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Página 1 de 72Violencia y cultura política en Antioquia 1948-1953
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Violencia y cultura política en Antioquia 1948-1953

Yuliana Marcela Arenas Valencia

Monografía presentada para optar al título de Historiadora

Asesor Giovanni Restrepo Orrego, Magíster (MSc) en Educación

Universidad de Antioquia Facultad de Ciencias Sociales y Humanas Historia Medellín, Antioquia, Colombia

2025

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Cita numérica

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Cita nota al pie

1 Yuliana Marcela Arenas Valencia, “Violencia y cultura política en Antioquia

1948-1953” (Trabajo de grado profesional, Universidad de Antioquia, 2025). Fuentes primarias / Bibliografía Arenas Valencia, Yuliana Marcela. “Violencia y cultura política en Antioquia 1948-1953”. Trabajo de grado profesional, Universidad de Antioquia, 2025. Estilo: Chicago 17 (2017) y adaptación de Trashumante. Revista Americana de Historia Social UdeA.

CRAI María Teresa Uribe (Facultad de Ciencias Sociales y Humanas)

Repositorio Institucional: http://bibliotecadigital.udea.edu.co

Universidad de Antioquia - www.udea.edu.co

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Dedicatoria

Para Rodrigo Arenas Muñoz

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Contenido Resumen ........................................................................................................................................... 6 Abstract ............................................................................................................................................ 7 Introducción ..................................................................................................................................... 8

1.

Consideraciones teóricas ......................................................................................................... 10

2.

Balance historiográfico ........................................................................................................... 16 2.1 La violencia en los años treinta .................................................................................... 17 2.2 La Violencia ................................................................................................................. 21 2.3 Casos regionales ........................................................................................................... 28

3.

Antecedentes -República liberal. ............................................................................................ 39

4. Una cultura política parroquial de tradición bipartidista ......................................................... 46

4.1 La cultura política como Unión Nacional o expresión de la violencia caótica ............ 48

4.2 La voz de la Iglesia: una tendencia o articulación ideológica de la cultura política

parroquial del colombiano. ................................................................................................. 54 4.3 La cultura política del “frente anticomunista” .............................................................. 60

5. Conclusiones .............................................................................................................................. 63

Bibliografía ..................................................................................................................................... 66

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Siglas, acrónimos y abreviaturas

APRA

Alianza Popular Revolucionaria Americana

CINEP

Centro de Investigación y Educación Popular

CNMH

Centro Nacional de Memoria Histórica

CTC

Confederación de Trabajadores de Colombia

ELN

Ejército de Liberación Nacional

EPL

Ejército Popular de Liberación

FARC

Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia

FEDENAL

Federación de Trabajadores del Transporte en Magdalena M-19

Movimiento 19 de abril PC

Partido Comunista PhD Philosophiae Doctor

UNIR

Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria

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Resumen

La presente investigación realiza un análisis del periodo de La Violencia como expresión de la cultura política entre los años de 1948-1953, al ser producto de las ideas, sentimientos y valoraciones promovidas por instituciones como los partidos políticos, la Iglesia y los medios de comunicación. A lo largo del texto, se podrá observar como el discurso religioso y político permeó todas las esferas sociales, proporcionado un capital simbólico de exclusión y estigma que en la práctica política se materializó en la confrontación. Este ejercicio se realizó a partir del rastreo de prensa nacional El Tiempo y El Siglo, cuyas publicaciones se encontraban claramente adscritas a alguno de los partidos de la época; además se realizar un seguimiento a la correspondencia entre autoridades locales y departamentales de tres municipios del suroeste antioqueño: Andes, Jericó y Jardín.

Palabras clave: violencia política, cultura política, La Violencia, partidos políticos, Iglesia, Antioquia.

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Abstract

This research analyzes the period known as La Violencia ((1948–1953) as an expression of political culture, shaped by the ideas, sentiments, and values promoted by institutions such as political parties, the Church, and the media. Throughout the text, it becomes evident how religious and political discourse permeated all areas of society, providing a symbolic capital of exclusion and stigma that, in political practice, materialized as confrontation. This analysis was conducted through a review of national press sources El Tiempo and El Siglo, whose publications were clearly affiliated with one of the major political parties of the time. Additionally, it includes a review of correspondence between local and departmental authorities from three municipalities in southwestern Antioquia: Andes, Jericó, and Jardín.

Keywords: political violence, political culture, La Violencia, political parties, Church, Antioquia.

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Introducción

A mediados del siglo XX, Colombia vivió una etapa crítica de confrontación, la cual fue alimentada por colectivos tradicionales como la Iglesia y los partidos políticos. Este periodo conocido como La Violencia, ampliamente estudiado en términos académicos, fue un punto de quiebre, pues dio paso a una fase que institucionalizó el bipartidismo a través del Frente Nacional, excluyendo cualquier otra forma de participación política.

Aunque el país cuenta en su historia con varias luchas y enfrentamientos políticos como los que se presentaron en el transcurso del siglo XIX, se ha señalado particularmente a estos años de La Violencia, -que en términos generales se establece desde 1946 a 1965-, como la semilla que dio origen a las problemáticas sociales y políticas que aún perviven, comenzando por las causas o factores estructurales que explican la continuidad de la violencia; -solo por mencionar uno de ellos, el uso y distribución de la tierra, elemento que al día de hoy no ha encontrado una solución satisfactoria; pasando por la consolidación de organizaciones guerrilleras y que tuvieron sus antecedentes en los grupos que se alzaron en armas durante estos años. Teniendo presente lo anterior, la confrontación bipartidista cuenta con una multiplicidad de factores que sobrepasan las variables institucionales o económicas, razón por la cual es importante realizar un acercamiento interdisciplinario y profundizar en otros enfoques, como los componentes culturales y su relación con el ejercicio político. Indagar por cómo se configuraron las representaciones sociales, discursos y finalmente imaginarios que permitieron que la eliminación física del otro fuera parte de la práctica política del momento, permite encontrar explicaciones a procesos que han sido relevantes para la sociedad colombiana.

No se puede perder de vista que los referentes subjetivos que hacen parte del estudio de la cultura como los símbolos, normas, ideas, costumbres etc., van encaminados a las relaciones de dominación, es decir, las relaciones de poder, que son el objetivo primordial de la acción política. Siguiendo esta línea, tomaremos como una de las principales categorías de análisis el concepto de cultura política, el cual desde un enfoque conductista plantea que en toda sociedad existe una cultura política producto de un desarrollo histórico transmitido de generación en

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generación, donde juegan un papel importante los procesos de socialización de instituciones como la familia, la iglesia o la escuela.1 En este sentido, el presente trabajo tiene como finalidad estudiar La Violencia como una expresión de la cultura política del periodo de 1948-1953. Para lograr este objetivo, se desarrollaron cuatro apartados. El primero, presenta un acercamiento teórico sobre los conceptos de cultura política, violencia política y La Violencia, análisis que nos permitirá comprender las actuaciones de los grupos más representativas del momento como los partidos políticos y la Iglesia, además de evidenciar la importancia de los medios de comunicación, particularmente de la prensa, mecanismo clave a la hora de difundir y reafirmar elementos identitarios propios de la cultura política partidista.

El segundo capítulo del texto se encuentra conformado por un balance historiográfico, donde se hace un recorrido por las obras más relevantes sobre el tema de La Violencia a nivel nacional y regional, realizando un especial énfasis en las publicaciones referidas al departamento de Antioquia. El tercer aparte establece los antecedentes más próximos a la lucha bipartidista, ubicándolos en lo que históricamente se conoce en Colombia como La República Liberal; el cuarto capítulo ejemplifica a nivel local en tres municipios del departamento de Antioquia, Andes, Jericó y Jardín, las representaciones y principalmente las acciones de una cultura política que, en términos de Almond y Verba, hacen parte de una cultura política de tipo parroquial, característica de sociedades tradicionales, donde no se ha presentado un proceso importante de integración nacional y los ciudadanos tiene una escasa conciencia e influencia política.

La fuente primaria de este trabajo la conforman los editoriales de los periódicos más relevantes del momento El Tiempo y El Siglo entre los años 1948-1953; adicionalmente se consultó del Archivo Histórico de Antioquia el Fondo Gobierno Municipios, buscando rastrear la correspondencia de las autoridades locales con los entes departamentales, específicamente de los municipios de Andes, Jericó y Jardín.

1 Jacqueline Peschard, La cultura política democrática. (Ciudad de México: Instituto Nacional Electoral, 2016).

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1. Consideraciones teóricas

El término violencia, en forma general se puede definir bajo dos enfoques: el primero de ellos designa la violencia como una intervención física, una acción de fuerza o de agresividad contra otra persona o contra sus bienes. El segundo enfoque tiene como referente la dignidad humana, es decir, violencia es todo lo que atente contra el sujeto en sus dimensiones moral, sicológica, afectiva, emocional, social, económica, política y cultural.2 Son varios los tipos de violencias que existen, según los teóricos sociales y los que tienen por objeto de estudio al hombre, la violencia hace parte de la condición humana. En este caso, se estudiará la violencia política, -que tiene como característica principal la lucha por el poder político-, como una confrontación que no es permanente y hace parte de momentos de crisis de las instituciones, las representaciones políticas, los movimientos sociales y del mismo Estado. Fernando Gaitán, expone algunas de las teorías que sirven como marco para una explicación de la violencia política en Colombia, como las teorías globales o estructurales y las explicaciones de multicausalidades o de transmisión cultural.3 La primera de ellas encuentra la explicación a la violencia, en la debilidad o malformación de alguna de las estructuras de carácter general como son las institucionales, económicas, sociales o políticas.4 El aspecto económico en este caso hace referencia al tipo de propiedad y producción, el consumo y distribución de bienes y servicios públicos y privados. Lo social implica relaciones entre personas y grupos sociales en el ámbito no económico, y lo institucional pertenece al Estado y el gobierno.5

2 Jaime Rafael Nieto López y Luis Javier Robledo Ruiz, «Los estudios acerca de la guerra política en Colombia», Unaula: Revista de la Universidad Autónoma Latinoamericana 22 (2002): 58. 3 Fernando Gaitán Daza, Dos ensayos especulativos sobre la violencia en Colombia (Bogotá: Tercer Mundo Editores,

1995).

4 El término estructura es muy polisémico, según Raymond Boudon el concepto de estructura hace referencia al de sistema y totalidad. Este autor destaca dos contextos para el análisis del vocablo. En el primero de ellos denominado definición intencional, la noción de estructura se utiliza para señalar que el objeto de estudio es un sistema, o para indicar que con la aplicación de un determinado método se puede describir un objeto como sistema. En el segundo contexto llamado definición efectiva, la noción de estructura aparece dentro de una teoría hipotético-deductiva que busca explicar el carácter sistemático del objeto de estudio. Teniendo en cuenta lo anterior, Ciro Cardoso explica que los historiadores aplican el concepto de estructura como definición intencional, cuando estructura aparece en oposición a coyuntura. Aplicado al segundo contexto, es decir a una definición efectiva, el concepto de estructura se aplica a estudios econométricos, o al estudio de aspectos de los sistemas económicos. Ver: Ciro Cardoso, Los métodos de la historia. Introducción a los problemas del método y técnicas de la historia, demografía, economía y sociedad (México: Editorial Grijalbo, 1977) 56-57.

5 Gaitán 128.

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Las interpretaciones de las teorías estructurales varían según el acento que se le dé a cada una de las estructuras. Es así, como se tiene primero las teorías económicas institucionales, las cuales resaltan las circunstancias económicas como factores que originan la violencia. La violencia de mediados de siglo, bajo este enfoque se explica a partir del interés por imponer una forma de organización económica y un determinado manejo de Estado; “en esta visión el pueblo se levanta por sus derechos y es traicionado por la oligarquía liberal-conservadora”.6 El segundo enfoque sobre la violencia política es la teoría socio-institucional donde la violencia se estudia a través de las relaciones sociales y el funcionamiento del Estado. “Estas teorías destacan que durante el siglo XIX existían factores de cohesión o control social o una sociedad civil fuerte. Estos elementos de cohesión social eran los partidos políticos, la Iglesia, la hacienda y el poder de los gamonales, y la aceptación de la ideología dominante por parte del pueblo”.7 El rompimiento de alguno de estos elementos explica el surgimiento de La Violencia. En esta dirección encontramos autores como Rafael Azula, Paul Oquist y James Henderson.8 En el tercer enfoque la teoría institucional, “hace énfasis en la demasiada o escasa apertura del Estado a los grupos sociales y partidos políticos diferentes del liberal y el conservador, como causa estructural de la violencia”.9 Las teorías multicausales interpretan la violencia política como el resultado del entrecruzamiento de diferentes violencias, donde cada una tiene una dinámica propia que es necesario explicar para comprender la violencia en su totalidad.

Jaime Rafael Nieto y Luis Javier Robledo definen la violencia política como “toda acción individual o colectiva con el propósito de reducir o destruir a otro o a otros moral o físicamente en la lucha por el poder político”.10 Para estos autores la violencia política tiene un carácter incluyente y excluyente a la vez. Es incluyente porque la violencia política maneja los medios y los instrumentos físicos que puede utilizar cualquier otro tipo de violencia que no sea política; y es excluyente porque tiene un sólo objetivo, que es el poder político. Es importante aclarar que no

6 Gaitán 131-32.

7 Gaitán 140.

8 Rafael Azula Barrera, De la revolución al nuevo orden: proceso y drama de un pueblo (Bogotá: Fundación Mariano Ospina Pérez, 1988); Paul Oquist, Violencia, conflicto y política en Colombia (Bogotá: Instituto de Estudios Colombianos, 1978); James Henderson, Cuando Colombia se desangró: un estudio de la violencia en metrópoli y provincia (Bogotá: El Ancora, 1984).

9 Gaitán 154.

10 Nieto y Robledo 60.

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toda confrontación que tenga dentro de sus contendientes un actor político como el Estado se puede considerar como violencia política.

Nieto y Robledo presentan una diferenciación importante con relación a los conceptos de guerra y violencia política. La guerra política es una dimensión y manifestación extrema de la violencia política, donde se hace necesario el reconocimiento de otro sujeto activo y beligerante; en el caso de la violencia política no se requiere de otro contendiente dispuesto a la confrontación, un ejemplo de ello son los regímenes políticos autoritarios y policíacos.11 El término Violencia con mayúscula hace referencia a la lucha bipartidista que se dio entre los años cuarenta y sesenta, esta confrontación según Gonzalo Sánchez tuvo una característica particular, y era que la dirección ideológica la ejercieron fracciones de la clase dominante, a través de los partidos tradicionales; sin embargo, quienes dirigieron la confrontación en el plano militar, fue el pueblo, en particular los campesinos.12 Para Carlos Ortiz Sarmiento La Violencia es el nombre de una época que abarca el periodo de 1949-1965. A través del tiempo, en la región del Quindío, por ejemplo, se fue convirtiendo en un sujeto; en una referencia para sus habitantes, en un antes y en un después.13 A lo largo de este trabajo La Violencia, se analizará como el periodo histórico entre 1948 y 1953, periodo en el cual las colectividades políticas más tradicionales del país -liberales y conservadores- se enfrentaron, generando una serie levantamientos por parte de la población, buscando la eliminación del otro, en defensa más de una tradición que de un proyecto político en particular.

Entrelazando los conceptos de violencia política, La Violencia y como una tercera categoría de análisis, tendremos en cuenta para el desarrollo de este trabajo el concepto de cultura política. Esta categoría nos ayuda a enmarcar de manera especial el papel y la participación de los partidos políticos y de la Iglesia no sólo como actores del conflicto, sino también como referentes ideológicos que han moldeado las costumbres sociales y políticas del país. El concepto de cultura política nació en el seno de la ciencia política norteamericana a mediados de los años cincuenta del siglo XX, con un enfoque o visión particular sobre la incidencia

11 Nieto y Robledo 63.

12 Gonzalo Sánchez Gómez, «Los estudios sobre la violencia: Balance y perspectivas», Pasado y presente de la violencia en Colombia, 2a edición, ed. Gonzalo Sánchez Gómez y Ricardo Peñaranda (Bogotá: Cerec, 1986) 12-13. 13 Carlos Miguel Ortiz Sarmiento, Estado y subversión en Colombia. La violencia en el Quindío en los años 50 (Bogotá: Cerec, 1985).

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de las creencias o referentes simbólicos sobre la política. Según Jacqueline Peschard este concepto emerge en las sociedades modernas, entendiendo esta última en términos generales como la introducción de la tecnología en los sistemas productivos, aunada a un proceso de industrialización, urbanización y uso de los medios de comunicación. Estos cambios implican transformaciones institucionales, demandas sociales y nuevas relaciones de poder e identidades, donde el sistema democrático-representativo se muestra como el más apto para dar respuesta a estos cambios.14 Las investigaciones de cultura política se han alimentado de diferentes disciplinas y en esa medida, han surgido diversos enfoques y metodologías para su análisis. Desde la psicología, por ejemplo, se lee la cultura política a partir de las actitudes y comportamientos individuales frente al sistema político. La antropología se ha centrado en los significados culturales y en las representaciones que los sujetos hacen de la dinámica contextual en la que se encuentran inmersos. Las disciplinas del lenguaje han ahondado en la comprensión de los discursos políticos e ideológicos de determinados individuos o colectivos; y en esta misma línea las ciencias de la comunicación han aportado elementos para la reflexión sobre el papel de los medios masivos de información en la configuración de una cultura política específica. La historia política y social, al igual que la sociología, han propuesto una visión diacrónica como sincrónica sobre el proceso de conformación de las culturas políticas nacionales y la forma en que las diversas facciones de clase o grupo construyen, a partir de su experiencia histórica, sus propias culturas políticas.15 Uno de los trabajos más significativos y que marcó un referente fue el que desarrollaron Gabriel Almond, G. Binham Powel y Lucian Pye quienes asociaron la cultura política con el de cultura cívica (civic culture).16 Este enfoque de la cultura política se desarrolló en el marco de la teoría estructural-funcionalista de la transición de sociedades tradicionales a sociedades modernas. Esta escuela define la cultura política como: “el patrón de actitudes individuales y de orientación con respecto a la política para los miembros de un sistema político. Es el aspecto subjetivo que subyace en la acción política y le otorga significados”.17 Dichas orientaciones individuales incluyen

14 Peschard.

15 Martha Cecilia Herrera y otros, «Perspectivas analíticas en torno a las relaciones entre cultura política y educación», La construcción de la cultura política en Colombia. Proyectos hegemónicos y resistencias culturales (Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2005) 15-16.

16 Gabriel Almond y G. Bingham Powell, Política comparada (Buenos Aires: Editorial Paidós, 1972). 17 Fabio López de la Roche, «Aproximaciones al concepto de cultura política», Educación y cultura política: una mirada multidisciplinaria, ed. Martha Cecilia Herrera Cortés y Carlos Jilmar Díaz (Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, Plaza & Janés, 2001) 38.

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tres componentes: a) orientaciones cognitivas (conocimiento de los objetivos políticos y de las creencias); b) orientaciones afectivas (sentimientos de apego, compromisos, rechazos y similares en relación de los objetos políticos) y c) orientaciones evaluativas (juicios o valores sobre los aspectos políticos).18 Para Gabriel Almond y Sidney Verba, el grado de conocimiento de la población con relación al sistema político, es lo que determina la clasificación de las culturas políticas y caracteriza a sus ciudadanos. Es así como una cultura política parroquial hace referencia a sociedades tradicionales, donde los individuos son poco conscientes de la existencia del gobierno y en esa medida se sienten con escasas capacidades para influir en la vida política. En la cultura política súbdito o subordinada, como su nombre lo indica los ciudadanos se consideran supeditados al gobierno, razón por la cual no se involucran en la formulación o toma de decisiones. La cultura política participativa, nos habla de ciudadanos con conocimiento e interés de cómo opera el sistema político nacional, logrando de esta manera la configuración de un sistema democrático estable.19 Para los autores de la “civic culture”, los países ejemplos de este último modelo de cultura política participativa son Inglaterra, Estados Unidos, Suiza y los países escandinavos; y en general, el método de análisis más utilizado son las encuestas y las escalas o mediciones de actitud. Teniendo en cuenta la clasificación anterior, analistas como Néstor J. Restrepo y Pedro Piedrahíta Bustamante, mencionan que, para el caso colombiano, la cultura política podría oscilar entre súbdito o parroquial, debido a que los ciudadanos se interesan en los temas administrativos de la política, sin embargo, son pasivos en la toma de decisiones y poco les importan participar y ahondar en los procesos del sistema político.20 Patrick Lecomte y Bernard Denni desarrollaron tres dimensiones -podría decirse que muy cercanas a las de Gabriel Almond- de la composición, elaboración y construcción de la cultura política; estos son: el componente afectivo (reacciones emocionales producidas por la interacción entre los individuos y el sistema político, los actores). Componente cognitivo (imagen que los individuos se hacen del sistema político y de la sociedad, proceso que se produce a través de la interacción entre el individuo y las estructuras que ejercen un poder de coerción como el Estado, partidos políticos, movimientos, familia, tribunales, etc.) y el componente comportamental (se

18 López de la Roche, Aproximaciones al concepto de cultura 38.

19 Peschard 28.

20 Néstor Restrepo y Pedro Piedrahíta, «La cultura política y elecciones en Colombia», Revista Más Poder Local 44 (2021): 109-23.

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relaciona con los comportamientos políticos, la acción política o la intención de acción frente a un objeto que se considera a priori). 21 El estudio de la cultura política en América Latina se remonta a la década de los ochenta. El interés por la relación entre política y cultura tuvo su origen con el fenómeno de transición a la democracia que se vivía en los países del cono sur, después de varios años de dictadura. La reflexión que iniciaron diferentes analistas en ese momento giró en torno al apoyo que diversos sectores sociales, -incluyendo la clase media- prestaron a los regímenes autoritarios. De igual manera, el estudio relacionado con la cultura política se unía al reconocimiento de la importancia de los factores culturales en el afianzamiento y transición hacia las democracias. Para la década de los noventa, la discusión sobre cultura política iría muy de la mano con los cambios estructurales que se presentaron a lo largo de estos años: la crisis de los partidos y de las ideologías político-partidistas, que según Fabio López son una expresión de un fenómeno más amplio: la pérdida de centralidad política; la crisis de los modelos homogéneos de ciudadanía (liberales, conservadores y de izquierda) y el descubrimiento de nuevas identidades socioculturales (de género, sexuales, juveniles, étnicas, medioambientales, etc.). Adicionalmente, para López el desplazamiento que sufrió el Estado como eje articulador de la vida social hacia el mercado, estimulado por las políticas neoliberales, constituye otra razón de carácter estructural que han impulsado los estudios en torno a la cultura política.22 La reflexión acerca de la cultura política en el contexto colombiano ha girado en torno a las relaciones de religiosidad católica, sistema educativo e intolerancia político-ideológica; aspectos que han permitido explicar la tradición ideológica y violencia política propias de la historia del país.23 Es así como los elementos que constituyen la cultura política contribuyen a la comprensión de la realidad social, como también permiten encontrar explicaciones a procesos históricos que han marcado sustancialmente la sociedad, y que continúan vigentes en la actualidad. De acuerdo con esto, y siguiendo una línea de carácter histórico analizaremos La Violencia, como una expresión de la cultura política del periodo 1948-1953, al ser de alguna manera –y no exclusivamente- producto de las ideas, sentimientos, valores, y en general representaciones que fomentaron actores como los partidos políticos y la Iglesia Católica.

21 Luis E Madueño, «Algunas propuestas en la línea de investigación de una sociología de la cultura política», Reflexión Política 4.7 (2002): 55-56.

22 López de la Roche, Aproximaciones al concepto de cultura 30-31.

23 López de la Roche, Aproximaciones al concepto de cultura 33-38.

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2. Balance historiográfico

Gran parte de la historia colombiana ha estado atravesada por el conflicto. Desde las luchas de independencia, pasando por las guerras civiles del siglo XIX, por los enfrentamientos entre liberales y conservadores a mediados del siglo XX y por la disputa entre guerrilla, paramilitares, narcotráfico y Estado, los enfrentamientos armados siempre han sido una constante en la vida nacional.

Quizás por esto, uno de los fenómenos o de las problemáticas más estudiadas en el área de las Ciencias Sociales ha sido la violencia. Aunque la mayoría de las investigaciones se centran en el análisis de la violencia política, lo cierto es que esas mismas pesquisas han llamado la atención sobre otros tipos de violencias, -socioeconómicas, raciales, familiares, territoriales, culturales, entre otras-, que en la actualidad causan un gran impacto en la población. A partir de la década del sesenta, con el primer estudio sistemático titulado La violencia en Colombia, comenzó a debatirse el tema de la violencia política, en particular las disputas que habían surgido entre y liberales y conservadores a mediados de siglo XX.24 Actualmente, las investigaciones sobre la violencia política se enfocan en la confrontación entre el Estado y grupos armados ilegales, -y también enfrentamientos entre estos mismos grupos-, lucha que se desarrolla en zonas rurales que representan intereses económicos o geoestratégicos. Con este balance se hace un recorrido por las investigaciones sobre la violencia política, fundamentalmente la violencia de mediados de siglo XX que es nuestro periodo de estudio. Para tal propósito, se ha dividido esta presentación en dos secciones: la primera sección hace referencia a textos y autores que han abordado el tema de la violencia en el marco de los años treinta, donde varios analistas han ubicado los antecedentes más inmediatos del conflicto bipartidista. El segundo aparte, se centra propiamente en las investigaciones referidas al periodo de La Violencia. Es importante resaltar que abarcar la totalidad de obras y autores es una tarea difícil, por lo tanto, seguramente este balance presentará limitaciones, las obras que se reseñaron son aquellas que se consideran pueden aportar al desarrollo de este trabajo en particular.

24 Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña, La Violencia en Colombia: Estudio de un proceso social, 9.a ed., 2 vols. (Carlos Valencia Editores, 1980).

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2.1 La violencia en los años treinta

Después del dominio del partido conservador por más de cuatro décadas en la dirección del Estado, llega en el año de 1930 un nuevo gobierno cuyo contexto se ha denominado históricamente, La República Liberal. Este período -1930-1946- se caracterizó a nivel internacional por dos procesos con sus respectivos acontecimientos que influenciaron la política nacional: la Gran Crisis Económica (1929) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). 25 El ascenso al poder de Enrique Olaya Herrera (1930-1934) se dio gracias a la división que surgió al interior del partido conservador entre dos de sus candidatos, Alfredo Vásquez Cobo y Guillermo León Valencia. Sin embargo, éste no fue el único factor que permitió que los liberales regresaran a la dirección del Estado. El partido conservador venía en un desgaste debido a la crisis que estaba viviendo el país y todo el mundo capitalista ocasionada por la Gran depresión de 1929, al igual que por diferentes acusaciones de clientelismo en la administración del presidente Abadía Méndez, por la imposibilidad del gobierno de solucionar los problemas que se venían presentando en el sector agrario y por la masacre de las bananeras.

Pese a la victoria liberal en las elecciones presidenciales, importantes sectores del Estado se encontraban conformados en su mayoría por miembros del partido conservador: Congreso, organismo judicial, Consejo de Estado, Asambleas Departamentales, Concejos Municipales, aparato electoral, y Ejército. Es así como el triunfo del partido liberal ocasionó las primeras manifestaciones de violencia en regiones como Boyacá, Tolima y Santander; fue en este contexto donde se presentaron enfrentamientos entre los dirigentes liberales y conservadores que para los años cincuenta se intensificarían y que algunos autores han denominado el primer periodo de la violencia.

De acuerdo con esto, y como punto de partida para este balance, se reseñarán los trabajos cuya temática aborde el tema de la violencia en los años treinta, seguido de los trabajos que analizan la violencia de los años cuarenta y cincuenta.

25 La República Liberal es el periodo entre 1930 y 1946 cuando el partido liberal logró nuevamente retornar al poder, los presidentes de este periodo fueron: Enrique Olaya Herrera (1930-1934), Alfonso López Pumarejo (1934-1938), Eduardo Santos (1938-1942), nuevamente Alfonso López Pumarejo (1942-1945) y finalmente Alberto Lleras Camargo

(1945-1946).

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Desde una visión de la cultura política, y de la corriente de la historia de las mentalidades tenemos el trabajo de Darío Acevedo Carmona, enmarcado entre los años de 1936-1949.26 El objetivo del autor es mostrar cómo las élites pertenecientes al partido liberal y conservador fueron poco a poco gestando el clima de intolerancia, que terminaría desencadenando los enfrentamientos entre los dos partidos a mediados del siglo XX.

Para tal propósito el autor recurrió al análisis de los editoriales de los dos periódicos más influyentes de la época, El Tiempo de corriente liberal y El Siglo de postura conservadora; las conferencias episcopales, pastorales, memorias y las caricaturas de la prensa también hicieron parte de la fuente primaria de esta investigación.27 Con este cuerpo de información, el autor busca indagar sobre las representaciones mentales de las elites criollas, intenta conocer el punto de vista de los protagonistas frente a su opositor político. El análisis de toda esta simbología estuvo atravesado por un contexto internacional que marcó fuertemente las posturas de una y otra colectividad: la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el comunismo y los fascismos europeos. Esta influencia de los eventos internacionales fue una de las razones que expuso el autor para la escogencia del periodo, al respecto, Acevedo Carmona subraya lo siguiente: “en estos años los dos partidos afinan sus diferencias, recreando y fortaleciendo sus ideas y su imaginario y utilizando los conflictos internacionales y las ideologías dominantes en el viejo continente. El discurso político se enriquece y se amplía. Los debates ya no girarán solamente alrededor de los temas de la religión y del sistema electoral. Las representaciones mentales que los unos se hacen de los otros se inspira también en la confrontación internacional”.28 Los estudios historiográficos que han girado en torno al desarrollo rural en el país también han analizado el fenómeno de la violencia. El uso y distribución de la tierra ha estado atravesado por una serie de conflictos que para el caso de los enfrentamientos de los años cincuenta, ha sido

26 Darío Acevedo Carmona, La mentalidad de las élites sobre la violencia en Colombia (1936-1949) (Bogotá: El Áncora, 1995). Del mismo autor ver: Darío Acevedo Carmona, «A qué nos referimos cuándo hablamos de violencia», Revista Universidad de Antioquia 0263 (2001): 61-71. Ver también: Olga Yanet Acuña Rodríguez, «Comunicación y violencia una mirada desde las elecciones en Boyacá 1930-1953», Revista Historia Caribe 4.12 (2007): 77-90.; Álvaro Acevedo Tarazona, «Prensa y política en Colombia: metáforas de violencia y paz en Santander durante la república liberal», Boletín de Historia y Antigüedades 863 (2016): 91-122.

27 Ricardo Rendón Bravo (11 de junio de 1894-28 de octubre de 1931), fue un caricaturista antioqueño, su colección constituye un valioso acervo documental para investigadores interesados en profundizar en el análisis de la caricatura, la historia y la política, particularmente entre los años 1918 y 1931. Al respecto ver: Germán Colmenares, Ricardo Rendón: una fuente para la historia de la opinión pública (Bogotá: Fondo Cultural Cafetero, 1984). 28 Acevedo, La mentalidad de las élites 23-24.

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uno de los aspectos que ha servido como explicación de la lucha bipartidista. Las luchas agrarias de los años treinta se han establecido como un antecedente y uno de los factores que puede explicar dicho enfrentamiento.

En esta línea tenemos trabajos como el de Darío Fajardo, donde el autor analizó las “condiciones en las que surgieron las haciendas, como expresión directa del control de la mano de obra y de la tierra y los campesinos, también como un producto histórico en el poblamiento y las transformaciones del país”.29 Su trabajo es una síntesis sobre las políticas que el gobierno ha tomado alrededor de la “cuestión agraria” donde los enfrentamientos entre liberales y conservadores a mediados de siglo, es observado como un “catalizador de las tendencias que luego se afianzarían en las estructuras económicas y políticas del país.”.30 Para el autor, al finalizar el periodo de la Violencia el país presentaba transformaciones importantes en la economía como el afianzamiento del sector manufacturero, el desarrollo del sector agrícola, además de un cambio importante en el uso de las tierras ganaderas; relacionado este último con la expulsión de campesinos. Dicha expulsión que se venía presentando desde la década del 30, obedeció a la mecanización o “modernización” de las actividades agrícolas; no obstante, el enfrentamiento bipartidista, contribuyó a la ola migratoria del campo a la ciudad, favoreciendo en este caso al sector industrial, gracias a la oferta de mano de obra.

Las relaciones sociales y políticas entre los campesinos, hacendados y Estado durante el siglo XX es el tema que nos presenta Donny Meertens.31 Esta investigación estudia los conflictos rurales en cuatro ciclos o periodos entre los años de 1930-1990. El primer periodo son los años treinta, donde los campesinos comenzaron a organizarse para exigir mejores condiciones de trabajo, en el marco de la Ley de Tierras de 1936 decretada en el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938).

En el valle del río Magdalena y la región del Tolima, fue donde la autora desarrolló esta parte de su investigación, es decir, la economía cafetera y ganadera propia de estos lugares, sirvió de marco para estudiar la evolución de las relaciones entre campesinos y hacendados. En el norte

29 Darío Fajardo Montaña, Haciendas, campesinos y políticas agrarias en Colombia: 1920-1980 (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1986) 15-16.

30 Fajardo, Haciendas, campesinos y políticas 16.

31 Donny Meertens, Tierra, Violencia y Género. Hombres y mujeres en la historia rural de Colombia 1930-1990 (Holanda: Doony Meertens. Derde Wereld Centrum Ontwiklingsstudies, 1997).

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del Tolima, fue donde Meertens centró su estudio sobre La Violencia y su transformación al bandolerismo, procesos distintivos del interior del país.

Desde una perspectiva feminista, característica que identifica los trabajos de esta autora, se puede observar la inclusión o exclusión de la mujer en los conflictos sociales y políticos del siglo XX. En los años treinta se dieron las primeras agitaciones feministas en pro de la inclusión política, influenciadas estas manifestaciones por los movimientos de mujeres que circulaban en las comunidades obreras de los años veinte. Para los años cuarenta y cincuenta se analizaron los efectos de la violencia política en hombres y mujeres, para el caso de las mujeres no sólo en el rol de víctimas sino también de protagonistas.

Si dentro de la historiografía de la Violencia, la región del occidente se hizo célebre por los “pájaros”, los chulavitas hicieron lo propio en Boyacá. La investigación llevada a cabo por Javier Guerrero hizo énfasis en lo que algunos han denominado como “violencia incipiente”, “violencia temprana” o “violencia liberal”; ¿qué pasó antes de la Violencia?, es la pregunta que intenta develar el autor, y cuya respuesta considera Guerrero es como el eslabón que une y explica las guerras civiles del siglo XIX, con la confrontación de los años cuarenta y cincuenta.32 La investigación de Guerrero, parte de la hipótesis que en los años treinta en la zona oriental del país, se presentaron confrontaciones violentas comparables cualitativamente a lo acaecido años después en el marco de la Violencia, que ya para este momento, mediados del siglo XX, se habían generalizado o expandido a gran parte del territorio nacional. Dentro de su análisis y para dar respuesta a la hipótesis planteada, el autor tiene en cuenta factores como: los comportamientos políticos, las estructuras organizativas de los partidos y las instituciones, su actuación en la esfera local, y los componentes simbólicos en el conflicto.33

32 Javier Guerrero Barón, Los años del olvido. Boyacá y los orígenes de la Violencia (Bogotá: Tercer Mundo Editores; Universidad Nacional de Colombia. Instituto de estudios políticos y relaciones internacionales, 1991). Ver también: Olmedo Vargas Hernández, «Violencia en Colombia 1946-1950: Boyacá un experimento político-totalitarista», Apuntes del Cenes 10.18 (1992): 91-103.

33 Guerrero 46-47.

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2.2 La Violencia

El término Violencia hace referencia a la disputa que se dio entre liberales y conservadores, aproximadamente entre los años de 1945 a 1965, la bibliografía sobre este periodo ha sido copiosa y ha abarcado otros campos diferentes al historiográfico como la sociología, la antropología, la política y la literatura.34 Este segundo aparte de este balance, inicia con la obra pionera que colocó el tema de la Violencia en boca de todos los estudiosos de las ciencias sociales en la década del sesenta, el libro de Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna.35 En 1958 la Junta Militar de Gobierno nombró una comisión para que investigara las causas de la Violencia, entre sus integrantes se encontraba el padre Germán Guzmán Campos, quien junto con otros investigadores en un lapso de ocho meses recorrieron el país, recogiendo evidencia y visitando las zonas más afectadas.36 El material recolectado durante estos viajes sirvió como fuente primaria para esta investigación, donde se hace un análisis multicausal de la violencia. Fue el primer libro que analizó este fenómeno de manera sistemática constituyéndose en una base para estudios posteriores.

Lo valioso de esta obra, no sólo se debe al espacio que abrió entre las ciencias sociales para una discusión seria, sin sectarismos, sobre la violencia; sino también, como lo explica Gonzalo Sánchez, los planteamientos que aún dentro de sus limitaciones logró esbozar esta investigación, y que más adelante serían retomados por otros autores. En primera instancia, respecto el “origen” de la violencia puso en el escenario no sólo la variable política como lo evidencia el conflicto, sino también los factores socioeconómicos. En segunda instancia, a partir de la obra de Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, el sacerdote Camilo Torres Restrepo quien

34 Las obras literarias, especialmente las novelas, recrean con ciertos niveles de realidad determinados episodios a nivel histórico, incluso algunos autores las utilizan como fuentes en sus investigaciones. Las obras más representativas sobre la Violencia son: Jorge Zalamea, El gran burundún-burundá ha muerto (Perú: Latinoamericana, 1941); Gabriel García Márquez, La mala hora (Buenos Aires: Suramericana, 1972); Daniel Caicedo, Viento seco (Medellín: Bedout, 1973); Gustavo Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días (Bogotá: Plaza & Janes, 1979); Eduardo Caballero Calderón, Siervo sin tierra (Medellín: Bedout, 1980); Arturo Alape, Las muertes de Tirofijo: La guerrilla comunista como mito y como realidad, 3.a ed. (Bogotá: Plaza & Janes, 1980); Eduardo Caballero Calderón, El Cristo de espaldas (Medellín: Bedout, 1985); Gonzalo Buenahora Delgado, Sangre y petróleo (Bogotá: Talleres de Fotolito Inter 2000, 1982); Pedro Claver Téllez, Crónicas de la vida bandolera (Bogotá: Planeta, 1987); Álvaro Salom Becerra, Al pueblo nunca le toca (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1989); Fidel Blandón Berrío, Lo que el cielo no perdona, 8.a ed. (Bogotá: Uniediciones, 2010).

35 Guzmán y otros.

36 La Comisión Investigadora de las Causas Actuales de la Violencia de 1958 estuvo integrada por: Otto Morales Benítez, Absalón Fernández de Soto, Augusto Ramírez Moreno, los generales Ernesto Caicedo López y Hernando Mora Angueira y los sacerdotes Fabio Martínez y Germán Guzmán.

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plantea el impacto de la Violencia sobre las clases populares, y en particular sobre la conciencia política del campesinado.37 Los autores interpretaron el periodo como un proceso de desintegración y reorganización social. Su investigación abarcó tres temáticas: la primera de ellas historia y geografía, ubica los antecedentes de la Violencia en la República Liberal y geográficamente sitúa estos conflictos en los departamentos de Tolima, Boyacá, Cundinamarca, Antioquia y los Llanos. La segunda parte, elementos estructurales del conflicto, hace referencia al estudio de los grupos que se alzaron en armas, a los jefes que dirigían esos grupos y sus acciones; y a la quiebra de las instituciones políticas, religiosas, económicas y familiares. En el último aparte que denominaron sociología de la violencia, plantearon algunas de las consecuencias de la confrontación, tema que fue ampliado en el segundo tomo de la obra.

Paul Oquist desde un enfoque estructuralista realizó un análisis desde la perspectiva política, donde la tesis principal fue el derrumbe parcial del Estado. Las preguntas sobre las que basó su investigación fueron: ¿Cómo se puede explicar la violencia?, ¿qué condicionó la intensidad del fenómeno? y ¿qué estructuró su distribución geográfica?38 Dos hipótesis guiaron el trabajo de Paul Oquist. La primera de ellas es que la violencia de 1946-1966 “(…) se produjo como resultados de múltiples conflictos sociales (…)”; y la segunda sobre la reducción del Estado colombiano que denominó el derrumbe parcial del Estado. Este último fenómeno se manifestó en: a) la quiebra de las instituciones parlamentarias, policiales, judiciales y electorales, b) en la pérdida de legitimidad institucional y por ende la utilización de la fuerza para lograr obediencia al régimen establecido; y c) en la ausencia de la administración pública en áreas importantes del territorio nacional.39

37 Camilo Torres Restrepo fue PhD. en Sociología y sacerdote, ejerció como capellán de la Universidad Nacional, además de ser docente en la Facultad de Economía y fundador de la primera facultad de sociología en América Latina en la misma institución. En la década del 60 se retiró de la capellanía; su cercanía con los jóvenes y las ideas socialistas lo distanciaron de las autoridades eclesiásticas, radicalizando su posición frente a las problemáticas sociales del momento. En 1965 impulsó el movimiento Frente Unido, en el cual confluían miembros del partido comunista, dirigentes sindicales, estudiantiles y algunos miembros de las guerrillas, entre otros; en ese mismo año decidió vincularse formalmente con el Ejército de Liberación Nacional, muriendo en febrero de 1966 en combate con la Quinta Brigada. Sus acciones y trayectoria causaron impacto en la Iglesia Latinoamericana, particularmente en la doctrina de la teología de la liberación. Ver: Jorge Orlando Melo, «Camilo Torres, primer sacerdote guerrillero», Revista Credencial Historia 18 (1991).

38 Oquist. Este texto publicado en Estados Unidos en 1980 es una versión revisada de su tesis doctoral de la Universidad de California (Berkeley).

39 Oquist 184.

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En cifras presentadas por el autor, Antioquia ocupó el primer lugar en parcelas agrícolas perdidas por el conflicto con 16.200 parcelas agrícolas abandonas. Lo anterior indica un cambio importante en la tenencia de la tierra ocasionado por la violencia.40 Aproximadamente desde 1953 los problemas comienzan a tener un carácter socioeconómico, y aunque este elemento hace parte del conflicto desde su comienzo, toma más relevancia a partir de lo que el autor ha denominado la violencia tardía (1953-1959).

La década de los ochenta fue muy importante en cuanto a la producción historiográfica sobre el tema, la realización del Primer Simposio Internacional sobre La Violencia en 1984 dio a conocer los diferentes aspectos y problemáticas que se venían planteando entorno a ella, y cómo las explicaciones del conflicto cada vez tenían diferentes aristas. Los conflictos agrarios, los casos regionales, las guerras civiles del siglo XIX, los partidos políticos y aún las violencias contemporáneas, hicieron parte de los nuevos enfoques de La Violencia en esta década.41 Uno de los referentes en el estudio de la violencia en Colombia es Gonzalo Sánchez; nacido en el Líbano (Tolima), abogado y filósofo y con estudios de postgrado en Inglaterra y París, Sánchez es quizás uno de los investigadores nacionales más importantes en el tema del conflicto armado colombiano; su producción es fundamental, constituyéndose en consulta obligada. El trabajo realizado en coautoría con Donny Meertens, es una investigación que abarcó los últimos años del periodo de la Violencia 1958-1965, donde se analiza un fenómeno como el bandolerismo en relación con las redes de poder local como los gamonales y por supuesto los campesinos.42 Para el caso colombiano, los autores definieron el bandolerismo como bandolerismo político: “se trata de una categoría de bandoleros cuya aparición misma está determinada por su relación de dependencia respecto a uno o varios componentes de la estructura dominante de poder, como los gamonales, los partidos políticos que cumplen una función legitimadora del orden

40 Para Carlos Ortiz Sarmiento las fuentes utilizadas por este autor para indicar las muertes, las migraciones forzosas y las parcelas perdidas a causa de la violencia, no son totalmente confiables, ya que pertenecen a una compañía privada, La Compañía Colombiana de Datos, de la cual no se conoce de qué forma obtuvo las cifras o cómo las analizó. Señala Ortiz que La Policía Nacional, es una de las fuentes de Oquist, lo cual se convierte en una limitante, debido a que solo se tendría conocimiento de los casos que se denunciaron oficialmente. 41 Como resultado de este simposio tenemos el libro de Gonzalo Sánchez Gómez y Ricardo Peñaranda, eds., Pasado y presente de la violencia en Colombia (Bogotá: Cerec, 1986). Otra obra de recopilación historiográfica es de Jesús Antonio Bejarano, Once ensayos sobre la violencia (Bogotá: Cerec, 1985). y de Bernardo Tovar Zambrano, La historia al final del milenio. Ensayos de historiografía colombiana y Latinoamericana, 2 vols. (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1994).

42 Gonzalo Sánchez y Donny Meertens, Bandoleros, gamonales y campesinos. El caso de la violencia en Colombia (Bogotá: El Áncora, 1983).

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establecido, o de una de las fracciones dominantes de la clase gobernante”.43 El estudio del bandolerismo en el marco de la categoría de análisis de bandolerismo social que plantea Hobsbawn, permitió a los autores observar La Violencia desde otra perspectiva diferente a la lucha bipartidista, reconstruyendo las circunstancias que originaron y posteriormente hicieron declinar estos movimientos.44 En otros de sus trabajos, Gonzalo Sánchez realizó un análisis del conflicto bipartidista a partir de la figura de Jorge Eliecer Gaitán.45 Para Sánchez el proyecto político de Gaitán era un proyecto democrático-burgués en ascenso con un amplio apoyo de las bases populares, que se encontraba enfrentado con la política de Unión Nacional, que representaba un proyecto burguésterrateniente y proimperialista. Este estudio aportó una nueva visión a los hechos del 9 de abril, al analizar su impacto en zonas diferentes a la capital como el Valle del Cauca, Antioquia, Tolima, Ibagué, el Viejo Caldas o Santander. “El 9 de abril afectó profundamente a la provincia, la pequeña población, la aldea, la vereda colombiana”,46 dando origen a iniciativas por parte de las masas que el autor denominó un nuevo poder popular que se expresó -solo por mencionar algunas acciones-, en la conformación de juntas revolucionarias, milicias populares, o la selección de funcionarios, tomando cada una de estas acciones, características particulares de acuerdo con cada localidad.47 Una de las investigaciones claves es la del sociólogo francés Daniel Pécaut.48 El autor analizó el caso colombiano desde su inserción en el mercado mundial a mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, pasando por la república liberal y estudiando la violencia básicamente en

43 Sánchez y Meertens 26.

44 Para un mayor acercamiento sobre las primeras formas de agitación social ver: Eric J Hobsbawm, Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX (Barcelona: Crítica, 2001). Aunque este estudio se remite a los movimientos sociales de la Europa occidental y Meridional y especialmente la Italia desde la revolución francesa, el autor dedica un aparte al análisis del movimiento del campesinado en el Perú y de la violencia en Colombia.

45 Gonzalo Sánchez Gómez, Los días de la revolución. Gaitanismo y 9 de abril en provincia (Bogotá: Centro Cultura Jorge Eliécer Gaitán, 1983).

46 Sánchez, Los días de la revolución 19.

47 Diversos autores han estudiado el fenómeno de La Violencia a partir de los hechos ocurridos el 9 de abril de 1948 y de la influencia del movimiento gaitanista en la política nacional; ver: Gonzalo Sánchez Gómez, Grandes potencias, el 9 de abril y la Violencia (Bogotá: Planeta, 2000); Arturo Alape, El Bogotazo. Memorias del olvido (Bogotá: Universidad Central, 1983); Renan Cantor Vega, «Gaitán y el 9 de abril según los diplomáticos franceses: un ejemplo del imaginario comunista», Memoria y Sociedad 2.4 (1997): 63-76; Ricardo Arias, «Los sucesos del 9 de abril de 1948 como legitimadores de la violencia oficial», Historia Crítica 17 (1998): 39-46; Mary Roldán, «Limitaciones locales de un movimiento nacional: Gaitán y el gaitanismo en Antioquia», Análisis político 39 (2000): 17-35; Carlos Andrés Charry Joya, «El 9 de abril en Cali: cambio social, poder y liminalidad en el Valle del Cauca», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 33 (2006): 143-82.

48 Daniel Pécaut, Orden y violencia: Colombia 1930-1953, 2 vols. (Bogotá: Siglo XXI, 1987).

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la crisis de 1948-1953. Pécaut al igual que Oquist se planteó la pregunta por el Estado, en un momento donde a nivel latinoamericano éste fue llamado a intervenir en lo social, y en un país como Colombia que, pese a lo ininterrumpido de su vida democrática, ésta ha estado acompañada por enfrentamientos muy intensos. “La violencia es consustancial al ejercicio de una democracia que, lejos de referirse a la homogeneidad de los ciudadanos, reposa en la preservación de sus diferencias “naturales”, en las adhesiones colectivas y en las redes privadas de dominio social y que, lejos de aspirar a institucionalizar las relaciones de fuerza que irrigan la sociedad, hace de ellas el resorte de su continuidad”.49 Es así como Pécaut para explicar las relaciones entre la democracia restringida -como denomina el sistema colombiano- y la violencia, analiza las razones por las cuales el Estado no se toma en cuenta como agente unificador, y lo que implica es la preeminencia de una sociedad civil en un país de estructuras heterogéneas.50 Apoyado en fuentes orales, Arturo Alape realizó una investigación que recorre el periodo de la violencia desde los años cincuenta hasta la década de los años ochenta, cuando se iniciaron las primeras negociaciones con los grupos guerrilleros del país.51 Cincuenta entrevistas hacen parte de esta obra, donde se expone un dialogo con los participantes directos de la confrontación armada, participantes que el autor denominó testigos de excepción: funcionarios públicos, expresidentes, guerrilleros, militares, políticos y académicos, respondieron las preguntas del analista. Los testimonios fueron confrontados por fuentes de primera mano, en otros casos se expuso varias versiones de un mismo hecho.

El análisis que el autor realizó sobre la Violencia en Colombia lo inició entre los años de 1947-1953, denominándolo primer periodo y haciendo parte de lo que considera son las raíces históricas de la violencia que pervive en la actualidad y que en este caso sólo es representada en las organizaciones guerrilleras, ya que otras modalidades de violencia no son objeto de análisis de esta obra.

La Violencia con sus repercusiones sociales y políticas, su relación con la tenencia de la tierra, su intensidad en determinadas regiones del país y el papel del parlamento, son algunos de

49 Pécaut 17.

50 Pécaut 18.

51 Arturo Alape, La paz, la violencia: testigos de excepción (Bogotá: Planeta, 1987).

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los cuestionamientos que respondieron los entrevistados.52 El segundo periodo que el autor analizó sobre la violencia de mediados de siglo es el de 1954-1957, momento en el que se estableció un gobierno militar en cabeza de Gustavo Rojas Pinilla, y donde se dieron las primeras desmovilizaciones de las primeras guerrillas liberales. Los cuestionamientos se centraron básicamente en cómo estaban conformados los grupos insurgentes del momento y las acciones del gobierno para disolver estos grupos.

La pacificación que trajo consigo el Frente Nacional y el estudio de las organizaciones guerrilleras ya constituidas como las FARC, el ELN, el EPL, el M-19, y los intentos de los procesos de paz en la década del ochenta son los últimos temas que abordaron los analistas, y que el autor expuso como procesos consecuentes del primer periodo de la violencia entre liberales y conservadores.

La investigación realizada por Carlos Mario Perea sobre La Violencia, parte de una perspectiva de la cultura política, donde el autor busca comprender los nexos entre símbolo y política de cara al sistemático ejercicio de la eliminación del otro.53 El periodo de estudio de esta investigación se sitúa entre los años de 1942 -1949, y se caracterizó por la crisis del proyecto liberal que durante la década de los años treinta se había consolidado; el ascenso del conservatismo, el auge del movimiento gaitanista y el asesinato de su líder.

El análisis del discurso es la herramienta metodológica que presenta esta investigación, discursos que fueron tomados de los periódicos más importantes de la época, como El Tiempo (liberal), El Siglo (conservador) y Jornada (gaitanista). Es importante resaltar de este trabajo, la intención del autor de alejarse de una visión liberalizante de la historia, según la cual, “frente a un partido liberal progresista, amigo de las causas populares y enemigo de la violencia, se opone una colectividad conservadora retardataria, autoritaria y promotora de la muerte”.54 El fundamentalismo y lo no negociable, hacen parte de los imaginarios y los símbolos que construyeron ambas colectividades y que atravesaron la cultura política del momento.

52 Alape, La paz, la violencia 23-66. En este aparte del texto los entrevistados son personajes como Alfonso López Michelsen, Alfredo Vásquez Carrizosa, General Gustavo Álvaro Valencia Tovar, Luis Carlos Galán, José María Villarreal, Germán Zea Hernández, Germán Guzmán, Misael Pastrana Borrero, Gilberto Vieira, General José Joaquín Matallena, Jacobo Arenas, Lucio Pabón Núñez, Darío Fajardo, Gilberto Vieira. 53 Carlos Mario Perea, Porque la sangre es espíritu. Imaginario y discurso político en las élites capitalinas (1942- 1949) (Santafé de Bogotá: Editorial Santillana, 1996).

54 Perea 21.

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Los años del tropel, obra del sociólogo Alfredo Molano, está conformada por una serie de crónicas que el autor recogió después de colaborar en una investigación sobre las formas de participación histórica del campesinado en los años cincuenta.55 El autor escogió la violencia como forma de participación del campesinado, y realizó su pesquisa en las regiones del Valle del Cauca y el norte de Boyacá.

El objetivo del autor es mirar la violencia “desde adentro, desde el ojo y desde el corazón de sus protagonistas y de sus víctimas, que por lo demás siempre son los mismos”.56 Personajes como Ana Julia, El Chimbilá, El Maestro, José Amador, y Nasianceno Ibarra, cuentan desde su experiencia como fue la violencia de los años cincuenta “hablan apasionadamente, sin objetividad, y así, chorreando “sangre y lodo”, entraron en el texto. No se trataba de hacer la historia de la Violencia, sino de contar su versión”.57 Marco Palacios Rozo en uno de sus textos, define La Violencia como una serie de procesos provinciales y locales que sucedieron entre 1946-1964, y que tuvo su punto más fuerte entre 1948- 1953.58 En palabras del autor, el capítulo es una breve descripción histórica de la violencia política vista como un proceso nacional, sin desconocer la validez e importancia de los estudios locales y regionales. El capítulo también realiza un esbozo narrativo de la violencia política, enfocado en cuatro fases.

La fase que estudia La Violencia se denomina la violencia del sectarismo bipartidista 1945- 1953, en ella se puede encontrar una descripción de los hechos más significativos del periodo. Teniendo en cuenta que toma el fenómeno de la lucha bipartidista desde una perspectiva nacional, su análisis de igual manera lo relaciona constantemente con el contexto internacional, es decir, La Guerra Fría. Según el autor, dicha confrontación influenció las disputas existentes al interior del país, ya que la Iglesia se declaró anticomunista, y señaló a los liberales como afines a la ideología comunista. No obstante, la Guerra Fría unió en cierta manera a las élites, por ejemplo, en su lucha contra el sindicalismo. El autor concluye esta etapa con la desmovilización guerrillera ofrecida por el general Gustavo Rojas Pinilla, en el segundo semestre de 1953.

55 Alfredo Molano, Los años del tropel. Crónicas de la violencia, 3.a ed. (Bogotá: El Áncora, 2000). 56 Molano, Los años del tropel 10.

57 Molano, Los años del tropel 11.

58 Marco Palacios y Frank Robinson Safford, «La violencia política en la segunda mitad del siglo XX», Colombia país fragmentado, sociedad dividida su historia (Bogotá: Editorial Norma, 2002). Ver también: Marco Palacios, Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875-1994 (Bogotá, 1995); Marco Palacios, Violencia pública en Colombia, 1958-2010 (Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2012).

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2.3 Casos regionales

Estudiar La Violencia a partir de casos regionales e incluso municipales, metodológicamente permitió relacionar los acontecimientos y procesos nacionales con los provinciales, para observar las particularidades que ofrece cada caso. Los trabajos más representativos en este ámbito corresponden a las regiones del Tolima, Quindío, Valle del Cauca, los Llanos Orientales, Cundinamarca y Antioquia.

El trabajo de James D. Henderson, es un estudio sobre la violencia en el departamento del Tolima.59 Tomando la Violencia como un largo proceso sociopolítico, el autor analizó los factores históricos que fundamentaron el conflicto bipartidista. Para llevar a cabo este objetivo, realizó un recorrido por la historia del departamento desde el período de la colonia hasta llegar a los efectos que causó la hegemonía liberal (1930-1946) en el Tolima y Colombia. El análisis de La Violencia lo enfocó en tres fases: la primera de ellas, parte de los efectos que produjo el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en el Tolima; la segunda fase profundiza en el periodo entre 1949-1953, años donde en términos generales se puede hablar de un pico de la violencia entre liberales y conservadores; y la última fase, se centra en un análisis del municipio del Líbano.

El estudio realizado por Carlos Miguel Ortiz Sarmiento60 abarca diez y seis municipios, doce del departamento del Quindío, y los cuatro restantes pertenecen al departamento del Valle del Cauca; estos últimos cuatro fueron analizados porque hacían parte de las relaciones comerciales y sociales de los municipios quindianos, y fueron afectados por las mismas bandas armadas durante La Violencia; dicho territorio se conoce también como La Hoya del Quindío, zona que trasciende los límites actuales del departamento.

La interpretación de este estudio tiene dos puntos de partida: la primera hace referencia a la violencia que vivió el país, que se manifestó en otras zonas antes que en el Quindío; y, en segundo lugar, la historia de la región antes de que llegara La Violencia, ambos aspectos según el autor hacen parte de una misma historia. Apoyado en documentos de transacción de propiedades, archivos judiciales y fuentes orales; Ortiz estudió las claves de la lucha bipartidista, teniendo en cuenta que el fenómeno tuvo unas características particulares. Uno de los objetivos planteados, fue

59 Henderson. Ver también: María Victoria Uribe Holguín, Matar, rematar y contramatar: las masacres de la violencia en el Tolima, 1948-1964 (Bogotá: CINEP, 1990).

60 Ortiz, Estado y subversión en Colombia. También ver: Carlos Miguel Ortiz Sarmiento, «Las Guerrillas Liberales de los años 50 y 60 en el Quindío», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 12 (1984): 103-53.

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analizar cómo se habían articulado los diversos grupos sociales hasta la época que comienzan las primeras manifestaciones de la Violencia y si estos grupos incidieron en las acciones de los partidos y en la forma en que estos se enfrentaron.

Al hablar de grupos sociales se hace referencia a los hacendados, agregados, peones, guaqueros, mineros, vivanderos, comerciantes pueblerinos, profesionales; colectivos heterogéneos que han hecho presencia, a través del proceso de consolidación de la economía cafetera. Adicional a los grupos anteriormente mencionados, se sumaron los migrantes campesinos que llegaron en la década de los 40 a ciudades como Armenia, muchos de los cuales no encontraron una fuente de empleo estable.

En segundo lugar, la investigación explica la relación que tuvo ese pasado próximo con el origen de la Violencia, y por último analiza el papel que jugaron los colectivos arriba mencionados a partir de sus necesidades, su correlación de fuerza y sus expresiones. Finalmente, el autor concluye que La Violencia a pesar de sus nuevas y particulares expresiones, prolongó formas sociales ya conocidas desde tiempo atrás en la región del Quindío.61 En el caso del occidente colombiano -Valle del Cauca-, una de las regiones más afectadas por el conflicto de mediados de siglo, encontramos a Darío Betancourt y Marta L. García.62 En un periodo que abarca desde 1946 hasta 1965 los autores analizaron tres grandes problemáticas para esta región: en primer lugar, la colonización y el conflicto agrario; segundo, la violencia conservadora de los pájaros; y tercero, las acciones de las cuadrillas bandoleras y el bandidismo.63 Este estudio plantea un análisis de la violencia en dos direcciones: una violencia conservadora partidista por arriba, “es decir del dominio de la superestructura, violencia que en su génesis aun cuando no contempló aspectos económicos ni lucha por la tierra, posteriormente pudo haberlos involucrado” (…) y una violencia por abajo, 1957-1965 “del dominio de la infraestructura,

61 Como formas sociales se hace referencia, por ejemplo, a la venta forzosa de tierras, enriquecimiento de los fonderos, la importancia de los agentes intermediarios como agregados, comisionistas, caciques o jefes veredales. Para otros estudios sobre la violencia en el Quindío ver: Jaime Arocha, La violencia en el Quindío, determinantes ecológicos y económicos del homicidio en un municipio caficultor (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1979); Santiago Gómez Cardona, «La historia narrada, relatos de violencia en el Quindío» (Trabajo de grado en Antropología, Universidad de Antioquia, 2003).

62 Darío Betancourt Echeverry y Martha Luz García Bustos, Matones y cuadrilleros. Origen de la violencia en el occidente colombiano (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1990). También ver: Darío Betancourt Echeverry, «El 9 de abril en Cali y en el Valle. Acciones de la muchedumbre», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 15 (1987): 273-85; Darío Betancourt Echeverry, «Las cuadrillas bandoleras del Norte del Valle, en la violencia de los años cincuenta», Historia Crítica 4 (1990): 57-68.

63 Betancourt y García 19.

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por la tierra, por el café, por el lucro personal, la violencia de las cuadrillas con filiación partidista bien liberal, bien conservadora”.64 De allí que uno de los aspectos centrales de este trabajo, sea la conformación y actuación de los “pájaros”, grupo conservador que operó en esta región, y que los autores señalan como la primera modalidad de sicariato en el país. Es importante resaltar la preocupación de los autores por establecer una continuidad entre las diferentes violencias, desde las guerras civiles del siglo XIX, hasta las actuales confrontaciones entre guerrillas, mafias y paramilitarismo. Para ellos: “no hay, en la sujeción de violencias, rupturas significativas; más bien, a cambio hay hilos de continuidad pues aun cuando los actores y contradicciones en el juego cambian con el tiempo, los escenarios siguen siendo los mismos”.65 En la región de los Llanos Orientales, se formó una de las guerrillas liberales más organizadas durante el periodo de la Violencia. Reinaldo Barbosa, realizó un estudio de la insurrección llanera en cabeza de Guadalupe Salcedo, a través de la estructura socioeconómica del hato ganadero, lugar que se constituyó en el núcleo de la formación guerrillera.66 Barbosa, inscribe su trabajo en una línea que explica como un “afán por tender un puente entre la historia pasada y la historia presente, planteando nuevas preguntas a viejos problemas entorno al fenómeno de la violencia, buscando conexiones y reconstruyendo el mapa para reinterpretar el conflicto de los viejos y los nuevos escenarios”.67 El trabajo de Alberto Flórez Malagón, abre una línea novedosa en los estudios sobre la Violencia.68 La investigación se centra en El Valle de Ubaté (Cundinamarca), localizado en la cordillera oriental de los Andes, cerca de la ciudad de Bogotá.69 El interés de estudiar la violencia bipartidista en esta región surgió por una investigación anterior del autor, donde los habitantes del lugar hacían referencia a una tradición pacifista entre los partidos políticos a mediados de siglo

64 Betancourt y García 20-23.

65 Betancourt y García 177-79. Para otros estudios sobre la violencia en el occidente colombiano ver: Adolfo León Atehortúa Cruz, El poder y la sangre. Las historias de Trujillo Valle (Bogotá: CINEP, 1995). 66 Reinaldo Barbosa Estepa, Guadalupe y sus Centauros. Memorias de la insurrección llanera (Bogotá: Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, 1992). Ver también: Eduardo Franco Isaza, Las guerrillas del Llano (Medellín: Ediciones Hombre Nuevo, 1654); Alfredo Molano, Siguiendo el corte: relatos de guerras y de tierras (Bogotá: El Áncora Editores, 1989); Ricardo Esquivel Triana, «Colonización y violencia en los llanos, 1949-1953», Memoria y sociedad 6.11 (2002): 57-81; Yoelcy Catalina Valderrama Ibarguen y Gloria Patricia Vergara Sucerquista, «Las guerrillas de los Llanos 1949-1953» (Trabajo de grado en Sociología, Universidad de Antioquia, 2013).

67 Barbosa 6.

68 Alberto Flórez Malagón, Una isla en un mar de sangre: el Valle de Ubaté durante La Violencia 1946-1958 (Medellín: La Carreta Editores, 2005).

69 El Valle de Ubaté se encuentra conformado por los municipios de Simijaca, Susa, Fúquene, Guachetá, Lenguazaque, Cucunubá, Tausa, Sutatausa, Ubaté y Carmen de Carupa.

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XX, situación que es bastante sugestiva, si se tiene en cuenta que la localidad limita con Chiquinquirá, zona que fue conocida durante este mismo periodo por los hechos violentos que allí se desarrollaron.

Analizando archivos judiciales, notariales, políticos, prensa y fuente oral, la investigación se plantea lo siguiente: “¿Qué sucedió en una región donde aparentemente “nada sucedió”?” para dar respuesta, se parte de un análisis de lo político y lo cultural donde se ilustra cómo se articuló el poder local; el cual se caracterizó por estar conformado por políticos o grupos medios en ascenso, -comerciantes, profesionales y finqueros-, quienes aprovecharon dos aspectos importantes: el primero, el desinterés de los grandes hacendados ganaderos de la región por participar en la política local, y en segunda instancia, la estructura de tipo paternalista que había brindado la economía ganadera, a través de la cual se lograba el control en el campesinado; “en otras palabras, las prácticas que mantuvieron sin cambios la estructura social del Valle con los beneficios sociales y económicos que usufructuaban los políticos, los comerciantes y los terratenientes locales, se impusieron sobre la otra alternativa, la de la guerra bipartidista”.70 Ahora bien, aunque la investigación si registra hechos violentos ocurridos en el Valle de Ubaté, -especialmente después de la muerte de Jorge Eliecer Gaitán-, para el autor fueron acciones aisladas, que no modificaron la relación entre lo político y lo social; pues, aunque las elites locales se identificaban con el discurso bipartidista del momento, conservaron una autonomía que les permitió mantener el orden tradicional en la región del Valle.

Para el caso antioqueño tenemos un estudio sobre La Violencia en Urrao entre 1948-1953.71 Este trabajo de grado presentado por un estudiante de sociología, hace una descripción del conflicto en el municipio donde fue más intensa la lucha bipartidista en la región de Antioquia. El autor desarrolló cuatro temáticas en su trabajo: primero, las causas de la violencia en Urrao, en segunda instancia, un estudio sobre las guerrillas liberales de Urrao, tercero, los aspectos culturales del proceso de la violencia, y finalmente, el impacto del golpe de estado de Rojas Pinilla en los actores del conflicto.

La metodología utilizada para llevar a cabo estos objetivos fue la fuente oral. Apoyado en los testimonios de 63 entrevistas efectuadas en la ciudad de Medellín y Urrao, se intentó hacer una

70 Flórez 23-24.

71 Wilson Horacio Granados Moreno, «La Violencia en Urrao Antioquia 1948-1953» (Trabajo de grado en Sociología, Universidad de Antioquia, 1982).

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reconstrucción histórica y sociológica del periodo. No obstante, el resultado de la pesquisa es parcial, pues de las 63 entrevistas, 58 fueron realizadas a personajes liberales y sólo 5 a conservadores.

Juan Carlos Vélez en uno de sus textos estudia los partidos políticos en Antioquia durante la crisis de 1949-1953, haciendo énfasis en las propuestas de gobierno y en los mecanismos organizativos que se establecieron para llevar a cabo tales propuestas.72 En primera instancia, analizó cómo “articularon” los partidos políticos la sociedad en el siglo XIX haciendo parte de la construcción del Estado; y en segundo lugar, observó la forma en que se produjo esta articulación en Antioquia en los años cincuenta del siglo XX.73 El autor al explicar la relación a mediados del siglo XX entre el partido de gobierno y los partidos políticos, ilustra cómo los partidos subordinaron los poderes locales colocándolos al servicio de intereses privados: “la lógica partidista local se impuso a la lógica centralizante del Gobierno”74; y cómo el Estado resultó ser un ente parcializado en el conflicto: “el Gobierno confió en el partido conservador funciones coercitivas de uso exclusivo del Estado (…) la suplantación de funciones oficiales, permitió que el Estado se inmiscuyera, como protagonista parcializado, en un conflicto que enfrentó a amplios sectores de la sociedad al promediar el siglo XX”.75 En esta misma línea investigativa sobre partidos políticos, sobresale el trabajo realizado por Adriana María González Gil.76 En este estudio donde confluyen la teoría política y la historia, González realizó una caracterización organizacional de los partidos -liberal y conservador-. La autora siguiendo a Angelo Panebianco y aplicando su teoría sobre organización interna de los partidos -en tanto “(…) cualquiera que sea la naturaleza de los partidos y el tipo de incitaciones a que puedan responder, aquellos son, ante todo, organizaciones, y el análisis organizativo debe, por tanto, proceder a cualquier perspectiva-”77; reconstruye un perfil de cada una de estas colectividades en la coyuntura de 1946 a 1957.

72 Juan Carlos Vélez Rendón, «El gobierno de partido y la articulación política en Antioquia: 1949-1953», Estudios políticos 3 (1993): 49-71.

73 Vélez 50.

74 Vélez 70.

75 Vélez 70.

76 Adriana María González Gil, «Integración y movilización política en la crisis del bipartidismo colombiano 1946- 1957» (Tesis de maestría en Historia, Universidad Nacional de Colombia, 1998). Ver también: Adriana María González Gil, «La irrupción de los militares en el escenario político: 1946-1953», Estudios Políticos 3 (1993): 73-87. 77 Angelo Panebianco, Modelos de partidos (México: Alianza, 1993) 14. Citado por: González, Integración y movilización política 9.

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Para lograr este objetivo, delimitó tres aspectos en su investigación: en primer lugar, una caracterización del momento político. El análisis del contexto de la violencia explica la organización interna de cada uno de los partidos, su relación con el otro, con el gobierno y sectores civiles. En segunda instancia, González realizó un seguimiento a los diferentes debates electorales del periodo con el fin de establecer los elementos doctrinarios y programáticos de cada agrupación. En tercer lugar, y uno de los aspectos más valiosos de esta pesquisa, es el rescate del estamento militar. Son pocos los trabajos que dentro del tema de la Violencia analizan el papel de las fuerzas militares, cuya participación en la confrontación bipartidista fue cada vez más en ascenso; hasta el punto –en palabras de la autora- de convertir el golpe de Rojas Pinilla, en un golpe militar sui generis, o un “golpe de estado militar bajo tutela civil”. De esta forma, la investigación relaciona la participación de los militares y las élites partidistas tradicionales, articulando el escenario nacional con el caso antioqueño.78 Uno de los temas más polémicos del periodo de La Violencia ha sido el papel que jugó la Iglesia Católica en el desarrollo de la contienda bipartidista. Esta institución de gran peso político y social en la historia del país no ha salido bien librada en los diferentes estudios del período, por el contrario, la mayoría de las investigaciones le adjudican gran parte de la responsabilidad de la polarización política que se vivió en el momento. Pese a esto, es importante señalar que hay pocos trabajos que se dedican a estudiar esta temática de manera exclusiva; es decir, las investigaciones sobre la Violencia tratan el tema de la Iglesia situándola como otros de los actores en el escenario de la violencia.

Para la región antioqueña se destacan cuatro trabajos sobre la Iglesia en este período: el primero de ellos es una investigación llevada a cabo por León Jaime Salazar Toro.79 Esta investigación cuyo marco temporal se desarrolla entre 1948 y 1953, concluye que la participación de la Iglesia Católica en la violencia política de mediados de siglo XX fue indirecta. Esta injerencia en el conflicto según el autor se vio reflejada principalmente a través de formas de control social, moral, cultural y ético; destacándose aspectos como el dominio de la Iglesia en la educación privada y la campaña iniciada por Monseñor Miguel Ángel Builes en pro de la “moralización de las costumbres”. Prensa liberal y conservadora, principalmente “El obrero Católico” y las pastorales

78 González, Integración y movilización política 11-17.

79 León Jaime Salazar Toro, «La influencia de la Iglesia en Antioquia durante el periodo de la Violencia. 1948-1953» (Trabajo de grado en Historia, Universidad Nacional de Colombia, 1992).

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de Monseñor Builes hicieron parte de la fuente primaria de esta pesquisa. Así mismo, el trabajo de monografía en Historia de la Universidad de Antioquia presentado por el historiador John Jairo Yepes Pérez, Monseñor Miguel Ángel Builes. Un obispo montañero, logra dimensionar el ideario político y las posturas religiosas del obispo Builes y, desde sus escritos, se destacar el pastor y la mentalidad decimonónica que estará presente en sus percepciones y visiones del poder y la política en Colombia y, en sus discursos y pastorales apasionadas dando sus interpretaciones del liberalismo como anatema del mal y la maldad. Tradicionalmente, se le endilgaron al sacerdote posturas infundadas a partir su vehemente defensa de la Iglesia y de ataque permanente al liberalismo.80 En tercer lugar, tenemos el trabajo de John Fernando Mesa, donde se estudia el papel de esta institución desde un ángulo diferente al que en la mayoría de los trabajos se le ha asignado.81 El objetivo de este trabajo es ir más allá del rol contestatario de la Iglesia, y observar su papel propositivo con relación al trabajo social. Para esto, el autor estudió un movimiento como Pro-Paz que buscaba alternativas de convivencia para los colombianos y las instituciones de carácter social que brindaban posibilidades de trabajo, conocimiento y diversión a los marginados de la sociedad. Básicamente el autor rescata la labor pastoral y social de la Iglesia, en un momento donde sus actuaciones fueron cuestionadas.

En cuarto lugar, el trabajo de Gustavo Mesa se puede enmarcar dentro de un análisis cultural donde su investigación reconstruye el escenario de las representaciones religiosas en el cual se dio La Violencia en Antioquia.82 A lo largo del trabajo el autor analizó, por ejemplo, cómo la liturgia y otros elementos fueron puestos al servicio de un propósito político. Los años comprendidos entre 1949 y 1953 que según diferentes autores fueron los años de mayor intensidad del conflicto, fueron divididos por Mesa en tres subfases. La primera de ellas, “la gran crisis institucional y la ofensiva conservadora” (5 de junio de 1949 - 27 de noviembre del mismo año), se caracterizó por un inusual despliegue de simbología política. En la segunda subfase, “la contraofensiva liberal” (27 noviembre de 1949 – 2 de diciembre de 1951), se destacó la iniciativa de diálogo con los guerrilleros de parte

80 John Jairo Yepes Pérez, «Monseñor Miguel Ángel Builes. Un obispo montañero» (Trabajo de grado en Historia, Universidad de Antioquia, 2025).

81 John Fernando Mesa Arias, «La participación de la Iglesia en la época de la violencia en Antioquia 1946-1953» (Trabajo de grado en Historia, Universidad de Antioquia, 2000).

82 Gustavo Adolfo Mesa Hurtado, «Representaciones religiosas y la violencia en Antioquia, 1949-1953» (Tesis de maestría en Historia, Universidad Nacional de Colombia, 2006). Ver también: Gustavo Adolfo Mesa Hurtado, «Religión y violencia en documentos de los años cincuenta en Colombia. Las cartas del capitán Franco», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 36.2 (2009): 65-89.

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de clérigos de la diócesis de Santa Fe de Antioquia que produjo entre otras cosas el asesinato de un sacerdote a manos de liberales. En la tercera subfase, “la expansión de la contrachusma” (2 de diciembre de 1951 al 13 de junio de 1953), se analiza como el fracaso de la campaña Pro-Paz que había liderado la Iglesia, provocó una represión contra los liberales que llegó afectar a miembros del clero. Finalmente, la última parte de este trabajo buscó establecer relaciones entre las representaciones de la Violencia en Antioquia y hechos significativos que sucedieron a lo largo del período anteriormente mencionado.83 De los aportes más relevantes para el caso de La Violencia en Antioquia, son las investigaciones llevadas a cabo por Mary Roldán. En uno de sus artículos y teniendo como marco el primer período de La Violencia 1949-1953, la autora estudió la naturaleza y los patrones específicos de comportamiento en algunos de los municipios del departamento de Antioquia.84 Roldán indagó por el impacto que provocaron actores individuales y colectivos al modificar las acciones del Estado y de los partidos. Para ello estudió el grado de interacción de las esferas nacional, regional y local. Después de realizar un recorrido por el departamento, la investigación señala que la violencia tuvo un desarrollo, y un trasfondo diferente en los municipios que se vieron afectados por el conflicto. En algunos lugares se convirtió en un medio que hizo surgir descontentos por la ausencia del Estado y en otras áreas el factor económico se camufló con las tensiones partidistas. Por momentos, determinados individuos o gremios limitaban las acciones del gobierno y de los partidos, es decir, que para estos últimos no resultaba fácil imponer su voluntad. También se establece que tanto la dirigencia del Estado como las élites regionales, debieron admitir que el problema de la violencia en muchos municipios antioqueños se encontraba profundamente arraigados en la tradición colectiva y local.85 Para el año 2003 Roldán nos presenta un estudio sobre La Violencia, ya referido a todo el departamento. Este análisis, profundiza en la experiencia de Antioquia durante los primeros siete años (1946-1953) del enfrentamiento bipartidista.86 Lo que hace especial estudiar este caso, son los lugares donde se desarrollaron los enfrentamientos y las razones que lo generaron. El estudio

83 Mesa, Representaciones religiosas y la violencia 68-76.

84 Mary Roldán, «Guerrillas, contrachusma y caudillos durante la violencia en Antioquia 1949-1953», Estudios Sociales 4 (1989): 55-85. Ver también: Mary Roldán, «Violencia, colonización y la geografía de la diferencia cultural en Colombia», Análisis Político 35 (1998): 3-25.

85 Roldán, Guerrillas, contrachusma y caudillos 85.

86 Mary Roldán, A sangre y fuego. La violencia en Antioquia, Colombia 1946-1953 (Bogotá: Instituto de Antropología e Historia, 2003).

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muestra lo selectiva y concentrada que fue la violencia, contrario a la idea que se tiene, de haber sido una confrontación generalizada en toda la región. De igual manera, la autora expone en qué medida factores como la etnia, la raza, las diferencias culturales, la clase social o la geografía influyeron en la evolución o delineamiento de la confrontación.

Sustentada en archivos gubernamentales del departamento y de las localidades, registros parroquiales, archivos judiciales y fuente oral, la investigación se dividió en municipios centrales que son los correspondientes al Valle de Aburra, Oriente, Occidente y Suroeste; y municipios periféricos, haciendo referencia a las subregiones del Urabá, Bajo Cauca, Norte, Nordeste y el Magdalena Medio. La autora afirma que el gobierno departamental y sus fuerzas fueron los principales promotores de la violencia en las zonas periféricas, buscando no solo el control y dominio partidista, también tratando de imponer ideas y comportamientos culturales característicos de lo que en los municipios centrales o nucleares consideraban era el imaginario de la antioqueñidad.

Uno de los trabajos más recientes sobre la temática de la Violencia en Antioquia lo podemos encontrar en la tesis doctoral de Ana María Restrepo Betancur.87 La investigación analiza la Violencia bipartidista entre los años 1946-1949, desde la teoría del genocidio. Este concepto es abordado como una práctica social donde se pueden identificar varias etapas, cuyo espectro abarca desde la implantación de un discurso que difunde la estigmatización hasta llegar a justificar la eliminación física de aquello que se considera contrario o diferente. Como fuente primaria fueron analizados los editoriales y columnas de línea conservadora como El Colombiano, La Defensa, las revistas Progreso y Raza, además de los discursos de ámbito académico e intelectual que circulaban en el momento, desde donde se expusieron argumentos justificando la exclusión racial, particularmente desde el área de la medicina y las humanidades.

Dos hipótesis plantea Restrepo: la primera alude al imaginario dominante entre las élites simbólicas conservadoras de la existencia de una superioridad cultural y racial de la población antioqueña; es así como todo aquello que no representará la “antioqueñidad” era considerando como expresiones no admisibles. La segunda hipótesis plantea que los discursos de la prensa

87 Ana María Restrepo Betancur, «Retórica Genocida y construcción de una otredad negativa en los discursos de las elites simbólicas conservadoras de Antioquia (1946-1949)» (Tesis de doctorado en Ciencias Sociales y Humanas, Universidad Nacional de Colombia, 2022).

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conservadora de la época buscaban deshumanizar a las víctimas, moldear sentimientos y percepciones que posteriormente podrían justificar acciones violentas. A manera de síntesis, podríamos decir que las investigaciones sobre la violencia política colombiana han sido numerosas, los enfoques políticos, antropológicos, y ya después de la década del setenta historiográficos han hecho que la bibliografía disponible sea significativa. Podríamos señalar al menos dos momentos importantes dentro esta producción: el primero, la publicación de Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña, que fue la que dio un primer impulso a este tipo de trabajos; y el segundo lo podemos ubicar en la década de los ochenta.88 Durante esta década los acontecimientos que vivía el país en cuanto al problema de orden público hicieron que nuevamente se buscaran explicaciones históricas que permitieran comprender la violencia que se disparaba para ese momento. De allí que los antecedentes más inmediatos de la lucha guerrillera, por ejemplo, se ubicaran en el periodo de la Violencia; de alguna manera, fue la posibilidad no solo de analizar y estudiar la Violencia a profundidad, sino también de tender un puente con la violencia contemporánea.

La investigación llevada a cabo por la Comisión de Estudios sobre la violencia en 1989 prendió las alarmas y básicamente fue un punto de quiebre.89 Ya la violencia política, representada en este momento en la lucha del Estado con grupos subversivos y con el narcotráfico, no equivalía en términos estadísticos el mayor impacto para la sociedad en general, “el nuevo recrudecimiento de la violencia en Colombia y el asentamiento de la llamada “curva de conflicto” evidencia, así, una crisis no tanto económica cuanto social. Y solamente se la puede llamar política en cuanto

88 Según Catherine LeGrand, el auge que tuvo este tema durante esta década se debió a que en los años 70 se consolidó un grupo de historiadores y profesionales en otras áreas de las Ciencias Sociales, investigadores que realizaron sus estudios de postgrado en Estados Unidos y Europa; sus producciones, principalmente tesis doctorales contribuyeron a profundizar en el estudio de este periodo histórico. De igual manera, diversos encuentros académicos en torno al tema, -como los dos Congresos Nacionales realizados en abril de 1982 en Bogotá, y en 1986 en Chiquinquirá, y un primer Simposio Internacional realizado en Bogotá en junio de 1984-, dieron como resultado la producción de trabajos en diferentes líneas, particularmente los estudios regionales, que buscaban articular el proceso nacional con casos y cuestionamientos muy concretos. Ver: Catherine LeGrand, «La política y la violencia en Colombia (1946-1965): Interpretaciones en la década del ochenta», Memoria y Sociedad 2.4 (1997): 79-109. 89 La Comisión de estudios sobre la violencia, convocada por el gobierno de Virgilio Barco Vargas en el año de 1987 en cabeza de su ministro de gobierno Fernando Cepeda Ulloa, se encontraba integrada por académicos expertos en el tema de la violencia. El objetivo se centraba en conocer la “opinión acerca de las perspectivas de este fenómeno, y al mismo tiempo sobre el tipo de medidas que podrían contribuir a frenar su inquietante avance”. Ver: Comisión de Estudios sobre la Violencia, Colombia: violencia y democracia. Informe presentado al ministerio de gobierno, 3.a ed. (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1989) 9.

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deriva de una cierta debilidad del Estado colombiano y de sus instituciones democráticas, especialmente de la judicial.”90 En la actualidad, los estudios de la violencia y de los actores armados continua siendo línea de investigación fuerte, sin embargo, la mirada es diferente, la voz de las víctimas cobró un lugar importante dentro de la narrativa del conflicto armado colombiano, y en esa perspectiva el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) ha sido una de las entidades que ha jalonado esta nueva ola de producción académica, sus trabajos han contribuido a revindicar la memoria de quienes han sufrido directa e indirectamente el flagelo de la guerra como lo es la población civil. A continuación, mencionaremos algunos antecedentes fundamentalmente políticos al período de La Violencia, enmarcados en la coyuntura de los años 30 del siglo XX, periodo conocido en la historia nacional como la República Liberal.

90 Enrique Neira, La violencia en Colombia. 40 años de laberinto (Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 1989)

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3. Antecedentes -República liberal.

La década de los años treinta del siglo XX fue una época representativa para la historia. Con la crisis del capitalismo en el año 1929 los Estados se vieron en la necesidad de cambiar sus directrices, tomando un papel más preponderante y aplicando medidas más proteccionistas. La crisis cuestionó las teorías liberales económicas en boga, y permitió el surgimiento de teorías novedosas como la necesidad de la activa intervención del Estado para regular el funcionamiento de la economía. Aunque podría decirse que ya desde el gobierno de Enrique Olaya Herrera (1930- 1934) el país practicaba el intervencionismo de Estado, se le ha reconocido siempre al primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) como el máximo propulsor del intervencionismo del Estado Keynesiano.

En América Latina, por ejemplo, esta década se caracterizó por la dependencia política y económica hacia los Estados Unidos, situación nueva hasta entonces, ya que durante el siglo XIX el predominio económico sobre Latinoamérica lo ejerció Inglaterra. La burguesía industrial se consolidó como clase dominante desplazando a la oligarquía terrateniente y en el transcurso de esta década, los países latinos cambiaron de rurales a urbanos.91 Durante los años treinta surgieron los movimientos populistas, aunque ya se habían manifestado antes de manera incipiente en gobiernos como los de José Batle (1903-1907 y 1911- 1915 Uruguay), Hipólito Irigoyen (1916-1922 y 1928-1930 Argentina), Getúlio Vargas 1930-1945 y 1950-1954 Brasil) y Arturo Alessandri (1920-1925 y 1932-1938 Chile). Uno de los movimientos más sobresalientes a nivel latinoamericano fue el aprismo en el Perú, convirtiéndose posteriormente en uno de los partidos políticos importantes de ese país.92 Para el caso colombiano, el año de 1930 representó la llegada de un nuevo régimen, el liberalismo, que hasta el momento era el partido de menor representación en el Estado. Enrique

91 Esta transformación se debió según Luís Vitale, al resultado de cuatro fenómenos en particular: primero, el desarrollo de la industria de sustitución de importaciones determinó un empleo masivo de la mano de obra, lo que provocó una importante migración del campo a la ciudad. Segundo, las inversiones realizadas por el Estado en infraestructura, comunicaciones y transporte. Tercero, la falta de trabajo en el campo producto de la introducción de modernas maquinarias en las haciendas de mayor desarrollo capitalista y por último el crecimiento de las actividades comerciales. Ver: Luis Vitale, «Latinoamérica y Colombia (1930-1960)», Nueva Historia de Colombia, ed. Álvaro Tirado Mejía (Bogotá: Planeta, 1989), 3:141-42.

92 APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana). Este movimiento fundado en 1924 por el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre surgió por las luchas sociales en contra del gobierno de Augusto Leguía. Fue un movimiento con proyección continental y se diferenció del peronismo y del varguismo al ser liderado por sectores medios y no por la burguesía industrial.

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Olaya Herrera dio inició al periodo denominado República Liberal y asumió la presidencia aprovechando la división al interior del partido conservador al presentar dos candidatos presidenciales –Alfredo Vásquez Cobo y Guillermo León Valencia- para la contienda electoral. Este cambio significó un punto de quiebre después de cerca de cincuenta años de hegemonía conservadora.93 La República Liberal que comprendió los años de 1930-1946, enmarca los antecedentes más próximos a la época de la Violencia. En general, diferentes historiadores y académicos coinciden en atribuirle a este período una importancia significativa en cuanto al proceso de modernización y democratización de la vida política del país.

Pese al triunfo liberal, la mayoría de los organismos de Estado como el Congreso, la Corte Suprema, el Consejo de Estado, la policía y en general la burocracia se encontraban bajo la dirigencia de los conservadores. La sustitución de éstos últimos por los liberales comenzó a provocar fricciones en algunas poblaciones del país; además de convertir los comicios en campo de batalla. De esta forma, las elecciones se convirtieron en herramienta fundamental para conservar o desarticular las redes de poder, lo que conllevó a que se presentaran enfrentamientos en dichas jornadas, intensificándose aún más este fenómeno en los años cuarenta. Las reformas adelantadas en el gobierno de Olaya abrieron paso a un proceso de modernización de las instituciones del Estado, que en el gobierno de López Pumarejo se haría mucho más evidente. Gerardo Molina, resalta cuatro aspectos importantes en su administración: el camino que abrió hacia el intervencionismo de Estado, -aunque sólo con la Reforma Constitucional de 1936 el Estado colombiano se estableció propiamente como un Estado interventor-; su política proteccionista, su política laboral y la política exterior y el petróleo.94 En estas primeras décadas del siglo XX colombiano, es importante destacar el surgimiento de un nuevo actor político: los movimientos obreros. Estos movimientos estuvieron influenciados por diferentes ideologías como la Tercera Internacional, el anarquismo español, o las nuevas corrientes de la doctrina social católica. También sobresale en los años treinta las luchas campesinas, con organizaciones autónomas como los sindicatos agrarios y las ligas. Aunque la

93 Periodo entre 1886 y 1930 donde todos los gobiernos fueron conservadores. Este proyecto se consolidó básicamente con la constitución de 1886 redactada por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, constitución que prácticamente tuvo vigencia hasta el año de 1991.

94 Gerardo Molina, Las ideas liberales en Colombia 1914-1934, 2.a ed. (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1978) 243-

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hacienda, la Iglesia y los partidos, seguían siendo ejes de la sociedad colombiana, el afloramiento de estos nuevos actores políticos significó en términos de cultura política el nacimiento de nuevos núcleos de poder, nuevas identidades colectivas y nuevas redes de sociabilidad.95 Es así, como el partido liberal se interesó por los problemas agrarios que ya venían desde el gobierno anterior (Miguel Abadía Méndez). El líder liberal Jorge Eliécer Gaitán al fundar la UNIR (Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria), le da una voz política a la protesta. Como consecuencia, la administración de Olaya Herrera en 1931 permitió la sindicalización de los trabajadores urbanos y rurales, medidas que buscaban contrarrestar la influencia de las ideas comunistas en los sectores rurales.

Posteriormente, la primera presidencia de López Pumarejo (1934-1938) fue descrita como un gobierno que, en esencia, se caracterizó porque intentó una reforma a la Constitución de 1886. La Revolución en Marcha, nombre que el mismo Pumarejo diera a su proyecto de gobierno, no se ejecutó sin tropiezos, pues contó con la oposición decidida de las altas esferas de la economía y de la política del país.

López representaba un sector progresista del liberalismo, su estadía en Gran Bretaña, en el momento de los laboristas, y en el Ecuador, cuando era presidente Eloy Alfaro, le permitieron apreciar las transformaciones que este mandatario implementó en su país.96 Desde el gobierno López impulsó una reforma del Estado, en su equipo de trabajo contó con personajes como Darío Echandía, Albero Lleras Camargo, Jorge Soto del Corral, Antonio Rocha, Jorge Zalamea y Enrique Caballero Escobar, entre otros. El proyecto no sólo buscaba modernizar las diferentes estructuras del Estado y cambiar el andamiaje jurídico del país, sino que también intentó realizar un cambio de mentalidad.97 Álvaro Tirado Mejía resalta cuatro aspectos importantes de la Reforma Constitucional de 1936:

95 Gonzalo Sánchez Gómez, «Guerra y política en la sociedad colombiana», Análisis Político 11 (1990): 12. 96 Benjamín Ardila Duarte, «Alfonso López Pumarejo y la Revolución en Marcha», Temas Socio-Jurídicos 22.47 (2004): 16-17.

97 Álvaro Tirado Mejía, «López Pumarejo: La Revolución en Marcha», Nueva Historia de Colombia (Bogotá: Planeta, 1989), 1:326. Para un mayor análisis sobre la primera administración de López Pumarejo, ver: Álvaro Tirado Mejía, Aspectos políticos del primer gobierno de Alfonso López Pumarejo 1934-1938 (Bogotá: Colcultura, 1981); Álvaro Tirado Mejía, La reforma constitucional de 1936 (Bogotá: Oveja Negra, 1982); Álvaro Tirado Mejía, El pensamiento de Alfonso López Pumarejo (Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 1986); Álvaro Tirado Mejía, «López Pumarejo y la modernización del país», Revista de la Universidad Autónoma Latinoamericana 6 (1986): 15-26; Álvaro Tirado Mejía, «El presidente que cambió a Colombia», Cambio 500 (2003): 54-56.

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1. Función de las autoridades: la Constitución de 1886 establecía que las autoridades de la

República debían proteger a las personas en su vida, honra y bienes. Con la reforma se estableció, además de dicha protección, la obligación de los funcionarios de asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares. De esta forma, el concepto del deber social se hace explícito tanto para el Estado como para los ciudadanos, sustituyendo la noción de “derecho natural” por la de “deber social”.

2. La propiedad, su función social y las posibilidades de su expropiación: los problemas en

el sector agrario eran uno de los aspectos que más atención acaparaba en la política del momento. Por razones demográficas, económicas y sociales de la época, la propiedad urbana no se encontraba dentro de las prioridades del gobierno. La reforma del 36 lo que hizo fue garantizar la propiedad privada supeditándola, llegado el caso, al interés colectivo. Es decir, el interés privado debía ceder ante el interés social, de esta manera el concepto de función social se hizo extensivo a la propiedad. Así, por ejemplo, el Estado podía aplicar la expropiación de algún bien si fuera en beneficio de la comunidad.

3. El intervencionismo de Estado: si bien en la administración de Olaya Herrera (1930-

1934) como ya se mencionó se habían tomado algunas medidas de corte intervencionista, la reforma del 36 hizo expresa esta característica del Estado. Éste podía intervenir por medio de leyes en la explotación de las industrias y de las empresas públicas con el objetivo de racionalizar la producción, distribución y consumo de riquezas.

4. Relaciones Iglesia-Estado: la reforma constitucional de 1936 estableció la libertad de

conciencia, la libertad de enseñanza y la injerencia del Estado en la educación. Se suprimieron los artículos confesionales para así poder modificar el Concordato y el Estado retomó la regulación de la vida civil de los colombianos.98 La Ley de Tierras, como se denomina la Ley 200 de 1936 fue el primer intento real de reforma agraria en el país, y quizás uno de los aspectos más importantes planteado por el gobierno de López en su reforma constitucional. En esta Ley se trazaban una serie de puntos con relación a la racionalización de la propiedad agraria y a la transformación de las estructuras económicas y sociales del campo, en concordancia con los cambios que se proyectaban a nivel nacional.99

98 Tirado, López Pumarejo 343-46.

99 Fajardo, Haciendas, campesinos y políticas 55-59. Este autor ha estudiado los problemas agrarios como una de las causas principales de la violencia en Colombia. Ver también: Darío Fajardo Montaña, Luchas sociales,

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De igual forma, López le reconoció derechos políticos, económicos y sociales a la clase obrera, situación que se materializó en la legislación laboral promulgada en su segundo gobierno (1942-1945). Este reconocimiento significó pensar a los obreros como sujetos autónomos y dignos de la acción política.100 No obstante, la legalización de las organizaciones sindicales como la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC), y su inserción en un contexto político caracterizado por el bipartidismo, encendió las alarmas en la clase dirigente. El replanteamiento de las relaciones entre la Iglesia y el Estado sería quizás uno de los puntos más polémicos y que posteriormente serviría para justificar la posición del clero en contra del partido liberal en los años cuarenta y cincuenta. Las reformas con relación a la Iglesia no buscaban cuestionar la religión, sino el poder político que la Iglesia como institución ostentaba y su vínculo con el conservatismo. La Constitución de 1886 confió a la Iglesia el oficio de garantizar el orden social y político, al igual que la tutela sobre la educación pública y privada. A partir de 1908, se le confirió funciones administrativas en las zonas que se consideraban como “territorio de misiones”, también era poseedora de una gran riqueza, además de beneficios de exención fiscal. Por lo anterior, el gobierno de López estaba consciente que una disminución de funciones de la Iglesia al interior de la sociedad colombiana debía corresponder a una evolución gradual. Las reformas de 1936 cambiaron algunos aspectos con respecto a los principios de la Constitución de 1886. Dios desapareció del preámbulo, fue admitida la libertad de conciencia y de cultos, los poderes públicos adquirían el derecho de inspección sobre la enseñanza, los sacerdotes no podían intervenir directamente en actividades públicas. Se dio así la separación Iglesia del Estado y la instauración por primera vez de un Estado Laico, de igual manera estas reformas significaron que el poder político ya no se basaría en valores tradicionales, sino que deberían emanar de la sociedad. Las reformas sociales tenían una finalidad política: la de manifestar, mediante un pacto social, que la política entraba en su fase democrática.101

transformaciones en tres regiones cafetaleras del Tolima 1936-1970 (Medellín: Universidad de Antioquia, 1977); Darío Fajardo Montaña, «Colombia: Reforma agraria en la solución de conflictos armados», América Latina hoy: Revista de Ciencias Sociales 23 (1999): 45-59; Darío Fajardo Montaña, «La tierra, la agricultura y el poder político en Colombia», Suma Cultura 4 (2001): 151-207; Darío Fajardo Montaña, Para sembrar la paz hay que aflojar la tierra (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2002).

100 Fabio López de la Roche, «Tradiciones de cultura política en el siglo XX», Modernidad y sociedad política en Colombia, ed. Miguel Eduardo Cárdenas Rivera (Bogotá: Fundación Ebert de Colombia, 1993) 109. 101 Pécaut 278.

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Hacia 1934 se notó un estímulo por la investigación y difusión de la cultura nacional, de igual forma se puede percibir una adaptación de las instituciones educativas a las necesidades y características del país y sus diferentes regiones. En este aspecto jugó un papel importante la acogida y posteriormente la difusión que tuvieron áreas como la filosofía laica, la sociología, la antropología, la política y la economía. Todo este proceso y la introducción de estas nuevas disciplinas permitieron pensar en una educación pública nacional.

Como consecuencia de estas reformas a nivel educativo, surgieron nuevas instituciones como la Escuela Normal Superior, adscrita a la Universidad Nacional; su creación representó cambios como excluir el requisito de ser católico para ingresar a la institución. Diferentes personalidades afines con este nuevo proyecto de la Escuela Superior quisieron introducirles a los nuevos estudios un perfil colombianista, de interés por la historia y la realidad nacional.102 Estas políticas implementadas por Alfonso López en su primer gobierno no dieron visos de continuidad en su segundo mandato. En la presidencia de Eduardo Santos (1938-1942) el movimiento sindical, por ejemplo, no fue tan fuerte como en la primera administración de López, y a lo largo de la República Liberal se fue evidenciando una tendencia conservadora frente a las políticas sociales.103 Muestra de ello fue la disolución de la huelga de la Federación de Trabajadores del Transporte en Magdalena (FEDENAL) y la Ley 6 de 1945 donde se estipula la legitimidad de una huelga, especificando que toda huelga en el sector público es ilegítima, sector que, precisamente, era el más combativo.

Pese a los avances, y a lo importante que fueron las reformas de López en vía a la modernización del país, también hubo aspectos que la Revolución en Marcha omitió o simplemente quedaron inconclusos. El divorcio, en últimas no fue aprobado, la mujer siguió sin derechos ciudadanos, los auxilios eclesiásticos siguieron siendo aprobados por el Congreso y los contratos petroleros firmados durante la administración de Olaya, no fueron revisados.104 La República Liberal no transformó las relaciones sociales en el agro y en ciudades como Medellín, por ejemplo, continuaron las viejas formas de control social y cultural por parte de la Iglesia Católica hacia la clase obrera y la población en general. Algunos autores, entre ellos Fabio

102 José Francisco Socarrás y Jorge Zalamea, hicieron parte de las personalidades vinculadas al proyecto de la Escuela Normal Superior, ellos contribuyeron a través de la educación a fomentar un espíritu nacionalista, y al conocimiento científico moderno.

103 Roldán, A sangre y fuego 38.

104 Ardila 23-24.

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López, cuestionan hasta qué punto desde el liberalismo y en este caso desde el proyecto de López, hubo una real voluntad política y una estrategia de transformación de las relaciones sociales y de la vida política y cultural colombiana.105 En el año de 1945, ante la renuncia del presidente López Pumarejo, asume el designado a la presidencia Alberto Lleras Camargo. En este contexto y de cara a las elecciones de 1946 el partido liberal se encontraba dividido en dos tendencias: la gaitanista y la turbayista. Ambas participaron como candidatos independientes: Gabriel Turbay, en representación del oficialismo liberal y Jorge Eliecer Gaitán a nombre de su movimiento, el Gaitanismo. El resultado de las elecciones termina por favorecer al candidato conservador, Mariano Ospina Pérez.

105 López de la Roche, Tradiciones de cultura política 117-19.

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4. Una cultura política parroquial de tradición bipartidista

Desde su creación a mediados del siglo XIX, los partidos políticos liberal y conservador fueron determinantes en la construcción del Estado-Nación. Uno de los autores que más se ha dedicado a reflexionar sobre el tema, Fernán González, explica que los partidos políticos desde su conformación se convirtieron en los mediadores entre el Estado, las clases dirigentes y la sociedad civil.106 Para González la aparición temprana de estas dos agrupaciones constituyó una respuesta a la fragmentación del poder a nivel nacional, regional y local después que la corona española perdiera toda su autoridad.107 La adhesión a uno u otro grupo político se fue consolidando a través de las diferentes guerras civiles que se presentaron durante el siglo XIX, las cuales contribuyeron a construir una cultura política que se expresaba en un sentido de pertenecía por parte de la sociedad a un partido, y a través del partido se construía un referente de Nación.108 Acerca de la estrecha relación entre partidos políticos y guerras civiles, Francisco Leal Buitrago señala lo siguiente: “Las guerras civiles del siglo XIX inyectaron en el alma de todos los colombianos el orgullo de sentirse liberales o conservadores. La organización política de ese entonces pudo reproducirse largamente disimulando su debilidad y, sobre todo, su tremendo descoyuntamiento regional, gracias a la grandeza funcional del bipartidismo como integrador ideológico de la nacionalidad colombiana. A partir de allí todo fenómeno social de alguna importancia, aunque no fuese visiblemente político, fue mediatizado y canalizado por los partidos.”109

106 Los orígenes del partido liberal y conservador se remontan al año de 1848 y 1849 cuando Ezequiel Rojas por el partido liberal y Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro por el conservador redactaron y dieron a conocer las bases ideológicas de cada una de estas colectividades.

107 Fernán E González G, «Aproximación a la configuración política de Colombia», Controversia 2.153-154 (1989):

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108 En el siglo XIX se presentaron ocho guerras civiles que abarcaron gran parte del territorio nacional. Fernán González las clasifica en tres grupos de acuerdo con sus motivaciones. En un primer grupo encontramos la Guerra de los Supremos (1839-1841), y las de 1851 y 1854, que el autor define como luchas en torno a la definición del sujeto político. En un segundo grupo se encuentran las guerras de 1861, 1876 y 1885, cuyas motivaciones giraron en torno al tipo de régimen político (centralismo o federalismo) y a la influencia de la Iglesia Católica en la sociedad. Por último, tenemos las guerras de 1895 y la Guerra de los Mil días (1899-1901) que mostraron las dificultades de un régimen centralista frente a las estructuras de poder regionales. Ver: Fernán E González G, «Guerras civiles y construcción del Estado en el siglo XIX colombiano: una propuesta de interpretación sobre su sentido político», Boletín de Historia y Antigüedades 93.832 (2006): 35-36.

109 Francisco Leal Buitrago, Estado y política en Colombia, 2.a ed. (Bogotá: Siglo XXI, 1989) 153.

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En ocasiones la militancia en los partidos tenía su origen en tradiciones de familia, las cuales conformaban una primera expresión de la cultura política que se trasladaba luego a las relaciones sociales en otros contextos. Así, por ejemplo, los campesinos pertenecían a alguno de los partidos políticos porque sus patronos o jefes inmediatos, como mayordomos, se encontraban vinculados a uno de los dos grupos políticos, por lo tanto, se sentían en la obligación de apoyar el bando de sus superiores.110 Es así como la injerencia de una tradición familiar en la decisión de adherir a uno u otro partido es uno de aspectos que explica porque pese a los intentos de consolidar nuevos partidos en el escenario político, podría decirse que Colombia es un país esencialmente bipartidista, donde liberales y conservadores se disputaron y compartieron el control del poder político. Agrupaciones como la Unión Republicana surgida en (1910), el Partido Socialista (1919), La UNIR (Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria 1933), el Gaitanismo y el Partido Comunista (1930), terminaron absorbidas por liberales o conservadores, para posteriormente desaparecer.111 Para Eduardo Guevara Cobos el bipartidismo en nuestro país constituye una de las características fundamentales de nuestra cultura política. La existencia por más de un siglo de argumentos partidistas liberales y conservadores ha orientado los propósitos, actitudes, motivaciones y hábitos políticos de los colombianos, los cuales a través del discurso han sido filtrados por los líderes políticos.112 Para los años cincuenta del siglo XX, los periódicos cumplían un papel adicional al de informar, constituían entonces un medio de difusión y discusión ideológica de los partidos. Resulta comprensible que, en los discursos de ambas colectividades de mediados de siglo, y que se pueden rastrear a través de los editoriales de los principales diarios del país, - en ese momento El Tiempo y El Siglo-, encontramos aspectos centrales de dicha cultura política, como la imagen que tenían de sí mismos y de su opositor político. Como bien lo expresa Cruz Elena Espinal: “El desciframiento del adversario, como fundamento de la identidad partidista, condujo a una violencia que atravesó la cultura política de la ciudad [Medellín]”113, y del país en general.

110 Ortiz, Estado y subversión en Colombia 55.

111 Álvaro Tirado Mejía, «Colombia: Siglo y medio de bipartidismo», Colombia hoy. Perspectivas hacia el siglo XXI, 15.a ed., ed. Jorge Orlando Melo González (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1995) 104-6. 112 Eduardo Guevara Cobos, «Aproximaciones sociológicas en torno a la cultura política colombiana», Reflexión Política 1.2 (1999): 77.

113 Cruz Elena Espinal Pérez, «El lenguaje de la violencia. La prensa escrita, los partidos y la Iglesia. Medellín, 1950», Co-herencia 1.1 (2004): 112.

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El programa de Unión Nacional de Mariano Ospina Pérez; la violencia política que se vivió en 1930 en regiones como Santander y Boyacá, se convirtió en un caballito de batalla; la evocación constante a un pasado –en el caso de los conservadores la hegemonía conservadora y de los liberales la república liberal-; la presencia de ideologías como el comunismo; y la influencia de la Iglesia Católica, fueron los temas que tuvieron mayor desarrollo en los editoriales de ambos periódicos, por medio de ellos podemos observar las representaciones más comunes en el discurso político de la época.

En el siguiente aparte nos detendremos a analizarlos como manifestaciones de la cultura política, debido a que estas expresiones y sus imaginaros contribuyeron a fortalecer la identidad de ser liberal o conservador, y provocaron e incitaron en mayor o menor grado en el ciudadano común comportamientos violentos.

4.1 La cultura política como Unión Nacional o expresión de la violencia caótica114

En el año de 1946 llegó a la presidencia de la república Mariano Ospina Pérez, -nieto del expresidente Mariano Ospina Rodríguez- conservador antioqueño, perteneciente al ala más moderada de su colectividad, después de diez y seis años de gobiernos liberales.115 El triunfo del partido conservador se dio en circunstancias similares a las que se le atribuyeron su derrota en el año de 1930: la división, en este caso del partido liberal, en dos candidaturas, la de Jorge Eliécer Gaitán y la de Gabriel Turbay.116 El programa de gobierno de Ospina se denominó Unión Nacional -propuesta original de Alfonso López Pumarejo en 1945-, y básicamente buscaba una distribución equitativa del poder

114 «Unión Nacional o violencia caótica», Editorial, El Tiempo (Bogotá), 13 de mayo de 1948: 4. 115 Luís Mariano Ospina Pérez, perteneció a una de las familias antioqueñas con mayores vínculos en la política nacional. Sus padres fueron doña Ana Rosa Pérez y el ingeniero Tulio Ospina, quien en compañía de su hermano Pedro Nel Ospina aplicaron nuevas técnicas en el cultivo del café provenientes de Centroamérica. Además de su abuelo Mariano Ospina Rodríguez, su tío Pedro Nel ocupó la presidencia de la república en el año de 1922. 116 Las votaciones del 5 de mayo de 1946 arrojaron para el departamento de Antioquia las siguientes cifras: por Mariano Ospina Pérez 99.544 votos, seguido de Gabriel Turbay con 80.955 y en tercer lugar Jorge Eliécer Gaitán con 7.710 votos. Ver: Colombia. Registraduría Nacional del Estado Civil, Historia electoral colombiana (Bogotá: Registraduría Nacional del Estado Civil, 1988) 120.

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entre liberales y conservadores como fórmula de conciliación entre los dos partidos que para el momento ya se enfrentaban en diferentes partes del país como Santander y Boyacá.117 Después de su posesión, Ospina Pérez, constituyó su gabinete ministerial con miembros de los dos partidos y nombró alcaldes y gobernadores liberales. Sin embargo, el partido liberal era mayoritario en instancias como el Congreso, Asambleas Departamentales, Concejos Municipales, el Consejo de Estado y la Rama Judicial.118 Aunque para el momento la fórmula de Unión Nacional podría considerarse una salida adecuada para limar las tensiones entre los dos partidos, ésta se vio interrumpida en varias ocasiones y en la práctica no siempre cumplió su cometido. La primera ruptura de la Unión Nacional fue justo después de las elecciones de marzo de 1947, cuando el liberalismo ratificó su mayoría en las diferentes instancias administrativas, Jorge Eliécer Gaitán como jefe único del partido prohibió la participación de los liberales en el gobierno. Un nuevo intento de colaboración se dio el mismo día que asesinaron a Gaitán debido a la situación de orden público que atravesaba el país. Esta segunda etapa se prolongó hasta el 21 de mayo de 1949.119 El siguiente editorial de El Siglo, describe con detalle el malestar del partido conservador por la oposición que planteó desde la dirección del liberalismo Jorge Eliecer Gaitán: “¿En qué forma ha correspondido el sector liberal que dirige dictatorialmente el doctor Jorge Eliécer Gaitán? Con la más apasionada, grotesca y afortunadamente inane oposición parlamentaria. Con denuestos continuos a los esclarecidos ciudadanos que dirigen la cosa pública, con saboteo a los cargos subalternos y en muchos superiores, con preparación sistemática de paros, cuando no con amenaza de los mismos, con el

117 Los conflictos que se intensificarían en los años cuarenta y cincuenta en gran parte del territorio nacional, se iniciaron durante el período de los gobiernos liberales en zonas específicas del país como Boyacá, Santander y Norte de Santander. En estas regiones algunos dirigentes conservadores se negaban a entregar los cargos burocráticos a los liberales, lo que provocó enfrentamientos entre la ciudadanía y las autoridades, debido a que el gobierno seguía nombrando alcaldes liberales en zonas de tradición conservadora. En algunos municipios de Boyacá, por ejemplo, algunos alcaldes optaron por conformar y contratar una guardia personal, especie de “policía cívica” que en varias ocasiones entró en conflicto con los habitantes conservadores del municipio. Ver: Guerrero 125. 118 Catalina Reyes, «El gobierno de Mariano Ospina Pérez: 1946-1950», Nueva Historia de Colombia, ed. Álvaro Tirado Mejía (Bogotá: Planeta, 1989) 2:9-10.

119 Adicional a este rompimiento, Daniel Pécaut menciona otros tres acontecimientos que provocaron el recrudecimiento de la violencia: la resolución adoptada por los liberales en julio de 1949 de adelantar la fecha de las elecciones presidenciales previstas para abril de 1950; la adhesión del partido conservador, en octubre de 1949 a la candidatura de Laureano Gómez y la decisión tomada por el partido liberal, el 28 de octubre, de no participar en las elecciones presidenciales. Ver: Pécaut 550.

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nuevo procedimiento de la resistencia civil que solo puede lesionar al país, con la insólita pretensión de gobernar desde los cuerpos colegiados y con el bloqueo legislativo.”120 Por su parte el liberalismo justificó la no participación en el gobierno del presidente Mariano Ospina Pérez y el rompimiento de la Unión Nacional, a las reiteradas denuncias que el partido había hecho por medio de la prensa, de la violencia que en el momento persistía en regiones como Santander y Boyacá, situación que el liberalismo atribuyó en parte a las actuaciones del Estado en contra de los liberales. El Tiempo, reseñó de la siguiente manera la decisión del dirigente liberal.

La junta de mayorías parlamentarias acordó anoche, después de una trascendental y detenida deliberación, el rompimiento de la colaboración liberal en el gobierno, exceptuando explícitamente y con patrióticas y elevadas razones que fortalecen la posición moral del liberalismo, la concurrencia de delegados liberales a la IX Conferencia Panamericana, próxima a reunirse en Bogotá. (…) Encontró [el liberalismo] como primera muralla para sus intentos generosos el hecho de que la violencia no era producto de pugnas entre los partidos mismos, sino, en su inmensa mayoría, el resultado de la acción sectaria de autoridades y agentes armados por el Estado, contra indefensos ciudadanos liberales. Así ocurrió en Boyacá y ocurre todavía. Así ocurrió en el Norte de Santander. Así en Santander del Sur, en donde vuelve a ocurrir. Así en Nariño. Así en Bolívar. Y así, por último, y con qué tremenda característica de barbarie, en el departamento de Caldas.121

En la prensa de la época se puede observar que la situación de Santander y Boyacá se convirtió en un frente de ataque mutuo. La prensa liberal en especial le dio gran despliegue reseñando los hechos de sangre. Pero ¿por qué tanta violencia en Santander? Según el liberalismo, el cambio de un gobernador liberal a otro conservador fue motivo suficiente para incentivar la violencia política, sin mencionar que dicho cambio contrariaba las directrices del programa de Unión Nacional que había planteado el presidente Ospina Pérez. Fuertes y reiteradas acusaciones en los diferentes editoriales dan muestra de ello:

La violencia se produce bien en Boyacá, o en Santander, en Bolívar, o en Nariño, y aun en el propio Caldas. La explicación es sencilla. Dichos departamentos están o han estado gobernados por elementos sectarios, para quienes no hay otra preocupación que la de ganar ventajas electorales para su partido y alcanzar el ejercicio pleno de la hegemonía, como en los tiempos ya fenecidos. (…) El caso de Santander es igualmente muy significativo como argumento de estas razones que venimos exponiendo. Allí se inició el gobierno de la Unión Nacional bajo la dirección de un mandatario liberal, el doctor Arango Reyes, cuya discreción y cordura,

120 «El dedo en la llaga», Editorial, El Siglo (Bogotá), 7 de enero de 1948: 4. 121 «Una resolución histórica», Editorial, El Tiempo (Bogotá), 29 de febrero de 1948: 4.

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imparcialidad y altísimo criterio de magistrado le permitieron gobernar en un clima de sosiego fecundo. En mala hora el presidente Ospina Pérez resolvió cambiar al gobernador de Santander por uno conservador, y empezó el calvario de la Unión Nacional.122

Por su parte, para el conservatismo la situación de orden público que presentaban las zonas de Boyacá y Santander era consecuencia de la política impuesta en la década de los años treinta, cuando gobernaba el partido liberal y los conservadores fueron víctimas de persecución. Así lo describió El Siglo:

Todos los colombianos pero de modo especial los liberales, saben que esta ola que tiñe de sangre inocente territorios que debieran estar en plena elaboración de progreso patrio, es consecuencia del programa de liberalización emprendido en el año de 1930 cuando se decretó el exterminio del partido conservador por medio de la barbarie. (...) Vivamos el año treinta y anclemos la mirada precisamente en Boyacá y los Santanderes. Fue un verdadero abismo de horror y exterminio del pueblo conservador (…) durante diez y seis años no pudo un solo conservador levantar la voz para mencionar su partido, ni nunca pudieron celebrarse reuniones pacificas para organizar un debate electoral.123

Estas manifestaciones de violencia política que se incubaron a través de un discurso beligerante son una muestra de una cultura política mediada por relaciones sectarias en un contexto bipartidista, en el cual las diferencias políticas no se resolvían por las vías del diálogo o la negociación, sino que se elegía las vías de hecho, por medio de acciones violentas. Así, culturalmente el “otro” es visto como obstáculo de reafirmación ideológica y política de los elementos simbólicos de un partido, de ahí la importancia de su eliminación física por las vías violentas.

Fue una constante durante este período, que los partidos políticos construyeran una imagen de sí mismo y de su contrario que en términos generales se enfocaba a señalar y a culpar a la otra colectividad de la violencia que se vivía en el país y a verse a sí mismo como la tabla de salvación.124 Los argumentos que esgrimían unos y otros como ya se expresó se basaban en la evocación del pasado. El pasado en que cada partido dirigió al país –República Liberal para los unos, hegemonía conservadora para los otros- fue enaltecido y sobrevalorado, al mismo tiempo que se criticaba y acusaba de la violencia al partido contrario. En El Siglo se pueden leer apartes como el

122 «Quiénes son los desleales», Editorial, El Tiempo (Bogotá), 25 de enero de 1948: 4. 123 «Festín de cadáveres», Editorial, El Siglo (Bogotá), 5 de enero de 1948: 4. 124 Acevedo, La mentalidad de las élites.

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siguiente: “…Antes de 1886 [Colombia] sólo era uno de tantos países suramericanos, convulsos por fermentos anárquicos de viabilidad indiscutible. El conservatismo empezó por dotar a la patria de un derecho positivo, de imponente grandeza, en la Carta Fundamental y en la progresiva legislación subsiguiente. Al empeño legislativo acompañó un esfuerzo tenaz para morigerar las costumbres”.125 A lo largo del mismo editorial, El Siglo acusa al liberalismo de llevar a cabo matanzas para ganar elecciones, de la impunidad, y por ende de corromper a la justicia. Por otra parte, los liberales hacían lo propio al recordar los años de la República Liberal como los que propiciaron la modernización del país, después de la época de oscuridad de los gobiernos conservadores:

Y cuando aquello ocurría, el país gobernado por las ideas y los hombres conservadores, permanecían al margen de elementales avances de la civilización. Sobre todo en el terreno de la inteligencia, todo estaba abandonado. Ni escuelas, ni colegios, ni universidades. La juventud se debatía con métodos anquilosados en heroica lucha por alcanzar el beneficio de la instrucción. La juventud era, en realidad la grande olvidada…Vino luego el régimen liberal, y vinieron para los jóvenes colombianos mejores días. Escuelas y colegios se abrieron en todas partes, y la universidad perdió su vieja condición de reducto de la rutina, para hacerse alta institución de la cultura y auténtica alma máter de la patria. Los jóvenes se incorporaron a la vida política y social de la nación, y hubo en el país entero la sensación espiritual de que todo se remozaba al renovador ímpetu de las ideas liberales.126

Esta posición que después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán se intensificó mucho más, permeó cada aspecto de la vida nacional: desde el plan de gobierno de Ospina Pérez, pasando por cada jornada electoral, y posteriormente con cada decisión administrativa. El programa como tal – Unión Nacional- se convirtió en piedra en el zapato en especial para los liberales. El cumplimiento o no del plan de gobierno era criticado por unos y otros, generando enfrentamientos. En el caso de Antioquia, el liberalismo a través de diarios como El Tiempo y El Espectador criticó la labor hecha por el gobernador Dionisio Arango Ferrer (abril de 1948 a diciembre de 1948 y julio 1952 a junio 1953), en relación con las políticas de Unión Nacional. Según los diarios liberales era paradójico que precisamente en Antioquia, la política del presidente Ospina no se aplicara.

125 «Fuente de malestar», Editorial, El Siglo (Bogotá), 12 de noviembre de 1948: 4. 126 El Tiempo, 1 de julio de 1949. Citado por: Acevedo, La mentalidad de las élites 45.

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No sabemos hasta dónde esa actitud intransigente, que ha llevado al gobernante antioqueño ha desconocer las expresas recomendaciones del gobierno central, y hasta dónde el tozudo empeño de mantener un gabinete hegemónico, agudamente conservador, puedan tener la simpatía del presidente de la república. (…) El problema de Antioquia, en donde el gobernador se obstina en excluir al liberalismo de toda participación oficial, no puede prolongarse indefinidamente, sin que su vigencia peligrosa afecte el desarrollo general de la política de Unión Nacional en el país. Porque ello es así, quisiéramos respaldar con el debido respeto ante las personas del presidente Ospina y del ministro Echandía, la demanda de equidad que ha formulado el directorio liberal de Antioquia, demanda que por cierto está contenida en los términos más discretos, y que no aspira a ir más allá de lo justo, pero tampoco se resigna, como no podía resignarse, a quedar atrás de lo que legítimamente corresponde al liberalismo de esa noble comarca.127

Juan Carlos Vélez explica que el fracaso de las políticas de Unión Nacional en Antioquia se debió, en algunos casos, a que representantes municipales de la gobernación obstruyeron las directrices oficiales, complaciendo a los grupos políticos que los sostenían en las alcaldías.128 De allí que algunos alcaldes o funcionarios públicos liberales fueran desplazados de sus cargos, en especial, después del segundo rompimiento del programa de Unión Nacional y en el gobierno de Laureano Gómez (1950-1953).

Lo cierto es que en los municipios de las zonas rurales no pasaban desapercibidos estos conflictos o confrontaciones que registraba la prensa nacional o regional, y que eran analizados de acuerdo con la conveniencia y al lente de cada partido. Para unos la Unión Nacional desde su comienzo significó una especie de restauración moral:

Pecaría de incompleto este informe si no le rindiera un tributo de admiración de gratitud al gobierno que se inició el 7 de agosto de 1946, pródigo de bienes, al cual se debe la verdadera restauración moral de la república, gobierno que va llevando al país por los senderos de bienestar, de la tranquilidad y de un progreso efectivo en todos sus campos y manifestaciones y pecaría igualmente de incompleto si no rindiera testimonio de admiración y respeto a quien rige hoy los destinos de Antioquia con lujo esplendor, con brillo y reparación inigualables, que hará a no dudarlo de esta sección del país grande y digna, una comarca respetada por todos y admirada hasta más allá de los confines patrios … Jesús A Marulanda V Alcalde.129

127 «Una excepción inexplicable», Editorial, El Tiempo (Bogotá), 27 de julio de 1948: 4. El Editorial de El Espectador “Una cuestión de curiosidad” del 24 de septiembre 1948, también llama la atención sobre el caso particular de Antioquia, donde según este diario el gobernador de alguna manera obstaculizó las prácticas del programa de Unión Nacional. Ver: «Una cuestión de curiosidad», Editorial, El Espectador, 24 de septiembre de 1948. 128 Vélez 56-57.

129 Fondo Gobierno Municipios, (Jericó), 10 de febrero de 1949, Archivo Histórico de Antioquia (Oficio 19, Folio

449-459).

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Otros en cambio, denunciaban la falta de garantías en las que se encontraba su colectividad por no obedecer las directrices del gobierno nacional. La resolución enviada por la mayoría liberal del Jurado Electoral del municipio de Andes al Gobernador José María Bernal, así lo expresa:

Que el actual alcalde municipal no ha sabido llevar a su administración las tan decantadas prácticas de la llamada Unión Nacional; b) que ha faltado a su palabra empeñada con el h. concejo municipal al comprometerse con esa corporación a practicarla en todos los ramos de su dependencia; y c) que el actual cuerpo de policía municipal está integrado y dirigido por elementos irresponsables e incapaces y que esto, lejos de constituir una garantía para la seguridad y el respeto de los derechos constitucionales de que gozan los ciudadanos honrados en todo culto, son por el contrario una amenaza y un peligro social. 130

Las prácticas políticas de las localidades se encontraban atravesadas por las valoraciones que los dirigentes de los partidos realizaban de una determinada situación. “Restauración moral”, “peligro social”, son expresiones que no son gratuitas, obedecen a las interpretaciones que sobre el acontecer político nacional elaboraron las elites y que las autoridades locales y aún los ciudadanos del común reprodujeron; en el primer caso para beneficio de unas redes clientelares y en el segundo caso fueron insumo para choques violentos.

4.2 La voz de la Iglesia131: una tendencia o articulación ideológica de la cultura política parroquial del colombiano.

Al intentar comprender la idea que tenían los conservadores de sí mismos y de su adversario político, es inevitable pensar en lo que significó la presencia de la Iglesia, no sólo para el conservatismo sino para todo el país.

La importancia de la Iglesia en la vida política colombiana y latinoamericana en general, se explica porque ha sido una institución muy organizada, existente aún antes de la conformación del Estado Nacional y de los partidos políticos, y que, además, durante varios siglos, aparte de su misión evangelizadora ejerció funciones fundamentales como la educación; convirtiéndose en un pilar esencial para la consolidación del Estado español y expansión de los imperios europeos.132

130 Fondo Gobierno Municipios, (Andes), 16 de mayo de 1947, Archivo Histórico de Antioquia. 131 «La voz de la Iglesia», Editorial, El Siglo (Bogotá), 28 de julio de 1948: 4. 132 Guerrero 69.

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Algunos autores coinciden al afirmar que la Iglesia constituyó la verdadera frontera entre liberales y conservadores, y un elemento de identidad de los partidos, especialmente para el segundo.133 Sin embargo, pese a esta adhesión de la Iglesia al conservatismo, lo cierto es que los valores cristianos católicos han arraigado profundamente en la cultura política de la sociedad colombiana, y aunque los liberales en su momento decidieron combatir los privilegios y el poder del clero en asuntos civiles, no dejaron por ello de ser practicantes devotos. La Constitución de 1886 expedida bajo el gobierno de Rafael Núñez, buscó hacer un corte con los gobiernos liberales radicales134 considerados por los ideólogos conservadores –Miguel Antonio Caro, Rafael Núñez y Monseñor Rafel María Carrasquilla-, como períodos de anarquía y de degeneración. Por lo tanto, una de las tareas importantes del conservatismo como partido ya de gobierno era “regenerar” a la sociedad, y una forma de hacerlo fue otorgándole a la Iglesia Católica el dominio de la educación y de la vida pública.135 Este hecho fue de gran importancia, no sólo porque la presencia de la Iglesia en la regulación de la vida civil señaló ciertas pautas de comportamiento en la sociedad, constitutivas de nuestra cultura política y expresión de la religiosidad del colombiano, sino también porque esta presencia les imprimió a las diferentes confrontaciones un carácter sectario, como expresión propia de la cultura política aludida. Al respecto López de la Roche argumenta lo siguiente: “En el imaginario político de los colombianos se volvió un lugar común el asociar a los liberales como rojos, ateos librepensadores, masones, apóstatas, anticlericales, comecuras, y a los conservadores como godos, rezanderos, beatos o camanduleros, entre otros.”.136 Estas imágenes eran utilizadas de manera reiterada por los partidos para aumentar su caudal electoral. Como lo sostiene Cruz Elena Espinal el significado de ser rojo o azul estaba construido desde la autoridad de la Iglesia, fue ella la que estableció en parte los límites de ser liberal o conservador.137

133 La adscripción de la Iglesia con el partido conservador tiene sus antecedentes en la época republicana, cuando la jerarquía eclesiástica paulatinamente se va distanciado de los grupos políticos donde se había originado (santanderista civilista radical), y poco a poco va vinculándose con los sectores que rodean al gobierno del presidente José Ignacio de Márquez -inicialmente santanderismo moderado y luego grupo “ministerial” o protoconservador- Ver: González, Aproximación a la configuración política 27.

134 Según Álvaro Tirado Mejía al seguir una interpretación constitucionalista de la historia, el periodo radical estaría enmarcado por la Constitución de Rionegro (1863) y la Constitución de 1886 que dio inició a la Regeneración. No obstante, los gobiernos liberales y la implantación de su doctrina radical comenzaron antes, con los gobiernos de José Hilario López (1849-1853) y José María Obando (1853-1854). Ver: Tirado, Colombia: Siglo y medio 122-24. 135 López de la Roche, Tradiciones de cultura política 100-101.

136 López de la Roche, Tradiciones de cultura política 106.

137 Espinal 113.

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Después de las reformas llevadas a cabo durante la República Liberal, la circulación de ideas de izquierda como el comunismo y fundamentalmente después de los hechos del 9 de abril, la Iglesia asumió una posición parcializada aprovechando su influencia en la población. Como mayor detractor y enemigo permanente del liberalismo encontramos a Monseñor Miguel Ángel Builes, y haciendo eco a periódicos como El Siglo, donde se expresaba que: “El excelentísimo señor Builes afirmó que el liberalismo es anticatólico y el doctor Eduardo Berrío González, que tenía pacto con el comunismo (…) El catolicismo no encontrará en el partido liberal ninguna defensa honesta, franca y honrada porque es la condición de ese partido su odio a la Iglesia”.138 El equiparamiento que los conservadores hacían del liberalismo con el comunismo no era algo nuevo, sin embargo después del 9 de abril estos señalamientos fueron más frecuentes convirtiéndose en la constante en los discursos del conservatismo a la hora de descalificar a los liberales.

Las acusaciones que lanzaba la Iglesia casi siempre iban acompañadas de una campaña a favor del conservatismo, diseñada de modo tal que resaltaba los riesgos y amenazadas que se expondría la sociedad en caso de elegir representantes liberales. “Y cuantas veces voten por candidatos de su directorio, [liberalismo] pueden tener la absoluta certeza de que están votando por enemigos de su fe, de sus costumbres, de su religión. El liberal que no peca contra la Iglesia en su conducta privada, la está atacando cuando elige personas hostiles a ella”.139 Esta campaña en contra del liberalismo y del comunismo no era sólo en Colombia. En consecuencia, el Vaticano por aquel tiempo asumió posturas críticas en contra de la ideología liberal, a tal punto que muchos prelados en el país justificaban sus acciones, o mejor sus discursos, amparándose en las directrices del Sumo Pontífice.

En seguimiento de la orden del Sumo Pontífice, quien llamó a la cruzada universal contra el comunismo, la Iglesia colombiana ha asumido franca y valerosa actitud de lucha contra quienes por su hostilidad a la Religión Católica, amenazan de destrucción uno de los cimientos de nuestra nacionalidad.(…) Una vez dada la orden de lucha por el Santo Padre y fijados los objetivos de la acción política por el eminentísimo cardenal de Milán, los sacerdotes no vacilaron en abandonar su pacífica actitud de pastores de almas y en lanzarse denodadamente a la conquista de la opinión sana, por medio de la prédica insistente de las verdades evangélicas y del público ejemplo de las virtudes cristianas.140

138 «Liberalismo, anticatolicismo y comunismo», Editorial, El Siglo (Bogotá), 16 de marzo de 1949: 4. 139 El Siglo, Liberalismo, anticatolicismo y comunismo: 4.

140 El Siglo, La voz de la Iglesia: 4.

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De esta manera se justificaba la lucha no sólo a nivel local, pero en la práctica evangélica y a los ojos de los sacerdotes en el país, se estaba defendiendo una causa universal, la Iglesia Universal, donde el “demonio” se hallaba en Rusia y sus tentáculos se hacían cada vez más extensivos por medio del liberalismo.141 Se evidencia con lo expuesto hasta ahora que la Iglesia tenía una presencia muy importante en la vida nacional, y especialmente durante el período de la Violencia, se convirtió en una extensión del partido conservador para fines electorales. Es fácil constatar que, dentro del grupo de personas más importantes en la vida municipal de cualquier pueblo, el cura párroco aparece como una figura indispensable.142 La parroquia se constituyó en un organismo político y administrativo con funciones importantes en el campo cultural, educativo y de control social, factores que explican su poder en la vida pública y privada y su influencia a la hora de establecer valores, imaginarios y moldear comportamientos propios de la cultura política.

En Antioquia, los párrocos constituían tal vez una de las autoridades más estables y acatadas; muestra de ello son las siguientes recomendaciones que hace el señor Claudio Giraldo Salazar, visitador administrativo en el municipio de Jericó, respecto a las relaciones entre la Iglesia y los habitantes del municipio: “Estas relaciones siempre deben ser muy cordiales, no solo porque así lo desea el actual gobierno, [gobierno de Laureano Gómez] sino porque los sacerdotes son elementos de enorme valía en las campañas por el adelanto moral y material de las ciudades y poblaciones. Colaborar con ellos en todas sus campañas, oír sus acertadas sugerencias, en casos especiales y de difícil solución, buscar sus consejos y en una palabra, hacer campaña común para el bien de la sociedad y el mejor desempeño de sus funciones.”143 Como es natural los funcionarios públicos iban y venían de acuerdo con su período de gobierno, pero los sacerdotes permanecían por mucho tiempo dentro de la vida de las localidades, convirtiéndose en un referente no sólo en cuanto a asuntos espirituales se refiere, sino también a

141 El Papa Pío XII -1876-1958- quien se encontraba dirigiendo el Vaticano durante nuestro periodo de estudio, se caracterizó por su fuerte política anticomunista, llegando incluso a solicitar la excomunión para los católicos que apoyaran el comunismo.

142 En el estudio llevado a cabo por Javier Guerrero sobre la violencia en Boyacá -una de las regiones donde la lucha política fue más intensa-, el autor explica como dentro de la política provincial la parroquia se constituyó en un núcleo de poder local, y en uno de los soportes fundamentales de legitimación ideológica del Estado. Ver: Guerrero 59. 143 Fondo Gobierno Municipios, (Jericó), 7 de marzo de 1952, Archivo Histórico de Antioquia (Folio 386-398).

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nivel político. Al respecto, y particularmente para el caso antioqueño la autora Mary Roldán señala lo siguiente:

No es una exageración afirmar que la Iglesia en Antioquia constituía, de facto, un brazo paralelo del Gobierno. En más de una población donde sólo existían esporádicamente burócratas nombrados por el gobierno central, tales como el alcalde (y eso donde los había) era el párroco quien asumía las responsabilidades de las esferas religiosa y secular. Estas iban desde asegurar el control social y actuar como seudo-policía, juez e informante, hasta recoger y transcribir las estadísticas electorales para los gobiernos central y departamental.144

En la correspondencia que cruzaban las autoridades municipales y la ciudadanía en general con el gobierno regional -Secretaria de Gobierno y Gobernación de Antioquia-, podemos observar la injerencia de los curas párrocos en la vida de la localidad, debido a que en muchas ocasiones su área de influencia como lo señala Mary Roldán traspasaba la esfera religiosa para incidir en asuntos civiles o administrativos y de hecho en los imaginarios políticos propios de la cultura política de esta época.

En dicha correspondencia es común ver las recomendaciones de los sacerdotes para la elección de algún funcionario público, como lo evidencia la siguiente misiva del párroco del municipio de Jardín: “Respetado doctor[Julián Uribe Cadavid, subsecretario de gobierno 1951- 1952]: Por medio de la presente me permito dar a usted la lista de ciudadanos que pueden desempeñar el cargo del personero municipal, según usted me lo ha pedido y siendo de preferencia el que encabeza la lista: Pedro Pablo Osorio M, Samuel Carvajal G, José María Vélez O, Emilio Salazar C, Roberto Jaramillo C, Antonio Restrepo M, Jesús María Abreu C, Moisés Osorio (…) [firma] Francisco E Jaramillo, Párroco. “145 También aparecen allí quejas de las autoridades civiles por la interferencia de los párrocos, dificultando según ellos la labor de los funcionarios del gobierno. Así se expresaba el alcalde de Andes, refiriéndose a las actuaciones del señor cura del corregimiento de San José:

Así es pues su señoría que en San José no hay más que el eterno problema que ha existido desde que llegó a ese corregimiento el mentado padre Dávila. Deja sus pláticas evangélicas en las misas de los domingos, para ver como levanta las gentes contra la autoridad civil. Se ha extremado hasta decir que en este corregimiento no se necesita más autoridad que la de él y

144 Roldán, Guerrillas, contrachusma y caudillos 65-66.

145 Fondo Gobierno Municipios, (Jardín), 18 de marzo de 1952, Archivo Histórico de Antioquia (Oficios y telegramas de la Secretaría de Gobierno. Folio 453). Ver también: Fondo Gobierno Municipios, (Andes), 20 de mayo de 1952, Archivo Histórico de Antioquia (Folio 59).

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que allá ningún inspector puede contrariar sus órdenes. No sobra hacer saber a su señoría que en los diez y siete meses que llevo de administración últimamente en este municipio, me he visto obligado a cambiar ocho inspectores para ese corregimiento, no por falta de competencia, sino porque ellos mismos se ven obligados a presentar renuncia ante las actuaciones del señor cura (…) Rafael Peláez T (Alcalde).146

A través de los diferentes comunicados, es muy significativo observar como la Iglesia tomó la decisión casi que unilateral de asumir funciones de vigilancia o censura. “Debo poner en conocimiento de s.s [David Córdoba Medina, secretario de gobierno] que los sacerdotes de esta diócesis de Jericó tienen orden de no hacer llegar ante los empleados del gobierno ninguna información que no pase por manos del obispo. Suplico a s.s dispensar la molestia, sin otro propósito que de someter el asunto a su consideración y para lo que estime conveniente.”147 Sin mencionar las ocasiones en que algunos de ellos, incitaban a la población a una lucha franca en contra de los liberales, como se presenta en la siguiente queja que emitió el alcalde de Andes al señor subsecretario de Gobierno Departamental, sobre la provocación del cura del corregimiento de Santa Rita:

Regenta actualmente la vice-parroquia del corregimiento de Santa Rita [municipio de Andes] de esta jurisdicción el R.P Julio Marín Velásquez (…) Últimamente desde hace más o menos un mes, él ha dado por incitar a los vecinos contra otros, poniendo por delante la afirmación de que los liberales no son católicos y que, por ende, su exterminio no es el pecado mortal. Además, recalca a la feligresía el deber en que esa de no aceptar ordenes de autoridades civiles que no estén totalmente sometidas a las religiosas (…) Luis E Bermúdez R. (Alcalde Municipal).148

Estos casos ejemplifican la importancia de la Iglesia Católica en la vida de la comunidad de los pueblos, y su influencia en la vida secular. El cura párroco se constituyó en una autoridad local, un agente de poder con intereses personales que dependiendo de las circunstancias debatía o apoyaba el poder gubernamental (caso palpable en periodos de gobiernos conservadores).149 De esta forma, en los años cincuenta del siglo XX la articulación de los sacerdotes a la vida municipal se equiparaba a las lealtades que podía despertar personajes como los gamonales o

146 Fondo Gobierno Municipios, (Andes), 5 de noviembre de 1952, Archivo Histórico de Antioquia. 147 Antonio José, Fondo Gobierno Municipios, (Jericó), 26 de junio de 1953, Archivo Histórico de Antioquia (Folio

35).

148 Fondo Gobierno Municipios, (Andes), s. f., Archivo Histórico de Antioquia (Folio 298). 149 Roldán, Guerrillas, contrachusma y caudillos 67.

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caciques en las localidades. El amplio conocimiento de los curas en todos los aspectos de la vida cotidiana, y su incidencia en la dinámica partidista, provocó que el clero fuera una pieza fundamental de la cultura política colombiana.150 En el fondo del discurso religioso y de las actuaciones de la Iglesia y sus representantes, se vislumbra –según Darío Acevedo Carmona-, una mentalidad tradicional que pasaba por un momento de crisis ante la posibilidad de perder el poder espiritual, institucional y social que se le había otorgado desde la colonia. “En tal sentido, la Iglesia se defendía y, al hacerlo, proporcionaba a sus aliados de siempre, los conservadores, ideas, imágenes y símbolos que fueron incorporados como elementos de gran eficacia en el discurso y en la mentalidad conservadora y como investidura por los grupos de choque”.151 Un segundo frente de batalla que asumió la Iglesia fue en contra del comunismo, en especial después de los hechos del 9 de abril, donde abiertamente se acusó a este grupo de ser participe del levantamiento ocasionado por el asesinato del liberal Jorge Eliécer Gaitán, en unión de militantes del partido liberal. El conservatismo por su parte recogió dichas banderas y decidió hacer un llamado para combatir estas ideas provenientes de países extranjeros.

4.3 La cultura política del “frente anticomunista”152

El Partido Comunista de Colombia (P.C) fue fundado en 1930, le antecedió el Partido Socialista Revolucionario creado en 1926. Este partido dirigió la agitación de masas, y algunos movimientos huelguísticos, incluyendo el levantamiento campesino de El Líbano (Tolima) en 1929. Con el ascenso del liberalismo en 1930, un sector del partido socialista se unió al liberalismo y otro sector se convirtió en la base del P.C, el cual tuvo una presencia importante en regiones como Viotá (Cundinamarca), cuyo cabildo fue controlado por el partido comunista, sufriendo presiones provenientes del partido liberal.

Durante la primera candidatura de Alfonso López Pumarejo, el P.C presentó un candidato propio con el fin de diferenciarse del liberalismo, no obstante, por directrices de la Internacional Comunista se unió a López Pumarejo a través de la conformación de los Frente Populares. El

150 Mesa, Representaciones religiosas y la violencia 27.

151 Acevedo, La mentalidad de las élites 173-74.

152 «Frente anticomunista», Editorial, El Siglo (Bogotá), 3 de mayo de 1949: 4.

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Partido Comunista desde su fundación se caracterizó por su cercanía con los sectores sindicales y por impulsar la conformación de ligas campesinas que dirigieron la lucha por la tierra, exigiendo mejores condiciones de trabajo entre campesinos e indígenas de Cundinamarca, Tolima y Cauca.153 El avance del comunismo en el mundo, y su presencia en Colombia influenciaron el discurso de la Iglesia y también del conservatismo. En una cultura política caracterizada por la exclusión, el comunismo se constituyó en otro frente de ataque, y una manera de hacerlo fue encarnando en este nuevo actor, tradiciones e imágenes opuestas a los valores católicos que según la Iglesia eran característicos de nuestra sociedad.

Realmente el comunismo niega todo lo que el catolicismo afirma: frente a Dios, afirmación primera entre los católicos, razón de ser y fin supremo de todo lo que existe y puede existir, el comunismo es ateo; frente a la naturaleza espiritual del hombre que el catolicismo proclama como verdad inmutable, el comunismo no conoce otra vida que la material, pues para esta doctrina no cabe diferencia entre la criatura de Dios y el ser irracional; frente a la familia, que el catolicismo defiende como sociedad natural constituida por Dios para que en ella busque el hombre su perfeccionamiento y levante y eduque a sus hijos en orden a un fin sobrenatural, el comunismo establece la simple unión material del hombre y la mujer, y la prole que de ella se desprende es para el Estado; frente al derecho natural del hombre a disfrutar de la propiedad privada, los comunistas afirman que ésta es un robo y aspiran a que todos los bienes sean socializados; frente a la Iglesia, que para el católico es una sociedad perfecta, necesaria como vínculo natural entre el hombre y su Creador, el comunismo proclama que la religión es “el opio del pueblo”.154

En concordancia con estas ideas, el Directorio Nacional Conservador hizo un llamado al pueblo colombiano para hacer un frente anticomunista: “(…) con el fin de defender los principios tutelares de la nacionalidad y los valores de la civilización cristiana, salvar a Colombia del comunismo y propender por el implantamiento de la verdadera justicia social en la República”155. Para los conservadores el frente era necesario ante el avance de las ideas comunistas y la negativa del liberalismo de demostrar públicamente su separación con las ideas de izquierda.156

El primer hecho que anotamos como síntoma del grave peligro comunista que amenaza a Colombia y que lleva al Directorio Conservador a proponer el frente anticomunista, es la

153 Tirado, Colombia: Siglo y medio 152-53.

154 El Siglo, Frente anticomunista: 4.

155 El Siglo, Frente anticomunista: 4.

156 Carlos Mario Perea explica, como el concepto de “izquierdismo” estaba asociado para el conservatismo con la devastación de los principios tutelares, el aniquilamiento de los valores y la muerte o ausencia de moral. Ver: Perea

41-43.

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negativa sistemática de los jefes del liberalismo de deslindar nítidamente con aquel partido internacional, por medio de declaración pública y solemne, ya hecha separadamente, ya efectuada conjuntamente con los jefes del conservatismo. A esa declaración ha sido invitado el directorio liberal por los jefes del partido conservador desde hace más de un año, sin que hasta ahora haya querido hacerla.157

Es así como la Iglesia y el partido conservador arremetían en contra del liberalismo, utilizando el mismo discurso y las mismas imágenes con las que atacaban el comunismo. “Si es cierto que no todos los liberales son anticatólicos, si es cierto que todos los anticatólicos beligerantes son liberales”.158 Estos discursos en épocas de elecciones provocaban enfrentamientos entre los ciudadanos, agudizando la crisis política y llevando a lo que se ha denominado una conservatización del régimen, ayudado por el abstencionismo practicado por el liberalismo después el año 1949.

Este proceso que se ha denominado “conservatización,” no se alejó mucho de las acciones que en su momento hicieron los liberales en el periodo de la Republica Liberal. La necesidad de controlar la política en cada una de las esferas, y de manera particular en los municipios fue muy importante, especialmente en cuanto a beneficios electorales se refiere. El desplazamiento de medios coercitivos -que por ley deben estar concentrados en el Estado- hacia las corporaciones partidistas tanto liberales como conservadoras, para mantener el control de los puestos burocráticos locales, atizó el conflicto colocando sobre el tapete, el peso que tenían las redes clientelistas en el funcionamiento de las localidades tanto social como políticamente.

157 Perea 4.

158 El Siglo, «Liberalismo, anticatolicismo y comunismo»: 4.

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5. Conclusiones

En el desarrollo de este ejercicio investigativo, se analizó la cultura política como un proceso histórico, donde elementos como los valores, las costumbres, imaginarios, comportamientos, entre otros, van cobrando una serie significados entorno a lo político para una sociedad o colectivo en particular. Estos elementos fueron examinados desde los discursos y simbolismos que suministró las élites en el periodo conocido como La Violencia, tiempo que se caracterizó por una abierta confrontación entre los partidos liberal y conservador. Realizar un estudio de la violencia política de mediados de siglo XX enmarcado en el concepto de la cultura política, permitió comprender cuáles eran las ideas y percepciones que circulaban en la sociedad y cómo la acción política se materializó a través de pugnas o enfrentamientos. No se puede perder de vista que, para el caso colombiano durante el siglo XIX, -y aún muy avanzado el siglo el XX-, el sentido de pertenencia a la nación se dio a través de la filiación al partido político, de allí que los referentes simbólicos entorno a la política fueran mediatizados por ellos. Gracias a las diferentes guerras civiles que se presentaron en el siglo XIX, se fue consolidando la militancia o simpatía ya sea por los liberales o conservadores, y toda práctica política fue canalizada por estas colectividades.

La Iglesia ha sido un actor muy importante en la historia del país, y durante el periodo de La Violencia, se pudo vislumbrar como la cultura política de los colombianos respondió a los valores cristianos inculcados por esta institución. Su influencia política, estuvo determinada por principios constitucionales establecidos en la carta de 1886, y su poder se vio amenazado durante la República Liberal, con las reformas que se llevaron a cabo en el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938).

Sumado a lo anterior, el contexto internacional del momento contribuyó a radicalizar la posición del clero: el surgimiento de nuevas corrientes como el socialismo y el comunismo, el despunte de agrupaciones o colectivos como los obreros, generaron que las directrices del Vaticano señalaran una lucha frontal contra estas iniciativas. Además, los debates que se planteaban en el país como la separación Iglesia-Estado, libertad de cultos, educación laica entre otros puntos, avivaron aún más la disputa bipartidista, dado el apoyo de la Iglesia al partido conservador y la influencia de los sacerdotes en la vida de las localidades. La abierta adscripción de la Iglesia con

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una de las colectividades en disputa ahondó las diferencias y los discursos fueron más sectarios e intolerantes.

Es importante subrayar que, las parroquias en la práctica eran un organismo político y administrativo que regulaban varios aspectos de las comunidades y en esa medida establecían valores y moldeaban comportamiento tanto en la esfera privada como la pública de los colombianos.

Por otra parte, el lenguaje de la violencia fue una de las principales características de la cultura política del periodo (1948-1953), gracias a que los medios de comunicación tomaron partido de manera explícita en el conflicto. La prensa de la época cumplió un papel de difusión ideológica, reproduciendo ideas, imaginarios, símbolos, como una estrategia discursiva para construir una imagen del adversario político, contrario a los valores previamente establecidos por cada una de las agrupaciones.

En un país donde la adscripción al partido fue primero, -como diría Gonzalo Sánchez, el mundo de los copartidarios es anterior al mundo de los ciudadanos-, los valores y comportamientos en el orden de lo político estuvo marcado por la confrontación, la difamación, la eliminación del otro.

Lo anteriormente planteado demuestra que, pese a que el desarrollo de la cultura política se asocia con los procesos de modernización, -de hecho, el nacimiento del concepto se remite a la transición de sociedades tradicionales a modernas-, en la práctica se puede concluir que, para el caso colombiano, aún no se ha superado completamente esta fase. La política en el periodo de estudio obedeció a características de sociedades tradicionales, donde factores como la religión, la clase, el grupo político fueron más importantes; las percepciones y las valoraciones predominaban sobre el conocimiento de los problemas o fenómenos políticos.

De esta forma, la violencia que caracterizó este periodo de la historia colombiana (1948- 1953), fue un elemento constitutivo, o expresión de la cultura política del país. Fue una cultura de la exclusión, del señalamiento, donde la lucha por el poder político estuvo enmarcada al mismo tiempo por el deseo de reafirmación de identidades partidistas.

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Cita: Arenas Valencia, Yuliana Marcela (2025), Violencia y cultura política en Antioquia 1948-1953, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/47138