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La Gigantona, fiesta tradicional de Zaragoza Antioquia, un lugar de disenso para el consenso cultural intergeneracional

Por: Dainer de Jesús Lozano Robledo

Introducción

Zaragoza, municipio del Bajo Cauca antioqueño, es un territorio profundamente marcado por la minería, la religiosidad popular y las expresiones culturales que emergen del encuentro entre tradición y evolución. Fundado en 1581 por Gaspar de Rodas, este municipio ha mantenido a lo largo de los siglos una identidad que combina la espiritualidad devocional con la fuerza simbólica del trabajo minero, precisamente se auto reconoce como el municipio afro de la región, elementos que se entrelazan cada año en una de sus celebraciones más significativas: La Gigantona.

Esta festividad, celebrada el 12 de septiembre como antesala a las Fiestas del Santo Cristo de Zaragoza, reúne a la comunidad en torno a una figura femenina de gran tamaño que danza por las calles acompañada de comparsas, música de banda papayera y una efervescencia colectiva que mezcla lo sagrado y lo profano. La memoria oral ubica su aparición hacia 1938, cuando el carpintero Alberto Zorrilla habría construido o traído desde Barranquilla la primera Gigantona. Desde entonces, la fiesta se consolidó como una expresión de identidad local y como un símbolo que, a través de los años, ha resistido las transformaciones sociales, económicas y culturales del municipio. Anotaciones históricas y características de la Gigantona.

Hablar de La Gigantona es hablar de Zaragoza. Esta festividad no solo constituye una de las expresiones culturales más antiguas y representativas del municipio, sino también un relato vivo que articula memoria, identidad y pertenencia. De acuerdo con la tradición oral local, la primera Gigantona apareció hacia 1938, cuando el carpintero Alberto Zorrilla habría traído, según relatos orales desde Barranquilla, la figura de madera y papel

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que desfilaría por las calles como parte de las Fiestas del Santo Cristo de Zaragoza. Esta memoria se ha transmitido entre generaciones, acoplándose a los relatos de los mayores y al testimonio de quienes han vivido la transformación de la fiesta a lo largo de casi un siglo. La figura de La Gigantona, como se dijo anteriormente, una mujer de dimensiones monumentales, con una batea en una mano y un garrote en la otra, encarna múltiples significados. Representa, por un lado, la fuerza femenina del pueblo zaragozano: trabajadora, solidaria, alegre y, por otro lado, se asocia con los valores de la religiosidad popular y la minería artesanal, pilares simbólicos del municipio. Durante décadas, la imagen recorría las calles, acompañada de una banda papayera, con vecinos vestidos de blanco que bailaban y lanzaban maicena como gesto de júbilo y purificación. Según testimonios recopilados en la investigación del Centro Nacional de Memoria Histórica (2023), en los pueblos mineros del nordeste antioqueño La Gigantona “es un personaje del carnaval que amalgama las memorias de las luchas mineras, los cuentos de

los abuelos y las esperanzas de las nuevas generaciones” (p. 24). En ese sentido, la

Gigantona no es sólo un elemento festivo, sino un personaje-símbolo que permite a los pueblos contarse a sí mismos en términos de historia y resistencia. Las Fiestas del Santo Cristo de Zaragoza, en las que surge esta tradición, son una de las expresiones religiosas más importantes de la subregión. Cada año, del 4 al 14 de septiembre, los habitantes celebran novenas, procesiones y actos de devoción en honor al Santo Cristo. En ese marco, la Gigantona “sale” dos veces: el 12 de septiembre, como preámbulo profano, y el 15, para despedir las festividades con alegría popular. Este tránsito entre lo sagrado y lo festivo refuerza la noción de que en Zaragoza la religiosidad y la cultura popular no se presentan como opuestos, sino como dimensiones complementarias de una identidad comunitaria unificada.

Este elemento es crucial para comprender por qué la Gigantona permanece en la memoria de Zaragoza. En situaciones caracterizadas por la minería extractiva y el conflicto armado, las costumbres festivas han funcionado como espacios de reparación simbólica, en los que la música y el arte se convierten en instrumentos para sanar y reconstruir socialmente.

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Puede decirse que La Gigantona pertenece al carnaval popular latinoamericano, ese momento de inversión temporal del orden cotidiano en el que el pueblo toma las calles y reescribe las jerarquías sociales mediante el juego, la risa y la parodia (Bajtín, 1987). Pero en Zaragoza este acto carnavalesco no supone ruptura, sino complementariedad ritual con lo sagrado. El mismo lugar por donde discurre la procesión religiosa es recorrido por el baile profano, manifestándose los dos mundos simbólicos que se nutren recíprocamente. Finalmente, en el relato popular se conserva el mito de la Gigantona como una mujer real, una figura descomunal que “barequeaba” todo el año en el río Porce y que solo aparecía en septiembre, ataviada con sus mejores ropas, para “pagar promesas al Cristo de Zaragoza y bailar con su pueblo”. Esta leyenda, transmitida oralmente, da cuenta del poder simbólico de la fiesta como relato identitario compartido; en ella, lo mítico y lo cotidiano se funden para dar forma a un imaginario colectivo que define lo que significa ser zaragozano. La cultura es cambiante Toda práctica cultural es inherentemente un proceso. Ninguna tradición permanece intacta en el tiempo; cambia junto con la historia, la sociedad y la tecnología de la gente que la vive. La Gigantona, en el municipio de Zaragoza, no escapa a esta condición: ha mutado conforme las generaciones han reconfigurado sus sentidos simbólicos, sus modos de celebración y sus formas de participación.

En sus inicios, la Gigantona emergía como una celebración familiar y comunitaria que se centraba en bailar al ritmo de la banda papayera, usar vestidos blancos y el juego con maicena. Era un evento donde las familias, sin distinción de edad o condición, compartían el gozo de un mismo símbolo: el baile del pueblo. Sin embargo, como sucede con la mayoría de las expresiones populares, el paso del tiempo y los cambios socioculturales han introducido nuevas prácticas que han modificado la manera en que se vive la festividad. El Centro Nacional de Memoria Histórica (2023) describe que “los carnavales del nordeste antioqueño no son los mismos que hace treinta o cuarenta años; hoy reflejan las transformaciones sociales, políticas y culturales de los pueblos que los sostienen” (p. 47). En Zaragoza, la música de papayera ha dado paso a la chirimía del Pacífico, el público joven ha asumido un papel más activo y los juegos tradicionales con maicena se han

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reemplazado en parte por el uso de melaza y bebidas industriales como el moresco. Estos cambios, aunque pueden parecer menores, tienen un impacto significativo en la estética y el significado social de la celebración.

Desde el punto de vista antropológico, esta mutación se puede ver a través de lo que Néstor García Canclini (1990) llama hibridación cultural: la combinación de formas tradicionales con nuevas expresiones urbanas y mediáticas que aparecen por el contacto entre diferentes generaciones y contextos sociales. Según el autor, “las culturas populares no son fósiles del pasado, sino modos contemporáneos de apropiación y resignificación de los bienes simbólicos” (Culturas híbridas, p. 48). La Gigantona, en este sentido, no ha perdido su esencia ha sido resignificada por los jóvenes que la habitan desde su propia experiencia generacional.

Estos fenómenos no pueden comprenderse únicamente como “pérdidas de tradición”, sino como actualizaciones culturales. Como lo plantea Stuart Hall (1996), la identidad cultural es “un punto de sutura entre las prácticas discursivas y los procesos de representación” (Cultural Identity and Diaspora, p. 223). Cada generación redefine los símbolos que recibe, los reinterpreta en función de su contexto histórico y los proyecta hacia el futuro. La Gigantona, en este contexto, se presenta como un texto abierto, susceptible de ser interpretado y reinterpretado por cada nueva comunidad festiva. El cambio cultural también se debe a factores sociales más generales. Las migraciones a las ciudades, la llegada de nuevas tecnologías, el crecimiento de los medios digitales y la influencia de otras culturas regionales han cambiado la manera en que se vive en lo local. Los jóvenes de Zaragoza no solo reciben una tradición, sino que la mezclan con sonidos del Pacífico, ritmos urbanos y expresiones de identidad actual. En este cruce se da lo que el CNMH llama una “memoria ampliada”, que “integra los nuevos lenguajes culturales como herramientas de resistencia y continuidad” (2023, p. 54). Pero esta evolución también tiene sus retos. La desaparición de ciertos rituales familiares, la exclusión involuntaria de niños y ancianos y el peligro de que los símbolos se banalicen son aspectos que preocupan a los responsables de la cultura local. Se trata de crear espacios de diálogo donde diferentes actores puedan reconocerse y construir una memoria en común.

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En este sentido, las iniciativas educativas y comunitarias han buscado fomentar una visión más pacífica. Los talleres de memoria, los laboratorios de música y los encuentros entre generaciones tienen el objetivo de que los jóvenes entiendan la historia de la fiesta y que los adultos mayores vean las nuevas formas de expresión de los jóvenes como una parte válida de ese mismo legado. Este trabajo de mediación es un ejemplo de gestión cultural donde la tradición no se impone, sino que se discute y se acuerda en grupo. La cultura, en resumen, no constituye un objeto estático, sino un ámbito de disputas y resignificaciones. La Gigantona de Zaragoza demuestra que la identidad local se configura a través del movimiento, el diálogo y la diversidad. La experiencia del nordeste antioqueño demuestra que las prácticas festivas se mantienen no por su pureza original, sino por su capacidad de transformarse sin perder el vínculo con sus raíces. En esa tensión entre la permanencia y el cambio, así como entre la memoria y la actualidad, radica su fuerza simbólica y su potencial educativo.

¿Papayera o chirimía?

En el contexto simbólico de la Gigantona del municipio de Zaragoza, la música juega un papel muy importante. Las sonoridades que acompañan la figura no constituyen meros adornos festivos, sino que representan lenguajes de identidad que condensan memorias, emociones y pertenencias colectivas. Por lo tanto, la pregunta que actualmente se plantea en el municipio, "¿Papayera o chirimía?", va más allá de lo musical; refleja una tensión cultural intergeneracional que pone de manifiesto las diversas maneras en que cada época interpreta la tradición.

Durante gran parte del siglo XX, la banda papayera fue la sonoridad emblemática de la fiesta. Los metales, los tambores y el redoblante resonaban en las calles de Zaragoza cada 12 de septiembre, cuando la Gigantona hacía su primera aparición. Los mayores recuerdan que la papayera llegaba en canoa por el río Nechí, proveniente del Porce, y que su sonido marcaba el inicio del jolgorio. Era la música del pueblo: alegre, espontánea, comunitaria. La papayera no sólo acompañaba la danza de la Gigantona, sino también los desfiles, comparsas y procesiones, configurando el paisaje sonoro de las festividades patronales.

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Pero en los últimos tiempos eso ha cambiado. Las nuevas generaciones han adoptado la chirimía, una agrupación musical afrocolombiana del Pacífico que usa instrumentos de viento y percusión en un formato más improvisado y rítmico. Esta evolución, normal en el proceso de vida de las culturas, ha causado discusiones entre los que piensan que la papayera es la “autenticidad” de la tradición y los que apoyan la chirimía como una renovación que enlaza Zaragoza con otras manifestaciones culturales del país.

Este hecho puede leerse en el contexto de lo que Jesús Martín-Barbero (1998) llama “desplazamiento de los mediadores culturales”, es decir, el paso de la cultura consagrada a formas híbridas en las que la mediación la realizan los nuevos lenguajes y las nuevas prácticas juveniles. En ese sentido, la música de la chirimía puede verse como un reencuentro generacional, donde los jóvenes no destruyen la herencia musical, sino que la reconfiguran desde su propia sensibilidad.

El debate continúa ya que los adultos mayores suelen pensar que cambiar la papayera daña el significado original de la Gigantona, que está relacionado con los recuerdos familiares, la unidad de la comunidad y las tradiciones compartidas. Los jóvenes, por otro lado, apoyan que se incluya la chirimía como una forma de identidad y conexión actual. Para ellos, el sonido del clarinete, los tambores de doble golpe y los platillos simboliza una energía más conectada a su época, una manera de mantener viva la tradición a través de la experimentación y la mezcla.

Desde la gestión cultural, este conflicto puede ser tratado como una ocasión pedagógica para rehacer el diálogo entre generaciones. El CNMH (2023) indica que "los conflictos relacionados con las prácticas festivas son, en verdad, procesos de negociación

cultural que consolidan la sensación de pertenencia grupal" (p. 58). Esto significa

reconocer que la autenticidad no está en la pureza de los elementos, sino en el poder de una comunidad para conservar su tradición, aunque esté abierta al cambio y sin perder su memoria.

La vision simbólica también permite comprender la convivencia entre las bandas papayera y chirimía. El árbol de papaya simboliza las raíces locales y el legado de los campesinos y mineros que han mantenido la identidad zaragozana a lo largo de décadas.

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La chirimía, a su vez, representa el contacto con otras regiones, la fluidez cultural y la aceptación de la diversidad étnica del país. Por lo tanto, estas dos representan maneras complementarias de ser una comunidad.

Esta idea se conecta con lo que García Canclini (1990) describe como “el derecho a la modernidad de los otros”: la posibilidad de que los pueblos tradicionales se inserten en los flujos contemporáneos sin renunciar a su especificidad cultural. En la Gigantona, este derecho se manifiesta cuando los jóvenes reinterpretan la música de la fiesta no como una ruptura, sino como un acto de continuidad transformadora.

En última instancia, la pregunta “¿Papayera o chirimía?” no busca una respuesta definitiva, sino que invita a escuchar las múltiples voces del territorio. En cada nota, en cada tambor, resuena la historia de un pueblo que se niega a quedarse quieto, que transforma su identidad mientras la celebra, que baila su memoria y la reinventa en cada generación. Es así como, observar hoy en día la problemática, como gestor cultural, me cuestiono lo siguiente: ¿Como los mayores y los jóvenes pueden convivir dentro de una misma actividad cultural desde las diferencias y afinidades desde lo cultural que cada generación tiene? o bien, ¿Como desde la gestión cultural se puede hacer una mediación en una misma práctica cultural, entre la generación de jóvenes y la de los mayores con sus saberes tradicionales para fomentar la convivencia?

La Gigantona en el municipio de Segovia El recorrido simbólico de La Gigantona trasciende las fronteras de Zaragoza. En el municipio vecino de Segovia, la tradición adquirió nuevos significados, profundamente vinculados a la memoria del conflicto armado y a los procesos de reparación simbólica de la comunidad. Aunque ambas localidades comparten raíces mineras y una historia común de poblamiento, las formas en que se vive y se interpreta la figura de la Gigantona difieren en su sentido histórico y emocional.

De acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica (2023), el Carnaval de la Gigantona de Segovia es una reacción cultural a la violencia que vivió este municipio en los años 80 y 90. La masacre del 11 de noviembre de 1988 por paramilitares, una de las peores del nordeste antioqueño, dejó cicatrices en la comunidad. En ese sentido, el

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carnaval fue un ritual de memoria, duelo y resistencia que permitió a la gente resignificar el dolor a través del arte, la música y la expresión colectiva.

“El carnaval resignifica el dolor, lo transforma en esperanza; es un escenario de catarsis y reencuentro, una oportunidad para nombrar a las víctimas y para reconocerse nuevamente como comunidad” (p. 19). Desde la perspectiva de la memoria social, este proceso corrobora lo que ya decía Paul Ricoeur (2000): que la memoria no es una simple evocación del pasado, sino una reconstrucción ética del presente. En La memoria, la historia, el olvido, Ricoeur declara: "Recordar no es revivir, sino rehacer con los materiales del presente lo que el pasado dejó como rastro" (p. 43).

Esa idea se refleja claramente en el carnaval segoviano: cada comparsa, cada disfraz y cada canción no solo evocan lo sucedido, sino que lo reconfiguran en clave de vida. La Gigantona, como figura central, actúa entonces como mediadora de la memoria: un cuerpo monumental que concentra las ausencias y las transforma en movimiento, en danza, en continuidad.

En Segovia, el carnaval forma parte de los procesos de reconstrucción de la memoria histórica y las políticas locales de reparación, mientras que en Zaragoza se queda en el terreno de la religiosidad popular. "La celebración es un laboratorio social donde se entrecruzan memoria, pedagogía y cultura como formas de resistencia al olvido", CNMH

(2023).

La apropiación comunitaria de la Gigantona en Segovia también representa una respuesta al silenciamiento impuesto por la violencia. Al tomar las calles con máscaras, danzas y comparsas, los habitantes reafirman su derecho a existir y a narrar su historia. En este sentido, el carnaval se convierte en un acto político en el sentido más profundo: un espacio donde la memoria se vuelve pública y donde los cuerpos que antes fueron objeto del miedo ahora encarnan la libertad.

Este proceso tiene una dimensión pedagógica muy marcada. Los talleres que tienen lugar antes del carnaval y son organizados por colectivos de artistas, instituciones educativas y grupos de víctimas sirven como lugares para transmitir la memoria entre generaciones. Niños, adultos mayores y jóvenes discuten sobre los sucesos violentos del

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pasado y crean conjuntamente las comparsas que simbolizarán sus historias. De este modo, el carnaval se convierte en un salón de clases en el que se enseña la memoria no a partir del sufrimiento pasivo, sino desde la creación colectiva.

El diálogo entre Zaragoza y Segovia muestra cómo una misma figura cultural puede adquirir sentidos diversos según las condiciones históricas e identitarias de cada territorio. En Zaragoza, la Gigantona continúa siendo el símbolo festivo y devocional por excelencia, mientras que en Segovia se convierte en un instrumento de reparación simbólica y de reconstrucción del tejido social. Ambas formas, sin embargo, convergen en un mismo horizonte: la afirmación de la vida, la defensa de la cultura y la resistencia frente al olvido. La Gigantonita La Gigantonita es uno de los proyectos más relevantes que han surgido en Zaragoza en los años recientes, en el contexto de la evolución de las prácticas culturales de esta ciudad. Esta versión para niños de la Gigantona no es simplemente un complemento recreativo, sino una táctica de mediación cultural y pedagógica que busca afianzar la participación entre generaciones y asegurar que la tradición perdure desde la niñez. La Gigantonita es una iniciativa de la Alcaldía de Zaragoza y de los agentes culturales locales, que surgió en 2022 con el objetivo de hacer frente a un fenómeno perceptible: la distancia cada vez mayor entre los jóvenes y los adultos mayores en cuanto a cómo celebrar las fiestas. El uso de melaza o bebidas industriales durante los desfiles, prácticas más actuales, habían hecho que niños y familias se alejaran parcialmente de las áreas centrales de la celebración. En respuesta a esto, la Gigantonita surgió como una opción simbólica para reestablecer el aspecto formativo, comunitario y familiar de la celebración, sin pasar por alto las transformaciones culturales propias de ese período. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica (2023), en otros municipios del nordeste antioqueño se presentan situaciones parecidas, en las que las versiones para niños de las festividades populares se transforman en "espacios para transmitir conocimientos y reforzar la estructura social, al incorporar a las nuevas generaciones en los procesos de memoria e identidad territorial" (p. 64). En ese sentido la Gigantonita no solo reproduce la

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forma de la tradición, sino que la reinterpreta como laboratorio pedagógico, donde los niños aprenden a través del juego, la música y la convivencia.

De este modo, la Gigantonita se convierte en una escuela popular ambulante donde los niños zaragozanos aprenden la historia de su ciudad no en los libros, sino en el tambor, en la máscara y en el baile colectivo. "Este método defiende el derecho de las nuevas generaciones a ser actores de su patrimonio cultural, esencial para la sostenibilidad de las tradiciones".

Socialmente hablando, la Gigantonita también puede considerarse un elemento integrador. A través de ella, escuelas, colectivos artísticos y familias pueden tejer nuevamente la confianza y el trabajo colaborativo. Los adultos mayores comparten sus saberes sobre las formas antiguas de la fiesta, mientras que los más jóvenes aportan nuevas ideas, diseños y ritmos. Este diálogo intergeneracional crea un aprendizaje mutuo que va más allá de la fiesta, reforzando el tejido social.

En consecuencia, la habilidad de articular educación, memoria y participación es lo que hace que la Gigantonita tenga un valor simbólico. Se establece que la tradición no se hereda de manera pasiva, sino que es activamente construida en el presente cuando se coloca a la infancia como núcleo del proceso cultural. La transmisión cultural, en lugar de ser un acto de repetición, se transforma en un proceso de creación colectiva. Las generaciones más jóvenes reinterpretan los signos que han heredado y los proyectan al futuro.

Además, el enfoque pedagógico de la Gigantonita ofrece una alternativa frente a las dinámicas de consumo y desarraigo que afectan a muchas comunidades rurales. En un contexto donde las tecnologías y los medios globales influyen en las formas de sociabilidad, recuperar la experiencia del cuerpo en comunidad bailar juntos, fabricar juntos, recordar juntos constituye un acto de resistencia cultural. Como plantea Boaventura de Sousa Santos (2010), las culturas populares son “epistemologías del sur”, es decir, formas de conocimiento y de vida que se oponen a la lógica de la homogeneización y del olvido (Epistemologías del Sur, p. 35). La Gigantonita, en este sentido, enseña desde el cuerpo, desde la colectividad y desde la memoria.

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La Gigantona en la visión del gestor cultural El promotor cultural es un traductor entre generaciones. Su labor no es la de una organizadora de eventos, sino la de una mediadora entre las memorias y las mutaciones, entre los conocimientos ancestrales y las expresiones emergentes. En La Gigantona de Zaragoza, el gestor cultural es esencial: debe negociar los significados que se juegan en la fiesta, los conflictos entre los actores locales y asegurar la continuidad de la tradición sin perder su carácter comunitario.

Desde la mirada del gestor, La Gigantona no es sólo patrimonio festivo, sino un proyecto de identidad colectiva. Su asociación reúne a músicos, artesanos, profesores, jóvenes, líderes vecinales, autoridades locales... en un tejido que refleja los valores de solidaridad y trabajo colectivo de Zaragoza. Justamente, el Centro Nacional de Memoria Histórica (2023) resalta que las prácticas festivas del nordeste antioqueño "son lugares de agencia social donde los conocimientos locales, la memoria y la creatividad trabajan para mantener el tejido social" (p. 66).

En este sentido, el gestor cultural tiene el reto de conservar la memoria que justifica la tradición, pero también de permitir su evolución para que siga siendo relevante para las

nuevas generaciones. Este equilibrio necesita sensibilidad, escucha y conversación. El

trabajo del gestor no es definir cuál es la forma "correcta" de la fiesta, sino generar las condiciones para que todas las voces mayores, jóvenes, infantiles puedan reunirse y construir juntas su sentido.

El promotor cultural es también guardián de la ética comunitaria. "Cuando las fiestas se comercializan, su labor es impedir que la tradición se desnaturalice o se convierta en espectáculo". Para George Yúdice (2002), la gestión cultural es "una práctica de negociación sobre el uso social de la cultura" (El recurso de la cultura, p. 15). En este marco, la Gigantona no es solo un recurso turístico, sino un recurso de memoria, un lenguaje que da cohesión y legitimidad a la comunidad.

Uno de los mayores retos que enfrentan los gestores en Zaragoza es la fragmentación generacional en torno a las formas de celebrar. Mientras los mayores reivindican la papayera, el vestuario blanco y el juego con maicena, los jóvenes

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experimentan con chirimías, trajes coloridos y nuevas expresiones performativas. Estas diferencias, lejos de ser amenazas, pueden convertirse —si se gestionan con apertura— en fuentes de innovación cultural. El gestor, entonces, debe propiciar espacios de diálogo donde las distintas generaciones puedan escucharse y reconocerse como partes de una misma historia.

El trabajo del gestor cultural en Zaragoza, por lo tanto, no se limita a "preservar" la Gigantona como un objeto de museo, sino que implica acompañar su evolución como una manifestación activa de la comunidad. Esto implica el reconocimiento de los conflictos, las tensiones y las disputas como elementos fundamentales de la dinámica cultural. Como lo manifestó un líder cultural citado por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en 2023: “Si la Gigantona cambia, es porque nosotros también cambiamos; y eso es aceptable, siempre que continuemos bailando juntos” (p. 72). Esta afirmación resume la ética del gestor: concebir el cambio como una continuidad y la diversidad como una fuente de fortaleza. En este contexto, la función del gestor cultural no consiste en establecer la dirección de la tradición, sino en facilitar el diálogo entre las memorias que la sustentan. En conclusión, la perspectiva del gestor cultural respecto a La Gigantona indica que la cultura no constituye una herencia que se preserva de manera inalterada, sino un ámbito que se desarrolla de forma colectiva. Cada año, al llevar a cabo la organización de la festividad, los administradores y las comunidades de Zaragoza llevan a cabo un acto de reconstrucción simbólica del presente. En su labor diaria se manifiesta una verdad fundamental: la memoria no se conserva, se experimenta, se expresa a través del movimiento y se transforma.

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Apoyo Bibliográfico Bajtín, M. (1987). La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El contexto de François Rabelais. Alianza Editorial.

Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). (2023). [Título de la publicación no especificado en el texto, inferido del contexto: Investigaciones sobre el carnaval y la memoria en el Nordeste Antioqueño].

García Canclini, N. (1990). Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Grijalbo.

Hall, S. (1996). Cultural Identity and Diaspora. En J. Rutherford (Ed.), Identity: Community, Culture, Difference (pp. 222-237). Lawrence & Wishart. Martín-Barbero, J. (1998). De los medios a las mediaciones: Comunicación, cultura y hegemonía. G. Gili.

Ricoeur, P. (2000). La memoria, la historia, el olvido. Trotta. Santos, B. de S. (2010). Epistemologías del Sur. Akal.

Valencia, M. del P. (2018). Educación y territorio: Perspectivas para la gestión cultural. En [Nombre de la publicación no especificado].

Yúdice, G. (2002). El recurso de la cultura: Usos de la cultura en la era global. Gedisa.

Cita: Lozano Robledo, Dainer de Jesús (2025), La Gigantona, fiesta tradicional de Zaragoza Antioquia, un lugar de disenso para el consenso cultural intergeneracional, Universidad de Antioquia, p. N. https://hdl.handle.net/10495/51763