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INFORME FINAL DE GESTION

Memoria viva: procesos de búsqueda y reparación

Profesional en práctica: María José Álvarez Posada

Docente orientadora: Rosa María Caicedo Bohórquez

Coordinadora institucional: Carolina López Giraldo

PERIODO ACADEMICO DE PRACTICA

7 de junio de 2025 - 15 de junio de 2026

PROGRAMA DE TRABAJO SOCIAL

UNIVERSIDAD DE CALDAS

CENTRO

DE

INVESTIGACIONES

SOBRE

CONFLICTO,

VIOLENCIA

Y

CONSTRUCCIÓN DE PAZ (CEDAT)

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RESUMEN

El presente informe da cuenta del proceso de práctica profesional desarrollado en el Centro de Investigación sobre Conflicto, Violencia y Construcción de Paz (CEDAT), en articulación con la Fundación FUNDECOS y la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV), en el marco del proyecto “Memoria y dignidad en el territorio: reparación simbólica y administrativa con enfoque de reconocimiento a las víctimas de desaparición forzada en el Magdalena Caldense”.

La intervención se desarrolló con víctimas de desaparición forzada de los municipios de La Dorada, Norcasia y Samaná, así como de los corregimientos de San Diego y Florencia, en el marco del Auto SAR-AT-059. El proceso tuvo como propósito acompañar las acciones de reparación simbólica y administrativa, promoviendo el reconocimiento, la dignificación y la participación activa de las víctimas en la construcción de propuestas orientadas a la memoria, la verdad y la no repetición.

Para el desarrollo de la práctica se implementaron estrategias participativas como entrevistas, grupos focales, observación participativa, círculos de la palabra y espacios de diálogo social, los cuales permitieron identificar las necesidades, expectativas y propuestas de las familias frente a los procesos de reparación. Asimismo, se realizó un acompañamiento en la revisión documental y orientación relacionada con el Registro Único de Víctimas (RUV) y otros trámites asociados a la reparación administrativa.

Como resultado del proceso, las víctimas participaron activamente en la construcción y validación de propuestas de reparación simbólica para sus territorios, incluyendo monumentos, murales, lienzos y espacios conmemorativos orientados al reconocimiento de las personas desaparecidas y de las familias buscadoras. Adicionalmente, se elaboraron crónicas narrativas que recuperan las experiencias de líderes y lideresas comunitarias, visibilizando sus procesos de búsqueda, resistencia y acompañamiento colectivo. Estas narrativas fueron divulgadas a través de medios institucionales, cartillas físicas y actividades pedagógicas con estudiantes de una institución de Manizales.

La práctica permitió fortalecer espacios de diálogo social, promover la participación de las víctimas en la toma de decisiones relacionadas con la reparación simbólica y aportar a la construcción de memoria colectiva. Asimismo, reafirmó la importancia del Trabajo Social

como puente entre las instituciones y las comunidades, favoreciendo procesos de

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acompañamiento humanizado, reconocimiento de derechos y fortalecimiento de iniciativas comunitarias orientadas a la dignificación de las víctimas del conflicto armado.

PALABRAS CLAVE

Reparación simbólica, reparación administrativa, sistematización de experiencias, desaparición forzada, reparación simbólica, víctimas del conflicto armado, diálogo social, memoria colectiva, Trabajo Social.

1. INTRODUCCIÓN

El presente informe de gestión tiene como propósito dar cuenta del proceso “Memoria y dignidad en el territorio: reparación simbólica y administrativa con enfoque de reconocimiento a las víctimas de desaparición forzada en el Magdalena Caldense” desarrollado durante la práctica profesional realizada a partir de mediados del año 2025 en el Centro de Investigación sobre Conflicto, Violencia y Construcción de Paz (CEDAT). Este proceso se llevó a cabo en articulación con entidades como FUNDECOS y la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV), instituciones vinculadas al acompañamiento y atención de víctimas del conflicto armado en Colombia.

La práctica estuvo enmarcada en el cumplimiento del Auto 0-59, medida jurídica orientada a la protección y garantía de los derechos de las personas involucradas en procesos de búsqueda de personas dadas por desaparecidas en el contexto del conflicto armado. En este marco, las acciones desarrolladas estuvieron dirigidas al acompañamiento de procesos de reparación simbólica y administrativa en territorios del Magdalena Centro, específicamente en los municipios de La Dorada, Samaná y Norcasia, así como en los corregimientos de San Diego y Florencia.

En relación con la reparación simbólica, el proceso se enfocó en la generación de espacios de diálogo y participación con las víctimas, con el fin de identificar sus necesidades, intereses y expectativas frente a las medidas de reparación que deseaban implementar en sus territorios. De manera conjunta con FUNDECOS, la UARIV y funcionarios de las administraciones municipales, se realizaron encuentros participativos que permitieron construir de forma colectiva propuestas de reparación simbólica acordes con las dinámicas y necesidades de cada comunidad.

Por otra parte, en cuanto a la reparación administrativa, el acompañamiento estuvo orientado a la revisión y seguimiento del estado de los casos de las víctimas, identificando la documentación existente y aquella requerida para dar continuidad a los procesos. Lo anterior,

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respondió a las dificultades que presentaban muchas víctimas para acceder a documentos

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indispensables o a la ausencia de estos en las bases de datos institucionales, situación que limitaba el acceso efectivo a las medidas de reparación.

2. ORIGEN Y CONSOLIDACIÓN DE LA PROPUESTA DE INTERVENCIÓN

Para el desarrollo de la consolidación de la propuesta de intervención se emplearon diversas técnicas de recolección de información con los distintos actores involucrados en el proceso. Por un lado, se obtuvo información de actores institucionales como la Unidad para las Víctimas, FUNDECOS y CEDAT; y por otro, de familias víctimas de desaparición forzada, funcionarios de las alcaldías y líderes sociales de los municipios de La Dorada, Norcasia y Samaná, así como de los corregimientos de San Diego y Florencia.

Como parte del acercamiento inicial, se realizó un trabajo de campo en los territorios mencionados, en el que se implementaron técnicas como entrevistas a organizaciones participantes, observación participativa y grupos focales, estos últimos orientados a identificar los intereses y expectativas de las familias frente a la reparación simbólica. Asimismo, se utilizó la metodología de meta plan para sistematizar la información obtenida en los espacios de diálogo social, donde líderes comunitarios compartieron sus experiencias en torno a procesos de reparación simbólica desarrollados en el territorio.

En un segundo momento, tras identificar las necesidades y los deseos de las víctimas frente al reconocimiento de sus historias desde sus propias voces, se planteó como uno de los objetivos principales la construcción de narrativas que permitieran visibilizar sus luchas colectivas. Para la ejecución de este objetivo, se realizaron entrevistas a diferentes líderes comunitarios en los territorios de Samaná, Norcasia, La Dorada y el corregimiento de San Diego. Para el registro y análisis de la información, se emplearon herramientas como fichas de observación, diarios de campo y la transcripción de los aportes realizados por la comunidad durante los grupos focales.

Con base en la información y reflexiones realizadas en torno al primer encuentro con las comunidades y organizaciones, en donde se tuvo en cuenta el contexto, los actores sociales y la relación entre estos, se pudieron observar las siguientes situaciones: En el Magdalena Caldense, los procesos de reparación simbólica y administrativa evidenciaron múltiples problemáticas que afectaron de manera significativa a las víctimas del conflicto

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armado, particularmente a las familias de personas desaparecidas. La revictimización se convirtió en una de las principales dificultades, manifestándose en la falta de sensibilidad institucional, el irrespeto por los espacios de memoria, la escasa participación efectiva de las víctimas y la imposición de decisiones que no respondían a las necesidades reales de las comunidades. Situaciones como la instalación inadecuada y posterior desaparición de un monumento en La Dorada, así como las decisiones tomadas frente al santuario en Samaná, reflejaron una desconexión entre las instituciones y los procesos comunitarios. A esto se sumaron barreras administrativas como la repetición de trámites, la exigencia constante de documentos, largas esperas y criterios institucionales poco ajustados a la realidad del conflicto, lo que dificultó el acceso y permanencia en el Registro Único de Víctimas (RUV), generando exclusión, desgaste emocional y procesos profundamente revictimizantes. Asimismo, estas experiencias acumuladas de burocracia, falta de acompañamiento, escaso seguimiento y ausencia de empatía fortalecieron una desconfianza estructural hacia las instituciones, debilitando la legitimidad de los procesos de reparación y ampliando el distanciamiento entre el Estado y las víctimas. Frente a este panorama, las comunidades desarrollaron y fortalecieron procesos de organización, apoyo mutuo y resistencia colectiva, a través de liderazgos comunitarios, acciones de memoria y el acompañamiento de organizaciones sociales, logrando visibilizar sus demandas, compartir el duelo y transformar el dolor en procesos de dignificación y fortalecimiento del tejido social. Sin embargo, aunque existieron avances en materia de reparación, una reparación integral continuó siendo limitada debido a la persistencia del conflicto armado, las barreras institucionales y la naturaleza irreparable de hechos como la desaparición forzada, cuyos impactos emocionales, familiares y sociales permanecieron marcados por duelos inconclusos, incertidumbre y transformaciones profundas en los proyectos de vida de las víctimas, haciendo que cualquier proceso de reparación resultara necesariamente parcial.

A partir de los diagnósticos realizados, se evidenció la necesidad de replantear las estrategias de atención y acompañamiento a las víctimas, debido a los procesos de revictimización, las barreras en el reconocimiento —especialmente en el Registro Único de Víctimas (RUV)— y la desconfianza hacia las instituciones.

Los procesos administrativos han generado cargas emocionales y frustración en las familias, debido a la exigencia reiterada de documentos, trámites prolongados y criterios poco claros o excluyentes, lo que retrasa el acceso a la reparación y reactiva el dolor asociado a la

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desaparición. Esto ha contribuido a una ruptura en la confianza institucional, alimentada por experiencias de desatención, respuestas insuficientes y baja participación de las víctimas en la toma de decisiones.

No obstante, las comunidades han fortalecido procesos organizativos y redes de apoyo que les han permitido construir espacios de memoria, acompañamiento y exigibilidad de derechos. Asimismo, las víctimas expresaban que la reparación simbólica debía ir más allá de actos conmemorativos, incluyendo procesos pedagógicos y de sensibilización que garantizaran la no repetición y la preservación de la memoria.

En este contexto, se identificó una demanda por un reconocimiento más humano y digno, que valorara sus historias y redujera la carga burocrática. Frente a ello, la apuesta desde el Trabajo Social se orientó al acompañamiento integral de las víctimas, fortaleciendo procesos como el RUV mediante asesoría clara, apoyo en la gestión documental y la promoción de una atención empática que contribuyera a restablecer la confianza institucional. Además, se fomentaron espacios de diálogo participativo que reconocieron las formas de resistencia comunitaria como saberes legítimos y herramientas clave para la transformación social y con estos se generaron narrativas que permitieron el reconocimiento de los procesos de búsqueda de las víctimas.

OBJETIVOS

Acompañar los procesos de dignificación y reparación administrativa desarrollados en el marco del AUTO SAR-AT-059 con las víctimas de desaparición forzada del territorio del Magdalena Caldense, mediante un acompañamiento integral y humanizado que garantizó sus derechos, promovió su reconocimiento y fortaleció el diálogo social, visibilizando los procesos organizativos y de resistencia como un aporte a la memoria, la reparación y la no repetición. Esto se buscó realizar por medio de un acompañamiento a las familias víctimas en el proceso de verificación e ingreso al Registro Único de Víctimas (RUV), ofreciendo orientación clara, apoyo y seguimiento en los trámites administrativos requeridos para facilitar el acceso a sus derechos y fortalecer los procesos de reparación administrativa.

De igual manera, se generaron espacios de diálogo con las familias y organizaciones del Magdalena Caldense, orientados a la dignificación de las víctimas, al reconocimiento de sus

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experiencias y al fortalecimiento de los procesos de reparación simbólica desarrollados en los territorios. Finalmente, se construyeron narrativas que permitieron reconocer, visibilizar y dignificar los procesos de lucha, búsqueda y resistencia de las familias buscadoras, elaborando una narrativa representativa por cada municipio intervenido como aporte a la memoria colectiva, la verdad y la no repetición.

3. DESARROLLO DEL PROCESO

En un primer momento, se realizó un acercamiento con las víctimas de desaparición forzada en los municipios. Este espacio permitió que las víctimas compartieran y narraran las acciones de reparación simbólica que previamente se habían desarrollado en sus territorios. Asimismo, se llevó a cabo un ejercicio de reconstrucción de memoria en el que se retomaron estas intervenciones simbólicas, orientadas al reconocimiento de los procesos de búsqueda de las familias.

Durante esta fase, a través de grupos focales, las familias expresaron sus expectativas frente a la reparación simbólica, señalando que deseaban que esta transmitiera y de qué manera querían que fuera materializada. Se obtuvieron los siguientes resultados. En el municipio de La Dorada, las víctimas manifestaron el deseo de que se realizara un monumento similar al que años atrás había desaparecido. Este consistía en una vela en espiral, en cuyo interior estarían plasmados los nombres de las personas desaparecidas. En el municipio de Norcasia, se solicitó la siembra de un árbol de guayacán amarillo, acompañado de la elaboración de un mural en la plaza principal del territorio. En Samaná, se pidió la creación de un mural en lienzo o telar, en el que se representara la naturaleza y la biodiversidad características del municipio, acompañado de unas manos sosteniendo un corazón rojo como símbolo de memoria y esperanza.

En el corregimiento de Florencia, se propuso la construcción de un monumento en piedra decorado con mosaicos, incluyendo elementos representativos del territorio como la flor de sietecueros, la rana y el sirirí.

Por su parte, en el corregimiento de San Diego, se solicitó la elaboración de un monumento dedicado a quienes continúan en la búsqueda de sus seres queridos y en homenaje a las mujeres que fallecieron durante este proceso. Este monumento tendría forma de libro, simbolizando la memoria, la historia y la persistencia de la búsqueda.

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Todas estas reparaciones simbólicas también van acompañadas de una placa conmemorativa con un mensaje que escogieron las familias en el segundo encuentro con el fin de homenajear a las víctimas, como un acto de reconocimiento, memoria y dignificación dentro de cada territorio.

Este encuentro permitió recoger las ideas y propuestas de las familias, las cuales sirvieron como insumo para que la diseñadora asignada por la Unidad de Víctimas elaborara los diseños correspondientes, con el fin de presentarlos posteriormente en el territorio para su validación. En un segundo momento, se retornó a los territorios con las propuestas de diseño de monumentos, murales y lienzos elaborados para cada lugar. En estos encuentros, se socializaron varias opciones y las víctimas, de manera conjunta, seleccionaron una propuesta para su implementación en sus territorios, de igual manera, se decidió entre todos cuál sería la frase que se plasmaría en la placa conmemorativa de cada territorio. En un tercer momento, se realizó la entrega y conmemoración de las reparaciones simbólicas en los municipios de Norcasia y Samaná. Sin embargo, en los territorios de La Dorada, Florencia y San Diego no ha sido posible llevar a cabo estas actividades debido a dificultades logísticas dentro de la Unidad de Víctimas, lo que ha generado la suspensión temporal del proceso.

De manera complementaria, y en respuesta a la necesidad de reconocimiento y visibilización expresada por las víctimas, se elaboraron cuatro narrativas en formato de crónica, centradas en las historias de líderes comunitarios de los territorios. Estas narrativas evidenciaron no solo sus procesos de búsqueda, sino también cómo el acompañamiento colectivo había contribuido a sobrellevar el dolor.

Para su desarrollo, se realizaron entrevistas a una líderesa comunitario por territorio y posteriormente se construyeron las crónicas, las cuales fueron difundidas a través de tres medios: su publicación en la página web de CEDAT, la elaboración de una cartilla física y la realización de una actividad en la Institución Técnico Francisco José de Caldas. Esta última, en articulación con otra practicante, permitió visibilizar las historias de las víctimas ante estudiantes, promoviendo el reconocimiento del conflicto armado en el territorio y el acercamiento a realidades que muchas veces les eran ajenas.

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En relación con la reparación administrativa, en un primer momento se realizó la revisión de documentos. Inicialmente, se verificó la inscripción en el Registro Único de Víctimas (RUV), requisito fundamental para el reconocimiento como víctima. Posteriormente, se revisó el documento antemortem, el cual contenía la descripción física de la persona desaparecida. En un segundo momento, se planteó la realización de jornadas interinstitucionales con la Unidad de Víctimas, con el fin de que las familias pudieran presentar la documentación requerida en cada territorio y avanzar en sus procesos de reparación administrativa. No obstante, el desarrollo de estas acciones ha presentado dificultades debido a cambios de personal al interior de la Unidad de Víctimas a inicios del año 2026, lo que ha generado retrasos tanto en la reparación simbólica como en la administrativa. Hasta la fecha, no ha sido posible llevar a cabo las jornadas previstas en los territorios.

Dado que el periodo de práctica estaba próximo a finalizar, existe la posibilidad de que no se logre cumplir completamente el objetivo de acompañar a las víctimas en estos espacios.

APUESTA METODOLOGICA

La estrategia metodológica se desarrolló a partir de la implementación de espacios de diálogo social con las comunidades y familias buscadoras, orientados a promover la participación activa de las víctimas y a reconocer sus experiencias de vida, sus procesos de búsqueda y las formas colectivas de resiliencia que habían construido en sus territorios. En el marco del proceso de práctica, estos espacios de diálogo se materializaron mediante diferentes herramientas participativas, entre ellas círculos de la palabra, conversaciones grupales, entrevistas y actividades guiadas por preguntas orientadoras, que permitieron recoger las voces de las familias y conocer sus expectativas frente a los procesos de reparación simbólica en sus territorios. A través de estos encuentros, las familias pudieron expresar sus deseos y propuestas frente a la materialización de los objetos simbólicos que buscaban incorporar en sus comunidades, fortaleciendo así su participación en la construcción de acciones de memoria y reconocimiento.

El diálogo también se constituyó como una herramienta fundamental para comprender de manera más profunda los impactos que afrontaron las víctimas durante los procesos de búsqueda de sus familiares desaparecidos y las formas en que, a través de la organización

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colectiva y el apoyo mutuo, lograron afrontar el dolor derivado de la pérdida y de las experiencias de revictimización. Escuchar estas historias permitió identificar las dinámicas comunitarias de acompañamiento y resiliencia que se tejieron entre las familias, así como las necesidades de reconocimiento que emergieron de sus experiencias.

A partir de estos espacios de diálogo, se buscó construir narrativas colectivas que visibilizaron los procesos de resistencia, resiliencia y superación desarrollados por las familias buscadoras, contribuyendo al reconocimiento social de sus experiencias y a la dignificación de sus trayectorias de vida.

De igual manera, en el marco de los procesos de reparación administrativa, el diálogo tenía como objetivo ser una herramienta clave para establecer una comunicación clara y empática con las víctimas. A través de conversaciones directas y entrevistas, se buscaba identificar el estado actual de los trámites administrativos relacionados con la indemnización, revisar la documentación disponible y orientar a las familias sobre los pasos necesarios para avanzar en sus procesos. De este modo, el diálogo facilitaría un acompañamiento cercano que contribuyera a disminuir las barreras institucionales y a hacer más comprensible un procedimiento que, en muchos casos, resulta prolongado y revictimizante para las víctimas. Sin embargo, es importante resaltar que el desarrollo de esto se vio limitado por los problemas logísticos de la Unidad De Victimas, hasta la fecha no se ha podido implementar acciones que aporten al proceso de indemnización de las víctimas.

En conjunto, la estrategia metodológica buscó articular el diálogo social como un mecanismo de participación, reconocimiento y acompañamiento, permitiendo fortalecer los procesos comunitarios de las víctimas y contribuir a la dignificación de sus experiencias en los ámbitos simbólico y administrativo.

LOGROS Y ALCANCES

En mi proceso como practicante, mi trabajo estuvo profundamente atravesado por la construcción de paz y memoria junto a las víctimas de desaparición forzada en el marco del conflicto armado. La reparación simbólica tuvo como propósito generar procesos de memoria en los territorios, dignificar a las víctimas y reconocer sus historias, luchas y procesos de resistencia.

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A partir de la experiencia desarrollada en el proyecto, la construcción de paz puede comprenderse como un proceso orientado a la dignificación de las víctimas, el fortalecimiento del tejido social y la promoción de espacios de diálogo que contribuyeron a la verdad, la reparación y la no repetición. En este sentido, la paz trasciende la ausencia de violencia y se convierte en acciones que permiten a las comunidades afectadas por el conflicto armado ser reconocidas, escuchadas y vinculadas activamente en la toma de decisiones sobre las medidas que buscan reparar los daños ocasionados.

Por su parte, la memoria se entiende como una construcción colectiva que recupera, preserva y visibiliza las experiencias de las víctimas, especialmente de aquellas afectadas por la desaparición forzada. A través de estrategias como las crónicas narrativas, los espacios de diálogo, los monumentos, murales y demás iniciativas de reparación simbólica, la memoria permitio reconocer las afectaciones sufridas, dignificar a las personas desaparecidas y sus familias y fortalecer procesos de reflexión social que contribuyan a evitar la repetición de estos hechos.

Asimismo, contar con espacios destinados a la conmemoración, al encuentro y al acompañamiento entre víctimas se convirtió en una forma de aliviar parte del dolor que dejo la ausencia y la falta de respuestas sobre sus familiares desaparecidos. Estos lugares no solo mantienen viva la memoria de quienes ya no están, sino que también reconocen la lucha y la resistencia de las familias, evitando que sus historias fueran borradas o quedaran en el olvido. Estos espacios también permitieron recordar que sí existió un conflicto armado y que este no podía reducirse únicamente a cifras o estadísticas, sino que estaba compuesto por historias de familias y víctimas que, hasta ese momento, continúan anhelando que la verdad sea contada. Al mismo tiempo, reconocer sus historias, las formas en que resistieron y las luchas que emprendieron, permitió generar procesos pedagógicos que, como muchas de las víctimas lo deseaban, ayudarán a las nuevas generaciones a comprender de una manera más amplia lo que significó el conflicto armado. De esta manera, se creó un eco capaz de transformar pensamientos y perspectivas, promoviendo cambios en las acciones y comportamientos que contribuyeran a prevenir la repetición de la guerra.

Reconocer las voces de las víctimas a través de narrativas que recojan sus experiencias permitió resaltar la importancia de sus procesos individuales y colectivos dentro del contexto del conflicto armado. Estas construcciones narrativas aportaron a la comprensión de cómo el duelo

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colectivo, el acompañamiento entre familias y la solidaridad humana se convirtieron en elementos fundamentales para afrontar las múltiples afectaciones derivadas de la desaparición forzada. Asimismo, posibilitaron identificar las formas en que las comunidades transformaron experiencias de pérdida en espacios de encuentro y apoyo mutuo. Desde esta perspectiva, las narrativas contribuyeron a fortalecer procesos de sensibilización y reflexión frente a las consecuencias humanas del conflicto Durante el proceso y los encuentros con las víctimas, una de mis principales funciones al interactuar con ellas fue desempeñar un papel de mediadora entre las instituciones y los deseos, necesidades y anhelos que estas manifestaban frente a los procesos de reparación simbólica. Este acompañamiento permitió generar un puente de comunicación que facilitó la comprensión de sus expectativas y la importancia de que sus voces fueran tenidas en cuenta dentro de las decisiones relacionadas con los espacios de memoria y reconocimiento en sus territorios. El diálogo social, la escucha activa, la participación constante y una observación atenta y cuidadosa fueron herramientas fundamentales para comprender sus experiencias, identificar sus necesidades y reconocer las propuestas que surgían desde las mismas comunidades. A través de este proceso, fue posible materializar muchas de las ideas construidas por las víctimas, fortaleciendo su participación y promoviendo acciones orientadas al reconocimiento, la dignificación y la construcción colectiva de memoria

4. RECOMENDACIONES Y PROYECCION DEL PROCESOS

Una de las recomendaciones que considero importante es que se pueda contar con una mejor planeación económica frente a posibles cambios o metodologías alternas dentro de los procesos de reparación. Durante mi práctica, los desplazamientos y acompañamientos territoriales sí contaron con apoyo institucional, lo que permitió desarrollar gran parte del proceso. Sin embargo, cuando algunas actividades relacionadas con la reparación simbólica y administrativa se detuvieron por dificultades logísticas y económicas, fue necesario replantear la metodología para poder dar continuidad y cierre al proceso. A partir de ello, surgió la elaboración de cartillas con crónicas en reconocimiento a líderes y lideresas comunitarias de diferentes territorios. Para llevar a cabo esta estrategia fue necesario realizar autogestión económica para cubrir parte del proceso de producción y desarrollo. Por ello, sería importante que en futuros procesos se contemplen recursos o apoyos que permitan responder a este tipo de cambios sin que recaigan completamente en esfuerzos personales.

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Otra recomendación importante es fortalecer la organización, el seguimiento y la articulación entre las instituciones encargadas de los procesos de reparación simbólica y administrativa. Durante el desarrollo de la práctica se evidenció que, en algunos momentos, hizo falta mayor acompañamiento y seguimiento frente a compromisos que ya se habían establecido con las víctimas y los territorios. Esto generó retrasos y, en algunos casos, dificultades para dar continuidad a ciertos procesos. Por ello, sería valioso que exista una mejor coordinación y mayor compromiso institucional frente a las responsabilidades adquiridas, permitiendo que los procesos de reparación se desarrollen de manera más organizada, oportuna y con mayor atención hacia las necesidades de las víctimas y sus comunidades.

5. BIBLIOGRAFIA

Centro Nacional de Memoria Histórica. (2016). Hasta encontrarlos: El drama de la desaparición forzada en Colombia.

Centro Nacional de Memoria Histórica.

https://centrodememoriahistorica.gov.co/hasta-encontrarlos-el-drama-de-ladesaparicion-forzada-en-colombia/ Congreso de la República de Colombia. (2000, 6 de julio). Ley 589 de 2000, por medio de la cual se tipifica el genocidio, la desaparición forzada, el desplazamiento forzado y la tortura,

y se dictan otras disposiciones. Diario Oficial No. 44.073.

https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=14507 Congreso de la República de Colombia. (2011, 10 de junio). Ley 1448 de 2011, por la cual se dictan medidas de atención, asistencia y reparación integral a las víctimas del conflicto armado interno y se dictan otras disposiciones. Diario Oficial No. 48.096. https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=43043 Jurisdicción Especial para la Paz, Sala de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad. (2021, 12 de febrero). Auto No. 033 de 2021. Caso 03: Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado (“falsos positivos”), estrategia de priorización. https://www.jep.gov.co/Sala-de-Prensa/Paginas/La-JEP-hace-p%C3%BAblica-laestrategia-de-priorizaci%C3%B3n-dentro-del-Caso-03%2C-conocido-como-el-defalsos-positivos.aspx Jurisdicción Especial para la Paz, Sala de Ausencia de Reconocimiento. (2022, 29 de marzo). Auto SAR-AT-059 de 2022: Medidas cautelares para la protección de lugares con restos humanos de personas desaparecidas.

https://www.jep.gov.co/Sala-de- Prensa/SiteAssets/Paginas/AUTO%20SAR%20AI-062-2022_15-sept-22.pdf Jurisdicción Especial para la Paz. (2023). Auto SAR-AT-434 de 2023: Decisión que ordena la conformación de mesa técnica integrada por UBPD, MOVICE, EQUITAS y GRAI, entre otros,

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para elaborar informe de análisis relativo al subregistro de personas desaparecidas. https://www.jep.gov.co/Notificaciones/ESTADOSJ.SAR.0000326.2023-%20SAR%20 AT%20434-2023.pdf Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE). (2021, 20 de diciembre). ¿Dónde están nuestrxs desaparecidxs? Informe de documentación de casos de desapariciones forzadas entre 1971-2014. https://movimientodevictimas.org/movicepresento-informe-sobre-desaparicion-forzada-y-pide-a-la-jep-apertura-demacrocaso-sobre-este-crimen/ Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). (s. f.). Plan regional de búsqueda de la

UBPD

en la región del Magdalena Caldense.

https://www.undp.org/es/colombia/proyectos/plan-regional-busqueda-magdalena

Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas. (2023). Propuesta metodológica para la implementación de los procesos de reparación simbólica concertados con las víctimas acreditadas en la MC-059/2021 (Magdalena Medio Caldense) – La Dorada.

6. ANEXOS

https://drive.google.com/drive/folders/1CwlkihTmLgP8MqMCpBMYr6IbtI30ycCy?usp =drive_link

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UNIVERSIDAD DE CALDAS

FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y SOCIALES

PROGRAMA DE TRABAJO SOCIAL

POTENCIANDO EL RECONOCIMIENTO DE LAS VÍCTIMAS DE DESAPARICIÓN

FORZADA EN EL MAGDALENA CALDENSE A TRAVÉS DE LOS PROCESOS

DE REPARACIÓN SIMBÓLICA: UNA SISTEMATIZACIÓN DE EXPERIENCIA

MARÍA JOSÉ ÁLVAREZ POSADA

Práctica profesional realizada en el:

Centro de Investigación sobre Conflicto, Violencias y Construcción de Paz

(CEDAT)

En articulación con:

FUNDECOS

(Fundación para el Desarrollo Comunitario de Samaná) Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV)

Docente:

VALENTINA HERRERA

Manizales, Caldas.

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1. INTRODUCCIÓN Y JUSTIFICACIÓN

El presente informe tiene como propósito dar cuenta del proceso desarrollado durante la práctica profesional realizada a partir de mediados del año 2025 en el Centro de Investigación sobre Conflicto, Violencia y Construcción de Paz (CEDAT). Esta experiencia se llevó a cabo en articulación con la Fundación para el Desarrollo Comunitario y Social (FUNDECOS) y la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV), entidades comprometidas con el acompañamiento, reconocimiento y garantía de los derechos de las víctimas del conflicto armado en Colombia.

La práctica se desarrolló en el marco del cumplimiento del Auto 0-59, medida jurídica orientada a la protección y garantía de los derechos de las personas vinculadas a procesos de búsqueda de personas dadas por desaparecidas en el contexto del conflicto armado. En este escenario, las acciones estuvieron dirigidas al acompañamiento de procesos de reparación simbólica y administrativa en los municipios de La Dorada, Samaná y Norcasia, así como en los corregimientos de San Diego y Florencia, territorios que han sido profundamente afectados por las dinámicas de violencia y desaparición forzada.

El trabajo realizado permitió fortalecer espacios de participación con las víctimas, promover ejercicios de construcción colectiva de memoria y acompañar procesos orientados al acceso efectivo a medidas de reparación. A través de encuentros comunitarios, diálogos con líderes y lideresas, revisión documental y articulación institucional, fue posible reconocer las necesidades y expectativas de las víctimas frente a los mecanismos de reparación existentes.

Los principales aprendizajes construidos durante esta experiencia estuvieron relacionados con el reconocimiento de las víctimas como sujetos constructores de memoria, capaces de transformar el dolor en acciones de resistencia y búsqueda. A través de los encuentros en los territorios fue posible comprender que muchas de ellas son víctimas de una guerra que nunca eligieron vivir, pero que, aun así, decidieron no quedarse en silencio. Por el contrario, se han organizado, han levantado su voz y han encontrado en la unión colectiva una forma de resistir y continuar la lucha por la verdad, la justicia y la memoria de sus seres queridos.

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Asimismo, la experiencia permitió reconocer que la memoria no es únicamente un ejercicio de recordar, sino también una herramienta de exigencia y transformación social. Escuchar las historias de las víctimas, acompañar sus procesos y conocer sus luchas cotidianas evidenció la importancia de generar espacios donde sus voces sean escuchadas y reconocidas, así como la necesidad de fortalecer las acciones institucionales que garanticen el cumplimiento efectivo de sus derechos En este informe se presentan, en primer lugar, los antecedentes y el contexto de la práctica; posteriormente, se describen las actividades desarrolladas en la práctica y lo que se observó en el desarrollo de estas; finalmente, se exponen los saberes de acción construidos durante el proceso, así como las reflexiones y recomendaciones derivadas de la experiencia profesional.

La importancia de sistematizar esta experiencia radica en la posibilidad de reconocer y dejar registro de las luchas, aprendizajes y procesos construidos junto a las víctimas del conflicto armado. Este ejercicio no solo permite evidenciar las acciones realizadas durante la práctica, sino también visibilizar las voces de quienes durante años han resistido al olvido, han sostenido la búsqueda de sus seres queridos y han exigido verdad y justicia en medio de múltiples dificultades. Para el territorio, esta experiencia aporta a la construcción de memoria colectiva y al fortalecimiento de procesos de reparación que nacen de las necesidades y deseos expresados por las propias víctimas. Para el Trabajo Social, representa una oportunidad de comprender que la intervención profesional va más allá de la gestión institucional y requiere sensibilidad, escucha y compromiso con las realidades de las comunidades. En lo personal y profesional, este proceso transformó mi manera de entender el conflicto armado, la memoria y la resistencia, permitiéndome reconocer que acompañar también implica aprender de quienes, a pesar del dolor, continúan levantándose cada día para defender la historia de quienes ya no están.

2. CONTEXTO DE LA EXPERIENCIA

La experiencia de práctica profesional se desarrolló en el Centro de Investigaciones sobre Conflicto, Violencias y Construcción de Paz (CEDAT), una unidad académica adscrita a la Universidad de Caldas orientada a la investigación, formación y

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proyección social en temas relacionados con el conflicto armado, las violencias y la construcción de paz. El trabajo del centro se ha enfocado históricamente en problemáticas como el desplazamiento forzado, la desaparición forzada, las ejecuciones extrajudiciales, la desvinculación de niños, niñas y jóvenes del conflicto armado, así como en la promoción de procesos de memoria, convivencia y ciudadanía.

La práctica se desarrolló en articulación con la Fundación para el Desarrollo Comunitario de Samaná (FUNDECOS), la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV) y diferentes administraciones municipales del Magdalena Caldense. El proceso estuvo enmarcado en el cumplimiento del Auto 059, una medida judicial orientada a la protección de lugares asociados a la búsqueda de personas desaparecidas y a la implementación de acciones de reparación simbólica para las víctimas de desaparición forzada en el contexto del conflicto armado colombiano.

La intervención tuvo lugar en los municipios de La Dorada, Samaná y Norcasia, así como en los corregimientos de San Diego y Florencia. Estos territorios han sido escenarios profundamente marcados por el conflicto armado y por las consecuencias sociales, familiares y comunitarias derivadas de la desaparición forzada. En ellos, las familias han sostenido durante años procesos de búsqueda, exigencia de derechos y construcción de memoria, enfrentándose a múltiples obstáculos institucionales que han dificultado el acceso a medidas de verdad, justicia y reparación.

Dentro de este contexto, una de las principales apuestas desarrolladas estuvo relacionada con el acompañamiento a procesos de reparación simbólica concertados con las víctimas. Dichos procesos buscaron generar espacios de diálogo, participación y construcción colectiva en los que las familias pudieran expresar cómo deseaban dignificar la memoria de sus seres queridos desaparecidos. A través de encuentros comunitarios, grupos focales y ejercicios participativos, las víctimas definieron propuestas orientadas a la construcción de memoriales, campañas de sensibilización, piezas pedagógicas y otras acciones que permitieran mantener viva la memoria de quienes fueron desaparecidos por la guerra.

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De manera paralela, se acompañaron procesos de reparación administrativa encaminados a identificar el estado de los trámites adelantados por las víctimas y las barreras que limitaban su acceso a medidas de indemnización contempladas en la Ley 1448 de 2011. Este trabajo implicó la revisión documental de casos, la identificación de documentos faltantes y la orientación a las familias frente a los procedimientos requeridos para continuar con sus procesos de reparación. Sin embargo, es importante mencionar que el acompañamiento al proceso de indemnización desde la práctica se vio limitado debido a problemas logísticos de las Unidad De Victimas y debido a que mi practica finalizo a mediados del 2026, por cuestiones de tiempo no fue posible aportar y ejecutar lo planeado para el acompañamiento en la reparación administrativa en los territorios. Entre los principales actores involucrados se encontraron las víctimas de desaparición forzada y sus familias, quienes ocuparon un lugar central dentro de la experiencia. Asimismo, participaron lideresas comunitarias, organizaciones sociales, funcionarios de entidades estatales y representantes de administraciones municipales. Las víctimas no solo fueron beneficiarias de las acciones desarrolladas, sino también constructoras activas de propuestas, saberes y estrategias de resistencia que orientaron gran parte del proceso. Las condiciones sociales y políticas en las que se desarrolló la intervención estuvieron marcadas por profundas tensiones entre los derechos reconocidos normativamente y las dificultades reales para acceder a ellos. Durante el proceso fue posible identificar múltiples situaciones de revictimización asociadas a la lentitud de los trámites administrativos, la repetición constante de documentación y la falta de seguimiento institucional.

En el caso de la búsqueda de personas desaparecidas, las familias continuaban enfrentando largos periodos de incertidumbre, así como afectaciones emocionales derivadas de la ausencia de respuestas claras por parte de las instituciones. Algunas situaciones evidenciaron fallas significativas en la atención brindada, generando nuevas formas de sufrimiento para quienes llevaban años esperando información sobre el paradero de sus seres queridos. De igual manera, se identificó la ausencia de acompañamiento psicosocial suficiente para responder a las necesidades emocionales que emergían durante los procesos de búsqueda.

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Respecto a la reparación administrativa, se evidenciaron barreras asociadas a requisitos documentales, dificultades para el reconocimiento dentro del Registro Único de Víctimas y demoras en los procedimientos institucionales. Estas situaciones generaban frustración, agotamiento y desconfianza hacia las entidades encargadas de garantizar los derechos de las víctimas.

Sin embargo, a pesar de estas dificultades, las comunidades habían desarrollado importantes procesos organizativos que les permitieron resistir colectivamente frente a las múltiples formas de exclusión y silenciamiento. Durante los encuentros realizados en los territorios fue posible reconocer que las víctimas habían construido redes de apoyo, espacios de memoria y formas de acompañamiento mutuo que contribuían a sostener los procesos de búsqueda y exigencia de derechos. Uno de los principales aprendizajes construidos durante la experiencia estuvo relacionado con el reconocimiento de estas formas de resistencia comunitaria como saberes de acción. Las víctimas expresaban que eran personas atravesadas por una guerra que nunca eligieron vivir, pero que habían decidido no permanecer en silencio. Por el contrario, habían encontrado en la organización colectiva una forma de hacerse escuchar, de defender la memoria de sus seres queridos y de continuar luchando por la verdad y la justicia. En este sentido, la unión comunitaria se convirtió en una estrategia para resistir al olvido y enfrentar las múltiples barreras que persistían en los procesos de reparación.

A partir de los diagnósticos realizados y de las necesidades expresadas por las comunidades, se identificó la importancia de fortalecer estrategias de acompañamiento integral que redujeran las cargas burocráticas sobre las víctimas, promovieran una atención más humana y empática por parte de las instituciones y garantizaran una participación efectiva en la toma de decisiones. Asimismo, se evidenció la necesidad de impulsar procesos pedagógicos y de sensibilización que permitieran visibilizar la desaparición forzada, preservar la memoria colectiva y contribuir a la no repetición de los hechos.

Desde el Trabajo Social, la intervención se orientó al fortalecimiento de espacios participativos, al acompañamiento de los procesos de reparación administrativa y simbólica y a la construcción de narrativas que permitieran reconocer las luchas, resistencias y saberes construidos por las víctimas a lo largo de los años. De esta

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manera, la práctica buscó aportar al reconocimiento de las comunidades no únicamente desde el dolor y la pérdida, sino también desde su capacidad organizativa, su resiliencia y su papel fundamental en la construcción de memoria y transformación social.

3. CONCEPCIÓN DE SITEMATIZACIÓN

La sistematización es un proceso de investigación que se construye a partir del diálogo e interacción con uno mismo y con los otros, esta nos permite una comprensión más amplia de la experiencia, del conocimiento adquirido y nos lleva a una reflexión constante. la sistematización no se queda solo en el análisis de lo vivido, sino que también nos invita a explorar la forma en como recorrimos y sentimos, la manera en cómo examinamos y compartimos con el mundo aquellos caminos que atravesamos.

Con frecuencia, la sistematización puede confundirse con un proceso de evaluación, ya que permite revisar lo ocurrido y analizar el desempeño de los objetivos propuestos. Sin embargo, aunque puede cumplir una función similar, su propósito va mucho más allá. Tal como lo mencionan Alfonso Torres y Lola Cendales en el texto La Sistematización Como Practica Formativa e Investigativa (2017). “asumimos la sistematización como una práctica investigativa con identidad propia y no como un momento o fase de toda investigación. como es, como escucha la organización y analiza la información. Tampoco es una evaluación, pues su intención tampoco es valorar el cumplimiento de lo planeado, ni su impacto, sino recuperar los saberes y significados de la experiencia para potenciarla” (p. 7). En este sentido, la organización y el análisis de la información no buscan valorar el cumplimiento de lo planeado ni medir su impacto, sino recuperar los saberes, significados y aprendizajes que emergen de la experiencia para fortalecerla y transformarla.

La verdadera función de la sistematización radica, entonces, en analizar y reflexionar sobre la experiencia vivida, entendiendo cómo nos atraviesa a nosotros mismos y cómo impacta a los demás. Este proceso implica cuestionar, generar

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dudas y abrir espacios de diálogo crítico sobre las prácticas realizadas, básicamente y como lo mencionan Torres y Cendales no se trata de una fase de exploración o indagación si no que se trata de mantener una mirada investigativa y observar todo con ojos de incertidumbre, durante todo el proceso, con el fin de reconocer los aciertos, limitaciones y posibilidades de mejora.

Es importante también considerar que, la sistematización no solo se limita a documentar lo sucedido, sino que invita a reflexionar de manera profunda y colectiva sobre las experiencias, transformándola en conocimiento útil para futuras acciones, investigaciones o intervenciones sociales. Este proceso, al construirse de forma participativa junto a los actores y organizaciones, se convierte en un ejercicio que dignifica y visibiliza las vivencias de las víctimas, quienes buscan que sus historias sean contadas desde la verdad y la transparencia.

Dar reconocimiento a las voces de las víctimas, interpretar sus interacciones con las organizaciones, conocer la forma en que han llevado su duelo de manera colectiva y comprender sus deseos dentro de los procesos de reparación permitió no solo generar un análisis reflexivo y crítico desde la labor profesional, sino también hacer que quienes conocen acerca de estos relatos lean de primera mano las historias y luchas que las víctimas han atravesado. En el encuentro con las comunidades, se evidenció el profundo deseo de que sus experiencias sean reconocidas y narradas desde su verdad, que se garantice su reconocimiento, se fomenten pedagogías que eviten la repetición del conflicto y se cuenten historias que dignifiquen sus procesos de búsqueda, la sistematización aporta en gran parte al cumplimiento de estos deseos.

Como lo mencionan Cendales y Torres (2017), la sistematización es un camino que posibilita que las experiencias e historias de las víctimas se hagan visibles, recordadas y resignificadas. En este sentido:

“la sistematización, como actualización de la memoria individual y colectiva, potencia la capacidad de los colectivos para representar su experiencia. El relato que resulta de la fase de reconstrucción narrativa de la experiencia, a la vez que se constituye en la base del análisis y la interpretación crítica, alimenta la memoria

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colectiva y, por tanto, la identidad de la organización o grupo protagonista de la experiencia” (p. 9).

De esta manera, estos relatos fortalecen la memoria colectiva, pues permiten conservar y transmitir la experiencia compartida, convirtiéndola en parte esencial de la identidad del grupo. No se trata únicamente de relatar los hechos, sino de comprender el sentido de lo vivido, por qué ocurrió, qué significó y qué aprendizajes dejó tanto a nivel individual como colectivo. Así, la sistematización se consolida como una herramienta transformadora que construye memoria, verdad e identidad social desde las voces de quienes han sido históricamente silenciados. En conclusión, la sistematización, además de contribuir a la construcción de memoria, se relaciona profundamente con la necesidad de otorgar sentido y significado a los procesos de reparación que se desarrollan en los territorios. No se trata únicamente de incorporar un objeto o una acción simbólica sin relevancia, sino de reconocer en ello un símbolo de esperanza, fortaleza, resistencia y sanación. Estos procesos permiten que las familias buscadoras se sientan escuchadas, visibilizadas y dignificadas frente a una guerra que nunca eligieron, reafirmando así su derecho a la verdad, la memoria y la reparación

4. PREGUNTA EJE Y OBJETIVOS

PREGUNTA DE SISTEMATIZACION

¿Cómo se puede potenciar el reconocimiento de las víctimas de desaparición forzada en la región del Magdalena Caldense, a través del proceso de reparación simbólica que se está implementando en los territorios durante el periodo 2025– 2026?

OBJETIVO GENERAL

Develar el proceso de potenciación del reconocimiento de las víctimas de desaparición forzada en la región del Magdalena Caldense, a través del proceso de reparación simbólica que se está implementando en los territorios durante el periodo 2025–2026

OBJETIVOS ESPECIFICOS

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1) Reconocer las historias, los testimonios y afectaciones que vivieron las víctimas

de la desaparición forzada en el marco del conflicto armado.

2) indagar sobre los silenciamientos y los derechos vulnerados en el proceso de

búsqueda de las víctimas.

3) Identificar a través del diálogo los procesos que dignifican el duelo colectivo de

las víctimas de desaparición forzada que habitan los territorios de la Magdalena Caldense.

5. SABERES DE ACCIÓN

OBJETIVO 1

Reconocer las historias, los testimonios y afectaciones que vivieron las víctimas de la desaparición forzada en el marco del conflicto armado.

VICTIMAS DE UNA GUERRA QUE NO PEDIMOS

Comunidad afectada por la violencia, abusos, mal tratos, vulneraciones y de más por un conflicto de intereses de los que nunca quisieron ni buscaron ser parte, donde por años se vieron obligados a vivir una vida que no deseaban, llena de temores, incertidumbre y vulneraciones de sus derechos.

Colombia es un territorio que lleva muchos años atravesado por la guerra y la violencia. Es un país que durante décadas ha estado en conflicto, permeado por masacres, muertes, desapariciones e injusticias que, aún hoy en día, siguen haciendo eco. Una de las principales afectaciones que dejó el conflicto armado es la desaparición forzada. Este hecho ha dejado a miles de familias sin respuestas, llenas de incertidumbre y frustración. Lo más paradójico de todo es que, como lo mencionaba una lideresa comunitaria del territorio de San Diego, Amparito, ellos son “víctimas de una guerra que no pidieron”. Una guerra liderada por la burocracia, el narcotráfico e intereses ajenos a las víctimas de este conflicto. Sin embargo, son ellas quienes se ven más afectadas y quienes sufren una mayor vulneración de sus derechos. Durante los encuentros con las víctimas en el territorio, se escucharon narrativas en las que ellas ponían en evidencia la realidad tan cruel y dolorosa que tuvieron que enfrentar durante tantos años. Las víctimas cuentan cómo, aunque

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trataban de llevar una vida normal y buscaban la forma de continuar con su rutina diaria y su cotidianidad, eran constantemente confrontadas por la violencia. Como lo menciona una víctima del territorio de La Dorada, en algunos casos eran confrontados por hasta 12 o 13 personas armadas para asesinar a un vecino o a un familiar, sin ellos poder defenderse. Por muchos años estos se vieron en la obligación de vivir reprimidos y con miedo, sin tener un lugar a dónde ir o una persona a quien acudir. La experiencia compartida por las víctimas permitió reflexionar sobre lo planteado por Pilar Calveiro (2006), quien señala que los contextos de violencia producen mecanismos de control y terror que transforman profundamente la vida social. Las historias escuchadas mostraron cómo muchas familias aprendieron a convivir con el miedo, la incertidumbre y la desconfianza como parte de su cotidianidad, aun cuando no tenían ninguna relación con los actores armados o los intereses que dieron origen al conflicto. En el territorio de Norcasia, Tesorito nos contó cómo un día estaba esperando que su esposo llegara a la finca, como lo hacía habitualmente. En horas de la tarde, se acercaron a su hogar hombres armados, aproximadamente cuatro o cinco. Ella relata que la obligaron a tener intimidad sexual con cada uno de ellos. Como si eso no hubiera sido suficiente, al día siguiente tuvo que enfrentarse nuevamente a la misma situación, pero esta vez con hombres que pertenecían al Ejército; hombres que, se supone, estaban allí para protegerla y cuidarla, pero que, por el contrario, también decidieron abusar de ella. Tesorito, hasta hace muy poco, tuvo la valentía de levantar su voz, de contar su historia, de reconocerse como víctima de abuso sexual y de desaparición forzada. Porque a Tesorito también le arrebataron un hijo. Y por miedo, por culpa y por ser víctima de un conflicto que aún ni siquiera entiende, no pudo denunciar ni alzar su voz mucho antes.

El relato de Tesorito permitió reconocer, que la guerra afectó de manera diferenciada a las mujeres. La violencia sexual que sufrió evidencia lo que Rita Segato (2016) denomina la utilización del cuerpo de las mujeres como territorio de dominación en los conflictos armados. Su historia refleja cómo la violencia no solo buscó generar daño físico, sino también imponer el miedo y el silencio. Durante años, Tesorito guardó silencio sobre lo sucedido, lo que evidencia las dificultades

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que enfrentan muchas mujeres para nombrar las violencias que han vivido debido a los estigmas y prejuicios sociales que persisten alrededor de estos hechos. Ese mismo día, en el territorio de Norcasia, otra mujer también nos contó:

“Yo estaba al frente de la finca con mi hijo. Estábamos sentados comiéndonos un mango. En ese momento pasaron unos uniformados y le dijeron a mi hijo que se levantara. Cuando mi hijo se levantó, me dijeron que era un muchacho muy fuerte y alto, y que era muy probable que lo reclutaran. Mi hijo tenía 14 años. Yo soy alta y él también era muy alto. Y solamente por eso me lo mataron al frente mío”. Esa mujer no tenía idea de quiénes eran los uniformados. No entendía cómo podía enfrentarse a personas tan frías, tan insensibles e inhumanas. Esa mujer, como muchas otras personas del territorio, es víctima de una guerra que nunca pidió. Estas personas son ajenas a los intereses políticos, económicos y armados que atraviesan el conflicto; sin embargo, terminaron cargando con las consecuencias más dolorosas de la violencia. Estas historias ponen en evidencia cómo las víctimas eran, en su mayoría, campesinos, madres, hijos y familias que fueron obligados a convivir con el miedo, la muerte, los abusos y las desapariciones, sin ningún tipo de poder para evitarlo.

En muchos casos, las víctimas fueron señaladas, violentadas o asesinadas simplemente por vivir en determinados territorios, por tener un familiar joven o, incluso, por características físicas insignificantes, como ocurrió con el joven de 14 años que fue asesinado únicamente por ser alto y fuerte. Por esto, cuando las víctimas afirman ser “víctimas de una guerra que nunca pidieron”, hacen referencia a que sus vidas fueron destruidas por decisiones, intereses y dinámicas de violencia ajenas a ellas. Una guerra en la que no eligieron participar, pero que terminó arrebatándoles a sus seres queridos, su tranquilidad, su dignidad y, en muchos casos, hasta la posibilidad de vivir sin miedo.

Las narrativas compartidas por las víctimas durante los encuentros permitieron comprender el profundo significado de reconocerse como víctimas de una guerra que nunca pidieron. Sus relatos evidenciaron que no eran actores del conflicto ni participantes de las disputas armadas que se desarrollaban en sus territorios; por el contrario, eran personas que se vieron atrapadas en dinámicas de violencia ajenas

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a su voluntad y a sus intereses. Como señala Veena Das (2008), la violencia tiene la capacidad de penetrar la cotidianidad y transformar la vida de quienes la experimentan, incluso cuando no forman parte directa de los escenarios de confrontación. Las experiencias de las víctimas del Magdalena Caldense muestran cómo la guerra irrumpió en sus hogares, sus familias y sus comunidades, obligándolas a convivir con el miedo, la incertidumbre y la pérdida. Escuchar estas historias me permitió comprender de una manera mucho más cercana cómo el conflicto armado afectó la vida de personas que nunca eligieron hacer parte de la guerra. Antes de llegar a los territorios conocía algunas de estas realidades a través de documentos, informes y noticias, pero escuchar directamente a las víctimas me permitió entender las dimensiones humanas que existen detrás de las cifras y los relatos sobre el conflicto. Eran personas que trabajaban en el campo, cuidaban de sus familias y construían sus proyectos de vida en sus territorios, pero que terminaron enfrentándose a la violencia, al miedo, a las desapariciones y a múltiples vulneraciones de derechos simplemente por habitar determinados lugares o encontrarse en medio de las dinámicas del conflicto.

Uno de los principales aprendizajes que me dejó este proceso fue comprender que cuando las víctimas afirman ser “víctimas de una guerra que no pidieron”, no se refieren únicamente al hecho de haber sufrido una afectación directa, sino a la manera en que decisiones e intereses completamente ajenos terminaron marcando sus vidas para siempre. Conocer sus historias me permitió reconocer las profundas injusticias que atraviesan el conflicto armado y reflexionar sobre cómo las consecuencias de la guerra suelen recaer sobre quienes menos responsabilidad tienen en ella.

OBJETIVO 2

Indagar sobre los silenciamientos y los derechos vulnerados en el proceso de búsqueda de las víctimas

PARARSE EN LA RAYA Y HACERSE ESCUCHAR

Forma de resistencia que busca dejar la invisibilizacion que han atravesado por años las víctimas del conflicto, haciendo que su ira e indignación se convierta en acciones transformadora, “Pararse en la raya y hacerse escuchar” ha sido una de

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las formas en las que las víctimas del conflicto armado han resistido frente a la invisibilización y la falta de reconocimiento de sus procesos. Durante muchos años, las víctimas no solo tuvieron que enfrentar el dolor de la desaparición y la violencia, sino también la indiferencia y las contradicciones presentes en algunos procesos institucionales que, en ocasiones, terminan revictimizándolas. En el municipio de La Dorada se realizó una reparación simbólica en dónde se materializo un monumento en forma de vela en espiral con los nombres de las personas desaparecidas dentro de ésta, este fue construido para honrar a las víctimas de desaparición forzada y representaba para muchas familias un lugar simbólico de reconocimiento y dignificación. Sin embargo, el monumento fue arrebatado del territorio, generando indignación y dolor en la comunidad. Ante esta situación, como lo menciona Doña Lucy, lideresa del territorio. “las víctimas decidimos unirnos y realizar un plantón en la Alcaldía de La Dorada para exigir respuestas sobre lo ocurrido con el monumento y reclamar el respeto por este espacio”.

A pesar de las exigencias de la comunidad y de las solicitudes realizadas a las instituciones, hasta el día de hoy las víctimas no saben qué sucedió realmente con este monumento ni por qué fue retirado del territorio. El plantón realizado por las víctimas en La Dorada evidenció cómo la indignación puede convertirse en una herramienta de movilización social. Aquello que comenzó como dolor terminó transformándose en una acción colectiva orientada a exigir respuestas y reconocimiento.

Por otro lado, Amparito, en el territorio de San Diego, contó cómo tuvo que enfrentarse, junto con otras víctimas, a diferentes funcionarios durante el proceso de construcción de un santuario para los cuerpos de las personas ya encontradas. Las víctimas buscaban que este espacio estuviera ubicado en un lugar distinto al cementerio, pues deseaban que fuera un sitio más tranquilo, digno y esperanzador para recordar a sus familiares. Sin embargo, algunos funcionarios manifestaron de manera irrespetuosa que el santuario no podía ubicarse fuera del cementerio porque “podría empezar a oler a muerto o a podrido”.

Estas palabras generaron un profundo dolor e indignación entre las víctimas, quienes sintieron que nuevamente sus procesos estaban siendo tratados sin

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sensibilidad ni respeto. Frente a esto, decidieron unirse y mantenerse firmes en su postura de que el santuario debía construirse en un espacio externo al cementerio, ya que no querían que fuera un lugar recordado únicamente desde la nostalgia, el dolor o la tristeza, sino también desde la memoria digna y la posibilidad de resignificar la ausencia de sus seres queridos.

Estos hechos ponen en evidencia cómo las víctimas han tenido que aprender a alzar la voz y exigir que sus procesos sean tratados con dignidad y respeto. "Pararse en la raya y hacerse escuchar” significa, para muchas de ellas, no aceptar el olvido y ser conscientes de que la unión y la fuerza colectiva permiten que sean escuchados.

Estas experiencias permitieron reconocer que muchas de las transformaciones alcanzadas dentro de los procesos de reparación han sido posibles gracias a que las víctimas decidieron alzar su voz, cuestionar decisiones institucionales y exigir que sus opiniones fueran escuchadas. Mantenerse firmes frente a sus convicciones les ha permitido posicionarse como actores fundamentales dentro de los procesos de memoria, logrando que sus necesidades y propuestas sean tenidas en cuenta y valoradas con mayor respeto. Más que una postura de confrontación, esta firmeza representa una forma de dignificación que busca garantizar que la memoria de sus familiares sea reconocida de acuerdo con los significados que las propias comunidades han construido alrededor de ella.

Desde la perspectiva de Jelin (2002), las memorias se construyen en medio de tensiones y disputas entre distintos actores sociales sobre qué hechos recordar, cómo recordarlos y quiénes tienen legitimidad para narrarlos. Esto permitió comprender que las acciones emprendidas por las víctimas en La Dorada y San Diego no solo buscaban defender espacios físicos, sino también garantizar que sus experiencias y las de sus familiares fueran reconocidas y dignificadas desde sus experiencias y necesidades.

Un aspecto que llamó particularmente mi atención fue el liderazgo asumido por las mujeres dentro de estos procesos. Fueron principalmente mujeres quienes encabezaron las exigencias frente a las instituciones, convocaron encuentros y defendieron los espacios de memoria construidos en sus territorios. Esto me llevó a reflexionar sobre las formas en que la guerra depositó sobre ellas no solo el dolor de

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la pérdida, sino también la responsabilidad de sostener la memoria y la búsqueda de justicia.

Asimismo, fue posible evidenciar cómo muchas de estas mujeres lograron transformar la ira, la frustración y el dolor que les dejó el conflicto en acciones colectivas orientadas a la defensa de sus derechos y al reconocimiento de sus seres queridos. En lugar de responder a la violencia con más violencia, decidieron convertir su inconformidad en procesos de organización, memoria y exigibilidad, buscando que sus historias fueran visibilizadas y reconocidas desde la dignidad y el respeto. Esto me permitió comprender que la resistencia también puede construirse desde la palabra, la memoria y la capacidad de mantenerse firmes frente a las injusticias, incluso después de años de silenciamiento y revictimización.

OBJETIVO 3

Identificar atreves del dialogo los procesos que dignifican el duelo colectivo de las víctimas de desaparición forzada que habitan los territorios del magdalena caldense

UNIRNOS PARA RESISTIR Y SEGUIR EN LA BATALLA

Juntanza colectiva de las familias víctimas de desaparición forzada que ha permito que los procesos sean menos dolorosos. La escucha mutua, la empatía y sanación colectiva han hecho que sus duelos sean menos frustrantes.

En medio de la invisibilización, las injusticias y las vulneraciones, las víctimas del conflicto armado han logrado encontrar consuelo y esperanza en la unión y el duelo colectivo. Cuando inició el conflicto, las familias se sentían solas, desamparadas y sin un refugio al cual acudir. Pero, como lo menciona Doña Gloria, del territorio de La Dorada, en una de las entrevistas que se ejecutó para la realización de los relatos que buscan reconocer como las víctimas han transitado y vivido los procesos de búsqueda. Doña Gloria nos cuenta que, Mientras las víctimas se enfocaban en sobrevivir y sobrellevar su dolor durante el conflicto y todo el proceso de búsqueda, se dieron cuenta de que no era una sola persona la que estaba buscando a su familiar desaparecido, sino que eran muchas. Era el vecino, el señor de la tienda, el ganadero, el señor que vendía chatarra; todos ellos compartían las mismas frustraciones, los mismos temores y el mismo duelo.

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Doña Gloria menciona que, durante toda la búsqueda, le han surgido preguntas como: “¿Por qué yo? ¿Por qué tuve que ser yo? ¿Por qué mi hijo, si mi hijo era un niño?”. En la búsqueda de respuestas, se ha encontrado con su comunidad, que ha sido un apoyo mutuo y se sostienen entre sí. Doña Gloria menciona: “Hemos podido acompañar también a muchas víctimas que han tenido que ir a cementerios a reconocer a sus familiares, y ver la fortaleza que tienen al recibir a su ser querido también le da a uno fuerza y valentía. Y cuando uno ve que sí encontraron a su familiar, uno también se pregunta: ve, ¿será que también van a encontrar al mío?’”.

Aunque sus preguntas no fueran contestadas y la incertidumbre sobre su hijo aún se mantenga, es esperanzador para ella que personas que sufrieron su mismo dolor ya hubieran encontrado las respuestas que ella aún busca. Las reflexiones de Elizabeth Jelin (2002) permiten entender que la construcción colectiva de memoria funciona como una herramienta para enfrentar el dolor y evitar el aislamiento. Durante los encuentros realizados en los territorios fue evidente cómo las víctimas encontraban fuerza al compartir sus experiencias con otras personas que atravesaban situaciones similares. Saber que no eran las únicas buscando, esperando o resistiendo les permitió construir relaciones de solidaridad y apoyo mutuo En el corregimiento de San Diego hay una mujer a la que le dicen Amparito. Es muy reconocida en todo el territorio y lleva más de 20 años buscando a su hermano. Amparito menciona que, en el territorio, cada uno llevaba su proceso de manera individual, quizás por el miedo; las personas eran reservadas y preferían no decir nada. Pero en el 2015 llegaron instituciones como CEDAT, EQUITAS y FUNDECOS, estas lograron generar una conexión entre las diferentes familias y víctimas que habitaban en el territorio. Amparito menciona: “Al encontrarnos nosotros como familias buscadoras y víctimas de homicidio, empezamos a compartir nuestras historias, a decir: ve, tantas veces que vi a fulana, pero yo no sabía que ellas también tenían familiares desaparecidos; no sabía que era una buscadora o que el señor era un buscador’”.

Al darse cuenta de que compartían un mismo dolor, como lo menciona Amparito:

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“se va generando una familiaridad, unos lazos de amistad y de respeto entre nosotros, un reconocimiento de la lucha del otro y de la otra. Y es lo que siento: como que ha permitido que ese dolor sea más fácil de llevar, que ese camino sea más fácil de transitar”.

Esto permitió que las familias siguieran resistiendo con más fuerza a la hora de buscar recursos, iniciar procesos y ponerse en el radar de las instituciones para la realización de acciones de reparación. Las experiencias de Amparito y doña Gloria muestran que, aunque el dolor de la desaparición no desaparece, el hecho de compartirlo con otras personas que atraviesan situaciones similares permite que la carga emocional sea menos solitaria. En este sentido, la sanación colectiva no implica olvidar o superar la pérdida, sino encontrar en la solidaridad, la escucha y el reconocimiento mutuo la fuerza necesaria para continuar resistiendo y buscando. Amparito también nos habló sobre la solidaridad humana como uno de los principales pilares para no desistir de la búsqueda de su hermano. Aunque hay días en los que se siente agotada y con ganas de tirar la toalla, como ella misma narra: “Hay días que uno dice: “no jodo más, no insisto más, ya me mamé, ya me cansé, ya estoy harto, ya estoy harta”, Sin embargo, el hecho de sentirse apoyada y respaldada por el resto de las familias y por instituciones como CEDAT y FUNDECOS ha permitido que no se rinda.

Estas experiencias demuestran que el duelo no solamente se vive desde la tristeza individual, sino también desde la solidaridad. Encontrarse con otras personas que comparten el mismo dolor les permitió comprender que no estaban solas, que su sufrimiento tenía eco en otras familias y que, juntas, podían resistir, exigir verdad y mantener viva la esperanza de encontrar a sus seres queridos. La unión entre las víctimas se convirtió en una forma de sanar, pero también en una forma de lucha. Porque, aunque el conflicto les arrebató familiares, tranquilidad y proyectos de vida, no logró arrebatarles completamente la capacidad de acompañarse, reconocerse y sostenerse mutuamente.

Las experiencias compartidas por las víctimas permitieron comprender que la búsqueda de personas desaparecidas es también una experiencia colectiva. Aunque el dolor surge de una pérdida individual y familiar, las comunidades han encontrado en la unión una estrategia para resistir, acompañarse y continuar

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exigiendo verdad y justicia. En este sentido, la organización comunitaria se convirtió en un recurso fundamental para enfrentar la incertidumbre y el desgaste emocional que implica la búsqueda prolongada.

6. CONCLUSIONES

El proceso de sistematización permitió reconocer que las víctimas de desaparición forzada del Magdalena Caldense han construido saberes que nacen de su experiencia directa con la guerra, la búsqueda y la resistencia. Estos saberes no se encuentran únicamente en los discursos institucionales o académicos, sino en las formas en que las comunidades han aprendido a enfrentar el dolor, exigir sus derechos y sostener la esperanza a pesar de las múltiples adversidades que han atravesado.

El primer saber evidenció que las víctimas fueron profundamente afectadas por una guerra que nunca eligieron vivir. Sus relatos permitieron comprender cómo la violencia irrumpió en sus proyectos de vida y transformó sus dinámicas familiares, comunitarias y territoriales. Reconocer estas experiencias hizo visible que las principales consecuencias del conflicto recayeron sobre personas que no tenían participación en las disputas armadas, pero que terminaron soportando sus impactos más dolorosos.

El segundo saber permitió identificar que las víctimas han desarrollado formas de resistencia orientadas a enfrentar la invisibilización y el silenciamiento. A través de acciones colectivas, procesos organizativos y escenarios de memoria, han logrado transformar la indignación y el dolor en herramientas para exigir reconocimiento, verdad, justicia y reparación. En este sentido, la resistencia no se expresa únicamente desde la confrontación, sino también desde la capacidad de mantenerse firmes en la defensa de la dignidad y la memoria de sus seres queridos. Finalmente, el tercer saber mostró que la construcción de redes de apoyo, la escucha mutua y el acompañamiento entre familias buscadoras se han convertido en estrategias fundamentales para enfrentar el duelo y la incertidumbre. La unión entre las víctimas ha permitido que los procesos de búsqueda sean menos solitarios y más esperanzadores, fortaleciendo la capacidad colectiva para resistir y continuar exigiendo respuestas frente a la desaparición de sus familiares.

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De manera general, estos saberes evidencian que las víctimas no pueden ser comprendidas únicamente desde el lugar del sufrimiento. Por el contrario, son sujetas que han construido conocimientos, estrategias de resistencia y formas de organización que les han permitido enfrentar las consecuencias de la guerra. Reconocer estos saberes implica valorar sus experiencias como fuentes legítimas de aprendizaje y comprender que los procesos de memoria, búsqueda y reparación se fortalecen cuando las voces de las víctimas ocupan un lugar central en su construcción.

El proceso también permitió que surgieran nuevas preguntas que exceden los alcances de esta sistematización. Entre ellas se encuentran: ¿de qué manera los procesos de búsqueda transforman las relaciones familiares y comunitarias de quienes llevan años buscando a sus seres queridos? ¿Cómo inciden los espacios de memoria colectiva en la reconstrucción de los proyectos de vida de las víctimas de desaparición forzada? ¿Qué ocurre con las nuevas generaciones que han crecido en familias atravesadas por la desaparición y la búsqueda? ¿Cómo pueden fortalecerse los procesos comunitarios para garantizar que la memoria y las experiencias de las víctimas continúen siendo transmitidas y reconocidas en los territorios?

Finalmente, esta experiencia permitió reflexionar sobre el papel del Trabajo Social en escenarios atravesados por el conflicto armado y la búsqueda de personas desaparecidas. Más allá de la gestión institucional o el acompañamiento técnico, el rol profesional implica reconocer a las víctimas como sujetas de saber, capaces de construir propuestas, liderar procesos y generar transformaciones en sus territorios. Asimismo, reafirmó la importancia de la escucha como una herramienta ética y política que permite comprender las realidades de las comunidades sin reducirlas únicamente a su condición de víctimas.

Como futura trabajadora social, este proceso me permitió comprender que acompañar a las víctimas no significa hablar por ellas ni asumir un lugar protagónico en sus luchas. Por el contrario, implica contribuir a que sus voces sean escuchadas, reconocidas y valoradas, entendiendo que son ellas quienes han construido los principales aprendizajes sobre la memoria, la resistencia y la búsqueda de justicia. Esta experiencia transformó mi manera de comprender el conflicto armado y

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fortaleció mi convicción de que el Trabajo Social debe aportar a la construcción de procesos más humanos, participativos y comprometidos con la dignidad de las personas y las comunidades.

7. DESAFÍOS Y RECOMENDACIONES

Uno de los principales desafíos que enfrenté durante el desarrollo de la práctica estuvo relacionado con aprender a gestionar la frustración que generan los límites institucionales presentes en los procesos de reparación. Durante los encuentros con las víctimas era frecuente escuchar inquietudes sobre los avances de las indemnizaciones, los tiempos de respuesta de las entidades y la implementación de las medidas de reparación simbólica acordadas en los territorios. En muchas ocasiones, aunque comprendía sus preocupaciones y compartía su inconformidad, también era consciente de que existían decisiones administrativas y procedimientos institucionales que escapaban completamente de mis posibilidades de acción. Esta situación representó un reto constante, ya que implicó reconocer que el compromiso profesional y el deseo de aportar a los procesos de reparación no siempre son suficientes para transformar las dinámicas burocráticas que retrasan el acceso efectivo a los derechos de las víctimas. Resultaba difícil escuchar el cansancio y la frustración de las familias cuando los procesos avanzaban más lentamente de lo esperado o cuando las respuestas institucionales no correspondían a las necesidades y expectativas construidas colectivamente. Este desafío me permitió comprender la importancia de reconocer los alcances y límites del ejercicio profesional, sin perder la sensibilidad frente a las afectaciones que generan estas demoras. Asimismo, fortaleció mi reflexión sobre la necesidad de promover prácticas institucionales más ágiles, empáticas y centradas en las personas, especialmente cuando se trata de procesos relacionados con la búsqueda, la memoria y la reparación de víctimas del conflicto armado. durante los encuentros con las comunidades fue recurrente escuchar que muchas víctimas han participado en investigaciones, entrevistas, proyectos académicos y procesos de práctica en los que comparten experiencias profundamente dolorosas, pero que en numerosas ocasiones no conocen los resultados de estos ejercicios ni perciben acciones concretas derivadas de ellos. Esta situación genera la sensación de que sus historias son utilizadas únicamente para cumplir objetivos académicos o

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institucionales, sin que exista una devolución real hacia quienes aportaron sus experiencias.

Frente a ello, se recomienda que los procesos de práctica, investigación e intervención social trasciendan la recolección de información y promuevan relaciones más éticas, horizontales y comprometidas con las comunidades. Esto implica garantizar espacios de devolución de resultados, reconocer los aportes realizados por las víctimas y procurar que los conocimientos construidos puedan convertirse en herramientas útiles para fortalecer sus procesos organizativos, de memoria y de exigencia de derechos.

Finalmente, se recomienda que los futuros profesionales de Trabajo Social mantengan una reflexión permanente sobre las implicaciones éticas de solicitar a las víctimas que narren nuevamente experiencias dolorosas. La escucha debe estar acompañada de acciones que dignifiquen sus relatos y contribuyan al fortalecimiento de los procesos comunitarios, evitando que la investigación o la práctica profesional se conviertan en ejercicios extractivos que beneficien únicamente a quienes los realizan.

8. BIBLIOGRAFIA

Alfonso Torres Carrillo, & Lola Cendales González. (2007). La sistematización como práctica formativa e investigativa. Pedagogía y Saberes, (26), 41–50. Universidad Pedagógica Nacional Boss, P. (2001). La pérdida ambigua: Cómo aprender a vivir con un duelo no terminado. Gedisa.

Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia (F. Rodríguez, Trad.). Paidós. (Trabajo original publicado en 2004).

Calveiro, P. (2006). Poder y desaparición: Los campos de concentración en Argentina (2.ª ed.). Colihue.

Das, V. (2008). Sujetos del dolor, agentes de dignidad (F. A. Ortega Martínez, Ed.). Universidad Nacional de Colombia; Pontificia Universidad Javeriana. Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores. Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.

9. ANEXOS

CAMINO RECORRIDO

p. 38

DIAGRAMA DE AGRUPACIÓN DE ANÁLISIS.

MATRIZ DE OPERACIONALIZACIÓN

Cita: Álvarez Posada, María José (2026), Memoria viva: procesos de búsqueda y reparación, Universidad de Caldas, p. N. https://repositorio.ucaldas.edu.co/handle/ucaldas/27402