto de mi corazón.
Como Tula me afease tan desnaturalizado proceder y me instase a que pasáramos al aposento de Ñora, acogime muy de mi grado bajo su bandera y bajo el protectorado de Mentor, que me seguía, tan fiel como siempre. —Aquí’stan los perdidos —anuncia desde la puerta la negra ujier e131 que me deparó el tocayo.
—¡Conquef por fin parecieron! —contesta la abuelita.
No vi nada por lo pronto, pues la lamparilla de la Virgen apenas daba vislumbres a ese cuarto tan enorme. Creí que hablaba desde el lecho; mas, cuando pude notarla sentadita en su silla, junto a la puerta que comunicaba con el oratorio, entre el cerco de nietos, mi alegría dominó los otros sentimientos y corrí a ella transportado. Peguémele a su cuerpo, apoyándome a un brazo del asiento. —¿Dónde estaba el pasmadito de la casa? —me dijo ella, atrayendo mi cabeza hacia la suya.
—¿Yo?... Por ai, con Mentor.
a El b casu-és c “¡Hoy si d si d Valiérame e ujiera f —¡Con que
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Eso sí:a se fue a llenarse todo de ladillas; a asolearse harto, para que coja un buen tabardillo. —Y su mano pasaba por mi pelambrera como retazo arrollado de terciopelo. —¿Le dio muy dura la palpitación? —le pregunté en voz baja. —No, mi hijito:132 no me diob muy dura —contestó en voz alta. —¿Y le duró mucho?
—Un momento nada más. ¿No ve que ya estoy muy aliviada? ¿Y por qué no había venido a verme?
Le puse la boca en el oído y le dije:
—Era que yo tenía mucha vergüenza... pero ahora le doy picos. —¡Pobre mi pasmado! —exclamó ella besándome.
—El que no te conozca que te compre133 —murmuró esa Cecilia. —Y hoy como que le fue algo mal al magistrado —dijo Adriano, de cuya presencia no me había dado cuenta.
—Por fin le voliaron soga —afirma la cruel hermana. —¡Caso fue soga! —protesté gemebundo.
—No me le digan nada a mi pobre avistrujo134 —ordenó Vira con su vocecita rascada, que era un arrullo—. Él no vuelve a hacer esas cosas. ¿No es cierto? Con la cabeza juré que no, una y mil veces.
Cecilia y Adriano siempre dijeron maluco de mí.c Tan siquiera que Bonifacio, Valbanerad y Librada, que también estaban ahí, no eran molestones como ellos. —¡Esta Vira tan picarita! —le dice Lucía, que era la menor y la más consentida de las cuatro—. ¡A nosotras sí no nos hacías tantos mimos! —Sí, Vira —afirma Adriano—. No te supimos dar raspao de jarrete,135 como este marchante.
—¡Es que ya no se acuerdan, estos ingratos! —dice la anciana, devolviendo plácida aquella charla del cariño. El tratamiento de vos que le daban sus nietos adultos, y que a mí me olía a irrespeto, dizque la encantaba. —Tenemos mucha memoria —apura Cecilia—. Pero no hay qué recordar: Esta Viravira ha sido con todos nosotros una abuelita... así medio desentendida ella. Solo el Paco tiene bula del santo padre: ¿no es cierto, Bonifacio? —¡Ju! e136 —contestó este,f que no hablaba ni lo necesario. —No, mis hijos —se defiende la señora, con toda su santa ingenuidad—. Que lo diga mi Tula: soy igual con todos. Pero los viejos somos como el perro: el que nos agasaja nos compra; y, como este pobre cumbambón ha sido tan zalamero137 conmigo y como no tiene ahora quién le haga la competencia... Si a la viejecita le halagaba aquella comedia de la ternura filial, a mí me desvanecía el verme objeto de tales conversaciones y envidias. Nadie me rivalizaba, en efecto. Cuando yo estaba en la mente de Dios me precedieron en casa dos ángeles, que se volvieron al Cielo; después de mí hubo otros tantos que alcanzaron la misma suerte. Los cuatro dizque eran a cual más hermoso: a mí a si:
b dió c mi.
d Valvanera [Se fija con b conforme al usus scribendi del autor para diferenciar este nombre del personaje literario de la advocación mariana].
e —¡Jú! f éste
Entrañas de niño por feo y canijo no me quisieron de angelito en la corte celestial.a Yo solo disfrutaba del usufructo de Vira y de mi Tula; yo solo, porque las mellizas, aunque muy bellas, traviesas e iguales, no estaban por la abuela ni por nadie. A estas gitanas nómades de seis años no les alcanzaba el tiempo para sus muchas y diversas obligaciones. Bajo la dirección inmediata de Cándida, plantaban el aduar, en las raíces del tamarindo, en la leñera, en los rincones del jardín, a la sombra de astromelios, de clavellinos,138 en cualquier parte. Molían tierra y amasaban barro y tornaban a moler y volvían a amasar. Criaban prole numerosísima de bellotas, de trapajos, de almohadas. Levantábanse con los pájaros, y con el último trago de la media tarde, entre el farfullar bostezado del Bendita sea tu pureza139 y del Con Dios me acuesto,140 quedábanse como muertas de tan rudo trabajar. Lucía tampoco me hacía sombra. Verdad que aún jugaba a las muñecas y que era tan niña como yo; pero sus quince años y su estatura de veinteb no eran ya para chiqueos. Beatricita, la omega de la tribu, apenas principiaba a caminar; y los dos pichones de Lucas, no eran todavía gentes para desbancar141 a Paquito. La tertulia y el ajonjeo142 continuaban en torno de la abuela. Librada, Valbanera y Bonifacio, siempre escuchando; parla que parla los restantes; Vira y yo, abrazados; Mentor, hecho una rosca a nuestros pies; la mulata arrellanada contra la puerta. Sentíase olor eclesiástico de flores encerradas y de paños limpios, y algo religioso flotaba en aquel grupo íntimo. La figura airosa y decorativa de mi madre aparece en el umbral. Viene serena y sin cara de jaqueca. Al verme ceñido a Vira, me dice entre fuerte y dulce: —Ya se vino a colgandejiar143 y a acabar de enfermar a mi mamá. Apenas meriende se acuesta: ya lo sabe.
—Bueno, señora —le contesté con insólita sumisión.
—Si no me está molestando, hija.
—No le hace señora: siquiera nos dejará en paz. Y ustedes (dirigiéndose a los mayores) tampoco le hagan la tertulia muy larga. Y ya es la hora del rosario. No sé por qué no habrán llamado.
Uno tras otro fuéronse escurriendo los hermanos. Mi Tula y yo permanecimos. —¿Por qué fue, hija, esa determinación de quitar los retratos? —pregunta Vira, con esa curiosidad infantil de los ancianos.
—Yo le diré a su merced...
Pero, en vez de decirle, se vuelve a mi Tula y le manda:
—Llévese a este muchachito, que la tiene sofocada.
Orden era de la Condesa.
“¡Eso sí! —me decía yo al salir—. ¡Cuando van a contar cosas han de rumbar144 a uno!”.
Esquilonazos145 tenues convocaban a poco a la familia.
a Corte Celestial b veinte,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla *** El portón, de arco e imposta a estilo de iglesia, abríase en mitad de la fachada. En lugar de zaguán, le seguía uno como vestíbulo, amplísimo, enlucido siempre y destapado al interior, merced a unas soleronas146 de a tercia y a dos pilastras de piedra, con poyos en los tramos laterales, que sostenían el muro del segundo piso. Sobre el arco de la puerta, en un nicho de bóveda ovoidal, guardaba sus lares la veneranda Valvanera. Las clásicas manos de los artistas quiteños147 habíanla esculpido en el hueco de tronco contrahecho, sentada sobre el águila, inscrito el rostro en disco irradiado de custodia, con su Hijo Dios en el regazo y coronados ambos de imperial insignia. Dos lámparas, con más hojalata que cristales, la alumbraban noche y día; dos escaños, arrimados a los poyos, convidaban a rezarle día y noche. Cual plegarias perpetuas de almas virginales, le ofrendaban su conventual fragancia las macetas de albahaca y de aroma, enfiladas siempre sobre los poyos. A la derecha, según se entraba, rasgábase la enrejada puerta del oratorio, que, a guisa de presbiterio, tenía el retablo al frente y puertecillas a los costados. Daba la una a los portales exteriores y la otra al aposento de la abuela. Aquella entrada abacial, de paz y de frescura, de poesía y de misterio, hubiera sido mi lugar predilecto, a no tener encima, precisamente, la biblioteca-troje148 donde vagaban los manes del cura inquisitoriado; máxime cuando, a tan buenas partes, agregaba el incentivo de la prohibición: allí no se permitían risas ni retozos, ni fumar, ni comer, siquiera. Como en el propio oratorio, guárdase en tal recinto la actitud religiosa. El extraño que traspasase esos umbrales tenía de entender al punto que la casa de El Silencio era un templo.
En aquel punto se congregaba la familia a rezar el rosario. No bien llegaban los hombres de sus labranzas y se acontaban los párvulos, tomaba mi padre un esquilón, remanente de la capilla, y, tilín tilín,a afuera; tilín tilín, adentro; llamaba a todo el mundo. Con frecuencia acudían vecinos y aun personas del pueblo, especialmente los sábados, en cuyas tardes había pago de salarios, enseñanza de doctrina y merienda para todos; como que el rosario de casa alcanzaba en aquellos sencillos tiempos mucha boga y renombre. En el portal exterior se situaban jornaleros y agregados; la servidumbre femenina en los corredores de adentro; en el recinto el señorío; de rodillas todos, desde el “Abre, Señor, mi boca”149 hasta el último amén; el patriarca en un taburete; las señoras en alfombras; los hombres en los escaños; Vira y yo en la puerta consabida; ella, sentada en su silla; yo, a sus pies, sobre una colchoneta, entre si me tiendo o me arrodillo, entre si rezo o divago. En aquella tarde, en que no le sonaba el esquilón a papacito, cual solía, tampoco iba yo a obrar a lo ordinario. Renunciando a las blandicies de la cerda y al dulce arrimo de la abuela, fui a postrarme de rodillas, en el santo suelo, entre los autores de mis días. Por supuesto que Mentor se me hizo al lado, en la actitud aquella. Muy raros debíamos de estar, muy lindos y muy edificantes. Yo oía, sin oírlas, las preces fervorosas de mi amigo. ¿Estaría yo pecando?
a tilín, tilín
Entrañas de niño “¿Peroa cómo? —pensé al momento—. ¿No dice ahí en el oficio, que rezan todos los días mamá y Vira, tan sabroso, que todos los montes y todas las quebradas y todos los animales y los pajaritos y toditas las estrellas y el sol, también adoran al Señor? Pues si lo adoran los pizcos, que son chinches, y las culebras, que pican, y el rejalgar,150 que es veneno, cuánto y más no ha de adorarlo un perro tan bonito y tan bueno y tan sabio; un animal que tal vez tiene adentro algún alma de cristiano. Esto es al Señor; pero ¿y a la Virgen? ¡Quién sabe!... ¡Ah! Pues bueno: aunque no sea a Ella, siempre reza;b que sea pa mi Dios solito”. Libre del escrúpulo, me entró un susto como miedo; pero que no era maluco: en vez de quitarme la devoción, más bien me la aumentaba. Y luego que el rosario iba saliendo tan entonado y tan parejo, y sin ningún embolate151 el cambio de avemarías y padrenuestros. El rezar de papacito no era ya como rumbido de cucarrones, sino cura predicando; mis hermanas, quietas, clavadas, parecían imágenes con habla. Por la puerta, de par en par, entraban revueltos los olores del jardín y la arboleda, y afuera, como chispas desprendidas de un cohete, principiaban a cruzarse los cocuyos. La Virgen y el Niño estaban tan hermosos y tan contentos, por todo lo que los queríamos, por ese modo tan lindo con que les estábamos rezando. Les relumbraban los ojos, como ojos de verdad; ya iban a mover los labios, a sonreírse con nosotros. Él, con su corazón en la manita. Ella, con el suyo. Despuésc de regalárselos recíprocos, nos los ofrecían, en retorno de tanto cariño.
Yo se los recibía, se los recibía a los dos; yo quería tenerlos, guardarlos siempre. Y, para merecer aquel regalo de la Princesa y del Principito, para que no me lo fueran a quitar después, iba a rezarles hartísimo; a ser muy bueno y muy obediente. ¡Ahora sí era de verdad! ¿Para qué me servía entonces mi uso de razón? No volvería nunca a robarles los huevos a los pajaritos ni a tumbarles el nido; no volvería a aruñar la pared, ni a pasar la Magistrada contra la corriente; nunca jamás volvería a escupir a los cristianos, aunque fueran caratejos o negros injuriadores; nunca jamás, a matar los animales de mi Dios —que lo adoraban parejo con uno— por más que fuesen feos y corronchosos.152 Fijo en el nicho, cruzado de brazos, rezaba y rezaba, como ebrio de fervor. Me escuchaba, me escuchaba a mí mismo, como si no fuese yo. Sí: mi vocecilla trasportada sobresalía entre tantas; percibíala clamorosa y vibrante, cual acordes de violín en la orquesta. Por simpatía iba siguiendo el ritmo de mi madred y su voz argentina y límpida, más expresiva en las preces que en todo, parecía arrollar la mía, envolverla, matizarla con la suya y subirla en una sola hasta la Madre Valvanera. ¡Cuán dulce y fortificante resultaba esta fusión!
Pero no era mi voz, únicamente, lo que mamacita levantaba: era que, como ella tenía “una alma tan grande” —según decían siempre Vira y papá— esa alma cargaba la mía, tan chiquita y tan débil, alzándola y sosteniéndola por allá muy arriba, talvez hasta los ángeles.
Con tal verdad y eficacia sentía el encumbramiento, que todo yo me estremecía de dicha. En un solo afecto, en un querer sin nombre, más grande que El Badillo, que a —“Pero b reza:
c suyo, después d madre,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla era mi término de comparación, confundía a la mamá del Cielo con la mamá de la tierra, poniéndolas a una y otra al nivel de Vira, que es cuanto podía decirse. Por conexión con ellas, pero más abajo, por supuesto, entraban papacito, Mentor, mi Tula y mis hermanos. Aquellas articulaciones de la compañía de mamá y yo volaban serenitas y limpias, como ungidas con un óleo milagroso. Ansiaba que llegásemos a la oración universal, a153 que tiene palabras y retahílas tan bonitas; que me tocase el turno en los padrenuestros de las ánimas, para rezar más bello todavía. Pero no alcancé esa gloria: de pronto, en medio de mis sublimaciones, sentí una fatiga y un malestar físico, que no eran por la posición tan violenta. Cuando íbamos en el Virgen purísima y b castísima,154 un relámpago iluminó la casac y un trueno, que parecía estallar de entre el cimiento, me hizo saltar como pelota. Ya estaba yo con esa angustia, con esa sobreexcitación indecibles que desde niño me producen siempre las tempestades. Rompiendo por entre las mujeres, disparemed oratorio adentro, hasta el regazo de la anciana. No supe cómo terminó el rosario ni me tocó la bendición. No presencié cómo mis hermanos —según la santa usanza de mi casa— vinieron, unos tras otros, y por orden de edades, a ponerse de hinojos entre mi padre y mi madre; ni cómo fueron en seguida a postrarse ante la abuela; solo entendí que la tormenta arreciaba; que, en medio de un magníficat e155 coreado y clamoroso, se agitaban en lo alto haces inflamados de palma bendita.f IV Lag tronamenta ha calmado y la lluvia cae, indicando, con su parejura y lentitud, que habrá para rato. Papá no está para leyendas, y los hermanos mayores y mi madre departen, de sobremesa,h en el comedor. Por las risas que se les oye desde el aposento de la abuela, comprendo que el ramo bendito ha obrado también sobre esta mamacita incomparable. Yo he vuelto del susto y de la angustia; pero, lo mismo que el cielo, lluevo y lluevo. En balde me dan consuelos Vira y mi Tula; en balde trato de atajar el llanto y de confortarme con la merienda, porque los pucheros se me hacen sin yo quererlo y las lágrimas no dejan de saltar y de caer algunas en aquel chocolate que se me vuelve. —¡Busté sí, Paquito! —me dice la decana del servicio—. Parece mismamente que se l’estuvier’arrancando l’alma. Tómese su meriendita en sana paz, que ya la maunífica y el ramo huyentaron las centellas.
—Yo no quiero más —le contesto, entregándole la taza.
—¡Valgamé!i Antós si’stá de muerte. —Ella sale y yo me arrimo a la abuelita. —No ve, mi hijito —me susurra al oído, recostándome la cabeza a sus rodillas—. Si tuviera la conciencia tranquila, si no hubiera cometido esos pecados con los pobrecitos animales, no le daba tanto miedo de la cólera de Dios. —¡Yo j no lo vuelvo a hacer! —prometo con vocecita quebrantada—. ¡Allák verá, Vira, que no lo vuelvo a hacer!
a Oración universal, b y c casa, d disparéme e Magníficat f bendita. tomás carrasquilla.
(Continuará.) [Se omite paratexto que acompaña el final del N.° 7 de la entrega de agosto de la revista Alpha].
g LA h sobre mesa, i A: —Valgamé! / B, C, D, E, F, G, I, —¡Valgamé! / H —¡Válgame!
j —Yo k Allá
Entrañas de niño —Sí, Paquito: nunca en su vida lo vuelva a hacer. Hoy lo castigó su papacito; otra vez lo castigará Nuestro Señor. Pero ¿no es cierto que está muy arrepentido de sus faltas? —¡Mucho! —ya este mucho me salió como envuelto en un sollozo entrañable. —¡Bueno, mi pobre avistrujo! Ahora vamos a rezar juntos el acto de contrición, para que Dios le perdone.
Ella que dice y yo que me arrodillo. Creo que los ángeles, mensajeros de oraciones, debieron llevar muy arriba aquella plegaria de la abuela y del nieto. Luego vino el plan de que a la semana siguiente, si el tiempo y la salud lo permitían, iríamos al pueblo, para que confesase, únicamente; que lo que era comulgar no tenía ni para qué pensarlo, con todas las señales de irracional que estaba dando. Noticiela,b así por encimita, del advenimiento de mi razón. Pero ella me significó que había que darle cuarentena al asunto. Me provocó hablarle de mi promesa de misa, por el ánima del sacerdote santo; pero, merced a cierto pudor natural, que desde niño tuve, con mis asuntos propios y aun con los ajenos, me abstuve de mencionar cosa alguna, remitiendo el punto para ocasión más oportuna. Pero sí le pregunté, a poco.
—Oh, Vira, ¿qué es la Inquisición?c156 —¿La Inquisición, m’hijo?... Y ¿por qué me pregunta eso?
—¡Porqued sí!
—¡Usted sí que saca cosas! ¿No?...
—¡Dígame!
—¡Eso ya no hay!... Cuando sea grande y magistrado, lo sabrá. Los niños no tienen para qué saber eso.
(¡Sí! Lo mismo de siempre: a cuenta de que uno era chiquito no le decían nada). —¡Bueno! Pero ¿por qué quemaron al padrecito Villalares?
Ella abrió mucho los ojos, aquellos ojos suyos, azules como la flor de linaza. —¡Eso es que la gente se lo figura! No crea eso, Paquito. Al padre no tenían por qué quemarlo ni hacerle nada. Cuando él se fue estaba muy enfermo y muy viejito. Por allá se moriría de sus enfermedades.
Aquí siguieron otras preguntas y respuestas, en conexión con el relato de mamá y con varios cabos sueltos que yo había juntado. No quedaba duda: en mi familia había santos, no solo de apellido.
Apenas eran las ocho; mas,e por cumplir la orden terminante que me dieron, no por sueño ni deseo, me recogí en mi nido, tras el pabellón de la abuela, previas las jaculatorias y bendiciones de ordenanza. Mi madre vino a recibirla de la suya y a cambiar con ella la paz de despedida en las frentes nobilísimas. Siempre recordaré aquel beso cotidianof que unía y levantaba hasta el Cielo aquellos dos corazones. Esta escena, que había presenciado tantas veces, cara a cara y al través del pabellón, tuvo para mí en esa extraña noche, no sé qué de triste que me conmovió hasta hacerme revivir el llanto. Con ser que la hija se despedía muy contenta, porque la palpitación de la madre no había ascendido a nada.
b Noticiéla, c inquisición d —¡Por que e más, f cuotidiano a —y
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Mi Tula, que dormía siempre en el cuarto de su señora, como el genio de la fidelidad, trajo a poco su petate y lo tendió frente al lecho monumental, cerca al enorme armario. Allí se acurruca157 hasta que ella termine sus oraciones. Doña Elvira se incorpora luego, al rato, en su silla. “Sacramento’el altar, Ñora”, salta la esclava libre, y se rinde a las plantas de la anciana, la cabeza baja e hincados los hinojos. Otra costumbre que se me vuelve novedad y que también me enreda entre la tristeza y la alegría. Siento que la ayuda a desnudarse, a subirla a la cama, a colocarla en las almohadas; siento que la cubre con la motosa “colcha de macana”,158 único abrigo que ese clima tórrido permite al cuerpo senil, que ha menester calor. En seguida, como de ordinario y a fin de que Ñora no vaya a sofocarse, recoge a lado y lado los paños de aquel cortinaje blanco y transparente, que es un puro lujo y, retorciéndolos desde arriba, los asegura con las cintas a los balaústres de las barandillas. Aparece el esqueleto de aquel armatoste esculpido, todo pintorrajos y doraduras, que, más que lecho, semeja una casita de balcón, rematada cual las andas de ese entonces. Aparece, asimismo, la facha yaciente de Paquito: es su cama una tarimilla, su colchón una badana, sus mantas la merita sábanaa y esa, sin que le tupan el tejido almidones obstructores; si no, se asaría que ni un plátano.
Era consigna el no chistar ni moverme después de acostado y el dormir con la cara a la pared, a esa pared que cubrió Vira con una zaraza159 de floronas fabulosas y hasta con media docena de imágenes diminutas, ya enmarcadas, ya en papel puro, revueltas con cruces y escapularios. Así, la dejaría dormir en paz; no me acostaría del lado del corazón; vería, si desvelaba, cosas santas; y no tendría el diablo por dónde arrimárseme. Yo, la criatura de los miedos, nunca le tuve ninguno, valga la verdad, a este enemigo de las almas. Acaso por esto faltaba a la consigna las más de las veces. Pero, en aquella noche inicial, en que debutaba en uso de razón, en azotes y en tantas cosas, tenía que ceñirme absolutamente a los rigores de la disciplina. La vida nueva que ante mí se abría tal lo ordenaba. Pero cátame que, al primer ensayo, la obligación se me hace cuesta arriba. Necesitaba volverme del otro lado, moverme, hablar una palabra siquiera. Dormir..., ¡ni bamba! Sentía una inquietud, un desbarajuste, que no me podía hallar en aquella tarima. Mientras más procuraba el sueño, más despierto estaba. Oía todas las andanzas de papá, que no se acostaba sin registrar toda la casa y sin que cada mochuelo estuviese en su olivo; oía, por la serie de piezas, el trajín de unos y otros al recogerse en sus camas; y aun me parecía oír el rascarse de Mentor contra la baranda del portal. Y yo no podía toserleb ni darle a entender de ningún modo que debía acompañarme. Sin devoción en unas partes, con muchísima en otras, rezaba unas oraciones remendadas y revueltas. Apretaba los párpados y veía allá dentro de los ojos unos hormigueros relumbrosos, verdes y amarillos; los abría y, al fulgor de la lámpara de la Virgen, al de las velas que prendieron a santa Bárbara160 y al que llegaba del oratorio, se me volvían los dibujos de la zaraza, los santicos y escapularios, una chapadanza161 que hervía como gusanos de cosecha, que aleteaba a sábana, b toserle,
Entrañas de niño como un avispero alborotado. Me parecía que todo eso lo tenía yo metido dentro del cuerpo. No pude más y me volví del otro lado. La señora y la negra dormían, dormían todos los de la casa, y yo estaba solito, como botado otra vez y sin Mentor. El agua seguía, seguía igual y despaciosa. El reloj, aquel reloj que, en su pilar eterno de maíz, me decía siempre Pa-co-fe-o-y-cum-bam-bón, Pa-co-fe-o-y-cum-bambón, hacía rato que me estaba diciendo unas palabras que yo no quería oír, pero que siempre oía. Alcé a verlo, talvez para que no me dijera tan maluco ni tanto. Muy lindo y como de oro era el relieve apaisajado que enmarcaba la muestra: allí estaban la Virgen, montada en la borriquita, con el Niño cargado, y san José a pie, con un bordón en la mano. Pero, aunque los alumbraban muy bien las velas, me parecieron feos y asustadores. Y las pesas y las sombras que hacían en la pared ya no eran “como viejos bailando”, eran como animales medrosos, que andaban de aquí para allá, como los sapos tostados, cuando los columpiaba en las cabuyas. Yo seguía rezando aquellos enredos que no eran oraciones ni nada. Sonó a un rato la campanaa y conté. ¡Las once! ¡Las once de la noche, una hora que yo nunca había oído! “¡Virgen querida de Valvanera...!”. ¡Ya casi iba a salir el ánima en pena, por entre los naranjos viejos! ¡Cómob Mentor pudiera ahuyentarla...! Vira, con la cara vuelta a la orilla, dormía como un niñoc y poco mayor que el mío era el bulto que hacía bajo la colcha. No le sentía la respiración, su pelo no se distinguía de la almohada, pero ¡qué horror! una mariposa negrad se le había asentado. Ya iba sobre mi cara. Comprendí, en medio del espanto, que era la cinta de terciopelo con que se ataba la moñita; mas, por eso mismo, la situación apuraba, aquelloe “salía sin que nadie lo sacara”. Me fijé en una de las trenzas que ella se hacía sobre las orejas, recogiendo en culebreos dos cadejos sobre otro, y esto también “salía”, y peor aún que la mariposa, eso era como un galón de capa para funciones de difuntos y ánimas. ¡Vira se iba a morir! ¡Talvez ya estaría muerta! ¡Talvez no sería ella sino yo! Por ahí dentro del cuarto andaba el ánima del padre, y quién sabe cuántas más. El terror se me fue a la boca del estómago, y era tal, que aunque quería gritar, yo no podía. Sin saber cómo ni cuándo me vi en el suelo, frente a la cama. Las piernas me bailaban y sudaba frío. Me agarré de una columna para no caerme. —¡Qué es! —exclama la difunta incorporándose—. ¿Por qué se levantó? Yo no contestaba.
—¿Qué tiene? ¿Por qué está así?
—Es... que yo..., ¡toy viendo cosas! —puedo articular entre acecido y acecido. —¡No sea bobito ni embelequero!162 Vuelva acuéstese. Récele la oración a la Virgen, para que se vuelva a dormir.
—Pues si ya yo la recé (yf aquí me emperro).
—Acuéstese, pues, conmigo. Pero se está quedo y calladito (¡qué tanta maldad! Sentíg horror a la idea de arrimarme a la abuelita). —¡No, no, Vira! ¡Con usté, no! —gimo en el colmo del apuro—. Más bien con mi Tula.
a campana, b ¡Como c niño, d negar e aquéllo f recé. (Y g sentí
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Corro a la estera de la negra y me ingiero a su corpachón caliente y transpirado. —¡Virgen Santa! —exclama despertando—. ¡Sí que me asustó! Pero ¿y eso qué contiene, pues?... ¿T’enfermo?tiemblo entre sus brazos, pero no contesto, por no hablar llorando).
—A ver, ¿qu’es lo que tiene? Diga m’hijo. Pero no se asuste asina, ¡ques pior! no contesto tampoco).
—¿Soñó alguna cosa maluca? —preguntó Vira.
—No... señora. Yo... no sé.
—¡Valgamé! Pero ¿le duele algo?
—Yo tengo una cosa —declaro al fin.
—¡No ve! Eso es de la asoliada. Como no se vaya a enfermar de veras... —Si él no tiene nada, Ñora: nues más qu’está con miedo. ¡Es que tiene tantas cizañas esta criatura!
—Consuélelo, porque ahora ni duerme ni nos deja dormir. No piense en bobadas y estese quedito y verá cómo se le pasa.
La negra me soba y me dice a media voz:
—Ahora le traigo su almuada y su sábana, pa que duerma aquí con yo. ¿No ve que si trasnochamos a su Vira se güelve enfermar?
Así lo hace a poco. Guardamos silencio y siguen las sobas.163 Los temblores y el miedo se me van quitando, pero siento por todo el cuerpo como hormigueos, unas hebras que me tiran y un nudo que me aprieta no séa dónde. Me suelto un ratico de mi Tula, porque el calor me sofoca. Ella se va adormitando. Apenas se oye la lluvia. No bien cierro los ojos, veo caras que me hacen gestos; veo asustos y bobadas: raíces que se vuelven viejas chuchumecas164 y andrajosas, animales que se agrandan, que se pierden al momento y vuelven de otra laya. Veo la calavera que “hace el cuarto del magistrado”, lo mismo que desde El Morro; veo las dos letras que hace la casa, como si estuviera allá. Abro bien los ojos, me despabilo y rezo otra vez lo primero que se me ocurre. Despierto y todo, veo de mentiras al padre, más flaco y más consumido que en el retrato. Es por los ayunos y la penitencia. Y, sin conocer la Inquisición, también la veo: es una señora, que está sentada en un taburete muy alto; tiene la cara tapadab y abajo de ella, como en el cuadro de la Virgen del Carmen,165 está la candela donde se está quemando el padre. Está más esqueletado que el san Jerónimo de la capilla y arde como chamiza seca. Revive la escena de los totumos y me convenzo de que estoy asombrado definitivamente, de que el despertar de mi razón fue un engaño y de que voy a morirme muy pronto. No siento espanto, sin embargo; siento tristeza, desolación; tristeza por el padre, por las ánimas, por Vira y por mí, y una muy grande, y como aparte por papacito. Pero no es solo por las personas, es por las cosas también: por los sufragios, por las misas y las procesiones, por las imágenes y por todo. Es muy diferente de lo que me dio en El Morro y, si no más duro, más cierto. Me parece que eso me duele en el cuerpo; que lo siento en la cabeza y en el estómago, como una a se b tapada,
Entrañas de niño aporreadura. Me creo bobito, enteramente; me veo comiendo carne cruda y haciendo muecas y gestos feos, como Garritas,a el bobito de Aguasclaras. Tan bobo estoy, que me da pesar y angustia del migote de la media tarde y lo estoy recordando y viéndolo cada rato. Por no pensar en esas cosas, reparo el retablo de la Princesa, que era de taita Gori; el retablo traído desde España y que es el más milagroso de todos. Pero no me da alegría tampoco, no me parece hermosa ni querida como la quiteña:166 apenas se ven las coronas y la custodia, porque son de oro, pegadas a la tabla. Me acuerdo de los prodigios que hizo la Virgen y me entristecen también como todo lo otro; me entristece la muerte de don Jorge Martínez, despedazado por la caída del caballo; “la muerte tan linda” de Coloma,167 entre la cueva, y se me va figurando que los trapos retorcidos del pabellón, son aquella sierpe, con escamas como de acero, de cinco varas y media de larga y tres cuartas de gruesa, que mató el pastorcito con la ayuda de nuestra Patrona.b No la veo más: quiero consolarme en los otros santos. ¿Pero cómo? Al Señor de la Humildadc168 lo veo más llagado y lastimoso que siempre; a santa Rosalía de Palermo169 solo le distingo la calavera, que blanquea sobre una piedra, y a las otras imágenes que tienen caritas alegres y mantos lindos, no les da la luz. ¿Cómo no estar bobito, si todo me afligía y me daba temblores? Aquella enormidad de armario, con ser pintado como un altar, negrea sobre la pared. Me fijo de pronto en el copete y aquel aguilón de dos cabezas, con las alas abiertas y un trompo atrancado en el ángulo de los pescuezos,d se mueve como animal de verdad, y se mueve el facistol de plata, y el misal y el corderillo pascual que tiene encima, y la bandera que sostiene en una pata; y los santos y los muebles, todo se mueve y voltea. —¡Mi Tula! ¡Mi Tulita! —llamo a media voz.
—¡No se ha dormido!
—No. Vea cómo se mueve.
—¡Busté sí tae enfermo! ¡Ta jaito, jaito!170 (un gemido, un lamento corrió por la estancia).
—¡Oiga por Dios! (Abrazándome a ella).
—No sea pendejete. ¿No ve qu’es el viento que se coló por los postigos del oratorio? (el gemido sigue. Es un ay prolongado de agonizante).
—¡Oiga mi Tulita!
—Si es el viento, Paquito, y la veleta que rumba.
—Son las ánimas y el padrecito Villalaresf que nos piden sufragios. Recemos, mi Tula; recemos juntos. Recemos —le imploro, tan gemebundo como el viento. —¡Virgen Santísima, mi madre...! ¡Busté sí que saca cosas d’esa cabeza! Ni un grande, m’hijo.
— Recemos.g —Recemos, pues, pero pasito.
—Los Tres padrenuestros del camarero.
Y me arrodillo, recostado a las caderas de la negra.
a Garritas, b patrona.
c Señor de la humildad d A, B: pezcuezos, / C, D, E, F, G, H, I: pescuezos, e tá f A, B, C: Villares / D, E, F, G, H, I: Villalares g Recemos
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla En meses como aquel venían desde el pueblo, en alta noche, los devotos de las ánimas, a pedir oraciones, y usaban unas voces tan del otro mundo, que siempre que les oía, echaba a temblar. Mientras rezábamos, les esperaba, y tal me sentía, que daba por evidente que pedir ellos y yo caer muertoa iba a ser una misma cosa. Si no los animeros, vino algo peor todavía. Y fue ello que, en uno de los aleros de las ventanas —que los tenían, por no tenerlos el techo—, dio su queja al aquilón un búhob aleve. Aquel ¡curru-cu-tú! se me fue hasta las entrañas. Di un chillido y me fui sobre la negra. Cuando vuelvo en mí, me rodean papá, mamá y Lucía. Me pasan de uno a otro, me sacuden, me zarandean; preguntan, indagan: “¿Comió rejalgar?”. “¿Se mojó acalorado?”. “¿Se metió a la ciénaga?”. Siento que no es soñando; pero parece. No sé; no puedo explicar; tengo frío y me sofoco; me duele, me duele mucho, pero no sé dónde; por el pecho me sube y baja algo que me raspa y me arde; siento náuseas y “fatiga mortal”. De pronto me da una moridera, distinta y peor que la de El Morro: el sudor se me vuelve granizo por la frente, por la nuca, por todo el cuerpo; estoy por dentro atrancado, el resuello me sale con trabajo. “Hago viejos”,171 me retuerzo, me zangoloteo,172 me muero de veras. Imploro con los ojos que se me brotan. Al través de las lágrimas que los empañan, veo que van llegando hermanos y hermanas. Los veo a todos como en un remolino. Lucía llora muy recio. Me tienen en la cama de mamacita. Me ponen en la boca tazas de agua caliente. Trago; pero me ahogo. De pronto, me reviento por dentro; me voy de bruces sobre alguna y la ensopo. Es un chorro espeso, ácido, amargo; pero no sale todo. La muerte de Custodio, el marido de mi Tula, tantas veces contada por ella, pasa por mi cabeza, como una centella de evidencia. En cuanto puedo, articulo: “¡Se me reventó la giel, como a Custodio!”. —Tome más, ¡Paquito! —y Lucía me pone de nuevo la taza...
De ahí en adelante, todo se me enreda. Solo me acuerdo —pues aquello ha quedado como una bala incrustada en mi memoria— que me hallaba cerca de un peñasco negro y rajado. Una sed horrible me quemaba el gaznate lo mismo que una llama. De pronto, por una grieta, salta un hilo de agua; corro a poner la boca; pero el hilo se acaba y por la grieta asoma una lengua blanca, larga, lamosa; una lengua de muerto, fétida y putrefacta. Aquella lengua, sin labios, sin dientes, sin paladar, dijo, como en un ronquido y en una convulsión: “¡Este será!”. “¡Este será!”. Es fama, en los anales de la familia, que di un grito aterrador, que me tiré de la cama y que, por un instante, recobré el sentido.c V Med di cuenta de mi real persona un mediodía. Lo primero que mis ojos vieron fuee los de Mentor, tan tristes, tan compasivos, fijos en mí, como resucitándome. Estaba frente a mi cama, en medio de la puerta que caía al corredor, clavado sobre sus cuatro patas, agitando de lado y lado los bucles de la cola. No sé qué me dijo; pero me dijo a muerto, b buho c sentido. tomás carrasquilla.
(Continuará.) [Se omite paratexto que acompaña el final de los N.° 8 y 9 de la entrega de septiembre de la revista Alpha. Asimismo, se omite el paratexto “(Continuación.)" con el que inicia el N.° 10 de la entrega de octubre].
d ME e fueron
Entrañas de niño algo. Desde aquel momento fui desenredando, desenredando, hasta coger de nuevo el hilo de mi vida, que estuvo al reventarse.
Los primeros días de aquella convalecencia fueron “el paraísoa del encanto” que dice el trisagio. Qué gozos con los trompos y las maletas, que me fabricó el negro Félix y con aquella alcancía, con siete pesetas y once reales adentro, que yo hacía sonar como un guache.173 Qué glorias con esos alpargates abigarrados de rojo y verde, con que se iniciaron mis pies en el caballeresco viacrucisb del calzado; con el pañuelo de seda, con un pato nadando en cada esquina, que Vira me arrolló al cuello, como el constrictor del lujo; con aquel cordero, de estandarte y todo, hecho a imagen y semejanza del bendito que tenían sobre el atril.
Pero ¿para qué son dichas, si no han de durar? Pronto vinieron los misterios dolorosos: ¡qué hambres aquellas y qué espejismos los del hambre! Soñaba despierto, entre lágrimas y gemidos, con la bandeja grande de plata colmada, en morro de arroz con leche; soñaba con las ollas humeantes de tamales, de esos tamales del sábado, en que Guadalupe ponía todos sus sentidos y potencias; soñaba con hornadas de roscas, como ruedas de carro. Sentía que todo eso, y lo más que hubiese en casa, me cabía en aquel estómago, atormentado por las nostalgias del sustento. Pero sueñe usted, para que vea las ironías de la realidad. Mis realidades eran abrumadoras: unas tazuelas de sagú chirle,174 que me sabían a la pura mugre; otras de caldo, que dizque eran sustancia y que me parecían un veneno.
Mi llanto no conmovía a Vira, ni a mamá ni a nadie. A Tula y a mí nos pusieron en entredicho, por temor de que ella violase las sagradas prescripciones de la medicina.c Cuco, cuando entraba a jugar conmigo, era registrado como un revolucionario. A Cándida Rosa y a las mellizas —sospechosas ante la suspicacia de mamacita— no las dejaban arrimar a donde yo estuviese.
Aquella enfermedad misteriosa, de nueve días, aquella fiebre enloquecedora, que había enredado a todo el cuerpo médico de la casa y de Colmenares, no era para menos. Mi padre, que se las daba de galeno,d que consultaba siempre a Buchan,175 “el autor”, que él llamaba y que era su oráculo, juraba y perjuraba que había sido “indigestión insolvada”; mamá alegaba que, fuera de esto, hubo ataque al cerebro; a don Vicentico, el médico del pueblo, aunque de acuerdo en lo último, no lo apearon de “fiebre inflamatoria”; Vira y Tula se sostuvieron siempre en que fue un tabardillo de primera fuerza. Yo daba por evidente, que todo había sido y era hambre, pura hambre. Según cuentas, me aplicaron todos los brebajes y potingues, todos los vejigatorios y fomentos que ordenaba lae terapéutica de entonces.f En todo caso, yo padecía —según la expresión de mi compasiva apoyadora— “yelo de agonía”, y estaba, por ello, “tránsido y perfilado como un armitaño”. Todos los de casa, aun la misma negra, se me hacían otros tantos verdugos. Corredores y patios..., ni pensar en ellos: me tenían secuestrado en los cuartos. Las puertas todas, que eran enrejadas y con postigos hasta abajo, las cerraron con llave y solo dejaron b A, B, C, E, F, G, H, I: la caballeresca viacrucis / D: la caballeresca víacrucis e lo f entónces d A, B, C, E, F, G, H, I: que las daba de galeno, / D: que se las daba de galeno, [Se fija conforme a la acepción relacionada con la locución verbal coloquial “dárselas alguien de algo” con significado presumir de ello (dle, 2018)].
a Paraíso c medicina,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla por entrada la del salón, donde papacito o algún otro estaba siempre de centinela. El pobre de mí vagaba del oratorio al cuarto de los hermanos, que era el último de la serie y donde había pasado la enfermedad, como un carriquí176 enjaulado. Me revolcaba en todas las camas; debajo de todas hacía columpios; tiraba almohadas, enlazaba taburetes y me acometían ansias de hacerles hartos daños, de rayarles la pared y de quebrarles trastos.
—¡Si yo ya estoy aliviado! —gemía cada rato. Lo mismo que nada. Desde mis prisiones veía pasar a Mentor con el cesto en la boca; eran las once para mis hermanos, que trabajaban por esos días en un arrozal ahí cercano. Al ver asomar aquellas puntas de servilleta, me figuraba los cuartos de queso de ojo, los bizcochos, las cocadas, y, a propia hora, me emperraba a llorar de hambre y de rabia. Hasta Mentor conspiraba contra mí; hasta a él, en cuanto lo veía con el canasto, le llamaba, le hacía señas para que se acercase a las rejas; pero él se apartaba más, hacía una comba, mirándome triste y receloso, como si me dijese con los ojos: “¡Imposible, Paquito!”, y seguía apurando el paso, tal vez más triste que yo. A su vuelta venía a contentarme, a que le perdonase; volvía más humilde, más cariñoso; pero yo le daba azotes con el lazo y no me dejaba querer. El pobre amigo se echaba a mis pies acobardado por nuestra situación. Mamá, que en su vida me había contado nada, quiso entretenerme esos días con La lámpara maravillosa177 y con la “Historia de Tobías”.a178 Supuse que serían unas bellezas acabadas; pero no aliviaban mi pena: mientras contaba veía yo gallinas fritas, pavos asados, sartas de longanizas. Todas mis hermanas me estaban queriendo mucho y me regalaban juguetes; pero, en lugar de agradecimiento, sentía incomodidad. Cuando veía la hilera de las cinco, bordando con Vira, en el bastidor, un paño de altar, que a la sazón trabajaban, me acometían ímpetus de cortarles aquel trapo tan templado, de escupírselos y de hacerles males. Aquellos chasquidos de las agujas, al pasar la tela, me irritaban. ¡Como todas estaban bien llenas y mantenidas podrían hacer harta rochela179 con su paño! Y para eso que a papacito se le habían olvidado los pepinos y las tomateras: no desamparaba la puerta un segundo. Lo estaba aborreciendo. No pensaba sino en enlazarle una pata de la silla, tirar y tumbarlo. Pero yo ¿con qué alientos? Mientras se iban a comer, ponían de centinela al negro Félix. Me daban ganas de aventármele a los mordiscos. Oía el ruidob de los cubiertos; sentía aquellos olores tan deliciosos de la comida; adivinaba si era frito o estufado, cocidoc o asado; veía la mesa y lo que le servían a cada uno. ¡Todos jartando180 lo que quisieran y uno muriéndose de hambre! Pensaba siempre en los gigantes y encantadores; pero ya no quería a los santos, ni aun a la Princesa; pero ni tampoco ansiaba ya ser bueno ni formal. Todo lo echaba en hora malad y los lagrimones me corrían por las escuálidas mejillas. Me veía igualito al padre Villalares, de puro flaco y consumido. Lo que querían todos era que uno se muriera de hambre, ¡como si uno no fuera cristiano! Entraban la comida, por las puertas de atrás, que daban al callejón, para que yo no viese, y cuando mi Tula se acercaba por los corredores, con las bandejas medio vacías, exclamaba algo así: a la Historia de Tobías.
b ruído c cosido d mala,
Entrañas de niño “¡Cita la criatura! ¡Allá verá el pollo que le voy a matar pa que se lo coma entero!”. Yo la veía chiquitica y la remedaba devorando con los ojos aquellos remanentes. Vira sobaba cada rato al avistrujo, se lo comía a caricias, pero las lágrimas del animalito hambriento no la ablandaban, tampoco: siempre el sagú y la sustancia, y la sustancia y el sagú. Quería que llenase con rezos a la Virgen; pero yo me resistí al fin. Los días del ayuno dizque eran veinte, por lo menos, y faltaban nueve. Ni bamba de yo aguantar, si no me daban comida de verdad, de la que se mascaba, y llenaba. No me creían, no me hacían caso, y cada rato sudaba frío, y cada rato veía hebras y plumazones bailando en el aire, y se me iba el sentido y no podía dormir, pensando en comida. Tanto, que ni miedo me daba ya de las ánimas, ni del padre, ni del espanto de los naranjos, ni de nada. La rabia que mantenía me había puesto muy guapo. Yo me sentía, después de esa enfermedad, tan distinto de antes. Se me figuraba que en esos días habían sucedido y estaban sucediendo tantas cosas tan nuevas y extraordinarias. Serían las doce. Mamá, tres de mis hermanas y Mentor habían ido a bañarse a la Magistrada; Vira y las otras dos rezaban una novena, en el oratorio; yo, entre bostezos y suspiros, me deslizo de baúl en baúl, de tarima en tarima, como una larva; papacito, siempre recostado en su poltrona, fuma y repasa libros santos. Me llego a la sala y, ¡oh milagro!, lo veo dormido como un justo. No pienso, no vacilo: débil y todo, me escapo corredor adentro. No hay nadie. Entro al cuarto del chocolatero: nada, ni un bizcocho, ni una arepa, ni una papaya; las dos alacenas cerradas. Volteo por el corredor de las hornillas: nadiea ni nada tampoco. Hambre afuera como adentro. La desgracia me persigue. No hallo otro remedio que ir a recoger naranjas. Recuerdo, de pronto, que en el callejón, junto al cerco de limones, suelen poner a secar, sobre una barbacoa, almidones o harinas. Me parece una delicia darme un atracón de cualquiera de tan ricas viandas. Corro allá y solo veo un cedazo. Una inspiración me viene, destapo y ¿qué miro? Tamaña pulpa de tamarindo, que han puesto a fermentar al sol, en un plato. Acometo a dos manos, me atarugo, trago entero, me la echo al cuerpo íntegra, dichoso, radiante. Cuando mascullo el último bocado, asoman por los naranjos Cándida Rosa y las dos gitanillas. Les falta tiempo para correr con la noticia. En tal momento llegan los bañistas.
¡La que se arma en aquella casa!
Al fin determinaron darme vomitivo. Lo traen; me resisto, me lo quieren echar por la fuerza, me hacen gavilla.181 Reniego, pataleo, lloro, se los derramo. —¡Morite,b pues, enemigo malo! —grita mamacita exasperada.
—¡Tan siquiera comí comida! —aúllo, resuelto a todo. Como nada me sucedió, triunfamosc mi Tula y yo: pollo en arroz, al día siguiente; carne al otro, y, antes del plazo estipulado, me andaba yo, muy campante y gentil, por toda la casa, insoportable e imperativo, que ni autócrata con dolor de muelas. Lo que no entendí en los primeros días lo fui comprendiendo poco a poco, por las frases y palabras que cada uno lanzaba. Era ello que mis delirios, en la fiebre, los a nadie, b —¡Moríte c triunfámos
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla teníana a todos impresionados, y que de mi enfermedad se consideraban responsables, cuál más, cuál menos: mi Tula, por la acusación; papá, por el castigo; mamacita, por el discurso sobre los santos de la familia, y todos a una, por los terrores de que habían llenado mi cabeza con los entierros, espantos y ánimas en pena. Por un comentario de la negra, vine en conocimiento de que la Condesa y don Vicentico habían tenido una larga conferencia sobre mi enfermedad, y que ambos a dos temían todavía que yo me deschavetaseb a cualquier triquitraque.182 De la conducta que mamá observaba conmigo, últimamente, deduje yo que seguía alarmada.
Yo quedé, desde entonces, con la hermosa propiedad de delirar a cualquier fiebrec y hasta sin fiebre, en ocasiones. Todavía me hace reír y entristecer Cecilia, remedándome en los desvaríos y retahílas de aquella mi primera enfermedad. Según el tal remedo, y descontando, por supuesto, la mucha música que la remedadora le pone, eso fue algo así como el sumario detallado de cuanto acumulaba mi fantasía de niño amedrentado y supersticioso. En aquel revelarse inconsciente de una almita, toda conturbada y caótica, salieron a girar el asombramiento y la embobada consiguiente, el padre Villalares y la Santa Inquisición, las ánimas y los sufragios pedidos, la muerte y la resurrección en El Morro, la misa de promesa con tres curas, la calavera que hacía el cuarto de “El magistrado”, las letras que hacía la casa; salieron a girar mi uso de razón, mi ansia de comulgar, las promesas de virtud y de aprecio a los sapos, mi amor al papacito justiciero; salieron el alma encantada en Mentor, la mariposa negra posada sobre la cabeza de la abuela, el águila del armario, el girar de la alcoba; en fin, que, si los de casa hubieran sido mis confesores y confidentes, no estuvieran tan enterados de todas mis fantasmagorías interiores. Mi Tula decía cada rato: “¡Y quiend lo ve tan pasmao! ¡Que se atengan a distraído! La capacidá es lo que no deja crecer a esta criatura”. No podía definirme bien a este respecto. A veces me chocaba: sentía como vergüenza y humillación; pero algo me indicaba interiormente, sin que pudiera entenderlo del todo, que, con tales particularidades, había adquirido cierta celebridad y une como ascendiente muy poderoso sobre toda mi familia. Paquito, al sentir el desvanecimiento delicioso del niño consentido y autorizado, se iba cargando de mesas, con más fuerza que antes. Eso de que no pudieran pegarle a uno,f porque se enloquecía de pura la impresión, era un privilegio que no podía pasar inadvertido para un mocosuelog de mi calaña. Y, como todos somos bastante más Maquiavelos183 de niños que de hombres, yo disimulaba estos conocimientos de mi gente, como mejor podía, hallando en ello el deleite del engaño y del disfraz, como que la inconsciencia de la vida, al despertar de la malicia, tiene a veces más luces e inspiraciones que este sonambulismo del adulto experimentado y dueño de sus actos. En los últimos días de aquella convalecencia que, desde la levantada del ayuno, alargué en cuanto pude, entreguemeh en cuerpo y alma a los placeres eclesiásticos. Después de tal crisis, suscitábase en mí un orden de sensaciones, en que no entraban a A, B, C, D, E: tenía / F, G, H, I: tenían b A, E, F, G, H, I: deschabetase / B, C, D: deschavetase c fiebre, d quién e uno f uno g mocozuelo h entreguéme
Entrañas de niño para nada el miedo ni el agüero. Mi vuelta a la salud, como la del sol, tuvo aquella vez muchos pajaritos alegres que me cantaban por dentro. Yo era un curita regocijado: ante un auditorio, compuesto de Cuco, Cándida Rosa y las mellizas, enjaretaba, desde el púlpito de un arcón altísimo, unas prédicas ciceronianas, en que, a los centones de preces y jaculatorias, se mezclaban, como en tabla de lotería, adivinanzas, décimas y relates.184 No es por alabarme; pero,a para el empate y engranaje de tan elocuentes disparatorios, tenía especial habilidad. Decía Cecilia que iba a ser payaso; pero la abuelita me diputó, desde entonces, por un orador sagrado de toda cuenta. Bajo el lecho de la optimista Vira, bajo esa fábrica tan alta y espaciosa, estaba el altar. Allí misaba a cualquier hora, cantando, a cuanta voz tenía, el Prefacio de Francisco Vera,185 que me había enseñado el Cojob Félix, con la tonada ritual y la historia del suceso que la ocasionó. Valbanera, que era la más beata de la casa y que estudiaba para monja, tenía este prefacio por cosa muy mala e irreverente. Trataba de impedírmelo, hasta con pagas; pero, mientras más se empeñaba ella, más me desgañitaba yo, debajo de la cama. ¿Cómo podía callarme, si aquel era mi mundo? En aquel recinto, tan íntimo y tutelar, deslindado de la tierra por los paños del pabellón que besaban el suelo, sentía yo la dicha de ser cura, de ser tan querido y de mandarme yo solo. Al través del anchísimo calado que colgaba por delante del colonial armatoste, por entre aquellos leones pareados, con lenguas de saeta, que sostenían en sus lomos coronas imperiales, veía yo ese cuarto tan grande y las gentes que le habitaban, cual si fuesen mis dominios y mis vasallos. A veces, como abismado en mi cariño por la abuela, me ponía a contemplarla silencioso, por entre aquellas rejas cándidas de hilo. La veía en su silla, hilando unos copos tan blandos como sus cabellos, y deponía, ante ella, toda mi realeza. No;c yo no podía ser rey de Vira: ella era la reina mía. No era alta ni garbosa, como mamacita; pero sí más blanca, más linda y más querida. De sabias, por ahí irían; pero la madre no leía en libro tan bonito como la hija, y aunque su habla sonaba tan sabrosa y en zumbidos, no era de plata, como la de mamá. Era la abuelita entre señora, entre muñeca y entre paloma. Papel de seda arrugado parecía su cutis, y a pesar de ser calentana,186 animaba sus mejillas ese sonrosado de la senectud, que imprime tanta gentileza a las ancianas. No la jorobaron los años: la rectitud de su cuerpo armonizaba con la de su conciencia. Sobre el trenzado recogido y plano, que medio le cubría las orejas, llevaba siempre peinetas muy menudas de carey; no le faltaban los aretes de perlas negras; vestía faldas oscuras, nunca luctuosas, y corpiños ligeros, escotados y de manga corta. Velábase el pecho con una pañoleta de muselina, cogida en la cintura. Sobre aquel fondo inmaculado, colgaban siempre, cual las insignias de su nobleza, el escapulario del Carmen y el rosario de azabache engarzado en filigrana. Sus zapaticos de tela, muy acicalados, eran los de una niña; y en toda esa viejecita, tan pulcra y tan ceñida, tan bien acondicionada y tan correcta, había un no sé qué de candor y de inocencia que la asimilaba a la niñez, sin que el más ligero rasgo de chochera187 turbase la ecuanimidad de aquel ser más de ocho veces bienaventurado. c Nó:
a pero b cojo
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Aunque muy quebrantada de salud, trabajaba, en cuanto suspendía los rezos. Más que las palpitaciones de su corazón enfermo, la confundían los ocios y la cama que tenía de guardar. Calados los espejuelos, ya en pie, ya en su silla, lavaba y aplanchaba los corporales, con todas las sagradas precauciones que el asunto requería; hacía las camisas de papá, las flores para los santosa y bordaba mejor que sus nietas. Los vestidos, gorros y boinas de Paquito, así como los “paños de mano”, en que echaba el resto, la mantenían en atareos.
Mediante muy buenos aguinaldos y la promesa de hacerme, por Reyes, una nochebuena especialísima, lograron mandarme,b antes de Navidad, a tomar aires fríos a Los Roblesc y a casa de los mayordomos. Librada, que era la abnegación de la familia y el paño de lágrimas en todo evento, fue la designada para vigilarme, hacerme grata compañía, repasarme la doctrina y demás perfiles. Ella, en el overo de mamá, Adriano en el de san Francisco y yo en el decrépito Ranguillas —qued Bonifacio iba a reponerme por un potro negro, ya casi amansado— partimose al siguiente lunes. VI Mientras me engordan los aires de cordillera, será bien meterme de señor grande y hacer una intercalación historial, para la mejor inteligencia de esta interesantísima y trascendente parte de mi vida.
Doña Elvira Gori y Villalares de Solsona frisaba en ese entonces en los setenta y seis años. Era su patria Santa Cruz de Badillo,188 la ciudad de nuestros blasones antioqueños. Unigénita, huérfana de padre, riquísima heredera, sobremanera hermosa y de la más esclarecida alcurnia que por acá se conozca, claro es que se pirrarían189 por ella todos los mozos casaderos de su clase. Y así dizque fue en efecto. Aun el mismo magistrado aspiró a la mano de tan interesante sobrina; pero el sacerdote consabido, por cuya boca hablaban el saber y la santidad, se opuso abiertamente a este himeneo190 entre parientes tan cercanos. Es fama que, merced a aquel amor imposible e insustituible, murió célibe el ilustre repúblico. El feliz a quien la suerte reservaba tal esposa andábase muy distante de Santa Cruz. Era don Bonifacio de Solsona, oriundo de Laf Habana y educado en la metrópoli. Entre una expedición de ingleses, que en busca de oro arribaron a la provinciag al finalizar el siglo antepasado, vino el venturoso caballero.h En San Nicolás de Arma,191 donde a la sazón quebraba corazones la hermosa, fue el flechazo y el hallazgo de la mina. Era él gallardo y arrogante de figura, seductor y exquisito de maneras, alegre y chicotero192 de carácter, de alta estirpe y calidad. Cuentan que a doña Beatriz, madre de la heredera y señora de muchas recámaras y cavilaciones, se le juntaron cielo y tierra con aquel pretendiente llovido de las estrellas, y mucho más cuando sobre él corrían leyendas tenebrosas. Quiénes aseguraban que era un desalmado traficante dei negros; quiénes, que un pirata espantoso; cuáles, que un prófugo de los presidios de Ceuta,193 teniéndolo los más benévolos e imparciales por a santos, b mandarme c Los Robles d Ranguillas—(que e partímos f la g Provincia h caballero i en
Entrañas de niño un aventurero de buena presencia. Aunque él traía consigo los papeles y credenciales del caso, y las referencias de sus compañeros no podían serle más favorables, doña Beatriz no aflojó hasta después de largas y demoradas informaciones, venidas desde Cuba y de cuantas partes indicó el aspirante; y eso porque a la aspirada la iba matando un amor galopante. Así y todo, a la dama se le quedó adentro la espina. Y no se engañaba el corazón de la madre; que toda hostia se hizo para ser sacrificada. Papá Solsona era tremendo y tormentoso como él solo, y, si bien es cierto que en algo se hacía perdonar de su mujer, con las ternuras y finezas que a veces le prodigaba, tenía, además de sus barrabasadas, otros medios algo extraños de torturarla frente a frente. Era hombre instruido,a gran conocedor de la historia y un tanto enciclopedista. A esta nota heterodoxa, que lastimaba en lo más íntimo y sensible la conciencia de la dama, educada en el santo temor y amor de Dios y en los principios monárquicos de la colonia, agregaba la de repetirle y recalcarle siempre —no sé si por hacerla rabiarb o porque él lo creyesec o porque así sea en efecto— que los Goris, lo mismo que otras familias criollas de la provincia, eran judíos de raza, judíos de la pura cepa de Toledo, convertidos al catolicismo, a trueque de la región cántabra de las Encartaciones,d que les fue adjudicada. Tamaña aseveración exaltaba a la nobilísima católica, a pesar de su mansedumbre, y era ocasión de muchas y reñidas disputas y de sacar a cada paso los pergaminos, para probarle al obcecado marido que en aquella estirpe de los Goris, que descendía en línea recta del mismo rey don Pelayo,194 no podía correr otra sangre que la generosa y sacratísima de los godos. Papá Solsona apoyaba ardientemente el levantamiento de las colonias contra la metrópolie y, si no se metió de lleno en nuestras contiendas de independencia, fue porque, más que patriota extranjero, era buen vividor y amante de la comodidad. De ahí le vinieron los muchos entruches195 con el padre Villalares y con el magistrado, a quienes veneraba con todo y ropas.
De matrimonio tan noble como mal congeniado, resultaron tres varones y otras tantas mujeres. Si don Bonifacio no fue modelo de maridos, fue un padre que en nada se opuso a los gustos y vocaciones de sus hijos. El primogénito no llegó a hombre; Adriano, el segundo, que salió al padre, siguió a Córdovaf a El Santuario, y si no a sablazos irlandeses, tuvo la misma suerte del héroe;196 y el tercero, piadoso como la madre, murió en Roma acabado de ordenar. Asunción, la mayor de las hijas, se metióg de monja carmelita en el Monasterio de Medellín; Bárbara casó muy joven con un samario y vivió desde entonces en Santafé;h y mamá, que era la última, no se apartó nunca del lado de sus padres; pues fue condición expresa, al arreglarse su matrimonio, que vivirían todos juntos.
Los Santos son originarios del norte de Antioquia, y, si nobles y honorables, eran pobres y ordinarios, educados en los rudos trabajos de la minería y del campo. Si mi padre soltó unos pocos pelos de la dehesa, fue, sin duda, por haber vivido dieciochoi años al lado de aquel suegro de tantos ribetes y campanillas. Los dos, a instruído, b rabiar, c creyese, d encartaciones, e metrópoli, f Córdoba g metió h Santa Fé; i diez y ocho
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla muy conocidos de tiempo atrás, por asuntos mineros, simpatizaban muy bien, acaso por contraste. Su convivencia fue una fusión de bienes e intereses, en que cada cual conservó su independencia. Más que suegro y yerno, fueron amigos y compañeros. Poco tiempo después del casamiento de mi padre, abandonaron el laboreo de las minas, que tanto les apartaba del hogar, y establecieron en Santa Cruz y pueblos comarcanos empresas agrícolas y otros y diversos negocios. Don Ignacio Santos, muy devoto y rezandero de suyo, formó con su suegra el beatismo de la familia, sin que don Bonifacio entrase ni saliese en tales misticismos. A pesar de sus calaveradas,197 rumbos y jaleos, adelantó no poco el caudal de su mujer, pues a más de afortunado en las minas, fue hábil negociante y enérgico luchador.
Muerto el viejo verde, muerta la animación de la casa: ella entró en uno de esos duelos de lustros, que antaño se usaban, y la piedad y el monasticismo se fueron acentuando en la familia, hasta convertirse en una segunda naturaleza. La partija de la herencia no ocasionó ningún disgusto entre hermanos tan bien avenidos; y en la época a que me refiero, hacía tiempos que la abuela, con sabia prudencia, había repartido sus bienes entre los tres, reservándose para ella la cuarta parte. A mis padres les adjudicaron El Silencio, y, aunque tenían comodísima casa en Colmenares y tres más en Santa Cruz de Badillo, hacía algunos años que rendíamos en esas posesiones, donde mi padre y la abuela cifraron sus delicias.
Mamá, según repetía él a cualquier propósito, y así era en efecto, tenía muy rebotado el Solsona: no obstante, su devoción y el patriarcal ambiente de su casa, era regocijada y chispeante. El cubano, entre varias cosas, le había enseñado a cantar, acompañándose de una famosa guitarra barcelonesa, que ella guardaba como una reliquia; y, por allá de higos a brevas, cuando había huéspedes y paseos de cierta clase, o se ocurría en el pueblo alguna diversión entre las gentes de calidad, ella no se hacía rogar: cantaba y bailaba como la más disipada. No sé cuáles ni cuántas serían sus habilidades en tales artesa ni si las tendría realmente; pero, cuando ella y don Juan Landázuri, el suegro de Lucas, ponían la “contradanza obligada”,198 ese baile que parece llevar en sus giros y evoluciones el donaire y el señorío españoles, yo me gloriaba de tener una mamacita tan garrida y salerosa. Y cuando al puntear, no sé si reidor o gemebundo, de su guitarra, entonaba El jaleo de Jerez,199 modulando y rebujando esa voz suya, yo me quedaba hipnotizado y traspuesto y abría aquella boca. A don Santos, que era de los mariditos enyerbados,200 entiendo que le acontecía lo propio. “Doña Beatriz”, como la nombraba siempre, era para él un ser indiscutible como el dogma. Bien podría pasar, en su época, por muy instruidab e informada. No le estorbaba lo negro; al contrario: conocía sus algos de historia y sus pocos de literaturac y, si incorrectamente, traducía del francés con bastante facilidad. Especialísima era en el gobierno de su casa y de la servidumbre; cultivaba muy hermosas flores, las dibujaba muy bien, las imitaba en cera, trapos o papeles; y, como papá Solsona había sido un gastrónomo consumado, era ella una gran sabia en el ramo culinario. Vivía muy a artes, b instruída c literatura,
Entrañas de niño acicalada y le agradaban adornos y galanuras como a una muchacha. Su hermana, doña Bárbara de Praga, le enviaba desde Santafé de Bogotá los vestidos y las prendas de lujo para ella, Asunción y Cecilia; pues Lucía era aún una chicuela y las otras dos unas beaticas, refractarias a estas vanidades. Le disgustaba sobremanera que sus hijos no hubiesen estudiado, y mucho más todavía que fueran tan montañeses en sus trajes y en sus maneras; ni tampoco le agradaba demasiado que papacito no se diese la importancia que le correspondía, según su rango y su fortuna. Y no porque fuese roñoso ni cicatero;201 sino que, criado en primitiva sencillez y en el ahorro de nuestras montañas, no alcanzó de hombre a adaptarse al rumbo bambollero202 de mi abuelo. Desde que no fueran trapos o joyas para “doña Beatriz”, todo le parecía superfluo. Ni del atavío de sus hijas, ya mujeres, se preocupaba el buen papacito; pues en aquellos tiempos la supremacía de la madre se manifestaba desde el traje. ¡Y ver ahora!...
Si la casa continuaba con el mismo pie de lujo en que la dejó el abuelo, era porque a más de haber en ella mucho acumulado, los dineros de Vira los gastaba mamacita a su sabor y talante.
La abuela era el sol de aquel sistema. El culto de que era objeto, en la casa y fuera de ella, lo devolvía con creces. Había hecho pingües donativos a iglesias y hospitales, y la limosna salía de sus arcas como de fuente bendecida.
VII
No hubo tales Reyes ni tales carneros: por allá, después de pájaros, conseguí a fuerza de gemir y empalagar, que volviéramos a El Silencio. ¡Cuáles fueron las efusiones y plácemes de Vira y de todos! Les parecí muy repuesto, y la feliz abuela aseguraba que me había puesto muy buen mozo, en menos de un mes.
Si no yo, el caserón lo trasformaron en tan pocos días. Fuera de los paredones exteriores, que eran y son de piedra sin revocar, todo él lo habían remendado y enlucido y no se veía por ese maderamen una telaraña ni para remedio. Patios, callejones y jardines parecían retocados.
Pasados los transportes de bienvenida, me dijo mamá, muy satisfecha: “Camine y verá, Paquito, qué tan lindo está todo”. Y salimos con Lucía y Mentor, que quería comerme de la alegría.
El azaroso corredor de las argollas era otra cosa: las tales habían desaparecido y, en su lugar, se extendía una espetera,203 de cuyos ganchos colgaban muy alineadas y corruscantes chocolateras, tazuelas y sartenes; al pie levantaron un poyo, con hornillo; y todo eso lo enjalbegaron de cal teñida con bolo. De la alberca centenaria no quedaban ni vestigios; el patio lo habían empedrado de nuevo, con tres erasa en cuadro, ya sembradas. Pasamosb a la hilera de naranjos. De veinte, que eran, solo quedaron nueve y estos descumbrados y limpios de toda lama y parásita: los otros habían a éras b Pasámos
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla sido arrancados de cuajo y por alternabilidad. Paralela a ellos corría el agua por su cauce de ladrillo como una lista de cristal. Mentor brincaba en torno mío; daba volteretas a lo gato para coger mariposas, corría de aquí para allá. ¡Entendido! Con tantas locuras y retozos me expresaba que el ánima en pena ya no saldría por esos naranjales tan distintos; y mamacita, que era adivina, me dijo, allá con cierta insinuación: —¿Noa ve, Paquito, qué tan alegre y despejado? ¡Esto ya es otra cosa! Aquí nunca han venido espantos; pero ahora menos. ¿No ve que todo quedó como nuevo?—.b —¡Ah mamacita para saber! —pensaba yo.
—Camine vea el granero—. Una gran novedad. Con parte desocupada, con parte agregada habían construidod un gran salón en el extremo de las dependencias, con paredes de guadua abierta, y rodeado de anchísimos corredores, para asolear el cacao. Tornamose adentro y papá se nos unió.
—¡Ahora verá lo bueno!—, me dijo Lucía. Dimos la vuelta por los corredores y mamacita me cogió de la mano, al tomar la escalera. Desde el primer peldaño vi yo todo el engrudo y toda la arena que habían gastado para sacarle tanta veta a esos tablones tan antiguos. No sentía recelos. En verdad que un cambio tan completo era para borrar el pasado. ¡Mamacita tenía tanta inventiva en esa cabeza! Había hecho quitar el tabique, que dividía las dos salas, y eso quedó tan grande como el local de la escuela. Vigas, alfardas, travesaños y paredes brillaban de puro blancas; sillones, escaños y mesas brillaban de puro limpios. Los retratos de taita Gori y de doña Estefa habían salido del corto cautiverio del zarzo y colgaban, pegados del arranque del techo, él siempre tan cumbambón, ella tan avinagrada. Los libros de papá Solsona y del magistrado, que dormían hacía luengos años el sueño del olvido, entre el polvo y la polilla, fueron desenterrados y alineados en dos enormes estantes. Un mesón circular ocupaba el centro, cubierto con un manto o cosa así, todo bordado de vistosas flores. Hasta ocho cuadros, con vidrios rayados de oro, daban mucha alegría, clavados por ahí, muy equidistantes y simétricos. Sancho devoraba las espumitas de las bodas aquellas;h su amo volaba en Clavileño; la pastora Marcela decía el discurso, etcétera etcétera.i Tan guardados habían tenido tales adornos, que ni noticia tenía de ellos. Yo me iba encantando con esas novedades.
Restábame la última prueba: la entrada a los cuartos laterales. —Colá,204 hombre —me dijo papacito—,g no seas tan carroña.
Mamáh le hizo una seña y repuso:
—Él ya no es ningún majadero para creer en mentiras de sirvientas y de Cuco. Entre, Paquito. —Guiado por ella, traspasé el umbral del padre Villalares. Siempre sentí cierto frío; pero pude disimularlo. Ahí estaba el retrato, medio cubierto con un paño blanco. El lecho de las penitencias se perdía entre holandas y franjados; y una colcha de damasco carmesí, con más caireles y alamares205 en picos que una pandereta española, parecía espantar el miedo. A lado y lado de la puerta del balcón, ocupaban los ángulos altas esquineras, tendidas como altar. Daban decoro, sobre a insinuación:—“¿No b nuevo?
d construído e Tornámos h aquéllas; i A: &c. &c. / B: etc., etc. / C, E, F, G, H, I: etc. / D: etc., etcétera.
g papacito— h carroña. —Mamá
Entrañas de niño la una, dos fanales,206 con ramos de papel adentro, a la Inmaculada, de bulto, que había sido la imagen predilecta del santo sacerdote; en la otra se elevaba su Cristofijo —una escultura denegrida y cárdena, miedosa en otras circunstancias— en medio de candeleros de plata, con una riquísima naveta al frente, por adorno y complemento. El hueco del cerrado ventanillo que caía al camino reala lo llenaban, muy acodalados y embutidos, dos carros de infolios eclesiásticos. Pareciomeb aquello más para rezos que para espantosc y, como mamacita siempre tenía el vicio de adivinarle a uno, me dijo muy cariñosa: “Vamosd a rezarle la oración a Cristo Crucificado y una salve a la Virgen, para que me lo hagan bien formal y para que no vuelva a enfermarse”. Dicho y hecho. Cuando entramose al gabinete del magistrado, me sentía un héroe. También estaba el retrato, pero destapado; y todo eso muy compuesto y distinto: habían cegado los ventanucos, que formaban los ojos de la calavera. ¡Mamacita siempre tenía que ser una magistrada!
Salimos al balcón. El centro, rasgado arriba en ángulo, sostenido abajo por pilares y mucho más ancho que el volado, lo arreglaron con escaños y tiestos florecidos,f como un conversadero. Me pareció que ni de encargo para decir las misas y echar los sermones. Si eso era como unag iglesita.
—¿ Y todo este rigor de libros los pasó papá Solsona? —le pregunto a aquella mamacita, en cuanto tornamos a la sala.
—Todos, mi hijito y otros muchos más.
—¿Más? ¡Imposible!h ¡Entonces era, también, magistrado!
—Era muy instruido. Pero eso no es nada, para los libros que hay en el mundo (pasmo e interrogatorio, sobre cuántas casas, como aquella, podían llenarse de libros. Si ella no me engañaba, el mundo no podía con tanta inmensidad. El saber y mamá eran una misma cosa).
—Ya ve, pues, cuánto hay que aprender, para que se aplique harto y pueda ser doctor y magistrado.
—Sí, mamacita: si yo me apliqué en Los Robles. ¿No vei que Vira me echó el catón207 y la citolegia?208 Ya voy donde “Dios crió la luz”. Pregúntele a Librada. Lucía y madre se entusiasman y me predicen no sé cuántas sapiencias y magistraturas.
—¡Ello dirá! —exclama mi taita, con su gruñidito de duda, y luego agrega—: Bueno, j hombre: ¿por qué es que te da miedo de las cosas que salen sin que nadie las saque? ¡Explicamek a ver qué es eso!
Me dio vergüenzal y del “¡porquem sí!” no me sacaron.
Mamá toma la palabra: nada salía por sí solo,n todo lo sacaba Dios,ñ no se movía una hoja sin su santa voluntad. Por eso teníamos que ser muy buenos y esperar lo que él dispusiera, y otras cosas, a cual más bonita y patente. Y, como los horizontes de mis futuras sabidurías y de mis presentes virtudes se me destaparon en aquel momento,o yo pedí que me volvieran a poner en la escuela. Ahora sí no iba a ser como la otra a real, b Parecióme c espantos, d —“Vamos e entrámos f florecídos, g un h —Más? Imposible!
i vé j agrega—Bueno, k Explicáme l vergüenza, m “Porque n solo: ñ Dios:
o mo mento, [enmienda de error tipográfico].
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla vez en que todo se volvió gimoteos y novillos.209 Pues si tal prometía, me aparaban la promesa. Casualmente que, en el pueblo, acababa de abrirse una enseñanza de toda cuenta. Esto era viernes; a la semana siguiente sería mi entrada. Esa tarde vinieron del pueblo las Calatraveñas,a dos señoras solteronas, muy amigas de mamá y de Valbanera; sumamente moderadas, calladitas y escurridas.210 Eran muy formales en casa, y en mi enfermedad nos habían servido y ayudado, más que si fueran nuestras hermanas. Con ellas nos fuimos a El Morro a hacer allá la media tarde; se llevó la guitarra y mamacita cantó con Cecilia la Atala211 y tonadas muy preciosas, que yo no le había oído. Vira y Librada, únicas que se quedaron, nos pusieron el anteojob desde la huerta. Papá, Lucas y Adrianoc ayudaron a prender la candela; Mentor y yo rodamosd juntos; les hicimos caballo, pareados, a las mellizas, y otras muchas alegrías; nos acordamose de aquel día tan amargo y tan horrible; pero no nos dio miedo, ni tristeza, ni vimos la casa y las letras como aquella vez, ni quedaban señales de calavera. Volvimos radiantes con todo lo que nos estaban queriendof y nos reímos por dentro de cuando fuimos botaditos. Vira me tenía vestidos nuevos, con los que iba a estrenar una prenda, que me puso muy orgulloso.
Como, debido a la enfermedad, me había separado de su rincón, mamacita determinó que siguiera en cama aparte, y me tenían arreglada la mía, muy cuca, con todos mis santos y escapularios, en medio de las de Adriano y de Bonifacio, en aquel cuarto donde me había hablado la lengua del difunto. Mas, por mí habían pasado tantos y tan seguidos acontecimientos, que apenas me dieron unas tristezas chiquitas y un temor que disipé con oraciones.
Mi Tula, cronista sempiterna de cuanto se relacionase con Ñora y “la Condesa”, contomeg al día siguiente cómoh esta les había “tocado el cacho”212 a todos los sirvientes y agregados y les “cantó misa mayor”.213 Todo fue que, en cuanto estuvieron reunidos, declaroles,h terminante, que los ruidos, las ánimas en pena, j los aparecidos y los entierros se habían acabado por completo en la casa; que el que no creyera, o tuviera miedo todavía, no tenía más que pedir su paga y tomar el portante; y que, de ahí en adelante, ni una palabra sobre el asunto, so pena de despedida, para saecula saeculorum.i214 Nadie se había ido y todos estaban muy convenidos en que ahí jamás hubo cosa parecida a espantos.
Por supuesto que yo no podía quedarme atrás.
Supe después que papá hizo venir un oficial de Colmenares, para que viera la capilla; que había encargado las maderas y demás materiales para refeccionarla; y que, por Pascua,j a más tardar, principiarían los trabajos. Todo esto me pareció un gusto, de esos que quitan el juicio, y más al entender, como entendí, desde luego, que mamacita se iba a salir con la suya.
Vira había prometido a la Valvanera, por mi salud, una misa con revestidos, en que comulgaran todos los de la casa; y cuando el atracón de la pulpa, agregolek a A, E, F, H: las calatraveñas, / B, C, D: las Calatraveños, / G:
los calatraveñas, b an teojo c Adriano, d rodámos e acordámos f queriendo, g contóme h como h declaróles, j penas i A, B, C, D, E, F, G, H: sécula seculorum. / I: sécula seculórum.
j pascua, k agrególe
Entrañas de niño entrada de rodillas, desde el atrio hasta el altar. El martes próximo, que habría en el pueblo padre forastero —el doctora Rada Nates, nada menos— era el día señalado para la fiesta. En casa estaban en mil preparativos de conciencia y de otras cosas. Yo confesaría solamenteb y la abuelita comulgaría por los dos; mas como ella no podía andar arrodillada, yo lo haría por ambosc y así quedábamos empatados. El lunes, por la noche, ya me tenía ella arreglado y expedito para la confesión de aquel pecado tan horrible de los sapos, que tantas consecuencias había tenido. Amaneció aquel martes algo feo y nublado. A las seis y media llegaban hasta la portada el padre excusador, los ciriales y la música. La Princesa del retablo fue saliendo de su casa, muy serena y derecha, a hombros de mis cuatro hermanas mayores, sobre unas andas empavesadas con arcos y tendido de flores y ramaje. Yo la miraba y sentía remordimiento, después de no haberme dejado morir ni embobar, todavía no me parecía bien linda, aunque sí muy poderosa. Muchas gentes se nos agregaban, e íbamos muy despacito, haciendo posas cada rato, para que la abuelita no se fatigara. Detrás de la Virgen iba yo, pegado a Vira, seguidos de mi Tula, que le llevaba el taburete, y de Mentor, que no se nos apartaba. Mamá, Lucía y otras señoras iban adelante, incensando, en tazuelas de plata puestas en platos muy floridos. Al lento sond de una marcha íbamos rezando el rosario, por grupos. Aquella música, aquel humo de iglesia que se difundía por el campo, la capa tan lujosa del sacerdote, los vestidos rojos de los acólitos, los ciriales, la cruz; todo ese aparato ritual, sacado, por mi salud, hasta un camino, se me iba haciendo, si muy hermoso, un tanto extraño y asustador. Entramos a la plaza como en triunfo. Creía que todos se fijaban en mí, más que en la Virgen. Desde el atrio nos abren campo. Las de las andas demóranse en la puerta; nos reparten, a pares, velas encendidas; cuando cada cual tiene la suya,e póstranse a una las cuatro hermanas y tras ellas la familia toda. Lenta, pausadamente, con dificultad algunos, sin ella los más, uno tras otro, fervientes, poseídos de unción, esclavos de la Princesa, nos vamos arrastrando de hinojos por la calle que nos abren. La abuelita, única en pie, sobresale entre los suyos, inclinada la cabeza, cruzados los brazos, sin luces. ¿Para qué? Era ella un cirio que ardía siempre ante su Dios. A poco arrimo al confesionario, conteniendo el llanto, impresionado por la ceremonia. El padre me envuelve en el manto. Me acuso, me acuso de todo, narro el delito; pero no puedo precisar las víctimas. Mi confesor se ríe duro, tan duro, que le han oído. Me ofusco, me conturbo, lloro. Él me exhorta, me consuela, me cura. Me levanto lloroso, libre de la culpa, anegado en gracia.
Veo a la abuelita en el comulgatorio, me voy a ella y me hago a su lado. En ese instante sale el coadjutor, a darle la comunión a aquella viejecita enferma, que no puede aguantar. Yo veo esa cara transfigurada, veo cómo, al recibir a Dios, destilan las lágrimas, por entre las pestañas caídasf y, mi llanto, contenido apenas un instante, torna a correr por mis mejillas. Transcurre un instante. Oigo la tos tan conocida de mi Tula. Mirog y la veo en la puertecita de la nave derecha, que da a un corredor. Mamá se alza de su puesto, acércase a la anciana y la lleva allá; el cuerpo desfallecido a Dr.
b solamente, c ambos, d són e el suyo, f caídas, g Miro,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla pedía el sustento. Me voy al lado de papá y me pongo a ofrecer la confesión, según Vira, para cumplir inmediatamente la penitencia. Pienso de pronto que mamacita va a regañarme, porque aun en la comunión de la abuela fui a colgandejiar y a no dejarla en paz. Esto me enreda y rezo muy mal los siete padrenuestros de la penitencia. Me prometo tener mucho fervor y recogimiento en la misa; pero no lo consigo: me distraen las venias que se hacen los curas y el columpiarse de los humeantes incensarios. Mamá me va leyendo, a media voz, en su Eucologio;215 pero a medida que la misa avanza, pienso más bobadas y atiendo menos. En el prefacio me acuerdo del de Francisco Vera y me entran deseos de cantarlo parejo con el cura. Todo esto me acobarda y me remuerde: me persuado de que no tengo tal uso de razón, que soy un bobito y de que siempre he quedado algo de asombrado y de idiático. Al alzar, me suenan, con delicia rara, el canto, las campanas y campanillas; pero me da como envidia de un muchacho que agita muy dichoso el esquilón grande. Beso la tierra como todos y abro los brazos, en crucifixión;a pero sigo pensando cosas bobas. Llega la comunión: toditos los de casa, blancos y negros, hombres y mujeres, se van arrimando, uno por uno, y llenan la rueda del comulgatorio, igualados por el uso de la razón. Sale el cura con el copón y principia por el negro Félix. Oigo el Corpus Domini, b216 oigo la campanillac y principio a hacer pucheros. Es otra angustia de hambre, semejante a aquella de la convalecencia,d cuando los sentía en la mesa. Todos comiendo “el mismo pan que comen los santos y los ángeles, en el Cielo” —como me enseñaba Vira— todos, hasta los pobres negros, y yo, por falta de razón, por mala entraña, por amigo de matar y atormentar a los animales de mi Dios, no podía arrimar a comer en esa comunión, que todos hacían por mí, sino que me estaba ahí velando, como un limosnero, como un perro de la calle. Yo seguía siempre de botadito en casa. Busqué con los ojos a las mellizas, para consolarme de mi orfandad, y las vi,e tan igualitas y tan lindas, arrodilladas en la alfombra, junto a Cándida Rosa, con las manitas puestas y los ojos brotados, rezando lo mismo que los ángeles. ¡Comof no eran malas como uno!... “¡No vuelvo mi Diosito, no vuelvo! ¡Allá verá que no!”. g Le prometí con todo el corazón, entre lágrimas y suspiros.h
VIII
Eli regocijo no era así no más, en mi familia, para carecer de sus manifestaciones materiales; j había pisco y convite: los tres curas, don Vicentico y su mujer y las Trebujenas. Era eso para comer, y, desde las doce, ya estaban todos en casa, y yo rehecho de las emociones religiosas y encantado con la fiesta. Me pirraba por la hospitalidad obsequiosa, en que hubiera comistrajos y gaudeamus217 conventuales; y no era por el vil condumio, que en casa siempre le hubok y yo, fuera de aquellos días negros del ayuno, vivía, según decía Cecilia, “comol ratón en despensa de rico, sin trampa ni gato en la vecindad”.m Sino que aquello me parecía la c campanilla, d convalescencia, e ví, f Como g nó!” h suspiros. (Continuará.) tomás carrasquilla. [Se omite paratexto que acompaña el final del N.° 10 de la entrega de octubre de la revista Alpha].
a A: crucificción; / B, C, D:
crucificación, / E, F, G, H, I:
crucifixión; b A, B, C, E, F, G, H, I: Corpus Domine / D: Corpus Domini i EL j materiales:
k hubo, l «como m vecindad».
Entrañas de niño mayor muestra de grandeza y la gran ocasión para que todos viesen lo ricos que éramos y lo mucho que nos cuidábamos. En circunstancias como esa, en que los huéspedes eran gente de mucha cuenta, me convertía yo en un pajecito palatino, no sabiendo qué inventar para atenderlos y agasajarlos. Si llevaban chicos, me desprendía de todos mis juguetes para regalárselos; si chicas, siempre hacía, con igual fin, algún saqueo en el muñequero del querubín de estribo, de quien tanto abusaba. Yo presentaba a los señores la bandeja grande de plata, con mangos, nísperos218 y madroños y las cestas de pomas, ciruelas y anoncillos;219 yo les acudía con los utensilios para la monda,220 con la palangana para el lavatorio y con el ampuloso paño de manos, y, sopla que sopla, llevaba el bracerillo con ascuas llameantes y les encendía el cigarro a los caballeros. Si los huéspedes eran ñoes o gente ordinaria, mis atenciones disminuían no poco.
Aquel día, el único de mi vida en que me ha tocado representar el gran papel, me andaba yo muy galán y abobado, con uno de mis vestidos nuevos, de calamaco verdinegro, cuadriculado de rojo. Vira me había domado la pelambrera, con su pomada de rosas, que ella misma se fabricaba y me había estregado la cara con su agua de benjuí;221 pies y manos me relucían como unas platas. Nada feo que me sentía. En el embolismo de la casa no sabía a qué santo quedarme; pero mi mayor empeño fue, desde el principio, bailarle el agua al cura forástico, que era mucha cosa. Había venido, expresamente, de Santa Cruz, a la misa de la Virgen y estaba recién llegado de El reino,a de donde era oriundo. Llámase el doctor Rada Nates, vestía una sotana muy lustrosa y hormada, harto distinta de las de los curas de por acá, y un castor muy fino; tenía habla muy buena, conversación a lo magistrado y una cara lisa, en partes rosada y en partes azul, como el san Juan de Colmenares. Él, don Vicentico y mamá estaban en la sala de arriba y hablaban unas cosas muy lindas y particulares de un generalb Santander,222 muy tremendo, según deduje, y de un padre Margallo,223 santo como mi tocayo Villalares. Mamá también le conversaba muy bonito al doctor Rada Nates. Él conocía mucho a tía Bárbara, a tío Praga y a mis primos. Contó mucho de ellos y de El reino. Yo estaba fascinado. Tan siquiera que mamacita no me rumbó ni me “hizo ojos”,224 cual tenía de costumbre, cuando yo recibía las visitas de los mayores. Yo estuve sumamente formal, sin meter la cucharada ni una sola vez; pero, eso sí, no perdí una palabra. “Mi señora Beatriz” —como él le decía— estaba muy bien puestac y yo más ufano de ella que solía. Llevaba el pelo caído y muy esponjado por delante, con una raya primorosamente sacada, y metido atrás en una redecilla, traspasada con una flor de perlas, que temblaba, como si el viento la moviese. Era su traje de balsarina225 blanca y espumosa, bordado de palmas moradas, de falda amplísima y undosa, escote redondo con volante, cotilla puntiaguda y unas mangas flotantes y revoladoras. Lucía zarcillos y cruz de amatistas y calzaba zapatos de raso claro y medias de seda caladas. Con aquel talle tan fino y ceñido, aquel su garbo y tales galas se me hacía “la Condesa” igualita a una lámina de El almacénd de los niños.
b General c puesta, d del Almacen a “El Reino”
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Mis hermanas, aunque algo compuestas, también, se veían como unas criadas al lado de la madre; a y el pobre papacito, por más que se había puesto los borceguíes de tarro verde, el chaquetón color de pulga, el chaleco de terciopelo constelado de ringorrangos purpurinos y un corbatín oscuro de pañuelo, no parecía el marido de su mujer. Mis hermanos... ya se sabe: unos gañanes endomingados, al aire las magnas pezuñas. Bajamosb a la sala de recibo. Sobre las esquineras, en los enormes floreros, de relieves dorados y paisajes pastoriles, se desparramaban los ramos de dalias y clavellinas, entrelazados con flechas de cañabrava.226 Los retratos de mis padres, pareados con los de Vira y papá Solsona, ocupaban los puestos de los proscritos, allá sobre las puertas y ventanas, en las cuales albeaban, recogidosc en unos clavos romanos, tamaños como girasoles, los cortinones de lienzo, labrados por la abuela. Allí estaba toda la otra gente; pero no conversaban de cosas buenas, como arriba, ni había quién. Notando que Vira había llamado a su cuarto, como en reserva al padre Telmo, el cura del lugar, salimed al corredor, con disimulo, y vi que ella sacaba de su chuspa monedas de oro. Hablaron un momentoe y, ya en una de las puertas, como si terminasen, oí que le dijo:
—Yo no puedo oírlas, mi padre; pero los de casa sí.
— En fin, misiá f Elvirita: siempre es mejor en vida. Yo le aviso cuándo principian. ¿Quég sería? ¡Comoh nada le contaban a uno!...
Ella me llamó, a poco, para que llevase a la sala las copas y la frasquera con la mistela;227 esa mistela de tres colores y tres sabores, que ella preparaba con tantos requisitos y condiciones, tiñendo la rosada con higo chumbo, la amarilla con azúcar quemada y la verde con cogollo de hinojo.
Grandes elogios hizo de ellas el doctor Rada Nates; y sacerdotes y legos, casados y solteros, libaron su copilla, sino las Trebujenas que eran temperantes. Siempre se comía a la una, a más tardar; pero, por ser aquello tan extraordinario y entonado, tocosei la campanilla en sonando las dos. Cuando yo vi aquella mesa tan grande, de tanto respeto y señorío; cuando vi la florera de plata colmada de rosas y malabares, las bandejonas del mismo metal, la cristalería tallada, las porcelanas de flores multicolores y filetes de oro, y todo aquel aparato, me fui desvaneciendo en un vértigo de vanidad. “¡Ah! ¡Qué comedor más rico! —exclamó el forastero—. Esto es una gruta encantada”.
—Muy j fresco, ¿no,k dotor? —dijo mi taita. Él y Asunción, que eran los más curiosos para la floricultura, habían enredado, combinándolos con mucha simetría, los dos jazmines amelos, blanco y amarillo, que trepaban por las rejas, y de la urdimbre bordada de estrellas de oro y plata, se lanzaban adentro, fantásticas y rígidas, cual gigantescos haces de basto recortados, las pencas de pitahaya y de flor de baile.l228 Colocosem don Santos en medio de la fila de señoras; doña Beatriz, en el de los señores; Rada Nates, en la cabeza; doña Elvira, al frente; Cecilia, como la más baquiana para “hacerle el salvajón a la gente”, a la derecha del ilustre huésped; y a mí, junto a la a madre, b Bajámos c recogidas d salíme e momento, f mi siá g Qué h Cómo i tocóse j encantada.”—Muy k fresco no, l flor de baile m Colocóse
Entrañas de niño abuela, en una punta masculina, como una cuña. ¡No importaba! Todo era por mí; luego yo era el centro. No sabía, por tanto, qué cara poner ni qué postura asumir. “Doctor: le toca a usted bendecir nuestra mesa” —le dice mamacita. Eso fue hermoso y en latín... y nos sentamos. Cuando se sirvió el vino, púsose en pie el sacerdote y, copa en mano, nos predicó de lo bueno, ponderándonos mucho. Al acabe, se levanta papacitoa y, con su voz de cucarrón y tono medio triste, dijo: “Gracias, dotor, por tantos favores... Yo también brindo por usted”. Iba a sentarse, y mamacita medio se incorpora, toma su copa y empata: “Sí, doctor, por usted, por nuestros sacerdotes y los amigos que nos honran”. “¡Gracias, misiá Beatriz!” sonó de lado y lado. Ya no fue lámina, sino lo nunca visto.
—¿Yb tú no brindas, Paquito? —me dijo Rada Nates.
—¡Casoc me han enseñado todavía! —repuse, dichoso con la interpelación y un tanto sorprendido con el tú.
—¿Conqued todavía no? Pues lo irás a hacer divinamente, porque eres un cachifo229 muy listo.
—Él dizque va a ser el magistrado de la casa —le dice la Cecilia. —¡Hola!e ¿Esasf tenemos? Pues ya que no te moriste con la enfermedad, irás a ser, cuando menos, el presidente de la República.
—Tal vez sí, doptor —dije yo muy convenido.
Todos se rieron de mí y Cecilia me buscó más pleito, con los ojos. Me dio rabia; pero sabrosa. Sentí un ruidito afuera y vi a Cuco, asomado por los bejuqueros del jazmín, pelando los dientes, seco de risa. ¡Ah negro entrometido y afrentoso! Aunque perdiera la confesión, había de tener el gusto de meterle unas buenas trompadas. No me duró la vergüenza más que un instante, y Vira me dijo paso, muy contenta y aprobativa: “¡Muyg bien que ha contestado, mi hijito!”.h Con las últimas palabras de la acción de gracias salimos para el portal, a reposar la comida. Le hice una cara muy atractiva al doctor y no en vano: —¡Veni acá! —me llamó muy sonreído.
Corrile j y, acariciándome la ungida cabeza y resobándome las cumbambas, me dijo: —¡Conque don Francisco de Paula Santos, primer mandatario de la Confederación Granadina!k ¡Como no vayas a gobernar como tu tocayo Santander!... Hoy no te vi comulgar, ¿Yl eso por qué?
—Caso tengo uso de razón, todavía.m —¿Todavían no? ¡Vaya,ñ Paquito! ¿y quién te lo dijo?
—Pues el señor cura, mamá... y todos.
—¿Verdad,o mi señora Beatriz?
—Sí, doctor;p no se fíe de él: es pura bambolla;q más sentido tienen las mellizas. —No, Paquito: los magistrados, como tú, deben comulgar desde muy tiernos. —Y, tornándose a mis papás, añade: —Tal vez ustedes hayan sido demasiado escrupulosos. ¡Ester cachifo puede comulgar, perfectamente! a papacito, b —Y c —Caso d —Conque e —Hola! f Esas g “Muy h hijito!” i —Ven j Corríle k granadina!
l comulgar ¿y m todavía n —Todavía ñ Vaya, o —Verdad, p Doctor: q bambolla:
r Este
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Sí, dotor —dice papá—. Doña Beatriz y yo pensamos llevarlo este año. —Si yo estuviera aquí, te preparaba —díjome el grana hombre, como muy pagado—; allá verías qué comunión tan famosa te haría hacer. Voy a recomendarte a Lobo. ¡Bendito fuera Dios! ¡Lo que era la gente sabida! ¡Cómo al momento le conocían a uno!...
Después de una vuelta por el jardín, vino el doctor con mamacita y el médico a sentarse en las poltronas, en un extremo del portal, detrás del cortinaje de trepadoras que colgaba del balcón. El sacerdote no fumaba, sino que, sacando una cajita de plata con rapé,230 diose a aspirarlo con mucho gusto y no poco donaire. Yo, que no tenía ni noticia de tal embeleco, no acababa de maravillarme.
—¡Qué vista tan hermosa! —exclamó él, tendiendo la mirada del lado de la Magistrada—. ¿Esto le recordaría mucho a su tierra, al señor Solsona, no? —Sí, doctor, ¿cómo no? —contesta mi madre.
Él decía que no se sentía extranjero aquí: que esto era Cuba. Santa Cruz le encantaba. Y hablaron del abuelo.
—Se comprende, por todo —dijo luego Rada Nates, con marcada amabilidad— que era caballero muy ilustrado y muy cristiano. Pero ustedb sabe, mi señora Beatriz, lo que son las épocas y los entusiasmos políticos. Los libros esos no deben conservarlos por ningún motivo, por más que sean un recuerdo de persona tan querida y tan noblec y, mucho menos, en un hogar tan piadoso, como el de ustedes. Las obras de aquel hombre, que ni me atrevo a nombrar aquí, deben desaparecer por completo; deben quemarse, antes de que quemen más almas. Y algunas de las novelas, también: son veneno en copa de oro. ¡Quién sería aquel hombre tan miedoso! ¡Ah bueno para saber! De gigante y encantador no lo rebajé.
—La mayor muestra de estimación que ustedes pueden darme —prosigue Rada Nates— sería no dejarme ir de esta casa tan ejemplar, sin que viera arder la pira de tantas abominaciones.
—Con el mayor gusto, doctor —dice mamacita—. Lo que se ha de empeñar, que se venda. Subamos, si quiere, para que usted escoja... Y que no queded ningún libro de caballería ¿no es eso?
—¡Cabal, mi señora! —repone él, muy sonreído—. ¡Lo mismo que en la biblioteca de don Quijote!231 —¿Qué es la cosa, doña Beatriz? —pregunta mi padre, al verlos en pie. —Camine y verá: quiere el doctor Rada Nates quemar algunos de los libros de papá. —¡Bien decía yo —murmura don Ignacio, con su gruñidito aquel— que todas esas obras de don Boni eran de la cáscara amarga! —¡Noe todas, señor Santos! —repone el levita—. Hayf algunas bellísimas, sumamente instructivas y morales; ahí están, por ejemplo, toda la colección de El Instructor,232 el repertorio completo del padre Feijoo,g233 las obras de Chateaubriand234 y otras varias, a cual más excelente.
a grande b Ud.
c noble, d que de e —No f levita—Hay g Feijóo,
Entrañas de niño ¡Quemara libros! Esta adivinanza sí era la cosa más inaudita. Subimos.b Principió el espulgo y la escogencia y pronto había en el suelo tamaño rimero. Fuera de Vira, Librada y Valbanera, subieron todos a presenciar aquello. Unos y otros agarrábamos esos libros que olían a polilla y a veneno y a pecado. Aunque apenas si medio juntaba las letras, no me atrevía a abrirlos, temeroso de leer por ahí algún ajo o reniego bien horrible, pues yo los suponía por docenas a cada renglón. Papá y el padre Lobo se calan los espejuelos y van leyendo títulos en español; mamacita y el doctor traducen los del francés:
Apuntes romanos... Las ruinas de Palmira... El condec de Montecristo...235 El judío errante...d236 “¡Virgen del Carmen, mi madre!", exclamae espantada una de las Trebujenas. —¡Qué tal será el librito —dijo Lucas— cuando ni la polilla le ha entrado! —Los malos son los más nuevos y los mejor empastados —repuso el padre Telmo. —Lo malo no se envejece, señor cura —le charla Cecilia, que le conocía los escrúpulos.
—¡Esof es lo malo! —contesta Rada Nates, jugando del vocablo—. La novedad de lo malo.
—¿Ustedg los ha pasado, mamacita? —me atreví a preguntarle. —No la pongas, ahora, en confesión —me dijo el doctor, con mucha zumba— que ella se confesó esta mañana.
—¡Figúreseh su mamacita, hijo!... —murmura mi señor padre. —No, Santos; tampoco es que me los sepa de memoria —replica ella, entre risueña y picada—. Yo le leí algunos a papá, de los que están en castellano; los que están en francés ahí hacía que traducía, a pedazos. No debí entenderlos, porque no me parecieron, entonces, así enteramente tan malos. Los de Voltaire237 ni papá mismo los leía. Yo sabía que no eran buenos; pero... ¡como los tenía tan guardados!... Y libros aquí en casa, desde que no sean novenas o vidas de santos... ¡lo mismo es que estén en castellano que en latín!
—¿No leen, mi señora Beatriz?
—¡Qué van a leer, doctor! Esto es aquí tan inofensivo como pólvora en agua. —Si no han de leer obras serias e instructivas, mejor es así.238 La lectura de libros profanos, aunque no sean malos del todo, siempre disipa los corazones. —Así debe ser, doctor —apoyó mamacita; pero siempre he entendido que no lo sentía así.
Vi que entre muchos de los libros condenados había, ¡oh, tristeza!,i viejos pintados y láminas de lo más preciosas. Corrí a mamá con el secreto. “Sí, Paquito —dijo el doctor que todo lo entendió—. Puedes sacar los grabados. Esos no te quemarán las manos. ¡Y qué finos hay algunos!”. j Lucía y Cecilia se antojan, también; pero hay para todos. Traen tijeras, corro yo por las de Vira... y para qué os quiero, aceros afilados. Me tocaron unos libros muy grandes que se llamaban Los misterios de París.k239 Allí había caballeros, muñecos a Quemar b Subímos.
c Conde d El Judío Errante...
e madre! "-exclama f —Eso g —Usted h —Figúrese i había ¡oh tristeza!
j algunos!” k Paris
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla feos, señoras galanas, así como mamacita; unos en hoja sola, otros entre lo escrito. En un instante hago mi rollo. Me embriago, me fascino; destruira y adquirir a la vez ¿qué mayor dicha? Cuando estuvimos saciados, cada cual va saliendo con su carga de libros, como en convite.
En la manga, frente a las ventanas de Vira, fuimos formando el montón. Prendió Lucas una pajuela, lamió la llama, hurgó el doctor con un palo, y por el éter inflamado de aquella tarde se difundió el humo venenoso y pestilente. Tal he visto quemar, después, las ropas y vestidos de los pobres tísicos. Allí quedó, por varios días, el campo calcinado donde ardieron tantas palabras sopladas por el diablo. Del auto de fe240 pasamos al chocolate, servido aquella tarde a todo taco.241 Poco antes de despedirse saca el doctor una bolsa carmesí, con argollas corredizas y, tomando una moneda de veinte reales, me dice: —Toma, Paquito, para que compres el primer código.
Yo miro a mamá.
—Reciba y dé las gracias —manda ella.
Así lo hago, entre alegre y turbado. Mi Tula llega a levantar trastos y, en cuanto la ve, saca otra moneda y le dice:
—Toma tú, para que compres una novena... a san Benito.242 —Dios se lo pague a su mercé, mi dotor... Será recebile... Pero no pa san Benito, a yo me gustan más los santos blancos.
—¡Hola!... ¡Negrab más zumbada!
—No, dotor —interviene papá—,c esta reniega hasta del santo de su raza. —¡Sic no conviene con la abolición de la esclavitud! —corrobora mi madre—. Dice que negro sin amo, es como hijo sin padres.
—¿Ded veras?
—Asin’es, su mercé, mal que los pese a tanto negro como habemos. Él era un padre muy riquísimo y bizarro: Marta y Magdalena, las mellizas, tuvieron también sus dos chelinese y hasta el zambo de Cuco, que tuvo la fortuna de atravesarse por ahí. Después de los curas, se fue la otra gente.
“¡Gracias a mi Dios!”, dice papacito, cuando nos vimos solos, y corrió a quitarse los borceguíes y los trapos.
El doctor Rada Nates los dejó a todos encantados y a mí con el deslumbramiento de una visión.
Adriano, Lucas y Cecilia, a pesar de tan sacramentados, siempre hicieron pantomimas y nos remedaron a todos, principiando por don Santos. Yo corrí a Vira, para que no me molestaran. ¡Qué comentarios y qué interrogatorios los míos! Tuvieron que explicarme lo que era código. Luego fui en busca de mi Tula: estaba como yo. Eso sí eran curas, que lo mismo trataban a los blancos que a un triste negro.243 Llamaron al rosario; pero yo no podía rezar: pensaba en la caja de rapé que iba a comprar, con la plata de la alcancía; pensaba en los libros de reniegos y viejos: en el a destruír b Negra c papa— c —Si d —De e chelines,
Entrañas de niño código, que yo me figuraba con pasta verde y grabada. Vacilaba entre la magistratura y el sacerdocio. El doctor de sotana se me imponía, como la revelación de una grandeza imprevista. El papel que yo había representado, ¡triste de mí!,a en aquel mi día, me señalaba derroteros gloriosos, jamás soñados. ¡Las cosas que había aprendido en doce horas!... Desperté aquel miércoles con la triste angurria244 del que ha entrevisto la grandeza. Al mirarlos a todos con los trapitos de trabajo, a mamá con su traje de regencia, desmantelado el comedor, marchitas las flores, la casa tan sola y la vida cotidiana que seguía su curso, como si nada hubiese acontecido, sentí una murria y una lobreguez tan desconsoladoras, que, por ver de disiparlas, me puse a revisar mis láminas y a recordar el habla del doctor Rada Nates. Estando en esas llega papacito y me manda: “Vayab busque el catónc y la pizarra y camine para la escuela”. Ni aun me disgustó. “Aquí le traigo este marchante —le dijo al nuevo maestro, al presentarme—. Hajínquemele bien las espuelas, que es muleto muy cerrero”. Pero yo vi que le mataba el ojo. “Aid se hará lo que podamos, ñor don Santos”. Desde que le oí aquel ñor y aquella habla se me enfrió la pajarilla.245 ¡Figúrese uno, tan amigo del doctor Rada Nates!... Yo debía de tener una sed horrible de sabiduría o quiéne sabe qué; lo cierto fue que a poco más me pasaron de pizarra a papel y que, ya fuera en catón o en Citolegia, ya en la Doctrinaf o en el Fleury,246 leía con el mismo tono y el mismo sonsonete del maestro. Aquella lectura académica tenía allá su intríngulis. Dos consonantes juntas... ¡nunca jamás!: o se eliminaba la una o se metía entre las dos, unas veces la vocal anterior, otras veces la siguiente: “La Inimaculada Concepción o Conceción; San Aleberto Mano o Magáno”.g Si en sabiduría hacía progresos, en necedad e impertinencia no había gallo qué echarme. La enmienda me duró lo que lirio en la pradera. Como apunté desde atrás, volví a encenegarme en las crueldades con los animales feos, si no con los sapos. Pues ¿y con la gente? Casi toda, fuese grande o menuda, me parecía pura canalla. Tanto me había engrandecido en esos días que vivía haciendo el recuento de quiénes me merecían en casa y quiénes no. Al fin me convencí de que Vira y mamá eran las únicas acreedoras a mi privanza y validez. Papacito, así asá, desde que no dijese ivierno, algotro y dotor, desde que dejase las vestimentas de la huerta; las hermanas y la cuñada no eran para satisfacerme, aunque Asunción me parecía algo sabia y bonita; y aquellos tagarotes247 montaraces de mis hermanos, decididamente, no eran gentes para entrar en mi reino. “¡Busté sí que si-ha puesto, Paquito, bien cosario248 y fatal!”, me repetía mi Tula, y yo le abría unos fuelles de narices, levantándole la voz que ni Barba Azul.249 De Cuco me había vengado tantas veces, que ya ni le despreciaba. Doña Beatriz se ofuscaba y Vira me persignaba con agua bendita, dizque porque estaba “tentado de Judas”. Don Santos, con rascarse la calva y echarme un ajo en diminutivo, quedaba aplacado. Adriano protestaba, en ocasiones con toda formalidadg y yo le medía el puño de lejos. Cecilia me llamaba sapo tostado, espantajo de las ánimas. Asombrado yo, y como si fuese tan ubérrimo y lozano, la ponía de langaruta,250 tuntunienta251 y apestada, que la pelea se empataba. Al balcón, donde no asomaba de noche, a b manda:—“vaya c Catón d A: “Ay / B: — Ay / C, D: —Ay / E, H, I: —Ai / F, G: “Ai [Se fija conforme a los testimonios F y G para distinguir esta conjugación verbal de haber (en su forma metaplasmática) de la interjección Ay].
e quien f doctrina g La Inimaculada Concepción ó Conceción: San Alberto Mano ó Magáno. [Se fija en redonda y se añaden comillas como marca de resalte del autor].
g formalidad, a representado ¡triste de mí!
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla pesar del acabe de ánimas y espantos, subía de día, para entregarme a los deleites del judaísmo: cada ño o negro que entrase, se llevaba su escupitiña acompañada con algún ¡fo!,a o con algúnb ¡ps!,c de asco y desprecio.
¡Cond mis condiscípulos eran las broncas y contiendas!
—¿Vos por qué me hablás, ah? —le dije, sorbiéndomelo, a un muchacho que me dirigió la palabra. Me cargaba por feo y por raquítico y porque se me figuraba que nos parecíamos mucho, y así dizque era, en efecto. Un día, al volver a casa lo encuentro, a la salida del pueblo, lo empujo y lo hago caer; pero “¡Mala la tuvisteis,e franceses, en esa de Roncesvalles!”.252 El canijo aquel se levanta y me manda un par de puñetazos tan soberanos, que nunca más volví a enredarme con él. En la escuela formáronse pandillas contra mí; pero, como Mentor me acompañaba siempre a la idaf y a la salida ya estaba esperándome en la puerta, yo se lo azuzaba a toda la canalla, lo que no impidió que, en cierta vez, pasara mi buen sustog y fue que una piedra, de las varias lanzadas contra mí, me alcanzó en un molledoh253 y, si como fue ahí, fuera en la cabeza, no contara el cuento el pobre Paquito. Seco me levanté del barranco donde fui a dar. Por supuesto que dije en casa que había sido una caída. Vira habló de sacarme de la escuela, para no exponerme a esos peligros, pero yo no afané demasiado y los papacitos se desentendieron del asunto. Todas estas reyertas, si me atortolaban por un lado, eran, por otro, a manera de combustible que me hacían hervir la insolencia. Desde la pedrada,i no buscaba mucho ruido así, de un modo muy directo; pero ya haciendo gestos de asco, ya tapándome las narices, ya pasando por junto a los menguados,254 con aire antiséptico, les daba a entender mi grandeza y superioridad. A las j once, cuando nos largaban un instante, para tomarlas, salía, de los primeros, a todo correr, me sentaba en el poyo, sacaba mi talego, repleto de cuanto podía acaparar en casak y me ponía más que a comer, a hacerles fieros. Me pedían los muy sinvergüenzasl y yo tenía algunas veces el gusto de tirarles con las cocadas, con los troncos de panela, con remanentes del almuerzo y de gritarles: —¡Jarten, muertos de hambre! —perom lo frecuente era no mirarlos siquiera y hacerme el absortado.
Por capricho de magnate, determiné proteger con mi amistad a Jesusito Carmona, una criatura sin hiel y sin alcances, muy pobrecito y humilde, pero siempre muy limpio y remendado. Toda la escuela se le vino encima, acusándolo de lambón y de caranga resucitada,255 y cada rato lo hacían llorar; pero yo, para que se picaran más, afinaba la parada, llevándole cosas todos los días y convidándolo a El Silencio. El infeliz que era muy tímidom se moría de vergüenza en casa; pero nada mal que le iba: Vira lo cuidaba mucho, mamá le arreglaba vestidos de los míos y Lucía lo tenía en cuenta para guardarle golosinas. Mi Tula le preguntaba:
—¿Bustén quiere a Paquito?ñ —¡Tanto!o —respondía siempre la pobre criatura, y yo sentía tanta lástima y tanto gusto en que me quisiera así, que a veces me parece que le correspondía con la misma adhesión.
a fo! b con un algún c ps!
d Con e tuvistéis, f ida, g susto, h molledo, i pedrada,, j lan k casa, l sinvergüenzas, m Pero m tímido, n —“Busté ñ Paquito?” o —“Tanto!”,
Entrañas de niño Salvadora, la madre de mi amigo, una vecina que vivía de doblar tabaco,256 fue con motivo de estas amistades mías, muy de casa, no sabiendo la buena mujer cómo agradecernos tantas preferencias.
Al maestro le iba cobrando una malquerencia tan profunda que acusaba a papá de haberme puesto a eso por maestro. Eso como yo le decía las pocas veces que le mentaba, me apestaba con el solo nombre: llamábase Calasancio Muñetón. Era un personaje allá de quien no se sacaba nada en limpio: a ratos parecía viejo, a ratos mozo, a veces cura, a veces sacristán, con frecuencia pinche de cocina o cosa así. Tenía un corpachón fofo y blandengo, a manera de gusano mojojoi:257 una cara soplada, de una amarillez postemosa; unos ojos zarcucios con pestañas erizas;a mucha greña mantecosa echada sobre la frente y muchísima mugre por orejas y cogote. El hombre hedía. Usaba la camisa suelta, no diré lavada porque siempre se las vi sucias y con señales sangrientas de pulgas, sino que no conocieron almidón ni plancha; calzaba alpargates con medias cochambrientas;258 sufría de espundia259 y andaba como un elefante. Cogía las disciplinas y, con su voz tan desabrida y tan babosa, nos decía, mostrándonos el rejo:
—He aquí, mis discípulos muy amados, la serpiente de Moisés. Con ella os conduciré, paso a paso, a la tierra prometida de la educación y de la virtud. —Lástima que no lo dijera otro, porque esto sí parecía tan sumamente lindo, que apenas para dicho por el doctor Rada Nates. Mas no por ello le absolvíab y ya que no me era posible tostarlo, como a los sapos, ni apalearlo como a las mulas, le mataba en efigie, como Morilloc260 a los patriotas que se le escapaban. Ni más ni menos. Apenas pude garrapatear261 palabras en papel, pintaba mamarrachos en un cuaderno y les ponía abajo, a mi modo y con mi ortografía: “Este es el tigre que se va a comer al maestro Calasancio". “Esta es la serpiente de Moisés que le picó en las espundias”. Y los culebrones, si no el difunto, a quien siempre representaba patiabierto, me quedaban muy patentes y ondeados. Y no solo culebras, sino que todas mis aficiones a la piedad, las sustituí, en esos días, por la fiebre del arte pictórico,d un arte mío,e especialmente mío,f una revelacióng sublime de la belleza. Ello fue que los grabados que me tocaron, amén de los que pude sacarle a Lucía, se me ocurrió recortarlos y pegarlos en un papel. Con la pegadura surgió la idea grandiosa de darle a eso unidad filosófica. Añadí pliegos; logré que mamacita me prestara un pincel y pastas de su caja de colores; hurteleh lo más que pude; molí yerbas y bolo, y la inspiración obró. ¡Qué caminos y pensiles! ¡Qué palmares, qué río! El centro lo ocupaba un palacio, con parte de mi familia, con todo y princesa encantada.i Volví a recortar las figuras y, cada una, fue ocupando su puesto respectivo, iluminadas ahora de amaranto y de zafiro, ahora de esmeralda y púrpura. Flor de María, j262 que era la víctima del encantorio, estaba tras una reja, que se abría, con su palomita en la mano; a Sarah Mac gregor,k263 que era mamá en persona, la rodeaba su familia, bajo la copa de una palma, que nos cubría a todos; el encantador horrendo, que no era otro que Edmundo Dantes,l264 a quien agregué tamaños cuernos y cola a erizas:
b absolvía, c A, B: Murillo / C, D, E, F, G, H, I: Morillo [Se enmienda conforme a la correcta grafía del nombre de Pablo Morillo].
d A, B, D, E, F, G, H, I:
pictórica, / C: pictórico, e mía, f mía, g A, F: rebelación / B, C, D, E, G, H, I: revelación h hurtéle i encantada j Flor de María, k Sarah Mac Gregor, l Edmundo Dantes,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla enroscada, se perdía entre unos racimos de corozos,265 tan grandes como su cabeza; y Rodina266 hacía de doctor Rada Nates, encaramado en el púlpito. Vivía trastornado con mi obra; yo la pegaba en el balcón, con espinas de palma; yo la ponía en los corredores, bajo la cama de Vira, arriba de la mía, junto a mis santos; enrollábala de noche y la guardaba con mucho mimo, para preservarla de moscas y cucarachas. El paisaje b llamaba yo a mi maravilla y con El paisaje llenaba la boca y El paisaje fue poderoso a que dejase en sana paz a los de casa, por muchos días. Pero uno, sábado por más señas, se me aparece en El Silencio un zarrapastroso de la escuela, un tal Tadeo Paniagua, a quien llamaban Maluqueras, dizque a proponerme canje de figuras, porque él también dizque estaba haciendo paisajes. Me entraron ganas de destriparlo. —Conque, ¿paisaje? —le dije medio afónico por la injuria—. ¡Hastac el nombre lo aprendieron! No pueden ver a uno que saque sus cosas de su cabeza, porque al momento las quieren sacar también estos atrevidos. ¡Paisaje!... ¡Pis! ¡Nid an uno! ¿De dónde vas a sacar tie caja de colores y Misterios de París ni Judío errante?f ¿Decime? Desde ese día se me acabó el entusiasmo, hasta que las mellizas vinieron a ser las poseedoras de mi obra maestra.
¿Ag qué no me condujo mi altanería? Una vez trajeron batatas de El Trigal.h ¡Oh! Aquello era una de mis glorias. Escogí la más grande, una que parecía postre teñido con violeta, y ordené que la asaran y me la llevasen con leche postrera. A tiempo que la abuelita me probaba una blusa, llegaba allí Tula con la golosina y la puso en una mesa. Al ir a tomarla, vi que me habían cambiado la batata por otra más pequeña. —¡Las porquerías que le traen a uno! —bramo, cegado por la ira, y vuelvo la tazuela y, disparando la humeante legumbre, le apunto a Vira en la frente. Veo que se estremece,i que se lleva las manos a las sienes j y distingo la mancha negra sobre la piel nevada. Salgo tembloroso, horripilado, en un silencio en que oigo el latir del corazón. Me parece que me caigo. Bajo al jardín, tomo la portada y corro sin saber a dónde. Me veo, orillas de la Magistrada, bajo una ceiba. Me acuclillo y pego la cabeza en las rodillas. Quiero llorar, gritar y me araño la cara y me golpeo. Me alzo, brinco, doy vueltas. Impulsado por una fuerza que me avasalla, me disparo hacia casa. Acorto el paso; mas no entro: tomo el costado y me asomo por una ventana. La abuelita está sola, como la dejé, tiene una venda en la frente y llora. Lanzo un grito y otro, y gritando entro, y, como una piedra que cae, me postro ante ella y hundo la cabeza en su regazo y la abrazo y la aprieto, convulso, enloquecido de dolor. Me habla, me coge. No entiendo. Voy a besarla y mis labios sienten sus lágrimas. Está con la palpitación.
—¡Vira! —pude gritar—. ¡Te vas a morir!... Y yo te maté. No supe más.
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Abro los ojos y veo, como en sueños, un montón de caras. Me rocían agua, me cogen de las muñecas, me gritan, me sacuden en vilo. Me estoy reventando. Siento que estiro la gaita, que abro la boca, como pichón en nido. Doy una hipada larga, a Rodín b Paisaje c Hasta d Paisaje!....Pis! Ni e tí f Errante g A h El Trigal.
i extremece, j sienes,
Entrañas de niño acezoa recio y estallo en alaridos. Me largan, me dejan. No acabo: tengo un dolor adentro que no sale, que arraiga allá, que va a matarme. ¿Salió?b No sé: a veces pienso que le llevo desde entonces. Callé. Pero no abría los ojos: no era capaz de ver. Me tapaba los oídos y, sin embargo, oía. No quería saber nada y todo lo entendía. Yo iba a morir como Vira. Pensé que nos enterrarían pegados uno a otro. Distinguía entre varios el llanto gemebundo de Lucía. —Paquito, mi hijo, ¿qué es lo que tiene? —murmuró la voz de la hermana. No contesté. Entraban, salían, percibía pasos afanados, ruido de faldas. —¡Paco! —manda mi madre, con un acento que no le conocía—. ¡Abrac los ojos! ¡Ábralos!d —Y los abrí; los abrí grandes, cuanto pude, girándolos de lado y lado, para no ver. —¡No haga visajes! —me ordena aquella voz, que tenía un dominio irresistible. Los serené—. ¡Voltemee a ver! —La vi: era mamacita; llora, sí; pero serena. —Es que se está haciendo —dice mi padre.
—No, Santos —repone ella—, no se está haciendo: es que... se cumplen mis temores. —¿Estáf loco, mamacita? —pregunta Lucía, en un sollozo. —Loco no, hija... (Notog que le hace señas de que calle). Y sentándose en la tarima donde me tienen, me pone la cabeza en su regazo y, con voz toda dulzura y terneza, me dice al oído: —Paquito: dígame a mí sola qué tiene.
—No sé, mamacita —contesté en voz alta.
—Diga, el avistrujo.
Y empiezo a llorar y a temblar.
—No sea bobito. No llore más. No se entristezca así. No ve que también lloro yo, entonces.
Me besa como a un párvulo, me seca las lágrimas con el pañuelo, mientras que las suyas salpican mi frente.
—Paquito: ¿Usted sabe dónde está?
—Sí, mamacita: yo sé todo.
—¿Cómo es eso de todo?
—¡Puesh todo! —Y largo otra vez el llanto.
—¡No llore así! —me ordena con la voz aquella—. Diga qué es lo que sabe. Yo no sé cómoi lo dije; pero tuve que j decirlo: Yo había matado a Vira del golpek y yo también iba a morirme.
—¡Pobrecito el Paco! —exclama Lucía besándome. —¿Quierel que le traigan su comida?
Dije que sí por señasm y luego que no.
—¡No ve que es tan bobo! —dice mi madre—. ¡Si no ha sido nada! Vira está en su cama; pero ya no tiene la palpitación. Así que coma lo llevo para que la vea. —¿Verdad, mamacita? ¿Sun verdad? ¿Verdad, papacito? —¡Sí,ñ hombre! No seas idiático.
a A, B, D: acceso / C: aceso / E, F, G, H, I: acezo b Salió?
c Abra d Abralos!" e “Voltéme f —Está g (noto h —Pues i como j qué k golpe, l —Quiere m señas, n su ñ —Sí,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Me incorporo enajenado.
—¿A dónde va? —exclama ella, deteniéndome.
—¡A verla! Voy a verla.
—¡No! Espérese, que voy a avisarle.
Sale. Papá y Asunción me contienen.
¡Qué angustia! ¡Qué incertidumbre! Me están engañando. Me desespero, me les zafo, me cogen de nuevo.
—¡Esa mentiras! ¡Es mentiras! (Cecilia y mi Tula llegan con la comida). —Cecilita: ¡dígameb usted! ¡Mic Tula no!
—¿Qué es el cuento, don Santos?
—¡No le digo! —exclama la negra.
—¡Usted no, mi Tula! Usted también me mete mentiras. Dígame, Cecilita. —¿Ted parezco la menos embustera de la casa?
—Dígame, Cecilita querida.
—Vira está buena y sana, sapito tostado. No sea tan boboe y cómase su comida, que barriga llena aguanta trabajos.
—Y mamacita,f ¿por qué se fue y no me llevó?
—¡Si ya viene!
La escena pasa en el cuarto de los hermanos. Intento ver desde allá el aposento de Vira; pero una de las puertas está cerrada. No soy capaz de comer. Mamá vuelve. —Camine, pues —me dice— pero sin llorar. Bueno, contento y alegre, para que mamita vea que no tiene nada. Usted y yo solitos: los demás que se queden. —¡Aquíg está! —exclama al llegar a la cama—. Véanse bien vistos, para que se persuadan.
La abuelita se desliza hasta el borde, para cogerme la cabeza. Aún tiene la venda. Nos besamos callados y callados lloramos. Mamacita sale. Vira rompe el silencio: —Se impresionó el pobre avistrujo, con lo que me hizo. Pero ¿no es cierto que no fue de aposta?
—No, Vira; no fue de aposta; pero... le di muy duro y echó sangre. Y le dio palpitación.
—¿Quiénh le dijo? Vea (quitándose el trapo). ¡Uni tulondroncito que no vale nada! Y la palpitación no fue nada, tampoco.
Y, cual si con el alma quisiera borrar aquella escoriación, se la besé con transporte. —No lo hizo de aposta —agrega—, pero sí por rabia. Ya ve, pues, que cometió un pecado, que, si tuviera uso de razón, sería mortal. Hínquese a pedirle perdón a la Princesa, para que mañana se vaya a confesar. Me clavé ante la imagen. Cuando entró mamacita, aún le imploraba. —¿Ya j le pidió perdón a Vira? —me preguntó al levantarme. —Él ya está perdonado, con su arrepentimiento.
—¡No le hace! Pídale perdón de rodillas.
a —Es b dígame c Mi d —Te e bobo, f mamacita g —Aquí h —Quién i Un j —Ya
Entrañas de niño Postremea al pie de la cama, sin hablar.
—Sí, mi hijo querido: yo le perdono todo; pero si me promete enmendarse. —¡Porb mi palabra, Vira! Allá verá.
—Allá veremos —dice mamacita.
Esa noche, como ella me preparase para la confesión, contelec las peleas en la escuela, la pedrada, las escupas; en fin, me confesé con mamá; y a la siguiente mañana con el padre Lobo.
Cuando salimos de la iglesia había mucha gente, en plaza y calles, mirando al cielo. Yo alcé los ojos y... ¡qué espanto!: arriba, muy arriba una faja negra de aves atravesaba el horizonte. Pasaban y pasaban por cientos, a millares; pasaban y pasaban, serenas, apeñuscadas,d interminables. Por una loma asomaban y por la opuesta se hundían, y la faja siempre espesa, cuajada. Mamacita trató de explicarme; pero yo me le pegaba de la falda, sobrecogido del terror. ¿De dónde salían? ¿Parad dónde iban? ¿Dóndee podrían caber? ¡Qué miedo! Eso tan insólito, para mí tan inaudito como incomprensible, se me iba haciendo, gradualmente, un presagio evidente de sucesos espantosos. Algo como el juicio final se insinuaba en mi imaginación. “¡Mamacita,f por Dios!”, gemíag yo cada vez más amedrentado. “Peroh acabado de confesar ¿por qué le da ese miedo?",i díjome Valbanera j y peor me puse: luego sí era cierto el acabe del mundo.
Como de costumbre, fuimos a tomar el desayuno a la casa del pueblo. Siempre repetía la dosis, en tales casos; pero en ese ¿con qué corazón?... Sentía la boca amarga y una angustia en el pecho. Mi Dios era el que sacaba todas las cosas, era cierto; pero esas gallinazadas,267 que solo Él, por ser quien era, podía contar; eso, sin nombre, que ni tronaba ni hacía huracanes era más miedoso que las tempestades y aun que las ánimas mismas. Yo fui estableciendo una relación, tanto más terrorífica, cuanto más misteriosa, entre las almas en penas y las aves emigrantes: así como un cambio de domicilio, como la traslación del purgatorio, que hay en el centro de la tierra a otro purgatorio en el aire. Sí: dentro de cada ave iba un ánima. ¡Cuántosk miedos tan diversos había en la vida! Pero este sí era el peor. Mentor, también, lo sentía: yo se lo notaba en los ojos y en su alebrestamiento. San Francisco y la Princesa fueron invocados, para que nos sacasen con bien de apuro tan extremo. Llegamos a El Silencio, pasó el almuerzo y aún no se acababa el espanto. No supe cuánto duró; pero, cuando vi que las últimas aves trasponían la cordillera, seguí viendo en el cielo como el rastro de su paso, mientras que por dentro me quedaba a mí un depósito de miedos nuevos. Las cosas de mi Dios eran muy buenas todas, bien lo entendía, por lo que me decíal mamacita; pero ¡cuán aterradoras algunas! Iba a ser sumamente bueno, para que no me diera susto de nada, así como no le daba a Vira, ni a mamá ni a los grandes formales. Ya veía que todo eso era por haber pecado tanto en esos días; ya veía que “Nuestro Señor no castigaba ni con palo ni con rejo”,268 como me decía la abuelita. Cuando los sapos, me había castigado de un modo y, ahora, con la batata, de otro, talvez más duro. a —Postréme b —Por c contéle d apañuscadas, d Para e Dónde f ¡Mamacita, g Dios! gemía h «Pero i miedo» j Valbanera, k Cuántos l decia
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Como había quedado tan particular, después de la enfermedad, todos los espantos de El Morro se me habían olvidado casi por completo; pero en aquel punto y hora volví a recordarlos muy claros y precisos. Contele a Vira, en mucho secreto, por supuesto, lo de mi promesa de la misa. Riosea y me dijo que, como yo había divulgado mis secretos en el delirio, ella, por sí o por no, había mandado a cantar la misa a Santa Cruz, con todo y revestidos; y que el padre Villalares, Dios mediante, debía gozar de Él en la gloria, si era que, realmente, había penado hasta el noviembre anterior. Sentí tal descanso con la noticia, que me pareció salir, yo también, de un purgatorio chiquito. Hablomeb de ánimas y espantos, y me dijo lo mismo que mamá; pero mucho más hermoso y patente. En la casa nuestra, estaba Dios, dentro y fuera de nosotros y en todos los cristianos y las cosas que Él había hecho. Me explicó la doctrina de largo y tendido; la repasé con ellac y, como casi la sabía entera, muy pronto, por pascua florida,d sería mi primera comunión. Mamá, a fin de patentizarme el pecado de la soberbia, me contó, en esos días, la historia del diabloe y unos ejemplos de tal modo espantables, que le juré no volver a despreciar nunca jamás ni a los feos, ni a los zambos ni a los zarrapastrosos. No es por alabarme; pero en la escuela no me conocían y en la casa no me apartaba de Vira, y siempre dale que le darás a la doctrina y a la lectura. Otro acontecimiento obró en mí poderosamente. Un día faltó Jesusito a la escuela; lo mismo al siguiente. Fui a verlo y lo encontré con descenso, tembloroso y demacrado, en una camita miserable. Casi no podía hablar. Me dio tanta lástima, que llegué llorando a casa. Mamá, Lucía y yo fuimos por la tarde, a llevarle de todo; pero ya no conocía. Esa misma noche, al segundo gallo, murió el pobrecito. Quedé tan impresionado, tan susceptible a la piedad, que durante varios años, antes que la malaria de la vida me envenenase, disfruté la dicha inefable de socorrer al infeliz, aun con el mendrugo del cariño. Aquel amigo de mi infancia, aquel ser humilde, triste e inocente, que pasó por el mundo, como ráfaga de azahares sobre los miasmas de la charca, dejó en mi corazón mezquino un grano de mirra, que aún perfuma al través de los años, como que los predestinados quedan en las almas, cual sugestión perpetua de infinito.f IX Mamág y la abuela terminaban el rezo matinal del oficio parvo. Apenas aquellah sale, entra Cecilia con el cubilete de chocolate.
—Aquí te traigo la segundilla, Viravira —le dice muy festiva—. Te la vas a tomar bien paladeada,269 porque tengo que contarte una cosa muy sabrosa. —¿Te salió novio, o qué?
—¡Ojalá!i Pero talvez penda del asunto.
—Andá ir diciendo.
—Pues es que en esta casa va a haber partición: unos se quedan aquí y otros nos vamos para Santa Cruz. Vos y yo somos, de precisión, de los idos. ¿Qué te parece? a Rióse b Hablóme c ella, d “por Pascua Florida” e diablo, f infinito. (Continuará). tomás carrasquilla. [Se omite paratexto que acompaña el final del N.° 11 de la entrega de noviembre de la revista Alpha].
gMama h aquélla i —Ojalá!
Entrañas de niño —¡Quitá de aquí con tus enredos, churumbela del enemigo malo! —¿Enredos?a Nos vamos el sábado: te vamos a llevar a Semana Santa.b Es cosa decidida. ¿No lo crees?
—Ganas que tenés vos de ir a lucir las galas que te trajeron del reino. —¡Pues también! Y a conseguir el novio. Me tenés que ayudar, porque los taitas tienen la obligación de darle estado competente a sus hijos. Si me pongo a esperar a que me venga el Solsona mío, desde Cuba, aquí puedo estarme hasta el día del juicio por la tarde.
—¡Tan pura al abuelo, porque es Solsona con polleras! —¡Es de veras! No ves que don Santos y doña Beatriz, que no le tienen ni pizca de fe a don Vicentico, se cartearon con un doctor de San Nicolás, sobre tu enfermedad, y mandó que te llevaran cuanto antes a Santa Cruz; que con la dehesa tenés para aliviarte.
—¡Apostara que son embelecos de tu madre! —exclamó la viejecita colando en malicia—. Ya van a meterme en cura, en legal forma, como si fuera alguna jovencita... ¿Y novio no piensan también conseguirme? —¡Ya se lo quisieran esos santacruzanos!
—¡Quitá de aquí, adulante! ¡Andác a coger oficio!270 —¿Te parece que estoy de balde? Si soy el ángel que anuncia a Vira... —¡Sí: ya entiendo la trama! —prorrumpe esta entre querellosa y risueña—. Ya yo tenía mis reconcomios.271 Te mandaron para que me engatusaras,d ¿no? Pues andá a llevarles la razón: de aquí me sacarán para el cementerio. —¡Te sacaremos cuando cumplás el siglo! Ya ves que todavía hay muchos cocos qué pelar. Mientras tanto, tenés que obedecer el mandato del médico. —¿Acasoe he ido a pedirle receta para que me mande nada? —¿Que qué? —exclama Lucas entrando—. Ya te tengo cuatro peones cargueros, igualitos como estantillos, para que te lleven en andas, bien serenita, como la Princesa. Si querés les ponemos flores en los arcos. —¡Para el trabajo que les daba a ustedes sacarme como angelito en batea! —dijo Vira enfadada de veras—. Falta ver si yo quiero irme. —¡Si no tenés que irte, viejecita! —repone Lucas sobándola por la espalda—. ¡Si te sacamos en procesión! ¡Dejatef de ofusques y ranchadas!272 Ya no falta más que arreglar corotos y marchar.
—Pero ¿cómo se ponen a determinar esas locuras, sin avisar siquiera? —¿Pues quién? ¿No conoce a doña Beatriz? —dice la nieta—. Donde manda capitán... Y a don Santos y a todos nos ha parecido muy bien el viaje. —¡Allá te mejorás al momento! —dice el nieto.
—¡Ya lo creo! —exclama la señora—. Allá retocan viejos lo mismo que santos; allá atajan la muerte. Y, como a mí me tiene Dios para semilla, van a mostrarme, para que todos vean el prodigio.
c Andá d A, B, C: engaratuzaras, / D, E, F, G, H, I: engatusaras, e —Acaso f Dejáte a —Enredos? b semana santa
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¡Pero, Vira! —replica él—.a Ya ves el señor de Medellín, que ocupaba la casa grande: vino muriéndose de hidropesía273 de pecho; es más viejo que vos, y se fue bueno y sano. Y lo mismo ha pasado con muchos.
—¡Valienteb gracia enfermos tierrafrías!274 Pero esto y Santa Cruz casi es el mismo clima. ¿Dónde está el cambio?
—¡No, viejita! ¿Ya se te olvidó que allá cocinan sin candela? Y, si no te sienta el cambio, nos volvemos inmediatamente. ¿Qué se pierde con eso? —¡Ustedes, para meter argumentos, que los busquen!
—¡Y vos, para ranchada, que te alquilen! —replica Cecilia. —Y ¿cuánto les paga Beatriz por la comisión?
—¡Ah, descarada! —contesta la candonga—.275 ¿Acasoc es ella la que tiene que pagar? La cuenta te la vamos a pasar a vos.
Entran los papacitos. Ella, muy risueña; él, tan sorrongo como siempre. —Sí: ya vienen ustedes a hacerme las diez de última —les dice Vira, no sé si haciéndose la enojada o enojada de veras—. Estaban esperando para entrar, como en los sainetes.
—Mamita: esto no tiene quite. Veo que es una incomodidad muy grande para su merced; pero hay la obligación de conservar la vida. El doctor Garro nos lo indica terminantemente. Esto ha sido muy consultado con el padre Lobo, con Vicentico y con todos. Le habíamos guardado el secreto, para que no fuera a ofuscarse con mucha anticipación.
—¡Pero, hija, por Dios! ¿Tanto trastorno para los poquitos días que me restan de vida?...
—No, mamita: ayúdate que yo te ayudaré. Por su salud todo lo debemos sacrificar y su merced está muy morocha todavía. ¿No es mejor que viva bien alentadita? Ni hay, tampoco, tal trastorno: allá está la casa grande desocupada; se va con los que quiera; yo estaré yente y viniente; las que se queden, hacen mis veces. Si quiere, le llevamos su cama y todos sus corotos.
—¿A eso fue Adriano a Santa Cruz, la semana pasada?
—A eso, precisamente: lo de la casa está ya arreglado, y para arreglar las cosas de aquí tenemos cinco días.
—¿Y la comunión de Paquito se queda en veremos?
—Allá comulga.
—¡Ustedes sí son capaces de revolver el mundo!
—¡Si eso es una bobada, Vira! —dice papá—. Doña Beatriz se va con usted y que se esté todo el tiempo que quiera. Madrugan con la fresca, hacen en el río todo el perro que les parezcad y, con la tarde, entran en la ciudad. —¡Pero dejar este rincón y volver a aquella casa!
—No, mamita: no le dé el ofusque por eso. El recuerdo de papá y de mi madrina, lo mismo es aquí que allá: aquí también vivió con ellos y con toda la familia. a él— b —Valiente c Acaso d parezca,
Entrañas de niño Si es hasta sabroso recordar, algunas veces. La cuestión es que no se impresione y que nos vamos bien contentos. ¡Qué le parece volver a ver tantos parientes y amigos! Volver a ver esa Semana Santa tan hermosa... y tantas cosas más. —Pero Paquito se queda conmigo todo el tiempo que me esté.
—Paquito y los que quiera, menos yo. Iré cada semana; pero de sábado a lunes tengo que estar aquí. —Aquí expuso el plan y cómo y con quién dejaba la niña. La abuelita suspiraba. Llamaron al almuerzo. Salí detrás de mamá, para oír bien lo más que me faltase del asunto.
—¡Ya ve, pues! —le dice Lucas, cuando estuvieron en el corredor—.a Su merced, que pensaba que era obra de romanos. No se ha impresionado ni pizca. —¡Quién sabe si afloja a última hora! ¡Como el viaje no sea inútil...! —Si no le aprovecha, tampoco la empeora.
—No sé, hijo.
—Los enfermos del corazón duran mucho —dijo mi padre.
—Algunos, Santos. ¡Meb tiene tan atribulada, últimamente, la enfermedad esta de mamita! Estoy más triste que ella con el dichoso viaje, pero... ¡a la mano de Dios!276 Era lunes y a propia hora principiaron los preparativos. Yo no estaba del todo feliz. Verdad que iba a conocer El Badillo maravilloso y a esa tan nombrada Santa Cruz; verdad que iba a ver al doctor Rada Nates; pero eso de “a la mano de Dios”, que había dicho mamacita, se me clavó muy adentro, como la punta envenenada de un alfiler. ¿Qué querría decir eso? Y eso le había salido, sin que ella lo advirtiera, lo mismo que el resuello, cuando uno está cansado. Bien vi yo, cuando lo dijo, que la cara se le puso triste y los ojos allá muy particulares y como asustados. ¡Mamacita todo lo sabía! Mi Tula se puso iracunda con el viaje. Por delante de Ñora y de la Condesa apenas estiraba trompa; pero donde no la oyeran se desfogaba a sus anchas: que ya querían salir de Ñora; que ya la veía derretirse que ni vela en esa infernación de Santa Cruz; que al difunto Custodio, que había sido tan macizo y acuerpado, lo había puesto en el puro hueso ese enemigo de clima, y que, de haber sudado allá todo el tuétano, le había pendido la reventada de la hiel; que yo iba a atrapar otro tabardillo y a volverme pánfilo y atembado, después de estar tan embarnecido; que ella se iba, porque a donde fuera Ñora iría su negra, que, si no, ni con perros la cogían en ese moridero. No amainó ni un instante: eso era como una obsesión. Mamá y tres de mis hermanas salieron al pueblo, en esos días, desde las nueve hasta la una, a fin de pagar las visitas que debían desde mi enfermedad y de pedir órdenes para Santa Cruz. Librada y mi cuñada quedaban a la vela de la casa y Asunción a la de Vira. Esta imagen del silencio y de la maña era quien mejor le entendía sus arreglos de armarios y arcones y la que estaba al tanto de todas sus menudencias. Con motivo de los arreglos de viaje, iban sacando y sacudiendo cosa por cosa y desocupando mueble por mueble. Yo, que a pretexto de estar con un pie en el estribo, había logrado que me declararan en vacaciones anticipadamente, no les perdía pie ni patada, en el tal a corredor b Me
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla arreglo. Y, como notase que, no solo la hermana sino la abuela misma, deseaban salir de mí, me picaron más y mejor estas mis ansias de examinar las cosas, que me acompañarán hasta la tumba. Mostreme,a eso sí, muy disimulado, como quien se anda por ahí solo por ayudar en lo que se ocurra; pero el rabo del ojo no se despistaba. Cuando sacaron las cosas de mi tío, el padre Bonifacio, no pude ya representar el papel, ni había necesidad, porque Vira me llamó para que las viese. Sentí un no sé qué de lástima y de temor.
“¡Allá estará en el cielo ese hijo, pidiendo por nosotros!”, dijo la abuelita, con voz segura, pero con los ojos húmedos. Paréceme verla en este instante. Tenía, bien así como las postreras luces del ocaso, esa tristeza dulce y tranquila, ese aire de los justos en los trances amargos de la vida. ¡Y qué de añoranzas en aquella alma, al revivir el pasado por los objetos que lo representan!
Todos yacían sobre una mesa, medio desenvueltos de los distintos papeles que les guardaban hacía tantos años; todos exhalaban ese olor indefinible, esa como fragancia del pasado que embriaga de tristeza. Ahí estaba el misal, un misal de pasta negra con prolijos dorados y un corderillo sobre el libro apocalíptico, lo cual me dio la clave de aquel adorno eclesiástico y extraño de esa alcoba. Los registros de cintas rojas y amarillas, desteñidas por el encierro, colgaban, cual pétalos de tulipanes agostados. Por las páginas, de signos góticos, ya negros, ya rojizos, impresas en esa lengua que ha muerto en la tierra para vivir en el cielo, se notaban, talvez renovadas por el tiempo, las leves manchas que dejaron unos dedos; mientras que aquí y allá, como parásitos del papel, constelaban las páginas esos puntos achocolatados que hace brotar la vejez. Allí está el manípulo de áureo fleco ennegrecido, de áurea cruz bordada más negra todavía. Esa prenda ritual, enviada a la dama, como especial privilegio, la llevó el levita en el féretro. El blanco brocato se deshace, las hebras de plata se levantan rígidas y oxidadas; asoma, medio lamosa, la tosca entretela, cual si a todo se hubiese trasmitido la descomposición de la tumba. Ahí están la sotana, el tricornio y otras prendas, libros, carteras, qué sé yo: toda una vida traducida a la lengua de las cosas. Doña Elvira toma otro envoltorio y su rostro pierde la impasibilidad. Los discos de sus espejuelos no le atajan las lágrimas y una mueca de dolor contrae su boca. Tose, como para desatar un nudo que le aprieta la garganta. Quita el hiladillo, abre el lío con mano convulsiva y aparecen una ruana de algodón, sucia y chafada, y un jipijapa mohoso, maculado de tierra, con una cinta verde, mediob comida. —¡Pobre hijo! —murmura la señora, en un trémolo de piedad—.c ¡Morir sin quién le diera una gota de agua; sin quién le gritara ¡Jesús!... ¡con el pecho destrozado por las balas! ¡Ah, guerras!277 —¡No piense, viejita, en esas cosas! —le suplica Asunción, llorando como ella y abrazándola—. ¿No se comprometió conmigo a no impresionarse? Bien le dije yo que no sacáramos esto ahora.
Me pegué a ellas, soltando, a mi vez, el llanto.
a Mostréme, b me dio c piedad—
Entrañas de niño —¡No, Paquito! —me dice la hermana—. No venga, ahora, a atormentarla más. —¡Dejalo,a hija, que acompañe a su Vira! Más se acordará de mí el pobre avistrujo.b Y llevando mi cara a la suya, me besó con trasporte y nuestras lágrimas corrieron confundidas.
—No llore más, Vira querida. ¡No llore más, que le va a dar la palpitación! —No, hijito: no me da. Lloro de gusto. ¡Que Dios te conserve siempre ese corazón tan compasivo!
Enjugomec las lágrimas, se enjugó las suyasd y poniendo en mí esos ojos azules como el cielo, díjome tranquila:
—¡Veae que no estoy triste ya!, ¿no ve que ustedf me ayudó a sentir la pena? No le dé cuidado, que no me sucede nada.
En efecto, siguió con esa apacible melancolía del atardecer, que emanaba de su alma. Los dos nietos sentíamos el bienhechor influjo de la santidad. Tras una corta tregua, continuaron el arreglo. Merced a aquella comunión de sentimientos y al ayudar mío en la pena, no fui ya un intruso: vine a convertirme en compañero material y obligado de la faena. En la cara de Asunción, en esa cara de santo de palo, que nada denunciaba, leía yo, no obstante, algo como la hipocresía del sufrimiento. Me ordenaba ya esto, ya aquello, y todo revestía para mí no sé qué de austero y solemne. Se me figuraba ser un señor hecho y derecho. Entrambos sacamos el cofre grande, porque pesabag un tantoh y lo pusimos sobre una silla. Era de madera de rosa, con relieves e incrustaciones de plata. Había tres más, como hijos junto al padre. Vira puso la llave en el mayori y, al girar de la tapa, cabrilleó en la luna del anverso uno a modo de relampagueo. Las dos fueron sacando oro y más oro y poniendo sobre la camona, luego vaciaron los cofres pequeños.
—¿Ya tiene, hija, todas las boletas y los papeles para envolver? —pregunta la anciana. —Sí, señora: no falta ninguna ni están repetidas. Y vea el rimero de papeles. —Bueno, mi Asunción. Pero... ¡Yo no sé cómo hacer bien hecho lo que quiero! No es más que un recuerdito especial para cada uno; lo que quede lo partirán Bárbara y Beatriz, que lo de la monjita ya está anticipado. ¡Yo quisiera saberles el gusto a todos!... pero me parece que me voy a pelar, al escoger. Dígame usted hijita. (Ya iba entendiendo). j —No, Vira: la gracia es que lo escoja usted misma: vale más que escogido al gusto de cada uno. Todo es lo mismo, en siendo cosa suya. —Así será, ¿no? Y en esto tampocok hay necesidad de balanza... ¡A la mano de Dios! ¡La misma palabra de mamacita! ¿Tendría ahora, ese sentido tan malo? Principio a encalabrinarme.278 —Bueno, Vira: ¿Y usted por qué va a dar cosas de oro? —me atrevo a preguntar, todo conturbado.
—¿Por qué?... porque quiero regalarles algo, y...
e “Vea f Usted g pasa ba h tanto, i mayor, j [Ya iba entendiendo] k tampoco, a —¡Dejálo, b A, B: abistrujo. / C, D, E, F, G, H, I: avistrujo.
[Se enmienda conforme al usus scribendi del autor].
c Enjugóme d suyas,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¡No es por eso! —niego yo soltando otra vez el llanto.
—¡Paquito! —dice Asunción, enojada—. ¡Le cuento a papá!
—¡Tan bobito el magistrado! —murmura la abuela—. ¿Se va a poner a gemir ahora que le voy a regalar cosas tan lindas? Camine escoja aquí lo que quiera. Haciendo pucheros subimea a un taburete para darme a la escogencia. La pena, que se me iba a definir de un golpe, atajoseb a la vista de tanta cosa que yo no conocía ni de oídas. Mis nociones sobre la riqueza no eran para que estimara aquel acervo como valor; mas como lo bello era la base de mi apreciativa, deduje en consecuencia. A medida que miraba me iba fascinando, y aún con el recuerdo me fascino. Era aquello la acumulación de varias de esas generaciones que no tuvieron más lujo, ni más derroche que el de amortizar dinero en pedrería. Ya doña Elvira había repartido algunas de sus joyas propias, pero, amén del resto, conservaba las heredadas y todas las de papá Solsona.
¡Qué iba a escoger yo con aquella mescolanza de angustia y deslumbramiento! A fuer de niño me cautivaban, más que el oro y las piedras, los cofrecillos diminutos, diseminados en la cama, cual los juguetes de una nietecita de la reina Sabá.279 Los había de porcelana, con festones y cestas e idilios pastoriles, pintados por un Watteau280 liliputiense; los había de maderas, tallados en bellotas y follaje de encina, en pájaros y ciervos; de plata, con cinceladuras y trenzados, con gárgolas, y mascarones; de marfil, calados como franja; de concha, tornasolados en azul y rosa. Habíalos largos, cúbicos, combados, oblongos, qué sé yo...
Aquella flora de orfebres se me antojaba pura jardinería del cielo; y en cuanto a la fauna, no podía menos que asimilarla al empíreo, sin mayor escrúpulo, pues bien sabía yo que muchos santos tienen su animalito. La noción del color, glorificado en las piedras; esa noción tan nueva para mí íbame causando el vértigo que perdió a Cardillac281 y a Margarita. ¡Qué locura! Diamantes y esmeraldas, perlas y rubíes, topacios y zafiros, destellaban en collares de rosetas, en cruces, en medallones, refulgían en alfileres ideales, en zarcillos hiperbólicos, en sortijas de chocoano,c en hebillas de zapatos, en brazaletes de Aida. Las piochas y los ramos oscilantes parecían reclamar el cabello de una hermosa. No me contengo, y en las trenzas negras y esponjadas de Asunción, clavo un haz de flores desconocidas. A consentirlo ella, le cuelgo gargantillas de esferas, mazos retorcidos, sogas de filigrana, si no las cadenas de eslabones y los rosarios de quince dieces. Cual justos en el mundo, asomaban entre la montonera, patriarcas y eremitas, vírgenes y mártires, pintados en el vidrio convejo de sus óvalos. Iba, al fin, a decidirme por un par de sabaletas, unidas por una cadenilla como el signo de piscis, cuando descubro un par de medallones guarnecidos de brillantes. No son santos, sino cristianos, él un real mozo, moreno, imberbe, de ojos grandes y pelo alborotado; ella, un ser cándido, ingenuo, infantil; cabello castaño, en tirabuzones; ojos azules, fijos en lo alto; los hombros mórbidos y caídos, el cuello, ceñido de zafiros, que hacen juego con las pupilas.
a subíme b atajóse c chocuano,
Entrañas de niño —¡Esta es usted, Vira! —exclamo entusiasmado.
—Dizque soy yo; pero me hicieron mucho favor. Su papá Solsona sí era así de buen mozo. Está que habla en esa miniatura.
—¡Yo los escojo, Vira! Son para mí.
—Sí, Paquito; pero... ¡si yo estoy sorombática!282 ¡Qué va a escoger en eso! Abre uno de los cofrecillos. Es de joyas masculinas. No sé qué elegir; pero ella misma me va poniendo en uno de plata los tres sellos del bisabuelo, una cadena de las de papá Solsona, botones de diamantes para la pechera y un anillo de solitario. “Esto es aparte —me dice al entregármelo— que se lo regalo yo. Déselo a Asunción para que se lo guarde. Y no le diga nada de lo que estamos haciendo ni a su mamá ni a Lucía. ¡Cuidado,a mi avistrujo!”.b Prometíselo y así lo cumplí.
Ahora en estuches, ahora en envoltorios, iba pegando Asunción las papeletas, con el nombre respectivo. Irritó mi curiosidad la forma de estribo del que le señalaron a Cecilia y lo abrí con disimulo. ¡Qué cosa aquella! Era un terno de mosaico, en azabache, con borde de perlas: así en las orejeras como en el broche, bebían dos palomas en una pila. Pareciome que solo los encantadores podían haber sacado aquello tan chirringuito283 y tan precioso. Tan de verdad se me volvieron que casi les oía los currucuteos.284 Los quince nietos, las tres hijas, los dos yernos, mi Tula y su unigénito Félix, algunos deudos y amigos figuraban en las papeletas; y aún quedaba bastante en los cofres. Guardados de nuevoc y puestos aparte los regalos, fue Vira a sacar un lío; pero Asunción, allá con cierta labia, la detuvo.
—Eso no hay para qué abrirlo, ahora, viejita —le dice muy suplicante—. Hará quince días lo sacudí y le puse mucho alcanfor. No hay riesgo de que tenga ni una polilla. —Sí, hija; pero yo quisiera que me leyera otra vez la carta de su tocaya. —¡Sí! ¡Para acobardarse...!
—Leémela, hijita, que antes me alegro.
Asunción, a pura obediencia, toma el paquete, comod cosa santa, y del crucero de las pitas atadoras, donde está asegurada, saca una carta azul y lee con vocecilla conmovida. Mi tía, la monjita, decía unas cosas muy bellas del hábito de la Virgen del Carmene y otras, más miedosas que todo, de ánimas, purgatorio e indulgencias. Vira, según lo dijo, mostrosef contenta y animosa.
Cuando mamacita y mis hermanas volvieron del pueblo todo estaba guardado. Al día siguiente, apenas salieron las visitadoras, la emprendimos con “los arcones de las reliquias”, que decía Lucas. Principiamosg por el grande; un monumento de roble, con más hierros y cerraduras que caja de caudales. De entre pistolas, estribos y espuelas y otras cosas a cuales más raras y vetustas, sacamos el sillón de la bisabuela Villalares. Érase el tal un aparato enorme, entre banqueta y atril, con forros que fueron de terciopelo rojo y todo enchapado de plata. a —Cuidado, b abistrujo!” c nuevo, d co mo e Carmen, f mostróse g Principiámos
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla El arcón aquel, ¡oh sorpresa de las sorpresas!, tenía su secreto, su misterio. Cuando menos me lo percato, ábrelo Vira, en persona, y aparece una caja o cosa así, cubierta de tela impermeable y cuidadosamente liada. Tómala con maña religiosa y me dice con aire de unción: —Esto también, es para usted. Lo que le dia ayer, aunque valga, son bienes mundanos y perecederos. Esto no: este legado lo va a guardar usted toda su vida, como una reliquia. Cuando lo comprenda, sabrá lo que somos, lo que es usted y las obligaciones que tiene con Dios y con sus semejantes.b —¿Qué es, Vira? ¡Dígame! —exclamo subyugado. Pero no me dice. Se sienta en la silla, con la caja en el regazo, callada, abstraída, suspensa. Asunción y yo quedamos en expectativa.
—¿Qué fue Vira? —pregunta esta, al cabo—, ¿seb siente mal? —No, hija.
—¿Qué es, pues, viejita?
—Pues fue que, en el codicilo285 del otro día, se olvidó una cosa muy importante. ¡Pero ya no tiene remedio!
Y sigue cavilando. Me va dando susto.
—¡Asunción!c —llama luego, cual si estuviera muy distante. —¿Señora?d —Búsquese papel fino, de ese en que su madre dibuja y tráigame media hoja. Sale la nieta y la abuela sigue ensimismada.
—¿Seráe de este, viejecita? —dice la joven entrando. —Sí, pero tiene que reglarlo.
Con la paciencia y el esmero que en todo ponía, diose Asunción a la tarea. —Algo apartado, hija, y bien derecho.
—Sí, señora.
La anciana miraba el cenefón, pintado allá junto a las vigas, por algún fresquista de brocha gorda. Parecía que en aquellas guirnaldas macarrónicas286 y en los ondeantes trapos, de pliegues como costillares, buscase la inspiración. Allí mismo la buscaba yo; pero nada me decían los pintorrajos.
—Está —avisó la regladora.
—Escriba, pues, en letra bien clara y algo grande... Y fue dictando lo que sigue:
—Esta ejecutoria287 pertenece a don Francisco de Paula Santos Solsona.f La guardará su madre doña Beatriz. Puede enseñársela de los quince años en adelante; pero no se le entregará hasta que cumpla los veintiuno. Si don Francisco de Paula fallece antes de este tiempo, esta ejecutoria se mandará a depositar al archivo de la catedral de Santa Cruz. El Silencio, a tantos...g Con la última palabra se alza la señora, se sienta, toma la pluma y, con mano trémula, firma con esa su letra morante,288 parecida a granos de cebada. Riega, luego, a dí b semejantes”.
b cabo—se c —Asunción!
d —Señora?
e —Será f Solona.
g tantos...."
Entrañas de niño el arenillero de milpesos, pintado de abigarrados colorines; sopla y da papirotes al cartel y le va pegando, por el reverso, toda una guarnición de obleas. ¡Virgen de Valvanera, mi querida! ¿Yo de don? ¿Yo de señor grande? ¿Qué sería aquello? Me figuraba tantas cosas asustadoras. Eso que iba a ser mío, que lo era ya ¡quién sabía lo que era! Cuando menos un santo milagroso, con alguna calavera bien horrible. ¿Ejecutoria?... Eso siempre tenía que ser como un retablo. La abuelita se había puesto tan rara desde que agarró esoa y el caso era tan extraordinario, que ni modo de preguntar, siquiera. Entre la curiosidad y el susto me iban encumbrando. Vira va a la palangana, se jabona las manos, y, bien enjugadas, toma la caja y le quita la tela. No puedo más, y veo. ¡Peor! Una caja de palo, como todas, con cerradura y la llave colgada de una cadenita. Gira la tapa y solo veo un papel muy tieso y amarilloso, como los que forran los libracos del padre Villalares, con un letrero muy feo. Dobla la hoja sobre la tapa y entreveo un dibujo, semejante al trompo del armario, pero sin el aguilón. Como si lavara los corporales, pega el papel detrás del forro, y soba y asienta y estira. Cierra y yo me quedo como perro en misa. —¡Oh!b Vira... —me resuelvo al fin—. ¿Yo no puedo ver eso todavía? —¡Tan lindo! —contéstame risueña—. Sí puede verlo; pero, como no lo entiende, ¿para qué?
—Pues dígame pa entender.
—Eso pregúnteselo a su mamá, que tiene palabras. Cuanto le digo, hijito, es que esa ejecutoria es lo que más vale, después de la religión, o... mejor dicho, es casi igual. Su mamá se lo explicará, ahora, y cuando sea grande y magistrado lo comprenderá todo. Cuáles serían mis interrogatorios apenas llegó mamacita.c Ella estaba triste y con el ofusque, y,d aunque me explicó algo por la noche, no estuvo tan clara cual solía. Bien dijo Vira: la nobleza tenía tantas obligaciones como la doctrina y el catón, si no más que ellos. Me hubiera parecido muy aburridora, a no deducir, como deduje, que eso era cosa de reyes y magistrados y de señores que mandaban a la gente; que yo siempre era muy grande y encumbrado; y que, para serlo más, debía seguir muy juicioso y muy buenito. ¡Ya se vería después que comulgara! ¿Para qué le servía a uno saber leer y escribir y toda la doctrina, sin un punto?
Y la imagen del doctor Rada Nates y la del tío Juan de Dios flotaban en mi cabeza, confundidas en un mismo ideal.
¡Pobre Paquito Santos!
X Al atardecer del sábado señalado, después de un feliz viaje y según el programa de papacito, nos aproximábamos a Santa Cruz, la ilustre. No las tenía todas conmigo, ¡así es la vida! Siempre había soñado con inmensidades de cielo, al pensar en el río prodigiosoe y su caudal se me hizo el caño de nuestra huerta; siempre había soñado con el arca de Noéf y a eso, b —O!
c ma macita.
d ofusque, y aunque e prodigioso,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla la barca me pareció una batea, un chisme ridículo. Así y todo, El Badillo me produjo cierto espanto: lo esperaba blanco como leche y más brillante que la lunag y, cuando, al volver, un recodo del camino, me mostraron, ahí cerca, una cosa como tierra removida, creí que se burlaban de mi ignorancia. Al persuadirme de que aquello era realmente el río, me fui sobrecogiendo.a ¿Por qué y de dónde engaño tan enorme?... Nada dije, sin embargo,b pues se me figuró de pronto, lo que otras veces: que era embobamiento mío, a consecuencia de la asombrada. Por otra parte, yo había tenido aquel amanecer una pesadumbre muy grande: papá y mis hermanos no quisieron que Mentor nos acompañase. Lo pusieron en cadena para que no nos siguiera, y al pasar, todavía oscuro, por delante de la portada y ya en marcha, lo sentí gemir muy lastimero. Esta separación se me hacía más triste, en aquellos momentos, y pensaba que allá estaría el amigo amarrado en el poste, recordándome, talvez rezando por su Paquito. Las lágrimas, esas lágrimas mías, que entonces no me corrían para adentro, como ahora, se me querían saltar, sin yo quererlo. Revuelto con esto se me representaba Jesusito cuando lo vi temblando, en aquella camita tan pobre, poco antes de morirse, al mismo tiempo que aquel “ac la mano de Dios” que dijo mamacita y que luego repitió Vira, me iban labrando más que cuando las oí. Y yo también como el eco iba diciendo dentro de mí, cual si fuese una fatal consigna: “a la mano de Dios”. Al saltar de la barqueta nos recibieron, con muchos agasajos y ajonjeos,d unos nuestros parientes y el doctor Rada Nates, que venían a encontrarnos. Tamaño tope y la presencia del doctor, aunque me envanecían y alegraban, no fueron poderosos a que yo cambiase mis oscuros pensamientos por otros sabrosos y sonrosados. No hablaron, tampoco, de cosas buenase y la fascinación del padre, por más que fuera la de siempre, no obró en mí con la magia de aquel día. Tal lo sentíaf y era otro motivo de confusión. Subíamos despacito por un camellón desierto, de suelo polvoroso como ceniza caliente, murado289 a vera y vera por naranjales y limoneros entretejidos.g Arriba, por entre el arbolado, medio asomaban casas y repuntaban torres. Perfumes acres henchían el aireh y, lo mismo que máquina de vapor, lanzaban sus pitidos las “chicharras de cuaresma”.290 La senda y el terreno que cortaba parecían aletargados. Oyéronse, no muy distantes, unas campanasi y yo, que solo había oído las de Colmenares, sentí en aquel tañer, no sé qué belleza acobardadora e impresionante. Jamás había supuesto que las campanas tuviesen su voz especial como la gente. A poco, primero con una casuca, luego con dos, después con cuatro j y, por último, con una ringlera, nos encontramosk en la ciudad de los blasones, tres veces centenaria. ¿Sí sería eso Santa Cruz de Badillo?... Pero... ¿cómo no veía, por ahí por esas calles, ni puertas de porcelana ni ventanas de cristal? ¿Cómo no veía chapetas, ni aldabones de oro, ni siquiera de plata? ¿Sería más adelante? Nada, por más que avanzábamos. Muy distinto era esto, ciertamente, de mi pueblo de Colmenares; pero se me parecía mucho al caserón de El Silencio: un montón de Silencios, más o menos pegados. Merced a esto, iba encontrando bella a la vez que miedosa a la insigne Santa Cruz. Cuando llegamosl a la casa ya no me quedaba duda de que en toda la ciudad e buenas, f sentía, g entretegidos.
h aire, i campanas, j cuatro, k encontrámos l llegámos d A, B: ajongeos, / C, D, E, F, G, H, I: ajonjeos, f Noé, g luna, a sobrecogiendo b sinembargo, c “A
Entrañas de niño debía haber muchas ánimas regadas, muchísimos espantos y entierrosa y quién sabe cuántas cosas que “hacían calaveras”.291 Respecto a túmulos y aparatos de difunto, ¡vaya!: por junto y por separado.
¿Perduran en la vida los caracteres de las primeras impresiones? ¿Tiene cada espíritu una modalidad y un punto de vista invariables?, o ¿hay algo en Santa Cruz, que les dice a las almas estrofas de la muerte? ¡Québ sabré yo! Solo que en cualesquiera de los matices de mi vida en que he vuelto a esa ciudad y permanecido en ella, Santa Cruz me infunde siempre, con lasc variantes de cada hora, las mismas primeras sensaciones, por lo fúnebre; me hace fantasear sobre aquel misterio que espanta y que fascina... Pero ¿a qué mentir? Todos estos cuentos míos son por hacer algún melindre292 fino y darme un poquito de tono. La verdad es que yo, debido a mi asombramientok y a mi ingénita bobería, veo en Santa Cruz, y en cualquier parte, todas estas cosas y otras más que, por pudibundez, me callo.
Aseguran los santacruzanos que Dios, entre las muchas deferencias que por ellos tuvo, les dio para su uso exclusivo una luna especialísima en el mundo universo. Por cierto, que no mienten. Selene293 de Santa Cruz es una maga que todo lo idealiza y transfigura. Como la gracia a las almas, limpia de toda mancha la cúpula del cielo; según le venga el capricho, bruñe suelos, paredes y techumbres, perfila o desvanece dondequiera; de tolondrones294 y asperezas saca relieves delicadosb y tiene polvos de madreperla295 para pintarlo todo.
Pintados por la diosa, que en esa noche se mostraba en toda su pureza e integridad, escudados por Rada Nates, esa otra luna de sotana, nos echamosc a la calle, a recibir las primicias santacruzanas, Cecilia, Lucía y yo, bajo el pastoreo de Adriano. La desorientación me ponía entre contento y angustiado. Ya la iba tomando a síntoma palmario de mi fatal idiotismo; mas pronto hube de consolarme, al ver que mis hermanas iban tan despistadas como yo. Lo que es de este achaque, sí no me curaba: vaya o venga, descienda o trepe, toda mi vida he andado como la primerad noche de Santa Cruz. No sé si a mucho o a poco andar, llegamos al Señor de la Piedra.e Es una plazoleta, alfombrada de césped, un lugar todo paz y austeridad. Fórmanle pórtico a la iglesia, dos palmeras, iguales, gemelas, idénticas. Más que obra de naturaleza parecen artificio humano y parte integrante de la torre. Nítida, ingenua, con la sencillezf de Cristo, muestra en el propio centro de los troncos su único lienzo. En su humildad no llega a los penachos que le rezan allá arriba una plegaria de murmullos. Rásganla dos ventanales en arco, y las campanas tétricas y negras se destacaban en el cielo opalino de la noche, cual dos gemidos en el silencio.
Y andando, andando, discurrimosg por calles amplísimas cortadas por estrechos callejones. Creía hallarme aún en casa, ante aquellas tan enormes y monumentales negruras, cenicientas, de piedra sin revoque,h de techos sin aleros, de cornisasi chatas cortadas abajo en picos con enjalbegue de colorines que aún chillan; de ventanas abiertas muy arriba, con sus resguardos entejados; de portalones blasonados y en arco. b delicados, c echámos d A, B, D: primer / C, E, F, G, H, I: primera e Señor de la piedra.
f secillez g discurrímos h A, B, C: reboque, / D, E, F, G, H, I: revoque, i cornizas a asombramiento, a entierros, b ¡Qué, c los
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Me daban la nota nueva, en su misma vejez, las casas blancas, de albura colombina, con ventanucos irregulares y asimétricos, a estilo conventual. Tales contrastes parecen acentuar mejor aquel aire del pasado que allí se respira. Esas esquinas, tan propias para encuentros de capa y espada, ostentan en su vértice toscos pilarones; y las cruces de hierro, empotradas en los muros, publican la piedad santacruzana. Más aún los faroles que alumbran lienzos y esculturas sobre el dintel de aquellos trasportones de postigo. Como un escarnio a la fragancia oriental que recarga el ambiente, corren con gentil desvergüenza, por los cauces destapados de las calles, los íntimos desagües de todas las viviendas. Por sobre las techumbres avanzan, hasta el lado frontero, a guisa de puente veneciano, brazos usurpadores de árboles, agobiados de años y de parásitas; repuntan tallos por los agujales,296 repuntan por las grietas, repuntan por las junturas y se enmarañan los bejucos y se retuercen las pencas, cual si aquello fuese un combate de culebras. Las exuberancias de El Silencio se me hacían de páramo, ante estos horrores. Sin saber cómo, ni cuándo ni por qué lado, nos vimos en una plaza ante un templo. Es la parroquial de Santa Cruz, a la divina enseña consagrada. No hay árboles; sino que la yerba, la yerba viciosa, invasora, cubre todo eso. Por las construcciones que lo enmarcan, por la vegetación que asoma por los tejados, y aun parece que por el aire mismo, se pronuncia el de vetustez, con notas y perfiles de indecible poesía, de elocuente tristeza. Sentí frío y calor, algo que me hormigueaba dentro de las vértebras, y di por seguro que en ese ámbito melancólico y soledoso pululaban las ánimas como en un cementerio. La fachada aquella cubre casi un lado de la plaza. La luna le daba de frente; mas no pude contemplarla en tal momento. Sus contornos curvos y complicados, su ornamentación confusa y prolija, que aquí forma columnas, allá ramazones y garabatos, acullá espirales y qué sé yo cuántos más perendengues,297 me representaron, al punto, no ya calaveras, sino toda una mortandad; una mortandad arracimada y en pie, medio cubierta apenas de paños sepulcrales comidos de podredumbre. No era para menos: los siglos le han sacado a ese edificio vetas y lamas, costras y lamparones, y el liquen,a las diminutas parásitas, los sutiles espartillos y las legiones de bichos, que allí han plantado sus lares, le han bordado, estucado y policromado, como en una lepra meticulosa, con todos los tintes del abandono y la desolación. ¡Qué de tristezas inspira! ¡Es que cuenta tantas cosas! Por allá, oía, entre las grietas y cavidades, croajar las lechuzas, como espantadas de su propia casa.
El doctor Rada Nates nos lo iba explicando todo, con mucha sabiduría, y cuando le oí que en aquel recinto estaban enterrados los principales magnates de Santa Cruz, me pegué de las faldas de Lucía y recé por dentro no sé si a Jesusito, al padre Villalares o a quién. No fui capaz de fijarme en el seminario de San Alfonso, adyacente a la iglesia, porque, a la primera ojeada, le vi el aire de ánimas y difunteces; máxime cuando, en tan críticos instantes, sonaron las ocho en la catedral, y luego un doble, y en seguida otro, más lejano. Eran unas ocho que nunca había oído, unas ocho tan clamorosas e imploradoras. ¡Tlan! b ¡Tlan! ¡Talán! Aún las oigo. a líquen, b Tlan!
Entrañas de niño Desde ese punto hasta la catedral, ya no vi nada; iba rezando y disimulando mis sustos lo mejor que podía. En verdad que me iba acobardando Santa Cruz de Badillo. Si así a seguía...
Una vez en la plaza principal, me rehíceb un tanto. Aunque aquello no dejaba de inspirarme allá cierto recelo,c era harto distinto de lo anterior. Íbame pareciendod que no era aquel un lugar bien propio para ánimas benditas o sin bendecir. Más que miedo, iba sintiendo como un respeto agradable y el yugo para mí aún inopinado, de lo bello; ese bello, que ha sido mi tirano y a quien no he podido asesinar, porque, cuantas veces lo he creído a mi alcance, se me vuelve humo. La noticia es más que plausible y puede justificarme; y la luna pintaba la plaza, y la yerba se volvía azul y azules los dos mangos paradójicos, que allí prueban la dualidad del poder. Poco les dura el sofisma: entre los dos se impone ecuménica, incontrastable, la mitra298 de piedra, faro y prez de Santa Cruz. He ahí la porcelanae que soñara mi fantasía. Albeaba fina y radiosa como acabada de lavar. Más que frontispicio de templo, pareciome un altar. De altar su aspecto, gracioso a la vez que severo; de altar es el festón que la decora, como formando la abertura de simétrico cortinaje. Negra e imponente, como la fuerza bruta junto a la convicción, se yergue, a su derecha, el torreón cuadrilongo, donde más de un sacerdote ha gemido en cautiverio. No obstante las tenebrosas consejas que yo me sabía en este particular y de haberlas conexionado, luego al punto, con lasf del padre Villalares, no me inspiró la torre aquella mayor sobresalto. Sería por haber encontrado, al fin, los cristales soñados.g Aunque de mentiras, se me hacían más lindos, acaso, que de verdad: eran los cuatro chorros de la fuente —cosa nueva para mí— que la luna convertía en otras tantas colas de caballos de cuento persiano.299 Sin oros ni platas, me iban pareciendo cosa de príncipes, aquellas balconadash con tantas puertas, aquellos postes y balaústresi tan laboreados y unos como púlpitos que veía por las bocacalles, lanzados sobre soportes en escalones. ¡Hasta reinas dormirían dentro de esas casonas!
¿Cómo volver a la nuestra, sin ir a la Asunción? Hacia allá nos dirigimos.j Yo de muy mala gana: quién sabe si sería alguna otra cosa bien asustadora, que me quitase los gustos y sabrosuras que la plaza me dejaba. Mask antes fuimos a ver la única animación que se sentía en ciudad tan solitaria. Era eso bajo los mangos,g y un comercio harto peregrino para mí: vendíase a tales horas, según costumbre, nada menos que el clásico plato de frísoles con tocino, guarapo, terriblemente fermentado y un guisote de ciruela verde, con mucha sal y no pocos condimentos, llamado machuco,300 en la germanía regional. Yo me encanto con aquel acento, mitad sandunga301 mitad cantoreo, de la gente del pueblo; esa articulación calentana, que elimina las eses finales y sustituye por cesl las intermedias, característica de los hijos de Santa Cruz, y menos acentuada en las clases altas. La abuela y mamá m aún la conservaban un tantico, con ser que en Colmenares, donde residían de tiempo atrás, apenas si se percibe. a asi b rehice c re celo, d parecien do e porcela f la g sosoñados.
h balconados i balaustres j dirigímos.
k A, E, F, G, H: Más / B, C, D, I: Mas l A, E, F, G, H, I: ceces / B, C, D: cees m mamá,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Seguimos. Soplaba una brisa acariciadora, perfumada de jazmines y azahares. Desembocamosa en una plaza o alameda y nos detuvimos en silencio. ¡Turris b eburnea,302 ave! Allá brillas, nítida y precisa, destacada sobre el fondo lejano de la falda; allá deslumbras como espectro de pureza. Larga y triunfal entrada te forman de un lado, sobre macizos de mampostería,303 los dombos opulentos de los mangos; y, del opuesto sobre iguales bases, rectos, blancos, como cirios de pascua, se hilan los troncos de palmeras por levantarte hasta el cielo su edénico plumaje. ¡Turris eburnea, ave!
¡Qué ánimas ni qué espantos! Mi alma de niño sobrecogida ante tanta hermosura tuvo algo como un deliquio.304 Yo sentía estremecimientos de dicha; yo ansiaba ser bueno; yo recé, recé no sé qué oraciones que me salieron, sin yo pensarlo, de lo más hondo del corazón. Talvez esa almita mía, como los mangos, como las palmeras, quería también alzarse en oblación hasta María; talvez... ¡y yo no supe! Al volver de aquel rinconcito del paraíso, iba pensando que cuando yo me casase con una princesa, magistrada a lo mamá y santica a lo Vira, sería en esa iglesia tan blanca, donde se sentía la Virgen.
Aún no eran las nueve cuando tornamos a casa. La abuelita se había recogido, desde temprano; pero mamá y Asunción estaban en el desmesurado corredor de la entrada, en animadísimos coloquios con no sé cuántosc tíos y tías, primas y primos. Nos presentan. Me interrogan sobre Santa Cruz; y yo, mocosuelod cortijero305 y asombrado por añadidura, contesté merced acaso a la influencia de la Virgen y a la principalidad que supuse en esa gente, con modos algo urbanos y discretos: callemee lo que pudiera deprimir a Santa Cruz e hice el gran panegírico. No en balde, porque señores y señoras me echaron zahumerios por mi despejo y cortesanía. ¡Figúrense!f ¿Yo entre tanta grandeza? Como los papás habían llevado primitos y primitas a la bienvenida, al momento nos fuimos amigando y se trabó el palique entre la chiquillería. Cual eco de los mayores, me hablaron mucho del obispo, de la Semana Santa, del Merendero Real,g la gran cosa de la ciudad y de otras no menos enormes. Muerto de fatiga corrí a buscar la merienda, no bien salió el visitón. ¡Pero qué! Mi Tula estaba montada en el rucioh y apenas pude lograr un ridículo pocillo, mal acompañado de pastas y muy bien de hormigas. Tiremei en seguida, en el santo suelo, sobre una estera, que me designaron por lecho. Aunque era en cuarto amplísimo y desmantelado, con las puertas de par en parj y con una sabanilla rala por todo abrigo, sentía, siempre, bastante más calor que en El Silencio. La compañía de Adriano, que se acomodó no lejos de mí, no me parecía suficiente para aquel caserón, que tiene un aire tan marcado de espanto. Pero estaba tan rendido, tan laxo y tan encontrado de ideas, que, entre rezos y temores y el pitar de las chicharras y no sé qué rumorcillos extraños, que por ahí percibía, me quedé como muerto, para resucitar al amanecer. Por esas arboledas santacruzanas alababan al Señor los pajaritos cual nunca había oído ni supuesto. Eran unas alegrías y finos desates, un enredo tan seguido y un revolar, a Desembocámos b Turris c cuantos d mocozuelo e calléme f Figúrense!
g El merendero real, h rucio, i Tiréme j par,
Entrañas de niño que parecían, enteramente, enloquecidos por el fervor. Frescura deliciosa llegaba hasta el aposento, trayendo esos olores matinales que regocijan el corazón, cual si fuesen preludios de un día venturoso. Mas de pronto sentí tristeza por papacito: sentí la falta de su alabado y de sus rumbidos de cucarrón. Mamá, adivinándome siempre en todo, entonoloa a poco, desde la alcoba contigua, donde se había acomodado. Siguieron las tres hermanas, luego Adriano y, por último, yo, que recé el mío con la unción de las aves. ¡Sí! Pero faltaban voces; faltaba aquella media lengua, con tanta zeta, de las dos gitanillas. Recé por todos los ausentes, pensando que era muy duro levantarme y no verlos y no venir Mentor a saludarme, ni a ponerme “las manos” sobre los hombros. Pensé unas cosas tan tristes, y comprendí que El Silencio era mejor que Santa Cruz y que todo. Adriano se levantó y yo le imité. Mi Tula salía del cuarto de Ñora, no tan brava como lab víspera, si bien un tanto displicentona. La abuelita había pasado muy buena noche. Llamomec en cuanto me sintió levantado, y la encontré muy contenta y muy linda, tapadita con su sábana, como perdida en la blancura. Mil encargos sobre mi formalidad y poco metimiento con los mayores y sobre la paz y concordia con mis primos y amigos, y que fuera a desayunar y a lavarme, para venir, en seguida, a vestirme los trapitos nuevos. En ayunas todavía, fui a dar una inspección a nuestra actual residencia, que apenas había entrevisto. Aúnd a tales horas se le sentía cierto airecito ofuscador. Así y todo, el patio me fascinaba. Érase una plaza ladrillada en trenza y a lo diagonal y al mismo nivel de los corredores. Arrancaba la hilera de los ángulos interiores, muy ajustadita y acondicionadae y afuera la desbarataban, levantándole tolondrones, dislocándole baldosines, las raíces formidables de un tamarindo, que amenazaban derribar el caserón. El tronco aquel se sostenía en cinco dedos como la garra de un monstruo del infierno formando otras tantas cuevas. Cardos, musgos, helechos poníanle vendajes; tendíanse los brazos de la calle a la huerta: trabábanse las ramazones, para resguardar la casona; y aquella eflorescencia prodigiosa cubría el follaje de no sé cuántasf filigranas y cuquerías306 de orfebre. Colgaban oscilantes los bejucos; colgaban las marañas de parásitas y por esas barbacoas307 de Semíramis,308 se deshacían, en colorines y escarapelas, la yedra de Chiquinquirá y la de san Juan y el jaramago y los hojarasquines de pintorrajos y las melenas. Peregrina era esa selva en balcón y en paraje tan urbano. Una fauna revoltosa la mantenía en fogueo. Zumbaban cucarrones atabacados y los blondos abejorros; loqueaban las mariposas tornasoladas y las libélulas de gasa; discurrían pausados los escarabajos de coraza verdosa y los de cuernos; retorcíanse los gusanos de peluche bordado y los cientopiés309 de chaquiras; daban cada zancajo los arañones y los “caballos de palo”.310 Atacaba los nervios el febricitante311 enredar de aquellas legiones de lagartos, que cambiaban de colores y relumbraban al sol, como si fueran de lata esmaltada; pero más los atacaba, todavía, la actitud extática, de unos “gusanos de pollo”,312 azafranados, flechudos, horrendos, igualitos a un mango pelado, del númerog 11. Entretanto, en los secretos de la selva, cantaban los toches313 y los jilgueros quién sabe qué pasiones borrascosas. a entonólo b al c Llamóme d Aun e acondicionada, f cuantas g nº
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Determiné irme a la huerta, a ver si hallaba paz de alma. Al hospital por hilas: arbolocos,314 matorrales y pencas, que nadie había sembrado, se querían comer las tapiasa y unos sapos boñigosos de papada blanca, que parecían los taitas de aquellos de marras, brincaban entre el lagartijerob y las cayubras.315 Ni aun a medirles puño me atreví. Un bienmesabe,316 unos papayos y tres zapotes se rendían con la carga. Tanto monte asomaba por esos linderos, que me trepé a unos cajones, que había sobre un poyo, para ver qué era aquello. ¡Qué cerrazón! Entre los peñascos y los confines veía y divisaba los rigores del naranjo y del aguacate, del níspero y del anón;317 los peligros del algarrobo y del cañafístulo;318 del corozo grande y del coco; de todos esos frutos de cuesco pétreo, que aquella tierra abrasada hace reventar en los airesc y que lo mismo regalan el paladar que despachan a alguno, de un testarazo. Sentí como hartura y empalago. Según mis cuentas, en Santa Cruz había más monte que casas, más animales que cristianos. ¡Pis! Mi Tula renegaba en la cocina. Ni con toda el agua de El Badillo, lavaría ella la inmundicia que habían dejado en la casa aquellos cochinos de la Villa.d Mientras tomaba mi desayuno, en el comedor, se puso la negra a pegotear319 el interior de una tinaja que allí había, enterrada en los bajos de una alacena. La sentía pujar y cerdear.320 “¡Lose tinajeros de algunos! —estalla de repente—. Yo, enseñada a mantener mis tinajas qui ni la plata, con sus ringleras321 di-hoj’e rosa y de jazmín y de tuá lay’e flor, ¡venir f ahora a topar con esta indecencia de botija! ¡Consiág esto enterrado! ¡Quizqueh es pa tomar l’agua fresca! ¡Pu!i ¡Aquí tienen riesgo!... cuando la que cae del cielo ya viene jerviendo”. Estriega, luego, las tablas de la alacena; de pronto da un chillido y sacude de una mano un alacrán. Salta a la mesa, salta ella como un j tigre y con el trapo en surullok refriega al malvado contra los ladrillos. ¡Las cosas que salen por esa boca contra Santa Cruz, sus habitantes y Cristo que la fundó! Hoy era “un cachón”, mañana sería una pitorá.322 “¡Ya se ve! Aquí nian pitorá se menesta, ¿qué más pitorá que este maldito clima del demonio?”.l Mamá y Lucía, que a esas asoman, corren a hacerlem los remedios y mandan a Adriano a buscar álcali.323 Pasado el conflicto, continuó el examen de la casa. Medí el salón; catorce zancadas muy abiertas le entraron por lo ancho y treinta y cinco por lo largo. El bisabuelo de mamacita lo mandó hacer de aquel grandor, para que cupieran todos los diablitos de fiestas. No poco espacio le robaban las dos escalas de calicanto, que daban ascenso a las ventanas. No eran así no más los entierros que yo presentía, debajo de aquellos peldaños. En el segundo patio había unos cuartuchos, muy feos y penumbrosos, con agujeros en las paredes, a manera de nichos. Varios tenían postigon y, a pesar del miedo a los “cachones”, no pude resistir la tentación. Abro uno. Encuentro unos pedazos de bandeja, un asiento de botella y un jarrillo de barro desportillado,324 con unos trapajos adentro. Los saco: es un pañuelo redondo, polilloso y mugriento. Me emociono, porque guarda en el centro, amarrado con cabuya, como “trapo de oro”,325 alguna cosa particular. Tiro, reviento y aparece una trenza de pelo, sucia y entrecana. La aviento lejos y arranco a correr, presa del espanto. Las ideas que se me agolparon a tapias, b lagartigero c aires, d “la villa” e “Los f venir g Consiá h Quizque i Pú!
j A, E, F, G, H, I: una / B, C, D: un k surrullo l demonio?
m hacer le n postigo,
Entrañas de niño no son para dichas: al punto establecí relación entre esa crineja y la lengua lamosa del delirio. Todo el caserón se me hizo un emporio de espantos y aparecidos. Como de ordinario, guardeme aquel secreto terrible. Ya me figuraba las “cosas malucas” que podrían decirme Cecilia y Adriano, por esculcón y novelero. De ahí adelante hice lo posible por no encontrarme solo, en ninguna parte de aquella mansión. Muy adobado por Vira y en amor y compaña de mis primos los Trebujenas, fuimea a la procesión de Ramos. Sería por la trenza, pero ¡nada bonita que me pareció! Ya iba a mostrar la oreja lugareña, para decir que lo de Colmenares era mejor; pero me acordé de las exhortaciones de la abuelita y me callé el pico. Mi entusiasmo por conocer el obispo vino a parar en negro desencanto y en raudal de remordimientos. Esperaba un señorón miedoso, de puro grande y bonito y que sobresalía de entre toda la gente como santo en andas; y cuando me mostraron la señoría ilustrísima me quedé de una pieza. Era un padrecito menudo, más pequeño que todos, con cariarrugada de vieja. Este mi parecer se me figuró un pecado muy grande; pero ¿cómo evitarlo? Tenía un agravante atroz; la mitra, por más que brillaba, me parecía cosa de montera; y el báculo, a pesar delb oro y las piedras, tampoco lo encontraba muy lindo, si no, más bien, como el agarradero de un serrucho. ¡Yo había visto en el Año cristiano,c unos obispos tan primorosos! También era que el gentío y la apretura me tenían sofocado y con náuseas. Con los primitos bajé, a pleno medio día, a bañarnos al Pataló, que corre no muy distante de la plaza principal. Siempre me han parecido esos faldudos callejones lo más pintoresco y de más carácter en Santa Cruz. Ello es que el terreno, que viene un tanto plano, se quiebra de pronto hasta el río, y la ciudad, como si temiese rodarse al fondo,d ha echado uñas que la sostengan y diques que la atajen. Allí hay bastiones, dientes, dunas, qué sé yo y, como esa parte es naturalmente pedregosa y áspera, no se define dónde principia el artificio, ni si eso está en ruinas o inconcluso. Las plantas textiles y las trepadoras, los lienzos musgosos y cuarteados, los boquetes y los cantos sueltos, los interiores, medio velados, de las casas que desde abajo se ven, le acaban de poner el sello a todo eso. Tanta originalidad y poesía, tantísima riqueza de detalles piden a gritos un pintor. El Merendero Real nada me dijo entonces, ni después.
El doctor Rada Nates me tanteó esa noche en la preparación para comulgar y encontromee tan en punto y sazón como los mejores neófitos de la parvada que él preparaba, para este, el acto más grande del hombre. No nos afanáramos demasiado por ganar el jubileo del Jueves Santo:f aún no éramos unos pecadores tan urgidos de indulto. La comunión no podía hacerse como él la soñaba y como convenía a todos, hasta el Domingo de Pascua.g ¿Lo decía Rada Nates? Así era.
En su gratísima compañía, subimos a la torre, al día siguiente, a eso de las cuatro de una tarde esplendente. Desde aquella vez primera, en que miré aquel panorama por el cristal de la inocencia, hasta ahora que le contemplo con el alma maculada y entenebrecida, me inspira los mismos elevados sentimientos, más hondos y melancólicos, por supuesto, a medida que declino.
a fuíme b A, B, D: apesar del / C, E, F, G, H, I: a pesar del c El año cristiano, d fondo e encontróme f jueves santo:
g domingo de pascua.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Dicen los santacruzanos que fue en esa tierra donde moraron nuestros primeros padres. Hasta cierto será. Esa tristeza, esa hermosura, aquel misterio bien pueden ser los vestigios del malogrado Edén.
El Abrí se mira, al frente, medio arrebujado al pie de la cordillera que lo separa del Aburrá. No es plano, ni mucho menos: dijérase una ebullición furiosa, solidificada de un golpe. Le viste y le entristece un afelpado verdinegro, que ahora se abullona,326 después se arruga, luego se estira. Mil trabajos, mil complicaciones, para formarse aquella cuenca. A trechos taja pendientes y abre calles, deltas, boquetes; en partes va orillando en suave culebreo; aquí se curva en rambla; por allá se le entra hasta el centro una pierna de cordillera. ¿Qué capricho no hay en eso? En lo hondo, espesuras; en lo tendido, arrozales; por las faldas, malezas; praderías por las colinas; plumazón de palmeras, por todas partes; por todas, crespuras de iraca; por todas caracoles y bizarrías y una nostalgia que flota, que palpita. Medio oculto en la melancolía de las frondas, se diseña un villorrio;a blanquea, como osamenta, un aldeón, en una rinconada; un cortijo terroso se asienta en una vega. El Badillo, irresistible, diamantino, incandescente, se retuerce y gallardea y se espacia como el genio de la comarca. El aire arde, la tierra es un horno. Tanta vida, tanta magnificencia, contrista, sobrecoge.
Parece que la muerte precipita su llegada, que el fuego de la común madre va a devorarlo todo de una vez; y lo ignoto, el más allá, se insinúa en el alma. Y todo, en derredor de aquella, todob es así. Atrás se empina, altanera y escueta, como una muralla, la loma de venturanza. Abajo, cual la mendiga junto a la duquesa, se acurruca la barriada de La Horda. Y horda es, en efecto: bajo cada tamarindo, un aduar, un bohío, un cobertizo de palma. Cercas de ciruelos dividen los predios: un frutalc y sobre horcones, plantados dentro de la acequia, por escaparlos de la plaga, cuencos de calabazo sembrados de las yerbas para el machuco. Es aquello gris, ingenuo, hermoso en su misma miseria. Siempre le encontré mucho sentido, hondo significado. A la derecha, interrumpiendo la placidez de una explanada, surge de pronto, cual fatídico presagio en medio del festín, una formación de rocas cenicientas, sombrías; ni tajadas a los hachazos fueran tan angulosas. Fingen reflejos de bronce; parece que arden, que van a estallar. Del lado izquierdo, por los riscos de la montaña, se despeña el Pataló. Se amansa fatigado; acalla sus mugidos; besa el pedestal de su señora: y, cual si quisiera rendirle triple homenaje a El Badillo soberano, en tres brazos se fracciona. Desde las márgenes del tributario, empinándose en la falda, desvaneciéndose en la explanada, disemina su belleza y extiende sus ropajes Santa Cruz, la nobilísima. La velan toda las áurease blondas del tamarindo; la abanican las palmeras; sus mismas esencias la desvanecen. Entretanto tiembla el éter, propágase la fiebre, revientan gemas, la vida canta. Semejan fuego al blanco los encalados paredones; diríase que tanta piedra y tanto techo humean carbonizados. ¿Es el ensueño? ¿Es la euforia? ¿Es el nirvana? Si no fueras Santa Cruz, si no justificasese tu a A, B, C, D, E: villorio; / F, G, H, I: villorrio; b aquella todo, c frutal, d aureas e A, E, I: justificaces / B, C, D, F, G, H: justificases
Entrañas de niño nombre. Eros,327 letal y espantable, bajo el más delirante y melancólico de sus ritos, tendría muchos altares en tus ámbitos. Así y todo...
La ciudad, el calor, las gentes, la Semana Santa, la próxima comunión, todo eso tan seguido y amontonado, me tenía turulato328 y caótico. La casa, a más del recelo que me iba inspirando, estaba a toda hora llena de visitas. El timbre, el blasón, Hispania entera le acudieron a mi familia. Allí lo Trebujena y lo Sagunto, lo Bobadillaa y lo Santacoloma; allí la villería íntegra, desde Villalba hasta Villaviciosa, desde Villasola hasta Villamil. Vira no me pertenecíab y mi Tula estaba peor que el alacrán que la había picado. Yo trasegaba, por ahí, con los primos y los nuevos camaradas, conociendo los rincones de la ciudad y los de las iglesias, admirando los pasos, entre matraqueos329 y tinieblas y procesión para arriba y procesión para abajo y atracones tremendos de frutas, de pastas y de todo, pues lo que es hambre no falta en Santa Cruz. Aquella liturgia de Semana Santa, de que solo tenía una vaga idea, por las funciones pobres y deficientes de Colmenares, se me iba haciendo hermosa, asustadora y triste, como la ciudad.
Desde el martes sacan por esas calles el Crucifijo con Magdalena asida de la cruz y desmayada de dolor. Sacan al Señor del Huerto,330 todo ido para atrás, bañado por la cruenta traspiración, las manos en boleo,331 inflado por el viento el manto amarilloso. De una mazorca de granadas surge un ángel tieso, rígido, como un rey de baraja recortado, como un aparecido asombrado. De plata es su mitra y de oro el cáliz que levanta. Por el aire ríspido332 y lanzado no parece traer zumo de las viñas de Engaddi.333 Este ángel me dejó tan impresionado que aún lo veo. También me ofuscaba, haciéndome fluctuar entre la admiración y el susto, el paso de la “Virgen de las Angustias”.334 El enorme nimbo, el corazón, los siete puñales de María y las potencias del Cristo son de oro macizo, incrustados de esmeraldas, perlas y diamantes; y son de diamantes dos lagrimones que le corren a la Virgen por las escuálidas mejillas. Rodéala una cohorte de arcángeles miguelescos, de faldellín corto y esponjado. De plata son las mitras, las alas, la escamada coraza y las sandalias de alta jarretera; de plata, las insignias de la pasión, que cada uno enarbola; de plata el enchapado de las andas; de plata los candelabros. Toda esa riqueza, todo ese esplendor, aquel cuerpo cárdeno335 y desgarrado, aquella cabeza destroncada y lívida; la cabellera de pelo natural, que flotaba desmelenada, los ojos de la Madre, vueltos al cielo; todo eso tan rico, tan lastimoso, tan insólito para mí, me hacía estremecer, enredándome en una agitación de cosas encontradas.
Tan mareado me sentí el jueves, que no quise ir a la consagración de óleos. A medio día salí con mamá y mis hermanos a visitar monumentos. El de la catedral es inmutable como la revelación, tal como lo hacía arreglar antaño el tío don Joaquín Emilio Milanés —quien lo hizo construir,c con su vajilla, sus arreos hípicos y varias talegas encima— se arregla ogaño y se arreglará siempre. Solo le adornan esas delicadas y sutiles almácigas de maíz, que hacen germinar en la oscuridad de algún rincón húmedo. c construír, a Bo badilla b pertenecía,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Unimea a los primos y, bajo la sombra de un mango, nos dimos el placer de ver aquel salir y entrar de tanta gente. Señorones muy tiesos y sublimes, de guácara,336 “punta de diamante”,337 cuello lacio hasta las orejas, chalecos florones, hiperbólicas cadenas, zapatos con hebillab y bastón con porra de oro; muy atarugados en los sombreros de copa y en los corbatines de pañuelo. Negros sin ruana, con la camisa suelta, toda rizada en escarolados y repulgos.338 Damas de amplias faldamentas (a la garganta del pie) de gro339 de Nápoles o de seda de aguas; tirada con desgaire340 la corta mantilla de casco y vuelo o de encajes y madroños; cimbrándose, delgadas y ligeras, en sus menudos zapatos de raso; agitando con la gracia de las calentanas, el pañuelo de encaje o el abanico de país. Ñapangas ajonjeadas,341 de trajes aéreos, ondulando sus formas como unas lagartas; cogidas con los brazos las puntas del pañolón, que cuelga atrás picudo, más abajo de la cintura, bien doblado a la diagonal. Emperatrices de Abisinia342 de faldas chillonas, amarradas con chumbes multicolores, cargadas de rosarios y de cobre, con el sombrerito de jipijapa, puesto de lado. Viejas, asándose entre las mantellinas de paño,343 ensombreradas, asimismo.c Probablemente que en la antigua capital de la provincia, había más esclavos que amos, porque toda el África tiene allí representantes. Todo ese ébano lleva los apellidos coruscantes344 de sus antiguos dueños.
Por la tarde me pasmaba y resarcía de miedos con el paso de la cena. Lo sacan, no diré en andas, sino en un aparato, largo como una sala. Verdad que el pobre traidor está muy horripilante, con tamaña verruga en la nariz, pero, con todo y eso, no alcanza a ennegrecer aquel conjunto. Jesús, de luenga y dorada cabellera, con deslumbrantes potencias, el rostro serenod y la mirada en su Padre, bendice el ácimo345 con la diestra y alza el cáliz con la siniestra. Está a la cabeza Juan, a su lado, cándido e infantil; los demás apóstoles, a los dos lados; el cordero, real y efectivo, guisado en carne y hueso, en bandeja de plata, orlada de la pascual lechuga. Racimos y mieses y todas las grosuras y la espuma de aquellos huertos bendecidos, colman la santa mesa. Mujeres del pueblo, engalanadas de blanco, con paños que flotan atrás y adelante, van incensando, a lado y lado. Los penitentes negros, que cargan el paso, se mueven lentamente; la calle de gente se ensancha; y el humo perfumado se difunde por la plaza. Yo estoy arrozudo y a punto de llorar.
Volví a casa tan encantado, que ya ni miedo sentía. “Allá verá mañana, Paquito, la procesión del Santo Entierroe —díjome Vira—. Creo que apenas en Roma la hacen tan preciosa”. Mi Tula, con toda su inquina contra Santa Cruz, apoyó a Ñora. Como era viejecita y enferma, le mandaron a la mañana siguiente de la carne del cordero. Ya que yo no podía comerla, la miré y remiré. Olía a iglesia. —¡Cómasela,f Vira, ya! —le dije, poseído de repentina fe—. ¡Verág cómo no le vuelve a dar la palpitación!
—No, mi hijito: no piense en eso —me contestó como triste—. Eso sería un milagro, que yo no he pedido y que no se necesita.
a Uníme b A, B: hevilla / C, D, E, F, G, H, I: hebilla c A, E, F, G: asímismo. / B, C, D, I: asimismo. / H: así mismo.
d sereno, e santo entierro f —Cómasela, g Verá
Entrañas de niño —¡Pero sí se alivia hartísimos días! ¡Allá verá! ¡Cómasela ya! —Al almuerzo, mi hijo.
—Usted no quiere comérsela delante de mí. ¡Eso es todo! —le dije caviloso—. ¡Pruebea no más!
Consintiób y corrí por el cubierto.
Partió un pedacito; pero vacilaba. Noté que las lágrimas se le salían y que trataba de contenerlas. Aparteme,c con disimulo, como mirando la Valvanera, que estaba al frente de la cama, sobre una mesa. Yo también quería llorar. Cuando volví la cara a la abuelita, ya se había comido el escrúpulo de carne. Estaba otra vez serena; pero me pareció con aire triste, muy triste.
Mandomed que le trajese la chuspa con platae y me dio dos pesos para que, con muchísima devoción, fuese a adorar la Santa Cruz, por ella y por mí. A ese tiempo salieron mamacita y Cecilia, muy galanas, con los trapos del reinof y tiramosg para la catedral. Aunque “la Condesa” estaba sumamente linda y yo más satisfecho de ella que siempre, no tuve gusto en la función. Me acordaba de Jesusito, de Mentor, de aquello de “a la mano de Dios” y de la trenza de la difunta desconocida. Acerquemeh al comulgatorio, donde estaban adorando los hombres. Reparé que, cuando más, echaban pesetas de cuatro reales. Después de larga espera, pude llegar —con los dos pesos bien empuñados— al cojín donde yacía el crucifijo. Al ir a arrodillarme, acometiomei de pronto una ola de vanidad, por toda la plata que iba a echar j y la intención de hacerla sonar harto. Besé la imagen y eché las monedas. No sé si sonarían; pero sentí al punto vergüenza y remordimiento. Parecíame que todos me notaban el alarde; que había cumplido el encargo de Vira como un negro caratejo; que había echado a perder las preparaciones para la comunión; y qué sé yo cuántas más cosas perversas y pecaminosas. Vi la cara tan fina de la abuelita, más triste, todavía, de como la dejara hacía poco. Acordemek de la horrible historia de la batata, y otra vez de Jesusito, y otra vez de la trenza y luego del padre Villalares y de todos los sucesos de El Morro. Una angustia invencible me dominó por completol y, allí mismo, en plena catedral, delante de aquel gentío, me suelto a llorar. Me tapo la cara y le pido a san Francisco, me seque esas lágrimas y me ataje los sollozos y “que crean todos que me estoy haciendo”. “¡Más bien eso, san Francisquito querido! ¡Más bien eso!”, le suplicaba. No recuerdo cómo ni cuándo me sacó de aquella tribulación el santo de mi nombre; pero sí que ese viernes estuve con “el ofusque”, que decían en casa, donde todos lo notaron. “Eso es la vigilia y el ayuno, que l’está siendo daño a esta criatura —declaró mi Tula—. ¡Consiá aquí! Nian comiendo cada rato soportan los cristianos. ¡Contrimásm asina!”. Todo, según Vira, se me pasaría con el Santo Entierro.
En Santa Cruz de Badillo es aquella ceremonia, desde tiempos inmemoriales, la grande y solemnísima ocasión en que la nobleza se exhibe en sus atributos esenciales de fe y religiosidad. Solo la aristocracia entra en ella; los demás son espectadores, más o menos fervientes.
a Pruebe b Consintió, c Apartéme, d Mandóme e plata, f reino, g tirámos h Acerquéme i acometióme j echar, k Acordéme l completo, m Contrimás
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Aquel año de gracia, como siempre, salió de la catedral, a las cinco en punto, silenciosa y expectante. Hilera de caballeros; hilera de señoras; todos con guantes y negras galas; alumbrando todos, en ricos y encintados portacirios de plata; todos paso a paso y con la cara al suelo. Adelante Juan y Magdalena; luego, a mucha distancia, el Santo Sepulcro;346 después, la Dolorosa;347 y, por último,a el Capítulo, seguido del clero y este de todo el seminario. Se mueve apenas por la ancha calle, que todo el público fiel abre a porfía; va tirada a cordel, equidistantes las luces y a un mismo nivel. En cada esquina, en cada intermedio, una posa. Es un zurcido magnífico de jazmines, un ampo de blancura, tendido por ahí: el corporal que le ofrece naturaleza al Dios Hostia. Refulgen las estrellas del manto de la Virgen, refulge el nimbo y el corazón traspasado; refulgen la cruz y los ciriales, los incensarios, todo... Comprendo que eso es bello, que eso es grande, pero, acaso por lo mismo, me avasalla y conturba. No puedo fijarme en el Capítulo; mas sin mirarlo, lo estoy viendo: veo aquellas colas largas, enormes, negras, profundamente negras. Por mi fantasía de niño pasa algo aterrador: es un pecado gravísimo, harto lo sientob y, sin definir ni entender lo que es sacrilegio, no sé qué voz me dice adentro que es ello bastante más que pecado: todo lo del obispo y los canónigos me va enloqueciendo, asombrándome talvez. La idea de que son un bando de aves fatídicas, acaso de aquellas que atravesaron el cielo, talvez de gallinazos, no se me aparta de la cabeza, y esta idea me revuelve y tortura la conciencia. ¿Cómo comulgar? Por más que rezo dentro del corazón no me alivio. Andaba con amigos; pero me escurro con maña hasta una esquina donde veo a mi Tula. La procesión va a hacer la posa. Yo me agacho, para no mirar. “¡Valiente señorío pa más lindo! —murmura la negra a media voz—. ¡Vean la Condesa!...c Siempre les echó ñatas348 a toítas las diaquí!”.d ¡Ni por esas! Ya sabía yo que mamacita se veía más linda en Santa Cruz que en El Silencio; ya sabía que era de las más galanas... Siempre tenía que confesarme esa misma noche; pero ¿cómo? Apenas hacía un día que lo había hecho, y en unas horas... ¡aquel pecado!... Llegados a casa, ponderé mucho la procesión. No me atreví a expresarle a Vira mi deseo; sino que llamé a mamacita a consultae y, todo lacrimoso, le expuse mi necesidad. Consolomef mucho y determinó que, a propia hora, suspendiese la abstinencia. Como me denegase, ordenómelo, bajo santo precepto de obediencia. Asesoró mi Tula, al punto, dándome de la gallina que habían matado para la abuelita, pues otras carnes en tal semana, nunca se han visto en tierra santacruzana. Aunque el sermón de la soledad iba a predicarlo el doctor Rada Nates, no quise ir; me quedé con Vira, mamacita y Asunción. Como no fueron visitas, tuvimos, por fin, un rato de íntimo esparcimiento. Mamá encantada por lo bien que se encontraba Vira, felicitábala, felicitándose ella misma, por haber ido el día precedente a comulgar a la Asunción. Lamentó luego la ausencia de papacito y de las tres niñas, exponiendo la necesidad de irse al día siguiente, aunque perdiese mi comunión y el gran baile pascual. La abuelita pareció acobardarse con la a último b siento, c condesa!.... d diaquí!" e consulta, f Consolóme
Entrañas de niño determinación; pero la hija le prometió estar de vuelta el martes próximo, con Elvira 2.a y todo.
A poco nos pusimos a rezar la novena, en ese cuarto tan blanco y espacioso de Vira, que seguía del salón. Aquella paz y tranquilidad asemejábase a la de El Silencio. Eran las sietef y ni un rumor se oía por la desierta calle: la gente toda estaba en la catedral. Asunción arrodillada ante la Princesa, leía a la pálida llama de la lámpara, las preces a la Madre de los Dolores, en aquel último súpera humano que resumía todos los otros. Su voz, clara, serosa, impregnada en tal momento, de unción, se iba ligando en inflexiones dulces y expresivas. Su cara humilde, correcta y aquel su porte grave y austero, dábanle no sé qué aire, muy marcado de abadesa. La abuelita, sentada en su silla, inmóvil, los ojos entornados, parecía abismarse en su oración. Yo, sentado, junto a mamá, en el primer peldaño de la escala para subir a la ventana, divagaba mirando los rosetones de las vigas, pensando en muchas cosas tristes y enredadas de la Semana Santa de la casa y de la ciudad. Un viento suave traía hasta la alcoba fragancias de azahares y de norvio. b349 —Aquí se hace la petición —dijo la lectora, como subrayando el paréntesis. Seguí mirando hacia arriba; pero sentí el silencio; un silencio muy raro, muy hermoso, que se veía.
—¡Mamita! ¡Mamita! —exclama la mía, disparándose de la grada. Quiero seguirla y allí me quedo clavado. Por mí pasa como una ráfaga. No sé qué. Talvez nada.
Solo entiendo que mamá y Asunción se pegan de la abuela. Me parece oír un sacudimiento, roce de faldas, el batir de un cuerpo, aspiraciones, un ronquido. Veo que la alzan a la cama y que mamá arranca un crucifijo de una columna. —¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! —oigo que grita ella.
—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! —oigo que grita mi hermana.
—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! —oigo que grito yo.
Y sigo oyendo aquel ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! como el clamor de tres almas. No sé si ha trascurrido el tiempo. Mamá, medio arrodillada en la silla, tiene las manos sobre la cara de su madre. Asunción le ciñe por el mentón y la cabeza, un pañuelo blanco.
—Requiem æternam dona eis Domine c350 —reza mamá, quitando las manos. —Et lux perpetua luceat eis d351 —contestamose los dos hijos. Y el “Señor Dios que nos dejaste...” se oye claro, coreado, en aquella calma monástica. Mamá se incorpora y dice:
—¡Bendito seas, mi Jesús, que te la llevaste contigo...! ¡Benditof seas! Da un grito, se postra ante el lecho, cruza las manos en el borde y hunde la cabeza. Asunción, rígida, muda, está arrodillada. Parece una estatua. No sé si rezo; pero vuelvo a oír el silencio.
f siete, a super b A, B, C, D: norbio. / E, F, G, H, I: norvio.
c —Réquiem æternam dona eis Dómine d —Et lux perpétua lúceat eis e contestámos f Bendito
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla *** Soy como otro Paquito. No grito, no lloro, no digo nada, ni me oigo. No sé si estoy triste o alegre y todo lo sé y lo entiendo: Vira es ánima y la van a enterrar y se va a volver calavera. Ya lo sabía desde esa mañana. La veo muerta y la veo viva: son dos Viras. La veo con la señal del golpe que le di; la veo triste, porque no cumplí su encargo, al adorar la Santa Cruz. Tengo por dentro algo que no es mío, que es ajeno. Y un pesar, que no es tristeza porque la abuelita está muerta, sino porque soy malo con ella. Quiero llorar harto, gritar como Lucía; quiero que me den males como a mi Tula. ¡Pero no puedo! Todo lo mío es como de mentiras. Siento que soy bobo y asombrado y que soy un Paquito de mentiras, también. No me da miedo, ni susto y todo lo que dicen me parecen bobadas. Hay mucha gente en casa; es como un mercadoa y me aburren. Me preguntan, me hablan, me dicen cosasb y me choca. Quieren que coma sin tener hambre. Tampoco tengo rabia. Me dan ganas de que nos muriéramos todos, de que vinieran las aves y se acabara el mundo. Ya no deseo comulgar, ni me gusta el doctor Rada Nates, ni quiero ser magistrado ni casarme con ninguna princesa. Me gusta más vivir de bobito y comer carne cruda y hacer hartos viejos. Mamá me dice tantas cosas y me llama cada rato; pero ya no me parecen lindas. Me pregunta qué tengo, le digo que nadac y no me cree. Me vuelve a preguntar, le vuelvo a decir... y tampoco.
La sala arde llena de plata y de trapos negros y ramas y santos. ¡Lo mismo que la procesión! Las dos escalas de las ventanas son como el monumento. La abuelita con la cara blanca y linda, como una imagen, está en el medio, en su ataúd, con el hábito que le mandó la monjita. Está amaneciendo y los pájaros cantan muchas bobadas. De las siete en adelante van llegando los otros de casa, unos tras otros. A las diez ya han llegado todos, hasta las niñas. Todos no: falta Mentor. Se perdió desde el jueves, por la noched y no ha aparecido... ni parece. ¡Yo sé que no parece! ¿Para qué se afanan? Ahogado en El Badillo, por buscarme; robado de algún transeúnte; envenenado; vuelto humo en el aire... yo sé que no lo vuelvo a ver. Al irse Vira, él se fue también. Ya no la tengo a ella, ni a esa alma encantada en Mentor. ¿Y qué le hace? Me dan ganas de cantar el Prefacio de Francisco Verae y de echar hartas décimas y relates. De pronto oigo un estruendo. Las campanas todas de Santa Cruz, lanzadas a vuelo, cantan el gloria. Mamá llama. Todos nos postramos en torno de la abuela. Mamá reza. Todos rezamos. Me aturdo y una ola de sollozos canta el gloria dentro de mi pecho, y también me lanzo a vuelo.
Veinticuatro horas después, cuando Dios se ingiere en mis entrañas, siento otra ráfaga. Veo a la abuelita, sin la señal del golpe, trasfigurada, gloriosa como está en el cielo. Al través de mi llanto miro la Virgen de Pascua, allá junto al altar, en su baldaquino de plata, y aquel rostro que veo con el alma, se confunde y empalma con el de la Virgen, Madre de todos.f a mercado, b cosas, c nada, d noche, e el prefacio de Francisco Vera f A, E, F, G, H, I: [omisión] / B, C, D: (*) [Estos testimonios añaden una nota autoral que dice lo siguiente: Santa Cruz de Vadillo es la ciudad de Antioquia en el departamento del mismo, en Colombia. El Vadillo es el Cauca, y el Pataló es el Jonuzco.— N. del A.].
Entrañas de niño
1
Entrañas de niño: novela publicada en siete entregas de la revista Alpha (1906-1912, 1915) de Medellín en el transcurso de 1906. El primer capítulo fue publicado en junio (N°. 4), el segundo en julio (N°. 5 y 6), el tercero en agosto (N°. 7), el cuarto en septiembre (N°. 8 y 9), los capítulos cinco, seis y siete en octubre (N°. 10), el capítulo ocho en noviembre (N°. 11) y los capítulos nueve y diez en diciembre (N°. 12) (N. del E.).
2
María Jesús Álvarez de Villegas: amiga de Carrasquilla quien, con Susana Olózaga de Cabo, realiza diversas tertulias literarias en Medellín a inicios del siglo xx. Suegra del músico y compositor Gonzalo Vidal (N. del E.).
3
dehesas: tierra generalmente acotada y arbolada, por lo común destinada a pastos (dle, 2018).
4
tierras de pan llevar: tierra destinada a la siembra de cereales o adecuada para este cultivo (dle, 2018).
5
Encartaciones: “Encartaciones Del Señorío De Vizcaya, en España: es una parte del dicho señorío, que está en las inmediaciones de las montañas de Castilla la Vieja, que se componen de 9 valles, en ellos muchas casas solariegas esparcidas, que se reúnen en 15 concejos, y una aldea que se llama Avellaneda” (Vegas, 1814, p. 322).
6
merindad: distrito con una ciudad o villa importante que defendía y dirigía los intereses de los pueblos y caseríos sitios en su demarcación (dle, 2018).
7
patria vasca: refiere a Euskal Herria o País Vasco que comprende los territorios de Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, Navalla, Baja Navarra, Labort y Sola (N. del E.). Al respecto, Wilhelm von Humboldt asevera en uno de sus diarios: “Oculto entre montañas habita las dos laderas de los Pirineos occidentales un pueblo, que ha conservado por una serie de largos siglos su primitiva lengua y, en gran parte también, su antiguo régimen y costumbres” (Humboldt, 1924, pp. 376-377).
8
tulipanes: planta herbácea de la familia de las liliáceas, vivaz, con raíz bulbosa y tallo liso de 40 a 60 cm de altura, hojas grandes, radicales, enteras y lanceoladas, flor única en lo alto del escapo, grande, globosa, de seis pétalos de hermosos colores e inodora, y fruto capsular con muchas semillas (dle, 2018).
9
modillones: miembro voladizo sobre el que se asienta una cornisa o alero, o los extremos de un dintel (dle, 2018).
10 fallebas: varilla de hierro acodillada en sus extremos, sujeta en va-
rios anillos y que sirve para asegurar puertas o ventanas (dle, 2018). 11 conveja: adjetivo antiguo de “convexa” (delc, 1895).
12 pátina: tono sentado y suave que da el tiempo a las pinturas al
óleo y a otros objetos antiguos (dle, 2018).
13 guadamaciles: cuero adobado y adornado con dibujos de pintura
o relieve (dle, 2018).
14 cujas: cama de distintos tipos y materiales (dle, 2018). 15 taita: voz infantil con que se designa al padre (dle, 2018). 16 cumbamba: mandíbula inferior de las personas (da, 2010).
17 coleta: Mechón de cabello entretejido o suelto, sujeto con un
lazo o goma, que se hace en la cabeza (dle, 2018).
18 Princesa de Valvanera: advocación a la Virgen que tiene su origen en
la Rioja. “No acaban de ponerse los entendidos de acuerdo sobre la época de su origen, pues mientras unos la sitúan en los siglos xii o xiii, otros la retrotraen a los siglos ix o x por las claras influencias bizantinas que, aseguran descubren en ella” (Pardo, 2003, p. 133). 19 zarcillos: pendiente, arete (dle, 2018).
20 mitones: especie de guante de punto, que solo cubre desde la
muñeca inclusive hasta la mitad del pulgar y el nacimiento de los demás dedos (dle, 2018).
21 crenchas: raya que divide el cabello en dos partes (dle, 2018).
22 fidalgo: hidalgo. Persona que por linaje pertenecía al estamento
inferior de la nobleza (dle, 2018).
23 guedeja: cabellera larga (dle, 2018).
24 atalaje: ajuar o equipo (dle, 2018).
25 Espronceda: (Almendralejo, España, 1808 - Madrid, 1842). Poeta
español. Hijo de una familia hidalga de fuerte raigambre militar, estudió con Alberto Lista, de quien se convirtió en aventajado discípulo. Desde muy joven se sintió atraído por la literatura y por la actividad política, aficiones ambas que definirían su carrera futura (Ruiza, 2019).
26 Nariños y Mirandas: Antonio Nariño. Dirigente de la indepen-
dencia de Colombia (Bogotá, 1765 - Leiva, 1823). Este criollo de familia acomodada estudió filosofía y derecho y obtuvo varios cargos de la que entonces se llamaba Santa Fe de Bogotá, capital del virreinato español de Nueva Granada. Reunió a su alrededor a un círculo de adictos al pensamiento ilustrado y liberal que procedía de Europa y Norteamérica (Ruiza, 2019). Francisco de Miranda. (Caracas, 1750 - San Fernando, Cádiz, 1816). Precursor del movimiento de emancipación de Hispanoamérica [...]. Miranda pretendía formar un único Estado hispanoamericano independiente desde el Mississippi hasta la Tierra del Fuego, para el cual había proyectado una constitución, ideado un nombre (Colombia) e incluso diseñado una bandera (la actual de Colombia, Venezuela y Ecuador) (Ruiza, 2019).
27 Derechos del hombre: mención abreviada a la Declaración de los de-
rechos del hombre y del ciudadano, documento fundamental de la Revolución Francesa. Esta fue traducida y publicada en Bogotá por Antonio Nariño en 1793 (N. del E.).
28 chamuscada: quemada superficial (dle, 2018).
29 badajos: pieza metálica, generalmente en forma de pera, que
pende en el interior de las campanas, y con la cual se las golpea para hacerlas sonar (dle, 2018).
30 almireces: mortero de metal, pequeño y portátil, que sirve para
machacar o moler en él (dle, 2018).
31 gusarapos: animal de pequeño tamaño, con forma de gusano, que
se cría en un líquido (dle, 2018).
32 san Jerónimo: doctor de la Iglesia. “Jerónimo, que escribía con
gran elegancia el latín, tradujo a este idioma toda la S. Biblia, y esa traducción llamada ‘Vulgata’ (o traducción hecha para el pueblo o vulgo) fue la Biblia oficial para la Iglesia Católica durante 15 siglos” (ewtn, 2018).
33 el Ánima Sola: es un mito muy generalizado en el occidente co-
lombiano, generalmente en las regiones en donde existe una gran devoción por las ánimas del purgatorio [...]. Algunas personas creen en el Ánima Sola, que es un alma en pena en el purgatorio, que estará allí hacia el juicio final. Los campesinos creen que ayuda a buscar los tesoros ocultos y los objetos perdidos, asimismo, a salir de los trances difíciles (Ocampo López, 2001, pp. 47-48). 34 broqueles: escudo pequeño de madera o corcho (dle, 2018). 35 machones: madero de escuadría de cinco metros de largo (dle, 2018). 36 azotaina: zurra de azotes (dle, 2018).
37 balumba: bulto que hacen muchas cosas juntas (dle, 2018). 38 ni jota: locución adverbial: muy poco o nada (dle, 2018).
39 Excelencias del Carmen: se refiere a la oración Devoción a las Siete
Excelencias. “Los cofrades del Santo Escapulario de la Virgen del Carmen rezan cada día siete padrenuestros y avemarías en honor de las siete excelencias que tuvo la santísima Virgen. Por estas siete excelencias se ha de pedir a la santísima Virgen santidad en el alma y pureza en el cuerpo, observancia de la Ley santa de Dios, buena muerte y verse libre del purgatorio para gozar de la vida eterna” (Devocionario Católico, 2018).
40 la Pasión: Hace referencia al “Cántico a la Pasión de Jesús” inclui-
do en el devocionario de Juan Gabriel de Contreras (1720-1797) llamado Despertador eucarístico y dulce convite para que las almas enardecidas en el dulce amor de Jesús Sacramentado frecuenten la eucarística mesa, y asistan con fruto al santo sacrificio de la misa (1851). It is sometimes titled “La pasión” perhaps because in its mere 170 lines (not counting repetitions of the two-line chorus) it covers Christ’s suffering and death so thoroughly and profoundly: the five Sorrowful Mysteries, eleven of the stations of the Way of the Cross, and all five of Christ’s major wounds (Steele, 2005, p. 123).
41 Ejercicio de las ánimas: conjunto de oraciones, rosarios y novenas
que se practicaban en el mes de noviembre para la salvación de las ánimas del Purgatorio (N. del E.).
Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
42 oficio parvo: oficio que la Iglesia ha establecido en honra y ala-
banza de Nuestra Señora, semejante al cotidiano de los eclesiásticos (dle, 2018).
43 trecenarios: oración que se realiza trece viernes antes de las fies-
tas a san Francisco de Paula, realizadas en mayo de cada año. La práctica del trecenario fue instituida por este santo en el año de 1490, consistía en el rezo de un padre nuestro y una meditación en la pasión y muerte de Jesucristo durante trece viernes consecutivos (N. del E.).
44 trisagio: himno en honor de la Santísima Trinidad, en el cual se
repite tres veces la palabra santo (dle, 2018).
45 mundo decadente: Hace referencia a san Francisco de Paula (1416-
1507). Nació en un pueblecito llamado Paula, en Italia, en 1416 [...]. Se retiró a la montaña, y ahí permaneció durante cinco años, rezando, meditando y alimentándose solamente de agua y de yerbas silvestres y durmiendo sobre el duro suelo, teniendo por almohada una piedra [...]. Murió el Santo, 2 de abril de 1507 [...]. Doce años después de su muerte, fue proclamado santo por el Sumo Pontífice León x, en 1519 (ewtn, 2018).
46 santa Brígida: Santa Brígida de Suecia (1303-1373). Nace en Upp-
sala y muere en Roma [...] decide fundar la Orden de San Salvador, con unas normas y organizaciones específicas [...]. La Orden, de monasterios dobles, de hombres y mujeres [...] dedicados a rogar por los pecados de los hombres y a contemplar la pasión de Cristo, se extiende a otras ciudades [...]. Bonifacio IX la canoniza en 1391 y Martín V la confirma santa en 1419 (Armenta, Barrios & Del Castillo, 1994, pp. 313-314).
47 tina de sangre: referencia de fray Pedro Santa María y Ulloa
(1642-1690) en su célebre obra Arco iris de paz... (1776) publicada inicialmente en 1692. El pasaje citado se encuentra, a su misma vez, en el devocionario Despertador eucarístico... (1851) de Juan Gabriel de Contreras (1720-1797). Arco iris de paz, además de ser un escrito panegírico de la figura de la Virgen María, también es un manual de conducta dirigido a la sociedad coetánea del autor; pues en la obra se recuerda y alaba constantemente las actitudes y buenas obras que realizan diversos personajes religiosos en contraposición con las feroces críticas que realiza el dominico sobre los defectos y vicios de los cristianos de su época (Vázquez-Miraz, 2017, p. 153).
48 padre Astete: Gaspar de Astete, sacerdote jesuita, autor de Cate-
cismo de la doctrina cristiana (N. del E.).
49 guapos: animoso, bizarro y resuelto, que desprecia los peligros y
los acomete (dle, 2018).
50 titiritera: cosificación de persona necia o ridícula (Fontanillo
Merino, 1980, p. 684).
51 Año Cristiano: se refiere a la serie de libros de Jean Croisset titu-
lada Año cristiano o ejercicios devotos para todos los días del año. Esta constó de indicaciones, oraciones, jaculatorias y martirologios por día conforme a cada mes. Esta obra tuvo una gran cantidad de reimpresiones y ampliaciones a lo largo de su historia editorial. Llegó a ser impresa en dieciocho tomos (N. del E.). 52 Herodes: rey de los judíos (Ascalon h. 73 - Jerusalén, 4 a. C.). Hijo de un idumeo y de una nabatea [...]. Su ilegitimidad dinástica y su indiferencia religiosa le hicieron impopular entre los judíos, especialmente frente al partido religioso ortodoxo de los fariseos. [...] en ese contexto de obsesión por consolidar su posición en el Trono frente a posibles pretendientes, se enmarca la «degollación de los inocentes» que narra el Evangelio según san Mateo, episodio literario consistente en una matanza de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén (Pro Ruiz, 1999, pp. 297-298).
53 y sus contornos: referencia a la consideración 159 de fray Pedro
Santa María y Ulloa (1642-1690) en Arco iris de paz... (Santa María y Ulloa, 1776, p. 233).
54 arrestado: audaz, arrojado (N. del E.).
55 barrabasadas: desaguisado, disparate, acción que produce gran
daño o perjuicio (N. del E.).
56 alpargatas: calzado de lona con suela de esparto o cáñamo, que se
asegura por simple ajuste o con cintas (dle, 2018).
57 ruana: prenda de abrigo de lana o hilo, que consiste en una man-
ta, cuadrada o rectangular, que tiene en el centro una abertura para pasar la cabeza, y cuelga de los hombros generalmente hasta más abajo de la cintura (da, 2010).
58 jipijapa: sombrero de ala ancha tejido con paja muy fina, que
se fabrica en Jipijapa y en otras varias poblaciones (dle, 2018).
59 jayanones: de jayán. Persona de gran estatura, robusta y de mu-
chas fuerzas (dle, 2018).
60 aguadeño: sombrero de paja confeccionado en Aguadas, ciudad de
Caldas. El vocablo no hace distinción en el origen, y aguadeño se le dice a los zuazas, confeccionados en Zuaza, Huila, y a los panameños, confeccionados en Colombia (Jaramillo Arango, 1998, p. 31). 61 trapajos: despectivo. Trapo (ddea, 1999).
62 árguenas: alforjas (dle, 2018).
63 caratosa: que padece carate, o alguna enfermedad cutánea seme-
jante (dle, 2018).
64 carriel: bolsa de cuero con tapa de piel y varios compartimen-
tos en forma de fuelle para guardar dinero que se coloca en la cintura (da, 2010).
65 cuco: pulido, mono (dle, 2018).
66 repulgado: bien bordeado (da, 2010).
67 bridón: caballo brioso y arrogante (dle, 2018). 68 amazona: mujer que monta a caballo (dle, 2018).
69 corrosca: sombrero de paja gruesa y de alas anchas que usan los
campesinos para protegerse del sol (da, 2014).
70 casarme con princesa: este pasaje representa las tensiones del orden
social colombiano en su estadio republicano. Al respecto Barragán Díaz asevera: desde la Colonia se instaura un orden racial, que en la República se transforma en un orden social clasificando a los grupos de acuerdo a: “origen racial”, tiempo de residencia, cumplimiento de cánones de vida cristiana, actividades económicas, participación en el gobierno, pero sobre todo, a su status y valor social. Esta clasificación instauró a las elites descendientes de conquistadores como el grupo legítimo de la nueva realidad republicana; los otros grupos indígenas, negros y mestizos, fueron utilizados en los discursos oficiales para encarnar la imagen de la República que se construía, pero en la práctica social fueron excluidos de la mayoría de los procesos, recursos y lugares importantes (2007, p. 236).
71 mojicones: golpe que se da en la cara con la mano (dle, 2018).
72 zurriago: látigo con que se castiga o zurra, el cual por lo común
suele ser de cuero, cordel o cosa semejante (dle, 2018).
73 horquetas: parte del árbol donde se juntan el tronco y una rama
medianamente gruesa formando un ángulo (N. del E.).
74 Yo acuso: hace referencia al artículo publicado por Émile Zola
(1840-1902) el 13 de enero de 1898. Zola afirmó la inocencia del condenado [Dreyfus] y denunció las intrigas de los acusadores, actitud que condujo a la revisión del proceso (bldc, 2004, p. 368).
75 sursum corda: prefacio solemne de la eucaristía cristiana que tra-
duce “levantemos el corazón” (dle, 2018).
76 jamelgo: caballo flaco y desgarbado, por hambriento (dle, 2018).
77 Pilatos: desde el año 6 de la era cristiana la Judea, junto con la Sa-
maria, era administrada por un procurador en nombre del emperador romano y sujeto á [sic] la autoridad del legado de Siria. El quinto de estos procuradores fué [sic] Poncio, por sobrenombre Pilato (de Pilum, venablo), el cual gobernó la Judea desde el año 26 al 36. Hombre más débil y violento, que malvado, se dejó, con todo, arrastrar á [sic] los mayores excesos y crímenes (euiea, 1922, p. 258). 78 rey de Terranova: Variación de perro de Terranova [...] perro de aguas, de gran tamaño, pelo largo, sedoso y ondulado, de color blanco con grandes manchas negras, y cola algo encorvada hacia arriba. Tiene los pies palmeados a propósito para nadar, y es muy inteligente (dle, 2018).
79 guaicos: del quich. Waiq’o. Bol. Muladar, basurero. / 2. (Del
quich. huayku: gargante entre dos cerros; cualquier canal). Argent., Colomb., Chile y Ecuad. Hondonada. / 3. Colomb. Hoyo, agujero. / 4. Lugar recóndito y despoblado (ahac, 1986) Notas explicativas
Entrañas de niño
80 La bella y la fiera: se refiere a la versión de Jeanne-Marie Leprince
de Beaumont (1711-1780) del cuento, ahora conocido como “La bella y la bestia” publicado en la célebre colección Almacén de los niños (1776) en su primer tomo (N. del E.).
81 botados: el que es abandonado por quienes le acompañaban. Se
emplea para referirse a quien es abandonado por sus padres o familia (ahac, 1986).
82 resistero: tiempo después del mediodía en que aprieta más el
calor” (dle, 2018).
83 totumos: güira. Árbol tropical de la familia de las bignoniáceas, de cuatro a cinco metros de altura, con tronco torcido y copa clara. Tiene hojas sentadas, opuestas, grandes y acorazonadas, flores axilares, blanquecinas, de mal olor, fruto globoso o alargado o de diversos tamaños según las subespecies, de corteza dura y blanquecina, llena de pulpa blanca con semillas negras, del cual, serrado en dos partes iguales, hacen los campesinos de América tazas, platos, jofainas, etc. (dle, 2018).
84 pegada de la túnica interior: fragmento de dos versos del “Cánti-
co...” que describen la expoliación de Jesús en el monte Calvario antes de ser crucificado (de Contreras, 1851, p. 98).
85 Darle a uno tanto cuero: arrimar el cuero; dar o echar cuero es
azotar (ahac, 1986).
86 telaraña: el uso de telarañas con fines medicinales desde la creencia
popular es extendido desde antes del siglo xix. Al respecto el médico Buchan asevera en su Medicina doméstica (1785): Muchas porquerías se celebran para curar las Fiebres intermitentes como telarañas, pabesas de bela, [sic] &c. y aunque algunas veces lo consiguen, su calidad sucia es suficiente para despreciarlas, particularmente quando [sic] se puede lograr con medicinas limpias mucho mejor (1785, p. 177).
87 coca: golpe que, cerrando el puño, se da con los nudillos en la
cabeza de alguien (dle, 2018).
88 turegas: mazorcas de maíz atadas por el capacho o enristradas y
“montadas a la jineta” sobre una viga o algo semejante (ahac, 1986).
89 charamusquinas: de charamusca. Partícula con fuego o ya reduci-
da a ceniza que salta de un cuerpo en llamas (dle, 2018).
90 raigones: esparto. Planta de la familia de las gramíneas, con las
cañas de unos 70 cm de altura, hojas radicales de unos 60 cm de longitud, tan arrolladas sobre sí y a lo largo que aparecen como filiformes, duras y tenacísimas, que tiene flores en panoja espigada de 30 cm de largo, y semillas menudas (dle, 2018). 91 guiñapos: andrajo (|| pedazo o jirón de tela) (dle, 2018). 92 conatos: propensión, tendencia, propósito (dle, 2018).
93 san Francisquito: (Giovanni di Pietro Bernardone; Asís, actual
Italia, 1182 - id., 1226). Religioso y místico italiano, fundador de la orden franciscana. Casi sin proponérselo lideró san Francisco un movimiento de renovación cristiana que, centrado en el amor a Dios, la pobreza y la alegre fraternidad, tuvo un inmenso eco entre las clases populares e hizo de él una veneradísima personalidad en la Edad Media (Ruiza, 2019).
94 esfinges: este monstruo fabuloso era originario de Egipto, donde se
le representaba con cuerpo de león y cabeza humana. El motivo se extendió por Asia (Asiria), donde se le añadieron alas, y llegó a Grecia mediado ya el segundo milenio antes de nuestra era [...]. En sentido figurado, se dice que una persona es o parece una esfinge cuando adopta una actitud reservada o enigmática (Martin, 2005, p. 168).
95 penates: dioses domésticos a los que rendían culto los antiguos
romanos (dle, 2018).
96 ribazo: porción de tierra con elevación y declive (dle, 2018).
97 la Magistrada: sentido figurado para referirse a la Virgen. No debe
confundirse con el apodo al personaje de la novela (N. del E.). 98 entierro: tesoro enterrado (dle, 2018).
99 trabucado: de trabucar. Trastornar, descomponer el buen orden
o colocación que tiene algo, volviendo lo de arriba abajo o lo de un lado a otro (dle, 2018).
100 Tres padrenuestros del camarero: intertexto de Carrasquilla con Hace
tiempos, en esta obra da la explicación de este rezo en particular. “Pues esos de la Encarnación, del Sudor del Huerto y de los tormentos que sufrió Cristo en la Cruz. Ese rezo dizque lo sacó un criado de San Gregorio y por eso lo llaman del camarero” (Carrasquilla, 1952, p. 914).
101 jaculatoria: oración breve y fervorosa (dle, 2018).
102 El Badillo: Los testimonios C, D y E añaden una presunta nota
autoral que reza así: Santa Cruz de Vadillo es la ciudad de Antioquia en el departamento del mismo, en Colombia. El Vadillo es el Cauca, y el Pataló es el Jonuzco (N. del E.). 103 badeos: de badea. Enredadera de la familia de las pasifloráceas, de tallo cuadrangular, hojas grandes ovales, flores de color rojo lila y fruto verde crema, con numerosas semillas rodeadas de una pulpa comestible (dle, 2018).
104 coger el tole: locución verbal coloquial. Variación de “tomar al-
guien el tole”. Partir aceleradamente (dle, 2018). 105 pandequeso: bollo de harina de maíz con queso, sal, mantequilla, fabricado en forma de rosca (ahac, 1986).
106 repantigado: de repantigarse. Arrellanarse en el asiento y exten-
derse para mayor comodidad (dle, 2018).
107 entripado: en cacería el término se aplica cuando se demora
demasiado en la arreglada del animal cazado [...]. Lo mismo en pesquería (Jaramillo Arango, 1998, p. 204).
108 contumelia: oprobio, injuria u ofensa dicha a alguien en su cara
(dle, 2018).
109 el ofusque: ofuscamiento, turbación (ahac, 1986).
110 jalaron con él: significa así mismo alzar, en el sentido de quitar o
llevarse alguna cosa, sin el consentimiento de su dueño (ahac, 1986).
111 anacoreta: persona que vive en lugar solitario, entregada entera-
mente a la contemplación y a la penitencia (dle, 2018).
112 algarrobo: nombre de varios árboles o plantas, como el curbaril
o el cenízaro (dle, 2018).
113 cilicio: faja de cerdas o de cadenillas de hierro con puntas, ceñida
al cuerpo junto a la carne, que para mortificación usan algunas personas (dle, 2018).
114 troje: espacio limitado por tabiques, para guardar frutos y espe-
cialmente cereales (dle, 2018).
115 Montecristo: isla del arch. toscano (Italia), en el mar Tirreno, entre Cór-
cega y la Toscana, á [sic] 45 km. de la isla de Elba. Es una roca grántica de 8 kms. de circuito y de forma cónica que se eleva á [sic] la altura de
638 m. s. n. m. (euiea, 1918, p. 532). Esta definición se refiere a los tesoros
del cardenal Pilat Spada en la novela El conde de Montecristo (N. del E.).
116 arrozudo: referido a persona, que tiene la piel erizada por el frío, el
miedo u otras sensaciones o emociones (da, 2010). 117 maluco: desagradable a la vista o al gusto estético (da, 2010). 118 paña: recoger, tomar, coger (ahac, 1986).
119 chancera: que acostumbra a bromear (dle, 2018). 120 embromar: perjudicar, ocasionar un daño moral o material (dle, 2018).
121 ponerle cartilla: variación de la locución verbal coloquial “can-
tarle, o leerle, a alguien la cartilla”, “dogmatizar”. Pretender saber siempre más que los demás (lpt, 1983, p. 86).
122 churumbelas: enredo (lpt, 1983, p. 122).
123 repechada: referido a una persona, que saca el pecho (da, 2010).
124 perniquebrado: de perniquebrar. Romper, quebrar una pierna o
las dos (dle, 2018).
125 papeladas: acción propia de gente pataratera, que hace grandes
aspavientos, y aparente gran solicitud ó [sic] posar, para llamar la atención ó para engañar á [sic] los demás (delc, 1895).
126 murria: especie de tristeza y cargazón de cabeza que hace andar
cabizbajo y melancólico a quien la padece (dle, 2018). 127 emperro: echar a llorar (lpt, 1983, p. 137). 128 jorobar: fastidiar, molestar (dle, 2018).
129 pelado: masculinización de pez muy común en la Costa Pacífica, donde es de gran importancia económica. Alcanza hasta 50 cm y vive en grandes bancos (Haensch & Werner, 1993, p. 313).
130 zurrapa: resto de comida que queda adherido al fondo de las
ollas (da, 2010).
131 ujier: portero que servía en un palacio, especialmente en la en-
trada de las habitaciones del rey (dle, 2018).
Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
132 mi hijito: se usa para dirigirse de manera informal a una persona
de igual o menor jerarquía o a alguien con quien se tiene cierta familiaridad (da, 2010).
133 el que no te conozca que te compre: variación del refrán popular
“quien no te conozca, que te compre” de tradición oral y escrita. El primero en emplearlo en la fuente escrita fue Juan Varela con un cuento homónimo. Por otra parte, Benito Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas también emplea este refrán (cvc, 2019).
134 avistrujo: de avestrujo. Avechucho. Persona de dudosa condición
(lpt, 1983, p. 51).
135 jarrete: talón (Jaramillo Arango, 1998, p. 250).
136 Ju: interjección usada para expresar la risa, la burla o la incre-
dulidad (dle, 2018).
137 zalamero: que hace zalamerías [...]. Demostración de cariño afec-
tada y empalagosa (dle, 2018).
138 clavellinos: flamboyán. Árbol caducifolio de hasta 12 cm de altura, de hojas bipinadas, follaje denso y muy extendido, flores grandes con cuatro pétalos rojos y un quinto más largo y manchado de amarillo y blanco; las vainas maduras son leñosas, de color castaño oscuro, y las semillas pequeñas; es ornamental (da, 2010).
139 Bendita sea tu pureza: oración que invoca la pureza de la Virgen
María (N. del E.).
140 Con Dios me acuesto: oración popular que se suele rezar en horas
de la noche, antes de acostarse (N. del E.).
141 desbancar: usurpar, sustituir a alguien en una posición y ocu-
parla (N. del E.).
142 ajonjeo: arrullo. Chanza con que se matiza una conversación [...]. Aspaviento (lpt, 1983, p. 33).
143 colgandejiar: colgar, suspender (ahac, 1986). 144 rumbar: echar, tirar, arrojar (dle, 2018).
145 Esquilonazos: nombre denominal. Sonido que hacen los esquilo-
nes al ser golpeados (N. del E.).
146 soleronas: nombre denominal proveniente de “solera” que signi-
fica “Suelo o base” (ddea, 1999).
147 artistas quiteños: respecto a la escultura quiteña de cuño colo-
nial en la Escuala Quiteña, Gallegos de Donoso asevera que “en el caso de la Virgen María, es receptáculo físico de la divinidad. A él se dedican los mejores artífices, los más ricos materiales, el oro de la tierra” (Gallegos de Donoso, 1994, p. 2).
148 biblioteca-troje: composición que hace alusión a la delimitación
por tabiques de la biblioteca (N. del E.).
149 Abre, Señor, mi boca: expresión con la que después de persignar-
se comienza el rosario (N. del E.).
150 rejalgar: mineral de color rojo, lustre resinoso y fractura concoi-
dea, que se raya con la uña, y es una combinación muy venenosa de arsénico y azufre (dle, 2018).
151 embolate: acción y efecto de embolatar o embolatarse [...]. Enre-
dar, enmarañar, embrollar (dle, 2018).
152 corronchosos: escamoso, áspero, duro (dle, 2018).
153 oración universal: parte de la Liturgia de la Palabra en la euca-
ristía. En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo (Conferencia Episcopal de Colombia, 2007).
154 Virgen purísima y castísima: oración con la que inicia el rezo del
rosario (N. del E.).
155 magníficat: cántico que, según el Evangelio de san Lucas, dirigió
al Señor la Virgen María en la visitación de su prima Isabel, y que se reza o canta al final de las vísperas (dle, 2018).
156 Inquisición: era un Tribunal de fuero privilegiado y con jurisdic-
ción delegada de la Santa Sede y también del poder civil, para investigar, perseguir y definir los delitos contra la religión católica, entregando los culpables contumaces á [sic] a autoridad secular para que por ésta [sic] fuesen castigados con arreglo á las leyes del Estado (euiea, 1928, p. 352).
157 acurruca: de acurrucarse. Encogerse para resguardarse del frío o
con otro objeto (dle, 2018).
158 colcha de macana: especie de chal o manteleta, de algodón fino, propio del vestido de la chola (dle, 2018).
159 zaraza: tela de algodón estampada (dle, 2018).
160 santa Bárbara: virgen y mártir, muy célebre por la firmeza de
su fe. Según la opinión más verosímil nació en Nicomedia y fue hija de Dióscoro, hombre cruel, de inclinaciones bárbaras, y uno de los más furiosos secretarios del paganismo. Amaba Dióscoro a Bárbara tan apasionadamente, que por temor de que otros la amasen como él, adoptó la ridícula resolución de encerrarla en una torre, con varias criadas y algunos maestros que cultivasen su extraordinario talento. Después la propuso en casamiento ventajoso que la santa despreció. Obtuvo permiso para construir un baño en lo más bajo de la torre, y en su lugar mandó a hacer una capilla con tres ventanas, que a falta de imágenes representasen la Santísima Trinidad. Por fin Dióscoro sacó a su hija de la torre, y lo primero que hizo en su casa fue derribar todos los ídolos y declararle que era cristiana. Apenas supo la religión que su hija profesaba, la denunció al presidente Marciano, quien decretó su prisión. Ni las súplicas, ni las caricias, ni las amenazas pudieron obligar a Bárbara a que abjurase la fé [sic] de Cristo; por lo cual el presidente mandó quemarla con planchas de hierro hechas ascua, y cortarle los pechos. La iglesia celebra la fiesta de santa Bárbara el día 4 de diciembre, y los artilleros la veneran como patrona (Díez Canseco, 1844, pp. 247-248).
161 chapadanza: de chapa y danza. f. Chanza, burla, chacota. ǁ Amer. En
Colombia desorden, confusión (Alemany y Bolufer, 2017, p. 507).
162 embelequero: que usa de embelecos (dle, 2018). No obstante, en
Antioquia no se emplea con la connotación de engañar por artificios o engaños, sino [proveniente de] entusiasmarse, encapricharse, entregarse, abandonarse, fascinarse, con motivo de amor, una pasión, un propósito, un deseo (ahac, 1986).
163 sobas: acción o efecto de sobar. Sinónimo de fastidios o moles-
tias (dle, 2018).
164 chuchumecas: por alusión a los indios chichimecas (ahac, 1986).
165 Virgen del Carmen: patrona en 23 municipios del departamento
y a la cual se le adjudica el cuidado de los mendigos y los navegantes (Arboleda Flórez, 2009, p. 213).
166 quiteña: respecto a la escultura quiteña de cuño colonial en la
Escuela Quiteña, Gallegos de Donoso asevera que en el caso de la Virgen María, es receptáculo físico de la divinidad. A él se dedican los mejores artífices, los más ricos materiales, el oro de la tierra (Gallegos de Donoso, 1994, p. 2).
167 Coloma: hace referencia a Columba de Córdoba. Nació en Cór-
doba; martirizada en 853 por los musulmanes. Juan I, rey de Castilla, fundó en 1379 la orden de Santa Colona, que desapareció después de su muerte (delc, 1895). Conforme a la versión de González de Tejeda en 1702: es degollada, y, cogiendo en las manos su cabeza, se encamina hacia la cumbre del Serradero. Allí encuentra una cueva habitada por una osa. La santa la expulsa y es enterrada en el lugar (Díaz, 1988, p. 248).
168 Señor de la Humildad: escultura que fue realizada por el escultor
Manuel Torres en Santa Rosa de Osos, Antioquia, en el siglo xix (N. del E.).
169 santa Rosalía de Palermo: Vivió en el siglo xii y murió hacia 1160. Aunque se desconocen datos sobre su patria y vida, una leyenda asegura que a los 14 años se retiró a una cueva del monte Coscina y luego a otra del monte Pellegrino, cercano a Palermo. En la Edad Media se le dedicaron varias iglesias y se le consideró Protectora y Patrona de Palermo. Sus restos fueron descubiertos un 15 de julio y el Papa Urbano VIII la incluyó como santa en el Martirologio. Se le invoca como abogada contra la peste y los terremotos (ewtn, 2018). Notas explicativas
Entrañas de niño
170 jaito: adjetivo que quiere decir en el lenguaje popular satisfecho con
orgullo, vanidoso. Es un caso claro de metátesis, en el que el fonema h pasa al principio de la palabra con el sonido de j dado por el pueblo, que no por el “habla pulida”, que lo haría mudo (ahac, 1986).
171 Hago viejos: hacer con algunos nombres expresa la acción de los
verbos que se forman de la misma raíz de dichos nombres (Fontanillo Merino, 1980, p. 359). Hace referencia a los gestos de las personas de avanzada edad (N. del E.).
172 zangoloteo: moverse continua y violentamente (dle, 2018).
173 guache: coatí. Mamífero plantigrado de hasta 67 cm de longitud, ca-
beza alargada, hocico estrecho con nariz muy saliente y puntiaguda, orejas cortas y redondeadas y pelaje largo y tupido; sus uñas fuertes y encorvadas sirven para trepar a los árboles (da, 2010).
174 sagú chirle: voz malaya (Maranta Arundinácea). Marantácea de
tubérculos alimenticios. Es el arrowroot de los ingleses. En Bogotá llaman sagú la achira de huerta de Antioquia (Canna Edulis) (ahac, 1986).
175 Buchan: referido al libro Medicina doméstica ó Tratado completo del
método de precaver y curar las enfermedades con el regímen, y medicinas simples y un apendice que contiene la farmacopea para el uso de un particular (1785), escrito por el médico escocés William Buchan (1729-1805) y publicado en inglés en 1769 (euiea, 1910, p. 1204).
176 carriquí: pájaro de la familia de los córvidos, de cola amarilla y
muy arisco (dle, 2018).
177 La lámpara maravillosa: hace referencia a La lámpara maravillosa, ó
sea Historia de Aladino (1840). No confundir con la obra homónima de Valle-Inclán (N. del E.).
178 Historia de Tobías: esta integra un cuento en forma dialógica en
el Almacén para señoritas adolescentes (1760), libro de Jeanne-Marie Laprince de Beaumont (1711-1780) (N. del E.).
179 rochela: desorden y bullicio festivo que hace un grupo de per-
sonas (da, 2010).
180 jartando: comer, tomar alimentos hasta sentirse harto (da, 2010). 181 gavilla: conjunto de varias personas (dle, 2018).
182 a cualquier triquitraque: variación de la locución adverbial “a cada
triquitraque”. Significa “a cada momento, en cada lance” (dle, 2018).
183 Maquiavelos: de Maquiavelo. Con tendencia a proceder con as-
tucia, doblez o perfidia (dle, 2018).
184 décimas y relates: la décima corresponde a una estrofa, por lo ge-
neral de solo cuatro versos octosílabos, improvisada por poetas populares montubios (da, 2010). Por otra parte, relato significa relación más o menos ordenada, en tanto que relate vale sucesión de palabras y frases más o menos desordenadas e inconexas, propias de locos, febricitantes, borrachos (ahac, 1986).
185 Prefacio de Francisco Vera: El cuento homónimo de autoría de Ca-
rrasquilla solo será publicado hasta 1914. Como nota autoral en dicho año, explicita: “Este cuento, localizado en Antioquia, y muy en boga hace sesenta años entre las gentes del pueblo, no es otra cosa que una variante de ‘El romance del cura’, recogido por Rodríguez Marín no hace muchos años. Probablemente esta narración la trajo a Antioquia algún valenciano” (Carrasquilla, 2008, p. 91).
186 calentana: referido a persona, natural de las regiones de clima cáli-
do de Colombia (da, 2010).
187 chochera: chochez [...]. Cualidad de chocho (dle, 2018).
188 Santa Cruz de Vadillo: referencia implícita del autor a Santa Fe
de Antioquia (N. del E.).
189 pirrarían: encantar, gustar mucho (dle, 2018). 190 himeneo: boda o casamiento (dle, 2018).
191 San Nicolás de Arma: apodo que recibe el municipio llamado
Ciudad Santiago de Arma de Rionegro, más comúnmente conocido como Rionegro (N. del E.).
192 chicotero: adj. formado por el morfema -ero. Condición moral de
chicote como “persona joven, robusta y bien formada (dle, 2018).
193 Ceuta: puerto español en el N de Marruecos en el extremo E del
Estrecho de Gibraltar; 67.000 habitantes. Administrativamente forma parte de la provincia española de Caduz. Gentilicio: ceutí (Gómez de Silva, 2001, p. 100).
194 rey don Pelayo: rey de Asturias, sobre cuya genealogía existe gran
confusión [...]. Además de [las] opiniones que hacen descender á [sic] don Pelayo de la estirpe real visigoda, hay quien opina, fundándose en su nombre (Pelagius), que era de raza hispanorromana [...]. La opinión más generalizada le supone de estirpe goda, hijo de Favila, antiguo duque de Cantabria y de la sangre real de Rodrigo, en cuya corte había desempeñado el cargo de conde de los espatarios (euiea, 1921). 195 entruches: de entruchar: atraer a alguien con disimulo y engaño, para meterlo en un negocio (dle, 2018).
196 héroe: se refiere a José María Córdova que muere en El Santua-
rio, Antioquia a manos de la división británica “batallón Rifles” comandada por el irlandés Daniel Florencio O’Leary (N. del E.). 197 calaveradas: acción propia de un calavera (|| hombre disipado, juerguista) (dle, 2018).
198 contradanza obligada: hace referencia a la complejidad que supo-
ne la instrumentación en la composición de las contradanzas. Al respecto, Cordovez Moure puntualiza: “El arreglo y disposición de una contradanza exigía conocimientos estratégicos de primer orden; el General Santander era muy fuerte en este ramo, y probablemente tal fue la razón para que, á [sic] las contradanzas obligadas ó [sic] de figuras complicadas, se las llamara santandereanas” (1899, p. 8).
199 Jaleo de Jerez: la forma de Jaleo tuvo sus inicios en las Cortes
de Cádiz con motivo de los acontecimientos patrióticos que allí se desarrollaron y fue mantenido por el pueblo andaluz. Gradualmente tuvo influencia positiva en el enriquecimiento de la Escuela Bolera de la que pasó a formar parte como uno de los bailes básicos y afianzándose como tal el Jaleo de Jerez. Era un baile preferido para animar las reuniones de los salones de la Corte [...]. Se solía interpretar por una sola mujer o al menos por una sola persona (Espejo Aubero & Espejo Aubero, 2001, p. 125). Se destacan las composiciones de Auber (1841) y Vincent Wallace (1856) llamadas El jaleo de Jerez y las interpretaciones de Marie Guy-Stéphan (1846) y Fanny Elssler (1873). A aquella, José Zorrilla le dedicó el poema “La Guirnalda. Serenata oriental” (N. del E.).
200 enyerbados: hechizar a alguien con un brebaje hecho de yerbas, generalmente con fines amorosos (enhierbar) (da, 2010).
201 cicatero: mezquino, ruin, miserable, que escatima lo que debe
dar (dle, 2018).
202 bambollero: que gasta mucha bambolla (|| boato) (dle, 2018).
203 espetera: tabla con garfios en que se cuelgan carnes, aves y uten-
silios de cocina (dle, 2018).
204 colá: en el lenguaje antioqueño vale entrar en toda su amplitud
(ahac, 1986).
205 caireles y alamares: guarnición que queda colgando a los extre-
mos de algunas ropas, a modo de fleco (dle, 2018).
206 fanales: campana transparente, por lo común de cristal, que sirve
para que el aire no apague la luz puesta dentro de ella o para atenuar y matizar el resplandor (dle, 2018).
207 catón: libro compuesto de frases y periodos cortos y graduados, que
se usaba para ejercitar en la lectura a los principiantes (dle, 2018).
208 citolegia: conforme a Leticia Bernal Villegas fue un método de
lectura práctica, aprobado por la iglesia, que se utilizaba en las escuelas primarias. Contenía aspectos gramaticales básicos, así como los principales temas del Catecismo del padre Astete (1537- 1601), los deberes sociales y políticos del buen cristiano y algunas nociones de matemáticas. Se usó durante todo el siglo xix y la primera mitad del siglo xx (2008, p. 298).
209 novillos: variación de la locución verbal “hacer novillos”. Signi-
fica dejar de “asistir a alguna parte contra lo debido o acostumbrado” (dle, 2018).
210 escurridas: referido a persona, avergonzada, confundida (da, 2010).
211 Atala: “la influencia más inmediata de los autores románticos
y posteriores fue la de Atala (1801) de Chateaubriand, de cuya enorme difusión y popularidad da muestra —como en el caso de Abelardo y Eloísa— la famosísima y anónima ‘Canción de Atala’, Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla también conocida como ‘Canción del triste Chactas’, lamento del indio transido de dolor por la muerte de su amada, que, tras hacerse cristiana, promete profesar de religiosa, pero, incapaz de resolver el conflicto que su amor por Chactas le plantea, se suicida” (Díez Taboada, 1998, pp. 134-135).
212 tocado el cacho: tocar cacho: llamar al orden. Imponer una vo-
luntad (lpt, 1983, p. 70).
213 cantó misa mayor: locución verbal con significado de advertir
a alguien las consecuencias que traerá consigo una determinada manera de actuar (da, 2010).
214 secula seculorum: locución adverbial latina que significa eterna-
mente (dle, 2018).
215 Eucologio: devocionario que contiene los oficios del domingo y
principales fiestas del año (dle, 2018).
216 Corpus Domini: se refiere a las palabras del sacerdote en la li-
turgia eucarística al ofrendar la comunión. “Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo. Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente” (Conferencia Episcopal de Colombia, 2007).
217 gaudeamus: fiesta, regocijo, comida y bebida abundantes (dle, 2018). 218 nísperos: fruto del níspero (|| árbol rosáceo), aovado, amarillento, rojizo, de unos tres centímetros de diámetro, coronado por las lacinias del cáliz, duro y acerbo cuando se desprende del árbol; blando, pulposo, dulce y comestible cuando está fermentado (dle, 2018).
219 anoncillos: fruto del anoncillo. Arbusto de hasta 4 m de altura, de corteza color rojo oscuro, follaje verdinegro, hojas elípticas y lustrosas y flores amarillas de gran tamaño; la madera de color castaño oliva o verde amarillento se utiliza en ebanistería (da, 2010).
220 monda: de mondar. Quitar las cáscaras a las frutas, la corteza o
piel a los tubérculos, o la vaina a las legumbres (dle, 2018).
221 agua de benjuí: bálsamo aromático que se obtiene por incisión en la
corteza de un árbol del mismo género botánico que el que produce el estoraque en Malaca y en varias islas de la Sonda (dle, 2018).
222 general Santander: Francisco de Paula Santander (Rosario de Cú-
cuta, 1792 - Bogotá, 1840). Doctorado en Derecho a los 17 años, se unió enseguida al movimiento revolucionario contra la dominación colonial española (1810). Fue elegido primer presidente constitucional de Colombia (1832-37) e inició una sangrienta persecución de los bolivarianos y otros disidentes (N. del E.).
223 padre Margallo: Francisco Margallo y Duquesne fue un clérigo
bogotano reconocido en su momento por su celo religioso en materias de doctrina moral. Nació en 1765, hijo del español Antonio Margallo Caballero y de la santafereña Rosalía Duquesne. Al parecer y debido a su ascendencia familiar Margallo fue amigo de la causa realista. No obstante, el 28 de septiembre de 1810 presentó juramento a favor de la independencia. Murió el 23 de mayo de 1837 (Carballo, 2017, p. 14).
224 hizo ojos: locución verbal que significa estar solícito y atento
para conseguir o ejecutar algo que desea, o para verlo y examinarlo (dle, 2018).
225 balsarina: prenda femenina hecha comúnmente de algodón, muy
en boga en el siglo xix (N. del E.).
226 cañabrava: gramínea silvestre muy dura, con cuyos tallos se ha-
cen tabiques y se emplean en los tejados para sostener las tejas (dle, 2018).
227 mistela: bebida que se hace con aguardiente, agua, azúcar y otros
ingredientes, como canela, hierbas aromáticas, etc. (dle, 2018).
228 flor de baile: (Cereus Phyllanthus) Cactácea. Planta de los jardi-
nes. Sus flores perfumadas, bellas y blancas no se abren sino por la noche (ahac, 1986).
229 cachifo: muchacho, adolescente (da, 2010).
230 rapé: tabaco en polvo, más grueso y más oscuro que el ordinario
y elaborado con hoja cortada algún tiempo después de madurar (dle, 2018).
231 biblioteca de don Quijote: este pasaje hace referencia al capítulo
vi del Quijote en el que el cura, el barbero y la sobrina de Alonso Quijano realizan un escrutinio de la biblioteca de este. Como diría Martín de Riquer: “Este episodio nos revela, pues, los gustos literarios, y a veces las amistades o enemistades personales, de Miguel de Cervantes; y en su tiempo ofrecía un gran interés porque muchos de los autores examinados y criticados vivían y disfrutaban de cierto prestigio” (2004, p. 70).
232 El Instructor: El Instructor de Antioquia (1892-1897). Se editaba en
tamaño de octavo con ocho páginas y siempre llevó numeración seguida. El primer director fue el presbítero Silvestre Ballesteros; luego lo reemplazó Andrés Alcaráz y finalmente Federico Villa. Su contenido, aparte del tema religioso también incluía literatura, filosofía y noticias [...]. Cuando llegó al número 36 pasó a ser simplemente EL INSTRUCTOR. El 108 fue el último número que circuló, correspondiente al 1 de agosto de 1897 (Arango de Tobón, 2006, p. 150).
233 padre Feijo: Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (1676-1764), nació en Casdemiro (Orense), ingresó en la orden benedictina. Residió casi toda su vida en Oviedo, de cuya Universidad fue rector. Comenzó a publicar su obra a los cincuenta años, pues la mayor parte de su vida fue empleada en la documentación. Sus obras completas constan de dieciocho tomos, que comprenden la Ilustración apologética, la Demostración, el Indice, y sus dos obras capitales: Teatro crítico universal y Cartas eruditas (Pérez Caballero, 1972, p. 273).
234 Chateaubriand: Francois-René, vizconde de Chateaubriand. Es-
critor y político francés (Saint-Malo, Bretaña, 1768 - París, 1848). Contribuyó a modelar la Francia de la Restauración, tanto desde el punto de vista ideológico (fomentando el resurgimiento de la religiosidad con sus obras El genio del cristianismo, de 1802, y Los mártires, de 1809) como político (justificando el regreso de los Borbones en su escrito De Bonaparte y de los Borbones, 1814) (Pro Ruiz, 1999, p. 144).
235 El conde de Montecristo: novela de Alejandro Dumas (padre), publicada durante los años 1841 á [sic] 1845 [...]. El conde de Montecristo, que obtuvo un éxito inmenso al publicarse, sigue siento leído en la actualidad y son innumerables las traducciones y ediciones que se han hecho de una obra tan popular (euiea, 1918, p. 532).
236 El judío errante: Hace referencia a la novela de Eugène Sue, muy
conocida durante el siglo xix publicada inicialmente en diez tomos en 1844. Esta novela es inspirada en el relato de tradición popular de origen bíblico. En Sue la acción había recibido un armazón firme por estar ligada a la ciudad de París y a los descendientes de la familia de Ahasvero [el Judío Errante], a los que éste [sic] intenta ayudar; el destino de de Ahasvero tiene paralelo en la figura de Herodias (Juan el Bautista) condenada a movimiento eterno (Frenzel, 1976, pp. 9-11).
237 Voltaire: (François Marie Arouet). Pensador francés (París, 1694-1778). Procedía de una familia de clase media, que le hizo educar por los jesuitas. De su pluma salieron críticas coherentes e ingeniosas contra la tiranía, la superstición, el fanatismo y los prejuicios religiosos. Esto le valió la prohibición de gran parte de su obra por parte de la Iglesia Católica (Pro Ruiz, 1999, p. 689).
238 mejor es así: aquí Carrasquilla alude a la enseñanza escolástica
de Horacio y a la preceptiva aristotélica de la preponderancia del docere en oposición a la delectare como función literaria. Esta posición crítica encontró sus defensores, incluso, en el renacimiento e ilustración españolas (N. del E.).
239 Los misterios de París: novela de Eugène Sue (1804-1857), una de
las primeras del género de folletín, publicada en 1842-1843 en el “Journal des Débats” y en 10 volúmenes [...]. Una multitud de personajes [...] y una serie de complicadísimas venturas evocan Notas explicativas
Entrañas de niño los ambientes más sombríos y presentan las depravaciones y los delitos más monstruosos, seguidos al fin por una edificante redención y el justo castigo (González Porto, 1959, p. 221).
240 auto de fe: acción de quemar algo, especialmente libros o docu-
mentos, por motivos ideológicos (dle, 2018).
241 a todo taco: sin reparar en gastos ni faltar detalles (da, 2010).
242 san Benito: san Benito de Nursia (480-543). Fundador de la Or-
den benedictina. Nace en Nursia, Italia, pertenece a una familia noble [...]. La fama que lo rodea hace que muchas familias potentadas quieran confiarle la formación religiosa de sus hijos, de donde nace la orden benedictina, con la fundación de monasterios con escuelas para la juventud (Armenta, Barrios & Del Castillo, 1994, p. 295).
243 a un triste negro: el autor pone de relieve un aspecto problemá-
tico en el tránsito de la organización social colonial a la republicana en la Antioquia decimonónica, a saber: el papel del clérigo y la religión católica como espacios de encuentro de diferentes grupos sociales (“blancos”, “indios” y “negros”). Al respecto de la organización social en los siglos xviii y xix en Colombia, Cfr. Barragán Díaz (2007) (N. del E.).
244 angurria: avidez, codicia (dle, 2018).
245 se me enfrió la pajarilla: locución verbal. Espantarse (ahac, 1986).
246 el Fleury: materia o asignatura que tiene por base el herético
libro Catecismo histórico o compendio de la historia sagrada (1679), escrito por el sacerdote Claude Fleury (1640-1723) (N. del E.).
247 tagarotes: persona que procura obtener las mayores ventajas para
sí a costa de los demás (da, 2010).
248 cosario: de pirata. persona cruel y despiadada (lpt, 1983, p. 101).
249 Barba Azul: personaje de procedencia popular europea que en
diferentes tradiciones literarias desde época medieval han relacionado con diversos condes, nobles o caballeros. Con seguridad Carrasquilla se refiere al personaje de los cuentos populares de Charles Perrault (1697) (Frenzel, 1976, pp. 50-51). 250 langaruta: referido a persona, muy flaca (da, 2010). 251 tuntunienta: anémico, persona pálida y débil (ahac, 1986).
252 Roncesvalles: (en francés, Roncevaux). Población del norte de
España, en la provincia de Navarra, en los Pirineos, a ocho kilómetros de la frontera francesa; 92 habitantes. El autor hace referencia a la batalla librada en 824 entre francos y vascones por el control de la Marca hispánica (N. del E.).
253 molledo: parte carnosa y redonda de un miembro, especialmente
la de los brazos, muslos y pantorrillas (dle, 2018). 254 menguados: miserable, ruin o mezquino (dle, 2018).
255 caranga resucitada: variedad de la frase piojo resucitado. Dícese
de la persona de baja clase que se las da de mucho o que se eleva por malos medios (ahac, 1986).
256 doblar tabaco: dígase fabricar o confeccionar cigarros o tabacos
(Sundheim, 1922, p. 607).
257 gusano mojojoi: larva de lepidóptero, célebre por la creencia, bien
errónea, por cierto, de que se transforma en vegetal. Débese esto a que los mojojoyes son atacados por hongos del género Sphaeria u otros, que cambian sus miembros en excrecencias como raíces, enfermedad semejante a la que ataca a veces a los gusanos de seda y otras orugas (ahac, 1986).
258 cochambrientas: mugroso y andrajoso (ahac, 1986).
259 espundia: enfermedad de las regiones tropicales que afecta a las
personas ocasionándoles ulceraciones en la piel, sobre todo en el rostro (da, 2010).
260 Morillo: Pablo Morillo (1775-1837). Militar español. Nace en
Fuentesecas y muere en Beréges [...]. Por sus méritos Fernando VII lo pone al mando de la expedición pacificadora contra el movimiento independentista de la Nueva Granada [...]. Enardecido por la resistencia granadina, ejecuta su plan pacificador a sangre y fuego. [...]. Tras la insurgencia de 1817, fue derrotado por Simón Bolívar en la Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819 (Armenta, Barrios & Del Castillo, 1994, p. 84).
261 garrapatear: hacer garrapatos. Letras o rasgos mal trazados con
la pluma (dle, 2018).
262 Flor de María: personaje de Los misterios de París, llamada tam-
bién la Goualeuse. Sue la describe así: “Una frente blanca y pura coronaba el óvalo perfecto y el tipo celestial de su rostro: unas largas cejas, algo rizadas, cubrían en parte sus grandes ojos azules llenos de melancolía. El vello suave de la primera juventud poblaba sus mejillas, teñidas apenas de un sutil encarnado. Su pequeña boca de púrpura, que casi nunca sonreía, su nariz fina y recta, el contorno angelical de la parte inferior de su cara, tienen la nobleza y la suavidad de las líneas de Rafael” (Sue, 1855, p. 4). 263 Sarah Macgregor: personaje de la novela Los misterios de París. “Sarah Seyton, viuda del conde de Macgregor, tenía entonces treinta y seis ó [sic] treinta y siete años, descendía de una familia ilustre de Escocia, y era hija de un baronet que había vivido siempre en sus posesiones rurales. Cuando salió de Escocia con su hermano Tomás Seyton de Halsbury á [sic] la edad de diez y siete años, era una joven de rara y perfecta hermosura” (Sue, 1855, p. 77).
264 Edmundo Dantes: personaje principal de El conde de Montecristo
de Alexandre Dumas. Marinero, prisionero, misterioso viajero de diversos rumbos, conde, con sus riquezas fabulosas no menos que con excentricidades, deslumbra a la alta sociedad parisiense. Preso en Marsella en 1815, el día mismo de sus bodas, acusado falsamente de bonapartismo, queda prisionero durante catorce años en el castillo de If, víctima inocente de la rivalidad amorosa de un cierto Fernando y de la rivalidad en negocios de Danglars (González Porto, 1959, p. 396).
265 corozos: nombre de varas palmeras, de tronco de 6 a 9 m de al-
tura, revestido de fuertes espinas, hojas pinnadas con hojuelas lineares, angostas y puntiagudas y fruto de drupa globular de 35 a 45 cm de diámetro (dle, 2018).
266 Rodín: este hace alusión al “domador de fieras” de la novela El
judío errante de Eugenio Sue (1845). Al respecto, el autor francés lo describirá del siguiente modo: “Tendría como unos 50 años de edad y se hallaba vestido con el traje siguiente: [...] Sus cabellos grises estaban pegados á sus sienes y le tapaban en gran parte la frente calva; sus cejas eran casi imperceptibles: el párpado superior débil y caido como la membrana que cubre la mitad del ojo de los reptiles, ocultaba también la mitad del pequeño, animado y negro ojo de este hombre: sus labios pequeñísimos y completamente descoloridos se confundían con el color pálido de su rostro enjuto: su barba y su nariz eran punteagudas: esta máscara sin labios por decirlo así, parecía tanto más extraño cuanto que permanecía en una inmovilidad sepulcral: y á no ser por el rápido movimiento de los dedos del señor Rodin, que doblado sobre el bufete hacía crujir la pluma, cualquiera hubiera juzgado que era una figura cadavérica” (Sue, 1845, pp. 79-80).
267 gallinazadas: hace referencia a un cúmulo de malos pensamien-
tos. Conjunto de gallinazos volando (Uribe Uribe, 1887, p. 306). 268 ni con palo ni con rejo: refrán. Es variación de las de igual valor, Dios castiga sin palo ni piedra, Dios castiga y no a palos. Está incluida esta frase entre las que agrupa Cuervo en el N.o 741 de sus Apuntaciones, y de las cuales dice que unas se usan en España o en otras partes de América (ahac, 1986).
269 paladeada: tomar poco a poco el gusto de algo (dle, 2018).
270 coger oficio: llamar la atención a alguien que se comporta inde-
bidamente o está molestando (N. del E.).
271 reconcomios: desasosiego o agitación por una molestia moral o
por un deseo persistente (dle, 2018).
272 ranchadas: por extensión, vale obstinación, terquedad, porfía
(ahac, 1986).
273 hidropesía: derrame o acumulación anormal de líquido seroso
(dle, 2018).
274 tierrafrías: habitante de las tierras altas (ahac, 1986). Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
275 candonga: 1. Adulador y astuto. 2. Holgazán habilidoso para es-
capar al trabajo (Fontanillo Merino, 1980, p. 140).
276 a la mano de Dios: expresión usada para denotar la determina-
ción con que se emprende algo (dle, 2018).
277 Ah guerras: el siglo xix colombiano se ha interpretado como una
sucesión de guerras civiles, de pronunciamientos locales y regionales, de disputas partidistas, de motines clericales, de revueltas de artesanos y campesinos, acompañados de resistencias negras e indígenas y de refugios y desplazamientos de la población excluida o derrotada en esas contiendas; en otras palabras, lo predominante en la historia del siglo xix parece haber sido el animus belli (Uribe de Hincapié, 2001, p. 18).
278 encalabrinarme: (de en- + dialect. calabrina = hedor de cadáver)
v. tr. y prnl. 1. Turbar los sentidos el olor o el vaho de algo ‖ v.
tr. 2. Excitar, irritar. ‖ v. prnl. 3. Obstinarse. Tomar una manía (Fontanillo Merino, 1980, p. 281).
279 reina Sabá: entre los episodios del reinado de Salomón descuella
el de la visita que le hizo la reina de Saba. [...] (III Rey., I, 1) [...]. Antes de partir dió la reina á [sic] Salomón, como presente de su visita, “ciento veinte talentos de oro y una cantidad muy grande de aromas y de piedras preciosas; jamás se trajeron después tantos arimas como los que dió la reina de Saba á Salomón (iii Rey., I, 10) (euiea, 1926, p. 1040). El autor hace referencia a las enormes riquezas de esta reina africana (N. del E.).
280 Watteau: (Francisco José Luis). Pintor francés, nace en
Valenncienes el 18 de agosto de 1758 y muere en Lila el 1 de diciembre de 1823. Fué [sic] discípulo de su padre, Luis Watteau, y de Durameau, estudiando también en la Escuela de Bellas Artes de París. En 1785 volvió a Lila como ayudante de su padre en la Academia de aquella ciudad, de la que en 1798 fué nombrado director [...]. Pintó escenas de batallas y grotescos, y algunas Conversaciones á [sic] la manera del gran Watteau (euiea, 1929, p. 1681).
281 Cardillac: refiere a René Cardillac, personaje introducido en
la literatura por T. E. Hoffmann en la novela Das Fräulein von Scuderi (1820). Este contó con enorme popularidad y llegó a inspirar varias representaciones teatrales durante la segunda mitad del siglo xix y principios del siglo xx. Eugène Sue lo incluye en Los misterios de París (1842-1843) en el capítulo IX “Jaume Ferrand” como símbolo de avaricia al costarle separarse de sus productos auríferos, rasgo que ya haría parte del personaje hoffmanniano (N. del E.).
282 sorombática: lelo, pasmado, aturdido (dle, 2018). 283 chirringuito: chorringo. Chiquirritín o chiquitín (lc, 1983, p. 235). 284 currucuteos: arrullarse las palomas, enamorar, galantear (ahac, 1986).
285 codicilo: antiguamente, y hoy en Cataluña, toda disposición de
última voluntad que no contiene la institución del heredero y que puede otorgarse en ausencia de testamento o como complemento de él (dle, 2018).
286 macarrónicas: se aplica a la macarronca, al latín defectuoso y a
cualquier lenguaje, estilo, etc., incorrecto o falto de elegancia (Moliner, 2002, p. 227).
287 ejecutoria: despacho que es trasunto o comprobante de una
ejecutoria entendiendo por esta última un título o diploma en que consta legalmente la nobleza o hidalguía de una persona o familia (dle, 2018).
288 morante: tardo, perezoso, lento (ahac, 1986).
289 murado: participio de “murar”. Cercar y guarnecer con un muro
una ciudad, fortaleza o cualquier recinto (dle, 2018).
290 chicharras de cuaresma: coleóptero de gran tamaño que aparecen
en grandes cantidades por los meses de marzo y abril (ahac, 1986).
291 calaveras: visiones y fantasías de personas nerviosas, provocadas
por espantos y entierros (ahac, 1986).
292 melindre: delicadeza afectada o excesiva en palabras, acciones y
ademanes (dle, 2018).
293 Selene: es la personificación de la Luna. Pasa por ser, unas ve-
ces, la hija de Hiperión y Tía [...]; otras, por la del titán Palante, o por la de Helio. Se la representa como una mujer joven y hermosa que recorre el cielo montada en un carro de plata tirado por dos caballos. Es célebre por sus amores: de Zeus tuvo una hija, llamada Pandia. En Arcadia fue su amante el dios Pan, quien le había dado como regalo una manada de bueyes blancos (Grimal, 1989, p. 475).
294 tolondrones: chichón (|| bulto en la cabeza) (dle, 2018). 295 madreperla: molusco lamelibranquio, con concha casi circular, de diez a doce centímetros de diámetro, cuyas valvas son ásperas, de color pardo oscuro por fuera y lisas e iridiscentes por dentro, y que se cría en el fondo de los mares intertropicales, donde se pesca para recoger las perlas que suele contener y aprovechar el nácar de la concha (dle, 2018).
296 agujales: agujero que queda en las paredes al sacar las agujas de
los tapiales (dle, 2018).
297 perendengues: requilorios, dificultades, trabas (dle, 2018). 298 mitra: territorio de la jurisdicción de un arzobispo u obispo (dle, 2018).
299 cuento persiano: en la tradición persa el caballo ocupa un lugar
preponderante como compañía o como figura que adoptan algunas deidades. Por ejemplo, en la epopeya medieval Shahnama o Libro de los reyes, escrita por Feurdosí, se destacarán los equinos Golrang, Behzad, Sabrang, Rakhs, Sabdiz y Gulgun. Estos vienen acompañados en la epopeya con apelativos o descripciones sobre su velocidad o el color negro o carmesí de su pelaje (Castro Royo, 2015). 300 machuco: guiso regional, hecho de la pulpa de la ciruela con leche, azúcar, tomate y otros ingredientes (lc, 1983, p. 13). 301 sandunga: gracia, donaire, salero (dle, 2018).
302 Turris eburnea: verso de las letanías a la Virgen, rezada en el rosa-
rio, corresponde al epíteto que se le da a la Virgen María. Traduce “torre de marfil” (N. del E.).
303 mampostería: obra hecha con mampuestos colocados y ajustados
unos con otros sin sujeción a determinado orden de hiladas o tamaños (dle, 2018).
304 deliquio: éxtasis, arrobamiento (dle, 2018). 305 cortijero: persona que cuida de un cortijo y vive en él (dle, 2018). 306 cuquerías: cualidad de cuco, pulido (dle, 2018).
307 barbacoas: zarzo o tablado tosco en lo alto de las casas, donde se
guardan granos, frutos, etc. (dle, 2018).
308 Semíramis: se hace alusión a los jardines colgantes que fueron
mandados a construir por esta reina babilónica: Diodoro nos ofrece la descripción de estos jardines. Estaban formados por la superposición de terrazas cuadradas, a la manera de las gradas de un anfiteatro. Cada terraza descansaba sobre galerías abovedadas con piedra de talla, recubiertas de una espesa capa de plomo que servía de base a la tierra vegetal. En el interior de estas galerías, como otros tantos pórticos abiertos sobre una terraza, se habían dispuesto los aposentos reales (Grimal, 1989, p. 477). 309 cientopiés: cienpiés (|| miriópodo) (dle, 2018).
310 caballos de palo: (Proscopia Scabra). Ortóptero saltador, de color
pardo y 13 cm. de longitud (ahac, 1986).
311 febricitante: que tiene fiebre o calentura (dle, 2018). 312 gusanos de pollo: larva de un insecto lepidóptero (lc, 1983, p. 379).
313 toches: 1. m. Col. y Ven. Pájaro de la familia de los ictéridos, de unos
23 cm de longitud, con lomo, vientre y parte superior de la cabeza de
color amarillo dorado, y cola, alas y cara de color negro (dle, 2018).
314 arbolocos: árbol de hasta 6 m de altura, de forma piramidal, ho-
jas grandes y flores amarillas; su madera resistente se usa en la construcción (da, 2010).
315 cayubras: del padre Roberto Jaramillo, en su nota 39 para el Can-
to sobre el cultivo del maíz de G. G. González, tomamos: “las monas (hormigas arrieras) —Daceton Armigerum—. Una de las especies de las cayubras, de picadura dolorosísima, se atraviesan en la garganta de los pollitos que quieren comerlas y les causan la muerte” (ahac, 1986).
316 bienmesabe: conocido también con los nombres de huevo y seso
vegetales (Blighia Sápida)-Sapindácea. Oriundo del África. Sus frutos son muy alimenticios (ahac, 1986).
Notas explicativas
Entrañas de niño
317 anón: árbol de la familia de las anonáceas, de unos cuatro metros
de altura, de tronco ramoso, con corteza oscura, hojas grandes, alternas, lanceoladas, lustrosas, verdinegras por encima y más claras por el envés, flores de color blanco amarillento, solitarias, de mal olor, y fruto como una manzana, con escamas convexas, que cubren una pulpa blanca, aromática y dulce, dentro de la cual se hallan las semillas, que son negras, duras y correspondientes una a cada escama del mismo fruto (dle, 2018).
318 cañafístulo: árbol de la familia de las papilionáceas, de unos diez
metros de altura, con tronco ceniciento y hojas compuestas, flores amarillas en racimos colgantes, y por fruto vainas cilíndricas de color pardo, que contienen una pulpa negruzca y dulce que se usa en medicina (dle, 2018).
319 pegotear: pegar algo a causa de la suciedad, el sudor, etc. (dle,
2018).
320 cerdear: resistirse a hacer algo, o andar buscando excusas para
no hacerlo (dle, 2018).
321 ringleras: montón, gran cantidad de personas o cosas (da, 2010). 322 pitorá: serpiente muy venenosa (dle, 2018).
323 álcali: compuesto que en disolución acuosa se comporta como
una base fuerte (dle, 2018).
324 desportillado: de desportillar. Deteriorar o maltratar algo, qui-
tándole parte del canto o boca y haciendo portillo o abertura (dle, 2018).
325 trapo de oro: porción de oro en polvo envuelta en un trapo (ahac,
1986).
326 abullona: dar alguien forma rodeada o abombada a algo, especial-
mente a las mangas de una prenda de vestir (da, 2010).
327 Eros: es el dios del Amor. Su personalidad, muy variada, ha
evolucionado grandemente desde la era arcaica hasta la época alejandrina y romana. En las teogonías más antiguas, Eros es considerado como un dios nacido a la par que la Tierra y salido directamente del Caos primitivo, y, como tal, era adorado en Tespias, en forma de una piedra bruta. O bien Eros nace del huevo original, el huevo engendrado por la Noche, cuyas dos mitades, al separarse, forman la Tierra y su cobertura, el Cielo (Grimal, 1989, p. 171).
328 turulato: alelado, estupefacto (dle, 2018). 329 matraqueos: sacudida que se da a un objeto (da, 2010).
330 Señor del Huerto: imagen iconográfica inspirada en la Oración en
el Huerto de los Olivos o de Getsemaní. Representa la angustia de Jesús en el Huerto de los Olivos, o de Getsemaní, la noche del Prendimiento. Teme la muerte, y quisiera alejarla, pero se muestra sumiso y obediente a la voluntad de Dios, es decir, a la necesidad de sacrificio para la remisión del hombre (Carmona Muela, 2010, p.156)
331 boleo: trabajo o actividad que implica ir de un lado para otro
(da, 2010).
332 ríspido: ásperos, violentos (dle, 2018).
333 Engaddi: nombre de una fuente y de un lugar en el desierto de
Judá, asignado a Judá, muy rico en palmeras y viñas. Se menciona en el Cantar de los cantares, 1, 13, entre otros textos: Botrus cypri dilectus meus mihi in vinieis Engaddi. Se interpreta como fuente de la felicidad (Arellano, Cilveti & Oteiza, 1996, p. 142).
334 Virgen de las Angustias: representación iconográfica de Nues-
tra Señora de las Angustias. Al iniciarse el siglo xviii se había configurado definitivamente un modelo en el que la Virgen de las Angustias aparecía de modo evidente en pie ante el cuerpo de Cristo yacente, dispuesto en perfecta línea horizontal sobre una camilla o bloque a modo de altar y que entre las joyas que la adornaban va cobrando protagonismo casi exclusivo una cruz pectoral de oro y esmeraldas (López-Guadalupe, 2017, p. 39). 335 cuerpo cárdeno: amoratado (dle, 2018).
336 guácara: en Colombia es nombre burlesco del gabán o levita
(ahac, 1986).
337 punta de diamante: pirámide de poca altura que como adorno se
suele labrar en piedras u otras materias (dle, 2018).
338 escarolados y repulgos: de la escarola. Planta de las familias com-
puestas, de hojas rizadas y amargas al gusto, que se dulcifican privándolas de la luz hasta que adquieren un color amarillo pálido; y repulgo: pliegue que como remate se hace a la ropa en los bordes (dle, 2018).
339 gro: tela de seda sin brillo y de más cuerpo que el tafetán (dle,
2018).
340 desgaire: desaliño, desaire en el manejo del cuerpo y en las accio-
nes, que regularmente suele ser afectado (dle, 2018). 341 Ñapangas ajonjeadas: mestizo, mulato (dle, 2018).
342 Abisinia: reino sit. en el NE de Africa [sic], conocido en Egipto y
en Nubia con el nombre de Beled el Jabesch ó [sic] Beled el Jabscha aunque en el lenguaje nacional de Abisina se le llama Etiopia ó Itiopía, puesto que aquél se deriva de la palabra Habesch, Habex ó Habaxa, que significa chusma, muchedumbre, ó raza mezclada, con lo que querían designar los árabes la mezcla de población característica de aquel país montañoso (euiea, 1908). 343 mantellinas de paño: mantilla de la cabeza (dle, 2018). 344 coruscantes: que brilla (dle, 2018).
345 ácimo: aplicado a pan (dle, 2018).
346 Santo Sepulcro: “el modelo iconográfico de los Cristos tutelares
de hermandades del Santo Entierro como las hermandades del Santo Sepulcro es el mismo, presentando la imagen la tipología denominada como de Yaciente que consiste en representar a Cristo muerto en la posición de cúbito supino. [...] la identificación iconológica deriva del nombre de la advocación y de la función que desempeña dentro del discurso cultural de la cofradía a la que pertenece” (Fernández Muñoz, 2017, p. 911).
347 la Dolorosa: representación iconográfica de Nuestra Señora de
los Dolores, que guarda hondas similitudes con la Piedad y la Virgen de las Angustias. Empero, “la imagen definitiva de la Dolorosa, muy probablemente de la década de 1560, se adscribe a una línea de expresividad contenida, muy limitada en recursos gestuales y de extraordinaria concentración espiritual, favoreciendo el aspecto introspectivo, espiritual y de meditación, a su vez propuesta reflexiva para los fieles” (López-Guadalupe, 2017, pp. 13-14).
348 echó ñatas: a veces tiene claramente el sentido de aventajar
(ahac, 1986).
349 norvio: pasiflorácea. Trepadora, de flores muy perfumadas (ahac,
1986).
350 Requiem aeternam dona eis Domine: primer hemistiquio del in-
troito de la misa de difuntos. Traduce “concédeles el descanso eterno, Señor” (N. del E.).
351 Et lux perpetua lueat eis: segundo hemistiquio del introito. Tradu-
ce “y brille para ellos la luz perpetua” (N. del E.). Notas explicativas
A: El Espectador (1920). Medellín. A1: Colombia. Diario de la Tarde (1925). Medellín.
Para el proceso de fijación de esta obra se tuvo en cuenta la primera edición (1920) como texto base y los siguientes testimonios como ediciones cotejadas para el establecimiento de variantes: Ligia Cruz (Acuarela H) Félix Antonio Gallego Duque Juan Esteban Hincapié Atehortúa Editores críticos L B: Ligia Cruz y Rogelio (1926). Bogotá: Ediciones Colombia.
C: Claridad (1930). Medellín. D: Obras completas (1952). Madrid: epesa. E: Obras completas (1958). Medellín: Bedout.
F: Acuarelas y Discos cortos (1991). Medellín: Autores Antioqueños.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Ligia Cruza1 (Acuarela H)b Primera partec A la gran señora se le iba dañando el hígado con la última barbaridad de su marido. ¡Imposible que, en el tal viaje a la mina, no saliese con alguna remedianada2 de las suyas! Si era que a los viejos chochos no les obligaba moverse de su casa. ¿Qué iba a hacer ella con el emplasto3 de la ahijada? ¿Dónde la pondría? Entre las criadas, ¿cómo? Entre las niñas, ¡ni a palos! Porque una montuna,4 hija de unos zambos5 mineros y que nunca había salido de Segovia,6 tenía que ser una calamidad abominable. Hasta por el nombre se le veía. Desde que don Silvestre anunció su regreso, con todo y la Petrona, perdió doña Ernestina ese apetito suyo tan formidable. Y, desde antes de la llegada, se le complicaba el conflicto. ¿Cómo no iban ella y las niñas y el futuro yerno a encontrar a Silvestre, siquiera hasta Machado?7 ¿Cómo iban, con la película que irían a poner con la ahijada del enemigo malo? Y para eso que los benditos carros de primera se llenaban de viajeros de tono8 y de gente conocida. La escena en la estación yad se la figuraba. Al fin, después de muchas discusiones y consultas, resolvió la aristocrática dama ir ella sola con Pepillo, el menor de los hijos. Dirían al yerno que no se sabía el día de la llegada, para que no fuera a la estación; diría ella, a su marido, que las niñas estaban, todas tres, con principios de gripa. Ellas le alumbraron una idea que sería salvadora, desde que el padre la aceptase, y era proponerle enviar ae la ahijada al hotel de las señoras Santos, desde la estación directamente. Le diría, por sí o por no:f pero ella no lo tenía por seguro: Silvestre era tan terco y tenía unos escrúpulos tan bobos. Conforme lo temía resultó: alg marido le pareció una canallada no llevar a la casa a la ahijada, máxime cuando de él mismo había salido la determinación de traerla, muy a disgusto de la madre, por más señas. La traía para que conociese a Medellín9 y se curase del paludismo. Había que atenderla muy bien y que conseguirle cuanto necesitase. A más de ser ahijada, les debían a los compadres de la mina muchos servicios y finezas; Cruz era todo un caballero y su mujer una joya; y a él (don Silvestre)h lo trataban allá a cuerpo de rey.10 Cuál se quedaría la señora. ¡Horrible, espantoso era el capote11 de la gente remediana! Según cuentas, ella y las niñas tendrían que exhibirse con la atembada12 esta en el cine, en el teatro, en la misa y en la calle, a pie y en auto. ¡Ay! ¡Ay!i Qué poco la conocía a ella su señor marido. Sin duda que la dama tendría espírituj profético: la segoviana resultó algo más de lo que ella suponía. Era una pobrecita fea y desmedrada,13 pálida y manchada, de a LIGIA CRUZ b (ACUARELA H) c A, B, C: PRIMERA PARTE / D, E, F: I d yá g resultó: Al h (Don Silvestre) i Ay! Ay!
j A: esp[ilegible]ritu / B, C, D, E, F: espíritu e A, D, E, F: enviar a / B, C:
enviara f nó:
Ligia Cruz labios casi blancos, de ojos alocados, de gestos y ademanes nerviosos. Parecían aquellos manoteos y aquel accionar en molinete, cosa ensayada para comedia de certámenes. Su voz era ronca, con inflexiones de chicharra;14 y su vestimenta, con pretensiones de moda, un adefesio arlequinesco desde la sombrereta15 hasta el calzado. Lo peor era que, en vez de tímida y callada, mostrábase verbosa16 y confianzuda, con ese desparpajo que dan la inconsciencia, el desconocimiento de las astucias sociales y laa suficiencia personal. Comprendíase, desde luego,b que la muchacha quería mostrar, desde el debut, todas sus gracias y su trato todo. Mejor ocasión ni buscada: un tren es gran proscenio, yc el público, en esta vez, era numeroso y estaba por divertirse. ¡Valiérale Dios a doña Ernestina, con esta ahijada tan despampanante! En realidad que era para atosigar17 al más pintado. “Madrina” por aquí, “madrina” por allá, y pregunta va y comentod viene sobre Fany, sobre Alicia y Anita, y el doctor Mario, y el Fulano y el Mengano, porque la muchacha estaba muy informada por el padrino de los miembros y circunstancias de la familia. Aquello era a todo pecho, para que nadie perdiera sílaba. La señora cambiaba de colores tras el velo. Lo que más la injuriaba era el ver al viejo Silvestre tan satisfecho, riéndole las salvajadas a esa animal de monte. Hasta irían a pensar que ellos mismos la habían criado. Sudando del bochorno, tuvo que bajar con ella en la estación; tuvo que mostrarla en los andenes, con ese andar y esos contoneos; tuvo que meterla en el auto, con ellae y con su gente. Pero a ella no la embromaban18 en balde: ya sabría cómo domar al monstruo de Segoviaf y despistar a la fiera de Remedios. Petrona, entretanto, se encanta con el auto. “¡Oiga, padrino, brama peor que un toro bravo!”.g Es don Silvestre, a la sazón, magnate de mucho fuste19 entre la gran plutocracia.20 Jácome e Hijosh es casa respetable si las hay. Como se sabe, es oriundo de Remedios, muy fuerte en minería y en comercio, algo en rezos y muchísimo en tute21 y en tresillo.22 Gasta en extremo con su familia, pero se burla del tono y elegancias de su mujer y de sus hijos. Aunque ha viajado, no ha cogido ninguna finura europea. Sin ser sabido ni leído, tiene mucho conocimiento de la vida, muy buen sentido crítico, y, por ende, mucha indulgencia y amplitud. Doña Ernesta —como él le dice— esi la viceversa de su marido. Es de la nobleza azul y requintada,23 originaria de la ciudad heráldica de Antioquia;24 pero como en su casa nunca tuvieron un hediondo peso, hubo de conformarse con atrapar, todavía joven y no mal parecida, al remediano acomodado, ya cuarentón y harto vulgarote de figura. En los primeros años de matrimonio fue modesta y recogida: pero, en cuanto entendió la posición financiera de su marido, se levantó de cascos25 como un avión. Al crecer sus hijos, al verlos actuar en sociedad, con lo más rico y significativo, fue el vértigo. El Villadaza le brotó como la viruela. Contado era el cristiano a quien no tuviese por “jalapa”, j26 “mañé”k27 o “fatalidad”. Pertenecía, naturalmente, al clubl Noel,28 a la Sala Cuna,m29 y a otras instituciones de virtud elegante y distinguida. Sus tésn religiosos, con motivo de algún consejo de cofradía, eran a pura plata labrada y a puro bombón europeo. a A, C, D, E, F: y la / B: y a la b luégo, c A, B, C: y, / D, E, F: y d A, C, E, F: pregunta va y comento / B, D: pregunta y comento i dice—es j A, B, C, E, F: “por jalapa” / D: por «jalapa» k “mañe’ l Club m Sala-Cuna n tées e A, B, C, E, F: con ella / D:
consigo f Segovia, y despistar g¡Oiga, padrino, brama peor que un toro bravo! [Para conservar la cohesión entre los enunciados realizados por los personajes, introducidos por el narrador omnisciente, se decide delimitarlos por medio de las comillas].
h “Jácome e Hijos”
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Sus tres niñas compartían con ella ínfulas y relumbrones.30 No eran ni feas ni bonitas; pero sostenían la última moda a todo gasto y a toda ostentación. Soloa pensaban en novios fashionables,b31 en trapos, regalos y diversiones. Las Hermanas de la Presentación solo les habían inculcado, por encima, una piedad de apariencias y chilindrinas;32 y a doña Ernesta jamás se le ocurrió que en ellas hubiese algún sentimiento qué formar, algún defecto qué corregir, por más que a ella propia la tratasen, todas tres, como a trapajo de cocina. Las tres eran moralmente unos seres amorfos, de una vulgaridad de alma inconcebible en gentes que se tienen por educadas. No así los tres varones: el primogénito, acababa de recibir en Bogotá, con éxito notable, el grado de médico y cirujano; los otros dos, trabajaban desde pequeños con don Silvestre, con tantoc juicio y consagración, que a ambos tuvo de habilitarles la edad para asociarse a ellos. Eran del sport d33 elegante, de las altas fiestas sociales, un tanto simplotes y moderados, y no tan desvanecidos como su madre. La casa era enorme, con todo el confort, los trebejos, los cementos y embaldosados de hoy en día. Acababan de terminarse su remonta y embellecimiento, a fin de celebrar, con los esplendores del caso, los grandes acontecimientos que en la familia se preparaban. Tratábase de la próxima llegada del hijo médico, en compañía de la insigne pariente doña Flavia Echehona de Villadaza, y de Niní, la encantadora hija; tratábase, otrosí, del matrimonio de Fanye con Otto Marañones, de lo más selecto y acaudalado de la banca. Tal era el momento sublime, escogido por don Silvestre para sacar del monte a la ahijada. Esto era lo que más sulfuraba a doña Ernesta. A Silvestre no le habían valido ni Parises ni Romas. Por fortuna, que nadie, engendrado en las entrañas de una Villadaza, podía heredar esas atrocidades, por más que fuera Jácome. Cuando llegaron a la casa estaba Petrona mareada por el auto. Ver las niñas que papá la bajaba y acometerles el ataque de risa, fue lo mismo. Entre los abrazos de saludo, las presenta, todavía en el zaguán,34 mas la risa no las deja ni aun estirarle las manos. ¡Y qué caras de furia las de la mamá! Para risotadas estaba ella. No bien entran, toma a la muchacha de un brazo, tira y exclama: “¡No se les arrime que le pegan la gripa! La gripa es aquí mortal para los forasteros y usted está muy clorótica”.35 Y, empujándola, corredor adentro, la lleva al segundo patio y la entra al cuarto de costura. Ahí está Andrea, costurera, modista y todo. “Quédese aquí con Ita, porque aquí es donde debe estar”. La obrera abre tamaños ojos ante aquellos indumentos y aquel andar, pero disimula y le ofrece muy atenta una mecedora. Aunque el mareo no le ha pasado del todo, va entrando en conversación hasta llegar al palique36 corrido. Cuenta de su viaje e impresiones. La casa le parece muy linda; pero ella no puede admirarse demasiado porque su casa de Segovia también es muy preciosa y de mucho tono. Papá también es muy rico. (Ya desde el tren cogió el papá, sin “mí” y sin acento,f por lo que le oyó a Pepillo). En su casa tenían muchas bombas37 y mucho cristal que papá había traído de Zaragoza;38 tenían mucha loza de porcelana y muchas colchas de damasco;39 tenían jarros de plata y un tinajero con muchas alcarrazas traídas de la extranjería; en el comedor había torno...g y esto y lo otro y lo de más allá. a Sólo b fashionables [Para 1917 en el Diccionario de la lengua española de José Alemany y Bolufer el término se encontraba registrado como un extranjerismo adaptado].
c tánto d A: esport / B, C, D, E, F: sport e A, E, F: Fany / B, C, D: Fanny f A: sin “mí” y sin acento / B, C:
sin “mí” y con acento / D: sin el «mí» y con acento / E, F: sin el “mí” y con acento g torno. . .
Ligia Cruz Ita se hace la admirada y le dice:
—Usted, niña Petrona, tendrá su buen novio.
—¡Novio!a ¡Virgen! Ni sé cuántos me han salido. Todos los que me ven se enamoran de mí. Y ya ve que no soy bonita. Pero no sé qué tendré yo en estos ojos. Vea: todosb los místeres40 que van a Segovia me pretenden. Lo mismo me ha pasado con los forasteros que van con funciones. Papá me mandó a conocer sociedades y me llevaron a Remedios41 y a Amalfi;42 pues al momento me cayeron los pepos más principales. —¡Me admiro de que todavía no se haya casado!
—Ve, ole Ita: eso fue un despecho que me pegó,c ¡muy horrible! Me enamoré de un diablo de estanquero que hubo allá: nosd enamoramos los dos, como unos palomos azules. Éle me regalaba de cuanto hay; él me regaló la María, f43 con una dedicatoria muy linda; él, postales con versos. Me prestó las historias de Oscar y Amanda,g44 Los juramentos de amorh y El hijo natural,i45 y otras muy bonitas, porque a mí me gusta más leer historias que versos de poesías. ¡Me encantan las historias! Yo adoraba a ese maldito: es tan cuadradoj46 y tan zalamero. Hacía mucho escándalok con unas negras muy vagamundas que hay allá; peliaba... y más lo quería. Después le fuil cogiendo el golpe47 y los mogos48 y comprendí por las cartas y por otras cosas, que el sinvergüenza me pretendía con malas intenciones y...m ¡lo empunté a la porra!49 ¡Ay! Ita; pero qué dolor tan maluco50 sentí yo en este corazón. —¿Ustedn como que es muy instruida?ñ —Yo sí: era la que más sabía en la escuela y la que recitaba en los certámenes yo la que decía los discursos.p La señorita Etelvina, que es muy fina eq sabe mucho, dice que yo tengo mucho talento.
—Mucho, niña: se le ve. ¿Y cuántos años tiene?
—Pues veinte largos, pero ¿no es cierto que no revelo la edad? —Sí, es una niña, enteramente. Pero sí tiene mucha experiencia. —Uno consigue con los amores. Después de ese condenado de Ciro Madrigal, he tenido no sé cuántos; pero no he podido quererlos como quise a ese. Quién sabe aquí cuántos me irán a salir.
—¡La mar!51 —Vea, Ita, acá entre nos (baja la voz y secretea),r a Pepillo le gusté desde el tren; me coqueteaba, con cierta risa allá, pero a mí no me gusta nada; ¡nada que me gusta! (atisba52 fueras de la puerta, y agrega a media voz): allá verá que cuando venga el doctor Mario, de Bogotá, se enamora de mí. ¡Cómo si lo viera! Eso hasta maluco irá a ser, en la misma casa. —Tal vez sí.
—Y qué me dice, Ita, ¿iré a tener aquí muchas amigas?
—¡La mar! ¡Figúrese!
—Pues en Remedios y en Amalfi conseguí un rigor. Hasta me carteo con algunas. Aquí me harán visita todas las amigas de las muchachas; yo se las pago pronto y me entablo. ¡Pero estos indinos53 botines me están matando! a —Novio!
b todo c pegó ¡muy d allá: Nos e El f “María”, g “Oscar y Amanda” h “Los juramentos de amor” i “El hijo natural” j A, B, C: cuadrado / D, E, F:
cuadrao k escándalos l fuí m y. . . .
n —Usted ñ instruída o certámenes, y p A, C, E, F: decía los discursos. / B, D: decía discursos.
q A: e sabe / B, C, D, E, F: y sabe s fuéra r nos, (baja la voz y secretea)
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Siéntese ese ajetreo que precede a las comilonas de invitación; por las salas, voces, risas, gentes que entran; por aquí, el teléfono; por allá, el trasportón:54 por todas partes, taconeos femeninos. Doña Ernesta llama a Ita, aparte. —¡Mirá, querida! —dícele afanada.a —Te doy un remojo55 muy bueno, si me la embolatás por aquí dentrob y no me la dejás asomar por allá. Ella es muy capaz de salirse y de tomar la palabra. Y ve: ayudáme a idear dónde le inventamos la dormida. Yo pensaba acomodarla en elc cuarto grande de los corotos;56 pero a Silvestre le parece que ahí no le queda bien segura: le da miedo que a los muchachos les tiente esa belleza. Lo que es por ella... ¿Quién sabe? Tiene tan mal ojo... Por fortuna, está asegurada de incendios. —¡Ah misiád Ernestina para sobada!57 —Mirá una cosa, Ita: ¿Te estorbará mucho en tu cuarto? —No, señora,e ¿qué me va a estorbar? El cuarto es muy capaz... y talf y cuál. —Pues bueno: ya sabe que queda encargada por Silvestre de cuidarle ese tesoro. Andrea (a Ita), la hembra noble y compasiva de la casa, toma a la recién llegada. Es una cuarentona, viuda y con hijos casados, de clase humilde pero limpia; muy discreta y recogida; muy experta en modas, tocados y alquimias femeninas. De tiempo atrás está vinculada a la familia, donde es paño de lágrimas para todo aderezo o componendas elegantes. A poco entra la señora.
—Vea, Petrona —dice solemne, imperativa y reglamentaria—:g si quiere descansar, Ita le indicará la cama. Ahí al cuarto se le llevará, ahora, la comida. Y ahí ha de comer siempre con Ita: no la siento en el comedor, con nosotros, porque aquí no es bien visto que una joven se siente a la mesa con hombres extraños, sin estar acompañada por sus padres o sus hermanos.
—Bueno, madrina —responde contrariada—, yoh pensé que iba a comer con todos en la mesa; pero, si a usted no le parece...
—No me parece. Y ese cuento de “madrina” y de “padrino” me lo va dejando desde ahora: aquí no se usan esas familiaridades tan vulgares de los pueblos. Llámeme “misiá Ernestina”, como me llaman todos; y a Silvestre, dígale “don Silvestre”, cuando se le ofrezca.
—Pero él me dice siempre “ahijada”, ¿por qué no le digo, entonces “padrino”? —Es que no estamos en Segovia: estamos en Medellín.
—Pero allá también hay gente de mucha educación.
—¡No me venga con aleluyas ni con bobadas! Su taita58 la mandó recomendada a mí, y usted debe hacer lo que yo le diga, sin contradecirme. —Bueno, mi sái Ernestina: yo le obedezco en todo y hago lo que quiera. —Así lo espero.
—Y las muchachas,j ¿no podrán venir ahora? Tengo tanta gana de conversar con ellas. —¿Las muchachas? ¡Valiente modo! Aquí no se le dice “muchachas” sino a las sirvientas o a las mujeres jóvenes de la gente baja. Siempre que se le ocurra mentarlas, me hace el favor de decir “las niñas” o “las señoritas”. a afanada b A, B, C: dentro / D, E, F:
adentro c A: la cuarto / B, C, D, E, F: el cuarto d A: mi siá / B, C, D, E, F: misiá e señora ¿qué f tál g —Vea. Petrona: —dice solemne, imperativa y reglamentaria— h —Bueno madrina —responde contrariada— Yo i A: mi sá / B, C, D, E, F: misiá j muchachas ¿no
Ligia Cruz —¿Señoritas, también? ¿Ellas son, pues, maestras de escuela? —¡No faltaba más! Como son tan pobres y tan infelices, tendrán que coger ese oficio. Y se dispara hacia afuera. ¡Zambita más pretenciosa y más antipática...!a No fuera por el viejorro Silvestreb y habría de tener el gusto de coger a la puerquita de las orejas y ponerla de paticas en la calle. Entre los dos la iban a idiotizar. El viejorro se ha descolgado, por supuesto, con una remedianada: no ha querido esperar a los convidados ni al banquete, ha pedido caldo de huevos y claro, y ya ronca como un órgano. Afortunadamente que, en cerrando el ojo, no resucita, aunque le tumben la casa. El banquete principia. Andrea arregla la mesita y se sienta Petrona al lado suyo; una fámula59 sirve.c —Y esto, ¿qué laya de caldo es? —dice la segoviana al probar. —Sopa de ostras, Petronita: una cosa que traen en latas. ¿No le gusta? —A mí sí; pero en casa la hacen muy diferente: le echan repollo y carne de marrano. En casa comemos muy sabroso. ¡Mamá hace, cada rato, bocado de la reina60 y cabello de ángeld61 y biscochuelos blanquiados;62 hace unos potajes de gallina de muchas layas y un arroz de cuatro altos!e Que,f ¡no le digo, Ita! A mi padrino... ¡que me diga, a don Silvestre!, leg encanta la mesa de casa. Dice que no hay pan de trigo ni chocolate como el de Remedios y Segovia.
Mientras debuta en aquellos platos civilizados, que le extrañan mucho y le saben poco, indaga sobre los invitados, relaciones, etcétera. Luego pasa a los indumentos tan hermosos que dejó allá por no caberle en las maletas, al vestir rumboso de sus hermanos, a las modistas tan famosas de Segovia. Ita, tenía que hacerle toda su ropa. Quiere unos “camisones de lo mejor”: como los de las muchachas... —¿Cómoj eran? (Ita cuenta y observa). Mientras más costosos, mejor: papá es muy rico, y ella no quiere estar menos que las demás. Nadie tiene por qué tasarle63 nada ni hacerle presupuesto. Ella vino a disfrutar y a gastarla. Ita, a medida que la va conociendo, la compadece: prevé los desengaños que se le esperan. Le parece tan huérfana y tan desamparada, en esta casa, donde las mujeres le son tan hostiles, que algo hondo y materno se le mueve a su favor. En tal sentido le habla: doña Ernestina y las niñas eran algo trabajosas, pero muy buenas; ahí se iría enseñando a sus estilos. Ella le ayudaría en lo que pudiese. Pronto rompe la pianola y principia el danzar modernísimo, en ese patio nivelado con los cuatro corredores. Petrona no resiste: aunque el calzado le maltrata se bota al pasadizo y se asoma. Ita la sigue y la ataja. No debían verla mal vestida. Aquí sí no le valen las grandezas de su casa y de Segovia: se pasma, se extasía. Pregunta, indaga, averigua. Ita explica sobre el mecanismo de la música,h sobre los bailes nuevos y los trajes, cuenta de las parejas y sus nexos, de los pretendientes y prometidos. Sientei fatiga, siente opresión; pero no se retira hasta que todo termina. Hace días que no le falta algo así como fiebre; y esta noche le parece fiebre definitiva. Con tal que no le diese esa tos tan fastidiosa que le acometía a ratos, aunque le diesen esos dolores como lanzadas. Ese paludismo del diablo a antipática! . . . .
b Silvestre, y habría c A, C: se sienta al suyo; una fámula / B, D, E, F: sienta Petrona al lado suyo; una fámula d angel e altos. f que ¡no g Silvestre! le j ¿Cómo h música.
i A, B, C: Siente / D, E, F:
Petrona siente
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla producía unos enredos tan raros y mortificantes. Sería todo por el viaje y por todo lo que había visto. El médico de allá y el padrino le aseguraban que con el cambio de clima se curaría. No lo dudaba; pero que fuera pronto, para gozar harto. No podía conciliar el sueño. ¡Qué hombres los de aquí! Ya a ella que le parecieron tanta cosa esos patojos64 bigotudos de Amalfi. Ella tenía que aprender, precisamente, esos bailes tan particulares y tan lindos. Y qué nombres tan trabajosos tenían. ¿Cómo eran? ¡A ver si daba! No retenía más que “danza” y valse lento.b Ni sabía cuál era el más bonito. ¡Los aprendería, de más!c La cuestión era saberse poner con ese orgullo y esa cosa allá de las Piñones. Se los enseñaría a sus hermanos. Sí: ya veía a Cosme, que era tan baquiano65 para la galopa picada, sacando la patica como el tal Etelberto Sarda, el novio de la Lila Maracucho. Ese sí era el diastre66 para saber paradas en estos bailes. Ni gracia era con ese plantaje y ese cuerpo. Si no fuera porque pronto venía el doctor Mario, había de quitárselo a la Lila. Decía su padrino que era mucho más buen mozo de lo que está en el retrato. Qué moda tan preciosa eso de guardar, enmarcados en una cartera, los retratos de la casa. Los ricos siempre gozaban mucho con tantas invenciones. Decía Ita que con mojar el pelo con unas aguas de botica,67 ya estaba rubio. Si así era, ella se pondría más mona que Fany. Sus trajes habían de ser con muchas borlas y muchas rodajas de cuentas, ¡pero mucho más bonitos que el de Lila! Ella, que pensaba que no le quedarían bien el pecho y los brazos afuera, estaba equivocada: las flacas también se veían muy bien. El traje tan alto iba a sentarle mucho; pero a esos tacones endemoniados sí les tenía mucho miedo. ¡Qué lindos eran esos patios de porcelana! Pero esos helechales y matorrales sí no le entraban. Los ricos eran muy raros y muy ociosos. Meter dentro de esas casas tanto monte tan feo, no rebajaba de pecado. Cuando viniera papá le iba a hacer comprar pianola para ella tocarla en casa cuando volviese. ¡Cómo iría a gozar con las Builes, que eran tan contentas! Iría a que le cambiaran las tablas a la sala por unas porcelanas bien bellas. Ya veía los bailes. ¡Como no fuera el cura a predicar contra la pianola! Cosme, que era tan negociante, podía sacarle mucha plata. Ita decía que no; pero ella siempre le tenía miedo a la Niní: esa le iba a disputar al doctor Mario. ¿Qué iría a decir su madrina? Su madrina era tan mandataria y tan encopetada.68 Pero, viéndolo bien, debía serlo mucho más: una señora tan rica, tan garbosa, que había tratado al papac y a tantos reyes de Europa y Asia, que había estado en Nápoles y en Londres, ¡cómo sería de instruida! ¡Cuántas cosas le iría a aprender! A las niñas ya las distinguía muy bien. ¡Ah queridas y formales que irían a ser con ella siendo hijas de su padrino! Tendrían que prestarle ropa, mientras le hacían, porque, desde el día siguiente, vendrían a visitarla todas las niñas vecinas y la topaban así. Ella les iría a gustar mucho, porque, valiera la verdad, era muy simpática y de mucha chispa y de muy buen trato. Los muchachos todos se irían a encantar con ella más que los de Amalfi. Con tal que pudiera sacar las expresiones y las palabras tan trabajosas de la “señorita Etelvina”. ¡Cómo serían las parrandas en diciembre, cuando se fueran a temperar69 a la quinta de El Poblado!70 ¡Cómo serían de cuartos71 los cachacos72 que irían a visitarlas! Cuando jugaran juegos de prendas ella cantaría “El silfo” y recitaría el “Idilio eterno”, bien accionado y bien patente.73 ¡Cuándo pensaba ella que habíad de verse de a aquí! y b “valse lento”.
c A, B, C: de más! / D, E, F:
¡Demás!
d A: había / B, C, D, E, F: habría c Papa
Ligia Cruz la noche a la mañana74 en Medellín y en el copete!75 La vida siempre era muy deliciosa. Pero... ¿no se dormiría? ¡Qué sudor tan pegajoso y tan vinagre! A las tantas de la mañana pudo coger el sueño.
Segunda partea Despiértase a eso de las ocho, un tanto quebrantada y aturdida. Se viste, se perfuma y sale toda mechuda y legañosa. Ita interrumpe su costura y acude muy solícita a arreglarle el cuarto y a que le sirvan el desayuno. Luego la lleva a mostrarle los laberintos interiores, desde la cocina hasta la cochera. Siempre la porcelana y siempre los matorrales, con el aditamento del agua aquí y acullá. ¡Porque lo ve lo cree! Piensa con risa, al par que con tristeza, en aquel antro ahumado de su casa, donde cocinan, en aquel solar inculto y sin cercado, en aquellos chiqueros con marranos,b las hediondeces de aquel pantano negro; piensa en el charco donde se bañanc ¡Por Dios! ¿Qué harían en esa casa con la basura? Por más que atisba no la ve por parte alguna. Interroga a los asistentes, interpela a las fámulas y entra en comadreo, con esa llaneza igualitaria de las gentes aldeanas. No bien sale, dice la cocinera: “Esta no la ablandan en dos días, manque76 mi sia Ernestina le queme mucho carbón: es de la propia nuca del novillo”...77 Lastenia, sirvienta del comedor, una de esas mulatas majas que imitan el traje y los peinados de las señoras, le remeda el habla y los andares. Tornan, e Ita abre la repostería y la entra... “¿Y esto es tienda o qué?” ¿Qué irían a hacer con ese rigor de loza y de latas; qué, con ese frasquerío; ¿qué, con tantos potajes tapados con esas cocas de alambre? Vanse al cuarto de coser: pero Petrona no se sienta; se asoma, avizora,d78 ojea. ¿No se levantarán los señores en esa casa? Le provoca ver a Jaime y a Pepillo en actitudes íntimas y mañaneras. Se los figura en camisa interior, como a sus hermanos. Pero los hombres no aparecen. Suenan pasos y don Silvestre asoma en el pasillo, ya con sombrero y con bastón. Saluda muy cariñoso y sonreído. —¿Cómo es eso de “don Silvestre”? —le dice al oírla—. ¿Yae no soy su padrino? —Sí don Silvestre, ¿cómo no?,f pero mi sag Ernestina no quiere que le diga así. —¿Se lo dijo ella, ahijada?
—Sí, don Silvestre.
Lanza él una risotada y dice:
—Es que su sa Ernestina vive en las nubes. Como no la llevó, como yo, a la pila bautismal, ni aun cree en el padrinazgo. No se mortifique por eso y dígame siempre padrino. La dama, que anda por el cuarto contiguo de baños, ha oído todo. Con un marido de tan mal tono, nada adelantaba ella, por ningún medio. Cuando Ita informa a la segoviana de que los hombres han salido, se prepara a la entrevista con las niñas y sigue en expectativa. Al fin, por allá lejos viene una, con planta silenciosa y albura de gatica. De las tres será la más parada en la punta de las uñas. Viene en traje de tenish79 y furibunda, porque entre la boba de Alicia y las Piñones, le han embolatado su raqueta acabada de comprar. Quiere averiguar con Ita tan grave caso. Mas, antes que llegue, Petrona se le aboca: h A: tenis /B, C, D, E, F: tennis a A, B, C: SEGUNDA PARTE / D, E, F: II b aquellos chiqueros con marranos, quel solar inculto y sin cercado, en aquellos chiqueros con marranos, [La disposición de la fijación del texto es la reconfiguración del problema de impresión de la primera edición].
c A: bañan! / B, C, D, E, F:
bañan.
d A, B, C, D: avizora / E, F:
avisora e oírla.—¿Ya f A: ¿cómo nó?, / B: ¡cómo no!, / C:
¡Cómo no!, / D, E, F: ¡cómo no!
g A: mi sa / B, D, E, F: misiá / C: misa
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Muya buenos días, la niña Anita. ¿Como que amaneció muy aliviada de la gripa? —Cree la chica que es una burla, por la enfermedad fingida; la mira fulmínea80 y exclama:
—¡Eh!, sí que está enterada y... ¿a usted quién la mete? Sí que me parece entrometida —lab otra se queda cual si le hubiesen dado un golpe en la cabeza. Después de mil rebuscas y recriminaciones, sale la iracunda. La aturdida no chista. Ita la consuela. —No se le dé nada, Petronita: es que usted no la conoce. Es de lo más buena; pero, cuando amanece con la vena,81 nadie le puede hablar... A poco entran, en tren de calle, Alicia y Fany. Dejan órdenes a Ita, porque van a salir a compras. Ni una ni otra miran a Petrona.
La infeliz no puede más y estalla en sollozos. No le valen consuelos. Eso no valía la pena: era que estaba con fatiga, y eso daba muchos nervios. Corre a que le lleven la media mañana. Todo en vano: la piedad de la costurera se le hace una ironía. La señora sale y se entera. No sabe si invocar al diablo o a los santos. Si no obraba con mucha diplomacia, era capaz la melindrosa esa de armarle un buen incendio con el padrino y de prender la casa. ¿Y qué hace? Medita un momento, entra y dice: —Déjese de niñerías, María Petrona, que a Silvestre no le gustan lloriqueos en su casa. Si él la ve, se fastidia con usted, y hasta la regaña. Élc es muy bravo, cuando se le sube. Usted se pone a hacerle caso a estas loquitas de aquí, porque no conoce el estilo de las niñas de Medellín: usted no conoce el moño82 y los requeñeques83 que usan ahora. A mí, que soy su madre, me ponen a ratos a cantos de coger el monte. No sea bobita y no haga caso de sus repelencias.84 Y vea una cosa, niña: esto es hasta mejor para usted, para que no tenga cuentas con ellas. Usted es que está muy clorótica y todo le impresiona. Tómese su café en sana paz, que estará débil con el viaje. Pero no:d es mejor otra cosa: Ve, Ita: tráemelee una copa de vino blanco y una tajada de jamón. Con eso se le pasa.
No contenta con esto, manda le traigan, encima, higos pasos y galletas. La muchacha nada apetece, rehúsa; pero la dama insiste. Ella misma le acerca una mesita y le tiende la servilleta. ¿Cómo rechazar tanta fineza? Razón tenía Ita: su sa Ernestina era muy buena. Enjuga el llanto, come y toma. Nada deja, porque así se lo exige. —¿No ve? —le dice, en acabando— ya es otra. Y que no volvamos a verla con pataleta.85 Oye, María Petrona.f (El “María” es una charla de cariño). —Sí, señora: es que yo soy muy impresionable.
—Y ahora, que se fueron aquellas, camine yo le muestro la casa86 y el ajuar de Fany y lo que nos ha llegado de Europa.
¡Más no podía hacer! Su cuenta con Silvestre estaba cancelada. Bien podría abrir otra nueva. Va a mostrarle, primero que todo, la pieza de baño; pero, al abrir, se parag ante la puerta, cual si atajase y... abre cuenta. —¡Fo,h Petrona! —exclama asqueada— ¿Usted qué porquería se untó? Hiede a gallinazo. Va a apestar toda la casa.
a —“Muy [Para unificar la aplicación de las rayas y las comillas, se decide suprimir las comillas cuando ambas están señalando la intervención de un personaje].
b entrometida. La c El d nó: e traemele f A, C: Oye, María Petrona. / B:
Oye, María Petrona? / D, E, F:
¿Oye, María Petrona?
g pára h Fó.
Ligia Cruz —Me unté un perfume muy fino, mi sa Ernestina. Como no traje más que una muda de repuesto y tuve que vestirme en La Quiebra;87 y... como anoche sudé tanto. —Pero ¿cómo se vino así en pelo, Petrona? ¡Valiente ocurrencia! —Don Silvestre no quiso que trajera baúl; que con eso tenía para el viaje. ¿No podrá prestarme ropa de alguna de las niñas, mientras me hacen? Mucha pena me da; pero... —Eso siempre es trabajoso. Ni le serviría tampoco: las niñas son muy altas. (Recuerda que Fany tiene un montón de ropa desechada para mandar a los asilos, y agrega): sin embargo...a ¡veremos! Pero en traje no piense. Lo mejor sería que usted juagara88 en un momento la muda.
—Lo malo es que yo no he lavado nunca. A mí me han criado con mucha delicadeza. —¡Bueno! Eso lo arreglaremos de algún modo. Pero vea, mejor es que vea los baños desde aquí: si entra, tan recién llegada, le puede hacer dañob ese cuarto tan frío. (Abre la puerta y explica).
—¡Qué encanto bañarse uno en esos pozuelos tan lindos!
—Sí, Petrona; pero aquí solo los usamos las niñas y yo. Nadie más: Silvestre es muy escrupuloso para estas cosas. Aquí sobra dónde bañarse. Usted se bañará en uno de los baños de afuera; pero no en el del patio de acá; ese es para los hombres. El de atrás es hasta mejor. —¿Ese que me dijo Ita que es para las sirvientas?
—Para ellas y para toda persona extraña. Es tan aseado como los otros. ¿No vio? Pero Petrona no replica: está desencajada y verdosa. Se contrae; trata de correr, pero no alcanza. Apóyase en un poste, y, contra el pavimento de porcelana, contra la blanca pintura, devuelve aquel estómago el piscolabis89 de la astucia. “¡Corra,c Ita!”. Ita corre y tiene a la atacada por la frente. Desmadejada como un trapo, puede llevarla hasta la cama. Lagrimones, más de vergüenza que de todo, le chorrean afluentes. El estómago no amainad y el cuarto queda de la vista de los perros. Las tripas de la dama se han revueltoe y ha tenido que huir de tanto horror. ¡Solo ella se ganaba estasf cantarillas90 de algarrobas y cañafístulas! Su cabeza tenía que estar muy remachada, cuando no se salía a la calle a tirar piedras. Petrona pasó en cama todo el día. Levantoseg al siguiente medio adobada con los remanentes de Fany. Después del saludo de don Silvestre, estuvo por ahí adentro, sin hablar más que con las sirvientas. Una duda espantosa se le iba insinuando, allá adentro, como un cáncer: ¿La estarían zambiando en casa de su padrino? Pero con ella, con Petrona Cruz, lo mejor de Segovia, con la acatada,h con la interesante, ¿sí sería posible? Por más que en esa casa fuesen mucha cosa, también lo era ella. Ni su padrino la había traído tampoco para eso. Pasaron tres días y lo mismo. Iba a llegar el domingo, y ella, encerrada, sin ir a misa, siquiera, por falta de ropa. Y nadie se movía a conseguirle ni un ridículo calzado. Que sí, decía su sa Ernestina. Pero de ahí no pasaba. El tedio la iba consumiendo: lloraba a ratos, escondida; trasegaba de la cocina a las pesebreras; sentábase por ahí en un rincón a fumar, a silbar, a cantar. Ni siquiera una historia de trama y amores para leer.i ¡Quién le diera a ella su casa, sus Builes y su Segovia! a Sinembargo. . . . .
b A, E, F: le puede hacer daño / B, C, D: le hace daño c “Córra, d amaina, y e revuelto, y f A: estas / B, C, D, E, F: esas g Levantóse h atacada, i A, C, E, F: para leer / B, D: para ella
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Ese día se le ocurre a la dama una idea luminosa: corre a Ita y la industria: busca estaa a Petrona y le dice:
—Vine a ver, Petronita, qué estaba haciendo. La veo muy aburridab y con razón. De día en día será peor: en mucho tiempo no va a ver a misiá Ernestina, ni a las niñas, ni a nadie en esta casa. Usted no sabe cómo son aquí las campañas para recibir una gente como esa que viene. Misiác Ernestina y las niñas y el niño Jaime se van al tope, hasta Puerto Berrío, con tres días de anticipación. Después viene el casamiento: y, si desde ahora están en el brete91 de las invitaciones y los preparativos, ¿cómo será, a su parecer, en la última semana? Se va a ver, sola, íngrima; ¡allá verá! Pero ustedd sufre aquí porque quiere: dígale a su padrino que la mande al hotel de las señoras Santos. ¡Eso es un encanto! Constantemente vienen señoras y niñas de todas partes; allá viven muchos estudiantes muy buenos mozos y muy cachacos; y todos están como en familia. Hay pianola y bailan mucho, y van al cine y a paseos, todos en parranda. Allá consiguen todo, al momento, porque las señoras son muy formales y van con sus huéspedes al comercio. Su padre es muy rico, y, aunque no fuera, aquí le pagan su hotel. —Sí, ole Ita, me parece muy sabroso; pero, si me voy, ¿cómo hago yo con el doctor Mario? ¿Cómo hacemos para tratarnos?
Ante obstáculoe tan imprevisto, Ita calla, por el momento; mas de pronto dice muy inspirada:
—Pues no se va sino mientras pasan el matrimonio y la visita de las señoras bogotanas. Después que esté la casa tranquila, se vuelve para acá y puede entenderse con el niño Mario, con toda comodidad, sin embolatesf92 ni bullas. Dígale a su padrino que la mande mientras tanto. Pero como cosa suya y sin mentar ese hotel. Cuando le diga que sí, yo misma indico ese. Dígaselo apenas venga. Y no se demore, porque los sábados viene más temprano. Pero vea una cosa, Petroncita: que no vaya a columbrar misiá Ernestina que le he aconsejado esto, porque me come viva.93 Perdiera todo cuidado. Se iba muy contenta, por unos días, para volver a presentársele al doctor, tan bien peripuesta94 como cualquiera de Medellín. De seguro que se verían en el matrimonio, porque su padrino la tenía convidada desde Segovia. Doña Ernesta no ha salido, por esperar la sentencia. No tarda, y es condenatoria. “No piense en eso, ahijada —ha dicho el juez—. Veo que está aburridita con la vida que está llevando aquí; pero yo le prometo que, de hoy en adelante, va a ser feliz. ¡Allá verá!”. Llama, en seguida, a su mujer, la lleva aparte y le dice, con mucha flema: —Mire,g Ernesta: ya le soplaron a esta muchachita la idea de irse a un hotel. —¿Se la soplaron?,h nadie le ha dicho una palabra; nadie ha mentado tal hotel. La cosa habrá salido de ella: ella misma habrá comprendido que en un hotel es donde debe estar.
—Sea siquiera franca y no pretenda engañarme a estas horas, ni desautorizarme en mis propias barbas. Eso es una ridiculez. Usted se avergüenza con la visita de la ahijada y quiere que se salga de aquí a todo trance. Veo que la tiene confinada entre a ésta b aburrida, y c A: viene. Mi sia / B: viene; misiá / C: viene. Misiá / D, E, F: viene: misiá d A, B, C: Pero usted / D, E, F:
Pero usté e A, C: Ante obstáculo / B, D, E, F: Ante un obstáculo f envolates g —Míre, h soplaron? nadie
Ligia Cruz las sirvientas, que no le permite asomarse por acá; veo que no le ha echado un trapo encima y que las hijas no le dirigen una palabra...
—Pero ¿qué culpa tengo yo —interrumpe la dama, ya ofuscada— si estas niñitas son tan trabajosas y tan particulares?
—Si yo no culpo a nadie, Ernesta: ellas están practicando lo que les han enseñado; y usted, ¿qué otra cosa va a hacer? Ha dado tanta limosna, ha hecho tantas caridades en esas juntas que preside, que no le ha quedado ni uña de caridad ni de lástima, para amparar, en su casa, a una pobrecita extraña, traída por su marido.
—¡Pero, Silvestre, usted sí es muy injusto! Yo la he atendido hasta ahora cuanto he podido. No se le ha conseguido nada, porque yo no sé qué podrá gastar y usted no ha dicho ni ha indicado nada.
—Pensé que le tocaba a usted y no a mí.
—¡Pero, Silvestre! ¡Cómo tengo yo esta cabeza con este matrimonio, la venida de Mario y la visita de Flavia! ¡Si yo tengo que estar en todo! —Sí, hija, es cierto: usted no puede descuidar ni un momento esos deberes tan sagrados ni esas cosas de tanta importancia, por atender a estas majaderías: pueden cambiarle un frasco por una botella, puede faltarle un botón a un vestido, puede haber un trastorno muy grande en la casa y en la sociedad.
—¡Aunque se ría y eche pipos!95 Usted lo que quiere es que salgamos, calle arriba y calle abajo,96 con su ahijada; que la metamos en nuestras relaciones. ¡Parece que no la conociera!
—Y, ya ve, la conozco mejor que nadie. Es boba, presuntuosa, coqueta y embustera, como muchas de ustedes. Solo que ustedes están preparadas en salsa y en bandeja de plata, y mi ahijada está cruda y en batea. Apenas la guisen y la sirvan, bien presentada, queda igual a muchas, casi a todas. Cambiarle el vestido de pueblo y ponerla bonita, es cuestión de un día. ¡Acuérdese cómo llegó usted a París, cómo se vio!a Y al otro día andaba por los bulevares que ni yo mismo la conocía.
—¡No me parece bien exacta la comparación! —exclama yab en el colmo—.c Yo nunca he sido montañera, ni fea, ni mañé, ni tampoco estamos en París. —Todo es relativo, Ernesta.
—Según eso, ¿usted cree que mi posición y la de sus hijas es igual a la de su ahijada? —Yo no creo nada en estos asuntos. Pensaba, eso sí, que los grandes podían subir a los pequeños, pero que los pequeños no podían bajar a los grandes; pensaba que una familia respetable como la mía era como un buque cualquiera: que todo pasajero y toda carga quedaba amparado bajo su bandera. Eso pensaba; pero tal vezd no sea así. Usted y sus niñas se desdoran y pierden con la presencia de mi ahijada en mi casa. Pero, como yo la traje aquí, aquí se queda, gústeles o no les guste.
—¡Ya estoy notificada! —gruñe levantándose.
—No se vaya, Ernestina, que todavía falta algo. (Tomándola de una mano, torna a sentarse). Me falta decir que esté completamente tranquila, que no se mortifique con la a vió b yá c colmo— d talvez
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla ahijada, que de hoy en adelante ni usted ni las hijas tendrán cuentas con ella, y hágame llamar a Andrea, y no se vaya, porque usted debe oír lo que tengo quea decirle. Ita comparece.
—Siéntese, Andrea, y atiéndame: como usted es muy señora, hasta en la figura, está muy buena para un servicio muy grande que necesito. De hoy en adelante (apunte la fecha) va a trabajar, por varios meses y con doble sueldo, no por cuenta de Ernesta sino por cuenta mía. Así es que toda obra que tenga entre manos la suspende hoy mismo. Aquí buscarán quién la reemplace. Usted va a ser la madre, la hermana y la compañera de mi ahijada. A usted se la confío y se la entrego, en todo y por todo. Desde hoy arregla un buen almuerzo, madruga con ella a misa primera y en el tren de seis me la lleva a El Poblado a pasar todo el día. Yo avisaré, por teléfono, al mayordomo para que las atienda, e iré con Matamoros, en tren de una, para venirme con ustedes. El lunes por la mañana me le compra todo lo que necesite para salir a la calle muy bien puesta.97 Apenas me la arregle, me la lleva al consultorio de Peñagrande, para que la vea y le recete. No diga que está en casa ni que yo intervengo en el asunto, para que no vaya a ponerla a tratamiento de rico, bien complicado y difícil. La fórmula o lo que sea la hace despachar inmediatamenteb y usted misma le da los remedios con toda puntualidad. Esto en cuanto a lo primero. Después le consigue los demás trajes para la calle y la casa, los sombreros, calzado y demás corotos que necesite para estar muy bien vestida. Para el matrimonio de Fany le consigue todo el lujo del caso. Le compra, también, aretas y pulsera de reloj, no como para señora millonaria, pero sí muy finas y de gusto; le compra todos los untos y menjurjes98 que usan ahora. En fin, la compone y la perfila y le enseña todas las paradas y caminados de una muchacha filática. Usted sabrá cómo. Pida lo que sea en cualquier parte y que me lo apunten. Si dudan, ahí está el teléfono. Me la saca a pasear y a mostrarle todo. Cuando el auto o el coche no estén en bunde,99 saldrán en ellos; cuando estén, alquilan el vehículo que quieran. La lleva a Caldas,100 a Envigado101 y a donde le dé la gana; la lleva al cine y al teatro. Matamoros las acompañará en las andanzas de por la nochec y en los viajes a los pueblos: es un muchacho muy educado y sumamente juicioso y caballero. Si mi ahijada quiere aprender los bailes de ahora,d Matamoros es el maestro número uno. Irán a su casa, a las lecciones: es gente pobre, pero muy respetable, muy formal, muy gente... Otra cosa: cuando en la casa no estén Ernesta y las niñas (que es casi siempre) me le abre las ventanas y las puertas del segundo piso. No me la deje conversar con ninguno por la ventana, ni en la calle, ni en los parques. Si le parece que puede hacer una tontería o cosa inconveniente, atájela y regáñela; pero si quiere coquetiar,e déjela. Eso no es falta. Como usted necesita buena ropa para este oficio de mamá respetable, consiga lo que sea del caso; y, como confío en su delicadeza, no le pido cuentas y le doy amplias facultades. Por teléfono me pide lo que necesite para menudenciasf y extras. Inmediatamente se le mandará con Matamoros. Y aquí tiene seis libras, para gastos iniciales. Le da el dinero. ¡Qué ojos los de Ita, qué caras las de Ernesta! No se contiene y dice: —Todo está muy bien, Silvestre; pero creo que Cruz no puede meterse en tantos gastos. A usted mismo le he oído que no es rico.
—¡Qué rico va a ser! Mi compadre apenas tendrá con qué comer, pero a mí me a qué b inmediatamente, y c noche, y d ahora.
e A, C: coquetiar / B, D, E, F:
coquetear f A, B, D, E, F: para menudencias / C: para sus menudencias
Ligia Cruz sobra. Harto botan aquí en vanidades inútiles. Alguna vez he de gastar en las mías. Y vea, Ernesta: esto no es ni vanidad, ni caridad, ni capricho: es pagar una parte, una parte nada más, de lo que debo. En la mina nos robaban todos los administradores: desde que buscamos a mi compadre, nos ha caído la plata a chorros.102 Ya ve el producido del mes pasado. Su honradez, y su buen desempeño me han hecho rico, no estos negocios de aquí. Y si aquí les pago buen aguinaldo a mis empleados, ¿no he de pagárselo a mi compadre? Y no será esto solo: cuando se vayea la ahijada pienso mandarle a la comadre Natividad algo que le sirva. Y bueno, Andrea: ya sabe, pues. —Sí, don Silvestre. A mí voluntad me sobra: pero ¡quién sabe con qué saldré! Usted sabe que yo soy muy boba.
—Desde que quiera, todo sale bien. Déjese ir: usted es muy buena madre. A doña Ernesta le brilla de pronto el ojo rasgado y dice: —Pero, si se la entrega a Ita, ¿por qué no la manda con ella al hotel? Allí puede funcionar mejor y con más independencia.
El marido le clava la pupila de gato y le dispara:
—¡Sí que me mortifica de veras verla a usted tan simple y tan bajita! ¿Y se atreve, otra vez, a proponerme semejante indecencia? ¡Botar yo a la calle a mi ahijada, a la hija de mi compadre Cruz...!b Con solo suponerlo me avergüenzo. No pensé nunca que cuatro reales que he conseguido la pusieran a usted tan egoísta y tan endiosada. Le suplico, por lo que más quiera, que no intervenga en este asunto de mi ahijada: esas son cuentas de ella y de Andrea.
—No tenga cuidado, Silvestre: conozco mi puesto.
—Me alegro que lo conozca, siquiera en esta pequeñez, porque en lo grande se le olvida con frecuencia.
—Muchas gracias, Silvestre: usted es muy generoso en todo. —¡Creo que sí! Y vea una cosa: si yo tuviera por ahí, como tanto viejo verde, a quien darle diamantes y muebles lujosos y casa, usted tendría que callarse por orgullo. Pues por orgullo debe callarse ahora, con mis regalos a mi ahijada: si lo cuenta a sus amigas de tono, que son las más desocupadas y, por lo mismo, las más murmuradoras, me componen alguna historia, y lo menos que dicen es que Petrona es hija mía, o... ¡algo peor! Esto solo deben saberlo ustedes dos, nada más. Ni mi ahijada siquiera. —Pierda cuidado: seremos mudas, no vaya a perder su reputación de santo. El marido sale. Doña Ernesta se bota a la puerta y le mide puños por detrás, los dientes atrincados, las lágrimas como granos. ¡Viejo más grosero y más hiriente! ¡Podría acordarse de sus vagamunderías de París y no venir a atormentarla de ese modo! Pasado el berrinche,103 tórnase a Ita y gañe:
—¿Conque mucha ventana y mucho balconeo, cuando no estemos aquí? Ya lo veo: ella los llama, con los ojos, y ellos se le plantan, naturalmente. ¿Cómo han de resistir a esta hermosura tan piladita? Ya veo ahí a uno de estos mañésc remangados y de zapato blanco, como unos que la atisbaban en el tren, haciéndole señas desde a A: vaye / B, C, D, E, F: vaya b Cruz!....
c mañées
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla abajo: y ella arriba, privada de la dicha.a ¡Qué maravilla!: Romeo y Julieta. De seguro que Silvestre le compra, también, escala de seda para que Romeo suba. —Ah usted, misiá Ernestina, para triscona; aunque esté brava no deja las burlas. —No, Ita: es que admiro con anticipación. Por desgracia no verán los transeúntes la película: he de tener el gusto de no desamparar la casa un solo instante. O me quedo yo o se quedan las niñas; y, cuando nos vamos para Puerto Berrío, dejo aquí a mis hermanas y tramo a lasb Piñones para que se vengan desde las cuatro hasta las once. Le voy a ahorrar mucho trabajo, Ita.
Esta expone las dificultades en que va a verse, entre dos corrientes opuestas. La dama la anima y la exhorta a que se aproveche de la ocasión y a que se provea de galanuras y de sombrero. Luegoc al punto se le alcanza, en medio de su rabia, que este lujo de su costurera es el reflejo de su casa. Ita, viuda y todo, se tienta: dejaría de ser hembra. —Sí, Ita: no tendrá ningún obstáculo, por mi parte. Obre como quiera, con tal que la mocosa esta no pase el segundo patio y que no me entred ni me salgae por el zaguán. Le doy llave para que funcione por la puerta falsa o por la cochera. —Pero el día del matrimonio, ¿cómo hago?
—Ese día lo mismo dará mugre que jabón. En estas fiestas no se puede escoger a gusto de uno ni en su clase. La de aquí va a ser una mondonguera104 horrible: en la lista de Otto hay parientes suyos muy fatales; y Silvestre puso en la suya todos los chechereros, clientes del almacén. Por supuesto que encabezó con Matamoros. Matamoros es para él la madre de Dios. Si me limpio un ojo, lo casa con alguna de las niñas. Usted y su hija Petrona, con Matamoros de escudero y maestro de baile, van a subírsele a Silvestre como el diluvio: quince codos sobre el gobernador y el arzobispo. —A usted nadie se le escapa, misiá Ernestina. Pero ese niño Matamoros sí es de veras una perfección: ahí donde lo ve, tan bailarín, tan cantor y tan risueño, es socio de San Vicente, de la Reparadora, oye misa todos los días y comulga cada primer viernes. —¡Si hace hasta milagros!: es el único que le satisface a Silvestre, al único que no le pone peros en el almacén. Dice Jaime que, con hisopazos de agua bendita, ha domesticado, para él solo, la fiera de Remedios. Pero no echemos más pico y vaya cuéntele todo a su portento y prepare el fiambre.
Petrona, con la promesa del padrino, logró calmarse un poco. Al saber todo, al practicarlo en algo, superó la realidad a sus ensueños: su madrina y las niñas ya no eran esos cocos que la intimidasen: las divisaba en la lejanía de su horizonte, como cuatro lechuzas que huyesen de la luz. Sintiosef escudada de sus iras y a su mismo nivel. ¡Sí!: cuando pasasen todos los acontecimientos y tornase la familia al estado normal; cuando ella y Mario se entendiesen, madrina y niñas tendrían de alternar con ella y holgarse con su trato y compañía. Mientras tanto, las vecinas la irían conociendo, y ella formaría, por fuera, su círculo de amigas. Su paludismo, a que se había habituado, le preocupaba ahora menos que nunca. Verdad que ese médico, con ese examen, esas preguntas y aquella cara de rey mago, la a A, B, C: privada de la dicha.
/ D, E, F: privada de dicha.
b A, B, C: a las Piñones / D, E, F: a Piñones c Luégo d A, E, F: no me entre / B: no éntre / C, D: no entre e A, E, F: ni me salga / B, C, D: ni salga f Sintióse
Ligia Cruz había asustado por el momento; mas, por las recetas, bien dedujo ella que nada tenía de temerse: unas gotas, reconstituyentes, buen alimento, campo y aire libre. Ita obra con actividad, sobre todo en lo último de la receta. ¡Y qué jiras, y qué andanzas en auto, por estos contornos pintorescos; obra como artista, y qué creacionesa en trapos, qué certeza en las compras, qué milagros de alquimia y de educación! Petrona, con ese talento tan admirado por su maestra, la señorita Etelvina, aprende a caminar y a cimbrearse sobre los tacones vertiginosos, aprende a coger el bolso con soltura y pierde el contoneo en dos salidas: es casi una medellinita de las gentiles. Ya no es pelinegra ni lacia: es rubia y rizada como un arcángel, con moña atrás y onda en la frente. Alburas y carmines cubren los manchones del paludismo; sus labios son ahora como el capullo de la flor de uvito;105 la garganta, pecho y brazos tienen esa blancura opaca de masa de maíz. Y, como Ita dice que no se usan las mujeres gordas y ella las ve huesudas en los figurines, se siente el último grito de la moda y uno como símbolo angélico de la belleza femenina. ¡Ah Ita para querida! Cuando se contempló por vez primera en las glorias de su trasfiguración, le dijo radiante a su nueva madre: “Ole, m’hija: ya sé por qué mi madrina no quiere comprarme mi ropa: sabía que iba a taparle a las niñas”.
Diarias son las clases de baile, desde las seis y media, en casa de Matamoros. Se oprime, le viene lasitud,106 le da tos, mas su entusiasmo se sobrepone a todo. En mes y medio domina los vaivenes marchados del ragtime,b107 los brincos serpentinos del foxtrot,c108 y los efectos floreados del valse lento. Matamoros se gloría en esa discípulad de pies alados, cuerpo de caucho y oído sutilísimo: Petrona, a su vez, no sabe cómo admirar a ese Matamoros insuperable que robaba corazones con su baile y con su canto. Pudiera ella renunciar al doctor Mario y habría de conquistarse a ese “langarutico109 tan jetóne y tan tuntuniento,110 pero tan contento y sangriligero”. Allí concurren varias vecinas coreográficas que manejan, por turno, la pianola embrujadora; allí, tres discípulos, y, entre ellos, uno de los parientes fatales de Otto, que debutará con Petrona en el matrimonio esplendoroso; allí se ha hecho ella varias relaciones; de allí salen con el maestro Matamoros, cuándo para el cine, cuándo para el Teatro Bolívar.111 El escudero, paniaguado e instruido por don Silvestre, se deshace en obsequios con sus escudadas. En los paseos con ellas por estos pueblos pintorescos, se ha excedido a sí mismo el tutelar muchacho. Ita, con los arreos de su materno magisterio, parece señorona del copete. Petrona, entreverada112 en el Teatro y en el Circo España113 con el mujerío engalanado de la moda, ni atiende a la representación ni a las orquestas, por comparar su figura con las más culminantes y afamadas. A medida que compara, se le crecen su beldad y su elegancia. ¿Cómo dudar, entonces, de su éxito con Mario? Y aunque ella no fuese tanto como era, ¿no sentía esa corazonada intuitiva que nunca engañaba? Su corazón tan grande adivinaba el futuro: ¡sentir aquel amor por un retrato, y, luego, sin suponerlo ni por sueños, venir ella a Medellín a la llegada del retratado y a su propia casa! ¿Qué otra cosa podía ser esta coincidencia, sino la premisa segura de su destino? Él era quien juntaba las dos medias naranjas, que tendrían de atraerse sin que nadie lo impidiera. Todo convergía al suceso, todo; hasta el cambio de su nombre. Ese suyo, herencia infeliz de una su abuela, solo a craciones b “right tang” c “fox trot” d dicípula e getón
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla queda en el libro parroquial de su nativa Segovia: ya no se llama Petrona, se llama Ligia. Ha visto Quo vadis? a114 en el cine. Matamoros le ha prestado la novela. Seb ha sentido muy parecida a esa Ligia de la película, y, claro, ha comprendido al punto que estaba llamada ab aeternoc115 para ser la tocaya de la princesa encantadora. No se explicaba cómo, al bautizarla, no hubiera dado su padrino con el nombre predestinado de su ahijada. Sí, ella era Ligia, Ligia Cruz. ¡Qué hermosura! Perdía la dedicatoria de la María,d perdía direcciones y vocativos tiernos de postales y cartas amatorias. Pero ¡qué importaba! Corre a marcar su nueva ropa, corre a que le hagan las tarjetas con su nombre verdadero, “Ligia Cruz”. ¡Qué música y qué expresión! Parecía como el canto de un pájaro misterioso de los montes. El nombre se divulga en el instante. La misma doña Ernesta lo celebra: ve en ese rasgo de la intrusa un argumento contra su marido. Pero Ita, que ya la quiere, que le tiene lástima por sus quimeras, se confunde cuando oye las burlas de Lastenia y las sirvientas. Le ruega, le suplica les oculte ese enamoramiento tan extraño. Le llevarían el cuento a la señora y a las niñas, y ellas se lo dirían todo al doctor Mario. Lo mejor era que lo cogiese “desprevenido y de boca” para darle el golpe. Ante esa lógica, la indiscreta se modera; pero quiere que Ita le consiga, robado, un retrato de Mario. “¿Para qué, niña Ligia, meternos en eso? Él le dará los que quiera”. De clavo pasado, Ita era tan inteligente como ella. Llega el día y no hay clase, porque Matamoros, factótume116 indispensable de su patrón, se ha ido con él al tope ingente. Ni Ligia está, tampoco, en esa tarde crítica, sino para las ansias de su corazón sobresaltado. Desaforada, febricitante, a la vez que muy maja y recompuesta, andonea por ahí, picada por la tarántula. Oye, al fin, en la calle, el ruido anunciador de la llegada. Llegan, entran. Toda ojos, toda temblores, se aposta en su asomadero favorito; mas no distingue al doctor Mario, en aquel embolismo del momento. Siente a poco, que suben al segundo piso, que instalan a los recién llegados; pero desde su observatorio no alcanza hasta allá. ¿El doctor no se colaría, dentro de poco, para ver las reformas interiores de la casa? Pero no: ni baja ni da señales de vida. Aquello es una colmena alborotada: criados nuevos, muy entrajados, tías y hermanas de la señora, sirvientes y ayudantes trastean y trajinan, en mil apuros, por cocina, repostería y comedor. Ligia ni atiende, siquiera, a estos ritos y enseñanzas de casa grande, tan provechosos a sus altas miras. Ita, entretanto, se alarma: la maternidad en que la ha puesto don Silvestre supera a sus capacidades; esta su hija de retruco se le va antojando muy desclavada; pero este enamoramiento, por retrato, sí no estaba en sus libros. Si ella lograra entretener, en la calle, a la loquilla siquiera hasta el día del matrimonio: pero ahí estaba la dificultad: Ligia ha declarado que, en esa semana, no saldrá sino a compras, a las pruebas del traje y a los últimos perfiles del baile. Si Mario iba, con las forasteras o solo, al cine o al teatro, allá iría ella; si se quedaba en casa, en casa se quedaría. Era esto un mandato ineludible de ese amor suyo, tan noble, tan interesante, tan bien enfocado y tan hermoso. La casa se va llenando; los criados llevan los azafates117 de copas, llegan cumbres de flores para la prometida, llegan obsequios de bienvenida para los recién llegados. Por aquí divagan unos; por ahí discurren otros: pero Mario no aparece. Al fin, a “Quo vadis?” b novela. se c abeterno d “María”, e factotum
Ligia Cruz salen para el comedor, estos por un lado, aquellos por el opuesto. Pero ¡oh desgracia!: Ligia no acierta. Ya entran todos; ya no queda nadie por los corredores. Oye que se acomodan, oye que principian. ¡Cuál se siente de sola y relegada en esa casa! Ita, que le vigila, siente tal lástima que infringe, si no en espíritu, el decreto prohibitivo de doña Ernesta: entra con Ligia por el pasillo, la lleva hasta la reja del comedor, se embebe con ella tras las frondas de helechos y hace que se asome por un cristal. Ocúrresele, de pronto, someterla a una prueba, a una como ordalía118 o cosa así y le dice: “Vamos a ver si lo determina entre tantos desconocidos”. Mario está de espaldas a la puerta: pero Ligia, sin vacilar, lo señala al punto. Ita se aterra: hasta brujerías habría en las cosas tan raras de esa niña. Ligia contempla esa cabeza tan alisada, esas orejas y esa nuca: pero ni el perfil siquiera, Mario habla con alguna del frente. ¡Qué voz! Es con Niní, con la tal Niní. Le parece fea, repelente, mal puesta; pero habla, se produce, y Ligia, con dolor de su alma, se siente hechizada. ¡Dios mío, qué haría ella! ¡Pero, caramba, caramba! ¿Por qué no habría ella de aprender a hablar en bogotano puro? ¿De qué le servía, entonces,a ese oído suyo, tan admirado por Matamoros? Oye y oye y quiere grabar aquello, allá donde se oyera, como en un rollo de pianola. ¡Lo fijaría! ¡Estaba segura! Ita la saca de la audición temerosa de que las cojan infraganti; la saca antes de que Ligia pueda mirar de frente al rostro de Vinicio. Cuando todos han vuelto a los salones y la pianola resuena, se planta de nuevo en el atisbadero, cavilosa y taciturna: mas, de repente, ¡otro augurio indudable de su predestinación! Es Lastenia, el empalago119 de Lastenia, que está hablando en bogotano, lo mismo que doña Flavia, lo mismo que Niní. Ligia suspende el ojeo, se acerca a la sirvienta y la dice: “Ve, ole Lastenita: enséñame a hablar así, que te pago. Desde esta noche te regalo cinta y caja de polvo”. A propia hora principian y, vieras de ahí en adelante a Ligia tras de la criada y a esta descuidando sus deberes, con aquel curso. Ita apela a sus facultades de madre: sermonea, regaña, pero en vano. Esa niña estaba tentada. Pero le nota tanta fe,b tanta seguridad, que a veces duda: se veían tantas cosas en eso de enamorados y casamientos. A la mañana siguiente, está Ligia en su cuarto marcando su ropa y hecha una facha,120 cuando ¡Zas!:c Mario con las bogotanas y sus padrinos, viendo la casa. Cierra la puerta, trémula; pero deja un resquicio y puede contemplarlo, a su gusto, de los pies a la cabeza. Es él, es su sueño. Pero, qué descuido el suyo tan maldito: él no la ve, no le sonríe, y aquellos cuatro ojos que Dios había hecho para que se encontrasen, no han podido trabarse en la lucha decisiva de una mirada. No vuelve a verlo ni de lejos: las visitas, las atenciones a las señoras que trajo, los amigos que se lo disputan para llevárselod han impedido este encuentro. Siguen las clases con Lastenia, e Ita, por ver si la saca de la casa en esos días de tés, banquetes y peligros, le prueba que no verá al doctor hasta las bodas, y le cuenta cómo unas niñeras bogotanas que hablan que ni una dulzaina, pasean diariamente por el Parque de Bolívar121 las runflas122 de chiquitines, a cual más lindo. Cátame, pues, a Ligia y a su madre en los asientos del Parque, en grandes parlamentos con las bogotanas; cátame a estas encantadas con los confites, a entónces b fé, c ¡zas!:
d llevárselo, han
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla dulces e insinuaciones de esa niña Ligia, “tan chusca,123 tan primorosa y tan chirriada”;124 cátame a las profesoras entusiasmadas y a la discípula aprovechadísima. Al par que lo fonético coge lo léxico. Hasta Ita aprende. ¿Qué va a hacer la pobrecita con esta hija? Llega, al cabo, la víspera de aquel día magno. Desde las seis principian las ofrendas protocolarias del buen tono. Ligia ve cómo entran arreo, botijas y peroles, cálices y vinajeras, palanganas y pocillos, que a ella se le figuran de la pura plata; ve cómo traen, alzados por dos terciadores125 en unas a modo de andas, muñecos tamaños como santos, blancos y sin ojos; ve cuerpos “de la cinta para arriba”; ve cabezas sin cuerpos, ve “retablos” enmascarados y animales y diablos miedosos y “monicongos de ayudados”. ¡Virgen santa con las ociosidades de los ricos de Medellín! Y siguen los trastos de plata y siguen los muñecos y las “cosas particulares”, y las cajas y los estuches, y aquello no se acaba. ¿Y qué sería aquel repartir de monedas, a lado y lado? “Ahí traen el bizcocho”, anuncia Lastenita. Ligia abre mucho ojo; pero no ve nada que se parezca a comida: ve que entran en andas un andamio blanco, como sitial de Corpus, parecido en la figura al tinajero de las Builes. Todos se aglomeran a mirarlo, mi sa Ernesta interviene y lo entran a una sala con mucho mimo. Tal será aquello, que llaman a doña Flavia y a Niní, para que admiren. Ligia no sabe qué le pasa. Ella no podía casarse en Segovia, ¡imposible! ¿Se casaría aquí? ¿Por qué no...?a Cavilando, fluctuando entre lo glorioso y lo doloroso, permanece clavada ahí no sabe cuánto. Como en todo suceso grande hay siempre indulto, don Silvestre llama: —¡Ahijada! ¡Ahijada!
—¿Qué es, señor?
—Que se venga con Andrea para que vea los regalos.
¡Qué susto al entrar, por vez primera,b en aquellos santuarios vedados hasta entonces! Cuando siente que sus pasos no suenan, que le rozan las mejillas las orlas de los cortinajes, que los racimos de luces la deslumbran, siente ese como horror sacro del lego ante el misterio del arte y la riqueza. Todo aquello le parece como un goce superhumano, algo como un pecado o una tentación diabólica. ¡Sus padrinos no podrían salvarse! ¡Lo que era ella se condenaría sin remedio!,c pero... ¡ojalá se condenarad de aquel modo! ¿Pero qué tapetes serían aquellos? ¿Qué contendrían esas como imágenese de iglesia, pegadas de esas paredes tan labradas como altares? ¡Pero qué iglesia ni qué nada! Ni la de San Antonio,126 ni la de los Jesuitas,f127 ni la misma de Envigado, ni el teatro eran como esas salas de su padrino. Hay mucha gente: pero no ve más que a Fany y a Pepito. “¡Qué maravilla!”,g exclaman por aquí. “¡Qué maravilla!”, exclaman por allá.h “¡Qué maravilla!”, exclama ella. Pero no ve, no entiende, está sonsa,i128 está turulata.129 Aquella balumba la fatiga. Tanto metal, tanta figura, tanta cosa coruscante y extraña parece que le apagaran esa inteligencia suya, tan llameante hasta aquel momento. Andrea la lleva a la vitrina de la joyería. ¡Ni por esas! Relumbran estuches, y relumbran colgajos, relumbra todo: j pero no relumbran los ojos de Mario: esos amigos imprudentes se lo habían llevado, ¡quién sabía a qué! Mario sería por el estilo del Ciro Madrigal. Sí: en esos ojos tan pícaros se lo había notado. ¡Qué delicia de hombre! Y no era orgulloso como sus hermanos: nada orgulloso que era. a nó?....
b primora, c remedio! pero d condenas e imagenes f Jesuítas g maravilla!” exclaman h allá, i A, B, C: sonsa / D, E, f: zonza j tado
Ligia Cruz Se queda en el cuarto hasta las diez, sin hablar, sin estudiar el bogotano, ni nada: el maldito paludismo le estaba amargando esta noche, muy preponderante y muy verdugo. ¡Ese demonio era tan traicionero! Pero, después de preparar aquellas galas, después de que Matamoros le había dado el grado, ¿iba a perder ella la ocasión de hablar con Mario, acaso en los floreos de un valse lento? No en sus días. Aunque el ataque condenado le saliese, al día siguiente, de bayetón y palo, no habría de perder ni los registros. ¡Ni muerta que estuviera! ¡Qué sorpresas las de la vida! No hacía tres meses que estaba en Medellín y, ¡cuántas cosas en tan pocos días! Eso había sido como en el cine. ¡Por Dios! ¡Cómo estarían de calientes en su casa: cómo estarían las Builes, después de tantas promesas! Pero ¿con qué tiempo? El lunes, precisamente, les escribiría, bien largo, a todos. Tercera partea La iglesia de los Hermanos Cristianos, esa fábrica medio barroca, medio esbelta, metida como una cuña entre los edificios vulgares de una calle estrecha, la ha consagrado, últimamente, la aristocracia del dinero: ahí celebra ella sus fastuosos, sensacionales matrimonios. Altísima posición han alcanzado, con tan plausible ocurrencia, los buenos pedagogos que enseñan a tantos pobres. Allí es el enlace Marañones-Jácome. ¿Dónde si no? Ligia e Ita, siempre por la cochera, han salido primero que todos, en ese landó130 lustroso, de auriga galán y presentables caballejos, conseguido por Matamoros con mucha anticipación. Ligia se tienta y no se halla: anda por la Osa Mayor, por la Menor y por otras constelaciones. Aunque la noche ha sido perra, ha despertado, muy recobrada, del corto sueño que logró al amanecer, porque la proximidad inminente de la dicha alivia cuerpo y alma. Sale, y aquella mañana jocunda y perfumada de julio, le insufla hasta el tuétano131 microbios de poesía, de fruiciones, de Mario y de todo. Pronto arma Ita el laboratorio y va surgiendob Ligia, como una visión etérea.c Hasta las ojeras del paludismo se las esfuma, en un azul ponzoñoso de pasión loca. ¡Con cuánta sabiduría, con qué arte supremo sabía exteriorizar esa Ita divina los incendios de su corazón abrasado!
Viene, en seguida, el entrajamiento áulico.d Cuando Ligia se contempla en aquele espejón, puesto en el suelo, teme desvanecerse y perder todo. ¿Qué dirían las Builes, si la vieran por un rotico? Aquellos zapatos, de un luisquince muy pronunciado, la crecen,f la trepan a los altores de Fany; aquel vestido de diosa, color sonrosadog de ensueño, con discos negros de abalorio; aquel sombrero, de pluma desflecada en todo el borde, ¿pudiera ella soñarlos un mes antes? ¿Qué dirían las Builes? Mario habría visto, probablemente, mujeres muy hermosas y hechiceras; pero que le dijeran, con los labios, con los ojos, con el alma, lo que ella tendría de expresarle, no lo había visto nunca, por mucho que supieran amar las bogotanas. De eso estaba cierta.h Ni ¿a qué poner en duda lo que estaba decretado, de antemano, por su feliz destino? a A, B, C: TERCERA PARTE /
D, E, F: III
b A: [ilegible] / B, C, D, E , F:
surgiendo c A: [ilegible] / B, C, D: aérea. / E, F: etérea.
d A: [ilegible]lico / B, C, D, E, F: áulico e A: [ilegible]quel / B, C, D, E, F: en aquel f A: [ilegible]ecen / B, C, D:
desvanecen / E, F: crecen g A: [ilegible]rosado / B, C, D, E, F: sonrosado h A: De eso estaba cierta. / B, C:
De eso quedaba cierta. / D: ¡De eso quedaba cierta! / E, F: ¡De eso estaba cierta!
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla En tal situación de alma va en coche descubierto, en una postura lánguida, medio absorta, de manos juntas y mirada al cielo. Cuando hay mucho novelero, mira la hora en su muñeca. Al volver de una esquina, ve la calle invadida por la ringlera132 de carruajes; ve los que llegan, por lado y lado, unos tras otros:a ve bajar damas deslumbrantes y caballeros tiesos, uniformados como un colegio. Ante los sombreros de copa, se reconcilia un tantico con los cachacos de Amalfi. Mas no: allá no había visto esos tarros con lista errática de lumbre. ¡Cómo costaría eso tan relumbrón! ¿Por qué llevaban todos, en la mano, eso como un trapo? ¿Serían guantes? ¡Ah sí!: se los pondrían cuando fueran a alzar a santos.b ¡Cuántos y qué buenos mozos, por esas aceras y esa entrada! El coche no arrima aún a la puerta; mas, de presto, resulta Matamoros, como un pino, todo uniformado e inconocible. Bájalas muy rendido y se excusa, con cualquier disculpa, por no haber ido a acompañarlas desde la casa; y todo era por miedo a la puerta cochera, en día de tanta expectativa. Las entra y las coloca arriba en la segunda fila. “¡Qué belleza de tabernáculo y qué rigor de azucenas!”. Sombreros y “camisones”, muyc lindos, muy preciosos; pero ellad las tapaba a todas, a toditas. “Yae llegaron — advierte Ita—,f fíjese,g niña: son las damas de honor”. La orquesta rompe triunfal y glorificante. Ve Ligia que emergen, una tras otra, a cada lado de la alfombrada calle, hasta seis figuras juveniles, ligeras, blancas desde el sombrero hasta el zapato, con sendos ramos nevados y enormes. Pero qué ninfas más primorosas y más chuscas: ¡qué docena de garzas más pareja! Y ella que suponía las tales damas unas viejas, con mantilla en la cabeza, muy matronazas, muy venerables, con algún escapulario o medalla en el pecho... En fin, unas señoras rezanderas, “de mucho honor”. Ella, a pesar de su talento, siempre era muy boba, en ocasiones. También era que allá,h en Segovia, no tenían sino un honor muy simple, muy merengudo y bien tapado,i para que no se rajara con el viento. En eso sí se les habían ido las patas a la señorita Etelvina y al señor cura. j Las damas se detienen, un instante, junto a la cancela, en fila simétrica y acodalada.k En el centro aparece “su padrino” con la reina. ¡Quién creyera que aquel sueño de nube, de flores y de espuma fuera esal Fany, tan fea y tan desairada! ¡Mismamente una aparición! Hasta miedosa era esa belleza, que no parecía de este mundo. “Su padrino” y la reina, parejo con las damas, suben con mucha maña,133 al son de las músicas, como en una procesión del Santísimo. ¿Por qué no repicarían las campanas y el esquilón grande? Y esas ninfas,m ¿qué hacían, entonces, si no iban regando flores? Todo se les iba en vigiar n134 detrás de la reina. Llegan hasta las barandas del presbiterio. Ligia puede, entonces, contemplar a Fany de perfil. ¡Virgen santa! ¿Qué cosa sería esa, que le nacía desde la nuca, como una tira, como una chuspa,ñ con todo y borla? Hasta rabo de animal parecía. Pero viéndolo bien, eso era muy precioso, muy diferente. ¿Qué diría la tal Patricia Cambas, de Segovia? ¡Dizque modista! ¡Piss! Ve que avanzan los padrinos: los primeros, su sa Ernestina. ¡Ah viejita para cuadrada y engañosa! Estaba más muchacha y más galana que las hijas. ¿Con quién venía? ¡Ah, sí!: cono el tal Otto. ¡Valiente botijambre135 tan sapo y tan patiabierto! No se casaráp a A: unos tras otros, / B, C, D: unas y otras, / E, F: una y otra b Santos c A: [ilegible]y / B, C, D, E, F: muy d A: e[ilegible] / B, C, D, E, F: ella e A: [ilegible]a / B, C, D, E, F: Ya f Ita— g Ita—Fíjese, h A, C, E, F: que allá, / B, D:
que ella, i A, E, F: y bien tapado / B, C, D: y muy tapado j Cura.
k A, E, F: acodalada. / B, C, D:
aocada.
l A: e[ilegible] / B, C, D, E, F: esa m ninfas ¿qué n A, E, F: vigiar / B, C, D: vigilar ñ A, B, C, D, E: chuspa, / F: chupa o sí!: Con p casara
Ligia Cruz ella con ese monstruo, aunque se lo dieran cubiertico de oro, hasta la corona. ¡Qué cría de espantos iba a sacar la tal pareja! Pero él... ¿Dónde estaría él? Atisba, avizora por entre la fila. Allá venía, el último de todos, con la vieja Flavia. Siempre tan sin orgullo para sus cosas, y como tan embolatado. Siquiera que no traía a la tal Niní. ¡Viéranle ese modo y ese desentendimiento! Se le veía a leguas que era doctor y sabio, y que no estaba pagado de su figura, como ese topante de Jaime. Por admirarle a su sabor y talante, no ha visto cómo ha evolucionado la comparsa. Vuelve la vista y contempla. ¡Esto sí era maravilla!: un corral en cuadro; cerco de padrinos, por un costado;a cerco de madrinas por el otro; por delante las damas; el altar, al frente; y, en el propio centro, los novios en sus reclinatorios, muy devotos y fervorosos. Albea la cola, tendida derecha, sobre el tapete colorado. Los borlones de sus puntas se le antojan unas escobas sin palo; el perfume de tanta azucena y de tanto ramo la marea. Sale el celebranteb y el rito nupcial principia. Pero ¡lo que eran estas cosas de Medellín! ¿De dónde diantres136 sacaban esos curas tan apropiados y tan bonitos? ¡Era como una imagen! Pero no: era más bien como un pepo, como un cachacón, de esos bien pulidos y bien aliñados. ¡Oyéranlec ese hablado, con esa urbanidad, y esa unción tan linda! Eso sí era aristocracia: eso sí era sacerdocio. Cómo le lucían esos ornamentos, con tanto bordado y tanto gusanillo.137 Qué lindas eran las casullas verdes con cálices y con racimos; qué lindos los zapatos con esas hebillas de plata. ¿Por qué no los usarían así los cachacos? Pues ¿y esos monarcillos?138 Qué queridos y qué chuscos, con sus capitas, de borde que ni plumas de pato. Aquí sí había religión; aquí sí había sacramentos: no en esos casorios139 de por allá, desde la puerta de la iglesia, con unos curas bien feos y bien destripados, con unos niguateros140 por ayudantes. Hasta cosas feas y malucas les leían por allá en esos montes a los novios más ricos, en esos misales tan mugrientos. ¡Ay! ¿Por qué había nacido ella en Segovia? ¿Por qué vivía allí? ¡Pero no!: ella se tenía que casar aquí, y en este mismo templo, y por este mismo sacerdote. Y, si a Fany le pegaba tan sumamente bien ese vestido de reina, ¿cuál no le pegaría a ella?
Hasta Mario se le estaba olvidando, por admirar, por divagar, por soñar. Busca y... ¡otra señal de su destino! El doctor Jácome le queda como a tres varas y el penúltimo de la fila, contando desde el altar y al lado de su banca. Puede recrearse en él, a su antojo, porque, en el extremo de las damas, queda un claro muy suficiente. La misa empieza; pero ni ve, ni oye, ni entiende: sentidos y potencias se los embarga su adorado: está, realmente, extasiada. “¡Modérese, por Dios!” —le ruega Ita. De pronto vuelve Mario la cara hacia abajod y las miradas se traban. Las del doctor como de ojos artificiales: no son miradas, propiamente: son una fuerza inmóvil e insistente. Parece que no parpadea, que mira por sport, que quiere hacerle frente a las miradas de Ligia para probarle el poderío inmutable de su impasibilidad. Todo esto parece aquel reparar largo y tenaz. ¿Y Ligia? ¡Oh, Eros tormentoso y pagano! ¿Por qué le prestaste a esos ojos, que siempre fueron locos, tantas flechas de súplica y a A, E, F: un costado; / B, D: un lado; / C: un cuadro; b A: celebrante, y el c Oyeránle d abajo, y las
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla ternura, tantas de ansias y ofertas? ¿Por qué le imprimes a esos labios pintados aquellas contracciones casi dolorosas? “Modérese, por Dios” —repite Andrea. “¡Fíjese, Ita; fíjese!” Mario habla algo con Pepillo, que está el último en la fila. Torna a mirar; pero de otra manera. Dijérase que hay en sus pupilas algo plácido que a Ligia se refiere. Por fin iba entendiendo Mario Jácome cómo sabía amar la ahijada de su padre. Ella tiembla, en esa banca, cual si tuviese calofríos de tercianas.141 Arrodíllase, inconsciente, porque todos se arrodillan. Mario sigue y sigue, e Ita se aterra.a Alzan, y no reza, porque el susto no la deja; esa niña tenía, como se lo había asegurado desde el principio, algo tremendo en esos ojos, para enamorar a los hombres de aquel modo; porque el niño Mario, un doctor tan serio, no podía coquetear así, por petulancia de muchacho que principiaba. Y algo raro, muy raro y que no era fingido, le había notado en la manera de fijarse en esa niña. ¿Sería Ligia zahorí?b142 Le habían contado tantas cosas de los que nacían en Jueves Santo.
El celebrante ha consumido; Pepillo ha vuelto hacia ellas, con cierta malicia y cierta sonrisilla; y Ligia dice: “Mirá, ole querida: el Pepillo también está embelecado. ¡Qué tan creído!”. En efecto, Pepillo está coqueteando de lo lindo, y no es con ninguna de las damas de honor; es con la niña Ligia. En él no le parecía tan raro, porque, aunque tan socio de la casa, estaba todavía muy muchachón. Pero esta criatura sí era, de veras, muy endiablada con los hombres. Hasta cierto sería que, por allá en esos montes, sabían enyerbar143 a los cristianos; porque esta niña Ligia,c ¿qué tenía de bonito ni de raro, para atraerlos de ese modo?
Ni por magia podría Ligia, en tres meses escasos, tornarse de fea en hermosa, por muy sabios que fuesen los artificios que Ita le inventase: pero, en tan corto tiempo, merced acaso a su mismo desenfado y a sus mismas pretensiones, ya producía su figura, al menos en silueta, cierta impresión agradable. Sus facciones, no del todo imperfectas,d habían mejorado, por supuesto, con los afeites engañosos. No es moco de pava144 tapar con blanco y rosa manchas y livores.e145 Harto lo han entendido así todas las hijas del genitorf Adán. En cuanto a su ordinariez pueblerina, la reforma era notable. Por instinto de asimilación y de progreso había dejado la mímica exagerada, el accionar brusco y desmañado. Sin entrar en relaciones encopetadas, había tratado en sus andanzas, funciones y compras, a algunas gentes de educación social. Las hermanas de Matamoros y algunas asiduas a la pianola de esa casag son suaves y discretas en su trato, conversación y maneras. Porque la educación social no es privativa de clases determinadas: se ven pulidos entre las gentes sencillas y groserotes de cargazón146 entre el buen tono. Las apariencias y los protocolos urbanos, sin la cultura del alma, sin la aristocracia del temperamento, solo producen esa desproporción risible que se llama cursilería y que muchos confunden con la vulgaridad franca, que no pretende nada. Lo cursi cabeh más en los ricos entonados que en cualesquier otros grupos; más en la ciudad que en la aldea. Ejemplos: doña Ernesta y sus niñas; y... perdónese este paréntesis en obsequio de la claridad. a A, E, F: aterra. / B, C, D: altera.
b zahori c Ligia ¿qué d A, E, F: todo imperfectas, / B, C: todo bien perfectas / D: todo bien perfectas, e lívores f Genitor g casa, son h A, D, E, F: cabe / B, C: cae
Ligia Cruz Respecto al nuevo hablar de Ligia, hay de todo: con su chifladura por imitar el bogotano, ha hecho tales dislocamientos de su voz que va perdiendo las inflexiones montañeras de su región, sin adquirir, por ello, las modulaciones y matices de las capitolinas ni el dejo destemplado de las medellinenses. Aquellas notas achicharradas y discordantes se van fundiendo, según deja los altibajos de su hablar montuno, en un acento cursado, ronco y opaco, ni grato ni fastidioso. Cuando no afecta, resulta un tanto raro; mas nunca insólito ni chocante. Ita se admira de la reforma. “Es que esta niña ha visto y ha hecho tanto en estos días”. Acaso sea esto la principal causa: conocer y sentir dan nociones; y nociones, reformas.
Ligia, en fin, como dice su padrino, ha pasado en un dos por tres de la batea a la bandeja; ha pasado con mucha salsa y mucho perejil, pero sin cocimiento ni sazón. Ya no es la pueblerina pretenciosa, es la cursilona de ciudad. Con el dinero de los Jácomes, podría, como ella se lo sueña, superar a las niñas de su madrina. La ceremonia ha terminado. Ita sale confusa y perturbada; Ligia, con uno de esos regocijos verbosos que la embriagan algunas veces y que en esta, la suprema de su vida, no puede quedársele dentro. Matamoros busca el coche, entre el tumulto; las sube, y él detrás.
—Pero ¡cómoa está mi discípula de elegante, y buena moza; cómo está de pinchada!147 Fíjese, misiá Andrea.
—Eso seré yo, porque usted se vino en pelo, muy despeinado y sin corbata. —Estoy muy lindo Ligia. ¿No es cierto que sí? —Y muestra todos los dientes y colmillos.
—¡Primoroso! Y ya sabe, maestrico: cuando usted y yo nos casemos, nos ha de casar este sueño de sacerdote.
—¿El padre Juan Crisóstomo? Por supuesto. Ahí sí quebró Dios el molde:148 que tal será cuandob es el único que le llena la cuenca al arzobispo.c Quedamos muy bien casados, si él nos echa la bendición.
—Y ya sabe, Matamoros: si a Otto y a Fany les prendieron tres docenas de velas, de esa laya, a nosotros tiene que ser una gruesa. —Sí, Ligia: mandamos labrar cirios pascuales para todos los concurrentes. —Usted que sabe tanto de religión, debe saber lo que significan las velaciones. —¿Qué le parece que no? ¡Como no me he casado ni una vececita...! —Ita, usted, que sí se casó y que tiene hijos, dígaselo a este maestro tan atrasado. —Qué voy a saber yo, niña Ligia, de estas cosas.
—¿Tampoco? Pues están por conquistar. Las velaciones significan bendición de vientre. Ya ve, pues, que vamos a tener muchos Matamoritos. —Yo estoy a la orden, discípula —repone seco de risa—. Pero me tiene que dotar, porque, como estoy tan pelado, nos va a comer el tigre, con tanto fruto de bendición. —Es que todo lo que gana lo gasta en fluxes.149 Economice desde ahora. —¿Cómo hago? Los bonitos tenemos que vivir muy bien puestos. a Pero cómo b cuándo c Arzobispo
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Eso sí, porque, si no están bien galanes, no les gustan, por ahí... a ciertas matronas. Yo sé que usted las visita mucho.
—¿Yo, Ligia? (Con mucha risa y marrullería).150 Esos son cuentos de los socialistas, por desacreditarnos a nosotros los semanasantos.151 —¡Los socialistas, sí, hermano! ¿Dónde estaba la otra noche, que llegó tan tarde y tan perfumado?
—¿Dónde? Pues estaría en algún parque; y, como hay tantas rosas, olería a rosas. —¡Sí; a rosas era! ¿Cuántos pecados mortales le llevó al cura en la última confesión? —¡Ni uno, Ligia! (sin poder hablar de la risa). Ahí me acusé de pequeñas imperfecciones, para que hubiera materia qué absolver.
Ya llegan e Ita está aterrada. Les había oído charlas medio picantes, sobre el matrimonio entre los dos; mas nunca “estas inmoralidades tan horribles”. Y ella que tenía al Matamoros por un Luis Gonzaga. ¡Ah,a hombres! No les valía ni comunión ni nada. ¡Valiente ralea! Si delante de ella y donde los oyeran y en un instante habían hablado “tantas iniquidades”, ¿cómo habría sido en tanto bailoteo? ¿Qué iba a hacer ella con esta niña tan descocada y con don Silvestre y con su sia Ernestina y con ese doctor Mario y hasta con Pepillo? El tal doctor sería algún sinvergüenza, como todos. Ella y don Silvestre estaban incurriendo, sin comerlo ni beberlo. Él, de puro caritativo y bondadoso; ella, de puro boba y corazón de pollo. ¡Valiente berengenal152 tan feo y tan ofuscador! Coches y más coches les preceden; coches y más coches les siguen: ventanas, puertas, balcones, esquinas y andenes están colmados; frente a la casa se agolpan nobles y plebeyos: se arraciman ancianos y granujas: en la entrada hay guardia; el bulliciob aturde; la exhibición es soberbia. Matamoros baja. “Permítanos, un instante, mientras le arreglo el traje a esta niña” —dice Ita. La toma por atrás, como a prenderle algo, y le secretea, casi llorosa:
—¡Por Dios, no vaya a descacharse, con este hombre, delante de tanta gente! ¡No vaya a mostrarle el cobre al doctor Mario! Si la quiere, él la busca. Usted debe dejar en la casa muy buena impresión. Fíjese que hoy van a conocerla muchas personas de lo primero.
—No tenga cuidado, Ita. ¡Allá verá!
Bajan, entran, la orquesta se oye, el rebullicio entontece. Con qué emoción tan extraña salva, otra vez, aquel zaguán señorial de su padrino. ¡Cuán diversa a la primera! Venía, entonces, a lo incierto, a lo desconocido: entraba, ahora, al seguro de su destino, por los arcos triunfales del amor. Iba a brillar en su centro, a dilatarse en su elemento: iba a tomar la posesión de este lote de ventura, que esa estrella suya le tenía señalado.
Ligia Cruz entra; entra arrolladora y radiante. Topa, atravesado, el grupo palatino e imponente de rúbrica: los desposados, en el centro: las damas de honor, siempre en guardia. No se inmuta, no pestañea; como todos saludan y abrazan, ella abraza y ella saluda. Sí, señor: Fany, la despreciativa Fany, se ha visto ceñida a ¡Ah hombres!
b A, E, F: bullicio / B, C, D: público
Ligia Cruz por la despreciada segoviana. Otto, el saporro,153 ha alcanzado un apretón de mano desconocida. Ni él ni su desposada saben, ahora, de dónde son vecinos ni quiénes los estrechan en esa rebatiña.154 Las caras se ponen en carácter; las sonrisas de buen tono se ensayan:a criados, de mucho guante, dan cartones y reciben sombreros; genuflexiones elegantes doblegan las cinturas y abaten las cervices; la tiesura cortesana saca actitudes y estiramientos imprevistos; todos se van contagiando en aquel foco de grandeza. Los ñoes se sienten dones; el montañero, un Petronio consumado; y hasta los más tramposos y enculebrados se figuran que son muy buena paga. Es esta una como pentecostés que a todos ilumina y purifica. El proemio de la epopeya egregia155 no trepida: luego al punto se define el tema y entra en trama. Salones, corredores, patio y jardín se van colmando; cuáles se sientan, cuáles trasiegan, estos se mueven, aquellos mariposean.156 Un ragtime se oye; y, a lo largo, a lo corto, de sesguerete, de travesía, marchan y marchan las parejas, en aquel balanceo, en aquel volverse y en aquel sacar los pies de un lado a otro. Se agarran, se ciñen, se aferran, se atrincan,157 porque... pueden caerse en ese patio. Ligia y Matamoros bordan y laborean, nota por nota, con esos pies de seda que anima la armonía. Los mirones se encantan de tanta limpieza y precisión, de tanto gusto y elegancia tanta. Preguntan, y el nombre de Ligia se difunde. Don Silvestre da el informe. “¡El demontres de la ahijada! ¡Qué tal si la hubieran criado en pesebrera, desde chiquita!”.b ¿Pues, y el maestro? ¡Hablarle a don Silvestre de su plata labrada...!c Matamoros, en tanto, se enjuga y dice, entre guasón158 y satisfecho: “¡Hemos gustado mucho, Ligia!”.
Harto más que el profesor, lo sentía la discípula; pero, si Mario no había presenciado aquellas glorias, ¿a quién se las dedicaba? Busca y no lo ve; torna a buscar y... ¡tampoco! Vase con Matamoros por esas salas, so pretexto de ver los regalos... ¡y nada! Mucho galán radioso, mucha dama a la última, trapos admirables, alta crema, la Fulana159 y el Zutano,160 tan nombrados, y feas que consuelan y flacuchentas como ella. En otras circunstancias, se fascinara y comparara; pero, ahora,d ¿a qué ver tantos ángeles y bienaventurados, si no veía a Dios? Da, de manos a boca, con su condiscípulo, aquel pariente fatalidad de Otto; y quieras que no, tiene que bailar con él una danza que preludian. Otro triunfo coreográfico. Pero, en aquel concurso de pantorrillas, brazos y pechugas, no alcanza una mención tan siquiera. Al comedor convergen los varones y se inician las tragantinas161 y ese atender colectivo e individual de aquellos anfitriones miríficos que no se pertenecen, en su casa, y que a ninguno olvidan. Señoras y siervos se escurren, por entre las parejas, con los vinos y pastas para las damas. ¡Qué exhibición de plata y bacarat!162 El mostrador se abre y se abre la cantina, la cantina a discreción de los sedientos. ¡Qué ensueño! En los centros del baile, solo quedan las parejas de enamorados y los danzantes empecinados. Etelberto, el prócer Etelberto, émulo de Matamoros, escoge a Ligia, para un ragtime gongórico.163 “¡Qué bien, señorita!”. “¡Qué bien!” y venga el caminado matapulgas y venga el brinco mágico y el doblarse hechicero y “¡qué bien, Ligia!”. a A: ensayan: / B: ensanchan: / C, D: se ensanchan; / E, F:
se ensayan; b chiquita?’ c labrada!. . . .
d ahora ¿a
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Los tragones van saliendo; Ligia adivina a Mario, vuelve la vista y... ¡ahí está! Ya no es una bailadora, es una posesa del dios Ritmo. La misma Lila Piñones siente el sortilegio. “¡Divino, Ligia, divino!” repite Etelberto; y le domina en el numen164 y se embriaga con su compañera, en un mismo rapto de inspiración. ¡Oh,a fruiciones inefables del genio! Terminan, Matamoros y don Silvestre aplauden y nadie duda a quiénes va dirigido el palmoteo. Etelberto se inclina sonreído y dichoso, como actor ovacionado. Ligia se sienta, fatigada, y ve a Mario que la mira. ¿Le caería, ahora? Pronto,b ¡quien lo creyera!,c salta Pepillo, atrafagado: “Ligia, le pido, desde ahora, el valse lento, que viene en seguida. ¡No me diga que no, Ligia!”. A don Silvestre se le alegran las entrañas: ¿Conque,d al fin y al cabo, iban entrando en razón los de su casa? ¡Que valieran tanto unos tristes trapos!...
Siéntase Pepillo pegado a su elegida, y, a media voz, le habla, arrullador y vehemente: “Mire, Ligia: el primero de casa que la vio, fui yo; pero puede decirse que no la conocía hasta hoy: hoy, en la iglesia, he venido a comprender lo que es usted”... Y así y asá. Tenía que suceder: esos ojos suyos, “esas dos pelotas chocolatas”, que ella sabía manejar tan bien, ¿iba a soportarlos el Pepillo Jácome? Era un aliado de su destino: era otro hilo para entrar a la familia; era un precursor de Mario. Como a tal lo acogería. En este afecto a su hermanito, ¿qué malo podía ver su adorado, si por él mismo lo quería? Pero ¡vieran las cosas! Ella con el santo afecto de hermana, y el mocito, muy sí señor cortejando a la cuñada. Él va diciendo: ella va enredando y encendiendo; ¿sería coqueta? ¡Nie mucho menos! Y siguen enzarzados en el coloquio y el anunciado vals no resulta. Y ahora, convidados felices de esta ciudad levítica,165 tan opulenta cuando Dios quería, ¡sursum corda!f166 Ha llegado el momento supremo; ha llegado esta pascua futurista, que recordará de gente en gente, de centuria en centuria, esta salida venturosa del Egipto de la soltería. El ministro y la sacerdotisa de himeneo,g167 confundidos con el dios mismo, van a ofreceros su carne y a ofreceros su sangre, mediante las especies sacramentales de la elegancia y de la moda. Ya la víctima está en el ara;168 ya está preparado el licor sacro, para rociarla. Mas no son ya el cordero judaico y el vino de Engadí:169 ved cómo sacan los bloques de ese bizcocho propiciatorio que ha costado trece mil pesos: oíd cómo estalla, por esos comedores, el tiroteo litúrgico, vaticinando mil delicias. Ya vienen los oficiantes: ya vienen a ofreceros la comunión. ¡De hinojos todos! Nadie falta, ¡nadie!,h en esta mesa pascual, glorificadora y santificante. Pepillo y Ligia comulgan muy juntitosi y muy columbinos, j170 en su escaño de junco. La intrusa hija de Samaria no ha probado en su vida estas especies sublimes de los hijos de Israel. La “cazuelita con patas”, se le figura, por los hervores, algo así como carbonato; la tajada costosísima no se le alcanza: si es de sal, será morcilla;171 si de dulce, “hojaldrak blanqueada”. Así y todo, toma y masca, gusta y traga, con muchísima experiencia. “¡Qué delicia, Pepillo! A mí siempre me ha encantado el champaña” l —“¿Le gusta, Ligia? Pues yo le doy el que quiera” —“No Pepillo, ¡un millón de gracias! Otra copa me voltea” —“No lo crea. Pero no es hoy, nada más, que se lo ofrezco: le doy champaña, de la mejor a ¡Oh fruiciones bPronto ¡quien c creyera! salta dA: Conque, / B: con que, / C: conque / D, E: ¿conque / F: ¿con que e ni mucho f sursum corda g Himeneo, h ¡nadie! en i juntitos, y j A, B, D, E, F: columbinos, / C: colombinos, k A, E, F: alcanza: si es de sal, será morcilla; si de dulce, “hojaldra / B, C: alcanza:
“hojaldra / D: alcanza «hojaldra l A: champaña”.—“¿Le gusta, / B, C: champaña”. “Le gusta, / D: champaña!» «¿Le gusta, / E, F: champaña!” “¿Le gusta,
Ligia Cruz marca, cada vez que le provoque. Vea...”. Alguien le llama la atención y corta. Ligia entra en cuidados: ¿se le iría a pegar todo el día? Como saliese pronto del tal valse, ya buscaría ella el medio de zafársele. El amartelado torna al coloquio. Ita, que asesoraa por ahí, reventando seda y peineta decorada, alcanza a ver aquello. Pepillo,b ¿en bundes con la niña? ¡Virgen Santa de los Siete Dolores! Represéntasele, al punto, cierta perra pecaminosa y arremetedora, que se puso, una vez, en El Poblado, y cómo intentó colarse al palomario de barrenderas y fregonas. ¡El diablo andaba suelto por la casa! Sí, señor: desde la iglesia andaba atisbando; y todo era por “esa niña tan tentada”. No era su sia Ernestina, solamente: juntas tendrían que ir al manicomio. Largaría el cargo, ¡pesara a sanc Silvestre papa! En pasando la comunión, viene el reparto de reliquias. Ya salen cuatro ninfas de honor; balanceando por las cuatro puntas, por modos leves y cortesanos, unas entre cunita y canastilla, colmada con los albos amuletos; tras ellas, los oficiantes. Otto, a las mujeres, Fany, a los varones, condecoran, pecho por pecho, con sus mismas manos sacratísimas. ¡Qué simbólico y qué estético aquel copillo menudo de azahares, con su documental cintajillo! ¡Qué bien sienta el preciosísimo emblema sobre las solapas de los patolevas virginales!d Dijérase que la varita del patriarca san José va brotando de tantos corazones inocentes. ¡Qué filosófico es el culto en la religióne de la elegancia! Mas toda divinidad tuvo ateos: por allá, en un grupo de gentes de experiencia, se está burlando don Silvestre de los embrollos de doña Ernesta, de lo inflada que está, con su festividad tan solemne.
—Véala, Flavia. No cabe en el pellejo, de la dicha. Vea lo linda que se siente. —Enamorado que estás, todavía, de tu costilla.
—Ni porque yo fuera el santo rey David.
—¡Más viejos he visto yo, por ahí, alborotados y culecos... hasta en la calle! —Ridículos que son, Flavia: quieren tocar el tiple con las cuerdas arrastradas. La entonada vieja no sabe si regañarlo o qué. Pero otra señora, muy piadosa,f se retira santamente indignada.
—No se vaya, Clemencia: ¡camine hablemos del Club Noel y de los ejercicios de las sirvientas! A usted le faltan otras copitas de champaña —yg la ataja y hace que traigan copas para todo el grupo.
Y no es ahí, únicamente: tras el cáliz sacramental vienen siempre las abluciones. El detonar sigue y sigue.h La revoltura de brandis y monopoles va sacando unas perritas de raza fina, con collaretes y cascabeles. Las hay de pura sangre: las hay cruzadas, extranjeras, criollas, vernáculas y hasta domésticas. Habrá que decir aquí, en honor de las damas que no todas las perrillas son tan amorosas como la de Pepillo. Como el valse ha sonado por fin, se mueve con su pareja en unos enervamientos muy ensoñadores. De pronto, ¡oh,i ley ineludible del hado! “Una palomita, Pepe, con permiso de Ligia”. Es Mario, y su hermano tiene qué inclinarse ante los fueros de la primogenitura y de la ciencia. El doctor se cala el guante y Ligia... en los aires. a acesora b Pepillo ¿en c San d virgínales!
e Religión f píadosa, g champaña—; y h A, E, F: abluciones. El detonar sigue y sigue. La revoltura / B, C, D: abluciones. La revoltura i pronto ¡oh ley
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Trémula, transportada medio sonámbula, no sabe cómo ni cuándo la toma el hombre de su vida. Se siente uncida172 a él, y después... ¡nada! Principian en un silencio, que a ella se le antoja, por su parte, como el arrobo de una mística ante una aparición. —Usted baila admirablemente —dice por fin el aparecido. —Favor y nada más. Pero con usted, doctor... tal vez baile algo. —Ese sí es favor, Ligia: yo soy un aprendiz. Y,a ¿por qué me da el título? Llámeme Mario, simplemente como antiguos amigos.
El valse cesa.
—Hasta mejor para usted... yo no estaba saliendo con nada. Pero... mire, Ligia: vamos a sentarnos un rato.
Busca. En un rincón, junto a unas palmas nemorosas, hay asientos desocupados; cerca, dos alemanes, que conversan en su lengua, con una señora muy fea. Allá se sientan y... ¡otro anuncio! Por ahí lo había visto, al través173 del vidrio, la noche de la llegada.
—Tenía mucho deseo de tratarla. Pero ya ve: viviendo en una misma casa y apenas la he conocido hoy.
—Sí, doctor... sí, Mario. Usted ha tenido tantas visitas y tantas atenciones (sin fingimientos de voz ni de mímica, sin arrumacos y con ojos chispeantes muy sinceros de pasión). Pero usted y yo teníamos que encontrarnos en la vida: eso lo sabía yo hacía mucho tiempo.
—¿De veras, Ligia? Pero ¿cómo lo sabía?
—No sé cómo, Mario; pero, desde el año pasado, que don Silvestre nos mostró, en casa, un retrato de usted, comprendí que usted era el hombre que yo soñaba, y que teníamos que encontramos algún día. Hace apenas unas horas que nos miramosb por primera vez, en la iglesia... y ya ve, Mario. Lo que ha de suceder, sucede. Y usted ni sabría que yo existía.
—Sí, Ligia,c ¿cómo no? por papá lo sabía; sabía que era su ahijada. Él estima mucho a su familia.
—En casa lo queremos, como no tiene idea; pero ¡yo lo adoro! Él me ha contado todos sus estudios y todo lo que sabe. Usted es el hijo preferido. Él me ha hablado de usted con un gusto y un entusiasmo tan grande. Por él he sabido que ha tenido muchas novias, pero que no está comprometido con ninguna. Yo lo conozco mucho, Mario: le conozco el genio, y el modo de ser, perfectamente: usted es un hombre muy apasionado, de un corazón muy grande, muy noble: usted debe amar, como amo yo.
—¿Usted ama mucho, Ligia?
—Mucho, Mario, mucho.
—Habrá tenido, entonces, muchos novios.
—No, Mario. Ahí verá usted. Pretendientes me han salido,d ¿cómo no? hasta buenos. —Cuénteme, Ligia.
a Y ¿por b mirámos c Ligia ¿cómo d salido ¿cómo
Ligia Cruz —¿Por qué no? Pues vea: uno me entusiasmó al principio... o me hicieron entusiasmar. Estaba loco por mí; pero lo que yo sentía por él no podía satisfacerme: no me llenaba el corazón. Me rogó, el pobre, me suplicó, me escribía las cartas más tiernas; pero... tuve que quitarme. Después me salió otro novio que quise mucho, Mario. Era muy malo: escandaloso, peliador, de todo, menos borracho. Hasta unas puñaladas le dieron. En casa lo odiaban hasta las gallinas. Pero conmigo era el hombre más caballeroa y de sentimientos más lindos. Sus cartas eran muy cariñosas y más bien parecían de un hermano. Se me propuso, se me metió en la cabeza que, siendo tan atrevido y tan malo con las demás mujeres y tan bueno y tan respetuoso conmigo, yo tenía que quererlo más, por eso: y que, si nos casábamos, yo lo iba a componer. No tenía ni un tabaco y esto me enamoraba más. Yo he sido muy rara, Mario. Pero, de golpe, se me metió, sin ningún motivo, valga la verdad, que no podía quererme con buenas intenciones. Con esto tuve para que se me volviera un ruin, un nadie. Lo que yo lloré de soberbia y de vergüenza por haberlo querido tanto. ¡Así tenía que suceder! Después me he reído de mí misma: ¡figúrese, Mario! haber creído yo que eso, que sentía por el dichoso Ciro Madrigal, era amor: ¡que ese hombre tan bajito pudiera ser mi esposo! Yo tengo un corazón muy grande y muy ardiente; yo no puedo contentarme, como otras mujeres, con cualquier cariño ni con cualquier hombre. ¡Yo soy así, Mario! —Sí. Ligia. Ya comprendo que usted sabe amar como pocas mujeres y que necesita un hombre que se ponga a su altura. Usted no puede conformarse con un amor vulgar, (entre irónico y sincero).
—¡Imposible! Usted sí me comprende, Mario. Tenía que comprenderme. Figúrese usted que, desde muy jovencita, yo he presentido el hombre que ha de ser mi dueño, mi dios y mi todo. Yo lo adoraba sin conocerlo, porque... ¡estas cosas son tan raras! Yo me lo figuraba, unas veces de un modo y otras muy distinto: meb figuraba, unas veces, que era poeta; y otras, que era doctor; pero siempre muy bello y muy importante. Y yo lo esperaba; sabía que había de llegarme sin remedio. Calla, porque por ahí viene Pepillo y teme que se aproxime. Pepillo se aleja, sin embargo; los alemanes siguen en su parla; de la cantina vienen muchos ruidos; los grupos se van seleccionando, en aquel patio sevillano.
—Siga, Ligia —dice el doctor, realmente interesado. —Cuénteme bien cómo fue eso del retrato.
—Lo más sencillo, Mario; pero, al mismo tiempo, lo más raro y misterioso. Como le digo, nos mostró don Silvestre el retrato y me dijo que no le habían hecho el favor: que usted era mucho más buen mozo de lo que estaba en la fotografía. A mí se me clavó ese retrato aquí en el corazón: lo veía seguido a usted, tal como es: el mismo color de la cara, las mismas manos, el mismo caminado... todo. Yo lo veía en sueños y lo veía despierta. Me hablaba, lo mismo que usted me habla ahora. ¡Ay, Mario, las noches que yo he pasado por usted, las lágrimas que me ha costado! De ahí me vendría el paludismo, porque no comía, ni dormía, ni podía hacer nada en formalidad. Era antes muy alegre y muy bailarina; pero me a caballero, y b Me
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla fui poniendo triste; huía de la gente y de sus reuniones; no me gustaban ni las amigas. Me llevaron a Amalfi y a Remedios; me recibieron muy bien; me salieron muy buenos novios. Algo me animé en esos pueblos; pero volví a Segovia y fue peor. A ratos me entraban ganas de morirme; pero me ponía a pensar que un amor tan particular tenía que ser un designio de Dios o de la suerte y que tenía que cumplirse de algún modo. Yo no había sido bien devota, pero, en esos días, me volví hasta beata. Yo le pedía a Dios que me arrancara del corazón ese amor por un retrato que se me había vuelto hombre de verdad; le pedía que, si me curaba de esa locura, me haría monja carmelita. Me parecía tan delicioso ser santa, para curarme de esa cosa tan particular. A nadie le decía una palabra, porque, aunque soy muy franca y muy comunicativa, no me atrevía a contárselo a nadie. Me parecía que se reirían de mí y me pondrían en ridículo. Pero un día no pude más y se lo conté todo a la señorita Etelvina. Ella fue mi maestra y me ha querido mucho, desde chiquita. Es muy buena y muy instruida.a Sabía mucho de vidas de santos y de revelaciones. No hace un año que se fueb de religiosa. La señorita se confundió cuando me entendió todos mis enredos. No me rebajó de loca: que todo era debido a esas historias de amores que yo leía. Me ayudó a pedir a Dios para que mec curara estad locura tan triste y tan impropia de una joven. Pedimos, como no tiene idea; no valieron rezos ni novenas. Al fin, convino conmigo la señorita Etelvina, que esa pasión, que me había enfermado y me había puesto así, podía ser un presagio de lo que iba a suceder; y que ser yo ahijada de don Silvestre podía ser otro presagio. Me decía que la Divina Providencia, y hasta la suerte, tenían cosas muy inexplicables. A ella le habían salido cosas que había presentido; y acabó por animarme. Cuando se fue para el convento,e me dio muchas esperanzas. Yo me quedé tan sola y como tan huérfana, en ese pueblo. Yo no podía tratar de eso ni con el cura, porque la señorita y yo convinimos que, como no había falta de ninguna clase, no tenía por qué llevar eso al confesionario. A esas llegó el anuncio de la visita de don Silvestre a la mina. Me dio un sobresalto tan horrible, que el paludismo me cogió por su cuenta. Cuando don Silvestre llegó me encontró en cama. A mí no me había pasado por la mente la idea de venir a Medellín, ni menos a su casa. Me figuraba, siempre, que lo vería a usted en Segovia; y nunca pensé que fuera aquí. Y ya ve: salió don Silvestre con el viaje; mamá se opuso mucho, por mi enfermedad; pero él alegó que el viaje era el mejor remedio y que por eso me traía. Ya ve, pues, cómo nos hemos encontrado. Ya ve cómo usted no está comprometido con ninguna. En las miradas que hoy nos hemos dirigido, en la iglesia, nos hemos comprendido: me ha persuadido que no le soy indiferente. ¿No es cierto, Mario? —Evidente, Ligia. Usted me ha impresionado del modo más extraordinario, y yo, también, creo en el destino.
—Tiene que creer, Mario. ¿No es verdad que no tiene ningún compromiso? —Ninguno, Ligia: soy completamente libre.
—¿No es verdad que usted ama, así como amo yo?
—Es verdad; así amo yo. Lo mismo que usted, Ligia.
Él la mira, la examina,f la devora con los ojos y no define. Desde que la viera en la iglesia, adivinó en ella, por los gestos que le hacía, por las miradas con que le a instruída.
b fué c A, E, F: pedir a Dios para que me / B, C, D: pedir a Dios que me d A, E, F: curara esta / B, C, D:
curara de esta e Convento, f A, E, F: El la mira, la examina, / B, C, D: En la mirada la examina
Ligia Cruz flechaba, un desequilibrio, un caso triste de histeria erótica. De ahí el que la hubiese mirado con tanta insistencia y curiosidad; de ahí el deseo de conocerla. Al estudiarla, ahora, experimentalmente, se le hacía un caso hermoso y complicado. Como médico y como mozo de aventuras, había lidiado buena parte del loberíoa bogotano; muchas sicopatías femeninas, en las clínicas; no pocas locas de lupanar y algunas otras enfermas de buena clase. Era, pues, un experto en la materia; mas nunca había dado con una hembra tan extraña y tan paladinamente amorosa y soñadora. La historia del retrato no le parecía una invención improvisada para el caso, y la convicción y la sinceridad de esta enamorada que le salía de improviso, las encontraba muy reales. Sin ser un Narciso174 ni mucho menos, sabía, por lacerante experiencia que agradaba demasiado a las mujeres. Es lo curioso que las suposiciones de Ligia, respecto a su temperamento, eran otras tantas realidades: Mario era tan volcánico como afectuoso. En varias aventuras había salido perdidoso, por exceso de corazón.b Había sufrido no poco con esta víscera tan delicada como ardorosa. Otra nota, más curiosa, todavía: pensaba, desde el año anterior dar una vuelta por Segovia, antes de ir a Europa, más que por conocer la mina, por estudiar las enfermedades de esa región. ¿Sería Ligia una de esas iluminadas videntes que hacían milagros? ¿Sería únicamente una soñadora? ¿Una irresponsable, nada más?
Encontraba, por otra parte, muy interesante las facultades de esa fantasía tan loca, tan poéticamente disparatada, encontraba muy curiosas esas ansias por lo desconocido. Su trato, su dicción, y aun sus mismos atrevimientos, le sorprendían en una muchacha más que provinciana, que asomaba, por vez primera, a sociedad brillante. Se le hacía inteligente y vibradora, como toda imaginativa y un tanto imbuida en agüeros, en novelones y leyendas milagrosas. Su misma desfachatez y absoluto desconocimiento de la vida social se le antojaba otro caso de ingenuidad y salvajismo, de lo más peregrino y extraño.
Mal podría parecerle hermosa, pero sí sugestiva e intrigadora, con esa sugestión perturbadorad de ciertas mujeres tristes y enfermizas. La adivinaba capitosa y perversa comoe una sacerdotisa del diosf Príapo.g175 Figurábasele que en un teatro de estragamiento y de pecado, habría hecho carrera. Figurábasele, al contrarioh que, en un ambiente devoto, hubiera sido una mística. No extrañaba, por ende, que Pepe anduviese por ahí tan provocado y tan baboso. Él mismo, a ser posible, ensayara alguna extravagancia con esta su enamorada que le salía de improviso, tan fuera de su clase y de su medio. Pero con Ligia, ¿cómo? Estaba enferma, también, del cuerpo; perdida irremisiblemente. Sintió tanta lástima, como hombre; tanta piedad, como médico, que tuvo, desde luego, por muy hidalgo y muy cristiano, consolarla, como a cualquier enfermo, a quien la misericordia y la ciencia ordenan mejorar con cualquier farsa. No necesitaba de tanto Mario Jácome. Si, como médico, era muy circunspecto con el bello sexo, era de suyo, galanteador en toda forma. ¿Qué no sería, pues, ahora, al verse requebrado, con todo y propuesta? Ligia, al sentirse mirada con tanta insistencia, se crispa de ventura. a A, E, F: del loberío / B, C, D:
loderío b A, C, D, E, F: exceso de corazón / B: el sexo de corazón d perturbante e A, E, F: La adivinaba capitosa y perversa como / B, C, D:
adivinaba como f Dios g Priapo h al contrario, que
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Y dice así el galán:
—Indudablemente el destino nos ha unido, mi Ligia. Estaba escrito. Yo también tenía mis presentimientos. He visto en estos días niñas primorosas;a pero ninguna me ha impresionado como usted. Usted me ha dado el flechazo mortal, a la primerab mirada. ¡Yo la quiero, Ligia! ¡Créamelo! La quiero como nunca he querido a ninguna. Su voz, ungida por la misericordia, resulta, de veras, tierna y amorosa. A Ligia se le saltan las lágrimas, se enjuga y va a gemir. —¡No, por Dios, Ligia! No vaya a llorar, ahora: vamos a dar el curso, delante de tanta gente. ¡Cálmese, mi amor! ¡Se lo suplico! ¿Llora porque la quiero? ¡Cálmese, mi reina! Se enjuga apresurada, y dice, gemebunda:
—¡Lloro de dicha, Mario! ¿Cómo no he de llorar? ¡Pero vea: ya me río! En efecto, Ligia reía como una chicuela en quien el consuelo supera a la pena consolada.
Él quiere persuadirse de la enfermedad física, hasta la evidencia. La interroga, con la astucia del médico y el interés del caritativo. Vacila ella, al confesar ciertos detalles; ruega él con tal cariño y delicadeza, que nada niega, al fin, por más que se avergüence; infórmale, además, del examen y recetas del doctor Peñagrande. Declara él, no valer nada la tal enfermedad. —Usted sí me cura, Mario. ¡Yo sé que me cura al momento! Pero no me examina ahora, ¿no es cierto? Me he enflaquecido con la enfermedad: yo tenía carnes muy bonitas. —No hay necesidad de examen, mi Ligia. Pero, muy a mi pesar, le digo que este clima, que pudo convenirle mucho, por pocos meses, no le conviene ya, ni menos esta vida que está llevando. Debe volverse a su casa y estarse allá, con mucha tranquilidad y quietud. —Pero ¿irme ahora, que somos tan felices? ¡Eso es muy duro, Mario! —exclama la pobrecita en un arranque de dolor.
Él le habla de su próximo viaje a Segovia. Cuando fuera por allá, en diciembrec y enerod próximos, a más tardar, ya la encontraría perfectamente curada y, entonces, lo arreglaría todo.
—¿Me lo promete, Mario?
—Se lo prometo.
—¿Me lo jura?
—Mi promesa es el mejor juramento, Ligia.
—Y,e ¿cuándo tendré que irme, Mario querido?
—En estos días, mi amorcito. No hay, tampoco, tanta urgencia. —Pero sí nos veremos mucho, antes de separarnos, ¿no es cierto? —No será mucho, mi amor. ¡Eso es lo malo! Debemos tener todo en muchísima reserva, mientras esté en casa. No sería decoroso que nos vieran aquí de novios. —Eso es cierto, Mario. Y dígame,f ¿no se opondrá misiá Ernestina a que se case conmigo?
—¿Mamá? ¿Por qué va a oponerse? Y, aunque así fuera,g ¿no soy muy libre? —Es que ella y las niñas como que no me quieren.
a A: niñas primorosas; / B, C:
niñas hermosas; / D, E, F: niñas hermosas, b primer [primer solo puede ser apocopado cuando precede a un sustantivo masculino].
c Diciembre d Enero e Y ¿cuándo f dígame ¿no g fuera ¿no
Ligia Cruz —Eso es preocupación suya, mi Ligia. Aquí la queremos todos; y después la querrán mucho más.
Jaime se acerca muy vinagre y dice: “Mario: que te necesita tía Flavia”. Despedida de terneza disimulada. Los desposados han desaparecido; los convidados se van retirando.
—A sus órdenes, tía Flavia.
—Mira, hijo (llevándolo con reserva olímpica hacia el ángulo, ya desierto de un salón). Acuérdate de lo que te he dicho tantas veces: “Amigo de lobas paraa en lobo, en el hermano lobo”. Por lo que veo, eso como que es vocación: saliste de la manada para tastaciarte,b aquí, con tu loba, a domicilio. Te aseguro que te has lucido con tu debut. El ejemplo que le has dado al chino ha sido edificante. Buscac a Ernestina para que te dé el premio.
—Tía, no juzgues así, de buenas a primeras, por cualquier apariencia. ¡No supongas tanto, tía! Pronto te persuadirás de que no hay tal loba ni tal tío lobo. Antes de ocho días lo sabrás todo.
—¡Es muy poco plazo! Te concedo un mes: Tal vezd en ese tiempo puedas levantar tu defensa, ¡chivato176 desvergonzado! ¡Médicoe de guarichas!177 —Está muy bien, tía... Con su permiso.
Ligia ha quedado fluctuando en su ensueño; mas pronto se retira a su aposento. Aún quedan algunos rezagados, pues con cantina libre no es posible que se vayan todos de una tanda. Al chino, al amoroso secaleche178 de misiá Ernestina, ha habido que llevarlo en vilo, que despojarlo de sus arreos, que acostarlo, entre letales vomitonas. Jaime ha salido con sus íntimos, para terminar, en cualquier parte, esas perras nupciales, de tarro, de charoles combinados, tan exhibidas y vocingleras. El regañado Vinicio hase refugiado en sus alturas, huyendo de la flavínea tormenta. La indignada tía, Niní y las dos niñas se esconden, al lloriqueo, por la partida de esa Fany tan glorificada. Doña Ernesta, asqueada con las colillas de habanos y cigarrillos hecha un basilisco,179 con los pesados y pechugones y con otras garambainasf180 de su alma aristocrática, disimula por ahí, dando las últimas órdenes.
Al fin, se ve libre la suntuosa morada; el portalón se cierra, y acude la servidumbre al arreglo de tantos estropicios. Don Silvestre, asistido por una su cuñada,g es el único que almuerza, en toda forma y tranquilidad. En terminando, vase, también, a su despacho, a fumar un cigarro, a disfrutar de la cama y a descabezar una siesta, en su perezosa americana. Doña Ernestina, se da, al fin y al cabo, el lujo de llorar tantas amarguras. Y gime sola y lóbrega, lóbrega y sola como una viuda horra,181 porque, ni ese marido árido, enemigo irreconciliableh del llanto, ni esas hijas, preguntonas y bobaliconas, pueden compartir, con ella, esta pesadumbre de madre, con ribetes entrañables de dignidad herida. En la casa flota ese hastío que dejan, hasta en las cosas, las fiestas triunfales del gran mundo. Ita va en busca de su hija y la halla de trapillo, echada, desteñida y con señales de llanto.
a pára b A: tastaciarte, / B, C: extasiarte, / D: extasiarte / E, F: tastaciarte c Búsca d Talvez e ¡médico f garamvainas g A, E, F: por una su cuñada, / B, D: por su cuñada / C: por una cuñada h A, E, F: irreconciliable / B, C, D: irresistible
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¿Y eso qué es, niña Ligia? ¡Y yo que pensaba encontrarla privada de la dicha! Bien dicen que el gordo empalaga. O,a ¿fue que no le salió el trato con su adorado tormento?
—¡No, ole, Ita! ¡Al contrario! Por eso lloro.
—Pero ¿qué le dijo, pues?
Ligia le revela todo, en gran sigilo, por supuesto. Ita queda sumida en un abismob de problemas: ¿Serían sueños de esa niña? ¿Serían paradas de Mario? ¿Sería por florear? ¿Serían malas intenciones? Si todo eso era cierto, esa niña, tan feíta y tan anémica, tenía que tener el diablo zampado. Mucho pesar le daba, muchísimo; pero muy bueno que se volviera a su monte; y que fuera pronto, porque ella no aguantaba más un cargo de tanta conciencia con esa niña y con dosc mozos en bunde o, hasta con tres, porque ese Matamoros... ¡Si ya le tenía azar a esa criatura que hasta bruja parecía! —Bueno, niña: cuénteme, ahora, cómo le fue con Pepillo.
—Muy bien, Ita: se me declaró como no tiene idea; y, vea qué tan perro, ahí donde lo ven: que esta noche dizque tenemos que irnos, con él, en auto, a casa de unas señoras, muy amigas suyas.
—¡Dios nos libre y nos favorezca! —prorrumpe Ita con todo y santiguada. Ve la puerta rota, a Ligia desmayada en brazos del raptor, ve el auto huyendo con los dos. Calmado el terror, le murmura al oído:
—¡Usted no sabe qué clase de fiera es el Pepillo, con tragos! ¡Si bebiera como otros, ya le tendrían en el presidio!
—Si así lo vi, Ita: si yo no soy tan boba como usted me cree. —¿Boba? Ojalá fuera un poquito: mucho que le convenía. Y vea: acuérdese que se comprometió, con don Silvestre, a obedecerme en todo. Hasta hoy, no le he prohibido nada; pero, de hoy en adelante, es otra cosa: ¡no más salidas de noche a ninguna parte, ni más baile ni más Matamoros! Estos últimos días no vamos a salir sino a misa y a que pague las visitas que le han hecho, en el coche, esas amigas que ha inventado. Mañana madrugamos a confesarnos, porque usted debe tener la conciencia muy revuelta; y, después, viene a escribirles, bien largo, a su casa, porque esas dos letras, que les puso el otro día, ni para las rabias de sus padres. —¡Cómo no, Ita. Yo le obedezco en todo. Si yo la quiero mucho! ¡Usted ha sido mi madre! Si yo no le pagod nunca lo que ha hecho por mí. ¿Qué hubiera sido de esta pobre huérfana, sin usted?
Y se levanta y la acaricia y la abraza y llora. E Ita también se conmuevee y abrazadas permanecen un momento. Esa niña era muy buena, en el fondo. ¿Qué culpa tenía, la pobrecita de ser tan vivaracha182 y de que los hombres fueran tan malvados? Y, hoy, se había lucido y había hecho muchísimo papel. Y había sido muy atendida; y todo con mucha moderación y señorío. ¡Estaba hasta muy célebre y muy chusca! Si la habían triscado las Piñones, era por lo lindo que había bailado con Etelberto, por lo bien puesta que estaba y porque Mario se le había dedicado mucho rato. ¡Pura a O ¿fue b A, C, E, F: abismo / B, D:
atavismo c A, E, F: con esa niña y con dos / B, C, D: con dos d pago, e conmueve, y
Ligia Cruz piquiña!183 ¡Las ricas lo querían todo para ella solas! No fuera ella tan señora y habría tenido el gusto de insultar a esas langarutas, al oírles aquellas triscas tan bobas. Hace que su muchachita se recline y le lleva limonada y la deja sola, para que duerma y se tranquilice. Sale, en seguida, a dar la condolencia a su sia Ernestina. Ya anochece. Hállala acabadita de salir del baño, pero aún sofocada y lacrimosa. —Por fin asomó alguna cara de cristianoa —gime la dama—.b Ni mis hermanas, ni Flavia, ni las niñas, ni nadie, ha venido, ni por política. Pude haberme muerto de pena y ni habían sabido.
—No se ofusque tanto, misiá Ernestina. Eso nos ha pasado a todas las madres; y así lo ha dispuesto Nuestro Señor. Aprenda de don Silvestre. Por ahí lo veo muy desentendido, pero ¿cómo estará, por dentro, como ha querido a la niña Fany? —¡Ay! Ita querida. ¡Esa criatura tan inocente! ¡Esa palomita! ¡Allá estará, ahora, creyéndose en pecado mortal! ¡Pobre mi Fany! ¡Tan elegante! ¡Tan bella! ¡Porque quedó un sueño con ese traje!
—¡Una maravilla, misiá Ernestina!
—Pero ¡así son las cosas de la vida, Ita! —repone la atribulada, en transición repentina—. Eso es lo de menos: lo que más me acobarda y me indigna son las ridiculeces de Pepillo y las del doctor Mario Jácome. Usted debe estar muy enterada. —Yo no sé nada, misiá Ernestina.
—¿Usted? ¿Qué va a saber usted, Ita? Y, sobre todo, usted está plenamente autorizada por el jefe de la familia. Sí, señor: ¡lo que yo dije! Pero no fue con ningún mugre, ni en media calle: fue en la iglesia, en plena ceremonia y con los señoritos de la casa; fue con la lumbrera que nos va a dar lustre y con el niño de oro de don Silvestre. ¡No sé Jaime por qué estuvo tan desdeñoso! ¡Hubiéramos sacado el brelán184 con el mistigrís del viejo! ¡Si no me he muerto de la injuria, es porque Dios me tiene para obispo...!c Una fiesta tan espléndida, tan elegante, tan distinguida; con una aristocracia que ni la jalapa, que metió Silvestre, se notó... La misma loba esta hubiera pasado inadvertida. Pero los puercos estos determinaron coquetearle allá y luego cortejarla aquí, muy tranquilos, en su propia casa y en las barbas de su padre y de todo Medellín. Ya se habrán desafiado los dos rivales. Se matarán los dos, porque ninguno merece esa hermosura tan elevada. Que se condenen estos vagamundos, ¡yo qué cuentas! Pero que sean tan indecentes, no me la trago. Yo no extraño tanto del Pepillo: ese es un mocoso que no sabe por dónde va tabla; pero ¡del otro, del sabio, del grande hombre! ¡Y esa loba, cómo estará de empinada!185 Que no vaya a pensar que, porque hoy se nos entró, va a seguir lo mismo. ¡Ya sabe, Ita: como siempre; ni un paso adelante! —¿Qué es eso de la loba, misiá Ernestina? Yo jamás había oído esa palabra tan ofuscadora.186 ¿Qué quiere decir eso?
—Pues cualquier mujer de esas... que hay tantas.
—¿Eso es? Pues es peor que si le dijeran perra, porque una perra, cuando más, morderá a un cristiano; pero no va a comérselo, como una loba. a cristiano, b dama. —Ni c obispo!. . .
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Mucho peor, ¡ya lo creo!
—Y, ¿le contaron a usted que la niña Ligia es eso? (subiéndose). Pues el que se lo dijo, misiá Ernestina, es un embustero, y un levantatestimonios. ¡Que la quieran volver mala es otra cosa! La niña Ligia será avispada y noviera, como tantas; pero mala, ¡nunca! Porque no es de aquí, ¿ha de ser mala? No, señora, yo sé que es tan buena, tan señorita, como la niña más principal, y saco la cara por ella, en cualquier parte. Conque, ¿loba? ¡Hasta vergüenza da mentar esa palabra, que no parece de señora! —¡Ahora si! Se la sacó Silvestre con esta aliada. ¡Una loba para que lo sepa! Y que no se descuide mucho, porque, si no me la sacan de aquí, soy capaz de hacerle dar unos azotes.
—¿Azotes a la niña Ligia? (verde y desencajada de ira). ¡Inténtelo, misiá Ernestina! Por sobre mi cadáver se los darán. ¿Usted deja azotar a una hija suya? ¡Pues yo menos! ¡Y no sea simple, misiá Ernestina! Y ahora mismo me voy. Favores le deberé, ¡pero me voy! Su marido sabrá si deja azotar a esa niña. Sale hasta el patio interior, temblorosa y atontada. Se para un momento. ¿Qué hacer? El patio está desierto; la servidumbre, adentro; solo se oye el ruido del agua, al caer en los surtidores. De pronto, traspone el pasillo, una silueta blanca. Es el Pepillo,a de zapato enllantado, albo como un palomito, el canotié187 hacia atrás, y con los humos de la borrachera.
—¿Qué viene a hacer aquí, niño Pepillo? —salta Ita, alebrestada.188 —¿Dónde está la cuarta? —murmura el mozo, medio trabado de lengua y de canillas.189 —¿Cuarta? ¡Aquí no hay cuarta ni vara ni ninguna medida!
—¡La Ligia, Ita! (Intenta avanzar, mas Ita se le adelanta y se planta ante de la puerta). —¡Dejame entrar... y ve!,b (sacando unos billetes de a libra). —¡No sea creído ni arrastrado! ¡Se va inmediatamente, o lo saco! Y uniendo la acción a la palabra, lo ase por un molledo190 y lo sacude como un pelele, lo arrastra, lo lleva al patio primero, atraviesa el ángulo del corredor, abre el trasportón, lo empuja al zaguán; abre el portón y lo echa a la calle, en cabeza. —Si chistas, so atrevido, llamo a la policía, llamo a don Silvestre. Hago escándalo. El borrachito ni sabe lo que le pasa: el zarandeo lo ha encalabrinado191 más, si es posible. Dando cada zancajo, cabeceando, como una cometa, tira calle abajo, sin saber por dónde. Ita cierra y se queda acezando, apoyada contra la pared. ¿Conque le ofrecía paga el canallita? Debía haberle escupido la cara, tan siquiera. ¡Se largaba! No soportaba más afrentas. Y era ella la que se iba a robar a Ligia. Entra y se sienta en un diván. La casa sigue como adormecida, al ruido de las aguas: ni un paso ni un ruido de habitantes. Suenan las ocho. Se alza, se asoma al cuarto de don Silvestre; lo alcanza a ver, medio adormilado, con un periódico en la mano, y llama: —¡Don Silvestre!
—¿Qué sucede, Andrea? —responde alarmado y levantándose.
a A: Es el Pepillo, / B, C, D: es Pepillo / E, F: es el Pepillo b vé!
Ligia Cruz —Sucede que acabo de sacar, a la calle, al niño Pepe, porque quería entrarse al cuarto de la niña Ligia; y que me ofreció paga. Sucede que misiá Ernestina ha amenazado con dar azotes a esa niña, y que yo no se lo permito. Sucede que esta misma noche me voy, sola o con ella.
—Ha hecho perfectamente: ha cumplido como lo esperaba y le doy las gracias. Pero siéntese. Andrea. Hágame el favor de esperar un momento. (Se rasca la calva con maña, medita un instante y agrega): La veo muy alarmada por una simpleza. Pepillo ya está afuera y no sabe lo que ha hecho. Lo de Ernesta son palabrotas y aspavientos:192 apenas se le pase la rabieta, ni se acuerda. Su viaje, sola o con mi ahijada, es un disparate: apenas se le pase el susto, la indignación o lo que sea, creo que no se va. Lo que es por mi parte, no se lo permito. Usted trabaja conmigo y no con Ernesta. Le respondo que no pasa nada malo con mi ahijada, mientras esté en casa. Usted y ella serán tan respetadas como ahora, o más, si se quiere. Después que mi ahijada se vaya, hará lo que le parezca. Con que, váyase tranquila y acuéstese, que estará cansada, y que no se ocurra lo de Pepilllo, con nadie, porque creo que solo lo sabemos usted y yo. Con esta toma de manzanilla, toda irritación se calma. Ita que sale y don Silvestre que entra al cuarto de su mujer.
—¡Qué milagro! —exclama la señora—. ¡De seguro que se lo debo a santa Ita! —En parte, Ernesta —contestaa el viejo sentándose—.b He estado acobardado con la salida de la muchachita: pero, como a mí no me gusta llorar ni que me lloren, esperaba que usted se desahogara, para verla. Y no vengo a eso solo; vengo, también, a decirle una cosa, con toda “vida y dulzura”. Nosotros tenemos muchos elementos para vivir muy sabroso, y en mucha paz de espíritu y de cuerpo. Hasta ahora, ¡bendito sea Dios! no tenemos qué nos mortifique. Por lo demás, no hagamos penas de las majaderías de la vida. Usted se ha dejado carear por Flavia y por Clemencia; y no es justo que una mujer civilizada y noble, como usted, que tiene criterio propio, se deje guiar por dos cabezas de pinche,193 llenas de cucarachas. Flavia será todo lo tonable que usted quiera; pero no tiene ni sentido común, ni sentido raro ni ningún sentido, como no sea el de las ínfulas bobas y el meterse en lo que no le importa. Clemencia es una farisea194 que en todos ve pecado, menos en ella. Los coqueteos de Mario, y de Pepillo, en la iglesia, con mi ahijada, no serán mucha devoción que digamos; pero son moneda corriente aquí y en Constantinopla. El cortejo que le hicieron aquí, en vez de ser una falta, es una muestra de nobleza y hospitalidad; puesto que Ligia es tan huésped de su casa, como Flavia y Niní.c Si mi ahijada no es de alta posición, es más caballero y más de tono atenderla, como a las más encopetadas. Si todas sus atenciones con ella fueron por enamorarla, tampoco tiene nada de particular. Clemencia y Flavia y usted han visto por ahí, en altas reuniones sociales, cortejos que sí son pecado y que a nadie escandalizan. Mi ahijada está muy a salvo, con respecto a esos muchachos de aquí: ni se han de casar con ella ni podrán conseguirla de otro modo. Me figuro que ni al más mentecato195 ni al más lenguaraz196 se le ocurrirá que les he puesto servicio a domicilio, para que no lo busquen por fuera. a Ernesta—. contesta b sentándose.. —He c Nini
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Y si lo dijeren,a ¡peor para ellos!; mostrarán estupidez y mala entraña. Conque déjese de esas preocupaciones y sepa que la fiesta salió muy lucida y que todos estuvieron muy contentos y muy atendidos. En cuanto a sus peleas con Ita, allá se las tengan ustedes. Solo le digo que otra Ita no la encuentra. Y mande que nos sirvan el té, para que nos lo tomemos nosotros solos, en sanab paz. Pueda ser que así sudemos la ida de la muchachita. Usted debe estar muerta de fatiga, hija, porque me parece que no ha comido. La señora toca el timbre, ya sonreída y satisfecha. Pronto apuran sendos pares de tazas. ¡Si los hubiera visto doña Flavia! Despídense; ella, serena como un lago pintado; él, como otro lago; ella va en busca de las bogotanas, para ver qué desean; él torna a su despacho, a fumar “elc gorro de dormir”. No ha dadod dos chupadas, cuando entra Mario. —¿Qué tal, papá? Creí que ya se habría acostado.
—No, hombre: no son las diez todavía. Siéntate un momento, si no te da pereza. —Gracias, papá. Qué le parece que venía a buscarlo, para contarle una cosa, que lo va a mortificar mucho, pero no debo ocultársela ni una hora más. —Diga, hijo.
—Voy a cerrar, para que no vaya a entrar mamá (vuelve y sigue): pues es que esta niña de Cruz que trajo de la mina está perfectamente tuberculosa: está en el último período. ¿No había sospechado?
—¡Absolutamente, hombre! ¡Pobrecita! Pobres compadres: ¡la única hija! Y aquel viejo, enemigo de las lágrimas, siente que le saltan a las mejillas. —A mí me parte el alma, papá. Pero hay que salir de ella cuanto antes. ¡Pobre Ligia! Hoy hablé con ella, muy largo. Es lo más inteligente y lo más chusca. Pero vea una cosa papá: lo mejor que le puede suceder a esta niña es morirse: es una criatura completamente desadaptada a su medio; y cuando vuelva a Segovia va a sufrir mucho, la pobrecita. Estas desproporciones son lo más irónico y doloroso de la vida. Ya ve que no revelo un secreto profesional: pero sí se lo guardamos a todos en la casa hasta que se vaya. —Conque ¿eso era los galanteos tan escandalosos?
—Eso era, papá. Es que usted no conoce a tía Flavia. ¡Aquí ha estado prudentísima! Yo voy a salir al Club y pongo el telegrama, desde esta noche. (Instrucciones). Y eso es lo único que ha dicho hasta ahora el doctor Mario, sobre sus amores con Ligia.
El viernes siguiente, Ita ha ido a la estación, a despedirla; ha oídoe misa y todavía tiene los ojos enrojecidos. Torna a recoger sus corotos, porque se retira, definitivamente. Don Silvestre y Mario entran en el comedor, donde están las señoras de sobremesa, y les espetan la noticia. Doña Ernestina, tal vez por su misma angustia, tal vez por su triunfo, llora y llora, con la cara oculta, apoyada en un brazo sobre la mesa; llora y llora sin decir una palabra. Si no ella, la toma doña Flavia. La esclarecida dama, de origen samario197 y apellido vasco, tiene un acento, mitad bogotano, mitad costanero, de lo más eufónico y solemne. Es respetable de volumen, turgente de papada, respingada y movible de nariz. Viste un ropón a dijeren ¡peor b A, E, F: sana / B, C, D: santa c e’ d hadado e A, E, F: ha oído / B, C, D: ha ido a
Ligia Cruz mañanero, entre kimonoa y balandrán198 de cura. Está en pie y acciona con el índice en alto, para marcar, a sus oyentes, el profundo sentido de sus palabras. —Es lo que vivo diciendo: “Si llevas a tu casa —indios con piojos— se los pegan a todos,b hasta en los ojos”. No me explico cómo no vieron que esa loba está tísica perdida. Yo lo noté desde que me la mostraron. Nada les dije, para no alarmarlos. (Y sigue: recomienda el más absoluto secreto con la servidumbre y con todos; prescribe la higiene del caso; vaticina la muerte próxima de Ita y Matamoros; la probable de los que bailaron con la loba; contagio de toda la familia, ella y Niní inclusive,c el de todos los convidados, la depreciación de la casa,d el aislamiento de la familia, mil horrores,e mil espantos). Al fin calla. —Recapacite, Flavia, a ver si tienef más qué decir, y dígalo de unag vez. —No, Silvestre. ¿Por qué lo dice así tan...?
—Porque prohíbo, en absoluto, hablar más del asunto, de ahora en adelante. ¿No tiene más qué decir?
—No, Silvestre. No sea terco.
—Pues bueno: ahora digo yo, hágame el favor de no interrumpirme. En primer lugar, la felicito por el ojo médico, tan extraordinario: debería estudiar medicina, ahora que están las mujeres de sabidas. Le doy las gracias por su prudencia; ya comprendo que todas sus alarmas por los coloquios de Mario y de Pepillo con mi ahijada, eran por despistarnos en la casa, y porqueh ellos no se contagiasen. En cuanto a mí, sepai que tengo que cargar con ella, ¡no hay j remedio! Pero con los piojos de tantak gente, no me comprometo. A la familia y allegados les daré peine,l jabón y polvo rojo, para que los maten. Nada más puedo hacer, por ahora. Los males que nos pronostica,m veremos por evitarlos; la desinfección de la casa, o lo que sea, será de cuenta de Mario; los contagiados se pondrán en cura; a los amenazados se les dará preservativos y los muertos se enterrarán. Si a la casa le cogen miedo, se consigue otra. No sen confunda, Flavia, por la baja de suñ valor; eso es para casimbas199 de gente pobre. Créame que la vendo, con todos sus trebejos, por más de lo que cuesta, aunque se divulgue el contagio por todo Medellín. No tema, tampoco, que nos aíslen: Donde hay o buenos tragos y buenos bocados, buenos cigarros, y buenos cigarrillos,p va siempre la gente, aunque haya lepra. Allá verá que, cuando sepa, viene media ciudad a darnos el pésame... y que no se mencione el asunto, para nada. Cuarta parteq No es ya en Medellín, la financiera; es en estas regiones del nordeste, medio ignotas, todavía, donde el dios Pluto200 ha enterrado sus tesoros y muchos soñadores su fortuna. Los genios de los Andes no perfilan aquí, como en el resto de Antioquia, sus siluetas altaneras y desiguales, sobre la comba del firmamento. Dijérase que se han prosternador201 de hinojos y que, doblados hasta besar aquella tierra, adoran, a A: kimona / B, C, D, E, F:
kimono b todos—, c inclusives d A: c[ilegible] / B, C, D, E, F: casa e A: [ilegible]rrores / B, C, D, E, F: mil horrores f A: [ilegible]ne / B, C, D, E, F: tiene g A: [ilegible] / B, C, D, E, F: una h por que i A: [ilegible]pa / B, C, D, E, F: sepa j A: [ilegible] / B, C, D, E, F: hay k A: [ilegible]ta / B, C, D, E, F: tanta l A: [ilegible] / B, C, D, E, F: peine, m A: pronos[ilegible] / B, C, D, E, F: pronostica, n A: [ilegible] / B, C, D, E, F: se ñ A: [ilegible] / B, C, D, E, F: su o A, E, F: dan / B, C, D: hay p A, E, F: buenos tragos, buenos bocados, buenos cigarros y buenos cigarrillos, / B: buenos tragos buenos bocados, buenos cigarros y buenos cigarrillos, / C:
buenos tragos y buenos bocados y buenos cigarrillos / D: buenos cigarrillos, buenos bocados, buenos cigarros y buenos tragos, q A, B, C: CUARTA PARTE / D, E, F: IV r posternado
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla perpetuamente, el becerro de oroa202 que yace en sus entrañas. Hacia allí corrieron los españoles, desde mediados del siglo décimo sexto. Con sus reales, sus codicias y sus atrocidades plantaron la cruz igualitaria del Dios Cristo. A las hordas de indios de encomienda, juntaron los rebaños de hombres comprados; y aquello fue el desentrijar arreo de las vetas y el desbaratar continuo de aluviones. A la poesía católica de las leyendas castellanas adunaron las supersticiones selváticas del Congo y de Angola; y aquello fue la yerba maléfica y embrujadora y el milagro de sangres sudadas por imágenes; fue la uña de la gran bestia y los escapularios de la Virgen. Revolviéronse las idolatrías del Áfricab salvaje con la religión del Crucificado; y aquello fue el monicongo venerable y el Cristo legendario de Zaragoza.203 Allí vamos a actuar, ahora, y es en Segovia, hija tardía de Nuestra Señora de los Remedios, de quien se ha desprendido y a quien ha superado, en cierto modo. Si humilde y pajiza, en sus construcciones improvisadas, se asienta, cual deidad indostánica, sobre un trono de oro, nada menosc que el filón maestro de La Salada, custodiado como el vergel mitológico, le atraviesa el subsuelo, con el magno socavón en graderías y ondulados. Recostado en un taburete de vaqueta,204 perdido en un añasco de cavilaciones y presagios, está el primogénito de Cruz. Fuma y fuma, no sabe si por ahuyentarlos o por apacentarlos mejor.
Cosme fue estudiante aprovechado de derecho;d iba en el tercer año, muy en ello; pero le asecharon dos ojos asesinos y allí quedó tendido el estudiante. Se casó con las tablas de la ley, pero resultó tan fieroe y animoso en la pelea, quef en nueve años, ha conseguido una fortunilla más que mediana. Es edil del municipiog y director del socialismo segoviano, muy numeroso en esas peonerías. Nunca como en aquel día, de lloviznas intermitentes, de vapores de tierra mojada y de ruidos inusitados, ha sentido, tan honda y tan acerba, la pena que, en su casa, les agobia. ¿Cómo no? Desde que trajo a Ligia, han sido tantos y tan seguidos sus rescates, andanzas y arrierías, que solo ha asomado a casa pocas veces y esas a la carrera y por instantes. Ha llegado, en la mañana de este día, para acompañar a sus padres en esta pascua de lágrimas y estarse con ellos hasta fin de año. Ha visto a Ligia, después de cinco meses de ausencia, y se le antoja en sus días postrimeros. Su mujer y sus hijitos, por mandato del médico, están al frente, en casa de su suegro, por evitar el contagio. Recuerda que el año precedente, a estas mismas horas, todo era animación y entusiasmo en la familia; recuerda el pesebre que él, su mujer y sus hermanos levantaron, en la sala,h para alegrar desde Cosme I hasta Cosme III; recuerda los tiros de escopeta, que él propioi disparara, en ese mismo patio, entre chillidos y risotadas de grandes y pequeños; represéntase la tolda de arriería que allí armaron, para preparar, mejor que en la cocina estrecha, los manjares apetitosos de Nochebuena; j205 y añora aquella tarde serena, con incendios de ocaso.
¡Y ver, ahora! Padre en la mina, por no ver, en este día de regocijos, las tristezas de su casa; sus dos hermanos solteros, en esa tienda, de donde no salen; a Becerro de Oro b Africa c menos:
d Derecho; e A, E, F: fiero / B, C, D: fuerte f que, g Municipio h A, C, E, F: sala / B, D: casa i A, E, F: él propio / B, C, D: él mismo j nochebuena
Ligia Cruz sus dos hermanos casados, encovadosa en la finca como unos armadillos; madre,b haciendo el deber, con todos y aparentando fortaleza, por no gritar; su mujercita, repartiendo consuelos, de que está necesitada; y aquella única hermana, alegría de la casa y concentración de los afectos, muriéndose, en aquel cuarto, entre las angustias de la enfermedad y los olores del ácido fénico.206 ¿Por qué era la vida tan cruel, si Dios velaba por todas sus criaturas? ¿Por qué dejaba al destino escoger sus víctimasc a su antojo? ¿Por qué tanta salud, tanta cordura, tanto equilibrio en gentes infelices que para nada servían? ¿Por qué haber nacido así, tan dislocada, esa única hermana, de todos tan querida? ¿Por qué se iba de la vida, sin disfrutarla ni un momento? Pero, disimular un poco: ahí viene Celsa, y, más lo desconsuela, con sus consuelos infantiles. ¡Pobre su conchita, tan buena, tan adicta a madre, a padre,d a todos en la casa!
Celsa se acerca y lo toma por un brazo.
—Salgamos, mijo, un momento, para que vea el pesebre, que les hicimos a los muchachos, en la punta del corredor. Allá están los tres, encantados. Camine, para que vea, siquiera, tres caritas alegres en la familia. —Mirá, hijita: no me hagás salir de aquí, que no estoy, ahora, ni para ver a mis pobres muchachitos. Ve si cerraron el portón, porque en esto se vienen a buscarme. No es que me dé miedo del contagio: es que vienen a gritar. ¡Ese tocayoe tiene un gaznate...!f207 —Ellos no vienen, mijo: mi mamá y las muchachas los tienen muy vigilados. Pero, si desde ayer está Ligia tan calmadita, ¿por qué se acobardaba de ese modo? —Eso no halaga, negrita: puede quedarse de un momento a otro. —¡Ay, mijo!,g ¡pero estás en el último punto de la angustia! Comete,h ahora sí, un poquito de nochebuena.
—¡No, Celsita, por Dios!: no me vas a traer, ahora, nada de eso. —Siquiera un buñuelito208 con miel de caña.
—Mirá, hija, no me culpés; pero no puedo ver, ahora, esas cosas. Mandalesi a los muchachos, a la tienda.
—Les mandamos, j desde hace rato, y,k ¿sabés lo qué hicieron?: la repartieron entre los que estaban allá. A ustedes, los Cruces, les da la tristeza por peliar con la comida. Con lo que almorzaste hoy no se alimenta un pajarito. —¡No seás exagerada: si comí de vicio!
—Vos sí, Cosme: ni caso le hiciste a la niña, con el estreno de las aretas. —Mirá, mija, dejame,l que ni esas criaturas me alegran, ahora. Natividad sale del cuarto de la enferma. Es la comadre de don Silvestre, una señora envejecida por el clima, muy manchada, de ojos y expresión muy dulces y humildes, de facciones muy correctas. Lleva chinelas de paño, blusa y falda oscuras, ambas de algodón y muy mala hechura. Como mujer muy hacendosa y ocupada en bravosm menesteres, cubre la cabeza con un pañuelo y la falda con delantal. a A, D, E, F: encovados / B:
encobados / C: encorvados b Madre, c victimas d Padre, e Tocayo f gaznate!....
g mijo! pero h Cométe, i Mandále j mandámos, k y ¿sabés
l dejáme m A: bravos / B, C, D, E, F: varios
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Cruz es de Amalfi, y su mujer de Rionegro. En Remedios se conocieron; en Remedios se casaron; y de allí se trasladaron a Segovia. Trajeron consigo a María Electa, una mulatona descolorida, ojos de vaca, abandonada por su marido, a quien enyerbara una bruja zaragozana. Desde entonces vive con el matrimonio, en calidad de sirvienta, de amiga, de compañera y de todo. Como no tiene hijos, quiere a los Cruces, a quienes ha criado, más que si fueran sus hijos propios. Está,a ahora, consagrada, en cuerpo y alma, a la enferma, más mimada por ella que por todos. La casa será de las mejores de la localidad. Demora en el ángulo más alto y menos desnivelado, de una manzana falduda, no cerrada ni concluida,b todavía. Su planta, en forma de escuadra, levanta, a ambos lados de las dos calles, tienda, en la propia esquina; cuarto de aparejos, con salida exterior e interior; amplia sala; comedor pequeño; dos cuartos grandes y dos medianos; y allá, al término del lado largo, despensa y cocina a cual más oscura y más estrecha; porque, en estas dos piezas, indispensables, no gastan, en los pueblos, ni aun terreno. Es de tapia y de bahareque,c209 de cerraduras toscas, entabladod en los pisos interiores y de suelo a pisón210 en ambos corredores. Cuadra aquel patio, largo y escueto, de suelo pelado, un cerco de estacones, cubierto por una “bellísima”211 que luce, en esta época, todas sus galanuras; dos azucenos de La Habana,212 y dos clavellinos,213 medio se arriman al lindero. Verdea, atrás, mucho plantío de caña, algo de platanar, dos naranjos, tres aguacates y un sidro.214 Del lado de la cocina, en una inclinación muy violenta, se emplazan los dos chiqueros; del lado opuesto, apartadas de la casa, las pesebreras; del lado de abajo, en una clara del solar, asoma, como hongo gigantesco, el encumbrado “gallinero de paraguas”; y, sobre las lejanías del horizonte,e se desvanecen unos tras otros, cerros baldíos, cubiertos de monte casi virgen. La casa está siempre muy aseada; los muebles y enseres muy sacudidos y simétricos, porque las dos señoras compiten, con María Electa, en la chifladura de friegas, sacudimientos y escobeos. A la enferma la tienen, del lado del zaguán, en el último de los cuartos —con salida al solar y no distante de las pesebreras—.f Toda la higiene y todas las separaciones posibles se guardan, escrupulosamente. Se ve,g desde afuera, que aquel hogar aldeano no es de plebe ni de gente disipada. —Camine siéntese, mi sá Natividad —le dice la nuera, muy insinuante—. Descanse, un ratico, de tanto trajín, y consuele a este hombre, que está entregado. —No, hijo —dice la madre, sentándose en el extremo de una tarima—.215 No vaya a aflojar, ahora que viene a vernos, después que lo he visto tan guapo las vececitas que ha venido. Celsa es la única que me ayuda a soportar esta pena, y usted, las pocas veces que ha asomado. ¡Estamos, de veras, tan solas! Electa le hace a Ligia el papel, muy bien hecho; pero, no bien sale, se emperra.216 ¡Ya ve a su padre!: ahuyentado de la casa, por no verla. Me mandó a decir que mañana sale a misa; pero que no tiene corazón ni para entrar a saludarme. ¡Ya ve estos muchachitos de aquí! Sih por ellos fuera, comerían y dormirían en la tienda. Con los de la finca no hay para qué contar: a Esta b concluída, c baharaque, d entáblado e A, E, F: horizonte, / B, C, D:
oriente f pesebreras. [se agrega la raya para completar el inciso del narrador].
g vé, h Si,
Ligia Cruz Ya me notificó Pedro, en la boleta, que me puso, que vendrán al entierro. No sé qué pensará Laureano;a pero me figuro que tampoco viene.
—Es que los Cruces, mi sá Natividad, tienen un modo de quererse, que se pasan. —Sí, nuerita, se pasan. A mí me gusta mucho verlos así tan querendones; pero sufren mucho y hacen sufrir con tantísimos extremos. Aquí no quieren que a nadie, en la casa, se le asiente una mosca. Les parece que, nosotros, no vivimos, como los demás, en este valle de lágrimas.
—No, madre. Si creemos. Ya ve que mi Dios nos está boleando soga,217 a toda su gana. —¡No, hijo; nob digás, así, tan maluco! Otro castigo peor podía mandarnos, por nuestras culpas y pecados. Ver sufrir a esta criatura de ese modo: ¡es muy horrible! Pero el mismo Dios, que nos mandó esta pena, nos manda, también, consuelos muy grandes: Ya la tengo bien arregladita y bien comulgada. Y vea, Cosme: ella sufre mucho, con esa enfermedad tan verduga. Pero pena moral... ¡ni pizca! Ella no cree, ni a palos, que se está muriendo. No hay ni riesgo que crea. Después de esos vómitos de sangre, ha seguido lo mismo, de plantada: que el doctor Mario viene a curarla; y que se casa con ella, precisamente: y que se van a embarcar, para París: y qué sé yo qué más cosas, con ese doctor.c ¡Desde hace días lo está esperando! Y que se ponga lo mejor para recibirlo; y que se encargue una y otra cosa. La pobre negra es la que le sabe y le cotejae todos sus enredos. Yo le dije, desde antier, que estos días traen el juego del té, que se compró en la tienda de ese señor Electo Plata. ¿Usted lo conoce, Cosme? —No, madre. No lo he oído nombrar, ni he leído avisos suyos en ningún periódico. En ese comercio de Medellín, ¿qué va a saber uno, que va de paso y a la carrera? ¡Ah, sí, madre! (riendo a toda gana).f Lo conozco mucho: pero no en carne y hueso sino en trastos, de toda clase.
—Yo le pregunté a misiá Justina —repone la señora, que aún sigue en su Electo— g y me dijo que no era pariente suyo: que los Platas, de su familia, viven por los llanos del Tolima y en el Valle del Cauca. Me figuro que será algún turco, de estos que venden esas cosas tan bonitas.
—¿Y se alegró mucho, con la traída del juego, mi sá Natividad? —¿Cómo no? Si la pobrecita está como un chiquito. A mí me dah hasta risa, en medio de tanta angustia, de las cosas que le dice María Electa: “Tómese, mi corazón, este traguito de leche (remedando), que le manda su Mario. Voy a vestila, bien bonita, pa que se vaya a valsiar lento, con el señor Matamoros”. Esta negra vale, en oro, todo lo que pesa. ¡Valiente mujer! Le sabe todos sus cuentos, con Mario, y con mi compadre, y con esa señora que la pastoriaba. ¡Pobre! Vea, Cosme: Yo he sufrido tanto, que me parece que el corazón se me ha gastado. ¡Ya ni siento! Será que el Señor me ha oído. Yo le pedí, quei si no era su Divina Voluntad curarme mi muchachita, me diera j valor, para verla morir y para que muera bien tranquila. El doctor, y lo mismo el señor cura, opinan que alcanza al Año Nuevo.k ¡Mi Dios lo sabrá! Pobre mi hija: es la criatura que tiene las cosas más particulares. Ya ve que ni las Builes, ni las a A, B, C: Laureano; / D, E, F:
Lauriano b No c A: y que se van a embarcar, para París: y qué sé yo qué más cosas, con ese doctor. / B: y que allá. A ustedes, los Cruces, les da la tristeza por cosas con ese doctor. / C: y que se van a embarcar para París: y qué sé yo qué más cosas con ese doctor.
/ D: ¡y que allá! A ustedes, los Cruces, les da la tristeza por las cosas con ese doctor. / E, F:
y que se van a embarcar, para París: y qué sé yo qué más cosas, con ese doctor.
e A, C, D, E, F: coteja / B:
corteja f gana) g Electo,— h dá i que, j mediera k año nuevo.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Marines, ni las Pulgarines, ni nadie, ha vuelto a asomar las narices: ¡pues ni a mí ni a María Electa nos ha dicho una palabra! Como si no existieran. También es que ella no habla más que de Mario (suspira, cavila un instante y sigue). A mí me parece, a ratos, que este mal tan terrible la ha puesto muy embolatada y medio idiática.218 Otras veces, me parece que, tal vez,a estaría así, desde antes de irse; y que allá, en Medellín, con esos usos y esas inguandias,219 en que se mantienen, se acabó de empeorar. Ya ven que no nos puso sino una boleta, en tanto tiempo, porque la carta larga vino después de haber llegado. Mi compadre era el que nos daba noticias de ella. Cuando los Muñetones me dijeron que la habían visto en la calle y en ese cine, como una reina, y mona, lo mismo que era de chiquita, creí que era por neciarme. Pero lo que me dio más mala espina, fue cuando mi compadre nos escribió que se había cambiado el nombre, tan querido, de mi difunta madrecita, por ese que no parece de cristiano. —Y todo, para que le digan Eligia y Elogia —apunta Cosme— porque aquí nadie le dice como es. Pero sí es de cristiano, madre. No le dé cuidado. —Eso salió de las Builes y de Patricia, por dañarle el nombre. ¡Yo supe! —dice Celsa muy picada—. Son tan traicioneras y tan voltarias.220 Desde antes de venir Ligia, ya dizque se burlaban y decían cositas muy chocantes; que ese nombre dizque era de protestante; y que Ligia andaba en Medellín como una mica en pesebre,221 y otra porción de topancias. Ya vieron que todas tres fueron al tope; ya las vieron que no salían de aquí, soperiándole todo y haciéndole medir los vestidos y los sombreros: pues, después, salieron a decir, en todas partes, que todo eran sobrados pasados de las hijas de don Silvestre; que se veía que la difunta era más gorda y más bajita, porque todo le quedaba nadando y a media zanca; que Ligia había venido insoportable, de puro creída y orgullosa, y que estaba zambiando a todo el pueblo. ¡Qué tal son! El domingo que salió Ligia, a recoger la cantarilla, con las señoras forasteras, y que se puso el vestido de terciopelo negro, fueron ellas las que hicieron más escándalos, con lo inmoral que dizque estaba: y por eso fue el sermón del señor cura.
—Y vos, que te ponés a hacer caso de esas bobadas —dice el marido—. Mirá, mija: no mentés eso, ahora, que da hasta fatiga.
—No, Cosme: ¡es que me duele mucho! ¡Como ha sido Ligia con esas reveseras!222 ¡Como las ha querido! ¡Como les ha regalado!
—¿Y por eso vas a llorar, negrita? Ya ves que madre está muy de acuerdo con el cura. —Yo, sí, hijo, ¿para qué lo niego? Lágrimas me costó la prédica, cuando vi que era por mi muchachita. Y mucha vergüenza que me dio.b Pero vic que al señor cura le sobraba la razón. Yo se lo dije a ella, desde que mostró esas modas: que eso no se lo podía poner aquí. Pero ¡ustedes la conocen! Lo que hizo fue hacerme burla, la pobrecita. Lo único que logré fue que no fuera a misa, con el sombrero, como ella quería. Qué tal si va ¡María Santísima! Es que esos usos, que están llevando en Medellín, ni los cree uno. —Pues ya ve, madre, que sí los llevan. Y uno se enseña: ver allá piernas y brazos de mujeres, es como ver aquí zancas de muleto.
a talvéz, b dió. c ví
Ligia Cruz —¡No digas eso, hijo!
—¡Lo mismo, madre! La cuestión es enseñarse. Ningún hombre se fija ya. A uno le provoca ver lo que está tapado; pero lo que está a la vista de Dios y de todo el mundo,b ¿qué le va a provocar?
—Pero, hijo, ¡por Dios! Las mujeres pierden el pudor, con esos vestidos. —No, madre: lo que pierden es el aliciente, el picante sabroso, la ponzoña. —Pero ¿y los pecados, hijo?
—¿Los pecados? Los pecados se merman, por eso mismo. No ve que ver piernas ya no es tan bueno, como era antes, porque ya es cosa corriente y permitida: ya no es prohibido.b —¡Mirá, Cosmito: no digás esas cosas, que vos sos un hombre casado y con hijos! Vos tenés unas ideas tan malucas, desde chiquito desde que estudiabas en Amalfi. Fue lo que le dije a Cruz, que se disgustó tanto, cuando no quisiste seguir estudiando, en Medellín: que era mejor que te quedaras así a medio untar, sin adotorarte; que vos eras muy tremendo, en estas cosas de religión.
—Sí, madre. Yo hubiera sido hereje, de doctor, ¡pero harto! Y vea, así, un mulero carrielón,223 un guasamayeta,224 como soy, sería hereje, si usted me dejara. Pero el día que me deje,c ¡vea, madre!,d me vuelvo hereje y masón y todo lo que les choca a los curas. ¡Déjeme, madre, y verá!
—¡Ave María, muchacho! De modo es, quee cuando yo me muera, ¿no volvés a oír misa ni a confesarte ni a nada?
—¡Alto ahí, madre! Yo le obedezco en vida y en muerte. Y, si se muere primero que yo, le obedezco más, después de muerta. Y si quiere que me confiese mañana, también me confieso. Y ya ve que soy muy socialista. —¡Ay, hijo! Qué mejor aguinaldo me podés pagar, en esta tribulación tan grande. Sí, Cosmito, te aparo la caña:225 Madrugás a confesarte y salís de aquella ira mala que te dio, por la prédica; y ofrecés la comunión por esta pobrecita; y verás el consuelo que vamos a sentir todos.
—Sí, madre: ¡trato es trato! Yo hago venir a padre, de algún modo, y mando llamar a Pedro y Laureano; y, si Ligia sigue calmadita, convida al señor cura, para que venga a tomar la Nochebuena, con nosotros, para que estrene la vajilla y los cubiertos, que le mandó su compadre Silvestre, y los manteles y las servilletas, que dizque le manda su comadre Ernestina.
—¡Ay, querido! Parece que me adivinaras los pensamientos: en convidar al señor cura estaba yo: se ha manejado tan bonito, con nosotros. Ya ve ese modo y esa voluntad, para traerle la comunión. Pero me parecía indolencia, hasta pensarlo. —¿Por qué, madre? Si no vamos a hacer baile ni a echar trovas.226 Hágase cuenta que es el puntal,227 que se les daf a las gentes, en un velorio. —Así mismo es, hijo. Pero mejor será servir todo en la locita de aquí: no tengo corazón para estrenar, ahora, ese regalo, tan lindo, de mis compadres.
a mundo ¿qué b prohíbido.
c deje ¡vea, d Madre!
e que, f dá
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Téngalo madre: la pelea es peleando. No se ponga a economizar dolor, que aquí sobra.
—Verdad, hijo: así es.
—Ahora, ¿sí me recibís la nochebuena, mijo?
—Sí, negrita: Traemea una prueba, una uña. Pero no me hagás parar de aquí. Y ve: no me llevés, ahora, a ver la niña. Hoy tengo no sé qué: como lástima de las mujeres, y me da más, si la veo, ahora. (Volviéndose a la madre). Mire: vaya a darle una vueltecita, y, si sigue calmada, vuelva, que le voy a dar un consuelo muy duro; pero que le va a aprovechar, más que todos.
Cosme toma las parvedades de los manjares, consagrados por la tradición y la costumbre. La madre torna: ha dejado a Ligia muy tranquila y a la abnegada mulata velando, a su lado, mientras remienda.
—A ver, Cosme, qué es el consuelo.
—Pues mire, madre: Aquí donde me ha visto, tan atormentado y con rabia hasta con Dios, no es porque Ligia se esté muriendo; es por verla sufrir tanto, y verla sufrir a usted, y ver sufrir a padre y a todos. Pero, por lo mismo que he querido tanto a esta pobre, me alegro de su muerte.
—¡Ya sé lo que me vas a decir! —interrumpe la madre—. Que Ligia ha sido loca desde que nació; y que todo el casamiento, con el hijo de mi comadre, es locura. Ya ves que sí había entendido todo, siendo tan boba. Pero estas cosas, hijo, las disimulamos las madres. ¿Qué otra cosa hemos de hacer? Ya ves: ahora mismo he querido disimular, con ustedes. Pensaba que eso no podía conversarlo, ni aun con Cruz. ¡Y sepa una cosa, hijo! Por eso me opuse tanto al dichoso viaje a Medellín; pero ya usted sabe cómo es mi compadre, cómo es Cruz y cómo ha sido ella. Ni yo podía, tampoco, contarle a mi compadre ciertas cosas. Cuando él escribió, y nos cuenta que le tiene, a la pata, una señora de mucho respeto, les aseguro que respiré. Cuando recibimos el telegrama, para que mandáramos por ella, no dudé, un momento, que su enfermedad fuera locura. Cuando supe que era tisis,228 me pareció menos malo, siendo tan horrible. Cuando vino, me pareció, por el momento, que venía con mucho juicio; pero, desde que salió con el tal casamiento, me convencí que estaba de remate. Ya ves, hijo, si habré sufrido. Vi que eso no se podía ocultar, porque ya se los había contado a las Builes, desde el tope. Como usted sabe, hijo, yo nunca la he contrariado mucho, por consejo del doctor Floro, desde que le dieron aquellos ataques tan feos. Menos podía contrariarla, ahora, viéndola tan malita y tan desahuciada. Así es que la mulata y yo le hemos seguido todas sus ideas. Me figuré, desde el principio, que podía escribirle a Mario. Y así fue, hijo: tres cartas le ha escrito. Pero la mulata se las ponía en el correo del… fogón: la ceniza sabrá los disparates que le dice. ¡Pero ve las cosas de esta criatura! En vez de desengañarse, con el silencio del novio, le ha parecido muy buena señal; dizque no contesta, porque viene, más hoy, más mañana. Yo no puedo figurarme qué pasaría entre los dos, si fue que pasó algo. Pero sí me he acordado de que ella fue la que buscó a ese caimán de Ciro Madrigal; a Traéme
Ligia Cruz y me da miedo de que le haya salido al hijo de mi compadre, con algún despropósito, de los suyos. ¡La pobre es muy capaz! Mas, sin embargo,a ella me ha jurado y perjurado que todo salió de Mario; queb desde que la conoció, se enloqueció por ella. Tanto quec ese mismo día, le dio palabra de casamiento. Eso dizque estaba revelado a ella y a la señorita Etelvina desde hacía tiempísimos. Y me contó, un enredo, con un retrato de Mario, una cosa de brujería, que nunca le había oído.
—A mí también me lo contó, madre; me lo contó en Santa Isabel, la noche que posamosd allá. ¡Figúrese, ella y la señorita, trabajando en compañía! Milagro fue que no hubiera bajado del cielo, el mismo Cristo con todos sus curas para casar esta pareja. Usted, madre, ha creído siempre, que yo,e por ser liberal del cacho retorcido,f le tengo inquina a la señorita Etelvina; pero es que usted, como muchos, la cree a punto de canonizar. Por eso, no ha reparado en las fábulas y extravagancias de esa beata.g ¡La señorita es una loca deschavetada!229 No sé cómo han podido admitirla en un convento. Ella sabe, con anticipación, todo lo que va a suceder; ella previó la guerra europea y la gripa bogotana; ella vio, desde aquí, con todos sus pelos y señales, el entierro de una amiga suya, en Santa Rosa, a la propia hora en que pasaba; ella vio asesinar a Rafael Uribe. ¡Por desgracia, no le tomaron declaración! ¡Cuántas cosas hubiera revelado! A ella no hay muerto que no se le haya aparecido, que no le haya hablado. Cuando aquel milagro, tan patente, de Concepción,230 ella fue la primerita que vio en la hostiah de la custodia,i el Corazón de Jesús, chorreando sangre. Aquí está mi conchita de testigo. Si no le cree, pregúntele a cualquier concho231 de los que viven aquí. —Sí, mi sá j Natividad —afirma Celsa—. La señorita estaba en casa, y yo le vi y le oí todo. Por más señas que se puso muy brava y rajó mucho, cuando los sacerdotes que mandó el señor arzobispo, negaron el milagro: quek por más que fueran muy virtuosos e ilustrados, les faltaba fe y amor a nuestrol Señor, y otras cosas. —Pero vos, negrita, siempre creíste en el milagro y te pusiste muy contenta, porque tu tierra iba a hacer una cosa más grande que Lourdes.232 Ya ves cómo esos curas tan incrédulos, le robaron la plata a tu tierra. ¡Cómo estuviera de rica con los peregrinos y las mandas!233 —Yo sí, ole. Mucho que creí y mucho que me alegré. ¿Para qué lo voy a negar? Como todos creían, en el pueblo, y estaban tan entusiasmados... Y eso que yo no pude ver, bien patente, el corazón en el vidrio de la custodia, sino una cosa ahí, medio colorada, medio azul. —¡Natural, mi Conchita creída!m El reflejo de los vidrios de las ventanas de la cúpula, en ese cristal, tan grueso y tan fino, de la custodia. El sol, fue el del milagro. Contale ahora a madre la historia con el Niño Dios, porque, si se la cuento yo, no la cree. —Pues vea, mi sá Natividad —principia Celsa—. Ella dizque estaba en Santo Domingo, hospedada en casa de doña Anatilde Mérida,n una de las señoras más principales del pueblo. Allí dizque tienen un oratorio muy bonito y un Niño Dios, quiteño, dormido sobre un bracito, de lo más precioso y perfecto. Ella dizque iba al oratorio a meditar y a hacer oración mental, a tarde y a mañana. Una vez dizque estaba sumida en sus oraciones, con los brazos abiertos y los ojos cerrados, cuando sintió de a sinembargo, b que, c que, d posámos e A: ha creído siempre, que yo, / B: ha creído que yo, siempre, / C, D, E, F: ha creído que yo, f A, B, C: retorcido, le tengo / D, E, F: retorcido, siempre le tengo g A, B, C, E, F: beata. / D: biata.
h Hostia i Custodia, j A: mi sá / B: misia / C: mi sa / D, E, F: misiá k que, l Nuestro m creida!
n Mérida
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla pronto, como un susto muy particular, y abrió los ojos. Entonces, el Niño Dios levantó la cabecita; abrió también los ojos; y, con una vocecita de chirringo, le dijo, muy claro y muy patente: “¡Mamá Etelvina, tengo hambre!”. Ella dizque cayó privada y, al cabo del rato, cuando volvió en sí, ya el Niño Dios se había vuelto a dormir. —¡Ya ve, madre! —interrumpe el hijo, con aire bufo de convicción—. Qué tan falta de caridad es la señorita: dejó dormir al Niño, otra vez, sin darle... nada. —¡Ave María, hijo, no diga esas cosas!
—¡Si no lo digo por mal, madre! Ya ve, pues, qué clase de maestra ha tenido la pobre hermanita. Como era su discípula preferida, le enseñó, desde pequeña, a hacer mil visajes y manoteos, como a una comedianta de los Tunches.234 ¡Acuérdese de aquellos certámenes! “Lanzaba el sol, su fuego al medio día (remedando), sobre las tristes rocas del calvario. “Ela monte estaba triste y solitario...”235 y,b ¡no sé qué más vainas! Vea, madre: cuando yo, vi, a esta muchachita haciendo tanta mueca y esos bizcos, para arriba y para abajo, y dando aquellos alaridos, me daban ganas de arrancarle el moño de alfandoque236 a la señorita Etelvina. ¡Pero qué tal si chisto palabra! ¡Qué tal si le pongoc pero a esa belleza tan instructiva y tan religiosa! Entre usted, padre, el señor cura, y todas las autoridades de Segovia, me habían fusilado en media plaza. —No le ponga tanta música hijo.
—¡Si antes le falta, madre! Desde ese día del “sol” y del “calvario”, ya no fue Ligia su discípula, fue su compañera. Acuérdese cuando la metió de beata, cómo era aquello; cómo eran los lloros, las arrodilladas y los arrobamientos; cómo eran los ayunos, al traspaso, de chistar una sílaba. ¿No se acuerda que padre le decía que iba a volverse muda? ¿No se acuerda de los buches de agua, para no contestar palabra? Cuando a la pobrecita le dieron esos ataques, no fue ella la del pereque,237 sino la señorita Etelvina: apretaba los dientes, le daba el tiembla tiembla, y todo. ¡Tampoco chisté, madre! ¡Acuérdese! Pero ¡por dentro, me reventaba, de una santa injuria! De pronto, ¡yo no sé qué pasó! Ligia, completamente desenfrailada. Me parece que fue en esos días cuando le propuso Palacín. —Sí, mijo —apunta Celsa— precisamente cuando dejó la devoción. —¡Yo estaba feliz con el casamiento! —exclama Cosme— no solo porque Cesáreo era el gran partido, de estos pueblos, sino para que dejara los entrunches238 con lad señorita y los ataques de santidad. ¡Y ya ven el resultado! ¡Pobre Ligia! Embolató unos días a Cesáreo, y, después, lo mandó por el chivo,239 para pretender al tal estanquero. Desde que lo conoció, en el gran sarao240 de las Agudelos, le cayó en gracia. ¡Por supuesto! Todas las recitaciones, los cantos y las cismatiquerías241 y los empalagos de ese mugre, la encandilarone como a una comadreja. ¡Claro!: no se le pareció a nadie de por aquí. Pronto fue sacando las uñas, ese saltatapias; pronto le conocimos el morado: lo llevaron a la cárcel; no le dejaban, los mineros, un tabaco en las jugarretas: le echaron cuchillo... ¡y ella más empecinada! Siguió peor: hubo cambio de libros; hubo versos copiados: hubo conferencias de amor y de literatura; y se le fue volviendo, ese maula,242 un Víctor Hugo.243 Un Echegaray.244 De repente... a calvario.—El b y ¡no c pongo, dle e A, B, C, E, F: encandilaron / D: encandelillaron
Ligia Cruz ¡también por el chivo! Sería algún milagro que san Francisco de Paula le haría a madre, porque yo se lo vi con muchas velas.
—¡Milagro, y muy patente, hijo! Lo curioso es que yo nunca he podido saber cómo fue ese misterio del desbarate.
—Yo sí lo sé, suegrita. Y, ya que hablamos de estas cosas, con tanta intimidad, se los cuento. El taita, ese, dizque le propuso que se fueran, solos, para La Salada; que se estuvieran allá hasta el otro día; que él la respetaría, como a su madre; y que, después que volvieran, ya no tendrían, en la casa, más remedio que casarlos. Ella lo insultó y lo mandó a freír moscas. Y volvió entonces a amigarse con la señorita, y a entrar, con ella, en muchos misterios y devociones.
—¡Gracias a Dios! —exclama Cosme— porque si lo he sabido, no anduviera, por ahí, ese perdido: yo estaría en el presidio o en el cementerio. —¡No diga esos disparates, Cosme! ¡Pobre mi muchachita! Ha hecho muchas bobadas, con esos enamoramientos tan grandes; pero, nunca, ninguna cosa que le puedan sacar en cara. ¡Bendito sea Dios!
—Sí, madre. Eso nos debe consolar, más que todo. Ligia dejará un recuerdo muy grato, muy simpático. Sus defectos, solo a ella le han perjudicado. Le ha sobrado corazón para querer a todo el mundo; para dar, para servir. Padre dice que, si Ligia manejara la platica, estuviéramos de limosna.
—Nunca ha guardado un medio, con todo lo que se le ha dado —dice la madre llena de santa ufanía—. Nada ha sido suyo: y no es para los pobres, tan solamente: es para todos. Yo, que sé la ropa que se le ha hecho, siempre, a esa criatura, nunca la he visto con cuatro mudas juntas. Si, ahora, está mudada, fue porque la atajé. Ya quería hacer reparticiones... como la pobre no sabe que está tísica... Yo le dije que era mal hecho regalar lo que su padrino había mandado hacerle a ella, expresamente. Ya ven las Builes: voltiadas con ella; pues cuanto tenía, antes de irse, con calzados y todo, se los dejó,a ¡enterito! Lo sé, por ellas mismas, porque Ligia, que pone aviso para que sepan los disparates que hace, esconde las buenas obras, como si fueran pecado. ¡Pobre hija! —Y no es eso solo, mi sa Natividad: ¿usted le ha oído, alguna vez, hablar mal de nadie? Siempre que se trata de murmuraciones y faltas de los prójimos, se calla, o voltea la hoja. —Sí, nuerita, hasta hace mala cara.
—¡Qué va a hablar mal, de nadie, esa pobrecita! —repone Cosme—. Si defiende hasta las culebras: dice que pican, porque las torean. No parece que fuera hembra, ni amiga de las Builes, ni segoviana.
—Así mismo es, hijo —repone la madre, siempre ufana—. Ella tendrá que acusarse de palabras ociosas y, tal vez, de malos pensamientos: de otra cosa, no. Desde que se fue, hasta que volvió, no cesé de pedir, para que no fuera a hacer, por allá, entre tanta gente, cualquier disparate. Pueda ser que no le haya salido con muchos, al hijo de mi compadre. —¡Eso sí no lo sueñe, madre! Le entendí, en Santa Isabel, que le había espetado, íntegro, el milagro del retrato. ¿No había de contárselo? ¡Figúrese! Una a dejó ¡enterito!
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla cosa compuesta, en compaña de la señorita, ¿iba ella a perderla? Pero Ligia, por su sola cuenta, debió echar segunda edición, corregida y aumentada: porque el relato, que me echó, estaba ya muy bien combinado. ¡Si ella ha vivido, siempre, en pura novela! —¡Pero ve, ole mijo! —dice Celsa con su infantil ingenuidad—. Tal vez no es compuesto: muy verdad que ella se privó, con el retrato de Mario. —¡No sea inocente negrita! Pudo haberse enamorado un momento, o suponérselo. ¡Con la imaginación se hace todo! ¿No has vivido, siempre, tan celosa de ese retrato que te di a guardar, desde que nos casamos? Pues ahí verás: es de una mujer que murió, antes de yo haber nacido. Ese retrato ha pasado, de enamorado en enamorado, de ladrón en ladrón. Yo soy el último poseedor, porque se lo robé en Medellín a un condiscípulo, que se lo había robado en Bogotá. Se lo dejaré a Cosmito, en herencia, para que sigan amándola de generación en generación. Nunca te he dicho de quién es, por intrigarte. Es de Elvira Silva, hermana del poeta, de ese que compuso aquel “Nocturno”,a245 que hacía crispar a Ligia y a vos misma. —¡Eso sí es muy miedoso, mijo! También es que vos le ponías a eso tanto susto, y unas cismas246 tan lindas.
—Sí, mi Conchita. Yo tumbaba elb bolo247 en Medellín, cuando nos emparrandábamos y nos daba la recitadora. Yo erré la vocación: yo debía ser actor dramático. Pero, entonces, no me habría casado con vos ( juntan las cabezas y él le hociquea en el cabello). Ligia hubiera sido una actriz soberbia. Si, en vez de caer en manos de la señorita, cae en manos de la Fábregas,248 hubiéramos recorrido el mundo: habríamos inventado el trillón. Ligia misma había compuesto los dramas. ¡Así sería el que le echó a Mario! Pero no crea, madre, que ese hombre vaya a contar, lo más mínimo. ¡Ahí sí hay cachaco redondo! Yo también me enamoré de él. Apenas llegué al almacén, lo llamó don Silvestre, por teléfono; y al momento vino. Me saludó como a un amigo muy querido; me preguntó por madre, por padre, por la familia; me contó todo: que solo había hablado con Ligia, el día que se casó la hermana; y cómo había sabido la enfermedad; me dio las instrucciones; me habló de Ligia, con tanto cariño, con tanta lástima, con tanto interés. Si viera, madre, qué hombre tan culto, y tan agradable, y tan sencillo y tan bondadoso.
—De tal palo, tal astillac249 —dice Natividad muy complacida—. Si es hijo de mi compadre Silvestre.
—¿Y sí es muy buen mozo, ole mijo?
—Tiene muy buena cara y es alto; pero desairado y medio zangarete,250 como don Silvestre. Pero véanlod que es ese viejo: mientras yo hablaba con Mario llamó a la señora Andrea y le indicó todo. Ya tenía comprada la carga de baúles: ya tenía arregladas, en el almacén, las dos cajas de loza y el joto con los manteles, con la mantilla, para la negrita, y esa tela para todas.
—¡Hasta para el luto, nos mandó el queridito! —exclama la madre, enjugándose dos lágrimas traidoras—. ¡Y esa carta tan cariñosa y tan bien puesta! a Nocturno b A: [ilegible]l / B, C, D, E, F: el c hastilla d veanlo
Ligia Cruz Que nada le debemos: que los cuatro trapos que le dio a la ahijada, es el aguinaldo, anticipado, del padrino. ¡Figúrese! ¡Cuatroa trapos! ¡Cuánto valdrá todo eso tan fino y tan bonito! ¡Y todo para que las llamas lo devoren! ¡Hasta esa carga de baúles tan preciosa! La pena que le dio a la pobre, que se largó a comprar como una loca, creyendo que se iba a estar allá hasta el año entrante y que todo era por cuenta de nosotros. ¡La pena que nos dio a Cruz y a mí! Es que mi compadre es tan generoso que hasta pone a uno en trabajos. Y,b ¿qué es lo que hemos hecho por él? Cruz, ganarle la plata; yo, atenderlo cada vez que viene, con lo poquito que tenemos. ¡Y ese gusto y ese modo para recibirnos todo, como si fueran cosas tan grandes y tan exquisitas! —¡Sí, madre! Será todo muy pobre y muy humilde; pero ve su cariño y su buena voluntad, que es lo que llena y satisface, y no los banquetes ni los colchones de pluma. —Lo que es buena voluntad y cariño y aseo, no me ha faltado nunca con mi compadre. ¡Imposible que me faltara! ¡Y ya ve cómo me lo devuelve! —Es que tiene mucho qué dar, madre. Cualquiera puede dar dinero; puede hacer regalos magníficos; pero ¡qué poquitos pueden dar corazón! ¡Eso es tan escaso! —Sí, hijo, y eso es lo que más tiene mi compadre: tiene más corazón que plata. Por eso salió Ligia así: heredó de pila.
—De pila y de madre y de padre; tiene tres herencias.
—¡Muy cierto! —confirma Celsa—. Por eso me pongo a pensar, quec con ese corazón, cómo sería el dolor de esa criatura, al salir de Medellín, cuando menos lo pensaba, y creyendo que mi suegro estaba malo, y dejando a Mario. —Pues no les diré cómo fue la escena de la estación. Yo,d ¿qué iba a suponerme todos esos cuentos con él? Yo no la había visto. Ni siquiera le había hablado por teléfono. Con la que me entendí fue con la señora Andrea. Me dijo que dizque Ligia había salido, en ese momento; pero que si era para asuntos del viaje, ella le transmitiría mis órdenes y le ayudaría a cumplirlas. Así fue que convinimos, en todo. La mañana del viaje llegué con mucha anticipación a la estación. Allí estaba Matamoros. Quería despedir a Ligia, y darle, en propia mano, un regalo de despedida, para que se entretuviera en el tren. Era ese Quo Vadis?, de edición tan bonita, que trajimos; que dizque le había prestado uno viejo, y ajeno; pero que deseaba que ella conservara esa obra... y qué sé yo qué más, porque, ese, es otro mozo, de lo más atento y servicial. Llegaban gentes y coches y autos, y los andenes se iban llenando. Yo atisbaba por todas partes. “Allá vienen” dijo de pronto; y corrió, como un volador, a bajarlas del coche. ¡Mi palabra que no la hubiera conocido! Tuve que echar mucho ojo para persuadirme de que era Ligia. No porque me pareciera ni acabada ni enferma, sino por lo galana y lo retocada; venía como un bizcochuelo blanqueado, de pies a cabeza. Ahí nos dimos un abrazo. Estaba llorosita; pero la señora Andrea, ¡no les digo!e Ni una Dolorosa.251 Hubo presentación al estricote.252 El embolismo253 fue creciendo; y cuando fui a comprar los tiquetes, ya venía Matamoros con ellos: no había para qué dar gracias ni excusas: Era orden terminante de don Silvestre. Pitó el tren; y a Figúrese! ¡cuatro b Y ¿qué c que, d Yo ¿qué e lesdigo!
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla hubo abracijo entre el tumulto. Trepamos y... ¡adiós mi linda! Pensé que aquello iba a ser llanto de una legua, por lo menos. Pues no, señor: apenas nos sentamos me dijo, al oído: “Yo sé que el viejo Cruz no está enfermo. Fue que misiá Ernestina les puso telegrama para que mandaran por mí. No quiere que Mario se case conmigo. Pero nos casamos, por sobre todos. Ya yo iba a escribirle que quería volverme”. ¡Me quedé de una pieza! Vi que, aunque no tirara piedras ni gritara, estaba de remate. No pudimos hablar más porque el tren venía retaquiado. Ahí venía la familia de un señor Chalarcones, que iba para Europa. Ligia, como siempre ha sido tan entradora, se trabó, a pico, con una de las señoritas. Yo leía o hacía que leía en el Quo vadis?, cuando, de pronto, le oigo decir, muy puesta en razón: “Pues, probablemente, nos veremos en París, el año entrante. Yo me caso y pronto me voy, con mi marido, para Francia. Mi novio es un médicoa de Bogotá, y anda por Amalfi y por Remedios, estudiando la Anemia Tropical...”. Y qué sé yo qué más cortas y largas. ¡Me dieron ganas de llorar, madre! Me propuse leer; pero no pude. Yo había leído esa obra, desde que era estudiante, y me contenté con ver los grabados y recordar. Los tres siguen apurando este tema, doloroso y palpitante, en todas sus notas y por todas sus fases.b Cosme solo le achaca una parte muy pequeña a la señorita Etelvina; el resto, a la naturaleza misteriosa que constituyó a Ligia tal y como es y que la hiciera nacer y desarrollar en aquel medio, donde sus tres reinos asumen caracteres tan extraños, tan acentuados y tan múltiples.
En efecto, aquellas regiones, en mucha parte ignotas, son para producir espejismos y perturbaciones en el hombre más normal, más equilibrado y más impávido. Allí las fieras espantables, las aves policromas y peregrinas; allí los reptiles más enormes y pavorosos, los insectos más gentiles y delicados; allí los monos, con todas sus pantomimas y payasadas; el oro por doquiera; por doquiera las emanaciones letales; los agüeros, las barbaridades. Allí los agios254 y las codicias, la lucha heroicac por el pan, el libertinaje de las minas, los amores de tanta gente suelta, sin respetos religiosos ni sociales. Allí los crímenes, el aguardiente, la sangre, las enfermedades, las miserias. Tal medio no es para arcadias, de pastores y eremitas, ni para sabidurías reposadas. El hombre, en su personalidad específica, que lo resta de sus semejantes, es su patria, porque no puede ser más ni menos. Y eso era Ligia; una soñadora desequilibrada por temperamento, en un medio y en circunstancias muy propicias. Su poema viviente de caballería se inició, desde su nacimiento. Cuentad su madre que desde parvulilla la aterraban luna y estrellas, el centelleo fugaz de las luciérnagas, el ruidoe de las aguas, el silbo del viento, al colarse por las rendijas. Cuenta que le encantaban “las lolas” (las flores), y el sonido lejano de las campanas. El Mohán255 y la Madremonte,256 el Patetarro257 y la Marimonda,258 y otros genios horribles de las selvas, fueron, muy pronto, sus espantos máximos. No así los duendes259 ni menos las brujas. Se le hacían domésticos y hasta familiares. Pedro y Ligia jugaban, a ellos, cada rato. Él era Katako, un duende muy travieso; ella Pollilina, a Médico b faces c heróica d Cuénta e ruído
Ligia Cruz una bruja enorme, astuta y voladora. Se envolvían en colchas, se tapaban con esteras, corrían, trepaban, se escondían: él, como un matachín;260 ella, con el pelo suelto, sobre la cara. Espantaban, ahora, a los blancos, ahora, a las negras de la cocina. ¿Miedo a los sapos? ¡Nunca jamás!a Mientras más grandes, más los cogía, más se los tiraba a sus compañeros. Alacranes, tarántulas, gusanos no le intimidaban lo más mínimo. Tampoco las culebras. Pero un día, Cosme y otros cazan un venado y le traen en triunfo, hasta la casa.b Aquel difunto, colgado por las patas, de un palo muy largo, le infunde cierta tristeza. Un muchacho le abre un ojo, ella se fija, da un grito y cae, medio privada. Aquella pupila muerta le parece peor que Madremonte hórrida. Viendo el ojo, no puede dormir en varias noches. Pedro consigue dos de esas pepas que llaman ojo de venado; las ensarta en dos chuzos y se las muestra, de pronto. No se priva: pero lo acaba a los varazos. Se enamora de los grandes, desde pequeña; mas desprecia a sus iguales; que aquello es. Los pocos que la requieren, los acepta, por un momento, mas luego, se llevan sus buenas cocas,261 y el compromiso se rompe. Ya, desde aquel entonces, se aterra con los difuntos, y más, que con ellos con los velorios, ataúdes y entierros. De agüeros,c ¡ni se diga! Si pisa cierta piedra, se muere madre; si no da cinco vueltas en redondo, se muere padre. Entra a la escuela. La señorita brega por sacarle estos terrores vulgares y meterle los teologales. ¡Buen chasco se lleva! Eso, con cuernos, garras y rabo, le parece muy divertido. Y hace diablos de cera, y de trapos, en colaboración de Pedro. Del infierno se le da un ardite. El ángel de la guarda,d si muy bonito y muy formal, le parece bastante aburridor, así, pegado a todas horas, sin dejarse ver y sin chistar. ¡Qué tan bueno sería conversar con el ángel de la guarda! Sabría cuentos, más lindos que los del negro Bonifacio. Vienen, luego, las ánimas benditase y estas sí la asustan, más de lo preciso. ¡Y mucho que les conviene!,f porque les reza en sus desvelos. Llégale el turno al famoso almacén de los niños,g262 y Ligia, es hada, es genia y es princesa; y hay juego de encantorios, entre ella y Pedro; llégale la vida de Santa Marta263 y quiere ser el dragón pernicioso; al milagro de los niños de la Saleta264 y al de Lourdes y quiere que la Virgen se le aparezca. Hasta entonces, ha sido vergonzosa; pero le sobrevienen los ataques; y se abre, al fin, a la vida, aquella flor pálida y enfermiza. De tímida y encogida, da en parlanchina265 desaforada. Los amores llegan; los novelones le dilatan los horizontes; se acentúa en ella ese sentido suyo de la vida, definido, categórico. Quimeras, ansias locas: lo distante, lo remoto, lo inaudito, lo irrealizable, todo eso, es la vida. El raudal de su criterio, solo de las mentiras se alimenta. ¿Dónde si no? Su verdad no la tienen por tal, muchas de sus gentes próximas. ¡Esto es bello! Vivir de las verdades ajenas, de las verdades hechas que la mente no acepta ni el corazón reconoce: es, más que una simulación dolorosa, una apostasía de la vida misma.
Lo del retrato fue algo menos de lo que piensa Cosme. Verle, parecerle hermoso e interesante e irle con el cuento a la señorita, eso fue todo. Lo demás lo fue urdiendo a su antojo, con la intervención sobrenatural, a medida que se acercaba a Mario. Parece que así se escribe, a veces, la historia.
a jamas b A: ro un día, Cosmo y otros cazan un mínimo. Tampoco, las culebras. Pevenado y le traen, en triunfo, hasta la casa. / B, C, D, E, F: lo más mínimo.
Tampoco las culebras. Pero un día, Cosme y otros cazan un venado y le traen en triunfo, hasta la casa.
c agüeros ¡ni d Angel de la Guarda, e Animas Benditas f conviene!
g Almacén de los Niños,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Gustaba, con frecuencia, emplear, por donaire y humorismo, los estilos montañeros, conociendo de los cultos y corrientes: mas esto de decir siempre “historia”, en vez de decir “novela”, no era guasa ni ignorancia, era, pura y simplemente, el signo, filosófico y preciso, de sus ideas, con respecto a estas obras. Esas ficciones, que se escriben, se leen, y se negocian, merced a la bobada, a la insignificancia y la inutilidad de la vida, le parecían a Ligia realidades indiscutibles: dogmas, por supuesto. Más o menos sobre estos particulares, departen, todavía, Cosme y su madre. De pronto, asoma, por el marco del zaguán, una figura intrigadora, de aquelarre. Viene toda mechuda, toda astrosa,266 toda hilachenta, zuequin zuequeando en unos boticones, que fueron de hombre; trae uno como bandejón de palo, con un trapo a modo de servilleta. Es doña Justina Plata, con tres aguardientes, entre pecho y espalda. —Prosiga doña Justina —le grita la señora muy atenta—. Aquí le tengo su guardao. Pensé que ya no venía.
—¡Ay! ¡Nativita de mi corazón! He tenido una ventosidá encajada, en l’arca d’este pobre cuerpo, que no me deja ni resollar. Allá dejé a las muchachas, haciéndome un vaho de eneldo blanco267 y de hoja de naranjo, pa’que me lo ventén a la noche. ¿Y qué tal la niña? ¿Siempre muy malita?
—¡Hoy está algo calmada, doña Justina. Dios se lo pague!
—Mi padre san Roque y el santo Cristo de Zaragoza, se la curan, Nativita. Aí les estamos haciendo los rezos, con mucha devoción.
—¡Dios se lo pague!
—¿Y qué tal mi Cosmito? ¿Cómo te fue por esas correrías, tan largas? —Muy bien, vieja Justina. Muchas gracias.
—¿Topates muy alentaos a tus pichones y a la Celsita?
—Sin novedad, vieja Justina.
—Gracias a mi Dios, mi Cosmito. Siempre me traerías el embustico del aguinaldo. Le da unas monedas y sale. Quiere ver si la venta anda, y si puede ayudar algo a sus hermanos, quea aunque socio, no es muy ducho en estos menudeos tenderiles. La luz está ya prendida; la calle, vía magna de la localidad, se va animando; ya se destacan grupos de mineros y de chiquillería desharrapada; al estanco entran y del estanco salen viciosos y jornaleros. Ya se inicia esta verbena de Navidad, siempre tan báquica, tan cruenta con frecuencia, en celebración del Dios que nace. Cosme que llega a la puerta, y un pelotón lo envuelve desde la calle. Ahí está Patasagrias, allí está Carey, famosos troveros de esas minas. Hasta siete mineros surrunguean268 tiples y alazanas269 y... ¿para qué os queremos, voces requintadas, en dos bandos? Carey Viva el señor Cosme Cruz elb cachaco del lugar yc estos negros necesitan muchad voz para trovar.
a que, b El c Y d Mucha
Ligia Cruz Patasagrias Un trago para trovar estosa negros necesitan perob está aquí el caballero quec nos da con qué aclariar.
Carey Éld nos da con qué aclariar ele señor don Cosme Cruz quef es el rico más redondo yg el más cuarto del lugar.
Patasagrias El más cuarto del lugar esh el mayor de los Cruces yi nos mandará aguinaldo porque j la sabe gastar.
Si se limpia un ojo, le agarra la trova, hasta la media noche. Calcula el montón, saca la cartera y da cuatro pesos al negro Bonifacio; da, encima, las gracias, sonríe y se escurre. La venta anda, en ese tendón, donde se expende desde maíz hasta pajaritas de oro;270 anda, a pesar de las proveedurías monopolizadoras de La Salada; a pesar de sus bonos. Pero Cosme no pasa del mostrador: ha visto al mulato Calamocha, le llama y arregla, con él, la ida inmediata a la finca, a llevar una boleta a los hermanos. Escrito el mensaje, el mulato parte.k A esas, asoma Celsa, muy alarmada, le hace señas, y él corre. —¿Se está muriendo, hija?
—No, Cosme. Sigue bien. Pero su madre está desesperada, y no dice por qué. Algo le diría doña Justina, porque yo la sentí secreteándola, en la cocina. Natividad, medio sentada en una cama, se ahoga de dolor. Más que sollozos, da hipidos.
—Madre, ¡por Dios!,l ¿qué le pasa? —Un gemido por toda respuesta—. Madre querida (y la estruja y la sacude). ¡Madre! ¡Madre! Diga por qué llora, o, ahora mismo, voy a buscar a la vieja y la hago hablar o la estrangulo. —¡Por Dios, hijo, si no es nada...!m Si fue... que aflojé, al fin. —No, madre, ¡non es eso! Diga, o me voy a buscarla. Intenta volverse; pero ella le ase por un brazo.
—¡No, hijo! ¡No se me va! ¡Se lo mando!
—¡No me ataja, madre, si no dice!
—Es una cosa tan triste... ¡tan horrible... esñ mejor que no lo sepa! —¡Madre! ¡Míreme de rodillas! (Se hinca de rodillas). a Estos b Pero c Que d El e El f Que g Y h Es i Y j Porque k párte.
l Dios! ¿qué m nada!......
n madre, ¡No ñ horrible..... Es
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¡Usted no debe saber eso, hijo!
—¡Tengo que saberlo, madre! No está padre y soy el jefe (la abraza con frenesí de súplica y de ternura). ¡Dígame a mí solo, pasito, que no la oigan! ¡Dígame, madrecita!a —Es que... dizque dicen... que ese doctor Mario...
—¿Qué dicen de él? Acabe, madre, ¡por Dios!
—La privó... y que... no es tisis lo que tiene, la pobrecita moribunda. Cosme se desprende, se alza y salta hasta la puerta, como un loco. Madre y esposa le siguen.
—¿Por qué no la mató, madre? ¿Por qué no cogió una piedra, un palo y la destripó ahí mismo? ¡Vieja infame! ¡Borracha inmunda!
Se dispara al patio, poseso, desatentado e increpa:
—¡Ay! ¡Québ horrible y qué asquerosa es la vida! ¿Qué ha hecho, usted, madre, para que la afrenten de ese modo? ¿Qué ha hecho padre, qué hemos hecho sus hijos, para que nos tiren a la cara con tanto lodo? ¡Ay! ¡Y no poder matar a esa vieja miserable! —Sosiéguese, hijo. Tal vez yo entendí mal.
—¡Qué burla tan grande es esta vida! ¡Si hasta quisiera ser hembra, en este instante; una triste hembra; una vieja hedionda, como esa harpía, para arrancarle la lengua y las entrañas! ¡Y fue que la mandaron, madre! ¡Esa vieja infame fue mandada! ¡Por su cuenta, no viene aquí a ultrajarnos, la miserable! Nos ven con esta pena, que nos está matando: nos ven con el corazón desgarradoc y este es el remedio que nos mandan. —¡Por Dios, mijo! —clama Celsa— ¡Si aquí no dicen nada! ¡Si son cosas de esa pobre vieja, que está con tragos!
—¿Por qué nos odian, con ese encono? ¿Qué les ha hecho, usted madre? ¡Matar hambres y vestir desnudos! ¿Qué les ha hecho padre? ¡Prestar y regalar lo que no gana! ¿Qué les hizo esta pobrecita? ¡Quererlos y considerarlos a todos! ¡A todos, madre! ¡Darles vestidos, hasta a esas rameras, asquerosas, a esa vieja borracha! —¡Por Dios, hijo. No diga palabras! —plañe la señora con las manos juntas—.d ¿Por qué no me encerré a llorar, yo sola? ¿Por qué no me tragué mis lágrimas? ¡Si yo he tragado tantas!
—¡No trague más! Vámonos a dónde pueda gritar; vámonose de esta bodega infeliz; a donde nadie nos conozca! ¿Qué nos detiene? ¿Qué tenemos aquí? Unos ranchos miserables; unos peladeros que nada nos dejan. ¡Vámonos, madre! Llevémonos a padre, a donde no sepa de estas infamias: llevémoslo a un monte, donde nadie le cuente nada. Saquémoslef de aquí, porque aquí no está seguro: se lo cuentan, madre; ¡se lo cuentan todo!,g y él no resiste: él se muere, pero mata primero. —Sosiéguese,h ¡por los clavos de Cristo!,i ¡mijo querido! No grite así, ¡por la Virgen!, que lo oyen de la calle; que lo oye Ligia.
—¡Ligia no me oye, madre: hasta ella, no llegan ya las asquerosidades de este mundo desgraciado! Los demás, ¡que me oigan! ¡Qué me escuchen! ¿Qué digo yo que no sepa todo el mundo? ¡Vámonos, j madre! ¡Alcemos con esta pobrecita difamada! a Madrecita!
b Ay! qué c desgarrado, y d juntas.
e vamonos f Saquemósle g todo! y h Sosiéguese ¡por i Cristo!
j Vámanos,
Ligia Cruz ¡Carguemos con ella entre todos! ¡Llevémosla, a enterrar, lejos de este bodegón inmundo! ¡Llevémosla al monte, a cualquier parte, porque aquí hasta los mismos muertos son capaces de insultarla! ¡Dios mío! Si merecemos este castigo,a ¿por qué lo descargaste sobre esta inocente? ¿Por qué no me castigaste a mí que soy tan malo? —¡Por Dios, hijo! ¡Sosiéguese, por ella; por su única hermanita! (Implorandob de rodillas). ¡Mire que hasta blasfemias está diciendo! ¡Dios puede mandarnos otro castigo! Celsa llora, aterrada; ella tenía la culpa, por haberle llamado. Cosme levanta la mano, con fuerza de frenético. Está sudoroso, desencajado, lívido, con los ojos desviados. Baja la voz, en aparente calma, y murmura:
—¡Tal vez, sí, madre! Tal vez le falta, algo, a Dios. Pero yo ya sé quién lo dijo todo; ya veo la lengua viperina del viejo Builes.
Sale del patio, avanza hasta el corredor; ambas mujeres le agarran; pero él las domina. María Electa, que ha asomado, corre, en su ayuda. Mas antes, vuela al portón, tuerce la llave y se la guarda.
—¡No sale! ¡No lo dejo salir! — jadea la madre—. ¡No vaya a hacernos desgraciados! ¡Acuérdese de sus hijitos!
Cosme, en medio de todo, ha notado la maniobra de la mulata. Aparenta calmarse; mas de pronto, vase derecho hacia la cerca. Electa corre tras él y le echa mano: “Si se brinca, tiene que brincarse, con su negra, bien pegada, porque no lo suelto, manque se güelvac mico y mono”. Tras Electa, Tránsito, la cocinera; tras esta, su ayudanta; tras las negras, las señoras, ¡y se cumple la ley de número! Lo llevan al cuarto, contiguo a la sala y lo tienden sobre la cama. Aquel terremoto nervioso lo ha rendido. Celsa le derrama agua de Florida, lo frota, él cierra los ojos. Natividad aún recela. Con astucia de madre, se le acerca.
—¡No ve, hijo! ¡Si con rabia nada se puede hacer! Después, averigua, bien, todo, en calma, y si es Builes, le da unos lapos,271 y queda satisfecho. Pero ¿no es cierto que, no se me mueve de aquí? Contésteme. No sea picarito. —No me muevo, madre. Esté sin cuidado.
No contenta con esto, se arrodilla, ante una Dolorosa, y le habla: “¡Aquí te lo entrego. Vos sabrés!”. Sale, porque golpean el portón. Es Carlos, un delgaducho, vehemente y nervioso, como el primogénito. No era nada. No se alarmara: a Cosme le había dado la pataleta de triste. Y a comer, ahora mismo, para que viniera el otro. Celsa deja dormido al esposo. Está tan excitada por el susto, como por la curiosidad. Antes que sirvan, vase a la cocina, con disimulo, e interroga a lac remediana:d “¡Jesús, niña! Yo creí que aquí lo sabían todo. ¡Si eso lo dicen hasta los gatos! Como son estos segovianos de conversetas...”.272 La leyenda popular es horripilante.
Ese doctor, hijo de don Silvestre, era el hombre más sabio y capaz, que se conocía; pero muy medroso y muy terrible: era un ayudao. Privaba a las mujeres, con la vista, porque era manético,273 y hacía, de ellas, lo que ganas le dieran. Les hacía maleficio a sus enemigos; los embobaba a su gusto; y ojeaba hasta a los inocentes. Conocía todos a castigo ¿por b hermanita! (implorando c guelva d La e Remediana
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla los venenos y toditas las yerbas malinas. En la Villa,274 dizque estaban tan aterrados con él, que iban a acusarlo, ante el mandón Suárez,275 ese que dizque gobernaba en Bogotá. El diablo del doctor le había comprado a unos turcos, que vinieron de la propia Jerusalén,a por muchas libras de oro, de las que guardaba don Silvestre, toditos los libros de brujería, del rey Salomón. ¡Antes le había ido muy bien, a esa pobre niña! Pero, como la había querido tanto, por unos días, le había regalado todos esos vestidos de reina y esas piedras preciosas; y que, apenas se había hostigado, la había despachado, para su casa. Y que, por eso, la tenían escondida, sin dejarla ver, más que del cura. Sin el encanto de la brujería, corre la misma leyenda, entre la gente del cogollo.276 El sanedrín,b277 que tuviera por desperdicios de casa rica, las galanuras de Ligia, y por falsos sus aretas y su reloj, ha revocado, de pronto, su dictamen: todo eso era finísimo, hecho, exprofeso para ella y valía un dineral. Cruz, padre, no podía con esos gastos. Ligia ha dicho que las joyas son regalo del doctor Mario, en prueba de esponsales.278 Ligia se había ido algo enferma, y había vuelto gravísima; pero inflada de orgullo, y despreciando a todo el pueblo. ¿Qué más se necesitaba? Ya se vería si, el doctor Mario, era tan caballero como Ligia aseguraba. Muchos creían que don Silvestre le haría cumplir, al hijo, la palabra empeñada, por ser él mismo la causa de todo; pero aseguraban, al mismo tiempo, que doña Ernestina y demás miembros de familia, se oponían, abiertamente. Mientras tanto, mucho ojo y... de lejitos. Ligia tornó, en efecto, harto distinta de lo que se fuera. Su misma felicidad, así como las emociones y experiencias adquiridas en su viaje, le dieron cierto aire grave de reflexión y madurez, que nadie supusiera, en moza tan regada.279 Si no se hubiese sentido de paso, en esa Segovia, en donde solo estaría unos meses, su deschabetamientoc ya no sería por amor, sino por tedio. Su quimera, sí daba lugar a los recreos silenciosos de su alma, mal podría darlo a la charla disipadora. Sería como destapar el pomo de riquísima esencia. Hasta en la misma relación de sus triunfos y adquisiciones, ponía una sencillez que no soñara, ella ni nadie, en sus desbordamientos, de un año antes. Su enfermedad, ya invencible y categórica, la retraía, gradualmente, de todas sus amigas. Esta actitud esquiva las irritó, más que todo: era orgullo; orgullo hondo; “aire de protección”; ínfulas de marquesa. Pues a freír d monas280 la tal Petrona Elogia de la Cruz. ¡Allá vería el cacho que le iba a pasar!281 Vienen de la calle surrumgeos282 de vihuelones283 y alazanas, notas de cantorios: la monotonía de esos bundes interminables, chillados, a tales horas, por voces aguardentosas. Las trovas siguen, a lo lejos, en el mismo metro y en el mismo son. De Fundungo llegan rumores de río crecido y de vendavales iracundos. Como las ráfagas no rompan la bandera, roja y emblemática, del socialismo, todo está bueno. De más abajo, de esa calleja, vitanda y putrefacta, que en Fundungo desemboca, se disparan cohetones, en rompientes de alegría. Cuando menos será que doña Justina y sus tres beldades han abierto “La Platería”, como dice Cosme Cruz. Del pesebre de las Builes vienen los ecos, a veces de risotadas, a veces de palmoteos, y siempre de regocijo. ¿Qué será? Si estuviese a Jerusalem, b Sanhedrín c deschavetamiento d freir
Ligia Cruz aquí el don Juan acuchillado del estanco, dijérase que acaba de declamar “Idilio Eterno”, en voces pindáricas y osiánicas.284 De pronto, la brisa de esta noche de redenciones y de glorias, trae una frase entera, por el sentido y por la música; la trae límpida y vibrante, cual si fuese de alguno de esos ángeles, que van a dar a los hombres la buena nueva.a Llega hasta aquel patio segoviano y la “Bellísima” florida se estremece:b Soy el eco, soy la sombra quec te sigue, por do vas.285 ¿Será Ciro? ¿No será? ¿Quién lo sabe? Tal vez Ligia, porque tose y tose y tose. En todo caso, es “El Silfo”,d ese silfo madrigalesco, que ella pensó cantar, acaso esa misma noche, en El Poblado y en la quinta de su padrino. Mario, donde quiera que esté, debe oír esa frase, porque hay telepatía. Natividad murmura, en la sala, sus últimas preces, ante Jesús entronizado... “Recibid mis ardientes suspiros y escondedme en ese asilo inviolable”...286 Cosme despierta. ¿Ha dormido? No precisa, ¡Tal vez sí! ¡Tal vez no! Lo recuerda todo, todo; pero ¡cosa harto rara y peregrinas!: ¿Por qué siente, allá en sus entrañas, poco antes abrasadas, por la saña y el encono algo como un óleo de dulzura que le calma y purifica? ¡Sí: no puede odiar ya! A nadie; a nadie. Esa fuente del odio se le secó de improviso. Se levanta, se despereza, se estira. No sabe por qué, no sabe cómo; pero siente que despierta a nueva vida. Las doce campanadas de lae Nochebuena se desgranan, lentas, henchidas de sencillez y suavidad, desde el alma de aquel reloj, de cara negra, que campea, cual la rodela287 de la muerte, en la espadaña humilde de la iglesia. Las doce campanadas se apagan en el éter sereno de la noche. Tal vez las fieras y los genios de esos cerros aledaños las escuchan de rodillas. Madre e hijo salen, a un mismo tiempo, se encuentran en el corredor y se sientan en la tarima.
—Madre —le dice Cosme, con voz extraña, contagiada por la campana— mef ha hablado el Niño Dios como a la señorita Etelvina.
Madre le mira de hito en hito, lela de angustia y de sobresalto. —Me ha hablado, madre —repite el hombre.
—¡Si aquí no hay Niño Dios, hijo querido! ¿Soñaste?
—No, madre. Si no es el muñequito dormido del oratorio de Santo Domingo. Fue el del Cielo, madre, el que acaba de nacer, en el pesebre. No sé cómo me dijo, pero me habló. Mire, madre: ya no tengo ira, ya no tengo odio. Si me encuentro con Builes, le ofrezco trago. Si veo a doña Justina, la llamo y le doy plata. Lo que dicen de Ligia es muy natural, madre. Ligia se ha calumniado a sí misma. ¿Qué va a entender, esta gente, de sus delirios? ¿Cómo pueden concebir el noviazgo de su sueño? ¿Cómo pueden comprender que se regale, seda y oro, por regalar? ¿Cómo puede suponer, esta pobre gente, tan oscura, que Ligia sueñe despierta; que sueñe siempre? ¡Imposible, madre! Y mire: eso, no solo es muy natural, sino muy bueno, muy conveniente. ¡No, madre, no sé decir qué es lo que es! Yo no sé expresarme. Yo soy un montañero sin palabras, pero, mire madre: pienso que eso debe ser necesario, en la vida, puesto que existe. Eso es muy horrible a Buena Nueva.
b extremece:
c Que d El Silfo e La f campana—Me
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla a qué b Nuestro c hijo.
d dadiva e Servíme f como g ju! (tomándose h qué i Las j Los Santos Inocentes, para el calumniador, porque se enfanga, con las mismas inmundicias que arroja: pero vea, madre: solo las arrojan donde hagan daño, donde afrenten; sobre lo limpio, sobre lo blanco, sobre la inocencia y la pureza. ¿Quién va a escupir la basura, por afrentarla? ¿Qué puede manchar a la infeliz doña Justina y a sus hijas? Si Dios permite este ultraje y este dolor, en sus criaturas elegidas, será porque la calumna... ¡no sé cómo decirlo!... es como un manto para abrigarlas y preservarlas más. Tal vez sea una corona, que los pecadores no comprendemos. ¡Pero usted, madre; usted, sí comprende! Tiene quea comprenderlo. Persuadida, al fin, de que su hijo no está enajenado y de que habla de todo corazón, le abraza, con transporte, y le replica:
—Yo no comprendo nada, hijo querido —contesta entre lágrimas—. ¡Yo soy una ignorante! Pero sí sé que nuestrob Señor Jesucristo...
—¡Esa palabra, madre! —interrumpe el hijo— ¡Nuestro Señor Jesucristo! Esa sí fue calumnia, esa sí fue víctima y ese sí fue sacrificio. ¡Y ya ve lo que dijo en la Cruz! ¿Qué no diré yo, que soy hombre, y malo, y rabioso, y soberbio? Cae, abrazando a su madre, y ella le dice, al cabo: “Si fue el Niño Dios, hijo”.c Cosme comulga y sostiene el apellido; lleva el inri288 como un galardón. En la plaza se encuentra con doña Justina y le da, por aguinaldo, cinco pesos en billetes. “Que mi Dios te corone de gloria, mi Cosme. Y ve, mi negro: vos sí sos gente, no como estos hambrientos de aquí ”. Sale zuequeando en sus botines, empuñando la dádiva,d derecho al ventorro289 cercano.
—Buen día, Punucena. Servimee un mañanero doble. Si me lo echás muy grande, te merco mucho, manque me ensartés.
—Le doy dao, doña Justina. Usted sabe cómof soy de abierta. (Sirviéndole el trago). Diga a ver, porque usted inventó sus buenas pascuas, con don Cosme. —¡Las pascuas di algunos! ¡Ju! ¡Ju!, (tomándoseg el trago), lo queh le pagan a uno, pa que no diga. Y esto dizqui es l’aristocracia del sitio: unos ñapangos290 de lasi Malfias.291 ¡Ai tienen su perjudicada, bien oculta! Mucho que me gusta, pa que no sean tan orgullentos, ¡estos gediondos!
Los Cruces se reúnen, y el cura comparte, con ellos, aquel ágape hogareño de navidad. Exhorta el cura; Cruz vacila. Hace un esfuerzo y entra, al fin, al cuarto de su hija. Ni la ve, ni sabe si la saluda, ni sabe si le habla. Ella sí: “Estás llorando, viejo Cruz... porque crees que... me voy a morir. No... no me muero, viejito. ¡Allá verás, que no... me muero! Él viene, él me cura; me cura al momento... Ya va a salir. No demora... si mucho, tres días... cuatro, cuando más. Él viene, viejo Cruz... tal vez hoy, en el auto”. El veintiocho amenaza tempestad. María Electa viste a su enferma y la recuesta en el cojín, como una niña a su muñeca. Se oye un trueno lejano. Ligia abre los ojos en un pasmo:292 “¡Oiga! ¡Oiga!... ¡el auto!... ¡Mario!... ¡Mario querido! Cae sobre el pecho de la mulata, la ciñe, la estrecha y... volando, volando, se va con Mario, se va con los santos inocentes, j293 en ese automóvil, que no vuelve, hasta ese París, que nunca acaba.
Ligia Cruz
1
Novela corta publicada por primera vez en cuatro entregas en El Espectador de Medellín entre el 20 y 27 de noviembre y el 4 y 11 de diciembre de 1920 (N. del E.).
2
remedianada: acciones características de individuos provenientes de la población de Remedios (Antioquia) (N. del E.).
3
emplasto: m. coloquial. Componenda, arreglo desmañado y poco satisfactorio (dle, 2018). En Colombia vale lo mismo, y, por tanto, persona molesta, que fastidia, que desazona (ahac, 1986).
4
montuna: aunque el dle especifica en su primera acepción: “Perteneciente o relativo al monte”, con aplicación en este caso, también se acoge la segunda acepción: “rudo, rústico, montaraz” (dle, 2018) para especificar el carácter rural del personaje (N. del E.).
5
zambos: adj. América. Dicho de una persona: Nacida de negro e india, o de indio y negra (dle, 2018).
6
Segovia: población de la región nordeste de Antioquia (N. del E.).
7
Machado: al paradero en el sector de Niquía, en las cercanías de la población de Bello, al norte de la ciudad de Medellín, se le dio el nombre de Estación Machado, a la memoria de Juan Machado, el heroico maquinista que pereció en el accidente de Marengo, que se debió al descarrilamiento de la máquina que produjo la muerte del maquinista, quien permaneció en su puesto, al no poder contener la máquina que salió despedida falda abajo por causa del aceite brotado de los cuerpos molidos de millones de pollos de langosta que estaban sobre los carriles (Bravo, 2008).
8
viajeros de tono: loc. adj. De buen tono, propio de gente distinguida o elegante (dle, 2018).
9
Medellín: ciudad situada en la franja central de Colombia, capital del departamento de Antioquia, está ubicada en un valle de montaña a unos 1.500 m de altitud. Con una extensión de
382 km2, es la segunda ciudad en tamaño y población del país
después de Bogotá, y un centro industrial y de distribución de mercancías de primer orden. Su temperatura media es de 20º C. No se convirtió en un centro industrial de primer orden hasta la década de 1930 (bce, 2005).
10 a cuerpo de rey: loc. adv. Con todo regalo y comodidad (dle, 2018).
11 capote: ignorancia, ingenuidad y sencillez del campesino o al-
deano (ahac, 1986).
12 atembada: adj. coloquial. Atolondrado, atontado (dle, 2018).
13 desmedrada: adj. Dicho de una persona o de una cosa: Que no
alcanza el desarrollo normal (dle, 2018).
14 chicharra: según el contexto se refiere al molesto sonido produ-
cido por el insecto (N. del E.).
15 sombrereta: f. Sombrerillo, generalmente de paja, para niños
(ahac, 1986).
16 verbosa: adj. Abundante y copioso de palabras (dle, 2018).
17 atosigar: tr. Agobiar a alguien, dándole mucha prisa para que
haga algo (dle, 2018).
18 embromaban: tr. Engañar a alguien con faramalla y trapacerías
(dle, 2018).
19 fuste: m. Nervio, sustancia o entidad (dle, 2018).
20 plutocracia: f. Conjunto de ciudadanos adinerados que ejercen
su influencia en el gobierno del Estado (dle, 2018).
21 tute: m. Juego de naipes en que se cantan puntos reuniendo ca-
ballos y reyes (dle, 2018).
22 tresillo: m. Juego de naipes que se practica entre tres personas, cada una de las cuales recibe nueve cartas, y que gana en cada lance la que hace mayor número de bazas (dle, 2018). 23 requintada: tr. Sobrepujar, exceder, aventajar mucho (dle, 2018).
24 ciudad heráldica de Antioquia: la fundación de Santa Fe de An-
tioquia data de tiempos de la Conquista española, cuyo período se desarrolla entre los años 1537 a 1600, y se caracterizó por la confrontación de los europeos que llegaron al territorio, con algunos grupos de “indios” en la lucha por el dominio territorial. En la que se llamó entonces la Provincia de Antioquia, fue justamente Santa Fe, la primera ciudad en ser fundada el 4 de diciembre de 1541 por el conquistador Jorge Robledo, en el Valle de Ebéjico. El temprano asentamiento, obedeció a la exploración y posterior explotación del oro del territorio. Aunque las huestes de Robledo buscaron asentarse primero en Frontino, la resistencia de la población indígena, le llevaron a hacerlo en otro lugar, razón por la cual, durante un tiempo, el actual Frontino fue conocido como “Antioquia la vieja”. En 1542, se hizo un traslado de la ciudad al Valle del Tonusco, lugar donde se encuentra actualmente la Ciudad. Santa Fe se constituyó ciudad, es decir, territorio de mayor jerarquía respecto a otros conglomerados como villas, pueblos y sitios; debido a que fue el centro de administración y comercio del negocio minero, recibiendo la producción aurífera y transformándola en fundiciones. Así, era el centro de la zona minera constituida en la época colonial, principalmente por Buriticá, donde se explotaban las minas de veta del cerro; además de los actuales municipios de Dabeiba, Frontino, Cañasgordas, Abriaquí, y la franja del río Cauca que va desde Anzá hasta Sabanalarga. Algunas de estas inmediaciones, servían también como lugares de aprovisionamiento de víveres, de las cuadrillas de población esclavizada. Fue determinante para esta época, el exterminio de la población indígena, mano de obra poseedora de los métodos de extracción; así como la baja tecnificación en el aprovechamiento del oro de veta en Buriticá, lo cual daba sentido a la existencia de Santa Fe como capital provincial. Asimismo, se dio una escasez de abastecimiento de las cuadrillas de mineros esclavizados, por lo cual era costosa su manutención en tiempos de baja productividad, de ahí que se hiciera un rápido tránsito en la minería antioqueña, al llamado “mazamorreo” o aprovechamiento minero independiente, generándose la existencia de población liberta que propiciaba estrategias de auto subsistencia. Por lo anterior, Medellín emprendió por varios años, manifestaciones de oficializar jurisdiccionalmente la concentración del poder económico y político, con abierta resistencia de la ciudad de Santa Fe de Antioquia, hasta que finalmente, el año de 1675 se erigió como Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín. Con la fundación de Medellín, muchos españoles habitantes de Santa Fe abandonaron la ciudad, trasladándose a la nueva villa, notable por su crecimiento comercial (Alcaldía Santa Fe de Antioquia, 2018).
25 levantó de cascos: según el contexto, se refiere a la acción produ-
cida por un caballo de paso fino en su andar después de terminar el entrenamiento (N. del E.).
26 jalapa: gente ordinaria (lpt, 1983, p.193).
27 mañé: adj. Colombia. Cierta tela ordinaria / 2. Por ext. gente
plebeya / 3. Algo aparente, falso en el fondo (ahac, 1986).
28 club Noel: en 1919 en Cartagena un grupo de señoras con el
apoyo de los médicos y la municipalidad iniciaron el programa y, posteriormente, fue también establecido en Bucaramanga, Popayán y Sonsón. En Medellín el programa fue extendido por la creación del hospital infantil Club Noel, que se inició en un edificio inacabado anexo al hospital, que le fue donado a dicha sociedad en 1923. Esta Sociedad se había iniciado con el objetivo de donar regalos en la navidad a los niños pobres [aproximadamente en 1919]. En 1924 tenía 60 camas y el programa de La Gota de Leche. De una manera similar, las Damas Católicas de Cali que tenía la misma costumbre de dar regalos de navidad a los niños pobres, recibieron en 1924 una donación de un lote para construir un hospital infantil, y en 1934 abrieron el Hospital Infantil Club Noel (Castro, 2008).
29 Sala Cuna: el Jardín Salas Cunas Medellín Gota de Leche es una
Institución Arquidiocesana sin ánimo de lucro, fundada el 17 de mayo de 1917. Su primera personería jurídica fue otorgada en Bogotá el 10 de diciembre de 1919. La obra inició con el nombre de Gota de Leche en un salón del Colegio San Ignacio del Centro de Medellín. Las Hermanas Dominicas de la Presentación se vincularon a la obra a partir del año 1918 [...]. Un sacerdote jesuita, Gabriel Lizardi, tuvo la iniciativa en 1917, junto a un grupo de señoras de la ciudad, de darle leche a madres gestantes que se veían lavando ropa a orillas de la quebrada Santa Elena. Pronto Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Notas explicativas se dieron cuenta de que las madres no tenían donde dejar a sus niños, y ahí cambió la idea. Fueron 56 los primeros menores que recibió este centro de acogida para los más vulnerables, los hijos de tantas madres cabeza de familia de bajos recursos que necesitaban trabajar (Arango, 2017).
30 relumbrones: pasar de (da, 2010).
31 fashionables: (voz inglesa). Adj. Elegante, de moda (Alemany y
Bolufer, 1917, p. 760).
32 chilindrinas: f. coloquial. Cosa de poca importancia (dle, 2018).
33 sport: adj. Dicho de una prenda: Que es informal, con respecto a
la de vestir (dle, 2018).
34 zaguán: m. Espacio cubierto situado dentro de una casa, que sirve
de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle (dle, 2018).
35 clorótica: adj. Perteneciente o relativo a la clorosis o enfermedad
producida por deficiencia de hierro en la dieta, y caracterizada por anemia con palidez verdosa y otros síntomas (dle, 2018). 36 palique: m. coloquial. Conversación de poca importancia (dle, 2018).
37 bombas: f. Pieza hueca de cristal, abierta por la parte superior y
la inferior, y generalmente esférica, que se ponía en las lámparas y otros utensilios semejantes, para que alumbraran mejor y la luz no molestara la vista (dle, 2018).
38 Zaragoza: nuestra Señora de la Concepción de las Palmas de la
Nueva Zaragoza de Indias, fue el título que se le asignó a esta ciudad fundada por Gaspar de Rodas en 1581 [...]. Limita por el norte con el municipio de Caucasia, por el occidente con el municipio de Cáceres, por el sur con Amalfi, Anorí, Segovia y por el oriente con el municipio del Bagre [...]. Fue Zaragoza la ciudad de mayor producción de oro en el Nuevo Reino de Granada durante el período de la colonia [...]. En 1904 nuevamente se hacen presentes en la región personas extranjeras con un claro interés comercial, que le transfieren a la zona nuevas costumbres (Calvo, 1991, p. 20).
39 colchas de damasco: m. Tela fuerte de seda o lana y con dibujos
formados por el tejido (dle, 2018).
40 místeres: m. Estadounidense, y generalmente, extranjero de as-
pecto rubio o blanco (da, 2010).
41 Remedios: los historiadores se han dividido en dos grupos respec-
to a la fundación de Remedios. Uno, encabezado por el doctor Manuel Uribe Ángel, sostiene que ella tuvo lugar en diciembre de 1560. Dice sobre ese punto el ilustre galeno e historiador: “El Capitán FRANCISCO MARTÍNEZ DE OSPINA, llegó al Valle [...] y resolvió fundar en él el 15 de diciembre de 1560, la ciudad de Nuestra Señora de los Remedios. Establecido en aquel lugar disponiendo del trabajo de 9.000 indios de encomienda perteneciente a la nación de los Tahamíes, el feliz y atrevido fundador se dio con empeño al trabajo de las minas y con tanto provecho que llegó a ser pronto poderoso capitalista”. Otro galeno historiador no menos destacado, el doctor Eduardo Zuleta Gaviria, hijo de Remedios, encabeza el otro grupo y asegura que Remedios fue fundado por LOPEZ DE SALCEDO, el 24 de octubre de 1561 en el Valle de San Blas. Resulta muy difícil aunar criterios disímiles cuando ellos provienen como en este caso, de historiadores tan autorizados. Sucedió que la real audiencia de Santafé no aprobó lo hecho por el Capitán Francisco Martínez y envió a López de Salcedo, quien puso preso al capitán y lo remitió a Santafé procediendo a fundar nuevamente la población en el Valle de San Blas, tal como lo asegura Zuleta. Naturalmente que Francisco Martínez entabló un largo pleito reclamando sus derechos, pero no sabemos en qué paró la demanda. Por un documento del archivo nacional se conoce la lista de quienes entraron con Francisco Martínez al Valle de Corpus Cristo, ellos fueron: Francisco de Valero, Francisco Beltrán de Caicedo, Pedro Ortiz de Osma, Miguel Baquero, Vicente Correa, Pedro de Velasco, Bernardo de Loyola, Juan de la Pedraza, Bartolomé de Brincias, Alonso de Llano, Juan Valero, Francisco de Alcalá, Andrés de Soria, Baltasar de Burgos, Juan de Olivares, Gabriel de Salinas, Hernán Sánchez, Guillermo Sierra, Pedro de Aldana, Martín Domingo, Francisco Gómez, Pedro Méndez, Pedro Moreno, Juan Homero de Acosta. Pero donde estuvo situado el llamado Valle de Corpus Cristo creen algunos que su ubicación estuvo en tierras que hoy pertenecen al distrito de San Carlos. Remedios presentó varios traslados, 4 en total al decir de quienes se han ocupado de tan interesante tema. Pero no hay documentos que señalen la fecha exacta de esos traslados ni de una localización precisa de la ciudad de los Remedios. En el lugar actual lleva más de 200 años. Es preciso anotar que Remedios perteneció a la provincia de Mariquita, hasta el año de 1747, cuando el Virrey José Solis Folch de Cardona, lo anexó a la provincia de Antioquia, con capital Antioquia y estableció 6 cantones. El sexto fue el del Nordeste con cabecera en Remedios, categoría que tuvo hasta mediados de 1847, cuando por decreto del 20 de mayo del poder ejecutivo nacional, trasladaba la cabecera del cantón a Amalfi (Alcaldía de Remedios, 2018).
42 Amalfi: el municipio de Amalfi fue fundado en abril del año 1838, por el párroco Juan José Rojas, un sacerdote oriundo del municipio de Copacabana, Antioquia, que con la ayuda del alcalde, Casiano Botero y Antonio Aguilar, don Juan Nepomuceno, José Domingo, Nazario Echavarría, Vicente Mejía, José Santamaría, Alberto Escobar, entre otros, solicitaron al gobernador provincial de aquel entonces, permiso para trasladar el poblado más hacia el sur del valle y construir la primera capilla entre los ríos Porce y Riachón, donde desembocaba la quebrada Santa Bárbara, en tierras donadas por Pedro Sáenz. Según los textos históricos, el 25 de septiembre de 1838 el presidente José Ignacio de Márquez, señaló la jurisdicción territorial del nuevo poblado, llamándolo “Pueblo Nuevo”. En 1840 fue distrito civil y se le otorgó la jurisdicción de San Martín de Cancán. El 13 de mayo de 1843 Juan de la Cruz Gómez Plata, en aquel entonces obispo de Santa Fe de Antioquia, erigió la parroquia de Pueblo Nuevo, ahora Amalfi (Valle de las Aguas), nombrada así solo a partir de 1847, como atestiguan algunos documentos de la época. En 1843 Amalfi fue decretado como municipio. (Alcaldía de Amalfi, 2018).
43 María: Obra que inmortalizó a Jorge Isaacs en las letras colom-
bianas (1867), novela representante del romanticismo en América y en la cual se reconoce la calidad prosística y la representación del mundo patriarcal de Colombia en el siglo xix, El autor es un escritor colombiano nacido en Cali en 1837 y fallecido en Ibagué en 1895. Sus primeros años transcurrieron en la hacienda “El Paraíso”. Estudió en Bogotá sin llegar a terminar carrera alguna. Combatió en la guerra civil de 1860 y se dedicó sin éxito a la política, además, viajó por varias regiones del país y hacia el final de su vida su salud fue deteriorada por el paludismo (N. del E.).
44 Óscar y Amanda: Los hijos de la abadía (The Children of the Abbey)
—también publicada en español como: Los niños de la abadía o Los descendientes de la abadía— es una novela gótica de la escritora irlandesa Regina Maria Roche (1764-1845) publicada en 1796. Los hijos de la abadía, una de las mejores novelas de Regina María Roche, relata la historia de Oscar y Amanda Fitzalan, dos jóvenes que han sido despojados injustamente de su herencia, tanto familiar como patrimonial, y que a partir de ahí comienzan una jornada que los conduce a los abismos más profundos del ser. Regina María Roche fue, sin dudas, una de las más importantes escritoras en la novela gótica, y esto queda evidenciado en su obra, una novela que rápidamente se convirtió en un éxito de ventas, y que permaneció en ese lugar durante más de cien años. La influencia de Los hijos de la abadía en la literatura gótica está fuera de discusión. A pesar de tratarse de una historia oscura, repleta de episodios dramáticos, casi grotescos, también fue sumamente influyente en el costumbrismo victoriano. De hecho, hasta la escritora Jane Austen la recomienda en su novela: Emma (Emma) (Beringheli, 2009).
45 El hijo natural: novela de Alejandro Dumas (hijo), publicada en
1858. El argumento de la novela está centrado en el reconoci-
miento de los hijos por fuera del matrimonio, en donde el progenitor debe reconocer y legitimar la relación de este hijo con su padre a través del matrimonio con la madre (N. del E.).
Ligia Cruz 46 es tan cuadrado: m. Hombre tosco y de modales torpes (da, 2010).
47 le fui cogiendo el golpe: ir adquiriendo habilidad en algo que se
aprende. Adaptarse (ahac, 1986).
48 mogos: m. En el N.° 754 de los Apunt. observa Cuervo: Tal cual
vez ocurre la conversión de j o h aspirada en g... Entre nosotros dice el pueblo, mogo, mogoso, por moho, mohoso, y mogosiar por enmohecer.... Quizás por una acción sicológica dice el vulgo mogo por modo o manera (ahac, 1986).
49 a la porra!: irse enhoramala, irse al diablo, irse lejos (ahac, 1986).
50 maluco: 1. Dicho de una persona: Ingrata y malvada / 2. Dicho de
un objeto: De poca calidad o eficacia (dle, 2018). Según el contexto se refiere a la sensación desagradable producida por la ruptura amorosa (N. del E.).
51 la mar: loc. adv. coloquial. mucho (‖ con mucha intensidad) (dle, 2018). 52 atisba: tr. Mirar, observar con cuidado, recatadamente (dle, 2018). 53 indinos: adj. vulg. Que no es digno (dle, 2018).
54 trasportón: m. Puerta interior que separa el zaguán del resto de
la casa (da, 2010).
55 remojo: tener un asunto pendiente o sin solución (dc, 2018, p. 401).
56 corotos: m. coloquial. Objeto cualquiera que no se quiere men-
cionar o cuyo nombre se desconoce (dle, 2018).
57 sobada: inf. Referido a una persona, que saca provecho de las
situaciones a costa de los demás (dc, 2018, p. 420).
58 taita: fórmula de tratamiento usada en los espacios rurales para
dirigirse o aludir al padre y a las personas que merecen respeto (dle, 2018).
59 fámula: m. y f. coloq. Criado doméstico (dle, 2018). 60 bocado de la reina: cada ternera tiene dos bocados de la reina, aproximadamente del tamaño de una ración. Por eso su producción es limitada. El bocado de la reina es un músculo o nervio que se encuentra en la cadera de la ternera. Dentro de un hueso que tiene en la cadera. El bocado de la reina es el trozo de carne de la ternera que se encuentra en el hueso, entre la cadera y la tapa. Se trata de una carne muy jugosa y está deliciosa guisada o a la plancha (Arguiñano, 2012).
61 cabello de ángel: m. Dulce que se elabora con la parte fibrosa de
la calabaza confitera y almíbar (dle, 2018).
62 bizcochuelos blanquiados: son bizcochos tradicionales de la co-
cina antioqueña de principios del siglo xx. Caracterizados por su color blanco debido al merengue hecho con claras de huevo y la gran cantidad de bizcochuelos que se pueden cocinar con pocos elementos. Era un dulce infaltable en las festividades y ocasiones especiales en Antioquia. Su dulce sabor y su textura fascinaba a niños y adultos (N. del E.).
63 tasarle: tr. Fijar oficialmente el precio máximo o mínimo para
una mercancía (dle, 2018).
64 patojos: adj. Que tiene las piernas o pies torcidos o despropor-
cionados, e imita al pato en andar meneando el cuerpo de un lado a otro (dle, 2018).
65 baquiano: adj. Experto o versado en algo (dle, 2018). 66 diastre: persona astuta. Diablo (lpt, 1983, p.131).
67 aguas de botica: la terapéutica aplicada a lo largo de los siglos
xvii y xviii se basaba en la teoría de los humores; los medicamentos, en su mayoría depurativos, se prescribían en forma de aguas, emplastos, ungüentos, jarabes, colirios, confecciones, extractos, simples, cordiales, píldoras, aceites, polvos, zumos o soluciones que se empleaban para baños, enemas y apósitos o en preparados que eran tomados por el paciente en forma de píldoras, jarabes o purgas. Las aguas, por lo general se elaboraban con zumos o extractos de plantas. Los aceites también eran extraídos de plantas, aunque también se usaban aceites de origen mineral y otros extraídos de animales. Las confecciones se elaboraban combinando diversas substancias y por lo general llevaban el nombre de quien las había inventado o descubierto. Los elatuarios se preparaban a partir de simples mezclados con miel. Los emplastos se hacían mezclando un licor con un ungüento, a veces enriquecidos con otras substancias. La oximiel llevaba vinagre y tenía consistencia de jarabe. Las triacas eran diversas en su composición y podían contener desde tres hasta muchos ingredientes, pero casi siempre llevaban opio (Díaz Piedrahita, 2012, p. 219). 68 encopetada: que presume demasiado de sí (dle, 2018).
69 temperar: intr. Dicho de una persona: Mudar temporalmente de
clima por placer o por razones de salud (dle, 2018).
70 El Poblado: uno de los investigadores que recoge dicho proceso
de manera más completa es Jaime Andrés Peralta Agudelo, quien en su libro Los paisajes que han tejido nuestra historia expresa que más allá de las fronteras administrativas, existen tres Poblados: El Poblado histórico, El Poblado de las lomas y El Poblado de los altos, delimitado cada uno por “patrones históricos de asentamiento, expresiones organizativas e imaginarios y lazos comunitarios que definen una cultura propia”. Si bien la presencia de seres humanos en la zona se remonta a unos 2.500 años y durante la Colonia fue la sede del antiguo resguardo indígena de San Lorenzo de Aburrá, se estima que las condiciones históricas y las prácticas económicas, políticas y socioculturales que le han dado cuerpo a El Poblado actual se desarrollan en forma significativa en los últimos dos siglos. Entre las características más importantes de este primer momento histórico de El Poblado, edificado a partir de la experiencia colonial (Resguardo de San Lorenzo de Aburrá), se encuentra el control y supervisión de la vida cotidiana por parte de autoridades civiles y eclesiásticas, una participación mediada por la dinámica partidista y la institucionalidad estatal, y parámetros culturales regulados por la experiencia de lo urbano (Barros, 2010, p. 13).
71 cuartos: simpático, generoso, servicial, lucido, alegre (ahac, 1986).
72 cachacos: adj. Dicho de un joven: Elegante, servicial y caballeroso
(dle, 2018).
73 patente: adj. Manifiesto, visible (dle, 2018).
74 de la noche a la mañana: unidad fraseológica referida a lo rápido
de los acontecimientos que sufre Petrona/Ligia en Medellín, el cambio del contexto rural minero a un contexto urbano en una ciudad en proceso de masificación (N. del E.).
75 copete: loc. adj. Dicho de una persona, y especialmente de una
dama: Noble o linajuda (dle, 2018). En este sentido la expresión en la novela se refiere al conjunto de personas de alto copete (N. del E.).
76 manque: conj. Acogemos este vocablo conjuntivo por dos razones:
l. Porque, aunque es andaluz, al decir de los gramáticos, y aunque se
oye mucho en otras partes, es sumamente antioqueño (ahac, 1986).
77 es de la propia nuca del novillo: esta expresión se refiere al origen
humilde y rural de Petrona Cruz y su herencia modesta sin linaje ni herencia (N. del E.).
78 avizora: adj. Atento o vigilante (dle, 2018). 79 tenis: m. pl. zapatillas de deporte (dle, 2018).
80 la mira fulmínea: fulminante es una palabra derivada de “ful-
minar” (del latín fulminare) que significa: tr. Dicho de un rayo eléctrico: Dar muerte (dle, 2018). Se usa para indicar algo súbito e impactante, en este caso, una mirada (N. del E.). 81 la vena: brotada en la frente por el mal genio (N. del E.). 82 moño: capricho. Baile popular antiguo (ahac, 1986). 83 requeñeques: capricho, repelencia (ahac, 1986). 84 repelencias: f. Molestia o impertinencia repetida (da, 2010).
85 pataleta: f. coloquial. Convulsión, especialmente cuando se cree
que es fingida (dle, 2018).
86 yo le muestro la casa: en la tradición antioqueña de recibir al
invitado es costumbre exhibir la casa (N. del E.).
87 La Quiebra: se refiere al túnel que soluciona el problema de con-
tinuidad entre el Nus y el Porce para el tránsito del Ferrocarril de Antioquia (N. del E.).
88 juagara: enjuagar, en su acepción de aclarar y limpiar con agua lo
que se ha jabonado o fregado (dle, 2018).
89 piscolabis: copa de pisco que se toma como aperitivo (da, 2010).
90 cantarillas: vasija de barro, sin baño, del tamaño y forma de una
jarra ordinaria, y de boca redonda (dle, 2018). Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla 91 brete: m. Aprieto sin efugio o evasiva (dle, 2018).
92 embolates: m. Acción y efecto de embolatar o embolatarse. Es
decir: tr. Engañar con mentiras o falsas promesas (dle, 2018).
93 me come viva: unidad fraseológica relacionada con la violenta
respuesta por parte de la señora Ernestina a los consejos de Ita a Petrona (Ligia) (N. del E.).
94 peripuesta: adj. coloquial. Que se adereza y viste con demasiado
esmero y afectación (dle, 2018).
95 eche pipos: mensajes indirectos, provocación, sátira (N. del E.).
96 calle arriba y calle abajo: alrededor de la quebrada Santa Elena
se formaron inicialmente los barrios Quebrada Arriba y Quebrada Abajo. El denominado barrio “Quebrada Arriba” era el más extenso y referencial. Empezaba en el punto denominado “Las Estancias o Salados” (puente de La Toma) y terminaba en el llano (carrera Carabobo). Este barrio a su vez se dividía en la Avenida Izquierda y la Avenida Derecha, correspondientes al trayecto de la quebrada (MTM). La mejor descripción de la “Quebrada arriba” la realizó Tomás Carrasquilla quien escribió: “fue ella alborotosa y levantisca en la parte alta; fastuosa y aristocrática en la céntrica. De tiempo atrás tuvo en ésta quintas majestuosas y señoriales, tuvo juegos de agua, jardines y arboledas a la vista y contemplación del transeúnte” y, finamente, anota sobre el ocaso de esta parte de la ciudad “la cesantía por mora es la claudicación, la muerte, el olvido, el desprecio: es... ¡lo pasado!” (Carrasquilla, 1995, pp. 45-46).
97 muy bien puesta: bien vestida, presentable (N. del E.).
98 untos y menjurjes: m. Materia pingüe a propósito para untar o
también m. Cosmético o medicamento formado por la mezcla de varios ingredientes (dle, 2018).
99 bunde: m. Co. Baile folclórico que mezcla diversos ritmos popu-
lares, típico de la región andina colombiana (da, 2010).
100 Caldas: el Municipio de Caldas está situado al sur de la ciudad
de Medellín, es la puerta de entrada, tanto hacia el sur del Valle de Aburrá como al suroeste antioqueño. Está rodeado de colinas y montañas que corresponden al relieve de la cordillera central de los Andes, sus tierras son regadas por numerosas corrientes de aguas entre las que sobresale el Río Aburrá (conocido hoy como río Medellín), que lo atraviesa de sur a norte (Alcaldía de Caldas, Antioquia, 2019).
101 Envigado: municipio cercano a Medellín. Su fundador fue el se-
ñor José Antonio Isaza, quien regaló los terrenos. Envigado fue poblado por gente de Medellín, en 1770; erigido en parroquia el
13 de julio de 1774 y oficializado como distrito en 1814. El nom-
bre del municipio proviene de “envigar”, porque era el sitio donde los constructores de Medellín conseguían sus vigas (dfa, 1995). 102 plata a chorros: o por montones (N. del E.).
103 berrinche: m. coloquial. Irritación grande que se manifiesta os-
tensiblemente, y sobre todo la de los niños (dle, 2018).
104 mondonguera: f. Confusión de personas y categorías en una fies-
ta social (ahac, 1986).
105 flor de uvito: es un arbusto de la familia de las solanáceas. Sus
flores, amarillentas, moradas o blanco verdosas, están dispuestas en racimos compuestos. El arbusto crece en todos los climas; algunas especies se cultivan como ornamentación (N. del E.). 106 lasitud: f. Desfallecimiento, cansancio, falta de fuerzas (dle, 2018).
107 ragtime: m. Ritmo musical sincopado de origen afroamericano
(dle, 2018).
108 foxtrot: del ingl. fox-trot; literalmente “paso del zorro”. m. Baile de
ritmo cortado y alegre, originario de los Estados Unidos de América, y que estuvo de moda a principios del siglo xx (dle, 2018).
109 langarutico: adj. coloquial. Dicho de una persona o de una cosa:
Desproporcionadamente larga respecto de su ancho o de su grueso (dle, 2018).
110 tuntuniento: adj. Anémico, persona pálida y débil (ahac, 1986).
111 Teatro Bolívar: en 1917 se empezó a construir este teatro que
podía albergar 1.200 espectadores. Hasta su demolición en 1954, este espacio fue el principal teatro de la ciudad por su aforo, sus condiciones acústicas, el telón de boca, los decorados y la disposición de la caja escénica, que le permitían a las compañías ofrecer espectáculos de mayor calidad. Se sostiene que, gracias a la mediación del teatro, los espectadores construyeron una representación de ellos mismos, una comprensión de lo social y una interpretación de sus relaciones con el mundo (Correa, 2016, p. 43)
112 entreverada: adj. Que tiene interpoladas cosas varias y diferentes
(dle, 2018).
113 Circo España: circo Teatro España se construyó en 1909 con capa-
cidad para seis mil espectadores y donde se presentaban obras de teatro y zarzuela, cine y otros espectáculos, como corridas de toros y circos. El escenario sufrió múltiples averías tras un incendio de su carpa a finales de 1930 y nueve años después fue demolido para dar paso a construcciones más modernas (Correa, 2016, p. 50).
114 Quo vadis?: El nombre de Ligia Cruz aparece precisamente como
reminiscencia de la protagonista de Quo vadis?, una adaptación fílmica dirigida por Enrico Guazzoni, producida en Italia en 1912 y basada en la producción literaria homónima del autor polaco Henryk Sienkiewicz (N. del E.).
115 ab aeterno: loc. adv. Desde la eternidad (dle, 2018).
116 factótum: m. y f. Persona de plena confianza de otra y que en
nombre de esta despacha sus principales negocios (dle, 2018).
117 azafates: m. Canastillo, bandeja, o fuente con borde de poca al-
tura, tejidos de mimbres o hechos de paja, oro, plata, latón, loza u otras materias (dle, 2018).
118 ordalía: f. Prueba ritual usada en la Europa medieval y en ciertas
sociedades para averiguar la culpabilidad o inocencia de una persona acusada, y una cuyas formas es el juicio de Dios (dle, 2018).
119 empalago: m. Acción y efecto de empalagar. En otras palabras:
dicho de una comida principalmente si es dulce: Fastidiar, causar hastío (dle, 2018).
120 hecha una facha: f. coloq. Traza, figura, aspecto. En fachas. loc. adv. Méx. Con vestimenta inadecuada o desaliñada (dle, 2018).
121 Parque de Bolívar: uno de los escenarios más simbólicos e histó-
ricos del Centro de Medellín. Inaugurado en 1892. Era tan encantador, que la élite social de Medellín lo convirtió, en el siglo xix, en su lugar de residencia predilecto. En este parque se encuentra la Catedral Metropolitana. (lpt, 1983).
122 runfla: f. Serie de varias cosas de una misma especie (dle, 2018). 123 chusca: adj. Que tiene gracia, donaire y picardía (dle, 2018).
124 chirriada: adj. Referido a una persona, simpática o agradable
(dc, 2018, p. 142).
125 terciadores: adj. Que tercia o media (dle, 2018). También, cargar-
se o ponerse algo en la espalda o en un hombro (dc, 2018, p. 434). 126 iglesia de San Antonio: mediante decreto del Ministro General, Fray Luis Lauer, del 20 de febrero de 1899, se le entregó a la Provincia el Hospicio de Tierra Santa de Medellín. La fundación de esta casa-hospicio fue iniciada por el padre Fray Benjamín Masciantonio, en 1883. En el lapso de 61 años en que estuvieron los padres españoles de la Provincia de Santiago en el convento, después de que lo abandonaron los colombianos, aquellos construyeron el actual templo de San Antonio. La parroquia fue creada por el arzobispo Monseñor Tulio Botero Salazar, mediante decreto 300 del 21 de agosto de 1961, y su primer párroco fue el padre Fray Bernardo Saldarriaga (ofm, 2012).
127 iglesia de los Jesuitas: la iglesia de San Ignacio es el antiguo tem-
plo de San Francisco que edificaron los padres de esa comunidad juntamente con el convento y el colegio que fundó fray Rafael de la Serna. Su construcción se inició en 1803 y fue concluido prontamente. Fue ocupado militarmente, profanado y clausurado, se puso en servicio nuevamente en julio de 1886 y confiado a la Compañía de Jesús. Su estructura actual se debe a una reconstrucción casi en su totalidad con respecto a la edificación original, con base en los planos del arquitecto belga Agustín Goovaerts (N. del E.).
128 sonsa: 1. adj. Soso, insulso, insípido / 2. adj. Tonto, simple, men-
tecato (dle, 2018).
Notas explicativas
Ligia Cruz
129 turulata: (tb. turuleto) adj. Referido a una persona, que está
aturdida o que ha perdido la capacidad por causa de un golpe (dc, 2018, p. 452).
130 landó: m. Coche de cuatro ruedas, tirado por caballos, con capo-
tas delantera y trasera, para poder usarlo descubierto o cerrado (dle, 2018).
131 hasta el tuétano: loc. advs. coloquial. Profunda o intensamente
(dle, 2018).
132 ringlera: f. Fila o línea de cosas puestas en orden unas tras otras
(dle, 2018).
133 con mucha maña: 1. f. destreza, habilidad/ 2. f. Artificio o astucia
(dle, 2018).
134 vigiar: 1. Espiar / 2. tr. Vigilar algo o a alguien desde un lugar
alejado o destinado para ese fin (dle, 2018).
135 botijambre: m. Formado de botija, con el sufijo ambre, combina-
ción castellana del sufijo men, que implica acción. Persona gorda y de cuello corto (Ahac, 1986).
136 diantres: m. eufem. coloquial. Diablo (dle, 2018).
137 gusanillo: m. Hilo de oro, plata, seda, etc., ensortijado para for-
mar con él ciertas labores (dle, 2018).
138 monarcillo: monaguillo: m. y f. Niño que ayuda a misa y hace
otros servicios en la iglesia (dle, 2018).
139 casorios: m. coloquial. Casamiento hecho sin juicio ni considera-
ción, o de poco lucimiento (dle, 2018). También: m. obsol. Ceremonia mediante la cual una pareja se une en matrimonio (da, 2010).
140 niguateros: la nigua es conocido científicamente como dermato-
philus penetrans. Voz caribe. Es un insecto díptero originario de América que penetra en la piel del hombre, principalmente en los pies, y ocasiona una picazón y úlceras graves (dfa, 1995), a estas se les denomina “niguas” y a su portador niguatero (N. del E.).
141 calofríos de tercianas: f. Calentura intermitente que repite cada
tercer día. Sensación de frío que precede a un ataque de fiebre (dle, 2018).
142 zahorí: m. y f. Persona a quien se atribuye la facultad de descu-
brir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos (dle, 2018).
143 enyerbar: tr. Hechizar a alguien con un brebaje hecho de yerbas, generalmente con fines amorosos (da, 2010).
144 no es moco de pava: planta herbácea de adorno, de la familia de
las amarantáceas, con tallo grueso, verde, ramoso, de algo más de un metro de altura, hojas aovadas lampiñas y flores generalmente purpúreas, dispuestas en grupos de espigas colgantes alrededor de otra central más larga (dle, 2018).
145 manchas y livores: se refiere a lo avanzado de la tuberculosis que
padece Ligia (N. del E.). Mancha amoratada, negruzca o amarillenta de la piel a consecuencia de un golpe u otra causa (dle, 2018).
146 groserotes de cargazón: groserote: carente de educación o de deli-
cadeza. Cargazón: recargamiento, excesos de adornos (dle, 2018). 147 pinchada: adj. Referido a una persona, refinada en sus gustos, especialmente en su vestir (dc, 2018, p. 371).
148 quebró Dios el molde: única e irrepetible (N. del E.).
149 fluxes: m. And., Ant., Col., Méx., Nic. y Ven. terno (‖ conjunto
de pantalón, chaleco y chaqueta) (dle, 2018).
150 marrullería: f. Astucia tramposa o de mala intención (dle, 2018).
151 semanasantos: adj. Salta el significado de beato, rezandero
(ahac, 1986).
152 valiente berengenal: se refiere a una situación espinosa (N. del E.).
153 saporro: adj. Referido a una persona, de baja estatura y de con-
textura gruesa (dc, 2018, p. 415).
154 rebatiña: acción de coger deprisa algo entre muchos que quieren
cogerlo a la vez (dle, 2018).
155 epopeya egregia: adj. Insigne, ilustre (dle, 2018).
156 mariposean: intr. Andar o vagar insistentemente alrededor de
alguien, procurando el trato (dle, 2018).
157 atrincan: tr. América. Trincar, sujetar, asegurar con cuerdas y
lazos (dle, 2018).
158 guasón: adj. coloquial. Burlón, bromista (dle, 2018).
159 fulana: m. y f. Para aludir a alguien cuyo nombre se ignora o no
se quiere expresar (dle, 2018).
160 zutano: m. y f. Para aludir a alguien cuyo nombre se ignora o no
se quiere expresar después de haber mencionado a otra u otras personas con palabras de igual indeterminación, como fulano o mengano (dle, 2018).
161 tragantina: beber mucho licor (ahac, 1986).
162 bacarat: de bacará (N. del E.). Cristal fino fabricado en la ciudad
francesa de Baccarat (dle, 2018).
163 gongórico: de gongorino (N. del E.). Adj. Dicho de una obra: De
estilo rebuscado y alambicado (dle, 2018).
164 numen: deidad dotada de un poder misterioso y fascinador
(dle, 2018).
165 ciudad levítica: adj. Perteneciente o relativo a los levitas. Devoto
de la Iglesia o de sus ministros (dle, 2018).
166 sursum corda: expresión latina usada en el prefacio o introito de
la misa: “Levantemos el corazón” (N. del E.).
167 himeneo: boda o casamiento (dle, 2018).
168 ara: f. Losa o piedra consagrada, que suele contener reliquias de
algún santo, que se ponía sobre el altar y sobre la cual extendía el sacerdote los corporales para celebrar la misa (dle, 2018). 169 vino de Engandí: viñas de En-gadi situadas en el desierto de Judá. Este lugar era conocido como uno de los oasis privilegiados, por su fortaleza y florida vegetación, llamado “Lugar Fuerte” por ser refugio a todos los que necesitaban esconderse del enemigo (1º Samuel 23:29 y 24:1), (Cantares 1:14). (N. del E.).
170 columbinos: adj. Semejante a la paloma en el aspecto o en alguna
de las cualidades que se le atribuyen, especialmente el candor y la sencillez del ánimo (dle, 2018).
171 morcilla: f. Trozo de tripa de cerdo, carnero o vaca, o materia
análoga, rellena de sangre cocida, que se condimenta con especias y, frecuentemente, cebolla, y a la que suelen añadírsele otros ingredientes como arroz, piñones, miga de pan, etc. (dle, 2018).
172 uncida: tr. Atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias
(dle, 2018).
173 al través: loc. prepos. a través de (dle, 2018).
174 Narciso: era Tespio, hijo de la ninfa azul Liríope, a la que el dios
fluvial Cefiso había envuelto una vez con los remolinos de sus corrientes y luego violado. El vidente Tiresias le dijo a Liríope, la primera persona que le consultó: ‘Narciso podrá vivir muchos años a condición de que nunca se conozca a sí mismo’. Cualquiera podía haberse enamorado justificadamente de Narciso, incluso cuando era niño. Con dieciséis años su camino estaba sembrado de amantes de ambos sexos cruelmente rechazados; tal era el obstinado orgullo que sentía de su propia belleza (Graves, 2013, p. 42).
175 dios Príapo: Príapo se originó en las burdas imágenes fálicas de
madera que presidían las orgías dionisíacas. Se le atribuyó ser hijo de Adonis por los ‘jardines’ en miniatura que se ofrecían en sus festividades (Graves, 2013, p. 103).
176 chivato: adj. Dicho de un niño: Vivaz y atrevido, que mezcla in-
genio y descaro (dle, 2018).
177 guarichas: 1. f. Prostituta / 2. Persona vulgar sin educación /
3. Persona de mala calaña, malvada (dc, 2018, p. 243).
178 secaleche: m. Último hijo de un matrimonio (dle, 2018).
179 basilisco: 1. m. animal fabuloso, al cual se atribuía la propiedad
de matar con la vista/ 2. m. Persona furiosa o dañina (dle, 2018).
180 garambainas: f. Adorno de mal gusto y superfluo en los vestidos
u otras cosas (dle, 2018).
181 horra: adj. Dicho de una persona: Que, habiendo sido esclava, alcanza la libertad (dle, 2018).
182 vivaracha: adj. coloquial. Vivo y alegre (dle, 2018).
183 piquiña: f. Envidia, inquina, antipatía, rencor, mala voluntad
(da, 2010).
184 brelán: viene del juego de naipes francés “Belote” (N. del E.). Cada jugador puede hacer tres clases de combinaciones con sus cartas: brelán, escalera y belote. Un brelán es la combinación de cuatro cartas del mismo índice (Popular, 2012). Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla 185 empinada: 1. adj. Estirado / 2. Engreído (dle, 2018).
186 ofuscadora: adj. Que ofusca o causa ofuscación u oscuridad de la
razón, que confunde las ideas (dle, 2018).
187 canotié: posiblemente se refiere a “canotier”: m. Palabra francesa. sombrero de paja, duro, de ala corta y copa lisa (ahac, 1986). 188 alebrestada: adj. Que obra sin reflexión (dle, 2018).
189 canillas: locs. verbs. coloquial. poco usada. Hablar sin reflexión
cuanto se viene a la boca (dle, 2018).
190 molledo: m. Parte carnosa y redonda de un miembro, especial-
mente la de los brazos, muslos y pantorrillas (dle, 2018).
191 encalabrinado: tr. Dicho especialmente de un olor o de un vapor:
Causar turbación en una persona o en su cabeza (dle, 2018).
192 aspavientos: demostración excesiva o afectada de espanto, admi-
ración o sentimiento (dle, 2018).
193 cabeza de pinche: persona que presta servicios auxiliares en la
cocina (dle, 2018).
194 farisea: adj. Seguidor de una secta judaica que aparentaba rigor
y austeridad, pero eludía los preceptos de la ley y, sobre todo, su espíritu (dle, 2018).
195 mentecato: adj. Tonto, fatuo, falto de juicio, privado de razón
(dle, 2018).
196 lenguaraz: adj. Deslenguado, atrevido en el hablar (dle, 2018). 197 origen samario: oriundo de Santa Marta (N. del E).
198 balandrán: m. Vestidura talar ancha y con esclavina, que usaban
algunos eclesiásticos (dle, 2018).
199 casimbas: rancho de techo cónico hecho de guano o paja, que casi
llega al suelo sin paredes verticales, que sirve como troje provisional para guardar el fruto cosechado [...]. En Antioquia vale casa pequeña, sencilla, de poco valor (ahac, 1986).
200 dios Pluto: los mitos de Hilas, Adonis, Litierses y Lino describen el
luto anual por el rey sagrado, o el muchacho que le sustituía, sacrificado para apaciguar a la diosa de la vegetación. Este mismo sustituto aparece en la leyenda de Triptolemo, que conducía un carro tirado por una serpiente llevando sacos de grano, para simbolizar que su muerte traía la abundancia. Era también Plutón (“La riqueza”), engendrado en el campo arado, del cual Hades tomó prestado el eufemístico título de “Pluto” (Graves, 2013, p. 136). 201 prosternado: prnl. Arrodillarse o inclinarse por respeto (dle, 2018).
202 el becerro de oro: leyenda bíblica que se encuentra en el libro de
Éxodo capítulo 32, y narra la historia del pueblo de Israel que en ausencia de Moisés crea con oro la simbología de un dios ajeno para ser adorado. (N. del E.).
203 Cristo legendario de Zaragoza: en el siglo xvii llegó un Cristo
tallado en madera a la iglesia de la Villa de Zaragoza Antioquia. Con el pasar de los años los pobladores acumularon testimonios sobre los dones recibidos por sus fieles. Desde hace aproximadamente tres siglos dicen que, a quienes le piden con devoción, Él les concede sus deseos (Buitrago, 2016).
204 taburete de vaqueta: silla estrecha recubierta de ternera, curtido
y adobado (N. del E.).
205 Nochebuena: f. Noche de la vigilia de Navidad (dle, 2018).
206 ácido fénico: m. Quím. Alcohol derivado del benceno, obtenido
por destilación de los aceites de alquitrán, que se usa como antiséptico en medicina (dle, 2018).
207 gaznate: m. Parte superior de la tráquea (dle, 2018).
208 buñuelito: diminutivo (N. del E.). Fruta de sartén que se hace de
masa de harina bien batida y frita en aceite, y que al freírse se esponja y sale de varias formas y tamaños (dle, 2018).
209 tapia y bahareque: f. Cada uno de los trozos de pared que se hacen
de una sola vez con tierra amasada y apisonada en un encofrado. Bahareque: m. Col., C. Rica, Ec., El Salv., Guat., Hond., Nic. y Ven. Pared de palos entretejidos con cañas y barro (dle, 2018).
210 suelo a pisón: suelo de tierra construido a través de golpes de un
mazo grueso y pesado que amarra la tierra (N. del E.). 211 bellísima: f. Col., C. Rica, Ec., El Salv., Nic., Pan., Perú y Ven. Planta trepadora de flores en festones y de tres colores, blanco, rosado pálido y rojo subido (dle, 2018).
212 azucenos de La Habana: especie de azucena, conocida con el
nombre común de flor de La Habana (N. del E.).
213 clavellinos: f. Clavel, principalmente el de flores sencillas (dle, 2018). 214 sidro: árbol de la sidra (N. del E.).
215 tarima: f. Zona del pavimento o entablado, superior en altura al
resto (dle, 2018).
216 emperra: prnl. coloquial. Obstinarse, empeñarse en algo (dle, 2018).
217 Dios nos está boleando soga: exageración, refiere una percepción
de la práctica católica de castigo constante por parte de Dios (N. del E).
218 idiática: adj. Referido a una persona, maniática (da, 2010). 219 inguandias: f. Enguanda. Complicaciones, lío, embrollo (ahac, 1986). 220 voltarias: adj. De carácter inconstante (dle, 2018). 221 mica en pesebre: estar fuera de lugar (N. del E.).
222 reveseras: adj/sust. Referido a persona, que habla mal de otras
cuando no están presentes (da, 2010).
223 mulero carrielón: persona dedicada a la arriería, carga y cuidado
de la mula (o burro), que generalmente lleva carriel (N. del E.). 224 guasamayeta: adj. Tontarrón, inocentón (ahac, 1986).
225 te aparo la caña: que dice aceptar una propuesta, la más de las
veces inesperada o en forma de fanfarronada (ahac, 1986).
226 echar trovas: la trova es una composición en verso, la mayoría de las
veces de creación espontánea, presente en la mayoría de las celebraciones en Antioquia, por lo que echar trovas se refiere a dedicar tiempo en una celebración o encuentro a componer versos (N. del E.). 227 puntal: m. Merienda ligera (dle, 2018).
228 tisis: tuberculosis (N. del E.).
229 deschavetada: adj. coloquial. América. Chiflado, que ha perdido
la chaveta (dle, 2018).
230 milagro, tan patente, de Concepción: hace referencia al milagro
de la concepción en María, que significa haber nacido para concebir a Jesús libre del pecado original (N. del E.).
231 concho: adj. Ec. Del color de las heces de la chicha o de la cerveza
(dle, 2018).
232 Lourdes: el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes es un con-
junto de edificios y lugares dedicados al culto de la Virgen, en Francia. En aquella población la Virgen se le presentó en varias ocasiones a una joven campesina de la zona, Bernadette Soubirous, quien recibió todas las visiones y mandatos. Este santuario es popular por una gruta en donde emergen las aguas de Lourdes que contienen propiedades curativas (N. del E.).
233 las mandas: expresión que se asimila a “las peticiones” dentro de
la práctica católica, tienen el propósito de exponer una necesidad (N. del E.).
234 los Tunches: término que probablemente hace referencia a un
certamen poético o academia donde tales certámenes se llevaban a cabo (N. del E.).
235 “Lanzaba el sol, su fuego al medio día (remedando), sobre las
tristes rocas del calvario. —El monte estaba triste y solitario...”: Líneas del poema “La Virgen al pie de la Cruz” del escritor mexicano Manuel Carpio (1791-1860) (N. del E.).
236 moño de alfandoque: en Colombia se prepara una golosina a
base de caña, principalmente en las zonas de los santanderes y el suroccidente, su envoltura se elabora a partir del tronco de plátano, amarrado de un modo particular con fique, por lo que la expresión alude este tipo de amarre (N. del E.). 237 pereque: m. Molestia, incomodidad (da, 2010). 238 entrunches: relaciones, tratos o halagos (N. del E.). 239 lo mandó por el chivo: despedir a alguien (N. del E.).
240 sarao: m. Reunión nocturna de personas de distinción para di-
vertirse con baile o música (dle, 2018).
241 cismatiquería: f. Melindres, remilgos, caprichos [...]. También
vale zalamerías y falta de sencillez o naturalidad (ahac, 1986).
242 maula: adj. coloquial. Dicho de una persona: Tramposa o mala
pagadora (dle, 2018).
243 Víctor Hugo: (Besançon, Francia, 1802 - París, 1885). Poeta, dra-
maturgo y novelista francés considerado el máximo exponente Notas explicativas
Ligia Cruz del Romanticismo en su país. La infancia de Victor Hugo transcurrió en Besançon, salvo dos años (1811-1812) en que residió con su familia en Madrid, donde su padre había sido nombrado comandante general. De temprana vocación literaria, ya en 1816 escribió en un cuaderno escolar: “Quiero ser Chateaubriand o nada”. En 1819 destacó en los Juegos Florales de Toulouse y fundó la revista Le Conservateur littéraire, junto con sus hermanos Abel y Eugène, pero su verdadera introducción en el mundo literario se produjo en 1822, con su primera obra poética: Odas y poesías diversas. En el prefacio de su drama Cromwell (1827) rechazó las reglas del teatro neoclásico, proclamó el principio de la “libertad en el arte” y definió su tiempo a partir del conflicto entre la tendencia espiritual y el apresamiento en lo carnal del hombre; considerado el manifiesto fundacional del teatro romántico, el texto situó a Victor Hugo como cabeza del movimiento, y su casa se convirtió en la sede del cenáculo romántico [...]. El ritmo de su producción disminuía, pero su prestigio se acrecentaba sin cesar: un banquete conmemoró el quincuagésimo aniversario de Hernani; en 1881, su cumpleaños fue celebrado oficialmente y los senadores, en la tribuna, se levantaron sin excepción en su honor. A su muerte, el gobierno francés decretó un día de luto nacional y sus restos fueron trasladados al Panteón. Considerado como uno de los mayores poetas franceses, su influencia posterior sobre Baudelaire, Rimbaud e incluso Mallarmé y los surrealistas es innegable (Ruiza, 2019).
244 Echegaray: José Echegaray (1832-1916). Dramaturgo, político y
matemático español (N. del E.).
245 Elvira Silva, hermana del poeta, de ese que compuso aquel “Noc-
turno”: Elvira Silva (1870-1892) hermana del poeta colombiano José Asunción Silva, cuyo poema Nocturno III está inspirado en su temprana muerte (N. del E.).
246 cismas: de cismatiquerías (N. del E.). Melindres, remilgos, capri-
chos, zalamería (ahac, 1986).
247 bolo: De la expresión “Tumbar bolo” (ahac, 1986), referente al
hecho de salir airoso, triunfante, en una empresa (N. del E.).
248 la Fábregas: alusión a Virginia Fábregas (1871-1950), actriz mexi-
cana que visitó Medellín a inicios del siglo xx, el mismo Tomás Carrasquilla escribió “Alabanza a Virginia Fábregas”, texto publicado en El Correo Liberal el 4 de julio de 1913 (N. del E.).
249 de tal palo, tal astilla: expresión referente a la creencia de que el ca-
rácter y las costumbres se transmiten de padres a hijos (cvc, 2019).
250 zangarete: adj. De piernas o pies torcidos. Dícese también del
trompo o peonza que baila a saltos y que es llamado así mismo zangarria o zangarrias (ahac, 1986).
251 Dolorosa: es una de las advocaciones de la Virgen María desta-
cada por el sentimiento de dolor de la madre de Jesús ante el sufrimiento de su hijo. Los “siete dolores” hacen referencia a los siete episodios de la vida de Jesucristo, relatados por los evangelios, que hicieron sufrir a María, quien acompañaba a su hijo en su misión de profeta y evangelizador (N. del E). 252 al estricote: loc. adv. Al retortero o a mal traer (dle, 2018).
253 embolismo: m. Confusión, enredo o dificultad en un negocio
(dle, 2018).
254 agios: 1. m. Econ. Beneficio que se obtiene del cambio de mone-
da, o de descontar letras, pagarés, etc. / 2. m. Econ. Especulación sobre el alza y la baja de los fondos públicos (dle, 2018).
255 el Mohán: el Mohán o Muán uno de los mitos folclóricos más
generalizados en los Andes colombianos. Algunos lo describen como un ser mítico musgoso, todo cubierto de pelo, con abundante cabellera, ojos brillantes y con figura de indio; con uñas largas afiladas. Le gusta vivir en las montañas, en las hondonadas, en los peñascos, playones de los ríos, rocas vecinas a las quebradas y cerca de las lagunas en las regiones montañosas; asimismo, en los pozos oscuros y profundos de los ríos (Ocampo López, 2001, pp. 115-116).
256 la Madremonte: los campesinos de la colonización antioqueña en
el occidente colombiano narran numerosos cuentos y anécdotas sobra la Madremonte, la deidad tutelar de los montes y las selvas, que rige los vientos, las lluvias y todo el mundo vegetal; también se le conoce como la madreselva (Ocampo López, 2001, p. 31).
257 el Patetarro: los campesinos lo describen como un genio maléfico
que tiene una pata podrida, la cual lleva en un tarro de guadua y que segrega un líquido maloliente que destruye las cosechas. Su presencia por los campos es pestilente y se considera como el anuncio de calamidad, muerte e inundaciones. Según las regiones aparece como deidad masculina o femenina (Ocampo López, 2001, p. 95).
258 la Marimonda: personaje característico del Carnaval de Barran-
quilla, caracterizado por su máscara de nariz larga y orejas grandes, un traje con parches y un pito (dc, 2018, p. 303).
259 duendes: es uno de los mitos más populares y difundidos en Amé-
rica. Según la creencia, hay dos tipos de duende: uno juguetón y otro malévolo. Por lo regular, el duende es bajito y rechoncho, con aspecto juvenil y usa trajes brillantes o de color vivo para llamar la atención. A menudo protege su rostro con un sombrero de alas grandes de paja. Este tipo de duende vive en el espesor de los bosques, sobre los árboles. Cuando quiere molestar apela a la ociosidad, escondiéndole el dedal a las amas de casa, el hilo y la aguja; y al jornalero, ocultándole el azadón, el machete, el barretón, o la pala. En la cocina esconde el molinillo, la mano de moler, bota el agua de las ollas, sala la sopa. En las habitaciones esconde los zapatos, las medias, la ropa o apaga la luz; destiende las sabanas de la cama y tira las almohadas al suelo. Del duende juguetón se dice que ríe a carcajadas en los cielos rasos y toca flauta recostado contra los troncos de los árboles. Al duende malévolo le gusta hacer ruidos insólitos que causan terror o espanto; se posesiona de las casas ajenas y las atormenta: tira piedras, verdaderas lluvias de piedra contra sus techos y paredes. Ensucia las comidas con estiércol, quiebra los platos, bota o dobla las cucharas, persigue a las muchachas adolescentes, las pellizca, les toca las nalgas, les coge los senos y se los aprieta hasta hacerlas llorar; las muerde, las empuja y las hace caer. A los niños les chupa la sangre mientras duermen, les pega y les hecha agua en la cara. Este tipo de duende es peligroso cuando está enamorado y no es correspondido, o cuando tiene rival. Si esto ocurre, le raja la ropa a su pretendiente, la asusta a medida noche, la chuza con alfileres, la hace caer de la cama y la golpea. Al contendor lo asusta cuando va de visita, presentándosele como un sapo enorme o una culebra gigantesca, a mitad del camino. Si la novia le brinda un fresco, se lo derrama en la camisa; si enciende un cigarrillo, le quema la boca; si trata de sentarse le quita el asiento para que se caiga y si está de pie le golpea las rodillas para tumbarlo. En fin, si nada de esto ocurre hace que la novia le lleve la contraria en todo hasta que se termine la relación. En muchas regiones se cree que el duende es un alma que se fue de este mundo si ser bautizada (sinic, 2019).
260 matachín: en fiestas populares de tipo tradicional, hombre dis-
frazado ridículamente, con máscara y vestido de varios colores ajustado al cuerpo desde la cabeza hasta los pies (dle, 2018).
261 se llevan sus buenas cocas: expresión referente a llevarse un gol-
pe inesperado. En el contexto de la novela se entiende como la sorpresa que se llevan los pretendientes de Ligia al ser repentinamente rechazados. (N. del E.).
262 almacén de los niños: El almacén de los niños (1776). Obra de la
escritora francesa Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (1711- 1780) (N. del E.).
263 la vida de santa Marta: santa Marta de Betania. Hermana de Lá-
zaro y patrona de las cocineras y amas de casa (N. del E.).
264 milagro de los niños de La Saleta: referencia a los niños Maxi-
mino y Melanie, a quienes se les apareció la virgen el 19 de septiembre de 1846, cerca del poblado de La Saleta (Amadeo, 1861). 265 parlanchina: adj. coloquial. Que habla mucho y sin oportunidad, o que dice lo que debía callar” (dle, 2018).
266 astrosa: adj. Desaseado o roto (dle, 2018).
267 eneldo blanco: hierba de la familia de las umbelíferas, con ta-
llo ramoso, de 60 a 80 cm de altura, hojas divididas en lacinias Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla filiformes, flores amarillas en círculo, con unos 20 radios, semillas pareadas planas en su cara de contacto, elípticas y con nervios bien señalados (dle, 2018).
268 surrunguean: rasguear. Tocar un instrumento de cuerdas (N. del E.).
269 alazanas: guitarras. Nombre que se le da a este instrumento por
su color (N. del E.)
270 pajaritas de oro: Moños (N. del E.).
271 lapos: m. coloq. Cintarazo, latigazo, bastonazo o varazo (dle, 2018).
272 conversetas: adj. Esta voz, siempre plural, es del mismo jaez de
acusetas y significa persona murmuradora, que habla mucho y, sobre todo, que es portadora de embustes y cuentos (ahac, 1986). 273 manético: magnético (N. del E.).
274 la Villa: en referencia a la Villa de Nuestra Señora de la Candela-
ria, Medellín (N. del E.).
275 el mandón Suárez: referencia al presidente de la república Marco
Fidel Suárez (1855-1927), quien estaba a cargo en la época en que está ambientado el relato (N. del E.).
276 gente del cogollo: persona distinguida (N. del E.).
277 sanedrín: m. Consejo supremo de los judíos, que trataba y deci-
día los asuntos de estado y de religión (dle, 2018).
278 esponsales: m. pl. Mutua promesa de casarse que se hacen y acep-
tan los miembros de una pareja (dle, 2018).
279 moza tan regada: Expresión referente a una persona que habla con
vehemencia y de manera desmedida a causa de la ira (N. del E.).
280 a freír monas: mandar a una persona a freír espárragos. Dispen-
sar de alguien (N. del E.).
281 el cacho que le iba a pasar: expresión referente a un infortunio o
evento inesperado que le sucede a alguien (N. del E.). 282 surrungueos: tr. Rasguear (ahac, 1986).
283 vihuelones: f. Instrumento musical de cuerda, pulsado con arco
o con plectro (dle, 2018).
284 voces pindáricas y osiánicas: en referencia a la poesía lírica. Las
voces pindáricas son una referencia al poeta griego Píndaro (518- 438 a.C.), el poeta lírico más importante de la antigua Grecia. Las voces osiánicas, por su parte, son una referencia al ciclo de narraciones y baladas irlandesas conocido como Cíclo de Ossian o Cíclo Feniano, que se centra en los hechos heroicos del legendario Finn MacCumhaill y su horda de guerreros (N. del E.).
285 “Soy el eco, soy la sombra / que te sigue, por do vas”: es posible
especular que las líneas en cuestión pertenecen a la tradición poética hispana (N. del E.).
286 “Recibid mis ardientes suspiros y escondedme en ese asilo invio-
lable”: líneas pertenecientes a la oración del señor de los Milagros (N. del E.).
287 rodela: f. Escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo
izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada (dle, 2018).
288 lleva el inri: m. Nota de burla o de afrenta. Le puso el inri (dle, 2018). 289 ventorro: m. despect. Venta de hospedaje pequeña o mala (dle, 2018). 290 ñapangos: adj. Mestizo, mulato (dle, 2018).
291 Malfias: Probablemente se trata de una adaptación de la palabra
inglesa Malfi realizada por Carrasquilla. Por el contexto en que aparece la expresión en la novela, referente a las aspiraciones aristocráticas de cierta clase plebeya, es posible que se trate de una alusión a la tragedia renacentista inglesa The Duchess of Malfi (1612-1613) de John Webster, cuya trama gira en torno al matrimonio secreto de la duquesa con un hombre de clase inferior (Oakes, 1999, p. 54).
292 pasmo: 1. m. Admiración y asombro extremados, que dejan como
en suspenso la razón y el discurso (dle, 2018). 293 santos inocentes: en referencia a la masacre de niños en Belén, ordenada por Herodes el Grande, con el objetivo de asesinar a Jesús. Los santos inocentes fueron considerados por la iglesia primitiva como los primeros mártires de la iglesia (N. del E.). Notas explicativas
A: El Espectador (1922). Medellín. A1: Colombia. Diario de la Tarde (1925). Medellín.
B: El Zarco (1925). Bogotá: Ediciones Colombia. C: Obras completas (1952). Madrid: epesa. D: Obras completas (1958). Medellín: Bedout. E: Ligia Cruz y El Zarco (1995). Medellín: Editorial Universidad Pontificia Bolivariana. F: Obra completa (2008). Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
Para el proceso de fijación textual de esta obra se tuvo en cuenta la primera edición (1922) como texto base y los siguientes testimonios como ediciones cotejadas para el establecimiento de las variantes:
El Zarco Edwin A. Carvajal-Córdoba Editor crítico E
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla El Zarco1 I El humo ha charolado las paredes, las vigas, el interior del techo y el cuero de res que le preserva de las chispas. Cual adornos hieráticos de un rito fúnebre, ha colgado aquí y acullá, con ayuda de las arañas, mechones y esponjas, encajes y urdimbres, todos esos caprichos del hollín, a veces oscilantes, a veces petrificados. Dijérase que el dios Fuego, en sus arcanos, provee él mismo los paramentos de su culto. ¡Cuán bella y consoladora resulta su llama en ese fondo de negruras!
Las vestales2 de aquel altar han suspendido, de palitroques y garabatos, cuencos de calabazo, cañutos de guadua, canastos de bejuco, y, de allá del rejo ennegrecido, el indispensable “coco de mono”,3 esa olla que forjó Naturaleza para desafiar a los siglos y preservarle la sal de Dios al hambriento proletario. El embarrado tabique deja en claro la parte superior, y, por entre los estantillos, se amontonan manojos resecos de eneldo, de culantro, de manzanillón y de otras yerbas. En los aparadores, de varas amarradas, alternan los trastos de coco y de totumo,4 con los de barro y de madera; unos tablones, sobre horquetas, forman el banco, en el ángulo más despejado del templo; el lar5 campea en el propio suelo, y casi al centro, entre su cerco de piedras y los mojones que sostienen los cacharros laboradores. Como es sábado, día de muchas y diversas ocupaciones, aquello arde como una gloria, Casimira, una pobrecita, rota del labio superior y de paladar no muy sana, va y viene del fogón a las piedras de moler y de las piedras al fogón: corre ella con el ramo de las carisecas6 de esa casa, tan famosas y disputadas. Pegadita a la candela, se acuclilla la señá Rumalda, en los afanes de las hojaldras. No bien saca de los moldesa una tanda y la ordena en la pulquérrima batea, torna al romper de huevos, al batir y revolver, en esa cuyabra zaragozana,7 esa enorme mediacalabaza en que ella cifra su crédito y su fama. Clásicas son en Tambogrande las hojaldras de la señá Rumalda. Ya trasciende su olor, cocina afuera,b revuelto con el de la manzanilla, que tapiza el patio, y con el de las malvarrosas y los girasoles, que en galanías tropicales bordan cercos y talanqueras. Entre tanto, un ollón maestro exhala sus vahos acres: son las quinteriasc y las achiras,8 que se cuecen, para la venta del siguiente día. Son las tres de una tarde soleada. Por el platanar que circunda la casa, por el seto de maguey que alindera la propiedad con el camino real, se oyen retozos de toches9 y cucaracheros;10 por la vera discurre todo el serrallo, alborotando con sus cacareos, bajo la vigilancia del sultán; y, entre los guayabales de atrás, lanzan las a mol des b afuéra, c quínterias
El Zarco guacharacas11 sus estridentes algarabías. El San Félix corre al frente, a veinte metros de la casa, medio dormido en la explanada, bajo las frondas de dragos y de guadales, de sarros y de carates.
Mano Higinio, jefe de la casa, viejo macizo y achaparrado, de calva y barba sampedreñas, termina el arreglo de sus tercios de maíz y de fríjoles, de papas y de arracachas, en el corredor que da al camino. Apoyada la pierna en un tercio, caladas las antiparras de cuerno, tuerce cabuya, sobre la desnuda canilla, mientras les reza a las benditas ánimas;a12 pues es de saberse, desde ahora, que mano Higinio es chiflado por las benditas ánimas.
Una voz timbrada desgrana, adentro, con afinación y en aire de “monos”,b esta coplilla:
Cuando no tenía perros con gatos me fui a cazar:
cogí la pava, la guacharaca; cogí el perico y el pavo real.13 —¿Onc tás, enemigo malo? —gritad la señá Rumalda.
—Aquí en el chorro.
—¿Qui hubo del azafrán?
—L’estoy lavando. Jue que lo truje muy entierrao.
—¿Vos? Mojándote en el chorro, bien acalorao. Salí d’iai, embelequero.e A poco comparece el personaje. Es sanf Miguel Arcángel, un san Miguel sin alas, de once años, todo roto y astroso. Serág mucho decir que sean calzones y camisa los trapajos que medio cubren aquel cuerpecillo, recio y escultural. Viene muy remangado de brazos y de piernas; trae al cinto cuchillejo envainado; terciada una chácara de cuero; los bucles derramándosele de un sombrerillo de caña medio deshecho; trae, otrosí, un envoltorio de hojas, y una penca seca de plátano. —Aquí está, madre Rumalda —anuncia entre satisfecho y vacilante—. Cuandoh más haberán cinco medios.14 Hoy taba muy descaso. —Vos que nu hicites la diligencia, por buscar cera15 y popos16 pa los capadores. Apuesto que eso sí trujites bastante.
—Sí i truje, madre Rumalda, porque j topé a la mano. Pero lo qu’era azafrán no se vía por ninguna parte: tuve qui’andar tua la cañada; y, puaá, muy altísimo, vide unas matas, entre el carrizo. Me gané con mucho trabajo, por unas piedras, y arranqué este. Nu’había más.
—¡Qu’ibak a haber! Harto te dije que no jueras al tal convite: que después no tenías tiempo pa buscar nada.
—Mi taita me dijo que juera, madre Rumalda. Pregúntele y verá. —¡Tanté tu taita! Éll dice que sí a todo lo que vos querás. a Benditas Animas b ’‘monos’ c —On d — grita e em belequero f San g Se rá h y vacilante.—Cuando i Si j por que k —Qu’iba l El
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Pero vea: ai voy a compartir, bien compartido, pa ver si ajusto tres riales.17 Y va poniendo y contando, sobre el banco, las rojas raíces, hasta completar doce montoncillos. Quito aquí, pongo allá, logra igualarlos. A la belleza y perfección de las manos une la gracia y la delicadeza en el modo de manejarlas. —Repare, madre Rumalda —exclama, con los ojos radiantes y afuera los dientes ratonescos—. Vea qué cuartillos18 pa más buenos: hasta medios parecen. Voy a amarrarlos flojitos, pa que no se achiquiten.
Y va sacando guasquillas de penca. Atado el primer haz, le muestra y vocea triunfante:
—Vea, madre Rumalda, que no se los pueden recatiar. Nian la hermana del señor cura,a qu’es tan perecida.
—Con tal que te queden todos asina de buenos…b —Pes ai los verá.
Pronto los ve muy competentes, y bien arreglados, en el canasto, pero dice regañona:
—Apuesto que no conseguites el palo pal paraguas.
—Ai se lo truje, madre Rumalda, muy macizo y muy derechito. Y le saqué muy bien la punta y l’hice zanja pa que no se zafe el paraguas; le torcí cabuya. Pérese y verá. En un periquete19 trae todo, clava el palo en medio del patio, le atrinca el cabo de aquella cúpula de fula azulina, que ha resistido tantasc intemperies. —Asómese, madre Rumalda. Manqui’haga el ventarrón del domingo no se quiebra el palo; y, si le tumba el paraguas, será desbaratao. —Sí quedó bueno —aprueba la vieja—. Valga la verdá. Pero vos sos por quebrarme los ojos. Como sos vos de adulante… Pa ver si no te cobro todas las que habís hecho esta semana. No tan solamente rompites los calzones y t’echates cocas20 con el Tadeo Murcia, sino qu’hicites otras picardías. ¿Te parece que yo no sé? Yo tengo un pajarito que todo me lo cuenta.21 —Voy a guardar el paraguas, pa decile.
Sale, y, tornando al punto, agrega:
—Ya sé cuál jue el pajarito: jue el Patimocho. ¡Quizque tan amigo, y viene a meteme en mal con vusté! P’eso va ese grandulazo a l’escuela: pa contar todo y meter levas.d22 ¿Y qué jue lo que le contó, madre Rumalda?
—¿No sabés?
—Pes las mentiras d’ese ¿cómuhago yo pa sabelas?
—Mucha mentira jue que, entre vos y el caifás de mi compadre Cleto, pintaron el maestroe Avelino en la paré; mucha mentira que les metió sus buenos lapos. ¿No ti ha dicho tu taita que hay que respetar los mayores? ¿No ti ha dicho qu’es pecao aruñar paré?23 ¿No ti ha dicho que no te juntés con malas compañías? Pues sabé y entendé qui hoy no güelés, ni la media tarde, ni raspao de natilla ni la preba de las hojaldras. Este es el castigo que te doy, pa cobrátelas todas juntas. a Cura, b buenos....
c tántas d levas e Maestro
El Zarco Juan de la Rosa se sienta, como abrumado con la injusticia, y luegoa murmura quejumbroso:
—Soy tan de malas qui hasta vusté se pone cosaria24 con yo. Cuanto le igo, madre Rumalda, es que yo no pinté al maestro Avelino: jue Heraclio. Cuanto l’hice jue agrandale los ramales de la pretina y’eso porque estaban muy chiquitos; pero lo que jue la cara y el cuerpo, todo lo pintó él. Ni tampoco me ajunté con Heraclio: yo ni vide cuando lo pintó. Ni tampoco aruñé paré: eso jue con carbón y pasito. El maestro mandó borrar el viejo, y no quedó ni seña de aruñao: quedó algo sucio, y eso porque la paré es blanquiada.
—Vos siempre salís inocente de todo. Y el agarrón con Tadeo, y la rompida de los calzones, ¿también son mentiras?
—Son verdá, madre Rumalda. ¿Caso lo niego…? Pero vea: los calzones jue que Casimira les puso un remiendo que se soplaba pa fuera, que ni juey; y un muchacho lo jaló muy duro, y por eso si abrió el uraco.25 Mi verdá que asina jue, madre Rumalda. Pelié con Tadeo, porque ese me tiene mucha tema,26 y es muy afrentoso con yo. Él me llama “caremuñeca”; me llama “ojos de sabaleta”; me llama “cachumbetas”;27 él dice que yo no sé tocar capador;28 y que me pongo creído cuando salgo de monarcillo; qu’eso quisqu’es pa los muchachos placeños;29 pero no pa yo que soy un triste campestre.
—Enidia e le iene, or onito, ese eróstico —interrumpe Casimira, con su articulación de boqueta.
—No lo cargue de mesas,30 mana Casimira, que se pone pior. —¡A erdá, atrona!
—¡Yo caso me cargo! Es que vusté no cree,b madre Rumalda, que ese Tadeo me aborrece mucho: él quizque ha dicho pu ai que yo quisque soy un botao. Pero a yo no me lu ha sostenido en mi cara. Porque ven qui a uno se li han muerto los padrecitos, lo quieren sorrostriquiar y golver chamarra e trabajo.31 Al niño se le saltan las lágrimas. No necesita de tantoc para aplacar a la señá Rumalda. Ya le pesa este castigo, que por mandato de su conciencia e indicación de su marido le quiere imponer al chicuelo. Buena cuenta irían a darle a Dios de esta crianza, con tantosd consentimientos tan perjudiciales; pero con esa criatura ¿qué iban a hacer? Pasando de un saltoe de la forzada severidad al franco mimo,32 le dice entrañable:
—Tan bobito, mi zarco, que se pone a hacerle caso a ese lengüilargo. ¿Qué va a saber ese perverso de vusté, si nosotros no semos di aquí? Ponga sus cocas de güevo, asina como a vusté le gusta, pa echale el batido. Vea: aquí en este campito no se le queman. Y después se come su raspao.
Tú que lo dijiste. El rapaz salta, y poniendo en el rescoldo hasta seis cascarones, se entrega a las delicias de aquella asada que él se ha inventado. De pronto, dice: —Oh, madre Rumalda, ¿mis padrecitos eran monos y zarcos como yo? c tánto d tántos e s alto a luégo b crée,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —No se ponga, m’hijito, a averiguar esas ociosidades: los chiquitos no tienen pa qué sabelo todo.
—Pero, dígame tan siquiera eso, no más. Sí eran monos y zarcos, ¿nu es cierto? —¿No serían?
—A yo me parece que la mona era mi madrecita. ¿Ella era la hija de vusté y mi taita, go era mi padrecito?
—Cuando sia grande lo saberá todo. ¿Agora pa qué? Con que sepa que vusté es Juan de la Rosa Mira, con eso tiene.
—Antós era mi padrecito el hijo de vusté.
Va sacando, con una brizna de leña, los asados; se los come y dice voluble: —Si viera, madre Rumalda, toito lo que me he aprendido estos días. Desamíneme en dotrina, si quiere. Ya me pasaron a pizarra; ya encomencé a silabar; ya sé mucho d’echar cuentas. Y vea, madre Rumalda, pu ai l’he visto echando un montóna de rayas en un papel pa apuntar los güevos y los quesitos, y nu hay pa qué echar tantísimas. Míre: pa apuntar doce se pone, primero, un uno y, después, un dos, y ya está. —Esa si no me la trago,33 Zarquito: uno y dos son tres; y, entonces, los nueve que quedan faltando ¿cómo van a quedar apuntaos? El maestro no l’iba a enseñar esas bobadas. Vusté no atendió.
—Mi verdá, madre Rumalda, qui asin’es. Es qu’eso es algo trabajoso: cuando él güelva a decir, yu atiendo bien, y después, le cuento. —Es que vusté, m’hijito, lo que no sean ociosidades le cuestab trabajo aprender. Ya ve: en tanto tiempo, y tuavía no sabe arrancar arracachas. —¡Tanté arracachas! Es que pa eso se necesita mucho talento, y yo’stoy tuavía muy chiquito pa tenelo. Si uno cova lejos, nu arranca la mata; yc si cova cerca, se trueza el güevo. Eso pa mi taita, que sabe ónde pone el recatón. —Echele, Uanito, a écima e echó antier.
—¿Se l’echo, madre Rumalda? Nu es oración ni mienta los santos, sino un relato muy bueno pa decir. Me lu enseñó Patimocho, que se lu aprendió a ño Lucas, un viejito ciego, que viene a las fiestas de la Patrona. Antier se lu eché a mana Casimira, cuando juimos a cazar el nido de la gallina que se remonta, y a ella le pareció muy bonita. —Ucho, atrona.
—Algotra ociosidá. Peru echala. Casualmente que ya acabé. —Así que me tambe mi raspao.
Con el último bocado se planta, y… a recitar tocan:
“Fue don Alonso de Lugo muy galán y enamorado, sedutor y saltatapias por más que juera casao.
Una noche borrascosa a mon tón b cues ta c y,
El Zarco cayó centella en la plaza, y descubrió a don Alonso quí andaba en pérfila caza. Dando güeltas y regüeltas en pos de más aventuras, estuvo arriba y abajo por esas calles escuras. Al tornar para su casa le atajan dos embozaos: ‘Paso’a —dijo— ‘al caballero si es que no estáis apostaos’. La respuesta que le dieron fueron veinte puñaladas: trece don Hernán de Toro, siete su criado Escaladas. Uno y otro lo escupieron y entre los dos lo arrastraron hasta el joyo de un aljibe y con piedras lo taparon.b En vez de cruz le pusieron un varal con un letrero que a lo lejos pregonaba: ‘Nada recés, pasajero, ante esta tumba oprobiosa: que aquí yace un condenao. No murió de tabardillo, ni de dolor de costao, sino de cruel embestida que le dio un toro corniao, que el que burla a toro bravo en su asta será ensartao’”.c34 —Y’está.
—Virgen de los Siete Dolores35 —clama la vieja, entre pasmada y colérica—. ¡Qué cabeza la d’esta criatura! Pero bien lo dije: una ociosidá. Hasta cosa mala será vagamundería.
—No, madre Rumalda; si no tiene ajos ni palabras feas, ni dichos. ¿Nu es cierto, mana Casimira? —¡E va ener!
—Oígan el convite —grita eld Zarco—, y se dispara hasta el camino. a “Paso” b taparon c ensartao” d El
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla II Trajina, en efecto, hacia el pueblo, una recua de veintitantas bestias, con rastras larguísimas de leña: guíanla, entre gritos y azotes, hasta diez gañanes; la precede el párroco, caballero en su mulita pava.36 Es la leña para los tejares de la iglesia en obra. Al llegar a la casa hace a la caravana señal de detención, y manda: —A ver ma Higinio: cuídeme estos alféreces, que se han lucido. Cuéntelos: a hojaldra por cabeza; y grandecitos los troncos de natilla”.
Corre ño Higinio y abre el ventanillo del tenducho, que, a guisa de camarín37 de santo, se emplaza en un ángulo de la sala. El Zarco vuela con el taburete, el cura echa pie en tierra y se recuesta. Obsequiados los alféreces, les dice: —Bueno, muchachos: yo me quedoa un momento con ma Higinio. Encarren la leña, lo mismo que los otros dos viajes, con harto fundamento; y que Dios y la Patrona les paguen”.
Es el padre Colmenares, el protector de la familia. En terrenos suyos y merced a sus auxilios pecuniarios se estableció mano Higinio en Tambogrande. Solía venir por esos lados, desde su pueblo de Volcanes, a compras y rescate de víveres, para una empresa minera y por cuenta de un su patrón. Como el párroco lo notara, a más de muy devoto, harto acucioso y concienzudo en sus comisiones, le propuso se viniera al pueblo a trabajar en su compañía. Así lo hizo y, en once años, dándole al cura buenas cuentas y mejores utilidades, ha conseguido los siguientes haberes: Monte para leñas y rocerías; hato de ganado en tierra propia, bestias de carga, solar con cuarto en el pueblo para los domingos y fiestas religiosas y la posesión donde habita en los aledaños del lugar, en una vega feraz del San Félix, a las vertientes del riachuelo Trinitacita, donde ha plantado esas huertas, esas plataneras y esos arados que Dios bendice.
Dejó en su pueblo cuatro hijas y dos hijos, casados y dispersos por la montaña. Las tres chiquitinas que trajo consigo las “puso en estado”, una tras otra, apenas espigaditas. El viudo Caliche, un viejorro muy malaley, alzó con la mayor, y dos de sus hijos con las restantes. Los tres viven en la jurisdicción. Siete años hab que mano Higinio y mana Rumalda se han quedado con el mero Zarco. Mientras más solos, más trabajan. “Estos viejos se matan (dicen en el pueblo) para enriquecer los siete yernos. ¡Será por tan buenas fichas38 que son los Caliches!”. El párroco vive encantado con este par de patriarcas, a quienes siempre pone como ejemplo. Más que la devoción a las ánimas, del viejo, admira a Rumalda “el haber hecho un cristianoc de la pobre Casimira”. En verdad que es obra piadosa, si las hay.
Casimira era enantes uno de esos seres que sobran en la vida. Noción precisa de su origen nunca la tuvo. Su apellido lo ha ignorado siempre. Sus recuerdos no le dan ninguna luz. Apenas si hace memoria de sus primeras impresiones: se le figura que fue b há c cris tiano a quedo,
El Zarco en las cocinas de una empresa minera donde se iniciaraa su existencia consciente. De ahí arranca su éxodo de dolores y persecuciones. Gentes que la remedan y la burlan; granujas que la insultan y la apedrean; rechazos dondequiera que solicita. Como es fea, defectuosa y repugnante, nadie la quiere ni para bien ni para mal. Bohemia de la miseria, envuelta en un zurcido de harapos, como una oruga en su capullo, mendiga por todas partes, duermeb donde la coge la noche, prendec candela donde puede: sufre hambres, desnudeces, intemperies. Merodea, como los roedores, por rozas y sembrados.
Hurtándole mazorcas en la trojed39 la sorprende una mañana señó Higinio. No le era desconocida:e varias veces le había dado grano, plátanos o raíces. Al sorprenderlaf in fraganti, ella se postrag consternada; con su articulaciónh aflictiva le llora su desamparo. Las entrañas del campesinoi se conmueven. ¿Cómo podía haber en la vida seres con hambre j y sin un techo? Le da mazorcas, le da frisoles; le ofrece un rincón, en su casa, donde dormir. Así entra a la familia. Tambiénk la conocía la señá Rumalda. Al observarla de cerca, repara que está limpio aquel “cotón”40 cuya tela primitiva se ha confundido l con los remiendos y las marañas;m que las greñas parecen asentadas; que en aquel espejo de la miseria se nota aseo y cuidado.n Pregúntala qué sabe hacer. Fuera de sacar basura y de prender el fogón, todo lo ignora. Pero, si la admitía a su lado, ella aprendería de todo. ¿Cómo dejar entregada a su suerte a la infeliz? Pronto ve su caridad premiada. Casimira se endilga en todo con mucha prontitud y mucho esmero. La protectora se impone con espanto de que su protegida,ñ si tiene muchas supersticiones, carece, en absoluto, de sentido y de idea religiosos. Maridoo y mujer se dan a la tarea de adoctrinarla y prepararla para la confesión y comunión. Juan de la Rosa, que apenas tiene cuatro años, corre desde entonces por su cuenta. La paria cree soñar. Ella con pan a discreción, con cama, con ropas cuya tela se conoce; ella entre dos personas que la consideranp y la enseñan; ella encargada de aquel niño que no pareceq cosa de este mundo,41 ¿cuándo ni cómo lo soñara? Aquel corazón,r hasta entonces herido y rechazado,s se desborda. El atrón, la atrona y Uanito son para ella seres sobrenaturales. El niño sobret todo. Su ternura alcanza para el ganadou y las bestias de carga, para Zorro, el perro negro; para Palomo, el gato blanco; para las gallinas, para los gorriones hogareños y hasta para los sembradosv y enseres de la casa.
Curioso es el cuadro que ofrece aquella ama tan fea y defectuosa, con su saya de fula, su camisa de lienzo gordo y su montera,w y aquel niño de marfil,42 con pelo de oro y ojos de zafiro.x No es cariño; es adoración. Lo pasea hasta el pueblo; le zahumay las ropas con albahaca; lo lava y lo perfuma con agua de romero; lo adorna con flores comoz a un ídolo. Lo ciñe a su pecho con transporte; pero nunca lo besa: su instinto le dice que tantaaa ventura no es para sus labios.bb Señá Pacha, la madre de Patimocho, vacc a Rumalda y la aterra: le asegura que Casimira va a hacer mal de ojo43 a la criatura. Marido y mujer corren al párroco en a inicia ra b duer me c pren de d tro je e descono cida
f sor prenderla g pos tra h articula ción
i campesi no j ham bre k Tam bién l confun dido m ma rañas n cui dado ñ prote gida o Ma rido p consi deran q pa rece r cora zón s re chazado t so bre u ga nado v sem brados w mon tera x zafi ro y za huma z co mo aa tánta bb la bios cc Patimocho, va
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla consulta. No tan soloa les quita el recelo, sino que al domingo siguiente truena en el púlpito contra esa superstición, tan socorrida entre el pueblo. Heb aquí a Casimira elevada a la categoría de persona; helac en misión altísima,44 bajo la égida del párroco infalible.
Él comparte con ella el amor a Juan de la Rosa; es él quien le ha confirmado con el apodo de el Zarco, por el cual se le conoce en el pueblo. A medida que el niño crece y le nota los alcances y el carácter más le interesad y le preocupa. Teme, a veces,e que una criatura tan bella, tan inteligente y tan dulce, se la lleve Dios, antes de que la vida la pervierta; teme, si no, que salga un zonzo o un perdido. Ha logrado del maestro de escuelaf lo reciba cuatro días en la semana; pues como quiere que salga de carga y silla,45 a un mismog tiempo, excluye el viernes, parah que acompañe a mano Higinio hasta la roza, y el sábado, para que ayude, en todos los menesteres,i a la familia labradora. Pretende, además, enseñarle, en cuanto sepa leer, todos los latinejos46 para ayudar a misa, a fin de tenerlo, como acólito, en los días de repicar recio; pretende, si no sale muy tremendo, educarlo para el coro; en fin, que, si no fuera una falta de caridad quitárselo a los viejos, ya se habría alzado con el Zarco, aunque las malas lenguas murmurasen lo que les diera la gana. Recostado, como hemos dicho, en el asiento de cuero con refuerzos de rejo, se está el padre Colmenares, resopla que resopla, por ver de aliviarse de aquel bochorno. —¡Pobres caminantes con ese sofoco! Pero siquiera sacamos buen jornal. —Hoy sí le ha rendido el convite, mi padrecito, con los tres viajaos. —Rinde siempre, ma Higinio, así con alféreces y con rastras. Y aunque no: j siquiera les quité el moguito que habían cogido. Que vayan revueltos mozos y mozas a convites de arena, piedra y adobe, no me opongo: es aquí mismo y a la vista47 de Dios y de todo el mundo. Pero que se me vayan al monte, con fiambre y traguito para abrir gana, y se pongan a hacer brujitos,48 en parejitas aparte, no me cuela. —¿Y qué se hizo el Zarco?
—Pes él que se juek con los del convite, quizque a devolver las tres bestias. Ellas güelven solas; pero él… por horquetiarse en la yegua y hacela correr. —¿Ha estado formal?
—Ni an sé qué le diga, mi padrecito. Él es muy dócil, no conoce la pereza y nos ayuda mucho; pero es de lo más peliador y ardiloso en la escuela. Es que ese muchachito no cabe en el pellejo.49 Yo ni an lo regaño, porque como es tan zalamero y tiene tanta liturgia,50 me enreda y salgo abaju el paso.l Le aseguro que me tiene muy pordebajiao. —Viejo con muchachito se jumentiza,51 ma Higinio.
—Asin’es. ¿Qué juera de yo y Rumalda sinm esta criatura?
—Si yo estoy lo mismo —repone el cura riéndose—. Cuando lo veo de monarcillo, con la cruz alta, me emboba: me parece un ángel o un santico, ¡y la cara que pone tan puesta en razón!
—Si le oyera, mi padrecito, una oración, como décima, qui-’aprendido.n ¡Es la cosa más preciosa!
a só lo b Hé c héla d in teresa e ve ces f escue la g mis mo h pa ra i me nesteres, j nó k jué l pa so m Rumalda ,sin n qu’i-aprendido.
El Zarco —Vea, ma Higinio: no eche en saco roto52 lo del testamento. Usted y yo ya estamos muy patoneados: nos paña el mal de la muerte, y, ya postrados, no hacemos nada en fundamento. Vea que esto del Zarco es cosa de conciencia. —Sí, mi padrecito, en eso estoy pensando.
—Pero no lo demore, hombre. Ya sabe que aquía no se lo hacen de servir.53 Tiene que irse a la cabecera del Circuito. Yo se lo recomiendo a Carvajal, que es muy buen abogado, y le escribo todo, bien claro y bien patente, para que él le redacte la cosa en toda regla. Es cuestión de tres o cuatro días. Pero ¡eso sí!, que no vayan a olerlo54 sus yernos: son capaces de atacarlo en el camino y de traerlo amarrado de pata y mano. Usted, como es tan justo, ma Higinio, no sabe qué casta de pájaros son los Caliches.55 Allá viene el Zarco bebiéndose los vientos, en la Alazana; síguenle los dos mulos, y el viejo Zorro, con tamaña lengua afuera. Desenjalma y guarda las bestias en un santiamén. Pronto sale con este recado:
—Señor cura: le manda decir mi madre Rumalda que no ha salido a recebilo, porque está muy tiznada enteramente; que hay cacao con Jamaica del que le gusta a su mercé, y cariseca caliente y quesito fresco, pa que tome la media tarde. —Decile que con mucho gusto; pero que sea en el coco con pata de cacho. El chicuelo corre feliz: sacab hasta el corredor la mesa, tendida de mantelillo con mucho azul de Prusia y muchos laboreos de hilo rojo. Trae luegoc el agasajo, en platos florones de pedernal, y el agua en un vaso de cristal verdoso, con la efigie en relieve de “La Emperatriz Eugenia”.56 ¡Oh trascencencia del poder y la belleza! La hirviente copa, negra y lustrosa, exhala vahos de Jamaica que ni un zahumerio. —Andá traete el capador y el cuatrico —manda el cura al primer trago— para que me toqués y me cantés mientras me tomo mi cacao. —Si ya no surrunguea57 en el cuatrico —indica mano Higinio—; si pu’aí se consiguió una vigüela.
Juan de la Rosa aparece con los tres instrumentos; se apoya en un banco y registra aquí y aprieta allá.
—Echame primero la oración que dizque aprendiste.
Vihuela en mano, se endereza, se engalla y dice:
“En subiendo la pendiente me topé con san Vicente y como es él buen doliente de todo fiel penitente me puso cruz en la frente porque el diablo no me tiente ni de noche ni de día ni en mi postrera agonía.
San Martín tan gran señor a aqui b Saca c lué go
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla partió el manto de color le dio al pobre lo mejor y éla se quedó con lo pior para que todos partamos lo que entre todos tengamos. San Cristóbal en la puerta de su capilla desierta viéndose tan olvidado le ruega muy humillado a la monja del perdón que le rece la oración siquiera del peregrino. Cuando Jesucristo vino al altar todo llagado con un puño muy labrado acudió la Magalena ‘tate, tate, Magalenab no me vengas a limpiar manque te mate el pesar y tan gran favor no mi hagas: que estas son las cinco llagas que tengo de parecer y mi sangre ha de correr por el grande y por el chico por el pobre y por el rico por toda la cristiandad en toda la eternidad’. Amén.
Quien rezare esta oración en viernes que haiga ayunado sacará una alma de penas y la suya del pecado. Quien la sepa y no la enseñe quien l’oiga y no la retenga el díal’ juicio saberá lo que esta oración contenga”. —¡Precioso, Zarco! —exclama el cura, realmente entusiasmado—. Hasta con unción58 sabés echarla. ¿Quién te la enseñó? a el b Magdalena
El Zarco —Ña Eustaquia, la hermana de Patimocho.
Toma la vihuela. Aquí de aquellas manos que se mueven con el sortilegio de la gracia. Rasga que rasgarás, con gran oído, y esa voz afilada y límpidaa de niño, entona el bunde en boga, principiando por el estribillo, cual se usa entonces:b “Ay pacha.
Caminá vámonos,c ole Pacha.
Caminád vámonos, ole Pacha.
A la tierra onde nacimos.
Allí solo se nos abre El hermoso porvenir”.
Vienen luego las coplas, a cuál más rendida.
—Cantamee ahora “La Micaela”, toda entera, aunque se caliente mana Rumalda.
Es mandato. Pues a cumplirlo. Floreos iniciales van y vienen, y, a cierto rasgo, el ritornelo:
“Pimienta y clavos ázucar y canela no se le comprende el mal a Micaela”.59 Todo aquel relato, en coplillas maliciosas e intencionadas, con todos sus quiebros, suspensiones y efectos, lo ensarta el Zarco con el desenfado de la inocencia. El cura ríe como un bendito.
Enseguidaf emboca el caramillo que ha fabricado con sus manos prestigiosas; y aquel héroe virgiliano60 saca y saca dulzuras y tristezas de los cañutos pastoriles. Modula “La guariconga”,61 “La garibaldina”62 y “El beso”, primer Straussg que vino a la montaña.
La primitiva Casimira se estremece hasta las vértebras al oírle a su niño esas músicas del cielo. Arranca, coge y corta, allá en la huerta, cuantas frutas y yerbas le parecen vendibles. Y hasta los tomates y los ajos le huelen a gloria. ¡Qué dicha tan grande era la vida!
El cura, en cuanto el niño cesa, saca su chuspa de seda carmesí, corre una de las argollas de plata y apartando una moneda de ocho reales, le dice: —Llevale a tu madre para que se pague lo que se comieron los alféreces; que muchas gracias por la media tarde:63 que estaba exquisita. Y vos, guardate la devuelta, en premio.
—Dios se lo pague a su mercé y me lo corone de gloria. b entónces f En seguida g strauss a limpida c vamonos, d Camina e —Cantáme
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Ido el párroco, corre a encerrar los terneros, para el ordeño del siguiente día; corre a contar las gallinas, en la trepada al gallinero, y a quitar el palo para librarlas de chuchasa y comadrejas.
El ángelusb que suena, y ma Higinio que cierra. Desde la puerta de la cocina lo entona, reverente; en seguida, el rosario de la Virgen; luego el de las ánimas; y tras la última chocolatada, a las delicias del sueño campesino.
III
Entre el rumor del río, el currucutú del cárabo, el clarín de los gallos y el reclamo de los pajarillos amorosos, se hace sentir el burro como el tonto en toda reunión. Hedores de fecundación emana la madre tierra, las frondas se estremecen, se borran las estrellas; sino que Venus matutina semeja un cometa.
A su lumbre se encaminan mano Higinio y el Zarco, hacia el pueblo. Guían nueve bestias, con el cargamento de víveres. Mientras tanto, mana Rumalda corta, en “la jardinera”, azucenas, nardos y claveles, para la ofrenda dominical al Santísimo. Cuando el sacristán va a abrirc la puerta de la iglesia, ya espera en el atrio el devoto matrimonio. Ese Angelus, rezado en plena iglesia, les exalta más los fervores. Cuando el párroco acude, encuentra a la vieja pegada a la reja del confesionario y al viejo rodeándolo. Comulgan a la primera tanda de campesinos; y salen al desayuno, para tornar a la iglesia a “misa primera”. Entre estad y la mayor, llegan las tres hijas, con sus maridos y la tribu de nietos. Todos se congregan en aquel cuarto, entre la balumba de tercios, cuencos y canastos. Casimira llega con los quesitos, cuajados esa mañana, y corre a comprar el mondongo, las empanadas y los tamales. Este almuerzo dominical, con tanta chillería, tanto coroto y ajetreo, más parece batalla que reunión de familia. Tan solo las bestias pacen tranquilas, en el corral enorme, la hierba frescae que ha levantado en la semana.
Antes que dejen para “misa mayor”, está en su puesto, consagrado por el uso, el grupo promiscuo de ma Higinio. Es allá arriba, junto al presbiterio, donde oigan todo, como Dios manda. Chicos y grandes se postran, boca en tierra, mientras alzan. En las misas de gala y renovación, mana Rumalda y Casimira cometen no pocas irreverencias, por contemplar al Zarco, con el faldellín rojo y el roquete labrado. Es él muy cariñoso y juguetón con los chiquitines de sus tías, a quienes solo vef los domingos; pero en esteg no ha podido hacerles las fiestas de costumbre, porque ha encontradoh en ellas, especialmente en Anselma, una hostilidad tan manifiesta, que el Zarco ha huído intimidado, a armarle en la plaza el puesto y el ingente paraguas a madre Rumalda.
Sustituidos los merinos míseros por el avío de regencia morada, el pañolón de trapo y el delantal de calamaco, se acomoda la vieja en su banqueta, bajo el dombo azulenco. Con el gran rosario, de cruz y paternósteri de oro y pajuelas de a cuchas b Angelus c va abrir d ésta e fres ca f vé g éste h encontra do i paternoster
El Zarco plata, que siempre lleva como un pectoral indispensable, alterna, en esta hora de las transacciones, la chuspa de lana abigarrada, donde guarda los medios y los cuartillos para las devueltas, y lo que vaya cayendo de las ventas. Entre ella, Casimira y el Zarco van combinando, sobre el tendido de encerados,64 cocos con canastos, bateas con totumas, manojos con montones. El bateón de natilla, aliñada con hojas de naranjo, campea capital, con su cuchillo clavado en el centro, rodeado de paños bordados que dan prestigio a las hojaldres y carisecas. El Zarco tiene grande inventiva para estas presentaciones comerciales. Con los últimos perfiles, correa al puesto de su taita, para ver en qué le sirve; y luego se va a contemplar los tendidos de cachivaches y a tañer el caramillo, aquí y allá, no tanto por lucir sus habilidades cuanto por reclame. Pero este domingo está de malas:65 muchos chicos le rodean, todos le admiran la hechura del instrumento y hasta su arte para tocarlo; mas no le encargan tan siquiera uno, por más que se ofrezca a enseñarles todas las piezas que sabe.
Sintiéndose tan en desuso, vaseb en busca de consuelos; y compra un medio de colaciones, esas bolitas de azúcar, encanto de los niños aldeanos. Corre al cuarto, para obsequiar con ellas a los chiquitines. Solo está Anselma, con dos de los suyos. No bien ve que ofrece a la niña un par, color de rosa, barbota colérica:66 —Quitá de aquí, sangre perro,67 no me le desc tus porquerías a mi muchacha. Siempre verán a est’intruso de adulante.
El Zarco sale tragándose las lágrimas; siente en las entrañas el clavo de la humillación. ¿Qué le había hecho él a su tía Anselma? Alcanza a ver a Patimocho, y, sin rencor por las acusaciones ante madre Rumalda,d corre a él y le regala seis colaciones; y se va a admirar los calicantos del templo en construcción. Sentados en un carro de ladrillos se dan al departir sobre asuntos escolares, y Patimocho larga la vena de su cháchara.68 Fermín Chalarcones es un mulatillo de quince años, enredista, festero y maleante. Rajando leña se voló el dedo grande del piee derecho, y de ahí le viene el apodo. Amén de aleluyas y embustes,69 sabe todo el repertorio de Pedro Rimales, de Tío Conejo y del Patojo;70 y por estas sapiencias e invenciones es muy solicitado no solo por la chiquillería, sino tambiénf por los mayores.
Patimocho ensarta y ensarta; mas, ni por esas se anima Juan de la Rosa. De pronto, y muy fuera g de tiesto71 murmura, allá con cierta solemnidad: —Ole, Fermín: vos que sabés tanta cosa, decíme qué es ser uno intruso. —¿Intruso? ¿Y h sos tan pendejo que no sabés? Pes intruso es uno… que se zampa a las casas pa estorbar.
—Antonces es un dicho muy afrentoso —repone el Zarco muy afligido. —¿Y jue que alguno te dijo intruso?
—Sí, ole Fermín.
—¿Y no le metites una trompada? Vos si sos el más gallina.72 —No jue muchacho.
a co rre b váse c dés d Rumal da e pié f tam bién g fuéra h ¿ Y
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¿Quién, pues? Decime que yo no cuento.
—¿Pa qué?
—Si no me contás, te grito “intruso” delant’e la gente. —Fue mi tía Anselma. Pero no le contés a ninguno.
—Ah. Ya sé por qué te dijo. Como vos sos botao… —Yo no soy botao, Fermín —replica llorando—; soy güérfano, porque mis padrecitos se murieron: mi madre Rumalda me contó.
—Ella por embotellate. Sí sos botao.
—Mire, Fermincito, por la Virgen. No me diga asina tan maluco. Yo jamás le digo a usted Patimocho.
—Si me das más colaciones no te digo.
—Tomalas (abriendo la chacarita), y te doy también un medio si no me volvés a decir nunca.
Saca la chuspita de lana, regalo de Casimira. Fermín abre tamaños ojos. —Si me das esa peseta, no te vuelvo a decir nunca y le pego al que te diga. Por mi palabra.
—Un rial le doy, no puedo darle más.
—La peseta, Zarco. Si no, te digo y cuento que te la robates. El Zarco llora; pero, al fin, dice:
—Tomala, pues. Pero se compromete a no decime.
—Por esta santa cruz73 (cruzando el pulgar y el índice), que me trague la tierra74 si te vuelvo a decir.
Hecho el pacto, salen del recinto de los trabajos. Mas el Zarco no ataja el llanto. Con la punta de la mulerita dominguera se enjuga aquellos ojos, más azules y fulgurantes con el riego de lágrimas.
Andareguea, por ahí, sin acordarse del caramillo; sin asomar por los puestos de taita y madre; sin buscar a Casimira para ayudarla en las compras; sin acudir al cuarto en busca del cacao, que en tales días hace las veces de comida. A las tres, hora en que terminan las ventas, tocan a trisagio.75 A él se va y se une a la familia. Como de costumbre, se queda con los viejos y Casimira para hacer la novena de las ánimas, ante el altar de la Virgen del Carmen, un armatoste negro, constelado de calaveras con dos ánimas pintadasa y retocadas en tabla, las manos en los hombros, cruzados los brazos sobre el seno, bizcas y flacuchentas de puro padecer. Silencioso y retraído ayuda en todas las diligencias76 de la vuelta. Siempre torna muy decidor, con las impresiones recibidas; pero en este domingo, que tan fausto debiera resultarle, con el regalo del señor cura, están sus labios pegados y sus ojos al suelo. Lo más doloroso era no haberles traído siquiera seis colaciones a su madre y a Casimira. Cuando están en la cocina, en la fritanga del tocino y del solomo de marrano, para aquella cena magna del domingo, se sienta en el banco, todo ingerido y amilanado; y la vieja le dice mientras fríe:
a pin tadas
El Zarco —Ahí te veo enfermo, con dolor de estómago. Apuesto que jue que te jartates en porquerías todo lo que te dio el señor cura. ¡Este golotón! ¡Será por tantasa hambres que pasa!... A ver: sacá la chuspa.
El chico solo replica con llanto.
—Eso jue. Por eso no asomates las narices por allá en tuel santo día: por estar engullendob que ni una longaniza. Bien podés llorar áhi: mañana llorarás más, porque te voy a empetacar una pucha de aguadulce77 con picapica, pa qu’echés ese asiento. Antes no se muere del tiro,78 este enemigo malo.c Y yo que soy tan boba que le dejé toda la plata. Decí siquiera qué jue lo que te jartates. —Ni an un medio entero de colaciones —gimotea, agachado—. Mi verdá, madre Rumalda.
—No vengás a empiorar la cosa, metiéndome tus mentiras. Mostrá a ver la plata. Silencio y llanto.
—Decí siquiera almártaga; decí qué porquerías te comites. —Eso no más, madre Rumalda —articula al cabo, entre gemidos—. ¡Y no me quedó más que… un mero medio!d ¡Gi! ¡Gi! Jue que le tuve que pagar a Fermín una peseta… pa que no me dijera… una cosa.
—¿Qué cosa? Decí a ver.
—Una cosa… muy maluca.
—Iga, Uanitoe —suplica Casimira.
—Eso que dijo Tadeo: quizque soy botao.
Y se emperra a gritos.
Es aquello tan hondo y tan sincero. Señá Rumalda suspende la fritanga, se alza, y yéndose al chico, lo abraza y le enjuga el llanto con el delantal. —¿No ve? —le dice con voz demudada—. Si juera obediente no se habería juntao con ese Patimocho, tan perverso (tornando al fogón). Todos son cuentos de ese maluco, por robale los dos riales. Y vusté qu’esf tan pendejito que se pone a creele. Ahora le paña esa canguerejera,79 pa quitale todo lo que le vea. Ya sabe: nunca jamás se vuelve a juntar con ese;g huigale como a perro bravo. Cuando pase por la casa y esté en la puerta, no volté a verlo.
—Jue que yo jui a preguntale un dicho que me dijo mi tía Anselma. Como él sabe tanto.
—¿Un dicho? Será parecer suyo, Zarquito.
—No es parecer, madre Rumalda, ni es por hacele cuentos:80 yo le jui a dar colaciones a la niña; y por eso me rumbó del cuarto y me dijo sangreperro y intruso. Ya ve, intruso: que soy un zampao aquí, pa estorbales (llorando de nuevo); siempre será que soy botao.
Los sollozos no le dejan proseguir.
—¡Qué botao va a ser vusté, m’hijito! Es que Anselma cuandoh está asina… medio enfermosa, se pone muy canóniga.81 Verá que de aquí a unos días lo vuelve a querer. a tantos b enguyendo c enemigomalo d ¡Y no me quedó más que… ¡un mero medio!
e Uanito, f qu’ es g ése h cuan do
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Es tema que me han cogido, sin yo habeles hecho nada. Mi tía Isidora también dijo, de yo, una cosa muy afrentosa. Yo oí, dende el corredor, cuando estaba arrinconando las enjalmas.
—Oiría ai cualquier cosa y le pareció cosa mala. Es que vusté, Zarquito, es tan sofístico82 enteramente… —De verdá, madre Rumalda: ahi taban en la tarima conversandoa las tres; y oí que mi tía Isidora dijo muy brava: “No he bajao a casa por no ver a ese consentido”. Ya ve, pues: tan como mis tíos, que todos tres me hacen mala cara. Yo no los he güelto a saludar, porque me da miedo.
Mano Higinio encarra leña, junto a la puerta. La mujer lo interpela: —¡Oíle las cosas a este muchachito!
—Ya oí, m’hija. Entripaos83 que Dios nos manda, en castigo de nuestras culpas. —Asina será, Higinio. Pero siempre me parece que se han güelto muy malucas. No jue eso lo que yo y vusté les enseñamos.
—Asin’es, m’hija; pero ¿qué van a hacer las pobres, si sus maridos les inculcan esas maldades?
—Siempre es de malucas que son. Gervasio es el más ríspido y el más pior de los tres, y ya ve que Fidelina nada malo le ha cogido.
—Es que si todos juéramos como Fidelina, ¿pa qué más dicha? —Ella sí no tiene pica con yo84 —interviene el Zarco menos lacrimoso—, ni me ha dicho cosas afrentosas, ni mi-hace mala cara, ni me arrempuja cuando se topa con yo.
—Vusté, Zarquito —le dice el viejo, con aire de caricia—, tampoco menesta que ellas y los Caliches lo quieran: vusté tiene con yo y su madre, y con mana Casimira. —¿E as iere, Uanito?
El cuitado se va consolando, y el viejo se va afligiendo. Apenas si prueba la fritanga. ¡Para solomos está él!85 A la desazón por lo del Zarco, se une la infausta nueva que le ha dado Caliche padre, marido de Anselma. Le han entregado la casa, que tenían arrendada, y se quedan en el pueblo no solo mientras nace el nuevo fruto de bendición y pasa la cuarentena, sino por largo tiempo;b y pronto se vendría también Gervasio. Venían a espiarlo, a enredarlo, a amenazarlo, para no dejarle hacer el testamento. Este pueblo de Tambogrande había sido su dicha al par que su desgracia: aquí había conseguido bienes y la protección del señor cura; pero, sin comerlo ni beberlo,86 había metido sus tres hijas entre un nido de culebras. Todos los recelos que de algún tiempo acá le vienen inspirando sus yernos tambograndeños, todos los sinsabores que le han proporcionado, se le ennegrecen y amontonan ahora, al conexionarlos con el Zarco y el testamento. No sin razón: los Caliches tienen historia tenebrosa. Por herencia les viene, al decir de los viejos del lugar, el ser muy impávidos y astutos para apropiarse lo que no les pertenece. El viejo Simeón militó con el Gobierno en la guerra pasada; peleó en a conver sando b tiem po
El Zarco “El Cascajo”;87 pero no trajo heridas sino bestias. A mayor abundamiento, no pueden vivir sin enemigos ni rencores; su mala entraña necesita en qué emplearse. En fin, según el párroco, descienden, por cruzamiento, de Caifás y Judas Iscariote. Queriendo agrandar una finca, le armaron pleito, por linderos, a Plácido Bohórquez, un convecino inofensivo y pacífico. Parece que no les surtía el tal pleito y que temieron hasta verse condenados en costas. Un día está Plácido en su roza; y, de pronto, oye un tiro y un zumbido a junto a su sombrero. A poco, otro, que le “pasa raspando”.88 No le queda duda: es a él a quien pajarean.89 Tiéndese en el suelo; y se arrastra a una cañada enmalezada, donde permanece hasta la noche. Pone el denuncio; pero en denuncio se queda.
Sobreviene, a esas, b uno de estos inviernos diluviales, tan largos en estas serranías; las aguas vienen por los montes; el San Félix se desborda por las explanadas. Bohórquez vive al otro lado del río, no lejos del Puente Real.c Cualesquiera que fuesen sus ocupaciones en el pueblo, torna siempre a su casa al “golpe de oración”.d90 Una noche, oscura y lluviosa, no aparece. Su mujer y sus hijos madrugan a averiguar. Hasta las seis lo habían visto en el pueblo; y… nada más. Al día siguiente encuentran el cadáver incrustado en un arenal donde lo había arrojado la creciente. ¿Cómo pudo ahogarse, al pasar ese puente, adonde las aguas nunca suben? ¿Crimen o suicidio? La viuda, en su desesperación, acusa a los Caliches. Pero fuese temor, compadrazgo o desidia, las autoridades no se mueven, por más que el pueblo todo esté de acuerdo con la viuda.
El cura fluctúa en terrible conflicto. ¿Cómo promover una investigación judicial? ¿Cómo no promoverla? Si por ella resultare crimen de los Caliches, lanzaría a la miseria, tal vez al deshonor, a tres mujeres virtuosas y a muchos inocentes; arrojaría un borrón en aquel par de viejos ejemplares y les proporcionaría muchísimas amarguras. No puede dormir; y en sus insomnios se le aclara la hipótesis: no había sido uno solo el criminal. Bohórquez, joven y esforzado, se hubiera defendido. Los Caliches o sus agentes, en gavilla, habían asaltado al infeliz en el propio puente; le habían dado de garrotazos; y, muerto o aturdido, le habían arrojado al río. Supone, por otra parte, que nada se descubriría: si todos sospechaban, nadie había visto nada. Probarían que, a tales horas, estaban los Caliches en sus casas, quietos y sosegados. No le vinieran a él con esas paparruchas de coartadas: sabía, por el confesionario, tantas cosas. Pide al Espíritu Santo le ilumine; y… guarda silencio. No había tampoco por qué pretendere compartir con Dios el atributo de la Justicia: Dios sabría. Es su consigna desde este momento no atender ni adelantar ningún comentario; y se hace el desentendido con todo el mundo y más con ma Higinio.
El pobre viejo pasa, en el interín, de los terrores al llanto. Por datos que ignora el público,f por cabos que va atando tiene por cierta la criminalidad de su yerno. Sabe Dios las tormentas que se levantan en esa conciencia de bienaventurado. Por tres domingos no saca venta al mercado y solo va al pueblo a sus deberes religiosos. a zum bido b ésas, c “Puente Real”.
d “golpe de oración”.
e pre tender f pú blico
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Tal se siente que no quiere que lo vean: se le antoja que van a leerle en la cara lo que pasa en su corazón. Ni a su mujer misma quisiera confiarle nada; mas ella, juzgando por la suya, adivina la procesión que le anda por dentro;91 y, por no tocarle asunto tan horrible, se hace también la ignorante. El viejo enferma materialmente: le viene fiebre y tal desate de nervios, que le baila la cabeza como a perlático.92 No le valen ni la purga de jalapa y calomel, ni vahos aromáticosa o hediondos, ni parches calientes en el cogote. Temiendo que pierda la cabeza, manda ella una de seis libras de “cera de Castilla”,93 al Señor Caído del Hatogrande,94 con cuatro velas de a libra, comunión de ambos y muchísimos rezos. Cristo la oye, y ma Higinio sigue más rezandero y más devoto de las ánimas.
Desde antes de la tragedia se viene formando en el pueblo un gamonalismo harto antipático y azaroso. Encabézanlo los Caliches y el tinterillo Olegario Cañas; tienen por aliados y testaferros a tres o cuatro matones de la Calle Abajo, uno de ellos recién salido del presidio.
Cañas es el tipo clásico del rábula urdemales95 de parroquia. Por dirección o actuación maneja toda la maquinaria oficial del municipio, cabildo y corregimientos inclusive. El alcalde, si no un monterilla96 arbitrario, es un calzonazos,97 compadreb y paniagudo de los Caliches.
Después de la tragedia, el gamonalismo aquelc se va imponiendo: en una fracción han sido apaleados dos enemigos de los Caliches; varias bestias se han perdido de sus dehesas; y los matones lanzan amenazas contra “los placeños y los lambones”. Los magnates de Tambogrande, que son gente de paz y de trabajo, nada oponen al círculo amenazante, por más que prevean las consecuencias, sinod que el cura reune a los Arias, Timonedas y Naos, les pinta el caso y les propone, primero: pagar, entre todos, un sobresueldo al señor alcalde, a fin de traer un forastero y de canela;98 segundo: proponerse, de común acuerdo, hacerle el vacío al tal Cañas, para ver si se larga a “jeder lejos”; y tercero: ir don Justo Timoneda en persona a hablar con el señor prefecto y a conseguir el nuevo alcalde.
Tal se hace. Blas Jiménez, un marinillo bien bragado, mete al círculo en cintura; Cañas no interviene ya en las oficinas; los Caliches tragan hiel, pero amainan; los guapetones se callan.
De todo esto hace cuatro años; y ahora, con motivo del testamento, se le quiere revivir a mano Higinio lo que por siempree quisiera olvidar. En su angustia desea lo que tanto ha temido: que resulten los padres del Zarco y se lo lleven. Preferible era eso a dejarlo en poder de los Caliches. Pide a las ánimas que, si no parecen los tales padres, le concedan a él y a Rumalda vida suficiente para ver al muchacho hombre hecho y derecho.99 Simeón, el viejo esposo de Anselma, y Gervasio, el de Fidelina, están con los suegros que no saben dónde ponerlos100 de puro cariñosos y atentos. No pasa día sin que vayan a verlos. Anselma da a luz; y el día del bateo convidan a los viejos a chocolate remediano con “panocha de temprano”.101 a arómáticos b com padre c aquél d consecuencias, Sino e siem pre
El Zarco Rumalda se excusa; pero ma Higinio no se atreve a desatenderlos. Ahí están los tres Caliches y las dos mujeres: eso es con todo y mesa tendida, bandejada de bizcochuelos y dulce de papaya. Apenas se sientan, dice Isidora: —¿No sabe, taita, las cosas que andan diciendo?
—¿Qué será, hija?
—Pues que vusté quizque va a hacer testamento y a dejárselo casi todo al Zarco. Nosotros no hemos creído, porque eso no tiene pies ni cabeza. Es que la gente compone tanto.
—Sí, hija —repone el viejo un tanto confuso—. La gente dice hasta misa,102 dende que haiga quién se las oiga… Y dígame, Gervasio… ¿pareció por fin el macho envolatao?
Como los tres trabajan con mulas, quiere lanzarlos al tema profesional; más ninguno de los tres está por arrierías en tal solemne ocasión. ¡Qué amargo era ese cacao remediano! Parece que le pican avispas. Y como tiene que “hacer unas vueltecitas”, se despide de sus anfitriones y se va derecho al cura. Previas meditaciones, convienen en que debe esperar la primeraa ausencia simultánea de los tres. Gervasio irá pronto a Nare a sacarle carga al comercio de Medellín: y el viejo y Restituto no tardarán en llevar víveres a las minas de Remedios. Probable era la coincidencia de los viajes. Aprovecharía esta ocasión para ir a la cabecera del Circuito, aunque Anselma e Isidora caviloseasen a su antojo. Y no lo olvidara: el albacea debía ser Justo Timoneda, que, a más de mozo, era muy concienzudo, servicial y entendido en leyes.
Al domingo siguiente no son Anselmab e Isidora las que mortifican al Zarco: es Fidelina la magnánima.
Fuera de la rama del viejo Simeón, todos están en el cuartoc dominguero. La madre sirve el almuerzo, y la hija, viendo la ración que le pone al Zarco, exclama con cierta risilla:
—¡Dito sea mi Dios! Cuando mi mama estaba muy bizarra103 con nosotras, nos daba dos cucharadas de mondongo, una empanada cuando más y una masita de bollo; y a este zarcucio,104 ¡fijate, Isidora!, le sirve que ni a un pion. ¡Valiente tripa! —Pues será porque lo gana como pion —replica la señá Rumalda—; usté bien sabe que este muchachito trabaja y nos ayuda lo mesmo que un grande. —¡Sí, pu! Ese se le ve. Bien dicen que vusté y mi taita se han güelto chochos y culecos con este botao.
El Zarco se alza del asiento, presa del espanto: los ojos se le arrasan; hace gestos por no gritar; y huye a la desbandada.
—Ai me lo tiene, pues: se jue sin almorzar. Si-eso era lo que quería, deb’estar muy contenta.
—Por hacele el mimo, mama. Es que lo tienen perdido. No he visto un botao más de buenas.
a pri mera b Anselmo c cuar to
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —¡Vuelta con el botao! A vusté no le costa que sea botao. Botao es el que tiran por ahi pa que alguno se lo tope y lo recoja si le da su gana; y ni vusté ni nadie se ha topao a Juan de la Rosa. Y anque asina juera, ese no es modo pa desinar a ningún cristiano, contrimás105 a una criatura inocente, que no le ha hecho mal a vusté ni a naide. —Cuidado como va y se le cae algún pedazo a ese consentido... —Ni lo negro de l’uña;106 él se queda como es: Juan de la Rosa Mira, porque asina se llama, pa cuando se le güelva a ocurrir. A la que se le cae el pedazo es a vusté. —¿A mí? ¿Por qué gracia?
—¿Le parece muy bonito venir a mostrarnos la mal’entraña y a cometer faltas delante de los mayores y de estos chiquitos inocentes? ¡Valiente ejemplo ta dando! —Es que vusté, mama… —No me levante la voz —interrumpe autoritaria—, ni venga a ponenos cartilla107 ni a faltanos al respeto a yo y a su taita. Si ya no la mandamos, siempre tiene obligación de respetanos. Y vea una cosa, compadre Gervasio: si esta ha de golver aquí a humillar a ese muchachito, a pecar ella y a haceme pecar a yo, es mejor que no la treiga.
—Esas son cuentas de ustedes dos —contesta el yerno, agrio y zahareño—: blancas son y ustedes se entenderán.
—Asina no nos entendemos, compadre.
—¿De modo y es que me rumba? —salta la hija.
—No la rumbo; mas, sin embargo, tampoco la atajo.
—¡Pues me largo, agora mesmo! (alza al niño de brazos y toma al otro de la mano). —¡Cuando se largó!
—Camine, Gervasio, con los otros; que onde no cabe la mujer, no cabe el marido ni caben los hijos.
—Espéreme, siquiera, un momentico,a que acaben el almuerzo. A poco salen con los tres retoños; Restituto e Isidora los imitan; señá Rumalda se asoma a la puerta; pero no ve al Zarco por parte alguna; Casimira sale, a buscarlo, y... tampoco.
—Ahí tiene, pues, m’hijo, a su santa. ¡Ya la vido bien vista! —Cállese la boca, m’hijita. ¡Cómo me tenía esa indina de engañao! ¡Me ha dejao sin alientos! Perra cujiada108 será; pero nos enterró la lezna hasta las cachas. —Lo que es a yo, m’hizo perder mi comunión.109 —Hasta yo, aquí callao mi boca, la haberé perdido. Recemos un auto de contrición, por sí go por no.
Y se arrodillan, rezan, cierran y salen a misa de renovación. Fidelina y los dos chiquitines no están en el grupo; por ahí los ven muy aparte. Ni rezar pueden con las desazones. Al salir la procesión observan que el monago de la cruz alta tiene los ojos hinchados de llorar.
a mo mentico,
El Zarco IV Cavila que más cavilarás, atiza el fogón, se sofoca, sopla con un cuero y bate el fondo de lejía, revuelta con residuos negruzcos. A conforme fuera el lunes sería la semana, y aquel lunes, del enemigo malo, nada bueno prometía. La saca del jabón se iba a perder, sin remedio, porque Higinio se había dejado engañar por el condenado del carnicero, con esos chicharrones sin pizca de sebo. Esto era lo de menos, si no que Higinio no había pegado los ojos110 en toda la santa noche: y ni la madrugada a salar, ni la brega con el ganado le había abierto la gana de almorzar, a él que era tan galgo y tan garoso. En lugar de ir por leña, como pensaba, se había ganado al zarzo; e Higinio, en el zarzo, era hombre perdido. ¡Valiéranla los clavos de Cristo!111 Si se ponía como la otra vez y le agarraba la tembladera y el causón alto, era ella la que iba a enloquecerse.
Incurriendo estaría en algún pecado bien grande: tenía rabia hasta con el señor cura. Por su embeleco de haberle conmutado la promesa al Señor Caído del Hatogrande, le estaría amagando a Higinio el mal de la cabeza. Cierto que habían enviado al Hatogrande el valor de la cera; cierto que habían cumplido ante el Nazareno de la iglesia del lugar la entrada de rodillas y todos los demás requisitos; pero, aunque el señor cura fuera muy santo y muy sabido, ¿valdría eso en otra parte y ante otro Cristo, bien parao en su nicho? Nunca le había colado la tal conmutación; mas ¿cómo iba ella a ponerle cartilla al señor cura y alegatos a su marido? Verdad también que ella y su viejo no tenían tiempo ni para rascarse la cabeza: cuando no caía en cama la una hija, caía la otra, si no todas de una vez; cuando pasaba el sarampión, venía la tos ferina; cuando no eran siembras eran cogiendas; cuando no pajareo, desgrane; y luego la huerta y la lidia con los animales y el trabajo de las ventas y el arreglo de la ropa y las vueltas de la casa. ¡Y todo para comerlo crudo! Hasta cierto era lo que les repetía mana Pacha: en vez de descansar, se mataban, ya tan viejorros, para dejarles los bienes a indinos y desagradecidos. Pues iba a dejar de ser boba: el que viniera atrás que arriara, o que se fregara.112 Casimira llega con la batea de ropa lavada y la tiende en las talanqueras. No bien termina, le dice mana Rumalda:
—Ahí le entrego, desde ahora, este maldito jabón, salga go no salga la saca. ¡Con tal que yo no lo güelva a ver en esa paila!... Y arrímese ya l’olleta; y haga el cacaíto bien sabroso; y ásese unos biches, a ver si a Higinio le güenea. Yo me voy, porque hoy no’stoy ni pa tacos de escopeta.113 —Áyase anquila, atrona.
Mana Rumalda resopla, sacude faldamenta y delantal, se anuda de nuevo el pañuelo cubrecabeza, por ver si disipa las negras ideas y puede aparentar lo que no siente. Con mucha cautela entra en la sala y atisba hacia el zarzo. Cubre este la mitad de la pieza, del lado del tenducho. A su borde está recostado un palo, con muescas equidistantes de corte triangular, que sirve de escalera.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Ole, Higinio: ¿ya se ganó allá? —vocea, fingiéndose la zalamera—. No se haga el dormido. Y si está dormido, recuerde.
—Es que estoy rezando, m’hija.
—Vusté no está rezando nada, m’hijito: vusté está pendejiando, con ideas malucas. Baje, para que nos tomemos el cacao. Debe tener un yelo de agonía, porque casi no almorzó. Ai le guardé su pedazo de costilla, del sancocho, pa que se la ruña bien a gusto. —Qué le parece, m’hija, que ni an ganas tengo.
—¿Ni an ganas? ¡Tese ai cubando! Baje, go me gano y lo jalo de las patas. Apoyando el pie en el primer corte, trepa, palo arriba, con agilidad de muchacha. —Camine, el querido —agrega, apenas lo determina en la penumbra y entre la montonera de enjalmas y trastajos—. No se quede ai metido en esos aparejos que hasta garratapas se le pegan. ¡Camine, m’hijo! Si se recoleta ai, más duro lo paña la cobardía. Ya viene Juan de la Rosa. Oigale el capador. Ya salió Zorro a topalo. ¿Qué ha de hacer el esposo a tales reclamos? El Zarco surge, con el perro, tañendo “La guariconga”.
—No vamos a esa cocina, que hay mucho jumero, y ese jabón ta güeliendo muy maluco. Mana Casimira —grita desde la puerta—, treiga l’olleta p’acá. Saca la mesita al pedazo del corredor interior, que deja libre la despensa. La tolda enmarañada de un corta-picos cuelga de la solera y bota hacia el sol sus parasoles hiperbólicos. Los viejos se asientan y toman en un mismo coco,a trago él y trago ella, cebando del hirviente cacharro; bate que bate, a cada ceba, con el molinillo de raíz. El Zarco, a dedo pelado, se ataruga con el migote de arepa, plátano y quesito. Zorro y Palomo, en busca de los relieves, los rodean, muy amigos y compañeros. Los gorriones, introducidos y aprovechados, acuden a las harinas que les riega el chicuelo, mientras coge de las patas a su astuto enemigo. El viejo sonríe a la escena. Volados los pajarillos, recobra el gato su libertad; y el Zarco sale para la escuela a carreta tendida.114 —¡Cita la criatura! —quejumbreab el viejo—. ¡Siquiera se le pasó la aflición! Lo que más me duele es que sean mis hijas las que atormentan a este inocente, que le duelen las cosas lo mesmo que a un grande.
—No piense en eso, m’hijo —ruega la esposa, afanada—. Camine yo le muestro las pepineras pa que vea todo lo cargadas qu’stán.
Entran al huerto por la puertecillac de troncos. Son los dominios de Casimira y su verjel cerrado. Los matorrales de pepinos, ajíes y tomates los tiene sostenidos por barbacoas; en las eras de cebollas, bordeadas de orégano, culantro y perejil, no hay una yerba; la chamiza protectora preserva todo de gallinazos y gallinas; barridos están los senderos; y, arrimados a los cercos, lozanean la borraja y el romero, el toronjil y la mejorana, la sanguinaria y la achicoria.
Atrás, allende el cercado, invaden a sus anchas la ruda y el ajenjo, la malva y la yerbabuena; medran a su antojo el eneldo y el limoncillo; levantan los achirales sus penachos purpuríneos, y la “flor de muerto”115 salpica de puntos de a coco,, b quejum brea c puer tecilla
El Zarco oro aquellas variedades del ver de infinito. Avanzan huerta adentro. De un lado del sendero alzan las habas su follaje descolorido y su florecilla de medioluto; del otro ostentan las arverjas su próximo parentesco con el doncenón116 aristocrático. Los lulos decorativos derrochan, por las demarcaciones, el capricho de sus hojas, la gentilezaa de sus cogollos, la felpa lila y argentada, el terciopelo verde-loro y aquellas bolas de escarlata, veladas con el tul de su peluza. Más allá, el plátano curva las hojas en avenidas umbríasb y sostiene, sobre horcones, los racimos que le agobian. Luego, hasta los confines, se dilata el reino unido de la arracacha y la mafafa, de la papa y de la yuca, de la caña morada y de la criolla. ¡Oh, tierra bendecida de Tambogrande!
Los viejos, alabando al Señor, suben a una colina, vestida de gramalote, que empalma la huerta con el barranco interior que la amuralla. En su corte, casi vertical, tremolan sus airones el rabo de zorro y el carrizo,c se enreda la batatilla con los morales, urden las charrascas, blanquea la salvia, se encumbra el chilco y se ríe el sietecuerosd de los jardines cultivados.
Los propietarios se recrean: su labranza, toda entera, se divisa desde el morrillo. Es como una escuadra. El lado de la Trinitacita, tan plano como el del río, más extenso y todo arado, es una pompa: por la urdimbre rastrera de la victoria y la ahuyama, del calabazo y la batata, se empina el maizal, cual ordenada hueste palatina, en fiestas áulicas. Flexibles garbean las cimeras de sus espigas, y se desmelena en bucles el filote de la mazorca. Por las Mercedes117 será la cosecha. Más abajo realzan el ángulo hileras de procerosos chachafrutos, que riegan el suelo con la púrpura de sus pétalos; y grupos de guadua, que lanzan hasta la vía sus palmares. Naranjos y cidros,e limos y limones, duraznos y chirimoyos, aguacates y cerezos, cuadran la rinconada. Arrimado al costado izquierdo de la casa y al trincho de piedra del camino, se emplaza el paralelogramo de la jardinera. Ciérralo hacia adentro una palizada, que entraba los bejucos del jazmín y fortalece los troncos del astromelio. La casa, de techo pajizo y corredores de teja, se esconde entre el ramaje como un nido. Dos palomas se cortejan, en la guía del caballete, y destacan sus siluetas cándidas en la lejanía de la cordillera. Hacia acá, separada a discreta distancia, levanta la cocina su holocausto.
Desde la altura divisan todas las escenas de los corrales que,f aquende el vallado del camino, extienden sus basuras y exhalan sus vapores al costado derecho de la vivienda. En los zurronesg palomarios, que cuelgan del alero, se sienten muchos revuelos e inquietudes; las cluecas loquean a una con las polladas y escarban el suelo arlequinesco; el sátrapa genitor, plantado en sus remos prepotentes, la cola en arco, erguida la testa coronada, cumple dondequiera su misión excelsa; las odaliscas más caseras se acogen bajo la proyección vertical de aquel disco providente del gallinero, mientras los dos cerdos, bajo sus ranchos de helecho, lamentan los rigores de la canícula y la argolla ominosa de sus hocicos.
a gen tileza b um brías c ca rrizo d sietecuero e ci dros f corrales, que g zu rrones
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla El Padre Sol se prodiga esplendoroso, para sazonar los frutos de esa región privilegiada, embellecer la tierra y henchir los corazones de nobles regocijos. Mano Higinio contempla el cielo inmaculado, y dice:
—Allá’stará el Señor viendo toitas las cosas malas qu’stamos haciendo (suspira). ¡Con tal que no nos deje morir en pecado!
—¡Ave María, m’hijo! Hasta malo será pensar en eso. Quien l’oiga dirá que vusté es, enteramente, un pecador muy empedernido.a —Pes hasta seré, m’hija. ¿Qué sabemos?
—No, m’hijito, por Dios. Ni an lo diga. Sí es cierto que, en ocasiones, es muy poco conforme con estas moliendas de los yernos y estos dichos de las hijas: ¿pero ai no se confiesa y comulga cad’ocho días? Yo no sé qu’es lo que le pasa a vusté. Ya ve todos los beneficios que nos hace mi Dios: ya ve esta finca, y esta fertilidá y tanto animal y ganaos, solos y en compañía, y terrenos con agregaos, y rozas, y los rialitos que nos tiene el señor cura, y cabal salú pa trabajar; ya ve este Zarquito, tan querido, que nos trujo las güenas, y esta santab de Casimira, tan fiel y tan baquiana pa toda laya de oficios; y vusté, volviéndose ai un acobardao y atembándose que ni un tuntuniento,118 por cosas que vusté nu’ha hecho ni ha pensado hacer en su vida. Acuérdese cuando vivíamos en Agualinda, con familia chiquita, con unos patrones tan trabajosos y malostratos, y sin tener, ni tan siquiera, una triste gallina ni una cuarta de tierra pa sembrar una mat’e col. Acuérdese que almorzábamos aguanegra, con espuma de leche, y que tan solamente, comíamos la merita mazamorra. Y, mas sin embargo, vusté no se acobardaba.
—Sí, m’hijita; asin’es: éramos unos pobrecitos malcomidos y sin ropita que ponenos; pero no teníamos a los Caliches ni estas hijas pautadas con ellos, ni estos enredos tan calientesc con Juan de la Rosa.
—Pero si todo lo va arreglar a concencia, ¿por qué se pone asina? ¿No ve que eso es hasta desconfiar de la Divina Providencia?119 Y a esas pergüétanas120 no les haga caso: son calenturas que no les duran. Yo ayer me sofoqué con la Fidelina, porque me cogió despensionada y de boca;121 pero agora que’stoy ya prevenida, he de tener el gusto de no contestale una palabra, haiga lo que hubiera. Manque vusté no repare en flores, camine pa que vea la jardinera; pa que vea las cosas que mi Dios hace pa que se alegren sus criaturas. Camine, que antes nos ayuda a regala. Y tomándole por un molledo lo levanta y lo conduce, cogido, hasta la casa. Pasan por “el aposento”, única entrada al jardín cerrado. En verdad que hay de qué alegrarse en el Señor. Le alaban desde su alto trincho estas orquídeas peregrinas de la montaña espesa. Las “americanas” desmelenan hasta el suelo sus gráciles bejucos vestidos de estrellas áureas con lunarcillos negros y extraños pistilos; el “Cucarrón”122 y la “Calavera”123 suspendena de sus raíces debajo del copo de las grandes hojas los gajos verdinegros o amarfilados de esas flores misteriosas e intrigadoras que parecen de ámbarb a puntos de tinta china y cortadas a a empe dernido b san ta c calien tes a sus penden b ám bar
El Zarco tijeras; mientras la “yedra de san Juan”124 exhibe los colores, los caprichos y la magia de flora intertropical.
Cuán humildes, si muy hermosos, resultan, ante estos prodigiosa selváticos, los claveles y los geranios, los tulipanes y alelíes, y todas esas galas caseras, que cubren los surcos asimétricos. Castilla, Alejandría y Jericó se glorifican en sus representantes a este congreso de belleza; que no hay como las flores para ilustrar a los pueblos. ¿Quién mienta al Malabar y al Cabo, si no es por sus jazmines?125 Un hilo de La Trinitacita, después de recorrer una acequia, de saltar por un tubo de guadua, junto a la cocina, corre por recto cauce de piedras, atraviesa el jardín, sale al camino, para caer en el San Félix. Ambos viejos toman sendas cuencas de calabazo, que para el riego mantiene ahí la señá Rumalda, y se dan a chorrear a diestro y siniestro, sin que él admire todo lo que ella deseara. —Acuéstese un momentico, m’hijo —suplica, en tornando a la alcoba—; vea que anoche se desveló. Yo le cierro las puertas, pa qu’eche su buena tonga. —¿Vusté ta loca, m’hija? ¿Cómob me voy a acostar al sol mediodíac sin estar de cama? Ni porque yo juera un negro comido de la pereza. Anque no’stoy hoy pa trabajar ni tengo tampoco much’urgencia, no tengo por qué meteme de ocioso. Hastad mal ejemplo le doy al Zarquito si me topa roncando. Caminee vamos a rezar. —Bueno, m’hijo. Pero que no sea muy largo. Yo he reparao que, cuando reza mucho, se pone como aburrido.
—Parecer suyo, m’hija. Recemos, no más, los siete padrenuestros del Carmen.126 Éntrase ella al cuarto de Casimira, contiguo al tenducho. Bajo la cama, de vara en tierra, están muy doblados los costales;f saca dos y los tiende en el suelo, de tierra apisonada, de la sala; ambos se arrodillan frente al cancel del aposento, que más que división es un altar.
Sobre la puerta corre, de pared a pared, una tabla, a manera de repisa; ancha tira bordada de cruces y ringorangos,127 colorados y violetas, la paramenta a guisa de paño de iglesia; en el centro, sobresaliendo la altura del cancel, preside “La Carmela”128 insigne, legada a ma Higinio por un su abuelo, que la encargara en tiempos del Rey al mismo Quito. Dos veces se ha autoretocado, y ahora se ve muy patente una ánima a punto de alcanzar el escapulario libertador. El dorado y florido marco se encaja en una como alacena, y al abrirse aparece san Juan de la Cruz129 en un ala y santa Teresa130 en la otra; él, en actitud orante; ella, de bonete y pluma en mano. Abierto está el retablo en este mes dichoso de su fiesta, yg guardado al pie “el esquiloncito131 de las ánimas”; de lado y lado, cromos y grabados de tosco marco: la Virgen de la Cueva Santa,132 la Divina Pastora,133 san Roque,134 san Antonio;135 y, de bulto, muy chiquitina y decorada, la gloriosa santa Bárbara,136 patrona de Tambogrande, con su palma en la siniestra y una centella en la diestra. Repulgos de ramo bendito, espigones de cardo, manojos de inmortal “botón de oro”, “botón de plata”, y de cualquier espartillo inmarcesible, engalanan el santerío. a pro digios b Có mo c me diodía d Has ta e Ca mine f cos tales g fiesta,y
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Mano Higinio se persigna, ponea los brazos en cruz, entorna los ojos y principia desde “Abre, Señor mis labios”,137 y va largando los versos conmemorativos de los ofrecimientos en sonsonete gemebundo. Su mujer le observa aquella cara bíblica y dolorida, y más se inquieta. Según avanza, acentúa el clamoreo. En terminando, dice: —No se le olvide, m’hija, que el jueves principia el novenario, pa que adorne bien bonito. El mayordomo de la iglesia quedó de mandame las velas desde mañana. Hay que convidar a todo el que se pueda.
—Si a yo no se me olvida. Y qué le parece, m’hijo: desde ayer toi porque se aplique la medida138 de la cabeza del Señor Caído del Hatogrande. No es porque esté enfermo; pero siempreb es bueno, por si le amagare ese achaque di hace días. —¡Superior, m’hija! Aplíquemela, a ver si se huyenta esta tribulación tan insulsa, que me está colando.
Corre la vieja al cuarto, se cala las antiparras, abre el ingente arcón de roble y del baulitoc donde guardan las escrituras, las patentes y hermandades y cierto papel importantísimo, saca, previa santiguada, un lío con cintillos, en trapo aceitado: son las sacras medidas. Las abre, escoge una, la estudia, le añade cuerda a los extremos; y vieras luego al punto a ma Higinio recostado en su taburete, diademada la calva con el hiladillo, cual un sacerdote druídico con su ínfula. Zorro, que duerme en el escaño, abre los ojos y le contempla; mana Rumalda augura: —Verá que di-aquí a la noche se recobra. Y vea: hace días que’stoy pensando que si le güelve el mal, pende de no haber pagado la promesa al Señord Caído, allá mesmo en el Hatograndee y a conforme yo se la mandé. Eso hecho aquí quién sabef si no habera valido, anque asina lo haiga dispuesto el señor cura! Si otros juéramos, iríamos a pagala conform’es, en pasando la fiesta de La Carmela. ¿Por qué no vamos, m’hijo? Tenemos modo: no hay agora enfermos; no tenemos ningún otro inconveniente. ¡Echémonos esa, ole Higinio! Antes llevamos a Juan de la Rosa, y vusté se distrae. Todo no ha de ser echar la jiel y los hígados,139 pa dejale a estas hijas, pautadas con esos jaitos.
—Qué te parece, m’hijita, qu’ello más bien sería conveniente, pero agora nunca sería fácil.
—Ya sé lo que va a decime —apara la mujer—: no hay tal roza ni tal casa. Casimira, con ese fundamento, nos cuida los animales y el arado, ordeña y nos hace todos los oficios. Eustaquia y ño Chalarcones, con tal que les dé buen cacao, la acompañan por la noche. La roza la pajarean los muchachos de Hilarión. Dende esta semana les damos las hilachas y una gorra, que tengo por ai, pa que armen el viejo del espanto.140 ¡Si ellos se mueren por rumbar honda y berriar en la roza! Se les dag too los días dulce,h arepas y quesito; y ai me los tiene en bunde. —Pues bueno, m’hija. Vámonos, si le parece. Pero a yo no me meta en arreglos y güeltas: que no tenga más que ensillar, montala y montame. —Yo hago todo, m’hijo.
a po ne b siem pre c bau lito d Se ñor e Ha togrande f sa be g dá h dul ce
El Zarco Y sigue exponiendo y halagando, cada vez más entusiasmada. El viejo guarda silencio, se rasca la corona calva y, de pronto, se alza del asiento y exclama como inspirado: —Qué te parece, m’hija, que me viene una ventolera.
—¿Qué será, Higinio? (alarmándose).
—Pes matar dos pájaros de la mesma pedrada: nos vamos el lunes, y después de cumplir la promesa en el Hatogrande, ganamos a la Villa,141 a la fiesta del Carmen.142 Yo siempre he amalayado esta dicha; pero primero no teníamos recursos; y después, con tanto oficio...
—¿No es por gorjear, ole? —pregunta, estudiándolo.
—De verdá, m’hijita: aguasal de güevo perdido que se acabe de perder.143 Por unas dos semanas que dejemos de trabajar, no hemos de morirnos di hambre. Vusté no conoce La Villa;a y ya le he contao los templos y las imágenes y las cosas, pa más lindas, que hay qué ver allá y comu es de preciosa la fiesta de la Virgen. No he güelto a vela dende mediano, cuando mi agüelita Guadalupe me asentó en l’Hermandá.144 Allá pagamos los jornales y compramos de una vez los hábitos pa que nos amortajen, y escapularios nuevos. Antes asentamos al Zarquito en la Hermandá, pa que le coja, dende agora, más cariño a La Carmela, y se haga bien devoto de las Benditas Ánimas. Mándele hacer mañana mesmo la ropita que meneste. Sí, mi hijita: no nos muramos sin danos algún gusto en la vida y dáselo al muchachito, que bien lo merece. La Carmela no si’ha de enfadar porque la dejemos aquí, por buscar la grande, allá onde tiene su templo y sus monjitasb y el asiento de su Santísima Hermandá.145 La novena no se la interrumpimos con el viaje: en las posadas la hacemos y en La Villa la acabamos. Yo recomiendo al maestro Avelino pa que venga con los escueliantes a seguila aquí. La misa siempre me la canta el señor cura y siempre me lleva La Carmela en procesión. Eustaquia la arregla, en su anda como toos los años; arregla en l’iglesia la mesa pa ponela, y l’engalana el puente con el arco. Yo recomiendo a los Marines, que son Hermanos de la Virgen y de mucho fundamento, pa que me la carguen en la procesión y me la güelvan a traer. Sí, m’hijita: nos vamos, precisadamente. —¡Pero qué tanta dicha, m’hijo!
—Mucha. Y va a conocer a mi tierra de Copacabana,146 onde yo nací, y a la Patrona, la Virgen del Tránsito,147 que le he dicho. Allá verá un’imagen bien patente y bien preciosa. Y qué te parece, m’hija: ya ve que a yo no me daba naita de gana de golver a mi pueblo, por no topame allá sin naide de la casa; pero dende hace días me van colando ganitas. Será por ir a deshacer los pasos. Y vea otra cosa, m’ hija: allá en La Villa vamos a conocer a ese doctor Berríos, tan valiente, que ha resultao tan baquiano pal Gobierno y que golvió a juntar, en el convento de la Virgen, las monjitas que echaron ajuera esos zurriagueros, tentados delc enemigo malo.d148 Y se pasea y da vueltas y sale hasta el camino, con otra cara.e ¿Higinio con estas, a tales horas, con toda la pereza que siempre le había tenido a los viajes? Y Rumalda no acaba de admirarse. ¡Qué milagro! Consultaría con a Vi lla b mon jitas c tentados ,del d Enemigo Malo e ca ra
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla el señor cura, para ver si su hombre podía llevar a toda hora la medida de la cabeza. Y no era el Señor Caído solo: La Carmela le había ayudado. Clava en el cuadro la mirada, junta las manosa y exclama transportada: “¡Te luciste, queridita de mi vida!”. La cazuela canta triunfante en la cocina; efluvios de yerbas fritas se difunden; en el puente de La Trinitacita suena el caramillo; Zorro salta del escaño, con la cola en rosca. Perro y rapaz entran con mil retozosb y locuras: el viejo ha dado la buena nueva. Casimira sale y hace señas; los tres acuden: los tres a una acometen, con el pedazo de arepa de todo el maíz, aquel par de huevos, ahogados en el charco ardiente de un platoncillo de naranjo. Viene después la frijolada y, por último, las postreras leches en sus medias calabacillas y las totumas de mazamorra, con sus cucharas de palo. Es la una.
Con el último bocado salen al pueblo a contarle todo al señor cura y a sacar en la tiendac de don Justo Timoneda las ropas para los ajuares del Zarco. Se exime a este de la sesión escolar de esa tarde venturosa.
El milagro continúa cada vez más patente: el señor cura aprueba, felicita y autoriza la llevada perpetua de la medida; don Justo ¡no se diga! Es uno de los magnates del lugar y sostiene su nombre con mucho garbo; tiene compañía de ganadod con mano Higinio, y ve en él, lo mismo que el párroco, un caso raro de buena fe y de mejor conciencia. En la tienda está con él, cuando entran los campesinos, doña Josefita, su mujer, bondadosísima matrona, grande amiga y admiradora del Zarco. Ambos los instruyen, les informan sobre hoteles y posadas, les ofrecen desde dinero hasta peón, fondos en La Villa, avíos de montar, de todo. La maestra Antonia, sastra infantil, que viste la chiquillería de los gamonales, es llamada al punto. Hará todo, con sus nietas y su nuera, en el término perentorio.
Con los afanes del viaje no prepara mana Rumalda las ventas dominicales, y mientras el viejo duerme tranquilo con su medida puesta y su resolución gallarda, la vieja y el niño se desvelan. El domingo comete ella mil calaveradas:149 le compra al Zarco rosario de cuentas gordas con engaste repulgado de acero, y medalla milagrosa, muy plateada; le compra carriel, bordado en anjeo, con perro de relieve, buen monte y cargaderas de vistosos floriloquios; le compra bufanda de lana, tejida a mano, combinada de blanco y rojo, en forma de chuspa y con borlas de gusanos en las puntas. Fidelina, que ha cantado la palinodia, se arrepiente al ver aquello de haberse arrepentido.
A las cuatro de la mañana siguiente salen de la finca. Va mana Rumalda, caballera en su jamelgo rabicano y trochador, en que hace sus excursiones por la montaña para visitar a sus hijas. Lleva sombrero enfundado, fundón flamante de marsella negra y capa volanderae de merino, con solapa de pana azul de cielo. Monta mano Higinio el mulo bayo de don Justo; sacudido y golpeante el carrielón de vaqueta con pintorrajos negros; las espuelas, de rodaja magna, resonando; flotando la ruana pastusa a listones azules; la medida, bajo el pañuelo rabo de gallo; y encima, a ma nos b re tozos c tien da d gana do e volan dera
El Zarco muy atarugado, el castor con funda impermeable. El Zarco, con el flux nuevo de diablofuerte,150 los arreos propios y los avíos ajenos, se mira y remira la bufanda ensayando mil posturas en Pergenio,151 el caballejo negro del último Timoneda. Llevan, otrosí, “peón de estribo”,152 con maleta y mochilón, henchido de comestibles.
No han pasado de las goteras del pueblo153 cuando sienten, hacia atrás, el trajín de un jinete y una voz que les grita:
—¡Sacramento el altar,154 compadres!
—¡Por siempre sea alabado y bendito!
Es Restituto, el marido de Isidora. Se explica: a última hora ha resuelto viaje a La Villa, al arreglo de una saca de carga desde el río; y aprovecha la ocasión para acompañarlos en toda la correría y ayudarles siquiera a ver las bestias, que en La Villa daban mucha lidia.
La vieja huele el tocino:155 “Cucaracha en la postrera”,156 se llamaba eso; no había tal carga ni tal ayuda. Todo era por vigilarlos, a ver si iban a hacer el testamento. ¡Cavilosos y sofísticos del diablo! Pero imposiblea que el Señor Caído y La Carmela se fueran a deslucir a última hora!
No lo parece: Restituto viene tan festivo que hasta para el intruso tiene amabilidades y charla:
—¿Conque de mucho viaje pa la Villa, hombre Zarco? Pues prevenite, porque en ese cañón vas a sudar hasta el tútano.
v Son las ocho de la mañana del martes siguiente. Los viejos acaban de cumplir la promesa y se han provisto de nuevasb medidas con varias docenas de los hiladillos salvadores, que han de librar de las asechanzas de la locura el amenazado cerebro de ma Higinio. Aúnc les corren las lágrimas de aquella emoción sacratísima que, como huracán los ramajes, ha sacudido sus almas de creyentes. Como quien paga intereses por deudas atrasadas, se les ha ocurrido, en el rapto de adoración, agregarle a la promesa algo así comod una despedida. En ello están, ae tales horas. Él adelante, ella atrás, se arrastran de hinojos, cirio en mano, en tornof de la urna que guarda la imagen milagrosa, visitada por tantos peregrinos. A cada vueltag besan el suelo y alzan la vista, para ver de grabar en su memoria, hasta su muerte, el cruentísimo cuerpo derribado, los ojos mortesinos, las muñecas desolladas, el rostro cárdeno, las espaldas y las rodillas en carne viva; y hasta la sogah y la columna tinta en sangre. El Zarco, arrodillado frente a la urna, siente uno como pavor religioso ante aquellas prácticas que jamás se imaginara. La misma efigie le inspira cierto miedo. El entusiasmo por las palmas de corozo, los mangos y los pomales, toda la impresión de la tierra caliente y del cañón bendecido del Aburrá157 se le van convirtiendo en a im posible b nue vas c Higinio Aún d co mo e están ,a f tor no g vuel ta h zoga
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla extrañas melancolías. Restituto, que ha asistido a lo esencial, los espera en el atrio fumando su tabaco. Al fin se alzan los viejos, fatigados y sudorosos, ponen los cirios en los candelabros y, haciendoa reverencias, vueltos hacia el Cristo, salen por una de las puertas laterales, como desvanecidos en un ensueño.
Hatogrande era en ese entonces una aldea arcadiana; la iglesia, originaria de la población, se destacaba en el centro de la plaza, con su huertecillo atrás y sus cipreses. Aunque insignificante por su construcción, guardaba la poesía del pasado y la historia del lugar; pero este viento antitradicionalista que sopla en Antioquia de algún tiempo acá destruyó el templo en perfecto buen estado. A las dos de aquella tarde caldeada parte la caravana de la tierra nativa de ma Higinio, después de él verter algunas lágrimas y de visitar los cuatro la admirada Virgen del Tránsito.b Antes de las cinco divisan desde Bermejal158 la soñada Villa de la Candelaria.159 —Véala, m’hija.
—¿Y eso qué lay’e pueblo es, pues? Eso parece un monte, mesmamente. No mentía: todas esas barriadasc circundantes eran en el año de gracia de
1866 dilatadas y espesas arboledas. Apenas sí sobresalía del boscaje la torre de la
iglesia mayor160 y la blanca espadaña de San Juan de Dios.161 La de San José162 no era entonces para tanto; la puntiaguda de La Cruz no se distingue, a lo lejos, por su negrura; las otras tres de aquellos tiempos piadosos jamás se han alzado a mayores. Toman por El Camellón,163 única entrada por el norte, en ese entonces. Al pasar a la vera del “Cementerio de los Ricos”,164 lo ven abierto y con mucha gente.d No es posible dejar a tantas ánimas sin un padrenuestro. Restituto y el peón se quedan a la vela de las bestias, porque “en La Villa le roban a uno hasta la lengua, si espabila”. El viejo y el rapaz se cuelan. Quédase ella en la puerta con más curiosidad que devoción; pero no se aguanta un segundo. Renca y todo, avanza hasta el centro, con su capa y su sombrero, para ver de cerca eso tan grande e imponente, que blanquea entre cipreses. “¿Sería esa la sepultura de algún cristiano go alguna iglesita go algún altar?”. El viejo le explica y ella repone desconcertada: “Hasta pa que los entierren son confiscados estos ricos de La Villa. ¡Virgen Santa! Hasta talanqueras de jierro ponen pa que no los pisen”.
Él se arrodilla; ella contempla en pie aquel colmenar de bóvedas, los cipreses y la torrecilla del humilladero.165 El Zarco, entretanto, trasiega por una galería; admira lápidas; y, aunque apenas junta las letras,e hace que lee con aires de turista observador. Comprende que al lado opuesto dan sepultura a un rico, y acude a ver. Qué admiración ante aquel ataúd, en figura de tronco, forrado con trapo y galones iguales a los del ornamento de ánimas de Tambogrande; qué sorpresa al ver que lo destapan y que aparece el difunto, tan galán y con guantes; mas qué espanto cuando le echan paladas de cal hasta taparlo. Y luego, tantasf señoras, tantísimos señores, como en día de renovación, y con cadenas de oro. ¿Serían sombreros esos tarros negros que llevaban en la mano? ¡Ah, cosas las de La Villa!
a ha ciendo b Trán sito c barria das d gen te e letras f tán tas
El Zarco En esos días de julio, que tienen trece horas, es aún muy claro cuando entran en la ciudad. Al pasar por los grupos de esquinas y zaguanes, mana Rumalda da las buenas tardes.
—Aquí no si-usa saludar, comadrea—advierte el yerno—. Se van a reír de vusté. —¿No si-usa? ¡Imposible que sian tan faltos de crianza!
Llegan a la casa de doña Mercedes Salazar, donde dejan bestias y avíos, y siguen hasta el hotelb de don Joaquín Escobar, a quien vienen muy recomendados por don Justo Timoneda. La vieja llega “como pasada por un mayal”;166 y en cuanto le señalan la pieza toma cama.
El Zarco viene muy advertido de que en esta enormidad de la Villa se pierden las gentes hasta de día; pero no bien come se asoma a la esquina, y no resiste a la tentación. Masc ¿por dónde cogería? Los pocos faroles que en aquel entonces alumbraban el centro no se han prendido; con el foco lunar le basta y sobra a La villa monástica.167 Divisa, allá no muy lejos, una torre; pero no se atreve a avanzar. Con la inconsciencia infantil y su natural despejo, no siente el encogimiento del aldeano que debuta en ciudad. En las puertas hay grupos de señoras, sentadas en banquetas; en la esquina, tertulia de señores, presidida por don Joaquín,e recostado en su silla frailera; en la calle y andenes, travesuras de rapaces, chillando, prendiendo “fósforos de cera de la fábrica del diablo”,e tirándose con lo que topan, tumbándose unos a otros. El Zarco se para paraf a observar.
—Vean a este mono de bufanda —salta uno.
—Vendeme los cachumbos —chacotea una morenilla muy endiablada. —Caso los truje pa la venta, niña (muy festivo y pillín). Mas sinembargo, si vusté los quiere, treiga las tijeras.
La réplica sugiere, y héteme al Zarco rodeado. Entre hostiles y divertidos, lo examinan y reportean. Él da cuenta de todo muy despercudido. Su figura, su gracia, su mismo hospedaje vang ganando los corazones, a pesar del atalaje pueblerino. La morena le sacude el abultado carriel, y dice, fingiendo muchah admiración: —Usté trujo mucha plata, Juan de la Rosa.
—Tan siquiera tres pesos completos, ajuntando lo que me dieron el señor cura y doña Josefita y mana Casimira y lo que yo tenía en la alcancía. ¡Tres pesos! ¡Oh, prestigio fascinadori del dinero! El Zarco se encumbra. —Trujo más —exclama la rapaza burletera—. Hasta cartuchos168 de pesos trujería. El carriel le pesa mucho.
—Es el pañuelo, niña, y el capador,j y cera, y otras cosas ai. De examen en examen llega a sacar el caramillo y a tañer “La cachumbona”169 y “La pisa”. Don Joaquín, que es un viejo campechano y jovial, manda que se acerque, pide pieza y cátamek a Juan de la Rosa en el Tabor. Mano Higinio, que está en la puerta, le hace señas. El viejo manda; el niño suplica; don Joaquín se entera, y, llamando a un negrito, paje del hotel, le ordena:
a co madre b Hotel c Mas, d Juanquín e Diablo”, f pára g hospedaje, van h mu cha i fas cinador j ca pador k cá tame
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla —Andá, Castor, acompañá al monito a dar una vuelta por ai, y mostrale todo. Déjelo ir, compadre Mira, que nada le sucede.
—Pero es ñor don Joaquín que tuavía nu-hemos hecho la novena. —Que l’haga mañana dos veces. Déjelo que vaya conociendo.
No se dejan repetir la orden. Salen como viejos amigos, cual un pacto del Congo y de Georgia. Llegan al puente de Palacé, que eran unas vigas con travesaños de tablas. ¿Quebrada en la mitad de La Villa? Cosa más rara e inusitada. En el caserón, esquina nordeste de la plaza, de un solo piso en ese entonces, se oye música. ¿Qué sería? Castor explica. ¿Piano? No lo había oído mentar siquiera. Ambosa se pegan a la celosía, y algo entrevén. Tanto se embelesa el caramillero, que no quiere ver desde allí lo que le indica el negro. ¡Qué Gobernación ni qué “Casa de las Monjas”b ni qué Iglesia Mayor! No está sino para aquella serenata de “La castañera”.170 ¡Qué tan bueno sería eso tocado a dedazos, lo mismo que el melodio de su pueblo! Y qué tanto sabería esa señora. Si él pudiera retener esos sones, cómo los sacaría de lindos en sus popos. Y silba, por ver de seguir el aire.
Cesa el piano, y prosiguen. Solo la pila, con sus dos tazones, sus “cuatro diablos” y sus ocho chorros le sacan de la obsesión castañeril. Y cómo brilla, al fulgor de aquella luna, el salto pujante del pináculo. Recorren el redor de la plaza para admirar los balcones y la fachada del templo. Más que los edificios, le maravillan las bombas que cuelgan de las soleras, los vidrios de las puertas, las campanillas de los trasportones y los tantanes171 de hierro.c Estas cosas, unas de mano con bola, otras de rosca con mascarón,172 esotras de lagartijo, le fascinan. Castor le explica el uso, y el Zarco, aunque con maña, no prescinde de hacerlas golpear. Ante la “Botica de Peña” le espera otro pasmo. “Mismamente una ringlera, hecha con los candeleros de la iglesia de Tambogrande”. Es la barandilla de cristal del mostrador. Otro pasmo, ante la casa de “Tres altos” las pelotas de cristal, a dos colores, con que rematan los balaústres de esquinas y divisiones; las botijas de porcelana floreada, que oscilan, cual incensarios, desde las últimas tribunas; las canastas de grandesd cuentas, suspendidas del interior de los dinteles; las pantallas, con luces de una araña, que desde el lado frontero se divisa; el aspecto todo de aquella fábrica, que el Zarco tiene por ciclópea, se le antoja, más que morada de seres humanos, un tabernáculo engalanado para Cuarenta horas,173 mucho más hermoso que el de la iglesia de su pueblo, cuando lo adornaban doña Ambrosia, Eustaquia y la chata Miranda.
Aunque diversa a las anteriores, siente otra admiración ante el frontispicio174 de la Veracruze y sus pilastras complementarias que pasaron a la historia. Eran de la misma piedra que la torre, y, dándole unidad a toda la construcción, demarcaban la esquinera plazoleta. Aquello tan negro, tan lamoso, tan enyerbado, trunco aquí, rajado allá, le infunde temores. Tan viejo y tan triste se le hace, que le da como lástima y ganasf de rezar por las benditas ánimas, lo mismo que su taita. a Am bos b ¡Qué Gobernación, ni qué “Casa de las Monjas”, ni qué c hierro d gran des e VeraCruz f ga nas
El Zarco En efecto, aquel recinto toledano era tan miedoso que la Sociedad de Mejoras Públicas,175 en su estética y sabiduría, tuvo a bien despejarlo y echó abajo las pilastras, para que la gente no se espantase. Lo malo fue que, en su reemplazo, levantó un busto pavoroso y rodinesco:176 la última mueca del héroe del Bárbula.177 El cicerone le cuenta de la cercana confitería de Basor, y allá se van. El forastero compra cuartillo de colaciones y cuartillo de paciencias, que compartea con el gran Castor. Con tal refuerzo bajan hasta San Benito. Otro piano y otro éxtasis. Suben luego por San Juan de Dios y Carabobo, hasta el Convento. De clausuras místicas no tenía ni mínima noticia, y aquella manzana murada, que no tiene por tres lados ni un triste ventanuco, le inspira, también,b algo melancólico y religioso. ¡Qué tan particulares y queridas eran las monjitas, siempre encerradas con la Virgen! ¡Quién pudiera verlas! Serían tan lindas como la Santa Bárbara, patrona de su pueblo. Tal vezc llevarían corona de plata y aritos largos columpiándose. Su iglesia y su plazoleta, entoncesd con pilastras, a hilo con la calle, nada le hubiesen sugerido, a no saber que ahí dentro estaba la Carmela grande, madre de todas las Carmelas chiquitas, de quien iba a ser cofrade desde el siguiente día. Ahí le reza, siquiera uno de los siete padrenuestros, aquel de la “terrible lanzada”, cuyo ofrecimiento se le hace tan patético.
Nada le dice la Plazuela de San Roque,178 ni tale le parece; mas, al llegar a la cuadra del comercio, experimenta el pasmo de los pasmos. “Esta es la India matando el tigre. Es toda de fierro”, enseña el negrillo, orgulloso de su saber y de las maravillas de su tierra natal.
Destácase, en su repisa, entre dos puertas, no sé si por ornato o por aviso de comercio. Lo último, acaso: los géneros de esa Casa la llevaban entonces en su etiqueta. Entre la india, el caballo y la fiera no sabe con cuál quedarse. ¡Cómo sabían estos herreros de La Villa!
Esta reproducción de La Amazona de Canova luce aún por ahí en algún almacén de lujos masculinos; pero le han retirado los honores de la etiqueta. Si todo esto era de noche y en la calle, ¿cómo habría de ser en pleno día, y dentro de las iglesias? ¿Cómo serían aquellos santos y aquellos ciriales? ¿Cómo aquellos monarcillos y aquellas renovaciones? Hacen planes: al día siguiente, en cuanto hubiesen despachado sus respectivas diligencias, lo llevaría Castor a conocer esto y aquello y lo de más allá. Hace rato que han doblado las ocho en la Iglesia Mayor y mana Rumalda es presa de la angustia. ¡Valiéralef la Carmela con las determinaciones de don Joaquín! Juan de la Rosa no se habría perdido “en este laberinto”; pero acaso le habrían robado el carriel y la bufanda.g Y ¿quién sabía si ese negrito tan zalamero y dientesh de quesito era buena compañía?
Cuando llegan se levanta la tertulia de don Joaquín, discurren por la calle señores y señoras muy principales; ellos, de sombrero de copa; ellas, como unos paraguas, tumbando niños con la armazón de la crinolina.i a com parte b tam bién c Talvez d en tonces e tál f angustia Valiérale g bu fanda h dientess i cri nolina
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla El Zarco lleva su reprimenda con todo y pellizcos; y... a rezar la novena, el grandísimo vagamundo,a y a prepararse para madrugar a confesar y comulgar, a fin de asentarse en la Hermandad, ¡Buen principio: Mataperriando, calle arriba y calle abajo, hasta media noche, en esta villa tan peligrosa!
Son las nueve, y aunque a ella le parece tardísimo, emprende la novena; pero ¿de dónde devoción con ese molimiento y ese sofoco? Sueño, menos:b mientras ma Higinio y el Zarco roncan, como bienaventurados, ella, suda que suda la gota gorda,179 se revuelve en el rincón de aquella cama, que se le hace más extraña que la de Hatogrande. ¡Qué horribles eran las posadas y qué infernal el calor de La Villa de la Candelaria! ¡Y qué picazones más condenadas! Pues ¿y ese enemigo de puerta? Si la cerraban, se asarían, “que ni arepas al rescoldo”; si la dejaban abierta, cualquiera vendría a robarles, si no era que se colasen los murciélagos a chuparlos, o a picarlos algún gusano barbadindio,180 o uno de estos de pollo tan medrosos. Horrible era la tierra caliente, aunque hubiese tanto árbol, tanta caña y tanta estancia. No había, para vivir, como esas sus veredas frescas de Tambogrande.
Y ¡qué pulguero más cabeciduro y canónigo! Hasta alacranes ponzoñosos y brujas malinasc cundirían en esta Villa. Bien se lo había pensado ella: la comida de aquí tenía que hacerle daño, precisadamente. Ese ajiaco, con tanto gordo y esa presa tan compuesta, que les habían servido, los sentía enteritos en la propia boca del estómago, con todo y ese azafrán tan colorado. Y venir a ver: tanto potaje y cuidos, para salirles con unas uñas de arepas y no ponerles postrera. ¿Dónde se había visto comida sin postrera? Cosas más particulares las de esta Villa. Con tal que no se fuera a enfermar... Pero imposible que el Señor Caído y la Carmela salieran con esas a estas horas, porque hasta a Restituto le había alcanzado el milagro. ¡Cómo había estado de formal y de cariñoso en todo el viaje! Si no sabía cómo ponerlos a ella y a Higinio. Y ¡cómo mimabad a Juan de la Rosa! Tal vez ni a vigiarlos habría venido: ella era también medio sofística en ocasiones. Éle se había ido a otra posada más barata; pero les había prometido acompañarlosf y ayudarles en todo. Estaba inconocible el yerno. El patrón y la patrona del hotel, a cuál más formal y más sin orgullo. No les habían sentado en esa mesa, con tanto huésped de tono. Pediría que les siguieran sirviendo en el cuarto, porque viejos sin dientes mascaban muy feo yg ni ella ni Higinio sabían el manijo del tal tenedor ni cortar con garbo. Si tenían su buen avío, con sus tres pañadoras finas, era para cuando iba el señor cura a comer el frisol verdeh con tocino y la guagua sudada; pero lo que era ellos, no habían usado en su vida esos embelecos, ni aun cuando estuvieron en la mayoría de las minas de “El Criadero”;181 pero allá verían al Zarco: “ya lo’vía en la mesa, entre tanto blanco, echando jierro a dos manos, lo mesmito que el señor cura, porque ese sí era la criatura más entendida y más tremenda”. Hasta en eso le salía lo blanco de su familia. ¡Pobrecito su Zarco! Con tal que esos taitas tentados no se le fuesen a llevar antes de que ella e Higinio muriesen. Si tal pasaba, que le abriesen al viejo la sepultura. Pero el Señor no había a va gamundo b me nos c ma linas d mima ba e El f acom pañarlos g feo ,y h ver de
El Zarco de permitirlo. Ya desde Hatogrande y Copacabana le venía haciendo la petición; y puesto que Dios concedía cuanto se le pidiese, a quien entrase por vez primera en cualquier templo, mal podía negárselo a ella, que había entrado en dos e iba a entrar en siete. ¿Qué no se alcanzaría con nueve peticiones? Y no era mal pedido, estaba cierta: después de la salud de Higinio, del arrepentimiento y enmienda de sus yernos Caliches y de sus hijas pactadas, ¿qué otra cosa podría desear que tener a Juan de la Rosa mientras viviesen? El pobre Higinio, como era tan fatalista, vivía siempre con este susto encima. ¡Pobre su viejo, tan querendón y tan corazón de pollo!182 Pero milagro como este...
Le toca la cabeza y le arregla el hiladillo milagroso.
Ínterina pasa por la del Zarco, como una película de todas sus nuevas impresiones, en un mundo fantástico de penas y de goces indecibles. De pronto se derrumba por un despeñadero, y, antes de caer en tenebrosa espelunca, da un grito y despierta, presa del espanto.
—¿Qu’es, mi Zarquito, por la Virgen?
—Taba soñando... ai bobadas, algo miedosas.
—Sosiéguese y repase las cincob cosas y desamínese, pa quihaga una confesión muy bien hecha.
Ni por esas despierta ma Higinio.
No ha menester el chico que le ordenen el examen: desde antes de dormirse se le insinuaba un caso de conciencia, y ahora al despertar se le precisa categórico. Castor no es buenac compañía: dice palabras feas y echa ajos, como Patimocho; y, como Patimocho, cuenta cosas malas. ¿Qué hacer? Si calla, peca: si habla, no lo dejan salir con él, y no acaba de conocer La Villa. Reza, suplica, implora, y, de pronto, le manda la Carmela la gran luz. ¿Serían obsequios? ¿Sería un real o todo junto? En fin, no incurriría. Un silbo agudo y luego otro, y después otro llegan hasta ellos, en el silencio de la noche. A ambos les parece cosa insólita y fatídica. ¡Qué misterios tan impresionadores los de La Villa!
Mas no se comunican sus temores; y, al fin y al cabo, logran dormirse. Cuando las madrugadoras cocineras se levantan, ya vuelven de la alberca los tres campesinos, muy lavados y peinados. El Zarco estrena el flux blanco de dril; la señá Rumalda se envuelve en sus merinos míseros y se ata con el chumbe esa saya, que solo en la iglesia ha de tapar los broncos pies. Ma Higinio se ataca los prehistóricos pantalones de paño de San Fernando, desenfunda el sombrero, se arregla la medida y el pañuelo cabecero; y, con la ruana consabida, terciado el carrielón, suelta la blanca camisa,d que betea el azul de Prusia, se pone en carácter urbano y en atalaje de renovación. No bien las fámulas les abren, se lanzan, todavía oscuro, por esas calles de Dios, cuya yerba refresca el rocío. Tal cual obrero, tal cual sirvienta. Los serenos velan, en esta hora suprema de los rateros, y el Zarco y la vieja se instruyen en lo del silbo pavoroso. Admírase ella de ver todas las casas todavía cerradas. ¿Cómo harían a Interin b cin co c bue na d ca misa
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla para trabajar estos villanos, si dormían hasta tales horas? Llegan a la plaza. La vieja se maravilla. Ninguno de los que vivían en esas balconadas se iba a salvar. ¡Cómo gozarán estos ricachones!
Restituto se les une; y como no confesarían antes de las seis, determinan dar, antes, una vuelta.a Lejanos, cercanos, aquí, allá, se oyen cantos de gallos y algarabía de pájaros; soplan ráfagas de perfumes; aún alumbran las estrellas; más por las cumbres de Santaelena183 no despunta ningún albor. Andando, andando van hasta la quinta de don Juan Uribe, que entonces remataba la carrera. ¡Virgen santa, qué casa! El jardinero, que barre a tales horas, les da permiso de entrar hasta la escalinata. Ya relumbran aquel par de enormes bolas que decoran la baranda, en las que se veían las caras más feas que en una cuchara. ¡Lástima que no se hubieran usado, en ese entonces, las bolas de la felicidad! Mana Rumalda se lela. Lo que era en esa finca no se salvarían ni los gatos. El ángelus los saca del éxtasis. ¡Qué dichab saludar a la Virgen entre esos perfumes y en aquella jardinera! Y se postran de rodillas, en el empedrado de la avenida, junto a la fuente. El Zarco,c disipado, por el “muñeco que gomita bocarriba”, ni reza ni se acuerda de la confesión.
Al salir sienten un ruido verdaderamented azaroso; una fila va avanzando, entre hombres armados; el retintín se acentúa; al chico y a la vieja se les enfría el cuerpo. —¿Y’eso qué contiene, m’ hijo?
—Esos son los presidiarios, que los llevan a trabajar en los caminos. —¡Citos de mi vida, los infelices penaos! Hasta haberá ai casaos y con familia. —Y ¿por qué los llevan, taita Higinio, maniaos, con jierro y con esas cadenas y ese tolete cargao?
Como ni el suegro ni el yerno contestan, la vieja murmura vacilante:e —Haberán robao... go, tal vez... matao algún cristiano. ¡Quién sabe, Zarquito! Ya ve, pues, pa que le pida a mi Dios lo libre de una mala hora.184 ¡Qué espanto el de aquella criatura!
La primera noción del crimen y su castigo entra como un puñal en su conciencia; y él, tan comentador y comunicativo, no agrega una palabra sobre el asunto, y habla, ya muy instruido, de la enormidad de Medellín.185 A la vieja, por lo que columbra, se le hace Babilonia inconmensurable.
La capital del entonces Estado Soberano de Antioquia era, en aquella época, un poblachón de quince mil habitantes, con todo y sus fracciones. Carabobo y Ayacucho, las dos vías más largas que la cruzan y de las cuales parte la novísima división, medían seis cuadras la carrera y diez la calle. Tenía, como las patas de una araña y con edificación muy dispersa, el ondulado “Camellón de la Asomadera”. La Alameda y La Quebrada Arriba, como salidas a los cuatro vientos; como colateral, la calle de Guarne, un poco más cuajada que los camellones; y, como aditamento, el largo y caprichoso Niguateral,186 destruido en partes y en otras embebido en la actual edificación. Al redor de estas vías y de sus términos, solo existían conatos infelices a vuel ta b di cha c Zar co d ver daderamente e va cilante
El Zarco de calles. Todo esto que trepa y se disemina circunvalando del norte al oriente; el carretero que se alarga atrevido por su planicie; Guayaquil que se desparrama arriba y abajo, por la suya; el Parque de Bolívar;187 todos estos barrios que hoy avanzan por doquiera estabana en la mente de Dios. Varias quintas, que se ha ido tragando la población, quedaban en pleno despoblado, muy distantes del casco urbano. El río solo tenía el puente de Colombia y la Santaelena el Puente de Arco, el de La Toma, y los de palitroques de Junín y Palacé.188 A pesar del comején progresista, había aún muchas casas coloniales, con su portalón y sus ventanas de fierro las señoriales; con puertas y ventanillos de mala muerte, las restantes.
Al tenor de las habitaciones, el mobiliario y los enseres. En las de tono, arañas enormes, espejos enormes, cromografías enormes; sofás que llenaban un testero; mesas de patas rectasb y a torno. Camas descomunales de columnas, cielo con plegadillo radiado y altas como púlpitos, eran el orgullo de las señoras, con sus damascos de madroños y caireles, con sus holandas de bordados y encajes. En el comedor campeaba el armatoste para la vajilla y para el par de tinajones, que decoraban, por todo el barro, con pétalos pegados con agua; en un clavo se colgaba el jarro de picos, de la pura hojalata. En los patios, cantaba el surtidor, entre mirtos y granados, icacos y pluma de la reina.189 Las casas de medio tono eran el reino de los asientos de cuero, con guadamacil190 o sin él, de los tarimones tendidos con tapetes o vestidos con zaraza, de las esterillas al pie de los grandes muebles, de los caracoles marinos cuñando las puertas,c de las mesillas ramplonas con bagatelas peseteras, del mesónd redondo para el centro, con su cubierta vistosa, el álbum de fotografías, la caja de música o el chisme de flores de papel y flechas de cañabrava. En todas, mucho santo y retrato al óleo, a quienes la Santa Inquisición del Modernismo ha mandadoe al desván, a los asilos y a la hoguera. Si todavía nos quejamos de la simplicidad de nuestras costumbres, ¿cuáles no serían en aquellos tiempos, medio patriarcales?f Rarísima era la casa visitada por extraños, y tan contadas las diversiones sociales, que un baile hacía época; en El Coliseo,191 echaban, de vez en cuando, comediones de aficionados; y solo en el año a que nos referimos vino a la tierruca la segunda Compañía Española. Se hacían paseos vespertinos o dominicales, por círculos casi de familia. Las señoras del cogollo iban a bañarse al río, en atalajes casi hogareños, y volvían con el cabello suelto. Nunca faltaban, en cada calle y cada tarde, tertulias de señoritas en los portones, muy acomodadas, adentro y afuera, en asientos bajos; y allí se reunían las vecinas más admiradas. Los pobres pretendientesg tenían que amar de lejos y decirlo todo con ojos muy moderados, porque una niña en coloquios, ventaneos y señas noh era entonces concebible. De clubs y casinos, no se tenía noticia. Escasas y medio desdorosas eran las cantinas, y no abundaban los billares, aunque no faltasen timbas clandestinas. No se conocían vehículos rodables, y la diosa de Cíteres192 cuando más tendría por ahí alguna humilde capilla. Así es que los mozos de rumbo y los pepitos disfrutaban a doquiera, estaban b rec tas c puer tas d me són e man dado f patriar cales g pre tendientes h señas, no
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla del sol de la juventud montando sus corceles, paseando por laa Quebrada Arriba,193 amando en secreto y casándose en público, y todo ello sin el riego transfigurante del licor, sin los ensueños del libro.
La chiquillería tremenda, vestidab con desperdicios de los mayores,c merced a los inventos maternos, se iba por tandas a bañarse al río, a darse los atraconesd de guayabas y naranjas, a diablear por los ejidos, al juego de corozos o a la elevada de las cometas. Las rapazas hacíane comiditas los domingos y celebraban, con mucha pompa e invitaciones, el matrimonio de la muñeca fulana con zutano,194 el de la vecina. Los cachacos rompían levita y sombrero de copa, a toda hora, y los domingos, pantalones de galón bordado a mano, chaleco de terciopelo de flores y camisa de rizo o bordaduras.
Las damas, como siempre, se pirraban por la moda. Claro que antaño vendría harto más atrasada que hogaño. Como las mujeres modisteras son las únicas que desobedecen al clero, llevaban, en ese entonces, aquella moda escandalosa y maldecida que diof origen a sermones arrebatados, a levantamientos de penitentes en el confesionario, a expulsiones en colegios y cofradías, a bundes y canciones populares. Y vaya una muestra, con esta caña en retahíla:g “De los usos que han venido la crinolina es la tapa se quedaron en palotes la cotilla y la solapa.
Por más que sea prohibido, es un uso que conviene, la que no tenga hormadoras, con la crinolina tiene.
Y si aprovechan los rejos, los bejucos y varillas y armazones de paraguas, quitasoles y sombrillas.
Pero la legislatura de clérigos determina que es por siempre maldecida la que tenga crinolina”.
Así y todo, las gastaban estas señoras, que no había acera que les diera espacio: apenas si cabían por los zaguanes. Y qué modo de encumbrarse aquello,h atrás y adelante, al pasar por estrechuras. Pero hasta esa abominación, inventada por el mismo diablo, tenía su lado moral y restrictivo: en el baile quedaba el galán a vara y media de la dama, y solo la punta de los dedos alcanzaba al talle codiciado. a La b ves tida c ma yores d atra cones e ha cían f dió g retahila:
h aquéllo
El Zarco Con este aparato del Segundo Imperio,195 derivación del tontillo del siglo de Luis XIV,196 vinieron aquí los pañolones de puntaa redonda, a estilo de capa, y vinieron las resonancias medio heréticas de las glorias itálicas; una puntadilla, muy complicada y muy en boga entonces, se llamaba Garibaldi; Garibaldi, la blusa roja y englobada que llevaban las bellas, a imagen y semejanza de la del héroe antipapista;197 Garibaldina era el nombre de una polka muy afamada; y el solferino198 heróico, conmemorante de la sangrienta batalla, escandalizaba por todas partes, pues toda mujer que se estimase en algo tenía de ostentar su poco de solferino. Esto no se oponía a que todas usasen, para calle y diario, telas de humilde algodón y pañolones llamativos de lanilla. Como remotas derivaciones de Lancaster199 o de Simón Rodríguez,200 no escaseaban escuelas y colegios públicos y privados, para ambos sexos; mas de pedagogía, propiamente tal, se ignoraba hasta el nombre.
A más de la imprenta del Estado, existía la de Balcázar; a más de la Gaceta Oficial,b201 salía a luz El Pueblo,c202 semanario político-literario. En cuanto a bibliotecas y difusión de libros, no eran tan raras, dada la época. Tal era, física y moralmente, la metrópoli que tanto admiraba a la señá Rumalda. Después de reconciliar los viejos y de confesarse el Zarco, en la Iglesia Mayor, se van a comulgar al Carmen, escudados por Restituto. Por el novenario, las misas son cantadas, está la iglesia de media gala y destapado el hondo camarín de la Virgen fundadora. Ahí aparece, entronizada y gloriosa, con el Niño en el brazod izquierdo, el doble escapulario en la derecha, el rostro pálido y compasivo, humildes los ojos y en tirabuzones el cabello, bajo la imperial corona. Viste, como sus hermanos, el modesto hábito de estameña oscura,e con su tira pectoral y sus insignias. Hasta seis de sus grandesf servidores la adoran de hinojos a sus pies: a la diestra, los santos, las santas a la izquierda. El conjunto resulta seductor y armónico.
Contemplar los viejos la Carmela de las Carmelas y largarse en llanto, es todo uno. Después de él volverla a ver, después de ella conocerla, de rezarle los dos las preces de su Hermandad, de pedirle favores especiales, ¿qué mayor dicha esperaban en la tierra? Mientras los viejos levantan las oblaciones de sus lágrimas, Restituto logra salirse y el Zarco se distrae con la estructura y ornato del altísimo tabernáculo, con el ingente sagrario de plata, con los altares tan labrados y dorados, con las pinturas murales, con tanta imagen, y, más que con todo,g con el arcángel apocalíptico,203 que se empina, en un solo pie, rígido y fantástico, embocada la trompeta espantable, sobre el tornavoz del púlpito. “¡Cómo sería de linda la pieza que estaba tocando en esa chirimía de oro!”. Tampoco le dejan rezar los caballos de Santiago204 y de san Jorge,205 que blanquean, muy briosos y crinados, allá entre las complicaciones de sus enormes lienzos y de sus marcos de arte prolijo y amanerado. Al Zarco le parece un sueño tanto oro, tanta policromía, tantísimosh ornatos y relieves. ¿Quién haría todo eso? Plateros, carpinteros o lo que fuese, eran unos calientes206 estos artesanos de La Villa.
a pun ta b “Gaceta Oficial” c “El Pueblo” d bra zo e os cura f gran des g tododo h tántísimos
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla No engañaba al Zarco su instinto artístico: el interior de aquella iglesia era un documentoa arqueológico de lo más precioso. Todo el carácter, todo el misterio, toda la filosofía del arte cristiano-hispánico, campeaba allí, en conjunto y en detalle, con la estabilidad de sus dorados, el simbolismo de sus pinturas y la solidez de sus construcciones. Era aquello un lujoso complemento al blasón con que ilustrara la madre patria a su leal e hidalga Villa de la Candelaria.
Pero aquí nos aterran las antiguallas: nuestro presente nos lo explicamos sin el pasado; nuestra historia no nosb importa; aquí no vienen a mandarnos los muertos; lo modernísimo es nuestro lema, y... santas pascuas.
Todo aquel vejestorio, que se conservaba como abuela millonaria,c lo modernizamos, y que aquello es. Por fuera, nos quedó lo mismo que una trilladora de café, símbolo de nuestro progreso regional. La cal niveladora e igualitaria borród los pintorrajos interiores de los muros; el tabernáculo, con todos sus camarines, columnas y cornisones, lo vendimos como leña.207 En su reemplazo,e pusimos un altarico moderado, allá de un gótico no muy genuino, ciertamente; pero muy en boga en la ciudad modernizante. Verdadera obra de carpintería, no la desvirtuamos con pinturas ni dorados. ¿Cómo cubrir aquel camino precioso, aquel indioviejo peregrino, aquel pulimento de luna veneciana?
Jorge y Santiago fueron a templar a los zarzos del monasterio con todo y sus caballos, su dragón y su morisma. La Virgen española,208 que solo una vez, por conflictos gravísimos de guerra, la sacaran del camarín para llevarla en procesión, fue confinada al convento del Poblado; sus adláteres, dispersos en cortijos y caseríos. Eufrasia y Eufrosina,209 ¿dónde os escondieron? ¿A qué rincón te relegaron, Teresa de Jesús? ¿Y vosotros, Simón y Albertof y Juan de la Cruz, héroes gloriosísimos del Carmelo, existís todavía? Y luego mal decimos de Mosquera,210 que apenas echó afuera religiosas, sin desterrar ninguna.
El gentío no cabe en la iglesia. La misa principia. El Zarco, al oír el invisible coro, acaba de perder la devoción. Hasta en pecado se siente, porque, debiendo ser ese cántico cosa del cielo, se le hace feo y destemplado. Como eran tan santicas y comían tan poco, no tenían ni alientos las monjitas de la Virgen. La comunión es larga y complicada,g por las apreturas. Terminadah la misa van a sus diligencias carmelitanas. En la portería se encanta el chico con el torno, y en el locutorio se ingenia para columbrar algo interior. Repara que la luz baja de la estrellada cancela es un tanto ancha, y pegando la cabeza al suelo alcanza a ver, en primer término, unos piececitosi con alpargates; más distante, unas figuras, muy diversas a la de Santa Bárbara, la de Tambogrande; y, al confín, unas que cosen escapularios. Madre Rumalda, que le nota la maniobra, lo excomulga. ¡Bonito comienzo de Hermandad! Ella regañando, el niño con el escapulario vestido y mano Higinio con el lío de los hábitos y la nueva patente, toman el portante, no sin que la vieja haya vuelto a subirse la luenga faldamenta. Van transidos de hambre, porque son las diez. a docu mento b no nos , c mi llonaria, d bo rró e reempla zo f Al berto g com plicada h Ter minada i piecesitos
El Zarco ¡Qué día! Después de los afanes del alma viene la consecución de los arreos para Juan de la Rosa. Mana Rumalda entra en consejo con la patrona, su hija y su nuera; y para ese “Zarco tan cuadrado”211 todas colaboran con buena voluntad. Llaman a Dolores Restrepo, famosa demandadera comercial; trae muestras; se eligen telas y sombrero; se busca a Gigantico, un sastrecillo casi pigmeo, para que haga el vestido cuanto antes. Castor lleva al chico a la barbería de Pimienta —última expresión de costo y moda— para que le urbanice la greña de arcángel. Conseguido todo, tornan los viejos al Carmen y luego salen por ahí a la “conocencia”. Teme ella que Higinio no se acuerde bien y “se entotume”212 y se pierdan en el “laberinto”. A la admiración que le producen casas e iglesias, gentío y movimiento, comercio y atareos, lujo y modas, se une cierto espíritu de escándalo. ¡Qué indevoción y qué desenvoltura de estas villanas! Salir a la calle con ese pañolón, cogido en los brazos para mostrar todo el cuerpo por delante, siempre era mucha frescura. La moda consabida, que apenas llevan en Tambogrande, y de tamaño moderado, la Ñata Miranda y las Arias, se le hace en La Villa algo como una peste de inmoralidad y ridiculez. Mucha razón tenía el señor cura. Y tantos como había en La Villa, ¿cómo permitían esas indecencias? Alcanza a ver dos de las pocas avanzadas de entonces, y ¡qué horror! Botarse a la calle sin pañolón, sin una pañoleta tan siquiera y con sombrero como si fueran a montar. ¡Virgen Santa! Estaban tentadas del enemigo malo. ¿Cómo las dejaban sus madres salir así, como unas vagamundas escueliantas? Esas madres de arracacha le tenían que dar a Dios una cuenta muy enredada. Los ardores de la canícula le aguan también el gusto: el pañuelo de colorines, colgado del chumbe, no le da abasto para enjugarse los sudores; los merinos pontificales la sofocan; el surullo del alzado es como cinturón de cuero; y aquellas bayetas, de aldeana tierrafría, que no ha tenido la precaución de sustituir por algo más ligero, la sancochaban213 las piernas “que ni vaho de yerbas calientes”. Apenas vuelve al hotel, compra cañafístula; la macera en una olla, con raspadura de panela; chorrea de aquello a dos totumas; y marido y mujer, se entregan a las delicias de la toma. Si no, los “agarra el tabardillo214 furioso, y en La Villa quedan los botijambres215 de viejos”. Hasta Juan de la Rosa arriesgaba. Y ¿por dónde andaría a tales horas? Bien recomendado se lo había dejado a doña Fernandita; pero ñor don Joaquín era tan raro, que lo había empuntado a la calle, con el negrito. ¡Sabría Dios dónde estarían con ese resistero! Siquiera había dejado el carriel y la bufanda. Pero el vestido nuevo ya lo tendría hecho un cochambre. ¡Cómo quedaba de lindo bien mudado! Y eso que más bien lo habían dañado con la trasquilada de los crespos. ¡Valiente ociosidad! Doña Fernandita, sus hijos y nietos y, más que todos, ñor don Joaquín, estaban encantados con él. Bien lo había pensado ella: en el almuerzo, se había sentado en la mesa, lo más puesto en razón,a a jalar216 tenedor, con todos los blancos. Si eso era visto: esa criatura ni montañero parecía. Mucho muchachito había visto en La Villa; pero ninguno tan a razon
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla lindo como su Zarco. ¿Vivirían aquí sus taitas? Lo sabría Dios. ¡Pobrecita madre! ¡Cómo estuviera con ese hijo!
En tales momentos se halla el Zarco en el río; acaba de bañarse, él solito, en escondido recodo, y se admira de que no caiga centella, al divisar las taifas de chiquillos chapoteando juntos y en pelota.
Al salir a la excursión le ha dicho al negro, muy definitivo y formal: —Bueno, hombre Castor: como yo estoy comulgao y soy hermano de la Virgen del Carmen y tengo que volver a comulgar el sábado y el domingo, no dice delante de yo dichos ni ajos ni cuenta cosas malas. Yo le doy tres cuartillos para que no diga ni cuente. Más bien me enseña canciones, si sabe. —Bueno, niño: entonces le doy gusto; pero, eso sí, los tres cuartillos no los compramos en cosas pa juntos: son pa lleváselos a mi mama. —¿Cómo no? Son de vusté solo. Tómelos de una vez (saca la chuspa casimirina y le da dos monedillas).
—Muchísimas gracias, niño. ¡Ah bueno pa vusté que tiene tanta plata! ¿Por qué no me ajusta el rialito?
El Zarco conviene y el negrillo agrega:
—Pero siempre compra pa juntos el rial de dulces, que dijo anoche. —¿Cómo no? Lo dicho, dicho.
—Pues, entonces, nos subimos, primero, por San Francisco; y en la pulpería de ña Justa Tapias, compramos un medio de cosas: nos dan dos roscas de pan de queso del salado y dos pencas de panelas de leche, que no le digo niño: son casi de un jeme217 de anchas y de dos dedos de gruesas. Ña Justa nos encima plátano nuevo. El otro medio lo compramos onde las señoras Escobares; nos dan tres ariquipes y tres güevitos de azúcar, que vusté no ha comido. Y allá verá que siempre nos enciman algo. En las andanzas, el paniaguado cicerone le enseña “La corina” y “El mirto”, canciones muy en moda, fuera de que el oído músico del montañero ha cogido trozos de “La castañera”, que silban y cantan los granujas de la calle; y eso que en aquel entonces no existía el silbante y regocijado gremio de limpiabotas. Ha conocido, además, varios de los personajes célebres de aquella época, en que no había asilo ni manicomios: a Ceguerita, el divertido, que decía cosas; a Manito, el espantable, que comía carne cruda; a Caifás, que hedía a todas las fetideces; a La Marota, salvaje y harapienta; a Encarnación, la sonreída, cubierta de flores como Ofelia; a la Loca Dolores, la más popular en la ciudad y gran barrendera y desherbadora, le coge, con todo y letra, sus retahilas cantadas y personalísimas, que dieron motivo a una polka muy socorrida. Ya se le oía al Zarco aquello de:
“Cómo vamos contándole comadre, cómo vamos con mi amo Juvenal, cómo vamos con las monjas del convento.
El Zarco Allá viene el doctor Berrío, viene figurando mucho, ah demonio de patimorao, ah demonio de caranguiento, ah demonio de arrancapapas, que vino de Santa Rosa a tirársela de gallo”.
Esa noche hay en el hotel gran velada: Castor ha conseguido vihuela, y el Zarco rasga y canta, con esas manos y esa voz de ángel, alternando con el caramillo. La función se ha iniciado, allá en un corredor del segundo patio, ante auditorio de escalera abajo; mas aquello trasciende; y el campechano de don Joaquín hace salir al virtuoso al patio principal. Hijos, nietos; y hasta señores de la tertulia se reúnen; y vieras al Zarco en ovaciones, muy cargado de mesas; vieras la señá Rumalda y a ma Higinio en sus glorias desde la puerta de su cuarto. Más que las habilidades del campesino, llama la atención de las señoras esa figura, esos pies y esas manos. El mismo Restituto admira.
Está tan complaciente, que toda idea se la apoya a sus compadresa suegros. Los dos no están acordes en un punto teológico social. Quéjase el viejo de que el pañuelo le calienta la cabeza, en esa iglesia tan repleta, y dice que debe quitárselo: alega la vieja que no haga tal, porque si se lo quita les muestra la medida a estos burlones de La Villa, y quién sabía lo que dirían.
—Qué han de decir, comadre —repone el yerno muy definitivo—. Dirán que es muy religioso o que padece dolor de cabeza. Quítese el pañuelo, compadre, si le sofoca. Mejor que lo vean con la medida. ¿No hay por ai niños y mujeres con hábitos de santos? —Asina mesmo es, compadre —conviene la señá Rumalda.
De ahí adelante luce en el templo su blanca cinta sobre la frente patriarcal. El yerno se ufana con su triunfo. Como nada ha podido arreglar, con estos ricachones, que todo lo querían de balde,218 tendría que demorarse hasta la semana siguiente. Mejor: así acompañaba a sus compadres en toda la correría.b El viernes se despampana la montañera con el grandioso espectáculo. Ya había celebrado el mercado diario; más no había llegado a imaginarse el del viernes. Le ha visto formarse, desde el amanecer, y cómo entran y salen las bestias, las gentes cargadoras, y cómo va creciendo aquellac colmena y ordenándose en hileras paralelas de norte a sur.
Lo que hoy es Plaza de Berrío219 se colmaba hasta los bordes de las cuatro aceras; y todo ventero acudía a ese local donde no se cobraba impuestos; y como no había aduanillas ni cosa parecida, el tráfago matinal de bestias y trajinantes obstruía las calles convergentes, sobre todo las de Bolívar220 y Colombia;221 esta por el lado occidental, aquella por el del norte.
a com padres b corre ría c a quella
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla A las ocho, de retorno del Carmen, se ingieren los viejos, el yerno y el rapaz en el hormiguero mercadante. ¡Virgen Santa! ¿Cuántos estómagos se necesitabana para tragarse toda aquella comida? ¿Cuántas gallinas parac recoger tantísimos huevos? Lo que más le maravilla son los puestos de escobas, esteras, útiles y trastos de cocina, que nunca imaginara en venta. Busca los similares a la suya de su pueblo. Son incontables y en grande. Surtidos hasta de comestiblesd para ella desconocidos; pero solo ve hojaldrase en un puesto y ni señas de carisecas ni achiras cocidas. Bien decía ella: la gente de La Villa era hasta rara de puro rica. “¿Dóndef se había visto venta de comidas, sin estas dos madejas?”.
En medio de sus temores de que le roben, en aquel avispero alborotado, se resuelve a pedir un medio de “panecitos de Rionegro”; y le llenan el pañuelo porque le dan veinticinco por esa suma.
El Zarco siente vértigo ante los puestos de muñecos, animales y cosas de azúcar; ante los tendidos de chécheres, por él no soñados; ante las pilas de cocos y de nísperos, de corozos grandes y de algarrobas, de ciruelas y de anoncillos. ¡Quién pudiera comprar de todo! ¡Qué ansiedad! Pregunta, indaga, hace cálculos. No aguanta más ganas. Aunque se le acabe la plata y lo regañe mana Rumalda. ¡Qué demontres! Viene, primero, cuartillog de ciruelas y cuartillo de algarrobas; luego un molde de azúcar, una cara de león, con pintorrajos de higo chumbo y azafrán rubí, que vale un medio. En seguida, otro medio, en un librito de oír misa. ¿Pero cuál escogería? ¿El de pasta verde, azul o roja? ¡Qué dicha poder comprar de todos tres! Ya casi sabía leer en letra de libro, y lo llevaría a misa y rezaría con harta devoción, como don Avelino, el maestro, lo mismo que un viejito, muy devoto y principal, que había visto en El Carmen, chiquito él y con sombrero de tarro, bordón y espejuelos redondos; o lo mismo que ese otro señor don Víctor, también de tarro, que rezaba en su libro, andando, muy derecho, por la calle. Por fin, en aquella oscilante candidatura, triunfa el rojo. ¡Qué fenómeno! Viene, por último, otra escogencia, másh terrible todavía: se trata de uno de esos santicos a la aguada, con su vidrio, su borde de papel y su forro de baraja, tamaños como un escapulario y fabricados en la tierruca, que se vendían a cinco reales la docena surtida y a medio real uno solo. Después de muchas vacilaciones, se decide por un mamarrachito de palma, alba y bonete, que dizque es san Juan Nepomuceno.222 Las compras devotas aplacan las severidades de mana Rumalda; y, ¡oh,i ventura y resarcimiento!: cuando llegan al hotel, topan a don Joaquín en el zaguán, recostado en su sillón y con una mochila de reales, medios y cuartillos, para repartirj a la chiquillería propia y ajena y a pedigüeños de todo linaje. —Tomá, Juan de la Rosa, pa que comprés tus viernes (dándole dos reales);k harto los has ganado con tus músicas y tus cantos. Ya sabés: el domingo, en la noche, te voy a llevar al coliseo, pa que oigás cantar a la Luque y tengás quél contar en tu pueblo. —¿La que canta “La castañera”, ñor don Joaquín?
a nece sitaban b aque lla c pa ra d comes tibles e hojalddras f ¿“Dónde g cuar tillo h mas i y ¡oh j repar tir k viernes, (dándole dos reales); l que
El Zarco —La misma.
¡Quéa trastorno y qué agradecimientos con la dádiva y la promesa! Todos eran favores de la Carmela con su nuevo cofrade.b ¡Cómo era de bueno y de querido ñor don Joaquín! ¡Hasta santo sería!
Si no para canonizarlo, era un viejo patriarcal e hidalgo, creyente y fervoroso, enemigo de mentiras y vanidades, y tan caritativo, que en su hotel había pan y atenciones para todo necesitado. Allí acudía, a diario, lo mismo la horda de pordioseros y vergonzantes que la de parásitos y pechugones. Aunquec tuvo dinero, no le tentaron ni la codicia ni la soberbia.
Señá Rumalda, temiendo siempre al tabardillo canicular y a las comidas desusadas y tardías, sigue entregada a las frescuras de la cañafístula y del claro, con aditamentos de agua de apio; ha tramado a doña Fernandita y a la cocinera para que le sirvan cosas irritantesd y como se siente incapaz de hacer ella misma las compras, en este piso que arde y ante esos villanos tan ladinos y lambidos, ha recomendado, después de muchas consultas, a Dolores Restrepo para que le vaya consiguiendo los embustes que ha de llevarles a las siete hijas, a las dos nueras y a las cinco docenas y media de nietos; es decir: a medio Volcanes y a medio Tambogrande. Va a costarles un dineral, el valor de muchas vacas; pero ma Higinio, que se ha acogido a la teoría del aguasal de huevo perdido, no está ahora para cicaterías y ha dado la orden terminante. ¿Sería también efecto de la medida y obra de la Carmela? ¡Pobre su viejo! Tan formalete y tan decente, lo mismo en su pueblo que de forástico.223 ¡Y cómo estaba de contentico en el viaje y cuántoe era el despejo de su cabeza!: ni siquiera una vez tan solo le había amagado la “cobardía insulsa”.
Entre los dos, ayudados por el compadre Restituto, pretenden hacer la cuenta, para el efecto de los embustes, de cuántos son los hijos de los unos y cuántos los de los otros, y cuáles varones y cuáles hembras; pero como ninguno de los tres está bien cierto de los retoños volcaneros, todo tendría que ser al cálculo y a la buena de Dios. Llega aquel 16 de julio tan esperado. Desde las cuatro está el Zarco como un grano de oro, con todas las majezas ciudadanas. Soñada y de balletilla, a cuadros verdes y sonrosados, es la obra de Gigantico: “Calzones coge puerco”,224 tal y como los llevan ahora los mocitos elegantes, y blusa de almilla, plegadof y cinturón, con enormes botones medio militares. El marinerog merece capítulo aparte. Tiene la forma del actual canotié; es de hule carmelito, con pespunte en el ribete; luce cintajo sangre de toro, de colas, con áncoras de cobre, en las puntas y al frente. “Estas cosas que relumbran”, y los botones tienen al dueño desvanecido, con ser que el diablo no tiene por donde arrimársele: lleva adentro el rosario consabido, la medalla milagrosa y la efigie de san Juan Nepomuceno, amén del librito rojo; viste,h por fuera, con santa ufanía, el flamante escapulario de su hermandad.
Mucho madrugan los tambograndeños; pero en este día de piadosas afluencias, les han ganado de mano. No parece, sino que toda la turba campesina del mercado a !Qué b co frade c Aun que d irritan tes e cuanto f ple gado g ma rinero h vis te
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla haya dormido en la ciudad. Invadida está la plazoleta del monasterio, invadidas la cuadra y las calles adyacentes. Abren la iglesia y la colma el oleaje. Los viejos, que no han podido juntarse, como en su pueblo, en esta iglesia extraña, sufren, en esta vez, una completa separación: ma Higinio no ha logradoa colarse, y espera turno arrimado a la pared.
Tandas y más tandas de comulgantes. Rebullicios, apretones, atropellos. Los sacerdotes mandan, suplican que vayan saliendob los despachados; pero no es tan fácil que la piedad campesina ceda su campo, conquistado a fuerza de codazos, de astucia y que no podrá recuperar. A mana Rumalda la tienen entre un brete. Si suda a tales horas, ¿cuál no sería luego? Mas, lo que era ella, no se salía sin la misa, aunque rezongaran los curas, aunque la destriparan. Atisba y alcanza a ver al Zarco, por allá, medio aplastado contra el costado de un altar; pero de Higinio ni barruntos. Al comulgar, cambia de puesto; pero no mejora. ¡Qué angustia! ¿Irían su viejo y su Zarco, a quedarse sin comunión?
El tabernáculo es un pensil225 del cielo, entre incendios de ocaso. Toda la flora monjil, de papelorio, le cubre desde arriba en ramos hiperbólicos, de albas rosas y de azucenas virginales, entre mieses de oro y follajes de argento. El maíz y el trigo, almacigados en oscuras humedades, se acumulan por dondequiera, dando la nota dulce de lo endeble, el tono delicado de lo amarillo y el emblema de la vida y de la gracia. Pirámides de frutas ofrecen a la Virgen del Monte Carmelo sus tintes inimitables, su hermosura y su perfume.
La señá Rumalda se calma: al fin ve que ma Higinio y el Zarco arriman al comulgatorio. Mas no puede tener los fervores que ansía, porque aquellos ramos claustrales se le han metidoc entre ceja y ceja; si eran conseguibles, tendría de comprar un par, para la Carmela, costaran lo que costasen. Ya veía el retablo, entre aquellas bellezas. ¿Taparía los santos laterales? No: tal vez sería pecado. Tampoco el Zarco puede enfervorizarse en esta comunión suprema: la boca se le vuelve agua con aquellas granadas de coronas y aquellos icacos que parecen mejilla de muñeca.d Tanto lo distraen que se ha olvidado de los caballos blancos, del arcángel chirimero226 y de sacar el devocionario.
Principia aquella misa de revestidos, con toda la pompa y el ceremonial que el caso exige. Exáltase el fervor con la liturgia, y la multitud, más sencilla y creyente que ahora, se estremece con los escalofríos de la piedad. Sube a la cátedra el padre Gómez Ángel,227 y está en vena. Con su voz sonora y grave, con la unción de su temperamento y la dialéctica de su sabiduría, expone las glorias de esta Hermandad ecuménica, fundadae por la Virgen misma y que unef las almas de la tierra, del purgatorio y del cielo con vínculo de gracias y mercedes infinitas. Enumera luego las indulgencias y privilegios que la Iglesia ha concedido a los Hermanos carmelitas y las promesas que La Virgen les ha dado de velar por ellos en vida y en muerte, en el tiempo y en la eternidad.
a lo grado b sa liendo c me tido d muñeca, e fun dada f úne
El Zarco Ma Higinio llora como el profeta Jeremías.228 En verdad que, con su cara compungida, su medida trasudada, su barba luenga e hirsuta, los brazos cruzados, el santo amuleto sobre la tosca ruana, ofrece un aire bíblico, allá medio apostólico. Harto diverso, el Zarco: jamás ha oído predicar de esta manera, y abre los ojos y abre la boca y se enerva y se sumerge, como en un arrobo de ensueños y lontananzas. ¡Ay, Dios! Cuando él fuera grande, iba a predicar así, aunque no fuera cura. ¿No predicarían también los señores? ¿Quién podría decírselo? Tal vez Castor, porque así tan negrito, sabía tanto como Patimocho, si no más que él.
Desfallecidos, sofocados, vuelven a la posada, para almorzar a la carrera y a tornar al Carmen, a coger puesto: si no perderíana las demás funciones. Juan de la Rosa espera con ansia la magna procesión. ¡Cómo sería de linda, en la calle, la Carmela grande, con todos sus santos! ¡Hasta una docena de hombres se necesitaría para cargarla! Desde que entra ve otra Virgen, arreglada en andas, sin más compañía que el Niño Dios. Supone que sería alguna de otra iglesia, que la habrían llevado a visitar a la grande. ¡Qué desengaño cuando se persuade de que es aquella la que van a sacar en procesión!,b y, ¡oh, conciencia rebelde y perturbable!, ni aún bonita le parece.
Al día siguiente, las mismas carreras, las mismas apreturas, con la “fiesta de los hermanos”. La casa del capellán, frontera al monasterio, es una Babel, con la venta de escapularios, pago de jornales, y nuevos asientos. Vendedoras de dulces, frutas y bebidas frescas, se instalan en esquinas y andenes; vecinos de todo linaje y catadura, viejos de bordón, ancianas valetudinarias, gentes de los campos y de poblaciones distantes, hormiguean por esas inmediaciones, ostentando el escapulario cual talismán inefable para eternos bienes. Abierta está la portería del monasterio; varias fámulas reparten humeantes tazas; las hileras de peregrinos saborean, en las aceras, la rica y sustaciosa sopa,c que para regalar a sus hermanitos pobres y forasteros, preparan las religiosas en ocasión tan solemne. ¡Ay, qué dicha probar de ese ajiaco, preparado por las monjitas y que huele a cominos de la Gloria! ¡Si le dieran, siquiera, una de esas arepas, blancas y esponjadas, molidas por las santicas! Y el Zarco husmea y pide con los ojos y le dan su ración. Tan majo y todo, se sienta en la ringlera de los humildes de traje remendado, y paladea despacio y siente que también gana indulgencias con esos regalos, mientras el viento arremolina las colas rojizas de su sombrero.d ¡Qué velada la de aquel domingo de las excelencias! Desde temprano está en un palco con don Joaquín y sus nietos. Aquel como patio redondo, con triple fila de balconada, alumbrado con candilejas en cada poste y desde el cual divisa el cielo estrellado, le va enajenando sentidos y potencias. Por instrucciones de Castor, sabe que detrás de aquel trapo, “con viejos y cosas pintadas”, se esconden los misterios de la comedia y las maravillas de la Luque. ¿Cuándo y cómo quitarían aquel trapo? ¡Cuánta sería la belleza de esa Luque que mentaban tanto en ese bunde de “La castañera”, que todos querían cantar! ¿Pues, y ese letrerón, tan patente de más arriba a per derían b precesión, c so pa d som brero
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla del trapo? Desde que llegaron intenta descifrarlo. Nada pregunta, por no divulgar su ignorancia; mas cátame que una de las niñas lee en alta voz: “Aquí del vicio con la ajena afrenta el ánimo del joven escarmienta”.
¿Qué querría decir eso? Eso, con “vicio” y con “afrenta”, ¿no sería cosa mala y afrentosa? Tenía, más bien, como dichos malucos.
Señores de tarro, levita larga y cadena de reloj, van entrando y se van acomodando en el pollo que circunda el patio. Los más tardíos se sientan, como pueden, en el cerco de la gallera, que campea en la mitad y donde cunde el zumbambico, bravo y sutilísimo. La rueda se llena con los espectadores arracimados; adentro y afuera de aquellos dominios permanecen de pie los últimos que llegan. Bullente y de bote en bote está el gallinero y repletas las dos filas de más abajo. Cosa más rara que el balcón más alto no fuera para el señorío principal. Y el Zarco se embelesa ante las ringleras de engalanadas beldades. Están quietecitasa y formales, como discípulas en certámenes. ¡Qué lujo! Las más elegantes y requintadas deslumbran con el traje ampuloso de linón blanco y con el corselete cotilludo, de seda vistosa, que les hace la cintura de avispa. Lucen una cinta, con lazo asentado y simétrico en la propia carrera de un peinado a conciencia, y a un lado del trabe posterior un chorrillo de cuentas deslumbrantes, que les acaricia el cuello, como la borla de un hada protectora. Nada de carnes destapadas; la forma se esconde en el misterio, como toda divinidad.
A no estar tan instruido por Castor, se pasmara el chicuelo con esos anteojos que sacan los cachacos229 para ver a sus novias de cerquita. ¡Ah, bueno para saber cuáles eran los que se iban a casar! ¡Estos sí eran novios! No como esos montunosb de Tambogrande. Y ¡oh, sorpresas las de aquella noche! En una fila, de las más galanas, ve, con orgullo, a su paisana la Ñata Miranda. Si no la conociera tanto, ni la hubiera distinguido: tal está de compuesta y de bonita. Tambiénc reconoce en el patio, y muy majo, por cierto, a don Luciano Campomanes, el director de la iglesia de su pueblo. Con él (Juan de la Rosa Mira), eran tres. Siempre era mucha representación y sumamente bien presentada.
El piano, un bajo y un clarinete preludian; una campanilla repica, a poco; y al Zarco sin saber cómo se pierde el trapo,d se le aparece la cosa. Es una sala muy linda, con un viejo y una niña. “La Paquita”,e exclama don Joaquín. Al Zarco se le dilatan esas pupilas de color indefinible. ¿Sería esa la Luque? Mas oye: “Bello país debe ser el de América, papá”.230 a quie tecitas b mon tunos c Tam bién d tra po e “La Paquita” —exclama
El Zarco Y un espíritu, una influencia, un espanto delicioso se va apoderando del mocozuelo campesino.a A medida que oye que entran en escena los personajes, la carne se le pone de gallina y algo como lágrimas le ruedan por las pestañas. ¿Qué siente? No lo define. Pero se le figura, por momentos, que esos relatos tan preciosos y que echan tan bien esos señores y esa Luque, se parecen en algo al relato suyo de don Alonso de Lugo:231 como en él las palabras casaban unas con otras; él era capaz de echarlo así, con esa pronuncia, que era como de prédica o de canto. Si él pudiera aprender siquiera un pedacito de esas décimas tan largas y bien empatadas. ¡Qué dicha la de las gentes que sabían!
Al bajar el telón está hecho un estafermo. Su emoción crece por grados en el curso de la obra. Llora a una con “Lola” y con “Don Diego”, sus respectivasb desventuras; pero lo que más le encanta es el cuento del “Negro Juan” y la rabia tan bonita del “Marqués de Montero”. Don Joaquín y los nietos se divierten con las caras y los llantos del campesino. No sabe por qué; pero él, tan sentido y puntilloso, no se corre con estas burlas. “Ahora te consolás, hombre, con ‘La castañera’ —le dice don Joaquín—. Poné oreja a ver si cogés algo”.
En efecto, esa Luque, con “mi moño y mi media calada”, cantando ese bunde “con tantos cismas y movención”; y ese franchute, tan bobo y tan gallina, con su organillo y sus tonadas, se le hacen novedades muy divertidas e interesantes. Mas, como ya ha oído algo por ahí, y como ha tratado de ponerlo en el caramillo, no le parecec eso tan inaccesible ni tan extraño como los relatos que jamás soñara. En su sentir, no le supera lo cantado. En balde ve el público enloquecido; pero él, tan cantorcillo y tañedor, se atiene a lo hablado.
Vienen al siguiente día las Cuarenta Horas, menos tumultuosas que las fiestas precedentes y los viejos no pierden ni registros. Al amanecer del miércoles sufren el pánico hórrido: ven la guerra encima, a los curasd escondidos y a Mosquera volviendo a echar las monjitas de su convento. Son los cañonazos del veinte de julio. Esa tarde vuelve el peón con las bestias, y Restituto propone a su suegra las aprovechen, el jueves, para dar una vuelta por San Blas, Envigado, Itagüí, Belén y Aná;232 pero ella está más para la cama que para andanzas; y si no descansa un día siquiera, no podrá tomar camino el viernes. ¿No a qué más pueblos después de conocer La Villa? Cumplida está su misión: ha visto tantas cosas, ha conocido al doctor Berrío, ha visitado las siete iglesias y los dos cementerios, ha hecho las tres peticiones y ha ganado tantas indulgencias, que ya no le queda más por hacer, en terminando las Cuarenta Horas,e que volver al Carmen a despedirse de la Virgen y a darle gracias por tantos beneficios.
En su fe, da todo por alcanzado: la salud vitalicia del marido y la suya propia, la convivencia con el Zarco hasta que mueran, la conversión de los Caliches, la enmienda de las pactadas. Ya ve y palpa tales mercedes por la mejora de Higinio y por el manijo de su compadre Restituto. ¡Qué hombre tan querendón y servicial! a cam pesino b res pectivas c pa rece d cu ras e Ho ras
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Arrepentida está de haber echado juicios temerarios contra él; y de tamaña falta se ha acusado en su última reconciliación. Verdad que no se había hecho hermano del Carmen, aunque Higinio se lo hubiera aconsejado aquí en La Villa; pero era lo que decía su compadre: hombre con tantas obligaciones y de vida tan andariega no podría cumplir con la hermandad debidamente; pero cualquier día lo tocaría la Carmela con su mantoa y lo haría su hermanito. De ello estaba segura. El pobre había perdido su viaje a La Villa, con las angurrias de estos ricos tan ventajosos; había gastado un montón de plata, en posada y manutención, nada más que por acompañarlos y servirles a ella y a Higinio. Apenas volvieran al pueblo iba a darle “un buen remojo”.233 Por lo menos un mazo de tabaco, bien doblado y con aliño de altamisa y salvielugo,234 en un pañuelo bien fino, de a peseta o cinco medios. El Zarco enb este último día de las Cuarenta Horas se ha manejado, al decir de madre Rumalda, “como clérigo mulato”. A ser posible, hubiera perdido las indulgencias, con la deserción de las funciones finales. ¡Valiente muchacho tan canónigo y endiablado! Ni la Carmela grande; ni las comuniones ni la hermandad lo metían en cintura. Y para eso que Higinio no solo le dispensaba todas sus picardías, sino que hasta gracia le parecían. Ahí estaba “muy zarazo” y ese enemigo maloc sin parecer, ni siquiera a buscar la comida. Ya le había agarrado confianza a La Villa y se había largado sin el negro; y ¿quién sabía lo que le habría sucedido? Son las seis y el Zarco no parece.
¡Las terriblezas que pasan por la cabeza de la vieja montañera! A veces lo ve despojado de las galas; a veces, ahogado en el río; y hasta se le figurad que esos padres fatídicos, que podían surgir en cualquier parte, habían alzado con el chicuelo. Sale hasta la esquina desolada. Ni las seguridades de mano Higinio, ni las burlas de don Joaquín logran calmarla. Apenas llegue su compadre, se irá a buscarlo con él. Como hace poco ha pasado la “Guerra grande”,235 está muy en boga la paz y en carne viva el patriotismo. Así es que la fecha inicial de nuestra independencia se celebra con júbilo y gala, que es una gloria.
Mira: Tedeum, cantado por la San Pedro, en la Iglesia Mayor, con comunidades escolares y uniformadas; lauros y banderas por balcones y ventanas; retratos de próceres por las paredes; en las casas donde nacieron Zea y Girardot,236 muchos trapos, ramajes y trofeos; en el frente de la de doña Mercedese Córdoba de Jaramillo de Andrade, hermana del prócer romancesco,f se exhiben los cuadros quiteños de Pichincha y de Ayacucho;237 el sombrero, que presenciara tan homéricas batallas se enarbola en casa de las señoras Quijanos, primas del héroe. Músicas marciales y cabalgatas del cogollo recorren las calles al estallido de los cohetes; la chusma dispara petardos y triquitraques; gasta el pueblo el traje dominguero; y en los miradores céntricos se agolpa el señorío, de veinticinco alfileres. Racha huracanada de elocuencia, henchida de Torres y de Zea, de Restrepo y de Nariño,238 agita La Villa de confín a confín; se busca la tribuna clásica del que a man to b El Zarco ,en c enemigo-malo d fi gura e Mer cedes f ro mancesco
El Zarco fuera Colegio de San Ildefonso;239 se le trae, en triunfo, al son de La Garibaldina, y se le planta, frente a la Gobernación, cabe las repletas balconadas contiguas. Rodéala el grupo tribunicio, y unos tras otros suben José María Hernández, Camilo Antonio Echeverri, Federico Jaramillo Córdoba,240 el fulano de tal y el zutano de cual. ¿Discursos a la plebe sobre guerras y heroísmos? ¿Cuándo tuvo ella mejores fruiciones? En aquella época ignara, en que no se enseñaba historia ni en escuelas ni en colegios, en que la obra de José Manuel Restrepo y las memorias de López y las de Posada241 eran privilegio de unos cuantos, fue verdadera cátedra docente, para niños y adultos, para nobles y plebeyos, la anual tribuna del 20 de julio. De aquí, más que de todo el significado y trascendencia de tales fiestas en aquellos tiempos venturosos. El Zarco, después de verlo y repasarlo todo, se ha escurrido, a la salida del trisagio, por entre el hervidero crepitante de oyentes; y héteme realizado su ensueño; la prédica sin ser cura. Entre esto y lo del coliseo, ¿con cuál se queda? Imposible decidirlo. Esas voces, esas palabras, por él nunca oídas, esas cadencias onduladas, aquellos ardientes ditirambos, aquellos nombres y aquellas hazañas, de que no tiene ni mínima noticia, le arroban, en delicias confusas y enredadas; así y todo, bien se le alcanza que “ese Simón Bolívar fue el más guapo y el más caliente de todos los guerriadores”. En las leyendas de caballería de nuestro pueblo montañero, es el Patojo, el famoso Patojo, el que triunfa de todos sus enemigos, el que mata el gigante y la serpiente, el que desencanta a la princesa y el que se casa con ella. Pues bien: Bolívar es para el Zarco algo así como un Patojo. Y ¡cómo sería de preciosa y de rica la princesa con quien se había casado ese hombre! Él, Juan de la Rosa Mira, tenía que predicar, cuando fuera grande, así como ese señor tuerto, que era el más baquiano y el que decía más bonito.
Con su encantamiento, ¿qué se iba a acordar de sus taitas, de comida ni de nada? Por la huida,a por la traición a la Virgen, por todo lo que había acabado, en tal vagamundería,b el vestido y el sombrero de renovación, lo condena madre Rumalda a no salir del hotel hasta el siguiente día. ¡Qué crueldades las de madre! Él que iba a ver aquel velerío que estaban poniendo en todas las casas; él, que estaba convenido con Castor para ir al colegio del Estado242 a oír las prédicas que allí iban a echar colegiantes y señores grandes... ¡Qué malas las suyas! Adula, suplica, promete. Todo en vano. Bregac por atajar el llanto; pero al ver que toda la nietería de los patrones se prepara para ir al Colegio, llora a moco tendido. En su cuita, se le ocurre apelar a ño don Joaquín; y el generoso viejo hace revocar la sentencia y enrola al chico entre los suyos. En el patio del claustro franciscano es la patriótica solemnidad. Bombas con luces, flores, lauros, retratos, tricolor nacional,d asientos, por todas partes. El presidentee del Estado Soberano,243 sus secretarios, el cura de la ciudad, el padre Gómez Ángel,244 el doctor Zuleta, el rector, los dignatarios del colegio y del distrito, en uno como estrado lateral tendido con colchas de damasco. A su frente forma rueda la colegial comunidad, con el uniforme negro de levita, chaleco blanco, a huída b vagamun dería c Bre ga d na cional e Presidente
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla al pecho el escudo circular de plata y cinta de los colores inventados por Miranda. La tribuna Ildefonsina, 245 igual que la casita de Loreto, ha sido trasladada desde la plaza mayor, a ese lugar dilecto que velan los manes de Cicerón y de Demóstenes. Campea el oratorio armatostea en el propio centro, como el eje de la fiesta. La aristocracia, con todos sus nocturnos arrequives246 y sus posturas de alta sociedad, colma, en un dos por tres, aquel círculo de taburetes, que ocupa todo el ámbito. En el segundo piso suda y se aprieta la indecorativa clase media. Las sesenta y cuatro arcadas enmarcan aglomeraciones, cual si aquello fuese museo viviente de antropología. Las estrellas alumbran, a competencia, cual si en las patrias siderales celebrasen también la nuestra. Música. No hay todavía himno nacional,247 pero resuenan La Marsellesa,248 La Garibaldina y La Entrada de Napoleón.249 Todo eso se nos hace patriótico, porque aquí, que a fuer de amplios y comprensivos, somos ciudadanos del Universo Mundo. Pronto retumban las armonías de la elocuencia, senecta, madura, juvenil. La vieja España queda de oro y de azur.
El Zarco, cuyo grupo ha logrado muy buena colocación, no pierde sílaba. Inefable es el embelesamiento de la criatura, mas ya ha definido su destino; su destino preciso, categórico, paladino: de un modo o de otro, por fas o por nefas, aquí o en Constantinopla, va a ser, infectiblemente, colegiante discursiador. Ya se ve en la tribuna,a dando las voces, manoteando, la cara hacia arriba, la cara hacia abajo, volados los ojos relumbrantes, como un sol el escudo del Colegio. ¡Qué dicha! En esa noche no puede dormir. ¡Qué iba a poder! ¡Qué desgracia tener que dejar esta Villa encantadora al día siguiente! ¡Ay! ¡Dejarla cuando apenas le iba cogiendo el golpe; dejar esta tierra donde todos lo querían, donde nadie le decía botado! ¡Qué horrible volver a ese Tambogrande, dondeb no vendían cosas buenas ni bonitas, donde no había pilas con diablos, ni indias matando tigres, ni iglesia del Carmen, ni Luque, ni más prédicas que las bobadas del señor cura; donde oía siempre el insulto terrible! ¡Ay, Dios mío! Si era cierto que él no era nieto de taita Higinio y de madre Rumalda; si, en realidad, era un triste botado, ¿no podrían vivir sus padrecitos en La Villa? ¿No lo recogerían algún día? ¡Si él se hubiera fijado en los señores zarcos y monos que había aquí! ¿Por qué lo botarían? Imposible que fueran tan pobrecitos que no pudieran vestirlo y alimentarlo. Todos, hasta Castor, con ser un negrito, tenían sus padres de verdad; todos, menos él. Y se tapa la cara con las sábanas, porque madre Rumalda puede despertarse y oírlo llorando.
A las nueve del siguiente día, después de las últimas compras en el mercado, y ayudada por la mandadera, arregla ella la pacotilla de los embustes. Está feliz con todo aquello: nueve cortes de regencia y de muselina floreadas, para sus hijas y sus nueras, todos con su papel y su lámina, para pegar dentro de la tapa de los baúles, o en ringleras por las paredes, porque las etiquetas de ropa eran entonces algo más que las postales de ahora.
Pañuelos redondos con encaje, y carrieles de pañete para los nietos mayores; cabezasc encabables de caballos y muñecas de trapo para los medianos; barnizadasd a arma toste a tri buna b don de c Cabezas d Barnizadas
El Zarco vasijillas de barro, tarralíes repulidos, bolitas de pedernal para la menudencia; sendasa mochilas repletas de corozos y colaciones, para repartir entre propios y extraños; ítemb más: la caja de arequipe, con entrañas de brevas y colorida guirnalda de azúcar, para el señor cura; elc corte de pancho historiado, el chumbe magno con remate de madroños y el pañolón de lanilla oscura, “con guarda triste”, para mana Casimira; mulerad del “Reino” para Hilarión el agregado; y pañuelo pectoral para Cipriana, su mujer; y,e por último, el gran embustef para la Carmela: una caja con los consabidos ramos conventuales. La vieja comenta y elogia cada cosa, según la van acomodando. ¡Qué dicha tan grande había en la vida, bendito fuera Dios! Él mediante, el sábadog con la tarde estarían en su casa, bien fresquitos y sosegados.
El Zarco, a todas estas, se recuestah contra un poste, mira hacia Pan de Azúcar,250 como un autómata, allá en la corraleja de doña Mercedes Salazar, mientrasi ma Higinio y Restituto dan el último registro a las cinchas de la montura femenil. A las once da el Zarco, desde Bermejal, el último adiós a esta Villa querida. ¡Ni el moro aquel al dejar a Granada! Madre Rumalda no puede perdonarle aquellas lágrimas, al muy tentado sofístico y novelero; Restituto le hace burla; y ma Higinio se entristece al verlo así.
vi En el cuarto del señor cura:
—Siéntese, con toda formalidad, mana Rumalda —le insta él muy insinuante y cariñoso—. Siéntese que tenemos que contarnos muchas cosas. —Será un ratico no más, mi padre, porque dej’esa casa manga por hombro.251 —Déjese de afanes y cuidados, que las mismas yucas arranca. —Asina será, mi padre.
—No le quede duda. Y antes de que se me olvide, muchas gracias por el traído. Me dio en la vena del gusto, porque ya ni me acordaba a qué sabía el ariquipe. Ayer lo estrené en la comida y está delicioso. Puedaj ser que me dure la semana. —Perdone la poquedá, señor cura: tan solamente por mostrale el cariño y la voluntá.
—Por todo junto, mana Rumalda. El viaje me parece que lo sé de pe a pa: el Zarco me lo contó todo, ayer, cuando vino a traerme el regalo. ¡Cómo vino de dispierto y entendido el demontres de muchacho! ¡Y cómo queda de buen mozo con los avíos que le compraron! Bien divertido me tuvo un buen rato. Me contó la fiesta del Carmen, todo lo que lo quiso don Joaquín, la comedia y todo el veinte de julio: hasta de Bolívark y de la guerra de la Independencia aprendió en La Villa ese zarcucio. Y ¿sabe lo que me dijo? Que se va a vivir allá, porque quiere ser colegial. —¿Todo eso le dijo, mi padre? Y’eso que venía entripao, porque Tadeo y otros perversos de l’escuela, le jalaron la cinta del sombrero, le hicieron burla por a Sendas b Item c El d Mulera e Y, f embus te g sá bado h re cuesta i mien tras j Pue da k Bo lívar
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla el vestido, le dijeron botao y otros dichos y le chiflaron el corcoveo. Bien dice él, mi padre, que aquí le tienen tema.
—Se la tienen, mana Rumalda, y se la tendrán —repone el párroco allá con cierta melancolía—; eso es muy natural: un pobre no puede ver a otro con jíquera,252 y el Zarco aquí, valga la verdad, es como un diamante en la trompa de un marrano. Tenía que encantarse en La Villa, como se encantó.
—Válgame Dios, señor cura: ¡si se vino emperrao, lo mesmo que un chiquito! Hasta injuria m’hizo dar, de velo tan metido a villano y tan juera del tiesto. —No lo culpe, mana Rumalda: ese muchachito, con esa capacidad y esos alcances, no puede ser un triste montañero; esa figura y esas manos no las hizo Dios para destripar terrones. ¡Quén sabe para qué lo tendrá destinado su Divina Majestad! No es de ahora que el Zarco me mantiene preocupado. Es tan buenito y tan dócil y, al mismo tiempo, tan vivaracho y tan ladino, que no se sabe si resultará algún tronera o un hombre de toda cuenta. A ratos pienso que Dios se lo va a llevar antes que se dañe. No hay más que entregárselo a Él y ver cómo lo vamos encaminando por el lado bueno que le dicte. Y sepa y entienda una cosa mana Rumalda: sus padres no lo reclaman ya. Ya era tiempo. O son muertos o no lo pueden sacar a luz ni reconocerlo de ningún modo. Según los misterios que han guardado, eso debe ser algún enredo bien feo, entre gente muy blanca. El hecho de que usted y ma Higinio no tengan la menor sospecha de quiénes sean sus padres, ni dónde han vivido siquiera, da mucho en qué pensar. O ¿sí han sospechado algo, mana Rumalda? A mí no tiene por qué negármelo. —Ni lo negro de l’uña, mi padre. Como en el papel decía que no intentáramos averiguar y que no dijéramos que el niño era ajeno...
—Bueno. No le quitemos a Dios el oficio: Él sabrá qué hace con el Zarco. Y, ahora cuénteme bien qué fueron los daños y novedades que encontraron en la casa. A mí me han contado tantas cosas, y todas tan diferentes, que no sé a qué atenerme. Creo que han exagerado más de lo necesario.
—Por mucho que desageren, señor cura, no dicen ni la mitá. Ya ve: después de haber cumplido con el Señor Caído y haber ganado en La Villa toitas las indulgencias de la hermandá y di-haber hecho la correría tan a gusto y con Higinio tan aliviado de la cabeza, vinimos derechito a padecer y’a pecar. ¿No le dije, pues, en la reconciliación? —¿Pero cuáles fueron los daños en la casa?
—Hasta me ocupa la vergüenza pa contale esas cosas tan cochinas; pero vea, mi padrecito, si nos demoramos un día mása nos tumban el rancho. No alcanzo a contale todas las alatomías253 que hicieron esos cristianos. Parece que hubieran hecho convite, pa todo ese rigor de trabajo. Ellos levantaron toita la teja de los corredores, y escarbaron por todo el pajar del techo, hasta la propia guía del caballete; ellos esculcaron por todo el zarzo, por todos los corotos y por entre la paja de las enjalmas; ellos rompieron agujadas, hicieron güecos en la tapia y covaron por los cimientos; ellos removieron las tablas de la tiendab y del cancel, y levantaron el siento de la a más,, b tien da
El Zarco ventana y me desclavaron el locero de la pared. El altar me lo volvieron faruca,254 porque movieron santo por santo y adornito por adornito. Hasta por el cielo de la cama esculcaron y rasgaron la tela del bastidor, que hacía apenas un año largo la habíamos cambiao. En el suelo no se les quedó rincón onde no abrieran su buen joyo, ni piedra grande de los corredores que no arrancaran; lo que fue en l’espensa y en la cocina no les faltó sino meteles candela. ¡Cuando tuvieron cara de echar barra por las piedras del fogón y de buscar por encima del cuero! El pilón lo levantaron del joyo onde lo teníamos enterrao, pa buscar debajo; removieron todo el montón de ceniza pa’l jabón, l’olla y la barbacoa del estilo. Lo que es ajuera, ni le digo, mi padre. ¡Eso jue que ni arando! Allá verá los uracos que abrieron al pie de los árboles y de los cercos y por la güerta y el arao. El brevo de la pobre Casimira me parece que va a pagar el pato, porque hasta el pretil lo dosmoronaron; ai jue onde más jondo covaron. ¡Si viera cómo le dejaron a esa infeliz su labranza de aliños! ¡Agora la jardinera!... ¡Como la dejé de preciosa! Ai la veo toda quebrantada, porque le lastimaron toitas las raíces, enteramente. Mis yedras, ni pa rabias. Ni an en La Villa vide yo esa laya de flores: pues creo que no reviven. Las golvieron al derecho y al revés por escarbar por entre las piedras del trincho, porque en los trinchos fue onde más se empecinaron. ¡Qué tal serán de canónigos, señor cura, que hasta en los zurrones, onde anidan los palomos, metierona la mano! ¡Si están tentados, mi padre!
—¿Perob siempre dieron con las tres limetas de chilines y los dos tarros de condores y morrocotas?
—Puh, mi padre, ellos no perdieronc su trabajo: ai tarán repartiéndose todo el oral. —Es que pa estos yernitos de ustedes, mana Rumalda, hizo mi Dios una horma aparte. ¡Barajo con los hombres! Son los más malos y brutos que conozco. Solo a ellos se les pueded ocurrir que usted y ma Higinio puedan enterrar tesoros. —Pues ya ve, mi padrecito, hasta las hijas lo creen; ya ve como han trabajao buscando el entierro —repone llorando—. Eso es lo que más me duele. —No se confunda por eso, mana Rumalda; esas pobres bobitase les creen a sus maridos los disparates y bestialidades que tienen metidos en esas cabezas de mula. Peor fuera que los conocieran y los apreciaran en lo que valen: tal vez ni los querrían; mientras que así ciegas y embobadas, están muy satisfechas con ellos. —Asina mesmo es, señor cura.
—¿Y cómo hicieron para salir de mana Casimira?
—Pues ni an sé bien, mi padre, porque esa pobre cordera no ha hecho más que llorar y nadie le saca nada en forma. A según me han contado Cipriana, Eustaquia, ña Pacha y Patimocho,f la cosa quizque pasó asina: esa mañana en que nos mañaniamos pal Hatogrande, bajarong a la casa las tres hijas, con mi compadre Simeón y mi compadre Gervasio y toda la recuah de chiquitos y las cobijas y los ataos. Quizque dentraron muy mandatarias y dijeron que venían, recomendadas por yo y por Higinio, pa lechar las nueve vacas y cuidar la casa y hacer la novena y la fiesta de a metie ron b —Pero c per dieron d pue de e bo bitas f Pa timocho g ba jaron h re cua
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla la Carmela. Casimira quizque se quedó suspensa y entotumada, y Fidelina le notificó que tenía que ise a casa de Hilarión, porque a Gervasio quizque le daba asco d’ella y no quería que les tocara la comida: y que sacara sus mugres de cobijas y sus trapos, porque el cuarto le necesitaban, y que se llevara a Zorro, quizque porque los niños le tenían miedo. Apenas le dieron permiso pa venir a echale el redrojo y el tarugo a los cuchinos y el máiz a las gallinas, y eso colándose por la manga de las bestias. En todo caso, señor cura, la rumbaron con más inominia que a un perro. No masito salieron Casimira y Zorro,a se encerraron a trabajar día y noche, en sus apiques y socavones. Lo que más le duele al pobre Higino es la falta de religión de esos tentaos. ¡Qué le parece!: los vecinos que vinieron a la novena se tuvieron que golver, bien chingaos,b porque, por más que tocaron la puerta, no les abrieron ni les dieron contesta, tan siquiera. Patimocho quizque se vino a vigiar, dende ajuera, pa ver qué contenía todueso; y les oyó covando y en mil alegatos; pero... ni pizca de novena. A propia hora les fueron cogiendo la marrulla de la sacada del entierro; y Patimocho, Eustaquia, ña Pacha y toitos los de la casa de ño Chalarconesc echaron a vigiarlos, toos los días, por las chambas y cercaos.d No quizque les perdieron pie ni patada de too lo qu’hicieron por las güertas, el techo, el arao y la jardinera. Tampoco llamaron a Eustaquia pa’l arreglo del anda: y dejaron llevar a la Carmela sin una ridícula florecita. Tampoco le hablaron p’al arco del puente: ella mesma, por su cuenta, puso ai unos chuscos, con las flores que topó a mano, porque, ni viéndola en el arreglo, le ofrecieron mis hijas ni una rama de la jardinera. Tampoco le arreglaron la mesa en la iglesia. Vusté, señor cura, con todo lo que tiene qué hacer en esa fiesta, nian repararía. —Qué le parece que sí, mana Rumalda. Pero todas tres comulgaron ese día y llevaron a la misa los muchachitos.
—Eso sí, mi padre, gracias a Dios. El pobre Higinio, ni’an allá, en esa fiesta tan preciosa, se olvidó, el diez y seis, de su fiestecita de aquí. —¡A san Higinio qué se le iba a olvidar! Dígame otra cosa: ¿es cierto que les abrieron el arcón?
—¿Ya lo sabía, mi padre?
—Me lo han asegurado.
—Cierto es; pero Higinio no quería que se supiera. Tanté, señor, que el papel de la constancia de Juan de la Rosa se golvió ojo de hormiga. —¿Se lo llevaron?
—Se lo llevaron.... go quién sabe. Ai le teníamos en el baulito, con las escrituras y las patentes y las medidas; y no ha aparecido.
—Jalaron con él, mana Rumalda. No le quede duda. Ahí constaba que el niñito traía, en su cajón, a más de todos los pañales, quinientos pesos y vaca parida de ternera. Ese documento no les conviene a sus yernos, porque con él se prueba que el Zarco tiene derecho a que usted y ma Higinio le devuelvan lo que sus padres le dieron cuando lo pusieron en poder de ustedes. Dígame otra cosa: lo de las reses, ¿también lo tienen en secreto? a Zo rro b chin gaos c ChaIarcones d cer caos
El Zarco —Eso no, mi padre: todo el Sitio lo sabe: pero Higinio no quiere poner el denuncio. ¿Qué opina de la pérdida?: el torete pintado, la Chapola y la Encachada, dos novillonas que al tanto habrá y todas tres cabezas del colino de Juan de la Rosa. Anochecieron ese martes, mientras nosotros llegábamos a La Villa, y no amanecieron ese miércoles. Hilarión quizque las buscó por cielo y tierra. —¿Y no sospecha quién pueda ser el robavacas?
—Pes, señor cura: uno más bien echa juicios, qui-hasta temerarios serán. Y jue que mana Cipriana, que’staba lavando, vido, dende la quebrada, pu’aí a medio día, a una persona qui andaba, comu-en acecho.
—¿Largo y viejo él, flacuchento y con chivera rucia y que tiene una mujer que se llama Anselma Mira? No es juicio temerario, manaa Rumalda. Solo o acompañado se sacó las tres reses esa noche, y se madrugó a venderlas a Rionegro. Ya lo tiene Justo muy bien averiguado. ¡Antes se había demorado mucho con la hazaña! Eso es maña vieja de su compadre Simeón. Acuérdese de la recua que trajo de la guerra. —¿Conque asin’es, mi padre?
—Así mismo. Pero no le dé cuidado de que siga con la capellanía. ¡Déjemelo estar! Esta misma semana le acuso las cuarenta, bien acusadas: lo amenazo con denunciarlo si sigue con susb brinquitos.
—¡Virgen Saita, mi padre! Y ¿si va y mi compadre le hace algo go manda hacele? —Ni me tira al río, ni me mandac paviar, mana Rumalda: nadie ignora que el que ataca a sacerdote incurre, de hecho, en excomunión mayor; y a él, aunque es tan malvado, siempre le da miedo el infierno.
La timorata vieja emprende el llanto.
—No se aflija, mana Rumalda: mayores criminales se han salvado; y Dios no se acaba. Y ¿dizque vinieron muy pagados del compadre Restituto? —Jue que tuvo un manijo tan lindo con yo y con Higinio y hasta con Juan de la Rosa.
—¡Se deja ver! ¿Sabe a lo que fued a La Villa? Pues a espiarlos y envolatarlos para que no hicieran testamento. Iba muy bien instruido de cómo debía manejar el asunto. Figúrese: aleccionado por el tinterillo de Cañas.e Si ustedes daban un paso en el sentido de hacer el tal testamento, él pondría impedimento y haría cualquier escándalo, para aplazar la cosa: avisaría a la autoridad y al notario que ma Higinio estaba loco de remate. Y ¿sabe cuál era una de las pruebas de la locura? Pues la medida del Señor Caído, que él lleva en la cabeza. Pues ya ve, pues; hasta yo he incurrido, con el permiso que le di para ponérsela.
—¡Virgen del Carmen, mi querida madre! —clamorea ella, recordando, al punto el apoyo del yerno a la exhibición de la medida—. ¡Qué esperanza, mi padrecito, con estos tentaos! ¡dito sea mi Dios! ¡Hasta mi compadre Restituto!... —Me alegro que al fin les vaya entendiendo sus tramas. Este es el yerno tan bueno y tan cabal. Todo esto lo tenemos Justo y yo muy bien sabido. Timoteo, el a temerario ,mana b consus c man da d fué e Ca ñas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla pepo de Simeón, le contó a Arcesio, y Arcesio se lo contó a Justo; y por ahí fuimosa desenredando el hilo. Ya ve, pues, lo bien que sus yernosb se han repartido los trabajos: Gervasio, con las mujeres, al entierro; Simeón, a las vacas; Restituto, al testamento. Vaya viendo el viboral en que están metidos. Usted bien sabe que no le cuento esto ni le pongo las cosas en su punto por afligirla, nada más: esc porque necesita saberlo, para ver cómo obra. No he querido entenderme con ma Higinio directamente, porque yo lo conozco mucho: esa alma justa no se acobarda con pérdida de bienes; pero en cuanto ve pecados y ofensas a Dios, ya está ofuscado y hecho un pendejete. Desde ayer le entendí sus tribulaciones y sobresaltos de conciencia, con los daños en la casa y el robo de las reses. Nada le dije de la misión de Restituto con ustedes, por no empeorarlo. Él es tan estricto y escrupuloso, que nada se le dará no dejarlos desmentidos con el cuento de la locura. Cuanto le dije fue que le retiraba el permiso para ponerse la medida. —Asina me lo contó, mi padre. ¿Y él qu’iba a pesar en eso? Ni yo tampoco. ¡Cito el inocente!
—Déjelo en la inocencia, manad Rumalda: él por su cuenta nada sospecha ni sospechará. Así es que esto queda entre usted y yo, nada más. Mejor es que siga creyendo que su compadre Restituto es un santo.
—¿Cómo no, señor cura? A yo lo que me da recelo es que con estas picardías tan puercas le güelva a pañar la congoja de l’otra vez cuando l’hogada del difunto Bohórquez que echaron a hablar tan maluco d’ellos. Y qué le parece: yo’stoy en que dende el sábado que topamos estos daños y este desprecio a la Carmela, le viene amagando el mal (nuevo llanto). ¡Será qu’ella y el Señor Caído no quieren que se recobre! —No se ponga así, mana Rumalda,e que usted es mujer de mucha fe. Lo que ha de hacer es animarlo y ahuyentarle la tristeza, porque usted es la llamada a la cosa del testamento, para que quede bien arreglada la herencia del Zarco. Hoy, más que siempre, habrán visto la necesidad que tienen de dar este paso. Y ahora óigame una cosa: como su confesor y su director espiritual, le ordeno, bajo precepto de santa obediencia, que no dejen acabar este año sin hacer el testamento, no solo ma Higinio, sino usted también: se van juntos a la cabecera del Circuito, cuésteles lo que les costare. Ya iremos viendo cuál es el momento oportuno. Justo y yo les arreglaremos la manera de hacerlo todo, en legal forma. Y ahora, paraf que se vaya bien consoladita, le voy a dar una noticia muy buena: en la semana entrante me viene coadjutor, para que les haga fiestas y les predique bonito.
—¿Con que viene al Sitio otro sacerdote? ¿Y era que vusté había pedido? —Hace días, mana Rumalda. Ya yo no estoy para confesiones y campañas por estas Californias tan distantes y esos caminos tan perros;255 la gota meg está retentando otra vez, y hasta me está resultando un malecito algo fastidioso. —¡No lo permita mi Dios que se vaya a enfermar otra güelta!
—Es casi seguro. Dios sabrá. Pero me van a mandar a un padre Isaías Luján, un pollo de la última culecada, que dizque es el tantasguascas.256 Bueno: ya sabe, a fuímos b yer nos c más:. es d ma na e Ru malda f pa ra g ne
El Zarco pues: con los yernos, mucho ojo, especialmente con el compadre Restituto, porque, si no, los heredan antes de que se mueran: oírles la misa, sacarles el cuerpo y no darle por entendidos de los perjuicios que les han hecho.
Más que oportunos son los consejos e instrucciones del párroco. Esa misma noche, al acabar el rosario, en la cocina, ¡Tun! ¡Tun! en la puerta. El Zarco corre a abrir: son los compadres Simeón y Restituto. Vienen solemnes y apremiantes. No entran: llaman al suegro al corredor y mandan retirar al mocozuelo. No bien sale el viejo, ajusta Restituto la puerta y el Caliche padre se le aboca: —Este y yo venimos a proponerle un buen negocio, compadre Mira. —¿Qué será, compadre Simeón? —inquiere el suegro inmutándose. —Pes es que yo y los dos hijos casados nos metimos en la compra de ocho mulas; y venimos a proponerle que las trabajemos en compaña, dándonos vusté la mitad de lo que cuestan y poniendo nosotros todo el trabajo. ¿No le parece un negocio muy bonito por vusté?
—Más bien será, compadrito —repone rascándose el pañuelo, que no la cabeza—. Pero yo... ¿di’onde diajos saco esa plata?
—¡Ave María, compadre, nian digu’eso onde l’oiga la gente!a Como si nosotros no supiéramos tue’el platal que le tienen guardao el señor cura y don Justo. —¡Tanté platal, compadre! Hasta seré yo el que les debo a ellos. A Rumalda le tenían ai unos rialitos de lo que va ganando en su balance; pero me parece que todos se jueron en esta correría.
—No llore asina, compadre Mira, qu’eso es malo. Hasta Dios puede castigarlo. —Por eso no, compadrito, porqueb asin’es.
—Bueno, compadre —interviene Restituto—. Si agora no le queda pilao danos esa sumita, le proponemos otra cosa: denos cuatrocientos pesos, p’acabar de pagar esas mulas y pa no dejanos demandar. Nosotros le pagamos muy buen premio, le respondemos con los bienes y le firmamos, los tres, documento en mancomún. Pero lo resuelve dende esta misma noche, sin ir a tomale parecer a nadie, porque nos tienen altos del suelo, por este resto, y mañana quedamos en avisar. Cuatrocientos pesos pa vusté, compadre Higinio, es como quitale un pelo a un cuero. Antes que el apurado viejo pueda contestar, se abre la puertac y aparece Rumalda. —Malo será escuchar —exclama entre airada y serena—, pero ya lu’hice. —Asina me lo recelaba —gruñe el yerno viejo, despechándose. —Bien hizo, compadre. Vusté bien sabe que yo y Higinio en toito obramos de acuerdo: asin’es que no tenían por qué venir a hablale a él solo, escondido de yo. Y si es pa que les preste plata, más pierden el tiempo. Ni antes teníamos modo, contrimás agora... —Si son meros cuatrocientos pesos, comadrita —zalamerea Restituto. —¿Meros? Vusté siempre se ha güelto idiático, compadre Restituto. ¡Tanté cuatrocientos pesos! No los hemos visto juntos, con ser que hemos echao la jiel por trabajar. Ya vusté vido, con sus mesmos ojos, todo lo que nos costó la correría; y
a gen te b por que c puer ta
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla ya saberá que nos robaron tres cabezas de ganado, de lo mejor. Antes vustedes nos deberían emprestar plata agora. ¿Por ai no dicen que se sacaron, aquí en esta casa, un entierro muy grande? Yo sí lo creo. Al sigún de lo que buscaron. —¡Cómo son de conversones en este maldito pueblo! —barbota el yerno viejo—. Eso jue lo que sacaron aquellas porfiadas y el pendejo de Gervasio, con ponese a covar aquí. ¡Harto que les dije que no se metieran en esa! —¿De modo y’es, compadre, que vusté no covó ni se topó naita? —Si yo también andé en correría por los lados de San Carlos.a Cuando vine supe la cosa, y mucho que los regañé. Como vusté y mi compadre Mira no son del pueblo, no saben todas las cosas que cuentan aquí d’estab finca. Vea, comadre: esta casa quizque l’hizo, cuando los antiguas, el dijunto padre Castejón, que quizque era riquísimo y que todo lo dejó aquí enterrao.
—Pes pa más son ustedes, compadre Simeón. Cuando el señor cura le vendió esta casa a Higinio, no nos dijo nada de tal entierro, ni lu-hemos oído a naide ni a nosotros nos han espantao, ni jamás hemos oído ruidos malucos de ánimas en penas. —Esu’es que la gente compone, comadrita —dice Restituto—, y como Isidora y Fidelina y Anselma son a cuál de las tres más idiáticas, metieron en eso a Gervasio, que cree too lo que le dicen. Pero vea una cosa, comadre Rumalda: no nos volté l’hoja. Siempre nos facilitan esa sumita, ¿no es cierto? —¡Sí! ¡Puu!c Al momento. Está la carne en el garabato por falt’e gato.257 —¡Ah cosas particulares que hay en esta puerca vida! —repone Restituto subiéndose de punto—.d Qui’haiga tanta plata pa botar en viajes y’en promesas que no se deben; qui’haiga pa ramos de santos y pa regalos pa tú’el mundo; qui’haiga gusto y comprale lujo a un botao y que no haiga pa hacerle un servicio, por plata, a los mesmos hijos, que les deben favores. Esto sí no me lo trago yo, comadre Rumalda. —Pes asina son las cosas, compadrito —contesta la suegra, muy fresca—. En ocasiones algunos botaos tienen más buen derecho que los mesmos hijos. Vustedes, que saben tanto d’entierros, también saberán de cosas que hay escritas pu’aí... en papeles. ¿No se haberán topao alguno, que se los diga bien patente? —Camine, hijo, vámonos —manda el viejo Simeón—. Cone gentes tan inservibles y tan desagradecidas no me entiendo yo.
—Hace bien, compadre.
Padre e hijo toman camino echando veneno por todos los poros. El Zarco, pegado a la ventana, lo ha oído todo. ¿Qué duda puede quedarle ya sobre su botadura? Y ¿qué sería la cosa escrita en papeles? ¿Qué eso de más buen derecho que los hijos? No llora, sin embargo.f Su afrenta, si le humilla como siempre,g se le antoja, ahora, algo como un medio para volver a esa villa querida, que le tiene tan nostálgico. Si sus padrecitos no le buscaban, él se iría apenas creciera un tantico. Siendo taita Higinio y madre Rumalda sus abuelos de mentira, no podían mandarlo de verdad. Él les obedecía porque ellos lo habían criado y querido, siendo hijo ajeno; a Car los b d’ esta c ¡puu!
d punto.
e Simeón.!—Con f sinembargo g siem pre
El Zarco y porque él, a su vez, también los quería mucho. Pero, viéndolo bien, no podrían tener demasiado mando sobre su persona.
Pasan días.
En este muchacho, de precoz inteligencia y fantasía traviesa, se inician ya sentimientos que se oponen y hasta problemas peliagudos. Su viaje a la ciudad, al entrar en los doce años, ha sido un despertar repentino. Como el perfume de un pomo que se destapa, se va desprendiendo de su alma la inocencia; y el polen que dispersa el viento de las realidades va germinando en su corazoncito sensitivo. Ya no rehuye las conversaciones sobre “cosas malas” con el iniciado Patimocho; ya no le arredra la prohibición de juntarse con él. Patimocho le va confirmando lo que la misma vida le va infundiendo. Con la confianza de dos camaradas, que no se ocultan sus máculas, tratan el asunto terrible: el origen de Juan de la Rosa; y él queda instruido: su padre y su madre no eran marido y mujer, y eso era todo. A más de botado, bastardo. Él era entonces como una vergüenza y un pecado en persona.
¡Qué dolor y qué llanto a escondidas! Madre Rumalda, que le nota las tristezas, el silencio y el abandono de vihuela, cantares y caramillo, lo regaña y sermonea, porque todo se lo achaca al embelecamiento con La Villa. Al mismo tiempo, se atribuye a sí misma no poca parte en estos malsanos aburrimientos: eso había conseguido con sacar a ese muchachito de su montaña, para mostrarle los usos y ociosidades de los ricos de La Villa. ¿Quién le mandaría a ella a meterlo en tal viaje? Hasta razón tenían las sofísticas de sus hijas: ella e Higinio siempre estarían chochos con el Zarco. Las tales la tienen más que sancochada con las indirectas del padre Cobos que le disparan cada triquitraque: el extraño, criado como un princés: ellas como unas tristes cenicientas;a para él, cama con buen colchón y mejor colcha, con sábana y fundas de almohada bien aplanchadas; ellas no habían pasado nunca de una estera tirada en el suelo. A ellas jamás las habían sacado de entre la ceniza; y a él lo venteaban en su buen caballo, hasta por La Villa misma. Para él, sombrero y vestido, que ni para los hijos de don Justo Timoneda; para ellas, algo menos que para Casimira: unos cortes ridículos de tela realera. ¡Bendito fuera Dios! Fidelina, más que las dos hermanas, hace vibrar, cual épica amazona, las flechas de su carcaj repleto. En cuanto a los Caliches, el berrinche es tremendo: desde la noche aquella, ausencias de la casa, trompas perpetuas, negación de habla y de saludo. Solo se ven en el grupo de la iglesia.
Ni un bledo se le diera de todo ello a la señá Rumalda a no ser por el modo como Higinio lo ha tomado. Desde esa noche, en que ella, contra lo indicado por el señor cura, se le zafara la lengua, tan feo, con esos yernos agalludos y ladronazos, está “el pobrecito ido y elemento”.b Parece que la Carmela y el Señor Caído han renunciado del milagro, a las diez últimas. El pobre no se ha ganado el zarzo porque ella le ha escondido la escalera; pero, si no arriba, se encueva en un rincón del tenducho, cual rapaz que jugase al escondite. Ínstale ella le pida al párroco lo vuelva a cenicien tas b elemento.
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla al uso de la medida; pero no le atiende; si el señor cura se la había quitado, era porque él no merecía tal merced.
Escrúpulo, ese demonio sutil y ardiloso, intenta poseerlo.
Algo le distraen, sin embargo, de sus fantasmagorías religiosas la escogencia del frijol y la copiosa cogienda en la arada y en la roza; la separación y cómputo del diezmo y el reparto que hace siempre entre los pobres a cada cosecha; algo las siembras y los arranques en la huerta, así como el cuido y salazón de los ganados. Pero en cuanto torna al descanso de la casa, ya está en acecho ese enemigo que se ha captado su alma. Por octubre está “relatando de memoria”, que dice la atribulada Rumalda. La rezadera se le ha enconado, y como su fervor no le parece suficiente, repite tres o cuatro veces cada padrenuestro y cada avemaría; y no bastándole el hincarse de rodillas, pega la boca contra la tierra, a usanza israelítica. Mas todo eso ¿qué iba a valerle? Habiendo en su casa asesinos, ladrones; hijas pactadas contra sus padres, botadito y otras cosas que él ignoraría, era porque él, seño Higinio Mira, estaba en pecado mortal; tan mortal, que ya se sentía ardiendo en los infiernos. Acurrucado en los rincones, ensaya caras y ademanes de condenado; y las lágrimas le corren por la barba profética, mientras un temblor le pasa y otro le viene. Claro que no puede ni tiene por qué rezar, en estas crisis infernales; se arrinconaa hecho un ovillo, se resiste a comer y solo contesta por gemidos a los ruegos e interpelaciones de su mujer. “¿Qué hacemos, m’hijita?”. “¿Qué hacemos, m’hijita?”; y de esto no lo sacan. Así y todo, no descuida sus labranzas: y mientras tiene ocupadas las manos y anda en vueltas, el demonio se le ahuyenta; mas, vuelto al reposo, resurge implacable. En molino de doce pisones quisiera convertirlo mana Rumalda para que trabajara noche y día. En la casa se industria para ponerle oficio: revuelve granos para que le ayude a separarlos; hace portillos para que los tape; y hasta llega a bendecir las componendas de los daños y estropicios causados con la rebusca del tesoro. ¡Qué espanto el de la vieja al darse cuenta del estado de su marido! Esos Caliches, tentados y hastab amigos del enemigo malo, le habían hecho al infeliz Higinio más que diabólicos maleficios.c Hasta sería desde antes de su intento de sacarle la platica. Y recuerda con horror cómo en Copacabana, al regreso de la peregrinación, le ofreció Restituto una naranja muy bien pelada, y cómo “el pobrecito, sofocado con el calor, se la tambó tan a gusto”. Ese traicionero, solapado y vigiador, era el de todo: en ese demontres de naranja le había dadod la yerba malina y enloquecedora. Mas, sin embargo, bien podía haber sido desde mucho antes: desde que el viejorro uñeta y el Gervasio lo habían convidado, de acuerdo con las tres hijas, al tal cacao de Remedios y a la tal panocha del temprano. Esos malditos eran capaces de embrujar hasta sus propias mujeres y de hacerles maleficio a ellas mismase y al inocentef de Juan de la Rosa.
¿Y qué hace? Corre al cancel, alcanza del altar tres palmas benditas, les da sendas al Zarco y Casimira, toma la suya, se santiguan, entonan el trisagio,g prenden a arrin cona b has ta c male ficios d da do e ella misma f ino cente g tri sagio
El Zarco los ramos, y, del cuarto al tenducho, de la sala a la cocina, en redor de la casa y los sembrados, esparcen el humo antidiabólico al son coreado del rezo máximo a la Santísima Trinidad.
No bien termina tan eficaz desinfección, se tira las sayas y el pañolón callejeros y vuela al señor cura. La pone él que ni un pantano, por supersticiosa y agorera; pero la autoriza de nuevo para que le aplique al enfermo no tan solo la cefálica medida, sino todas las que guarde del Cristo milagroso. Torna con agua bendita y riega, adentro y afuera, por suelo y paredes. Saca la caja de las medidas, va a aplicárselas al marido; pero ¡oh maleficio espantoso el de los Caliches!: Higinio se resiste, y, —lo que es más increíble todavía— se muestra furioso y hasta sacrílego: “¡Qué medidas del demontres!”: él no era digno de llevarlas. Y agarrando la cajaa la avienta hasta el zarzo. Porque lo ve, lo cree la aterrada vieja. No le queda duda: su Higinio estaba perdido.
Esa misma tarde acude a la casa del señor cura desde la última reconciliación del escrupuloso penitente, le había parecido medio flojo de tornillos.258 Tampoco le queda duda: los yernos infames se iban saliendo con su dicho. ¡Qué cosas tan raras permitía Dios! —Mire, ma Higinio —le dice al cabo, con el cariño que se prodiga a los niños y a los enfermos—: usted es hombre muy justo, muy cumplido y de muy buena conciencia: y todas esas bobadas que le molesan es porque ha descuidado un deber muy sagrado: hacer el testamento. Haga un esfuerzo, deseche esos escrúpulos y esas cosas que se imagina, hágales frente,b recóbrese y póngase como ha sido siempre de juicioso, para que se vaya con mana Rumualda a hacer el testamento. Allá verá que apenas lo haga se calma por completo. La semana entrante. ¿No es cierto, ma Higinio?
—¡Qué demontres de testamento, mi padrecito! —gime lacrimoso—. Yo no puedo, ¿no ve qu’estoy en pecao mortal?
¿Interdicción judicial a esas horas y enredada con los intereses de los Caliches? ¡Valiéranles todos los santos del cielo!
Entre él, mana Rumalda y don Justo intentan ocultar la situación del pobre viejo; pero no es posible. Verdad que cuandoc sale a sus agriculturas y ganaderías, así como a sus ventas en la plaza, todo lo hace, a pesar de su cara entontecida, con más o menos cordura; pero, en colándose a la iglesia, saca los títeres. Cuandod se postra boca abajo y permanece, en toda la función, como un muerto; cuando da vueltas en torno de su grupo desviando la vista de sus yernos; cuando hace la figura de un crucificado.
Los Caliches, muchos aspavientos de lástimas por fuera; pero los entresijos les bailan de alegría. Y es tal el desvío filial de aquellas hembras, que no amainan por tales calamidades: se juzgan suplantadas, ante sus padres, por el intruso afortunado; y esto no lo perdonan. Hasta castigo de Dios sería el estado de padre tan desnaturalizado, opina Fidelina, que comparte con Restituto la solapa y la negra entraña. a ca ja b fren te c cuan do d Cuándo
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Corto ha sido en el Zarco el arrechucho de vergüenzas y tristezas, que a su edad y con aquel carácter, no duran penas. No bien se calma hace el propósito de no volver a llorar porque lo afrenten.
Sigue con las mismas faenas, viernes y sábado, y ha encontrado, en el coadjutor, norte y guía en sus rutas escolares.
Tiene el padre Isaías chifladura docente y alguna facultad pedagógica. Luego, al punto, ha abierto en la casa aula oral vespertina y alternada de Religión, Historia Sagrada, Aritmética y Gramática, revueltas las cuatro materias con la Urbanidad de Carreño.259 El Zarco, que ya sabe leer y escribir, no ha faltado una vez sola; y cuanto cae en esa inteligencia prende que es una bendición. Su perseverancia y su entusiasmo en el estudio son, en realidad, sorprendentes en chicuelo tan inquieto y arrebolado. No lo son menos sus ansias de pulirse en todo y por todo. A cual de los dos sacerdotes está más encantado con el discípulo.
En la escuela ha alcanzado otros triunfos no menos eficaces. Antójaseles a varios condiscípulos que está insoportable con el viaje y las galanuras, y la Carmela Grande y el 20 de Julio y la Luque. Encabezados por Tadeo, pretenden agavillarlo, entre cinco, para bajarlo al nivel de los mortales; pero he aquí que el Zarco ha resultado trompadachín y patadachín, de puños agrios y jarretes férreos. Se ha defendido que ni Cyrano en la puerta de Nesle.260 Es que al juzgarse poco menos que solo, poco menos que perseguido, se ha despertado en el muchacho el instinto de la defensa, hasta en las lides materiales. Tal prestigio ha conseguido con la hazaña, que nadie le ha vuelto a decir el insulto; y los más altaneros y provocadores ya le respetan y le buscan amistad. Pero el Zarco, ahora que saben todos que no es por miedo, se va apartando, día por día, del compañerismo y hasta del trato de sus condiscípulos. Todo el criterio que en él cabe se lo aplica a su persona y a su caso tan especial: botado y todo, se siente muy por encima de esa chusma que ha pretendido humillarlo. Claro que sus padres verdaderos tenían que ser, así como él: zarcos, monos y buenos mozos; y gente muy grande y de mucho tono y mucha educación. Como iba a ser colegial y orador; como iba a vivir en La Villa, tenía que aplicarse mucho, para ponerse a la altura de sus padres y de su profesión. ¡Qué dicha conocer esos papás y vivir con ellos! Si él supiese siquiera cómo se llamaban. ¿Los querría así sin conocerlos? Esta pregunta se le forma allá adentro casi a diario; y el mismo Patimocho se la ha hecho alguna vez. Mas el chico se contesta a veces que sí, a veces que no. Él mismo no decide si eso que le parece sentir por sus padres pecadores y desconocidos es cariño o curiosidad oa ambas cosas a la vez.
Ha tratado de sonsacarle algo a mana Casimira; y se persuade al cabo de que está tan ignorante como él. Bien se le alcanza que sus abuelos de mentirasb no querrían contarle nada. Tal vez ni el mismo cura, que probablementec debería saberlo.d En todo caso, él encontraría, de algún modo, cómo descubrir ese secreto tan particular. a curiosidad,o b men tiras c probablemente, d sa berlo
El Zarco Hasta el mismo Patimocho podría ayudarle. Y ¿por qué no estas tías afrentosas que tanto lo aborrecían? Por ver de afrentarlo mejor, bien podrían contárselo todo. De ahí adelante no les perdería una palabra que a él se refiriese, aunque fuera mala; y no lloraría por más que le estregasen el insulto en su propia cara. No le hacía que lo creyeran sinvergüenza: él sabía que no lo era. Pudiera que su taita, ahora que estaba tan malito de la cabeza, dijera algo. ¡Pobre viejito! Mientras no se recobrara, no se iría él para La Villa, de ningún modo: sería mucho desagradecimiento. Dios había de permitir que ese mal tan lastimoso le pasara pronto. Ahora tenía que ayudarle más que siempre, ya que a él no le daba pereza de ningún oficio. ¿Y cómo sería su viaje para La Villa? Si se huía, mandarían por él al comisario, como habían hecho con un hijo de Hilarión; pero siempre tendría que ser huido, porque sus taitas no lo dejarían ir voluntariamente. La cuestión era conseguir con qué irse. Una vez en La Villa, haría mandados y traería bestias, lo mismo que Castor; y con eso se mantendría y le quedaría tiempo para ir a la escuela y de estudiar mucho.a Tal vez don Joaquín le daríab posada en el hotel. Todo cuartillo que consiguiera, todo cuanto le pagasen como monarcillo,c iría a la alcancía; y en aliviándose el viejito y descubriendo el secreto de sus padres... adiós taitas, mana Casimira y señor cura. Siempre le iba a dar mucha tristeza dejarlos; pero él no podía quedarsed en ese mugrero de Tambogrande. ¿Era, acaso montuno o negro?
Estos planes y proyectos le estimulaban más y mejor ene sus estudios, en sus mismas labores de campo y en el cumplimiento de su carmelita hermandad. El docente sacerdote ha visto en el Zarco el terreno fértil de la parábola; y se ha impuesto como deber de conciencia cultivarlo no tan solo en el saber sí que también en todas las prácticas de educación y de moral, así en accionesf como en lenguaje. A maravilla lo va endilgando en el canto ritual; y le ha enseñado el ayudar a misa, con unción y posturas adecuadas. Boquiabiertas se quedan madre Rumalda y mana Casimira al oírle, por ahí, echando latinajos lo mismo que un curita; boquiabiertas al verlo tan formal, tan dócil, tan espulgado, tan limpio y tan cuidadoso de la ropa. Le sobra razón: ya es hombre de pañuelo, corte de uñas y lavatorios diarios, y de sacarse, por la piña de oro, una carrera que ni tirada a regla. “Si esto es lo más lambido”, dice cada rato la encantada abuela: “Esta saca del Zarco nos va a salir a cadal y escuadra”, repite el párroco, no menos encantado. “El padrecito Isaías dio con la horma de su zapato: hasta brujería le va a enseñar al discípulo”. Cuanto, al artífice, se recrea en su obra, y le regala papel, recado de escribir, Fleury, Compendio de Mazo,261 y Urbanidad de Carreño. El Zarco los forra con muchísimo cuidado, y con el devocionario rojo y los útiles escolares los guarda en un cajón como oro en paño.
Mientras curas y viejas gozan, Fidelina se revienta. ¡Botado más de buenas! Ya había topado otro taita. Al paso que llevaba, los iba a mandar a todos en el pueblo. ¡Figuráranse el princés, el sabio, el cantor: bendito fuera Dios! a mu cho b da ría c monar cillo d quedar se e en en f accio nes
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla En esos días sale El libro del estudiantea de don José Joaquín Ortiz:262 y el padre Isaías le pide un ejemplar. ¡Qué forro de encerado, con entretela de papel de seda; qué cuidados y qué libar de aquella abeja,b en ese jardín de la sabiduría! En la clase es el primero que llega y el último que sale. El profesor lo ha puesto en ella como modelo y cabeza: y la envidia sigue pudriendo tuétanos y envenenando vísceras; mas los puños respetables del Zarco no le permiten a la negra hidra estallidos muy escandalosos. Aquel dómine gratis, que está en todo, quiere que el chicuelo cante, toque y recite a diario, como solaz a su espíritu y complemento a sus estudios. ¡El trabajo que le cuesta complacerlo! Los relatos de los santos y de don Alonso han sido postergados por los versos que cogiera en La Flor de un día,263 por la oración rimada que trae El Libro del Estudiante y por trozos de Carreño. A cada paso se le oye, con voz y gestos más que teatrales, un ajiaco de “El color de mi cara os hará conocer que fue, señora”; de “lago de amor sereno y transparente”; de “un tronco que el tiempo no corroe”, revuelto, todo ello con “Basta dirigir una mirada al firmamento”264 y con “Esclarece la aurorac el bello cielo”.265 De los discursos del señor predicador tuerto y del sobrino de Córdoba no retiene ni una frase; pero él ensarta en épicas, combinadas improvisaciones, “el sanguinario Atoñanzas”; con “el héroe de Ayacucho”, “en esa cario Monteverde” con “El León de Apure”; “El feroz Morillo” con “el héroe de Ayacucho”, “en esa pelea del 20 de julio en que Simón Bolívar les pudo a todos”.266 Auditorios de tanta elocuencia son las chilcaguas de las vegas del San Félix, donde se yergue la tribuna de un pedrejón altísimo. También se han ahogado en el Leteo267 los bundes y cañas, por los trozos de “La castañera”, “La corina”, “El mirto” y “Los poetas americanos”. A tener piano, fueran a un rincón vihuela y caramillo.
La que más le admira el repertorio musical es la artista Eustaquia; y en la puerta de su casa o en el puente de “La Trinitacita”, que le queda a un lado, hay los sábados por la tarde grandes conciertos, con anuencia y permiso de la madre Rumalda, que, deseando galardonar al chico por las andanzas y rebuscas de tales días, le permite hasta acercarse a cas del Patimocho vitando. La vieja ha apurado sus hojaldras, carisecas y natilla, sus sacas de jabón y de almidones, no tanto por el lucro pecuniario, cuanto por ver cómo le poned oficio, aunque sea de cocina, al perturbado marido; pues ya se ha persuadido de que la ocupación manual es lo único que lo calma unas miajas. Rueca,e como a Hércules, le pusiera ella en esas manos de labrador infatigable al caer en la cuenta. En cuanto a rezos, sordomudos quisiera que fueran los dos; pues no bien se persigna vuelven “las ideas”, cual si con la Santa Cruz las evocase. No comprendía cómo el señor cura no veía en esto la seña evidente de que era el mismo enemigo malo quien lo tenía en tal estado, por ministerio de los Caliches; y ella no podía tan siquiera echar una lágrima, porque dos veces que había lloradof se había puesto Higinio tan lastimoso, que parecía que fuera a entregar el alma. Ni a escondidas tampoco, porque él lo comprendía, en a “El Libro del Estudiante” b abeja,, c au rora d po ne e Rue ca f llo rado
El Zarco cuanto la voltease a mirar. Y ella que no era bien baquiana para disimular pesares con cismatiquerías a la fuerza. Todo fuera por Dios, con tal que no le diesea al pobrecito de su vida, por enfurecerse y por aborrecer a los de la casa. A todas estas, se preparaba el pueblo para las fiestas de la Patrona. Famosas fueran en tiempos anteriores; mas, con la guerra de tres años, el triunfo de la revolución y el mando herético de Mosquera, habían venido tan a menos, que no trascendían fuera del vecindario.
Ahora, con la revancha de la Iglesia, en esta sección colombiana, con una paz tan peleada como gloriosa, se proponían los magnates tambograndeños celebrar unas gestas de religión y de parranda nunca vistas ni oídas en el Estado Soberanob de Antioquia.
Como religión e interés nunca fueron enemigos, se confabulan, en esta memorable ocasión, para hacer de las suyas. A los alféreces, a quienes se les entregara el estandarte en la fiesta precedente, se les unen ahora los dos curas, que van a poner rifas y cantarillas para el templo en construcción; el comercio, que piensa expender rezagos y novedades; los dueños de la renta licorera, que presienten un chorro de plata por cincoc días arreo. El entusiasmo se propaga como fuego venteado, y los alféreces no reparan en gollerías. Dos pirotécnicos insignes han sido traídos de Marinilla para labrar cinco arrobas de pólvora. Pedida está la banda de Santa Rosa de Osos; pedidos los mejores chirimeros de Girardota; pedido el coro de Rionegro; pedido el padre Carlos Mejía, para echar el panegírico patronal y completar la terna para la misa de revestidos; pedida fastuosa vestimenta, para la Patrona; pedidos los trajes y arreos del señorío principal. Arias y Timonedas, Cardonas y Barreras, vuelan a La Villa mercadante; y se traen todos los linones y las gasas, los merinos y las balsarinas, los franjinesd y los cintajos, todo de lo más llamativo y vistoso; ricas y blancas los aparan; negras y pobres hacen quebrantos para conseguirlos. Las señoras de horno y amasijo encargan a Zaragoza harina del norte, y al sur del Estado, la morena de la tierra. Los pulperos se traen todo el azúcar del cañón y todos los cocos, corozos y tamarindos de Sopetrán. Las negociantas campesinas acaparan huevos, quesos y mantequillas, para venderlos más caros. Las casas de los caciques, en donde se han de recibir huéspedes de honor, se componen y acicalan; se abastan sus despensas y se ponen en alquitara las mistelase para los aperitivos y pipiripaos. El alcalde echa bando, a golpe de tamboras, en que ordena deshierba de todas las calles, empañete y blanquimento de toda pared exterior; y en que prohíbe, en los días de fiesta, la circulación de vacas, perros y cochinos por el ámbito del pueblo. Improvísansef mesones y casas de juego de cualquier cuchitril, y se preparang toldas para las vendutas y las fritangas en la plaza. Sastres y costureras no dan abasto; la Ñata Miranda dirige la modistería; mas las ricachonas, a quienes les han llegado las galas, las ocultan bajo siete llaves, para que esa Ñata tan astuta y averiguadora no vaya a plagiárselas, para alguna cliente de media petaca y en cualquier trapillo de a real y medio.
a die se b So berano c cin co d fran jines e mis telas f Improvísan se g pre paran
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Es la Ñata voto, mano y dirección indispensables en todo arreglo y elegancia, así religiosos como profanos. ¿Cuál si no ella? Ha estudiado en colegios de La Villa; traduce en el Telémaco; canta y toca guitarra; ha bordado palias y paños para la iglesia, gorros, chinelas y carrieles para los señores más encopetados; teje bufandas y chalecos; improvisa capillos para los bautizos de tono; y engalana la fámula que ha de llevar al sacramento al recién nacido. Tiene, además, El lenguaje de las flores,268 y todos los tomos de La caprichosa,269 revista de modas y de salones, redactada en París por la baronesa de Wilson, que por acá conocimos. Va a la capital y a Rionegro todos los años; conoce a Santa Rosa de Osos, con todo y su calle del Palo, y a la ciudad de Antioquia, con su catedral y su obispado. Aunque no es beata, ni está todavía para vestir imágenes, dirige siempre, ayudada por Eustaquia, el ornato de la iglesia, en las grandes solemnidades. No se ha encargado, en esta ocasión, para fabricar el vestido de la Patrona, por falta de oficiales bordadoras; pero bajo sus instrucciones se ha pedido, y el arreglo de la santa y del templo corren por su cuenta. La unigénita de doña Teopiste Timoneda, viuda de don Israel Miranda, una trigueña garbosaa y saladísima, como ella sola, heredera de dos casas en el lugar y de finca productiva en el distrito, es el mejor partido y el figurín vivo de Tambogrande; mas como ella no ha hecho caso de ningún pretendiente de ahí, como ha guardado tanta reserva en puntos de amor, se figuran todos que tiene su dolor de cabeza en Rionegro o en La Villa. La Ñata, de acuerdo con su primo Perucho Timoneda, gran comerciante de modas y novedades, les prepara a sus paisanas, para estas fiestas tan preparadas, una partida, que así puede ser rasgo de ingenio como trampa de gitanos. Perucho se trae una balumba de rezagos en tules, flores, felpillas, adornos de paja y de abalorio; la Ñata farfulla y combiana, de todo eso, uno como tocado o sombrerete con colas, a estilo del marinero del Zarco; lo estrena un domingo y se muestra en el mercado y en todas partes. ¡Qué belleza! Es la última palabra de la moda; se la han traído la víspera; pero ella no ha podido resistir y no se ha esperado a las fiestas. A lo nuevo y hermoso une lo práctico y lo cómodo: se usa, sin pañolón, tal como ella le lleva, lo mismo para paseo que para baile o teatro. Esta moda de las modas la ha inventado la emperatriz Eugenia, y se llama Sanedrín.
¡Cómo se embeleca aquel mujerío con el tal Sanedrín! Hasta el nombre tiene un encanto de novedad y de prestigio. La Chata se encierra, por la noche, a laborar; y el sábado regresa Perucho de La Villa. Desdeb esa noche abre las cajas; y la tienda se le llena. ¡Cómo hace el reclame este hombre! En el almacén de doña Pepa Pardo los estaban abriendo cuando él entró; aunque tan caros, le habían perecido tan bonitos y elegantes, que había tomado dos docenas. Mientras se los empacaban, habían vendido no sabían cuántos: estaban locas las villanas con el Sanedrín. Y ¡cómo quedaban de lindas con la tal moda!
A condor valen;270 pero en el curso de la semana coloca las dos docenas. Quedan faltando algunas provocadas; y aunque a Perucho le parece difícil que los a gar bosa b Des de
El Zarco haya todavía, pide otras dos docenas más, por sí o por no; casualmente que en esa semana tiene que mandar por unos pañetes que aún no habían abierto cuando su última compra. Son tan afortunadas las elegantes tambograndeñas que todavía alcanzan docena y media. Pero como se han agotado los rezagos, se queda sin Sanedrín la señora alcaldesa. Todas los esconden y niegan los suyos, para producir las sorpresas.a ¡Cómo iba a ser el lujo y la moda, en esas fiestas con cuarenta y tantos Sanedrines, sin contar los que trajesen las forasteras!
Los programas para estas festividadesb se encargaban siempre, mediante buena paga, a los más afamados ingenios de la época. Elaborábalos, en La Villa, don Pepe Fernández; en Rionegro, don Pepe Escalante; en Antioquia, los hermanos Villas;c en Marinilla, un señor Zuluaga.d Los cinco eran saineteros y de vena jocosa.271 Pero el director de la iglesia de Tambogrande, que lo mismoe entiende de pegar ladrillos que de hacer versos, ofrece gratis su bizarra musa y forja un programa rimado que tiembla el Parnaso. Cada estrofa remataf con este estribillo: “Venid, venid, forasteros, de Tambogrande al encanto”. Quinientos ejemplares se tiran y se dispersan por los nueve Estados.
Don Luciano, que, aunque forastero, compite con el coadjutor en eso de hacer progresar el pueblo, prepara, de acuerdo con él, con los alféreces y con la Ñata, una representación teatral, a la altura de tales fiestas. Sacerdote, arquitecto y Ñata entran en consulta para la escogencia de la obra. Entre Pascual g Bruno,272 de Arias Vargas, y Dios corrige: no mata,273 de Samper Agudelo, gana el último, quitándole, eso sí, ciertas cosillas más crudas que cocidas y no entrando en ello mujeresh de verdad. Repártense los papeles entre los pollos más apuestos y despejados; y como quiera que en el drama figura un fruto de una unión sancta, desígnase al Zarco pa tal personaje. Casi se trastorna con la dicha: le parece esto algo así como la iniciación de los altos destinos que le reserva el porvenir. ¡Con qué entusiasmo estudia su papel, asiste a los ensayos y se ensaya él solo! Pero no hubo lauro sin espina: en esos días ha concebido un amor calenturiento por la Ñata; y como ella asiste a los ensayos y hasta los dirige en ocasiones, él, tan despejado y metido, se turba y atortola ante su ídolo y no sale con nada. Se le amenaza con expulsarlo de la Compañía, si así sigue. Aflígese el pobre y llora en secreto; más su amor a la Ñata y su amor propio le obligan a reaccionar; y, una tarde, ¡qué creación! Con las felicitaciones de la Ñata, el amor crece, con la fertilidad de las pasiones disparatadas.
En esos días va a confesarse. Entre lágrimas y suspiros, larga tales cosas, a propósito de su nacimiento, de los hijos legítimos y de los naturales, de su amor, de sus proyectos y del odio que le tienen los Caliches y las Miras, que el párroco le ordena a la señá Rumalda le cuente todo con sus pelos y señales, estableciéndole, si es posible, la desproporción de casta que existe entre el expósito y los campesinos que le han criado, así como de las obligaciones pecuniarias que con él han contraído. El párroco le hablaría después en el mismo sentido. Cree que en criatura tan noble, tan a la sorpresas b fes tividades c Vi llas d Zu luaga e mis mo f re mata g Pas cual h mu jeres
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla precoz y anticipada, y en circunstancias tan especiales, hay que cortar por lo sano y ponerle, desde tempranito, las cosas en su punto, a fin de que obre, en adelante, con pleno conocimiento de todo lo que atañe a su persona e intereses. La vieja se aterra con el mandatoa y quiere declinarlo en el mandatario; pero él insiste en que debe ser ella y no otro. No pensara en que iba a abrirle los ojos a un inocente. Así es que no tiene más que obedecer.
El sábado siguiente, mientras ma Higinio arranca achiras, la vieja, aplazando las hojaldrasb y a tiempo que el Zarco sale, le dice, con voz extraña: —Vea, Juan de la Rosa; no se vaya, agora, en busca de azafrán; véngase con yo a la piedra di-arriba, qu’es que tengo que decile, ac vusté solito, un escucho más bien largo. El chico la sigue, en silencio, con tamaños ojos. Una vez sentados en la piedra, la vieja le abraza, pone la boca cerca al oído y, toda conmovida, principia: —A yo me da pesar contale estas cosas;d pero el señor cura me confisca si le guardo más el secreto. Ya vusté haberá visto, mi Zarquito, cómo lo queremos yo y el pobrecito de su taita y cómo bregamos pa que salga hombre de bien,e muy trabajador y muy religioso; pero nosotros no semos nada abuelitos de vusté, tan blanco y tan bonito. ¡Qué vamos a ser!f Vea yo le cuento todo, porque asina me lo manda el señor cura: Nosotros no semos gentualla ni por la color ni por la conduta; mas sin embargo, semos unos tristes montunos de por ai. Su taita Higinio ya vusté sabe que nació en La Copacabana; y dende muy medianito se fue a jornaliar a la mina de El Criadero. ¡Él tan siquiera conoció a sus padres y a sus abuelitos! Yo ¡ni an eso! Quedé güerfanita de padre y madre, dende chiquitica, y nunca he podido acordarme de cómo eran. Apenas sé que mi apelativo es Rivillas. Quizque nací en La Magalena, por los lados de San Vicente;274 y me llevaron al pueblo, a casa de don Pedro Duqueg en donde estuve de arrimada. Pero mi Dios no desampara sus criaturas: un día vinieron a posar a la casa un señor muy principal y una niña, ya moza, llamada Teresita. Dende que me vido me conversó con mucho cariño y me averiguó quién era yo. Cuando estaban comiendo, en la mesa, yo oí que hablaban de yo; y a un ratico me propuso la niña que si quería ime a vivir a su casa. Yo le dije que sí al momento; y al otro día me arreglaron mudita asiada y buscaron pion y silleta pa llevame. Dende eso, vide yo qué lay’e gente er’esa. Escuro, escuro nos mañaniamos al otro día, y en el camino me contemplaron como a una niñita de buena familia. Con la noche llegamos a la mina de El Criadero.
—¿Onde trabajaba taita Higinio?
—Allá mesmo. Eso era un laborinto de casa, de lo más grande, lo más asiao, lo más precioso y más enorme. Allá vivían el patrón, con su padrecito, con su mujer y dos hijos casaos, con sus niñitos y una nietecita güerfana de madre, y dos go tres empleados de la mayoría, juera de los dueños de la mina, que casi nunca faltaban en la casa. Con decile, Juan de la Rosa, que había veces en qu’eran de treinta p’arriba los de mesa. El patrón y esas señoras fueron mis padres. Por ellos pido a Dios todos los días. ¡Valiente gente tan buena, tan religiosa y de tanta caridá y educación! ¡Qué a man dato b ho jaldras c decile ,a d cosas;; e bién f !Qué vamos a ser¡ g Du que
El Zarco hubiera sido de yo sin esa familia! Yo pensé que m’iban a mandar de ayudanta a la cocina go al lavadero. ¿Pues quién le dijo?: me habilitaron ropa, en un momento, y solo les faltó chantame zapatos y sentame a la mesa, pa estar como las señoritas de la casa. Me arreglaron camaa con tendidos muy buenos, en el mesmo cuartob de la niña Teresita, y me pusieron pa comer mesita aparte con todo y paño; y me servían de los mesmos potajes de los grandes. Hasta me enfermé con esas comidas tan aliñadas. La niña Teresita y las otras señoras echaron a enseñarme de todo; de todo, Zarquito: dende aprender a peinarme hasta ajuntar las letras. Yo, tan solamente, les ayudaba a barrer los entablados y a limpiar la jardinera: en lo demás yo fui,c en mucho tiempo, como una escuelianta. La niña Teresita me enseñó y me explicó toda la doctrina; pes, anque yo había aprendido alguito en San Vicente, pa confesame y comulgar, siempre estaba muy inorante. Me enseñó también a oír misa, a desaminame y’a ofrecer la comunión, y todos los rezos; asina mesmo como se la-hemos enseñao a vusté. Apenas me tuvo bien preparada,d me confesé y comulgué, allá mesmo, en la mina, porque el cura de Volcanes iba todos los meses a decir misa y a confesar y a dar comunión a los de la casa y a too los piones y personas de juera que quisieran, porque allá vivía mucha gente, cerca de la casa.
—¿Allá había, pues, iglesia?
—Tanto asina como iglesia, no, Zarquito; pero sí un oratorio,e de lo más precioso, en la punta de un corredor muy largo y muy ancho, onde la gente s’hincaba a oír la misa. Tenía altar, con su Señor Crucificado, quiteño, de lo más perfeuto; y con la Virgen de los Dolores y santa María Magdalena y san Juan Evangelista, toos tres de bulto y del tamaño de un cristiano grande y a cuál más precioso.f Los habían regalado las pionadas de la mina, con toos sus vestidos y el resplandor y el corazón traspasado de la Virgen, a la iglesia de Volcanes; pero como nu’estaba’acabada, tuavía tenían las imágenes de El Criadero, y tan solamente las llevaban al Sitio por Semana Santa. —¿Y cómo las llevaban, madre Rumalda?
—En sus andas, con sus vestidos de lujo, muy bien tapados, pa que no les sucediera nada en el camino, y en una procesión muy devota. El patrón y los hijos grandes iban siempre, a pie, alante de la pionada,g rezando el rosario y las letanías mayores y otras oraciones muy lindas; y a ratos ayudaban ellos mesmos a cargarh la Virgen. —¿Antósi habería también monarcillos y ciriales?
—Eso sí no, Zarquito. El padrecitoj Aguilera, qu’era el coadjutork de Volcanes, en ese tiempo,l venía el Martes Santo, con la tarde y con túel pueblo, a topar las imágenes hasta el Llanom de Ardila, si hacía buen tiempo.n Él venía ya con la capa y los ciriales. Ai se destapaban los santos, pa entrarlos al Sitio triunfantes y gloriosos. —¡Cómo sería eso de sabroso!
—¡La dicha, Zarquito! Y allá en El Criadero también se hacía procesión el Viernes de Dolores. ¡Tanté que la Virgen de los Dolores era la patrona de la mina! El padre venía con los músicos y el coro y los monarcillos y los ciriales; y eso era con a ama b cua to c fuí d pre parada e orario f pre cioso g pio nada h car gar i —!Antós j Pa drecito k coad jutor l tiem po m Lla no n tiem po
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla misa cantada, con comunión de toda la pionada y con procesión, dende la casa hasta el molino de Santa Ana. Medio Sitio s’iba a la fiesta.
—¿Y tenían que llevar del Sitio los ornamentos y las cosas pa la misa? —Si allá había de todo, com’u en una iglesia: atril, misal, ornamentos, piedra di ara, cáliz, patena. Hasta vinajeras y caldereta mantenían. Allá había un cuartico a modo de sacristía. Y yo mesma, con estas manos que se ha de comer la tierra, le ayudé a lavar los corporales a la niña Teresita.
—¿Y quién ayudaba a decir misa, madre Rumalda?
—El patrón go cualquiera de los hijos. ¡Esa era una familia tan religiosa y que vivía tan bonito! ¡Allá sí había aseo y señorío y educación! Por eso a yo no me pueden parecer tanta cosa los gamonales d’este pueblo.
—¡Ah, dicha pa vusté, haber vivido con esas personas tan principales! ¿Y tuavía viven en la mina? —indaga el chico, como alucinado por un rayo de esperanza. —No, Zarquito, a los patrones se los llevó mi Dios hace años; los hijos quizque viven por ai en diferentes pueblos.
—Y dígame, madre Rumalda, ¿los de esa familia son así... medio monos? La vieja, que entiende la enjundia de la pregunta, contesta asustada: —¡Vusté sí, Juan de la Rosa, valientes alcances tan fatales! ¡Quién sabe qué cosas malas tará pensando vusté! Cuanto le digo es que en esa familia de Casanova no hay ni riesgo que haiga alguna cosa que no pueda aparecer. Ni tampoco hay monos ni zarcos: hombres y mujeres todos son pelinegros y ojinegros. —¡Ni uno tan siquiera hay mono! —murmura el expósito, sintiendo que se le escapa aquella ilusión de un instante.
—Ninguno, Zarquito. Asina como se lo digo. Vusté no es nada de esa familia. La vieja se calla, y al chico, por más esfuerzos que hace por no llorar, se le saltan dos lágrimas de entre las bronceadas pestañas; mas pronto se rehace y pregunta: —¿Allá fue donde vusté y taita Higinio se casaron?
—Allá mesmo.
—¿Y cómo fue que se enamoraron?
—¡Ave María, m’hijito! ¿Yo qué diajos voy a saber? Esas son cosas que determina mi Dios; y yo’staba tan mediana, enteramente, que ni supe: si apenas quizque tenía quince años descasos cuando él me mandó la carta. Él trabajaba allá, dende medianito; se puede decir que allá lo criaron. Primero quizque principió a jornaliar, trayendo atices pa los socavones; pero el patrón se lo llevó, en después, pa la casa a cuidar las bestias y a traer los terneros; y asina se fue entablando y aprendiendo toda laya di’oficios. Lo querían tanto, por obediente y trabajador y aconductado, que le enseñaron a ser muy religioso, a tener mucho jundamento pa todo y a leer y escrebir y a echar cuentas. Cuando me propuso, era el que compraba y traía el víver, el que ayudaba a matar las tres go cuatro reses que se consumían por semana, y cuasi el que despachaba las raciones en la proveduría. Yo lo conocía mucho; pero ni an
El Zarco lo vía: como yo vivía en mi cuarto, en mis oficios, y apenas salía ajuera a ayudarle a la niña Teresita en la limpia de la jardinera... Cuando me mandó la carta, con don Daniel, el despensero, a yo me dio mucho susto y se la entregué a la niña Teresita, asina sin abrirla. Ella se la llevó a los patrones, y ellos dijeron que, dende que yo quisiera a Higinio, ellos eran demás de gustosos.
—¿Y vusté lo quería mucho, madre Rumalda?
—Pes ello... como que más bien sí. Como era tan formal y tan buen mozo... —¿Antonces soñaba con él toitas las noches, no es cierto que sí, madre Rumalda? —¡Callá la boca, enemigo malo! ¡Qu’iba a soñar yo!
—¿Ni una nochecita?
—¡Tan siquiera una! Lo que hacía era encomendame a Dios y encomendalo a él, porque, como íbamos a tomar estao, rezábamos mucho. No ve qu’el fue, dende chiquito, criao con tanta religión y hermanito de la Virgen del Carmen, así como vusté, Zarquito; y como cayó en después en manos de esa familia tan devota, él era de mozo tan rezandero y comulgador como es agora, eso era lo que más les agradaba de’l a los patrones y a la niña Teresita. A yo también me hicieron asentar en la hermandá, y en esos días que arreglamos el casamiento, en un viaje qu’hizo a La Villa, a acompañar a ño Valencia, a llevar la remesa del oro, trujo él mesmo la Carmela, a l’espalda, dende La Copacabana. Ai la tuvo en el oratorio; y, antes de dentrar nosotros a la casita que nos hicieron pa vivir, dentró la Carmela. La víspera de casanos, juimos a colocala en su altar con el patrón y la niña Teresita, pa que ella nos bendiciera a nosotros y a la casita: dend’eso nos ha acompañao la querida. Allá vivimos treinta y cinco años, tan a gusto, anque éramos pobres; allá nacieron los catorce hijos y, nos quitó Dios dos muy niñitos; y pusimos en estao los seis grandes. Los patrones siempre estaban a la vela, pa ayudanos y socorrenos en todo, como si yo y Higinio juéramos sus hijos. Más que padres jueron pa nosotros don Manuel y doña Teresa. ¡Mi Dios los tenga en su santa gloria! ¡Y esa niña Teresita!: ai quizque vive en Volcanes, en obras de caridá, con los enfermos y la pobresía, lo mesmo que una santa. Allá viviéramos tuavía en ese criadero tan querido; pero mi Dios dispuso otra cosa: el oro jue mermando; y los dueños de la mina, visto que día por día perdían mucha plata, dejaron de trabajarla. ¡Esa jue una compasión ver a tanto jornalero y a sus familias sin oficio; y yéndose, como podían, lo mesmo que en una derrota! Los patrones y la niña Teresita lloraban de lástima. Unos se jueron pa las minas del Anorí, Las Malfias y Remedios;275 los otros ni se supo pa ónde. De los cuatro yernos y los hijos de yo y Higinio, tan solamente quedó, por esos lados, mi compadre Nicomedes, ye’so porque no era minero. Los otros se jueron solos go con su familia onde tuvieran trabajo. Las casas abandonadas por los piones las juerona ocupando las gentes de puaí, que vivían en ranchos. Tan siquiera les quedó a esos pobres onde vivir, ya que no tenían a quién vendele ni un triste güevo. Los hijos de los patrones se jueron también con sus familias; los viejitos, la niña Teresita y Pepita, la nieta güérfana, se a jue ron
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla quedaron unos días, mientras les acababan la casa que estaban haciendo en Volcanes. Cuando se jueron, ¡no le digo nada, Juan de la Rosa! ¡Eso jue como si hubieran sacao cinco muertos! Los que quedamos y la gentecita que vivía pu’aí, nos ajuntamos a deciles el adiós, y’eso era como si a todos se nos hubiera cerrao la güerfandá. Y eso era, Zarquito; güérfanos y méndigos quedamos toiticos. Los patrones convinieron con los señores Restrepos, dueños de la mina, en que yo y Higinio nos pasáramos a la casa de la Mayoría, con los más hijos casaos, que se quedaran ai, pa que la casa no se cayera. Asina mesmo lo hicimos; y ai nos ajuntamos con la familia de mi compadre Nicomedes y con la mujer y los hijos de Esteban, el hijo mayor, que quedaron a la vela de nosotros cuando él se jue pal Anorí.
—Y dígame,a madre Rumalda, ¿por qué no se quedaron viviendo en esa casa tan grande y tan linda?
—Pero ¿de qué nos servía, Zarquito? Ni an pa nosotros dos solos hubiéramos ganao la comida, en ese abandono, contrimás pa seis chiquitos que nos quedaban por levantar. Como Higinio no tenía medio rial pal principal, no pudo entablase en nada, anque ha sido siempre tan trabajador y tan entendido en todo; y a yo no me quedó a quién vendele un cuartillo de tabacos ni media hojaldra. Es que vusté no sabe, Juan de la Rosa, lo que es el acabe de una mina. Si vustéb hubiera visto cómo quedó eso: ese era una lobreguez y una tristeza y una necesidá, que hasta los pajaritos se les vía el hambre. Y ver aquellos molinos abandonaos, y aquel rigorc de jierro y de maderas y cosas pudriéndose por ai, tiraos en cualquer parte; y ver aquellos socavones y aquellos apiques hundiéndose; y las acequias derrumbadas go secas; y el rastrojo levantando por toitas partes. ¡Eso daba ganas de emperrarse a llorar! El pobre Higinio vivía yente y viniente de la mina al pueblo, por ver si topaba qui hacer; pero ese Volcanes quedó también como muerto con el acabe de la mina; allá se topó un día con don Matías Chaverra, que le propuso un negocio de compra de víver pa unas minas de Remedios, y que se juera también de mayordomo pa su finca de Agualinda, onde nada nos faltaría. P’allád cogimos quizque muy contentos, anque dejábamos en El Criadero el resto de la familia. Comoe no queda lejos, en un día nos pusimos allá. Pero vea, Juan de la Rosa; dende que yo vide esa cañada tan fea y tan jonda, me coló la congoja. Eso son unas cantumbas de lo más tristes, pu’aá en un’abra de Riofrío. La tal casa no parecía de cristianos: ni güertecita, ni un cerco, ni un desagüe, ni nada. Hasta falta nos parecía a yo y Higinio meter en esa inmundicia la Carmela y los otros santos. Eso era, mesmamente, un sesteadero de ganao y un nigüero, que las criaturas se nos pusieron imposibles. Ni en un mes pudimos sacar la porquería y desaguar los pantanos. Juimos a sembrar, muy en ello, tan siquiera colecitas y aliños; pero ¿quién le dijo?: las indinas hormigas no dejaban matica viva. Juimos quizque a poner gallinas; y al sol medio día volaba la aguililla y alzaba con los pollos. A más d’eso,f queda ese güeco a más de un día del pueblo; y pu’aí no pasa alma ni hay recursos de ninguna laya. Allá no había más gente que la familia de ño a —¿Y dígame b vus té c ri gor d faltaría P’allá e Co mo f d’éso
El Zarco Casiano Querubín, qu’eran: él; ña Rufa, su mujer; y dos hijas, mozas y bonitejas, que vivían ai cerca, en un pajarete. Quizque eran los agregaos. ¡Tanté agregaos! No movían una paja: los dos viejos vivían pegaos del fogón; y las mozas volando pu’aí sin oficio ni beneficio. Vivían que ni animales: ni rezaban un rosarioa ni salían a misa ni a confesase, ni tenían un santico ni pa conocer.
—¡Antós no tenerían ni an religión!
—Pes a lo menos eso parecía. A poco comenzaron las andanzas d’Higinio a las compras del tal víver; y yo me quedaba en poder de los meros chiquitos. Don Matías era tan desconsiderao con nosotros, que no nos dejaba sino máiz gorgojiao y unos granos contaos de frijol; y como le demoraba tanto la paga a Higinio, pasamos hasta hambres. Cuando don Matías, go Miguel Antonio, el hijo, venían a la finca, trían su carne y su cacao; pero d’eso no güelíamos nosotros.b —¡Ah perecidos y malostratos! —exclama el Zarco indignadísimo—. ¡Ni an señores serían nada!
—Quizque eran de lo primero. En esas vino una tos ferina que ¡no le digo nada, Juan de la Rosa! Me agarró los tres más chiquitos y se los llevó a todos tres en menos de dos meses. ¡Citos de mi corazón! ¡Sería por lo mal comidos que vivían los angelitos! Josecito y Floriancito se llevaron quince días de diferencia; y Ana Rosita, la secaleche, quedó lisiada del pechito, y a los dos meses se me murió. ¡Las penalidades que pasamos en aquel desierto, con esos enfermitos! ¡Los trabajos pa llevalos a enterrar a ese Sitio tan lejos! Pero asina lo dispuso mi Dios. —¿No quedaron sino las de aquí?
—Meras. Pero eso jue lo de menos: lo pior era el mal ejemploc que ellas vian ai en ese monte, con el modo de vivir y con los escándalos de don Matías y de Miguel Antonio: cada rato se agarraban y se inrespetaban, el uno al otro, con los dichos y los insultos más horribles como dos enemigos que se aborrecen. —¿Peliaban el padre y el hijo, madre Rumalda?
—Como se lo cuento, Zarquito.
—¿Y el hijo insultaba al padre?
—¡Como no tiene idea! Es pa que vea hasta ónde llegan los cristianos que no viven como lo manda la doctrina.
—¿Y por qué peliaban, madre Rumalda?
—Por cosas... di-ai d’ellos que vusté no tiene pa qué sabelas. Asin’es que vivíamos pegaos de la Carmela y de los Santos pa que nos sacaran d’ese monte; y ellos nos oyeron. Un día volvió Higinio y me contód que el padre Colmenares le abría muy buen partido pa que nos viniéramos a trabajar aquí, en compaña con él; y qu’iba a partise con don Matías; y a veninos, más hoy, más mañana. Esa noche no pude ni dormir de puro alegre y esperanzada. Me acuerdo como si hubiera pasao ayer. Hacía una luna que parecía la mit’el día y la luz se colaba por las rendijas de la ventana. Pintao, un terranova muy lindo, que dormía siempre en el corredor di a ro sario b nos otros c ejem plo d con tó
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla afuera, echó a ladrar, a ladrar, y yo lo sentía como alebrestao y que se salía hasta la puerta de trancas y se golvía de pa dentro. De presto se calló; y a un ratico sentí como gente y animales, ai en el mesmo patio. A yo me dio mucho susto y jalé a Higinio y recordó. Nos levantamos, con mañita, y más muertos que vivos nos pusimos a vigiar por las rendijas. Ai taba una vaca forástica, con su cría, y tres hombres, como muy miedosos, con bayetones muy largos, de alpargates, con unos sombreros de palma hasta los ojos y con las caras tapadas con pañuelo rabuegallo. Uno de ellos tría a la espalda una carga tapada con enceraos. Llegaron hasta el corredor, descargaron; y echaron a decise escuchos; pero apenas les oíamos el mormullo. De presto tocan, muy duro, en la mesma ventana. “¿Quién es?” —les pregunta Higinio—. “Gente de paz”, —contesta uno con una prenuncia muy maluca, como supuesta—. “Hablo con Higinio Mira” —“Sí, señor”—. “Pues levántese agora mesmo, sin demorase un minuto, pa que reciba una encomienda que les mandan.a Por una carta que le dejo encima saberá todo. Pero no destape sino adentro” —Esto que dice y se guelven los tres como venaos guyendo de los perros. Cuando nos tirábamos la cobija encima, pa salir, oímos el llanto de una criaturita recién nacida.
—¿Era yo, madre Rumalda? salta el Zarco llorando.
—¡Vusté mesmo, mi Zarquito! —contesta la vieja no menos conmovida y arrimando a su regazo la cabeza de ángel—. Ya ve, pues, que nu’es botao, como le han dicho, sino mandao en toda regla. Prendimos vela y lo entramos. Sobre el encerao vimos la carta. En letronas muy grandes y muy patentes decía: “Al señor Higinio Mira en Agualinda.”b Debajo de los enceraos estaba el cajón (ese mesmo que esta en el zarzo), con arcos de chusco y tapao con una sábana muy fina, que tengo pu’aí guardada. Vusté venía muy arregladito en su almuhaíta, con un rigor de pañales,c a cuál más fino y con una mochila replet’e plata. Yo lo cogí, con tanta lástima y tanto cariño como si juera de nosotros. Yd de yo y Higinio ha sido: vustée lo haberá visto. Nada le repone el Zarco, porque el llanto no lo deja. Madre Rumalda trata de consolarlo con caricias en la cara y en el cabello; y luego prosigue: —Higinio abrió la carta, con mucha curia, y echó a lela. Como la leí tantas veces, casi la sé relatar de memoria. Decía que nos escogían a nosotros pa crialo porque éramos de mucha religión y de muy buena concencia; que lo sacáramos de pila cuanto antes; que lo criáramos en el trabajo y con toda la religión que teníamos; y que le diéramos el apelativo de Higinio; que ai nos mandaban, pa la crianza, quinientos pesos y una vaca parida de ternera; y que si d’ella resultaba más crías, eran en compañaf con vusté; y que si vusté fallecía, todo era de nosotros; que guardáramos todo el secreto que pudiéramos; que dijéramos que vusté era un nietecito güérfano; y que no intentáramos averiguar quién eran los padres de vusté; que, si algún día ellos lo reclamaban, ellos darían su modo y su maña.
—¡Pero vusté y taita Higinio siempre saben quién son mis padrecitos! —gime el chico.
a mandan..
b Al señor —Higinio Mira— en Agualinda.
c paña les d nosotros Y e vus té f com paña
El Zarco —No, mi Zarquito: lo inoramos por completo. Tan solamente supimos, con solo velo a vusté y por los pañales y esa carta tan bien puesta, que sus padres son gentes de lo primero de algunos de estos pueblos de estos laos, go tal vez de Rionegro, go de La Marinilla, go de la mesma Villa. ¡Quién sabe, mi Zarquito! Y pa que lo sepa de una vez, el señor cura cree que sus padrecitos no lo buscan ya.a Yo también creo: ya vusté ta demás de criao.
El Zarco pasa del llanto a los sollozos; y, todo atragantado, murmura a poco: —Vusté y taita Higinio tenerán la carta guardada. Muéstremela, agora, siquiera pa yo leela. Sería mi madrecita que la escribió. —Es’es otra, mi Zarquito. Esa carta ya no la tenemos: cuando abrieron el arcón se la llevaron.
—¿Sí madre Rumalda? Ya sé quién fue: mi tío Simeón. Pero la sábana sí me la muestra y me la da, pa yo guardala, ¿no es cierto que sí? —¡Cómo no, mi Zarquito! A la noche se l’enseño; y cuando le consigamos el baúl, se la doy pa que vusté mesmo la guarde.
—Bueno, madre Rumalda; perob no fue vusté la que me dio de mamar. —Bien dice, mi Zarquito: ya yo no criaba. A vusté le daban las hijas de ño Querubín, que eran muy alentadas.
—¿Ellas eran, pues, casadas?
—Pes no. Mas sinembargo, todasc dos taban criando.
—¡Ah! Pues por eso eran las peleas de don Matías y el hijo. —¡Virgen del Carmen, mi querida madre! —clamorea la vieja santiguándose—. ¡Vusté sí está bien fatal! Ni un viejo tiened esa experiencia. Bien lo dice el señor cura que este pueblo se ha vuelto una perdición y que ya ni los chirringos son inocentes. —Es que cuand’uno es hijo natural y con padrecitos tapaos, como yo, tiene qui aprender muchas cosas malas. ¿Qué va hacer uno, pues, madree Rumalda? —¡Hasta asina será: este mundof es tan fregao! Y vusté, con esos alcances y esa averiguadera... y vea: no me dio nait’e brega su crianza: dende chiquitico era tan alentao y tan paciente; y jue tan de buenas, que a Silveria se le murió la muchachita; y anque echó pelea con los taitas y con los Chaverras, siempre se vino pa acá con nosotros y aquí acabó de crialo.
—¿Y qué s’hizo la Silveria?
—Pes a unos días, cuando ya vusté taba destetao, topó aquí buen marido, anque tenía mala nota, y se jueron a vivir a La Clara. Allá quizque están muy en grande y viviendo muy bonito. Pa más fue ella que mis hijas, pero asina son las determinacionesg de Dios. A esas, dentró mana Casimira y ella lo ha criado y lo ha güelto asina de consentido (apurando las caricias).
Cuéntale luego los adelantos de la vaca, el cálculo que han hecho del dinero que le deben y como, por vía de devolución, han de dejarle en el testamento el cuarto de los bienes, el cual se lo entregarán al cumplir él los veintiún años. a yá b pe ro c to das d tie ne e ma dre f mun do g determinacio nes
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Juan de la Rosa se explica, entonces, el odio de sus tías y de los maridos. A los pocos días lo acaba de instruir el señor cura. Llanto le cuesta persuadirse de que sus padres lo abandonan por toda la vida; mas ya no piensa en huida, sino en irse con toda formalidad apenas mejore taita Higinio.
Llega noviembre, un noviembrea aterido y neblinoso, de lloviznas insistentes, de tristeza en el terruño y en el cielo, de doblar frecuente por las ánimas. Atedian, en esas latitudes de Tambogrande, el olor acre del pantano, el entumecimiento de las cosas, el gotear desde los árboles y los aleros, las hondas huellas de hombres y animales en los senderos reblandecidos, y esa mugre negra que toma paredes y maderas, troncos y follajes, cercos y vallados, en pringues y chorretasb y que apocan el ánimo con el aburrimiento de lo sucio y sugieren ideas de disolución y podredumbre. Pero a mano Higinio no le atajan ni fangos ni lluvias ni los ruegos de su mujer y las exhortaciones del señor cura para sus ritos devotos en este mes de las benditas ánimas. Así, en pecado mortal y privado de sacramentos, se entrega, con toda su alma, a esas sus amigas y patronas del purgatorio. Como de costumbre, ha mandadoc rezar las tres misas y los cincuenta responsos el día de difuntos; como de costumbre, ha hecho arreglar por la habilidosa Eustaquia las dos ánimas del altar de la Virgen del Carmen de la iglesia, en las andas de la Carmela; y las ha llevado en procesión al cementerio, en amor y compaña de sus cofrades Bruno y Zacarías Giraldo, hermanos entre sí y adictos, como él, a estas almas, que interceden, en medio de sus penas, por las que dejan en la tierra.
Más que artista ha estado Eustaquia en este año de las grandes creaciones tambograndeñas; ha colocado las dos imágenes de tabla recortada, en postura angular, mirándose una a otra, entre un purgatorio de ramas de ciprés y rebujones de trapos negros y amarillos. Las espaldas, de pura tabla rasa, las cubren las llamaradas. La chiquillería y hasta la grandería sigue con sorpresa y susto delicioso este paso de emblemad y de misterio. Los conductores mismos y el modo como se han colocado despiertan mil ideas; mano Mira, con su barba de Padre Eterno y su cara abismada, va adelante, embrazando los palos de las andas; los Giraldos, hirsutos y montaraces, cargan los suyos atrás, entornados los ojos y cabizbajos. Los tres forman como los vértices de un triángulo, más simbólico que geométrico.e No es para menos tanto intrigamiento: los Giraldos son en el pueblo objeto de mil consejas. Son célibes y viven como ermitaños en una finquita de campo, que labran para su sustento.f Se asegura que no prueban carne, ni sal ni dulce. Solo salen al pueblo a misa y sacramentos, por la fiesta del Carmeng y en las noches de noviembre:h en las demás del año, así en invierno como en verano, prenden grandes fogatas en el patio y asan raíces mientras rezan el salterio, cantan alabados y conversan con las ánimas. “Oiga, hermano, cómo piden oraciones”, —dice Zacarías. “Recemos, hermanito, todo el ejercicio” —contesta Bruno; y ambos a dos se postran de hinojos y plañen en redor de la hoguera.
a noviem bre b chorre tas c manda do d em blema e geométri co f sus tento g Car men h noviem bre
El Zarco La devoción de las benditas ánimas les hace fraternizar con ma Higino, única persona con quien tratan en el poblacho. Se dice que él ejerce con ellos ocultas caridades; y que se han contagiado, recíprocamente del fervor animero. Quiénesa tienen a los Giraldos por santos; quiénes, por locos rematados.b La locura de ma Higinio ya no es secreto para nadie; pero a muchos les da también un tufillo de santidad; así es que el paso de las ánimas en la fúnebre ceremonia es un espectáculo entre risible y edificante. Los tres animeros siguen impávidos, imperturbables, muy lejos de las ánimas vivientes de este mundo misterioso. Al Zarco, que va de monago mayor, con la cruz alta, se le saltan las lágrimas al ver la exhibición de taita Higinio.
El sacerdote progresista se quiere ofuscar con esta cócora piadosa, pero el superior le desalarma:c —No se sofoque, mano Isaías —le dice sonreído— a Dios le agradan todos estos títeres, porque son de buena fe. Recuerde lo que dicen los libros sobre la “locura de la cruz”,276 y todo lo que hacían algunos santos; recuerde que somos curas de almas montañeras.
—Ciertamente, padre: cada cual practica a su modo.
En este mes no yace ocioso, al pie de la Carmela, “el esquiloncito de las ánimas”. ¿Para qué os quiero, metal sonoro y badajillo lastimero? Desde la diez de la noche, llueve que truene, ya está ma Higinio tilín tilín en cada puerta, en cada ventana, pide que pide “un padrenuestrico pa las benditas ánimas del Purgatorio”. Repasado el pueblo, vase al cementerio. A su puerta encuentra a los hermanos Giraldo, postrados en tierra, en aquel dúo de rezos gemebundos. Visten los dos en tales casos, sendas capas de iraca que el industrioso Bruno ha fabricado con flecos superpuestos como de escoba. Semejan dos bohíos vivientes. Muchos ociosos van a observarlos y no falta algún hidalgo que les tire piedra a estos espantos tan conocidos como inofensivos. Ma Higinio se les une y el terceto se prolonga hasta las tantas de la mañana.d Si alguna vieja o rapaz se les arrima, se van con su rezo a otro punto, cabe las blancas tapias del camposanto: es como un sacerdocio que solo a ellos compete. Mana Rumalda, que enantes viera en todo esto una devoción especial y solo dable a los varones libres que a todo pueden exponerse, pasa ahora, mientras las ánimas descansan, con estas preces, las penas del purgatorio. ¡Qué dormir, ni qué rezo ni qué nada con aquel sobresalto! Su oído está alerta para escuchar el tiro: se le ha metido en la cabeza que esos Caliches tentados se van a aprovechar del estado del pobrecito Higinio para paviarlo277 cualquier noche. ¡Con lo furiosos que estaban con él! Y cuando llueve y siente el ríoe crecido, se le antoja su Higinio arrastrado por la corriente, ni más ni menos que el difuntof Bohórquez.g ¡Y qué rezos sin formular a las benditas ánimas! Mas, en esta bola de dichas y armonías, no todos han de padecer. Mientras Rumalda pasa la pena negra,278 Tambogrande, en masa, se regocia en el Señor. Ya han principiado el novenarioh y las salves de la Patrona; ya la Banda de los Castros, tan escasa, a Quié nes b rema tados c desalarma:‘ d ma ñana e frío f diufnto g Bohór quez h nove nario
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla pasada y lugareña,a pretende imitar la de Santa Rosa; ya el coro quiere anticiparse al de Rionegro; ya la pólvora sagrada augura con sus lumbres y tronamentas lo que han de ser esos días jubilosos que se acercan; ya la chiquillería corre desalada a la disputa del popo vacío o del cohete que no quiso reventar en ese cielo gris y nebuloso. vii Desde el postrero del mes llega a Tambogrande el preludio infalible de toda fiesta titular por aquel tiempo: es ño Lucas, personaje tan célebre que, como el Dante o Virgilio,279 no ha menester de apellido. No tuvo el Congo otro ejemplar más castizo. Viejecito y ciego, no gasta lazarillo, aunque recorre media Antioquia de fiesta en fiesta, de vericueto en vericueto. Todos le guardan la limosna del año; y él saca gastos con sus aleluyas y recitadas,b como que es el gran propagandista de nuestro romancero. A cada fiesta trae una novedad.c Su vocecilla, medio bozal y ya senil, que articula la ere como ele y que él sabe quebrar en inflexiones y tonos graciosos y efectistas, es como un sortilegio poderoso de simpatía. Aduna a esto su aseo, tan raro en un mendigo, su mismo tipo y esa sonrisa, dulce y melancólica,d de ciego. Hee aquí un bohemio jocundo y vencedor, que supo buscarle el cuarto de hora a la pública caridad. Desde el primero llegan las avanzadas, no menos infalibles, del goce aleatorio, vedado todo el resto del año. Llega, desde El Peñol, el clásico Hincapié, con su ruleta, que actúa hasta en las casas del copete; desde Donmatías,f “El caratejo Gómez”, con sus gallos, que enloquecen a los tambograndeños; desde Remedios, “el negro Marcelo”, con sus dados, que han llegado a tentar hasta a ma Higino y a dar capote al viejo Simeón. Tras estos van llegando los profesionalesg de la cachimona, del bisbís y del boliche, que arman su timba así en la plaza como en cualquier esquina de Callecaliente. A no ser por los faroles de los ventorros de comestibles, donde albean los cerros anuales de bizcochuelos blanqueados y las hileras con los vasos de horchata; a no ser por las porteriles lámparas del estanco, no se le notara al pueblo la gala de sus fiestas, a pesar de las salves y de la pólvora: lo que son los enlucidos y deshierbas del bando, han quedado de la vista de los perros con los últimos aguaceros de las ánimas. Por ahí retocan, como pueden; pero, en fin, en el blanquimento no está la montah de la gala, aunque así lo entiendan muchísimas beldades.
El primero, hay el gran número, que don Luciano ha olvidado en el programa: el tope de la Chirimía.
¡El tope de La Chirimía! ¡Oh, vosotros los que no habéis estado en este caso, os falta un dato en la felicidad de vuestra vida! Desde las dos van saliendo las tandas de rapaces y rapazas, camino de la dicha. Las avanzadas llegan hasta el Alto del Candil, y... nada. ¿Los habrían engañado? ¡Qué ansiedad! El grupo crece y crece. Hay que volverse al pueblo chasqueado. j ¡No hay remedio! Van a hacerlo; mas, de repente, asoman allá abajo, por un recodo del camino, tres figurillas, tamañas como ratas. a luga reña b recita das c nove dad d melancó lica e ciego He f Domnatías, g pro fesionales h mon ta j al pueblo chasqueados
El Zarco ¡Ellos! ¡Qué hurra! La rapacería se desgaja falda abajo comoa un alud. Los chirimeros lo entienden todo, y la nota aguda de los clarinillos y el pun-pun del tamboril resuenan por esos montes, cual si los tañesen los genios de la selva. Se aproximan. A saber, de ovaciones, entrarán a los héroes en hombros, como hacen con los toreros. Son tres negrillos serranos, con calzones cogepuercos de lienzo blanco y flojo, camisab por fuera, ruana corta, sombreros cónicos de caña y mugrienta chácara de cuero. Sin dirigir la vista al tope, avanzan serenos, cual dioses de un Olimpo africano, hipnotizados por sus propias armonías. Al darlas a los oídos del mortal, se inflan cual fuelles sus carrillos de ébano, se ensanchan sus fosas nasales y, cual goteras de esperma en paño fúnebre, albea lo blanco de esos ojos guineos, apuntados al horizonte. Con “La guacamaya”280 empatan un airecillo ingenuo de guabina o cosa tal, y con este, otro,c como alarido agorero de monte virgen, vocalizado por una mica Tetraccini y un mono Caruso.281 Es todo su repertorio. Con él sostienen, por cinco días, el regocijo de lo profano y la solemnidad de lo religioso. Cuando entra al pueblo aquel encanto, no hay señor que no le salga a la calle ni dama que no le corra hasta la esquina. ¡Ya están en fiestas! Por las mismas vértebras de los viejos pasa la mágica corriente. El programa consigna para el dos un número esencialmente tambograndeño: el tope al vestido de la Patrona. Como cosa privativa de la parroquia, se proponen celebrarlo con el fanatismo de un rito prestigioso de familia. Desde mediodíad van saliendo por grupos del cogollo para abajo. Ellos, de aguadeño y flux de dril aplanchado; ellas, de pañolón al cintoe y pastorales sombreretas; cuáles, con tiples; cuáles, con guitarras; todos, de alpargatas amarradas y con los canastos de provisiones y con los trastos para el cacao.
A la vera de aquel camino de las venturas van acampando. Estos, a la sombra de los yarumos: aquellos, bajo los dragos; esotros, entre las espesuras de los helechales. Quién prende la candela, quién acarrea chamizos, quién atiza,f quién sopla; todos quieren intervenir en la hechura de aquella chocolatada patronal. Entre retozo y retozo, se echan discursos los ojos juveniles y les murmuran al oído aladas palabras que se escapan del almag mientras vibran las cuerdas y se entonan las canciones y reparten las mamás las humeantes jícaras, los roscones de pandequeso y las cocadas. Pasado el bullicioso gaudeamush berréase en coro, con divertida discordancia, la tonadillai en boga; y se ensayan, en el camino, para el gran sarao de la noche titular, los pasos de la Garibaldina floreada,282 las vueltas, con aguacates y zapateos, la polka de tacón283 y la contradanza española. Interrumpen estos devaneos el paso de caballeros y amazonas, de gentecillas pedestres y de la truhanería que hacia j el pueblo se encamina.
Aunquek el traje de la Patrona está más que traído y retraído, en muchisimo sigilo, por supuesto, donl Luciano, el hombre de las andróminas, ha industriadom el número con muchas sorpresas y sabidurías: allá como a las cuatro, repunta por moro el negro Juan Palacio, con ingente maleta, muy bien embalada, que lleva este rótulo: a co mo b ca misa c o tro d medio día e cin to f atiza; g alma, h gaudemos, i tona dilla j hacía k Aunjue l dw0n m in dustriado
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla “Vestido de Santa Bárbara”. Los topantes se congregan y siguen en redor de lo topado, y, cual si la celestial brujería obrase también en tan santa mistificación, estallan, al coronar el Alto de Miraflores, triunfales estruendos de clarinetes y barítonos, cornetines y bajos, timbales y parches, en rompientes glorificadoras. Es uno entre marcha y valse, traído a estas montañas, poco antes en armas, por la invasión irrisoria de Mendoza Llano. Tienea esto letra épica y entonación heroica. Los papás del tope, que tanto lo conocen, cantan, así sean más godos que Berrío,284 parejo con la banda: Los hijos de la costa,b yac libres del tirano, del antioqueño hermano acuden a la voz.
Nosotros romperemos las cadenas que oprimen a los que tristes gimen bajo opresión atroz.
¡Mucho que sí!: en los campos desolados de playasd quedaron los rompimientos. ¡Y viva la banda y viva Santa Rosa! A “paso de vencedores”, al son de músicas y de aspavientos, entrae a Tambogrande la rotulada maleta que nada guarda: que la fe y la creencia también sacan seres de la nada.
Por aquel lugarón, tan desierto de ordinario, circula, en tal momento, la abigarrada muchedumbre que a tales festejos acude: los mejores bundistas y cantores del Estado, troveros de las minas de Remedios, negras bailarinas de Yolombó, buhonerosf chalanes, vendedores de joyas de pacotilla del Guarzo y Girardota, carrieleros de Envigado, zapateros de Rionegro, alpargateros de Marinilla, y toda esa hampa azarosa y heteróclita que va tras los gallos, el dado, el aguardiente y la rapiña. Los improvisados fonduchos están copados y en las casas de la caciquería se alojan señoras y caballeros de La Villa, de Rionegro y de otras poblacionesg más o menos importantes. Terminadas están las barreras para los toros, y contra su tablamenta se levantan las toldas de comestibles y bebestibles: ya se oyen por esos ventorros festivales las baladas de la cazuela y de la paila; ya hinchanh el éter sereno de esas noches de verano los efluvios provocativos de la empanada y del chorizo; ya emergen sus hálitos oleosos los ollones de ajiaco y de mondongo; y la morcilla trasciende, por todo el pueblo, con todas las alharacas y fragancias de una manifestación democrática. Custodian el pueblo hasta treinta horqueteros ambulantes, cuerpo policíaco que ha creado el alcalde por inspiraciones de don Luciano; y cuatro cepos macizos,i construidos al efecto, esperan en la cárcel patas y garras delincuentes. Entre la lista de las celebridades que han llegado, figuran, en primera raya, Joaquín Yepes y Rafael Euse, famosos bundistas del norte del Estado, que trabajan a Tie ne b Costa c Ya d Playas e en tra f bu honeros g po blaciones h hin chan i ma cizos
El Zarco en concierto, de fiesta en fiesta, al igual que ño Lucas. Figuran los sensacionales don Timoteo Campanillas de Rivero y su primogénito Emiro Antonio, de la cepa esclarecida de Rionegro, ricachones y entonadosa por añadidura. Es el mozo nada menos que el dolor de cabeza de la Ñata; y se asegura que padre e hijo vienen, propuesta en ristre. Hanse alojado en casa de don Justo; y el galán se ha botado a la calle, como un brazo de mar, con sombrero de copa y capa de embozo colorado. ¡Viérase al mujerío tambograndeño que ni colmena alborotada! ¡Ñata más dichosa! Pero la pobre está en mil apuros atendiendo a sus primas Mirandas, que han llegado de La Villa; en los arreglos de la Patrona y en los últimos perfiles de las galas que dirige y de los indumentos de la comedia. El susto, por la grata cuanto inesperada nueva, no le deja hacer nada a derechas. ¡Podía haberle avisado ese diablo! La ha cogido, si no matada y de trapillo, no como ella deseara. Al saber que está muy plantado en la esquina, se retoca a la diabla, se prende rosa en el cabello, se asoma a un balcón. Mirada y sonrisa, sonrisab y mirada, y... nada más, porque los muchachos, con la novelería pueblerina, se están amontonandoc en la esquina, y en las tiendas están todos de ojeo. El Zarco, mudando de colores, acude a poco, sumamente aseado, a la cita para la prueba del vestido. ¡Qué temblor y qué cosa aquella de tormento y de fruición cuando la Ñata, aguja en mano, toca aquí y allá, por sobre el trapo medio hilvanado! La amada, que desde hace días le ha adivinado y celebrado el enamoramiento, lo regaña, entre pérfida y festiva: “estate quieto, Zarco, o no te vuelvo a querer”. Peor. “Este muchacho parece azogado, te voy a chuzar con la aguja si sigues bailando”. El Zarco entorna la pupila divulgadora y brega por ponerse rígido y por reír. Imposible. Como flagelo le caen las gentiles chirigotas de la amada; y a él, Juan de la Rosa Mira, con sus instintos calderonianos, educados en las proezas del Patojo y de Sebastián de las Gracias, se le viene al pensamiento que si él fuera ya el hombre sabido y orador que iba a ser, tendría de desafiar, de vencer y de quitarle la novia, así botado y todo, a ese rionegrero tan orgulloso.
Al salir, se le figura que quiered más a la Ñata y que si no se podía casar con ella, ¿qué iba a hacer él con toda su sapiencia y su oratoria? Y el Zarco se pone triste un cuarto de hora.
Al medio día del siguiente salee la comisión de la cantarilla para la iglesia. Dos señoras jóvenes, seis señoritas y cuatro pepos,f de lo más granado, la componen.g Ellos, más o menos anticuados e inarmónicos de traje; ellas, recreándose en sí mismas, dando las primeras el golpe con el Sanedrín modernísimo; los doce, con el pueblerismo de gala, el más característico y acentuado. Se cuelan al estancoh y a las casas de juego, se entreveran en los de la calle, se ingieren en las montoneras de los bundes, le piden apunte a todo bicho forastero. “Que paguen el piso”, repite, a cada boleta, Adelaida de Luna, una mona pecosa, tontai y presumida que ostenta mucho oro, botines grisientos de satín, traje verdelora y el más costoso de los sanedrines: uno de colas tremolantes, con todo y mariposa posada en el ramo. a entonados, b sonri sa c a montonando d quie re e sa le f pe pos g com ponen h estanco, i ton ta
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Plebe y chiquillería siguen la comisión como a un sainete, por entre el embolismo de horqueteros y borrachos, de vendedores y bundistas, de cachimonas y de ruletas. Nunca en Tambograndea se viera tal jolgorio ni muchedumbre tanta. Vísperas y salve se tocan desdeb temprano para darles tiempo a la pirotecnia y a la comedia. ¡Qué revoltijo más delicioso de “música seria” con chirimía, qué cantorios, qué pólvora y qué alféreces! Los cohetones de luces alumbran las cordilleras con sus lumbrazos multicolores, desgranados desde las nubes; las girándulas, verticales, horizontales y de soslayo, se abren, estallan y loquean, cual crisantemos endiablados; las coronas imperiales lanzan estragos, en giros frenéticos de juicio final; los opuestos postes del tiroteo se disparan en tronamenta del infierno; el castillo chato y el puntiagudo se inflaman, uno tras otro, serenos y silenciosos, con sus cornisones policromos, sus puertas de arco, sus impostas, para producir el estallido postrimero. ¡Salve Tambogrande mirífico!
A las ocho se traslada la santarrosana gente a la enfarolada puerta del teatro, casa de don Gregorio Timoneda, el gran patio de la localidad. Una garabaldina a todo viento, a todo timbal, a todo bombo, retumba por esta plaza, cual la diana de entusiasmoc delirante. Forasteros y vernáculos acuden en montonera. Don Luciano, alma mater d de las fiestas, ha sacado en ese patio todas sus invenciones y su ingenio todo: recorre tres lados del recinto uno como zarzo, embarandado con tablones; le alumbran candilejas en los potes, candilejas fuera del barandaje,e candilejas delante del proscenio. El progresista, asimilador como él solo, ha tomado paraf el suyo el pareado del teatro de La Villa, y lo ha fijado, en negrísimas letronas, en el trapo blanco del telón. Pero he aquí que una gotera envidiosa a caído sobre la última palabra, el humo de pez se ha corrido y la gente lee: El ánimo del joven experimenta.g Acaso esté más en lo cierto la gotera que la sentencia.h Todos aquellos zarzos encargados con anticipación y que han costado tantas peleas entre el mujerío por su emplazamiento y visibilidad, amenazan hundirse al peso de tanta dama. Las viejas chillan a cada traquido del andamio. Todas las tambograndeñasi delanteras j llevan, con divisa de última elegancia, el imperial Sanedrín; las forasteras, ninguno; la Ñata tampoco. Luce, sí, el corcelete y el chorrillo de las funciones de la Luque. La alcaldesa no se siente ya tan humillada y la de Luna se intriga, cavila que más cavila. En las forasteras de otros pueblos se lo explica: estaban muy pasadas; pero en las villanas, las rionegreras y la Ñata, ¿cómo explicárselo? Se comunica con sus vecinas, quieren leer en las caras de Perucho y la Ñata; y la tormenta se va formando. Música va y música viene. Por fin se levanta aquel telón, y nada que se despampana aquella gente: esperaban reyes con coronas y personajes con sombreros de pluma y solo ven a don Luciano y a Donato Maya carpintiando, como en cualquier carpintería y como cualesquiera carpinteros: y echando décimas285 a lo ño Lucas. Aunque el drama o lo que sea no tenga ni un ápice de Álvarezk Quintero,286 dizque pasa en la mismísima Sevilla. Por fin surge la heroína o sea Arcesio, el de don Justo. La aTam bogrande b des de c entu siasmo d alma mater e baranda je f pa ra g “El ánimo del joven experimenta”.
h sen tencia i tambogradneñas j delatneras k Alvarez
El Zarco Ñata, que lo ha pergeñado, no había de ser más colorista y local que el autor. Resulta deslumbrador y a la última, con todo y sanedrín. Hombres y mujeres le proclaman a una, cual reina de hermosura. Con su voz más que viril, con elles y zetas muy patentes, ondulando y sermoniando, ahora llorón,a ahora frenético, con toda la prosopopeya y la altisonancia que le ha enseñado don Luciano, declama y gesticula aquellab versificación que ha menester lanceta. Arcesio es la gloriac del maestro y la envidia del Zarco. Mas, ¡cuál se ve el pobre para manejar aquella faldamentad ampulosa, berrenda en solferino y el negruzco; y aquel aparato de crinolina, que no cabe por las puertas, que se parae indómito, atrás o adelante! Y ¡cuál se carcajean los muchachos al ver aquel manchón tan experto, muy puesto en bello sexo,f con bragas femeninas muy franjeadas! Como hay cabaña en el monteg y nada es pintado, se eternizan aquellos entreactos. Pero, mientras tanto, los cachacos echan el resto obsequiando a las damas. De palco en palco pasan las bandejas de bizcochuelos y mantecadas y los azafates con las copas de oporto Rosali y bálsamo de los Pirineos. El mujerío de segunda se entrega a las delicias de la empanada y de la horchata; que a galantes no les ganan los pleceños de mostrador y telas a los calliabajeños de carnicería y enjalma. La otra gente empina las copas en la cantina, que aquello es gloria. Por fin, cuando la sevillanita deshonrada se ha enloquecido y ha depuesto sanedrín y crinolina,h aparece el Zarco, rosa en mano, por entre los marchitos ramajes de sauce llorón y de chagualo. Con la sola salida lo ovacionan. La Ñata, inspirada en La caprichosa,287 ha hecho que le compren botines, con cañas de tafilete y puntera bordada; y le ha forjado un atalaje de pana roja, con boina ladeada y solapón de encaje; le ha alborotado el cabello, el rosicler y la blancura. En verdad que parece un viejecito de romántica leyenda. Anselma e Isidora tragan veneno. Por fortuna que Fidelina no ha querido presenciar “las gracias de ese mocoso”;que si las ve, revienta de la injuria. Lástimai que mana Casimira y madre Rumalda no estén presentes. Juanito —que tal se llama— coquetea con el público mientras pasa la explosión, y al toparse con su padre, a quien no conoce, e inspirado por el aplauso, recita muy puesto en carácter; “Mira, traigo una rosa para mamá”. Otra salva. El actorcillo, que está en los toques, saluda con la rosa y apunta sus ojos luminosos al palco de la Ñata. —¡Qué mono tan cuadrado! —le dice el novio, que se ha quedado j en el zarzo desde los obsequios.
—Es su rival, Emiro, ahí donde lo ve. ¡Si viera cómo temblaba ayer cuando le probé el vestido, y cómo se puso ahora cuandok lo estaba arreglando! ¡Casil tuve que declarármele para que se calmara y no fuera a salir deslucido en la presentación. Esam es la criatura más rara y más inteligente!
Y mientras el Zarco representa, ella le cuenta a su prometidon la historia del expósito. Llegañ la escena al primer hervor, en que el seductor reconoce al muchachito; y el Zarco llora y besa muy de veras, y el público se lo ríe. Desde los ensayos se le ha antojado que este paso del drama es uno como presagio, en personas a llo rón b a quella c glo ria d faldamen ta e pára f se xo g mon te h crino lina i Lás tima j que dado k cuan do l arreglando. !Casi m presentación Esa n prome tido ñ Lle ga
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla vivientes, de algo iguala que ha de acontecerle en su vida. Y ahora, impresionado con la ficción, se le quiere imaginar que Arcesio, por más que no tenga nada de rubio, es esa madre tan linda que él se sueña. Cuanto a su padrecito ni antes ni ahora se ha preocupado de él demasiado. Todos sus instintos filiales, eso entrañable que siente en ese corazoncito tan anticipado, se lo dedica a esa madre a quien no conoce. Algo le dice que a ella, más que a su padre, debe consagrar su ternura. ¡Ay, Dios mío!, si él quería tanto a mana Casimira, así tan defectuosa e infeliz, ¡cuánto más querría a esa mujer tan bella que le había dado el ser!b ¡Ay! Aunque iba a ser una persona muy grande, siempre iba a llevar una vida muy triste, así… de botado y sin la Ñata. Tal queda, que doña Josefita, interventora en el arreglo y vestuarioc teatrales, a quien mana Rumalda le ha confiado el chico por esa noche, lo manda a que se vaya a dormir, sin el remate de la función.
Don Luciano está que trina con ese público estúpido que ha de tomado a risa y a chacota ese dramad tan sublime, tan bien interpretado y de tanta moraleja y enseñanzas.e ¿Querían sainete? Pues allí les iba El viejo para que se desternillaran de risa.
Sale hecho un esperpento de vestimenta y decrepitud, y acompañado de guitarras y bandolas, con voz de templequeos seculares,f canta, muy en música: Aunque soy tan viejo siento palpitar este corazón, cuando oye cantar.
Siguen otras coplas, más o menosg picantes, sobre mujeres y modas, muy celebradas en ese entonces;h pero ¡cosa rara!: por más que don Luciano agota las piruetas, la gente ríe poco, a pesari de los tragos. Ante animales de esta especie no se podía trabajar: j se iría con la compañía a Volcanes, donde sabían apreciar el arte. Las Mirandas y el hermanito que las acompaña, que son maleantes y observadores (triscones y gozones que dicen), saborean por primera vez los estilos y usanzas lugareños. Perucho y la Ñata han tenido que enterarlos del origen de los sanedrines, para que no vayan a salir con alguna inconveniencia y les ayuden a sostener la caña. En la vena del gusto les dan con el estómago.k No es poco el jugo que le sacan a la comedia, a la tal moda, a otras elegancias y a las creaciones de don Luciano. Herminia,l con esa insinuación y ese sentimiento de cortesana que quiere divertirse con el cortijo, felicita con pérfida habilidad a todas sus vecinas de palco por el lujo, el gusto y la moda de Tambogrande. Como ella y su hermana Josefina no se figuraban tantísimo adelanto, no habían traído sus sanedrines, por no llamar la atención con moda tan reciente como aparatosa. Y mucho que les había pesado, por que se veían muy pasadas y sencillotas entre damas tan bien vestidas. Las felicitadas a ígual b sér c ves tuario d dra ma e en señanzas f se culares g me nos h en tonces i pe sar j traba jar k es tómago l Her minia
El Zarco se bañan en nardo y ambrosía. Pero al Mirandita, a quien han obsequiado con varias copas, se le escapa algunaa ilusión muy transparente.b Estas dos versiones mirandinas se saben y se comentan, desdec esa misma noche, merced a la electricidad pueblerina.
A las ocho de la mañana del gran día va Emeterio Luna, el esposo de Adelaida, a hacerle cargos muy injustos a Perucho; y que la señora del alcalde dijo; y que la otra agregó; y que esto; y que aquello; y que lo de más allá; y que las forasteras de Marinilla y de Rionegro no han oído mentar más sanedrín que el de la pasión de Cristo. Perucho, con la serenidad de la inocencia, le deja despotricar a su gusto, y cuando todo lo ha vaciado, le muestra una carta. Es de la casa, en donde ha tomado las galas palpitantes, y le dicen que remita por expreso los Sanedrines que no haya vendidod y que le darán buena utilidad. Aún duda el chismoso de Emeterio; pero, a esas y las otras, ven a Mirandita y al insigne Arcesio, que vienen con Herminia.e Ella lleva con donaire ciudadano el sanedrín de la Ñata. Van de paseo al Camellón Córdoba y a conocer el Puente Real, el gran monumento y el punto pintoresco de Tambogrande. La alcaldesa queda derrotada; Rionegro y Marinilla, que han vencido en coro y pólvora, mala la han en esta del Sanedrín.
Antes que dejen, llena la iglesia la devota muchedumbre, para aquella misa de las misas.
Adentro, cánticos y cobres, airones de estoraque, profusión de luces y de flores, relumbrones de emblemas en campo rojo, ceremonial inspirador de revestidos; afuera, chirimía, cohetes, truenos, berridos de plebe, carreras de la granujería tras los popos; adentro, preces fervorosas, lagrimones de ojos seniles en ritos solemnes; afuera, fatiga de guayabo, sonambulismo de trasnochados, bascas de borrachos, justicias de horqueteros.
Teñido está de rojo el púlpito vetusto. Surge en él la figura espectral del orador Carlos Mejía. Parece un lirio medio mustio en un vaso de sangre. Es un enfermo incurable y doloridof que ha menester morfina para sostener su vida atormentada.g Su rostro exangüe y demacrado, sus manos de cera virgen, el fulgor calenturiento de sus negros ojos, unidos a sus virtudes y a su ciencia, le prestan aire misterioso de santidad. Su voz, un tanto apagada, se deja oír, no obstante, ungida y sedeña, con eficacia de caricia desconocida.h Dijérase un apóstol resucitadoi que adoctrina a los vivos j con la filosofía de ultratumba. Con dicción fluida y sencilla narra y comenta la vida extraordinaria de aquella elegida del tercer siglo. Todas las grandezas de la tierra se juntan en esta beldad peregrina de Bitinia,288 criada como asiática princesa,k en el retiro de alcázar encantado, entre los esplendores del arte y la riqueza. Artistas y filósofos paganos la educan bajol el culto concupiscente de los falsos dioses. Como eco de los cielos llega hasta su aislamiento el nombre de Jesús. Logra entenderse con Orígenes;289 y la gracia del Verbo la ilumina. Renunciam a todas las glorias terrenales y consagra al Dios verdadero la integridad de su alma a laguna b trans parente c des de d ven dido e Her minia f dolo rido g atormenta da h des conocida i re sucitado j vi vos k prin cesa l ba jo m Renun cia
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla y de su cuerpo. El padre va a herirla, en castigo de su conversación, y las paredes se abren, cual brazos protectores, y la guardan incólume. Del cielo baja el Bautista a lustrarla con el agua de las santificaciones del cielo, Cristo Hombre a ponerle la sortija de sus desposorios; del cielo, Cristo Niño a sacramentrarlaa con sus besos.b Denúnciala su padre ante precónsul. Marciano,290 perseguidor implacable de la nueva revelación, se regocija en sus entrañas demoníacas. La azotan, le hacen morder, por hierros inflamados,c las carnes impolutas; le cortan los senos a cercén. Bárbara, imperturbable, adora al esposo entre el sangriento horror de su martirio. Cristo la torna al punto a la salud y a la vida, íntegra, hermosa más que siempre. La sepultan aherrojada en fétida mazmorra. La luz se adivina por tres agujeros del pétreo torreón; y Bárbara, sim bolizandod en ellos la Augusta Trinidad, la adorae en perpetua, estática oblación. Quieren arrastrarlaf desnuda por las calles de la erótica Nicomedia.291 Van a hacerlo; y densa nube de lumbre, que ojos humanos no resisten, la esfuma y la envuelve en celestial apoteosis. Hostia tan pura tiene de ser sacrificada: llévala el padre a la cumbre áspera de un monte, semejante al Gólgota. Sobre la roca cae la cabeza divinizada. Con el vapor de la sangre inocente sube al Empíreo,292 en olor de suavidades, el alma predestinada de la víctima. Un rayo de justicia divina apaga la ira del verdugo y, con la suya, la del precónsul tenebroso. Con esa fe ascendrada de los sencillos, felices, lloran niños y ancianos. Con el último evangeliog se aperciben los alféreces para cargar, por turno, la imagen veneranda. La procesión sale. Desátanse jubilosos banda, campanas y cohetes. Los horqueteros ponen valladar al humano oleaje y abren calle. Entre los ceriales y los oficiantes riegan pétalos las hileras de ninfas. Nadie aparta los ojos de aquella patrona tan querida, que libra al pueblo de las tempestades que en esas cumbres cimerash se desatan.
Los quiteños escultores la interpretaron casi niña; trigueña y sonrosada; de facciones medio helénicas; la pulida boca en plácido mohín; al suelo los ojos pardos, humildes y pensativos. Parece que ora, que pide por su pueblo con el alma de rodillas.i Alzase áulica y radiante sobre plinto de claveles cruentos, entre elevados copos de azucenas. Lleva en tubos la negra cabelleraj que a porfía le ofrendan las doncellas; áurea corona ducal entre la emblemática guirnalda; el collar y los zarcillos legendarios, de perlas y esmeraldas,k regalo de una fundadora de su iglesia; recamos de oro y de aljófar, en el brocado argénteo del brial y en la flexible seda de la humbría; guarnición brochada en el terciopelo purpúreo del manto; el brazo izquierdo en la torre de su prisión; en la diestra, la palma del martirio.293 La vía que ha de recorrer está colgada de ramos y linones. Arcos de chusco, con forros de trapo englobado, en forma de gargantilla, se levantan por las esquinas. La procesión baja por el costado sur de la inclinada plaza; cruza hacia el este; se demora en el centro; la banda calla;l y desde los balcones de la casa consistorial rompe el himno, que don Luciano ha ensayado, con las mejores voces del lugar.m a sacramentrala b be sos c in flamados d sim bolizando e adora, f arras trarla g evange lio h ci meras i ro dillas j ca bellera k esmeral das l ca lla m lu gar
El Zarco Por lo religioso le saldrá este número; no por lo artístico: pólvora y campanas ahogan el armónium;a desafinan y chillan que da grima. En terminando completa y apura el chillido la gemebunda chirimía. Banda y procesión prosiguen; avanzan hasta la esquina; enfilan calle abajo; voltean por la de Páez; trepanb por la empinada de Anselma Pineda, para tornar arriba, cruzar de nuevo la cuadra del himno y terminar la vuelta en torno de la plaza como si describiesec un ocho. La Patrona entra de espaldas a su casa, cual si bendijese su parroquia. Tras lo religioso, lo profano: todos los señores del rumbo hípico, Emiro Antonio inclusive, montan, soga en mano; corren de aquí para allá, alardean de sus monturas y arreos, hacen ejecutar a sus corceles los escarceos y arriesgos del donaire, al estallar de los cohetes que todos disparan. Van por el ganado para esas corridas de antaño, en que la casualidad improvisaba los toreros. En Calle Caliente se reúnen y parten entre la gritería y los chiflidos de la turba.
Nueva comisión cantarillera, engrosada por Arcesio y por Herminia, sale a la recogienda. La hermosa sigue acabando el Sanedrín de la Ñata. Las raizales se enorgullecen con tamaña autorización y el trapacero de Perucho se ufana, más con su invento que con sus ganancias.
Arcesio se siente todo un héroe: entre los tres galanes que le han salido a tan interesante forastera, él ha alcanzado la palma, traicionando, eso sí, a Feníbera Cardeño, novia de toda su vida. La suplantada le ha devuelto las prendas amorosas; y Herminia, que está seriamente comprometida con un su igual, muy rico y linajudo, sed gloría de este rompimiento. La Ñata juega limpio con su prima Miranda y su primo Timoneda. En sus propias caras les afea el proceder motejándola a ella de coqueta rematadae y a él de Judas Iscariote. La locuela todo lo toma a broma y el galán se empecina más y mejor: si ambos traicionaban era porque este amor repentino que ahora los unía estaba sobre todos los compromisos.
Así es que en las andanzas de la cantarilla van conjugando el verbo, con mucho desparpajo, con no poco escándalo y disgusto de las tambograndeñas, que quieren ver en la señorita de cortef una aristocrática descocada que viene a irrespetar la sociedad del pueblo porque no es grande como La Villa; y en el señoritog de la parroquia, un perro infiel, creído y novelero, que le late a la luna. Ambos a dos entienden esta acitud y se amartelan.h Gritería y correteos anuncian la llegada de las fieras. Con trajín, engrosamiento de gentes y estruendos traen toros, toretes y vacas. Balcones y plazas se repletan.i La banda trepa al andamio que al efecto ha levantado. En las barreras se arracima la turbamulta. Una polka delirante j enardece los corazones. Runfla de cohetes convida a la liria. El instinto taurino se alborota.
Al primer toro saltan a la plazak adultos y granujas, ruana en ristre. La bayeta colorada del forro resalta como manchas de sangre. Gritan, chiflan, brincan,g avanzan, retroceden, giran, bailan, desplegando azogados el trapol provocador y a armonium; b tre pan c descri biese d linajudo,se e re matada f cor te g se ñorito h amarte lan i re pletan j deliran te k pla za g brincan l tra po
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla alucinante. Aquel ruaneo a la buena de Dios tiene el encanto de lo improvisado e infantil. La fiera se muestraa flemática, indiferente, filosófica:b no le quiebran los ojos esos tontos con aquellos colorines tan vulgarotes. Mas toda pacienciac tuvo límites: se alebresta,d bufa, arranca tierra con las pezuñas y se dispara. ¡Qué tendal, qué volar de sombreros, qué revoltijo de ruanas y qué carcajada más homérica la de aquella multitud!294 Ver caer al prójimo es una de las delicias del cristiano. Este se alza renqueando, aquel revolcado, el otro seco por el golpe, el de más allá con los calzones en jirones. Los afortunados que aún quedan en pie giran, como muñecos, con el trapo armado: otros se lo tiran por detrás al enemigo; quienes huyen, en verónicas al viento; quienes se refugian en las barrerase quienes se cuelan abajo, lo mismo que ratones.
Si algún afortunado saca lance, siente, con la hurra, el vértigof del lauro, y, gorra en mano,g corre a barreras y balcones. Algún cuarto le cae, que no todo ha de ser hollín en las negras chimeneas de la gloria. Mientras tanto los fracasados deploran, más que el porrazo, los desgarrones de sus ropitas domingueras.h Al tenor de este resultan los otros animales; sino que una vaca sarda y cachipanda,295 de doña Teopiste, se muestra tan feminista y denodada, que hace cara desde la primera ruana y revuelca más gente, ella sola, que todos los toros juntos. Pedro Pando, toreador obligado en cada fiesta, cosecha reales y lauros, no tanto por sus artes y arrestos taurinos cuanto por las cabriolas y los bailoteos con que concluye. Pocos cachacos asoman por ahí. ¿Qué han de asomar? Están hechizados ante las mesas tendidas con la templada lona de santa Polonia.296 Envidian lo que tienen y lo que no. Con razón: chelines de uno y de dos pesos, monedas de a cinco, forman charcas, como si fuesen despreciable calderilla. Morrocotas,i onzas y cóndores j se alinean en pilas de tentaciones. Unas y otras crecen o merman en un soplo; unas y otras cambian de dueños antes de que ellos mismos se lo percaten. La garra humanak arrambla aquí eléctrica, paral aflojar allá parsimoniosa. En aquel columpiarse de la pena a la dicha, de la dicha a la pena, se largan tacos inverecundos o frases entusiastas de ventura, los ojos que paralizan o se enloquecen,m hacen nudo los músculos, chasquean vesánicas las muelas, se muestran los dientesn al sonreír gozoso. ¡Oh, emoción divina de la codicia! ¡Oh, edad de oro! ¡Tristes de vosotros que solo alcanzasteisñ estas vaquitas apestadas de faraón!
Después de la salve postrimera, arde, perfilada frente a la espadaña de la iglesia, la última palabrao de la Marinilla pirotécnica: la prisión proconsular de santap Bárbara. Para armar aquella fábrica, diseñada por don Luciano, se necesitaron andamios, maromas y alzaprimas. Inflámase multicolora, precisa, dibujada, en transfiguraciones arquitectónicas. Vela el incendio los agujales trinitarios; todo es muralla lisa; mas de presto se rasga y aparece entre arco magnífico de lumbres, la mártir de Bitinia, en sacrosanto mamarracho. La visión se desvanece, la torre se apaga y el calabazo del remate estalla apocalíptico cual si fueseq el final anarquizante de Tambogrande.r a mues tra b filosó fica c pa ciencia d alebrestea, e barreras f vérti go g mano h domingue ras i Morroco tas j condores k hu mana l pa ra m enlo quecen n dien tes ñ alcanzásteis o pa labra p San ta q fue se r Tam bogrande
El Zarco Pronto convocan al ganado aristocrático raizal y trashumante, doce cohetes desde la plaza y la banda forastera desde los balcones de don Justo. Las barreras se caen con los mirones, pues nadie quiere perdera siquiera sea la visión remota de aquel baile de “música seria” en que va a desplegarse todo el boatob y la cultura toda de la parroquia. En un periquete acuden los felices. Rompe una Garibaldinac floreada; y, desde las barrerasd se columbra el torbellino que hace temblar los salones escolares de don Justo. Los galanes se pierden entre los dombos de las crinolinas; escandalizan las faldas solferinotas; revuelan las colas del arrequive peruchengo. Después, las vueltas de ordenanza, en una y otra sala. La izquierda atrae la concurrencia y las miradas: Son don Timoteoe y la Ñata. Se baten en aquellas filosofías de Terpsícore297 que requieren la coquetería en la mujer, la arrogancia en el varón. La gentileza y el oído en ambos. Aún tiene el viejorro alegre el muslo y ágil la rodilla; masf pronto llama a su hijog parah que lo reemplace en el puesto.
Si el rionegrero lo entiende, no le va en zaga la tambograndeña. Dan el giro inicial: principia él con paso sencillo: más luego lo complica en hábiles floreos;i describe ella sus vueltas, a veces serena, a veces rauda, modesta a la vez que salerosa; él la persigue; ella le huye; él zapatea musical, hacia adelante, hacia atrás, de sesguerete, de travesía; j dalek ella al paraguas de sus faldas meneo delicioso, alzando aquí la exterior, bajándola allá, en travieso señorío; los dos giran a un tiempo; él se dobla, elástico, en rendidas genuflexiones; juega ella con los brazos, ya en la cintura, ya colgados, cimbrando el talle, ladeandol el rostro, mientras revuela etéreo el encaje de su pañuelo. Es aquello un amartelarse columbino,m en que sellan el pacto de sus corazones con la mímica, los ojos y el ritmo. Divisan, luego, desde las barreras, cómo se multiplican los caballeros con los bandejones de merengues y azúcar rosado y con los azafates de copas generosas. En el ínterin,n las gentes de la Calleabajo y la morralla de forasteros se agrupan, por esas esquinas y cantinas, en redor de Euse y de Yepes, para embelesarse con sus cantares y rendirles la pleitesía del trago y la moneda, para irse luego a las timbas, hasta que la suerte, el trasnocho y la bebida los postren exánimes.
Aún faltan los incendios del ocaso: son las riñas de gallos, en que apuesta del cura para abajo; es la ruleta consagrada de Hincapié, que, por costumbre tradicional, pasa del juego públicoñ a las casas de los magnates en las últimas veinticuatro horas de las fiestas. Cuándo es aquí; cuándo acullá. Eso es con todo e invitación y agasajo. Las mamás apuestan hasta las joyas, las hijas arriesgan sus huchas, señoreso y señoritos apuntan recio. Juegan hasta el amanecer postrero, hasta que la tambora municipal anuncia, con su importuno redoble, que se cierra aquel paréntesis de jolgorios y bureos. Josefina Miranda ha ganado con qué comprar varios caprichos; pero en Herminia se ha cumplido el adagio: si ha enyerbado a tres pepos, nada ha podidop con esa aguja endiablada de la ruleta. ¡Maldito fuera el tal Hincapié con todo y su Peñol! El párroco está de plácemes. Verdad que ha habido pescozones, cortadas, robos de pailas y otras cosillas, que luego resultarían; pero ni un muerto; la cantarillaq ha rendido a preden b boa to c Garibal dina d ba rreras e Ti moteo f más g hijo, h pa ra i flo reos j tra vesía k dále l ladean do m colum bino n in terin ñ pú blico o se ñores p podi do q can tarilla
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla que aquello es; la rifa de las joyas de la iglesia se ha verificado con ventajas. ¡Bendijera Dios los dados del negro Marcelo! Los de la renta hablan con la satisfacción de sus caras; mas no con sus lenguas de negociantes. Pulperas y abastecedoras cuentan sus platas; los endeudados se atribulan; los perdidosos sufren callados los alfilerazos del remordimiento; mientras unos duermen los trasnochos y las borracherasa otros inician aquel comentario que durará un año. Todosb sienten la pereza para emprender sus labores y el sonambulismo de aquel guayabo gris que flota por el pueblo. En el que fuera, un instante, animación y concurrencia, solo quedan la sucia lana, enredada en los zarzales, las secreciones y fetideces del rebaño; y la desolación aldeana torna a sus lares tambograndeños, con la modorrac de la rutina, la fuerza de la monotonía y el peso del aburrimiento.d Solo la campana tañe nítida y tranquila en el prístino silencio de su feligresía; y las pajaritas del Señor le bendicen, cuando despiertan, sin esos albazos vocingleros que les han ahogado sus alabanzas. La Ñata queda en espera del prometido. No así el cuitado de Arcesio. Ha ido con otros a sacare a las Mirandas, obra de dos leguas. En las travesías de Rumazónf se hacen los últimos juramentos. Mas, al perder de vista a la amada, cae la venda, de un golpe, cual si la sostuviera la Herminia material: no la volverág a ver en su vida, ella no le contestará sus cartash ni se acordarái del santo de su nombre; ella es una niña encumbrada; él j un mozo sin nombre y sin fortuna;k ella ha jugado con él, como con un muñeco. Sabe que Feníbera no habrá de perdonarle; sabe que va a ser el ludibrio de sus dos rivales y del pueblo. Y ¿qué hace? Se adelanta como un loco, porque no le vean la cara a punto de llorar; y, tomando un atajo, vase a la finca patrimonial de El Hato, a lamentar, entre las vacas, las contradiccionesl de ese su corazón de dieciocho años que no se contenta con amar a una sola. La perra de tres días que en la finca atrapa, todavía se recuerdam en Tambogrande.
viii Con tantos enredos y devaneos, hemos perdido de vista a mana Rumalda y a ma Higinio. Eso ni para lástimas.
Los excesos animeros y el estruendon de las fiestas han acabadoñ de destornillar al pobre viejo. Duerme poco y con sueño intranquilo; se resiste a comer; y, cuando el hambre de la bestia lo acosa, se atraca desatentado con cuanto halla a mano. A su trastorno cerebral se unen otros, en su gastado organismo.o Ha olvidado por completo sus labores de campesino incansable,p se ha recluidoq en casar ys ya Rumalda no topa oficios, menesteres ni halagos con qué disiparle la locura. Si no cede a todas las súplicas de su mujer, se deja vestir y aplicar los remedios que a ella se le ocurren. No está furioso ni le da por aborrecer a ninguno, aunque se muestra esquivo con estos y receloso con aquellos. Ni una palabrat inconveniente contra nadie, ni un dicho grosero salen de esa boca tan sana, en esa cabeza tan dañada. a bo rracheras b To dos c mo dorra d abu rrimiento e sa car f Ruma zón g volve rá h cartas, i acor dará j él k for tuna l con tradicciones m recuer da n es truendo ñ aca bado o organis mo
p incan sable q recluído r casa,
s y y t unapala bra
El Zarco El párroco y don Justo van a verle con frecuencia, mas no le hablan casi, porque comprenden que la conversación, lejos de distraerlo, lo exalta. Sus hijas asoman a diario, hacen mala cara, cruzan dos palabras con la madre —que tampoco se muestraa muy amable con esas “tentadas”— y se vuelven tan agrias como han venido. Los yernos siguen odiándolo de lejos y harto satisfechos de su locura. Los eremitasb Giraldo han venido un instante,c han rezado con él y no han vuelto. Curiosos y novelerosd quieren frecuentar la casa, con achaque de misericordia; peroe Rumalda está alerta para cerrarf la puerta.
La esposa se ha entregado en cuerpo y alma a su misión de loquera; y en este cargo ha menesterg tanta prudencia como ingenio. Ma Higinio se perturba más al sentirse vigilado. “¿Por qué me vigea tanto, m’hijita?” —le dice lacrimoso—. “¿Por qué no se va a su oficio? Yo no le hago ningún daño, aunque esté condenao dende en vida”. —Y apura el llanto y las posturas trágicas.h Ella se le aparta sin perderlo de vista, así hile o remiende; ella no le llora ni le da a conocer su amargura: le trata como a un niño enfermo, sin hacerle mimos que puedan lacerarlo. Con la mayor naturalidad le siguei los rezos insanos, sin estimularle el disparate; con la mayor j naturalidad le ofrece los alimentos,k le ruega, le viste, le da las friegas de yerbas aromáticas, que ella receta por hacerle algo. ¡Locura peregrina la de este justo! Es un condenado que arde ha tiempo en los profundos. Arde por un pecado tan inaudito que él mismo, que lo comete, lo desconoce, por más que lo sienta en la conciencia, como una sierpe enroscada. No tiene enmienda ni intermitencias: es un pecado perpetuo, a quien no le alcanzan las divinas misericordias.
Pero he aquí que este condenado lleva su caridad, o su egoísmo, más allá del dogma y contra el dogma propio: reza siempre,l reza a toda hora “por el descanso de las malditas almas del infierno”. Hasta para el mismom diablo quiere sufragios. Su infierno no es por círculos dantescosn ni por las espeluncas, comoñ hornos, de santa Francisca Romana: es el infierno popular, a lo estanciero, la paila grande, la paila chica y la paila mocha.298 En esta hierve él, y a ella, más que a las otras, se refieren siempre sus más largas y ardienteso oraciones: el ejercicio entero y diez veces los diez “padrenuestrosp del camarero”299 contados en una decena del rosario, y siempreq entre lloros, quejidos y contorsiones de suplicio.
La mujer se le aparta en ocasiones y va a llorar a escondidas tales desvaríos.r A no ser por los consuelos persuasivos del párroco,s tomara a herejía tamaños despropósitos; mas, aunque el padre la regañe, tiene por cierto que todo este sabor antirreligioso son efectos del maleficio diabólico de los yernos, por quienes siente ahora un verdadero horror. Tanto que llegat a temer por ella y por el Zarco. ¿De qué no serían capaces estos hombres, amigos y compadresu del enemigo malo? El condenado no siente, sin embargo, ni rabias ni desesperaciones:v su tormento es fúnebre, clamoroso, de una tristeza doloridaw al par que valerosa. Sufre, sin protesta, a mues ra b ere mitas c ins tante d novele ros e pe ro f ce rrar g me nester h trági cas i si gue j ma yor k a limentos
l siem pre m mis mo n dan tescos ñ co mo o ardien tes p Padrenues tros q siem pre r desvaríos, s Pá rroco t lle ga u compa dres v desespera ciones w dolo rida
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla su justa condena, porque ni en los mismos infiernos deja de ser ma Higinio el buen cristiano, que se pliega, en todo y por todo, a la voluntad de Dios. “¡Ay, m’hija de mi vida!”. a “¡Ay, Rumaldita!”, repite en su obsesión, y se tira en el suelo y se acuclilla en los rinconesb y se sube al zarzo y se tapa la cara para seguir gimiendo. Rumalda corre al retablo, se postra de hinojos e increpa: “¡Llevátelo, queridita; llevátelo por las llagas de Cristo:300 no me lo dejés penar más asina. Mandamec a yo las penas; pero dale ya descanso a este pobrecito. Yo lo aguanto todo con paciencia. Hastad a los Caliches los aguanto!”. Versiones harto diversas corren en el pueblo sobre la locurae de mano Mira; pero la más socorrida, por lo descabellada y malévola, es la de los Caliches y sus mujeres. Todo ello es una lucha encarnizadaf entre el beato y el avaro, entre los fueros de la sangre y la tiranía del pecado. El viejo quiere quitarles a sus hijos la riqueza que legalmente les perteneceg para dejárselas a la tierra y al expósito; pero su conciencia de padre se resiste a tamaña iniquidadh y por eso ha enloquecido.i Creen los herederos que la avaricia triunfará al cabo y que la vieja urraca y el solapado usurpador están de acuerdo para que él se quede con aquel tesoro de Montecristo que ellos no pudieron encontrar. Y no lo habían encontrado por la sencilla razón de que los viejos lo habían traspuesto a la finca de los Giraldos, probablemente, mientras se fueron a La Villa a darle gusto al botado insoportable. ¿En dónde soterrarían ahora j aquellas arrobas de oro, acumuladask desde los tiempos de El Criadero por aquel par de viejos llorones y muertos de hambre? ¿En dónde? Aquí de las intuiciones de los tres matrimonios.l Fidelina asegura que aún lo esconden en la casa de los ermitaños, porque su taita ha ido allá, varias veces, desde la vuelta de la correría, y porque les unta la mano a esos rezanderos hipócritas. Anselma juram y perjura que no hay tal entierro: que todo lo guardan en el arcón porque,n apenas regresaron, llamaron herrero y carpinteroñ para componerlo y reforzarloo y que ya no se los romperían ni a barrazos. Restituto, más práctico y menos fantástico, sostienep que no hay tal entierro ni tal guardado improductivos: que todo ese platal lo manejan el cura y don Justo; y que de él sale todo lo que dan a interés; pero da por seguro que ni el comerciante ni el sacerdote darán cuentas honradas de tales caudales. Isidora es el ave de mal agüero en aquella camarilla de herederos: quien nacía para medio no subía a real: a ellas les había tocado desde chiquitas escaseces y necesidades, y así mismo morirían: allá verían que todas aquellas riquezas, que tan legalmente les pertenecían, iban a quedar en manos de extraños, ya de un modo, ya de otro. Así era la suerte con ciertas personas. Protesta unánime contra tan negros presagios: se quitaban el nombre si tal acontecía.q ¿Ladrones de herencias a los Caliches? ¿A ellos gaticos?
La precavida suegra no deja un cuartillo en casa desde la locurar del marido: cuanto se realiza en las ventas se lo manda, con el Zarco, al señor cura. Todos los trabajos hogareños y de agio están a cargo de Casimira y de ña Francisca, la vecina que saca a la plaza la venta dominical.s Hilarión y el Zarco, dirigidos por la vieja, realizan los víveres,t manejan la troje y la huertau y han vendido el par de marranos. a vi da b rinco nes c Manda me d Has ta e locu ra f encar nizada g perte nece h iniquidad, i enloque cido j aho ra k acu muladas l matri monios m ju ra n porque ñ carpin tero o reforzar lo p sos tiene q acon tecía r lo cura s domini cal t ví veres u huer ta
El Zarco Aunque el futuro orador y actual actor está en vacacionesa escolares, no abandona el libro ni al padre Isaías.b Al atardecer, cuando ha terminado sus faenas, corre al mentor, ávido de enseñanzasc y consejos.
El preceptor cada vez más pagado de esta alma, que aspira a todos los bienes espirituales, su carácter entero y noble, sin las sugestiones del cariño, del saberd y de la autoridad.e En este diciembre, de tantos sucesos que atañen al discípulo, se le revela su carácter entero y noble, sensiblef y delicado. En este muchachog que, sin dejar de serlo, tieneh alcances y madureces de adulto, admira esa docilidad, ese instinto de distinción, el anhelo de saber, la disposición para la música y facultades especiales para asimilarse cuanto el chico entiende por culto y provechoso; admira su acendrada piedad;i la sencillez de ese corazoncito que parece cerrado a las vanidades; su conciencia tan bien formada y su noción tan clara del deber. Como el párroco se lo ha largado, hasta para confesarle, se regocija en el Señor al ver cómo esta criatura tan despierta, de imaginación tan viva y que sabe ya de las miserias de la vida y en quien despuntan ya las tempestades j del sentimiento, conservek todavía la limpieza e integridad corpóreas. Piensa, con amargura,l que esas flores cándidas de fragancia puedan tornarse en frutos agrios, tal vez dañados y nocivos. Lo mismo que el padre Colmenares se preocupa del porvenir de su educando: lo mismo que madre Rumalda lo pone bajo el manto de la Virgen,301 con todo y el ángel que lo guarda, y allí quisiera tenerlo para siempre.m Medita el pedagogo sacerdote con entusiasmos de asceta302 y de teólogo, cómo la Divina Providencia compensa con tan buenas partes y tan celosos protectores a este hijo, de quien sus padres desgraciados hubieron de renunciar, acaso por respetos humanos, tal vez por la paz de un hogar. Sin duda que san Vicenten de Paúl303 había sido todo un santo.
En tal escuela y con tan buenas disposiciones despliega el Zarco todas sus actitudes, en las tristes circunstancias que atraviesan sus padres de mentiras. Quiere ser su ayuda y su consuelo. En este ensayo de abnegaciones nada omite. En las fiestas apenas sí ha oído los cantares, y, una vez pasadas las embriagueces de su triunfo escénico, ha vuelto a sus prosaicas obligaciones, no sin cierto embelesamiento, pero con la acuciosidad de siempre. Mientras toda la chiquillería se entrega a las emociones del aguinaldo y el novenario, del pesebre y la nochebuena,ñ de las pascuas y las albricias, solo sale a clase, a sus mandados, a sus diligencias de venta y a la troje. En la casa atiende a todo; y si hay que rezar, reza; si hay que llorar, llora. El loco lo mira, gime y le acaricia la cabeza; el chico ni le teme ni le rehuye. Según órdenes de madre Rumalda le vigila, de cerca o de lejos, como si tal.
Él es el primero que nota en el viejo tendencias al suicidio. Se aterra y guarda reserva, mientraso consulta con su maestro. Él le ordena se los advierta en la casa. A creerlo se resiste la infeliz Rumalda; mas la evidenciap se lo impone. ¡Qué abismos de horror se abren en esa conciencia! Esconden hasta la alezna,q encabada en cuerno, a vaca ciones b I saías c enseñan zas
d sa ber e autoridad, f sean sible g mucha cho h tie ne i pie dad j tem pestades k conser ve l amar gura m siem pre n Vi cente ñ noche-buena o mien tras p eviden cia q alez na
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla con que se parte la panela. Se prohíbe el zarzo; se vigila al demente, vueltae por vuelta, paso por paso; intentanf recluirlo en el aposento; se le apuran los baños aromáticos.g Es Díah de Reyes. El cielo irradia;h el pueblo se apercibe a celebrar el misterio belemita,304 que va a exhibir don Luciano, en media plaza, por cuadro vivo, bajo tinglado florido y enramado.
Mano Higinio ha pasado buena noche. Se levanta muy otro; toma lo que le ofrecen; muestra deseos de dormir; la vieja lo acuesta y le ajusta la puerta. Pasa una hora, pasa otra, y el locoi duerme. Rumalda va a asomarse:j la puerta está trancada. Sale al corredor: la ventana más trancada todavía. Llama al Zarco.k Trepa el chico por el cancel de los santos y se descuelga por una columna de la cama.m Se oye un alarido de espanto. Ábresel la puertañ y la luz de los Santos Reyes inunda el cuadro: ma Higinio alto del suelo, la caram horrible, los ojos desorbitados, la lengua afuera, cuelga por el pescuezo de una soga amarrada de una viga. A los gritos acude Casimira. Entre los tres lo descuelgan y lo tienden en la cama. Rumalda se postra ante la Carmela y clama:n “Muy horrible, queridita: lo mesmo que el Judas.305 Pero asina tenía que ser: del mal habería padecido mucho tiempo. Él lo hizo sin quererlo, sin saber lo que hacía: lo mesmo que un inocente.ñ ¡Ya te lo llevates! ¡Bendito sea mi Dios!”. Y corre a ver cómo le cierra los ojos y le entra la lengua. El Zarco comenta entre sollozos:
“¡Con el cabezal nuevo de la yegua! Lo escondió antier, al descuido, mientras descargábamos el maíz. ¡Yo que pensaba que Hilarión se lo había llevado! ¡Pobrecito taita Higinio! Se ve que tuvo que ganase al arcón pa tirar la cabezada a la vigao y podese quitar la vida. ¡Y yo tan bobo que no me lo figuré! ¡Más valía que hubiera sido con cuchillo!”.
La gente invade la casa. La silueta angulosa del viejo Simeón se destaca en la puerta del aposento.
—¡Quién lo había de pensar, comadrita! —clama suspirón—. ¡Bendito sea Dios! —Por siempre alabado y bendito.
¡Valiérala la Carmela! Le ha prometido aguantarlo todo y se lo cumplía. El yerno viene a ver en qué le sirve. Mientras le mandan,p toma un banco y se acomoda,q recostado al arcón.
El párroco entra, le reza al muerto y lo bendice. Caliche murmura en cuanto termina:
—¿Qué opinar mi padrecito, d’esta desgracia tan grande?
—¿Qué opino? Que a este ya lo tengo asegurado en el cielo, con todo y soga. Pero con usted, manos Caliche, si no mete su alma en remojo, ¡quién sabe cómo nos vaya!
Nada contesta con los labios a tamaña andanada. Mas por dentro se dicet “Hablá ai, deslenguado;u pero con la plata de nosotros no te quedas, cura ventajoso”.v e vuel ta f in tentan g aromáti cos h día h irra dia
i lo co j aso marse
k Zar co, m cama, l Abre se ñ y, m ca ra n cla ma ñ ino cente o vi ga p man dan q acomo da r opina s ma no t dice u deslen guado v ven tajoso
El Zarco Entran los otros Caliches y las tres Miras. ¡Cómo braman de dolor las buenas hijas!a El párroco manda de la iglesia crucifijo, candeleros, velo cuaresmal, cirios y caldereta con agua bendita. Eustaquia, Patimocho,b ño Chalarcones y otros vecinos acometen el arreglo de aquella cámara ardiente, con esa solicitud aldeana, mitad novelería, mitad misericordia.
Empresas funerarias, ni de nombre. Mas en el pueblo hay una providencia para vivos y difuntos: doña Trina Rodas, viudac con hijos casados, que vive sola para hacer su real gusto. Es médica y comadrona, corta el pelo, prepara las comidas de boda, da veladas de música y canto, vende cenas y aguardientes;d sostiene en su casa una canchae de lotería, tute y ropilla, en que, a más de plata,f se apuestang velas y cacao en grano. Negocia hasta con su féretro: sobre las vigas de su sala-garito mantiene un ataúd, que vende, con buena utilidad, a cada muerto.h Por él acuden para ma Higinio, y en un santiamén le forran en percalina engomada y le exornan la tapa con cruz enormei de hiladillo blanco. Simeón no desampara su puesto j mientras Rumalda e Hilarión preparan el difunto. Ella va a abrir el arcón, para sacar el hábito, mas el yerno salta del banco y se sienta encima del armatoste.k —¡No, comadrita! Las cosas hay que hacelas como son: no lo puede abrir sin estar presente la’autoridad. Vaya, Restituto, dígalel al juez que se venga, con el secretario, pa que estiendan una deligencia de depósito”.
Al yerno se lo lleva el diablo cuando se persuade que no hay un centavo. La perra vieja había tenido tiempo de esconder el gato. Pero ¡de él no se burlaba la muy ladina! Pronto está ma Higinio expuestom a la pública curiosidad sobren el tarimón tendido de negrosñ pañolones, el crucifijo a la cabeza, la Carmela al frente entreo el traperío fúnebre y las frondasp de col crespa y de hinojo, de ciprés y de espárrago, que Eustaquia ha puesto en cuanta vasija hubo a mano. Así está con su hábito y con sus barbas, lo mismo que un monje que reposaq en el Señor. Simeón busca y esculca con tanto indecoro, que Anselma le llama al orden: Restituto y Gervasio fuman con manifiesta satisfacción; las Miras hacen aspavientos por disimular el gusto.r En el pueblo hay mucho entusiasmos con la muerte de manot Mira, especialmente con el velorio.u ¡No es poca ganga! Ese velorio, en las afueras, con difunto ahorcado y en casa abastecida promete una noche deliciosa.v Corren, además, noticias halagüeñas: que Hilarión ha llevadow una damajuana de aguardiente; que se han comprado tantas y cuántas libras de carne y de tocino; que se han matadox varias gallinas; que se mueley el cacao y se hace bizcocho de teja; que un cerro de tabacos, entre hojas de aroma y de albahaca,z espera las bocas que han de consumirlo; que las vecinas llevan asientos, trastos y demás útiles; en fin, que mana Rumalda va a echar la casa por la ventana y los asistentes a sacar la tripa de mal año, con esos tragos, ese ajiaco de media noche y ese puntal del amanecer. a hijas.
b Pa timocho c viu da d aguardien tes
e can cha f plata g apues tan
h muer to i enor me j pues to k ar matoste l digale
m expues to n so bre
ñ negros , o en tre p fron das q re posa r gus to s en tusiasmo t ma no u ve lorio v deli ciosa w lle vado x ma tado y mue le z labahaca
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Aunque llueve si Dios tiene qué, la casa se llena desde las siete. Algo rezan al principio. Pronto se van formando grupos, por cuartos, patios y corredores; y se dan al deleite del comadreo, del cuento, del tabaco y de la copa, sin que falten los coqueteosa y los coloquios.
Los eremitas, revestidos con sus capas efectivamente pluviales, entran en silencio, en silencio rezan y en silencio se vuelven. Se les llama para obsequiarlesb siquiera un trago y nada aceptan; ni nada han traducido los herederos, en esas caras peludasc e irsutas de Bautistas. A las tres, unos se han ido, otros roncan, los más están beodos. La viuda, Casimira y el Zarco, velan, arrodillados en costales. Solod interrumpen sus preces para dar asperges a su difunto con una rama de ruda. Los gallos cantan, trinan los pájaros, murmurae el San Félix, la luz despunta y la vida no interrumpe su eterno sonsonete.
ix Dos días después llama don Justo a Simeón y le hace subir a la sala, donde está el párroco.
—Siéntese, mano Caliche: soy yo el que tiene que decirle dos palabras —declara muy solemne—. Cierre la puerta, Justico, y échele aldaba para que nadie suba (tose y guarda corto silencio).f Yo sé dónde pone la garza; pero no lo sé por sopería, sino porque tengo obligación de saberlo. Así es que estoy enterado de que usted y sus dos hijos dicen que Justico y yo vamos a quedarnos con la plata de ma Higinio. Es natural que así lo crean; y por eso no nos enojamos.g Las cuentas o los fondos los presentaremos al albaceah cuando él lo exija. Si hay mala fe o trampas en nosotros, ustedes lo probarán y obrarán como mejor les parezca. Por esta parte estamos tranquilos. Lo que sí me intranquiliza a mí es que ustedes sigan creyendo en el entierro de los suegros y que a cuenta de eso van a molestar y a acosar a mana Rumalda. Esoi sí no lo debo permitir. Y voy a hacerle una advertencia, mano Caliche: si usted o sus hijos o su mujer o sus nueras van a buscarle pleito a esa pobre vieja y a echarle sátiras y a ponerle estorbos para que no haga el testamento; si usted o sus hijos se apropian de mano poderosa algún animal o algún otro bien de la mortuoria, le cobramos a usted solo las tres reses, y a usted j y a sus hijos al difunto Bohórquez. Sepa y entienda, mano Caliche, que ustedes no están en el presidio porque yo no lo he querido. Así como se lo digo. Mire:k en el pueblo hay tres testigos presenciales; hay seis ojos que vieron lo que pasó con Bohórquez en el Puente Real. Y ¿sabe dónde estaban? Pues en el mismo puente. Usted debe acordarsel que en esos días estaban haciendo las bancas para la escuela. Trajeron unos tablones muy verdes; y el cabildo, que no tenía dónde guardarlos, los hizo poner en las vigas del techo del puente, para que no se torcieran al sol y al agua. Pues bueno: esa tarde, casi al anochecer, venían del otro lado tres jóvenes del lugar, que habían ido a floriarle306 a las hijas a co queteos b obsequiar les.
c pe ludas d Só lo e mur mura f silen cio g eno jamos h alba cea i Rumalda Eso j us ted k Mí re l acor darse
El Zarco de Palomino. Al llegar al puente se largó aquel temporal y aquella tronamenta; pero, como era tan ventiado y tan violento, se subieron por un poste a las tablas y allí se guarecieron. Iban a bajarse,a porque había escampado, cuando vieron, con los relámpagos,b ciertas personas, como en asecho. Se quedaron quietecitos y vieron venir a Bohórquez y vieron el asalto y vieron la tirada al río: no perdieron ni pie ni patada. De allí se vinieron aterrados, sin hablar con nadie, derecho a casa a contarme y consultarme si ponían o no el denuncio. No se los permití; y les hice jurar, por Dios Nuestro Señor, que no contarían eso a nadie. Les dije que si algún día yo resolvía otra cosa, les avisaría. ¿Y sabe por qué lo hice así? Por no atormentar al pobre Higinio, por no traerle desgracia a cuatro mujeres y a tanto inocente; y porque creí que usted y sus hijos iban a enmendarse con el buen ejemplo del suegro y a llevar una vida buena. Pero la enmienda no ha resultado. Recuerde cómo se conchabaron con todos los bandidosc del pueblo y las fechorías que hicieron antes de venir Blas; recuerde las tres vaquitas del otro día; los daños en la casa; el papel que se robaron; la plata que le quisieron sacar a ma Higinio. Conque, ya sabe, pues: ninguno de estos delitos ha prescrito, ni tan ainas; los testigos del puente están aquí; ya no vive el pobre viejo: no tengo más que poner el denuncio y citarlos a los tres. Usted que es el jefe de la casa sabrá lo que ha de encargarles a sus hijos y a sus nueras.
Simeón, pasando del lívido al verde, de la inquietud al temblor, baja los ojos y le da vueltasd al sombrero. Colmenares continúa:
—Y ahora le digo otra cosa, mano Caliche: si ustedes dejan a un lado esas angurrias, esa mala fe y esas cavilaciones tan inútiles, si obran con decencia y hombría de bien con los otros herederos, estamos prontos Justico y yo a ayudarles a seguir la mortuoria lo más pronto posible y a que partan los bienes con toda justicia y legalidad. Usted sabe que Justico entiendee mucho de leyes y que ambos estamos muy enterados de cuántof deja mano Higinio y de cómo lo consiguió. Y voy a advertirleg otra cosa: la herencia que mana Rumalda piensa dejarle al Zarco, que tanto les duele a ustedes,h es una miseria que no valei la pena. Vine a ser una octava de los bienes. Con esto no le pagan j ni la mitad de lo que a él le debe la sucesión, en justicia y ley de Dios. A usted le consta, por el papel que se robaron, lo que él trajo a ma Higinio y a mana Rumalda cuando se los mandaron para que lo criaran; ustedes saben que la crianza no vale dos tabacos y que está más que compensada con lo que él ha trabajado para ustedes desde hace seis años. Haga la cuentak mano Caliche, a cuánto pueden subir quinientos pesos en trece años, al medio por ciento que sea; haga la cuenta de las diez y nueve reses que han resultado de la vaca y verá que le quedan debiendo al Zarco. En lo del entierro,l no entro ni salgo, con tal que no vuelvan a buscarlo en la casa. Búsquenlo por fuera, y si se lo topan, de ustedes es muy legalmente. Conque ya ve pues, mano Caliche, la que se les espera si siguen con la molienda. Comom se lo digo, se los cumplo o no me llamo Joaquín Antonio Colmenares, cura de Tambogrande.n No me salga ahora con las que me salió cuando las vacas, que son testimonios que les levantan. a ba jarse b relámpa gos c bandi dos d vuel tas e entien de f cuán to g adver tirle h us tedes i va le j pa gan k cuenta l en tierro m molienda Como n Tambogran de
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla El cura calla. Caliche, siempre demudado y tembloroso y con la vista al suelo, logra levantarse del asiento y borbotar:
—Yo... mi padrecito, hago lo que usté me mande... a yo y a mi familia. Si quiere que se lo jure...
—Siempre es bueno, hombre (poniéndosea de pie).
—Por esta santa cruz ( juntandob y besando índice y pulgar). —Dios se lo premie, si cumple. Si no, le agrega otra partiditac a la cuenta que tiene con Él.
—No tenga pensión, mi padrecito.d Y con su licencia; con su licencia, don Justo. El dueño de la casa va a abrirle.
—Va muerto del susto —dice, en tornando—. Hasta yo estoy asustado. Ni la más mínima idea tenía de estas cosas.
—¡Válgame Dios, Justico! ¿Conque a usted también le metí los monos? —¿Cómo los monos?
—¡Si todo son invenciones mías! O tal vez ni aun invenciones serán. —Lo de las tablas y de los Palominose es muy verdad. Por más señas que no hubo aquí mozof de quince años para arriba que no les bregara a esas ñapanguitasg tan bonitejas. —Pues lo de los testigos tampocoh es mentira, viéndolo bien. Es muy cierto, Justico, que no había nadie en el Puente. Pero mano Caliche y sus hijos mantienen los testigos en sus conciencias; ahí están los seis ojos atisbándolos. Ya ve cómo se pusoi el pobre viejo. Ya ve, pues, si podrá quedarnos duda del crimen de estos desgraciados. —Pero ¿cuándo arregló ese enredo tan bien compuesto?
—Anoche. Como me he desvelado j con esta muerte tan triste de ma Higinio y con todo lo que se le espera a la pobre vieja con estos condenados... Pero me parece que los tengo cogidos de pata y cacho.
—¡Puh, padre! Son reses muy gusanientas; pero no hay riesgo que vayan a embromar a esa pobrek ni a meter la uña en nada.
—Hay que aprovechar con los pecados de unos en provecho de otros. Así resulta, en efecto. Tanto, que la vieja ignorante de tales amonestaciones y amedrantamientos tomal a intervención de la Carmelam el correcto manejon de sus yernos y de sus hijas. Pesándole están los juicios que ha anticipadoñ contra ellas.o Merced al dominio sobre los Caliches, a la dirección del cura y Timoneda, a la descartada del tinterillo Cañas, ha podido entablarse el juicio de sucesión, después de muchas dilaciones, con motivo de los herederos ausentes y dispersos. Recae en la competente persona de don Anacleto Espinal, vecino del pueblo y en él residente, el cargo de albacea administrador, quien deja a mana Rumalda y al agregado Hilarión en los cargos y desempeños de siempre. El Zarco sigue hombreando en la casa, no solo con su ayuda y diligencia, sino también con su afecto y consuelos y su compañía, y, más que con todo, con la veneración por la memoria del difunto. Madre Rumalda, mana Casimira y hasta los curasp y don Justo lo diputan como ser providencial para la familia. a po niéndose b juntan do c parti dita d padre cito
e Pa lominos f mo zo g ñapan guitas h tam poco i pu so j desve lado k po bre l amedrantamientos, toma
m Carmela, n maneja ñ anti cipado
o ella p cu ras
El Zarco Bien se le alcanza que la muertea sin testar del viejo, le ha perjudicado y que la herencia prometida puede tardar muchos años. Pero esta no es parte poderosa a desalentarlo: trabaja en el bien de otros, como si fuera en el propio; y, en cuanto a sus sueños de irse a La Villa a estudiar y a hacerse gente, se acoge a las esperanzas que le infunde su maestro, pues El Zarco tiene ya noción clara de las becas y aspira a una. Con tal halago y tal halagadorb redobla sus esfuerzos en sus estudios y en todo lo que él entiende por educación. Hasta las incorrecciones y vocabulario de la jerga montañera los va sustituyendoc por el lenguaje gramatical.d Todo esto y su natural aristocrático y pulido le va apartando, sin que él mismo se empeñe en ello, del trato y compañerismo de los muchachos de su edad; y ellos se vengan motejándole de presuntuoso y engreído, de antipático y de chocante, para disgusto del padre Isaías y regocijo de las Miras. Estas y sus maridos tragan, gota a gota, aquel tósigo del silencio que el terror les ha impuesto; pero, si de retención de insultos y acusaciones se muriera, tiempo haría que Fidelina se la comieran los gusanos. Cuanto al viejo Simeón, menos sufriera en el presidio, que con estas ansiase comprimidas de robarse aquellos animales, que tiene tan a mano. Este tormento, verdaderamente tantálico, le ha puesto con un humor tan negro y atrabiliario, que la proterva de Anselma se ve y se desea para soportarlo. Como todo enamorado de lo imposible, goza contemplandof su tormento: todas las tardes baja por las vegas del San Félix y se para en el camino, para coquetearles, siquiera sea de lejos, a esas vacas tan gordas y hermosotas.g Comoquiera que el absurdo es el pan de los estúpidos, la fábula del entierro sigue alimentando los hueros magines del viejo y de Gervasio; y como el buscarlo, fuera del predio de los enterradores, no les fue vedado, cavan por los barrancos aledaños a La Trinitacita y por las cunetas del camino real; cavan por el hato que cuida Hilarión y por los cercos de su huerta; cavan por la troje y al pie del palo donde arman el espantapájaros. El viejo ha ido a la finca de los Giraldos por ver si algo les sonsaca, con astucias y promesas, sobre el soñado tesoro. Hállalos ocupados en sus labranzas, y, como nada logra, se da a entender, el muy mentecato, que, para lograr sus fines, ha de sorprenderlosh bien comulgados y en sus momentos de oración. En tal supuesto les espía cuando saleni al pueblo. Un domingo les ve arrimar al comulgatorio, y, al anochecer, j se encamina hacia su casa. Desde abajo divisa la candela al frente de la cabaña. Sube y los encuentra, cerca a la fogata, cantando sus alabados, mientras se asan raíces y plátanos y hierve el cacao, molido por esas manos de solitarios que así manejan la aguja como el hacha, así la escoba como el rifle. Verle y acometer contra él a tizón prendido todo es uno. Si, como es en una oreja, fuera en un ojo, tuerto saliera el progenitor de los Caliches, con la quemadura que le aciertan. Trata de defenderse; y Bruno vuela adentro, saca la escopeta y le apunta. Simeón huye a los trompicones, falda k abajo, con la mulera chamuscada y un cuarto de oreja menos. Cuando llega a su casa, aún huele a yesca. Los Giraldos madruganl a poner la quejam y se firma fianza, de respetar predios y personas.
a muer te b ha lagador c sus tituyendo d grama tical e an sias f contemplan do g hermo sotas h sor prenderlos i sa len j anochecer k fal da l madru gan m queja,
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla En estas y las otras el padre Colmenares se siente tan enfermo, que le da poder general a don Justo para que le administre todo. Al fin toma cama. Tras rudo embate de gota le ha sobrevenido tremendo alifafe: es un acueducto que se resiste a funcionar,a que al fin no funciona. No le valen ni zanca de grillo, ni espadilla, ni ninguno de los brevajesb que le propinan doña Trina, mano Diego el boticarioc y todo el mundo. El párroco se muere, entre cruelísimas torturas. Sabe don Justo que el doctor Pedro Dimas Estrada está en Barbosa, y, en volandas, le pone expreso con las bestias más corredoras del lugar. Todo él se pone en oración y el padre Isaías expone el Santísimo Sacramento. Diez horas después llega el médico y torna a la vida al agonizante. Estrada, uno de los médicos más afamados y populares de entonces, trabaja por altruísmo. Si a las veces no ocurre al llamamiento del rico, vuela al del pobre, y le asiste con el interés y la consagración de un sacerdocio. A donde va lleva consigo los estuches más indispensables. Y ya cure, ya alivie, ya consuele, prodiga siempre su ciencia y su corazón magnánimos.
Notifícale al sacerdote que su enfermedad necesita de la asistenciad y de los recursos constantes de la ciencia. Y que, si no quiere morir pronto, entre tan acerbos padecimientos, debe trasladarse, cuanto antes,e a La Villa de la Candelaria.f Tierra y cielo se le juntan al párroco, con semejante declaratoria; pero ahí está Justico, que todo se lo allana. En tres días levanta tiendasg con el médico, doña Ambrosia, la mulata Felipa, timón de la casa, y su joven esposo, Laurencio, conquistado por ella, en el otoño de su vida, no bien entrara como paje del párroco. Aquella sacada en cama es como la de un muerto. Don Justo y otros vecinos lo acompañan hasta Medellín, donde le dejanh en buena casa y mejor instalación. Ido el coco, se sienten los Calichesi medio inmunes: mortifican a mana Rumalda a su sabor y talante; j mas, como ella le cumple la promesa a la Carmela, no se queja; y como, fuera de trompas, nada más le han hecho a Juan de la Rosa, ya no teme por él. Hasta maldad sería si temiera; a más de llevar el chico el escapulariok milagroso, le ha pedido a su Virgen que haga caer sobre ella todos los males que a él quieran causarle. Simeón sigue sufriendo las vacunas ansias, porque el albacea y don Justo le han hablado con toda claridad y entereza. Pero, si no ladronicios, rabulerías. Han hecho de la sucesión de ma Higinio, en menos de un año, unal maraña, una cosa sin nombre, una epopeya de suspicacias y mala fe, de odios y rivalidades, en que inocentes y culpablesm quedan enredados en la común ruina y en el recíproco aborrecimiento.n Es uno de estos casos, tan frecuentes en nuestra montaña, en que no valen códigos ni magistrados. Esta mortuoria aún se cita en el circuito judicial, para ejemplo de testadores y herederos. El Zarco, mientras tanto, sigue de consuelo en casa, de modelo en su estudio. Su viaje está aplazado,ñ indefinidamente, porque su maestro le promete ponerlo ahí mismo, a punto de entrar en el Colegio del Estado. Cuando esté en tal sazón, alzará el vuelo. En sus padres no quiere ni pensar, por no entristecerse. Como el Dante, sigue amando a una casada,o porque la Ñata ya es de Emiro.
a funcio nar b breva jes c boticario, d asisten cia e antes f Can delaria g tiendas, h de jan i Cali ches j ta lante k es capulario l u na m culpables, n aborreci miento ñ apla zado o ca sada
El Zarco No descuida sus solaces musicales y declamatorios: echa comedia y discursos cuando tira del azadón o está en andanzas. Se ha hecho un caramillo de diez cañutos, un verdadero silbato, de los que usaran antaño los cirujanos de cerdos y de donde le viene al instrumentillo un nombre tan groserote. Los sábados no falta a los conciertos, ante Eustaquia, señá Francisca y ño Chalarcones, en el corredor de la casa, a la vera del camino, junto al puente de La Trinitacita. Aquel sábado ha sido lluvioso, pero a la tarde, el sol se deja ver en cielo limpio. El chico, recostado en un poste del puente, la vihuela bajo el brazo izquierdo,a ensaya, en el caramillo magno,b un número del concierto, mientras salen sus oyentes. Está adobado y peripuesto, de panceburro nuevo, vestido blanco, en postura teatral y trovadoresca. La serenata de “La castañera” le va saliendo tan límpida y tan precisa, que él se encanta oyéndose sus modulaciones.
Simeón, que ha ido a ver sus mulas y a codiciar las reses vedadas, viene del lado de abajo, con una soga. Al llegar al puente, oye al Zarco y le acomete el despecho. —Siempre verán a este botao,c sinvergüenza, molestando con su pito —le grita vesánico, y, de una manotada, le tumba silbato y vihuela. —¿Yo qué le estoy haciendo, para que venga a provocarme, tío Simeón? —¿Tío? ¿Quién te dijo, so asqueroso, que yo era tío tuyo? (Tirad de la soga, le da un lapo e y sigue).
—¡Viejo abusivo! —vocea el Zarco, llorando de coraje—. Me pegás porque no soy grande. Dejá que crezca a ver si lo volvés a hacer, viejo ladrón de vacas, ladrón de papeles.
Simeón se devuelve. De un empellónf lo avienta boca abajo y lo azota frenético. —¡Vea que lo mata! —plañe Eustaquia, desde la puerta, y se lanza al camino y, tras ellag la señáh Francisca, señó Chalarconesi Chalarcones, y Patimocho. Entre los cuatro se lo quitan. El agresor huye y la señá le grita: —¡Asesino, maldito, hasta a los chiquitos matás, bandido del demonio! El Zarco yace en brazos de Eustaquia. En la caída se ha reventado las narices y se ha descompuesto la mano derecha. Con el golpe y la luxación le viene el vértigo. Por muerto lo toman las mujeres. Una taifa de chicuelos que juegan ahí cerca se les une. Casimira alcanza a oír; corre y mira. A sus chillidos sale j Rumalda. La fámula se dispara hacia el pueblo enloquecida: “¡Ataron a Uanito! ¡Ataron a Uanito!”a repite entre desgarradoresb aullidos. La gente acude en un instante. Dos hacen silla, con los brazos, y entre todosc suben y sostienen al Zarco.d “A casa no —ordena Rumalda desencajada— al sitio, a pedir justicia, con todos los testigos”. Y, sin pensar que deja la casa sola y abierta, toma la primera, caminoe del lugar. La procesión le sigue. Patimocho lleva, como pruebas del delito, la vihuela hendida y f el caramillo despegado.g El Zarco abre los ojos y recuerda. Al sentirse azotado, cubierto de fango, torna a cerrarlos: quisiera morirse de vergüenza.h Mas la sangre que le macula,i le alienta. Intenta desprenderse j de aquel vehículo de brazos:k no se lo permiten. “¡Dito sea Dios! —gime a izquier do b mag no c votao d Ti ra e lapo, f em pellón
g ella h se ñá i Chalarcones,
j sa le a Uanito”!
b des garradores c to dos d Zarzo e primera,camino f hendida'y g des pegado h ver güenza i ma cula j despren derse k bra zos
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Rumalda— con que alcance la aisolución!”. Y del dolor que seca la fuente del llanto, pasa al que la abre a raudales.a Es para conmover las piedras del camino el sollozar de aquella vieja, que tiene fama de valerosa. La gente bajab del pueblo en busca del suceso. Todosc indagan. Los testigos narran. Cuando desembocan en Callecaliente,d la cola es enorme. Antes de llegar a la plaza, surge el padree Isaías, seguido de Casimira. Se aproxima al grupo. Examina, palpa al discípulo que juzgara expirante. —Juan de la Rosa —llama al cabo.f —¡Mi padre! —murmura el Zarco, abriendo aquellas pupilas azules, que más expresan piedad que encono—.g ¡Diga que me bajen! Ya se me pasó la moridera. Ya puedo andar.
Tal se hace. Baja renco, maltrechoh como trapo y al revés la mano dislocada; vacila, pero anda.i Rumalda se postra en una acera, en un tedeum a la Carmela. El padre Isaías saca pañuelo y le arregla cabestrillo. Abrazado le entra a una tienda y le da pócima.
—Eso no es nada, discípulo —le chiquea tierno mientras le limpia la sangre—. Me estaban alarmando y temía algún golpe en la cabeza; pero veo que no tiene nada. Ya sabe: perdonar las injurias, manda el Divino Maestro. j —Sí, mi padre, yo perdono. Yo le obedezco en todo lo que ustedk me mande. —Aguante el dolor con paciencia.l —No es mucho: la mano me duele alguito y... lo otro me arde.m Se llama al punto a don Franciscon Aguilar, famoso componedor de huesos rotos o zafados. Mientras tanto, mana Rumalda pone el denuncio; y en la puertañ de la alcaldía se agolpa el gentío.o Se abre la instrucción, se reconocep al agredido y se cita al agresor. La denunciante sale.q Eustaquia es llamada; los otros testigos esperan su turno; un vasallo ad hoc r vigila la puerta. La vieja indaga: ya don Francisco ha compuesto a Juan de la Rosa y el cura se lo ha llevado a su casa. Como es sábado, hay animación en el pueblo,s con los que han salido de las fincas. Nadie quiere perder esta función gratis. De pronto suben los tres Caliches, entre los dos comisarios. Vienen descoloridos, pero haciéndose los tranquilos. Al acercarse a la suegra, la apostrofat Restituto: —¡Valienteu ocurrencia, comadre: ponerse a hacer tanto escándalo por una bobada!
—Por tres lapos —interviene Simeón—; y se los metí, porque me insultó. Pa un grosero cualquierav es su padre. De caliente se revolcó en el suelo. Di ai penderíaw la descompostura. Es que ese mocosito es más ardiloso y más falsario... —¡El ardiloso y el falsario sos ti, so bandido! —salta la vieja fuera de sí—. ¡Me lo quisites matar,x me lo aventates contra el suelo, como si fuera un tercio’e leña, me le echates rejo, como quien mata culebra, y, agora, venísy e echarle a él tua la culpa! ¡Vergüenza te debía dar de haber aporriao a un chiquito! ¿Peroz vos qué? ¡Si vos a más de tan perverso y tan criminal sos tan cobarde y tan mentiroso! ¡Me lo aborrecés ti y tu mujer y tus hijos y tus nueras, porque es blanco y bonito y sabido y religioso:aa porque no a rau dales b bája c To dos d Calleca liente e Pa dre f ca bo g encono.
h maltrecho, i an da j Ma estro k us ted l pacien cia m ar de n Fran cisco ñ puer ta o gen tío p re conoce q sale..
r ad-hoc s pueblo , t apos trofa u ¡Valiente v cual quiera w pen dería x ma tar y ve nís z Pe ro aa reli gioso
El Zarco es de la ralea de ladrones y asesinos, como sos ti y toda tu parentela! ¡Por milagroa de la Carmela no me lo matates de una vez, porque pa ti y pa tus hijos, matar un cristianob es como bebese un vaso de agua! ¡Ya se ve: si nunca les han hecho nada! ¡Cuando volvites de la guerra, trujites bestias robadas;c y nadie te dijo esta boca es mía! ¡Mandates paviar al difunto Bohórquez; te apandillates con tus hijos pa tirarlo a ahogar, y tampoco! ¡Nos robatesd a yo y al difunto Higinio tres reses; nos robates el papel de la constancia de Juan de la Rosa; nos hicites,e con tus hijos y tu mujer y tus nueras, muchos daños en la casa, y nadie les tomó cuenta! ¡Pa ti y pa tu ralea no hay castigo de ninguna laya! De cenceña que ha sido, está ahora enjuta. Parece una raíz envuelta en trapos. La greña canosaf se le desgaja del pañuelo. Con el arrebato le bailan los ojos, le baila la quijada, baila todag ellah y una contracción sibilinai le desfigura la cara. Su voz cascada, de boca sin dientes, se desata en gañidos, tan pronto ahogados, tan pronto silbadores. Engarabata las manos; las abre como garras: parece que va a lanzarse j contra los yernos y a arrancarles los seis ojos. Quisieran ellos que la tierra se los tragara. En su espanto se quedan como estafermos. Por puertask y balcones saborean aquel néctar de acusación y de escándalo. El auditorio crece alrededorl de la acusadora.
—Cálmese, mana Rumalda —le suplica don Justo, acercándosele amistoso—. No se ponga así que hasta daño le puede hacer.
—¡No me calmo, ñor don Justo,m y vusté dispense! —repone, y, volviendo la espalda a sus yernos,n rompe por el grupo y avanza hacia la plaza—.ñ ¡Si no echo ajuera too lo que tengo aentro, hasta me reviento! ¡Es que en el sitio no saben las infamias y las puercadas de esos malditoso y de sus mujeres! ¡Atormentaronp al difunto Higinio y l’hicieronq maleficio, porque no les dio una plata que él no tenía, hasta hacelo enloquecer, hasta hacelo que se quitara la vida! En después que él falleció, tuvieron medio aplacados, porque estaba aquí el señor cura; pero, no más se lo llevaron pa La Villa, largaron la tupia307 contra yo. ¡Las maldades y afrentas que me han hecho a yo y al ánima del difunto Higinio son tantas que ni ellos mesmos pueden contalas! ¡Que él era un padre desnaturalizao que les robó a sus hijos la herenciar pa enterrala; que vivía en pecao y en sacrilegio, y que por eso se mató; que yo soy otra ladrona,s que también vivo en pecaot mortal y comulgando en sacrilegiou porque no quiero confesalesv ónde tengo el entierro, pa dejáselo íntregro a Juan de la Rosa!w ¡Tanté entierro! ¡Entierro de maldades tenerán estos demoniosx en sus malas conciencias! ¡Todas estas infamias se las han inculcao a mis otros hijos que viven en Volcanes; y todos nueve se han apandillado contra yo! ¡Yo soy pa ellos una tigra y la culpante de su pobreza! He mandao tomar la pluma a Eustaquiay pa jurales que no existe el dichoso entierro: y eso mesmo les he jurao a los de aquí; y a todos me les he güeltoz más pecadoraaa y más perversa, porque creen que les juro en vano. Paque no acosaran a Juan de la Rosa ni le dijeran palabras afrentosasbb les prometí, contra mi concencia, nu hacer nada testamento y no dale a este muchachito ni un tabaco. Pues ¡quién les dijo!: pior se han puesto: qu’esto quizque es la preba más patente de que a mi lagro b cristia no c ro badas d roba tes e hicites f ca nosa
g to da h ella, i sibi lina
j lan zarse k puer tas l al rededor m Jus to n yer nos ñ plaza.
o maldi tos p Atormenta ron
q l’hicie ron r heren cia
s la drona t pe cao u sa crilegio
v confe sales w Ro sa x demo nios y Eus taquia z guelto aa pe cadora bb a frentosas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla voy a dejale el entierro,a go a dáselo dende en vida.b Agora lo que quieren es que yo lo eche de la casa, que lo rumbec como a un perro.308 ¡Echar yo a Juan de la Rosa! ¡Si yo no tengod en la vida más consuelo que este muchachito y esa pobre boquineta!e Mis nueve hijos son pa yo nueve perros cazadores, que me persiguen que ni a una fiera del monte. ¡Con ellos no hay redencia: soy perdida! (se deshacef en llanto). ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué salieron tan malos los hijos de un hombre tan güeno? ¡La malvada seré yo cuando de mis entrañas han salido estas sierpes! ¡Con yo van a acabar en esto! ¡Mejor juera que me paviarang de una vez; que me tiraranh al río, a tener que padecer esta muerte a traguitos! ¡Que hagan con yo lo que les dite su maldá! ¡Pa muerta estoy buena! Pero ¡ese pobrecito! ¡Ahora siguen persiguiéndolo hasta que me lo maten, go hasta que me le hagan algún maleficio bien horrible!i (Llora a gritos). ¡Vusté, ñor don Justo, vusté que es el cabecilla más bueno del pueblo, ayúdele a la autoridá y al padre Isaías a salvame este muchachito! j ¡Conciértemelo en alguna casa onde me lo guarden, porquek en la mía no está seguro: me lo atisban en el camino, me lo atisban en el puente y salen de él de algún modo! ¡Lléveselo vusté pa su casa y no me lo dejel salir del marco de la plaza! Yo le pago la posada, yo le mandom la cama, yo lo asisto mientras ten postrao; y, en después, yo vengoñ a traele el bocao y la ropita.o ¡Hágame esa caridá, por los clavos de Cristo!
—Lo que quiera, mana Rumalda. Si le da miedo de que sus yernos le hagan algo, de que sus hijas lo ofendan con palabras, yo lo recibo en casa, y no por caridad, sinop por gusto. Ustedq sabe que Josefita y todos los de casa lo queremos mucho. Peror no hay necesidad de que se separe del Zarco: nada le sucedes ni nada le dicen. Yo le respondo.t Ahora mismo voy a ofrecérmeleu a Blas, como fiador de sus yernos, para que ni ellos ni sus hijos se metan con el Zarco parav nada; váyase tranquila. —¿Asina será ñor don Justo?
—Así mismo. Es que usted estáw impresionada con lo de ahora. Eso no vale la pena. Vaya vea al Zarco para que se persuada.x —¡Mi Dios y la Carmela se lo paguen!
La vieja sale de entre el grupo. Anselma asoma por una esquinay y se le acerca apresurada.
—¡Madre, por Diosz —clama llorosa—.aa Camine pa casa, pa que se beba su cacao. Busté no ha tomao la mediatarde y la fatiga la tiene asina. —¡Quitate de mi presencia, perrabb sofísticacc —gañe la anciana, tornando de un golpe a la indignación—. ¡A tu casa iré a deshacer los pasos! ¡Por ai andás diciendo,dd grandísima conversona, que yo quizque les he echao maldiciónee a ti y a tus hermanas! ¡No me creás tan pendeja: yo no voy a poneme a echar maldicionesff que no se necesitan: malditosgg de Dios están todos vustedes, por haceles tantos males a sus padres, por levantales falsos testimonios;hh malditos hasta la quintaii generación!
—¡Madre! —plañe Fidelina, entrando j j en escena.
a en tierro b vi da c rum be d ten go e bo quineta f des hace g pa viaran h tira ran i ho rrible j mucha chito k por que l de je m man do
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El Zarco —¡Agora sí! —gruñe Rumalda—, ¡llegó la pitorá y va a quitamea la vida en media plaza!
Y dejándolas plantadas, huye, a cuanta carrera le permiten sus años. Ocho días después la llama don Justo y le dice:
—Sin consultar con usted, le escribí al señor cura y vea lo que me contesta (leyendo): “En la vena del gusto me ha dado con la propuesta sobre El Zarco. Desde hace tiempos me hubierab alzado con él; pero ni siquiera lo propuse porque me parecíac hasta injusticia quitárselo a esos pobres viejos. Si las cosasd están como usted me dice, me parece que deben sacarlo de allá; y que en ninguna parte estaráe mejor que conmigo. Lo recibof con alma, vida y corazón, desde que mana Rumalda y el profeta Isaías lo consientan voluntariamente.g Si no, que lo dejenh allá. Yo le doy cuanto necesitei para sus estudios, sea porque j viva o porque me muera. Si resulta lo que todos pensamos; si no se daña, le puedo dejar en mi testamento lo que quiera. Ya usted sabe, Justico, que no tengok herederos que merezcan herencia mía. Aquí tendré tiempo de estudiar bien el testamento; pues, según el médico, todavía dizquel voy a comer arepa por mucho tiempo, así tan embromadom y a fuerza de atormentarme con sus anatomías e indormias. Con la esperanza de que traiga al Zarco me he sentido hasta aliviado. Consulte, pues, con manan Rumalda y con Isaías, y, si resuelven mandármelo, me lo trae en su próximo viaje. Los gastos del viaje y lo más que desdeñ allá necesiten, corren por mi cuenta”.o Conque ¿qué dice, mana Rumalda? El padre Isaías consiente; pero, usted, según llora, será porque no lo consiente.p La anciana sigue gimiendo, mas de pronto se enjuga.
—¡Por eso mesmo lloro, ñor don Justo, porque tengo que consentir! ¡Imposible que no consintiera! Ya yo pensaba que este muchachito m’iba a cerrar los ojos, porque mis hijos, todos nueve, son mis enemigos. Pero una criatura tan buena y tan queridaq no es pa que yo la goce hasta mi muerte. Mi Dios y la Carmela quieren que yo compurgue mis pecados dende esta vida: se llevaronr al difunto Higinio; y, agora,s me quitan a Juan de la Rosa. No me queda, en la vida, a quién volver los ojos más que a la triste Casimira. Semos dos viejas que pa nada nos valemos. Pero nada li’hace. Que se lo lleve el señor cura. Con él tiene que ser dichoso y en La Villa naide le hace males. No lo golvemos a ver. Pero ¡que se vaye, anque a yo y a esa pobrecita nos mate la güerfandá!
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Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
1
Esta novela se publicó por primera vez en el periódico El Espectador entre abril y junio de 1922, en forma de folletín o de novela por entregas, como era la costumbre de la época.
2
vestales: perteneciente o relativo a la diosa Vesta. En la mitología romana, Vesta era la diosa del hogar, hija de Saturno y de Ops (Grimal, 2006, p. 197).
3
coco de mono: se dice de una olla de mono (ahac, 1986).
4
trastos de coco y de totumo: Se hace alusión a la taza o vasija hecha con la cascara interior y durísima del coco o del fruto de varias palmas (ahac, 1986).
5
el lar: m. hogar. El lar hace referencia al sitio de la lumbre en la cocina (dle, 2018).
6
carisecas: Quesadilla. En Antioquia se hacen las quesadillas con harina de trigo, queso, miel y levadura (ahac, 1986).
7
cuyabra zaragozana: vasija hecha de calabaza proveniente del municipio de Zaragoza, Antioquia (ahac, 1986).
8
las achiras: cannácea. De hojas grandes, de flores de colores varios y de rizomas comestibles (ahac, 1986).
9
toche: m. - Ictérido. - Hay el negro (Ramphocaelus Uropygialis - Jacapa, y el amarillo o colorado (Cassiculos Uropygialis) (ahac, 1986).
10 cucarachero: nombre común a varias especies del género Phengo-
pedius (Thyrothorus) (ahac, 1986).
11 guacharaca: 1. f. Col. y Ven. Ave vocinglera del orden de las ga-
lliformes (dle, 2018).
12 benditas ánimas: en la doctrina católica, alma que aguarda su
purificación antes de ir a la gloria (dle, 2018). 13 cuando no tenía perros / con gatos me fui a cazar: / cogí la pava, la guacharaca; / cogí el perico y el pavo real: coplas alternadas, de tradición andina de la región del Tolima Grande, al suroccidente del país, integradas por cuartetas de versos seguidas de un estribillo. Estas tonadas con texto de copie tienen múltiples variantes en la región del Tolima Grande, y podrían asimilarse por su tinte picaresco y alternencia competitiva de la modalidad de “fandanguillo” a las “bombas” de tan arraigada tradición festiva en el pueblo venezolano, ese duelo entre el coplero y la coplera. La copla en realidad dice: Cuando yo no tenía penas / con gusto me iba a cazar, / cogía la pava, la guacharaca / el periquito y el pavo rial (Domínguez López, 2008, p. 99).
14 medios: llamábase así una moneda con valor de la mitad de un
real (ahac, 1986).
15 cera: Flor de Cera (ahac, 1986).
16 popos: Cañuto; lo que tiene forma de tubo (ahac, 1986).
17 riales: real: Pequeño billete antiguo, equivalente a dos medios o a
cuatro cuartillos (monedas) (ahac, 1986).
18 cuartillo: m. medida de capacidad para áridos, cuarta parte de
un celemín, equivalente a 1156 ml aproximadamente (dle, 2018).
19 periquete: expresión que puede conmutarse por “lo más pronto”
(ahac, 1986).
20 t’echates cocas: dar puñetazos (Sierra García, 1990, p.468).
21 yo tengo un pajarito que todo me lo cuenta: expresión que quiere
decir que a la persona referida le será difícil ocultar acción o dicho, puesto que la persona que profiere la expresión asegura tener quien se lo cuente (N. del E.).
22 meter levas: echar o meter levas significa en Colombia proferir
roncas o amenazas. En Antioquia específicamente, las levas son más propiamente tretas, subterfugios, mentiras y exageraciones (ahac, 1986).
23 aruñar paré: tr. Expresión coloquial que se refiere a hacer rayas
superficiales en algunas cosas lisas, como en este caso en la “pared”, también sobre el vidrio o el metal (dle, 2018). 24 cosaria: se dice de una persona que es cerril o insoportable (ahac, 1986).
25 uraco: m. Un uraco, o mejor dicho un huraco, es un agujero o
abertura (dle, 2018).
26 me tiene mucha tema: loc. verb., que vale por obstinarse en algo
u oponerse caprichosamente a alguien (dle, 2018).
27 cachumbetas: despectivo, por el sufijo etas. Se llama así a una
persona de pelo ensortijado (ahac, 1986).
28 capador: m. p. us. Castrapuercos. Referencia al silbato compues-
to de varios cañoncillos unidos, que usan los capadores para anunciarse (dle, 2018).
29 placeños: adjetivo que designa al que vive en la plaza y el que
vende en la plaza (ahac, 1986).
30 cargue de mesas: esta expresión significa cargarse o llenarse de
razón (ahac, 1986).
31 sorrostriquiar y golver chamarra e trabajo: zorrostriquiar: zama-
rrear, molestar (ahac, 1986).
32 mimo: m. Cariño, regalo o condescendencia excesiva con que se
suele tratar especialmente a los niños (dle, 2018). 33 no me la trago: no creer todo cuanto dicen sin estudiarlo (Argos, 1996, p. 373).
34 fue don Alonso de Lugo / muy galán y enamorado, / sedutor y
saltatapias / por más que / juera casao. / Una noche borrascosa / cayó centella en la plaza: poema popular narrativo que marca el momento en que el romance tradicional español comienza a convertirse en expresión psicológica y lexicográfica del ambiente regional. Este poema pertenece al grupo denominado por Carrasquilla como “romances y relaciones” (Pardo Tovar, 2004, p. 78).
35 Virgen de los Siete Dolores: según una antigua tradición, los
cristianos recuerdan “los siete dolores de la Virgen”: momentos en que, perfectamente unida a su Hijo Jesús, pudo compartir de modo singular la profundidad de dolor y de amor de su sacrificio. Estos dolores son: La profecía de Simeón; La huida a Egipto; Jesús perdido en el Templo; María encuentra a su Hijo camino del Calvario; Jesús muere en la Cruz; Jesús es bajado de la Cruz y entregado a su Madre y Dan sepultura al Cuerpo de Jesús (Opus Dei, 2014).
36 mulita pava: se aplica este nombre a las bestias mulares, bien por
lo ariscas o recelosas o bien por llevar algunas el color oscuro o negro (ahac, 1986).
37 camarín: m. En un templo, capilla pequeña, generalmente exen-
ta, donde se rinde culto a una imagen muy venerada (dle, 2018).
38 tan buenas fichas: expresión irónica que quiere decir lo contra-
rio, o sea, ser una mala ficha: ser una persona indeseable; un antisocial (Argos, 1996, p. 296).
39 troje: f. Espacio limitado por tabiques, para guardar frutos y es-
pecialmente cereales (dle, 2018).
40 cotón: m. Tela de algodón estampada de varios colores (dle, 2018).
41 no parece cosa de este mundo: ser de otro mundo: ser una cosa
maravillosa, extraordinaria (Argos, 1966, p. 329). 42 marfil: adj. Dicho de un color: blanco amarillento (dle, 2018). 43 mal de ojo: desgraciar o malograr algo (ahac, 1986).
44 misión altísima: f. Serie o conjunto de sermones fervorosos que
predican los religiosos y misioneros en las peregrinaciones evangélicas (dle, 2018).
45 salga de carga y silla: expresión que se refiere a un caballar útil
para los dos oficios (Sierra García, 1990, p. 475).
46 latinejos: m. despect. coloq. Voz o frase latina usada en castellano
(dle, 2018).
47 a la vista: locs. prepos. Con observación o cuidado de ver o seguir
a alguien (dle, 2018).
48 hacer brujitos: hacer ademanes o movimientos sospechosos con-
tra alguno, muchas veces estos ademanes son picarescos y afectuosos y un poco disimulados (ahac, 1986).
49 no cabe en el pellejo: estar muy infatuado o engreído (Argos, 1996, p. 346).
50 liturgia: por extensión y en uso bastante local, vale ardides, argu-
mentos, recursos (ahac, 1986).
51 jumentiza: embrutecerse (ahac, 1986).
52 eche en saco roto: no pasar inadvertido algo (Sierra García, 1990, p. 566).
53 hacen de servir: loc. verb. Querer o gustar de algo accediendo a
ello por súplica o pretensión que se hace (dle, 2018). 54 no vayan a olerlo: caer en la cuenta de una cosa, sospecharla, maliciarla (ahac, 1986).
Notas explicativas
El Zarco 55 qué casta de pájaros son los Caliches: f. En el contexto referido, se hace alusión a especie o calidad de algo (dle, 2018).
56 efigie en relieve de “La Emperatriz Eugenia”: mejor conocida
como Eugenia Montijo, fue emperatriz consorte de Francia debido a su matrimonio con Napoleón Bonaparte III. Nació en Granada el 5 de mayo de 1826 y falleció el 11 de julio de 1920 en Madrid. Después de dar a luz al príncipe imperial, Eugenia se vuelve una mujer activa en la vida política del Segundo Imperio que gobernaba su marido. Como ferviente católica, se opuso a este en lo referente a países como Italia, defendiendo los poderes y prerrogativas del papa en este país. Después de la caída del Segundo Imperio, esta y su familia deciden exiliarse en Inglaterra, esto hasta la muerte del emperador en 1873, donde se retiró a una villa en Biarritz en la que se alejó de los asuntos políticos de Francia hasta su muerte (De Arteaga, 2002, p. 230).
57 surrunguea: rasguear la guitarra, el tiple u otro instrumento de
cuerdas (ahac, 1986).
58 unción: f. Devoción, recogimiento y perfección con que el ánimo
se entrega a la exposición de una idea, a la realización de una obra, etc. (dle, 2018).
59 pimienta y clavos / azúcar y canela / no se le comprende / el
mal a Micaela: Canción popular picaresca, que ha evolucionado a ritmos populares contemporáneos como los interpretados por bandas norteñas mexicanas, en las que este verso se encuentra en la canción “Los males de Micaela” (N. del E.).
60 héroe virgiliano: con esta alusión puede que se haga referencia a
el Zarco como Eneas, ya que, en particular en esta obra de Virgilio, se instaura una visión más clara y nueva del héroe épico, a diferencia por ejemplo del héroe homérico, cuya principal virtud está construida en lo moral más que en las cualidades guerreras (Guillemín, 1968, p. 198).
61 La guariconga: es ello un aire en boga, a veces hablado, en ocasio-
nes cantado, con muchos ¡ay!, ¡ay!, y mucho zandungue, de esos que de populares se vuelven insoportables (ahac, 1986).
62 La garibaldina: o La Garibaldina, canción del voluntario: con este
título se hace alusión a la canción traída a Medellín por la primera compañía de opera italiana que visitó la ciudad en la década de 1860 y cuyo compositor fue Giusto Dacci (1840-1915), con letra de Rosinganna (Carrasquilla [nota de editor], 2008, p. 302). 63 media tarde: refacción que se toma en la tarde (ahac, 1986).
64 tendido de encerados: m. Lienzo preparado con cera, aceite de
linaza o cualquier materia bituminosa para hacerlo impermeable (dle, 2018).
65 está de malas: no tener suerte o estar de mal humor (ahac, 1986).
66 barbota colérica: loc. verb. Hablar de forma entrecortada, confu-
sa y con bastante enfado (dle, 2018).
67 sangre perro: m. y f. coloq. Persona despreciable. U. t. c. insulto
(dle, 2018).
68 cháchara: f. coloq. Abundancia de palabras inútiles (dle, 2018).
69 amén de aleluyas y embustes: excusas frívolas, marrullerías, ma-
ñas (ahac, 1986).
70 Patojo: a propósito de la utilización de esta referencia en la nove-
la, nos dice Juan Erasmo Hincapié Preciado, en su tesis de maestría, que los afrodescendientes han narrado historias de personajes que con astucia e ingenio logran sus cometidos y superan sus adversidades. Las hazañas de estos héroes van adhiriéndose a la memoria de los personajes infantes, un ejemplo de ello se observa en el discurso que escucha Juan de la Rosa en La Villa de la Candelaria con motivo de la celebración del 20 de julio y lo incorpora a las historias que había escuchado en las calles del pueblo de Tambogrande, “pues bien: Bolívar es para El Zarco algo así como un Patojo. Y ¡cómo sería de preciosa y de rica la princesa con la que se había casado ese hombre! Este relato de tradición oral ha quedado en el personaje niño y lo lleva a representar los sucesos bajo el prisma de las palabras de los negros” (2014, p. 88). 71 fuera de tiesto: fuera del lugar (ahac, 1986). 72 gallina: se dice de aquel que se acobarda (ahac, 1986).
73 por esta santa cruz: exprs. U. como especie de fórmula de jura-
mento (dle, 2018).
74 que me trague la tierra: loc. interj. Enfatiza el sentimiento de
vergüenza ante una torpeza o incoveniencia propia que se ha hecho patente (dle, 2018).
75 trisagio: m. Himno en honor de la Santísima Trinidad, en el cual
se repite tres veces la palabra santo (dle, 2018).
76 diligencias: hacer alguien sus diligencias. loc. verb. Poner todos
los medios para conseguir un fin (dle, 2018).
77 empetacar una pucha de aguadulce: se hace alusión a beber en
exceso, en una medida que equivale a la cuarta parte del cuartillo, la bebida que resulta de hervir agua con panela (ahac, 1986).
78 del tiro: en esta ocasión, del tiro hace a alusión a “de una vez”
(ahac, 1986).
79 le paña esa canguerejera: en el contexto, esta expresión significa
coger tema o encono, mala voluntad (ahac, 1986).
80 hacele cuentos: esta expresión hace alusión a echar “relatos, chis-
mes o enredos, también quimeras o disgustos” (ahac, 1986).
81 se pone muy canóniga: en Colombia esta expresión significa po-
nerse irascible (ahac, 1986).
82 sofístico: expresión que se utiliza para denominar a una persona
que es zalamera (ahac, 1986).
83 entripaos: de entripado. Con esta palabra se significa dar disgus-
tos o incomodidades (ahac, 1986).
84 no tiene pica con yo: no tener resentimiento con una persona
(ahac, 1986).
85 para solomos está él: expresión que en el contexto significa que, aunque se le ofrezca lo mejor a alguien, su desinterés o apatía le impide disfrutarlo (N. del E.).
86 sin comerlo ni beberlo: expresión que se usa en sentido negativo
para decir que pasa algo que no se pretendía o que no se buscaba. Que sin hacer nada, ocurre (ahac, 1986).
87 en la guerra pasada; peleó en “El Cascajo”: tras la victoria de los
Liberales contra los Conservadores en Santa Bárbara de Cartago el 18 de septiembre de 1862, se vuelcan los poderes hacia el bando rojo. El general Tomás Cipriano de Mosquera, procede a suprimir lo que en ese entonces era el Departamento de Oriente, cuya capital era la ciudad de Marinilla, y se anexa esta al Departamento de Rionegro, perdiendo así la hegemonía conservadora su poder político y territorial en la región. Se suprimen igualmente todos los municipios conservadores, anexándolos a los dos únicos municipios que quedaron, Rionegro y El Peñol. Otro hecho que se desencadenó fue la persecución a la iglesia y a su clero, quienes, por simpatizar con las ideologías conservadoras, tuvieron que irse a esconder monte adentro a riesgo de ser aprisionados o asesinados. El trascendental 4 de enero de 1864, Pascual Bravo arribaba de Medellín a su natal Rionegro, y tras varias persecuciones en los alrededores de la capital y demás municipios, se preparaba para enlistar sus filas en la Plaza e ir en búsqueda de las fuerzas conservadoras del oriente, que se encontraban preparándose en la ciudad de Marinilla, estando estas atrincheradas y resguardadas en el sitio que se denomina Alto del Cascajo, el cual lo atraviesa un riachuelo que lleva su mismo nombre, ubicado a poco menos de medio camino que de Marinilla conduce a Rionegro. La batalla comenzó a las 11 de la mañana y duró alrededor de seis horas. Ambos pueblos, fervientes seguidores de cada uno de sus partidos, acudieron a la contienda en búsqueda del triunfo. Al comienzo, las fuerzas del gobierno comandadas por Bravo tuvieron la ventaja y se creía que podrían ser las vencedoras. Sin embargo, muchas más fuerzas militares se fueron sumando a favor del partido Conservador comandadas por Joaquín Córdova, Rafael María Giraldo, Obdulio Duque, entre otros espartanos, que aguerridos a sus ideales inclinaron la balanza a su favor. Finalmente, deciden la batalla al impactarle una bala en el pecho al presidente Pascual Bravo Echeverri, causándole la muerte y dándole la victoria a las fuerzas Conservadoras. Tras ocupar a Rionegro, postulan posteriormente como Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla presidente del Estado Soberano de Antioquia al doctor Pedro Justo Berrio, y así comenzar la hegemonía conservadora de comienzos del siglo xx (Colombia más positiva, 2016).
88 pasa raspando: expresión que quiere decir “pasar muy cerca”
(ahac, 1986).
89 pajarean: pajarear vale en Antioquia por acechar, asesinar a man-
salva (ahac, 1986)
90 golpe de oración: locución empleada para designar en el instante
o en el momento (ahac, 1986).
91 la procesión que le anda por dentro: locución verbal coloquial
con la que se significa que se siente dolor, pena, cólera, inquietud, etc., aparentando serenidad o sin dejarlo a conocer (Argos, 1996, p. 59).
92 perlático: f. Debilidad muscular producida por la mucha edad o
por otras causas, y acompañada de temblor (dle, 2018).
93 cera de Castilla: la cera de abejas es una sustancia grasa, con
propiedades que las distinguen de las otras ceras minerales o vegetales. Es el resultado de cierta secreción que se produce en el abdomen de las abejas. Es conocida también con el nombre de cera de castilla, cera amarilla o cera virgen (Franco, 2012). 94 Señor Caído del Hatogrande: el Señor Caído de Girardota, municipio antes conocido como Hatogrande, es una advocación cristológica que se venera en la catedral de Nuestra Señora del Rosario, ubicada en el municipio de Girardota, en el Valle de Aburrá, en Colombia. La imagen es una talla elaborada en Quito, Ecuador y está hecha de madera, tiene ojos de vidrio y una mascarilla metálica. Esta imagen se apoya en una paena de madera dorada y plateada y representa a Cristo atado a la columna y desfallecido luego de recibir los fuertes golpes de los flagelos. Según fuentes, la imagen originalmente descansaba sobre su costado y tenía las manos, los pies y la cabeza dispuestos hacia adelante. La modificación se hizo luego del 7 de mayo de 1890, cuando el obispo Herrera Restrepo en su visita pastoral dijera “cámbiese la posición que tiene la imagen del Señor Caído, de suerte que quede apoyada en los brazos y las rodillas”. Desde aquel cambio no ha recibido retoques. El origen de la veneración a esta advocación en Colombia viene desde la época de la Colonia (Correa Bustamente, 2002, p. 90).
95 rábula urdemales: se dice de un abogado que es tramposo, enma-
rañador, cucañero (ahac, 1986).
96 monterilla: alcalde de alguna aldea o lugar, sobre todo si es la-
briego o rústico (dle, 2018).
97 calzonazos: adj. coloq. Dicho de un hombre: Que se deja gober-
nar por su pareja (dle, 2018).
98 un forastero y de canela: designa a alguien que viene de afuera y
tiene fuerza, empuje, valor (ahac, 1986).
99 hecho y derecho: loc. adj. Formado o desarrollado por completo
(dle, 2018).
100 que no saben dónde ponerlos: frase con la que se significa que
debido al interés que se tiene sobre un asunto, diligencia o persona, se hace lo posible para colmarlos de atención, zalamerías y consideraciones desmedidas (N. del E.).
101 panocha de temprano: arepa hecha de maíz tierno, sembrado an-
tes del tiempo de la cosecha ordinaria (ahac, 1986). 102 dice hasta misa: expresión que equivale a “decir chismes” (ahac, 1986). 103 bizarra: adj. Generoso, lucido, espléndido (dle, 2018).
104 zarcucio: uso despectivo o peyorativo por el uso del morfema ucio/a
para nombrar al Zarco. Denota burla o desprecio (N. del E.).
105 contrimás: adv. Es corrupción de cuantimás, es decir cuanto y
más. Por tanto, equivale a cuanto más o tanto más cuanto que (ahac, 1986).
106 ni lo negro de l’uña: con esto se quiere significar “ni tanto así”
(Sierra García, 1990, p. 562).
107 ponenos cartilla: dogmatizar, criticar en son de corregir (Sierra
García, 1990, p. 590).
108 perra cujiada: se dice de una persona azuzada, es decir irritada, estimulada (lpt, 1983, p. 105).
109 perder mi comunión: perder, en el contexto de la religión cristia-
na, el sacramento de la eucaristía (N. del E.).
110 no había pegado los ojos: expresión que en el contexto quiere
decir “no poder o haber dormido” (Sierra García, 1990, p. 571).
111 los clavos de Cristo: expresión de angustia o de súplica (Sierra
García, 1990, p. 596).
112 el que viniera atrás, que arriara, o que se fregara: expr. Indica que
alguien, que ha salvado ya circunstancias difíciles, se desentiende de los peligros o daños que las mismas circunstancias pueden tener para los demás (dle, 2018).
113 no’stoy ni pa tacos de escopeta: no servir para nada. Abatido, sin
ánimo (Sierra García, 1990, p. 575).
114 a carreta tendida: deprisa, con afán (N. del E.).
115 flor de muerto: sus flores, juntísimas, en cabezuelas, que parecen
una sola, son amarillas y de olor repugnante (ahac, 1986). 116 doncenón: papilionácea. Planta de jardín (ahac, 1986).
117 por las Mercedes: frase elíptica que significa “por los días de la
fiesta de la Virgen de las Mercedes” (ahac, 1986).
118 atembándose que ni un tuntuniento: en este contexto, atembán-
dose hace referencia a “aturdirse, entontecerse” y tuntuniento a una persona anémica, pálida y débil (ahac, 1986).
119 Divina Providencia: La Divina Providencia es el término teoló-
gico que indica la soberanía, la supervisión, la intervención o el conjunto de acciones activas de Dios en el socorro de los hombres. La Providencia Divina es el medio por y a través del cual Dios gobierna todas las cosas en el universo (ewtn, 2018).
120 pergüétanas: Simple, que se pasma y admira de lo que ve u oye
(ahac, 1986).
121 me cogió despensionada y de boca: cogerlo desprevenido, descui-
dado, de improviso (ahac, 1986).
122 cucarrón: se da este nombre a una orquídea ornamental (ahac, 1986). 123 calavera: flores grandes que imitan cráneos humanos (ahac, 1986).
124 yedra de San Juan: Con esta denominación se hace referencia a
la orquídea (ahac, 1986).
125 Malabar y al Cabo si no es por sus jazmines: jazmín de Malabar:
(Allamanda Hendersoni). Gencianácea de la Guayana, de flores amarillas. Jazmín del Cabo: (Gardenia Jazminoides). Rubiácea, de hermosas flores blancas, y purgante (ahac, 1986).
126 los siete padrenuestros del Carmen: los cofrades del santo Es-
capulario de la Virgen del Carmen rezan cada día siete padrenuestros y avemarías en honor de las siete excelencias que tuvo la santísima Virgen. Por estas siete excelencias se ha de pedir a la Santísima Virgen santidad en el alma y pureza en el cuerpo, observancia de la ley santa de Dios, buena muerte y verse libre del Purgatorio para gozar de la vida eterna; pues, como Ella tiene prometido en la bula del Papa, Juan XXII, amparará y favorecerá a sus devotos y Cofrades en la vida, los asistirá en su muerte y librará de las penas del Purgatorio (Foros de la Vírgen, 2018). 127 ringorangos: m. coloq. Adorno superfluo y extravagante. U. m. en pl. (dle, 2018).
128 la Carmela: con este epíteto se hace alusión a la Virgen del Car-
men (N. del E.).
129 san Juan de la Cruz: uno de los místicos más famoso de España. Nació de familia muy humilde en Fontiveros en 1542, su nombre era Juan Yepes. A los 21 años fue recibido como religioso en la comunidad de Padres Carmelitas, y obtuvo el permiso de observar los reglamentos con toda la exactitud posible sin buscar excepciones en nada. Al ser ordenado sacerdote en 1567, pidió a Dios como especial regalo que lo conservara siempre en gracia, sin pecado y que pudiera sufrir con todo valor y con mucha paciencia toda clase de dolores, penas y enfermedades (ewtn, 2018).
130 santa Teresa: Teresa de Cepeda y Ahumada nació en Ávila el
28 de marzo de 1515. Reformadora del Carmelo, Madre de las
Carmelitas Descalzas y de los Carmelitas Descalzos; patrona de los escritores católicos y doctora de la Iglesia (1970); la primera mujer, que junto a santa Catalina de Sena recibe este título. Muere el 4 de octubre de 1582 (Montes, 2008, p. 691). Notas explicativas
El Zarco
131 esquiloncito: f. Campana pequeña para convocar a los actos de
comunidad en los conventos y otras casas (dle, 2018).
132 la Virgen de la Cueva Santa: al igual que otras advocaciones ma-
rianas, la Virgen de la Cueva Santa posee su propia leyenda. Esta cuenta que uno de los pastores que se refugiaban en la cueva debió dejar en ella una imagen de la virgen, atribuida a fray Bonifacio Ferrer, prior general de la cercana Cartuja de Cristo y hermano del dominico san Vicente Ferrer. Un siglo más tarde la Virgen se apareció a otro pastor que pasaba la noche en la cueva y le indicó dónde se encontraba la imagen. La talla, de 20 cm de alto y 10 cm de ancho, es un bajorrelieve de yeso, que muestra una Virgen anciana con traje de viuda (Comunidad Valenciana, 2018). 133 la Divina Pastora: la advocación mariana de la Divina Pastora, cuyo origen se vincula a la figura del capuchino fray Isidoro de Sevilla, quien el 24 de junio de 1703 experimenta en el convento hispalense de su orden la milagrosa aparición de la Virgen ataviada como pastora. Esta novedosa iconografía generó pronto la fundación de la hermandad de su advocación en la sevillana parroquia de Santa Marina, considerada como la matriz de las hermandades pastoreñas que, a lo largo de la centuria, y tras vencer ciertas reticencias iniciales, se fueron extendiendo especialmente por los conventos de la orden a lo largo y ancho de la región andaluza (Hérnandez Gónzalez, 2012, p. 116).
134 san Roque: nacido en Montpellier en un año en que la iglesia ca-
tólica no se ha puesto de acuerdo, diciéndose que puede ser 1295, es uno de los tres patrones del peregrino junto con san Cristobal y san Rafael. Este santo se ha hecho famoso en el mundo por los grandes favores que consigue a favor de pobres y enfermos. Muere el 15 de agosto de 1378 (ewtn, 2018).
135 san Antonio: san Antonio de Padua: gran predicador. Fue
enviado como misionero por numerosas ciudades por Italia y Francia. Convirtió a muchos pecadores sobre todo con su buen ejemplo. Cuentan que mientras oraba en su habitación se le apareció Jesús, le puso las manos al cuello y lo besó. Antonio recibió esta gracia extraordinaria porque mantuvo su alma limpia, incluso del más mínimo pecado y amaba mucho a Jesús. Cuando Antonio enfermó se retiró a un monasterio en las afueras de Padua, donde murió a la edad de 36 años, el 13 de junio de 1231 (ewtn, 2018).
136 santa Bárbara: virgen y mártir, muy célebre por la firmeza de
su fé. Según la opinión más verosímil nació en Nicomedia y fue hija de Dióscoro, hombre cruel, de inclinaciones bárbaras, y uno de los más furiosos secretarios del paganismo. Amaba Dióscoro a Bárbara tan apasionadamente, que por temor de que otros la amasen como él, adoptó la rídicula resolución de encerrarla en una torre, con varias criadas y algunos maestros que cultivasen su extraordinario talento. Después la propuso en casamiento ventajoso que la santa despreció. Obtuvo permiso para construir un baño en lo más bajo de la torre, y en su lugar mandó a hacer una capilla con tres ventanas, que a falta de imágenes representasen la Santísima Trinidad. Por fin Dióscoro sacó a su hija de la torre, y lo primero que hizo en su casa fue derribar todos los ídolos y declararle que era cristiana. Apenas supo la religión que su hija profesaba, la denunció al presidente Marciano, quien decreto su prisión. Ni las súplicas, ni las caricias, ni las amenazas pudieron obligar a Bárbara aque abjurase la fé de Cristo; por lo cual el presidente mandó quemarla con planchas de hierro hechas ascua, y cortarle los pechos. La iglesia celebra la fiesta de santa Bárbara el día 4 de diciembre, y los artilleros la veneran como patrona (Diez Canseco, 1844, pp. 247-248).
137 abre, Señor mis labios: expresión con la que después de persig-
narse comienza el santo rosario (N. del E.).
138 medida: f. Cinta que se corta igual a la altura de la imagen o
estatua de un santo, en que se suele estampar su figura y las letras de su nombre con plata u oro. Se usa por devoción (dle, 2018).
139 todo no ha de ser echar la jiel y los hígados: expresión compuesta
que significa “trabajar mucho” (ahac, 1986).
140 viejo del espanto: Espantapájaros: m. Espantajo que se pone en los
sembrados y en los árboles para ahuyentar los pájaros (dle, 2018).
141 La Villa: Municipio de Antioquia. Capital del departamento. El
2 de noviembre de 1675 fue la fecha definitiva de su fundación
por Miguel de Aguinaga. Se le dio el nombre de Medellín en honor a don Pedro Portocarrero y Luna, conde de Medellín y presidente del Consejo de Indias quien mostró sumo interés por la creación de esta villa. También fue conocida con el nombre de Villa de la Candelaria de Medellín (Sierra García, 1995, p. 220).
142 la fiesta del Carmen: fiesta celebrada en Antioquia el 16 de julio
de cada año en honor a la Virgen del Carmen, patrona en 23 municipios del departamento y a la cual se le adjudica el cuidado de los mendigos y los navegantes. En Medellín, la fiesta se desarrollaba en la catedral y en el convento de las Carmelitas. El día de la Virgen del Carmen, medellinenses y habitantes de otras poblaciones antioqueñas, en su mayoría campesinos, visitaban la iglesia del Carmen para recibir el escapulario que los libraría de “las penas del purgatorio, los peligros de la muerte y de las seducciones del mal”. También se asistía para ganar indulgencia plenaria anexa a la festividad, la cual solo se obtenía participando de la solemnidad religiosa de los templos de la orden carmelitana, situación que generaba que la concurrencia de fieles a dicho templo fuera mayor que en la catedral (Arboleda Flórez, 2009, pp. 213-214).
143 aguasal de güevo perdido que se acabe de perder: principio du-
doso de cumplimiento incierto (Sierra García, 1990, p. 432).
144 l’Hermandá: en la colonia y hasta bien entrado el siglo xix, las co-
fradías o hermandades fueron las formas privilegiadas de organización de los fieles formadas por personas devotas para ejercitarse en obras pías o prácticas de simple devoción; la adscripción a estas organizaciones hacía a sus miembros acreedores a múltiples indulgencias. Las cofradías llevaban el título de la advocación a Cristo, a la Virgen, al santo o devoción a la que estuvieran consagradas; sus reglamentos eran vigilados por el obispo y los cofrades obtenían una patente que los acreditaba como miembros. Además de los beneficios espirituales esperados, también se obtenían beneficios materiales como la ayuda en la enfermedad, la pobreza y la muerte (Arango de Restrepo, 2004, p. 96).
145 santísima Hermandá: en los días alrededor de la celebración del
día de la Virgen del Carmen, visitantes de otros pueblos llegaban a Medellín y aprovechaban para inscribirse a la cofradía del Carmen y adquirir los hábitos y escapularios de la Virgen, situación que es bien narrada en la presente novela (Arboleda Flórez, 2009, p. 215).
146 Copacabana: municipio de Antioquia. En un principio fue esta-
blecimiento agrícola fundado por don Gaspar de Rodas en 1580. En 1702 se cambia el nombre de la Tasajera por el de Sitio de Nuestra Señora de Copacabana. Su municipalización data de 1812 (Sierra García, 1995, p. 104).
147 Virgen del Tránsito: en Antioquia varios municipios y aso-
ciaciones devotas tuvieron como su santa patrona a la Virgen María en el misterio de su Asunción. Desde tiempos coloniales esta festividad se celebró con pompa en Marinilla y Copacabana donde comúnmente se conoció a dicha advocación como la Virgen del Tránsito. La fiesta era organizada por vecinos acaudalados y abarcaba por lo general dos días, las vísperas y el día central de los festejos, el 15 de agosto (Arboleda Flórez, 2009, p. 179).
148 enemigo malo: uno de los nombres del Diablo (ahac, 1986).
149 calaveradas: f. coloq. Hombre disipado, juerguista e irresponsa-
ble (dle, 2018).
150 lux nuevo de diablofuerte: dril antiguo muy resistente (ahac, 1986). 151 pergenio: m. Niño, especialmente el que es inquieto y vivaz (dle, 2018).
152 peón de estribo: el que va al servicio de un viajero a caballo
(ahac, 1986).
153 no han pasado de las goteras del pueblo: con esta expresión se
quiere significar las afueras del pueblo (ahac, 1986). Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla
154 sacramento el altar: bendición que se hace con el Santísimo Sa-
cramento y a la cual se responde: “¡por siempre sea alabado y bendito!” (N. del E.).
155 huele el tocino: expresión verbal que significa “caer en la cuenta
de una cosa, sospecharla, maliciarla” (ahac, 1986). 156 cucaracha en la postrera: persona intrusa (ahac, 1986).
157 cañón bendecido del Aburrá: este territorio es un cañón es-
trecho y montañoso, con variabilidad climática y condiciones atmosféricas que no se dan en otras latitudes, ni de Colombia ni del Continente. Este es el valle más grande del país y el más pequeño de América Latina, con siete kilómetros de extensión y un kilómetro de profundidad en su parte más estrecha. De los poco más de 63 mil kilómetros cuadrados que ocupa el departamento, el Valle de Aburrá se extiende a lo largo de 1163 km2 (Prieto Soto, 2017, p. 2).
158 Bermejal: se llamó así al lugar donde están hoy los barrios de
Aranjuez y Berlín. Se distinguió con este nombre por el color bermejo de sus tierras. Su prosperidad se debe a la obra del dinámico ciudadano don Manuel José Álvarez (Ochoa, 1984, p. 235) 159 Villa de la Candelaria: ver nota 141.
160 la torre de la Iglesia mayor: a propósito de esta torre, dice Ricardo
Olano Estrada: lo primero que debe hacer el turista en Medellín es subir a la torre de la catedral en construcción, situada en el Parque de Bolívar, para abarcar con la mirada el panorama de la ciudad, el valle y las montañas. El paisaje desde lo alto de la torre es maravilloso: al pie, el Parque de Bolívar, que parece una pintura; más lejos la ciudad con las torres de sus templos (2013, p. 25).
161 san Juan de Dios: (1495-1550). Fundador en España, beatificado
en 1630, canonizado en 1690. Nacido en Portugal, tras una disipada juventud, luchó contra españoles y franceses en diferentes guerras, mas un día oyó la divina palabra de tal modo que distribuyó entre los pobres sus haberes y consagró su vida entera al servicio de ellos (Montes, 2008, p. 299).
162 san José: José significa “Dios me ayuda”. De san José única-
mente sabemos los datos históricos que san Mateo y san Lucas nos narran en el Evangelio. Su más grande honor es que Dios le confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús y María. San Mateo nos dice que era descendiente de la familia de David. Una muy antigua tradición dice que el 19 de marzo sucedió la muerte de nuestro santo y el paso de su alma de la tierra al cielo (ewtn, 2018).
163 el Camellón: mejor conocido como el Camellón de la Asomade-
ra, lo que hoy se conoce en Medellín como el barrio Niquitao, se lo conoció en algún momento como la calle de las Peruchas, por vivir allí las hijas de un señor al que apodaban Perucho y del que no se tienen muchos datos (Ochoa, 1984, p. 281).
164 cementerio de los ricos: Cementerio Museo de San Pedro: es un
cementerio limpio y bien cuidado, pero su administración no ha obedecido a un plan artístico y armonioso. La portada es sobria y elegante. Al entrar, hacia la izquierda, se encuentra un sencillo monumento en la tumba del Dr. Mariano Rodríguez, presidente de la República. Más adelante, la del Dr. Pedro Justo Berrío, presidente de Antioquia. Al frente, un poco más adelante, un monumento de mármol, artístico y sencillo, donde reposa D. Luciano Restrepo, presidente de Antioquia. En todo el cementerio pueden encontrarse galerías y obras de diferentes formas donde reposan diferentes personalidades del ámbito local y nacional (Olano Estrada, 2013, pp. 40-41).
165 humilladero: m. Lugar devoto que suele haber a las entradas o
salidas de los pueblos y junto a los caminos, con una cruz o imagen (dle, 2018).
166 como pasada por un mayal: expresión que equivale a estar “que-
brantado, fatigado” (ahac, 1986).
167 monástica: adj. Perteneciente o relativo al estado de los monjes o
al monasterio (dle, 2018).
168 cartuchos: m. Envoltorio cilíndrico de monedas de una misma
clase (dle, 2018).
169 La cachumbona: (de cachumbo, rizo o bucle de cabello). Pieza
musical o tonada antioqueña (ahac, 1986).
170 La castañera: desde 1865 llegó a Medellín la primera compañía
de Ópera de Dario [Acchiardi], con la prima donna Azunta Mazetti que se convirtió en ídolo de los salones sociales; pero ya en 1864 don Mariano Luque y su esposa Francisca, llamada familiarmente La Paquita, habían montado una zarzuela, La castañera, presumiblemente de un autor español que se quedó en el más glorioso anonimato, porque la obra fue un éxito sensacional (Velásquez, 2013, p. 73).
171 tantanes: de tan-tan, voz onomatopéyica (ahac, 1986).
172 mascarón: m. Cara disforme o fantástica que se usa como adorno
en ciertas obras de arquitectura (dle, 2018).
173 cuarenta horas: f. pl. Devoción católica que se celebra estando
expuesto el Santísimo Sacramento (dle, 2018).
174 frontispicio: m. Fachada o delantera de un edificio, mueble u
otra cosa (dle, 2018).
175 Sociedad de Mejoras Públicas: una tarde de 1899, mientras viaja-
ban de Bogotá a Medellín, los antioqueños Carlos E. Restrepo y Gonzalo Escobar conversaban sobre las bellezas que habían visto en la capital y de lo que podía hacerse en Medellín. Los señores Restrepo (más tarde presidente de la república) y Escobar, pensaron que Medellín comenzaría a tomar contornos de ciudad si se constituía una “Sociedad de Mejoras y Ornato” a base de gentes desinteresadas e influyentes, que empujaran a los funcionarios públicos a hacer cosas. Fue así como en reunión celebrada en la oficina del señor Carlos E. Restrepo el 9 de febrero de 1899, a las 7:00 p.m., según reza el acta respectiva, fue establecida en la capital antioqueña la primera Sociedad de Mejoras Públicas. A ella asistieron 23 personajes de la elite antioqueña, sin embargo, en días posteriores se unieron más personas. Así, la smpm llegó a principios de siglo a convertirse en un proyecto común a toda la alta sociedad medellinense (smpm, 2018).
176 rodinesco: relativo a Auguste Rodin, escultor excéntrico fran-
cés del siglo xix, considerado el padre de la escultura moderna (N. del E.).
177 héroe del Bárbula: Manuel Atanasio Girardot Díaz: Prócer an-
tioqueño de la Independencia nacido en San Jerónimo. Hombre de confianza del libertador Simón Bolívar durante la Campaña Admirable en Venezuela, las actuaciones de Manuel Atanasio Girardot, pese a su corta vida, fueron decisivas durante los inicios de la guerra separatista de España. En el avance de Bolívar hacia Caracas, Girardot se encargó de la retaguardia en Apure, hasta alcanzarlo cerca a la ciudad, junto al cerro Bárbula, donde habrían de enfrentarse con el ejército realista comandado por Domingo de Monteverde. El 30 de septiembre de 1813 Atanasio Girardot murió en el combate, envuelto en la bandera republicana (Ramírez Santos, 2002, pp. 91-94).
178 Plazuela de San Roque: hoy llamada de “Uribe Uribe” como ho-
menaje al importante y magnífico ciudadano doctor y general Rafael Uribe Uribe. Luce esta “plazuela” en la parte occidental, un busto de tan meritorio servidor público. Este lugar no es más que una calle ancha con tentativas de arborización y con símil de pila sin estética alguna. Recuerdo que alguno de los consejos municipales ordenó allí la plantación y cultivo de unos arbolitos que solo florecen en climas fríos; por cuya causa fue llamada en algún tiempo la “plaza de los siete cueros” (Ochoa, 1984, p. 295).
179 suda que suda la gota gorda: frase con que se pondera el afán para
conseguir lo que se intenta (Sierra García, 1990, p. 628).
180 gusano barbadindio: se designan con este nombre, de manera im-
propia, a las larvas u orugas de los insectos. Entre los principales deben contarse al gusano barba de indio o pelo de indio (ahac, 1986).
181 las minas de El Criadero: mina de explotación ubicada en el
municipio antioqueño de Concepción, con respecto al paraje “el criadero” quedan vestigios de lo que antiguamente fue la explotación de la minería por parte de una compañía española y de donde sacaban el oro en lingotes y por cargas. Fue muy famosa Notas explicativas
El Zarco en toda la región y generaba empleo a algunos de los habitantes de la vereda (Alcaldía de Concepción, 2015).
182 tan corazón de pollo: ser sentimental, muy blando y fácil de con-
vencer (ahac, 1986).
183 Santaelena: el corregimiento de Santa Elena se localiza en la
zona oriental del Municipio de Medellín. Limita por el norte con los municipios de Guarne y Copacabana. Oriente, con los municipios de Rionegro y El Retiro. Occidente, con el área urbana de Medellín y Sur con el Municipio de Envigado. Este corregimiento presenta un relieve de pendientes fuertes, colinas suaves y pequeñas mesetas en un territorio de 7046 ha. El territorio de Santa Elena tiene una topografía quebrada, con alturas que oscilan entre 1850 y 2700 msnm. Santa Elena fue lugar de paso obligado de mercancías hacia Rionegro, por el camino del Nare o de Islitas en el oriente Antioqueño que comunica con Honda y finalmente con Bogotá. Su proceso de poblamiento está asociado a la presencia de la sal y el oro en los siglos xviii y xix con pobladores provenientes del oriente antioqueño, Rionegro, Guarne y Marinilla, que se localizaron en zonas como Piedras Blancas, Mazo y Barro Blanco. Después de la explotación del oro en los años 30, se inició la fabricación de carbón de leña y la actividad agrícola y de flores. Sufre las dinámicas y transformaciones sociales, económicas y espaciales que le imprime la expansión de la ciudad de Medellín y la vía a Rionegro (Alcadía de Medellín, 2008).
184 mala hora: loc. adv. U. para denotar disgusto, enfado o desapro-
bación ante lo que se enuncia (dle, 2018).
185 Medellín: ver nota 141.
186 el largo y caprichoso Niguateral: esta calle seguía antiguamente
en forma de camino hacia el occidente de la ciudad de Medellín, a los lados y por entre la quebrada La Loca, más o menos hasta donde hoy está la Catedral (Olano Estrada, 2006, p. 46).
187 Parque de Bolívar: el parque más grande de la ciudad, en el ba-
rrio Villanueva, sembrado de palmeras, acacias, guayacanes y otros árboles de hermoso follaje y flores abundantes. Artística fuente central (Olano Estrada, 2013, p. 31).
188 puente de Colombia y la Santaelena el Puente de Arco, el de
La Toma, y los de palitroques de Junín y Palacé: Puente de Colombia: hecho de madera, fue reconstruido bajo la dirección del ingeniero Hausler. Más tarde fue cambiado por el actual. Puente de Arco: Fue construido por los españoles, sólido y muy alto; casi toda su obra era de piedra. En tiempos del progresista alcalde don Nicanor Restrepo Giraldo, se le mermó altura hasta nivelarlo con la calle. Puente de La Toma: Lleva este nombre, porque en este punto comenzaba la acequia para traer el agua de la quebrada a la ciudad. Era de madera y estaba techado. En una creciente sufrió varios desperfectos, y fue reconstruido tal como se ve en la actualidad. Se llamó también Campo Alegre. Puente de Junín: Construido sobre la calle que lleva su nombre, este puente tenía la especialidad de ser muy apetecido por los estudiantes, para en las tardes sentarse sobre sus muros a tertuliar y mirar a las colegialas que pasaban, iniciándose en aquel lugar no pocos idilios. También eran muy típicas en este sitio, la venta de variadas y deliciosas frutas, atendidas por simpáticas y rollizas mujeres del pueblo. Puente de Palacé: Construido de madera, muy estrecho, solo servía a peatones, y para atravesar había que hacerlo con precaución pues no tenía sino un débil pasamano. A un lado del puente se veía una canoa de tabla, por donde pasaba el agua de la Sociedad de la Ladera, que abastecía a los habitantes de la calle de Boyacá. Años más tarde fue reconstruido tal como lo ocupa la Avenida Primero de Mayo (Ochoa, 1984, pp. 298-300). 189 pluma de la reina: (Petraea Rugosa). Verbenácea (ahac, 1986).
190 guadamacil: m. Cuero adobado y adornado con dibujos de pin-
tura o relieve (dle, 2018).
191 el Coliseo: posteriormente llamado Teatro Bolívar, fue propiedad
de los señores don Cipriano Isaza, Boteros & Cía., y don Gregorio Arango B. Muy de tarde en tarde había en dicho teatro espectáculos públicos. La escuela de don Sergio Gómez, ocupó por mucho tiempo parte del local; también funcionó en el patio una gallera para cuyo oficio en día de riñas, se retiraba parte del lunetario y se colocaban en el centro un redondel bajo, de madera, donde tenían los gallos sus discutos. Como el teatro no producía siquiera los gastos de sostenimiento y administración, resolvieron sus propietarios, en el año 1917, venderlo (Ochoa, 1984, p. 23). 192 diosa de Cíteres: adj. cult. Perteneciente o relativo a Afrodita, venerada en la isla de Citera. La diosa afrodita en la mitología griega (dle, 2018).
193 la Quebrada Arriba: en un inicio se formaron dos barrios alre-
dedor del paso de la Santa Elena: Quebrada Arriba y Quebrada Abajo. El primero empezaba en el Puente de La Toma y terminaba en la carrera Carabobo, en el sector llamado El Llano. Tomás Carrasquilla decía que este era “el lugar obligado para caminatas, jiras y paseos de las gentes elegantes del cogollo. […] No tenía posición alguna quien no se mostrase por estas márgenes fashionables”. Así, estos barrios de nombre idéntico y apellido distinto fueron la primera manifestación de la estratificación del espacio urbano; la geografía y la distribución de la población empezaron a ser divididas por ellos (Días de Playa, 2018).
194 fulana con zutano: m. y f. U. para eludir a alguien cuyo nombre se
ignora o no se quiere expresar después de haber mencionado a otra u otras personas con palabras de igual determinación (dle, 2018).
195 aparato del Segundo Imperio: a partir de la segunda mitad del si-
glo xix, en los años del Segundo Imperio francés y de la Emperatriz Eugenia, hay una especie de retorno en la moda al siglo xviii, los trajes de las mujeres, siempre hasta los pies, se hacen muy entallados con dibujos muy vistosos y colores alegres, sobre todo para las jóvenes. A medida que se iba teniendo más edad (la cincuentena ya era una edad cercana a la ancianidad en las mujeres de mediados del siglo xix) el color del vestido diario y aun de paseo era oscuro, cuando no negro riguroso (Rueda, 2006, p. 500). 196 derivación del tontillo del siglo de Luis XIV: el guardainfante, signo distintivo de la moda española del siglo xvii, diseñado en un principio para ocultar los embarazos, renació en la primera mitad del siglo xviii en una modalidad francesa, el panier, término que en francés significa “cesta”, en referencia a la forma de cesta invertida que tomaba la falda. El panier —llamado en castellano tontillo— podía alcanzar dimensiones considerables, hasta 5 metros de diámetro. Algo que no dejaba de causar inconvenientes, como el que dos damas no pudiesen pasar a la vez por una puerta o no pudieran sentarse juntas en un carruaje. A diferencia del guardainfante español del siglo xvii, el panier francés desplazaba el volumen de la falda a las caderas, con lo que resaltaba la silueta de la mujer (National Geographic España, 2013). 197 héroe antipapista: se llamaba así al general Giuseppe Garibaldi. Este gestionó las revueltas de 1860 al sur de Italia. Era conocido como el agitador antipapista (Talese, 2014, p. 50). 198 solferino: adj. Dicho de un color: Morado rojizo (dle, 2018).
199 Lancaster: pedagogo y maestro inglés. Se le conoce por la crea-
ción de las escuelas de Enseñanza Mutua, también conocidas como lancasterianas, para niños abandonados de su ciudad. Ante la precariedad de medios, sus escuelas sustituyen la figura de los maestros por la de los niños más aventajados dando así por resultado su sistema de enseñanza. Joseph Lancaster organizó este sistema en 1789 con rápido éxito y difusión (González Pérez, 1994, p. 178).
200 Simón Rodríguez: Jamás la historia de la América indepen-
dentista ha sido tan injusta con uno de sus grandes personajes como lo fue con la obra del insigne educador y gran pensador americano don Simón Rodríguez. El relato de su vida, atrapado en el sobrenombre de El Maestro del Libertador, se destacó en la historia por el mérito de haber forjado el espíritu y las ideas de Bolívar, reduciendo a pasividad lo que fue realmente una activa relación de reciprocidad. Pero Simón Rodríguez no nació para hacer de Bolívar el futuro Libertador de América; se hizo a sí Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla mismo, más bien, para convertir en verdaderas repúblicas a los territorios conquistados por la libertad. El proyecto diseñado por Simón Rodríguez, basado en la colonización del continente por sus propios habitantes y en la formación de ciudadanos por medio del saber, lo dibuja como un gran pensador americano a quien, en virtud de su incesante lucha en favor de la educación popular, sería más justo recordar como el gran maestro de muchos (Ruiza, 2019).
201 Gaceta Oficial: el primer periódico que se imprimió en Mede-
llín fue la Gaceta Oficial, órgano del gobierno repúblicano, y lo dirigía un cartagenero llamado Manuel María Viller Calderín (lpt, 2004, pp. 99-100).
202 El Pueblo: en el año 1910 el reverendo padre fray Benito Navarro, de grata memoria, estableció esta empresa tipográfica y dio principio a la edición de La Buena Prensa, hoja selecta que difundía las buenas doctrinas y, sin miedo, combatía el error. Después de larga labor La Buena Prensa tomó el nombre de El Pueblo, el cual sigue hoy con brioso empuje la cristiana campaña (Ochoa, 1984, p. 160).
203 arcángel apocalíptico: El arcángel Uriel: citado como uno de los
cuatro angeles de la Presencia, Uriel, que significa “Fuego de Dios”, es identificado en escritos ulteriores con el Fanuel “Rostro de Dios”. Dirige el Tártaro (o Infierno) siendo a la vez serafín y querubín. En el colérico e infernal Apocalisis de san Pedro, Uriel aparece como el Ángel del Arrepentimiento, descrito gráficamente como un ser casi tan despiadado como cualquier demonio, al que no desearía encontrarse en el Infierno (Godwin, 1995, p. 48).
204 Santiago: el nombre Santiago, proviene de dos palabras: Sant
Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: “Sant Iacob, ayúdenos”. Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago. Fue uno de los 12 apóstoles del Señor. Era hermano de san Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Es patrono de España y de su caballería. Los españoles lo han invocado en momentos de grandes peligros y han sentido su poderosa protección (ewtn, 2018).
205 san Jorge: Nacido en Lydda, Palestina, la tierra de Jesús, era
hijo de un agricultor muy estimado. Entró al ejército y llegó a ser capitán. San Jorge mártir es el patrono de Inglaterra y de los Boys Scouts. En tiempos de Las Cruzadas, el rey Ricardo, Corazón de León, se convenció en Tierra Santa de que san Jorge tenía un gran poder de intercesión en favor de los que lo invocaban y llevó su devoción a Europa, especialmente a Inglaterra (ewtn, 2018).
206 calientes: es decir, muy valientes o hábiles para el trabajo
(Jaramillo Restrepo, 2009, p. 34).
207 lo vendimos como leña: que es vendido con rapidez y en canti-
dad considerable (N. del E.).
208 la Virgen española: ver nota 132.
209 Eufrasia y Eufrosina: Eufrasia: (380-410). Confesora en Egipto. Nacida en Constantinopla, estaba emparentada con el emperador Teodosio el Grande. Contrajo matrimonio con san Antígono, al morir su marido renunció a otros pretendientes y se retiro con su hija al desierto de Tebaida internándose en una comunidad de 30 monjas. Eufrasina: Muerta en el 470, es considerada protectora de la castidad, invocada para alejar al cuerpo de los malos pensamientos. Nacida en Alejandría, se considera su vida, legendaria (Montes, 2008, p. 581).
210 Mosquera: militar y estadista caucano, cuatro veces presiden-
te de la República, nació en Popayán el 26 de septiembre de
1798. Tomás Cipriano de Mosquera y Arboleda fue una de
las figuras más trascendentales de la vida política nacional del siglo xix. Su temperamento, ambición personal y pasión por la vida pública lo llevaron a ocupar puestos muy destacados de la administración; haber sido cuatro veces presidente de la República confirma su condición de importante líder. De acuerdo con sus contemporáneos, fue un hombre contradictorio en su pensamiento político, porque en un principio lideró guerras a nombre del Partido Conservador y contó con el apoyo de este para llegar a la presidencia en 1845, y luego combatió al lado de los liberales, algunos de ellos enemigos en guerras anteriores, para derrocar al gobierno conservador de Mariano Londoño Rodríguez (Ramírez Santos, 2002, pp.
105-106).
211 cuadrado: se dice de una persona corpulenta (lpt, 1983, p. 103).
212 entotume: adjetivo que designa a una persona avergonzada, tu-
rulata, embobecida, aturdida (ahac, 1986).
213 sancochaban: adjetivo que vale por mortificado, exacerbado, irritado (lpt, 1983, p. 300).
214 tabardillo: m. coloq. Insolación (malestar por exposición excesi-
va al sol) (dle, 2018).
215 botijambres: persona gorda y de cuello corto (ahac, 1986).
216 jalar: en este contexto es “hacer o decir alguna cosa, entregarse a
una actividad”, lo que es más propiamente en este sentido, realizar la actividad de comer (ahac, 1986).
217 jeme: m. Distancia que hay desde la extremidad del dedo pulgar a
la del índice, separado el uno del otro todo lo posible (dle, 2018). 218 de balde: loc. adv. Gratuitamente, sin coste alguno (dle, 2018).
219 Plaza de Berrío: en el centro comercial de la ciudad. Visítese el
parque, que con frecuencia está muy florecido, con gran variedad flores. En el centro, la estatua del Dr. Pedro J. Berrío, Gobernador de Antioquia de 1862 a 1875. El lado oriental de la plaza donde está el parque presenta un aspecto interesante, con el atrio, la catedral y los edificios modernos que lo completan (Olano Estrada, 2013, p. 28).
220 Bolívar: carrera Bolívar: en la época colonial, y desde los prime-
ros años de la fundación de esta Villa de la Candelaria, existía con el nombre de “CAMINO DEL MONTE. Esta carrera Bolívar es una de las más importantes de la ciudad, y de un extraordinario movimiento, no solo por dar frente a ella el citado cementerio y el Bosque de la Independencia, lugar de recreo de los medellinenses, sino por servir de vía de comunicación con varios barrios residenciales que son hoy poderosos núcleos de la población (Rodríguez Mira, 2004, p. 9).
221 Colombia: La Alameda fue el nombre que los fundadores de la
Villa le dieron a la que hoy es calle Colombia. En esos primeros tiempos solo se extendía de la carrera Cúcuta hasta la carrera Junín; hoy es casi tan externa como la de Ayacucho. Esta calle sirve de eje en el sistema de coordenadas adoptado por el municipio para la nomenclatura númerica. Está señalada con el número 50, y la numeración crece hacia el norte y decrece hacia el sur. En la citada calle, desde Carabobo hacia el oriente, están situados los imponentes edificios de tres de los más importantes bancos de la ciudad, y hay muchos destinados especialmente al comercio (Rodríguez Mira, 2004, p. 15).
222 san Juan Nepomuceno: (1330-1393). Presbístero y mártir en la Re-
pública Checa, beatificado en 1721, canonizado en 1729 (Montes, 2008, p. 312).
223 forástico: adjetivo que significa forastero (ahac, 1986). 224 calzones coge puerco: pantalones a la altura de la media pierna, ajustados, generalmente de paño pardillo (ahac, 1986). 225 pensil: m. Jardín delicioso (dle, 2018).
226 chirimero: adjetivo que designa al que toca la chirimía (ahac, 1986).
227 padre Gómez Ángel: José María Gómez Ángel (1824-1896), quien
ocupó importantes cargos políticos y educativos, fue miembro de varias corporaciones e importantes juntas, eclesiásticas y civiles, rector del Colegio de Medellín y de la Universidad de Antioquia entre 1874 y 1875, profesor del Seminario y cura propio de Medellín entre 1872 y 1883. Además, pertenecía a una distinguida familia de Medellín y predicó duante la guerra civil a favor del gobierno regional; el padre, enemigo declarado del general Tomás Cipriano de Mosquera, por las leyes anticlericales que el caudillo promulga, le hacía la guerra desde el púlpito (Ortiz Mesa, 2010, p. 203).
Notas explicativas
El Zarco
228 profeta Jeremías: (590 a.c.). Profeta en Egipto. Jeremías profe-
tizó la irrupción de un enemigo irrestible en el reino de Judá y Jerusalén, por lo que al final de su vida tuvo que presenciar y lamentarse de sus profesías que se cumplieron a cabalidad (Montes, 2008, p. 281).
229 cachacos: m. Col. Dicho de un joven: elegante, servicial y caba-
lleroso (dle, 2018).
230 “Bello país debe ser / el de América, papá”: primera línea con
la que comienza la obra teatral Flor de un día: drama original en un prólogo y tres actos del escritor y político español Francisco Camprodón (N. del E.).
231 don Alonso de Lugo: don Alonso Fernández de Lugo, hijo de
Pedro Fernández de Lugo y nieto del conquistador Alonso Fernández de Lugo, nació en la villa de San Cristóbal de La Laguna en 1506. Va a ser a partir de 1534 cuando adquiera especial notoriedad, pues gracias a un poder que le concede su padre va a trasladarse a la península con el fin de solicitar la capitulación para la conquista de Santa Marta. Carlos V le concederá el asiento y capitulación el 22 de enero de 1535 y a partir de ese momento tanto él como su padre se dedicarán a organizar la expedición (Martín Acosta, 2002, p. 500).
232 San Blas, Envigado, Itagüí, Belén y Aná: San Blas: ocupa la
banda oriental, además de Medellín, La Capilla o San Blas a una legua de la capital por el camino de Envigado. El nombre de El Poblado con que se designa a este paraje parece confirmar la aserción de haber sido el primer punto señalado para la erección de la ciudad (Osorio Gómez, 2008, pp. 16-17). Envigado: Se encuentra ubicado en el Valle del Aburrá. Tiene una extensión de 78,8 km2; limita con los municipios de Medellín, Sabaneta, Caldas, Rionegro y El Retiro. Según don Manuel Uribe Ángel, el municipio se llamó Envigado porque en su fértil campo la selva virgen presentaba los más largos y perfectos troncos, de los cuales los habitantes del valle se servían para la construcción de edificios. Itagüí: Se sabe que los primeros pobladores fueron los indígenas de la comunidad de los bitagüíes; en el año 1743 apareció el primer caserío, erigido como municipalidad en 1832; en la actualidad Itagüí es el municipio más industrializado de Colombia, dentro del rango de las ciudades no capitales del departamento. Belén: Muy avanzado el siglo xx, en Belén perduraba una atmósfera bucólica, rural y pueblerina. Belén se constituyó en viceparroquia en 1757 y en parroquia en 1814, segregada de La Candelaria. En 1853, tuvo categoría de provincia de Medellín y en 1898 se separó de La América. A Belén llegó el acueducto de hierro en 1924, el tranvía en 1926 y la carretera asfaltada en 1937. Tuvo plaza de mercado y unidad deportiva desde 1969 y 1970, respectivamente. Aná: Desde el hallazgo del sitio de Aná, a mediados del sigo xvi, se desarrolló en este valle un poblado que se extendió desde la plaza incipiente del caserío (entre las quebradas Santa Elena y La Palencia), hacia el sur y el norte, y el oriente del río Medellín, y hoy son pocos los vestigios que hablan de aquella expansión. A mediados del sigo xviii, con la llegada de europeos de origen sueco a la meseta de Santa Rosa de Osos, se aceleró el crecimiento del caserio, hasta llegar a ser la ciudad de Medellín. Entre 1800 y 1845, esta villa llegó a ser “la más próspera, rica, grande y poblada de toda la gobernación de Antioquia”, anotan los historiadores (Osorio Gómez, 2008, p. 7).
233 buen remojo: dar un regalo por un estreno o en gratitud de algún
servicio (ahac, 1986).
234 salvielugo: planta aromática de la familia de las labiadas (ahac, 1986).
235 Guerra grande: la verdad es que la guerra a muerte proclamada
en Venezuela por Bolívar para abrir una zanja de sangre y odio entre españoles y americanos, y convencer a estos de la necesidad de la Independencia, en un principio no funcionó mucho: más bien salió al revés. En la Nueva Granada, la Reconquista española, con la salvedad terrible del sitio de Cartagena, fue un paseo militar. En Venezuela, la guerra que los insurrectos habían creído independentista se volvió social y racial con la aparición en los llanos de la “legión infernal” (oficialmente llamada Ejército Real de Barlovento) de José Tomás Boves: hordas salvajes de jinetes llaneros mestizos, mulatos y zambos que bajo la consigna de “La tierra de los blancos para los pardos” se alzaron con sus lanzas contra la oligarquía mantuana de Caracas y a favor de las tropas españolas. Fue una guerra feroz y sin cuartel: de parte y parte, los prisioneros eran degollados. Y la ganaron —en un principio— los realistas. El sur —Popayán, Pasto, y luego Quito— seguía siendo realista. Liquidada en sangre la ilusión independentista de la Patria Boba empieza, con más sangre aún, la verdadera guerra de Independencia: la Guerra Grande. La cual es inseparable de la vida de su principal ideólogo y caudillo, Simón Bolívar. Un caraqueño rico y de buena familia que dedicó su vida y su fortuna al ideal de expulsar a la Corona española de sus colonias americanas para dárselas ¿a quién? Él mismo lo vaticinaría en la frustración desengañada del final de sus días, en una carta casi testamentaria dirigida a uno de sus compañeros de armas: para dejarlas “en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas” (Caballero, 2016).
236 las casas donde nacieron Zea y Girardot: a próposito de estas
dos casas Ricardo Olano dice: “Cerca al Palacio Municipal está la Casa de la Moneda. Más al sur el edificio de la compañía Colombiana de Seguros y enseguida la iglesia de la Veracruz, del tiempo de la Colonia. Frente a la iglesia, el busto de [Atanasio] Girardot, del maestro Francisco A. Cano, (Girardot nació en una casa que había en sitio que ocupa hoy el edificio Girardot). En la calle Boyacá, más abajo, hay una lápida en la casa donde nació Francisco A. Zea” (Olano Estrada, 2006, p. 287).
237 cuadros quiteños de Pichincha y de Ayacucho: batalla de Pichin-
cha: El General Antonio José de Sucre, obrando de acuerdo con las instrucciones del Libertador, había marchado con sus tropas sobre la ciudad de Quito desde principios de abril de 1822; después de seguir por la falda del majestuoso volcán Cotopaxi y de obligar al ejército español a retirarse de las posiciones que ocupaba, descendió al valle de Chillo y se presentó enfrente de Quito. Ejecutando un hábil movimiento, envolvió el ala derecha de los realistas y subió a las alturas escarpadas del Pichincha para interponerse entre Quito y Pasto. Entonces, el jefe español resuelve atacar a los republicanos y sube al Pichincha. A las nueve y media de la mañana del 24 de mayo (1822) se traba la batalla que tiene por campo un extinguido volcán cuya nevada cima está a cuatro mil metros de altura, y por testigos a los habitantes de Quito que desde las azoteas de sus casas contemplan la lucha. A las doce del día la victoria se declaró por las fuerzas libertadoras; en el sangriento combate murieron cuatrocientos realistas y doscientos patriotas. La jornada de Pichincha puso en poder de Sucre la ciudad capital con todos los cuantiosos elementos militares que poseía el enemigo, y dio libertad al territorio de la Presidencia de Quito (Arrubla y Henao, 1920, p. 410). Batalla de Ayacucho: La Batalla de Ayacucho fue la más grande y definitiva que se libró en la América del Sur, por la Independencia del yugo español, el 9 de diciembre de 1824. Sucre y Córdova fueron los más destacados generales del Ejército Patriota. Los españoles contaban entre los suyos a José Canterác, Gerónimo Valdés, Juan Antonio Monet, Alejandro González Villalobos y José Catarrala, entre otros. El virrey José la Serna, frente a estos, soñaba con un triunfo definitivo en favor de la Corona Española. El Ejército Realista, compuesto por 9310 hombres, era el más opcionado en favor de España. Los patriotas contaban con
5780 soldados, en su mayoría colombianos de reconocido coraje
por la libertad. Junto a Sucre y Córdova, José Lamar y Agustín Gamarra, peruanos; Jacinto Lara, venezolano y Guillermo Miller, inglés. Soldados de Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Argentina y Chile, pelearon con admirable valor, y el triunfo definitivo fue para el Ejército de la Libertad (Arizmendy Díaz, 2010).
238 Torres y de Zea, de Restrepo y de Nariño: Camilo Torres Te-
norio: (1766-1816), natural de Popayán, asesor del Cabildo de Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Bogotá, uno de los ideólogos de la revolución granadina de 1810 y promotor de las ideas federalistas en la primera república granadina (Jaramillo et al., 2011, p. 287). Antonio Francisco Zea: (Medellín, 1766-Bath, 1822) Científico y patriota neogranadino. Trabajó en la expedición científica de J.C. Mutis (1789-1794). Enviado a España por estar implicado en la conspiración de A. Nariño (1794), fue partidario de José Bonaparte, por lo que se exilió a Gran Bretaña en 1814. A su regreso a Nueva Granada (1816) se unió a Bolívar, quien lo nombró intendente general de Hacienda. Presidió el Congreso de Angostura. En 1820 fue enviado a Europa, pero se extralimitó en sus funciones y fue desautorizado por el Congreso de Cúcuta (1821) (Ruiza, 2019). José Manuel Restrepo: (Envigado, Antioquia, 1781-Bogotá, 1836) Abogado y político colombiano. Diputado por Antioquia en el Congreso de las Provincias Unidas reunido en Bogotá (1811), abandonó el país tras la invasión de las tropas realistas. Posteriormente fue ministro del Interior (1822-1827) con Bolívar. Es autor de Historia de la revolución de la República de Colombia (1827) (Ruiza, 2019). Antonio Nariño: (1765-1823). Nació en Santa Fe de Bogotá el 9 de abril de
1765. Estudió en el Colegio San Bartolomé y luego completó sus
estudios por sí mismo. Amaba muchísimo los libros, pues llegó a tener una biblioteca particular que constaba de más de cien libros. A ella acudían sus amigos en busca de ciencia y consejo. En 1789 desempeñó el cargo de alcalde de Bogotá. Fue el primero que se atrevió a hablar de libertad frente a los españoles, razón por la cual la posteridad le ha dado el título de “Precursor de la Independencia”. Nariño es una de las figuras más sobresalientes de la Historia Colombiana y también de la literatura política nuestra. Desarrolló varias actividades en pro de nuestra emancipación, mucho antes del 20 de julio de 1810, es decir, de la fecha clásica del grito de la independencia dado en Colombia. En 1794 tradujo los “Derechos del Hombre” del idioma francés al castellano, motivo que le hizo adquirir el apodo de conspirador, y de ahí que haya sido enjuiciado y remitido por el gobierno español a la Cárcel de Cadiz (España) (Ardila y Vizcaíno, 2008, p. 25).
239 Colegio de San Ildefonso: una obra de enorme magnitud para
la época y cuyos resultados fueron perdurables en bien para Antioquia y aun para Colombia, fue la fundación, en 1857, del Colegio San Ildefonso por Jorge Gutiérrez de Lara, en el cual se educó una de las generaciones que mayor brillo han dado a esta tierra. Fue compañero del doctor Gutiérrez en esta empresa, el talentoso levita doctor José María Gómez Ángel. Con motivo de la desastrosa guerra iniciada en 1860, hubo de clausurarse este plantel a mediados de 1861 (Latorre Mendoza, 2006, p. 182).
240 Camilo Antonio Echeverri, Federico Jaramillo Córdoba: Camilo
Antonio Echeverri: Nació en Medellín el 13 de junio de 1827, y murió a inmediaciones de la misma ciudad el 8 de abril de 1887. Periodista, ingeniero y abogado, figuró mucho como hombre de talento (Laverde Amaya, 1895, p. 138). Federico Jaramillo Córdoba: Nació Federico en esta villa de Medellín, por marzo de
1831. En ella se crió y en ella obtuvo sus primeros conocimien-
tos. Muy niño fue enviado a Bogotá al colegio del gran educador doctor Lorenzo María Lleras. En ese claustro quedó estela de su poderosa intelectualidad y de allí salió hecho un doctor en jurisprudencia, armado de todas armas para la lucha por la vida. Abolengo ilustre, talento, ilustración, atrayente figura (Latorre Mendoza, 2006, p.312).
241 en que la obra de José Manuel Restrepo y las memorias de
López y las de Posada: José Manuel Restrepo: ver nota 237. José Hilario López: la vida del general José Hilario López es tan controversial como la compleja época de formación republicana que le correspondió vivir. Sus Memorias: El gobernante que abolió la esclavitud en Colombia en 1851 es un aporte unilateral a la historia de Colombia durante el final de la guerra de independencia y los primeros años de la república. Después de servir en varios cargos, ocupó la presidencia de la república, donde desarrolló reformas que lo pusieron en el ojo del huracán frente a las élites citadinas y rurales. Las memorias de José Hilario López publicadas originalmente en París en 1857 articulan un documento de referencia para entender las dificultades, intrigas y desbarajustes políticos e ideológicos que caracterizaron la primera parte de la convulsa vida republicana, hechos que proporcionan al lector herramientas sólidas y cronológicas para mayor conocimiento de la historia patria (Villamarín, 2017). Joaquín Posada Gutiérrez: Memorias histórico-políticas. Últimos días de la Gran Colombia y del Libertador es la obra más famosa del historiador colombiano Joaquín Posada Gutiérrez (1797- 1881). El autor, nacido en Cartagena de Indias y educado en Europa durante la época del imperio napoleónico, tuvo una activa participación en las guerras de Independencia americanas y en la inestable vida política republicana de los primeros años de la Gran Colombia y de la Nueva Granada. Por su cercanía a Simón Bolívar y al general venezolano Rafael Urdaneta, por sus ideas acerca de los proyectos políticos de la época y por su actividad partidista ha sido considerado como miembro de lo que se ha llamado el “protoconservadurismo civilista colombiano” (Vélez Rendón, 2006, p. 193).
242 Colegio del Estado: el plantel más antiguo de aquel entonces fue
el Colegio del Estado. Ocupaba el Edificio Colonial que, hoy reedificado, es el Colegio San Ignacio. En el Colegio del Estado se educaron todos los hombres que en ese tiempo sobresalieron en Antioquia la Grande y que tanto brillo dieron a la República en cánones, letras, medicina, jurisprudencia; de sus claustros salieron muchos que más tarde desempeñaron altos puestos en el gobierno. En la revolución del año de 1876, se cerró el colegio, y al terminar dicha revuelta se abrió de nuevo bajo el régimen liberal; uno de sus retores fue don Álvaro Restrepo Euse. En la revolución del 85 nuevamente clausuró y a mediados del 86 se reanudaron sus tareas con el nombre de Universidad de Antioquia, en el lugar que hoy ocupa (Ochoa, 1984, p. 79). 243 presidente del Estado Soberano: el gobierno de Pedro Justo Berrío, que fue fruto de una revolución local, se inició provisionalmente en enero de 1864 y fue reconocido por el gobierno de la Unión en abril de ese mismo año. Sin embargo, él solamente se vino a legitimar a partir del 15 de junio siguiente, cuando una legislatura constituyente homogéneamente conservadora lo nombró en interinidad para el cargo. Dicha provisionalidad se extendió por más de un año, hasta el 7 de agosto del año siguiente, cuando fue formalmente elegido para un período de cuatro años que se extendía hasta 1869. Al terminar su primer período Berrío fue reelegido para un nuevo mandato de cuatro años (Zuluaga Gil, 2013, pp. 91-92).
244 padre Gómez Ángel: Ver nota 225.
245 la tribuna Ildefonsina: Ver nota 237.
246 arrequives: m. Labor o guarnición que se ponía al borde del vesti-
do, como hoy el ribeteo galoncillo que se echa al canto (dle, 2018).
247 Himno Nacional: después del golpe de Estado de Rafael Núñez
en 1885 y de expedida la constitución centralista, clerical y presidencialista de 1886, entraron en juego para la creación del himno nacional una serie de circunstancias y figuras. Haya sido Núñez consciente o no del requerimiento internacional de símbolos de tanto poder distintivo como podía ser una canción “nacional”, lo cierto es que en esa coyuntura resultó autor de la letra del Himno nacional de Colombia. Pero hoy ese himno no existiría propiamente sin una marcha, entre operática y para tropas de infantería, que escribió el tenor Orestes Síndici. La pieza se estrenó el 11 de noviembre de 1887 en Cartagena, con motivo de las celebraciones en ese año de la llamada Independencia de la ciudad, pero no fue sino hasta la ley 33 del 28 de octubre de 1920, sancionada por el presidente Marco Fidel Suárez, que se declaró oficialmente el himno como un símbolo patrio (Rincón, 2015, pp. 45-46).
248 La Marsellesa: el himno más reconocido del mundo nació de un
célebre momento de la historia universal. Pero también nació de la mano que lo escribió y de la boca que por primera vez lo Notas explicativas
El Zarco tarareó; la mano y la boca de su nada famoso autor, el capitán Rouget de Lisle, que lo compuso en una noche. Dictaron la letra las voces de la calle, y la música brotó como si el autor la hubiera tenido adentro, desde siempre, esperando salir. Corría el año 1792, horas turbulentas: las tropas prusianas avanzaban contra la revolución francesa. Arengas y proclamas alborotaban las calles de Estrasburgo: ¡A las armas, ciudadanos! El himno de Rouget dio brío a las tropas. Sonó, emocionó; y un par de meses después reapareció, quién sabe cómo, en la otra punta de Francia. Los voluntarios de Marsella marcharon al combate entonando esa canción poderosa, que pasó a llamarse La Marsellesa, y toda Francia le hizo coro (Galeano, 2008, p. 170).
249 La Entrada de Napoleón: el 20 de frimario del año vii (10 de di-
ciembre de 1797), el gobierno de la República francesa recibe solemnemente al general Bonaparte en Palacio de Luxemburgo. Una innumerable muchedumbre había invadido la calle. Diríase que toda la población entera ha ido a saludar a este hombre, cuyo nombre, estos últimos tiempos, está en boca de todo el mundo. El séquito del general, acompañado de una escolta de honor, se abre paso trabajosamente a través de la muchedumbre que le ovaciona. Al son del himno de la libertad interpretado por el coro del Conversatorio, Bonaparte, acompañado de los generales Berthier y Joubert que llevan las banderas, atraviesa la muchedumbre que se aparta a su paso para alcanzar “el altar de la patria” donde le esperan de pie los miembros del gobierno (Manfred, 1988, p. 151).
250 Pan de Azúcar: el cerro Pan de Azúcar conoció el fondo del
Valle de Aburrá antes que la ciudad llegara a instalarse allí. Su posición privilegiada le permitió ver crecer la bella villa de Medellín a orillas de la quebrada Santa Elena, que poco a poco se fue transformando en lo que hoy conocemos como la ciudad de Medellín. Tiene una extensión de 105 hectáreas y está ubicado en el centroriente de la ciudad. Los barrios que componen su entorno son: 13 de noviembre, Llanaditas, Los Mangos, El Pinal, La Libertad, Villatina, San Antonio y Vereda Piedras Blancas (sector Media Luna) (Alcadía de Medellín, 2008). 251 manga por hombro: locución que significa estar todo al revés, sucio, desarreglado (Sierra García, 1990, p. 515).
252 jíquera: esta palabra se utiliza en el sentido de envidiar, de sentir
pesar por el bien ajeno (Sierra García, 1990, p. 638).
253 alatomías: parece alteración del vocablo anticuado notomía que
significa rasgaduras (ahac, 1986).
254 faruca: lo pusieron en desorden, en baturrillo (ahac, 1986).
255 estas californias tan distantes y esos caminos tan perros: con esta
expresión se quiere significar lugares lejanos y que se suponen tórridos (lpt, 1983, p.73).
256 tantasguascas: expresión que significa “el más hábil” (ahac, 1986).
257 está la carne en el garabato por falt’e gato: frase que expresa estar
una cosa a fácil disposición de una persona (ahac, 1986). 258 flojo de tornillos: locs. verbs. coloqs. Tener poca sensatez (dle, 2018).
259 Urbanidad de Carreño: a partir del último tercio del siglo xix, se
introdujo en América Latina el Compendio del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Manuel Antonio Carreño (conocido como El Manual de Carreño) como un auxiliar de primer orden para impartir “buenas costumbres” en los hogares y en las escuelas de niños y niñas. Libro de lectura obligada en los momentos cotidianos del hogar y de la escuela, proporcionaba, al igual que los libros de Vidas Ejemplares, normas de buena conducta indispensables para el buen desempeño en la vida social (N. del E.).
260 que ni Cyrano en la puerta de Nesle: alusión que hace referen-
cia a la obra dramática Cyrano de Bergerac de 1897 del escritor francés Edmond Rostand y que se puede resumir de la siguiente manera: Durante una representación teatral, Cyrano de Bergerac monta un escándalo y hace huir a un actor a quien había prohibido subir al escenario durante un tiempo. Cyrano muestra un enorme ingenio verbal y, al batirse en duelo contra un vizconde, también exhibe un gran dominio de la espada. Más tarde, le confiesa a su amigo Le Bret que está enamorado de su prima Magdalena Robin, conocida como Roxana, pero no se atreve a decírselo porque su nariz prominente afea su rostro. Roxana es deseada por el poderoso conde De Guiche y tiene fascinado al joven y atractivo Christian, que acaba de llegar a París para unirse a la compañía de cadetes en la que sirve Cyrano. Cuando la sirvienta de Roxana le pide a Cyrano, en nombre de su ama, una cita para el día siguiente, este se entusiasma tanto que decide ir a la puerta de Nesle para luchar él solo contra un centenar de hombres que van a tender una emboscada a otro de sus amigos, el poeta Lignière, amenazado de muerte (Rostand, 2015, p. 11).
261 Compendio de Mazo: libro que se llama en realidad Historia para
leer el cristiano desde la niñez hasta la vejez, o sea, Compendio de la historia de la religión sacado de los libros santos por el escritor español José García Mazo del cual se dice: “En un tiempo en que codiciosamente se esparce entre el pueblo una Biblia muda, sin ilustraciones, alterada y corrompida; y que todo se hace con el pretexto de enseñar religión, nada más conveniente que la publicación de libros cristianos, piadosos e instructivos en que la historia sagrada venga amenizando los fundamentos de nuestra fe y acomodándose a la capacidad de toda clase de personas. Tal es el carácter de una obrita que está publicando el señor Mazo, magristral de la santa iglesia de Valladolid…” (Díaz de Roble, 1851, p. 182).
262 El libro del estudiante, de José Joaquín Ortiz: de este libro se puede
decir que es una colección de tratados elementales sobre aritmética y religión publicado en 1866. Obra aprobada por el consejo público del estado de Cundinamarca a mediados del siglo xix y designada como texto en gran número de colegios de la República (N. del E.).
263 La flor de un día: obra dramática que gira en torno a las con-
vencionales e intricadas historias sentimentales de la época, del escritor, político y poeta español Francisco Camprodón representada por primera vez en 1851 (N. del E.).
264 “Basta dirigir una mirada al firmamento”: Oración con la que
comienza el capítulo uno, “De los deberes para con Dios”, del ya citado Manual de Carreño del escritor Manuel Antonio Carreño (ver nota 258).
265 “Esclarece la aurora el bello cielo”: Así comienza una oración, escrita por José Joaquín Ortiz en su ya citada obra El libro del Estudiante (ver nota 262).
266 “el sanguinario Antoñanzas”; con “el héroe de Ayacucho”, “en esa
cario Monteverde” con “El León de Apure”; “El feroz Morillo” con “el héroe de Ayacucho”, “en esa pelea del 20 de julio, en que Simón Bolívar les pudo a todos”: “el sanguinario Antoñanzas”: esta referencia hace alusión a Eusebio Antoñanzas, militar español y uno de los jefes realistas más activos durante la Guerra de Independencia de Venezuela, de él se dice que “hacía morder a algunos los fusiles para dispararles en la garganta; que a otros aún vivos servían de blanco de las punterías, para ensayar a sus soldados en tirar lanzazos y sablazos” (Bolívar, 1817,
p. 161). “El héroe de Ayacucho”: como se llamaba a José María
Córdova (1799-1829), militar colombiano conocido por su importante papel en la decisiva batalla, fue uno de los militares más destacados de las Guerras de Emancipación de la América latina (1810-1826), durante las cuales sirvió en las tropas de José Antonio Páez, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre. Por su activa participación en los sucesivos combates de la Guerra de Independencia de Colombia (1810-1819) se le considera uno de los próceres de la independencia del país (Ruiza, 2019). “en esa cario Monteverde”: Relación que hace respecto al militar Juan Domingo de Monteverde del cual se dice que se trasladó a las Américas en 1810, siendo destinado a La Habana (Cuba) y Puerto Rico. En 1812 acudió a Venezuela, donde los sublevados habían formado una república independiente de la Corona española. Desobedeciendo órdenes y a pesar de su inferioridad numérica, Monteverde avanzó por la colonia, enfrentándose a las tropas del general republicano Francisco de Miranda, y logró Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla conquistar Barquisimieto, Valencia y San Carlos, luego de verse favorecido por un desastroso terremoto y por disensiones internas de los independentistas (Ruiza, 2019). El León de Apure: mejor conocido como José Antonio Páez (1790-1873) fue un caudillo de la independencia venezolana, fundador y presidente de la Cuarta República de Venezuela. Al frente de su ejército de llaneros, contribuyó al triunfo del movimiento emancipador liderado por Simón Bolívar; el mismo Libertador destacó su papel en la decisiva batalla de Carabobo (1821), con la que quedó definitivamente afianzada la independencia de Venezuela (Ruiza, 2019). “El feroz Morillo” (1775-1837): Militar español, conde de Cartagena y marqués de la Puerta, llamado a veces el Pacificador por cumplir el encargo del rey Fernando VII de poner orden en las colonias españolas de América. Pablo Morillo destacó por emprender la más grande represión contra el pueblo granadino, conocida como el Régimen del Terror; ofreció la libertad a los esclavos que denunciaran o presentaran a algún cabecilla revolucionario, lo cual atrajo a muchos negros, que se unieron a la defensa del rey Fernando VII. De esta forma llevó al patíbulo a algunos personajes colombianos tales como Camilo Torres Tenorio, Francisco José de Caldas, Liborio Mejía y Jorge Tadeo Lozano, entre otros (Ruiza, 2019).
267 Leteo: adj. Perteneciente o relativo al Lete o Leteo, río del olvido
(dle, 2018).
268 El lenguaje de las flores: obra literaria de la escritora inglesa Mme
Louise Cortambert, escrita en 1862, que habla precisamente de lo que su título reza. Es uno de los más eminentes trabajos al respecto, tanto por su divulgación, como por el trabajo laborioso que sus páginas encierran (N. del E.).
269 La Caprichosa: sainete lírico madrileño estrenado en 1902, que
consta de un acto, divido en tres cuadros, escritos en prosa y verso, por Amadeo Vives, Luis Pascual Frutos y Antonio López Monís (N. del E.).
270 a cóndor valen: nombre que se le daba a las monedas de plata, tal
vez por llevar el escudo con el cóndor; moneda de diez centavos (Jaramillo Restrepo, 2009, p. 49).
271 vena jocosa: ser o estar de buen humor, dicharachero (lpt, 1983,
p. 336).
272 Pascual Bruno: drama en cinco actos del autor colombiano
Leopoldo Arias Vargas, basado en la obra francesa de Monsieur Alexandre Dumas, estrenado en la ciudad de Bogotá en 1857 (N. del E.).
273 Dios corrige: no mata: obra teatral del político y prolífico escritor
colombiano José María Samper Agudelo escrita entre 1855 y 1857 (N. del E.).
274 La Magdalena, por los lados de San Vicente: adquiere el título
de municipio en 1814. Los primeros pobladores de la región se instalaron en el sector donde hoy está el casco urbano, encabezados por don Diego Ceballos, quien inició la explotación de minas de oro en esta zona del departamento. En 1795 el obizpo de Popayán, Ángel Velarde y Bustamante, ordenó el traslado de la parroquia La Magdalena a San Vicente. San Vicente limita con Barbosa, Guarne, Rionegro, Marinilla, El Peñol y Concepción.
210 kilómetros de los 243 que conforman su jurisdicción, tienen
clima frío. La cabecera está a 2150 msnm. Su temperatura media es de 17 grados. El Río Negro le marca el límite con el municipio de Marinilla. Recibe las aguas de las quebradas: Honda, Magdalena, La Paja, Compañía y Ovejas (Villa Pérez, 1982, pp. 329-331).
275 minas del Anorí, Las Malfias y Remedios: Anorí está a 167 ki-
lómetros de Medellín, por carretera que a veces se hace intransitable. Limita con los municipios de: Zaragoza, Guadalupe, Carolina del Príncipe, Amalfi, Segovia, Remedios, Angostura, Campamento, Valdivia y Cáceres. Según parece el nombre Anorí se debe al caciqué Norí que habitó esas tierras por muchos años. El distrito fue fundado en 1808. Ya en 1821 tenía la categoría de municipio. Hace muchos años este pueblo vivió del oro. En la actualidad todavía se comenta la riqueza de las minas de Santa Ana, La Constancia, Charcón, San Benigno, Morizal, El Cerro de la Serrana, Vallecitos y San Lino (Villa Pérez, 1982, p. 27). Remedios: 217 kilómetros lo separan de Medellín por una carretera en regulares condiciones. El capitán Francisco Martínez de lpt llegó al valle del Corpus Christi y resolvió fundar en él, el 15 de diciembre de 1560, la ciudad de Nuestra Señora de los Remedios. Ocupa un área de 1985 kilómetros cuadrados. La zona bañada por el Río Magdalena es selvática y de clima malsano. Cuenta además con los ríos Remedios, San Bartalomé y la quebrada Ité. Es otro de los distritos paisas que viven de la explotación de oro, para algunos Remedios es mucho más rico que Segovia en este campo (Villa Pérez, 1982, pp. 276-278).
276 los Libros sobre la “locura de la cruz”: el vasto tema de la locura
de la Cruz, que había acompañado tan de cerca la experiencia cristiana renacentista, comienza a desaparecer en el sigo xvii, a pesar de Pascal y el jansenismo. O, más bien, subsiste, pero alterado en su sentido, casi inadvertido. No es ya cosa de exigir a la razón humana que abandone el orgullo y sus certidumbres para perderse en la gran sinrazón del sacrificio. Cuando el cristianismo de la época clásica habla de la locura de la Cruz, es solamente para humillar a una falsa razón y hacer brillar la luz eterna de la verdadera; la locura de Dios hecho hombre es solo una sabiduría que no reconocen los hombres irrazonables que viven en este mundo (Foucault, 2015, p. 175).
277 paviarlo: con esta expresión se quiere decir “matar a mansalva”
(Sierra García, 1990, p. 544).
278 pasa la pena negra: loc. verb. Padecer aflicción grave física o mo-
ral (dle, 2018).
279 Dante o Virgilio: (Florencia, 1265 - Rávena, 1321). Poeta italiano. El experimentalismo de los poemas de Dante Alighieri y la búsqueda consciente de un estilo propio culminarán finalmente en La Divina Comedia, una de las cumbres de la literatura universal. Dividida en en tres cantos (Infierno, Purgatorio y Paraíso) y escrita en tercetos, se resume en ella toda la cosmología medieval mediante la presentación del recorrido del alma de Dante, guiada primero por Virgilio y más adelante por Beatriz, en la expiación de sus pecados. Con un lenguaje vívido y de gran riqueza expresiva, el poeta mezcla los elementos simbólicos con referencias a personajes históricos y mitológicos, hasta construir una equilibrada y grandiosa síntesis del saber acumulado por el hombre desde la Antigüedad clásica hasta la Edad Media (Ruiza, 2019). Virgilio (Publio Virgilio Marón, en latín Publius Vergilius Maro; Andes, hoy Pietole, actual Italia, 70 a.C. - Brindisi, id., 19 a.C.): Poeta latino. Aunque hijo de padres modestos, Virgilio estudió retórica y lengua y filosofía griegas en Cremona, Milán, Roma y Nápoles. La vertiente pública de la poesía de Virgilio llegó a su cima cuando afrontó la tarea de escribir un ambicioso poema patriótico a imagen de las grandes epopeyas de Homero: la Eneida, que debía cantar las virtudes del pueblo romano y cimentar una mitología propia para la nación. Para ello escogió la conocida figura legendaria del héroe troyano Eneas. Durante otros doce años trabajó en la composición de esta obra maestra, un poema épico compuesto de doce cantos que toma el nombre de su protagonista (Ruiza, 2019).
280 “La guacamaya”: canción popular de la cual se dice: “en la lírica
acutal de la canción se ha perdido la repetición del estribillo incorporado al final de las coplas paralelísticas, pero se conserva la alternancia de coplas completas que tienen la misma función y que, además, también ellas son paralelísticas; la canción en su comienzo reza: “Qué bonita Guacamaya / tan olorosa a alcanfor, / que peleó contra Santa-Anna, chatita, / para traer a Comonfort!” (Von de Walde, 2005, pp. 366-367).
281 una mica Tetraccini y un mono Caruso: relación que se hace con
respecto a los cantantes Luisa Tetrazzini y Enrico Caruso. De ellos se dice que fueron los cantantes de opera más importantes de Italia de finales del siglo xix y principios del xx, recorrieron con diferentes óperas parte de Italia, España, Suramérica, Notas explicativas
El Zarco México y Europa. Escribieron juntos Caruso and Tetrazzini on the Art of Singing, libro que pretende ofrecer a aquellos que cantan o están a punto de estudiar canto, simples reglas fundamentales del arte del canto basadas en el sentido común (N. del E.). 282 Garibaldina floreada: ver nota 62.
283 polka de tacón: original de Polonia, se baila con un compás a dos
tiempos, de un paso que se descompone en tres partes: 1, escurrir el pie izquierdo hacia adelante e izquierda; 2, arrimar el pie derecho contra el izquierdo; despedir por el izquierdo y levantarle al propio tiempo hacia adelante; las dos piernas tendidas, o mejor dicho, derechas; y 3, vuélvase a traer el pie izquierdo, haciéndole saltar delante del pie derecho, y en seguida levántese el pie derecho; vuélvanse a empezar los mismos paso con el pie derecho (Daniel Huerta, 2014, p. 116).
284 más godos que Berrío: Pedro Justo Berrío (1827-1875): Político
colombiano. Presidente del estado de Antioquia (1864-1875). Participó en la guerra civil de 1860 en el bando conservador. Tras el triunfo federal, encabezó un alzamiento conservador que derrocó al gobierno radical en Antioquia, tras lo cual fue aclamado como presidente (1864). En abril de ese mismo año, logró el reconocimiento del gobierno federal (Ruiza, 2019). Se dice que una persona es goda cuando “pertenece al partido conservador y por extensión quien profesa ideas retardarias o tiene actitudes anticuadas” (Montoya, 2006, p. 140).
285 décimas: f. Métr. Combinación métrica de diez versos octosíla-
bos, de los cuales, por regla general, rima el primero con el cuarto y el quinto; el segundo, con el tercero; el sexto, con el séptimo y el último, y el octavo, con el noveno. Admite punto final o dos puntos después del cuarto verso, y no los admite después del quinto (dle, 2018).
286 Álvarez Quintero: Serafín Álvarez Quintero (Utrera, 1871 - Ma-
drid, 1938) y Joaquín Álvarez Quintero (Utrera, 1873 - Madrid, 1944). Populares dramaturgos españoles conocidos a menudo como los hermanos Quintero o Álvarez Quintero. Autores de obras teatrales que transmiten una visión bondadosa y amable de la vida, son la encarnación perfecta del costumbrismo andaluz llevado al teatro (Ruiza, 2019).
287 La Caprichosa: ver nota 266.
288 Bitinia: ver nota 288.
289 Orígenes (¿Alejandría?, hacia 185 - Tiro, actual Líbano, hacia
254): teólogo y padre de la Iglesia griega. Nacido en el seno de una familia cristiana (su padre murió martirizado en el 202), sucedió a Clemente de Alejandría al frente de la escuela cristiana de Alejandría, que convirtió en un prestigioso centro de teología. Su rivalidad con el obispo Demetrio, que le reprochó haberse hecho ordenar sacerdote sin su consentimiento, lo llevó a exiliarse en Palestina. Algún tiempo después sobrevino la persecución de Maximiliano, y Orígenes tuvo que ocultarse, pasando luego a Grecia y Arabia. En virtud de un edicto de Decio, fue encarcelado, cargado de cadenas, y puesto en el tormento, pero no decayó por eso su ánimo, y en la cárcel misma escribió una obra célebre contra Celso; murió en Tiro (Ruiza, 2019).
290 Marciano (s. vii): abad en Francia, vino al mundo después de que
sus padres suplicaran al señor descendencia. Con sus propias manos construyó un monasterio; una vez terminada su construcción se le unieron seis discípulos. Se dice que volvió a la vida a un niño con solo echarle la bendición (Montes, 2008, p. 357).
291 la erótica Nicomedia: que algunos llaman Comedia, y los turcos
Nicor. Ciudad capital de Bitinia en el Asia Menor, yacía sobre la margen de Propontida, que se llama mar de Mármara. Edificola Nicomedio el Grande, rey de Bitinia en en el año 262. Fue una de las primeras ciudades de oriente que recibió la fe cristiana, y por ella comenzó su persecución en tiempos de Diocleciano (Moreri, 1753, p. 306).
292 empíreo: m. Se aplica al cielo, entendido como conjunto de esfe-
ras concéntricas a la Tierra en las que se movían los astros (según los antiguos) o como lugar en el que los santos, los ángeles y los bienaventurados gozan eternamente de la presencia de Dios (según la teología cristiana) (dle, 2018).
293 palma del martirio: en la iconografía cristiana, la palma del
martirio es un atributo adoptado en las representaciones de los primeros santos de la Iglesia y mártires. Esta representación tiene un probable origen oriental, sitio donde se daba una gran importancia a las palmeras al vincularlas con los oasis y a la vida. También se pensaba que en el momento en que la palmera generaba sus frutos esta moría, de ahí que se significara como un sacrificio (Herrero Uceda, 2008, p. 10).
294 qué carcajada más homérica la de aquella multitud: se aplica
hiperbólicamente a algo de lo que se quiere decir que fue extraordinario por lo ruidoso o aparatoso: una carcajada homérica (ahac, 1986).
295 cachipanda: aplicado a los bovinos de cuernos abiertos (ahac, 1986).
296 santa Polonia: en Alejandría vivió una cristiana bautizada desde
pequeña y educada en la fe por sus padres; en los tiempos de su juventud decidió la renuncia voluntaria al matrimonio para dar su vida entera a Jesús. Se llama Apolonia y ya es entrada en años; los que la conocen saben mucho de sus obras de caridad, de su sólida virtud y de su retiro en oración; incluso presta ayuda a la iglesia local como diaconisa, según se estila en la antigüedad. En el 252, una horda incontrolada la secuestra y pretende obligarla a blasfemar contra Jesucristo: como nada sale de su boca, con una piedra le destrozan los dientes. Después la llevan fuera de la ciudad amenazándola con arrojarla a una hoguera, si no apostata. Luego, ella misma es la que, con desprecio a la vida que sin Dios no vale, con paso decidido, pasa ante sus asombrados verdugos y entra en las llamas donde murió (Sánchez Blázquez, 2012, p. 511).
297 Terpsícore: en la mitología griega, una de las nueve musas hija de
Zeus y Mnemósine. Aunque en su origen sus atributos no están delimitados, desde la época clásica se la asocia con la poesía ligera y la danza. En algunas leyendas, es la madre de las sirenas, junto con Aqueloo. Es representada como una joven esbelta, con un aire jovial y de actitud ligera. Guirnaldas de flores forma su corona y entre sus manos hace sonar una lira (Grimal, 2006, p. 150).
298 la paila grande, la paila chica y la paila mocha: todas estas ex-
presiones hacen alusión al infierno (Sierra García, 1990, p. 582).
299 camarero: m. y f. Persona, generalmente una mujer, que tiene a
su cargo cuidar el altar y las imágenes en las cofradías o hermandades religiosas (dle, 2018).
300 llevátelo por las llagas de Cristo: frase exclamativa en la que se
pide que, en favor de la mención religiosa hecha, se evite dolor, pena o sufrimiento a un ser querido o cercano (N. del E.). 301 lo pone bajo el manto de la Virgen: invocación que se hace para que, por medio de los favores de la Virgen y su indumentaria sagrada, se guarde y se favorezca a un ser amado o querido (N. del E.). 302 asceta: m. y f. Persona que, en busca de la perfección espiritual, vive en la renuncia de lo mundano y en la disciplina de las exigencias del cuerpo (dle, 2018).
303 san Vicente de Paúl (1581-1660): Fundador en Francia. Beatifica-
do en 1729, canonizado en 1737. Recibió ordenación sacerdotal a los 19 años y a partir de entonces recorre los caminos consagrándose a la caridad. Fundó la cofraternidad de la caridad, una comunidad de hermanos legas (Montes, 2008, p. 599).
304 misterio belemita: misterio que hace referencia al lugar de naci-
miento de Jesús, es decir, Belén. De este se dice: “como en las profecías del Antiguo Pacto, nada hay infecundo en la vida terrena del Salvador: todo lo que realizó fue denso en contenido salvífico. Un hecho tan banal como el sitio donde vio la luz nos permitirá asomarnos al misterio de persona y obra. ¿Y por qué Belén? Belén significa el lugar de Lechem, la Casa de Pan. Por lo tanto, el lugar de su nacimiento, donde Él apareció por primera vez en forma corporal, contiene la misma palabra que Él pronunció sobre el pan que representaba su cuerpo, lechem, Belén” (Loarte, 2003, p. 32).
305 lo mesmo que el Judas: el único suicidio del Nuevo Testamen-
to es el de Judas Iscariote. La versión más conocida es la del Notas explicativas
Edición crítica - Narrativa breve - Tomás Carrasquilla Evangelio de Mateo, que dice: “Entonces Judas arrojó las monedas en el templo, y fue y se ahorcó”. En los Hechos de los Apóstoles, sin embargo, dice Pedro, refriéndose a Judas: “Sabemos que se compró un campo con el salario del pecado, luego se tiró de cabeza reventándose y sus entrañas se desparramaron” (Roselli y Rueda, 2011, p. 148).
306 floriarle: expresión verbal que puede significar “requebrar, echar
flores, florecer, fanfarronear” (ahac, 1986).
307 largaron la tupia: maldades y afrentas que se lanzan contra una
persona (ahac, 1986).
308 rumbe como a un perro: rumbar en este contexto significa tirar, arrojar, lanzar (ahac, 1986).
Notas explicativas
El uso de la lengua en la obra de Tomás Carrasquilla es uno de los principales componentes de su narrativa; cabe decir que en todas las narraciones existe una forma particular de expresión que representa, de una u otra manera, la estratificación lingüística social que quiere manifestar en sus obras, pero dicho uso del idioma está conformado en palabras polifónicas, en términos de la teoría bajtiniana. En el caso de Carrasquilla, dicha polifonía cobra importancia por aquello que Betty Osorio (2011) describe como un “gesto desafiante frente a la política de homogeneizar el español hablado en la nueva nación” (p. 41), pues la pluralidad de voces permite reconocer una realidad que pocas veces se narra. Lo anterior sirve de introducción al hecho de que la obra de Carrasquilla presenta unas características lingüísticas diversas y complejas a su vez; lo cual, llevado a la práctica de la edición crítica, exigiría de nosotros la identificación de estos fenómenos lingüísticos a través de notas explicativas que permitieran al lector la identificación y el reconocimiento de dichas voces. Sin embargo, como se indica en este apartado, proceder así haría que la obra en sí misma se viese interrumpida constantemente, pues la cantidad de vocablos de uso coloquial, en muchos de los cuentos y novelas, es altamente significativa. Por lo tanto, presentamos este corto epílogo a la narrativa breve, para que el lector cuente con un panorama que le permita familiarizarse con muchos de los vocablos empleados por Carrasquilla, así como una explicación general de dichos componentes. Aunque no definiremos de manera extensa cada uno de los términos aquí relacionados, invitamos al lector a consultar, ante cualquier inquietud sobre algún significado, el trabajo de Néstor Villegas Duque titulado Apuntaciones sobre el habla antioqueña en Carrasquilla (1962), en la cual se realiza un amplio estudio, con glosario incluido, sobre gran parte de las variaciones y los usos lingüísticos que se esbozan en la obra de Tomás Carrasquilla. Es más, el libro de Villegas Duque ha servido de soporte vital para interpretar giros lingüísticos que en nuestro español actual no se registran en la oralidad ni mucho menos en la escritura. A continuación presentamos el siguiente lexicón con una síntesis de formas lingüísticas encontradas en la obra de Villegas, además de una breve explicación sobre dichos usos. Esperamos que sirva de ilustración al lector de la presente edición crítica.
Lexicón de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla
Lexicón
408
A las patalas Loc. adv. coloq. “Sin ningún cuidado o esmero” (da, 2010). Variación metaplasmática de la locución “a las patadas” por lambdacismo de la consonante alveolar /d/ en posición intervocálica (N. de los E.).
Aguanegra Es un aguasal con alguna yerba o corteza, con que los muy pobres distraen el hambre a la hora de las dos principales comidas (ahac, 1986). Ahisós Expr. coloq. “Aquí fue” (Bernal, 2018, p. 155). Se construye por composición (aglutinación) del adverbio demostrativo “ahí” y la conjugación del verbo en segunda persona del singular del verbo copulativo “ser” en su forma del voseo (N. de los E.).
Ai Dicción anticuada y vulgar de ahí (ahac, 1986). Almuada De “almohada”. Metaplasmo constituido por la cerrazón de la vocal posterior /o/ ante la vocal abierta /a/ deviniendo en /u/ (debilitamiento) y formando el diptongo creciente /ua/ (diptongación) (N. de los E.).
Anque Metaplasmo por síncopa de la conjunción “aunque” (N. de los E.): conj. advers. para contraponer un concepto a otro (dle, 2018). Antós “Entonces” (Ospina, 1983, p. 40). Metaplasmo creado por asimilación y supresión fonética en el habla coloquial. Se da por apofonía de /e/ por /a/, ante la consonante nasal subsiguiente; y síncopa, por haplología, del grupo fonético / nce/ ante el grupo precedente /nt/ (N. de los E.). Aporreadura “Aporreo” (dle, 2018). Sustantivo deverbal formado por la flexión del morfema -adura (N. de los E.).
Aquí’stan De “aquí están”. Metaplasmo constituido por la contracción del adverbio y el verbo copulativo a través de la aféresis de la vocal media /e/ entre la vocal cerrada tónica /i/ y la consonante fricativa /s/ (N. de los E.).
Asina De “asín” y este a su vez de “así”. Significa “así, de esta o de esa manera”. De uso rural (da, 2010). Asin’es De “asina” y “es”. Metaplasmo constituido por la contracción del adverbio y el verbo copulativo a través de la aféresis de la vocal abierta /a/ entre la consonante nasal /n/ y la fricativa /s/ (N. de los E.).
Asoliada De “asoledada”. Metaplasmo constituido por la debilitación vocálica de /e/ cerrándose en /i/. Cambio fonético característico en el habla popular de Colombia (Flórez, 1945, p. 338). Ayudao Apócope de “ayudado” que significa “Hechicero, más precisamente el que lleva monicongo o familiar” (ahac, 1986).
Botao Botado “es el que es abandonado por quienes le acompañaban” (ahac, 1986), en este caso del Zarco, significa ser abandonado por sus padres. Brega Intr. Dicho de una persona: luchar, reñir, forcejear con otra u otras (dle, 2018). Busté Metaplasmo por transposición y apócope de “vusted” (N. de los E.): pron. person. 3.ª pers.
m. y f. desus. usted (dle, 2018).
Cabecipelón Composición de palabra por la unión del sustantivo “cabeza” y el adjetivo “pelón” para hacer referencia a la descripción del personaje sobre la forma física del sujeto en cuestión (N. de los E.).
Calai Interj. coloq. De caray. “Usado para expresar extrañeza o enfado” (dle, 2018). Metaplasmo que se constituye por lambdacismo de consonante implosiva /r/ por /l/ (presente en el español caribeño) y la inmutación gráfica de la “y” por la “i”. Esta inmutación es más cercana a un uso gramatical arcaico que a una realización vocálica diferente (N. de los E.). Canotié De canotier: “m. Sombrero de paja con el ala estrecha y plana, y la copa baja, cilíndrica y rodeada por una cinta” (dle, 2018). Capacidá De “capacidad”. Metaplasmo constituido por el apócope de la consonante oclusiva en posición postónica (N. de los E.).
Cas Metaplasmo por apócope del sustantivo “casa” (N. de los E.): f. Edificio para habitar (dle, 2018). Caso Es muy frecuente en el bajo pueblo la aféresis de la palabra acaso (ahac, 1986). Término Término Definición Definición
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Casu-es De “acaso” y “es”. Metaplasmo constituido por la contraposición de la forma Adv.-Verb. Parte de la aféresis del adverbio y el debilitamiento de la vocal postónica /o/ deviniendo /u/ unido a la conjugación en tercera persona singular del presente indicativo del verbo copulativo (N. de los E.).
Chamizudas Adj. “Muy delgado” (Ospina, 1983, p. 110). Adjetivo constituido por proceso de adjetivación denominal, proveniente del sustantivo femenino “chamiza” y el sufijo -uda (N. de los E.). Checherecheros Adj. El que vende baratijas (ahac, 1986). Chito Interj. coloq. chitón. Usado para imponer silencio (dle, 2018).
Cojiando Metaplasmo por transposición en el gerundio “cojeando” (N. de los E.). De cojear: intr. Andar inclinando el cuerpo más a un lado que a otro, por no poder sentar con regularidad e igualdad los pies (dle, 2018).
Conque Conj. ilat. U. para introducir una frase exclamativa que expresa sorpresa o censura al interlocutor (dle, 2018).
Contrimás Corrupción del vocablo cuantimás, es decir, cuanto y más. También puede ser el vocablo que proviene del vulgo español, el cual en vez de decir entre más, emplea contra más. En Antioquia suele emplearse como “mucho menos” (ahac, 1986).
Converseta Adj. Esta voz siempre rural, es del mismo jaez de acusetas y significa persona murmuradora, que habla mucho y, sobre todo, que es portadora de embustes y cuentos (ahac, 1986).
Cristofijo Composición por aglutinación de la forma N+N–>N de las palabras cristo y fijo. Sinónimo de “crucifijo” (N. de los E.). Decil’eso De “decirle” y “eso”. Metaplasmo constituido por la síncopa de la vibrante simple /r/, la apócope de la vocal media /e/ en posición final del pronombre enclítico “le” y la contracción con el pronombre demostrativo neutro “eso” (N. de los E.).
Decime Conjugación imperativa de verbo “decir” en segunda persona del singular, ligado al pronombre enclítico “me” (N. de los E.). Dejastes
v. Metaplasmo constituido por la conjugación
en segunda persona singular del verbo “dejar”, en voseo, ligada al pronombre enclítico te. A este se le adiciona la marca morfológica de plural (N. de los E.).
Demontres
m. Vale como demonio, perverso, malicioso,
pícaro (ahac, 1986).
Desalarmarla Metaplasmo constituido por verbalización deverbal con el prefijo des- que “denota negación o inversión del significado de la palabra simple a la que va antepuesto” (dle, 2018) y está unido al pronombre enclítico “la” (N. de los E.). Deschabetase De “deschabetarse”. Metaplasmo constituido por la síncopa de la consonante vibrante simple en posición implosiva /r/ (N. de los E.). Desesguerete De lado, oblicuamente (ahac, 1986). Di Prep. “De”. Metaplasmo constituido por la asimilación de /e/ por /i/ debido a la anticipación de vocal adyacente en la siguiente unidad léxica. Ej. “di Amito” (N. de los E.). Diaquí De “de” y “aquí”. Metaplasmo constituido por la aglutinación de la forma Prep.+Adv. Por otra parte, se debilita la vocal media /e/ ante la vocal abierta /a/ deviniendo en /i/ (N. de los E.). Di-hoj’e De “de”, “hoja” y “de”. Metaplasmo constituido por contraposición entre la preposición “de” y el nombre “hoja”; y, asimismo, por la contracción entre el nombre “hoja” y la posterior preposición por “desgaste fonético” (Flórez, 1945, p. 351). En esta contracción, se apocopa la vocal abierta /a/ (N. de los E.). Dizque En el español de amplias zonas de América sigue vigente el uso de esta expresión, procedente de la amalgama de la forma apocopada arcaica diz (“dice”, tercera persona del singular de presente de indicativo del verbo decir) y la conjunción que. Se usa normalmente como adverbio, con el sentido de “al parecer o supuestamente (dpd, 2005).
Término Término Definición Definición
Lexicón
410
Doñas
f. coloq. Tratamiento de respeto que se an-
tepone a los nombres de pila. Antiguamente estaba reservado a determinadas personas de elevado rango social. Usado como plural con significado “señora” (dle, 2018). Dotor/es De “doctor”. Metaplasmo constituido por la síncopa de la consonante oclusiva velar sorda /k/ en simplificación del grupo consonántico /kt/ deviniendo en /t/ (N. de los E.). e
1. prep. Metaplasmo caracterizado por la
aféresis de la consonante implosiva /d/ de la preposición “de”. || 2. v. Metaplasmo caracterizado por la apócope de /s/ en la conjugación de tercera persona del singular del presente indicativo “es” (N. de los E.).
Embotellate Engañar (ahac, 1986).
Entrunches Relaciones, tratos, halagos (ahac, 1986). Envolatada Adj. “Referido a persona, que está absorta en algo y no repara en lo que pasa alrededor” (da, 2010).
Escobeos Limpiar con la escoba (N. de los E.). Escueliantes Adjetivo para persona que está en edad escolar (ahac, 1986).
Fo Interj. U. para expresar asco (dle, 2018). Fuistes
v. Metaplasmo que consiste en el empleo de la
forma analógica medieval de la conjugación en pretérito perfecto simple de la segunda persona del plural del verbo copulativo “ser” (FUIS- TIS>*fuistes>fuisteis), usado como singular y en voseo (N. de los E.).
Giel De “hiel”. Metaplasmo constituido por la velarización de la consonante aspirada /h/ proveniente de la /f/ latina en “fel” (N. de los E.). Gufanda
f. De “bufanda”. Metaplasmo que se cons-
tituye por velarización del fonema /bw/ al [gw] en la conjugación del verbo “volver” en presente indicativo en tercera persona del singular. Al respetar el proceso de diptongación creciente (o‒>ue) se fija con diéresis (N. de los E.).
Haberá Vulgarismo por influencia del gallego (Uribe Uribe, 1887, p. 146), metátesis entre los fonemas /e/ y /r/ de la conjugación en tercera persona de futuro del verbo “haber” (N. de los E.). Hacele Metaplasmo por síncopa de la conjugación verbal “hacerle” (N. de los E.). De hacer: tr. Realizar o ejecutar la acción expresada por un verbo enunciado previamente (dle, 2018). Hajínquemele De “afincar(se)”. “Arraigar, fijar, establecer, asegurar, apoyar” (dle, 2018). Metaplasmo constituido por la prótesis de /h/ aspirada y la aspiración de la consonante /f/ en posición intervocálica del imperativo del verbo “afincar”. Como diría Flórez (1945): “En cualquier posición el habla rural y vulgar pronuncia la f como h aspirada en numerosas dicciones del español moderno” (p. 177). Hijuediós “Hijo de Dios! - Exclamación que [...] denota sorpresa, extrañeza, enfado o emociones semejantes” (ahac, 1986). Metaplasmo constituido por la composición de la forma N+Prep.+N–>Interj. que también incluye procesos de aféresis (pérdida del fonema implosivo /d/ de la preposición) y debilitación del fonema /o/ ante el fonema /e/ por disimilación (o’e>ue) (N. de los E.). Huígale Huir. Tal cual vez ocurre la conversión de j o h espirada en g, este verbo se conjuga como güir. (ahac, 1986).
Ijo
v. De “dijo”. Metaplasmo que se constituye por
la aféresis del fonema dental sonoro /d/. No debe confundirse con el sufijo diminutivo -ijo ni con el metaplasmo producto de la aféresis de la [h] en posición inicial.
Inconocible Adj. Referido a persona, que no se puede reconocer (da, 2019).
Indinos Metaplasmo por síncopa del adjetivo “indignos” (N. de los E.): adj. Que no tiene mérito ni disposición para algo (dle, 2018). Jaitos Adjetivo que quiere decir “en el lenguaje popular satisfecho con orgullo, vanidoso. Es un caso claro de metátesis, en el que el fonema h pasa al principio de la palabra con el sonido de j dado por el pueblo, que no por el ‘habla pulida’, que lo haría mudo” (ahac, 1986). Término Término Definición Definición
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Jartando / Jartates Hartando / hartaste (N. de los E.). De hartar: tr. Saciar, incluso con exceso, a alguien el apetito de comer o beber. U. t. c. prnl. (dle, 2018). Jediendo / Jiede Metaplasmo por transposición del gerundio “hediendo” y conjugación verbal “hiede” (N. de los E.): intr. Despedir un olor muy malo y penetrante (dle, 2018).
Jiquerad’e Composición de palabra por la unión del sustantivo “jíquera”: saco tejido (ahac, 1986), y la preposición “de” (N. de los E.).
Jue De “fue”. Metaplasmo constituido por la aspiración de la consonante fricativa /f/ en posición inicial (N. de los E.).
Juerz’e De “fuerza” y “de”. Metaplasmo constituido por la aspiración de la consonante fricativa /f/ en posición inicial y la contracción con la preposición “de”. En la contracción se apocopa la vocal postónica abierta /a/ y se realiza una aféresis de la consonante dental /d/ (N. de los E.). l’ Metaplasmo por apócope de los artículos y pronombres “la, le, lo” ante sustantivo o verbo. Marcado con el apóstrofo puede emplearse en diferentes composiciones de palabras, por ejemplo: l’autoridá (la autoridad), l’emos (le hemos), l’hace (le hace), l’hice (le hice), l’hincha (le hincha), l’hubiera (le hubiera), l’inocencia (la inocencia), l’ordenó (lo ordenó), l’agua (la agua), l’estuviera (le estuviera), l’uña (la uña), etc. (N. de los E.).
Lambele
v. De “lamber”. Metaplasmo constituido por la
síncopa de la vibrante simple /r/ en posición posnuclear ante la contigüidad de la consonante líquida /l/ del pronombre enclítico de complemento indirecto (N. de los E.). Lay’e
f. De “laya” y “de”. “Calidad, especie, clase” (dle,
2018). Comúnmente, entendido como el adjetivo “misma”. Metaplasmo constituido por la contracción y su subsiguiente apócope de la vocal abierta /a/ y la aféresis de la consonante dental /d/ (N. de los E.).
Lazón
f. De “razón”. Metaplasmo que se constituye por
lambdacismo de consonante implosiva /r/ por /l/ (presente en el español caribeño) (N. de los E.). l’estuvier’arrancando De “la”, “estuviera” y “arrancando”. Metaplasmo constituido por la contracción entre el artículo determinativo “la”, la conjugación del verbo “estar” en subjuntivo de pretérito imperfecto de tercera persona y el gerundio del verbo “arrancar”. Esta doble contracción se caracteriza por la apócope de las vocales abiertas /a/ del artículo y el verbo copulativo (N. de los E.). Levantatestimonios Composición de palabra por la unión del verbo “levantar” y el sustantivo “testimonios” con sentido de embustero, chismoso (N. de los E.). Li-olvidó De “le” y “olvidó”. Composición por contraposición de la forma Pron.-Verb. Asimismo, esta contraposición se produce por la sinéresis resultante de la cerrazón de la vocal media /e/ por asimilación (N. de los E.).
Llevale / Llevalos Metaplasmo por síncopa de la conjugación verbal “llevarle / llevarlos” (N. de los E.). De llevar: tr. Conducir algo desde un lugar a otro alejado de aquel en que se habla o se sitúa mentalmente la persona que emplea este verbo (dle, 2018). Lumbó
v. De “rumbar”. “Echar, tirar, arrojar” (dle, 2018).
Metaplasmo que se constituye por lambdacismo de consonante implosiva /r/ por /l/ en la primera consonante de la conjugación de pretérito perfecto simple de tercera persona en singular (presente en el español caribeño) (N. de los E.). m’ Metaplasmo por apócope del pronombre “me” ante verbo o el adjetivo “mi” ante sustantivo. Marcado con el apóstrofo es empleado en diferentes composiciones de palabras, como por ejemplo: m’imagino (me imagino), m’ija o m’hija (mi hija) (N. de los E.).
Mala entraña / malaentraña Composición de palabra por la unión del adjetivo “mala” y el sustantivo “entraña”. Adj. Refiere a persona de malas intenciones (N. de los E.). Manes
m. pl. Dioses infernales o almas de los difun-
tos, considerados benévolos, a los que rendían culto los antiguos romanos (dle, 2018). Manga
f. coloq. Potrero o terreno pequeño (da, 2010).
Mano Metaplasmo por aféresis del sustantivo “hermano” (N. de los E.): m. y f. Persona o animal Término Término Definición Definición
Lexicón
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que tiene en común con otra el mismo padre y la misma madre, o solo uno de ellos (dle, 2018). Manque Mas que (N. de los E.).
Marchante
m. y f. parroquiano (persona que acostumbra a
ir a una misma tienda) (dle, 2018). Mataperriando Expresión verbal que significa vagabundear u holgazanear (ahac, 1986).
Menesta De menestar que significa necesitar (ahac, 1986). Mercé Metaplasmo por apócope de “Merced” (N. de los E.): f. Tratamiento o título de cortesía que se usaba con aquellos que no tenían título o grado por donde se les debieran otros tratamientos superiores (dle, 2018). Merengudo Persona muy delicada (ahac, 1986). Mi sá, mi siá o misiá “La forma misia, sin acento ninguno y seguida del nombre de la persona, es tratamiento familiar corriente entre mujeres adultas, de abajo arriba, de arriba abajo, entre iguales, vocativa y narrativamente, en el campo y en los centros urbanos. También la dicen los hombres a las mujeres: ‘misia Rosita’. ‘No se acuerda misia María que...’. ‘Allá onde misia Matea’. Según informe de una dama nativa de la población de Antioquia, allá todavía tratan de misia a las señoras distinguidas. En nuestros viajes por todos los citados pueblos del departamento pudimos observar que misia corresponde por lo común a don como trato de confianza” (Flórez, 1954, p. 84). Miaja Metaplasmo por síncopa del sustantivo “migaja” (N. de los E.): f. porción pequeña de algo (dle, 2018).
Mi-amo Composición caracterizada por contraposición de forma Pron.-Verb. (N. de los E.). Miralo
v. Conjugación verbal del verbo “mirar” en
imperativo singular en voz de voseo “mirá”, ligada al pronombre enclítico masculino “lo”. Al pronunciarse con acento grave o llano, no se acentúa gráficamente (N. de los E.). Mistigrís Más propiamente mistigrí. Palabra de origen desconocido. Llamábase así a la sota de bastos en algunos juegos de cartas, como la treinta y una y el brelán (ahac, 1986).
Moguito La expresión hace alusión a una variación de moho en el habla popular. Con Moho se hace referencia al “nombre de varias especies de hongos de tamaño muy pequeño que viven en los medios orgánicos ricos en materias nutritivas” (dle, 2018).
Monopoles Copas de aguardiente. Viene del monopolio del aguardiente por el Gobierno (ahac, 1986). Moridera Sensación, generalmente pasajera, de muerte inminente que experimentan algunos enfermos (dle, 2018).
Morite De “morí” y “te”. Composición de la forma Verb.+Pron. Esta está constituida por la conjugación del verbo “morir” en segunda persona del singular en modo imperativo y en forma propia del voseo unida al pronombre átono “te” (N. de los E.).
Muy malaley Se dice de una persona “enojadiza, agria, áspera” (ahac, 1986).
Nego De “negro”. Metaplasmo constituido por la síncopa de la vibrante simple en posición implosiva (N. de los E.).
Ni an De “ni” y “aun”. Metaplasmo constituido por la monoptongación del “diptongo au de aun [que] se simplifica” en /a/ (Flórez, 1957, p. 34). Nojarse Metaplasmo por aféresis de la conjugación verbal “enojarse” (N. de los E.). De enojar: tr. Causar enojo (dle, 2018).
Ña / Ño / Ñaes / Ñoes / Ñora Metaplasmos por aféresis y síncopa que refieren al sustantivo “señor / señora” con sus respectivos plurales (N. de los E.). Ojos de sabaleta Ojos de pescado (N. de los E.). Ole Interj. Usada “para animar y aplaudir” (dle, 2018). También es usada como forma de saludo que reemplaza al “hola” o para llamar a alguien (ahac, 1986).
Onde Corresponde a un arcaísmo de la palabra latina unde como adverbio antiguo. Refiere a Término Término Definición Definición
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“En donde”, “de donde” (dle, 2018). También puede asumirse como metaplasmo por aféresis del adverbio “donde” o el pron. interr. “dónde”. Mantendrá la tilde según la categoría gramatical que esté reemplazando (N. de los E.). Ondi-ha De “donde” y “ha”. Metaplasmo constituido por la contraposición de la forma Adv.-Verb. Asimismo, tiene lugar la cerrazón de la consonante media /e/ deviniendo /i/ en el verbo (N. de los E.).
On’taba Composición de palabra por la unión del metaplasmo por aféresis y apócope de “donde/ dónde” y el metaplasmo por aféresis del verbo “estaba” (N. de los E.).
p’al / pal Composición parcial y completa de la contracción “para el”. Metaplasmo constituido por una sinalefa de la forma ya apocopada de la preposición “para” y el artículo determinativo masculino “el” (N de E.).
Pa Metaplasmo por apócope de la preposición “para” (N. de los E.).
Paniaguado
m. y f. despect. Persona allegada a otra y favo-
recida por ella. U. t. c. adj. (dle, 2018). Paradas Actitud, salida o recurso para obtener un fin (ahac, 1986).
Parao Adj. coloq. De “parado”. “Derecho o en pie” (dle, 2018). Metaplasmo constituido por la síncopa de la consonante postónica oclusiva alveolar sonora, fenómeno usual en el habla coloquial (N. de los E.).
Parecían Metaplasmo por aféresis de la conjugación verbal “aparecían” (N. de los E.). De aparecer: intr. Manifestarse, dejarse ver, por lo común, causando sorpresa, admiración u otro movimiento del ánimo (dle, 2018).
Pasmadito Diminutivo de “pasmado”. “Dícese del fruto que se seca y no se desarrolla. Herida renuente a sanar. Lerdo, perezoso. Mal desarrollado, desnutrido, abúlico” (ahac, 1986). Constituido por el sufijo -ito, “unas veces con sentido conceptual diminutivo, la mayoría con valor afectivo” (Flórez, 1945, p. 100). Pasmao Metaplasmo por síncopa del adjetivo “pasmado” (N. de los E.): adj. Dicho de una persona: Alelada, absorta o distraída (dle, 2018). Patiabierto Adj. coloq. Que tiene las piernas torcidas e irregulares, y separadas una de otra (dle, 2018). Patolevas
m. El traje masculino de ceremonia, que, por
su corte y faldones, recuerda la cola del pato (ahac, 1986).
Patoneados Estar cansado, débil de piernas, envejecido. (ahac, 1986).
Pepos Adj. Petimetre, pisaverde, señorito acicalado. Muchas veces solo significa persona bien vestida (ahac, 1986).
Per-ónde De “pero” y “dónde”. Composición por contraposición de la forma Conj.-Adv. También, este metaplasmo se constituye por la apócope de la vocal media /o/ por asimilación con la vocal subsiguiente del adverbio interrogativo resultante de la aféresis de la consonante /d/ inicial (N. de los E.).
Pespunte
m. Labor de costura, con puntadas unidas, que
se hacen volviendo la aguja hacia atrás después de cada punto, para meter la hebra en el mismo sitio por donde pasó antes (dle, 2018). Pilao Adj. coloq. “Fácil” (Ospina Londoño, 1983, p. 267). Metaplasmo constituido por el lambdacismo de la consonante alveolar /d/ en posición intervocálica (N. de los E.). Pincesa
f. “Hijo del rey que es heredero de la corona”
(dle, 2018). Metaplasmo constituido por la síncopa de la vibrante simple en posición explosiva (N. de los E.).
Pintorrajo “Despectivo de una obra con fines artísticos” (ahac, 1986). Flexión proveniente de “pintar” con los sufijos -orra y -ajo. Sinónimo de “pintarrajo” (N. de los E.).
Pion/es Metaplasmo por transposición del sustantivo “peón/es” (N. de los E.): m. y f. Jornalero que trabaja en cosas materiales que no requieren arte ni habilidad (dle, 2018).
Término Término Definición Definición
Lexicón
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Pionada Conjunto de peones (ahac, 1986). Piss Interj. “Significa desprecio” (ahac, 1986). Metaplasmo por alargamiento de la consonante sibilante en la interjección “pis” (N. de los E.). Plantaje
m. Catadura, traza, facha (ahac, 1986).
Ponde Composición de palabra por la unión del metaplasmo por apócope de la preposición “por” y del metaplasmo por aféresis del adverbio “donde” (N. de los E.).
Poneme / Ponese / Ponela Metaplasmo por síncopa de la conjugación verbal “ponerme / ponerse / ponerla” (N. de los E.). De poner: tr. Colocar en un sitio o lugar a alguien o algo (dle, 2018). Poque Composición de palabra por la unión del metaplasmo por apócope de la preposición “por” y la conjunción “que” (N. de los E.). Pu Interj. para dar énfasis a una afirmación (Tobón Betancourt, 1997, p. 293).
Pu-ai De “por” y “ahí”. Composición por contraposición de Prep.-Adv. Por otra parte, tiene lugar en este metaplasmo la apócope de la vibrante simple /r/ en la preposición y la cerrazón de la vocal posterior /o/ ante la vocal abierta /a/ deviniendo en /u/ (debilitamiento) (N. de los E.). q’ Metaplasmo por apócope de la conjunción “que” o del pron. interr. “qué”. Con la marca de apóstrofo suele emplearse en la composición de palabras, por ejemplo: q’es (que es), q’estos (que estos), q’hoy (que hoy), q’esta (que esta), etc. (N. de los E.).
Qu’ Metaplasmo por apócope de la conjunción “que” o del pron. interr. “qué”. Con la marca de apóstrofo suele emplearse en la composición de palabras, por ejemplo: qu’él (que él), qu’ella (que ella), qu’ello (que ello), qu’es (que es), qu’está (que está), qu’estando (que estando), qu’iban (que iban), etc. (N. de los E.). Qu-él De “que” y “él”. Composición por contraposición de Pron.-Pron. Por otra parte, este metaplasmo se caracteriza por la apócope de la vocal media /e/ (N. de los E.).
Quemao De “quemado”. Metaplasmo constituido por la síncopa de la consonante oclusiva /d/ (N. de los E.).
Ques De “que” y “es”. Composición por aglutinación de la forma Pron.+Verb. Metaplasmo constituido por la sinalefa de la vocal media /e/ (N. de los E.).
Qui De “que”. Metaplasmo constituido por la debilitación de la vocal media /e/ deviniendo en /i/ (N. de los E.).
Qui-ha De “que” y “ha”. Composición por contraposición de la forma Pron.-Verb. Asimismo, tiene lugar la debilitación de la vocal media /e/ por asimilación con la vocal subsiguiente (N. de los E.).
Raspao De “raspado”, que significa “quemado”. Metaplasmo constituido por la síncopa de la consonante oclusiva /d/ (N. de los E.). Recibile De “recibirle”. Metaplasmo constituido por la síncopa de la consonante vibrante simple en posición implosiva /r/ (N. de los E.). Retajilas Metaplasmo por transposición en el sustantivo “retahílas” (N. de los E.): f. Serie de muchas cosas que están, suceden o se mencionan por su orden (dle, 2018).
Retaqueado / Retaquiado Referido a persona o cosa, llena hasta el exceso, atiborrada (da, 2019).
Rumbar Echar, tirar, arrojar (dle, 2018). Sacramento’el De “sacramento” y “del”. Hace referencia al “sacramento eucarístico” (dle, 2018). Metaplasmo constituido por la contracción del sustantivo y la contracción de la preposición y el artículo “del”. También, hace parte del cambio fonético la aféresis de la consonante oclusiva /d/ (N. de los E.).
Saltatapias Adj. Mujeriego, bribón, pícaro (ahac, 1986). Sangriligero Composición de palabra por unión del sustantivo “sangre” y el adjetivo “ligero”. Hace referencia a una persona agradable que inspira simpatía (N. de los E.).
Lexicón Término Término Definición Definición
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Seño, a Metaplasmo por apócope de “señor, señora” (N. de los E.).
Si-ha Composición por contraposición de la forma Conj.-Verb. Este metaplasmo evidencia gráficamente la apertura de la vocal media /e/ ante la subsiguiente vocal abierta /a/ (N. de los E.). Si’stá De “si” y “está”. Metaplasmo constituido por la contracción de la vocal cerrada /e/ del verbo copulativo por asimilación de la vocal cerrada precedente (N. de los E.).
Soperiándole De “soperiar”, “tr. Observar, fisgar o intervenir en lo que a uno no le importa” (ahac, 1986). Su sa Su señora o mi señora (N. de los E.). Ta / Tá
V. estar. Metaplasmo constituido por la afé-
resis del primer grupo silábico de la conjugación verbal en tiempo presente de tercera persona en singular de indicativo del verbo “estar” (N. de los E.).
Taba De “estaba”. Metaplasmo constituido por la aféresis de la primera sílaba de la conjugación del verbo copulativo en tercera persona del singular en pretérito imperfecto (N. de los E.). Tastaciarte Extasiarse (N. de los E.).
T’enfermo De “está” y “enfermo”. Metaplasmo constituido por la contracción del verbo copulativo y el adjetivo. Asimismo, a la contracción la preceden la aféresis de la primera sílaba del verbo copulativo /es/ y la asimilación de su vocal tónica abierta /a/ ante la vocal media subsiguiente /e/ (N. de los E.).
Tése aí cubando Expresión verbal que puede significar “quedarse esperando o quedarse solo” (ahac, 1986). T’est’atisbando Del sint. verb. “te está atisbando”. Metaplasmo constituido por la contracción parcial gracias a la elisión de vocales finales (por acortamiento) en los dos elementos compositivos iniciales de esta unidad sintáctica (N. de los E.). Atisbar: “Mirar, observar con cuidado, recatadamente” (dle, 2018).
Tonable Adj. Persona, cosa o acontecimiento de lujo (ahac, 1986).
Topante Que topa. v. Topar: “dicho de una cosa, chocar con otra” (dle, 2018). En otras palabras, una persona chocante que molesta (N. de los E.). Toy De “estoy”. Metaplasmo constituido por la aféresis de la primera sílaba del verbo copulativo conjugado en primera palara del singular en tiempo presente (N. de los E.).
Trapajo Un trapo sucio (N. de los E.).
Tu-estas De “todas” y “estas”. Metaplasmo constituido por la contraposición de la forma Adj.-Verb. Esta contraposición está precedida de la apócope de la secuencia fonética /das/ y la cerrazón de la vocal media /o/ deviniendo en /u/ (N. de los E.).
Untao Metaplasmo por síncopa del participio “untado” (N. de los E.). De untar: tr. Aplicar y extender superficialmente aceite u otra materia pingüe sobre algo (dle, 2018).
Uñegato De “uña”, “de” y “gato”. Metaplasmo constituido por la aglutinación de la forma N.+Prep.+N.–>N. Este proceso de composición también contempla la apócope de la vocal abierta /a/ del primer nombre femenino y la aféresis de la consonante oclusiva en posición inicial /d/ (N. de los E.).
Urdemales Adj. Trapisondista, tramposo, enmarañador, cucañero (ahac, 1986).
Usté De “usted”. Metaplasmo constituido por la apócope de la consonante oclusiva postónica /d/ (N. de los E.).
Vagamundiar Metaplasmo por transposición del verbo “vagamundear” (N. de los E.): Tb. Vagabundear: intr. Andar vagabundo (dle, 2018). Valgamé Interj. De “válgate”. “Usada con algunos nombres o verbos para expresar admiración, extrañeza, enfado, pesar, etc.” (dle, 2018). Usado con enclítico de primera persona en singular y acentuación aguda (N. de los E.). Lexicón Término Término Definición Definición
Lexicón
416
Veldá
m. De verdad. “Juicio o proposición que no se
puede negar racionalmente” (dle, 2018). Metaplasmo constituido por lambdacismo de la vibrante simple y el apócope de la consonante oclusiva en posición final (N. de los E.). Vide / Vido De la segunda persona del imperativo latino videre (dle, 2018). Aracaísmo empleado para “vi / vio” (N. de los E.).
Voliaron De “volearon”. Metaplasmo constituido por la cerrazón de la vocal media /e/ deviniendo en /i/ (N. de los E.).
Vulgarote En exceso vulgar (N. de los E.). Vustedes Pron. pers. 3ra. pers. pl. desus. De “vusted”. “Usted, 1620, contracción de vuestra merced, princ. S. xv, inventado para sustituir a vos, desgastado como pron. de respeto: formas intermedias son vuasted, 1617; vuested, 1635; vusted, 1619, etc. (también corrieron voacé y otras). Vuecelencia, vuecencia (por vuestra excelencia), vusirla y usla (por vuestra .señoría), presentan contracciones análogas” (Corominas, 1987, p. 611).
Zambiando De “zambear”, “tr. Tildar a uno de zambo o tratarlo como tal” (ahac, 1986). Lexicón Término Término Definición Definición
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Referencias bibliográficas de variantes, lexicones y notas explicativas
Abreviaturas de la narrativa breve de Tomás Carrasquilla La siguiente lista de abreviaturas, utilizadas en las variantes, las notas explicativas y las definiciones de los lexicones, corresponden a los títulos de algunas referencias bibliográficas de uso común y a entidades que sirvieron como fuente de información para esta edición crítica.
ahac Apuntaciones sobre el habla antioqueña en Carrasquilla.
cv Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
cvc Centro Virtual Cervantes.
da Diccionario de americanismos. dc Diccionario de colombianismos. dda Diccionario de autoridades (1726-1739) (Vol. II).
dfa Diccionario folclórico antioqueño. dh Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936) (Vol. II). dle Diccionario de la lengua española. dpd Diccionario panhispánico de dudas. dr Diccionario de las religiones. eb Enciclopedia de la Biblia.
ec Enciclopedia de Colombia.
eu Enciclopedia universal.
igac Instituto Geográfico Agustín Codazzi. lc Lexicón de Colombianismos.
ngle Nueva gramática de la lengua española. ntlle Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española.
minedu Ministerio de Educación Nacional de Colombia.
ole Ortografía de la lengua española. rmcvc Refranero Multilingüe del Centro Virtual Cervantes.
sbudea Sistemas de Bibliotecas Universidad de Antioquia.
Las siguientes abreviaturas corresponden a categorías ortográficas y lingüísticas, utilizadas en definiciones de notas explicativas y lexicones. adj.
adjetivo.
adv.
adverbio.
advers.
adversativa.
apl.
aplicado.
Arq.
arquitectura.
aux.
auxiliar.
conj.
conjunción.
coloq.
coloquial.
copulat.
copulativo.
contracc.
contracción.
dem.
demostrativo.
despect.
despectivo.
desus.
desusado.
Ej.
ejemplo.
f.
femenino.
fig.
figurado.
ilat.
ilativa.impersonal.
interj.
interjección.
interrog.
interrogativo.
intr.
verbo intransitivo.
loc.
locución.
m.
masculino.
Med.
medicina.
N. de A.
nota de autor.
N. de E.
nota de editor.
núm.
número.
pers.
persona.
person.
personal.
p. us.
poco usado.
prnl.
verbo pronominal.
prep.
preposición.
pron.
pronombre.
relat.
relativo.
rur.
rural.
tr.
verbo transitivo.
s.
sustantivo.
sent.
sentido.
U.
usado.
U. t.
usado también.
U. t. c.
usado también como.
v.
verbo.
Impreso en los talleres de Xpress Estudio Gráfico y Digital Agosto de 2024 Tipografía: IM FELL DW Pica , Cormorant Garamond Las chismosas (s. f.) es una de las acuarelas de Horacio Longas que hace parte de la colección del Museo Universitario de la Universidad de Antioquia, MUUA, el cual nos concedió los permisos para la reproducción de esta pintura que acompaña la portada de este tomo. La amistad entre Tomás Carrasquilla y Horacio Longas fomentó que este artista representara varias de las obras del escritor, por esta razón las imágenes que ilustran los tomos de la colección también son un homenaje al artista que ayudó a crear una atmósfera de imaginación en torno a estas narraciones.
ISBN
978-
628
7706
79-
8
os dos tomos de Narrativa breve del escritor colombiano Tomás Carrasquilla (1858-1940) reúnen por primera vez en edición crítica el género literario más cultivado por el autor, como son los cuentos (Tomo I) y las novelas cortas o breves (Tomo II). Estas publicaciones tienen como propósito fundamental ofrecer una nueva edición de carácter académico, atendiendo a los propósitos estéticos y de visión de mundo del escritor. Con esta nueva edición del universo literario de Carrasquilla aspiramos a enmendar, siguiendo la terminología de la crítica textual, todas las inconsistencias que ha acumulado esta obra narrativa en su historia de transmisión textual, bien sea por parte de editores y correctores, o bien por causas atribuibles al paso del tiempo y a la ausencia del material pretextual de la obra que permita verificar la fidelidad con la cual ha sido difundida en sus más de cien años de transmisión. En síntesis, consideramos que Tomás Carrasquilla es un escritor fundamental para comprender la tradición literaria colombiana en la transición entre los siglos XIX y XX, por esta razón nuestro homenaje a su vida y su obra con este estudio de edición crítica que busca una mejor comprensión, difusión y valoración de su legado literario.
L
Cita: Carrasquilla, Tomás, Gallego Duque, Félix Antonio, Carvajal Córdoba, Edwin Alberto, López Peña, Nancy, Hincapié Atehortúa, Juan Esteban, Mejía Solanilla, David (2024), Tomás Carrasquilla. Narrativa breve. Novelas breves. Tomo II, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/47059