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¿Dónde está Javier?

Isabel Sofía Naranjo Agámez

Trabajo de grado presentado para optar al título de Periodista

Asesor César Álzate Vargar, Doctor (PhD) en Periodismo Literario

Universidad de Antioquia Facultad de Comunicaciones y Filología Periodismo Medellín, Antioquia, Colombia

2025

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Cita (Naranjo Agámez, 2025) Referencia

Estilo APA 7 (2020) Naranjo Agámez, I. S. (2025). ¿Dónde está Javier? [Trabajo de grado profesional]. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

Biblioteca Carlos Gaviria Díaz

Repositorio Institucional: http://bibliotecadigital.udea.edu.co

Universidad de Antioquia - www.udea.edu.co

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión de los autores y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. Los autores asumen la responsabilidad por los derechos de autor y conexos.

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Agradecimientos

Gracias a toda mi familia, en especial, a mis abuelitos y a mi mamá por acompañarme en todo el proceso de escritura. A mi asesor el profesor César Álzate y a mi querida amiga, Ana Catalina Restrepo Cardona por ser mi primera lectora.

Este proyecto recibió dineros del Fondo para Apoyar los Trabajos de Grado de Pregrado, financiado por la Facultad de Comunicaciones y Filología y por el Comité para el Desarrollo de la investigación de la Universidad de Antioquia

(CODI).

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Introducción El principal reto, y, al mismo tiempo, la principal oportunidad de esta historia es que fue reconstruida por una persona que ama a todos los implicados. Ese mismo amor fue el que permitió que todos los protagonistas (excepto uno: Javier) fuesen entrevistados en varias ocasiones, en jornadas largas, sinceras, incómodas y con metodologías extrañas para el periodismo como leer la biblia y encontrar elementos de los hechos en ella. Durante cuatro años de pregrado me enseñaron que los buenos periodistas son los imparciales y los que se dejan afectar poco por los hechos. Hoy, buscando ser una buena periodista y reconstruyendo la historia lo más parecida a la realidad que las palabras permitan, afirmo que involucrarse emocionalmente no solo hace este oficio más humano, sino más sincero. En las siguientes páginas disecciono la historia de mi familia, una historia que en su mayor parte ocurrió cuando yo aún no había nacido; por lo tanto, una historia que realmente era extraña para mí.

Este trabajo por motivos académicos es firmado con un solo nombre: el mío. No obstante, muchas personas lo escribieron desde diferentes épocas; por ejemplo, lo escribió mi abuelita cuando se acostaba conmigo en la hamaca y me contaba fragmentos de la historia cuando yo era una niña, pero también lo escribió mi abuelito hace un año cuando comenzaron las entrevistas semiestructuradas y le dije “cuéntamelo todo desde cero, imagina que yo no sé nada”. Así, mi verdadera labor fue ponerle las letras a una historia que los papás del desaparecido comenzaron a contar en la intimidad del hogar. Mis abuelitos por muchos años tuvieron miedo de hablar sobre lo que pasó, de alguna forma se sentían responsables y creían que esto solo lastimaría a más personas.

En alguna materia al principio del pregrado me dijeron que el periodismo tiene tres funciones comunicativas: informar, educar y entretener. Sin embargo, soy una defensora de que existen otras funciones, pero a veces son menos protagónicas. Para estas crónicas creo que la función del periodismo es sanar. A veces en las familias cuando hay muertes violentas o accidentes que se pudieron prevenir, existen personas que afectadas por el trauma deciden ser doctores o enfermeros

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para evitar que ese tipo de situaciones vuelvan a pasar. Yo creo que tantos años de secretos en la familia Torreglosa dieron como resultado a una periodista que ha estado rondándolos en busca de todas las piezas de un rompecabezas que desde hace años se escondieron en el chifonier.

Estoy agradecida con el periodismo por haberme dado la oportunidad de conocer a mi familia de una forma que otra carrera no me lo habría permito. Agradezco que los últimos meses mi “trabajo” haya sido visitar a mis abuelos. Agradezco haber hablado con tíos con los que no había interactuado hace años, todo con la excusa de una entrevista. Agradezco cada oportunidad que tuve, porque sé que mi posición fue la que permitió que me contaran cosas que, a un extraño con una grabadora, por lo general, no le contarían.

El resultado fueron tres crónicas, eso leerán ustedes a continuación. No obstante, para mi familia este trabajo ha traído unas consecuencias intangibles: comenzaron un proceso de duelo. Antes, hasta las fotos de Javier eran un secreto; ahora acompaño a mi abuelita a comprar cosas y me cuenta detalles de la nada, como que la canción que suena en la radio era la favorita de Javier. Esa canción era Los Sabanales de Los Corraleros de Majagual. P para mí, que soy una apasionada de la poesía y de su métrica, este descubrimiento fue un detalle hermoso que quiero compartir con los lectores. Javier toda su vida vagó por el mundo tratando de hallar un lugar, sin embargo, en esa búsqueda solo encontró soledad. Para él esa canción significaba algo por la primera cuarteta:

Cuando llegan las horas de la tarde Que me encuentro tan solo y muy lejos de ti...

Me provoca volve' a los guayabales De aquellos sabanales donde te conocí...

Pero para mí, la misma canción significa algo por la segunda cuarteta, la que habla sobre pintar recuerdos de la forma más exacta posible, entendiendo el reto que tiene transmitir por un formato limitado, como la palabra, algo tan extenso y complejo como la realidad:

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Mis recuerdos son aquellos paisajes Y los estoy pintando exactos como son Ya pinté aquel árbol del patio Que es donde tú reposas cuando calienta el sol.

Antes de que los lectores comiencen a enredarse en todas las tramas y los giros sobre el árbol genealógico de los Torreglosa me queda decirles que una historia tan extensa solo se reconstruye con voluntades: como mi mamá que escribió un diario contando los hechos como los recuerda, como mis abuelos que escribieron cartas para Javier como si él los pudiese leer en estos momentos de la vida, y como toda la familia que se confrontó con pasajes bíblicos y reflexiones para poder hablar a profundidad sobre las decisiones que algunos hicieron. Todo esto para que ustedes pudieran leer un texto medianamente fluido. Finalmente, la pregunta “¿Dónde está Javier?” me gustaría responderla antes de las crónicas: Javier está en mi abuelito cuando desgrana el maíz de las gallinas, también está en mi abuelita cuando toma sopa y se hastía, y está en mi mamá cuando ella ve que alguien no tiene la chocozuela o el hueso de la rodilla. Javier está en todos esos recuerdos y ahora también está en esta historia verbalizada por mí.

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Ilustración 1. Carta de Justina a Javier.

“Hola, Javier, hijo.

¿Cómo estás? Espero que bien. Te saludo en el nombre del señor. Deseo que estés bien. Te quiero mucho, deseo verte. Qué Dios te bendiga. -Ana Justina Torreglosa”.

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Capítulo I Ese día repicaban los goterones contra el techo de zinc como si fuesen pedazos de cielo tamborileando la casa. Sumida entre los estruendos y los chasquidos de la tempestad, Justina le daba sopa al pequeño Javier. La humilde casa de tablas extraviada entre el follaje de la sabana se estremecía y las tejas del techo subían y bajaban azotadas por el viento dejando escurrir pequeñas gotas del aguacero dentro del cuarto. La pareja de esposos había reunido todos los periódicos viejos que la familia tenía, había comprado un tarro grande de cola pegante y lo había hecho rendir con agua, había empapelado la casa por fuera con esos periódicos y más importante aún, había dejado pasar mucho tiempo desde la última repellada y ya los papeles se estaban despellejando poco a poco de las paredes de tabla.

Javier tenía tres años, Chave tenía cuatro; eran los únicos hijos del matrimonio. Ceferino pasaba todas sus mañanas en “el cerro”, un pedazo de tierra del señor Remberto Giraldo que le alquilaban para sembrar arroz, maíz o yuca, a cambio de la décima parte de todo lo que recogiera. Después de medio día Ceferino volvía a bajar al pueblo, pero antes de ir a la casa siempre se quedaba un rato con sus amigos en la cantina Los Gozosos jugando billar, bailando porro y tomando chicha fermentada; ese día a pesar del inminente diluvio Ceferino no llegó temprano a su casa.

Chave estaba sentada en una pila de sillas Rimax de plástico blanco para que alcanzara la mesa, comía lentamente de su plato mientras su mamá cogía un taburete de madera y se sentaba en él mientras acomodaba a Javier en su pierna izquierda para comenzar a darle la sopa con la mano derecha. La temporada de lluvias ese año no solo había dejado a dos familias damnificadas, entre esas, unos primos de Justina, sino que también había alborotado a los mosquitos, por eso ella sospechaba que esa noche iba a ser difícil: las ramas del matarratón en el patio estaban zambullidas por el invierno y esa noche no tendrían ninguna seca para quemar y espantar a los mosquitos. La electricidad aún no había llegado a Tierradentro. Faltan quince años para que en la casita de madera vestida con

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periódicos se pudiera encender un bombillo, por la noche solo había velones improvisados en botellas de vidrio llenas con ACPM y con un pequeño pabilo de tela gruesa.

Desde hacía más de dos años Javier era hijo de Ceferino y Justina; Cándida era la mamá biológica del niño y la hermana de Justina; ella se lo entregó apenas él soltó la teta a los ocho meses. Cuando se lo trajeron a la casa era un bebé flacucho y amarillento, lloraba por todo y solo lo tranquilizaban cuando le enrollaban en la boca un pedazo de tela sumergida en agua con azúcar. Justina pensaba que ese niño había aguantado tanta hambre que se había convertido en un animalejo glotón desesperado por la comida, era para ella un racimo de necesidades insatisfechas: un niño que necesitaba abrazos todo el día, que lloraba cuando lo dejaban solo en las hamacas y que no dormía si sentía la cama sola. Javier con sus diminutas manos agarraba puñados de arroz y se los llevaba a la boca mientras esta todavía estaba llena de comida, engullía platos rebosantes cuyas porciones eran más parecidas a las de los adultos que a las de los niños. Chupaba el cucayo, lengüeteaba la sopa y roía los huesos; su actitud le resultaba chocante a Justina, él comía de una forma desmedida para un niño tan pequeño y eso la colerizaba. Odiaba que él tirara su cara en el chócoro de la sopa y que bebiera como perro; la enervaba que no la escuchara, que ignorara los regaños, que se soltara con brusquedad cuando ella trataba de agarrarle las manos o que le gritara y se retorciera en la tierra si no lo dejaban atragantarse en el plato. Justina lo que más odiaba era que Javier desde pequeño había aprendido a tratarla brusco, así como Ceferino lo hacía.

Apenas Javier terminó de tomarse la sopa, cogió el plato y lo tiró al suelo; el plato rodó afuera de la casa y el aguacero lo alcanzó. Justina se paró a cogerlo y el niño desde lejos le gritó “Mami, deme más”. Ella en silencio dejó a Chave y a Javier en la mesa, dejó en la hornilla el plato de Javier, que se ensució de barro, y cogió el plato de Chave, que ya estaba vacío, y lo rellenó con más sopa. Cambió al niño de posición, lo subió a la mesa y lo sentó, estaban frente a frente. Agarró la cuchara y le comenzó a dar la comida. A mitad del plato Javier se llenó y le dijo que ya no

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quería más, pero ella lo ignoró. Le embutió la comida. Concluido el segundo plato de sopa sirvió un tercero. Obligó a Javier a comerse todo. Javier vomitó, pero ella no paró, sirvió un cuarto plato. Durante el último plato el niño se vomitó sobre la sopa y por la mente de Justina pasó la idea de darle su vómito a cucharadas; ella cree que en medio del aguacero Dios mandó una ráfaga de cordura y por eso paró, pero Javier ya estaba lloroso y empapado de sopa vomitada. El niño trataba de bajarse de la mesa, pero ella lo reprendía y le recordaba que había sido culpa suya porque “a los pelaítos groseros las mamás los castigan” y “a los glotones cuando mueren el diablo se encarga de torturarlos así”.

La casa se dividía en tres partes: un cuadrado mediano, cercado con tablas de madera y con techo de zinc, donde reposaban dos camastros amplios, uno para los esposos, otro para los hijos; una choza de palma que era sostenida por cuatro horcones de roble donde había dos hamacas guindadas y en medio un mesón de madera que funcionaba de comedor; y otra choza de palma, un poco más vieja y un poco más sucia, por el tizne de la lumbre donde quedaba la hornilla de leña. Las casas estaban una al lado de la otra: la casa de zinc estaba al lado de la casa con las hamacas, y la casa con las hamacas estaba al lado de la casa con la hornilla. La lluvia se colaba por pequeños huequitos en los techos de palma, sin embargo, en estos aguaceros estar debajo de un zinc significa someterse al sórdido estruendo de las gotas sobre el metal, o en palabras de Justina, es escuchar como Dios martilla desde el cielo.

Ceferino llegó a la casa con las botas empantanadas y se quitó los corotos, esa muda de ropa vieja que un día fue ropa de salir, pero por el inevitable paso del tiempo, ahora solo es ropa para jornalear hasta que se caiga de los huecos y del mugre. Justina tuvo que cocinar un nuevo almuerzo porque casi toda la sopa se la había dado a Javier, entre risas ella le contó su reciente castigo a Ceferino, pero a él no le causó gracia, al contrario, esa tarde se acostó con el niño en la hamaca y ambos hombres ignoraron a la mujer. La casa se había dividido, Chave estaba con Justina y Javier estaba con Ceferino. La niña se alegró de que su mamá castigara a su hermano porque él siempre era el consentido del papá, pero Ceferino encontró

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más crueldad en el acto de Justina que una verdadera intención de corregir al pequeño.

Ceferino tuvo dos hijos biológicos barones antes de tener a Chave, pero a ninguno lo crió, él le decía a Justina que los hombres quieren a los hijos cuando quieren a la mujer, y a ella la quería tanto que hasta un pelao que no era suyo se lo criaba. Esa frase que decía medio risueño y medio enserio guardaba un poco de verdad sobre sus sentimientos: Javier no era solo el sobrino de su esposa, Javier era su hijo, su hijo hombre, su hijo blanquito y monito al que debía proteger mucho porque era un niño que nació rechazado.

Cayó la noche junto al goteo constante de la lluvia, la pelea del medio día parecía que se había ido junto a la luz del sol. El velón de ACPM estaba encendido dentro de la casa de zinc y sobre el camastro de los papás estaba la familia jugando dominó, o, mejor dicho, estaban los papás jugando dominó mientras los niños desarmaban el juego. El vendaval esa noche manoseó todas las casas de Tierradentro, y mientras el viento invadía la vereda se escucharon ruidos alrededor. —Ceferino, vinieron por nosotros —exclamó con terror Justina. Los Torreglosa siempre han sido una familia de liberales. Dionisio, el papá de Justina, todos los domingos se emperifollaba y se ponía una guayabera blanca con un pañuelo rojo en el bolsillo del lado izquierdo, junto al corazón; él había huido dos veces por el monte porque los conservadores le habían quemado la casa durante la noche, incluso, su esposa Juanita en una de esas huidas parió en el monte y él tuvo que mochar el cordón umbilical con el machete que había sacado “por si el diablo era cochino y le mandaba a alguien a perseguirlos”. Justina sabía que ahora no se llamaban liberales y conservadores, pero eran las mismas personas actuando de las mismas maneras.

—Baja la voz para que no sepan que estamos aquí —respondió Ceferino. El ruido ya no era huérfano, ahora lo acompañaba una sombra de forma humana que se asomaba entre las rendijas de las tablas porque estas no encajaban a la perfección.

—Definitivamente sí están aquí, negra —susurró Ceferino.

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—Escóndete pa que no nos vean —secreteó Justina.

Ceferino agarró a Javier por el brazo, apagó el velón y se metió debajo del camastro de los niños. Justina decidió entonces coger a Chave y esconderse en la cama de al lado. La casa se sumergió en un absoluto sosiego, el temor era tan grande que todos respiraban en silencio; Ceferino con una mano le tapaba la boca a Javier y se la apretaba aferrado porque sentía que el niño dejaría escurrir palabras y los cuatro entonces morirían. Afuera se seguía escuchando el barullo y todos estaban confundidos. Durante una hora los cuatro se escondieron y rogaron a Dios por ayuda. Ceferino después de un tiempo se atrevió a volver a hablar. —Justina, voy a salir por la puerta de adelante y voy a hacer mucho ruido; mientras tanto ustedes salen por la puerta de atrás y corren lo más rápido y lo más lejos posible —imploró en voz baja Ceferino—. Vayan a la casa de Elías, que es la que queda más derecho por el monte, y pidan ayuda allá. Si logro salvarme, nos vemos en la mañana donde el señor Dionisio. Tú solo tienes que correr con tus pelaos.

—¿Y por qué no coges el manduco con el que atrancamos la puerta y tratas de defenderte con eso? De pronto no son muchos y tú logras aporrear a alguno — razonó ella.

—Eso es lo de menos; yo veré qué hago y cómo me defiendo, lo importante es que ustedes corran.

Ceferino ya había aceptado la idea de que se sacrificaría por su familia. Le pasó a Justina el cuerpecito tembloroso de Javier, ella estaba arrepentida por todos los problemas de ese día, si ellos morían, ella solo recordaría que la última vez que vio a Ceferino estaban peleados, su marido se moriría pensando que ella era mala mamá, y si era ella la que se moría y Javier quedaba vivo, el niño la recordaría con odio por su castigo. Justina se sentía al borde de la muerte y solo pensaba en esa bendita sopa, ni siquiera estaba tan rica porque el hueso ya estaba cogiendo mal sabor; ella se aferraba al deseo de que ojalá no hubiesen peleado esa tarde y hubiesen hecho otras cosas, que ojalá ese día se les hubiese ocurrido dormir donde sus papás o donde su hermano porque ahora no estarían a punto de morir.

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Ceferino salió lentamente de debajo de la cama y volvió a ver la silueta humana que lo miraba a través de la rendija, le hizo una seña a Justina para que saliera con los niños mientras él abría la puerta para salir, pero su esposa no se atrevió a correr, se quedó perpleja mirando fijamente cada movimiento, si los iban a matar, ella había decidido que no iba a correr. Ceferino agarró el manduco que trababa la puerta como si fuese un bate de beisbol y dispuesto a pelear, salió gritando de la casa, pero no había nadie. Confundido salió a mirar donde estaba la silueta, pero solo encontró un pedazo de periódico despellejado en la pared siendo zarandeado por el viento y creando la ilusión de que era una persona, también vio las ramas del palo de mango que estaban medio caídas mientras el viento las revolvía contra la casa creando todo ese ruido. Los esposos se miraron fijamente y comenzaron a reír: esa noche la paranoia en la que vivía el pueblo le había ganado a la razón. Desde ahí cambiaron muchas cosas en la familia. Justina no volvió a castigar a Javier, Ceferino comenzó a guardar un machete en el cuarto y Javier no volvió a tomar sopa.

Cuatro años después la familia se mudó, seguían en Tierradentro, pero vendieron el lote porque Ceferino se gastaba la plata apostando en el dominó. Ahora él trabajaba en una finca propiedad del señor Remberto Giraldo, un ganadero surdo que tenía tres mujeres pero que a ninguna preñó y por eso fue toda la vida un padre frustrado. Él era pipón y chiquito, no caminaba a ningún lugar si estaba afuera de su finca, sino que siempre llegaba montando a caballo, mantenía el bolsillo de la camisa lleno de dulces y de plata menuda y una vez a la semana hacía un recorrido por el pueblo dándole a los niños confites y billeticos envueltos para que se compraran algo. La generosidad del señor Remberto no tenía límites cuando se trataba de Javier. El niño le decía que era su padrino y le alegraba el día haciéndole mofas, se metía telas envueltas dentro de la camiseta, se montaba a la angarilla del burro y cogía mamoncillos y los repartía a la gente mientras les decía que ahora era como el señor Giraldo.

La Estancia era una finca de 40 hectáreas que en sus mejores épocas crió hasta 150 cabezas de ganado destinadas a la ceba y Ceferino era uno de los

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mayordomos encargado de cuidarlas: las desparasitaba, encerraba a los terneros, las ordeñaba, las marcaba con el fierro caliente y eventualmente cuando quería ser cariñoso con alguna, mochaba ramas de matarratón y se la daba como postre. Era domingo porque ese era el único día de la semana que él no madrugaba, además también era el único día donde se quitaba los corotos y se ponía ropa planchada, se echaba colonia y se embarraba un poquito de gel en el pelo. Eran las ocho de la mañana y ya estaba listo para ir a la iglesia, el culto arrancaba a las nueve, pero a él le tocaba barrer la capilla ese fin de semana. La iglesia tenía un cartel grande que decía “Getsemaní” en unas letras que en algún momento fueron azul pero ahora son anaranjadas por el óxido; ese día Ceferino nunca llegó a tocar la escoba ni a recoger las ofrendas porque ese día lo interceptaron los paramilitares. Ceferino mide metro ochenta y en sus mejores épocas mataba babillas pegándoles con un palo, una vez cazó un tigrillo con un machete y por años su trabajo fue cargar bultos de arroz. Sin embargo, cuando vio a esos hombres se volvió a sentir como un niño. Él sabía por qué estaban allí, venían a chismosear para saber si las cosas que se decían en el pueblo eran ciertas: en esta hacienda ayudaban a la guerrilla. Remberto Giraldo era hermano de uno de los grandes guerrilleros de la región. Todo Tierradentro sabía eso y durante el último año La Estancia había funcionado como una parada regular en las rondas de los guerrilleros. Dejaban a sus caballos dormir ahí, le pedían a Justina que les hiciera gallina guisada y en las tardes más calurosas donde el fogaje del sol hacía picar la piel, se tiraban desnudos a la quebrada. La línea difusa entre esta hacienda y su centro de operaciones había dado de qué hablar hacía mucho tiempo. Los hombres que estaban parados frente a él se autodenominaban “los sombrerones” y se decían que eran “la verdadera policía del pueblo”. Llevaban años rondando por Canalete, matando uno que otro cuando sospechaban algo, sin embargo, estos hombres eran más crueles que los guerrilleros, dos semanas atrás a tres fincas de distancia habían matado al papá de un cabecilla, Ceferino vio las tripas regadas por todo el pueblo, lo habían hecho a manera de anuncio: estaban persiguiendo a los guerrillos.

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—Hola, ¿está el patrón? —dijo uno de los hombres.

—No, señor —respondió Ceferino—. Está en Montería desde la semana pasada.

—No creo que a su patrón le moleste que estemos aquí. Queremos agua para estos caballos, que están acalorados.

—Están como en su casa.

Ceferino los guio hasta un tanque de cemento. Justina estaba con Javier; lo abrazaba por la espalda mientras veían a la inesperada visita. Todavía estaba sin bañarse porque, aunque era día de descanso, igual debía cocinar, lavar los platos y barrer. Les ofreció tinto y les sacó sillas para que se acomodaran. —Muchas gracias, madre —le dijo uno mientras se quitaba las botas pantaneras; tenía los pies mugrosos y con pecueca, las uñas de los pulgares eran amarillentas y gordas.

—Madre, me regala un balde de agua para mojarme estas patas —le dijo el hombre.

—Sí, mijo, ya mismo —le respondió ella.

El mismo hombre se dirigió a Ceferino y le dijo:

—Compadre, esos caballos están cansados, hágame el favor y vaya con el pelao y me los baña en la quebrada, nosotros nos quedamos con la madrecita que si no está ocupada los muchachos tienen hambre y veo que acá tienen plátano verde para hacer un guiso con machucao.

Ceferino se quedó en silencio, no quería dejar a su esposa sola con seis paracos. Las únicas personas que estaban en La Estancia ese día eran ellos, le podían hacer cualquier cosa si la dejaban sola. Por su mente pasaron los peores panoramas posibles y aun así solo pudo decirle a Javier: —Mijo, coge dos caballos por el cáñamo y vámonos.

Se dividieron el trabajo: Javier agarraba los caballos mientras Ceferino se metía a la quebrada y los bañaba uno a la vez; duraron media hora así y apenas habían bañado a tres de los seis caballos cuando de repente se escuchó un ruido

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seco, era una bala, los dos hombres se miraron a los ojos y luego escucharon tres disparos seguidos, Ceferino salió del agua aterrorizado. —Ya mataron a tu mamá, le dispararon, mijito —le dijo al niño. Javier lloraba mientras Ceferino lo abrazaba y le susurraba a manera de súplica que bajara la voz que los podían escuchar.

—Nos vamos ya porque seguimos nosotros —le dijo al niño mientras lo arrastraba de la camiseta.

Amarraron los caballos a una ceiba a pesar de que tenía el tallo espinoso porque era el único palo grande en ese pastizal.

—Papi, pero y mi mami —dijo Javier.

Ceferino no le respondió. Caminaron rodeando La Estancia, había una trocha que en media hora los dejaría en la casa de Dionisio y Juanita. El hombre nunca en su vida había tenido tanto miedo, sin embargo, no había espacio para los sentimientos ahora, tenía una misión y era salvar a su hijo, tenía que dejarlo en otro lugar porque sabía que ahora los paracos lo iban a perseguir. Años después Ceferino contaría esta historia diciendo que un hombre reacciona diferente cuando le matan a su esposa que cuando le matan a su madre, la muerte de la esposa viviendo en medio del pueblo en el que vivían, no solo era posible, sino que también era probable; pero la muerte de la madre a la edad de Javier es una idea distópica e irreal, porque un niño siempre pensará que su madre es tan grande que es eterna. Ceferino ya consideraba la muerte de Justina, Javier no. Javier era solo un niño y su mamá todavía era el centro del universo.

Javier se soltó del agarre de Ceferino y se devolvió corriendo a La Estancia, el niño corrió y corrió como si su vida dependiera de eso y apenas Ceferino lo pudo alcanzar ya estaban lo suficientemente cerca de la casa como para ver a Justina desplumando una gallina. Fue ahí cuando ambos entraron y vieron a los paracos comiendo cocos. Justina entendió la mirada de confusión de ambos hombres y dijo en voz baja:

—Estaban compitiendo para saber quién bajaba más cocos a tiros y el que ganara se comía la molleja de la gallina.

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—Javier, ya no necesito que me acompañes, ayuda a tu mamá armando el fogón y trayendo leña del galpón —respondió Ceferino mirando fijamente a su esposa para después darle un beso en la frente e irse. Ahora, el niño sí obedeció. Ceferino bañó a los tres caballos que faltaban en cuarenta y cinco minutos, pero se demoró hora y cuarto en regresar a la casa; lloró en el pozo sin que nadie lo viera. Supo en ese instante que apenas su patrón volviera de Montería él renunciaría, aunque le tocara volver a aguantar hambre o vivir solo de lo que sus manos sembraran.

Casi era medio día y a los tres se les había pasado el susto. Ya la gallina estaba terminando de pitar en la olla, el arroz estaba hecho y la panela se estaba deshaciendo en la jarra esperando el limón. Justina estaba sentada en una mecedora pegando un botón mientras los paracos estaban atrás de la casa hablando con el niño. Javier les estaba regalando un trompo de madera que había tallado con una navajita, su tío Daniel, hermano de Justina, le había enseñado a hacerlos hace un tiempo y desde eso, se los vendía a los niños del pueblo. Ceferino vio esa escena con decepción, en cuestión de horas su hijo había pasado de temerles a los paracos a jugarles. La visita se quedó más tiempo después del almuerzo, y en la tarde pasaron escenas que Ceferino llama tenebrosas: Javier bailaba trompo con esos hombres, mientras ellos le decían cosas como que, si metía la mano en un nido de toñitos, un insecto parecido a las avispas, pero más grande y más dañino, le daban unas monedas o si despescuezaba un pollo le daban un billete. Ese día el niño recibió su primer billete grande. Ese día Ceferino lo vio como el verdadero inicio, una premonición de su futuro.

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Ilustración 2. Collage Ceferino y Justina.

Se desconoce si esto en realidad ocurre, o si solo es una curiosa coincidencia, pero parece que en la naturaleza las hembras se ponen de acuerdo para traer vida al mismo tiempo. Así fue aquella madrugada lluviosa de abril dos años después de la historia de los cocos, cuando nacieron dos burritos. Los palos de mango habían comenzado a parir una semana antes y la burrita preñada parecía haber decidido que ese también era un buen momento para traer al mundo a sus crías. Ceferino llevaba quince días despertándose temprano para revisar si la burrita necesitaba ayuda. Era poco lo que él podía hacer, pero un campesino nunca deja parir solas a sus bestias. Él había escuchado un alboroto, pero, en realidad, eso es

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un signo poco diciente porque cualquier cosa, pequeña o no tan pequeña, puede alborotar a un animal de noche.

Cuando Ceferino quiso salir, ya había un burrito de pelos amarillentos tratando, torpemente, de afirmar sus cuatro patas, y la burrita estaba terminando de parir a su mellizo grisáceo. En el pueblo este fue un gran acontecimiento porque una burra casi nunca pare dos animales del mismo tiro, y hasta el día de hoy, este sorpresivo acontecimiento es una de las historias que Ceferino les cuenta a las personas cuando lo conocen.

A lo lejos se escucharon los afanados pasos de Javier, llevaba unas botas pantaneras cinco tallas más grandes que sus pies, tenía saliva seca en su rostro y venía en pantaloncillos y camisilla. Había escuchado a su papá pararse de la cama, escuchó a su viejo cuando encendió el foco de mano y cuando azotó la puerta del patio. Fue ahí cuando se paró a seguirlo; sabía que no era una ida nocturna al baño, sino que su papá iba con urgencia al monte. Él tenía solo nueve años, pero estaba decidido a ser el hombre de la casa.

Un niño comúnmente ama a su padre, pero Javier adoraba al suyo: usaba sus botas y camisas con la esperanza de parecerse un poco más a él, incluso, bajo los prejuicios del campo en la Córdoba de los noventa Javier besaba a su padre, lo abrazaba cada vez que podía y le decía que lo amaba. ¿Le importaba a ese niño rubio y blanco ver los ojos rasgados y la piel negra de su padre mulato? No, en realidad ni siquiera pensaba en eso. Había recibido esa conversación hacía muchos años, y saber que su papá era en realidad su tío le había importado poco, porque nunca había conocido a su verdadero padre y su tío lo amaba, a momentos, más que a su propia hija.

A Ceferino le resultaba tierno ver a su hijo correr tras de él. Eran estas cosas las que más disfrutaba de ser papá. Su hija siempre había intentado tener los mismos gestos: ayudar a su papá a recoger arroz, desgranar maíz y encerrar los terneros para que al día siguiente ordeñaran las vacas; sin embargo, siempre faltaba algo. Su padre parecía valorar más el esfuerzo de Javier que el de ella.

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Javier venía corriendo y cuando vio al burrito mono se sintió inmediatamente encantado. Lo quería para él, pero no se lo dijo a su papá en ese momento, sino que se esforzó los siguientes días por alimentar al animalito; Ceferino se dio cuenta de sus sentimientos. Pocos días después, en medio del desayuno, le dijo a Javier: —¿Mijo, quieres ese burrito?

Con mirada tímida él le respondió:

—Sí, papi.

Ceferino entonces concluyó:

—Uno es para ti y otro para tu hermana. El tuyo es el mono, el de ella es el gris.

El niño, muy feliz, le agradeció a su papá.

Javier pasó los siguientes meses alimentando a su burrito, primero con mangos, hasta que el último palo del pueblo se quedó seco y sin frutos. Luego, con conchas de plátano, yucas ruchas y cuanto fruto u hoja extraña se le atravesaba. Amaba a ese burro: tenía las patas flacas y el pelaje muy claro, como él. La burra destetó rápido al burro monito, casi que lo menospreciaba. Javier comentó que lo mismo le había ocurrido en carne propia con la mujer que lo parió. La burrita también seguía amamantado a su otra cría, a la gris. Javier entonces volvió a decir que era como lo que le había pasado con su verdadera mamá. Él tenía dos hermanas, y tres medias hermanas por parte de Cándida, pero solo él había sido abandonado. El dolor de Javier era tanto que incluso un día le preguntó a Justina por qué una madre escogería a qué hijo criar.

Una mañana Ceferino amarró a la burra para ir al cerro, cargaría en ella dos bultos de maíz. A él le pareció extraño ver que solamente el burrito gris estaba con la burra, pero tenía poco tiempo y supuso que el otro estaría en algún lugar del monte. Cuando volvió de trabajar a la tarde se dio cuenta de que tampoco estaba Javier. Ni el burrito, ni el niño habían despertado ese día en la casa, Justina había pensado que el niño se había ido a trabajar con Ceferino ese día. Fue entonces cuando Ceferino se preocupó, comenzó a buscar por todas partes, no descansó ni

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cuando cayó la noche y tuvo que cargar en su mano un velón de gasolina para inspeccionar en cuanta trocha tuviera el pueblo.

Ceferino esa primera noche en el monte susurró todo tipo de cosas porque una amiga que decía ser bruja le aseguraba que el “hojarasquín” escuchaba a la gente. Que debía caminar por ahí y hacer peticiones. Él les hablaba a los matorrales como si les confiara un secreto: “Si alguno de ustedes tiene a mi hijo, devuélvalo, por favor”. En el camino se encontró con una culebra y le dijo: “Espero que si te cruzas con Javier lo ayudes a volver a la casa”. Se dirigió a los pájaros, a los sapos, a los pozos de agua, a todo ser viviente y no viviente, dejándoles la tarea de devolverle a su hijo.

Pasaron dos días antes de que Ceferino volviera a ver a Javier. Dos días en los que no durmió en su cama, sino que tomaba leves descansos en una mecedora o en una hamaca cuando el cuerpo ya no podía más. Dos días en los que no comió y en los que solo existieron el miedo y la tristeza en su mente. Lo buscaron por todo el pueblo, por los caminos que solía recorrer, en casa de sus amigos, en pueblos cercanos, entre trochas, lomas y a lo largo del río Canalete. Solo encontraron al burro; Javier lo había vendido por treinta mil pesos a un señor llamado Francisco Hortua. El hombre lo compró para que sus hijas no tuvieran que caminar al colegio. Javier se lo entregó la madrugada que desapareció.

Por la mente de Ceferino y Justina pasaban los peores panoramas posibles. Hasta que una tarde el muchacho apareció cubierto de tierra, con ropa sucia y un hambre de perro viejo. Javier no volvió solo; un hombre lo había traído en una moto. Apenas él bajó, el desconocido se fue sin decir palabra. Era una de esas motos demasiado costosas para alguien del pueblo, ruidosa y con un conductor de rostro serio al que nadie reconoció.

Ceferino y Justina intercambiaron una mirada de preocupación, observaron el rostro de su hijo con detenimiento, diseccionaron cualquier gesto o ruido extraño. Le dieron agua porque tenía sed, le dieron comida porque estaba pálido, y llenaron un balde con agua porque llevaba días sin bañarse. Pero, aunque hicieron preguntas Javier no dio respuestas específicas, ni cuando Ceferino se quitó la

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correa de cuero y amenazó con pegarle si no contaba la verdad, ni cuando Justina lloraba desconsolada contándole lo angustiados que estuvieron. Los esposos no supieron qué pasó, ni ese día, ni al siguiente, ni siquiera una semana después cuando Francisco Hortua apareció guapo a devolverles el burro. Nadie supo con exactitud qué pasó con Javier esos dos días que desapareció, todos sospechaban cosas, pero nadie las dijo en voz alta.

Gran parte del matrimonio de Justina y Ceferino se podría resumir en que son polos opuestos: Justina es sentimental, Ceferino es serio; Justina es principalmente amable, Ceferino es habitualmente grosero; Justina es paciente, Ceferino es acelerado e irritable. Para el actuar de Justina hay una gran excepción a esta regla y es cuando se trata de los hijos, solo en estas situaciones ella se permite tener la última palabra. Justina llamó a su hermana Cándida y le contó con preocupación todo, le rogó que recibiera a Javier en su casa en Montería para poder alejarlo de “estos tipos que quién sabe en qué cosas lo estaban metiendo”, Cándida trató de rechazar la idea, pero cada argumento que daba, Justina se lo negaba: si Cándida decía que no tenía para darle comida, Justina le decía que ella mandaría mensualmente desde el pueblo cosas para todos y si no era suficiente, le mandaría plata. Cándida decía que no tendría tiempo de cuidarlo, Justina le decía que él se cuidaba solo. Cándida decía que Javier no la quería, Justina le decía que era momento de que ambos se conocieran. No hubo algo que Cándida pudiera decir para que no le devolvieran a Javier.

Justina aprovechó que Javier viviría en Montería para mandar a Chave con él. Ahora ella estudiaría en un buen colegio, alejada de los problemas del pueblo y podría aprender más cosas de las que les enseñaban en el colegio rural. Ceferino odiaba esa idea, estuvo mucho tiempo bravo con su esposa porque mandaba a sus dos hijos lejos, sin embargo, Justina tuvo la última palabra. La pareja de esposos antes de comenzar el año escolar embarcó a sus hijos en una chiva llamada popularmente El Calzón Mocho, bautizada así porque su conductor “El ciro” traía calzones viejos y desbaratados casi siempre. Esta chiva hacía diariamente la ruta Buenos Aires, Antioquia - Montería, Córdoba, pasando, en

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medio, por Canalete. Javier estaba próximo a cumplir diez años, Chave ya tenía once. Los niños empacaron su vida en un bolso y comenzaron a vivir los años que según Chave más marcarían su vida: ella comenzó a ser tratada como la empleada de servicio de Cándida y Javier vivió con su verdadera mamá. Cuando comenzó el año escolar Chave fue inscrita en un colegio femenino de mojas llamado el Liceo Montería, Javier fue matriculado en un colegio mixto llamado Institución Educativa El Edén, ambos vivían en la misma casa, pero sus vidas se comenzaron a separar. La casa en Montería quedaba en el barrio El Edén, era una casa sencilla con tres cuartos grandes y una sala donde Cándida tenía su taller de costuras. Había un patio de tierra donde había un palito de mango y ahí los seis hijos de Cándida y Chave jugaban por las tardes.

Javier nunca se adaptó con Cándida, incluso, de forma grosera la llamaba “tía” y le recordaba que ella no era su verdadera mamá, que su mamá siempre sería Justina, que Justina lo quería más, que cocinaba mejor y que era más cariñosa. Cándida lo regañaba por inquieto y lo dejaba sin comida cuando peor se portaba, lo encerraba en el cuarto y le decía que no podía salir, pero todas esas cosas solo hicieron que Javier la aborreciera más. Él había decidido que no asistiría al colegio: por las mañanas se bañaba y se ponía el uniforme, pero en realidad se iba para donde un tío suyo, hermano de Cándida y de Justina, llamado Manuel. Era vendedor ambulante de ollas de peltre y calderos de acero; Javier le rogaba que no le contara a Cándida que faltaba al colegio y le pedía juegos de ollas para vender y rebuscarse algo de plata. Manuel además de que quería mucho al niño se veía reflejado en él por lo trabajador y las inmensas ganas de salir de pobre.

Javier vendió ollas casi por un mes cuando del colegio llamaron a Cándida a preguntarle por qué había matriculado a un niño si nunca lo llevó a estudiar, ese día ella le dio una juetera en el patio de la casa, lo amarró al palo de mango, le tiró agua con una taza y le pegó con una correa de cuero mientras tenía la piel húmeda, supuestamente, así le dolería más. Javier lloró mirando a Chave a los ojos durante todo el tiempo; tenía mucho miedo. Chave también lloró por ver a su hermanito así. Javier esa noche empacó sus cosas en silencio y se escapó de la casa, comenzó a

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dormir en la calle; de día vendía ollas y de noche dormía cerca del río Sinú en un pequeño cambuche que había armado con cartones y plásticos negros. Chave le contó a Ceferino y a Justina todo lo que había pasado y ellos decidieron empacar sus cosas y mudarse a un municipio cercano a Montería llamado Cereté, para que Javier volviera a vivir con ellos. Contradictoriamente, este gesto solo empeoría la relación de Javier y Chave, porque ella vio celosa cómo sus papás la dejaban viviendo como empleada de servicio de su tía mientras ellos se mudaban a una ciudad nueva para cuidar a Javier. Chave sintió que preferían, nuevamente, a Javier que a ella.

Ceferino y Justina trabajaban de mayordomos en una pequeña finquita y Javier no iba al colegio, pero se rebuscaba la plata en la calle vendiendo lo que se le atravesara. Vivieron así durante un año, hasta que a Justina le descubrieron cálculos en la vesícula y la pareja de esposos tuvo que viajar de emergencia a Medellín para que la operaran. En ese tiempo ellos se quedaron a vivir en la parte de atrás de un restaurante en la Loma del Indio que les pertenecía a unos evangélicos amigos de la familia. Javier se quedó solo durante una semana en Cereté, pero Justina y Ceferino tuvieron que llamar a Cándida para que se lo llevara a Montería porque el niño no sabía cocinar y estaba aguantando mucha hambre. Esta vez ella lo recibió y no le insistió en que estudiara, al contrario, le consiguió trabajo con unos conocidos en un almacén de ropa llamado El Machetazo. La tienda quedaba en el centro de Montería, en la 30 con la Avenida Segunda, la calle donde está el comercio de ropa en la ciudad, a una cuadra estaba la Avenida Primera, una serie de calles que contornean la Ronda del Sinú. Javier comenzó a trabajar ahí como arrastrador, cogía un micrófono y con toda clase de chistes y de frases simpáticas invitaba a las personas a entrar. Cualquier trabajo como vendedor le resultaba innato, él tenía ese tipo de personalidad carismática que atraía a la gente.

Javier escaló poco a poco, dejó de ser arrastrador y pasó a ser asesor de ventas, después de unos meses comenzó a ser cajero y le soltaron las llaves del negocio. Ceferino y Justina regresaron a Cereté, ya Justina estaba bien, pero le

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quedó una cicatriz gigante en la barriga que ella entre risas decía que se la había hecho un toro con el cacho. Javier no quiso volver a vivir con ellos porque le gustaba su trabajo. Él vivía con Cándida, con Chave y con cuatro de sus cinco hermanas biológicas, porque Mirna, hermana por parte de mamá y papá, había decidido irse para Medellín y convertirse en actriz. En el Machetazo Javier se había hecho mejor amigo del hijo de los dueños, eso hizo que a él le dieran más confianza en el trabajo. Una noche de cierre de mes Javier sacó las cuentas de la caja y en vez de darles la plata a los patrones, él y su amigo cogieron el dinero y se fueron para Medellín. Irían a buscar a Mirna, la hermana de Javier, porque ellos también querían tener una nueva vida en esa ciudad. Mirna tenía quince años y había decidido irse por su cuenta hacía un tiempo. Los primeros días cuando se fue de la casa durmió en la terminal de buses sobre su bolso, aguantando frío y hambre. Ahí había conocido a su primer marido; un señor muy serio y viejo, pero de personalidad dócil que estaba tan desesperado por casarse que cedía en casi todo. Ambos vivían en Bello en una casita sencilla, él era chofer de bus y ella trabajaba como mesera en un restaurante mientras ahorraba plata y buscaba audiciones como actriz. Javier y su amigo llegaron a Bello, tocaron la puerta de Mirna buscando hospedaje, pero ella les dijo que no los podía recibir, que no tenía plata para visitas en estos momentos y su esposo supuestamente no quería a gente extraña en la casa. El amigo indignado porque no tenían dónde dormir se fue con toda la plata y dejó a Javier solo. Javier se quedó parado afuera de la casa de su hermana una noche completa, esperando, ilusamente, que ahora que él estuviese sin su amigo ella lo dejara pasar, sin embargo, no fue así. Javier apenas había cumplido trece años, estaba desempleado, no tenía ni para un pasaje a Montería y estaba en una ciudad que le resultaba fría y extraña. Javier ahora estaba solo.

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Ilustración 3. Collage Ceferino y Javier, Justina y Chave.

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Capítulo II El invierno se precipitó esa tarde cuando Javier estaba parado frente a la puerta cerrada. La noche anterior había huido del calor sofocante de Montería, pero aún en la mañana que tocó tierra antioqueña no se imaginó que fuese a tener tanto frío. Llevaba puesta una camiseta con el logo de El Machetazo, la tienda de ropa en la que trabajaba en Montería pero que había robado el día anterior con el hijo del dueño. No había tenido tiempo ni ganas de cambiarse y estaba desgarbado, oliendo a grajo y con un morral de colegial en el hombro. Mirna le había cerrado la puerta de la casa en la cara y su amigo se había llevado la plata. Ahora estaba solo. Contó todo lo que le quedaba: menos de nueve mil pesos. Los llevaba envueltos en una bolsita de plástico, escondidos dentro del zapato, como su mamá Justina le enseñó para que en la ciudad nadie lo robara.

El agua caía del cielo, pero él la sintió diferente, como si esta fuese una lluvia ajena, una lluvia que no estaba destinada para él. Esta era la primera vez que llovía sobre Javier estando fuera de casa y sería de las cosas que más hablaría el resto de su vida: él pensó que entre más arriba en la montaña más duro caían las gotas porque más cerca del cielo se estaba. No tenía adónde ir, no conocía la ciudad, su única familia en Medellín era Mirna y ella se negaba a dejarlo pasar. Javier tenía cinco hermanas biológicas: Yamile Lara Torreglosa, fruto de la aventura de Cándida con un hombre casado; Lina Espitia Torreglosa y Liliana Espitia Torreglosa, hijas del primer esposo de Cándida y su amor verdadero, quien murió antes de que Liliana naciera; y María Torreglosa Tordecilla y Mirna Torreglosa Tordecilla, hijas de Cándida con el señor Garavito, el padre biológico de Javier, que nunca reconoció a ninguno de sus tres hijos. Por eso, los tres fueron registrados con los apellidos de la madre. Mirna y Javier se parecían en el rostro, el color de cabello, la desconexión con Cándida y en ese sentimiento prematuro de que Montería era insuficiente para ellos.

Mirna era una niña creída que se enrollaba los crespos monos con los dedos, odiaba su nombre y soñaba con ser actriz. Su infancia consistió en la reiterativa promesa y manifestación de que sería famosa y que algún día tendría un esposo

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rico que le comprara casa, carro y finca. Mirna no tuvo una buena relación con sus primas en la infancia, especialmente con Chave, de quien se reía porque era montuna, hablaba como corroncha y vivía en su casa como arrimada, por eso, debía ser su sirvienta y lavarle hasta los morunos. María, Mirna y Javier nunca conocieron a su papá biológico, sabían de su existencia por mensajes de voz a voz que se hacían llegar por conocidos mutuos, a veces el señor Garavito les mandaba saludos y ellos les respondían contándoles que habían entrado al colegio y que estaban bien.

Cándida dice que una de las primeras grandes decepciones que tuvo Mirna en la vida se la llevó cuando tenía diez años y decidió que conocería a su papá. Obligó a Javier y a María a que cada uno escribiera una carta dirigida a Garavito contándole las ganas que tenían de que él los conociera en persona y rogándole que los viniera a registrar para que tuviesen su apellido. Los tres hermanos envolvieron las tres cartas y metieron una foto de ellos para así generarle más ternura al hombre que los engendró. Un amigo de Cándida que vivía en el mismo pueblo que Garavito recibió la carta en Montería, se la entregó a un primo y ese primo se la entregó a Garavito. La carta llegó a su destinatario un sábado y el domingo murió de un infarto, nunca les dio el apellido y los niños nunca tuvieron una relación con él.

Mirna deseaba trabajar en una telenovela famosa que fuese de RCN, sabía que su sueño nunca se haría realidad en Montería así que empacó sus cosas una noche y se voló de la casa con tan solo quince años. Cándida no supo de ella en veinte días, cuando Mirna la contactó le contó que estaba en Medellín, las primeras noches había dormido en la Terminal de buses, había conocido a un chofer interdepartamental que hacía la ruta Cartagena-Medellín y se la había llevado a vivir; ahora ellos estaban casados. Mirna trabajaba en un restaurante como mesera pero cuando descansaba y su marido estaba de turno, iba a los teatros en el centro de Medellín preguntando si necesitaban actrices.

Poco duró su primer matrimonio, en menos de un año ella había dejado al chofer de bus y se había mudado a Envigado con un hombre “de mucha plata” que

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había conocido en el restaurante en el que trabajaba. Ella le dio un hijo que llamó “Santiago” y su cara era la copia de la cara de Javier.

Para Mirna su nombre no era un buen nombre para ser famosa, así que adquirió el seudónimo artístico “Camila”, pero con el transcurso de los años Mirna desapareció y Camila se convirtió en su personalidad. Poco le contó a la familia sobre cómo avanzó en su sueño de ser actriz, en realidad, se convirtió en una guasa familiar por las escusas que ella daba, supuestamente, duró diez años grabando una telenovela que sería transmitida a las 11:00 a.m. por RCN, donde ella era la antagonista y Dana García de Pasión de Gavilanes era la protagonista, pero antes de poder salir a la luz, el proyecto fue cancelado, misteriosamente, cuando ella ya llevaba una década de trabajo y había dedicado todo su tiempo a él. La decepción para Mirna, aparentemente fue tan grande, que ella decidió que no volvería a actuar nunca jamás en su vida.

Javier esa primera noche durmió en el andén de la casa de Mirna. A las cinco de la mañana, antes de que el sol saliera, se paró, se cambió de ropa por una menos emparamada y comenzó a deambular por las calles empinadas. Esa primera semana Javier pidió limosna, esculcó en la basura de las plazas de mercado y de las afueras de los restaurantes buscando algo que le calmara el filo, pero la gente lo regañaba por revolcar las canecas. Medellín tenía más gente y más ruido que Montería, pero menos espacio para él. Con lo poco que le daban en la calle estaba reuniendo plata para pagarse un pasaje de regreso.

Hasta el solazo de la casa Ceferino y Justina llegó la noticia de que Javier había robado el almacén de ropa en el que trabajaba y se había ido de la ciudad sin despedirse de nadie, sin embargo, no sabían para dónde se había ido, no tenían un teléfono adonde llamarlo ni plata para buscarlo. En esa época a Ceferino le dio una pena en el corazón que le duró meses: bajó de peso, dejó de jugar billar, no volvió a apostar y dedicó de forma definitiva su vida a Dios. Ceferino extrañaba a su hijo y rogaba una oportunidad para que él volviera a la casa.

Después de muchos días viviendo en la calle, cuando ya estaba grajiento y mugroso, Javier conoció a un sacerdote en una iglesia de Bello, a quien le conmovió

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tanto ver a un niño de trece años aguantando hambre y frío en la calle que le abrió las puertas de la casa cural. Del padre Antonio se sabe poco, Javier dijo que era un viejito con cara de amargado como su papá Ceferino que le ayudó a lavar su ropa, le dio comida, lo dejó dormir en un pequeño cuartico con una colchoneta y una cobija, y a cambio, Javier tenía que salir a la calle a vender biblias. Con la plata de las biblias iban a pintar la iglesia. Durante un mes el padre Antonio le dio a Javier un par de ellas en la mañana y él salía a la calle a venderlas. Cuando lo lograba, a la hora que fuese, regresaba a la casa, devolvía la plata, comía, ayudaba en lo que le solicitaran y se iba a dormir para al día siguiente volver a hacer lo mismo. El padre Antonio de vez en cuando le daba unas monedas a Javier para que ahorrara y comprara su pasaje de regreso a Montería; en sus ratos libres también le hablaba de la palabra de Dios. Las biblias las guardaban en el cuarto del padre, estaban apiladas en dos cajas, un domingo mientras el padre estaba dando la misa, Javier empacó sus cosas y se llevó las biblias. No se despidió, no le dio las gracias, no le dejó explicaciones, simplemente se fue. Javier vendió todas las biblias a la mitad del precio que el padre las ofrecía, menos una, esa se la quedó él; con las biblias robadas logró reunir plata para pagar el alquiler de un apartamento en Prado Centro. Era una habitación sencilla con un baño, pero era más que suficiente para él.

Con lo poco que le sobró, Javier compró dos termos de café, unos vasos de plástico y azúcar; comenzó a caminar el centro vendiendo tintos y cigarrillos. Duró meses así; en ese tiempo volvió a ir una vez a la casa de Mirna a visitarla, pero ella al verlo parado afuera de la puerta no lo dejó entrar a pesar de que él le dijo que solo venía de visita porque ya él tenía su casa y no necesitaba posada. Mirna estaba decidida a no volver a saber de esa parte de su vida que Javier representaba. Javier tenía la misma cara del señor Garavito y en cuestión de tiempo, esos genes, le heredarían esa misma cara a Santiago.

A Javier le gustaba apostar, había aprendido a hacerlo en la casa cuando la tía China, hermana mayor de Ceferino, que se había ganado ese apodo porque tenía muy marcados los rasgos indígenas de la familia Agámez, iba a visitarlos a

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Tierradentro. Javier había aprendido también con el esposo de ella a jugar billar y cartas; desde muy pequeño se lo llevaban a la cantina y lo sentaban sobre una butaca de madera para que mirara cómo es que se ganaba. Le daban una moneda para que apostara una vez y, si no la perdía, el tío Juan le compraba un boli de corozo o de cola con leche. Con el tiempo, Javier empezó a entender el ritmo del juego, el tío Juan le enseñó que había una forma de leerle los ojos a los hombres que saben que van a perder, que se puede adivinar antes de que lancen la bola o de que pongan la carta sobre la mesa. Javier aprendió a leer los gestos de las personas, a intuir cuándo venía la suerte o cuándo esta iba a sacar el codo, pero, sobre todo, aprendió a disfrutar el hormigueo y la incertidumbre que sienten los apostadores cuando el juego está por decidirse.

Fue precisamente en una cantina de Medellín que Javier conoció a su primera esposa, Cándida no recuerda el nombre ni la cara de la mujer que fue su nuera, solo recuerda que era de Villavicencio, que era blanca, mayor que Javier y que le dio un hijo barón. Era el segundo hijo que Javier tenía en su vida, el primero lo había tenido hacía más o menos un año con una niña de trece en Bijao, Puerto Libertador, Córdoba. Javier era amigo de un profesor del colegio del pueblo y este lo había llevado para que conociera y aprendiera de la profesión por si algún día decidía hacer otra cosa diferente a vender ollas. A Javier le duraron poco sus días como aprendiz de maestro, pues embarazó a una estudiante de su amigo y apenas se enteró se perdió de ahí para no responder por el niño.

Javier preñó a la villavicense estando borracho, se habían visto antes en la cantina y una noche la conquistó. Cuando él supo que la había perjudicado se la llevó a vivir al apartamento de Prado Centro, pero no pudo mantener el compromiso ganando plata solo de tintos. Una tarde, cansado trabajar y tener el bolsillo limpio, de andar caminando y de gastarse todo en un recién nacido, Javier apostó hasta los termos de café jugando cartas. La peor parte de todo es que solo se arrepentía de no tener más para volver a jugar.

Javier volvía a estar solo y parado afuera de una puerta, como si esperara a que alguien la abriera y lo invitara a pasar, pero esta vez, la puerta era de su casa

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y él tenía las llaves, solo no se atrevía a entrar. Sacó fuerzas y lo hizo. Su esposa estaba cocinando y el niño estaba dormido en la única colchoneta de la casa, él la saludó y le dijo:

—Alguien me quiere comprar la última biblia, la que había estado guardando. —Menos mal porque no tenemos para el almuerzo de mañana. —le contestó ella.

—Voy a ir a llevarla y regreso con lo que lo me rebusque para que compres lo que necesites.

—Está bien, pero no te demores que ya es tarde —respondió sin sospechar lo que estaba pasando.

Mientras ella estaba en la cocina, Javier tomó su bolso, el mismo que trajo de Montería y que Cándida le había comprado hacía tiempo para que fuese al colegio; metió ahí la ropa que tenía a la mano, la biblia y una foto del bebé que le habían tomado la semana siguiente a su nacimiento. Se acercó al niño, le dio un beso y se fue sin mirar atrás. No volvió a verlo nunca más. No lo registró ni se hizo responsable de él. Con ese hijo, Javier repitió la misma historia que su propio padre había escrito con su madre y con él. Esta última interacción con su hijo solo se la contaría como confesión a su madre, mucho tiempo después de que pasara. … Una llamada llegó a Montería tres meses después, una mujer caucasiana y testigo de Jehová que vivía en Medellín llamó a Justina. —Buenas, mi señora, Dios acaba de hacerle un milagro.

—Buenas tardes, ¿con quién hablo? ¿cómo así? —respondió confundida Justina.

—Mi señora, le tengo buenas noticias; acabo de encontrar a su hijo acá en Medellín. Yo estaba saliendo del mercado y él se ofreció a cargarme las bolsas por una moneda, pero se quedó haciéndome compañía mientras llegaba el bus. Cuando me dijo que tenía quince años y que estaba recogiendo plata para comprarse un almuerzo y que si me interesaba comprarle una biblia porque era la única cosa que le quedaba en el momento, decidí sentarme con él a hablar. Él me contó de dónde

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sacó esa biblia, y que Dios lo perdone, pero bueno, también me contó cuánto tiempo lleva lejos y sin poder contactar a nadie de su familia. Llamé a una farmacia en la que él me dijo que trabajaba un hermano suyo y él me dio este número. Estoy parada con su hijo en un teléfono público en la Plaza Minorista y quiere saludarla. ¿Se lo paso?

—Dios me la bendiga, pero ¿cómo así que en la Plaza Minorista? —Justina respondió.

La señora le explicó:

—En Medellín, estoy con su hijo en la Plaza Minorista de Medellín. —¡Dios mío! ¿cómo así? ¿hasta allá terminó llegando ese pelao? La señora le respondió.

—Sí, pero no se preocupe, que yo se lo cuido hasta que usted venga. Aquí se lo paso pa que lo salude.

Javier por primera vez en dos años habló con Justina y le dijo: —Hola, mami, ¿cómo está?

—Ay mijito, ¿tú qué haces por allá tan lejos?

—Nada, mami, aquí tratando de rebuscármela.

Justina le respondió preocupada.

—Javier Enrique, dime exactamente dónde estás y no te vas a mover de ahí, tu papá y yo vamos a hacer lo posible por ir a buscarte, pero por favor, no te vayas. Trataremos de llegar lo antes posible.

Javier le contestó.

—Mami, la señora te va a explicar, yo los espero aquí, no me muevo más, no te preocupes. Ya te la paso.

Después de una serie de agradecimientos que fueron cortados por la señora porque ya se había gastado las monedas que tenía, Justina colgó la llamada. Ceferino, ella, Cándida y Manuel, recogieron toda la plata que pudieron. Vendieron lo que tenían, empeñaron una máquina de coser Singer Negra que era de Justina, y pidieron plata prestada a todos sus conocidos. Javier mientras tanto dormía en las calles de noche y de día se paraba afuera de la minorista, esperando a que lo

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vinieran a recoger. La plata les alcanzó solo para que Cándida viajara, ella buscaría a Javier y lo llevaría de regreso a la casa, pero Justina se pasaba los días y las noches orando, rogándole a Dios para que Javier volviera bien. Llevaba casi dos años sin ver a su hijo y la señora de la llamada le dijo que estaba flaco, sucio y magullado.

Cuando Cándida viajó a Medellín y encontró a Javier se puso a llorar. Tenía la cara estirada, la piel mugrienta, la ropa le quedaba más ancha de lo normal y el morralito que un día ella le compró para ir al colegio ahora estaba deshilachado y casi que desvaneciéndose por el uso. Lo abrazó y le dijo que ya todo había acabado, que pronto estarían de regreso en la casa. Ella le compró un almuerzo y vio cómo él se lo devoraba hambriento: ella se tomó la sopa y él se comió el seco. Llamaron a la señora que los había ayudado a reencontrarse, ella le había dejado su número a Javier por si necesitaba ayuda de nuevo, Cándida la vio y la abrazó, le agradeció por todo lo que hizo y le contó que en todas sus oraciones ahora estaba ella. La señora le dijo que necesitaba hablarle en privado, las dos mujeres dejaron a Javier a un lado cuidando los bolsos.

—Hay una cosa que yo a usted no le he dicho porque no me atrevo a contarlo frente del muchacho, pero es importante que usted la sepa.

Cándida curiosa respondió.

—¿Cómo así? ¿Qué es?

—Su hijo se anda metiendo cosas, yo se las vi. Él dice que no, que él no mete nada, pero yo sé que sí. Cuando lo vi, lo primero que pensé es en lo mucho que daba pesar ver a un muchacho en esas condiciones. Créame que su hijo es drogadicto y si sigue así, va a terminar peor. Encomiéndelo a Dios y enciérrelo si es necesario, pero no lo deje andar más en la calle porque ese muchacho se le vuelve a perder.

Cándida triste le respondió.

—Muchas gracias por contarme, le prometo que no lo voy a dejar andar por ahí y voy a hacer todo lo posible porque se corrija, pero le tengo otra pregunta. — Cándida guardó un breve silencio, pero prosiguió. —Usted le dijo a mi hermana por

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llamada que él consiguió la biblia de una forma en la que Dios lo tenía que perdonar, ¿cómo así?, ¿cómo fue?, ¿qué pasó?

La señora sulfurada le contó.

—¡Se las robó! ¡Se las robó a un cura! No me quiso decir nada más cuando comencé a decirle que se arrepintiera que satanás lo iba a buscar, pero me dijo que se las robó.

Cándida consternada exclamó.

—¡Padre santo! Ese pelao me va a sacar canas verdes.

Javier no dio muchas explicaciones ni contó muchas historias sobre su tiempo en Medellín, en realidad, siempre daba las mismas respuestas superficiales. La única forma en la que él hablaba de eso era cuando jugaba parqués o dominó con Ceferino y en medio de las risas soltaba algunas cosas. Primero contó que Mirna no lo quiso recibir, luego contó la historia del padre Antonio, le contó a la familia que se rebuscaba la plata vendiendo tintos y que a veces pedía limosnas cuando la cosa estaba brava.

La familia estaba muy feliz de verlo y lo recibieron como si hubiese regresado el pequeño dueño de la casa. Durante las primeras semanas Justina dedicaba su tiempo solamente a consentir a Javier; le preparaba comida, le arreglaba la cama, le lavaba la ropa y lo pechichaba cada que podía. Ceferino por su parte no había sido tan feliz desde hacía tantos años. Él había decidido que pasaría la mayor cantidad de tiempo posible con Javier, así que, si el mono quería ir al monte, los dos se ponían los corotos y se perdían en la sabana por horas, si el mono quería jugar parqués, retumbarían por horas los dados sobre la mesa, y si el mono quería carne de babilla, los dos se metían al pozo al lado de la casa a buscar alguna para cazarla. Justina cocinaba la babilla, pero no se la comía, a ella siempre le pareció un animal de carne sucia. Por el contrario, la babilla era de las comidas favoritas de Ceferino. De todo el caimán solo se puede comer la cola, el resto es muy seco y duro, ni siquiera los perros son capaces de meterle el diente. Ceferino ponía en leña la carne para que ahumara y después Justina la desmechaba, la sazonaba y la

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revolvía con huevo. El valor en ese banquete no residía en lo que estaba en el plato, sino en lo que costaba tenerlo.

La tranquilidad y la felicidad de la familia por el regreso de Javier duró hasta que él se emborrachó en la casa de los papás de Justina. En medio del alboroto, Dionisio, el abuelo de Javier, lo regañó por irrespetuoso y el mono le mentó la madre en un sonoro “hijueputa”. Dionisio no dijo nada, pero Juanita, su esposa, sí. Ella echó a Javier de la casa. El acto de Javier había sido una ofensa en dos formas diferentes: en una casa evangélica no se consume alcohol y a un hombre que se dejó hasta las uñas en el monte por alimentar a sus once hijos no se le trata así. La presencia de Dionisio pesaba, aunque ahora era solo una sombra del hombre que había sido (por culpa de un cáncer en el cerebro y una cirugía lobotomizante) no se cuestionaba su autoridad en la familia ni en el pueblo. Este hombre que se sienta todo el día en un taburete en la sala a ver la biblia, solo verla porque ya no recuerda cómo leer, en otro tiempo fue un acérrimo defensor de la revolución liberal colombiana.

San José de Canalete es un municipio pequeño, escondido en la vía a Arboletes, alejado de la carretera principal por una pequeña “ye” llamada La Apartada. En la época de La Violencia este municipio fue un punto valioso para el Partido Liberal en Córdoba, fue tan así que a pesar del paso del tiempo parece que a las primeras familias del pueblo nunca les arrancaron el pañuelo rojo del corazón. Este caserío sencillo tiene cosas diferentes a la mayoría de pueblos de Colombia, por ejemplo, hay una iglesia católica y un parque, pero esta no es la calle más concurrida. Las personas no hicieron su vida alrededor de la catedral, la hicieron alrededor de un árbol grande y viejo llamado El Florisanto. Es una rosa del monte con tallo grueso y flores rojas. En este macizo tronco los liberales guindaban las cabezas de los conservadores decapitados a machetazos. Sobre esa calle se montaron los tres graneros del pueblo, la única farmacia, el único banco, el único taller de motos y el único colegio.

Estar en Canalete es haber visto el Florisanto, solo hay dos vías para entrar al pueblo y las dos vías te dejan en el mismo punto: en el árbol. Esta vieja rosa del

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monte ha sido el centro de múltiples historias de narración oral, por ejemplo, se decía que los godos en pena trepaban el árbol de noche y gritaban como si los estuviesen despellejando. Por respeto a los muertos durante tres generaciones de Torreglosas ninguno se ha sentado al pie del Florisanto, esto les enseñó Dionisio a sus hijos, Justina se lo enseñó a Javier y a Chave y Chave se lo enseñó a sus hijas. Así lo hizo toda la familia.

En los Torreglosa ese respeto casi mágico por los difuntos nace junto a una desensibilización por la violencia y todas las muertes que esta causaba. La cadena de historias trágicas en la familia se remontaba a los papás de Dionisio: Eusebio Isabel y Adelina. Eusebio macheteó a su hermano Rufino porque sospechaba que tenía amores con Adelina, pero no pasó nada, solo le mochó un brazo. La policía lo encerró tres días, pero cuando salió, al día siguiente, volvió a ir al monte a trabajar. Dionisio creció en una casa de palma, vivía con Eusebio, Rufino y Adelina. Ni siquiera después del incidente del machete los tres dejaron de vivir juntos. Cuando Eusebio murió, Rufino por fin se casó con la viuda, pero ni siquiera ahí hubo un final feliz. Adelina tuvo amores con otro hombre del pueblo y Rufino también lo macheteó. Rufino perdió esa pelea y murió. Adelina murió un año después de la muerte de Rufino. Dionisio era un niño de once años cuando quedó huérfano de padre y madre.

Trabajaba por 25 centavos el jornal y se volvió alcohólico desde esa edad. Se afilió al partido liberal y fue militante hasta que el cáncer le nubló la mente. En una de sus revueltas cuando era joven y revolucionario había planeado quemar la casa de un viudo blanco y conservador que venía huyendo del Urabá Antioqueño, se llamaba Salvador; Dionisio decía que ese hombre tenía cara de demonio. Canalete escuchaba de noche cuando Salvador reventaba a sus hijas con el juete, por todo y por nada. Antes de quemar la casa Dionisio tiró una carta avisándole a las niñas que vivían ahí a qué hora y qué día lo harían para que no estuviesen adentro. Esa carta la recibió la hija mayor: Juana Nepomucena. Ella le respondió diciendo que ojalá quemaran la casa con ella adentro, Dionisio le preguntó por qué quería morir y por horas ella le contó todo lo que su papá le hacía.

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Dionisio no quemó esa casa porque había decidido enamorar a Juanita, el romance duró unas pocas semanas hasta que Salvador se dio cuenta de que un negro liberal estaba conquistando a su hija blanca de familia conservadora. A Juanita esa noche le pegaron con una violencia y una ira que era desmedida hasta para su padre. Ella huyó de la casa y se casó con Dionisio, se mudaron a unas tierras sin dueño en medio del monte. Dionisio cercó un pedazo de tierra con alambre de púas; fueron ocho hectáreas. Dos familias más se mudaron cerca de ellos poco tiempo después: los Nisperuza y los Causil. Entre los tres acordaron que llamarían este nuevo caserío Tierradentro.

Un año después de que se casaran, Dionisio y Juanita tuvieron un hijo: se llamó Lorgio. En el segundo embarazo de Juana los conservadores estaban en el poder y la situación se les torció en Canalete: en el Florisanto comenzaron a guindar cabezas de liberales. Ahora la casa que estaba chamuscada era la de Dionisio y Juanita. Los dos huyeron al monte y ella parió a mitad de la nada. Ese bebé murió de recién nacido, pero al año tuvieron otra, se llamó Cándida, a los dos años tuvieron otra, se llamó Justina, de ahí en adelante cada dos años tuvieron un hijo hasta que completaron once, el orden fue así: Lorgio, Cándida, Justina, Esteban, Guillermo, Manuel, Daniel, Israel, Elizabeth, Elías y Marcos. Todos tuvieron apellidos Torreglosa Tordecilla.

Cuando Cándida se enteró de que Javier hijueputió a Dionisio se indignó tanto que contra la voluntad del mono lo encerraron en un centro de rehabilitación. No lo encerraron por drogadicto, de alguna forma eso ya se sabía y nadie había hecho nada al respecto en la familia, lo encerraron por irrespetuoso, porque Dionisio era el patriarca de la familia, aunque estuviese con el cerebro rebanado. Cándida comenzó a lavar ropa ajena para poder reunir la plata que necesitaban para que lo internaran, un día él le pidió a ella que le trajera una foto que estaba guardada en el fondo de su escaparate, ella lo hizo y cuando se la entregó, él le contó que era su hijo y que necesitaba que lo dejaran salir porque lo iba a buscar. Cándida no le creyó, ella pensó que la estaba tratando de manipular y le dijo que, si él le daba el nombre de la mamá del bebé, ella misma lo ayudaba a buscar. Javier insistió en que

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quería ir en persona, pero ella no cedió. Esa noche, cuando Cándida ya se había ido y las luces estaban apagadas, mientras todos intentaban dormir, Javier se escapó del centro de rehabilitación.

… Javier pasó un año sin contactar a la familia, esta vez solo apareció en la casa de Justina y Ceferino pidiendo posada. De alguna forma, la familia se acostumbró a su ausencia y no era extraño comenzar a pensar en él en tiempo pasado. Justina y Ceferino sentían que estaban pagando un luto a cuotas porque Javier no había muerto, pero tampoco era el niño gracioso y extrovertido que conocían, ahora era un adulto tramuyero y envolatador que no recibía regaños y que no les aceptaba los consejos. Desde que él se escapó de la rehabilitación Cándida también se rindió. La única persona que seguía intentando mantenerlo en su vida era Chave.

Javier conoció a su sobrina Adriana Isabel Naranjo Agámez, la primera hija de Chave. El papá de Adriana era un paisa veinte años mayor que ella, tenía una esposa y otras tres hijas, Adriana había sido un desliz fuera de su matrimonio. Javier perseguía a su cuñado “Naranjo” para que le diera trabajo en el almacén de telas que tenía en el centro. Se llamaba El Textilero. Naranjo traía toda la mercancía de contrabando de Maicao, en la Guajira. Cuando hacía esos viajes se iba armado para que los bandoleros no le robaran la carga. Javier quería que Naranjo se lo llevara cada vez que iba a Maicao, sin embargo, a Naranjo no le gustaba que él anduviera cerca porque siempre que Javier estaba a su lado se le desaparecían billetes y olía a marimba. En el intento de Naranjo caerle bien a Ceferino a pesar de haberle preñado a su hija menor de edad, le puso a Javier una chaza de dulces en el centro de Montería. Naranjo tenía una pequeña empresa de dulces llamada Productos Marcela, bautizada así por una amante que tuvo antes de conocer a Chave. Algunos años después de la serie de acontecimientos actuales, Naranjo tendría una segunda hija con Chave y él trató de ponerle Marcela Sofía, sin embargo, cuando confesó que Marcela había sido una moza, a la hija le decidieron poner Isabel Sofía.

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A Cándida le llegó la noticia de que su nieto la quería conocer. El primer hijo que Javier tuvo con una niña en Bijao ya hablaba y estaba preguntando por su papá. La mamá del niño no quería que Javier lo conociera, tenía mucho rencor porque él la abandonó siendo solo una niña, los abuelos del bebé fueron los que se hicieron cargo económicamente de todo durante esos años y por eso, ellos tampoco querían que Javier conociera al niño. Cándida se había mudado a Bijao hace unos años, un día fue de visita, pero se amañó tanto que no se quiso ir del pueblo. Los rumores iban y venían, se decía que esa familia se había mudado para El Bagre, Antioquia. Un día, Cándida vio a un niño monito y flaquito en el parque del pueblo y la intuición le dijo que era él, que ese niño era su nieto. Tenía la misma cara que Santiago, que Garavito y que Javier. Ella solo confirmó ese presagio cuando la mamá del niño llegó a su puerta.

—Señora Cándida, usted no me conoce, pero yo a usted sí, soy la exmujer de Javier y la mamá de su nieto.

Cándida no sabía que decir ni qué hacer. La recibió en la casa, le ofreció una mecedora para que se sentara y le trajo agua, pero no sabía cómo comenzar la conversación. La muchacha, por el contrario, fue al grano, le pidió plata, dijo que su papá era el que los había mantenido todos esos años pero que él ya no la iba a ayudar más y necesitaba para la comida del niño. Cándida no tenía un peso y le dijo que el único favor que ella le podía hacer en estos momentos, aunque se le cayera la cara de la vergüenza, era darle el número de Javier. Habría querido darle plata, pero no tenía la manera. La muchacha recibió el número en un pedazo de papel y fue a un teléfono público con Cándida para marcarlo, pero Javier nunca contestó. Como Cándida no le dio plata y a Javier no lo pudo ni contactar, la muchacha se fue y no la dejó conocer al niño.

La chaza de dulces de Javier estaba hecha de zinc, Ceferino la pintó de blanco y le puso un letrero arriba que decía “Los dulces del mono”, quedaba en la treinta con tercera; el Textilero quedaba en la treinta con segunda. Javier vendían mazapanes, helados caseros, cigarrillitos de dulce y gelatinitas en forma de fruta. Naranjo no le pedía que le devolviera la plata de la mercancía siempre y cuando

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ayudara a Justina y a Ceferino con cosas del mercado. Javier consentía a sus viejos, les compraba ropa, zapatos, les regalaba vajilla y los invitaba a comer. Los meses que Javier tuvo la caceta fueron los mejores meses de la relación de él con la familia. Cuando los dueños del Machetazo se enteraron de que Javier había vuelto a trabajar en el centro de Montería, lo fueron a visitar. El almacén de ropa había cerrado hace un año, los dueños no se pudieron recuperar nunca de la angustia de no volver a ver a su hijo. Ellos le rogaron a Javier para que les contara dónde estaba o qué sabía de él. Javier les contó todo lo que pasó a la llegada en Medellín, les contó de la pelea con Mirna, les contó que su hijo se había enojado con él por no tener dónde dormir y les contó que se llevó la plata y lo dejó solo en la calle. Javier les juró que no lo había visto desde eso. Ellos le creyeron y aunque nunca lo perdonaron por lo que hizo, no lo volvieron a buscar.

Javier trabajó seis meses en la caceta de dulces hasta que un día el inventario y la plata se perdió. Javier le robó a Naranjo todo lo que pudo. Se llevó un ventilador, una neverita y hasta el bombillo en el techo. A esta altura a Justina y a Ceferino les dolía tanto las acciones de su hijo que trataban de no hablar mucho de él. Los próximos dos años Javier iría y vendría de forma intermitente a ver a la familia, a veces pasaba épocas en Tierradentro y otras veces se perdía y no decía dónde estaba, sino que aparecía mucho tiempo después contando historias extrañas. A su tío Elías, hermano de Cándida y de Justina, le contó que trabajaba de mula llevando drogas de Colombia a Venezuela, a Justina le contó que había atravesado el Amazonas y que conocía Brasil, sin embargo, la confesión más grande se la hizo a Ceferino durante una partida de dominó que tuvieron los dos con la tía China: Javier era paramilitar.

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Ilustración 4. Genograma Familia Torreglosa

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Ilustración 5. Carta de Ceferino a Javier.

“Hola, Javier, hijito mío. No sabes cuánto te extraño, quisiera verte siquiera la última vez antes de que cierre los ojos y me vaya de este mundo. Javier, si tú existes, házmelo saber para ir donde tú estés. Sin más que decirte.

-Ceferino Agámez”.

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Capítulo III En el periódico El Espectador en la edición del domingo habitaba en una doble página en la mitad del impreso el juego “¿Dónde está Javier?”. Era el 2009 y este era un remake de un éxito editorial de los 80s. Javier era definido en palabras del mismo periódico como “un joven desgarbado y con poca gracia, que vivía perdido en la ciudad”, tenía el cabello mono y la cumbamba muy marcada. El objetivo del juego era encontrarlo en medio del caos, entre las personas, en los huecos más inimaginables y lejanos posible. Yo tenía seis años cuando mi mamá sentada en su taller de modistería me invitó a jugar, me dijo que íbamos a encontrar a Javier.

El taller de mi mamá era el cuarto más grande de la casa. Tenía una pared llena de clavos y en cada clavo había un carrete de hilo. Estaban organizados según el orden de los colores en el arcoíris; era una pared en degradé. Los mejores momentos de mi infancia los pasé acomodando los hilos de mi mamá, mientras ella trabajaba en silencio. Cuando no había más hilos que organizar, telas que picotear o botones que masticar, simplemente me sentaba debajo de un mesón de madera que estaba en la mitad del taller; ahí tirada en el piso como si fuese mi guarida secreta me escondía para verla trabajar. Mi mamá usaba ese mesón de madera para cortar ropa. Sin embargo, ese día, en mi guarida de la infancia, estábamos ella y yo mirando el periódico.

Si algo agradezco de mi mamá fue que nunca me trató como a una niña, a sus ojos era una adulta pequeña. Tuve toda clase de conversaciones duras con ella mientras crecía; siempre supe que Papá Noel no existía, que Dingo, mi primer perrito, fue envenenado vilmente porque mordió a un señor y que mi papá se había ido de la casa porque su amante era prima de mi mamá. Esa mañana de domingo mi mamá con la naturalidad habitual comenzó una de esas conversaciones. —Tengo un hermano que tú no conoces. Tienes un tío.

—¿Tengo un tío que no he conocido?

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—Sí, bueno, tenías; tenías un tío llamado Javier. —El periódico había pasado a segundo lugar, ahora nos estábamos mirando a los ojos. —Javier era mi hermano, era hijo de la tía Cándida, pero lo criaron tus abuelitos. —¿Qué pasó con él?

—No sabemos, hija, hace años no sabemos nada de él. Creemos que está muerto.

—¿Cómo era él?

—Igualito al del periódico: monito, flaquito y desordenado. —¿Era hijo de la tía Cándida?

—Sí, del mismo papá que Mirna. Pero tus abuelitos lo adoptaron desde que era un bebé.

A partir de los seis años fue como si hubiese desbloqueado un fantasma. De repente todas las fotos familiares habían cambiado para mí, las mismas fotos que había visto toda mi vida guardaban en el fondo a un niño con cabello monito. Las anécdotas familiares comenzaron a sonar diferente, de repente ya mi mamá no contaba la historia de la vez que mi abuelita la amarró a un árbol por grosera, sino que la historia ahora hablaba de la vez que se dio puños con Javier y mi abuelita los amarró abrazados, barriga con barriga, hasta que se reconciliaran. Mi familia había modificado la memoria; la versión oficial de la historia era otra. Javier no existía. Tuve una familia muy unida los primeros años de mi vida, los once hijos Torreglosa le dieron muchos nietos, bisnietos y tataranietos a Juanita y Dionisio; Tierradentro era un pueblo lleno de personas con los mismos apellidos y los mismos nombres repetidos en diferente orden. Cuando leí Cien años de soledad por primera vez tenía trece años, lo que más me gustó del libro era que yo ubicaba a todos los personajes de memoria, había crecido en una familia donde mi bisabuelo era Manuel Dionisio, pero mi tío segundo era Manuel y mi prima segunda era Dionisia; y estos juegos nominales que resultan confusos para la mayoría, para mí sonaban a familia. Mi apellido es Naranjo, pero había nacido con corazón Torreglosa. Descubrir la existencia de Javier fue una de las cosas más inquietantes de mi infancia, me convertí en una detective. Desde el principio entendí que era un

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tema complicado, que una familia tan grande no guarda un secreto de ese tamaño de forma gratuita. Los primeros interrogatorios cometí el error de hacerlos grupales, solo tenía seis años y mis abuelitos siempre me cambiaban el tema. Mi papá decía que ya él no hablaba de ese gamín y mi mamá se salía por las ramas; satisfacía mi curiosidad soltando pequeñas cosas: Javier era un año menor que ella, Javier metía la mano en nidos de avispas por plata y Javier no tomaba sopas. El interés por la historia de mi tío iba y venía, fue intermitente toda la infancia y parte de la adolescencia. Un día mi mamá mencionó su nombre, era de esas pocas veces que a ella se le escapaba, se le escurrió por la lengua de forma involuntaria. Mi hermana Adriana la frenó.

—¿Javier? ¿El paraco ese?

—¿El qué? —respondí incrédula. Yo tenía quince años.

—Adriana Isabel, ¿quién te dijo eso? —respondió mi mamá.

—Lina Marcela y Liliana. Y tú sabes que es verdad.

Mi mamá no dijo nada más. La conversación fue tajantemente cortada. Ella ignoró a mi hermana el resto del día. De repente mi tío desaparecido al que nunca conocí, ahora era mi tío paramilitar. Volví a sentirme como esa niña de seis años con un periódico de 2009 sin saber qué pasaba. Ese día decidí que sabría la verdad. … Cuando Javier le confesó a mi abuelito que él era paramilitar lo hizo porque no tenía intenciones de volver jamás a la casa. Comenzó en el mundo armado en el Bloque Córdoba, en las Autodefensas Unidas de Colombia, lo reclutó un amigo de la infancia, de la época en la que ellos vivían en La Estancia, la finca de una de las familias guerrilleras más grande e importante de la región. Su amigo fue uno de los sombrerones que interceptó a la familia y bajó cocos a balazos, se rencontraron un día en Canalete y desde ahí Javier se había vuelto uno de ellos. Llevaba tiempo haciendo todas esas cosas en secreto, aunque sus funciones eran otorgadas según dónde lo necesitaran, su rango de acción siempre había sido Córdoba. Lo más lejos que lo habían mandado había sido Tierralta. Javier no se estrenó como criminal con los paramilitares, en realidad, su vida en el crimen

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organizado comenzó con el narcotráfico, siendo una mula de droga entre Colombia y Venezuela. Sin embargo, nunca le contó a la familia quién era su patrón o a quién era responsable de responderle. Solo supieron sus historias en el Estado Zulia y en el Chocó, tirando por Panamá.

Los paramilitares fueron para Javier un destino anunciado desde su infancia, no importó cuánto lo alejaran de ellos o qué cosas pasaron en su vida porque su historia parecía que lo condenaba a ser uno. En San José del Guaviare estaban necesitando gente, eran del Bloque Centauros, del Bloque Córdoba les daban permiso de irse para allá porque los necesitaban más; en el Guaviare estaban haciendo grandes despojos de tierra y había pocos reclutas. Javier vio esto como una oportunidad para ascender y se fue. En esa última partida de dominó con mi abuelito él se despidió, fue la única persona a la que le contó sus planes y a la que le dijo que lo amaba. Para mi abuelito que Javier estuviera metido en estos enredos no era una sorpresa, era una realidad. La primera vez que yo supe esta parte de la historia le pregunté por qué lo dejó ir, su respuesta me ayudó a entender lo que ahora pienso que es una ley muy triste del amor: cuando quieres a alguien y ya has hecho todo lo posible por ayudar a esa persona, pero sigue tomando malas decisiones, lo único que te queda por hacer es aceptarlo. Amarla todo lo que te permita, pero sentarte a esperar qué destino tiene su vida. Por esa ley, mi abuelito Ceferino no solo lo dejó ir, sino que le ayudó dándole plata. —Tengo muy poquito, perdón mijito.

—Tranquilo, papi, lo que me pueda dar.

—Aquí tienes, pero gástalo en comida, por favor, no hagas otra cosa con esta plata.

—Se lo juro por Dios, papi.

—Jurar en nombre de Dios es pecado.

—Es pecado si no se cumple la palabra. Yo la voy a cumplir. Cuando Javier se fue mi abuelito guardó el secreto varios días, incluso, la familia solo se enteró porque la plata que él le dio era de mi papá. Cuando mi abuelito pidió más plata y mis papás le preguntaron en qué se la había gastado, él

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contó de forma parcial las cosas, solo dijo que Javier la necesitaba más. Mi papá se enojó mucho con él porque Javier ya le había robado varias veces a lo largo de los años y había decidido no volver a confiar en él.

Cinco meses después llegó una llamada al celular de mi mamá, era un número desconocido.

—¿Aló? ¿Con Chave?

—Sí, con ella. ¿Quién habla?

—Hermanita, soy yo, Javier.

—¡Javier! ¿Dónde estás? ¿Qué pasó contigo?

—Nadita, ando por San José del Guaviare trabajando. —¿Qué haces por allá tan lejos?

—Lo mismo de siempre, lo que salga. ¿Cómo están papi y mami? —Papi está triste porque te extraña y mami está brava, dice que si vuelves te va a pegar una juetera, no le importa que ya estés viejo. Está furiosa porque te fuiste de nuevo sin avisarle.

—Tú sabes cómo es ella, no podía decirle nada.

—Sí, pero la puedes llamar para que sepa que estás bien. —No, no quiero hablar con ella, sé que solo me va a dar cantaleta. —Nos preocupamos mucho por ti, no es por nada malo. —Ya sé, pero igual no quiero hablar con ella.

Esa llamada se hizo desde el celular de un amigo de Javier, se llamaba el Yoni y también era paramilitar. No fue la única llamada que Javier le hizo a mi mamá. En realidad, ambos adquirieron la costumbre de llamarse los sábados en la madrugada mientras mi papá dormía. Javier y Yoni todos los sábados se emborrachaban y jugaban billar; esperaban hasta media noche y le timbraban a mi mamá; ella iba y se escondía en el baño, mientras mi papá estaba en el cuarto con el televisor encendido porque no sabía dormir sin ruido de fondo. Mi mamá les devolvía la llamada y ellos le contestaban. Repitieron tantas veces esa rutina que las llamadas no eran solo entre Javier y mi mamá, sino que el Yoni también hablaba

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con ella. Se volvieron amigos, incluso él le prometió que la iría a visitar cuando Javier volviera a Montería.

El Yoni no fue el único amigo de Javier por esas épocas. Tenía un mejor amigo que también era de Canalete; se llamaba Daladier, pero le decían de cariño “El Dala”. Daladier era hijo del señor Domingo Nisperuza con la señora Irma Causil, vivió en Tierradentro toda su vida. Tuvo seis hermanos, entre ellos Oneida Nisperuza, la hija mayor, y Gloria Nisperuza, la hija menor. Oneida se casó con Elías Torreglosa, uno de los hijos menores de Dionisio y Juanita, o sea, el tío de mi mamá. Oneida y Elías tuvieron una hija y luego se separaron, desde eso los Nisperuza no quieren a los Torreglosa. Gloria Nisperuza, la hija pequeña de esa familia, tuvo una suerte peor; se casó y tuvo dos hijos, pero su marido resultó infiel y bebedor, el día que ella se decidió separar se subió a una yegua con sus dos hijos, pero su esposo en un acto de ira le mochó la cabeza con un machete frente a los dos niños. El marido dejó los niños en la casa del señor Domingo Nisperuza y le dijo “ahí maté a Gloria, me tengo que ir”, nadie le creyó lo que dijo, hasta que encontraron a la yegua embarrada con sangre y después el cuerpo decapitado de Gloria. El Dala estaba pagando el servicio militar en el ejército, a él lo asignaron en San José del Guaviare. Cuando el Dala y Javier se encontraron tan lejos de casa, y cada uno con un fusil en la mano, solo se pudieron reír. Eran amigos de toda la vida, ambos estudiaron en el mismo colegio, iban a la misma iglesia y jugaron en el mismo equipo de futbol. El Dala contactó a Javier mandándole un recado, Javier le respondió en seguida, ambos acordaron ir una noche al centro de San José sin armas y sin uniforme, solo los dos en una cantina. Esa noche Javier y El Dala pasaron el rato juntos, ignoraron el hecho de que técnicamente ahora eran enemigos mortales. Mil kilómetros de distancia entre tú y tu casa es una buena medida para comenzar a pensar que cualquier coterráneo es tu amigo, aunque sus órdenes, técnicamente, sean matarte.

Los meses del Dala y de Javier en el Guaviare fueron meses de mucha amistad, ni siquiera en condiciones normales habrían logrado empatizar tanto el uno con el otro. Ambos compartían dolores de guerra, como el ambiente hostil en sus

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campamentos y ser el fondo de la cadena alimenticia en el conflicto armado: soldados rasos a los que les daban solo los sobrados. El Dala se sentía en una soledad tan profunda que adoptó un perrito que encontró flacuchento y garrapatoso en el pueblo, lo quería tanto que le daba la mitad de sus raciones de comida; él y Javier eran su única compañía en medio de toda la desesperanza. Javier no podía estar en el campamento militar, por obvias razones, solo se podían ver cuando ambos podían escaparse, sin embargo, el perrito sí era una compañía constante para el Dala. Le puso nombre, lo bañó, le compró comida y dormía con él. Cuando a Daladier le dieron sus días de permiso se fue para Tierradentro a visitar a sus papás, y como ninguno de sus amigos en el ejército le quiso hacer el favor de cuidarle el perro esos días, se lo encargó a Javier. Con muchas dudas él aceptó, no sabía cómo explicar la presencia de ese perro, pero no le negaría a su amigo la ayuda. Durante quince días Javier en un campamento paramilitar cuidó al perro de su mejor amigo con la única condición de que el Dala no le dijera nada a la familia Torreglosa sobre lo que estaba pasando en San José. Lo primero que hizo Daladier cuando llegó a Tierradentro, aparte de saludar a su familia y descargar su morral, fue ir a visitar a mis abuelitos. Les contó todo. En la sala estaba mi abuelita Justina con mi abuelito Ceferino, los dos estaban esa tarde en la casa, no recuerdan claramente que estaban haciendo antes de que él llegara, quizás estaban desgranando maíz o solo viendo a las gallinas; sin embargo, sí recuerdan al pie de la letra la conversación que tuvieron. Mi abuelita les ofreció café, los tres tenían un pocillo en la mano cuando el Dala comenzó a contar. —Me encontré a Javier.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó mi abuelita confundida—. Él se fue hace meses y no nos dijo pa dónde.

Mi abuelito se hizo el desentendido en esa conversación, él sabía dónde estaba Javier y qué hacía, pero no se lo dijo nunca a su esposa. —Está conmigo en San José del Guaviare, pero está de paraco. —¿Qué estás diciendo? ¿Javier? ¿Mi hijo?

—Sí, doña Justina, Javier el hijo suyo.

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Mi abuelita rompió en llanto, lloró con una tristeza que veinte años después todavía recuerda. Lloró mientras hacía preguntas, pero ni mi abuelito ni el Dala le entendían. Ella quería saber cómo terminó allá, quién lo llevó, qué hacía, si estaba haciendo cosas malas, si había matado gente, si estaba robando, si alguien lo estaba obligando; pero no fue capaz de continuar con la conversación, al contrario, la única cosa que sí dijo claramente fue “vete”.

—Vete, vete de mi casa. Vete ya —suplicaba ella a Daladier—. Vete, por favor, no te creo, no te creo. Javier no.

—Perdón por ser yo quien se los diga, pero creía que necesitaban saberlo. Si Javier se muere por allá y ustedes no lo vuelven a ver, merecen saber qué estaba pasando.

Mi abuelito se paró de la sala y se fue. Caminó dos horas por el monte sin rumbo fijo. Buscó naranjas, mandarinas, mamoncillos, mochó un gajo de plátano y solo cuando estuvo calmado volvió a la casa. Encontró a mi abuelita a las seis de la tarde ya acostada en la cama. Estaba dormida. Afuera estaba oscureciendo, pero para ambos el día había acabado desde la visita del Dala. A la mañana siguiente mi abuelita se despertó con los ojos enlegañados; estaban verdes y cristalizados. Sentía que los lagrimones del día anterior se habían convertido en Pega Loca y le había pegado párpado contra párpado. Le costó abrir del todo los ojos. La tristeza habitó la casa por esos días. Mi abuelita le contó todo a mi mamá y ella armó sola el rompecabezas: ahora entendía todas las llamadas de Javier, entendía por qué él nunca le explicaba en qué trabajaba y siempre le sacaba el codo. Mi mamá entendió que, si Yoni era su compañero de trabajo, también era un paramilitar. Ella llevaba semanas escondiéndose en el baño para hablar con ambos y nunca le dijeron la verdad.

Los días de permiso del Dala se acabaron, él volvió al Guaviare y apenas pudo le hizo saber a Javier dónde y cuándo se podían encontrar para que le devolviera el perro. Javier lo hizo, Chave el sábado pasado no le contestó ni de le devolvió la llamada, así que él no sabía que Daladier le había contado toda la historia a su mamá. Los dos se reencontraron felices. La única tristeza que se

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asomaba en la conversación lo hacía porque Javier le había cogido cariño al perro, tan así, que incluso había pensado en recoger uno. El perrito había sido tan buena compañía y le había demostrado tanto cariño que le dolía devolverlo. Javier por esos días lo llevaba para todos los lados a los que él iba. Por desgracia, la amistad de mi tío con el Dala dejó de ser un secreto. Cuando Daladier regresó con su perro al batallón sus compañeros comenzaron a pulular comentarios; alguien había visto y reconocido al perro con los paramilitares. Sospechaban que el Dala debía ser amigo de alguno de ellos, o de varios. El chisme llegó hasta los superiores del soldado, quienes decidieron hacer algo al respecto. Sentaron a Daladier en un cuarto y comenzaron a interrogarlo, le preguntaron de dónde había sacado ese animal, dónde lo tuvo mientras estaba de permiso y quién se lo cuidó. Al principio se hizo el loco y no les dijo la verdad, ellos siguieron insistiendo, lo tuvieron un día entero encerrado sin comida hasta que dijera algo. Al ver que Daladier no iba a confesar, le dijeron que habían visto al perro con los paracos. Ni siquiera ahí dijo la verdad, no fue capaz. Dijo que seguramente el perro estaba buscando comida ese día, pero que no sabía qué había hecho el animal mientras él estaba de permiso. La respuesta fue lo suficientemente convincente porque lo soltaron- Sin embargo, esa noche mientras Daladier dormía, un superior mató al perro. Cuando el Dala despertó y vio el cadáver de su perrito en el piso se rompió a llorar. Se creyó culpable de todo. Si él no lo hubiese recogido o si no le hubiese pedido el favor a Javier de que se lo cuidara, el perro seguiría vivo. Pero ahora estaba muerto, degollado y pagando los platos rotos por una pelea que no le correspondía.

Daladier agarró su fusil y fue a confrontar a su superior. El luto le había nublado la razón. De todas las formas posibles en las que reaccionar, había decidido la más visceral e incongruente. Cuando Daladier le iba a disparar a su superior para matarlo, alguien le tumbó el fusil. Lo agarraron de manos y pies; estaba endemoniado por la rabia, pero le ganaban en número. Era un batallón contra él. El superior dio la orden de que lo amarraran y les dijo a los demás que se fueran. Fusiló a Daladier y les encargó a dos soldados que hicieran un hueco y que

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enterraran al perro con él. A Tierradentro llegó una llamada triste: a Domingo Nisperuza los del ejercitó le contaron que los paramilitares le mataron a su hijo durante un combate. La familia estuvo un año de luto.

En San José la historia del Dala llegó hasta Javier. Le contaron, como rumor, los verdaderos motivos de su muerte. La culpa y la tristeza fue tanta que se estaba enloqueciendo. No podía hacer nada al respecto. No tenía suficiente poder para vengarse ni suficientes pruebas o información para decirle a los Nisperuza la verdad. Javier se echó al dolor. Todos los días se emborrachaba para soportar vivir. Se sintió más solo y más perdido que nunca en su vida. Fue como si cada una de las cosas dolorosas que le habían pasado se acomodara de forma vertical como una ficha de dominó. La muerte del Dala fue esa ficha final que hizo caer a las otras en cadena.

Mi mamá había decidido volver a contestarle las llamadas. Aunque ya sabía lo que él estaba haciendo por allá, no lo confrontó. Decidió que lo mejor que podía hacer ahora era hablar con él, aunque le estuviese mintiendo. Ella era la única persona a la que él seguía contactando, alejarse de él significaba que la familia no tendría ningún tipo de contacto con Javier. Las llamadas alegres de los sábados a media noche se habían convertido en llamadas de pena. Javier lloraba al teléfono mientras ella escuchaba. No lo presionaba a hablar, no lo interrogaba. Ella se encerraba en el baño a escuchar a su hermano mientras se desahogaba. En una de las muchas borracheras en pena Javier volvió a apostar. Apostaba en las galleras, en las cartas, en el billar y en todos los juegos de cantina que encontraba. Apostaba mucho y perdía mucha plata, pero nunca fue importante porque en San José todos sabían que era paramilitar y no había forma de cobrarle. Una noche de borrachera mientras estaba con Yoni, Javier se puso a apostar con otro paramilitar. Esta vez la plata que perdió sí se la estaban cobrando. Fueron

900.000 pesos. Cuando lo amenazaron con que lo iban a matar decidió hacer la

misma cosa que había hecho los últimos diez años de su vida: empacar y correr. Javier se voló una noche del Guaviare; no le dijo nada ni siquiera a su amigo Yoni,

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simplemente se fue sin despedirse ni explicarle nada a nadie. Esta vez esa decisión enojó a muchas personas peligrosas.

Javier se fue de San José pegado a la parte de atrás de una tractomula que iba con dirección a Bogotá. Luego se pegó de un camión que iba para Medellín y por último de otra tractomula que iba para Montería. Se demoró tres días para llegar hasta Tierradentro. Mi abuelita estaba lavando los platos en la troja cuando escuchó una moto parquearse afuera de la casa. A esa hora el sol caía y los mosquitos comenzaron a zumbar. Ella salió a ver quién era la visita que había llegado y se sorprendió cuando vio a Javier. Estaba barbado, con un poco de barriguita y con los zapatos en la mano; se le habían despegado en el camino y había preferido quitárselos. Cada vez que Javier regresaba a la casa lo hacía desgarbado y mugroso y era una de las cosas más dolorosas para ella. Se prometía que no le iba a alcahuetear sus idas y venidas, pero su corazón no le permitía negarle techo a su hijo.

Mi abuelita lloró, lo abrazó por una pequeña eternidad, y lo soltó cuando ella se calmó. Estaban solos en la casa; ella mirándolo a los ojos le imploró que le contara la verdad. Le dijo que no aguantaría un día más la incertidumbre de saber qué estaba pasando en su vida. Javier le contó la verdad. En realidad, le contó una pequeña parte de la verdad. Cuando mi abuelito llegó a la casa la escena se repitió. Él también se lanzó sobre Javier a llorar. Lo abrazaba y le decía que le alegraba que hubiese regresado. Esa primera noche Javier se quedó en la casa con mis abuelitos; no salió a ningún lugar, solo estuvo con ellos hablando de cosas varias y dejándose consentir. Cuando amaneció, Javier se puso unas chancletas de mi abuelito y salió a buscar a Domingo Nisperuza. La familia Nisperuza estaba destruida, se habían despedido hacía poco de Gloria y encima les tocó despedirse de Daladier. Las muertes ocurrieron con meses de diferencia. Lo que más lamentaban de la muerte de Gloria era que su asesino se había escapado y nadie sabía dónde estaba.

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Javier no fue solo donde Domingo, mi abuelito lo acompañó; él sabía que iban a hablar de cosas importantes y no quiso dejarlos solos. Los tres hombres se sentaron en la casa de los Nisperuza.

—Señor Domingo, perdón que yo lo venga a molestar, necesito contarle algo —comenzó Javier. No sabía cómo decir las cosas sin hacerlas más complicadas. —Yo creo que ya sé de qué me quieres hablar —respondió el señor Nisperuza —. Es sobre Daladier.

—Sí, señor, es sobre Daladier.

—Dime qué pasó.

—A Daladier no lo mataron los paramilitares, lo mataron sus mismos compañeros del ejército.

—Ay, mijo, ¿por qué vienes y me dices esto? —respondió adolorido el señor Nisperuza.

—Porque es importante que usted sepa. Lo que pasó es que al Dala le mataron un perro y por ese perro él se enloqueció y en su ataque lo mataron a él. —Ya a mí me lo contaron.

—¿Cómo así? ¿Quién se lo dijo?

—Un excompañero del Dala me llamó hace unas semanas, cuando eso recién pasó. Él también me contó algo parecido, pero en esa historia tú también estabas metido; por el perro se dieron cuenta que ustedes eran amigos. Javier se quedó callado; Ceferino miraba a ambos queriendo entender lo que pasaba.

—Eso no quita que a él lo mataron adentro del ejército —quiso alegar Javier. —Ya lo sé, ya lo sabemos todos en la casa, sin embargo, ¿qué vamos a hacer? —dijo resignado el señor Domingo—. El mismo amigo del Dala que nos avisó, nos dijo que los que están metidos en eso son hombres peligrosos y con mucho mando. Amenazaron a todos los del batallón con que si uno decía algo los mataban a ellos también. Es nuestra palabra contra la de ellos.

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—Mire, señor Domingo, yo vine acá porque yo quería al Dala como si fuese mi hermano, y quería que ustedes supieran la verdad. —Hizo una pausa Javier—. Lo que ustedes hagan de ahora en adelante ya no me corresponde. El señor Domingo ya estaba sulfurado:

—Tú y yo sabemos que mi hijo está muerto por culpa tuya, y eso no lo vas a cambiar hables con quien hables. Más bien deja de darle dolores de cabeza a tus papás, ¿no ves lo flaco que los tienes por las penas que los haces aguantar? Javier pidió perdón y le preguntó a mi abuelito si se podían ir ya. No volvió a intentar hablar con el señor Domingo. Los Nisperuza nunca demandaron al Ejército por la muerte de su hijo.

Quince días después de la llegada de Javier a Tierradentro a mi mamá le entró una llamada. Era del Yoni.

—Chavelita, ¿cómo estás?

—Hola, Yoni, muy bien, ¿y tú? ¿Qué pasó?

—¿Me puedes pasar a tu hermano? Necesito hablar con él. —No, Yoni, él no está aquí, ¿por qué?

—¿Estás segura de que no está en Montería contigo? —¿Por qué tanta preguntadera por Javier?

—Mira, lo que pasa es que el hermano tuyo me tiene acá comprometido. Debe una plata y se fue sin pagarla y sin decirle nada a nadie. Yo no quiero pensar que él se voló, dime dónde está.

—Yo no sé dónde está —mintió mi mamá. —La última vez que yo supe algo de él fue cuando ustedes dos me llamaron hace varias semanas. —Mira, Chavelita, yo sé que este problema no es contigo, es con tu hermano; pero también sé que tú tienes forma de pagar. —El Yoni comenzó a cambiar el tono de voz. —A mí Javier me contó que tu marido tiene plata por unos almacenes de telas.

—¿Qué me estás queriendo decir? —preguntó preocupada de mi mamá. —Te estoy diciendo que tu hermano debe 900.000 pesos que, si no los paga, me matan a mí que es al que tiene más cerquita.

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—Yo no puedo hacer nada, perdón.

—No, sí vas a hacer algo —respondió el Yoni—. Vas a pagar la plata que debe tu hermano porque si no, a la que van a matar es a ti. Voy yo mismo a Montería a ese tal almacén de telas y voy a encontrarte a ti y a tus dos hijas. —Pero yo no tengo nada que ver en eso —respondió mi mamá—. En los negocios de Javier yo no me meto.

—Ahora sí tiene que ver contigo y ya estás avisada. Recoge la plata y dile a tu hermanito que se regrese al Guaviare a dar la cara.

La llamada acabó. Desde que Javier volvió, mi mamá ni siquiera lo había visto. Sabía que estaba en la casa de mis abuelitos porque por llamada le habían contado, sin embargo, ella llevaba mucho tiempo sin ver a su hermano. Estaba asustada e iracunda. Mi hermana tenía cinco años y yo tenía dos meses de nacida. Mi mamá llamó a mi abuelita de urgencia y le dijo que se viniera ese mismo día para Montería. Mi abuelita se quedó en la casa cuidándonos a mi hermana y a mí mientras mi mamá buscaba alguna casa para alquilar. Dos días después de la llamada de Yoni mi mamá estaba empacando todas las cosas de la casa para cambiarnos de barrio. Esta nueva dirección no se la dijeron a nadie de la familia ni a ningún conocido durante mucho tiempo. Cuando mi mamá le contó todo lo que estaba pasando a mi papá, él se desquitó con ella por haberse hecho amiga de un paramilitar y por seguir relacionándose, aunque fuera a la distancia, con Javier. Mi papá le dijo que Javier siempre había sido la raíz de los problemas en los últimos años y siempre iba a ser así.

Cuando mis abuelitos se enteraron de las amenazas de Yoni le contaron a Javier. Le reclamaron porque estaban amenazando a sus nietas por su culpa. Javier no les respondió nada. Solo se ensimismó más en su mundo y los comenzó a ignorar. Veinte años después de las amenazas de muerte, mi mamá sigue adolorida con mis abuelitos porque de alguna forma, esos días que ellos dejaron a Javier quedarse en la casa, la hacían sentir como si prefirieran la vida de Javier que la de ella. A Javier siempre lo cuidaban, siempre le permitían hacer lo que quisiera y siempre lo defendían. Mi mamá sintió que a ella nadie la defendía.

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Cambió de número telefónico al darse cuenta de que Yoni le iba a seguir llamando para cobrarle la plata; durante un mes no salió de la casa, asustada porque pensaba que alguien iría a matarla. Cuando su agonía ya fue tanta llamó a Javier a confrontarlo. Él no contestó, pero viajó de Tierradentro a Montería para visitarla en persona. Cuando Javier tocó la puerta de la nueva casa, mi mamá se enojó con mi abuelita, pues sabía que había sido ella la que le dio la dirección. Mi mamá lo dejó pasar; mi papá estaba trabajando y todavía quedaban varias horas antes de su regreso.

Mi mamá peleó muchas veces con Javier. Eran hermanos, así que estaban acostumbrados a ser bruscos; sin embargo, todas las peleas que habían tenido antes eran irrelevantes en comparación con esta. Los celos que ella había sentido toda su vida por el tipo de relación que Javier tenía con sus papás de un momento a otro pasaron a segundo plano. Ahora a ella no le importaba si su papá lo prefería más a él o si su mamá lo cuidaba más a él; ella ahora era mamá y sus hijas estaban en peligro por culpa de su hermano.

La conversación fue dura, durante una hora y media los dos hermanos hablaron entre gritos y lágrimas. Se reclamaron todas las cosas que tenían dentro. Se dijeron cosas hirientes por el calor del momento, cosas que mi mamá dice que ni siquiera cree que sean verdad, solo que ambos sabían que iban a lastimar al otro. Javier le dijo a mi mamá que ahora ella se creía más gente porque tenía plata. Mi mamá le dijo a Javier que ni siquiera su papá biológico lo quiso y por eso lo abandonaron. Durante una hora y media se dijeron veintitantos años de traumas y dolores.

—No te ha bastado con robarnos, sigues causando problemas siempre. —Mis problemas son míos, no tienen nada que ver contigo.

—Dejan de ser solo tuyos cuando comienzan a llamarme a amenazar. —Hazte la loca, el Yoni no va a hacer nada, solo es para meterte miedo —Pues lo logró, tengo mucho miedo, no sé qué hacer. ¿Tú crees que es justo? ¿Tú crees que es justo que yo tenga que andar recogiendo tus platos rotos? —No seas dramática.

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—No lo soy, lo que pasa es que estoy cansada. Tengo miedo, Javier, tengo una bebé de dos meses y me dijeron que me la van a matar, Adriana Isabel solo tiene cinco añitos y también me dijeron que la van a matar. —Entre lágrimas mi mamá le suplicó. —Contra mi voluntad he tenido que compartir a mis papás contigo, sin embargo, no voy a compartir a mis hijas, no voy a meterlas en esa vida tuya. —No seas así de injusta.

—No soy injusta, estoy tomando la decisión que debí haber tomado desde hace años. Aléjate de mi vida, aléjate de mis hijas, aléjate de mi esposo y aléjate de mis papás. Vete y ya no vuelvas —mirándolo a los ojos, le dijo: —No quiero seguir cargando tus problemas, vete de mi vida.

Ese día Javier se regresó para Tierradentro, volvió callado y no le contó a nadie de la conversación que tuvo con mi mamá. Hasta hoy, ella tampoco le dijo nada a nadie. Fue la última vez que mi mamá habló con él. Al día siguiente a Javier se le ocurrió un plan para solucionar las cosas, tío Elías, el hermano de mi abuelita, tenía dos motos: una para usarla él y otra que había comprado recientemente para ponerla a mototaxiar. Era una Yamaha, sencilla pero resistente para la carretera destapada de Canalete. Tío Elías le había dado la moto a Andrés David, hijo de tío Esteban, hermano de mi abuelita. Le dio la moto con la única condición de que era un préstamo y solo para trabajarla. Javier pensó que si le pedía la moto a tío Elías él se la iba a regalar y la iba a vender para pagar la plata que debía y que así dejaran de amenazar a Chave. No fue así. Tío Elías no le dio la moto a Javier porque ya la había comprometido con Andrés David. Javier en medio de la ira insultó a tío Elías. —A ti te cambió la plata. Desde que eres profesor de pueblo ya no te acuerdas de que eres pobre.

—No digas eso, Javier, yo soy tu tío y soy mayor que tú. Respétame. —Ni un favor sabes hacer ya, te estoy rogando que me regales la moto, a ti no te hace falta.

—No me hace falta, pero yo ya se la comprometí a Andrés David, él no tiene trabajo.

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—Yo tampoco tengo trabajo y la necesito más.

—¿Para qué la necesitas? ¿Para venderla y gastarte la plata quién sabe dónde? —preguntó tío Elías. No sabía de los planes de Javier, pero sí los sospechaba— A mí esto me costó mucho trabajo como para que tú lo malgastes. —No voy a malgastar la plata, la necesito para lo de Chave. —¿Lo de Chave? Hazle el favor a ella y no la sigas enredando en nada más —dijo en tono acusatorio—. ¿No te da pesar que amenacen a tu hermana y a tus sobrinas por tu culpa?

—Sí me da pesar y por eso necesito la moto.

—Perdón, pero, aunque pudiera hacerlo, ya no confío en ti. Javier se fue sofocado por la rabia. Esa tarde en todas las casas de Tierradentro donde pudo entrar antes de que lo cogiera la noche fue a hablar mal de tío Elías. Les dijo a todos que era un creído al que la plata lo había cambiado, que había perdido la humildad y que le gustaba menospreciar a las personas por ser pobres. Cuando oscureció decidió actuar por su cuenta, se iba a meter a la casa de Andrés David y se iba a llevar la moto. La iba a vender les gustara o no. Cuando se estaba escabullendo para robarla, los perros lo escucharon y se tiraron a ladrar. Andrés David lo vio y Javier se lanzó a correr. Se fue para la casa sin plata y sin moto, pero la peor parte es que sabía que les iban a contar todo lo que pasó a sus papás.

No sé si hay muertes que traen suerte, pero la muerte del difunto señor Pablo Causil le cayó como anillo al dedo a Javier. Esa noche en Tierradentro la noticia se esparció a pesar de la penumbra; solo se hablaba de eso. Andrés David no contó el intento de robo sino muchos días después, cuando ya no importaba. Esa noche todo Tierradentro estuvo de vigilia por el difunto; el señor Pablo Causil fue uno de los tres fundadores del Caserío, junto con Dionisio y el papá de Domingo Nisperuza. Esa noche solo se lloró y se leyó la Biblia. Los demás problemas se veían insignificantes en perspectiva. El velorio sería al día siguiente a las tres de la tarde; todo el pueblo estaba invitado. Ceferino y Justina se acostaron a dormir a las 6:00 a.m. para descansar antes de que fuesen los actos fúnebres. Javier no podía dormir. Estuvo

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rondando toda la mañana como un muerto viviente. Estaba desesperado porque no sabía cómo solucionar las cosas. Cuando fue la hora del velorio, les dijo a sus papás que estaba muy cansado y que el cuerpo le pedía cama. Les prometió que los alcanzaría más tarde en la casa de los Causil. Mis abuelitos se fueron; no estaban preocupados por Javier en ese momento, solo pensaban en el luto por el difunto. Javier empacó todas sus cosas en su morral. Se llevó su ropa, algunas fotos de la familia, su registro civil y unas botas de mi abuelito porque él se había quedado sin zapatos. Aprovechó que no había nadie en la casa y se fue. No se despidió de nadie, no le dijo nada a nadie esta última vez. Cuando mis abuelitos regresaron a la casa esa noche y no encontraron a Javier, no lo buscaron, supusieron que andaría vagando por ahí, como siempre lo había hecho. Se acostaron a dormir, pero dejaron la puerta sin atrancar con la esperanza de que él en algún momento de la noche necesitara entrar. Al día siguiente cuando encontraron la cama tendida, igual que el día anterior, se preocuparon, pero de todas formas mi abuelita hizo desayuno para tres personas. Javier no fue a desayunar. Mi abuelita por la rabia no le hizo almuerzo, dijo que lo iba a castigar por volarse y, como el que quiere calle, come calle, él vería qué hacer. Cuando oscureció y Javier no volvió a la casa se dieron cuenta de que él se había ido de nuevo. Rebuscaron las cosas en su cuarto y ya no estaba su bolso.

Ya no dolía como antes. De alguna forma, se habían acostumbrado a su partida.

Sucedió la misma rutina de sus desapariciones pasadas: llamaron a tía Cándida, ella dijo que no lo había visto; llamaron a tío Manuel, él dijo que tampoco lo había visto; llamaron a mi mamá, ella dijo que ni lo había visto ni lo quería ver.

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Ilustración 6. Collage Javier.

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Epílogo El 24 de diciembre de 2024 cumplí 21 años. Mientras hacía la reportería para un fact-checking sobre La Escombrera, descubrí en el micrositio de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas un formulario para solicitar la búsqueda de algún ser querido que se sospechara desaparecido en el marco del conflicto armado. Ese día me senté con mi mamá y le dije que quería buscar a mi tío. Ella entre lágrimas llenó conmigo la solicitud: fue la primera vez en veinte años que aceptó lo que había pasado y le dio un nombre a la situación de Javier; estaba desaparecido.

Desde los quince años, cuando mi hermana dijo que mi tío era un paramilitar, me di a la tarea de comenzar con entrevistas, primero a mi abuela, luego a mi abuelo, luego a los hermanos de mi abuela y a mi papá. Según mi tía Cándida, alguien lo vio hace cinco años montando una moto en Panamá, no hablaron ni se saludaron, solo pasó por el lado, pero era idéntico a Javier. Mi tía dice que, por eso, ella sabe que sigue vivo. Mis abuelitos se rehúsan a creer esto porque, si no, hace años habría vuelto a Tierradentro a visitarlos, él no se habría ido tantos años sin intentar volver a la casa. Menos, sabiendo que ellos lo amaban tanto. Un año después de la desaparición de Javier mi abuelito soñó por última vez con él: estaba degollado implorándole que lo perdonara; Javier se arrastraba por el suelo mientras la candela lo derretía vivo. Mi abuelito dice que se despertó llorando y que sintió ese sueño como si fuese un mensaje de Dios para que él orara por el alma de su hijo y pudiera descansar en paz. Orar por Javier es la única cosa que mi abuelito dice que puede hacer a estas alturas de la vida. Una de mis primeras funciones como periodista y como escritora ha sido darle a Javier el lugar que se merece: es mi tío, quizá está muerto o quizá está vivo, no lo sabemos, pero su recuerdo sigue aquí en cada foto antigua que se comen los hongos y en las cartas que mi familia escribe como si él las pudiese leer.

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Ilustración 7. Carta de Chave a Javier.

“Hermanito, Siento mucho no haberte escrito antes, cada día que pasa ruego a Dios por ti y deseo verte de regreso en nuestra casa, reunidos con nuestros padres. Ya el viejo no es tan rápido al caminar como cuando nos cargaba a ambos, uno en cada brazo, dormidos, de regreso a la casa; pero sigue teniendo el coraje que tú tanto admirabas en él. Y mami, sigue conservando la serenidad que conociste y que te daba seguridad.

Somos tu familia, te amamos, te esperamos de regreso. -Tu hermana, Chave”.

Cita: Naranjo Agámez, Isabel Sofía (2025), ¿Dónde está Javier?, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/50011