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H U M A N I S M O S Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Diego Alejandro Zuluaga Quintero Jenny Paola Valencia Torres Juliana Vasco Acosta Editores académicos

PAZ

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Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Diego Alejandro Zuluaga Quintero Jenny Paola Valencia Torres Juliana Vasco Acosta Editores académicos

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Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas / editores académicos: Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta; autores: Diego Alejandro Zuluaga Quintero [y 16 más]. -- Primera edición. -- Medellín: FOCO. Fondo Editorial, 2025. 404 páginas (Impreso).

ISBN: 978-628-7850-05-7 (impreso) ISBN: 978-628-7850-06-4 (electrónico)

1. Colombia -- Historia. 2. Intelectuales -- Actividad política -- Colombia. 3. Conflicto

armado -- Colombia. I. Zuluaga Quintero, Diego Alejandro, editor de la publicación, autor. II. Valencia Torres, Jenny Paola, editora de la publicación, autora. III. Vasco Acosta, Juliana, editora de la publicación, autora. IV. Gómez García, Juan Guillermo, autor. V. Núñez Espinel, Luz Ángela, autora. VI. Serrano Corredor, Camilo, autor. VII. Rubiano Muñoz, Rafael, autor. VIII. Corredor Collazos, Camilo, autor. IX. Vargas Coronel, Anderson, autor. X. Peña Aragón, Nicolás, autor. XI. Romero Leal, Zulma, autora. XII. Ortega, Francisco A., autor. XIII. Mojica Villamil, Alejandro, autor. XIV. Inampués Borda, Andrés, autor. XV. Ramírez Cáceres, Kevin Enrique, autor. XVI. Hoyos Bucheli, José Julián, autor. Catalogación en publicación de la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz LC: F2279

CDD: 303.64086222

ed. 23 Fondo Editorial Facultad de Comunicaciones y Filología, Universidad de Antioquia Teléfono: (+57) 604 219 5926 Correo electrónico:

foco@udea.edu.co Calle 67 # 53-108, oficina 12-406, Medellín, Colombia Colección Humanismos © Fondo Editorial Facultad de Comunicaciones y Filología, Universidad de Antioquia © Fundación Universidad de Antioquia © Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta, editores académicos © Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres, Juliana Vasco Acosta, Juan Guillermo Gómez García, Luz Ángela Núñez Espinel, Camilo Serrano Corredor, Rafael Rubiano Muñoz, Camilo Corredor Collazos, Anderson Vargas Coronel, Nicolás Peña Aragón, Zulma Romero Leal, Francisco A. Ortega, Alejandro Mojica Villamil, Andrés Inampués Borda, Kevin Enrique Ramírez Cáceres y José Julián Hoyos Bucheli, autoras y autores

ISBN: 978-628-7850-05-7

ISBNe: 978-628-7850-06-4 Dirección editorial Diana Paola Guzmán Méndez César Alzate Vargas Asistente editorial Daniel Alejandro Cardona Henao Corrección de estilo Daniel Alejandro Cardona Henao Comité editorial Juliana Restrepo Santamaría Diana Ramírez Hoyos Paula Andrea Marín Colorado Diseño Luisa Santa Diagramación Yon Leider Restrepo Fotografía de portada Silencio armado. 2011.

Fotografía 101 x 152 cm 40 x 60 in. Digital c-print. Juan Manuel Echavarría.

Primera edición Noviembre de 2025, Medellín Impresión y terminación Rocco Gráficas

300 ejemplares

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio o con cualquier propósito sin la autorización escrita del Fondo Editorial FOCO de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia. El contenido, las opiniones y el estilo de cada texto compilado corresponden al derecho de expresión de los autores y no comprometen el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia, ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor de las fuentes citadas.

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Este libro fue financiado con recursos provenientes del Fondo Nacional de Financiamiento para la Ciencia, la Tecnología y la Innovación "Francisco José de Caldas" del Ministerio de Ciencias de Colombia, por la Fundación Universidad de Antioquia y por el Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana (GELCIL).

Agradecemos a la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad de Antioquia y al Centro de Investigaciones y Posgrados de la Facultad de Comunicaciones y Filología, especialmente a la profesora Elvia Elena Acevedo, por su apoyo durante todo el proceso que dio lugar a la presente publicación. Agradecemos también al artista Juan Manuel Echavarría por permitirnos, generosamente, usar su obra Silencio armado como portada de este libro. Asimismo, extendemos nuestro agradecimiento a los miembros del Fondo Editorial por acoger con entusiasmo nuestra propuesta de publicación. Finalmente, agradecemos a todos los autores y autoras por su compromiso y paciencia con los tiempos de edición y publicación.

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índice

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El conflicto armado en Colombia en el

lente de la Historia Intelectual

I. Universidad, intelectuales y academia frente

al conflicto y la violencia en Colombia

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Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010)

Juliana Vasco Acosta

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Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas

Juan Guillermo Gómez García

102 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los

inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia

Diego Alejandro Zuluaga Quintero

II. Intelectuales, izquierda, violencia y

revolución

136 Violencia y revolución a comienzos de los

años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real

Luz Ángela Núñez Espinel

175 El viejo bolchevique ante los nuevos

tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y la Nueva Izquierda colombiana en la década de 1960

Camilo Serrano Corredor

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III. Intelectuales-artistas e impresos

202 Los artistas y el conflicto armado en

Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y la conexión con la sociedad

Jenny Paola Valencia Torres

241 Trincheras de ideas valen más que

trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador

(1983-1993)

Rafael Rubiano Muñoz

IV. Conflicto armado, Cátedra de la Paz y

memoria histórica

290 Acontecimiento y narración. La disputa

nominalista en torno al conflicto armado en Colombia

Camilo Corredor Collazos, Anderson Vargas Coronel, Nicolás Peña Aragón y Zulma Romero Leal

331 Rutas y horizontes de renovación de la

Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia

Francisco A. Ortega, Alejandro Mojica Villamil, Andrés Inampués Borda y Kevin Enrique Ramírez Cáceres

359 Hacia un estudio crítico del discurso de

la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística

José Julián Hoyos Bucheli

386 Autoras y autores

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| 7 El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual En el marco de la implementación del proceso de paz y de la apuesta por la consolidación de una “paz total” por parte del actual gobierno, la sociedad colombiana se enfrenta, una vez más, a la pregunta por el pasado, reclama una explicación histórica, estructural y profunda de su historia violenta y, al mismo tiempo, se cuestiona por su futuro posible. Por supuesto, esta no ha sido una pregunta nueva. En los últimos sesenta años la investigación sobre el conflicto armado ha sido el tema predilecto de centros de pensamiento, instituciones universitarias, académicos, políticos, editores y público en general. Es posible que este sea el tema que más reflexiones ha despertado en Colombia, de allí que tengamos numerosas interpretaciones, provenientes de distintos grupos sociales y territorios, que convergen y discrepan sobre los motivos del conflicto, las consecuencias, las responsabilidades y los actores involucrados. Se trata, en todo caso, de un tema de gran sensibilidad y que nos atraviesa como sociedad. Quizás la importancia que ha tenido el conflicto armado en la vida social y política del país, junto con la persistente apuesta por la paz como un proyecto nacional que no logra concretarse, han reforzado la percepción de una violencia incesante en todo el territorio. El conflicto se ha consolidado así como un fenómeno definitorio de la experiencia de ser colombiano o colombiana, y como una característica central de la historia del país. Esta situación explica, en buena medida, la profunda crisis

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta | 8 de autopercepción que embarga a la sociedad colombiana. No es extraño encontrar, de manera extendida y dominante, los calificativos sobre el país como un Estado fallido, desestructurado e inviable. Algo así como una sociedad cuyo destino es el dolor y la violencia. Pero ¿de dónde nos vienen las ideas que tenemos sobre el conflicto armado en Colombia?, ¿cuáles instituciones o personajes han contribuido a delinear las percepciones dominantes sobre la historia del país?, ¿quiénes y de qué manera han estudiado el conflicto armado?, ¿por qué nos hemos reconocido como un país culturalmente violento o como un Estado fallido?, ¿desde qué perspectivas políticas o culturales se ha encarado la superación de la violencia?, ¿qué significa o debe significar para los ciudadanos de Colombia la paz como idea y como proyecto?, ¿qué ha cambiado con los acuerdo de paz? El libro que aquí presentamos al lector(a) quiere dar respuesta a algunas de estas preguntas. Se trata de una invitación para pensar el valor social, histórico y político de las ideas, los discursos, las instituciones y los agentes que han contribuido a movilizar la opinión pública e influido sobre las formas de pensar y actuar de los colombianos frente al conflicto armado. Se trata, también, de reflexionar acerca de la manera en la que hemos construido y comprendido nuestro pasado como sociedad. Como lo recuerda Jorge Orlando Melo, desde la década del ochenta algunos académicos y analistas interpretaron la violencia como un rasgo central de la vida colombiana1. Eso explica porque, a partir de esa época, se hizo más recurrente el uso de términos como “violencia endémica” o “cultura de la violencia”, que empezaron a hacer parte del repertorio académico con el que se diagnosticó la situación del país. Términos que trascendieron la esfera académica y se instalaron en el imaginario social. Si bien es cierto que el conflicto ha sido una constante en la historia de Colombia, en los últimos años han empezado a aparecer intelectuales y académicos que han comprendido la necesidad de reconsiderar la centralidad de la violencia en la historia del país, porque bajo ese énfasis unilateral se pierde la posibilidad de explorar las diferentes dimensiones del pasado

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Jorge Orlando Melo, Colombia: las razones de la guerra. Las justificaciones de la violencia en la historia del país y el fracaso de la lucha armada (Bogotá: Crítica, 2021), 13.

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| 9 El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual nacional, en el que se encuentran otros elementos que definen la historia de esta sociedad. Como consecuencia, se asume que una experiencia singular, como la violencia, es modelo de todo el pasado nacional2. Se hace necesario intentar superar la idea de la centralidad de la violencia para reconocer que, como sociedad, también hemos sido capaces de establecer consensos que nos han puesto en camino hacia la paz, o por lo menos que nos permiten comprender los esfuerzos por alcanzarla. Es en la dirección de comprender, explicar e interpretar en toda su complejidad, con sus matices y con todas sus contradicciones, el pasado nacional, donde la apuesta por estudiar el conflicto armado desde la historia intelectual cobra sentido. Entonces ¿cuál es la utilidad de la historia intelectual en la coyuntura política del país en relación con la implementación de los acuerdos de paz y la búsqueda de una paz total?, y ¿de qué manera una historia intelectual del conflicto armado puede contribuir a encontrar nuevas claves para repensar el pasado nacional y para aportar a la construcción de una mejor sociedad? Estas preguntas constituyen un desafío en la medida en que obligan a reorientar el estudio clásico de la historia intelectual: la tradición letrada e impresa y los saberes eruditos enfocados en la perspectiva específica de la comprensión del conflicto armado en Colombia. De acuerdo con lo anterior, el interés de este libro es analizar y caracterizar el papel de las ideas, los intelectuales, y los medios impresos: revistas, libros, periódicos o los diferentes artefactos que contribuyen a la construcción de representaciones o ideas, como las imágenes pictóricas, esculturas, intervenciones artísticas o programas como la Cátedra de la Paz, que han puesto en el centro de sus reflexiones la problemática del conflicto armado y la necesidad de construir la paz en Colombia durante la segunda mitad del siglo xx y parte del siglo xxi.

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Algunos de los académicos que han introducido en su trabajo esa reflexión son Jorge Orlando Melo, Colombia: las razones de la guerra…; Robert Karl, La paz olvidada. Políticos, letrados, campesinos y el surgimiento de las FARC en la formación de la Colombia contemporánea (Bogotá: Librería Lerner, 2018); Gonzalo Sánchez, Caminos de guerra, utopías de paz. Colombia 1948-2020 (Bogotá: Crítica, 2021); Carlos Camacho Arango, Margarita Garrido Otoya y Daniel Gutiérrez Ardila, eds., Paz en la República. Colombia, siglo XIX (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2018); Renán Silva, “El presente oculta el pasado” en Lugar de dudas sobre la práctica del análisis histórico. Breviario de inseguridades (Bogotá: Universidad de los Andes, 2015), 65-82.

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta | 10 Se apuesta por una comprensión de las líneas de pensamiento expresadas a través del discurso intelectual y los espacios donde esas ideas tuvieron recepción, fueron discutidas, incorporadas y erigidas como símbolos y donde se les dio reconocimiento a ciertos intelectuales como voces autorizadas para narrar el conflicto. Nos referimos a los espacios institucionales, como el de las revistas culturales o académicas, comunidades de artistas, religiosos, grupos sindicalistas o proyectos pedagógicos para la paz. Consiguientemente se identificarán unas figuras portadoras de ideas que se denominarán “intelectuales del conflicto”, pero que se entenderán desde diferentes perspectivas como “intelectuales académicos”, “intelectuales politizados” y “artistas comprometidos”, entre otros. Por supuesto, la noción de intelectual no es una camisa de fuerza en este trabajo, pues se da la posibilidad de pensar los discursos más allá de los sujetos particulares o colectivos y entender más bien las estructuras discursivas o los discursos institucionales. A partir de este ejercicio se espera contribuir a una lectura renovada del conflicto armado y a explicitar algunos de los medios y de los intelectuales involucrados en la confrontación de las ideas. Más allá de las responsabilidades que puedan atribuirse a políticos y actores armados del conflicto, hay que reconocer que parte de la construcción de una narrativa sobre el país marcada por el pesimismo y la idea de la violencia como un “destino” ha recaído en quienes se han dedicado a estudiar a la sociedad. Si bien analizar el conflicto es una forma de enfrentarlo y de contribuir a su conocimiento, el enfoque, la periodización, el uso de conceptos y las formas en las que se desarrollan los análisis condicionan de manera definitiva las diferentes interpretaciones, los resultados y las perspectivas que puedan tomarse sobre esa realidad. Es en ese sentido que puede leerse la participación de los intelectuales en el conflicto. Precisamente fueron los estudiosos de este tema los que contribuyeron al reconocimiento histórico y político del conflicto a través de sus estudios, diagnósticos, debates, propuestas de solución y circulación de su propia opinión. Es por ello que en esta investigación se parte de la idea de que el conflicto armado colombiano no se reduce a los hechos de violencia, sino que cobija, entre otros asuntos, las interpretaciones y los

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| 11 El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual debates que sobre esos hechos han realizado los estudiosos de este tema. Es decir, reconocemos que el conflicto armado está compuesto por hechos e interpretaciones que no pueden disociarse, que forman un conjunto y que su comprensión implica atender esa condición.

En este sentido, es una novedad establecer un vínculo entre los dos campos de investigación que se incluyen en el título: el conflicto armado y la historia intelectual. El primero cuenta con una larga tradición de estudios en las ciencias sociales en Colombia durante el siglo xx y el segundo es relativamente reciente en el país, pero sus aportes metodológicos pueden contribuir a darle una nueva perspectiva al primero. Consideramos, entonces, que este trabajo de historia intelectual constituye un aporte para pensar y comprender la coyuntura nacional actual por varias razones. En primer lugar, porque entendemos que la confrontación bélica en Colombia también se sostuvo, desde las partes, en el discurso intelectual. El discurso intelectual, como espacio crítico, autónomo, de intervención social y afirmación del poder simbólico de los intelectuales y de los grupos sociales portadores de ideas, merece ser estudiado y se comprende si se atiende a los mecanismos que le dan carácter de auténtico y legítimo dentro de los diferentes espacios sociales3. Dicho de otro modo, este acercamiento nos permite comprender los procesos de difusión, recepción, divulgación y apropiación de las ideas, en este caso acerca del conflicto y la paz.

En segundo lugar, porque la superación del conflicto solo se logrará cuando podamos comprenderlo más allá de las cuestiones morales, cuando entendamos las razones ideológicas del mismo; esto quiere decir que, atender a los intelectuales y a los espacios institucionales que tradicionalmente han intentado explicar las causas estructurales del conflicto armado en Colombia y plantear formas de superación, puede ayudarnos a entender la legitimidad que este conflicto ha tenido y sus implicaciones

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Giséle Sapiro, Los intelectuales: profesionalización, politización, internacionalización (Buenos Aires: Eduvim, 2017), 115.

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta | 12 y particularidades en el orden de los imaginarios, es decir, en la manera como se ha interpretado y apropiado un hecho y su discurso4. Finalmente, porque el análisis de los intelectuales que se han ocupado del conflicto, sus ideas y el impacto de las mismas, es un tema con escasos antecedentes en la producción histórica del país. La historiografía sobre el conflicto armado colombiano se ha centrado en las condiciones sociales que dieron lugar a la confrontación y sus consecuencias, en la construcción de identidades políticas, las víctimas y los actores armados, en la relación entre Estado-gobiernos y sociedad civil, en las diferentes formas de violencia, la memoria e incluso la mediatización del conflicto. Sin embargo, poco se ha indagado sobre quienes han reflexionado sobre este fenómeno y han hecho de él su objeto de trabajo académico, artístico, religioso, pedagógico, entre otros. Es decir, aún falta en la historiografía una comprensión sociológica de los intelectuales comprometidos con el estudio del conflicto y la paz, que ponga de presente sus adscripciones institucionales y tendencias políticas, evalúe sus formas de intervención en la vida social y política, y analice sus posibles repercusiones en la manera en que nos relacionamos con la realidad y concebimos una versión posible de la historia del país.

El libro que el lector tiene en sus manos quiere responder a dicha necesidad historiográfica y contribuir a la comprensión del conflicto y a su superación a través de la presentación de diez capítulos divididos en cuatro bloques temáticos, que atienden a las problemáticas en torno al conflicto y la paz aquí descritas.

La primera parte del libro, “Universidad, Intelectuales y academia frente al conflicto y la violencia en Colombia”, está integrada por los capítulos de Juliana Vasco Acosta, Juan Guillermo Gómez García y Diego Alejandro Zuluaga Quintero. En este apartado los autores estudian la formación de ideas asociadas al conflicto y las discusiones en torno a la paz en espacios académicos y universitarios. La lectura de los capítulos pone de presente, más allá de la contribución a la definición del intelectual

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Michel Foucault, El orden del discurso (Barcelona: Tusquets editores, 2008).

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| 13 El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual académico, cómo dichas ideas constituyen interpretaciones en disputa y su relación con los procesos sociales, afectivos y políticos de la vida social. Juliana Vasco Acosta en su capítulo, “Los intelectuales-académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010)”, presenta algunos de los intelectuales-académicos colombianos que desde la década de 1960 comenzaron a hacer de la violencia y del conflicto armado su objeto de estudio. Se trata de un trabajo que explora la institucionalización de las ciencias sociales en el país y, en el marco de este proceso, se interesa por estudiar el surgimiento y consolidación de algunas de las revistas académicas que orientaron sus esfuerzos al estudio del conflicto y la violencia. El énfasis se encuentra en identificar y caracterizar algunas de las principales ideas, interpretaciones, diagnósticos y propuestas de solución al conflicto que fueron presentadas por algunos de los intelectuales-académicos colaboradores de revistas como Estudios Políticos (1992), de la Universidad de Antioquia, Colombia Internacional (1985-1986) (1988), de la Universidad de los Andes, y Análisis Político (1987), de la Universidad Nacional de Colombia. De esta manera, la autora muestra los esfuerzos de los intelectuales por comprender y explicar lo acontecido y, al mismo tiempo, su contribución a la construcción de unas narrativas sobre el conflicto y la paz a través de las cuales pone en el centro la participación e incidencia de los intelectuales académicos en la vida social y política del país.

Por su parte, Juan Guillermo Gómez García, en “Notas sobre violencia y conflicto social-político en la Universidad de Antioquia (1958- 1968). Un debate de ideas”, estudia el espacio académico-institucional de la Universidad de Antioquia. En este capítulo analiza, específicamente, el proyecto modernizador universitario, fundamentado en la creación del campus y la restructuración académica que implicó la profesionalización de los docentes, mediante la contratación de tiempo completo y la creación de los Estudios Generales. Se ponen de presente las ideas que generaron un clima de disputas ideológicas hostiles y manifestaciones de violencia universitaria, esto en el contexto del Frente Nacional y del conflicto armado colombiano. Las protagonistas de su historia son las ideas que

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| 14 forjaron el sistema universitario nacional. Se destaca la figura de un rector de la Universidad de Antioquia, Ignacio Vélez Escobar, proveniente de una familia de elite regional, que en su modelo de universidad siguió los lineamientos impuestos por el gobierno nacional y los modelos académicos norteamericanos, como el informe Atcon y la Alianza para el Progreso, que constituyeron, en la región de América Latina, un dique defensivo contra el comunismo. Fue la jerarquización de la estructura administrativa universitaria y la no democratización de la misma las que generaron un clima de tensión y una cultura de resistencia por parte de los estudiantes y las que convirtieron a la Universidad, en palabras del autor, “en un espacio de reclutamiento, de bochinche, de pedreas”. Un espacio al que le hablaban los intelectuales como Camilo Torres, Estanislao Zuleta y Darío Mesa. En su capítulo, Diego Alejandro Zuluaga Quintero, “El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia”, estudia la formación de una comunidad intelectual de carácter religioso que se formó a finales de los años sesenta en torno al Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), adscrito a la Universidad Javeriana, y que poco después cambiaría su nombre a Centro de Investigación y Educación Popular/Programa por la paz (CINEP). El medio principal que utiliza para su indagación es el boletín Ana-licias. Se trata de un órgano de difusión que circuló en Colombia entre 1972 y 1975 y consignó las ideas e interpretaciones de la realidad nacional derivadas del trabajo social e investigativo realizado por pensadores de la Compañía de Jesús. En su capítulo, Zuluaga presenta cómo un artefacto material de carácter revisteril coadyuvó a crear vínculos intelectuales y sociales y, al mismo tiempo, contribuyó a posicionar una institución académica como pionera en la investigación sobre conflicto y paz en el país. La segunda parte del libro, titulada “Intelectuales, izquierda, violencia y revolución”, cuenta con la participación de Luz Ángela Núñez Espinel y Camilo Serrano Corredor. Ambos autores señalan la coincidencia entre militancia intelectual de personajes de izquierda, como Montaña Cuellar y Torres Giraldo, y el desarrollo de la discusión sobre la violencia revolucionaria en Colombia. Estos dos trabajos aportan elementos que pueden

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| 15 El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual contribuir a la caracterización del intelectual de izquierda en Colombia en la segunda mitad del siglo xx. Por su parte, Luz Ángela Núñez Espinel presenta en su texto, “Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real”, las condiciones de clandestinidad, en medio de las cuales Montaña Cuellar escribió el libro Colombia país formal y país real, publicado poco después de que el autor saliera de la cárcel en la que había estado por apoyar al sindicato de Ecopetrol. El título del libro se explica como parte de un conflicto que desde la sociedad colonial se ha dado en el país, entre una tradición jurídica instaurada desde el Antiguo Régimen y la realidad social, entre el “país formal” y “el “país real”, entre las “instituciones estables” y la violencia. En ese sentido, la autora destaca la forma en la que este sindicalista dedicó buena parte de su libro al análisis de la violencia que se dio en el marco del Frente Nacional y la manera en la que explica la violencia como consecuencia de una sociedad de clases que se instaura desde la época colonial.

De otro lado, Camilo Serrano Corredor, en “El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y la Nueva Izquierda colombiana en la década de 1960”, enfatiza en la trayectoria de Torres Giraldo y su estrecha relación con la violencia colombiana. El autor destaca cómo este fue víctima de encarcelamiento durante la huelga de los trabajadores en las plantaciones bananeras, en el año 1928, y cómo posteriormente fue exiliado. A Torres Giraldo le tocó vivir la muerte de sus amigos Camilo Torres y Francisco Garnica a manos del Estado, junto con Carlos Alberto Morales y Ricardo Torres. De este modo, el capítulo se enmarca en la discusión sobre el uso de las armas en la revolución o lo que se ha entendido como combinación de las diferentes formas de lucha revolucionaria, discusión que se da en medio de la violencia y la confrontación armada. Serrano muestra el clima de tensión entre algunos intelectuales y el Partido Comunista Colombiano, que padecía divisiones como consecuencia de la agudización del conflicto armado en Colombia. El capítulo hace énfasis en las redes de sociabilidad de los personajes de izquierda y en las tensiones al interior de estas agrupaciones. Por ejemplo, presenta la relación de Torres Giraldo con Montaña

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta | 16 Cuellar, quien también fue expulsado del Partido Comunista en medio de un proyecto fracasado de una Escuela Sindicalista, y con Camilo Torres, amigo a quien admiraba por su participación en la vertiente popular del mismo partido. En cuanto a las tensiones, presenta su relación con el grupo Arco de Antioquia, al que pertenecían personajes como Estanislao Zuleta y Mario Arrubla, a quienes Torres Giraldo calificaba de pequeños burgueses por su línea teórica y su alejamiento de los obreros. En la tercera parte, “Intelectuales-artistas e impresos”, encontrará dos capítulos que comparten una preocupación por las formas en las que fue interpretado el conflicto armado desde la postura de los artistas y desde una publicación cultural como lo fue el Magazín Dominical de El Espectador. En el capítulo “Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y la conexión con la sociedad”, Jenny Paola Valencia Torres realiza un acercamiento a la forma en la que un grupo de artistas tuvo como centro de su ejercicio y de sus representaciones artísticas el tema del conflicto armado. Desde su trabajo se encargaron de comunicar el horror de la guerra, levantaron sus voces y contribuyeron a comprender los elementos que han carburado el conflicto armado. En el capítulo se muestra que los artistas no solo representan y simbolizan el conflicto, sino que también movilizan ideas y emociones, tienen un impacto en la sociedad y actualizan el dolor de los “otros” en la medida en que lo conectan con su propio dolor. La autora realiza una caracterización de lo que ha denominado como intelectual-artista y sitúa una cronología para entender el proceso de constitución de un “subcampo”: el arte del conflicto armado. En este ejercicio se sigue el proceso por medio del cual se identifican giros en la interpretación y representación del artista sobre el conflicto, mostrando cómo esos ritmos y trayectorias permiten reconocer diferentes momentos en los que los artistas transitaron entre el arte testimonial, el arte comprometido y un nuevo lenguaje en el arte en el que se identifica un giro en la representación artística. Especialmente, en este giro se puede reconocer una profunda centralidad del duelo, la conexión con las víctimas, la importancia del trabajo

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| 17 El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual investigativo y del trabajo con la comunidad y el hecho de que adquiere un lugar preponderante la categoría de “memoria” histórica. Por su parte, el trabajo de Rafael Rubiano Muñoz, “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993)”, hace énfasis en la reconstrucción histórica del magazín, en su orientación y en su énfasis en las problemáticas del país. De esa manera, presenta las miradas diversas, reflexiones, discusiones y comentarios que circularon y se difundieron en el Magazín Dominical sobre el conflicto armado y los fenómenos de violencia vividos en Colombia por esos años. En el marco de la historia intelectual y de la cultura impresa, este texto adquiere relevancia por la puesta en escena de múltiples actores y movilizadores de ideas y de interpretaciones desde diferentes orillas de la opinión pública: académicos, profesores universitarios, ciudadanos, políticos, organizaciones civiles y no gubernamentales, entre otros, quienes plasmaron en el magazín sus lecturas de los fenómenos de violencia. En este texto, Rubiano nos muestra que la publicación dominical de El Espectador recogió posturas variopintas que conectaron el análisis del conflicto armado con el arte, el cine, la música, la literatura, la arquitectura, procurando un diálogo abierto y crítico de lo cultural con los problemas sociales y políticos, así como temas asociados con el medio ambiente, el feminismo, el narcotráfico, los asuntos de las diversidades étnicas, los diálogos de paz, la importancia de las artes y de los artistas que se sumaron al proyecto de superación del conflicto armado y de la búsqueda de la paz en el país. Al mismo tiempo dio centralidad a los profesores universitarios, investigadores y académicos que situaban en el debate el lugar que la universidad pública debía jugar frente al conflicto armado y su incidencia en los temas sociales y políticos del país. La cuarta parte del libro lleva por título “Conflicto armado, Cátedra de la Paz y memoria histórica”. En este apartado, hay capítulos que presentan reflexiones producto del trabajo del Centro de pensamiento Pluralizar la Paz de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Los textos de este apartado se interesan en estudiar la manera en la que se han construido los discursos o narrativas en torno al conflicto y la paz.

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta | 18 Para ello, problematizan los sentidos plurales de nociones claves para la comprensión y explicación histórica de la situación de violencia del país, como “conflicto armado”, “paz” y “memoria”. Se trata de tres capítulos que invitan a debatir la importancia y pertinencia de un acercamiento crítico a las ideas y discursos que hemos elaborado sobre el conflicto y promueven propuestas de paz.

En el capítulo “Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia”, de Camilo Corredor Collazos, Anderson Vargas Coronel, Nicolás Peña Aragón y Zulma Romero Leal, los autores analizan el rol central de los intelectuales académicos, las instituciones estatales y las organizaciones de base en la elaboración simbólica del conflicto en un periodo que va de 1987 al 2015. Se trata, pues, del estudio de la escritura de la historia y del examen de las narrativas a partir de las cuales se han reconstruido y explicado los hechos de violencia en el país. En ese sentido, este capítulo presenta la importancia del lenguaje como mediador entre el hecho y su comprensión, y explica cómo el uso de conceptos como conflicto armado, guerra civil, violencia o violencia política tienen cargas de sentido, es decir, no son neutrales y tienen efectos en los imaginarios sociales. Poniendo su acento en la historia conceptual, los autores no solo presentan las posibilidades de este tipo de historia como enfoque y metodología para el análisis del tema, sino que abren la discusión acerca de los conceptos sociopolíticos con los que se ha interpretado el conflicto colombiano, las intensas disputas entre grupos sociales y académicos por imponer ciertas denominaciones sobre otras y las consecuencias sociales y políticas de este ejercicio de poder. En el capítulo “Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y conflicto armado en Colombia”, Francisco A. Ortega, Alejandro Mojica Villamil, Andrés Inampués Borda y Kevin Enrique Ramírez Cáceres reflexionan acerca del tratamiento y la orientación que ha recibido la Cátedra de la Paz dentro del espacio escolar. Se trata de un estudio que, más allá del ejercicio de análisis conceptual sobre el concepto paz, plantea una mirada crítica sobre la Cátedra de la Paz en cuanto pone de presente cómo la mayor dificultad para la implementación

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| 19 El conflicto armado en Colombia en el lente de la Historia Intelectual de esta Cátedra se encuentra en su propio diseño. Dicho diseño privilegia el estudio dentro de la escuela de problemas relacionados con la convivencia escolar y la formación de competencias ciudadanas en lugar de centrarse en los análisis históricos, sociológicos o políticos sobre el conflicto armado y su superación. Con el acento puesto en la paz como horizonte de expectativa, los autores presentan en su capítulo una discusión pública sobre la necesidad de perfilar salidas al conflicto armado y proponen la paz como una forma de pensar críticamente el conflicto armado en Colombia. Desde su óptica, la escuela debe convertirse en un escenario de discusión propositivo y plural a partir del cual se entienda que la paz no es sinónimo de armonía total o ausencia de guerra, sino que es imperfecta, que tiene sentidos polisémicos, plurales, diversos, divergentes, contradictorios, y que su construcción depende de consensos y mediaciones, porque la paz es una realidad en constante disputa.

José Julián Hoyos Bucheli, en su capítulo “Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística”, estudia y rastrea la emergencia histórica de lo que denomina “la mirada memorialística”, es decir aquella narrativa construida a partir del testimonio de víctimas y victimarios. Dicha emergencia se presenta en relación con las funciones que realizó la Comisión Investigadora de las Causas de la Violencia (1958) y con la publicación de buena parte de los resultados de esa Comisión en el libro La Violencia en Colombia (1962), de German Guzmán Ocampo, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda.

En este capítulo, el autor explora el suelo epistémico anterior a la llegada del discurso de la memoria en Colombia, esto es, la mirada memorialística. Se trata del proceso de regulación e institucionalización de una práctica intelectual, que se convirtió en un saber fundamental, que hizo su arribo en la última década del siglo xx. Lo interesante es que se presenta una crítica a la institucionalización de la memoria en Colombia en cuanto puede pasar de ser un saber contrahegemónico a un saber hegemónico, legitimador del Estado liberal. En ese sentido, este capítulo contribuye a entender la relación que tienen el Estado, la sociedad civil y los saberes

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero, Jenny Paola Valencia Torres y Juliana Vasco Acosta | 20 sociales con relación a la violencia acaecida en el país. Además, pone de relieve la memoria como un acto experiencial y discursivo cargado de valor social, jurídico y político que contribuye al estudio y comprensión del conflicto armado.

Diego Alejandro Zuluaga Quintero Jenny Paola Valencia Torres Juliana Vasco Acosta Investigadores y editores académicos

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I.

Universidad, intelectuales y academia frente al conflicto y la violencia en Colombia

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Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos

(1972-2010)

Juliana Vasco Acosta

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| 23 | 23 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas “Cada momento histórico desarrolla formas características de intervención de los intelectuales y criterios de validación propios de esa intervención” Gonzalo Sánchez (1993) introducción * El conflicto armado colombiano, al que ha asistido el país desde la década de 19601, no se reduce a los hechos de violencia, sino que cobija, entre otros asuntos, las interpretaciones y debates que sobre esos hechos han realizado algunos científicos sociales e investigadores interesados en su estudio y en proponer soluciones al mismo. Dichas ideas, interpretaciones y propuestas de solución constituyen algunas de las formas de intervención en la vida social y política que le son propias a un grupo heterogéneo de académicos, conformado por hombres y mujeres formados en ciencias sociales y humanas, que se dedican, como profesionales asalariados, a la docencia, a la escritura, a la investigación y a las publicaciones y que hicieron de la violencia y del conflicto su objeto de estudio. Se trata de una comunidad académica que comenzó a forjarse y especializarse desde la década de 1960 y que ha concentrado su escenario de actuación, sobre todo, en el mundo universitario. Desde allí han legitimado una serie de prácticas (lenguaje académico, publicaciones en libros y revistas, investigación) y discursos (explicaciones, diagnósticos, recomendaciones, denuncias) lo que les ha permitido consolidarse, ante una parte de la sociedad colombiana, como intermediarios culturales, portavoces autorizados y * Este capítulo de investigación hace parte de la Estancia Postdoctoral Historia Intelectual del conflicto en Colombia 1990-2010: revistas, intelectuales e ideas y se financió con recursos provenientes delFondo Nacional de Financiamiento para la Ciencia, la Tecnología y la Innovación “Francisco José de Caldas” del Ministerio de Ciencias de Colombia.

1

Frente a la periodización del conflicto armado existen discrepancias. No obstante, en esta investigación tomamos como punto de partida para el conflicto la década de 1960 con el inicio del Frente Nacional –pacto que garantizaría la alternancia en el poder entre los dos partidos tradicionales (liberal y conservador) y por esa vía cerraría el paso a cualquier movimiento político emergente– y la formación de nuevas guerrillas como las FARC y el ELN.

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| 24 | 24 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) forjadores de opinión ciudadana2. Como lo recuerda Gonzalo Sánchez, el establecimiento de estos individuos como comunidad académica y su propensión a hacer de sí “hombres públicos” y referentes en los debates es un tema esencialmente político3.

Una buena parte de las diferentes interpretaciones sobre el conflicto armado del país se han expresado a través de los medios impresos y, entre estos, las revistas académicas en el área de las ciencias sociales y de los estudios políticos han sido un importante escenario para su divulgación y difusión. Las revistas académicas son proyectos intelectuales, generalmente asociados con procesos de sociabilidad académica, que se distinguen por su tendencia hacia la especialización y posicionamiento de un campo del saber. Así mismo, se caracterizan por la alineación de comunidades intelectuales y por la formación de un público lector4. Estas revistas contienen claras líneas editoriales a través de las cuales agrupan

2

De manera inicial presentamos en esta introducción algunas de las características generales y distintivas de los académicos estudiosos del conflicto en relación con su formación profesional, formas de intervención en la vida social y política, escenarios de actuación, reconocimiento y función social. Dichas características contribuyen a la definición, para el caso colombiano, de la categoría intelectual académico asociado con el conflicto armado. Se trata de una categoría reciente, hablamos de una comunidad académica que se formó a mediados del siglo xx, y de una definición que agrupa, sobre todo, individuos formados en educación universitaria y que laboran como profesores en estas mismas instituciones. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que todos los académicos sean intelectuales, ni que lo sean los miembros de las distintas disciplinas de las ciencias sociales. La declaración de un académico como intelectual se refiere, más allá del cumplimiento de las “reglas del juego académico” en una determinada sociedad y periodo de tiempo, a la existencia de un compromiso con la sociedad que trasciende las tareas de su profesión. Esto es, el desempeño de papeles extraacadémicos, un alto sentido de su misión crítica e interpretativa, el encuentro con un público más extendido que reconozca e impulse moralmente su trabajo y el asumir las cargas y presiones que golpean al intelectual, pese a la parcial aceptación de su condición. Como referente para el estudio de esta categoría tomo los análisis que realizó Lewis Coser sobre los intelectuales académicos y la institución universitaria en el caso norteamericano para las décadas de 1950 y 1960. Sin duda alguna, en esa sociedad apareció antes esa categoría, los profesores contaban, en su mayoría, con grado de “Doctor of Philosophy” y se dedicaban a la par a la investigación y a la docencia. No obstante, al igual que en el caso colombiano, se han ocupado de cargos en el sector público por solicitud de los Gobiernos y tienen a la universidad como escenario favorable para su actuación y legitimación de su posición. Lewis Coser, Hombres de ideas. El punto de vista de un sociólogo (México: Fondo de Cultura económica, 1968).

3

Gonzalo Sánchez, “Intelectuales, poder y cultura nacional”, Análisis Político, n.º 34 (1998): 115-138.

4

Las revistas académicas y la edición universitaria continúan siendo algunos de los temas menos trabajados por los estudios editoriales e históricos en el país. A propósito de estudios sobre revistas, véase: Fernanda Beigel, “Las revistas culturales como documentos de la historia latinoamericana”, Utopía y Praxis Latinoamericana 8, n.º 20 (2003): 105-115; Aimer Granados, coord., Las revistas en la historia intelectual de América Latina: Redes, política, sociedad y cultura (México D.F: Cuajimalpa, 2012); Horacio Tarcus, Las revistas culturales latinoamericanas: giro material, tramas intelectuales y redes revisteriles (Buenos Aires: Tren en Movimiento, 2020).

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| 25 | 25 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas ciertos grupos de científicos sociales y enfatizan sobre cierto tipo de ideas. Fue así como estas publicaciones presentaron diferentes tipos de diagnósticos relacionados con el origen del conflicto, los actores, los responsables, las funciones del Estado, y le apostaron a la superación de la violencia y consecución de la paz5.

Es en las décadas de 1970 y 1980 cuando se multiplicaron en el país las revistas académicas de ciencias sociales que incluían entre sus temáticas estudios sobre el conflicto armado y la crisis social y política. En esta época comenzó a consolidarse una elite académica interesada en ofrecer una explicación sobre la violencia y el conflicto6. Podemos decir que coincide la aparición de estas publicaciones con las primeras décadas de la institucionalización de las ciencias sociales en Colombia, el surgimiento de una incipiente comunidad académica y el interés creciente por disciplinas como la sociología, los estudios políticos o la ciencia política dentro de las universidades e institutos.

En las siguientes páginas nos ciframos como propósito estudiar un corpus de revistas asociadas a los estudios políticos y adscritas a instituciones universitarias o centros de investigación del país, cuyas producciones fueron estimuladas y orientadas hacia la comprensión del conflicto armado colombiano. Al mismo tiempo, identificar y caracterizar un grupo de académicos interesados en el conflicto armado, así como sus ideas e

5

Si partimos del principio de que la solución del problema está ligado a la forma en la que lo diagnosticamos, se hace pertinente conocer los diagnósticos, las preguntas y las metodologías que siguieron los distintos académicos que se expresaron a través de las revistas que aquí estudiaremos.

6

Quizá la primera revista académica que comenzó a hablar propiamente de violencia y de la crisis social a la que asistía el país fue la Revista Javeriana. Fundada en 1933, fue vocera de las ideas del partido conservador, y aunque no se dedicaba exclusivamente al ámbito político, varios de sus números comenzaron a abordar ese tema. De acuerdo con la primera editorial de la revista, escrita por el padre Félix Restrepo S. J., se trataba de una revista universitaria cuyo objetivo fue consagrarse a la difusión de la cultura y el pensamiento. En cuanto a las publicaciones que comenzaron a circular desde la década de 1980, se encuentran la revista Ciencia Política, creada en 1985 por el Instituto de Ciencia Política de Bogotá; la revista Forum, impulsada por la Fundación foro nacional por Colombia de 1986; la revista Análisis Político, de la Universidad Nacional de Colombia que surgió paralelamente con el IEPRI en 1987; después vino la revista Avance, de la Fundación para la investigación de la ciencia política que dejó de publicarse en 1988; la Revista política colombiana, de la Contraloría General de la República que comenzó a ser publicada en 1991; la revista Estudios políticos, de la Universidad de Antioquia del año 1992, y la revista Papel político, de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Javeriana que inició en 1995. Para un listado de las revistas colombianas desde 1970 hasta 1987 que abordan el tema de los estudios políticos, ver: Francisco Leal Buitrago, “La profesionalización de los estudios políticos en Colombia”, Análisis Político, n.º 3, (1988): 49-62.

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| 26 | 26 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) interpretaciones expresadas en las revistas a partir del análisis de los hechos de violencia asistidos en el país.

Se trata entonces de la revisión y el análisis de varios de los números de las revistas Estudios Políticos (1992) de la Universidad de Antioquia, Colombia Internacional (1985-1986) (1988) de la Universidad de los Andes y de Análisis Político (1987) de la Universidad Nacional de Colombia. La selección de estas revistas tiene que ver con el hecho de que se desprenden de los primeros centros de investigación comprometidos con el estudio de la violencia y el conflicto y con el hecho de que se presentaron como pioneras en un campo del conocimiento en plena constitución: los estudios políticos del conflicto7.

Pensamos también que la caracterización de las revistas académicas y de sus institutos, la identificación de los académicos y sus ideas, y su reconocimiento como intelectuales, quedaría incompleta sino atendemos la formación de ese grupo y de esas revistas en el marco de la institucionalización de las ciencias sociales, de la paulatina consolidación de los estudios políticos del conflicto armado en Colombia desde mediados del siglo xx, de los cambios políticos y sociales del país, en particular los de las universidades, y de las necesidades de los Gobiernos y de la población civil por comprender y liberarse del flagelo del conflicto. En todo caso, puede ser este un camino para intentar comprender la relación entre intelectuales académicos y conflicto armado en Colombia, para acercarnos a una posible definición de intelectual académico, para preguntarnos acerca del papel político de las revistas académicas y del vínculo entre las ideas de los académicos y las formas en las que se ha elaborado una narrativa sobre el conflicto armado en el país.

7

Para un listado de las instituciones colombianas que desarrollaron investigaciones políticas entre 1970 y 1987, ver: Ibid.

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| 27 | 27 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas La institucionalización de las ciencias sociales en Colombia: científicos sociales interesados en el estudio de la violencia y el surgimiento de las revistas de estudios políticos En la década de 1980 los análisis académicos sobre el conflicto armado al que asistía el país aún se encontraban en una etapa inicial. Los desarrollos en esa materia eran recientes, pese a que desde la década de 1960 las ciencias sociales en el país habían alcanzado un cierto grado de institucionalización8. Dicha institucionalización se expresó a través de la expansión del sistema universitario (en número de matriculados y de instituciones de educación superior), la apertura de programas de estudio de economía (1948), sociología (1959), antropología (1963), ciencia política (1968), estudios políticos (1972), en la Universidad Nacional de Colombia, Universidad Pontificia Bolivariana, Pontificia Universidad Javeriana, Universidad de los Andes, la aparición de centros de investigación social, algunos vinculados a la Iglesia, un número creciente de publicaciones9, la consolidación de una

8

Es en la década de 1960 y de 1970 cuando las ciencias sociales en América Latina comienzan a institucionalizarse y reciben reconocimiento como una vía posible para entender el proceso de transformación social al que asistía la región. En el caso colombiano, es con la aparición de la Escuela Normal Superior (1936-1951) y los institutos adscritos a esta que asistimos a un primer momento en el arduo camino de la profesionalización e institucionalización de las ciencias sociales, camino que se consolidaría a partir de la década de 1960. Esta Escuela fue la primera que incursionó en el campo de la investigación social en el país y su propósito inicial fue la formación de docentes. Ver: Martha Cecilia Herrera y Carlos Low, Intelectuales y el despertar cultural del siglo. El caso de la Escuela Normal Superior: una historia reciente y olvidada (Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 1994).

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Algunos de los textos fundacionales de las ciencias sociales en Colombia fueron escritos y publicados en la década de 1960. Por ejemplo, en 1959 la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia comenzó a editar la Serie Monografías Sociológicas, publicación seriada de pequeños libros en formato folleto, dirigida por Orlando Fals Borda, en la que participaron autores como Abbé F. Houtart, Lynn Smith, Juan Friede, Camilo Torres, entre otros. En esa serie aparecieron títulos como El impacto de la violencia en el Tolima: el caso de El Líbano de Roberto Pineda, Campesinos de los Andes: estudio sociológico de Saucío de Fals Borda y La familia en Colombia de Virginia Gutiérrez de Pineda. Precisamente en el número 12 de esa colección apareció publicado, en 1962, La Violencia en Colombia de German Guzmán, Eduardo Umaña Luna y el mismo Orlando Fals Borda. Serie Monografías Sociológicas se publicó hasta el año 1967 y llegó hasta el número 24. Ver: Rubiela Varón, “Publicaciones del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional: 1959-1979”, Revista Colombiana de Sociología 1, n.º 1 (1979): 151-55. https://revistas.unal.edu.co/index.php/recs/article/view/11044; Germán Guzmán, Orlando Fals y Eduardo Umaña, La violencia en Colombia. Tomo I (Bogotá: Taurus historia, 2020). Otro ejemplo de publicaciones en ciencias sociales en la década de 1960 es el de la revista liderada por Jaime Jaramillo Uribe, el Anuario colombiano de historia social y de la cultura que comenzó a publicar la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia en 1963 y que aún se encuentra vigente. Ver: Renán Silva, “El Anuario

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| 28 | 28 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) pequeña comunidad académica interesada en la investigación social, que lentamente se fue especializando y, finalmente, con la vinculación de organizaciones internacionales al campo de las ciencias sociales. Estas organizaciones fueron la Fundación Ford, Rockefeller, el Comité de Francia Libre y el Departamento de Asuntos Culturales de la Organización de Estados Americanos (oea), que se encargaron de traer al país profesores extranjeros, financiaron investigaciones y publicaciones en ciencias sociales, lo que despertó sospechas a algunos sectores del estudiantado10.

Precisamente, fue en los primeros años del Frente Nacional (1958- 1974) que las ciencias sociales en Colombia consiguieron su institucionalización11. Este hecho tiene que ver, más allá del interés de las instituciones y de los académicos por consolidar el campo de los estudios sociales y hallar explicaciones acerca de la violencia, así como de la relativa calma o sosiego que vivió el país durante los primeros años del Frente12, con el colombiano de historia social y de la cultura: un acontecimiento historiográfico”, Anuario colombiano de historia social y de la cultura, n.º 30 (2003): 11-42.

10

Zoraida Arcila, Las ciencias sociales y humanas en la Universidad de Antioquia: avatares históricos y epistemológicos (Medellín: Fondo Editorial FCSH, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, 2015). José Uribe E., “Evolución de la educación en Colombia durante el siglo xx”, Revista del Banco de la República 79, n.º 940 (2006): 5-22. https://publicaciones.banrepcultural.org/index.php/banrep/article/view/8505

11

Los primeros esfuerzos por consolidar las ciencias sociales en el país se remontan a la República Liberal, particularmente al gobierno de Alfonso López Pumarejo y su Revolución en Marcha que, a través de una política de gobierno, trajo al país profesores extranjeros y formó la Escuela Normal Superior y otros institutos del saber. La Escuela Normal Superior (1936-1951) fue el lugar de encuentro, de estudio y/o formación de quienes, durante la década de 1960, se convertirían en los primeros académicos de las ciencias sociales. Entre ellos se pueden mencionar: Virginia Gutiérrez de Pineda, Alicia Reichel-Dolmatoff, Roberto Pineda Giraldo, Germán Arciniegas, Jaime Jaramillo Uribe, Orlando Fals Borda, Jorge Zalamea, Luis Eduardo Nieto Arteta, Blanca Ochoa, entre otros. Este grupo de profesores y estudiantes en formación, en un primer momento, mostraron mayor interés por el estudio de los asuntos indígenas. A mediados de la década de 1940 parece despertarles mayor interés el campesinado y las zonas campesinas de economía tradicional. Para ese periodo la producción académica era aún escasa y se trabajaba desde un enfoque empirista (investigaciones etnográficas y etnológicas). Sería precisamente en esos años, y en un esfuerzo por situar en la agenda política del país el tema social, que los académicos se interesarían por la “cuestión social” y el diseño de estrategias políticas que sirvieran para la revolución en marcha. La Escuela trabajó de la mano con los Gobiernos nacionales. Para más información ver: Renán Silva, República Liberal, intelectuales y cultura popular (Medellín: La Carreta Editores, 2005).

12

Francisco Leal afirma que La Violencia misma contribuyó a retardar la institucionalización de las ciencias sociales en el país. Ver: Leal Buitrago, “La profesionalización de los estudios políticos en Colombia”. En este mismo sentido, María Teresa Uribe afirma que, por cuenta de la confrontación en los campos durante los últimos años de la década de 1940, se hizo cada vez más difícil realizar trabajos de investigación y, además, muchos de los académicos fueron tildados de comunistas o gaitanistas. Por esa vía, recibieron persecución política, fueron silenciados y las ciencias sociales en el país languidecieron. Ver: María Teresa Uribe, “Ensayo, reforma, ruptura y diversidad: el despliegue de las ciencias sociales en Colombia”, en Fundación Alejandro Ángel Escobar 50 años (Bogotá: Arfo editores e impresores, 2007), 143.

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| 29 | 29 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas “cambio social” como política de Gobierno con el que se comprometía y al que convocaba el pacto frentenacionalista. A través de la idea de “cambio social” el Gobierno pretendía dejar atrás la violencia política, la lucha armada entre los partidos tradicionales, la explosión política y social del

9 de abril y los problemas relacionados con la estructura agraria, tenencia

de la tierra, productividad y recursos tecnológicos13. El Gobierno nacional colocó a su servicio el conocimiento y las herramientas de las disciplinas de las ciencias sociales, promocionó la formación de profesionales en esta área y convocó a los científicos sociales al diseño de los planes de desarrollo del país, sobre la base de estudios socioeconómicos, y a la formulación de políticas públicas orientadas hacia la modernización y la implementación de un régimen de seguridad social para el campo. Lo anterior, conforme con la planificación y control recomendado por las misiones extranjeras Currie, Lebret y CEPAL en los años cincuenta14. Hay que recordar también que desde 1958 el gobierno militar y de transición al Frente Nacional ya había mostrado interés por estudiar el fenómeno de la violencia y frenar su avance a través de la creación de la primera Comisión nacional investigadora de las causas y situaciones presentes de la violencia en el territorio nacional15. Esta comisión sentó un precedente al poner de manifiesto la necesidad de este tipo de estudios y de una metodología que contribuyera a la comprensión del país y de las situaciones de conflicto.

13

Ibid., 146.

14

De acuerdo con María Teresa Uribe, las recomendaciones de estas comisiones fueron fundamentadas en las teorías de desarrollo, según las cuales, si se removían las estructuras socioeconómicas atrasadas, se modernizaba el Estado y se atendía oportunamente a las poblaciones excluidas y marginales era posible acceder a un futuro más promisorio. Cabe también recordar el peso de las ideas de la CEPAL y su explicación de la dependencia de América Latina en la formulación de políticas públicas y en la orientación que tomaron las ciencias sociales en el país. Ver: Ibid., 146 y 149.

15

Esa comisión estuvo compuesta por Otto Morales Benítez (coordinador) y Absalón Fernández de Soto, por el Partido Liberal, y Augusto Ramírez Moreno, por el Partido Conservador; dos militares: el Brigadier General Ernesto Caicedo López (jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas) y el General (retirado) Hernando Mora Angueira; y dos sacerdotes: Fabio Martínez (párroco de Quinchía, Caldas) y Germán Guzmán Campos (párroco de El Líbano, Tolima). Su propósito principal fue “investigar las causas de la violencia política partidista que había ensangrentado al país desde el decenio del cuarenta y la identificación de las secuelas sociales dejadas por ella”, ver: Comisión de estudios sobre la violencia, Colombia: violencia y democracia. Informe presentado al Ministerio de Gobierno (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1987), 9.

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| 30 | 30 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) De esta manera, un número significativo de científicos sociales e investigadores se desempeñaron también en cargos públicos, organizaron equipos de trabajo para recorrer determinadas zonas del país y para estudiar los distintos problemas a los que se enfrentaban sus pobladores. Este fue el caso del geógrafo alemán residente en Colombia Ernesto Gulh, que dirigió el Departamento de Seguridad Social Campesina; de Orlando Fals Borda, decano de la Facultad de Sociología la Universidad Nacional, que entre 1959 y 1961 se desempeñó como secretario del Ministerio de Agricultura; de Milcíades Chaves, que fue subgerente del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA), y del antropólogo Roberto Pineda Giraldo, quien fuera Jefe de la Oficina de Planeación del Instituto de Crédito Territorial en

1957 y Director del Centro Interamericano de Vivienda en 1963, entre otros

ejemplos16. Estos académicos, que tenían en común el hecho de haber pertenecido como profesores o alumnos a la Escuela Normal Superior y de asumir una actitud militante, desempeñaron un papel decisivo en el impulso a las ciencias sociales e hicieron parte del proyecto político de los primeros Gobiernos del Frente Nacional17.

A mediados de la década de 1960, el optimismo general que había aparecido en la sociedad colombiana con las promesas de pacificación y cambio del Frente Nacional comenzó a difuminarse. Los científicos sociales mostraron su descontento y encontraron que era la misma estructura del Estado, con su excesiva clientelización del aparato político y la clase política tradicional, resistente a las transformaciones sociales y reticente a abandonar sus privilegios, los grandes obstáculos para el cambio social18. Muchos de los académicos abandonaron sus funciones públicas y

16

Uribe, “Ensayo, reforma, ruptura y diversidad”, 148.

17

A propósito de la actitud militante de los académicos de las ciencias sociales en Colombia, vale recordar que durante los años sesenta y setenta escritores, profesores, académicos y artistas, muchos de ellos miembros del partido comunista, no escondieron su simpatía por la lucha armada. En este sentido, afirma Ricardo Arias que “La radicalización se enmarcaba en un contexto mundial en el que la revolución se había convertido en el único camino que podía hacer realidad el sueño de la utopía”. Ver: Ricardo Arias, Historia de Colombia contemporánea (Bogotá: Universidad de los Andes, 2018), 152. Sobre la actitud militante de intelectuales véase, también: Lewis, Hombres de ideas; Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina (Buenos Aires: Siglo xxi, 2012).

18

Arcila, Las ciencias sociales y humanas en la Universidad de Antioquia, 45 y 46. Ver también: Darío Fajardo, “Estudio sobre el conflicto social armado, razones de su persistencia y sus efectos más profundos en la

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| 31 | 31 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas se dedicaron a hacer oposición al Gobierno. Fue esta la época en la que se publicó el primer estudió político nacional sobre la violencia, La Violencia en Colombia (1962) de Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, quienes no solo explicaron los orígenes de la violencia, teorizaron frente a esta noción y presentaron sus actores, sino que objetaron públicamente contra el Gobierno y lo responsabilizaron de esa tragedia. Según Gonzalo Sánchez, con esta publicación, que causó gran debate nacional pese a su debilidad analítica, “la violencia se volvió por primera vez un problema de investigación en la universidad” y las ciencias sociales conquistaron un nuevo campo de estudio19.

El malestar de los académicos coincidió también con los cuestionamientos que los estudiantes universitarios de las ciencias sociales, irritados con todo lo que sucedía en el país, hicieron frente a la orientación y al papel de la enseñanza universitaria. En consecuencia, la crítica se dirigió a los programas de estudio por no contribuir al cambio social, ni a la comprensión del país. Fue especialmente reprochado el programa de sociología por considerarse “apéndice del positivismo y del pragmatismo estadounidense”, así como a las organizaciones internacionales que apoyaban programas académicos e investigaciones nacionales por sospechar que tenían intereses velados20.

En este sentido, María Teresa Uribe nos recuerda que:

el […] reformismo [dio] paso a […] la revolución y la teoría marxista aparecía en el horizonte como la “teoría científica” que iluminaría el quehacer de las ciencias sociales en el país. Fueron tiempos de los movimientos estudiantiles; del surgimiento del Frente Unido dirigido por Camilo Torres, que sociedad colombiana”, en Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia (Bogotá: Ediciones desde Abajo, 2017), 361-422.

19

Gonzalo Sánchez, “Los estudios sobre la violencia: balance y perspectivas”, en Pasado y presente de la violencia en Colombia, comp. Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (Bogotá: Editorial Presencia, 1986), 18.

20

Se sospechaba que detrás de las fundaciones y organizaciones norteamericanas que apoyaban los procesos académicos en ciencias sociales había una necesidad de movilizar ideologías en la práctica política que contribuyeran a la contención del comunismo en América Latina. Se trataba de poner en marcha la doctrina norteamericana de seguridad nacional. Ver: Nora Segura y Álvaro Camacho, “En los cuarenta años de la sociología colombiana”, Revista de Estudios Sociales, n.º 4 (1999): 23-35. https://doi. org/10.7440/res4.1999.02

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| 32 | 32 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) convocó a grupos importantes de las universidades colombianas; de la aparición de las organizaciones armadas (FARC-ELN y EPL) y de un clima de confrontación y conflicto muy agudo, que sirvió para poner en guardia los Gobiernos que a su vez empezaron a desconfiar de las ciencias sociales, a verlas como peligrosas, subversivas y excluirlas como referente para sus planes de gobierno; para principios de los años setenta, la ruptura entre Estado y ciencias sociales estaba prácticamente definida21. Contrario a los años cincuenta, cuando los Gobiernos colombianos sospecharon de las ciencias sociales y de sus académicos por considerarlos comunistas y terminaron cerrando la Escuela Normal Superior, los estudios sociales en los años setenta, a pesar de las sospechas que despertaron y de la crisis social y universitaria que se desató, no languidecieron. El movimiento estudiantil, con una actitud crítica, desafiante y militante, con influencias marxistas y comprometido con las luchas de las masas populares y el antimperialismo, se hizo más fuerte22. Las universidades, sobre todo la Universidad Nacional como foco de la vida intelectual, alcanzaron mayor protagonismo y autonomía, abrieron espacio para la asimilación de nuevas teorías (dependencia, estructuralismo, filosofía política) y nuevos campos de investigación.

Los científicos sociales, en su mayoría de identificación política de izquierda, asumieron un papel político determinante y dirigieron sus estudios a lo que calificaron como los grandes problemas nacionales: el tema agrario, el bipartidismo, el desarrollo económico y la violencia. La violencia no era un fenómeno novedoso, ya había comenzado a estudiarse desde décadas atrás, la diferencia era que desde los años sesenta comenzaba a incorporarse una nueva premisa, el alejamiento de posiciones ideológicas y el interés por interrogarse acerca de los efectos de la violencia y los imaginarios colectivos en torno a este flagelo23. Así mismo, aparecieron nuevas editoriales como Tercer Mundo o Iqueima, dispuestas a publicar las investigaciones del

21

Uribe, “Ensayo, reforma, ruptura y diversidad”, 153.

22

Arias, Historia de Colombia contemporánea, 152.

23

Ibid., 136.

p. 35

| 33 | 33 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas área y apoyar su divulgación. En los años sesenta se estudiaron no solo los hechos de violencia como problema social, sino que se comenzó a indagar por los actores sociales del conflicto, las instituciones que participaban, la violencia como concepto y las manifestaciones culturales de los grupos en el conflicto desde una visión sociocultural y geográfica24. La historiografía se refiere a este periodo como una época de renovación en las ciencias sociales, lo que efectivamente tenía que ver con el desarrollo social y de las instituciones del Estado, el reconocimiento del estatuto científico de las ciencias sociales y de los problemas del país por parte de los Gobiernos. Esta renovación no necesariamente significó el desarrollo de una capacidad institucional para enfrentar esos problemas, ni estar listos para transformarlos. En todo caso, sí estuvo acompañada de un nuevo lenguaje para explicar los problemas sociales del país, el lenguaje académico, y de un nuevo método para estudiarlos, el método científico. Es importante llamar la atención sobre ese nuevo lenguaje y método, teniendo en cuenta que en las décadas de 1960 y 1970 las ciencias sociales eran bastantes recientes en el país y comenzaban a comunicarse con una sociedad que no estaba acostumbrada a ese tipo de análisis, ni a científicos sociales, sino a la información de los hechos de violencia en bruto que entregaban los medios de comunicación y los periodistas25. A partir de la década 1970, como consecuencia del nuevo abordaje científico de los hechos de violencia en el país, es posible observar la transformación cualitativa tanto del cuerpo empírico disponible como de las interpretaciones y las problemáticas dominantes de las ciencias sociales. Para ese momento se presenta como novedad la reciente aparición de las

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Entrevista realizada con el profesor Jairo Humberto Giraldo (15/09/2020).

25

Resulta interesante preguntarse sobre la relación que comenzó a establecerse entre la investigación científica en ciencias sociales y la sociedad colombiana. Como ejemplo de dicha relación y de las maneras en que los académicos intentan legitimar su posición, su conocimiento científico y llegar a una nueva audiencia, puede leerse la ponencia que Camilo Torres presentó en el primer Congreso nacional de sociología, que se realizó en Bogotá en marzo de 1963, titulada La violencia y los cambios socio-culturales en las áreas rurales colombianas. En la introducción a dicha ponencia el autor se esfuerza en justificar y explicar adecuadamente el tipo de análisis que realiza y de separar su labor de sacerdote de la del sociólogo investigador. El esfuerzo es por conectarse con un público que desconoce las reglas del oficio científico y al que se desea servir a partir de los análisis. Ver: Camilo Torres, “La violencia y los cambios socio-culturales en las áreas rurales colombianas”, en Centro Gaitán, Once ensayos sobre la Violencia (Bogotá: Cerec, 1985), 53-116.

p. 36

| 34 | 34 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) ciencias sociales en el país, un grupo de científicos interesados en el estudio de problemas sociales y la violencia como nuevo tema de investigación26. La violencia como objeto de investigación fue acogido, en primer lugar, por la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, donde alcanzó estatus de referente privilegiado, tanto en el discurso académico como en el debate político, sobre todo una década después. De acuerdo con Leal Buitrago, el despegue cuantitativo de las publicaciones sobre violencia y paz en el país se dio en el año 1973, justamente finalizando el Frente Nacional, lo que no deja de llamar la atención y exige una explicación27. Al parecer, esta tendencia en el incremento de libros y revistas nacionales en el área venía en alza desde finales de la década de 1960. Por ejemplo, Juan Guillermo Gómez menciona que, según “el Anuario bibliográfico colombiano publicado por el Instituto Caro y Cuervo desde 1956, entre 1967 y 1978 se multiplica por diez el número de títulos en ciencias sociales”28. Durante la década de 1970, muchas de las investigaciones sobre estudios sociales del conflicto se publicaron en formato libro, quizás como un mecanismo de defensa ante la fugacidad de las revistas académicas nacionales29. Solamente en la década siguiente

26

En la década de 1980 emergerían un tipo de investigadores especializados en el estudio de la violencia y sus causas objetivas, a este grupo de investigadores se le daría el nombre de violentólogos. Ver: Jesús Antonio Bejarano, De la violentología a la investigación para la paz. Una agenda para la paz (Bogotá: Tercer Mundo editores, 1995).

27

Leal Buitrago, “La profesionalización de los estudios políticos en Colombia”. Quizá una posible explicación tiene que ver con el hecho de que el intelectual de la década de 1960, politizado y militante, que entiende el paradigma intelectual como un acto de comprometimiento con el objetivo de la lucha armada, fue en la década de 1970 sustituido por uno más “dispuesto a examinar y a juzgar bajo otro ángulo al Estado y a la democracia y a replantearse por consiguiente la validez de la lucha armada”. Se trataba entonces de un nuevo tipo de intelectual, que se alejaba de la lucha armada y se acercaba al mundo académico universitario. Ver: Arias, Historia de Colombia contemporánea, 155. Esto no significaba, por supuesto, una renuncia a su función crítica. Todo lo contrario, esa tarea la siguió ejerciendo desde la academia, la prensa, las revistas y el Estado, lo que permite explicar el aumentó en el número de escritos y publicaciones.

28

Juan Guillermo Gómez, Cultura intelectual de resistencia: contribución a la historia del “Libro de izquierda” en Medellín en los años setenta (Bogotá: Ediciones Desde Abajo, 2005), 77.

29

Algunas de las obras de las ciencias sociales más importantes que se publicaron entre 1984 y 1992 fueron escritas por economistas, en algunas ocasiones acompañados por historiadores y sociólogos. Fueron estas El desarrollo tardío del capitalismo (1984), de Salomón Kalmanovitz, Colombia y la economía mundial (1986), de José Antonio Ocampo, Economía y conflicto social en Colombia: los límites de la modernización económica (1992), de Consuelo Corredor, Historia económica de Colombia (1988), de José Antonio Bejarano, José Antonio Ocampo, Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares y Jorge Orlando Melo. Según María Teres Uribe, estos trabajos tuvieron importante impacto en los públicos lectores de la ciencia sociales porque reconsideraron los grandes problemas del país: pobreza, precariedad de

p. 37

| 35 | 35 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas comenzó a estabilizarse la edición universitaria de revistas académicas y de libros, es decir, la universidad asumió entre sus funciones la publicación de obras de investigación y divulgación del saber universitario, así como sus costos. Antes de esa estabilización podemos decir que el libro y la revista universitaria encontraban su lugar en casas editoriales a veces distantes del mundo de la universidad30.

De acuerdo con Leal Buitrago, la producción y la investigación sobre estudios políticos y estudios sociales del conflicto se produjeron “sin que haya habido ninguna política institucional al respecto”, condición que explica por el “desprecio” que sentía la clase dirigente por este tipo de estudios y por su incapacidad para reconocer el “aporte analítico de la ciencia sociales a la política”31. Aunque no dudamos del posible desprecio que pudo despertar el trabajo de los científicos sociales en algunos sectores del Estado colombiano y del temor que suscitaban las investigaciones y sus resultados que responsabilizan, en muchas ocasiones, a las elites políticas tradicionales y empresariales, podemos citar ejemplos que contradicen el hecho de que el Gobierno no apoyó el desarrollo de las ciencias sociales, ni de los estudios políticos. Puede no haber existido una política institucional al respecto y el auspicio pudo ser reducido, pero fue el Gobierno nacional quien apoyó y patrocinó la publicación del Manual de Historia de Colombia dirigido por Jaime Jaramillo Uribe y editado por el Instituto Colombiano de Cultura, las investigaciones del Instituto Caro y Cuervo y también el libro de La Violencia en Colombia (1962), entre otros32. Otro hecho que demostraría el apoyo del Gobierno nacional a las ciencias sociales es la creación en 1970 de un organismo como el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (dane), que fue nicho para el despliegue de la investigación en ciencias sociales. Así mismo, entendemos a las políticas sociales y las tensiones entre modernidad y modernización. Ver: Uribe, “Ensayo, reforma, ruptura y diversidad”, 158.

30

Para el estudio de la edición universitaria puede consultarse el texto de Roger Chartier, “La Universidad y la edición: pasado, presente, futuro”, en Magda Polo Pujadas, coord., Innovación y retos de la edición universitaria (Madrid y Logroño: Unión de Editoriales Universitarias Españolas –UNE– y Universidad de La Rioja, 2007), 13-28.

31

Leal Buitrago, “La profesionalización de los estudios políticos en Colombia”, 55.

32

Arias, Historia de Colombia contemporáneo, 135.

p. 38

| 36 | 36 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) las Comisiones investigadoras de la violencia (1958, 1987 y 1992)33 como esfuerzos por estudiar los problemas sociales del país y como una demostración efectiva del interés del ejecutivo en el fenómeno, el reconocimiento público de las ciencias sociales como ciencia y autoridad de conocimiento, de sus investigadores y una forma de impulso a este tipo de estudios. Durante el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986), mientras el conflicto se agudizó por cuenta del surgimiento del narcotráfico y el paramilitarismo, se produjo un proceso de repolitización de la sociedad, incentivado por los científicos sociales, quienes a su vez se vincularían nuevamente con la burocracia oficial, y por el aumento de los estudios políticos y sociales del conflicto34. Dicho aumento puede explicarse, entre otras razones, por las nuevas políticas públicas en materia de educación superior que favorecían la investigación y la situaban como función principal junto con la profesionalización y la docencia35. Así mismo, por el fortalecimiento del Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación (colciencias), que existía desde 1968, encargado de financiar y orientar la investigación.

Este fue el tiempo del debate nacional que comenzó a hablar de acuerdos de paz y de cambio de constitución, de agitación intelectual y de investigación universitaria en el país. Todas estas nuevas condiciones abonaron el terreno para los propósitos del gobierno siguiente en el que el presidente, Virgilio Barco (1986-1990), se propuso un “programa tecnocrático de erradicación de las condiciones […] de pobreza absoluta”36 y de otras formas de violencia que se habían agudizado. Para ello, el primer paso era establecer un proceso de paz y hacia allá dirigió sus esfuerzos. Por todo ello, Francisco Ortega habla de la década de 1980 como favorecedora

33

Comisión de Superación de la Violencia, Pacificar la paz. Lo que no se ha negociado en los Acuerdos de paz (Santa Fe de Bogotá: Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, cinep, Comisión Andina de Juristas y cecoin, 1992).

34

En la presentación del libro Pasado y presente de la Violencia en Colombia, el mismo Gonzalo Sánchez llamaba la atención sobre el interés creciente por el tema en el país cuando recordaba que los balances sobre la producción editorial en Colombia, a mediados de la década de 1980, coincidieron en señalar el tópico de la violencia y de la paz como los preferidos por las editoriales y por el público lector.

35

Ver: Decreto 80 de 1980.

36

Leal Buitrago, “La profesionalización de los estudios políticos en Colombia”, 56.

p. 39

| 37 | 37 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de la paz. Fue en este contexto en el que se formaron los institutos y las revistas académicas que se estudian en este capítulo. De ahí que de manera tácita o explicita quede indicado en sus páginas su interés en adelantar un proceso de paz como resultado del cansancio que había producido la guerra, y su denuncia sobre “una desvalorización absoluta de la importancia y pertinencia de la temática [de la paz]” y su consecución por parte del Estado colombiano37.

Para los años noventa ya era posible encontrar comunidades de académicos especializados en el estudio del conflicto armado y los estudios sociales habían “avanzado cuantitativa y cualitativamente hasta el punto de construir su propia identidad”38. Identidad de orden temático y epistémico formada sobre la base de la reflexión sobre la política y un esfuerzo por entender las realidades históricas, sociales y jurídicas del país, en el marco de una teoría científica. En esta coyuntura tuvo especial relevancia la institución universitaria que contribuyó a su fortalecimiento en la medida que se constituyó en el espacio para las discusiones y debates de alcance epistemológico y reflexión sobre los problemas que afectan de manera concreta a la sociedad colombiana.

A modo de síntesis, presentamos la siguiente tabla titulada Estudios sobre la violencia en Colombia y principales académicos (1940-1990) (tabla 1). En esta se identifican tres periodos de tiempo y en cada uno de estos se relacionan las formas en las que se denominó la violencia, algunas de las características del contexto, el epicentro de los estudios comprometidos con el tema, los nombres de los principales estudiosos, además de los problemas en los que enfocaron esos estudios y algunas de las soluciones que fueron planteadas.

37

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 4 (1993): 7.

38

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 10 (1997): 5.

p. 40

| 38 | 38 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) Tabla 1 Estudios sobre la violencia en Colombia y principales académicos

(1940-1990)

Periodo

1940-1950

1960-1970

1980-1990

Contexto República Liberal; la Revolución en Marcha; formación de sindicatos Frente Nacional (1958-1974); Institucionalización de las ciencias sociales en Colombia; formación de nuevas guerrillas como las FARC, ELN, EPL; movimientos estudiantiles y lucha antiimperialista Se agudiza el conflicto con el paramilitarismo y la aparición del narcotráfico; debates sobre la necesidad de una nueva carta constitucional; internacionalización del conflicto Denominación del problema “La cuestión social” “La Violencia” “El conflicto armado y la Paz” Epicentro de los estudios Escuela Normal Superior

(1936-1951)

Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá Universidades y Centro de Investigación y Educación Popular/ Programa por la paz

(CINEP)

Principales problemas nacionales estudiados Comunidades campesinas Economía campesina Indígenas Tema agrario Bipartidismo Desarrollo económico La Violencia Narcotráfico Paramilitarismo Superación de la violencia Justicia social Democracia Derechos humanos Internacionalización del conflicto

p. 41

| 39 | 39 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Periodo

1940-1950

1960-1970

1980-1990

Propuestas de solución que se plantean Planes de desarrollo y formulación de políticas publicas orientadas hacia la modernización e implementación de un régimen de seguridad social para el campo, conforme con las recomendaciones de las misiones extranjeras Currie, Lebret y CEPAL El Frente Nacional; inclusión de académicos e intelectuales trabajando para los Gobiernos; Comisión nacional investigadora de las causas y situaciones presentes de la violencia en el territorio nacional

(1958)

Acuerdos de Paz con el ELN y cambio de carta constitucional Algunos de los principales estudiosos

* Virginia Gutiérrez

* Alicia de

Reichel-Dolmatoff

* Roberto Pineda

* Germán

Arciniegas

* Jaime Jaramillo

Uribe

* Orlando Fals

Borda

* Jorge Zalamea

* Luis Eduardo

Nieto Arteta

* Ernesto Guhl

* Orlando Fals Borda

* Milcíades Chaves

* Roberto Pineda

Giraldo

* Camilo Torres

* Eduardo Umaña

Luna

* Germán Guzmán

* Gonzalo Sánchez

* María Teresa Uribe

* Francisco Ortega

* Carlos Gaviria

* Eduardo Pizarro

Leongómez

* Rodrigo Pardo

* Francisco Leal

Buitrago

* Juan Gabriel

Tokatlian

* Francisco de Roux

* Fernán González

* Arlene B. Tickner

* Marco Palacios

p. 42

| 40 | 40 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) Aspectos característicos de las revistas académicas: Estudios Políticos, Colombia Internacional y Análisis Político Las revistas aquí estudiadas tienen un carácter institucional, esto quiere decir que se encuentran adscritas a instituciones universitarias o de investigación. Dichas instituciones fueron pioneras en el estudio de asuntos políticos en el país39. La revista Colombia Internacional (1985) es una publicación que estuvo asociada a dos centros de investigación que comenzaron funciones desde 1984 y 1985 respectivamente, el Centro de Estudios de la Realidad Colombiana (cerec) y el Centro de Estudios Internacionales (cei) de la Universidad de los Andes, este último fue el primer centro académico en el país dedicado exclusivamente al análisis de los temas internacionales. Análisis Político (1987) es la revista del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (iepri) de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Ese instituto se formó en 1986 con el propósito de aportar una explicación o un diagnóstico académico sobre los factores institucionales y sociales de la crisis a la que asistía el país. Finalmente, la revista Estudios Políticos (1992) pertenece al Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, el cual comenzó sus funciones en 1988 como centro de investigación y pensamiento en torno al conflicto armado y a las problemáticas de ciudad. Desde mediados de la década de 1970 las revistas académicas comenzaron a popularizarse en el país, puede decirse que las publicaciones aquí estudiadas constituyeron una novedad

39

Una institución pionera en el estudio del conflicto armado en Colombia fue el Centro de Investigación de Acción Social y Programa por la Paz (Cinep/PPP), que estudia en este libro Diego Alejandro Zuluaga. En 1972 la Compañía de Jesús inauguró el programa de posgrado en Estudios Políticos dentro de la Facultad de Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, mientras iniciaba, también, como extensión social de la investigación, la docencia y la acción, el Centro de Investigación y Acción Social (CIAS). Ese centro se transformaría en 1976 en el CINEP. Sin embargo, el nacimiento de este centro se remonta a la década de 1960 cuando la Compañía de Jesús incentivó a algunos clérigos y laicos profesionales de las ciencias sociales y humanas a especializarse en temas socioeconómicos y políticos. Este fue el caso de los jesuitas Alejandro Angulo, César Vallejo, Francisco de Roux, Mario Calderón, Javier Sanín, Oscar Borrero, Luis Bernardo Peña, Augusto Acosta, Fernán González, Rodolfo Ramón de Roux, Jairo Morales Nieto, y de Clemencia Chiappe (socióloga), Juanita Uribe (economista), Oscar Jaramillo (periodista), quienes comenzaron a desarrollar parte de su formación académica y acción investigativa dentro del propio CINEP y a través de sus publicaciones. Una de las publicaciones más importantes de este centro fue la revista Ana-licias que circuló en formato folleto, entre abril de 1972 y febrero de 1975, y que años después cambiaría su nombre a Controversia. Ver: Fernán González, “La formación de investigadores en la acción investigativa: la experiencia del Cinep (1972-1997)”, Nómadas, n.º 7 (1997): 97-111.

p. 43

| 41 | 41 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas e inauguraron una tradición académica, la de los estudios sociales del conflicto y la de los científicos sociales especializados en ese tema. Así pasaron de ser órganos de institutos a ser revistas académicas para una comunidad científica más global.

Pese a que el surgimiento de este tipo de revistas se fraguó en medio de un ambiente político agitado, ninguna de ellas tiene un carácter militante; no obstante, su posición crítica, a veces beligerante frente a la violencia, la pobreza y el desplazamiento y de denuncia en contra del Gobierno, la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico. La cuestión es que mientras se profundizaba la crisis política en el país, al mismo tiempo se avanzaba en el trabajo académico sobre la política, la violencia y el conflicto. Se trata entonces de publicaciones no seguidoras de ningún partido político, ni de ninguna posición política en particular, que se formaron en medio de una gran polarización y que le apostaron al proyecto académico e intelectual de estudiar la política con criterio científico. Quizá la vinculación de estos impresos con instituciones académicas y de investigación explique también el hecho de que no sean revistas militantes, aunque puedan serlo algunos de sus colaboradores.

Aunque es difícil colegir, a partir de la lectura y la revisión de las revistas aquí estudiadas, los sucesos y deseos que se encuentran en el origen de las publicaciones y de los institutos de los que se deprendieron, hay pistas e indicios para afirmar que tanto institutos como publicaciones nacieron, como toda comunidad científica, por confluencia de intereses, voluntades, convergencias de tiempos y por asociación con espacios formales e informales de encuentro y de trabajo. Por ejemplo, el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia se formó en 1988 gracias al esfuerzo mancomunado entre un grupo de profesores de distintas facultades, entre ellos Carlos Gaviria Díaz (Facultad de Derecho y quien fuera el primer director del Instituto), Fabio Humberto Giraldo Jiménez (Escuela de Filosofía), María Teresa Uribe (Facultad de Ciencias Sociales) y William Restrepo Riaza de (Facultad de Derecho). De acuerdo con el profesor Fabio Humberto Giraldo Jiménez, a este grupo de profesores los unía la sensibilidad por lo que ocurría, el deseo de comprender el conflicto para orientar

p. 44

| 42 | 42 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) los estudios hacia una cultura política de paz y el hecho de que se sentían atrapados ellos mismos en la confrontación ideológica que había en el país por cuenta del conflicto. Sentían que había explicaciones ideologizadas, en su mayoría, desde el punto de vista de un movimiento político legal o ilegal; es decir, explicaciones subjetivas, meras opiniones sobre el conflicto. Pensaron que era necesario estudiar la política y el conflicto desde un enfoque científico, y para ello necesitaban hacer un corte epistemológico y vencer el primer obstáculo para su comprensión: la ideologización del conflicto armado y la violencia en Colombia40.

Desde 1986 funcionaba en el país el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (iepri) de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Ese instituto, tal como lo recuerda el mismo profesor Giraldo Jiménez, había sido una inspiración, una oportunidad para imaginar hacia dónde querían conducir los estudios políticos en el país los profesores del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, pese a reconocer que dentro del proyecto del Instituto no había interés por el tema de las relaciones internacionales que tanto preocupaba a los profesores de Bogotá. El iepri en dos años de funcionamiento logró consolidar un equipo profesional significativo cuya fuerza residía en su formación investigativa previa. Estaban ahí Eduardo Pizarro Leongómez, Alfredo Vásquez Carrizosa, Francisco Leal Buitrago, Rodrigo Pardo, Orlando Fals Borda, Hernando Valencia Villa, Gonzalo Sánchez, entre otros. Se trataba de un grupo interdisciplinar de académicos, investigadores y profesores que ya tenían algún reconocimiento público gracias a su participación como columnistas de opinión en destacados diarios del país y que se dieron a la tarea de formar el Instituto con la idea de consolidar dentro de la Universidad un centro de investigaciones para estudiar lo que ellos mismos denominaban como “los problemas internos de violencia” y analizar la realidad política nacional e internacional. Precisamente era el tema de las relaciones internacionales el que inquietaba a los profesores fundadores del Centro de Estudios

40

Entrevista realizada con el profesor Fabio Humberto Giraldo Jiménez (15/09/2020).

p. 45

| 43 | 43 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas Internacionales de la Universidad de los Andes (cei) y de su órgano de comunicación Colombia Internacional. Tanto el cei como la Revista son hijos de los intereses compartidos de Juan Gabriel Tokatlian, Rodrigo Pardo y Fernando Cepeda Ulloa, tres profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes. Desde finales de la década de 1970 había gran preocupación política y académica en el país por la política internacional, es decir, por el papel que Colombia aspiraba a desempeñar en el mundo y por el naciente narcotráfico como parte del crimen transnacional organizado asociado al tema del conflicto armado. Esas problemáticas, que interesaban a los profesores mencionados, movilizaron su deseo de consolidar dentro de la Universidad una unidad de investigación independiente a cualquier facultad o departamento para el estudio y análisis político internacional desde una perspectiva interdisciplinaria. El rector de la Universidad de los Andes de ese entonces, Rafael Rivas, estuvo de acuerdo con esa iniciativa y apoyó la creación del cei41. Quizás, a partir de estos pasajes en que se registran los nombres de los académicos fundadores de los institutos, la confluencia de su interés por el estudio de la política y su voluntad respecto a la formación y funcionamiento de espacios para la ciencia, sea posible afirmar que el origen de estos institutos, al igual que el de sus revistas, está asociado a un proceso de sociabilidad académica y a un proyecto intelectual42. Podemos anunciar,

41

La profesora del Departamento de Ciencia Política Arlene Tickner cita tres razones para la creación del Centro de Estudios Internacionales (cei): la primera razón es la red de estudios conjuntos sobre Relaciones Internacionales en América Latina (rial), la cual fue creada en 1977 por un grupo de académicos de Chile, Argentina y Brasil y tenía su sede en la ciudad de Santiago de Chile. Se había constituido como un espacio fundamental para incidir en los debates sobre política exterior en la región. Colombia aspiraba a ser parte de esa red y eso movilizaba e inspiraba a los profesores de la Facultad de Derecho a la formación del cei. La segunda razón, la falta de centros de estudios políticos en el país y, aún más importante, que estuvieran interesados exclusivamente en la política internacional. Finalmente, pero igual de importante, fue el patrocinio que la Fundación Ford ofreció a los esfuerzos académicos que contribuyeran al fortalecimiento de los estudios internacionales en la región y a la toma de decisiones en materia de relaciones exteriores. Así mismo, el Departamento de Asuntos Culturales de la Organización de Estados Americanos (OEA), como parte de un proyecto para promover los estudios regionales en América Latina, otorgó a la Universidad de los Andes una donación inicial para iniciar el trabajo del cei, con esa donación se amplió el número de profesores del centro. Dentro de ese primer grupo de profesionales, cuyos intereses incluían una combinación de actividades académicas y de servicio público, se encontraban Ana Mercedes Botero, Mauricio Reina y Carlo Nasi. Ver: Arlene Tickner, “La Escuela y el Centro de Estudios Internacionales”, EGOB: Revista de Asuntos Públicos, n.º 8 (2010): 35-38.

42

Es más, se refuerza la idea de estructura asociativa y de proyecto intelectual de las revistas cuando se piensa en el desarrollo editorial de las publicaciones académicas en Colombia, por lo menos antes de

p. 46

| 44 | 44 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) desde ahora, que estas publicaciones tuvieron un papel protagónico en la consolidación de las ciencias sociales y, en especial, de los estudios políticos o sociales del conflicto, pues se caracterizan por amalgamar ideas heterogéneas provenientes de distintas comprensiones y disciplinas que estudian el conflicto. En este sentido, puede afirmarse que en ellas se expresaron distintas y particulares tendencias ideológicas que apuntaban a un mismo proyecto colectivo: entender el conflicto armado y buscar una solución para superarlo. Con lo que el conflicto ganó en términos de su internacionalización y legitimación.

Estas revistas, como campos de actuación intelectual, pueden considerarse como actividad preparatoria de una acción política que se presentó como la toma de una posición sobre el conflicto armado en el país y la posibilidad de expresarse discursivamente sobre la realidad histórica y política de Colombia. Preguntémonos entonces ¿cuáles son las ideas e interpretaciones generales que aparecen en estas revistas? Intentemos responder esa pregunta a partir de su análisis individualizado, pero antes de adentrarnos en este análisis, presentamos al lector una tabla pormenorizada con información de las revistas43.

1997, cuando aparecieron las normas de Publindex de Colciencias, como un proceso en el que profesores, investigadores y estudiantes de las ciencias sociales hicieron las veces de directores, editores, autores, pares evaluadores, comité editorial, lectores, y establecieron una red de intercambio intelectual (difusión y circulación) que fue la que le dio soporte al surgimiento de las revistas y a la que estas continuaron contribuyendo. En este sentido, puede decirse que este tipo de impresos constituye una estructura de sociabilidad académica en todo el sentido sociológico de la palabra. Al mismo tiempo, es posible decir que esa serie de condiciones que obligaron a los miembros de los institutos a asumir las tareas editoriales y a reunir en las revistas los artículos de los profesores del mismo instituto o facultad pone de presente dos asuntos: el primero de ellos, la falta de especialización y novedad de la edición dentro del mundo universitario colombiano en la década de 1980; segundo, resalta la identificación posterior que se hizo en pleno siglo xxi de estos institutos y de sus publicaciones como espacios de endogamia académica.

43

La lectura de las revistas se realizó a partir de los siguientes ejes de análisis: 1. Cuál es el objetivo de la revista respecto al tema del conflicto; 2. Cómo definen esa problemática; 3. Dónde encuentran la base de esa crisis (origen) y su solución (de qué tipo); 4. En qué términos hablan del problema, lo definen y lo estudian; 5. Interés crucial a lo largo de la revista, es decir los temas recurrentes; 6. Académicos colaboradores de las revistas.

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| 45 | 45 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas Tabla 2 Algunas revistas pioneras en la investigación sobre conflicto en Colombia. Datos generales Publicación y año de fundación Institución Propósito Línea editorial y circulación Estructura Fundadores y/o grupo de los principales investigadores o colaboradores revistas y de sus instituciones44 Estudios Políticos

(1992)

Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, (1988) Contribuir a una cultura política de participación, compromiso y consenso […] que permita resolver el conflicto a través de la conformación de un estatuto democrático Se publican trabajos académicos e investigativos inéditos sobre filosofía política, teoría de la constitución, teoría del Estado, ciencia política, historia política e historia del pensamiento político.

Circulación semestral Presentación + artículos (investigación, trascripción de conferencias, entrevistas) + reseñas

* William Restrepo

Riaza

* María Teresa Uribe

* Fabio Humberto

Giraldo Jiménez (primer director de la Revista)

* Manuel Alberto

Alonso Espinal

* William Fredy Pérez

Toro

* Juan Carlos Vélez

Rincón Colombia Internacional (1985 primera época / 1988 segunda época) Centro de Estudios Internacionales (cei) de la Universidad de los Andes

(1984)

Apoyada por:

Fundación Ford y Rockefeller Análisis científico de las relaciones exteriores y de la política exterior de Colombia con énfasis en la perspectiva en ciencia política Trabajos académicos e investigativos inéditos sobre política internacional, administración pública y Estado, movimientos sociales, partidos políticos, derechos humanos y violencia Circulación semestral 1988-1996: Política exterior de Colombia + Relaciones económicas internacionales + Política mundial. Una cuarta sección aparece en el Número 13 (enero de 1991) llamada Temas Globales + Documentos.

1997-2002: Artículos de investigación en una única sección: Tema Libre.

2003- 2010: cuatro secciones: Editorial + Análisis + Nuevas perspectivas + Coyuntura, Documentos.

2010-actualidad: solo dos secciones: Análisis + Debate

* Juan Gabriel Tokatlian

* Rodrigo Pardo

* Fernando Cepeda

Ulloa

* Arlene Tickner

* Ann Masson

* Luis Javier Orjuela

Análisis Político

(1987)

Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (iepri) de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá Impactar a través de la reflexión académica el debate público sobre la democracia, la violencia, la cultura política y el contexto internacional asociado al país Trabajos académicos e investigativos inéditos sobre los más diversos y relevantes estudios, reflexiones y debates sobre la realidad política colombiana e internacional Circulación cuatrimestral La presentación de la Revista está dividida en temáticas:

N| 1 -1988: Estudios- Democracia-Coyuntura- Debate-Bibliografía- Reseñas-Al margen.

A partir de N| 25-1995 la Revista incluirá:

Testimonio-Panorama-La otra mirada

* Eduardo Pizarro

Leongómez,

* Alfredo Vásquez

Carrizosa

* Francisco Leal

Buitrago

* Rodrigo Pardo

* Orlando Fals Borda

* Hernando Valencia

Villa Gonzalo Sánchez

44

Fundadores de las revistas o personas vinculadas al núcleo central de funcionamiento de la publicación. Los artículos de los académicos mencionados en este cuadro no necesariamente coinciden en su totalidad con la temática de violencia y conflicto armado en Colombia. Se trata más bien de identificar el grupo principal de los investigadores de cada instituto. Así mismo, es importante advertir que los autores que aparecen en estas revistas no siempre tienen vínculo con la institución que publica, se trató, en muchas ocasiones, de colaboraciones que encajaron con la propuesta temática o la línea editorial de las revistas.

p. 48

| 46 | 46 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) Colombia Internacional: narcotráfico, terrorismo, derecho internacional, derechos humanos y economía política. La internacionalización del conflicto armado colombiano Narcotráfico, terrorismo, derecho internacional, derechos humanos y economía política son las nociones y temáticas en las que se inscriben los artículos que presenta esta revista, que se define desde el inicio como pluralista y de análisis de coyuntura. En ese sentido, los textos que allí se presentan no obedecen a una historia o filosofía política, sino, más bien, a un análisis de acontecimientos del presente. Condición o enfoque que comparte con las otras revistas que aquí estudiamos. En conversaciones con Alberto Valencia Gutiérrez, Daniel Pecaut afirmó, primero, que el narcotráfico en Colombia no fue percibido desde sus inicios como un problema conexo al conflicto armado sino “como un factor más, entre otros, fenómenos de violencia”; segundo, que “En 1984 el narcotráfico era un fenómeno al que no se le daba mayor importancia […] [en razón de] la distinción entre el narcotráfico propiamente dicho y el cultivo de la coca, que permitía una mejoría económica de los colonos que se dedicaban a esa actividad […] [y por ello] tuvo que pasar mucho tiempo para que se tuviera conciencia de la magnitud de las consecuencias que de allí se derivaban”; y finalmente afirmó que fueron “raros los autores [o analistas] que entienden que [el narcotráfico] se trata de un momento de ruptura cuyos efectos [iban] a modificar de un extremo a otro el rostro de Colombia”45.

45

Daniel Pecaut y Alberto Valencia Gutiérrez, Daniel Pecaut. En busca de la nación colombiana, conversaciones con Alberto Valencia Gutiérrez (Bogotá: Penguin Random House Grupo editorial, 2017), 205-206. Cuando Daniel Pecaut se refiere a los analistas que no percibieron en el narcotráfico un momento de ruptura, de manera particular se refiere al grupo de académicos que conformaron la segunda Comisión de Estudios de la Violencia, cuyo informe lleva por título Colombia Violencia y democracia (1987). Ese grupo estuvo conformado por Jaime Arocha, Álvaro Camacho, Darío Fajardo, Álvaro Guzmán, Gral. Luis Alberto Andrade, Carlos Eduardo Jaramillo, Carlos Miguel Ortiz, Santiago Peláez, Eduardo Pizarro y Gonzalo Sánchez como coordinador de la Comisión. Muchos de estos académicos hicieron parte también del iepri.

p. 49

| 47 | 47 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Las afirmaciones de D. Pecaut deben recogerse con cierto recelo, no porque estuviera equivocado en sus afirmaciones46, sino porque, por precarias o escasas que fueran, había en el país instituciones y académicos que, de manera temprana, sospecharon de los vínculos entre narcotráfico y conflicto armado, así como de las asociaciones entre distintos actores ilegales y entre estos y facciones políticas, y al mismo tiempo comprendieron la importancia del tema, se esforzaron por explicar su naturaleza y sus implicaciones. Ese fue el caso de una revista como Colombia Internacional y de sus colaboradores que, desde sus primeros números puestos en circulación en 1985 en forma de carta semestral, presentaron el fenómeno del narcotráfico y lo identificaron con terrorismo asociado al tráfico de armas, formación de grupos ilegales, afectaciones a los derechos humanos, consumo de drogas, violencia y pobreza, y así mismo lo relacionaron con las políticas internacionales sancionadas por los Estados Unidos en materia de drogas47.

El narcotráfico como delito transnacional y con implicaciones en el terreno nacional aparece pues como un tema transversal a toda la revista, en el marco de un esfuerzo general en el que se cifraba la publicación por “elevar la discusión académica y nacional sobre la temática internacional […] [de manera que fuera posible] hacer un aporte que permita entender, en términos más acabados y científicos, tanto la realidad externa como las posibilidades del ejercicio de una conducta autónoma del país en la escena

46

A propósito, Carlos Ángel Rangel demuestra en su artículo, publicado en esta misma revista en el número 30 de 1995 y titulado “La sociedad colombiana y los problemas del narcotráfico”, que, en 1990, según una encuesta de grupluc, solo el 8 % de los colombianos consideraba el narcotráfico como un problema grave y cómo esta condición se transformó en 1992 con la declaración de los Estados Unidos del narcotráfico como un problema de salud pública mundial. La dificultad de la población civil para considerar el problema del narcotráfico en sus justas proporciones era, al parecer, la misma que tuvieron los académicos para hacerlo.

47

Como ejemplos ver: Adriana de la Espriella y Juan Gabriel Tokatlian, “El tema de los derechos humanos en la política exterior de la administración Barco”, Colombia Internacional, n.º 2 (1988): 3-9; frente al tema de drogas y la relación América Latina y Estados Unidos: Juan Gabriel Tokatlian, “Drogas y relaciones América Latina-Estados Unidos: reflexiones críticas”, Colombia Internacional, n.º 7 (1989): 17-21 y Carlos Ángel Rangel, “La sociedad colombiana y los problemas del narcotráfico”, Colombia Internacional, n.º 30 (1995): 39-46; Colombia Internacional, “Un política equivocada: la ‘guerra’ de los Estados Unidos contra la producción de narcóticos en los Andes”, Colombia Internacional, n.º 5 (1989): 36-38. De manera particular, quiero destacar a Juan Gabriel Tokatlian, quien de manera temprana habló del narcotráfico como un flagelo y del narcoconflicto como una forma de guerra inédita en el país.

p. 50

| 48 | 48 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) mundial”, tal y como se informa en la editorial presentada en el primer número de 1988.

Existe en la Revista un esfuerzo por presentar el fenómeno del narcotráfico como el principal promotor de la violación de los derechos humanos y como un factor que atenta significativamente contra las libertades públicas. Quizás se deba a esa condición el hecho de que en la publicación quede asentada la idea de que es la década de 1980 en la que se define un cambio en la forma en la que venía desarrollándose la violencia en el país. Todo ello porque es con el surgimiento del narcotráfico que aparece propiamente el conflicto armado, en el sentido de que cambian las dinámicas de la guerra y aparecen nuevos actores y delitos. Esa es la visión, por ejemplo, de Alejandro Valencia Villa (en el número 6 de 1989) y de Juan Gabriel Tokatlian (en el número 48 de 2000), para quienes parece que el narcotráfico rompe con La Violencia, así como también lo cree Daniel Pecaut.

Asimismo, parece haber consenso en la Revista acerca de la explicación de la existencia y permanencia del narcotráfico en relación con la debilidad del Estado colombiano. Dicha debilidad, según Carlos Ángel Rangel, “tiene una larga historia, asociada a la de la violencia en sus diversas manifestaciones […] [y a] políticas muy cuestionables e inconscientes, basadas en la penalización y en la represión”48 que en materias de drogas han fracasado. Arlene B. Tickner se refiere a la debilidad del Estado colombiano como “desconsolidación” de la democracia, que se hace palpable en la crisis de credibilidad y legitimidad de las instituciones y de los partidos políticos, además en la ingobernabilidad de grandes fracciones del territorio nacional, la corrupción, la violación a los derechos humanos, el acrecentamiento de la violencia política y la dificultad de lograr una solución negociada al conflicto armado49. Mientras que para Luis Javier Orjuela en

48

Carlos Ángel Rangel, “La sociedad colombiana y los problemas del narcotráfico”, Colombia Internacional, n.º 7 (1989): 41 y 44.

49

Arlene B. Tickner, “Colombia frente a la globalización y la inserción internacional. ¿Una segunda oportunidad?”, Colombia Internacional, n.º 43 (1988): 28-40; Arlene B. Tickner, “Tensiones y consecuencias indeseables de la política exterior estadounidense en Colombia”, Colombia Internacional, n.º 49-50 (2000): 40-61.

p. 51

| 49 | 49 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas la década de 1970 comenzó una crisis de legitimidad, caracterizada por una sociedad fragmentada por altos niveles de violencia, falta de credibilidad de los ciudadanos en las instituciones públicas, así como de una clase dirigente sin un proyecto para orientar la sociedad y articular los diferentes intereses sociales50, para Ann Masson esa crisis comenzó en la década de 1990. Es más, para Masson51, Colombia es un “Estado en vía de fracaso” debido a que “La autoridad, reciprocidad y responsabilidad que constituyen la legitimidad vertical han sido erosionadas por la corrupción, la acumulación de las diferencias económicas, el clientelismo, el regionalismo y la gran ineficacia del sistema […]. En resumen, la cohesión social es precaria, las funciones básicas del Estado se realizan mediocre y esporádicamente y la autoridad del gobierno central es inexistente en muchas jurisdicciones”52.

De acuerdo con estos académicos, buena parte de la debilidad del Estado se asocia también con una “élite dirigente que no sabe a ciencia cierta cómo y hacia dónde orientar la política nacional e internacional”, así lo piensan Juan Gabriel Tokatlian (en el número 48 de 2000) y Philip Mauceri (en el número 52 de 2001). Este último incluso responsabiliza a unas elites económicas y políticas cuyas estrategias para combatir la violencia y el conflicto armado en el país no estuvieron acompañadas de cambios en las estructuras políticas que garantizaran la democracia. Y es que la Revista se ha interesado también, en el marco de su propósito de contribuir a una política social, por encontrar soluciones al conflicto,

50

Luis Javier Orjuela Escobar, “La debilidad del Estado colombiano en tiempos del neoliberalismo y el conflicto armado”, Colombia Internacional, n.º 49-50 (2000): 103-116.

51

Ann Mason, “La crisis de seguridad en Colombia: causas y consecuencias internacionales de un Estado en vía de fracaso”, Colombia Internacional, n.º 49-50 (2000): 90 y 91.

52

A lo largo de la Revista pueden leerse, respecto a la idea de debilidad estatal o institucional, expresiones como “crisis política”, “crisis de gobernabilidad”, “desconsolidación de la democracia”, “sociedad civil fragmentada”, “Estado ausente”, “falta de representación”, “fuentes paralelas de autoridad”, “estado fallido”, entre otros términos para referirse al mismo fenómeno. En este sentido, ver también el trabajo de académicos como: Socorro Ramírez Vargas, “Nuevos actores sociopolíticos en el escenario internacional”, Colombia Internacional, n.º 37 (1997): 30-36; Juan Gabriel Tokatlian, “La mirada de la política exterior de Colombia ante un nuevo milenio: ¿ceguera, miopía o estrabismo?”, Colombia Internacional, n.º 48 (2000): 35-43; Philip Mauceri, “Estado, élites y contrainsurgencia: una comparación preliminar entre Colombia y Perú”, Colombia Internacional, n.º 52 (2001): 44-64; Fernán E. González, “¿Colapso parcial o presencia diferenciada del Estado en Colombia?: una mirada desde la historia”, Colombia Internacional, n.º 58 (2003): 124-158.

p. 52

| 50 | 50 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) y parte de ello ha consistido en repartir responsabilidades asociadas con los hechos de violencia y con la omisión en la implementación de políticas públicas. En la presentación del número 2 de 1988 puede leerse que la búsqueda de una política social debe “generar condiciones para el diálogo, del que debe partir la desmovilización y el desarme de la guerrilla y del narcotráfico”. En este sentido, puede colegirse una inclinación a la solución negociada del conflicto.

La Revista, en su visión de una paz negociada, ha apoyado la “humanización de la guerra”53. Le ha interesado que Colombia se apegue a los compromisos suscritos en el Protocolo segundo de la Convención de Ginebra. La misma idea de “humanizar la guerra” ya había aparecido en otros términos en la Revista desde 1989, cuando el investigador Alejandro Valencia Villa, en su texto “Derecho internacional y conflicto interno: Colombia y el derecho de los conflictos armados”54, se refirió a la idea de “civilizar el conflicto”. Según él, los esfuerzos deben concentrarse en reparar la democracia y la justicia (a las que iguala en sentido a la paz) que se encuentran afectadas porque no estamos en un Estado de derecho. Sugiere, entonces, que sean reparadas a través de reformas sociales y políticas que propicien la recuperación del monopolio de la violencia por parte del Estado colombiano, a través de la utilización de tratados de paz en el marco del Derecho Internacional Humanitario.

Estudios Políticos: crisis política, cultura política de la participación ciudadana, universidad y carta constitucional Mientras la revista Colombia Internacional definía el problema del conflicto en relación con el “narcotráfico”, Estudios Políticos lo hizo en relación con la “crisis política”. Dicha crisis consiste en una violencia indistinta

53

Colombia Internacional, “Agenda Internacional. Plan de desarrollo “El salto social”, 1994-1998”, Colombia Internacional, n.º 28 (1994): 46-49.

54

Alejandro Valencia Villa, “Derecho internacional y conflicto interno: Colombia y el derecho de los conflictos armados”, Colombia Internacional, n.º 6 (1989): 3-9.

p. 53

| 51 | 51 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas que, según William Restrepo Riaza, está marcada por la narcotización, la crisis económica, ausencia de credibilidad en la función gubernamental y en la polarización sociopolítica55. El conflicto es explicado, por el mismo autor, como un acumulado histórico de crisis56, concebida y materializada por quienes se encargan del orden y en el funcionamiento de los partidos, es decir de la elite dirigente57.

La responsabilidad del conflicto, asociada a la elite dirigente y al funcionamiento de los partidos políticos, como se verá, constituye un punto en común entre los académicos participantes de esta Revista, así como de las otras aquí estudiadas58. De manera particular, en esta publicación se presentan acusaciones a la elite dirigente y los partidos políticos. A los primeros se les acusa de incitar la crisis institucional que promovió “la guerra desarrollada fundamentalmente por la guerrilla, los paramilitares y el ejército”. A los segundos, se les responsabiliza de la sujeción al “sistema bipartidista” y su imposición del Frente Nacional (1958-1974), sistema político al que le atribuyen el desarrollo del conflicto armado en el país59. Identificado el Frente Nacional como el momento histórico a partir del cual se desatan las nuevas formas de violencia y diagnosticado el problema o la crisis en clave de elite dirigente y partidos políticos, determinan una solución. Una parte de la solución, según puede colegirse de la lectura de los artículos de Fabio Humberto Giraldo y María Teresa Uribe, consistiría en cambiar la base de la élite dirigente a la sociedad civil60. Con esto se refieren a la búsqueda del perfeccionamiento de un orden político como apuesta de país y como una propuesta académica. En este sentido, lo que define el espíritu de la publicación y del Instituto es la formación ciudadana de una cultura política de la participación. Para lograrlo, es fundamental educar al consumidor de la política, es decir al ciudadano común,

55

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 9 (1996): 5-7.

56

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 4 (1993): 5-9.

57

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 6 (1995): 5-7.

58

Este mismo problema es estudiado por Marco Palacios, Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875- 1994 (Bogotá: Grupo Editorial Norma, 1995).

59

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 11 (1997): 5-7.

60

Estudios Políticos, n.º 6 (1995).

p. 54

| 52 | 52 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) mediante la difusión de temas políticos y acrecentar el análisis de los hechos y de las teorías políticas, de tal manera que el conocimiento de la política y su ejercicio sean asumidos por el mayor número de ciudadanos61. Precisamente, que ese fuera el propósito de la Revista tenía que ver con el hecho de que el surgimiento de esta publicación, en el año 1992, estuvo asociado con un espíritu de cambio en la sociedad colombiana encarnado en la nueva carta constitucional (1991). Había interés por parte del Instituto en defender ese proyecto y en hacer pedagogía política a través de las misiones a las regiones de Antioquia, contratadas por el Departamento de Convivencia de la Gobernación de Antioquia, para que la gente conociera y se apropiara de la Constitución. En este sentido, el compromiso de los académicos reunidos en el Instituto ha sido y sigue siendo generar una opinión pública, más allá de la academia que permita estimular una cultura de la participación62.

La existencia de una cultura política, si bien no constituye el fin de los problemas, es el principio para identificarlos y la propuesta para transformarlos, esto si nos atenemos a las ideas de los académicos de esta Revista y a su impulso a una paz negociada. Dicha negociación tendría que hacerse a través de la verificación académica y del análisis crítico de las condiciones, los actores y del contexto en el que se presentan y ofrecen posibles soluciones negociadas al conflicto armado. Por ejemplo, en el año 1993, en el que se hablaba de un eventual proceso de paz entre el gobierno del presidente César Gaviria y la guerrilla del ELN, el Instituto destinó todo el número 4 de su publicación para realizar un balance de la forma como la guerrilla y, sobre todo, el gobierno le ha dado manejo y asumido el conflicto63. A través de este balance identificaron cuatros problemas principales. El primero de ellos se refería al hecho de que no parecía existir una disposición real y convincente a solucionar el conflicto, pues “las partes se enfrascan en discusiones sobre procedimientos y condiciones para el denominado diálogo”. En segundo lugar, encontraron que el conflicto se trataba

61

Fabio Humberto Giraldo Jiménez, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 2 (1992): 5-6.

62

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 4 (1993): 5-9.

63

Ibid.

p. 55

| 53 | 53 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas como si fuera responsabilidad exclusiva de la guerrilla y del Gobierno, y se desconocía a la población civil como actor dentro del conflicto. En tercer lugar, el papel de espectador que ha cumplido el Congreso de la República en los procesos de negociación. El Congreso ha asumido que la solución corresponde al Gobierno y ha olvidado que es la ciudadanía y el Congreso las fuerzas que dinamizan la sociedad. Finalmente, las contradicciones del propio Gobierno al plantear estrategias para combatir la violencia y dar apertura hacia la paz. Por ejemplo, el ministro de defensa de ese entonces, Rodrigo Pardo, anunció la creación de una cooperativa de seguridad rural. Según William Restrepo Riaza, con ello el Gobierno reafirmó su “imposibilidad […] para recomponerse y asumir el control organizativo del país y de las zonas de conflicto”64.

Similar ejercicio realizó María Teresa Uribe sobre el gobierno de Álvaro Uribe y un eventual Acuerdo Humanitario como parte del inicio de las conversaciones de paz con la guerrilla de las FARC65. Hablando por la sociedad civil, describió la situación actual del país como un momento de “incertidumbre”, pues el Gobierno nacional prometió ganarle la guerra a la guerrilla, seguridad con democracia, transparencia en la administración pública y garantías para la inversión privada nacional y extranjera y no había cumplido. La guerra continuaba, “no se han conseguido triunfos militares contundentes”, no había seguridad, ni democracia, la transparencia administrativa se echó a perder con la nebulosa negociación con grupos paramilitares, así como con el inicio del proceso de reelección presidencial que cursaba silenciosamente en el Congreso. El fracaso mismo en el cumplimiento, por parte del gobierno Uribe, sugería María Teresa Uribe, ponía en riesgo la credibilidad del Acuerdo Humanitario y las conversaciones de paz66.

Así, la reflexión sobre los Acuerdos de paz, las soluciones al conflicto armado y la paz como concepto y realidad social se encuentran a

64

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 4 (1993): 5-9.

65

María Teresa Uribe de Hincapié, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 24 (2004): 5-7.

66

Un ejercicio similar lo realizó William Restrepo Riaza en el número 15 del año 1999 al evaluar los Diálogos de Paz entre el Gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla de las farc.

p. 56

| 54 | 54 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) lo largo de la publicación como un tema privilegiado. William Restrepo habló de la paz como un instrumento para construir una nueva realidad histórica sobre las bases “de una civilidad, de una racionalidad política y de una ética pública, que consulten las profundas diferencias en la sociedad colombiana y las alternativas políticas a la solución del histórico conflicto armado”67. Por su parte, Juan Carlos Vélez señaló que cuando se pedía la paz había que “advertir que tal valor tiene múltiples significados dependiendo del sector que lo reivindique o del grupo armado que realice acciones para ‘lograrlo’”68. Así vista, la paz tiene distintos significados, costos y medios para lograrse. La paz sería, entonces, uno de los posibles resultados de la salida del conflicto armado.

William Restrepo, Fabio Humberto Giraldo, María Teresa Uribe, Juan Carlos Vélez coincidían en la idea de que la salida al conflicto era histórica, no coyuntural, y debía ser negociada. Con esto querían decir que el conflicto armado era una realidad sincrónica y parte formadora del proceso histórico nacional y así debía ser comprendida. Una salida negociada no solo debía consistir en parar la guerra, sino, sobre todo, en “crear cimientos estables […] a través de la recomposición de la estructura económica, política y social del país”69. Juan Carlos Vélez opinaba que “la academia así como los medios de comunicación podrían favorecer una politización del conflicto armado si asumen la función de explicar su dimensión histórica, que es también su dimensión política”70. Esta posición, que buscaba hacer un llamado a los académicos y que reflexionaba sobre su rol en la sociedad, encaja con la de María Tersa Uribe, quien también opinó que lo que se esperaba de quienes producen los análisis era “una reflexión crítica […] que sea capaz […] de producir información relevante para […] la desactivación de esa polarización”, para así intentar superar “la opinión interesada

67

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 10 (1997): 7.

68

Juan Carlos Vélez Rendón, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 14 (1999): 7.

69

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 15 (1999): 6.

70

Juan Carlos Vélez Rendón, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 16 (2000): 6.

p. 57

| 55 | 55 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas o la propaganda […] en la que podrían resultar involucrados algunos académicos en nombre de su ‘compromiso con la realidad del país’”71. Análisis Político: intelectuales, democracia, universidad, poder militar, constitución y derechos humanos Entre las revistas estudiadas Análisis Político es en la que, quizás, aparece un mayor número de artículos en los que sus colaboradores advierten acerca de sus responsabilidades sociales como académicos y estudiosos del conflicto, denuncian la coerción a la opinión informada e intelectual en el país, y en la que más convocatorias a la movilización de los académicos, artistas y estudiosos pueden leerse. Este es el caso del artículo “Los intelectuales y la violencia”, de Gonzalo Sánchez72, en el que el autor reflexiona sobre la relación entre intelectuales y violencia a propósito de la participación de los académicos en las comisiones para el estudio de la violencia Colombia, violencia y democracia (1987) y Pacificar la Paz (1992). En este estudio, el autor presenta una descripción general de las tareas de las que se ocupa el intelectual y, frente a las exigencias que se les hace a los intelectuales por parte de la sociedad civil, resalta que, “a pesar de que estos pueden estar bien ubicados para caracterizar la crisis, no lo están necesariamente para superarla”73, por eso su papel, más que de pontífices o profetas, es de intermediarios culturales74.

Otro artículo en esta misma línea es “Los Derechos Humanos en la actual situación colombiana” de Francisco Leal Buitrago75. En este, a propósito de la “guerra sucia” contra dirigentes de oposición, democráticos o simplemente independientes y de “la intimidación a la libertad de

71

María Teresa Uribe de Hincapié, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 26 (2005): 6.

72

Gonzalo Sánchez Gómez, “Los intelectuales y la violencia”, Análisis Político, n.º 19 (1993): 40-49.

73

Ibid., 42.

74

Ibid., 48.

75

Francisco Leal Buitrago, “Los Derechos Humanos en la actual situación colombiana”, Análisis Político, n.º 2 (1987): 58-60.

p. 58

| 56 | 56 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) expresión y la agresiva censura ideológica”76, el profesor exhorta a los académicos a su “obligación ética y política […] de pronunciarnos y estimular el pronunciamiento del mundo de la investigación social, con la única arma que poseemos: la inteligencia y la razón. Es imperativo defender la libertad de investigación investigando, haciendo claridad sobre la dura realidad colombiana”77. Dicha exhortación la presentaba con el propósito de incentivar una “gran movilización de la sociedad civil […] [para] iniciar un proceso de recomposición política en donde se presione […] al Estado, a través de su administrador de oficio, el gobierno, para que asuma las responsabilidades que le competen”78.

La dura realidad colombiana y los problemas del país se explican aquí, al igual que en las otras publicaciones estudiadas, por la inoperancia de las oligarquías políticas del país y de los partidos políticos de las que estas eran cabezas, que a fuerza habían conservado su poder y privilegios “frente a las emergentes burguesías comercial e industrial y a las demás transformaciones de la estructura de clases en el seno de la sociedad colombiana”79. De acuerdo con su periodización de los hechos, La Violencia finalizaría en 1965 y a partir de esa fecha, con el Frente Nacional, se pasaría de una violencia política a una violencia social sin antecedentes en el país. El origen de esas nuevas violencias se explicaba, según Francisco Leal Buitrago, como consecuencia del “bipartidismo y condimentada con los efectos secundarios de la emergente organización política [el Frente Nacional]. A partir de allí, fue gestándose una nueva crisis, con la particularidad de que escapaba del control tradicional del régimen e integraba nuevos elementos propios de la condición dependiente de una sociedad

76

Ibid., 59.

77

Ibid., 60.

78

Ibid. Otros artículos que también reflexionan sobre las responsabilidades de los intelectuales o académicos e incentivan a su cumplimiento son Orlando Fals Borda, “La participación comunitaria: observaciones críticas sobre una política gubernamental”, Análisis Político, n.º 2 (1987): 84-91; Álvaro Tirado Mejía, “Democracia y Derechos Humanos en Colombia”, Análisis Político, n.º 2 (1987): 48-52; Fernando Uricoechea, “Los intelectuales colombianos: pasado y presente”, Análisis Político, n.º 11 (1990): 60-69.

79

Francisco Leal Buitrago, “La crisis política en Colombia: alternativas y frustraciones”, Análisis Político, n.º 1 (1987): 76.

p. 59

| 57 | 57 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas capitalista”80. Para Medófilo Medina, en “La política del régimen de coalición, la experiencia del Frente Nacional en Colombia”, ese pacto entre liberales y conservadores representaba el punto de arranque de nuevas violencias que se sumaron a las ya existentes, y que por lo demás el Frente nunca solucionó81. Esa nueva crisis estaría caracterizada por la presencia de guerrillas, del narcotráfico, de paramilitarismo y de delincuencia común. Por todo ello, afirmó Álvaro Tirado Mejía, era posible hablar, desde mediados de la década de 1960, de la “crisis del aparato de Estado”, es decir, de la inadecuación e ineficacia de sus instituciones, lo que llegaba a desbordar los esfuerzos de los Gobiernos por aliviar las problemáticas que en materia de violencia asistía el país. La “crisis del Estado”, que declaraban algunos de los colaboradores de esta Revista, tenía que ver con un problema de falta de credibilidad en las instituciones por parte de la población civil, lo que había extendido la idea de que, “por fuera de los mecanismos de paz social previstos por el Estado hay medios mejores para solucionar los conflictos”82. En esa medida, la invitación de la Revista no era otra que a la formación de una conciencia política como el principio de la transformación de la estructura social y la disolución de las crisis políticas, con la idea de establecer una cultura de la tolerancia y de la legalidad83. Lo cual es muy interesante porque en esta publicación tenían la idea de que una “cultura de la tolerancia” se opondría a una “cultura de la violencia”. Este es un diagnóstico que aparece aquí de la sociedad colombiana y que repiten autores como William Ramírez Tobón, Álvaro Tirado Mejía, Gonzalo Sánchez, entre otros.

Para Hernando Valencia Villa, en “Valores para una ética ciudadana”, despertar una conciencia política significaba, por una parte, entender a la población civil como agentes portadores de cambio y actores dinamizadores de la sociedad y, por otro lado, el desarrollo de una ética ciudadana

80

Ibid., 77.

81

Medófilo Medina, “La política del régimen de coalición, la experiencia del Frente Nacional en Colombia”, Análisis Político, n.º 20 (1993): 99-101.

82

Tirado Mejía, “Democracia y Derechos Humanos en Colombia”, 50.

83

Ibid.

p. 60

| 58 | 58 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) basada en los derechos y la democracia84. En este aspecto, esta publicación se alineaba con la idea de una cultura política de la participación ciudadana que proponía Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia. Si se recuerda que fue una parte del grupo de profesores del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales los que hicieron parte de las comisiones para el estudio de la violencia de 1987 y 199285, su propuesta de solución política tiene considerable relación con aquella que dirigieron y le propusieron al Gobierno en esos años. En todo caso, se trataba de la búsqueda de paz negociada bajo el entendimiento de que “la guerra es un medio de la política, pero también puede dejar de serlo”. Esto último era lo que había que evitar a toda costa. Para que la guerra no se separe de lo político, decía Luis Alberto Restrepo, en su artículo “La guerra como sustitución de la política”, la academia y los medios pueden favorecer una “politización del conflicto” explicándolo y contribuyendo a formar una opinión favorable a la salida negociada del conflicto86. En palabras de Francisco Leal Buitrago, “la solución tiene que provenir necesariamente de una concepción política global, de un proyecto político nacional, con toda la voluntad y decisión políticas que este concepto significa”87. Según él, el proyecto era apostarle a la democracia social que se basaba en una mayor participación ciudadana como la fuerza política de la sociedad civil. Esto quería decir que es a través de la organización política de la ciudadanía que se puede ampliar el camino a la democracia. La idea era que la sociedad civil se organizara política y socialmente (cabildos, juntas de acción comunal, cooperativas, etc.). Experimentos de organización social para vivir realmente la democracia.

84

Hernando Valencia Villa, “Valores para un ética ciudadana: Trabajos premiados en el primer concurso de ensayo filosófico ‘Estanislao Zuleta’”, Análisis Político, n.º 19 (1993): 83-84.

85

Hicieron parte de las comisiones para el estudio de la violencia de 1987 y 1992 los profesores del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internaciones de la Universidad Nacional Jaime Arocha, Álvaro Camacho, Darío Fajardo, Álvaro Guzmán, Gral. Luis Alberto Andrade, Carlos Eduardo Jaramillo, Carlos Miguel Ortiz, Santiago Peláez, Eduardo Pizarro y Gonzalo Sánchez.

86

Luis Alberto Restrepo, “La guerra como sustitución de la política”, Análisis Político, n.º 3 (1988): 80-93.

87

Leal Buitrago, “La crisis política en Colombia…”, 86.

p. 61

| 59 | 59 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) Construcción de un campo del saber:

narrativas fundacionales para el estudio del conflicto armado en Colombia Al hacer un balance general de las ideas presentadas en estas revistas durante sus primeros años de publicación, es posible observar que compartían una serie de ideas o de interpretaciones cardinales, a partir de las cuales leían y explicaban las condiciones del desarrollo del conflicto y así mismo revelaban posibles soluciones. Por ejemplo, hablaban de “violencia endémica” y en algunos casos hacían mención, de manera más sutil, a la inclinación de los colombianos a la violencia como forma para tramitar los reclamos; presentaban el conflicto armado colombiano como un caso excepcional en América Latina y en el mundo; discutían la multiplicidad de las formas de violencia o violencia indistinta (una violencia no unicausal), y, finalmente, se afirmaban en la idea de la existencia de una cultura de la violencia en el país que debía ser transformada en una cultura política88. Es así como en el primer número de Estudios Políticos, publicado en 1992, el entonces director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, William Restrepo Riaza, presentaba al público lector la Revista llamando la atención acerca de la “violencia indistinta” que vivía el país. Por violencia indistinta se refería a la violencia política, organizada, contra minorías étnicas, medios de comunicación y violencia familiar, que asociaba con una visión general del problema, y asimismo presentaba los que consideraba los puntos nodales del conflicto. El primero de esos puntos era el hecho de que las “expresiones culturales y políticas obedecían a un orden mental y cultural tradicional”, lo que generaba una contradicción entre modernización y modernidad. El segundo, una

88

Ejemplos de esta naturaleza pueden multiplicarse. Si se revisan, por ejemplo, algunos de los libros clásicos de la década de 1980 como Pasado y presente de la violencia en Colombia, al abordar el texto de Gonzalo Sánchez puede leerse “Guerra endémica”, en ese mismo libro David Bushnell habla de “sistema político colombiano proclive a la violencia”; por su parte, Leal Buitrago menciona “fenómenos de la violencia atípicos del país” en “La profesionalización estudios políticos en Colombia”. Si se leen con cuidado las ideas aquí expuestas, el lector no solo notará que se trata, más que ideas, de interpretaciones sobre el conflicto armado las que proponen los autores citados. Es necesario advertir que se trata de una serie de afirmaciones y publicaciones realizadas en la década de 1980. La periodización resulta importante porque esas afirmaciones se modificarán en el tiempo conforme a los cambios de la violencia, la sociedad, el Estado y las instituciones de estudio.

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| 60 | 60 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) “evolución histórica […] [del país cuyos] rasgos más significativos [son] la intolerancia y la ausencia del pluralismo político”, lo que se concretaba en exclusión89.

El segundo punto nodal lo abordó nuevamente en el artículo que tituló “La violencia: un problema histórico de cultura y civilización política”, que también fue presentado en ese mismo número de la Revista. En su artículo, manifestaba que el “origen de la negación generalizada al sentido y realidad del orden, la ley y la autoridad, por parte de la sociedad en general y del hombre en particular […] [se explica porque no hay un] statu quo institucional […] [que ejerza], a través de sus formas de materialización, ningún tipo de control y límite a las instintivas energías y conductas del hombre en la sociedad”90. Energías y conductas instintivas que reconocía como violentas al aseverar que “es verdad común el afirmar la conducta individual y social violenta como una inercia histórica de la humanidad. Pero en nuestro país habrá que reconocer que ese fenómeno presenta características, persistencias, proyecciones, además de funciones bien peculiares”91. En este sentido, Restrepo interpretaba como parte nodal del conflicto aquello que reconocía como un rasgo inherente a la humanidad: la violencia, rasgo que encontraba exacerbado en el caso colombiano. Ante tal coyuntura, recomendaba el establecimiento de una “cultura política de participación y compromiso [ciudadano, a través de la cual se contribuyera a la] conformación de un estatuto democrático”92.

Desde una perspectiva de análisis distinta a la de Estudios Políticos, pero complementaria, Colombia Internacional, la revista de la Universidad de los Andes, inauguraba en 1988 la segunda etapa de su publicación con un análisis del acontecer político. En esa publicación Juan Gabriel Tokatlian, director del Centro de Estudios Internacionales de esa Universidad, junto con Adriana de la Espriella, investigadora de ese

89

William Restrepo Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 1 (1987): 5.

90

William Restrepo Riaza, “La violencia: un problema histórico de cultura y civilización política”, Estudios Políticos, n.º 1 (1987): 88.

91

Ibid., 89.

92

Riaza, “Presentación”, Estudios Políticos, n.º 1, 6. De hecho, en la revista número 15 de 1999 William Restrepo Riaza continuaba diciendo “La violencia parece pues, integrada a nuestro propio ser colectivo”.

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| 61 | 61 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) mismo Centro, presentaban un artículo titulado “El tema de los derechos humanos en la política exterior de la administración de Barco”, en el que se referían “a las diversas manifestaciones de violencia [que] determinan un escenario doméstico incierto y altamente conflictivo”93. Esas violencias, según expresaban, eran producto de los alzados en armas, los terroristas y la violencia emanada del tráfico ilegal de drogas. Según los mismos autores, todas estas formas de violencia conducían a otro tipo de estas (infracción a los derechos humanos, delincuencia común, inseguridad social) y tenían como origen la pobreza y la falta de participación política de los ciudadanos. El problema crucial residía en que esas violencias indistintas eran utilizadas por algunos grupos sociales para tramitar sus conflictos sin importar de qué tipo fueran. Con esa interpretación, reforzaban los autores una supuesta esencia violenta de los colombianos, como una forma persistente y representativa de las formas de relacionamiento y trámite de los conflictos que se presentaban entre el Estado y los ciudadanos. La solución, entonces, al conflicto consistía, desde su perspectiva, en la consolidación de una democracia participativa en la que se atendiera el contexto exterior (cooperación y política internacionales), sobre la base de que de este depende el contexto interior. Esa visión del conflicto fue también compartida, en buena medida, por William Ramírez Tobón, investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia. Ramírez Tobón publicó, en 1988, en Análisis Político, revista del mencionado Instituto, un artículo titulado “Violencia y democracia en Colombia”. En su artículo hacía mención sobre las diversas y encontradas posiciones que hallaba sobre la violencia en Colombia y las presentaba así: “Desde la perspectiva académica se encuentran ópticas unívocas que apuntan hacia el carácter sicológico, antropológico, sociológico o político del problema, y ópticas multivariables como es el caso del reciente informe de la Comisión de Estudios sobre la Violencia [1987]. Ya desde la perspectiva ideológica, las opiniones vinculadas al establecimiento han tendido a

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de la Espriella y Tokatlian, “El tema de los derechos humanos…”, 3.

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| 62 | 62 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) negar la violencia como fenómeno derivado de condiciones nativas para darle una filiación foránea”94.

Ese pasaje nos parece interesante en la medida en que nos muestra que, desde la academia, hay, por lo menos, dos visiones o formas de lectura del problema de la violencia y el conflicto: una univoca y otra multifactorial. Esta última parece ser no solo la versión oficial, sino aquella que se popularizó en tanto fue la forma de comprensión utilizada por la segunda Comisión dirigida por Gonzalo Sánchez. Para aclarar su propia óptica sobre la violencia acaecida en el país, el autor introdujo la pregunta: “¿Es la violencia en Colombia una aberración de su democracia o es lo propio de ésta, un elemento consustancial a su estructura y funcionamiento actuales?”95 Después de una larga disertación, Ramírez Tobón terminará concluyendo que la violencia colombiana no es una aberración de nuestra democracia, sino más bien una forma consustancial de esta. No es una aberración… es su dinámica, su forma de desarrollo y funcionamiento. En el régimen político exclusivo propio de la democracia colombiana anida, como virtualidad siempre presente, el acto de la violencia social y política para franquearle a los excluidos el estrecho campo de la representación del Estado. Por lo menos hasta ahora, la rigidez de la democracia colombiana se ha ocupado en sentar el hecho de que la violencia para la participación social es la premisa de la evolución de un régimen político. […] Es innegable el afincamiento, en la mayoría de las fuerzas sociales contestatarias, de una cierta cultura de la violencia que valora ésta como el único instrumento de presión efectiva a un régimen político ensimismado en su mecánica exclusivista.96 Al igual que Tokatlian y de la Espriella, Ramírez Tobón entendió la violencia como una forma consustancial a nuestra vida política, a nuestra democracia. Incluso habló de una cierta “cultura de la violencia” que se

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William Ramírez Tobón, “Violencia y democracia en Colombia”, Análisis Político, n.º 3 (1988): 67.

95

Ibid.

96

Ibid., 78.

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| 63 | 63 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) ponía de manifiesto como una forma de participación social y como una especie de garantía o móvil para conseguir objetivos. La violencia sería pues, desde la lectura de este autor, una forma de ocupar y cooptar espacios dentro del ordenamiento vigente del Estado colombiano y, así mismo, desde una política democrática sana, el esfuerzo sería por transformar esa cultura de la violencia en una cultura política.

Finalmente, otra interpretación del conflicto similar a las anteriores puede encontrarse en la revista Controversia, del Centro de Investigación y Educación Popular (cinep), adscrito a la comunidad jesuita. En esa Revista, Eduardo Pizarro Leongómez publicaba, en 1987, su texto “La guerrilla en Colombia”. En ese artículo estudiaba el movimiento guerrillero y sus condiciones de posibilidad en dos momentos, que presentaba de manera contrastada, la década de 1960 y la de 1980. Asimismo, señalaba como antecedentes a su periodo de estudio algunos elementos de continuidad y ruptura entre la violencia rural de la década de 1940 y la violencia durante el Frente Nacional (1958-1974). De las comparaciones que realizó, el autor concluyó que se trataba de dos tipos de violencia en el marco de la “cultura de la violencia” existente en el país, lo que es un factor decisivo para la consolidación de los grupos armados en Colombia, en contraste con la suerte de la mayoría de sus congéneres en el resto del continente97. Nuevamente, se hacía énfasis en la idea de una cultura de la violencia y en la condición única o atípica del conflicto colombiano con respecto al área latinoamericana. Esa misma condición de excepcionalidad del caso colombiano, como lo han reconocido otros estudiosos, dificultó su análisis y las posibilidades de búsqueda de soluciones al conflicto. La idea de una “cultura de la violencia” vinculada a la “nacionalidad” colombiana resultaba en la imposibilidad de introducir comparaciones al estudio del problema.

Las ideas, puestas en circulación a través de las revistas, pusieron de presente la forma en la que se expresaba, se constituía y se legitimaba un conocimiento, así como el uso programático que puede dársele a las ideas

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Eduardo Pizarro, “La guerrilla en Colombia”, Controversia, n.º 141 (1987): 103-145.

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| 64 | 64 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) como constructo de una narrativa que, hoy podemos decir, no necesariamente coincidió con las realidades del pais.

A modo de cierre. Intelectuales académicos y revistas: debates, ideas y nociones en torno al conflicto armado Las páginas anteriores constituyen un estudio de las relaciones concernientes entre intelectuales académicos y conflicto armado en Colombia, a partir de la revisión de un corpus de revistas académicas asociadas con los estudios políticos. Esta serie de publicaciones especializadas aparecieron en universidades e institutos, desde mediados de la década de 1960, con la institucionalización de las ciencias sociales, y para los años setenta tuvieron un despegue cuantitativo, cuando el tema de violencia y paz se convirtió en el eje de las preocupaciones políticas, académicas y sociales del país. El Gobierno nacional, contrario a una visión que ha quedado en los imaginarios sociales, apoyó en distintos momentos los estudios relacionados con las problemáticas de violencia y conflicto, incentivó la profesionalización de las ciencias sociales, hizo un llamado a algunos de los académicos de este campo de conocimiento para asumir cargos públicos, para desarrollar políticas públicas y se preocupó por la conformación de comisiones para el estudio de la violencia que pudieran presentar diagnósticos y soluciones sobre la crisis que asistía Colombia. En esta medida, este artículo contribuye a identificar, caracterizar y analizar el papel de los intelectuales académicos y de sus ideas e interpretaciones sobre el conflicto a través del estudio sistemático de un corpus de revistas académicas como Estudios Políticos (1992), de la Universidad de Antioquia, Colombia Internacional (1985-1986) (1988), de la Universidad de los Andes, y Análisis Político (1987), de la Universidad Nacional de Colombia. Las revistas, como proyectos intelectuales con claras líneas editoriales, agruparon ciertos grupos de académicos, enfatizaron sobre un tipo de ideas y de esta manera presentaron diagnósticos relacionados

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| 65 | 65 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) con el origen del conflicto, los actores, los responsables, así como posibles soluciones.

Las ideas e interpretaciones acerca del conflicto que encontramos en las revistas pueden ser clasificadas en tres bloques. El primero de ellos es un diagnóstico que vincula el origen del conflicto armado con el surgimiento, en la década de 1980, del narcotráfico y sus consecuencias (revista Colombia Internacional). En segundo lugar, una postura que defiende la idea del surgimiento del conflicto como consecuencia de los problemas sociales del país o la crisis acumulada como resultado del bipartidismo y su imposición mediante el Frente Nacional (1958-1974) (Análisis Político). Finalmente, nos encontramos con la idea de que es la falta de una “cultura política participativa” la que dio lugar al conflicto armado en la década de 1960 con el Frente Nacional (Estudios Políticos).

Aunque distintos los diagnósticos, las revistas y sus colaboradores coincidieron en el hecho de que lo que se requería era un “cambio cultural”, que se asentara en los procesos de organización ciudadana y movilización, a través de cabildos, cooperativas, asambleas, entre otras instancias y en la comprensión y reflexión política. En esta tarea es la que deben contribuir los intelectuales académicos como mediadores entre los Gobiernos y la sociedad civil. Una forma de intervención pública de este grupo de estudiosos del conflicto tiene que ver también con el señalamiento de los responsables del flagelo. Los intelectuales académicos aquí estudiados coincidieron en el hecho de presentar a las elites dirigentes y empresariales como las responsables de la crisis del Estado, por su incapacidad para efectuar cambios estructurales que beneficiaran a toda la población, por asumir que el conflicto era solo responsabilidad de una de las partes implicadas, desconocer, hasta ahora, a la sociedad civil como un actor del conflicto y por no tener un proyecto claro de país, lo que se reflejaba en la formas de organización y el funcionamiento de los partidos políticos, de los que estas elites también eran cabezas.

Todas estas ideas compartidas, expuestas por los académicos en las revistas durante la década de 1980 y primeros años de la década de 1990, pueden considerarse, más que ideas, diagnósticos a partir de los cuales se

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| 66 | 66 Juliana Vasco Acosta Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010) explicó la situación de conflicto armado en el país. Podemos decir ahora, a partir de la historiografía reciente que estudia el conflicto, que se trataba de lugares comunes que se presentaron como verdades, que fueron acogidas por buena parte de los académicos y de la ciudadanía, y a partir de las cuales se desarrollaron interpretaciones y se propusieron soluciones. Todos estos diagnósticos, que lentamente comenzaron a consolidarse en una especie de canon, tienen que ver también con la historia del país, con la capacidad de comprensión y reflexión sobre nosotros mismos, con las formas en las que ha sido estudiado el conflicto armado, los referentes y las nociones a las que hemos acudido para describir situaciones, además de las maneras en las que se ha construido desde el ámbito académico una narración sobre este fenómeno.

Con lo anterior no se quiere desconocer el hecho de que los académicos o estudiosos del conflicto, en el marco de la especialización del tema, de nuevas preguntas, actores, periodizaciones y enfoques, puedan modificar sus ideas y discursos; sino más bien reconocer que ideas primigenias, a partir de las cuales se diagnosticó la situación del país y se construyó un conocimiento científico sobre el conflicto, tales como que en Colombia habita una cultura de la violencia o de ideas más recientes a partir de las cuales se ha afirmado que Colombia es un Estado fallido, causan efectos. De ahí quizás procede, en buena parte, la crisis de autopercepción de la sociedad colombiana y la caracterización de la violencia como estructura central de la historia del país. Una vez más, es importante pensar en la figura de los académicos estudiosos del conflicto, en las funciones que cumplen, en los medios a través de los cuales circula su opinión y en la responsabilidad social que les demanda su rol en relación con la construcción de una narrativa sobre el país y sus efectos en los imaginarios sociales.

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Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Juan Guillermo Gómez García

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Juan Guillermo Gómez García | 68 | 68 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Introducción.

Contexto sociopolítico general. Colombia (1958-1968)* La periodización histórica debe peguntarse por el objeto específico histórico que se desea indagar, es decir, la violencia y el conflicto armado en la Universidad de Antioquia deben establecer el punto de partida de esta indagación. Este corte histórico no es arbitrario, ni se genera por una suerte de azar, como deshojando margaritas. Este exige determinar ese objeto, violencia política y conflicto armado, en un marco institucional universitario, Universidad de Antioquia. Este a priori no está en el vacío, sino que engrana con la historia política colombiana a partir del Frente Nacional. No todo pasado histórico violento puede ser contemplado, pues nos remitiríamos a la Conquista, a las guerras de independencia, a las innumerables guerras civiles del siglo xix. Se puede anotar que las guerras sociopolíticas del siglo xx tienen un detonante más específico al estudiar la década de los veinte. Allí tenemos los levantamientos de Quintín Lame en el Cauca, de Juan de la Cruz Varela en la zona de Sumapaz y la famosa masacre de las bananeras en el Magdalena, en un enfrentamiento bestial entre el Ejército Nacional y los trabajadores de la zona. En todos estos conflictos la confrontación de clases era evidente. Lo fue menos en la llamada Violencia, que más bien tuvo un tinte de confrontación interpartidista, desplazando las hondas contradicciones en la tenencia de tierra y en el dominio político territorial.

Zanjada esta larga y tenebrosa disputa interpartidista con el pacto del Frente Nacional, se evidencia un pacto político entre las elites políticas nacionales. Desde allí se cierran filas contra toda disputa del poder * Este capítulo es derivado de la investigación: La violencia política y el conflicto armado en la Universidad de Antioquia 1958-2016: Aportes a la memoria y esclarecimiento de sus impactos y relaciones, realizado por la Universidad de Antioquia para la Comisión del Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

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| 69 | 69 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas por sectores o partidos o clases adversas a los firmantes de este pacto. La Revolución cubana contribuyó a cerrar más el paso a toda fuerza alternativa, bajo el pretexto de que ella era comunista o antiyanqui. Así que es el Frente Nacional, su maniobrabilidad política, su astucia en la manipulación electoral, su enorme corrupción al mantener un monopolio de hecho de lo público por los dos partidos, Liberal y Conservador, antes en sangrienta disputa. El pacto oligárquico llevó también, en estas circunstancias, a un pacto ciego con la potencia norteamericana, tras la revolución castrista, profundizando una visión política amigo/enemigo, de raigambre antidemocrática.

Los jerarcas políticos del Frente Nacional cerraron no solo así la posibilidad de acceso a terceras fuerzas, más democráticas u opositoras, sino que contribuyeron a frustrar a las capas sociales emergentes, muchos de estas los jóvenes estudiantes universitarios, que accedían por primera vez a las aulas a encontrar una vía al ascenso social. No encontraron abierto el acceso al poder, o solo a condición de someterse a las fuerzas clientelares tradicionalmente dominantes. Así, si las tensiones campesinas, sindicales y clericales (de los bajos fondos de una teología de la liberación en ciernes) se hicieron sentir en estas décadas, los movimientos estudiantiles cobraron un protagonismo no menos notable, sino también de una fisonomía radical cada vez más diferenciada.

El estudiantado universitario, que es nuestro foco de estudio, se vio sumido en una especie de frustración anticipada, pero sobre todo fue creando una subcultura de resistencia política hasta ese momento desconocida. Paradójicamente, el marco de las reformas modernizadoras impulsadas por los Estados Unidos con la Alianza para el Progreso, en 1961 y 1962, creó las condiciones para que esa explosión estudiantil universitaria se acelerara y tomara el rumbo radical que la caracterizó. Los pactos militares de contrainsurgencia cobran ahora una dimensión más decidida y sistemática. Se destaca el Plan Lazo, de julio de 1962, orientado por el general William P. Yarborough.

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Juan Guillermo Gómez García | 70 | 70 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Tipología sociológica de la estructura universitaria (1958-1968) Hay algunos rasgos básicos sociológicos de nuestras universidades, para este momento augural, que vale resaltar antes de emprender su estudio. La universidad cuasimonopolizaba los estudios superiores; la matrícula de la universidad era bastante reducida, concentrada en las clases altas y media altas (17 por cada mil habitantes); la universidad tenía por función principal la formación profesional, pero también la política e intelectual; la mitad de la matrícula universitaria la acaparaban derecho y medicina; el desarrollo de las actividades científico-investigativas era muy reducida, casi inexistente; las directivas eran, por lo común, pertenecientes a las clases altas y se alineaban a las directrices de la política nacional y norteamericana; en general, el profesorado no estaba vinculado a la planta universitaria, ejercían profesionales de alto prestigio, sin una necesaria vocación docente; la participación política del estudiantado estaba vinculada a la incidencia de los partidos políticos en las aulas universitarias (desde la Independencia); la vocería estudiantil proporcionaba una alta prestancia a los líderes estudiantiles, sobre todo en las facultades de derecho; no todo, ni siquiera la mayoría, del estudiantado podía estar activamente vinculado al movimiento, sino solo en determinados momentos coyunturales; esto también puede llegar a explicar la circunstancia (que suele juzgarse moralmente) de que los líderes estudiantiles, tras el ascenso social, se logren acomodar en los intersticios del entramado social y político e incluso se conviertan en detractores y represores de los movimientos estudiantiles de donde procedían y gracias a los cuales lograron ascender. La universidad es el campo de entrenamiento de futuros líderes políticos y parlamentarios; los estudios universitarios son de consideración, no solo por su determinada experticia sino por las relaciones personales de prestancia que se pueden cultivar; la mayoría de las veces la universidad no era sino una institución para garantizar y perpetuar la prestancia de las clases altas y, en otras, para las clases medias, su medio casi único (en un país sin industria ni dinamismo capitalista) para garantizar su ascenso social; universidades privadas como los Andes o la Javeriana gozaban

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| 71 | 71 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas en Colombia (ya en esa época) de una alta consideración, precisamente por estas ventajas comparativas; estas ventajas en el mercado laboral de universidades privadas de elite sobre las públicas fue creando un resentimiento en el estudiantado que estimuló la agitación antigubernamental… se ensayaron los Estudios Generales como válvula de escape a un sistema universitario decididamente anacrónico. El mandamás era Ignacio Vélez Escobar (representante de las elites tradicionales antioqueñas, de las directrices del Frente Nacional y de la cooperación norteamericana), precedido por Jaime Sanín Echeverri.

La universidad colombiana tenía características propias, en esta década, que la distinguía de sus homólogas latinoamericanas. El gobierno de nuestras universidades estaba en manos de representantes que no expresaban los intereses propios o inmediatos de una institución académica; la constitución del Consejo Superior Universitario (CSU), que había sido dictado por el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla, se mantenía vigente. La figura, pues, de cogobierno que era un distintivo, desde la Reforma de Córdoba, en muchos centros universitarios latinoamericanos, en Colombia era inexistente. Así, los rectores de esta época en Colombia obedecían propiamente al poder ejecutivo, que los había nombrado, y no se oponían a las decisiones jerárquicas. En este sentido, la autonomía universitaria era letra muerta. Sin embargo, habría que anotar que la lucha por la autonomía universitaria se había confundido con la oposición de sectores políticos, que tenían gran incidencia dentro del estudiantado, a los gobiernos de turno. Hasta el Frente Nacional se puede advertir que la universidad colombiana expresaba, con mucha fidelidad, la lucha que habían liberado los partidos políticos en el dominio de la educación superior. Se puede hablar de tres modelos más o menos definidos, el confesional tradicional (Universidad del Rosario, Javeriana, Santo Tomás o Pontificia Bolivariana), el modelo secular público, liberal nacional (Universidad Nacional, principalmente) y el modelo universitario privado de elite, orientado por pautas norteamericanas (Universidad de los Andes). El Frente Nacional logró acompasar, en un principio, estos modelos enfrentados bajo la dirección de la Asociación Colombiana de Universidades (ascun). El número de

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Juan Guillermo Gómez García | 72 | 72 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas universidades en Colombia era de unas veinticinco, la mitad públicas y la mitad privadas, con un total no mayor de veinte mil estudiantes1. Sin embargo, la carencia de una estructura verdaderamente modernizadora, que respondiera a las demandas de la expansión social y sobre todo a las exigencias de la investigación científica, era palpable. El atraso del país iba de la mano de una universidad decididamente anacrónica. El Informe Atcon fue la llave que encontraron los gobiernos frente-nacionalistas, sus ministros de educación y rectores, para salvar la situación. En el empeño de hacer andar la nueva universidad “atcontiana”, se destacan figuras como Jaime Posada, Pedro Gómez Valderrama, Mario Laserna, Jaime Sanín Echeverri, Félix Patiño, entre otros más.

Quizá sea el tipo o forma de modernización de esta estructura universitaria tan anquilosada, vale decir, que su modernización se hiciera de la mano del llamado Informe Atcon, en el marco de la Alianza para el Progreso, es el factor político más perturbador de la época. El Informe Atcon (1962), que luego se traduce en el Plan Básico (1968), fue el norte filosófico-institucional, si se permite el concepto, con que se emprendió la más profunda y decisiva trasformación universitaria en Colombia. Por esto, la resistencia a este Informe, aparte de sus virtudes o defectos de fondo, era parte estructural del conflicto y de la violencia política de esta década decisiva para la institución universitaria colombiana, y muy en particular de la Universidad de Antioquia. Esto también distingue estos esfuerzos modernizadores desde las elites de poder, orientados por la Estrella polar (para decirlo con Marco Fidel Suárez), con las reformas universitarias que en estos años se emprendieron en el sur del Continente. En otros países las reformas se hicieron por académicos prestantes y equipos universitarios autónomos. Así, por ejemplo, en Argentina por el historiador José Luis

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Hay una notable diferencia, por ejemplo, con Venezuela, que para esta época tenía el doble de estudiantes, distribuidos en seis universidades públicas y dos privadas. Las dos privadas habían sido creadas bajo la dictadura militar de Pérez Jiménez. Solo la Universidad Central de Caracas tenía la mitad de los estudiantes del país, o sea, tantos como en el sistema universitario colombiano. Véase: Orlando Albornoz, “Activismo político estudiantil en Venezuela”, en Estudiantes y política en América Latina, ed. por Aldo E. Solari (Caracas: Monte Ávila Editores, 1968), 209-272.

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| 73 | 73 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Romero, en Uruguay por el ingeniero Maggiolo, en apoyo del antropólogo brasileño Darcy Ribeiro2.

Así, el reiterado reproche por parte de los rectores y directivas universitarias de que los estudiantes estaban politizados y que respondían a fuerzas oscuras extrauniversitarias, no era sino una inconfesable culpa de que esas mismas directivas respondían a las estructuras del poder vigentes, a las directrices del gobierno nacional y a las pautas del gobierno norteamericano. Es decir que respondían a fuerzas ocultas extrauniversitarias… pero inmutablemente establecidas. La misma consideración de que las directivas y entes rectores de la universidad colombiana, de los ministros de educación para abajo, repitieran, ante todo paro, disturbio, pedrea, la misma fórmula condenatoria (que los estudiantes estaban politizados y que respondían a fuerzas oscuras extrauniversitarias), por décadas, solo muestra la compleja estructura tipológica de nuestras universidades. Uno de sus distintivos de larga duración.

Pero este reproche también alentaba otro complejo y no menos inevitable conflicto generador de amplias formas de violencia. Este reproche no ocultaba solo que las directivas respondían a intereses extrauniversitarios, que provenían de muy diversas fuentes del poder establecido, sino que esa modernización universitaria, bajo la égida de la Alianza para el Progreso y sus derivados, disimulaba también una fractura muy honda. Aludimos a ella cuando comentamos la percepción deprimente, por parte del estudiantado de la universidad pública, frente a las ventajas comparativas de la universidad privada de élite. Es decir, que la reforma universitaria, que se había emprendido por estas elites modernizadoras, partía del presupuesto incuestionable de esa fisura. La fisura que se quería cerrar

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En Uruguay la autonomía universitaria estaba consagrada desde la Constitución de 1917, de modo que el alterar la autonomía universitaria exigía reformar o violar la Constitución. El Consejo Superior y el Rector, compuestos por profesores, estudiantes y egresados, elegían las autoridades académicas y administrativas. La elección del rector se le hacía saber en forma extraoficial al presidente. El presupuesto era aprobado por el Congreso, pero su distribución quedaba liberada a las autoridades universitarias de forma autónoma. Esto permitió al rector Maggiolo, en 1968, resistir contra las violaciones de los predios universitarios del presidente Jorge Pacheco Areco, en aplicación de las Medidas Prontas de Seguridad (Estado de sitio). Véase: Aldo E. Solari, “La universidad en transición en una sociedad estancada: el caso del Uruguay”, en Estudiantes y política en América Latina, ed, por Aldo E. Solari (Caracas: Monte Ávila Editores, 1968), 133-207.

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Juan Guillermo Gómez García | 74 | 74 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas con la reforma universitaria descansaba sobre el presupuesto inapelable de esa falla universitaria. Este conflicto quizá llegó a tener alguna manifestación en centros de elite: pero fue tangencial y muy episódico, como fue el conato de rebelión de medio centenar de estudiantes de la Universidad de los Andes (hacia 1973) que exigieron tener representación en el CSU de esta universidad. El conflicto menor, en el que no hubo sangre, ni muertos, ni detenidos, sino una amenaza difusa de expulsión masiva (que no se concretó), no se puede comparar, ni de lejos, con los métodos de represión verdaderamente salvajes de los cuerpos policiacos, militares y de inteligencia contra los miembros de las comunidades de las universidades públicas. Estos métodos eran las verdaderas fuerzas oscuras extrauniversitarias que nunca llegaron a condenar las directivas académicas como un conjunto no propiamente de medidas represivas ad hoc, sino de una concepción autoritaria del poder estatal, de que ellas eran sus voceros más “civilizados”.

El verdadero cuello de botella de la masificación y modernización universitaria, como creadora de investigación de ciencia para el desarrollo industrial altamente competitivo, se evidenciaba en el presupuesto, que no se cumplió, del crecimiento sostenido de un sistema industrial que absorbiera a todos estos nuevos contingentes de egresados, altamente capacitados. Si además la estructura universitaria estaba escindida entre universidades privadas de elite y públicas, de más bajos estratos sociales, estos últimos tendrían menos oportunidades para acceder a los puestos directivos empresariales, no por razón de su menor formación profesional o científica, sino por la desventaja de no proceder de los círculos de amistades, parentesco y grupos de presión consolidados. Esto solo hacía agrietar la confianza en el tipo de sistema universitario no-democrático en medio de una sociedad que mostraba los rasgos del subdesarrollo crónico. Fue en estas condiciones explosivas en las que emergió la teoría de la dependencia para ratificar el descontento y la profunda crítica contra la sociedad tradicional y anquilosada colombiana. El estudiantado no luchaba aquí contra la sociedad capitalista avanzada y su sistema industrial hipertecnificado, sino contra las elites de poder tradicionales (las

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| 75 | 75 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas oligarquías nacionales y regionales), la estructura de injusticias que condenaba a la mayoría a una pobreza y humillación indignante, un rezago capitalista manifiesto (solo el 7 % del sistema de producción correspondía a actividades industriales) y un sometimiento a las políticas imperialista norteamericanas. Esta teoría de la dependencia ponía el dedo en la herida para refutar el cuadro alegre del desarrollismo que, como panacea, suponía una trayectoria en línea recta y en un lapso breve para transitar de las sociedades agrarias semifeudales (sistema hacendario, para ser más preciso) a sociedades desarrolladas modernas. La teoría de la dependencia era la negación de esta cándida filosofía de la historia de bolsillo y manual, que autocomplació a las elites tradicionales de poder. Hacia Golconda “En una colina alta con vista al valle donde se encuentra la segunda ciudad de Colombia –un millón de habitantes, cientos de miles de personas sin hogar y cincuenta mil prostitutas sin contar niñas y adolescentes– sesionó durante diez días la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, del 26 de agosto al 6 de septiembre”: así informaba a los lectores de su libro sobre la CELAM de Medellín de 1968 Alain Gheerbrandt3. En efecto, la segunda ciudad más importante de Colombia, conocida como la capital industrial del país, no podía esconder, ante los observadores independientes, las lacras sociales que acompañaban su pujanza empresarial. La capital antioqueña era una olla de presión a punto de estallar. Las elites colombianas, del presidente Carlos Lleras Restrepo al alcalde la ciudad Jaime Tobón Villegas, se habían empeñado, por todos los medios disponibles, en enmascarar esa realidad conflictiva. No habían ahorrado nada: ni la diplomacia, ni los medios de comunicación, ni la represión policiva, ni el espionaje estatal para tapar el sol con sus dedos. Lo lograron, a medias.

3

Este apartado está inspirado en Óscar Calvo Isaza y Mayra Parra Salazar, Medellín (rojo) 1968. Protesta social, secularización y vida urbana en las jornadas de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Bogotá: Planeta, 2012).

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Juan Guillermo Gómez García | 76 | 76 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas La celam de Medellín generó el documento más revelador de las consecuencias indeseables, pero no menos incontenibles, de los cambios bruscos de una modernización económica y social reclamada y abrumadora. Los dos rostros, el de la riqueza empresarial y el de la pobreza y miseria de la mayoría. Lo novedoso no era la pobreza, el hambre, la sobreexplotación de las masas, la prostitución, la delincuencia, la marginación y humillación de la inmensa mayoría de la población. Esto era, en todo caso, herencia subterránea de la empresa colonizadora, colonización brutal que ya había denunciado un Bartolomé de las Casas en su famosa Relación de los remedios que parecen necesarios para que el mal y el daño que hay en las Indias cesen.

Pero los remedios tampoco habían llegado durante siglo y medio de Independencia. La pobreza gigantesca (los tugurios) llegó a ser el signo de la masificación urbana, que en Colombia se había desencadenado incontenible solo hacía unas pocas décadas4. La pobreza difusa y “estructural” de la vida del campo, por efecto de la colonización y el sistema de hacienda del siglo xix, ahora brotaba como hongos en primavera en las ciudades a los ojos de todos. El malestar era creciente, y la incertidumbre pasmosa. Miles y miles de familias campesinas migraban del campo a la ciudad, en oleadas y oleadas, fuera en busca de oportunidades mejores para ellos y su numerosa prole, fuera para huir de los efectos de la violencia política. El resultado era la invasión a predios baldíos o la especulación de empresarios piratas para dar vivienda (muy lejos de que fuera digna) a estas muchedumbres. Medellín crecía de modo exponencial, como las grandes urbes colombianas. La ciudad había pasado en menos de dos décadas de

4

El temor y hasta el terror de las consecuencias nefastas de una masificación desordenada lo expresa en esos años, como caso paradigmático, el economista de la andi Caballero Escovar: o integramos laboralmente las masas que emigran del campo a la ciudad o las condenamos “… al desempleo y la miseria se convertiría inexorablemente en la horda desesperada que improvise, con justo rencor, una bárbara revuelta implacable, o lo que es peor, que pueda llegar a constituir el compacto ejército que habremos aportado, por negligencia culposa, a una revolución social que está prevista en los evangelios y profecías de Marx y Lenin y que prenderá fuego a nuestro precario andamiaje democrático al soplo del espíritu de Moscú”, citado por Sandra Jaramillo Restrepo, “Itinerarios intelectuales en las tramas de la nueva izquierda colombiana (1957-1978): Mario Arrubla Yepes y Estanislao Zuleta Velásquez. Dos marxistas heterodoxos” (tesis doctoral, Universidad de Buenos Aires, 2019), 118-119, https://repositorio. sociales.uba.ar/items/show/2447

p. 79

| 77 | 77 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas tener unos trescientos mil habitantes a casi el millón al momento en que el papa Pablo vi pisó su Aeropuerto Olaya Herrera. Ya no era Medellín la tacita de plata o la bella Villa, que la nostalgia deseaba como fijación idílica por el cuestionable resultado de su traumática masificación. El celam era pues el testimonio de un fenómeno desafiante para la Iglesia latinoamericana, institución base de su cultura. Antioquia, quizá la región más católica y piadosa de Colombia (esto lo documentó en esos años socioantropológicamente Virginia Gutiérrez de Pineda), recibía con regocijo oficial a la delegación papal, y altos prelados de todo el mundo, periodistas. Pero también, desde abajo, se hacía sentir la voz de los desdichados. Sería justamente también del seno de la Iglesia (como un revivir lascasiano) que las voces del pueblo se hicieron sentir: los curas Vicente Mejía, Gabriel Díaz, Jorge Giraldo y otros más como Santiago Pérez (capellán de la Universidad de Antioquia) alentaron el movimiento de los tugurianos. Ahora, al lado de los movimientos obreros, sindicales, estudiantiles, emergía esta novedad explosiva. Era como hacer de Camilo Torres, sacrificado poco antes en una acción guerrillera, un nuevo Lázaro para redimir a las masas. Fue la Iglesia de los pobres, para los pobres, el llamado Golconda.

Golconda tiene un lugar mítico, pero también escondido, en la historiografía colombiana de los conflictos colombianos. Golconda fue un hito, dentro y fuera de la Iglesia del país. Con la consigna de “No-Violencia evangélica” contra la violencia estructural, el escalonamiento entre el movimiento sacerdotal obrero y las elites políticas y eclesiásticas llegó a un punto de no retorno. Las reuniones de los sacerdotes rebeldes de Golconda, primero en una finca cerca de Viotá y luego en una base militar en Buenaventura, produjeron un documento clave, en cuyo encabezado figuraba monseñor Gerardo Valencia Cano. Las amonestaciones, los señalamientos y las persecuciones desde arriba arreciaron. Se hizo expulsar a los sacerdotes españoles Manuel Pérez y Domingo Laín, quienes retornaron clandestinamente para integrar las filas del ELN. En este movimiento Golconda figuraron estudiantes de la Universidad de Antioquia como Lucía Pérez Tobón, Yociel Restrepo

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Juan Guillermo Gómez García | 78 | 78 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Cardona, Manuel Álvaro Fernández, Jorge Restrepo y Carlos Eduardo López. El grupo Golconda quiso visitar esa Alma Mater el 16 de octubre de 1969, pero el encuentro fue saboteado por la policía al detener a los huéspedes. El caldeado conflicto (de estudiantes, sacerdotes rojos y líderes sindicales y barriales) empañó la inauguración del campus universitario, previsto para el 9 de noviembre de 1969, con presencia del presidente Lleras Restrepo. Los estudiantes se empeñaron en enarbolar la bandera de Estados Unidos, en un Campus Made in usa. En los muros y panfletos aparecieron las consignas: “¡Lleras asesino! ¡Fuera Lleras! ¡Lleras al paredón!”5.

Ignacio Vélez Escobar (rector Universidad de Antioquia en el período 1963-1965) Ignacio Vélez Escobar fue una de las figuras determinantes en la construcción del Campus o ciudadela universitaria y uno de los orientadores de la modernización académico-universitaria de la Universidad de Antioquia en la década de los sesenta. Su paso como rector y Jefe de la Oficina de Planeación de este centro universitario contribuyó a dar la fisonomía física y la restructuración básica universitaria, en muchos grados no modificada de fondo.

Nacido en el seno de una familia de clase alta en Entre Ríos, estudió bachillerato en el Colegio de los Jesuitas y Medicina en la Universidad de Antioquia, y “decide hacer una especialización en Estados Unidos” y fundar, con sus contertulios médico-intelectuales, la Sociedad Médica Antioqueña (soma) en 1947, de la cual fue gerente durante 47 años. En esta área de las profesiones médicas, no guardó reparo en asegurar: “Yo tengo la gran satisfacción de haber cambiado radicalmente, me perdona, la medicina en Colombia. Fundamentalmente en la Facultad de Medicina, a

5

Calvo y Parra Salazar, Medellín (rojo) 1968…, 151.

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| 79 | 79 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas través de la ayuda de la Fundación Kellogg’s, la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford”6.

En 1961 fue nombrado como gobernador de Antioquia por Alberto Lleras Camargo, designación que también le llueve del cielo: “Un día cualquiera durante el Frente Nacional, el doctor Alberto Lleras Camargo, primer presidente, me nombró Gobernador de Antioquia, sin yo conocerlo, todavía no sé por qué”. Fungió como alcalde de Medellín (1968-1971) y representó a la crema y nata, como refleja en esta anécdota, expresada con desparpajo macondiano: “Cuando hice las transversales de El Poblado como alcalde, casi me tengo que esconder de Medellín porque le corrí la urbanización a todos mis compañeros de colegio, a todos mis amigos y a algunos de mis parientes. Pero ahí está la obra. La transformación más grande que Medellín ha tenido se debe a esa obra”.

Pero fue como rector de la Universidad de Antioquia (nombrado el 4 de noviembre de 1963) y sobre todo como gestor del Campus universitario que su figura cabe aquí para esbozar con algún detalle. El relato de sus gestiones para dar cuerpo a la Ciudadela y a su vez rediseñar la estructura docente/investigativa fue locuaz por los hechos cumplidos como por el grado de simplificación manifiesta como lo expuso posteriormente. El folleto Historia de la nueva Universidad de Antioquia, 1963-1970, publicado en el 2004 (con un enorme descuido de edición), ofrece los datos básicos para reconstruir sus ideas centrales de una “Ciudad Universitaria que hoy tanto admiran en Colombia y en el mundo”7.

Este Campus universitario, que ahora habitamos, logró rápidamente albergar 10 000 estudiantes (en el Paraninfo llegaba a escasos 1570), en un área de 287 000 metros cuadrados, con 117 000 metros de construcción, y con un costo final de $131 000 589 pesos (menos de 10 millones de dólares). Para llegar a esa elevada cifra se tomó de base una porción considerable de la venta del Ferrocarril de Antioquia a la Nación, un préstamo

6

Cámara de Comercio de Medellín, “Ignacio Vélez Escobar-100 empresarios 100 historias”, YouTube, 12 de mayo de 2009, Video, 4:52, https://www.youtube.com/watch?v=28kURolUmiQ

7

Ignacio Vélez Escobar, Historia de la nueva Universidad de Antioquia 1963-1970 (Medellín: Universidad de Antioquia, 2004), 7.

p. 82

Juan Guillermo Gómez García | 80 | 80 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas del B.I.D., una asignación del Instituto idea y trasferencias presupuestales de la nación.

Para lograr sus ambiciosos objetivos, Vélez Escobar se apoyó decididamente de la Misión de la Fundación Ford y de las fundaciones Rockefeller y Kellogg’s (brazo empresarial de la Alianza para el Progreso), además, participó activamente tanto en el diseño como en la construcción de la Ciudad Universitaria (1968). “Ellos financiaron viajes de especialización prolongados de nuestros futuros profesores, casi cien de ellos salieron durante más de diez años, ayudándonos luego con las necesarias dotaciones y el intercambio constante con otras universidades. Manteníamos con esas fundaciones unas relaciones muy fluidas y amistosas, gracias, entre otros, a los doctores Benjamin Korningy Ned C. Fhas, de la Fundación Kellogg’s, y John M. Weir de la Fundación Rockefeller”8. También fue clave en ello la invitación de la Fundación Ford a la Universidad de Stanford, en Palo Alto, California.

La aceptación abierta y luego la defensa de estas ayudas, que más tarde fueron duramente criticadas por profesores y sobre todo por el movimiento estudiantil, fue férrea en sus memorias:

Me he extendido en este capítulo por creer que uno de los más grandes errores cometidos por los sucesores en la Administración de la Universidad, ese tonto, infantil y burdo “nacionalismo” que aísla a la institución. Es una tontería sin sentido tildar de “Vende patrias”, “imperialistas” y “entreguistas” a quienes propiciamos esas ayudas. Ese fue y sigue siendo el argumento básico de nuestros opositores y de los que nos sucedieron en la orientación en la Universidad.9 Sobre este papel directivo universitario El Colombiano escribió: “Muchos hombres han participado en la vital reestructuración de la Universidad de Antioquia, tanto en la esfera académica como en la

8

Vélez, Historia de la nueva Universidad de Antioquia…, 25.

9

Ibid., 27.

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| 81 | 81 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas dotación de confortables instalaciones. Pero entre ellos hay que destacar a Ignacio Vélez Escobar y a Lucrecio Jaramillo Vélez, a ellos se debe esa imagen nueva de los viejos claustros. La ciudadanía debe estar orgullosa de su gestión y agradecérsela con entusiasmo”10.

No menos importante que la gestión para la construcción de la Ciudadela universitaria fue el rol de Vélez Escobar en su reestructuración académico-universitaria. Esta también tenía el sello inconfundible Made in usa. Su proyecto “innovador” era una adecuación, o mejor, calco, del modelo estructural educativo norteamericano a nuestro caso antioqueño, sin más. En últimas, se trataba de introducir una escalera (o ciclo) más en el sistema tradicional, de primaria, bachillerato y universidad, al contemplar los “Estudios Generales” o College americano. La idea de una renovación universitaria era colectiva, una gran preocupación de los jerarcas de la educación superior de ese momento. En el Martes del Paraninfo de la U. de A.11, organizado por el rector Jaime Sanín Echeverri, sobresalen los temas universitarios: “Por una universidad integral”, de Octavio Arismendi Posada, “Hay Universidad en Antioquia”, de Héctor Abad Gómez, “La Universidad y la reforma del bachillerato”, de Miguel Roberto Téllez, “La Universidad una utopía”, de Daniel Arango, “Nosotros, los ingleses y la Universidad”, de William Rojas, “El espíritu de la Universidad alemana”, de Daniel Ceballos Nieto. El mismo Ignacio Vélez Escobar se había distinguido por artículos como “Proyecto de plan Trianual sobre la Facultad de Medicina y sobre la Orientación General sobre los Estudios Médicos”, “Un plan Quinquenal para la Facultad de Medicina de la U. de A.”, “Una obra admirable, la Escuela de Enfermeras”. Toda esta trayectoria había hecho posible (o facilitado institucionalmente) su proyecto para la “revolución copernicana” (los Estudios Generales) que deseó implementar al asumir la rectoría en 1962.

Esta revolución pedagógica copernicana para la Universidad de Antioquia se completó con la creación de diversos departamentos, que

10

El Colombiano, 30 de enero de 1968.

11

Revista Universidad de Antioquia, n.º 173 (1961).

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Juan Guillermo Gómez García | 82 | 82 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas surtieran a la Universidad (en lugar de las anacrónicas facultades) de un profesorado capacitado, científica y profesoralmente, a la enseñanza superior. Así abrió labores en 1964 el Instituto de Estudios Generales (luego fue la Facultad de Ciencias y Humanidades) con 2500 alumnos, en la antigua cárcel de mujeres, entre Pichincha y Bomboná y Pascacio Uribe y Girardot. La insistencia de que los profesores debían ser de tiempo completo, bien remunerados, con garantías laborales y equipos y bibliotecas bien dotadas estaba entre los méritos indiscutibles (nunca más actuales que en el presente) de su proyecto universitario modernizador. Expuestas sintéticamente estas ideas universitarias de Vélez Escobar, no cabe sino resaltar la manera asombrosamente provinciana, el tono arrogantemente patriarcal y el anacronismo conservador de su proyecto, investido de aire de revolución pedagógica universitaria. Vélez Escobar parecía bajar de la nada histórico-política en que ancló su magna realización a título personal. Este era el visionario elegido que rompía esquemas, sin consideración del marco frente-nacionalista y, sobre todo, de las directrices de la Alianza para el Progreso que hicieron no solo posible, sino casi una exigencia desde arriba para este tipo de Campus en el país. Su fe en el empuje regional, en la Antioquia de sus mayores, le daba el aliento ético para impulsar esa transformación que, al final, no pudo ser comprendida. Dolido, este folleto comentado es como una pataleta para que se hicieran visibles sus aportes inmortales.

El temor a las revueltas, a la creciente oposición antinorteamericana del estudiantado, incluso de algunos profesores enfermos del virus comunista, dio al traste con esos resultados manifiestamente positivos. En su discurso de posesión rectoral ya advertía de la amenaza solapada: “la falacia revolucionaria”. El calificativo, prestado del presidente Lleras Camargo, guio su acción política rectoral. El temor al comunismo era un presupuesto en el manual de gobierno. Los estudiantes debían pensar libremente, pero “dentro del respeto a las necesarias jerarquías”. En su discurso no se explicitaba en qué consistían esas “necesarias jerarquías”, pero sí que deseaba imprimir a la institución “un ritmo mucho más rápido que nunca”, no logró pensar una idea con otra. Pues fue justamente ese

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| 83 | 83 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas “ritmo más rápido que nunca” el que puso en tela de juicio las “necesarias jerarquías”, que conducían a “la falacia revolucionaria”. ¿Cómo lograr que ellos mismos se entendieran?

**** Ignacio Vélez Escobar redujo el enorme conflicto político y social que caracterizó el siglo xx, desde la Revolución rusa de 1917, pero sobre todo la conmoción de la Revolución castrista y su secuela inmediata y concomitante, la figura legendaria del Che, a una dimensión político-patológica, a un ingenioso modismo, “la falacia revolucionaria”. Esta ceguera de los procesos políticos, y sobre todo de las hondas transformaciones sociales que experimentaba Latinoamérica, en general, y Medellín, en particular, con su impactante urbanización acelerada y anómica, era tratada como una simple perturbación cerebral: “la falacia revolucionaria”. Este reduccionismo, inverosímilmente miope, de una compleja trasformación tan profunda en múltiples dimensiones, provocó y aceleró, hasta la virulencia, los factores de violencia política en nuestra Ciudadela universitaria. Vélez Escobar, como representante típico de la dirigencia conservadora (cuyos ejemplares inmediatos más notables fueron un Gonzalo Restrepo Jaramillo), repetía la plana de una manera de gobernar, bajo el entendido clásico de las “necesarias jerarquías”, es decir, bajo el presupuesto de ser obedecido sin otro argumento que su autoridad patricia tradicional, de hombre de procedencia católica, educado en el colegio de los jesuitas, miembro del Partido Conservador, distinguido médico que, así como así, fue elevado a la gobernación, sin un saber el porqué de ese capricho presidencial. Esta autocomprensión sobre sí mismo, distinguió su manera indiscutida de gobernar, con un ímpetu que era más bien autoritarismo heredado. En otras palabras, encarnaba Vélez Escobar un tipo de legitimidad tradicional, solo modernizada de dientes para fuera, ignorante de la contradicción misma del modelo de desarrollo, que tanta atracción y simpatía le despertaba, vale decir, el de la civilización norteamericana con sus enormes progresos en la ciencia y en la técnica, con su portentoso poderío militar, con su industria sin competencia, con una sociedad de consumo neocapitalista. Le fue imposible (sigue siendo imposible a las elites

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Juan Guillermo Gómez García | 84 | 84 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas actuales de poder) comprender las enormes contradicciones que obraban en el interior de esas riquezas y poder irritantes, para muchos sectores de su misma sociedad (solo pensar en la brutal discriminación racial), y sobre todo que esa enorme maquinaria de autorreproducción tecnocientífico amenazaba las libertades individuales, desnaturalizaba la misma cultura sobre la cual fue construida esa sociedad (la fe puritana) y destruía los mismos recursos naturales sin medida. Una lectura, así sea por las tapas, de obras como La multitud solitaria de David Riesman o El miedo a la libertad de Erich Fromm o El hombre unidimensional de Herbert Marcuse (obras que estaban disponibles en toda biblioteca o estantería de librería en los Estados Unidos) le hubiera hecho al jerarca y cándido paisa no solo abrir los ojos de la civilización que deseaba introducir, vía recetario, en el Valle de Aburrá. Vélez Escobar, como en general los jerarcas del Frente Nacional, no pudieron vislumbrar los hondos trastornos que carcomían la sociedad norteamericana y las contradicciones irresolubles entre sus postulados liberales y su accionar político represivo, sobre todo, tras la Segunda Guerra Mundial, la voluntad de dominio planetario norteamericano, sus intervenciones constantes en la soberanía de los países de su órbita de influencia y su sed insaciable y despiadada de explotación de los recursos de los países del Tercer Mundo.

La imagen parcializada del desarrollo capitalista y del apogeo norteamericano impedía a nuestras elites del poder percibir las causas reales de la crisis interna de esa nación, de la misma desintegración de los valores tradicionales de la ética protestante que había informado la formación de los Estados Unidos. Eran incapaces de constatar los variados fenómenos del rechazo y resentimiento social entre las amplias capas de esa nación, que no habían logrado integrarse a los patrones dominantes: como lo había observado un Erik H. Erikson en los indios sioux, u otros entre los numerosos migrantes portorriqueños o mexicanos, filipinos o italianos (el zoot-suit fue un traje que expresaba ese rechazo)12, o el resentimiento entre mineros, peones de aserradero o haciendas, como lo documenta el

12

David Riesman, La muchedumbre solitaria (Barcelona: Ediciones Paidós, 1981).

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| 85 | 85 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas mismo Riesman, por no hablar de los conflictos raciales, hasta el día de hoy insolubles.

Así, la propuesta de modernización universitaria fue una respuesta autodefensiva contra la amenaza del enemigo declarado (el comunismo internacional), un acto de ilusión ideológica propio de las contradicciones de la razón instrumental burguesa13. Tal vez nadie, y esto sería lo más grave y previsible: nadie se lo supo advertir a Vélez Escobar, pues la camándula sigue riñendo con el pensamiento.

Estanislao Zuleta: un intelectual comprometido con la revolución marxista Estanislao Zuleta, al lado de su contemporáneo Mario Arrubla, se destacó como una figura de primer orden en la Medellín universitaria de corte marxista. Su participación, como disidente del Partido Comunista, en la revista Estrategia y en los intentos de organización partidista del Partido de la Revolución Socialista y de la Organización Marxista de Colombia, ha dejado una huella indiscutible en muchos de sus contemporáneos y sus seguidores hasta el día de hoy14. Su peculiaridad parece descansar en el amplio espectro intelectual en que postuló su marxismo, inspirado por el compromiso del modelo sartreano y a la vez en su distanciamiento con las alternativas armadas, que eran como una ineluctable consecuencia de un marxismo-castrismo a flor de piel, como fue el caso de Camilo Torres. Procedente de una clase media alta (un tío fue el crítico conservador Juan Zuleta Ferrer y trababa relación con el destacado Fernando González), Zuleta estudió en el Liceo Antioqueño (institución educativa que tuvo también otros destacados egresados como Gerardo Molina,

13

La categoría de la “razón instrumental burguesa” y su caracterización, propia del pensamiento de la llamada Escuela de Fráncfort, la retomamos de la lectura de Rubén Jaramillo Vélez, Presentación de la teoría crítica de la sociedad (Bogotá: Argumentos, 1991).

14

Un índice de su vigencia se puede documentar sin mucha dificultad. Sus libros se siguen publicando con frecuencia, la consulta del artículo sobre la Guerra en la Revista Universidad de Antioquia cuenta con el mayor número de consultas (10 111 consultas: dato suministrado por Luis Fernando Quiroz).

p. 88

Juan Guillermo Gómez García | 86 | 86 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Roberto Pineda, Fernando Botero, Alberto Aguirre)15, le correspondió compartir una generación decisiva con Manuel Mejía Vallejo, Ciro Mendía, Mario Rivero, Elkin Restrepo, Otto Morales Benítez, Oscar Hernández, Carlos Castro Saavedra, Gonzalo Arango, y mujeres como Rocío Vélez, María Elena Uribe de Estrada, Pubenza Restrepo de Hoyos. Sus lugares privilegiados de sociabilidad intelectual fueron los centros literarios, las revistas, los bares, las cantinas y más tarde el Partido Comunista. El abandono voluntario del Colegio, de Zuleta, Mario Arrubla y un tercer miembro de este grupo, Delimiro Moreno (como el tercer mosquetero de la futura nueva izquierda marxista), marcó decididamente una vocación autodidacta.

En Las palabras de Sartre, como lo observa agudamente Sandra Jaramillo, el intelectual es “el elegido”16. También el mensaje de un humanismo ético cristiano de Gonzalo Arango hacía parte de esos años de iniciación, agregando a ello la lectura de La interpretación de los sueños de Freud y de novelas de Huxley y obras de Malaparte. Cafés (como Zoratama y la Bastilla, en Medellín), librerías (La Tertulia en Bogotá), tertulias, revistas, periódicos, partido comunista, movimientos campesino y estudiantil, conferencias, sindicatos, universidades, discusiones teóricas enconadas, galerías de arte, dramaturgia fueron los escenarios de la vida social que modelaron su significativa vida intelectual.

Miremos un poco más de cerca esta trayectoria en sus orígenes bogotanos. La agencia noticiosa France Press fue, a su vez, centro aglutinante de intelectuales destacados de los años cincuenta. Se sucede el viaje a Bucarest al Tercer Congreso Mundial de la Juventud, celebrado entre el 25 y el 30 de julio de 1953, del Festival de la Juventud de los Estudiantes por la Paz y la Amistad, tras el que aprovechó para viajar por Austria, Francia

15

El Liceo Antioqueño, fundado en 1903 y con sede en Robledo, fue cerrado por razones de violencia política y disturbios en 1988, y es otra de las grandes pérdidas y daños educativos de la ciudad. Sobre este Colegio, recuerda el importante antropólogo Roberto Pineda, uno de sus prominentes egresados: “… a los estudiantes, que fluctuábamos entre doce y dieciocho años, no se nos sometía a una disciplina autoritaria interna, ni permanecíamos a puerta cerrada”, sino que funcionaban en “condiciones de igualdad con las facultades o escuelas universitarias”. Martha Herrera y Carlos Law, entrevista “Roberto Pineda Giraldo: 40 años de Antropología en Colombia”, Revista colombiana de educación (1988), 2.

16

Jaramillo Restrepo, “Itinerarios intelectuales en las tramas de la nueva izquierda colombiana”, 43.

p. 89

| 87 | 87 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas y España, y a su regreso al país enfrentarse al riesgo de la ilegalización del Partido Comunista por el general Rojas Pinilla. Definitivo en ese tránsito al comunismo fue la lectura de la revista sartreana Temps Modernes de 1953 y 1954.

Aparece localmente el Grupo Crisis, que demanda una postura agitacional y de protesta. La masacre de estudiantes entre el 8 y 9 de junio de 1954 dio lugar a un parteaguas contra las posturas gubernamentales. La lucha contra el régimen militar de Rojas Pinilla fue ocasión de unir fuerzas de estudiantes con obreros y radicalizar las postularas políticas de izquierda, formando un Frente Obrero-Estudiantil. La revista Crisis, de Arrubla y Zuleta, lo expresó así: “ha prosperado una falsa idea dentro del estudiantado, según la cual el universitario debe limitarse a los problemas de su gremio. De esto se ha pasado a creer que la Universidad es un islote en medio de la nación, aislado, con problemas estrictamente propios. Pero esta concepción fue comprendida erróneamente cuando la dictadura empezó a extender su sombra a las universidades, cuando quiso hacer de la cultura un aparato propagandístico, cuando se opuso violentamente a la libre información (Editorial, septiembre de 1957)”17. Este momento fue clave para el movimiento estudiantil, que pasó de organizarse en torno a la Federación de Estudiantes de Colombia (fec) (de corte liberal) a la más radical Unión Nacional de Estudiantes de Colombia (unec). Ya Zuleta empezaba a figurar como persona destacada, al lado de otros líderes como Raúl Alameda Ospina, Antonio Larrota y Eduardo Gómez, quienes, a su vez, fundaron el Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino (moec). El moec fue la primera organización marxista al margen del Partido Comunista, si se apunta su acción revolucionaria hacia el levantamiento de armas, inspirado en el modelo cubano, contó también con la revista Junio, “un quincenario dirigido por Armando Yepes Garcés y en el que además participaban Eduardo Suescún, José Arizala, Eduardo

17

Ibid., 58.

p. 90

Juan Guillermo Gómez García | 88 | 88 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Gómez, Rafael Maldonado, María del Rosario Ortiz, Francisco Posada y Carlos Rincón”18.

El moec contenía, pese a su corta existencia de 1959 a 1964, todos los componentes característicos de la lucha radical de cuño marxista-leninista. El modelo cubano se propuso como guía, en contra de la pasividad del Partido Comunista Colombiano; se pretendía como movimiento organizador y aglutinador de las masas campesinas y obreras; luchó por mantener una coherencia teórico-práctica, es decir, llevar a sus últimas consecuencias la lucha revolucionaria; carecía de los cuadros suficientes para delinear e impulsar una lucha nacional; se suscitaron divisiones en su interior que llevaron a su disolución, emergiendo de esas disputas encarnizadas, para este caso, tres corrientes: una mayoritaria, que conllevó a la creación del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (moir); la otra, a las Fuerzas Armadas de Liberación (fal), y una tercera, cuyos miembros se integraron a otras organizaciones de izquierda19.

En estos años se intensificaron las actividades anticomunistas (persecución que procedía de la época de Laureano Gómez), y en particular contra los integrantes del Partido Comunista, aun en una ciudad como Medellín, que no contaba con más de quince militantes. Esto no obstó para que el cónsul de Estados Unidos en esta ciudad solicitara a los servicios secretos (sic) un listado de los comunistas y sus copartidarios. De un Informe secreto policial, de actividades subversivas y comunistas (de corte claramente contrainsurgente) se dice:

[E]l Partido Comunista en Medellín, se ha comprobado, tiene dos organizaciones que funcionan separadamente. Una dirigida desde Bogotá y de la que forma parte el grupo de Mario Arrubla. La otra dirigida en esta ciudad [Medellín] por los comunistas “quemados” Bernardo Mosquera y Pascual Pérez. La primera la asesora Mario Solórzano, Jaime Velásquez Toro y Arturo Torres Posada y tiene correspondencia continua con Bogotá,

18

Ibid., 61.

19

Proletarización. ¿De dónde venimos, hacia dónde vamos, hacia dónde debemos ir? (Medellín: 1975), 89.

p. 91

| 89 | 89 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de donde le llega la pauta para su periódico Crisis. La segunda cuenta con Gabriel Londoño Chaverra ayudado también por Mario Solorzano y son los encargados de mantener el espíritu de organización dentro de sus viejos adictos20.

Ingresó Zuleta al Partido Comunista en 1957, en el entendido del proceso de desestalinización que había echado a andar Kruschev. Vivió, con su compañera María del Rosario Ortiz Santos, como instructor (les enseñaba la influencia de Hegel en Marx) en la zona de luchas campesinas del Sumapaz, cuyo emblema era Juan de la Cruz Varela. No aguantó mucho tiempo el régimen de papa y páramo. Luego de este desencuentro del intelectual y las masas campesinas, Zuleta terminó distanciándose del Partido definitivamente en 1961. No era la única voz crítica: también, desde campos afines, como la revista Mito, se cuestionaba el dogmatismo teórico del Partido y su incapacidad práctica de ganar las masas colombianas. En su ciclo formativo es de destacar también su vinculación como investigador social en la División Técnica de la Seguridad Social Campesina, la cual era una dependencia del Ministerio de Trabajo, a cargo de Otto Morales Benítez. Allí se publicó Estudio socio-económico de Nariño (1959), en colaboración con Iván Colorado, Carlos J. Duica, Jaime Concha y Jorge Arturo Martínez21. Allí se abogaba por una reforma agraria radical, organizada y consciente. La revista Estrategia fue una fuente valiosa para este análisis del intelectual y la universidad, porque allí se hizo una fuerte crítica a las corrientes conductistas, la llamada Human Engineering que “… consideran a los descontentos inconformes o rebeldes como enfermos cuyas opiniones políticas se reducen a simples manifestaciones neuróticas”22. Era una forma de estigmatizar la protesta política estudiantil y, en general, el inconformismo social como un rasgo patológico o enfermedad mental.

20

Citado por Jaramillo Restrepo, “Itinerarios intelectuales en las tramas de la nueva izquierda colombiana”, 68. También la revista Crisis, ya comentada, fue objeto de seguimiento muy pormenorizado de inteligencia.

21

Ibid., 102- 103.

22

Citado por Ibid., 114.

p. 92

Juan Guillermo Gómez García | 90 | 90 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas El vínculo de Zuleta con la vida universitaria empezó con la Universidad Libre, reconocida por su inspiración en la Reforma de Córdoba y en los nombres de Jorge Eliécer Gaitán y Gerardo Molina. Profesor de filosofía, explicaba los textos de Althusser, Marx y hablaba de Kafka, Dostoyevski y Freud. Luego, el radio de influencia de Zuleta se amplió considerablemente en las universidades de Bogotá, Medellín y Cali, atrayendo a estudiantes como Humberto Molina, Bernardo Correa, Jorge Orlando Melo, Álvaro Tirado Mejía, Luis Antonio Restrepo. La ya mencionada agencia de inteligencia SIC seguía cada uno de los pasos de estas iniciativas y dejaba reporte de sus efectos, como las relaciones de este círculo intelectual y la conformación del Movimientos Popular Revolucionario o el Partido Revolucionario Socialista (prs).

Sin duda, fueron los emergentes movimientos estudiantiles los que dieron combustible a todo este escenario agitacional, no sin las tormentas organizacionales que los fragmentaban constantemente, pero sobre todo envueltos en una radicalización de todas las formas de violencia pensables: voladura de puentes, atentados con bombas, secuestros selectivos, robos bancarios. El rechazo a estas acciones, que juzgaron Zuleta y Arrubla de aventurerismo juvenil, que no se veían acompañadas de las masas conscientes revolucionarias, los llevaron a repudiar la violencia directa y apelar a una organización de un robusto partido leninista. Más que un escritor o ensayista, fue Zuleta un conferencista. Su capacidad oratoria fue muy estimada (¿herencia orteguiana?) por un público cautivo. Un apreciado documento de Estanislao Zuleta fueron las “Conferencias sobre historia Económica de Colombia”, dictadas a finales de los años sesenta del siglo xx. Estas conferencias revelaron sus cualidades y sus limitaciones. Pero sobre todo acertaron en despertar el interés creciente de un público universitario amplificado. La historia económica era, más que una asignatura investigativa, un pilar para consolidar un proyecto político y una acción consciente. Estas conferencias trazaron un hilo histórico desde la estructura colonial, haciendo énfasis comparativo entre los modos de producción rezagados de España frente a Inglaterra, y las consecuencias del tipo de colonizador que caracterizó a cada zona

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| 91 | 91 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas americana. Estas raíces explicativas, sintéticas y hasta esquemáticas, no dejaron de ser un buen punto de partida, que tenían su base en el marxismo, entendido como un esfuerzo de comprensión de desarrollos universales comparativos. Hoy podríamos juzgar este esquema histórico de Zuleta, algo rudimentario, basado en una bibliografía más bien insuficiente (si la comparamos con la de los libros de Sergio Bagú Economía de la sociedad colonial y Estructura social de la colonia, de dos décadas atrás), pero que, en su momento, para nuestro rezagado medio universitario colombiano, era una novedad, y que incluso hoy debe ser reconocido por la amplia proyección que enunciaba23.

Una cita podría también ambientar la agudeza que por pasajes caracterizó a Zuleta, lector de Los manuscritos parisinos de Marx: El problema que nos ocupa tiene evidentemente su historia y el primer episodio de esta historia es la esclavitud. Nadie se atreverá a negar hoy que el esclavo tiene buenas razones para ser perezoso. El asunto no puede ser más simple, pues no tiene interés alguno en el resultado de su trabajo y la pereza es la protesta pasiva y callada contra la obligación de hacer una actividad sin móviles propios. Lejos de constituir en él un rasgo negativo, constituye una afirmación de su dignidad humana, la afirmación sorda, casi orgánica de que el hombre no es un simple instrumento, de que para él, el proyecto y la finalidad son decisivos y no pueden ser reemplazados por el temor al castigo… Pero cuando solo existen dos clases completamente polarizadas y todos los valores y nociones vigentes de la sociedad, están concebidos en función de la clase dominante, a la cual es prácticamente imposible acceder cualquiera que sea el esfuerzo realizado, a partir de la otra, es posible en verdad que el hombre se desentienda, o dé muy poca importancia a las diferencias cualitativas que su trabajo podría representar para su consumo24.

23

Similares circunstancias llevaron a convertir el libro de Tirado Mejía Introducción a la historia económica de Colombia en un verdadero best-seller. Véase: Juan Guillermo Gómez García, Cultura intelectual de resistencia. Contribución a la historia del “libro de izquierda” en Medellín en los años setenta (Medellín: Ediciones Desde Abajo, 2005).

24

Estanislao Zuleta, Conferencias sobre historia económica de Colombia (Bogotá: Ediciones Tiempo Crítico, s.f.). La edición es lamentablemente muy descuidada y debe ser de principios de los setenta. Editorial La Carreta publicó una tercera edición, mientras Oveja Negra le publicó ANUC. La Tierra en Colombia.

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Juan Guillermo Gómez García | 92 | 92 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Los debates de ideas sobre la universidad colombiana de los años sesenta y setenta Los años sesenta representan un enorme desafío para las elites de poder frente-nacionalistas. La imperiosa necesidad de atender la modernización del aparato del Estado (tal como la estudia Álvaro Tirado Mejía en Los años sesenta. Una revolución en la cultura) se estimó bajo la amenaza de una revolución comunista. La Alianza para el Progreso fue un mecanismo de cooperación norteamericana que los Gobiernos colombianos acogieron como tabla de salvación durante esta convulsa época. La crisis nacional se juzgaba en vista de la crisis universitaria y se ponderaba esta crisis universitaria como quizá la más nítida guía para interpretar la gran crisis nacional. No era la universidad mero reflejo de la nación, sino el privilegiado campo de experimentación para superar intelectualmente los hondos traumas. La universidad era, después de todo, la institución que formaba las elites profesionales del poder (abogados, médicos, ingenieros, economistas, etc.) y también el centro difusor de las ideas públicas dominantes, con sus políticos, intelectuales, artistas e “influenciadores sociales”, para decirlo con una muy imprecisa categoría en boga.

Para la universidad colombiana, la crisis fue debatida ampliamente por sectores de la población, particularmente por los llamados intelectuales. Entre ellos, ya mencionamos a Estanislao Zuleta y su círculo de Estrategia, pero hay que agregar otros nombres representativos que jugaron un papel no menos destacado, como Antonio García, Darío Mesa, Orlando Fals Borda, Camilo Torres, José Consuegra25 o Rafael Gutiérrez Girardot26. Sin estos debates no podría ser pensado el marco de un conflicto universitario creciente, que poco a poco fue mellando la estabilidad institucional y Véase: Juan Guillermo Gómez García, Cultura intelectual de resistencia. Contribución a la historia del “libro de izquierda” en Medellín en los años setenta (Medellín: Ediciones Desde Abajo, 2005).

25

José Consuegra fue rector de la Universidad del Atlántico, donde impulsó una novedosa reforma universitaria, al margen del Plan Básico. Fue destituido por el gobernador Antonio Bello Roca, levantando una airada protesta nacional e internacional. Véase: José Consuegra Higgins, Cómo se reprime la universidad colombiana (Barranquilla: Ediciones Perijá, 1973).

26

Rafael Gutiérrez Girardot hizo contribuciones notables sobre el tema universitario, entre los años sesenta a los noventa. Rafael Gutiérrez Girardot, La encrucijada universitaria, ed. Juan Guillermo Gómez y Selnich Vivas Hurtado (Medellín: Asoprudea, 2011).

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| 93 | 93 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas determinó el giro de las respuestas directivas y las contrarespuestas estudiantiles. Fueron estas crecientes masas estudiantiles, que se valieron de estas discusiones intelectuales públicas, ampliamente divulgadas (quizá en menor medida las tesis de Gutiérrez Girardot), quienes configuraron la fisonomía determinada a esa cantera prismática de las fracciones estudiantiles, pugnaces y abiertamente politizadas. Solo haremos un muy sucinto recuento de algunos de estos debates intelectuales, sin pretender de ningún modo abarcar todos los temarios expuestos. “La hora cero de la universidad colombiana”, una extensa carta de Antonio García al presidente Misael Pastrana Borrero, escrita el 31 de enero de 1973, constituyó uno de los documentos más resonantes con motivo de la expulsión de 2000 estudiantes de la Universidad Nacional por el rector Luis Fernando Gómez Duque. El reconocido economista García advirtió que el estudiantado estaba empujado a “un proceso de violencia y subversión”27 por un clima político asfixiante de miseria social, concentración del poder económico, dependencia imperialista y criminalización creciente de la protesta estudiantil. El Estado de Sitio o Estado de Emergencia o Facultades Extraordinarias había venido ahogando, insistía el académico, la democracia en Colombia y anulado de hecho el régimen constitucional. El documento “La hora cero de la universidad colombiana” es en realidad una protesta enconada contra la política represiva del presidente conservador, pero sobre todo es una sintética radiografía de la institución universitaria de esos años. La universidad colombiana, a diferencia de muchas otras de América Latina (donde García mismo había tenido la distinción de haber sido profesor invitado), carecía de una estructura democrática, con un Consejo Superior formado “exclusivamente, por funcionarios o agentes designados por S.E., o por el Rector de la Universidad”; de este modo, padecía ella de “una absoluta carencia de autonomía académica”28 que ahogaba el disenso y posibilitaba la purga de un selecto cuerpo profesoral, sin ser ni

27

Antonio García Nossa, La hora cero de la Universidad Colombiana (Medellín: Comando Departamental de Anapo, 1973).

28

Antonio García Nossa, La hora cero de la Universidad Colombiana (Medellín: Comando Departamental de Anapo, 1973), 33.

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Juan Guillermo Gómez García | 94 | 94 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas aplicable un recurso de reposición a este acto administrativo inclasificable. Así se había llegado a una “universidad conservadora, cerrada, dogmática, autoritaria, elitista”29, “sin conciencia crítica, sin debate interno, sin facultades internas de decisión, sin estructura democrática de gobierno”, que, en otras palabras, obedecía a los planes del “profesor norteamericano Atkon” (sic). Estos planes habían conducido a una conspiración contra la universidad pública, “formando una cima de la pirámide una elite de universidades de clase alta (como la Javeriana y los Andes)”. Esta cesura universitaria no solo replicaba las hondas diferencias de la estructura social, sino que las ahondaba y sobre todo producía en la base “un informe aluvión de universidades de desecho”. El resultado se tenía a la vista: tanto cuantitativa como cualitativamente, las universidades oficiales descendían, eran sometidas a los caprichos de los gobernadores, al recorte de recursos, a la represión policiaca y la estigmatización de la sociedad. Este cuadro sombrío de Antonio García fue ajustado, por así decirlo, por el del sociólogo Darío Mesa, profesor de sociología de la Universidad Nacional de Bogotá. En la conferencia “La universidad ante la revolución científica y técnica” (del 23 de agosto de 1973), Mesa insistía en la debilidad estructural de la universidad colombiana y su actual y profunda crisis en razón de “la crisis de inadecuación” entre nuestra institución universitaria (sin investigación científica y técnica competitiva) y las nuevas fuerzas productivas del mercado que demandaban estar a la altura de su desarrollo científico. Así que la universidad colombiana, a diferencia de las grandes universidades de Estados Unidos, Alemania o la urss, no podía responder a esta crisis de exigente adaptación, y más bien se veía destruida, “tenemos […] en realidad […] tugurios culturales, como alguien decía”30. La universidad colombiana, para Mesa, como en general la latinoamericana, estaba muy lejos de adecuarse a las exigencias de la investigación científica, su debilidad era manifiesta y esto redundaba en el desarrollo económico, en la fragilidad de nuestra economía nacional. Había

29

Ibid., 16.

30

Darío Mesa, “La Universidad ante la revolución científica y técnica”, Aquelarre, n.º 17 (2009): 80.

p. 97

| 95 | 95 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas un impulso de ampliar las matrículas universitarias, pero no sin “saber para qué, ni por qué ni adónde se van a dirigir esas masas heterogéneas”31. Había un mitologema al hablar de la investigación científica en la universidad colombiana: “Si la investigación consiste en descubrir algo nuevo, realmente nuevo, partiendo de lo ya conocido y asimilado, requerimos un personal científico de alta calificación, bibliotecas al día, instalaciones experimentales y de prueba (por lo menos en la rama de ustedes), que no sé si existan en el nivel demandado. Si no tenemos esas premisas, todo lo demás son meras aproximaciones al tema”32.

Los escritos de Camilo Torres, desde “Los problemas sociales de la universidad actual” (1956) a su resonante “Mensaje a los estudiantes” (1965), recrean los motivos de la protesta juvenil y su proyección en la agitación radical de esas décadas. Son análisis académicos, pero también son explosivas manifestación a la rebelión abierta. El centro de atención del sociólogo y sacerdote Camilo Torres era la rebeldía y el inconformismo estudiantil como respuesta a las condiciones sociales de injusticia y carencia de oportunidades dignas de la mayoría de los colombianos. Había una especie de paradoja en corroborar que los estudiantes universitarios fueran el 1 % de la población, es decir, un sector privilegiado no solo social, sino culturalmente y, a la vez, fueran la cabeza más visible de la protesta social. Sin embargo, ese inconformismo era, en la mayoría de los casos, inconsistente: se trataba de un inconformismo utópico (deseo subjetivo de una mejor sociedad) o un inconformismo por frustración (por vivir en carne propia necesidades básicas). Pero se requería el inconformismo científico, la conciencia social fundada de las aberrantes estructuras agraria, de salud, educacional… “El mensaje a los estudiantes” fue una pieza breve y sin coartadas: el estudiante debía salir de su inconformismo sentimental o de frustración a dar el paso decisivo de la toma de poder, en “la hora cero de la revolución colombiana”33. Este paso debía ser de entrega total, de

31

Ibid., 113.

32

Ibid., 119.

33

Camilo Torres, “Mensaje a los estudiantes 1965”, en Universidad Nacional de Colombia, Camilo Torres y la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2002), 85-87.

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Juan Guillermo Gómez García | 96 | 96 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas compromiso inminente y de lucha sin cuartel. La toma del fusil no daba ya espera alguna.

Las hondas repercusiones de ese llamado siguen vigentes para muchos luchadores sociales y políticos hasta el presente, porque la estructura de poder allí denunciada y la sordera arrogante de la elite del poder no ha generado un espacio de verdadero diálogo nacional, acusando a sus críticos de comunistas o subversivos y activando unos mecanismos de represión a gran escala. Si la decisión extrema de Camilo Torres de ingresar a las filas del eln fue signo de época, también esta postura tuvo enconados críticos, como la del sociólogo Darío Mesa, de la Universidad Nacional, que no solo vio en ella un patetismo redentorista que comprometió “la estabilidad institucional”34. La endeblez teórica de Camilo Torres fue la fuente de sus desatinos en la praxis revolucionaria. Esta inconsistencia lo condujo, pues, para su colega, a un camino turbulento y, si se desea, turbio. Pero lo que quería explicar Darío Mesa, sin lograr una asertiva explicación, era que Camilo Torres encarnó, hasta las últimas consecuencias, la revolución social y política deseada, sin evitar las consecuencias indeseadas (la violencia armada inherente) de esa misma revolución; en otros términos, un acertijo de la historia universal desde los años de Robespierre. A modo de cierre Colombia se movía, a finales de los años cincuenta y durante los años sesenta, bajo los parámetros políticos del Frente Nacional y la Alianza para el Progreso. Este doble determinante implicaba una democracia restringida a las elites del poder liberal-conservadora dominantes y a los postulados desarrollistas y anticomunistas exigidos por el imperio norteamericano. Para efectos de la vida universitaria, el Informe Atcon fue determinante y selló el camino que las elites del poder, tanto en el Ministerio de Educación como en las rectorías de las universidades más importantes, impusieron por arriba a la vida institucional de la educación superior colombiana. A

34

Darío Mesa, “Darío Mesa habla de Camilo Torres”, en Universidad Nacional de Colombia, Camilo Torres y la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2002), 123.

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| 97 | 97 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas diferencia de otros países latinoamericanos, en Colombia, tanto el régimen político interno como las directrices norteamericanas, impusieron un modelo universitario modernizado conforme a la ciencia positiva norteamericana, la praxis institucional, dictada por la potencia del norte, y la exigencia de una masificación imperativa a instancia de las transformaciones de la masificación urbana.

Este modelo pronorteamericano fue profundamente cuestionado por la inteligencia profesoral de izquierda, por los movimientos estudiantiles y, en general, por las oleadas de protesta radical marxista-leninista que se articulaban en partidos comunistas, guerrillas de tipo guevarista, sindicatos, organizaciones campesinas y asociaciones estudiantiles y profesorales cada vez más radicalizadas. La izquierda revolucionaria negó la sociedad existente, los primados despiadados de la competencia capitalista y la enajenación del hombre proletario (y la mujer proletaria) por el sistema de explotación de trabajo. Postuló la instauración de un orden político y social radicalmente nuevo, al hombre nuevo, como contrapartida del imperialismo yanqui. En este sentido, la difusión del marxismo albergó, sin duda, un momento progresivo y una herencia intelectual nada desdeñable.

El proyecto norteamericano aplicó, por su lado, sus doctrinas de represión y/o contrainsurgencia de modo selectivo y, a la vez, en forma indiscriminada contra esas oleadas de inconformismo revolucionario. Aplastó o deseó aplastar todo movimiento o persona u organización que criticara la sociedad existente y los patrones impuestos por las clases dominantes y sus apoyos estratégicos. De este modo, la represión se puso en el plano de regresión de la razón instrumental burguesa y expresión (semidesesperada) de sus contradicciones inherente e insuperadas, hasta el día de hoy.

Planteado en estos términos, el conflicto estudiantil y la violencia universitaria, concentrada casi exclusivamente en las universidades públicas, concibieron a estas como campo de reclutamiento partidista o incluso de militancia guerrillera. Esta praxis revolucionaria escaló de un modo inusitado la violencia política y el conflicto armado, con manifestaciones

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Juan Guillermo Gómez García | 98 | 98 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas perturbadoras cada vez más agudizadas, también como respuesta desde abajo a la respuesta de la contrainsurgencia dese arriba. Todavía se puede considerar que los actores, personajes y hombres concretos (intelectuales) actuaron con buena fe en el debate de las ideas en que creían, divulgaban y querían imponer. Las elites de poder estaban, de seguro, persuadidas del bien que aportaban al tratar de modernizar nuestro sistema universitario bajo el modelo epistemológico y el apoyo institucional norteamericano. De los “de abajo”, con la divulgación de las ideas marxistas y la praxis marxista-leninista, no podría decirse que actuaron de mala fe bajo los ideales revolucionarios radicales. Su llamado, en algunos casos, a tomar las armas, no fue un propósito criminal o de psicópatas con instintos de conspiración criminal. El choque no solo fue inevitable en la universidad colombiana, como lo fue en la universidad latinoamericana e incluso en muchos otros países en todo el globo. La confrontación se libró en medio de la Guerra Fría, más aún, en la reavivación de la confrontación por motivo de la Revolución cubana, la guerra de Vietnam y los escenarios de revolución cultural en todo el mundo. El ideal del heroísmo y sacrificio revolucionario, tipo guevarista, preparó el advenimiento de ese nuevo mundo. Mas es una exageración sostener que la divulgación del marxismo en las universidades fue la causa principal del conflicto armado, pero restarle toda importancia es mutilar también la verdad histórica.

La transformación de la estructura sociológica de nuestros países latinoamericanos era común, es decir, la masificación urbana y los conflictos relacionados que se percibieron con gran perspicacia por un Gino Germani, José Medina Echavarría, Florestán Fernandes, José Luis Romero u Oscar Lewis, entre otros, estaban a la orden día. La divulgación del marxismo (en universidades, colegios públicos, gremios del magisterio, editoriales, prensa, tertulias, movimientos campesinos y obreros) fue concomitante al impacto, no menos importante de lo que se conoció y se vivió como el boom de la literatura latinoamericana. Eran tantos los fenómenos simultáneos y yuxtapuestos que parece difícil (aunque indispensable) poner un orden a esta avalancha incontenible de una juventud

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| 99 | 99 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas en pie de lucha35. La emergencia del marxismo fue también simultánea a la emergencia de la lectura de Nietzsche, Freud, Marcuse, Fromm, pero también de Cortázar, García Márquez, Carpentier, Fuentes, que suscitaron un redescubrimiento de las bases de nuestra cultura más profunda, un renacimiento afirmativo de una cultura juvenil liberada de los prejuicios heredados, de las trabas de la tradición hispánica (de su catolicismo contrarreformista) y de la injusticia social. El fenómeno fue simultáneo también con el hippismo, las drogas, el rock, el amor libre, sin que se precisaran demasiados devaneos para ver en todo ello un camino expedito a la negación de un mundo capitalista podrido y llamado a desaparecer en el primer empuje decidido.

El conflicto fue el pan de cada día, como hemos señalado, y es una vergüenza tratar de atribuir a este desbarajuste un solo responsable. Este no era nada nuevo en la secuencia histórica o endémica de Colombia. El conflicto político y la violencia consecuente están en la raíz de los fenómenos políticos de la modernidad europea y afloraron con una nitidez indiscutible desde la llegada de los jacobinos al poder, en el marco de la Revolución francesa. Fue Kant quien, en su opúsculo “Reiteración del problema: si el género humano se halla en constante progreso hacia lo mejor” (1798), reflexionó quizá más profundamente, y por ello hasta el momento con gran vigencia, sobre esa naturaleza política de la contemporaneidad, que también nos toca. Allí habló del pueblo francés que se levantó contra un sistema de injusticia, impulsó una revolución que podía tener éxito o fracasar, que podía acumular muchas miserias u horrores, que si hubiera posibilidad de enmendarlas no se resolvería a repetirlas, pero que fue el movimiento tan general y tan desinteresado, entusiasta y arriesgado, “… que permite no solo esperar un progreso hacia lo mejor, sino constituye el mismo un progreso, en la medida en que actualmente puede ser alcanzado”36.

35

Un libro ya clásico es el de Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor latinoamericano (Buenos Aires: Siglo XXI, 2012). Para Colombia, Álvaro Tirado Mejía, Los años sesenta. Una revolución en la cultura (Bogotá: debates, 2014).

36

Immanuel Kant, El conflicto de las facultades (Buenos Aires: Editorial Losada, 1963), 109. Las palabras de Kant eran extremadamente moderadas, si se considera la arremetida violenta de la burguesía francesa

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Juan Guillermo Gómez García | 100 | 100 Notas sobre violencia y conflicto sociopolítico en la Universidad de Antioquia (1958-1968). Un debate de ideas Creemos que el libro El Marxismo en Colombia. Sobre la relación entre la teoría de la revolución y el movimiento social, del sociólogo alemán Klaus Meschkat (uno de los fundadores del Departamento de Sociología de la Universidad de Antioquia), recientemente traducido y publicado en la Universidad del Valle (2023), arroja nuevas luces sobre la importancia y el sentido de los debates intelectuales en el seno de las universidades colombianas de esos “años rojos”, luces que deben ser consideradas en aspectos más decisivos y nos actualizan la memoria de quienes hicieron (y hacen parte) de estos capítulos medulares de la historia de nuestra nación colombiana.

que, en la hora decisiva, por boca del abate Sieyes, en ¿Qué es el Tercer Estado? (1789), había instigado liquidar la aristocracia, como “… clase extraña a la nación por su holgazanería”.

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El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia Diego Alejandro Zuluaga Quintero

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 102 | 102 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia introducción* El propósito de este capítulo es pensar los orígenes de una comunidad intelectual religiosa que en la actualidad tiene importancia nacional por su papel fundamental en la solución negociada del conflicto como es el cinep. El medio principal para la indagación fue el boletín Ana-licias que es la expresión de las ideas e interpretaciones de la realidad nacional derivadas de los años de formación de los pensadores de la Compañía de Jesús. Estos últimos se constituyeron como comunidad intelectual en lo que inicialmente se conoció como el cias (Centro de Investigación y Acción Social) adscrito a la Universidad Javeriana. Nos ocupamos de la publicación desde 1972 hasta 1975, periodo en el que se dan los primeros aportes intelectuales frente a la realidad conflictiva de Colombia. Nos interesa pensar el impreso como un artefacto material que ayudó a crear vínculos intelectuales y a posesionar, en el espacio público colombiano, a una institución académica. Nos interesa el impreso porque se busca construir una categoría de intelectual que se ha ocupado del conflicto en Colombia, en este caso el que participó en los primeros años del boletín tanto desde su compromiso social como en su carácter académico, tanto en su carácter religioso como en su carácter secular. Se mostrará el compromiso de la publicación con la búsqueda de la paz y el campesinado colombiano que ha padecido los horrores de la guerra. Estos intelectuales apoyaron las luchas campesinas por la tierra. El objeto central de estudio de este trabajo son los

32 números que llevan el nombre Ana-licias hasta que fue cambiado por

Controversia. El período corresponde a parte de los gobiernos de Missael Pastrana Borrero y Alfonso López Michelsen.

Nos interesa el discurso sobre el conflicto porque hace parte de los imaginarios con los que nos hemos reconocido y está formado, en buena * Universidad de Antioquia. Facultad de Comunicaciones y Filología. GELCIL. Estrategia para la sostenibilidad y consolidación de los Grupos de investigación 2023.

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| 103 | 103 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas medida, por los discursos (expresiones académicas, políticas y de otra índole) y las comprensiones acerca del conflicto armado. Esas comprensiones, independiente desde dónde vengan, han recreado una identidad cultural con la que, valga la redundancia, nos hemos identificado. La identidad cultural tiene como principio que los individuos o los grupos son lo que piensan de sí o la forma en la que se representan, pero también la forma en que en se construyen –constantemente, porque no es fija o no es una esencia– a través de los discursos. En esa medida, en una identificación con un tema como el conflicto armado la violencia hace parte de las reflexiones de lo que somos como sociedad. La identidad “es una narrativa de sí mismos, es la historia que nos contamos a nosotros mismos para saber quiénes somos”1. La realidad colombiana y su explicación moldea nuestra percepción de la sociedad y de nosotros mismos. El fenómeno ha dado un lugar en el campo intelectual colombiano a un tipo de intelectual que contribuye a su comprensión y a la construcción de un campo cultural. El discurso sobre el conflicto, es decir la narrativa científica, académica y política que ha querido o se ha visto en la necesidad de explicar y pensar la confrontación armada, hace parte de los imaginarios con los que nos hemos reconocido, así como la narrativa literaria y poética (expresada en la idea de que Colombia es tierra de poetas, de la que se ha hecho pompa durante el siglo xix y buena parte de siglo xx, justificada en la idea de que hay una Atenas suramericana instalada en el corazón de la capital colombiana), o lo que se conoce como literatura de la violencia. También es parte de nuestro patrimonio, porque hay un acervo documental y empírico y una amplia producción académica relacionada con el conflicto que puede estar representado en literatura panfletaria, memorialista (diarios, cartas, autobiografías), o en los artefactos intelectuales, como libros, revistas (científicas, culturales o políticas), periódicos y todos los impresos que han sido un medio para recibir, divulgar, preservar y poner en circulación las interpretaciones sobre el conflicto o las ideas

1

Stuart Hall, “Etnicidad, identidad y diferencia”, en Sin garantías. Trayectorias y problemáticas en estudios culturales ed. por Eduardo Restrepo, Víctor Vich, Catherine Walsh (Popayán: editorial Universidad del Cauca: 2010), 373 -383.

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 104 | 104 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia que se han construido históricamente acerca del mismo. Según Miguel Ángel Urrego, luego de la muerte de Gaitán, “los pintores y los escritores asumen la iniciativa y representan La Violencia: son ellos los intelectuales dominantes”2. De ahí nuestro interés por indagar en la categoría de los intelectuales en relación con el conflicto.

El boletín Ana-licias hace parte de ese patrimonio documental que visibiliza, en un contexto histórico particular, el trabajo de un grupo de intelectuales que, para nuestro caso, denominaremos intelectuales católicos de filosofía jesuita –no tan reconocidos en la tradición intelectual colombiana como un Fals Borda o un García Márquez– que interpretaron la realidad y dieron su versión sobre las razones de la confrontación armada. El boletín es un medio privilegiado para hacer una historia intelectual del conflicto porque representa una institución que a lo largo de la segunda mitad del siglo xx estuvo comprometida con un “programa de paz de los jesuitas”3 y en la búsqueda de caminos para darle una solución negociada a la violencia derivada del conflicto social, solución que debía estar atravesada por la comprensión de las causas que lo originaron y lo han hecho permanente. Es Ana-licias un espacio donde se ponen en circulación, una vez más, en el largo historial de las interpretaciones del conflicto, las ideas que muestran las causas de este y, apreciadas las causas, los “caminos” para superarlo, para alcanzar la paz. La publicación “quiere cooperar en la construcción de la paz auténtica, que únicamente puede lograrse en una sociedad que trabaja radicalmente en la promoción de la justicia”4. El boletín Ana-licias (1972-1975). Presentación y aspectos generales En la presentación del primer número de la revista Ana-licias, del 1 de abril de 1972, se decanta el papel que buscaba jugar la publicación como

2

Miguel Ángel Urrego, Intelectuales, Estado y nación en Colombia. De la guerra de los mil días a la constitución de 1991 (Bogotá: Siglo del Hombre editores, 2002), 116.

3

Fernán González, “La formación de investigadores en la acción investigativa: la experiencia del cinep 1972-1997”, Nómadas 7 (1997): 97-111.

4

“Presentación”, Ana-licias, n.º 3 (1972): 3.

p. 107

| 105 | 105 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas “instrumento de análisis de la realidad colombiana y latinoamericana”5 y como medio de divulgación del Centro de Investigación y Acción Social, que luego será el cinep. La publicación se inscribe dentro de varias tradiciones intelectuales colombianas. Por un lado, está asociada a la tradición de las ciencias sociales cuyos intelectuales, aparte de su vocación por el conocimiento de la realidad, tienen un compromiso con la transformación e intervención social. La orientación inicial del boletín se sintetiza con la descripción de los postulados de cias que:

considera que el análisis de la realidad no basta. No puede bastar. Más aún: que el solo análisis pueda convertirse en nueva y elegante forma de alienación. Si no se pasa a la respuesta, de nada servirá el análisis: y la respuesta estará básicamente en modelos operativos y la acción decidida para ponerlos en marcha. La reflexión sin acción es un deporte vano. La acción sin reflexión un peligroso juego6.

Aunque esta publicación no nació con un “manifiesto público”, como comúnmente lo hacían las publicaciones periódicas, las líneas anteriormente citadas, por aparecer en el primer número de la publicación, indican la ruta que quería seguir el impreso o el “editorialismo programático”7, como lo llamaría Fernanda Beigel. Es pues una publicación que tiene un carácter académico crítico, pero también una orientación a la acción y a la denuncia social. Es la tradición que también estaba presente en los pioneros de la sociología colombiana y en los investigadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, como Orlando Fals Borda, Camilo Torres y Virginia Gutiérrez de Pineda, que se avocaban a la intervención social. Por otro lado, se inscribe dentro de la tradición intelectual católica y la vocación de esta tradición, en sus diferentes vertientes,

5

“Presentación”, Ana-licias, n.º 1 (1972): 1. El subrayado es de la revista. La consulta del impreso se hizo en el Centro de Investigación y Educación Popular/Programa por la paz (CINEP) disponible en: https:// revistacontroversia.com/index.php/controversia/issue/archive

6

“Presentación”, Ana-licias, n.º 1, 3.

7

Fernanda Beigel, “Las revistas culturales como documento de la historia latinoamericana”, Utopía y praxis latinoamericana 8, n.º 20 (2003), 108.

p. 108

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 106 | 106 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia por captar la atención de la opinión pública, por tener injerencia en la vida social. Es la tradición de Camilo Torres que había sido capellán auxiliar de la Universidad Nacional de Colombia, profesor e investigador de sociología urbana y rural y militante político. El capellán muere en un combate entre el ejército y el ELN en 1966. Camilo Torres fue “sociólogo, cristiano y revolucionario”8. Es la tradición de Monseñor Germán Guzmán Ocampo, párroco del Líbano Tolima, y quien recorrió el país a finales de los cincuenta recogiendo información y materiales que le ayudarían a entender las causas de la violencia en Colombia, a partir de las cuales realizaría la descripción del fenómeno que luego haría parte del libro clásico La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social9. Ana-licias fue una publicación que tuvo a su servicio personajes con formación teológica, pero que también podían ser profesionales especializados de la sociología, la sociología religiosa, la demografía, la economía y la ciencia política. Hubo una serie de colaboradores de la publicación –muchos de ellos sacerdotes– que, además de estar pensando en la predestinación o en la salvación de las almas, por medio de la confesión, tenían un sentido de lo terrenal, de la realidad social y, por supuesto, una vocación por la ciencia social.

El boletín era el resultado de la encuadernación de hojas de tamaño oficio, escritas a máquina, seguramente copiadas en mimeógrafo. El número de hojas oscilaba, al principio, alrededor de las 16 páginas. La publicación fue mejorando en calidad y aumentado su tamaño. Los primeros cuatro números tenían membrete en negrilla, luego, en el número cinco, el membrete tenía color rojo y, después del número 16, el boletín adquirió forma de cuadernillo, con la cubierta en color rojo, con la promesa al lector de que el formato no variaría más para tranquilidad de quienes lo encuadernaban y coleccionaban. Para ese número, el 16, el promedio de páginas era de treinta y para los últimos números de lo que era Ana-licias las páginas oscilaban alrededor de las sesenta.

8

Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez, Estudiar y hacer sociología en Colombia en los años sesenta (Bogotá: Universidad Central, 2017), 157.

9

Mons. German Guzmán Ocampo, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna, La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social (Bogotá: Ediciones Tercer Mundo, 1962), 14-15.

p. 109

| 107 | 107 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Los primeros números dividían la publicación en tres ítems: “Presentación”, “Artículos de análisis” y “Hechos del mes”. Luego, en el número 14, apareció, además de la Presentación, una Editorial de una o dos páginas que, por los títulos –“¿Cuál es el problema de Colombia?”, “¿Cuál Colombia?”, “Complejo de inferioridad”– insinuaba la filosofía del impreso. Los Hechos del mes correspondían al período inmediatamente anterior a la publicación, y se registraban, inicialmente, en forma de lista, cada enumeración de la lista tenía dos o tres renglones donde se relataban acontecimientos (de carácter político, social, económico, religioso), desde una perspectiva en la que no hay juicios de valor. Luego, a medida que iban saliendo más números, estos hechos se anunciaban dejando de lado la “neutralidad” y se hacían interpretaciones en las que se marcaba, sutilmente, la posición del boletín. Se hace énfasis en tres temas que eran recurrentes: los problemas campesinos, las coyunturas electorales (la reorganización de las fuerzas políticas) y los movimientos sociales. Movimientos sociales que estaban en efervescencia porque el Frente Nacional se caracterizó por el estado de sitio, y gobiernos como el de Misael Pastrana mostraron su talante autoritario con el asesinato (entre otras muchas acciones), a manos de la Fuerza Pública, de 8 estudiantes la Universidad del Valle en hechos ocurridos el 26 de febrero de 1971 en los que también hubo cuarenta y siete heridos10.

La publicación tenía un carácter institucional que se expresaba con la advertencia, en todos los números, de que había una responsabilidad colectiva en los textos que no tenían firma y una responsabilidad particular en los textos firmados, que casi siempre eran los artículos de fondo. Quizás esta advertencia indicara la aceptación de diferencias de criterio, pero no eran perceptibles, fácilmente, las tensiones y disputas al interior de la colectividad; expresaban más bien la unidad de la publicación abocada a la comprensión y mejoramiento, por la vía de la paz, del mundo social. El evangelio como símbolo intelectual podía contribuir a esa unidad. Además, la estructura administrativa de la publicación se hacía explícita

10

Luis Alfonso Mena, Periodismo independiente en Colombia. La Historia de la revista Alternativa (Cali: Ediciones periodismo libre, 2020), 104.

p. 110

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 108 | 108 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia muy lentamente. Inicialmente no hubo datos en los artículos, más allá del nombre del colaborador. Luego de las presentaciones de los números seis y siete empezaron a arrojar los datos de las trayectorias de los colaboradores para ponernos al corriente de que la mayoría tenían algún tipo de relación con la Universidad Javeriana y formación posgradual en universidades extranjeras como la de Lovaina, en Bélgica y la Universidad de Roma, es decir, podemos ir identificando unos discursos sobre la paz y el conflicto ubicados institucionalmente. ¿Hay alguna relación entre esas universidades, sus respectivas facultades y la posición política y académica de los intelectuales jesuitas frente a la construcción de la paz en Colombia? La pregunta se hace porque se ha mostrado, por ejemplo, la incidencia de la Universidad Católica de Lovaina en la formación de Camilo Torres. Una universidad “pluralista, liberal, abierta al diálogo con diversas corrientes intelectuales…”, era una institución en contacto, a través de sus miembros, con el Concilio Vaticano II11. En la línea del Concilio Vaticano II, la comunidad intelectual cercana a Ana-licias debía tener aliento preferencial por los pobres y por la separación entre la Iglesia y Estado12. Era una forma de estar al día con el mundo moderno.

La identidad intelectual de la revista se fue decantando pasados los meses. En el número 6 se agradeció a Oscar Jaramillo por la dirección en los primeros números de existencia e, igualmente, se le reconoció su iniciativa de crear la publicación. Seguirá en la dirección Fernán González, con los asesores Alejandro Agudelo, Amparo Londoño y Rodolfo R. de Roux. En el número 15 se dijo que Fernán González tuvo la dirección durante un año y que a partir de ahí recaería en manos de Alejandro Agudelo, con la asesoría de Humberto Uribe, Francisco Zuluaga, Pedro Nel Ortiz y Ernesto Parra. Es significativo que a partir del número 6 haya una ruptura en el tono de la narración. En las presentaciones de ese número y del 7 se empezó a hablar con más acento crítico de las políticas nacionales y se

11

Jaramillo Jiménez, Estudiar…, 125.

12

Iván Garzón Vallejo, Rebeldes, románticos y profetas. La responsabilidad de sacerdotes, políticos en intelectuales en el Conflicto Armado Colombiano (Bogotá: Ariel, 2020), 48-50.

p. 111

| 109 | 109 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas asumió que había unas contradicciones sociales en el país que explicaban un conflicto armado.

La publicación era muy sencilla, no tenía color ni imágenes y no había publicidad. Para el número 7 encontramos que la suscripción tenía un valor anual de 40 pesos para Colombia y 5 dólares para extranjeros. Aunque estas características muestran un proceso rudimentario, la regularidad de la publicación y la seriedad en ofrecerle al público la producción intelectual en el tiempo indicado muestran que el programa de trabajo fue sólido y bien institucionalizado. Desde el principio la publicación presumía un público lector de carácter internacional (para nosotros fue posible identificarlo a lo largo de los 32 números que conforman Ana-licias) y proponía una construcción constante del mismo a través del diálogo inquebrantable. En la Presentación del segundo número se hablaba de la buena acogida que había tenido el número 1 y esperaban de los lectores sugerencias para la nueva publicación y los datos de las personas interesadas en recibirla. En la Presentación invitaban a los lectores a que compartieran el impreso y en algunos casos comentaran la recepción –sin registro explícito de una carta o telegrama– de los lectores frente uno u otro número. La filiación institucional de la publicación está subrayada por el membrete que registra: Centro de Investigación y Acción Social, incluida la dirección de domicilio. Estas condiciones materiales son una muestra del esfuerzo que se ha hecho en Colombia para institucionalizar las ciencias sociales13. El boletín era más reflexivo que un diario o un periódico. No había en él la euforia que tiene el día a día del último. No conocemos los criterios o las razones de la periodicidad, pero el mes de distancia entre publicación y publicación en Ana-licias permitía un carácter más pausado. Esto quiere decir que los colaboradores no emitían solo opiniones, sino que se daban el tiempo para recoger información, datos, consultar bibliografía, es decir, tenían un estilo investigativo.

13

Una década antes la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia utilizaba las “Lecturas adicionales”, un impreso rudimentariamente elaborado para poner en circulación en el público universitario las traducciones de los teóricos de la sociología que no llegaban al país.

p. 112

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 110 | 110 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia La publicación, desde sus inicios, no hizo explícito su interés especializado por entender el conflicto armado, sin embargo, desde el primer número las alusiones a la paz fueron constantes y la realidad de la historia colombiana hacía que el tema estuviera implícito en muchas de sus publicaciones. Muchos artículos se dedicaron al análisis y denuncia de los problemas estructurales de la realidad colombiana que develaban el conflicto social, que en nuestro medio se ha manifestado en un conflicto armado o en violencia.

Este impreso no es una “simple fuente” empírica que arroja datos y cifras objetivas, puede ser un “objeto de estudio en sí mismo”14 un objeto autónomo para “desempolvar” y observar el pasado del campo intelectual y político desde el que se interpretaba la realidad colombiana, es una fuente para entender una de las “polaridades”15 de esa interpretación o comprender una de las posiciones institucionales desde la que se emite el discurso sobre la realidad histórica colombiana. El boletín expresa desde una posición particular, una versión de la realidad y disputa con los medios oficiales la interpretación del conflicto histórico colombiano. En la presentación del número 6 se comentaba abiertamente un desacuerdo con los medios oficiales.

La publicación fue crítica del gobierno de Misael Pastrana y, en una especie de balance de sus dos años de la administración, decía que “Solo El Espectador expresó algunas reservas [contra el gobierno], lo mismo que Enrique Santos Calderón en su columna habitual de El Tiempo”. La televisión, por ejemplo, era, para ellos “un instrumento de poder, no detectado por las masas, ni por los orientadores de la opinión pública”16. Era una publicación que recogía una interpretación alternativa frente a la interpretación hegemónica de medios tradicionales como El tiempo, El espectador, El siglo, que legitimaban el statu quo del orden social. Inclusive, podemos pensar que Ana-licias tenía una interpretación diferente de la

14

Alexandra Pita González y Carmen Grillo, “Una propuesta de análisis para el estudio de las revistas culturales”, Revista latinoamericana de Metodología de las ciencias sociales 5, n.º 1 (2015): 2.

15

Fernanda Beigel “Las revistas culturales como documento de la historia latinoamericana”, 106.

16

Jorge Luis Puerta, “La televisión “colombiana”, Ana-licias, n.º 6 (1972): 11.

p. 113

| 111 | 111 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas realidad colombiana si la comparamos con una publicación abiertamente de izquierda como Alternativa (1974-1980).

Esta última, Alternativa, tuvo gran impacto nacional, sus primeras ediciones tuvieron 30 000 ejemplares y en ella participaron el escritor del Boom literario latinoamericano Gabriel García Márquez, Orlando Fals Borda, Eduardo Caballero Calderón y Enrique Santos, entre otros. Alternativa cumplía con las expectativas de una juventud universitaria y militante que quizás no cumplía Ana-licias por su carácter religioso y su apego al evangelio. El carácter religioso y el impacto marginal frente la publicación en la que participó García Márquez constituye una disyuntiva en tanto contribuye a la formación de otro espacio de interpretación. Analicias era una publicación que, como se ha dicho, hacía denuncia social, al igual que Alternativa, pero no tenía la militancia que esta última tenía al vincularse, por ejemplo, al m-19, o al intentar aglutinar a grupos de izquierda sectaria y a los grupos que fueron partidarios del uso de las armas para alcanzar “la justicia social”, como las farc, el eln y el epl. No hay rastro partidista, explicito, en la publicación de los jesuitas y esto es un dato que expresa una democratización –tal vez parcial y reducida– de la cultura impresa colombiana, porque fue una voz diferente en medio del auge y proliferación de medios de divulgación de grupos sociales y políticos de izquierda que tenían la necesidad de alinearse con socialistas, leninistas, maoístas, trotskistas. Grupos que a lo largo del siglo xx y, más aún, en la década del cincuenta, sesenta y setenta se apropiaban de los medios impresos para expresar las ideas y sus posiciones políticas. Las condiciones técnicas y la sencillez de Ana-licias muestran que en la publicación había la intención heroica de establecer una ruptura con medios impresos canónicos y más elaborados técnicamente, como las revistas Mito o Eco. Mito, en particular, fue una publicación que, para la década del cincuenta, fue revolucionaria en muchos sentidos, sin embargo, no dejaba de tener un carácter canónico en el sentido de pertenecer a una elite letrada tradicional (poética). El mismo formato de la revista Mito muestra condiciones económicas más boyantes que Ana-licias.

p. 114

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 112 | 112 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia Medios alternativos como Documentos políticos, Alternativa, Letras nacionales, Estrategia o Estudios marxistas hicieron parte de esta proliferación de impresos y del surgimiento público de nuevas posiciones desde las que se expresaba y canalizaba el descontento social, fundamentado en doctrina e ideas que podrían ser una opción diferente –muchas veces una combinación– a la interpretación de la violencia. Estamos hablando de que hubo un crecimiento del publico universitario proveniente de las clases medias que consumía y recibía ideas sobre la realidad conflictiva nacional. Era un público que no se escondía en la “torre de marfil” con sus intereses poéticos y quería comprender y mejorar la realidad social para darle un manejo diferente al del sometimiento pasivo a la actuación violenta. Hay una relación estrecha entre conflicto y la proliferación de la cultura impresa que se ocupa del conflicto. La proliferación de los diferentes impresos significa la ampliación de las voces y posiciones frente a la realidad social, significa la imposibilidad de que desde el statu quo se anule al otro, al “enemigo”, bajo la categoría de “bandolero” o bajo la categoría de lo que en la historia reciente de Colombia se ha llamado “terrorismo” pues las publicaciones son la herramienta para dejar registro de ideas, concepciones del mundo y visiones sobre la realidad colombiana y proyectos de nación que permiten saber lo que piensan los grupos alternativos para evitar reducirlos a la simple categoría de bandoleros o por los menos darles estatus político.

El boletín nació en medio del gobierno de Misael Pastrana, cuando el Frente Nacional se aproximaba a su fin y en todos los escritos se percibía la autonomía del medio frente al poder del Estado. La publicación “es una entidad sin ánimo de lucro, autónoma”, dice la presentación del número

317. La fecha de origen de la publicación es significativa porque el cierre

del Pacto Político constituyó una oportunidad para reflexionar sobre sus logros o fracasos. Fue una oportunidad para poner de presente las deudas sociales que se mantuvieron durante el Frente Nacional y que en consecuencia significaron la superación de la violencia bipartidista de la década

17

“Presentación”, Ana-licias, n.º 3 (1972): 2.

p. 115

| 113 | 113 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas del cincuenta, pero también el acrecentamiento del conflicto social. En la presentación del número 13 se dice:

El Frente Nacional ha fracasado: creemos que el país debe buscar nuevos caminos para lograr encontrar unas estructuras más justas. Solo así podremos construir las bases de una paz verdadera: la paz nace de la justicia. La paz no está amenazada por las luchas bipartidistas, ni por la rivalidad en el reparto burocrático, sino por algo mucho más profundo: las profundas desigualdades sociales y económicas, que son el barril de pólvora sobre el que se asienta la vida Nacional18.

El Frente Nacional encarnó el paso de una violencia política a una violencia social y “el paso de la división del país político al país nacional”19. Los intelectuales de Ana-licias dieron su versión de la realidad conflictiva que se mantenía durante el gobierno de Misael Pastrana y que se expresaba en los levantamientos populares y sociales que se dieron durante dicho gobierno. Hubo levantamientos campesinos, huelga de médicos, paro de maestros y motines en las universidades públicas como expresión de proyectos políticos inconformes y diferentes al del Estado. Es decir, el boletín mostraba la autonomía intelectual del cias y una posición favorable a los proyectos disidentes. La tenencia desigual de la tierra en Colombia fue un tema recurrente. La imposibilidad histórica de una Reforma Agraria fue el meollo de un conflicto permanente del cual derivaron otros problemas que avivaron la Violencia como una manifestación de un conflicto social. En razón de un trabajo intelectual y discursivo (como el que hizo Ana-licias o muchos otros impresos) se le denominó conflicto armado, pues a partir del discurso, como ya se ha dicho, el otro no es reducido o estereotipado como violento o bandolero, sino como un actor social que es portador de ideas y “proyectos sociales”20 que se defienden con pasión.

18

“Presentación”, Ana-licias, n.º 13 (1973): 2.

19

Ibid., 3.

20

Darío Fajardo M., “Estudio sobre los orígenes del conflicto social armado, razones de su persistencia y sus efectos más profundos en la sociedad colombiana”, en Contribución al entendimiento del conflicto y sus víctimas, ed. por Comisión histórica del Conflicto y sus víctimas (Bogotá: Ediciones Desde Abajo, 2015), 362.

p. 116

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 114 | 114 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia La noción de conflicto social armado es una construcción intelectual y su permanencia, mediada por el odio, es el resultado de una conciencia identitaria fundamentada en intereses terrenales, expresada en doctrinas políticas representadas por los intelectuales, esto siguiendo la interpretación crítica que hace Juien Benda de los intelectuales de la época moderna, que representan, en muchos casos, una conciencia identitaria que hay que defender con orgullo. Según Benda “Nuestro siglo [el siglo xx] habrá sido propiamente el siglo de la organización intelectual de los odios políticos”21. Siguiendo a Gonzalo Sánchez y Donny Meertens, se habla de un conflicto social después del Frente Nacional cuando la violencia de finales de la década del cuarenta y cincuenta se canalizó políticamente, pues los “bandoleros” fueron “cobijados” por las banderas de los campesinos, su accionar fue canalizado políticamente en tanto hubo un “reconocimiento de la contradicción social”22 o, dicho en términos de Benda, hubo una organización u ordenamiento de las disputas. En el siglo xix, por ejemplo, hubo confrontación entre las elites de los partidos políticos. Las clases populares que participaban en los enfrentamientos bélicos no necesariamente eran conscientes (esta es la crítica que hizo Benda a los intelectuales europeos) de que su lucha estaba justificada en un proyecto social. Desde la perspectiva de la publicación que analizamos aquí, la contradicción y la confrontación social se mantienen por la solución pírrica que se le dio a la Violencia de la década del cincuenta con el acuerdo bipartidista del Frente Nacional. Más que solucionar problemas, el proyecto político definió y organizó las fuerzas políticas en disputa –lo que no pasaba en la década del cincuenta, cuando no había, en muchos casos, proyectos políticos claros–, una elite política hegemónica que consolidó un poder con la radicalización del gobierno de Guillermo Valencia, y su decidido ataque militar a las poblaciones como Marquetalia, versus sectores marginales de la sociedad que no tenían participación en las decisiones públicas. De este modo se puede decir que la publicación estuvo

21

Julien Benda, La traición de los intelectuales (Barcelona: Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg, 2008), 112.

22

Gonzalo Sánchez y Donny Meertins, Bandoleros, gamonales y campesinos. El caso de la violencia en Colombia (Bogotá: El Áncora Editores, 1983), 54.

p. 117

| 115 | 115 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas inserta en el conflicto social colombiano, pues presentó su versión sobre el mismo y asumió una posición que constituye una fuente de singular valor para estudiar el fenómeno desde la perspectiva de lo que hemos llamado historia intelectual del conflicto. En la revista se expresaban los ideales de una comunidad interpretativa que mostraba una unidad y pocas rupturas. Tenía como símbolo de cohesión intelectual el “evangelio”. Si los colaboradores de Ana-licias centraban parte de su atención en el problema de la tierra, el grupo social al que se vinculaban era, por excelencia, el campesinado. Fueron portavoces de los trabajadores, los maestros, los gremios médicos (de los trabajadores informales), pero, principalmente, del campesino que luchaba por la tierra y por hacer efectiva la reforma agraria en Colombia. La revista mediaba para establecer un vínculo, tan escaso en Colombia, entre la “ciudad letrada” y el mundo rural. La revista se propuso llevar a la opinión pública la discusión sobre la tenencia de la tierra en Colombia. Fue la apuesta intelectual por el problema de la tierra porque las demandas campesinas podían ser canalizadas por medio de las acciones de hecho de “bandoleros”, en la década de los cincuenta, o por cuadrillas de guerrilleros, de las décadas del sesenta y setenta, pero también se canalizaba acompañando al campesinado en sus luchas. Por medio de la vía escrita y desde el discurso se le dio una nueva significación. Tener un impreso que hablara sobre realidad colombiana y pusiera en el espacio público la discusión sobre lo que es justo o injusto, como se hizo en Ana-licias, significó pensar en la posibilidad de superar lo que Urrego ha llamado “acción punitiva contra el opositor político y la privatización de la aplicación de justicia”23. En los impresos estaba, explícita o implícitamente, la intención de una búsqueda de un consenso público y de adaptaciones a principios filosóficos y proyectos doctrinarios y sociales.

Para el caso que nos compete, centraremos nuestra atención en los intelectuales participantes de Ana-licias que se ocuparon del conflicto social. Fue pues una publicación “comprometida” y militante, pero no en

23

Urrego, Intelectuales, Estado y nación…, 115.

p. 118

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 116 | 116 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia el sentido tradicional de las revistas partidistas de izquierda, porque se desligó de la tradición de la Revolución francesa y de la Revolución rusa en su vertiente del ateísmo comunista. Fue una publicación de izquierda en el sentido de que abogó por la superación de las desigualdades sociales, defendió los derechos laborales del gremio médico, profesoral y de los campesinos, atacó el monopolio de la tenencia de la tierra y defendió el sentido público de la educación y la salud.

El grupo de intelectuales vinculados a la publicación fue la expresión de una peculiaridad dentro de la intelectualidad y de los medios de difusión que han sido objeto de estudio por parte de la historia intelectual colombiana. Peculiaridad porque tuvo una serie de participantes católicos, pero que en sus escritos expresaban autonomía y un carácter crítico respecto a la iglesia y el statu quo de la sociedad o régimen político. De esto se hablará en el siguiente apartado.

¿Hay una autonomía del campo intelectual religioso desde el que se interpreta el conflicto social?

Ana-licias muestra que hay un campo intelectual religioso dentro del cual hay tensiones y disputas por el reconocimiento de unos valores religiosos y cívicos para afrontar el conflicto armado. Lo peculiar es que muestra una posición religiosa y académica que asumió su autonomía tanto frente al poder religioso tradicional como frente al poder del Estado. Fueron respetuosos de la institución religiosa de la que hacían parte, pero abogaban por su separación de la Iglesia y el Estado. Fueron críticos del concordato firmado por Misael Pastrana porque no era clara la prevalencia del poder civil sobre el eclesiástico. Criticaron, por ejemplo, que un cura rebelde que no acatara las leyes eclesiásticas no pudiera ampararse en las leyes civiles. Es por esto que Ana-licias publicó y se apropió de la filosofía de una carta abierta del obispo San Juan Bautista de Misiones Paraguay, “Persecución en nombre de Dios”, en la que denunciaba la persecución de que fue víctima un sector de la iglesia liberal de ese país por parte del Estado y en la

p. 119

| 117 | 117 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas que, frente al catolicismo ortodoxo, se expresó de la siguiente manera: “… seguimos sufriendo al comprobar como unos que se dicen católicos, llevados por el fanatismo político partidario y, quizás, por menguadas ventajas materiales, son capaces no solo de apartarse de su madre Iglesia sino de asestarles golpes de hijos malagradecidos”24.

Así pues, a lo largo de la publicación se registraron las diferentes tensiones de una doctrina intelectual religiosa frente al poder político y el sector religioso tradicional ortodoxo, legitimado por el partido conservador, no solo en el contexto colombiano sino latinoamericano25. Una tradición política que ha sido objeto de críticas es la conservadora de Laureano Gómez y su hijo Álvaro Gómez Hurtado, que se opuso desde la década del sesenta a la superación de la concentración de la tierra, como ocurrió en el caso de la oposición a la Ley 135 de Reforma Agraria de 1961 en el primer Gobierno del Frente Nacional26. En la década del setenta, Gómez Hurtado fue cuestionado desde Ana-licias por su política partidista a favor de los terratenientes, su posición “antidistribucionista” y su crítica al incora. En un artículo de fondo, Fernán González decía que Gómez Hurtado “ataca severamente el reformismo de Lleras R., a quién presenta como ‘una prolongación de Allende en Colombia’”27.

La vocación pública de los intelectuales católicos no resulta nueva en el ámbito colombiano. En el siglo xix hubo asociaciones intelectuales católicas con esa vocación, pero estaban enfiladas con el partido conservador y abogando por la conquista católica del Estado28. Aquí había un matiz grande: una comunidad de sacerdotes intelectuales que se salió del púlpito para hacer ciencia social y tener injerencia pública más allá de la confesión y más allá del Estado. En el siglo xix, la iglesia arengaba

24

“Persecución en nombre de Dios”, Ana-licias, n.º 1 (1972): 15. La revista no registra el nombre del autor.

25

A través del boletín se puede hacer un panorama de las relaciones entre Iglesia y Estado en el continente, en la Cuba de Fidel, en el Chile de Allende o en Paraguay.

26

Jaramillo Jiménez, Estudiar y hacer sociología…, 198.

27

Fernán Gonzales, “Una ‘democracia son pueblo’: luces y sobras de Frente Nacional”, Ana-licias, n.º 16 (1973): 17.

28

Gilberto Loíza Cano, Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación. Colombia 1820-1886 (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2011), 469.

p. 120

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 118 | 118 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia y bendecía a los soldados que iban a matar liberales y comunistas, como muy bien se ve en el cuento de Tomas Carrasquilla “Luterito”. O como la tradición religiosa que apoyó a los “bandoleros” que militaban del lado conservador y que utilizaban las imágenes y objetos religiosos como escudo29 para generar terror. Aquí había, por el contrario, un proyecto ilustrado de carácter religioso que combinaba el evangelio con los valores modernos de la tolerancia política y religiosa. Son personajes que expresaban su autonomía yendo más allá del bipartidismo intelectual, que desde el siglo xix ha limitado a los intelectuales colombianos y los ha mantenido dentro los limites partidistas. Era otra manera de avivar el conflicto. La ruptura del cias con esa tradición de la iglesia católica, o más bien con el episcopado colombiano, tuvo su raíz en la “diferencia de criterio”, según recuerda Fernán González. De acuerdo con este último los obispos le apostaban a la formación de clérigos para el desempeño en la pastoral social, mientras que su comunidad le apostaba a la transformación social y de las “estructuras socioeconómica y políticas”. Así pues, “el

9 de noviembre el 1971 la Compañía de Jesús renuncia al convenio con el

episcopado y cias empieza a existir como grupo autónomo”30. En este sentido, resulta interesante pensar la forma en que se legitimó la autonomía de esta comunidad académica. La historia intelectual ha hecho uso del acervo conceptual de Bourdieu, quien muestra que la autonomía –por ejemplo, de la literatura– se consolida cuando se juzga la literatura teniendo como referente los valores del campo de la literatura, sin permitir que desde el poder se juzgue o se establezca el valor de esta y mucho menos se juzgue la misma con criterio comercial31. Aquí se puede pensar la autonomía en otro sentido. La autonomía frente al poder de esta comunidad estuvo legitimada, principalmente por los valores evangélicos y, segundo, por los valores científicos, y más allá de los valores institucionales de una iglesia ortodoxa y politizada. En el mismo sentido,

29

Sánchez y Meertens, Bandoleros, gamonales y campesinos…, 67.

30

González, “La formación de investigadores en la acción investigativa: la experiencia del CINEP 1972- 1997”, 99.

31

Pierre Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario (Barcelona: Anagrama, 1995), 520.

p. 121

| 119 | 119 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Alejandro Blanco piensa la institucionalización de la sociología científica en la Argentina como la expresión de la autonomía frente al poder, que se manifiesta con posterioridad a la caída de la presidencia de Juan Domingo Perón (1945-1955), periodo durante el cual los valores religiosos católicos influenciaban el quehacer sociológico. Había intervención de autoridades católicas y conservadoras en la enseñanza universitaria32. Uno de los principios fundamentales del Concilio Vaticano II era la separación entre Iglesia y Estado, y en ese camino andaba la comunidad entorno al impreso, que buscaba autonomía frente a la Iglesia ortodoxa porque la institución había apoyado el Frente Nacional desde 1958 y en este caso eran críticos de la relación de Misael Pastrana con la Iglesia católica. Los intelectuales y la paz: el caso de los jesuitas. Hacia una categoría difusa Como ha mostrado Carlos Altamirano, el término intelectual no es unívoco y puede haber muchas definiciones del mismo. Se puede pensar al intelectual desde el “deber ser”, pero también desde las funciones específicas que le impone el contexto social. De este modo, en el primer sentido podemos decir que los intelectuales tienen una “misión ética” y unos “deberes superiores”33, que en este caso asociamos al valor de la paz. En el mundo occidental, los hombres vinculados a las letras, las artes y las ciencias han asumido la legitimidad que les da la condición de intelectuales para adjudicarse una posición pacifista frente a la guerra. En el contexto de la Guerra Fría hubo una serie de movimientos intelectuales de izquierda, tanto en Europa como en América Latina, que se mostraron partidarios del pacifismo contra el imperialismo que significaba ee.uu. El bloque comunista asumió que la “lucha por la paz” sería la estrategia política. El “primer paso había sido dado en agosto de 1948, cuando la ciudad polaca de Breslavia,

32

Alejandro Blanco, Razón y modernidad. Gino Germani y la sociología en la Argentina (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2006), 63.

33

Carlos Altamirano, Intelectuales. Notas de investigación sobre una tribu inquieta (Argentina: Siglo XXI editores, 2013), 37-38.

p. 122

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 120 | 120 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia aún en ruinas, recibía a cientos de intelectuales venidos de 45 países para celebrar el Congreso de Intelectuales por la Paz”. En 1949 se reunió en París el I Congreso Mundial por la Paz34, al que asistieron Pablo Neruda, Jorge Amado, Nicolas Guillén y Vicente Lombardo Toledano. En México se reunió el Congreso Continental Americano por la Paz35, al que siguieron una serie de encuentros en todo el mundo que reflexionaban sobre la paz y en los que los intelectuales estaban en primer plano. El bloque soviético tenía un espacio para el reconocimiento a los intelectuales que se distinguían por su pacifismo con el premio Lenin de la Paz, que fue entregado a los latinoamericanos Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, María Rosa Oliver y a los colombianos Baldomero Sanín Cano, Jorge Zalamea y Luis Vidales. Esto muestra cómo históricamente los intelectuales están dotados de un poder simbólico y de una legitimidad para enarbolar las banderas de la paz, y que en Colombia hay una tradición importante en este sentido. ¿Cómo pensar a los colaboradores de Ana-licias dentro de este marco de referencia? ¿Cómo y en qué sentido se pueden pensar los intelectuales jesuitas y su vinculación con la paz? ¿Asumen ellos la paz como un valor abstracto? ¿Cuáles son sus aportes a la construcción de la paz?

El intelectual del boletín Ana-licias fue peculiar; por un lado, se podría inscribir dentro de la tradición de los clercs de Julien Benda en sentido estricto y por su vínculo con la Iglesia católica, que proclama valores abstractos, o entre intelectuales que apelaban a los ideales universales de justicia, paz, y reconciliación. Fueron intelectuales que apelaron a los valores del evangelio. Por otro lado, se alejaron de ese intelectual por su praxis social y política y por su coqueteo con el marxismo, en tanto había un compromiso social al estilo sartreano. Benda rechazó la relación de los intelectuales con las doctrinas políticas, las disputas y los odios que se habían generado en la sociedad moderna mediada por el papel de los intelectuales en su defensa de los valores y las pasiones mundanas, como las “las

34

Adriana Petra, Intelectuales y cultura comunista. Itinerarios, problemas y debates en la Argentina de Posguerra (Argentina: Fondo de Cultura Económica, 2017), 207.

35

Ibid., 212-214.

p. 123

| 121 | 121 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas pasiones de raza, las pasiones de clase y las pasiones nacionales”36. Para este autor, los intelectuales “no son seres de este mundo”, de lo contrario, están manchando su función37. En los colaboradores de Ana-licias había un idealismo asociado a una utopía, y en muchos casos se podría decir que en su compromiso social eran sacerdotes desligados de lo político partidista y vinculados a la justica de carácter espiritual y abstracta. No obstante, podemos mostrar que más allá de los valores evangélicos, y dadas las circunstancias del medio social que demanda soluciones concretas a los intelectuales, su perfil iba más allá de la definición de clercs, así muchas veces su legitimidad social estuviera sustentada en el carácter religioso. La historia intelectual ha mostrado que las funciones del intelectual han variado en los últimos años. Para el caso que nos compete no podríamos decir que nos estamos refiriendo a “seres que no son de este mundo”. Tampoco se habla del carácter universal de esta figura social como lo fueron Sartre o Víctor Hugo, en quienes las colectividades depositaban las esperanzas de transformación social, sino de un intelectual especializado o experto que tenía conocimientos específicos de antropología, sociología o crítica literaria y desde ahí cumplía una función determinada38. En la revista se asumía la posición de defensores universales de los oprimidos y los marginados: “Ana-licias pretende seguir la búsqueda de estructuras que permitan concretar este llamado a un trabajo solidario con los pobres y oprimidos”39. En la práctica, mostraban su capacidad como expertos de las ciencias sociales con conocimientos técnicos y habilidades estadísticas que contribuían a pensar los problemas y a hablar de soluciones. La publicación estaba “conformada por profesionales especializados en diversas ciencias que ofrecen relación directa con el hombre total y con la estructuración de la sociedad de acuerdo con las necesidades humanas”40. La peculiaridad de los intelectuales de esta comunidad provenía de su

36

Julien Benda, La traición de los intelectuales (Barcelona: Galaxia Gutemberg, Círculo de lectores, 2000), 93.

37

Ibid., 129.

38

François Dosse, La marcha de las ideas. Historia de los intelectuales, historia intelectual (Valencia: universidad de Valencia, 2003), 29-43.

39

“Presentación”, Ana-licias, n.º 6 (1972): 2.

40

“Presentación”, Ana-licias, n.º 3 (1972): 2.

p. 124

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 122 | 122 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia educación híbrida: tenían formación teológica combinada con la formación sociológica o con la ciencia política. Esto se tradujo en una ambigüedad porque asumían la racionalidad de las ciencias sociales para explicar los fenómenos sociales colombianos, pero también, en algunos casos, defendían la oración, la penitencia, la fe y el sacramento del bautismo. La escritura a veces dejó escapar un contenido religioso, por la alusión al evangelio y la fe, pero dio varios pasos adelante en el carácter científico de la misma, no se ubicó en el ensayismo literario o teológico y asimiló un acervo intelectual proveniente de las ciencias sociales, que en América Latina se había venido consolidado desde la década del cincuenta y sesenta. Había una serie de conceptos que para la época eran importantes en el entendimiento del desarrollo y la planificación del continente. El problema de la violencia en Colombia legitima a los intelectuales en cuanto estos se encargan idealmente de encontrar un camino para la superación de esta. Obtener la paz exige la participación de un grupo de hombres que tiene cualidades “excepcionales” (los intelectuales), conocimientos técnicos o sociológicos para interpretar y comprender el fenómeno. Son las delegaciones de sabios que, desde “La comisión para desentrañar las causas de la Violencia” de 1958 hasta la “comisión histórica del conflicto y sus víctimas” del último proceso de paz iniciado en 2012, se han legitimado socialmente para dar su versión sobre la violencia e interpretarla como resultado del conflicto social. Fueron los colaboradores de Ana-licias –no necesariamente vinculados a una comisión de paz– “excepcionales” en tanto resignificaron los valores universales ilustrados-religiosos, pero que también se distinguieron por la legitimidad avalada por los títulos que ofrecían las instituciones universitarias. Es decir, su propuesta sobre la paz se ejercía desde la combinación de una autoridad cristiana y una autoridad académica. En los años sesenta, “la Compañía de Jesús dedicó a varios jesuitas a especializarse en materias socioeconómica y políticas en el exterior”, dice González en un texto de carácter memorialista41.

41

González, “La formación de investigadores en la acción investigativa: la experiencia del CINEP 1972- 1997”, 98.

p. 125

| 123 | 123 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Las condiciones sociales de la década hicieron que, por un lado, una generación de intelectuales seculares colombianos se desligara de la carrera de derecho, que era la profesión de los hombres de letras en Colombia, como medio para incursionar en la actividad intelectual de manera especializada, estudiando sociología, historia, antropología. Por otro lado, hizo que la comunidad de jesuitas les sumara a los estudios teológico la carreara especializada, dada la necesidad para el país de “análisis sociológico y de la evaluación pastoral”42. El colectivo de intelectuales religiosos de los que hablamos aquí le apostó a la autonomía intelectual en tanto se desligaron del estilo literario con el que, en otras épocas, los sabios religiosos escribían la vida de los santos y le apostaron al trabajo investigativo de la realidad conflictiva colombiana. Así pues, la paz dejó ser una utopía y se convirtió, por el aporte de los conocimientos técnicos, en una posibilidad a la que una comunidad generacional se vio avocaba.

Pensemos en las edades de los colaboradores de la publicación para entender porque hablamos de una comunidad generacional. Estamos hablando de figuras que en la actualidad tienen un reconocimiento nacional. Fernán González tiene reconocimiento como historiador y como miembro de la academia colombiana de historia, Guillermo Hoyos –fallecido en el 2013– como filósofo y figura central de la recepción de marxismo en Colombia43 y Francisco de Roux hace parte y es una figura fundamental de la Comisión de la Verdad en el proceso de Paz que se inició en el 2012 en Colombia con la Guerrilla de las farc. Son figuras nacionales cada uno en su ámbito específico. Esto quiere decir que en los primeros años de Ana-licias eran muy jóvenes y no habían llegado a su madurez intelectual. Para 1972, año de la primera publicación, de Roux tenía 29 años, Guillermo Hoyos, 36, y Fernán González, 32. Esto es significativo porque la publicación, “rudimentaria”, constituyó el medio para dejar constancia del proceso de formación, sus primeros pinitos, de una comunidad intelectual que hoy goza de prestigio. Es una manera de mostrar los pasos y posiciones

42

Ibid.

43

Ibid., 103.

p. 126

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 124 | 124 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia iniciales que ahora hace de estas personas figuras destacadas. Dado que este trabajo se fundamenta, principalmente, en las presentaciones de la revista y, solo ocasionalmente, en uno que otro artículo de fondo, podemos reconstruir el perfil de dos colaboradores como una forma de ejemplificar la trayectoria de algunos miembros de la comunidad intelectual. Fernán González, que nació en Tolú, fue licenciado en Letras y Filosofía por la Universidad Javeriana en 1964 y graduado como teólogo (de la misma Universidad), se ordenó como sacerdote en 1976. Poco después hizo los estudios que lo vincularon más con las cosas terrenales, estudió una maestría en Ciencia Política en la Universidad de los Andes y maestría y doctorado en Historia de América por la Universidad de California en Berkeley –en la misma universidad en que había estudiado Sociología Alejandro Angulo, quien, como se dijo anteriormente, había tenido su paso por la dirección de Ana-licias–. Esto muestra que su autoridad intelectual fue legitimada por la combinación de su vocación religiosa con los conocimientos técnicos o científicos. Desde de su paso por Ana-licias se vislumbraba esa combinación que se consolidó avanzada su trayectoria intelectual. Su primera cercanía con el conflicto colombiano estuvo asociada a la experiencia que vivió la generación que para la época del bogotazo podría tener alrededor de 10 años. Fue una experiencia que no comprendió muy bien, pero que sí tuvo un impacto en su percepción de la polarización política del país. Ese día fueron suspendidas sus clases en el colegio de Barranquilla, vio los incendios en la ciudad y escuchó a una señora gritar “godos hijueputas”44. Experiencia que relató como una imagen que nunca ha borrado de su memoria y como una muestra de la intolerancia que marcaría al país a lo largo del siglo xx. Pero por supuesto su percepción del conflicto está vinculada a la pertenecía a una familia que constituía un espacio social por donde circulaba la información. En su núcleo familiar tuvo cercanía con los libros clásicos del pensamiento

44

Diego H. Arias Gómez, Entrevista realizada a Fernán González el 3 y 22 de noviembre del 2010, citada en Diego H. Arias Gómez, “Para comprender mejora el País. Fernán González, redes e historia”, Revista colombiana de educación n.º 61 (2011): 58.

p. 127

| 125 | 125 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas y la literatura y la posibilidad de leer la gran prensa nacional45, Fernán González había estudiado en los colegios de las elites religiosas del país, primero en la Presentación y luego con los Jesuitas en Barranquilla. También sería profesor en colegios religiosos de Medellín (el San Ignacio) y Bogotá (el San Bartolomé). Fue participe cercano a la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos46, organización que ha luchado por la Reforma Agraria desde 1967 y a cuyo accionar se le hacía seguimiento en Ana-licias, en el apartado “hechos del mes”.

Francisco de Roux, lo mismo que Fernán González, empezó a adquirir experiencia investigativa como auxiliar en las investigaciones de CIAS, de 1967 a 1970, que dieron como resultado las primeras publicaciones de este centro de estudios, dirigidas por Gustavo Jiménez y Francisco Zuluaga47. También fue cercano a Hermann Mohr, director de cias, quien en 1972 publicara el libro Economía colombiana: una estructura en crisis. Análisis del proceso reciente y perspectivas. El coronamento nacional de Francisco de Roux como como un intelectual que trabaja por la reconciliación nacional se dio con el Programa de Desarrollo y Paz de del Magdalena Medio de 1995, donde como director de programa logró que los campesinos del Magdalena Medio remplazaran el cultivo de la coca por productos agrícolas48. En el 2001 recibió el premio Nacional de Paz. De Roux, que nació en 1943, había estudiado en el colegio Berchmans de Cali, en el que también estudió Fernán González, institución que había sido fundada por los jesuitas en 1933. Luego hizo su ingreso a la Universidad Javeriana donde estudió Filosofía y Teología y, siguiendo la trayectoria de los demás compañeros de generación, pasó de los estudios de Teología a estudiar las cosas terrenales desde una perspectiva técnica. Hizo una maestría en Economía en la Universidad de los Andes y un doctorado en Economía del

45

Arias Gómez, “Para comprender mejora el País. Fernán González, redes e historia”, 57-58.

46

Ibid., 64.

47

González, “La formación de investigadores en la acción investigativa: la experiencia del CINEP 1972- 1997”, 98.

48

Entrevista de Melba Escobar a Francisco de Roux, “El alma de la reconciliación”, El Tiempo, 26 de agosto del 2018.

p. 128

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 126 | 126 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia Desarrollo en París. Quizás su aporte más significativo se haya dado en la Comisión Histórica de la Verdad del proceso de paz iniciado en el 2012. El “yo acuso”: militancia política y reforma agraria La categoría del intelectual jesuita de Ana-licias es difusa. Atrás hicimos una aproximación que lo unge con valores abstractos y posiciones académicas. Pero, además, no lo podemos desvincular de la militancia social. Podríamos decir que son tres facetas que se combinaron e hicieron de ellos una peculiaridad dentro del contexto de los intelectuales nacionales. Es decir, tienen una funcionalidad heterodoxa. Examinemos la última faceta: “defender la justicia y proteger los derechos de los más débiles, esto tiene que hacerlo todo jesuita”49, decía la presentación del número 5 del impreso, mostrando la vocación pública de una comunidad religiosa. La declaración se hizo en alusión al padre Santander, encarcelado en medio de un conflicto con el alcalde de Manati en el que trataban de dirimir una disputa entre terratenientes y campesinos por unos títulos de tierra. Esto muestra que los jesuitas son una comunidad de sacerdotes solidaria con las demandas campesinas por las tierras y que, desde la publicación, cumplieron funciones intelectuales públicas más allá de unos valores “científicos” que implicaban una distancia valorativa frente a la realidad social. Es decir, tienen un compromiso político desmarcado del sectarismo y de carácter evangélico. Su “misión intelectual” (Altamirano) es evangélica y está asociada a la representación social de los más desfavorecidos y especialmente del campesinado colombiano, que no ha tenido acceso a la tierra. Este principio fundamental quedó establecido en la Presentación del número ya mencionado cuando decía: el “destino de los bienes de la tierra es universal: crea un derecho inalienable y no puede ser cohibido

49

“Presentación”, Ana-licias, n.º 5 (1972): 4.

p. 129

| 127 | 127 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas por cualquier otro derecho nacido de la organización de los hombres a través de los tiempos, a la convivencia social”50.

Era común que recurrieran a la autoridad religiosa para legitimar una postura frente a los problemas sociales, pero le dieron un carácter intelectual en el sentido de que hacían suya una legitimidad letrada –y evangélica– para hablar de lo público. El “yo acuso” de Zola –para hablar del intelectual en el sentido que se le dio al termino desde sus orígenes– se manifestó en los escritores del Ana-licias en la publicación de documentos-cartas donde se denunciaban las injusticias sociales y cuyas firmas inducían a pensar en cierta autoridad social y pública de los mismos. Podemos mencionar “La declaración de los superiores jesuitas a propósito de Manati: solidarios con ‘los comprometidos en defensa de los débiles’”51, publicada luego de la liberación del padre Jaime Santander, ya mencionado. Allí expresaron la posición frente a las injusticias sociales que para ellos tenían su origen no solo en los particulares sino “en las estructuras jurídica y socioeconómicas del país”. La carta estaba firmada por 22 personajes que gozaban de renombre en la comunidad jesuita y cuya posición dentro de la institución –colegio, universidad, centro de investigación, Facultad– indicaba una cierta legitimidad52. En el manifiesto público se expresó lo siguiente:

Nos sentimos solidarios de los sacerdotes, religiosos y laicos que, siguiendo las normas de la jerarquía y con espíritu auténticamente evangélico se han comprometido en la defensa de los débiles y se han hecho voz de los que no tienen voz. Por eso nos preocupa que exista en Colombia fuerzas que tratan de amordazar la libertad evangélica con tácticas que van desde la forma sutil de tachar de subversivo o rebelde a todo sacerdote comprometido con el apostolado social. Hasta la de hacerlo encarcelar53.

50

Ibid., 2.

51

Ana-licias, n.º 6 (1972): 10-11. La carta aparece con fecha de 9 agosto de 1972.

52

La carta está firmada de la siguiente manera: Fernando Londoño, S. J., Provincial General de los jesuitas en Colombia; Alberto Moreno, S. J., Superior de los jesuitas en Barrancabermeja; Darío Restrepo, S. J., Superior de los estudiantes, Facultad Eclesiástica, Universidad Javeriana, Bogotá; José Caycedo Rojas, S. J., Rector del Colegio San Bartolomé, Bogotá; Francisco Zuluaga, S. J., Superior del Centro de Investigación y Acción Social. Entre otros 18 firmantes y posiciones institucionales.

53

Ibid. 10.

p. 130

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 128 | 128 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia De este modo, vemos que Ana-licias constituyó una fuente de singular valor para caracterizar un tipo peculiar de intelectual católico colombiano, propio de la segunda mitad del siglo xx. Fue peculiar porque no era un intelectual de filiación católica reaccionario, pero tampoco un rebelde guerrillero al estilo de Camilo Torres. Por lo menos no hay simpatías públicas –en el impreso– que evidencien eso. Fue un intelectual que se declaró autónomo frente a la Iglesia católica como institución ortodoxa, pero no frente a los postulados heterodoxos de un sector de esta institución, lo cual constituyó un elemento legitimador de sus posturas políticas y académicas y de su autonomía frente al poder político. Si expresaron que “defender la justicia y proteger los derechos de los más débiles” era la tarea de todo jesuita, uno de los ejes centrales de su “misión” intelectual era pensar el problema agrario colombiano. Más aún si se piensa que en la historia de Colombia paz y reforma agraria son dos términos estrechamente relacionados. La primera no se concibe sin la segunda. Históricamente el concepto de paz ha estado estrechamente relacionado con la justicia y el derecho. Esto significaría que la paz es inconcebible sin la justicia y el establecimiento del derecho común de tenencia de la tierra. ¿Por qué esta preocupación intelectual por el problema agrario? ¿Por qué la insistencia de la publicación en denunciar las tensiones sociales producto del monopolio de las grandes propiedades? A lo largo del siglo xx la reforma agraria fue un tema que estuvo presente en el debate público nacional. Figuras visibles de la historia colombiana tuvieron como parte de su agenda discursiva el problema. Mencionemos unos cuantos: los liberales Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras Camargo, Otto Morales Benítez, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso López Michelsen; los conservadores Belisario Betancourt, Abel Naranjo Villegas, Mario Laserna54. Los opositores a la reforma podían estar en los hacendados del partido liberal y en figuras representativas de los conservadores como los seguidores de la tradición laureanista, encabezada por el que fuera presidente entre 1950 y 1953, Laureano Gómez, y su hijo, Álvaro Gómez Hurtado.

54

Jaramillo, Estudiar y hacer sociología…, 203.

p. 131

| 129 | 129 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas El tema ha sido central en la historia de Colombia porque, desde el siglo xix, hubo concesiones de tierras que permitieron el monopolio por parte los hacendados y el impedimento del desarrollo de la pequeña propiedad. En el siglo xx los productores agrícolas, que gozaron de la demanda de bienes agrícolas, se apropiaron, en gran escala, de las tierras baldías que pertenecían a la nación55, buscando la forma de insertase en la producción agrícola a gran escala. Es evidente que había un problema de ilegalidad en las formas de tenencia de la tierra, que además generaba desigualdad y marginación social y, en consecuencia, conflictos sociales. Los intentos por democratizar el uso de la tierra no han sido pocos; son emblemáticos los proyectos de reforma agraria que se han propuesto en el país como la Ley 200 de 1936, promovida por Alfonso López Pumarejo, que tuvo repercusión en la zona cafetera, donde las grandes haciendas se dividieron en pequeñas propiedades56, los terratenientes que no contaban con títulos de tierra debieron entregarlas a la nación y “los colonos pudieron obtener gratuitamente los titulo de tierra que ocupaban”57, lo que constituyó un intento de democratización de la propiedad. El gran debate, antes de aprobada la ley por el Congreso, se centró en la función social de la propiedad y el problema de las tierras sin explotar. Este fue uno de los argumentos con el que los campesinos invadieron haciendas y territorios baldíos58, en consecuencia, esto hechos se convirtieron en el argumento para expresar “el miedo a la revolución social”59 y para que los liberales terratenientes cerraran filas con los conservadores e hicieran oposición a la reforma agraria. Fue pues un conflicto que había sido promovido por personajes como Jorge Eliecer Gaitán, quien justificaba la invasión de predios, conflicto que se moderó, temporalmente, cuándo López Pumarejo empezó a promover la reforma, apoyado por los grupos de izquierda y el partido comunista. Fue emblemática la reforma agraria del Frente

55

Fajardo, 366- 370.

56

James D. Henderson, La modernización en Colombia. Los años de Laureano Gómez 1889-1965 (Medellín: Universidad de Antioquia, 2006), 310.

57

Ibid., 325.

58

Ibid., 320.

59

Ibid., 321.

p. 132

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 130 | 130 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia Nacional, en su primer gobierno. Este había sido uno de los temas más candentes discutidos en ese periodo histórico60 y una de las banderas de la presidencia de Alberto Lleras Camargo, que había encargado la tarea a Otto Morales Benítez, ministro de Agricultura, y en la cual tuvo apoyo técnico de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, encabeza de Orlado Fals Borda y Camilo Torres. Según Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez, la Ley 135 de Reforma Agraria de 1961 se había proyectado bajo la influencia de las políticas de Alianza para Progreso, de John F. Kennedy, y pretendía inmiscuir al país en la competencia capitalista; el objetivo era acabar con las tierras ociosas y los grandes latifundios, fortaleciendo el regreso de los campesinos a sus tierras –desplazados durante la época de la Violencia– bajo la modalidad de pequeños propietarios, creando una clase media rural. Querían “proteger la agricultura empresarial, dotada de formas de trabajo asalariadas e inversión intensiva de capital”61. En Ana-licias el tema fue recurrente. Eran conscientes de que en la historia de Colombia el asunto había sido retórico y nunca hubo una reforma agraria estructural. La reforma de López fue cuestionada, de acuerdo con James D. Henderson, porque estaba “a favor de la propiedad privada”62 y exigía “que los campesinos pagaran las tierras adquiridas a través de la parcelación y el hecho de que no se hubieran expropiado grandes propiedades ilegalmente poseídas”. Según el mismo autor, en los sesenta y setentas se concedieron tierras que no llegaron, en su mayoría, a los pequeños propietarios63. En el Frente Nacional, con Guillermo León Valencia, hubo un retroceso de lo planteado por el gobierno de Alberto Lleras Camargo, pues entre los dos hubo diferencias ideológicas insalvables y más bien se planteó la “contrarreforma”64, y Carlos Lleras restrepo, luego, no tuvo suficiente fuerza para recuperar lo hecho por Lleras Camargo. Fernán E. González no vaciló, para 1972, en atacar Carlos Lleras Restrepo cuando,

60

Jaramillo, Estudiar y hacer sociología…, 192-204.

61

Ibid., 196.

62

Anderson, La modernización en Colombia …, 327.

63

Ibid., 302.

64

Jaramillo, Estudiar y hacer sociología…, 230.

p. 133

| 131 | 131 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas en medio de la presidencia de Misael Pastrana Borrero, quería cooptar los grupos de izquierda que estaban inconformes con el gobierno y a favor de reformas estructurales, entre ellas la agraria. González entonces se preguntó “si pensaba así, ¿por qué no obró en consecuencia cuando era Presidente”65. Al parecer, la crítica se orientaba al uso de las palabras “reforma agraria masiva” como retórica.

En la década del setenta el resultado fue la pervivencia de acciones de hecho, por parte de campesinos, orientadas a la ocupación de tierras sin la pasibilidad de títulos de legalidad66. En esta década el conflicto colombiano siguió estando asociado al problema de la tierra; fueron el meollo de un conflicto la titulación de territorios baldíos, el monopolio de la tenencia de la tierra producto de ocupaciones arbitrarias de terratenientes, la expropiación y compra de terrenos a latifundistas, la subutilización de la tierra. Este fue el contexto del encarcelamiento del padre Santander ya mencionado. La problemática agraria ha sido punto clave en todos los intentos de negociaciones de paz en Colombia.

Por estas razones, el boletín Ana-licias fue recurrente en hablar de la necesidad de una reforma agraria. Los colaboradores planteaban una posición diferente frente al tema respecto a los que habían sido los vanos intentos de las mismas. Por supuesto, la adhesión evangélica y la efervescencia católica de estos intelectuales contribuyó a darle forma a la orientación profesional que estaba motivada a solucionar la escasez campesina de tierras. Darle forma más allá de una tradición legislativa que no estaba acorde con la realidad o que obedecía a intereses particulares, ¿la reforma agraria debía estar mediada más por los valores de la sociedad burguesa moderna liberal o debía estar orientada a suplir las necesidades básicas humanas? La tierra para el campesino no es importante solamente por el valor de uso y la utilidad que saque de ella, la tierra hace parte de la identidad campesina. Lo anterior quiere decir que desde Ana-licias hubo una interpretación o unas interpretaciones heterodoxas y no dogmáticas

65

Fernán E. González, “Hay algo podrido en Colombia”, Ana-licias, n.º 2 (1972): 10.

66

Daniel Pécaut, En busca de la nación colombiana. Conversaciones con Alberto Valencia Gutiérrez (Bogotá: debate, 2017), 194.

p. 134

Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 132 | 132 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia frente el problema. Esto se ejemplifica con el argumento de que el ideal de la propiedad privada era “idolatría”, es decir, la publicación podía ser liberal frente a principios liberales. Este era un principio fundamental que estaba acorde con los ideales que se recogieron en el Concilio Vaticano II que no atacó la propiedad de la tierra –no tenía problema con que hubiera propiedad privada–, pero reinterpretó dicha concepción al cuestionarla como valor supremo. En el caso colombiano y en los intentos de reforma agraria el problema ha sido de interpretación y el uso de esa interpretación para la creación de leyes que no son universales. “Ni el papel del cristiano es defender la inmutabilidad de las leyes sino la implementación de una justicia verdadera, que implica la acomodación constante de lo que el Vaticano II llamó ‘las formas de propiedad legitimante adoptadas en las instituciones de los pueblos, según circunstancias diversas y variables’”67. Pero también sabía que el problema de Colombia ni siquiera era el producto de una tenencia de la tierra burguesa: “En general, para el capitalismo agrario la estructura latifundista se ha convertido en un peligroso obstáculo. Constituye, por un lado, una peligrosa forma de tenencia: corre el peligro de ser afectada ya sea por la acción del Estado o por la acción campesino (recuperación de tierras, según la versión campesina, o invasiones, según la ideología terrateniente), y por otro, constituyen formas arcaicas que buscan más un dominio social que una economía de empresa”. En esta cita está implícita la idea de que Colombia tenía unas formas de tenencia de la tierra de carácter feudal por las grandes extensiones; es pues una posición liberal porque la tenencia de la tierra debe significar utilidad. Ese valor de uso significó que, a lo largo del siglo xx, lo que hubo fue un proceso de privatización de la tierra que supuso prosperidad económica para un muy reducido número de campesinos que se insertaron en la economía capitalista. Es importante decir que en el primer número de Ana-licias de 1972 el problema de la tierra en Colombia apareció como eje articulador y hasta el número 32 nunca pasó inadvertido.

67

Oscar Jaramillo, “La actualidad de un documento”, Ana-licias, n.º 1 (1972): 6.

p. 135

| 133 | 133 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Conclusiones Este capítulo giró en torno a un sector muy particular de los intelectuales colombianos, los intelectuales religiosos. El trabajo fue más allá del gran formato del mundo impreso y más allá de centralidad del intelectual mostrando facetas y medios alternativos de su quehacer. En Colombia pueden ser más visibles los trabajos sobre los intelectuales de la literatura, como Gabriel García Márquez o Álvaro Mutis o publicaciones como Mito o Eco. No obstante, aquí se mostró –y es llamativo por el alcance que se le dio– que los objetos de estudio no tienen rango de superioridad y las prácticas editoriales del pasado y los usos del impreso, sin importar el lugar marginal que ocuparon en el pasado respecto a otros impresos más centrales, son fundamentales para entender dinámicas sociales e intelectuales. Este es uno de los elementos que se quiso resaltar, una apuesta por la descentralización de los objetos de estudio. La historia intelectual ha llamado la atención en muchas oportunidades sobre la importancia de estudiar “figuras secundarias”, o figuras que “no tienen un brillo” dentro de los medios impresos más destacados. Aquí pues nos ocupamos de una publicación orientada por un sector de los jesuitas que, para la época, no estaban dentro de “los cánones intelectuales tradicionales”. Se logró mostrar que las significaciones, los mensajes llenos de sentido político y las concepciones del mundo y la sociedad colombiana se han plasmado, se han trasmitido y se han conservado no solo en el formato libro o en los grandes proyectos editoriales, sino también en publicaciones como Ana-licias, cuya impresión tuvo un carácter, en sus inicios, muy rudimentario. Esto permitió hacernos una imagen de otro tipo de esfuerzo por la promoción y la circulación del impreso. Lo anterior no implica que los círculos intelectuales jesuitas no tengan importancia en Colombia, la nueva versión de la revista, que se llama Controversia, muestra el papel que esta comunidad intelectual ha tenido en los últimos años, pero también la importancia de estudiar las etapas de formación de asociaciones intelectuales. El impreso también nos permitió reconstruir una categoría de intelectual novedosa que no es la clásica que proviene, exclusivamente, del “yo acuso”, pero tampoco es la ortodoxa católica. Es una definición que

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Diego Alejandro Zuluaga Quintero | 134 | 134 El boletín Ana-licias (1972-1975). Los inicios de una comunidad intelectual religiosa que reflexiona sobre la paz en Colombia puede estar cerca de muchas de las categorías construidas hasta el momento por los historiadores de la vida intelectual latinoamericana, pero que a la vez está muy lejos de las definiciones clásicas, pues está llena de matices. Aquí intentamos dar orden a una realidad a partir de un material empírico que llevó por nombre Ana-licias.

p. 137

II.

Intelectuales, izquierda, violencia y revolución

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Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real Luz Ángela Núñez Espinel

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| 137 | 137 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas Introducción La producción bibliográfica sobre la violencia en Colombia no cesa de crecer. Desde la publicación de la obra liminar de Guzmán, Umaña y Fals Borda, La Violencia en Colombia, hasta lo que se ha dado en llamar impropiamente el posconflicto1, se ha allanado una vasta área de indagación, convertida para algunos en una subárea del conocimiento: la violentología. En este capítulo nos apartamos de cualquier pretensión de hacer un balance historiográfico o siquiera de presentar el estado de la cuestión en la actualidad. Nuestro objetivo es cambiar el foco del análisis y visibilizar otras formas de comprender el fenómeno, enfatizando la sincronía existente entre los primeros estudios sobre La Violencia2 y la emergencia de los debates sobre las vías de la revolución, que darían lugar a la denominada Nueva Izquierda3.

Metodológicamente seguimos los derroteros de la historia (social) del libro, mediante la reconstrucción del entramado político e intelectual de producción y publicación del libro Colombia país formal y país real, del abogado y dirigente comunista Diego Montaña Cuéllar, como hito de la investigación marxista en Colombia a comienzos de los años sesenta

1

La noción de posconflicto empezó a circular ampliamente en la etapa final de la negociación entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC para denotar el supuesto cierre de un periodo signado por la violencia política y el conflicto armado y el advenimiento de una nueva etapa histórica. La crítica a esta noción apunta a develar la brecha existente entre lo prefigurado en los acuerdos y la realidad de su implementación, así como a la evolución del conflicto hacia una nueva fase. César Augusto Niño González y Daniel Palma Álvarez, “Colombia en mutación: del concepto de posconflicto al pragmatismo del conflicto”, JANUS.NET, e-journal of International Relations 9, n.° 2 (2018-2019): 82-97.

2

Asumimos la denominación convencional de La Violencia (con mayúscula) para referirnos al periodo histórico que abarca desde mediados de la década de 1940 hasta comienzos de los años sesenta. Gonzalo Sánchez, “Los estudios sobre la violencia: balance y perspectivas”, en Pasado y presente de la violencia en Colombia, comps. Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (Bogotá: CEREC, 1985).

3

Se entiende como una categoría histórico-política de alcance internacional propia del periodo 1956- 1990 (aunque su auge se concentra en las décadas de 1960 y 1970), que agrupa experiencias heterogéneas de renovación del ideario revolucionario, en oposición a los partidos socialistas y comunistas clásicos. Con excepciones, en América Latina un elemento identificador de la Nueva Izquierda es el reconocimiento de la lucha armada como el camino a la revolución. Geoff Eley, Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa 1850-2000 (Barcelona: Crítica, 2003). Mauricio Archila y Jorge Cote, “Auge, crisis y reconstrucción de las izquierdas colombianas (1958-2006)”, en Una historia inconclusa. Izquierdas políticas y sociales en Colombia (Bogotá: Cinep, 2009), 55-90.

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Luz Ángela Núñez Espinel | 138 | 138 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real y como una interpretación temprana de La Violencia. Coincidimos con la apreciación de Juan Guillermo Gómez García, en que un libro es en sí mismo una “fuente histórica de insospechado valor simbólico”4, aun en el caso en que este no logre inscribirse en una serie editorial, sino que –como ocurre con Colombia, país formal y país real– aparece como parteaguas de dos épocas. Argumentamos que tanto la propuesta como la publicación del libro de Montaña Cuéllar surgen en el seno del Partido Comunista (pcc), pero su contenido tensiona al máximo algunos ejes de debate político en la época sobre los que se sostenía la hegemonía comunista, al punto que en esa obra puede considerarse como iniciática de la Nueva Izquierda. Diego Montaña Cuéllar (1910-1991) constituye un cado de ruptura radical con el bipartidismo y de defensa de la autonomía en el campo de la izquierda, pero no es un personaje que pueda encasillarse fácilmente. Provenía de dos prestantes familias liberales y desde muy joven –a finales de los años veinte– se vinculó al movimiento estudiantil5. En la década de

1930 fue representante a la Cámara, alcalde encargado de Bogotá y diplo-

mático en Chile, al tiempo que incursionó en la cátedra universitaria y en el sindicalismo como asesor de varias organizaciones de trabajadores. Este trípode compuesto por la política, la academia y el mundo sindical fue la base de su experiencia vital durante seis décadas. No se trata, por tanto, del intelectual encerrado en su torre de marfil, en búsqueda de ascenso y reconocimiento entre sus pares, sino de un miembro de la élite política bogotana que rompe con su círculo de origen y deviene en intelectual revolucionario.

En la década del treinta se ubicó en la extrema izquierda del liberalismo, asumiendo posiciones políticas radicales y con tintes fuertemente anticlericales. Entonces se le juzgaba como víctima de una fiebre pasajera de juventud que pronto le pasaría, cosa que no ocurrió y, por su vinculación al pcc y su participación como asesor de los sindicatos petroleros

4

Juan Guillermo Gómez, Cultura intelectual de resistencia. Contribución a la historia del “libro de izquierda” en Medellín en los años setenta (Bogotá: Ediciones Desde Abajo, 2005), 59.

5

Pese a ser un personaje muy reconocido en el ámbito de la izquierda y del sindicalismo colombiano, su vida y obra han merecido escasos estudios. Se destaca la biografía escrita por María Teresa Cifuentes, Diego Montaña Cuéllar un Intelectual del siglo XX (Medellín: La Carreta Editores, 2010).

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| 139 | 139 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas en la década de 1940, fue considerado como traidor a su clase social de origen. Apoyó la candidatura de Gaitán y tuvo un papel destacado en el movimiento huelguístico que forzó la nacionalización del petróleo y la creación de Ecopetrol. Durante la crisis política del 9 de abril de 1948 fue uno de los líderes que más presionó para que la dirigencia liberal exigiera la renuncia del presidente Ospina Pérez y la protesta social se encauzara hacia un movimiento revolucionario, cosa que finalmente no ocurrió6. La posición asumida por el liberalismo tras ese episodio terminó por confirmar su hipótesis sobre la incapacidad del partido de cumplir el papel de motor de transformación económica y social y significó su ruptura definitiva con esa colectividad.

La represión y la violencia que sobrevinieron en los años siguientes tuvieron un fuerte impacto en su vida: los espacios políticos y sindicales en que se desenvolvía fueron clausurados y en 1951 fue declarado insubsistente de su cargo como catedrático de la Universidad Nacional7. No obstante, fue una época muy productiva en términos intelectuales, como lo testimonia la publicación de: Sociología Americana (1950) y Temas fundamentales de la Filosofía del Derecho (1954). La prevalencia de la labor intelectual –en este caso escritural– puede entenderse como una forma de evasión de la represión imperante contra comunistas, nueveabrileños y librepensadores en general, sin renunciar a sus ideas y preocupaciones políticas. En su caso no es un abandono de lo político sino una estrategia ante el cierre de ciertos espacios de actuación (la plaza pública, la cátedra, el sindicato, etc.) que permitió al intelectual seguir desarrollando un pensamiento crítico. Valga decir que estos textos responden a una senda de reflexión del autor sobre las posibilidades del marxismo como método

6

Hace referencia a los intentos de transformar la protesta espontánea por el asesinato de Gaitán en un movimiento “revolucionario” que depusiera al gobierno conservador de Mariano Ospina, impulsados durante la tarde y noche del 9 de abril por la autoproclamada Junta Revolucionaria y algunos sectores radicales. Pese a que en algunos lugares la resistencia gaitanista logró proyectarse políticamente y sobrevivió varios días, como en Barrancabermeja, la aceptación de la propuesta de Ospina la mañana del 10 de abril, de conformar un gabinete ministerial con participación liberal fue interpretada acertadamente por Montaña Cuéllar como el abandono de cualquier pretensión de transformación política por esa colectividad. Arturo Alape, El Bogotazo: Memorias del olvido (La Habana: Casa de las Américas, 1983).

7

Archivo Central e Histórico. Universidad Nacional de Colombia. Fondo Hojas de vida profesores. Carpeta Diego Montaña Cuéllar.

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Luz Ángela Núñez Espinel | 140 | 140 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real para la investigación y análisis de la realidad que se retoma de manera importante en su obra posterior8.

Pero ese repliegue de su actuación en la política local y en el movimiento sindical en la década de 1950 tiene otras aristas a considerar, como su participación en el Movimiento por la Paz Mundial gracias a una invitación del pcc9. En octubre de 1952 asistió a la conferencia de los países del Asia y del Pacífico que se reunió en Pekín, experiencia que lo impactó profundamente y sobre la cual escribió el libro Por los Caminos de la Paz (1953), donde se evidencia la fuerte y positiva impresión que le significó el encuentro con la cultura y la revolución China10. Este viaje le permitió asumir las preguntas del comunismo de la posguerra desde una posición privilegiada11, al situarse como testigo del proceso chino y partícipe de una vasta red de militantes comunistas y socialistas de diferentes lugares del mundo.

Tras la caída de la Dictadura de Rojas Pinilla en 1957 enfiló sus esfuerzos a la reconstrucción del sindicalismo independiente (esto es, no confesional y no patronal) mediante su labor como asesor de los trabajadores petroleros y participó en la fundación de la Unión Popular Nacional, un movimiento político de oposición al Frente Nacional. Posteriormente, reingresó al pcc y llegó a ser miembro del Comité Ejecutivo del Partido, no

8

Por la tradición jurídica del país existía cierto nivel de reflexión sobre filosofía del Derecho, basada en corrientes positivistas y neotomistas; en menor medida se seguía el debate entre formalistas y antiformalistas y se daban a conocer corrientes novedosas como la fenomenología o el marxismo. Jorge Ortega Torres realizó a finales de la década de 1960 una bibliografía comentada sobre la materia, “Bibliografía Jurídica Colombiana. Filosofía del derecho”, Boletín Cultural y Bibliográfico 12, n.° 8 (1969): 123- 132. Un análisis de mayor alcance sobre la recepción de teorías trasnacionales del derecho en Colombia puede verse en Diego Eduardo López Medina, Teoría impura del derecho. La transformación de la cultura jurídica latinoamericana (Bogotá: Legis, 2004).

9

Diego Montaña Cuéllar, Memorias (Bogotá: Universidad Nacional, 1996), 303-318.

10

Diego Montaña Cuéllar, Por los caminos de la paz (Bogotá: Editorial Los Andes, 1953). Esta obra, perteneciente al género de los libros de viajes, merecería un estudio en sí mismo, por su carácter iniciático de una nueva ruta para los revolucionarios latinoamericanos, diferente a la URSS, y por los interrogantes que supone el rol que asume el narrador, la minuciosidad fáctica del relato y el asombro siempre positivo que evidencia el texto. Beatriz Colombi, “El viaje y su relato”, Latinoamérica. Revista de estudios latinoamericanos, n.° 43 (2006): 11-45.

11

El triunfo de la revolución China (1949) actualizó los interrogantes sobre la construcción del socialismo en países con población mayoritariamente campesina y sobre la caracterización de los modos de producción en sociedades no europeas. Adicionalmente, la nueva realidad de la posguerra generó una honda reflexión sobre las posibilidades inmediatas de la revolución y/o la convivencia con el capitalismo.

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| 141 | 141 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas exento de la crítica de ciertos sectores que lo tachaban de ser “intelectual” y “burgués”12. Estos cuestionamientos no eran nuevos, expresaban la incomodidad que producía en el partido su pensamiento independiente y crítico. Por supuesto, se le reconocía su capacidad y compromiso políticos, así como el liderazgo que ejercía entre los sindicatos petroleros, pero se esperaba que él, como todos los militantes, acatara sin cuestionar la línea partidista13. Paradójicamente, fue su trayectoria intelectual la que jugó a favor para que el pcc le confiara la tarea de redactar un libro sobre las luchas sociales en Colombia, en respuesta a una invitación de la editorial Platina de Argentina. En las siguientes secciones se analizará el contexto de producción de la obra, cómo aborda el tema de la violencia y algunos aspectos de la recepción del texto, buscando con ello contribuir a la historia del libro de izquierda en los años sesenta en Colombia.

Colombia país formal y país real: un libro comunista con libreto propio Colombia país formal y país real fue publicado en Buenos Aires en 1963 por la Editorial Platina, como tercer volumen de la colección Problemas de América. Platina era una editorial comunista Argentina, reconocida por su contribución a la difusión de la obra de Mao en América Latina14. Con la Colección Problemas de América, iniciada en 1961, se buscaba dar a conocer la situación de cada país enfatizando en la perspectiva de las luchas sociales15. Retrospectivamente, esta colección se inscribe en una

12

Cifuentes, Diego Montaña Cuéllar, 99-101.

13

El antintelectualismo del PCC merece un estudio más detallado para entender su complejidad. Diferentes testimonios apuntan a definirlo como una desconfianza en los intelectuales, debido a su propensión a salirse de la línea partidaria y a su estilo de vida diletante, tal como sería el caso que venimos señalando. En diferentes momentos, además, se adelantaron campañas de proletarización del partido, que implicaron detrimento del lugar político y simbólico de los intelectuales; como ocurrió a raíz de la resolución del Pleno Ampliado de 1934, pero falta mayor exploración sobre esta temática. Medófilo Medina, Historia del Partido Comunista. (Bogotá: CEIS, 1980), 214; Álvaro Delgado, Todo Tiempo pasado fue peor (Medellín: Ediciones La Carreta, 2007), 221.

14

Adrián Celentano, “Las ediciones del maoísmo argentino”, ponencia presentada al Primer Coloquio Argentino de estudios sobre el libro y la edición (La Plata: 2012), 62-78. Disponible en http://coloquiolibroyedicion.fahce.unlp.edu.ar/actas/ponencias-por-titulo-i-2012

15

Colombia País formal y país real fue el tercer libro de la colección. En 1961 había sido publicado Brasil

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Luz Ángela Núñez Espinel | 142 | 142 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real nueva fase en la historia de las izquierdas caracterizada por una perspectiva latinoamericanista, de ahí la necesidad de conocer más en profundidad la realidad del continente, tarea que se le encomienda a intelectuales revolucionarios de cada país16.

El mundo editorial comunista argentino contrastaba enormemente con la situación colombiana, donde el tamaño de la organización, el perfil de los militantes y la represión sufrida en los años cincuenta limitaba enormemente cualquier empresa editorial. Aunque el pcc tenía cierta matriz antintelectual, en la década de 1940 se había dado una breve experiencia de ingreso de intelectuales y estudiantes universitarios que oxigenaron la vida del partido sin llegar a constituir una tendencia definida17. En la década de 1950, la oposición a la dictadura de Rojas Pinilla y a la violencia definieron los contornos de la acción política comunista a nivel interno. Ante la imposibilidad de desplegar sus medios periodísticos y editoriales, en los años de la dictadura el pcc privilegió otros medios de comunicación impresa más efímeros e irregulares, acordes a la situación de clandestinidad en que actuaba18.

Tras el fin de la dictadura, el partido respondió rápidamente con la publicación del periódico Voz de la Democracia (julio de 1957) y la revista Documentos Políticos (1957-1984). Esta última era parte de una estrategia del comunismo para agitar y posicionar su punto de vista frente a los debates de las izquierdas de la época en un medio clave como el de las revistas19. A finales de los cincuenta el pcc todavía era hegemónico dentro siglo XX, del escritor y militante comunista Rui Facó, y Bolivia: el Prometeo de los Andes, de Raúl Ruiz Gonzalez, militante del PIR, fundador del Partido Comunista de Bolivia y dirigente de la tendencia pro-China que en 1964 se escindió. Adriana Petra, “Intelectuales comunistas en la Argentina (1945- 1963)” (Tesis doctoral inédita, Universidad Nacional de La Plata, 2013), 374, https://www.bibhuma.fahce. unlp.edu.ar/Record/aTESIS00888#localizacion

16

Michael Löwy, El Marxismo en América Latina (Santiago: LOM Ediciones, 2007).

17

Luz Angela Núñez Espinel, “Obreros e intelectuales en Colombia: el caso del Partido Socialista Democrático”, en El movimiento obrero y las izquierdas en América Latina, vol II, eds. Hernán Camarero y Martín Magiantini (Raleigh: Universidad Estatal de Carolina del Norte – Editorial a Contracorriente, 2018), 25-49.

18

Tomás Mantilla Lozano, “Clandestina y emotiva. La propaganda comunista durante la Violencia y la Restauración Conservadora (1948-1957)” (Tesis de pregrado inédita, Universidad de Los Andes, 2021), http://hdl.handle.net/1992/54985

19

Javier Calderón Castillo, “El Taller del marxismo en Colombia”, Tabula Rasa, n.° 42 (2022): 255-286, https://doi.org/10.25058/20112742.n42.11

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| 143 | 143 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de la izquierda, pero su capacidad de irradiación de lecturas críticas de la realidad a otros sectores (como el público letrado urbano) era muy limitada pese a estos esfuerzos editoriales20.

En este contexto se consideró necesaria la elaboración de una obra que recogiera la experiencia histórica del partido y proyectara las posibilidades de la política comunista para el futro inmediato, a lo cual se apuntó inicialmente con el libro Treinta años de lucha del Partido Comunista de Colombia (1960)21.

Colombia país formal y país real pretendía contribuir también a ese propósito, pero con una proyección más vasta, como lo ha señalado el historiador Medófilo Medina, para quien el libro respondía a “la necesidad de legitimación histórica que experimentaba la izquierda, que apenas emergía de una situación de persecución y clandestinidad y que barruntaba posibilidades nuevas de llegar a públicos más amplios que aquellos a los cuales se había dirigido en el pasado”22. Particularmente, el estudiantado se había convertido en un actor importante por la expansión de la matrícula universitaria y por el fortalecimiento político del movimiento estudiantil debido al rol asumido contra la dictadura de Rojas Pinilla. La invitación de Editorial Platina al pcc para la elaboración del libro significaba también la posibilidad de participar de manera directa en los circuitos internacionales de publicaciones comunistas y por ello se seleccionó a una figura que pudiera estar a la altura de la tarea. Poco tiempo atrás se había nombrado una comisión de miembros del Comité Central del pcc para la redacción de una historia oficial del partido con motivo de su treinta aniversario, pero en este caso se optó por delegar a Diego Montaña Cuéllar, quien para ese entonces era miembro del Comité

20

Existía un pequeño Partido Socialista fundado por Antonio García a comienzos de los cincuenta, pero su adhesión a la dictadura le había generado cierto desprestigio entre los sectores progresistas. Archila y Cote, “Auge, crisis y reconstrucción”, 64.

21

A finales de los años sesenta el PCC lanzó Estudios marxistas (1969-1987), con un perfil diferente a Documentos Políticos, donde se publican artículos de análisis social y de investigaciones marxistas que se destacan por su riqueza empírica. Esta publicación busca responder desde la orilla comunista a los retos impuestos por el auge de la Nueva Izquierda a finales de la década.

22

Medófilo Medina, “La historiografía política del siglo XX en Colombia”, en La Historia al final del milenio. Ensayos de historiografía colombiana y latinoamericana, Vol. 2 (Bogotá: Universidad Nacional, 1994), 460.

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Luz Ángela Núñez Espinel | 144 | 144 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real Ejecutivo del Partido y tenía relaciones con los círculos políticos e intelectuales de Buenos Aires, debido a su participación en el Movimiento por la Paz Mundial.

El encargo partidista a un militante destacado no fue óbice para que Montaña Cuéllar se saliera de la ortodoxia y planteara dos de los puntos de debate que paulatinamente irían diferenciando la Nueva Izquierda: de manera muy clara, la consideración de la revolución cubana como ejemplo a seguir; y de manera más velada, la crítica a la política de coexistencia asumida por el pcc23.

El autor hizo un notable acopio de materiales durante la preparación del libro24, buena parte de los cuales sirvieron de base para dos obras posteriores sobre temas específicos: la política petrolera y la formación de las clases sociales en Colombia25. Debido al cronograma impuesto por la editorial argentina, debió trabajar contrarreloj para entregar el manuscrito y en el prólogo a la segunda edición señaló esta situación como la culpable de los fallos que presentaba el trabajo en cuando a la inexistencia de una bibliografía al final de la obra y la falta de datos en muchas referencias26. La redacción se realizó en medio de sus actividades como dirigente comunista, asesor sindical y profesor de la Universidad Libre. Los meses anteriores a la publicación del libro (a finales de septiembre de 1963) fueron de actividad frenética para el autor. Montaña Cuéllar estaba empeñado en volver a poner en funcionamiento la escuela sindical de la Universidad Libre, para lo cual le pidió ayuda al viejo dirigente Ignacio Torres Giraldo27

23

Tomamos como referente conceptual para la definición de la “Nueva Izquierda” y para determinar sus puntos de diferenciación con la izquierda comunista a Archila y Cote, “Auge, crisis y reconstrucción”,

65-66.

24

Diego Montaña Cuéllar, Colombia país formal y país real (Buenos Aires: Platina, 1963). Esta edición es nuestro foco de análisis y para evitar recargar el texto con notas solamente se indica la página referenciada entre paréntesis dentro del texto. Cuando se utilizan ediciones diferentes, se cita de manera convencional.

25

Respectivamente, Patriotismo burgués, nacionalismo proletario (Bogotá: Ediciones La Chispa, 1976) y Colombia Social (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1998).

26

Diego Montaña Cuéllar, “Prologo a la segunda edición” en Colombia país formal y país real (Bogotá: Editorial Latina, 1977), 7.

27

Ignacio Torres Giraldo, objeto de análisis en el capítulo II de la segunda parte de este libro, por Camilo Serrano.

p. 147

| 145 | 145 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas para que juntos elaboraran un nuevo plan de estudios y reglamentación28. No obstante, la mayor parte del tiempo y energía la destinaba a la asesoría de los obreros petroleros, quienes estaban en conflicto con Ecopetrol desde febrero de ese año y adelantaron una huelga entre el 19 de julio y el 30 de agosto. La represión del movimiento implicó la detención de los principales líderes obreros y de los asesores sindicales, por lo que la noticia de la salida del libro casi le llega a Montaña Cuéllar a la cárcel donde estaba recluido, desde mediados de agosto, bajo el cargo de sedición comunista, un eufemismo para encubrir la persecución oficial por haber apoyado a los huelguistas de Ecopetrol.

El libro se centra en la historia contemporánea del país, aunque dedica algunos capítulos al periodo prehispánico, a la colonia y a la independencia, dando a la luz uno de los primeros cuadros de historia general de Colombia. Pero el autor sentía que su trabajo se ubicaba bajo el ala de la sociología y no de la historia. Una premisa subyacente en la elaboración del libro es la necesidad de desarrollar una sociología americana, esto es, un estudio social e histórico que develara las características propias del continente o de cada uno de sus países, partiendo del supuesto de que eran diferentes a las europeas. Montaña Cuéllar había ostentado la cátedra de Sociología Americana en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional en la década de 1940 y había publicado un libro de título homólogo en 195029, en un contexto en que no se practicaba la sociología como disciplina autónoma en las universidades colombianas. Como fundamento teórico-metodológico Montaña Cuéllar apostó por el marxismo, al que considera superior a otras teorías. De allí se colige que es el trabajo social el sustrato que configura la sociedad. Sociología

28

Diego Montaña Cuéllar, Carta a Ignacio Torres Giraldo (Medellín) (Bogotá, 8 de agosto de 1963), Biblioteca Universidad del Valle, Fondo Ignacio Torres Giraldo, https://hdl.handle.net/10893/12372

29

Diego Montaña Cuéllar, Sociología Americana (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1950). Ni esta obra ni el autor suelen considerarse como parte de los orígenes de la sociología en Colombia, pese a tratarse de una publicación universitaria. Orlando Fals Borda, “Cuarenta años de sociología en Colombia. Problemas y proyecciones”, Revista Colombiana de Sociología 6, n.° 1 (2001): 7-15, https://revistas.unal.edu.co/index.php/recs/article/view/11047. Hesper Eduardo Pérez Rivera, “La sociología en la perspectiva del desarrollo nacional colombiano”, Revista Colombiana de Sociología 6, n.° 1 (2001): 27-36. https://revistas.unal.edu.co/index.php/recs/article/view/11050

p. 148

Luz Ángela Núñez Espinel | 146 | 146 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real Americana fue considerada por el autor como su primer ensayo sistemático de aplicación del marxismo para el análisis social, cuyos resultados retomaría ampliamente –tanto en la estructura organizativa del texto como en el análisis de fondo– en Colombia país formal y país real. Esta obra también es tributaria de Temas fundamentales de la filosofía del Derecho, libro en el cual había analizado el derecho desde una perspectiva dialéctica. Montaña Cuéllar se desmarca de la perspectiva positivista de la historia según la cual las instituciones son reflejo de la sociedad e indaga por la función que estas cumplen en el ámbito de la legitimación ideológica, así como su capacidad moldeadora de las clases sociales y las fuerzas productivas. Por ello, compartimos la hipótesis de Ricardo Sánchez, para quien “La tesis de fondo que inspira el título de la obra, es el intento de correr el velo del fetichismo jurídico-ideológico y político-violento que explica buena parte de la personalidad histórica de Colombia”30. Colombia País formal y país real evidencia un conocimiento más profundo de la obra de Marx, si lo comparamos con sus trabajos de la década de 1940. La Ideología Alemana y El Capital le sirven como base para la reflexión sobre el fetichismo de derecho y para analizar el desarrollo de las clases en Colombia. Sobre este último punto el análisis se ha sacudido parcialmente del esquematismo previo del autor, se recurre mucho menos a la cita de autoridad y trata de fundamentar sus argumentos en el análisis de acontecimientos cifras y datos, aunque en algunos casos la referenciación de las fuentes es descuidada o incompleta.

El libro inicia con un capítulo titulado “La Atenas Suramericana. Hipérbole de don Marcelino Menéndez y Pelayo”, como una crítica al título que le otorga el erudito español a Bogotá a finales del siglo xix. El autor analiza las afinidades político-ideológicas que explican dicha denominación y las contrasta ampliamente con crónicas de la época que rinden testimonio contrario a ese supuesto clima de erudición y refinamiento cultural que predominaba en la capital del país. Este capítulo sigue muy de cerca las reflexiones de Marx en La Ideología Alemana, preguntándose por

30

Ricardo Sánchez, “Prologo. La historia como pasión intelectual”, en Diego Montaña Cuéllar, Colombia Social (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1998), XIV.

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| 147 | 147 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas la relación entre la estructura, la superestructura y la conciencia social, y deteniéndose de manera cuidadosa en el papel del lenguaje. En principio puede parecer disonante que en un libro que sigue una clara estructura cronológica, desde las comunidades precolombinas hasta comienzos de la década de 1960, inicie con un capítulo dedicado a analizar por qué Bogotá se conoció como la Atenas Sudamericana a finales del siglo xix. No obstante, Montaña Cuéllar utiliza este capítulo introductorio para desplegar los elementos centrales de su argumento: el lenguaje no solamente expresa la relación entre el hombre y los objetos del mundo que lo rodean, sino que es en sí mismo un proceso psíquico de elaboración social. Acorde con la perspectiva materialista, el lenguaje no es reflejo de la realidad sino resultado de la capacidad de abstracción del hombre, que, además de la comunicación, le permite el conocimiento del mundo actual y de las experiencias pasadas (pp. 12-13).

Afirma que el lenguaje es una creación social, expresión de la conciencia práctica, elaborado más por el pueblo que por las academias. Pero, mediante el entramado jurídico de la colonia y la república, se le veta al pueblo la posibilidad de expresión y participación en los ámbitos de la política y la justicia, de manera que prima la forma sobre la realidad. Cuando Montaña Cuéllar establece la dicotomía entre lo formal y lo real, no solamente está haciendo referencia a una distorsión de la historia o un falseamiento de los hechos en favor de una clase dominante, sino a la configuración histórica que signa como rasgo distintivo del país el formalismo jurídico (p. 8).

Circulación y recepción del libro en los albores de la Nueva Izquierda La publicación del libro se inscribe en una coyuntura compleja, donde coinciden los intentos de reorganización del pcc después de La Violencia y la dictadura con un fuerte cuestionamiento del lugar hegemónico de ese partido por parte de otros grupos revolucionarios. La erosión del lugar del pcc puede llevar a preguntarse por la pertinencia de examinar un libro

p. 150

Luz Ángela Núñez Espinel | 148 | 148 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real comunista. En este caso no se trata de rescatar una obra que en un momento de cambio se erige como defensor de la ortodoxia, sino de iluminar aquellos ángulos donde el autor mismo tensa la línea partidaria sin que se produzca todavía una ruptura, sirviendo como caja de resonancia a las preguntas de la época. También, porque permite ver un caso de circulación de conocimiento, específicamente sobre la violencia, y en el largo plazo las agendas investigativas propias del autor.

Está muy poco desarrollada la historia de la recepción del libro en nuestro país, no solamente porque se trata de una pregunta incorporada de manera reciente a la disciplina31, sino por la dificultad de las fuentes, situación que también se aplica a nuestro objeto de estudio. Antes de presentar los debates y el contexto de recepción de la obra, debemos anotar que la circulación del libro es incierta, pero excedió ampliamente la tirada editorial mediante estrategias propias de la época como el préstamo, la lectura colectiva, el mercado editorial de segunda y la impresión de copias mimeografiadas32.

Diversas fuentes coinciden en señalar que el libro se leyó en las aulas universitarias en los años sesenta y setenta, sin alcanzar el lugar logrado por el trabajo de Mario Arrubla, Estudios sobre el subdesarrollo colombiano (1969), pues contribuía a la pregunta fundamental sobre la transformación social en el país en un contexto universitario fuertemente politizado y ávido de métodos y respuestas “científicos” de interpretación social. Cabe aclarar que en algunos casos el libro se leía por iniciativa del docente, pero también de manera autónoma por parte de grupos políticos o de estudio que funcionaban en las universidades al margen de los cursos oficiales. En el campo sindical logró un lugar canónico, principalmente entre los dirigentes petroleros, donde existía cercanía y reconocimiento hacia la labor política y de asesoría sindical de Diego Montaña Cuéllar, pero otras fuentes también señalan que circuló entre profesores

31

Horacio Tarcus, “La historia intelectual y la problemática de la recepción”, en Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos (Buenos Aires: Siglo XXI, 2007).

32

Alberto Pinzón Sánchez señala la circulación de copias mimeografiadas del libro, “Colombia país formal y país real”, Radiomacondo, 21 de junio de 2021, https://www.radiomacondo.fm/columna/colombia-pais-formal-pais-real/

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| 149 | 149 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de secundaria, quienes en muchos lugares ocupaban un lugar político-intelectual preminente33.

Los libros de izquierda tienen una funcionalidad política; por tanto, las reediciones son indicativas de una especie de relación de interdependencia entre el editor interesado en difundir cierto contenido político y un lector ávido de apropiarse de sus contenidos. Ello explica parcialmente los avatares de Colombia País formal y país real. En su momento, las posiciones del autor y sus cuestionamientos al pcc le valieron la salida del partido, por lo que la recepción del libro estuvo parcialmente mediada por este debate nuclear de las izquierdas y las tentativas de acercamiento del autor hacia el maoísmo. Esa fractura implicó la pérdida de cualquier interés del pcc en la reedición de la obra y su apropiación, una década más tarde, por la Editorial Latina, perteneciente al circuito editorial de la Nueva Izquierda, que hizo una nueva edición en 1976 y una reimpresión en 197734.

Las ediciones de la década de 1970 incluyen un apéndice titulado “Los problemas estratégicos y tácticos de la revolución en Colombia”, que corresponde a una serie de materiales escritos por el autor en 1967 y que el mismo Montaña Cuéllar caracterizó como continuación de los temas esbozados en el último capítulo del libro sobre las posibilidades inmediatas para la acción revolucionaria y las lecciones del caso cubano relacionadas con la lucha guerrillera35. En el prólogo a la segunda edición, el autor remarcaba que sus planteamientos habían suscitado reacciones “de derecha” como las del pcc y de “ultraizquierdistas” que relegaban la lucha teórica y el papel del partido en el proceso revolucionario, situándose en

33

Entre estas fuentes se encuentran: Ibid.; Medina, “la Historiografía política”, 462 y Ricardo Sánchez, De la memoria a la acción: crítica histórica (Cali: Universidad del Valle, 2003), 167.

34

En algunos casos se cita una edición publicada por Suramérica en Bogotá, en 1963, pero esta no es mencionada por Montaña Cuéllar en su prólogo a la edición de 1977. Posiblemente, se trata de una reimpresión de la edición argentina hecha en Bogotá y por ello no se considera una edición diferente.

35

Estos materiales habían circulado profusamente en forma de folletos desde 1967, alimentando el debate iniciado por el libro en 1963. Su trascendencia se puede calibrar por su inclusión en la Antología del pensamiento crítico colombiano contemporáneo coordinada por Víctor Manuel Moncayo (Buenos Aires: CLACSO, 2015), 119-138. La respuesta oficial del pcc a la polémica se publicó inicialmente en Voz Proletaria (30 de noviembre de 1967) y posteriormente circuló como un folleto de la dirección del pcc. Ver: Álvaro Vásquez, “Respuesta a Diego Montaña Cuéllar”, en Para la acción revolucionaria” (Bogotá: Fondo Editorial Suramérica, 1980), 115-150.

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Luz Ángela Núñez Espinel | 150 | 150 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real un imaginario punto medio, referido no a la moderación de su posición, sino a la supuesta corrección de sus planteamientos36. En lo inmediato, el autor participó en varios acontecimientos y debates que significaron fracturas y aparición de nuevos grupos de izquierda revolucionaria, en los que pudo exponer y ampliar los argumentos del libro, pero que al mismo tiempo eran interpretados como evidencia de que el análisis realizado en el último capítulo, sobre las posibilidades de la acción revolucionaria en el país, era acertado.

La hegemonía del pcc en el campo de la izquierda empezó a resquebrajarse en 1959 con el nacimiento del Movimiento Obrero, Estudiantil y Campesino (moec), proceso que se aceleró en el periodo de 1962 a 1965 por el surgimiento de grupos de variada orientación ideológica, muchos de ellos por desprendimientos o escisiones del viejo partido comunista, entre ellos Arco, Partido de la Revolución Socialista (prs), Partido Comunista Marxista Leninista (pc-ml), Fuar, Frente Unido y eln37. Influyeron en este proceso la cambiante configuración teórica y geopolítica del campo socialista internacional, la proyección de la conferencia de Bandug (1955) y del Movimiento de los No Alineados (1961) y el debate sobre la lucha armada en la vía revolucionaría, aspectos que sirvieron como mojones de diferenciación ideológica.

Se tiende a asumir que el pcc tenía una posición monolítica sobre estos puntos, pero esta organización también sufrió una evolución interna y tuvo que ajustar sus concepciones –así fuera de manera parcial–, a la nueva realidad internacional, como se evidencia en caso de la Revolución Cubana. En Colombia, a diferencia de otros lugares, el debate sobre la conveniencia de la lucha armada se dio en un contexto de violencia y confrontación política, con presencia de grupos armados de diferente tipo, por lo que el posicionamiento de cada uno se basaba no solamente en referentes teóricos externos, sino en la realidad local inmediata.

36

Montaña Cuéllar, “Prologo a la segunda edición” (Bogotá: Editorial Latina).

37

Para esta caracterización nos apoyamos en dos textos de Mauricio Archila que analizan el proceso en su conjunto (aunque reconocemos la existencia de literatura especializada sobre cada uno de los grupos y partidos que surgieron en este contexto): “¿Utopía armada? Oposición política y movimientos sociales durante el Frente Nacional”, Controversia, n.° 168 (1996): 25-53 y el citado “Auge, crisis y reconstrucción…”.

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| 151 | 151 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas En 1949 el pcc lanzó su consigna de autodefensa como estrategia de sobrevivencia para los núcleos de campesinos y militantes afectados por La Violencia, sin que ello significara privilegiar la vía armada para la toma del poder. En los comienzos del Frente Nacional, cuando a nivel internacional ya se había decidido la política comunista de coexistencia pacífica y privilegio de la vía electoral, el partido desmovilizó las autodefensas. Muy pronto, en 1961, el IX Congreso del pcc proclamó la consigna de “Combinación de todas las formas de lucha” –nuevamente– sin que ello significara una opción decidida por la lucha armada. Una ambigüedad similar puede identificarse en la posición partidaria frente a China, que hasta comienzos de la década de 1960 alentó la asimilación de la experiencia revolucionaria china y dedicó importantes esfuerzos editoriales (en materia de publicación de libros, folletos y artículos) a la difusión de la revolución de la nueva democracia y del pensamiento de Mao Tse Tung. En octubre de 1963, menos de un mes después de la publicación de Colombia país formal y país real, el 29.º Pleno del Comité Central del pcc se distanció radicalmente de la Revolución China, argumentando que era contraria a su línea política y fomentaba el extremismo y el divisionismo38.

Como puede verse, el libro de Montaña Cuéllar navegaba sobre la cresta de una ola donde confluían estos debates. Buena parte de la polémica cursó en la prensa y en folletos impresos por los diferentes grupos políticos, pero la coyuntura de la publicación del libro hizo que este se convirtiera en un referente en la discusión.

Montaña Cuéllar trató el tema de las guerrillas en dos momentos. El primero, en el capítulo sobre La Violencia, donde analizó el surgimiento de grupos guerrilleros en Tolima, Antioquia y Santander. Allí siguió la posición del pcc sobre la lucha guerrillera, emanada del 14° Pleno del Partido, donde se afirmaba que las guerrillas colombianas no habían surgido de un

38

Mauricio Archila, “El maoísmo en Colombia: la enfermedad juvenil del marxismo-leninismo”, en Una Historia Inconclusa. Izquierdas políticas y sociales en Colombia (Bogotá: Cinep, 2009), 183-184; Rodolfo Hernández, “La difusión del comunismo chino en Colombia, 1949-1963. El aporte editorial del Partido Comunista de Colombia pcc”, Goliardos, n.° 18 (2015): 70-91 https://repositorio.unal.edu.co/handle/ unal/64633

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Luz Ángela Núñez Espinel | 152 | 152 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real plan preestablecido sino de la necesidad de los campesinos de defenderse de la violencia, y avizoraba la posibilidad de que estas organizaciones entraran una fase superior si lograban fundirse con las luchas agrarias. El autor comparte esta interpretación, pero considera que en la década de

1960 el proletariado debe estar a la cabeza de la lucha revolucionaria. Su

principal cuestionamiento no se dirige contra la política del pcc sino contra la inacción de los dirigentes, que impide lograr una mayor incidencia política de la línea del partido.

El segundo momento en que trabajó el tema, fue cuando planteó las posibilidades inmediatas de acción política. Allí presenta a la Revolución Cubana como modelo a seguir, pero también anota que no es un proceso susceptible de copia mecánica, sino que la perspectiva de triunfo depende de la política que desarrolle el partido y de su capacidad de ampliar la conciencia de las clases trabajadoras. Constantemente ratifica su adhesión a los principios del marxismo-leninismo y no hay una perspectiva explicita de ruptura con el pcc, aunque entre líneas se puede ver cierto cuestionamiento a que este sea en realidad “el partido de la clase obrera” y por lo tanto a que pueda dirigir la revolución. El texto no alienta de manera directa la creación de grupos guerrilleros y critica el uso sin límite de la violencia. Explica históricamente el origen de las guerrillas colombianas como una forma de autodefensa en el periodo de La Violencia, pero sobre su papel en la revolución acude a una fórmula genérica de uso entre los comunistas de la época: “la revolución puede ser cruenta o pacífica, lo cual en uno u otro caso no depende de las fuerzas revolucionarias sino de la contrarrevolución” (p. 286).

Así las cosas, tanto quienes estaban a favor del foquismo como quienes se pronunciaban en contra, creyeron encontrar en las palabras del autor argumentos para su posición. Adicionalmente, su permanencia dentro del pcc se fue haciendo cada vez más difícil por la adopción de posiciones contrarias a la línea oficial y la imposibilidad de adelantar un debate abierto dentro de la organización. Aunque siguió actuando a nombre del partido tres años más, sus ideas se asociaban más con otras

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| 153 | 153 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas expresiones políticas que con el pcc, como se evidencia en la participación que tuvo en el Frente Unido, liderado por Camilo Torres39. En enero de 1966 se desarrolló la Conferencia Tricontinental en La Habana (Cuba) a la cual fueron invitados delegados del pcc y del Frente Unido. El objetivo del encuentro era unificar esfuerzos de los movimientos revolucionarios de África, Asia y América Latina para enfrentar el colonialismo, el imperialismo y las llamadas fuerzas reaccionarias de los tres continentes, por lo que la discusión sobre las formas de lucha que podían adoptarse estuvo a la orden del día, así como posiciones divergentes sobre el papel del partido político en la lucha revolucionaria. Diego Montaña Cuellar presidió la delegación del pcc a la Tricontinental y, según su relato, su posición tomaba distancia de las perspectivas ultraizquierdistas que pretendía imponer la lucha guerrillera como única forma de lucha aceptable, situándose en consonancia con la línea que resultó vencedora, expresada en el reconocimiento hecho por la Conferencia del derecho de los pueblos del mundo a recurrir a las formas de lucha que fueran necesarias –incluyendo la armada– para conquistar su independencia40. Aunque la fórmula adoptada por la Tricontinental fue defendida por la delegación colombiana, era evidente cierta incomodidad del pcc, que salió a aclarar a sus militantes que “no es una adhesión irrestricta ni una promoción de la lucha armada, pues reconoce el papel de los movimientos de masas en los países que mantienen ciertas garantías constitucionales”41. La posición del comunismo colombiano sobre el tema es bastante compleja de caracterizar y presenta matices diferentes hacia el exterior y frente a lo que ocurría en el país. Aunque en el IX Congreso de junio de 1961 el pcc aprobó la tesis de la combinación de todas las formas de lucha, ello no significó una ruptura con la política de coexistencia

39

Su visión y análisis de esa experiencia se encuentra en: Diego Montaña Cuéllar, “Camilo Torres, el cura guerrillero”, Historia y Sociedad, n.° 4 (1997): 54-55, https://revistas.unal.edu.co/index.php/hisysoc/article/view/20300

40

Diego Montaña Cuéllar, “Apéndice. Los problemas estratégicos y tácticos de la revolución en Colombia”, en Colombia país formal y país real, (Bogotá: Editorial Latina, 1976), 258-261.

41

Voz Proletaria, 24 de febrero de 1966, citado en Jaime Alejandro Liben Poveda, La Tricontinental, la rebelión de los oprimidos. Influencia y consecuencias en Colombia. (Trabajo de pregrado inédito, Universidad Pedagógica Nacional, 2022), 123.

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Luz Ángela Núñez Espinel | 154 | 154 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real pacífica definida por la urss en 1956 y adoptada en el VIII Congreso de

1958. Tampoco implicó apoyo a las expectativas que alentó la Revolución

Cuba sobre la vía armada, pero permitía explicar las relaciones con algunos grupos guerrilleros que luego se unificaron en las farc. De acuerdo con el dirigente comunista Álvaro Delgado, para la época de la Tricontinental ya existían diferencias serias entre Montaña Cuéllar y la Dirección del pcc, que continuaron ensanchándose en los meses siguientes42. La ruptura vino tras su participación en el evento fundador de olas, en Cuba, a comienzos de agosto de 1967. En su discurso ratificó el reconocimiento de la vía armada como una opción, mas no la única vía para la revolución. Afirmaba que los comunistas no rechazan las acciones de masas ni las actividades legales y reivindicó acciones como las insurrecciones y huelgas en las ciudades43.

A su regreso al país dio a conocer unas “tesis” que desarrollaban mucho más los planteamientos de la última parte de Colombia país formal sobre la acción revolucionaria, a la luz de los acontecimientos de los últimos años. Las “Tesis sobre los problemas estratégicos y tácticos de la revolución colombiana” fueron presentadas a discusión al Comité Ejecutivo del pcc y difundidas en diferentes medios escritos, lo que desató una tormenta que solo se apaciguó con la salida de Montaña Cuéllar del partido. En ese momento Montaña Cuéllar exhibía un compromiso radical con las ideas revolucionarias, pero desde el punto de vista de sus contradictores comunistas sus tesis eran “–por el fondo social que reflejan– un inventario incoherente de manidas concepciones pequeñoburguesas que no han resistido la prueba de la práctica”44. Paradójicamente, el lastre de su origen social servía para descalificar sus propuestas políticas, por revolucionarias que fueran.

Montaña Cuéllar constituye un caso de intelectual revolucionario que en los años sesenta y setenta contribuye a los debates y apuestas

42

Delgado, Todo Tiempo pasado, 211.

43

El evento tuvo un importante cubrimiento mediático y desplegó una fuerte actividad de los organismos militares y de inteligencia del país. Liben Poveda, La Tricontinental.

44

Voz Proletaria, 7 de diciembre de 1967, citado en María Teresa Cifuentes, Diego Montaña Cuéllar…, 129.

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| 155 | 155 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas políticas de la Nueva Izquierda, pero con una trayectoria mucho más dilatada, donde operan otros referentes además de los que se han considerado como propios de este tipo de intelectual (Sartre, Debray). La imagen del intelectual que se politiza y radicaliza al calor de los acontecimientos de los años sesenta no es suficiente para comprender su itinerario político-intelectual, así como tampoco la idea de ruptura generacional sirve para explicar su adscripción a la Nueva Izquierda45. Este personaje desde hacía tres décadas al menos había orientado su intervención en la vida pública (política) bajo el signo de la revolución. Lo que cambió fue el papel del Estado y de la llamada burguesía nacional en ese proceso, pues hasta la década de 1940 consideraba que los rezagos feudales del país debían superarse mediante la acción modernizante del Estado (dirigido por sectores avanzados del liberalismo). El abandono de esta idea a finales de los años cuarenta significó desechar la idea de la revolución por etapas dirigida desde el Estado para proponer una revolución contra el Estado existente y le permitió un dialogo más fluido con las corrientes emergentes de la Nueva Izquierda, así como cierto nivel de articulación de la experiencia nacional con los debates internacionales de los años sesenta. La ruptura ocurrió en 1948, pero la maduración teórica del tema lleva más de una década. Sus obras de los años cincuenta evidencian los avances de esas pesquisas hasta que en Colombia País formal y país real presenta un resultado más acabado. Como se mencionó previamente, el propósito central del libro es el desentrañamiento de la naturaleza del Estado (como aparato político-jurídico), evidenciando que un elemento consustancial es el ocultamiento de la realidad y el desarrollo de refinados mecanismos de dominación que dan un viso de legitimidad a las relaciones sociales basadas en la explotación y la violencia. En consecuencia, argumenta que la posibilidad de que el Estado desarrolle una política siquiera reformista es una ilusión vana y argumenta como única salida al

45

Claudia Gilman constituye un referente importante para el estudio del intelectual revolucionario, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina (Buenos Aires: Siglo

XXI, 2003).

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Luz Ángela Núñez Espinel | 156 | 156 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real fetichismo jurídico que ha atrapado a la sociedad colombiana, la transformación revolucionaria del Estado.

El análisis de la obra de Montaña Cuéllar da otra dimensión a su trayectoria política en los años sesenta. Los cuestionamientos al pcc, su participación en el Frente Unido y en los inicios del moir, no pueden considerarse producto del aventurerismo o la impresión de fenómenos internacionales como la Revolución Cubana o el Movimiento de la Tricontinental; tienen tras de sí un profundo análisis (lo que no quiere decir que sea necesariamente correcto) de la estructura social y política del país. Posiblemente, esa capacidad explicativa sobre la sociedad colombiana y sus aportes al debate sobre el futuro de la nación, desde una posición que reivindicaba la utopía revolucionaria, convirtió esta obra en un referente importante en los debates políticos de la Nueva Izquierda. Juan Guillermo Gómez sitúa los inicios del “libro de izquierda” a finales de los años sesenta y lo extiende a toda la década de 1970. Esta noción abarca los libros “publicados por una serie de editoriales de tendencia política de izquierda –de alguna manera identificado con los ideales de una revolución social de cuño marxista leninista– y que tuvieron el expreso propósito, por parte de sus editores, de contribuir a la agitación intelectual, política académica, entre diversos círculos de lectores radicalizados”46. En este sentido, definimos a Colombia país formal y país real como un libro de izquierda antes del libro de izquierda, enfatizando en su carácter iniciático y señero de este subgénero, en cuanto compartía la propuesta revolucionaria del ideario marxista-leninista y buscaba contribuir a la agitación político-intelectual entre los sectores más radicalizados de la sociedad. No fue publicado durante la explosión editorial de la Nueva Izquierda, sino bajo el auspicio del pcc, pero sus planteamientos alimentaron los debates de diferentes grupos y se le llegó a considerar como un referente de la literatura de izquierda para muchos militantes de las décadas de 1970 y 1980. Con ello queremos complejizar la noción de libro de

46

Gómez, Cultura intelectual, 60.

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| 157 | 157 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas izquierda, al incorporar –no sin tensiones– trabajos previos como este que venimos analizando.

El libro presenta unos de los primeros trabajos panorámicos sobre la historia del país, pero, al intentar situar las posibilidades políticas inmediatas para los grupos revolucionarios, el análisis se dilata en el periodo más reciente, esto es La Violencia y los inicios del Frente Nacional, constituyendo un caso excepcional para revisar la circulación y apropiación de las primeras investigaciones sobre La Violencia a comienzos de los años sesenta y la comprensión del fenómeno de la violencia en la historia nacional, ambos temas significativos para los debates políticos de la izquierda revolucionaria.

La violencia como eje articulador del libro El parteaguas para el surgimiento de una Nueva Izquierda en América Latina fue la experiencia cubana. Pero, como mencionamos previamente, para el caso colombiano la lucha guerrillera no era un dato externo, existían varios referentes internos, cercanos en el tiempo, que gravitaban en los análisis sobre el fenómeno. De allí que la comprensión de La Violencia (como periodo histórico singular) se convirtiera en un problema clave para entender las posibilidades, limitaciones o problemas insolubles de dicha opción, así como la configuración de la clase dominante. No es un dato menor que el análisis de La Violencia, incluyendo el primer gobierno del Frente Nacional ocupe alrededor de cien páginas, aproximadamente un tercio del libro.

En Montaña Cuéllar, como en otros intelectuales marxistas, se encuentra una dualidad irreductible entre la comprensión del marxismo como un método para el análisis de la realidad, y como vía (en este caso el marxismo-leninismo) para la construcción del socialismo. La necesidad de engranar estas dos perspectivas puede generar múltiples problemas, como una visión teleológica de la historia o el recurso del esquematismo. En efecto, el libro es esquemático, máxime si se le ve desde el presente, a la luz del estado actual de las ciencias sociales, pero las preguntas de fondo

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Luz Ángela Núñez Espinel | 158 | 158 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real que planteaba eran novedosas para la época y siguen teniendo vigencia el día de hoy. De un lado, las consecuencias que había traído para el país su condición colonial, no solamente en el terreno económico sino también en lo político y en su configuración social. De otro lado, cómo se podía entender la existencia paralela de instituciones políticas y jurídicas estables con altos niveles de violencia.

La centralidad de la violencia en la obra fue valorada a posteriori por el autor como uno de los grandes aciertos del libro, por cuanto “descorre el velo con que se ha pretendido cubrir la violencia que sirvió de cimiento al sistema capitalista”47. El análisis marxista enfatiza en el conflicto como matriz explicativa de los procesos sociales, generalmente evidenciando la existencia de relaciones de explotación de clase en el proceso productivo, no obstante que existe una amplia reflexión teórica desde el marxismo sobre la violencia. Montaña Cuéllar cabalga sobre esa idea general, buscando las consecuencias de las diferentes manifestaciones de la violencia en la estructura jurídica y en la lucha de clases.

La violencia como fenómeno general en un país colonial El autor presenta la violencia como eje explicativo del desarrollo social. En este sentido, no puede tildarse de economicista; como veremos más adelante, la hipótesis que intenta demostrar para el caso colombiano es la primacía de lo político sobre lo económico. La obra evidencia un intento de reflexión sobre la violencia como fenómeno consustancial a las sociedades de clase, pero desde una perspectiva situada en la realidad histórica de un país colonial y, posteriormente, dependiente del capital extranjero. Por esta vía, enuncia algunos puntos de vista cercanos a lo que luego se conocería como la escuela de dependencia, sin llegar a desarrollarlos48.

47

Montaña Cuéllar, “Prologo a la segunda edición”, 8.

48

Adrián Sotelo Valencia, “Marxismo y dependencia”, Utopía y praxis latinoamericana 225, n.° 89 (2020): 82-94. Habría que precisar que la difusión de la Escuela de la Dependencia es posterior a publicación de la primera edición del libro.

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| 159 | 159 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas En Colombia país formal y país real la violencia se analiza como un elemento inherente a la formación social basada en la explotación que se establece desde la conquista y la colonización del territorio por los españoles. En el largo plazo, las instituciones políticas y jurídicas cumplen el papel de ocultar o justificar la violencia, creando una brecha entre la forma jurídica o institucional y la realidad social. El “país formal” y el “país real” necesariamente entran en colisión, “Por eso la historia de la Nueva Granada [y de Colombia] está tan llena de pleitos y violencia” (p. 54). Como reacción, lo popular y lo nacional van convergiendo en un polo que asume ribetes raciales (lo indígena y lo mestizo) mientras que la clase dominante es extranjera (española) o extranjerizante. Esta visión romántica de la relación clase-nación no solamente se basa en la supuesta existencia de un alma nacional, sino que el pueblo es su genuino detentador y defensor. De allí, se deriva una visión de la historia como sucesión de intentos de liberación popular-nacional que se estrellan una y otra vez contra el entramado jurídico del país formal y la posición reaccionaria de la clase dominante. Esta era, en el fondo, la postura de Antonio García y del mismo Jorge Eliecer Gaitán, con quienes había compartido posiciones políticas en el pasado.

La violencia también se analiza como la partera de la historia; es decir, como motor que acelera cambios sociales en ciernes. Ello implica el análisis de episodios particulares para evidenciar su carácter dialéctico. Por ejemplo, la conquista implicó la destrucción violenta de las sociedades indígenas y su reducción a un estado asimilable a la servidumbre, pero aceleró el desarrollo de las fuerzas productivas en América. El autor subraya que no se trata de un proceso mecánico y ascendente, sino que depende en buena medida de la conciencia de los actores sociales. Esa indagación por el peso de la conciencia en el cambio social está muy presente en la revisión de episodios como la revolución de los comuneros, la independencia, el 9 de abril de 1948 o La Violencia, y su objetivo final es analizar las posibilidades de la revolución en Colombia en los años sesenta. Las dos formas previas de comprensión de la violencia estaban presentes en otros autores marxistas y aun parcialmente en cierta

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Luz Ángela Núñez Espinel | 160 | 160 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real historiografía liberal. El aporte de Montaña Cuéllar radica en su forma de abordar el papel de las instituciones y el orden jurídico, complejizando el papel del Estado en las sociedades de clase; no se limita a repetir que el Estado tiene una connotación de clase y es instrumento de la clase dominante. En el ámbito de la historia representa una crítica a la hegemonía de la historia política e institucional, aunque Montaña Cuéllar no enfila su argumento contra los historiadores (la historia profesional todavía estaba ciernes) sino contra los políticos y eruditos que habían hecho un uso ideológico (deformador de la realidad) de esa versión formalista de la historia. La violencia no se entiende solamente como mecanismo directo de coerción, ejercida por un aparato de represión, sino como consustancial a las instituciones que regulan el funcionamiento básico de la sociedad. Pero como estas al mismo tiempo encubren y legitiman la dominación violenta, se crea un laberinto sin fin en el cual se busca justicia apelando a mecanismos creados para perpetuar la injusticia. Ese tema remite a una pregunta básica de la filosofía del derecho sobre la relación entre justicia y ley, subyacente en toda la obra de Montaña Cuéllar, pero a la cual el autor siempre le añade la reflexión sobre las posibilidades emancipatorias del derecho49.

Existe otro enfoque sobre la violencia, que en el momento de publicación del libro era relativamente novedoso a nivel local, al relacionarla con los procesos de acumulación originaria de capital50. Montaña Cuéllar retoma in extenso las reflexiones de Marx en el capítulo XXIV de El Capital para analizar el proceso de conquista del actual territorio colombiano integrándolo a la historia del capitalismo europeo y derivando conclusiones específicas: “El resultado fue que el oro no dejó en España sino sueldos,

49

Diego Montaña Cuéllar, Los temas fundamentales de la Filosofía del derecho (Bogotá: Los Andes). Emilce Garzón insiste en que no se trató solamente de una reflexión teórica, sino de un ejercicio de praxis vinculado a su papel como asesor jurídico del movimiento petrolero durante más de treinta años. Véase “Relaciones entre derecho e idearios sociales: el caso de Diego Montaña Cuéllar”, en Izquierdas: definiciones, movimientos y proyectos en Colombia y América Latina, eds. Mónica Zuleta y Miguel Angel Urrego (Bogotá: Universidad Central, 2014), 93-102.

50

Montaña Cuéllar denomina “Acumulación primitiva” a lo que comúnmente se traduce por “acumulación originaria”. Según se puede inferir, utiliza la versión de El Capital publicada por Ediciones Aguilar en 1931, traducción de Manuel Pedroso.

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| 161 | 161 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas salarios y granjerías y fue a parar a las bolsas de los manufactureros ingleses, holandeses y franceses. España no fue sino intermediaria entre las riquezas indígenas y el capitalismo naciente en Francia, Inglaterra y Holanda. Así nuestra miseria y atraso sirvió de base al desarrollo de capitalismo europeo” (p. 56). Esta era la misma tesis de autores marxistas de otros países de América Latina desde la década de 1940, entre los que se destacan Rodolfo Puiggrós (La España que conquistó el nuevo mundo, ¿1943?), Volodia Teitelboim (El amanecer del capitalismo y la conquista de América, 1943) y Sergio Bagú (Economía de la sociedad colonial, 1949). Este análisis sirve como base para la explicación del atraso colombiano (que desarrollará la escuela marxista de la Dependencia), pero para Montaña Cuéllar lo importante era derivar conclusiones de su impacto en la clase dirigente: “Así, mientras la Conquista destruía o envilecía a las razas aborígenes, formaba una clase dirigente viciosa, profundamente pervertida por el hábito de la violencia” (p. 48). No se trató solamente de que la expoliación del oro y la plata americana retrasara el desarrollo económico o de que la economía no se planteara bajo el esquema de capital productivo, sino del envilecimiento de una clase (calificada de feudal en la época colonial) cuyo único propósito era “suplantar a los superiores y saquear a los indios” (p. 30). De allí que en cada episodio histórico se pregunte por las posibilidades que tiene la clase dirigente para jugar un papel constructivo en la historia nacional, si desde sus inicios tiene esa condición espuria. La indagación por el papel de la burguesía en el desarrollo histórico tiene una larga historia en el marxismo, pero adquiere ribetes propios en América Latina por la supervivencia de sociedades señoriales, el papel del imperialismo y el tardío desarrollo del capitalismo51. Este debate no era ajeno al contexto colombiano donde, debido a una asimilación de la burguesía con el liberalismo (o, al menos, con un sector de ese partido) se traslapaban análisis de clases sociales y de desarrollo del bipartidismo,

51

Gabriela Wyczkier, “La problemática del desarrollo, las clases sociales y la burguesía en América Latina: reflexiones conceptuales”, Trabajo y Sociedad n.° 29 (2017): 649-665, http://www.scielo.org.ar/scielo. php?script=sci_arttext&pid=S1514-68712017000200032&lng=es&nrm=iso

p. 164

Luz Ángela Núñez Espinel | 162 | 162 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real mutando la pregunta hacia el papel del liberalismo como factor de progreso y democratización.

En esta obra Montaña Cuéllar rompió con esa forma de análisis que había estado presente en planteamientos anteriores, afirmando que en los momentos clave de la historia las clases dirigentes habían seguido una pauta de acción conservadora, negándose a transformar las relaciones sociales en favor de los sectores populares. El primer acontecimiento donde Montaña Cuéllar evidenció esta tendencia retardatoria fue en la llamada revolución de los comuneros (p. 60). Pero este hecho fue iniciático también en otro sentido, pues se interpretó como el comienzo de una movilización popular que encarna la nación y tiene un sentido emancipador y progresista. De allí en adelante, Montaña Cuéllar ubicó varios momentos donde se confrontaron liderazgos populares y liderazgos de las clases dominantes, con desenlaces similares de pacto o claudicación de las clases dominantes, en contra del pueblo (p. 66).

El examen de la violencia como forma de acumulación originaria no se realizó solamente como denuncia. Su propósito de fondo fue explicar la configuración histórica de las clases sociales en un contexto de violencia y saqueo (fuga) de recursos que no se reinvirtieron en la economía local, sino que financiaron las economías metropolitanas. En el largo plazo y de manera estructural la consecuencia más evidente fue una dificultad crónica para general un capital industrial: “Ni el latifundio, ni el comercio por sí mismos pudieron crear grandes fortunas, las fortunas que sobrepasaron niveles medios se hicieron la sombra de los negocios de Estado. Esto determina un factor social muy importante: el peso específico de la burocracia en la sociedad colombiana y la importancia que para las clases dirigentes tiene disponer de las posiciones de la administración pública” (p. 84). En el ámbito de las clases sociales esto se tradujo en la aparición tardía, limitada y deformada de una burguesía industrial (que hubiera podido cumplir un papel modernizante en lo económico y progresista en lo social) y en la consolidación de una clase dominante parasitaria del Estado. Basándose en datos de la cepal, Montaña Cuéllar argumenta que las inversiones extranjeras tampoco lograron el desarrollo del capitalismo

p. 165

| 163 | 163 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas industrial, aunque sí generaron grandes ganancias para las compañías y pérdida de soberanía para el país por su carácter eminentemente extractivista (pp. 114-115).

Se evidenció un intento de superación de la lectura del problema colonial en la clave estalinista que había dominado desde los años treinta52, el cual no terminó de concretarse. Montaña Cuéllar hizo una lectura situada de la obra de Marx para tratar de entender la especificidad de un país como Colombia en el sistema capitalista, tanto en lo económico como en la configuración de las clases sociales, aunque siguió atado a la definición del periodo colonial como feudal. Es claro que esa denominación le incomodaba, pero no logró dar cuenta de otra, acorde a lo que quería expresar. Esta terminología elude a una sucesión de etapas que da la idea de un trasvase de las estructuras europeas a América, pero precisamente lo que Montaña Cuéllar planteaba era lo contrario, la asincronía como regla en el desarrollo del país. La realidad de la conquista y la colonización europeas hizo que el desarrollo de las fuerzas productivas no fuera homogéneo y que el capitalismo surgiera en el marco del imperialismo, esto es –de acuerdo con la perspectiva de Lenin– en una fase muy desarrollada y de crisis, por lo que la configuración y el papel de la burguesía nacional son diferentes al caso europeo.

El análisis de la violencia como mecanismo de acumulación originaria ha sido criticado como expresión dogmática de la idea de que “el capital viene al mundo sudando lodo y sangre” y de la lucha de clases53. Particularmente, el cuestionamiento se dirige a las explicaciones marxistas sobre el periodo de La Violencia que circularon en la década de 1970, que asociaban desarrollo capitalista y violencia, pero no se menciona el trabajo de Montaña Cuéllar, quien había planteado este argumento en su obra, en 1963, en un capítulo titulado precisamente “El desarrollo capitalista y la violencia política”. Se debe enfatizar, no obstante, en que para

52

Estos planteamientos se difundieron a través de la obra de J. Stalin El marxismo y el problema nacional y colonial, compilado en las obras completas del autor o en varias ediciones de la editorial de Lenguas extranjeras de Moscú.

53

Alberto Valencia Gutiérrez, “A los cincuenta años de ‘La Violencia en Colombia’ de Monseñor Guzmán et al”, Sociedad y Economía n.° 23 (2012): 74-75.

p. 166

Luz Ángela Núñez Espinel | 164 | 164 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real este autor la acumulación originaria no aparece con La Violencia de los años cuarenta, sino que es un proceso de larga duración, continuado desde la conquista.

El desarrollo capitalista y La Violencia Una última forma en que aparece la violencia en el libro es como elemento definitorio del periodo 1946-1957, al que dedica un extenso capítulo. En esta sección Montaña Cuellar caracterizó la citada década como fascista apoyándose en la definición de Dimitrov, una “dictadura terrorista, abierta, de los elementos más reaccionarios, disfrazados de Chauvinismo para servir los intereses del capitalismo financiero”54 (p. 181). La prueba de la pertinencia de dicha caracterización se basa en el análisis del crecimiento de las utilidades del sector industrial en la década de 1940, el cual le permite concluir: “El hecho incontrovertible es que la inverosímil tasa de ganancia para la oligarquía colombiana coincide con el nivel más alto de sangre y lodo para el pueblo colombiano”55 (p. 183).

Análisis posteriores han confirmado esta relación entre crecimiento económico y Violencia, aunque en la actualidad no sea un tópico central de investigación ni se cuestione la existencia de una relación causal entre las dos56. La caracterización del régimen conservador y la dictadura de Rojas Pinilla como fascista, como ya vimos, fue tributaria de los análisis marxistas de la entreguerra y no tuvo continuidad como elemento central para la caracterización de estos regímenes políticos57.

54

Se refiere a la obra de J. Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha de la clase obrera contra el fascismo, publicada originalmente en 1935 y posteriormente reproducida en varias compilaciones. Se puede consultar en el Marxists Internet Archive: https://www.marxists.org/espanol/ dimitrov/1935.htm

55

No pasa inadvertida en esta cita el parafraseo que se hace, una vez más, del capítulo XXIV de El Capital.

56

Eduardo Sáenz Rovner, La ofensiva empresarial. Industriales, políticos y violencia en los años cuarenta en Colombia, (Bogotá: Tercer Mundo, 1993).

57

Felipe Victoriano Serrano sostiene que la categoría de fascismo cayó en desuso —o perdió su centralidad para el análisis marxista— durante la década de 1970, producto del viraje de los ideólogos e intelectuales de izquierda en América Latina, aunque también debe tenerse en cuenta el surgimiento de nuevas teorías explicativas en las Ciencias Sociales. Felipe Victoriano Serrano, “Estado, golpes de estado y militarización en América Latina”, Argumentos 23, n.° 64 (2010), http://www.scielo.org.mx/ scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952010000300008

p. 167

| 165 | 165 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Para Montaña Cuéllar, La Violencia es el culmen de un proceso de desarrollo capitalista, donde lo que aparece como definitorio es apenas un síntoma de un proceso de transformación económica y social. Pero este periodo se ha ocultado (tergiversado), pues su cariz político ha sido escondido tras el ropaje de inconciencia y brutalidad del pueblo, frente al cual el autor asume la tarea de develar las formas de ocultamiento y falseamiento hasta llegar a la realidad.

El inicio de la Violencia para Montaña Cuéllar es el “precario” triunfo del conservatismo en 1946 que llevó a Mariano Ospina Pérez a la presidencia, pero no logró controlar el Parlamento. Su finalidad, dice el autor, fue consolidar al Partido Conservador en el poder mediante la destrucción física de los cuadros dirigentes y los contingentes electorales de la oposición (p. 183). La excusa, siguiendo la dualidad que guía el libro entre lo formal y lo real, es la retaliación de la violencia liberal de 1930 que se desplegó en Boyacá y los Santanderes para contrarrestar una rebelión armada de conservadores que se negaban a admitir el cambio de partido gobernante. Desde su punto de vista, los acontecimientos de los años 1930 tenían un carácter de legalidad y legitimidad, porque “entonces el combate fue entre grupos armados de la oposición y las fuerzas armadas del gobierno. Pero, en la violencia iniciada en 1946 el gobierno abandonó la legalidad y la legitimidad al utilizar “una policía política creada ad hoc y reclutada entre homicidas y reos” para atacar “pueblos previamente desarmados y colocados en indefensión” (p. 184), rompiendo así con las normas básicas de funcionamiento de las fuerzas militares.

Montaña Cuéllar explica el aumento de la violencia y la represión después del 9 de abril “como medio para asegurar la elección de Laureano Gómez, caudillo del falangismo, a la presidencia de la República” (p. 189). Ello implica un cuestionamiento a la legitimidad de la elección de Gómez, al argumentar que su ascenso a la presidencia no deriva de la ley, sino de la fuerza. Parte del análisis de Montaña se centra en la legitimidad de la violencia, argumentando que frente a un gobierno que no se sustenta en el imperio de la ley es legítimo rebelarse. En este punto la explicación de la violencia para Montaña Cuéllar pasa siempre por el análisis del Estado.

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Luz Ángela Núñez Espinel | 166 | 166 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real Reconociendo el carácter de lucha interpartidista se entiende que el objetivo de cada uno de los partidos es el control del Estado, pero también el uso legítimo de la violencia y la legitimidad de un régimen que siempre está dado por la voluntad del máximo soberano (pueblo)58. En un capítulo posterior Montaña Cuellar analiza el “Frente Nacional Oligárquico”, distanciándose de la versión oficial que lo presentaba como fórmula de superación de La Violencia y señalándolo como una estrategia de encubrimiento para afianzar a una nueva clase en el poder: “Borrados los crímenes cometidos desde 1946, cubiertos con un manto de olvido todos sus autores, ya podían los cínicos personeros de las oligarquías, asumir el papel de ‘lobos defensores de ovejas’ y presentarse ante el pueblo como sus salvadores” (p. 217). Ello no quiere decir que el Frente Nacional fuera el retorno de un poder civil extraviado en manos de los militares, sino que supone la derrota de “la casta militar afianzada en el capitalismo burocrático y la dominación prusiana de grandes extensiones territoriales” (p. 222) en beneficio de la alta burguesía. Es decir, para Montaña Cuéllar hay un cambio en el sector de clase gobernante, pero, adicionalmente, concluye que el entendimiento bipartidista no tiene como finalidad acabar con la violencia sino “impedir la organización horizontal de la clase obrera, de los campesinos y demás clases populares, manteniendo la fuente de la división en los dos partidos políticos, liberal y conservador, que las explotan electoralmente en tiempos de paz, y en tiempos de violencia, las lanzarán a la matanza” (p. 223). El formalismo jurídico había sido funcional históricamente para encubrir la violencia real, pero esto llega a su límite en el Frente Nacional: “el país formal ha muerto ante los ojos del pueblo. En el fondo de esa unión de Oligarcas del Frente Nacional, de ese connubio sobre un país ensangrentado, se ve el cortejo fúnebre del país formal” (p. 225).

58

En el análisis de los sucesos posteriores al 9 de abril acepta que no toda la violencia fue conservadora u oficial, sino que el pueblo (entendido como pueblo liberal gaitanista) cometió durante las protestas “absurdos crímenes de venganza contra elementos conservadores, lo cual desvió la lucha popular de sus verdaderos objetivos políticos y sociales y sirvió de base para un recrudecimiento de la violencia sectaria por parte del régimen de gobierno” (189).

p. 169

| 167 | 167 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas El autor se esforzó por demostrar con datos provenientes de fuentes oficiales y de organismos internacionales como la cepal y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento que los resultados económicos eran falaces porque las características de país subdesarrollado se habían acentuado en Colombia durante el último decenio (p. 231). Igualmente, en lo político, la careta civilista y democrática ya no funcionaba como medio de dominación, el gobierno utilizaba métodos dictatoriales y abiertamente ilegales, empezando por la forma en que se aprobó la alternancia de partidos en el Ejecutivo, la aplicación acomodada de la prohibición constitucional de adelantar huelgas en los servicios públicos, la negación de la participación de los estudiantes en el gobierno universitario, el cierre de la Universidad Nacional, la violencia abierta contra el campesinado, etc. (pp. 236 y ss).

Esta hipótesis del fin del país formal, sin embargo, parece estar más sustentada en los deseos del autor que en la realidad. Uno de los argumentos que atraviesan el libro es que el formalismo jurídico oculta la violencia, pero no la desaparece ni permite su superación. La otra hipótesis es que el curso del proceso social depende de la conciencia de los individuos, no es resultado mecánico de las fuerzas productivas, máxime en un país subdesarrollado y de pasado colonial. Su análisis muestra que La Violencia fue exitosa como medio de contención de la movilización popular y que ni el pcc ni la intelectualidad revolucionaria estuvieron en capacidad de asumir la dirección del descontento social, ni de los grupos de autodefensa que surgieron posteriormente. Por lo tanto, no está suficientemente argumentado, cómo a comienzos de los sesenta habría podido surgir un alto nivel de conciencia en el pueblo.

Montaña Cuéllar y la historiografía fundacional de La Violencia Existe cierto consenso sobre el carácter fundacional del libro de Guzmán, Fals y Umaña, La Violencia en Colombia (1962-1963), como primer esfuerzo académico por presentar una interpretación comprensiva de la violencia,

p. 170

Luz Ángela Núñez Espinel | 168 | 168 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real con base empírica y siguiendo algunos parámetros de la sociología moderna59. En su momento, la publicación generó una fuerte reacción en la prensa y en los círculos políticos porque contradecía el pacto frentenacionalista de imponer un velo de silencio sobre La Violencia y no buscar responsables de los acontecimientos pasados, pero su impacto alcanzó también los debates propios de las izquierdas de la época. Al respecto, cabe la pregunta sobre cómo se sitúa Colombia país formal y país real en este panorama, dada la cercanía cronológica de las dos publicaciones. La respuesta a este cuestionamiento implicaría un estudio en sí mismo, pero podemos apuntar que es un ejemplo de recepción y uso temprano de la obra de Monseñor Guzmán y, por su cercanía cronológica, participa de parte de los debates académico-políticos de la época. Montaña Cuéllar, como otros de los iniciadores de los estudios sobre la Violencia –entre ellos Monseñor Guzmán–, pertenecía a una generación que había vivido la violencia de los años cuarenta y cincuenta y encaraba la tarea de explicarla. Los dos libros coinciden en la pretensión de brindar una explicación social a la Violencia, aunque sus propósitos son disímiles.

De la misma manera, ambos tomaron como fuente la literatura apologética y testimonial sobre la violencia que en ese momento circulaba60, pero el libro de La Violencia sirve a su vez de referente a Montaña Cuéllar. Este autor no controvierte las hipótesis de Guzmán, sino que utiliza su abundante material empírico para construir un argumento propio, aunque coincidente en algunos aspectos con el del autor de La Violencia.

59

Tras el consenso sobre el carácter pionero de la obra, subsisten debates sobre su apego a las reglas del oficio sociológico y si verdaderamente inició una escuela de interpretación o fue un esfuerzo solitario, sin émulos, durante más de una década. Véase: Alberto Valencia Gutiérrez, “La Violencia en Colombia de M. Guzmán, O. Fals y E. Umaña y las transgresiones al Frente Nacional”, Revista Colombiana de Sociología 35, n.° 2 (2012):15-33, https://revistas.unal.edu.co/index.php/recs/article/view/37195; y Jefferson Jaramillo Marín, “El libro La Violencia en Colombia (1962-1964). Radiografía emblemática de una época tristemente célebre”, Revista Colombiana de Sociología 35 (2) 2012: 35-64, https://repositorio.unal.edu. co/handle/unal/71982

60

Entre ellos: Roberto Urdaneta Arbeláez, El materialismo contra la dignidad del hombre, (Bogotá: Lucros, 1960); Rafael Azula Barrera, De la revolución al orden nuevo (Bogotá: Editorial Kelly, 1956); Eduardo Franco, Las guerrillas del Llano (Bogotá, Planeta Colombiana, 1994); y Gonzalo Sánchez, “Los estudios sobre la Violencia: balance y perspectivas”, en Pasado y presente de la violencia en Colombia, comps. Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (Medellín: Ediciones La Carreta, 2007).

p. 171

| 169 | 169 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Adicionalmente, como Montaña se interesó de manera fuerte por la relación de la violencia con el desarrollo capitalista, incorporó fuentes estadísticas y cifras económicas. Su análisis cuantitativo de la economía colombiana se basó en el trabajo del comunista Rafael Baquero Herrera, La economía nacional y la política de guerra (1951), en información económica producida por la cepal, el birf y estadísticas oficiales61. Las dos obras se distanciaron claramente de la bibliografía apologética y testimonial62: en primer lugar, son propuestas de hacer inteligible un fenómeno, evidenciando actores con roles diferenciado e intereses de diversa índole; en segundo lugar, presentan una periodización que da cuenta del desarrollo y la transformación del fenómeno y, en tercer lugar, identifican desarrollos regionales diferenciados. En este último aspecto es donde Montaña Cuéllar siguió más de cerca la propuesta de Guzmán, pero incorporó preguntas propias sobre cómo y porqué se rompe el control partidista de la violencia, el papel de diferentes actores y las posibilidades de desarrollo de la conciencia campesina.

La periodización de la violencia implica la pregunta por su orígenes y mutaciones. Guzmán planteó un desplazamiento importante al cuestionar el presupuesto de que esta había surgido en 1948, evidenciando que realmente el parteaguas se situaba en 1946 y mostrando la relación de continuidad con la violencia de los años treinta. Montaña Cuéllar siguió esta misma periodización, que remite a lo político-partidista como causa de Violencia. La primera fase, de violencia oficial secundada por los directorios de los dos partidos, dio lugar a una ruptura en el control vertical que ejercían las elites sobre la violencia y el surgimiento de grupos autónomos con características sociales e ideológicas muy diversas. En esta parte se basa en el trabajo de Monseñor Guzmán, pero un punto original de la interpretación es el papel jugado por los Estados Unidos en la Violencia y la política exterior del gobierno de Laureano

61

Trabaja fundamentalmente dos obras de la cepal, El desarrollo económico de Colombia (México: Naciones Unidas, 1957) y Estudio Económico de la América Latina (México: Naciones Unidas, 1954). Cita diferentes años del Boletín de Ministerio de Minas y Petróleos y del Diario Oficial, además de algunos informes de gremios y corporaciones oficiales.

62

Las categorías se basan en la caracterización de Valencia Gutiérrez, “La Violencia…”.

p. 172

Luz Ángela Núñez Espinel | 170 | 170 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real Gómez. Frente a la pregunta de cómo personajes que previamente, mientras estaban en la oposición, habían sido falangistas y sus nombres habían sido incluidos en una lista negra de ee. uu. ahora tenían el apoyo del país del norte, se respondía que el gobierno de Gómez había mutado su orientación internacional para asegurar el crédito, el suministro de armas y la asistencia técnica necesarias para su misión represiva en el interior (p. 200). A cambio Colombia envió tropas a la guerra de Corea, incurriendo en una acción ilegal e ilegítima, pues no se tuvo en cuenta el precepto constitucional que exige aprobación del congreso para el envío de fuerzas militares al exterior y porque era una medida sin apoyo popular. La dictadura militar apareció como un segundo periodo de la violencia. Su origen se explica como consecuencia de la división conservadora sobre la sucesión presidencial y del clamor del liberalismo para que el ejército se convirtiera en árbitro de la lucha política. El pretexto fue poner fin a la violencia, pero el autor considera que el golpe de estado fue la culminación de un proceso de “control militar” que venía madurando desde antes. La violencia de los años anteriores sirvió para que el ejército, que no tenía influencia política determinante previamente, fuera adquiriéndola al convertirse en el principal soporte del gobierno. En el ámbito económico la dictadura significó la consolidación y expansión del poder del latifundismo capitalista y los militares mismos se convirtieron en latifundistas (p. 204). Al inicio de la dictadura las guerrillas se desmovilizan, con excepción de las del sur del Tolima, pero la apariencia de paz fue efímera por la reactivación de los pájaros y la represión al Movimiento Estudiantil. Luego vino otra oleada de violencia oficial, con apoyo de liberales de la región, contra los reductos guerrilleros en el Tolima, sin que se lograra exterminarlos. Se generó un efecto multiplicador, porque a medida que aumenta la resistencia aumenta la represión.

El autor no solamente encuentra una dinámica regional de la violencia sino también una relación entre lo urbano y lo rural. Para él, la destrucción del sindicalismo en el periodo de 1946-1948 dejó sin capacidad de resistencia contra la violencia a los medios urbanos y por ello esta se paseó impunemente en las áreas rurales. Pero, a partir de 1956, llegó a las

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| 171 | 171 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas ciudades con la clausura de El Tiempo y El Espectador, el ataque a las casas de jefes liberales en Bogotá y la ilegalización del pcc (pp. 204-208). El quiebre de cualquier posibilidad de resistencia urbana o rural como objetivo de La Violencia se patentó en el examen de la Ley de Reforma Agraria de 1961, interpretada como una respuesta al avance revolucionario en América Latina y la experiencia de reforma agraria en Cuba, con el claro propósito de frenar la lucha campesina por la tierra. El autor realiza un análisis pormenorizado de los debates parlamentarios y de la norma para concluir: “Tales caracterizaciones de la ley demuestran que su finalidad no es destruir el latifundio feudal, sino transformarlo en latifundio capitalista. Transformar los anticuados métodos de producción latifundista en modernos sistemas de explotación de las masas agrarias (pp. 243-246)63. La ley, por tanto, aparece como la puntada final para legitimar la derrota violenta del movimiento campesino que se había movilizado por la titulación de la pequeña propiedad en el centro del país desde los años veinte, pero no explica cómo se desenvolvió el proceso de concientización del campesinado, atenazado entre la violencia y la formalidad jurídica. Conclusiones Este trabajo presenta una aproximación a la historia del libro a comienzos de los años sesenta, indagando por los procesos de circulación y recepción en dos niveles: en los debates de la Nueva Izquierda y en los estudios tempranos sobre La Violencia. El hilo que permite unir estos dos tópicos es la centralidad y polisemia del fenómeno de la violencia, así como la

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En medio de las múltiples valoraciones sobre la Reforma Agraria existe cierto consenso sobre su carácter modernizador y de contención del movimiento social. La interpretación de Montaña Cuéllar es bastante temprana, cuando apenas se iniciaba la producción bibliográfica sobre el tema, con trabajos como: Carlos Lleras Restrepo et al., Tierra. 10 ensayos sobre reforma agraria (Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1962); Oscar Delgado, comp., Reformas agrarias en América Latina. Procesos y perspectivas (México: FCE, 1965); Antonio García, Dinámica de las reformas agrarias en América Latina. (Santiago: Ediciones ICIRA, 1967). Dos trabajos influyentes que sintetizan los debates de las décadas anteriores: Mariano Arango, “Logros y perspectivas de la reforma agraria en Colombia”, Lecturas de Economía n.° 21 (1986) y Darío Fajardo, Haciendas, campesinos y políticas agrarias en Colombia 1920-1980 (Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1983).

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Luz Ángela Núñez Espinel | 172 | 172 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real necesidad (de la época) de articular una explicación sobre su lugar en la sociedad colombiana.

Este caso muestra que los límites entre los campos político e intelectual tienden a ser brumosos. Aun reconociendo que prevaleció una lectura politizada de Colombia país formal, esto es, como referente de formación política y de debate para los militantes de izquierda, su relación con los inicios de la sociología es evidente, así como su circulación en los medios universitarios. En ningún caso Montaña Cuéllar era ajeno a los trabajos y debates que se desarrollaban en la Universidad Nacional. Tenía relaciones con varios profesores y eventualmente era invitado como conferencista. De particular significación para el tema de estudio es su relación con Camilo Torres –uno de los fundadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional– a quien conocía por una vieja amistad que unía a las familias Torres y Montaña, pero cuya relación se afianzó cuando Camilo Torres ejercía como capellán de la Universidad y profesor de sociología64. En el proyecto editorial original de La Violencia en Colombia se había pensado incluir un capítulo de Camilo Torres, situación que finalmente no ocurrió, pero muestra su cercanía con el proyecto. Además, debe tenerse en cuenta que Monseñor Guzmán obtuvo dispensa eclesiástica para poder trabajar en el libro en la Universidad Nacional, donde se relacionó con los profesores de la facultad. Pocos años más tarde fue cercano a Montaña Cuéllar por su militancia conjunta en el Frente Unido fundado por Camilo Torres, donde ambos hicieron parte de la redacción del semanario de la colectividad65. El libro fue relegado en el ámbito académico por razones políticas y porque no encajaba en los cánones de cientificidad que desde la sociología o las diferentes corrientes de la Nueva Historia se exigían a los trabajos para ser considerados parte de esas disciplinas. Logró mayor proyección en grupos políticos y sindicales, que lo convirtieron en un referente para la formación política de los militantes de izquierda hasta finales del siglo xx. Su contenido proporcionó una síntesis de la historia del país en clave

64

Montaña Cuéllar, “Camilo Torres, el cura guerrillero”.

65

Ibid., 59.

p. 175

| 173 | 173 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas marxista, pero además planteó posiciones heterodoxas del pcc frente a la valoración de la revolución cubana como ejemplo a seguir y a la política de coexistencia asumida por la colectividad. Por ello, aunque su origen fue un encargo de este partido para presentar sus posibilidades de acción política en el futuro inmediato, se entiende mejor como un libro iniciático de la Nueva Izquierda en el país.

El posicionamiento de Montaña Cuéllar no puede entenderse simplemente como producto de la influencia cubana, de una radicalización propia de la época, ni mucho menos como ruptura generacional frente a la vieja izquierda. Estas tres “explicaciones” para dar cuenta del surgimiento de la Nueva Izquierda quedan cortas para entender el itinerario político intelectual de este personaje. Mucho más peso tiene la maduración de dos temas bajo la matriz marxista de la lucha de clases: el (múltiple y complejo) lugar de la violencia en la configuración de la sociedad colombiana y el papel de las instituciones políticas y jurídicas como creadores de un entramado legal (el país formal) que oculta la violencia y excluye a los sectores populares (el país real). En consecuencia, concluye Montaña Cuéllar, se debe abandonar cualquier esperanza en una transformación social liderada por el Estado y desarrollar una revolución social contra el Estado. Pero el camino para llegar a esa revolución no queda claro en el libro, de manera explícita se afirma que el modelo cubano no se puede copiar, pero ello no significa una condena a la lucha armada, sino más bien una crítica a las posiciones foquistas que desdeñaban el papel del partido y la conciencia política en el proceso.

Posiblemente, el elemento más claro de distanciamiento frente a la política del pcc (aunque Montaña Cuéllar se cuida de no propiciar una ruptura) es la reivindicación de la revolución social como una posibilidad real e inminente. La rehabilitación de la utopía revolucionaria es un elemento definitorio de la Nueva Izquierda y por ello la obra y el autor ocuparon un lugar importante en la definición del campo.

La valoración de otros aportes de Colombia país formal y país real ha sido parcial y tardía. Promediando la década de 1990 la Universidad Nacional impulsó la publicación de un balance sobre la producción

p. 176

Luz Ángela Núñez Espinel | 174 | 174 Violencia y revolución a comienzos de los años sesenta. Una lectura de Colombia país formal y país real historiográfica de y sobre Colombia, donde se incluye esta obra en la sección dedicada a la historia política. Específicamente, el libro se considera una contribución a la “Historiografía del régimen político y los periodos presidenciales”, que –como era de esperarse– se trata de la temática con mayor número de títulos. Hasta mediados de los años setenta, cuando el autor del balance situó el inicio de la Nueva Historia, solamente reseñó tres libros, dos de autores extranjeros y el de Montaña Cuéllar, lo cual evidencia las limitaciones de la producción intelectual criolla, al tiempo que ratifica el carácter pionero del autor66.

La exposición desarrollada en el capítulo permite concluir que el libro incorporó una reflexión original para la época de publicación sobre el papel del Estado y las instituciones jurídicas desde una perspectiva antiformalista y desarrolló una de las preguntas sustanciales de la filosofía del derecho sobre la relación entre justicia y ley. Sin embargo, estos puntos no aparecen como relevantes en la recepción temprana de la obra y solamente cobraron importancia para algunos círculos académicos y de abogados décadas más tarde. La publicación de dos libros inéditos: Memorias (1996) y Colombia social (1998) dan cuenta del reconocimiento de los aportes de Montaña Cuellar al análisis social y al pensamiento político.

66

Los otros dos libros mencionados fueron publicados originalmente en Estados Unidos: Vernon Lee Fluharty, Dance of the Millions: military rule and the social revolution in Colombia 1930-1956 (Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1957, traducido al castellano en 1981) y John D. Martz, Colombia. A Contemporary political survey (Chapel Hill: The University of North Carolina Press, 1962, traducido en 1969). Medina, “La historiografía política del siglo xx…”, 457-463.

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El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y la Nueva Izquierda colombiana en la década de 1960 Camilo Serrano Corredor

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Camilo Serrano Corredor | 176 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

Introducción El presente trabajo parte de la revisión de archivo del Fondo Ignacio Torres Giraldo –fitg–, que reposa en la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle en Cali1. A partir de este, complementado con fuentes primarias, se busca construir una matriz de sociabilidades en la que el actor principal –el mismo Torres Giraldo– intentó cimentar relaciones desde un lugar particular: el de un dirigente histórico en búsqueda de enlaces con las nuevas formas organizativas y culturales de la izquierda, en un momento de auge de nuevas corrientes de esta franja ideológica, creciente agitación social y surgimiento de las principales guerrillas revolucionarias del país. A partir de dicha matriz es posible entonces indagar por elementos de la vida intelectual de la izquierda colombiana en tan convulso contexto. En ese marco, este escrito se pregunta por la relación entre Torres Giraldo, la Nueva Izquierda y los nuevos actores de un conflicto armado en metamorfosis. El capítulo se organiza de la siguiente manera: una discusión teórica inicial, un perfil biográfico de Ignacio Torres Giraldo, la presentación de los hallazgos documentales y un apartado de conclusiones.

1. Discusión teórica

1.1 En torno a la relación intelectuales-militancia

política: el particular caso de los intelectuales comunistas Dentro del marco de los estudios sobre la relación entre intelectuales e izquierda militante, ocupa particular posición la relación de estos con los partidos comunistas –actores significativos del entramado de las izquierdas del siglo xx–. Usualmente descrita como derivada de una relación utilitaria –la de los “compañeros de viaje” que no se comprometen

1

Un inventario general de dicho fondo en Rubio, Alfonso y Arce, Viviana. 2014. Inventario general. Fondo Ignacio Torres Giraldo. Cali: Universidad del Valle.

p. 179

| 177 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas completamente con la lucha revolucionaria–, la figura del intelectual comunista aún no tiene la atención que la historiografía podría prodigarle. Caso particular lo constituye el esfuerzo del recientemente fallecido Ricardo Melgar Bao2 por construir un tipo particular: la del intelectual cominternista3. Este arquetipo puede resumirse en el compromiso tanto con las luchas populares que dirija el partido comunista en el que milita el intelectual, como con la renovación del capital letrado de su respectivo país. Es posible la conformación de una extensa lista de intelectuales cominternistas latinoamericanos –solo por nombrar algunos: Pablo Neruda en Chile, David Alfaro Siqueiros en México, Luis Vidales en Colombia, Miguel Otero Silva en Venezuela–, aunque no exista aún una prosopografía consistente de su incidencia y actividad4.

Para el marco del presente trabajo es de particular interés el intelectual cominternista del contexto de la bolchevización, periodo específico dentro de la historia de la Internacional Comunista en el que la dirección central del movimiento impuso el modelo partidario leninista en sus secciones nacionales, instituyendo globalmente prácticas organizativas y políticas que serán característica identitaria de este campo político durante gran parte del siglo5. Como veremos posteriormente, Torres Giraldo fue un actor determinante de la bolchevización en Colombia y dicho proceso marcó, de diversas maneras, su actividad política.

2

Ricardo Melgar Bao, Cominternismo intelectual: Representaciones, redes y prácticas político-culturales en América Central, 1921-1933, Revista Complutense de Historia de América, n.º 35 (2009): 135-139.

3

Derivado de Comintern, la sigla rusa de Internacional Comunista con la que esta organización trasnacional fue conocida mundialmente.

4

Es de destacar la construcción en curso del Diccionario Bibliográfico de las Izquierdas Latinoamericanas del Cedinci. https://diccionario.cedinci.org/

5

La formulación inicial de la bolchevización en el V Congreso de la Comintern en: Grigori Zinoviev, “Tesis sobre la bolchevización de los partidos de la Internacional Comunista adoptadas por el V Pleno Ampliado del Ejecutivo de la Internacional Comunista”, en V Congreso de la Internacional Comunista (17 de junio-8 de julio de 1924): segunda parte (Córdoba: Cuadernos de Pasado y Presente, 1975), 186. Para balances sobre la aplicación de esta puede verse: Brigitte Studer, “Stalinization: Balance Sheet of a Complex Notion”, en Norman LaPorte, Kevin Morgan y Matthew Worley, eds., Bolshevism, Stalinism and the Comintern. Perspectives on Stalinization, 1917-53 (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2008), 45-65; Brigitte Studer, The Trasnational World of the Cominternians (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2015); Alexander Vatlin, “The Comintern”, en Stephen A. Smith, ed., The Oxford Handbook of the History of Communism (Oxford: Oxford University Press, 2014), 187-201. Un balance latinoamericano en: Víctor Augusto Piemonte, “La Internacional Comunista y los comienzos del Secretariado Sudamericano a través de la sistematización regional del proceso de bolchevización”, Historia Crítica, n.º 64 (2017): 101-118.

p. 180

Camilo Serrano Corredor | 178 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

De otro lado, el particular desarrollo histórico del Partido Comunista de Colombia, y sus escisiones durante la configuración del conflicto armado contemporáneo, implicaron que la intelectualidad comunista del país debió, de un modo u otro, posicionarse frente a la violencia revolucionaria, la lucha armada y los senderos de la revolución. En ese marco, los hallazgos en torno a dichas posturas por parte de Torres Giraldo resultan, cuando menos, interesantes.

1.2 La Nueva Izquierda en América Latina y Colombia

Como Nueva Izquierda se entiende, en este trabajo, a las diversas corrientes políticas surgidas en el marco de los llamados “sesenta globales”, marcadas por una suerte de revolución cultural en medio de la Guerra Fría6. Se suelen englobar bajo esta categoría a corrientes maoístas, trotskistas, anarquistas, consejistas, hoxhistas, guevaristas y de otros signos ideológicos que se desarrollaron al margen de la hegemonía de los partidos socialistas y comunistas clásicos, reivindicando elementos contraculturales y antiautoritarios disruptivos.

En América Latina, la Nueva Izquierda contaba con características propias derivadas de las peculiaridades de la región y de la reciente ocurrencia de la Revolución cubana, de manera que, como señala Jaramillo Restrepo7, el flamante campo político no se insertaba solamente en la confrontación este-oeste sino también en la norte-sur. En el mismo sentido, Zolov8 enumera los lugares comunes de esta heterogénea franja política para la región: una cultura juvenil de clases medias con sensibilidades artísticas, un continuo desafío a las jerarquías y a las tradiciones y la negación de la centralidad de una vanguardia política materializada en un partido9.

6

Stephan Scheuzger, 2018. “La historia contemporánea de México y la historia global: reflexiones acerca de los ‘sesenta globales’”, Historia Mexicana LXVII, n.º 1 (2018): 313-358.

7

Sandra Jaramillo Restrepo, “Hacia un mapa de revistas de la Nueva Izquierda intelectual colombiana surgida en la década de 1960”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 48, n.º 2 (2021): 329-360.

8

Eric Zolov, “Expanding our conceptual horizons: the shift from Old to a New Left in Latin America”, A Contracorriente 5, n.º 2 (2008): 47-73.

9

Esto último resulta discutible para la mayoría de las experiencias organizativas escindidas del marxismo-leninismo clásico y para sectores del campo pro-cubano.

p. 181

| 179 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Melgar Bao10, por su parte, destaca la decidida negación de las tradiciones de la izquierda preexistente –sea esta marxista o no– y el compromiso con la violencia revolucionaria y la movilización más allá de la teoría. Para el caso colombiano, Urrego11 ubica las raíces de una Nueva Izquierda en la conformación del Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino –moec–, la influencia de la Revolución cubana y de la IV Internacional12 y las rupturas dentro del Partido Comunista de Colombia en el marco del conflicto sino-soviético. Así, organizaciones como el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario –moir–, el Ejército de Liberación Nacional –eln, el Bloque Socialista y el Partido Comunista de Colombia (Marxista-Leninista) –pcc(ml)– y su Ejército Popular de Liberación –epl–, cada una con sus escisiones y disidencias, nacerían y se consolidarían, de una manera u otra, entre una juventud marcada por coyunturas como la del movimiento estudiantil de 1971. En este marco13 destaca el papel jugado por publicaciones como el periódico La Calle –de la llamada Línea Dura del Movimiento Revolucionario Liberal– o las revistas Estrategia, Mito y Tierra Firme en la construcción de identidades políticas ligadas a la Nueva Izquierda.

El ambiente político-cultural del momento, marcado por la radicalización y las múltiples divisiones ideológicas, puede rastrearse en la ya paradigmática publicación maoísta del colectivo Proletarización de la Universidad de Antioquia14: organizaciones que se dividían una vez creadas, acusaciones mutuas de revisionismo y sectarismo y una vida política marcada por un capital letrado sujeto a discusión –el debate entre la teoría revolucionaria y la praxis–. Contrario a coyunturas recientes del debate intelectual de las izquierdas, la acción no violenta o la resolución pacífica

10

Ricardo Melgar Bao, “Capital letrado y cultura política de la izquierda centroamericana, 1921-1933”, Anuario del Colegio de Estudios Latinoamericanos, n.º 1 (2006): 223-246.

11

Miguel Ángel Urrego, “El movimiento sindical, el periodo de La Violencia y la formación de la nueva izquierda colombiana, 1959-1971”, Diálogos de saberes, n.º 38 (2013): 135-145.

12

Agrupación internacional de partidos fundada por León Trotsky en 1938.

13

Sandra Jaramillo Restrepo, “Hacia un mapa de revistas de la Nueva Izquierda intelectual colombiana surgida en la década de 1960”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 48, n.º 2 (2021): 329-60.

14

“Proletarización”, en ¿De dónde venimos, hacia dónde vamos, hacia dónde debemos ir? (Medellín: Editorial 8 de Junio, 1975).

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Camilo Serrano Corredor | 180 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

de conflictos estaban por fuera del espíritu de los tiempos: el consenso en torno a la inmediatez de la violencia revolucionaria abarcaba prácticamente todo el amplio espectro de organizaciones, variando solamente su tipología y alcance proyectado. En ese marco, Nueva Izquierda y lucha armada podían no ser sinónimos –en tanto no todas las organizaciones y círculos de sociabilidades necesariamente pretendían su ejecución práctica inmediata–, pero tampoco ignorarse: la segunda era la respuesta lógica a un orden de cosas injusto.

2. Breve esbozo biográfico de Ignacio Torres

Giraldo Es particularmente destacable el papel de Ignacio Torres Giraldo en la conformación del movimiento sindical de Colombia y en la fundación y liderazgo político del Partido Socialista Revolucionario y el Partido Comunista de Colombia, así como pionera resulta su producción intelectual marxista. Perteneció a la primera generación de socialistas marxistas del país, con la peculiaridad de encontrarse ligado directamente al mundo del trabajo manual –en tanto sastre e impresor–, en contraste con liderazgos de origen intelectual –como Luis Tejada, Luis Vidales, Guillermo Hernández Rodríguez o Tomás Uribe Márquez–. Su obra teórica y analítica representa un lugar fundacional dentro de los estudios sociales marxistas en el país y requiere una urgente aproximación desde la historia intelectual. Se presenta a continuación un breve perfil de su vida, basado en los trabajos de Juan Carlos Celis Ospina15 y de Lazar y Víctor Jeifets16. Torres Giraldo nació en Filandia –actual Quindío– en 1893. Se vinculó en su juventud a círculos liberales de Pereira, al tiempo que se desempeñaba como aprendiz de carpintero y sastre, participando de organizaciones artesanas y obreras. A partir de 1914 inició su participación periodística y

15

Juan Carlos Celis Ospina, “Giraldo, Ignacio Torres”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas (2020). Disponible en https://diccionario.cedinci.org/

16

Lazar Jeifets y Víctor Jeifets, América Latina en la Internacional Comunista. 1919-1943. Diccionario biográfico (Buenos Aires: clacso, 2017).

p. 183

| 181 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas editorial en periódicos anticlericales, labor que le acarreará un temprano reconocimiento político. En 1917 migró, por motivos económicos, a Cali y al año siguiente a Popayán, ciudad en donde se inició en los estudios marxistas y en la agitación socialista. En 1923 regresó a Cali, donde participó de la organización de círculos socialistas. Fue parte activa en la fundación de la Confederación Obrera Nacional –con– y del Partido Socialista Revolucionario –psr–, siendo uno de sus líderes nacionales más reconocidos, junto a María Cano, Raúl Eduardo Mahecha y Tomás Uribe Márquez. Fundó periódicos obreros como El Martillo, La Democracia y La ola roja, y fue redactor de El Obrero del Valle y editor de La Humanidad –la más importante publicación socialista de la época–.

Torres Giraldo fue capturado por la Policía durante el contexto de la Huelga de las Bananeras en 1928, siendo expulsado del país. Desde los Países Bajos logró dirigirse a Moscú, donde permaneció hasta 1934, participando en diversas actividades en el Secretariado Latinoamericano de la Internacional Comunista, la Internacional Sindical Roja, la Escuela Internacional Leninista y el Partido Comunista de Rusia (Bolchevique). Desde Moscú validó y acompañó la bolchevización del PSR y su posterior transformación en Partido Comunista de Colombia. Su paso por la URSS está documentado en el libro de su autoría Cincuenta meses en Moscú17. Una vez de regreso en Colombia, Torres Giraldo fue nombrado secretario general del PCC en septiembre de 1934 por el III Pleno del Comité Central de dicha organización. Asumió labores de dirección política, organización de masas y periodismo militante al frente de un Partido Comunista, que apoyaba críticamente las reformas sociales de la República Liberal, siguiendo la táctica de la unidad antifascista. En ese marco, fue electo representante a la Cámara por Cundinamarca en 1935 y concejal de Bogotá en 1937. Sus tensiones con dirigentes nacionales del comunismo, que venían al parecer desde 1936 cuando fue destituido de la dirección del periódico partidario nacional Tierra, lo llevaron a la renuncia a la secretaría general en 1939, a la que sucedió en 1942 su expulsión definitiva

17

Ignacio Torres Giraldo, Cincuenta meses en Moscú (Cali: Universidad del Valle, 2005).

p. 184

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del pcc bajo acusación de trotskista. Siguiendo la revisión de archivos de Jeifets y Jeifets, las acusaciones de trotskismo de Torres Giraldo provenían de tiempo atrás y se ligaban a su cercanía con Giorgi Skalov “Sinani”18 y August Guralsky19, por lo que el alto cuadro de la Comintern para América Latina Stanislav Stanislavovich Pestkovsky20 consideró llamarlo a Moscú para reorientarlo21. La sucesión de Torres Giraldo en la secretaría general fue asumida por Augusto Durán, dirigente obrero del Atlántico que encabezaría dos procesos paralelos en el pcc: la moderación política ligada a los gobiernos liberales y a la corriente internacional del browderismo22; además de la exacerbación de una crítica a la participación de los intelectuales dentro de los cargos de dirección del partido.

Posterior a su expulsión, Torres Giraldo residió en Medellín, Pereira y Palmira, ciudades en las que se dedicó a la investigación social. Fruto del trabajo de estos años de silencio político, en 1967 publicó Los Inconformes23, obra pionera en la historiografía marxista colombiana. En sus últimos años, regentó la Librería Cervantes en Palmira, lugar desde el cual influenció jóvenes liderazgos de diversas corrientes de la Nueva Izquierda en el Valle del Cauca. Torres Giraldo falleció en inmediaciones del parque del Barrio Obrero de Cali el 15 de noviembre de 1968.

18

Ciudadano soviético, uno de los principales latinoamericanistas del aparato de la Internacional Comunista. Acusado de trotskismo, fue capturado por las autoridades de la URSS en 1935, falleciendo en prisión tiempo después. Ver: Jeifets y Jeifets, América Latina en la Internacional Comunista…, 654.

19

Historiador y activista soviético. Fue parte del Secretariado Latinoamericano de la Comintern. Fue hecho prisionero en 1937 y 1950 bajo acusación de colaboración con el enemigo. Ibid., 313-315.

20

Alto cuadro de la dirección soviética. Fue encargado de las primeras investigaciones de la Comintern sobre la realidad latinoamericana. Fue embajador de la URSS en México, miembro de las direcciones de la Krestintern y la Comintern y profesor de la Escuela Internacional Leninista. Detenido en 1937, moriría en 1943 –al parecer fusilado–. Ibid., 543.

21

En palabras del propio Torres, su relación con profesores y dirigentes durante su estadía en Moscú distó de ser de ciega subordinación: “En Moscú disentí de juicios de apreciación del camarada Losvski [se presume Losovski], del profesor de economía Markov y de los historiadores Mirochevski y Jahnson, y de mi propio superior en el secretariado latinoamericano del Komintern, comandante Sinani, sin que fuere por ello tratado menos cordial y fraternalmente”. Ignacio Torres Giraldo, Anecdotario (Cali: Universidad del Valle, 2004), 21.

22

Corriente del comunismo en las Américas liderada por el entonces secretario general del Partido Comunista de los Estados Unidos, Earl Browder. Se centraba en la moderación del antiimperialismo a partir de la experiencia de unidad antifacista.

23

Edición original del primer tomo: Ignacio Torres Giraldo, Los Inconformes. Historia de la Rebeldía de Masas en Colombia (Medellín: Bedout, 1967). La edición de los cinco tomos es: Ignacio Torres Giraldo, Los Inconformes. Historia de la Rebeldía de Masas en Colombia (Bogotá: Margen Izquierdo, 1974).

p. 185

| 183 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Su vida y obra han sido objeto de reflexión historiográfica dentro del contexto de los liderazgos sociales y políticos colombianos del siglo xx. Así, Álvaro Oviedo lo lista dentro de las figuras determinantes de la izquierda colombiana en el siglo xx24, Renán Vega Cantor lo ubica como periodista militante, destacando su labor como pionero de la prensa obrera en Colombia25, en tanto que Vanegas Useche destaca su labor como líder plebeyo dentro de la primera generación del socialismo colombiano26. Por su parte, Meschkat y Rojas, haciendo sistemática lectura de la documentación colombiana en los archivos de la Comintern, reconstruyen el papel de Torres Giraldo en la bolchevización del psr en tránsito a pcc, destacando los cambios en su pensamiento en el contexto de su viaje a Moscú y la ruptura con muchos de sus compañeros de la fase del psr27. Finalmente, Rubio se enfoca en un análisis de la escritura de Torres Giraldo, destacando la manera como su entorno influyó en su producción, lo cual, a juicio del autor, le acercaría a la metodología de investigación-acción28. En resumen, Torres Giraldo fue testigo de excepción y actor determinante en controversias clave de la historia de las izquierdas colombianas en el siglo xx, al tiempo que sujeto de importantes procesos –la radicalización de una generación de liberales que se vinculan al socialismo, el auge de las luchas sociales durante los últimos años de la Hegemonía Conservadora, la bolchevización del psr y el surgimiento de la Nueva Izquierda–. Su lugar particular de enunciación –el de la generación fundante del socialismo local– permite matices y aproximaciones interesantes para los abordajes analíticos del siglo xx colombiano.

24

Álvaro Oviedo, “Ignacio Torres Giraldo”, en Santiago Castro-Gómez, Alberto Flórez-Malagón, Guillermo Hoyos Vásquez y Carmen Millán de Benavides, eds., Pensamiento colombiano del siglo XX, Tomo I (Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2007), 225-251.

25

Renán Vega Cantor, “Intelecto socialista y dedos proletarios: imprenta, prensa popular y periodistas insumisos a principios del siglo xx, Boletín Cultural y Bibliográfico LII, n.º 94 (2018): 41-65.

26

Isidro Vanegas Useche, “Apóstoles del pueblo. El carácter de los liderazgos revolucionarios en Colombia, 1924-1930”, Historia y Sociedad, n.º 25 (2013): 45-77.

27

Klaus Meschkat y José María Rojas, Liquidando el pasado. La izquierda colombiana en los archivos de la Unión Soviética (Bogotá: fescol/Taurus, 2009).

28

Alfonso Rubio, “La escritura de Ignacio Torres Giraldo. El aprendizaje de un autodidacta”, Historia y Espacio, n.º 47 (2016): 123-141.

p. 186

Camilo Serrano Corredor | 184 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

3. Torres Giraldo y la Nueva Izquierda de la

década de 1960: una revisión documental A partir de la revisión sistemática del Fondo Ignacio Torres Giraldo se seleccionó el acervo documental que implicaba una relación directa con actores, procesos o movimientos de la Nueva Izquierda. Se presentan a continuación los hallazgos encontrados, organizados según la contraparte respectiva.

3.1 La expulsión de Arco

Desde comienzos de la década de 1960 un grupo de jóvenes militantes del Comité Regional de Antioquia del pcc, dirigidos por Mario Arrubla y Estanislao Zuleta, inició un debate interno en torno al carácter de la revolución colombiana –que para el pcc era de carácter campesino y antifeudal, pero para el sector crítico era socialista–, para lo cual constituyeron una fracción que se denominó Acción Revolucionaria Colombiana –arco–. Este tipo de debates resultaba cardinal en la época: de un lado, definía el tipo de táctica y estrategia revolucionaria que se necesitaba para el logro de los objetivos revolucionarios –así, la revolución en un país capitalista requeriría de la acción hegemónica de la clase obrera para la ruptura socialista, mientras que un país predominantemente rural se basaría en la movilización campesina conducente a una ruptura democrático-burguesa– y, del otro, señalaba conexiones internacionales en medio del particular contexto de la Guerra Fría en América Latina –en el cual el “etapismo” y la coexistencia pacífica se identificaban con el campo soviético, el foquismo y la transición socialista con el campo cubano y el impulso a la guerra popular prolongada con el campo maoísta–.

Para 1962 el grupo Arco fue expulsado del pcc y comenzó la edición de la revista Estrategia y la organización del Partido de la Revolución Socialista –prs–29. Arrubla y Zuleta fueron animadores de importancia del debate teórico de la Nueva Izquierda y sus publicaciones formaron parte

29

Mauricio Archila, Social protests in Colombia. A history, 1958-1990 (Lanham: Lexington Books, 2019), 156.

p. 187

| 185 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas del llamado “boom del libro de izquierda en Colombia”30. El prs sería caldo de cultivo de militantes de las más diversas formaciones de la Nueva Izquierda en el país. Arrubla y Zuleta terminarían siguiendo trayectorias disímiles: el primero, al tiempo que novelista y poeta, fue uno de los editores que más animó la recepción y publicación del marxismo heterodoxo en Colombia; el segundo, fue un intelectual destacado cuya obra fue profusamente editada de manera póstuma.

Si bien Torres Giraldo no estableció una relación trazable con los dirigentes de arco ni con el debate que incentivaron, sí se encuentra en su archivo un proyecto de escrito, sin fecha, titulado “Liquidando el grupo disociador llamado Acción Revolucionaria Colombiana ‘arco’”. La nota final al texto reconoce la autoría de este por parte de Torres Giraldo, al tiempo que destaca que no se trata de un “(…) material de agitación sino de formación en el campo teórico, y de lucha en el frente polémico”31. La cercanía del “proyectista por encargo” al Regional de Antioquia era notoria como, lo comprueban los numerosos intercambios epistolares con dirigentes como Pablo Balcázar32 y Mario Solórzano33.

30

Según Juan Guillermo Gómez García el libro más influyente de ese colectivo intelectual fue Estudios sobre el subdesarrollo colombiano, de Mario Arrubla (1969), ampliamente reeditado y determinante en la discusión sobre el carácter de la revolución colombiana. Ver: Juan Guillermo Gómez García, Cultura intelectual de resistencia. Contribución a la historia del “libro de izquierda” en Medellín en los años sesenta (Bogotá: Ediciones Desde Abajo, 2005). Por su parte, Comentarios a la “Introducción general a la crítica de la economía política” de Carlos Marx de Estanislao Zuleta fue un clásico del debate marxista local y Thomas Mann, la montaña mágica y la llanura prosaica una obra seminal en el diálogo entre marxismo y psicoanálisis. Perfiles biográficos recientes de Arrubla y Zuleta pueden encontrarse en: Sandra Jaramillo Restrepo, “Arrubla, Mario”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas (2021). Disponible en http://diccionario.cedinci.org; Sandra Jaramillo Restrepo, “Zuleta, Estanislao”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas (2022). Disponible en http://diccionario. cedinci.org . Ver: Mario Arrubla, Estudios sobre el subdesarrollo colombiano (Bogotá: Tigre de Papel, 1969); Estanislao Zuleta, Comentarios a la “Introducción general a la crítica de la economía política” de Carlos Marx (Medellín: Universidad de Antioquia, 1974); Estanislao Zuleta, Thomas Mann, la montaña mágica y la llanura prosaica (Bogotá: Colcultura, 1977).

31

Fondo Ignacio Torres Giraldo –fitg–, 1-14, 3-1H.

32

Su relación con Torres Giraldo fue estrechísima durante todo el periodo de aislamiento posexpulsión. El papel de Balcázar en la aventura editorial de Los Inconformes fue determinante y excede los objetivos de este trabajo, pero es un proceso editorial que merece atención historiográfica posterior.

33

Referenciado como secretario político del Regional de Antioquia para 1963 (Voz de la Democracia, enero 17 de 1963, p. 4) y 1964 (Voz de la Democracia, 2 de abril de 1964, 5).

p. 188

Camilo Serrano Corredor | 186 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

Imagen 1. “Liquidando el grupo disociador llamado Acción Revolucionaria Colombiana ‘arco’” Fuente: Fondo Ignacio Torres Giraldo –fitg–, 1-14, 3-1H. El tono general del documento es de defensa de las posturas políticas del pcc y de tipificación de Arco como grupo provocador pequeñoburgués, ajeno a los intereses obreros y encargado de minar la unidad entre el pcc y el Movimiento Revolucionario Liberal –mrl–. Se señalan como dirigentes de Arco a Elohín Grajales, Delimiro Moreno, Alonso Restrepo y Rafael Arredondo. Renglón seguido, el proyecto en cuestión sustenta la existencia de remanentes feudales dentro de la estructura agraria colombiana –lo que daría justeza a la línea revolucionaria del Partido–, al tiempo que defiende la posibilidad de alianzas con sectores de la burguesía nacional que tengan posiciones nacionales y populares –como el mrl–. Torres Giraldo ejemplificó el carácter antiobrero de las posturas de arco trayendo a colación un caso histórico que le parecía comparable: la intervención del Regional de Antioquia por una delegación de la III Conferencia Nacional del pcc, en 1937, que terminó afectando ideológica y organizativamente al Partido. En el cierre del proyecto se sostuvo la inconveniencia de categorizar a Arco como grupo revisionista o antipartido para así concluir severamente que se trataba simplemente de un grupo “confusionista”.

p. 189

| 187 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas El motivo de la inclusión de este documento dentro de la actual revisión, además de la obviedad de ser una relación indirecta con actores determinantes de la Nueva Izquierda en el periodo estudiado –el grupo de Arrubla y Zuleta, de un lado, y el mrl, del otro–, es manifestar puntos de encuentro del Torres Giraldo posexpulsión con el pcc –algo poco usual en los estudios sobre su vida–.

3.2 Montaña Cuéllar

Diego Montaña Cuéllar fue uno de los más influyentes líderes de las izquierdas colombianas en el siglo xx. Formó parte de la izquierda liberal y del Partido Socialista Democrático durante la República Liberal. Para la década de 1960 se incorporó al Partido Comunista, siendo parte de su Comité Central y delegado ante el Frente Unido del padre Camilo Torres Restrepo. Fue integrante de la delegación colombiana a la Conferencia de la Tricontinental en La Habana en 1966 y meses después publicó Tesis sobre los problemas estratégicos y tácticos de la revolución colombiana (tesis en discusión sometidas al Comité Ejecutivo del P.C. de Colombia), documento que precipitó su expulsión del pcc. Para 1969 hizo parte de la fundación del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario –moir–. Posteriormente participó de experiencias unitarias de la izquierda como Firmes y la Unión Patriótica34.

El 8 de agosto de 1963, Montaña Cuéllar, en ese momento asesor del sindicato de Ecopetrol y miembro del sindicato de la Universidad Libre, le escribió desde Bogotá a Torres Giraldo –residente en ese momento en Medellín– invitándole a participar de la Escuela Sindical que la Consiliatura de la Universidad Libre había aprobado implementar35. El proyecto de escuela no fructificó, toda vez que un mes después se presentó la detención en la cárcel de Bucaramanga del mismo Montaña Cuéllar y de los sindicalistas petroleros Ezequiel Romero, Ramón

34

María Teresa Cifuentes Traslaviña, “Cuellar, Diego Montaña”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas (2020). Disponible en http://diccionario.cedinci.org.

35

fitg, 1.3 – 108.

p. 190

Camilo Serrano Corredor | 188 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y... Monsalve, Luis Ibáñez e Higinio Camacho36. La libertad del grupo solo se reportaría a finales de septiembre37.

El 9 de enero de 1964 Pablo Balcázar le escribió desde Bogotá a Torres Giraldo –en ese momento en Pereira– informándole del fracaso de la iniciativa de la proyectada Escuela Sindical:

(…) Conozco las incidencias de la Libre y la frustración de su incorporación a esa institución para dirigir los estudios en materia de sindicalismo. Habrá que esperar el rumbo de los próximos acontecimientos en la universidad, con el fin de saber si se salvará o no lo conquistado allí por las fuerzas de izquierda38.

El fracaso de dicho proyecto resultó un golpe difícil para Torres Giraldo, quien incluyó la anécdota en el apartado “Lo que pudo ser y no fue” de su Anecdotario39. La correspondencia entre Torres Giraldo y Montaña Cuéllar debió ser fluida y cercana, como lo demuestra una carta enviada a Torres Giraldo el 17 de enero de 1967 por Guillermo Montaño, representante legal de Ediciones Paz y Socialismo, en la que reportaba el envío de un cheque para la editorial a través de una carta para Montaña40. El 20 de enero de 1968 Pablo Balcázar le escribió a Torres Giraldo desde Bogotá, dándole cuenta de diversos asuntos: su opinión sobre la edición de Bedout de Los Inconformes, cuyo prólogo escribió Balcázar y fue “recortado” por la editorial antioqueña; un breve informe sobre gestiones en torno a una eventual beca para la hija de Tulio Alvarado, amigo de Torres Giraldo que fungía como enlace entre los dos, y la posibilidad de un viaje para el mismo Torres Giraldo durante el año en curso –se infiere que para el campo socialista–. La posdata de la misiva da cuenta de la reciente expulsión de Montaña Cuéllar del pcc:

36

Voz de la Democracia, 12 de septiembre de 1963, 6.

37

Voz de la Democracia, 26 de septiembre de 1963, 1.

38

fitg, 1.3 – 150.

39

Torres Giraldo, Anecdotario, 241-242.

40

fitg, 1.3 – 132.

p. 191

| 189 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Nota- El caso Diego merece estudiarse. No para estar de acuerdo o no, sino para examinar el alcance del procedimiento duranista41 que se ha aplicado, de típico baculazo, muy lejos de la crítica y autocrítica verdaderamente leninistas.42 La expulsión de Montaña, de alto impacto dentro de la dirección comunista43, parecía recordar a la del propio Torres Giraldo. Si bien no se cuenta con fuentes para rastrear el desarrollo posterior de esta relación, su existencia es de por sí interesante: Torres Giraldo se encontró con un dirigente del pcc de la generación siguiente a la suya con quien emprendió proyectos conjuntos que terminaron truncados por un desenlace similar al de su expulsión en 1942.

3.3 Camilo Torres Restrepo

Camilo Torres Restrepo fue una de las figuras centrales de la Nueva Izquierda en Colombia. Nació en Bogotá en 1929 en el seno de una familia acomodada, se ordenó sacerdote católico en 1954, graduándose posteriormente en ciencias sociales, en 1958, en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. De regreso en Colombia fue nombrado capellán de la Universidad Nacional de Colombia, labor que combinó con la docencia en el recién creado Departamento de Sociología. Su creciente compromiso con el movimiento estudiantil y con las organizaciones campesinas lo llevó a una abierta contradicción con la jerarquía eclesiástica, que se recrudeció

41

Referencia a Augusto Durán, dirigente comunista que sucedió a Torres Giraldo en la secretaria general del pcc y encabezó el viraje browderista en dicho partido. Ver Medófilo Medina, Historia del Partido Comunista de Colombia, Tomo I (Bogotá: ceis, 1980); Carlos Mario Manrique Arango, “El Partido Comunista de Colombia durante la secretaría general de Augusto Durán Ospino (1939-1947)”, en Caridad Massón, ed., Las Izquierdas Latinoamericanas: Multiplicidad y Experiencias durante el Siglo xx (Santiago: Ariadna Ediciones, 2017).

42

fitg, 1.3 – 150.

43

Voz Proletaria, en su edición del 30 noviembre de 1967, incluyó un suplemento específico para aclarar la posición del partido frente al caso Montaña Cuéllar titulada “Estudiar, asimilar y aplicar la línea política comunista”. El comité ejecutivo central de la Juventud Comunista expresó el “apoyo decidido a la dirección del partido” en contra de las tesis del dirigente expulso (Voz Proletaria, 21 de diciembre de 1967, 3). La correspondencia de la prensa del pcc destacaba los saludos de apoyo en contra del “divisionismo” de regionales y comités tan diversos como los de Pasca, Fusagasugá, Huila y Eje Cafetero (Voz Proletaria, 25 de enero de 1968, 2) o los de Checoslovaquia, el Tequendama y Cúcuta (Voz Proletaria, 1 de febrero de 1968, 2).

p. 192

Camilo Serrano Corredor | 190 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

ante su papel animador y dirigente del movimiento Frente Unido en 1965, lo que le condujo a la renuncia a sus compromisos clericales. En el semanario del Frente Unido se publicaron sus principales reflexiones y propuestas, que le equivalieron una creciente simpatía a escala nacional, manifiesta en multitudinarias manifestaciones de apoyo. Para noviembre de 1965 se unió al Ejército de Liberación Nacional –eln– en las montañas de Santander. Murió en combate el 15 de febrero de 1966 en San Vicente de Chucurí44. Se le considera figura fundacional en la teología de la liberación en América Latina y personalidad central dentro de la configuración de las identidades políticas de la Nueva Izquierda en Colombia45. El 6 de julio de 1965 Ignacio Torres Giraldo le escribió una misiva en la que le manifestaba su admiración como parte del “cauce popular que avanza hacia la revolución”, adjuntándole una copia de La cuestión indígena en Colombia, libro sin publicar a la fecha y cuya redacción habría finalizado en 1946. Una posterior nota al margen del autor de la carta indica: “No sé porque circunstancias los originales que en mención no llegaron a manos del padre Camilo. Los presentes son su duplicado. (firma) Ig. Torres Giraldo”46.

44

Darío Martínez Morales, “Camilo Torres Restrepo, cristianismo y violencia”, Theologica Xaveriana 61, n.º 171 (2011): 131-167.

45

Véase Michael Dodson, “The Christian Left in Latin American Politics”, Journal of Interamerican Studies and World Affairs 21, n.º 1 (1979): 45-68.

46

fitg, 1.3 – 118.

p. 193

| 191 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Imagen 2. “A Camilo Torres” Fuente: fitg, 1.3 – 118.

Adicionalmente, en el archivo Torres Giraldo reposan panfletos que contienen coplas y canciones en honor a Camilo Torres y el folleto Simacota: una línea para la acción revolucionaria del pueblo, editado por el eln47. Esto implicaría, de alguna manera u otra, cercanías con el camilismo durante sus últimos años.

3.4 El PCC-ML

La fundación del Partido Comunista de Colombia-Marxista Leninista en

1965 se dio en el contexto del conflicto sino-soviético y del cisma de la

mayoría de los partidos comunistas alrededor del globo. Este partido de la Nueva Izquierda surgió bajo el liderazgo de importantes dirigentes de la

47

fitg 1.17 – 3-4A y 8-4D.

p. 194

Camilo Serrano Corredor | 192 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y... dirección nacional del Partido Comunista –como Pedro Vásquez Rendón– y de la Juventud Comunista –como Francisco Garnica–. Este último, palmirano y destacado dirigente regional en el Valle del Cauca, estableció relación personal con Ignacio Torres Giraldo, quien en ese momento regentaba la Librería Cervantes.

Al respecto, el propio Anecdotario de Torres Giraldo referencia la anécdota de la invitación oficial que Garnica la hizo al veterano dirigente para asistir a un evento político en la República Popular China. La respuesta de Torres Giraldo fue particular: agradeció el gesto, destacando su interés en conocer la “Nueva China”, pero declinó arguyendo que su inclusión en dicho viaje podría acrecentar las divisiones del comunismo colombiano48.

Para diciembre de 196549 se produjo la captura y posterior asesinato por parte del Ejército Nacional de Francisco Garnica, Carlos Alberto Morales y Ricardo Torres, militantes del pcc-ml encargados de la organización de un experimento de foco guerrillero del Ejército Popular de Liberación –brazo armado de dicho partido– en la Cordillera Central vallecaucana50. Los archivos de Torres Giraldo guardan dos documentos que dan cuenta de su estrecha relación con los familiares de las víctimas y su solidaridad en el marco del reclamo de sus restos mortales. El primero es un borrador de una carta sin firmar dirigida a la Cámara de Representantes, donde se denunciaban los hechos y se solicitaba una comisión investigadora de los mismos. A través de ella es posible conocer datos biográficos de los tres militantes al momento de su asesinato: todos eran bachilleres. Garnica fungía como profesor del Colegio Benjamín Herrera, Morales y Torres se encontraban en vías de continuar estudios universitarios. Asimismo, la carta denunciaba que la desaparición de los tres se dio entre el 5 y el 15 de diciembre de 1965 y que los

48

Torres Giraldo, Anecdotario.

49

Álvaro Villarraga, “Garnica Narváez, Francisco”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas (2020). Disponible en https://diccionario.cedinci.org/

50

Álvaro Villarraga y Nelson Plazas, Para reconstruir los sueños: una historia del EPL (Bogotá: Fondo Editorial para la Paz/Progresar/fucude, 1995).

p. 195

| 193 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas cuerpos presentaban señales de tortura y de ejecución sumaria –tiros en el pecho y la espalda–51.

Otro borrador de carta fechado en enero de 1966 reposa en el archivo de Ignacio Torres Giraldo. En él, Leonor Narváez, Josefina Guzmán y Julia Emma Buitrago, las madres de las tres víctimas, solicitaban al Procurador de la Nación una comisión investigadora de los hechos en términos similares del borrador previamente referenciado52. Se puede inferir la autoría de Torres Giraldo en ambos documentos.

En el archivo personal se encuentran además dos octavillas del Comité Regional “Ricardo Torres” del pcc-ml53. En la primera pieza propagandística se llamaba a la abstención electoral y al apoyo al epl. En la segunda se enumeraban las condiciones para ser patriota, resumiéndose la perspectiva política inmediata de dicho partido54: antiimperialismo, defensa de los derechos de los trabajadores, abstencionismo, participación en la lucha por la República Popular de Colombia.

51

fitg, 1.3 – 185.

52

fitg, 1.3 – 124.

53

Los tres vallecaucanos serían homenajeados con el bautizo de regionales del pcc-ml y frentes del epl en su memoria: el regional de Caldas tomaría el nombre de Morales, el de Córdoba el de Garnica, a quien también ofrecería tributo un frente del epl, y el del Valle el de Ricardo Torres, ver: Villarraga y Plazas, Para reconstruir los sueños…; Mario Aguilera Peña, “La memoria y los héroes guerrilleros”, Análisis político, n.º 49 (2003): 3-27.

54

fitg, 3-4B.

p. 196

Camilo Serrano Corredor | 194 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

3.5 El MRL

El 17 de junio de 1967 escribió Ignacio Torres Giraldo desde Medellín a Álvaro Uribe Rueda, en ese entonces director de la revista Nueva Crítica –precursora del periódico La Calle, ambas publicaciones ligadas al mrl–55. En ella, el veterano dirigente le solicitaba a Uribe Rueda, de 33 años, el establecimiento de una correspondencia de tipo político. La petición específica de Torres Giraldo pasó de solicitar “(…) el favor de conectarme con uno de sus amigos de núcleo”, a destacar el papel que podía jugar el intercambio epistolar como método subóptimo para intercambiar ideas “para la lucha práctica de las amplias masas”56. Para

55

Sobre el papel de Uribe Rueda y Nueva Crítica en el contexto de la Nueva Izquierda colombiana, véase César Augusto Ayala Diago, “El origen del mrl (1957-1960) y su conversión en disidencia radical del liberalismo colombiano”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, n.º 22 (1995): 95-122.

56

fitg, 1-4A.

Imagen 3. “Octavilla Compañero del pueblo” Fuente: fitg, 1.3 – 124.

p. 197

| 195 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas infelicidad de Torres Giraldo, la carta nunca arribó a su destino –al parecer por información incompleta de la dirección del destinatario–. Imagen 4. “Carta de Ignacio Torres (Medellín) a Álvaro Uribe Rueda (Bogotá)

– Agosto 30 de 1956”

Fuente: fitg, 1-4A.

p. 198

Camilo Serrano Corredor | 196 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

Sin embargo, la relación con el mrl no pareciera incidental ni motivada por la particular posición de Uribe Rueda. Nótese que uno de los puntos de defensa de la línea política del pcc en el documento polémico del Regional de Antioquia con Arco era, precisamente, la importancia de la relación con dicha tendencia liberal. Asimismo, el párrafo de cierre de Síntesis de historia política de Colombia era una reivindicación del papel central de dicho movimiento en la coyuntura del momento (1964): En la actualidad, un movimiento de opinión (mrl), de tendencia izquierdista y arraigo popular, se plantea la tarea de forjar y consolidar un frente nacional democrático capaz de darle al país una salida progresista de la crisis estructural –base principal de la crisis económica crónica de la población laboriosa– en la primera coyuntura de la crisis política que los desplazamientos de fuerzas están creando. En este frente, si en verdad se construye y consolida, pero sobre todo en su acción, jugará el pc, como partido proletario, el papel que le permitan sus fuerzas reales en la clase obrera y en las campesinas, si es justa su línea política y efectivo su trabajo práctico. Lo demás es hacerse ilusiones y exponer inclusive al fracaso general a los aliados que crean en nosotros.57 Igualmente, en el proyecto de resolución contra el grupo Arco del Regional de Antioquia del pcc –referenciado previamente– Torres Giraldo defendía sistemáticamente la alianza mrl-pcc:

(…) En el mrl militan masas obreras, masas campesinas, masas de clase media y sectores avanzados de la burguesía. Por consiguiente, es justo definir al mrl como un BLOQUE o ALIANZA de fuerzas progresistas, por lo cual lo apoya el Partido Comunista e incluso participa en él, desde sus posiciones ideológicas y políticas de clase del proletariado.58

57

Ignacio Torres Giraldo, Síntesis de historia política de Colombia (Bogotá: Margen Izquierdo, 1972), 100.

58

FITG, 1-14, 3-1H.

p. 199

| 197 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas

3.6 La revolución cubana

La relación de Ignacio Torres Giraldo con la Revolución cubana y sus líderes resultó particularmente interesante59. A pesar de la invitación de Pablo Balcázar60 en diciembre de 1965 para viajar a la isla caribeña61, no se conoce de aceptación ni de trámite posterior. Los intentos de acercamientos por parte de Torres Giraldo enfrentaron una relación fría y distante por parte de las instituciones culturales cubanas con quienes este buscó establecer relaciones.

Muestra del interés de Torres Giraldo por el devenir del proceso revolucionario en curso en la isla es la conservación de una declaración del Consejo de Redacción de la revista Casa de las Américas –la institución cultural determinante en dicho periodo– signada en La Habana el 8 de enero de 1967. En ella se convocaba a una asamblea de intelectuales y escritores del Tercer Mundo para debatir la situación política y las tareas del momento. Entre los adherentes se encontraban intelectuales de América Latina y Europa, incluyendo algunos de posterior distanciamiento con la institucionalidad revolucionaria cubana –Mario Vargas Llosa, Jesús Díaz y Heberto Padilla– y a un único signatario colombiano: Jorge Zalamea62. Para abril de 1967, Torres Giraldo dirigió desde Palmira una misiva a Radio Habana Cuba con la intención de participar en el Concurso internacional “Solidaridad con Cuba”, presentando su personal respuesta al interrogante: “¿Cómo puede hacerse efectivo el apoyo a Cuba que plantea la resolución de la Conferencia Tricontinental?”63. La propuesta de Torres Giraldo consistió en la defensa del núcleo central marxista-leninista de la futura revolución latinoamericana, reconociendo que la unidad en torno suyo era premisa de la victoria, pero reconociendo la necesidad de

59

Es de resaltar una relación previa a la Revolución: el diálogo epistolar de Torres Giraldo con la importante librería y editorial habanera La Moderna Poesía en torno a la posibilidad de publicar en Cuba las Cinco cuestiones colombianas. La parte cubana se mostró interesada en la aventura editorial, aunque no se conoce de ningún acuerdo posterior al respecto. Véase fitg, 1-3, 70.

60

Para 1965 fungía como corresponsal de la agencia cubana Prensa Latina en Colombia (Voz, 21 de enero de 1965).

61

fitg, 1-5 A, 123.

62

fitg, 1-7, 2-1C.

63

fitg, 1-3, 138.

p. 200

Camilo Serrano Corredor | 198 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

“comandos del Movimiento de Liberación Nacional”. La postura era notoriamente contraria al foquismo y suscitó, como era de esperarse, reacción de la parte cubana. Radio Habana acusó recibo del documento el 21 de junio de 1967 –recibiéndose en Palmira un mes después–64. El 24 de febrero de 1968, la responsable de relaciones internacionales de Radio Habana Cuba, María Montero Triana, respondió a Torres su aporte al Concurso “Noveno Aniversario”65. En ella, la funcionaria cubana realizó un ataque al argumento de “coexistencia pacífica” pretendidamente sostenido por Torres, al tiempo que aclaraba la frase de “la creación de 2, 3, muchos Vietnam”, al parecer utilizada por Torres en su texto, remitiendo al influyente escrito de Ernesto Guevara, Crear dos, tres, muchos Vietnam. La amarga nota al margen de Torres es diciente:

Este interrogatorio me supone aprendiz elemental. Me hace falta la copia de mi trabajo para el concurso “Noveno Aniversario”, a fin de reafirmar y subrayar mi posición: No recibí el acuse de recibo que se menciona.66 Ignacio Torres Giraldo continuó su participación dentro de los concursos organizados por Radio Habana Cuba. El 1 de mayo de 1968 envió desde Palmira su aporte para el Concurso “Guerrillero Heroico”. En su disertación avalaba las conclusiones de la Conferencia de olas67 frente a la vía armada de la revolución latinoamericana, alertando sobre un eventual aventurerismo derivado de la no consideración de la situación particular de cada país y sobre el peligro de “mecanizar” los senderos que transitaran los diversos procesos revolucionarios. María Montero Triana acusó fríamente recibo del documento desde La Habana el 14 de agosto siguiente68. No se conoce evidencia alguna sobre la publicación en Cuba de los ensayos que Torres Giraldo envió.

64

fitg, 1.3, 142.

65

fitg, 1.3, 152.

66

fitg, 1.3, 152.

67

Organización Latinoamericana de Solidaridad, convergencia de organizaciones políticas de la región afines a la Revolución Cubana. Fundada en 1967, tuvo una vida breve.

68

fitg, 1.3, 167.

p. 201

| 199 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas

4. A modo de cierre: una red de sociabilidades

para la revolución La correspondencia analizada permite seguir el devenir de un periodo poco explorado de la actividad política de Ignacio Torres Giraldo: el de la publicación definitiva de Los Inconformes y del ascenso de la Nueva Izquierda en el país. Una primera lectura permite inferir a un sujeto político en búsqueda de participación dentro del creciente cauce de movilización y agitación de la época. Marcado por su ya lejana expulsión, Torres Giraldo le apuesta al fin del aislamiento y a la participación en el debate público, ya sea a través de sus escritos –participando infructuosamente en los concursos de Radio Habana Cuba, buscando febrilmente la publicación de sus investigaciones–, del compartir de su experiencia –como en el proyecto de escuela sindical de la Universidad Libre–, de la búsqueda de intercambio de opiniones políticas con jóvenes figuras de la Nueva Izquierda –Garnica, Uribe Rueda, Torres Restrepo e incluso Montaña Cuéllar– o de la abierta denuncia política ante el asesinato de Francisco Garnica, Carlos Alberto Morales y Ricardo Torres.

Una inicial red de sociabilidades pasaba por el mismo pcc, a pesar de la lejanía obvia derivada de la expulsión de 1942. Militantes como Mario Solórzano, Pablo Balcázar y el mismo Diego Montaña Cuéllar –antes de su expulsión– sostenían un fluido intercambio político con un Torres Giraldo con profundas discrepancias con la dirección oficial del Partido69. Es de resaltar que, a pesar de estas, Torres Giraldo fue proyectista del documento que expulsaba a Arco del Regional de Antioquia, avaló la política de alianzas del pcc –defendiéndola incluso en sus escritos enviados a La Habana– y evitó ampliar la división de la izquierda rechazando las invitaciones de Francisco Garnica.

De otro lado, era notorio el interés de Torres Giraldo por los nuevos liderazgos, manifiesto en la pretensión por relaciones políticas con Álvaro

69

Sobre las discrepancias juveniles con Gilberto Vieira, véase: Álvaro Delgado, Todo tiempo pasado fue peor (Bogotá: La Carreta, 2003). Con Luis Vidales, véase: fitg, 1.2 y Carlos Arango, Forjadores de la revolución colombiana (Bogotá: Colombia Nueva, 1983). La crítica a la dirección del PCC bajo Durán y Vieira se encuentra en el quinto tomo de Torres Giraldo, Los Inconformes (1974) y en Torres Giraldo, Síntesis de historia política de Colombia.

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Camilo Serrano Corredor | 200 El viejo bolchevique ante los nuevos tiempos: un estudio de caso sobre la relación entre Ignacio Torres Giraldo y...

Uribe Rueda, Camilo Torres Restrepo o Francisco Garnica. Contrario al estereotipo del dirigente histórico agraviado70, Torres Giraldo asumió una postura de receptividad y de reconocimiento frente a estos, manifestándose útil para las luchas sociales y políticas del momento. La Revolución para Torres Girado fue, ante todo, organización y unidad, por lo que no cesaba en insistir en la construcción de contactos del más amplio espectro de las izquierdas.

Finalmente, la presencia en el Fondo Torres Giraldo de material propagandístico de guerrillas como el epl y el eln no es extraña. La preservación de octavillas y documentos de ambas organizaciones denota la existencia de círculos de propagandistas de estas en el escenario de proximidades políticas y geográficas del mismo Torres Giraldo. Así, la relación con la Nueva Izquierda implicaba también reconocer la existencia de un campo de izquierda armada y adjudicarle valor político a la violencia revolucionaria, algo que no era extraño en Torres Giraldo –quien criticó el “gandhismo” de Gaitán ante la violencia conservadora71 y participó de una intentona de conformación de guerrillas liberales después del Bogotazo72–. A modo de cierre, la actividad política e intelectual de Ignacio Torres Giraldo durante su última década de vida da cuenta de las complejidades que acarrea el análisis de la Nueva Izquierda en Colombia. Las rupturas con las tradiciones –partidarias en el caso del pcc-ml, arco y el mrl, eclesiásticas en el de Camilo Torres Restrepo–, la opción por la vía armada y el peso de un nuevo escenario internacional –aún signado por la Guerra Fría, pero con un papel determinante de Cuba y China– configuraban el escenario al que el ya veterano dirigente pretendía aportar activamente. Estos diálogos y redes, por infructuosos que hayan resultado, dan cuenta de la particular comprensión del intelectual militante en la época, al tiempo que abren sendas investigativas de interés para la historiografía y los estudios políticos.

70

Véase Delgado, 2007.

71

Torres Giraldo, Síntesis de historia política de Colombia, 39-40.

72

Torres Giraldo, Anecdotario… 231-232.

p. 203

III

p. 204

Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y la conexión con la sociedad Jenny Paola Valencia Torres

p. 205

| 203 | 203 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas introducción* En el marco de una historia intelectual del conflicto armado en Colombia, resulta útil orientar una reflexión hacia los artistas. Hemos visto en este libro que el conflicto no solo se vive en el campo de batalla, sino que se resignifica, se redimensiona, se agita, se carbura, o se trata de desactivar en otros escenarios. En este sentido, los artistas no han estado marginados de la reflexión política del país, ni de la contienda de las ideas que nutren y dinamizan el conflicto. Por el contrario, podemos considerarlos actores relevantes en las discusiones sobre el conflicto armado colombiano, no solo desde las obras a partir de los cuales interpretan esta realidad, sino también por sus propuestas conceptuales y narrativas, que ofrecen diferentes interpretaciones a este fenómeno y abren caminos hacia posibles soluciones a la guerra1. En este sentido, comprender la relación entre arte y conflicto nos permite introducir otros ángulos de análisis sobre esa tragedia, así como enriquecer las formas de representarla. Desde la década de 1960 hasta la actualidad, encontramos propuestas artísticas en torno a la problemática de la violencia que pueden entenderse como producciones intelectuales que construyen sentido y * Este capítulo de investigación hace parte de la Estancia Postdoctoral Historia Intelectual del conflicto en Colombia 1990-2010: revistas, intelectuales e ideas y se financió con recursos provenientes del Fondo Nacional de Financiamiento para la Ciencia, la Tecnología y la Innovación “Francisco José de Caldas” del Ministerio de Ciencias de Colombia.

1

Norbert Elias en su ya clásico texto “compromiso y distanciamiento” se preguntaba en torno al desarrollo social del conocimiento, ¿cómo se puede calificar la actitud de una persona? En la respuesta a esta pregunta concluía que no es posible un distanciamiento absoluto de un individuo de su sociedad, por eso apelaba a una postura que huyera a los extremos. Elias planteaba que “cada individuo tiende en mayor o menor medida hacia los dos polos [el compromiso o el distanciamiento] [...] [pues] debido a presiones sociales y psíquicas, no se pueden tomar como tendencias independientes del ser humano. [...] la manera en la que los individuos experimentan lo que los afecta depende del significado que atribuyen a su entorno y a sus percepciones sensoriales y depende de la forma estándar del saber que la sociedad a la que pertenece ha alcanzado”. Así para Elias “el ser humano se encuentra consigo mismo y con los demás” entre el compromiso y el distanciamiento y a estas lógicas no escapan los investigadores, para el caso de este texto diríamos lo mismo de los artistas, quienes forman parte de esos conjuntos de interrelaciones. Ver: Norbert Elias, Compromiso y distanciamiento (Barcelona: Ediciones Península, 1990), 13-23.

p. 206

Jenny Paola Valencia Torres | 204 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... generan apropiación de significados en la sociedad. Gonzalo Sánchez ya había llamado la atención sobre la necesidad de estudiar el impacto de la violencia sobre el arte colombiano, resaltando que “todavía carecemos de estudios sistemáticos que valoren su significación”2. En las siguientes páginas se acoge esa sugerencia, pero poniendo el acento más que en las obras en las voces de los artistas. En adelante, me ocuparé de indagar por la manera en la que algunos artistas contemporáneos han interpretado, explicado y representado el conflicto armado colombiano. Parto de la idea de que muchos de ellos han formulado lecturas sobre el conflicto armado que trascienden sus producciones visuales, gráficas o plásticas. Para llevar a cabo esta tarea, divido el texto en tres partes. En la primera parte, me acerco a una caracterización del artista como intelectual. De esta manera, pretendo ir dando contorno a la idea de que también podemos hablar de la existencia de un intelectual artista. En la segunda parte, me aproximaré, de manera inicial, a la forma cómo algunos artistas fueron transitando del interés de vincular arte y reflexión política hacia lo que puede considerarse como la constitución de un subcampo de trabajo alrededor de la reflexión sobre arte y conflicto armado en Colombia. Me interesa dar cuenta de elementos de contexto, también institucionales, de discusiones y posiciones que sirvieron de campo de contienda a lo largo de un trayecto temporal que posibilitó el tránsito hacia un tipo de artista que va a ocuparse, de manera decidida y explícita del conflicto armado. En la tercera parte, presentaré un acercamiento a un grupo de artistas, a sus trayectorias, pero, sobre todo, a las explicaciones que han desarrollado sobre las causas del conflicto armado. Mostraré cómo desde el arte se ha venido trabajando en la restitución de la categoría de memoria como noción clave en los procesos de búsqueda de salidas a la guerra. Con ello, se pondrá de presente que tanto el arte como los artistas, desde sus obras, interpretaciones y prácticas profesionales, aspiran a contribuir a la construcción de paz de manera plural y diversa.

2

Gonzalo Sánchez, “Los estudios sobre la violencia: balance y perspectivas”, en Pasado y presente de la violencia en Colombia, Comp. Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (Medellín: La Carreta Editores E. U.,

2007), 30.

p. 207

| 205 | 205 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas I El artista como intelectual: hacia una caracterización inicial Habitualmente las figuras del artista y del intelectual se han tenido a separar. Resulta, incluso, paradójico y sorpresivo equipararlas. Es usual que la opinión pública y algunos académicos, en el momento de una discusión de relevancia nacional, establezcan la distinción entre: “intelectuales”, “artistas”, “políticos”, entre otros. Si bien, la participación de los artistas en estos espacios subrayan su relevancia cultural, eso no implica que sean vistos como intelectuales. Frente al tema del conflicto armado en Colombia, por ejemplo, esta distinción es evidente: frecuentemente se convoca a “intelectuales” y “artistas” a reflexionar sobre el tema, como si se tratara de dos categorías claramente separadas. Es común la referencia: “intelectuales” y “artistas” hablan sobre el conflicto armado, o “artistas e intelectuales levantan la voz contra las masacres”, los ejemplos de esa naturaleza abundan3. En esas referencias claramente se deja ver que cuando se alude a reflexiones sobre el país, o sobre un tema particular, se esgrime la separación entre qué dicen los intelectuales y qué dicen los artistas. Señalando lo anterior, no me interesa sostener de forma arbitraria que todo artista es un intelectual, ni de fusionar ambas categorías, sino de introducir una discusión presente en el campo de la historia intelectual: ¿en qué circunstancias un artista puede ser considerado también un intelectual? Desde esta perspectiva, vale la pena recuperar el aporte de Susana Zanetti quien, ocupándose de estudiar a Rubén Darío, lo calificó como un “nuevo tipo de intelectual, el intelectual artista”4. Para Zanetti, esta figura surge cuando la obra trasciende lo estético y consigue forjar una postura de "densidad" crítica frente a la sociedad. En el caso de Azul, por ejemplo,

3

Uno de ellos es la invitación al lanzamiento del libro Conflicto armado, la paz es la victoria. El titular reza “Intelectuales y artistas hablan sobre el conflicto armado”. María Antonia León Restrepo, “Intelectuales y artistas hablan sobre el conflicto armado”, Noticentral, 26 de agosto de 2014, www.ucentral.edu.co/ noticentral/intelectuales-artistas-hablan-sobre-conflicto-armado

4

Susana Zanetti, “El modernismo y el intelectual como artista: Rubén Darío”, en Historia de los intelectuales en América Latina: I. La ciudad letrada, de la conquista al modernismo, ed. Jorge Myers (Buenos Aires: Katz, 2008), 523.

p. 208

Jenny Paola Valencia Torres | 206 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... Zanetti asegura que esa obra “señala el inicio de su afirmación rotunda del rol del artista, y de los modos de intervención del arte en las discusiones acerca de la sociedad y la cultura modernas –la estetización del espacio interior y la estilización de la crítica a la modernización–”5. Así el artista intelectual también ocupa un lugar dentro del grupo de elites intelectuales y artísticas, gracias al reconocimiento que alcanza en su trayectoria, algo que va más allá del campo de la cultura. En el caso de Rubén Darío, el artista intelectual es definido como un actor que decide comprometer sus obras haciendo de ellas construcciones más explícitas y vinculadas con situaciones inmediatas y que asume una posición pública, al tiempo que busca ser agente de circulación de nociones que conciernen al orden social. Entonces, ¿en qué momento el artista se convierte en intelectual? Para responder a esta pregunta, me acogeré a la interpretación de Andrea Giunta quien señala que un artista puede ser entendido como un intelectual cuando: 1. decide comprometer sus prácticas con la realidad política y social, 2. utiliza formas, repertorios visuales y conceptuales elaborados para plantear no solo una postura sino una posible solución para entender y superar el conflicto, y 3. cuando consigue expresar con palabras y con ideas más allá de las imágenes su reflexión sobre la sociedad a la que pertenece6. Para ejemplificar los elementos que Giunta propone para la caracterización del artista como intelectual, me referiré a dos casos concretos, distantes temporalmente el uno del otro: las pinturas de Alejandro Obregón y el contra monumento de Doris Salcedo.

Alejandro Obregón, por ejemplo, retrató en sus pinturas la crudeza de la violencia política surgida del Bogotazo, de la dictadura de Rojas Pinilla y el Frente Nacional. Algunas de sus obras célebres fueron Masacre

5

Ibid., 527.

6

Andrea Giunta, Vanguardia, internacionalismo y política. Arte argentino en los años sesenta (Buenos Aires: Paidós, 2001), 336.

p. 209

| 207 | 207 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de 10 de abril de 19487, Estudiante muerto (Velorio)8, así como Violencia (1962), a partir de las cuales representaba la realidad en la cual estaba inmerso. Como un artista comprometido con la crítica y la representación de la violencia plasmó una sociedad atravesada por los odios viscerales, por la violencia, por la muerte. A juicio de Beatriz González, el trabajo de Obregón era un símbolo de la transformación en la forma de entender el arte y su función social en unos años en los que emergía lo que ha sido denominado como “el arte comprometido”. Me valgo, entonces, de esta postura de González para plantear que este giro estético y esta preocupación por insertar en las artes plásticas un diálogo con el presente, consiguen expresar una postura frente a la sociedad que va más allá de las imágenes, de lo estético y que sitúa al artista en el campo de las ideas que movilizaban interpretaciones de la violencia de la época9. Más recientemente, el caso de Doris Salcedo y su obra Fragmentos ofrece otro ejemplo de un artista como intelectual. Esta obra concebida como un contra-monumento construido a partir de la fundición de 8894 armas entregadas por la guerrilla de las FARC, después de la firma de los acuerdos de paz en 2016, fue diseñada como un espacio simbólico para la memoria y la superación de la guerra. En ella se involucró a mujeres víctimas de la violencia sexual, sumándole una carga ética y política fundamental10.

En el 2021, en el marco del paro nacional y el estallido social, Fragmentos suscitó controversia después de que el gobierno nacional utilizara el espacio para una reunión oficial. Salcedo denunció que su obra había sido “mancillada”, al emplearse en un acto que desvirtuaba su propósito original, pues transgredía su carácter de espacio destinado

7

Óleo sobre tela, 103 x 145 cm. Colección del Museo Nacional. En este cuadro se representa la manera en la que el artista entendió ese momento histórico que detonó la violencia contemporánea en el país. Empleando la técnica del cubismo, muestra diferentes partes del cuerpo y alude a la figura del desmembramiento para retratar el dolor de esos días.

8

En este óleo sobre lienzo de 100 x 200 cm, Obregón retrató lo que para él representaba la dictadura de Rojas Pinilla. En concreto se refiere a la matanza del 8 y 9 de junio de 1956.

9

De hecho, esas posturas de Obregón no tardaron en suscitar reacciones pues, para Beatriz González “en los salones se observa un enfrentamiento del arte que las izquierdas denominaban ‘elitista’ con la aparición de las ideologías en el dibujo, el grabado y la pintura”. Ver: Beatriz González, “El termómetro infalible”, en 50 años del Salón Nacional de Artistas (Bogotá: Colcultura, 1990), XXVIII.

10

“Fragmentos, espacio de Arte y Memoria”. https://onx.la/ba84e

p. 210

Jenny Paola Valencia Torres | 208 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... al recuerdo y la reflexión. Tanto artistas como académicos consideraron que con ese acto se desconocía la importancia del arte para propiciar espacios de “diálogo y la oportunidad para debatir en el presente y en el futuro cómo enmendar la herida de Colombia”11. Se consideraba una afrenta porque esta obra clausuraba un proceso de paz atropellado y angustioso y con ella se intentaba rendir homenaje a las víctimas del conflicto armado12. La reacción pública por parte de la artista y de otros intelectuales deja ver, a mi parecer, dos cosas. La primera es que el arte no está – ni debe estar – al margen de la reflexión política del país, esto es, de la contienda de las ideas que dinamizan el conflicto. La segunda, es que los artistas son actores relevantes en el especio y en la opinión pública colombiana, no solo desde montajes a partir de los cuales interpretan dicha realidad, sino también como actores que proyectan ideas y narrativas que propenden por la búsqueda de soluciones y salidas a la guerra. El caso de Fragmentos confirma que, como plantea Andrea Guinta, cuando un artista asume una postura pública compromete su obra con su contexto histórico y se convierte en un agente activo de circulación de ideas que cuestionan y transforman el orden social13. Así entendido, el artista no solo crea imágenes, sino palabras, ideas y acciones que generan significados y narrativas comprometidas intelectualmente con los problemas sociales.

11

Jesús Ruiz Mantilla, “Doris Salcedo, ‘Iván Duque y su gobierno han mancillado mi obra’”, El País, 21 de mayo de 2021, https://elpais.com/cultura/2021-05-22/doris-salcedo-ivan-duque-y-su-gobierno-hanmancillado-mi-obra.html

12

Junto a Fragmentos se exhibía también la obra del artista belga Francis Alÿs sobre la guerra en Irak “que explora el colapso social, la ausencia de sentido y el drama ocasionados por la guerra” (sinopsis del Museo Nacional).

13

Andrea Giunta, Vanguardia, internacionalismo y política, 338.

p. 211

| 209 | 209 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas II La constitución de un subcampo: los intelectuales artistas y su interpretación del conflicto armado en Colombia Entendiendo al intelectual artista como aquel que va más allá de su sensibilidad por la estética y que incorpora en sus expresiones artísticas (pintura, escultura, mural, fotografía, caricatura, entre otros) un compromiso político y una intención manifiesta de alzar la voz, quiero reconstruir el proceso por medio del cual se ha ido configurando lo que se puede entender como una “comunidad de interpretación” o un subcampo para los artistas: el del conflicto armado14. Aunque hay que partir de las diferencias individuales entre artistas, técnicas, enfoques y posturas ideológicas, aquí me interesa rastrear la manera como la preocupación por retratar el conflicto fue ganando terreno desde la década de 1960 hasta la actualidad. Los trabajos que se producían con el telón de fondo del conflicto armado, alusivos a la guerra, revelaban claves de interpretación de ese flagelo en la sociedad colombiana y más allá de la simple denuncia, para hacer visible lo que, paradójicamente por la proximidad, pareciera extraño a nuestros ojos, dejaba ver una radiografía de los problemas que se han ido enquistando y que han ido carburando la violencia y el conflicto en los años recientes en el país. En esta parte, iré introduciendo algunos artistas significativos que han contribuido a delinear lo que he denominado un subcampo de interpretación del conflicto armado colombiano con relativa autonomía de las producciones estéticas y creativas que contemplan temas diversos.

14

Tomamos prestada la noción de “comunidad de interpretación” de la propuesta de Renán Silva, Los Ilustrados de Nueva Granada 1760-1808: genealogía de una comunidad de interpretación (Medellín: Banco de la República y Fondo Editorial eafit, 2002).

p. 212

Jenny Paola Valencia Torres | 210 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... Finales de la década de 1950. El campo artístico se dinamiza Hacia mediados del siglo xx se asistió en Colombia a un proceso de dinamización del campo artístico. El contexto de violencia bipartidista no solo movilizó el dominio de las letras, también hizo lo propio en el mundo del arte a partir de la publicación de las primeras revistas de artes visuales en el país. En 1956, Judith Márquez fundó la revista Plástica y un año después Marta Traba impulsaba la revista Prisma. La aspiración de estas publicaciones era la de avivar el escenario académico y especializado de las artes plásticas, leyendo desde el arte la realidad social del país, integrando las “críticas a los gobiernos de turno, reflexiones teóricas, traducciones de revistas internacionales, comentarios de lectores y artículos dedicados a corrientes artísticas y artistas en Colombia, Estados Unidos y algunos países de América Latina”15. Dichas publicaciones daban cuenta de las nuevas formas en las que intelectuales y artistas se situaban frente al convulso contexto del país. Diferentes iniciativas y expresiones retrataban las contradicciones de una sociedad que se modernizaba atropelladamente y eran plasmadas en instalaciones artísticas, pinturas, imágenes diversas.

15

Laura Alejandra Jácome, “Plástica y Prisma: campo artístico en Colombia (1956-1960)” (Tesis de Maestría, Universidad de los Andes, 2020), 8. La revista Prisma, fue una revista de arte dirigida e impulsada por Marta Traba, quien, como crítica de arte y gestora cultural, encarna una figura de gran interés, fue fundadora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, su trabajo permite seguir las redes intelectuales entre el arte, la literatura y la gestión cultural. Sus reflexiones sobre el arte, el espacio académico de lo estético y los espacios de reflexión sobre el acontecer nacional a través de las manifestaciones artísticas han dado pie para potenciar espacios como museos, galerías, sitios de exposición de esas ideas. Para conocer más sobre esta crítica de arte ver: Efrén Giraldo, Marta Traba: crítica del arte latinoamericano (Medellín: La Carreta Editores E.U., 2007).

p. 213

| 211 | 211 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas Portada del primer número de la Revista Plástica. Tomada de M–Arte y Cultura Visual.16 Portada del primer número de la Revista Prisma. Tomada del Banco de Archivo Digitales de Artes en Colombia17.

Diversos fenómenos estaban transformando la escena cultural, política e intelectual, tanto a escala global como a escala nacional, durante esa década, lo que incentivó un creciente interés por representar la realidad social y política a través de otros lenguajes, deslizándose hacia el terreno ideológico, sobre todo en el marco de la Guerra Fría. Asimismo, los impactos de la Revolución Cubana, la guerra de Vietnam y la Revolución Cultural China fueron imprimiendo en las siguientes décadas (1960-1970) un carácter particular a la circulación de las ideas e ideologías, que en el campo de la cultura y de las artes, se alineaban más con reivindicaciones de la izquierda, con la lucha por los derechos políticos de sujetos históricamente excluidos18. Por esa razón, en este periodo empieza a vislumbrarse lo que se ha denominado: la emergencia del artista comprometido. No obstante, este compromiso se traducía en una separación entre el arte de los salones y el arte de izquierda19.

16

Julián Serna Lancheros, “El pasado que busca su lugar en el presente: Judith Márquez y la revista Plástica”, M–Arte y Cultura Visual, 02 de abril de 2013, http://www.m-arteyculturavisual.com/2013/02/04/ el-pasado-que-busca-su-lugar-en-el-presente-judith-marquez-y-la-revista-plastica/

17

Ivonne Jara, “El legado de Marta Traba en Colombia”, Banco de Archivos Digitales de Artes en Colombia,

07 de abril de 2021, https://badac.uniandes.edu.co/el-legado-de-marta-traba-en-colombia/

18

De manera concreta, se puede ver en las fotografías de Andrés Serrano que expresan la “soledad del ser humano aplastado por el capitalismo”. También se puede ver en Gloria Posada con su exposición NO LUGAR, en la que retrata el “aplastamiento inhumano de los poderes y el atropello que sufren los campesinos desplazados”. Ver: Darío Ruiz Gómez, “Gloria Posada”, Artnexus, n.° 41 (2001), https://www. artnexus.com/es/magazines/article-magazine-artnexus/5d62fc3c90cc21cf7c09da41/41/gloria-posada

19

Beatriz González, “El termómetro infalible”.

p. 214

Jenny Paola Valencia Torres | 212 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... En la escala nacional, por esos años se vivían también los efectos de una cruda violencia política partidista. A pesar de la búsqueda de consensos con el Frente Nacional en 1958, no se logró el cometido porque este pacto político generó mayor violencia y polarización. Sobre ese contexto particular haré referencia más adelante, por ahora, volvamos al escenario internacional. Hacía la década de 1960, habían tomado fuerza, además, los movimientos reivindicativos de mujeres, liberación de los homosexuales y búsqueda de derechos para la población negra. Se hablaba de la década de la revolución sexual, cuyo hito lo marcaron las protestas de mayo de 1968, que aunque tuvieron su epicentro en Francia, impactaron otras latitudes con su espíritu igualitario y, lo que sería una novedad para el momento, la aparición en escena de las reivindicaciones ecológicas20. Por esos años, se abría el telón de un escenario que impactó el campo del arte y las sensibilidades, pues dio lugar a nuevas experiencias que se manifestaban a través de expresiones musicales, la protesta a través del rock, el cuestionamiento del orden desde el ideal hippie, que impregnaba la existencia con nuevos ideales, a lo que se sumaba la expansión del consumo de drogas, la marihuana, el ácido, entre otras sustancias21. Fueron años de grandes transformaciones, por eso, no podía ser de otra forma, que dichos cambios se vieran reflejados en el campo artístico. Por esa época, hubo una explosión en “el arte pop, el cinetismo y arte óptico, la neofiguración, el objeto, el happening, el arte del cuerpo, el fluxus, de

20

No puedo dejar de mencionar uno de los fenómenos más interesantes que tuvo lugar por esos años: la emergencia de los No Alineados, pues se trató de un movimiento de países que impulsaban una serie de demandas en el escenario internacional, entre las que se encontraban: la bandera de la descolonización, el respeto por las relaciones amistosas y la coexistencia pacífica, el respeto por los derechos humanos, el reconocimiento de la igualdad de todas las razas y de las naciones, el rechazo al intervencionismo estatal, la solución pacífica de las controversias a través de la negociación, conciliación, es decir, el respeto por la Carta de las Naciones Unidas, la superación del capitalismo periférico y la asimetría económica del mundo, la distribución geográfica equitativa, el desarme, la democratización de las relaciones internacionales, el desarrollo del componente ambiental, entre otras reivindicaciones que convertían este movimiento en una alternativa tanto política, cultural, económica y social que veía la luz en pleno contexto de la guerra fría pues “por primera vez en la historia los países industrializados tuvieron un interlocutor del mundo en desarrollo”. Ver: Patti Londoño Jaramillo, “Vigencia de los No alineados en el contexto de la Guerra Fría”, Colombia Internacional 1 30 (1995): 2, https://doi.org/10.7440/ colombiaint30.1995.02

21

James Henderson, Víctima de la globalización. La historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en Colombia (Bogotá, Siglo del hombre Editores, 2012).

p. 215

| 213 | 213 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas nuevos intentos por la geometría, los contornos precisos y los inicios del minimalismo”22.

Todo este escenario revelaba los cambios en la esfera cultural a la vez que marcaba el ascenso protagónico de la mujer en el campo del arte, aspecto que coincidía no solamente con el aumento de la escolarización y profesionalización de la mujer y, por lo tanto, de su autonomía, sino que coincidió con un momento de explosión tanto creativa como de fomento institucional y de gestión cultural, en el que las mujeres tuvieron un rol protagónico23. Es decir que gran parte de la dinamización del campo del arte en Colombia se forjó de la mano de mujeres, entre ellas podemos mencionar a Judith Márquez, Débora Arango24, Beatriz González, Marta Traba, Doris Salcedo25, entre otras, que fungieron como artistas y/o críticas de

22

“María Thereza Negreiros y 16 mujeres artistas de su generación”, Museo La Tertulia, acceso el 15 de diciembre de 2021, https://museolatertulia.com/maria-thereza-negreiros-y-16-mujeres-artistas-de-su-generacion-2/

23

Baste mencionar, por ejemplo, la fundación del Museo de Arte Moderno de Bogotá, en 1955. Solo hasta 1962 Marta Traba logra darle forma y materialidad a esta iniciativa, convirtiéndose en la primera directora del Museo. Sumado al proyecto editorial de la Revista Prisma, Marta Traba también contribuyó a dinamizar el campo de la radio y de la televisión con diferentes programas radiales y también televisivos, entre los que se encontraban “El museo imaginario (1955), Una visita a los museos (1955), El ABC del arte (1956), Curso de Historia del Arte (1958) e Historia del Arte Moderno contada desde Bogotá (1984). Esta información fue tomada de Jara, “El legado de Marta Traba”.

24

La artista reflexionó sobre las “causas de remotas del conflicto”, que entendía “había comenzado dos años antes del asesinato de Gaitán”. Con ello, desde el arte, Arango estaba reinterpretando la periodización sobre La Violencia que otros intelectuales desde la academia habían establecido a partir del Bogotazo. Arango “denunció con más intensidad los horrores de aquella guerra civil no declarada, la cual sigue siendo ignorada por una parte de las instituciones que en su conjunto constituyen la memoria histórica oficial. Precisamente por su posición crítica hacia las clases dirigentes y su feminismo combativo su obra fue descalificada y rechazada por las academias de arte por mucho tiempo”. Ver: Sven Schuster, “Arte y Violencia: la obra de Débora Arango como lugar de memoria”, Revista de Estudios Colombianos n.° 37-38 (2011): 35, https://colombianistas.org/index.php/revistas-anteriores/revista-de-estudios-colombianos-n37-y-38/. Algunas de sus obras fueron Masacre del 9 de abril (1948), El cementerio de la Chusma (1951), La salida de Laureano (1953), Huelga de estudiantes (1957). A propósito del periodo de la Violencia Gonzalo Sánchez sostiene que cubre los años entre 1945 y 1965, en donde se vivió una “conmoción social y política”, que dejó una alta cifra de muertos, anarquía, bárbaras formas de violencia, terror oficial e insurgencia campesina y una amplia crisis política que marcó una generación entera. Por ello, la literatura sobre este periodo es bastante amplia, tanto académica como literaria, así como es amplio el acercamiento desde diferentes expresiones artísticas y culturales: documentales, artes plásticas, pintura. Ver: Gonzalo Sánchez, “Los estudios sobre la violencia”, 25.

25

Doris Salcedo fue una de las primeras artístas que hizo parte de una generación de profesionales formados en Bellas Artes, que tomaron como objeto de estudio a la violencia y al contexto convulso en el que vivía el país. A propósito, la Escuela Nacional de Bellas Artes en Colombia nace en 1886, consolidando un “modelo de arte para la nación”. Pero “las artes y los oficios llegar[o]n al sistema universitario en 1867, casi 20 años antes que la instauración de Bellas Artes”. El sistema de enseñanza y la lógica política al que respondió fue: Dejar de ver la formación de artes como una cualificación de artesanos como personas útiles que elaboraban productos con sus manos (albañiles, carpinteros y herreros). Ver:

p. 216

Jenny Paola Valencia Torres | 214 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... arte, que tuvieron un papel protagónico en la fundación de museos y en la incorporación de la política al arte. La presencia de la mujer en este campo fue fundamental para su resignificación, pero no puedo dejar de mencionar también el trabajo valioso de otros artistas como Pedro Nel Gómez, Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Eduardo Ramírez Villamizar y Edgar Negret, entre otros, que, por esos años, también a través de sus producciones y construcciones artísticas incorporaban, la política, el poder, la crítica a la sociedad, dejando ver cómo el mundo de las ideas es reflejo del mundo social26.

Es así como las décadas de 1960 y 1970 representaron un periodo dinámico y floreciente de una nueva sensibilidad frente al contexto social que empezaba a ser plasmada en el arte. Por esos años, se puede reconocer un tránsito del carácter testimonial del arte, que retrataba la violencia partidista de la década de 1950, a una concepción y práctica distinta en la que empezaba a alumbrar un arte que se ha denominado como arte testimonial de fuerte contenido político, un arte que cuestionaba el poder, la lógica confrontacional partidista, la exclusión y muchos otros flagelos de la sociedad de la época, especialmente aquel que detonó el cierre de los espacios democráticos en el país con el Frente Nacional hacia 195827. Precisamente, la nueva generación de artistas que emergía por esos años empezaba a atender a la violencia generada en el marco del naciente conflicto armado en Colombia que se puede ubicar hacia la década de 1960. A través del arte, se representaba y daba sentido a nuevas formas de pensar la democracia, los movimientos estudiantiles, sindicales, la configuración de los grupos guerrilleros y también se hacía evidente una distancia entre los artistas que tenían como centro estas preocupaciones y los que se consideraban como artistas oficiales, William Vásquez, “Antecedentes de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Colombia, 1826-1886: de las artes y oficios a las bellas artes”, Cuadernos de Música, Artes Visuales y Artes Escénicas 9, n.° 1 (2014): 38, https://doi.org/10.11144/Javeriana.mavae9-1.aenb

26

Otros artistas que empezaron a aparecer por esa época fueron: Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Eduardo Ramírez Villamizar y Edgar Negret.

27

Ivonne Pini, “Arte y política en Colombia (de mediados de la década de 1970 a los años ochenta)”, Ensayos: Historia y teoría del arte, n.°10, (2005): 182, https://revistas.unal.edu.co/index.php/ensayo/article/ view/44974

p. 217

| 215 | 215 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas institucionales, así como la visión mercantilista del arte, en donde la crítica a los salones nacionales se hacía constante28.

Ivonne Pinni recuerda la importancia del texto de Orlando Fals Borda, Germán Guzmán Campos y Eduardo Umaña Luna, “La Violencia en Colombia”, publicado su primer tomo en 1962, a partir del cual se presentó una mirada a la violencia en las regiones del país que tuvo gran repercusión, no solo en el mundo académico, también fue clave para que muchos artistas desarrollaran una línea de análisis por esos años. Por ejemplo, a partir de esta publicación empezaron a hacer más evidente la tragedia de la violencia, las crónicas en las que se recogía el impacto de una cotidianidad del dolor, de la muerte de la atrocidad, en las obras de artistas como Alipio Jaramillo, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Carlos Correa y Alejandro Obregón. Obras que estaban direccionando una lectura crítica y “un compromiso militante con la realidad”29.

Es importante agregar que, por esos años, además, las discusiones teóricas del campo del arte parecían girar alrededor de nociones concretas como: el concepto de representación, en una doble vía: frente al objeto del arte y también frente a la relación entre el artista y el público. Con ello, se puso en tela de juicio la supuesta “naturalidad” de la representación y por el contrario se entendía como un artificio, como una construcción, una interpretación, lo que conducía a un problema mayor en las humanidades, las artes y las ciencias: conseguir representar la realidad, a través del arte que discute con la categoría de verdad. Hacia la década de 1970 estaba en tránsito el cambio: ya no importaba tanto que el arte revelara la verdad, la realidad social, sino que se hacía imperativo para los artistas enfocarse en el contenido y en la manera como se concebía la obra, lo que dio lugar a la aparición del arte conceptual. Pini asegura que “la identificación del arte conceptual como una nueva forma de abordar el hecho artístico propició

28

Ivonne Pini, “Gráfica testimonial en Colombia, Mediados de los sesenta a comienzos de los setenta”, Arte en Colombia. Internacional, n. 33 (1987): 61-63. Consultada en: https://icaa.mfah.org/s/es/ item/1092323#?c=&m=&s=&cv=1&xywh=-1116%2C0%2C3930%2C2199

29

Ivonne Pini, “Arte y política en Colombia: 182.

p. 218

Jenny Paola Valencia Torres | 216 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... el uso de términos tales como desmaterialización, pérdida de visualidad, arte posobjeto y arte como idea”30.

Sumado a dichas transformaciones, por las décadas de 1960 y 1970, los artistas empezaron a vincular sus producciones con las demandas sociales, desde lo que se ha denominado como arte comprometido. De esa manera, también se estaba desafiando la concepción de arte clásico, ligado a unas esferas privilegiadas: de los salones y museos, para plantear un arte que se pretendía vinculado con la sociedad, y que se alineaba con la crítica social. No olvidemos que por esos años se estaba asistiendo a transformaciones asociadas con la expansión de las clases medias y la reconfiguración del espacio urbano como consecuencia de la industrialización. Además, había mejoría en las condiciones y en la calidad de vida, gracias a una ampliación en el acceso a la educación y a servicios básicos, que ofrecían nuevas condiciones a la clase trabajadora, pero que a la vez potenciaban las reivindicaciones y las demandas sociales por medio de la protesta y la lucha social, cuyo eco se hizo sentir en América Latina en la década de 197031.

Una artista que encarnó ese proyecto fue Clemencia Lucena, cuyo trabajo, de carácter abiertamente político, se enfocó en cuestionar las estructuras de poder y las desigualdades sociales en Colombia. A través de su obra, propuso una reflexión crítica sobre la situación política y las tensiones sociales que marcaron al país durante las década de 1960 y 1970, un periodo de gran agitación ideológica y de resistencia. Esta artista hizo parte del “Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (moir), fundado en Medellín en 1971, el cual agrupó una serie de facciones de izquierda, entre ellos a militantes del Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino, a los líderes de la naciente Juventud Patriótica y a los estudiantes universitarios de instituciones públicas y privadas del país”32. Lucena

30

Pini, “Arte y política en Colombia”, 180.

31

Ricardo Arias, Historia de Colombia contemporánea (1920-2010) (Bogotá: Ministerio de Cultura: Biblioteca Nacional de Colombia, 2017), 178 y 219.

32

María Mercedes Herrera Buitrago, “Marta Traba y Clemencia Lucena: Dos visiones críticas acerca del arte político en Colombia en la década de los setenta”, Memoria y Sociedad 16, n.° 33 (2012): 123. https:// revistas.javeriana.edu.co/index.php/memoysociedad/article/view/8317

p. 219

| 217 | 217 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas se apropió de las estéticas del comunismo y del socialismo para “convertir el arte en un leguaje capaz de conectar causas sociales y la indiferencia” 33. La artista fue más allá de sus obras y publicó varios escritos en los que opinaba públicamente, “algunos de sus textos críticos publicados en la prensa nacional fueron recogidos en el libro Anotaciones políticas sobre la pintura colombiana publicado en 1975”34. Entre las obras más representativas de Clemencia Lucena se encontraban pinturas y fotografías como: El imperialismo yanqui, Primero de mayo revolucionario, Huelga en Bogotá, Vivan las marchas campesinas, Somos fogoneros de la Revolución, Orador Obrero, Minero de Zaragoza, Conquistadores de la tierra en el campo de batalla35. Esos trabajos ya dejaban ver la posición de Lucena frente a lo que consideraba que eran los cuatro grandes desafíos que los artistas y la sociedad debían enfrentar:

La primera cuestión se resolvía cuando el artista asumía una posición de clase: la posición del pueblo y emprendía la defensa de la causa popular; la segunda, el artista llevaba a cabo un análisis objetivo [...] [de asuntos como] graves problemas de injusticia social, la violencia o la tenencia de la tierra, para proceder a transmitir un mensaje en el cual se privilegiara la idea de la unidad del pueblo, lo que a su vez convertía al arte en un estímulo para sus luchas; la tercera, el artista debía dirigir su obra al pueblo y su producción debía ser un aporte a la lucha revolucionaria [en contra de] [...] los salones nacionales, las bienales de arte, las galerías de las principales

33

Olga Lucía Lozano realizó en abril del 2015 una retrospectiva de Clemencia Lucena en la sección Esto no es bonito del portal de noticias de La Silla Vacía, que denominó “El politburó del arte nacional”. El objetivo del acercamiento al trabajo de Lucena era “Recuperar el valor del trabajo de esta artista para la historia del arte nacional y la historia misma del país”. Acceso el 15 de diciembre de 2021, https:// archivo.lasillavacia.com/noesbonito

34

Herrera, “Marta Traba y Clemencia Lucena”, 123. Según esta autora, los escritos publicados por Clemencia Lucena, como crítica de arte, estaban ubicados en una orilla ideológica opuesta a los de Marta Traba, quien era una crítica de arte muy reconocida en la escena cultural nacional por esos años. Además, la obra de Lucena empieza a ser contemporánea con los trabajos de Beatriz González, Bernardo Salcedo, Álvaro Barrios y Feliza Burztyn.

35

1. El imperialismo yanqui, litografía sobre papel 67 x 48 cm, 1972. 2. Primero de mayo revolucionario, pin-

tura 160 x 130 cm, 1979. 3. Huelga en Bogotá, pintura160 x 130 cm, 1978. 4. Vivan las marchas campesinas, pintura, 1972. 5. Somos fogoneros de la Revolución, óleo sobre tela 80 x 13 cm, 1978. 6 Orador Obrero, 1979. 7. Minero de Zaragoza, óleo sobre lienzo 130 x 180 cm, 1980 (aprox.). 9. Conquistadores de la tierra en el campo de batalla, dibujo, 60 x 35 cm, 1974. Ver: Lozano, “El politburó”.

p. 220

Jenny Paola Valencia Torres | 218 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... ciudades colombianas; por último, el artista debía dedicarse al estudio del marxismo para obtener “correctas” conclusiones de la realidad y también para alcanzar la calidad artística de la obra36.

De manera que, para Clemencia Lucena, el país enfrentaba una situación neocolonial y su enemigo principal era el imperialismo que oprimía al pueblo. Por estas posturas, Lucena recibió críticas incluso de intelectuales pertenecientes a la izquierda, como es el caso de Álvaro Medina, quien calificaba de superficiales sus valoraciones, y por ello, Medina llegó a considerar el trabajo de Lucena como panfletario. La postura de la artista reflejaba la radicalización del ambiente político y de las ideas que se vivían en el país por esos años, y que también se expresaban en movimientos de estudiantes y obreros quienes en palabras de Daniel Pécaut se acogían también a la “radicalización más que a la organización política”37. Este tipo de ideas terminarían alimentando las posiciones unilaterales que han contribuido a que las polarizaciones ahonden los conflictos y las diferencias en el país.

Ivonne Pini ha denominado este fenómeno como la emergencia de una nueva relación entre el arte y la política, entre el arte y la sociedad. Es decir, se empezaba a hacer más evidente el avance del proceso de autonomización de los artistas frente a lo que se consideraba el artista tradicional. Parecía empezar a operar lo que Paula Marín califica como el distanciamiento de la lógica de la “ciudad letrada”, en tanto se ve inmerso en “la hecatombe social, política y cultural producida por el fenómeno de la Violencia y por el Frente Nacional. Estos hechos, así como la tecnificación de la sociedad y la especialización de los saberes, ocasionan que el intelectual se distancie del campo del poder político y que este revele su cinismo […], la intención estética pura se convierte en la validación de ese saber- hacer”38. Otros artistas de la época que presentaban una lectura

36

Citado en Herrera, “Marta Traba y Clemencia Lucena”, 127.

37

Citado en Herrera, “Marta Traba y Clemencia Lucena”, 134.

38

Paula Marín, “Eco (1960-1984) y las dinámicas del campo literario colombiano de mitad del siglo XX”. Lingüística y literatura, n.°66 (2014): 114-115. Es importante señalar que cuando me refiero a un distanciamiento de la ciudad letrada, estoy aludiendo a un distanciamiento de las lógicas del poder político,

p. 221

| 219 | 219 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas crítica comprometida políticamente del contexto colombiano se congregaban alrededor de lo que se llamó Taller 4 Rojo. Este taller se convirtió en una tribuna para intelectuales militantes que, desde el arte, planteaban una interpretación sobre la realidad del país, enmarcando sus discusiones en el contexto internacional. Este taller fue fundado por Diego Arango y Nirma Zárate, quienes inicialmente “desarrollaron trabajos creativos individuales, lideraron proyectos independientes y ofrecieron servicios de comunicación y difusión a instituciones artísticas y culturales que permitieron la autogestión del espacio”39. Poco a poco, este colectivo de artistas se fue abriendo e integrando a personas desde diferentes disciplinas del mundo académico40. Las propuestas de este colectivo tuvieron un carácter pedagógico que apostaban por llegar a un público distinto del arte tradicional, pues reivindicaba al pueblo, a la comunidad, a la sensibilidad por las causas sociales. Algunas de las obras recogidas para este espacio fueron: Agresión del imperialismo, Luchando unidos venceremos, La lucha es larga. ¡comencemos ya!, Represión contra los estudiantes, Proclama de Camilo Torres, Gobierno del Terror41.

Como ya he mencionado, en las décadas de 1960 y 1970 se presentaron revoluciones en diferentes órdenes: estructuralismo, marxismo, teoría de la dependencia, boom de la narrativa latinoamericana. Estas alimentaban y movilizaban debates intelectuales, también condicionaban en tanto empieza a aparecer un interés por vincular el arte con las demandas sociales, emparentando el arte también con las causas populares, más allá de los círculos cerrados y privilegiados de los salones de arte y los museos.

39

“Rojo y más rojo. Taller 4 Rojo, producción gráfica y acción directa”. Museo La Tertulia, acceso el 16 de julio de 2021, https://museolatertulia.com/rojo-y-mas-rojo-taller-4-rojo-produccion-grafica-y-accion-directa/

40

Camilo Andrés Ordoñez y María del Sol Barón Pino, “Historiografía y curaduría: relatos visuales a partir de imágenes de archivo”, Cuadernos de Música, Artes Visuales y Artes Escénicas 13, n.°2 (2018), https:// doi.org/10.11144/javeriana.mavae13-2.hycr. Entre los artistas que fueron sumándose a este proyecto se encuentran Umberto Giangrandi y Carlos Granada, el fotógrafo Jorge Mora, el médico Juan Jaramillo y Fabio Rodríguez.

41

Los datos más precisos de las imágenes son: 1. Agresión del imperialismo, Diego Arango-Nirma Zárate , serigrafía, 1972 (serie compuesta por tres piezas). 2. Luchando unidos venceremos, Diego Arango-Nirma Zárate, serigrafía, 1971. 3. La lucha es larga. ¡comencemos ya!, Diego Arango-Nirma Zárate, serigrafía, 1971. 4. Represión contra los estudiantes, Diego Arango-Nirma Zárate, serigrafía, 1971. 5. Proclama de Camilo Torres, Diego Arango-Nirma Zárate, Serigrafía, 1971. 6. Gobierno del Terror, Diego Arango-Nirma Zárate, Serigrafía, 1974.

p. 222

Jenny Paola Valencia Torres | 220 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... y modificaban los “modos de organización del trabajo” de intelectuales y artistas42, de manera que las acciones de este colectivo dejaban ver la importancia de una posición crítica, el apoyo a la protesta, la recuperación desde el arte de las problemáticas más acuciantes del convulso contexto, la denuncia de los gobiernos. De ahí que se empezaran a abrir nuevos espacios de recepción y circulación de este tipo de producción artística, como por ejemplo el mundo obrero, estudiantil y sindical43. Camilo Ordoñez y María del Sol Barón señalan que dentro del repertorio de imágenes producidas por este colectivo se encuentra como elemento recurrente la alusión a “líderes o mártires locales vinculados a diferentes luchas sociales” en la técnica de la serigrafía. Por ejemplo, la estampa en fotoserigrafía de Camilo Torres, el cura “fundador del movimiento político de oposición Frente Unido, y quien, tras la censura y fuerte persecución, decidió renunciar a su vida civil y religiosa e integrarse a la lucha armada. [...] esta estampa es muy conocida en parte, gracias a su inclusión en la enciclopedia Historia del arte colombiano (Salvat, 1975)”44. Otras imágenes que también tuvieron gran circulación fueron las de María Cano, líder del movimiento obrero durante la tercera década del siglo xx y cofundadora del Partido Obrero Revolucionario en 1926, o de líderes como Manuel Quintín Lame, “dirigente indígena que luchó durante el siglo xx contra reformas modernas de sometimiento a los pueblos indígenas y en defensa de sus derechos sobre la tenencia colectiva de la tierra”45. También se resaltaban otras figuras de la lucha colectiva como Gustavo Mejía, “colaborador del movimiento indígena del Departamento del Cauca asesinado en 1974, Luís Carlos Cárdenas, presidente de Sintradepartamento, organización abanderada del sindicalismo independiente, quien fue asesinado por las

42

Gustavo Sorá, “Arnoldo Orfila Reynal como empresario socialista. Unidad y diferencias al interior de Siglo XXI, una editorial de izquierdas y exitosa en el espacio cultural iberoamericano”, en Prácticas editoriales y cultura impresa entre los intelectuales latinoamericanos en el siglo XX, coords. Aimer Granados y Sebastián Rivera Mir (México: El Colegio Mexiquense, A.C., Universidad Autónoma Metropolitana– Cuajimalpa, 2018), 22.

43

Lozano, “El politburó”.

44

Ordoñez y Barón, “Historiografía y curaduría”, 159.

45

Ibid.

p. 223

| 221 | 221 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas fuerzas del Estado en 1973”46. Según Olga Lozano, el nacimiento de la foto serigrafía en Colombia, técnica que utiliza procesos fotosensibles, mezcla de tintas en la elaboración de matrices de imágenes sobre papel, usados en la producción de carteles, estampas y pancartas, está amarrado al trabajo de este taller. Los usos sociales de la serigrafía muestran que el desarrollo de esta técnica tuvo un importante rol en la protesta y en la movilización social, en la medida en que los carteles con imágenes de líderes y consignas de izquierda acompañaban y dinamizaban la protesta. Este colectivo desarrolló unos talleres denominados Taller Causa Roja, en los que buscaban perpetuar la imagen de Luis Carlos Cárdenas al involucrar su figura en materiales de difusión y propaganda que apoyaban actividades sindicales y también del comité de solidaridad de presos políticos. Ordoñez y Barón han indicado que “todos esos trabajos representan la necesidad del grupo de recuperar e instaurar figuras locales como referentes para las luchas y los procesos de descolonización”47. No olvidemos la incidencia del contexto internacional que proporcionó modelos de lucha, así como recursos narrativos que influenciaron el trabajo de artistas nacionales. En Taller Causa Roja se recogían los modelos, por ejemplo, de “la vanguardia rusa y del realismo socialista chino, [...] imágenes de multitudes, sin distinciones de género y edad, que protagonizaban la sublevación popular”48, estas obras coinciden con la intención de “representar a todas las clases obreras en las obras literarias y artísticas de la Revolución Cultural China”49. Siguiendo a Elías Palti, se puede decir que en el Taller 4 Rojo operó aquella idea que avalaba o justificaba la contienda revolucionaria desde el ideal utópico de la combinación de las formas de lucha50.

En la década de 1980 Colombia entró en un ciclo de crisis generalizada que afectó a las instituciones estatales y a la sociedad en su conjunto.

46

Ibid., 160.

47

Ibid., 163.

48

Ibid.

49

Ibid.

50

Elías Palti, “Crítica de la razón militante: Una reflexión con motivo de La fidelidad del olvido de Blas de Santos y el ‘affaire del Barco’”. A Contra corriente. Una revista de historia social y literatura de América Latina 5, n. 2, (2008).

p. 224

Jenny Paola Valencia Torres | 222 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... Precisamente, se trató de un periodo que dejó grandes cicatrices de dolor y de trauma colectivo, al agudizarse el conflicto armado producto del fortalecimiento de las guerrillas, de la emergencia y consolidación del narcotráfico y de la aparición del paramilitarismo51. Algunos de esos acontecimientos dolorosos como la toma y la retoma del Palacio de Justicia el 6 y 7 de noviembre de 1985, el exterminio de la Unión Patriótica, la violencia desatada por los carteles de la droga, entre otros fatídicos hechos, impactaron también las sensibilidades frente al arte que se producía. Aunque críticos de arte han calificado este momento como de una caída del arte o como un periodo en “blanco”, lo cierto es que aún se trata de un tiempo poco explorado frente al tipo de arte que produjo52. Siguiendo la interpretación de Carolina Ponce de León, quien entiende esta década como una continuidad de la anterior frente al arte crítico, político, de ideas y de subjetividad, se puede reconocer en los ochenta la presencia de artistas comprometidos a expresar a través de sus pinturas, esculturas, dibujos y diferentes manifestaciones artísticas la convulsa realidad que vivían. Eso sí, con una gran presencia crítica de la mujer, sobre todo, en las figuras de Beatriz González, María Teresa Hincapié, María Fernanda Cardoso. Al mismo tiempo, se estaban gestando artistas que en las décadas posteriores se decantarían por un arte inscrito en las búsquedas por la memoria y por poner sus miradas en las víctimas del conflicto armado, algunos de ellos, germinaron sus obras en los ochenta y las cosecharon después como: José Antonio Suárez, Doris Salcedo, Miguel Ángel Rojas, Óscar Muñoz, José Alejandro Restrepo53.

Durante esa misma década convulsa y violenta, también tuvieron lugar, por primera vez, las búsquedas de la paz, el reconocimiento de las “causas objetivas” del conflicto armado, asociadas a situaciones derivadas

51

Arias, Historia de Colombia contemporánea.

52

Santiago Rueda Fajardo, “Un arte para los años 80: ascenso y caída del arte de procesos en Colombia”, Estudios Artísticos: revista de investigación creadora, 10 (14), (2023): 21-41. DOI. https://doi. org/10.14483/25009311.20664

53

Santiago Rueda Fajardo, Los años ochenta. Un cierto tipo de fantasía y fortaleza, XVII Premio de Ensayo Ciudad de Bogotá sobre Arte en Colombia. Programa Distrital de Estímulos, 2020 (Bogotá: Idartes,

2020), 16-18.

p. 225

| 223 | 223 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de la injusticia social y también de la exclusión política54. Ese viraje hacia la concepción del conflicto armado propició que se iniciaran diálogos, y que se empezaran a buscar consensos alrededor de los procesos de paz. Desde entonces, se empezó a considerar la necesidad de apostar por la democracia y en esa tarea fueron centrales los académicos e intelectuales a través de comisiones de estudios sobre las causas del conflicto y la posibilidad de una salida negociada, que según indica Gonzalo Sánchez, plantearon “una ‘nueva relación’ con el Estado que se ha seguido alimentando de manera continua hasta hoy”55. En las indagaciones propuestas por las comisiones de interpretación de la violencia nacional se fueron construyendo “nuevos terrenos de preocupación académica para los sociólogos, los antropólogos, los artistas y los trabajadores sociales”56. Se trató de un terreno abonado que dio paso, en las décadas de 1990 y 2000, a una transición en las maneras en las que los artistas representaban y concebían el conflicto armado. Dicho tránsito se refleja en expresiones e interpretaciones que empiezan a alejarse, aunque no de manera homogénea, de la representación del conflicto y de una interpelación de la realidad social del país, por fuera de los marcos ideológicos de izquierda o de la alineación con el marxismo. Durante este periodo se deja ver una concepción distinta de lo que era entendido como el “arte comprometido”. Tal como se ha mostrado en el texto, de la efervescencia de la izquierda de los años 1970, se transitó a un periodo en el que los académicos y artistas afines a las ideas revolucionarias empezaron a convertir su mirada ante el desencanto de la lucha revolucionaria. Se empezaría a ver una posición de los artistas frente al conflicto armado más matizada, en la que predominó el compromiso de hacer visible y de dar lugar a una reflexión pública de dicho flagelo, en el que, sin perder una postura crítica, se hizo evidente un distanciamiento de la radicalización ideológica. Quizá la consolidación de la paz con el M-19, la redefinición de la democracia con el establecimiento de la Constitución de 1991, así como el temor por el exterminio de militantes

54

Arias, Historia de Colombia contemporánea, 219-229.

55

Gonzalo Sánchez, Caminos de guerra, utopías de paz, Colombia 1948-2020 (Bogotá: Planeta, 2021), 96.

56

Ibid., 97.

p. 226

Jenny Paola Valencia Torres | 224 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... de la Unión Patriótica (up), contribuyeron, entre muchos otros factores, con una resignificación en la forma como los artistas concebían, representaban y simbolizaban el conflicto armado y su mirada crítica y política frente a él. Justamente en ese contexto, empieza a atenderse a la categoría de víctima, como parte de las expresiones artísticas que trataban sobre el conflicto armado. Todo ello, además, se fue instaurando en el marco de las discusiones sobre el papel de la memoria en el que, más que reproducir la interpretación tradicional del conflicto, desde los lugares de la víctima y el victimario, apostaban por un trabajo de construcción de paz. De esa manera, se empieza a hacer visible una nueva sensibilidad frente a la forma de entender y representar el conflicto armado en el arte, de plasmar el dolor de la guerra. Así, se transitó hacia un arte que se basaba en la búsqueda de con-dolencia con los otros, de traducir el dolor, a través de la conexión con las víctimas, para hacer visible lo que la sociedad en general había aprendido a banalizar durante tantos años de guerra. Quizá, ese es el tipo de artistas que en las décadas de los noventa y lo que va de este nuevo siglo, expresan frente a la forma de relacionar arte y conflicto. Podemos mencionar como ejemplo a: Doris Salcedo, Ericka Dietes, Juan Manuel Echavarría, Fernando Arias, entre otros. Doris Salcedo, ha señalado en diferentes entrevistas que “el artista debe ser un extranjero dentro de su comunidad, para conquistar la distancia que su tarea exige”57. Asegura que en el ejercicio del “reconocimiento del otro”, es necesario desplazar el yo, “para ir al encuentro de la experiencia de las víctimas directas de la violencia en Colombia”. De esa manera busca “establecer un diálogo con esas víctimas, que posibilite una conexión con la dimensión afectiva de su experiencia de dolor”. Salcedo está convencida de que es viviendo el dolor del otro, “no como un observador tácito”, como es posible encontrarse con el otro porque “el dolor humano está íntimamente relacionado y […] porque todos los miembros de una comunidad que participan en la violencia,

57

Natalia Gutiérrez, “Conversación con Doris Salcedo”, ArtNexus, n.° 19 (1996). https://www.artnexus. com/es/magazines/article-magazine-artnexus/5e7a7fd4944962b6dc706bf5/19/doris-salcedo

p. 227

| 225 | 225 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas ya sea por acción directa o porque ha permitido que estos hechos se produzcan” están interconectados58.

La referencia al trabajo de esta artista posibilita explorar la concepción sobre la función social del arte. De acuerdo con Johana Carvajal, el arte está presente para recordar que es posible reivindicar los abusos sufridos durante este periodo violento 59. Asimismo, la referencia a Salcedo permite identificar que la noción de memoria toma fuerza como uno de los objetivos de los artistas que se ocupan del conflicto, pues el arte se convierte en un canal a través del cual las narraciones íntimas se transforman en una voz colectiva que denuncia las situaciones que la sociedad se niega a vivir de nuevo. Las narraciones se conjugan con el discurso estético, que revela la humanidad detrás del conflicto, discurso que constituye una probable reparación simbólica de las víctimas60. Desde esta concepción se entrelazan arte y memoria como un objetivo en sí mismo, lo que según indican tanto Salcedo como Carvajal sería el rol del arte en un contexto de conflicto armado: “recordarnos nuestro estado primario, en cuanto seres emocionales, racionales y sociales […] [al tiempo que] abre espacios de reflexión hacia la reconstrucción de la sociedad, denunciando las situaciones que esta se rehúsa a vivir nuevamente”61. He sintetizado lo expresado en este acápite en la línea de tiempo que presento a continuación.

58

Ibid.

59

Johana Carvajal González, “El relato de Guerra: Cómo el arte transmite la memoria del conflicto en Colombia”, Amerika, n.° 18 (2018), https://doi.org/10.4000/amerika.10198

60

Ibid.

61

Ibid.

p. 228

Jenny Paola Valencia Torres | 226 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... Cuadro 1: Ritmos y trayectorias: artistas y conflicto armado (1960-2010) Nueva relación artista-política/sociedad Fuente: elaboración propia

III

El conflicto armado interpretado por los artistas y la noción de memoria Después de haber explorado el contexto en el que fue emergiendo un nuevo campo de producción artística en torno al conflicto armado, a continuación, me propongo presentar algunos elementos que logré identificar frente a las formas en las que los artistas han interpretado las causas y detonantes del conflicto armado a partir de sus ejercicios performativos y de sus análisis. Al mismo tiempo, abordaré la manera en que estos artistas han otorgado un papel central a la noción de “memoria”, entendiéndola

Antecedentes.

El arte Representa la violencia (década

1950)

“La violencia”:

Confrontación partidista

El arte tiene un carácter testimonial crítica- denuncia (atrocidad, dolor, muerte)

Crear conciencia política

*Dinamización del campo artístico y cultural en Colombia

Fundación de las primeras revistas de artes plásticas:

Plástica y Prisma

(Crítica/gestión cultural)

Del arte de “La Violencia” al del conflicto armado

(1960-1970)

Nuevos actores, nuevo vocablo, nuevas ideologías: izquierda

Recepción del contexto internacional:

centralidad de la idea de Revolución

Serigrafía/imágenes políticas

Arte “comprometido”/ Militante

Escenas cotidianas/tono abiertamente político Resignificación y mirada crítica al proceso revolucionario

(1980-1990)

*Escalada de la violencia *Ascenso del narcotráfico *Fortalecimiento de grupos guerrilleros *Emergencia del paramilitarismo *Ascenso del narcotráfico *Asesinato de jueces/periodistas/def ensores, DH, masacres, exilios *Procesos de paz

Giro en la representación artística: + allá de la denuncia: la conexión /el dolor del “otro”

*Atender, dar voz a las víctimas:

Mirar zonas deprimidas del país Incorporación del testimonio de las víctimas, de los perpetradores como base de la creación de las obras

*Centralidad de la noción de memoria

*Artistas/construcción de paz

Arte testimonial Arte “comprometido” Nuevo lenguaje del arte

1950

1960

1970

1980

1990

2000

Fortalecimiento de la institución cultural

p. 229

| 227 | 227 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas como un componente clave en la dignificación del dolor de las víctimas y en los procesos de duelo colectivo que consideran necesarios para avanzar en un camino de superación de las heridas de la guerra. Los artistas que se han ocupado del conflicto armado han procurado dar voz a las víctimas, visibilizar lo silenciado y, de esa manera reflexionar críticamente sobre las razones que han sostenido la guerra.

En la reconstrucción de las memorias de dolor, los artistas van más allá de las técnicas artísticas y formas de representarlas: pintura, escultura, fotografía, literatura, entre otros, para presentar sus propias interpretaciones. En esos ejercicios comprensivos de la tragedia colombiana asociada al conflicto, encuentro recurrente la articulación de diferentes estratos temporales: pasado, presente y futuro. ¿Por qué esa estructura temporal múltiple? Porque los artistas tejen su ejercicio estético y sus representaciones de la realidad con las investigaciones que, desde un enfoque multidisciplinar, les permite desentrañar las causas y motivaciones de la guerra62. De esta manera, han optado por unas reflexiones que indagan en el pasado nacional y en las condiciones que pueden considerarse estructurales, como el racismo, la desigualdad, la exclusión, la injusticia social, el machismo, entre otras. Al mismo tiempo, este tipo de artistas conecta con el presente en tanto dan soporte a sus investigaciones en el marco del trabajo con la comunidad, desde la conexión con la sociedad. Pero, también, implica una apuesta por la construcción de un futuro distinto, un futuro en el que haciendo visible la tragedia, desde diferentes lenguajes y expresiones, se pueda reconocer lo que no debería ser reproducido. Esas diferentes dimensiones temporales se conectan a partir del desarrollo de un trabajo de investigación que les hace posible “rastrear la herida social en la geografía colombiana”63.

En este sentido, es posible observar lo que se puede entender como una postura “comprometida”, en donde más allá de la identificación con

62

Con enfoque multidisciplinar me refiero al trabajo conjunto que los artistas del conflicto que he mencionado realizan, de la mano de profesionales de diferentes áreas, entre ellas: antropólogos, sociólogos, historiadores, arquitectos, entre otros.

63

Pilar Riaño Alcalá, Suzanne Lacy y Olga Cristina Agudelo Hernández, Arte, memoria y violencia. Reflexiones sobre la ciudad (Medellín: corporación Región, 2003), 30.

p. 230

Jenny Paola Valencia Torres | 228 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... una militancia ideológica particular, el “compromiso” del artista y sus “proyectos artísticos [están] vinculados a procesos sociales”64. Pareciera que en este momento el artista, que se ocupa del conflicto armado, hiciera las veces de intermediario entre la población directamente afectada por el conflicto y la sociedad en general, aquella a la que el conflicto le llega por medio de la televisión, de la radio, del periódico, de las instalaciones en los museos, de las intervenciones en los espacios públicos.

Hacer visible lo invisible: las razones de la guerra ¿Cuáles pueden considerarse las causas y los condicionantes del conflicto armado en Colombia?, ¿qué pueden decir los artistas al respecto? Las respuestas a estas preguntas deben reconocer que los artistas sí tienen mucho que aportar a la comprensión de la guerra y que lo pueden hacer desde una visión muy cercana a las realidades vividas, con una perspectiva crítica y sensible. Recientemente ha habido en el país diferentes iniciativas por recoger estas narrativas del conflicto armado a través del arte, ese es el caso, por ejemplo, del importante trabajo adelantado por la Comisión de la Verdad65, a través de su espacio Nombrar lo innombrable. Conversaciones de arte y verdad66. Pero también, esta iniciativa se ha visto

64

Carolina Ponce de León, El efecto mariposa. Ensayos sobre arte en Colombia 1985-2000 (Bogotá: Alcaldía Mayor de Bogotá D.C., Instituto Distrital Cultura y Turismo, 2004), 13.

65

La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, nace como resultado del acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC (decreto 588 de 2017). Ofrece una explicación de su complejidad para toda la sociedad. Está compuesto por cuatro mecanismos y medidas: la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición; la Unidad para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y, en razón del conflicto armado; las medidas de reparación integral para la construcción de paz y las garantías de no repetición. Ver: “¿Qué es la Comisión de la Verdad?”, Comisión de la verdad, acceso el 1 de julio de 2021, https://web.comisiondelaverdad.co/la-comision/que-es-la-comision-de-la-verdad

66

Se trató de un espacio en el que cada 15 días se programaba una charla que se difundía por plataformas digitales y redes sociales, en el que la Comisión de la Verdad, en cabeza de la comisionada Lucía González, empezó a incorporar diferentes artistas como agentes constructores de una interpretación sobre el conflicto armado en Colombia. Este espacio fue abierto desde mayo de 2020, para debatir en el ámbito del espacio público y virtual con los artistas colombianos. De acuerdo con la Comisión de la Verdad los objetivos principales de este espacio son: 1. “abordar temas y acontecimientos de nuestra violencia que, desde otras perspectivas y lenguajes, sería difícil nombrar y discutir”, 2. “plantear preguntas y reflexiones en las que necesitamos profundizar para marcar un camino hacia el esclarecimiento de la verdad y la no repetición; sensibilizar a un público que fue ampliándose y diversificándose mes a mes”. Ver: “Nombrar lo innombrable: conversaciones sobre arte y verdad”, Comisión de la verdad, acceso el 1 de julio de 2021, https://web.comisiondelaverdad.co/nombrar-innombrable-conversaciones-arteverdad

p. 231

| 229 | 229 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas materializada en proyectos editoriales recientes en donde académicos y artistas han procurado recoger las narrativas del arte frente al conflicto armado. Ese es el caso, por ejemplo, del texto publicado por la Universidad de los Andes Narrativas artísticas del conflicto armado colombiano67. De igual forma, se puede ver expresada en la iniciativa Esto no es bonito de Olga Lucía Lozano. Sin duda, se trata de un material que revela la importancia que han adquirido los artistas frente a la reflexión y representación del conflicto armado en el país68.

Empecemos por acercarnos al espacio de Nombrar lo innombrable, en el que se han escuchado las voces de artistas que, más allá de sus experiencias estéticas y de su trasegar artístico, han expresado sus opiniones sobre lo que en palabras de la comisionada Lucía González “nos ha pasado como sociedad”. En repetidas oportunidades la comisionada ha preguntado, ¿qué hay en la cultura que ha hecho que el conflicto se arraigue, como se ha arraigado, en Colombia y sea tan difícil pararlo?”69. Varios artistas que han estado en estos conversatorios han coincidido en la idea de que su motor para hacer arte más allá de sus estudios y de sus talleres, está en la necesidad de comprender lo que ha pasado, pero sobre todo de hacer algo, de visibilizar la crudeza de la guerra y de generar canales de comunicación con la comunidad. Eso les ha permitido indagar, representar y reflexionar sobre la situación del país y sobre las causas y crueldades del conflicto armado desde los territorios directamente afectados y teniendo en cuenta las voces de las víctimas. Un ejemplo de ese trabajo con la sociedad y del desplazamiento del artista hacia la comunidad se puede encontrar en la descripción que hace Juan Manuel Echavarría sobre la forma como nació su trabajo llamado Bocas de ceniza. El artista señalaba que fue precisamente ese proyecto el que lo sacó de su estudio en Bogotá: “con Bocas de

67

María Emma Wills Obregón (edición académica), Narrativas artísticas del conflicto armado colombiano. Pluralidad, memorias e interpretaciones (Bogotá: Universidad de los Andes, 2021).

68

Un esbozo sobre la manera como se ha representado el conflicto armado en el cine se puede seguir en el artículo: Manuel Silva Rodríguez, “Esbozo sobre el conflicto armado en el cine colombiano”, Cinémas d´Amérique latine, n. 25 (2017), 78-99.

69

Comisión de la Verdad, “Juan Manuel Echavarría en Nombrar lo innombrable”, video de YouTube, 59:55 Publicado el 28 de mayo de 2020. https://www.youtube.com/watch?v=oCB_ijs_2YY

p. 232

Jenny Paola Valencia Torres | 230 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... ceniza yo aprendí que de ahora en adelante yo no podía seguir haciendo arte desde mi estudio, que tenía que ir a los territorios a escuchar las historias de la gente que ha sobrevivido a la guerra”70. Este hecho ha posibilitado un acercamiento a realidades y a condicionantes del conflicto armado que, en palabras de la comisionada González, recuerdan que la “guerra sucedió en comunidades que no existían para nosotros, [que] no tenían un valor, por eso la guerra ha durado lo que ha durado porque fundamentalmente se ha expresado en el campo, con los más pobres con los más excluidos, y es muy extraño porque dentro de ese ejercicio de reivindicación de los grupos armados todo haya sido contra los más pobres”71. Siguiendo con las razones del conflicto armado que ha expresado el artista Echavarría, la guerra también se puede explicar por causa del machismo, al que considera como un elemento que no es menor y que ahonda este flagelo. Sobre esto decía: “Yo escribo unos diarios de viaje para no olvidar y en Puerto Berrío tuve la ocasión de conocer a un exparamilitar que estuvo 10 años como paramilitar, Hernán. Él me contó lo siguiente para hablar sobre el machismo. Él me dice: ‘mi hermano mayor afortunadamente está muerto, era homosexual’. También me contó que de joven él veía que su papá entraba mujeres a su casa y ponía a su mamá a cocinarles, me dijo, ‘no he podido llorar’”72. Es importante resaltar estas declaraciones del artista porque más allá de la representación estética, lo que Echavarría está presentando es su interpretación y explicación sobre lo que considera está enquistado en la sociedad y hace que se perpetúe el conflicto. A esas ideas de Echavarría, Lucía González hace su propia interpelación para señalar entre otros elementos, el hecho de que sigamos dándole peso al “proyecto patriarcal que ha condenado a los hombres a la guerra”73. González considera que “Se ha

70

Ibid.

71

Ibid.

72

Ibid.

73

Respecto a este asunto, Rita Segato analiza las estructuras de poder que “condenan” a los hombres a la guerra, a la violencia bélica de los ejércitos y a las múltiples formas de violencia en el sistema patriarcal. Ver: Rita Laura Segato, “Los principios de la violencia”, en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos (Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, 2003), 258-259.

p. 233

| 231 | 231 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas hecho un trabajo con las mujeres, pero a los hombres les falta reconocerse como hombres sensibles, [...] además, el clasismo y racismo de esta sociedad que es una herencia colonial también ha jugado en esta guerra”74. De esa manera, aparecen el clasismo y el racismo como otros elementos que han alimentado el conflicto.

La postura de Echavarría deja ver cómo el artista va construyendo su propia visión del pasado reciente en Colombia a través de la temática del conflicto armado, lo que traduce y resignifica en sus obras. En el inicio de esta conversación, el artista hace énfasis en que su trabajo no es el de un artista solitario sino que, por el contrario, se trata de un engranaje con otros profesionales y otros artistas. En este caso, por ejemplo, Juan Manuel Echavarría señala que lleva más de 15 años trabajando con Fernando Grisales, quien es un artista plástico y productor audiovisual, docente de la Universidad Central de Colombia y miembro del equipo de la Fundación Puntos de Encuentro75. En sus fotografías se han tomado el trabajo de “representar el lado humano y poético, el que abre camino hacia la comprensión del otro, y por esto, hacia una reconciliación con los supuestos contrarios”76. En su trabajo fotográfico Silencios (2010-2017), Echavarría da cuenta de que “la educación también es víctima de la guerra”. A propósito de este trabajo Echavarría decía “Yo siempre he pensado que para mostrar la violencia nuestra a través del arte hay que buscar esa mirada indirecta, esa mirada oblicua y en estos silencios, yo creo que ahí está esta mirada”77.

74

Palabras de Lucía González. Aunque se trata de la entrevistadora y conductora de la conversación, sus palabras dan sentido a la interpretación expresada por el artista Juan Manuel Echavarría. Ibid.

75

Se trata de una fundación de Arte y memoria histórica de la guerra en Colombia, en la cual desarrollan actividades artísticas y culturales, en las que se visibilizan expresiones como música, folclor y artesanías. El artista Juan Manuel Echavarría tuvo esta iniciativa en el año 2006, desde entonces trabajan con población campesina del centro y norte de Colombia, enfocados en la educación a través del arte. Ver página web de la fundación: http://fundacionpuntosdeencuentro.org/acera-de/

76

Caridad Botella, “Juan Manuel Echavarría”, ArtNexus, n. 108 (2018), https://www.artnexus.com/es/magazines/article-magazine-artnexus/60649bf3779819e212343ddb/108/juan-manuel-echavarria

77

Comisión, “Echavarría en Nombrar lo innombrable”.

p. 234

Jenny Paola Valencia Torres | 232 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... Silencios, 2010-2017.

Selección de una serie de fotografías que narran el abandono, debido a la guerra, de 120 escuelas y más de 200 tableros silenciados en Chocó, Montes de María y Caquetá. Juan Manuel Echavarría y Fernando Grisales. Imagen tomada de Botella, “Juan Manuel Echavarría”. Para citar otro caso, muy representativo, en el que una artista que se ha ocupado del conflicto armado y ha conseguido expresar más allá de sus obras y de la parte estética y plástica sus ideas, sus interpretaciones de nuestra convulsa realidad colombiana marcada por la guerra, es importante hacer referencia a la artista Doris Salcedo. El caso de esta artista nos ubica en la distinción entre práctica artística y academia, en la que la artista logra un sincretismo, pues cada una de sus obras la ha conducido a definir lo que según su interpretación son las especificidades a partir de las que se puede dar una explicación al conflicto armado colombiano. Para Salcedo “manejamos una historia desbalanceada, y ese elemento aumentó y generó más conflicto. […] Colombia cayó en la lógica de la guerra fría y una guerrilla liberal se convirtió en bastión comunista. Se radicalizó; el ejército, también, y la distancia creció entre las partes hasta no encontrarse”78. En eso influyen factores como “el clasismo, el racismo y el

78

Jesús Ruiz Mantilla, “Doris Salcedo, la artista colombiana que fundió 37 toneladas de armas entregadas por las Farc”, El País, 20 de enero de 2019, https://elpais.com/elpais/2019/01/15/eps/1547574490_146856. html

p. 235

| 233 | 233 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas machismo colombiano. Las luchas que generan marginalidades. Todo se revela contra el centro. La sociedad crea exclusiones y siempre esos despojados se van a revolver y atacar de nuevo para vengarse. Dicha lógica nutre el conflicto. No acepta la humanidad del otro”79. Desde esta perspectiva, Salcedo desmenuza las causas de la continuidad del conflicto, dejándonos ver así que esta forma de entender el papel del arte implica una postura de resistencia pacífica que tiene un mensaje fuerte con el que se pretende conectar con las víctimas, protestar, reconocer la violencia y generar reconocimiento del otro.

Respecto a la función social del arte y del artista Salcedo señala “creo que la función del artista es enunciar una sensibilidad diferente a aquella que nos lleva a la crisis. En este sentido, creo que la actitud de la artista es esencial. Y debe situarse al margen de su frágil comunidad para asumir la posición del cartógrafo, que dibuja mapas de países por venir; si se quiere, de países utópicos. El artista debe ser un extranjero dentro de su comunidad, para conquistar la distancia que su tarea exige”80. Salcedo, además, plantea una reflexión en torno al público, indicando que siempre trata de incorporarlo en sus obras. La autora trabaja desde la perspectiva propuesta por Benjamin que plantea una discusión sobre la capacidad de llegar a un público más extendido81.

Me interesa resaltar la idea que Doris Salcedo defiende como detonante de su propia obra, cuyo interés radica en “trabajar imágenes en las cuales el espectador pueda reconocer algún aspecto de su propia experiencia”82, no se trata de establecer un lazo emocional, pues la artista asegura que parte del reconocimiento del otro, en ese ejercicio, por lo tanto: “Desplazo mi yo para ir al encuentro de la experiencia de las víctimas

79

Ibid.

80

Gutiérrez, “Conversación con Doris Salcedo”.

81

Según indica la autora, la idea que retoma de Benjamin alude a “un proceso revolucionario de revolución cultural” frente a una reacción por la extensión de la fotografía. Estos conceptos suponen una inversión en la noción de la obra de arte en la que se discute la categoría burguesa del arte, que se ve expresada en el control de las instituciones como el museo o el mercado del arte, mientras que la propuesta transformadora de esta concepción defiende que el arte debería basarse es en la práctica política. Ver: Pini, “Arte y política en Colombia”, 180.

82

Gutiérrez, “Conversación con Doris Salcedo”.

p. 236

Jenny Paola Valencia Torres | 234 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... directas de la violencia en Colombia”83. En las palabras expresadas anteriormente por Salcedo es posible identificar algunas de las influencias intelectuales que han impregnado su obra. Valga resaltar, por ejemplo, cuando se hace referencia a la interconexión entre artistas, víctimas, sociedad, pues está aludiendo a una corriente interpretativa delineada por Deleuze: “soy una conexión entre las víctimas, con su experiencia invisible y marginal y el público que se acerca a mi obra”84. Para Salcedo la referencia a filósofos y a la literatura es recurrente en su obra, por eso se le denomina a su forma de hacer arte y de interpretar la realidad social del país como arte conceptual. Desarrolla un concepto de técnica, en sus palabras desde “una investigación teórica que orienta mi intuición durante el proceso de elaboración de una obra. La filosofía es una herramienta básica en el desarrollo de la escultura. Cada obra tiene lecturas específicas, pero el elemento determinante es la existencia de una víctima real detrás de cada pieza”85.

Los artistas del conflicto y la noción de “memoria” El arte tiene una posición esencial en la relación entre historia y memoria, así lo expresa María del Rosario Acosta, cuando señala, siguiendo a Hegel, que el arte es “el primer paso mediante el cual una cultura atraviesa las puertas de su historia y logra verse a sí misma de otro modo”86. Entiendo esta afirmación de Acosta como una manera de reconocer, también, que los artistas que han hecho de esta noción de “memoria” una parte central de sus trabajos, están haciéndolo, como lo he indicado anteriormente, mediante el tránsito por diferentes dimensiones temporales que conectan pasado, presente y futuro. De acuerdo con Elizabeth Jelin, esta relación con los diversos estratos temporales desde la centralidad de la memoria nos devela cómo los artistas y las comunidades excavan el pasado como

83

Ibid.

84

Ibid.

85

Ibid.

86

María del Rosario Acosta López, “Las fragilidades de la memoria: duelo y resistencia al olvido en el arte colombiano (Muñoz, Salcedo, Echavarría)”, en Resistencias al olvido: memoria y arte en Colombia, comp. María del Rosario Acosta (Bogotá: Universidad de los Andes, 2015).

p. 237

| 235 | 235 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas un terreno en disputa que se activa con sus propósitos en el presente87. La representación e interpretación del pasado conflictivo se convierte en una de las formas de estar siempre anclados a observar el pasado desde el presente. El trabajo de estos artistas deja una huella a través de sus exploraciones porque al intentar profundizar en los detonantes del conflicto y en sus consecuencias, se actualizan las fracturas más profundas de estas violencias y heridas, por ejemplo, desde asuntos más sistémicos: la desigualdad, la precariedad estatal. Otros piensan más en las subjetividades de los personajes que habitan, incluso desde la delincuencia, la violencia. No hay una sola mirada.

Aunque la noción de memoria es difusa, ha sido abordada tanto por científicos sociales, académicos, artistas, políticos, entre otros, y cada uno ha dado su propia interpretación sobre la pertinencia de apostarle a la reconstrucción de las memorias de dolor, de guerra y de violencia que han padecido las sociedades para poder apostar a construir nuevos horizontes. La indagación por la memoria nos conduce a sus usos sociales y a los modos en que esta se convierte, en el seno de la sociedad, en un campo de conflictos y resistencias, así como en un escenario de dolor y pérdida88. Pero hay que tener en cuenta que la memoria como “acto de recreación del pasado” no es pasiva, “ni un hecho puramente psicológico o natural”, sino “un acto de recreación del pasado en el presente, un proceso social y cultural donde el recuerdo y el olvido, en tanto prácticas opuestas [son] complementarias”89. Ana Guglielmucci, llama la atención sobre la necesidad de recoger las diferentes memorias o sobre los usos políticos del pasado para legitimarse en el presente90. Por ello, desde la década de 1990 empieza a hacerse tan fuerte la necesidad de atender al campo de la construcción de memoria histórica, “sumándose a la tradicional

87

Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria (Madrid: Siglo XXI editor, 2022).

88

Riaño, Lacy y Agudelo, Arte, memoria y violencia. Este trabajo documenta un proceso de resignificación desde un proyecto de arte público y reconstrucción de la memoria que tuvo lugar en Medellín.

89

Citado en Riaño, Lacy y Agudelo, Arte, memoria y violencia, 30.

90

Ana Guglielmucci, La consagración de la memoria. Una etnografía acerca de la institucionalización del recuerdo sobre los crímenes de terrorismo de Estado en la Argentina (Buenos Aires: Editorial Antropofagia, 2013).

p. 238

Jenny Paola Valencia Torres | 236 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... demanda de “verdad y justicia”91. Parece que sabemos de qué hablamos cuando nos referimos a la memoria, pero hay desafíos frente a los usos sociales de esta noción porque es una categoría polisémica. Pero más allá del uso corriente que podemos darle, su estudio tiene su propia historia dentro del campo de las ciencias sociales. El hecho de que hoy se hable en términos de “memoria colectiva” como si fuera un fenómeno evidente, remite a un trabajo de delimitación de ciertos problemas históricos. Hace varias décadas, cuando se hablaba de memoria se suponía como una función psicológica individual, no como una posibilidad de referirse a ella en términos de “memoria colectiva”. Fue Maurice Halbawchs quien planteó herramientas conceptuales para analizar lo que él denominó como los marcos sociales de la memoria, evidenciando así su carácter colectivo92. Esta perspectiva complementó el estudio de las bases anatómicas y biológicas de la memoria, las facultades psíquicas, los fundamentos míticos y filosóficos de mnemosina y las artes de la memoria (como la mnemotécnica)93.

No obstante, Guglielmucci sostiene que “nadie duda que la memoria sea útil para la vida práctica, pero lo que se ha extendido es la suposición de que podemos influenciar la memoria y que existen estrategias políticas para lograr determinado efecto; es decir, se ha subrayado su carácter instrumental”94. Para la autora hay que aceptar que:

la vivencia común de un acontecimiento no deviene necesariamente en “memoria colectiva”, sino que para que ello tenga lugar es necesario que

91

Ibid., 13.

92

Maurice Halbawchs, Los marcos sociales de la memoria (Barcelona: Anthropos, 2004).

93

En las obras de Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido (2000), y Joël Candau, Antropología de la memoria (2002), se puede consultar una síntesis de estos diferentes abordajes.

94

Ibid., 19. Continúa diciendo: “De acuerdo a Marie-Clarie Lavabre: ‘Según que se ponga el acento sobre las políticas de la memoria y las formas más institucionalizadas de la memoria llamada colectiva, o, sobre los recuerdos que portan los individuos, serán comprometidas concepciones de la memoria que pueden aparecer, a primera vista, como irreconciliables. La primera, destaca que la memoria es un efecto del presente [que] da forma al pasado, o incluso autoriza la manipulación de la historia en función de imperativos del presente. La segunda, inversamente invita a pensar la memoria como un efecto del pasado, una huella de la experiencia [vivida] y, en consecuencia, una eventual capacidad de resistencia a las políticas de la memoria llamada memorias oficiales’”.

p. 239

| 237 | 237 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas existan actores y normas específicas (homenajes, conmemoraciones, ritos, escritos autobiográficos, documentos, etc.) que guíen la forma y el contenido de lo recordable. Entonces, para que podamos hablar de “memoria colectiva” no sólo tiene que haber experiencias vividas en común, es preciso que se de [sic] un proceso de homogeneización y, cabría agregar, de hegemonización de la diversidad de los recuerdos personales, pues la memoria colectiva no existe en sí, sino que ella es parte de un proceso social surcado por relaciones de poder95.

Teniendo todo esto en cuenta, cabe preguntarse ¿qué significado tiene la memoria para los artistas del conflicto armado?, ¿cómo la interpretan?, ¿qué usos sociales le dan en sus obras?, ¿qué han escogido recordar?, ¿por qué?, ¿para qué? Para ejemplificar de qué manera el trabajo de un artista que conecta arte y memoria permite tejer puentes entre la experiencia individual y la colectiva, resulta de utilidad la referencia a dos obras de la artista Doris Salcedo: Camisas y Atrabiliarios. Salcedo había empezado a retomar relatos de víctimas del conflicto para construir sus obras desde 1989. Con la obra Camisas, donde recogió el relato de una mujer que lavaba y arreglaba de manera cotidiana la ropa de su marido fallecido. Posteriormente, Salcedo realizó el montaje de la obra Atrabiliarios, de 1991, que consistía en la instalación de un mural compuesto de nichos donde se disponían zapatos de mujeres víctimas del conflicto cubiertos por una película traslúcida. De esa manera sus obras se nutrían de un proceso de acercamiento e investigación sobre las víctimas directas e indirectas de la violencia, así como sobre los sobrevivientes que narraban la pérdida de sus esposos o de sus compañeros.

Esas dos obras dejan ver que a través del arte se pueden abrir espacios de reflexión colectiva. Vale la pena recordar las palabras que Doris Salcedo ha pronunciado al respecto:

95

Ibid., 20.

p. 240

Jenny Paola Valencia Torres | 238 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... La historia de cada individuo se relaciona íntimamente con los demás miembros de una comunidad, porque los hechos que los rodean son apabullantes y les impiden sustraerse. Al presentar la historia de una víctima de la violencia en Colombia, se apela a la memoria de dolor que tenemos cada uno de los seres humanos, aquí y en cualquier lugar del mundo. René Girard decía que la violencia acelera nuestra percepción del paso del tiempo. El arte, en cambio, tiene la capacidad de retardar este paso. Así lo anotó J.L. Borges en su cuento El milagro secreto, o M. Duchamp, al decir que el Gran Vidrio no era óleo sobre lienzo sino retardo en vidrio. Creo que el arte nos da la posibilidad de dicho retardo, para inscribir en la memoria hechos que el ritmo vertiginoso de la violencia nos hace olvidar.96 Para Doris Salcedo, el arte, hoy en día, se aleja de lo simbólico y lo imaginario para conectarse con lo político. De hecho, está convencida de que trabajar la memoria de la violencia en Colombia es un acto político, dado que “el artista que produce en lugares marginados, en tiempos convulsionados y difíciles, se conecta inmediatamente con lo político”97. La artista considera que “desde hace cuatro décadas la relación del cuerpo […] con el espacio, en el cual se presenta la obra, es esencial para aprender el sentido de la escultura. [Así, para ella] El aspecto político de este tipo de construcción se vuelve evidente, más aún si pensamos en el exilio, en la imposibilidad de habitar un espacio, que es uno de los aspectos determinantes de este siglo”98. Otro ejemplo puede encontrarse en el trabajo realizado por Beatriz González, una de las artistas colombianas más reconocidas a nivel internacional, junto con Doris Salcedo. En su obra Auras anónimas, cuya base física son los columbarios del Cementerio Central, trabaja de manera directa con la noción de memoria. De hecho, señala la necesidad de construir memoria sobre los hechos de guerra como una manera de iniciar ejercicios de duelo colectivo que posibiliten conocer qué pasó para

96

Gutiérrez, “Conversación con Doris Salcedo”. Énfasis agregado en la palabra “memoria”.

97

Ibid.

98

Ibid. Para Salcedo en Colombia se confunde la instalación, se amalgama, de manera ingenua, con una ideología de lo nuevo, hasta llegar a eliminar las diferencias entre escultura, pintura y video, por ejemplo, pero además entre los artistas.

p. 241

| 239 | 239 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas empezar a superarlo. El arte entendido y practicado de esta forma abarca escenarios que hacen posible producir obras vinculadas a memorias de dolor. Justamente, lo que se busca es tejer a través de las supervivencias que habitan las imágenes, a partir de los documentos, los testimonios, las evocaciones, una tensión entre el arte y el duelo, que se expresa desde la ausencia del cuerpo. En palabras de Ileana Diéguez, opera una tensión simbólica ante lo perdido y la noción de duelo99. Así pues, González afirma que, sobre todo, su obra Auras anónimas “se convirtió en un reclamo incesante para la memoria del país; es imposible no verlos desde la calle 26 y ser indiferente. Son los desaparecidos. Son los muertos sin tumba. Son los muertos que dejaron la guerrilla y los paramilitares. Son los muertos del narcotráfico. Son los muertos de la guerra”100.

Tanto Doris Salcedo como Beatriz González son dos artistas que han puesto de presente la centralidad de la noción de memoria, la importancia de reconstruir las memorias del horror de la guerra. No obstante, en los últimos años se ha multiplicado la cantidad de artistas y también de instalaciones e intervenciones estéticas que pretenden ir en la misma dirección de impactar a la comunidad a través del arte. Convertir al arte en un espacio de reflexión colectiva que permita “elaborar duelos individuales y colectivos para así mirar hacia el futuro con una mirada que ayude a la reconciliación y a la convivencia”101. Entre ese grupo de artistas no puede dejar de mencionarse, por ejemplo, a Erika Diettes, con su obra Sudarios (2011)102. Una obra que, según Ángela María Duarte, “pone al espectador en la posición de ‘testigo’” de experiencias de sufrimiento de mujeres que presenciaron la muerte violenta de alguno de sus familiares, de una especie de testimonio a través de la fotografía de un gesto de dolor, de un dolor silencioso por

99

Ileana Diéguez, Cuerpos sin duelo. Iconografías y teatralidades del dolor (Córdoba: Ediciones DocumentA/ Escénica, 2013), 31.

100

Fernando Gómez Echeverri, “‘Auras anónimas’: la historia de una obra maestra de Beatriz González”, El Tiempo, 8 de octubre de 2021, https://www.eltiempo.com/cultura/arte-y-teatro/libro-de-beatriz-gonzalez-obra-en-los-columbarios-del-cementario-central-623980

101

Riaño, Lacy y Agudelo, Arte, memoria y violencia, 39.

102

Se trata de “20 fotografías de gran formato, impresas sobre telas de seda, distribuidas a lo largo del atrio central de la iglesia y que colgaban a distintas alturas sobre hilos invisibles”. Ver: Ángela María Duarte Pardo, “Los ‘silencios del dolor’: sobre el tacto en Sudarios de Erika Diettes”, en Resistencias al olvido. Memoria y arte en Colombia, comp. María del Rosario Acosta (Bogotá: Universidad de los Andes, 2015).

p. 242

Jenny Paola Valencia Torres | 240 Los artistas y el conflicto armado en Colombia 1960-2010. Entre el arte comprometido, el alejamiento de las ideologías y... el recuerdo de una muerte violenta. En otras obras como Silencios (2005), Río abajo (2009) y Relicarios (2016), también está presente el lugar central de las víctimas del conflicto armado de los últimos veinte años en el país, la noción de duelo y el “carácter colectivo en el momento de la exposición en el que promueve la participación de las personas de las comunidades que han dado sus testimonios, una nueva relación entre el arte y la comunidad”, entre el arte y la memoria pública103. El listado de artistas que se han ocupado del conflicto armado cada vez se hace más grande, y también son cada vez más los artistas que han tomado como una noción central de sus trabajos la noción de memoria, pero referirnos a ellos excedería los objetivos de este texto, por eso, solo mencionamos algunos de ellos como: Miguel Ángel Rojas, Juan Manuel Echavarría, Clemencia Echeverri, Jesús Abad Colorado, Gabriel Posada, entre otros.

El recorrido realizado en este escrito me permite constatar que los artistas citados pueden considerarse como unos intelectuales, quienes realizan su labor de reflexión, interpretación, construcción de ideas y que, al mismo tiempo, están ejerciendo una práctica social. Este tipo particular de intelectual tiene un objetivo que es el de develar, pero no necesariamente desde su sensibilidad, sino ser un traductor del dolor ajeno. Se trata de una toma de posición que va más allá de presentar un objeto, una creación artística, porque tiene la aspiración de generar un impacto en la sociedad. De esa manera, se está dando un sentido y una orientación que trasciende la mera interpretación para aspirar a tejer una sociedad distinta, que pueda reconocer el dolor y la tragedia, que pueda hacerse consciente de sus incapacidades como sociedad e intentar nuevos caminos. Se trata, entonces, del arte desde “la conexión” con la sociedad, aquel que involucra a la comunidad, se instaura más allá de las ideas y del discurso y se ubica en el campo de la acción, en la relación con el “otro”, con las víctimas. De esta manera se puede reconocer una función del arte y del artista en la deconstrucción y la construcción de ideas, de narrativas y de formas de acercarse a interpretar, traducir, proponer alternativas al conflicto armado.

103

Paola Helena Acosta, El lugar del arte en un mundo en conflicto: consideraciones intempestivas a partir de la obra de Erika Diettes, en María Emma Wills Obregón, Narrativas artísticas del conflicto armado colombiano. Ibid., 65.

p. 243

Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras.

El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador

(1983-1993)

Rafael Rubiano Muñoz

p. 244

Rafael Rubiano Muñoz | 242 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) Introducción El 20 de marzo de 1983 apareció el Magazín Dominical (md en adelante) del diario El Espectador. En medio de un ambiente marcado por conflictos nacionales e internacionales, el impreso pasó de ser un suplemento dominical y se convirtió en una pequeña revista diagramada, con ilustraciones fotográficas, fotomontajes y particularmente incluyó publicidad comercial y editorial brindando una experiencia cultural diferente y variada a sus lectores. Con el número 847, aparecido el 8 de agosto de 19991, se produjo la última entrega y así se cerró un ciclo de más de una década de existencia del impreso. En ese amplio periodo el md fue actor y testigo primordial de esos años aciagos del país y del mundo, incluso se puede afirmar que la revista se convirtió en una voz privilegiada y en un observador agudo de los múltiples conflictos y violencias que experimentó la nación en las dos últimas décadas del siglo xx.

El objetivo principal de este capítulo es mostrar cómo el md incorporó en sus páginas y asumió una postura frente al conflicto armado que se vivió en el país en ese periodo. Se pretende constatar a la luz de la historia intelectual que el estudio de las revistas culturales, como objetos de investigación, es ineludible para comprender algunas problemáticas específicas de las sociedades. Explícitamente, el cometido primordial del escrito es dilucidar el papel que la revista md cumplió en los infaustos tiempos en que apareció y responder al interrogante ¿cuál fue el papel que la revista jugó frente a la compleja realidad de esos años?

1

En el número 500, aparecido el 22 de noviembre de 1992, se hizo un balance general del magazín que constaba de apreciaciones consignadas por sus más asiduos colaboradores y se examinaba el impacto de la revista a nivel nacional e internacional. Además, en los contenidos de ese número, se indica que los días 10 y 17 de septiembre de 1989, el MD no apareció porque un carro bomba ordenado por Pablo Escobar Gaviria (jefe del llamado Cartel de Medellín), estalló al frente de las instalaciones del diario, lo que impidió su habitual funcionamiento editorial.

p. 245

| 243 | 243 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Por otra parte, el capítulo busca comprender en términos teóricos y metodológicos las interacciones que las revistas como artefactos impresos juegan en la vida social y, al mismo tiempo, con este relato se ofrece al lector un panorama algo exhaustivo acerca del md, en cuanto a su composición, contenidos y temáticas para profundizar en otros desafíos analíticos conectados con asuntos referidos a la historia intelectual y a las ciencias sociales en general.

Como veremos el capítulo se propone mostrar analíticamente las maneras como el md asumió y captó el conflicto armado, y para lograrlo, se propuso metodológicamente hacer una revisión exhaustiva de sus páginas del número 1 al 520 que corresponde del 20 de marzo de 1983 a

26 de diciembre de 1993. Elegimos esos diez años porque en ese lapso se

pueden captar con agudeza los vínculos que el md tuvo con el conflicto armado; además, por la extensión y la amplitud del impreso no era posible revisar y examinar con detalle del primero al último número, sus

847 números en total. Sin embargo, el capítulo se ocupa en específico de

analizar cómo fue que la revista se aproximó, abordó y comprendió la violencia de esos diez años.

En términos metodológicos, incluida la revisión rigurosa de los 520 números ya mencionados, para efectos de la escritura de este capítulo se realizó una selección pormenorizada de los artículos o de otros formatos editados, contenidos en cada uno de los números, estrechamente referidos al conflicto armado, por ejemplo, se tuvieron en cuenta la divulgación de entrevistas, reseñas, cartas, publicidad, comentarios o notas de sucesos, eventos o acontecimientos conexos, pero directamente vinculados con las contiendas y guerras que se vivieron en Colombia.

Es visible que una de las tareas que emprendió el md a lo largo de su existencia en relación con el conflicto armado fue combatir los prejuicios de sus lectores afincados en miradas reduccionistas y limitadas. La revista puso de presente que la única violencia de esos años no fue el conflicto armado del Estado y las guerrillas, pues en el impreso aparecen otros conflictos, aparentemente menos percibidos como destructivos, quizás más sutiles, que escalaban diariamente en el país, mezclándose con la violencia

p. 246

Rafael Rubiano Muñoz | 244 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) política específica. Por ejemplo, el impreso hizo visible los conflictos étnicos y raciales, regionales, ambientales, sexuales, generacionales, urbanos, formas de violencia que a su vez realimentaban las dinámicas complejas de la conflagración armada habitual.

Como se ha expresado inicialmente, pretendemos comprender los nexos del md con el conflicto armado, pero para lograr ese cometido, es obligado establecer algunos puntos de reflexión sobre lo que se entiende por conflicto y además es perentorio examinar las condiciones epistemológicas de cómo abordarlo al conectarlo con los medios impresos.

1. Las revistas culturales, la historia

intelectual y la sociología del conflicto.

El caso del Magazín Dominical (1983-1999) En los últimos años el interés por la investigación de las revistas y en especial de las culturales ha sido amplio. Horacio Tarcus se ha convertido en uno de los investigadores más importantes de la cultura revisteril latinoamericana. En una de sus últimas publicaciones constata que las revistas constituyen hoy un referente ineludible de la historia intelectual2 y afirma que su estudio e indagación analítica crece fervorosamente. Tarcus afirma que las revistas son actores vivos, se constituyen en objetos sociales, al examinarlas como artefactos se puede deducir que se convierten en actores colectivos3 porque las revistas se conforman mediante comunidades intelectuales4 y además se configuran componiendo nodos5 o redes, donde se condensan algunas de las formas de sociabilidad. Esto quiere decir que las revistas son comunidades y como tales tienen identidad e inciden en la vida social.

2

Horacio Tarcus, Las revistas Culturales latinoamericanas. Giro material, tramas intelectuales y redes revisteriles. (Buenos Aires: Tren en movimiento, 2020).

3

Ibid.

4

Ibid.

5

Ibid.

p. 247

| 245 | 245 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas El autor arguye incluso que las revistas en su existencia y desaparición experimentan conflictos, disputas, polémicas, se mueven entre el consenso y las discordias, su naturaleza tiende al debate en su aparición pública, porque ellas reabsorben los medios en que nacen y mueren. Se coligue que la historia intelectual es un recurso analítico esencial para comprender la vitalidad social de las revistas, su investigación puede abrir nuevas reflexiones sobre los roles, papeles y funciones que cumplen en un entorno o momento dado.

Valga señalar que en las últimas décadas el campo de la historia intelectual6 ha ganado un espacio significativo en nuestras comunidades universitarias e investigativas. Como objetos de estudio, las revistas han captado la atención y se han convertido en referentes de indagación en todas las latitudes de nuestro continente7.

Desde los años sesenta del siglo xx el debate entre revistas hegemónicas y contrahegemónicas ocupó el espacio de la cultura impresa latinoamericana y a su vez perfiló sus contenidos y sus páginas dándole sello propio e identidad. Asistimos pues a la propensión de los impresos revisteriles a disputarse la legitimidad y la hegemonía de lo nacional y de lo continental, por cuanto es posible decir que “las revistas latinoamericanas de la década de 1960 y comienzos de la siguiente vinieron, a su vez, a cuestionar a los autores y las obras entonces consagrados postulando un

6

Algunas de las publicaciones del profesor argentino Carlos Altamirano han sido consideradas precursoras de la historia intelectual de América Latina y su producción en los últimos años ha estado orientada a estimular el debate teórico y metodológico del campo considerado emergente, trazando límites y fronteras que están en curso de ser construidas en términos conceptuales. Véase: Carlos Altamirano, Intelectuales: notas de investigación sobre una tribu inquieta (Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2013); Carlos Altamirano, “Introducción general”, en Historia de los intelectuales en América Latina, I. la ciudad letrada, de la conquista al modernismo (Buenos Aires: Katz. 2003), 9-27; Carlos Altamirano, Historia de los intelectuales en América Latina, II. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo xx (Buenos Aires: Katz, 2010).

7

Aimer Granados y Carlos Marichal, Construcción de las identidades latinoamericanas: ensayos de historia intelectual (siglos XIX y XX) (México: El Colegio de México, 2004); Aimer Granados et al., Temas y tendencias de la historia intelectual en América Latina (Morelia: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo e Instituto de Investigaciones Históricas, 2010); Aimer Granados y Sebastián Rivera Mir coords., Prácticas editoriales y cultura impresa entre los intelectuales latinoamericanos en el siglo xx (Ciudad de México: El Colegio Mexiquense, Universidad Autónoma Metropolitana, 2018); Alexandra Pita González, La unión Latinoamericana y el Boletín Renovación. Redes intelectuales y revistas culturales en la década de 1920 (Ciudad de México: El Colegio de México, Universidad de Colima, 2009); Alexandra Pita González y Carlos Marichal Salinas coords., Pensar el Antiimperialismo. Ensayos de historia intelectual latinoamericana, 1900-1930 (México: Colegio de México, Universidad de Colima, 2012).

p. 248

Rafael Rubiano Muñoz | 246 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) compromiso radical para el intelectual y una narrativa experimental que replanteaba la relación entre historia y ficción”8.

Precisamente este ambiente hace parte del contexto de surgimiento del md. La revista, como lo veremos páginas adelante, asumió una prerrogativa y una posición marcadamente diferencial y buscó incidir en la opinión pública nacional. Se concibió como una revista con intención hegemónica en el campo revisteril del país, enfocada a divulgar desde un lenguaje asible y cotidiano la interpretación de los conflictos de esos años. Los 847 números del md constituyen una pieza esencial de observación y de testimonio de la coyuntura nacional e internacional de una década que vio finalizar el siglo xx.

Es posible aseverar entonces que cualquiera que lea la totalidad de los números de la revista no solamente tendrá una radiografía de algunos de los principales acontecimientos sociales y políticos de esos años, sino que también tendrá información de primera mano que le permitirá concebir un análisis de coyuntura. Podrá reflexionar sobre la crisis y los procesos de cambio que vivieron el país y el mundo en una época de transición enmarcada en la caída del comunismo real, efecto causado por el desplome del muro de Berlín en 1989 y, en consecuencia, por el triunfo de un modelo, el neoliberal, que le dio fundamento a los muchos procesos que llevaron a la globalización.

Al leer el md es notorio hallar cómo dio a conocer las violencias en el país en más de una década y se puede asegurar que estimuló entre sus lectores diferentes niveles de comprensión sobre la naturaleza del conflicto, con explicaciones que no se estancaban en lo estrictamente social, económico o político, sino que se integraban a variados pero divergentes análisis del orden estético y cultural. Los diarios y periódicos han sido fuentes primordiales de divulgación e investigación sobre el acontecer conflictivo9. Otros medios impresos como las revistas, incluso los folletos,

8

Tarcus, Las revistas Culturales…, 22.

9

Maryluz Vallejo Mejía, A plomo herido. Una crónica del periodismo en Colombia (1880-1980) (Bogotá: Planeta, 2006); Paula Alonso, Construcciones impresas. Panfletos, diarios y revistas en la formación de los estados nacionales en América Latina, 1820-1920 (Buenos Aires: fce, 2004).

p. 249

| 247 | 247 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas los panfletos, no han sido lo suficientemente estudiados pese a sus nexos comprensivos con el conflicto.

En la fundamentación de los motivos que llevaron a publicar el primer número de la revista se planteó la discusión sobre el papel de la cultura en los impresos. Para ello es pertinente citar textualmente la nota editorial aparecida en el nacimiento del md, cuando arguyeron: Qué se han hecho los lectores de los suplementos literarios de los periódicos? ¿por qué solo una mínima parte de ellos acude a este tipo de publicaciones? ¿Será que al público no le atrae el tema cultural? Después de un concienzudo estudio sobre los hábitos de lectura de los colombianos, hemos encontrado que la gran mayoría de lectores muestra gran interés por los temas culturales, pero ofrece resistencia al lenguaje tradicional de estas publicaciones. Debemos reconocer, entonces, que los medios electrónicos han influido de tal manera en el público, que han creado un nuevo lenguaje, más visual, más dinámico y no por ello superficial. El color, por ejemplo, se ha convertido en factor decisivo en el ánimo del lector, no importa su edad, sexo o condición social. Pretendemos, con estos cambios, acercar aún más el tema cultural a nuestros lectores, hablando un lenguaje más asequible, directo y participante. Este “Magazín” es para todos los lectores de “El Espectador”. Así lo hemos comprendido y aquí está nuestra respuesta al nuevo reto de comunicación10.

Algunas reflexiones se derivan de esta proclama de intención de los editores en el primer número. Ante todo, el tema cultural y sus lectores. Como bien lo testimonian los editores, los temas culturales en los impresos, más aún en los suplementos de diarios, han figurado más como acervo de ciertas elites y son restrictivos toda vez que el lenguaje usado sobre la cultura se tiene como especializado, es decir, su elocuencia no está al alcance del público lector amplio y masivo. Ahora, la tesis fundamental en el md fue concebir la cultura como un asunto democrático, universal y al

10

Nota editorial”, Magazín Dominical, n.º 1 (1983): 5.

p. 250

Rafael Rubiano Muñoz | 248 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) alcance de todos los públicos. Un punto esencial en la postura del impreso es que la cultura no es un acervo de minorías, y más aún, a través de ella se pueden comprender los conflictos; hacer entendibles las violencias y la divulgación de la cultura en todos sus aspectos puede concientizar a los ciudadanos de sus problemas diarios y ante todo domesticar la naturaleza irracional y violenta de los seres humanos.

En la revisión del md se puede constatar que incorporó secciones dedicadas a aspectos de la cultura refinados y populares, cotidianos y sublimes. La consigna consistía en que la cultura se debe democratizar, por eso en el md había interés por presentar el papel de la fotografía, el cine, la arquitectura urbana y popular, las exposiciones y las reseñas sobre museos, la música, el teatro, entre otros fenómenos para todos los públicos. El md en más de una década fue una de las primeras publicaciones en estimular en sus páginas la reflexión sobre lo que actualmente se conoce como violencias basadas en género (vbg), las minorías étnicas, el medio ambiente y la destrucción humana por los medios armamentísticos y tecnológicos, lo que la convirtió en pionera porque los medios colombianos no se interesaban en analizar y debatir sobre esos temas. La revista se destacó por su carácter interdisciplinar. Junto al análisis de los problemas políticos y sociales impulsó la difusión de obras y de autores de la filosofía, la historia, la antropología, la psicología, la sociología; a través de la publicación de artículos, reseñas de libros, memorias de eventos, especialmente enfocados en el debate de la modernidad y la posmodernidad. Esta concepción interdisciplinar no fue casual, toda vez, que, al finalizar los años ochenta y noventa del siglo xx, asistimos a una crisis de paradigmas científicos y la revalorización de los objetos de estudio e investigación tradicionales.

Teniendo en cuenta el anterior argumento, uno de los hechos más notorios del md fue constituirse en un espacio de divulgación de académicos, científicos, artistas, filósofos, literatos. Personajes que iban surgiendo en el panorama nacional e internacional y que desde distintas perspectivas reflexionaban acerca de problemas generales, pero muy puntualmente, sobre el conflicto y la violencia. Hay que puntualizar que es constatable que

p. 251

| 249 | 249 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas en el md los personajes que opinaron provenían en general de los ámbitos académicos-universitarios, de las ong nacientes, de algunos de los centros de investigación recién creados en el país, quienes empezaban a abordar el conflicto armado y las violencias del país con nuevas herramientas científicas de estudio e investigación, más empíricas y menos idealistas, abstractas y románticas. En las páginas del md firman sus producciones las profesoras (es) e investigadoras (es) de las universidades privadas y públicas del país, quienes empezaron a tener incidencia en sus espacios universitarios y, valga señalar, con el tiempo se convirtieron en personajes públicos leídos, consultados y citados11.

Es posible afirmar, al indagar de manera general en los 847 números del md, que la participación amplia del profesorado universitario en la revista es consecuencia de la división del trabajo intelectual en la vida universitaria y de la ampliación de públicos que demandan un discurso más técnico. Las reformas de la educación superior de los años ochenta y noventa estimularon la transformación de la actividad intelectual al interior de las universidades, especialmente en las ciencias sociales y humanas12. Debido a la explosión y a la turbulencia de la violencia que se extendió a gran parte del territorio nacional, la universidad y sus docentes se vieron obligados a repensar el país, lo que produjo una disputa en la interpretación y análisis del conflicto entre la prensa, los políticos y en especial los medios radiales y televisivos. La explosión de libros y de editoriales dedicadas a publicar los resultados investigativos de los académicos universitarios sobre la violencia y el conflicto armado en el país fue difundida a lo largo de las páginas del md.

La revista se aproximó con un lente diferencial al conflicto, entendido más allá de ser un fenómeno destructivo y desintegrador para ser comprendido como un fenómeno divergente pero funcional. En ese sentido, el md asumió la noción de conflicto no necesariamente como algo

11

Véase en este libro el capítulo “Los intelectuales académicos y el estudio del conflicto armado en Colombia en revistas de estudios políticos (1972-2010)”, de Juliana Vasco Acosta.

12

Álvaro Acevedo Tarazona, “Educación, reformas y movimientos universitarios en Colombia: apuestas y frustraciones por un proyecto modernizador en el siglo XX”, Revista de Estudios Sociales, n.° 53 (2015).

p. 252

Rafael Rubiano Muñoz | 250 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) negativo que es contrario al orden social y a la vida social, sino que hizo comprensible el conflicto como un elemento funcional y de socialización, un fenómeno bisagra de desintegración y de integración a un mismo tiempo. Por lo anterior es deducible que la percepción del conflicto como un fenómeno sociológico funcional en el md se aproximó a la sociología del pensador alemán Georg Simmel13 y a la del norteamericano Lewis Coser14. La obra del sociólogo G. Simmel, constituida en su esencia por una teoría de la socialización15 entendida como las diversas formas de acción recíproca, es un referente ineludible de la sociología de la modernidad. El apartado titulado “La lucha”16 de su obra Sociología se ha traducido recientemente como “conflicto” y en él se pueden concebir las reflexiones según las cuales el conflicto no es disfuncional y menos aún destructor o desintegrador. Como fenómeno sociológico bisagra, el conflicto puede ser asumido como funcional y una forma de socialización porque: Si toda interacción entre los hombres es socialización, entonces, el conflicto, que no puede reducirse lógicamente a un solo elemento, es una forma de socialización, y de las más intensas. Los elementos que sí pueden disociarse son las causas del conflicto: el odio y la envidia, la necesidad y el deseo. Cuando por estas causas estalla, el conflicto se convierte en una protección frente al dualismo que separa y en una vía hacia cierta unidad, sea la que sea y aunque suponga la destrucción de una de las partes –viene a ser algo parecido a los síntomas más violentos de las enfermedades: representan el esfuerzo del organismo por librarse de sus desajustes y dolores– […] el conflicto en sí mismo ya es una resolución de la tensión entre los contrarios17.

13

Georg Simmel, El conflicto. Sociología del antagonismo (Madrid: Sequitur, 2013).

14

Lewis Coser, Las funciones del conflicto social (México: Fondo de Cultura Económica, 1961) y Nuevos aspectos a la teoría del conflicto social (Buenos Aires: Amorrortu, 1970).

15

Jerónimo Molina Cano, “Georg Simmel, anticipador de la polemología”, en Simmel, El conflicto.

16

Simmel, El conflicto; David Frisby, Georg Simmel (México: Fondo de Cultura Económica, 2014).

17

Simmel, El conflicto, 17.

p. 253

| 251 | 251 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas A la luz de una variedad de cortas y sintéticas secciones, Simmel considera en términos de una profunda reflexión sociológica los variados sentidos sociales del conflicto y desnuda sus características superando con un sumo esfuerzo intelectivo la percepción común y corriente que valora el conflicto como un fenómeno disociador y destructor de la vida social. Esta mirada divergente y plural del conflicto como funcional es profundizado en el sociólogo Lewis Coser, quien, enfocado a examinar críticamente a Simmel, aborda las condiciones por las cuales los sociólogos y la sociología en el siglo xx abandonaron la investigación de los conflictos por darle prevalencia a una sociología del orden y la integración social18. Para el objetivo de este capítulo es válido expresar que el conflicto o los conflictos son funcionales y expresan formas de socialización. En el caso del md es posible decir que el conflicto armado es una contienda que genera múltiples aristas sociales y sociológicas. Por su naturaleza no es posible reducirlo a una confrontación entre el Estado y actores ilegales (las guerrillas) y menos aún comprimirlo a una valoración moral de buenos y malos. Con la lectura de Simmel y Coser es viable considerar reflexivamente que la revista no interpretó el conflicto armado como un fenómeno unidimensional, por el contrario, la reconstruyó como uno multidimensional que involucró una diversidad de actores y de escenarios sociales. Más allá de buscar las causas sociales del conflicto armado, el md se orientó a tratarlo como un fenómeno social variado, diverso, plural. De hecho, se puede considerar que su tarea fue desocultar los rasgos cotidianos y culturales del conflicto y no solamente los sociales y políticos. Pero entre el experto y el ciudadano de a pie, según se deriva del análisis del contenido de la revista, es determinante que el md, a la par que posicionó el tema del conflicto, también le dio voz a los académicos y letrados pocos conocidos e incluso alentó la conformación de redes y formas de sociabilidad, porque ella misma estimuló la organización de eventos como foros, tertulias, simposios, congresos y otras reuniones asociativa enfocadas al tema de las violencias que se citarán en este capítulo.

18

Coser, Las funciones del conflicto social.

p. 254

Rafael Rubiano Muñoz | 252 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) El papel de las ong y de ciertas comunidades científicas fue fundamental en los aportes y en las contribuciones del contenido del md. En parte significativa circularon las opiniones de miembros de organizaciones como el iepri (Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia sede Bogotá, creado en julio de 1986), del cinep (Centro de Investigación y Educación Popular, creada por los jesuitas en el año de 1972), o de la Corporación Región de la ciudad de Medellín (creada en noviembre de 1989) y otras organizaciones civiles, artísticas e intelectuales.

Habría que agregar que una de las ideas centrales del impreso fue confrontar con argumentos el hábito de los medios masivos de mostrar el conflicto armado como un acontecimiento noticioso y “amarillista”. Por lo tanto, la revista asumió el conflicto armado a la luz del análisis histórico y coyuntural, con artículos, ensayos, reseñas de publicaciones, eventos y agregó un enriquecido caudal de cultura gráfica (fotografías, exposiciones artísticas, caricaturas) lo que generó una miscelánea de visiones para el público lector estimulando siempre el pensamiento reflexivo y crítico. Lo anterior concuerda con las reflexiones de una de las directoras de la publicación, Marisol Cano Busquets, quien en su artículo “Nuestras líneas de fuga” nos ilustra sobre los principios que rigieron el proyecto impreso: No queremos imponer límites a nuestra curiosidad, a nuestra necesidad de conocer y explorar el país, su literatura, su vida cotidiana, sus conflictos, las reflexiones de sus científicos sociales, de sus ciudadanos. No queremos cerrar nuestras líneas de fugas, porque al hacerlo, estaríamos limitando nuestra imaginación, nuestros caminos de exploración, nuestras dudas… El placer de nuestra fuga está en el compromiso con el proyecto del Magazín Dominical y con esta preocupación que compartimos hace mucho tiempo con varias de las personas aquí presentes, por el periodismo en un país como Colombia, en el que se nos llevan cada día a uno de los nuestros… ¿En qué viejo cajón hemos escondido nuestra necesidad de aprender y comprender cada día más y más profundamente, nuestro país y los fenómenos culturales y sociales, para poder interpretarlos? ¿leemos?

p. 255

| 253 | 253 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas ¿Debatimos? ¿Confrontamos nuestras instituciones y nuestros pequeños saberes con los de los especialistas? ¿permitimos que nos asalte la sabiduría popular? ¿nos dejamos atravesar y amenazar por la dura realidad de los acontecimientos? no somos más que los demás, tampoco sabemos más que ellos. Por eso la modestia, el tener nuestros sentidos siempre abiertos a conocer, a debatir, a cuestionar, a aprender, a “tertuliar”, deben hacer parte de nuestro ejercicio periodístico19.

El md, ¿un periodismo cultural? ¿Acaso un periodismo híbrido? ¿Periodismo transgresor de fronteras tradicionales? Como veremos hay un propósito en el md de poner a circular ideas, ponerlas en situación crítica y permitir el debate y la discusión de sus lectores, porque, de acuerdo con uno de los personajes más homenajeados y que circularon profusamente en la revista, el cubano José Martí, “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”20. Será justamente el lector quien juzgue si ello se logró porque los interrogantes saltan a la vista: ¿divulgar y formar a los lectores al mismo tiempo sin caer en los extremos? ¿Era esa la tarea de una revista cultural? ¿Cumplió el md con ese propósito?

2. El conflicto armado y las violencias en el

Magazín Dominical, avatares de miradas multifacéticas. 1983-1993 En las siguientes páginas analizamos el conflicto armado en la publicación con el propósito de entregarle al lector algunas ideas sobre cómo el impreso asumió el tema durante la década 1983-1993. Normalmente se juzgaría que el conflicto armado es una contienda entre el Estado y actores armados ilegales quienes se disputan territorios, recursos naturales, poder y hegemonía. Se ha planteado que la conflagración bélica del país ha sido causada por la pobreza, la desigualdad, el analfabetismo y la falta

19

Marisol Cano Busquets, Nuestras líneas de fuga, Magazín Dominical, n.° 425 (1991): 14-15.

20

José Martí, Nuestra América, Magazín Dominical, n.° 200, (1987): 3-7.

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Rafael Rubiano Muñoz | 254 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) de oportunidades de las clases menos favorecidas que nutren los ejércitos irregulares en el país, pero el md cuestionó con firmeza estos prejuicios y los confrontó con una mirada multifacética que buscaba superar una lectura simplista de la sociedad como desigual y profundamente inequitativa para explicar el origen de las confrontaciones. La revista sostuvo que el odio inveterado entre los partidos tradicionales desde la era del nacimiento republicano, en parte, explica las causas del conflicto, sin embargo, se esfuerza por presentar este problema como un entramado de factores internos y externos al mismo tiempo.

En los 39 números de la revista publicados en el año 198321 se pone de presente la violencia política bipartidista del país presentada desde la óptica histórica. En ese sentido son de realce el tema de la figura del militar Gustavo Rojas Pinilla y el papel infausto del Frente Nacional. Precisamente en ese año se cumplieron treinta años de la subida al poder del General boyacense el 13 de junio de 1953, la cual tuvo como consecuencia el pacto bipartidista que se institucionalizó con un acuerdo que firmaron primero en Sitges y luego en Benidorm Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo. Este acuerdo se prolongó por dos décadas en el país y fue conocido como El Frente Nacional.

El md no se podía extraer a dicha fecha rememorativa. Aparecieron en ese año dos artículos, el primero del sociólogo Orlando Fals Borda22 y el segundo del literato Harold Alvarado Tenorio23. Ambos autores citaron la publicación en ese año del libro titulado Rojas y la manipulación del poder24, de Carlos H. Urán, el cual explica con argumentos cómo la historia oficial concibió a Rojas Pinilla como un dictador ad hoc, cuando en realidad fue manipulado por las oligarquías de los partidos tradicionales, quienes luego de traicionar el mandato del militar en el poder, acordaron en el juego de ajedrez político un pacto que desató nuevas formas de violencia en el país.

21

El primer número apareció el 20 de marzo de 1983 y el número 39 se publicó el 18 de diciembre de 1983.

22

Orlando Fals Borda, “Las terceras fuerzas en Colombia”, Magazín Dominical, n.° 14 (1983).

23

Harold Alvarado Tenorio, “Poesía y Frente Nacional”, Magazín Dominical, n.° 28 (1983).

24

Carlos Urán H., Rojas y la manipulación del poder (Bogotá: Carlos Valencia editores, 1983).

p. 257

| 255 | 255 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas El artículo de Fals Borda muestra la connivencia existente de los partidos tradicionales con el conflicto armado y señala que el Frente Nacional fue una forma de violencia porque los responsables de la violencia política del país y de agenciar los conflictos armados fueron las elites de los partidos tradicionales. Ellos emplearon formas de violencia desde las instituciones jurídicas y políticas para mantener sus intereses y beneficios propios, utilizando los discursos de la paz y la democracia como máscara y manipulando al pueblo. El artículo plantea explícitamente que el conflicto armado de Colombia ha sido alentado por las elites políticas del país y que nuestras instituciones sociales y políticas se han diseñado para estimular formas de violencia. Las elites bipartidistas no solamente han usurpado el poder, sino que han propiciado la violencia del país al no hacer partícipe realmente al pueblo en el destino de Colombia, porque han practicado una dominación oligárquica y autoritaria.

De su parte, Alvarado Tenorio se ocupó del papel de la poesía durante el Frente Nacional. El texto constituyó la ponencia que el autor leyó en el Seminario de Poesía Pos-Nadaísta realizado en la Universidad de los Andes (1983), allí habló sobre la funesta educación de su generación, impartida por maestros que actuaban como dirigiendo un batallón y con una pedagogía castrense. También indicó la importancia de la Revista Mito (1955-1962) durante el régimen de Rojas Pinilla y afirmó con acritud que el movimiento poético y literario del nadaísmo, específicamente el impulsado por Gonzalo Arango, fue nefasto para la vida y cultura del país, porque su contenido fue pobre y lánguido, su esencia no fue la contracultura, menos aún constituyó algo alternativo –dando a entender sin mencionarlo que Herbert Marcuse ahondó como cultura afirmativa25– porque se conectó con las violencias del país. Desde esa perspectiva el nadaísmo no fue más que el epílogo del Frente Nacional26, para decirlo con el título de un ensayo analítico de Carlos Sánchez Lozano, intermitente colaborador del md.

25

Herbert Marcuse, Cultura y sociedad (Buenos Aires: Editorial Sur. 1969).

26

Carlos Sánchez Lozano, “El Nadaísmo colombiano epílogo literario del Frente Nacional”, Revista Investigar, n.° 3 y Revista Argumentos, n.° 22-23 (1990).

p. 258

Rafael Rubiano Muñoz | 256 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) De acuerdo con Alvarado, el nadaísmo apeló a esas otras violencias simbólicas, ya que desactivó el espíritu crítico de la poesía (creó apariencia y ficción de criticidad), la vació al desconectarla de los problemas sociales y políticos del país y desvió la naturaleza crítica al convertirse en gritería y en publicidad para una generación cansada de las violencias del pasado (bipartidista) y la del porvenir, las de las guerrillas y otros grupos armados. Del año 1983 son de destacar dos reseñas que constituyen para la actualidad trabajos clásicos interpretativos y comprensivos del conflicto armado del país en su sentido específico. En el número 20, dedicado a Porfirio Barba Jacob, apareció el artículo titulado “El manejo de la violencia en la historia”27 escrito por Álvaro Robayo Alonso, quien elaboró una reseña sobre el libro del filósofo francés René Girard, La Violencia y lo Sacro28, publicado en Paris, en 1972. Girard explica los nexos existentes entre la violencia, la religión y el sistema judicial usados en los hombres desde las épocas pretéritas hasta la vida contemporánea. Lo más específico de la violencia y del conflicto armado en Colombia en el md del año 1983 sin duda fue el artículo titulado “La violencia en Colombia. Bandoleros, gamonales y campesinos”, que constituye la presentación del libro de los profesores Gonzalo Sánchez y Donny Meertens de la Universidad Nacional de Colombia sede Bogotá, publicado por la editorial Áncora. Valga decir que constantemente la revista publicó en sus páginas de publicidad las novedades editoriales de la época, especialmente de Áncora editores, Valencia Editores, Siglo xxi, Oveja Negra, Seix Barral, Alianza editorial, Anthropos, Fondo de Cultura Económica, Temis, Altamir. También de algunas ong como el Cinep, sus publicaciones en la revista Controversia y algunas de las revistas universitarias entre las que sobresalen Revista Foro y Revista Análisis político. En el libro sobre la violencia en Colombia, los profesores explican la pertinencia de la investigación y aluden a los asuntos teóricos y metodológicos de la violencia colombiana. Advierten que no la restringen como

27

Álvaro Robayo Alonso, “El manejo de la violencia en la historia”, Magazín Dominical, n.° 20 (1983).

28

Rene Girard, La violencia y lo sacro (Barcelona: Anagrama, 1983).

p. 259

| 257 | 257 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas fenómeno particular del país, sino que la consideran como un fenómeno más amplio, que es posible vincular con un análisis comparado con otros países latinoamericanos.

Los autores admiten que la categoría bandoleros les permitió tener una visión más social y cultural que política de los actores implicados en las violencias y que el propósito del libro fue confrontar la interpretación de la historia oficial que consideró la violencia política del país como un producto exclusivo de las contiendas del bipartidismo tradicional. Por el contrario, en su visión más amplia analizan cómo a lo largo de nuestra historia se fueron constituyendo actores contrainstitucionales e ilegales que cuestionaron las bases sociales de lo establecido en el país. Se destaca igualmente cómo los autores describen la metodología que aplicaron en su investigación para interpretar la violencia del país, en especial arguyen la pertinencia del uso de los archivos judiciales y el papel que las entrevistas de actores directos (con sus testimonios) tuvieron para un enfoque más multidimensional de los conflictos del país.

Es visible que en la lectura de estos artículos se percibe cómo la revista empleó de manera ejemplar y enriquecido el diálogo entre los libros ya publicados y los artículos de opinión de sus colaboradores que servían para propósitos muy específicos. Con ello se buscó establecer un diálogo de debate y de polémica con los lectores de modo que se creara un espacio de opinión pública y de discusión mediado por la publicación de la revista, y no solamente de información fugaz como en el caso de la prensa referida a lo noticioso.

Una figura preponderante del año 1983 fue Eduardo Caballero Calderón, quien tuvo un espacio holgado de publicaciones en la revista. La presencia de este letrado nos inclina a argumentar que Caballero tuvo una resonante voz en el md durante las metamorfosis intelectuales que implicaban incluir asuntos que eran poco abordados en la agenda social y política de nuestros países, como los temas del medio ambiente, el feminismo, las diversidades étnicas y raciales, la ecología, los cambios en la comunicación por el paso a nuevas tecnologías, las violencias simbólicas y cotidianas, la criminalidad, la delincuencia y otras turbulencias del país

p. 260

Rafael Rubiano Muñoz | 258 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) y de América Latina. Su posición de intelectual hispanista y conservador no le restó entrar en liza y combatir por sus ideas, algunas reaccionarias y otras más o menos progresistas. Se destacan para el año de 1983 sus artículos titulados: “Entorno a la violencia”, “Abstenerse o sustraerse”, “Otra vez la deforestación”, “Otro fracaso pedagógico”, principalmente. El artículo de Caballero “Entorno a la violencia”29 plantea cómo las armas –no los hombres– han creado la humanidad y se fija específicamente en cómo las guerras han movilizado lamentablemente el avance y progreso de los hombres. El escrito “Abstenerse o sustraerse”30 es un artículo referido a una carta que Antonio Caballero (hijo), periodista del diario El Espectador y de la revista Cambio de Madrid, le envió con la siguiente increpación intelectual: “En mi opinión, en este momento quedan en Colombia muy pocas personas con autoridad moral para escandalizarse y es necesario que alguien se escandalice y además explique las razones de su escándalo. Tú eres una de ellas, y de todas, la que sabe explicar mejor las cosas: con más claridad y más brevedad y más fuerza de convicción. Y menos lastre”31. Ante las increpaciones de su hijo, le responde que el uso del amarillismo y de temas noticiosos en la prensa es lo que aumenta las audiencias y las masas de lectores, por eso hay que hablar y opinar de temas que difieran de los habituales sucesos como el de asesinatos, muertes, crímenes, delitos, microviolencias y/o violencias diarias, de modo que, la alternativa de un buen periodista (o escritor) es acercar al lector a los rostros de otras violencias, las más imperceptibles. El artículo “Otra vez la desforestación”32 se refiere a la destrucción ambiental en Colombia por la tala indiscriminada de árboles y la falta de control y de regulación estatal, y “Otro fracaso pedagógico”33 se enfoca en la discusión de un modelo pedagógico de la enseñanza en Colombia que se mueve entre la obligatoriedad de los estudiantes de seguir de memoria

29

Eduardo Caballero Calderón, “Entorno a la violencia”, Magazín Dominical, n.° 24 (1983).

30

Eduardo Caballero Calderón, “Abstenerse o sustraerse”, Magazín Dominical, n.° 29 (1983).

31

Ibid.

32

Eduardo Caballero Calderón, “Otra vez la deforestación”, Magazín Dominical, n.° 37 (1983).

33

Eduardo Caballero Calderón, “Otro fracaso pedagógico”, Magazín Dominical, n.° 33 (1983).

p. 261

| 259 | 259 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas los conocimientos o afianzar la experiencia y la experimentación como bases de la educación en primaria y bachillerato.

Otros nombres representativos de América Latina fueron objeto de revisiones, opiniones, estudios o conmemoraciones y homenajes, casos como los de Porfirio Barba Jacob34 y Pablo Neruda35 sobresalen en el primer año de la publicación. El número 20 del md está dedicado enteramente al poeta colombiano, conmemorado por el centenario de su nacimiento, y en el número 28 se publicó una entrevista de la periodista Olga Behar36 al escritor Jorge Edwards, a propósito de los 10 años del golpe militar de Augusto Pinochet (11 de septiembre de 1973) y de los 10 años de la muerte del poeta chileno (23 de septiembre de 1973) quien, es menester mencionarlo, junto a Jorge Zalamea y Gabriela Mistral, nominó al intelectual colombiano Baldomero Sanín Cano para el Premio Lenin de la Paz, que fue entregado en 195537.

En conclusión, del año de 1983 se pueden colegir dos líneas de reflexión de la revista frente al conflicto armado. Una, que las causas de la violencia del país se hallan en el papel de las elites políticas, no necesariamente en las clases populares, y que el Frente Nacional con su diseño institucional fue un referente ineludible del desenvolvimiento del conflicto armado del país. De otro lado, tanto en las instituciones como en el diseño jurídico y económico, además de cultural, se pueden encontrar no pocas causas del conflicto armado del país y sus responsables han sido las elites por los manejos del poder y sus decisiones personalistas y clasistas en dos siglos de dominio y de hegemonía.

34

Sobre Barba Jacob en el primer año se halla un material amplio que comprende escritos, ensayos, homenajes y conmemoraciones en los números 2, 20 y 25. El número 20 del md, de julio 31 de 1983, está dedicado al centenario del natalicio de este letrado nacido en Santa Rosa de Osos, Antioquia el 29 de julio de 1883 y muerto en México el 14 de enero de 1942. Jorge Zalamea como embajador en México recuperó los restos mortales del compatriota y los repatrió.

35

Sobre el poeta comunista chileno los números 18, 19, 27 y 28 contienen registros que desde variadas ópticas reconstruyen la vida, obra y sensibilidad política del personaje. En el número 28, publicado en septiembre 25 de 1983, se conmemora la figura del poeta en el contexto de los 10 años del golpe militar de Pinochet y de los 10 años de su fallecimiento.

36

Olga Behar, “Jorge Edwars. Neruda amigo, Neruda político, Neruda…”, Magazín Dominical, n.° 28 (1983).

37

Rafael Rubiano Muñoz, José Fernando Saldarriaga y Valeria Isabela González Peláez, Baldomero Sanín Cano. Guerrero letrado de América (Medellín: Unaula, 2021).

p. 262

Rafael Rubiano Muñoz | 260 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) A la par de estas consideraciones el md incorporó tres asuntos que para la época impactaron la intensidad del conflicto colombiano, el tema internacional: la caída del comunismo real debido a las políticas reformistas de Mijaíl Gorbachov38, el glasnost y la perestroika, lo que hizo del planeta un mundo multipolar39; la política exterior norteamericana y su carácter intervencionista en el Caribe y Centroamérica40, lo que incidiría en los asuntos internos del país y la transición democrática de América Latina, en especial de Argentina y Chile, que incitó a reflexionar sobre los desafíos democráticos no solamente en el cono sur sino igualmente para Colombia.

Mientras a nivel global la Guerra Fría decaía y tenía implicaciones para Colombia y América Latina41 en el md se debatió con mucha insistencia la política exterior de los Estados Unidos en el área Latinoamericana en general, para lo cual, si se revisa el primer año de la revista, se reprodujeron escritos y discursos de líderes políticos, gobernantes42, literatos43, escritores44, periodistas45 y profesores universitarios, quienes con cierto grado de experticia y sencillez procuraron debatir sus consecuencias en un país como el nuestro cada vez más en crisis y ensangrentado por el accionar de los grupos armados ilegales.

38

Mijaíl Gorbachov, “La política necesaria de Mijaíl Gorbachov”, Magazín Dominical, n.° 339 (1989).

39

“Hacia el nuevo mundo multipolar”, Magazín Dominical, n.° 334 (1989).

40

Ana María Bidejain de Urán, “Importancia geopolítica de América Central”, Magazín Dominical, n.° 23

(1983).

41

Guillermo González Uribe, “Latinoamérica y la doctrina de la seguridad nacional. Pinochet no es el único culpable”, Magazín Dominical, n.° 26 (1983).

42

Misael Pastrana Borrero, “Del anti-plan Marshall hacia una apertura a América Latina”, Magazín Dominical, n.° 36 (1983). Conferencia del expresidente Misael Pastrana Borrero expuesta en la Universidad de Harvard.

43

Julio Cortázar, “La otra cara de Nicaragua”, Magazín Dominical, n.° 29 (1983). Discurso pronunciado por el escritor argentino al recibir la orden Rubén Darío en Nicaragua.

44

Carlos Fuentes, “El origen del cambio en la América Latina no está en Moscú o en La Habana, está en historia”, Magazín Dominical, n.° 22 (1983). Discurso al recibir el Doctorado en Derecho, Honoris Causa de la Universidad de Harvard, Cambridge, 9 de junio de 1983.

45

La figura del escritor Eduardo Caballero Calderón en el md es relevante, sus decenas de escritos publicados en la revista dan cuenta de una significativa y sobresaliente participación y su contribución a lo largo de esos escritos con temas polémicos y diversos sobre Colombia, América Latina y el mundo constituyen un legado nada despreciable que permite ver de qué modo se funden el intelectual y el político, el letrado y el periodista como escritor público comprometido. Para el año de 1983 este autor publicó 33 artículos sobre temas diversos.

p. 263

| 261 | 261 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Para el primer año de la publicación, la incierta transición democrática de América Latina se constituyó en uno de los ejes editoriales del md y según se analiza en sus artículos, la revista suscitó el siguiente planteamiento: si fue posible el tránsito de las dictaduras militares a la democracia, ¿cómo sería posible pasar de la violencia armada a la democracia en el país? La evolución política de regímenes que hasta entonces vivieron la dictadura militar y pasaron a elecciones democráticas se convirtió en un foco preponderante del impreso y, desde los primeros números, los casos de Argentina46 y Chile47 fueron observados minuciosamente. Por cuestiones de espacio y por la cantidad de páginas que componen los 520 números revisados, en las siguientes páginas se hará una selección de lo más representativo entorno al conflicto armado y las violencias del país, de 1983 a 1993, de modo que permitan al lector ubicar y acceder a los registros número por número y a su vez le orienten en la manera como el impreso fue divisando y se fue aproximando a los problemas más agudos de esa época en nuestra nación. Entre los años 1984 y 1985 el md se centró en dos sucesos políticos determinantes del conflicto armado y de las violencias del país: el proceso de paz del gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) y los diálogos de la Uribe, Meta, que llevaron a los acuerdos de cese al fuego con las guerrillas activas en esa época, farc-ep, m-19 y epl. Existe una documentación adecuada sobre lo que implicó ese proceso de paz y algunas publicaciones dan cuenta del ambiente y de la coyuntura vivida entre 1982 y 1986 en el país. Sobre el proceso de paz es esencial el libro titulado El proceso de paz en Colombia 1982-199448, una obra que contiene una compilación de documentos dirigidos por el alto comisionado para la paz, Daniel García-Peña Jaramillo, quien recolecta

46

Jaime Pinzón López y Reynaldo Muñoz Cabrera, “De Juan Domingo a Isabelita”, Magazín Dominical, n.° 33 (1983). El artículo de Pinzón y Muñoz es una selección de los apartes más destacables del libro titulado: América Latina: Militarismo 1940-1946, con prólogo de Guillermo Cano Isaza, publicado en Bogotá: La Oveja Negra, 1983; “¿Qué piensa Alfonsín?” Magazín Dominical, n.° 38 (1983). El artículo está compuesto de apartes de algunas obras ya publicadas del electo presidente argentino Raúl Alfonsín.

47

González Uribe, “Latinoamérica y la doctrina”.

48

El Proceso de paz en Colombia 1982-1994. Compilación de documentos. Tomo I. El Gobierno de Belisario Betancur. La propuesta de paz, 1982-1984 (Santa Fe de Bogotá, D.C.: Oficina del Alto Comisionado para la Paz y Presidencia de la República, 1986).

p. 264

Rafael Rubiano Muñoz | 262 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) una variedad de textos que fueron seleccionados y organizados temática y cronológicamente y dan cuenta de la periodización en Colombia de los diálogos de paz, a la vez que registran y guardan la memoria del suceso. Del excanciller Alfredo Vázquez Carrizosa, asiduo colaborador del md, se cuenta con el libro Betancur y la crisis nacional49, obra esencial que abarca los años de 1982 a 1986, desde la subida a la presidencia de Betancur hasta la toma del Palacio de Justicia el 6 de noviembre de 1985 por un comando del M-19. Estos libros sirvieron como lecturas fundamentales para situarse y comprender el contexto y ambiente de publicación del md. De hecho, Vázquez Carrizosa fue un escritor de primer orden del md con sus artículos en el plano de las relaciones internacionales y el conflicto armado interno de Colombia, vinculado con temas de la cultura y del derecho humanitario entre otros más. Para que el lector de este capítulo conozca el ambiente en el que nace el md, existen algunos testimonios publicados en la coyuntura que constituyen referentes bibliográficos ineludibles, citamos la obra compilada donde figuran varios letrados del país, titulada: ¿Paz? ¡Paz! Testimonios y reflexiones sobre un proceso50 y Colombia (1982-1990). Una Guerra Irregular entre dos ideologías51 de Diana Duque Gómez. Más adelante citaremos las obras que en la propia revista se reseñaron y que dan cuenta fehaciente de cómo el md distinguió y se fue acercando al conflicto armado y las violencias del país. Así que, para acercarse al md en su trayectoria desde el año de 1983, es obligado conocer la propuesta que alentó en el país el presidente Belisario Betancur, dirigida a establecer unos diálogos de paz con los grupos guerrilleros principales de ese tiempo. En consecuencia, el presidente antioqueño creó una comisión de paz y se firmaron los acuerdos de la Uribe, Meta, en 1984 que se dirigieron a un cese bilateral al fuego, proceso que fue sinuoso y bastante entreverado, a causa de las dificultades de verificación de los contendientes, y de la negligencia de sectores militares y de derecha

49

Alfredo Vázquez Carrizosa, Betancur y la crisis nacional (Bogotá: Aurora. 1986).

50

¿Paz? ¡Paz! Testimonios y reflexiones sobre un proceso (Bogotá: Leyva Durán editores, 1986).

51

Diana Duque Gómez, Colombia (1982-1990). Una guerra irregular entre dos ideologías (Bogotá: Intermedio editores, 1991).

p. 265

| 263 | 263 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas en ese entonces en Colombia. Un franco escepticismo rodeó la propuesta gubernamental, a la que se sumaron –como lo hace notar el md– algunos letrados e intelectuales de nuestra nación. La toma del Palacio de Justicia por el grupo guerrillero m-19 entre el 6 y 7 de noviembre de 1985 y la extinción de algunos de los miembros del entonces partido de la u.p. (Unión Patriótica, organización fundada el 28 de mayo de 1985 por simpatizantes del Partido Comunista y miembros de las farc reincorporados a la vida civil por los acuerdos de paz de la Uribe, Meta) constituyen los eventos más visibles de los años 1984 y 1985 en el md.

Para el año de 198452, no es casualidad que el md publicara el artículo titulado: “¿Por qué la guerra?”53, que es una carta que el médico vienés creador del psicoanálisis Sigmund Freud dirigió al físico alemán Albert Einstein. A través de la epístola ensayo explica Freud el papel del uso de la fuerza (y la violencia) en el contexto humano desde las hordas primitivas y su evolución en las sociedades de la civilización moderna, y, además, su análisis argumenta que las causas y las consecuencias de la guerra están forjadas en la mente humana por el uso que se da del poder, que es un elemento distintivo de la dominación de los hombres entre sí. El lector, a la luz de los argumentos de Freud, entenderá el papel de la guerra, que según la perspectiva analítica que emplea el autor, se hizo necesaria en las organizaciones humanas avanzadas porque eso permitió el orden social, debido a los límites jurídicos y políticos que implicaba el sometimiento de los hombres y de las naciones, unas con otras. Además, señala que la guerra no necesariamente es destructiva y no se opone a la organización social, porque ella ha sido justamente la que ha generado la necesidad de las alianzas o los acuerdos y la que permitió los límites que llevaron a la creación de condiciones jurídicas y políticas. El texto concluye advirtiendo que la única manera de resolver los conflictos mundiales sería con la creación de un superestado centralizado que interviniera en las confrontaciones de los países y las naciones.

52

Números 40 al 79, publicado en el n.° 79 en septiembre 30 de 1984.

53

Sigmund Freud, “¿Por qué la guerra?”, Magazín Dominical, n.° 45 (1984).

p. 266

Rafael Rubiano Muñoz | 264 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) A contracara, el md publicó de modo significativo, en lo que respecta al conflicto armado, algunos artículos que convocan voces de actores divergentes implicados en el conflicto armado del país y quienes, según sus reflexiones, plantean las adversidades, pero también los beneficios del proceso de paz propuesto por Betancur. En los números 64 y 84, respectivamente, sobresale el tema de los diálogos de paz. En esos dos números se publicaron las opiniones de actores directos del conflicto, como la del retirado General de la República José Joaquín Matallana54 y la de la líder guerrillera del m-19 Vera Grave55. Junto con ellos, aparecen las voces de dos actores no necesariamente protagonistas del conflicto armado, pero que rinden su versión frente a lo que consideran es la posibilidad de la paz en el país; de un lado, se publica un artículo muy crítico del economista Jorge Child56, y del otro, uno de tono romántico y esperanzador del poeta nadaísta Jotamario57.

Esta pluralidad de opiniones frente al conflicto colombiano, tratada en los números 64 y 84, nos permite afirmar que la revista no se adscribió a un bando o a algún extremo en particular. Lo que sí se nota es que el md defendió la opinión pública toda vez que se expresaran las ideas con consistencia y solidez, y que los argumentos y posiciones fueran fundamentados razonablemente, así vinieran de personajes completamente disímiles y contradictorios.

Al leer esas voces diversas, ellas se centran preferiblemente en temas sensibles de los que hasta esa época apenas se tenía alguna noción y practicidad, por ejemplo, el problema de la tregua, el cese al fuego, la amnistía; además de incluir en sus análisis cuáles fueron las causas históricas de la violencia armada del país y cuáles serían las consecuencias benéficas en la sociedad colombiana de ser posible la paz con los grupos armados ilegales. De otro lado, es especial cómo enfocó el md el tema del

54

General (r) de la República José Joaquín Matallana, “Cese al fuego, tregua, paz y apertura democrática”, Magazín Dominical, n.° 84 (1984).

55

Oficial Superior m-19 Vera Grave, “Caminos hacia la paz”, Magazín Dominical, n.° 84 (1984).

56

Jorge Child, “El difuso horizonte de la paz”, Magazín Dominical, n.° 84 (1984).

57

Jotamario, “Adiós a los odios”, Magazín Dominical, n.° 84 (1984).

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| 265 | 265 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas conflicto armado en la universidad pública y para esa perspectiva se publicaron algunos escritos de personajes que serían académicos reconocidos y autorizados y se volverían hombres públicos.

Fuera de la voz militar, guerrillera, economista y poética, la revista incorporó otras. El número 64 fue dedicado a las voces intelectuales y entre los articulistas se destacan Antanas Mockus58, quien firma como profesor de matemáticas; Guillermo Hoyos Vásquez59, profesor de filosofía y exrector de la Universidad Nacional, y el líder comunista Gerardo Molina60, quien fue discípulo del intelectual cosmopolita y universal Baldomero Sanín Cano y pieza clave del proyecto de la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo.

Hay que señalar que Molina tuvo un espacio significativo en la revista, pues la reedición de su libro Las ideas liberales en Colombia61, se divulgó y reseñó generosamente en las páginas de publicidad que tenía la editorial Tercer Mundo en la revista. Retornando el tema Universidad y conflicto armado, en el n.° 64, Mockus se enfoca en diferenciar lo que es legítima rebelión y violencia en el movimiento estudiantil de la época, para lo cual emplea el análisis de Max Weber de su libro: El político y el científico, donde diferencia entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, aludiendo expresamente a cómo algunos de los jóvenes universitarios quienes ingresan a los grupos de protesta e incluso a los grupos con ideales e ideologías revolucionarias y contraculturales, lo hacen por novedad y moda en la mayoría de los casos, y esos jóvenes son movilizados más por convicciones y no asumen con conciencia sus acciones políticas en la universidad, por lo tanto, las convicciones no se relacionan con la ética de las acciones y sus consecuencias. Por su parte, Hoyos Vázquez, con un refinado relato y quizás con un lenguaje especializado, se centra en el problema de la ilustración y cómo

58

Antanas Mockus, “Universidad, contracultura y subversión”, Magazín Dominical, n.° 64 (1984).

59

Guillermo Hoyos Vásquez, “Respuestas democráticas a una universidad en conflicto”, Magazín Dominical, n.° 64 (1984).

60

Gerardo Molina, “La U.N. en el centro de la crisis”, Magazín Dominical, n.° 64 (1984).

61

Gerardo Molina, Las ideas liberales en Colombia (Bogotá: Tercer Mundo, 1974).

p. 268

Rafael Rubiano Muñoz | 266 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) ella ha de ser sustancial en el proceso de formación universitaria, porque no implica solamente un dominio racional de sí mismos y de la realidad por parte de cada uno de los miembros de la institución universitaria. Incluso admite que ser ilustrado universitario demanda una comprensión e injerencia en lo social y político, porque ilustración no es solamente saber para dominar lo externo, es también saber para actuar en sociedad como ciudadanos. Hoyos plantea que los fines y las tareas de la universidad en una sociedad en crisis y en conflicto es aumentar la calidad de la ilustración de los universitarios, de modo que el papel justamente que debe asumir la universidad en una sociedad en guerra, con múltiples violencias, es aumentar la calidad del conocimiento y del hacer científico e investigativo, poner en diálogo los saberes adquiridos con los problemas políticos y ante todo vincularlos con los asuntos públicos. Teoría y praxis ilustrada, según se deriva de la lectura del filósofo, son la base de la formación universitaria y el canal mediático para salir de la crisis y de la conflictividad de la sociedad colombiana.

Finalmente, el pensador humanista de izquierda Gerardo Molina aborda y expresa que es contradictorio que a la par que se está en diálogos de Paz con las guerrillas, la universidad sea un campo de batalla donde el conflicto armado (de grupos armados de izquierda y derecha) degrada y destruye la institución universitaria. Señala aspectos históricos del conflicto armado, el modo como influyó en la universidad la Revolución cubana de 1959, al tiempo que explica la política exterior de John F. Kennedy, específicamente la Alianza para el progreso y la doctrina de Seguridad Nacional en el continente, cuyas políticas se aplicaron en América Latina con resultados funestos al crear regímenes dictatoriales militares antidemocráticos. Molina concluye que en el país los títulos universitarios son una farsa porque la corrupción es otro de los focos de la violencia colombiana. Para finalizar expresa Molina que los diálogos de Paz del gobierno Betancur deben extenderse hacia las universidades.

En conjunción con la perspectiva anterior de Molina, sobre la voz universitaria ante el conflicto armado en la que ya operan grupos

p. 269

| 267 | 267 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas paramilitares se destaca el artículo “La tortura: mecanismo ilegal del poder”62, que se centra en la crítica a los abusos del Estado y las fuerzas militares e insinúa uno de los temas que fueron objeto de reflexión años después en el md: las ejecuciones extrajudiciales en el país por grupos de seguridad del Estado y paramilitares. De hecho, en la libreta de apuntes del director de El Espectador, Guillermo Cano, la temática sobre la tortura y la vulneración de los derechos humanos en el país tuvo un espacio significativo en la revista y, tras el asesinato del insigne periodista en 1986, algunos fueron reproducidos en el md como lo veremos páginas adelante. Es muy revelador del md cómo entrelazó la opinión de los profesores e investigadores universitarios, el papel que la universidad pública debía jugar frente al conflicto armado y su incidencia en los temas sociales y políticos del país. Por lo anterior, vale señalar el artículo del filósofo Guillermo Hoyos Vásquez63, quien, a partir del libro de Emanuel Kant, La paz Perpetua, aborda de modo crítico y analítico el papel que las universidades colombianas, y la pública en especial, tuvieron frente al proceso de paz y a los diálogos de la Uribe entre el gobierno de Betancur y los grupos guerrilleros. Ahora sin duda, sobre el conflicto armado u otros aspectos de las violencias del país, es menester indicar cómo la literatura se constituyó en una fuente de referente analítico y reflexivo. La revista no cejó en divulgar aspectos literarios del conflicto a partir de una amplia gama de relatos de destacados periodistas, escritores, letrados e intelectuales del país y de Latinoamérica. Son de realce Arturo Alape64, Julio Cortázar65, Fernando Soto Aparicio66, Gustavo Álvarez Gardeazabal67, Eduardo Caballero

62

La tortura: mecanismo ilegal del poder, Magazín Dominical, n.° 66 (1984).

63

Guillermo Hoyos Vásquez, “La Universidad Nacional y los procesos de paz”, Magazín Dominical, n.° 81

(1984).

64

Luis Iván Bedoya, “A propósito de ‘Noche de pájaros’ de Arturo Alape”, Magazín Dominical, n.° 90 (1984); Arturo Alape, “Fidel en Bogotá”, Magazín Dominical, n.° 42 (1984).

65

Julio Cortázar, “Diferentes maneras de matar”, Magazín Dominical, n.° 47 (1984).

66

Fernando Soto Aparicio, “Carta de bienvenida a la paz”, Magazín Dominical, n.° 54 (1984).

67

Gustavo Álvarez Gardeazabal, “Cóndores no entierran todos los días”, Magazín Dominical, n.° 81 (1984).

p. 270

Rafael Rubiano Muñoz | 268 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) Calderón68, Germán Castro Caycedo69, Pedro Gómez Valderrama70 y Antonio Caballero71, quienes son objeto de publicaciones propias o de reseñas, y se divulgan sus creaciones por lo general referidas a los asuntos conflictivos del país. De igual manera, la recurrencia a algunos temas históricos, ya sea para conmemorarlos o para situar contextualmente al lector –y contrastar su presente actual con el pasado–, constituyó una línea editorial de la revista. En este sentido, se publicaron dos artículos sobre el Frente Unido del padre guerrillero Camilo Torres y se rindió homenaje a la lideresa, intelectual socialista y sindicalista María Cano72. Para el año de 198573, apareció por primera vez en el md la palabra narcotráfico74, según se colige de la revisión del índice de sus contenidos y páginas. El escrito alude al libro titulado: Narcotráfico. Imperio de la Cocaína75 de Jorge Child y de Mario Arango, profesores e investigadores de la Universidad Nacional de Bogotá. La obra está compuesta por los artículos de los docentes publicados en el diario El Espectador con los cuales obtuvieron el Premio Nacional de Periodismo, cpb. El md publicó una nota del investigador chileno Iban de Rementeria, quien logra situar las ideas y argumentos principales del libro.

De modo que, a lo largo del año de 1985, fueron representativos algunos eventos mundiales que tendrían la atención conmemorativa de la revista: los 40 años de la Segunda Guerra Mundial76, los 40 años del suicidio de Hitler77, los 20 años de la invasión de Estados Unidos a la República

68

Eduardo Camacho Guizado, “Siervo sin tierra”, Magazín Dominical, n.° 80 (1984).

69

Germán Castro Caycedo, “Perdido en el Amazonas”. Magazín Dominical, n.° 87 (1984).

70

Alonso Aristizábal, “La otra raya del tigre”, Magazín Dominical, n.° 81 (1984).

71

Antonio Caballero, “Sin Remedio”, Magazín Dominical, n.° 86 (1984); María Jimena Duzán, “‘Sin remedio’, libro de Antonio Caballero”, n.° 88 (1984).

72

Socorro Ramírez, “María Cano, luchadora socialista”, Magazín Dominical, n.° 68 (1984).

73

Números del 80 al 119, publicado en el n.° 120, diciembre 18 de 1985.

74

Iban De Rementeria, “Narcotráfico, desinformación y represión”, Magazín Dominical, n.° 100 (1985).

75

Jorge Child y Mario Arango, Narcotráfico. Imperio de la cocaína (Medellín: editorial Percepción. 1984).

76

María Clara Rueda, “40 años de la II Guerra Mundial”, Magazín Dominical, n.° 110 (1985).

77

Rubén Jaramillo Vélez, “40 años después del suicidio de Hitler: La Banalidad del mal”, Magazín Dominical, n.° 109 (1985).

p. 271

| 269 | 269 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Dominicana78, 40 años del lanzamiento de la Bomba Atómica79, y en especial, el número 123 dedicado a la hecatombe y la catástrofe humana en Hiroshima. Se destaca la carta de Einstein de 1950 a los sabios italianos sobre el peligro de las explosiones nucleares80, se incluye, además, la reseña del libro Horror en cadena. Apocalipsis del átomo en la que los niños hablan sobre Hiroshima81. El lente fijado en la crueldad humana, sean las que sean las latitudes, fue un componente esencial de la revista, no para describir los daños morales y materiales del hombre, sino más bien, para explicar histórica y analíticamente las catástrofes del ser humano bajo una dimensión reflexiva y argumentada.

Son muy llamativos otros registros por su incipiente pero novedosa atención, los que van abriendo espacio en la agenda del impreso, por ejemplo, el tema de la derechización europea82, la era de Ronald Reagan83 para América Latina con el análisis del escritor Carlos Fuentes, las mujeres84 y los grupos étnicos en el mundo85. Por eso sobresale en la revista su protección de los derechos de las mujeres y en especial de las que pertenecen a las minorías (étnicas, raciales, sexuales y culturales), pero ante todo su confrontación frente a las expresiones que vulneran la dignidad humana, contra todo lo que sea autoritarismo, despotismo, tiranía, dictadura, pero en especial guerra armada, violencias, homicidios, magnicidios y otras manifestaciones sociales.

En el plano latinoamericano se destacan los doce años de la muerte de Salvador Allende86, el tema de Nicaragua y la invasión de las contras

78

Edwin Harrington, “A 20 años de la invasión: la rebelión de Caamaño y los fantasmas de Washington (sobre la invasión estadounidense a República Dominicana)”, Magazín Dominical, n.° 114 (1985).

79

“40 años del lanzamiento de la bomba atómica. Opiniones antagónicas en el Departamento de Estado”. Magazín Dominical, n.° 123 (1985).

80

Albert Einstein, “Explosiones nucleares: Mensaje de Einstein a los sabios italianos”, Magazín Dominical, n.° 123 (1985).

81

Fernand Gigon, Horror en cadena. Apocalipsis del átomo (Barcelona: Seix Barral, 1960).

82

María Clara Rueda, “Le Pen: la extrema derecha en Francia”, Magazín Dominical, n.° 101 (1985).

83

Carlos Fuentes, “La siguiente elección” Magazín Dominical. n.° 94 (1985).

84

Luz Helena Sánchez, “Paz en el país y en la casa”, Magazín Dominical, n.° 141 (1985).

85

Socorro Ramírez, “En Nairobi: ¡16.700 mujeres juntas!”, Magazín Dominical, n.° 126 (1985).

86

Oscar Bravo Núñez, “Doce años después: Salvador Allende”, Magazín Dominical, n.° 130 (1985).

p. 272

Rafael Rubiano Muñoz | 270 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) norteamericanas87 tres años después de la Guerra en las islas Malvinas88, y un artículo muy llamativo titulado “En Latinoamérica lo subversivo son las democracias”89. En el plano nacional se realza como evento catastrófico, la avalancha del Nevado del Ruiz que condujo a la tragedia de la población de Armero90, los 20 años de la creación del Frente Unido, el papel que desempeñó en él el sociólogo, sacerdote y guerrillero Camilo Torres91 y el tema del federalismo92. Además, se incluyen dos cartas de Víctor Hugo comentando la Constitución política de Rionegro-Colombia de 186393, a propósito de los 100 años de la liquidación de ese régimen político por la Regeneración conservadora tras la guerra civil de 1885 que derrotó y aisló a los liberales del panorama político. Y para complementar las efemérides (gloriosas o trágicas), lo más reluciente en términos de la historia intelectual fue el homenaje a la Revista Mito94 (1955-1962) en los 30 años de su creación y los cinco años de cierre de la revista Alternativa95. En ese orden de perspectivas, ya hablando sobre el conflicto armado colombiano, el tema de la paz y el desarme de los grupos guerrilleros activos de la época fue tema capital del año 1985. Se destacan dos artículos que tienen relación directa con esa coyuntura del país, titulados “Segunda Jornada Nacional de artistas por la paz: Caquetá ama la paz porque ha vivido la guerra”96 y “La crisis de la paz: Análisis de tenden-

87

Carlos Fuentes, “El fuego en Nicaragua”, Magazín Dominical, n.° 119 (1985).

88

Ángel Beccassino, “Tres años después: ¿A quién servían las Fuerzas Armadas argentinas en Malvinas?”, Magazín Dominical, n.° 105 (1985).

89

Ángel Beccassino, “Miguel Bonasso: ‘En latinoamérica lo subversivo son las democracias’”, Magazín Dominical, n.° 134(1985).

90

Número dedicado a la tragedia de Armero. Magazín Dominical, n.° 139, noviembre 24 de 1985.

91

Ana María Jaramillo, “1965: Camilo Torres, del Frente Unido a la guerrilla. 1985: ¿De la guerrilla al Diálogo Nacional?” Magazín Dominical, n.° 101 (1985).

92

Orlando Fals Borda, “La reorganización territorial: volviendo a las provincias y al federalismo”. Magazín Dominical, n.° 131 (1985).

93

Víctor Hugo, “Cartas sobre la Constitución de 1863”, Magazín Dominical, n.° 114 (1985).

94

Consuelo Triviño Anzola, “‘Mito’, una época en la cultura colombiana”, Magazín Dominical, n.°  127

(1985).

95

“Cinco años sin alternativa”, Magazín Dominical, n.° 112 (1985).

96

Guillermo González Uribe, “Segunda Jornada Nacional de artistas por la paz: Caquetá ama la paz porque ha vivido la guerra”. Magazín Dominical, n.° 120, (1985).

p. 273

| 271 | 271 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas cias y frustraciones”97. El primero corresponde a un escrito elaborado por Guillermo González Uribe, uno de los coordinadores insignes del md, que compone una semblanza de un fin de semana en algunas poblaciones de Caquetá (Florencia, Remolinos, Rionegro y Caguán) en la que se realizó un evento por la paz en el marco del cese al fuego. El acontecimiento sucedido el 29 de junio de 1985 en esa región del país, azotada por la violencia guerrillera, fue observado con algunos detalles por el autor, primordialmente su objetivo fue mostrar el papel que las artes tuvieron en la consecución de la paz en el país. Allí expone el autor, entre una variedad de reflexiones, de qué modo connotados escultores, escritores, músicos, compositores y miembros del gobierno de Betancur fueron partícipes de actividades culturales destinadas a movilizar la gente de esta parte de Colombia con el proceso de paz, y lo más significativo del artículo es la narración de un singular personaje: Andrei, quien fue un guerrillero de las farc y participó en el evento realizando actividades lúdicas como escultor. Según pretende mostrar González, pese a los azotes tenebrosos de la guerra, la vida y el arte fluyen por los rescoldos de los territorios violentos de Colombia. El segundo artículo citado, escrito por el excanciller Alfredo Vázquez Carrizosa, es el prólogo al libro titulado El proceso de paz: Un paso adelante… dos pasos atrás98, de Germán Silva García. A diferencia de la narrativa coloquial de González Uribe, el autor aborda con sesudo análisis los avatares del conflicto armado de Colombia en el contexto internacional. El punto central del prólogo se sitúa en el vaivén de guerra y paz por el que atraviesa el país al finalizar el gobierno de Belisario Betancur, lo que acentuó más incertidumbre que luces frente al conflicto armado colombiano. Bajo estos derroteros, el escrito del excanciller se centra en analizar el conflicto armado del país en su interior, la pobreza en su dimensión más aguda, además explica cómo la desigualdad, la colonización sin regulación y control estatal, el desplazamiento y el crecimiento urbano a partir del

97

Alfredo Vásquez Carrizosa, “La crisis de la paz: Análisis de tendencias y frustraciones”. Magazín Dominical, n.° 144, (1985).

98

Germán Silva García, El proceso de paz: un paso adelante… dos pasos atrás (Bogotá: Fesip-Comité de solidaridad por los presos políticos, 1985).

p. 274

Rafael Rubiano Muñoz | 272 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) desalojo del campo y la migración a la ciudad, y en especial, una elite política doblegada por los monopolios financieros y de terratenientes, son los argumentos principales esgrimidos para comprender la violencia de Colombia. Además, analiza cuáles fueron los detonantes para que zonas como Caquetá, El Meta, Urabá en el Norte de Antioquia y el Magdalena Medio fueran las áreas de violencia y de mayor conflicto armado en el país. Según arguye Carrizosa, el fracaso de la Reforma Agraria del gobierno de Carlos Lleras Restrepo (la Ley 135 de 1961), que se pasa por alto en los análisis, constituyó otro de los detonantes y el fermento de la explosión subversiva en el país, dado que no resolvió los conflictos por la tenencia de la tierra, acompañado de la ausencia rotunda del Estado en las periferias del país.

En conclusión, entre la solución militar y los procesos de diálogo y de paz, entre las vicisitudes del Estado y las dinámicas del acontecer de las guerrillas, el artículo deja claridad sobre los vaivenes de la coyuntura política del país y es testimonio de cómo finalizando el año de 1985, el optimismo del fin de la violencia en Colombia se diluyó en un contorno de desconfianza y de aguda crisis política. Como fue habitual, el md divulgó en su revista importantes trabajos de intelectuales y letrados del país, entre los que se destacan: Arturo Alape99, la reseña de su libro La Paz, la violencia: Testigos de excepción; del sociólogo Alfredo Molano100, quien es considerado uno de los más prestigiosos analistas sociales colombianos de los conflictos y las violencias, se reseña su libro Los años del tropel; de la periodista Olga Behar101, asidua colaboradora, testigo ocular y autorizada analista de la guerra en nuestro suelo, se reseña su libro Las guerras de la paz, con prólogo de Antonio Caballero; y del mismo Antonio Caballero, uno de los más incidentes colaboradores del md, se reseña su obra Sin Remedio102.

99

Jaime Mejía Duque, “Alape y sus ‘Testigos de excepción’”, Magazín Dominical, n.° 130 (1985).

100

Arturo Alape, “Los años del tropel”, Magazín Dominical, n.° 129 (1985).

101

Antonio Caballero, “Libro de Olga Behar: Las guerras de la paz”, Magazín Dominical, n.° 138 (1985).

102

Juan Velarde Fuertes, “Sin Remedio. Sobre la burguesía de Colombia”, Magazín Dominical, n.° 134 (1985).

p. 275

| 273 | 273 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Con el índice del año de 1986103, que comprende los números del

120 al 159, son perceptibles algunos temas recurrentes de la revista rela-

cionados con asuntos históricos del país y con eventos coyunturales en los que sobresalen el clientelismo104 y su influencia en la corrupción del país, los números 172, 176 y 177 dedicados a los 100 años de la Constitución de 1886105 y la conmemoración del primer aniversario de la tragedia de Armero106, entre los más representativos del año mencionado. Ahora las publicaciones de mayor realce sobre el conflicto armado y las violencias se fijaron en los asesinatos de los congresistas de la Unión Patriótica107 Leonardo Posada Pedraza (muerto el 30 de agosto de 1986) y Pedro Nel Jiménez (muerto el 1 de septiembre de 1986). En su sepelio se pronunciaron destacados políticos de la época, entre ellos Luis Carlos Galán, Horacio Serpa Uribe y Gilberto Vieira. De sus discursos publicados íntegramente por el md se deduce que el paramilitarismo y la guerra sucia agenciada por actores armados apoyados por parte del estamento militar y el Estado colombiano ya constituían un referente de denuncia pública y de análisis en el impreso. En conjunción con ese entrecruzamiento de los conflictos armados entreverados por el accionar de grupos guerrilleros y paramilitares, el md incorporó de modo notorio el tema del narcotráfico y, para constatarlo, en el impreso se reseña el libro Colonización, Coca y guerrilla108 de los profesores de la Universidad Nacional de Colombia, Jaime Eduardo Jaramillo, Leonidas Mora y Fernando Cubides. De otro lado, se publicó un relato relacionado con el lenguaje manipulado y la doble moral del conflicto armado y de las violencias en el país, por Carlos Morales H.109, quien

103

Números del 120 al 159, publicado en el n.° 160, abril 20 de 1986.

104

“El clientelismo en Colombia”, Magazín Dominical, n.° 154 (1986).

105

“100 años de la Constitución de Colombia de 1886”, Magazín dominical, n.° 172 (1986); “¿Cien años de la Constitución de 1886 o medio siglo de Estado de Sitio?”, Magazín Dominical, n.° 176 (1986); “¿Cien años de la Constitución de 1886 o medio siglo de Estado de Sitio? (Segunda parte)”, Magazín Dominical, n.° 177 (1986).

106

“Armero después de un año”, Magazín Dominical, n.° 189 (1986).

107

Luis Carlos Galán, Gilberto Vieira y Horacio Serpa Uribe, “Esta democracia que se nos acaba”, Magazín Dominical, n.° 181 (1986).

108

Medófilo Medina, “Colonización, coca y guerrilla”, Magazín Dominical, n.° 180 (1986).

109

Carlos Morales H., “Los buenos y los malos del proceso de paz. un fierro para Miguelito”, Magazín Dominical, n.° 152 (1986).

p. 276

Rafael Rubiano Muñoz | 274 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) cuestiona cómo en Colombia se percibe lo armado como una violencia deplorable, mientras otras violencias cotidianas son tolerables y hasta estimuladas con una fuerte distinción de clases sociales. El investigador Medófilo Medina realizó la reseña del libro referido arriba y por lo que analiza, se extrae que la violencia y el conflicto armado son comprensibles no desde una dimensión moral, sino a través de múltiples factores sociológicos que encarnan aspectos de desplazamiento y de movilización humana, formas de explotación agraria desiguales, entre dominios terratenientes de carácter feudal e intereses capitalistas. El autor agrega la ausencia de instituciones y de organizaciones estatales en los territorios de frontera y periféricos del país y señala que una trashumancia de grupos sociales diversos y heterogéneos, al calor de las carencias de oportunidades o de opciones de proyectos de vida, fomentó la alternativa de la violencia, lo que era viable en un país donde las necesidades no se resolvían por medios legales y racionales, así se forjó un entorno en el que se cruzaron las realidades con lo irreal.

Pese a la crudeza de la violencia, explica Medina, a través de ella, incluido el rol que cumple la guerrilla de las farc en la zona del Caguán, objeto de análisis del libro, los procesos políticos de organización comunitaria y aspectos como la conciencia ecológica demostrarían que los conflictos alientan su contrario, formas de alianza y cooperación que le dan sentido a la convivencia social y a ciertas estructuras sociales. Del año de 1986, es de destacar la divulgación del libro de Silvia Galvis y Alberto Donadío titulado Colombia Nazi110, producto de una investigación que, según Guillermo González Uribe, quien publica la reseña, destaca el análisis de la obra que se enfoca en los aspectos sociales y políticos de Colombia durante la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945. La importancia de la reseña para los lectores se debe según el autor a la documentación, las fotografías y los archivos consultados que permiten ver los lazos de los problemas mundiales con la realidad del país.

110

Guillermo González Uribe, “Colombia Nazi”, Magazín Dominical, n.° 180 (1986).

p. 277

| 275 | 275 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Del año de 1987111 lo más singular para el md fue sin duda el asesinato de su director Guillermo Cano Isaza112, por orden de Pablo Escobar, el

17 de diciembre de 1986. El insuceso marcó de modo drástico la percepción

del conflicto armado y las violencias en la revista, se nota claramente porque los números 197113 y 198114 están dedicados a la figura del periodista y a su labor al rescatar sus opiniones y pensamientos orientados a confrontar el accionar de los grupos armados guerrilleros y paramilitares, a denunciar la corrupción que generó el narcotráfico en todos los niveles nacionales y por supuesto a confrontar el uso de la criminalidad y el terror de la mafia para legitimar su negocio y su influencia social. El asesinato del médico y profesor de la Universidad de Antioquia Héctor Abad Gómez115, entonces líder de Derechos Humanos, tuvo una atención especial en la revista por el carácter que tomó el conflicto armado en el país, una guerra sucia y un exterminio absoluto de líderes y lideresas de izquierda por grupos paramilitares amparados por la clase política del país.

El md publicó algunas de las notas del diario de apuntes116 de Guillermo Cano dirigidas contra el narcotráfico, la mafia117, las ejecuciones extrajudiciales118, las masacres119 y a denunciar el papel de la tortura, entre muchos otros, donde el director del diario dio cuenta del estado de crisis y postración de nuestro país. Dar a conocer entre los lectores aspectos de la actividad íntima del periodista asesinado constituye más que un

111

Números de 160 al 169, publicado en el n.° 200, en enero 25 de 1987 y números 200 a 241 publicado en noviembre de 1987.

112

Con variados textos del insigne director del diario El Espectador, el md conmemoró la labor periodística y la memoria de Guillermo Cano Isaza. Magazín Dominical, n.° 197 (1987) y n.° 198 (1987). Para una aproximación del periodista asesinado por Pablo Escobar, el lector podrá consultar el libro titulado: Tinta Indeleble. Guillermo Cano. Vida y obra. Compilación dirigida por Maryluz Vallejo (Bogotá: Aguilar. 2012).

113

Número dedicado a Guillermo Cano, enero 4 de 1987.

114

Número dedicado a Guillermo Cano, enero 11 de 1987.

115

Héctor Abad Gómez, “Apuntes para una biografía”, Magazín Dominical, n.° 244 (1987); “Carta a los jóvenes de Medellín”, Magazín Dominical, n.° 244 (1987); “Filosofía de la Salud Pública”, Magazín Dominical, n.° 244 (1987); “No le temo a la muerte, tampoco quiero que me maten”, Magazín Dominical, n.° 244 (1987) y “Ninguna respuesta, ningún indicio, ninguna esperanza”, Magazín Dominical, n.° 244 (1987).

116

Alberto Donadío, Guillermo Cano, el periodista y su libreta (Bogotá: Hombre Nuevo. 2011).

117

Guillermo Cano, “La ley de la mafia”, Magazín Dominical, n.° 198 (1987).

118

Guillermo Cano, “Lo mismo uno que cien”, Magazín Dominical, n.° 198 (1987).

119

Guillermo Cano, “El crimen de Cuenca”, Magazín Dominical, n.° 198 (1987).

p. 278

Rafael Rubiano Muñoz | 276 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) testimonio, un registro histórico para la memoria de carácter invaluable. Sin duda lo más determinante del año 1987 fueron los artículos publicados: “Está corriendo sangre, demasiada sangre”120, de Vásquez Carrizosa, que constituye una ponencia presentada en el V foro de Derechos Humanos, y de Álvaro Quiroga Cifuentes121, “Hablan los violentólogos. Civilizar la vida colectiva”, conversación (y entrevista a profundidad) del autor con los profesores Álvaro Guzmán, Álvaro Camacho, Eduardo Pizarro y Gonzalo Sánchez, quienes con otros conformaron la Comisión de Estudios sobre la violencia, que fue un grupo de académicos reunido por el Ministerio de Gobierno de Virgilio Barco y cuyo informe se publicó con el título: Colombia: violencia y democracia122.

En una nota al pie del artículo se señala que esa obra emula el esfuerzo que en el año de 1958 realizó la comisión compuesta en esa ocasión, por el padre Germán Guzmán, el sociólogo Orlando Fals Borda y el jurista Eduardo Umaña Luna. Su informe se publicó en libro con el título La Violencia en Colombia123. Carrizosa, entre otros argumentos, planteó que el conflicto armado debe estudiarse en una dinámica interna vinculada con los problemas internacionales y propuso que se deben plantear recomendaciones para construir políticas públicas más que informes ultracientíficos, lo cual contrasta con la mirada escrutadora de los científicos y académicos. A los violentólogos les sugirió que lo necesario era reconstruir ética y moralmente la sociedad civil y la mentalidad de los colombianos. Y para recalcar en los temas de la violencia sobresale la reseña del libro del investigador francés Daniel Pecaut titulado Orden y violencia: Colombia 1930-1954124. Es notorio en estos años la degradación del conflicto armado y el entrecruzamiento de las violencias en el país, al punto

120

Alfredo Vásquez Carrizosa, “Está corriendo sangre, demasiada sangre”, Magazín Dominical, n.°  215

(1987).

121

Álvaro Quiroga Cifuentes, “Hablan los violentólogos. Civilizar la vida colectiva”, Magazín Dominical, n.° 245 (1987).

122

Comisión de estudios sobre la violencia, Colombia: Violencia y democracia (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 1987).

123

Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social (Bogotá: Tercer Mundo. 1964).

124

Gonzalo Sánchez, “Orden y violencia”, Magazín Dominical, n.° 238 (1987).

p. 279

| 277 | 277 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas que, según se observa de las publicaciones, ya no se trata de una guerra entre guerrillas y Estado, sino de una descomposición de la vida civil y moral de Colombia. De modo que para el año 1987 el lenguaje sobre los conflictos y las violencias del país cambió debido a que no estaba sencillamente referido a una confrontación entre grupos guerrilleros y Estado, sino a una variedad de agrupaciones que se habían extendido en todo el territorio y operaron con crímenes y masacres en el país, con la anuencia, según se indica, de algunos militares y miembros de la política en nuestro país. Para efectos de poner en conocimiento e ilustrar al público lector sobre esa situación, la revista publicó un resumen del informe de Amnistía Internacional125 sobre Colombia que mostró el balance de la violación de los derechos humanos en el suelo nacional, cuyos resultados indicaron la destrucción de la vida civil y democrática.

Algunos otros registros merecen ser indicados aquí por lo que revisten de significado para la revista, el homenaje en el centenario del nacimiento de la lideresa e intelectual de izquierda María Cano126, defensora del mundo obrero y de la mujer quien creó el Partido Socialista de los trabajadores y fue activista sindical junto a Ignacio Torres Giraldo127. De otra parte, se celebró el centenario del diario El Espectador (1887-1987)128 creado por Fidel Cano129. Para el año de 1988130, la revista conmemoró los veinte años del Mayo Francés de 1968131 y dedico la mayoría de artículos a reflexionar sobre el papel de la cultura y de los medios de comunicación132 en las violencias turbulentas del país. Se empezó a hablar de un país

125

“Informe de Amnistía Internacional. Colombia: ejecuciones extrajudiciales y desapariciones”, Magazín Dominical n.° 240 (1987).

126

Número dedicado a María Cano, Magazín Dominical n.° 228, agosto 9 de 1987.

127

Para una reconstrucción de la vida y obra de María Cano resulta imprescindible la lectura de las siguientes obras: María Tila Uribe, Los años escondidos: sueños y rebeldías en la década del veinte (Bogotá: Anthropos, 2007) y Beatriz Helena Robledo, María Cano. La virgen roja (Bogotá: Debates. 2017).

128

Número dedicado a los cien años de El Espectador, Magazín Dominical n.° 233, septiembre 13 de 1987.

129

Sobre Fidel Cano y la creación del diario El Espectador es esencial la biografía de Esteban Duperly Posada, Fidel Cano, un hombre de su tiempo (Medellín: Universidad Pontificia Bolivariana, 2007).

130

El índice va del número 242 al 280, publicado en el n.° 242, agosto 14 de 1988.

131

El número 266 está dedicado a los veinte años del movimiento estudiantil conocido como Mayo del 68, Magazín Dominical, mayo 1 de 1988.

132

Hernán Darío Correa, “Transición social y violencia”, Magazín Dominical n.° 285 (1988).

p. 280

Rafael Rubiano Muñoz | 278 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) fundado en la cultura de la muerte133 y circuló el término de la cultura de la violencia, expresión que, concebida inicialmente desde la academia, iría convirtiéndose en lenguaje cotidiano de los ciudadanos. Otros asuntos siguieron en el lente editorial de la revista, temas como el terror y los desaparecidos134 ocupan un lugar preeminente, pero dos artículos del intelectual colombiano Rafael Gutiérrez Girardot constituyen los registros más notables de 1988, valga señalar: “Educación para la mayoría de edad”135 y “Vida civil y crisis política en Colombia”136.

Según se colige de la lectura de estas dos entrevistas, realizadas al profesor colombiano vinculado con la universidad alemana y de visita en el país, sus argumentos giran alrededor de la violencia de Colombia y los explica por el fracaso de las elites políticas en dos siglos, su liderazgo espurio y su nula visión moderna de la sociedad acentuaron los conflictos insolubles en el país. Gutiérrez añade que esas elites políticas (y las culturales también) han sido mezquinas debido a la conservación de intereses familiares rancios y su mentalidad hispano-católica (retrógrada y conservadora), también aduce que no incorporaron bajo un proyecto ético-racional de nación moderna a las clases menos favorecidas con políticas públicas y por el contrario alentaron el odio y resentimiento porque nunca crearon un sistema laico, público y gratuito de educación que permitiera disminuir las desigualdades sociales y atenuar los conflictos sociales inherentes a toda sociedad moderna.

Puntualiza Gutiérrez Girardot que con la mentalidad hispano-católica las elites y las clases dirigentes del país propiciaron una degradación moral y una ética colectiva irracional y destructiva, a la que se incorporó la intolerancia como factor de violencia y de guerra. Gutiérrez para explicar la violencia del país emplea el análisis de Herbert Marcuse de 1934, cuando

133

Carlos Alberto Uribe, “Nuestra cultura de la muerte”, Magazín Dominical n.° 265 (1988).

134

Gaspar León, “VIII Congreso de Fedefam. Terror y desaparecidos sobre suelo latinoamericano”, Magazín Dominical, n.° 297 (1988).

135

“Diálogo con Rafael Gutiérrez Girardot. Educación para la mayoría de edad”, Magazín Dominical, n.° 251

(1988).

136

“Conversación con Rafael Gutiérrez Girardot. Vida Civil y crisis política en Colombia”, Magazín Dominical, n.° 261 (1988).

p. 281

| 279 | 279 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas habla del tránsito del liberalismo al fascismo137, su argumento central es que las elites políticas en el país que han intentado reformas progresistas y liberales, al proponerlas en sus gobiernos, de inmediato afrontan en sus mismas clases o grupos sociales, contrincantes y conversos, quienes ideológicamente giran a posturas opuestas que los llevan a posiciones de derecha, retraen los intentos de cambio y transformación y tienden a dimitir de toda concepción de políticas con sentido social y popular, alentando la violencia y la conflictividad.

Ese fenómeno se produjo en Colombia a lo largo de los siglos xix y xx, de 1863 a 1886 (del Olimpo del Liberalismo Radical a la Regeneración), de 1938 a 1949 (de la Revolución en Marcha a la subida al poder del franquista Laureano Gómez), de 1953 a 1974 (de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla al Frente Nacional) y de 1960 a 1986, los fracasos de los gobiernos de Guillermo León Valencia y Carlos Lleras Restrepo a Belisario Betancur.

A causa de las sucesivas desilusiones de gobiernos democrático-liberales con visión social y popular desde Alfonso López Pumarejo (1934- 1938) hasta esa época actual en el país, engendraron regímenes retardatarios, reaccionarios y profundamente autoritarios, porque la democracia colombiana, arguye Gutiérrez, genera sus propios sepultureros. Los promotores de las entrevistas Rubén Jaramillo Vélez, Juan Guillermo Gómez García, Carlos Sánchez Lozano y José Hernán Castilla, fueron colaboradores asiduos del md, alentaron y divulgaron la obra del profesor colombiano y fueron los primeros en publicar los ensayos más apropiados que explican nuestros nudos o procesos políticos inconclusos, las causas y consecuencias de nuestras violencias. Justamente el libro titulado Hispanoamérica: imágenes y perspectivas138 coordinado por Gómez García y Castilla139 se constituiría en una obra de lectura, consulta e investigación de la generación de universitarios colombianos en los años 90 hasta la actualidad. No

137

Herbert Marcuse, Cultura y sociedad (Buenos Aires: Taurus. 1969).

138

Rafael Gutiérrez Girardot, Hispanoamérica: Imágenes y perspectivas (Bogotá: Temis. 1989). El prólogo de este libro está apoyado en las entrevistas realizadas al profesor colombiano en el md.

139

Juan Guillermo Gómez y José Hernán Castilla, “Para un balance de la República Liberal. La historia aniquiladora en el extravío”, Magazín Dominical, n.° 262 (1988) y n.° 265 (1988).

p. 282

Rafael Rubiano Muñoz | 280 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) se debe olvidar que Jorge Eliecer Gaitán140 fue una figura muy rememorada en el md y el 9 de abril de 1948 sería también una fecha que la revista revisara profundamente a la luz de la violencia en el país. Del año 1989141, se percibe de qué modo a partir de los artículos publicados se cuestionan las nociones de sociedad civil142 y de cultura143, que se entienden como escenarios sociales de conflictividad y de violencia porque ya no es consecuencia del Estado, de las fuerzas militares o de unos grupos armados ilegales como las guerrillas, el que se haya intensificado el conflicto armado. En conjunción con lo anterior, siguen estando en el ojo crítico de la revista los temas relacionados con los derechos étnicos144 y de la mujer145, y los derechos humanos146 como un asunto capital y esencial del análisis de la revista. La degradación moral a todos los niveles desde las instituciones hasta la ciudadanía en general ha producido violencias que instaladas como formas de mentalidad han pervertido la sociedad civil en general y alterado lo que quedaba de los valores éticos en el país, dando la impresión de una catástrofe social y política sin precedentes, por la arremetida de actitudes irracionales y armadas. Para este año lo más llamativo en la óptica del conflicto armado y las violencias son los artículos: “La militarización de la sociedad”147, de la investigadora del Cinep y luego profesora de la Universidad de Antioquia Elsa Blair, y “Los académicos y la nación”148, que comprende un espacio de opinión y debate donde Antanas

140

Número 54 de abril 8 de 1984, dedicado a Jorge Eliecer Gaitán. Arturo Alape, “Fidel y Gaitán el 9 de abril”, Magazín Dominical, n.° 213 (1987).

141

El índice va de los números 281 a 319, publicados en el n.° 320 mayo 28 de 1989.

142

El número 258, publicado en marzo 6 de 1988, está dedicado a cuestionar la existencia de la democracia en Colombia y muy puntualmente, el número 314 de abril 16 de 1989 está dedicado al tema de la sociedad civil.

143

Hernán Darío Correa, “Pensar nuestra vorágine”, Magazín Dominical, n.° 255 (1988).

144

Jaime Rodríguez Arocha, “Hacia una nación para los excluidos”, Magazín Dominical, n.° 329 (1989).

145

El número 308, publicado en marzo 5 de 1989, y el número 310, de marzo 19 de 1989, es dedicado a los derechos de la mujer.

146

Néstor García Canclini, “Comunicación, cultura y hegemonía. ¿De por qué el científico social es un cazador oculto?”, Magazín Dominical, n.° 273 (1988); Ana María Cano Posada, “Prensa y paz: independencia o compromiso, pero no indiferencia”, Magazín Dominical, n.° 278 (1988).

147

Elsa Blair, “La militarización de la sociedad”, Magazín Dominical n.° 314 (1989).

148

Antanas Mockus, “Los académicos y la nación, El arduo camino hacia la formación de una nueva capa social”, Magazín Dominical, n.° 312 (1989).

p. 283

| 281 | 281 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Mockus plantea cómo la universidad es el espacio por antonomasia que puede mediar los conflictos y la violencia de la sociedad. La revista no ceja en divulgar obras que permitan al lector comprender el grado de destrucción y reintegración de la sociedad colombiana, acudiendo para ello a la reseña de obras que por su interés temático son consideradas pertinentes en lo que corresponde a ubicar el contexto histórico y coyuntural del país, son relevantes los libros de José María Vargas Vila149 y Alfredo Molano150. Entre las efemérides de la revista se halla el bicentenario de la Revolución Francesa (1789-1989)151 y el seguimiento a jornadas dedicadas al tema de la guerra y la paz152 y los derechos Humanos153. Para finalizar con el escrutinio del año de 1989 del md, se puede descubrir en los artículos “Los catecismos patrios”154 y “El debate por la historia. Dialogar ante la intolerancia”155 su inclinación editorial a confrontar la historia oficial y plantear una historia alternativa, es decir, suscitar en el público lector una capacidad para que no se supedite a una historia siempre contada por los vencedores, las elites y repensar la historia desde abajo, desde los otros y las otras siempre olvidados e invisibilizados. El escrutinio de los índices de los años 1990156 y 1991157 arroja algunas reflexiones interesantes y pertinentes para el conflicto armado. A partir de la guerra a muerte que Pablo Escobar agenció contra el Estado colombiano, y en especial por el tema de la extradición de colombianos en 1990 a raíz del suceso del Palacio de Justicia, de los asesinatos y masacres,

149

Consuelo Triviño Anzola, “José María Vargas Vila, un bogotano rebelde”, Magazín Dominical n.° 317

(1989).

150

Francisco Leal Buitrago, “Siguiendo el corte. Obra maestra de una metodología sin escuela”, Magazín Dominical, n.° 321 (1989).

151

El número 334, publicado en septiembre 3 de 1989 está dedicado a la Revolución francesa.

152

Poly Martínez, “IV jornada de Cultura Popular, Florencia-Caquetá”, Magazín Dominical, n.° 346,(1989).

153

Alfredo Vázquez Carrizosa, “Los Derechos Humanos en Colombia. Un balance de diez años”, Magazín Dominical, n.° 333 (1989).

154

Rodolfo R. de Roux, “Catecismos patrios”, Magazín Dominical, n.° 321 (1989).

155

Marisol Cano Busquets, “El debate por la historia: dialogar ante la intolerancia”, Magazín Dominical, n.° 316 (1989).

156

El índice va del número 320 a 359, publicado en el n.° 360 de marzo 18 de 1990, y de los números 360 al 399, publicado en el n.° 400 de diciembre 23 de 1990.

157

Del año 1991, los números corresponden del 400 al 439, publicado en septiembre 29 de 1991.

p. 284

Rafael Rubiano Muñoz | 282 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) de la muerte de Luis Carlos Galán en Soacha, el 18 de agosto de 1989, se abrió paso en medio de la hecatombe de las violencias entrecruzadas, la propuesta de una salida o solución jurídica política a las encrucijadas del país, a través de un movimiento estudiantil denominado la séptima papeleta que puso en la opinión pública colombiana una reforma a la constitución que había sobrevivido más de cien años. El md no fue un observador anodino y durante el año de 1990-91 se publicaron algunos artículos que abrieron el debate sobre una posible reforma constituyente. Para efectos de abrir la polémica y en aras de plantear el tema de la relación guerra y derecho, la revista publicó algunos artículos que por su contenido son primordiales en relación con el tema de una historia intelectual del conflicto armado en el país. Apareció un número dedicado al intelectual Estanislao Zuleta158, fallecido en Cali el 17 de febrero de 1990, se reseñó su obra Violencia, Democracia y Derechos Humanos159 y se publicó el artículo “Sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra y maduro para el conflicto merece la paz”160. Zuleta defendió la civilidad, la paz y la posibilidad de una salida pacífica y legal del país frente al conflicto armado; por su parte, del profesor Gonzalo Sánchez publicó el prólogo al libro titulado “El imaginario político de los colombianos”161, escrito que explora la visión y la transformación sobre los estudios de la violencia en el país. Sánchez construye una periodización del modo como la violencia se fue convirtiendo en objeto de estudio en el país y de qué modo se transformó su proceso investigativo hasta esos años.

Es simbólico que se publicara en el md un artículo titulado “¿Para qué Palacio sin Justicia?”162 donde se recuerda el conocido Holocausto del Palacio de Justicia, suceso en el que un comando del M19 se tomó la institución jurídica del país entre el 6 y 7 de noviembre de 1985 y donde se hizo una recuperación mediante un operativo militar que llevó a la incineración

158

Número 358 de marzo 4 de 1990, dedicado a Estanislao Zuleta.

159

Estanislao Zuleta, Violencia, Democracia y Derechos Humanos (Bogotá: Altamir Ediciones. 1991).

160

Estanislao Zuleta, “Sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra y maduro para el conflicto merece la paz”, Magazín Dominical, n.° 358 (1990).

161

Gonzalo Sánchez, “El imaginario político de los colombianos”, Magazín Dominical, n.° 359 (1990).

162

Luis Javier Caicedo, “¿Para qué Palacio sin justicia?”, Magazín Dominical, n.° 368 (1990).

p. 285

| 283 | 283 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas completa de la estructura. El artículo reflexionó sobre la demolición de los escombros del emblemático edificio en medio de la discusión sobre un posible plebiscito o la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, en el que la decisión o dependía de la Corte Constitucional (las leyes y el sistema jurídico vigente) o del poder constituyente (el pueblo soberano). Justamente dos artículos fueron pertinentes para la discusión, el del conocido profesor e investigador Hernando Valencia Villa, “Constituyente primario como poder”163, a quien se recuerda por su famoso libro: Cartas de Batalla. Una crítica del constitucionalismo colombiano164; y el tema relacionado con la “constituyente y cultura”165 con la colaboración de Antonio Caballero, y de Jesús Martín Barbero, quien fue muy divulgado en la revista por sus investigaciones sobre los medios de comunicación y la cultura; se incluyen, además, unas opiniones de César Gaviria Trujillo (entonces presidente de Colombia). El contexto del debate era de si la reforma constitucional debía proceder mediante un plebiscito que refrendara el cambio de las leyes del país o una Asamblea Constituyente con la participación proporcional del pueblo soberano, dada su pluralidad y diversidad. El miedo de la reforma, se señaló, se debió a la corrupción de los partidos tradicionales y su injerencia inmoral en el país.

Fue constante en la revista divulgar obras que fueron relevantes y que tuvieron relación con los problemas sociales y políticos del país. Para el caso es pertinente que se reseñe el libro de Rafael Gutiérrez Girardot166 titulado Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana, una de las primeras obras en abrir la reflexión sobre la historia intelectual en América Latina; de Alonso Salazar167 (miembro de la ong Corporación Región en ese año): No Nacimos pa’ semilla: la cultura de las bandas juveniles de Medellín168, y junto a este se reseña a Héctor

163

Hernando Valencia Villa, “Constituyente primario como poder”, Magazín Dominical, n.° 368 (1990).

164

Hernando Valencia Villa, Cartas de Batalla. Una crítica del constitucionalismo colombiano (Bogotá: Sociedad Editorial Rivela González, 1984).

165

Carlos Valencia Villa, “Constituyente y cultura”, Magazín Dominical, n.° 396 (1990).

166

“Ratones de biblioteca construyendo una historia social”, Magazín Dominical, n.° 361 (1990).

167

“Ética en quiebra”, Magazín Dominical, n.° 384 (1990).

168

Alonso Salazar, No Nacimos pa’ semilla: la cultura de las bandas juveniles de Medellín (Bogotá: Cinep, 1990).

p. 286

Rafael Rubiano Muñoz | 284 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) Abad Gómez169, su libro Manual de Tolerancia. No es menor la reseña del libro de Alfredo Molano Aguas Arriba170 y de este sociólogo se publica la reseña “Colonización y guerra en el Sumapaz por Darío Fajardo”171, que hace referencia al libro: Historias de frontera: Colonización y guerras en el Sumapaz172.

Otros importantes registros cierran lo que corresponde a las miradas del conflicto armado y las violencias por el md de esos dos años, por lo anterior es importante citar, más en la perspectiva del análisis histórico, el artículo “Guerra y política en la sociedad colombiana”173 del profesor Gonzalo Sánchez. A propósito del III Simposio sobre la violencia en Colombia realizado en Chiquinquirá el año de 1990, el investigador hizo una reconstrucción de la crisis bipartidista, la bandolerización y la fragmentación de la guerra y la política en Colombia a lo largo del siglo xx. Sylvia Duzán publicó, en una entrevista a un sicario con el título “Si uno no mata, lo matan a uno”174, reveladores y crudos testimonios sobre el asesinato y la muerte como mercado, de cómo los conflictos armados, las violencias, el narcotráfico carcomió las juventudes, los jóvenes de las ciudades del país.

Del año 1991 a 1992175, lo más sobresaliente sigue siendo las reseñas de libros, entre los que se destacan “El misterio de la mafia”176 (una investigación periodística de la mafia siciliana), “El problema de la guerra y las vías de la paz”177 del filósofo político italiano Norberto Bobbio y “Medellín: avatares de la noche”178 del periodista Ricardo Aricapa. Lo más

169

“Manual de Tolerancia”, Magazín Dominical, n.° 384 (1990).

170

“Aguas Arriba”, Magazín Dominical, n.° 390 (1990).

171

Darío Fajardo, “Colonización y guerra en el Sumapaz”, Magazín Dominical, n.° 395 (1990).

172

José Jairo González Arias y Elsy Marulanda Vélez, Historias de frontera: Colonización y guerras en el Sumapaz (Bogotá: Centro de Investigación y Educación Popular, 1990).

173

Gonzalo Sánchez, “Guerra y Política en la sociedad colombiana”, Magazín Dominical, n.° 414 (1991): 21.

174

Sylvia Duzán, “Si uno no mata, lo matan a uno”, Magazín Dominical, n.° 386 (1990).

175

El número 480 de julio 5 de 1992, aparece el índice que comprende los números que van del 440 al 479 correspondiente a los años 1991-1992.

176

Calvi Fabrizio, “El misterio de la mafia”, Magazín Dominical, n.° 401 (1990).

177

Norberto Bobbio, “El problema de la guerra y la vía de la paz”, Magazín Dominical, n.° 412 (1991).

178

Ricardo Aricapa, “Medellín: avatares de la noche”, Magazín Dominical, n.° 420 (1991).

p. 287

| 285 | 285 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas relevante es el artículo “La inercia de lo establecido”179, texto inédito del historiador Germán Colmenares, muerto un año antes, en el que reflexiona sobre la herencia cultural hispano-católica y su esencia en la mentalidad de los colombianos por su carácter de antídoto frente a la modernidad y la innovación. También los relatos descriptivos sobre el proceso de paz con el epl180 (ejército Popular de Liberación) en el alto Sinú y en el alto San Jorge.

Lo que más se destaca de los años 1991 y 1992 son los números 441 y 444, el primero porque publica el prólogo de Pierre Gilhodes181 al libro de Eduardo Pizarro Leongómez sobre la historia de las farc-ep182, y el segundo porque plantea el papel y rol de los intelectuales frente al poder con textos de Antonio Caballero183, Oscar Collazos184, Jesús Martín Barbero185 y Samuel Vásquez186. Sobre el prefacio elaborado por Gilhodes acerca del nacimiento de las farc-ep se realza su visión de larga duración y la conjunción de factores socioeconómicos, políticos, culturales y en especial rurales, en la que se indica cómo esa agrupación surgió a través de las luchas de autodefensas campesinas y por la tierra. Sobre los intelectuales se plantea cómo al finalizar el siglo xx, el poder político, el mercado, los medios de comunicación masiva y la burocratización han resignado el espíritu inconforme y desobediente de los letrados y letradas del mundo, especialmente en Colombia.

Finalmente, en el número 520, de abril 11 de 1993, se publica el índice que comprende los números que van del 480 al 520. Son destacables

179

Germán Colmenares, “La inercia de lo establecido”, Magazín Dominical, n.° 421 (1991).

180

Gloria Gaitán, “Ejército Popular de Liberación. Alianza para la consolidación de la paz”, Magazín Dominical, n.° 424 (1991); Claudia Steiner, “El caso de Córdoba. La guerrilla en un contexto local”, Magazín Dominical, n.° 424 (1991).

181

Pierre Gilhodes, “Prólogo a una historia de conflictos”, Magazín Dominical, n.° 441 (1991).

182

Eduardo Pizarro Leongómez, Las Farc. De la autodefensa a la combinación de todas las formas de lucha (Tercer Mundo-IEPRI. Bogotá, 1991).

183

Antonio Caballero, “El intelectual y el poder”, Magazín Dominical, n.° 444 (1991).

184

Oscar Collazos, “¿El pensamiento qué?”, Magazín Dominical, n.° 444 (1991).

185

Jesús Martín Barbero, “La desencantada resignación de los intelectuales”, Magazín Dominical, n.° 444

(1991).

186

Samuel Vásquez, “Crisis Crítica”, Magazín Dominical, n.° 444 (1991).

p. 288

Rafael Rubiano Muñoz | 286 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) algunos registros, entre los que sobresalen, el de Alfredo Molano187 y Antonio Caballero188, Alonso Salazar y Ana María Jaramillo189, Jaime Echeverri190 y Carlos Sánchez Lozano191. Sin embargo, lo más descollante de los años de 1992 y 1993 en el md son los números 490, 500 y 516, puesto que el primero ofreció una bibliografía seleccionada sobre la sociedad y el conflicto192 en Colombia, el segundo publicó algunas de las opiniones de los más representativos y destacados letrados y letradas que aportaron y contribuyeron en el md, quienes hicieron en cortas opiniones un balance del papel y rol de la revista en sus 520 números publicados193, y en el tercero se publicó el prólogo de Fernando Savater al libro de Hernando Valencia Villa sobre la guerra en Colombia194. De esta forma se cierra aquí la investigación que esperamos suscite en los lectores nuevas preguntas e inquietudes sobre el papel de las revistas como fuente no solamente de consulta, sino de análisis social para comprender desde la historia intelectual los conflictos del país y del mundo.

A modo de cierre: síntesis y prospectivas Con el número 520 culminamos esta revisión analítica que, como podrá apreciar el lector, constituye una amalgama no necesariamente indiscriminada y anárquica sobre cómo el md como revista cultural no solamente se aproximó, sino que afrontó y abordó el conflicto armado y las violencias del país. La multiplicidad de miradas y de voces permiten concluir la tendencia al pluralismo de la revista en la que la opinión incluía los signos de la calle, de la selva, de las llanuras, de las regiones más apartadas y poco

187

Alfredo Molano, “Bateman”, Magazín Dominical, n.° 496 (1992).

188

Antonio Caballero, “Haciendo la guerra, pero queriendo la paz”, Magazín Dominical, n.° 496 (1992).

189

Alonso Salazar y Ana María Jaramillo, “Medellín: las subculturas del narcotráfico”, Magazín Dominical, n.° 514 (1993).

190

Jaime Echeverri, “Contra la intolerancia”, Magazín Dominical, n.° 501 (1992).

191

Carlos Sánchez Lozano, “Gutiérrez Girardot carga de nuevo las baterías”, Magazín Dominical, n.° 489

(1992).

192

“Colección sociedad y conflicto”, Magazín Dominical, n.° 490 (1992).

193

Especial de Magazín Dominical, n.° 500, noviembre de 1992.

194

Fernando Savater, “La justicia de las armas”, Magazín Dominical, n.° 519 (1993).

p. 289

| 287 | 287 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas civilizadas del país, hasta aquellas de presidentes, letrados, artistas, músicos, literatos, académicos e investigadores, entre muchos otros. Por lo que se concluye de esta selección y análisis de los artículos expresamente vinculados con el conflicto armado y las violencias en el país, es válido afirmar que la revista fue un espacio de ilustración, pero también de debate sobre los orígenes, las causas y las consecuencias de los conflictos. Las distintas interpretaciones obligan a afirmar que en la perspectiva del impreso no hubo un autor, obra, corriente o tendencia unánime a la hora de pensar el conflicto armado o las violencias. No obstante esa perspectiva, es legítimo afirmar también que a la luz de la revisión, pese a que no hubo un criterio unánime que permitiera una definición sobre el conflicto armado, sí se acepta que su comprensión depende de la reconstrucción del contexto histórico y que el conflicto armado no es exclusivo de una clase o de un grupo porque atraviesa todos los resquicios de la sociedad.

Es perceptible en la revista que ampliar la mirada del conflicto armado y las violencias a otras dimensiones sociales desde el arte y la cultura y la vida cotidiana permite una mayor comprensión y la presencia de nuevas voces. El trabajo de las revistas, sus publicaciones y escritores participantes constatan la importancia de desarrollar una historia intelectual del conflicto armado y/o de las violencias en el país a partir de estas. Las revistas son imprescindibles porque nos muestran los sucesos y los acontecimientos en su coyuntura y nos ayudan a rastrear el diálogo entre pasado y presente, entre el instante y la larga duración, entre las capas de los eventos diarios y las capas estructurales de una sociedad. Es evidente que el conflicto armado y las violencias no se reducen a contabilidades de muertes de víctimas o de asesinatos sola y exclusivamente, y que esos fenómenos para el país no tuvieron como protagonistas ineludibles a los grupos armados ilegales y al Estado, a las elites, las clases políticas, o a ciertas geografías y regiones del país. Las guerras, los conflictos armados y las violencias también tienen ideas y ellas circulan, porque las ideas no mueren y las que yacen imperceptibles, esperan a los sepultureros para que las revivan o sean resucitadas. Esperamos que con

p. 290

Rafael Rubiano Muñoz | 288 Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. El conflicto armado en el Magazín Dominical de El Espectador (1983-1993) esta reconstrucción selectiva, no al azar sino sistemática, pueda el lector acceder a lo que sería una historia intelectual del conflicto armado, toda vez que las guerras y las violencias no se libran solamente en los campos de batalla, también se libran en las ideas y la cultura impresa.

p. 291

IV.

Conflicto armado, Cátedra de la Paz y memoria histórica

p. 292

Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal

p. 293

| 291 | 291 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Introducción Colombia ha estado inmersa durante décadas en una situación violenta de esquiva denominación que se ha extendido en el tiempo, entre otras cosas, por la incapacidad del Estado de controlar el territorio, monopolizar la violencia y proporcionar condiciones de vida a sus ciudadanos. Sus impactos han generado graves afectaciones sobre la sociedad en su conjunto, convirtiéndose en un problema central de nuestra comunidad política. En este contexto, es necesario preguntarse qué función han cumplido distintos agentes en el país para interpretar la experiencia colombiana asociada a la violencia. Por agentes entendemos a todos aquellos que dicen algo sobre esta experiencia y tienen la capacidad de ponerlo a circular en el discurso público. Para este escrito, nos hemos centrado en tres grupos de agentes pertinentes para nuestro análisis: en primer lugar, distinguimos agentes institucionales y estatales, en segundo lugar, organizaciones sociales de base y en tercer lugar a los académicos e intelectuales vinculados a distintas instituciones educativas. Vale aclarar que esta es una distinción analítica que permite organizar este texto, pero es claro que en la práctica estos actores son difusos y las fronteras entre uno y otro ámbito son porosas.

Frente a la pregunta sobre cuál es la función que cumplen estos agentes en el contexto colombiano, saltan a la vista dos alternativas. Por un lado, se podría afirmar que pueden mantenerse al margen de los acontecimientos y, como escribanos, registran aquello que ha acontecido. Por otro lado, se podría argumentar que los distintos agentes se comportan como sujetos activos en la esfera de la discusión pública, exponen sus posiciones en la arena de debate y se convierten en agentes de cambio y movilización. Consideramos que los distintos agentes que se estudiarán aquí se comportan conforme a esta segunda perspectiva, al margen de si pretenden o no participar como sujetos activos.

p. 294

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 292 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia Naturalmente, el ejercicio de narrar la historia estriba en balancear las propias creencias con la evidencia que los acontecimientos presentan. En ese sentido, el rol de los agentes no es el de un propagandista acrítico con su propia ideología, pero tampoco el de un observador que pasivamente registra lo que acontece. Partiendo de la filosofía y teoría histórica surgida a partir del llamado “giro lingüístico” de las humanidades, argumentamos que los conceptos empleados por los agentes para narrar el acontecer violento en Colombia tienen una función constructiva de la realidad. En ese sentido, la elección de utilizar unas palabras en detrimento de otras al narrar y estudiar los acontecimientos es una toma de posición que se encuentra al inicio de todo esfuerzo intelectual y que, por tanto, no puede ser ignorada. De forma más enfática, el lenguaje es constitutivo de la realidad, lo que no se nomina en el lenguaje y no se procesa lingüísticamente no entra al reino de la conciencia porque sólo a través de las palabras podemos revestir con sentido simbólico a los acontecimientos “puros”. Con esto no defendemos la posición ingenua de que el lenguaje y los acontecimientos son equiparables, pues en todo caso es claro que los acontecimientos nunca son reducibles a la mediación lingüística y tampoco es posible que la mediación lingüística capture todas las franjas de perspectiva de los acontecimientos1.

Esta cuestión encaja con los debates epistemológicos en ciencias sociales que indagan por la relación existente entre acontecimiento y narración que de ellos se hace o, en otros términos, la relación entre la historia colombiana y la forma como ella es nominada y tratada. La vida social se desenvuelve en hechos limitados temporal y espacialmente y, por lo tanto, susceptibles de ser reconstruidos aun a pesar de la imposibilidad de conocer todos los hechos posibles. El pasado no llega al historiador de forma impoluta, sino a través de interpretaciones y percepciones que le otorgan sentido al acontecimiento histórico. De tal forma, el acontecimiento es el resto del pasado que pervive en el presente, por medio de percepciones del

1

Un buen punto de entrada para abordar la discusión sobre la relación entre el lenguaje y los acontecimientos se encuentra en la obra del historiador Reinhart Koselleck. Véase: Sentido y repetición en la historia (Buenos Aires: Editorial Hydra, 2013).

p. 295

| 293 | 293 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas hecho que reposan en las fuentes, en tanto materia prima del historiador2. En este sentido, hemos optado por utilizar la voz acontecer violento para referirnos a las diferentes percepciones de lo que, de facto, ocurre en los campos y las ciudades del país mientras que sintagmas como “conflicto armado”, “guerra civil” y “violencia política” hacen referencia a la forma como estos han sido narrados.

Nuestra tesis es que los diferentes agentes tienen un rol central en la elaboración simbólica del acontecer violento del país. Si no fuese por la mediación lingüística que se hace a través de libros, ensayos, columnas de prensa, panfletos y otras formas de expresión, no existiría una historia narrada; la historia solo empieza a ser tal cuando es contada, de otra forma los acontecimientos caerían en el olvido. Sin embargo, no toda narración constituye un análisis histórico, para ser considerado tal debe ser mediada metodológicamente, partir de presupuestos teóricos claros y atender a las fuentes disponibles; en ese sentido, toda reconstrucción histórica es una narración, en la medida en que se trata de una mediación lingüística de los hechos; esto significa, por otro lado, que no toda narración es un análisis histórico. Se puede añadir que toda reconstrucción histórica tiene cierta arbitrariedad en la narración, pues la inevitable perspectiva de cada agente implica resaltar algunos acontecimientos e ignorar otros tantos; este perspectivismo en la base de toda narración significa que los hechos siempre se podrán interpretar de formas diferentes3.

Para hilar este argumento optamos por separar el capítulo en tres bloques. En un primer momento, reconstruimos los antecedentes teórico-filosóficos que fungen como piedra de toque de esta tesis, a saber, la función del lenguaje en la elaboración simbólica de los acontecimientos y la toma de posición que éste necesariamente implica. En un segundo momento, que constituye el grueso del texto, ilustramos cómo en el caso colombiano, las distintas formas de nominar y narrar a los acontecimientos

2

Julieta Piastro, “El acontecimiento histórico: una ‘experiencia posible’”, Revista Ars Brevis, n.° 1 (1995). Ver también: Alfonso Pinilla, “El acontecimiento histórico, hacía una categorización”, Norba. Revista de historia 18 (2005).

3

Koselleck, Sentido y repetición en la historia.

p. 296

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 294 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia transforman el cariz con el cual ellos se interpretan. Para ello, hemos rastreado el uso de los conceptos como “violencia”, “conflicto armado” y “guerra”, así como sus respectivos complementos, en tres tipos de fuentes que se corresponden con los agentes que hemos identificado: institucionales (leyes y planes de desarrollo), organizaciones sociales y académicos e intelectuales, en un periodo que va desde 1987 hasta el año 2015. Allí identificamos que durante las décadas recientes se puede constatar una intensa disputa por las formas como se denomina el acontecer violento en Colombia. A grandes rasgos, la discusión ha partido de los esfuerzos de algunos agentes, como organizaciones y miembros de la academia, de posicionar el concepto de “conflicto” para referirse al acontecer violento, mientras que opositores desde algunos sectores institucionales y políticos han intentado poner en circulación otros conceptos, como “guerra” y “violencia”.

Nuestro propósito en este recorrido por casi tres décadas de la historia reciente del país es restituir la lucha política e ideológica que se oculta tras la disputa lingüística entre las formas de denominar el acontecer violento del país. Por último, en un tercer momento concluimos retomando el argumento de acuerdo con el cual los agentes constantemente están tomando partido a favor o en contra de los distintos actores políticos y por eso mismo, cumplen una función activa en la reconstrucción histórica del acontecer violento y sus consecuencias políticas.

El ser humano como un animal que construye símbolos: lenguaje y acontecimiento En su célebre libro publicado en 1927, Ser y tiempo [Sein und Zeit], Martin Heidegger proporcionó una antropología filosófica que se convertiría en un eje de la discusión académica durante el siglo xx. Heidegger abre el libro declarando que su intención es restituir la dignidad a la pregunta por el ser, es decir, la clásica pregunta filosófica sobre lo que realmente es. Sin embargo, toda pregunta siempre remite a aquello que pregunta, en este caso, el ser humano. De tal modo, si Heidegger desea cumplir su objetivo

p. 297

| 295 | 295 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de responder a la pregunta de qué es lo que es, primero debe caracterizar al ser humano, cuya forma de existencia es distinta de la de los otros objetos del mundo; o en el lenguaje de Heidegger, se debe distinguir entre los entes (o cosas) y aquello que tiene un modo especial de ser (el ser humano): “este ente que somos en cada caso nosotros mismos, y que, entre otras cosas, tiene esa posibilidad de ser que es el preguntar, lo designamos con el término Dasein. El planteamiento explícito y transparente de la pregunta por el sentido del ser exige la previa y adecuada exposición de un ente (del Dasein) en lo que respecta a su ser”4.

El neologismo “Dasein”, que Heidegger utiliza para referirse al ser humano, pretende resaltar esa característica de encontrarse desde su nacimiento inserto en el mundo y en relación con este. La traducción literal del término –serahí– pone de manifiesto que la esencia del ser humano es existir desde su momento de nacimiento en comunión, e indisolublemente ligado al mundo que lo circunda. Es decir, desde siempre los seres humanos interpretamos e intentamos darle sentido a esa alteridad que se nos antoja desconocida, el mundo. Esto es lo que él denomina el “serenelmundo” [InderWeltsein] constitutivo del ser humano5. Nuestra relación con el mundo está mediada originariamente por la necesidad de comprenderlo e interpretarlo. La pregunta evidente que surge es, ¿cómo comprendemos e interpretamos el mundo? Podemos resaltar que parte importante de la respuesta viene dada por afirmar que es a través del lenguaje como interpretamos y damos sentido al mundo.

De tal forma, Heidegger fue uno de muchos autores conscientes de que, si bien el lenguaje es nuestro vehículo de acceso al mundo, simultáneamente no es transparente ni permite una comunicación sin ambigüedades. Los claroscuros con los que lidiamos en la realidad social también se manifiestan en el lenguaje. Al mismo tiempo, las ambigüedades del lenguaje ocasionan desavenencias en nuestras interacciones sociales. De

4

Martin Heidegger, Ser y tiempo, (Santiago de Chile: Editorial Universitaria: 1997), 7.

5

Ibid., 79.

p. 298

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 296 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia esta forma, el lenguaje termina imbuido y simultáneamente provoca las disputas que permean a las sociedades.

Ernst Cassirer, otro afamado filósofo y rival de Heidegger durante la primera mitad del siglo xx, brindó otra clave para comprender cómo el lenguaje se relaciona con los acontecimientos. En su libro de 1944, Antropología filosófica [An Essay on Man], Cassirer define al ser humano como un animal simbólico6. Para él, la actividad característica del ser humano es crear y emplear símbolos para atribuir un sentido a aquello que llamamos “realidad”. Dicho de otro modo, la única forma en la que podemos hacer inteligible el hecho es superponiéndole, a través de símbolos, un sentido que no tiene originalmente. Dentro de las herramientas que utilizamos para atribuir sentido a la realidad, el lenguaje, escrito o hablado, destaca por su ubicuidad. Se trata de la herramienta de creación de sentido más pervasiva y cotidiana que tenemos los seres humanos. Al ser simbólico, el lenguaje nos permite atribuir sentidos a los hechos; cuando los describimos, no estamos narrando lo que ocurrió “en sí”, al contrario, nos alejamos de los hechos desnudos, “puros” y nos sumergimos en un universo simbólico7.

Esta breve exposición de las ideas de Cassirer y de Heidegger sirve para hacernos una imagen del ethos intelectual que dominaba en Europa a mediados del siglo xx, momento en el que Reinhart Koselleck desarrollaría una metodología historiográfica denominada historia conceptual [Begriffsgeschichte]. Este historiador alemán creó su metodología con atención a las discusiones epistemológicas sobre el estatuto de conocimiento de las ciencias sociales y a las teorías que tematizan la relación entre lenguaje y realidad, narración y acontecimiento. Una vez descartado

6

Ernst Cassirer, An essay on man (Nueva York: Doubleday Anchor Books, 1944).

7

“El ser humano no pertenece al universo físico, el ser humano vive en un universo simbólico. Lenguaje, mito, arte y religión son las partes de este universo. Son los hilos variopintos de los que se teje la red simbólica, la enredada malla de la experiencia humana. […] Ya el ser humano no puede confrontar la realidad inmediatamente; ya no la puede ver, por decirlo de alguna forma, frente a frente. La realidad física retrocede a medida que la actividad simbólica del ser humano avanza […] El ser humano se ha envuelto a sí mismo en formas lingüísticas, en símbolos míticos o en ritos religiosos que ya no puede ver o conocer nada que no se encuentre con la interposición de este medio artificial”. [Traducción propia] Ibid., 43.

p. 299

| 297 | 297 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas que la narración histórica captura un sentido inmanente que se encuentra en los acontecimientos, la pregunta evidente es ¿cuál es el sentido de la historia?, o más específicamente, ¿cómo podemos atribuirle sentido a la historia? Aceptar que todo sentido que atribuimos a los acontecimientos es posterior a los hechos abre la pregunta sobre cómo podemos conocer aquello que aconteció. La historia conceptual de Koselleck ofrece una tentativa de respuesta a esta pregunta.

En un texto póstumo, Sentido y repetición en la historia8, Koselleck describe una tensión entre los acontecimientos y la narración histórica9. Debido a la cualidad simbólica del ser humano, nunca podremos acceder a un acontecimiento que no haya sido mediado a través de la narración. Pero esta, a su vez, introduce interpretaciones que no son posibles de derivar de los acontecimientos mismos. Esta relación de mutua tensión nos muestra que el ideal del conocimiento histórico sobrio, completamente objetivo, es el resultado de una imaginación filosófica desbordada. Toda narración histórica se encuentra limitada por un perspectivismo que tiñe los hechos con una interpretación específica. No es posible escribir historia desde ningún punto de vista general puesto que la historia siempre se escribe desde un punto de vista particular, obedeciendo a las premisas teóricas y a los intereses del investigador. Reconocer esto no significa capitular ante el relativismo, sino más bien es el sano reconocimiento de una inevitabilidad de toda investigación, de un límite epistemológico infranqueable10. En ese sentido, preguntarse por el sentido original de los acontecimientos no conduce a ningún lugar, la pregunta debe ser cómo podemos controlar y matizar nuestros puntos de vista para que no deformen en exceso la narración de los hechos.

Esta consecuencia es particularmente potente para los estudios de historia sociopolítica, pues en el ámbito de la política se enfrentan

8

Este libro se trata de una traducción parcial de una colección de ensayos de Koselleck que apareció en Alemania en el año 2012, seis años después de su muerte. La recopilación en alemán, cuyos tres ensayos iniciales componen la publicación en español Sentido y repetición en la historia, se titula Vom Sinn und Unsinn der Geschichte [Sentido y sinsentido en la historia].

9

Koselleck, Sentido y repetición en la historia.

10

Reinhart Koselleck, The Practice of Conceptual History (Estados Unidos: Stanford University Press, 2002).

p. 300

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 298 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia diferentes expectativas sobre cómo debe ser el futuro de una sociedad. Nadie es indiferente a su contexto social y político cuando elige sus temas de estudio o cuando asienta su interpretación de los acontecimientos. En un sentido literal, la narración histórica constituye el objeto de estudio y trae a nuestra conciencia los temas de discusión relevantes. Por ejemplo, para poder pensar en el “conflicto armado”, primero es necesario interpretar la sucesión de hechos como un “conflicto” que se expresa en la utilización de “armas”. De ahí deriva la importancia central del lenguaje y su poder creador en toda narración histórica.

Si los sentidos del acontecer son superposiciones ex post facto, entonces el lenguaje añade una capa de simbolismo al hecho, sin embargo, esto no impide que las fracturas sociales se manifiesten en la narración de los acontecimientos11. Koselleck reparó en este carácter polémico del lenguaje y resaltó que se trata de un campo de batalla simbólico. De tal forma, un concepto como “conflicto” no significa lo mismo en boca de un dirigente político en la capital del país que en boca de un sacerdote en la región de los Montes de María. El uso que cada uno de ellos hace del concepto “conflicto” se encuentra mediado, modificado y transformado por sus experiencias pasadas y sus expectativas del futuro. Para Koselleck, una de las preguntas centrales de la teoría historiográfica apunta a cómo es posible atribuirle sentido a la historia. La premura de esta pregunta se hace evidente si recordamos que el siglo xx demostró que, a pesar de la fe ilustrada en el progreso, los humanos tenemos la capacidad de optar por cursos de acción desprovistos de sentido; después de todo ¿cómo atribuirles un sentido a los campos de concentración, las bombas atómicas o las masacres? Las víctimas de la guerra, civiles y combatientes se ven enfrentados a la imposibilidad de darle significado a su experiencia, pues no es discernible un motivo que justifique tal sufrimiento12. Esto muestra que la experiencia de la violencia y la guerra nos

11

Koselleck, Sentido y repetición en la historia.

12

Koselleck ejemplifica esto con los testimonios de los soldados presentes en el asedio de Stalingrado, consignados en las Letze Briefe aus Stalingrad, una recopilación de cartas escritas por soldados en los últimos meses de la batalla. Si bien Koselleck señala que se trata de una recopilación cuya autenticidad es cuestionable, el historiador la considera buen ejemplo dado que fue aceptada como verdadera en

p. 301

| 299 | 299 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas lleva hasta los límites del sentido, nos confronta con la imposibilidad de justificar lo absurdo y lo irracional, pero simultáneamente, en tanto seres simbólicos, nos vemos abocados a narrar estas experiencias. Esto conduce a concluir que “mediante el lenguaje se dice más o menos de lo que ha sucedido y sucede en la historia real. Y la historia siempre contiene más o menos de lo que puede expresarse mediante el lenguaje”13; es decir, nunca habrá una coincidencia completa entre la narración y los hechos. Se trata de dos ámbitos independientes pero entrelazados, a partir de los cuales construimos el sentido de la historia. En Sobre el sentido y sinsentido en la historia (2013), Koselleck argumenta que la condición que hace posible para poder atribuir sentido o sinsentido a los hechos es que ellos mismos sean carentes de sentido, es decir, sólo la ausencia de sentido total de los hechos nos permite, posteriormente, juzgar algo como provisto de sentido o como un sinsentido y este acto de atribución se hace a través de la narración. La ausencia de sentido primario implica que la “verdad” sobre los acontecimientos siempre es ex post, el acto físico de jalar un gatillo o levantar los brazos en combate no tiene un sentido ínsito que podamos descubrir; explicar estos actos implica hacer una racionalización posterior al hecho en donde se atribuyen motivos, intenciones y deseos a los agentes históricos14.

De suyo, la discusión sobre la relación entre acontecimiento y narración nos conduce a la distinción entre las categorías y los conceptos con los que procesamos simbólicamente lo acontecido. Por una parte, las categorías son expresiones útiles para la interpretación histórica, con una función aclaratoria, que pueden o no pertenecer a las fuentes analizadas su momento de publicación. De este texto tan solo se puede concluir que “los testigos contemporáneos intentaron en vano atribuirle sentido, pero la realidad de la batalla no lo admitió”. Ibid., 81. En la compilación se expresa desde la “absoluta desesperación, pasando por comentarios sarcásticos u observaciones irónicas […]; desde mensajes letárgicos y parcos hasta expresiones de humildad o profunda devoción”. Ibid., pero a pesar de todo, predominan el abandono y el desamparo, y son pocas las expresiones de apoyo al nacionalsocialismo.

13

Ibid., 38.

14

“Toda historia, en el proceso de su consumación, está desprovista de sentido. La historia real, pues, de acuerdo con la ironía o paradoja de esta reflexión, solamente se muestra en su verdad una vez que ha concluido. Formulado de esta manera, la verdad de una historia es siempre una verdad ex post. Solo se hace presente cuando dejó de existir”. Ibid., 101.

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Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 300 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia en un periodo de estudio. En el análisis social, tienen un carácter normativo para facilitar la comprensión; los conceptos, de acuerdo con la historia conceptual, se caracterizan por estar sujetos a la discusión pública y a una enconada confrontación semántica. Un concepto remite a un universo de experiencias sociales que le carga de connotaciones particulares, pero a la vez tiene pretensiones de generalidad, permitiendo que movilice unas expectativas o proyectos sociales.

En el caso colombiano, una de las dificultades más recurrentes para nominar el acontecer violento radica en acordar unas categorías de interpretación que generen consenso entre los diferentes agentes políticos y sociales. Una muestra de ello es la discusión alrededor de si lo que acontece en el país debe ser denominado “violencia”, “conflicto”, “guerra”, “terrorismo” o cualquier otra alternativa que se haya sugerido15. Para hilar un sentido de los avatares que han determinado el destino de Colombia, consideramos que es necesario restituir la multiplicidad de visiones sobre cómo nominar el acontecer violento en el país, partiendo del principio de que cada interpretación aporta una franja de perspectiva que permitirá formar una imagen más plural y completa de lo acaecido durante las últimas décadas16.

Este documento parte de la idea de que las disputas sociopolíticas por las formas de denominar el acontecer como “violencia”, “conflicto armado” y “guerra” pueden ser comprendidas como conceptos. Semasiológicamente, harían parte del utillaje para denominar el acontecer violento. La presencia de esa disputa permitiría probar que estas palabras no fungen como categorías porque su contenido semántico no está cerrado. Para llevar a cabo el análisis conceptual requerimos nuestras

15

El trabajo colectivo del IEPRI, Nuestra guerra sin nombre. Transformaciones del conflicto en Colombia, de 2006, sintetizaba en el título el debate nominalista junto con las razones de su pertinencia para asir un problema de investigación, un campo de reflexión. Francisco Leal Buitrago, Jorge Restrepo Torres, William Ramírez Tobón, “20 años de Análisis Político”, Análisis Político, n.º 62 (2008).

16

En la “Introducción al Diccionario histórico de conceptos político-sociales básicos en lengua alemana” (2009), Koselleck identifica cuatro criterios que permiten distinguir que estamos en presencia de un concepto. Ellas son su democratización, o su arraigado uso por parte de distintos públicos; su politización, dada la polémica que comportan; su ideologización, pues su pluralidad de significados implica que se pueden usar para promover intereses políticos contrapuestos; y su temporalización, pues proyectan sentidos de futuros posibles. Anthropos, n.º 223: 96-98.

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| 301 | 301 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas propias categorías: acontecer violento, como el orden de los acontecimientos registrados en las fuentes, y la narración, como ejercicio intelectual de dotar de sentido a dicho acontecer.

Primer momento: La violencia y las violencias a finales de la década de 1980 La década de 1980 resultó particularmente compleja para Colombia. Las organizaciones guerrilleras dejaron atrás la marginalidad que las limitaba a las regiones apartadas, débilmente articuladas al tejido social y productivo del país, para aproximarse a unos centros urbanos en crecimiento, debido a los desplazamientos masivos de campesinos que huyeron durante la Violencia, entre otras razones. Las ciudades, a su vez, se veían amenazadas con la emergencia y consolidación de los principales carteles de la droga que plantearon nuevos retos para el Estado y la sociedad. El acontecer violento incrementó su letalidad y se fue posicionando como un problema fundamental que debía ser comprendido. A nivel internacional, y particularmente en América Latina, inició la llamada tercera ola de democratización17 con el fin de los regímenes militares en Argentina, Uruguay y Brasil, impulso que pronto alcanzó a Chile y Paraguay. El entusiasmo democrático no quedó allí y se extendió hacia sociedades del norte que, si bien no estaban gobernadas por dictaduras militares, presentaban serios déficits democráticos. En este escenario, que no era una simple vuelta atrás, sino que implicó una reactivación creativa, las comisiones de la verdad jugaron un papel fundamental como articuladoras entre el Estado y la sociedad civil. Algunos intelectuales participaron activamente en estos espacios que buscaban dotar de sentido a un pasado traumático y, a partir de esto, proyectar una acción política a futuro. En Colombia, el gobierno de Virgilio Barco creó la Comisión de Estudios sobre la Violencia (1987), conformada en su mayoría por investigadores adscritos al recién fundado Instituto de Estudios Políticos y

17

Samuel P. Huntington, La tercera ola (Buenos Aires: Paidós, 1994).

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Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 302 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia Relaciones Internacionales (iepri) de la Universidad Nacional de Colombia. Aunque la puesta en marcha de esta Comisión supuso un hito importante en tanto vinculaba a los intelectuales con los esfuerzos estatales por enfrentar a la violencia, no era la primera vez que un diálogo similar ocurría. Tres décadas atrás, el gobierno nacional había generado una iniciativa similar con la Comisión investigadora de las causas de la violencia, encargada de examinar los hechos ocurridos en el país durante la llamada Violencia Bipartidista de la década de 1950. El producto intelectual más notable de este esfuerzo fue la publicación de La violencia en Colombia: Estudio de un proceso social, publicado en 1962. Este libro abordó las causas y consecuencias de la violencia, además de brindar los marcos de inteligibilidad desde los cuales ese momento ha sido leído. Este texto posicionó el vocablo violencia como la forma de nominar ese acontecer, el cual pervive historiográficamente hasta hoy.

La Comisión de la década de 1960 contó con el apoyo decidido de un grupo de intelectuales que articularon sus reflexiones a través de la sociología, disciplina novedosa que se abría campo en la academia colombiana. Algunos de ellos estaban comprometidos con las políticas planteadas en el Plan Nacional de Rehabilitación, particularmente con la reforma agraria, y se vincularon a algunas de las entidades creadas por ella. El camino reformista pronto se vio frustrado. Algunos intelectuales continuaron desde la academia y otros espacios de pensamiento promoviendo acciones para hacerle frente a la violencia, así como a otros de los principales problemas del país, particularmente aquellos que afectaban al mundo rural. Otros, vieron en la misma violencia una ruta de acción, como fue el caso paradigmático de Camilo Torres Restrepo. Aunque no todos fueron como Camilo, las guerrillas resultaron un espacio atractivo para sectores de la intelectualidad colombiana durante las décadas siguientes y brindaron un escenario de articulación complejo entre estos y el acontecer violento.

En los ochenta, desde el iepri, la mirada contaba con un enfoque soportado en la ciencia política, disciplina académica inaugurada en el país en la década de 1960 con la creación del primer departamento en la

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| 303 | 303 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Universidad de los Andes, fuertemente articulada con la profesionalización de funcionarios públicos partícipes en la política de rehabilitación. A pesar de esta nueva mirada, los intelectuales que fundaron este instituto y participaron en la Comisión de Estudios sobre la violencia bebieron de la fuente que emanaba de la narrativa creada por La Violencia en Colombia, retomando este término para designar lo que ocurría en el país a falta de un significante más adecuado.

El primer informe de la Comisión, titulado Colombia: violencia y democracia apareció en 1987 y, desde entonces, ha contado con cinco ediciones, la última de ellas en el año 2009. El texto es un esfuerzo por comprender las múltiples dimensiones de la violencia a partir de relaciones sintagmáticas que enuncian de manera diferenciada la violencia política, la violencia urbana, la violencia organizada, la violencia en la familia y la violencia en contra de las “minorías” étnicas en Colombia. La apuesta analítica por las múltiples expresiones de la violencia pretendía abarcar la complejidad de la situación del país a finales de los años 80. Esta intención también es evidente en Pacificar la Paz: lo que no se ha negociado en los acuerdos de paz, obra de la Comisión de Superación de la Violencia convocada por la administración de César Gaviria y publicada por la Comisión Andina de Juristas Seccional Colombiana –cecoin– y por el iepri en 1992. El informe de 1987 se publicó cuando ningún grupo insurgente se había desmovilizado, en contraste con el de 1992, que vio la luz cuando varios grupos habían firmado la paz y entregado sus armas. Ambos informes apostaron por la multiplicidad de la violencia: en el primer caso, por las modalidades y dinámicas de las violencias, y, en el segundo, por los rasgos diferenciales de la violencia en las regiones del país18. En un análisis comparado de ambos documentos, Gonzalo Sánchez explicó en 1993 los límites de cada uno: “la oposición violenciapaz que domina el segundo informe retrotrae el fenómeno a la polarización guerrillaEstado, es decir, a la violencia negociable. La oposición violenciademocracia, que tipifica el

18

Comisión de Superación de la Violencia, Pacificar la Paz. Lo que no se ha negociado en los acuerdos de Paz (Bogotá: iepri, cinep, Comisión Andina de Juristas y cecoin, 1992); Gonzalo Sánchez, “Los intelectuales y la violencia”, Análisis Político, n.° 19 (1993).

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Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 304 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia primer informe, no sólo resalta la multiplicidad de violencias, sino que por razones prácticas separa las negociables de las no negociables”19. La multiplicidad de violencias, sin embargo, da cuenta de la alta plasticidad de ese concepto y supuso un reto a la hora de elaborar una gramática que permitiera diferenciar el objeto de estudio, puesto que violencia aglutina un conjunto de expresiones cuyas trayectorias se entrecruzan con la violencia política, a la vez que dificulta su diferenciación. La definición de violencia presente en Colombia: violencia y democracia debía ser, por tanto, muy amplia: “Dado que las formas de violencia no deben reducirse a las generadas por la guerrilla, el presente documento entenderá como violencia todas aquellas actuaciones de individuos o grupos que ocasionen la muerte de otros o lesionen su integridad física o moral. En sentido muy general, la violencia se puede ver como algo que impide la realización de los Derechos Humanos, comenzando por el fundamental: el derecho a la vida”20.

Las causas de “todas estas modalidades de violencia” tenían que ver “con el orden político y social”. Además de la violencia urbana y organizada, por ejemplo, los comisionados también añadieron adjetivos a la violencia según los intereses de los actores que la infringían: “hay violencia en quien recurre a la fuerza, la coacción, el engaño y la muerte para apropiarse de bienes como en quien recurre a medios análogos para defenderlos (violencia socioeconómica)”, “en la lucha por el poder, hay violencia tanto en los que imponen la dominación, como en quienes la desafían (violencia sociopolítica)”, y hablaron también de la “violencia sociocultural”, cuando “hay violencia en la defensa de un orden que se siente amenazado desde muchos flancos y que, como contrapartida, recibe respuestas también violentas de grupos sociales que luchan por el reconocimiento de su identidad y de sus derechos humanos”21. En la práctica, los autores del informe no solo se remitieron a su definición de violencia

19

Sánchez, “Los intelectuales y la violencia”, 43-44.

20

Comisión de estudios sobre la violencia, Colombia, violencia y democracia (Bogotá: iepri, Universidad Nacional de Colombia y Colciencias, 1987), 17.

21

Ibid., 19-20.

p. 307

| 305 | 305 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas como actuación contra los Derechos Humanos, sino que la catalogaron de acuerdo con sus modalidades, causas y entornos. Desde otras fuentes, las violencias articulaban sentidos en relación con el actor que la ejercía. Así, había violencia insurgente, estatal, del narcotráfico y delincuencial, entre otras. La violencia aunaba tanto el acto como las circunstancias, dando cobijo, dentro de un mismo significante, a la descripción de los hechos como a los marcos que le daban sentido.

Una importante consecuencia de los enfoques introducidos por los estudios sobre la violencia fue su impacto en la periodización de la historia colombiana. La pluralidad de las violencias se quiso explicar insertando el análisis en una trama de larga duración que densificó su comprensión con su anudamiento a otros pasados violentos, como el de la Violencia de los años 1950 y las guerras civiles del siglo xix. El objetivo era “escudriñar continuidades y discontinuidades, dentro del amplio espectro de las guerras civiles en Colombia”, como un signo de la nueva mirada de la época22. El resultado fueron las polémicas tesis de Colombia como un país de guerra permanente inmerso en una cultura de la violencia que se suponía casi como una identidad nacional y señalaba los efectos de la inmersión del país en unas “espirales de violencia ascendentes de generación en generación”, que se habían reforzado en espacios de socialización como los medios de comunicación, la familia y la escuela. Frente a esto, los investigadores de la violencia situaron la necesidad de enfrentar esa cultura violenta con una de paz, cimentada en la instauración de un pacto social y en el afianzamiento de la democracia23 en sintonía con las transformaciones de los regímenes políticos durante esa década.

Con el tiempo, los comisionados lamentarían que la idea de la cultura de la violencia fuera recibida como una explicación esencialista, a pesar de que se originó en el análisis de largo plazo y en las instituciones

22

Gonzalo Sánchez, “Los estudios sobre la violencia: balance y perspectivas”, en Pasado y presente de la violencia en Colombia 3.ª ed., comps. Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda (Medellín: La Carreta Editores, 2007), 25.

23

Jefferson Jaramillo Marín, Pasados y presentes de la violencia en Colombia. Estudio sobre las comisiones de investigación (1958-2011) (Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2014).

p. 308

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 306 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia que reproducían una socialización en la violencia24. Gonzalo Sánchez reconoció que, a pesar de advertir la imbricación de las diversas manifestaciones de la violencia, lo que hacía comprenderla como un fenómeno único, terminó primando una “visión fragmentada de la misma”25. A finales de los años 80 y comienzos de la década de los 90, violencia, entonces, fue la voz preferida por diferentes sectores de la sociedad, además de los gobiernos de turno, para referirse al acontecer violento en el país, tal como se desprenden de las dos comisiones de intelectuales convocadas con cuatro años de diferencia (1987 y 1991). Para algunas organizaciones de la sociedad civil, “violencia” tenía un uso fuertemente politizado en tanto era utilizada para describir la responsabilidad del Estado. El V Foro por los Derechos Humanos, realizado en abril de 1987, es un ejemplo de esto. De acuerdo con la convocatoria a este espacio, para 1987 Colombia enfrentaba “una crisis nacional, que viene gestándose desde hace algunos años y que abarca todos los aspectos. A la violencia estatal responden fuertes movimientos guerrilleros; se organizan y actúan grupos paramilitares que ejecutan la parte de la ‘guerra sucia’ de la represión; aparecen escuelas de sicarios de la moto que siembran la muerte con frialdad increíble y por la paga; el narcotráfico cobra sus víctimas, bien por oscuras vendettas o para apagar las voces de periodistas o magistrados. y todo este sangriento e inquietante panorama ocurre en la más completa impunidad”26. Pluralizar la violencia, añadiendo adjetivos que precisaran entornos, sectores y causas, no fue la única forma de referirse a la complejidad de lo que ocurría en el país. La aparición de actores paraestatales encendió las alarmas en las organizaciones sociales, que denunciaban la

24

Ibid.

25

“En ninguna de las dos comisiones [Comisión de Estudios sobre la Violencia (1987) y Comisión de Superación de la Violencia (1991)] se ignora tampoco el entrelazamiento y el efecto de totalidad del fenómeno. Dicho de otra manera, la distinción de partes, modalidades o aspectos, la deconstrucción de la violencia en violencias, como se diría hoy, no deben conducir a la supresión de la unidad y la inteligibilidad del conjunto. Son pars totalis, y precisamente por eso se insistió en la necesidad de enfrentar el fenómeno simultáneamente en todas sus manifestaciones. Hay que reconocer, empero, que en Colombia: violencia y democracia el punto anterior quizás no quedó suficientemente claro y lo que se recogió a menudo del texto no fue una visión de la diversidad de la violencia, de la ampliación de su territorio, sino una visión fragmentada de la misma”. Sánchez, “Los intelectuales y la violencia”, 45.

26

“Hacia el V Foro: en defensa de la vida y la democracia”, Voz proletaria, 16 de abril de 1987, 5. Ver también: CPDH, “Conclusiones”, en V Foro por los Derechos Humanos, abril de 1987, 110.

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| 307 | 307 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas connivencia entre la Fuerza Pública y estos cuerpos de seguridad privada y señalaron el deterioro al que había llegado la situación en el país. En su boletín de marzo de 1989, el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos advertía: “A los grupos insurgentes cabe decirles que tienen que facilitar el proceso de paz. La toma del poder a la brava está lejana. Ya no es una guerra civil, sino una masacre generalizada. Y nadie está ganando lo que se llama la guerra. El gobierno, por su lado, debe hacer lo imposible para detener la acción nefasta de los grupos paramilitares contra la población civil”27. La anterior cita demuestra el uso contundente del significante “guerra” para denominar la existencia de víctimas civiles, pero a la vez la ocurrencia de algo que no alcanza a ser englobado dentro de una concepción tradicional de la guerra.

En esta época, el concepto guerra registra usos concretos como guerra sucia, sintagma utilizado para denunciar lo que algunos sectores consideraban como acción militar de aniquilamiento en contra de la insurgencia armada y de la movilización social por parte de la Fuerza Pública, los grupos paramilitares y los narcotraficantes. Adicionalmente, ante acciones como la toma de Mutatá (1987)28, la masacre de Tacueyó (1985-1986)29 o la toma y retoma del Palacio de Justicia (1985), se advierte un desuso del término guerra por la liberación que era frecuentemente utilizado por las organizaciones sociales entre las décadas de 1960 y 197030. Al distinguir la “violencia política” de otros tipos de violencias como la delincuencia común o el conflicto militar de los conflictos sociales, políticos y económicos, las organizaciones sociales avanzaron hacia el posicionamiento de las condiciones estructurales de inequidad como detonantes del conflicto militar. Entre tanto, el término conflicto militar continuaba reservado para describir las confrontaciones armadas que involucraban a las fuerzas oficiales del Estado y a los grupos armados insurgentes. De acuerdo con la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz,

27

CPDH, “El proceso de la paz necesita condiciones inmediatas”, Boletín de prensa, marzo de 1982, 39.

28

“Asalto de 7 horas a Mutatá”, El Espectador, 28 de enero de 1987, 10A.

29

“Debate nacional sobre tratamiento a la toma”, El Espectador, 9 de noviembre de 1985, 13A

30

Ver: Proyecto Colombia Nunca Más, Zona 7.ª (Bogotá: Colombia nunca más, 2000).

p. 310

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 308 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia la “iniciativa para la paz” formulada por el gobierno Barco: “se basa en un diagnóstico reduccionista de la violencia, pues reduce ésta a un conflicto militar y le propone a la fuerza armada de oposición una rendición simplista, presumiéndola derrotada”31. En una dirección similar, la pregunta por las continuidades y discontinuidades de la violencia fue retomada por Álvaro Camacho Guizado en 1991, para quien las diferentes manifestaciones asociadas al narcotráfico, los sicarios y los escuadrones de la muerte, no permitían hablar de una sola violencia32. Para diferenciar los contextos de violencia, este autor usó la noción de “conflicto armado” para referirse específicamente al enfrentamiento militar entre guerrilla y Estado33. Este hecho marcó el inicio de un proceso de diferenciación de la confrontación entre el Estado y los grupos insurgentes frente a las diferentes expresiones de la violencia en el país que no se limitaban a estos actores. En documentos oficiales, como planes de desarrollo y decretos, el sintagma “conflicto armado” presentó un uso restringido durante buena parte de la década de 1990. Apareció tímidamente desde los ochenta asociado a las iniciativas de rehabilitación adelantadas por la administración Belisario Betancur: “Con el Gobierno a la cabeza, con la participación de las Fuerzas Armadas que confían en la paz, se ha formulado un Plan de Rehabilitación para las zonas afectadas por la violencia y el conflicto armado, que forma parte de nuestro Plan de Cambio con Equidad”34. En la administración de Virgilio Barco, el concepto resultaba perceptible en los comunicados de las organizaciones guerrilleras cuando afirmaban que “La sensatez indica la necesidad de adentrarse en el estudio de los orígenes, causas y proporciones del conflicto armado que desangra nuestra patria”35. Para inicios de la década de 1990, tras la firma de los acuerdos de

31

“La paz: el don de una conquista”, Boletín Justicia y Paz 1, n.° 3 (1988), 8.

32

Álvaro Camacho Guizado. “El ayer y el hoy de la violencia en Colombia: continuidades y discontinuidades”, Análisis Político, n.° 12 (1991).

33

Ibid.

34

La lucha por la paz, informe del presidente Belisario Betancur al Congreso de la República (apartes), 20 de julio de 1983.

35

Comunicado de la Comisión Ejecutiva de la cngsb: el Gobierno ante las presiones presenta una iniciativa que no es realista, octubre 3 de 1988.

p. 311

| 309 | 309 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas paz, “conflicto armado” se empleó para designar la confrontación con las guerrillas: “El proceso de reinserción de los 667 ex- combatientes del epl en Urabá se ha venido desarrollando en el marco de una intensificación del conflicto armado y de la reactivación de las luchas sociales”36. Vale decir, entonces, que “conflicto armado” y “conflicto militar” eran sinónimos porque se referían a la confrontación armada entre las organizaciones insurgentes y las fuerzas del Estado. La voz conflicto empezó a emplearse con el propósito de brindar un poco más de especificidad al objeto, aunque su singular también adolecía de la misma ambigüedad que “violencia” y demandaba la construcción de sintagmas que diferenciaran el conflicto militar de los conflictos sociales, políticos y económicos. La especificidad que brindó el uso de “conflicto armado” buscaba, también, encontrar mecanismos para contener o reducir el impacto de la confrontación, especialmente sobre la población civil. El uso de conceptos como “violencia”, “conflicto” y “guerra” advierten que la década de 1980 fue un escenario de degradación que exigía refrendar los esfuerzos para limitar la acción de los actores armados. Más aún si se considera que, además de los actores enfrentados en combate, se abrían camino los grupos paramilitares, los grupos de narcotraficantes, múltiples organizaciones criminales con impacto local y una floreciente delincuencia común. En este contexto, diferentes sectores demandaron la aplicación del derecho internacional humanitario, integrando parte de sus conceptos centrales en la construcción de sentido sobre el acontecer violento. Así las cosas, en el tránsito entre las décadas de 1980 y 1990 se evidencia una coexistencia de términos para denominar el acontecer violento del país. Primero, la violencia se usó como vocablo general para referir tanto a la violencia política heredada de las décadas anteriores como a la violencia cotidiana que crecía al ritmo de la densificación de las ciudades37. Segundo, la voz “conflicto” se utilizó para describir el trasfondo de las confrontaciones y las dimensiones en las que se expresaba, tales como

36

Comisión de Superación de la Violencia, Pacificar la paz, 41.

37

Comisión de estudios sobre la violencia, Colombia…, 7280.

p. 312

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 310 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia “conflicto social”, “conflicto económico”, “conflicto militar”. Tercero, la guerra fue una forma de referir el estado de confrontación armada directa entre dos grupos enemigos.

Segundo momento: La polémica por la adopción del conflicto armado Las organizaciones sociales fueron determinantes en la extensión del uso del término “conflicto armado”, a propósito del debate público suscitado en torno a la ratificación del Protocolo II de los Convenios de Ginebra, relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional. De acuerdo con dicho instrumento, El presente Protocolo, que desarrolla y completa el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 [...] se aplicará a todos los conflictos armados que no estén cubiertos por el artículo 1 del Protocolo adicional a los Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados internacionales (Protocolo I) y que se desarrollen en el territorio de una Alta Parte contratante entre sus fuerzas armadas y fuerzas armadas disidentes o grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando responsable, ejerzan sobre una parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar operaciones militares sostenidas y concertadas y aplicar el presente Protocolo38.

Aunque Colombia estuvo representada y participó en la Conferencia diplomática en la que se adoptó el texto de este protocolo entre 1974 y 1977, el Estado colombiano reservó su derecho de adhesión39. Ante dicha reserva, desde la década de 1990 se reactivó una constante presión por parte

38

cicr. Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional (Ginebra, 1977). Artículo 1.

39

Corte Constitucional de Colombia. STC C-088 del 26 de febrero de 1993. Magistrado ponente: Ciro Angarita Barón

p. 313

| 311 | 311 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas de diferentes sectores, incluidas organizaciones sociales, dirigida a la búsqueda de su ratificación. De hecho, para inicios de 1988, el expresidente Alfonso López Michelsen puso sobre la mesa la necesidad de “humanizar la guerra” en un claro guiño al cumplimiento de los Convenios de Ginebra. La propuesta de López suscitó, un año más tarde, un cruce de correspondencia entre el eln y el exmandatario; en comunicación del 17 de febrero de 1989, voceros del eln le solicitaron: “que busquemos un acuerdo para humanizar la guerra, que acudamos a los tratados de Ginebra y al protocolo de San José de Costa Rica, como fuente del derecho humanitario”40. A pesar de no existir una conciencia elaborada sobre las implicaciones de incorporar el derecho internacional humanitario como mecanismo para la “humanización de la guerra”, lo cierto es que, ya desde 1988, existía un interés cierto por incorporar estos parámetros convencionales como forma de abordar el acontecer violento en Colombia. En esta misma dirección, a comienzos de 1990, la Corporación Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo presentó ante la opinión pública una propuesta para regular el conflicto armado interno que buscaba materializar principios básicos de derecho internacional humanitario como el principio de distinción41. En esta misma línea, para abril de 1992, los miembros de Esperanza, Paz y Libertad (agrupación política conformada por ex integrantes del Ejército de Liberación Popular) solicitaron a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar: “Esperamos de ustedes, que exigen la plena vigencia del derecho internacional humanitario y en general de los derechos humanos, actuar con la grandeza que el país y el momento político reclaman”42. La incorporación de las demandas por hacer vigente el derecho internacional humanitario, tanto en la insurgencia como en las

40

“Mensaje del eln al ex presidente Alfonso López Michelsen: es más sensato hablar de humanización de la guerra”, en Biblioteca de la Paz, 1986-1990, Álvaro Villarraga, comp. (Bogotá: Fundación Cultura Democrática [fucude], 2009), 338.

41

De acuerdo con este Colectivo, hasta el año 2001 las organizaciones sociales habían presentado en Colombia unas 15 propuestas similares a esta. Ver: ccajar. Propuestas de regulación del conflicto armado (Bogotá: ccajar, 2001).

42

“Carta abierta del epl (Esperanza, Paz y Libertad) a la cgsb: que cese la acción criminal contra quienes le apostamos a la paz”, en: Biblioteca de la Paz, 1990-1994, Álvaro Villarraga comp. (Bogotá: fucude,

2002), 326.

p. 314

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 312 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia organizaciones sociales, llevaron a que, para junio de 1993, la Corriente de Renovación Socialista incluyera dentro de sus condiciones de desmovilización lo siguiente: “El gobierno nacional presentará a ratificación del Congreso de la República el Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra, referido a la humanización de los conflictos armados no internacionales”43. Esta condición coincide con las conclusiones del VII Foro por los Derechos Humanos, desarrollado en 1993, en el que los defensores de derechos humanos señalaban: “Hay que distinguir entre los gérmenes políticos y sociales en la guerra y el narcotráfico para las acciones futuras que deben emprenderse y que comprenden: 1. Humanizar el conflicto, aplicar los principios del derecho internacional humanitario, ratificar en consecuencia, los protocolos de Ginebra I y II”44.

Como resultado de la presión por humanizar el conflicto, el Congreso de la República expidió la Ley 171 de 1994, a través de la cual fue ratificado el Protocolo II de los Convenios de Ginebra. Tras la entrada en vigencia de este protocolo en 1996, se advirtió el desarrollo de un periodo de asimilación del instrumento internacional que oscilaba entre la inquietud de algunos sectores oficialistas por las posibles consecuencias de la ratificación y las demandas de la sociedad civil por la humanización de la guerra. La presión de las organizaciones sociales, de la clase política y de la insurgencia derivó en una adopción del término conflicto, primero como un vocablo eminentemente técnico para referir al acontecer violento, pero que con el paso del tiempo se convirtió en objeto de disputa política45. Durante la administración Samper se registró un aumento considerable en el uso de vocablos asociados a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario, entre los cuales resalta la movilización asidua del sintagma “conflicto armado”. Fue durante ese gobierno cuando

43

“Declaración de la crs: la Corriente define la localización de su fuerza. Jun. 8, 1993”, en: Villarraga, Biblioteca de la Paz, 1990-1994, 361.

44

“Conclusiones”, en VII Foro por la Paz y los Derechos Humanos (Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, 1993).

45

De hecho, ya desde 1992 el gobierno nacional hablaba de “la superación definitiva del conflicto armado” como objetivo de los diálogos con los grupos guerrilleros”. Ver: “Documento del gobierno nacional, conversaciones con la csgb, propósitos para ponerle fin al conflicto armado”, en Villarraga, Biblioteca de la Paz, 1990-1994.

p. 315

| 313 | 313 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas se promulgó la ley que brindó el marco jurídico para entablar negociaciones con los actores armados (418 de 1997) en la cual se incluía el sintagma. Esta norma facultó a las personas delegadas por el Gobierno nacional a: “Adelantar diálogos, negociaciones y firmar acuerdos con los voceros o miembros representantes de las Organizaciones Armadas al Margen de la ley a las cuales el Gobierno Nacional les reconozca carácter político, dirigidos a obtener soluciones al conflicto armado, la efectiva aplicación del Derecho Internacional Humanitario, el respeto a los derechos humanos, el cese o disminución de la intensidad de las hostilidades, la reincorporación a la vida civil de los miembros de éstas organizaciones y la creación de condiciones que propendan por un orden político, social y económico justo”46. La genealogía del uso del concepto de “conflicto armado” nos remite a la labor de organizaciones sociales que presionaron al gobierno para que se adscribiera a la legislación internacional y adoptara políticas públicas abocadas al reconocimiento de los combatientes, el respeto a los derechos humanos y la búsqueda de instrumentos que ampararan a la población civil afectada por la confrontación. A diferencia del concepto de “violencia” a finales de los años 80, empleado de manera predominante por los intelectuales, estos tardaron en incorporar en sus análisis el sintagma “conflicto armado” y sus asociados. En el balance historiográfico realizado por Ricardo Peñaranda de la producción sobre la violencia en la década de 1990 aparece la expresión “conflicto armado” en solo dos títulos de las obras analizadas: el primero, “sobre las perspectivas de aplicación en Colombia del Derecho Internacional Humanitario”, y el segundo, sobre un análisis local del Magdalena Medio47.

Peñaranda analizó 46 obras repartidas en tres bloques: las que ofrecen interpretaciones globales de la violencia, las que analizan el periodo de la Violencia (1946-1965), y las que analizan “las violencias” de los años

46

Ley 418 de 1997, 26 de diciembre de 1997, Por la cual se consagran unos instrumentos para la búsqueda de la convivencia, la eficacia de la justicia y se dictan otras disposiciones.

47

Alejandro Valencia Villa, La humanización de la guerra: derecho internacional humanitario y conflicto armado en Colombia (Bogotá: Universidad de los Andes y Tercer Mundo Editores, 1991); Alejo Vargas, Colonización y conflicto armado (Bogotá: Cinep, 1992). Véase Ricardo Peñaranda, “La guerra en el papel. Balance de la producción sobre la violencia durante los años noventa”, en Sánchez y Peñaranda. Pasado y presente.

p. 316

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 314 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia

80 y 90. Las obras que incluyen en su título la palabra conflicto, a secas, se

relacionan con análisis locales que relacionan la colonización y las disputas sociales48.

Durante la administración de Andrés Pastrana, el uso de “conflicto armado” aumentó de manera exponencial. Por primera vez, el sintagma apareció en un plan de desarrollo presidencial y fue utilizado asiduamente en las normas expedidas por esta administración para adelantar las conversaciones con las organizaciones guerrilleras. Los diálogos del Caguán estuvieron atravesados por estos desplazamientos conceptuales, sumados a una presencia más constante de organismos humanitarios y el interés por “humanizar” la guerra, ya anunciado desde la administración Samper. En este contexto, se registró un renovado interés de los intelectuales por problematizar los modos como se denominaba el acontecer violento colombiano. A principios del siglo xxi inició una discusión en este sentido: “No se trata de un simple debate académico, pues la caracterización de cualquier conflicto hoy en el mundo tiene de inmediato connotaciones políticas, militares y jurídicas tanto en el ámbito interno como internacional”49, escribía Eduardo Pizarro en 2002. Podríamos decir que la noción de “violencia” o “violencias” como significante exclusivo de un campo de estudio se reveló insuficiente en los primeros años 2000, no solo por el nuevo carácter de la confrontación experimentado en los años 90, cuando se fortalecieron de modo sensible las guerrillas y se unificaron los grupos paramilitares, sino por el diálogo con la ciencia política internacional que incluía el caso colombiano dentro de otros conflictos armados de carácter no internacional50. Este nuevo sintagma era empleado para referirse a la

48

Elsy Marulanda, Colonización y conflicto. Las lecciones del Sumapaz (Bogotá: iepri, Tercer Mundo editores, 1991); Clara Inés García, Urabá: región, actores y conflicto, 1960-1990 (Bogotá: iner, Cerec, 1996); Peñaranda, “La guerra en el papel…”. Según Peñaranda, el grueso de las interpretaciones de la década de los 90 sobre las violencias contemporáneas tratan sobre sus efectos en la sociedad, los actores armados y el enfoque regional del análisis. En la introducción a Violencia política en Colombia, Fernán González, Ingrid Bolívar y Teófilo Vásquez se refieren al debate sobre la importancia de las causas objetivas y subjetivas de la violencia. Violencia política en Colombia. De la nación fragmentada a la construcción de Estado (Bogotá: Cinep, 2002).

49

Eduardo Pizarro Leongómez, “Colombia: ¿guerra civil, guerra contra la sociedad, guerra antiterrorista o guerra ambigua?”, Análisis político, n.° 46 (2002), 164.

50

Peter Wallensteen y Margareta Sollenberg, “Armed Conflict, 1989-2000”, Journal of Peace Research 38, n.° 5, 2001, citado en Pizarro, “Colombia: ¿guerra civil, guerra contra…”, 165.

p. 317

| 315 | 315 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas proliferación de confrontaciones armadas en el tercer mundo, particularmente asiduas tras el colapso de la Unión Soviética.

En Colombia durante esos años inició una importante discusión sobre si el acontecer violento era o no una guerra civil, ese escenario intelectual permite restituir los análisis sobre la capacidad del concepto de “conflicto armado” de la situación de esos años. Al debate se sumaron autores como Eduardo Posada-Carbó, Iván Orozco y William Ramírez51 y circularon definiciones alternas como “guerra contra la sociedad civil”, “guerra contra los civiles”, “guerra ambigua”, y el reciente “guerra antiterrorista”52. Según William Ramírez, apoyado en las teorizaciones sobre las guerras de la segunda mitad del siglo xx (K.J. Gantzel) y las nuevas guerras de la posguerra fría (Mary Kaldor y Paul Collier), era plausible hablar de guerra civil en Colombia dada la profundidad de las fracturas sociales, con su lejana raíz en la ausencia de un contrato social fundante de la nación. Para él, era una “guerra entre ciudadanos”, que comporta “una violencia contra y entre la población civil”, al decir de Stathis Kalyvas53. En la otra orilla estaban quienes cuestionaban la pertinencia del concepto “guerra civil” para Colombia, soportados en el escaso apoyo social de los actores armados, en la inexistencia tanto de una polarización nacional como de una soberanía escindida o en el contenido del Protocolo (II) adicional a los Convenios de Ginebra, cuyo numeral primero del artículo 2 no dejaba espacio para considerar a los civiles como parte del conflicto, sino que planteaba explícitamente la distinción entre civiles y

51

Eduardo Posada-Carbó, ¿Guerra civil? El lenguaje del conflicto en Colombia (Bogotá: Alfaomega-Ideas para la paz, 2001); Iván Orozco, Combatientes, rebeldes y terroristas: Guerra y derecho en Colombia (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Editorial Temis, 1994); William Ramírez, “Violencia, guerra civil, contrato social”, en VVAA, Colombia cambio de siglo. Balances y perspectivas (Bogotá, IEPRI- Planeta, 2000). Véase Pizarro, “Colombia: ¿guerra civil, guerra contra…” y González, Bolívar y Vásquez, Violencia política en Colombia.

52

Pizarro, “Colombia: ¿guerra civil, guerra contra…”.

53

William Ramírez Tobón, “¿Guerra civil en Colombia?”, Análisis político, n.° 46 (2002). Ramírez cita a Peter Waldmann, “Guerra civil: aproximación a un concepto difícil de formular”, en Peter Waldmann y Fernando Reinares, Sociedades en guerra civil. Conflictos violentos de Europa y América Latina (Barcelona: Paidós, 1999); Mary Kaldor, Las nuevas guerras. La violencia organizada en la era global (Barcelona: Tusquets Editores, 2001); Paul Collier, “Causas económicas de las guerras civiles y sus implicaciones para el diseño de políticas”, El Malpensante, n.° 30 (2001).

p. 318

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 316 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia combatientes54. Según Eduardo Pizarro, “se trata de un conflicto armado interno (inmerso en un potencial conflicto regional complejo), irregular, con raíces ideológicas, de intensidad media, en la cual las principales víctimas son la población civil, y cuyo combustible principal son las drogas ilícitas”55. Este autor se basó en la definición de “conflicto armado interno” del politólogo Steven David: “una confrontación violenta cuyos orígenes echan raíces esencialmente en factores domésticos más que en factores ligados al sistema internacional, y en la cual la violencia armada transcurre esencialmente en los límites de un solo Estado”56.

Paulatinamente, la denominación de conflicto armado iba construyendo una entidad propia y única como objeto de investigación. Fernán E. González, Ingrid J. Bolívar y Teófilo Vásquez publicaron en 2002 Violencia política en Colombia. De la nación fragmentada a la construcción de Estado, en donde intentaron “combinar las interpretaciones pensadas desde los llamados factores objetivos y subjetivos, en una lectura de largo plazo del conflicto armado colombiano desde sus orígenes hasta su evolución reciente, con los consiguientes cambios en las lógicas de sus actores, que tenga en cuenta el contexto de la historia política del país”57. En la primera parte del texto buscaron analizar la dinámica del conflicto en la década del 90, entendido esto como “la descripción y análisis de la evolución reciente de los actores armados, sus acciones y su expansión territorial, tanto en el nivel nacional como en el regional”58. Es decir, el conflicto era entendido como la dimensión militar de la confrontación, similar a como lo habían planteado algunas fuentes desde los noventa. Después, buscaron “enmarcar la evolución reciente del conflicto armado

54

La citada norma señala: “Todas las personas que no participen directamente en las hostilidades, o que hayan dejado de participar en ellas, estén o no privadas de libertad, tienen derecho a que se respeten su persona, su honor, sus convicciones y sus prácticas religiosas. Serán tratadas con humanidad en toda circunstancia, sin ninguna distinción de carácter desfavorable. Queda prohibido ordenar que no haya supervivientes”. cicr. Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional (Ginebra, 1977). Artículo 2.

55

Pizarro, “Colombia: ¿guerra civil, guerra contra…”, 178.

56

Steven David, “Internal War. Causes and Cures”, en World Politics 49, n.° 4 (1997): 576, citado en ibid., 166.

57

González, Bolívar y Vásquez, Violencia política en Colombia, 19.

58

Ibid., 193.

p. 319

| 317 | 317 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas y los cambios de las lógicas de sus actores en el contexto de la historia política del país. Más puntualmente, se trata de leer el conflicto armado a la luz de la específica configuración del Estado y la sociedad de Colombia. Se quiere mostrar que la diferenciación regional del conflicto armado expresa modalidades concretas de ocupación territorial que a su vez se traducen en formas específicas de cohesión social y de articulación con el Estado”59. Es interesante, sin embargo, que el término “conflicto armado” no haga parte del título del libro y se prefiera la denominación de “violencia política”. Podemos inferir que la expresión “conflicto armado” se limita, por parte de estos autores, a una dimensión connotativa de la confrontación armada, mientras que violencia política alude a la comprensión de ese conflicto en la trama de inequidad social y política: “se trata de leer el conflicto armado a la luz de la específica configuración del Estado y la sociedad de Colombia”60. Este es solo un ejemplo de cómo el concepto “violencia” demostraba su plasticidad y su vigencia, y de que la acepción de conflicto armado anterior a la adopción en Colombia del Protocolo II de Ginebra –más politológica– estaba en plena forma.

Tercer momento: cuestionamientos al sintagma “conflicto armado” La introducción de estándares internacionales que incorporan el desarrollo de conceptos como “combatiente” y “sociedad civil” alimentó la inquietud por caracterizar de formas mucho más precisas a los actores de dicho conflicto armado. Y, de hecho, este debate creció entre la puja por reconocer al paramilitarismo como un “tercer actor” en el conflicto y la negación del carácter político de la insurgencia armada61. Luego del fracaso de las conversaciones de paz del Caguán, el nuevo Gobierno nacional, liderado por Álvaro Uribe, comprendió a la subversión como un actor terrorista, encaminándose a cuestionar el uso del sintagma “conflicto armado” para

59

Ibid., 193-194.

60

Ibid., 194.

61

Proyecto Colombia Nunca Más, 17.

p. 320

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 318 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia referirse al acontecer violento en Colombia. Esta estrategia se desplegó en dos vías: por un lado, para evadir las obligaciones estatales frente al derecho internacional humanitario; y por el otro, para desacreditar públicamente los intereses políticos de la insurgencia, caracterizando su accionar como terrorista62. Así lo reseñaron algunas organizaciones: El gobierno colombiano incumple sus compromisos internacionales en materia de derechos humanos […] el gobierno ha presentado un proyecto de reforma constitucional con miras a darle piso al Estatuto antiterrorista […] El X Foro de los derechos humanos condena todas las expresiones de terrorismo. La lucha contra este fenómeno no puede ser el pretexto para justificar la represión, la criminalización de la protesta social y la persecución a los opositores […]. El X Foro llama a las partes del conflicto a respetar, efectivamente las normas del derecho humanitario y a garantizar que la población civil no sea objeto de ataques indiscriminados63. A pesar del llamado reiterado de las organizaciones sociales a reconocer la existencia del conflicto armado en el país, como condición para su humanización, la tesis promovida desde la Presidencia de la República fue una de las claves de la seguridad democrática. Algunos medios utilizados para la divulgación de esta tesis fueron reproducidos por Francisco Jiménez y Álvaro González, así: “Los funcionarios recibieron la instrucción pública de que en ningún documento se incluyera la palabra ‘conflicto’; las Embajadas fueron advertidas formalmente; la palabrita se eliminó del Plan de Desarrollo y del Plan 2019-Visión Colombia; en la televisión y en los consejos comunitarios no se podía hablar sino de ‘terroristas’ y ‘bandidos’, las ong fueron censuradas, y hasta Semana despidió a un columnista por haber dicho dos veces que en Colombia sí había conflicto armado”64.

62

“Sí hay guerra, señor presidente”, Semana, 05 de febrero de 2005.

63

Declaración final del X Foro por los Derechos Humanos, 24-26 de abril de 2003. Tribuna Internacional contra la Impunidad.

64

Francisco Jiménez y Álvaro González, “La negación del conflicto colombiano: un obstáculo para la paz”, Espacios Públicos 15, n.° 33 (2012): 9-34. Ver: “Sí hay conflicto, al fin y al cabo”, El Colombiano, 10 de mayo de 2011; “Uribe da 10 razones para no hablar de conflicto armado”, El Espectador, 7 de mayo de 2011.

p. 321

| 319 | 319 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas El examen de documentos oficiales producidos durante la administración de Álvaro Uribe ofrece un curioso resultado. A pesar del interés de ese gobierno por denominar la situación de confrontación como amenaza terrorista de manera notoria en la prensa, esto no supuso un desuso del sintagma “conflicto armado” en leyes, decretos y planes de desarrollo, como podría suponerse apriorísticamente. No obstante, en comparación con la administración de Andrés Pastrana, su antecesor, y las dos de Juan Manuel Santos, su sucesor, se registra un menor uso de “conflicto armado” en sus planes de desarrollo y demás iniciativas gubernamentales. Tal situación guarda estrecha relación con la forma en que la tesis presentada por la Corte Constitucional, en sentencia C-088 de 1993, acompañó el desarrollo posterior del marco jurídico relacionado con la vigencia del derecho internacional humanitario en el país. Según la Corte:

En lo atinente al tratamiento jurídico de la guerra, el derecho internacional humanitario ha rebasado la regulación del derecho de la guerra, propia del denominado Derecho de la Haya, contenido en los Convenios de 1899 y

1907 (ius ad bellum) y se ha adentrado en los aspectos globales del con-

flicto (ius in bello) con una perspectiva civil y humanitaria, inherente al comúnmente conocido como Derecho de Ginebra.

De la primera corriente son características tanto una perspectiva estatal como una óptica eminentemente reguladora del conflicto. De la segunda son notas distintivas, una perspectiva universal, así como una dimensión civilista y humanizante del conflicto armado mismo y de sus consecuencias65.

La corriente jurídica, estimulada por los desarrollos jurisprudenciales de la Corte, contrasta con los argumentos esbozados hasta 2010 por la Presidencia de la República, según los cuales una de las consecuencias directas del reconocimiento de la existencia de un conflicto armado en el

65

Corte Constitucional, STC C-088.

p. 322

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 320 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia país era la legitimación de las agrupaciones insurgentes en tanto actores beligerantes con igualdad de derechos que el Estado. Lo anterior a pesar de que el alegado estatus de beligerancia ya era una figura del derecho internacional que había entrado en desuso, pues a partir de la formulación del Protocolo II adicional en 1977 ya no se le consideraba como requisito para la obligación de respetar el derecho en la guerra (ius in bellum). Al respecto, en contra de toda técnica, Álvaro Uribe afirmaba, incluso meses después de dejar la presidencia, que: “Se está dando una señal sumamente grave, cuando llevamos tanto tiempo combatiéndolos, si ahora buscamos abrir la puerta para un reconocimiento, para que después se pida el estado de beligerancia [...] al manifestar que en Colombia hay conflicto, los guerrilleros calificados de terroristas tomarían la posición de combatientes y al ser capturados se les debe tratar como prisioneros de guerra”66. Lejos de esta interpretación del Derecho Internacional, en su momento Romarick Ferraro, a nombre del cicr, recalcó que el hecho de reconocer la existencia del conflicto armado no implicaba brindar el estatus de beligerancia a las guerrillas. Por el contrario, traería grandes beneficios, entre ellos la claridad jurídica, ya que es mucho más fácil determinar la situación de las personas vinculadas al conflicto armado como combatientes o víctimas que tienen un grado de protección mayor67. Cuarto momento: predominancia del sintagma conflicto armado La obra del Grupo de Memoria Histórica (gmh), nacido en 2007 y adscrito a la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (cnrr) creada por

66

“Las farc no tendrían estatus beligerante”, El País, 05 de mayo de 2011. Al respecto, la Corte Constitucional desde 1995 ya había señalado: “como en un conflicto interno, en principio los alzados en armas no gozan del estatuto de prisioneros guerra, se entiende el sentido de una disposición destinada a procurar que la autoridad en el poder conceda una amnistía lo más amplia posible, por motivos relacionados con el conflicto, una vez concluido el mismo, ya que de esa manera se puede lograr una mejor reconciliación nacional”. Corte Constitucional de Colombia, STC C225 del 18 de mayo de 1995. Magistrado ponente: Alejandro Martínez Caballero.

67

Ibid.

p. 323

| 321 | 321 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas la Ley de Justicia y Paz (2005)68 ejemplifica cómo el viraje conceptual hacia “terrorismo” como expresión privilegiada durante el gobierno Uribe no tuvo mayor acogida. Frente a un contexto político en el que se intentó conjugar “la seguridad democrática y la reconciliación nacional” con la emergencia de la justicia transicional, el gmh, en cumplimiento de un deber de memoria, puso en primer lugar ya no la voz de los expertos, sino la de las víctimas69.

Siguiendo a Jefferson Jaramillo Marín, el trabajo del gmh trascendió el marco simbólico del gobierno y de la Ley de Justicia y Paz, que concebía “un pasado homogéneo, un pasado de terrorismo, provocado por los grupos armados ilegales”. Dicho pasado nacía en 1964 con el surgimiento de las guerrillas y terminaría en 2005, con la desmovilización paramilitar. Pero el gmh “trató de dar cuenta de las nuevas manifestaciones de la guerra en Colombia, en especial de la guerra de masacres, pero extendiendo el marco temporal al periodo comprendido entre 1958 y 2012, para producir una narrativa del conflicto armado, a partir del esclarecimiento” de lo sucedido. El trabajo del gmh mostraría que “no hay un pasado homogéneo, sino varios pasados de terror, provocados por diversos actores, entre 1958 y 2012”70. Según Jaramillo Marín, “El Grupo de Memoria Histórica realizó un diagnóstico que mezcló la macropolítica de la guerra con la micropolítica y la biopolítica de las masacres”, haciendo “eco de las narrativas humanitarias y a los discursos transicionales en boga”71. Fue el proceso de formación y expedición de la Ley 1448 de 2011, también llamada Ley de Víctimas, el que refrescó el debate en torno a la manera en que debía denominarse el fenómeno de violencia experimentado en Colombia. Durante dicho proceso, la participación de organizaciones sociales, defensoras de los derechos humanos y de las víctimas procuraba el reconocimiento de todas las víctimas y la responsabilidad de todos los actores, con lo cual se contribuyó a zanjar el debate en torno

68

Jaramillo, Pasados y presentes de la violencia en Colombia.

69

Ibid.

70

Ibid., 214-215.

71

Ibid., 214-215, 230.

p. 324

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 322 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia a la existencia del conflicto armado. Para Arturo Mujica, abogado de la Comisión Colombiana de Juristas, el reconocimiento de la existencia del conflicto armado, a propósito de la expedición de la Ley de Víctimas, “Es reconocer que el paramilitarismo, la guerrilla y el propio Estado producen víctimas. Esta sería la primera vez que se hace un reconocimiento político, pues acá hasta ahora los gobiernos han tenido posiciones ambiguas”72. El gmh, que nació durante la administración Uribe, fue el inicio para la creación, con la Ley de Víctimas en 2011, del Centro Nacional de Memoria Histórica (cnmh) impulsado por el gobierno de Juan Manuel Santos, momento de transición en el que perdió vigor la “lucha antiterrorista” enmarcada dentro de la política de seguridad democrática. Como todas las obras analizadas, el cnmh tuvo que trabajar en un contexto de confrontación armada entre las guerrillas y el Estado, pero ahora con la emergencia de bandas criminales herederas del paramilitarismo. Enfrentaba así el desafío de hacer memoria en medio del conflicto, diferente a lo ocurrido en otros periodos y a otros ejercicios de memoria internacionales: “El conflicto y la memoria –lo muestra con creces la experiencia colombiana– no son elementos necesariamente secuenciales del acontecer político-social, sino rasgos simultáneos de una sociedad largamente fracturada”73. En este párrafo del prólogo de ¡Basta Ya! Memorias de guerra y dignidad, la obra seminal del cnmh publicada en 2013 que ha servido de marco general de una serie de informes sobre esclarecimiento, se aprecia cómo el conflicto ya no requiere el adjetivo “armado” o “armado interno” para denominar al acontecimiento violento, lo que prueba la aceptación y la extensión del concepto. La obra, sin embargo, recurre de un modo constante a la noción de guerra para notar la magnitud de las vulneraciones a los derechos humanos y los profundos daños en la sociedad colombiana, desde el título general de la obra, hasta los de varios de sus capítulos como “Una guerra prolongada y degradada. Dimensiones y modalidades de violencia” o

72

“¿Qué significa el reconocimiento del conflicto armado por parte del Gobierno?”, Semana, 3 de mayo de 2011.

73

Centro Nacional de Memoria Histórica, ¡Basta ya! Memorias de guerra y dignidad (Bogotá: CNMH,

2013), 13.

p. 325

| 323 | 323 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas “Guerra y justicia en la sociedad colombiana”. Hay párrafos, como el siguiente, en donde se alteran uno y otro:

El informe permite confirmar que entre 1958 y 2012 el conflicto armado ha ocasionado la muerte de por lo menos 220.000 personas, cifra que sobrepasa los cálculos hasta ahora sugeridos. A pesar de su escalofriante magnitud, estos datos son aproximaciones que no dan plena cuenta de lo que realmente pasó, en la medida en que parte de la dinámica y del legado de la guerra es el anonimato, la invisibilización y la imposibilidad de reconocer a todas sus víctimas. Además de la magnitud de muertos, los testimonios ilustran una guerra profundamente degradada, caracterizada por un aterrador despliegue de sevicia por parte de los actores armados sobre la inerme población civil. Esta ha sido una guerra sin límites en la que, más que las acciones entre combatientes, ha prevalecido la violencia desplegada sobre la población civil74.

La expedición de la Ley de Víctimas en 2011 cristalizó la adopción del sintagma “conflicto armado” como una forma de reconocer a todas las víctimas generadas con ocasión del mismo, pero separando tajantemente a aquellas personas afectadas por el accionar de la delincuencia común. Para organizaciones de la sociedad civil como indepaz, esta situación no debía ser tomada tan a la ligera, pues el hecho de que las organizaciones herederas del paramilitarismo (denominadas “Bandas Criminales”, bacrim para ese momento) fueran consideradas como grupos armados ilegales (o de delincuencia común) cerraba la posibilidad para que sus víctimas fueran reconocidas, con lo que se abrió un nuevo escenario de disputa. indepaz reclamaba la necesidad de aclarar, por vía de un análisis de constitucionalidad, “hasta dónde llega la expresión ‘en ocasión’ del conflicto armado, entendiendo que ese conflicto armado no solo se refiere a las confrontaciones entre armados, sino que es la expresión militar de conflictos de

74

Ibid., 20.

p. 326

Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 324 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia poder político y económico que involucra a muchos otros actores y grupos que no intervienen directamente en las operaciones militares”75. Durante el periodo presidencial de Juan Manuel Santos se registra un incremento considerable en el uso de “conflicto armado” y “violencia” en las distintas fuentes oficiales, como planes de desarrollo, leyes e informes. Esto puede obedecer a la intención de este gobierno por adelantar conversaciones de paz, las cuales pasaban por comprender esta situación bajo los marcos del derecho internacional humanitario y las leyes de orden público vigentes. Sin embargo, llama la atención cómo el concepto de violencia sigue operando como un sinónimo o como una forma de referir a fenómenos diversos pero simultáneos que encuentran puntos de articulación. No obstante, esta cimentación conceptual no ha estado desprovista de discusiones. En el informe solicitado por la Mesa de Conversaciones de La Habana, en 2015, dos de los ensayistas, Francisco Gutiérrez y Javier Giraldo, propusieron los conceptos de “guerra civil” y “guerra” como los más apropiados para nombrar a los acontecimientos. Para Giraldo: La violencia política colombiana de las últimas cinco décadas debe caracterizarse como guerra. No se trata de la irrupción numerosa de fenómenos de delincuencia común o bandolerismo, ni expresiones de violencia unilateral llevada a cabo por los grupos insurgentes o por las fuerzas armadas del Estado, ni tampoco de algún tipo de violencia espontánea. Que a lo largo de este tiempo no hayan existido consensos firmes acerca de su caracterización tanto en el Estado –que utilizó categorías como alteración del orden público, subversión, conflicto armado, terrorismo, entre otras– como entre los académicos nacionales –que hemos usado nociones como violencia, insurgencia, guerra irregular, conflicto armado, guerra civil– es una prueba de las limitaciones de unos y otros y, sobre todo, de la complejidad y variabilidad que ha tenido. Los observadores internacionales,

75

La posición de indepaz incluyó la propuesta de interpretar los análisis realizados por la Corte Constitucional en la Sentencia T-025 de 2004 y en el Auto 004 de 2009, como el reconocimiento jurisprudencial del concepto de “procesos conexos” al conflicto armado. Según indepaz, con la adopción de este término, los fenómenos de criminalidad común quedarían incorporados a la expresión “con ocasión del conflicto armado”. Ver: indepaz, “Las víctimas en la ley de víctimas”, Punto de encuentro, n.° 55 (2011): 12.

p. 327

| 325 | 325 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Estados, prensa y academias, sin embargo, han mantenido un consenso más firme acerca de que la situación colombiana trata de una guerra76. La discusión planteada por estos autores se presenta en un momento singular en el cual existe cierta sensación de finalización de la confrontación tras el Acuerdo de Paz con las farc-ep a pesar de las continuidades del acontecer violento experimentadas en diferentes regiones del país. Esta propuesta es un índice y factor de posibles desplazamientos que pueden configurarse en torno a la comprensión de la confrontación en lo inmediato. Señala allí un hecho interesante y es cómo la violencia, difusa y en múltiples relaciones sintagmáticas, dificultó la comprensión de la singularidad del fenómeno. Posiblemente, en la década de los 90 la noción de conflicto armado trató de delimitar un campo específico que permitiera diferenciar semánticamente la violencia política de otro tipo de violencias. No obstante, como lo señalan los informes de esta comisión, la disputa no está cerrada y, posiblemente, el reciente informe de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad brinde nuevos elementos para el debate. A modo de cierre Hemos mostrado cómo los diferentes agentes estudiados, actores institucionales, organizaciones sociales y sectores de la academia, se hallan inmersos en la discusión sobre cuál debe ser la forma de denominar el acontecer violento en Colombia. Esta disputa discurre en paralelo a una confrontación que no cesa. La desmovilización de los grupos paramilitares entre los años 2004 y 2006 dio paso a un rearme de buena parte de esas estructuras, en lo que en su momento se llamó “bacrim”; además, la persistencia del eln y la articulación de una disidencia de las farc-ep, guerrilla que firmó la paz con el gobierno de Santos en 2016, son expresiones de la intensidad y profundidad de la disputa por el monopolio de la fuerza. Esto pone de manifiesto la dificultad de narrar acontecimientos

76

Jorge Giraldo Ramírez, “Política y guerra sin compasión”, en Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas (2015), 451.

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Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 326 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia que ocurren simultáneamente con el acto de interpretación y elaboración simbólica. Esta es la dificultad intrínseca de narrar la historia contemporánea. Sin duda esta es una condición inevitable del quehacer del historiador, pues: “Hemos de aprender entonces forzosamente a lidiar con la paradoja de que una historia que se genera tan solo en el transcurso del tiempo es siempre diferente de aquella que se declara «historia» con fuerza retroactiva. A esto se añade que tal diferencia se reabre continuamente. En efecto, dado que la historia real continúa su marcha, toda historia ya reconstruida científicamente constituye una anticipación a su propio momento de incompletitud. […] La diferencia entre la historia real y la historia interpretada se reproduce de nuevo de forma permanente”77. Es decir, la elaboración narrativa de los acontecimientos es un proceso que siempre está abierto, máxime cuando aquello que se narra es un proceso continuo que no ha tenido un cierre definitivo. Esta dificultad se exacerba cuando se considera que los académicos, políticos y líderes que tercian en el debate no son meros observadores, sino que simultáneamente con su rol de intérpretes ofician como agentes de cambio y transformación. Es decir, al ofrecer alternativas de denominación del acontecer, estos intérpretesagentes ponen en juego sus propios intereses políticos y sus convicciones para tratar de influenciar la discusión. Esto hace evidente que la disputa alrededor de los conceptos y las categorías adecuadas para narrar lo acontecido en Colombia trasciende el ámbito de lo puramente nominal, pues se trata de un acto propiamente político en el que los distintos agentes intentan situar sus conceptos y sus respectivos contenidos semánticos en el ámbito del debate público.

Aunque el informe ¡Basta Ya! priorizó el uso de “conflicto armado” como expresión para denominar este acontecer, el subtítulo del libro lo presentaba como unas “Memorias de guerra y dignidad”. Esto no significa que el debate nominalista haya perdido importancia, sino que tanto la violencia como la guerra siguen siendo términos presentes en el debate público. Vale recordar que el concepto de “conflicto armado” tiene dos

77

Koselleck, Sentido y repetición en la historia, 102.

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| 327 | 327 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas vertientes semánticas, una que se circunscribe a la denotación de los actores armados que se disputan el poder, y otra de carácter humanitario, con origen en la legislación internacional, que dota al concepto de un sustrato ético. La distinción entre una y otra puede ser meramente analítica, debido a que el reconocimiento de las partes en conflicto y su beligerancia tiene implicaciones a la hora de buscar soluciones negociadas a la confrontación, así como poner límites que distinguen y excluyen a la población civil de la arremetida de los grupos armados. Pero el conflicto también tiene un correlato social. Al describir una relación entre dos partes (conflictiva), el concepto de conflicto es susceptible de incorporar intereses, razones y causas que explican los acontecimientos violentos. Desde el comienzo del estudio los adjetivos “social” o “económico”, se usaron para explorar las tensiones que explicaban la confrontación.

El informe Colombia: violencia y democracia de 1987 usó los términos “violencia socioeconómica”, “violencia sociopolítica” y “violencia sociocultural”, pero estos cayeron en desuso. Actualmente, rara vez se utilizan para denominar las relaciones inequitativas y las acciones represivas que caracterizan la interacción entre el Estado y la sociedad. A finales de los años 90, el término “violencia” cedió terreno para dar espacio al de “conflicto armado”; sin embargo, el concepto de “violencia” nunca desapareció: llama la atención la capacidad que ha tenido este vocablo para perseverar en las casi tres décadas de este estudio, lo que nos invita a preguntarnos cómo continúa determinando nuestros marcos interpretativos. La plasticidad del concepto de violencia puede deberse a su relación con la realidad primaria del acto violento. Véase cómo, a lo largo de este capítulo, inclusive, se alude a los hechos victimizantes o de la confrontación armada en primer lugar como “acontecer violento”, para distinguirlos de otros estadios de la interpretación, en donde se definirán como “conflicto armado” o “guerra”. Además, “violencia” se ha expandido para denominar ataques contra los derechos humanos que van más allá del derecho a la vida. Hoy es común escuchar hablar de “violencia simbólica”, por ejemplo, sin que por ello se pierda relación primaria y única con los actos físicos contra la dignidad humana.

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Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 328 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia Esta gran elasticidad del concepto de violencia tiene consecuencias notables en la comprensión de la situación de derechos humanos en Colombia. Si múltiples fenómenos pueden ser cobijados por este, si todo es violencia, hay un gran riesgo de perder eficacia explicativa frente a lo que sucede. Es allí donde la palabra conflicto ha ofrecido, al menos, la posibilidad de incorporar los desequilibrios en las relaciones de poder entre actores armados y de estos con actores de la sociedad civil. Es plausible argumentar que “violencia” se trata de un concepto con menos poder discriminativo que otros como “conflicto” y “guerra”. Una posible explicación puede ser que el vocablo “violencia” ha sido una clave de interpretación del acontecer violento colombiano durante varias décadas, y por eso mismo, se ha utilizado para subsumir las experiencias más disímiles, tanto por su distancia en el tiempo como por su distancia geográfica y las características específicas a cada una. Esta interpretación conduce a preguntarse qué tienen en común, por ejemplo, la violencia partidista de mitad del siglo xx y la violencia desatada en la década de los ochenta. Desde un punto de vista epistemológico, para que el uso del concepto violencia no sea vacío, debería tener rasgos comunes entre las dos formas de acontecer violento, de lo contrario, se estaría incurriendo en una falacia nominalista en la cual dos formas de experiencia muy disímiles se rotulan con un mismo vocablo. De otro lado, es posible considerar que “violencia” hace referencia a una experiencia más primaria que la del “conflicto” o la “guerra”. A pesar de que es evidente que el contenido semántico de los conceptos se desprende –e influencia– el contexto histórico en el cual ellos se utilizan, es necesario acudir a instancias de construcción de sentido transhistóricas, o trascendentales en sentido kantiano, que permitan pensar unas coordenadas de sentido estables de la experiencia humana. En ausencia de tales coordenadas, no sería posible para nosotros entender la experiencia ajena, pues no existiría nada en común con lo que otros experimentan. En distintos momentos de su carrera, Koselleck denominó a estas coordenadas como “condiciones de posibilidad de los acontecimientos y la narración” y como “estructuras de repetición [Wiederholungsstrukturen] en el lenguaje y en la historia”, cuyo estudio subsumió bajo una disciplina

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| 329 | 329 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas que llamó la Histórica [Historik]78. Seguimos a Koselleck al afirmar que existen experiencias antropológicas fundamentales con las cuales todo ser humano se encuentra familiarizado. Como clave de interpretación, se pueden postular una serie de categorías dicotómicas que codifican los extremos entre los cuales se puede desenvolver la experiencia humana. Por ejemplo, una experiencia universal humana es la conciencia de nuestra eventual muerte, aunada a la conciencia de que para preservar nuestra propia existencia podemos matar a otros sujetos. A esta pareja de condiciones trascendentales Koselleck las denominó tener que morir-poder matar79. Por medio de ellas codificó la conciencia que cada uno tiene de su propia mortalidad y de la mortalidad del otro, atravesadas por la amenaza constante de ejercer violencia o de ser víctima de una violencia ejercida. Bajo esta óptica, se podría decir que, en el caso colombiano, el concepto de “violencia” es pervasivo y se resiste a desaparecer porque con él se hace referencia a una experiencia antropológica fundamental sobre la cual se fundan otras formas de coacción y confrontación, como el “conflicto” y la “guerra”. Por eso mismo, violencia se erige como una categoría de análisis fundamental, pero, por su carácter elemental, de poco poder discriminativo. Otras apuestas como “conflicto” y “guerra” funcionan como un intento por cualificar los acontecimientos dentro de unos contenidos semánticos más restringidos y hacen alusión a otros estratos de la experiencia social colombiana.

Lo anterior puede ejemplificarse al considerar la manera en que La Violencia fue asumida durante los años 60 para aludir de manera directa a la confrontación bipartidista de mitad de siglo en el país. No obstante, avanzada la década de 1980, a propósito de la publicación del informe Colombia: Violencia y democracia se advierte una cierta abstracción del significado asociado al término violencia, de tal forma que, en aras de

78

En Historik und Hermeneutik [Histórica y hermenéutica], de Gadamer y Koselleck, se encuentra la formulación más sistemática de Koselleck de los alcances y propósitos de esta disciplina (67-85). De otra parte, la idea de las estructuras de repetición se halla en un ensayo titulado Wiederholungsstrukturen in Sprache und Geschichte [Estructuras de repetición en el lenguaje y en la historia], publicado en español en el año 2013 en el libro Sentido y repetición en la historia (págs. 125-162).

79

Hans-Georg Gadamer y Reinhart Koselleck, Histórica y hermenéutica (Paidós: Barcelona, 1997), 74.

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Camilo Corredor Collazos Anderson Vargas Coronel Nicolás Peña Aragón Zulma Romero Leal | 330 Acontecimiento y narración. La disputa nominalista en torno al conflicto armado en Colombia precisar el alcance de violencia, hubo un uso recurrente de sintagmas como: violencia estructural, violencia política, violencia cotidiana, etc. Esta trayectoria del término violencia contrasta con la incorporación de “conflicto armado”, el cual nace como sintagma en un plano jurídico que pareciera otorgarle cierta neutralidad descriptiva, pero que, al ser sometido a un contexto particular como el colombiano, adquiere ciertas connotaciones sociopolíticas que lo ubican en medio de una disputa que, a su vez, lo sumerge en un proceso que pasa por su politización y democratización en dos momentos concretos. Primero, durante los debates sobre la ratificación del Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra (a inicios de la década de 1990); y segundo, durante la puesta en marcha y desarrollo de la política de seguridad democrática a lo largo de los años 2000.

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Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 332 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia Introducción Este capítulo parte de una premisa inicial: la Cátedra de la Paz, promovida por el Ministerio de Educación Nacional (men), es un espacio privilegiado para impulsar la construcción de una sociedad democrática, incluyente y en paz. Bajo este norte, el presente trabajo recoge un acumulado de reflexiones desarrolladas por el Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz de la Universidad Nacional de Colombia, estructuradas en una propuesta de comprensión de la paz que enriquecerá la discusión pública sobre la necesidad de hallar salidas al conflicto armado en Colombia. Justamente, este trabajo centra sus objetivos en renovar el espacio educativo de la Cátedra de la Paz, proponiendo una hoja de ruta que sitúa en el centro del debate a la paz, sus atributos, sentidos y prácticas. Además, sostenemos que una nueva comprensión de la paz puede abrir nuevos horizontes para pensar críticamente el conflicto armado, sus actores, discursos y nociones, bajo el prisma de una variedad de aspectos históricos, conceptuales, creativos, éticos y de memorias que confluyen en la construcción de la paz, como también de una práctica que promueva el trabajo, el diálogo y la mediación. En resumen, es una propuesta de orientaciones para fomentar, desde las aulas escolares, una perspectiva de la paz que contribuya a superar las dinámicas violentas que se han evidenciado en el conflicto armado.

1. Orígenes, desarrollo y nociones de la

Cátedra de la Paz La Cátedra de la Paz es el resultado de diversas iniciativas ciudadanas y políticas para crear un espacio formativo dentro del sistema educativo colombiano. Esta Cátedra se sanciona con la Ley 1732 de 2014 y se reglamenta bajo el Decreto 1038 de 2015 con el propósito de “garantizar la

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| 333 | 333 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas creación y el fortalecimiento de una cultura de paz en Colombia”1. Como espacio educativo promueve la apropiación de conocimientos ligados a la comprensión del territorio, la realidad económica, la memoria histórica, el aprendizaje y el diálogo sobre la cultura de paz y el desarrollo sostenible, “que contribuya al bienestar general y el mejoramiento de la calidad de vida de la población”2.

Los contenidos de la Cátedra, de acuerdo al decreto reglamentario, indican que los establecimientos educativos tienen autonomía para desarrollar la Cátedra, teniendo en cuenta al menos dos de las siguientes temáticas: a) Justicia y Derechos Humanos; b) Uso sostenible de los recursos naturales; c) Protección de las riquezas culturales y naturales de la Nación; d) Resolución pacífica de conflictos; e) Prevención del acoso escolar; f) Diversidad y pluralidad; g) Participación política; h) Memoria histórica; i) Dilemas morales; j) Proyectos de impacto social; k) Historia de los acuerdos de paz nacionales e internacionales; y, l) Proyectos de vida y prevención de riesgos3.

La orientación y los enfoques de estos contenidos y el ordenamiento legislativo vienen a apoyar las iniciativas que surgen desde la Ley 115, conocida como la ley general de educación de 1994, la cual incorporó los lineamientos de la nueva constitución política de Colombia de 1991. Uno de los fines de la educación allí consignados fue “promover la formación para el respeto a la vida y a los demás Derechos Humanos, a la paz, a los principios democráticos, de convivencia, pluralismo, justicia, solidaridad y equidad, así como en el ejercicio de la tolerancia y de la libertad”4. Estos aspectos favorecieron la difusión y promoción de diferentes planes y programas sobre derechos humanos, convivencia y competencias ciudadanas

1

Congreso de la República de Colombia. Artículo 1. Ley 1732 de 2014. Por la cual se establece la Cátedra de la Paz en todas las Instituciones educativas del país. https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=59313

2

Ibid., artículo 1, parágrafo 2. Congreso de la República de Colombia. Artículo 2. Decreto 1038 del 25 de mayo 2015. Por el cual se reglamenta la Cátedra de la Paz. https://www.funcionpublica.gov.co/eva/ gestornormativo/norma.php?i=61735

3

Ibid., artículo 3.

4

Congreso de la República de Colombia. Artículo 5. Ley 115 del 8 de febrero de 1994. Por el cual se expide la ley general de educación. Diario oficial 41 214. http://www.secretariasenado.gov.co/senado/basedoc/ ley_0115_1994.html

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 334 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia en las escuelas del país. Un aporte que, a su vez, también fue propiciado desde diferentes movimientos sociales de finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, que promovieron el derecho a la verdad, la memoria histórica ante el drama de la desaparición forzada y otras violencias derivadas del conflicto armado.

Otra de las bases que dieron paso a la creación de la Cátedra fue el trabajo de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (cnrr)5 –creada bajo la Ley 975 de 2005– y la institución del Centro Nacional de Memoria Histórica (cnmh) en 2011, los cuales han aportado a la creación de una pedagogía en las aulas sobre la memoria del conflicto armado. El cnmh ha generado, en más de una década de trabajo, publicaciones en texto, audio, video y transmedia sobre el esclarecimiento del conflicto y las prácticas de resistencia de las comunidades afectadas por la violencia, promoviendo una pedagogía para la apropiación social y la No Repetición del conflicto, mediante alianzas con centros educativos de básica, media y universidades. Asimismo, ha apoyado iniciativas pedagógicas de la sociedad civil y otros grupos de investigación6. Estas instituciones plantearon preguntas por la verdad del conflicto armado, la importancia y el valor del testimonio de las víctimas y el lugar de la memoria en las reivindicaciones del presente, convirtiéndose en instrumentos esenciales para la comprensión de las condiciones que hicieron posible el conflicto como para crear escenarios de reconciliación y No Repetición. Igualmente, estas iniciativas obligaron a incorporar enfoques diferenciales desde los territorios que identificaran y reconocieran las particularidades de esas historias locales. Finalmente, el compromiso de estas instituciones con la divulgación de

5

Durante la vigencia de ocho años de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), esta institución desarrolló algunas actividades sobre la memoria histórica y programas nacionales de pedagogía de la reconciliación. El intercambio de experiencias con diferentes secretarías de educación impulsó procesos restaurativos simbólicos. Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. Plan de acción 2007-2008. Acceso 15 de octubre de 2022, https://biblioteca.corteidh.or.cr/documento/58775

6

Según el artículo 146 de la ley 1448 de 2011 y decreto 4803 de 2011. Congreso de la República de Colombia. Ley 1448 de 2011. Por la cual se dictan medidas de atención, asistencia y reparación integral a las víctimas del conflicto armado interno y se dictan otras disposiciones. Diario oficial 48 096. http://www. secretariasenado.gov.co/senado/basedoc/ley_1448_2011.html. Congreso de la República de Colombia. Decreto 4803 de 2011. Por el cual se establece la estructura del Centro de Memoria histórica. Diario oficial 48 289. http://www.secretariasenado.gov.co/senado/basedoc/decreto_4803_2011.html

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| 335 | 335 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas sus hallazgos las ha llevado a explorar diversas iniciativas mediáticas, desde los medios tradicionales hasta los transmedia, y a diseñar importantes herramientas pedagógicas, tales como documentales y cajas de herramientas para la educación en la memoria histórica.

A su vez, el contexto de los diálogos de paz con las farc y el gobierno, entre los años 2014 y 2016, impulsó la necesidad de crear una Cátedra de la Paz que se impartiera en todas las instituciones educativas del país. Las expectativas que se incluyeron en la Cátedra fueron múltiples, entre ellas se afirmaba la necesidad de formar desde las aulas a las nuevas generaciones en los tiempos de paz venideros. De allí que diversos actores sociales y políticos, aun de partidos e ideologías opuestas, consideraron que la Cátedra era un escenario fundamental para potenciar la paz que se estaba promoviendo desde el Congreso7.

Ahora bien, la noción de paz que se desprende de esta legislación sobre la Cátedra se caracteriza por su énfasis normativo (fundada en valores, competencias y cultura ciudadana), que se vincula con el establecimiento de una propuesta de ciudadanía que, si bien busca promover el respeto de las normas y la institucionalidad, carece de estrategias que permitan a los jóvenes comprender las raíces de la conflictividad local y nacional, así como de empoderarse para ser agentes de paz en sus comunidades. A esta perspectiva se le suma un carácter moral de la noción de paz, fundamentada en el cumplimiento de los deberes ciudadanos, la cohesión de la familia nuclear, los valores patrióticos y la instrucción cívica. A pesar de que la Cátedra de la Paz se perfiló desde su origen con altas expectativas de transformación social, durante su implementación surgieron dificultades que exploraremos a continuación.

7

El proyecto de ley fue radicado el 13 de marzo de 2014 por parte de los senadores Efraín Cepeda, Juan Lozano y Juan Mario Laserna. Se llevaron a cabo cuatro debates y varias conciliaciones en Senado y Cámara de Representantes. La sanción como ley se llevó a cabo el primero de septiembre de 2014.

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 336 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia

2. Dificultades en el diseño, contenidos e

implementación de la Cátedra de la Paz. Un déficit analítico sobre la historia del conflicto armado Una de las principales dificultades en la implementación de la Cátedra de la Paz se encuentra en la misma normativa. Al dejar abierta la posibilidad de escoger el contenido formativo de la Cátedra, mayoritariamente se ha direccionado hacia un registro de disminución del acoso y la violencia escolar dentro de la planeación de las instituciones educativas, tanto públicas como privadas. El octavo artículo estipula que los encargados de realizar el seguimiento y la veeduría al cumplimiento de los objetivos de la Cátedra no es el Consejo Académico, como en el resto de asignaturas, sino los Comités de Convivencia Escolar8. Esto ha provocado que la Cátedra, como espacio formativo, haya sido relegada a un lugar secundario –o inferior–, ya que no se encuentra al nivel de las asignaturas que son evaluadas en los Consejos Académicos de las instituciones educativas9. Como resultado, la veeduría del cumplimiento de los objetivos de la Cátedra de la Paz por parte de los Comités de Convivencia ha provocado que esta se haya diluido en un espacio adicional en el que se tratan las temáticas que regularmente abordan dichos Comités: mitigación de la violencia y acoso escolar, al igual que educación para el ejercicio de los derechos humanos, sexuales y reproductivos10. Según un informe de

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Artículo 8°. Lineamientos y articulación con el Sistema Nacional de Convivencia Escolar. Los Comités de Convivencia Escolar, definidos en la Ley 1620 de 2013, en sus niveles nacional, territorial y Escolar, realizarán seguimiento a lo dispuesto en el presente decreto; a fin de asegurar que la Cátedra de la Paz cumpla los objetivos consagrados en el artículo 2° del presente decreto. Congreso de la República de Colombia. Ley 1620 de 2013. Por la cual se crea el Sistema Nacional de Convivencia Escolar y Formación para el Ejercicio de los Derechos Humanos, la Educación para la Sexualidad y la Prevención y Mitigación de la Violencia Escolar. Diario oficial 48 733. http://www.secretariasenado.gov.co/senado/ basedoc/ley_1620_2013.html.

9

Resulta necesario destacar que el Decreto Reglamentario (1860 de 1994) de la Ley General de Educación (Ley 115 de 1994) dictamina que el Consejo Académico se encuentra compuesto por el rector, los directivos docentes y un docente por cada área definida en el Plan de Estudios. Asimismo, tiene entre sus distintas funciones b) Estudiar el currículo, y propiciar su continuo mejoramiento, introduciendo las modificaciones y ajustes previstos en el presente Decreto; c) Organizar el plan de estudios y orientar su ejecución; e) Integrar los consejos de docentes para la evaluación periódica del rendimiento de los educandos para la promoción, asignarles sus funciones y supervisar el proceso general de evaluación.

10

Por ejemplo, al revisar el informe de gestión del Comité Distrital de Convivencia Escolar de Bogotá del 2020, se encuentra que, entre las múltiples actividades desarrolladas, así como los objetivos pactados,

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| 337 | 337 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas seguimiento de la Alcaldía Mayor de Bogotá, en los colegios distritales de la ciudad los docentes desarrollan principalmente las temáticas de paz referidas a la Resolución pacífica de conflictos (81,9 %), mientras se relegan otras temáticas a un segundo plano, como la Memoria Histórica (54,7 %) e Historia de los acuerdos de paz (33,9 %)11.

Esta perspectiva de la paz que tiene la Cátedra también se materializó en el enfoque de las competencias ciudadanas, pues se encuentra no solo en la normativa sino también en las directrices que contienen los materiales publicados por el men. En el 2007, Enrique Chaux y Ana María Velásquez publicaron unas Orientaciones generales para la implementación de la Cátedra de la Paz que se centran en fomentar las competencias ciudadanas, definidas como el conjunto de “conocimientos y de habilidades cognitivas, emocionales y comunicativas” requeridas para que los “ciudadanos […] se relacionen pacíficamente entre sí, […] participen activamente y por medios democráticos en iniciativas que buscan mejorar las condiciones de vida en sus contextos cercanos y en la sociedad en general”12. Esto se conecta con el desarrollo de una cultura de paz, la cual se define como un “sentido y vivencia de los valores, los Derechos Humanos, el Derecho Internacional Humanitario, la participación democrática, la prevención de la violencia y la resolución pacífica de los no aparece referencia alguna al desarrollo de los objetivos propios de la Cátedra de la Paz. Por el contrario, se listan actividades principalmente relacionadas con la prevención de la violencia y el acoso escolar, así como el respeto a los derechos humanos, sexuales y reproductivos, las cuales son las actividades propias de dicho espacio, tal y como lo establece la Ley 1620 de 2013 que creó el Sistema Nacional de Convivencia Escolar. Comité Distrital de Convivencia Escolar, (2020) Informe de gestión. Acceso 3 de mayo 2021. https://www.educacionbogota.edu.co/portal_institucional/sites/default/files/2021-05/ Informe%20de%20Gestion%20Comite%20de%20convivencia%20escolar_firmada.pdf

11

Datos obtenidos del Gráfico 12. Actividades de paz y clima escolar docentes (%). Sistema de seguimiento a la política educativa en los contextos escolares, Principales resultados derivados de la indagación cuantitativa y cualitativa en la consulta a fuentes primarias y la triangulación de resultados (Bogotá: Instituto para la investigación educativa y el desarrollo pedagógico (idep), 2019).

12

Enrique Chaux y Ana María Velásquez, Orientaciones generales para la implementación de la Cátedra de la Paz en los establecimientos educativos de preescolar, básica y media de Colombia (Bogotá: Ministerio de Educación Nacional, 2017), 7. El men define las competencias ciudadanas como “el conjunto de conocimientos y de habilidades cognitivas, emocionales y comunicativas que, articulados entre sí, hacen posible que el ciudadano actúe de manera constructiva en la sociedad democrática”. Ministerio de Educación Nacional, “Competencias ciudadanas”, (2015), acceso 23 de junio de 2021, https://www. mineducacion.gov.co/1621/w3-article-235147.html

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 338 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia conflictos” y con la consolidación de un clima escolar favorable para la convivencia y el aprendizaje13.

Esta concepción de la Cátedra de la Paz también se encuentra en otros materiales publicados de manera oficial y no oficial. Por ejemplo, Catalina Vásquez-Russi concluyó en su balance sobre siete materiales pedagógicos de la Cátedra que todos comparten un enfoque que entiende “la paz y la educación para la paz […] como la formación en valores, ideas, comportamientos y actitudes respetuosas de los Derechos Humanos y conscientes de la importancia de la resolución pacífica de los conflictos”14. Evidenciamos así que la noción de paz que contiene la Cátedra –directrices oficiales, los materiales pedagógicos y la práctica docente en las escuelas– se ha centrado casi que con exclusividad en la formación de valores y comportamientos que buscan la resolución de conflictos en el ámbito escolar.

Aunque esta comprensión de la paz ha contribuido positivamente a la formación ciudadana para la convivencia en las instituciones educativas, presenta limitaciones cuando se consideran los ambiciosos y trascendentales objetivos con que la Cátedra fue concebida. La implementación de la Cátedra se ha reducido a “pacificar” las escuelas, apuntando a erradicar cualquier conflicto –o hecho violento– en las mismas. Sin embargo, consideramos indispensable que la Cátedra vaya decididamente más allá de la visión de la paz entendida como ausencia de violencia escolar. La Cátedra de la Paz no puede reducirse a esto ni tampoco a una llana formación en competencias ciudadanas para la convivencia; en cambio, consideramos más productivo promover un conjunto de estrategias que lleven a la comprensión histórica de la paz y que faciliten el empoderamiento de los jóvenes para que sean agentes de paz.

13

Decreto Reglamentario 1038 de 2015. Artículo 5°. Evaluación. “A partir del año 2016, el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (Icfes) incorporará dentro de las Pruebas Saber 11, en su componente de Competencias Ciudadanas, la evaluación de los logros correspondientes a la Cátedra de la Paz”. A propósito, ver: Ministerio de Educación Nacional, Estándares básicos de competencias ciudadanas. Formar para la ciudadanía… ¡Sí es posible! Lo que necesitamos saber y saber hacer (Bogotá, Colombia: Ministerio de Educación Nacional, 2004).

14

Catalina Vásquez-Russi, “Enseñanzas y aprendizajes sobre la Cátedra de la paz en Colombia”, Educación y Educadores 23, n.°2. (2020): 236.

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| 339 | 339 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas A pesar de este énfasis en el contexto escolar, las directrices oficiales y los materiales pedagógicos de la Cátedra también plantearon que esta abordara el conflicto armado en la escuela. Aunque la historia del conflicto armado no aparezca explícitamente entre las categorías y temas propuestas en la legislación de la Cátedra (Decreto 1038), se puede vincular a la categoría de Memoria histórica y reconciliación que se compone de los temas Memoria histórica e Historia de los acuerdos de paz nacionales e internacionales. Las Orientaciones Generales del men subrayan la necesidad de abordar los eventos históricos relacionados con la violencia y el conflicto armado, así como las iniciativas de resistencia pacífica y construcción de paz. Esto con dos objetivos en mente: el fomento del pensamiento crítico y el desarrollo de valores como la empatía. En suma, las directrices del men consideran que la entrada histórica permitirá que los estudiantes “desarrollen su capacidad para tomar distancia y cuestionar dinámicas sociales (del pasado y del presente) que contribuyen a la violencia y creencias que la legitiman […]. Esta perspectiva también ayuda a comprender los engranajes de la historia que pueden sostener violencias y guerras, y el rol que personas comunes y corrientes pueden llegar a cumplir si se dejan llevar por estos engranajes”15.

Para profundizar y clarificar esas disposiciones generales, el men publicó los Desempeños de Educación para la Paz que van desde el grado de transición hasta undécimo y que se basan en los estándares de competencias ciudadanas. En estos Desempeños podemos observar que se prospecta materializar estas disposiciones generales en las aulas del país. Se propone que en grado décimo se aborde la memoria histórica nacional, que comprende el periodo de 1948-1991, esto por medio del establecimiento del diálogo entre diferentes versiones del conflicto, la violencia y la paz. Simultáneamente, se busca identificar espacios de participación en la construcción de paz en y desde la escuela.

La propuesta educativa se encuentra dividida en cuatro ejes: 1. Liderazgo y paz. En ella se propone examinar el tipo de liderazgo ejercido

15

Chaux y Velásquez, Orientaciones generales…, 23.

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 340 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia por distintos actores políticos y sociales durante el Bogotazo: Jorge Eliécer Gaitán, Mariano Ospina Pérez, las fuerzas militares, entre otros. 2. Identidad y paz. Esta busca indagar el papel de la identidad, los prejuicios y estereotipos del periodo de La Violencia. Pese a lo señalado por estos dos ejes, el documento se desliza hacia la formación en valores y la prevención de la violencia escolar; elementos como la motivación ética, la formación en la tolerancia, la inclusión social y la defensa de los derechos son muestra de ello16. En síntesis, esta orientación no permite la profundización y análisis de un periodo tan complejo y decisivo como el de La Violencia para la comprensión multicausal del conflicto armado. El apartado número 3. Actores del conflicto y constructores de paz tiene como objetivo que los estudiantes comprendan los diferentes intereses –ideológicos, económicos, entre otros– que han sustentado y reproducido la violencia en el país. “Se trata de identificar el papel de la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico en el conflicto armado interno, así como la responsabilidad diferencial que ha tenido en ello el Estado, la sociedad civil, las empresas privadas, los medios de comunicación, entre otros”17. De este modo, se busca que los educadores generen posibilidades de reconocimiento y empatía por las víctimas de la guerra. Deben procurar que los estudiantes tengan elementos de juicio para la comprensión del conflicto interno, en sus dimensiones histórica, política y social. Sin embargo, en la orientación del contenido sobre el conflicto armado, se limitan en proponer una descripción general de los actores del conflicto armado, particularmente desde 1948 hasta la Constitución de 1991, sin ofrecer una explicación convincente de esta delimitación temporal. Este marco temporal excluye los eventos de las últimas dos décadas, al igual que actores

16

Para promover los desempeños de este eje, los autores del libro recomiendan lo siguiente: “Hay suficientes motivaciones éticas y pedagógicas para promover que los alumnos hagan consciencia de ello y de la necesidad de participar, en y desde la escuela, en acciones en contra de la discriminación, los estereotipos, en defensa de los derechos y en pro de la inclusión social”. Enrique Chaux, José Fernando Mejía, Juanita Lleras, David Guáqueta, Andrea Bustamante, Gloria Inés Rodríguez, Paula Andrea Pineda, Alexander Ruiz-Silva, Carolina Valencia, Charlotte Greniez, Daniel García, Sara Victoria Alvarado y Ana María Velásquez, Desempeños de Educación para la Paz. Para ser enriquecidos por los docentes de Colombia (Bogotá: Ministerio de Educación Nacional, 2017), 187.

17

Ibid., 189.

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| 341 | 341 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas fundamentales como los paramilitares, las violaciones de los ddhh, el papel de los líderes comunitarios, las luchas sociales y, en general, la tragedia del conflicto armado en las primeras décadas del siglo xxi. Finalmente, el número 4. Estrategias de construcción de paz en el conflicto interno colombiano se centra en estudiar los diferentes procesos de paz que ha tenido el Estado colombiano con actores armados al margen de la ley, pero sin definir específicamente cuáles acuerdos o negociaciones. Adicionalmente, consideran pertinente que los alumnos vean en su cotidianidad que son sujetos sociales con la capacidad de contribuir a una sociedad más justa, equitativa e incluyente, por lo que sugieren estudiar movimientos sociales o de resistencia civil a favor de la paz. Además, resultan llamativos los estándares de competencias ciudadanas que se vinculan a los anteriores ejes, como: “Expreso empatía ante grupos o personas cuyos derechos han sido vulnerados y propongo acciones solidarias para con ellos”18. Al igual que “Manifiesto indignación (dolor, rabia, rechazo) de manera pacífica ante el sufrimiento de grupos o naciones que están involucradas en confrontaciones violentas. Contribuyo a que los conflictos entre personas y entre grupos se manejen de manera pacífica y constructiva mediante la aplicación de estrategias basadas en el diálogo y la negociación”19. Como se puede ver, estas competencias se mantienen en un registro de valores, comportamientos y emociones orientadas hacia la resolución de conflictos, las cuales no permiten una mayor comprensión del conflicto armado.

Por su parte, instituciones privadas20 y entidades territoriales también sugirieron planes curriculares para la implementación de la Cátedra

18

Ibid., 178.

19

Ibid., 163.

20

Destacamos la Guía para la implementación de la Cátedra de la Paz publicada por la Editorial Santillana y la Pontificia Universidad Javeriana, la cual contiene una sección denominada Proyecto de Paz, en donde se proponen diversas estrategias y actividades para desarrollar las diferentes temáticas de la Cátedra. La relacionada con Memoria Histórica se propone como objetivo general “Fomentar entre los estudiantes la construcción de memoria histórica en su entorno escolar y comunal”, esto por medio de impulsar las investigaciones basadas en la historia oral para la construcción de esta memoria, y se les insta a que identifiquen posibles lugares sobre los que puedan trabajar este tema (colegio, barrio, localidad, etc.) con el fin de realizar una investigación histórica que recoja diversos relatos que se orienten hacia la creación de una cultura de paz. Manuel Salamanca, Mery Rodríguez, Juan Daniel Cruz, Ramiro

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 342 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia de la Paz. Por ejemplo, en el año 2018 la Secretaría de Educación de Bogotá publicó un texto titulado Orientaciones para la implementación de la Cátedra con enfoque de cultura ciudadana. Allí se puede encontrar una sección denominada “Memoria histórica y reconciliación”, la cual desde, una perspectiva amplia, señala que el conocimiento y análisis histórico puede ayudar a comprender las perspectivas de bandos opuestos y contribuir en procesos de perdón y reconciliación. Este documento conecta la violencia armada con la violencia escolar con preguntas llanas como la siguiente: “¿qué relaciones se pueden establecer entre la violencia política y las diversas formas de violencia escolar?”21. Si bien la conexión entre el conflicto armado (y otras formas de violencia social) y la violencia escolar resulta una oportunidad para que los jóvenes exploren la interconexión de la violencia entre espacios macro y micro, la carencia de orientaciones y estrategias pedagógicas concretas puede conducir a asimilar de manera abrupta una a la otra, confundiendo los niveles de análisis e impidiendo la comprensión de dinámicas y mecanismos que se han practicado en el conflicto armado como las masacres, el asesinato selectivo, el secuestro, el drama de la desaparición forzada, la violencia sexual, entre otros, propiciando el desconocimiento de los eventos violentos que han generado millones de víctimas.

Por último, la Subgerencia Cultural del Banco de la República lanzó en el año 2021 un proyecto llamado La paz se toma la palabra, el cual ha creado toda una serie de materiales pedagógicos y didácticos enfocados a que distintos públicos se acerquen a la paz de forma dinámica. Este proyecto incluyó una sección dedicada a la Cátedra de la Paz, que se encuentra compuesta por un conjunto de 44 planeaciones de clase alineadas con estándares básicos para educación básica y media que fueron realizados con el apoyo de la Fundación Memoria y Ciudadanía. Uno de estos módulos, Ovalle, Miguel Ángel Pulido Albarracín y Adriana Molano Rojas, Guía para la implementación de la Cátedra de la Paz (Bogotá: Editorial Santillana S.A.S., 2016), 13 y 23.

21

Laura Acero Penagos, Edisson Aguilar Torres, Francisco Franco Rosas, Carlos Andrés García Castillo, Andrés Eduardo González Santos, Sara Márquez Gutiérrez, Catalina Mora Baquero, Yenny Nieto Mejía, Angélica Rodríguez López, Diana Rocío Rodríguez y Lorena Suárez Fierro, Orientaciones para la implementación de la Cátedra de la Paz con enfoque de cultura ciudadana. (Bogotá: Secretaría de Educación,

2018), 54.

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| 343 | 343 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas orientado para décimo grado y con actividades para tres clases, aborda la historia del conflicto armado. El módulo se orienta a describir sucesos como la dictadura del General Rojas Pinilla, el periodo de La Violencia, las amnistías a las guerrillas liberales y la instauración del Frente Nacional. Si bien ofrece un espacio necesario para la comprensión de la historia del conflicto armado en Colombia, consideramos que la propuesta se enriquecería con estrategias pedagógicas que aporten habilidades analíticas que permitan reflexionar críticamente sobre las prácticas, los discursos, los actores y las memorias que afectan el entorno de los jóvenes22. En conclusión, observamos un déficit en la manera en que se ha abordado el conflicto armado en las escuelas del país. La Cátedra tampoco ha logrado subsanar esta carencia, no solo por cómo fue concebida, sino por los documentos que han orientado su implementación. Esta deuda se expresa en la insuficiencia para abordar las investigaciones de la memoria histórica y el análisis crítico de la complejidad del conflicto armado23. Creemos que una renovación de la Cátedra de la Paz puede ayudar a enriquecer la reflexión profunda sobre el conflicto armado en la escuela. Por ello, en el siguiente apartado, proponemos una comprensión de la paz que creemos nutrirá el debate sobre el conflicto armado y su relación con la Cátedra de la Paz.

22

Banco de la República, “Planeaciones de clase. La paz se toma la palabra”, Banrepcultural. Acceso el 23 de mayo de 2021, https://www.banrepcultural.org/proyectos/la-paz-se-toma-la-palabra/recursos-para-maestros/planeaciones-de-clase

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A estas dificultades debemos agregar que los docentes tienen serias dificultades para la implementación de la Cátedra de la Paz en zonas que continúan siendo golpeadas por el conflicto armado. Por ejemplo, de acuerdo con los resultados de la investigación de campo en la Institución Educativa La Esmeralda de Puerto Rico-Caquetá, la mayoría de docentes afirmaron “que la paz como tema, más allá de una cátedra que la aborde, no era de importancia, especialmente porque no se cuenta con la información y capacitación necesarias para darle vida en la institucionalidad y porque el miedo, la incertidumbre y las funciones del docente desde la sumisión al sistema, impiden ubicar a la paz como de interés en tanto aún se vive en medio de la guerra”. Cicery Viviana y Alfredo Torres, “Incidencia política de la Cátedra de la Paz en procesos de socialización y subjetivación política. Estudio en la institución educativa la Esmeralda de Puerto Rico-Caquetá” (tesis de maestría, Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2020), 194.

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 344 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia

3. La paz es plural, histórica y es una

construcción social que requiere trabajo y mediación Pese a las dificultades y carencias mencionadas, la Cátedra de la Paz constituye una oportunidad que abre múltiples posibilidades para promover la construcción de interrelaciones pacíficas en nuestro país. Las causas de esta afirmación son muchas, pero resalta entre ellas el que la Cátedra tenga la ventaja de ser un espacio de formación transversal en la educación colombiana, la cual abarca todos los ciclos de enseñanza, desde la formación primaria hasta la superior. Creemos que este escenario está abierto, pero se hace necesario una renovación de los contenidos, objetivos y métodos didáctico-pedagógicos que movilicen otros sentidos y prácticas de paz. La renovación de la Cátedra de la Paz que se propone responde al llamado de reconocer la presencia del conflicto armado en la experiencia colectiva de todos los colombianos. Por tal motivo, nunca sobrarán propuestas alternativas que propicien caminos para hallar colectivamente la reconciliación y la construcción de la paz. Es aquí donde el escenario educativo de la Cátedra cobra relevancia y justifica esta propuesta. Este recorrido invita a reflexionar sobre la historicidad del conflicto, sus memorias, actores, discursos y características que han configurado su permanencia en el tiempo; pero, ante todo, se propone una nueva perspectiva para la comprensión de la paz desde el pensamiento crítico y la imaginación creativa. Para ello, en primer lugar, es necesario revisar algunos supuestos que aparecen, casi naturalmente, asociados a la paz. Es difícil hablar sobre la paz porque es un concepto ideal que tiende a expresar una aspiración universal y utópica. Pocos, incluso los guerreros más comprometidos, se declaran en contra de la paz, así acudan a la guerra para apoyar su visión. Por mucho tiempo la paz se comprendió fundamentalmente como la ausencia de la guerra o el conflicto violento, y se asoció a la tranquilidad y al orden público. En 1969 Johan Galtung llamó esa noción prevalente la “paz negativa” –entendida fundamentalmente como el cese de la guerra o la violencia–, y señaló que esa definición minimalista era insuficiente para comprender las dinámicas que conducen repetidamente a una sociedad

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| 345 | 345 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas a la guerra. A la paz negativa, Galtung contrapuso la “paz positiva”, para designar el estado social que elimina las causas de la violencia al resolver las injusticias estructurales que perpetúan una cultura de la violencia24. La paz positiva está asociada, por lo tanto, a amplias nociones de justicia social, a la satisfacción de las necesidades de la población y a una cultura que promueva la resolución constructiva de los conflictos. Si bien el concepto de paz positiva ha tenido gran acogida entre los expertos, pacifistas y activistas, lo cierto es que varios investigadores recientes han identificado importantes insuficiencias teóricas en el concepto. Las críticas a esa definición maximalista de la paz señalan que la paz positiva hace muy difícil contribuir a la reconciliación porque conlleva un conjunto de demandas por la realización de una justicia completa25. Concordamos con esa crítica y preferimos, en cambio, adoptar la categoría analítica de “paz imperfecta”, propuesta por Francisco Muñoz como alternativa al binomio de Galtung, para identificar experiencias, procesos y espacios en los que los conflictos se transforman pacífica y gradualmente de acuerdo con las condiciones sociales vigentes. Para Muñoz, “… no se trata de paces absolutas y perfectas, sino más bien de actos regulativos, transformadores y cotidianos de los conflictos. Son formas de paz imperfectas porque no es una paz total, ni está absolutamente presente en todos los espacios sociales, sino que convive con la violencia interpretando y tratando de regular el conflicto por la vía pacífica”26. De ese modo “se trata de ir cambiando la realidad a partir del conocimiento de las limitaciones humanas y de los escenarios presentes”, en el entendido de que “la paz no

24

Johan Galtung, “Violence, Peace, and Peace Research”, Journal of Peace Research 6, n.° 3. (1969): 167-91. https://doi.org/10.1177/002234336900600301. Johan Galtung, Peace by Peaceful Means: Peace and Conflict, Development and Civilization (Londres: Sage, 1996).

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La crítica a la paz positiva proviene de muchos lugares. Tres ejemplos bastarán para ilustrar la diversidad: Peter Lawler, “A Question of Values: A critique of Galtung’s peace research”, Global Change, Peace & Security, 1, n.° 3 (1989): 27-55, https://doi.org/10.1080/14781158908412711. La antología editada por Paul Williams, ed., Security Studies: An Introduction (New York: Routledge, 2018); y el ensayo de Jorge Giraldo Ramírez, El rastro de Caín. Una aproximación filosófica a los conceptos de guerra, paz y guerra civil (Bogotá: Escuela Nacional Sindical y Corporación Viva la Ciudadanía, 2001).

26

Francisco A. Muñoz y Mario López Martínez, “Historia de la paz”, en Beatriz Molina Rueda y Francisco A. Muñoz, eds., Manual de paz y conflictos (Granada: Universidad de Granada, 2004), 51.

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 346 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia es ausencia de conflictos, pero sí la distinción y desarrollo de estrategias de solución adecuadas para afrontar la violencia”27.

El Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz profundiza la noción de paz imperfecta a partir de una perspectiva sobre la paz que consideramos particularmente pertinente para la Cátedra y que informa la discusión posterior28. De manera que es preciso exponer, así sea sumariamente, las consideraciones que cimientan esta nueva comprensión de la paz, la cual parte de una idea cardinal que se bifurca en dos vías: i) la paz es plural, polisémica e histórica, y ii) la paz es el producto del trabajo y la mediación en comunidad.

La primera característica de la paz es del orden histórico conceptual29. Este ángulo analítico permite evidenciar que la paz es diversa, posee múltiples interpretaciones y maneras de concebir la justicia, la convivencia y las formas de asumir el mundo, las cuales están en constante disputa y fricción en momentos y espacios particulares. Esta característica de la paz se hace notable al comprender que la paz ha tenido distintos sentidos a lo largo de la historia republicana del país y que en no pocas ocasiones esta diversidad ha sido uno de los motivos para que se abran las puertas a escenarios violentos; de hecho, no es extraño el caso de que por invocar la paz se haya desatado la guerra.

Esta indeterminación de la paz como concepto no es limitante, es más bien una entrada para comprender que la paz contiene y expresa

27

Francisco A. Muñoz, “La paz imperfecta”, en Francisco A. Muñoz, ed., La paz imperfecta (Granada: Editorial Universidad de Granada, 2001), 21.

28

El Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz en el año 2021 ofreció la cátedra inter-sedes, “Sentidos plurales de la paz: historia, educación y enfoque diferencial”, en la Universidad Nacional de Colombia. En este ejercicio se contó con la participación de más de 60 expertos académicos nacionales e internacionales, líderes sociales e indígenas, representantes comunitarios, víctimas del conflicto armado, miembros de las fuerzas armadas, excombatientes, miembros de la Comisión de la Verdad y del Centro de Paz y Reconciliación y periodistas, quienes aportaron desde sus saberes y experiencias a la comprensión plural de la paz y al fortalecimiento de una sociedad democrática e incluyente. Cada una de las sesiones se encuentran disponibles en la plataforma YouTube en el canal “Cátedras Nacional UNAL”, https://youtube.com/playlist?list=PLplnv12nNH7Rvi58rrBBvM332sl7Fyu31. Ver más sobre el Centro de Pensamiento en: https://www.humanas.unal.edu.co/cppluralizarlapaz/

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La historia conceptual alemana es una herramienta teórico-metodológica que permite rastrear las transformaciones semánticas de palabras claves para la experiencia política y social de una comunidad dada. Al respecto ver: Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos (Barcelona: Ediciones Paidos, 1993).

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| 347 | 347 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas valores, creencias, expectativas y esperanzas que muchas veces son diferentes, incluso contrarias a las de otras personas; es más, esta diversidad de los sentidos de la paz y la conflictividad que genera debe entenderse como un rasgo inevitable. Esto nos dirige a reconocer que la paz, más allá de una definición normativa o un valor social estático, requiere del esfuerzo mancomunado para que se elaboren y afiancen formas pacíficas de interrelacionarnos, que superen la conflictividad que se ha expresado, por ejemplo, durante el conflicto armado.

Sin embargo, la paz no puede reducirse a lo que ocurre en el presente ni a lo que se ha llamado el posconflicto. Una renovación de la comprensión de la paz debe partir del reconocimiento de su historicidad; es decir, es fundamental que se ubique la paz desde la densidad histórica que contiene, abarcando las experiencias de paz, los usos, las tensiones y las expectativas que la paz ha generado en el país. Pensar la paz desde su historia permite entender, en la larga duración, sus éxitos, fracasos y la pluralidad de los sentidos que se le han otorgado. A partir de este ejercicio de comprensión histórica podremos ver que la paz siempre estará inmersa en tensiones y disputas, lo cual nos llevaría necesariamente a un lugar diferente, mucho menos idealizado de la paz y más cercano a la comprensión de que la paz se construye como un trabajo entre diferentes y opuestos, se hace a través del reconocimiento de los sentidos de paz que el otro expresa, se construye con los recursos locales y puede y debe conducir a adquirir habilidades para construir convivencia e inclusión. Pensar históricamente la paz no se reduce al simple reconocimiento de información, fechas, actores, experiencias y sucesos desconectados. Por el contrario, se centra en promover la habilidad de interpretar, comparar, proponer y practicar, en el presente, acciones y diálogos de convivencia pacífica. Esto implica reconocer la experiencia acumulada y permite un conocimiento crítico de nuestra actualidad, atravesada por una generación que ha presenciado el conflicto armado. En otras palabras, se requiere la formación desde la escuela de una ciudadanía crítica, activa y propositiva que enfrente de manera decidida el reto de encontrar caminos de afirmación, conciliación y negociación en todos los niveles de interrelación

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 348 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia social, como espacio de imaginación de futuro y no repetición de los ciclos de la violencia política.

Pensar la paz desde su historia no se trata tampoco de la mera reconstrucción de los hechos del pasado, sino de sus interpretaciones y reinterpretaciones mediante las voces de los actores, las cuales iluminan nuestra experiencia actual. Lo anterior permitirá reconocer que no es suficiente hablar de paz, sino que se hace necesario abrir espacios plurales, incluyentes y democráticos donde se construya y practique. Estos espacios plurales deben ser dialógicos y constructivos, por tanto, se alejan de cualquier intento por establecer una interpretación hegemónica de la paz. De manera que una nueva comprensión de la paz debe reconocer que es un concepto sociopolítico disputado, polisémico, dinámico e histórico. Al entender estas características de la paz, se abren nuevas posibilidades para su consecución y fomento. Es más, propician el fortalecimiento del pensamiento crítico, el cual se expresa en la duda y el análisis a los discursos conclusivos que se han difundido sobre la guerra y el conflicto armado en nuestro país30.

Esta comprensión de la paz no niega la presencia de las diferencias políticas e ideológicas, pues estas son parte inherente de cualquier sociedad democrática; en cambio, reconoce que son una oportunidad que incita a la construcción de estrategias que busquen el equilibrio entre los diversos actores y los intereses enfrentados. Conlleva a reflexionar sobre la multiplicidad de aspectos que pueden provocar conflictos, entendiendo que son ineludibles y que pueden ser una entrada para el diálogo, el reconocimiento y la inclusión democrática. En esta comprensión de la paz no se vislumbran formas totalizantes ni homogeneizadoras, ni tampoco se reduce a las acciones institucionales o a los acuerdos firmados, sino que

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Son variopintos los discursos sobre el conflicto armado, la guerra y la paz que se expresan en la escuela. Por solo citar algunos casos, se habla de que la sociedad colombiana es violenta por naturaleza; que hemos vivido bajo una violencia que se hereda de generación tras generación; que el único camino para la paz es la guerra; que el conflicto armado nunca terminará, entre otros. Estas afirmaciones se recogieron a través de un ejercicio de acercamiento interrogativo en el colegio Tomás Carrasquilla ied de la ciudad de Bogotá, Colombia.

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| 349 | 349 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas acoge más bien todos los actos comprometidos, transformadores y cotidianos de las personas en los espacios de convivencia. En suma, esta perspectiva que proponemos sobre la paz se fundamenta en reconocer su complejidad y el trayecto histórico que se ha experimentado como sociedad, para que las nuevas generaciones tengan la posibilidad de reflexionar sobre las dificultades enfrentadas y logren, desde el pensamiento crítico, desdibujar los discursos guerreristas, intolerantes y pesimistas sobre la posibilidad de construir la paz entre todos. La segunda característica de la paz es de orden práctico y formativo. Consideramos que resulta más productivo pensar la paz como trabajo y mediación, en vez de un valor axiológico o un estado al que se aspira a llegar como sociedad. Habitualmente, dentro de las interpretaciones sobre la paz, se evidencian definiciones unidireccionales, por ejemplo, que es un valor humano, un derecho constitucional, un principio ético, una competencia ciudadana, un fundamento religioso, entre otros. Pero, más allá de buscar la definición única o ajustada a un marco institucional, esta nueva propuesta sobre la comprensión de la paz se enfoca en considerarla esencialmente como una práctica, como una construcción social que dirige la interrelación de las personas, por tanto, es un proceso consciente que puede ocurrir en todo momento y lugar31.

La paz es, en la práctica, un trabajo que precisa del compromiso social para que una situación que potencialmente podría provocar una expresión violenta sea encauzada y se tramite dentro del diálogo democrático. La paz también es mediación porque requiere la creación de múltiples estrategias de acercamiento entre las partes, a través de acciones que den lugar a la escucha, al reconocimiento, la empatía y el deseo de convivir en un contexto deliberativo, incluyente y propositivo.

Reconocer el carácter práctico de la paz permite que su implementación sea posible, realizable, y se aleja de verla como un estadio idealizado que porta múltiples aspectos sociales, políticos, morales que deben confluir para que se cristalice. La práctica de la paz se entiende como una

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Cássia M. Rosato, “El poder en la paz imperfecta y en Foucault”, Fractal: Revista de Psicología 24, n.°2 (2012): 47.

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 350 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia acción sencilla pero dotada de sentido, que emerge como parte de las acciones comunes, de los espacios habituales, de los lugares públicos y de la vida privada. Es allí, en la cotidianidad del día a día, tanto en la escuela como en la comunidad, donde el trabajo y la mediación permiten la construcción de paz.

Al amparo de lo anterior, la paz se construye localmente. Cada comunidad crea y recrea sus particularidades, promueve sus prácticas, al tiempo que hace suyo el territorio. Cada grupo social teje sus intereses, propósitos y esperanzas, como también sostienen una historia que les provee identidad, memorias colectivas y rasgos culturales. En este sentido, la comunidad es la que elabora –a partir de su bagaje, experiencias y prácticas– los recursos y estrategias que considera más relevantes para la construcción de la paz. Esto quiere decir que una práctica de paz debe reconocer las formas y experiencias acumuladas en las diversas comunidades y territorios, los cuales permiten llegar a acuerdos, dirimir los conflictos y fomentar la confianza, bajo formas que les son familiares y cotidianas. Igualmente, debe mantenerse alerta sobre aquellas estrategias que no han resultado exitosas, que han propiciado el conflicto, para así abrir espacios de reflexión con el fin de imaginar alternativas en la resolución de conflictos actuales. La construcción de la paz reconoce la diversidad y es flexible según los acuerdos sociales que permitan forjarla. La paz localizada es una invitación a que sean los niños, los jóvenes, pero también los adultos y la comunidad en su conjunto, los encargados de trabajar día a día por la paz, a través de sus sentires y prácticas específicas dentro de los territorios. La paz, en consecuencia, puede verse como un proyecto de sociedad que inicia en los actos cotidianos, en la convivencia cercana, en la interacción de unos y otros.

En pocas palabras, la paz, más que un estado, es una práctica constante en la cual diversos grupos sociales la dotan de significados variados, por medio de experiencias que involucran ámbitos éticos, espirituales, corporales, sociales, territoriales y culturales. Creemos, en síntesis, que, a través de esta aproximación a la paz que recupera su historicidad, disputabilidad y polisemia, que también la percibe como una praxis que implica

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| 351 | 351 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas trabajo, mediación y compromiso, se hace posible promover, desde la infancia y la juventud, una comprensión de la conflictividad social que proscriba la violencia y la liquidación del otro como medio para dirimir la diferencia. Sin embargo, para lograr ese objetivo la Cátedra de la Paz debe ir más allá del objetivo de formar en competencias ciudadanas o superar los problemas convivenciales en la escuela. Si bien estos propósitos son importantes, estamos convencidos de que la Cátedra puede ser el espacio en donde se piense la paz de manera amplia y localizada, se elijan acciones que promuevan la escucha, la reflexión, el diálogo, la negociación, los acuerdos, la criticidad y se fortalezcan actitudes sociales que permitan la construcción de interrelaciones pacíficas (aunque no exentas de conflicto) en los territorios y en sus contextos particulares. Por tanto, proponemos que la Cátedra sea un escenario educativo que permita que los niños y los jóvenes de Colombia se conviertan en agentes de paz. Ahora bien, no es nuestra intención desconocer los múltiples avances, proyectos e iniciativas que han surgido a lo largo y ancho del país, producto de la creación de la Cátedra de la Paz desde el 2015. Es innegable que el establecimiento de la Cátedra puso sobre la mesa del debate académico, pedagógico y político la cuestión de la educación para la paz en el país. Nuestro objetivo es aprovecharla al máximo y lograr que desarrolle todo su potencial con la apropiación de una perspectiva de la paz que permita la formación de habilidades críticas para reflexionar sobre el conflicto armado, sus discursos, eventos traumáticos y las víctimas.

4. Ruta de renovación de la Cátedra de la

Paz para profundizar la reflexión sobre el conflicto armado Reflexionar críticamente sobre el conflicto armado en Colombia, desde esta propuesta de comprensión alternativa de la paz, es en buena medida una apuesta por construir nuevos caminos de interrelación social para el presente y dirigidos al futuro. Este objetivo es de antemano ambicioso y complejo, pero creemos –como con todos los grandes cambios sociales y

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 352 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia políticos– que debe iniciarse con pasos definidos y por una ruta claramente demarcada. Es por esto que, en este apartado, exponemos una ruta de renovación de la Cátedra de la Paz, cuyos argumentos creemos que servirán para abrir el debate público sobre la necesidad de repensar e impulsar este espacio formativo bajo nuevas orientaciones.

Para una mayor claridad expositiva hemos dividido esta ruta de renovación en tres ejes que están íntimamente relacionados y que se complementan. En este tránsito se retomarán algunas de las ideas expuestas, pero ahora descritas como una invitación a seguirlas, implementarlas y enriquecerlas. Los ejes referidos son: a) Historicidad y sentidos plurales de la paz. b) La paz desde abajo: mediación y escucha. c) Renovación pedagógica y didáctica de la Cátedra de la Paz.

a. Historicidad y sentidos plurales de la paz

Como lo hemos señalado, el primer paso en esta ruta para la renovación de la Cátedra de la Paz se fundamenta en la idea de que la paz es plural, no es unívoca, no tiene un único significado y tampoco es un estado que surge después del conflicto o la guerra. Esta nueva perspectiva del concepto permite comprender que la paz es diversa y que se encuentra inmersa en tensiones y disputas. De manera que es a través de esta pluralidad tolerante que es posible empezar a construir una paz que esté dotada de consciencia y práctica, que fomente el diálogo, la mediación y los acuerdos, al tiempo que promueve la reflexión para encontrar caminos de convivencia pacífica, pese a la inevitabilidad de la conflictividad humana. Asimismo, consideramos indispensable que la Cátedra de la Paz incluya un componente histórico que supere el déficit analítico que se observa en los materiales pedagógicos que versan sobre el conflicto armado y que se difunden en las instituciones educativas. En consonancia, la Cátedra de la Paz no puede reducirse a equiparar la violencia del conflicto armado con la violencia escolar, como tampoco debe aceptar sin filtros los discursos cerrados que limitan el conocimiento e impiden cuestionar lo que ha ocurrido en nuestro país. Por lo tanto, una reorientación de este espacio debe promover el pensamiento crítico que vincule al estudiantado

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| 353 | 353 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas con su propia realidad, contexto social y pasado comunitario. A partir de estas habilidades sociales, la capacidad crítica y el debate incluyente se puede perfilar una ciudadanía activa y comprometida con la construcción de la paz desde el territorio y en comunidad. Esta habilidad crítica permitirá leer con cautela todos aquellos discursos que han naturalizado la violencia, la guerra y la tragedia que ha portado el conflicto armado. No se puede invisibilizar que el anhelo por construir la paz ha sido parte de la historia republicana de Colombia. Por lo tanto, reconocer este legado de experiencias, perspectivas, acumulados y proyectos brindará nuevas luces sobre aquellos rasgos sustantivos que han marcado la violencia y el conflicto armado en el país. Además, comprender la paz desde su historia es una oportunidad para pensar nuestro presente y proyectar apuestas de futuro. Creemos que es en esta relación de temporalidades que se profundiza la reflexión, el trabajo y la mediación para construir escenarios estables de coexistencia pacífica.

b. La paz desde abajo: mediación y escucha

Un segundo eje surge porque creemos que, en los tiempos recientes, uno de los análisis del conflicto armado en los contenidos escolares se está centrando en las víctimas. El relato testimonial y la memoria histórica son lugares que vinculan experiencias, saberes y prácticas locales de las comunidades en su cotidianidad y territorio. No se trata solamente de narrar el conflicto, sino que se empiezan a vislumbrar las prácticas de resistencias de las comunidades para afirmar su arraigo y prevenir los actos violentos, tramitar hechos conflictivos y pensar alternativas de mediación en clave comunitaria. Esto significa una mayor articulación de las escuelas con los distintos proyectos educativos, ambientales e iniciativas ciudadanas que respalden y fortalezcan la construcción de paz32.

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Por ejemplo, encontramos el trabajo del Centro de Memoria Histórica con su caja de herramientas, la producción transmedia de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, el programa de pedagogía de la Unidad de búsqueda de personas dadas por desaparecidas (ubdp), los programas de pedagogía de paz de museos, colectivos ciudadanos y otros grupos académicos, que pueden apoyar este ejercicio de vinculación de la escuela y la comunidad. Recientemente, un apoyo desde otros horizontes narrativos y temáticos han sido potenciados por el enfoque pedagógico que ha desarrollado el Sistema integral de verdad, justicia, reparación y no repetición (sivjrnr). Unidad

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 354 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia La renovación de la Cátedra puede enriquecerse de manera significativa si se articula con la perspectiva del enfoque diferencial en el territorio. Desde este ángulo se reconocerán las voces de los sujetos concretos que han sido afectados por la violencia y están en situación de vulnerabilidad, pues la pertenencia étnica, la identidad de género, la situación de personas en condición de discapacidad, la edad y la orientación sexual abren un campo de posibilidades para el esclarecimiento de las múltiples violencias del conflicto y para apoyar iniciativas de reconciliación desde las víctimas.

En este ejercicio de renovación de la Cátedra, creemos que el cultivo de la imaginación moral abre diversos escenarios para promover la construcción de la paz. Justamente, John Paul Lederach define la imaginación moral como “la capacidad de imaginar algo enraizado en los retos del mundo real, pero a la vez de dar a luz aquello que todavía no existe”33. En este caso, cultivar la imaginación no conlleva un escapismo o incurrir en fantasías, sino que se refiere a una disposición para comprender los retos que ofrece la conflictividad local y proyectar de manera creativa soluciones que están por fuera del repertorio instituido. Propiciar el desarrollo de la imaginación moral en el salón de clase y por fuera constituye un ejercicio que facilita “crear espacios para recomponer relaciones […] y por los que la realidad misma puede encauzarse, fluir y asentarse en cambios y transformaciones reales”34. La imaginación moral tampoco puede ser enseñada o transmitida. Pero sí se deben crear escenarios, aprovechando los recursos socioculturales locales (leyendas, juegos, tradiciones musicales, etc.) para fortalecer esa disposición entre los estudiantes. Las expresiones artísticas y culturales juegan un papel fundamental en el cultivo de la imaginación moral. Los procesos reflexivos que se de búsqueda de personas dadas por desaparecidas (ubdp), Pedagogía para la búsqueda, https://ubpdbusquedadesaparecidos.co/participacion/pedagogia/; https://centrodememoriahistorica.gov.co/tag/ caja-de-herramientas/; https://www.jep.gov.co/ninosyninas/index.html#inicio; https://ubpdbusquedadesaparecidos.co/participacion/pedagogia/; https://www.comisiondelaverdad.co/pedagogia

33

John Paul Lederach, La imaginación moral. El arte y el alma de la construcción de paz (Bogotá: Semana Libros, 2016), 21.

34

Ibid., 14.

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| 355 | 355 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas apoyan en las prácticas artísticas, literarias y estéticas se abren a un conjunto de posibilidades de pensamiento y acción: visibilizan emociones y memorias, combaten los estereotipos, ofrecen narrativas sobre experiencias locales, empoderan a las comunidades y pueden abrir espacios para prácticas de reconciliación. Con ellas se fortalece la capacidad de responder creativa, solidaria y críticamente a los retos que históricamente han afectado a sus comunidades35.

En síntesis, al abrir sus puertas a la comunidad con la perspectiva de la imaginación moral y bajo un enfoque diferencial, la Cátedra podrá generar espacios de participación y reflexión crítica con una mayor difusión social desde las escuelas. Esto implica ampliar la relación maestro-escuela-sociedad para fortalecer la integración con escenarios diversos que potencien la construcción de la paz y permitan la reflexión crítica del conflicto armado desde las víctimas y sus contextos para el fortalecimiento de la deliberación, la inclusión, el reconocimiento democrático.

c. Renovación pedagógica y didáctica de la Cátedra de

la Paz El último eje de la ruta se refiere al ámbito pedagógico, ya que, como hemos insistido, consideramos que la paz no se enseña; la paz se hace posible entre actores que se ven como parte de comunidades históricamente constituidas, que han sido reconocidas, que están empoderadas y que actúan en escenarios horizontales y de corresponsabilidad en los que la lucha por la inclusión y la convivencia democrática no desemboque en violencia y agresión. En consecuencia, es imprescindible que se dé un enriquecimiento pedagógico, didáctico y curricular de la Cátedra de la Paz. En el marco de esta renovación resulta indispensable integrar los medios digitales y las tecnologías de la información y de la comunicación

35

Algunas iniciativas artísticas que denotan una práctica de la imaginación moral son: las fotografías de guerra de Jesús Abad Colorado en su exposición titulada El testigo; los proyectos pedagógicos de la Fundación Amor y los tejedores de la memoria; el proyecto Más Arte, Más Paz: Artesanías con Aires de Reconciliación, con sede en Barrancabermeja, y que se propone como un espacio de creación de artesanías realizadas por excombatientes de diferentes grupos armados. Ver más en: Josefina Echavarría-Álvarez, “Pedagogías para la reconciliación: prácticas artísticas para hacer las paces en Colombia”, en Convergencia. Revista de Ciencias Sociales 27. (2020): 1-30.

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 356 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia (tic), pues estas ofrecen una oportunidad para enriquecerla con contenidos sobre la paz y las memorias plurales del conflicto. Estos contenidos transmedia se caracterizan por ir más allá del texto escrito a través de la incorporación de documentales, videos, infografías, cartografías, cómics, pódcasts, foros, blogs, etc.36 A través de estas multiplataformas la Cátedra sale de la escuela y se difunde, aprovechando la conectividad de la tecnología, y está disponible de manera asincrónica para la comunidad en general. Un ejemplo destacado es el Baúl de herramientas del proyecto del Banco de la República La paz se toma la palabra que, entre una variedad de actividades, incluye diversos materiales físicos y digitales que invitan a hablar de paz en múltiples escenarios como las bibliotecas, los centros culturales, las escuelas, los barrios, entre otros, de manera creativa, lúdica y pedagógica37.

Del mismo modo, destacan las iniciativas que acompañan los esfuerzos de socialización de los trascendentales hallazgos del Informe Final de la Comisión de la Verdad que han revitalizado la discusión sobre el conflicto armado y la educación38. En efecto, la Cátedra resulta ser un espacio idóneo para trabajar en las escuelas con esta diversidad de materiales que han venido a enriquecer –y en cierta medida subsanar– la ausencia de materiales para la enseñanza de la Cátedra de la Paz, en

36

Destacamos los materiales escritos, audio, video y multimedia que están alojados en la página web del Centro Nacional de Memoria Histórica. Acceso 23 de mayo 2021, https://centrodememoriahistorica.gov.co/

37

Ver los distintos materiales disponibles de La paz se toma la palabra, acceso el 23 de mayo de 2021, https://www.banrepcultural.org/proyectos/la-paz-se-toma-la-palabra; Liliana Carriazo, “Solución a los vacíos en la Cátedra de la Paz”, Compartir Palabra Maestra. Acceso 23 de mayo 2021, https://www.compartirpalabramaestra.org/actualidad/columnas/solucion-los-vacios-en-la-catedra-de-la-paz; Cátedra Nacional Universidad Nacional de Colombia, “Sentidos plurales de la paz, historia, educación y enfoque diferencial”. Sesión: Experiencias de innovación pedagógica sobre la enseñanza de la paz. Marzo

30 de 2021, https://www.youtube.com/watch?v=lLAI0qO1Do&list=PLplnv12nNH7Rvi58rrBBvM332sl-

7Fyu31&index=6&ab_channel=C%C3%A1tedrasNacionalesUNAL

38

La producción de un ecosistema digital con fines educativos se puede observar en la página del Informe final de la Comisión de la Verdad en su página web (https://www.comisiondelaverdad.co/), al igual que destacamos la iniciativa de La Escuela Abraza la Verdad, emprendida en agosto de 2022 en Bogotá, en la que escuelas oficiales y privadas recibieron materiales pedagógicos para desarrollar talleres enfocados en la socialización del Informe Final. Ver más en: Secretaría de Educación de Bogotá, “Todo lo que necesita saber sobre la ‘Escuela Abraza la Verdad’ en los colegios de la ciudad”. Acceso 23 de junio de 2021, https://www.educacionbogota.edu.co/portal_institucional/noticia/todo-lo-que-necesita-saber-sobre-la-escuela-abraza-la-verdad-en-los-colegios-de-la-ciudad

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| 357 | 357 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas especial al abordar temáticas relacionadas con la memoria histórica y el conflicto armado.

En las últimas décadas, los centros de memoria en el país, las instituciones académicas39 y la Comisión de la Verdad han fomentado que las organizaciones sociales tengan espacios de socialización mediante propuestas de teatro, danza, música y otras manifestaciones artísticas que constituyen maneras alternas y performáticas de contar sus historias e interpretaciones del conflicto armado40. Son varios ejemplos que podrían utilizarse, entre ellos destacan las reflexiones y el análisis que brinda el Informe Final de la Comisión41. A través de las voces de las víctimas expresadas en los volúmenes del Informe, la Cátedra puede generar espacios de sensibilidad y empatía social, como también de conciencia ante los diversos actos de violencia contra la sociedad civil. Incluir el Informe desde una lectura crítica y propositiva se convierte en una oportunidad para comprender la violencia y el conflicto armado42.

39

Por último, destacamos las recomendaciones formuladas para el diseño y actualización de los lineamientos para la enseñanza de las ciencias sociales, con énfasis en historia de Colombia, promocionadas por la ley 1874 de 2017. Una de sus recomendaciones destaca la importancia de que se potencien los planes de estudio de manera interdisciplinar, de tal manera “que permita la revisión y el contraste de las narrativas y repensar las historias que han emergido en el marco del conflicto armado”, Comisión Asesora para la Enseñanza de la Historia de Colombia (caehc), La enseñanza de la Historia de Colombia. Ajustes posibles y urgentes para la consolidación de una ciudadanía activa, democrática y en paz (Cartagena: caehc, 2022), 40.

40

Un ejercicio al respecto fue realizado por la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición (2020-2021), en el espacio “Nombrar lo innombrable: conversaciones sobre arte y verdad”, una serie de diálogos con escritores, músicos, artistas plásticos, visuales y escénicos, cineastas, bailarines y artistas populares y urbanos para reflexionar sobre cómo el arte ayuda a develar tanto las razones profundas del conflicto como los mecanismos para resistir ante la guerra. Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, “Nombrar lo innombrable: conversaciones sobre arte y verdad”. Acceso 3 de mayo de 2021, https://comisiondelaverdad.co/nombrar-innombrable-conversaciones-arte-verdad. A propósito, ver: Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, Guía y uso pedagógico de la plataforma digital, https://www. comisiondelaverdad.co/guias-de-uso-pedagogico-de-la-transmedia-digital. Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, Pedagogía. Conjunto de recursos didácticos, dispositivos pedagógicos y artísticos que buscan posicionar La Verdad en Colombia desde acciones pedagógicas en miras de construir un futuro en clave de la No Repetición, https://www.comisiondelaverdad.co/pedagogia

41

Este ejercicio puede darse con el trabajo de la cev, pues, “Su trabajo no solo contribuirá a cumplir este mandato sino también a la construcción de una identidad que reconoce y respeta la diversidad (mandato 1), y al fortalecimiento del pensamiento crítico en relación con la comprensión de procesos históricos y sociales en Colombia en el contexto americano y mundial (mandato 2)”. Comisión Asesora para la Enseñanza de la Historia de Colombia, La enseñanza de la Historia de Colombia…, 40.

42

Dentro de los documentos recientes que ha elaborado el equipo de la CEV, destacamos el libro: Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia, con énfasis en el conflicto armado (Bogotá: Education, Justice, and Memory Network University of Bristol, Fundación Memoria y Ciudadanía, 2022).

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Francisco A. Ortega Alejandro Mojica Villamil Andrés Inampués Borda Kevin Enrique Ramírez Cáceres | 358 Rutas y horizontes de renovación de la Cátedra de la Paz. Los sentidos plurales de la paz y el conflicto armado en Colombia A modo de cierre Desde el Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz ponemos sobre la mesa del debate esta ruta estructurada en tres ejes, que esperamos impulsen nuevas reflexiones, prácticas e iniciativas desde la escuela con el fin de promover un espacio de apropiación de la Cátedra, abierta al pensamiento crítico y propicio para resignificar la memoria, la historia y los sentidos plurales de la convivencia en nuestro país.

Es evidente que la Cátedra no va a resolver todas las dificultades que han existido sobre el conflicto armado colombiano. Ni tampoco creemos que la responsabilidad formativa y de la construcción de la paz esté centrada únicamente en la escuela. Aquí vuelve a ser relevante la idea de la paz imperfecta, cuyo sentido invita a que, desde la práctica, el trabajo y la mediación sea toda la comunidad la que se encauce por un camino de convivencia democrática. Por lo que consideramos crucial enfatizar el hecho de que la paz no se enseña sino que se construye en la práctica, la paz no es ausencia de conflicto ni un estado de posconflicto ideal, es más bien un proceso de trabajo y mediación, lo cual se promueve desde dos componentes integrados, el primero es de naturaleza conceptual y el segundo, una práctica de re-conocimiento, los cuales permitirían, en su conjunto, a los jóvenes del país, condiciones de posibilidad y de reflexión que se articulen con sus contextos sociales y locales, en pro de impulsar caminos de solidaridad, respeto y coexistencia no violenta. Por último, estamos lejos de creer que hemos abordado todas las aristas y dimensiones que pueden emerger sobre este espacio académico; sin embargo, creemos que esta ruta puede ser recogida para la renovación de la vigente Cátedra de la Paz. Por ello, esperamos que este texto sirva para promover la discusión y el diálogo entre los diferentes sectores educativos, académicos, sociales y políticos, puesto que la educación para la paz constituye una responsabilidad de toda la sociedad colombiana para la no repetición del conflicto armado en nuevos estadios y formas de violencia en el presente y el futuro.

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Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística José Julián Hoyos Bucheli

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José Julián Hoyos Bucheli | 360 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística Introducción* Los estudios sobre la memoria del conflicto armado han aumentado en las últimas dos décadas en Colombia y existen varias razones para ello. Entre las principales está el despliegue de un dispositivo político y jurídico de orden internacional, que ha venido aplicándose mediante los tratados de paz y de derechos humanos. Se trata de la Justicia Transicional. En estos procesos políticos es común encontrar a la memoria como una garantía de no repetición de las violencias, como un modo de reparación material y simbólica a las víctimas del conflicto armado y como un estandarte de las obligaciones de verdad a cambio de beneficios penales para los victimarios. A esta multiplicación material e intelectual relativa a la memoria se le suele llamar boom de la memoria, cuyo inicio es posible rastrearlo en las prácticas institucionales, en la formación de políticas públicas, en iniciativas de la sociedad civil y en estudios académicos relativos posteriores al fin de las dictaduras del cono sur1.

Tal realidad política e institucional ha tenido, sin duda, efectos en la producción discursiva y en las voluntades de saber. Las políticas de memoria han estimulado la formación de atmósferas intelectuales y académicas y la creación de reflexiones desde distintas disciplinas sociales, jurídicas y artísticas sobre el fenómeno memoria2. En este sentido, * Este documento es parte de la investigación doctoral “Saber memoria. Crítica al discurso memorialístico en Colombia (1958-2022)”, adelantada en el Doctorado en Filosofía de la Universidad del Valle.

1

Nicolas Aguilar-Forero, “Políticas de la memoria en Colombia: iniciativas, tensiones y experiencias”, Historia Crítica, n.º 68 (2018): 112. https://doi.org/10.7440/histcrit68.2018.04

2

Como ejemplo está un libro publicado por la Universidad del Valle y la Pontificia Universidad Javeriana. Se trata de: Delfín Ignacio Grueso y Carlos Andrés Tobar Tovar, comps., Conflicto, Memoria y Justicia. Repensando las vías hacia la paz en Colombia (Cali: Programa Editorial Universidad del Valle y Pontificia Universidad Javeriana, 2022). En él se recogen la perspectiva de intelectuales que han trabajado este tema por largo tiempo. También está: Enán Arrieta Burgos, comp., Conflicto armado, justicia y memoria (Medellín: Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, 2016), que se compone de tres tomos y contiene un amplio abanico de acercamientos al tema memoria. Nótese, precisamente, que la presente compilación tiene en buena medida el mismo propósito. Respecto a artículos especializados y libros sobre la materia en Colombia, los números no son menores. Sin embargo, es harto difícil encontrar estudios similares antes del 2005.

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| 361 | 361 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia:

intelectuales, instituciones e ideas la perspectiva de este capítulo sostiene como premisa que justamente fue en esa relación entre el poder del Estado y los saberes sociales donde apareció con mayor evidencia la pregunta sobre la memoria y su posterior despliegue disciplinar y discursivo. Es desde esta relación que se han trazado ciertas visiones, acercamientos y presupuestos epistemológicos que resultan, al día de hoy, un espacio común de conversación, unos marcos de inteligibilidad a ser descritos.

Como consecuencia de ese poder-saber, varios acercamientos se han vuelto comunes a la hora de estudiar la memoria en Colombia. Las fuentes teóricas para sustentar las interpretaciones sobre este fenómeno han marcado series de regularidades, un suelo común, que no implica necesariamente una estabilidad conceptual, pero sí unos mínimos enunciativos. Se ha hablado de la memoria en su aspecto social3, fenomenológico4, como acto ético-político5, como una garantía de no repetición y reparación de las víctimas6, en su relación con la filosofía práctica7 y los sentimientos morales. También se ha analizado desde sus tramas narrativas8 y como parte de un dispositivo internacional de justicia transicional9. La lista no está cerrada, por supuesto. El objeto de este texto es explorar la

3

Ver Maurice Halbwachs, Los marcos sociales de la memoria (Barcelona: Anthropos, 2004). Este libro es citado profusamente en las investigaciones relativas a la memoria como procesos de formación social y como marco teórico de la construcción colectiva de la memoria.

4

Al respecto: Paul Ricoeur, La memoria, la historia y el olvido (Madrid: Editorial Trotta, 2003), ha sido visto como base de una serie de discusiones respecto a la pregunta sobre qué se recuerda y cómo es la experiencia de la memoria.

5

Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria, (Madrid: Siglo XXI editores, 2002) es un buen ejemplo y una perspectiva obligada para la discusión sobre la relación entre políticas y resistencias de y desde la memoria. En Colombia este es el aspecto usual de las investigaciones en la primera década luego de la emergencia discursiva.

6

Esta es la perspectiva anclada a los estudios jurídicos y sociojurídicos. Muchos textos publicados por el hoy Centro de Memoria Histórica están definidos en este aspecto, dado que su construcción parte de una obligación jurídica sobre los deberes de memoria en los países en procesos transicionales.

7

Manuel Reyes-Mate, Medianoche en la historia (Madrid: Editorial Trotta, 2006) muestra la aparición del aspecto ético en la cuestión epistemológica de las formaciones historiográficas.

8

Jefferson Jaramillo, Presentes y pasados de la violencia en Colombia 1958-2010 (Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2014) es un estudio que ofrece una perspectiva desde la sociología del conocimiento a la formación de las comisiones de investigación en Colombia, cuyo eje es la relación entre violencia y los testimonios de las víctimas del conflicto armado.

9

Alejando Castillejo-Cuellar, ed. y comp., La ilusión de la justicia transicional: perspectivas críticas desde el Sur global (Bogotá: Ediciones Uniandes, 2017) tiene como tesis central una visión decolonial según la cual existe un dispositivo internacional que ha desplegado ciertas estrategias discursivas como modalidades de poder en el vector de la gobernabilidad mundial-gobernabilidad regional y local.

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José Julián Hoyos Bucheli | 362 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística posibilidad de un acercamiento que parece haber sido olvidado en aquella constelación investigativa: los estudios críticos de los discursos en su aspecto epistemológico. Me refiero en especial a los aspectos genealógicos y arqueológicos de la formación de un saber y de un discurso singular en Colombia en su relación con la categoría de poder.

En este capítulo me interesa plantear una pregunta genealógica sobre la memoria como discurso y también una cuestión arqueológica sobre sus emergencias como saber. La pregunta genealógica implica una formulación intempestiva, es decir, un preguntarse sobre las valoraciones que se han fabricado10 sobre la memoria como institución que tiene como propósito el recuerdo sistemático del conflicto armado. En específico, la cuestión genealógica trata de describir el sistema de funcionamientos y fines que se le han atribuido a un conjunto de prácticas, conceptos e instituciones mediante el enrarecimiento del discurso11. Como mostré más arriba, existen muchas perspectivas para dar cuenta de lo que es la memoria. Definir el concepto ya supone una inmensa dificultad, quizá de poco provecho. Mejor, el asunto que aquí interesa es notar que la memoria ha sido dotada de un valor cuya generalidad representa también una máscara: ¿qué es lo que esconde esa valoración presente de la memoria? Es plausible que en nuestro presente intelectual y académico podamos decir que la memoria como discurso tuvo emergencia en la Ley de Justicia y Paz, que creó la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (cnrr), y que posteriormente daría lugar al Grupo de Memoria Histórica, hoy Centro de Memoria Histórica12. No obstante, la pregunta genealógica supone poner en duda unos orígenes tan claros y

10

La idea de la genealogía como un investigación histórico-filosófica sobre el poder aparece en la Genealogía de la moral. La pregunta central de Nietzsche en la obra es sobre la fabricación de un valor, es decir, sobre cómo se ha construido históricamente en el mundo la idea de que la buena moral es aquella constituida por el altruismo, la pobreza, la entrega y otros valores cristianos. Ver Friedrich Nietzsche, Genealogía de la moral (Barcelona: Alianza Editorial, 1983).

11

Esta perspectiva sobre la genealogía como un análisis crítico del discurso aparece con regularidad en el trabajo de Foucault. Ver Michel Foucault, El orden del discurso (Buenos Aires: Tusquets, 2005).

12

Al respecto, los trabajos de reconstrucción histórica parecen demostrar la estabilidad de esta afirmación. Ver: José Darío Antequera, La memoria histórica como relato emblemático (Bogotá: Corcas Editores, 2011); Andrés Cancimance López, “Memoria y violencia política en Colombia. Los marcos sociales y políticos de los procesos de reconstrucción de memoria histórica en el país”, Eleuthera 9, n.º 2 (2013): 13-38; Aguilar-Forero, “Políticas de la memoria en Colombia…”.

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| 363 | 363 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas a su vez mostrar que es posible dar cuenta de tantas emergencias discursivas como funciones pueda tener una institución13. En este sentido, vale no solo decir como primera hipótesis de este texto que la memoria hoy, en términos de discurso, es una manera de relacionar enunciados y prácticas, políticas e instituciones, materialidades y metodologías, sino que además que tiene tantas emergencias discursivas como fines podemos ver en nuestro presente. Dentro de ese sistema de funcionamientos de la memoria se ha fabricado un valor, pero esos funcionamientos no aparecen al interior del discurso de la memoria, como si se tratara de una conjunto autónomo y aislado de enunciados; mejor, que se hacen evidentes en su relación con otras prácticas, discursos e instituciones. Precisamente sostendré que es en la articulación de la memoria con la historia, el derecho y la filosofía práctica en donde se ha fabricado el valor actual de la memoria como una empresa contrahegemónica, ética y liberal-democrática. Sobre esta reflexión tratará la primera parte de este texto. Sin embargo, dada la extensión de este capítulo me referiré únicamente a la relación de la memoria con la historia, y de cómo esa tensión supuso la instalación de la memoria como una práctica de resistencia y lucha, que esconde ciertas aporías y presupuestos no analizados.

De otra parte, el discurso de la memoria se ha constituido también alrededor de unos saberes, en tanto que hoy es posible determinar qué es y qué no es memoria, cuáles son sus acercamientos, qué herramientas utiliza y qué efectos de poder pueden atribuírsele. Esto quiere decir que existe a su base un régimen de verdad que permite determinar la falsedad y la verdad de los enunciados que circulan al interior del discurso. Desde este aspecto, la cuestión sobre la tensión entre saberes y el desplazamiento de distintos regímenes de verdad ya no es un asunto genealógico sino arqueológico. No se trata de dar cuenta sobre el valor y el sistema de funcionamientos del discurso, sino de describir el desplazamiento de

13

Este es propiamente el ejercicio en Genealogía de la moral cuando Nietzsche estudia la idea de pena y señala que no se trata de poner lo del final en el principio. Es decir, que el fin de una institución no es su origen y que en la medida en que haya varios fines dados en distintos momentos históricos a cierta institución será posible notar sus muchos orígenes. Precisamente, tal gesto es repetido en Michel Foucault, Vigilar y Castigar (Buenos Aires: Siglo XXI editores, 2003).

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José Julián Hoyos Bucheli | 364 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística una voluntad de saber, de un sistema de exclusiones que soporta a cada discurso en su singularidad14. Esta será la reflexión que propondré en la segunda parte de este capítulo.

Como segunda hipótesis de este documento sostengo que el ya mencionado boom de la memoria no es una mera inserción de un discurso cerrado y hermético, aparecido de una obligación del derecho internacional. La cuestión arqueológica aquí supone dar cuenta de que existió una tensión entre distintos saberes, los cuales se habían venido formado desde mucho antes. Me refiero específicamente desde la década de los sesenta, cuando los estudios sobre la violencia encontraron un sustento teórico en la sociología estructuralista y funcionalista de la época, especialmente en el libro La violencia en Colombia, de Guzmán, Borda y Umaña. Desde entonces se configuraron una serie de gestos y prácticas que, si bien no implicaron una pregunta explícita sobre la memoria, sí supusieron el desarrollo de un suelo epistémico sobre el cual aterrizaría el discurso de la memoria a final de la década del noventa y comienzo de la primera década de este siglo. La cuestión arqueológica en este sentido busca describir cómo la formación de saber de la memoria funcionó en una serie de arreglos y desarreglos con otros saberes que ya venían gestándose a través de varias décadas en Colombia, y que ese desplazamiento epistemológico supuso no un total reemplazar, sino un funcionamiento singular a la luz de presupuestos éticos, políticos y metodológicos que había sido plantados en unas prácticas específicas en las investigaciones sobre la violencia en Colombia. En esa medida, se trata de describir cómo en la actualidad de la memoria existen sedimentos de ese desplazamiento. En este documento me referiré especialmente a lo que llamaré una mirada memorialística como un gesto que se hará antecedente, que se hará regular en el discurso de memoria.

Dada la extensión de este documento, tampoco será posible extendernos a un desarrollo general de este aspecto. Por ahora, se trata de mostrar que, en Colombia, cuando la memoria se volvió una necesidad ética

14

Michel Foucault, Lecciones sobre la voluntad de saber (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económico, 2012).

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| 365 | 365 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas y política, un pilar de legitimación democrática de los Estados nacionales, ya existían adelantos importantes en términos metodológicos, heurísticos y teóricos. Por tanto, este capítulo no ofrecerá un análisis exhaustivo de tales puntos, sino que brindará un panorama metodológico quizá novedoso para acercarse a un objeto de estudio en boga, desde el cual sea posible plantear una serie de hipótesis plausibles de lectura que permitan dar un paso más a la comprensión del fenómeno tan complejo que es la memoria de la violencia en Colombia.

Sobre la pregunta genealógica de la memoria en Colombia Es fundamental dar cuenta del gesto interdisciplinar de la genealogía. Justamente es en Nietzsche15 donde aparece la idea de una espacialización de la filosofía. No se trata más de la discusión abstracta, en exceso metafísica, sobre el azul del cielo, sino de preguntar sobre cómo materialmente aparece y se desplaza un concepto dentro del mundo, y cómo se construye su valor. Foucault, lector de Nietzsche, encuentra en ese gesto genealógico el fundamento para estudiar los saberes como una formación material, como un discurso que se inscribe en las superficies del mundo16. El asunto genealógico supone como categoría central los efectos del poder que tiene la capacidad de dar nombres, de interpretar, y la relación del saber con otros dominios, instituciones, materialidades y conceptos. En buena medida, existe un gesto paródico en el mismo nombre: la genealogía como una forma de rastrear los inicios. Para Nietzsche se trata de todo lo contrario: notar que no existen inicios, sino una larga historia de luchas e interpretaciones. Por eso, el primer paso de una genealogía es una pregunta por el presente, por las interpretaciones actuales, y por el valor que ciertas instituciones han ganado. Se trata de “comprender aquello que nuestra época deposita un orgullo justificado –la institución

15

Nietzsche, Genealogía de la moral, 15.

16

Michel Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia (Barcelona: Editorial Pre-textos, 2014).

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José Julián Hoyos Bucheli | 366 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística histórica– como daño, falacia y defecto de la época”17. En este texto tal institución histórica es la memoria como discurso.

¿Por qué hemos considerado la memoria como un principio ético en nuestro presente, como una institución necesariamente buena, incuestionable políticamente? ¿Cómo se ha construido la memoria no solo como como un discurso, como un saber, una institución, como un lugar de encuentro entre aspectos éticos, epistemológicos y políticos? ¿Qué esconde la memoria detrás de esa valoración? ¿De qué es máscara, ocultamiento y atavío? Estas son las preguntas que me interesarán, aquellas que buscan desentrañar los valores presentes y no tanto otras –también propias de algunas genealogías–que intentan trazar regularidades conceptuales y enunciativas a lo largo de extensos periodos18. El objetivo de dar cuenta del presente, sin embargo, no puede ser dejado al discurso mismo de la memoria. Precisamente ahí está el engaño: en el discurso de la memoria, que dentro de sí, se puede dar cuenta de sus presupuestos y principios éticos y epistemológicos.

La estrategia de este primer acápite es sencilla. Quisiera establecer como hipótesis que la memoria tiene en nuestro presente su valor de institución necesaria en términos éticos y políticos ganado desde tres aspectos. Como anuncié, solo podré enfocarme en el primero, que es su formación como un saber contrahegemónico, postura que apareció con la pregunta ética sobre las intenciones epistemológicas de la historiografía. En efecto, esta cuestión se mostró con claridad en la tensión entre memoria e historia después de la Segunda Guerra Mundial. Ahí reside en gran parte el valor actual de la memoria entendida como una institución democrática, contrahegemónica y liberal: en mostrarse como un ejercicio de contrapeso, de control a las grandes narrativas nacionales, pero que en últimas también oculta una voluntad de saber, es decir, es que la memoria,

17

Friedrich Nietzsche, Segundas consideraciones intempestivas: sobre los usos y abusos de la historia para la vida (Buenos Aires: Editorial El Zarzo, 2004), 7.

18

Nietzsche, por ejemplo, traza continuidades de muchos siglos, en su intento de dar cuenta de desplazamiento moral inscrito en las palabras. El estudio de las luchas que describe es en sí su aspecto más metafísico. De otra parte, Foucault también trazó largas líneas, especialmente aquellas que significaron la ruptura entre la época clásica y la moderna.

p. 369

| 367 | 367 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas tanto como fenómeno como discurso, no es solo un medio por el que se lucha, sino que es en sí misma una potencia que busca dotar de una interpretación a nuestro presente ético y político, la cual a su vez supone ciertas positividades, un régimen de verdad y unos sistemas de exclusión. Memoria e historia A la base de la discusión sobre la memoria está su primera oposición: la historia. En esta emergencia, posterior arreglo y desarreglo de saberes y metodologías, se percibe una tensión, que quizá responde a esa máxima de Walter Benjamin según la cual “No hay documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie”19. Se trata de mostrar que la historia, esa historia de vencedores, de la que alguna vez Nietzsche llamaría historia monumental20, no es más que la escritura de los ganadores. Solo quien tiene el poder puede dar nombre, dotar de interpretación. Justamente, la sentencia de Benjamin corre por los mismos caminos de la crítica nietzscheana a la cultura historicista nacida del idealismo alemán. Ambos contra el historicismo, ambos contra esa idea hegeliana21 de que existe un interior en la multiplicidad de los acontecimientos, una racionalidad, una teleología, un progreso en el curso del mundo. La intención de ambas críticas es mostrar que algo queda por debajo de esa historia de cimas y monumentos, rezago que otros autores comenzarán a llamar memoria, es decir, la historia de las víctimas, de los que no vencieron, sus testimonios. Se trata de la historia de las ausencias.

La memoria emerge bajo la inminencia del peligro: quien está llamado a contar la historia de los vencidos es aquel sujeto en peligro, como el mismo Benjamin, que fue asediado por el totalitarismo. Quizá solo el documento de cultura consignado en esas condiciones sea el único que no implique barbarie. ¿O no será acaso esta una presuposición no histórica? ¿No podrá ser ese mismo documento, una vez rastro de una persecución,

19

Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos (México D.F: Ítaca, 2018), 42.

20

Nietzsche, Segundas Consideraciones intempestivas…, 35.

21

G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal (Madrid: Alianza Editorial, 2004).

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José Julián Hoyos Bucheli | 368 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística la base de una nueva barbarie? Y es en esa aporía en la que subsiste la memoria: pese a su procedencia subversiva, con el tiempo se volverá una política pública, una institución que, a su base, en su necesidad discursiva, tendrá positividades, reglas de formación enunciativas, olvidos y carencias. Su fuente, su archivo, será siempre el testimonio de la ausencia y el peligro, pero pronto se hará, como lo pensaría Nietzsche, también poder, también régimen de verdad. ¿O acaso podrá pensarse nuestro presente, nuestro futuro, sin la idea de memoria como sustento político y ético del Estado? La pregunta que ronda en este aspecto a la memoria es sobre cómo no hacer que ella misma pueda volverse un documento de barbarie una vez que el Estado la vuelve una política pública. Ese gesto benjaminiano será repetido, reiterado, reorganizado. A mi juicio su máxima, la afrenta a la disciplina histórica, es la intención que sustenta gran parte de las discusiones desde entonces por la memoria. Otros autores, harto citados y discutidos, se pararán en esa misma perspectiva de que la memoria es por necesidad contrahegemónica, es por necesidad redentora y es por necesidad una objeción del universo ético a los despliegues epistemológicos de la historiografía22. Autores como Reyes-Mate, Tzvetan Todorov y, de este lado del sur global, Elizabeth Jelin, alimentarán desde el principio la discusión para cuando en Colombia, a principios del presente siglo, llegue el deber de memoria mediante la Ley de Justicia y Paz. Y es justamente esa vocación de necesidad contrahegemónica lo que ha despertado gran parte de las discusiones en este aspecto del discurso, como si la matriz de tensiones, fuerzas, luchas y resistencias fuera tan sencilla como una oposición directa entre dos bandos, como pudiera haberlo visto Benjamin hace más de seis décadas. Precisamente, esa discusión europea que empezó, por un lado, como una preocupación sociológica de Hallbwachs y Henri Bergson sobre la memoria en general, y que luego se transformará en la visión crítica de la Escuela de Frankfurt, terminará por acuñar el término, ya usado posteriormente por Pierre

22

Felipe Rueda Arenas, “Memoria histórica razonada. Una propuesta incluyente para las víctimas del conflicto armado interno colombiano”, HistoReLo 5, n.º 10 (2013): 15-52.

p. 371

| 369 | 369 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Nora y Paul Ricoeur, de “memoria histórica”23. Se trata de un desplazamiento no solo metodológico –de la fuente material y escrita de las formas historiográficas a la oralidad del testimonio–, sino también de uno ético: de los usos y los abusos, como lo previó Nietzsche, del pasado en el presente. Este material teórico fue el que sustentó el funcionamiento de los procesos de justicia transicional en algunos de sus aspectos ético-jurídicos, especialmente de los cánones de verdad, justicia y reparación24 en a final del siglo pasado y a principios de este. En una palabra: el valor de la memoria se tejió mediante su posibilidad, su interpretación, de ser una forma de luchar contra las grandes narrativas. Su esencia, en últimas, es ser una contrahegemonía.

Sin duda, esos antecedentes teóricos tuvieron influencia en el dispositivo y el discurso de justicia transicional que se ha aplicado desde cierta gobernabilidad mundial en universos nacionales y locales25, atravesados por la ética propia del derecho internacional humanitario y los derechos humanos. No me interesa aquí desarrollar más esta inserción teórica sino mostrar cómo la discusión entre historia y memoria, quizá una reproducción de la discusión entre universales y particulares, fue una regularidad en la emergencia y los suelos teóricos del discurso de la memoria del conflicto en Colombia. Precisamente quisiera mostrar que ese valor contrahegemónico, que puede ser rastreado en tal discusión, instaló un presupuesto ético y epistemológico según el cual el problema de la memoria se descubre cuando no es lo suficientemente contestaria, mostrando en el fondo un presupuesto simplista: después de todo, el movimiento material de la memoria del conflicto está o en manos del Estado o en su descentración narrativa. Esta perspectiva juega en un corto entendimiento del poder: desde su verticalidad, desde las teorías generales del Estado y la soberanía. Sin embargo, las modalidades y los efectos de poder

23

Ibid., 3.

24

Alejandro Castillejo, “La globalización del testimonio: historia, silencio endémico y los usos de la palabra”, Revista Antípoda, n.º 4 (2007).

25

Castillejo, A. Dialécticas de la fractura y la continuidad: elementos para una lectura crítica de las transiciones. En La ilusión de la justicia transicional: perspectivas críticas desde América Latina y Sudáfrica. (Bogotá D.C: Universidad de Los Andes, 2017) .

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José Julián Hoyos Bucheli | 370 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística del discurso de la memoria son mucho más difusos, pese a que tanto su producción y distribución sí corresponden a una relación centro-periferia narrativa, pues en la práctica general es la memoria que crea el Estado la que tiene mayor alcance material, por ser parte de una política pública, que cualquier otro emprendimiento de la sociedad civil. Sin embargo, bajo la emergencia de la memoria como una contrahegemonía se devela en gran parte que, como en el saber de Edipo26, es una práctica discursiva que logra poner en duda el mismo poder de quien investiga. Demuestra en este sentido la memoria no que existe un vector que corre bajo el problema de la capitalización de los testimonios por parte del Estado para formular una nueva historia, que lo dote de legitimidad ética bajo los principios éticos y humanistas de nuestra época, sino que el Estado mismo es una tensión, una no-unidad que está en constante lucha.

Para Nietzsche, ese principio histórico-genealógico se sostiene: como se ha usado la memoria como una contrahistoria, entonces se piensa que ese fue siempre su origen, y por lo tanto su necesidad teleológica. El valor contrahegémonico, no obstante, oculta también que la memoria tiene otras muchas funciones, tal como se muestra en muchos estudios críticos que ella misma se ha tornado hegemónica27, o que en gran parte existen memorias incómodas, puesto que las hegemonías son también movimientos históricos28. Justamente, lo contrahegemónico lo será en la medida en que exista un contenido estable a lo que hemos de llamar hegemónico. A mi juicio, esta necesidad de un contenido muestra que el valor contrahistórico de la memoria oculta una simpleza ética que tenía sentido en un momento histórico particular, pero que en su arreglo e instalación a otros espacios y momentos históricos se ha revelado como insuficiente.

26

Foucault, Lecciones de la voluntad del saber…, 259. Aquí Foucault muestra cómo la aparición del saber del tirano en contra del saber oracular significó a la vez una desestabilización del poder político.

27

Elsa Blair, “Memoria y poder: (des)estatalizar las memorias y (des)centrar el poder del Estado”, Universitas humanística, n.º 72 (2011): 63-87.

28

Jefferson Jaramillo Marín, Alberto Antonio Berón Ospina y Erika Paola Parrado Pardo, “Perspectivas disruptivas en el campo de la memoria en Colombia”, Utopía y praxis latinoamericana, n.º Extra 4 (2020): 162-175. doi: http://doi.org/10.5281/zenodo.3931063

p. 373

| 371 | 371 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas La cuestión aquí de la memoria como discurso no es si las políticas públicas de la memoria satisfacen las demandas de verdad, justicia y reparación, sino de cómo se logra describir ese régimen de verdad que sostiene la falsedad o la verdad de los enunciados que circulan al interior del discurso. Un ejemplo puede aclarar esto: un enunciado clave en la memoria actual, quizá una regla de su propia formación discursiva, consiste en que no existe una sola memoria ni una memoria verdadera, sino un panorama incompleto de posibilidades que logran objetivarse con el propósito ético de garantizar ciertos derechos, especialmente a las víctimas. Vale señalar que ninguna memoria es estática, universal, absoluta, aunque la regularidad de los testimonios, las disciplinas positivas que le rodean, han logrado establecer ciertos contextos históricos difíciles de evadir. Esto tiene como propósito el nunca cancelar toda posibilidad de que el reestudio del pasado aloje nuevas pistas sobre el presente, una estrategia metodológica para evitar cierres hermenéuticos totales. Ningún testimonio es falso o verdadero en tanto que lo que busca la memoria del conflicto no es un acceso a un “hecho bruto”, sino también un despliegue ético, jurídico y político: es a la vez una garantía, una gramática de la escucha29 que es en sí misma un ejercicio terapéutico y de reparación. La memoria no es tan solo un levantamiento de datos sino un acontecimiento íntimo con vocación a lo público, un tratamiento narrativo que no completa como un rompecabezas el pasado, sino que proporciona unas cadenas de sentido que conectan muchos puntos de la vida política nacional30. Es por eso que es igual de importante, en términos de la memoria, el evento de escucha que los efectos jurídicos sobrevinientes. Este principio nomológico significa que si un testimonio, un tener memoria, busca dotar de sentido y sobreponerse sobre todos los otros testimonios, como si fuera una verdad, entonces esa proposición no es un enunciado-memoria o es un enunciado falso. Aquel régimen de verdad, a la vez sistema de exclusión, parte de la idea misma de que hay una historia racional contra la que se debe luchar.

29

María del Rosario Acosta, “Gramáticas de la escucha: Aproximaciones filosóficas a la construcción de memoria histórica”, Ideas y Valores 68, Sup. n.°5 (2019): 59-79.

30

Jaramillo, Presentes y pasados de la violencia en Colombia…

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José Julián Hoyos Bucheli | 372 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística Sospecho que en la época de la posguerra era una amenaza, pero ¿subsiste hoy la amenaza en una época de comunicaciones como la nuestra? ¿Hay algún leviatán narrativo que deba ser extirpado del juego de símbolos e interpretaciones? Como decía más arriba, la memoria devela justamente que dentro de donde se desplegaba ese poder interpretativo –el Estado, su gobierno, el modelo económico– está lleno también de fracturas: se hace oposición a sí mismo. Por eso, en términos epistemológicos, hoy la emergencia contrahegemónica de la memoria no parece tan interesante, ese desplazamiento vertical del poder narrativo de la cúpula hacia las bases parece haber colmado sus alcances teóricos. ¿Existirá otro desplazamiento que pueda significar un interés nuevo, que no esté cobijado por la valoración contrahegemónica de la memoria? Sospecho que sí: ya no un es un asunto de ese movimiento vertical de poder no difuso, que “la memoria puede ser funcional al poder o a las resistencias”31, sino que es independiente de esas visiones reduccionistas.

La memoria es en sí misma un poder, un discurso por el cual y por el medio del cual se lucha para dar cuenta de una interpretación del mundo. De la misma manera que el relato historicista monumental de los vencedores dotaba de un sentido social al mundo, la memoria ha logrado instalar una sospecha fundamental sobre las fuentes del pasado, una duda metodológica y una afrenta enunciativa que funciona en la horizontalidad de los objetos, saberes, sujetos y dominios. En el plano nacional, el desplazamiento, si se quiere ritual, del estudio de la memoria muestra que hay otros valores sedimentados al interior del discurso. Me refiero a que más que una transferencia del poder interpretativo, se puede rastrear el movimiento de los procedimientos de investigación social: cómo de un saber se pasó a la formación de otro, cuyo archivo y sus tratamientos han variado. Más que un paso del poder de dar nombre, se puede estudiar una ruptura que la forma de conocer. Para poder dar cuenta de esa tensión entre saberes, del arreglo y desarreglo entre prácticas de saber, la cuestión genealógica puede no resultar tan útil. Por eso, habiendo mostrado que entre la

31

Pilar Calveiro, Los usos políticos de la memoria (Buenos Aires: S.D., 2004), 39.

p. 375

| 373 | 373 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas relación entre historia y memoria se tejió un valor de contrahegemonía, que hoy en día resulta algo restrictivo, ahora una cuestión arqueológica nos puede abrir un panorama de investigación entre los cambios horizontales. En la siguiente parte de este texto me dedicaré a mostrar cómo la aparición de una mirada memorialística en Colombia, en la década de los sesenta, develó la lucha entre distintas formas de saber, y abonó la tierra cuatro décadas antes de que el discurso de la memoria se convirtiera en un estallido político e intelectual.

Herramientas conceptuales para una arqueología de la memoria en Colombia La cuestión arqueológica32 implica levantar capas y capas de polvo para encontrar las emergencias y las relaciones de las miradas, los símbolos, los saberes y los discursos que han sido cubiertos por el tiempo. Esto quiere decir que no existen unos elementos típicos en toda investigación arqueológica, sino que se trata de una serie de herramientas que permiten desanclar investigaciones, conceptos, objetos de estudio y métodos que se muestran de alguna manera indiscutibles33. En esta medida, la arqueología se opone a las grandes particiones de tiempo en las que se establecen identidades conceptuales y metodológicas, que en un panorama más amplio parecen describir un progreso en el pensamiento. Estas son las aproximaciones propias de las historias de las ideas desde un enfoque clásico. Así, entre esos segmentos claros, precisos, se pretendía trazar una continuidad regular, casi sin baches, entre distintas temporalidades. Piénsese, por ejemplo, en las grandes “épocas” de la humanidad: el tránsito de lo clásico a lo moderno y de lo moderno a lo contemporáneo. El

32

El mismo Foucault dará cuenta, ya superada su etapa arqueológica, de cómo toda genealogía es resultado de un gesto, a su vez, arqueológico. Ver Foucault, El orden del discurso, 54.

33

La arqueología es un método que crítica al formalismo dominante en el análisis de los textos hasta la década de los sesenta en Francia. Se trató de un giro lingüístico que puso en entredicho la autonomía de las obras y el culto a la personalidad de sus autores, como también los límites disciplinares en las investigaciones sociales. Al respecto: Gilberto Loaiza, “La arqueología del saber. Relectura, 50 años después, de un método olvidado”, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 47, n.º 2 (2020):

283-308.

p. 376

José Julián Hoyos Bucheli | 374 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística Foucault arqueológico se opone a esa forma de reducir a grandes bloques el pensamiento y prefiere detenerse en las rupturas, en los momentos discontinuos entre los discursos y saberes. Busca describir las reglas de formación discursiva que permiten la circulación de enunciados, reglas estrictamente históricas para cada momento dado.

En este sentido, se deben poner en entredicho los segmentos pacíficos en las disciplinas para dar cuenta de que, en verdad, hay mucha menos unidad de lo que se pretende mostrar en los saberes sociales, artísticos y literarios. La estrategia arqueológica implica el estudio de los enunciados y sus sistemas de dispersión en un conjunto de cosas dichas, enunciados efectivamente rastreables en el archivo, que configuran un momento histórico espacializado y sus singularidades irreductibles. En efecto, la arqueología es un intento de dotar de un piso material, de un lugar de enunciación, a los discursos y sus efectos de poder34. Lo que busca el arqueólogo es trazar las regularidades de esos enunciados a partir del momento de ruptura hasta dar cuenta de las reglas y condiciones que permitieron la constitución de un discurso, sus desplazamientos, arreglos y desarreglos entre distintas prácticas e instituciones en un momento histórico específico.

El análisis arqueológico no busca reconstituir los sentidos pasados, un presente que ya no es. Más bien intenta dar cuenta de las condiciones que permitieron la circulación de sentidos plasmados en los enunciados en un lugar en específico. Dicho esto, la pregunta que me interesa plantear es sobre cómo aplicar esta cuestión arqueológica a nuestro objeto de estudio: ¿cómo hacer una arqueología de la memoria en Colombia? Como anuncié, es imposible extenderme a un desarrollo general de este problema, principalmente por razones de extensión. El objetivo general de tal empresa sería describir el campo enunciativo que rodea al saber de la memoria, qué archivo permitió poco a poco la formación de una matriz de discursos e instituciones que sirvieron de suelo epistémico para la llegada y la formación del discurso de la memoria. Como esa empresa es demasiado extensa,

34

Ibid., 292-293.

p. 377

| 375 | 375 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas me limitaré solamente, en las siguientes páginas, a estudiar un gesto, una práctica, que a mi juicio se ha pasado por algo y que fue en verdad una piedra angular: permitió una serie de regularidades, unos entramados intelectuales y políticos entre dominios y discursos que, con las décadas, tuvieron unos poderosos efectos de poder sobre varios aspectos de la vida pública nacional. El gesto al que me refiero lo denominaré la mirada memorialística. Sin embargo, antes de entrar en materia, quisiera exponer con mayor precisión algunas de las herramientas que podrán resultarme útil de la arqueología, pues, como sucedió con la genealogía, no todas sus intenciones me resultarán igual de útiles para el estudio del discurso de la memoria en Colombia.

La noción central en la arqueología foucaultiana es el enunciado, entendido este no como una proposición ni un acto de habla y tampoco como un conjunto de signos. Es mejor “una función que cruza un dominio de estructuras y de unidades posibles y que las hará aparecer, con contenidos concretos, en el tiempo y en el espacio”35. Esto implica que los enunciados no tienen un correlato, como cuando un nombre propio designa un objeto en el mundo, sino que permite “el lugar, la condición, el campo de emergencia, la instancia de diferenciación de los individuos o de los objetos, de los estados de cosas y de las relaciones puestas en juego el enunciado mismo”36. Dicho esto, la cuestión que me interesa no es propiamente la idea de enunciado, pues pese a las precisiones del método sigue cargando consigo un elemento de significaciones. Quisiera enfocarme ahora mismo en la idea de función. El problema que quisiera mostrar a continuación es sobre cómo podemos entender una mirada como una función que permitió, justamente, lo que los enunciados permiten: un cruce de distintos dominios y unidades que condicionaron la aparición de nuevos objetos y métodos de estudio.

Por ahora no será posible ni describir el archivo que permitió la creación de unas reglas de formación discursiva ni discutir en sí mismo el

35

Michael Foucault, La arqueología del saber (México D.F: Siglo XXI editores, 2002), 145.

36

Ibid., 152.

p. 378

José Julián Hoyos Bucheli | 376 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística concepto de archivo foucaultiano, que resulta tan inútil como vaporoso. Tampoco podremos acercarnos a la descripción de la constelación material que condicionó la circulación de ciertos enunciados, hasta la aparición del discurso de la memoria en la década de los noventa. En adelante, solo pondré atención a ese gesto que parece mínimo dentro de la relación Estado y saberes sociales, una práctica que fue llevada a cabo dentro de las ciencias sociales y que fundó una estrategia epistemológica para el futuro, pero que a su vez conlleva una serie de presupuestos rituales, religiosos y morales. Para este objetivo, mucho más modesto que el anterior, me enfocaré en el momento histórico que, a mi juicio, significó una ruptura epistémica en el cruce entre saber y poder en Colombia: el libro La Violencia en Colombia37, de Fals Borda, monseñor Guzmán y Eduardo Umaña.

La mirada memorialística en el libro La Violencia en Colombia Al final de la cuestión genealógica hablé de la relevancia de estudiar más un desplazamiento horizontal que uno vertical. Precisamente, es en la cuestión arqueológica donde podemos encontrar las herramientas para dar cuenta de esta lucha entre saberes. Un ejemplo puede resultar aquí útil. En el Edipo Rey de Sófocles se narra que sobre Tebas ha caído una maldición. Edipo, para encontrar las razones del mal, despliega una investigación. La primera parte de su pesquisa consiste en el viejo ritual de escucha divina38: primero atiende al oráculo de Delfos y luego a Tiresias, el ciego y viejo adivino. Entre ambas escuchas, el misterio de la maldición ya está resuelto: las causas objetivas del mal presente consisten en el asesinato y la sangre derramada que no ha sido castigada por la justicia, y aquella sangre mancha las manos de Edipo: sin saberlo ha matado a su propio padre y ha esposado a su madre. Pero Edipo no confía más en este ritual divino e instaura inmediatamente un nuevo método, una

37

Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, La violencia en Colombia (Bogotá D.C: Taurus, 2018).

38

Foucault, Lecciones sobre la voluntad de saber, 260.

p. 379

| 377 | 377 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas investigación criminal basada en la materialidad de los testimonios. Esta tensión entre los principios divinos contra los humanos es un tema usual en las tragedias áticas: Foucault señala que Edipo Rey muestra la transición entre los rituales arcaicos griegos hacia nuevas formas penales. Pero ese es un desplazamiento vertical: en él se ve el movimiento de un dominio a otro, de un estado del espíritu a uno de la extensión, de las formas divinas a las formas humanas.

Si bien parece ser necesario el movimiento vertical, este nunca es absoluto: el procedimiento inquisitorial nuevo funciona bajo el mismo arreglo al del antiguo rito: la escucha. Ya no se oye a los dioses sino a la gente. Y, de todas formas, se oye. De otra parte, el desplazamiento horizontal consiste en otro aspecto. Por un lado, existe el desplazamiento metodológico, si se quiere, pero es todavía más evidente que en la nueva instrucción criminal edípica subsisten maneras anteriores: la centralidad del palacio como principio toponómico para la escucha, la centralidad del poder, una gramática de los silencios. El otro aspecto es todavía más claro: una vez surtida la etapa propia de la instrucción divina, la siguiente parte de la investigación es un interrogatorio humano. Habla primero la reina, el rey, los nobles, los sacerdotes. Pero eventualmente el panorama del crimen y la maldición que ha caído sobre Tebas solo puede completarse mediante el testimonio de los súbditos, de los subalternos. Solo mediante el testimonio del esclavo, del mensajero, del campesino, es posible entender cuáles son los efectos del pasado violento en el presente de la ciudad. Mi hipótesis es que es esta mirada edípica, la de cambiar el foco, el giro epistemológico, funciona como un buen ejemplo para entender la aparición de la mirada memorialística dentro de los saberes sociales en Colombia. Colombia es un país de muchas constituciones políticas y muchas comisiones de investigación39. De la primera que hubo noticia como un dispositivo en el que se juntaron el poder del Estado y el saber de las ciencias sociales fue en la Comisión para la Investigación de las Causas de la Violencia, a la que se le apodó sencillamente como “La investigadora”. No

39

Jaramillo, Presentes y pasados de la violencia en Colombia…

p. 380

José Julián Hoyos Bucheli | 378 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística entraré en los pormenores de este acontecimiento histórico, pues harto ha sido ya estudiado. En cambio, me referiré a cómo fue en esa juntanza que existió un aspecto constitutivo que será condición del campo de emergencia de la memoria más adelante: la relación entre el Estado como un mandato político y el saber social como despliegue de una investigación novedosa. A la manera de Edipo, en esta comisión de investigación se encontró la síntesis de un poder-saber: el poder ejecutivo del rey que ya no cree en las viejas formas de explicar el mundo. Por ahora no analizaré los aspectos materiales de la comisión: ni su autonomía, ni su patrimonio, ni su actividad, ni su conformación. Me interesa mejor analizarla como espacio de inscripción de la mirada; el producto discursivo que quedó de la comisión, el ya mencionado libro La Violencia en Colombia, como rastro de un gesto que servirá de abono para los discursos venideros. El desplazamiento que, como efecto epistemológico, surgió de esta investigación es también similar al ejemplo de Edipo: ¿cuántas investigaciones estatales o de las ciencias sociales tomaron como fuente primaria el testimonio de lo que hoy llamamos subalternidades, de las víctimas del conflicto armado, que tienden regularmente a ser los mismos sectores rurales, empobrecidos, marginados? ¿Qué despliegue de poder tuvo como estrategia investigativa el uso de visitas territoriales en vez de escuchar, como solía hacerse, a los altos comandantes militares, sus biografías y memorias, para dar lugar a la pequeña familia atrincherada en la ruralidad colombiana? Me temo que, a la escala de “La investigadora”, muy pocos, quizá ninguno. De hecho, la única preocupación por ese pasado violento, por esa experiencia singular del dolor, apareció en otros artefactos discursivos, algunos harto distantes de la historiografía cientificista de la época: las novelas40, los cuentos, las artes pictóricas. Por supuesto, el propósito de la investigación de esta Comisión, plasmado finalmente en su producto discursivo, no es una pregunta sobre la memoria41. Su

40

Vale señalar que en gran parte del libro de La Violencia en Colombia se llama la atención sobre este fenómeno: la literatura como una forma no solo de educación emocional, de medio de denuncia, sino como una superficie de inscripción sobre la cual se intentó explicar la violencia política de la época.

41

Guzmán Campos, Fals Borda y Umaña Luna, La Violencia en Colombia, 27.

p. 381

| 379 | 379 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas propósito era dar con las “causas objetivas de la violencia”, objetivo trazado por la Junta Militar del Gobierno en 1959, dada la inminente instalación del Frente Nacional.

Más allá de la recepción que tuvo el libro, por más desventurada y precaria42, lo que me interesa es el fenómeno epistemológico que significó la inversión desde las arcas estatales para que, con cierta autonomía, un “grupo de sabios” caminaran durante ocho meses las muchas regiones del país que fueron afectadas por la violencia bipartidista. En términos de la mirada, es un acontecimiento centrífugo: de la centralidad del Estado, de su centro de poder bogotano, se envió una caravana a las regiones para que no fueran las fuentes tradicionales de la historiografía de entonces las que dieran cuenta de lo que había sucedido, ni en manos de los que alguna vez fueron llamados “los presidentes gramáticos”: no bastó el decir de ciertas alcurnias sociales, sino el de unas intelectuales, mediante las que se constituyó un archivo que no existía en Colombia para tal época. Tal es el archivo Guzmán, un conjunto de documentos que tomaron forma por la insistencia de un hombre religioso y un investigador social para dejar un registro de lo que Benjamin quiso postular como un documento siempre en peligro, una permanente ausencia, un documento que no fuera de barbarie.

La sincronía de la fundación de la primera escuela de sociología en Latinoamérica a manos de Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña en la Universidad Nacional, ambos autores del libro en cuestión, con la publicación de este, no es poca43. Muestra que varios discursos y saberes y corrientes teóricas dentro de las ciencias sociales tuvieron un crecimiento imbricado: la sociología estructuralista, los estudios sobre la violencia, la sociología jurídica, el humanismo social, el marxismo y la teología de la liberación. Estas dependencias discursivas también se anclaron, a su vez, con la creación a instituciones públicas, despliegues materiales y la posterior aparición de centros de investigación, que poco a poco servirían

42

Jaramillo, Presentes y pasados de la violencia en Colombia…, 101.

43

Para este tema, ver: Alberto Valencia Gutiérrez, “Memoria y Violencia. A los cincuenta años de ‘La Violencia en Colombia’ de monseñor Guzmán et al”, Revista Sociedad y Economía, n.º 23 (2012): 59-84.

p. 382

José Julián Hoyos Bucheli | 380 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística también de pista de aterrizaje para otro conjunto de disciplinas: la antropología forense, la psiquiatría, los estudios políticos, los estudios de relaciones internacionales. Esta matriz, a mi juicio, se asentó sobre el gesto sociológico-cristiano que fundó monseñor Guzmán.

Entonces regresemos a la mirada memorialística. Aunque el libro tenga tres autores, solo uno de ellos hizo parte de “La investigadora”. Decía más atrás que la constitución del Archivo Guzmán fue la gran novedad de esa Comisión: fue la superficie de inscripción de lo visto por el grupo de sabios que recorrieron las regiones del país. Es más, gran parte del material de ese archivo fue recogido por fuera de la Comisión, durante el tiempo que el cura estuvo en regiones como el Líbano44. En el archivo obran las transcripciones de testimonios, fotografías, notas de prensa y más documentaciones relativas. Sin embargo, una mirada en tanto gesto, en tanto práctica investigativa, no es solo un pasar por ver, un cuaderno de viaje o un diario etnográfico. Supone, mejor, una serie de actitudes, de estrategias, de herramientas, en todo caso una caja heurística del investigador edípico que ha puesto en el mundo una nueva tecnología. Dos aspectos resultan importantes en este asunto del gesto que ayudó a constituir el Archivo Guzmán. El primero trata sobre cómo justamente esa consignación de documentos, la única continuidad entre la Comisión y su producto discursivo, estuvo a cargo de un hombre de vida religiosa. ¿Qué dirá eso de la mirada memorialística?, ¿qué sedimentos podrán haber quedado no únicamente en el producto discursivo, sino en esa nueva forma de investigación social? Más allá de los fuertes incursos moralistas y religiosos de La Violencia en Colombia, de los cuales el mismo Guzmán hace advertencia45, hay algo que se queda en ese arreglo y desarreglo de saberes, de alguna manera similar a la transición de la escucha ritual en el Edipo. En buena medida, la manera en que Guzmán aplicó esa mirada

44

Ibid., 4.

45

En el testimonio, firmado por monseñor Guzmán en 1962, señala que “El autor principal de la presente obra se somete a la doctrina de la iglesia y declara que rechaza formalmente cualquier concepto reñido con la cristiana ortodoxia”. Efectivamente, a lo largo de las partes que fueron escritas por Guzmán, se puede notar gran cantidad de juicios morales católicos. Ver Guzmán Campos, Fals Borda y Umaña Luna, La Violencia en Colombia, 34.

p. 383

| 381 | 381 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas regional, que termina por ser el levantamiento mismo de la fuente, fue también un arreglo ritual: el sacramento de la confesión católica, la gramática de su escucha, la liturgia de una burocracia espiritual y la expectativa creada sobre el confesor-pecador. Ese es el medio por el cual se construyó el archivo para una producción discursiva46, cuyo principal influjo teórico fue la sociología estructuralista. Esta mirada, la del cura que como un médico va por las regiones viendo pacientes, buscando datos que develen el síntoma de un mal presente, es la mirada que será usada por otros esfuerzos por la memoria similares a “La investigadora”. Como vimos en la cuestión genealógica, es fácil creer, falacia en todo caso historicista, que una vez aparece un sistema de funcionamientos definidos podemos hallar el origen de los gestos, las instituciones, los conceptos. Podría decirse: ¿y de qué otra forma podría haberse llevado a cabo tal empresa? Ahí está el centro del asunto, pues también Edipo pudo haber aceptado sin más el ritual antiguo en vez de fundar todo un nuevo poder tiránico. Creo que este aspecto no es un asunto menor. Como ejemplo, vale señalar la presencia del padre de Roux en el cinep, uno de los centros de investigación adscritos a la Pontificia Universidad Javeriana que ha estudiado por largo tiempo la relación entre política y violencia, y también su participación como director en la reciente Comisión de la Verdad, deber adquirido por los Acuerdos de Paz con las farc-ep47. La legitimación religiosa no es una estrategia nueva y tampoco fútil, mucho menos en países de alto influjo católico como el nuestro. Habrá una cantidad de casos seculares, de investigadores sociales que utilizarán esa misma mirada edípica, una mirada memorialística al recorrer las regiones del país para tomar como fuente principal de sus saberes el testimonio de las subalternidades48. Sospecho que en nuestra época estas afirmaciones resultan ramplonas, pero, de nuevo, no se trata de poner lo del final en el principio.

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Jaramillo, Presentes y pasados de la violencia en Colombia…, 85.

47

Los orígenes intelectuales del cinep son estudiados en el capítulo III de la primera parte de este mismo libro por Diego Alejandro Zuluaga.

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Piénsese en el vasto trabajo que realizó María Victoria Uribe al recolectar los testimonios de mujeres afectadas por la violencia bipartidista. También en la década de los ochenta hubo un boom de intelectuales que investigaron la violencia: los violentólogos.

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José Julián Hoyos Bucheli | 382 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística Vale entonces señalar que no solo fue la relación constitutiva entre Estado-saberes sociales la que funcionó como un operador epistemológico, condición en últimas necesaria para que ese gesto de la mirada memorialística poco a poco se fuera tecnificando y disciplinando bajo nuevos saberes, sino que hubo también un arreglo constitutivo de esa emergencia memorialística con los sacramentos cristianos, los que se han sedimentado en el discurso actual de la memoria. De ese desplazamiento horizontal, que tuvo lugar en la década de los sesenta en Colombia, resultan algunos efectos palmarios: cada vez que se constituye un estudio por la memoria son también los y las religiosas católicas los llamados por necesidad, más allá del valor legitimador de la sotana. Además de eso está en medio la aplicación del sacramento del perdón: la confesión que busca que el pecador dé verdad a cambio de liberación, forma en cierta manera arcaica de los métodos jurídicos de reducción de penas a cambio de los testimonios de los victimarios.

Por supuesto, esta cuestión merece un análisis más profundo, una arqueología que no solo cuestione en torno a la emergencia de la mirada memorialística en un punto estático, sino que la rastree por las siguientes décadas hasta nuestro presente. Podría esperarse de tal empresa no solo las vetas morales del discurso memorialístico, sino los arreglos epistemológicos que existieron y pueden todavía existir entre los rituales de escucha católicos y los propios de los saberes sociales y jurídicos. Ahora bien, queda todavía un segundo aspecto por revisar en ese desplazamiento horizontal. Una consecuencia insospechada, como habría de serlo también en el ejemplo de Edipo, es que la aplicación de la nueva tecnología de instrucción criminal tendría como consecuencia poner en entredicho el poder que le dio origen en primer lugar. En la tragedia, Edipo termina por ser expulsado por sus antiguos crímenes, no sin antes sacarse los ojos, para terminar en otra tragedia ática menos atractiva de nombre Edipo en Colono. Curiosamente, ese caso es similar en la historia nacional. La Junta Militar, con su objetivo de deponer a Rojas Pinilla para la entrada del Frente Nacional, propuso la creación de “La Investigadora”. Sin embargo, una vez que supieron los hallazgos –que en gran parte mostraron

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| 383 | 383 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas que las causas objetivas de la violencia en Colombia, desde una lectura estructuralista, tenían que ver con la configuración gamonalista del Estado49 y sus sistemas políticos arcaicos, que garantizaron impunidades– fueron mal recibidos por varios sectores de la prensa, la Iglesia, los partidos políticos y los militares. Es decir, por gran parte de los sectores que apoyaban y hacían parte del poder ejecutivo. Este aspecto parece no haber cambiado. El discurso de la memoria marca una regularidad en tal dimensión, pues los trabajos del Grupo de Memoria Histórica lograron evidenciar la participación de algunos sectores del Estado y su relación con privados. Se trata entonces de una mirada que pone en entredicho a su vez el poder que le dio lugar50. En definitiva, es un desplazamiento que tiene la vocación de poner su propio saber-poder en duda.

Conclusiones preliminares En este breve panorama metodológico propuse cómo un análisis crítico del discurso –las cuestiones genealógicas y arqueológicas– puede develar aspectos enterrados del discurso actual de la memoria en Colombia. Por un lado, mostré, desde un acercamiento genealógico, que existe un valor desde la emergencia del discurso de la memoria que consiste en ser todas las veces una contrahistoria, esto es, su valor necesariamente contrahegemónico. Como efecto de tal enrarecimiento del discurso, se notó que la crítica de la memoria dentro de su movimiento vertical, respecto a la centralización de los testimonios, resulta de poco provecho: finalmente, no existe hoy una narrativa ni una unidad narradora que logre dotar de interpretación absoluta nuestro presente epistémico. La crítica, desde este punto de vista, resulta más interesante si se logra analizar más aspectos que logren dar cuenta del régimen de verdad, los sistemas de exclusión y las tensiones al interior del discurso de la memoria y con otros discursos. Por supuesto, este aspecto reúne una visión sobre el método, puesto que

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Jaramillo, Presentes y pasados de la violencia en Colombia…, 102

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Grupo de Memoria Histórica, ¡Basta ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad (Bogotá: Imprenta Nacional, 2013), 177.

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José Julián Hoyos Bucheli | 384 Hacia un estudio crítico del discurso de la memoria en Colombia: emergencia, contrahegemonía y la mirada memorialística existen otras dimensiones útiles que juegan en ese vector. Por ejemplo, el valor terapéutico y jurídico hacia las víctimas como medio de reparación simbólica y administrativa.

Dentro de esas perspectivas más provechosas propuse la idea de un desplazamiento no vertical del poder sino uno horizontal, para el que resulta más apropiado un gesto arqueológico como medio de investigación. Mediante herramientas propias de ese método fue posible ver que existió un suelo epistémico anterior a la llegada del discurso de la memoria en Colombia: la mirada memorialística. En una fuga descentralizadora, notamos cómo en el Archivo Guzmán se logró consignar el rastro de una forma de practicar el saber social de forma novedosa, que permitió a la vez un tratamiento distinto a las fuentes comunes de la historiografía. Sin embargo, en tal movimiento se sedimentó una serie de sacramentos, un arreglo de rituales católicos a las nuevas formas científicas de los saberes sociales y los procedimientos jurídicos. Sin duda, el objetivo de estas dos cortas reflexiones fue mostrar que en nuestro presente persisten esos presupuestos, con efectos todavía en la manera en que entendemos la memoria. Estos dos aspectos solamente arrojan unos hallazgos preliminares de la aplicación de los análisis críticos de los discursos. Como mencioné arriba, este capítulo no pretende presentar unas tesis del todo novedosas sino demostrar cómo un acercamiento epistemológico al fenómeno de la memoria en Colombia puede ayudar a entender mejor la relación que tienen el Estado, la sociedad civil y los saberes sociales con el pasado de violencia nacional. Sin embargo, hay muchos más aspectos, tantos como emergencias puedan rastrearse al interior del discurso: su relación con el derecho y la justicia transicional, con la creación de políticas públicas, con la filosofía práctica y la ética liberal. El sistema de funcionamiento de la memoria es muy amplio en nuestro país, al igual que lo son los valores que les hemos atribuido. Lo mismo puede pensarse en los ajustes y desarreglos que ha tenido su aparición con otros saberes, y la descripción de esas tensiones también puede lograr iluminar la cuestión. La relación de la memoria con la antropología, con la medicina, con la psiquiatría, con los estudios políticos, todos develarán imbricaciones y rupturas que en

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| 385 | 385 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas nuestro presente pueden haberse pasado de largo. Describir esos presupuestos epistemológicos es también una tarea de la filosofía, una que quizá siga pendiente.

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Autoras y autores

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| 387 | 387 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Alejandro Mojica Villamil Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional (upn), Magíster en Historia y candidato a doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es profesor asociado de la upn y docente en propiedad de la secretaria de Educación Distrital. Hace parte del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz y es miembro activo de la línea de investigación y enseñanza de la historia del Departamento de Ciencias Sociales de la upn, así como del grupo de investigación Prácticas culturales, imaginarios y representaciones.

Correo: amojicav@unal.edu.co Anderson Vargas Coronel investigador jurídico y social. Abogado de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en derecho penal, Magíster en derecho y Doctor en historia. Actualmente se desempeña como profesor asistente de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia - sede Bogotá y como investigador del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz de la misma institución. Correo: amvargasco@unal.edu.co Andrés Inampués Borda Es candidato a doctor en Ciencias sociales y Humanas de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es profesor de la Universidad Santo Tomás (usta), sede Bogotá, y hace parte del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz. Es miembro del grupo de investigación Aletheia en la línea de investigación de memoria, historia e identidades, adscrito al Departamento de Humanidades de la usta.

Correo: ainampues@unal.edu.co

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| 388 | 388 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Camilo Corredor Collazos Magíster en Filosofía y Doctor en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Investigador del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz de la Universidad Nacional. Docente Investigador de la Facultad de Filosofía y la Facultad de Derecho de la Universidad Libre. Investiga sobre filosofía política moderna, ética moderna, historia conceptual, hermenéutica filosófica y neokantismo.

Correo: ccorredorc@unal.edu.co Camilo Serrano Corredor Doctor en Ciencia Política por el Centro de Investigación y Docencia Económicas —cide—, Ciudad de México. Profesor de la Universidad Icesi, Cali.

Correo: camilo.serrano@u.icesi.edu.co Diego Alejandro Zuluaga Quintero Doctor en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa (México); miembro del Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana (gelcil); profesor de la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia.

Correo: diego.zuluagaq@udea.edu.co Francisco A. Ortega Profesor titular y coordinador de posgrados del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá. Actual director del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz. Dirigió el Centro de Estudios Sociales (ces) entre el 2005 y el 2009. Trabaja temas relacionados con historia intelectual y política del siglo xix, cultura política, conmemoración, memoria, arte, cultura y duelo. Es doctor de la Universidad de

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| 389 | 389 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Chicago (2000) y ha sido profesor invitado en la E.H.E.S.S. de Paris y en la Universidad de Turín, académico residente en Stanford y en el Instituto Max Planck para el estudio del derecho. En el 2017 fue Santo Domingo Visiting Scholar del David Rockefeller Center for Latin American Studies (drclas) de la Universidad de Harvard.

Correo: fortega@unal.edu.co Jenny Paola Valencia Torres Historiadora de la Universidad del Valle. Magíster en Historia y Doctora en Historia de la Universidad de los Andes. Es miembro del Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana (gelcil) adscrito a la Universidad de Antioquia. Actualmente se desempeña como profesora del Departamento de Historia de la Universidad del Valle. Correo: paolaval83@gmail.com José Julián Hoyos Bucheli Abogado y filósofo de la Universidad del Rosario. Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Candidato a Doctor en Filosofía de la Universidad del Valle. Es integrante del semillero de Historia Intelectual del grupo de investigación PRAXIS y docente del departamento de Humanidades de la misma Universidad.

Correo: josejulianhoyos@gmail.com Juan Guillermo Gómez García Abogado de la Universidad Externado de Colombia. Doctor en Filosofía de la Universidad de Bielefeld, Alemania. Profesor e investigador del Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana (gelcil) de la Universidad de Antioquia y profesor del área de Literatura de la Facultad de Comunicaciones y Filología de esa misma Universidad. También es profesor del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

Correo: guillermo.gomez@udea.edu.co

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| 390 | 390 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Juliana Vasco Acosta Historiadora de la Universidad Nacional de Colombia. Magíster en Historia y Doctora en Historia de la Universidad de los Andes. Es miembro del Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana (gelcil), adscrito a la Universidad de Antioquia.

Correo: julianavascoacosta19@gmail.com Kevin Enrique Ramírez Cáceres Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional, Magíster en Historia de la Universidad Nacional de Colombia y doctorando en Historia de la misma universidad. Se ha desempeñado como docente de básica primaria, secundaria y educación media. Es investigador del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz de la Universidad Nacional de Colombia. Correo: keramirezc@unal.edu.co.

Luz Angela Núñez Espinel Licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional, Magíster y Doctora en Historia de la Universidad de los Andes. En la actualidad es profesora del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia.

Correo: lnuneze@unal.edu.co Nicolás Peña Aragón politólogo, especialista en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, Magíster en Derecho y Doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Sus líneas de investigación son: conflicto armado; procesos de desarme, movilización y reintegración (ddr); memoria histórica e historia conceptual.

Correo: cnpenaa@unal.edu.co

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| 391 | 391 Historia intelectual del conflicto armado en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas Rafael Rubiano Muñoz Sociólogo y Magíster en Ciencia Política, UdeA. Doctor en Ciencias Sociales (Flacso-Argentina). Profesor Titular, Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia. Correo: rafael.rubiano@gmail.com Zulma Rocío Romero Leal historiadora y Magíster en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia. Investigadora del Centro de Pensamiento Pluralizar la Paz de la Universidad Nacional y del Centro Nacional de Memoria Histórica. Tiene experiencia en investigación sobre historia intelectual, conflicto armado colombiano y subjetividades políticas en los siglos xix y xx. Correo: zrromerol@unal.edu.co

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Colección Humanismos Este libro se terminó de imprimir en noviembre de 2025, setenta y tres años después de la publicación de la obra La Violencia en Colombia, de Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda. Esta obra pionera sentó las bases para la consolidación de un campo de conocimiento y el inicio de comunidades de intelectuales dedicados al estudio de la violencia y el conflicto armado en el país, que son materia de estudio del libro que el lector tiene en sus manos.

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Historia intelectual del conflicto armando en Colombia: intelectuales, instituciones e ideas es el resultado del trabajo de investigación de profesores y profesoras de distintas instituciones y una contribución al estudio de un problema central en la historia del país: las maneras en la que hemos construido y comprendido nuestro pasado y presente en relación con el conflicto armado, en este caso visto desde la perspectiva de la historia intelectual. El libro busca dar respuesta a los siguientes interrogantes ¿cuál es la utilidad de la historia intelectual para pensar problemas coyunturales e históricos, relacionados con la política, la paz y el conflicto?, ¿de qué manera una historia intelectual del conflicto armado puede contribuir a encontrar nuevas claves para pensar los problemas nacionales? Estas preguntas constituyen un desafío en la medida en que obligan a reorientar el estudio clásico de la historia intelectual. Se estudia la tradición letrada, los círculos intelectuales, las ideas, las concepciones de la sociedad, las instituciones, el mundo impreso, los saberes populares, las figuras de los intelectuales, pero enfocados en comprender el conflicto armado en Colombia. Se trata entonces de movilizar las preguntas y las metodologías que emplea la historia intelectual hacia un nuevo campo de estudio. En ese sentido, cada uno de los diez capítulos que componen este libro reflexiona acerca del valor social, histórico y político de las ideas, los discursos, las instituciones y los agentes (académicos, artistas, religiosos, sindicalistas, maestros) que han influido sobre la opinión pública y sobre las formas de pensar y actuar de los colombianos. Este libro es una apuesta por reconsiderar la centralidad de la violencia en la historia del país y una muestra de cómo la historia intelectual puede contribuir a encontrar nuevas claves para comprendernos como sociedad.

ISBN

978-

628

7652

30

9

H U M A N I S M O S

Cita: Zuluaga Quintero, Diego Alejandro, Valencia Torres, Jenny Paola, Vasco Acosta, Juliana, Gómez García, Juan Guillermo, Núñez Espinel, Luz Ángela, Serrano Corredor, Camilo, Rubiano Muñoz, Rafael Alfonso, Corredor Collazos, Camilo, Vargas Coronel, Anderson, Peña Aragón, Nicolás, Romero Leal, Zulma Rocío, Ortega, Francisco A., Mojica Villamil, Alejandro, Inampués Borda, Andrés, Ramírez Cáceres, Kevin Enrique, Hoyos Bucheli, José Julián (2025), Historia intelectual del conflicto armado en Colombia : intelectuales, instituciones e ideas, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/48820