Sporala red del conocimiento
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y Septiembre de 2025 | N.° 106

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Portada: Víctor Fotografía de Juan Fernando Ospina - Universo Centro Universo Centro se vincula a Leer y releer con una selección de textos y sus respectivas imágenes sobre distintos aspectos de Medellín, como un homenaje de ciudad que invita a leer con sentido crítico la sociedad y la urbe que somos.

http://biblioteca.udea.edu.co Correo electrónico: jluis.arboleda@udea.edu.co Diseño, diagramación e impresión: Imprenta Universidad de Antioquia Distribución gratuita Medellín en todas sus letras

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Presentación A una ciudad como Medellín le caen bien los festejos y los recono­ cimientos. Resulta importante celebrar la historia que cuentan tres siglos y medio de una metrópoli en cuyos espacios transcurre esta sociedad que, más que habitarlos, se reconoce en ellos, se traza retos incluyentes, se confronta, deconstruye, reaprende, viaja, transforma, devela, teje su existencia. Esta ha sido una ciudad donde son factibles todos los matices, quizá porque el colorido de la primavera, apo­ sentada en su identidad de urbe innovadora, le otorga ese sentido de lo diverso, la hace hábitat especial, donde los extremos conviven entre el romántico mural de sus montañas y ese cotidiano frenesí. El presente número de Leer y releer agradece al periódico Uni­ verso Centro por acoger la iniciativa de compilar, de entre sus mu­ chos contenidos, estos artículos traídos a colación para pensar la esencia misma de ciudad en progresión de futuro. La publicación Universo Centro, surgida hacia 2008 es una apuesta por pulsar desde sus crónicas a esa Medellín briosa y galopante, visualizada en sus páginas con las facetas callejeras, de las que no siempre se habla en la solemnidad de los discursos.

Este año está enmarcado por efemérides que prorrogan la lum­ bre de proyectos profundos para la sociedad, como lo es el Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia que, en sus nueve décadas, hace honor a su eslogan y por eso sigue posicionado como “El alma de la Universidad”. Cabe mencionar que la Universidad de Antioquia, desde sus bibliotecas ha impactado con cultura, informa­ ción y gestión de saberes a muchos seres que aportan su conocimien­ to en la construcción de la Medellín soñada. No es gratuito que la

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Septiembre de 2025 Universidad de Antioquia sea eje articulador de nuevas dinámicas sociales en el llamado “Carabobo Norte” junto a Jardín Botánico, Parque Norte, Parque Explora, Planetario y Ruta N. Esta edición 106 de nuestra publicación insigne, hace eco de esos festejos bienvenidos en 2025, por eso, en consecuencia con nuestros 90 años como Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia, institución desde donde la ciudad también se piensa y se construye en la educación pública de muchos ciudadanos, ofrecemos como regalo a los 350 años de la erección de la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria, hoy Medellín, las siguientes páginas escritas como una suerte de radiografía sobre esta polis de amores y desamores. Dorys Liliana Henao Henao Directora Sistema de Bibliotecas Acuarela (Pasillo) – Banda Sinfónica UdeA 90 años Sistema de Bibliotecas Salsaludo. Obsequio de la Emisora Latina Stereo en los

90 años Sistema de Bibliotecas

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Los turistas pasan, las ruinas se quedan Fernando Mora Meléndez Después de llegar molida de hacer spinning toda la mañana, me senté a beber un energizante en el Parque Lleras. Estaba muy temprano todavía para el almuerzo y entonces me puse a hacer tiempo, brujeando los collares de chaquiras y las aretas de alambre que venden los hippies de por allí. Entonces se acercaron esos dos, uno era de acá y el otro era un gringo viejo. Se hacían los bobos, dizque mirando artesanías ellos también, pero no me quitaban el ojo de encima. Yo tengo el palito para eso. No es por nada, pero los hombres parecen moscas detrás de mí.

El más joven se me acercó y, con acento paisa, muy fluido, em­ pezó a traducir lo que el míster me decía. Que yo dizque era “la joven más pispa que había visto en Medellín”; que “tenía las piernas más lindas de toda la galaxia”. Eso me hizo reír y animó al gringo a decirme más cosas, que el otro traducía. Me preguntó si conocía los Estados Unidos. “Only Miami”. “Yes, le dije, Miami es very beauti­ ful”. Aproveché para practicar algo, pero de un momento a otro, el intérprete me dijo que si yo podía acompañar a su jefe esta noche. Creo que hacía rato estaban pensando que yo era una prepago. Les voltié la cola y me largué.

Por la noche fui a comer con Estela, mi mamá, otra vez por el Parque. Estábamos mirando la carta cuando los vi en otra mesa. Era

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Septiembre de 2025 el mismo gringo, bajito, con camisa playera, calvo y setentón. Al lado suyo el traductor de camiseta negra, buen pectoral y cara de cura. Vino a invitarnos todo formal a la mesa de ellos. Mamá insistió en que fuéramos porque nada perdíamos haciendo relaciones. Apenas pedimos las cazuelas, ya Gary nos estaba invitando a su rancho en Colorado. Que era un hombre de empresa y le gustaba decir las cosas bien claro: tenía dos mil cabezas de ganado, tres bou­ tiques en la Florida, una hija y un yate. Que estaba dispuesto a lo que fuera con tal de conseguir una esposa colombiana. Y sin ir más lejos le dijo a mi madre que yo era la elegida. Apenas John Jairo tradujo esa pedida de mano yo me reí más que una tarimada de bobos. Qué viejito tan sinvergüenza, ¡gas!, pensé en voz alta; pero mi madre le rogó a John Jairo que no tradujera eso. “No tenga cuidado, dijo él, yo soy traductor, pero no traidor”. Y enseguida le mató el ojo a ella. Hace rato que la venía mirando, todo boquiantojado. No es por nada, pero mi mamá se mantiene muy arreglada a sus cincuenta. Se hizo la lipo, tiene quicas nuevas y anda en la jugada con la ropa y los perfumes. La gente se confunde. Y ese traductor andaba loco con el escote. Le dije que yo no estaba interesada en bodas así. “Oh right, oh right...” dijo Gary; y volvía a la carga con su pro­ puesta. Me recomendó que pidiéramos un trago. Yo soy abstemia, le dije a John Jairo. Pero Estela, mi mamá sí se mandó dos guaros largos. El traductor, entre tequilas, se pasó echándole los perros a ella y, como andaba tan entretenido, se le olvidó hacer el doblaje. En­ tonces el gringo se puso rojo como un tomate y no supe qué le dijo a su empleado porque mi inglés todavía es “very bad”. Gary me mandó decir que entrara en razón, pero yo lo veía más cacreco todavía. Pobre gagá, haciéndose ilusiones y con una patica en el purgatorio... Sacó el Blackberry pa mostrarme la foto de un yate, con él de piloto. Entonces me acordé de una película hindú que dieron por esos días: La joya sin precio.

Al otro día me sorprendí cuando vi a mamá, arreglándose para salir. ¿Adónde vas, ma?, le dije, y ella confirmó mis sospechas: Se iba a encontrar con ese par otra vez. John Jairo te lleva ganas, le dije. No, qué va, dijo ella... totiada de risa.

Después me contó que se fueron a rumbear por Las Palmas. Gary se mantenía en el hotel y por las tardes se encontraba con

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ella. Hicieron buenas migas hasta que se casaron y se fueron para la USA. Vivían en Charleston, donde jamás los visité porque Gary me cogió rabia cuando no le paré bolas. Si venía por acá me hacía el fo, se hacía el loco, ni me miraba. Vivieron como cinco años y lo más raro es que yo no sé cómo se entendían si el inglés de mi mamá era de “this is the jacket” y cosas así.

Casi no volví a ver a mamá sino cada seis meses cuando ella venía. Una vez se prendió toda y me contó que ese viejito le daba lo que quisiera, pero que vivía en una jaula de oro. Bien achacoso y todo, se la pasaba viajando, yendo y viniendo a las Bahamas, y a Panamá. No la llevaba a ninguna parte y cuando salía le decía que no la podía llamar porque andaba en gira de negocios. Ella se puso a estudiar la otra lengua por hipnopedia. El viejito salió más perro que hasta ahí: una vez ella le encontró unos cucos en la guantera. Cuando le preguntó por ellos, él dijo que estaba explorando nuevos modelos de ropa interior dizque para abrir su mercado.

Menos mal que el año pasado, Mamá le pidió el divorcio. No sé todavía qué fue lo que rebosó la copa. En todo caso, me alegré de que se liberara de ese catano. Ella con cincuenta y todavía da guerra. En estos días se hizo el pilling, el botox y se piensa quitar unos conejitos de más. Luce como nueva. A veces nos encontramos y vamos a hacer nuestras rondas por el Parque. Nunca se sabe... II Por los días de la Feria de las Flores, me hice amigo de Max. Lo recogí en la Plaza de Cisneros y me pidió que lo llevara a un sitio de striptease. Me dirigí a un local que conozco y ya en la puerta me pidió que lo acompañara. No sabía que allí las viejas se quitan todo, menos la tanga. Cuando pregunté las razones, me dijeron que el dueño era evangélico. El mono se fue sulfurando porque ellas no se empelotaban del todo y me lo tuve que llevar antes de que armara la pelotera. Lo dejé en el hotel. Me dijo que lo recogiera al otro día, temprano, porque tenía que hacer muchas vueltas. La propina que me dio es lo que yo me gano en una semana.

Lo llevaba a comprar ropa, a hacerse las uñas y a otros sitios de los que mejor no hablar. El hombre me pagaba por días y así yo

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Septiembre de 2025 no tenía que andar ruleteando, como se le dice aquí al camello de encontrar carrera.

Max siempre andaba con los maletines repletos de billetes ver­ des. Me hacía esperarlo mientras él entregaba o recibía cosas en hoteles y en casas elegantes. Tenía sus cruces raros. Me pedía que le recomendara muchachas bien para su soledad. No le podía faltar su botella de Jack Daniels y otros juguetes. Como estaba viniendo tanto a Medellín, decidió alquilar una casafinca en el Poblado. Allí hacía sus fiesticas, con poca gente. Le salía más barato, según me dijo, alquilar todo el año que pagar hotel por un mes. Muchos gringos estaban haciendo eso. Me mandaba la plata y yo le pagaba los gastos fijos, incluso le serví de codeudor. Todo iba de maravilla hasta ese día en que nos rodearon, se baja­ ron varios hombres armados y sacaron al gringo del taxi, lo esposaron y le leyeron algo en inglés. Me dijeron a mí que me largara. Y eso no me extrañó tanto sino que se supieran mi nombre. Llevaban varios días siguiéndonos. El gringo ese estaba caliente y yo no lo sabía. —Está pedido en extradición. No puede hablarle ni el abogado. —Yo entiendo, pero, parce, este señor me debe la carrera —quería despedirme de Max.

Ante la insistencia, el policía de civil hizo un gesto con la mano para que me acercara al carro. Era una camioneta grande con vidrios polari­ zados, y con una ventanilla abierta. Uno de los detectives llenaba unas planillas. De afuera le gritaban alguna información que no entendí. Max parecía una porción doble carne, en medio de dos rebana­ das de pan con ajonjolí: los policías que lo apretujaban. El gringo me debía ochenta mil. Pero me entregó doscientos con las dos manos pegadas, por encima de la cabeza de un policía. —Fuck you, me gritó desde adentro, ¿Cómo tú no darte cuenta de que nos venían siguiendo?

—Ah, hermano, yo qué iba a saber que usted andaba caliente... —Shit —dijo—. Quédate con eso.

Y entonces me tiró una cachucha que decía Rico Medellín de noche y unas gafas marca Police, de las originales. Subí al carro y me despedí de los honorables representantes de la Ley y la Justicia ordinaria.

Dos meses después comenzaron a llamarme de la agencia de

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arrendamientos. No encontraban al gringo por ninguna parte y yo tenía que cancelar el arrendamiento de tres meses. Tendría que trabajar dos años, con sus propinas, para desenglobar la hipoteca. Fui a la mansión abandonada y un celador me contó que había visto a una muchacha sacando un paquete de la mansión. El con­ tenido del mismo es una de esos misterios que se sabrán el día del Juicio Final, por la tarde, si hace buen tiempo.

III

Siempre que Ted volvía a Medallo me llamaba.

Venía a desfogarse, como un perro cuando le quitan el collar, dispuesto a vivirlo todo de una vez, antes de que fuera tarde. Para eso trabajaba duro dos años en Australia. Con los ahorros viajaba otros dos, y así se la pasaba. Iba de la ceca a la meca con la misma mochila, pero aquí siempre volvía.

Nos conocimos en uno de los conciertos de Altavoz y ahí fue cuando me dijo que él no cambiaba esta ciudad. No era sólo por­ que fuera barata sino porque había algo, “something special”, que él mismo no sabía precisar. Y eso que había estado en los lugares más remotos, desde Bolivia hasta Afganistán. Creo que le gustaba llevarle la contraria a sus padres cuando, horrorizados, se dieron cuenta de que visitaba Medellín, la cuna de Escobar. Me mostró unas fotos de una aldea perdida, a un lado del lago Titicaca. Una noche había salido de la carpa. Hacía luna llena y se escuchaba muy cerca la música y el ruido de alguna ceremonia. Pren­ dió el cepillo de dientes eléctrico y al poco rato se vio rodeado de un montón de aldeanos que lo miraban como a un ser venido de otro mundo. Debía resultar extraño para una comunidad cuyos adultos eran casi todos muecos y no conocían ni siquiera los otros cepillos. Cuando se alejaba de ese lugar, sintió que lo llamaba el jefe del poblado para pedirle que por favor les dejara como recuerdo aquel objeto mágico. Ted no lo dudó y antes agregó a la ofrenda un rollo de papel higiénico. Un día, todavía sin desamarrar la mochila, me llamó para que nos encontráramos.

—Quiero beber hasta perder la conciencia, me dijo. —¿Y cómo se logra eso?

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Septiembre de 2025 —No lo sé, me dijo, pero podemos intentarlo.

Anduvimos de ronda por bares del centro, fuimos a Rumbantana y a Babylon, bebimos desde ron Tres esquinas hasta pisco peruano. Ya estábamos muy foqueados en una banca, solos él y yo. No sé en que momento a mí me dio el impulso de ponerle la mano a un carro y lo dejé ahí privado, cual indigente.

Por la mañana se despertó en su camarote del hostal, sin saber cómo había llegado hasta allí. Tenía la mochila sin desamarrar, nin­ guna herida a la vista y todo sus papeles en regla. Al salir al pasillo, el casero le contó que un taxista lo había traído casi inconsciente porque lo había visto tirado en la banca. Ted alcanzó a decir, tal vez, el nombre del hostal. El conductor lo ayudó a entrar al carro y lo llevó sin cobrar nada.

Cuando oyó esto, de inmediato lo acosó el deseo de hacer una llamada urgente. Era a Australia. No tenía minutos en su celular. El casero le prestó el suyo. Iba a contarle a sus padres cómo había logrado llegar ileso a su cama, después de una noche de juerga, en esa lejana ciudad prohibida.

Publicado en Universo Centro N° 18 - Noviembre de 2010 Imagen: Publicidad para promocionar la ciudad en el extranjero. (s.f.) Archivo particular.

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Ciudad vs. pueblo Por PASCUAL GAVIRIA Fotografía de Juan Fernando Ospina “El oro no estaba en las minas sino en el Parque Berrío”. Frase de un ingenio local alrededor de 1910

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El Parque Berrío todavía entrega su sombra de palmeras a cambio de la mierda inofensiva de las palomas. A simple vista, palmeras y palomas es lo único que le queda de parque de pueblo a esa casilla arrinconada del centro de la ciudad: aplastada por el metro, sitia­ da por los taxis, animada por el sermón de los vendedores de la pujante industria del porno local. Ahora el parque no es más que una modesta plazuela de paso coronada por un prócer diminuto, empequeñecido por la escala de los edificios y los hombres, de los buses y la gorda de Botero.

Pero en los corrillos espontáneos que se van juntando bajo los árboles se puede encontrar el Medellín más pueblerino, una increí­ ble colección de montañeros que han elegido el ombligo maltrecho de la ciudad para cantarle a su pueblo perdido. Todos tienen los dedos roídos de rasgar las cuerdas y fumarse el cigarrillo hasta la última pavesa. Y entre ninguno de los tríos juntan 32 dientes. Se

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Septiembre de 2025 agrupan según los alientos del día, las complicidades de la botella, los resentimientos de la última gresca. Van y vienen deshaciendo los tríos, conformando los dúos, completando los cuartetos mien­ tras una sinfonía de desocupados los oye con dudoso entusiasmo. Un poco más atrás vigila la horda de tinteras, rondando, las unas ofreciendo el termo, las otras ofreciendo el trono. Por momentos el centro de Medellín, ignorado por los citadinos que cruzan en busca de una rebaja, parece la plaza de algarabías de un caserío recién fundado por las desgracias del desplazamiento, los azares de la coca o las promesas del contrabando: Cartagena del Chairá, por decir algo, o Remolinos del Caguán, o Medellín del Ariari. Todos se conocen en medio de esa extraña caricatura del pueblo en la ciudad. Los más viejos hablan del ambiente de fiesta que fue creciendo, hace 20 o 25 años, alrededor de los carros de mercado que vendían cerveza, guaro, salchichón, cigarrillos. Poco a poco los músicos callejeros fueron acompañando el chirrido de esas cantinas ambulantes. Muy pronto los surrungueros se hicieron indispensables y lo que era una beba de cartas y alegatos frente a un carro ambulante, se convirtió en baile y cantata. “En ese tiempo algún gracioso le puso el Parque Berrido”, me dice una de las gar­ gantas de vieja data.

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Es sábado a las 2 de la tarde y se cuentan más de 20 guitarras entre las activas y las enfundadas. Los corrillos apenas están afinando las historias de la noche anterior: un viaje repentino a tocar en una fiesta en San Pedro, dos horas de música carrilera que resultaron en La Estancia, en el Parque Bolívar, un contacto del tercer tipo con una de las bailarinas ocasionales del parque. Lucely es una de las fundadoras de la escena. Acaba de llegar de un recorrido en buses con su parlante compañero: “Me cansé de tocar con otros músicos, eso es muy difícil, los humores de cada uno, de cada día… Esto no es sino prenderlo y listo, no pone problema.” Parece que antes de la primera canción es necesario una especie de desahogo sin acom­ pañamiento, a palo seco: “Yo empecé a cantar por un desespero,

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por un hijo enfermo. Estaba lista pa robar, pa ime pa la pieza con el primero que me ofreciera. Y resulté cantando. No sabía, pero cantaba con el corazón”. Sus primeros temas hacen parte de esa inagotable colección de desgracias que se lloran en las cantinas: Mil puñados de oro y Cruz de madera.

Lucely me hace una lista de muertos que no alcanzo a copiar en mi libreta: tres de sus maestros musicales a los que llama el difunto Argemiro, el difunto El Tábano, el difunto tales… Más dos hijos asesinados en Ituango y Medellín. Tiene los ojos chiquitos, esqui­ vos, perfectos para esas canciones de llantos eternos. Abrazada a su parlante canta una alegoría a las madres solteras, sin afán, con la misma parsimonia y concentración con la que me acaba de contar un pedazo de su vida. Su canto y su cuento tienen la misma letra truculenta.

Desde que llegó el metro con sus alardes de trapeadora y su cultura de ascensor, los músicos populares del Parque Berrío fueron perseguidos como la peor de las plagas. Muecos, con tufo a alcohol y canciones de lágrimas y puñales, con sombrero peludo y zapatos sufriendo su tercer dueño, los músicos, los bailarines y los pegados del parche le parecían al metro impresentables para sus alrededores metropolitanos. Recordaban demasiado a los personajes callejeros, algo siniestros y desaliñados, que sólo le gustan a la cultura oficial cuando están pintados por Débora Arango o retratados por Ben­ jamín de la Calle. Los policías comenzaron, entonces, a trabajar en el desalojo del parque y la guitarra se volvió una amenaza: “Es muy difícil conseguir a uno de por aquí que no haya terminado en el comando”, me dice el Segoviano, un cantante vestido con la camisa del Nacional.

En medio de esa purga contra la guasca, la carrilera, la parran­ dera, el despecho y sus costumbres, surgió una escena que cambiaría un poco la historia del parque. Eran los tiempos en que Lucely aún no había descubierto a su compañero el parlante y andaba con la guitarra a cuestas, su cruz. Un policía trata de arrebatársela y ella da pelea con las pajuelas como única arma. El tombo gana el due­ lo y amenaza con quebrar la guitarra contra el piso. Una estampa perfecta para un stencil. José Manuel Barrionuevo, un hombre de

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Septiembre de 2025 Barranca curtido en rebusques y caminancia, ve todo el tropel des­ de una esquina y decide comprar la pelea. Salva la guitarra y se le ocurre que hay una buena posibilidad de pelear por los músicos del Parque. Tiene varias categorías que seducen en el lenguaje buro­ crático del momento: población vulnerable, desplazados, gestores culturales. Comienza a llenar planillas, sacar carnés, juntar tríos camino a la secretaría de cultura. Barrionuevo se declara analfabeta musicalmente. Tal vez así tenía que ser para animarse a dar la pelea por los músicos en el escalón más bajo de la tarima. El metro debió resignarse y decidió poner una línea imaginaria que los músicos y su guachafita se comprometieron a no cruzar: “Ese es el paralelo 38”, me dice Barrionuevo entre risas, aludiendo a la línea roja entre las dos Coreas. Ahora los merenderos tienen el compromiso de pensar más en la guitarra que en la copa mientras estén en el Parque, y cumplen con discreción, yendo a enjuagarse la boca cada tanto a una esquina cercana. Incluso lograron recibir clases de técnica vocal en la sede del Banco de la República y lucir los adelantos en un concierto de lujo en la Minorista.

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A comienzos del siglo xx el Parque Berrío también era un escenario clave en la lucha del pueblo contra la ciudad. Medellín tenía seis “automóviles” y comenzaba a desdeñar las casas de balcones que alo­ jaron durante mucho tiempo los almacenes surtidos y los apellidos ilustres. Cuando los incendios de 1916, 1921, 1922 y 1925 dejaron sus estragos en el Parque, buena parte de la ciudad celebró con el carro de bomberos: “Sobre los escombros se levantaron magníficos edificios modernos que son adorno de la ciudad”. Los incendios eran un mal necesario para abrir paso al Edificio Olano y al primer ascensor de la ciudad, o para el Edificio Henry -llamado rascacielos-, y que algún milagro sostiene todavía en pie.

Ahora, cuando los esplendores del Parque Berrío son imposi­ bles de reconstruir desde la visual de Pedro Justo, cuando la ciudad decidió sepultar su cuna bajo su gran orgullo, los personajes que se reúnen día a día para cantar y bailar sus cuitas, hacen posible

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vivir en el pueblo pretencioso de Cosiaca, Marañas, Lorita y demás vagos de pata ancha y ruana. Ese Medellín que baila a salticos en los corrillos del Parque, que exhibe la mirada vidriosa de los jubilados sobre las putas jubiladas, que rebusca monedas invocando brujas y resuelve todas las discusiones con el refranero, es un sumidero privilegiado en la ciudad. Ahí no está solo una colección de lo más granado de los montañeros de la provincia, están los campechanos más rebeldes, más bohemios como todavía dicen en los pueblos, los menos obedientes. Intentan mezclarle algo de guitarra al palustre de la semana y no se dejan atortolar por el reguetón ambiente: “A mí me tocó venirme pa Medellín porque uno de músico en el pueblo es visto como un loco, un borracho sin oficio”, me dice El Genuino de Antioquia. Algo parecido dijo el inglés Charles Saffray cuando salió de lo poco que había en este valle a finales del siglo xix: “… en aquel pueblo ocupado sólo en buscar progreso material, los sabios, los poetas, los músicos, los artistas quedan siempre pobres, sin po­ der construir una clase separada.” Lo han logrado a medias: ahora tienen carné de desplazados, asociación de músicos populares y el beneplácito a regañadientes de la nueva iglesia local y sus vagones. Publicado en Universo Centro N° 25 - Julio de 2011

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Fotografía Juan Fernando Ospina

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Las eternas fiestas Por EDUARDO ESCOBAR Ilustración de Verónica Velázquez Cuando el narcotráfico comenzó a revelarse en todo su sucio esplen­ dor en Medellín a mí habían empezado a cansarme las fiestas. Y comenzaba a privilegiar mis pantuflas sobre mis zapatos de baile. De modo que jamás me vi involucrado en el miserable derroche de mis vecinos que empezaba a hacerse famoso, de mis nuevos vecinos, que colonizaron poco a poco las laderas orientales de Envigado donde yo vivía y que estaban asociadas para mí con la presencia querida de Fernando González. Uno que había andareguiado esos caminos en busca de la divinidad en una muchacha, reflexionando sobre el destino de su país bajo los sietecueros y deseando fincas y hacerse santo al mismo tiempo.

Los viejos ricos antioqueños en decadencia, víctimas de la pasa­ da crisis, emigraron poco a poco de los alrededores de mi casa. Yo los vi marcharse con sus espejos de cristal de roca desde la casa de mi padre. Los vi mientras abandonaban sus paraísos y dejaban las casonas de sus abuelos y sus padres, fundadores de almacenes en Junín y Guayaquil, y de fábricas, que habían sembrado en el valle abajo hasta el río un bosque de chimeneas. Y los caballos comunes y corrientes de las mangadas donde Fernando González suponía que Dios había creado a Eva de catorce años y medio se transfor­ maron poco a poco, no de la noche a la mañana sino poco a poco,

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Septiembre de 2025 en unos caballos que no eran los viejos táparos de todo el mundo, como el mío moro, sino otros caballos, más opulentos, verdaderos monumentos de sangre y nervio, y sangre azul, supongo. Los peones del contorno decían que eran levantados con cuidos de Inglaterra, que las pesebreras estaban alfombradas de rojo, que les gustaba la música clásica. Aunque sus patronos preferían en sus bailes esas orquestas que yo escuchaba tronar desde mi casa a salvo, y de nom­ bres consonantes con el ambiente de terroristas y pistoleros como los Tupamaros y la Sonora Dinamita y Fruko y sus tesos. La maquinaria del narcotráfico prohijó en la soberbia Antioquia primero, y después en la aburrida Cali, la inolvidable Barranquilla y la interminable Bogotá, el retorno de la leyenda de El Dorado que enloqueció a los hombres de la conquista. Porque viéndolo mejor, estas cosas de los excesos no son nuevas en Colombia. Colombia había asistido antes a la vida de otros seres exorbitados y exorbitan­ tes entre los piruleros según contó Fray Pedro Simón en las noticias historiales. Para ejemplo, está la historia de aquel Domingo Vera de pomposas propinas, que vestía como un gran señor con ínfulas de príncipe aunque no era más que un aventurero y tenía algo cómico y triste al mismo tiempo en su figura aterciopelada, con los bolsillos repletos de esmeraldas que derrochaba a su paso por las ciudades asombradas, entre las maritornes y los porteros de los palacios de condes y duques. Y Colombia había visto también los descabellados festines de los señores de la tagua, del marfil vegetal de los botones de antaño cuyos placeres diezmilunochezcos describió Escobar Velásquez, si bien recuerdo, en una crónica llena de vinos del Rin, champañas de Champaña y putas de Francia en las radas de Cartagena, después de hacer la ronda por los taguales del Cho­ có. Y había visto los oropeles de los caucheros. La tragedia estuvo asociada muchas veces para nosotros con la riqueza. Siempre los cambios de dirección de los vientos y las modas precipitaron las ilusiones en las quiebras después de cada episodio afortunado. La lista de reyezuelos abatidos en la conquista es larga y cruel comenzando por Lope de Aguirre —aunque tal vez Agui­ rre fuera un santo desbocado según sospecho—, muchos acabaron como éste acribillados, o comidos por las niguas de algún pantanero

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prometedor de potosíes. Y los reyes de la tagua también fueron echados al olvido con la invención de la baquelita y la llegada de los primeros plásticos. Y los caucheros… de la misma manera como los barones del narcotráfico cayeron a veces en las redadas de la policía mientras tomaban aguardiente barato en una cueva, rodeados por cortes de camajanes mal bañados, como le pasó a Carlos Lehder, allí cerca de la casa de mi padre. Agazapados en un closet o durmiendo en un gallinero. Pero esto pertenece a la reflexión parcializada de los que envenenan la felicidad ajena con sus moralinas. También hubo simples fiestas familiares donde se exhibían la generosidad y la solidaridad, y grandes festines multitudinarios y promiscuos. Con fritanga primero y marranos asados comunes y corrientes. Y después con langostas y licores de alcurnia de Escocia y de Francia. Porque todo se aprende.

Al principio los nuevos reyes de mi vecindario celebraban con una incierta discreción, me acuerdo, con truenos de voladores y tufos de barbacoas y algún tiro al aire. Y después mejoraron los autos y los truenos de las motocicletas y apareció el oro. El oro de siempre, el oro antiguo y ambiguo que enloquece a los hombres desde los años de Domingo Vera, con ese amarillo triste que lo distingue, y que empegota los templos y los palacios desde el principio del mundo en todas partes.

A veces pienso que en medio de la vulgaridad de las fiestas del apogeo del narcotráfico, incomparables con la fiesta recatada de Fritanga en su isla, cuando la cosa era propia de una élite de rufianes celosos, sin hígados, también se realizó la filosofía de los anarquistas en una nueva barbarie redentora, y la de Breton que dijo que el acto surrealista por excelencia sería disparar al azar sobre una multitud. Recuerdo que Rodríguez Gacha usaba en su baño papel higiénico impreso con la Venus de Boticcelli. Bakunin no habría podido supe­ rar ese gesto de refinamiento anarquizante contra las conquistas del arte de las burguesías. Lenin había dicho que el oro serviría en otro orden más justo para hacer orinales. Pero nadie irrespetó el dinero de una manera tan radicalmente revolucionaria como los inodoros de oro de los primeros mafiosos. Un cinismo esclarecedor e invo­ luntario. Unos como esos vecinos míos de Envigado, que en vez de

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Septiembre de 2025 contarlo, pesaban el dinero, despreciando su esencia, alterando su carácter, ejercieron a su modo, inconsciente, el derecho diabólico de completar la tergiversación social.

El discurso de los moralistas dicen que el delito no paga. Pero omiten decir que a veces también los pandilleros del narcotráfico hacían milagros como los santos antiguos, aunque de otro modo, cuando consolaban a las putas tristes con automóviles alemanes y con piedras africanas o salvaban de la mugre de la miseria un huérfano mientras hacían otro. La bestialidad y la ternura mezcladas. Y el símbolo: el charro. El charro de siempre en la iconografía latinoa­ mericana. El mero cabrón. El macho cerrero.

Las fiestas de los primeros mafiosos de Medellín, los que me tocaron a mí, las de los fundadores del Cartel de Medellín que fue­ ron mis amigos, eran fiestas más o menos normales. Y sucedían en la intimidad de los prostíbulos de la clase media. Me acuerdo de los brunos y los albertos y los posadas que acarreaban de Panamá la cocaína Merck del principio, camuflada entre los calzones que les traían a las putas de Lovaina y el Fundungo. Muchachos inocentes con ínfulas de malos, llegaban al jolgorio en automóviles descapo­ tables como en una película. Y a veces con unos perros que parecían muy orgullosos de sus amos por el modo como agitaban el cabo de cola bien cortado. Entonces el narcotráfico -el narcotrágico-, no era todavía una especialización. Era apenas un cuadre. Una manera de redondear el presupuesto. En sus días ordinarios los primeros mágicos se entregaban a otras prestidigitaciones, a ejercer oficios más graves, de más responsabilidad y riesgo. Unos eran expertos en ventosas, maestros del arte de perforar muros y romper tejados. Otros, asaltantes de bancos de barrio. O jaladores, así se llamaban, de automóviles o fabricantes de cheques chimbos. Pero todos poseí­ dos por la concupiscencia del dinero, no por la avaricia que es otra cosa, por las ganas de ostentar con perfecta inocencia, con perfecta inconsciencia.

No dejo de pensar que en estos Fritangas y Gordolindos y Jabones hay algo sagrado también. El demonio de la transgresión pertenece naturalmente a lo sagrado. Tienen algo de chivos ex­ piatorios mientras se sacrifican en el altar de los valores de una

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Ilustración de Verónica Velázquez sociedad, llevados al extremo, reducidos al absurdo. La locura de la codicia. La lujuria de ser aceptado. La fiebre de acumular que Marx relacionó con el pecado original. Y que Freud atribuyó al carácter anal, pues en su hermenéutica, quizás con razón, el oro y la mierda corren parejos en los reinos de lo inconsciente. De cualquier modo, cuando comenzaron a refinarse las fiestas de los narcotraficantes de Medellín, yo decía -como Don Guillermo Cano- que el que me invita me hace un gran honor. Pero el que no me invita me hace un gran favor. Y jamás volví a aceptar las invita­ ciones de mis amigos cuando se volvieron excesivos… aunque no sé si hice bien o mal, que carajo.

Publicado en Universo Centro N° 36 - Julio de 2012

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Coperas Por ANDRÉS DELGADO Fotografía de Juan Fernando Ospina Durante la noche, sentados en el bar Hollywood, Juliana no ha dicho mi nombre. No me dice Andrés, sino papi, y cada que me dice papi yo floto en los espacios misteriosos de mi ser. Andrés es el nombre del esclavo que obedece las órdenes del mundo. Papi es un cuento de mil y una noches.

Al frente de nuestra mesa está la pista de baile. Los cuerpos de las parejas que bailan me recordarás, aunque me vaya me recordarás son cruzados por rayos de colores. La música truena, las parejas sonríen y el barman sirve un trago en la barra. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás.

—Venga bailemos —y Juliana taconea por entre las mesas, arrastrándome de la mano como a un hijo bobo.

Me sube una bomba de sangre a la cabeza. Por favor, voy a pisarle los pies. Las parejas quiebran cintura y la bola de espejos despide rayos en todas las direcciones. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás. Será cuestión de los tragos, pero la música comienza a gustarme. Juliana me dice que por favor no le mire tanto los pies. Me avergüenzo y levanto la frente. Me sonríe, tan linda, y su gesto restablece mi confianza. Mi nariz llega a su coronilla, aunque Juliana tiene tacones. Su rostro afilado me gusta, pero ese pequeño lunar redondo al borde de su labio me hace pensar en algo siniestro.

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—No mueva tanto los hombros —y su aliento fresco a Chiclets Adams me golpea en la cara.

*** Pleno ajetreo de la calle Bomboná entre Junín y Palacé, siete de la noche. La comida callejera chirrea en la grasa mientras se levanta un vapor feroz desde las planchas de asaduras. Mientras espero mi tarrito de intestino asado liquido una butifarra. Mastico ansioso, pensando dónde carajos gastar mi viernes. Me tortura la pregunta de los desesperados: ¿A quién llamo?

La congestión de la calle se revuelve con aire orgánico. Vocea­ dores de buses y almacenes de cachivaches. Gente, colectivos y taxis. Pitos, semáforos. Una carreta hasta el tope con una pirámide de mangos amarillos. Al frente, un marco en media luna con luces de striptease, muy distinguido. Seré pendejo. Lo que necesito es un ron despachado con cerveza mientras miro viejas empelota. *** El bar Hollywood es una caverna roja y mineral, estrecha y larga como cualquier cueva. Al fondo están la barra y la pista de baile. Truena una salsa de Marc Anthony: Qué precio tiene el cielo, que alguien me lo diga. No hay barra de striptease ni tarima. Estoy desubicado y dudoso. Desde el fondo oscuro me mira un cúmulo de ojos intimi­ dantes, así que no hay de otra que gastarse una cerveza. Avanzo muy despacio por el pasillo. Así debe ser el infierno: largo, estruendoso y rojizo. No sé dónde sentarme. Este infierno tiene ventiladores y mujeres que cuchichean en las mesas y me miran como colegialas, las coperas.

Por fin me siento. En la mesa hay un tarro rojo cuya función no entiendo. Las otras mesas también lo tienen. ¿Será un cenicero? ¿O un tarro para las propinas? Viene una pelada que sonríe y pregunta qué quiero tomar.

—Una Pilsen —y yo también le sonrío—, bien fría si es tan amable, y un ron doble.

Su calidez y disposición me hacen sentir cómodo y tranquilo.

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Septiembre de 2025 —¿Usted cómo se llama? —le pregunto.

—Julianaaa —y me mira.

—¿Se quiere sentar conmigo, Juliana?

—Ya vengo pues para que conversemos un ratico —y taconea en dirección a la barra.

Un afiche: prohibida la entrada de armas. La pelada llega con mi pedido, abre la cerveza y echa la tapa en el tarro. Para ella ha traído una cerveza Clarita que también destapa frente a mis ojos. La desconfianza en estos sitios es por el licor adulterado. ¿Pero el trago de ron? Espero que en dos horas no quede envenenado y ciego. El ron me destapa las vías respiratorias, y lo bajo con un buen trago de cerveza.

*** A nadie parece importarle que esté bailando con Juliana. Durante el primer minuto bailamos en un par de baldosas. Cuando vamos de nuevo en el coro, Juliana toma la iniciativa y me empuja en un paseíto por la pista. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás. De­ jarse jalar por una mujer en un baile es de lo más incómodo. En la palma de la mano siento el michelín blando de su cintura. Juliana es trocita y chiquita. Y dice que come poquito. Le amaso el gordito, que me relaja y a la vez me provoca. En un acto reflejo me atrevo a seguir la letra de la canción.

—Ay, usted canta muy lindo —me dice al oído.

Me siento halagado y aspiro con ganas. Su cuello huele a una mezcla de champú, cigarrillo y sudor. Sigo amasando su michelín y un impulso me recorre el espinazo. Menos mal acaba la canción y consigo zafarme.

Llega un señor con la camisa rota en el hombro y con todo el carácter nos extiende una caja con cigarrillos y chicles. Desaten­ demos. Otros nos han ofrecido relojes, gafas de sol, chocolatinas y billetes de colección. Ya vamos por el tercer trago y me pica la curiosidad. El dinero que gana cada noche proviene de tres partes. La primera es el sueldo, la plata que se obliga el patrón: veinte mil los días flojos, de lunes a miércoles, y veinticinco mil de jueves a

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domingo. El sueldo de copera está asegurado cada noche, bien sea que se venda la faena o se pase en blanco. La segunda fuente son las propinas de los clientes, que van desde dos mil hasta cuarenta mil pesos. La tercera entrada, el atractivo del trabajo, son las fichas recogidas. Por cada cerveza Clarita que se beba, la pelada reclama al barman una ficha equivalente a mil pesos. Al finalizar la jornada se contabiliza y se liquida lo recogido. La mecánica del trabajo consiste en que el cliente pida lo suyo y Juliana una Clarita. A lo largo de la noche las meseras taconean por los pasillos con un monederito en la mano, el botín de su pequeño tesoro de fichas. Dice Juliana que la quincena pasada tuvo una buena noche. Ganó ochenta y cinco mil pesos: los veinticinco mil de sueldo, pro­ pinas por treinta mil y treinta y cinco fichas en su carterita. ¡Carajo, eso es mucha cerveza!

—Pero uno se acostumbra. Además, mi tía me enseñó a tomar una copita de aceite de ricino; así se aguanta la beba. La tía me queda sonando.

—De todas maneras, una llega todos los días prendida a la casa, cuando no es borracha.

*** Ahora suena un despecho de Darío Gómez. Prefiero estar solo que mal acompañado. Nuestro vecino bebe aguardiente y manotea. Escupe al piso y se limpia la boca con amargura. Sostiene una bolsa plástica engrasada con la que señala a las peladas del fondo. —Es todo lindo ese señor —me dice Juliana.

Y si de amores por ahí alguien te menciona, nunca le digas que tú fuiste mi mujer. Una de las peladas, tal vez la más flaca de todas, llega donde el señor: short, ombliguerita, abdomen plano y rostro duro. Mientras fuma, mete la mano en la bolsa extendida por el señor, saca un buñuelo y le saca un mordisco. De regreso a su mesa mastica y le da una calada a su cigarrillo. Este trabajo no es fácil. Se bebe mucho y se come poco o nada. Otras peladas pasan por su buñuelo donde el señor.

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Septiembre de 2025 —Siempre nos trae comida —me dice Juliana—. ¿No es muy lindo el señor?

*** Los horarios varían según el turno. El diurno va desde las diez de la mañana hasta las siete de la noche, y el nocturno desde las seis de la tarde hasta las tres o cuatro de la mañana. Los martes son el peor día, porque incluso los lunes llegan a ser buenos cuando los clientes están de farra desde el domingo y se lamben también la mañana del lunes hasta quedar abatidos.

Pero no solo se gana con las Claritas. Un guaro, un trago de ron, también generan una ficha de mil pesos. Pero Juliana prefiere la cerveza porque así aguanta más, así se vea obligada a ir continua­ mente al baño. Pide cerveza hasta que el cliente le ofrece media de ron o de guaro para los dos. Y tiene que aceptar. Con este pedido se gana seis fichas de un tajo. La idea es despachar la media lo más pronto posible para volver a pedir. Con toda razón a Juliana la cerveza le pasa como un jugo.

Los tragos ya me tienen cantando yo no sé por qué borracho te recuerdo. Le pido a Juliana que me muestre una de las fichas que se ha ganado esta noche. Mientras agacha la cabeza y esculca su monederito, espero ver una sofisticada ficha de casino. Me muestra un botón para camisa elegante.

—Pero estos botones son fáciles de conseguir —le digo pensando en un fraude—, son como a veinte pesos cada uno. —¿Pero de estos rayaditos? —me contesta desafiante—. ¡Vaya pues consígalos!

*** Le pregunto a Juliana si le provoca un tarrito de chunchurria. “¡Pues claroooo!”. La dejo en la mesa y salgo al agite de la calle. Cuando estoy de regreso se lo extiendo y me mira agradecida y feliz. Entonces guarda en un papelito el chicle que está masticando. –¿Quién te metió en este rollo? –le pregunto.

–Mi tía.

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Me cuenta que la tía tiene un puesto de hierbas en la Minorista. Un policía que le compra baños de la suerte fue quien hizo el puente. No fue fácil. Cuando el puesto resultó, la tía aconsejó a Juliana: tenía que aprender a conversar con los clientes, entretenerlos, ser bien confianzuda, sacarlos a bailar, obligarlos a beber, ajustarse las tiras del brasier en su presencia. Simular componer las copas y aprovechar para tocarse ella misma es un truco que siempre funciona. “Darles piquitos, dejarse tocar comedidamente”.

Para sacar una pelada del bar el cliente tiene que incurrir en tres gastos: el motel, la multa del bar y el precio de la chica. Una habita­ ción en un motel de combate en una de las zonas más sórdidas, por Carabobo o Tejelo, se consigue por diez mil la hora o quince mil toda la noche: sábanas traslúcidas y paredes en ladrillo pelado. El tope mínimo para sacar del turno a una mesera arranca en treinta mil y puede subir hasta ochenta mil. Todo depende del tipo de cliente: de su pinta, de lo que haya tomado, de la propina. Depende del día, de la hora, de las ganas que el sujeto demuestre, del ánimo de la patrona. La patrona es como una suegra entre mala leche y alcahueta, pues es ella quien cobra la multa del bar. Depende también del tiempo: una hora, dos, el resto de la noche. Depende de las deudas, del arriendo, de los servicios públicos. Y depende, sobre todo, de la cantidad de fichas recogidas. El cuadre también depende del hambre que se tenga. *** Son las 9:30 de la noche y Juliana me coge la mano y me obliga a mirarla. Hago un esfuerzo para no sucumbir al plan depredatorio. Es el aliento suyo, el de verdad; el aliento natural de la noche en el bar. Juliana cierra los ojos y acerca su rostro. Dicen que las coperas ayudan a lidiar con el peso del mundo. Si esto es cierto, Juliana comienza a levantarme.

Publicado en Universo Centro N° 44 - Abril de 2013.

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Fotografía Juan Fernando Ospina

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Mis primeras piedras Por GUILLERMO CARDONA Ilustración de Cachorro Los estudiantes no habían quemado el primer bus de Circular cuan­ do llegó, como una aparición, el fantasma negro del antimotines. Para vos y tus compañeros de Primero J, aquello tan comentado era aún desconocido, pues nunca se habían podido quedar en una pedrea y en esa materia, hasta aquel día de finales de agosto de 1973, seguían siendo primíparos. Pero los alumnos de cuarto a sexto de bachillerato ya se armaban de piedras para enfrentar la cobarde agresión de los lacayos del imperialismo, y ahí estabas vos con tus nuevos camaradas, apoltronados en las escalas del bloque de quinto y sexto del Liceo Antioqueño, en una especie de palco preferencial con vista a la carretera que rodeaba al cerro El Volador. Con el arribo de la tomba comenzó la diversión. Los estudiantes habían instalado barricadas de ramas, adobes, pupitres y llantas encendidas que estorbaban el paso desde la curva donde quedaba la discoteca Fania 70 hasta la fábrica de maquinaria industrial, conti­ gua a la cancha auxiliar de fútbol. Era un tramo de unos seiscientos metros donde el único acceso al liceo era la entrada principal, justo en medio de la recta, pues el campus estaba cercado con una malla metálica coronada por varios tendidos de alambre de púa. El antimotines inició su recorrido por los lados de la Fania, pasando sobre las barricadas más endebles y esquivando las que

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Septiembre de 2025 estaban encendidas. Los estudiantes se aprestaron a defender la entrada y se parapetaron en la última barricada, a pocos metros de la puerta principal, fortificándola con pesadas vigas de madera, rocas, llantas y objetos que nadie sabía de dónde salían pero que siempre aparecían en el momento justo. Allí se guareció un nume­ roso grupo hasta que el antimotines se puso a tiro, y a una señal del presidente del Consejo Estudiantil —comandante en jefe de la revuelta— lo recibieron con una descarga cerrada de piedras y bombas molotov, que obligó al antimotines y a su retaguardia de tombos a replegarse. Una horda de estudiantes embozados con camisetas y pañuelos saltó por encima de la barricada y los persi­ guió, hasta que el antimotines se atravesó en la calle para que se atrincheraran los policías de a pie.

—¡El pueblo unido jamás será vencido! —coreaba el estudianta­ do. Los policías respondieron con piedras y bombas lacrimógenas, y los estudiantes retrocedieron hasta la última barricada, en medio de la ovación de los compañeros de primero, segundo y tercero, a los que se les prohibía participar directamente en las pedreas pero que seguían los acontecimientos tras la aparente protección de la malla. La retaguardia de la policía retiró los restos de las barricadas para que el antimotines quedara con el camino expedito al contraa­ taque. Sin miedo a ser atropellados, los muchachos encendieron las llantas de la barricada y se agolparon en la puerta en formación de media herradura, y su defensa fue tan efectiva que el vehículo tuvo que seguir de largo. Nuevamente los estudiantes salieron en tropel y persiguieron a los policías, mientras otros trataban de hacer una nueva barricada por donde había huido el antimotines. Lo que se vio a continuación, en lugar de una gloriosa batalla campal, más les pareció a ustedes una danza ensayada y previsible: los estudiantes rehacían las barricadas y el antimotines contraata­ caba; los estudiantes lo recibían con más piedras y bombas incen­ diarias y el antimotines pasaba de largo, y así muchas veces, hasta ser francamente aburridor lo que al principio parecía un soberbio espectáculo. En casi cincuenta minutos de enfrentamiento casi nadie había salido herido: del liceo, ninguno, porque ustedes tenían vista a la enfermería, y, en cuanto a los tombos, solamente habían visto

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a uno cojeando. Hasta ese momento, las pedreas no se veían tan peligrosas y arriesgadas como decían.

Cuando llegaron el segundo antimotines y varias volquetas del municipio repletas de tombos, algunos propusieron que arrancaran para El Volador, pero vos y otros fueron de la opinión de que lo mejor era quedarse a ver qué pasaba. Se acogió la decisión mayoritaria de observar y aprender. Según conjeturabas vos con los muchachos, la calle que rodeaba al cerro era muy propicia para defender el liceo, siempre y cuando el ataque del antimotines proviniera de un solo lado. Pero ahora, con un antimotines ronroneando en la Fania y otro frente a la cancha auxiliar, iba a ser imposible impedir el allanamien­ to. Pese a todo, los estudiantes afirmaron las barricadas cercanas a la puerta, y el reducido grupo de los más troperos se camufló entre los escombros, cada uno armado con varias molotov. Los restantes regresaron a las rejas para cerrarlas tan pronto ingresara el último compañero.

Los antimotines iniciaron el ataque a toda velocidad, arrasando las barricadas y dando tumbos sobre los restos, sin perder la direc­ ción, en medio de un estrépito de latas y estampidos, soportando sin inmutarse la pedrea y las últimas molotov que alcanzaron a tirar los estudiantes, antes de correr hacia el liceo y cerrar las puertas. Los vehículos enfilaron sus trompas contra la portería sin que nada los pudiera detener, fuera de las rejas metálicas del parqueadero que se disponían a tumbar y que constituían la última defensa del invicto movimiento estudiantil. Entonces ocurrió algo inesperado. Los compañeros del Tecnológico Pascual Bravo, que hasta aquel momento habían permanecido sentados, observando im­ pávidos el combate, como una tribu sioux en el filo de la loma donde funcionaban los talleres de metalmecánica, justo al frente del liceo, se levantaron de pronto y empezaron a bajar corriendo en desbandada, tirando piedra y gritando abajos a la oligarquía y a los tombos hijueputas. Los agentes del orden que iban a pie no tuvieron otra alternativa que huir despavoridos, sin ningún orden, protegiéndose con los escudos, abrumados por las piedras que les llovían. Muy pronto los antimotines tuvieron que hacer lo propio, perdida completamente la dignidad.

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Septiembre de 2025 Abandonado el campo de batalla por el adversario, podría de­ cirse que El Volador era nuevamente del pueblo y para el pueblo o, en pocas palabras, que por ahí no podía volver a pasar nadie. Un rugido feroz salió de las gargantas del estudiantado: —¿Quién asesina obreros, campesinos y estudiantes? —¡El Ejército, títere de la oligarquía y el imperialismo! Los policías que estaban refugiados en La Fania 70 se largaron en las volquetas sin escuchar el final de la consigna, porque de seguro no se sentían aludidos, y hasta los estudiantes más gallinas pudieron salir a comprobarlo. Pero esa era apenas una artimaña, una finta de los esbirros del régimen que le imprimió al contraataque un carác­ ter fulminante: veinte minutos después, los antimotines asomaron por la curva de la cancha auxiliar, ocupando los dos carriles de la calzada y a toda velocidad, mientras el resto de la tomba los seguía en las volquetas del municipio, arrojando, con hondas, decenas de bombas lacrimógenas.

Desorientado por la asfixiante humareda, el estudiantado recor­ dó de pronto toda su vocación académica, y aunque a trompicones, liceístas y pascualinos regresaron a las aulas y, al paso de los últi­ mos rezagados, cerraron las puertas con candado. Los porteros del Antioqueño salieron a darle la cara a la autoridad y exigieron una orden de allanamiento para dejarla pasar. Sin embargo, esa no era la intención de los agentes de la oligarquía y el imperialismo: los policías, en lugar de allanar, se formaron en pelotones y se cuadra­ ron en posición de firmes. De pronto hasta fuiste vos el primero en advertir a ese oficial que se separó de la tropa, sin más protección que un quepis, y que caminó hasta ponerse al alcance de una pie­ drecilla que le arrojaron, con tan buena puntería que pasó limpia entre el enrejado de la malla y le abrió el pómulo. El oficial, sin que se le moviera un solo músculo del rostro, se limpió la sangre con el dorso de la mano y dijo: —Muchachos, esta vía ya ha estado cerra­ da mucho tiempo. Ustedes no se imaginan los embotellamientos de tránsito tan hijueputas que hay en la avenida Colombia, en la autopista Norte, en la 80. Si querían poner pereque, ya lo pusieron. Nosotros estamos muy cansados y queremos almorzar, y ustedes me imagino que también tienen muchas ganas de irse para sus casas

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a hacer tareas. Aquí tengo la orden de allanamiento —el capitán levantó un papel que agitó contra la brisa—, pero nosotros no que­ remos llegar a ese extremo: les voy a dar quince minutos para que desalojen. Los que se quieran ir, pueden salir tranquilamente por aquí, que a nadie le va a pasar nada. Los que no, que se atengan a las consecuencias. Quince minutos que comienzan ya —y enfatizó ese “ya” con un golpecito a su reloj de pulso. Los términos no parecían tan malos, sobre todo teniendo en cuenta que la semana apenas comenzaba. Las discusiones en las asambleas estudiantiles eran cada vez más candentes y eran cada vez más radicales las propuestas de participación en el Paro Cívico Nacional de septiembre, lo que permitía suponer que antes del viernes habría tiempo de sobra para nuevos encuentros. Así que más que una rendición humillante o la sumisa aceptación de un ultimátum, aquello podía considerarse más bien como una tregua que beneficiaba a las dos partes.

Las rejas se abrieron y se asomaron los primeros muchachos, todavía recelosos de la palabra del capitán. El hombre se hizo a un lado para permitir el paso y los demás tombos lo imitaron rompien­ do filas y haciendo, con los escudos recostados al piso, una especie de calle de honor, por donde comenzaron a desfilar los estudiantes, en sucesivas galladas, entre incrédulos y divertidos. O así al menos fue para ustedes, que salieron airosos de esa primera cita con la guerra. Luego de sobrepasar al último de los policías, alguien gri­ tó “Mañana nos vemos”, y salieron corriendo hacia la 80, todavía felices, todavía con algo de inocencia.

Publicado en Universo Centro N° 20 - Febrero de 2011

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Ilustración de “Cachorro”

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Sin saberlo un joven de 16 años escribe un diario que servirá para poner a rodar a Rodrigo D. El tedio y las vueltas turbias marcan los primeros días. Los tiempos violentos de su historia llegan hasta la productora Tiempos Modernos que dirige Víctor Gaviria. Ramón Correa entrega su historia para la escaleta de la película. Dejamos las mejores escenas.

Querido diario Selección y comentarios por IGNACIO PIEDRAHÍTA Fotografía de Guillermo Melo Fotofija de Rodrigo D: No futuro A los 16 años, Ramón Correa llevaba un diario personal. A pesar de su juventud y de su vida azarosa, sus anotaciones tienen la constancia de un astro del firmamento. Sin embargo, esta virtud palidece frente al hecho de que sus palabras estén escritas en clave. “28748c2s q52, b328? 2s4”, por ejemplo, quiere decir en su cifra particular: “Entonces qué, bien? Eso”. Así es como a veces saludaba cariñosamente a su diario, en aquellos días en los que la vida era juego:

Cuaderno No 8 Marzo, 1986

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Hoy todo el día por el rancho. Por la noche estuve viendo Academia para mayores que es una obra muy bacana. Allá estuvimos mucha Pipol. Rosita actuó muy bien y ella es muy especial. De subida nos vinimos y cogimos un quieto y qué nota.

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Septiembre de 2025 Mayo, 1986

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Hoy es un día muy colino, por la mañana Paya nos dijo que si le lavábamos la moto y fuimos Mario y yo y nos dimos un vueltón. Luego, como Jailer nos pilló cuando vino lo comentó a Paya nos dijo unas notas y que tal. Nos banderió y yo ah bien. Luego, más tarde todos por el rancho saboteando hicimos un teatro más bien hecho, Chao y Tobón hicieron de a un tiro y yo me hice el muerto, caí al suelo, me llevaron cargado y salió todo el barrio y nosotros muertos de la risa. Todo bien hecho. Ah pocas veces que podemos hacer estas cosas los jóvenes. Gozar nuestra juventud. Como a cualquier muchacho, a Ramón le gusta oír música, salir al parque con los amigos y jugar basquetbol. Todo el tiempo piensa en las niñas que le quitan el sueño; les hace la visita y les dedica poemas. Ramón no estudia pero le gusta leer. En esos días empieza por segunda vez Siddhartha, de Hermann Hesse. Sin embargo, considera que buena parte de su vida es aburrida: “Por la mañana muy amurado. En la tarde qué amuración tan teza […] por la noche estaba muy aburrido y me fui de vueltón, un man me banderío y le pegué una puñalada”.

*** Los amigos de Ramón empiezan a caer en medio de un remolino de vio­ lencia que ellos mismos alimentan, y la muerte busca su espacio en el diario del escritor. Es por esa época, a mediados de 1986, que Ramón comienza a frecuentar la casa de Laureles donde funciona la productora Tiempos Mo­ dernos. Un grupo de cineastas quiere hacer una película sobre la vida que llevan los jóvenes de los barrios altos. “Hoy por la mañana fui con Ramiro a Tiempos Modernos y todo bien, le entregué mis tres diarios a Víctor, todo bien. Me puse a jugar remis luego y por la noche por el rancho”. Septiembre, 1986

5               V

Me dijeron que el Gringo se había muerto. Yo dije: “Ah ya se murió, que más se le va a hacer”. Niño me subió un peto y yo le dije que me

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iba a ir que en estos días bajaba para que dialogáramos y en esas que­ damos. En el hospital, cuando entré sentí algo tan raro, nos separaba una cortina, un rayo de sol que se filtraba me anunciaba que el cadáver estaba ahí. Pensé que ya no había necesidad de entrar, pues se reflejaba la sombra pero no importa, atravecé la cortina y ahí estaba, cubierto por una sábana. Aún pensé que podría ser una equivocación, pero fue cuando me dieron ganas de observar hacia abajo y me di cuenta que los pies eran blancos y dije, este es, ya se ha ido. Le destapé la cara y lo pude observar. Era el gringo quien había cerrado los ojos para no abrirlos innecesariamente. Sentí que me iba a cubrir de lágrimas. Gringo, ya supiste lo que era la muerte y te moriste, no? Quién es el siguiente? Y por qué? Cualquiera se muere o no? Pues no podía controlarme, le preguntaba que por qué se había ido y él me miraba de una manera que trataba de hacerme com­ prender que él nunca movería los labios para contestarme. Que las respuestas a todas mis preguntas venían directamente del alma. A lo último comprendí que lo mejor que podía hacer era salir de allí de esa carnicería. Iba a salir, ya me había limpiado la cara y me puse a pensar en esa teoría que hay de que los muertos observan a quien los llora. Y luego observé que sobre su pecho estaba un papel con la marca del que no volverá.

Hora: 10:30 Nombre: Carlos.

Y muchas otras cosas.

Salí limpiándome las lágrimas.

Chao me preguntó que si sí y yo le dije que sí, que lo había confir­ mado. Luego nos vinimos Chao y yo en la moto. Pensábamos muchas cosas. Llegamos por el rancho y fuimos a la casa de Don Ramón, reconfirmamos la noticia y yo me fui para la casa, me recosté y me puse a llorar pero comprendí que ya nada podía hacer. […]

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Septiembre de 2025 Luego vi cómo llegaba el carro de la funeraria. Después fui a verlo, luego hice una recolecta y pedimos un ramo. De donde los Correas también mandaron por un ramo. En el de la amistades yo puse: De tus amigos que tanto te estimaron y que nunca te olvidarán. Y toda la noche nos la pasamos bebiendo. No sé ni cuantas botellas nos tomamos. Después nos fuimos Jailer, Fancis y yo a trastiar y nos trastiamos 2 relojes, 21 dólares y 700 pesos. Toda la noche bebiendo y yo ya estaba borracho llorando mucho.

6               S

Hoy amanecí en el volrio del Gringo, muy triste. Fui y me acosté un momento, al rato me levanté y ya llegaba el momento de la despedida. Entramos con él a la iglesia, lo que yo no hacía durante mucho tiempo lo hice hoy por el Gringo. Luego bañados en lágrimas nos fuimos para el cementerio, yo me fui en la moto de la Chinga y entre lágrimas y contorsiones lo dejamos allí. Yo le puse una nota y desgraciadamente el viento no dejó que cayera donde yo quería que esta quedara y me tocó empujarla con el pie pues no quería que nadie más la leyera y ya intentaban cogerla y me tocó hacer eso. *** Ramón cae preso en Bellavista. Allí pasa todo el 87 y parte del 88. Sin embargo, ni siquiera en esas condiciones detiene la paciente escritura de su diario. Es una época en la que su vida, al igual que su oficio de escritor en ciernes, madura.

Maté el único sentimiento puro en una noche que miré por las rejas del calabozo y la luna estaba llena. Lo estallé en pensamiento. Todo colino me reía viéndolo morir y mi corazón parecía que le echaban más pintura negra. Después cayeron lágrimas que no derramé sobre los hierros fríos. No, creí que era mejor arreglar las cosas sin que mi corazón sangrara. Acabé de ver la película que tanta parte de mí tiene, le cambiaron el nombre.

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Muerte De repente voltié y en el patio un man le pegó una puñalada a Car­ los, la sangre salía en chorros, se moría y decía que no lo dejaran morir pero nada ya había perdido.

En algún rincón de este mundo corrupto encontraré calma. Hay en casi todos los camarotes hechos de madera y cartón unos afiches de chicas de revista Vea, desnudas. Los presos en cualquiera de estos momentos solos, uno cree que esa es la mujer de uno y hay que atenderla. Se pone a viajar la mente y una masturbación afectiva. Muchas veces estas frases se me quedaban mochas porque el azare era tal que no podía seguir escribiendo. Preso estoy, estoy cumplien­ do mi condena, la condena que me pusieron a pagar esos jueces hijueputas. Me acongojo, me avergüenzo y me da pena pero tengo que cumplirla en soledad.

Suicida Esta vida nos enseña a odiar todo, a desconfiar hasta de la corteza terrestre.

*** Ramón ya no solo cuenta en sus diarios lo que le sucede en la cotidianidad. Por momentos, también se aventura en pequeñas historias en prosa, donde se observa ya una técnica literaria, los primeros pasos hacia el cuento. Del Cuaderno no. 24 Agenda de Diario de 1987 Sin clave Desde el día que Juan salió, poco he vuelto a saber de él, al igual que de sus hermanitas Marce y Claudia. La que fuese la mujer de un bandido, el Chacho, el mano derecha de uno de los propios. Lo que me di cuenta fue que el loco en la calle era un toque descontroladín con el tal, que como siempre es un vicio ruín. El pelao en un roce

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Septiembre de 2025 que tuvo con Memo, le botó dizque un fierro y también creo que le falló en un cascado. El Juan, uno de los pelados de los balsos, buen pelao a mi concepto, algunos meses, inclusive bastantes convivimos aquí en el colectivo 41 del 2o patio de esta cárcel h.p., Bellavista. Cocinábamos, fumábamos en la tarde y en la noche hasta quizás estar amuraos empeñados en la platica que quizás nuestros pobres padres con gran esfuerzo nos traigan. Era del combito de nosotros en Bella, ahora ya se llevaron muchos muchachos, Jhon en remisión del 5o, Vladimir libertad, tales en libertad, Nandito en libertad. Prácticamente quedo como siempre he estado, solo y con un criterio definido. Frank es dizque el que convive conmigo, es buen muchacho pero como todos los carones son cansones, ahí, mas sin embargo, lo tengo conviviendo desde que bajó de la Guallana hace ya más de un año. Ahora de una manera u otra es un compromiso como amistad que convive conmigo. Algunas veces tenemos pequeños sinsabores, no sé pero me parecen bastante feas las discusiones entre los que convivimos. Eso no debe existir pues maricamente llega a molestar sicológicamente hasta el punto en que uno en más de un momento piensa que a uno se le va pegar el compañero y también le dan a uno ganas de pegársele porque uno sabe que ambos son hombres, es necesario que halla algo para que lo impida como en muchas ocasiones en que hemos tenido que admitir que el que las cuchas nos representan algo, él me lo dicho a mí y yo a él, por tu cuchita no invito a que nos cojamos vos y yo igualmente camarada. Hoy sucedió eso, pero todo bien. Quieto que sereno. Llovía fuertemente por la calles de Medellín, era un sábado como cualquiera, sólo que aquel día, en cualquier lugar de esta ma­ quiavélica ciudad, alguien hacía una llamada telefónica tratando afanosamente de localizar a un hombre que podía darle un poco de tranquilidad a su vida de delincuente y de paso podía ganarse algunos pesos.

—Aló, aló El teléfono parecía no estar de acuerdo con lo que él pensaba ha­ cer, pues no accedió de inmediato a las súplicas que aquel hombre, Carlos Correa, hacía afanosamente por obtener una respuesta. No

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quizo seguir insistiendo pues parecía que estaba de prisa, buscó en una tarjeta telefónica que tenía a su alcance y marcó un número diferente. Esta vez obtuvo resultados muy positivos. —Hola, con Alex?

—Sí, con quién?

—Qué tal socio, hablas con Quintana —Qué más viejo, qué necesitas?

—Sabes, acabé de recibir la información de que el Mocho se en­ cuentra de romántico con su novia en la fania. Se encuentra solo y en una 500 gris, tienes herramientas?

—Sí, aquí tengo un changón y un treinta y ocho en perfectas con­ diciones.

—Vas a ir con Juan? O con quién?

—Sí, iré con él. Más tarde te llamo, Carlos, para informarte qué sucedió.

—Suerte, ya sabes, son ochocientos.

—Lo sé, lo sé Carlos y todo saldrá bien.

Soltó el teléfono y cogió una chaqueta del closed, se la colocó, luego se dirigió hacia un cajón que había debajo de su cama, sacó una caja que tenía balas Dun.Dun. También había un changón y un treinta y ocho. Los revisó y cargó la pistola quitándole las balas sencillas y colocándole Dun.Dun, balas especiales. Volvió y guardó el cajón, tenía una calma envidiable para aquellas ocasiones, prendió un cigarro y cuando se dirigía a la puerta, su mamá le preguntó: —Hijo, para dónde vas?

—Voy a llamar a Juan, ya vengo.

*** Antes de ir a prisión, Ramón va de paseo con Víctor Gaviria a Liborina, el pueblo de donde son oriundas las familias de ambos. Allí, por fumar mari­ huana en la calle, lo meten a la cárcel: “Qué belleza de cárcel –dice–. Muy

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Septiembre de 2025 aseada, pocos presos, bien vestidos, todo bien”. En el 88, después del paso por Bellavista, Ramón es remitido a una de sus aseadas cárceles pueblerinas, en Fredonia. Allí se vuelve más reflexivo. El retiro geográfico lo hace sentir aún más lejos de lo que prometía ser su vida.

Aquí todo bien en esta nueva cárcel. El desayuno arepa con pan, comestible, no aguamasa como en Bellavista. Yo me hice inscribir para entrar a estudiar carpintería ya que aquí da un curso el Sena. A las doce almuerzo sancocho con claro, bendito. A las doce salimos de estudiar.

Empecé a dialogar con varios internos. Había gente con cara de azarosos pero mí no me azaraban, yo venía como hombre y con eso gano.

[…] He visto recortes de Rodrigo D No futuro. Ahí mismo llegan los recuerdos, con una risa sarcástica se ríen de mí, aquí donde se vive entre fafarachosos. Gente bien, mal, peores y salvajes. La lucha es por sobrevivir ya que hay un triunfo imaginario lleno de fantasías, de ego.

Sí, algún momento le robo a la vida la calma.

Recuerdo cuando era un niño. Recuerdo los camping, sólo ahí supe lo mucho que valía la libertad. O con los locos que camellé la película de paseo. Cuánto nos cambia la vida, cuántas amistades han caído. Tras una búsqueda del rey dinero… qué falla. Pero indudablemente el mundo marcha como debiera ser gústenos o no, así de sencillo. Un día en mi celda, la que la sociedad me asignó, miré a través de mi única ventana. Allá encima de mi cabeza pude ver un lucero que brillaba en su luz. Sentí un contacto con toda la humanidad y con todo el universo y mi corazón se alegró porque brilló para mí en esta puta celda.

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Ramón fue asesinado en enero del 91, poco más de seis meses después de llegar del Festival de Cannes, adonde fue invitado como coguionista de la película Rodrigo D: No futuro. Si hubiera podido escoger una última y breve anotación en sus cuadernos, seguramente lo habría hecho de manera directa y sin solemnidad, como era su mirada ante la propia muerte. Ya antes se había despedido de su diario, como si no fuera a volver: Después, a las 10 p.m. me acosté, suerte recolector de mi vida. Publicado en Universo Centro N° 40 - Noviembre de 2012 Fotografía de Guillermo Melo. Fotofija Rodrigo D: No futuro

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Un paseo en el río con Raúl Por MAURICIO LÓPEZ Fotografía de Juan Fernando Ospina El 31 de diciembre del año 2000 a Raúl León Pérez Ospina se le rompió el corazón. Sin haber comido ni bebido en todo el día, el viejo encontró en su amargura la fuerza necesaria para levantarse, y empezó a caminar con los ojos cargados de lágrimas y casi muerto de nostalgia.

Su pasado lleno de tormentos y pequeños triunfos, que en la distancia parecían las alucinaciones de un drogadicto, lo impulsó a seguir su recorrido a lo largo de la Autopista Norte. Había comen­ zado el día en el municipio de Caldas, y no sabía adónde lo iban a llevar sus pasos. Por el camino pensó varias veces en matarse, pero se acordó de Dios y se le ocurrió que tal vez había llegado el momento de orar por sus pecados para encontrar esa redención tan anhelada. Tenía 39 años y llevaba siete viviendo en la calle. Se había graduado de Comunicación Social–Periodismo en la Universidad de Antioquia, y había estudiado en Francia para ser chef interna­ cional. Su vida parecía encaminada al triunfo, pero un “demonio” lo perseguía a todas partes: el bazuco. “Nunca pude dejarlo, nunca quise dejarlo. Conocí las drogas en la universidad y me enamoré de esa calma que me producía ingerirlas. Probé de todo, pero el

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bazuco era lo mío”, dice Raúl, hoy con 52 años, enfermo de sida y habitante del paseo del río.

Raúl perdió el hogar el mismo día que perdió a sus padres, León Pérez Machado, fundador del Bar Colón, y Adilfa Ospina Miranda. “Ellos eran los únicos que me toleraban, y por eso cuando murie­ ron mis hermanos me echaron de la casa para siempre”, cuenta ya sin tristeza Raúl, pues sabe que su tumba será la calle, aunque la herencia de sus progenitores esté por decidirse en los juzgados. “Yo tengo derecho a parte de lo que dejaron mis viejos, pero mis hermanos están tratando de hacerme ver como loco ante la justicia para quitarme todo”.

Como habitante de la calle ha sido testigo y protagonista de mu­ chos crímenes, como víctima y como victimario. Durante el primer año de su desdicha como “indigente” un hombre lo recogió en una camioneta, supuestamente para darle de comer y regalarle ropa. Llegó a una casa en el barrio López de Mesa, recibió lo prometido y cuando iba a salir se encontró con que la puerta estaba cerrada con llave. “El hombre me dijo ‘desnúdese que lo voy a bañar y me lo voy a comer’. Yo era muy débil como para enfrentarme con él, así que accedí. Desde entonces he tenido muchas experiencias con hombres. En la calle nadie tiene sexo o género. Todos somos lo mismo: her­ mafroditas”, explica con una risa burlona Raúl, que no sabe si fue un hombre o una mujer quien le contagió el VIH. Solo sabe que un día lo golpearon y cayó desmayado; lo recogió la policía y lo llevó al Hospital San Vicente, donde le dieron la noticia. “Desde ese día he intentado suicidarme cinco veces y no he tenido suerte. Ahora no me importa seguir viviendo de esta manera. Ya estoy muy viejo y veo muy cerca mi final. Para qué apurarme”.

Raúl es flaco, alto, casi calvo, y apenas le quedan siete dientes. Después de una golpiza de la policía hace más de tres años, le quedó una larga cicatriz en la espalda que no le permite caminar largas distancias. “La última vez que caminé largo fue ese 31 de diciembre de 2000. Llegué hasta Bello sin darme cuenta. Iba llorando y hablan­ do con Dios. Le pedí que me sacara de esta vida, que me ayudara, pero creo que no escuchó mis súplicas”, dice Raúl, conocido como ‘El Viejo Leo’ en el paseo del río.

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Septiembre de 2025 Raúl es uno de los casi tres mil 500 habitantes de calle de Me­ dellín, según cifras de Bienestar Social, aunque la fundación Maki Wailluna habla de ocho mil. En el paseo del río, entre los puentes de El Mico y San Juan, viven cerca de 900, bajo las órdenes de va­ rios caciques sanguinarios. “Por acá la gente buena no puede pasar. A ninguna hora. Todos los que vivimos en el río somos o hemos sido malos. Todos tenemos un ‘bulto’ en la espalda”, asegura Raúl, quien ha tenido que blandir el puñal en más de una ocasión para defender su vida.

“Para las mujeres de la calle es peor. Acá la que se porta mal o se cree muy fiera amanece violada. Ese es el escarmiento. A los hombres los apuñalan”, cuenta el ex periodista antes de hacer una pausa para respirar. Luego se queda pensando, y tras varios segundos reanuda su charla: “yo tuve un amor”, me suelta inesperadamente. “Se llamaba Nancy y la conocí en un bus de Villa Hermosa. Me subí al bus y la vi. Ella se quedó mirándome y luego volteó la cabeza. Cuando se bajó me volvió a mirar. Yo no le paré bolas a eso pero después la volví a ver en la misma ruta. Y así pasaron como seis me­ ses. Siempre nos quedábamos mirando pero ninguno le decía nada al otro. Hasta que me di cuenta de que vivía a pocas cuadras de mi casa, y entonces busqué la manera de conocerla a través de amigos en común. Nos hicimos novios y estuvimos a punto de casarnos, pero ella no se presentó en el altar”.

Los iba a casar el arzobispo Aníbal Muñoz Duque un 8 de di­ ciembre a las diez de la mañana. Cuenta el viejo Leo que ese día prefirió no prender velitas, pero sí se pegó una borrachera. Todavía la recuerda, y muchas veces se ha cruzado con ella en el Centro, pero ella no lo reconoce y él prefiere no presentársele. “¿Qué le voy a decir, que soy un gamín que se acuesta con otros gamines y que tiene sida? Nooo, prefiero dejar las cosas así”. Pero Raúl no es el único con historia en el paseo del río. “En la calle viven personas que saben hasta tres y cuatro idiomas. Perso­ nas que alcanzaron a ser capitanes de la policía. Hasta don Nelson Arroyave, quien llegó a ser el mejor cirujano de Medellín. La calle hay que respetarla por muchos motivos. Uno de ellos es que sus habitantes somos un espejo en el que nadie quiere mirarse. Nos

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dicen desechables, pero cualquiera en este mundo puede ser des­ echable”, dice Raúl, quien se rebusca la comida haciendo mandados en la Minorista.

De día recorre la ciudad o se queda en la Minorista, y de no­ che vuelve al río, a ese mundo escalofriante de drogadictos, locos, putas y ladrones: “este es el infierno, pero nosotros no somos más que demonios, por eso no nos tememos los unos de los otros. Si hay que matar para vivir se mata, si hay que pichar se picha, si hay que rogar se ruega. Como dice la canción, ‘la calle es una selva de cemento’”. A Raúl no le importa el macroproyecto que prepara la Alcaldía para el río, pues si los echan encontrarán otro lugar para acomodarse bajo la luna y el sol, como han hecho siempre. “En un mundo lleno de problemas y falto de oportunidades, los únicos que no nos extinguiremos somos nosotros y las cucarachas”. Publicado en Universo Centro N° 50 - Octubre de 2013 Fotografía Juan Fernando Ospina

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Las misas no son para los perros Por J. ARTURO SÁNCHEZ TRUJILLO Ilustración de Alejandra Congote El sol parecía enfermo porque no calentó ni mañana ni tarde, aun­ que se dejaba ver a lo lejos, pálido y cabizbajo. Los estudiantes del liceo —casi todos obligados y renegando— marchaban por las calles del barrio para ir a comulgar en la misa de los llamados primeros viernes de mes, a celebrar la aparición de Cristo a Margarita María Alacoque; una francesa santificada que según los católicos sufriría todos los primeros viernes de mes, hasta su muerte, una experiencia mística: cargar en su cuerpo la llaga del costado de Jesús. Dicha aparición, que resultó ser una sangrienta visita, se habría dado en 1675, durante la Octava del Corpus Christi. Los adictos a la santa sostienen que Jesús se le manifestó con el corazón abier­ to, rodeado de llamas, coronado de espinas, con una herida de la cual brotaba sangre y de cuyo interior emergía una cruz… Y que, señalando con la mano su corazón, exclamó: “He aquí el corazón que no se ha ahorrado nada…y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud.” Luego ordenó el día de cada mes en que se le debería rendir el tributo de una misa y comunión, prometiendo no dejar morir en desgracia a quien le cumpliera puntual. En el fondo no era una mala la oferta.

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En ese entonces, aquello de sacar malas calificaciones en religión era de lo más temido en esos colegios de santones, dedicados con alma, vida, sotana y vino, al corazón de Jesús. Reprobar la asignatura santa convertía al alumno en algo menos que una cosa sin alma, el ser más execrable y pérfido de la parroquia. Y cargando ese fardo era difícil acercarse a las muchachas.

A mí y a un pequeño grupo de pilluelos que me espejaban en la desobediencia escolar no nos importaba mucho el ritual, pero ese acto “significativo” del desfile con misa a la fuerza, daba un puntaje en la nota definitiva, nuestro juicio final. Y aunque yo aún no había leído El hombre que calculaba, sabía que asistir me convenía para ajustar las cuentas.

Cargando una docena de años, este servidor salía apenas de una tumultuosa y malaventurada infancia. Lo que me gustaba de verdad no eran los sermones sino los trabalenguas y trovas que le oía al abuelo Bernardo cuando desenjalmaba, en la casa de abajo del barrio Belencito, trayendo sus alforjas llenas de cigarrillos Lucky cinco letras y tabacos. Ahora sé que esas oídas y esos tabacos que me jalé, me abrieron las complicadas puertas de la literatura y de otros humos mayores.

Ese día me levanté temprano. A las siete menos veinte salí de mi casa. Llevaba el flaco maletín que contenía lo básico: una revista de aventuras para leer discretamente en caso de una clase aburri­ da, un grueso cuaderno de tareas varias, dónde anotar de todo sin formalismos, algún mecato, bien recortes de panadería o mango biche con sal, o salchichón. Y bolas de cristal por si había jugarreta después de clases.

Fue seguramente en mayo que ocurrió ese incidente que reme­ moro, pues durante cuatro semanas le tuvimos que rezar todos los días, a eso de las diez de la mañana, el rosario a la Virgen María en el salón de clases. Y fue en el año 1966 porque en esos días, estan­ do en formación en el gran patio que servía para los descansos, el profesor de religión, un cura malencarado, aprovechado y de mente retorcida que abusaba de su autoridad y de aquellos muchachos que inocentemente le contaban pecados mortales en el confesionario, nos dijo alzando la voz y las manos: “Ese bandolero que murió en

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Septiembre de 2025 el monte no tiene perdón de Dios, es una vergüenza para la iglesia, siquiera se murió”.

Se refería al sacerdote Camilo Torres quien recién ingresado a las guerrillas del Eln había sido dado de baja al tratar, según la retórica zurda, de “recuperarle en combate su fusil al enemigo”. Acción intrépida, heroica y poco recomendable que hizo curso en los códigos de las primeras guerrillas comunistas, hasta que Bate­ man Cayón, el estratega “loco” del M19, enseñó que era mejor, más barato y más fácil aterrizar en algún río aviones cargados de fusiles, conseguidos en el mercado negro; o hacer huecos bajo tierra que llevaran directo a las armerías de batallones oficiales. Lo que viví aquel viernes de 1966 en la mañana al ir a recibir clases fue extraño pero al fin y al cabo normal, por estar acostum­ brado a rodearme de lo inaudito. Abrí la puerta de mi casa y vi dos grandes perros asediando a un tercero; una chanda de pelambre negra con manchas blancas y amarillas, que tenía mocha la oreja derecha y la cola visiblemente desnutrida. Era un callejero. Un atacante le mordía la pata delantera izquierda de donde salía sangre, y otro trataba de agarrarle el cuello. En medio de la perrada se escuchaban súplicas a la vez cargadas de la furia y la angustia del vencido. Si se tradujeran estos conmovedores sonidos al lenguaje humano, quizás se escucharía algo como esto: Ayyy, ¡ayuda! ¡Auxilio! ¡Socorro! Suéltenme faltones, de a uno, de a uno, lagañas, garufas, ¡hijueputas!

Acudí en su ayuda, porque aún sin creer en el cielo o esperarlo, siempre he sido un metido obligado cuando las cosas cojean, se inclinan de forma injusta y desmedida. Zapateé la acera y cogí dos piedras que lancé contra una caneca de basura al lado de la gazapera, esperando amedrentar con el estruendo a los pandilleros, y lo logré. La alegría y agradecimiento del orejimocho fue grande. Se me abalanzó y de un zarpazo trepó a mi camisa blanca donde quedaron sus huellas. Luego de derrumbarme saltó sobre mi rostro y sobraron lambetazos. Para liberarme, tuve que despedirlo y correrlo a punta de maletín.

Me retiré apurado porque en esa cárcel escolar cerraban la puerta de entrada a la hora en punto. Y a veces antes. Era la tercera

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institución que pisaba en tres años y esperaba que no me dieran nue­ vamente boleta de expulsión. Algunos coordinadores de disciplina nunca estuvieron a la altura del libre desarrollo de mi personalidad. El animal empezó a seguirme; supe que me había nombrado su amo, sin consultar. Cuando llegaba a la gallera del barrio, a una cuadra de mi destino, un sitio oscuro donde los precursores de los primeros mafiosos tenían crías de pelea para matar el tiempo, pensé que el can debía despegarla por el bien de los dos. Nuestra sociedad había terminado hacía rato. Y era obvio que ya no podíamos estar juntos, ser camaradas: las misas no son para perros. Especulé acerca de todo lo ridículo y problemático que sería que el terco compañero se me arrimara en la formación o en la misa, y me le paré enfrente: ¡huich!, resoplé y lo hice alejar unos metros. Varias veces repetí la acción sin resultados. Él retrocedía y luego bailando en la cola me alcanzaba otra vez. Salí corriendo, di vueltas a varias manzanas e ingresé tarde al patio de donde ya se disponían a salir. El profesor cura que se cuenteaba con el rector en un promontorio de cemento “delante de la tropas”, me miró manicruzado mientras me incorporaba tarde a la filas. En el aire juvenil de aquel recinto se escapó un jocoso murmullo.

Estábamos a punto de abandonar el patio y observé preocu­ pado cómo, saltando una grieta que daba a los solares aledaños del edificio, entraba de nuevo el de las cuatro patas, husmeando y mirando fijamente los rostros. No será difícil imaginar que buscaba a su ahora desgraciado protector. Dieron la orden de partir y sali­ mos al fin, pero solo después de que cerraron la puerta de entrada y ya tomando la calle cercana a la iglesia, pude confirmar que mi pesadilla había quedado atrás. Descansé… No he sido creyente, ni ovejita en el corral de nadie. Me descreí precisamente cuando, después de leer buenos libros, renuncié a soportar dócilmente el peso infame de los latigazos benditos que me dieran por ser considerado con razones un pequeño demonio. Y fui mucho más descreído al conocer a ese cura insoportable, con sus manías que contradecían la moralina que balbuceaba en clase, con su fino y grueso cristo de madera negra terciado en el cinto, que le servía de cachiporra.

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Septiembre de 2025 Sin embargo, y a pesar de mi temprana sospecha anticlerical, ese día le pedí a algún dios por última vez, al dios de los perros si existía, que en compensación por mi acto de solidaridad tan de mañana, me librara de aquella bien agradecida compañía, pues haría peligrar mis calificaciones con catastróficas consecuencias. Alguien me había soplado que en la familia solo esperaban un nuevo resbalón para recluirme en el preventorio.

Ignoramos hasta dónde llega la gran lealtad de esos sujetos con cola y olvidamos que no están envenenados con astucias políticas. Sabemos sí, con alegría o con creces, que una criatura de estas en­ cuentra a cualquiera solo siguiendo el olor que quedó grabado en un grano de azúcar, una miga de pan, o un miserable pelo caído del bigote.

Estando en la sagrada elevación, ya dada por terminada la fá­ bula, apareció de nuevo “perrito”, olfateando desesperado en una puerta lateral a tres o cuatro metros del tablón donde me encontraba sentado. Aproveché para arrodillarme antes de que me pillara, y cuando empezó a revisar detenidamente las hileras, me arrastré hacia el corredor central, llamando la atención de un auditorio que quedó sorprendido e incrédulo ante mi huida. El propio oficiante se desconcentró, la solemnidad del sacramento fue desbaratada. Agachado con mi ruina, salí de un brinco del templo. Los ges­ tos grotescos del cura, que apretaba los puños, me anunciaron la tormenta. Hui, eché a correr hasta la esquina y tomé un bus para el centro, pero me bajé a un tercio del camino, en los billares de la placita de la América con el fin de relajarme. A pesar de mi corta edad podía entrar al lugar por cortesía de algunos camajanes que me conocían “con la buena”. En esa guarida encomendé mi alma al juego de cartas. A las dos de la tarde campanearon que la policía andaba de batida en los alrededores y me tocó salir. Supe luego que mi incondicional amigo canino, terminada la eucaristía de aquella mañana amarga, fue sacado a escobazos, con mucha dificultad, por el sacristán y varios devotos. Y después es­ cuché algo en una tienda del Segundo Danubio, que me dio pistas sobre la posible causa de la bronca canina en la que estuve metido. Mi protegido, que no se sabe de dónde apareció, aventurero o

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desplazado, gustaba tener como novias a todas las hembras de su especie en esos territorios y había preñado unas cuantas en un des­ cuido de sus amos, mientras las tiraban a ensuciar jardines. No solo lo querían fuera de allí o linchado los viejos alfa, también algunos paisanos amenazaban con matarlo y hacer salchichas. Quise ver de nuevo ese perro que al final me caía bien. Lo bus­ qué muchas veces en las calles y solares de ese barrio que apenas empezaba a construirse en una orilla de la comuna 13 de Mede­ llín. Me sobraba ya tiempo para atender su amistad, y quería que subiéramos juntos a las frutecidas mangas del convento de la hoy santísima Madre Laura. Ahí se podían conseguir gratis, aunque a la carrera y saltando cercas, jugosos y grandes mangos que genero­ samente daba la naturaleza.

Sí. Tenía tiempo de sobra porque tres días después de ver ese sol enfermo; el lunes a las siete y media de la mañana, apenas llegado al Liceo San Javier, fui llamado a la rectoría. Defraudado entendí que los actos piadosos con animales no valían en esta iglesia, ni en ninguna. Mientras yo abría los ojos callado, prevenido y berraco, el cura me gritó una cosa muy parecida a la que dijo de Camilo Torres, y el rector me escupió la noticia: Tenía nada en religión por sabotear las celebraciones y quedaba expulsado, por ser el único alumno en la historia de la institución que se había cagado en la misa. Amén. Publicado en Universo Centro N° 67 - Julio de 2015

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Ilustración de Alejandra Congote

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Memorias de alias León Por LUIS MIGUEL RIVAS Ilustración de Titania Mejía Fueron las pequeñoburguesas de la Universidad Pontificia Bolivariana (y en concreto las gemelas De Greiff) quienes me hicieron renunciar a la lucha por un mundo mejor y ocasionaron mi vergonzoso retiro del Grupo Comunista Revolucionario Marxista Leninista Maoísta Línea Presidente Gonzalo En Contra De La Política Neoliberal Gavirista y La Expoliación del Coloso del Norte, en el que milité con entrega y fervor hasta la nefasta noche en que fui invitado a esa fiesta en una fin­ ca del Oriente antioqueño, típica propiedad de la clase terrateniente. Al GCRMLMLPGCPNGYECN (en adelante seguiré llamando al grupo por sus iniciales para abreviar) había llegado gracias a mi amigo Boris (pongo aquí su alias en vez de su nombre real ya no por seguridad como en aquellos tiempos sino para ahorrarle el oprobio de que alguien reconozca al próspero ejecutivo en que se convirtió después de traicionar —al igual que yo pero por motivos menos nobles— la causa general en aras de sus intereses personales), quien a pesar de pertenecer a la clase opresora ostentaba una sensibilidad social que no tenían ni mis amigos más sufridos del barrio. Habíamos sido compañeros del colegio La Salle, donde él siempre destacó por su gran inteligencia y su talento para los deportes mientras yo era reconocido por no sobresalir en nada. Esto siempre generó en mí una sutil animadversión que salpicaba nuestra amistad con ocasionales

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Septiembre de 2025 estocadas venenosas, malinterpretadas por él como envidia pero que luego reconocí, gracias precisamente a los saberes a los que Boris mismo me indujo, como indignación de clase.

Luego de terminar el bachillerato nos dejamos de ver un par de años hasta que un día nos encontramos en la taberna El Garaje, donde yo oficiaba como mesero y a donde él empezó a acudir para llevar a cabo encuentros clandestinos con una mujer ajena. Un día la chica no asistió a la cita y como había pocos clientes me senté en su mesa, en la que reposaba un libro gordo con la cara de Papá Noel preocupado de Carlos Marx, y nos pusimos a conversar. Nos desatra­ samos de nuestras vidas y luego hablamos del presente. Él estudiaba Ingeniería en la Universidad de Antioquia y yo Comunicación Social en la Pontificia Bolivariana (la paradoja del burgués adscrito a la educación pública y el proletario inmerso en un claustro burgués es motivo de otra historia que no es del caso contar aquí) y ambos está­ bamos muy interesados por la literatura. Así que desde el principio nos sumimos en una absorbente conversación que se extendió por días, semanas y meses, en bares, parques, tiendas y calles donde no parábamos de intercambiar impresiones sobre John Reed, Manuel Scorza, García Márquez, Julio Cortázar, Albert Camus, Pablo Neruda, Barba Jacob, César Vallejo, los surrealistas franceses, los beatnik grin­ gos y los nadaístas colombianos (antes de que se volvieran uribistas). Hablábamos también de la realidad del país, de las injusticias que nos rodeaban y nos dolían, del sueño de una Latinoamérica unida y del compromiso político que había que asumir en determinado mo­ mento. Hasta que una tarde Boris apareció decidido, casi enojado, diciendo que era hora de dejar de hablar y hacer algo concreto y que él ya estaba en el camino. Fue cuando me invitó a hacer parte del

GCRMLMLPGCPNGYECN.

La primera reunión a la que asistí fue en una casa enclavada en una loma, mucho más arriba del barrio Buenos Aires. Allí conocí a Antonio, el jefe de nuestra célula, un hombre bajito y macizo, de unos sesenta años, con una camisa de manga corta muy bien planchadita metida por dentro del pantalón y una agenda café debajo del brazo, que hablaba con palabras tajantes e irrebatibles como talladas en la misma piedra con la que le habían hecho la cara. También estaba

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Henry, el dueño de la casa, encargado de la formación académica y los asuntos operativos de la organización, alto, blanco, acuerpado y peludo, de ojos azules y una actitud montuna tan enfática que parecía cultivada. Y los otros seis compañeros de célula: dos universitarios de la edad de Boris y yo, un obrero metalúrgico de unos treinta años, un ebanista de pelo blanco y dos desempleados sin señales particulares. Ninguna mujer. Ahora que lo pienso, creo que una variación en ese solo detalle hubiera cambiado la historia que hoy les estoy contando. Y la de mi vida.

De entrada tuve dificultad para asimilar las costumbres y nor­ mas de conducta que regían nuestra organización. No por rebeldía (había entrado al grupo para ser rebelde y lo menos que pretendía era rebelarme contra los que me iban a enseñar a serlo) sino por puro despalomamiento. Mi espíritu era demasiado gaseoso, según me llegaron a decir, para una tarea tan concreta como la que nos proponíamos: tomarnos el poder. El primer inconveniente lo tuve con el seudónimo. Después de que Antonio certificó mis cualidades y escrutó mi pasado para evitar una posible infiltración, pasó a darme el apelativo con el que me identificaría en la vida clandestina: León. Nunca pude interiorizar ese epíteto, garante del anonimato y la se­ guridad. Cada vez que me llamaban en una reunión o en cualquier actividad: ¡León!, yo seguía mirando para donde estaba mirando sin darme por aludido, y cuando en algún encuentro me tocaba presen­ tarme iba diciendo sin pensarlo: Miguel, mucho gusto. Entonces todos volteaban hacia mí, atónitos, con una mezcla de reproche y pánico en la mirada, porque la sola mención del nombre verdadero de uno de nosotros resonaba como el chillido estertóreo de una alarma que anunciaba la inminencia de la delación, de la captura y de la poste­ rior tortura para todos. El fantasma de la tortura, tan cercano (y ni tan fantasma), nos acechaba en todo momento. Hablábamos mucho del tema y Antonio nos decía cómo actuar en caso de que alguno de nosotros fuera capturado. Había que mantenerse firme, mostrar la verdadera fortaleza frente al enemigo no sucumbiendo ni ante el dolor más terrible que nos pudieran infligir.

Una noche soñé que me habían agarrado los grupos paraestatales y que, luego de amarrarme a una mesa de baldosas, un encapuchado

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Septiembre de 2025 ponía frente a mi cara unas tijeras de podar mientras exigía a gritos que confesara dónde estaban mis compañeros. Antes de que la punta metálica hiciera el primer contacto con mi piel arranqué a contar con pormenores quiénes conformábamos el grupo, cuántos éramos, cómo funcionaba la estructura, dónde nos reuníamos, cuáles eran nuestros planes próximos, dónde creía que se guardaba la plata y qué ruta de bus había que coger para ir a la casa de Buenos Aires. No confesé nada relacionado con armas porque mi paso por el GCRMLMLPGCPN­ GYECN se redujo al período de formación previo a las salidas de campo y la misión más audaz que ejecuté fue pintar “Fuera Yanquis de Centroamérica” en un muro. Desperté avergonzado y deprimido por mi traición subconsciente. Incluso pensé, por primera vez, en retirarme. Pero cuando se lo conté a Boris, me miró con una sonrisa comprensiva y me palmeó diciendo que no me preocupara, que un sueño no bastaba para dar cuenta de mi verdadera fortaleza, que levantara esos ánimos y mejor me preparara para la “Escuela” que teníamos ese fin de semana. La Escuela era una encerrona que hacíamos al final de cada mes en la casa de Henry, desde el viernes en la noche hasta el domingo por la tarde, donde nos dedicábamos a estudiar y debatir textos de Mao Tse- Tung y el presidente Gonzalo y a escuchar las aclaraciones de Antonio sobre conceptos fundamentales de El Capital. Para subsi­ diar los gastos de manutención y materiales de esas jornadas había que aportar una cuota para la que yo ahorraba durante todo el mes con gran entusiasmo. Esos encuentros tenían un nosequé místico que me dejaba la sensación de estar verdaderamente comprometido con algo que no fuera yo mismo. Algo parecido a lo que sentía luego de salir de misa en mi más ferviente período católico. Fue en una de esas jornadas cuando se me arrimó Antonio mientras yo leía un libro. Al ver que no era literatura marxista me preguntó con curiosidad paternal. —¿Qué andás leyendo?

—A Fernando Pessoa.

—Eso es pesimismo pequeñoburgués —y voleó la mano haciendo un gesto de fastidio.

No dijo nada más. Tampoco me prohibió leerlo. Pero yo continué la lectura con un mal sabor en la conciencia. Y hasta con cierta rabia con Pessoa.

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A todas estas seguía adelantando mis estudios, no sin cierta vergüenza, en la Universidad Pontificia Bolivariana, fortín de la pequeñoburguesía vernácula. Para contrarrestar la culpa asumí mi permanencia en esos claustros como la oportunidad de filtrarme en la vida cotidiana del enemigo y conocer su mentalidad. Empecé a participar en sus fiestas y reuniones tomando anotaciones. Observé que existía, también allí, cierta ortodoxia en virtud de la cual, por ejemplo, un individuo que usaba determinada marca de ropa o mos­ traba ciertos gustos no autorizados por el estándar era reprobado con el mismo gesto de fastidio de Antonio frente a Pessoa. Palpé también en esa organización la existencia de un terror general, aún más agudo que el propiciado por el fantasma de la tortura, ante la sola idea de no estar en el mismo nivel socioeconómico de la comunidad. Además encontré individuos que tenían problemas para asimilar las costum­ bres y normas de conducta del grupo, ya fuera por falta de suficientes recursos materiales o por simple despalomamiento. Con estos últimos empecé a relacionarme estrechamente. Y ese fue el problema. Me involucré tanto con el objeto de estudio que terminé consiguiendo amigos. Caído en la trampa del afecto y la comprensión ya no me fue posible protegerme de ellos reduciéndolos a un calificativo genérico, y empezaron a adquirir, peligrosamente, personalidades particula­ res con nombres propios: Javier, Bernardo, Rafael, Juan Guillermo, Samuel, que al igual que en el GCRMLMLPGCPNGYECN eran suplantados por los alias de su particular militancia: Javi, Beni, Rafi, Juangui, Sami. Fue este último, Sami (alto, mono, zarco y cuajo), el que propició mi contacto con las gemelas De Greiff, alias Ani y Susi. Para dar una idea precisa de las dos gemelas describo a una: alta, estilizada, pelirroja, piel blanca nacarada, labios como gajos de man­ darina y ojos verdes. Aparecían siempre que había fiestas o reuniones en las que estuviera Sami, a quien reverenciaban sin disimulo. Cuando él me las presentó en unas fiestas culturales percibí en su saludo algo que no pude distinguir entre interés o curiosidad morbosa, pero que en todo caso no se trataba de indiferencia.

Un viernes de fin de mes, después de clases, salía yo raudo y directo al sagrado ritual de la Escuela en casa de Henry cuando Sami me detuvo en la puerta de la facultad: “Las gemelas quieren

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Septiembre de 2025 hacer una fiesta conmi… con nosotros, en la finca del papá”, dijo agarrándome del brazo y matándome el ojo. Lo miré incrédulo y él estiró la trompa en dirección a un murito donde estaban sentadas las gemelas sonriendo con malicia. “Una parranda privada, eróticomusical- literaria”, dijo que le habían dicho. Miré el reloj y pensé en mis compañeros de la Escuela: los vi discutiendo las cinco tesis filo­ sóficas y mirándole la cara a Antonio. Luego miré en la distancia los cuatro gajos de mandarina de las bocas de las dos gemelas sentadas en el murito. “Ellas ponen la comida y la casa. Vamos en mi carro, entre los dos pagamos la tanqueada y compramos el trago”, remató Sami. Metí la mano en el bolsillo del pantalón y palpé el zurullo de la plata para la Escuela. Volví a pensar en las caras de mis compañeros del GCRMLMLPGCPNGYECN, dudé un momento, lo pensé bien y giré con determinación hacia Sami: “Va pa esa”, le dije. A las nueve de la noche estábamos los cuatro en la cabaña suiza del Oriente antioqueño, sentados frente a la chimenea, con de a vaso de whisky en la mano. Sami hablaba con su voz encantadora, Susi y Ani lo miraban sin pestañear y yo las miraba a ellas. A las diez de la noche Sami bailaba con Ani, hipnotizada, mientras yo amacizaba a Susi y clavaba mis ojos en los suyos que permanecían concentrados en Sami. A la una de la mañana estaban Sami, Ani y Susi encerrados en una pieza y yo me emborrachaba recostado en la chambrana del corredor oyendo los sonidos de la naturaleza mezclados con los gri­ ticos de la gemelas y los jadeos de Sami, mientras reflexionaba sobre la diferencia entre el chirrido de los grillos de las fincas pequeñobur­ guesas y el de los grillos de los sectores populares. Al día siguiente llegué a la casa sin un centavo y con el peso de la traición en la conciencia. Entré a mi cuarto y me quedé mirando el bordado en hilo chino con la cara de Carlos Marx que tenía en la pared. Lo desprendí, lo doblé con tristeza y llamé a Boris. Cuando llegó a mi casa se lo entregué: “Tenelo vos, yo no lo merezco”. Le comuniqué mi decisión de retirarme del GCRMLMLPGCPNGYECN y le conté las razones. Esperaba que me palmeara y me dijera, con una sonrisa de consideración, que eso no valía la pena y me invitara a seguir adelante. Pero no dijo nada. Tampoco me recibió el bordado. Se limitó a asentir, apretó mi hombro y caminó hacia la puerta. Antes

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de que se diera vuelta alcancé a ver en su mirada el brillo de una traición mucho más grande que la mía y que, incluso en el terreno de la ignominia, le otorgaba, otra vez, un estatus superior. Luego supe que esa misma mañana lo habían llamado a ofrecerle un sueldo millonario en la multinacional de la que hoy (cumpliendo su sueño juvenil de un continente unido) es representante para América Latina. Publicado en Universo Centro N° 87 - Agosto de 2017 Ilustración de Titania Mejía

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Carta a una calle torcida Por MARÍA ISABEL NARANJO Fotografía de Juan Fernando Ospina Torcida. Si estás en el mapa de Medellín es por torcida, porque no te dejaste enderezar. Y eso que sos de las más viejas. En 1800 ya te dibujaban en el plano de la Villa de la Candelaria junto a diecisiete calles y vos eras la número 10. En ese mapa ya aparecían bien delineadas las calles de El Resbalón y La Carrera, la misma que se llamaría después Guanteros, donde alguna vez vivieron personas como las que dicen que viven hoy con vos: inmigrantes pobres, vagabundos y putas. Dicen, porque lo que se ve hoy es gente rebuscadora, gente alegre y gente libre, algunos con ese espíritu callejero que no se deja domesticar por las buenas costumbres. También se ven negociantes de todo tipo, de los que les gusta hacer plata por hacerla nomás y de los comerciantes que viven de lo que tanto nos ha gustado siempre: la noche, el alcohol y todo lo que sacuda la cabeza.

Pero eso será mucho después, cuando la villa se llame Medellín y sea bien moderna, con todo lo que trae adentro ese adjetivo. Por ahora estamos a finales del siglo xix, y todavía aparecés en el mapa de Hermenegildo Botero con el número 10, aunque ya son 24. En

47 años crecimos siete calles, bien rectas, hacia el norte, y vos sos el

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límite de esa tierra que ya tiene nombre en el plano: La Villanueva, el barrio soñado como un nuevo Londres por el ingeniero Tyrrel Moore, donde se construirán casas para exhibir la riqueza que tienen señores como Pastor Restrepo, una plaza para recibir al libertador Simón Bolívar a caballo y un “modesto templo cristiano”, uno al que en su momento creyeron la catedral en ladrillo cocido más grande del mundo. En esa época intentaron enderezarte para ponerte a tono con las manzanas que la cuadrilla de artesanos y constructores empezaron a levantar para unir la ciudad, por la calle de Junín, con el nuevo barrio. Y nada. Por más tapia que echaron en la tierra del señor Moore, vos no te dejabas. Entonces debe ser por eso que te cambiaron el nombre y te pusieron la calle del Calzoncillo, porque te les tiraste en los planos, se los volviste triángulo. De lo torcida que sos hasta te dicen tortuosa, porque vas en la topografía con las aguas de La Loca. Quién te manda. Esa quebra­ da que baja de las laderas orientales, paralela a su hermana Santa Elena y perpendicular a todas las carreras que van a empezar a multiplicarse en el siglo que viene. Como dirá después el historiador Jorge Orlando Melo, los hombres que trataron de enderezarte eran herederos de una especie de contradicción mental permanente: “La obsesión por tener vías rectas y amplias, como criterio esencial de ur­ banismo”. Esos dirigentes fueron siempre, como el poema del Tuerto López, amantes de la línea recta. Y como no te dejaste, entonces en 1872, don Gabriel Echeverri y otros del Cabildo te cedieron a la arquidiócesis, te echaron piso por encima de lo que sería la culata de la catedral y te cambiaron el nombre en ese vecindario por el de La Paz. O sea, te partieron en dos y te ocultaron bajo la catedral. En 1916 la ciudad llana ya se está trepando por las lomas del norte. Y vos seguís ahí. Ignorada y torcida, pero resistiendo cada vez que te atraviesan calles para conectarte con Boston, al nororiente, como Perú y Bolivia, o carreras que te van a comunicar con ese ba­ rrio que está diseñando don Ricardo Olano hacia el norte: Prado. Primero van a estirar la calle Palacé, después Ecuador, después Sucre y después Venezuela. Y por haberte partido así en el futuro te van a decir Barbacoas-Calle 57A; Barbacoas-Calle 56A; y Barbacoas- Calle 55A. ¿Entendés? Es que no vas a ser una, sino tres.

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Septiembre de 2025 Sin más sobresaltos que un par de burdeles, algunas ebanisterías y una casa donde diseccionaban cadáveres los estudiantes de Me­ dicina de la Universidad de Antioquia, llegaste a los setenta, y ahí empezó lo duro. Después del estudio del Plan Piloto y de analizar qué era lo que más le convenía al crecimiento de la ciudad en el futuro, esos dirigentes obsesionados con la línea recta decidieron en esa década que se debían tumbar seiscientas casas para construir la avenida Oriental, esa que te va a cercenar las arterias que te comu­ nican naturalmente con Prado y con Boston. La avenida de cuatro carriles hecha para los carros, partirá en dos el corazón del Centro y va a encerrar uno chiquito por dentro, en el que vas a quedar vos y el barrio al que pertenecés. A la gente le va a dar pereza pasar al otro lado, así sea para oír la música de la retreta en el Parque de Bolívar o comprar artesanías en San Alejo o ver teatro en el México o comer pasteles en la Santa Clara. Además, tanto polvero y tanta es­ peculación. Las firmas constructoras de arquitectos van a empezar a levantar edificios hacia donde apuntan las agujas del Coltejer, donde van a vivir los que se resisten en abandonar el Centro para vivir en barrios como Laureles y El Poblado. Pero empezaron a llegar otros. Dicen que los otros eran los restos vivientes de Guayaquil, de Lovaina. Dicen que venían con malas mañas. Dicen que en vos en­ contraron callecitas oscuras y casas que podían usar para otras cosas. La 55A se fue llenando de ladroncitos, travestis y antros de vicio, a la 56A fueron llegando familias de los pueblos para alquilar lo que podían pagar en los nuevos inquilinatos, y en la 57A aparecieron las primeras tabernitas para parejas del mismo sexo. Esa hijita tuya se fue llenando de bares y discotecas para personas que se amaban sin ser heterosexuales y por eso se tuvieron que esconder durante mucho tiempo, hasta la despenalización de “los delitos contra la libertad y el honor sexuales” en 1981. Fueron ellos los que te llena­ ron de gente. En el 2017 se besaron treinta mil homosexuales en ese pedacito de tierra conquistada, celebrando la única cosa que los une desde 1998: la marcha del orgullo gay. Emocionate que llegaron los que te quieren así, bien torcida.

Por eso hoy te están lavando. Por tus aceras corre agua sucia, pero no es la de La Loca. Hay un carro de Empresas Varias con

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mangueras de agua que dirigen a los muros una cuadrilla de tra­ bajadores y vecinos con escobas cepillan la suciedad del tiempo que está pegada en las paredes, en los techos. Un hombrecito acurrucado en sus rodillas te está aflojando con un cuchillo un año de chicles pegados en el piso. Los propietarios de los negocios de la noche están imaginando con el hombre que viene de la Empresa de De­ sarrollo Urbano (EDU), esa oficina donde están los dirigentes que construyen la ciudad del presente, cómo te quieren ver en el futuro. Dicen que te van a sembrar árboles que acompañen esas cuatro pal­ meras solitarias que sobreviven entre el asfalto, te van a ampliar las aceras para que puedan sacar sillitas y hacer ferias gastronómicas o hasta ferias del libro para que también estés viva de día. Dicen que te van a cambiar las fachadas de los negocios que tenés encima para que todos se parezcan y den esa sensación de… bulevar, vos sabés, cada generación de dirigentes se obsesiona con algo, y los de este siglo xxi se obsesionaron con embellecer el espacio público. Mientras ellos sueñan vos seguís ahí debajo de la catedral y debajo de vos sigue La Loca, esa que a veces se deja oír cuando el fantasma de don Tomás Carrasquilla sale del salón donde están las criptas y abre la puerta de madera maciza que hay en el sótano de la iglesia para dejarla rugir.

P.D. Torcida. Acordate en el futuro que si estás en el mapa de Medellín es por torcida.

Publicado en Universo Centro N° 95 - Marzo de 2018

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Fotografía Juan Fernando Ospina

Cita: Mora Meléndez, Fernando, Gaviria, Pascual, Escobar, Eduardo, Delgado, Andrés, Cardona, Guillermo, Piedrahíta, Ignacio, López, Mauricio, Sánchez Trujillo, J. Arturo, Rivas, Luis Miguel, Naranjo, María Isabel (2025), Medellín en todas sus letras, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/47358